I. Como íbamos diciendo
Por último, me gustaría continuar.
Por ejemplo, bailando un tango. Pero dada esta involuntaria posición horizontal en la que me hallo y el alto grado de descomposición que ya se observa en mi cuerpo, me abstendré. Y además no sé bailar el tango.
Consíganle un tutor a mi violín, nada más triste que un instrumento sin ejecutante. Mis partituras de Bach comentadas en los márgenes pueden obviarlas – sobran maestros, lo que escasea son ejecutantes –
Desbrocen mi jardín, declárenle la guerra a las hormigas, cuiden mis pasionarias, que no les falte el agua.
¿De lo imaginado a lo vivido hay muchos pasos? Si hubo algo que entender no lo entendí, juro que lo intenté. El asombro me lo llevo intacto.
A mis hijos, en adelante mi silencio eterno, ya sabrán qué hacer con él.
En primer lugar, procederé a retirarme. Preferiría ser discreto, por favor ninguna exégesis, ningún énfasis – esa falta de pudor de los corolarios –
II. Un árbol de hojas blancas.
No son miles de pájaros volando apretados. No nevó, no existen los fantasmas, es un árbol tupido de hojas blancas. Y es el viento.
El árbol es como la página en blanco: te engaña. Tanto mirar la página, tanto mirar al árbol, si no acabás viendo fantasmas ves árboles nevados. O pájaros, miles de pájaros.
Pero es blanco, puro blanco. Y es nada más que un árbol.
Y vos creés que con lo negro le vas a hacer decir algo. Hay que dejar que hable el blanco.
Y que hable el árbol.
Vos confiá, lo blanco sabe.
III. Leteo
A pesar de la negrura y de este río de aguas turbias soy feliz – créanme, nunca estuve tan seguro de algo –
Leves, yo y la barca. Me quité un peso de encima y no es metáfora, me siento más liviano.
Yo, locuaz, y con quién hablo; desde que partimos de la orilla el barquero mudo y la negrura y el río y todo alrededor, callado.
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