HORACIO EL LIBERTADOR

HORACIO EL LIBERTADOR

karina laguzzi

16/12/2018

Quizás parezca a simple vista un pedazo de acera con números, comercios, casas. Pero eso es sólo desde una mirada aletargada.

Si observamos con más atención, se descubren seres que habitan con una mezcla entre sedentarios y nómades. Un universo complejo y huérfano de calor social.

Existe una calle en especial para mí, que expone con violencia pausada la desigualdad. Es en realidad una avenida. Su nombre: DEL LIBERTADOR. Y, como en muchos casos, de libertad tiene poco.

Tanto los poseedores de arquitecturas poderosas, con jardines caligulezcos, con mascotas y vehículos acordes a la imperiosa necesidad de demostrar cierto poder estético, como así también los habitantes, que prescindiendo de todo eso y con sólo quizás un conjunto de cartones, chapas y carritos de supermercados, decoran con triste maestría la poca habilidad que tuvo el destino de dar las cartas de sus vidas.

Los primeros con ceños fruncidos, ya que el paisaje de la realidad les tiñe de colores oscuros la portada de vidas prolijas, limpias y perfectas.

Los homeless no fruncen nada, ni eso les quedó.

Ya no se cuestionan la inclinación de la balanza. Sólo sobreviven con la inteligencia casi perfecta del día a día. No necesitan pertenecer. De hecho se pertenecen, con sus historias, sus sentires, sus soledades.

A mi humilde entender, poseen la sabiduría del despojo. Son héroes que resisten el frío, el hambre, el calor y el odio.

Horacio era uno de ellos. Era muy difícil saber por qué, si no se hacía contacto real. Así que un día, después de haber pasado mil veces por ahí, me detuve,

Me acerqué con respeto y el corazón apretado.

Pude observar que no desviaba la mirada, al contrario.

Le dije un simple «hola», y en ese rostro ajado y lleno de cicatrices emocionales se dibujó una sonrisa que me regaló con tanta generosidad que contagió la mía.

Le dije mi nombre y él el suyo. La voz denotaba sabiduría. Me invitó a compartir un pedazo de cartón como trono.

Accedí, y a medida que la energía iba circulando, la acompañaba cierta paz que solo transmiten los que saben el juego de la vida. Sólo me hizo una pregunta: «¿Estás bien?». Tenía tanta protección en su manera que invitó a la verdad…»No sé», contesté.

«¿Sabes por qué?» «No y sí». «Contame»…

No supe que hacer. Sentía que le iba a sumar desgracia a su corazón.

Me siguió mirando, y la insistencia muda dio paso a mi relato acerca de la montaña rusa existencial de mi vida, donde muy pocas veces casi toco el calor del sol.

Le hablé en modo catarata de mis ganas de ausencia, de mis ganas de creer, de mis estados donde la desesperación me quería tener cautiva y mis peleas constantes y tediosas para llegar a obtener la compañía de un poco de paz.

También le dije que a veces mi peor enemiga era yo misma, y casi al borde del llanto, le conté también de mi necesidad de volver a sentirme, aunque sea sólo por un segundo, hija. Y así poder captar la sensación inigualable de la protección suprema.

Me temblaban las manos cuando detuve mi relato. A él no. Me tomó la mano y transmitiéndome complicidad la apretó junto con mi alma.

Cuando me aflojé, tome conciencia de la situación.

Horacio, la persona aislada de una sociedad ciega, sorda y muda ante él, un guerrero que quedó sin armas, ni luchas, ni conquistas, me estaba conteniendo con una calidez que sólo los corazones nobles pueden transmitir.

Sin dejar de mirarme dijo: «SOS VOS, te estuve esperando sin tiempos».

No entendí, y como leyéndome la mente, las palabras brotaron de su boca.

«Mirá, no trates de entender, solo escuchá y sentí, esa es la clave».

«Hace 20 años que la calle es mi refugio, hace 20 años que esperaba encontrar a la persona justa para conectar mágicamente desde las propias almas. Son ellas las que hablan, ellas saben. Yo simplemente debía quedarme en el mismo sitio, ajeno a toda distracción terrenal, sabiendo que ibas a pasar, que te ibas a detener, que me ibas a mirar. Es la única forma para que te veas».

«Te soñé de mil modos, te vi brillando e iluminándome por completo. Vi cerrarse el circulo. Sentí tu dolor, tu soledad y la mía».

No pude creer lo que me decía… y tomándome de la mano se puso de pie.

La imagen era increíble. Un hombre alto, fuerte, real y dispuesto se hizo presente. Su mirada colmada de sinceridad hizo que las dudas solo quedaran en amague.

¿Cómo podía ser que una persona «de la calle» sufriera tamaña metamorfosis? ¿Qué generó que mi mente, como si hubiese recibido un golpe certero, quedara clara, tranquila y casi en pañales?.

Siguió contándome…

«Tuve una vida socialmente envidiable. Y tristemente vacía. Esta casa que ves detrás mío, me pertenece. Fue por generaciones heredada. Seguí los pasos esperados desde lo «normal». Me casé, fui padre y ahora abuelo. Me separé, y seguí siendo el resto».

«Mis hijas no saben que todas las tardes me convierto en este hombre libre de máscaras. Sabía que así, despojado, solitario y simple iba a atraer como un imán, al ser mas real que existe. Nunca dudé de la espera. Nunca seguí otros caminos. Pero había una prueba: ni ella iba a saber ni entender los porqués».

«Ella iba por fin a aprender que justamente lo real no se trata de entender, solo es CREER, Permitirse SER sin estructuras, ni miedos, sintiendo que la recompensa supera cualquier obstáculo superado».

Siguió hablando. Algo en mí despertó con una fuerza desconocida y tuve que aceptar que esto que estaba pasando era la verdad más pura. Supe que estaba frente a la aventura más espectacular de mi vida y supe también, que no había forma de frenarlo.

Una calle puede albergar ángeles disfrazados de humanos esperando con la felicidad en la mano mostrarnos el camino. Demás esta decir que mis pasos acompañan ágiles la marcha.

Esta vez seguros, esta vez reales…

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