A través de la ventana

A través de la ventana

The_Owl_Writer

05/06/2019

El tecleo repetitivo y soporífero de sus compañeros de departamento la estaba matando. Sentía que vivía en una nebulosa extraña y familiar a la vez. Una nebulosa donde flotaban los post-its con frases como: “Llamar urgente al proveedor de tubo de titanio.”

Aquella fábrica gris, aquel departamento gris, y aquel cubículo gris en el que se pasaba sentada nueve horas diarias habían acabado por asfixiarla, por marchitar su espíritu creativo, aquel que creía recordar haber tenido en algún momento. Ya no dibujaba, ni escribía, ni apenas leía. No tenía tiempo de nada, sólo de ir al gimnasio cada tarde porque cuando salía de la oficina se subía por las paredes y necesitaba moverse, desesperadamente.

La crisis que atravesaba España no le había dado opción de cambiar a un trabajo mejor. A sus 33 años, los cerca de tres que llevaba en la empresa habían sido su récord de estabilidad laboral. Bastante afortunada se sintió cuando, en 2012, consiguió trabajo en aquel pequeño pueblo industrial de Madrid y se mudó desde Granada, donde todavía era mucho más difícil encontrar uno.

Cuando la situación la superaba se decía: “Este trabajo te da para vivir. Ya llegará tu momento. Ten paciencia.” “Vivir”. Qué bonita palabra que acabó perdiendo todo su sentido. ¿Acaso era eso vida realmente?

“Zona de confort”, lo llamaban. Qué ironía. Un confort que era como sentarse en un aparentemente mullido sofá que acababa por clavarte los muelles rotos. Esa rutina asesina de almas. Sentía que la vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada al respecto. Sentía que la vida estaba fuera, fuera de esa ventana que no tenía en su departamento. Cuando pasaba por el departamento Comercial, miraba fugazmente a través de la ventana los rayos de sol, que le recordaban que en el mundo exterior no todo era gris.

Tras tres años ni siquiera estaba indefinida. La estrategia que habían adoptado era ir haciéndole contratos, acababa en julio y se volvía a incorporar en septiembre. Hasta el momento no había podido decir: “Ya no vuelvo más”. Necesitaba acumular paro para poder buscar algo que realmente le gustara. Y el momento había llegado. Tras mucho tiempo sintiéndose perdida y sin rumbo en un camino que al principio visualizaba como árido y hostil, lo vio claro. El miedo paralizante que le había estado generando ese camino de futuro incierto se fue transformando paulatinamente en emoción por descubrir qué bellos parajes le depararía el viaje si finalmente decidía escoger seguirlo.

Quería dedicarse al turismo. Quería trabajar con la gente, en el mundo real, en el campo de batalla. Quería dejar de un lado y para siempre, las pantallas y los teclados. Quería trabajar en la gran ciudad y no volver más a ese pueblo gris y aburrido.

No paraba de pensar cómo se lo plantearía a la empresa para irse “a buenas”. Nunca daba puntada sin hilo y quería asegurarse de hacer las cosas correctamente. Temía que no se lo tomaran bien y tras tres largos años de resignación, quería irse con referencias y carta de recomendación.

Una semana antes de las vacaciones, Mario, su insufrible encargado, la convocó para una reunión junto con el jefe de departamento. Percibió algo extraño y diferente en su tono de voz y en su mirada cuando le dijo:

–Claudia, a las 12 nos vemos en la sala de reuniones con Rafa, que tenemos que comentarte una cosa.

El momento crucial había llegado. Se imaginaba que iban a hablar sobre la finalización de su contrato y era ahí cuando tenía que exponer lo que tantas veces había visualizado en su mente.

Cuando estaba a la puerta de la sala de reuniones y se disponía a entrar, sus amigos del Departamento de Exportación, Mª Jesús y Stuart, le mandaron sendas miradas cómplices infundiéndole valor ante la que probablemente iba a ser su última reunión, a pesar de que les entristecía mucho que se fuera, pero sabían que no era feliz y que esa etapa ya tocaba a su fin.

Sus grandes amigos. Claudia les decía que eran como bellas flores silvestres en un campo de cardos borriqueros. La razón por la que seguía manteniendo la sonrisa día tras día cuando entraba en la oficina que le estrangulaba el espíritu.

La conversación se inició tal y como había imaginado pero para su sorpresa de repente dio un giro inesperado.

–Claudia, sentimos decirte que debido a ciertos cambios estructurales que vamos a implementar en el departamento, nos vemos en la obligación de prescindir de tu puesto en Compras.

No daba crédito a lo que estaba pasando. En seguida cayó en que el “cambio estructural” del que hablaban no era más que el enchufe de un familiar de un pez gordo de la empresa. Hacía poco habían metido en fábrica al yerno del Sr. Martínez y se rumoreaba que querían pasarlo a oficinas cuando le encontraran un puesto, y el de Claudia les vino como anillo al dedo. Lo que para nada esperaban es que a ella también. Intentó disimular la alegría que la estaba desbordando, pero finalmente se le acabó notando. Les dijo que no se preocuparan, que ella también había estado planteándose “un cambio de rumbo”, y que lo único que les pedía era poder salir de allí con referencias y una carta de recomendación.

A lo que Mario contestó: –Por supuesto. Si alguien quiere llamar preguntando por ti pueden hablar conmigo que los atenderé encantado. Y en cuanto a la carta de recomendación yo me encargo. Me sorprende que te lo hayas tomado tan bien.

Cuando salió de la sala y Mª Jesús y Stuart la miraron, en seguida supieron que su amiga se iba definitivamente. Ella hizo un gesto de triunfo con el puño y ellos sonrieron abiertamente pero un atisbo de tristeza asomó a sus ojos. Y a los de ella.

Su nueva vida se disponía a empezar y sentía tantas cosas a la vez. Ahora ya sabía lo que quería, lo que no quería, y a quién ya jamás perdería.

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