Pensé, mientras el coche se lanzaba contra el muro, que todo había sido inútil. La investigación, las conversaciones grabadas y esos minutos de tensión, en los que anhelé que no fuera verdad su filiación comunista. No merecía ese final. Le ofrecí una vida. Tenía la posibilidad de escapar de esa atadura necia. Nada valía ese sacrificio. Lo más penoso era recordar sus besos y sus caricias. Me dolía su mirada tierna clavada en mi recuerdo. El gusto a hiel de la verdad era ácido. Me habría sacrificado por ella. Es penoso que la vida cueste menos que un juramento.

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