La semilla al viento

La semilla al viento

Pedro le asaltó en el invernadero, a sus ojos era la mujer que nunca pudo conquistar y volvió a intentarlo con todo su ser.

-Tengo 60 años y estoy solo. Fui como una abeja que libó de flor en flor y cuando quise sentar la cabeza, tener un hijo, ninguna, de las pocas mujeres que había, me aceptó. Siento el pesar de trabajar para nadie, sin el calor de un hogar, no quiero que mi semilla se pierda. Tú estás sola. Cásate conmigo.

Mientras le hablaba le agarraba sus dos brazos con sus manos llenas de las grietas de una vida entera dedicada al campo; eran como surcos en la tierra de su carne, en los que se podía leer todos los afanes que la supervivencia había escrito. Le agarraba queriendo atraerla hacia sí, a sabiendas que entraba en un territorio prohibido. En su fuerza había tanto contención, la de su energía viril que llevaba muchos años sin poder desparramarse sobre un cuerpo femenino, como también el olfateo del ciervo en la berrea, a la espera de que una hembra diese su apertura.

Beatriz se apartó con gentileza para no herir la parte emotiva de la escena y se protegió de la parte natural que como un torrente podía desatarse si no manejaba los hilos sutiles que la polaridad masculina-femenina estaban produciendo en esa carne que es sensible a los embates del deseo. En un instante vio el drama de la cultura rural, en la que llevaba tres años injertándose. Ella era una nueva pobladora, la última esperanza para pasar el testigo de una cultura que moría.

Pedro era pastor de cabras y se sentía el tonto del pueblo hasta que conoció a Beatriz y ella, poeta y escritora le regaló una nueva narrativa: la del héroe Abel que fue el elegido por el cielo, pues su ofrenda no dejaba huella y le hablaba de la dimensión espiritual y sagrada de la vida que se vertebra en el hilo inmutable de las calendas.

Pedro incorporó rápidamente ese nuevo imaginario y sus complejos de no saber escribir y leer se convirtieron en los estandartes de un desconocido orgullo, los que ella le decía que tenía la cultura ágrafa, y que su manera de vivir era la de los antiguos héroes de la península y se sentía un guardián custodio de la naturaleza, el último aborigen, en iguales condiciones de sabiduría que todos los libros que Beatriz había devorado para comprender el cosmos, por lo que una vez más intentó que se desposará con él.

Beatriz le miró dulcemente a los ojos y le dijo: – Pedro: ¿Dónde pondrían su nido un pájaro y un pez?

Pedro la soltó, miró hacia la tierra que le vio nacer y comprendió que su saber rural, su semilla, nunca sería fertilizada por el amor de una mujer, no habría herederos y regresó a la montaña con sus cabras, esperando como un cordero que la muerte se llevase su ofrenda hacia el cielo.

Beatriz Calvo Villoria

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