Cuando conocí a Valentina vivía ensimismado, algo aturdido por la muerte de mi esposa, inseguro y asqueado de la vida. Las escasas salidas y la poca vida social que hacía, se habían convertido en las tinieblas de la antesala de mi propio funeral.

Caminaba por las calles del pueblo al atardecer y sonámbulo respiraba el frío del invierno. Era libre sin serlo y estaba muerto, sin estarlo. Nada era igual. Oía mis pasos, acostumbrado a sentir los suyos también y eso me hacía enloquecer. Escuchaba las voces de los muchachos que me saludaban alzando los brazos, me secaba las lágrimas de la cara recordando a mi mujer, y el pañuelo se volvía a mojar de amargo llanto. Miraba la calle donde habíamos vivido tantos años, y olía a hierba, a lumbre de leña y a pan de horno con aroma a canela. ¡Tenía tanta necesidad de reunirme con ella!

Pero un día ocurrió algo inesperado.

Todas las mañanas, al despertarme, me gustaba correr las cortinas de la ventana de mi dormitorio y mirar tras el cristal. Observaba la luz del día, los árboles de invierno, la tienda de comestibles de Rufino, junto a la esquina y a Lucrecia barriendo la puerta de su casa. Pero hoy, mi paisaje personal había cambiado.

Tenía la certeza de ver a una mujer pintando. Allí estaba en un rinconcito sentada en su taburete, y con el máximo esmero la contemplé. Empecé a sentir curiosidad por ella. Esperaba el amanecer para poder mirarla, y durante dos semanas aprecié cómo iba creando escenas cotidianas de mi calle. Una día me decidí y bajé a conocerla.

Me situé de espaldas a ella durante algunos segundos y admiré su maestría con los pinceles. Componía los paisajes al instante, doblaba su muñeca derecha con soltura y rapidez, y con un constante movimiento como si de música se tratase, creaba y hacía renacer escenas de calle: a Pablo jugando con su balón o a mi vecina tendiendo la ropa. Acariciaba el lienzo con los pinceles adjudicando cada color a un lugar de mi calle. Los ocres lucían por doquier, los blancos pintaban las paredes de los corrales, los turquesas los aplicaba a las marquesinas de las casas y los azules los hacía vivos sin más.

Me miró. Sonrió y me preguntó: ¿-A usted también le gusta la pintura-?

Le contesté que nunca había tenido un pincel entre mis manos. La invité a desayunar y aceptó encantada. Y así, sin darme cuenta empezó a formar parte de mi vida, y eso supuso el comienzo de una bonita amistad.

Desayunamos tostadas con mermelada de albaricoque y café de puchero en la taberna de José Luis. Me contó que la última vez que estuvo aquí, fue cuando tenía 19 años y entonces, me la imaginé con cara de chiquilla, graciosa y traviesa, como una mariposa inquieta.

Había venido a vivir al pueblo. Me dijo que no estaba aquí por casualidad. Sus padres tenían una casa donde vivió una prima suya hasta hacía solo unos meses, cuando conoció a un cubano, y decidió marcharse a Huelva con él. Entonces fue cuando la mujer tomó la decisión de dar un cambio a su vida, mudándose a este lugar tan maravilloso. Era un pueblo pequeño, situado en la costa mediterránea donde todo el mundo se conocía. Los lugareños estaban encantados de acompañar a los visitantes y eran muy amables y serviciales con los nuevos vecinos.

Valentina también era jubilada como yo. Nacimos el mismo año, en Junio de 1942, ella el 6 y yo el 9. Era una persona jovial y desenfadada, de ojos verdes y sonrisa escandalosa. Aparentaba menos edad de la que tenía y me resultaba muy atractiva. Había perdido a su marido hacía cinco años y tenía dos hijos que vivían en Barcelona. Creció en una familia acomodada y se ganó la vida enseñando en un colegio de Zaragoza a niños de primaria, pero ella siempre tuvo claro, que lo que más le gustaba era pintar.

Nuestra relación prosiguió de una forma normal, pero también muy humana y especial, y no tardó en acusarse la intensidad de su presencia en mi vida. Hablamos de cuestiones personales e íntimas y paseábamos bajo el plenilunio de la luna charlando de cosas mundanas. Nos frenábamos ante las escalinatas para ceder el paso a los chiquillos, que con sus prisas, hacían estallar una carcajada a Valentina y eso se convertía en el eco de mi alegría. Con delectación y cogidos del brazo, me hablaba del campo del arte, el tema que más le gustaba y controlaba. Yo había sido maquinista de ferrocarril y poco acompañaba en su argumento, pero ella se interesaba por las historias que yo le narraba muy atenta, y más tarde las convertía en bellos cuadros que luego regalaba a sus amigos. Saludábamos a los lugareños de los pueblos colindantes, caminábamos por sus callejuelas y mirábamos el mar sin pestañear en los días estivales. A la mañana siguiente, allí la podías encontrar, pintando escenas compartidas del día anterior. Había un embrujo permanente entre los dos y un apasionamiento envuelto por la pintura en esta mujer que me fascinaba.

Estábamos pendientes el uno del otro y no sabíamos si era amor o no. Tal vez fuera la necesidad de compartir el silencio con alguien, y vincular el sentido de la vida con un semejante, llenando de ilusiones los momentos, o la sensación del placer de ser correspondido, o quizas la serenidad que dan los años. No lo sé, la verdad.

Yo solo sé, que todas las mañanas se levantaba al alba para describir su memoria en la mía, y que fui muy dichoso el tiempo que pasé con ella. Pero, un día no estaba sentada sobre su escabel. La muerte fue a buscarla. Valentina no sacó los rollos de lienzo, ni la caja de pintura y no pudo dibujar el amor físico, su sueño irreal, las veladas, ni los abrazos que compartimos en la calle de la amistad.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS