NO TODO LO CUADRICULADO ES RECTO II (COMPAÑEROS DE PUPITRE)

NO TODO LO CUADRICULADO ES RECTO II (COMPAÑEROS DE PUPITRE)

La cena le había sentado mal. Cuando sonó el despertador estaba atrapado en un remolino de sábanas. Un regusto agrio le recorría la boca. La placidez de su mujer, la quietud del rostro ajado y hermoso, la inocente exposición del cuerpo dormido y sereno le borraron de un soplo los malos presagios fraguados entre pesadillas nocturnas. Trató de no hacer más ruido del necesario pasa salir del dormitorio sin despertarla.

De camino al trabajo le volvió el recuerdo de lo soñado, el tobogán por el que se precipitaba a toda velocidad con la certeza, que le daba el otro yo que asistía al descenso, de que no había final, que el vértigo se incrementaba para llegar a ningún sitio. Se había despertado agitado, sudoroso, aterrado. Había mirado al reloj esperando que hubiera llegado la hora de levantarse para no arriesgarse a repetir el sueño. Era demasiado pronto para justificar el madrugón. Volvió a dormirse pero ya no hubo descanso.

El paseo por el pequeño parque que atravesaba cada mañana para llegar a la fábrica le refrescó la mente. Siempre había sido optimista. Siempre había echado para adelante con todo lo que la vida le hubiera puesto por medio. En los últimos tiempos los rumores iban y venían por la fábrica y, aunque siempre fue reacio a participar en chismorreos, era inevitable pegar la oreja cuando estaba en juego el bienestar de toda la familia. La hija mayor había acabado el grado. Pero el máster costaba un dineral. La pequeña aún no había decidido qué quería hacer de su vida, pero podía asegurar que lo que fuera no iba a ser gratis.

Toda su vida se había considerado buena persona. Había trabajado sin parar, primero con su padre en el campo. Después, cuando se hartó de tiranías, consiguió entrar en la fábrica de aprendiz, sin cobrar más que una mísera paga que entregaba íntegra a su madre. Pero nunca dudó que con esfuerzo y tesón conseguiría mejorar de puesto en cuanto cumpliera la edad oficial de trabajar. Arañando ganas a la rutina demodelora, se había mantenido fielmente en su puesto de trabajo, sin hacer cuenta de mil pequeños desdenes, pasando de puntillas sobre la ruindad y el desprecio de los que le pagaban por su trabajo.

Pero nada le había preparado para el aterrador vacía del portón cerrado. Trepó por un lateral de la tapia que daba a la zona de ventanales de la fábrica. Se lo habían llevado todo. Esos cabrones, a los que había regalado tantas horas sólo por lo que ellos llamaban amistad, esos miserables que vivían la mitad del año en sus yates y se jactaban de ello en cada comida de empresa, esos incompetentes que se habían rodeado de lameculos trepadores, se lo habían llevado todo.

Alguien le ayudó a bajar de la tapia después de liberar sus dedos agarrotados de la presión con la que se sujetaba al remate metálico del muro. Alguien le dijo que dejara de llorar, que todo se arreglaría. Alguien le agarró del brazo. Alguien le hablaba pero su mente estaba obnubilada por un hechizo de cifras, un 4 y un 9 maléficos que bailaban en su cerebro acompañados a ratos por ceros: su edad, el precio del máster, la hipoteca, se habían convertido en un bucle perverso que le impedía razonar.

Se dejó llevar a no sabía dónde, arropado por el tropel de compañeros vociferantes, y de camino fue recuperando el valor suficiente para atreverse a esbozar su futuro. El inmediato, anunciar a su familia que estaba sin trabajo, le producía más que nada un inaguantable sentimiento de vergüenza, no se veía capaz de reconocer que había perdido su condición de proveedor de todo lo que su familia necesitara.

No sabía si podría enfrentarse a los ojos límpidos de su hija para decirle que tenía muy difícil seguir estudiando, que los castillos que hubiera forjado en sus sueños se habían derrumbado, que de la noche a la mañana se habían convertido en los parias que veían en las noticias porque, si malo era el futuro inmediato, lo que adivinaba como porvenir después de los dos consabidos años, era descorazonador.

Entró en la sala de espera envuelto en el calor de sus compañeros. Uno le empujó cuando salió su número en la pantalla y le sacó por un momento del pozo sin fondo en el que estaba cayendo. El ordenanza le apremió a que pasara a la oficina donde le esperaba un funcionario. Ni se dio cuenta de que el tipo que le miraba al otro lado de la mesa con cara de aburrimiento inmisericorde era su antiguo compañero de pupitre, aquel flacucho estirado al que tuvo que salvar tantas veces de las garras del matón de la clase, a costa de llevarse algún que otro zapatillazo de su madre por llegar a casa con la camisa y los pantalones rebozados en sangre y barro, aquel con el que un día hizo un juramento de eterna amistad, aquel por el que se alegró, como si hubiera sido él mismo el que ganaba el puesto, cuando se enteró de que había conseguido plaza de funcionario, aquel al que desistió de saludar cuando se cruzaban en la calle, después de que se convenciera de que no era por despiste por lo que el otro siempre encontraba algo que reclamaba con urgencia su atención y le impedía devolverle el saludo. Tampoco el rostro del otro mostró indicio alguno de haberlo reconocido. Sólo le oyó gritar: «Y encima, me pone el bolígrafo perdido. ¡Haga el favor! Vaya a lavarse la manos, joder, que lo está pringando todo de sangre.»

FIN

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