Homicidio culposo

Homicidio culposo

Samuel

14/10/2026

No entendía por qué mi abuela había querido que usara el gran terno de mi padre precisamente ese día. Me daba calor y pesaba tanto que tenía que detenerme de vez en cuando para acomodármelo sobre los hombros. Pero era mi responsabilidad.

Después de terminar de cambiarme, caminé hacia la cocina para buscar el instrumento. Abrí el cajón correspondiente y saqué un cuchillo pequeño, lo bastante corto como para esconderlo en la manga izquierda del terno. Nunca me había gustado la textura del acero. Era demasiado lisa. Parecía hecha para que todo resbalara sobre ella, incluso la ira y la culpa.

Lo guardé.

Había llegado la hora del descenso. Tenía que ir a la iglesia.

Cerca de mi destino, todavía dentro del auto, observé por la ventana a los insectos más miserables que conocía: los periodistas. Rodeaban al presidente de mi país, que obviamente asistiría al funeral. Quizá había pensado que el luto lo protegería de las preguntas. Se equivocaba. Lo estaban esperando.

Salí del auto. A pesar del frío de la noche, sentí calor apenas lo vi. Aunque al seguirlo con los ojos sentía como el terno se volvía más liviano.

Los periodistas se amontonaban a su alrededor.

—¿Está usted relacionado con la muerte del alcalde?

—¿No le parece insultante para la familia de la víctima que esté presente?

—¿Por qué ha venido?

El ruido de aquel escrutinio me resultaba insoportable. Sobre todo porque creía conocer la respuesta a la primera pregunta. La segunda me importaba un demonio y la tercera, todavía menos.

Odiaba estar allí.

El aire frío me dio un poco de alivio. Respiré profundamente. Tenía al presidente exactamente donde lo quería y debía concentrarme en eso. En él.

Solo en él.

El viento me empujó hacia la entrada trasera de la iglesia. Allí el ruido disminuyó y pude ver a las personas que empezaban a reunirse por mi padre. Algunas sostenían carteles en son de protesta. Eran de cartón barato y el viento los doblaba con facilidad. A varios se les escaparon de las manos. Corrían detrás de ellos mientras gritaban consignas que los periodistas parecían no escuchar.

Uno de los carteles cayó cerca de mí.

“PRESIDENTE ASESINO”

Me detuve.

Una mujer corrió a recogerlo y me pidió disculpas antes de regresar con los demás.

Continué caminando.

Al entrar, la luz de la iglesia me golpeó los ojos. Después de tantos minutos en la oscuridad, tuve que cerrarlos. Cuando volví a abrirlos, una lágrima me corría por la mejilla izquierda. Me la limpié enseguida.

Mi madre me esperaba junto al resto de la familia, en la banca más cercana al féretro y a la imagen de Jesús. Se acercó en cuanto me vio y empezó a preguntarme algo. Apenas la escuché. Sin el viento, el calor había vuelto. Sentía la camisa pegándose lentamente a mi espalda.

Entonces di el primer paso hacia ella y noté humedad en la manga izquierda.

El cuchillo, atrapado entre mi muñeca y el antebrazo, comenzaba a resbalar.

Lo sujeté con la otra mano.

Miré hacia el altar. Jesucristo parecía observarme desde lo alto. Aparté la mirada.

Le dije a mi madre que necesitaba ir al baño y me alejé antes de que pudiera preguntarme nada más.

Apenas entré, comprobé que no hubiera nadie. Saqué el cuchillo, lo dejé junto al lavabo y abrí el grifo. El agua fría contra mis manos fue un alivio inmediato. Me lavé la cara. Luego volví a hacerlo. Y otra vez.

No sabía cuánto tiempo había pasado hasta que reparé en que el cuello del terno de mi padre estaba empapado.

Cerré los ojos.

Por un instante regresó una imagen que llevaba días intentando mantener lejos: una calle oscura y las luces amarillas de un poste.

Abrí los ojos.

No.

No era momento para pensar en eso.

Limpié el mango del cuchillo y estaba a punto de volver a esconderlo cuando se abrió la puerta.

Entró un amigo de mi padre.

Intenté llegar a uno de los cubículos del baño antes de que me reconociera, pero escuché mi nombre. Esperaba las mismas condolencias de siempre, quizá acompañadas de aquella frase que tanto odiaba: todo pasa por algo. Sin embargo, se limitó a saludarme y caminar hacia los urinarios. Al notar que no me movía, volvió a mirarme.

—¿Estás bien?

¿Por qué no podía simplemente decir que sí?

Abrí la boca, pero tardé demasiado en responder.

—Lamento mucho tu pérdida —continuó—. De verdad. Sé que ahora mismo no hay palabras que sirvan de consuelo. Da rabia pensar que pudo evitarse. Todo gracias a la negligencia de la justicia y a la policía que lo dejó solo.

Apreté la mandíbula.

—Él no debió estar ahí sin nadie —añadió.

Sentí un escalofrío.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápido.

Por suerte, escuché a mi madre llamándome desde fuera. Nunca me había alegrado tanto de oír su voz.

Me despedí y salí.

En el pasillo me temblaban las manos.

Metí la derecha en el bolsillo y apreté la izquierda contra mi cuerpo, sintiendo el cuchillo escondido bajo la tela del terno. El peso seguía allí.

Tenía que seguir.

Mientras avanzaba hacia la primera banca, donde estaban los familiares del difunto, observé de reojo a los invitados. La mayoría eran ciudadanos del distrito que mi padre había gobernado. Ocupaban los asientos más alejados del féretro.

Sus rostros parecían agotados. Algunos tenían los ojos caídos. Otros rezaban.

¿Por qué rezaban? ¿Pedían justicia?

Lo que yo estaba a punto de hacer no podía llamarse justicia. Lo sabía. Era una compensación. Una vida por otra. Eso era todo.

Tal vez ellos sí lo considerarían justo. Tal vez, cuando todo terminara, alguno diría que el hijo del alcalde había hecho lo que nadie más se había atrevido a hacer.

La idea debería haberme dado fuerzas. Desafortunadamente no lo hizo.

Llegué finalmente a nuestra banca y me senté. Éramos pocos. Demasiado pocos.

Mi madre, mis abuelos y yo.

Cuatro.

Faltaban los hermanos de mi padre.

Y faltaba mi hermano gemelo quien se había librado de la ceremonia alegando que tenía que estudiar para su examen de admisión a la universidad.

Miré el espacio vacío que habría debido ocupar a mi lado.

Sabía por qué no había venido.

Desde la muerte de papá apenas me dirigía la palabra.

La última vez que lo había hecho, dos noches atrás, había sido para preguntarme algo que todavía no podía responder con seguridad.

¿Enserio sabes quien lo hizo?

Supongo que fue mi primera respuesta a esa pregunta la nos distanció. Y aunque le dije que el presidente sería el segundo culpable ya era tarde. Después de eso me miró furioso y se fue. Tampoco decidió ayudarme con esta vendetta.

Debajo de la manga, mis dedos buscaron el mango del cuchillo.

No quería pensar en mi hermano.

No quería pensar en aquella calle.

Miré hacia el presidente.

El desasosiego dejaba de aumentar.

Pronto llegaría el momento.

Después de casi una hora, terminó la misa y dio paso al elogio fúnebre o palabras de despedida.

La primera en hablar fue mi madre.

Caminó hasta el atril con un papel doblado entre las manos. Lo desdobló y comenzó a leer.

—Mi esposo era un idiota.

Algunas personas levantaron la cabeza, sorprendidas.

—Perdónenme. Sé que no es la mejor manera de empezar una despedida. Pero si él estuviera aquí, sería el primero en reírse.

Se me hacía fácil imaginarlo.

—Era un idiota porque confiaba demasiado en las personas, incluso cuando le demostraban que no debía hacerlo. Porque si alguien le pedía ayuda, era incapaz de decir que no. Yo le repetía que así no funcionaba el mundo, pero él seguía intentándolo.

Hizo una pausa.

—Cuando decidió postularse a la alcaldía, tuve miedo. Era demasiado sincero para la política y demasiado confiado para ver segundas intenciones de quienes lo rodeaban. Confundida condescendencia con preocupación e indiferencia con cariño.

Sentí que algo me apretaba la garganta. Era la corbata.

—Pero yo tuve la suerte de conocerlo de otra manera. Conocí al hombre que se quedaba dormido viendo películas que él mismo escogía. Al que les cantaba boleros a sus hijos pequeños. Al que me compraba flores en nuestro aniversario.

Moví mi brazo derecho hasta mi garganta y cerré los ojos.

—Él amaba a sus hijos más que a nada. Y estoy segura de que, si pudiera pedirnos algo ahora, sería que no dejáramos que su muerte nos arrebatara nuestra vida.

Los abrí de nuevo, dejé de mirarla y afloje mi corbata.

—Me quitaron a mi esposo. A mis hijos les quitaron a su padre. Pero quiero recordarlo por cómo vivió, con esa bondad que a veces parecía una estupidez y con un amor que parecía no tener fin.

Miró hacia el féretro.

—Te voy a extrañar, mi amor.

Ya no pudo continuar.

Regresó a nuestra banca entre aplausos. Cuando se sentó, me tomó la mano derecha. La izquierda seguía escondida bajo la manga.

Creo que quería que la abrazara.

No lo hice.

¿Por qué existe esto? Una ceremonia para hablar tan bien de una persona muerta. Era como si cada virtud pronunciada en voz alta hiciera más evidente todo lo que ya no volvería a existir.

Y mi padre había tenido demasiadas.

Los aplausos disminuyeron poco a poco. El sacerdote agradeció las palabras de mi madre y anunció que el presidente de la República también deseaba despedirse de su amigo.

Sentí que la sangre me golpeaba las sienes.

El presidente se levantó. Llevaba un traje negro y tenía los ojos enrojecidos. Mientras caminaba hacia el atril, varias personas comenzaron a murmurar.

Acomodó el micrófono y miró hacia el féretro.

—Antes de empezar, quiero pedirle perdón a la familia por haber venido acompañado de tanto ruido. Hoy debería ser un día para despedir a un hombre extraordinario, no para hablar del presidente.

Su voz sonaba más baja que en sus discursos televisados.

—Sé que mi presencia ha causado indignación. Y entiendo por qué. Hace unos días, un hombre honrado abordó lo que parecía ser un taxi, sin saber que era utilizado por delincuentes para asaltar pasajeros. Lo que sugirió el perito fue un robo, un forcejeo y un disparo que, según las investigaciones preliminares, ni siquiera habría sido intencional.

Hizo una pausa.

—Y mi amigo murió.

Apreté los dientes, expectante.

—No he venido a prometerles que encontraremos a los responsables. Eso es una obligación del estado y por ende mia, no un favor que deban agradecer. He venido porque el hombre que está aquí fue mi amigo.

Bajó la mirada.

—A veces le decía que no entendía cómo había sobrevivido tantos años en la política. Y él me respondía que quizá el problema era que los demás habíamos aprendido a sobrevivir demasiado bien.

Se escucharon más murmullos.

—Hace tres semanas hablamos por teléfono. Me contó sus proyectos para el distrito y me reclamó, como siempre, que el gobierno central no estaba haciendo lo suficiente.

Su expresión se endureció.

—Tenía razón. Y la tiene hoy, aunque ya no pueda decírmelo.

La iglesia quedó en silencio.

—Señoras y señores, sería fácil responsabilizar únicamente a los delincuentes, a la policía o a la justicia. Pero yo soy el presidente. Y cuando un ciudadano no puede tomar un taxi sin arriesgar su vida, entonces yo he fracasado.

Levantó la mirada.

—No voy a esconderme detrás de mis ministros. La responsabilidad política de enfrentar esta crisis es mía. Y la asumo.

Los aplausos resonaron.

Sentí una punzada de rabia.

Había conseguido que lo aplaudieran por admitir su error.

Que envidia.

Había visto suficientes discursos suyos para reconocer aquella cadencia. Las pausas, la manera de levantar la voz, el instante en que dejaba de hablar como una persona y comenzaba a hacerlo como presidente. Ya ahora vi desnudo a una persona que jamás pensé que podría hacerlo.

Pero entonces se volvió hacia nosotros.

—Sé que ninguna decisión que tome podrá devolverles a su esposo, a su hijo o a su padre.

Su voz tembló.

—Y eso es algo con lo que tendré que vivir.

Se llevó una mano a la boca, bajó la cabeza y respiró con dificultad.

—Perdónenme —murmuró.

Había entrado a aquella iglesia bajo los gritos de asesino.

Y ahora saldría de ella humanizado.

Mi abuelo se levantó para estrecharle la mano.

Después lo hizo mi abuela.

Luego hacia mi mama.

Finalmente, el presidente se volvió hacia mí. La oportunidad perfecta

Estaba tan cerca que pude distinguir las arrugas alrededor de sus ojos.

Me tendió la mano.

—Tu padre estaba muy orgulloso de ustedes —dijo.

No respondí.

Su mano permaneció extendida.

Sentí el cuchillo contra el antebrazo.

Era el momento.

Todo lo que había imaginado durante aquellos días estaba concentrado en unos pocos segundos. No tenía que seguir escuchándolo. No tenía que estrecharle la mano. No tenía que permitir que saliera de allí convertido en un héroe.

Bastaba con que moviera el brazo izquierdo y dirigiera el acero a su cuello.

Pero el presidente seguía mirándome.

Levanté los ojos hacia los suyos.

Estaban enrojecidos, especialmente en los bordes, donde pequeñas venas rojas se extendían sobre el blanco de sus ojos. Los párpados inferiores parecían hinchados y unas ojeras profundas descendían desde sus extremos hasta los pómulos. Tenía la mirada húmeda, pero no lloraba. Sus ojos permanecían fijos en los míos, con una tristeza tan evidente que, por un instante, me resultó difícil sostenerle el contacto visual.

Había algo más en ellos. Una melancolía que no había advertido mientras hablaba frente al micrófono. No era la expresión solemne que acostumbraba mostrar ante las cámaras. Sus cejas, ligeramente levantadas hacia el centro, y la tensión de sus labios le daban el aspecto de un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniendo el llanto.

Parecía cansado.

Terriblemente cansado.

Dejó de extenderme la mano.

—Lo siento mucho, muchacho —murmuró.

No podía matarlo.

No mientras me mirara de aquella manera.

Y eso me llenó de una rabia que sabía contra quién dirigir, al otro sospechoso del homicidio, yo.

La desesperación y la culpa rebalsaron sobre mi.

Inmediatamente corrí desesperado por el frío viento de afuera.

No sabía adónde iba. Simplemente corría, alejándome de las luces de la iglesia, de los aplausos y de aquella mirada.

El viento me golpeaba de frente. Al principio lo agradecí. Durante toda la ceremonia había deseado sentirlo sobre la piel, que me librara del calor insoportable que parecía perseguirme. Pero cuanto más corría, más difícil se volvía respirar. El aire helado se metía por mi garganta y me raspaba por dentro. Me ardían los ojos y las mejillas me dolían como si alguien las estuviera cortando.

Aun así, seguí corriendo.

En algún momento, una ráfaga levantó los faldones del terno. Intenté sujetarlos, pero el viento se coló entre mi espalda y la tela. La chaqueta, demasiado grande para mis hombros, comenzó a deslizarse. Sentí que una manga se me escapaba del brazo.

Me detuve para acomodármela, pero otra ráfaga terminó de arrancármela.

La vi caer sobre el asfalto y deslizarse unos metros.

Por un instante pensé en recogerla.

Era de mi padre.

El viento volvió a levantarla y la arrastró hasta perderla entre las sombras.

Seguí corriendo.

Ya no tenía nada que me protegiera del frío. La camisa mojada por el sudor se me pegaba al cuerpo y cada ráfaga parecía empujarlo en dirección contraria hacia donde sea que me dirija. Me dolían las piernas, los pulmones y la garganta. Finalmente, tropecé con el borde de una vereda y tuve que apoyarme contra un árbol para no caer.

Había llegado a un parque que no reconocía.

Me dejé caer sobre una banca. El metal estaba helado. Permanecí inclinado hacia delante, intentando recuperar el aliento, mientras observaba mis manos temblorosas.

La izquierda todavía conservaba la marca que había dejado el mango del cuchillo. El cual había perdido junto con el terno.

Me quedé mirándola y recordé aquella noche.

Mi padre esperaba junto al taxi. Yo estaba a unos pasos de él, molesto porque había insistido en acompañarme hasta tan tarde en un distrito tan peligroso.

Me llevé las manos al rostro.

No había querido dejarlo.

Durante días había imaginado que el presidente fue el responsable por algún asunto político. Seguramente querían deshacerse de él para encubrir un delito.

Pero había algo que ninguna de esas explicaciones conseguía borrar.

Mi padre estaba solo, desprotegido ante un obvio peligro y a mi no me importo.

Y yo había seguido caminando.

El viento sopló otra vez.

Esta vez no hui.

Me quedé sentado en la banca, temblando, mientras el frío terminaba de ocupar mi cuerpo donde antes había sentido tanta rabia.

Tal vez debo más de lo que debo.

Empecé a llorar y me abrace

O tal vez he vivido tan poco que pensar en la muerte resulta inverosímil, uno imagina que más tarde que temprano sucederá y en este caso no fue así.

Una vida virtuosa que no pude proteger, una vida inocente con la que casi acabó y la mía, una vida absurda carente de propósito.

¿Qué iba hacer después de matarlo? Cárcel y ya supongo.

Creo que es por eso que mi hermano no aceptó ayudarme. Por este plan impulsivo del cual yo mismo me termine arrepintiendo. O acaso él le convenció la primera respuesta y ya no podía verme a la cara.

Quiero ir a mi cama y descansar.

Pero eso sería demasiado bueno para mi.

Me recoste boca arriba en el banco y mire el cielo

Llorar siempre me da mucho sueño

El viento seguía soplando, aunque ya me era indiferente. Cerré los ojos y me abracé con tanta fuerza como pude, intentando recordar cómo se sentían los brazos de mi padre.

Por primera vez en mucho tiempo, no quise respuestas

Solo quería que él me abrazara.

Etiquetas: cuento

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