Los amores de Ámbar y Guadalupe, cap. 2 «Ziploc»

II

“Ziploc”

En la callejuela había un humo blanco. Era un tufo que no tenía nada de raro y que se desprendía de una alcantarilla en la esquina más alejada del departamento. Era simple vapor de agua, pero para Ziploc, como se lo conocía, era un misterio interesante sobre el que le gustaría indagar en profundidad oportunamente. Claro que para ello debería disponer de más tiempo, las ciencias exactas no eran su fuerte. Tampoco las sociales.
Miraba desde la ventana donde estaba asomado el humito y las raras formas que adquiría al ascender. Descubría en ese insinuante movimiento ondulatorio algo de femineidad. Pero esa apreciación duraba apenas lo que un suspiro. Para él, todo lo femenino era efímero.
Al cabo de unos largos minutos de observación se preguntó “¿por qué subirá el humo?” Fue un interrogante que se formuló totalmente ajeno a las leyes de la física. Y luego de un instante de reflexión se respondió con absoluta seguridad: “porque lo dejan”. He ahí el meollo del asunto. Donde el orden no existe, la anarquía cunde a voluntad.
Ahí estaba ese humito desgraciado dándole la razón, escapando entre los barrotes de la pesada alcantarilla de hierro fundido, ascendiendo displicente, dando vueltas sobre sí mismo, girando como una espiral alegre hacia el cielo a donde no podría entrar por ninguna razón si las cosas conservaran el orden natural que habían perdido.
Para Ziploc todas las cosas malas ocurrían porque alguien permitía que así fuera. Y no se refería a Dios en quien “casi-casi” había dejado de creer hacía algún tiempo (“casi-casi” respondía cuando alguien le decía de su posible ateísmo), algo que ocultaba rigurosamente a sus hijos de los que no quería que imitaran su gástrico ateísmo. Porque lo suyo, lo dijo en cuanto lugar pudo, era una simple “cuestión de estómago. Yo a este papa no lo puedo digerir”.
El ascenso al trono de Pedro de un papa comunista lo había alejado para siempre de las formalidades de la religión. La blasfemia papal no tenía atenuantes. “Los cardenales se lo permitieron, por eso un comunista es papa”. El cardenalato lo había decepcionado profundamente. Y eso que él había confiado en ellos durante casi toda su vida. Los asuntos de los abusos contra niños nunca le pareció más que propaganda comunista, un embrollo de penes y anos inventado para desprestigiar a la Santa Iglesia. Pero como la Santa Iglesia no se defendía a sí misma, cualquiera podía andar repitiendo falsas acusaciones por donde se le placiera con la bendición del papa comunista. ¡Qué anticristo! ¡Qué anticristo!
Para colmo era un papa salido del fin del mundo, con todo lo que ello implicaba. Seres más parecidos a los primeros primates que a los ascendidos a una raza superior. Vagos, planeros, piqueteros. Vivillos de toda laya, mujeres procaces embarazándose para cobrar ruines unas monedas de la asistencia social, rufianes merqueros, la “argentinidad al palo”. Toda una fauna criolla.
¿Qué podía salir de todo eso? El anticristo en persona. Y no lograba explicarse cómo todavía un cardenal, o el secretario de un cardenal, o un chupa cirio de un cardenal, de esos que corren por las sacristías como ratones negros de ojitos rojos, no lo había hecho beber el tenebroso té de la muerte, el que le dieron al otro papa que se pasó de vivo. Y así le fue.
¿“Habemus papa”? Dulce y oscuro té de la muerte: “non habemus más papa”.
Si el gobierno verdadero de las cosas del mundo opinara que el humo no podía ascender porque eso era violatorio de una ley, incluso la más absurda de todas, habría la suficiente cantidad de voluntarios dispuestos a impedir que el tufo siguiera saliéndose con la suya. Y el humo dejaría de ascender libremente. De eso estaba completamente seguro. No había en todo el universo ni un solo humo que se atreviese a romper el mandato de quedarse bien quietito en su maldito agujero de la alcantarilla, si estaba en presencia de un grupo decidido a hacer cumplir la ley a como diera lugar.
“Si los cardenales se hubieran comportado como hombres y no como maricas”, mascullaba, “no habría un papa comunista y mucho menos esa runfla de piqueteros que marchan con su apoyo. Todo patas para arriba. Todo.”
La solución era sencilla: sólo había que hacer cumplir las leyes naturales. Volver a la ley. Imperiosamente. Si era por las buenas, mejor, se ahorraba energía, algo muy importante en los tiempos que le tocaba vivir, en el que el costo de toda energía se había multiplicado por cinco, por seis, por diez, al infinito. Ahorrando energía quedaría tiempo para alguna otra misión disciplinaria.
Pero si debía hacerse respetar la ley por las malas, ¡bienvenido fuera! Palo y a la bolsa. Siempre quedaba el recurso de métodos más agresivos de convencimiento. Un bonito bate de beisbol (“Ziploc” adoraba el sonido de la madera rompiendo los huesos), una abundante y contundente descarga eléctrica en zonas muy sensibles (testículos en los hombres, vagina en las mujeres, en ambos el recto), o un calibre poderoso, una Magnum 357 apoyada en un ojo y amartillando ruidosamente la pistola para que a la chabona o al chabón (desde hacía un tiempo siempre había que hablar en masculino y en femenino para que nadie se sintiese discriminando) no le quedara ni media duda de sus intenciones.
Para llevar adelante todo tipo de empresas, desde altruistas a absurdas, lo que sobraba era gente dispuesta. Siempre hay gente que necesita ganarse el pan de alguna manera. Eso era mejor que vender droga. Aunque vender droga también era un trabajo digno si era para la Agencia. El mundo capitalista tenía esas cosas y había que aceptarlo tal y como era. Él adoraba el capitalismo salvaje, le iba a su medida, como un traje de confección. El Estado de bienestar era como arrellanarse entre las tetas de una prostituta obesa. Por eso votó al presidente, aunque nunca le había podido entender ni jota cuando hablaba. Siempre parecía que tenía una papa en la boca y tampoco elaboraba bien sus discursos. “Es lo que hay”, se dijo y se sintió conforme.
Siempre habría gente de a pie, gente común, gente como él, gente dispuesta a todo servicio, sólo había que saber encontrarlos y para eso, “Ziploc” era un especialista. Había reclutado una bandita de lúmpenes que eran capaces de cualquier cosa. Criaturas encantadoras, sin moral ni principios, como le enseñó aquel jefe en alguna oportunidad.
El salvaje grupete merodeaba en las noches como los lobeznos ansiosos de aventuras sangrientas. Adoraban ir a tirar piedrazos a las marchas por la aparición con vida de Maldonado, pintar el Cabildo, romper vidrieras golpear gente, manosear “pendejas” y escupir “pendejos”. Trabajadores full time, nada de llorones proletarios reclamando por paritarias libres, horas extras, aguinaldos mal liquidados. Otra gente. Gente de bien.
Detestaba esos vagos y haraganes de todo pelaje, indiferentes a cualquier empresa por más atractiva y bien paga que se presentara. Solo querían holgazanear y beber cerveza y fumar marihuana. Especialmente los jóvenes eran de ese tipo. Aunque el defecto peor que encontraba en la juventud no era su haraganería, sino su licenciosa vida sexual.
Los había visto con sus propios ojos y en todos lados. Así que su juicio no se basaba en puros chismes.
Muchachos con muchachos y mujeres con mujeres. Una verdadera inmundicia. Cuando no sexo grupal, como hacen el coito los monos en África. Y no sólo los monos.
“Ziploc” había sido educado en la más rigurosa disciplina. Así que esa tarde noche estaba de muy mal humor porque lo habían mandado a bichar la “marea verde”, la movilización de las abortistas.
Pendejas alborotadas, lesbianas liberadas, homosexuales impúdicos, bisexuales escabrosos, travestis escandalosos, toda esa “fauna”, como la describía, que lo inquietaba y que pasó a su lado no una sino cientos de veces. “Eran miles”, se dijo decepcionado. “Pero miles-miles”. Y, para colmo, “lleno de pendejos zurdos”.
—¿No era que los habíamos matados a todos? Preguntó una tarde a sus compadres mientras juagaban al truco. Lo miraron con algo de asombro, siguieron relajeando las cartas y ninguno quiso responderle.
Cuando los veía desfilar se desilusionaba del futuro de la humanidad. Se interrogaba sobre el destino de la vida humana sobre el planeta Tierra. ¿Tendría porvenir el ser humano degradado de ese modo? No lo creía. Y todo era culpa del ascenso del papa comunista al trono de Pedro. Si el anticristo llegó tan lejos, nada ni nadie podría impedir sus perversos designios.
Así que desde que volvió al lugar de reunión solo tuvo tiempo para su pesimismo y para observar ese maldito humito subir y subir en dirección al cielo donde se desvanecía para ocultar su presencia.
Cuando ingresó el viejo sicario le preguntó por cómo andaba de su optimismo ese día.
—Soy pesimista por naturaleza. –Respondió sin dejar de mirar por la ventana.
—Schopenhauer.
—Que te recontra. –Respondió Ziploc que no tenía la menor idea de quién era Schopenhauer.
—Gracias. –El viejo tomó el insulto como una verdadera alabanza.
—¿Volvió “Foreign”?
—Todavía no. ¿A dónde fue?
—Le dieron un laburito fácil.
—Entonces le salió para la mierda. “Foreign” no puede hacer nada bien. Todo lo jode.
—Se optimista.
—No puedo. Soy pesimista por naturaleza. Además, no es un problema de optimismo. ¿De qué calibre era el trabajito?
—Nueve milímetros.
—¿Glock?
—Si, Glock.
—¿Por qué joden con la Glock? Seguro que la cagó. Estoy seguro.
—¿357? Mucho ruido
—Bah… Magnum 357. Y asunto arreglado.
—Si falló, no cobra –aseguró el viejo–. El jefe quiere productividad. Paga por fiambre, si no, no paga.
—Otro pelotudo. Un día me va a agarrar torcido y le voy a meter la planilla de la cosa esa en el culo.
—Excel.
—Si, en el culo de ese.
—Excel, planillas de Excel. Así se llama el programa.
—¡Qué carajo me importa! –Se alejó de la ventana sólo por un momento y dejó de prestar atención al humito de la alcantarilla. Miró al viejo a los ojos. El viejo sonrió tranquilamente y prendió un cigarrillo. Ahí estaba otro humito tan indecente como el primero. Las cosas ocurrían a su alrededor y confirmaban sus sensaciones.
—¿Quién era el beneficiario del trabajo?
—La pareja de la hija lesbiana del coronel ese que mataron en el norte, cuando lo de la momia. –Explicó el viejo.
—¿Esa yegua hija de puta? Cómo el mundo no va estar para la mierda. Hija de un coronel y lesbiana.
—Mejor no opino. –El viejo se reservó la opinión.
—Yo opino… total ¿a quién le importa lo que yo opino? ¿Mandaron a “Foreign”? La cagó seguro. Si el importado es abortista. No puede matar una lesbiana, ni un puto, ni un travesti, ni nada de nada. Se fue al INADI a llorar con otros putos. Después lo va a ir a consolar el “jefe”.
—Nada contra el jefe, Schopenhauer. Las paredes oyen.
—Seguro que la cagó.
—Se optimista. –Insistió el viejo.
—No puedo. Mano de obra extranjera, así la industria nacional se va al bombo. ¿A dónde era el laburo?
—Ni idea.
—¿Le explicaste?
—¡No! Desde aquella vez que le dije al grandote cómo trozar al trabuco adentro del freezer para no ensuciar con la sangre y lo dejó escapar, no abro más la boca.
—Otro hijo de puta. ¿A ese lo agarraron?
—Que yo sepa, no. Pero yo no me meto donde no me llaman.
—Volvé “Pérez y Pérez” ¡te perdonamos! –clamó Ziploc.
—Ese no vuelve más, olvidate. Dicen que lo mandaron de gira por todo el mundo. Esa sí que es vida. Si él estuviera, “Foreign” estaría pelando bananas en su país.
—Este país se va a la mierda.
—Ajá. Pero de eso hace mucho. Te avivo de que “Foreign” tiene cuña arriba. Ya te imaginás quien lo trajo.
—El papa. Lo mandó el papa para cagarnos la vida.
—¡Dejate de joder con el papa!
Sonó el celular del viejo. A Ziploc esa música lo alteraba.
—Ponele un sonido decente, viejo.
—¡Yarap! (1) –exclamo exigiendo silencio. Ziploc cayó por no mandarlo a la mierda.
El viejo escuchaba atentamente y sólo movía la cabeza afirmativamente. “chau-chau”, dijo y cortó la comunicación.
—¿Adiviná?
—La cagó.
—La cagó.
—¿No te lo dije?
—Dos tiros. Uno perforó el pulmón y el otro rebotó en el omoplato.
—¡Pero era a la cabeza! ¡Dos a la cabeza! Como a la quiniela. ¡A la cabeza, “Foreign” pelotudo! ¡Pelotudo! ¡A la cabeza!
—Por ahí no sabe que es una cabeza, total él no la usa nunca.
—¿Y ahora?
—¡Ja! ¿Y ahora? Y ahora te quiero ver.


[1] Shut up.

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