En épocas de dictaduras, las calles son tumbas.

En épocas de dictaduras, las calles son tumbas.

Todo empezó cuando me quité el reloj de la muñeca. Fue un día difícil, lleno de sombras y de dudas. La caminata era larga y las calles estaban infestadas de policías. Detenían para interrogar a todos los que veían con relojes. Los habían prohibido por decreto tácito. No se podía medir el tiempo, tener conciencia de las horas, vislumbrar los minutos cayendo como las hojas de los árboles en pleno otoño. El tiempo era de uso exclusivo del señor presidente.

Hombre alto, canoso, de mirar penetrante y prepotente, con una idea fija desde sus años mozos: detener el tiempo, amarrar la historia con una cuerda corta.

—La historia amarrada como una vaca.

Así creía vivir altivo y joven por los siglos de los siglos; existiendo en el mundo esférico de su invención e interfiriendo con otras esferas reales de tiempos humanos. Su física no era clásica ni quántica, era una física psíquica, de —me va de capricho— acompañando de la risa cínica y la orden aguda, violadora de todas las leyes de la balística; cayendo como proyectil de cañón perdido en la época de ahora, y proyectándose de súbito fuera de contexto sobre la nación devastada y arrítmica, que pide a gritos un cardiólogo que no ha nacido.

Pero el ahora me exige caminar por las calles y sentir el tic tac en el bolsillo y ahuyentar el miedo con mi mente. No hay militares que me vean, paso todas las barreras de inspección y no me detectan…Las colas de los registrados llenan los parques y las estrechas aceras. Llego a la casa.

Y la casa me recibe alegre y perfumada, y noto que no hay telarañas, porque las calles están llenas de telarañas. Después olvido los incidentes del día y el ordenador me transmuta al mundo de las autopistas y veo la fecha. El almanaque me levanta de la silla. Me asusto, estoy usando una Internet hackeada y esto me puede llevar a la muerte social. La Red de Redes está prohibida. Estamos en el año 2012. ¡Cómo es posible!, —exclamo a gritos— mientras el gato detiene su bostezo para mirarme asustado.

Recuerdo entonces la voz de un loco acorralado por la policía en la calle.

Todos ustedes no son más que espectros —gritaba— mientras lo golpeaban.

Pero sus gritos no se acallaron.

La obediencia ciega los ha convertido en zombis —profería el sujeto.

Y fui testigo de cómo en las calles asesinan los valores de los seres humanos. De súbito me sentí zombi.

Pero ya no camino por esas calles cercanas al mar, ahora, libre como lo puede ser un emigrado, camino por otras geografías. Las calles de mi país siguen presas de las ideas ciegas de un dios loco. Los cuerdos sufren.

No he podido hacer nada, soy un simple observador que soporta a la distancia prudente de un testigo; mientras el «Todopoderoso» descansa en paz dentro de una roca protegida por la casta de siempre.

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