Todos los días asomaba su palidez contra el ventanal del primer piso, la enorme vidriera daba a la calle Brandsen. desde allí veía el trajinar constante de la gente, los vehículos. A la distancia identificaba los ruidos y creía percibir los olores y los matices de luz y sombra. A la distancia estaba el movimiento de la vida. Soñaba con que algún día lograría estar allá. Caminaría descalza por el rústico asfalto gris, saltaría libre hasta alcanzar las hojas de los paraísos, se las pondría en la boca para saborear el amargo gusto del vegetal y luego correría sin rumbo hasta que el cansancio mismo frenara el impulso.

Adentro, en el pasillo que se extendía lúgubre y despojado estaba ella asomada, inmóvil, hasta que la mujer de blanco delantal la tomaba del brazo con firmeza. Las dos caminaban por el corredor hasta la habitación en donde el encanto de aquella imagen de la calle se desvanecía lentamente entre las sábanas blancas para adormecerse ante el sopor provocado por el artificio de los medicamentos.

Día tras día la misma escena vista desde el ventanal le daba el único hálito de vida para conducirla nuevamente a la lenta agonía que paso a paso llegaba a las puertas de la muerte.


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El frío de los últimos días de otoño calaban fuerte en los huesos del hombre. Él odiaba ese frío, pero nada podía hacer. Allí estaba, refugiándose en donde ella se lo permitía. Desde que lo había perdido todo ella, la calle, era su hogar, un hogar sin límites pero que lo encerraba en la prisión de su condición.

Acurrucado entre harapos y cartones debajo de la marquesina del banco veía con ojos de deseo el edificio de enfrente. Una enorme mole maciza que imponía solemnidad. Él imaginaba lo distinto que sería poder estar ahí, protegido por sus paredes. Sabía que el lugar albergaba tan sólo lamentos y dolor, pero eso no le importaba, pensaba que al menos tendría abrigo por las noches y algo para comer.

La vida del mendigo transcurría monótona en medio de la soledad de la muchedumbre. La calle, un interminable camino para recorrer, un espacio de libertad, un paisaje cambiante en cada esquina significaba solamente una gran jaula con las puertas abiertas. Y el hombre seguía soñando con ese espacio contenedor que estaba frente a él. Pasaban los días envuelto en el deseo de abandonar la libertad que lo oprimía y las ganas de asirse a aquellas paredes blancas y despojadas que le brindasen algo de seguridad y el calor que tanto necesitaba.

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La calle, transitar en un sentido y volver, detenerse a observar sus personajes y adivinar sus historias, envolverse con sus ruidos de motores y murmullos. La calle esa mezcla de libertad y esclavitud.

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