Dedicatoria

A mi amada hermana Viviana Elena,

que se cansó de vivir una apacible noche de febrero.

***


“Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

Compañero del alma, tan temprano.”

(Elegía a la muerte de Ramón Sijé, Miguel Hernández.)

A Guillermo Fortuna, compañero del alma.

***

I

El último pito del tren dibujó rulos negros en el cielo y se fue agotando en el horizonte apenas dibujado con tonos de acuarela, mientras algunos chimangos embotados revoloteaban en círculos. El calor descendía en rollos anaranjados que, al mezclarse entre las hojas de los árboles, plátanos enormes con sus ramas alzadas casi hasta el techo del cielo, hacían como breves esquirlas cobrizas que caían punzantes a la tierra reseca.

De a ratos, el horizonte de acuarela se achicharraba perdiendo la suavidad de los colores, y vahos naranjas y verduzcos se espantaban como espectros enrareciendo el aire. Abajo, la tierra se resecaba una y otra vez, en un ejercicio constante de desecación que perpetuaba abundante polvo acumulado capa sobre capa, como restos mortuorios de una naturaleza cremada sin cesar.

AC, de pie e inmóvil en el andén de la vieja estación ferroviaria, veía al tren perder su arrogancia de acero, y los manchones negros que escupía la vieja locomotora se enrollaban en unos insignificantes puntos que quedaban colgados de racimos de nubes hiladas al azar, nubes que vaciaron sus aguas en lugares y tiempos perdidos y que nunca anunciaban el fresco de una lluvia que aliviara en algo la centenaria sequía de un pueblo en el que nadie recordaba si alguna vez llovió. «El agua vale más que el oro», pensó, riéndose con disimulo y asintiendo con la cabeza.

Apoyó su pequeña valija forrada de azul en el piso de la estación. En ella llevaba algo de ropa, los enseres indispensables para su higiene personal y dos armas: una Browning calibre 9 mm para su propia protección y su pistola calibre .22 Smith & Wesson para su trabajo. Una Smith & Wesson de hermosas cachas negras color de ébano lustroso, automática, de fabricación extranjera. No confiaba en la industria nacional.

Llevaba pequeñas estampitas de santos que irradiaban, desde el estampado policromático, una humilde religiosidad.

Repasó con sus ojos la arquitectura inglesa del parador ferroviario que mostraba el abandono al que fue arrojado, por lo menos, veinte años atrás. Los rieles enclenques y lustrosos eran los mismos que un inglés mocoso y un puñado de obreros sacados de los ingenios habían colocado más de setenta años atrás. Los durmientes podridos diseñaban la marcha del tren haciendo fatigoso el viaje por la vieja estructura ferroviaria. «Ramal que para, ramal que cierra», recordó risueño aquella bravuconada que destrozó el complejo ferroviario que llevó más de un siglo construir.

Una placa entre los asientos de la sala de espera recordaba el día que llegó el tren al pueblo, y algo apartada a la derecha colgaba la foto de aquel inglés de aspecto ridículo, el que, intuía, debió comportarse con modales extraños para el lugar.

El extranjero lucía un rostro afinado, alargado como el huso de las hilanderas, del que se desprendían colgajos de piel salitrosa, pálida y reseca; dos cejas algo gruesas se abovedaban sobre dos ojos negros, pequeños y penetrantes, que no insinuaban la agudeza de una inteligencia apta para la ingeniería y el cálculo matemático, pero sí la avaricia —la avaricia esencial, intrínseca, sustanciosa— que el Imperio le inculcó a sus funcionarios en la vasta obra de expandir los dominios coloniales por el mundo entero. En medio de esos ojitos algo libidinosos emergía una nariz aguileña poco armoniosa. Debajo de ella, un fino tajo negro perpetuaba un delicado bigotito sobre unos labios apretados y enigmáticos, que mostraban cierto brillo que el tiempo y la sequedad no habían arruinado, brillo que algo de lividez exangüe insinuaba. El mentón proyectado hacia adelante cerraba una mandíbula caballuna algo cuadrada para la estructura alargada de la cabeza, sobre un cogote demasiado fino, que daba la sensación de que en cualquier oportunidad un leve viento lo habría de quebrar igual que un simple junco.

El día que llegó el tren al pueblo no hubo discursos ni festejos, y es probable que el inglés aquel ni siquiera haya permanecido allí, obligado por sus labores de expandir el ferrocarril para atender las necesidades del Imperio y sus ricos socios propietarios de enormes extensiones de tierra, para proveer de carne y granos al centro neurálgico del mundo moderno de entonces, cuando éramos una bella perla en la corona de Su Majestad la reina. «El granero del mundo», se dijo entonces y se lo repitió como un padrenuestro.

Aquel suceso tiene que haber tenido un significado trascendente para el poblado, sumido desde hacía decenios en un letargo casi medieval, en el que campeaba rampante el sagrado derecho de pernada.

Pero en la sala de estar no había mención alguna de tal acontecimiento y, además, algún pueblerino se empecinó en borrar el nombre del intendente de la placa recordatoria, condenándolo al anonimato. Es probable que como buen politiquero hubiese preferido recibir ese símbolo del progreso que venía de la mano de los ingleses con una banda, un discurso y un festejo popular. Allí nunca existió una banda musical, ni músico alguno que improvisara canciones y melodías que dulcificaran el chirriar de los hierros de la maquinaria ferroviaria. Nadie podía ofrecerse (ni lo hubiera hecho) para dejar para la posteridad algún recuerdo musicado de aquel evento. Tampoco en el pueblo hubo escribidores que pudieran atender al pedido del politiquero de redactar algunas líneas para perpetuar, con chisporroteo de palabras, el devenir del progreso. Sin música y sin discurso, los deseos de celebración se evaporaron seguramente, como el agua alguna vez lo hizo sobre la tierra reseca de la pequeña villa.

Para su curiosidad, la soledad del andén solo estaba interrumpida por la pequeña figura de un anciano sentado en una silla baja, desvencijada, cuyo asiento y respaldo dejaban ver un mimbre viejo y muy amarillo, tan reseco el uno como el otro. Barbado, con algo de pelo pajizo flanqueando la calva, tenía las cuencas de los ojos vacías. Su nariz era ancha, rugosa y debajo de ella gruesos bigotes se prolongaban en una espesa barba ni blanca ni gris. Notó que el viejo parecía sumido en una especie de ensoñación y que soltaba a intervalos algunas frases inconexas o canturreaba como una especie de marcha militar en un idioma que él no podía reconocer.

Del anciano, conocido en el pueblo como Eliseo y apodado «finito» por su extrema delgadez, nadie recordaba su edad. Hasta podría haber sido centenario sin que ello hubiera motivado asombro. No quedaban familiares que pudieran asistir a sus necesidades, por lo que los pocos habitantes del villorrio se ocupaban de modo organizado de atender mínimamente al viejo espectro. Para que Eliseo abandonara la silla, algún pueblerino debía ir a buscarlo, tomarlo de sus curtidas y rugosas manos y llevarlo a una pequeña habitación que era parte del edificio ferroviario, en donde alguna vez vivió el jefe de estación. El camastro sobre el que dormía Eliseo era un viejo catre cubierto con unos pedazos de manta, jirones ya ennegrecidos de una roña añosa. Los mismos vecinos que se preocupaban de su descanso le proveían algo de comer, fueran trozos de pan casero, alguna sopa o, excepcionalmente, algo de carne cuando se carneaba algún animal pequeño, en especial cerdo o cordero. La carne de vaca allí era solo para muy contadas ocasiones.

¿Desde cuándo el anciano estaba sentado en la estación de tren, en su pequeña, vieja y reseca silla de mimbre? Nadie podía dar precisa noticia. Años atrás, cuando aún conservaba algo de lucidez, anunciaba al pueblo la llegada del tren, anuncio que los pobladores retribuían asomando un palmo de narices por las puertas para observar si alguien familiar llegaba de visita a la villa. Los contados pasajeros que iban en sus vagones jamás descendían salvo para orinar o refrescarse en los vertederos de agua que almacenaba el ferrocarril en enormes reservorios. De regreso, el tren solía venir cargado con los fantasmas de cadáveres de cientos de hombres transformados en caña de azúcar hacia Buenos Aires (ciudad que a todos se les hacía tan extraña como el extranjero), o hacia los confines del mundo. «¡Éramos el granero del mundo!», se alardeaba con más cinismo que convicción sobre las capacidades productivas de este modesto país del fin del mundo, capacidades abonadas con mucha sangre de paisanos e inmigrantes.

Todos los lugareños sabían que las promesas que los ingleses y sus amigos criollos hacían cuando marchaba el tren hacia la cosecha, repartiendo unos cartoncitos de colores que convidaban riquezas futuras, grandes comilonas y abundantes y gustosos vinos, eran falsas como eran falsos los espejitos de colores con los que los conquistadores arribaron a América, atraídos por el oro y la plata que, aseguraban, brotaban como manantiales de las venas sangrantes de los lugareños vencidos.

De la cosecha, hombres y mujeres sabían que volvían transformados en un palo dulce que parásitos acaudalados chupaban con alegría en Buenos Aires, en pitucas tertulias a la hora del té, o en los horizontes de un mundo que jamás conocerían. Era una muestra de gran sabiduría y prudencia dar la espalda a las coloridas promesas de aquellos cartoncitos que repartían malintencionadamente, muchas veces en nombre del mismísimo Dios nuestro Señor, los amos de la vida. Amén.

AC suponía que el final del andén lo llevaría al camino que desembocaba en el pueblo. Hacia allí dirigió sus pasos. Se detuvo a pocos centímetros del anciano que repetía monocorde una música que le sugirió la melodía de una marcha militar en un lenguaje extraño, una monótona repetición de órdenes irrevocables, marciales, un balbuceo propio de la soldadesca que bien conocía por su entrenamiento.

Eliseo Gamarra era un soldado (porque soldado se es para siempre). Alto, delgado, gringo: rubio, de tez oscura y ojos claros. Descendiente de otros tantos Gamarra que recordaban a veces al elemento porteño de esa elite de Buenos Aires que reclamaba entusiasta la santa cruzada contra el mariscal Solano López, el monstruo-ogro, el agresor-invasor; el caníbal que la oligarquía porteña afirmaba en su prensa ilustrada había degustado 400.000 argentinos en un banquete descomunal que acabó con la paz americana. La Triple Alianza[1], profetizaron entonces, salvaría al mundo de la catástrofe del caos primitivo de un paraguayo tiránico y despótico.

«En veinticuatro horas, al cuartel; en quince días, a Corrientes; en tres meses, a la Asunción», recitó el general que buscó presentar el exterminio como una gloriosa cruzada civilizadora, aceitada por los favores crediticios de la siempre interesada Baring Brothers y sus gerentes locales de las beneméritas entidades Nicholson, Green and Company, o del Banco de Londres y Río de la Plata.

«¡Al combate, maricones de mierda! ¡Maten a esos mierdas invasores paraguayos! ¡Dejen de lamentarse por una hermandad de inútiles!»

Y agregaba, reflexivo:

«Y no dejen de mandar los prisioneros que nos corresponden. Serán útiles, ya sean presos, soldados o peones. Muy importantes como peones. El trabajo de esos gronchos nos dará el futuro.»

Era la voz del comandante en jefe que bramaba contra los lamentos folletinescos «propios de un Alejandro Dumas»[1], cuando asombrados los hombres de armas argentinos rescataban «los cadáveres de mujeres y de niños que combatían por la patria, sin descanso, sin tomar ninguna clase de alimento ni de líquido, hasta la extenuación» [2].

Mientras los combatientes admiraban a sus enemigos por tanto amor y coraje hasta el sacrificio supremo, el comandante en jefe pensaba de esos subordinados suyos que lloraban el coraje paraguayo, que eran meros «edulcorados militares»[3], rémoras de un pasado inútil, retardados románticos de uniformes roídos, babosos, llorones, maricones de una nación que dejó de existir cuando cavaron aquella sepultura, «al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de la iglesia»[4], para depositar esa quimera cadavérica, esa vana ilusión que prosperó en la mente afiebrada de los primeros patricios de la Junta gubernativa. «Prefiero al amo viejo que al nuevo» [5] solo fue una expresión de atraso, una disrupción entre la realidad y el porvenir, una arrogancia originada en la ilusoria creencia de una nacionalidad abortada en los albores de su concepción.

Para el señor general, esta nación no supo asumir su derrotero, su destino real. Había que atreverse a asumir esa providencia y reconocer que la verdadera fuerza que impulsaba el progreso, la fuerza capaz de derrotar las viejas proclamas y reemplazarlas por los nuevos idearios, no provenía de las bucólicas y románticas consignas escuchadas en el redoble de los tambores de la guerra emancipadora («A vosotros se atreve argentinos el orgullo del vil invasor»: ingenuos versos de himnos entonados por los viejos patriarcas), sino en el capital inglés, el único capaz de voltear las antiguas murallas y anunciar el advenimiento de una nueva época. ¡El capital inglés! Ese «gran personaje anónimo cuya historia no ha sido escrita todavía» [6], «y que inspiraba a alzar una dorada y preciosa copa de oro bruñido, para brindar en honor del fecundo consorcio entre ese capital y el progreso» [7] de comerciantes y terratenientes herederos de los privilegios de la antigua colonia, artífices de la patria definitiva, surgida de los intersticios de la guerra civil y la matanza de la Triple Alianza.

El general se representaba a sí mismo como el verdadero campeón de la civilidad, el organizador destinado al rediseño de la nueva nación: dinámica, progresista, acomodada a los empeños del mundo real.

¿A qué prestar oído a esos lamentadores consuetudinarios que llorisqueaban por una Patria Grande que jamás dio fruto alguno? Había que pelear y morir por la buena nueva, ¡el capital inglés! Fuente de toda razón y justicia. Aunque fuera a punta de bayoneta, los paisanos debían marchar al rudo combate para ofrendar en el altar de la opulenta oligarquía sus vidas y abonar con su sangre el futuro solo venturoso para ese puñado de terratenientes triunfantes.

El comandante en jefe sabía más que nadie que para construir una nueva y gloriosa nación no se debía escatimar la sangre, ni propia ni ajena. Observaba severo desde sus mullidos poltrones «que a nuestros hombres lo que menos les gusta y conviene es ser soldados, porque ganan menos y trabajan más; de patriotismo no hay que hablar en la masa del pueblo, porque para ellos esos son cuentos tártaros» [1]. Y al tiempo que disfrutaba la comodidad de sus sillones, insistía ante sus contertulios que el mate, bárbara infusión amarga, no iba con su personalidad, y los invitaba a tomar el té negro, alabando la intensidad de sus sabores y glorificando la infusión «que será de seguro la bebida del futuro». Ya se presumía entonces que los ingleses dominarían el mundo.

Mientras bebía el té de las cinco, ilustraba desde su pluma culta que la nación bajo su tutela estaba a un paso de encaramarse como una extraordinaria «respública» (de las mejores «respúblicas» en la faz de la tierra), y de hacerla asumir, por fin, ante el mundo, «un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo XIX» [2], e ingresar «de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante» [3], que atraería «hacia ella las miradas del universo civilizado» [4].

Él conduciría el tránsito de esa nación combativa y rebelde, pasando por la «respública» asentada en vastos latifundios, hasta la institucionalidad bajo la égida de esa «aristocracia con olor a bosta de vaca» [5]. Nadie lo privaría de semejante gloria.

[1]
Bartolomé Mitre.

[2]
Ídem.

[3]
Ídem.

[4]
Ídem.

[5]
Domingo Faustino Sarmiento.

II

Muchos Gamarra, tras la derrota y la aniquilación de la guerra de la Triple Alianza, fueron conchabados como esclavos para trabajar en las calientes tierras de las regiones selváticas de Brasil. Otros fueron enviados a Buenos Aires para servir de peones en las estancias bonaerenses.

Eliseo descendía de aquellos oprimidos, pero no sabía en qué paraje nació y tenía olvidado todo recuerdo familiar. En su mente sonaban estridentes los sones militares de batallas y escaramuzas que no podía ya reconocer si eran propios o de antepasados suyos. Por su sangre fluían la guerra y la muerte imbricadas, siendo una la otra, en una especie de correspondencia interminable.

En su memoria, incluso ya entrado en la añosa vejez, resonaban siempre dos palabras extranjeras que, en años mozos, se repetían a menudo y parecían salir de las bocas de los cañones y metrallas destrozando músculos y huesos: ¡Standard Oil! y el eco replicaba ¡Standard Oil! ¡Shell! y el eco replicaba ¡Shell! Eran dos nombres gringos que alguien, a quien no podía reconocer, escribía con sangre humana con sus dedos en un frontispicio; sangre que corría zigzagueante de los campos de batalla boreales hasta una batea con la forma del cráneo invertido de una calavera enorme.

Un gerente «que lucía un rostro afinado del que se desprendían colgajos de piel salitrosa, pálida y reseca» abogaba por la posesión total del Chaco para apropiarse del recurso en exclusivo. Los ricos yacimientos petroleros que se describieron en esas tierras prometían rápidas fortunas a borbotones.

Otro gerente, enfrentado a su ocasional contrincante, reclamaba parar a los groseros «yanquis» en ese Chaco caliente, para que nadie monopolizara la felicidad de los negocios, y que ellos pudieran, en nombre del sufrido Paraguay, disfrutar del bálsamo acariciador de las ricas ganancias petroleras.

Al Chaco Boreal, junto a otros miles que de un lado y del otro cargaban sus fusiles para la masacre fratricida, lo enviaron a Eliseo, que era solo un joven peón rural.

¿Fue en Boquerón o en Mariscal López que Eliseo entró en combate por primera vez? No podía asegurarlo. Se confundía hilvanando aquellos recuerdos de muerte y pestilencia.

A las orillas del lago Pitiantuta, Moscoso avanzó con sus tropas hasta hacerse de la guarnición. Cuando se reagruparon las fuerzas, un mes más tarde, al grito de «¡Caguemos a estos bolivianos de mierda!», el jefe Palacios recuperó la fortaleza. Sobre los muertos danzaban burlonas las moscas zumbantes, azuladas, incansables; y el calor volvía penetrantes las pestilencias de la carne podrida, que era un festín para los insectos que se multiplicaban incesantemente, hasta volverse un ovillo repugnante, lleno de larvas que se masticaban unas a otras para luego devorar a los hombres mismos. No solo a los muertos, sino en especial a los vivos, que gritaban desesperados al ser engullidos entre las ruinas de los campos de batalla, mientras las ametralladoras gorjeaban incansables.

—¡Standard Oil! —gritaban de un lado.

—¡Royal Dutch Shell! —respondían del otro.

Eliseo era llevado de aquí para allá, y si no era él quien deambulaba en los frentes de batalla, eran sus amigos y compañeros los que aparecían-desaparecían. Recordaba el sonido de los camiones derrapando los senderos de tierra y, por sobre su cabeza, el zumbido de aviones pequeños que, como mosquitos infernales, ametrallaban a las tropas durante el viaje a Boquerón, Corrales o Toledo.

La metralla se repetía en todos los paisajes, y Eliseo recordaba que en los campamentos paraguayos se mencionaba un nombre que él imaginaba una salvación temprana a los avatares monstruosos de la guerra: Estigarribia, por entonces, ¿teniente coronel o ya mariscal? Eliseo no lo sabía; además, el grado militar ya no tenía ninguna importancia para él.

Nanawa sonaba en su mente, y se repetía como una musiquita lenta y persistente: Nanawa, Nanawa, Nanawa… Allí se extenuaron los esfuerzos mortales de los enemigos por capturar grandes extensiones de su patria bajo el mando de un alemán venido desde la primera gran guerra, una guerra de la que Eliseo oyó hablar pero que nunca pudo imaginar.

—¡Alihuatá! ¡Alihuatá! —gritaba Eliseo sentado en su sillita ocre, contorsionándose como convulsionado por un recuerdo al que los paisanos nunca podían acceder porque el balbuceo ininteligible del anciano lo hacía irreconocible.

—¡Alihuatá! ¡Alihuatá! ¡Mierda-carajo! ¡Alihuatá! ¡Alihuatá! —repetía incansable.

—¡Yrendaque che mierda, fue tu purgación! —gritaba el anciano, alzando los brazos al cielo en gesto de victoriosa plegaria.

«Yrendaque che mierda» y una sed aniquilaba miles de hombres en un desierto extendido y quemante, en el que se evaporaba la carne hasta dejar los luminosos huesos incandescentes como luminarias funerarias de una guerra que repetía en sus versos marciales:

—¡Standard Oil! —y el eco respondía: «¡Standard Oil!».

—¡Royal Dutch Shell! —y el eco respondía: «¡Royal Dutch Shell!».

—¡Mandeyupecuá! ¡Huiripitindi! ¡Ingavi! ¡Ingavi! ¡Ingavi! —gritaba y reía sonoramente con su bocaza festejando.

—¡Mandeyupecuá! ¡Mandeyupecuá! —mientras los gerentes que, parloteando una jerigonza inextricable, se ofrecían agradables armisticios y componendas gananciosas a un bajo interés anual, y escupían una pasta blanquecina sobre los muertos vivos de esas dos naciones que se fagocitaron a sí mismas, en beneficio de esos mercaderes «que lucían sus rostros afinados de los que se desprendían colgajos de piel salitrosa, pálida y reseca».

Sentado en su modesta silla, la piel de Eliseo se fue tornasolando, verde-marrón-verde, como si dos formas de organización de la materia se aproximaran hasta fundirse en una sola entidad, una transustanciación del hombre en tierra, suelo, paisaje, patria, otorgándole el cuidado de una memoria más que centenaria para advertir al porvenir de aquellos flagelos del pasado. Una memoria que perpetúa el sonido de lejanos cantos de supuestos progresos y prometidos beneficios, que instigaron a un combate fratricida, alentados justamente por esos extranjeros macerados en la pura avaricia, que asistieron a un banquete en el que el elixir de la felicidad era esa sangre de hermanos, dilapidada.

¡Tomad y bebed todos de esta sangre, porque de ella nace el fruto del dinero! ¡Viva el Dios del dinero! ¡Viva!

El omnipresente extranjero repasaba morboso los fratricidios tormentosos que aniquilaron la América emergente. Argentinos, uruguayos, brasileños, paraguayos; peruanos, bolivianos, chilenos; bolivianos, paraguayos; argentinos, chilenos; ecuatorianos, peruanos; unos contra otros, todos contra todos. Cuando corrió la sangre fue en forma de ganancias a engrosar las arcas del mercader avaro.

El omnipresente extranjero de rostro afinado reía a borbotones en medio de esas matanzas que no cesaron a través de los años: matanza y exterminio, matanza y exterminio, matanza y exterminio, repitiéndose como un letargo histórico que despedazó generaciones enteras y volvió el jardín de la vida apenas un páramo reseco, estéril y yerto, lejos de la tierra prometida: la Patria Grande, el verdadero pero inaccesible edén americano.

III

A AC, la lejanía de aquel pueblo le daba cierta tranquilidad. Ese destino, a la espera de sus órdenes oportunas, despertaba en su mente alguna curiosidad, aunque la curiosidad no era un rasgo de su personalidad. Pero debía reconocer que nunca hubiera imaginado que a quien debía ejecutar (alguien de quien no tenía aún ninguna información precisa) se refugió en un pueblo tan lejano, tan olvidado; una decisión que, para él, resultaba incómoda.

No le parecía un lugar apropiado para ninguna persona; la humanidad a veces se tornaba ridícula, pensaba, en su afán de alejarse de los lugares donde el progreso transformaba la vida de modo vertiginoso. En fin. Luego, deshaciéndose de esas cavilaciones, evitaba conocer todo detalle de la persona que debía ejecutar. Cuánto menos supiera de él, mejor. Y entonces escuchaba a Cerati por el pequeño auricular de su MP4:

—«Nada personal» —repetía en un murmullo imperceptible.

De eso se trataba: nada personal.

Adquirió el aspecto de un viajante de comercio, su disfraz. El pelo corto, engominado, bien afeitado al ras, embadurnado en una colonia barata y con un traje gris también barato (como él entendía se vestían esos viajantes de comercio), que eran una versión actualizada de los viejos buhoneros ambulantes que transitaban con sus bártulos todos los rincones de la amplia geografía pueblerina.

—¿Qué vendía?

Según él, «ilusiones». Y sonreía cínico.

«Ilusiones» de una vida mejor.

Decía:

—Amén.

Y se persignaba repetidas veces.

Otras veces se consideraba un mensajero de la «nueva buena».

¿No decían que de esta vida terrena se parte a una mejor? Él era el salvoconducto. Incluso: un instrumento de Dios o, en su defecto, del destino. Y entendía que a él no le esperaba el infierno.

AC estaba convencido de que el infierno no existía. El averno era un invento de los hombres para llevar el tormento de la existencia después de la muerte a extremos inapelables. El gran intérprete de esa fantasía condenatoria fue El Dante, a quien leía con minuciosa admiración. Él creó el infierno como la humanidad quiso representarlo. En cambio, para AC, el purgatorio sí formaba parte del plan de Dios para reparar los desvaríos del Hombre que tiende siempre a desobedecer los mandatos divinos. Era una instancia de reacomodamiento de las virtudes y defectos de la humanidad.

El purgatorio, a su entender, se integraba perfectamente a la mecánica que Dios propuso para el tránsito de la vida terrenal a la vida celestial. Su estadía en el purgatorio hasta lo serenaba: luego vendrían la paz eterna y la recompensa por haber cumplido la misión que la providencia le encomendó.

Si Dios no lo hubiera querido, él no sería quien era. Los caminos de Dios podían resultar incognoscibles. Si el propio Dios le exigió a Abraham que sacrificara a su hijo por su fe.

Por la fe se ha matado mucho y de manera cruel. La fe es una pócima poderosa que puede embriagar a los más juiciosos pensadores, a las ánimas más amorosas, a los corazones más caritativos y animarlos a encender los fuegos más brutales que calcinan a los hombres que no aceptan mansamente simples dogmas y doctrinas.

Abraham iba a sacrificar a su hijo por pedido de Dios. Entonces: nada personal.

Ese Dios le pedía, como a Abraham, un sacrificio. A Abraham, el de su propio hijo Isaac, como recuerda de su lectura del Génesis, que reescribió prolijamente en sus años más mozos.

A él, el de ser útil para una causa superior siendo tan solo un simple servidor, un hombre sencillo, una criatura apenas, transformado en salvaguarda de valores que no ponía en consideración, sino que defendía por mandato superior. Y no esperaba que Dios hiciera brillar su descendencia ni aliviara su pesada carga en el tránsito por esta vida.

Aconteció después de estas cosas que Dios probó a Abraham y le dijo:

—Abraham.

Y él respondió:

—Heme aquí.

«Heme aquí», repetía AC para sí. «Heme aquí». Justo donde el hombre debía estar y no en otro lado, perdido en oscuridades que abrían surcos negros en el alma blanca. Justo en el vórtice de los acontecimientos trascendentes. «Heme aquí».

Y dijo:

—Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, al monte del Templo, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.

Y Abraham se levantó sin dudarlo muy de mañana, apenas asomaba el alba fulgente, y enalbardó su asno, tomó consigo dos siervos suyos que lo seguían ciegamente, y tomó a Isaac, su propio hijo. Y cortó leña para la inmolación, y se levantó, y fue al lugar que le fue indicado.

Al tercer día alzó Abraham sus ojos agobiados, y vio el lugar del sacrificio, de lejos, y su ánimo se turbó grandemente.

Entonces dijo Abraham a sus siervos:

—Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveré a vosotros.

Y tomó Abraham la reseca leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo, y él tomó en sus propias manos tanto el fuego como el cuchillo para el sacrificio, y fueron ambos juntos, uno al lado del otro, yendo a la muerte sin prejuicios. Entonces habló Isaac a Abraham, su padre, y dijo:

—Padre mío.

Y él respondió:

—Heme aquí, mi hijo. Heme aquí a tu lado.

E Isaac dijo:

—Tengo aquí en mis manos la leña presta a incinerarse, leña sedienta que precede al fuego prodigioso, y el filoso cuchillo; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?

Y respondió Abraham:

—Dios no se proveerá de cordero para el sacrificio, hijo mío; se proveerá de ti, que eres carne de mi carne y sangre de mi sangre.

E Isaac lloró amargamente la promesa de muerte hecha por su propio padre.

Iban juntos, caminando pesadamente hacia el lugar indicado por ese Dios circunspecto a iracundo.

Y cuando llegaron al lugar que Dios le indicó a Abraham, edificó allí un altar, compuso la leña, ató a Isaac, su hijo, su único, y lo puso en el altar sobre la leña. Abraham extendió su mano y tomó el cuchillo para degollar a Isaac, su amor, su hijo primogénito. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y exclamó:

—¡Abraham! ¡Abraham!

Y él respondió:

—Heme aquí.

Y el ángel dijo:

—Extiende tu mano sobre el muchacho, y cumple lo que Dios tu Señor te ha encomendado; porque ya conozco que temes a Dios, y no le rehusaste tu hijo, tu único, tu amor.

Y alzó Abraham sus ojos y miró en todas direcciones y vio a sus espaldas que se abría un abismo oscuro, pozo profundo impregnado de sombras y lamentos, que bajaba de ese cielo amoratado en sangre, y que goteaba un almizcle parduzco y penetrante que impregnó las azuladas llamas de la reseca leña. Y Abraham tomó el jugo viscoso entre sus manchadas manos y con él lavó la sangre de su hijo para satisfacción de ese Dios inmisericorde.

Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar oscuro: «Dios no proveerá». Por tanto, se dice hoy: en el monte de Jehová será provisto el que mate a su hijo en nombre de Dios y por su mandato. Y Dios proveerá la hiel pestilente en el alma del filicida.

Llamó el ángel a Abraham por segunda vez desde el cielo, y dijo:

—Por mí mismo he jurado que por cuanto has hecho esto, y como no has rehusado tu hijo, tu único hijo; Dios te otorgará lo que a nadie y multiplicará tu descendencia como malsanas estrellas de un cielo corrupto y como astillas pedregosas que estallan a las orillas del mar.

Tu descendencia poseerá las sangres de quienes sean por mí llamados enemigos que serán los tuyos. En tu simiente maldeciré a todas las naciones de la tierra, pero bendecidos los tuyos por cuanto obedeciste a mi voz.

Y volvió Abraham a sus siervos, y se levantaron y se fueron juntos a la tierra a la que Dios lo envió a matar a su hijo como prueba suprema; y habitó Abraham para siempre ese páramo rojo donde se refresca eternamente la sangría filial del sacrificio.

«Heme aquí» —se dijo AC—. Y solo le quedó esperar que Dios lo proveyera para sus apetencias, como recompensó a Abraham por el martirio de Isaac.

IV

Como lo imaginó, el final del andén se desenrollaba en una larga calle de tierra.

El polvo se amontonaba demorando una mezcla de perfumes de marzo que venían de enormes distancias traídos por los vientos, y que se habían enquistado bien entrado junio.

El olor a tierra seca era más suave pero más penetrante que aquellos que envolvían el andén. En algún momento, AC sintió como un perdido aroma de frutales aún frescos, delicados. No era un aroma, solo un recuerdo antiguo de aroma que se desvanecía a medida que avanzaba por la callejuela terrosa.

Una bulla de hojarasca hacía como bromas de niños en las cúspides de los árboles gigantes.

Las casas se repetían unas a otras. Desde su fundación, perdida en el coloniaje español, se decía que la arquitectura se repetía de modo voluntario, prestándose las rectas y las curvas cada casa, para que una fuera hermana directa de la otra y todas dibujaran un pueblo blanco de equilibrada simetría. Pero la lluvia, o mejor dicho, la ausencia de la lluvia desquició esa arquitectura hasta hacer una monótona sucesión de rectas y ángulos resecos carentes de gracia y armonía. Incluso la perspectiva, distorsionada por los humores del calor ascendente, desfiguraba la imagen de las callejuelas, deformándolas retorcidamente.

La historia pueblerina repetía que no llovía desde aquel aciago día en que cientos de indios lugareños fueron enterrados vivos por los conquistadores españoles como escarmiento a su incesante rebeldía. Y que, si bien los invasores se apropiaron de sus tierras por entonces fértiles, las almas vivientes de los sepultados lanzaron su conjuro de venganza, imponiendo el fin de las lluvias subtropicales, regalándoles a los invasores la lenta agonía de morir disecados, mientras deshacían sus dedos tratando de horadar los cerros, perseguidos por la enfermedad del oro y de la plata. ¡Oro y Plata! ¡Dios sea loado! ¡Oro y plata!

Al principio, los conquistadores no reconocían la enfermedad y perseguían las montañas y el fondo de los riachos en busca de los metales preciosos soñados desde su partida de una tierra que ya se les había olvidado por completo. Pero al tiempo, a medida que ríos y lagunas se secaron y las lluvias no volvieron a caer, despertaban afiebrados y empezaban a beber sus propios y escasos orines. Luego de beber sus propios orines, bebieron la sangre de los más débiles y se encontraban olvidados de todo, perdidos ya de todo pasado, presente y futuro; rompiéndose los dientes contra los cerros, sin saber qué buscaban. Hasta que empezaron a devorarse los unos a los otros, delirantes de que el oro buscado estaba guardado en las entrañas de sus semejantes. El último que quedó, en el conjuro demencial, se devoró a sí mismo: primero una falange de la que creía extraer oro, luego otra, de la que creía extraer plata, y luego otra de la que creía extraer piedras preciosas. Hasta que se fagocitó una mano y la otra mano y, sin remedio, se devoró su propia alma.

Fueron los conquistadores, antes de la locura del oro, la plata y las piedras preciosas, los que trazaron el mapa del pueblo con la plaza al centro, la iglesia a la izquierda, el ayuntamiento a la derecha y el cuartel al fondo, mal imitando una fortaleza de piedra y barro. Luego se repartieron las tierras en un descuartizamiento feudal que aún perdura.

Calcinados los invasores, devorados por sí mismos, largos años de desolación se abatieron sobre el pueblo perdido. Así fue hasta que hijos de los hijos de los hijos de otros llegaron y restablecieron las construcciones sobre los derruidos caseríos españoles construidos sobre los huesos penantes de los muertos. Pero tampoco con ellos llegó algún progreso esperanzador para alivio de los pobladores que, a pesar de todos sus infortunios, se aferraron al pueblo como sujetos por las almas sufrientes de aquellos indómitos asesinados en épocas ya lejanas.

La lluvia, que no era ni oro, ni plata, ni joya alguna, se volvió el tesoro más apreciado.

La lluvia, recordaba una vieja madre de otra vieja que ovillaba unos hilos de cáñamo antiquísimos con olor a difuntos para tejer unas naderías, no volvió más; tanto fue así, que algunos emigraron a pueblos más o menos vecinos, por la sola fortuna de ver llover, aunque más no sea una vez en la vida.

Las cinco cuadras que caminó hasta lo que se anunciaba como el hotel parecieron interminables. El zumbido de los moscones dando vueltas alrededor de su cabeza volvió más fatigoso el camino. El aleteo de los moscardones era monótono y penetrante a los oídos; estaban despiertos y atentos para esquivar los manotazos que AC les tiraba para espantarlos. Molestar a las personas es un arte que las moscas cultivan desde épocas milenarias y nada hay que pueda impedirles llevar adelante su cometido. La evolución les ha dado la perfección del vuelo rápido, el aleteo persistente y punzante, y la obstinación de un temerario.

El hotel era también el único bar. Su puerta al frente estaba como entreabierta y por la rendija se podía ver a un viejo decrépito, también resecado.

Entró como quien no entra, sin pisar, solo un raspón con la suela contra el áspero cemento coloreado con ferrite rojo. Una mujerona detrás del mostrador tenía una palmeta en la mano. De cara redonda, lucía incrustada una boca regordeta de labios violáceos entreabiertos por donde se veía una gorda y roja lengua pegajosa, que movía la saliva de un lado a otro sin desperdiciar ni una modesta gota. La nariz era demasiado pequeña para esa cara gorda y redonda, como si alguien la hubiese dibujado como al pasar, por error, sin atender al conjunto de la anatomía de la mujerona. A los lados, dos pequeños ojos achinados estaban coronados por gruesas cejas que buscaban confundirse a la altura de la nariz en una sola.

El talle en desolación, marchitándose sin armonía alguna, los senos prolíficos, los pezones se entreveían por la gastada tela de la camisola y parecían dos brutos botones de ciruelo que caían debajo de una especie de bata, una blusa que alguna vez tuvo color que se desvaneció lavado tras lavado, hasta quedar casi transparente. Acostumbraba a usar una vieja camisa sin botones que se traslucía morbosamente y que sujetaba con algunos alfileres de gancho que poco y nada podían ocultar, y que eran la obsesión de los jornaleros que se llegaban a tomar unos vinos y se imaginaban con aquellas brevas gigantes en sus bocas.

La pollera era un deslucido traperío, encubriendo hasta las rodillas unas piernas con forma de trapecio, henchidas de várices reventonas, piernas que se remataban en pies rechonchos, muy pequeños como para sostener una humanidad como aquella, pies que terminaban en uñas amarillentas y duras.

El saludo del forastero se perdió sin respuesta. Ni la matrona ni el viejo parecían reparar en su presencia. El visitante carraspeó y repitió el saludo en tono enérgico.

—Buenos días —dijo y miró fijamente a la mujer.

El tono de la voz varonil sacó a la dueña del sopor en que parecía estar sumida, y entornando los ojos, que estaban inyectados de sangre, se quedó observando la atlética figura del visitante. Con sus ojos apenas entreabiertos, lo midió palmo a palmo, deteniéndose en la entrepierna que imaginó imponente y, con un «¡Ay, Dios mío, ¡cuánto hace!», eructó algo de ese vaho naranja del pueblo, se acomodó los pelos hacia atrás y balbuceó una respuesta que AC no pudo entender. Se puso de pie y dejó la palmeta sobre el gastado mostrador de estaño, repintado de un color azul intenso, que lo afeaba innecesariamente.

El hombre disecado observaba desde su silla la escena. Silbó unas palabras, «puta de mierda», que se estrellaron entre sus dientes careados y solo parecieron un zumbido propio del mosquerío que abundaba en el salón. «Puta de mierda», repitió, y volvió a su sopor entrecerrando los ojos. Un seco ronquido salía de su boca; un sonido casi gutural, más próximo al ronco sonido de una muerte que se aproxima penetrando fibras profundas de la anatomía del hombre. La predicción de un curare formidable impregnaba su futuro sin que nadie por entonces lo supiera.

La mujer abrió grandes sus ojos. Las pupilas eran de un color azul intenso (el brillo de esos ojos confundió al visitante). Pasó su mano por la cara para disipar la modorra y, sin saber por qué, la presencia de ese desconocido la arrastró hacia la memoria, recordando aspectos de su juventud que permanecían ignorados desde hacía años, sumergidos los recuerdos en el pueblo seco aquel de la maldición eterna.

En los ojos achinados de la mujerona había un prístino reflejo de una juventud lejana. Era difícil precisar su edad: la ropa, el abandono, el desarreglo se conjugaban para modelar una gruesa máscara que ocultaba rasgos vivos de un pasado olvidado. Subyacía en esos reflejos un rastro de muchacha alegre, cuya belleza, si bien se disipó con los años, mereció el aprecio de los que la rodeaban.

Descendiente de una familia acomodada, su padre era un alto funcionario del Estado (como lo fue su abuelo), de esos que se perpetúan en nutridas legiones de burócratas que año tras año, gobierno tras gobierno, van sedimentando capas superpuestas de oscuros funcionarios desconocidos, que, entre las penumbras, dirigen los destinos de la nación. Pocos conocen sus nombres, menos sus labores, casi nadie sus rostros. El anonimato va acompañado de prebendas políticas, sociales y económicas, que permiten a estos hombres mantenerse en el tiempo con independencia del signo político y la forma del gobierno de turno.

Desde tiempos lejanos la familia solía explicarlo con un sencillo dibujo, un triángulo isósceles en cuyo extremo superior, una pequeña porción de su superficie representaba los «poderes» constitucionales: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Según los burócratas, esos «poderes» estaban más preocupados en recepciones y cenas que en el gobierno efectivo de la cosa pública. Estaban para firmar leyes y decretos que esos funcionarios casi ocultos en los repliegues de la burocracia infinita redactaban para satisfacer las necesidades políticas del momento.

La base del triángulo representaba la turba —el aluvión zoológico—, como la definían; el pueblo, la ciudadanía votante o no votante, el «productor», hombres y mujeres comunes, que no podían ocuparse de las cuestiones políticas, porque, repetían con sorna los burócratas, «el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes». Y en el centro del triángulo, como una ancha franja innominada, arropada por una perenne impunidad gerencial, estaba esa legión de burócratas que ejercían el gobierno real a expensas de la base, el pueblo, y bajo el paraguas de los políticos de turno encaramados provisoriamente en la cúspide del triángulo.

Eran los dedicados orfebres que supieron insertar la bella perla del extremo sur del hemisferio sur, en la gloriosa corona de Su Majestad la Reina de Inglaterra.

La mujer recordaba los puntillosos relatos familiares sobre aquellas largas tertulias políticas entre sus parientes y el Gral. Justo y el mismísimo Marcelo Torcuato, ese galán enorme, fino, culto y casi ciego de amor por una afamada cantante lírica.

Sabía por los relatos del alboroto en la casa el día que se mató el hijo del Gral. Justo. Del suicidado nunca supo el nombre. Recordaba el automóvil que fue a recoger a la familia para asistir a la recatada ceremonia mortuoria para darle al difunto el alivio póstumo antes de ingresar al purgatorio donde su alma se cocería casi eternamente, hasta la resurrección de los muertos para ser juzgada en el juicio final, último acontecimiento del Apocalipsis prometido en las sagradas escrituras, para luego volver a cocerse eternamente por los siglos de los siglos. Amén.

La madre era delgada, delicada, vestida con blancos encajes que resaltaban su palidez exangüe. Sus manos eran tan finas y transparentes que a ella siempre le daba miedo tocarlas, porque creía que estaban a punto de rajarse como la porcelana con un leve golpe. Con el talle ajustado y los pies juntitos, daba pasos con pie de pluma, caminando como un siamés, levemente, inadvertida. Y cantando, siempre cantando sus canciones italianas, mientras sus manos exánimes, anémicas, bordaban y bordaban manteles, cortinas, pequeñas carpetitas o las iniciales del nombre del marido en camisas, pañuelos y hasta en las servilletas, para dejar asentado quién era el verdadero hacedor de los designios familiares, prerrogativa recibida con el sagrado sacramento del sagrado matrimonio.

Y estaba esa prima, loca, loca, loca, que veía a Dios, a la Virgen María y una legión de ángeles semidesnudos, casi a diario, que iban a visitarla en cualquier momento, porque las visitas divinas son así, inesperadas y prolíficas. A Clotilde, así se llamaba, se le iluminaba la cara y encendía el vientre al hablar de ese teniente del que se enamoró con desesperación y que llegaba con otros jóvenes militares a la casa, acompañando a unos visitantes que venían a conversar con el burócrata.

De tarde, cuando podía pasear por el amplio jardín de la mano del amado, bajo unos ciruelos que entre sus hojas susurraban pequeños vientos amorosos y cálidos, deseaba encenderse liviana en los recodos del caserío para tener entre su sexo el miembro viril del militar atlético. Era el evento que esperaban las primas escondidas en las sombras pronunciadas de los rincones de la casa, acalorándose con las escenas de aquellos impúdicos novios que se aprovechaban de la distracción producto de las monótonas y aburridas charlas políticas de sus mayores.

Y le dijo al burócrata un testigo sin nombre ni rostro conocido, algo picado de viruela, que ese mismo teniente de cabeza redonda, cabello rubio y fino bigote anchoa, urgido de esperma caliente, no se satisfizo en la prima Clotilde, sino que sedujo a aquella niña que el paso de los años transformó en una matrona abandonada en los resecos confines de un pueblo perdido en la geografía enorme del país.

La niña, que apenas había comenzado a menstruar y descifraba nuevas sensaciones como gruesos palotes, fue abandonando los juegos de muñecas para sucumbir en los ajetreos y transpiraciones del amor. Hasta que el tiempo confesó un embarazo que hizo estallar la familia como si una desgracia inconmensurable se hubiese derramado sobre ellos, desintegrando las ambiciones paternas de alcanzar los puestos más altos de la administración pública, apoyado en una inmaculada moral, una inquebrantable fe religiosa y los nobles atributos de su inteligencia, que lo mostraban como un rudo y diestro conductor de aquellas voluntades humanas que gobernaba.

¿Cómo ocultar aquella abominación que se gestaba en el vientre de su hija? ¿Acaso había peor blasfemia que el temprano embarazo producto del jolgorio de los sexos con un don nadie, un arribista entrado a la casa por la puerta de servicio?

Las viejas criadas recordaban el escándalo de los cadetes —al que comparaban el de la niña embarazada—, que obligó a personas de reconocida prosapia a emigrar a Córdoba, so pena de muerte, y a refugiarse en el prostíbulo de aquella descendiente de una familia patricia, adonde iban los jóvenes oligarcas a pasar el rato y satisfacer la lujuria.

Fue rodar y rodar de matrona en matrona y de brebaje en brebaje para exorcizar la abominación; brebajes repulsivos de humores increíbles que humeaban como modestos purgatorios en vasijas.

Nada resultó con las comadronas. Hasta que vino aquella, de la que aún tenía prendida en el borde de su pupila la mirada negra, con una cuchara filosa y cuatro matronas de custodia que la tomaron de los brazos y de las piernas, y le rasgaron la cavidad de su vientre desmembrando un embrión pequeño y sanguinolento.

Chillidos del fin del mundo brotaron cuando arrancaron unos pedazos de no supo qué, y la sangre fluyó dibujando unos caminitos rojos que cayeron silenciosos de la mesada al piso que se coloreó escarlata. Tuvieron que traer a otra viejaza que, al tiempo que rezaba una mezcla de conjura y extremaunción, con unos ungüentos malolientes, un almizcle que taponó el sangrado con un tal ardor por el cual nunca más sintió vivo el tejido de su vagina, remedió el desangre que la condenaba a una muerte segura. Nunca supo si un castigo o una gracia, esquivó una infección como las que solían matar a las mujeres como unas nadas.

Del teniente le dijeron que su padre lo acusó de haber cometido una violación, «estupro contra una menor» —dijo—, y lo conminó a remediar la afrenta, poniendo fin a su vida por propia mano, o prepararse para vivir la condena en los peores arrabales de las cárceles de Buenos Aires, donde convivían entre oscuridades malsanas asesinos, violadores, pederastas. ¡Ellos sí que sabrían cómo tratar a un rosado cadete de la Escuela Militar!

Aseguraban que, en la propia casa, en aquel bello comedor donde se amontonaban las palabras de las continuas tertulias políticas, se pegó un tiro con su arma, apoyando el frío cañón del revólver en el paladar, bien adentro de la boca, y que una bala caliente atravesó músculo y hueso hasta estallar el cerebro en fragmentos fundidos y viscosos. Aunque se murmuraba en secreto que el teniente, quien negó siempre la acusación hecha en su contra por la familia, fue asesinado cierta noche luego de una acalorada discusión con el burócrata. Repetían que el hombre, llevado de un odio irrefrenable, terminó con la vida de ese «insolente», de ese «don nadie», de ese «pendejo de mierda» que mancilló su hogar y procuró terminar con su carrera política metiéndose entre las sábanas de la cama de su hija menor para hacerle un bastardo.

Dijeron que el disparo le destrozó la cabeza, y que, a la altura de la coronilla, la bala del Colt calibre .38 Smith & Wesson arrancó pelos, pedazos de carne y de cerebro que se estamparon contra la pared haciendo una enorme mancha negra y roja que las criadas de la vieja casona frotaban y frotaban, sin poder despegar el viscoso ungüento, como si lo que hubiera quedado incrustado era el alma emponzoñada de aquel joven amante.

Luego de aquella muerte, en el sigilo de una noche espesada de nubes, apenas unas estrellas como arañas perladas, a la niña la llevaron primero a un convento y luego, en un tren, hacia un lugar del que no tenía ninguna noticia y del que nunca supo historia alguna. De ese lugar jamás volvería. Un destierro interior en un páramo yermo, reseco y estéril como ella.

Unas viejas abandonadas se hicieron cargo de su cuidado por unos pesos por mes. Ese pupilaje pasó a un desconocido que envejeció junto a ella, año tras año.

En Buenos Aires, se dijo que murió enferma de rara enfermedad:

«Como certifico abajo, en mi calidad de médico de la familia, niña muerta por extraña enfermedad que como súbita infección terminó dañando órganos vitales hasta el paro cardiorrespiratorio y una muerte muy penosa a tan tierna y corta edad».

En la casa se hizo un altar en el que la imagen de la niña se conservó en un portarretrato de pura plata de altísima calidad, labrado a mano, el que permanecía iluminado el día entero; luces de unas velas que no cesaron su lucecita nunca, una liturgia perenne de unas viejas criadas que no pararon de llorar por la niña enamorada, desaparecida en una noche nubosa, llena de espesos perfumes de amor y de odio.

V

El visitante pidió una cerveza. La patrona dejó la palmeta que llevaba como el cetro de una reina en descomposición. De una Siam vieja, muy oxidada, con algún resto de pintura verde, sacó una botella marrón, alargada y un vaso para cerveza, fríos casi helados, que llevó al mostrador para servir al visitante, ese que la devolvió a ciertas sensaciones que parecían hundidas en los repliegues de una piel marchitada en años de soledad, seca de amor y de todo sentimiento confortable.

El viejo, apoyado en la ventana, tenía aspecto de una estampita ajada, ennegrecida por sombras que dibujaban sobre las ventanas la hojarasca de los árboles en la vereda. Carraspeaba de vez en cuando como avivando en algo su momificación y adelantaba sus pensamientos a los de la mujer de quien prefería no relatar su versión de la historia, porque eso es lo que prometió en su momento a quienes le encargaron un silencio permanente y una discreción a toda prueba a cambio de algunos dineros que mes a mes llegaban hasta su propiedad, para la manutención de la desgraciada.

Pero si había algo que el viejo captó con rapidez, fue que ese hombre atlético, algo entrado en años, de fisonomía severa, que se apersonó con pretensiones de viajante, no era tal.

Podía reconocer en él un chispazo oscuro en sus oscuros ojos, una crueldad poco refinada pero eficaz hasta la exasperación, envuelta en la humareda de la pólvora y su seco estampido cuando estallaba.

Era un sigilo de muerte elaborada, propio de los verdugos a sueldo que vio pasar en más de una ocasión en aquellas tierras desérticas, cuando se debía resolver algún asunto de adulterio de una esposa o sobre los títulos de extensas propiedades. Eran ocasiones en las que se celebraba alborozadamente la muerte de la infiel o del legítimo propietario de las tierras codiciadas. El calibre adecuado y la mano precisa siempre fueron más apreciados que los rebuscados trámites judiciales que reclamaban las herencias y los lascivos relatos del adulterio, con sus prominentes cuernos sobre las augustas cabezas maritales y la pretensión femenina sobre bienes gananciales. Colt, Smith & Wesson, Remington, dictaron siempre sentencias más rápidas y seguras y, por sobre todo, menos onerosas.

Los conquistadores europeos que arribaron a América impusieron ese simple y contundente sistema de reparto de tierras y de herencias en su conquista y dominio colonial: a sangre y fuego. Incluso esa tierra yerma, maldecida hasta la eternidad por los muertos vivos enterrados por los conquistadores, fue repartida y heredada siguiendo la regla del descuartizamiento a base de cañones, mosquetes y espadas. Luego se encubrió el despojo legislando el exterminio con leyes «protectoras».

¿Y no fue del mismo modo, siglos después, cuando se anunció luego de una pantagruélica bacanal, desde el extremo humeante de un fusil Remington, que la «conquista del desierto» había terminado? Propiedad y herencia por fin garantizadas por los siglos de los siglos.

«La tierra libre de salvajes está a disposición del capital extranjero»[1], se declaró con solemnidad. Y dos compañías de ópera que gorgoteaban corcheas y semicorcheas en italiano, para un general prostibulario refugiado a buena distancia de todo percance, dulcificaban los secos estampidos del fusil «Patria»: el verdadero predicador, el verdadero juez, el verdadero gobernante y el gran escribidor de las nuevas escrituras. A su sombra vinieron los Furner, Livet, Sarmday, Hamilton, Sander, Turner, Mac Lean y otros, todos iguales a aquel inglés mocoso de aspecto ridículo y de modales extraños. Extranjeros que lucían los mismos rostros afinados, alargados como husos de hilanderas, de los que siempre se desprendían colgajos de piel salitrosa, pálida y reseca; llenos de la misma avaricia esencial, intrínseca, sustanciosa que el Imperio les inculcó enérgicamente a todos sus funcionarios en la vasta obra de expandir los dominios coloniales de Su Majestad la Reina por el mundo. Y chirriaban canturreando entre la sangre vaporosa:

«¡God, save the Queen!»

Para apropiarse de tan vastas extensiones en los confines sinuosos del fin del mundo, chilenos, peruanos y bolivianos se masacraron en una guerra ajena, pergeñada por gerentes y banqueros, para satisfacer la demanda del mercado del salitre. En las sierras calientes se combatió por el mineral preciado, hasta volver mediterránea una nación entera. Heridas que no cesan y sangres que aún manan.

En el sur barrido por vientos esteparios, latifundios de los que no alcanzaba la vista para saber su límite. Ríos de sangre amortizaron fusiles y cañones. Al norte en guerra fratricida; al sur en genocidio «civilizador». En dos direcciones opuestas y en tiempos paralelos, el despilfarro de la sangre nativa que el americano rindió como tributo para una esclavitud modelada hacia fines del siglo XIX adornó la joyería de la grácil corona de Su Majestad la Reina.

«¡God, save the Queen!»

El recién llegado bebió pausadamente la cerveza. Pidió una habitación.

—Voy a quedarme algunos días y deseo una habitación apartada, tranquila… Soy viajante y espero concretar un negocio importante. —Los viejos lo miraron socarronamente.

—La mejor que tenemos es al frente; la más apartada, en el piso superior, a contrafrente. ¿Qué prefiere?

—La que está al contrafrente. Necesito una estancia tranquila… —rieron suspicaces los hoteleros.

Luego se desentendieron de las necesidades del viajante.

La mujer, como autómata, transcribió a un libraco los datos que el forastero le indicaba. El documento de identidad a nombre de Augusto Contes había sido confeccionado para la ocasión. Le entregó la llave e indicó el camino. El viejo disecado realizó un ademán como si tuviera la intención de acompañar al viajero hasta su habitación. Pero giró sobre su eje y se quedó quieto mirando por la ventana hacia la calle. AC comprendió que nadie se molestaría en conducirlo y que debería encontrar el camino por sí mismo. Subió la escalera contando los escalones, a paso lento y tranquilo. Llegó sin dificultades a la pieza rentada.

La habitación era pequeña, algo baja, pintada de blanco grisáceo, el techo machihembrado al natural. El piso, de ruda madera coloreada con un tinte rojo, le daba un aspecto rústico y dejaba sentir un aroma a cera vieja. Una ventana daba a los fondos del hotel y de frente al caserío del poblado. Un aroma a un ungüento macilento y algo soporífero que se mezclaba con la vieja cera impregnaba la cama, las paredes y las cortinas. Abrió de par en par la ventana para dejar entrar el aire de la tarde. El bullicio del viento serpeaba entre los árboles y hacía un murmullo plácido. Traía un aroma diferente, silvestre, que diluía en algo el olor rancio del encierro. No había ventilador a pesar del calor que abrumaba.

Acomodó sus pertenencias. Llevaba en su pequeña valija azul, además de algo de ropa, las armas, algunos papeles, navaja, brocha, crema de afeitar y colonia para después de afeitarse. No usaba afeitadora eléctrica: las detestaba. Tampoco las descartables, que le parecían inapropiadas para un rasurado prolijo y al ras.

Peine y cepillo para el cabello; no solía usar ningún tipo de fijador, pero la ocasión y el disfraz lo obligaron a ello. Desodorante en pasta para las axilas y talco desodorante para los pies. Cuatro cepillos de dientes, uno para cada momento del día: desayuno, almuerzo, merienda y cena. Llevaba la crema dental Teys que su madre le recomendó de niño usar. Coberturas de papel para la tapa del inodoro. Si no había tapa en el sanitario, cubría la taza con doble protector.

Cuando trabajaba no llevaba profilácticos. Ningún distractivo, no se lo permitía, aunque le valió muchas humillaciones de sus colegas. Amaba su trabajo más que cualquier vagina. Usaba algo de drogas, disfrutaba la cocaína, pero acotaba su uso; decía que en su medida la necesitaba para sostener el pleno control de su persona.

Era preciso y ordenado; confiaba a Dios el trabajo y su vida. Y Dios nunca lo había abandonado, por lo menos hasta entonces.

Era un fervoroso, aunque discreto creyente. Siempre llevaba su blanco rosario perlado, el que le obsequió su madre para la primera comunión, a los ocho años. Fue un ocho de diciembre, en hora temprana, a las ocho de la mañana, el día de la Virgen, día que su madre dedicaba a la devoción mariana. El rosario fue bendecido en el acto de confirmación por un sacerdote que llevaba por nombre Antonio y por apellido Guida o Güida, como recordaba, aunque nunca pudo precisar si el apellido del prelado llevaba el adorno de la diéresis o no.

Su jefe inmediato —quien antes de partir le arrimó las primeras precisiones sobre su misión— le reprochaba su religiosidad, y alguna vez hasta se animó a indicarle que sería mejor que dejase el uso del rosario para ocasiones privadas y no en servicio.

Su exigencia no se limitaba al uso público del rosario colgado al cuello mostrándose a través de la camisa; le sugería (podría decirse que exigía) dejar a Dios a un lado y le recomendaba más terrenidad.

«Más putas y más blanca», repetía mofándose de su subalterno.

«Dios en el cielo y el hombre en la tierra, y si tiene una buena arma, mejor», sermoneaba entrecerrando los ojos mientras le recriminaba su comportamiento.

—A vos te lavaron la cabeza, querido —le decía—. ¿Cómo vas a torturar a un tipo, violar una mujer o matar un chabón y vas a ir al cielo? ¡Te vas al infierno, hermano! Nosotros vamos todos en filita al infierno. ¡Y ahí sí que la vamos a pasar de lo lindo! Calentito, todos apretaditos, amontonados como le gusta «al que te jedi…».

Y ladeaba la cabeza señalando a una persona imaginaria.

Para AC, su jefe no era un impío ateo sino un escéptico, no por convencimiento, sino por comodidad. Confrontar con Dios era una tarea ímproba para quien se dedicaba a asuntos tan terrenales. Y argumentaba que todos los mortales al final de sus días convocan a Dios temerosos de que, al entrar en el reino de la muerte, las advertencias del misterio divino se hicieran ciertas con su bagaje de exquisitos y eternos tormentos exculpatorios.

—La única devoción es el trabajo; traer aquí santos y ángeles es inconducente e improcedente —palabras que siempre pronunciaba en los interrogatorios.

Y agregaba como filosofando:

—«La única verdad es la realidad», decía el General, y no me vengas con ese versito de la dicotomía y no sé qué otros inventos elucubrados en tu cabecita calenturienta. Vos —y lo señalaba con su dedo índice— estás un poco loquito. Si te habré escuchado esos delirios cuando divagás como un zombi en la base —agregaba—. «Ya sé que estás piantao… piantao… piantao…»

—¿Qué delirios?

—Eso de la filosofía, cuando se te pianta el moño y empezás a recitar pelotudeces…

—¡Por favor! Nada de delirios —dijo AC—. Ser es percibir, es un problema filosófico. Esse igual percipi. Además, esa frase que usted dice no es del General; es de Aristóteles.

—Sí, claro, Aristóteles o isósceles, a quién le interesa. Mirá, cuando alguien allá arriba dice «cómo me gustaría que este problema desaparezca», nosotros ya sabemos a qué se refiere… No habla de filosofía ni de reclamos espirituales, habla de una bala punta hueca de alta velocidad, un cráneo destrozado, costillas rotas, piernas rotas, tipos descerebrados, hijas violadas, «robos» misteriosos; de eso habla.

Los de «arriba» son muy poco filosóficos a la hora de pedir soluciones. Vos sabés cómo es eso, tenés años acá adentro.

—Usted tiene que leer los Tres diálogos y va a encontrar explicación a nuestro destino y nuestras acciones.

—Los tres diálogos, claro, cómo no lo pensé antes… ¿no?

—Causalidad, causalidad. Si no piensa en cómo Dios hace las cosas no va a entender ni eso ni nada. El materialismo es un estado de la perversión, corroe el alma, exalta lo negativo, quita la paz y la serenidad.

La gran confusión proviene de no poder reconocer que la materia no existe. Lo único que existe es el espíritu, todo está en el espíritu y al final del sistema espiritual está Dios que todo lo sostiene. Y si Dios no quisiera, nadie debería pasar por ese tormento aleccionador, por la lucha, por la cárcel, por la condena. Si Dios no quisiera, nosotros no seríamos necesarios…

Nuestra causa dolorosa y triunfante es divina, somos parte de un sistema cósmico. ¡No es tan difícil! Principio de la causalidad; aunque usted no lo entienda, el último eslabón en la cadena de la causalidad es Dios, y todo existe porque Dios lo percibe. ¡Por eso existimos nosotros!

Dios es nuestro principio y nuestro fin… somos solo instrumentos del Señor, que es la forma suprema del amor. El principio es el amor verdadero, y el amor es un problema filosófico. Si usted no me comprende, queda prisionero de un profesionalismo chato, que solo es como un cuchillo sin filo. Esto lo aprendí una noche, en un vuelo, sabe, lo recuerdo muy bien.

Libres o presos, somos un afilado instrumento de la moral. Y por eso combatimos. Los que sufren prisión deben dedicarse a la oración y mostrarse como ejemplo. Y los que no, perseverar en nuestras labores.

—Mirá vos que resultaste profundo, che… —dijo el jefe con una ironía cruel—. Pero para mí te conviene poner los pies en la tierra; dejate de joder con esas mierdas.

¡Instrumento del amor! ¿Se te aflojaron todos los tornillos? Somos instrumentos, pero del poder que manda aquí y ahora, querido. Vos sos descartable, yo soy descartable; todos somos descartables. ¡Ma’ que misión divina! Unos van en cana y a otro lo nombran comandante en jefe. Bajá a la tierra, querido, bajá a la tierra…

Allá arriba, pero bien arriba —señalaba con su dedo índice en dirección al techo—, ahí está el verdadero dios-padre todopoderoso, macho o hembra, no importa el sexo. Y ese sí que no tiene corazón. Siempre lo mismo: poder y mucho dinero; para siempre, si se puede, el poder, pero si no se puede, que sea para siempre el dinero. Nada de espíritu, todo es plata: poder-dinero, mujeres-dinero, hombres-dinero, droga-dinero y dinero y dinero y más dinero…

¿Sabés quién es el verdadero Dios del mundo? El dinero; plata, mosca, viyuya, tela, guita, pasta, blanca, gato… llamalo como te guste. Aprendelo y curate en salud. Acá no se lucha por ideales, se lucha por plata. Sos un simple instrumento del dinero. «Poderoso caballero es don dinero». Me extraña, araña, que siendo mosca no lo conozca.

Con esas ideas pedorras que tenés algún día te van a hacer meter la pata hasta el gañote. Y si metés la pata, cagaste. O te van a hacer meter la pata. Acá está lleno de especialistas en eso. Acordate lo que te digo. El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo: acá, si te cagan, te meten una «causalidad» calibre veintidós.

Y simulando un arma con sus dedos, apoyó el índice en el parietal y gritó:

—¡Pum! ¡Bien muerto! Y te tiran al río «para que te coman los phescaditos»…

VI

Sólo con su arma, AC tenía cierta ternura. Cuando su jefe disponía los dedos pulgar e índice simulando un arma, algo de nostalgia lo invadía y deseaba tener entre sus manos para acariciar a la que llamaba su “compañera de algarabías”.

Estaba convencido de que ambos disfrutaban los trabajos y los días en que sus calidades eran puestas a prueba por órdenes superiores. Obedecer — ejecutar — obedecer era un ordenamiento inquebrantable que restauraba parcialmente un mundo demasiado inestable y anárquico que lentamente perdía los valores espirituales que, a su entender, signaron las mejores etapas de la humanidad. El desorden, la anarquía, la confusión y el desconcierto eran estados casi perpetuos en que él observaba se había sumido el Hombre, que hacía de defectos virtudes y disfrutaba de esas calamidades como el animal disfruta del apareamiento con múltiples hembras.

Eran incrustaciones perversas que se instalaron con completa soberanía en un mundo que, a simple vista, resultaba incapaz de reparar por sí mismo los desvaríos tremendos a que se sometía en nombre de una libertad falsificada. El espíritu fue desterrado y reemplazado por la simple materia; y carne, huesos, músculos, nervios, estaban verdaderamente vacíos de ese componente mágico religioso, de verdadera espiritualidad. Para él y su Smith & Wesson calibre 22, la materia explicada por la química orgánica, sin el don del credo redentor, era solo una hipótesis burda, inconsistente.

El sicario y su Smith & Wesson calibre 22 de cachas negras color ébano lustroso comprendían que, justamente, un poder por encima de la pobreza espiritual de esa humanidad desvariada los puso en los caminos terrenales para enmendar, aunque más no fuera, aquella sustancia corrupta del alma de los hombres.

Como una versión de aquel Abraham del bíblico filicidio, consideraba que a veces era menester ejecutar al propio hijo, para lograr que los ríos de sangre no fluyeran en vano.

Los ríos de sangre, en oportunidades históricas, entendía, resultaban lavativas necesarias que purificaban a las especies de sus descendencias despreciables.

Cuando un joven león desplaza al viejo jefe de la manada, devora a toda la progenie de su predecesor. Quiere exterminar a esa estirpe para que no malogre el futuro de la especie. Eso no era canibalismo; era un modo quirúrgico de ejercer la soberanía, que el macho triunfante imponía para adelantar un futuro promisorio y disolver los espantajos de la decadencia. Así se perfeccionaba un linaje dominante.

Ambos, AC, un anacoreta, y su Smith & Wesson calibre 22, una máquina preciosa de una ingeniería exquisita, eran hábiles instrumentos de ese sistema perfeccionado de purificación constante de una especie que era incapaz de comprender, por sí misma, la sustancia real del mundo que le tocaba protagonizar y, por ende, de escapar de su destino decadente.

Abrillantar el fino acabado de su Smith & Wesson calibre 22 era una acción que realizaba primorosamente. Apoyada la pistola en su mano izquierda, deslizaba suavemente una gamuza color naranja de atrás hacia adelante, en una caricia erótica. Había mucho de sensualidad en su relación con la Smith & Wesson.

Ambos se correspondían. Las manos (era ambidiestro) con las formas alargadas de la pistola. Sus agitaciones interiores con la tensión exacta del cañón. El olor penetrante, ora de los aceites con los que untaba regularmente el acero finamente pavonado, ora del humor de la pólvora encendida cremando el músculo y la sangre que tornaba en mágica alquimia a una tonalidad oscura, pero de una oscuridad que solo pertenece a la muerte violenta.

El arma tenía dos preciosas cachas trabajadas artesanalmente con dibujos de paisajes que desconocía, pero que, aun así, se le hacían familiares. Arriba, un sol pequeño, más parecido a un diente de león que a un verdadero sol, unas nubes ralas y desenhebradas y algo de montaña sobre un horizonte imaginario.

Las cachas completaban el ondular anatómico de la culata de la pistola diseñada por un extraordinario tirador, alguien que podía fundirse íntegramente con el arma, único modo en que un verdugo podía ejercer de manera quirúrgica su fatal labor. Ser uno la prolongación del otro, el arma de la mano, la mano del arma, conjunción, comunión, simbiosis entre la máquina y la anatomía de la mano, que daba como resultado el cultivado esmero de la ejecución de una muerte por encargo.

Nunca falló en sus trabajos. Ninguna de sus víctimas —se reconfortaba repasando sus acciones— sufrió más de lo necesario gracias a su profesionalidad.

El profesionalismo, consideró durante algún tiempo hasta ese encuentro crucial, era el camino de la perfección. Y si bien el profesionalismo dejó su lugar a la sólida convicción organizada en la experticia, el camino de la perfección seguía siendo el norte en su tarea.

La perfección manifestaba cuidado, esmero, concentración.

La perfección, para AC, se vinculaba a lo divino, a lo sagrado, a la suma de todas las perfecciones; su Santo Grial, que era el origen y la síntesis de una ideología que llenaba de contenido cierto los ejercicios de su criminal profesionalidad.

Salvo aquellas encomiendas en las que sí debía infringir castigos aleccionadores que precedían a la ejecución (que no tenían que ver con el destino del muerto sino con un lenguaje que estaba dirigido a los sobrevivientes), nadie podía achacar a su Smith & Wesson calibre 22 ni a él perversión alguna. Eran instrumentos carentes de perversiones, purificados en el negroazul humo ígneo de la deflagración.

¿Qué perversión podría achacarse a un disparo limpio, directo, sin esquirlas? Un orificio de entrada de redondez casi perfecta y en una tonalidad ébano tornasolada de rojo sangre; la destrucción de todos los tejidos blandos que se interponían entre el plomo candente y los múltiples rebotes contra los huesos de la víctima: un prístino túnel hacia la muerte, el puerto de arribo para todos los seres, fueran estos quienes fueran.

Consideraba que la muerte era el principio y el fin de todo, un retorno sistemático a la sustancia original de toda la humanidad. Abraham mata al hijo; Caín mata a Abel; el hombre devora al hombre. La muerte siempre triunfante batía el parche de sus infinitas victorias; AC y su Smith & Wesson calibre 22 eran solo traductores de un lenguaje ancestral que había purificado el mundo desde sus orígenes.

Si la labor estaba realizada con el rigor que correspondía, un espumarajo sanguinolento salía de la boca del vivo-muerto, y era la señal de que las tareas fueron completadas con entera satisfacción. Entonces, hombre y Smith & Wesson se replegaban al submundo al que pertenecían, y allí disfrutaban de un letargo, catatónicos, hasta que un nuevo llamado los convocaba a sus labores.

VII

(Vuelo de la muerte)

El canturreo, los olores y la situación revolvían recuerdos antiguos que parecían olvidados pero que estaban dispuestos en la memoria.

No estaba en posición de seleccionar esos recuerdos: encapuchado, las manos amarradas a la espalda, todo perturbaba la mecánica del recuerdo.

Las evocaciones brotaban bruscamente, sin orden de importancia; emergían con voluntad propia. Salían de agujeros profundos que en su cerebro fueron taladrados por esas reminiscencias que ventilaban así sus pestilencias con matemática regularidad. Luego, se ocultaban al ritmo de la respiración de aquel que jugaba con su cabeza y canturreaba indecente, hasta que un nuevo movimiento, un golpe, una palabra, motivaba a su psiquis a impulsar los jeroglíficos de la memoria a la superficie, a la conciencia plena. Se reproducían entonces, vívidamente, aquellos eventos que al común le serían repugnantes, pero no a él ni a sus pares; para ellos, un pasatiempo avieso, ominoso. La mecánica permanente de su actividad sináptica estiraba el pasado hasta el presente. Sonaba en su cabeza un repiqueteo intenso, que lo anoticiaba del devenir de esos recuerdos que se tornaban en funestos augurios, y se revolvían en una espiral ascendente, infinita y esotérica.

Esas voces, esos ruidos, esos movimientos convulsivos traían desde el fondo del pasado a aquella noche en que conoció a un hombre amanerado, peinado a la gomina, como si le hubieran untado con aceites la cabeza.

Su rostro blanco, casi resplandeciente, demasiado pulcro para la profesión, mostraba un fino y cuidado bigote, un tajito rubio nacarado bajo la nariz recta.

Sus ojos claros, pero sin ser celestes, disparaban pequeñas centellas algo azuladas, que distraían al observador que intentaba fijar su mirada en aquel rostro aniñado. De altura importante, tenía una contextura atlética. Unas piernas bien formadas y articuladas sostenían una ajustada cadera no muy grande, que a su vez se proyectaba rectilínea a través de una armoniosa columna vertebral hasta una amplia espalda musculada. Un cuello mediano, ladeado por dos gruesas arterias latentes, y una voluminosa nuez de Adán parecían exagerados para aquella masculinidad adornada con un sesgo andrógino indisimulable. Resultaba extraño escucharlo recitar a Schiller y murmurar versos de “Resurrección”.

Tenía un cierto aspecto seductor, pero para AC, era más parecido a aquellos galanes de las pretendidas películas pornográficas clase “c” que proyectaban de a tres en el cine Podestá, y que inspiraban a los púberes no iniciados en el asunto del sexo a manosearse entre butacas cuando asomaban los prominentes senos de la Coca, aquella belleza de los confines proletarios que encendía los deseos de hombres simples y laboriosos.

Nunca supo el nombre de aquel jefe de un grupo de tareas. Era costumbre no dejar ningún dato que a la larga pudiera vincular a quienes participaban de una operación. Lo registró en su breviario, una pequeña libreta que servía como diario (un mal hábito que tendría sus consecuencias), como Podestá, como se llamaba aquel cine de barrio en el que pasó algunos momentos de su primera adolescencia.

Podestá llevaba colgado de su cuello un rosario al que le habían arrancado el Cristo.

Era un rosario de perlas negras con dos abrazaderas de plata que envolvían cada cuentecilla de manera perfecta. Cada perla estaba engarzada con doble eslabón también de plata lustrosa, que se unía a la que le seguía para dar sentido y continuidad a la oración devota. No parecía un rosario adecuado para el galancete con aires de onanista como aquel hombre de bigotito rubio nacarado, bajo la recta nariz de su blanquecina cara. Suponía, por la finura de la joya, que tenía que pertenecer a una mujer rezadora y delicada. Supo, tiempo después, que perteneció a una monja que arrojaron al río en el vuelo mortal de aquel largo día.

Recordaba que, lejos de impresionarlo la ausencia del Cristo de aquella bella y ornamentada cruz de plata, le produjo un sentimiento de franca curiosidad.

Veía el clavo hundido, bruto, en la madera yerta, veteada en marrón rojinegro, y algo de carne adherida a la barra horizontal que formaba la cruz. Por algún motivo su vista se fijó decididamente en ese fragmento de humanidad aún impregnado de pequeñas gotas de suero, y hasta creyó descifrar al hombre desgraciado que ponían en la cruz y le hincaban esos enormes clavos que pasaron las muñecas, cortaron los nervios, los tendones, rompieron los huesos e hicieron un agujero perfecto por la arteria, para fijarse rudamente en la dura madera, mientras se desangraba por la herida.

El peso del cuerpo era demasiado, tal vez de ochenta quilos, y fue desgarrando la carne, por lo que lo ataron con gruesas sogas para que no cayera; mientras tanto, los centuriones se paseaban a su lado y escupían en su cara. Se mofaban de él y reclamaban a gritos explicaciones. Exigían confesiones.

No tenía aún abierto el costado, pero sangraba con intermitencia una sangre espesa que no podía brotar. Salían como burbujas redondas enrojecidas de muchas heridas todas simétricas, que un personaje extraño iba realizando con un diminuto escarpelo con encomio milimétrico.

El del bigotito rubio nacarado, el del labio como tajo del que pendía un hilo de baba, sonreía al observar al bulto aquel, sanguinolento, agarrado apenas a un solo clavo, mientras algunos colgajos quedaban expuestos impúdicamente ante la indiferencia de los guardianes que ya estaban algo extraviados. El olor de la sangre era rancio y penetrante.

Del entredicho por aquellas monjas hablaba poco. No era hombre de hacer comentarios ni de repasar detalles en tareas en las que le tocó participar. Eso era patrimonio de sus superiores. Sin embargo, alguien le refirió la historia cuando el incidente del rosario se transformó en un problema diplomático.

El galán del Podestá con su rosario al cuello, como lo recordaba, nunca vio comprometida su carrera. La superioridad lo amparaba argumentando que había situaciones que excedían las órdenes primarias y los subordinados debían resolverlas aplicando lo que les fue enseñado en sus Institutos o, por qué no, innovando. Admiraban la capacidad innovadora de sus subalternos. Si la improvisación alcanzaba estadios de crueldad que podían poner en evidencia acontecimientos que la jefatura aspiraba a mantener fuera de la exposición pública, se podría recurrir a la retórica militar que siempre podía explicar aquellas situaciones de un modo oblicuo, sesgado, antojadizo.

Los escribas encontraron en el vasto lenguaje la palabra “exceso” y, si esta no resultaba cómoda al explicador oficial, podía referirse a “errores”. Los más medrosos podrían hablar de errores-excesos si creían que eso daba más fuerza al argumento.

Los excesos eran parte de la dinámica de la guerra y era, justamente, la guerra el asunto sobre el que trataban. Pero no versaban los libros sobre el modo en que, según ellos, adquirió esa guerra.

En largos y sesudos debates de académicos militares, se alcanzó el consenso en una fórmula novedosa que daba completa explicación al fenómeno que los atribulaba. Y esa explicación redundaría, además, según ellos, en un colosal aporte al desarrollo teórico y doctrinario de la ciencia militar, que expondría, a la luz del conocimiento humano, la verdad intrínseca que justificaba todas las acciones llevadas a cabo y que eran objeto de crudos cuestionamientos. Estaban en presencia de una desconocida modalidad de la guerra, la guerra sucia. Se trataba de una definición que ni Sun Tzu, ni von Clausewitz ni Liddell Hart sospecharon.

Y la guerra sucia podía manifestar distorsiones cuestionables, pero que eran la resultante de librar un combate novedoso, que a veces exponía aspectos complejos de la humana condición guerrera.

En la guerra en general, pero en especial en la guerra sucia, se ejecutaban acciones impensadas en épocas pacíficas y que debían ser acometidas para garantizar la victoria. Y la victoria era, en última instancia, la base objetiva sobre la que se construiría una nueva paz, una paz en la que la disidencia ya no sería necesaria y quedaría como un viejo trasto de una historia pasada, una rémora de un pasado que mejor olvidar; todo ello acondicionado por la uniformidad en los principios sagrados establecidos en las actas fundacionales del régimen militar.

La superioridad, de ese modo, sentó doctrina: guerra sucia – condición humana – excesos – errores – victoria – paz. Una secuencia perfeccionada.

El ADN contenía las instrucciones genéticas precisas que definían al hombre en su medio, al hombre combatiente. Y provistos de esa novedosa doctrina, se sintieron en condiciones de explicar con comodidad esos asuntos que se filtraban a la luz del día y exponían con crudeza los padecimientos de miles de personas arrebatadas de sus hogares, escuelas, trabajos.

Después de todo, ¿qué se pretendía cuestionar? ¿El éxito de una operación? ¿Las órdenes que motivaron su ejecución? ¿Apenas una circunstancia en su cumplimiento? Y además, ¿quién podía afirmar que una decisión en el fragor de los sucesos no fue una justa resolución frente a un imponderable y no un error en los procedimientos o un simple exceso?

La reacción solo se mide por la acción que le dio razón y necesidad.

Una orden merece una ejecución adecuada. El éxito no necesita de justificaciones. Napoleón fusilaba a todos los prisioneros porque resultaban una carga económica onerosa. No se conocía a nadie que hubiese cuestionado este procedimiento. El corso seguía inspirando a los franceses casi como inspira una divinidad.

¡Cuántos sacrificios ahorró Podestá a sus camaradas con su extraordinario comportamiento! Y eso era lo más trascendente para sus superiores inmediatos que ya movían sus influencias para que el inconveniente no pasara a mayores. Después de todo, los sentimentalismos pasan, las acciones perduran.

AC supo algún tiempo después que el operativo fue objetado por una circunstancia secundaria: la apropiación de una joya. Podestá (como lo identificó en su breviario), el oficial que estuvo al mando de la operación, fue convocado a una entrevista con el general-ministro.

Contaban los que se decían conocedores de las encrucijadas del régimen que Podestá estaba despreocupado ante su convocatoria. Fue citado una mañana extraviada en los legajos, pues jamás quedó asentada, a una reunión con el general-ministro a cargo de la seguridad del régimen.

Mientras ascendía la amplia y brillante escalera hacia la oficina del funcionario de facto, pensaba en su próximo fin de semana. Vestido con un impecable ambo blanco, prolijamente acicalado, lucía el fino y cuidado bigote que había recortado con fruición y que estiraba ese tajito rubio nacarado bajo la nariz recta. Los labios finos, apretados, furtivos, se movían como si recitara un verso o repitiera una oración aprendida. Desde la parte superior de la escalera, a donde llegaba una luz agradable, sus ojos parecían más grandes y más claros, y mostraban toques tanto de celeste como de un verde jade vibrante, dependiendo del ángulo en que la luz los acariciara.

Llegó al hall de entrada que daba a unas enormes puertas de madera lustrada y adornadas con las artes de un exquisito ebanista. Golpeó la puerta con decisión, pero sin brusquedad.

—¡Pase! —se escuchó desde adentro.

Al entrar, Podestá observó tras el humo de un cigarro Partagás al general-ministro que lucía su uniforme militar.

—Permiso, mi general.

El anfitrión miró por encima de sus pequeños anteojos de lectura, tratando de verificar el rostro del visitante.

—¡Pase m’hijo! Póngase cómodo. Lo estaba esperando —dijo el militar con voz serena.

—¿Quiere tomar algo? —preguntó al convocado.

—Whisky, mi general —respondió Podestá mientras se acomodaba en una poltrona baja, de tapizado rojo.

—¡Whisky! —exclamó—. La bebida de los pueblos triunfadores. ¿Tiene whisky mi general? Hoy me quiero sentir un verdadero triunfador.

—¡Seguro! Tenemos algo. Siempre hay que tener algo de whisky a mano. El whisky no va con mi personalidad. Prefiero bebidas más espirituosas. Vodka. Hecho para verdaderos hombres. Hay que acostumbrarse porque es la bebida del futuro.

—Si usted lo dice, mi general… —respondió con una sonrisa forzada—. Aunque yo prefiero whisky, Sinatra y Scott Fitzgerald, en ese orden. Capote no, muy gay, no me gusta. Detesto las exageraciones. Hasta para ser homosexual hay que saber cómo comportarse. Capote era un escándalo.

En cine, prefiero la clase “b”. Aunque sea berreta, el cine “clase b” tiene sus encantos, como Reagan haciendo de cowboy… ¡insuperable!

El general lo observó con cierto desdén y disimuló su sorpresa. La reflexión sobre el whisky y la homosexualidad escandalosa de Capote lo dejó pasmado, pero prefirió evitar comentarios. Sobre las virtudes de Reagan decidió no opinar.

—Pediré su whisky y, para mí, vodka… Que nos aproveche…

Podestá, sentado en la cómoda poltrona, observaba los firuletes que esbozan un dibujo sensual a sus pies. Desde los sillones se extendía una alfombra con dibujos de mujeres desnudas que tapaban sus sexos y senos con sus pequeñas manos, mientras un sátiro tocaba una melodía milenaria en su flauta de pan.

El general-ministro llamó al mozo y le encargó las bebidas.

El sol de media mañana que pasaba por los cortinados que acompañaban el amplio ventanal daba relieve a los cuerpos desnudos de dos estatuas femeninas convenientemente dispuestas a los lados del escritorio del jerarca. Se hizo un largo silencio.

El general-ministro acariciaba, monótono, los desnudos cuerpos femeninos; el frío del mármol no lograba despejar el furor de su testosterona, sentía que una de las mujeres le tomaba la cara con las dos manos y, arrimando sus labios a los suyos, los dibujaba con su lengua para luego introducir su lengua en la boca y lamerlo con fuerza. Reconoció ese ardor que subía por sus piernas hinchando el sexo, como si fuera a estallar, y sentía que la otra mujer tomaba su pene entre sus manos y lo llevaba hasta la boca, mientras él hundía en el sexo de la primera de las prostitutas sus dedazos con violencia y pensaba con qué facilidad podría aplastarlo como a una almendra húmeda e insignificante.

Con la vista clavada en la alfombra de delicados dibujos bucólicos, sintió verdadera conmiseración de pisar esos cuerpos vergonzantes de rollizas desnudeces que le recordaban a su esposa preguntándole una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, el significado de esas claves bancarias, seguramente de algún banco suizo (un paraíso habituado a la discreción y con el encanto de los que nunca preguntan el origen de los fondos que son depositados para su custodia).

En el enorme salón, de pie, el general-ministro de ancha espalda mostraba un rudo cuello bruscamente cincelado y sobre él, una cabeza cuadrada que sin la gorra militar parecía más recta. Llevaba el cabello rapado al ras. Asomaban profusas canas de un blanco grisáceo aún entremezclado con un color poco definido entre el castaño claro y un rojizo terroso.

Sus ojos estaban guarnecidos por gruesas cejas que parecían culebrear con independencia del resto de la cara como orugas velludas y abajo dos ojitos penetrantes, algo furtivos, oscuros y bordados en minúsculas venitas rojas que salpicaban la córnea algo brillosa.

Sus labios eran un tanto delgados para el tamaño grande de su cabeza. Estaban disimulados bajo la nariz recta y ancha que presidía la fisonomía del rostro con absoluta soberanía. Las orejas eran pequeñas y arrepolladas, más propias de un gnomo que de un general poderoso.

Hablaba con una voz aflautada como la música del sátiro de la flauta de pan en la alfombra; una voz casi ridícula para un hombrón de ese tamaño. La voz estaba en consonancia con las orejas de elfo y, mientras silabeaba chillón, las orejuelas se movían acompasando las palabras y arrepollándose aún más que cuando se las observaba en reposo.

Con esa voz de gaita repitió tres veces que sabía que lo del rosario fue un lamentable error-exceso. Y aunque al general-ministro no lo convencía la doctrina de los excesos, lo repitió tres veces como si machacara en el yunque de sus expresiones las palabras. Error, error, error, exceso, exceso, exceso.

—Después de todo, ¿en qué guerra no hay excesos? —dijo reflexionando livianamente y alzando los hombros—. ¿Y en qué guerra no hay errores?

Podestá miró extrañado al general-ministro. Él no solía refugiarse en el subterfugio verbal con el que se pretendía no asumir la realidad que los comprometía. Sin embargo, optó por acompañar en sus razonamientos al superior.

—En todas, mi general. En todas… —aprobó con desgano.

—Exacto, exacto. Entonces, corrijamos los excesos. ¿No le parece?

—De acuerdo, mi general. ¿Qué error o qué exceso debemos corregir, mi general?

—Lo del rosario, amigo, el robo de la joya de la monja esa que ustedes se llevaron.

El general-ministro miró a los ojos a Podestá cuando habló del rosario robado.

—¡Ah! ¡El rosario! Sí, mi general… Un trofeo de guerra. Como usted sabe, es parte de los beneficios del éxito de una operación. La Junta lo ha dicho en muchas oportunidades. Es un incentivo material; no sólo de ideales vive el hombre.

Podestá sonrió con despreocupación. Sabía que había descolocado a su interlocutor con esa explicación. El botín de guerra era un derecho del vencedor y así era aceptado. No era una ley escrita, pero entraba en los dominios del derecho militar consuetudinario de los conquistadores. Había que respetar las tradiciones.

El general-ministro movía su cabeza de arriba hacia abajo en gesto reflexivo. Tomó con su mano izquierda su mentón. Suspiró sonoramente.

—Mire, amigo, usted y yo, ¡todos!, sabemos que ésta es una guerra sucia, una sucia guerra que no buscamos. Es así, ¡qué le vamos a hacer! —dijo esto al tiempo que se encogió de hombros.

—¡Qué vamos a hacer! ¿Vamos a explicar lo que no podemos explicar? Trincheras. ¿Dónde están las trincheras? —miraba hacia un lado y el otro de la habitación como buscando las trincheras de las que hablaba.

—¿Están ahí? —señalaba en un sentido—. ¡No! ¿Están allá? —señalaba en sentido contrario—. ¡No, tampoco! No hay, no están en ningún lado, desaparecieron. ¿No es así? —preguntó a Podestá, quien disfrutaba de la explicación.

—Es así, mi general. Como usted bien dice, no hay trincheras.

—¡No hay trincheras! ¡Por supuesto!

El general-ministro guardó silencio un instante y luego preguntó pretendiendo ingenuidad:

—O, en realidad, ¿están en todos lados y en todo tiempo? ¿Las trincheras estarán en los roperos de las casas baratas de los barrios del conurbano? ¿Usted qué piensa? —inquirió reflexivo—. ¿Estarán en los delantales roñosos de las amas de casa? ¿Tal vez en los libros subversivos de los estudiantes busca-mierdas que pululan las universidades? Yo no lo sé. ¿Usted lo sabe? ¡No! ¿Verdad?

—No lo sé, mi general —afirmó Podestá al tiempo que alzó sus manos y sus hombros expresando ignorancia.

—¿No se pregunta usted si no estarán en las faldas de monjas de mierda, en las sotanas de curas de mierda? ¿O con esas viejas locas que vienen a joder todos los jueves en la Plaza de Mayo? ¿Usted me lo puede decir? No, claro que no. Nadie lo sabe… ¡Es la guerra! ¡Es la guerra que nos impusieron! —exhaló fuertemente el aire de sus pulmones al tiempo que, bajando la cabeza, hizo como un gesto de resignación.

—M’hijo: la gente va y viene; hoy está aquí, mañana no; aparece y desaparece, se esfuma, se va, no está más, ¡puf!, desaparece… Es un país libre, en el que la gente va y viene. ¿Quién puede modificar esto? Pero es un país ¡en guerra! Atacado por esas mierdas. Eso lo sabemos.

¿No vio la huelga de mierda que nos hacen esos ferroviarios de mierda? ¿Nos vienen a hacer huelga a nosotros? ¿A nosotros? ¡Y los obreros hijos de puta del frigorífico Swift! ¡En el Swift! ¡Nos hacen huelga! Vienen jodiendo de toda la vida, desde que empezó la Argentina. Los obreros de la carne son un cáncer. ¡Son los que se lavaron las patas en la Plaza de Mayo!

Nosotros, ¡tenemos que ocuparnos de cosas importantes! ¿Usted cree que esos ferroviarios vagos y esos brutos de los frigoríficos se preocupan de los chilotes de mierda que nos quieren seguir robando territorio?

—¡No, mi general! ¡Esos trabajan para los chilenos! ¡Son vende patria! Por eso quieren arruinarnos el mundial de fútbol…

—¡Exacto! ¡Exacto! ¡Muy bien dicho! Y entonces, ¿qué hay que hacer? ¡Hay que saber hacer las cosas! Usar la cabeza.

Golpeteando con su dedo índice contra su sien repitió varias veces:

—Hay que usar la cabeza, la cabeza, ¡la ca-be-za! —gritó chirriando.

Apoyándose en los brazos del sillón miró fijamente a su interlocutor y agregó:

—No hay que hacer boludeces, sabe. No hay que hacer ¡bo!-¡lu!-¡de!-¡ces!

Acomodándose el uniforme repreguntó adquiriendo una postura erguida.

—¿Me comprende?

Apoyó una de sus manos sobre su pecho y agregó, severo, mirando a su interlocutor, un discurso improvisado:

—Tengo al embajador de no sé qué mierda de país rompiéndome las bolas hace tres días por unas monjas de mierda y un rosario de mierda. ¿Sabe por qué el embajador me rompe las bolas como me rompe las bolas mi querida esposa, que cree que me hago rico y deposito la plata en Suiza? Porque los servicios de inteligencia de su embajada le informan que alguien “de tez blanca, que exhibe un fino y cuidado bigote, de labios finos, apretados, ojos grandes, claros, de cuello mediano, poco armonioso en comparación con el tamaño de su espalda y el de su cabeza, rubio, de cabellos ensortijados. Alto, atlético, de contextura poderosa, piernas bien formadas, cadera no muy grande, amplia espalda etc., etc., etc.” anda paseándose con el rosario colgado del cogote. ¡Se da cuenta! El muy boludo se cuelga el rosario en el cogote, y a mí se me cuelgan de mis bolas unos burócratas de mierda, de una embajada de mierda, de un país de mierda. ¿Sabe cómo le tienen los huevos llenos al general-presidente? —y dijo esto casi en un grito con tono de soprano—. ¿Se lo puede imaginar? ¿Quiere que le muestre cómo tengo de hinchadas mis bolas? ¿Qué vamos a hacer, amigo? ¡Dígame! ¿Qué vamos a hacer, me puede decir? ¡Qué vamos a hacer, la puta madre que lo recontramil parió!

Podestá, indiferente a la ira del general, sonrió socarronamente e inclinando levemente la cabeza pareció listo para hacerle al general-ministro una confidencia. Llevó una de sus manos al pecho y recorrió el bulto debajo de su blanca y límpida camisa. Sus ojos se perdieron entre los arabescos de la fina alfombra que se extendía a sus pies. No observaba los dibujos estampados, sino que estaba ensimismado, recordando las tejas francesas que bordaban la cúpula de una iglesia en cuyo extremo se alzaba una cruz de hierro trabajado primorosamente, iluminada desde su base por una luz amarillenta, algo fosforescente.

Adentro, la cúpula estaba adornada con finas molduras que simulaban hojas y frutos, y debajo de los frisos, unas ventanas ojivales en las cuatro direcciones reproducían en vitrales cuatro escenas bíblicas, alumbradas con delicadeza, que hacían lucir los vidrios como pinturas del siglo XVIII.

Abarcándolo todo, un Cristo pintado con mano de acuarela guardaba las bondades de la capilla con una sencillez casi de cristianos primitivos. El Cristo tenía en los ojos una expresión de celestial misericordia y hasta parecían caer de ellos diminutas lágrimas perladas.

Al oficial a cargo del grupo de tareas se le hacía casi familiar aquella escena con el hombre desgraciado al que lo acomodaban en una especie de cruz y le incrustaban unos clavos enormes que pasaban las muñecas, cortaban nervios y tendones, rompían huesos y trepanaban un agujero perfecto por la arteria para fijarse brutalmente en la madera. La gravedad arrastraba el pesado cuerpo (tal vez unos 80 kilos) desgarrando la carne; al grito de «¡Átenlo!», gruesas sogas amarraron los antebrazos y brazos para que no cayera, y esa fantasmagórica legión continuó preguntando a gritos nombres, direcciones, datos.

Debajo de los desnudos pies del Cristo, estaba el altar marmolado en el detalle, y otra cruz de roble que se estiraba hacia la cúpula echaba una sombra perdonadora sobre el alabastro blanco cubierto por un mantel bordado por las viejas rezadoras del rosario, en esas tardes de soles en que sentaban a secar el reuma de los vencidos huesos mientras una de ellas, de gruesos lentes, repetía el Ave María y el Padrenuestro, espantando de a puñados los temores de las futuras muertes que las aguardaban.

Enormes cirios dibujaban puntas doradas y hacían crepitar unos soniditos como de insectos con alitas incendiadas, iluminando a salpicones los hábitos de las monjas hincadas a rezar. La noche se descalzó afuera disimulando la luna con dos jirones de nubes deshiladas por el viento.

El cortejo de monjas en el rezo parecía, visto de atrás, un suceso de íconos vagamente iluminados, envueltos en los vapores del incienso que el Cristo esparcía con los brazos extendidos a cada lado.

Más adelante, la Madre Superiora no disimulaba su imagen de relicario centenario, ampo, evangélico, terso. Las manos delgadas, juncosas, cruzadas una sobre la otra, se veían como un pergamino terroso, añejado, que dejaba sentir un aroma de geranios de solares cruzados de sol y, en el fondo del aroma pueblerino, una leve fragancia a menta fresca que cosquilleaba alegremente.

El rostro ajado, algo enjuto, se coloreaba con el aleteo de las lucecitas de sonidos crepitantes. La cofia amplia dejaba ver dos pequeños ojos claros de mirada diáfana, que serenaban al interlocutor cuando el diálogo se prestaba en el resguardado ámbito del monasterio. Tenía en la piel como láminas patinadas de colores pasteles, y su osamenta estaba finamente sostenida por vaporosas ligaduras que se entrelazaban unas con otras, entretejiendo una red prodigiosa que le daba a la monja un porte garboso a pesar de su ancianidad.

Ya entrada la lengua de la madrugada por las ventanas ojivales en las cuatro direcciones en que estaban dispuestas, sintió la vieja monja la presencia de ese hombre algo amanerado, engominado, de rostro blanco, que lucía un fino y cuidado bigote como un tajito rubio nacarado bajo la nariz recta, respirando entrecortado. Tenía un halo de gritos y lamentos atormentadores a su alrededor, malas aves que revoloteaban en círculos exhalando un perfume de eventos soterrados, perturbadores.

El ir y venir de las llamas de los cirios iluminaba desparejo al hombre y a la monja. Ella sintió el puñal de los ojos en su huesuda nuca caerle por el rosario de las vértebras; un frío lleno de gris de muerte presagiando las abominaciones que ese hombre elucubraba en sus pensamientos antes de profanar la casa del Señor.

Adivinó el recorrido de los otros hombres del grupo de tareas, cuarto por cuarto arreando a las demás mujeres, y hasta pudo contar los pasos de cada una de ellas bajando las escaleras a empujones, llevadas en presencia de ese hombre de cuidado aspecto que las esperaba tenaz e inmóvil. Las observó entrar de a una, por una pequeña puerta lateral de la capilla, contemplando morboso el cortejo de condenadas a muerte.

Sobre los mármoles del altar se deshizo una sombra, se cuarteó crujiente, y manchones negros iban a dar a los escalones que conducían al ara sagrada. Los ojos del Cristo adquirieron un tono saturnino, gris como piel de lobo. Un hombre casi tuerto, con una sonrisa descompuesta, apuntaba con una Itaka recortada y gatilló el arma hasta la muerte.

Podestá, embrutecido y rígido, recorrió con la mirada cada humanidad que los subordinados acomodaron para los suplicios. Llevó una mano a su cara; sus delgados dedos acariciaron el bigote rubio y luego el mentón y, entreabriendo la boca, dejó ver una lengua rosada que movía de a intervalos humedeciendo los finos labios apretados y oscuros.

Oyó atento los gritos de una mujer y el jadeo de otro hombre sobre ella. La luz mortecina hacía una rara arruga en la espalda del violador, que preguntaba algo que no se alcanzaba a oír entre los gritos de la mujer desesperada.

Ninguno llevaba uniforme. Podestá vestía un exquisito y delicado ambo blanco. Al tiempo que persistía en acariciar su bigote y su mentón, dibujaba como unos círculos imaginarios con su pie derecho. Calzaba zapatos blancos, inmaculados, para la ocasión, como el traje.

Estaba de blanco, decía con cinismo, porque era el color de los ángeles. El mecanismo sacrificial reclamaba un atuendo adecuado para su ejecución. El ángel exterminador siempre se vestía de blanco.

Por la misma puerta lateral por la que entró el séquito de mujeres, ingresó otro hombre joven, alto, atlético, de cabellos negros encrespados que dejaban ver unas tímidas entrecanas a los costados de la cabellera. No tenía nombre. Sólo dos letras lo identificaban: AC.

Traía consigo a una mujer delgada que temblaba convulsionada. Tenía la mirada vaciada de toda luz, como si dos cuervos entremetidos entre los brillos de las pupilas hubiesen cortado a picotazos los destellos de vida que aún perduraban.

El hombre que traía a la mujer tenía sus dedos clavados en las carnes del brazo como si temiera que pudiese escapar aún bajo la custodia de la siniestra guardia. El idiota de un solo ojo la apuntaba con su arma y la empujaba con la punta del cañón como comprobando si aún conservaba algún reflejo a pesar del pánico que la abrumaba.

Podestá observó las escenas con atención y sonrió. No daba órdenes, gesticulaba como si los acontecimientos que se desarrollaban hubieran sido planificados con una exactitud pasmosa. Nada le parecía extraño, ni su presencia, ni la iglesia, ni el griterío frenético que se reproducía como por olas en el recinto.

Especulaba sobre sus circunstancias y sobre el derecho que esas realidades le otorgaban para obrar en un giro extremo del juicio póstumo, pero anticipadamente. Aprobaba como instrumentos idóneos de esa combatividad aquellos tormentos pavorosos que infringían a sus ocasionales víctimas.

Los tormentos, más o menos sofisticados, siempre han estado unidos por vasos comunicantes misteriosos a las necesidades de una fe que se impone a pura brutalidad. Consideraba que los tormentos fueron motor de la ciencia y la industria. «Yo soy un protodesarrollista», decía mofándose de las definiciones políticas. Y luego disertaba sobre los variados mecanismos que la técnica proveyó a la santa inquisición, entre otras instituciones de la Historia, para conocer los secretos más recónditos de los condenados.

La compleja ingeniería que acompasó los martirios de la inquisición, él la presentaba como impulso progresista de la ciencia y la técnica, aunque estuviera hecha con el crepitar de las hogueras y el suplicio de los inmolados. Y agregaba que, en definitiva, aquella Institución supo recoger las tradiciones de la cultura occidental plasmada en lapidaciones y linchamientos.

¿Hipatia de Alejandría? ¿Copérnico? ¿Galileo? ¿Giordano Bruno? ¿Servet? Todos cayeron vencidos o renegaron ante ese movimiento ferviente que inmoló, a los pies de los dioses de ocasión, siglos de humanidad oscurecida.

El fervor, la devoción, la unción de sus trabajos hallaba así una intrínseca mística que le daba sosiego a sus fantasías. Él venía a expiar los pecados y los pecadores. ¿Había obra más magnífica que esa? Torturar, violar, matar eran solo gestos de circunstancias, procedimientos folclóricos; nadie debía distraerse del fin último que tenían por objeto sostener el orden natural llamado a imponerse como el principio y el fin de cualquier cometido.

Esa noche, en la iglesia, estaba para eso, para restablecer un orden natural que fue subvertido; y la muerte sería solo un subproducto aleatorio, fortuito, en el laborioso quehacer disciplinario.

Podestá hizo una señal al otro de cabellera renegrida y fuerza hercúlea, que obediente arrastró al espectro de esa mujer hasta el altar. Ninguno de los hombres disimulaba el rito. El mármol blanco se volvió negro y luego rojo de sangre roja.

Frente al altar, ya de rodillas, la mujer pegó lo poco que le quedaba de su mirada al borde del cáliz dorado que escondía sus redondeces valiosas tras unas cortinillas de hilo de Holanda tejidas hacía añares.

Desesperaba un milagro. De rodillas, con la cabeza inclinada, hacía un bulto de sombra ovillada que las luces de los cirios insistían en descubrir.

Las luces tocaban la espalda de la desgraciada y se estiraban hacia arriba multiplicando las llamitas en serpentinas rojas y serpentinas azules de fuego. Las serpentinas se hicieron largas lenguas, o incluso víboras, que reptaban ascendentes, siempre ascendentes, aprovechándose de los vitraux ya desfigurados y, mezclándose con las finas molduras del frontispicio, buscaron el cielo de madrugada, que deshizo sus estrellas para tornarse oscuro y enigmático de tormentos y muertes.

La mujer moribunda esperaba desesperada que el Cristo de la cruz multiplicara esas lenguas de fuego de los cirios y abrasara las inmundicias que se incrustaron malsanamente en toda la capilla. Pero la sombra del Cristo solo se aventuraba hacia delante; pasaba por sobre su cabeza haciendo una extraña cabriola y una plegaria de palabras vencidas se oía a corta distancia: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos».

La sombra estirada tocaba la pared adornada de acuarelas de colores pastel. No llevaba ningún milagro para las mujeres que, de rodillas, esperaban la muerte lenta bajo la fría mirada de hoja de cuchilla de AC, que retenía a una de ellas del brazo, con una fuerza tal que casi sesgaba las carnes. Esperaba esa mortal señal definitiva de su jefe, que parecía estampado con una resina de oscuridades, repitiéndose, a esa altura de los suplicios, la cara en una mascarilla encerada y ojeras renegridas y abismadas. Podestá sacó del bolsillo derecho de su ambo blanco una cajilla blanca, aspiró cocaína y se sintió invulnerable.

La vieja monja miraba a las condenadas por la punta de los dedos; tenía los cinco sentidos en las yemas, apiñados. Un temblor de muerte subió una a una sus vértebras artríticas y al llegar a la cara la tornasoló color de papiro. La piel se hizo ocre y los labios viraron de cárdenos al color del espanto.

Una olorosa mantilla de infinitas gotas de sudor se tejió en la cara de Podestá, que caminaba de un lado al otro de la capilla con la vista fija en AC y en la desgraciada aquella. Podestá ensayó un discurso. Enhebró de modo confuso oraciones sobre patria libre, nación decente, derechos y humanos.

—Nadie desea tan desgraciada situación —dijo taciturno—. Pero esto es responsabilidad de ustedes, señoras. Yo tendría que estar preparándome para ir a mear al Pacífico y matar a los putos chilotes, pero ustedes me joden, nos joden la vida. ¡Miren en qué condiciones están! Si se hubieran dedicado a sus rezos, a sus plegarias, a juntar limosnas para atender a los pobres que Dios puso en la tierra para poder expresar la misericordia, nada de esto habría pasado.

Movía la cabeza de un lado a otro y resoplaba repetidas veces. El rostro fue adquiriendo un tono rojo, bermellonando los pómulos violentos, crispado en transpiraciones como puntas de alfiler que se desencajaban por los bordes marcados de la cara y caían rebotando en el piso.

—¡¿Quién carajo?! —gritó acentuando cada sílaba—. ¡¿Quién carajo las mandó a meterse con asesinos, ladrones, rufianes que se han desentendido del sentido cristiano de la vida humana?!

Deteniéndose frente a la Madre Superiora, observando el fino rosario que colgaba de sus manos viejas, continuó recriminando:

—¿Por qué mezclar política y religión? ¿Cuándo Cristo mezcló política y religión? ¿Me lo puede decir, señora? ¿Me lo puede decir?

Podestá bajó hasta la posición en que la Madre Superiora se encontraba reclinada. Arrancó el rosario de entre sus manos y, poniendo su boca pegada a la oreja de la vieja, gritó:

—¡Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios! ¿Entiende? ¡¿Entiende?!

Nosotros somos el César —y dijo esto mientras caminaba nuevamente de un lado al otro, agitando el rosario—; nosotros somos el César y ustedes no han sabido representar a Dios, lo han ofendido. ¿Quién lavará las impudicias de esta casa? Se los voy a decir: ¡nosotros! Somos ángeles, somos arcángeles, y vamos a reconstruir el orden que ustedes y todos los malditos que nos impusieron esta guerra sucia trataron de destruir para imponernos una sociedad opuesta a nuestros amados, simples y vigorosos valores.

Los esbirros sonrieron a carcajadas. Se acercó hasta el lugar en donde yacía la mujer caída, cerca del altar, bajo la sombra circunspecta del Cristo profanado. La tomó del cabello, expuso su cara ante la suya. El rostro estaba iluminado por las llamitas que se acartonaron como pintadas con los dedos. Arrojaban en ramillete unas chispitas mortuorias. La miró fijamente. Le echó su aliento caliente, ácido. El rubio oficial pasó su roja lengua de cincel por los labios finos, apretados, e hizo un gesto, inclinando la cabeza, una orden, con ese leve movimiento de abajo hacia arriba, lentificado, interminable.

AC hundió su mano en la ingle de la mujer que tenía aferrada y tiró con fuerza brutal arrancando la ropa y los vellos que dejaron unos puntos sanguinolentos. Hizo jirones el vestido que arrojó a la cara de la vieja monja que ya no mostraba ese color de papiro, sino que viró a un azul mortuorio, azufrado.

Metió su mano en la bragueta y exhibió su pene que frotó en la cara de la víctima. Dejó caer la mirada sobre el cuerpo desnudo de la mujer que trató de cubrir sus pechos y el sexo. Los bíblicos vitraux parecieron esfumarse de abajo hacia arriba, y los gritos histéricos de todas las mujeres se agolparon en tropel desesperado.

AC y Podestá hicieron gestos de muñecos grotescos. Fue un raro diálogo entre dos animales en cacería.

AC, mientras violaba a la mujer, que sentía que una brasa ardiente le calcinaba la vagina, dejó caer sus manazas llenas de golpes que tomaban ímpetu desde una distancia desmesurada contra aquella humanidad. El rostro que era suave hasta entonces se llenó de golpes que estamparon cardenales azulvioletas y lo deformaron hinchado pavorosamente; y luego una sangre opaca rodó de a chisguetes por las mejillas y se confundió en la comisura de los labios vencidos.

La sangre hinchó el sexo del torturador, que, a pesar de su gesto displicente, disfrutaba.

La sangre que fluía por sus venas no era sangre, eran fermentos de un mosto cruel, efervescente. Dejó de golpearla para tomar sus senos apretándolos como quien quiere reventar dos frutos poco maduros. Parecía extraviado, enajenado, en éxtasis cruel, y multiplicó sus fuerzas penetrando con tal violencia que casi llegó a hacer sangrar los frutos y arrancó de la garganta exánime unos grititos, ya no de dolor sino de odio, gritos que se unieron al amontonamiento de otros tantos gritos femeninos que, como alondras moribundas, se estrellaban en su vuelo contra la brutal hombruna del torturador.

En el fondo de los ojos de la mujer, allí donde aún algo vital permanecía, una lágrima de brevísimo borde brotó espontánea, rodó bogando por el borde deformado de una mejilla y quedó encapsulada sobre el labio superior, hinchado y roto.

Hubo un murmullo luctuoso que salió de la hilera de monjas. Desfigurados sus rostros, tenían labios que no fingían lirios, eran flor de cementerio y hacían muecas que no eran cantos. Sus lenguas, que eran húmedas, se tornaron de pedernal y recitaron Avemarías como puñales, buscando que el rezo hiciera desaparecer, en tremendo sortilegio, aquel tormento que una humanidad embrutecida le propinaba a la más joven de todas las mujeres. El murmullo inquietó al idiota de un solo ojo que abandonó su actitud de espectador y retomó la posición de tiro; empujó con el arma a algunas de ellas que se retiraron torpemente hacia atrás, esquivando el roce gélido del borde de la Itaka.

Había algo de burla de mortaja en el ojo vivo del idiota de la escopeta. Su boba sonrisa dejó caer una secreción pastosa, y el brillito pervertido en la oscura pupila del adefesio tuerto mostraba su pérfido goce. La baba pastosa parecía impregnada de un curare que emponzoñaba las risotadas que pendían de la juntura de su boca, una boca organizada con un estiletazo brutal y que hacía más grotesca su apariencia en esa cabezota de panteón, llena de grises, cementada. Los pelos que apenas parecían raicillas, pelambres en una testa que brillaba grasosa bajo las luces de las velas de trágica luminiscencia, le daban a la cabeza una apariencia roñosa, espectral.

Otros hombres, respondiendo al llamado de Podestá, entraron a la capilla; todos estaban desmesuradamente armados. Se distribuyeron a un lado y otro del altar, haciendo como un semicírculo que rodeaba a las monjas y a las prisioneras.

AC dejó caer a la mujer, que se ovilló hasta tomar la forma de un feto amoratado; sangraba profusamente por la nariz y por su entrepierna, tenía desgarrado el útero. Podestá comentó burlón:

—Esta no llega al vuelo, va derecho al crematorio.

Meditabundo contempló la escena. Tenía las manos a la espalda y jugaba con el rosario, pasándolo de una mano a otra. Un sabor acre a hiel le empastó la boca y escupió una pasta blancuzca. Oyó unos quejidos que salieron de la boca destrozada de la agonizante mujer. Si fuera por él, les hubiese abierto el pecho allí mismo. Bastaría la punta de un alfiler sombrerero para satisfacer su deseo. Podría hundirla repetidamente en el vientre, abrir un inédito agujero en los ovarios o agrietar los pezones a puntazos hasta alcanzar el corazón y así arrancarlo. Pero sus órdenes eran precisas: arrear a las descarriadas de Dios y llevarlas para un último vuelo de la muerte. Murmuró enardecido:

—Las mujeres son una calamidad.

Parsimonioso, seguido de su sombra, recorrió la hilera de monjas vigiladas por la jauría aquella, y llegó al lugar en el que yacía la mujer ovillada sobre sí misma.

De un paquete de Pariesennes extrajo un cigarrillo y convidó a AC, que rechazó el convite. AC no fumaba, bebía solo en ciertas oportunidades, prefería los licores aromáticos y espirituosos que su madre le preparaba primorosamente y solo usaba droga con mesura en contadas oportunidades.

Dos de los guardias que rodeaban a las mujeres se acercaron a la moribunda. Respondieron a un simple gesto que Podestá les hizo indicándoles la acción. Uno tomó a la mujer de los brazos y el otro de los pies. Pujaron por estirarla como a una tabla de nervios y músculos que no podían disimular la fatiga mortal que los invadía. Hubo un reviente de sollozos entre las monjas y los guardias comenzaron a golpear con las culatas de sus armas a todas las prisioneras. La mujer, en un postrer esfuerzo, batió el parche neurasténico de su garganta, mientras Podestá le hundió la brasa del cigarrillo en el borde de un pezón que se encarnó luego de que una ampolla se rompiera dejando caer una agüita desesperante.

Afuera retumbaban los últimos gritos que huían por la calle como esperpentos y, desde una esquina próxima, se podía ver cómo sombras en pugilato aporreaban a otras sombras que eran introducidas en una carroza mortuoria, custodiada por un séquito de figuras espectrales.

Los hombres cargaron de a una a las monjas en el amplio camión que fue colocado de culata ante el frontispicio que cobija las gruesas puertas de madera. Alrededor del camión mortuorio había un inquietante silencio, un vacío inconmensurable; un viento lánguido no alcanzaba a ventilar el aire enrarecido que se tornó asfixiante. Cuando cargaron a la última de las víctimas, el sordo rugir de los pistones del motor del camión sugirió que la redada llegó a su fin.

Zaf, zaf, zaf… las aspas del helicóptero se escuchaban lentificadas, pausadas, monótonas. Podestá jugaba con el rosario entre sus dedos al tiempo que acariciaba a la vieja monja que estaba ensimismada en sus rezos antes de la muerte. Les suministraron una droga a las víctimas, lo pidió un capellán para no exagerar el tormento. Sin embargo, la madre superiora no la tomó. Podestá consintió la postrera rebeldía de la religiosa.

Zaf, zaf, zaf… golpeaban pesadamente las aspas al viento y todos los tripulantes tenían la rara sensación de estar como suspendidos en el aire, mientras era el río el que se movía adentrándolos en el ancho escenario que presentaba el oleaje.

Podestá colgó el rosario en su cuello y desde entonces lo llevó como un trofeo magnífico. No dejó de usarlo desde aquella oportunidad. AC lo observaba con cierta atención, aunque estaba más preocupado del trabajo que de las actitudes del jefe del grupo de tareas. No había lugar a ninguna disquisición, el ruido atronador deshacía las palabras en sílabas incomprensibles. Se aprestaba a arrojar a la primera mujer. Su jefe ocasional lo retuvo tomándolo del brazo.

—¿Qué piensa cuando tira a estas basuras al río? —gritó con tono inquisitivo.

Levantó su mirada y la fijó en su interrogador; no podía disimular que estaba sorprendido por la pregunta.

—En nada… —respondió seguro.

—¿En nada? —Podestá alzó sus cejas en gesto de sorpresa.

—¿En nada? ¿¡Nada!? Usted no piensa en nada. Qué curioso.

AC se desentendió de la inquietud del otro.

—Pen-sar-en-na-da —silabeó Podestá jugando con las palabras—. Como un autómata —reflexionó.

—Para nada —respondió AC, mientras se acomodaba para completar la faena.

—Trato de ser profesional.

—¿Profesional? Algo aséptico, como el agua: inodora, incolora, insípida. Tipo higiénico y desapasionado.

Podestá aspiró profundamente y exhaló el aire lleno de aromas perturbadores con resignación.

—No me gusta, no me gusta, no me gusta… —repitió haciendo sonar las sílabas metálicamente—. Muy impersonal, poco comprometido.

Y lo dijo repitiendo el movimiento de negación con su dedo índice repetidas veces, mientras miraba a su colaborador fríamente.

—No me gusta, no me gusta, no me gusta… Así se pierden las guerras, por falta de pasión, de convencimiento, de verdadero amor a la causa. Falta de compromiso profundo. No es un problema de profesionalismo sino de amor, ¿me comprende?

AC lo miró desconcertado; nunca había reflexionado sobre el vínculo del amor y sus servicios.

—Las guerras nunca se pierden porque se pierda un combate. Combates se pueden perder muchos, pero el problema es ganar la guerra. Las guerras se pierden cuando se quiebra el espíritu, cuando se pierde la moral del combatiente. El profesionalismo no es la moral del combatiente. El profesionalismo es como un cuchillo, pero solo, sin moral, es un cuchillo que no tiene filo. El filo verdadero, el filo acerado que todo lo corta, se lo da la moral, ¡el amor a la causa!

Diría Sun Tzu… —Hizo un alto en su discurso y levantó la vista, mirando a los ojos de los hombres del grupo de tareas—. ¿Conocen a Sun Tzu o se creen que es un chino que jugaba al ping pong?

Los hombres guardaron silencio.

—»El verdadero arte de la guerra» —repitió de memoria—, «es hacer que el adversario pierda ánimo y dirección, que su ejército sea inservible. El mérito máximo es quebrar la resistencia sin llegar al combate». ¿Ven? No dice porque un ejército es más o menos profesional que otro. Con la mentalidad suya —dijo Podestá mirando fieramente a AC y apuntándole con su dedo índice— el enemigo logrará la victoria sin combatirnos, porque carece de amor, de amor verdadero que es el que necesita nuestra causa. Es amor, ¡amor!, ¿me entiende?, no profesionalismo. Hay que tener filo.

—¿Ustedes, todos los que están acá —y dijo eso señalando a todos los que lo rodeaban—, se imaginan lo que les va a pasar si pierden esta guerra sucia?

Todos miraron al jefe al unísono con asombro.

—¿No debería decir “si perdemos”? —preguntó uno que estaba algo atrás de los hombres sosteniendo a otra mujer.

Podestá lo miró detenidamente.

—No me corrija, ¿quiere? Piense lo que le digo, tagarna, y por ahí logra entender algo. Interróguese todas las mañanas cuando se levanta y se mira al espejo: “¿Qué me va a pasar si pierdo la guerra? ¿Qué me va a pasar?”

El silencio solo se entrecortaba por el aleteo poderoso de las aspas de la hélice del helicóptero. AC se preparó para hacer caer a la primera mujer por la portezuela abierta. Podestá lo apartó con un leve empujón hacia el lado opuesto.

—Yo tiro a la primera —ordenó secamente—. Y ponele amor a lo que hacés.

—Lo que usted ordene, mi teniente —respondió sin contradecir a aquel hombre.

La noche era diáfana. El aire fresco.

Zaf, zaf, zaf… las aspas ahogaban el ronco sonido de su rítmico girar, que era apenas percibido por las condenadas. El río, a lo lejos, sonaba golpeteando sus espumosas olitas unas contra otras.

Podestá tomó a la Madre Superiora. Gruesas cadenas la sujetaban e inmovilizaban, y un pesado bloque de cemento amurado a la cadena se afirmaba brutal por encima de los tobillos, asegurando una caída hasta el lecho mismo del río. Mientras acomodaba el cuerpo, dejó caer la punta del rosario sobre la vieja mujer. Notó que en algún momento fue arrancado el Cristo, pero no recordó cuándo. Mirando esa cruz vaciada, se lamentó de la pérdida. El aire fresco entraba por la portezuela. Empujó a la vieja monja y canturreaba mientras acariciaba las cuentas del rosario:

—Pato al agua, pato al agua, pato al agua…

Podestá, sentado en la agradable poltrona del ministerio, recordaba ese ruido mecánico de las aspas del helicóptero que daban como secos puñetazos contra el viento húmedo en la noche aquella. Zaf, zaf, zaf… Si hasta podía ver los bultos humanos caer pesadamente, mientras canturreaba ufano:

—Pato al agua, pato al agua, pato al agua…

Desde esos recuerdos volvió a la conversación con cierto aire melancólico. Levantó la vista y miró con sinceridad al general-ministro.

—Mi general, no sé si a usted esto lo conformará, pero me gustaría resolver en persona este tema del rosario que le ha causado cierto perjuicio a usted y al general-presidente. Trabajaré con ahínco, lleve el tiempo que lleve, para que no quede ningún eslabón suelto —enfatizó las dos palabras “eslabón suelto” con un tono de siniestra picardía.

—Si usted me autoriza, me voy a ocupar personalmente de liquidar esta molestia. Además, usted y yo sabemos que a favor nuestro está el hecho de que el país al cual pertenece el embajador ese al que usted hace referencia mucho nos ayudó en nuestra guerra sucia. Estuve dos años en su curso superior. ¡Cuántas lecciones nos dieron sobre cómo tratar a los prisioneros para obtener información! —afirmó rotundo y acompañó sus palabras con un gesto firme de su mano derecha, que golpeó contra el brazo del sillón.

El general-ministro se quedó observando a su subordinado sin poder definir el sentimiento que le provocaba.

Luego de un silencio sutil solo atinó a decirle:

—Si tomara vodka y no mirara películas de Reagan, hasta podría llegar a apreciarlo. Hable con sus muchachos, no hagan más boludeces, si no me van a estallar las bolas.

VIII

Los muebles de la habitación eran viejos y descoloridos: una cama, una silla, un ropero, una mesita de luz y una cómoda con varios cajones. Se preocupó de limpiar adecuadamente los muebles antes de acomodar cada una de las pertenencias que trajo para su estadía, en especial aquellas para su aseo. Cuando la limpieza lo satisfizo, las acomodó delicadamente.

Tenía un orden establecido para todo lo destinado a su cuidado personal. En primer lugar, lo que usaba a la mañana al levantarse; seguidamente, lo que correspondía luego del almuerzo, al mediodía; luego lo que usaba al levantarse de la siesta (dormía una breve siesta metódicamente) y, finalmente, lo que utilizaba a la noche, después de su cena y antes de dormir. Ubicaba a todos los bártulos a la misma distancia y en línea recta casi perfecta. Su ordenamiento era aparatoso, casi escenográfico. A veces, incluso, procuraba un orden por colores, pero eso dependía de lo que el mercado podía ofrecerle.

Sus hábitos incluían el cuidado esmerado de la ropa. Llevaba en su valija un par de perchas de madera, nunca plásticas ni de alambre forrado, exclusivas para el traje y las camisas; las prendas quedaban cuidadamente colgadas en el ropero respetando un orden de uso, de tamaño y de color. Al lado de la cama, acomodaba sus pantuflas.

Llevaba algunas estampitas que ubicaba respetando los puntos cardinales: la Virgen María al norte, Jesús al sur, San Expedito al este y San Cayetano al oeste. San Cayetano era su santo preferido, el santo del trabajo, y su ubicación al oeste se explicaba por la ubicación del santuario, al oeste de la ciudad. La habitación, por su modestia, le recordaba a la que ocupaba cuando niño.

En su niñez era miope. Estaba obligado a usar unos gruesos lentes muy pesados que le daban un aspecto grotesco. Era el chicato del barrio.

Pasaba largas horas leyendo y releyendo manuales de mecánica, química y medicina.

Continuó la lectura de la filosofía berkeliana a lo largo de los años, desde la infancia hasta la adultez, y formaba parte sustancial de su ideología.

La obra del obispo irlandés Principios del conocimiento la releyó con apasionamiento decenas de veces, al igual que los Tres diálogos. Pero Alciphron era su libro preferido, como un bálsamo, más que Siris. El lenguaje reconcentrado y circunspecto, menos dogmático y tajante que adquirió el obispo, lo reconfortaba frente a algunos episodios de su vida, incluso más que algunos versículos de la Biblia. Tenía innumerables ediciones de esos libros acomodadas prolijamente en su biblioteca y ordenadas por la fecha de compra, todas garabateadas con comentarios, notas y reflexiones.

Los manuales de mecánica le permitieron comprender el funcionamiento de distintas armas y máquinas de tortura. Se apasionaba leyendo algunos libros muy antiguos sobre la inquisición y admiraba la sofisticación de la curia para vencer monstruos, demonios y herejes irrecuperables.

Esas lecturas lo inclinaron a ejercitar distintos mecanismos y modalidades de tortura. Se había obsesionado en recortar pequeños animales con una minúscula y poco afilada tijerita plegable «Made in China»; los iba desollando vivos meticulosamente y comprobaba el período de sobrevida de los martirizados. El resultado de sus observaciones lo volcaba en una diminuta libretita de tapitas verdes en la que escribía con un lápiz muy delgado y corto.

El estudio de la química orgánica e inorgánica le permitió comprender las maravillas de la tabla de Mendeléyev y sus perturbadoras combinaciones para producir explosivos y componentes adecuados para diferentes municiones. También se instruyó sobre ácidos y otros productos para causar graves laceraciones.

Los libros de medicina lo aproximaron a conocimientos sobre la anatomía humana que consideraba indispensables para torturar. El objetivo de los tormentos que propinaba era obtener información; no otorgaba —sostenía— espacio al sadismo, del que se consideraba exento, desviación del ánimo que le resultaba muy poco profesional.

Cuando atravesaba la primera adolescencia una cirugía oftalmológica solucionó su miopía. Dejó los gruesos anteojos y se recuperó de esa anomalía que lo recluyó en su habitación a temprana edad.

La sanación le permitió aprender a tirar con distintas clases de armas, una obsesión que lo acicateaba desde niño.

En un club de tiro fue reclutado. Luego de su reclutamiento se calificó sobresaliente en el curso de formación y se perfeccionó en todo tipo de armas. Por sus habilidades en el manejo de armas cortas con ambas manos, fue transferido a lo que se llamaría el departamento de operaciones especiales.

Llevaba siempre el rosario blanco, nacarado, que le regaló su madre. Ella lo introdujo en el conocimiento de la simbología de distintos ritos que, según afirmaba con vehemencia, remitían al cristianismo más antiguo, anterior a Teodosio, y además en el arte de ver los signos celestiales en las cosas más mundanas que los rodeaban.

Todas las fechas asociadas a eventos significativos de su vida, se tratara del nacimiento, el bautismo, las primeras vacaciones o lo que hubiera marcado de alguna manera su personalidad, estaban vinculadas a fechas religiosas. Y la casa estaba adornada con centenares de santos, uno para cada día.

Las estatuillas que representaban los santos estaban tapadas con unos trapitos blancos, excluida aquella que, para la liturgia familiar, correspondía al día.

Todas las mañanas se tapaba un santo y se destapaba otro. Los domingos, en cambio, era el día en que con una franela naranja se los limpiaba primorosamente, uno por uno, y se lavaba, almidonaba y planchaba los trapitos blancos con un esmero encantador. Por la devoción a esas estatuillas, su madre sostenía haber adquirido la extraña condición de hacer anuncios y tener premoniciones. Ella afirmaba que aquella no era una virtud suya, sino que las estatuillas de los santos eran las que le transmitían las profecías y hablaban a través suyo. Una nigromancia de santos y beatos.

AC nunca comprendió por qué, cuando su madre iba a pronunciar una de sus profecías, como ella las presentaba, no se conformaba con rendir culto al santo del día, sino que, en un arrebato litúrgico, rescataba de un ropero enorme decenas de trapos blancos, cuadrados, amplios, a los que les cosió un prolijo dobladillo y un número igual de estatuillas que guardaba celosamente en cajas debidamente etiquetadas, fetiches que arropaba con verdadero amor y enjundia. Él aceptaba estos actos como alguna especie de ofrenda a las fuerzas divinas que la escogieron como su vocera.

***

Desde la ventana de la habitación del hospedaje, a cierta distancia, podía verse la propiedad a la que se le indicó dirigirse para recibir sus órdenes. La casa no pertenecía al paisaje monocromático del pueblo. Mientras las otras parecían piedritas al lado de piedritas, insignificantes y resecas, aquella construcción se alzaba con sus dos plantas como un monumento. Los restos de una lejana blancura de las paredes pintadas a la cal viva aún permitían que los esqueletos de los árboles de su frente y los jazmines del jardín interior dibujaran sombras chinescas arremolinadas por el viento. Infinitos arabescos negros resultaban un divertimento a los ojos de los forasteros que podían apreciar el contraste entre aquella enorme casona y las pequeñas casas circundantes.

Los días que el cielo se tornaba ceniciento, como esmerilado, los dos inmensos árboles a su frente simulaban ciclópeas columnas coronadas de capiteles enramados disecados, y trazaban un claro contraste entre el gris cementoso y el negro perpetuo de los árboles muertos. Excepcionalmente grande para el pueblo, el techo de tejas rojas surgía a la vista a la distancia y bajo sus amplios aleros se dejaban ver las ventanas y puertas de madera carentes de lustre y ornamentos.

Se había encargado la construcción a un tal Abraham González. Abraham González, con grado de capitán y oriundo de la Banda Oriental (de quien poco se conocía su hoja de servicio), fue destinado a custodiar a un detenido. Otro militar, ilustre, de grado superior. Para evitar su fuga, algo que al reo le resultaba imposible dado su precario estado de salud, lo engrilló sin consideración alguna. La hinchazón, producto de la hidropesía que lo martirizaba y amenazaba con transformarse en gangrena, promovió la intervención de otros uniformados, que reclamaron al capitán que retirase el encadenado para evitar un tormento inútil y cruel.

González no pudo ni siquiera iniciar la construcción que se le había encomendado; fue llamado a Buenos Aires y hacia allí se dirigió. La edificación, entonces, quedó a cargo de otro militar, un coronel de quien nunca nadie supo el nombre.

Al tiempo que González partía a caballo hacia Buenos Aires, ese coronel descendió del suyo. Lo seguían, en formación militar, una guardia de algunos oficiales de menor rango y doce soldados anchos, fornidos, enormes, morochos y fieros, que en doble fila acompañaban los movimientos de su superior.

Sin esperar más que un día, el militar puso a trabajar a sus hombres para cumplir con la orden que recibió desde la comandancia días antes. El jefe rehízo el mapa del pueblo. Obligó a demoler las casas que ocupaban los terrenos en donde se levantaría el nuevo edificio. Impuso su autoridad dictatorial sin ninguna resistencia y aprovechó las leyendas de las ánimas enterradas para expulsar aún más lejos a los pobladores, difundiendo, casa por casa, que estaba dispuesto a desenterrar a los desgraciados sepultados por los españoles y que con ello provocaría un modesto Apocalipsis, aunque suficiente para aquel pueblo, al profanar la tumba colectiva.

Muchos lugareños huyeron despavoridos perdiéndose toda noticia sobre ellos. Otros, en cambio, tapiaron todas las ventanas que daban al terreno donde se alzaría el caserío. El pueblo quedó de espaldas al nuevo propietario en un acto de pánico masivo, como si al unísono cerraran los ojos para no ver el proceder herético del fornido militar, que reemplazó con su sola presencia cualquier pretensión de autoridad posible hasta su llegada.

En todos los hogares se prendieron velas, si las había, ya que solían escasear, en honor a las almas dolientes de los enterrados vivos por los conquistadores y algún lugareño sacrificó un pequeño animal para que la sangre vertida sobre la seca tierra humedeciera furtivamente la milenaria sed de los difuntos, dándoles algo de calma.

Mientras duró la construcción, el fornido militar se instaló en una amplia carpa de campaña desde donde dirigió a gritos la obra y en donde permanecía gran parte del día a resguardo del calor y del sol quemante. Al anochecer, asomaba de la carpa y lo primero que dejaba ver era su cabeza imponente, sobre un cuello macizo, surcado de venas ascendentes que se retorcían imitando gruesas raíces; el tono mate de su piel acompañaba su cabello renegrido y ensortijado, no muy recortado. No lo afeaba un cierto picado de viruela que esparcía hoyuelos a un lado y otro de la cara. Ojos perfectos, apenas rasgados hacia arriba, negros azabaches, de mirada profunda, enérgica y demandante, difícil de sostener largo rato cuando los clavaba sobre algún subordinado de la soldadesca que se arremolinaba a su alrededor dócilmente.

Al séptimo día de su llegada, que no fue de descanso, los soldados trabajadores terminaron de cavar una fosa profunda, amplia y extendida. En las semanas siguientes se levantaron los cimientos y luego las primeras paredes. Tomaron forma dos subsuelos, sótanos que fueron cubiertos por los pisos superiores.

El coronel aceleró el ritmo de los trabajos hasta el agotamiento de los hombres a su mando. Uno de ellos recibió una brutal golpiza al tropezar y dejar caer una docena de finas tejas esmaltadas de rojo; lo apaleó hasta el desmayo y el hombre debió pasar algunos días en reposo hasta que pudo volver a ponerse de pie y retomar el ritmo febril de la construcción.

En mucho menos tiempo del que alzaron sus miserables ranchos los antiguos moradores de toda la provincia, el coronel terminó la construcción de aquel caserío que surgió como una exagerada protuberancia de la misma tierra.

A la semana siguiente, mientras aún los soldados trabajaban en su interior para terminar los pisos, una caravana militar trajo algunos de los rústicos muebles que se usarían en la casa. Camas de algarrobo, un ropero, mesa y sillas, todo austero y exento de lujo.

En otro envío, otros doce soldados que se unieron al pelotón inicial descargaron unas cajas enormes, rigurosamente selladas. Pasados los trabajos, culminada la obra y finalizados todos aquellos acontecimientos que conmovieron al pueblo, el coronel dejó de ser visto; su presencia se tornó escurridiza y esporádica.

El caserío nunca fue abandonado. Sus moradores, a lo largo de los años, se dejaban ver con poca frecuencia. Allí residió una estirpe de militares y amas de llaves cuyos nombres no han quedado registrados en ningún documento. Los miembros de la casta militar ostentaban la particularidad de parecerse unos a otros, cada descendiente a su progenitor y éste al suyo.

De generación en generación, los rasgos físicos se transmitieron llevados por esos genes que almacenaban, también, una sustancia cruel indescriptible. La cabeza maciza, el cabello negro, los ojos rasgados, el carácter firme, el odio crispado en las terminaciones nerviosas más minúsculas. Eran tan parecidos los descendientes a sus predecesores que los pueblerinos llegaron a creer que en realidad nunca morían, sino que se regeneraban como por arte de magia, eternizándose infinitamente.

Por su parte, las amas de llaves siempre garantizaron la discreción y el secreto; preservar las condiciones de la propiedad y el ascético bienestar de sus moradores, era su misión.

Elegidas con sumo cuidado entre mujeres descendientes de probados funcionarios del Estado, sólo aquellas que inspiraban verdadera confianza eran sometidas a las pruebas que, solo de aprobarlas con mérito, permitían su incorporación a esa legión de guardianes. Contaron hasta con un cierto poder de decisión sólo regulado por el mandamás de turno. Afuera, los soldados devenidos en puesteros, vigilaron decenio tras decenio la casona y todos los terrenos colindantes incluidos los caminos de ida y vuelta del pueblo. También resultaban seleccionados entre centenares de aspirantes. Ahí no solo pesaba el linaje, sino las aptitudes para la obediencia ciega, condición indispensable para la misión.

El paso del tiempo solo decoloró las paredes y las maderas, y la estructura se mantuvo en pie, resecándose lentamente como todo el resto del pueblo. La mansión conservó su apariencia y ese aspecto inexpugnable que inspiraba temores en los pobladores.

Los paisanos del lugar empezaron a contar historias increíbles que ocurrieron dentro de la casa allá lejos y hacía largo tiempo. Rimaban sus versos consonancias perfectas, y hasta se animaron a corear coplas (¡qué envidia hubiese sentido el político aquel que no encontró ni versero ni músico para su fiesta del progreso!), que cantaban historias sobre algunos soldados de misteriosos convoyes militares, ánimas penantes, que al adentrarse en la casa atravesando el ancho salón principal, depositaron la osamenta de un viejo sobreviviente enrollada sobre sí misma en posición fetal. Y que, al disponerla sobre un rústico camastro, solo cubierto por una vieja y roída bandera celeste y blanca, se desprendieron relumbrones de luz color de kerosene y que, desde entonces, andaba de un lado a otro del caserío chisporroteando círculos naranjazules
hacia los amplios fondos. Se decía de un fantasma de batallas pasadas.

Otros versos hablaban de una límpida blancura, magna, desconocida, que resplandecía en las noches, alargando su luminosidad hacia los cuatro puntos cardinales. Se decía de un fantasma que glorificaba la patria.

Muchos años después de que el ferrocarril se extendiera hasta el villorrio de la mano del enjuto inglés, llegó un jefe, de rango coronel, que se hizo cargo de la residencia y de la férrea custodia de aquella reliquia de la historia. En la soledad del caserío, acompañado por quien parecía ser un asistente, el hombre recordaba que descendía de aquellos constructores originales y que muchos de sus predecesores, que también vistieron el uniforme militar de los ejércitos de entonces y que murieron en las guerras intestinas del siglo XIX, cuando el deporte nacional era degollar a los enemigos a como diera lugar, o en la Guerra de la Triple Alianza, cuando se exterminó al Paraguay, también pasaron algún momento de sus vidas en aquella extraña mansión.

Consideraba un gran progreso para la sociedad el descubrimiento de la picana eléctrica, que llegó para aliviar el trabajo de los sayones en su tarea de obtener información de los indeseables del signo político que fuera. Cotorreaba sobre los grandes beneficios de los que el mundo moderno podía disfrutar gracias al avance sistémico de la tecnología. Instrumentos sencillos, pero de magnífica eficacia como la picana abrieron perspectivas inacabables para el progreso sempiterno del hombre verdadero, el receptor y portador del ser nacional. Y ya se sabe que todo progreso que llega para asistir esos afanes brutales nunca se abandona.

Predecía que el bienestar fluiría inacabable, producto de la razón y la tecnología, y estaría destinado a satisfacer las necesidades materiales y espirituales de la parte sana de la humanidad, o para ser más modestos, la parte sana de su sociedad. La otra parte, la insana e impura, intoxicada de ideas extrañas, debía ser descartada.

El progreso del conocimiento y la tecnología serían los nutrientes esenciales que revelarían los caminos misteriosos de un porvenir, en el que el verdadero paradigma sería la construcción y consolidación de una sociedad segura, estable, confortable. En ella, las diferentes clases se estrecharían en fraternal abrazo, que sería la aspiración común de todos los hombres de buena voluntad que habitaban o quisieran habitar el maravilloso suelo patrio. Esa perversa abominación ideológica, que era la ponderación de la lucha de clases y la convocatoria a una revolución social, iría a dar al basurero de la historia.

El coronel, lleno de satisfacción, repasaba su decisión de continuar con la vocación familiar. También se especializó en inteligencia y tuvo a su cargo tareas importantes ordenadas por los distintos estados mayores bajo los que brindó sus servicios.

Como a su abuelo y a su padre, al hombretón aquel le gustaban las juergas y el libertinaje. Aunque al hablar de sus antepasados no dejaba de remarcar que sus parrandas eran proverbiales y que todos los superaban con sus hazañas sexuales, salvo por esas marcas perfectas grabadas en el costado derecho de su pistola.

Señalaba que su abuelo, cuando estaba de jarana, tenía un trato paternal con sus subordinados. Así lo escribió en su pequeño libro de memorias. Los invitaba a compartir el vino cuyano, que siempre era de buena calidad. Arreaba a una docena de prostitutas muy jovencitas de los alrededores para que los hombres pudieran satisfacerse mínimamente y atenuar en algo el tormento que sufrían de una forzada abstinencia sexual por acciones militares, un celibato impuesto en semanas de zafarranchos de combate y guardias interminables. A él le gustaban las prostitutas más jóvenes y más blancas. Las “polaquitas”, que llegaban en los barcos atestados de empobrecidos inmigrantes, eran sus preferidas en las bacanales.

Así como su padre inventariaba mediante marcas en la pistola calibre 45, con unas rayitas las veces que disfrutaba con prostitutas un buen momento, él, en su pistola 9 mm, grababa
una raya profunda y corta cada vez que poseía una muchacha de esas, una suerte de recordatorio que lo insuflaba de nueva virilidad para los próximos rondines sexuales.

Sin abandonar nunca sus festicholas, trajo a la casa a su esposa Encarnación Mercedes la patrona, como se la llamaba, con la que tuvo doce hijos legítimos y bautizados todos por el capellán militar, quien también tenía grado de coronel.

Aunque no era un devoto creyente, aceptó que la patrona amenizara sus días alabando a Dios y encomendándole el buen crecer de cada hijo, aunque él sí se toleraba andar burlando alguno de los dogmas aprendidos en el catecismo durante la primera infancia que pasara con sus padres en algún lugar de la nación. Nadie sabe cuál fue el número de los hijos bastardos que sembró en la ida y vuelta de cada uno de sus viajes hacia y desde Buenos Aires.

Encarnación Mercedes la patrona
fue confinada al piso superior y junto a ella una fiel servidora la asistía en todos los quehaceres de la casa. Amanda era como su sombra, siempre adosada a Encarnación, atenta no solo a sus necesidades sino incluso enderezando los entuertos que ya empezaban a sucederse cuando los primeros desvaríos de la mujer.

Amanda era una mujer dedicada a los trabajos de seguimiento y observación de inteligencia. Al tiempo que asistía a la mujer, informaba meticulosamente de todos los acontecimientos que al coronel le podían interesar. La vigilancia sobre la casa era extrema y permanente. Nada debía quedar librado a la suerte que muchas veces suele ser esquiva.

Para que Encarnación pudiera disfrutar del amplio fondo de la casa, Amanda, con autorización de su superior, hizo construir una escalera en el contrafrente. Bajaba directamente al potrero de los fondos; así evitaba ser observada por ocasionales curiosos, los que eran corridos del lugar por la soldadesca vigilante.

Para garantizar la privacidad de los moradores, un grueso cerco de ligustros que alcanzó en poco tiempo gran tamaño fue sembrado en todo el contorno de la casa encerrándola tras una muralla verde. Se dijo que esas plantas, una especie de ligustro de gran tamaño, tenían la capacidad de absorber la escasa humedad del suelo proveniente de riachos subterráneos hundiendo sus raíces a gran profundidad, y por ello eran capaces de sobrevivir aún sin lluvias. Tras la muralla verde, retenes de soldados ocultos se movían con sigilo y custodiaban la casa.

Encarnación Mercedes era esposa del coronel en primeras nupcias. De un amor primerizo de su esposo que no prosperó, no tuvo noticias y tampoco le interesó tenerlas. Para todos, salvo para el coronel, su existencia era un secreto conservado prudentemente, que se sostenía en un riguroso silencio. La muerte de aquella joven (se sospechaba apenas una adolescente), era un recordatorio de amoríos juveniles y de una rara enfermedad que la llevó a la tumba.

De Doña Encarnación Mercedes nacieron: Anastasio Encarnación, Ramón Encarnación, Enriqueta Encarnación, Filomena Encarnación, Ernestina Encarnación, Josefina Encarnación, Romualdo Encarnación, Isidro Encarnación, Estanislao Encarnación, Herminia Encarnación, Encarnación Serena y Guadalupe Encarnación (Lupita). Doce hijos, todos legítimos, reconocidos por el coronel. A esos se sumaban dos niños traídos desde Buenos Aires que aceptó como suyos, con la condición de que no llevaran su apellido a cambio de darles casa, comida y crianza, para que pudieran conchabarse con algún éxito en alguna estancia para lo que él los recomendaría oportunamente. Se decía que eran hijos suyos con su criada preferida, una mulata pulposa que murió en plena juventud.

Todos los hijos fueron concebidos a intervalos prudentes, algo más de dos años, por lo que los nacimientos se producían cada tres, casi con exactitud. Para el coronel (quien planifica todo hasta el detalle), un trienio era tiempo suficiente para que Encarnación Mercedes pudiera criar al vástago en su primera infancia y disponerse para una nueva reproducción.

«Los tres primeros años», decía, «marcan para siempre cómo ha de ser la persona, lo demás es disciplina. Disciplina y estudio, algo de talento y mucho de sudor. Rigor, puro rigor.» Apenas el párvulo cumplía su tercer año de vida, era enviado a una institución que se prodigaba en los cuidados y educación del crío.

De todos sus hijos, Encarnación no tuvo más noticias luego de que abandonaron la casa familiar. Tampoco de los dos niños bastardos que su esposo llevó al hogar sin mediar ninguna explicación. Amanda y el asistente del coronel murmuraban que, con seguridad, aquella situación contribuyó decididamente a desencajar la mente de la patrona hasta desquiciarla por completo. La única que fue exceptuada de aquella decisión fue Guadalupe, la última en nacer, la más bella de todas las criaturas que parió y que repetía rasgo por rasgo la prodigiosa belleza de su primera juventud; belleza que deslumbraba a todos los que la conocían.

El coronel estaba convencido de que el lapso de dos años de abstinencia aseguraba a su esposa volver a menstruar regularmente como proponía la naturaleza femenina. Una higiénica abstinencia de parte de Encarnación, sostenía, estimularía su deseo para garantizar una procreación plena de salud y de vigor. Esa extendida continencia, mientras se atendían los primorosos años iniciales de la vida de sus criaturas, ponían a la mujer a resguardo de las desagradables lavativas con vinagre ardiente que se hacían utilizando una cánula de goma, de acuerdo al consejo de las viejas matronas. De los ungüentos ardientes y pestilentes a los que se les atribuía dones espermaticidas, no quería ni oír hablar. Abstinencia, esa era la ley que debía cumplir su esposa. Y la hacía cumplir sin miramientos.

Por su parte, lejos del hogar conyugal, él se las componía para atender su ardiente virilidad. De ahí que, entre viaje y viaje, fue reconociendo cada lupanar de cada pueblo y encontró consuelo para su esperma en distintas meretrices con las que pasó momentos agradables.

En esos piringundines su promiscuidad fue su distintivo. Ese hábito suyo de realizar una marca en su pistola por cada acontecimiento sexual que él consideraba digno de celebrar era reconocido en todos los prostíbulos en los que amenizaba sus noches solitarias. A la izquierda del arma se podía apreciar una riestra de marquitas talladas con su cortaplumas Victorinox. Eran muchas y hasta se confundían unas con otras. A la derecha, había algunas hendiduras profundas, algo separadas unas de otras. Eran prolijas, simétricas, y todas de un par de milímetros de largo. Había mucha dedicación, pulcritud y celo en el marcado. Cierta noche de juerga, una prostituta con la que acababa de tener relaciones sexuales y que estaba acostada a su lado en la amplia cama del prostíbulo lo interrogó sobre las razones para que hiciera dos tipos de marcas diferentes a un lado y otro del arma, muchas desprolijas en uno, y las grabadas con extremo celo en el opuesto. Luego de un silencio huraño, solo atinó a decir refiriéndose a las seis muescas de la derecha: «¿Y a vos qué carajo te importa?»

Y se sumió en un sueño profundo y reparador.

IX

Encarnación Mercedes demostró una energía, tal vez proveniente de su soledad y de su locura, como nunca antes se le había conocido. A medida que pasaba el tiempo y multiplicaba su maternidad y sus saudades, con la misma premura con la que los predecesores construyeron el caserío, ella se propuso transformar la ascética construcción en una que fuera la envidia de los terratenientes de la región.

A los soldados que venían a traer las habituales provisiones, los obligó a construir un canal para que fluyera agua fresca hasta la propiedad. Tras centenares de años de perenne sequía, llegaba el agua hasta el poblado refrescando una modesta porción de tierra reseca.

Removió paredes y revocó otras; mejoró los pisos que cubrió con bellas maderas traídas de distintos lugares del país. Pintó de blanco la casa por dentro y por fuera; hizo lustrar las maderas de puertas y ventanales y cincelar molduras que, apretujadas, hacían como frisos que a la luz del día amplificaban la dedicación y refinamiento de los artesanos.

Transformó el potrero en jardín y plantó naranjos, ciruelos y duraznos. Los rosales venían en tren por docenas y bajo su directa supervisión fueron plantados siguiendo un dibujo establecido por ella. Los jazmines del cielo, repartidos con toda gracia por los amplios jardines al frente y al fondo, daban unas flores celestes, magníficas, hechas de pedazos de cielo cristalizado, del tamaño de una naranja.

Pero sus dominios sobre la propiedad llegaban hasta el perímetro interior del terreno, amurallado por las altas alheñas. Tenía rigurosamente prohibido salir del predio; todo lo que necesitase o deseara sería provisto por su ama de llaves, Amanda.

Los soldados tras el cerco, a los que se confundía con paisanos, impedían tanto el acceso como la salida de la finca. La otra prohibición alcanzaba a aquella reducida construcción interior, un cubículo dentro de la casa, sin ventanas y con una sola puerta, custodiado siempre por dos soldados, uno adentro y otro afuera. La prohibición era extrema y rigurosa.

Sabía, por comentarios que pudo oír de su esposo cuando dialogaba en alguna oportunidad con su asistente, que se trataba de un modesto habitáculo con una letrina por baño y una especie de improvisada bañadera, y que ambos drenaban sus inmundicias a un pozo ciego cavado expresamente para aquel reducto y ubicado casi al límite este del terreno.

Una mesa, un par de sillas y un camastro completaban todo el mobiliario. Allí comían y dormían los soldados alternándose en el uso de la habitación. Era todo lo que alcanzó a saber sobre aquel asunto tan celosamente guardado. Fue instruida por su esposo de que los soldados no le permitirían llegar a las cercanías de la habitación y mucho menos ingresar a ella. La violación de la ordenanza tenía por pena la ejecución sumarísima, y eso era válido para cualquier persona, incluso para los miembros de su propia familia. Por ello le encomendó especial celo en respetar la orden, y le adjudicó además la más completa responsabilidad en cuanto al cumplimiento de aquella exigencia de parte del niño que estuviera a su cuidado en el trienio correspondiente y que deambulara desprevenido por la casona a tan tierna edad. Encarnación Mercedes debía tener siempre presente que un verdadero soldado cumpliría su orden a como dé lugar porque así él los había educado.

¿Qué cuidaban con tanto ahínco esos guardias sometidos al mando de su esposo? No lo sabía. La esporádica mención sobre una reliquia allí guardada era a media voz y sin detalles significativos.

En algunas noches, cuando el silencio con sigilo se apropiaba de toda la casa, había escuchado quejidos, alaridos, devaneos. Era un rumor sordo, un runrún ahogado que parecía provenir de aquella habitación custodiada. A veces creía escuchar una conversación, un diálogo, incluso risas apagadas de hombres y mujeres.

Por un tiempo se convenció que pertenecían a la soldadesca aquellos sonidos con sordina que cruzaban la noche taciturna. Pero esas monotonías sincopadas, guturales, esos diálogos apagados cada vez se le hicieron más melancólicos y nostálgicos, provistos de una aflicción antigua, lejana y profunda, de reclamos de tiempos muy pasados, de tiempos fundidos en los confines de la propia realidad.

Después del nacimiento de Guadalupe, Encarnación Mercedes enfermó repentinamente. Estaba desterrada dentro de su propia casa, no podía abandonar la vivienda y todo lo que necesitaba era atendido por los militares que, apostados alrededor de la casona, sostenían proteger su paz y tranquilidad. Pero en realidad garantizaban que esa verdadera prisión fuera inviolable. Cada día la soledad se hacía más omnipresente. Completaba el cerrojo Amanda, quien, si bien ponía mucho esmero en asistir a Encarnación, no tenía por obligación última atender a su patrona sino vigilarla.

El coronel prácticamente desapareció de su vida. Estaba irremediablemente sola y como un regreso a la maldición histórica, el agua dejó de fluir. Todas las plantas se fueron marchitando una tras la otra, hasta adquirir todo el terreno un tono ocre y polvoriento.

La enfermedad trocó en locura. Nadie como Encarnación podía describir el aspecto de la locura cuando entró por la puerta de su habitación para precipitarse sobre ella. Dejó de ser la patrona y desde entonces fue conocida como la loca.

Algunos soldados se animaron a describir, en rondas nocturnas entre mate y mate, aquellos vívidos relatos que Encarnación la loca hacía en los momentos en que los desvaríos amainaban, acerca de cómo la locura se apropiaba de su cuerpo y se comportaba con total autonomía.

Rodeada de esas interminables eufonías disonantes que se hacían queja y lamento, imaginó un desesperado concierto de notas con una magnífica amargura irreproducible. A partir de entonces, Encarnación la loca, sin saberlo, se pareció cada día más a ese huésped de quien no conocía su existencia. Se acentuó su delgadez hasta extremos, vagaba como un animal extraviado por los lugares permitidos de la casa, sus ojos permanecían en un estado de ansiedad propio del sonámbulo y llevaba ese olor a lágrima humana perenne y, al caminar, hacía un ruido a flores desencajadas.

Cuando la enfermedad arreciaba y los fantasmas de la locura se multiplicaban, Encarnación era encerrada en una habitación del piso superior, aislada del resto de la casa.

Desde la entrada se podía oír un repiqueteo constante, un ruido de cloc-cloc persistente, seco, que retumbaba como un rústico metrónomo acompañado de ruidos de muebles que se movían de un lado a otro de la habitación, como un descalabrado baile de maderas. Y el cloc-cloc recibía la respuesta carrasposa de la habitación prohibida, que guardaba al otro. Hacían como una rara partitura de golpes y lamentos en claves diferentes, en disonancia perfecta.

Encarnación la loca, con el taco de su zapatito, deshacía el revoque de la pared hasta dejar el ladrillo pelado, enrojecido, a la vista. Afiebrada, se consumía por abrir un hueco en la medianera para huir de sus tormentos hacia un imaginario estado espiritual indescriptible. A veces, quebrada por el cansancio, desgreñada, la ropa deshecha por el descomunal trabajo, en medio del amasijo de muebles desparramados, se sentaba bajo una inexistente ventana a cantar fragmentos de canciones italianas aprendidas en la infancia. Las melodías subían y bajaban por las escaleras, y los soldados se persignaban embelesados por aquellas notas que convocaban recuerdos amorosos de tiempos lejanos.

El huésped, al escuchar las melodías penantes y rememorar, de Tucumán a Salta, de Vilcapugio a Ayohuma, dejaba que su alma retornara macilenta a un pasado perdido, casi ajeno, irrecuperable. Insistía ante sus custodios por los cuadros de Santa Teresa de Jesús y clamaba por la presencia de un tal Aranívar, así lo invocaba, para que le devolviera sus tesoros escondidos en Tiriri. Estos lo escuchaban sin saber a qué se refería.

Tras un silencio fatigoso, el huésped, embelesado por las canciones italianas, recobraba integridad y preguntaba. La música parecía devolverle la lucidez perdida. Preguntaba por un acontecimiento al que volvía una y otra vez con insistencia, ante la inapelable ignorancia de varios de sus vigilantes. Salvo el suboficial “Pérez” y Amanda, los demás desconocían la historia.

—¿Es hoy 11 de noviembre? —inquiría intrigado.

—¿Es hoy 11 de noviembre? —repetía al instante.

Fue un 11 de noviembre de un año perdido en el que se sublevó completa la guarnición que acampaba donde moraba enfermo y postrado. Él no podía recordar el año, pero sí el día fatídico: un 11 de noviembre. Aún podía oír el ruido del casco de los caballos golpear enardecidos el suelo resecado mientras las balas atestaban el aire con sus calientes zumbidos.

Ese día, un capitán que integraba alguno de los piquetes que componían la guarnición, un tal González, Abraham González, de quien no tenía mayores conocimientos ni por su grado ni por su participación en las gloriosas contiendas de la independencia (y a quien los posteriores escribidores de la historia retratan como hombre vulgar, charlatán, de malas costumbres), se dirigió a donde el huésped estaba reposando en busca de algo de tranquilidad para su disminuida salud. Como era de su costumbre, alumbrado de una modesta luz, velaba la noche entre algunas lecturas que repetía con cierta frecuencia, recuperando momentos de su brillante ilustración pasada. Al entrar la tropa en turba, armada frente a aquel casi despojo de verdadero hombre, sin llegar a incorporarse, apenas bajando el libro de lectura y alzando suavemente su blanca mano, recordaba que preguntó:

—¿Qué quieren de mí? Si lo que buscan es terminar con la vida de este modesto soldado para alcanzar la tranquilidad pública, tómenla, bien muerto estaré y se pondrá fin a este estado de anarquía que consume la nación y enferma mi vida desde hace un tiempo considerable.

El capitán González no se sintió en la obligación de responder al huésped; solo mandó remachar en el acto una barra de grillos, en circunstancias en que sus hinchadas piernas no podían soportar ya ni el roce de las sábanas.

El médico de cabecera y amigo personal del recluso reclamó enérgicamente ante ese acto de barbarie innecesaria para un hombre que no podía escapar ya a la inevitable muerte que lo acechaba desde la juventud temprana. En el fragor del combate o en la cruel enfermedad, la muerte lo rondaba anhelante desde siempre.

La queja obró como un acicate para algunos miembros de la soldadesca que convinieron en no someter al doliente a ese tormento. González, en franca minoría, aceptó, pero dispuso una celosa guardia a la puerta de la habitación, a pesar de que sabía que aquel no estaba en condiciones de caminar ni medio metro por su propia voluntad.

El reo, entre sueños, oía el repiqueteo agudo de las campanas de la ciudad. No tocaban por él ni por ninguna de las hazañas pasadas de la patria; una rebelión entronizaba un nuevo jefe y prometía un nuevo horizonte. El jefe revolucionario, al tomar conocimiento del cruel ensañamiento con su viejo conocido, dispuso su libertad y dispensó algunas consideraciones para que pudiera emprender su último viaje, a morir en la misma tierra en la que nació.

Murmuraba en voz baja, apenas como una melodía silbada, recordando que emprendió el retorno en el mes de febrero de un año olvidado, cuando el calor arreciaba y la humedad agravaba sus artrosis hasta hacer el dolor insoportable.

Dijo que amaba esa tierra que abandonaba como la suya propia, pero estaba tan dejado a la buena de Dios y olvidado, que incluso morir allí mismo le parecía inmerecido para su hombría. Solo con su médico, dos fieles ayudantes y el capellán militar (González, para su suerte, no fue de la partida), partió cierto día de aquella tierra azarosa y emprendió lo que él imaginaba como el viaje final hacia la muerte misericordiosa.

Cuando hacían un alto en las fondas esparcidas como al azar por los interminables caminos que circulaban del norte a Buenos Aires, había que cargarlo como a un lisiado hasta el catre que en algunas oportunidades conseguían para su descanso. En todo el viaje no encontró ni el repudio nacido del odio y el fervor de la guerra intestina, ni el reconocimiento ni el amor que se suponía debía haber cosechado en los largos años de servicio incondicional a la causa pública.

Sin salud y sin dinero, arribó a Buenos Aires en marzo. Cargado por extraños, ingresó en la casa paterna en la que todavía retumbaba su nombre pronunciado por su amorosa madre, y se acostó en la añosa cama de sus progenitores a la espera del momento supremo. Incómodo, con muchas dificultades para respirar, hizo traer un sillón al que prefirió a la cama, en donde pasaba reclinado el día y la noche a la espera de la muerte, en medio del silencio de la casa y los apasionados enfrentamientos que se sucedían entre las distintas facciones que aspiraban a gobernar la ciudad de su nacimiento.

Casi sin dientes, sin su cabello castaño y los ojos vaciados de amor y de vida, hidrópico, arropado con unas mantas que no alcanzaban a calentar su humanidad, se entregó a su agonía.

Velaba la noche cuando el silencio envolvió su cuerpo. Desaparecidos todos los ruidos, ajeno a los rumores profanos que afuera, en la vida ciudadana, se repetían livianamente, escapado de la cotidianeidad de los sinsabores que su vida pública le deparó hasta el día postrero, esperaba la muerte.

Alrededor suyo se hizo un vacío, un anillo de espeso silencio como si todo lo que lo rodeara se desintegrara al instante, y no hubiera nada ni nadie entre su humanidad y el resplandor áureo que desfiguraba ocultando su silueta. El corazón del enfermo, inmenso, latía de manera única. El tic-tac-tic-tac se transformó en una larga, cadenciosa y espaciada onomatopeya, que hacía sístoles y diástoles irregulares, que impulsaban como un pistón gastado por las venas ajadas, un elixir apenas vivificante.

A pesar de su estado calamitoso y de que nada hacía pensar en su supervivencia, la presencia del prócer inquietaba a los jefes militares y sus asesores políticos. Esperaban su deceso con premura. Solicitaban a sus escribidores que ya contaran la historia de la muerte del último de aquella década perdida.

Muerto en el norte el otro, aquel campeón que era peor que todos («un caudillo menos» festejaron en las necrológicas de los periódicos vocingleros del porteñaje), erradicado el «perverso orillero» de la Banda Oriental merced a la amalgama de intereses de los que, décadas después, se abrazarían en la Triple Alianza, faltaba este que estirara la pata definitivamente. Pronto la restauración pondría fin a las herejías a las que arrastraron a la nación hombres calenturientos de lengua filosa y audacias inimaginables.

Impacientes, los hombres al mando decidieron acelerar el trámite, temerosos de que la permanencia de aquel despojo terminara complicando sus proyectos. Convocaron a sus sicarios («esos “Pérez” cualquiera que infectan la nación», diría el prominente hombre de la política), no los mejores, pero asesinos al fin, siempre obedientes y prestos para ejecutar en puro silencio la orden que les fuera encomendada. Pero, para no faltar a la verdad, los asesinos a sueldo vacilaron ante la ordenanza. Ya corrían versiones por la ciudad sobre aquel enfermo ocultado entre las paredes de la casa paterna. Los esbirros a veces no saben ser todo lo complacientes que se supone de su miserable condición mercenaria, y no siempre odian a lo que sus jefes odian. De todos modos, no podían eludir la ordenanza, so pena de ser fusilados por impertinentes.

El más viejo de ellos combatió al inglés y vio escaldar brutalmente a varios invasores con el agua hirviendo lanzada desde las terrazas por las patronas, mientras viejos y niños acuchillaban al extranjero en las callejuelas barrosas de Buenos Aires. Vio correr abundante sangre inglesa y compartió enfervorizado las apasionadas disputas que se sucedieron luego de la derrota de los gringos. Miles de hombres, mujeres, ancianos ¡y hasta niños!, recorrían armados la ciudad vociferando sobre un futuro de libertad e independencia. Los acomodados miraban con espanto aquellos arrebatos libertarios que el inglés había ayudado a soliviantar con su fallida invasión.

Hasta la vieja casona se dirigieron los esbirros, pero, a pesar de que iban dispuestos a cumplir su mandato, no podían serenar sus ánimos, conocedores de las historias que se relataban en los fondos de los cuarteles, y que repetían que espantajos dolientes corrían a lo largo de la ribera del río y hacían sonar crueles ruidos de metales quebrados a puro golpe. Decían del aleteo siniestro de una manga de langosta que acosaba en las noches el silencio precario de la hondura del Plata, trayendo desde el pasado los brutos ruidos de batallas ya libradas que dejaron a los muertos abandonados a su suerte. Eran ruidos que hablaban del huésped y espantaban a sus perseguidores, abrumándolos con esos sones irreproducibles.

Los matones se detuvieron ante la casona y vieron las penumbras que evaporaban las pobres velas en la noche a través de las ventanas. Nadie advirtió el ingreso de esas dos sombras por una ventana que daba a la espalda del enfermo.

Uno llevaba un pistolón en la mano y dio largos pasos hasta ponerse a un lado del moribundo. El otro llevaba un largo puñal, aplanado, que se estiraba hasta una afilada punta chispeante. Tras los pasos vigorosos del primer hombre, este se colocó del otro lado, flanqueando así al enfermo, al que observaron detenidamente. Ante el estupor de los pocos presentes, el que llevaba el pistolón escudriñó a su víctima en silencio, en detalle, como si la olfateara de arriba abajo, igual que un sabueso de la muerte. El rostro del asesino y el del lisiado aquel quedaron enfrentados, apenas distantes uno del otro por escasos centímetros; los alientos pútridos se entrechocaron, el ojo de uno se reflejaba en los ojos del otro.

El matón sintió que el sentenciado lo aferraba por la camisa.

—¿Llevó mi mensaje? ¡¿Llevó mi mensaje?! —gritó chillonamente.

El matón quedó pasmado y confundido.

—¿El mensaje? ¿Qué mensaje? Vengo a cumplir una orden…

—¡Ya le di la orden! ¡Lleve mi mensaje! ¿Qué espera? ¡Escriba, soldado! ¡Escriba!

Dictó preciso:

—En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería Independencia, y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmar a la tropa, y estos habitantes, que se formen todas aquellas, y hablé en los términos de la copia que acompaño.

Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación. [1]

El enfermo quedó sumido abruptamente en un silencio profundo; cesó el dictado como si un colapso lo hubiese desconectado de aquellas circunstancias patéticas. El matón quedó perplejo. Movía su cabeza de un lado a otro manifestando su negativa a ejecutar la orden recibida hacía pocos momentos atrás. Aquellas palabras, «la mandé hacer blanca y celeste», lo conmovieron como no le ocurría desde las horas del Cabildo abierto rodeado de chisperos.

—¡Hijos de puta! —gritó enfurecido—. ¡Hijos de puta! —repetía golpeando con su arma el pecho—. ¡Qué mierda voy a matar a este hombre! ¡Hay que ser hijo de puta para mandarnos acá como chambones a hacer semejante macana! Nos iban a hacer cagar por este crimen.

Y murmuró dirigiéndose a su compinche de fechorías:

—A este no se lo puede matar, está liado con la bandera… ¡Cómo vamos a matar a la bandera! Naides puede matar la bandera de las Provincias Unidas, carajo. ¡Vamos! —ordenó a su acompañante—, y ambos huyeron.

Sombras rapaces, aligeradas por el viento que se colaba por la puerta hacia la ventana, desperdigaron sus pasos precipitados en la huida con el áspero sonido de golpes resecos de un pianoforte.

Espantados, los pocos amigos y parientes que lo rodeaban hasta entonces se apartaron aún más del sillón donde descansaba el enfermo esperando la muerte, que sus muchos males urdían sobre su desgastada humanidad. Solo se oyó un rumor: «¡Ay, patria mía!». Y un llanto apretujado que apenas se podía percibir.

«¡Vinieron a matarlo!», exclamaban. «¡Vinieron a matarlo!». ¿Quién podría esperar que ese sacrificio limitara en algo los muchos infortunios que aquejaban en aquellos momentos la vida cotidiana de todos los naturales de la incipiente patria? ¿Qué venganza podía ser satisfecha con el sacrificio final de un moribundo que se acercaba ya listo a su muerte?

El enfermo, mórbido, se retorció entre sus pobres mantas. Vomitó un líquido pardo y carraspeó ásperamente, desfigurando su voz aflautada y hueca, producto de la poca salud que también infectó sus cuerdas vocales apenas vibradas por el pobre aire que sus pulmones podían suministrarle.

Estaba obnubilado, no pudo distinguir si esa presencia espectral era de sombras criminales que se desvanecieron como un mal vapor, o se trataba de sus fieles hombres que venían a velar por su quebrada salud. Un sudor que se hizo rancio y penetrante empapó su cuerpo, pero fue barrido en un instante por un chisguete de la helada ventolina nocturna que limpió el ambiente, aliviándolo. El corazón latía enorme: tijeretic, tijeretac, impulsando como un zumo momificante por arterias y venas, y un silencio misericordioso lo sumió en un plácido sueño reparador.

La noticia del fracaso del asesinato llegó cuando el conciliábulo de los ricos terratenientes y sus mandos militares consideraba algunas frases simples para un epitafio definitivo. Los matones que fueron encomendados con el asesinato trataron de huir, pero fueron cazados por otros malandrines. No buscaron justificarse. Fueron llevados ante sus jefes.

—¡Pedazos de mierda! —dijo el de mayor rango—. ¡No se les puede pedir nada a estos gauchos roñosos! ¡No sirven ni pa’mierda!

—¡Naides puede matar la bandera de las Provincias Unidas, carajo! —gritó el más viejo antes de que le cortaran la garganta.

Un chorro de sangre espesa salpicó el uniforme del jefe. El otro truhan se orinó encima y lo mataron a culatazos.

—Y estos maricas me van a dar lecciones de patriotismo… —dijo el que parecía ser el jefe de todos los otros conspirados.

Y, dando un puntapié al cadáver que se desangraba, gritó lleno de ira:

—¡Se acabaron las desobediencias, carajo! Así se debió haber hecho en su momento y estaríamos más tranquilos que lidiando con estas mierdas…

Los capangas aquellos se vieron obligados a esperar que la naturaleza resolviera lo que esos dos desgraciados, que terminaron brutalmente ajusticiados, no se habían atrevido. Pero pasaron los días, las semanas y los meses, y la noticia de la muerte no llegaba.

Los íntimos del enfermo ilustre asistieron como espectadores abrumados a una metamorfosis inexplicable y, absortos, acompañaron la espera de que aquella mutación alcanzara su plenitud. Ante sus ojos alucinados, asistieron a la conversión del hombre en símbolo, una crisálida del hombre al mito que se proyectaba hacia el futuro de alguna manera eternizada. En esta tierra llena de matanzas, algunos muertos no podían morir; se eternizaban para mandar desde las penumbras de una memoria impertinente.

Para la minoría gobernante el intríngulis estaba planteado. ¿Qué hacer con ese hado, ese enigma de la vida y de la historia? Esa fatalidad desventurada para los que soñaban abandonar las ilusiones de la independencia para hincarse invertebrados ante los poderosos del mundo. ¿Alguien se atrevería, luego del abortado intento de asesinar al ilustre patriota, a terminar con aquel fenómeno inexplicable para aquellos personajes del porteñaje? ¿Quién podría corregir el desaguisado de los mercenarios que resultaron incapaces de poner fin a aquella anomalía? ¿En alguno de aquellos que, en la Santa Misa del obispo Lue, en la propia Catedral ciudadana, juraron fidelidad a Su Majestad la reina, encontrarían la mano ejecutora que pusiese fin a ese esperpento y diese satisfacción a las ambiciones de aquellos poderosos? Aquellos derrotados de 1806, o habían muerto o huido a otras tierras lejanas; nada se podía esperar de ellos.

Algunos propusieron organizar un viaje en una corbeta inglesa, como aquel en el que fue envenenado convenientemente el Secretario. Sin embargo, el apasionamiento político hacía poco probable que se pudiera contar con los favores de aquellos que asistieron a los pudientes conservadores a sostener el orden aristocrático implantado en estas orillas americanas. Se esperaban tiempos más estables y seguros. Por entonces, el libre comercio no ofrecía para esos menesteres un verdugo extranjero de comprobada eficacia.

La propuesta de un fusilamiento al estilo del francés fue rechazada de plano por los mandamases reunidos en el conciliábulo. Sería un escándalo y, a la inversa de aquel ajusticiamiento, lejos de espantar los temores de los restauradores, alimentaría la llama de la guerra en toda la geografía nacional, soliviantando los ánimos. Todo quedaba reducido a quimeras, puras ilusiones. No habría esbirro voluntario que se ofreciera de entre los uniformados a oficiar de matón; sus disensos no alcanzarían nunca para justificar esa acción contra el huésped, y tampoco una orden suprema emitida por los que se autodefinían como la parte sana de la ciudadanía encontraría eco ni aun en los hombres más extraviados.

Las autoridades, entonces, reclamaron a la ciencia la capacidad de resolver la aberración aquella mediante la vivisección del fenómeno. Una necropsia se justifica en una muerte. La inversión de la ecuación satisfacía el razonamiento de los mandamases. Se repitió socarronamente: «el orden de los factores no altera el producto». Pero ni los aspirantes a pretendidos cirujanos aceptaron que su delicada humanidad fuera despostada; no se encontró hombre alguno que aceptara la encomienda.

Algunos militares de rangos inferiores, confundidos por las especies que se esparcían por los cuarteles, llegaron en tropel, a los apurones, hasta la propiedad. Llegaron con el expreso deseo de corroborar con sus propios sentidos los acontecimientos misteriosos que esos rumores esparcían subterráneamente por la ciudad hablando de un incidente extraordinario, en el que estaba involucrado un prohombre de la patria. Salieron espantados, confundidos y llenos de sinrazones, y en ese estado de turbación elevaron reclamos a sus superiores, que vacilaban en aceptar lo que la soldadesca les reclamaba. En un país de conspiraciones, empezaron a sospechar que se hallaban ante una turba de divagantes patrioteros. Mejor cortar por lo sano.

Las autoridades hicieron correr la versión de su muerte. Y, como suele ocurrir con los correveidiles, la noticia se amplificó, modificó y distorsionó, confundiendo la realidad hasta desdibujarla completamente. Creció la duda sobre si finalmente lo habían asesinado o si la muerte piadosa había decidido poner fin a la enfermiza humanidad de aquella reliquia. Como fuera, a partir de ese instante, ese despojo estaba oficialmente muerto. Su certificado de defunción así lo atestiguaba y no había modo alguno de que lo escrito en aquella papeleta garabateada y adornada de sellos legales fuera puesto en duda y revertido por la voluntad de nadie.

La muerte efectiva, el momento postrero cuando la sangre cesa y el músculo yermo se retuerce pútrido, podría o no llegar; ese era asunto de Dios. Él, tantas veces invocado, debería elegir lo que los hombres le proponían: seguir acosando de penurias al enfermizo fantasmal aquel por un tiempo prolongado, o concederle la muerte que terminase para siempre con un sufrimiento pernicioso, y alcanzar así el disfrute de la calma eterna. El camino elegido para completar el ciclo de la vida podría haber sido cualquiera, eso ya no importaba a la selecta minoría gobernante y no producía la más nimia cavilación en las almas de los mandamases aquellos.

Pero aun si la muerte no hubiese completado su rictus frente a «La Reliquia» (como se dio en llamarlo), si se aletargaba inapropiadamente, si los misterios de una naturaleza caprichosa lo decidieran de ese modo, impidiendo que la voluntad malsana de aquella clase gobernante se sirviera de su óbito; no asistirían sumisos a que ese verdadero anacronismo fuera el argumento que pudiera malquistar los ánimos de una soldadesca andrajosa, cuyos espíritus oscilaban entre llevar la empresa de la independencia hasta su final, o aceptar el destino marginal de una empobrecida colonia de la periferia del mundo. O que esos uniformes descocidos se sirviesen del espantajo enfermizo para prometer un porvenir que ya se les había negado por las civilizaciones avanzadas de la época y sus promotores locales. Esa fue la decisión del puñado de poderosos que regía ya los destinos de las provincias desunidas del Río de la Plata. Había que cortar por lo sano, como dijeron los consejeros repetidas veces.

Mandaron cavar un sepulcro: «al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de la iglesia».[1] Pero allí se colocó un féretro vacío, de pino, sin lustre y cubierto de paño negro.

Los sepultureros, ajenos a la controversia, derramaron sobre el ataúd paladas de cal y luego colocaron una losa de mármol adosada a un marco de madera a nivel del suelo. Se propuso un epitafio, pero finalmente las autoridades no permitieron grabarlo. Eso se realizaría mucho tiempo después, cuando los peligros de esa herejía inapelable se deshicieran en el devenir de los acontecimientos futuros.

Algo fue retirado de la vieja casona familiar cierta noche por una unidad de soldados de elite. Advertidos de lo delicado de su misión, aunque ignorantes de con qué trataban, debieron cargar un bulto cubierto con una gruesa manta gris cruzada a lo ancho por una franja color bermejo, en un camastro rudimentario. Por debajo de la cobija, se desvanecía un aire con olor a incienso; eran cortas exhalaciones que apenas se podían percibir y que confundían a los hombres que portaban el petate. De los bordes roídos del sudadero se derramaba apenas como una fosforescencia de un pálido blanco mortecino que espantaba a la soldadesca siempre dispuesta a la superchería. En medio de esa madrugada profunda y oscura, una opacada luna menguante de color violeta se perdía tras unos nubarrones como sangrantes.

Entregaron el bulto a unos hombres misteriosos que no llevaban uniforme militar sino ropas extravagantes. Hablaban un idioma extraño y lanzaban risotadas irrespetuosas.

Subido a una carreta severamente custodiada por ese séquito extraño al mando de un desconocido, partió el despojo hacia lo que parecía su destino definitivo: la construcción que se le encomendó a un tal Abraham González, y que por el intempestivo llamado que lo convocó de inmediato a Buenos Aires, quedó a cargo de otro militar, un coronel de quien nadie sabía el nombre.

El que había llegado hidrópico a morir en la vieja casona familiar no existía más; había desaparecido, ya no estaba. Era un desaparecido envuelto en metáforas confusas. Su tumba fue exhibida a la ciudadanía que dio por cierto que el benemérito abandonó las humildades que signaron su vida, y estaba ya recoleto en los dominios del Señor. En Buenos Aires seguía el fárrago de la guerra intestina y todos los poderosos respiraron con cierto alivio.

Pasaron los días; la extraña caravana, apartándose de los caminos conocidos, se aproximó a su destino con celosa reserva. Y una noche sin luna, bajo un techo combado de azul carbonizado, cuando el silencio como animal sigiloso ahogaba todos los sonidos noctámbulos, la hueste extraña llegó con el despojo aquel que parecía evaporarse en un humor blanco, tan blanco que iluminaba resplandeciente, y lo encerró para nunca más saberse nada de él.

En esa enorme casona-mausoleo, ese armatoste de arquitectura desquiciada, consideraban las autoridades que los misterios del encierro irían esfumando como un humo negro, esclerosado, borroso, los acontecimientos verdaderos de horas aciagas de la historia. Aquella quimérica monserga de ni amo viejo ni amo nuevo se evaporaría junto a esa escasa humanidad allí confinada, aferrada en su postración a un viejo y remendado trapo celeste y blanco. Se desvanecerían por el paso del tiempo y el triunfo de la confusión. Donde se impone la confusión, la verdad perece. Incluso, a veces, la confusión se consagra triunfadora cuando troca la mentira en verdad y es defendida con apasionamiento por los que, ignorantes, se vuelven instrumentos de sus propios verdugos.

Los habitantes que componían la vecindad se atribuían el conocimiento preciso de todos los sucesos aquellos. Cada uno creía saber la verdad de los acontecimientos que precedieron la construcción de la casona y del destino de esa mudanza en una noche perdida ya entre los relatos de muchas otras noches. Y cada uno daba por cierta su versión de la historia; todos creían haber sido testigos presenciales de los sucesos que relataban hasta en detalles, e incluso algunos, decían haber sido tocados por esa ígnea blancura que iluminaba en todas direcciones el día aquel que arribó el contingente desde no se sabía dónde. Algunos, los más viejos, creían incluso que las luminiscencias fantasmagóricas que hacían brotar afiebrados relatos como flores malsanas eran destellos del huésped que enrollado sobre sí mismo chisporroteaba ambulante por las noches de un lado a otro de la casa. Era un desaparecido en estado de reclusión perenne, un muerto-vivo, eterno muerto-vivo
sobreviviente que provenía de tiempos fundacionales, cuando se construyó la patria verdadera, en los años lejanos de la guerra de la independencia.

X


Encarnación murió una noche. Su esposo estaba ausente desde hacía mucho tiempo. Su queja era constante y ese dolor al respirar se había vuelto insoportable. Su pulmón derecho se contrajo hasta parecer un rebujo de tejidos sanguinolentos y tumorosos. La costilla incrustada era una suerte de ariete mortal que participaba tenazmente en la compresión violenta del pulmón. El rostro amoratado no había podido abandonar ese tono violáceo de los coágulos subcutáneos que acumulados a un lado y otro de la cara hacían una hinchazón deformante. Pequeñas hemorragias internas terminaron de minar su escasa resistencia.

Cuando Amanda tuvo la certeza de que el desenlace era inevitable, comunicó al coronel su consejo de llevar a la mujer a un lugar más apropiado para el deceso. Este, al principio, se desentendió de la sugerencia de la criada, pero la insistencia de la mujer terminó por vencer su obstinación y Amanda obtuvo los permisos correspondientes para hacerse cargo del traslado. El argumento de Amanda sobre la inconveniencia de una muerte en aquel lugar que obligaría a la liturgia del entierro fue decisivo para inclinar al militar a autorizar el pedido.

La noche en que fue retirada de la casona, al asistente se le ordenó por escrito permanecer junto a «La Reliquia» hasta la mañana siguiente y licenciar al guardia que cumplía funciones en la propia entrada del cubículo, por veinticuatro horas.

Desde la habitación en que estaba encerrado el asistente junto a «La Reliquia» se pudieron oír los pasos de quienes llevaban como podían a la enferma rumbo a un automóvil que los aguardaba listo para partir de inmediato. Una vez que fue acomodada en el asiento trasero, a su lado se sentó Amanda, quien la sostenía para evitar que se deslizara hasta el piso del automóvil. Sonó el ronco gruñido del motor acelerado que se perdió entre el desmesurado silencio de la madrugada. En la casa quedó flotando un raro perfume a flores vencidas y una ausencia palpable dejó un sabor agridulce en sus pocos ocupantes.

La noche de la muerte de Encarnación, «La Reliquia» sintió los pasos de la parca esquiva y sonrió esperanzado, considerando que había llegado para poner término a las fatigas de su vecina, asediada por monstruos verdaderos que iban y venían por su libre albedrío del mundo exterior al interior de la casona.

En el piso superior, por encima de su cubículo, entre los repliegues de noches saturadas de calor, escuchó cómo se repetían los martirios en la carne y en la mente, solo alivianados por los incansables arpegios dislocados que, en un viejo piano vertical, Encarnación repetía a modo de exorcismo, casi todas las noches, incluso aquella de su próxima muerte. Ella jadeaba casi asfixiada por el colapso pulmonar, y la música se aceleraba en una agitación de armonías y cadencias que se agolpaban fraseando una partitura fúnebre.

Guadalupe supo de esa noche triste y pesarosa en que murió su madre. Pupila, lejos del amor materno, preguntó una y otra vez «¿Murió mi madre?» y la respuesta llegó de boca del hombre aquel que la martirizaba.

La muerte de la madre fue como un aliento lejano que se hizo viento inesperado, que golpeó de lleno en su rostro disolviendo ese perfume familiar que conservaba de la infancia lejana, de la que aún quedaban borrosas impresiones como un daguerrotipo ruinoso.

¿Cuántos años hacía que había visto a su madre, siempre desencajada y moribunda, rebufar expectante los espectros alucinadores por las abominaciones de su padre, aquel mandón libertino? Podía contarlos a todos y tenerlos en la punta de sus pequeños dedos; los había reunido en su manita desde que aprendió las negras y las corcheas, las letras y las palabras, los números y las sumas. Pero cada vez que iniciaba la cuenta, los años se multiplicaban geométricamente y entonces el tiempo adquiría una densidad como si se tratara de un agujero negro que la llevaba a su interior, donde caía en un abismo oscuro y solitario que la dejaba yerma.

Solía consolarse imaginando que, de haber permanecido junto a su madre, ella estaría aún viva, y las pesadillas que la acosaron por años no hubieran podido encarnarse con tanto rigor. Cada vez que intentaba resumir en su memoria aquellos momentos lejanos, una sombra con el sexo zangoloteando arrastraba sus miserias persiguiéndola y la abrumaba de dolor al atraparla con sus manazas brutales; se le metía entre las piernas, penetraba por su vagina hasta el útero y aplastaba sus ovarios como dos frutas inmaduras. Debía entonces espantar sin remedio aquellos tristes relumbrones que el recuerdo le ensartaba como crudas espinas en el alma.

XI

Mirando a través del vidrio de la luneta trasera del auto que la comandancia envió para su viaje, Amanda podía observar desde una perspectiva única el caserón que dejaba atrás para siempre. Solo en tres oportunidades anteriores lo había podido apreciar. Pero esa vez era la última. Para siempre.

Despachó a la hija, enterró a la madre, sirvió durante años a su jefe, incluso después del alejamiento de la niña y la muerte de la esposa de este, y ahora partía, vieja y achacada, hacia un geriátrico donde sus superiores la confinaron luego de su pase a retiro.

Antes de salir se reunió en un apartado con el suboficial “Pérez”. Solo se los vio discutir. Ella parecía reclamarle algo que el hombre vacilaba en conceder. Luego de un tiempo de silencio, “Pérez” cabeceó dubitativo como aceptando a desgano un pedido de la vieja ama de llaves. No se saludaron. Apenas un leve gesto con las manos, un adiós a prudente distancia. Ella lo señaló y se oyó decir: «No faltés a tu juramento». El suboficial se desentendió del reclamo hasta con fastidio. Se acercó a la vieja mujer y, tomándola de los hombros, le dijo algo indescifrable. Ella quedó en suspenso por las palabras de aquel hombre, cuya extraña señal en el rostro se le había hecho más notable en ese momento.

—Este papelito es para vos. Te lo debía desde hacía mucho tiempo —le dijo mirándola directo a sus negros ojos.

—¿Es lo que pedí cuando ingresé? —Amanda quería saber qué mensaje se estaba llevando el día de su partida.

—Así es. Cuando estés segura de que nadie te observa lo leés. Después, ya sabés, te lo tragás. De adonde va a ir a parar nadie te lo va a poder sacar.

Amanda giró sobre sus pasos y se dirigió al automóvil que la esperaba a unos cientos de metros del lugar en donde conversó por última vez con el suboficial.

Mucho debió insistir para que le concedieran el retiro. Quien más se opuso a su partida fue el propio coronel. Pero sus superiores, atendiendo a su edad y estado de salud, resolvieron el diferendo aceptando el pedido de la vieja subordinada.

Mientras se alejaba por el camino polvoriento que llevaba desde el pueblo a una ruta nacional, repasó los años de labores, que como mil se le hicieron, funestos en su mayoría, escarmentando errores ajenos e infidencias garrafales.

Recordó sus informes redactados con menudencias de palabras, con indiferencia y aburrimiento, sin amabilidad. Uno por cada conflicto en que tuvo que mediar, cambiando opiniones con sus pares y deshaciendo pretensiones de su superior. Informando todo lo que le pedían. Estaba hastiada. Cansada de muerte.

Salvo esos breves instantes perdidos en el pasado, en plena madurez, en que cruzaba la mirada caliente con un viejo custodio de la vieja reliquia (el único momento en que insinuaba sexo puro, húmedo, rosado, y que le devolvía en algo su condición femenina), la vida se le fue sirviendo a la rabia, o a las antojadizas ordenanzas del jefe lúbrico, sin chistar, sin remilgos ni recompensas.

No encontraba forma de olvidar la noche del estropicio de Encarnación. Todavía oía el ruido de los huesos triturarse a cada golpe, la carne hacerse sangre, la sangre coágulo. Los llantos. Los gritos. Los silencios.

Rememoraba cómo los flecos de una humanidad quebrada fueron reducidos a una estancia agónica en una cama flácida, hasta que la muerte se asomó decidida para acarrear a la que fuera la patrona y la loca a la tumba donde se acurrucarían sus huesos-harapos, molidos a golpe por el hombre aquel tan desquiciado. Ella fraguó la cremación y en componendas con unos amigotes hizo que el cuerpo de la difunta reposara en una tumba sin nombre.

La niña siempre fue su obsesión; pero su responsabilidad era «La Reliquia». Los “Pérez”, casi a bofetadas, la obligaban a no distraer en sinsabores sus obligaciones, su función vital en el complejo entretejido aquel, que estaba organizado alrededor de un evento inexplicable.

¿Y la juventud? Pensó observando el paisaje resecado desde el auto. Llegó a la misma respuesta a la que arribó cuando, recostada en su cama entre mamparas vidriadas que proponían una intimidad abúlica, se hizo la misma pregunta. Pasó desterrada, penante, cargada de asuntos impiadosos, impronunciables, como un Padre Nuestro desgraciador.

Salvo una escaramuza de amor tempranero (antes de ingresar al Servicio), cuando desnuda observaba como el joven muchacho se iba quitando la ropa lentamente y palpaba la sangre misma que a él le inflaba caliente las venas tubulándolas; que dejaba de desvestirse para alzarle el vestidito a la muchacha Amanda, de ojos arrebatados de emoción, mientras un dedo de él se confundía en el sexo de ella, y él le reclamaba que dejara de pensar en lo que vendría y que lo tocara, que lo tocara con la lengua y deletreara su sabor, que metiera sus manos entre sus piernas, con fuerza, mientras le quitaba el vestidito y dejaba al descubierto los pequeños senos que metía en su boca para lamerlos, bajo la blancura pálida de una lámpara colgada en el techo pintado de amarillo.

Su padre la llevó al servicio activo. Pocas mujeres eran entonces reclutadas para las actividades a las que él la destinó desde temprana edad. Las había, muchas, pero desgajadas de sus filiaciones; trataban asuntos menos trascendentes y glandulares. Ella, que dominaba cuatro idiomas desde pequeña, parecía toda una promesa para escudriñar por el mundo algunas verdades que fueran de utilidad para la casta gobernante.

Luego, de repente, sin aviso, como empujada por un infortunio vengativo, fue a dar a aquella casona, al norte resecado y moribundo, y a contar calaveras de originarios masacrados mientras los conquistadores se bebían a sorbos sus orines y sus sangres, hasta dejar las tripas a la cruda intemperie, para devorarse entre exequias, heréticos y hambrientos. Le explicaron que solo quien era depositaria de una confianza imperturbable se podía unir a aquella fracción desconocida.

Llevaba como un orgullo reconfortante haber cuidado tantas veces de «La Reliquia». Lo bañaba y perfumaba, cantando una ruda canción de la perdida y vieja patria. El ilustre disfrutaba de la melodía, como si fuera su madre quien la entonaba para infundirle valor y cruzar amenazas con la muerte en tiempos de guerra. Zurció incluso la roída bandera que usaba de mantica para sacarse el frío que a esa altura se le hacía cruel y tornaba insoportable el reuma.

Perdió la cuenta de las veces que charlataneó con «La Reliquia», quien conservó siempre su modismo galante. Disfrutó los relatos de batallas pasadas y de la dura vida del guerrero; el general repetía aquellas historias hasta en los más nimios detalles.

Siempre le resultó curioso que su mimado pudiera referir con exactitud párrafos enteros de su propia historia sin alterar ni puntos ni comas. De él aprendió el arte de la autobiografía. El suboficial «Pérez» sabía de un pequeño cuaderno donde escribía notas para una semblanza propia. Era una biografía en secreto. Tristeza, sueños, desvaríos, relatos extraordinarios de la guerra patria. Todo estaba guardado en esas páginas secretas.

Escuchó tantas veces el relato potente de aquellos choques magníficos de ejércitos en pugna que hasta ella misma pudo dictar sin errores el relato y hacerlo sin trastornar en nada la veracidad de aquellos acontecimientos o, al menos, de cómo uno de sus principales actores se los había referido en la intimidad de su reclusión eterna. Recordaba en especial esa tarde-noche en que «La Reliquia» le habló casi sin desmayo, como pocas veces podía hacerlo. A menudo, la charla quedaba trunca por días y el ilustre entraba en un trance irrecuperable del que salía sin aviso, de repente, por un breve lapso de tiempo. Pero en esa oportunidad fue diferente.

—Mira, mujer… —dijo mientras ella limaba sus amarilladas uñas—. Había pensado dejar para tiempos más tranquilos escribir una memoria sobre la acción gloriosa del 24 de septiembre del año anterior; lo mismo que de las demás que he tenido en mi expedición al Paraguay…

—Sí, mi General —consentía Amanda al tiempo que comprobaba la simetría del limado—. Y lo hubiera hecho, mi General, con el objeto de instruir a los militares del modo más acertado, dándoles lecciones por medio de una manifestación de sus errores, de sus debilidades, de sus aciertos, para que se aprovechasen en las circunstancias y lograsen evitar los primeros y aprovecharse de los últimos.

—¡Excelente! —exclamaba el General entusiasmado por la total coincidencia entre sus pensamientos y los enunciados por su siempre agradable protectora.

—¡Excelente! Pero debes saber que es tal el fuego que un díscolo, intrigante y diré también cobarde atentado introdujo en el ejército, sin efecto en este pueblo —y decía esto señalando con su huesudo y largo dedo índice de la mano derecha hacia el piso de mosaicos con motivos árabes, enfatizando las palabras «en este pueblo»—.

—Y tampoco en la capital (quiero agregar) y su osadía por haberme presentado un papel que por sí mismo lo acusa, cuando trata de elogiarse, ¡e-lo-giar-se!, ¡a sí mismo!, y vestirse de plumas ajenas, que no me es dable desentenderme y me veo precisado, en medio de mis graves ocupaciones…

Al repetir «mis graves ocupaciones», miraba hacia un lado y el otro moviendo con parsimonia su cabeza, que dejaba oír el seco tintineo del roce de sus puntudas cervicales.

—En medio de mis graves ocupaciones, repito, a privarme de la tranquilidad y reposo tan necesarios para manifestar, ¡ma-ni-fes-tar!, a clara luz la acción del predicho 24 y la parte que todos, ¡to-dos!, pero todos-todos, tuvieron en ella.

—Me dijo, mi General, que no iba a hablar de las debilidades de ninguno —lo cuestionó Amanda.

—Confieso que me había propuesto no hablar de las debilidades de ninguno, es cierto, señora —y, alzando el dedo índice, repetía enérgico: «¡de ninguno!»—, que yo mismo había palpado desde que intenté la retirada de la fuerza que tenía en Humahuaca a las órdenes de…

—No repita ese nombre, que lo pone malhumorado y entristecido —aconsejó la mujer, quien le tomaba las manos con ternura.

—¡Don Juan Ramón Balcarce!, lo digo, autor del papel que acabo de referir; pero habiéndome incitado a ejecutarlo, presentaré su conducta a la faz del universo con todos los caracteres de la verdad, protestando no faltar a ella…

—Eso es pecado, General…

—No faltar a la verdad, aunque sea contra mí, pues este es mi modo de pensar y del que tengo dadas tantas pruebas, muy positivas, en los cargos que he ejercido desde mis tiernos años y de los que he desempeñado desde nuestra gloriosa revolución; no por elección, porque nunca la he tenido ni nada he solicitado, sino porque me han llamado y me han mandado: errados a la verdad en su concepto…

Cuando el ilustre se dormitaba, Amanda lo acomodaba en los amplios almohadones de que disponía para su buen reposo.

Era, para ella, inconcebible que ese movimiento apenas perceptible de su pecho insuflara el suficiente oxígeno a sus ajados pulmones y le permitiese hablar y hablar, a veces durante largos parlamentos, recordando sucesos de los que la inmensa mayoría de los contemporáneos no conservaban recuerdo alguno.

Cuando Amanda se ponía de pie para marcharse, solía ocurrir que recomenzara con el relato.

—Y en 1796 el virrey Melo me confirió el despacho de capitán de milicias urbanas de la misma capital… y debo decirle, querida amiga, que más bien lo recibí para tener un vestido más que ponerme que para tomar conocimientos en semejante carrera.

—¡Qué bonito!, ¿no? Y después berrea contra Don Juan Ramón Balcarce…

—¡Don Juan Ramón Balcarce!… quien fue el autor para que no fuese en mi auxilio el cuerpo de húsares de que era teniente coronel, intrigando y esforzándose con sus oficiales en una junta de guerra hasta conseguir que cediesen a su opinión, exceptuándose uno, que en su honor debo nombrar: ¡Don Blas José Pico! ¡Honores a Don Blas y que Dios lo tenga en su santa gloria!

—Pero se ha salteado que sus paisanos lo eligieron para ser uno de los vocales de la Junta provisoria…

—En efecto… así fue… ¿Conservo aún el pañuelo blanco para dar aviso a mis chisperos?

—Sí, mi General… —mentía piadosa Amanda—. Lo lavé yo misma ayer y está tendidito al sol para blanquearse…

—Y esta Junta misma me envió a Paraguay de su representante y nombró General en jefe de una fuerza a que dio el nombre de Ejército porque había sin duda en ella de toda arma, pero no es el caso hablar ahora de ella ni de sus operaciones de entonces.

—Usted hable de lo que le parezca, mi General, que aquí el tiempo es lo que sobra…

Mirando con cierta curiosidad a Amanda, invitándola a aproximarse, murmuró confidencialmente:

—Ellas me trajeron la envidia de mis cohermanos de armas…

—¿Ellas quiénes, mi General?

—Mis designaciones…

—Ah… Pero la envidia es un sentimiento funesto, sabe…

—Usted lo ha dicho… —aceptó y continuó en tono íntimo—. En particular la del grado de Brigadier, que me confirió la misma Junta, haciendo más brecha en el tal Don Juan Ramón Balcarce…

—¿No es el mismo que cooperó con la revolución del 5 y 6 de abril de 1811? —Amanda lo provocó con la referencia a aquel golpe de Estado.

—Cierto. Era, pues, preciso que sostuviese un hecho tan ajeno de un militar amante de su patria, y que ahora he comprendido era efecto de su cobardía y de una revolución intentada, efectuada por otros fines, y cuyos autores jamás pensaron en vejarme ni abatir mis tales cuales servicios, honrados y patrióticos. Le dio lugar a que, valiéndose de él, pidiese la recíproca e hiciese que los oficiales de aquel cuerpo que por sí mismos se habían degradado no concurriesen al socorro de sus hermanos de armas abandonados; se empeñaron y se agitaron los ánimos para que se me quitase el grado y el mando de aquel ejército, que ya aterraba a los de Montevideo…

—Reparo que habla de la revolución del 5 y 6 de abril…

—¡Bien se ve que hablo de esa revolución! Y no tengo para calificar ante mi nación y ante todas las que han sido instruidas de ella cuál será Don Juan Ramón Balcarce, cuando lo presente como un individuo que cooperó con ella y que acaso, en todo lo concerniente a mí, puedo asegurar, fue el primer y principal promotor…

—¿No lo halló en Salta cuando fue a tomar el mando de ese ejército, General? —preguntó Amanda para tirarle de la lengua antes de que desfalleciera por la fatiga.

—Está en lo cierto, señora. Estaba en Salta con una fuerza de caballería. Consulté al General Pueyrredón y él me invitó a no desconfiar. Creyendo yo al General Pueyrredón un verdadero amante de su patria, apagué mis desconfianzas y, habiéndome escrito con expresiones excedentes a mi mérito, le contesté en los términos de mayor urbanidad y traté de darle pruebas de que en mí no residía espíritu de venganza…

Luego de esta frase, dormitó unos minutos, mientras Amanda acomodaba la ropa de cama limpia y almidonada en un viejo baúl propiedad del huésped, tal vez la única propiedad que le quedó desde su llegada a la casa paterna en Buenos Aires, luego del fatigoso descenso, ya enfermo, desde el norte.

Se podía escuchar, como un eco lejano, un cloc-cloc martillando un revoque inusitado. Como despabilado, de golpe, inquieto y atento, retribuía ese golpeteo con el tamborileo cadencioso de sus puntudas y tullidas yemas sobre un libraco ilegible, y se esforzaba en sostener el ritmo sugerido desde la habitación del piso superior. Pero esa señal lo incitaba a esperar la campanella y otras músicas que se le hacían de ángeles y que disfrutaba lanzando risitas guturales casi infantiles, que promovían las risotadas varoniles de los «Pérez» que acompañaban a toda hora su presencia.

Si el silencio se apropiaba de toda la casa, podía reconocer los ruidos domésticos, incluso los más insignificantes. Y si no estaba dormido, se sobresaltaba al distinguir la leve renguera del coronel, a quien, para su beneficio, nunca vio ni trató.

—Llegó «Goyeneche»… —decía burlón.

—¿No será Balcarce? —lo aguijoneaba Amanda.

—¡Envidioso! —exclamaba, y luego soltaba esa risita aguda que lo distinguía.

Pero había un relato que exigía que se lo repitiesen una y otra vez. Sentía fascinación por los acontecimientos que, ora los Pérez, ora Amanda, le relataban en detalle.

Unía esos acontecimientos marciales a otros que le tocó protagonizar en su juventud temprana, en 1806 y 1807, cuando, obligado, comenzó a involucrarse en los asuntos de la guerra. Solía ser el suboficial «Pérez» quien leía, monocorde, unas páginas ajadas extraídas de un libro pequeño, desconocido para «La Reliquia» y que con frecuencia pedía sostener como un verdadero tesoro.

—Voy a leerle, mi General, la historia del monte Destartalado… —decía «Pérez», esperando la risita aguda de su custodiado.

—¡Destartalado!, vaya nombre… ¡Destartalado!

—Sí, mi General, ¡quedó destartalado después de tanto combate…!

Y «Pérez» desgranaba la historia aquella, en detalle, mientras «La Reliquia» ronroneaba un ronquidito seco que imitaba el sonido del choque superfluo de un pedernal contra otro.

—Ingleses… —murmuraba entre dormido—. ¡Ingleses! ¡Si los habré conocido! —Se exaltaba—. ¡Beresford! ¡Crawford! ¡Whitelocke!

Espías.

Mercaderes.

Mercenarios.

Ni amo viejo…

Ni amo nuevo…

Ningún amo…

Allí permanecían, varados, repitiendo entre ellos historias de guerra que alentaban combates inacabables, eternos, inexplicables, como son los combates por la libertad y por la independencia. Guardados todos como en fatal trinchera, escarbada con las uñas quebradizas de los sobrevivientes de la última derrota, custodiaban a diario «La Reliquia» para que nadie hiciese añicos la bandera azul y blanca de la revolución.

XII

Desde que llegó al seno de su familia sustituta, por amor, Guadalupe (Lupita) adoptó por propia decisión a esos como sus padres, y como propia a aquella familia que le dio cobijo y cuidados necesarios para continuar la vida sin los rencores que envenenan la sangre hasta el hartazgo. La Iglesia había procurado el mejor destino para la muchacha, luego del atroz acontecimiento que puso en jaque la parsimonia episcopal del señor obispo.

Guadalupe tenía dos ojos grandes, inmensos y bellísimos, de color ámbar puro y un cierto tono de almendro opaco. Su rostro, ajeno a toda extravagancia, había acentuado su llamativa belleza, vuelto más vivaces los ojos, afilada la nariz delicada y los labios apretados viraban a un moradito vivo, piadoso.

Guadalupe rememoraba al azar recuerdos caseros, festivos, con sus padres adoptados. Pero la infancia desalojada por la temprana adolescencia de ese cuerpo que crecía a saltos era motivo de apesadumbramiento.

La perseguían sueños en los que veía a Encarnación; eran sueños que se repetían metódicamente y en los que se mezclaban sombras y músicas, palabras y ruidos. Muchos recuerdos lejanos y nublosos fueron recluidos en un arcano rincón de su humanidad, y estaban agazapados, acurrucados, como arropados entre los vivos tejidos de su tierna edad. Eran como forasteros en efervescencia, llenos de pronósticos desalentadores, que prometían arrojarla a territorios nunca reconocidos, donde vivían personas cuyos nombres nunca debían ser pronunciados y acciones que nunca debían ser mencionadas.

Cuando la mala memoria la buscaba, ella, agitando las manos como quien espanta espíritus, se llenaba de gestos. Sentía entonces esa enorme opresión sobre su pecho, su boca, su nariz, opresión que la sometía a la desesperación de la asfixia; gritaba desconsoladamente, hasta que María la recogía en sus brazos y, prodigando caricias, espantaba esos espectros que la acosaban ocasionalmente.

Una noche, mientras Guadalupe o Teresa, como más gustaba llamarla su familia de adopción (decían por su parecido con una hermosa tía lejana de María llamada Teresa), leía cuentos de amor y locura, llegó un abuelo. Dos valijas, un baúl grande y otro pequeño, y una abuela colgada del brazo. Empapados de pies a cabeza, bajo una lluvia torrencial que amenazaba desmadrar el cielo, ambos apenas si podían tenerse en pie.

El abuelo Juan y la abuela Inocencia se comprometieron en un viaje de cientos de kilómetros hasta la casa de su hijo Francisco sin aviso, como quien da la vuelta a la esquina para visitar a un vecino de ahicito nomás.

Golpearon a la puerta suavemente y, al atender el llamado, Francisco y Teresa y los dos viejos se quedaron observándose unos a otros con cierta sorpresa. Su padre adoptivo enrojeció hasta amoratarse; mostraba una expresión que ella bien conocía, entre conmiseración y furor. Permaneció con la boca abierta de asombro, mirándolos absorto, como quien ve el ánima andante de un muerto y no a su padre y a su madre empapados por el aguacero.

—¡Hacelos pasar, hombre! ¿Qué esperás? —dijo María a su esposo en tono de reproche.

Guadalupe acudió presta a socorrer a los viejos. María pidió a Francisco que tomara a su padre del brazo mientras ella acomodaba a Inocencia. Teresa luchó para entrar a la casa el equipaje; las valijas pesaban como si adentro les hubiesen cargado muebles y todo.

Juan e Inocencia[1] miraron amorosamente a Guadalupe. La acariciaron como a un tesoro.

—¡Pero qué hermosura de hija tienen ustedes! —exclamaron a coro los dos viejos.

Guadalupe se enamoró al instante de esos abuelos recién venidos bajo la lluvia tempestuosa.

A don Juan le temblaban las piernas como si estuviera a punto de desvanecerse, aunque en su rostro hubo una mueca de satisfacción por haber llegado al fin del largo viaje y estar rodeado de los afectos familiares. El abrazo de la niña lo llenó de satisfacción.

A la abuela hubo que ayudarla a desvestirse. La ropa mojada se le pegó a la piel y la piel a los huesos que, cuando María Piadosa la breve la vio tan flaca —dijo—, sintió ganas de llorar y, ante el asombro de la anciana, la abrazó y la secó como hacía con Teresa después del baño.

Hubo que exprimir toda la ropa para ponerla a secar sobre la estufa hasta el día siguiente. Dieron vuelta una valija de la que cayeron unos libracos chorreando, libros que el abuelo atesoraba desde siempre. La otra valija también la volcaron. Unos hilos de bordar y unas telas a las que se les había aguado la distinción se desparramaron por el piso. Como a la ropa, Francisco y María las tomaron por sus extremos y las retorcieron para estrujarles toda el agua.

¿Para qué alguien viajaría tanta distancia y bajo tanta lluvia con solo libros y telitas como equipaje?

Los baúles de buhoneros quedaron apartados para disponer de ellos con la llegada de la mañana. Se esperaba el sol clemente o al menos que la lluvia menguara en su intensidad. Junto a su padre, Francisco adquirió aspecto de escolar sorprendido, y aunque trataba de guardar silencio, mascullaba por lo bajo algunas recriminaciones contra sus progenitores. Ya revelaba el color de su piel el impulso que estaban tomando sus pensamientos, pero contenía el aliento al sentir la diáfana mirada de Inocencia que acomodaba su delgadez entre las flácidas ropas, repitiendo como un sonsonete: “Yo te lo dije Juan: si hay cielo de lana, llueve mañana”. Y Juan se encogía de hombros, livianamente y recitaba “lloverá, lloverá… y el cielo en agua se desvanecerá…”. Para delicia de todos, recitó: “La lluvia tiene un vago secreto de ternura, / algo de somnolencia resignada y amable, / una música humilde se despierta con ella / que hace vibrar el alma dormida del paisaje.”[1] Inocencia aplaudió el recitado con gran entusiasmo y contagió a la niña que sonrió complacida. Guadalupe, dueña de tan prodigiosa memoria, nunca olvidó ese verso recitado por el abuelo la noche misma de su llegada.

María acomodaba la disposición de los muebles buscando hacer algo de lugar como para acomodar los huéspedes recién llegados. Juan guardaba silencio, no parecía estar preocupado por explicar la inesperada visita, tímido y agradable, sin levantar la voz apenas murmuraba como una musiquita sincopada, repitiendo “no se molesten por nosotros que nos acomodamos en cualquier rincón”, y hacía tintinear las vocales acentuándolas musicalmente. Y Francisco temía que todo aquellos sólo fuera el prólogo de un desbarajuste mayor, propiciado por sus padres recién llegados de no se sabía dónde ni tampoco para qué. Pero debía alojarlos y, por otra parte, no se permitiría maltratar a los viejos aquellos, aunque todo le pareciera no solo extraño sino innecesario.

A la semana siguiente llegaron los muebles. Francisco estaba de casualidad por ahí cuando vio estacionar un viejo camión frente a su puerta con un montón de cambalaches y trastos que dos hombres bajos y regordetes descargaban a toda prisa.

— Papá… –preguntó Francisco– ¿Usted vino para quedarse?

El padre sabía que cuando su hijo lo trataba de “usted”
era porque exigía una explicación. “Usted”
era la puerta de entrada al discurso de los reproches.

Se podía ver cómo la furia subía por los puños a los antebrazos, y de ahí a los brazos para ascender por la cabeza hasta la cara que se ponía más maciza, roja y arrugada con gruesos surcos como cincelados. La mandíbula adquiría una suerte de cuadratura de bordes afilados y los ojos decían más que la boca, que permanecía apretada temiendo dejar salir una ristra de maldiciones enhebradas por el disgusto.

—Bueno… bueno… –dijo el abuelo Juan–, nosotros vinimos porque ¿a dónde íbamos a ir? Y se encogió de hombros mostrando las palmas de las manos a modo de descargo.

Habían llegado a una edad en la que los ojos se humedecen de llanto rápidamente. Estaban dispuestos los viejos padres a ponerse a disposición de los dueños de casa e incluso a someterse al aprendizaje riguroso de los hábitos propios de la nueva morada, con tal de expulsar ciertos temores que la vejez les tributaba en los últimos tiempos.

La familia acogió a los recienvenidos y quien más alegría demostró fue la niña. No querían consagrar esa vejez a la tristeza. Con Juan e Inocencia después de todo, compartían la misma historia, valentías y frustraciones, iguales anhelos. Y por encima de cualquier otro sentimiento, se amaban.

Teresa vio desfilar decenas de canastos de mimbre. Cada canasto estaba lleno de chucherías, recuerdos de una vida pasada. Había fotos que Guadalupe miraba extasiada y complacida; fotos antiguas, unas grises, otras sepias, postales familiares extraídas de libros antiguos. Aparecía una mujerona alta, gorda, enorme, que Guadalupe nunca se cansaba de preguntar de quién se trataba. Era la mama Juana, y a su derecha hermana Dina y a la izquierda otra hermana de quien no supo el nombre, y más allá un hermano y otro y un tío y otro y un primo y otro y por los rostros se podía rastrear la genealogía que depositaba a toda la familia en un país desconocido, mezcla de guaraníes y un gringo, los que, al pasar al trote cerquita del rancho, acomodaron sus humanidades junto a las duras carnes de la ruda y caliente mama Juana, y procreado una docena de hijas e hijos que luego se dispersaron por todas las provincias.

Guadalupe disfrutaba el relato que el abuelo Juan repetía sobre su infancia, una especie de cuento con algo de magia y algo de sinsabores, que ella siempre guardaría entre sus amores sanadores y que arrancaba en las tierras calmas de un litoral subtropical, donde corría el abuelo Juan, entonces niño, escapando de las lechiguanas que enardecidas esperaban hacerse del muchacho a puros aguijonazos, para vengar su atrevimiento de humear el nido para destruirlo y robar la miel dulce que muchas veces era el único alimento de cada día.

Era una trapisonda en equipo. Un niño juntaba la hojarasca necesaria para la humareda; otro robaba el chisquero de los viejos fumadores de cigarritos que en el almacén de ramos generales se juntaban a discutir algunos trucos entre ginebras y cañas, hasta que la borrachera los olvidaba de todos los males. Otro afinó sus fogatas haciendo con ellas verdaderos prodigios, casi devastadores, de pajonales resecos que obligaban a salir a todos los vecinos con escobas y sus mantones a apagar los fuegos que amenazaban con arrasar con las pobrezas que a duras penas habían juntado durante años.

Una vez que el humo subía prolijo en una columna trenzada en dirección al nido y entraba por los alvéolos del colmenar de las lechiguanas, los insectos se confundían en gran alboroto y desorganización; los muchachitos rompían el papelito gris que rodeaba el nido y escamoteaban la miel que era el alimento preparado por las productivas avispas para la prolífica descendencia y su reina.

Luego, el grito era: «¡Corran!». Y aunque gran parte de la colmena entraba en un trance y bailaba desquiciada, las avispas aguerridas salían a castigar a los atrevidos aquellos que alteraron la paz de la producción y robaron el néctar de la felicidad. Todos corrían buscando el charco más próximo que el cauce del arroyo derramado había dibujado como espejitos de agua, con espumas e irupés contorneando el álveo bordado de flores blancas, para cubrirse de fango.

El barro era la pócima prodigiosa que protegía de los agudos aguijonazos y aliviaba en algo, al menos eso creían, el dolor de los pinchos que quedaban incrustados subcutáneos, ardiendo y quemando con su ponzoña.

Al sol, enmelados, el barro se resecaba y era cuestión de tironearlo con un enérgico y fuerte movimiento para que, al salir, se llevase consigo las púas lastimadoras que las avispas melíferas les clavaban en su persecución. Tras su pinchazo, la muerte se encargaba de las perseguidoras más pertinaces, que no eran tantas. Muchas otras abandonaban la persecución en alas de sus más aguerridas compañeras y volvían al nido a brindar mayor protección a las larvas y la reina, que eran, en definitiva, la garantía de su continuidad en el tiempo.

Los aguijonazos, sin embargo, jamás servían de escarmiento. La muchachada nunca desistía de la aventura de repetir el hurto de la miel de los laboriosos insectos. ¿Eran las ansias de correrías lo que hacía que una y otra vez, una y otra vez, se repitiera aquel rito de humear los nidos, robar la miel, huir al trote, embarrarse hasta el gañote y disfrutar el sabroso hurto que dulcificaba las infantiles bocas? Sí, pero si había algo que siempre los estimulaba a volver al timo del dulce néctar de la miel de avispa, era el hambre, «haaaaaambre», como decía Juan cuando la mama
Juana, en su jerigonza guaraní, que él apenas descifraba, le preguntaba si tenía hambre. Y él respondía, amargado:

—¿Hambre dice mama? ¡Haaaaaambre querrá decir! —y abría la boca como Gargantúa dispuesto a tragarse lo que fuera con tal de acallar los clamores de su estómago vacío.

Guadalupe reía con una boca tan grande como la que describía el abuelo cuando estiraba la «a» para decir del tamaño del hambre que lo impulsaba a la travesura.

Juan nunca aprendió la lengua materna. Para entenderse estaba la hermana Dina, la mayor. Ella era hija de guaraníes por parte de madre (la mama Juana) y de padre (a quien nunca conoció). Hablaba el guaraní y el castellano por igual. Juan, en cambio, era mestizado: madre guaraní (la mama Juana), padre vasco (a quien conoció, pero nunca trató). No entendía el idioma materno y nunca hizo esfuerzo alguno por aprenderlo. Eso no le impidió pronunciar ni media palabra del vasco.

Juan recelaba de los amores de su madre. Cuando el abuelo la mencionaba, Guadalupe lo miraba con cierta melancolía. Recordaba a su propia madre y sus blancas manos de porcelana acariciando el marfil de las teclas del piano.

Para la mama Juana, alejada de todo, el amor tenía una trascendencia de libertad y no de hipócrita compromiso. Gaucho que pasaba, si era amable y traía algún regalito para complacer a la patrona, podía encontrar un trato cálido en el catre de su ranchada.

El rancho tenía dos habitaciones. Si llegaba visita, los niños se acomodaban como podían en la más grande, que continuaba a la más pequeña, que servía de habitación y cocina. Las habitaciones estaban separadas por una especie de cortina tejida de pajas arrancadas al arroyo. Juan, con alguna frecuencia, dormía afuera, bajo el alero, cubierto con una manta vieja.

Los muchos hijos que mama
Juana trajo al mundo eran todos de padres distintos. La mama Juana entendía el amor como una alegría de su propiedad, sin importar si duraba poco o duraba algo más que poco. Una cosa era mantener la cría y otra a un vago instalado a fumar chala y emborracharse con caña. A la mañana siguiente de la noche compartida, exigía a los hombres seguir su camino. Ella sostenía el hogar apurando sus labores rurales y no precisaba tutelaje de nadie; era pastora de cabras que, con su leche, le permitían producir esos quesos exquisitos que gringos y criollos venían a buscar desde lejos. Y si el rebaño no era suficiente como para atender la producción de los quesillos de cabra, se conchababa en la peonada para limpiar alguna estancia, cuidar los chanchos o atender las vacas. No la arredraba ningún trabajo.

El padre de Juan era un vasco llamado Aguirre. De vivos ojos celestes y manos de gigante, manos de tambero, profesión que trajo desde su tierra y con la que se ganó el sustento hasta su temprana muerte. Al mezclarse con la india procreó un niño de tez morena y ojos claros, de abundante cabello castaño y manos de gigante como las de su padre. Al nacer todos exclamaron: «¡Qué hermoso niño!». Aunque eso no cambió en nada su suerte.

A pesar de la poca distancia que había entre el rancho de mama Juana y el de su padre, al que todos conocían solo por el vasco Aguirre (nunca se supo el nombre), jamás se trataron como padre e hijo. El vasco pasaba y saludaba como si el niño fuera descendiente de vaya a saber quién. Nunca asumió la paternidad y a Juan la filiación no le importaba en lo más mínimo. Respondía con un insulto o una larga ristra de insultos cuando lo señalaba alguno diciendo: «Ahí va el hijo vasco». Más de una vez, sus airados insultos le valieron tremendos rebencazos de los peones que no escatimaban castigos a los niños bravucones y mal hablados.

No recordaba mucho cómo era la convivencia con sus hermanos. Sí que era como un desfile permanente de muchachos y muchachas: salir y entrar de la casa, algunas de ellas alzando unos purretes llenos de mocos que berreaban en guaraní. En eso, Juan encontraba una gran similitud con la familia de María y Francisco, que aportaba multitudes a las fiestas a las que él e Inocencia se acomodaron con alegría.

La mama Juana siempre estaba trabajando; quien siempre estaba presente y donde fuera era la hermana
Dina, la hermana mayor. De tez oscura, ojos achinados, negros, azabaches y abundante cabello renegrido y largo, hablaba con fluidez el guaraní y el castellano; era una mezcla de hermana y madre que arreaba a los hermanos igual que su madre a las cabras, imponiéndoles algo de orden y disciplina con amor y oportunos coscorrones, y a quien los niños seguían a todas partes.

Juan se ausentaba de la casa materna todo el tiempo que podía. Fuera para robar miel, para ayudar con la caballada a algún paisano, para traficar a espaldas de la madre los quesos que sustraía del galpón donde ella los almacenaba.

La historia del robo de los quesos encantaba a Guadalupe. El abuelo Juan recordaba que la mama Juana los estacionaba en unas estanterías precarias hechas con largas ramas secas de sauces, medianamente gruesas. Cuando los quesillos habían alcanzado el tiempo justo de maduración, mama Juana los apilaba sobre una mesada también fabricada con ramas algo más gordas. Si la producción había sido buena, los quesos ocupaban toda la mesada. Varias capas de quesitos se iban amontonando una arriba de otra, sin alcanzar demasiada altura para evitar que se desmoronaran y se rompieran.

La mama Juana no sabía leer ni escribir, pero sabía contar. Nunca explicó cómo sabía el número exacto de quesos que amontonaba en su mesada, pero no había forma de que se equivocara en el conteo. Y así como sabía contar quesos, sabía contar el dinero. Jamás fue timada por ningún bribón de esos que, luego de pasar la noche abrazado al curtido cuerpo de la ruda guaraní, pensaba que hasta podía engatusarla para sacarle alguno de los escasos pesos que laboriosa pudo juntar durante varios días. No faltaba la vez que el timador salía timado, y la mama
se quedaba con alguna pertenencia del galán arrogante. Aquellos gauchos de paso solían entender menos de cuentas que la mama Juana.

Juan robaba algunos quesos más o menos esporádicamente. No se abusaba, porque sabía del virtuosismo contable de la mama Juana. Un sauce joven que una tormenta volteó le dio la solución para disimular la ausencia de algún queso.

El tronco tenía, centímetro más, centímetro menos, casi el mismo diámetro que las hormitas de queso. Con sus compinches de correrías cortaron el tronco respetando el alto que tenían los quesos (para lo que un peón les prestó un serrucho zapallero) y luego, con primor, pulieron su corteza y redondearon los bordes. De cerca los impostores de madera no podían nunca imitar un requesón. Pero ubicados en la base de la pila y convenientemente escondidos entre las columnas que se alzaban por el medio de la mesada, disimulaban con suficiente eficacia la falta de algunos de los producidos por la mama Juana.

El engaño duró algún tiempo. Cierto día la mama decidió recontar la producción para actualizar el inventario, y se encontró con varios troncos de sauce en la base de las pilas que reemplazaban los ricos quesos de leche de cabra. Al comprobar el faltante, llamó a su hijo a gritos, pero el muchacho, con seguridad, o estaba subido al sauce disfrutando el producto artesanal robado a la madre, o andaría desencajando colmenares para embucharse la miel de las avispas. Ese día, la noche llegó sin saberse del niño, que se entendía tanto o más libre que su propia madre.

Cuando la noche se había entrado profunda, el niño Juan retornó muy cansado al rancho dispuesto a dormir en el catre acolchonado con paja. Sin embargo, y para su disgusto, no pudo entrar al rancho. Tras la puerta, la mama Juana había dispuesto un grueso tronco que, a modo de barreta, impedía abrirla. Juan, como en otras tantas oportunidades, dormiría afuera, castigado por sus correrías.

Lo que más le extrañaba de esa situación era que no escuchaba ningún reproche de la mama. Y aunque él no entendía ni media palabra de las muchas que su madre le lanzaba con su vozarrón y con la cadencia de su idioma, sabía que era un compendio de reproches, más o menos enérgicos, habituales cuando él se extralimitaba en sus andanzas. Pero esa noche solo había silencio.

Se arrellanó a un lado de la puerta, debajo de una especie de alerito modesto que poco lo resguardaba del rocío que era mucho y lo empapaba, y se dispuso a dormir. A su frente, la noche se abría interminable en todas direcciones. Arriba, tras la mantilla chispeante de las estrellas que vibraban intermitentes, una luna menguante apagaba sus amarillos reflejos entre unas nubes estiradas.

Escuchó un quejido a cierta distancia, por el cercano horizonte que ofrecía la noche. Juan reparó en el sonido que llegaba del fondo de la oscuridad. Luego siguió otro quejido, y muchos más que parecían acercarse con cierta regularidad a la puerta del rancho donde el muchacho, bajo el modesto alerito, esperaba dormitar hasta la madrugada temprana y aprovechar alguna distracción de la mama para recluirse en el catre y soportar unos lonjazos bien repartidos que Juana le propinaba con generosidad.

De adentro de la casa, Juan creyó oír una espesa voz que le decía, amenazante:

—Ahí viene el ánima a llevarte de las patas.

Y luego una risotada más espesa que la voz, que se burlaba de la próxima desgracia del fugitivo. Juan, con franqueza, estaba aterrado. Y el terror muchas veces hace ver cosas inexistentes e impide distinguir lo verdadero de lo falso. A lo lejos, estaba seguro, veía cómo una figura humana resplandeciente se acercaba de a ratos hacia el rancho y luego se desvanecía entre las oscuridades que los árboles prodigaban en la noche.

La escaramuza fluorescente aparecía y desaparecía. Juan lloró y a gritos rogó para que lo dejaran refugiarse en su mullido catre de paja. No le importaba cuántos rebencazos le tocara esa noche soportar en el lomo. Eran preferibles a la voracidad segura del ánima que raptaba niños que andaban de travesura en travesura, ¡robando quesos de cabra!

Sin embargo, dentro del rancho, no se oía más que esa tupida voz que no era ni femenina ni masculina, y que repetía: «Ahí viene… ¡ahí viene! ¡A llevarte de las patas el ánima que castiga a los ladrones de quesos!»

Para su suerte, el ánima luminosa se desvaneció con las primeras claridades del día; solo un poco de niebla enredó unos vapores grisáceos entre la arboleda, en la que piaban incansables los pájaros madrugadores del monte. Algo durmió. Lo despertó un rebencazo seguido de otros. No podía jurar si el castigo empezó por las piernas o por la cabeza, pero sí estaba seguro de que esa mañana, cuando todavía el sol apenas despuntaba, recibió tantos verdugazos que por varios días anduvo medio adolorido.

Mientras se acariciaba el traste marcado al rojo por el latigazo, trataba de dilucidar de quién era aquella voz cerrada que lo amenazaba con los males de un ánima castigadora de niños traviesos. Dedujo que nunca podría ser la mama Juana, que solo hablaba guaraní. Los demás niños, algunos algo mayores que él y otros, muchos, menores, no podían impostar la voz hasta alcanzar ese tono andrógino pastoso que lo atormentó en la madrugada. Coligió, con acierto, que era la hermana Dina la responsable de su tormento.

Y como era habitual en él, pergeñó una venganza nada sutil, directa y efectiva. Recorrió los senderos alrededor del rancho hasta dar con un cascote lo bastante grande como para usar de proyectil vengador contra la hermana.

Apenas apareció la hermana
Dina por la puerta, Juan, de gran puntería, le asestó una pedrada que impactó de lleno en la pierna, con tal efecto que la muchacha debió renguear un par de días y llevó como una condecoración un moretón del tamaño de un limón en la pantorrilla. Esa noche Juan durmió nuevamente en la puerta del rancho, en castigo al piedrazo que le propinó a la hermana mayor.

La hermana Dina fue vendida una noche por unos pesos. Llegaron unos gringos de Buenos Aires, tal vez enviados por el vasco Aguirre, que comparaba a los niños con una jauría de perros cimarrones, a los que había que dispersar para salvarles el pellejo y educar. «El niño como el perro. Y el perro, si se hace cimarrón y muerde, hay que sacrificarlo», repetía tenebroso.

La venta de su hermana le trajo una pena desconocida e imprescriptible. Recordaba aquello con tanto dolor que nunca se pudo deshacer del amargo rencor contra la mama Juana que entregó a su hija a unos adinerados de Buenos Aires, que querían una chinita joven y fuerte para sirvienta. El desgraciado destino de la hermana Dina le pareció a Guadalupe cruel. Pero, a diferencia del abuelo Juan, ella no imaginaba la condena para la mama Juana, sino a aquellas carencias interminables y a las condiciones que hacían que una mujer no fuera considerada sino para ser vendida como sirvienta de un ricacho.

Desde el día que Dina fue vendida, Juan nunca más entró al rancho. Y sus ausencias fueron más prolongadas cada día. A la mama Juana no la sorprendió que un día se fuera para ya no volver. Era el destino de todos los hijos.

Juan se conchabó con un inglés. Lo puso a cuidar su hermoso caballo de largas crines oscuras. Para el caballo del inglés, lecho de paja. Para el niño Juan, lecho de tierra. Por solidaridad, el animal dejó su cama y se apostaba a la vera del camastro roñoso que el muchacho confeccionó a escondidas para pasar la noche, cubierto de una manta que robó a mama
Juana y por la que lo maldijo en guaraní de mil maneras.

El caballo adquirió comportamientos extraños. No parecía caballo, parecía perro aquerenciado. No permitía que nadie se arrimara al niño. Si percibía alguna hostilidad, empujaba con su cabezota a quien fuera. Hasta el propio patrón fue corrido cierta tarde porque amonestó a Juan en su inglés champurreado con algo de castellano. Pero un día el niño Juan se marchó. No regresó al pueblo natal sino siendo un adulto hecho y derecho. Con trabajo, con esposa y con hijos. Su primer recuerdo al retornar a la pequeña patria fue para ese caballito amoroso que lo protegía del gringo bravucón y de cualquier otro pelafustán.

Pasó del pago a otros, hasta llegar al río, y en jangadas bajó hasta el Paraná después de andar por el Guayquiraró y llegar a tierras hasta entonces desconocidas. Lo sorprendió una balsa que, como le dijeron, era el salvoconducto para arrimarse a Buenos Aires, la gran ciudad que iba a buscar para cambiar su vida.

No recordaba ni cuánto anduvo ni cómo se las compuso para sobrevivir, apenas niño, en esa travesía de vida. Pero llegó a Buenos Aires. Su única angustia fue que nunca pudo saber qué ocurrió en el corazón de su caballito protector. Si hubiese podido, lo habría llevado con él a Buenos Aires.

Guadalupe lo miraba asombrada. Trataba de imaginar al niño, al caballo y esa soledad inmensa en la ciudad desconocida.

—Abuelo… ¿y estabas solo en Buenos Aires? ¿No te daba miedo?

—Sí, solo. ¡Qué iba a tener miedo! Si en la ciudad no hay lechiguanas que te piquen hasta dejarte hinchado —respondió suspirando Juan, fanfarroneando.

—¿Y tenías algo de ropa, de plata?

—Las manos en el bolsillo y el sol de frente… —y se quedaba pensativo, recordando quizás aquellas escaramuzas contra las lechiguanas que nunca más conocerían sus andanzas pueblerinas.

Los bultos que los changarines bajaron del camión eran tantos y de tamaños tan diversos que se hizo imposible contarlos. Cuando parecía que los hombres terminaban de descargar, aparecían más y más como si se reprodujeran por arte de magia. Y fueron varios los días que llevó vaciar los canastos que tenían sujetadas sus tapas con un paño oscuro, escrupulosamente atados con unas docenas de nudos que parecían cuentas de un rosario.

María Piadosa la breve se lanzó a reorganizar la casa en la que albergar a los nuevos moradores, sin estorbarla ninguna preocupación y con la misma decisión con que su madre, María Piadosa la madre, encaraba los asuntos familiares. Dispuso las habitaciones para hacer lugar a los abuelos y se las compuso para acomodar los canastos de mimbre que fueron apilados hasta formar columnas entretejidas, sobre las que se repetía un lienzo anudado a una altura regular.

Tiempo después, María ordenó que se arreglara la casa. La vieja construcción fue levantada por su padre, Biagio, que, abrumado por aquellos aires de grandeza propios de recién llegados, se propuso dejar a cada uno de sus once hijos una casa donde morar con sus propias numerosas proles. Contra la voluntad de su esposa, María Piadosa la madre, pero contando con el apoyo de sus ocho hermanos, Biagio comenzó la farragosa empresa de levantar paredes y más paredes a fin de cumplir con su afiebrado sueño de establecer un propio villorrio familiar donde todos los parientes pudieran ir y venir sin jamás sentirse extraños o ajenos. Biagio pasó interminables horas apilando ladrillos, amasando argamasa, levantando pared por pared, casa por casa, consumiendo la herencia familiar que sus padres y abuelos le heredaron a cada uno de los ocho hermanos, imaginando que los ahorros dejados en herencia serían más que suficientes para disfrutar de un buen pasar, mejor, al menos, que el que a ellos les tocó en suerte.

María Piadosa la madre
muchas veces trató de persuadirlo de la locura de aquella decisión, en la que, con seguridad, se le iría la vida.

—¿Y qué es la vida, digo yo? —preguntaba Biagio mientras disponía ladrillos, ladrillos y ladrillos—. ¡Construir! La vida es construir. Entonces, ¡a construir! —repetía encantado mientras acarreaba ladrillos, arena o cemento.

Y cuanto más se murmuraba sobre lo inconveniente de la empresa, más redoblaba los esfuerzos, llegando a extremos de increíbles sacrificios. Por lo cual María Piadosa la madre decidió al fin no confrontar con aquella pasión constructora, suponiendo que el tiempo y los años irían menguando tanto emprendimiento constructivo.

Se contaban por decenas quienes lo vieron en las noches cerradas, cuando las luces de todas las ventanas estaban apagadas, armar hileras de ladrillos sobre ladrillos con la misma voluntad con la que un Adelantado se chamuscaba bajo el sol en busca de las riquezas de El Dorado.

Todos concluían que aquella extraña obsesión, mezcla de generosidad y laboriosidad, no podía tener buen fin; era como una verdadera barahúnda de ideas lo que atenazaba a Biagio a continuar con los emprendimientos sin reparar en nada. Pero cuando tomó a su mujer de un brazo y la llevó hacia adentro del negocio del almacén que compartían y le dijo: «Vos te hacés cargo del negocio porque de lo contrario no termino», y se dedicó exclusivamente a su delirio arquitectónico, comprendieron que el hombre estaba como enajenado y ya no había remedio alguno que pudiera componer disloque semejante.

Se desentendió no solo de los negocios, sino de todo aquello que lo apartara, aunque más no fuera un ápice, de sus labores de albañil. A los hijos que iban llegando los reconocía por el número de ladrillos que necesitaría para construir la casa que les adjudicaba en sus fantasías.

—Este parece que va a tener muchos hijos y ha de precisar muchas habitaciones —decía para sí, murmurando con los labios resecos de la cal, apretados.

Apelando a su singular aritmética, se encerraba en un cuartucho que oficiaba de obrador donde apilaba montañas de planos, cada uno con un diseño diferente, y empezaba a elaborar los cálculos hasta que obtenía un número caprichoso de ladrillos, cal, arena, cemento, marcos, puertas y ventanas, yeso, azulejos y baldosas que precisaría para la nueva construcción. Una vez culminados los delirantes cómputos, con una rara habilidad dibujaba los planos definitivos y reiniciaba la obra.

Cuando un hecho fortuito postergaba los plazos que se fijaba, recurría a sus hermanos con un repertorio de lamentaciones con el que siempre obtenía una mezcla de solidaridad y compasión, y entonces se los veía a los ocho trabajar apresuradamente, arrastrando ladrillos y argamasa, pareciendo todo aquello más las mortificaciones de un desbarajuste inexplicable que las urgencias por satisfacer a los hijos las necesidades de un techo bajo el que cobijarse.

María Piadosa la madre —recordaba siempre su hija, María Piadosa la breve— se las compuso para sacar a la familia del marasmo. Mientras su esposo actuaba como un pionero llevado por la fiebre de la construcción, ella no solo atendió el almacén familiar, sino que trabajó una huerta en la que plantó toda clase de verduras y hortalizas que eran las delicias de la vecindad. Su jornada de trabajo se extendía de noche a noche.

—Sí, solo. ¡Qué iba a tener miedo! Si en la ciudad no hay lechiguanas que te piquen hasta dejarte hinchado —respondió suspirando Juan, fanfarroneando.

—¿Y tenías algo de ropa, de plata?

—Las manos en el bolsillo y el sol de frente… —y se quedaba pensativo, recordando quizás aquellas escaramuzas contra las lechiguanas que nunca más conocerían sus andanzas pueblerinas.

Los bultos que los changarines bajaron del camión eran tantos y de tamaños tan diversos que se hizo imposible contarlos. Cuando parecía que los hombres terminaban de descargar, aparecían más y más como si se reprodujeran por arte de magia. Y fueron varios los días que llevó vaciar los canastos que tenían sujetadas sus tapas con un paño oscuro, escrupulosamente atados con unas docenas de nudos que parecían cuentas de un rosario.

María Piadosa la breve se lanzó a reorganizar la casa en la que albergar a los nuevos moradores, sin estorbarla ninguna preocupación y con la misma decisión con que su madre, María Piadosa la madre, encaraba los asuntos familiares. Dispuso las habitaciones para hacer lugar a los abuelos y se las compuso para acomodar los canastos de mimbre que fueron apilados hasta formar columnas entretejidas, sobre las que se repetía un lienzo anudado a una altura regular.

Tiempo después, María ordenó que se arreglara la casa. La vieja construcción fue levantada por su padre, Biagio, que, abrumado por aquellos aires de grandeza propios de recién llegados, se propuso dejar a cada uno de sus once hijos una casa donde morar con sus propias numerosas proles. Contra la voluntad de su esposa, María Piadosa la madre, pero contando con el apoyo de sus ocho hermanos, Biagio comenzó la farragosa empresa de levantar paredes y más paredes a fin de cumplir con su afiebrado sueño de establecer un propio villorrio familiar donde todos los parientes pudieran ir y venir sin jamás sentirse extraños o ajenos. Biagio pasó interminables horas apilando ladrillos, amasando argamasa, levantando pared por pared, casa por casa, consumiendo la herencia familiar que sus padres y abuelos le heredaron a cada uno de los ocho hermanos, imaginando que los ahorros dejados en herencia serían más que suficientes para disfrutar de un buen pasar, mejor, al menos, que el que a ellos les tocó en suerte.

María Piadosa la madre
muchas veces trató de persuadirlo de la locura de aquella decisión, en la que, con seguridad, se le iría la vida.

—¿Y qué es la vida, digo yo? —preguntaba Biagio mientras disponía ladrillos, ladrillos y ladrillos—. ¡Construir! La vida es construir. Entonces, ¡a construir! —repetía encantado mientras acarreaba ladrillos, arena o cemento.

Y cuanto más se murmuraba sobre lo inconveniente de la empresa, más redoblaba los esfuerzos, llegando a extremos de increíbles sacrificios. Por lo cual María Piadosa la madre decidió al fin no confrontar con aquella pasión constructora, suponiendo que el tiempo y los años irían menguando tanto emprendimiento constructivo.

Se contaban por decenas quienes lo vieron en las noches cerradas, cuando las luces de todas las ventanas estaban apagadas, armar hileras de ladrillos sobre ladrillos con la misma voluntad con la que un Adelantado se chamuscaba bajo el sol en busca de las riquezas de El Dorado.

Todos concluían que aquella extraña obsesión, mezcla de generosidad y laboriosidad, no podía tener buen fin; era como una verdadera barahúnda de ideas lo que atenazaba a Biagio a continuar con los emprendimientos sin reparar en nada. Pero cuando tomó a su mujer de un brazo y la llevó hacia adentro del negocio del almacén que compartían y le dijo: «Vos te hacés cargo del negocio porque de lo contrario no termino», y se dedicó exclusivamente a su delirio arquitectónico, comprendieron que el hombre estaba como enajenado y ya no había remedio alguno que pudiera componer disloque semejante.

Se desentendió no solo de los negocios, sino de todo aquello que lo apartara, aunque más no fuera un ápice, de sus labores de albañil. A los hijos que iban llegando los reconocía por el número de ladrillos que necesitaría para construir la casa que les adjudicaba en sus fantasías.

—Este parece que va a tener muchos hijos y ha de precisar muchas habitaciones —decía para sí, murmurando con los labios resecos de la cal, apretados.

Apelando a su singular aritmética, se encerraba en un cuartucho que oficiaba de obrador donde apilaba montañas de planos, cada uno con un diseño diferente, y empezaba a elaborar los cálculos hasta que obtenía un número caprichoso de ladrillos, cal, arena, cemento, marcos, puertas y ventanas, yeso, azulejos y baldosas que precisaría para la nueva construcción. Una vez culminados los delirantes cómputos, con una rara habilidad dibujaba los planos definitivos y reiniciaba la obra.

Cuando un hecho fortuito postergaba los plazos que se fijaba, recurría a sus hermanos con un repertorio de lamentaciones con el que siempre obtenía una mezcla de solidaridad y compasión, y entonces se los veía a los ocho trabajar apresuradamente, arrastrando ladrillos y argamasa, pareciendo todo aquello más las mortificaciones de un desbarajuste inexplicable que las urgencias por satisfacer a los hijos las necesidades de un techo bajo el que cobijarse.

María Piadosa la madre —recordaba siempre su hija, María Piadosa la breve— se las compuso para sacar a la familia del marasmo. Mientras su esposo actuaba como un pionero llevado por la fiebre de la construcción, ella no solo atendió el almacén familiar, sino que trabajó una huerta en la que plantó toda clase de verduras y hortalizas que eran las delicias de la vecindad. Su jornada de trabajo se extendía de noche a noche.

Los preparativos comenzaban muchos días antes del evento festivo. En eso, la madre no escatimaba esfuerzos; desplegaba una actividad febril solo comparable a la que su esposo ponía en avanzar en las construcciones. Ese era el único momento en que se producía una clara simbiosis entre el fanático constructor y la Piadosa madre hacendosa.

Una exaltación convertía la casa en un batifondo monumental. María Piadosa la madre empezaba a ordenar el traslado de mesas y sillas, de copas, vasos, platos y cubiertos; apuraba a la segunda de sus hijas, Teresa de la Buenaventura, para que terminase los bordados de los nuevos manteles, porque en cada inauguración se impuso la costumbre de estrenar mantelería completa.

Se mandaba a carnear una vaca, lechones, corderos y a decapitar decenas de pollos para la pantagruélica cena. Abundaban los chorizos y las morcillas, también los encurtidos que la familia producía en épocas de factura, bajo el intenso frío de los días de invierno. Los pallares se ponían en canastos por toneles y se abría el cuarto de los jamones, un reducto inexpugnable el resto del tiempo, de donde salían como por propia voluntad unos jamones serranos que despilfarraban una fragancia a pimentón perfumando la casa instantáneamente. Las verduras parecían brotar de a montones en la huerta de María que, avisada de la proximidad del festejo, extendía los cultivos rodeando toda la casa. Tras el esfuerzo agotador, todo estaba asegurado para la fecha prevista para la inauguración.

Venían los musiqueros con sus musiquitas, que se oían debajo de las guirnaldas de colores. Bebían como esponjas. A cierta altura del festejo, aun las disonancias surgidas de los vahos etílicos parecían a la concurrencia cantos angelicales, incapaces los comensales de distinguir un «do» de un «re bemol», producto del fervor del festejo y de los efectos hilarantes del clericó que manaba como un elixir milagroso de las enormes jarras que se desparramaban por las amplias mesas.

María Piadosa la breve recordaba que los parientes aparecían como una multitud hambrienta que invadía la casa.

—¡Ya llega la mangosta, madre! —exclamaba al ver arribar la parentela a los apurones.

Y su madre se persignaba, encomendando su suerte a un ejército de santos protectores.

Todos los visitantes, colgados de las ventanas, apretujados en el salón principal —todas las casas que construía Don Biagio tenían un salón enorme previendo que todas las familias de todos sus hijos serían prolíficas, por lo que había que disponer de un lugar muy amplio donde juntarlos—, esperaban las palabras de bienvenida del anfitrión. Hasta que el discurso no era dicho y, por lo tanto, escuchado por los invitados, la fiesta no daba comienzo. En algunas ocasiones, el bochinche de los niños de la vasta parentela era tan atronador, que Don Biagio se vio obligado a repetir el discurso de inauguración en varias oportunidades porque los más viejos, que eran los más sordos, se quejaban de no haber podido escuchar las palabras de bienvenida, por lo que no estaban en condiciones de participar del festejo inaugural.

Para María Piadosa la breve, todos esos parientes eran imposibles de distinguir. Venían primos y tíos, primos de los tíos y tíos de los primos de los primos, cada uno con sus esposas y decenas de hijos que masticaban pedazos de carne con un ansia devoradora implacable. Y todos los que iban llegando la saludaban repitiendo sus nombres igual que una oración: Giuseppe Francisco, Francisco Giuseppe, Miguel Giuseppe, Francisco Miguel, Giuseppe Miguel, Anthony Manuel, Giuseppe Manuel, Antonia María, Francisco Manuel y así ininterrumpidamente, decenas de hombres grandes y pequeños con los mismos nombres que se repetían aleatoriamente, de camada en camada, de generación en generación.

Cuando la fiesta acababa y debían marcharse, luego que la comida los hinchara hasta reventar y la bebida los sumiera en la borrachera colectiva, cada uno agarraba al azar al primer niño que pasaba a su lado. Si tenían cuatro hijos, se llevaban cuatro niños, o cinco o seis, según fuera el caso, sin saber si los que se llevaban eran los propios o los del hermano, o los del primo del tío, del tío del primo del primo, hasta que, pasados unos días, el párvulo decía:

—No soy Giuseppe Francisco, soy Francisco Giuseppe.

Y entonces empezaban las devoluciones, las que a veces duraban un mes, hasta que las familias se terminaban de ordenar esperando una nueva inauguración.

En cuanto a las mujeres, todas tenían nombres de vírgenes y santas que María Piadosa la breve no podía recordar ni con todo el empeño que pusiese en ello. Así que optó por saludar con un ligero movimiento de la cabeza y un:

—Sí, tía; no, prima.

Por lo que se ganó fama de silenciosa y fue apodada la breve. Producido el entrevero de los niños, las más perjudicadas siempre resultaban las mujeres. Ellas se parecían tanto unas a las otras que a las familias les costaba grandes esfuerzos distinguirlas, por lo que el reordenamiento consumía un tiempo mayor e incluso había dado lugar a reyertas estériles y largos conciliábulos hasta que finalmente se podía decir con precisión quién era la niña y a qué familia correspondía con absoluta certeza.

Dicho el discurso de bienvenida y rezada una oración escrita por el propio Biagio para la ocasión, comenzaba la fiesta. Los parientes, distribuidos por aquí y por allá, hacían desfilar las fuentes con carne de vaca, cerdos, corderos y pollos; las bandejas con chorizos y morcillas iban y venían, incapaces de resistir a aquellos tragaldabas que amenazaban con devorarse hasta a los niños de no mediar semejante abundancia. Las mujeres hacían de cocineras y se movían a las carreras para atender el tendal de comensales que, a medida que pasaban las horas, parecían multiplicarse, como si todos los hombres de la región salieran por un agujero misterioso y se dieran por invitados al banquete.

Del vino se ocupaban los hombres. Las jarras enormes, labradas artesanalmente, desbordaban las copas que eran servidas con una especie de ceremonia cada vez que alguien estiraba su mano mostrando la copa, con el deseo de ser servido para calmar la sed. Había momentos en que la multitud se movía como por oleadas: sin mediar señal alguna, se abarrotaban decenas de hombres y niños que arremetían contra las bandejas lidiando por el pedazo más grande y jugoso de carne. Se generaba entonces una indisciplina que llevaba a la desesperación a las mujeres, que se sentían incapaces de atender a tiempo ese «trácate-trácate» de las muchas mandíbulas que amenazaban con atormentarlas a mordiscos.

Cuando esa vorágine parecía llegar a su fin, empezaba el baile. Los músicos, a esa altura, podían tocar cualquier música que se les pidiera: eran incapaces de distinguir un pasodoble de una milonga; bebían sin malicia, pero sin fin, e iban adquiriendo un color violáceo, insoportable, trastornando a los pobres instrumentos que veían sus cuerdas y teclas aporreadas en un verdadero revoltijo de negras y corcheas.

Venían los musiqueros con sus musiquitas, que se oían debajo de las guirnaldas de colores. Bebían como esponjas. A cierta altura del festejo, aun las disonancias surgidas de los vahos etílicos parecían a la concurrencia cantos angelicales, incapaces los comensales de distinguir un «do» de un «re bemol», producto del fervor del festejo y de los efectos hilarantes del clericó que manaba como un elixir milagroso de las enormes jarras que se desparramaban por las amplias mesas.

Esas fiestas gozaban de tales prestigios que se contrataban varios fotógrafos para que retrataran a todos los asistentes.

Inauguraba la sesión fotográfica la foto familiar, en la que una abigarrada multitud se apilaba para caber en el objetivo del armatoste fotográfico. Don Biagio impuso una condición a los fotógrafos pueblerinos: solo abonaría aquellas fotos en las que los retratados estuvieran completos, no como en las instantáneas de las primeras fiestas, en las que los más altos, de pie en la última fila de la formación, fueron retratados sin sus cabezas.

Conmovido por aquella contrariedad, Don Biagio pegó los cartones fotográficos sobre unos papeles blancos y les dibujó una especie de cabeza de la que salía una flecha con el nombre del dueño de aquel cuerpo decapitado, por lo que aquello resultó tres cuartos de fotografía y un palmo de dibujo.

Luego venían las fotos por grupo. La familia anfitriona se retrataba con todas las familias de todos los parientes invitados. Al principio todos los padres y las madres corrían de aquí para allá buscando a los hijos para el retrato. El tiempo que llevaba esta tarea enfurecía a los fotógrafos, quienes tampoco estaban libres del alcohol que con abundancia se les ofrecía a todo aquel que participara de una u otra forma en el acontecimiento. El inconveniente que se presentaba era que los fotógrafos eran muy pendencieros, buscapleitos y listos para armar una batahola por cualquier cosa que a ellos les pareciera razonable. Biagio, para evitar peleas que arruinaran la fiesta, recurrió a una solución que fue aceptada por todos, en especial, por los fotógrafos. Las familias eran retratadas con la cantidad correcta de niños, aunque estos no fueran los propios.

—¿Cuántos niños tienen ustedes? —preguntaba el fotógrafo.

—¿Cuántos varones? ¿Cuántas niñas?

Si le respondían:

—Tenemos cinco hijos: tres varones y dos mujeres.

Se elegían los niños al azar, con el número y el sexo correctos. Para que sus rostros no denunciaran la falsificación se les hacía bajar un poco la cabeza, de modo que nunca fueran retratadas las caras. El tiempo amarillearía tanto las fotos que terminaría por desdibujar a los retratados, convenciendo a todos de que aquellos niños eran quienes se decía que eran y no sustitutos elegidos azarosamente. Además, los niños crecían tan rápido que nadie, en poco tiempo, estaría en condiciones de poner en duda la legitimidad del retrato.

Nadie quería renunciar primero al festejo. Era común encontrar a la parentela desparramada por todos los ambientes a la madrugada, hasta que las mujeres, como podían, arreaban a sus familias como a ovejas sonámbulas.

En uno de esos festejos, María Piadosa la madre desplegó su inquebrantable fortaleza para que todo luciera de un modo excepcional, como un milagro fabricado por aquella familia en la que ella hacía la economía confiando en su inteligencia y habilidades, y su marido se empeñaba en demoler toda la paciencia del mundo atrás de su fiebre constructora inacabable. Fue en el casamiento del hijo mayor: Giovanni Antonio Giuseppe Manuel.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel era un muchacho sin preocupaciones que heredó de su padre la obstinación en las empresas que acometía, pero ejercida en sus dotes de adivinador. El nacimiento de ese, su primer hijo, fue un acontecimiento que dejó perplejo a Biagio: vio en la cuna su propio retrato; los ojos grandes, hondos, límpidos, sin pesadillas.

Una asombrosa habilidad evidenció el muchacho desde pequeño: apenas si sabía contar, pero podía decir con exactitud el valor de cada moneda y de cada billete. No solo eso: apiladas desordenadamente las monedas, de un vistazo, podía decir la cantidad exacta de dinero a que equivalían. Y aun tirando al aire un fajo de billetes para que se desparramaran como hojas sueltas en otoño, podía al voleo decir cuánto dinero se había dejado caer. Esto produjo una conmoción en toda la región. Su fama se extendió allende los límites de las cercanías y no fueron pocos los que vinieron desde muy lejanas tierras a comprobar por sí mismos aquella rara virtud en un niño del que se decía era poco instruido.

Transcurrido un tiempo, aquella aptitud se amplió: no solo podía decir la cantidad exacta de dinero en moneda o en billetes que portaba el ocasional visitante. Bastaba que el niño fijara su vista en algún lugar perdido del paisaje para que, al cabo de unos momentos, dijese casi con desgano:

—Tiene veinte centavos en el bolsillo derecho, los ha envuelto en un pañuelo que está lleno de mocos.

Para vergüenza del visitante, la adivinación era correcta.

El acontecimiento milagroso fue conocido por María Piadosa la madre una mañana fresca y soleada en que estaba dedicada a la limpieza hogareña. Encontró a su hijo con la vista fija en un punto indefinido de la enorme casona, con la mirada como vaciada, hueca y de sus oscuras pupilas se estiraba un brillito coloreado de lágrima. Giovanni Antonio Giuseppe Manuel dijo sin mediar ninguna razón:

—Tenés trescientos pesos guardados.

María quedó fuertemente impresionada. Dedujo que el bribón estuvo revisando sus propiedades y sintió por primera vez amenazada su modesta fortuna.

—La próxima vez que revises mis cosas, te voy a dar tantos palos que se te van a ir las ganas de jorobar —advirtió a su hijo decididamente.

—No necesito revisar nada —respondió el niño, que volvió a su estado catatónico.

En otra oportunidad, María lo encontró en igual postura, callado, como un retrato de periódico, en la penumbra de la cocina sucumbiendo secretos. Pero esa vez no solo adivinó la cifra, sino que hasta dijo dónde y cómo estaba guardado el dinero.

Para María la madre fue una pesadilla. Bastante tenía con los arrebatos de Biagio —quien ignoraba por entonces el curioso talento de su hijo— persiguiéndola por toda la casa para que le entregase los ahorros que escondía, para que el niño aquel, desde su rincón, sentado como sin recuerdos, en silencio enigmático, dijese:

—Están detrás de la alacena, envueltos en un trapo y son cincuenta pesos. Están ordenados de mayor a menor y el billete que está primero tiene una mancha marrón. ¿Será café o mancha de barro?

María la madre bramaba enfurecida y, a hurtadillas, tenía que cambiar el dinero de escondite, lo que al final resultaba inútil. Derrotada por el niño augur, optó por guardarlo en un bolsillo que cosió a sus corpiños y otro que unió a los calzones.

Una mañana, mientras Biagio fastidiaba con una preguntadera de aquellas, percibió el brillito aquel color de lágrima en las oscuras pupilas de los ojos del niño, quien estaba a punto de revelar el secreto de su madre. Fue cuando se puso frente suyo y, mirando con fiereza la hondura oscura de aquellos ojos, le dijo, apretujando los labios y con violencia:

—Atrévete y te rompo los dientes, desgraciado.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel encontró convincente la amenaza y no atinó a perturbar más con sus adivinaciones los secretos de los ahorros de su madre. Desde entonces, María Piadosa la madre guardó el dinero en sus sostenes y bombachas, prendas que no se sacaba ni siquiera para dormir. El niño, cada vez que se cruzaba con la madre, dirigía su vista al busto o al vientre materno y esbozaba una sonrisa que disimulaba a la carrera, esquivando algún que otro coscorrón que le lanzaba como recordatorio de la amenaza primera.

Biagio nunca pudo descifrar aquel suceso de los poderes de su hijo Giovanni Antonio Giuseppe Manuel. Intentó varias veces que el niño echara mano de sus portentos para que predijese el número de hijos que tendrían él y sus hermanos, el de las casas que debería construir y otros cálculos estrafalarios que elucubraba en las noches en que diseñaba las construcciones que se imponía como sagrada obligación paterna. Tuvo que aceptar que las dotes del niño no estaban dirigidas a resolver ese tipo de intríngulis matemáticos.

Sin embargo, Biagio buscó durante cierto tiempo algún tipo de correspondencia entre las adivinaciones del muchacho y sus necesidades de cálculos aritméticos. Algo atribulado, no encontró ni una leve conexión entre las adivinaciones y sus ecuaciones sobre ladrillos y cementos. Consideró, sin embargo, que eso no menoscababa el augurio extraordinario de tener un hijo dotado de esa milagrosa singularidad y concluyó que un hombre con tales habilidades tendría que llegar forzosamente a ser rico, y que todos los ricos se llenaban de hijos porque las nanas se ocupaban de criarlos, mientras ellos andaban de juerga en juerga.

Concibió las medidas de la casa de Giovanni Antonio Giuseppe Manuel igual que si se tratara de una iglesia repleta de feligreses; algo que provocara el asombro y fuera símbolo de prosperidad permanente.

La fama de Giovanni Antonio Giuseppe Manuel creció primero en la propia familia. Aparecían parientes venidos de los confines del país confiando en los atributos adivinadores del muchacho. Venían a preguntarle por tesoros perdidos, herencias posibles, auspicios de fortunas y, aunque siempre repetía que sus habilidades se limitaban a reconocer cuánto y dónde se hallaba el dinero de las demás personas, se lo interrogaba sobre el destino, las cosechas futuras, las penas venideras, el matrimonio posible de esta o aquella hija. «¿Es estéril la mía?» «¿Es yerma la tuya?». Algunos mandaban sus pedidos por carta, esperando que la correspondencia les devolviese el alma al cuerpo de sus ilusiones.

Llevó cierto tiempo aclarar que las visiones de Giovanni Antonio Giuseppe Manuel no podían hacerse a la distancia y mucho menos por correo. Tampoco sus habilidades eran comparables a las de los verdaderos nigromantes. Lo suyo se limitaba a entrar en una casa, la que fuera, mirar hacia ningún lado y decir como quien solo deja caer unas cuantas sílabas:

—Se les ha caído un peso y está detrás del ropero.

O:

—El dinero que buscan, diez pesos, está adentro de un saco que está adentro de una bolsa negra que está adentro de un ropero blanco que está adentro de la pieza oscura.

Fue su tío Giovanni Antonio Manuel y Manuel quien lo convenció de cobrar un porcentaje sobre el dinero recuperado por sus hallazgos, lo que le permitió en poco tiempo acumular una pequeña fortuna con la que compró la carbonería, lugar donde comenzaron a manifestarse sus maravillosos portentos y en donde trabajaba desde pequeño, transformándose en el dueño más afamado y próspero que pudiera tener. Junto a la carbonería, sostuvo sus labores de adivinador y los porcentajes percibidos engrosaron permanentemente el erario personal. La empresa de las revelaciones creció geométricamente y, por ello, dejó a otros hermanos el cuidado del negocio carbonero y él se dedicó con exclusividad al adivinamiento, mucho más lucrativo.

Era un hombre bien parecido, pero el dinero exageró sus atributos varoniles. Fueron varias las pretendientes que procuraron sus favores maritales. El día que contrajo enlace con Blanca Divinidad, quien ganó su corazón con su trato dulce y apego ardiente, los visitantes venían, no se sabía de dónde, muchos traídos por la fama de aquellas inauguraciones que trascendieron largamente las modestas fronteras del vecindario y otros, por el solo atractivo de ver en persona al mago que encontraba la plata perdida.

Por carradas caían los Giuseppe Francisco, Francisco Giuseppe, Miguel Giuseppe, Francisco Miguel, Giuseppe Miguel, Anthony Manuel, Giuseppe Manuel, Antonia María, Francisco Manuel y muchos hasta con aspecto de extranjeros, conmovidos por las leyendas que se contaban de Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, hijo de Don Biagio y María Piadosa la madre, vuelto un hombrón hermoso, que se reía a boca suelta motivado por el amor y el dinero que fluía por el arte de la adivinación.

[1]“Lluvia”, Federico García Lorca.


XIII

AC abandonó la habitación donde permanecía la mayor parte del tiempo enfrascado en la lectura de los “Diálogos…” en esa lujosa edición que el general le regaló, para dirigirse a la salida del hospedaje. Llevaba ya algunos días de estancia sin ninguna preocupación que lo inquietara. Incluso lo alcanzó cierta comodidad gracias a la soledad y el silencio que caracterizaba el albergue.

De acuerdo a sus órdenes iniciales, esa mañana, de ese día y a la hora indicada, debía presentarse en la vieja casona que lindaba con el hotel. Allí lo recibiría un hombre que cumplía destino como custodia de la propiedad y que lo esperaría advertido de su visita. Su enlace no era un improvisado. Desempeñaba sus funciones desde hacía mucho tiempo y conocía los pormenores de todos los eventos que se habían sucedido en la casona. Él vigilaba en persona el cumplimiento de las órdenes que regulaban la permanencia de “La Reliquia” en el modesto habitáculo.

En el salón al que se accedía desde la entrada del hotel, y en el que desembocaba la escalera que llevaba al piso superior, encontró a los dos viejos en los mismos lugares en que los conoció, y de los que parecían no poder apartarse bajo ninguna circunstancia. La comadre detrás del mostrador; pegado a la ventanita, el hombre con aspecto de embalsamado. Ambos murmuraban frases ininteligibles, como si se esforzaran en pronunciar palabras sin orden ni sentido que, al oído de terceros, resultaban incongruencias fútiles.

—Buen día —dijo AC cortésmente.

Los viejos permanecieron en silencio por algún tiempo.

—¿Buen día? —preguntó la mujerona.

—¿No lo es? —interrogó manteniendo la cortesía, pero con cierta dureza—. El día se ve claro y escucho algo de viento.

—¿Y un día claro con algo de viento le hace suponer que se trata de un buen día? Solo Dios sabe cuándo se tendrá un buen día. Yo no lo sé. Solo cuando llega la noche me doy por enterada.

Blandió su palmeta acosando a un moscardón que zumbaba imperturbable rondando la lámpara que colgaba del techo.

—Algo de cierto hay en sus palabras. Esperemos entonces a que llegue la noche para decidirlo —respondió sin ánimo de polemizar con la vieja.

—¡Pavadas! —exclamó el viejo desecado, con los ojos puestos en la callecita que se dejaba ver rodar en dirección al oeste, a través de los sucios vidrios de la ventana.

—Acá nunca hay un buen día. Ni buenos ni malos. Hay solo días. Día tras día. Uno igual al otro, salvo cuando llega alguien como usted. Además, me dice la experiencia, no vino acá a hablarnos del buen o mal tiempo. Con el clima que fuera, las cosas serán como deban ser y usted hará lo que vino a hacer.

El viejo se acomodó aún más contra la ventanita, dándole la espalda al visitante. La vieja suspiró profundamente y pareció decir un «¡Ay, Dios! ¡Siempre bufando!» y bajó la cabeza como apesadumbrada. Se hizo un silencio extraño. El huésped mostró disgusto por las últimas palabras que pronunció el hotelero. Hizo un gesto con su cabeza como despidiéndose y salió a la calle, dejando tras de sí a los dos viejos trenzados en una amarga disputa sobre el buen o el mal trato a los clientes.

La calle por la que caminaba se tendía, al igual que todas las otras, como un largo trazo de tierra resecada, una ruda pincelada que marcaba incisiones asombrosas en el suelo polvoroso. No era mucha la distancia que debía recorrer hasta la inmensa casona blanca. El polvo se arremolinaba lentamente liado por un suspiro de ventolina que no llegaba desde ninguno de los cuatro puntos cardinales, sino que parecía caer envuelto, enroscado sobre sí mismo, desde el cielo, como una curiosa precipitación de vientos somnolientos en los que perduraban perfumes otoñales de marzo. Venían de enormes distancias y se descolgaban de la amplia bóveda del cielo azulejo para inmiscuirse con el clima del mes de junio, poco antes de comenzar un invierno que allí parecía imposible de madurar.

Mientras caminaba, podía sentir cómo era observado por ojos ocultos entre los vahos que se alzaban del suelo reseco, mientras estos lidiaban con los vientitos que se descolgaban jugueteando del cielo. Lo fastidiaba no poder ubicar con precisión, como se lo proponía, el origen de esas miradas que lo acompañaban en su caminata hacia la gran casona. Parecía que no había orificio o rendija donde no se hubiera acomodado un ojo escrutador, y que entre todos lo mantenían en cuidadosa custodia.

A medida que se acercaba a su destino, el paisaje se tornaba más sepia, contrastando con la arquitectura de la casona. Los postreros perfumes de marzo, incrustados al comienzo del cálido invierno, se desvanecían sin remedio, y otro aroma, rancio, se inmiscuía, llevado por arrebatos de otros vientos que dispersaban un extravagante olor de una alucinación fosforada de naranja y verde musgoso, que envolvía tercamente todo el terreno lindante a la casona.

Al llegar a la amplia entrada de la construcción, acompañado por los ojos atentos de desconocidos vigiladores, llamó golpeando las palmas de sus manos.

Debía pronunciar una contraseña que memorizó de inmediato cuando su jefe lo asignó a la tarea. AC se jactaba de tener una magnífica memoria fotográfica; aquello que leía o veía, jamás, y acentuaba la palabra «jamás», escapaba de su retentiva; era un enorme colector de información, un don muy preciado en su profesión. A veces su suerte estaba constreñida a reconocer un gesto, un rostro, una expresión o tan solo una palabra con completa exactitud, tanto para cumplir la labor asignada como para asegurar su vida bajo toda circunstancia. Esa virtud en muchas ocasiones resultaba un salvoconducto que abría un seguro corredor entre la muerte y la vida.

La contraparte debía completar la oración, y si así no ocurría, o las palabras no eran, una por una, exactas como las había memorizado, debía retirarse del lugar, volver a su estancia en el hotel y esperar ser contactado directamente por sus superiores. No podía juzgar si eso significaba el fracaso de la misión, o solo se trataba de un escalón más en la intrincada seguridad que a veces expresaba la abigarrada ingeniería del asesinato por encargo. No era la primera vez que falsas pistas o contraseñas fallidas eran pequeñas triquiñuelas que sus mandos le hacían para comprobar si aún mantenía ágiles los reflejos indispensables en un asesino profesional, o simplemente para embrollar hasta lo indescifrable unas falsas pistas que cerraban el camino a cualquier investigación.

Respondiendo a los golpes de las palmas de sus manos, se abrió en la puerta principal un postigo por el que asomó el rostro de un hombre entrado en años, pero no viejo, tal vez algo mayor que el visitante, aunque era difícil asegurarlo. La piel del rostro estaba cuarteada por el sol quemante, y a pesar de que aún no se podía ver su figura entera, dejaba entrever por la intensidad de su mirada una moderada vitalidad, como si aún conservara cierto aire marcial que denunciaba su condición militar. Mostraba en el rostro una marca significativa, extraña, ni cicatriz ni deformidad, que lo distinguiría de cualquier otra persona. AC no pudo descifrar cómo podía haberse producido esa extraña señal en ese rostro curtido.

Si era por el atuendo de aquel hombre, no se podía adivinar su verdadera condición. Podía ser un mayordomo, un puestero o, simplemente, un visitante ocasional. Sin embargo, su modo de hablar, su seguridad al decir y al moverse, mostraban los detalles de esa especie particular de hombres vinculados a los avatares de la inteligencia y la seguridad interna. Y como bien AC percibió en su mirada, su energía provenía de su condición militar, que lo había moldeado en la obediencia y en la segura observancia de sus obligaciones. Su diligencia en los mandados y su dedicación al desempeño de las órdenes encomendadas le granjearon la estima de sus superiores y lo liberaron de esos traslados permanentes y desgastantes. Era un profundo conocedor de todo lo concerniente a la mansión, incluso los detalles más triviales, y todos los oficiales superiores que lo trataron ocasionalmente recomendaron su permanencia como jefe al mando de todo el personal, que no era mucho, afectado a aquel destino de los confines de la nación. El coronel confiaba en sus aptitudes. El personal en actividad que ejerció sus funciones en décadas anteriores mostraba cualidades similares a las del suboficial “Pérez”, lo que sugería un tipo de soldado apegado al orden de los reglamentos y al cumplimiento estricto de las órdenes emanadas de los mandos superiores.

Su trato con el coronel se tornó eventual debido a sus ausencias. En condiciones habituales su superior aparecía esporádicamente, y hasta la muerte de Encarnación la loca cumplía con algunas diligencias propias de la administración de la propiedad. Desde aquella golpiza brutal que le propinó a su esposa, no pudo ingresar nunca más en la habitación común al matrimonio. En los últimos tiempos casi había desaparecido de la residencia, y cuando se hacía presente era en un estado deplorable. Ya corría el run-run de su condición de libertino y otros, más insidiosos, lo reprobaban por sus supuestas abominaciones antinaturales.

En su último encuentro, el coronel estaba imbuido de un estado de intimidad que no le había conocido en ninguna oportunidad anterior. Era un hombre que necesitaba hablar con un interlocutor que solo se atuviera a escucharlo con diligencia, sin malquistarse por el monólogo que estaba atendiendo. Por otra parte, “Pérez” jamás hubiese interrumpido a su superior con algún comentario que podría resultar inoportuno. Los superiores suelen sentir que todo comentario de sus subordinados es eso, inoportuno.

El coronel llegó esa noche sin aviso. En la casa no había ruidos; todo era silencio calmo, hasta placentero. “Pérez” atribuyó ese silencio profundo a que “La Reliquia” podía reconocer a la distancia la proximidad del mandamás que controlaba a sus carceleros. Cuando el jefe llegaba, el ilustre se despertaba sin aparente razón y guardaba silencio, expectante.

Cuando se padece una prisión de esas características, y por un tiempo sin fin, las rutinas de la cárcel y sus carceleros se vuelven previsibles. “La Reliquia” podía reconocer hasta el modo de andar del coronel por su no muy significativa, aunque visible, renguera de la pierna derecha, producto de una artrosis muy temprana.

No conocía en persona al oficial en jefe, pero en todos esos años se compuso una imagen de él. Lo imaginaba como esos godos sanguinarios, masacradores, que asolaban el Alto Perú, procurando imponer una disciplina colonial que colapsaba producto de la lucha de miles de originarios. Por otra parte, su esquelética subsistencia no se apesadumbraba por la posibilidad de una muerte que se le había negado esquiva desde hacía años. Y solo con el acontecimiento de Malvinas recuperó ánimo y entusiasmo, y reclamó, con grititos agobiados de su ya irreconocible voz, ser destinado al combate contra el invasor inglés que conoció allá por 1806 y 1807. Morir luchando contra los enemigos de la patria siempre sería la mejor muerte.

El coronel atravesó rápidamente el corredor que iba desde la tranquera hasta el fondo por el camino lateral. Los ojos vigiladores reconocieron de inmediato la figura del jefe, se replegaron sobre sus pupilas y se despreocuparon del individuo que ingresaba a la finca. El coronel entró a la antecocina y llamó a Pérez con energía.

—¿Dónde anda Pérez? He llegado.

El suboficial, que tenía su habitación en el piso superior, ya había observado la presencia del hombre desde la ventana que daba al costado de la casa por donde pasaba el camino hacia los fondos. Como conocía de memoria la anatomía del coronel y su modo tan particular de caminar, también se despreocupó de la figura aquella que avanzaba raudamente.

Al llegar a la antecocina saludó cortésmente a su jefe.

—Qué sorpresa, señor, no lo esperaba —estrechó su mano con vigor.

Lo invitó a comer luego de darse un baño reparador, pero el coronel, que mostraba cierta agitación, rechazó la invitación justificándose en que su estancia sería breve a los efectos de comprobar que todo estuviera en orden y para informarlo de las nuevas disposiciones que recibió de la superioridad. Asintió con un leve movimiento de su cabeza y lo invitó a sentarse en una de las dos sillas bajas, desvencijadas, cuyos asientos y respaldos estaban entretejidos y que flanqueaban una estropeada mesita de madera gastada. Él acomodó la suya de frente a su superior y lo observó con atención.

El coronel, en ese instante, parecía distendido, aunque algo consternado. Balbuceó entrecortando sus palabras sobre el propósito de cumplir bien las órdenes recibidas y que sentía alguna aflicción por el devenir de los acontecimientos. Pérez, por su parte, entrevió el contenido de la conversación que le proponía el coronel: se había tomado una decisión final y a ellos cabía el cumplimiento de la ordenanza.

El coronel sacó su pistola calibre 9 mm de la sobaquera y empezó a jugar con ella despreocupado; la usaba como un peligroso puntero. Pérez observaba los movimientos del arma con atención. El discurso del mandamás cambió drásticamente en un instante, algo que no dejó de sorprender a Pérez, quien mantuvo la compostura y no dejó de observar los vaivenes de la mano con el arma. Le propuso dejarla sobre la mesita que mediaba entre las dos sillas. El hombre miró a su interlocutor, volvió su mirada a la punta del cañón y luego de un breve pero intenso impasse, aceptó el convite depositándola apuntando en dirección a Pérez. La pistola estaba amartillada.

El subordinado desconfió de la actitud ligera con el arma, de la posición en que la apoyó sobre la mesa en dirección a su humanidad, y se dijo a sí mismo que si en verdad se había tomado una decisión final sobre “La Reliquia”, como hasta ese momento solo insinuaba el coronel, podía estar asistiendo también a su propio punto final. ¿Vino a matarlo para despejar de testigos el lugar? Era un modo habitual de no dejar cabos sueltos.

Pero el coronel siguió con su parloteo sin mostrar una actitud demasiado inquietante; sus palabras adquirieron un tono dramático, el vocabulario se llenó de sentencias inapelables y desasosiego, repitiendo un gesto con las manos como de rezo y muecas que contorsionaban su rostro y que hacían un rictus de cierto fanatismo tenebroso, como una explosión mesiánica que no se terminaba de manifestar en plenitud.

—Hay que limpiar todo, hay que limpiar todo, todo —repetía mecánicamente y miraba excitado hacia uno y otro lado moviendo su cabeza en ambos sentidos.

—Hay que limpiar la casa. Vaciar todo. No debe quedar nada. ¿Entiende? A partir de ahora.

Enfatizó «ahora», luego de un fárrago de palabras que Pérez no pudo descifrar por completo.

—¿Y “La Reliquia”? ¿Qué hay con ella?

—Ese no es asunto suyo —afirmó con tono severo.

—Perdón, mi coronel, tiene razón —se disculpó el suboficial.

—De ese se ocupará alguien que vendrá a visitarnos. Espero que sea pronto. Me comunicaron que seré informado con exactitud de su llegada. Espero estar en la casa para entonces. Cuando venga lo hace pasar y me avisa. Esta es la contraseña. Estúdiela, memorícela a la perfección. En rojo está escrita la frase que debe decir el visitante, en azul la suya. Si se equivoca cagamos, ¿me entiende? ¡Cagamos! La memoriza y quema el papel. No haga boludeces.

—Sí, mi coronel. Quédese tranquilo —respondió Pérez, intentando conformar a su superior.

—El que viene dicen que es un experto en lo suyo, eso espero. ¡Conozco cada experto que da miedo! ¡Hay cada boludo suelto en este país!

Después de la ejecución vendrán los limpiadores, ellos borrarán las huellas y montarán la escena que ya les fue indicada. Todo está planificado en el detalle. Falta nuestra parte. Hable con sus subordinados, dígales a los otros que no hagan cagadas y que se preparen a salir rajando a la primera orden. Estoy harto de este pueblo de mierda.

El hombre alcanzó el arma con su mano derecha, pero desistió de enfundarla nuevamente y la dejó sobre la mesita. Se puso de pie.

—Tengo que ir a mear —dijo secamente.

Se dirigió al baño de la planta baja. El subordinado miró con fruición el arma. ¿Sería la misma del rumor pueblerino? Llevado por la curiosidad tomó la pistola 9 mm y la observó con atención. Pudo ver, aunque no con claridad por la escasa luz, una riestra de marquitas desprolijamente talladas; eran muchas y hasta se confundían unas con otras. A la derecha, había solo seis hendiduras profundas, algo separadas unas de otras. Eran precisas, simétricas, y todas de un par de milímetros de largo. Había mucha dedicación, pulcritud y celo en el grabado. Conocía las habladurías sobre aquellas macabras incisiones en el arma.

Al regresar del baño fregándose las manos, observó desde el arco de la puerta a su subordinado manipulando la Browning, volviéndola de un lado al otro, revisando con la vista las marcas que la adornaban a izquierda y derecha del cañón.

—¿Le interesa el arma, Pérez? —preguntó secamente.

—Perdón, señor, solo quería ver el modelo —se disculpó al tiempo que depositaba el arma nuevamente en la mesa.

—Es mi relicario, mi presea, mi recordatorio… Le diría que ahí está grabada mi biografía. Cada marca representa un acontecimiento digno de recordar ocurrido a lo largo de mi vida. De un lado, los importantes, pero no trascendentes. Del otro, los fundamentales, cardinales, que han terminado por convertirme en quien soy.

El suboficial escuchó atento la explicación de su jefe. Al observarlo de cuerpo entero con ese algo de espectro funesto, pensó que algunos hombres, cuanto más tiempo pasan consigo mismos, más se parecen a sí mismos y no pueden ocultar su verdadera naturaleza. Y eso es lo que le ocurría a su jefe: no podía dejar de parecer lo que realmente era. Estaba como hinchado, ojeroso, macilento, desconsiderado, paranoico.

A Pérez, el asunto de las marcas en los laterales del arma hasta entonces le mereció una actitud recelosa. Era un rumor público que las seis prolijas marcas en el lado derecho correspondían a seis acontecimientos repugnantes que acicateaban un chismerío morboso, que se regodeaba con esa historia prohibida. Eran marcas que correspondían a lo que él definía como «acontecimientos cardinales».

En cambio, las atiborradas y desprolijas marcas a la izquierda atañían a las noches de fiesta con prostitutas ocasionales. «Importantes, pero no trascendentes». De ahí que unas fueran talladas con verdadero esmero y las otras fueran como trazos descuidados, a la bartola, más un maltrato que un dibujo.

En cada oportunidad que alguien preguntaba al coronel por qué la diferencia en el trazado de unas marcas, las de la derecha, prolijas y obsesivamente simétricas, con las chapuceras de la izquierda, respondía con ira:

—¿A vos qué carajo te importa?

Con ello ponía fin a la conversación de un modo abrupto que hacía temer un mal final a su ocasional interlocutor, en general prostitutas que pasaban sus días en las casas de citas de pueblos de mala muerte, agobiadas por su desgraciada condición.

Para el soldado, hasta esa noche, se trataba solo de un rumor en un pueblo que él entendía fatigado de alucinaciones. Por primera vez había tenido en sus manos la famosa arma del coronel, luciendo las marcas aquellas. Lo que atenuaba esos rumores, lo que quitaba credibilidad a esas habladurías, era que hubo un momento en que todas las familias fueron trastocadas, y en especial la que oficiaba de propietaria de la mansión; el disloque terminó por imponer un desorden perverso que afectó a toda la comunidad.

Conocía la historia. Fue una época en que nadie se reconocía ni podía reconocer al otro; ni el padre a las hijas, la madre a los hijos, el marido a la esposa, los hermanos a sus hermanas, los mandantes a los mandados. Nadie sabía con quién hablaba, quién ordenaba o quién obedecía; un estado de confusión que se prolongó por un tiempo considerable, lejano, pero que aún hacía sentir sus efectos.

Ese disloque sumergió aún más a Encarnación en la locura y alteró profundamente los ánimos del huésped al que a veces se hacía muy difícil contener. Sus alaridos cruzaban el pueblo de este a oeste. Los que lo oían confirmaban la sospechada presencia de un muerto-vivo, eterno muerto-vivo sobreviviente que provenía de tiempos ancestrales, ese desaparecido que arrojaba luminiscencias fantasmagóricas y que hacía brotar los afiebrados relatos como flores malsanas en el villorrio. Sus alaridos eran como chispas ambulantes en las noches, rolando de un lado a otro de la casa.

Pérez, con algo de indulgencia, atribuía las desviaciones contemporáneas a la herencia de la locura de aquellos buscadores de oro y plata. Esa enfermedad ancestral dejó una huella imborrable en los repliegues de esas humanidades abandonadas en un páramo pelado, árido e infecundo, bajo estricto mando militar.

Había visto las marcas que las habladurías mencionaban morbosamente cuando se presentaba alguna tertulia, pero eso no confirmaba, aunque tampoco negaba, la versión de lujurias e incesto que se repetía bajo cuerda entre los pueblerinos.

El coronel tenía otra explicación de aquel período funesto de la vida doméstica, extendida a todo el poblado. A pesar de que había acumulado un cierto poder, estaba sometido al concurso de espantajos que gobernaban la casa, a los que aborrecía.

El desarrollo de aquel universo de locura en el que se enhebraban realidades y fantasías inexplicables fue perturbando las almas decididamente. Lo suyo, argumentaba, era un estado que bordeaba lo herético, producto de ese desquicio que le era ajeno y se imponía penetrando por cada poro de la piel hasta arrojarlo a una tal soledad que lo atormentaba rudamente.

Descubría que, con el paso del tiempo, algo de paranoia y algo de obsesión compulsiva lo iban desestructurando, hasta manipularlo dócilmente, como a un pelele anhelante de sentimientos reconfortantes. Estaba convencido de que esas perturbaciones solo se podían subsanar con un amor genuino, único, irrevocable, que en toda su magnificencia alcanzara el prodigio sanador de las heridas con que la locura impregnaba sus tejidos. Lo que no explicaba el coronel era si, en efecto, había hallado ese amor sublime del que hablaba, y si así fuera, quién era la persona que arrancó de sus penurias al adusto militar.

En esa época de desorden perverso, cuando viajaba a Buenos Aires a cumplir algunas formalidades administrativas, impartía órdenes interminables y severísimas a todos los subordinados producto de las perturbaciones que nublaban su buen juicio. Su estado obsesivo, su compulsión por el mando, lo aguijoneaba a no dejar nada librado a la voluntad de su tropa y sirvientes. Semanalmente, llegaban por estafeta decenas de cartas con el nombre de cada uno de los subalternos prolijamente manuscrito, y en cada una de ellas en papel con membrete oficial, unas largas enumeraciones de qué hacer y qué no hacer y cómo hacer y cómo no hacer para cada uno de los destinatarios.

Sufría de una obcecación singular: todo debía ser puesto por escrito, foliado y membretado, y luego archivado prolijamente para su conservación. Nada podía quedar sin registrar. Ese hábito de obsesión administrativa resultaría, a la postre, ruinoso para la reputación de ese hombre ungido en severo custodio de un sobreviviente de la historia.

Aquel marasmo de órdenes y contraórdenes resultaba absolutamente inútil, ora porque nadie entendía las misivas, ora porque nadie les prestaba debida atención.

Las cosas lejos de mejorar empeoraron día a día. Por eso solicitó a sus superiores, por consejo de Amanda, quien dio excelentes referencias del propuesto, el concurso de un joven suboficial, al que llamaron jocosamente “Pérez” (un “Pérez” puede ser cualquiera) para hacer obedecer sus mandatos hasta tanto él regresase a la casona. Ese “Pérez”, que podría ser cualquiera, ostentó cierto mando sobre otros, que también fueron llamados “Pérez”, todos subordinados suyos que él mismo se ocupó de seleccionar con todo esmero. Los “Pérez”, como se los conoció desdeñosamente, tras un paciente y concienzudo trabajo, alcanzaron las posiciones que ambicionaban en mérito a sus probados servicios. Ellos controlaban los alrededores de la casa, y eran los custodios directos de “La Reliquia”.

La influencia de los “Pérez” creció en proporción a las ausencias del jefe superior. Los períodos de abandono autoimpuesto de parte del coronel llegaban a extenderse por largo tiempo, hasta por muchos meses, para luego retornar a la casa a multiplicar la especie, reinstalar el orden preestablecido y refrendar su poder patriarcal. Pero Encarnación, que ya era apodada la loca, recluida en su habitación, hizo un hábito en desobedecerlo. Reaccionaba violentamente ante cualquier mención sobre su esposo, “el…coroneeel”, como decía burlonamente estirando artificialmente la sílaba final “el”. Eran períodos en que repiqueteaba con el taco de su zapatito deshaciendo el revoque de la pared hasta dejar el ladrillo pelado, enrojecido, a la vista. Afiebrada, se consumía en diálogos imaginarios con un espíritu que la apremiaba para que apurara en abrir un hueco en la medianera para huir de aquella prisión hacia un estado espiritual indescriptible. El suboficial “Pérez” recomendó la internación y se lo hizo saber a su jefe en una breve esquela que envió por un correo oficial. Amanda, el ama de llaves, también sugirió la internación de la mujer, aunque sabía que no cabía la posibilidad de ello por las connotaciones de la misión que su superior cumplía en aquella casona legendaria.

El militar no tuvo en cuenta la propuesta de su asistente y consideró producto del desánimo y la poca capacidad de mando la sugerencia del subordinado.

Los reiterados mensajes que tanto el suboficial como el ama de llaves hacían llegar a su despacho lo obligaron a quebrar su rutina y volver al pueblo a atender personalmente ese asunto que lo distraía de sus enigmáticas obligaciones. Fue la única oportunidad que, torciendo sus hábitos, aplazó parte de sus tareas y sus regodeos frecuentes, y en un paso fugaz, apareció en la casona de improviso, fuera de los tiempos acostumbrados. La noticia perturbó hondamente a Encarnación la loca. Se encerró en su habitación y desencajó unos gritos que laceraban como estiletes esa noche abrumadora, y arremetió contra la pared a golpes para huir definitivamente.

El coronel no demostró la menor ansiedad. Recomendó a Amanda que se recluyera en su habitación, abandonando la custodia de Encarnación. Invitó al fornido suboficial a compartir la cena: carne asada, berenjenas al escabeche que se hizo envasar en Buenos Aires, sopa y un postre casero hecho con sangre de chancho y azúcares dulcificantes. Algunas gotas de vainilla aromaban la golosina.[1]

No había en sus ojos ninguna mortificación, sino un destello de fatalismo de quien afirma tener que ser siempre quien haga cumplir las órdenes más simples: imponer orden y tranquilidad ante el desvarío. «No dejes para otro lo que debes hacer tú», repetía monótonamente mientras degustaba los últimos sorbos de un vino cabernet servido para la ocasión.

Hizo unas anotaciones en un papel que puso en la mano de su subalterno, quien tuvo una especie de estupor al leerlo, y se dirigió al escritorio de donde trajo unos cigarros que compartieron aquella noche. Luego, por orden del coronel, abandonó la casa en un coche militar. Mientras subía al auto que lo trasladaría oyó justificarse a su superior.

—Usted sabe que hay cosas que se arreglan de un solo modo.

—Lo que usted diga, mi coronel —consintió el suboficial, incapaz de torcer el rumbo de los acontecimientos, mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche.

Sobre la mesa, el cigarro a medio fumar del suboficial dejaba un olor reseco; del papelito abandonado por “Pérez”, arrugado como un bollito, se podía leer solo parte del mensaje: «Orden del día Nº 5: Escarmiento ejemplar…».

Se oían pisadas en toda la casa, como si una multitud de pies la hubiese invadido caminando sin destino. El pisoteo se confundía con los alaridos de Encarnación la loca y los sonidos casi guturales de “La Reliquia” que hacían un concierto desatinado.

Antes de subir al cuarto donde su esposa estaba encerrada, fue hasta un árbol reseco que, como un ruinoso obelisco, permanecía erguido en los fondos de la finca, y orinó como era su costumbre, apoyando la mano izquierda sobre una rama alta y la frente contra el tronco rugoso. Escupió una pasta borravino, abrochó la bragueta y, sin dejar caer el cigarro de entre sus labios, se abrió paso entre el griterío que bajaba y subía por las escaleras y arremetió con furia brutal contra la puerta de la habitación. La cerradura cedió a su fiereza, y al entrar pudo ver a Encarnación blandiendo un zapatito diminuto, que tenía carcomido un medio taco al que se le gastaron los clavitos que lo unían al resto de la suela.

La tomó del cabello y la arrojó sobre la cama. Con una risa histérica, Encarnación la loca resistió a empujones y patadas al hombre aquel que se le abalanzó y le sujetó las delicadas manos de pianista, para impedir que lo arañara con furia como en anteriores oportunidades.

Encarnación, descompuesta de rabia y soportando el peso del cuerpazo aquel, macizo, pétreo, musculoso, que se le vino encima, solo atinó a ver al viejo espíritu con el que dialogaba que la miraba absorto, moviendo la cabeza de un lado al otro sin poder reconocer si lo hacía en señal de aprobación o de congoja por el infortunio por el que estaba atravesando.

El coronel le arrancó la ropa intempestivamente; Encarnación resistió con risitas histéricas al tiempo que maldijo con todos los insultos que recordaba; titiritaba como afiebrada y recorrían su cuerpo unos espasmos que arrancaban en los dedos de los pies y terminaban en la punta de su lengua inflamada, llena de unas nervaduras enrojecidas a punto de estallar. En su sangre había un caos terminal, y ardía al fluir de arterias a venas con la voracidad propia de un animal que se aproximaba a la muerte de manera cruel.

Los primeros golpes fueron a la cara de Encarnación; amorataron los ojos rápidamente y luego hicieron saltar algunos dientes del maxilar superior. Allí se cortó los nudillos y las sangres se mezclaron perversamente. Luego los golpes no dejaron palmo de la humanidad de la mujer que no magullaran. Bastaron unos minutos para que el cuerpo enclenque de Encarnación yaciera retorcido, como un guiñapo, sangrante, descalabrado.

Aturdida por los golpes, desorientada, murmuraba el nombre de su pequeña Guadalupe Encarnación, Guadalupe por la virgen y Encarnación por la madre. Así fue bautizada Lupe, o Lupita, como más le gustaba llamarla, la última de sus niñas, la única que estuvo con ella por más de tres años, hasta que un día aciago no volvió a verla más que en sus recuerdos.

XIV

AC llamó golpeando las palmas de sus manos.

“Pérez”, asomado a la distancia, le hizo una seña como de espera y desapareció al cerrar el postigo de la amplia puerta de entrada. Algunos instantes después, por un camino que ladeaba la casona y que venía desde el contrafrente de la misma, ese hombre cejijunto, de tez tostada, portando su extraña marca en pleno rostro, llegó hasta la entrada del lote y quedó frente al visitante, justo detrás de la tranquera blanca que imponía el límite de llegada a las visitas e indicaba el comienzo de la propiedad. No sabía si el hombre que acababa de recibirlo era el contacto que lo asistiría en su faena, o solo quien debía introducirlo en el escenario del crimen encargado.

Dictó pausadamente su parte de la contraseña. El hombre, con igual parsimonia, recitó la suya, completando el párrafo con exactitud. Ambos se sintieron reconfortados por la correspondencia.

AC sabía lo que se sentía cuando se producía, por alguna razón, el fracaso de una consigna, y suponía que esos mismos sentimientos deberían afectar al hombre que lo atendía en la entrada de la casona.

El hombre no se identificó ni esperó a que el otro lo hiciera. Eso lo molestó de alguna manera. Era proclive a cierta cortesía, a cierta formalidad. AC se presentó.

—Soy Alberto Cortés —dijo socarronamente.

—¡Ah! Qué gusto. Debería pedirle un autógrafo. Llámeme “Pérez”.

—“Pérez”… ¿“Pérez” qué? —preguntó AC.

—“Pérez”. Solo “Pérez”. Soy un “Pérez” que no tiene nombre. ¿Qué importancia tiene? —respondió, como masticando las palabras.

—Bueno. Lo llamaré “Pérez”. Siempre hay un “Pérez” en todos lados.

—¡Claro! Un “Pérez” es cualquiera. No así un Cortés y menos Alberto. Una celebridad. Menos mal que no fue Hernán, si no nos prende fuego a todos —se burló melifluo.

Lo invitó a pasar y con una seña ordenó que lo siguiera. Siguiendo el camino lateral por el que había llegado hasta la entrada principal para intercambiar consignas con el visitante, se dirigieron hacia los fondos de la casona e ingresaron a esta por la puerta trasera que daba a una antecocina de medianas dimensiones. Allí había dos sillas de mimbre que a AC le hicieron recordar aquella en la que el viejo Gamarra pasaba las horas sentado esperando el tren de la muerte.

Hizo un comentario sobre aquel viejo en la estación de tren, pero “Pérez” pareció no escuchar sus palabras.

Un ventilador Uber muy antiguo y sucio de grasa vieja tiraba un aire espeso de izquierda a derecha. Hacía calor: un calor como empotrado, embutido, como si un microclima gobernara el ambiente. El hombre le indicó que se sentara.

—Espéreme, que voy a avisarle al coronel que llegó —dijo al tiempo que, atravesando a otra habitación, desaparecía al cerrar la puerta detrás de él. Al dar la espalda dejó ver una pistola Browning 9 mm calzada en su cartuchera de cuero marrón.

El silencio era dominante. Sin embargo, unos sonidos guturales, carraspeos ásperos de una voz algo aflautada, simulaban un contrapunto con el recuerdo de un eco remoto, un repiqueteo constante, un cloc-cloc persistente pero perdido, un adusto murmullo que retumbaba rústico, acompañado de rumores de muebles desquiciados, que se movían de un lado a otro de una habitación en el piso superior.

AC extrajo del bolsillo derecho de su pantalón una diminuta libreta y un minúsculo lápiz y tomó algunas notas con unos jeroglíficos indescifrables para el común de las personas. Era un lenguaje encriptado, de inusitada complejidad, que incluso se abstenía de repetir los signos complicando enormemente su descifrado. No podía saberse qué anotó allí. Sus apuntes podrían deberse a consideraciones sobre el modo en que se desenvolvió aquel día desde que salió del hotel, a asuntos que consideró significativos de la primera impresión de su enlace, o a consideraciones sobre el eco persistente de los sonidos rudimentarios que se dejaban oír desde la antecocina donde aguardaba a que su anfitrión le entregase el sobre con indicaciones.

Al rato, “Pérez” regresó para indicarle que lo siguiera.

Ascendieron unas amplias escaleras que llevaban al primer piso. Luego, por varios pasillos dieron vueltas y revueltas hasta llegar a una habitación cuya puerta, entreabierta, dejaba ver a un hombre acomodado en un amplio sillón, rodeado de papeles.

—Mi coronel, aquí está el visitante —dijo lacónico Pérez.

—Que pase —respondió sin levantar la vista del papel que tenía en sus manos y examinaba con atención.

—Buen día, mi coronel —dijo AC solemne.

—Esto es para usted. Lo lee. Lo memoriza y me lo devuelve.

—Sí, mi coronel.

Tomó el papel que el hombre estaba leyendo hasta su llegada.

Leyó con atención, lo dobló y lo devolvió al militar. El coronel sacó una caja con fósforos, encendió uno de ellos y delante de AC prendió fuego al papel. Luego disipó las cenizas hasta pulverizarlas.

—¿Es tan experto como me dicen? —le preguntó sin siquiera mirarlo.

—Lo intento, mi coronel.

—Con intentarlo no alcanza. Ya sabe lo que dice el refrán: «Lleno de buenas intenciones está el camino del infierno». Retírese —ordenó secamente.

—Sí, mi coronel —hizo una pausa, tragó saliva, amarró la lengua—. Permiso para retirarme, mi coronel.

—Permiso concedido.

—Buen día, mi coronel.

—Buen día —respondió el saludo sin levantar la vista de unos papeles que leía.

—Pérez, acompáñelo a la salida —ordenó el coronel al suboficial.

—Sí, mi coronel.

Con paso sereno, desandaron el camino que los llevó al despacho del militar, rumbo a la salida.

—¿Pocos días para aclimatarse al pueblo? —dijo Pérez, entablando una conversación intrascendente.

—Pocos días, pocos días —respondió AC con desgano.

—No ha tenido tiempo, entonces, de escuchar las historias que se repiten sobre este lugar.

—No, en absoluto. Nadie parece muy afecto a hablar. Tampoco yo soy muy conversador —expresó mientras repasaba la consigna aprendida de la hoja que le entregó el coronel.

—Es un pueblo en apariencia tranquilo, pero que vive abrumado por pesadillas absurdas. Lo fundaron los españoles que se volvieron locos buscando oro y plata. Mataron a todos los indios y después se mataron entre ellos. Algunos dicen que, muertos de sed, primero se bebieron sus orines, después se bebieron sus sangres, y al final, hambrientos, se comieron sus carnes. No quedó ninguno.

La gente es poco accesible y amistosa. Tendrán miedo de que los asalte la locura de los conquistadores y se coman entre ellos. Acá joden tupido con la antropofagia de los conquistadores. Se recomienda tener cuidado con esos antropófagos que suponen exquisito el sabor de la carne de los forasteros. Visitante que llega, no sale vivo. Lo devoran las circunstancias.

AC no supo disimular su asombro.

—Por razones de Estado, no me pregunte cuáles, las fuerzas militares siempre han mandado acá, esté quien esté en el gobierno, incluso desde antes de la independencia. Todo lo que se respira acá es marcial. Todo.

AC alzó la vista y miró a su anfitrión, aún perplejo por el extraño comentario:

«El exquisito sabor de la carne de los forasteros. Visitante que llega, no sale vivo».

—Necesito orinar —dijo tomándose la bragueta y desbaratando con el comentario las disgregaciones del ocasional anfitrión.

—¿Quiere ir a un baño o mea en un árbol? Están resecos, así que su meada no los va a perjudicar.

—En el árbol está bien.

Pérez retrocedió unos metros hacia la casa. Ignoraba si AC podía escuchar el tamborileo aquel, constante, repetitivo, como quien piensa una melodía y la acompaña percutiendo una tabla gastada. Estaba tan acostumbrado a escuchar aquellos golpecitos que podía reconocerlos a metros de distancia. Desde la mañana temprana, se repetían los sonidos monocromos que se estiraban por la casona uniformemente. El ilustre podía repetir eso mecánicamente, durante horas, como un autista. Había mañanas que eran calmas y otras, un padecimiento; las tardes eran invariablemente ruidosas, aunque no provocaban escándalo alguno. Las noches eran, las más de las veces, atormentadoras, para quien no estuviera familiarizado con las intimidades de «La Reliquia».

Cuando Pérez iba a despedir al visitante, dijo sin mediar conversación:

—Acá, cuando nos despedimos, tenemos un dicho.

—¿Cuál es? ¿Se puede saber? —preguntó AC.

—«Cuidate de Reinafé. El camino nunca está despejado, es peligroso».

Se saludaron sin formalidades en la tranquera. AC nunca pudo comprender el significado de aquella despedida. A medida que caminaba de regreso por la callejuela, los ojos observadores parecían haber entornado los párpados, serenados por la actitud nada beligerante de la visita. No insinuaron amistad y dejaron sentir su indiferencia.

La calle de regreso al hotelucho se crispó de unas angustias hechas de polvo reseco que el viento se empecinaba en importunar incesante. Ese viento bufón alzaba como unos hilos rotos de calor abrasador y los arrojaba para que cayeran sobre el caminante como púas calientes. AC transpiraba copiosamente. Obsesivo, repasaba los sucesos recientes.

Al llegar al hotel, se dirigió a su habitación sin detenerse. ¿Podría rezar, sentir a su Dios a su lado, dictándole palabras aliviadoras que lo dispusieran a la serenidad? Tal vez los «Diálogos…» le dieran ese estado de ánimo que buscaba.

Se recostó en su cama y se quedó dormitando; no había ni una violencia que lo incomodara. El viejo a cargo del hotelucho, oculto, observaba la escena con complacencia; bastaría un plomo ardiente para mandar al infierno al huésped ese, que salivaba inconsciente al reposar boquiabierto.

XV

Guadalupe era el vivo retrato de su madre. Quienes la vieron el día de su nacimiento no dudaron de que aquella sería
la más bella de todas las mujeres y, postrados, reverentes, rezaron el Ave María para dar gracias a ese vientre materno que les dio tanta hermosura en una niña. «Santificado sea tu nombre», entusiasmados unos, entonaban oraciones en musiquita litúrgica. «Bendito es tu vientre»… respondían otros en contrapunto, alabando la matriz prodigiosa de la madre celebrada.

Las monjas que la conocieron cuando apenas despuntaba la pubertad alababan su rostro angelical y sus asombrosos talentos musicales. Se sabía que, apenas con seis años, interpretaba a Bach, Beethoven, Liszt, con soltura, elegancia y refinamiento, mostrando un talento heredado de su madre, quien la puso al piano casi como un juego infantil cuando apenas tenía tres años. Ya pupila y lejos del regazo materno, cuando su música se desparramaba por el convento donde estaba recluida, en sus moradoras se producía un éxtasis, tal como si el agua bendita cayera como lluvia por la gracia del Dios al que alababan.

Guadalupe crecía de a saltos. Cuando tenía seis años parecía de nueve; cuando cumplió los nueve parecía una adolescente. Era una deliciosa niña-mujer de cálida y embriagante presencia.

La Madre Superiora, que solía sentarse en un rincón a observar los primorosos bordados de la niña, susurraba a su congregación que tal apuro en crecer no anunciaba nada bueno. Y alguna sirvienta, llevada de los malos augurios de la monja rectora, se llegó hasta la adivinadora del pueblo, una viejaza casi calva y desdentada, quien le dijo que la niña crecía apurada porque en su interior vivían dos niñas distintas: una que quería salir de su encierro para reconocerse y reconocer, para transformarse y transformar al mundo, y otra que se consumía en un odio del que era mejor ni mencionar los porqués. Una sola vida para aquellas dos bellezas
era demasiado poco, y se consumía en el apuro de madurar para alcanzar la libertad y ejecutar su furtivo odio.

Llegó un día en que sus bordados fueron abandonados por juegos incomprensibles y esos juegos, luego, por estados de ensimismamiento perturbadores. Su carácter se bifurcaba como si esas dos niñas que convivían en ella tomaran por caminos muy diferentes una de otra. Pasaba de la calidez de la niña que ejecutaba en el piano, con gracia perfecta, obras de extrema complejidad y poetizaba momentos, a enojos brutales, rabias contenidas e ira impredecible. Las noches se tornaron tortuosas, como si Encarnación y hasta la propia reliquia prisionera se hubieran encapsulado en algún sustrato misterioso de sus tejidos.

No permitía que en las noches apagaran las luces de la habitación y se trenzaba en largas discusiones con una monja que estaba al cuidado de las pupilas. La hermana tenía su cama separada por un biombo del resto de las literas de las internadas y, mientras se desvestía trabajosamente (como si debiera remover numerosas capas de una cebolla), apagaba todas las luces procurando que ninguna parte de su púdica anatomía fuera vista por los ojos curiosos de las pupilas que empezaban a transformarse en mujercitas.

Cuando se apagaba la luz, Guadalupe comenzaba a gritar casi con desesperación. Los escándalos no solo se multiplicaron, sino que alcanzaron una tal intensidad que finalmente lograron que la monja desistiera de su costumbre.

Al tiempo, otra gresca se desató porque la Hermana, cumplido el rito de desprenderse de la ropa interior para calzarse un pesado y almidonado camisón, dejaba a oscuras el amplio dormitorio para dormir hasta el alba temprana, momento en que debía levantarse para comenzar sus labores. Los escándalos se repetían cada vez con mayor intensidad. Hubo un conciliábulo entre las monjas y la Superiora decidió, en beneficio de la calma que debía regir la noche para el rezo y el descanso, dejar una luz suave en la mesa de noche al lado de la cama de Guadalupe, para que esta no repitiera aquellas escandalosas escenas que orillaban el capricho inexplicable y un temor como encapsulado, tumoroso, que ninguna de las religiosas se atrevía a comprender.

Guadalupe hablaba de una muchedumbre de golpes que aporreaba las paredes desmoronando los revoques, haciendo agujeros enormes por los que huían en tropel hacia el cielo bandadas de gritos como raras aves, que ascendían empujando los vientos en dirección al vértice más lejano del firmamento. También hablaba de guerreros, encendidos por el sol abrasador del mediodía, devorándose unos a otros hasta que quedó aquel, solo, perdido, alucinado, que se devoró a sí mismo mientras reía bobamente encandilado por el fulgor imaginario de un oro legendario.

Un día de visitas, Guadalupe desapareció. Las monjas revoloteaban como pajarracos espantados buscando a la niña-mujer. Su padre llegó para visitarla y se marchó sin despedirse. Así llegaba y así siempre se iba.

Cayendo la tarde, cuando el sol se entregaba a un tono vespertino entre violeta y carmesí, purpurando para dejar su lugar a una luna que se asomaba lívida tras hilitos de nubes cárdenas, Guadalupe apareció venida de un universo desconocido para las religiosas y las sirvientas. Pálida y harapienta, algo inexplicable, parecía haber crecido años de un momento al otro del día, entre su ausencia y su reciente aparición, como un ánima escapada de los repliegues del purgatorio; había mutado aún más de niña a mujer. Era difícil definir qué edad tenía aquel espectro aparecido en los preludios de la noche.

Entre varias la llevaron al baño donde unas criadas preparaban el agua caliente para asearla. Cuando quisieron desvestirla de los harapos que llevaba, se desató una trifulca casi brutal. Guadalupe arremetió a golpes contra las monjas que apenas si podían protegerse usando sus brazos como enclenques escudos para evitar que la golpiza las lastimara. Así como empezó la golpiza, terminó. Ella misma dejó caer el andrajoso vestido que nadie recordaba haber visto alguna vez. Parecía de seda. Parecía blanco. Parecía de novia.

Solo se oyó un «¡Ay, Dios mío!». Una monja salió del baño y se desvaneció a la entrada del mismo. Otra vomitó en el lavabo. Solo la Madre Superiora pudo sostener su postura sin desfallecer. Guadalupe mostraba decenas de cortaduras en el sexo, como un macabro bordado que circunvalaba el pubis. Un pubis que había sido angelical y ahora estaba sangrado, formando costrones de sangre reseca estampados sobre la tersura de la piel lacerada.

Las quemaduras de cigarro dibujaban un ornamento cruel alrededor de la pelvis; había remarcado unos botones ennegrecidos en los senos; eran chamuscos levemente biselados, más superficiales, realizados por alguien que se preocupó de no ulcerar a fondo los blandos tejidos femeninos. La imagen era devastadora. Ninguna de las mujeres ignoraba que estaban frente a un ultraje brutal como nunca antes habían visto, ni oído comentar algo siquiera semejante en sus largos años de servicio religioso.

Esa noche fue difícil dormir a Guadalupe. Un coro de mujeres la arropó con amor y envolvió en abrazos. La Madre Superiora, antes de hablar con alguna autoridad policial, informó al sacerdote que oficiaba de superior. Este habló con el obispo quien, reclamando celosa prudencia y discreción absoluta, ordenó guardar silencio y esperar órdenes precisas de cómo se habría de informar al padre, un militar de alto rango a quien no se le podía ocultar tan desgraciados acontecimientos.

La Iglesia, a través de sus numerosos informantes, trató de hallar al hombre que fue capaz de aquellas aberraciones. Pero no encontró respuestas a sus interrogantes. La revelación que algunos se atrevieron a arrimar fue rápidamente descartada por su inverosímil implicancia. Como en todo lugar, se trató de inculpar a un hombrecito que oficiaba de siervo en el pueblo y que solía prestar toda clase de servicios a los terratenientes de la zona. Era tan desgraciada su condición que nadie sabía su nombre. Lo llamaban «el opa». Deambulaba como una sombra de campo en campo, realizando las labores aquellas que nadie deseaba asumir, a cambio de un plato de comida. «A este que es medio “opa” le doy trabajo y comida, para su suerte», era la explicación de los propietarios sobre su presencia en una u otra hacienda. Su cabeza fue puesta a salvo justamente por un terrateniente que ese día requirió sus servicios para limpiar las porquerías de los chiqueros. Por una vez la suerte no le fue esquiva a ese desamparado que integraba la larga hueste de ignorados.

Las autoridades superiores requerían explicaciones del obispo y este, cada día de un modo más violento, las exigía a las monjas, incapaces de dar una respuesta coherente. Cuando los interrogatorios se sucedieron casi a diario, por horas, con solo breves intervalos, la angustia y desazón que su ilustrísima les transmitía a las mujeres trajeron aparejados comportamientos extraños que derivaron en desequilibrios que hicieron temer al obispo una situación mucho peor de la que ya debía enfrentar.

La violación de la muchacha era un hecho, para él, inexplicable. Y más que el acontecimiento en sí, que él podía llegar a justificar por la sensualidad que descubría en el desarrollado cuerpo de la niña, eran los tormentos que le propinaron a la muchacha. Para tener precisa evidencia de la gravedad de las lesiones, se ocultó tras un grueso cortinado para contemplar el cuerpo desnudo de la víctima, cuando las monjas hacían las curaciones de las horribles lesiones. La observación removió una vieja lascivia recubierta de gruesas capas de hipocresía.

Era mucha violencia para el lapso de tiempo que parecía haber transcurrido entre el momento en que su padre la devolvió al establecimiento esa misma tarde y su aparición en el convento. El ataque, dedujo, no se produjo en el camino que iba de la entrada exterior al edificio. Esa fue su conclusión, contradiciendo las dudas que repetían las monjas.

Guadalupe nunca abandonaba el edificio si no iba acompañada del militar, quien la recogía en la puerta del internado, caminaba con ella hasta la entrada principal, a donde dejaba estacionado el auto en el que partían a pasear por las cercanías. Desde el convento podía verse cómo el auto en el que viajaban el padre y la niña se desplazaba hasta que la arboleda tupida de una curva cercana lo escondía, para entonces perderse hasta el regreso. Algo más de una hora después de la partida retornaban y la niña era confiada en la entrada principal. La distancia entre el arco de entrada y la puerta del edificio propiamente dicho era algo mayor de cincuenta metros, y si bien una tupida arboleda ornamentaba el sendero que unía el amplio arco de la entrada con la Institución, estaban dispuestos en línea recta con geométrica precisión y los jardineros durante años podaron los árboles para que estos estiraran sus ramas como implorando al cielo, para que ensancharan en las alturas sus copas y proveyeran de la sombra y el fresco tan apreciados en esos veranos sofocantes. Esa anatomía de la arboleda permitía a su vez una clara vista desde las ventanas de la planta baja del colegio hasta más allá de las rejas de la entrada.

Si bien esa tarde nadie estuvo vigilando la salida y el ingreso de los visitantes y las pupilas, a todas las monjas les resultaba difícil comprender cuándo y de qué modo podían haberse sucedido los acontecimientos tan horrorosos que padeció Guadalupe. Era muy corto el tiempo que la niña necesitaba para caminar desde la entrada principal, donde su padre se suponía la dejó, hasta el edificio. Quien la interceptó, concluían las Hermanas, hizo gala de una enorme audacia y tuvo una alta dosis de suerte. El obispo desestimó sus afirmaciones, aunque no logró disuadir a las mujeres de sus razonamientos. Él fue muy prudente al reservar para sí sus deducciones.

El coronel le dijo que ese nefasto día, apremiado por sus obligaciones, no se había tomado el tiempo para aguardar a que Guadalupe ingresara al edificio de regreso del paseo familiar. Así que un evento inesperado, la urgencia del padre por regresar a sus compromisos, facilitó la acción deleznable contra la muchacha. El religioso tomó nota de tan desgraciada coincidencia. Sobre el extraño vestido blanco que llevaba la niña al momento de su aparición, decidió no preguntar. «Es más sabio el que sabe y no pregunta que el que tiene vaga idea y cuestiona sobre cosas que están vedadas por razones ocultas». Justificó su silencio.

Hombre de aguda inteligencia y poseedor de una vasta cultura, el obispo era despierto y podía distinguir sin rebusques la fantasía de la verdad objetiva. Educado en la rígida estructura eclesiástica, era gran conocedor de los vericuetos del poder religioso y del poder político. Sabía mejor que nadie cuándo hablar, pero mucho más cuándo callar. A su inteligencia y cultura les sumaba un extraordinario sentido de la discreción.

Administraba con seguridad su diócesis y merecía la confianza de quienes respondían a los oficios de Roma. Suponía que el cardenalato podía alcanzarlo, dadas sus capacidades y sus siempre corroboradas fidelidades.

Era obedecido ciegamente por sus subordinados, una obligación dogmática de los que se involucran en las jerarquías religiosas. Obedecido, pero no querido. El amor es una gracia que no siempre se da la mano con la autoridad y menos si esta es intransigente. Sus hábitos le habían granjeado la antipatía de la grey y de las congregaciones bajo su dirección; los clérigos y monjas que estaban bajo su conducción preferían referenciarse, aun a la distancia, en aquel obispo tan bondadoso como valiente, muerto extrañamente en un supuesto accidente automovilístico, en los años del régimen militar. Por el contrario, era muy ponderado por sus superiores.

Solo la gula equiparaba su arbitrariedad. La avaricia no era un rasgo significativo de su personalidad, aunque estaba presente. Era común entre los que gobernaban la arquidiócesis que realizaran ingentes esfuerzos por multiplicar las riquezas de manera geométrica, de modo de asegurar no solo un buen pasar en el presente sino en el futuro mediato. Nada de «Dios proveerá». Sus homilías en favor de las limosnas y la caridad para con la Iglesia eran proverbiales. Nadie escapaba a su esquila. La previsión frente a los vaivenes de la economía en un país que suele repetir cíclicamente crisis devastadoras era una demostración palmaria de la claridad administrativa del funcionariado eclesiástico.

El incidente con Guadalupe había inquietado a su ilustrísima, no por los horrores que sufrió la muchacha (conoció actos similares perpetrados contra muchas otras mujeres y que nunca alteraron su ánimo), sino por las complicaciones políticas que sabía se podrían producir en las más altas dignidades de la curia y del gobierno. Sin embargo, eso no morigeró en lo más mínimo su apetito; por el contrario, la ansiedad potenciaba la gula, introduciéndolo en estados de ánimo hasta entonces desconocidos y que lo impulsaban a multiplicar el consumo de carnes y embutidos, a fin de calmar en algo el desasosiego que sentía por la amenaza que se cernía sobre su cómodo pasar.

El coronel fue informado mediante una esquela que le hizo llegar el obispo por intermedio de un soldado enviado a los efectos. En ella le solicitaba su más rápida comparecencia para atender a una gravísima situación en la que estaba implicada su «preciada hija Guadalupe». El tono de la nota no dio lugar a dilaciones. La primera conversación telefónica fue un trago amargo para el obispo, quien debió asimilar la ira de quien vociferaba reclamando todo tipo de explicaciones y amenazando con represalias gravosas. Pasó algo de tiempo hasta que llegó una carta manuscrita en una papeleta con membrete oficial; la nota era larga y por momentos ilegible. Algunos párrafos inflaban de espanto al obispo, quien debía releerlos una y otra vez para no equivocar su sentido. Al cabo de un período hubo un encuentro entre ambos hombres. De esa conversación no se tuvo ninguna noticia. El obispo informó en detalle a quienes correspondía, y sus superiores se ocuparon de conservar riguroso secreto de lo conversado entre el sacerdote y el militar. Procuraron apaciguar los ánimos y orientaron la disputa en búsqueda de la verdad más que de las posibles responsabilidades institucionales. El coronel recibió algunas recomendaciones del poder político y aceptó mesurar su reclamo, circunscribiéndolo al efectivo hallazgo del culpable de semejante aberración contra su amada hija. La Iglesia, por su parte, se comprometió a extremar sus esfuerzos para cumplir con el reclamo paterno.

Los meses que siguieron no trajeron tranquilidad. A la espera de la presencia paterna que dilató su asistencia, las monjas solo pudieron acompañar los frecuentes desvaríos en que solía sumirse la niña, a veces con un monólogo pausado, otras en un frenético soliloquio.

Al séptimo mes, una tarde de un séptimo día, y sin aviso, llegó el hombre con una modesta comitiva. La Madre Superiora lo hizo pasar a su despacho. Las lágrimas de la monja eran sinceras, brotaban por la cruel desgracia de Guadalupe y por el franco temor que aquel oficial le inspiraba. El hombre se limitó a escuchar los lamentos de la mujer al tiempo que su mirada acosaba a la monja temerosa.

—Usted comprenderá, señor, lo tremendo que es esto para la niña y para nuestra Institución —dijo la monja acongojada—. Nunca habíamos visto tamaña aberración ni pasado por algo semejante. No encontramos explicación, aquí todo es tan seguro, tan acotado, son tan pocas las personas que pueden acceder al colegio que no podemos hacernos una idea de quién puede haber cometido actos tan aberrantes contra una niña como Guadalupe.

—De esto ya he hablado con quien corresponde. No vengo acá a escuchar sus lamentos —respondió enérgico el coronel al tiempo que inquirió sobre la presencia de la niña.

—Pronto estará aquí; la Hermana dedicada a su especial cuidado, de acuerdo a lo que nos indicó el señor obispo, fue a buscarla por mi pedido. ¿Desea que los deje a solas? ¿Prefiere verla en la capilla?

—No —respondió el militar—, aquí está bien, si deseo estar a solas con ella se lo haré saber.

Guadalupe llegó guiada por una monja muy anciana. Sus manos delgadas, apoyadas en los hombros de la niña, mostraban una piel apergaminada, envuelta en una fragancia leve y fresca que serenaba a Guadalupe. La cofia amplia dejaba ver dos pequeños ojos claros de mirada diáfana, con los que observó desde su distancia el voluminoso cuerpo del hombre que se presentaba como un padre severo y angustiado. La niña y el hombre se miraron cada uno desde sus posiciones algo distantes.

—Lupita, mi Lupita, mi amor, ¿cómo estás? ¿Qué puedo hacer para subsanar esto?

Solo su madre, Encarnación, la llamaba de ese modo: Lupe, Lupita, mi Lupe, mi Lupita. Nadie más lo hacía ni lo hizo hasta entonces.

Guadalupe dibujó una sonrisa perturbada; risitas histéricas se oyeron emulando un graznido doliente, tiritando como afiebrada cuando su padre la abrazó fuerte contra su pecho. Al apartarla para mirarla a los ojos, Guadalupe se contrajo sobre sí misma, llevó sus dos manos al estómago, adquirió un color sanguíneo y respiró con ahogo durante un largo instante. El silencio se tornó denso y opresivo. Los presentes estaban sumidos en un vacío funesto y violento.

Guadalupe vomitó enchastrando el uniforme de su padre por completo. Se desplomó y entró en un sueño convulsivo del que tardó mucho tiempo en despertar. Para entonces, el hombre se había marchado. Un desconsuelo inacabable parecía abrumarlo; expresó entrecortadamente todo tipo de lamentos por el estado de su hija y prometió hacer pagar sus culpas a los responsables de semejante perversión. Algunas monjas creen haberle oído decir al marcharse: «Si está loca como su madre, prefiero que se muera ahora mismo». Se compadecieron de la angustia paterna, aunque temían que la desazón se volviera venganza contra ellas o la propia niña. No lo volverían a ver y solo sabrían de él por sus escuetas esquelas manuscritas en papel con membrete oficial, que espaciadamente llegaban con alguna indicación y el dinero correspondiente a las cuotas convenidas para el pupilaje de Guadalupe.

Cuando informaron al obispo de la posibilidad de que la niña fuera tomada en guarda por una familia sustituta, no esperaron una tan rápida respuesta afirmativa de parte del padre de la muchacha. Se justificó en que la muerte de la madre y sus obligaciones militares lo alejaban por completo de poder atender con los cuidados debidos su crecimiento.

XVI

Monte Destartalado (Tumbledown)

La escena parecía pintada por Rembrandt. Una figura extraña, cuasi cadavérica, calva, ensimismada, a la que una tenue luz le arrimaba algo de color en su piel exangüe. Rodeado de un par de hombres recios, morochos fornidos, sin ningún amaneramiento, ocultos entre sombras apenas tajeadas por brillitos que resbalaban de la piel del centenario como escamas en el aire.

Si “La Reliquia” estaba malhumorada, llegaba la mujer aquella a quien llamaba a veces María de los Remedios, otras Manuela, casi nunca Amanda, y que lo untaba en aceites y perfumes y cuidaba con esmero maternal de las escaras. Era un fenómeno que despertó siempre la curiosidad femenina: hueso pelado, casi, la piel soportaba el rigor de la posición sin sufrir mayores laceraciones. Era una bendición; de otro modo habría avanzado un estado de putrefacción. Durante decenios, los antibióticos eran un asunto de gualichos, solo después de que el ejército de EEUU los liberó de su secreto militar llegaron al mundo corriente a evitar infecciones que resultaban siempre mortales.

Pero el ilustre parecía inmune a ello. Ni sus dientes podridos, ni sus lagrimales resecos, ni su ajada piel sufrieron el embate acosador de esos malignos microorganismos dispuestos a devorar al enfermo silenciosamente. Era un prodigio que los “Pérez” y aquella señora de mano suave agradecían.

Las veces que estaba sereno y lúcido, parloteaba como si aún pudiera discursear en el Cabildo al que rodeó de sus chisperos, a fin de sacar del medio a quien pretendiera abortar la revolución por la que luchaba desde hacía años. Las brevas maduras iban a ser defendidas a pistoletazos y puñaladas. Los opresores de la península habían sido arrollados por la maquinaria militar napoleónica y el pueblo alzado en armas con el Empecinado como estandarte llevaba adelante su guerra de la independencia. La conquista colonial empezaba a caer en el embate final independentista, tras trescientos años de lucha sin cesar.

Amaba ese relato militar que su séquito le repetía una y otra vez a su pedido. Hubiera dado lo que no tenía por haber vuelto a los desafíos de la guerra. Aprendió a conocer el monte Destartalado tanto como conoció la geografía donde libró la batalla más trascendental de su jefatura.

—M’hijo —llamaba con cierta melancolía.

—¿Mi General? —respondía siempre solícito “Pérez”.

—Cuénteme esa historia… la de ese monte ruinoso…

—¿La del monte Destartalado?

—¡Destartalado! ¡Como yo! —y lanzaba una risita aguda, irreconocible, gutural.

—Cómo
no, mi General. Para nosotros siempre está bueno leer estas cosas de valientes. Hace bien al alma, aquí lejos de todo…

Y comenzaba el relato, a veces puntilloso, a veces a trazos gruesos, pero siempre entusiasta.

—Dicen que la cuarta Sección de la compañía Nácar del Batallón 5 estaba localizada en el extremo oeste del monte Destartalado, y que su frente apuntaba hacia el sur, para batir con fuegos de flanco al valle que quedaba a su frente —comenzó “Pérez” la lectura atrayendo la atención de “La Reliquia”.

—La sección tenía un frente de aproximadamente ciento cincuenta a doscientos metros y su extremo derecho volteaba hacia el oeste, cubriendo ese sector en el extremo de la altura. Tenía una profundidad aproximada de cincuenta metros incluyendo una posición de cambio ubicada justo a su retaguardia en la cresta topográfica del monte Destartalado, entre treinta a cincuenta metros, más o menos, respecto a la posición principal.

“La Reliquia” asentía con suaves movimientos ascendentes y descendientes de su cabeza calva.

—La compañía al final llegó a sumar cuarenta y cuatro hombres, entre los del ejército de mar, que eran mayoría, y los del ejército de tierra.

—Apenas un grupo —dijo el ilustre.

—Más o menos. Estaba al mando un teniente de corbeta, mi General, un tal Vázquez. Un suboficial segundo de apellido Castillo, un cabo segundo Tejada, un subteniente Silva, entre otros.

—¿Silva? ¿Como la Martina Silva, la casada con Gurruchaga? —preguntó el General rememorando a aquella guerrera de la independencia—. ¿Serán parientes?

—¡No creo, mi General! Eso fue hace mucho, y esto pasó hace pocos años. Será Silva, pero de seguro que no es pariente de la mujer que usted dice…

—Para mí que habrían de ser familia… —insistió—. El mismo apellido, los dos guerreros, valientes.

—Valientes, seguro, pero parientes, no me parece, mi General… pero vamos a averiguarlo. Sigo, si le gusta.

—Siga, hombre… no se detenga.

—Una mañana del 13 de junio, compañías de la guardia escocesa fueron trasladadas al oeste del monte Destartalado.

—¿Los ingleses usaban a los escoceses en la pelea? —preguntó “La Reliquia”.

—Son todos del Reino Unido, mi General. Los ingleses hacen combatir a cualquiera si eso les ahorra su sangre.

—Por supuesto. Los godos hacían combatir a los americanos contra los americanos. Toda sangre americana se perdía y la de ellos se guardaba para disfrutar las riquezas de nuestros naturales. ¡Todavía me critican por el perdón de Salta!

—En fin —retomó el suboficial su relato—, los ingleses querían hacer un combate de distracción al sur del monte por un pequeño número de guardias escoceses con algunas piezas de artillería.

—¿Escoceses? ¡Escoceses! No me acuerdo si vi pelear escoceses… Los irlandeses sí que eran buenos… fíjese Brown, ¡qué tipo con unas pelotas así de grandes! —decía al tiempo que representaba con sus manos el tamaño de la valentía del almirante—. Ese no le tenía miedo a nada…

—¡Ya lo creo! «¡Fuego rasante que el pueblo nos contempla!», gritaba en medio de una balacera que hacía orinarse encima al más pintado… ¿Se acuerda, mi General?

—¡Cómo no me voy a acordar! Alguien me lo hizo saber en alguna revuelta por los caminos. Dicen que los hizo hocicar a los imperiales y su flota…

—Así fue, mi General —confirmó la aseveración de “La Reliquia”.

—¿Seguimos con el Destartalado?

—Sigamos, pues…

—El ataque principal sería un avance de tres fases proveniente desde el oeste del monte Destartalado. En la primera fase, una compañía de un Mayor invasor tomaría el extremo occidental del cerro. En la segunda fase, una compañía del flanco izquierdo de otro Mayor pasaría a través del área ocupada por los que les nombré antes para capturar el centro de la cumbre y, en la tercera fase, otra compañía del flanco derecho de otro Mayor gringo pasaría por el flanco izquierdo para asegurar el extremo oriental del Destartalado.

Se había previsto inicialmente un asalto durante el día, pero se aplazó a petición de un teniente.

—¡Un asalto cuesta arriba sería un suicidio! —exclamó “La Reliquia”—. Yo lo leí de Napoleón: «Uno de los principios de la guerra de montaña: no atacar nunca las tropas que ocupan buenas posiciones…». No me acuerdo si hablaba de las campañas del general Turenne… ya me voy a acordar…

—Seguramente… Al inicio de la batalla, la Nácar ocupaba el monte Destartalado. Una vez desplegados los ingleses, el combate se dividió en distintas fases, sabe: un ataque de distracción al sur del monte, un ataque sobre la saliente oeste del Destartalado y un ataque del que se proyectaría hasta la saliente este.

—Tiene que venir con un mapa, así me ilustra la geografía… ¡Hay que estudiar el terreno antes de la batalla! —afirmó con algo de severidad el centenario General.

—Se lo debo, mi General, para la próxima… no se me retobe. Acá es muy difícil conseguir mapas.

—¡Dígale a “Goyeneche” que le traiga el mapa…!

—¡Como si fuera tan fácil, mi General! —explicó el suboficial para seguir con su lectura.

Continuó leyendo el suboficial:

—El esquema defensivo patriota estaba preparado para enfrentarse a un ataque inglés cuyo eje se debería encontrar al sur del monte Destartalado. Por ello los ingleses prepararon un ataque de distracción en ese sentido. La aproximación se iniciaría al ponerse el sol, así los criollos no podríamos percibir la magnitud del ataque ni reforzar rápidamente el monte William.

—¿Otro monte?

—Sí. Cuando consiga el mapa lo va a ubicar, mi General.

—Qué pena no poder ver la cartografía ahora. Me confunde no saber cómo era el terreno.

—Bueno, le decía, mi General, ese pelotón gringo se encontró con una inesperada resistencia en las posiciones adelantadas, y el intercambio de fuego fue feroz y duró dos horas: dos británicos murieron y cuatro fueron heridos. También perdieron alguna pieza de artillería.

Así que los gringos se retiraron temiendo un contraataque y pronto se encontraron dentro de un campo sembrado de explosivos.

—¿Sembrado de explosivos?

—Sí, mi General, y abandonaron sus equipamientos. Ahí fueron heridos dos hombres cubriendo la retirada británica y cuatro más resultaron heridos por las minas explosivas.

—¡El plan de minas de Sentenach y Llach para volar a los ingleses del fuerte! Quisieron hacerme jurar fidelidad a la reina de Inglaterra y por ello me pasé a la banda septentrional del Río de la Plata, y me instalé a vivir en la capilla de Mercedes.

—¿El plan de minas? Puede ser, aunque no lo conozco. Pero acá no habla de ningún plan de minas, se refiere a minas explosivas —afirmó “Pérez”—. Esas explosiones alertaron a los hombres del pelotón del suboficial Cuñé en monte William que abrieron fuego con sus morteros de 81 mm, obligando a los sobrevivientes ingleses a abandonar sus muertos.

—¿Y el bombardeo cuánto duró?

—Cuarenta minutos… —afirmó el suboficial.

—Buena trenzada, ¿no?

—Ya lo creo, mi General. A las dos de la madrugada los ingleses quisieron hacer un nuevo asalto de distracción, pero les salió para el carajo. Un fracaso. Pero a las nueve de la noche, del domingo 13 de junio, se inició un intenso fuego de artillería sobre la cuarta sección, que duró como dos horas, o un poco más… hasta las 23:15. Allí Vázquez quedó sin comunicaciones, y para entonces el fuego de artillería de los invasores era muy fuerte, sabe, mi General, y no pudieron reorganizar las comunicaciones.

—¿Y Perdriel no llegó a auxiliarlos con sus doscientos patricios?

—No, mi General —señaló “Pérez”—. Perdriel combatió con usted, en otra campaña. No estaba disponible en el Destartalado…

—Qué pena… Buen oficial, aseguro.

—Le creo, mi General. Entrada la madrugada de esa noche, el fuego de artillería —retomó su relato el acompañante— se detuvo y se les fueron encima las tropas de infantería de los ingleses que pasaron al asalto de la posición, cruzando la misma en dos olas. Una lo hizo de sur a norte, y la otra de oeste a este.

El asalto se ejecutó en línea, mi General, haciendo fuego con las armas desde la cadera a una distancia de aproximadamente cinco metros hacia delante; los gringos venían con sus bayonetas caladas, a pasarnos a degüello, eran más de doscientos.

Pero todos los soldados patriotas abrieron fuego, comenzando un combate en el que usaron fuego de fusiles, granadas, ametralladoras, bayoneta ¡y hasta trompadas!

La cosa se puso difícil, mi General; los nuestros estaban mezclados con los gringos, el combate se generalizó en todo el frente y retaguardia de la sección. Los ingleses sobrepasaron nuestras posiciones, se colocaron también en la retaguardia y quedaron mezclados entre nuestras posiciones. Allí, mi General, se combatió cara a cara, a diez metros, a lo sumo a veinte. Si no se lograba batir a los defensores argentinos, terminaba produciéndose una arremetida inglesa contra la trinchera, y ahí se combatía a bayonetazo o a las trompadas, a mano limpia.

—¡A vosotros se atreve, argentinos, el orgullo del vil invasor! Cantábamos a viva voz antes de combatir para sacudir el injusto yugo que gravitaba sobre nosotros. ¡Cantemos el Himno, que si las vecinas de arriba nos oyen tocarán en los pianos para nuestra alegría! ¡Cantemos todos!

Se oía: «¡Oíd, mortales, el grito sagrado!». Y Guadalupe trataba de acercarse a la habitación prohibida, pero Amanda siempre lo impedía cuando se presentaban esas circunstancias.

Desde el piso superior, un himno a cuatro manos respondía a las voces varoniles, lo que hacía que “La Reliquia” vibrara de alegría y golpeteaba contra una maderita que usaba de bandeja, como si fuera el tamborcillo de Tacuarí que llegaba desde su lejana tumba a visitarlo…

—¡Tantas glorias hollar vencedor!

A la excitación del Himno patrio le seguía una larga calma para reponerse a la fatiga de esa emoción enraizada en historia centenaria.

—Entonces, estos hombres que estaban peleando como tigres, se dan cuenta de que los ingleses les estaban tirando por la retaguardia… tenía que estar un teniente conduciendo a sus hombres para evitar que el gringo cope la retaguardia, pero el hombre se había ido.

—¿Abandonó su posición? ¡¿Y el reglamento militar?! Yo lo apliqué muchas veces; todas las necesarias, nunca me tembló el pulso para ello.

—No sé, mi General, si abandonó su puesto o recibió la orden de retirarse. Lo cierto es que el tipo se fue, y que yo sepa no le pasó nada. Aguantaron hasta la una de la madrugada del siguiente día, a pesar de que la superioridad de los ingleses era enorme.

Entonces, ese teniente de corbeta del que le hablé al principio, ese Vázquez, ¿recuerda? —“La Reliquia”, con un leve movimiento de su cabeza, asintió—. Les dice a sus hombres que agarren la artillería y disparen sobre la propia posición…

«¡Saquen el afuste!», gritó Vázquez, «y tiren hacia arriba ¡carajo! ¡Tiren!». Y había que ver a esos soldados cojudos que se organizan y cumplen la orden. Sosteniendo con sus propios pies y sus propias manos el mortero. Descargaron toda la munición sobre su posición. Se estaba combatiendo cuerpo a cuerpo, la orden se cumplió y los ingleses rajaron. Ya era muy tarde, bastante más de la medianoche, y los paisanos tuvieron un respiro. Cuando vieron rajar a los ingleses la tropa celebró eufórica.

—¡Fue una gloria para mí ver qué resultado dieron mis lecciones a los infantes para acostumbrarlos a calar bayoneta! El ataque fue ordenado y poderoso. Dispuse, creo, la formación de la infantería en tres columnas, con cuatro piezas para los claros y caballería que marchaba en batalla.

“La Reliquia” miraba absorto a un punto indefinido de la habitación, reconstruyendo sus recuerdos.

—Yo me hallaba a menos de tiro de cañón del enemigo… y ¿sabe?

—¿Qué, mi General? —acompañó “Pérez” la intervención de su ilustre protegido.

—Mandé desplegar por la izquierda las tres columnas de infantería, única evolución que habían podido aprender en los tres días anteriores… Y la verdad, le digo, se hizo esta maniobra con mejor éxito que en un día de ejercicio.

—Poca preparación, mi General —sostuvo “Pérez”.

—En fin… es mejor no echar mano de paisanos para la guerra, a menos de verse en un trance tan apurado como en el que me he visto. Pero ¡cómo se comportaron esos paisanos! Yo no había reconocido el campo de batalla —y tomándole la mano al suboficial, le dijo con cierta energía—. ¡Por eso quiero ver la cartografía! No hay combate sin conocer el terreno.

—Sí, mi General, la próxima traeré los mapas, no me rete más.

—No se me pasó por la cabeza que el enemigo intentase venir por aquel camino a tomar la retaguardia del pueblo, con el designio de cortarme la retirada, y quedé en posición desventajosa.

—Quedó como Vázquez, en franca desventaja…

—¿Vázquez? ¿El del Destartalado?

—Sí, señor, el mismo… —confirmó—. ¿Quiere que siga con la historia?

—¡Claro! ¡Siga! ¡Siga!

El suboficial retomó el relato.

—El teniente Vázquez pidió refuerzos y su jefe le decía: «Ya están llegando, ya están llegando», pero no llegaron nunca.

—Recuerdo siempre al que no fue en mi auxilio, con el cuerpo de Húsares, de que era teniente coronel, intrigando y esforzándose con sus oficiales en difamarme y hacerlos consentir semejante cobardía, exceptuándose uno, que en su honor siempre cito su nombre: ¡don Blas José Pico!

—Mi General, a las dos de la madrugada empezó de nuevo un bravo fuego de artillería y, atrás, otro asalto de los ingleses, pero esta vez desde el sector Sur. Más de doscientos soldados invasores atacaron a los valientes argentinos. Y como algunos ingleses habían quedado arriba, en la cima del monte, también abrieron fuego desde la retaguardia de la plaza criolla. La cosa estaba realmente jodida.

El combate siguió, mi General, cuerpo a cuerpo, con bayoneta, a las trompadas; iban y venían las granadas y mucha artillería tronaba por todos lados. Y se hacía fuego con las ametralladoras sin el afuste, desde la altura de la cadera o usando el parapeto, porque se combatía a corta distancia, cuerpo a cuerpo.

Silva gritaba: «¡Vamos, carajo! ¡Viva la patria, carajo! ¡No aflojen, que acá sobran huevos! ¡Viva la patria!»

Los nuestros combatían a veces contra dos o más ingleses que les hacían fuego desde apenas diez o quince metros de distancia, por el frente y por la retaguardia. ¡Había que aguantar semejante ataque!

La situación estaba espesa, mi General. Y, como los combates eran cuerpo a cuerpo y la situación era grave, Vázquez ordenó a los morteros de 81 mm que batieran su posición para aliviar la presión. Pero el asunto no mejoraba. Por ese tiempo murió Silva, un sanjuanino valiente como el que más.

Vázquez era un hueso duro de roer y, antes de que el invasor volviera a consolidarse, pidió a la artillería de campaña que tirase sobre su posición. La artillería, mi General, batió la posición. El propio Vázquez regló el tiro. El primer disparo no lo vio. El segundo cayó muy lejos y, al final, batieron de lleno a la Sección.

A eso de las cuatro de la mañana, algunos hombres ya no tenían más municiones. Otra vez, más de cien gringos lanzaron una ola de ataque para hacer caer la posición.

Desde entonces y hasta ya naciendo la mañana, a eso de las siete, cada hombre combatió solo en su pozo. Casi no existía apoyo mutuo y ya no se respondía a las órdenes. A esa hora casi no había disparos. Solo quedaban el pozo de Vázquez, el de su izquierda y el de la derecha. El pozo de la derecha se quedó sin munición. No había fuego de armas de apoyo. Vázquez y sus hombres cayeron prisioneros de los británicos; el combate llegó a su fin.

Pero a Vázquez todavía le faltaba una amarga pasada. Los ingleses lo tomaron prisionero y lo molieron a palos.

—Sufrió como el noble Warnes, que fue amarrado, engrillado, insultado y se le propinaron todo tipo de males… —rememoró «La Reliquia» las contingencias de su oficial en la campaña del Paraguay.

—A Vázquez le simularon un fusilamiento para obligarlo a delatar a otras fuerzas patriotas. Aguantó y lo salvó ¡un escocés! El inglés es ladino, alma de conquistador, de pirata…

El ilustre, por entonces, dormitaba. Hasta la mañana siguiente permaneció envuelto en sueños extraordinarios que lo llevaban hasta sus glorias pasadas, bajo la atenta observación de aquellos «Pérez», siempre vigilantes.

Amanda perfumaba con sus fragancias el cuartucho, y proponía un estado gratificante para pasar las noches silentes y acariciar de perfumes el sueño abrumado del héroe centenario.

XVII

Antes de partir a ese pueblo disecado, AC fue convocado por sus superiores. Estaba confuso porque le advirtieron que iba a entrevistarse con su máximo jefe. Al principio dudó de la veracidad de la orden transmitida por sus superiores inmediatos. Pero al dirigirse a la dirección donde le indicaron que tendría el encuentro, comprendió que el dato era cierto y que estaba ante un evento impensado para él.

Ascendió la amplia y brillante escalera hacia la oficina del señor general. Golpeó la puerta de dos hojas de madera labrada artesanalmente por un exquisito ebanista.

—¡Pase! —se escuchó desde adentro.

Al entrar, AC pudo observar al general, vagamente alumbrado por el resplandor de un rayo de sol, que no lucía uniforme militar.

—Gracias, mi general.

El militar se dirigió solícito hasta su convocado y lo invitó a pasar tomándolo amigablemente del brazo.

—Lo estaba esperando. Póngase cómodo —le dijo empalagoso, señalándole un sillón en el que sentarse—. ¿Quiere tomar algo? —preguntó sugerente.

AC lo observó con cierta sorpresa. El general hizo un gesto de exclamación y se encogió de hombros.

—¿Lo perturba algo, amigo? ¿Hice algo que lo importunó? —preguntó el general al advertir el gesto del visitante.

—No, por favor, mi general; es que lo hacía retirado del servicio activo.

—¡Ah! ¡Eso! A veces para estar no hay que figurar, sabe… —dijo el hombre con cierta picardía—. Sufro de “inconveniencia electoral”, podríamos llamarla. —Soltó una risita festejando la humorada.

—Lamento, mi general, que atraviese por esa situación. Le pido perdón si lo molesté —se disculpó el invitado.

—¡Pero no, querido! ¡Para nada! ¡Cómo me va a molestar! Estamos entre camaradas. No hay nada de qué lamentarse. Usted y yo sabemos que hay oportunidades en que se debe prestar servicios a la patria desde puestos grises, ignorados por el común. Usted bien conoce de eso por su especialidad, ¿no es cierto?

—En efecto, mi general —dijo AC, algo confundido por el trato cordial del jefe.

El general era un hombre alto, casi de dos metros de altura. Su cabello lacio estaba teñido y, si bien no era abundante, cubría una cabeza prolijamente arreglada con el circunspecto corte que con frecuencia podía apreciarse en los uniformados. Su rostro era algo anguloso y su mirada, si bien tenía un dejo de nostalgia, se apreciaba sibilina y hasta mordaz. Se movía con serenidad, sin apurar los gestos, y hablaba con un tono campechano que siempre invitaba a la confraternidad. Auscultaba a su interlocutor como quien escudriña sigilosamente no la superficie del otro, sino la sustancia, esa que se desliza ligeramente entre las palabras, las oraciones, los gestos y el movimiento del cuerpo. Descifraba así armonías y disonancias en la personalidad de su entrevistado. Ya fuera por razones profesionales o por simple urbanidad, ese modo de escrutar a los demás era inherente a su personalidad o, mejor dicho, a su preparación, y equivalía a un sentido agregado a los cinco sentidos que la naturaleza provee a los humanos. El ingenio, en este caso, solo estaba al servicio de maquinaciones políticas.

—¿Desea tomar algo? —preguntó el militar mientras, con un gesto de la mano, mostraba la amplia mesa poblada de bebidas y refrescos.

—Gracias, mi general; puede ser una gaseosa.

—¿Una gaseosa? ¡Vamos, hombre! ¡Me está jodiendo! Pida algo más espirituoso.

—Estoy en servicio, mi general; no acostumbro a beber en esas circunstancias. Usted sabe que está penado…

—¡Qué servicio ni servicio, amigo! Está conmigo, yo lo libero de su servicio en este momento y le aseguro que “no habrá más penas ni olvidos” —dijo a modo de humorada—. Mientras no se me ponga en pedo aquí, tome lo que quiera que yo lo voy a acompañar.

La insistencia del general no le dejó lugar para negarse nuevamente.

—Tal vez whisky… si tiene.

AC dijo «whisky» solo por mencionar una bebida alcohólica.

—¿Whisky? ¡Seguro! Tenemos algo. El whisky no va con mi personalidad. Prefiero bebidas más espirituosas; elijo el baijiu, una bebida china. Hay que acostumbrarse porque es la bebida del futuro. Los chinos van a dominar el mundo. Acuérdese de lo que le digo.

—No conocía esa bebida, señor —se disculpó AC nuevamente.

—Es un licor o un vino de arroz —afirmó el general—. Puede escoger entre estos cuatro gustos: fuerte, suave, arroz o picante. Yo prefiero un cincuenta por ciento del licor fuerte y un cincuenta por ciento del picante. Es mi cóctel chino preferido. Entre 50 y 70 grados alcohólicos… ¿Se anima a acompañarme? No es para maricones, le aclaro. Imagino que usted no es un maricón.

—Para nada, mi general. Soy normal. En la fuerza no se toleran maricones.

—Hay excepciones, se lo aseguro. Como con la miseria, la consigna es “si hay que no se note”.

—No lo sospechaba, mi general. —AC bajó la mirada, algo ruborizado por el comentario—. Tomaré lo que me sugiere —aceptó AC para salir del tema que lo incomodaba.

—Bébalo de un trago, así acostumbramos. Esto calienta la sangre, entona la voz y aclara la mente.

—AC asintió con un leve movimiento de cabeza.

El general sirvió el licor en dos pequeños vasos de fino cristal trabajado. Llevando ambos, se aproximó hasta donde estaba sentado su invitado y le hizo entrega del suyo. Propuso un brindis al que respondió poniéndose de pie. Los vasitos, al chocar, hicieron un suave tintineo algo apagado por el líquido que los llenaba.

—¡Salud! ¡Por la patria!

—¡Por la patria, mi general!

Ambos bebieron haciendo fondo blanco. El general aspiró profundamente y sacudió su cabeza con energía.

—Quería conocerlo. Pura curiosidad profesional… podríamos decir…

—Usted dirá, señor. —respondió AC, algo acalorado por el licor que recién había bebido.

El sol de media mañana que pasaba entre los cortinados que adornaban el amplio ventanal daba un calor que lo amodorraba aún más y lo sumía en cierto estado de satisfacción que no podía atribuir a nada en especial. Hasta ese momento, no había tenido oportunidad de conocer a un alto jefe. A lo largo de su carrera, solo uno entre muchos pasó por una de las dependencias en las que prestó sus servicios; pero nunca recibió ese trato de parte de un superior tan importante y eso lo impresionaba fuertemente.

El general pasaba su mano por la barbilla y relojeaba al invitado cuidadosamente.

—¿Ya descifró por qué su madre ponía tanto empeño en juntar trapos blancos para envolver a los santos de los que era devota?

La pregunta del general dejó perplejo a AC. Entre su infancia y adolescencia, presenció ese rito metódico de su madre al que nunca le había encontrado una explicación segura, ni en la doctrina ni en la superstición.

La dedicación con que su madre recolectaba trapitos blancos para envolver las estatuillas de los santos estaba a la par con su devoto deambular por las santerías para conseguir, precisamente, los íconos que embalaba con esmero.

La obsesión por el traperío solo era comparable a su tacañería. Humillaba a su hijo hurgueteando los tachos de basura en busca de trapos que rescatar para luego dedicar horas al lavado que garantizase su inmaculada limpieza. También era habitual recorrer las casas de conocidos recordándoles que almacenaran esos desperdicios que ella usaba en su beatífico ceremonial, para luego ir en su búsqueda como quien va al encuentro de un magnífico tesoro, a veces acompañada de su hijo y, en otras oportunidades, sola.

A medida que el muchacho creció, la madre comenzó a evidenciar otros aspectos de su personalidad que hasta entonces no eran tan evidentes y que fueron una de las razones por las que su padre terminó fugándose del hogar conyugal. Su reconocida frugalidad para la comida fue desplazada por una persistente abstinencia; ya no se podía decir que aquello fuera una cualidad de morigeración, sino, sencillamente, una animadversión hacia la comida, que hacía del ayuno no una virtud, sino un castigo despreciable. Por entonces, la anorexia no se encontraba entre las preocupaciones médicas, y por ello su diagnóstico resultaba aún extraño. Pero no cabía duda de que la mujer padecía ese grave trastorno.

A la hora del almuerzo solía servir un hueso hervido durante horas y al que algo de carne pegada todavía le quedaba, alguna papa y una media zanahoria que también eran zambullidas al agua hirviente simulando un caldo soso, desabrido e imposible de ingerir. Solo en muy contadas oportunidades ese pastiche insípido era acompañado de un huevo duro y una rodaja de pan negro.

Poco tiempo después de que estos extraños hábitos modificaran de modo radical las costumbres hogareñas, a la obsesión de juntar trapos blancos para envolver estatuillas de yeso que representaban distintos santos y a la exagerada economía en el comer se le sumó la de guardar todo en diminutas bolsitas de nylon de regular tamaño que cerraba haciéndoles una multitud de nudos que oficiaban de rudimentarios cerrojos para preservar un variado e inútil contenido. Deshacer los nudos para acceder a lo guardado era un verdadero prodigio y requería de una habilidad, en muchos casos, superior a la que se había invertido para realizarlos. Pero como la mujer mordía sus uñas casi hasta su nacimiento, la empresa tenía visos de imposible y solo el auxilio de una puntiaguda lezna, que acudía en reemplazo de las mordisqueadas uñas, facilitaba el cometido. El ciclo de guardar, anudar y esconder para luego descubrir, desanudar y servirse ocupaba largas horas del día y obligaba a la mujer a permanecer celosa en su tarea, la que alternaba con el lavado de trapos blancos y el empeñoso arrebujado de santos y santas de todo tamaño y color.

Cuando su padre se fue de la casa para no retornar, la mujer destinó la amplia cama marital para depositar en ella decenas de esas bolsitas bajo las viejas mantas llenas de agujeros y escasos remiendos que usaba de abrigo. El mueble cambió de cometido, dejó de ser útil para el descanso reparador y fue usado como extraño arcón que resguardaba de la curiosidad y la avaricia ajena las supuestas preseas que la mujer almacenaba, atribuyéndoles valores inexistentes para un próspero porvenir, arropadas bajo esas roídas y descoloridas frazadas.

Tanto a la hora de la siesta como por la noche, ella se acomodaba en el centro de la cama y apretujaba contra su cuerpo decenas de esas bolsitas atesoradas con esmero. Las bolsitas le prodigaban calor que retribuía con su celosa custodia. En esa posición podía permanecer largas horas sin padecer un solo calambre.

AC, con el correr de los años y ya incorporado al servicio activo, debió abandonar la casa materna. En cierta oportunidad en que se apersonó para visitar a su madre y comprobar su estado de salud, recibió la noticia de que esta había decidido no volver a caminar. Aunque insistió ante su madre en lo desatinado de la decisión, nada hizo cambiar de parecer a la mujer. Ella afirmaba que ya había caminado lo suficiente en su vida y que era hora de descansar sin interrupciones, solo acompañada de sus tesoros embolsados y rigurosamente protegidos por una maraña de nudos superpuestos unos sobre otros.

AC dejó a su madre al cuidado de una tía, hermana de ella, tanto o más devota, quien, en buenas relaciones con la curia, consiguió un lugar en un asilo de las proximidades de Buenos Aires. El cotolengo estaba a la vera del Riachuelo y se le impuso el nombre de un virtuoso varón. Allí compartió largos años de su voluntaria incapacidad con mujeres de edades diversas que sufrían los más variados padecimientos, ya fueran ciegas o hemipléjicas, sordas o deficientes mentales, o con otras desventuras, abandonadas en ese lugar y que se transformaron en una numerosa legión de olvidadas de todo amor y de todo aprecio, a la espera de la muerte que nunca sería lamentada por nadie.

A su madre el lugar le resultó más que confortable, y amoroso el cuidado que le prodigaban las monjas. Recibía sus cuatro comidas diarias que, comparadas con los potajes que presentaba a la mesa cuando convivía con su hijo, eran manjares que disfrutaba con vívida alegría. Ya no debía levantarse más para atender ninguna de sus necesidades; en el camastro donde estaba tumbada por propia determinación, era acicalada con regularidad y allí mismo evacuaba el intestino y orinaba en unas escupideras enlozadas destinadas a cada internada.

Por su edad e inmovilidad aquello devino en una atrofia crónica y, luego de quince años de postración, su esquelético aspecto la emparentaba con los sobrevivientes de un campo de exterminio, salvo por la multitud de bolsitas que la rodeaban como un rosario roñoso, engarzado por infinitos nudos.

AC no se sorprendió de su muerte. No fue repentina, solo fue la suma de pequeñas muertes que a lo largo de tantos años terminaron reuniéndose en una sola y definitiva. Y para no faltar a la verdad, también llegó a considerar que su madre, en realidad, se aburrió de vivir y convocó a la muerte, la única que podía llevarla a ese limbo que, imaginaba, resumiría todos los encantos del ocio como virtud y no como holgazanería.

Nunca pudo descifrar el significado de los trapos blancos y los santos embalados que llegaron a ocupar todas las alacenas y otros muebles ya destartalados de la casa. No podría nunca explicarse esos enigmas, por lo que tampoco en esa oportunidad pudo explicar al general, aunque más no fuera a modo de conjetura, el origen de esa mística obsesión de su madre.

—No, mi general; nunca pude comprender el porqué de esas acciones de mi madre —dijo cohibido.

—Los caminos de Dios suelen ser inescrutables. Todos necesitamos algo de mística, de magia, de sortilegio. La religiosidad es un bálsamo para el corazón angustiado. Yo le rezo a “Él” todas las mañanas, y estoy convencido de que, si yo sigo aquí, es porque “Él” lo quiere.

Cuando el general decía “Él”, señalaba con su dedo índice hacia arriba, en dirección al techo.

—¿Su madre vivía con angustia? —preguntó retomando la conversación con AC.

—Un poco, mi general.

—No la juzgue, compréndala.

Miró a AC con una expresión paternal. Puso su mano sobre su hombro derecho y esperó unos minutos para retomar la conversación. AC estaba realmente confundido.

—Estará sorprendido de cómo conozco esos detalles de su vida —le dijo en voz baja el general.

—Así es… y mucho…

—Conocimiento. Hay que saber todo lo posible de los hombres en los que uno confía, como es su caso. Es muy importante conocer qué piensa y qué siente un subordinado; para asignar la tarea correcta hay que conocer al hombre adecuado. Soy meticuloso para estos asuntos. No me gusta dejar nada librado al azar. Queremos el éxito para todos y nunca el fracaso.

—Comprendo su preocupación, mi general.

—Dicen que es muy bueno en lo suyo.

—Procuro, señor. Mi equipo, mi grupo, mis superiores me han enseñado todo. Yo vivo para mi trabajo. Y, además, vivo de mi trabajo.

—Mire que le vamos a dar una tarea histórica, algo único. Nadie se atrevió hasta ahora, y si usted cumple, nadie lo podrá repetir. Hace muchos años se encomendó a dos bribones la misma faena que le asignamos a usted. Los tipos no cumplieron con la encomienda. Claro que el jefe que tenían era de peor carácter que el mío. Los ajustició al instante. A uno le cortó el gañote, al otro lo hizo ejecutar a culatazos.

—Yo nunca defeccioné de una tarea —explicó AC con tono grave y seguro.

—¡Lo sé! ¡Lo sé! Por eso lo elegimos. No se inquiete.

—Necesitaré, eso sí, conocer el detalle de la misión. Solo el que conoce no falla.

—¡Brillante! Me gusta eso: “solo el que conoce no falla”. Excelente. Pero despreocúpese, eso es puramente operacional y lo va a tratar con quien le indiquen. Definida la estrategia, ya se verá la táctica. La estrategia se explica, la táctica se aplica. Mi deseo de observarlo, conocerlo, ¡reconocerlo!, está más que satisfecho.

—Bien, mi general, ¿en algo más puedo serle útil?

—¡Ya lo ha sido y mucho! Me alegra haberlo conocido, observar su temperamento, saber de sus convicciones. Aunque usted no lo crea, este pequeño momento me ha sido muy revelador. Muchas veces me basta mirar a los ojos de un subordinado para saber qué hay en el fondo de su corazón. En usted veo a un hombre de bien, un agente formado en operaciones especiales, siempre dispuesto al servicio. Lo felicito.

—Gracias, señor. Espero haber cubierto sus expectativas, mi general.

—Así es, se lo aseguro. Usted es la persona ideal. Hombre con larga experiencia, muchos años de servicio. Fui informado sobre sus aptitudes físicas e intelectuales. Sin esposa, sin hijos; hijo amoroso, aunque sus padres ya están con Dios en el descanso eterno. Bien elegido, bien seleccionado. Voy a felicitar a quien lo escogió. Usted va a disfrutar de un justo reconocimiento por sus méritos. Confiamos en usted, sé que no nos va a defraudar. ¡Usted sí que puede decir “síganme, no los voy a defraudar”! —Los hombres rieron a coro.

—Confíe en mí, señor. Si no, ¡que Dios y la patria me lo demanden! —AC, entusiasmado por el licor chino, que ya hacía su efecto espirituoso, exclamó con voz marcial.

—¡Fantástico! ¡Me conmueve su entusiasmo! Usted confíe en nosotros. Y confíe en “Él”.

Y al decir “Él”, volvió a señalar en dirección al cielorraso.

—Los hombres solo somos circunstancias, lo que importa es la patria. Usted está próximo a realizar una encomiable tarea que no solo será de gran valor para la nación, sino que, en lo personal, me dará un gran alivio y satisfacción. Le aseguro solemnemente que sabré retribuírselo con creces. Vaya tranquilo, que el camino está despejado, soldado. ¡No hay ningún peligro a la vista! ¡Viva la patria!

—¡Viva la patria! —exclamó AC, exaltado—. ¡Viva la patria, aunque yo perezca!

—¡Que así sea!

El general en jefe lo acompañó hasta la salida. Palmeó su espalda y cerró delicadamente la puerta del gran salón.


XVIII

El matrimonio entre Blanca Divinidad y Giovanni Antonio Giuseppe Manuel duró poco.

El negocio de las adivinaciones prosperaba inimaginablemente. Venían de todas las zonas cercanas al hogar a buscarlo para recuperar dineros perdidos; y estaban aquellos que, movidos por la codicia, afirmaban, llevados por puras corazonadas, que era por demás posible que sus ancestros hubieran dejado escondidos tesoros, fortunas memorables, oro a granel, que los harían inmensamente ricos como nadie lo había sido hasta entonces en aquellos parajes.

Al principio, la esposa, Blanca Divinidad, disimuló su hostilidad hacia aquellos abandonos. Dedicaba las solitarias horas a rezar el rosario o tejer mantitas para los futuros hijos. Su sexo ardía sin encontrar consuelo.

Luego, ante las ausencias, dedicó largas horas a repetir incansable las rutinarias tareas hogareñas. Las repetía del derecho y del revés, de anverso y reverso, buscando apaciguar de algún modo la desilusión que le provocaba la ausencia de su marido a toda hora y en todo momento. Y las noches, agitadas, se volvían crueles, vaciadas de afecto y de caricias. El corazón se le astilló de amor. La soledad agrió sus sentimientos.

Dedicó largas horas y denodados esfuerzos a esconder el dinero que a manos llenas Giovanni Antonio Giuseppe Manuel depositaba a su cuidado todos los días, producto de sus adivinaciones y algunas propinas que los nuevos ricachos le regalaban como retribución a sus magníficas dotes. Blanca suponía que la desaparición de lo único que parecía mover al apasionamiento de su esposo, el dinero, motivaría algún tipo de inquietud en su consorte y por ello lo obligaría a permanecer en el hogar un tiempo más prolongado. Lejos de ello, a Giovanni Antonio Giuseppe Manuel le pareció extraordinaria la estratagema de su esposa de esconder la fortuna por cientos de escondrijos; si algún bribón pretendía hurtarla, solo podría hacerlo con una modesta porción de ella. Después de todo, recurriendo a sus dones adivinatorios, nunca el dinero se extraviaría; siempre lo podría hallar cuando lo deseara.

El dinero fue desparramado por toda la casa: detrás de los roperos, en los colchones, en los techos, en los marcos de las puertas y en los bolsillos de cada prenda. En los lugares menos sospechados se encontraría un billete o dos, escondidos. La fortuna estaba así bien resguardada, a juicio del adivinador.

Blanca Divinidad sintió una profunda desazón al comprobar que su artimaña solo sirvió para infundir más confianza e indiferencia en su, hasta entonces, amado esposo. La mujer se tornó intempestiva, llena de recriminaciones y de deseos insatisfechos; su vida se consumía en largas esperas que más y más la llenaban de indignación.

Meses después del casamiento, no perdía ocasión para recibir a su marido con un discurso interminable, lleno de reproches, que Giovanni Antonio Giuseppe Manuel ni escuchaba, ensimismado en el listado de sus próximas visitas. Al tiempo que la lista de clientes aumentaba, crecía la furia de Blanca.

—¿¡Otra vez te vas!? —gritaba amenazadora—. ¿¡Otra vez te vas!?

Giovanni no atinaba a responder sus preguntas. Cuando ella lo interrogaba, él se ensimismaba inexplicablemente.

—Te pregunté si te vas de nuevo. Nada malo te va a pasar si al menos me contestás. Si yo sabía que esto me esperaba no me hubiera casado con vos. ¡Si hasta ni tiempo de hacer hijos tuviste con esto que te llevan de aquí para allá buscando esa plata mugrosa que tanto te enternece! No me tocaste la entrepierna ni una sola vez desde que nos casamos; te toco, me rechazás; te beso, me esquivás; te acaricio, te dormís… ¡Qué clase de hombre sos, Dios mío! ¿Es que nada hace que te comportés como un hombre? ¡Quiero un hombre! ¿Y tu pene? ¿Alguna vez me lo pensás presentar? ¡No se hace notar nunca! ¿Lo perdiste? ¡Pero si es el tesoro de cualquier hombre! ¡Encontralo, por Dios! ¡Vos podés encontrar cualquier tesoro! ¡Encontrá tu pene! ¡Quiero conocerlo! ¿Es tanto pedir? Sos como un imán caminante al que todo se le pega, el que todo lo encuentra menos mi felicidad.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, un día de esos de los que no se espera nada extraordinario, no volvió más a su casa.

Varias semanas después envió una larga carta desde un lugar que nadie conocía, diciendo que se había embarcado hacia España con un compadre que tenía las mejores informaciones en cuanto a los numerosos tesoros de monedas de plata y de oro sepultados en la época de la conquista, y que volverían en cuanto hubiese acumulado una fortuna tan grande que les diese a todos los parientes el bienestar que deseaba para sí mismo.

Para su esposa escribió las más bellas palabras que conocía; la llenó de alabanzas y promesas encantadoras, prometiendo que a su vuelta no solo serían ricos, sino que su progenie sería tan numerosa y llena de bienaventuranzas que los nombres y virtudes de sus hijos trascenderían todas las fronteras y recorrerían el mundo, lo que, al final de cuentas, la haría la mujer más feliz de todas.

Al terminar la lectura, Blanca Divinidad permaneció inmutable y en silencio. Al cabo de un rato empezó a maldecir.

—A este hijo de puta lo único que le preocupa es que no lo haga cornudo. ¡Haberse visto semejante desgraciado! Lo único que quiere conservar es mi fidelidad… y, por si fuera poca la humillación, me promete que me la va a pagar cuando venga de su viaje maldito.

Blanca Divinidad se encerró en su amplia casona (aquella que Biagio construyó imitando las dimensiones de una iglesia), con una docena de perros y otra de gatos, y todos los meses marchaba a la estafeta con ese desfile perruno unas veces, gatuno otras, animalitos que hacían como una filita larga y prolija detrás de la mujer, que iba a retirar el dinero que su esposo le enviaba desde lejanos países, en los que seguía buscando tesoros.

Nadie sabía qué hizo Blanca Divinidad con su fidelidad. Y a esa altura de los acontecimientos a nadie le importaba.

Muy alejados de los humores sexuales de la despechada mujer, los vecinos desesperaban por saber las andanzas del famoso adivinador; y si no obtenían noticias seguras, imaginaban aventuras magníficas, encuentros fantásticos, hallazgos indescriptibles.

¿Estaría Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, el cazador de fortunas, ya por Italia repasando la tierra de sus antepasados? ¿Habría escalado la famosa Torre de Pisa, en la que habría hallado el más maravilloso tesoro del Renacimiento, puesto a resguardo por el propio Leonardo? ¿O estaría en Roma bebiendo la leche de la fortuna de la misma loba que alimentó a Rómulo y Remo?

Otros decían que Italia solo significó un pasatiempo para aquel dotado maravilloso, que seguramente estaría por Francia, de donde suponían cruzaría el Canal de la Mancha para acometer contra las fortunas ignoradas de los famosos piratas ingleses. ¡Ahí sí que había riquezas incalculables! ¡Montañas de monedas de oro que el inglés perverso le robaba al español tozudo, cuando navegaban en esas modestas cáscaras de nueces, luego de masacrar a los indios americanos para robarles el oro, la plata, las piedras preciosas y las mujeres!

Cada uno soñaba con el tamaño de la riqueza que deseaba para sí. Y los que sabían que no poseían ningún oculto tesoro, ni parientes ricos que escondieran fortunas, aspiraban a que algún día Giovanni Antonio Giuseppe Manuel volviera lleno de riquezas y las repartiera entre todos aquellos a los que la suerte siempre les había resultado esquiva. Pero nada de eso ocurrió.

El aventurero llegó una tarde acosada de soles que ardían monótonos, una tarde en que nadie lo esperaba. Estaba cambiado, hecho un varón maduro al que, sin embargo, no parecían afectarle el paso de los años; mantenía una curiosa lozanía que era la envidia, en especial, de todas las mujeres. Él atribuía esa condición a su indiferencia por el paso del tiempo, que lo hacía inmune al envejecimiento. Nadie creía en este argumento. Volvía de esa cruzada ilusoria sin un peso en el bolsillo.

Blanca Divinidad, al saber que su exmarido estaba de regreso, dispuso la jauría que la acompañaba de ida y de vuelta de sus mandados, esperando que la sola proximidad de Giovanni Antonio Giuseppe Manuel fuera estímulo suficiente para que la perrada lo destrozara a dentelladas. Pero el esposo, o habría que decir el exesposo, ni se asomó por la casa aquella; no intentó contactar a su moradora, y la jauría durmió la siesta durante muchas tardes calientes, bajo una sombra fresca que frondosos árboles derramaban al frente de la casa de su patrona, ignorante de la disputa antigua del fracasado matrimonio.

Se afincó en la casa de sus padres, aquella que Biagio construyó asistido por sus hermanos, y que María Piadosa, la madre, remodeló para albergar no solo a su numerosa prole sino a toda la barahúnda familiar. Esforzándose en el trabajo del campo como jornalero de otros productores, recompuso en parte sus alegrías y disfrutó a pleno la numerosa familia que lo trataba como a un héroe de una guerra tan inigualable como inexistente. Era el que conoció las capitales del mundo, la vorágine cosmopolita de la Europa de sus antepasados. Estaba lleno de anécdotas para contar y que resultaban el disfrute de toda la parentela.

Los parientes constataron que sus dotes de adivinador estaban intactas, pero su curiosidad había desaparecido. Estaba sosegado. Los días transcurrían entre el trabajo en el campo y el anecdotario, sin rebusques adivinatorios, en calma y sosiego.

Una madrugada, poco antes del alba, meses después de su regreso, se despertó atribulado. Miró desde su ventana las rutinas del horizonte más próximo a la casa. En el fondo del paisaje, el sol prometía retratarse en el cielo organizando sus rayos en francas pinceladas doradas ondulantes, cortas, punzantes, que le darían un aspecto impresionista. No había ni promesa de nubes ni de vientos. El aire se resecaba a cada instante, exprimiendo el poco rocío que aún conservaba; su movimiento ascendente y espiralado habitual cesó en un santiamén, respondiendo a una misteriosa orden. Giovanni Antonio Giuseppe Manuel reparó en esa exagerada quietud; si hasta podía oír el ruginoso deslizar del tiempo en un tic-tac
sin destino seguro, hacia algún futuro difícil de descifrar.

Aspiró profundamente. Años atrás, solo una vez sintió esa misma sensación, muy parecida al desasosiego. El clima, enrarecido más que de costumbre, contribuía poderosamente a esa mortificación.

Regresando a esa edad en que un desvelo extraño interrumpió su búsqueda de tesoros escondidos bajo la amonestadora mirada de su madre celosa, siempre atenta a que el malcriado no denunciara sus escondites, tuvo esa conmoción breve, ruda, una palpitación mordaz, que lo inducía a buscar sentimientos, no dinero, y que lo desorientaba confundido.

Caminaba siempre en dirección al norte y, luego de dar una cantidad de pasos determinada, viraba noventa grados a la izquierda, y luego ciento ochenta grados a la derecha, describiendo una geometría desbocada de toda lógica. Las razones de esa danza extravagante nunca las comprendió. Muchas son las cosas que a los hombres les surgen sin reconocer sus razones.

El sentimiento duró apenas un suspiro; se encogió de hombros como quien quiere afirmar «no sé», sacudió su cabeza intentando despejarla y se acomodó los pelos; aún sentía un regusto amargo en la boca. ¿Sería la muerte la que tenía ese olor, ese gusto, esa manera? Pero no se sintió morir. Era un sabor más próximo a una angustia o a una tristeza. Eso pudo reconocer. Aquellas sensaciones quedaron grabadas en su memoria.

Esa mañana, en su habitación mirando por la ventana, volvió a sentir esa emoción confusa que lo impulsaba a buscar sentimientos y no fortunas. Como quien no tiene tiempo que perder, saltó de su cama y caminó siempre hacia el norte, girando noventa grados a la izquierda y luego ciento ochenta a la derecha, cada cinco o seis pasos en una danza ritual, tal como hizo cuando niño. Llegó hasta el cuartucho ubicado al fondo de la finca, esa especie de cobertizo rústico, construido hacía mucho tiempo para guardar algunas herramientas utilizadas en el incansable ejercicio del arte de la construcción que Biagio cultivó con devoción.

Hurgó durante algún tiempo con los ojos entre el montón de chatarras, apiladas con descuido, bajo el techo de chapa alquitranada del cobertizo, hasta que sus ojos se posaron sobre un montículo de naderías en el que no se podía distinguir con claridad ningún trasto útil o inútil.

Sin cavilar, se dirigió al montón y, revolviendo los cacharros, extrajo de entre ellos una especie de relicario, como un joyero nacarado de tamaño mediano, que parecía esculpido con lágrimas de Marías, lágrimas que a Giovanni se le figuraron purificadas, de esas que al pie del crucificado rodaban en padecimientos desde las mejillas de las mujeres hacia la hondura del pozo en el que el madero penetraba, sosteniendo esforzado el peso del crucifijo y del crucificado.

El estuche estaba cerrado. Una pequeña cerradura era todo el impedimento que separaba al adivinador del contenido de su hallazgo. A pesar de la facilidad con que hubiera podido abrir el cofre, sus prodigios lo invitaban a la moderación, a la cautela. Si se lo hubiese interrogado en ese preciso instante sobre el verdadero contenido de su desvelamiento, habría incurrido en flagrante contradicción. Si tenía en cuenta sus dimensiones, los materiales con los que la artesanía fue fabricada y sus ornamentos, concluía que debería tratarse de un simple adorno. Resultaba demasiado liviano para contener oro, plata o diamantes. Él hubiera detectado de inmediato si se trataba de valores contantes y sonantes, de alguna joya o de exóticos billetes. Pero nada le sugería tales cosas.

Su vasta experiencia en reconocer tesoros donde nadie podía ni imaginarlos le indicaba que lo que ahí estaba guardado era otro tipo de secreto. Algo de mastín rabioso en cautiverio, algo de cementerio y amargura, algo de sangre penitente en perpetuo reclamo de justicia. Cuando penetraba con sus sentidos en el interior del alhajero, descubría una densidad extrema, un magma vaporoso que de manera inarmónica estallaba en estremecedoras melancolías. Esa escoria que supuraba se abría paso por los nervios de sus propias emociones dejando como raras llaguitas que, tras la quemazón, se enlutaban. Percibía las hilachas nerviosas de los tejidos desflorados de una niña que fuera diáfana y curiosa; en el escaso alhajero se acomodaban hallazgos funestos de tejidos sangrados, que perdían la sutileza de unos tules traídos al nacer, tules que fueran suaves pero que se llenaron de martirios y suplicios.

El hallazgo sugería insinuantes eventos ligados a un pasado para él desconocido; remitía a amores singulares, a tormentos notables, a odios sempiternos, neurasténicos, tumorosos, que aguardaban ser extirpados para que el curare letal que los impregnaba intoxicante pudiera ser drenado sanadoramente. Aquello que escudriñó como de costado era humano, distinto, conmovedor. Y él, liviano como un simple plumón, estaba triste y abrumado. Estaba, francamente, consternado.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel no se atrevió a abrir el cofre. Aceptó que su decisión no estaba fundada en el decoro o el respeto a alguna intimidad ajena, aquella que buscó el resguardo de ese relicario escondido entre chirimbolos olvidados; su decisión estaba sostenida en la cobardía. Era algo cobarde y ese sentimiento no lo menoscababa; la cobardía, más de una vez, lo puso a buen resguardo de la estupidez de un intrépido cazafortunas en tierras extranjeras.

Con el estuche en su mano, se encaminó al cuartucho donde Francisco replicaba incansables planos de casas. Aquella obsesión de su suegro, don Biagio, que tantos sinsabores le produjera a María Piadosa, la madre, y de lo que su hija, María Piadosa, la Breve, fuera testigo, traspasó de uno a otro.

María Piadosa, la Breve, dijo: «Una maldición». Padeció el delirio constructor del padre y ahora la figuración de ingeniero del marido.

Nadie sabía cómo ocurrió aquel traspaso. Biagio, antes de morir, tuvo un largo cónclave con los hermanos que lo sobrevivirían, pero estos, al unísono, se negaron a tomar la posta del fragor constructivo. Todos, unos más, otros menos, estaban ya entrados en años como para andar cargando de aquí para allá ladrillos, arena, cemento y piedra. Esperaban terminar sus días en el sosiego familiar y no en el desasosiego que les ofrecía el mayor de los hermanos.

Biagio, luego, convocó a la prole. Muchos hijos se hicieron presentes junto al moribundo, pero otros prefirieron esperar que los primeros les informasen a qué se debía la convocatoria. Cuando supieron que el padre agónico estaba buscando un sucesor para sus delirios, se negaron a secundarlo en sus deseos. Cada uno estaba ya enredado en sus propios asuntos y, si era por delirios, sobraban, pero ninguno como el del padre.

Imaginó que aquel que era su vivo retrato, Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, sería el indicado para recoger la herencia. Pero ese, justamente, se hallaba rodando por el mundo en busca de tesoros que descubrir y aventuras que disfrutar.

Cuando comprendió que el final estaba ya demasiado cerca y no provendría del propio linaje el continuador, convocó a su yerno, Francisco, casado en primeras y únicas nupcias con su hija, María Piadosa, la Breve, como se la conocía desde pequeña, y le rogó, casi hasta las lágrimas, que él aceptara hacerse cargo del legado. Francisco, que ya estaba jubilado, escuchó con sorpresa el ruego lastimoso del moribundo en su cama.

El primer sentimiento que ganó el corazón de Francisco fue de rechazo. Pero, contrariando todas las predicciones, aceptó. A pesar de todos los reparos que siempre interpuso ante su suegro por aquel delirio, aceptó. ¿Por complacer al viejo enfrentado con la próxima muerte? Nadie lo supo. Pero Biagio murió lleno de alegría. Y aunque deseaba que alguno de su propia sangre lo continuara, no estaba del todo mal que aquel que dormía hacía ya tantos años con su amada hija lo hiciera. Fue cuando María Piadosa, la Breve, dijo: «Es una maldición» y repitió, mientras agitaba amenazante el dedo índice de la mano derecha: «Una maldición». Sin embargo, el traspaso de la obsesión no alcanzó a manifestarse en plenitud en su esposo. Eso trajo algo de alivio a la mujer.

Mientras que a Biagio no hubo manera de sosegarlo para que no cargara pilas de ladrillos, decenas de bolsas de arena, cemento, piedra y herramientas, y todo aquello que él decía le era indispensable para las obras, a su esposo, Francisco, lo conformaba dibujar en grandes hojas que se hacía traer de la ciudad, simulando planos irrealizables.

El delirio de Francisco tuvo otras connotaciones. Luego de mamarrachear decenas y decenas de bosquejos, comprendió que su habilidad era la ingeniería y no la albañilería. Allí encontró el atajo para no someterse al suplicio del trabajo duro y cumplir la promesa que hizo ante el agónico suegro poco antes de que este expirara definitivamente.

Se hizo llamar «ingeniero». Incluso contrató a un letrista que fileteó un bello cartelito que se colgó a la entrada de la casa, que decía en exquisita letra cursiva coloreada: «Ingeniero constructor». Giovanni Antonio Giuseppe Manuel lo ridiculizaba rebautizándolo «il inginieri». Eso produjo más de una acalorada discusión.

A Francisco no le fue necesario que su cuñado le dijese qué se traía entre manos. Apenas distinguió una arista del cofrecito, supo de qué se trataba. Conocía la existencia del relicario, aunque nunca lo reveló. Tantas veces lo acarició y tantas otras lo mantuvo oculto. Era un secreto, hasta entonces. Nunca deseó abrirlo.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, al apreciar el gesto en los ojos de su cuñado, comprendió que el hallazgo no resultaba una alegría, ni siquiera un acierto que mereciera cierto reconocimiento. Trató de justificarse.

—Él me llamó, pude sentirlo. Me guió para que lo encontrara. —Y con una mano señalaba el cofre como si fuera el responsable de un delito.

—Seguro —dijo escéptico su cuñado—. ¿Cómo te llamó? Dijo: «Giovanni… Giovanni… vení despacito que acá te espero».

El descubridor se rascó la cabeza, tratando de brindar una explicación que no se prestara a la burla del pariente.

—No, claro que no me llamó así…

—Llamá a tu hermana; que venga ella a tratar este asunto. —ordenó Francisco, que tenía los ojos llenos de reproches contra su cuñado, quien tardó en reaccionar.

El augur apoyó el estuche sobre el tablero de dibujo y salió disparado en dirección a la cocina, donde su hermana se entretenía con un brebaje edulcorado, mezcla de hierbas y conjuros milagreros para aliviar los dolores del reuma. La mujer, al observar ese cierto gesto de espanto que su hermano mostraba y que tiraba hacia abajo la comisura de sus labios, levantó una mano reclamando silencio y bebió hasta el fondo su pócima dulzona. Al terminar la bebida preguntó resignada:

—¿Y ahora qué pasó?

—Tu marido te reclama…

—¿Qué quiere? —interrogó crispada—. Sabe que odio ayudarlo con sus «planos».

—No es por los planos. Ni siquiera es por él. Es que hice un hallazgo.

—¡Ah! ¿Eso? Es tu especialidad. No es el primero ni será el último.

—Es diferente, María. Este es diferente. —dijo Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, quien llevaba en la boca como un lamento que lo hacía bisbisear sus palabras, apagadamente.

—¿De qué se trata? —sospechó la hermana, desconfiada.

—Es un alhajero que encontré en el cobertizo. Él me guió, lo pude sentir, aunque confuso. Creí que era tesoro, pero no lo es. Tu marido no me cree.

María se rascó la mollera imitando el gesto de su hermano y puso en su cara varias muecas de desconcierto, de preocupación.

—Alguna vez tenía que pasar —dijo resignada—. Esperame acá —ordenó a su hermano.

Se dirigió a su habitación. De una modesta canastita guardada en un compartimiento de su ropero, extrajo una oxidada y pequeña llave. Regresó arrastrando los pies.

—Ahora voy a pedirte algo, Giovanni —dijo serena y con afecto, mirando a los ojos a su hermano—: de este asunto no hablés con los primos, ni con los tíos, ni con los sobrinos, ni con un solo pariente. No hablés con nadie… ¡Con nadie! Este alhajero que encontraste es de Teresa. Le pertenece. Ella lo escondió ahí por algo que nunca nos quiso decir. Si ella no quiso que viéramos esto, no había por qué mirarlo. Ya sabés que Teresa es la luz de mis ojos y el amor de Francisco. Ahora ya está, ya lo encontraste, ya sabés que existe, y no vas a parar hasta que lo abras. Yo te conozco, hermanito. Yo te conozco. Sos obstinado como papá.

—Él me llamó, quiere que lo abra. ¡Qué puedo hacer!

—Seguro, él te llamó. ¿Cómo te llamó? Dijo: «Giovanni… Giovanni… vení despacito que acá te espero».

—No, así no me llamó. —Negó ante su hermana como antes había negado ante su cuñado.

—Espero que no hablés con alhajeros, porque si no estás para el loquero. Vas a cerrar la bocota esa que tenés, no vas a hablar con nadie del asunto. Quiero que esta vez cierres la boca como se cierra un ataúd para llevar al muerto al cementerio.

A Giovanni no lo conformaba la referencia al ataúd, el muerto y el cementerio. Era algo supersticioso. Se mantuvo en silencio.

—Te pedí que prometas tu silencio. Haceme el favor, prometémelo, te lo ruego.

—Lo prometo, lo prometo… —afirmó el hombre cabizbajo.

—Ahora… eso de que soy obstinado como papá…

María miró tan fieramente a Giovanni Antonio Giuseppe Manuel que este optó por el silencio prudente.

—Lo prometo —dijo poniendo su diestra en el corazón y alzando la mano izquierda, en juramento—. ¡Lo prometo!

—Más te vale —remató María.

—No hablaré con los primos… —prometió el hermano.

—Ni con los tíos —agregó la mujer.

—Ni con los sobrinos… —siguió Giovanni el recuento de parientes.

—Con nadie. ¡Con nadie! ¡Nadie!

—Con ningún pariente, ¡lo he jurado, María!… Con nadie… Lo juro. —Repitió solemne, y besó sus dedos pulgar e índice dispuestos en cruz.

—Por el amor a Teresa —lo amenazó María secamente.

—Sí, claro —balbuceó—. Por Teresa. Yo también la amo.

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel se encogió de hombros, acompañó el gesto alzando sus manos al frente como pidiendo disculpas y volvió donde Francisco, quien seguía absorto mirando el cofrecito nacarado. Atrás llegó María con la pequeña llave oxidada.

—Francisco, voy a abrir el alhajero. Acá está la llave. Quiero que me digas si hago mal o bien —preguntó al marido, que parecía temeroso y pensativo.

—Yo qué sé, mujer… —se justificó el hombre—. Siempre supimos que Teresa guardaba aquí sus cositas. Ella no está, se fue hace tiempo. No sabemos cuándo volverá, si es que alguna vez vuelve. Cada vez que le hablás sobre su regreso te dice que no es el momento. ¿Viviremos para ver ese retorno? No lo sé. El secreto ya ni siquiera nos pertenece. Por algo Giovanni lo encontró. Y, por otra parte, ¿cuánto tiempo le puede durar la discreción a tu hermano?

—Juancito… Juancito… el chismoso encontrador… Bueno… —dijo la mujer con un leve suspiro, acariciando a su hermano que buscaba disculparse con la mirada—. Que sea lo que Dios quiera.

María abrió el estuche con la pequeña llave. Observaron un sobre envuelto en fina seda azulada. Al extraerlo, comprobaron que no se trataba de un sobre sino de una bolsita de seda azul, no muy grande, bordada primorosamente, doblada con delicadeza, cuyo contenido era poco abundante y liviano. Desdoblaron la bolsa, desataron tres nuditos que, apretujados, protegían el contenido. Al hacerlo, quedaron presentados pequeños rectángulos de papeles que fueron blancos, pero que el tiempo amarilleó. Sacaron de a uno los papelitos. Los esparcieron sobre la mesa de dibujo. Con verdadero primor los estiraron. Estaban escritos. Una diminuta y casi ininteligible letra se desparramaba de arriba abajo, de un lado al otro. Eran letras cuneiformes, incrustadas en el papelito como trazos de lápices de colores bruscos. Pasaron el día en la infructuosa empresa. La noche llegó y hacía oír unas músicas melancólicas a lo lejos. El viento volvió con bullicio metálico haciendo un trémulo sonido. El aire recuperó su espiralidad y nubes gualdas llevaban en sus vientres tajos azules como de aceros maleados por el agua de lluvia.

La familia no encontró forma de descifrar los signos que, amontonados en el papel, suponían, hacían referencia a una historia, un sueño o un temor.

Pero Giovanni Antonio Giuseppe Manuel captó esas emociones que, en estropicio, llegaban a sus sentimientos y en tropel lo acicateaban para que se involucrara en los asuntos del amor y del odio que los papelitos le sugerían, aun en su incapacidad de descifrarlos.

Hizo un esfuerzo ideal y, al final, luego de un largo deletreo, no pudo ni transcribir una sola oración. La ignorancia los dejó expectantes.

El recuerdo de Teresa acongojó a María. La madre se persignó observando apenada el relicario blanco, y de sus ojos húmedos rodó una negra lágrima funesta; lágrima fue, corriendo-huyendo, salobre pero incolora, a confundirse impaciente en una honda arruga como quien lleva en su cara una astilla de humanidad en penas.

Si hubo alguien que conoció en detalle los tesoros de Teresa, fue justamente María, a quien siempre le dolió la lejanía de la hija. Y si acaso fue incapaz de descifrar los jeroglíficos estampados primorosamente en los papeluchos, intuía el relato, porque llevaba en el alma, como crespones prendidos con crueles alfileres, aquellas historias que las monjas le hicieron conocer antes de entregar la muchacha a su cuidado. Era sabedora de todos los avatares de Teresa: del abuso brutal y su gracia contrita; de su dulce musicalidad de camposanto y de su poético decir que entusiasmaba las tardes de la siesta. Esperaba que un gesto poderoso de la vida transformara los espantos de su hija en combatientes lúcidos y poderosos, en amor necesario, en múltiples caricias.

Cuando Guadalupe dejó el convento y llegó a esa casa, conoció otro amor distinto al de Encarnación. Ella, que venía de una soledad cavernosa, se reconfortó en el fárrago de parientes que la adoptaron en tropel y la llenaron de caricias sanadoras.

Abandonó la música. Si hubiese pedido un piano, María y Francisco lo hubiesen conseguido. Durante muchos años no volvió a ejecutar ninguna composición de las muchas que interpretara durante su infancia junto a Encarnación o con el monjerío aquel del enorme convento.

Los años que transcurrieron entre la llegada de Guadalupe y su partida no fueron tantos. O por lo menos así fue para la madre amorosa. Terminar los estudios, prometerse entre medias palabras que debía buscar en otros horizontes un destino propio, fue lo que Teresa repitió hasta que decidió la partida. Ese día María no precisó que su hija le dijese que dejaba la casa. Conocía los ojos de Teresa y ese brillo ambarino que fugitivo proyectaba el almendro profundo de sus pupilas era una clara señal de una lejanía necesaria, de alguien que debe buscar entre sus propios pliegues su historia y su futuro. Casi como el abuelo Juan, a la buena de Dios.

Así, Teresa y Guadalupe, o Guadalupe y Teresa, las dos niñas que coexistieron en una sola niña-mujer, que creció a saltos, se fue una tarde a resolver el enigma de su encuentro. El sol moría levemente hacia el occidente; hieráticos, sus resplandores hacían como lenguas enrojecidas que parecían susurros de sangres escabulléndose hacia la proximidad de la tarde-noche. Algo de esa orfandad insuperable sobrevivía urdida en su memoria. Teresa soñaba con Encarnación. Soñaba con Caín. Soñaba con esa sanguijuela azul que succionaba su sangre amoratada.

Durante la despedida María lloró a mares. Francisco, acobardado, se encerró en su cuartucho a descifrar algoritmos que revelaran un conjunto de instrucciones y reglas bien definidas, ordenadas y finitas que le permitieran sobrellevar la tristeza de modo razonable.

Acomodó en su valijita solo algunas pertenencias. Ropa, papeles, fotos. Aquellas sepias y mohosas que los abuelos trajeron empapados en los mustios canastos de mimbre descoloridos.

Los abuelos Juan e Inocencia habían muerto hacía algún tiempo. Llevaba en su nariz ese olor mustio de la muerte que desgarra los amores y borda congojas duraderas. Pero llevaba también ese olor a lluvia que trajeron los viejos esa noche lejana de recién venidos no se sabía de dónde. ¡Y el poema! El poema sobre la lluvia que jamás olvidó y que Juan recitó despacito mientras tiritaba de frío ante los ojos deslumbrados de la niña. «La lluvia tiene un vago secreto de ternura, / algo de somnolencia resignada y amable, / una música humilde se despierta con ella / que hace vibrar el alma dormida del paisaje.»

Cuando Teresa llegó a Buenos Aires recordó con unción aquellas andanzas del abuelo Juan en su arribo solitario a esa ciudad inagotable. Repitió para invocar fuerzas que la asistieran: «las manos en el bolsillo y el sol de frente», como aquel muchacho atrevido llegado de las riberas picantes de las lechiguanas iracundas. Imaginó a ese caballito protector del niño Juan, bajando por las aguas del Guayquiraró, cruzando el torrentoso Paraná, hasta retozar feliz por las orillas del gran Río de la Plata, dispuesto a cabalgar hasta por encima de ese río siempre arbolado de olitas repujadas, con tal de llegar con su compañero al lugar donde los niños deberían pasar felices los días de su infancia.

Por ello, apenas arribó a la ciudad se dirigió al río, ese que solo conocía en las lecturas y del que podía percibir su nervio vibrante correntoso. El río camalotado, el río pastor, el río trasnochador, el río musical, que traía en su cauce cuentos de amor, de locura y de muerte, río con humores a jirones, que la embelesaban tanto como el «Nessun dorma» que Encarnación le cantaba amorosa en noches de sueños de fracasos. El río que desdecía incansable aquella desértica sustancia que rodeó su primera infancia, cuando faltaba humedad hasta para unas lágrimas mustias de los ojos de angustias.

Supo en Buenos Aires de modo azaroso de la muerte de Amanda. Tuvo que reposar sus ojos sobre los viejos rieles de la estación Liniers del desvencijado «Sarmiento», para apreciar la dimensión de la sepultura donde encontró la muerte aquella vieja sirvienta del caserío torvo (dijeron que loca, lo que ella no creía), la que cosió ese sobre primoroso de seda delicada donde escondió sus cartoncitos llenos de letras ilegibles.

Conoció el amor y conoció la lucha. Una muchacha, Ámbar, ligera y fuerte, perfumante y ardiente, sin preguntar ni pedir nada a cambio, fue su refugio. Y en el revelar la verdad de su pasado halló por fin el rumbo hacia la libertad sin dogmas. Encontró su Caín, que no era otro más que la verdad como un puñal que una mano hecha de redención esgrimía implacable hasta amortajar la podredumbre del pederasta.

Munida de esa verdad al descubierto, con las llagas trocadas en banderas, se sumó al torrente de miles que derrotaban a brazo partido una historia de doble opresión, día por día, hazaña por hazaña. Ya tremolaba sonoro el grito de ¡Ni una menos!, que conmovería la patria en todas direcciones.

Partir para hacer el propio camino, dejando atrás solo amor y expectativas, permite retornar en algún momento por la misma senda. Y una tarde de amor y caricias hasta el alma, a la manera que algunos sospechan que su Dios actúa, sin más razones, decidió, consentida por su amorosa Ámbar, el reencuentro esperado con la bullanga de esa extraña familia cotorrera y las caricias de su madre, la Breve, enorme de amor, que esperaba silente el regreso de la hija.

Como cuando llegó a la ciudad aleve, buscó el río para reconocerse antes de iniciar el retorno. Se detuvo a la orilla de la mano de ese amor de escándalos de besos y caricias, y se convenció de que su vuelta a la casa materna le daría otra fuerza para emprender nuevas empresas que la reclamarían en los años que vendrían. Los vientos, susurrando caprichosos, como inflamados ante su sola presencia, hicieron sonar en las aguas que fluían cascabeleando una especie de himno a la alegría.

Decidió no avisar de su próximo retorno al villorrio. Eligió la sorpresa a modo de regalo. No sabía que el adivinador ya había anunciado su regreso y la familia, sin angustias, la esperaba alborozada.

Ámbar la despidió viendo partir al auto hacia el destino familiar. Volvía con su pequeña valija, la misma con la que partió de la casa materna. Allí guardó, junto con alguna ropa y otras pertenencias, unos modestos impresos en los que fueron traducidas aquellas letras cuneiformes, aquellas incrustaciones de colores bruscos que el tío adivinador, infructuoso, trató de descifrar amorosamente. Si sus dotes hubieran sido suficientes, habría deducido al menos las cuatro palabras iniciales, el título que daba sentido al misterio de los cartoncitos preservados en el primoroso bolsillo de seda azulada que Teresa llevó atado a su vientre y que cosió Amanda para atesorar esas cuatro palabras autobiográficas: «Palabras como filos. Guadalupe».

XIX

Palabras como filos

Guadalupe

1

Era de noche. No había ruidos en la casa. El calor pasaba y hacía crujir caliente el polvo y las piedras. Se olía reseco el paisaje, que dibujaba ondulaciones a trasluz del esplendor de la luna. Oscilante, ascendía en dirección a un cielo que casi se podía tocar con las puntitas de los dedos.

Oía a mamá respirar serena. Tuvo un buen día. Amanda no lidió con los fantasmas que ocupaban posiciones a diestra y siniestra para burlarse amargamente de nosotras. Pudimos tocar el piano, juntas, las dos, a cuatro manos. Cuando podíamos hacerlo nos gustaba Bach. Mamá hablaba de Bach como de un patriarca.

Dijo:

—Es la música y Dios. Hablan. Deciden. Comulgan. ¿Dios existe? —me preguntaba—. Si es así, ¿por qué decidió abandonarnos?

La música disponía y ejercía su destino. No parecía que nosotras nos apropiáramos de las inscripciones en el pentagrama para volcarlas felices en el teclado: surgía con decisión propia. Ella tocaba primero; yo la imitaba; repetía y repetía las musiquitas que jamás se fueron de mi memoria. Luego las músicas se entrelazaban y hacían una.

Atesoro las músicas más que a nada, salvo, eso sí, el amor de mamá que me reparaba siempre. Cuando los fantasmas la invadían no había música, solo gritos. Huía entonces y me escondía debajo de mi cama. La noche llegaba y se metía entre las sábanas, advirtiéndome que desesperara, porque en cualquier momento caía el desamor y el infortunio. Debía espantarlos como diera lugar.

2

Pregunté:

—Mamá, ¿por qué no hay niños en la casa, que es tan grande y solitaria?

Mamá dijo que había muchos niños, pero que desaparecieron. Recordaba algunas caras y ningún nombre. No eran niños, eran sueños; sueños como niños que iban y venían por los pasillos y las escaleras.

Los sueños son efímeros, pasan y dejan alguna huella, a veces como imágenes, a veces como perfume, a veces como pena. Los sueños como niños son livianos, plumosos, fugaces.

Amanda decía que los niños no eran sueños: eran niños de verdad y que se fueron a lugares seguros, donde otra gente, en otras casas, podía darles cuidados y algo de amor, si era necesario. ¿Algo de amor? ¿Se puede dar algo de amor si es necesario? ¿No es siempre necesario el buen amor?

Refunfuñando, Amanda mascullaba:

—Se van porque está muy «ida» —y hacía un gesto como quien atornilla algo en el parietal de su cabeza—. Dios le da pan a quien no tiene dientes e hijos a quien no puede criarlos —sentenciaba.

No estaba segura de quién tenía razón, porque Amanda no soñaba. A diferencia de mamá, ella estaba yerma de sueños, padecía de ese color arenoso de los huesos rancios, disecados con el paso del tiempo, luego de que una multitud de gusanos pasara devorando los restos exangües.

El desamor evapora los fluidos vivificadores que el alma necesita para alcanzar su condición verdadera; sin ellos, es apenas una mezcla de espantajo e infortunio. Cuando el amor no llega, los sentimientos se evaporan, se desvanecen como leve aliento, suspiro imperceptible, postrero, derrotado. Amanda en esa casona se disecó hasta los tuétanos. Esa era la razón de su condición árida, estéril, y su queja amarga contra los niños-sueños de mamá.

Un día le pregunté a mamá si alguna vez se había enamorado. Me dijo, mirando hacia el fondo de la casa por la ventana de mi habitación:

—¡Sí! —exclamó, y se le iluminó la cara. Luego bajó la mirada y balbuceó unas palabras. Solo recuerdo una de ellas: «desamor». ¿No es el desamor una manera de la desdicha?

Cuando hablaba del amor se agitaba. Su respiración se aceleraba, sonaba reseca, áspera, entrecortada. Surgía la oscuridad y en la habitación se agolpaban noches enteras sin luna y sin estrellas. Las noches cada día mandaban más. Mamá pedía una luz que espantara las sombras aborujadas. No había ninguna luz para ella. Pedí una luz y tampoco me la dieron. Amanda amaba la oscuridad, extinguía las luces casi con obsesión. Decía Amanda que solo cumplía órdenes. Pero yo creo que es porque no tenía sueños y no quería iluminar sus solitarias horas.

Cuando llegaba la noche, simulaba dormir. Me escondía bajo las pesadas mantas y esperaba esa respiración entrecortada, caliente, y esas babas de diablo negras, babas de diablo rojas, babas de diablo blancas. Entonces pensaba en los niños que deberían jugar en la casa. Apretaba con fuerza mis párpados y mis labios, para que el espectro no entrara en mi corazón.

3

¿Qué edad tenía? Mamá decía que ocho años. Amanda, en cambio, sostenía que la edad iba con la persona.

Me miraba y decía:

—¿Ese cuerpo es de una niña de ocho años? No lo creo. Ya sos mujercita. Mejor saberlo y no distraerse nunca. No abras las piernas porque el diablo entra por ellas.

A veces había disputas sobre mi edad entre mamá y Amanda.

—¿Cómo toca el piano como un adulto? —preguntaba Amanda, mientras me señalaba con su huesudo dedo índice.

Su tono amenazante dejaba sin palabras a mamá. Ella se encogía de hombros y repetía en voz muy baja:

—Porque es un prodigio, bruta.

Amanda hacía como que no la escuchaba.

No quería crecer, pero crecía sin mi propio consentimiento. Cambiaba. Lo reconocía; era una mutación que hasta me atormentaba.

Cada día aprendía más cosas. Mamá recordó a Litz. Dijo «Litz», deletreó «L», «i», «t», «z», «Litz». Y tocó una música que llamó «campanella», así como lo escribo. La escuché y la toqué con ella. Mamá me dijo algo de un señor llamado Paganini, pero no recordaba más detalles.

Cuando sonaba la «campanella», se oía una risita aguda, esmerilada, algo desapacible. Venía de abajo, del cuarto al que tenía prohibido acercarme. No sé qué guardaban allí, pero alguna vez espié el corredor que daba a la puerta azul de esa habitación que siempre estaba cerrada. El olor era penetrante y confundía los sentidos. Había un hombre parado enfrente de la puerta, cerrando el paso a quien quisiera entrar allí. Era como una efigie, inmóvil, inmutable. Lo veía, pero no me veía. ¿Sería ciego? Lo saludaba, pero no respondía. ¿Sería sordo? ¿Sería mudo? Estaba quieto y miraba al frente. Vaya a saber en qué pensaba.

4

Amanda me encontró espiando el pasillo aquel, largo, oscuro, siempre anochecido.

Me dijo:

—No debés ir allá. Ni mirar. Ni espiar. Ni pensar en ese lugar.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque sí —dijo.

—¿Esa es una razón? No lo creo. No me conforma.

—No es una razón —se sinceró Amanda—, es una orden y listo.

Cuando sonaba la música, se oían risitas tras la puerta azul. ¿Estarían escondidos los niños-sueños? ¿Les gustaría la música como a nosotras? Quería verlos y jugar con ellos.

Amanda insistía:

—Allí no hay nada ni nadie. ¡Qué niños ni qué sueños!

Pero si no había nada, si no había nadie, entonces ¿por qué no se podía ir allí? ¿Y qué hacía ese hombre como un fetiche custodiando la nada y a nadie? Creía que allí encerraban a mis hermanos. ¿Debería liberarlos? ¿Escucharían ellos esa respiración entrecortada, caliente, que yo sentía en algunas desdichadas noches? ¿Los embadurnarían esas pringosas babas de diablo negras, babas de diablo rojas, babas de diablo blancas? ¿Les darían una luz para espantar los miedos o solo verían la oscuridad espesada que asfixia lentamente con su peso?

5

No escribí por muchos días. Mamá lloraba y gritaba. Solo tocaba arpegios y escalas. Acordes mayores, acordes menores. Iba y venía. Subía y bajaba por el teclado. De repente tocaba una música que desconocía. Amanda decía que era el «himno».

—¿Qué es el «himno»? —pregunté.

Amanda dijo que me enseñaría a cantarlo. Mi voz era melodiosa. Mamá decía que era aterciopelada.

Cuando cantaba, desde el cuarto prohibido, se oían golpecitos suaves, tamborileando sobre una madera ahuecada.

6

Había libros en la casa. No recuerdo cuántos, pero los había de muchos tamaños. Desde que mamá me enseñó a leer y a escribir, quería leer y leer. Había libros y muchas partituras. Mamá me daba una partitura, la miraba y la recordaba. Era fácil. A veces me daba libros. También los recordaba con facilidad. Le dije a Amanda que quería más libros. No me respondió durante un largo rato. Luego suspiró y dijo: «Hablaré con el coronel». Guardé silencio. Cuando en la casa se nombraba al coronel, todas callábamos. Es el silencio representado en un nombre.

Trajeron otro piano a la casa. Un piano vertical, para mí. Tocábamos con los dos pianos y la casa se llenaba de sonidos. Estábamos envueltas en melodías, frases, armonías.

El piano lo consiguió Amanda.

7

¿Qué es una raíz? Mamá siempre decía: «A raíz de…».

¿A raíz de…? Le pregunté a Amanda:

—Amanda, ¿qué es una raíz?

Me dijo:

—Lo que alimenta una planta.

Mamá decía que todos teníamos raíces. Pero yo no era una planta. ¿Dónde tenía mis raíces?

Amanda me dijo:

—En sentido figurado, nena.

No entendía qué era en sentido figurado, le dije.

—Tu mamá quiere decir que todos tenemos un origen, «raíces». ¿Se entiende?

Las raíces son el origen. ¿Mi origen es cuando nací? Entonces, desconocía en la brevedad de esos años mis verdaderas raíces. Pero no en vano había nacido. No en vano mamá me había gestado. Ella era mi raíz.

8

Amanda me dijo:

—Las raíces están en la memoria.

Por el camino de la memoria y la soledad andaba mi recuerdo. Recuerdo. ¡Siempre recuerdo! Disputaban la memoria y el olvido. Con paso redondo descendía hacia la realidad y hacia los sueños. Las tres babas de diablo acechaban en la noche. Cerraba mis ojos. Lloraba.

9

Adán y Eva. Caín y Abel.

Adán y Eva tuvieron muchos hijos. Los hijos tuvieron muchos hijos. ¿Tuvieron hijos entre todos?

Le pregunté a Amanda por qué los hijos de Adán y Eva tenían hijos entre ellos.

—¿Los hermanos deben tener hijos entre ellos? ¿Por eso encerraron en el cuarto de puerta azul a mis hermanos? ¡Así nunca podré tener mis hijos!

Amanda se puso roja de furia. Gritó:

—¿Qué estás diciendo?

—Solo pregunto —dije suavemente.

—¡Eso es una porquería y no la repitas más o Dios te va a castigar!

¿Y por qué me iba a castigar a mí por lo que hicieron Adán, Eva y sus hijos? ¿Por eso Caín mató a Abel? Pensé: «Quisiera que Caín fuera mi hermano para matar esta sombra que me alcanza».

10

Mamá estaba muy enferma, ya no me conocía. Olvidó todas las músicas. Solo le quedaban en la punta de los dedos escalas, arpegios, acordes, ascendentes, descendentes.

Amanda le sacó sus zapatos. Dijo que mamá podía lastimarse con ellos. No era cierto. Solo los usaba como un martillito. Quería huir. Quería huir. Quería huir con ella.

Le dije cierta vez:

—Mamá, ¿por qué no nos vamos juntas de esta casa?

Pero ella no me reconocía ni reconocía mi música. Eran días muy tristes. Cerraba mis ojos y lloraba.

Las babas de diablo alcanzaron a mamá y la atormentaban. Solo Caín podía salvarnos. Pero no sabía si se atrevería.

11

Me iba de casa. Me dijo Amanda que dejaba la casa.

—¿A dónde? —pregunté.

—A una casa más grande, donde viven mujeres llamadas monjas.

¿Monjas? ¿Qué son monjas? No me respondió e hizo un gesto con la mano como quien dice «salí de acá».

—¿Tienen hijos? —Amanda tampoco contestó esa pregunta y me dio empujones por el hombro.

Amanda descubrió que me gustaba escribir. Puros garabatos, dijo, y echó unas risotadas redondas que cayeron al piso haciendo un ruido enorme, de canto rodado negro. ¿Habrá leído mi diminuta letra? No lo creo, hacía tiempo olvidó en algún rincón de la casona unos anteojos redondos que dijo eran para leer. Así supe que había anteojos para leer. ¿Habría otros para no leer?

Amanda murmuró casi de manera imperceptible: «Si lo encuentra, ¡hay de vos!». Me aconsejó dónde guardar mis papelitos, haciendo un gesto de distracción. Cosió un bolsillo grande que se fijaba a mi vientre con unas ataduras como si fuera el delantal que usaba en la cocina.

—Ahí nadie podrá tocar tus papeluchos —dijo, y me acarició la cabeza.

¿Tampoco las babas de diablo? Me pregunté.

—¿Tengo que usar este bolsillo también aquí en casa? —pregunté a Amanda.

(Si así fuera, las tres babas de diablo encontrarían mis papeles y ellas sí podrían leer mi pequeña letra.)

—Acá no hace falta. En el convento de las monjas, sí.

Eso fue un gran alivio.

Hacía muchos días que no podía ver a mamá. La oía: ¡cloc! ¡cloc! ¡cloc! contra la pared. Abajo, en el cuarto de puerta azul, se oía también ¡cloc! ¡cloc! ¡cloc! Era un contrapunto. La llamaba, pero no respondía. Desde el cuarto prohibido venía una queja áspera. Ya sabía que no estaban allí encerrados mis hermanos. Nunca supe quién era, pero sufría como nosotras. Tal vez él me pudiera decir dónde vivía Caín para ir a buscarlo y traerlo para hacernos justicia. Yo tocaría el Ave María para que su corazón se sintiera cobijado.

12

Mamá me llamaba siempre por mi nombre: Guadalupe. Pero en los días que estaba triste me decía «Lupe». Y si estaba muy triste: «mi Lupita». Si me decía «Lupe», si me decía «Lupita», me abrazaba. Extraño sus abrazos. Extraño su amor. Recuerdo, ¡siempre recuerdo!, nuestras músicas que eran una forma de tenernos, eran caricias secretas, gestos amorosos. Acá, justo acá, donde se siente fuerte latir el corazón.

«¿Mamá murió?», le pregunté a una monja. «¿Mamá murió?», insistí.

Escuché esas palabras, cierto día, de boca de las babas de diablo. Las tres babas rieron. Tenían los dedos rotos y manchados. Cuando le pregunté a una Hermana que me cuidaba cariñosa, se tapó la cara con las manos y se fue apurada. Pero no me respondió.

13

A veces, por recordarme a mí misma, pierdo mis pasos y giro alrededor de un punto indefinido. Giro con suavidad circular mientras canto una música de vals.

Miro hacia atrás y veo huellas. Miro hacia delante y veo huellas. Son huellas circulares las que me preceden y me siguen. Son huellas polvorosas, desoladas, llenas de distancias.

Busco mi historia en el subsuelo de la carne y de los huesos donde yace. Ahí se arrellanan profundas raíces. Cristaliza en sus breves células el amado Caín, el salvador, quien vendría a poner fin al tormento de esas babas de diablo oscurecidas que entrelazan mi cuerpo, viscosas. Caín clamaba por salir, empujaba hacia fuera, esperaba e imploraba.

14

Las monjas disfrutaban con mi música. Pedían con cierto alboroto a Bach, Beethoven, Mozart; pero para ellas el Ave María era como un bálsamo que les alegraba el día entero. ¡El Ave María! ¡El Ave María!, gritaban a coro. Accedía, alegre, porque a mí también me fascinaba.

Luego volvía a la «campanella», que era un modo seguro de volver a mamá. Litz las deslumbraba. Descifraban sobre mi cuerpo cuando me observaban. Comprendía que me observaban, auscultaban. Decían que crecía muy rápido. Mamá y Amanda discutían por ello.

La Madre Superiora, que se sentaba en una silla de ratán en un rincón, susurraba a su congregación que tal apuro en crecer no anunciaba nada bueno.

Una sirvienta, llevada de los malos augurios de la Superiora, se llegó hasta la adivinadora del pueblo, quien le dijo que crecía apurada porque en mi interior vivían dos Guadalupe. No era cierto. Dentro de mí había solo un lugar para Caín. Lo llamaba: ¡Caín! ¡Caín! ¿Dónde estás, mi amor, para salvarme de este otoño que me alcanza?

15

Pienso en música y no en poesía. Sin embargo, escribí una tarde:

Pienso en música y no en poesía. Sin embargo, escribí una tarde:

A mi madre (otoño, hoy otoño)

Hay hojas amarillas y hojas suaves

que en hermosas cascadas bajan de los árboles

y con el viento de otoño, su destino, cantan.

Hay hojas que ya duermen y otras que hablan.

Una hoja sencilla de palidez brillante

está sobre una rama,

una rama que cruje

como una rama herida,

brotando la savia

por ese ojo de hacha

como un inmenso grito.

Ella quiere a veces

desvanecer su tallo

e ir al encuentro de su destino de hoja.

Otras veces se aferra a su rama,

que adora con las nervaduras

algunas ya vencidas,

e implora en un retoño de vientre verde:

por un verano más, por un invierno nuevo.

16

Mamá ya no estaba a mi lado. Solo en Caín confiaba. A él esperaba.

Con las monjas mis papelitos estaban a salvo. Siempre los llevaba arrepollados entre los faldones de mi ropa, dentro del bolsillo que Amanda cosió para mí. Ellas no se entrometían entre mis letritas.

17

Pensé: la historia surge como sombras en dirección a un cielo, empuja hacia fuera, espera, clama. Cuando se revele, trascenderá lo simple.

Trataba de descifrar un sueño con plácida lentitud, como expectante. Tal vez encontraría en sus repliegues una revelación que dulcificara mis sentimientos. Había una diáspora de recuerdos que buscaban amalgamarse ante mis ojos. Me intuían y los intuía.

Soñaba con mi madre. ¡Sueño con mi madre! Su rostro, sin claros rasgos, me contemplaba. Colgaba de una noche imprecisa y vigilaba silenciosa mi ejercicio de niña. Era un rostro de extraña ausencia. Estimaba su distancia. Oía el suave canto que desde allí susurraba, pendiendo de ese gesto de noche, y entendía acongojada el desamor que en bruto pedernal penetraba y laceraba. Mis jóvenes ovarios se incineraron, se hicieron un capullo chamuscado, estériles, inútiles.

18

Fue mi padre quien me dijo:

—Tu madre ha muerto.

Cuatro palabras. Pude asirlas en el aire, filosas, crueles, lacerantes.

Mamá ha muerto. ¿Solo cuatro palabras? Las babas rieron antojadizas.

Estaban algunas monjas a mi alrededor y una de ellas me tomó del brazo. Pensé en la campanella que susurré levemente. Puse mi mano sobre la mano de la monja. Ella sintió el ardor de la pena profunda y suspiró muy fuerte, exhalando por su boca mi dolor encapsulado.

Él no lloró cuando lo dijo, y lo hizo como quien habla de algo al pasar, una referencia, un recordatorio. Yo tampoco lloré. Lo haría sola, bajo las gruesas mantas de la cama, cuando no sintiera ese olor a sudor terroso que se estiraba hacia mí y penetraba entre mis piernas.

Observé su cabeza imponente sobre ese cuello macizo, surcado de venas ascendentes que se retorcían imitando gruesas raíces; el tono mate de su piel y su cabello renegrido y ensortijado, los ojos rasgados apenas hacia arriba, negros, de mirada reseca y vacía, desamorada.

Habló de su abuelo y de la pena que supo cuando él murió. ¿Me importaba su abuelo? Murió mamá y hablaba de su abuelo. ¡Murió mamá! Dijo y hablaba de él. La monja a mi lado apretó con fuerza mi brazo, y hacía correr mi congoja por la suya. ¡A quién le importaba su abuelo! Mordí mis labios que se lastimaron. Vomité. Caí vencida.

Dijeron las monjas a coro:

—Se levantó, calzó su gorra en la cabeza y se marchó. Se oyó mientras partía: «Vendré como siempre un fin de semana».

19

Los sábados quería huir, pero no podía. Si no venía un sábado, ya no me visitaba. Los domingos había entonces lugar para la música y las canciones. Extrañaba a mamá, pero la sentía próxima.

La Madre Superiora me dijo cierta vez que debía llamar las cosas por su nombre. ¿Cómo llamarlo, entonces?

20

¿Tuve un abuelo paterno? ¿En qué momento de la historia familiar aparece y desaparece? Aún no había nacido y él galopaba ya en las sombras de la muerte.

Mamá nunca me habló de los abuelos. Supe, después, que mi padre heredó el nombre de su padre y este del suyo. ¿Alguien habrá recibido su nombre? No lo sé. Parece que todo estaba predicho, estipulado. La estirpe se prolongaba; hacía una mitosis prodigiosa; la obsesión por perdurar traspasaba el nombre de generación en generación. Era un acto mágico, así se sobrevivía sin interrupciones; la muerte era vencida.

La insalvable distancia de la muerte transformó a mi abuelo paterno: mitad hombre, mitad símbolo. Mamá lo odiaba, yo podía sentirlo. Cuando se mencionaba su nombre, desde el cuarto prohibido surgía un ronco espanto gutural. Decía de unas marcas sobre un frío pavonado. Esas y otras incisiones acosaban a mamá, multiplicándose incesantes. A ella la mortificaban como avispas malvadas, picándole en el alma con sus ponzoñas.

Cuando me sentaba al piano podía presentirlo. Tomaba la forma que más le convenía para vigilar hasta el más leve movimiento: estaba en el seco crujir de las bisagras, oscilaba en las arañas de las habitaciones, se estiraba en el agua de los caños.

A los seis años, recuerdo, dije que odiaba el nombre de mi abuelo, que era el nombre de su padre y del padre de este. Era el nombre de mi padre. Comprendí tardíamente que un sacrílego temor se esparció en el corazón de mamá. Ella sería la depositaria de la ira paterna, ¿quién otra podía haberme inducido al odio a la genealogía paterna?

Amanda me escuchó, pareció indiferente. Apenas una niña y rechazaba los designios familiares. Le pregunté si odiar era un pecado. Tardó en responderme. Luego dijo: a veces es un refugio.

Mamá, entonces, me refugió en Chopin; me dijo suavemente:

—Es el único que entendía el amor y el desamor unidos de modo inseparable.

Nunca olvidé su expresión.

21

Mamá no quería hablar de la alcurnia paterna: una brisa de vaga aristocracia que cubría como un polvo de ceniza las vetustas pertenencias de la estirpe. Sobre la puerta del enorme caserío estaba el escudo de armas de la familia paterna. Guerreros que no combatieron en mí, de una nobleza que nunca me pareció generosa, de una posición social ficticia. Eslabones de una casta de uniforme que escapó del heroísmo hacía mucho y se había refugiado en los repliegues de una cruel hipocresía.

22

Odiaba el nombre de mi abuelo, que era el de su padre, que era el de su abuelo. Odiaba el nombre de mi padre y el escudo de armas sobre la puerta a la entrada. Yo solo era una niña que tocaba el piano junto a su madre enferma.

La unión de nombre y escudo era el signo preciso del orgullo familiar. No de mamá, tampoco el mío. Renegué de la herencia. El fondo de mi sangre estaba lleno de simples temores.

23

Escribí una tarde:

Dije del dolor y de la pena. Pensé en la potestad de los supuestos héroes familiares que invocaba Amanda como un amuleto; repudio el dilema de su intransigencia. Podía oler a esos dioses familiares, considerar la altura de sus pedestales, el barro añoso de sus mugres. Encerrados en una oscura región del rencor, martirios de la oscuridad, se estiraban hacia mí, descendían desde sus lejanías e impregnaban la piel sudada de dolor. Ellos afilaban una daga enmohecida de cuyo borde afilado aún caían breves gotas de sangre humana, y como a Abraham, esperaban la orden divina de sacrificarme para exorcizar sus pecados. Nunca beberé sus fúnebres puñales.

24

Hurgaba los espacios de la casona en los que alguien decidió el futuro. Estaba organizada en sucesivas oscuridades. Si se lograba vencer una de ellas, de inmediato, nuevas penumbras estiraban sombríos sus apéndices brumosos, cerrando el paso, vigilantes.

Pero ninguna como la de aquella puerta azul, cuya lobreguez viboreaba por los devaneos que un ebanista mortificado diseñó para aquella entrada prohibida. Muchas noches soñé que podía descubrir qué se escondía tras ella. Su guardián estaba ausente, tal vez cansado de permanecer por siempre de pie, mirando tan solo una mancha maciza en la pared que, a su frente, flanqueaba un pasillo mugroso e impregnado de un perfume de mohos recalcitrantes.

Desde el principio del pasillo la puerta parecía pequeña, diminuta, y el bronce repujado de su picaporte parecía caber en mi puño de niña y yo podría haberlo asido sin dificultad. A medida que avanzaba hacia la puerta, su azul se tornaba más umbrío, nocturno, agobiador, y se estiraba enorme hacia un techo indefinido, abrumado por el peso infranqueable de las vigorosas maderas que componían su carpintería.

Parada frente a ella, descubría que el único modo de penetrar en sus misterios era escalar su inmensidad, como quien escala los muros inexpugnables de una fortaleza misteriosa.

Los elaborados tallados me invitaban a trepar tomándome de sus bordes grasientos, que ponían pringosos mis dedos pequeños y se tornaban cada vez más resbaladizos.

Me tomaba de los repujados y subía temerosa, al tiempo que escuchaba unos golpecitos apagados, un leve tamborileo que hacía un contrapunto perfecto al interminable ¡cloc! ¡cloc! del taco del zapato de mamá, abriendo un agujero en la penumbra para huir para siempre hacia un lugar desconocido.

Mientras ascendía, alzaba mi vista buscando el fin de la puerta agigantada, pero ella crecía con mi mirada; el azul tornaba en negro y adquiría un aspecto de noche vertical, despeñada, que se precipitaba de arriba abajo, abrumada por una oscuridad que estrangulaba los temerosos pabilos que, sofocados, apagaban sus pálidas llamitas una tras otra.

El ascenso multiplicaba los dominios de la oscuridad que, organizada de una magia prodigiosa, tornaba la madera en piedra y la lisura en brutas rugosidades alargadas en púas filosas que, con cada nuevo esfuerzo, se clavaban en mis pequeñas manos. Mi sangre, mi carne, la piedra, mezcladas en amarga alquimia, hacían una masa viscosa y resbaladiza. Insegura de mi equilibrio, caía, sin amparo, y moría.

La fortaleza era inexpugnable, la puerta azul, infranqueable. Los dioses familiares se desternillaban de risa, viendo mi pequeño cadáver rendido ante los secretos por ellos resguardados.

Del otro lado de la puerta azul se dejaba oír un triste lamento, una congoja que hacía vacilar hasta la propia muerte de tanto dolor.

El guardián volvía sobre sus pasos y me miraba absorto con los ojos vaciados de emociones. Me señalaba con su enorme dedo índice, haciendo un ridículo reproche. Amanda llegaba y me miraba ahí caída, vencida a sus pies, muda. «Era una orden», repetía mecánicamente, «era una orden».

Por única vez, parecía que su piel se había humedecido y adquiría cierta tersura, y aunque no lucía rozagante, dejaba de lado ese tono mortecino de huesos amarilleados por el paso inapelable de la muerte.

El guardián me tomaba de las piernas, Amanda de los brazos; una oscura mancha con la diminuta silueta de mi cuerpo quedaba estampada en la baldosa coloreada del pasillo vedado. Subían por las escaleras hacia el primer piso, bamboleando mi insignificante cadáver de un lado al otro, al tiempo que cruzaban lascivas miradas en un juego funesto, y me llevaban hasta la habitación donde mamá continuaba inapelable con el ¡cloc! ¡cloc! del taco de su zapato contra la robusta pared de grueso revoque.

Me depositaban en su cama y se iban sin dejar de mirarse, absortos, uno al otro, descaradamente. Era la única ocasión en que Amanda olía a sexo.

Mamá, amorosa, me echaba su cálido aliento en la boca y, gentil, me devolvía a la vida. Me acurrucaba a su lado mientras ella susurraba «Nessun dorma», pero yo, de todos modos, me dormía asomada al perfume de su piel rosada.

25

Era sábado de visitas. Esperaba a Caín y su venganza. Caín no vino. ¿Por qué me has abandonado? Pregunté sin respuesta. Codo a codo espantaríamos los holocaustos y en perenne escaramuza mi entraña no sangraría un humor doliente en gris de piedra pómez.

Esa tarde de sábado el infortunio revoloteaba en círculos que se encimaban laberínticos. Alcé mi vista al cielo y vi los cuervos aquellos mofándose melindrosos de mi desgracia. «¡Lupe! ¡Lupe!», repetían vocingleros; mientras sus alones dibujaban rulos negros en las nubes. No eran una bandada, sino una jauría etérea que a coro exhumaba unos crespones lívidos de mal augurio. Llevaban en sus garras un vestidito de novia blanco, de seda transparente, impúdico.

Esa tarde el tiempo se hizo ausencia; contenido entre dos momentos como agudos corchetes que, de incógnito, hieráticos, eternizaron los tormentos en mi carne crepitante, lacerada. Por dentro y por fuera de mi anatomía, el filo de un rejón caliente dibujaba cicatrices como agujeros negros que fabricaban túneles subcutáneos, y una osamenta de muerto-vivo rechinaba un vaivén que aplastaba mi breve humanidad, una manera cruel que en pedernal penetraba hasta un ovario y aniquilaba el amor de una trompada.

Babas de diablo negras, babas de diablo rojas, babas de diablo blancas, caían en mi boca como gotones inmundos; eran babas como hilos malignos, empapados en hiel cruel que vomitaba a borbotones una pétrea gárgola membruda que zangoloteaba su sexo desesperadamente. Tuve asco, arcadas, vómitos, odio. Como el odio de los dioses vengadores, que devasta a su paso lo que fuera. ¡Odio! ¡Odio! ¡Odio! Y un ¡ay de mí! Reseca mi garganta de madera, muda, ahogada sorbo a sorbo, llena de lágrima a lágrima hasta cauterizar como una costra hasta el mismo corazón baldío.

La Gárgola me miraba (aún lo hace desde un pedestal de incógnitas remotas); siniestra, con ojos de batracio, apocalíptica, cuidaba los secretos tras los muros de la hipocresía; cuidaba las palabras impronunciables, los acontecimientos ocultados al mundo común que nos rodeaba. Acudía audaz para que la mentira se impusiera victoriosa, con su carga de roña centenaria. ¡Silencio!, exigía. Ahí estaba todo en cautiverio ingrato y tejía la mortaja de mi féretro en pugilato fúnebre que celebraba mi agonía de llaga femenina.

Escucho aún esa voz meliflua, empalagosa:

—«Lupe», «Lupita» —llamaba.

Y repetía:

—«Lupe», «Lupe» —mientras pasaba su lengua de cilicio por los pliegues más íntimos de mi cuerpo.

«Lupe», «Lupe». Sincopaba mi nombre el que unía a palabras carentes de sentido. Cuando se detuvo, quedó un olor de tiempo empantanado, olor a un fermento pútrido en mi vientre. La guirnalda de tajos y círculos quemantes se estampó como un tatuaje lujurioso, garabatos neurasténicos de una trágica diadema de hilos rojos, rotos, azulados.

Era sábado y una luna lívida sangraba en el horizonte con reminiscencias de campanario. Esperé a Caín, pero no vino. No tengo más palabras: solo dagas expectantes como filos de sangre, que aguardan una señal, una palabra, un gesto, para volar e incrustarse en el espectro babeante, que rodeaba mi cuerpo con sus babas negras, babas rojas, babas blancas.

No tengo más palabras: solo puñales, dije. Los arrojaré en puñados encrespados a los ojos cavernosos y crueles, y así mi verano hermético será librado de este otoño que en ocre perenne apila una losa gris en mis pulmones, asfixiando sempiterno.

Aún espero a Caín y en él confío.


XX

El suboficial «Pérez» y el viejo encargado del hotelucho, en los confines del pueblo, detrás de varias casas que hacían de muro ocultándolos, conversaron largamente.

El suboficial necesitaba precisar el día exacto en que pensaban cargarse a «La Reliquia». Era el momento en que su plan de fuga debía ejecutarse con total precisión. La visita del coronel para ordenarle que contactara con un hombre clave en la operación le confirmó que estaba en marcha una operación para acabar con el huésped, como fueron avisados por otros canales de la propia Logia. Estaba en alerta, pero no había podido acceder al conocimiento de los detalles sobre el destino del ilustre. «Ese no es asunto suyo», le soltó el coronel cuando trató de sonsacarle alguna información sobre el asunto.

La logia de los «Pérez», como fue bautizada despectivamente, era depositaria de una crucial decisión: la de custodiar al prócer del modo y en el lugar que fuera para salvaguardar su existencia. Era una providencia centenaria que unos matones inauguraron casi dos siglos atrás, cuando se negaron a cumplir la orden de matar al ilustre en su lecho de moribundo.

La Logia no buscaba explicaciones a los extraordinarios eventos que le tocaba protagonizar. Solo cumplía con el mandato de sus mayores de impedir, bajo cualquier circunstancia, que se destruyera la esencia viviente de la enseña patria. Por qué las cosas eran como eran era un interrogante que ellos no se proponían develar.

Les llevó largos años de paciente trabajo ganarse la confianza de los mandamases de turno, y entrar así a la cofradía de selectos que tenían conocimiento de aquel acontecimiento extraordinario que desveló los sueños de más de un poderoso.

El viejo encargado del hotel, otro modesto suboficial con rango de cabo, ingresó a la Logia en su más temprana juventud y se comprometió a cumplir el mandato de proteger al huésped incluso con la propia vida. No le importó jamás haber consumido sus años más vitales en aquel poblado reseco, hasta fundirse él mismo con ese paraje árido y sofocante, por cumplir la misión que le fue encomendada. Después de todo, pensaba, ese era el espíritu que debía guiar a un verdadero militar: defender la verdad, la justicia, las causas nobles y cumplir con éxito su misión incluso a costa de la propia vida.

Fue él quien informó al suboficial sobre la llegada de ese personaje disfrazado de viajante, que contrastaba fuertemente con el estéril paisaje pueblerino, paisaje que no invitaba a nadie a buscar su cobijo.

Bastó la simple observación del forastero para que el viejo sospechara del verdadero cometido de su viaje. No eran nuevos los informes que aseveraban que luego de los festejos del Bicentenario se expidió una orden para ultimar a la gloriosa reliquia, lo que extremó el celo de los «Pérez» ante cualquier novedad que se produjera en el pueblo.

Sabían que personajes que se emboscaban en los nombres de «Teresa Mendoza» y «Reinafé» querían liberarse del ilustre centenario para terminar con aquel maldito espanto de «ni amo nuevo ni amo viejo ¡ningún amo!», que perseguía a la dirigencia desde hacía más de dos siglos.

«Teresa Mendoza», porque consideraba que había que erradicar el aprecio que se había granjeado el prócer en el corazón de su pueblo. Mientras ese aprecio perdurase, resultarían infructuosos los esfuerzos por presentar la nación ante el mundo, «con un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo XXI, e ingresar de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante», que atraería «hacia ella las miradas del universo civilizado».

«Reinafé» (quien para definirse a sí mismo solía compararse, jocoso, con aquel asesino traicionero que mandó a la muerte al general Quiroga), porque participaba del afán de poder y dinero junto a una cofradía de vivillos y truhanes constituidos en una floreciente y portentosa oligarquía.

El viejo era un hábil conocedor de los caracteres de las personas, de sus gestos y modo de hablar, de sus comportamientos. Repetía, docente, a sus camaradas: «un gesto dice más que mil palabras», cuando se reunía la célula de la Logia a deliberar sobre algunos acontecimientos que podían influir en el destino de «La Reliquia». Por ello reparaba en los pormenores, convencido de que era una verdad inapelable aquello de que «el diablo se esconde en los detalles».

En el huésped pudo reconocer de inmediato el rictus del diablo mismo, encarnado en ese hombre musculoso pero maduro.

Podía no saber, al verlo por primera vez, a qué se dedicaba el visitante, pero nunca se tragó el cuento de que se trataba de un simple viajante de comercio, un buhonero moderno vendedor de baratijas y otras cosas inútiles.

A ese pueblo perdido, pelado, reseco, no llegaban los viajantes: no había nada que vender, porque nadie deseaba comprar. La decisión de emboscar ese agente en la traza de un viajante fue un error de mando, propio de aquellos que dan órdenes desde sus escritorios, pero que desconocen el mundo real en el que se libran los combates por la subsistencia.

La apariencia del pueblo, por otra parte, inducía a los extraños a engaños. El recién llegado solo podía apreciar la apariencia de las cosas. Si observaba el paisaje pueblerino, creería que se trataba de un tranquilo pueblo blanco de equilibrada simetría. Y consideraría que esas cualidades edilicias reflejaban el espíritu de sus moradores, que amables y dóciles compartían sus días en pacífica convivencia. Pero la perspectiva de la realidad estaba deliberadamente distorsionada.

Allí convivían traidores e infieles, cobardes y pusilánimes. La traición era el ejercicio más practicado desde la época en que los conquistadores se comieron entre ellos en busca del oro y la plata imaginados. Los ingleses le incorporaron su flema y llevaron el propósito de la traición a la condición de política de Estado. Donde aparecía una sonrisa amistosa, en realidad había un puñal listo a hundirse en el corazón.

Esa, y no otra, era la verdadera quintaesencia del pueblo y conocerla, ni hablar de manipularla, era un arte imposible de alcanzar cuando quien debía cumplir una tarea tan arriesgada como el asesinato por encargo apenas podía considerar las cosas superficialmente.

El porte del visitante, su vigorosa contextura, sus modales, no inducían a creer que se estaba ante un modesto empleado; por el contrario, su sequedad, su mirada penetrante, su aire despreciativo, lo mostraban como un profesional más que como un honesto trabajador del comercio. El viejo reparó especialmente en las manos del forastero: pulcras, las uñas pulidas; dedos largos, estilizados, con algo de fiereza y algo de finura, una mezcla entre dedos de pianista y de cirujano, capaces de ejecutar una bella melodía o cortar sin vacilar un órgano entero, como quien sesga una flor en una tarde de primavera. Manos ejercitadas en el trabajo preciso y decidido.

—Le juego a tus demás informantes, diez a uno, que este vino a consumar una ejecución. No tiene olor de vendedor, tiene olor a asesino profesional —le dijo al suboficial «Pérez», durante una breve conversación en los confines del pueblo.

—Puedo olerle la sangre —aseveró, tocándose la punta de la nariz con el dedo índice de la mano derecha—. Si tengo razón, juntan la platita y me pagan un asado; si pierdo, pago un lechón.

—¿Y para qué querés asado si no tenés dientes para masticarlo? —le respondió gracioso «Pérez».

—Vos no te preocupés… Hace años que me arreglo muy bien con la sindientes… —Los dos rieron ruidosamente.

—¡Ah! Y una damajuana de tinto… —agregó mientras se marchaba, dejando atrás al suboficial Pérez.

—¿Cabernet o malbec?

—«Lu qui venga». No soy exigente.

AC nunca sospechó que era cuidadosamente controlado por el viejo encargado del hotel. El aspecto reseco y desalineado del viejo, como de alguien que ha sido olvidado por la vida en un alejado rincón de la tierra, le aseguró que solo se trataba de un viejo inútil, disecado como todo lo que estaba en ese pueblo, que silbaba palabras ininteligibles que se estrellaban contra sus pocos dientes podridos y se parecían al zumbido extraño del mosquerío que revoloteaba pertinaz en el salón.

Ni sus superiores inmediatos ni alguna dependencia del Servicio lo alertó sobre las actividades del viejo y mucho menos sobre la existencia de una logia dedicada a evitar, justamente, el cometido de la misión que el mismísimo señor general le confió gracias a su impecable foja de servicios, aquella tarde de fondo blanco de baijiu.

Cuando debió rendirse ante la evidencia que surgía de esos sucesos, que al principio resultaban confusos, pero que se le configuraron, sin duda, definitorios, era demasiado tarde. Ya tenía apoyada la boca de un arma calibre 22, tal vez la suya, en el parietal derecho, en posición casi recta, algo hacia arriba y hacia delante, como tres o cinco centímetros por encima de la oreja, lista para escupir una bala candente que licuaría su masa encefálica. De rodillas, turbado luego del golpe seco que con una cachiporra revestida en gruesas capas de tela le propinó uno de sus antiguos camaradas en la cabeza, pudo oler el aroma barroso de la orilla cenagosa antes de caer por la barranca del río para que se lo coman los «phescaditos». Cuando apareciera su cadáver, algún forense de los tantos que integraban la planta del servicio dictaminaría un suicidio, que otros especialistas se ocuparían de explicar.

Cuando viajaba atormentado, tirado en el piso del auto que lo trasladaba rumbo a la muerte, alguien le recriminó su comportamiento.

—El viejo de mierda te espiaba y ni te diste cuenta. ¿O te hiciste el boludo?

AC nunca supo cómo pudo el viejo relojear sigilosamente cada uno de los enseres que trajo en la pequeña maleta forrada en tela azul y de la que no se desprendía salvo muy contadas oportunidades, y solo cuando creía que estaba a salvo de cualquier indiscreción.

Fuera para limpiar las armas, actividad que realizaba regularmente a fin de mantener los instrumentos de trabajo en óptimas condiciones, o para apreciar alguna de las demás pertenencias, cerraba la puerta con llave y ponía una silla trabando el picaporte para impedir que alguien ingresara sorpresivamente. Siempre se ubicaba fuera de la vista de la ventana y nunca daba la espalda si tenía que estar frente o cerca de una.

Había requisado la habitación minuciosamente en busca de algún aparato de escucha o una cámara, y comprobó que allí no había ningún instrumento que comprometiera su seguridad.

No apelaba nunca a la tecnología; consideraba que esa obsesión por las novedades electrónicas respondía más a un esnobismo peligroso, ajeno a su especialidad, y que solo servían para filtrar información o para anunciar acciones. Muchas veces el fracaso acompañaba el uso de esos chiches que le recordaban los espejitos de colores que, se decía, los conquistadores trocaban por oro.

Todos los recaudos que tomó para resguardar su identidad y sus pertenencias resultaron inútiles ante las habilidades del viejo cabo, que de modo autodidacta perfeccionó su arte de espiar al servicio de su logia.

Su especialidad era acceder a las pertenencias de los visitantes de tal manera que ni el más suspicaz ni el más obsesivo pudiera darse cuenta de que otra persona, y no su propietario, se había interesado por el contenido del equipaje. Él no usaba ninguno de los progresos de la técnica para el espionaje y, en eso, compartía con el supuesto viajante de comercio el mismo rechazo. No los necesitaba; era de una escuela forjada en la vida práctica, día a día, casi sin recursos.

Para el viejo, la información no podía obtenerse de fantasmas ni de espíritus, ni debía circular por los metales sofisticados del cableado de ninguna originalidad electrónica. Consideraba que todos los productos de la ciencia y de la técnica dedicados al espionaje estaban siendo monitoreados por los sofisticados sistemas de inteligencia de los poderosos, que estaban en condiciones de conocer una información que fuera transmitida por algún medio electrónico de manera rápida y precisa.

La información, entendía el viejo cabo, siempre debía obtenerse de personas y por personas. Había que captarla, interpretarla, comprenderla. Solo al desmenuzarla se la podía comprender. Y el método seguro era el contacto físico, directo, personal, solía renegar diciendo.

A veces, un comentario, un dato aparentemente trivial, podía revelar un acontecimiento trascendente. Siempre recordaba cómo el general San Martín cuidaba rigurosamente la organización de la información, con el mismo celo que ponía en ocultarla al enemigo.

Toda acción que se considerara vital nunca la confiaba a otros; se tratara de una tarea especial o de obtener una información trascendente para sus camaradas, asumía en persona la obligación de actuar o de recabar el dato necesario.

Por eso él siguió con fruición los avatares de auscultar al huésped enmascarado de viajante de comercio. En su primera incursión a la habitación del forastero, el viejo cabo pudo valorar con detenimiento las dos armas que guardaba en su pequeña valija forrada de azul: la Smith & Wesson calibre .22 y la Browning calibre 9 milímetros. Ambas las tuvo en sus manos; sintió el frío de sus metales, su peso, sus formas curvilíneas anatómicas, sus prolijos brillos azules acerados. Sintió su olor a muerte, penetrante, ácido, inconfundible. El encuentro con las armas confirmó sus sospechas. Ese dato fue significativo. Se había revelado quién era el encargado de realizar el trabajo. No era poco.

Vio las pequeñas estampitas de santos que beatificaban, desde el estampado policromático, con humilde religiosidad, la habitación que el huésped rentó para su estadía. Olió sus perfumes, midió sus ropas, auscultó sus detalles. Todo eso lo aproximó a la psicología de ese asesino profesional. Conocer al enemigo era una tarea primordial si se deseaba tener alguna oportunidad de éxito.

El testimonio más preciado que necesitaban «Pérez» y la Logia se perdió al incinerar la hoja que el coronel le hiciera leer al asesino. Suponía, con razón, que allí estaban las órdenes que le interesaban para ajustar su plan de escape. Sin embargo, la información que el viejo cabo recabó del huésped le permitió al suboficial tener una aproximación a todos sus movimientos; no podía acceder ya al más trascendente de los secretos, pero sí al seguimiento de sus pasos, y eso les daría el tiempo suficiente para realizar la contraoperación.

Convino entonces con su compañero de Logia la señal con la que pondría en alerta a todos los camaradas, y confió en su criterio para decidir el momento en que daría el aviso para sacar a «La Reliquia» de la casona y llevarla a un destino seguro.

Antes del desenlace de los acontecimientos, el suboficial tuvo una última conversación con el camarada encargado del hotel. Repitieron con minuciosidad los detalles del aviso, las precauciones que debían tomar; la exigencia de actuar sin dilaciones y con resolución para limitar en todo lo posible las ventajas de que disponía el grupo de tareas abocado a la eliminación de su protegido. Una distracción, la pérdida de algunos minutos, podrían significar un fracaso rotundo.

Con gesto alegre le dijo al viejo que pagaría la apuesta cuando terminara aquello.

—Lo prometido es cumplido —afirmó algo risueño—. No quiero que andés por ahí diciendo que no tengo palabra.

Lo palmeó en el hombro y acarició su cabeza filialmente.

—Gracias, viejo… —le dijo, y tragó saliva para que no se le notara la flojera.

Sabía, porque era un hombre de experiencia y cabeza fría, que todos estaban viviendo los últimos momentos de sus vidas.

Los acontecimientos se precipitaron casi sin sospecharlo. El cabo, encargado del hotel, atento, observó alrededor del hotelucho movimientos que, a su entender, delataban que cierto aspecto del plan, o el plan mismo, se había puesto en marcha.

La decisión no era sencilla: si avisaba con demasiada antelación, corrían el peligro de que alguna contingencia inesperada pusiera sobre aviso al grupo de tareas que operaba en la zona. Pero si no acertaba con la advertencia, podría resultar demasiado tarde, y toda una desgracia. Fueron horas de angustia.

Al fisgonear que el huésped preparaba sus armas, el viejo no vaciló. Llevado por su intuición, dio el aviso del modo convenido. Solo él y sus destinatarios supieron del llamado.

Mucho tiempo después, tal vez por espacio de una hora, en una excéntrica parodia, reprodujo ante la patrona la señal para que esta se advirtiera de los acontecimientos. La mujer trató de disimular su sorpresa y conservó la compostura. Solo se alejó del viejo para ir a orinar a una letrina apartada en los fondos del terreno del hotel.

El grupo de tareas capitaneado por Podestá, a esa hora, se hallaba a una considerable distancia, salvo un agente que merodeaba el pueblo, esperando, a su vez, que su enviado les indicara que todo había salido como se esperaba. Eso operó a favor de los «Pérez», quienes, al recibir la señal, con rapidez ejecutaron cada uno la parte del plan de escape y, en pocos minutos, aprovechando la noche cerrada, salieron, no por los fondos de la casa, sino por una salida de emergencia que el grupo preparó durante mucho tiempo, aprovechando las significativas ausencias del coronel.

Nunca se sabría el papel de Amanda. Comprobado el fracaso de la operación, los interrogadores exigieron su comparecencia, pero estaba en un asilo para ancianas, afectada de demencia senil. Según los profesionales a cargo del geriátrico, solo repetía incoherencias inentendibles. Achacaron al alzhéimer los devaneos de la anciana.

Cuando el grupo de tareas adquirió conciencia de su rotundo fracaso al ver ese cadáver volcado sobre la sucia mesita, con dos disparos en su cuerpo, se desbocó. Como perros de presa en cacería, se lanzaron a capturar a «Pérez», a la Logia y a todos los involucrados.

Podestá estalló al ver la 9 milímetros apoyada en la silla en la que reposaba el cadáver del coronel. Ordenó represalias.

El viejo cabo, que llevaba largo rato encerrado en su habitación con la mujerona, pudo escuchar el griterío que llegaba desde el fondo mismo de la vieja casona, y presintió que esos atropellos que se escuchaban en dirección al hotel estaban dirigidos a su captura.

El hombre, con una sonrisa pródiga, comentó casi alegre a la matrona que creía que no habría asado y que el suboficial «Pérez» jamás podría cumplir su promesa. La mujer, asustada, comenzó a temblar.

Los gritos alrededor del hotel les hacían saber que los hombres estaban próximos a entrar al hospedaje. Ya se podía escuchar con nitidez las órdenes que uno de ellos, exasperado, gritaba a los demás.

—¡Este hijo de puta les dio la señal! ¡Este les dio la señal! ¡Estás muerto, viejo hijo de puta! ¡Estás muerto! ¡Sabemos que fuiste vos el que les dio la señal! ¡Estás muerto, viejo hijo de puta!

—¡El jefe lo quiere vivo! ¡Vivo! ¿Oyeron? —ordenó otro a los gritos, terminante.

El hombre llenó sus pulmones con una gran bocanada de aire caliente, respiró profundo y se encogió de hombros.

En voz muy baja, mirando con timidez a la mujerona, le dijo:

—Solo tres sabíamos cuál era la señal; solo yo supe cuándo. Gracias por ayudarme a engañarlos.

La mujer llevó sus manos a la cara y llorisqueó asustada. Hizo un gesto como si fuera a explicar algo. El hombre, alzando una mano, le indicó silencio. Habló con voz suave y monocorde.

—No es tiempo de reproches ni es tiempo de explicaciones —dijo convincente—. ¿Qué les vas a decir? ¿Que te equivocaste cuando les pasaste el dato porque yo te engañé? ¿Y vos suponés que te van a creer? Cuando te pongan la mano encima, el caldo se va a poner espeso… A estos les importa un carajo si sos vieja, gorda o fea. Que Dios te ayude, querida; es el único que te puede ayudar ahora. Hasta hoy cumplí con mis obligaciones para con vos. Acá se acabó la historia.

La mujer comprendió que no había plan de escape. En el reino de la traición, la traición es lo único que no se puede evitar. A su manera, su final era un elogio a la traición. Y, si la muerte es la última estación de ese elogio, siempre era mejor morir en manos conocidas que en medio de una manada.

Un Magnum .357 asomaba por el borde del pantalón del viejo cabo, a la altura de la cintura, en su espalda. Podía usar el arma o el veneno.

Tomó amorosamente de las manos a la mujer para despedirla. No sentía rencor. Nunca prosperó el engaño de la mujer abandonada en aquellas yermas tierras, pero que, para su resguardo, siempre ofició de soplona de aquel coronel por quien suspiraba.

Con su alcahuetería rindió homenaje al célebre burócrata que vio truncada su carrera por el infortunio de un coito descuidado. Ella se recriminó no haber dejado establecido ante su padre quién fue el amante que encendió sus pasiones siendo casi niña, en los rincones augustos de la vieja casona familiar, en la que escuchó historias de prominentes políticos, majestuosos generales y remilgados jueces.

A pocos cientos de metros del mausoleo donde se mantenía bajo riguroso encierro a una ilustre reliquia centenaria, no pudo nunca reencontrarse con ese amor que la ignoró despectivamente, porque la consideraba igual que a una chinita cualquiera. Ninguna de las desprolijas marcas a la izquierda del arma le pertenecía. ¡Lo que hubiese dado solo por ser una de ellas!

El hombre empuñó decidido su Magnum. Ella solo atinó a decir:

—¡El arma no! —fue rotunda.

Un disparo de ese calibre despedazaría su cabeza. El viejo ignoraba cuál sería la razón para no morir por una preciosa y plateada bala calibre .38 Special. Pero no estaba para darle vueltas a ningún intríngulis existencial.

—Como quieras —aceptó el pedido de la mujer con serenidad.

No estaba ni triste ni agitado. Iba a morir en acción. No era poco después de una vida como la suya.

Guardaba dos dosis de un poderoso veneno para alguna ocasión que lo exigiera. Sabía que, si un asunto de espionaje era divulgado por la razón que fuera, quienes hubieran brindado la información deberían ser eliminados. La jauría se aprestaba a cumplir con el protocolo.

De un cofre de roble todavía algo lustroso extrajo las dos grageas.

La noche, urdida en azul, mostraba una diáspora de rosas negras como fondos de estrellas apagadas, y una luna que aleteaba intermitente se apreciaba por una breve rendija de la ventana.

Ella tragó primero la cápsula. La muerte se presentó inédita, envuelta en lazos mustios y con un frágil aroma de una promesa de lluvia terminal. Mientras se retorcía, temblorosa, el corazón se empapó de suspiros y mohines, y un sinsabor impiadoso de flores de malicia perfumó los últimos suspiros.

El hombre la abrazó hasta que las convulsiones cesaron definitivamente. Apenas una espumita blanca salió de su regordeta boca. Los ojos negros, vidriados, quedaron abiertos como quien mira a la distancia a un Dios verdadero que se aleja indefinidamente, mientras el alma pervertida ingresa a cada uno de los siete infiernos. Besó su frente y la acomodó sobre el colchón envuelto en un cotín desgarrado.

Luego se apoltronó en el viejo sillón sin tapizado. Pensó en enfrentarse a sus captores. Tenía una bella arma de poderoso calibre. ¿Y si fallaba? ¿Y si al final era capturado vivo? ¿Sabría soportar la tortura? No quiso arriesgar. Hubiese sido un acto de soberbia innecesario.

Balbuceó:

—«La vida por usted, mi General» … e ingirió el veneno, paladeando la muerte aprisionada entre sus labios cárdenos, purpúreos.

Afuera se escuchaban gritos de jauría que ladraban como navajas de sangre. La noche se encapsuló de golpe.

Y cesaron de repente los sonidos.

XXI

Podestá, al ingresar esa noche al enorme caserío, no se sorprendió al encontrar al coronel muerto sobre la modesta mesa. A sus pies, bajo la silla y debajo del viejo y gastado mueble en el que quedó apoyado, un gran charco de sangre que brotó de la boca, la nariz y los ojos ponía en evidencia una hemorragia severa, por donde los hálitos postreros de la vida se fueron disipando hasta la muerte.

Por la escena que podía apreciar a primera vista y la posición del cadáver, por la ausencia de lucha entre los protagonistas, entendió que el muerto no tuvo ninguna posibilidad de impedir la acción de su verdugo. Al momento de la ejecución estaba desmayado, dormido o borracho (lo más probable). Su verdugo no encontró ninguna resistencia: tuvo la situación bajo absoluto control. Se posicionó detrás de su víctima, calculó la distancia, apuntó, disparó.

Estampido, silencio, muerte. Así terminó la vida de aquel que durante años estuvo a cargo de la casona donde fuera recluida «La Reliquia». Nada de teatralidad en esa muerte: un hombre borracho, un asesino seguro.

El orificio de entrada del proyectil estaba en la nuca, algo por encima de la base del cráneo; parecía dibujado con precisión artesanal, de artífice de la muerte, nítido el contorno, apenas chamuscado por el calor incandescente del proyectil. Se trató de un disparo en línea recta, perfecta, de un arma sostenida por una mano serena de alguien que no vaciló al momento de jalar el gatillo.

A Podestá hasta le molestaba la frialdad que esa ejecución mostraba; aunque sabía, por experiencia propia, que esa es una condición indispensable en el arte de asesinar a sangre fría. Frialdad y odio, la amalgama indispensable para bregar con éxito en esas empresas.

Se asomó al orificio de entrada de la bala, tratando de evitar pisotear el charco de sangre espesa, algo coagulada, que debajo del muerto se esparcía como un manchón. El orificio indicaba sin duda que se trataba de un proyectil calibre 22, una bala blindada de punta hueca, la preferida por su gran capacidad destructiva y por su eficacia mortal.

Podía descifrar el túnel modelado por el proyectil, que dejaba ver porciones deshechas del cerebelo. Tras la devastación inicial, el plomo se abrió paso hasta el cerebro y, por su calibre, pequeño pero mortífero, rebotó innumerables veces dentro de la cavidad craneal y pulverizó el delicado tejido cerebral hasta hacerlo una pasta sanguinolenta, chirla, viscosa.

Quien recibiera un disparo así no tenía la menor posibilidad de sobrevivir, aunque la hemorragia ponía de manifiesto que el hombre sufrió una cierta agonía en su inconsciencia.

Como si fuera el victimario, ubicado detrás del occiso, imitando la postura del que efectuó el disparo, podía ver lo mismo que vio el homicida momentos previos a la ejecución. Podía ver a través de los ojos del asesino. Observaba esa cabeza turgente sobre el cuello macizo, reposando sobre la mesa roñosa; el cuello en el que gruesas venas ascendían y se retorcían imitando robustas raíces. En esa posición se podía apreciar el tono mate de la piel avejentada, el cabello entrecano, algo enrulado y no muy recortado, y un cierto picado de viruela que esparcía hoyuelos de un lado al otro del rostro.

La dirección del disparo era tan definida, tan prolija su penetración hacia el interior del cerebro, que indicaba que quien lo realizó era personal preparado. No se trataba de un advenedizo en el arte del homicidio, un hombre común devenido en asesino por razones emocionales o simple apasionamiento. Se trataba de alguien que exhibía el comportamiento de quien fue entrenado para afrontar esas lides.

El asesinato organizado con premeditación, por la acción de la conciencia pura, alejado de la ira y la pasión, siempre es una situación compleja. Su éxito o su fracaso depende de razones impredecibles. Pero la animosidad, la serenidad y el coraje preciso son indispensables para su correcta ejecución. El resultado estaba a la vista. No tenía dudas de que el asesino era un experto tirador.

La falta de violencia en la escena del crimen, la posición despreocupada del cadáver sobre la mesita, como durmiendo, le sugirió que el verdugo era alguien de su confianza. Con seguridad, debió de tratarse de alguien que formaba parte del grupo de tareas abocado a la custodia de «La Reliquia» o, por el contrario, a su ejecución. Para Podestá, el homicida se encontraba en alguno de esos extremos. Dos polos de una misma traición.

Los custodios, incluido el suboficial «Pérez», así como el personal responsable de la ejecución de «La Reliquia», no estaban en la casona cuando ingresó. Tampoco aparecieron durante el largo tiempo que estuvo observando al muerto y la escena del asesinato. El círculo de los implicados era fatalmente estrecho, y no tardaría mucho en ubicar al responsable, o a los responsables, y ajustar cuentas con esos elementos.

De la cocina comedor trajo otra silla, la acomodó a prudente distancia del muerto y se sentó a esperar que llegaran sus subordinados, para encomendarlos a la captura de todos los posibles responsables.

No era esa la circunstancia que debía encontrar al ingresar al caserío. Por el contrario, a esa hora de la noche, pasada la media hora de las tres del nuevo día, de madrugada, debía estar junto al coronel, al lado del cadáver de «La Reliquia», para corroborar que la orden de sus superiores fue cumplida con éxito.

El grupo de tareas a cargo de la operación de limpieza ya debía haber ingresado a la casona para borrar todas las evidencias de los sucesos, y AC debía estar abandonando, en un auto destinado a ese efecto, el hotelucho donde se alojó, esperando el momento indicado para la ejecución encomendada. Luego de eso, él y el coronel acomodarían el cadáver del ilustre ejecutado en un cajoncito diminuto, no mucho mayor que el destinado a un niño muerto, y lo dispondrían en una furgoneta que el propio Podestá conduciría hasta una base de operaciones designada para ello. Una vez allí, otro grupo de tareas dispondría del cadáver siguiendo órdenes, para él, desconocidas.

Luego, terminada la faena, partiría hacia Buenos Aires a resolver el asunto del rosario de la monja aquella, que el general le exigió solucionar de manera reservada, pero de una buena vez.

El coronel, culminada su tarea, sería retirado del servicio activo con todos los honores; abandonaría por siempre el solitario caserío en el que ya nada poseía y podría dedicarse a sus correrías sexuales, se tratara de los lupanares que frecuentaba asiduamente y en donde era muy reconocido por sus caprichos y vigores, o de los placeres perversos que el vulgo le atribuía en su chismorreo pueblerino. Esos no eran asuntos suyos.

Pero, al repasar los últimos acontecimientos, incluso retrocediendo algunos años en las vidas de ambos oficiales, no podía sentirse sorprendido por el desgraciado final que estaba presenciando. La abulia, el desinterés y las perversiones terminaron por distraer al hombre de sus verdaderas obligaciones y minaron su voluntad, su don de mando y su buen juicio. No es que fuera un puritano y que no disfrutara del sexo y las adicciones, pero no hasta los extremos de perder la compostura que tan delicadas tareas imponían. Aunque el futuro que le aguardaba terminaría por contradecirlo de manera extravagante.

No podía contar las veces que insistió ante el camarada sobre los modos que debían guardarse para asegurar un cierto éxito en la custodia y mantenimiento de ese esperpento. Y sobre la importancia trascendente que tenía la solución final de aquella aberración antinatural.

Aunque un hecho sea extraordinario —incluso inverosímil, como la existencia de un sobreviviente bicentenario—, si se vuelve rutinario, sus responsables tienden a relajarse, a despreocuparse, a subestimar.

La rutina, como inercia, hace perder la exacta dimensión de los acontecimientos, induce al hombre a confundir su verdadera naturaleza y niega toda posibilidad de rectificar esa grave distorsión de la realidad.

La autoindulgencia, el desapego a las normas, la vanidad, la informalidad —todas formas conexas del descuido originado en la rutina— conducen al hombre por el sendero del extravío que deviene en error irreparable.

Podestá recordaba, especialmente, cuánto énfasis puso en reclamarle al coronel el cuidado extremo de todos los detalles, una vez recibida la orden de ejecutar al ilustre despojo allí almacenado durante casi dos siglos.

Ya en su época de jóvenes oficiales insistía a su camarada con el estudio serio, sistemático, obsesivo del arte de la guerra. La guerra es el dominio de la vida y la muerte. ¿No era acaso una forma sutil de la guerra aquella en la que estaban involucrados?

¿No era la guerra un asunto vital para el Estado? ¿No era el Estado el patrimonio compartido por ambos, el refugio seguro que a ellos los cobijaba y preservaba de todo descalabro? ¿No eran ellos un resumen vedado al común de las personas de la esencia de ese Estado que contribuían a sostener en pie? ¿No eran ellos el Estado en estado puro? ¿Cuántas veces se interrogó acerca de los dominios sigilosos de lo que ellos asumían como la identidad nacional? Y consideraba que sus tareas estaban orientadas a preservarla con verdadero fervor.

Cuántas veces le repitió la proposición de los cinco elementos del arte de la guerra: doctrina, tiempo, terreno, mando, disciplina. Cinco elementos, cinco factores, breves, concisos, exactos, terminantes. Cinco elementos que se podían contar con los dedos de una mano. Nada extravagante.

Nadie con su capacidad, con su formación superior, podía fallar tan catastróficamente en esos cinco asuntos vitales. Pero el camarada se malogró irremediablemente.

Nunca estuvo, como jefe, en armonía con quienes le debían obediencia, y esa desarmonía facilitó la infiltración al precio del fracaso y de su muerte.

Perdió el tiempo entretenido con vicios y desórdenes; descuidó el terreno; desistió del mando efectivo y, lo más grave, perdió la disciplina. Y cuando un oficial pierde la disciplina, nadie lo toma en serio; menos aún, su verdugo.

Ese muerto, acribillado en la nuca sin la menor resistencia, borracho, ya no merecería recordatorios. Podía haber sido un conductor sabio y capaz a quien se le había confiado el cuidado extremo de una paradoja de la naturaleza y su feliz eliminación para cerrar, definitivamente, esa anomalía de la historia. Sin embargo, su epitafio fue escrito con una bala calibre 22 y estampó con la muerte el signo imborrable del fracaso.

Nada es más difícil que la lucha armada, aunque esta discurra de manera sigilosa, sutil, oculta. Estas eran cuestiones de las que su amigo se desentendió por capricho.

Estaba convencido de que, a diferencia de aquellos matones que se negaron a cumplir la orden de ejecutar al fenómeno hacía ya muchos años, tanto el grupo de tareas como todos los que estaban, de un modo u otro, involucrados llevarían a feliz término la orden recibida. Y por eso un hondo resentimiento visceral contra el occiso, por el fracaso, lo disgustaba. El disgusto, justamente, lo alejaba del sinsabor de ver al camarada muerto de modo deshonroso.

No estaba seguro de cómo reaccionarían las autoridades al tomar conocimiento de semejante fracaso. Se repetía una y otra vez:

—Esto es una gran cagada… Esto es una gran cagada…

Como si la exclamación pudiera actuar de conjuro y devolver todo a un momento favorable del pasado próximo. Pero la muerte no sabe de flojeras.

Sus disquisiciones se interrumpieron cuando advirtió una rareza en la entrepierna del muerto. No sin cierta dificultad podía apreciar, desde su posición, un reflejo negro, una sombra acerada apoyada en el asiento de la silla, apuntando al ángulo que formaba la encrucijada de los muslos de ambas piernas.

Se agachó para quedar a la altura del asiento en el que quedó fulminado el coronel. Avanzó en esa posición hacia el muerto, esquivó el charco de sangre, se ubicó a su frente y se inclinó un poco más hasta que sus ojos se alinearon con la altura de la entrepierna del muerto.

En esa incómoda posición, comprendió que aquella sombra acerada que apenas apreciaba de refilón era una pistola de 9 mm apoyada en el asiento de la silla, en dirección a los genitales del camarada. Pero este descubrimiento no fue el más impactante. Tras el cañón del arma, aunque disimulado por las sombras que se proyectaban envolviendo la escena en la confusión, se podía distinguir el orificio de entrada de una bala y otra hemorragia que caía de la silla, goteando de modo irregular, disimulada por la coagulación temprana.

—¿Lo castraron? —se preguntó perturbado—. ¡¿Lo castraron?! —gritó enfurecido—. ¡Qué pedazos de hijos de puta son estos negros de mierda!

Se puso de pie, acicateado por la escena obscena, aspiró hondamente el aire espeso de la casa y dejó caer la cabeza como si esta pesara excesivamente.

—¿Qué pedazo de hijo de puta pudo hacer esta mierda?

Y repitió:

—¡¿Qué pedazo de hijo de puta pudo hacer esta mierda?!

Y, a medida que decía estas palabras, se aceleraba su corazón con desenfreno y se cargaba de un odio de esos que él conoció en algunos eventos en los que le tocó actuar en el pasado no muy lejano.

—¡Quiero a esos hijos de puta acá! ¡Acaaaaaá! ¡Ahora! ¡A todos! ¡Los voy a colgar de las bolas! ¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! ¡Hay que matar a todos estos negros de mierda! ¡Se los dije! ¡Les dije que estos negros nacieron para joder! ¡Soretes! ¡Basuras! ¡Mirá lo que le hicieron!

Un integrante del grupo ingresó al escuchar los gritos de su jefe. Se topó, de frente, con el muerto apoyado sobre la mesa, la sangre bajo el mueble, y a Podestá maldiciendo y caminando de aquí para allá, histérico.

—¡¿Qué pasó, jefe?! ¡¿Qué es todo esto?!

—¿No ves o querés que te lo explique, boludo? —tomó al hombre de la ropa y lo zamarreó—. Lo mataron, lo mataron… Peor que a un perro. ¿Entendiste? Le volaron la cabeza y la pija. ¿Me explico? ¿Te hace falta algo más? ¿Un guía, un folleto explicativo?

Empujó hacia atrás al matón, que se encogió de hombros intentando una disculpa.

—Busquen a la momia y a todos los hijos de puta esos que estaban con esa cosa. A los dos viejos del hotel, también. ¿Sabés de quiénes hablo? ¡¿Sabés, imbécil, de quiénes hablo?! De la vieja que nos dio mal el aviso y del viejo ese que escupe cuando habla porque le faltan todos los dientes. ¿Entendiste?

—Sí, señor.

—A todos los que conocen a la momia y a quien mierda haga falta. Si es necesario, incendio el pueblo y los quemo vivos a todos.

—Sí, señor —respondió algo aturdido su subordinado.

—Prioridad: la momia y el suboficial. Quiero vivo a ese hijo de puta. El que encuentre a la momia la mata. Ni avisa. Cien tiros, que no quede nada. ¡Me importa un carajo cómo la matan! ¡La cuelgan! ¡La ahogan! ¡La linchan! ¡La queman! ¡Me importa tres carajos lo que hagan!

Al otro lo quiero vivo… ¡Al otro lo quiero vivo! Se va a arrepentir de haber nacido.

Se aproximó al oído del hombre y le dio, en voz muy baja, una orden con extrema firmeza.

—Decile al Moncho que se encargue de Alberto Cortés. Lo encierra. No lo toca. Que espere órdenes.

El agente salió al trote y dio las órdenes al conjunto. Salieron corriendo; había mucho descontrol y brutalidad en el ambiente.

Podestá gritó desde la antecocina cuando ya nadie lo podía oír. El grito se perdió sin eco.

—Apúrense y no hagan más cagadas porque esto es un quilombo… ¡Esto es un gran quilombo!…

Luego de una pausa, aspiró algunas líneas más de cocaína («necesito que el mundo se me abra, más grande, más grande», pensó para sí mientras aspiraba profundo). Esperó un tiempo hasta que se sintió despierto, alerta, exaltado; hizo sonar las vértebras del cuello rotando la cabeza en uno y otro sentido, y se comunicó con sus superiores.

Transmitió el estado de situación. Solicitó bloquear los caminos y capturar a los prófugos.

Los encargados de seguridad lanzaron una circular de alerta. No pasaría mucho para que encontraran, y esperaban capturar, a los fugados.

Una comisión policial dio un primer aviso.

—«Natalia, Natalia» —se escuchó por el intercomunicador—. Por camino lateral derecho, a la altura del poblado, auto negro, responde a descripción, en la ruta, detenido, posible desperfecto. Se aprecia a dos masculinos que miran el motor del auto. Pido autorización para abordar a los sospechosos.

—Negativo. Peligrosos. Están armados. Espere grupo que va en apoyo.

—Comprendido —respondió el agente.

El auto policial se detuvo a prudente distancia. Observaban desde esa posición a los dos hombres que seguían bajo el capó del auto, observando circunspectos el motor.

Dos unidades cerraron el paso del auto de dos de los «Pérez»: una a su frente y la otra obturando la retirada.

Los fugados abandonaron su posición bajo el capó y miraron en ambas direcciones.

De los autos que trasladaron al grupo para la captura bajaron cuatro hombres fuertemente armados. Uno de ellos gritó a viva voz:

—¡Dejen las armas! ¡Las manos en la nuca! ¡Tírense al piso!

Los «Pérez» tenían sus armas apoyadas sobre el motor. Se miraron con serenidad.

Uno se orientó al auto que estaba estacionado de frente; el otro, al de la retaguardia.

El tiroteo fue intenso. En pocos minutos los dos estaban muertos.

Cuando informaron a Podestá del suceso, sufrió un ataque de furia. Reclamó a viva voz que no le servían muertos sino vivos, y tuvo una trenzada muy violenta con el jefe del personal que actuó en el operativo.

Otros dos «Pérez» fueron capturados en los límites provinciales. Pero se fugaron. Podestá supo de esta circunstancia dos días después de la muerte del suboficial «Pérez». Estaba convencido de que medió un suculento soborno.

«Por dos mangos estos negros de mierda venden hasta a la madre», pensó, apretando los dientes de ira.

Especulaba con que, además del jefe, el suboficial, deberían faltar otros hombres. Nunca se supo de ellos. En cambio, el suboficial «Pérez» quedó en un retén de la guardia de frontera; de allí el grupo lo trasladó a la casona. De «La Reliquia» no hubo ninguna noticia. Nadie observó un movimiento que delatara el traslado de un lisiado. Había desaparecido.

—¿No encontraron al viejo paralítico? —preguntó uno de los perseguidores al guardia de frontera, un morocho aindiado de enorme contextura.

—No —respondió sonriente—. ¿No oíste hablar de la fuga del paralítico? —agregó burlón—. ¡Es famosa! A cualquiera se le escapa un viejo paralítico.

Las risotadas sonaron como los zumbidos de esos moscardones que sobreabundaban en el pueblo, en las insoportables tardes de calor tropical.

El hombre del grupo de tareas, al escuchar la respuesta, se marchó cabizbajo, sufriendo la verdugueada. Se detuvo crispado. Volvió sobre sus pasos. Llegó donde el guardia. Lo miró con los ojos desorbitados. Recordó a su jefe y le gritó a viva voz:

—¡Andá a la puta que te parió! ¡Negro de mierda!

Y se marchó sin reparar en las puteadas que se escuchaban desde la garita.

XXII

Antes de morir, «Pérez» recordaba con mucha precisión los acontecimientos que iniciaron el fracaso rotundo de la operación contra «La Reliquia».

Exánime, mutilado, moribundo, accedió a un estado de bienestar que mitigaba el suplicio de los tormentos. Ninguno de sus torturadores podía explicarse qué ocurría con ese hombre al que no podían sonsacarle ni una queja.

Como una gran panorámica, el suboficial podía ver pasar ante sus ojos los sucesos que condujeron al fracaso de los asesinos y, con especial detalle, los últimos instantes en la vida de ese superior por el que siempre sintió un odio extraordinario. Odiaba sus perversiones, su altanería, su alcoholismo, su degradación; lo consideraba una verdadera afrenta para su condición de militar. Lo emparentaba con ese general de quien «La Reliquia» siempre repetía enfurecido:

—«Vive como un sultán mientras sus hombres andan andrajosos y hambrientos».

El coronel llegó esa noche sin aviso. En los últimos tiempos había perdido el hábito de anunciar por medio de un mensajero, mediante una esquela, su próxima presencia en la casa. Seguramente, la situación resultaba de su estado de perdición, que le impedía planificar medianamente sus movimientos. Actuaba con alguna disposición solo por las órdenes que le hacían llegar sus superiores, que solían enviar un emisario para ponerlo al tanto, quien a su vez informaba a los jefes sobre el verdadero estado de salud mental del coronel a cargo. Esto sería motivo de diferentes disputas: el error de haber mantenido en funciones a ese despojo prometía hacer rodar más de una cabeza en el alto mando. El máximo jefe no solía ser muy considerado con el fracaso.

«Pérez» tenía claro que los hechos se precipitaban; habían tomado la decisión de asesinar al prócer. Llegó el momento: no cabían vacilaciones. La presencia inesperada del oficial indicaba que debía acelerar la salida de la casa de todo el personal que aún estuviera en ella, para liberar por completo la zona.

El suboficial no fue sorprendido por la presencia del superior: lo esperaba. Había pasado tiempo suficiente desde que fuera puesto en alerta por su viejo camarada, desde el hotelucho. La señal activó la maquinaria salvadora de la Logia. Bastante tiempo antes de que el oficial llegara a la antecocina donde se encontraron, fue en persona ante «La Reliquia» y le dijo con firmeza:

—Hay que irse, mi General. Vienen a matarlo.

—¿Quieren matarme como a Güemes? —preguntó el ilustre, recordando al instante la suerte del Libertador baleado en Salta.

—Sí, mi General. No tengo mucho tiempo. Mis hombres lo van a poner a salvo.

—Lo que usted ordene… —se limitó a decir.

Se recostó para dormitar mientras los «Pérez» lo cargaban y salían por un corredor que nunca se había utilizado hasta entonces. Ese conducto a la salvación fue construido en una de las largas ausencias del coronel y aprovechando el incesante cloc-cloc
del zapato contra la pared, que ayudaba a encubrir los ruidos propios del trabajo de desmontar los adobes originales de la construcción. «Pérez» siempre tuvo presente la sentencia que le enseñaron en el instituto militar:

—«Solo se dispone de aquello que se prepara con antelación y minuciosamente. Saber prever para proveer».

Un largo, clandestino y paciente trabajo les permitió salvar a quien juraron proteger con su propia vida.

Vio salir la caravana hacia los fondos de la casona. A partir de ese instante, el grupo debía dirigirse siempre con rumbo norte hasta dar con un repliegue del camino donde otra sección de la Logia, que también fue puesta en alerta, esperaría para recibir la encomienda y trasladarla a un lugar seguro, aunque nadie sabía si ese sería el destino definitivo o solo una posta para alejar aún más al custodiado de cualquier peligro que lo acechara.

Ninguno de los que estaban en la casona a cargo de la custodia del ilustre General conocía el destino del prócer. Tampoco los hombres de la sección encargada de avanzar con la fuga conocían el destino final del protegido. Sostenían una estricta compartimentación, lo que les permitió mantener a salvo sus secretos durante todos esos años.

Cuando se producía la detención de algún miembro de la Logia, era tan poca la información que se le podía sonsacar mediante las torturas que el esfuerzo de los verdugos resultaba estéril.

«Pérez» contó con el tiempo suficiente para asegurar el éxito del procedimiento. El viejo cabo había podido observar que AC preparaba sus armas para la ejecución y lanzó el aviso. Otra fracción de la Logia, que actuaba de modo independiente, advirtió detalles adicionales de los preparativos y puso en alerta a todos los involucrados en el rescate. Esos avisos permitieron que la fuga se ejecutara alrededor de la medianoche, con mucha anticipación, casi tres horas antes de que se pusiera en acción el plan criminal y de que AC se dirigiera a la casona a cometer el magnicidio.

Por su parte, Podestá y su grupo de tareas estaban a una importante distancia del lugar, esperando recibir el aviso que un hombre de su grupo debía hacerles —y que les confirmaría, mediante un mecanismo previamente concertado, que todo había salido como estaba planificado—. Su ubicación no estuvo sujeta a una decisión del coronel ni del propio Podestá. Fueron los jefes superiores quienes le indicaron con precisión el lugar donde debían concentrarse para esperar el desenlace positivo de los hechos. Podestá ignoró siempre los motivos por los cuales se lo ubicó a una distancia importante de los acontecimientos decisivos. El grupo de tareas solo supo del fracaso de la intervención del esbirro y de todos los desaguisados que se sucedieron cuando todo era irreversible.

La presencia del coronel no alteraba los planes del grupo de salvadores. En una reunión celebrada días antes, ajustaron los detalles del socorro, que incluían su eliminación no bien se hiciera presente, para que no pudiera entorpecer el plan de fuga. A pesar de sus vicios, seguía siendo sumamente peligroso.

Cuando ingresó a la antecocina, el hombre parecía borracho. Desde hacía algún tiempo era difícil saber si su embriaguez era solo temporaria o si estaba sumido en ese estado de modo casi permanente. Su condición era patética; movía al desprecio de sus subalternos y a la preocupación de sus superiores. Su deterioro era tan evidente que en más de una oportunidad la superioridad discutió la conveniencia de removerlo de sus funciones.

Los jefes estaban divididos en dos facciones opuestas: quienes eran partidarios de que cesara en sus obligaciones y quienes encontraban siempre algún atenuante que justificaba su permanencia a cargo de la residencia. Estos pudieron hacer prevalecer su criterio.

Podestá pertenecía al grupo que defendió su permanencia. Como la operación llegaría pronto a su final, argumentó, resultaría inoportuno reemplazar al hombre que, en mejores o peores condiciones, era el más sobresaliente conocedor de todos los detalles de aquella prisión. Y arguyó que su sola presencia, incluso en el estado en que se encontraba, era un poderoso disuasivo capaz de evitar alguna contingencia perjudicial para los propósitos decididos. Seguía siendo un hombre muy fuerte, de mando exigente y porte amedrentador. Creía que ningún subordinado se atrevería a amotinarse, porque las consecuencias serían tremendas.

Sin embargo, dando algún crédito a las advertencias sobre la conducta errática del oficial por su adicción al alcohol y las juergas, los superiores le prohibieron abandonar la residencia y exponerse en las casas de prostitución de las que era habitué. El hombre, por soberbia o por enfermedad, se desentendió de la orden recibida; acicateado por la lascivia, se fue de juerga en juerga por los puteríos más o menos cercanos y bebió copiosamente, entrando en un estado de embriaguez permanente.

Al ingresar por los fondos hizo escuchar su voz de mando.

—¡«Pérez»! ¡«Pérez»! ¿Dónde mierda anda que no lo veo?

«Pérez» se apersonó sereno, silencioso.

—Aquí estoy, mi coronel. ¿No quiere sentarse? ¿Le preparo un café?

—¡Ma’ qué café ni qué mierda! No hay tiempo —respondió el oficial con voz gangosa y entrecortada—. Hay que irse, ahora. No quiero líos. Liberen la casa.

—Entiendo, señor. Ordeno a mis hombres que despejen el perímetro. Permiso, mi coronel.

—Salí de acá, ¿querés?… Y apurate, que no me sobra el tiempo, coya de mierda.

La casa estaba vacía y en silencio. Embriagado, no estaba en condiciones de discernir por qué no había ruidos, movimientos ni apuros por abandonar el caserío y liberar el lugar como ordenó. El alcohol, las juergas e incluso cierta ansiedad horadaron su resistencia: estaba muy cansado, muy borracho y necesitado de dormir. Esperaba que «Pérez» le informara que todos habían abandonado el caserío para recostarse en una amplia cama matrimonial de una habitación destinada a algún ocasional huésped, mientras se ponía fin a esa momia que odiaba visceralmente.

Siempre consideró que ese esperpento había cambiado el curso de su vida dramáticamente, convirtiéndolo en lo que era. Sin mezquinar sacrificios, subordinó su linaje en aras de los objetivos superiores del Estado y terminó por echarlo a perder. Ellos estaban destinados a grandes tareas y terminaron recluidos con un adefesio y, en su caso, también con una frígida y loca a la que tenía que violar cada dos años.

Se acomodó en una silla baja, desvencijada, a la espera del retorno del suboficial. Se sintió cómodo. Una vez que «Pérez» le informara que la orden fue cumplida, ascendería por la amplia escalera al primer piso y buscaría el sosiego de la cómoda cama. Relajado, sacó su 9 mm de la sobaquera que llevaba muy sudada y la apoyó sobre la mesita pequeña y mugrosa.

Las marcas del lado derecho quedaron hacia arriba y, fuera por la luz o porque estuvo manipulándolas, parecían más profundas y vibrantes. De uno de los bolsillos traseros del pantalón extrajo su Victorinox.

¿Cómo debería hacerse esa séptima y última marca? La más eminente, la última y «trascendental».

Siete, el número mágico. Fuente de todos los cambios. ¹ Dispensador de vida. ² «Y en el séptimo día completó Dios la obra que había hecho, y reposó en el día séptimo de toda la obra que había hecho».³

Recordó con cinismo ese pasaje bíblico. Casi sin darse cuenta, mientras cavilaba sus perversiones intimando con la Victorinox, esperando que regresara su subordinado, se quedó dormido.

«Pérez» observaba la escena. Oculto en las sombras del cuarto contiguo a la antecocina, una especie de cocina-comedor amplio, pobremente iluminado y sucio, tenía dominio pleno de la situación. Cuando estuvo seguro de que el alcohol y las fiestas habían diezmado la resistencia del oficial y lo habían empujado a un sueño profundo, se acercó hasta su lado, silencioso. De pie, desde su altura, podía observar esa anatomía inconfundible, esa genética salvaje que conferían padres a hijos, unos a otros, tan inconfundible como abominable. La cabeza imponente, las venas surgentes, voluptuosas, y esos rasgos carentes de todo enigma, esmerilados por la corrupción sistémica del oficial.

Seguidamente observó la pistola calibre 9 milímetros, apoyada en la mesa con sus marcas como heridas hacia arriba. A su lado, la cortaplumas, sin desplegar.

Alguna vez tuvo dudas de los relatos que circulaban sobre el significado de esas incisiones. Pero los últimos chismes que le arrimaron terminaron por confirmar las aseveraciones que su camarada, el viejo cabo, le hizo en muchas oportunidades sobre el verdadero significado de aquellas cisuras.

«Pérez» gozaba de los favores de una veterana prostituta de un pueblo cercano a aquel reducto. Los unía algo de afecto y algo de soledad. Muchas noches la mujer prestó sus servicios sexuales al coronel, y, a pesar de que era muy reservado y hasta agresivo cuando se trataba de averiguar algún detalle de su vida, las horas de sexo lograron ablandarle algo la lengua, y alguna que otra infidencia, nunca muy precisa, pudo escucharle.

En todos los burdeles corría el comentario sobre su famosa arma y su diáspora de marcas de un lado y otro de la pistola. Ella misma había observado cómo, después de tener relaciones sexuales, usaba una cortaplumas Victorinox para grabar una marca, algo desprolija, en uno de los lados de su pistola.

Existía la certeza de que ninguna de esas incisiones —fueran las realizadas como al azar o las otras, con esmero— se grabó luego de tener relaciones con la esposa, a pesar de que con ella tuvo una chorrera de hijos. De ella hablaba sin ninguna consideración y en todas las mancebías la presentaba como una loca desquiciada. Las prostitutas no compartían el diagnóstico; conocedoras de las miserias de los hombres, coincidían en que, si había algún desquiciado en esa extraña mansión, era el hombre y no la mujer.

En el lado opuesto al de las marcas desprolijas fueron grabadas otras, exactas, preciosas, profundas. Una igual a la otra. Cortas, pero simétricas. Bastaba preguntarle a qué se debía la diferencia entre las irregulares y desprolijas y las cuidadosamente labradas para que su rostro adquiriera un tono bermellón violento, se le hincharan las venas como para estallar y toda su musculatura se tensara de modo histérico. La escena culminaba con un insulto a los gritos:

—¡¿A vos qué carajo te importa?!

La reacción desmedida ante una simple pregunta, que podía incluso ser ignorada, sugería que el hombre mantenía una relación prohibida o, por lo menos, con alguien que él trataba de manera terminante que no trascendiera ni en el menor de sus detalles. Tal vez una amante exquisita, la mujer de otro oficial o, mejor aún, de un oficial superior: un general, un general cornudo.

O el amor por un hombre. ¿Por qué no? Ella sirvió a distintos clientes que desesperaban por disfrutar de la experiencia sexual que los esclavistas griegos consideraban sublime: gozar de un niño apenas adolescente, de piel suave, casi aterciopelada, manos acariciadoras, lengua fresca. «Pérez» sabía que no había nada de verdadero en esa mitología.

Su camarada, el viejo cabo encargado del hotel del pueblo, estaba seguro de que la diferencia entre unas marcas abundantes y desprolijas y otras reducidas, pero casi perfectas, se debía a que representaban dos eventos muy diferentes. Las primeras correspondían a las prostitutas de los burdeles que frecuentaba. Solo las realizaba como un mero ejercicio contable y estaban todas agrupadas en el lado izquierdo de la pistola.

Las segundas, las que estaban grabadas en la cara diestra del arma, representaban el amor prohibido producto del incesto. Pero no solo el hotelero lo afirmaba; Amanda se lo repetía con insistencia. El comportamiento errático de la niña revelaba esos actos repugnantes. En más de una oportunidad, el ama de llaves le reclamó casi a los gritos algo de justicia para esa niña pequeña.

A toda la Logia, la posibilidad de un pecado semejante la enardecía. Sabían que la última niña de doña Encarnación, con quien «Pérez» convivió unos años, fue a parar a un convento en condición de pupila, antes de que el coronel desfigurara a su esposa a puñetazos. De ese hecho «Pérez» tenía perfecto conocimiento; él mismo estuvo esa noche aciaga, cuando el coronel le anunció, tras la cena y mientras fumaban un cigarro, que iba a propinar una golpiza ejemplificadora a la patrona, para que cesara en lo que denominaba «una pantomima inaceptable», al referirse a la salud mental de su esposa. La mujer nunca recuperó la salud después de esa paliza, y la muerte sobrevino no mucho tiempo después.

«Pérez», parado detrás del hombre que dormía volcado sobre la mesa, retrocedió un par de pasos contenidos para tomar la distancia adecuada para efectuar un disparo certero. Extrajo de una cartuchera que llevaba bajo la camisa, en la cintura, a su espalda, una vieja Bersa calibre 22 cargada con balas blindadas de punta hueca; proyectiles pequeños, eficaces, mortales. El arma tenía dispuesto un silenciador que parecía de fabricación casera.

Estaba tranquilo y seguro. Respiró hondo, contuvo el aire, disparó. Recordó una sentencia de Sun Tzu:

—«Las armas son instrumentos de mala suerte».

Algo de sangre manó de los ojos, la nariz y la boca. Hubo un breve resuello gutural, que se desvaneció. El coronel estaba muerto.

Cuando sus enemigos observaran el orificio de entrada del proyectil, concluirían que quien lo hizo no tembló al momento de jalar el gatillo. No era un hombre feliz, pero estaba sereno. La serenidad fue el estado espiritual y mental con el que «Pérez» afrontó su obligación. Cumplió por «La Reliquia», por la mujer apaleada y también por las historias incestuosas que se le achacaban. Sin proponérselo, asistió a la promesa que le hizo a Amanda el día de su partida; con liviandad, para deshacerse de un acoso en reclamo de una justicia que, por entonces, no solo no estaba en condiciones de realizar, sino que tampoco suponía que afrontaría. Sin embargo, cumplió su juramento. No faltó a su palabra.

Avaricia, envidia, gula, ira, lujuria, pereza, soberbia: pecados capitales que estaban reunidos en aquella personalidad decadente. La muerte abrupta resultó el corolario para quien representaba un paradigma de una época sin patriotismo, sin valores, sin atributos.

Guardó el arma en su cartuchera, se acomodó la camisa, repitió el ejercicio de inhalar y exhalar aire lentamente. Se asomó al orificio de entrada de la bala y trató de evitar pisotear el charco de sangre espesa que debajo del muerto se esparcía como un manchón aceitoso.

El rostro del muerto adquirió un cierto gesto de máscara mortuoria ridícula; hinchados, los ojos, entreabiertos, como amoratados, se ennegrecieron, llenándose de un fluido negro y viscoso. La boca, estirada por el precipitado avance de la rigidez cadavérica, organizaba una mueca de risa cínica. La hemorragia interna iba coloreando la piel, tornándola de un azul violáceo.

«Pérez», sereno, pasó por el lado derecho del muerto y se detuvo a la altura de la pistola 9 mm que descansaba a centímetros de la cabeza, casi rozando el cabello. Vio las marcas del lado derecho. Las marcas del incesto, prolijas y precisas, según el comentario de todos en el pueblo. ¿La Victorinox al lado del arma sugería que estaba por realizar una nueva incisión? Aunque no podía saberlo, sí podía sospecharlo. Se llenó de indignación.

Extrajo un par de guantes del bolsillo derecho de su pantalón. Tomó el arma. Comprobó que llevaba una bala en la recámara y que el cargador estaba completo. No tocó la Victorinox.

Se agachó mirando por debajo de la mesa. Observó la entrepierna del occiso. Apuntó con la Browning y le disparó a la ingle con precisión de cirujano.

El estampido irrumpió en la noche, escandaloso. Le siguió un silencio sepulcral, monocromo. Los pocos foquitos que aún permanecían encendidos se apagaron de golpe, replegándose a la oscuridad de una noche que había perdido su luminiscencia.

Un grueso agujero se abrió a la altura del pene. El orificio de salida, aseguraría el forense en la autopsia, desgarró el ano. Antes de escapar, apoyó el arma en la silla, en dirección a la mutilación. Hacia arriba, las incisiones precisas, simétricas, iguales, que llevó durante largo tiempo como una abominable condecoración.

El forense discurriría:

«Una acción al solo efecto de mostrar a otro, que no era el occiso, u otros, que no estamos en condiciones de determinar —no es nuestra función—, una advertencia.

El hombre estaba muerto cuando se efectuó el disparo que mutiló los genitales; el objeto no era la venganza directa porque, a tales efectos, se hubiera mantenido con vida a la víctima.

La utilización del arma que era propiedad del occiso revela la intención de usar el instrumento que le daba entidad y poder al muerto como el obrador de su propia mutilación. La posición en que se encontró el arma corrobora esta opinión.»


XXIII

Todo parecía bajo control: «La Reliquia», la casa, el pueblo.

Estaba definido el día, la hora, el modo. ¿Qué podía fallar? ¿Qué falló? O debía preguntarse: ¿en qué se equivocó?

Repasaba una y otra vez todos sus pasos, todos los días, todas las órdenes, y no encontraba cabos sueltos que explicaran la situación en que se hallaba. Estaba algo asfixiado, tirado en el piso del asiento trasero del auto negro, encapuchado y bajo los pies de dos matones que le clavaban sus tacos en las costillas.

Estuvo al margen de toda la preparación del operativo; eso corría por cuenta de los grupos de tareas asignados, dirigidos en el terreno por el coronel, y desconocía si también por algún otro oficial destinado a la tarea. Él era solo un sicario, un esbirro; no era ni un planificador ni un organizador. Tampoco participaba de la logística del suceso. Su intervención estaba acotada.

El fracaso de la operación se vinculaba a la acción facciosa de un grupo logiado, los «Pérez», que se había infiltrado desde hacía años y trabajó sigilosamente para cuidar al prócer y hacer abortar cualquier acción contra él.

Podía decirse que hubo «una gruesa falla de inteligencia» —como escribió un alto oficial con alguna responsabilidad en el informe a los máximos jefes—, pero la sola mención de tal posibilidad solo producía suspicacias. Y aunque tuviera algún viso de realidad, esa deficiencia no podía atribuírsele a él. AC admitía incluso que la falla hubiese existido, pero no se podía haber producido en los niveles inferiores de la operatoria; solo en las secciones de dirección había capacidad como para ocultar información, desviar antecedentes, confundir caracterizaciones, etc. Hacerlo suponía un cierto poder, un cierto «dejar hacer», para fines que muchas veces ninguno de los participantes directos tenía la menor idea. Conoció a lo largo de su carrera las disputas que se generaban en favor o en contra de una resolución y cómo, muchas veces, lo que parecía de un modo resultaba el opuesto. Estaba en el reino de la mentira. ¿Cómo creer en algo?

Ninguno de los que operaron en el terreno conoció el conjunto del plan y ninguno participó en el diseño de todo el sistema. Eso estaba rigurosamente tabicado.

Sabía que los traidores fueron capturados; mientras lo encapuchaban alguien le dijo: «Tus socios ya cayeron todos»; apenas atinó a justificarse diciendo: «Yo no tengo ningún socio».

AC suponía que, a esa altura de los acontecimientos, las torturas habrían surtido efecto y ya tendrían la información de adónde se dirigían con «La Reliquia» y quién estaba a cargo de la contraoperación. Eso lo pondría al margen de la responsabilidad por el fracaso. Y aunque hubiesen deseado vincularlo con una falsa declaración realizada bajo tortura, estas suelen ser tan inconsistentes que a la postre resultan inútiles.

Completado el ciclo de la delación, sabía que sobrevendría el momento de las ejecuciones: los responsables de la infamia ya estaban muertos o pronto lo estarían. En lo que a él concernía, nada en su pasado ni en su presente lo vinculaba a esa logia de renegados. Estaba limpio y todo se resolvería felizmente. Si no estaba muerto para entonces. La muerte, en lo suyo, era apenas un gesto, una mera circunstancia. Nada personal.

Volvió a repasar sus órdenes: a las tres de la mañana abandonaría el hotelucho donde se alojaba; se dirigiría a la gran casona. El camino se lo indicaron en la nota con sus órdenes, y él no se salía nunca de lo resuelto por sus superiores; cumplir con precisión lo ordenado era el mejor reaseguro.

Fuera de la casa, los que estuvieran a cargo de las funciones de vigilancia debían disponer dos anillos de seguridad y liberar férreamente la zona. Nadie salía, solo él entraba. Su tranquilo paso hacia la residencia por el camino indicado, donde no notaría la presencia de ningún extraño, ni siquiera de alguien a quien pudiera atribuírsele algún tipo de participación en el despliegue del operativo, demostraría que esos anillos de control fueron exitosos. La seguridad, cuando es buena, pasa desapercibida.

La mansión debía estar vacía; eso corría por cuenta del coronel aquel con el que cruzó escasas palabras pocos días atrás.

Ingresaría por los fondos. Caminaría por el largo pasillo que conducía hacia el cuarto prohibido y llegaría ante la gran puerta azul que separaba la habitación del resto de la casa.

Con seguridad, su víctima dormitaría, indiferente a su destino próximo, embotada, como le informaron que pasaba la mayor parte del día. Entraría al cuarto con sigilo, prudente, cauteloso. No cabía esperar ninguna reacción del vejestorio; sí, tal vez, de un acompañante ocasional. Era prudente tomar todos los recaudos imaginables en ese crucial momento.

Llevaría en la cartuchera a la cintura la pistola calibre 22 y, en la sobaquera, la 9 milímetros. No sabía quién era la persona que estaba encerrada en la habitación, solo que era a quien debía ejecutar. Según la nota que leyó en el despacho del coronel, se trataba de un anacronismo, una cáscara prehistórica que había eludido la muerte; había que reordenar la naturaleza de las cosas. No estaba preocupado por saber más de lo necesario. Para AC, la buena ignorancia era un gran preservativo. La ignorancia como método era un rasgo de su profesionalismo modificado. Cierta asepsia, indispensable en lo suyo, no equivalía a indiferencia ni a falta de compromiso. Era solo eso: asepsia, entendida como purificación y preservación.

Cuando era un iniciado, apostaba al profesionalismo como el gran ordenador para abordar los desafíos de su labor sin errores y con exactitud. Pero eso había quedado en el pasado lejano. Era un hombre comprometido. En cada misión, en cada momento en que arriesgaba su vida, volvía involuntariamente a aquella noche, a aquel vuelo, a aquel jefe, donde aprendió que el arte de la muerte debía ser, en realidad, no un acto de profesionalismo, sino de amor.

Y aunque entonces le pareció absurdo que un asesinato tuviera como primer motor el amor y no el odio —que era la contracara indispensable del amor—, sus lecturas bíblicas se lo confirmaron. Solo la enumeración de las plagas que se abatieron sobre el pueblo egipcio, y no sobre su ejército o sobre su casta esclavista, para torcerle el brazo al faraón y obligarlo a liberar a los hebreos cautivos, le daba consistencia a ese razonamiento. Por amor se podía diezmar a un pueblo. Por amor se podía matar a todos los primogénitos. El amor y el odio iban juntos, inseparables. Uno era él y su contrario al mismo tiempo y, en determinadas circunstancias, uno prevalecía belicoso sobre el otro.

¿No es lo que hizo durante el régimen, por amor y por odio?

Volvía siempre a ese sonido aspaventoso de las aspas del helicóptero lentificadas, repitiendo cansadas:

Zaf, zaf, zaf, zaf, zaf…

y a aquel hombre recriminándole su reduccionismo, del que se apartó definitivamente.

Recordaba cómo se burló del profesionalismo integrado, «aquella pelotudez del petiso Laplane, al que lo borramos de una patada en el culo» —dijo riéndose a carcajadas— y lo emparentó con el sofisma del integracionismo, un fárrago «filosófico» que pretendía hacer confluir los opuestos en un nuevo subproducto.

«Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa y no me jodan con delirios…», sentenciaba con cierto enojo cuando sus subordinados se perdían en fútiles discusiones.

Y remató, sentencioso:

«Así se pierden las guerras, señores, por falta de pasión, de convencimiento, de verdadero amor a la causa. Falta de compromiso profundo. No es un problema de profesionalismo, sino de amor.»

Ese discurso, para AC, fue inolvidable.

Luego de ingresar a la habitación extraería su Smith & Wesson calibre 22 de la cartuchera que llevaba del lado de la espalda, ajustada al cinturón. Como le exigió su madre por su condición religiosa, se persignaría antes de realizar su trabajo y le encomendaría a Dios el alma del reo.

Observaría con atención a la víctima. Daría algunos pasos hacia atrás para adquirir una mejor perspectiva del cuerpo del hombre que debía dormitar sin advertir su presencia.

Notaría que se trataba de alguien exageradamente viejo, una especie de despojo que apenas respiraba por unos negros y profundos agujeros nasales. Si aquel entreabriera la boca, comprobaría que tenía apenas restos ennegrecidos de los que fueron dientes. Las encías, negras también, se arrellanarían contra los roídos huesos de los maxilares. Y, entre esas encías apretujadas y oscuras, una lengua geográfica, hinchada, obturaría casi hasta el ahogo la garganta.

Si sostenía su perspectiva, con seguridad quedarían ante sus ojos expuestas las huesudas manos, cuyos dedos raquíticos mostrarían las uñas astilladas. El resto del cuerpo debería estar cubierto por una vieja bandera celeste y blanca, algo percudida e incluso apolillada. Una mancha a la altura del sol que se apoyaba justo en la entrepierna permitiría comprender que aquella figura cetrina padecía una total incontinencia. Le informaron que la momia aquella padecía cierto delirio que la inducía a creer que estaba emparentada con el creador de la enseña patria. Una «psicopatía patriótica», una extrañeza de las desviaciones mentales.

No se podía saber qué impresiones tendría AC al estar frente a aquella verdadera reliquia. Es seguro que no comprendía el significado trascendente de quien tenía ante sí, a pocos pasos de él. Un asesino, después de todo, tiene que estar ajeno a todo dato que pueda distraerlo de su tarea o distorsionar sus puntos de vista, llevándolo al fracaso. Las emociones conspiran contra el buen asesino.

Ese era el componente aséptico indispensable que conservó conscientemente.

Apenas inclinando el cuerpo hacia atrás, AC lograría la distancia adecuada para acomodar el arma a la altura de la sien izquierda y disparar dos tiros; esa era su orden: uno tras el otro. Luego, sin dilaciones, descerrajaría otros dos disparos al corazón. Dos a la cabeza, dos al corazón. Muertos los órganos de la vida, no había magia alguna que le permitiera cierta sobrevida útil a la momia aquella. La reliquia histórica estaría muerta.

Efectuada su labor, guardaría en la cartuchera su Smith & Wesson. Volvería sobre sus pasos y regresaría al hotel, donde se limitaría a recoger sus pertenencias. Abandonaría sin sobresaltos el hospedaje.

A la derecha de la fachada del hotel, estacionado a prudente distancia, un coche negro, lustroso, moderno, con todas sus luces apagadas, que manejaría un chófer destinado a esa misión, lo sacaría del pueblo hacia Buenos Aires, tomando la ruta que baja del norte y atraviesa gran parte del centro del país. En algo más de doce horas llegaría a destino, donde entregaría su informe a un superior en persona. Luego podría disfrutar de un merecido descanso.

Mientras estuviera viajando rumbo a Buenos Aires, una célula de limpieza borraría cualquier evidencia que permitiera suponer la existencia de aquel raro producto de una metamorfosis inexplicable o que diese alguna pista sobre los acontecimientos ocurridos en la mansión aquella.

Esta debió de ser la sucesión de hechos si AC hubiera podido cumplir con éxito su trabajo. Sin embargo, nada resultó de ese modo.

Temprano, cuando aún se hallaba recostado en su cama repasando en su mente escenas de «La Virgen de los sicarios», oyó un disparo que reconoció de inmediato. Su estampido era inconfundible: se trataba de una pistola calibre 9 milímetros. Sintió preocupación.

El eco de la detonación le indicó la distancia de la deflagración: provenía de la amplia casona. No podía configurar el motivo, pero supuso que podría tratarse de un incidente capaz de alterar el curso de los acontecimientos.

No podía abandonar su habitación adelantando la salida hacia la mansión para averiguar sobre el hecho; esas no eran sus órdenes. Las suyas eran estrictas: a tal hora sale, camina por tal lugar, llega a tal hora, entra por tal puerta, camina por tal pasillo, se arrima a tal cama, mira a tal momia, dispara tantos tiros.

El disparo se podría haber producido como resultado de eventos de los que no fue informado porque no correspondía, y su intervención resultar un verdadero fiasco para la operación. Trató de relajarse haciendo sus ejercicios habituales, pero ya no pudo. Se dedicó a preparar sus armas.

Llegó la hora convenida. Abandonó el hotel como le fuera indicado en la nota que le hizo leer el coronel. Al dejar su habitación y descender por la ruinosa escalera que iba del amplio salón de la entrada a las habitaciones superiores, notó la ausencia de todos los habitués del lugar. Ningún borrachín, ningún charlatán ni el matrimonio que tenía a su cargo el hotel.

En la calle había un sordo ruido de movimientos, violentos ajetreos, respiraciones aceleradas, arritmias desconcertantes. Había crispaciones en el aire. AC las podía captar con facilidad.

Por el camino entre el hotel y la casona no notó ningún anillo de vigilancia. Su percepción de la situación no le sugería que estaba en presencia de una custodia realizada con tanta excelencia que incluso él, hombre con larga experiencia, no pudiera notarla. Por el contrario, el camino hacia la casona estaba despejado por completo y quien lo deseara podría ir y venir por él sin que nada ni nadie se lo impidiera.

Llegó a la finca. Traspuso la vieja tranquera blanca. Por el camino lateral se dirigió al contrafrente. Tanteó la cerradura. Con suavidad afirmó la mano en el picaporte y jaló hacia abajo la manija. Como se le anticipó, no tenía echada la llave. Entreabrió pocos centímetros la puerta. La oscuridad predominaba; cierta luz amarilla salía de una lámpara que pendía del techo de la antecocina.

Abrió la puerta lo suficiente como para que pudiera pasar su cuerpo. Se asomó. Vio al muerto apoyado sobre una vieja mesita de madera. Reconoció de inmediato al oficial que le dio a leer la orden del día. Un gran charco de sangre merodeaba entre la silla y las patas de la mesa.

No era esa la circunstancia que debía encontrar al ingresar al caserío.

Todo cambió súbitamente. ¿Qué hacer? ¿Qué le sugería el manual del buen sicario? ¿Y el amor? ¿Qué le indicaba el amor a la causa? ¿Seguir hasta la habitación, por el largo pasillo hasta la puerta azul, y cumplir su faena o retirarse a la espera de alguna indicación de la superioridad?

No sabía las circunstancias en que se produjo la muerte de ese hombre. La atribuyó al disparo que oyó cuando aún reposaba en su habitación. ¿El tipo se habría suicidado? ¡Cuántos suicidios, reales o fabricados, vio a lo largo de su carrera! ¿Y por qué no habría de ser uno más, de tantos? Un tipo loco, desquiciado, amargado, corneado, que se pega un tiro. Ni el primero ni el último. O un testigo incómodo. Vaya a saber.

Lleno de prevenciones —los hechos las ameritaban—, cerró tras de sí la puerta. Ladeó la mesita donde yacía el muerto y evitó pisar la sangre que goteaba mezquina de la boca, la nariz y los ojos. Observó que el orificio de entrada de la bala homicida no estaba en la sien sino en la nuca. No dudó un instante: no se trataba de un suicida; por el contrario, lo ejecutaron mientras reposaba sobre la mesa. Era un sicario y comprendía la escena a la perfección.

Sacó su Smith & Wesson calibre 22. Acomodó en la boca del arma el silenciador. Avanzó por el pasillo.

¿Cuántos pasos debería dar para llegar hasta la puerta azul? Desconfiado, se detuvo en la entrada al pasaje, amartilló el arma y calculó los metros que lo separaban del objetivo. Eran diez pasos exactos que le permitirían llegar hasta la puerta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Se detuvo. Estaba a menos de medio metro de la entrada a la habitación donde suponía estaría su víctima.

Observó si la poca luz que se veía por debajo de la puerta le advertía de algún movimiento. Contuvo la respiración. Estuvo el tiempo suficiente atento para captar algún sonido que le diera una primera impresión de lo que estuviera pasando adentro.

El silencio era pertinaz. No percibió ni movimiento ni sonido alguno. Dio el paso número diez. Se detuvo justo frente al picaporte. Con más suavidad que cuando apoyó la mano en el de la puerta de entrada de los fondos de la casona, asió la manija de bronce de la amplia puerta pintada de azul, que cedió obediente. No estaba trabada; nada impedía entrar o salir. La empujó delicadamente hasta que quedó abierta unos centímetros. Miró por la abertura. No se veía ninguna sombra, no se oía ningún susurro. Convino en que, salvo que alguien estuviera emboscado, la habitación estaba vacía.

Abrió la puerta de par en par. Miró con recelo. El cuarto, en efecto, estaba vacío. Podía ver un catre y, sobre él, un viejo colchón de cotín roído, un amplio respaldo y almohadones sobre los que alguien estuvo recostado hasta no hacía mucho tiempo. Había cierto olor rancio, pero nada insoportable. Peor olor sintió en los campos de detención.

Bajo el camastro, una escupidera de loza se dejaba ver por entre las sábanas que caían cortinando. Una mancha de orín había percudido la baldosa hasta desgastar la superficie. Sobre el catre, una gastada bandera nacional parecía haber sido usada como manta. A un costado de la cama estaban dispuestas una modesta mesita y dos sillas, todas muy percudidas. Y detrás de ese escaso mobiliario, un sillón en el que aún estaba impresa la forma del cuerpo de alguien que estuvo sentado allí durante mucho tiempo.

El vejestorio fue retirado. No podía haber ocurrido mucho antes de que él llegara, pero le resultaba imposible determinar el momento exacto de la fuga.

Todo salió mal. No tenía otra alternativa que retirarse. Volvió sobre sus pasos. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos…

Se detuvo a poca distancia de la entrada del pasillo. Fisgoneó por si alguien lo había seguido y estaba escondido entre las sombras de la cocina-comedor; dio el último paso.

La luz de la cocina parecía haber adquirido un tono mortecino, contagiada de la tonalidad violácea que el muerto iba adquiriendo a medida que la hemorragia en su cara se generalizaba. Pasó cuidadoso al lado del muerto y evitó pisar la sangre.

Abrió la puerta de salida de los fondos y, siguiendo el sendero lateral de la casona, retornó hasta la blanca tranquera.

Las crispaciones en el aire cesaron. Solo silencio, nada de aromas. Se preguntó si así se sentiría el fracaso.

XXIV

Giovanni Antonio Giuseppe Manuel saltó de su cama. Casi al trote llegó hasta la habitación donde descansaban María y Francisco. Sacudió a la hermana con energía. La despertó.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntó María sobresaltada.

—Mañana llega —respondió Giovanni.

Miró confundida al hombre que conservaba intacta su apariencia de muchacho.

—¿Qué llega? ¿De qué me hablás?

—Qué llega, no… ¡Quién llega!… no es una cosa…

—Bueno, ¿quién llega?

—Teresa… Llega Teresa…

Su corazón se aceleró y un calor subió desde sus piernas hasta la cara. Temblaban sus manos. Lo tomó de la cara y, mirando con lágrimas en los ojos, lo reprendió.

—No me jodás, desgraciado, porque te muelo a palos…

Giovanni tomó con sus manazas las pequeñas, pero rudas, de su hermana, y con una sonrisa amplia se defendió.

—Yo no jodo nunca, María Piadosa, apodada la breve… —se encogió de hombros, sabiendo que mentía.

La mujer soltó al hombre y se acomodó el camisón cerrando el cuello como quien siente algo de frío, luego de ese calor sanguíneo que ascendió hasta la cara que se enrojeció adquiriendo cierto tono carmesí.

—¿Cómo sabés?

A Giovanni Antonio Giuseppe Manuel le resultó extraña la pregunta. Era un adivinador. Era cierto que su fama estaba restringida al maravilloso don de encontrar tesoros, oro, plata, joyas, dinero, valores. Pero cuando ocurrió lo del alhajero donde hallaron el indescifrable manuscrito de Guadalupe, quedó manifiesto que sus dones eran más amplios. Él sintió esa sensación en su juventud, pero nunca la exploró. ¿Se trataba de una evolución de su gracia o, simplemente, nunca se percató de que entre sus atributos estaba el de percibir otros asuntos ricos en emociones, aunque lejos del hallazgo de una fortuna material?

—Como sé todo, María… Me extraña que me lo pregunte.

Cuando algo molestaba a Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, dejaba de tutear a la persona con la que estaba conversando y pasaba a tratarla de “usted” para imponer una distancia protectora y para señalarle a su interlocutor su molestia.

Era un hábito que adquirió de su cuñado porque le parecía apropiado.

—Espero que no te equivoques y me hagas sufrir al divino botón.

—¡No! ¡Qué va! Cuando adivino no me equivoco. ¿Y cuándo la hice sufrir yo?

—Cuando te fuiste, cuando abandonaste a Blanquita, cuando metés tus narices donde nadie te invitó…

Giovanni consideró prudente abandonar aquel diálogo que derivaba a cuestiones que prefería no mencionar. En especial lo de Blanca Divinidad, con quien había intentado retomar alguna relación, aunque más no fuera por cortesía. Hacía algún tiempo que sentía renacer los afectos por aquella mujer perseguida por una docena de perros y otra de gatos. Pero cada vez que intentó aproximarse a ella, un coro de ladridos y otro de maullidos lo espantaba. Sentía horror de que la manada lo tomara a dentelladas y arañazos, magullándolo lastimosamente. Prefería esperar alguna situación más favorable, menos perruna y menos gatuna.

María sacudió a su esposo. Francisco roncaba distendido, sin que el diálogo que en voz alta sostenían los dos hermanos lo despertara.

Soñaba a menudo con sus fatigas matemáticas, y mientras el sueño discurría en las apacibles y cálidas noches bajo la luna nueva, hacía mecánicamente cálculos de materiales hasta que despertaba agotado. Entonces dormía para reponerse del cansancio que le producían sus sueños de calculador.

—¡Viejo! ¡Despertate, viejo! —lo sacudió María rudamente—. ¿Escuchaste?

Francisco, somnoliento, extrañado, miró a María sin comprender mucho qué estaba ocurriendo. Vio a Giovanni Antonio Giuseppe Manuel sentado en la cama, al lado de su esposa, que observaba con una sonrisa burlona pero cómplice el rostro hinchado de Francisco, mientras este trataba de salir de los brazos del ensueño para atender el reclamo de María.

—¡Mujer! Soy sordo… sueño mucho… Estaba tratando de dormir para reponerme de los sueños que me fatigan… ¿Cómo voy a escuchar lo que ustedes hablaban? ¿Qué pasa? —preguntó mientras frotaba sus ojos lagañosos.

—Mañana llega Teresa.

Quedó en silencio. Miró a María, luego al hermano de su mujer, pensó en el rostro de Teresa. Tardó algunos minutos en reaccionar.

—¿Cómo sabés?

—Me lo dijo el adivinador.

—¡Ah…! ¡El adivinador! —exclamó displicente—. El famoso Giovanni Antonio Giuseppe Manuel, Giovanni Antonio Giuseppe Manuel… —repitió los nombres como si se tratara de un acertijo—. Y vos cómo te enteraste, ¿se puede saber?

—Como me entero de todo, me extraña… ¿Usted también?

—¿Yo también qué? —repreguntó Francisco, más confundido que al despertar.

—Si viene Teresa hay que avisar a la familia —afirmó María.

Había que celebrar, y las celebraciones en esa casa involucraban a toda la prole cercana o lejana, como siempre fue entre ellos.

—No hay tiempo —dijo Francisco preocupado. No estaba en duda que había que darle el aviso hasta el último pariente, pero consideraba que esa sí que era una empresa, si no imposible, muy difícil de cumplir, porque la parentela se multiplicó como los peces y los panes y se desperdigó por todos los pueblos cercanos, incluso algo más lejos.

—No sé, amor, pero hay que hacer una fiesta… una gran fiesta… —reclamó María—. Viene mi hijita, viene mi niña y yo quiero celebrarlo.

Cómo hicieron los dos hombres para avisar a la multitudinaria familia de la próxima llegada de Teresa, nunca lo supo María. ¿Tendría su hermano algún otro don desconocido para ella que le permitía enviar una noticia sin siquiera molestarse en salir de la casa? ¿Habría organizado la familia algún sistema de postas que ella desconocía, para estar siempre en comunidad y enterarse de las novedades sin demasiada pérdida de tiempo?

Cuando alguna vez preguntó a Giovanni Antonio Giuseppe Manuel al respecto, todo lo que recibió de respuesta fue una franca sonrisa. Y al interrogar al marido, este apenas levantando la vista de sus planos murmuraba: “hablá con tu hermano”.

Esa misma tarde de la revelación, una muchedumbre exaltada de parientes llegó hasta la vieja casa y se ofreció generosa para organizar la bienvenida a Teresa luego de su ausencia.

Como hacía años no ocurría, un batifondo descomunal invadió la casa.

María Piadosa la breve debió ponerse al frente de un verdadero ejército, bastante anárquico, que pugnaba solícito por ayudar en lo que hiciera falta. Si se trataba de lavar, allí iban decenas a lavar; si pulir, decenas a pulir; si lustrar, decenas a lustrar.

Como las hormigas cuando incansables abarrotan su hormiguero con palillos que recogen alrededor de su hogar, una incontable fila de parientes comenzó el traslado de mesas, sillas, copas, vasos, platos y cubiertos. María rescató los bordados de Teresa de la Buenaventura que estaban impecables, para disponer para el festejo de aquella maravillosa y exquisita mantelería.

Pero la gran incógnita de María era cómo habrían de satisfacer el hambre pantagruélica de aquel familión. Los tiempos habían cambiado y si bien no les faltaba nada, tampoco podían darle de comer y beber a la incontable parentela. No sin dificultad, como pudo, encontró a su esposo en medio de un tráfago de muebles que iban y venían como con vida propia. Lo interrogó sobre el asunto.

—No sé —le dijo casi con descuido, al tiempo que se encogió de hombros—. Hablá con tu hermano. —Dijo misterioso mientras recalculaba la superficie de una losa. Francisco siguió ensimismado en sus cálculos.

María se dirigió a su hermano, como le indicó su esposo. Todo lo que recibió de respuesta fue una franca sonrisa.

Mientras estas cavilaciones angustiaban a la mujer, comenzaron a llegar las provisiones. María solo observaba asombrada. Llegaba una res recién carneada, aún tibia; tras ella, lechones, corderos y decenas de pollos por los que alguien —María no podía saber de qué pariente se trataba— pidió disculpas y se justificó diciendo que no tuvo tiempo para degollarlos y desplumarlos. Sin mediar palabras, sobraron los voluntarios para el trabajo.

Llegaron abundantes chorizos y morcillas, también encurtidos que toda la familia producía en épocas de factura, bajo el intenso frío de las noches de invierno.

Como en viejas épocas, los pallares se disponían en canastos por toneles y el cuarto de los jamones se volvió a llenar de ricas piezas de cerdo. Alguien depositó unos jamones serranos. La fragancia a pimentón perfumando la casa devolvió a María a momentos de su infancia.

Cuando parecía que el marasmo cesaba, llegaron las verduras. Tras el revoltijo agotador, parecía que todo, súbitamente, se acomodaba para la recepción.

¿Habría musiqueros como en viejas épocas? En el mismo lugar en que lo dejó horas antes enredado en sumas y restas, encontró a Francisco, en la misma posición, algo encorvado, con un lápiz en su mano derecha, repensando el cálculo de la superficie de una losa.

—Francisco, ¿vienen los músicos?

—No sé —dijo con idéntica actitud de descuido que la vez anterior—. Hablá con tu hermano. —Agregó imperativo mientras recalculaba la superficie de la malhadada losa. Francisco se desentendió de las preocupaciones de su esposa, nuevamente.

Como en ocasiones anteriores, María se dirigió a su hermano y le preguntó por los músicos. Todo lo que recibió de respuesta fue una franca sonrisa.

Se oyó el golpe de palmas. Luego, alegres sones musicales. ¡Venían los musiqueros! Eran los mismos que años atrás tocaban sus canciones debajo de las guirnaldas de colores y bebían insaciables como si hubiesen pasado años en el desierto abrasador. Como diría su padre, Biagio, “beben como esponjas”. Estaban algo más viejos, más sedientos, más gordos y más hipertensos.

María Piadosa la breve asistía a esa baraúnda familiar casi como embelesada, y asumía que, como entonces, todos esos parientes eran imposibles de reconocer. Había primos y tíos, primos de los tíos y tíos de los primos de los primos, cada uno con sus esposas y decenas de hijos. Pero ahora no solo se trataba de primos, tíos o hijos de primos, sino que había hijos, padres y madres con hijos que eran hijos de hijos de primos, con sus tíos de tíos que eran a su vez tíos, que eran abuelos y bisabuelos, y se abrazaban con nietos y bisnietos, que a su vez eran entre sí primos, tíos, hermanos, sobrinos, ahijados, nietos, bisnietos. Y se murmuraba que entre la prolífica familia se contaban ¡algunos tataranietos!

Como ocurriera en su juventud, todos los que iban llegando saludaban indicando sus nombres, y repetían: Giuseppe Francisco, Francisco Giuseppe, Miguel Giuseppe, Francisco Miguel, Giuseppe Miguel, Anthony Manuel, Giuseppe Manuel, Antonia María, Francisco Manuel. Así perpetuamente. Y los había de todos los tamaños, desde gigantes de hasta casi dos metros, hasta pequeñitos de poco más de cincuenta centímetros. Gordos y flacos, rubios o morochos. Con los mismos nombres que intercalaban azarosamente, de unos a otros, los mayores a los descendientes.

Las mujeres, como ella, todas tenían nombres de vírgenes y santas. De eso ninguna se pudo librar. Eran tantas las Marías que resultaba hasta risueño cuando alguien invocaba el nombre de ¡María!, y decenas de cabecitas giraban buscando a quien había llamado.

María no se atrevió a preguntar por el discurso de bienvenida, una costumbre que recibieron de Biagio y nunca se abandonó. Sin mediar palabras, Giovanni Antonio Giuseppe Manuel le aseguró, con una franca sonrisa, que de eso estaba encargado Francisco.

Cuando Teresa llegó a la casa materna en un auto azul, que estacionó a prudente distancia del gentío que se agolpaba ante la puerta, y observó desde la ventanilla la escena. Reconoció de inmediato esa bullanguería familiar que retumbaba en los festejos y que arrancaba las penas y las exorcizaba, purificando la vida. Era una alegría que siempre vivificaba. Sonrió alegre y emocionada.

Alguien gritó ¡llegó Teresa!
Y un coro ensordecedor repitió a gritos: ¡Llegó Teresa!

Al escuchar el nombre de la hija, María salió al amplio patio que conducía a la entrada de la casona, como impulsada por una fuerza superior. Allí, una aglomeración de parientes expectantes se abrió para dejar paso a la madre que salió en busca de la hija.

En el corredor que se formó a lo largo del patio, María en un extremo y Teresa en el opuesto, pudieron mirarse a los ojos. María retuvo, extasiada, en su mirada, la de aquellos dos ojos grandes, inmensos y bellísimos de color ámbar puro y con un cierto tono de un opaco almendro. Ojos que la reconfortaban con esa mirada suave como espuma, como ala de paloma, como bruma dichosa.

María tiritaba como una hoja expuesta al fresco viento de otoño. A Guadalupe, la imagen de su madre temblorosa, le recordó unos versos que escribió siendo niña y recitó en voz muy baja: “…hojas amarillas y hojas suaves, que en hermosas cascadas bajan de los árboles, y con el viento de otoño, su destino, cantan.” Sintió a su madre como otra de esas hojas acariciadoras que suavizaron su alma. Teresa inhaló profundo y sedante el fresco de esa tarde que se deshacía hacia una noche dichosa. Exhaló aliviada, y ya no padeció dolor alguno, sino cariño reconfortante.

Avanzaron entre la algarabía silente de los parientes agolpados que asistían llorones a la escena, hasta que quedaron a poca distancia una de la otra.

El rostro de María adquirió una luminiscencia grácil, juvenil; restregaba sus manos, nerviosa, esperando el instante en que pudiera acariciarla. La luz del crepúsculo que empezaba a difuminarse en una noche en la que ya sonaban arpegios de acordeones, resaltaba en perspectiva la hermosa figura de la muchacha.

Dieron las mujeres, vacilantes, algunos pasos más, como quien teme que un movimiento equívoco evapore el instante, lo disipe; cada una con su sonrisa, cada una con su lágrima. A su alrededor se hizo un grave, pero amoroso silencio palpitante y sereno. Y en ese silencio de padrenuestro que huele a miel, María y Teresa se abrazaron; y la madre llenó de caricias a la hija, como quien acaricia a un ave trémula con manos tibias y la consuela tierna, antes del vuelo a un cielo cavernoso, telonado de nubes lanceoladas.

Fue Giovanni Antonio Giuseppe Manuel quien, arrastrando como tromba a Francisco —a quien arrancó de entre la muchedumbre con su lápiz aún aferrado a la mano—, gritó desaforado varias hurras para Teresa y otras tantas para María.

Los parientes acicateados gritaron ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! Y los musiqueros desparramaron acordes y cadencias, haciendo sonar sus instrumentos con melodías de inocencias y alegrías acariciadoras.

Padre-hija-madre se fundieron en un mismo abrazo de reencuentro.

Luego siguieron los saludos. Antes que cualquier otro, el del adivinador, el tío descubridor de fortunas, el que dio el aviso de la llegada de Teresa. La tomó de las manos y abrazó con ternura. Replicó en sus nervios los mismos picotazos que padecieron sus sentidos cuando dio con el relicario. No tuvo dudas de qué significaba ese aliento fermentado de babas de diablo, que lo tenía como amortajado, afiebrado y en penas, desde entonces. Sintió cierta liberación al comprender que el dolor de sepultura que del alhajero desahuciado brotaba solo podía deshacerse con un exorcismo que fulminara a un dios enfermizo, exponiéndolo a la pura luz quemante del día.

Los saludos se repitieron incontables veces. Tanto beso y apretón de manos retrasó un buen tiempo la cena abundante, tan abundante como no se disfrutaba desde hacía mucho tiempo.

Francisco, sereno, dijo breves palabras que merecieron un ruidoso aplauso de aprobación de todos los presentes, la mayoría de los cuales, aturdidos por el griterío, no se dieron por enterados de qué habló. Hay quienes dijeron ver dibujado en un frontón algo alejado el rostro sonriente de Baggio celebrando el encuentro.

A la cena le siguió el baile agitado. María y Teresa bailaron sin desmayo lo que la inspiración dictaba a los musiqueros ebrios, pero muy afinados. Y cuando el baile parecía cerrar el festejo, nuevas bandejas con otros manjares poblaron las mesas familiares. Así, comiendo y bailando, riendo y bebiendo, los encontró la mañana, que se presentó fresca y luminosa.

Como en tiempos pasados, las mujeres arrearon a sus familias como pudieron. Empujando a los hombres que, borrachos, rezongaban porque seguían reclamando fiambres y bebidas; arrastrando a los párvulos que vagaban dormidos como legión de sonámbulos. Todas se despidieron de Teresa, abrazos y sonoros besos de por medio. Los demás, entre sueños etílicos y somnolencias de infantes, la acariciaban embobados al mirarle esos ojos de belleza exquisita, como si fuera una santa que les devolvió las gracias olvidadas.

Cuando casi nadie quedaba en el patio del enorme caserío, Teresa y María se retiraron juntas a un rincón de la casa adonde nadie se atrevió a entrometerse. Francisco dormía a pata suelta. Giovanni observaba a una calandria que cantaba entusiasta.

La intimidad de madre e hija se llenó de palabras de amores sin angustias, de explicaciones como puros claveles, de promesas de lluvias de esas que calman las ardientes sequías que incineran.

¡María habló tan poco! Ni una miga de pena quedó entre las dos mujeres. El amor batió triunfante su parche empetalado, y una luz redonda como el lomo de una uva las envolvió hasta dormirlas en un abrazo caliente de valiente alegría.

Alguien, a lo lejos, sonó los acordes de “Nessun dorma”, pero todos dormían al abrigo del amor retornado de la bella Teresa.

XXV

Antes de ingresar al caserón, en el auto que lo trasladaba, aspiró unas líneas de cocaína. La usaba, explicaba, porque con ella “el mundo se hacía ancho, aaaaaancho” (y estiraba la “a”, para hacer comprender cuánta amplitud existencial le brindaba aquella droga), y se sentía poderoso, capaz de cualquier empresa que lo convocara. Si estaban en grupo la bolsita pasaba de mano en mano. “¡Aspirad todo de él, porque este es polvo de la vida!”, decía burlón mientras sus compinches inhalaban línea tras línea.

Todo fue vertiginoso. Probablemente, la cocaína le hizo perder la noción exacta del tiempo transcurrido. Como un calidoscopio veía suceder su viaje, el ingreso a la casa, el muerto, las mutilaciones, el odio, la ira, las órdenes, los gritos. Era un vértigo pavoroso que lo depositó en una realidad que, sabía, no deparaba buenos augurios. “De algo hay que morir”, se dijo resignado. “Nadie vive para siempre”.

La casona estaba vacía. Solo su presencia y la del cadáver mutilado se notaban en la residencia. Atravesó la antecocina hacia la cocina comedor dejando atrás al muerto. Recordando las indicaciones que recibiera sobre la distribución de las habitaciones de la planta baja de la casa, tomó el último pasillo que lo llevó hasta el reducto del prisionero, el que tenía la puerta azul entreabierta y que parecía vacía.

Entró con cuidado. Llevaba el arma empuñada, estaba tenso, expectante, como una cuerda de violín. En la habitación, en efecto, no estaba nadie. Esperaba un olor nauseabundo e insoportable. Pero no era así. Había olor a desinfectante.

Vio el catre, alto, con un viejo colchón de cotín roído. Un amplio respaldo indicaba la cabecera de la cama y sus almohadones conservaban la silueta de alguien que estuvo recostado hasta no hacía mucho tiempo. Bajo el camastro, una escupidera de loza se dejaba ver por entre las sábanas que caían a cada lado. Una mancha de orín se apreciaba debajo del mismo. Vio sobre el catre una gastada bandera nacional. Una mesita, dos sillas y un amplio sillón.

No lograba comprender por dónde escaparon con “La Reliquia”, hasta que descubrió el pasadizo. No era fácil salir de la casona con ese esperpento, “esa bolsa de poca carne y algunos huesos apolillados” como lo describía, que no podía valerse por sí mismo, sin ser vistos.

Entreabrió la portezuela que hasta entonces se hallaba debajo de un viejo y grueso empapelado. Ese descubrimiento explicó cuál fue la salida de emergencia. ¿Aquella vieja que estaba cumpliendo tareas en la casona nunca supo de esa portezuela? El interrogante nunca encontraría respuesta; se había suicidado arrojándose bajo las ruedas del Sarmiento, en la estación Liniers. Los forenses adujeron que, con seguridad, sufriría de alguna enfermedad mental producto de su senilidad. Los responsables del geriátrico hablaron de Alzheimer para justificarse. Podestá, en cambio, consideró que Amanda supo ponerse a salvo atravesando el corredor de la muerte.

No siguió por el pasadizo, no le interesaba a dónde derivaba, eso lo dejó para quienes deberían hacer la investigación. Su obsesión giraba en torno a la ausencia de evidencias de una fuga tan bien organizada. Ni alrededor del caserío ni en los caminos que circunvalaban la zona, se oyó el runrún de un motor sonar expectante. Tampoco el crujir sediento de las ruedas de una carreta que allí, por efecto del calor perenne, siempre llevaban resecas las grasas que debían lubricarlas. Tantos oídos no escucharon como otros tantos ojos no vieron.

El hombre, mientras acariciaba las cuentas negras de un rosario que llevaba al cuello, consideraba que debían haber retirado al recluso en una especie de catre de campaña, a pulso. No podían ser menos de cuatro hombres, aunque suponía que se tendría que haber tratado de por lo menos seis, para poder llevar el bulto con facilidad y sin inconvenientes. Cuatro para la carga, dos para la vigilancia.

Por entonces, Podestá no tenía ni la menor idea sobre el copioso archivo que el coronel guardaba con el registro de todos y cada uno de sus actos durante su largo mandato en aquella mansión. Salvo el coronel y su asistente “Pérez”, nadie sabía su contenido. Los dos, al morir, se llevaron el secreto. El archivo íntegro desapareció al mismo tiempo que “La Reliquia”.

Los superiores tomaron conocimiento de la existencia de ese fichero, cuando empezaron a circular “órdenes del día”, en las que figuraban indicaciones suscriptas por el coronel asesinado. Algunas de ellas eran realmente comprometedoras. Algún tiempo después de los sucesos en el norte, un mediocre periodista y un joven desconocido empezaron a hacer circular algunas de esas papeletas reveladoras.[1]

Para Podestá, los fugitivos debían haberse dirigido al sur, en auto, en camión, en carreta, como fuera; bajando de aquel poblado, repitiendo el camino que en alguna oportunidad el capitán Abraham González se propuso seguir para llevar al enfermizo General a Buenos Aires.

No tenía dudas de cómo se desarrollaron los hechos, aunque no lograba precisar los tiempos y el rol de cada protagonista. Los implicados estaban fácilmente identificados: el grupo de los “Pérez”, encargado de asistir al prisionero; su jefe, el suboficial “Pérez”. En el otro extremo de los conspiradores, AC. Estos eran los que, en el terreno, estaban involucrados.

A su ingreso a la casona, cuando se topó con el muerto, todos esos estaban ausentes. Para él, ese hecho los implicaba en el asesinato del oficial y en el fracaso del plan. Sabía, por experiencia, que estaba enfrentado a una situación más que grave, terminal.

La suerte de su grupo de tareas no lo preocupaba; en cambio sí su situación. Con seguridad, iría a parar a uno de esos escondrijos donde se dedicaban a almacenar papeles intrascendentes. O lo esperaba el retiro sin honores. ¿Qué haría su jefe inmediato al saber del fracaso? ¿El del doble apellido mistongo[1] lo protegería como en otras oportunidades o le soltaría la mano definitivamente? No cabía ninguna elucubración. Las cartas estaban echadas.

Podestá ordenó a sus subordinados organizar la captura de todos los implicados. Apartado del resto de sus hombres, a un asistente le ordenó buscar a AC, el otro comprometido con la escena del crimen.

—A ese no lo traigas acá, guardalo en el hotel. Esperá mis órdenes.

No todos los prófugos fueron capturados. Sí el suboficial “Pérez”. De “La Reliquia”, ninguna noticia. Se desvaneció. AC estaba en el hotel, a la espera de los acontecimientos. El hombre que Podestá mandó a retenerlo se quedó con él en la habitación. Escuchó el griterío del grupo cuando subieron para capturar a los dos viejos. No supo del destino de esos dos, a quienes supuso muertos.

Se informó a la jefatura, y se pidieron indicaciones.

—Todos los pacientes han llegado a Salud Pública para su atención médica; espero indicaciones —explicó Podestá, que esperó expectante.

Se hizo un silencio. Por el auricular se escuchó un bisbiseo… bsh… bsh… bsh… bsh…

—Proceda con tratamiento médico especificado en su vademécum —dijo una voz tan falsa como metálica.

—¿El tratamiento puede incluir cirugía de ser necesario?

Nuevamente ese mismo bisbiseo abrió un compás de espera.

—Eso lo debe evaluar usted que está a cargo de los pacientes. Aquí no hay médico jefe que pueda considerar la situación. Haga lo que convenga. Hágase cargo.

—Entendido —no toleró el comentario—. Hace cuarenta años que me hago cargo. No me falte el respeto —reprochó Podestá—. Con respecto a la limpieza, espero indicaciones.

—Todo limpio… todo. Usted conoce los procedimientos de asepsia.

—¿Todo?

—Todo, sí. ¿Alguna duda? Hágase cargo —volvió a chicanearlo la voz—. El vademécum indica luego de cualquier tratamiento médico que todo debe quedar limpio. Se debe evitar cualquier infección. Preste atención a la debida profilaxis. Actúe con seriedad.

—Entendido. Gracias.

—Momento, espere… —se interrumpió la transmisión.

—Escucho.

—¿Todavía tiene la grabación esa, de Alberto Castillo?

—Guardada en la habitación del hotel para que no se extravíe.

—¿En qué estado la conservó?

—Impecable. Cuando sepa quién sos te voy a tratar igual que a ese vinilo.

—Consérvela en perfectas condiciones. Hay quienes, por ahora, quieren escuchar al cantor de los cien barrios porteños. Evite nuevos errores… “vinilo…”

Podestá tragó saliva para no putear. “Comprendido…” fue lo último que dijo antes de cortar la comunicación. «Pelotudo de mierda», masculló en voz baja.

Ordenó a una parte de sus hombres continuar la búsqueda de los “Pérez” que aún estaban fugados. Al suboficial ordenó llevarlo al primer subsuelo. Allí estaba la sala de torturas. Esta tenía signos de haber sido utilizada no hacía demasiado tiempo. La sangre reseca no parecía de mucho tiempo atrás. Allí llevaron al suboficial.

Podestá bajó cuando ya habían desnudado al reo. Lo miró fijamente mientras repasaba con su mano izquierda las cuentas del rosario.

—Primero me vas a decir cómo mierda te llamás… —dijo el torturador, observando de arriba abajo la humanidad del detenido.

“Pérez” tenía la vista al piso, fija, y no hacía ningún gesto…

—Estoy esperando y tengo poca paciencia.

Silencio. Lo pateó en los testículos. “Pérez” cayó de rodillas.

—Estoy esperando y no tengo ganas de que me hagas perder el tiempo…

Silencio. Lo tomó a patadas. En las costillas, el vientre, el hígado, la cara…

—¿Cómo te llamás, hijo de puta? ¡Decime o te reviento a patadas en el orto! ¿Cómo te llamás, hijo de puta?

Silencio.

—¿Alguien sabe cómo se llama este hijo de puta? ¡¿Alguien me puede decir cómo se llama esta mierda?!

—No me va a creer, mi coronel… —se excusó uno de los matones.

—¿Qué mierda no te voy a creer?

—Cómo se llama —respondió temeroso el subordinado.

—¡¿Y cómo te llamás, hijo de puta, que no se puede creer en tu nombre?!

“Pérez” no respondió. Hubo un breve silencio, y Podestá miró al matón, interrogándolo.

—Caín se llama, señor. Caín Alfredo… —dijo con una sonrisa boba colgada del labio inferior.

—¿Caín? ¿Te llamás Caín? ¿Caín? Hasta tu vieja sabía que eras un hijo de puta que ibas a matar a tu propio hermano… ¡Mataste a tu propio hermano! ¡Hijo de puta!

Cada vez que gritaba “¡mataste a tu propio hermano!”, Podestá pateaba al prisionero por todo el cuerpo. Es seguro que ahí le quebró varias costillas. “Pérez” sentía que sus órganos estallaban.

—Quiero que me digas: “soy-un-traidor-de-mierda”. Repetí conmigo: “soy-un-traidor-de-mierda”. ¡Maté a mi propio hermano! Maté a mi propio hermano: el que me dio de comer, el que me cuidó, el que me recomendó, el que me ascendió… Repetí conmigo porque te voy a descocer a patadas… ¡Maté a mi propio hermano y soy un hijo de puta!

No te oigo, negro de mierda… No te escucho… hablá fuerte que el auditorio está esperando que cantés… negro de mierda… ¿Me oíste o querés que te haga entrar mis palabras a patadas por el culo?

Pero el suboficial no hablaba. Arrebollado en el piso, sangrando, su rostro se orientaba a un punto indefinido del cuarto de torturas. Sobre él, una lámpara amarilla iluminaba malamente la sangre que corría de las heridas.

—¿Sabés qué te vamos a hacer? Un tratamiento de belleza. Te vamos a dejar blanquito, negro de mierda, como el Michel Jackson ese. Te vamos a hacer un tratamiento de belleza que no te va a reconocer ni tu vieja. Completo. Vas a quedar chiche-bombón. Y cuando no puedas más, vas a cantar. Conmigo nunca, pero nunca, se quedó uno sin cantar. ¿Sabés, “Caín de mierda”? Porque sos eso, un “Caín de mierda”. Y por eso vas a hablar, todo, te lo aseguro. Acá somos todos especialistas en hacer durar un sorete como vos, mucho tiempo, hasta que nos diga hasta la última cosa que se nos ocurra. Primero me vas a decir adónde te llevaste la momia. Después me vas a decir quién mató al coronel. Y al final, por qué le volaron la pija.

Podestá se agachó hasta el reo y, tomándolo del cabello y arrimando su cara a la del prisionero, le dijo con fría voz al oído: “ojo por ojo, diente por diente”.

Encendió un cigarrillo. Aspiró con fuerza. Al tiempo que exhalaba el humo hizo una indicación con un movimiento de la cabeza. Fue una orden silenciosa pero clara. Pareció interminable ese movimiento letal de abajo hacia arriba con la cabeza, como en cámara lenta, fulminante. Los matones alzaron a “Pérez” y lo ataron a un elástico de cama. El oficial se retiró del sótano y dejó a sus esbirros torturar al suboficial. Se dirigió a la planta superior. Llegó a la antecocina. Acarició la cabeza del muerto. “Quedate tranquilo, viejo”, murmuró. “Este nos va a contar hasta del día que nació.” Aspiró nuevas líneas de cocaína. Y se sentó en la silla que acomodó al lado del camarada muerto.

Lo despertó uno de sus matones. No supo si se durmió horas o días. Estaba embotado, agarrotado. El olor a carne pútrida invadía la casona. Los moscones estaban insoportables. Danzaban frenéticos, extasiados.

—¿Qué pasa? ¿Cantó ese hijo de puta? —preguntó exaltado.

—Hace dos días que lo tenemos y hasta ahora no soltó nada, jefe.

—¿Dos días me dormí? —preguntó sorprendido—. ¡La puta madre!

—Se ve que estaba cansado —lo justificó el esbirro.

—¡¿Y no dijo nada?! ¿Nada? ¿Cómo puede ser? No me estarás cargando, ¿no? ¡No te hagás el chistoso, gordo boludo, porque el horno no está para bollos!

—No, mi coronel, cómo lo voy a cargar. No habla el tipo. Lo vengo a consultar porque si seguimos se muere. Le hicimos el tratamiento que dijo, pero no habla, ni grita, ni se queja. Solo dijo unas palabras que nadie entendió. Ahora el Rengo lo estaba trabajando con el tratamiento de la piel, pero el tipo aguanta todo.

—¿Y de los otros? ¿De la momia se sabe algo?

—Nada, señor, ningún rastro —explicó el hombre.

—Que lo parió, carajo… ¡Qué olor! ¡La puta madre! ¡Qué olor! Este se está pudriendo. ¿Cuándo se llevan el fiambre?

Antes de morir, “Pérez” recordó con mucha precisión los acontecimientos que iniciaron el fracaso rotundo de la operación contra “La Reliquia”. Ahora asistía al fracaso total de esos esbirros. Ninguno de sus torturadores pudo quebrarlo. Como una gran panorámica, el suboficial repasó los momentos más bellos de su vida. Recordó las palabras aprendidas de “La Reliquia” y disfrutó por haber cumplido hasta el final con el juramento. Evocó:

—“¡Juráis a la Patria seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida!”

—“¡Sí, juro!”, gritó a viva voz aquella fresca mañana de junio.

En un suspiro postrer, expiró lo último que quedaba de vida en sus tejidos lacerados. Acababa de cumplir con aquella promesa de juventud.

XXVI

Cuenta el Socchi (“llámeme Socchi”, dijo, “que es mi apellido, Venancio Cándido son mis nombres, y no me gustan”), que el hombre no parecía tener ninguna oportunidad. Cuando lo acomodaron, ya estaba sentenciado. Si se arrepintió de algo, lo habrán sabido él y Dios. Nadie más. Si pudo rezar, tampoco se notó.

Ante el oficial que le tomaba declaración, dijo que esa noche, que no era fría, estaba enrollado en sus mantas, sobre los cartones que recolectó durante la tarde para vender al día siguiente, como hacía cada noche desde que se acomodó en la calle para sobrevivir.

Escuchó el lejano ruido del motor de un auto que sonaba áspero y que se acercaba a velocidad a la orilla del río, por la calle de la ribera, desde el oeste en dirección al este; las ruedas chirriaron por la brusca frenada.

Asomó la cabeza entre las mantas y vio el auto, negro, lustroso, moderno (no reconoció la marca), salido de esa noche encubierta, y que se estacionó a la orilla del río oloroso. Como un mal tajo, quedó perpendicular a la orilla, amenazando al riachuelo que deambulaba somnoliento hacia su desembocadura. Una ventisca suave hacía murmurar a breves olas en cuyos lomos amarronados, los destellos platinados que depositaba la luna se desvanecían al tocar las orillas. Pasaban algunos camalotales venidos desde la última crecida río arriba.

Salieron del auto cuatro hombres que hicieron descender a empujones a un quinto. El Socchi oyó el golpe de las puertas al cerrarse con fuerza. Bien podrían ser sicarios del narcotráfico en un ajuste de cuentas (los sicarios controlan territorios y se comportan como verdaderos amos), o un secuestrado al que le llegó la hora, temió el Socchi.

Al hombre condenado lo llevaron muy a la orilla de la breve barranca; dos a cada lado y dos atrás. Parecían fornidos salvo uno, delgado, alto, blanco, que lucía un fino bigotito rubio bajo la nariz aguda. Exhibían armas que lucían dispuestas.

El que estaba a la derecha del condenado golpeó la cara interna de la pantorrilla izquierda y lo obligó a hincarse. El que estaba a su izquierda lo aporreó en la cabeza con un tubo enrollado en trapos. El hombre pareció desmayarse, aunque por algunas convulsiones que recorrieron su cuerpo, tal vez estuviera solo atontado.

Otro que estaba detrás cortó el precinto plástico que amarraba las muñecas del hombre por la espalda; lo guardó en su bolsillo. Las manos del prisionero cayeron pesadas, inertes a cada lado.

El flaco de bigotito se arrimó por detrás. Cuenta el Socchi que el tipo cantaba burlón en voz alta: “pato al agua”, “pato al agua”. Los otros tres reían compinches. El Socchi nunca comprendió la burla.

El condenado mantenía la cabeza gacha, aturdido, y el que se burlaba canturreando esa canción infantil se retiró, súbitamente, y se apartó un par de metros. Se quedó de pie detrás del prisionero, mirándolo mientras fumaba un cigarrillo. La brasa hacía una chispita indecente y el humo que exhalaba por la boca se enroscaba ascendente, deshilachándose con parsimonia. Cesó todo sonido; se condensaron el aire y las humedades que brotaban verdinegras del río. Comprimida así la noche, apretujada y silente, encapsuló el momento fúnebre como si fuera un tumor de mala muerte y desesperanza; todo pareció detenerse alrededor de ese cortejo que adquiría cada vez más aspecto funerario. El hombre aspiró el cigarrillo y, al tiempo que exhalaba el humo, hizo una indicación con un movimiento de la cabeza. Fue una orden silenciosa pero clara. Al Socchi le pareció interminable ese movimiento letal de abajo hacia arriba con la cabeza, como en cámara lenta, fulminante.

El mismo matón que lo hincó con su patada, ubicado algo detrás del prisionero, lo obligó a sostener el arma, aferrando su mano derecha con las suyas (“acordate que es diestro”, le repitieron numerosas veces). Sostuvo fuerte, comprimió con su bruto dedo el dedo del hombre en el gatillo, y disparó. La descarga en la cabeza sonó imperceptible, apenas como un golpecito seco; como un ruido aplastado con la palma de la mano. Un ¡toc!, apagado, ronco. El silenciador ahogó el eco mortal de la bala escapando del cañón, girando y girando guiada por el alma del arma; el plomo, en su viaje terminal, penetró por el parietal derecho, rompió el hueso, atomizó los tejidos del cerebro y terminó con la vida. Un poco de hemorragia, un moco rojo brotó por la nariz, y el ajusticiado cayó rodando hasta el borde sinuoso del Riachuelo.

El cartonero le dijo al policía que los matones aquellos lo descubrieron por un gemido involuntario, del susto cuando vio rodar al muerto por la pendiente; fisgón inoportuno, corrieron a su lado como hace la jauría cuando persigue una presa. Estaba enrollado bajo la manta cuando le cayeron encima. Lo molieron a golpes de puño. Y luego de la paliza lo arrastraron para que observara el cadáver aquel aún caliente, del que brotaba una sangre que parecía negra y del que escapaba un rosario blanco de cuentas nacaradas, por la camisa entreabierta.

Cuando hablaba de la golpiza, rememoraba los dolores y mostraba la sangre reseca que chorreó por su cabeza hasta el cuello y de allí por la sucia camisa hasta la cintura.

—¿Y vos querés que yo crea esta historieta que me venís a contar? —le dijo el comisario que miraba de reojo al cartonero.

El Socchi bajó la cabeza y guardó silencio. No supo cómo llegó ahí. No recordaba si por sus propios medios o si lo llevaron; sí que alguien le dijo “te vamos a llevar al hospital”, pero estaba en una dependencia policial. Era una habitación algo pequeña, sin ventanas. Dos tubos fluorescentes iluminaban a destajo un escritorio al que estaba sentado un escriba con una vieja computadora casi negra de la mugre acumulada durante años. El escriba aporreaba el teclado con sus dedos índice.

A su alrededor había varios policías, pero El Socchi no los podía contar porque iban y venían incesantes, así que ignoraba si esos hombres, algunos con uniformes y otros de civil, eran pocos y se repetían a sí mismos, o eran una multitud que venía a acosarlo aquella noche aciaga.

Los policías fumaban con fruición. El humo grisáceo tornaba a un azul azufrado, oloroso, que irritaba sus ojos que lagrimeaban involuntariamente. Desde la arcada que describía una puerta que daba a un salón contiguo, un hombre le arrojaba bolas de papel que acertaban siempre en su calva roñosa. Cada vez que uno de esos bollos impactaba, todos reían, mientras el comisario daba vueltas a su alrededor, amenazante, acechando, cuestionándolo sin palabras.

No supo por cuánto tiempo se extendió ese ritual. Por debajo, con voz ronca y monocorde, uno insistía por qué no lo tiraban al río y simplificaban las cosas. Su lata no encontraba eco en ninguno de los presentes.

—Te hice una pregunta, pato al agua. ¿Vos querés que yo crea esta historieta que me venís a contar? —insistió el comisario mientras enrollaba un diario que estaba sobre el escritorio del escriba.

—No sé, señor, tal vez me confundí…

El policía, cuando terminó de arrollar con fuerza el periódico transformándolo en una especie de garrote, lo sacudió con violencia contra la cabeza del viejo. El ciruja solo atinó a levantar un brazo en inútil defensa.

—Pero ¿cómo te confundiste? Recién me contaste un asesinato con lujo de detalles y ahora no sabés si te confundiste. ¿Cómo puede ser?

Y mientras daba vueltas alrededor del hombrecito aquel, el comisario sacudía un mazazo, en la cabeza, en la espalda, en los riñones.

—No sé, señor, soy viejo y veo poco… por ahí me confundí. —Se justificó el cartonero, que buscaba el modo de defender su cuerpo de los golpes que el interrogador repetía a voluntad.

—Por ahí te confundiste… ¿y por acá qué pasó? —señalando el funcionario la cabeza del ciruja con varios golpecitos, esa vez leves, en la mollera.

—No sé, señor, lo lamento.

Respondió seguro que de ahí no saldría en buenas condiciones, si tenía la suerte de salir con vida. Como una grabación puesta en modo de repetición, el policía que permanecía oculto entre el humo azufrado de los cigarrillos y el resplandor artificial de los tubos de luz insistía con su voz ronca y monocorde que era mejor tirarlo al río y terminar con los problemas.

El interrogador se detuvo, prendió un cigarrillo, exhaló el humo hacia el techo y miró a su alrededor con cierto desgano.

—Qué problema, ¿no? —dijo como si estuviera reflexionando sobre algún asunto que requería una acelerada solución—. El amigo viene a denunciar un asesinato, pero ahora no sabe si se confundió. Por ahí lo imaginó y nos viene a joder acá con sus delirios de borracho.

Desde el lugar en donde se detuvo, miró a El Socchi y le habló sobre asuntos que el viejo no alcanzaba a comprender.

—Te voy a dar una ayuda para que salgas de tu confusión: a mí me dicen los oficiales de calle que vos sos un borrachito que vivís cirujeando por este lado del Riachuelo.

—Un poco, señor —se justificó el Socchi.

—¿Un poco borracho o un poco ciruja? ¿O un poco y un poco? —preguntó burlón el interrogador. Los demás policías que los rodeaban estallaron en risas.

—A veces tomo algo, señor… Y cartoneo para juntar unos pesitos, sabe…

—Unos pesitos, unos pesitos, ¡viejo de mierda! —exclamó áspero el oficial que cada tanto aporreaba al viejo en la cabeza.

—Un poco borracho, un poco ciruja, un poco versero… claro… ¿Sabés lo que te pasa a vos? Delirium tremens, se llama: delirium tremens. Tanto chupás, que al final ves, oís, decís, pensás y hacés boludeces, como ésta, venir a una comisaría a contarnos una historia falsa.

—No sé, señor, yo no quiero contar una historia falsa…

—¿No? Yo creo que me estás verseando. No me querrás tomar de boludo, ¿no? Estaría muy malo que me vengas a versear acá, a mi casa, adonde te puedo dejar el tiempo que se me canten las pelotas.

El comisario dijo estas palabras blandiendo la cachiporra de papel enrollado, que usaba como un puntero amenazante.

—Todos los peritos, pero todos, todos, me dicen que se suicidó. Pero vos venís acá, un poco borracho, claro, o a hacerte el vivo porque sos un borracho, un viejo borracho, y decís que un grupo de sicarios lo ejecutó. ¿Quién tiene razón? ¿El viejo ciruja borrachito que vive en la calle, o todos los peritos de la policía? ¿Vos qué creés?

—Que tienen razón los peritos, señor —asintió el hombre que no volvió a levantar la vista por largo rato.

El Socchi bajó la cabeza y guardó silencio. No supo cómo llegó ahí. No recordaba si por sus propios medios o si lo llevaron; sí que alguien le dijo “te vamos a llevar al hospital”, pero estaba en una dependencia policial. Era una habitación algo pequeña, sin ventanas. Dos tubos fluorescentes iluminaban a destajo un escritorio al que estaba sentado un escriba con una vieja computadora casi negra de la mugre acumulada durante años. El escriba aporreaba el teclado con sus dedos índice.

A su alrededor había varios policías, pero El Socchi no los podía contar porque iban y venían incesantes, así que ignoraba si esos hombres, algunos con uniformes y otros de civil, eran pocos y se repetían a sí mismos, o eran una multitud que venía a acosarlo aquella noche aciaga.

Los policías fumaban con fruición. El humo grisáceo tornaba a un azul azufrado, oloroso, que irritaba sus ojos que lagrimeaban involuntariamente. Desde la arcada que describía una puerta que daba a un salón contiguo, un hombre le arrojaba bolas de papel que acertaban siempre en su calva roñosa. Cada vez que uno de esos bollos impactaba, todos reían, mientras el comisario daba vueltas a su alrededor, amenazante, acechando, cuestionándolo sin palabras.

No supo por cuánto tiempo se extendió ese ritual. Por debajo, con voz ronca y monocorde, uno insistía por qué no lo tiraban al río y simplificaban las cosas. Su lata no encontraba eco en ninguno de los presentes.

—Te hice una pregunta, pato al agua. ¿Vos querés que yo crea esta historieta que me venís a contar? —insistió el comisario mientras enrollaba un diario que estaba sobre el escritorio del escriba.

—No sé, señor, tal vez me confundí…

El policía, cuando terminó de arrollar con fuerza el periódico transformándolo en una especie de garrote, lo sacudió con violencia contra la cabeza del viejo. El ciruja solo atinó a levantar un brazo en inútil defensa.

—Pero ¿cómo te confundiste? Recién me contaste un asesinato con lujo de detalles y ahora no sabés si te confundiste. ¿Cómo puede ser?

Y mientras daba vueltas alrededor del hombrecito aquel, el comisario sacudía un mazazo, en la cabeza, en la espalda, en los riñones.

—No sé, señor, soy viejo y veo poco… por ahí me confundí. —Se justificó el cartonero, que buscaba el modo de defender su cuerpo de los golpes que el interrogador repetía a voluntad.

—Por ahí te confundiste… ¿y por acá qué pasó? —señalando el funcionario la cabeza del ciruja con varios golpecitos, esa vez leves, en la mollera.

—No sé, señor, lo lamento.

Respondió seguro que de ahí no saldría en buenas condiciones, si tenía la suerte de salir con vida. Como una grabación puesta en modo de repetición, el policía que permanecía oculto entre el humo azufrado de los cigarrillos y el resplandor artificial de los tubos de luz insistía con su voz ronca y monocorde que era mejor tirarlo al río y terminar con los problemas.

El interrogador se detuvo, prendió un cigarrillo, exhaló el humo hacia el techo y miró a su alrededor con cierto desgano.

—Qué problema, ¿no? —dijo como si estuviera reflexionando sobre algún asunto que requería una acelerada solución—. El amigo viene a denunciar un asesinato, pero ahora no sabe si se confundió. Por ahí lo imaginó y nos viene a joder acá con sus delirios de borracho.

Desde el lugar en donde se detuvo, miró a El Socchi y le habló sobre asuntos que el viejo no alcanzaba a comprender.

—Te voy a dar una ayuda para que salgas de tu confusión: a mí me dicen los oficiales de calle que vos sos un borrachito que vivís cirujeando por este lado del Riachuelo.

—Un poco, señor —se justificó el Socchi.

—¿Un poco borracho o un poco ciruja? ¿O un poco y un poco? —preguntó burlón el interrogador. Los demás policías que los rodeaban estallaron en risas.

—A veces tomo algo, señor… Y cartoneo para juntar unos pesitos, sabe…

—Unos pesitos, unos pesitos, ¡viejo de mierda! —exclamó áspero el oficial que cada tanto aporreaba al viejo en la cabeza.

—Un poco borracho, un poco ciruja, un poco versero… claro… ¿Sabés lo que te pasa a vos? Delirium tremens, se llama: delirium tremens. Tanto chupás, que al final ves, oís, decís, pensás y hacés boludeces, como ésta, venir a una comisaría a contarnos una historia falsa.

—No sé, señor, yo no quiero contar una historia falsa…

—¿No? Yo creo que me estás verseando. No me querrás tomar de boludo, ¿no? Estaría muy malo que me vengas a versear acá, a mi casa, adonde te puedo dejar el tiempo que se me canten las pelotas.

El comisario dijo estas palabras blandiendo la cachiporra de papel enrollado, que usaba como un puntero amenazante.

—Todos los peritos, pero todos, todos, me dicen que se suicidó. Pero vos venís acá, un poco borracho, claro, o a hacerte el vivo porque sos un borracho, un viejo borracho, y decís que un grupo de sicarios lo ejecutó. ¿Quién tiene razón? ¿El viejo ciruja borrachito que vive en la calle, o todos los peritos de la policía? ¿Vos qué creés?

—Que tienen razón los peritos, señor —asintió el hombre que no volvió a levantar la vista por largo rato.

—¿O resultará que vos sabés más que todos los peritos del mundo?

—No señor, yo no sé nada —respondió.

El Socchi, haciendo un ademán
negativo con sus manos, trataba de darle fuerza a sus palabras.

—Yo no sé nada, no sé nada…

—¿Entonces en qué quedamos, Venancio Cándido Socchi? ¿En qué quedamos? ¿Viste o no viste? ¿Sabés o no sabés?

—No sé nada, señor, no sé nada, lo juro —respondió desorientado y cada vez más enrollado sobre sí mismo.

—Bien, revisemos qué vamos a decir. Te pregunto de nuevo, borrachito: ¿lo mataron o se suicidó…? ¿Qué vas a declarar?

—Que se suicidó, señor, que se suicidó —se corrigió temeroso.

—Muy bien. Ahora vamos bien. Como diría el riojano famoso, “estamos mal, pero vamos bien”. Ahora que sabemos que se suicidó y no lo mató nadie al tipo ese. ¿Viste la nota del suicida? ¿No viste dónde dejó la nota antes de amasijarse?

El viejo guardó un prudente silencio. En verdad no sabía qué responder. No vio ninguna nota, pero sospechaba con sobrada razón que no era eso lo que debía decir. Sin embargo, como un autómata, mientras el humo de los cigarrillos se volvía denso, haciendo irrespirable el lugar, abrumado por el rudo golpeteo del mazo de papel contra su cabeza, terminó afirmando lo que vio en realidad. Fue una decisión errada.

—No vi ninguna nota, señor.

Cuando el interrogador escuchó la respuesta, le propinó un golpe mucho más violento que los anteriores.

—¿No viste nada? ¿Empezamos de nuevo? ¡No vio nada! ¡No vio la nota! Ven que es un viejo de mierda… ¿Yo quiero pasar por esto? ¿Yo me busco estos problemas? No. Es este borrachito que viene a mentirme en la cara…

El escriba, sentado frente a la computadora, se asomó por encima del monitor y le dijo algo sobre el tiempo que les hacía perder a todos los policías allí reunidos.

De la habitación contigua que parecía el zaguán de recepción, se escuchaba el griterío de mujeres insultando a unos policías que las manoseaban mientras las llevaban a un calabozo. La disputa con las meretrices que trabajaban en las cercanías de la terminal ferroviaria giraba en torno a la suma que debían aportar a la dependencia para que pudieran ofrecer sus servicios a los recién llegados de distintas provincias. Pero la querella más grande no estaba tanto en los pocos dineros que podían juntar por sus ofertas sexuales, sino por la venta del paco, mucho más redituable y segura que el ejercicio de la prostitución en los fondones de los andenes ferroviarios. El griterío distrajo por un instante a los policías que volvieron, casi ignorando al viejo, al interrogatorio como quien retoma una leve rutina.

—Pero señor, yo no vi ninguna nota —insistió el viejo.

—No vio ninguna nota… Todos oyeron que el señor dice que no vio ninguna nota…

El interrogador hizo un gesto con la cabeza. Ladeó cabeceando hacia su derecha.

—¡Vamos a jugar al truco! ¡Qué bueno! ¡El jefe cabeceó porque tiene más de treinta! —exclamó un policía que estaba en un rincón y hasta entonces no había participado de la bulla.

—Y ahora que gané el envido, voy a jugar con el ancho de basto. ¡Que venga el ancho de basto! —ordenó el comisario.

Entró un hombrón enorme; traía una cachiporra negra, recubierta por varias capas de tela como para no dejar marcas al golpear a los prisioneros. Se colocó a un escaso paso de las espaldas del viejo cartonero. Sin mediar aviso golpeó con dureza su cabeza. Quedó tumbado sobre su costado. Por un instante pareció desmayado. Apenas apoyado sobre sus manos, trató de incorporarse. El matón blandió el mazo nuevamente, pero advirtió el gesto del comisario indicándole que se detuviera.

—¡No me pegue, señor, no me pegue más! ¡Por favor! No me acuerdo, señor, no me acuerdo, señor…

—¿No te acordás, viejo de mierda? Yo te voy a refrescar la memoria a golpes.

Lo pateó reiteradas veces en las costillas mientras el viejo intentaba incorporarse después del mazazo del gigantón aquel, algo fondón, que despedía un sudor oloroso y denso como un ungüento. El comisario gritó varias veces con voz ronca, crispado, enfurecido, esperando la respuesta adecuada.

—¿Viste o no viste la nota?

—¡No sé, señor! Yo estaba medio borracho… —respondió el viejo tirado a los pies del interrogador.

—Ahora resulta que el señor dice que estaba un poco borracho… ¿Esto aclara u oscurece las cosas? —dijo el oficial mirando a sus subordinados.

—No sé, señor, no me acuerdo bien. Estaba medio borracho, porque bebí un poco de más porque hacía frío y estaba medio dormido…

—¿Hacía frío? —preguntó el oficial a los otros policías que rodeaban al interrogado. Todos movieron negativamente la cabeza—. No hacía frío, borrachito mentiroso. Vos estás inventando cualquier cosa. A ver, decime: el rosario de cuentas negras tampoco lo viste, ¿verdad?

—Sí señor, el rosario sí lo vi… lo vi… pero era blanco, sabe, no era negro.

El Socchi sudaba profusamente. El hombre se arrimó al viejo para alzarlo y se retiró como dando un saltito hacia atrás, asqueado.

—¡Qué olor que tenés, che, das asco! —gritó asqueado el comisario. Miró a sus subordinados y con energía reclamó que se hicieran cargo del hombre.

—¿Por qué no lo lavan un poco, che? Tiene una roña que no se soporta.

—Tenemos miedo, señor. Mire si entre los pantalones tiene una tararira y nos muerde. —Los demás rieron a carcajadas.

—¡Qué asco! ¿No te bañás nunca vos? ¿Cómo venís acá en este estado? —Le reclamó el comisario ante la incrédula mirada del cartonero.

Todos callaron. El Socchi permaneció cabizbajo, en silencio, sin saber qué iba a pasarle.

El comisario giró hacia la salida y se detuvo. Tomó algo de aire y volvió donde el viejo. Le dijo algo sobre su declaración.

—Así que el rosario era blanco, no negro… ¿Qué mierda tenés en los ojos? Hay una nota y no la ves, hay un rosario negro y lo ves blanco. ¿Cómo puede ser? ¿Sos bizco o pelotudo? ¿Por qué no dejás de boludear, viejo de mierda…? Hablá de una vez que tenemos que elevar tu declaración al fiscal.

—¿Vino el fiscal? —preguntó otro policía que estaba sentado algo alejado del escritorio. El comisario se volteó para observar al que se refirió al oficial de justicia.

—Ese, el día que labure, se acaba el mundo —exclamó disgustado—. ¿Pero está el flaco ese o la vieja? —preguntó.

—No sé, señor —respondió sin mirarlo el escriba.

—Ojalá sea la vieja, porque es propia tropa. —Volvió su atención al cartonero.

—¿Y, Venancio? ¿Para cuándo? —exclamó urgiendo una respuesta.

—No sé, señor; yo vi un rosario blanco, señor.

—Bueno, Venancio, ya me pudriste. Y te salvás porque de arriba me dieron la orden de que te guarde por un buen tiempo. Apurate, por favor, y terminá con tu historieta.

El comisario giró, quedó de frente al escribiente y ordenó escribir en la declaración que el ciruja se robó el rosario negro y la nota de suicidio.

—¡No, señor! ¡Le juro que no robé nada…! —clamó apenas pudo sentarse sobre el piso.

—Dejá de mentir, viejo de mierda, que ya estoy harto. —Gritó el comisario al tiempo que lo aporreaba; el hombre alzó los brazos en cruz intentando defenderse.

—Ladrón hijo de puta, te robaste el rosario y con la nota te limpiaste el culo, ¿no es cierto?

—No, señor, se lo juro… yo digo lo que usted quiera, señor, lo que usted quiera… Es que me siento algo mal, señor —se justificó—, no sé qué decir…

—Ahora vas a decir que declaraste bajo tortura… claro… ahora sos una pobre víctima de la represión policial. ¡Violencia policíaca! ¡Violencia policíaca! Dejate de joder, viejo de mierda. ¡Dejate de joder!…

Acá tenemos unos muchachos que te van a ayudar a aclarar tus ideas, a refrescar la memoria… son especialistas… Te van a hacer un lindo tratamiento.

—No hace falta, señor, se lo aseguro. Ya me acuerdo… sí, me acuerdo… un rosario, claro, un rosario, señor… ya me acuerdo…

—Negro… —indicó el comisario mirando desde su altura al viejo.

—Negro… —repitió El Socchi, obediente.

—Hermoso…

—Sí, señor, hermoso…

—Y una nota… —agregó el interrogador—. Suicida…

—Sí, señor… —aceptó el ciruja ya agotado.

—Suicida…

La voz ronca y monocorde insistió desde su rincón, que era más sencillo deshacerse del ciruja, porque, en definitiva, la declaración de un ciruja no sirve para nada. El jefe, esta vez, respondió mirando con cierta curiosidad al ocurrente.

—Lo quieren vivo como testigo, ¿por qué? No tengo ni idea. Estos tipos son así, piensan en cosas que, a vos, pedazo de boludo, ni se te ocurren. Así que cerrá la boca y no jodás más.

El policía bajó la cabeza y soportó en silencio el reproche de su jefe, quien volvió sobre sus pasos y miró al Socchi desde una distancia prudente.

—Mirá, Venancio Cándido…

—Sí, señor.

—¿Vos querés que todo salga bien? —le preguntó paternalmente. Con un gesto ordenó a dos que incorporaran al viejo para sentarlo nuevamente en la silla.

—Claro, por supuesto. Qué más puedo querer.

—Y no querés tener algún problema cuando andás por ahí, cirujeando, chupando, mamado por el río, boludeando…

—No, claro que no, señor… —el Socchi respondía cabizbajo, temeroso y muy dolorido.

—¿Querés que nosotros te ayudemos a no tener problemas?

—Desde ya, señor, se lo agradecería, por favor, señor… Yo no hice nada.

—Entonces, te vamos a hacer un favor. Vos sos el testigo de la causa, sos el único testigo, sos el testigo principal. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? Sos el hombre que puede ayudar a revelar la verdad, a resolver el caso… Sería una verdadera pena que te pase algo, o que digas algo fuera de lugar y nos hagas quedar mal a todos. Sería una lástima, ¿no te parece?

Socchi cabeceó, excusándose.

—Ves qué fácil que es. Ahora el oficial escribiente te da una mano y vos firmás la declaración —dijo el comisario satisfecho.

—Redactá el acta —ordenó terminante al asistente—, me la mostrás antes de que la firme el amigo Venancio.

Socchi creía que tal vez se había dormitado. No sabía cuánto tiempo pasó entre el final del interrogatorio y esa voz aburrida, pero seca y clara, que lo despertó, que leía el acta redactada por el escriba, por orden de su superior.

“…En el día de la fecha se toma declaración a un ciudadano que vive en condición de calle que dice ser cartonero de profesión dedicado al reciclado de basura urbana quien dice ignorar su edad que se calcula entre sesenta y setenta años quien dice no tener familiar alguno de un metro setenta mal vestido muy delgado de tez morena pelo escaso ojos castaños sin más señas particulares que no está bajo el efecto de ningún estupefaciente ni del alcohol como corrobora en informe aparte el médico legista quien revisó al dicente encontrándolo en buena aptitud salvo los golpes que recibió de su atacante y que está en condiciones de prestar declaración testimonial ante esta autoridad policial.

El dicente dice llamarse Venancio Cándido Socchi sin documento de identidad sin domicilio fijo quien dice vivir en condición de calle y residir en la ribera del río en sentido norte en jurisdicción de esta ciudad autónoma.

Se le toman las impresiones digitales de los diez dedos cinco de la mano derecha y cinco de la mano izquierda y se remiten para su reconocimiento a la dependencia correspondiente.

Venancio Cándido Socchi refiere que la noche del 25 o el 24 ya que dice no recordar el día con exactitud siendo la hora tres o cuatro de la madrugada de uno de esos días que como se deja constancia más arriba no recuerda un masculino a quien no conocía llegó caminando hasta esas inmediaciones y que sin mediar palabras extrajo un arma que el dicente ignora de qué calibre se trataba se puso de rodillas frente al río y apoyó el arma en la sien del lado derecho.

El dicente al interrogárselo sobre la posición del arma por sus dichos indica que el masculino apoyó el arma en el parietal derecho.

El dicente señala que al advertir la situación corrió hasta el masculino y que trató de persuadirlo de su acción suicida pero que el sujeto lejos de desistir de sus intenciones se incorporó y golpeó con violencia al dicente causándole múltiples heridas que lo dejaron como desmayado por lo que no pudo volver a intentar persuadir al suicida de su propósito.

Las heridas en informe aparte que se remite a la autoridad judicial han sido constatadas por el médico legista.

El dicente señala que el suicida volvió a ponerse de rodillas de frente al río y que vio claramente cómo apoyó el arma en su sien derecha entre tres y cinco centímetros por encima de la oreja algo hacia atrás de la misma orientada de abajo hacia arriba y de atrás hacia adelante.

El dicente señala que el masculino dijo algo así como perdóname señor aunque no puede afirmar que el masculino dijo estas palabras porque en su estado de conmoción le era difícil entender lo que el masculino decía y que efectuó un solo disparo cayendo por la barranca del río hasta la orilla de donde fue retirado por personal policial perteneciente al departamento de la policía científica.

Se constató que el masculino estaba muerto.

Se remitió el cadáver para la correspondiente autopsia en sede judicial.

Al arribar la delegación policial luego de la denuncia del dicente se encontró en el lugar el cuerpo sin vida de un masculino sin identificación alguna de entre 40 y 50/55 años de edad de contextura fornida de tez blanca cabello castaño con un disparo en la sien derecha.

Debajo del occiso se encontró una pistola marca Bersa calibre 22 antigua y un casquillo de bala que se correspondería con el arma usada.

El cargador contenía tres balas más, todas del tipo blindada punta hueca.

El arma quedó en custodia de la policía científica para la correspondiente pericia.

El dicente señala que pudo apreciar la presencia de una joya un objeto en las inmediaciones del cadáver del mencionado suicida que parecía un rosario de cuentas negras que le pareció muy hermoso.

El dicente señala que creyó también ver un papel que en efecto el personal interviniente encontró en la mano izquierda del occiso y de la que constató se trataba de una nota suicida que se adjuntó al expediente por orden de la autoridad judicial interviniente.

El dicente dice que no recuerda otro evento porque producto de los golpes que el masculino le aplicó se desmayó y recién recobró el conocimiento en el nosocomio a donde fue derivado para su atención por la comisión policial actuante.

Habiendo completado su manifestación ante comisión policial el dicente pide a esta autoridad que quiere dejar expresamente señalado que es de suya la voluntad de poder presentarse ante la autoridad judicial para ratificar en todos sus términos su declaración testimonial y contribuir así al esclarecimiento del lamentable suceso.”

—Está muy bien, che, pero poné algunas comas al texto, que así no se entiende un carajo. ¿Por qué mierda no usás las comas, te las comés antes, nabo? Si estás gordo como una vaca —recriminó al escribiente el comisario—. Después, que la firme el borrachito, perdón, el testigo. —Aspiró profundo el aire viciado de la oficina y ordenó al personal terminar con el trámite administrativo.

—Avísenle a la fiscalía que está la declaración testimonial, como pidieron.

—La fiscalía mandó a decir que cuando puedan vienen —respondió un policía.

—¡Qué los parió, carajo! Después hablan de la calidad de la Justicia.

—Vos te vas a quedar unos días —le dijo a Socchi, imperativo.

—Lo que usted diga, señor… —respondió resignado el cartonero.

—Te lo digo por tu bien… Andá a saber qué hay afuera, esperándote; mejor desensillar hasta que aclare, como diría el General.

Lo encerraron en un pequeño calabozo. El olor a orín y excremento era penetrante. Se recostó en la cucheta y se durmió profundo.

El artículo periodístico preparado con varios días de antelación llevaba como título “Hombre se suicida a la orilla del Riachuelo”, y lo haría circular la propia agencia oficial de noticias.

No dejaba de causarle cierta extrañeza que el texto se refiriera con tanta minucia a un suceso que ni siquiera había ocurrido. No era una novedad, era un procedimiento que vio en muchas otras oportunidades.

Primero sonaría un “violín”, como le decían al medio que daba la primicia, y después la “orquesta”, los que actuaban como repetidoras incansables. En pocas horas, los medios ocuparían emisiones enteras debatiendo sobre un acontecimiento inverosímil o verídico: su entidad era intrascendente.

En esa oportunidad, se trataría del hallazgo de un cadáver al que charlatanes y parlanchines descarnarían hasta que no quedase ni una fibra de músculo por despostar. Un cadáver, un rosario de perlas negras y una nota suicida. Una exquisitez para esos falsos analistas lenguaraces. Luego sobrevendría el olvido. Causa cerrada.

Su compadre lo leyó poco tiempo antes de salir rumbo a la cueva de bajada a donde trasladaron a su compañero. A medida que se acercaba a destino, releía mecánicamente el texto mentiroso de la crónica y dudaba si confrontarlo con el camarada, pensando que con ello haría menos extraña la fatalidad que traía el porvenir inmediato. Pero descartaba que AC, por su experiencia, necesitara que alguien lo pusiera al corriente del futuro infausto que lo aguardaba al final de su viaje. Conocía las reglas de juego, sabía que no había nada azaroso en los acontecimientos que estaba protagonizando. No se trataba de un evento vinculado a un error del destino, o una equívoca predicción dictada por una nigromante fastidiosa; era una sentencia definitiva, una sentencia a muerte.

Y, a pesar de que era un hombre que había participado de incontables sentencias a muerte y muchas de ellas las había ejecutado, debía reconocer que esta vez el asunto se le volvía corrosivo. Hacía pocos días que dos bypass y un estent lo sacaron de un infarto casi mortal. Eso lo dejó afuera de la operación “La Reliquia”.

Los superiores lo enviaron a evaluar la situación del detenido; era quien mejor lo conocía luego de tantos años de trabajo conjunto. Eso no torcería el rumbo de los acontecimientos, pero trataban de despejar la duda de si AC, en efecto, los había traicionado. Algunos superiores y él mismo descreían de esa alternativa; pero ninguno podía descartar la posibilidad.

Cuando lo convocaron, podría haberse refugiado en la licencia médica para salvar la situación, pero descartó de plano la idea. El trámite tenía su importancia, se trataba de determinar si había un sistema de filtraciones que podía poner en riesgo otras operaciones en marcha o futuras. Y un valor agregado: tenía un profundo rechazo —odio, más precisamente— contra el oficial a quien habían encargado la limpieza. Siempre se cuidó al extremo de “ese reverendo hijo de puta”.

Estaba seguro que AC no necesitaba consuelo, pero conversar con él y confirmar que no se trataba de un traidor, le daría cierto sosiego personal y aportaría, también, una gran cuota de seguridad a todo el equipo. ¿Valía la pena alguna recriminación? No, definitivamente, no.

Durante muchos años amonestó a todos los suyos diciéndoles: “controlen los detalles”, “presten atención al conjunto”, y a AC, en especial, le recriminó su desapego a la realidad (“la única verdad es la realidad”, nene, le repetía), y lo criticó por ese fantasioso devaneo de intelectual para lo cual nunca fue entrenado. Mientras AC se refugiaba delirante en su religiosidad asistido por el cura Berkeley del que hablaba como quien habla de un pariente cercano, él lo incitaba a comprender que la realidad era mucho menos pretensiosa que los devaneos que lo embelesaban.

¿Quién era el gran dios del mundo que los rodeaba? Repetía incansable: el dinero… el dinero… el dinero… Se vive por dinero, se mata por dinero. Es un brutal corrosivo.

El dinero era el dios del mundo, el gran decididor de destinos. Durante años oyó hablar a esos politicastros filisteos que deambulaban de oficina en oficina como venerados sacerdotes, que les recomendaban fidelidades de cara a un futuro venturoso y que juraban rezar amorosos en las noches; los sabía adoradores del becerro de oro, movidos por un solo sentimiento: la codicia. Y ellos, todos ellos, solo eran instrumento de esa codicia insaciable.

El milagro se producía cuando la codicia, en alquimia prodigiosa, devenía en sacrosanta institución del Estado. Se lo dijo en aquella oportunidad cuando apenas se conocían. Se lo diría ahora que asistía al fin de los días del compinche, pero entonces no solo era tarde, sino inútil. Como el ciclo funesto de las mitologías, todo volvió al punto de partida.

—Sos un escéptico —le dijo AC, arrogante, en aquella oportunidad.

Él respondió:

—No, soy realista. Déjate de joder con la filosofía; acá la “causalidad” es calibre 22, y te entra por una oreja y te sale por la otra; y te van a mandar al río para que te coman “los phescaditos” —seseaba burlón, imitando a “Moliere”, como bautizaron los leídos al gran avaro. Fue una profecía cumplida. Aunque en verdad, no sentía ninguna satisfacción de sus aciertos.

Pero todo eso ya era asunto del pasado y nada podía retrotraer una situación a su punto de partida. Tal vez en el futuro puedan volver sobre los acontecimientos ocurridos y corregir sus defectos, pero en el tiempo que le tocaba vivir, sólo se podía asistir a un presente limitado, en el que cada persona tenía un rol asignado y un futuro definido.

Leyó oportunamente: “quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”[1]. Quien controla el presente controla el pasado, repetía convencido de la sabiduría de la reflexión. No recordaba dónde lo leyó. No tenía mayor importancia.

Antes de descender del coche que lo trasladó hasta el lugar de retención, se acomodó las cervicales y recuperó esa expresión indiferente que soterraba, indescifrable, cualquier impresión. Quedaba encapsulado, impenetrable.

Cuando ingresó a la casa lo barajó Podestá quien le gritó jocoso “¿Te mandaron al velorio? No veo las flores”. El hombre conservó la calma.

—Buenas noches mi coronel.

Saludó respetuoso atendiendo a la diferencia de jerarquías.

—Me mandaron para ver si puedo obtener alguna información que ayude a comprender la gravedad de lo sucedido. Por lo menos en lo que respecta a la responsabilidad del hombre que tiene en custodia. Traigo además un sobre del mando para usted. Los jefes quieren saber por qué no responde a su nextel.

—Preocupados siempre por los grandes temas, ¿no? Se la pasan atrás de formalidades, puras formalidades. Seguro que están preocupados por cuidarse el culo. ¿De los “Pérez” no sabían nada? Que esos negros de mierda nos iban a cagar a todos ¿tampoco sabían? Y de los dos viejos de mierda ¿tampoco sabían? ¿No es así? ¡Al final no sabían un carajo! ¿Para qué mierda sirven? ¿Sabés lo que le podés decir a los jefes cuando vuelvas? —inquirió Podestá enfurecido.

El hombre acomodó su ropa sólo por ganar tiempo y sosegarse. Su odio al oficial podía hacerle perder la compostura y las consecuencias, sabía, serían terminales.

—Señor, sólo traigo un mensaje.

—Bien. Lo sé, lo sé. “No maten al mensajero”. De acuerdo. Tenés suerte que me acuerdo de todos los refranes que le escuché a mí jefe hasta inflarme las pelotas como dos melones.

Deciles que ya saben dónde se pueden meter este mensaje. Recordales que les dije mil veces: “esos “Pérez” son unos negros de mierda”. Déjense de joder con los negros y con toda esa mierda. Ahora vienen con el verso de la diversidad. Negros, putos y travestis… así nos va… Y ese fulano amigo tuyo, “el filosófico”, que se hace el “dolobu” pero que sabemos bien, pero muy bien que colaboró con los negros de mierda. Cada uno va a estar en donde tiene que estar. ¡Ah! Y deciles que no respondo el teléfono, porque me quedé sin crédito. Sin un puto crédito. ¿Entendiste?

—Sí, mi coronel —respondió todo lo inexpresivo que pudo—. Lo que usted diga, señor. Ahora, ¿puedo ver al prisionero?

—¡Pero claro, hombre! ¡Estamos en horario de visitas médicas! Pase y vea por sí mismo que lindo que está pasando sus últimas horas el patito feo.

—Con su permiso, señor, entonces.

Ingresó a la habitación seguido por un guardia.

—Preferiría estar a solas, si al señor coronel no le molesta.

Podestá con un gesto le indicó al guardia que dejara al hombre permanecer a solas con AC.

AC de inmediato reconoció el perfume del agua colonia que usaba su compañero de tareas, que se sentó a su lado, en una silla que estaba arrumbada en el fondo de la habitación. Afuera se escuchaba un canturreo siniestro. “¡Pato al agua! ¡Pato al agua!” Reían a carcajadas los matones.

—¿Cuándo vas a dejar de usar el agua colonia esa? Tenés alma de naftalina… —dijo AC. El hombre sonrió resignado.

AC le confesó al enviado que aún estaba entumecido, acalambrado, luego de tantas horas de viajar tirado en el piso del auto, pisoteado por los dos tipos que le incrustaban el taco del zapato en las costillas. El precinto, muy ajustado, mantuvo sujetas las manos a la altura de las muñecas, casi impidiendo la circulación. Sentía un dolor desconocido. Le faltaba el aire y la gruesa capucha negra que envolvía toda su cabeza iba condensando la humedad de la respiración y sellando viscosa la trama del tejido, reduciendo aún más el poco oxígeno que le llegaba.

Sabía que después que le enfundaron la cabeza con la capucha, alguno manoseó su cuello. No podía precisar si para sacarle el rosario blanco que su madre le regaló en la primera infancia, o para deslizar el otro, el de bellas perlas negras.

Le preguntó al compadre si en efecto se trataba del rosario robado a la monja. Respondió negativamente. Su blanco rosario continuaba luciendo alrededor del grueso cuello. La novedad que sentía sobre la piel curtida era una placa de identificación con un par de cuentas a cada lado. En la placa figuraba un número y un nombre que desconocía. El tintineo seco de las cuentas chocando contra el metal lo indujo a la confusión. El rosario de la monja debía ser entregado al máximo jefe, quien lo recibiría en una fina y primorosa caja de nogal lustrado, la que haría llegar de inmediato al embajador. Para el general, en su situación, contar con ese solo hecho favorable sería más que auspicioso. Hasta podría presentarse como un campeón de los derechos humanos.

El hombre extrajo un papel del bolsillo interno de su saco. Le indicó que prestara atención y leyó sin más protocolo:

“Hombre se suicida a la orilla del Riachuelo.

Un hombre de entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años de edad, de identidad aún no establecida, apareció muerto de un disparo en la cabeza a la orilla del Riachuelo, a la altura del viejo puente, en la jurisdicción de esta ciudad autónoma.

Las autoridades judiciales presentes en el lugar tomaron declaración al único testigo, un ciudadano en situación de calle, quien pudo apreciar el lamentable suceso.

Refiere el testigo, de quien se preservan los datos de filiación por estar todavía establecido el secreto de sumario por la fiscal actuante, que el hombre llegó hasta la ribera del río, extrajo un arma y la apoyó sobre la sien derecha para terminar con su vida.

Al apreciar el testigo la situación, corrió hasta el lugar en donde se hallaba el sujeto en cuestión y trató de impedir su acción suicida. Sin embargo, el hombre tomó a golpes a quien concurrió en su ayuda, y lo derribó a culatazos, dejándolo semiinconsciente y lastimado, a escasos metros de donde, finalmente, se quitó la vida. El testigo debió ser hospitalizado y todavía se halla en observación por los médicos del nosocomio.

En la escena del crimen se encontró una pistola que se presume fue la que usó el suicida, y un casquillo de bala que se correspondería con el arma usada. La fiscal actuante ordenó las pericias correspondientes. Solicitó para ello el concurso del laboratorio de criminalística de una institución federal.

En fuentes judiciales se descarta que se trate de un homicidio, dado que todos los elementos recogidos en el lugar y la declaración del único testigo sugieren un suicidio.

El cadáver se encuentra en la morgue judicial y mañana se realizará la correspondiente autopsia.

Fuentes vinculadas a la investigación hicieron saber en forma reservada que el cadáver aparecido a la vera del río podría pertenecer a un hombre que era intensamente buscado por las autoridades policiales, sindicado como el responsable del asesinato de un oficial de las fuerzas armadas, quien pereció víctima en confusas circunstancias semanas atrás.

Las mencionadas fuentes confiaron que el oficial asesinado, que se hallaba retirado del servicio activo, lideraba una comisión investigadora que trabajaba para esclarecer el asesinato de una religiosa extranjera, a la que se le sustrajo una joya preciosa de gran valor histórico y material. La responsabilidad de los delitos se atribuyó en su oportunidad a personal en actividad de las fuerzas armadas. La investigación que encabezaba el militar asesinado se mantuvo bajo el más estricto secreto, para evitar que alguna información se filtrara y permitiera al o los imputados eludir el accionar de la justicia. De ahí que no hayan trascendido los nombres de ninguno de sus protagonistas.

El crimen y el robo fueron objeto de una compleja, aunque silenciosa disputa diplomática, que las actuales autoridades esperaban saldar definitivamente.

Por resolución del anterior jefe de la fuerza, comprometido con la más firme defensa de los derechos humanos, la comisión recobró impulso a fin del año pasado, y ratificó en la conducción de la investigación al oficial que siempre la condujo, quien finalmente habría podido establecer el autor y el móvil del crimen, y se hallaba próximo a girar a la justicia todos los antecedentes para la detención del autor de los ilícitos. Esto habría desencadenado el asesinato del alto oficial investigador.

La información conmovió al ambiente castrense y de seguridad, que estaba pendiente de cualquier novedad que se vinculara al esclarecimiento del asesinato del uniformado”.

—¿Te mandaron a leerme la sentencia? —preguntó AC con algo de cinismo.

—No. Supongo que después van a informar que la persona muerta es la que figura en esa chapa identificadora que te colgaron. Parece que también dejaste una nota suicida donde te hacés cargo de todo.

—Nada nuevo bajo el sol…

—Así es.

El camarada esperó un momento antes de proseguir con la conversación. Miró en distintas direcciones como quien busca algo o alguien que lo asista. Solo necesitaba tomarse un respiro antes de avanzar.

—Me mandaron para que me digas si los cagaste…

—¿Y vos qué pensás? —preguntó AC, resignado.

—¿A quién mierda le importa lo que yo pienso? —respondió sin emoción alguna—. Este hijo de puta de Podestá informó que dos viejos, vos y los “Pérez” hicieron fracasar la operación.

—No sé nada de lo que pasó allá. Cuando llegué a la casa el tipo estaba muerto y se habían fugado todos.

—Hay un gran quilombo no solo por la muerte del milico ese. Lo del tiro en la pija fue una provocación. ¿Quién fue el hijo de puta?

—El suboficial “Pérez”, ¿quién otro pudo ser? Todos saben que fue “Pérez”.

—Pero el fulano dice que estuviste en la casa cuando el fulano apareció muerto.

—Yo no lo maté —contradijo AC, con disgusto.

—Estás jodido, hermano. Encima te pusieron a este hijo de puta de Podestá desde el principio, y a este todo le importa un carajo. Es un tipo que se dedica a limpiar. ¿Nunca te diste cuenta?

—Es un buen elemento —afirmó AC—. Aprendí muchas cosas con él. —El hombre cabeceó resignado.

—Si vos lo decís… Hasta ayer creíamos que zafabas, después llegó la orden de limpiar todo. La orden vino de lo más alto. Afuera están los limpiadores. Le están dando al “ayudín” de lo lindo, así que van a estar pesados.

—Suicidio: el clásico del domingo… ¿Sabés a dónde me llevan?

—No lo sé… ¿y tiene importancia eso?

Curiosidad, simple curiosidad. Si pudiera interrogar a la muerte, le pediría que le describa con lujosos detalles el camino del infierno. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es la muerte” [1], pensó y rio necio.

Sabía, desde que lo encerraron en el hotelucho con el matón aquel apuntándolo con la Itaka, cómo iba a ser su final. Conocía los riesgos. Era versado en todos los procedimientos, los usó en cada oportunidad que le fuera indicada. Y estaba entrenado para afrontar las situaciones más diversas, incluso, su propia muerte.

Aprobó muy exitosamente la prueba de la tortura —prueba obligatoria para egresar del curso superior—, cuando fue sometido a tormentos 36 horas seguidas, durante las cuales no sólo no debía revelar la consigna que se le confió, sino soportar sin desmayarse el castigo. De su camada, una docena, sólo él aprobó el curso.

El día de su ingreso lo molieron a patadas después de correr durante horas hasta el agotamiento, mientras un par de ursos gritaban: ¡carrera mar! ¡Salto e’ rana! ¡Carrera mar! ¡Salto e’ rana! Llegó a destino y se puso de pie; la inmensa mayoría de los aspirantes no pudo sortear esa primera prueba.

Terminados los estudios, el apego a la disciplina lo ponía en el gimnasio todas las mañanas muy de madrugada, cuando la mayoría de sus camaradas aún dormían. Afirmaba, además, que su particular formación religiosa era una base formidable para estar siempre en condiciones de atender cualquier situación inesperada. Incluso esa contingencia: ser prisionero de los propios.

Por el tiempo que viajó, le dijo al compadre, deberían estar en las inmediaciones de Rosario. En algún momento creyó oler el río. Por una ventanilla delantera entraba algo de olor barroso, propio de las orillas del Paraná, que conocía de memoria.

Sabía que, además de él, en el auto viajaron cuatro hombres: el que manejaba (y lo había hecho desde que partieron del hotelucho en donde quedó retenido), su acompañante, y los dos que estaban en el asiento trasero y lo llevaban apretado contra el piso del auto, incrustándole el taco en los intercostales.

En ningún momento notó que otro equipo los apoyara en otro auto. Cuando así era el procedimiento, el movimiento de los autos se volvía armónico, algo danzante, uno acompañando al otro. Fácilmente se hubiera dado cuenta de que se trataba de una cápsula que la integraban dos autos. El compadre confirmó sus apreciaciones.

Ya había repasado una y otra vez todos los hechos que se sucedieron desde que salió del hotel, transitó el camino indicado y llegó a la casona.

Lo que ocurrió dentro de ella no estaba en sus dominios, se tratara de la muerte del coronel o la ausencia de su objetivo. La muerte de uno y la fuga de los otros ocurrieron antes de su presencia. Comprendía que ese cadáver aún tibio y la ausencia del vejestorio lo ponían en el peor de los escenarios. Sus superiores estaban al tanto de su exacta función, pero, para ellos, eso no lo eximía de responsabilidades por el fracaso.

De ese fracaso, algunos entuertos ya habían sido enderezados. La casona fue limpiada aprovechando el retiro del cadáver del coronel.

Dos de los “Pérez” fueron abatidos en un tiroteo. Las crónicas que publicaron los periódicos afirmaron que se trató de un enfrentamiento entre la policía y dos contrabandistas; el suboficial a cargo, el jefe de todos, que murió en la tortura, fue incinerado; de él no quedó el menor rastro. Los cadáveres de los dos viejos encargados del hotel también fueron retirados para su cremación. Los “Pérez” que lograron fugarse, seguro, estaban al caer. Quedaba pendiente una sola limpieza.

Cuando pusieron en marcha el motor del auto, un vaho con olor a nafta traspasó la tela gruesa de la capucha negra. Estaba nuevamente en el piso, tirado, con los dos mastodontes aquellos que lo estrujaban, clavándole los tacos de sus zapatos. Apenas podía respirar. Pensó que, incluso, tal vez ni llegara a destino.

Creyó haberse dormido. Dudó si tuvo ese sueño. Pensó que el viaje duró alrededor de dos horas. Concluyó que estaban en Buenos Aires, o en sus inmediaciones. Algunos olores lo confundían y otros le resultaban familiares.

Oyó una conversación, pero no pudo comprender de qué hablaban.

Abrieron las puertas traseras del auto. Los hombres bajaron. AC estuvo un tiempo más tirado, sintió algo de alivio al no tener incrustados los tacos de los zapatos en la espalda. Poco tiempo después lo levantaron y sacaron del auto. Había olor a excremento de animales mezclado con tierra y pasto, a roña, a cloaca. Era el aroma del Riachuelo, algo dulcificado por un olor a cereales tostados que llegaba de algún lugar cercano a los silos ribereños.

Se oyó el golpe de las puertas al cerrarse con fuerza. Lo llevaron hasta la orilla de la breve barranca; un hombre a cada lado tomándolo de los sobacos, casi arrastrándolo, y dos atrás. Tres eran fornidos, uno delgado, atlético, alto.

AC sintió una patada en la cara interna de la pantorrilla izquierda, casi a la altura de la articulación de la rodilla. El golpe dobló las piernas y lo hizo caer arrodillado.

Luego sintió un golpe seco, penetrante, en la cabeza, con una cachiporra forrada para no dejar marcas. Estuvo a punto de desmayarse, pero solo quedó obnubilado. Algunas convulsiones recorrieron su cuerpo, estremeciéndolo. Quedó indefenso, inmóvil.

Alguien cortó el precinto plástico que amarraba sus muñecas hacia atrás, a la altura de la espalda. Sus manos cayeron pesadas, inertes a cada lado. Aunque su cerebro reclamaba a las manos acción, estas estaban incapacitadas de moverse, inútiles. La falta de circulación durante tantas horas insensibilizó los dedos que padecían un hormigueo doloroso, como pequeños pinchazos de decenas de agujas ponzoñosas.

El de tez blanca, casi resplandeciente, puso sus ojos en la espalda del prisionero. Arrancó de un tirón la gruesa capucha negra y la arrojó hacia atrás. Un matón la recogió y guardó en una bolsa. Tomó con las dos manos su cabeza. Canturreaba con sadismo “pato al agua, pato al agua”. Los otros tres reían compinches. A escasos metros, un ciruja enroscado en una vieja y sucia manta observaba la escena horrorizado.

AC quedó cabizbajo, aturdido. Podestá se retiró súbitamente, apartándose un par de metros. Se quedó de pie, atrás suyo, mirándolo mientras fumaba un cigarrillo. Se sacó el rosario de cuentas negras engarzadas con doble eslabón de plata lustrosa; uno de sus esbirros arrimó una caja de nogal lustroso que cerró con cuidado y dejó en el asiento delantero del auto.

Sin más ceremonia, el jefe del grupo de tareas, Podestá, hizo una indicación con un movimiento de
cabeza.

AC sintió cómo tomaban su mano derecha y apoyaban un arma. El matón lo obligó a sostenerla, aferrando su mano con las suyas. La sostuvo fuerte, comprimiendo con su dedo el dedo del condenado en el gatillo. El arma gatilló una vez.

La descarga sonó imperceptible en su cabeza, le pareció apenas un golpecito seco; un ruidito aplastado con las manos, como quien aplasta una mosca contra el vidrio de una ventana.

Fue un ¡toc!, mortecino, bronco, insignificante. Captó el ahogo del eco mortal de la bala escapando del cañón, girando y girando y girando, guiada por el alma del arma; abrasador, el plomo taladró su parietal derecho rompiendo en astillas el hueso del cráneo, mientras pulverizaba a su paso incandescente los tejidos del cerebro que iba desconectando su humanidad, velozmente.

Un poco de hemorragia bajó de la cabeza hasta la nariz, coloreando de rojo un hilito de moco que precipitaba; unas lágrimas de sangre rodaron por las mejillas ajadas. AC cayó rodando hasta el borde sinuoso del Riachuelo, un lánguido resuello escapó gutural de la garganta, un último suspiro que se desvaneció en la noche vaporosa.

XXVII

La ausencia de Teresa se mantuvo expectante hasta ese día que volvió a la casa. María la podía palpar como a una víscera latente que conservaba su vital temperatura, pero que se iba encapsulando como un despiadado tumor fermentado en distancias. A veces, se tomaba el pecho a la altura del corazón, cuando sentía que el tumor se apropiaba de espacios vacíos, entreverando con un mosto agrio los primorosos filamentos de músculos y nervios.

Desde que Teresa se alejó del hogar materno, los lugares comunes se fueron confundiendo unos con otros, engañando la percepción de María, que sufrió ausencia y lejanía, abrumada por esos secretos que sabía escarbaban con fea uña los días de la hija. ¡Cuánto odio sentía! ¡Y tanto dolor!

María no hallaba ni buscaba consuelo; la ausencia, en la madre, era una pérdida capitulada cada día, cada semana, cada mes. Algunos años pasaron, solo acotados por las pequeñas esquelas con esa letra minúscula, cuneiforme, que caracterizaba la escritura de Teresa y que la hacía muchas veces indescifrable, donde contaba amores y luchas en las que estaba embarcada.

Francisco se acorazó en su obsesión y dejó a la madre llantos y esperas. En su cobertizo, entonaba una canción de nanas que en su infancia le susurraron las mujeres de la familia para consolarlo de alguna pena. Era su modo de sostener un recuerdo más amoroso de la hija esperada.

El retorno de Teresa puso fin a esa aflicción irresoluble. Hasta el ansiado retorno de la hija, lejos estaba María de saber que Teresa había escalado esa inmensidad de la puerta azul de los muros inexpugnables, de la fortaleza que construyó el pederasta para apropiarse de su frágil anatomía y mantener prisionera a esa voz gutural que sonaba aguda en celeste y blanco, las veces que el Himno se repetía en las blancas y negras teclas de los pianos, o acompañando el ¡cloc! ¡cloc! desesperado de la madre cautiva contra los adobes centenarios de las paredes del caserío.

Teresa, al exponer a la luz del día las llagas hediondas del pasado, las fue disecando hasta hacerlas perder su capacidad depredadora de amores y porvenires. Y ese amor encontrado en la ciudad la devolvió a un lugar que solo conoció recoleta entre las caricias que Encarnación le prodigaba cuando se dormía ovillada contra el cuerpo materno.

María nunca hizo comentario alguno de la larga conversación que mantuvo con su hija luego de la fiesta de bienvenida por su retorno. La insistencia de Francisco por saber, aunque más no fuera un detalle trivial, no logró ninguna respuesta ni comentario. María, ni ya próxima a su muerte, reveló algún momento de ese diálogo.

Al partir, Teresa dejó en las manos de su madre un pequeño cuadernillo. Era una edición modesta de esas líneas que llevaban por título: “Palabras como filos. Guadalupe”. Era la transcripción total, aunque corregida, de aquellos papelitos que estaban guardados en el relicario que Giovanni encontró. Dejó esos manuscritos en la casa donde consideraba debían permanecer.

Para ella faltaba un reencuentro y una persecución. El reencuentro: ubicar la tumba de Encarnación Mercedes, su madre biológica. ¿Podría captar el tintineo de la campanella que, seguramente, Encarnación haría oír desde ese estado espiritual indescriptible al que trató de acceder abriendo un gran boquete en la pared con el magro taquito de su pequeño zapato? Su corazón le indicaba que sí, y eso deseaba ansiosa. Mucho tiempo pasaría, sin embargo, hasta que descubriera las circunstancias que llevaron a la muerte a su madre. Solo al captar el eco emponzoñado del martilleo aleve y brutal sobre la carne frágil, descifraría esa respiración fatigada que se entrecortaba de muerte a cada inhalación, a cada exhalación; la costilla incrustada a modo de daga; y, finalmente, el silencio póstumo que sonaba en sus sospechas de modo inexplicable.

La persecución: el pederasta. De él solo sabía el nombre, que desapareció de todo registro. Tenía un recuerdo borroso de su rostro deformado tras el cristal indecente de las tres babas de diablo. Ignoraba por completo cuál fue su destino. Amanda, quien mejor que nadie podía ayudarla en esa empresa, estaba muerta por propia mano, según decían en los suburbios de las crónicas policiales. Ignoraba si las monjas de su pupilaje estarían dispuestas a brindarle datos que orientaran su búsqueda. Muchas de ellas ya habrían muerto y los archivos de ciertas instituciones son frágiles como las pompas de jabón.

En su búsqueda, Teresa, con seguridad, se encontraría con su Caín desconocido (el anónimo suboficial “Pérez”, Caín Alfredo, se supo al momento de la cruel tortura), quien ostentaba esa extraña marca en su curtido rostro, una señal tan divina como misteriosa. A pesar de que el hombre desconocía sus plegarias, arribó por un camino inesperado al reclamo que tantas veces la niña repitió bajo las gruesas mantas, buscando protegerse del abuso. Escribió, en la íntima resolución de sus palabras incrustadas en breves papelitos a puro lápiz, como puro cincel: “Espero a Caín y en él confío”. Sin saberlo, sin siquiera intuirlo, la confianza de Guadalupe en ese héroe extraño, inesperado, halló el modo de manifestarse. En la noche de los últimos sucesos en la vieja casona perturbada, la confianza se hizo venganza, y la venganza, justicia.

Reencuentro y persecución serían capítulos de su vida, en medio de la lucha por los derechos de las mujeres, a la que volcó todos sus esfuerzos desde el día aquel que conoció a esa mujer mayor, flaca, canosa, nerviosa, envuelta en una humareda de cigarrillos rubios, quien la orientó serena en ese camino. De su mano se adentraría en los multitudinarios “Encuentro Nacional de Mujeres”, en los que compartió luchas y esperanzas.

La despedida entre María y Teresa fue breve. Madre e hija estaban serenas y alegres. Se abrazaron amorosas y lloraron. La invitación de Teresa a su madre para que se animara a acompañarla en Buenos Aires el próximo 3 de junio quedó postergada para el futuro. Viajar a la gran ciudad la atemorizaba como cuando era niña y sus padres la llevaban de visita a algún pariente. Y eso que aquella que conoció por entonces nada tenía que ver con la que, ajena, se levanta antropófaga a la vera del Río de la Plata.

XXVIII

Es 3 de junio, día en que nació el General. La tarde es algo cálida para la época. El otoño se mantiene, pese a las pretensiones del invierno de hacerse dueño en su equinoccio.

Guadalupe camina entre miles de mujeres. A poca distancia unas pancartas repiten: “Ni una menos”. Banderas celestes y blancas flamean en todas direcciones. El viento es antojadizo y las orienta a cada una en sentido distinto, hace un ballet que entremezcla el celeste y el blanco caprichosamente. Antojo de viento de la patria.

Cada mujer que pasa dice sus verdades. Como Guadalupe, miles llevan cicatrices. Como Teresa, en la lucha común, se transforman.

Las banderas no cesan, flamean incansables. Nacieron para ser izadas.

Lejos, muy lejos, un “Pérez” alza al cielo sus ojos agradecidos. Sabía que nadie podrá matar esa bandera nacida protectora entre pólvora, sangre y sueños revolucionarios. Entre su ruda trama blanca y celeste, tocada con el rojo de la sangre de miles de valientes de ayer, de hoy, de siempre, vive la esperanza y el futuro.

En algún lugar, una vieja reliquia pregunta con voz imperceptible.

—¿Y dónde está mi amigo? Ese que me contaba la historia del monte destartalado…

—Lo mataron, mi General. Murió defendiendo a su bandera. —Le respondió con tono marcial el suboficial “Pérez”.

—¿Peleó bien? ¿Murió valiente?

—Ya lo creo, mi General… Lo único que pudieron arrancarle con la tortura fue una frase.

—¿Cuál? ¡Dígamela! Necesito oírla…

—“Yo caí. Otro ocupará mi puesto…” [1]

El viejo General movió su cabeza pensativo. Reflexionó: “Los que mueren valientes, no existen, nos dejan aquí, solos; pero ellos viven en nuestra memoria como mártires de la libertad”.

Mientras el sol caía a pique por un barranco, se durmió sereno, acariciado por una brisa amorosa que lo embelesó dulcificando su descanso. La revolución, zumo vivificante, remolcaba sin interrupciones su sangre-néctar por arterias y venas, y al llegar a la garganta brotaba en un ¡a la carga chisperos!, al tiempo que agitaba en sueños un blanco pañuelo de puñales y pólvoras, llamando a forjar el triunfo definitivo de la causa de la libertad y la independencia.

***

1) “La lucha es cruel”, poema de Nikola Vaptzárov (1909-1942).

    Palabras finales

    En conversaciones privadas, algunos entendidos han comentado sus intentos por revelar la verdadera identidad del personaje que en la obra lleva por nombre solo dos letras: AC. ¿Pero cómo descubrirla? En todo sistema o institución de Inteligencia (espionaje), las personas reciben, al ser reclutadas e incorporadas oficialmente, X identidades distintas. Es un kit de nombres y apellidos, utilizables en todos los asuntos cotidianos de la vida de un espía o de un personal dedicado a los secretos de Estado.

    Algunos entendidos extienden este beneficio a X² identidades, y toman en consideración que todo depende de la ocasión y la tarea en la que prestan sus servicios. Esta conjetura elevaría a un número indeterminado de identidades. ¿Cuántas usaría un asesino profesional para llevar a cabo sus encomiendas? Imposible decirlo, supone muchas.

    Pero, admitiendo que el personaje contara con solo X identidades distintas, no para sus labores, sino para la vida cotidiana, resulta casi inverosímil develar el verdadero nombre de este antihéroe.

    En la obra, AC se presenta con el nombre de Augusto Contes. Así figuraba en el documento que entregó a la encargada del hotel del pueblo para su registro. En ningún otro pasaje de la obra se lo llama de ese modo. No hay dudas de que se trata de un nombre ocasional, solo para la tarea de asesinar a su víctima en la operación “La Reliquia”.

    En otros pasajes, el mismo se presenta al suboficial “Pérez” como Alberto Cortés, usando un homónimo del cantautor pampeano, ya fallecido. Y más adelante, alguien lo nombra como Alberto Castillo, cuando se le solicita a Podestá que lo conserve con vida, porque algunas autoridades estaban interesadas en hablar con él (“Hay quienes, por ahora, quieren escuchar al cantor de los cien barrios porteños”). Esto demostraría que ninguno de esos tres nombres era el que utilizaba en algún momento de su rutina diaria; fueron usados respondiendo a una necesidad momentánea. Lo que une a los distintos nombres, unos con otros, son las dos letras iniciales del nombre y del apellido: A y C. Es un dato de relativa relevancia.

    Lo más significativo que se ha hallado en esta investigación es que las letras AC representan al elemento actinio, una de las tierras raras que da nombre a una de las series, la de los actínidos. Se trata de un metal radioactivo blando que reluce en la oscuridad. Es difícil establecer si la luminiscencia resplandeciente de “La Reliquia” se vincula de alguna manera a la del elemento AC.

    Se ha buceado en la historia familiar. Pocos datos han perdurado al presente. De lo que tenemos certeza es que no ha sobrevivido ningún familiar en línea ascendente.

    Se consideró que había alguna posibilidad de que en el cotolengo del Gran Buenos Aires, en donde vivió y murió la madre, se pudiera obtener alguna información de parte de las Hermanas que atendieron a aquella mujer que se aburrió de caminar. Sin embargo, muy a nuestro pesar, los datos de la madre de AC desaparecieron de los archivos. Las monjas que estaban a cargo de la administración señalaron que, en un robo, hacía ya varios años, sustrajeron, entre otros elementos, fichas del archivero de las que no quedaron copias. Las monjas que con deferencia nos atendieron se negaron a dar cualquier dato que revelara alguna intimidad de las internadas. Era una política de confidencialidad que jamás se vulneraba. De todos modos, nos dijo una monjita regordeta y atenta, que de aquella camada de siervas de Dios ya no quedaba ninguna con vida. Fuera esto cierto o no, ningún dato provechoso se obtuvo en aquella casa de reclusión.

    Si el misterioso AC tuvo algún hijo, es una incógnita. Y, de todos modos, de haber engendrado un vástago, ¿cómo saber si era su hijo? ¿Qué identidad podría tener esa hipotética descendencia? No hay modo de saberlo. Cabría, asistidos por la ciencia moderna, recurrir al estudio de ADN (ácido desoxirribonucleico), pero el cadáver de AC desapareció de la morgue judicial no bien arribó, trasladado por una morguera policial.

    Todo hace suponer que fue incinerado, un procedimiento por demás común cuando se desea eliminar una evidencia biológica de manera definitiva.

    Los datos hasta ahora recabados obligan a definir que ese linaje se ha extinguido al momento en que el hombre rodó por la barranca hasta el borde del Riachuelo y expiró en un suspiro, tras el certero disparo en su cabeza. Al desaparecer el cuerpo, también es motivo de divergencia si se trató, en efecto, de un asesinato o un suicidio. Del ciruja presentado como crucial testigo de los fatales acontecimientos, no consta evidencia alguna de su existencia real.

    Todos los investigadores coinciden, aunque no se animan a declararlo, en que el personaje presentado como el testigo presencial es un mero invento del expediente policial, luego asimilado al judicial. Ponen como prueba el texto de la supuesta declaración del hombre ante la comisión policial, cargado de contradicciones e inexactitudes, propias de la conocida desprolijidad policial.

    Las veces que se relevó el terreno donde se desarrolló el drama final de este sicario, no se encontró a nadie que respondiera a la descripción que el personal policial le hiciera a la fiscal actuante, ni a nadie que conociera a un personaje, si acaso similar, y menos aún de apellido Socchi.

    El personaje del ciruja llevaba por nombre dos extravagancias: Venancio Cándido. Habría que aceptar que sus padres tenían un gran sentido del humor para hacer conjugar los dos nombres y el apellido distorsionado. Si existieron, debieron ser personas cultas y entendidas, y nunca modestos trabajadores o linyeras como el hipotético Socchi.

    Veamos. Venancio es un nombre de origen latino que, curiosamente, remite a la condición de cazador o que le gusta cazar venados. El imaginario testigo, justamente, fue el testigo de la ejecución en la cacería de una presa. El animal, en esa ocasión, no fue un venado, sino un hombre. Pero el ejercicio de la caza cabría para definir el acontecimiento del asesinato y ejecución del perseguido.

    Las cualidades que se le atribuyen a los portadores del nombre Venancio están en las antípodas del personaje descrito por el personal policial actuante cuando el descubrimiento del cadáver de AC, y que recoge la obra.

    En lo que respecta a Cándido, también de origen latín, candĭdus, quiere decir resplandeciente o, en su defecto, que brilla por su blancura. Comprobará el lector que el relato no describe a un hombre resplandeciente, que deslumbra por su blancura. Muy por el contrario, nos entrega a un personaje sucio, roñoso, maloliente, a tal punto que su torturador siente asco de aproximarse demasiado al interrogado.

    Ni afecto al deporte de la caza del venado, ni alguien que resalta por su blancura. No hay duda de que se trata de una broma de la Inteligencia o, en este caso, de la Contrainteligencia.

    De todos modos, obligados a no pecar de ligeros, se hizo una pormenorizada búsqueda del apellido Socchi. En ningún caso se encontró la etimología de la palabra Socchi, ni la genealogía de este apellido. Sí la de Sochi. La similitud es notable desde la perspectiva de nuestra escritura castellana, aunque en italiano su pronunciación varía considerablemente; la introducción de una doble “c” hace suponer que quien imaginó este nombre lo adulteró con el franco sentido de despistar a los posibles investigadores.

    Note el lector que el significado de este vocablo también describe a lo opuesto del personaje. Sochi se define como generoso, apasionado, altruista, ingenioso, frágil, etc. En los juegos de contrainformación, es dado encontrar personas de vasta cultura o múltiples conocimientos, capaces de inventar o modificar hasta distorsionar el origen de las palabras, nombres, apellidos e incluso los hechos mismos. Este sería un caso singular, por la información que nos llega a través de la obra. (1)

    Estamos inclinados a suponer que tal apellido resultó de la construcción de un vocablo organizado a partir de definiciones que entrega la astrología moderna. Sochi: regido por Marte, afecto al color rojo, a la piedra sanguinaria (conocida en España como restañasangre), y cuyas cualidades más notables son la compasión y el idealismo.

    La composición Venancio Cándido Socchi es una falsificación. Estamos frente a un cazador, resplandeciente, compasivo e idealista. Una impostura, si se quiere, interesante, pero patraña al fin. Un juego de palabras y significados.

    En definitiva, se trata de una elucubración destinada a cerrar todo acceso a la verdad que, siempre, es lo que interesa a los que investigan el tema que fuera.

    El otro asunto que resultó de interés y que aparece como una fuerte simbología es la eternidad del creador de la bandera y su relación con la guerra por las Malvinas.

    Esa alternativa ya fue descrita por el novelista Daniel Lombardo, en su obra “El último testigo”. Allí, el autor, por primera vez, hizo referencia a la eternidad del Padre de la Patria (como el Libertador General San Martín definió a su contemporáneo), y al propósito de la inteligencia militar de la entonces dictadura de utilizar su figura trascendente para obtener apoyo y rédito en la decisión de restablecer la soberanía nacional del 2 de abril de 1982 sobre los territorios usurpados por el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte el 3 de enero de 1833.

    Pero en el caso que nos ocupa, y si bien es cierta la relación prócer-Malvinas que es puesta de manifiesto por el relato del combate de Monte Toumbledown (en la obra la toponimia está castellanizada a Monte Destartalado), que, como se recordará, es el relato recurrente que el suboficial “Pérez” lee al prócer para su deleite; lo que resalta aquí es el intento de asesinato del ilustre. El primero, ubicado en el año 1820, cuando la lucha política en Buenos Aires alcanzó violentas dimensiones. Fracasado ese intento por la negativa no solo de los mercenarios sino, y principalmente, de la tropa disciplinada, la oligarquía gobernante decide declarar el 20 de junio como el día de su defunción, y condena al prócer a un confinamiento a la espera de su efectiva muerte, en una recóndita morada norteña en un perdido lugar del mapa, preparada a los efectos de servir de prisión.

    El autor describe los planes de su asesinato tras la conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo, cuando la oligarquía consideró propicia la oportunidad para poner fin a aquella subsistencia de los ideales independentistas de toda dominación extranjera, en cierto grado representada por el prócer.

    Resulta sugerente, y también gratificante, que ambos autores manifiesten el deseo de eternizar al prócer. Fuera para establecer, a través suyo, el paradigma que espera una sociedad inspire a sus dirigentes, civiles o militares, o para introducirlo en ancas de un evento mágico, como el símbolo vivo de una nación que busca su destino.

    Concurrente con el relato, el día señalado al finalizar la obra, 3 de junio, fecha del nacimiento del prócer y de una multitudinaria movilización popular compuesta principalmente por mujeres bajo la consigna “Ni una menos”, se propone como ejemplo de ese complejo camino que verdaderas multitudes deben recorrer para unificar las aspiraciones de libertad y de independencia de todo dominio extranjero, y que no podrán resolverse sin eventos conmovedores que cambien definitivamente el curso de la historia.

    Los miles de mujeres, así como los vulgares “Pérez”, logiados en la más severa clandestinidad y que mueren defendiendo a su bandera, son propuestos como algunos de los componentes indispensables del combustible de ese cambio histórico, político, económico, social, cultural, etc.

    Hemos dejado para el final el análisis de dos personajes nefastos de la obra: el conocido como “el coronel” y el jefe del grupo de tareas, “Podestá”.

    El coronel nos remite a su familia. Quienes han investigado la obra no acuerdan sobre la real o falsa existencia de este personaje.

    Para algunos estudiosos, no se trata de un personaje, sino de muchos resumidos en una personalidad. Puede que se trate de la descripción de una casta militar transformada en la guardia pretoriana contra su propio pueblo. Es probable. Tómese en consideración que, aunque con alguna laxitud, la mayoría de los personajes militares, excepto el prócer, desde ya, son ubicados temporalmente en los comienzos del siglo XX, atraviesan el primer quinquenio del siglo hasta su finalización, y el drama alcanza el desenlace en la segunda década del corriente siglo. Hacía muchos años que los ejércitos de la independencia habían desaparecido. También aquellos que protagonizaron la larga y cruenta guerra civil. El ejército al que nos remiten los personajes es el que construyó y consolidó la oligarquía argentina para garantizar su largo y prepotente predominio.

    El siglo XX fue una sucesión de descalabros en los que fueron parte las cúpulas militares, que incluyeron espantosas matanzas (con gobiernos constitucionales o de facto), la traición a los patriotas en la guerra por las Malvinas, la entrega oprobiosa de la soberanía nacional, entre otros.

    La mención por el autor de prácticas pederastas e incestuosas es un repliegue tenebroso de la historia que, por sus implicancias, esperamos clarificar en tiempos próximos, en los volúmenes que continúan a este y que esperamos tengan la fortuna de ver la luz.

    Si el coronel, tal como ha sido descrito, es un personaje real o se ha construido uno en base a la personalidad y las perversiones de varios militares o civiles, no importa al caso, no podemos afirmarlo. Pero de lo que sí hay certeza es que la mujer descrita como su esposa corresponde con un personaje femenino encontrado durante nuestra investigación y que conecta a la perfección con el descrito en la obra.

    El personaje real no se llamó Encarnación Mercedes. Nos comprometimos a conservar en el anonimato de quién se trata y eso haremos. Pero de esta eximia pianista, enloquecida tras el nacimiento de su último hijo, o hija, de acuerdo al relato que estamos tratando, hay sobradas pruebas; aunque ya no sobreviven testigos directos que puedan aportarnos más y mejores perspectivas sobre el personaje.

    Fue sometida a una cirugía neurológica, una innovación (y una audacia) absoluta para su época, que le devolvió cierta estabilidad emocional. Aquellos brutales arrebatos descritos, cuando Encarnación acometía a golpes contra la pared tratando de abrir una vía de escape en la habitación en que se hallaba recluida, fueron cosa del pasado. Pero la cirugía se llevó, entre muchas otras cosas, sus capacidades musicales, que desaparecieron para siempre. Encarnación murió loca a una edad en la que muchas personas encuentran la madurez y el equilibrio ideal que les permite encarar una vida productiva y llena de satisfacciones.

    Acerca de la hija, hay indicios sugerentes. Pero indicios no son pruebas concluyentes. Que en la historia hay una muchacha que asombraba en su tierna infancia con sus prodigios musicales, hemos recogido algunos testimonios. Resultaría imprudente y aventurado atribuir a esos datos condición de irrefutables.

    No hay constancia alguna de cómo ni por qué la niña pasó de su familia biológica a una familia sustituta, ni si es real o solo un recurso literario el cambio de nombre de Guadalupe a Teresa en ese tránsito de una familia a otra. Es probable que se trate de un recurso para exponer un estado que manifiesta una personalidad bifronte. En un cuerpo coexistían dos niñas, Guadalupe y Teresa (dos personalidades), que pugnaban por exteriorizarse.

    Del libro que se presenta como autobiográfico de Guadalupe, no hay ninguna prueba sobre su autoría.

    Podestá es el resumen de todo lo nefasto de esos hombres dedicados a preservar el poder de una oligarquía poderosa y parasitaria. Usamos la definición “oligarquía” en su acepción más precisa: un gobierno en el que el poder está en manos de unas pocas personas pertenecientes a una clase social privilegiada.

    ¿Existió el oficial de inteligencia que aparece como un protagonista clave en el desarrollo del relato? No hay manera de penetrar la fortaleza de esas instituciones del espionaje como para corroborar, por documentos verídicos, la real existencia del hombre apodado Podestá.

    El apellido Podestá es introducido en el relato por AC, refiriéndose al viejo cine “Pablito Podestá”, como se lo conocía, el que solían usar de refugio los estudiantes de la escuela media fugados de sus colegios. Allí se proyectaban películas que hoy no serían consideradas ni eróticas, pero que entonces alentaban las fantasías sexuales de los púberes rateados.

    ¿La referencia al cine Podestá indica alguna pertenencia de AC al barrio de Pompeya? ¿Es por esto que asocia la imagen de “aquellos galanes de las pretendidas películas pornográficas clase «c» que proyectaban de a tres en el cine Podestá”, como describe AC?

    No podemos saberlo. El nombre Podestá nos es dado por el propio protagonista, que es un mentiroso patológico. El arte de la mentira y el engaño está en la sustancia de los espías. No podrían, de otro modo, realizar sus labores.

    En AC estamos frente a un asesino profesional; en Podestá, ante un conductor de un grupo especializado. Ambos son engranajes de ese sistema perverso de la mentira, el engaño y la traición, destinado a sostener el poder de turno de esa minoría gobernante.

    Las perversiones que son descritas en Podestá, sus vicios, su cinismo, parecen el resumen de lo mefistofélico que debe reunir un hombre en el núcleo de sus células para atender a tales requerimientos, sin acosarlo nunca el menor remordimiento.

    Podestá existe como símbolo; su sobrevida a las fatalidades sirve para dejar constancia de que esos hombres de los suburbios del poder, en los que la política alcanza una sustancia cloacal, subsisten a pesar del paso del tiempo. Ignoramos por qué el autor omitió una sentencia interesante que Podestá le dice a AC, en el vuelo de la muerte que comparten.

    AC, impresionado por las palabras de su jefe, habla de algunos de sus temores, en cuanto a la posibilidad de que, con el tiempo, su situación cambie radicalmente y que un nuevo gobierno surgido de elecciones pudiera tomarse alguna revancha con quienes, como él, han cumplido órdenes de sus superiores.

    Podestá, dice el borrador encontrado, miró absorto al subordinado y rio a carcajadas, casi llevado por un estado de éxtasis en el que se combinaban la droga inhalada y la sorpresa ante la ingenuidad del hombre bajo su mando.

    La respuesta es contundente: “¿Usted cree que una elección va a acabar con nosotros? Tagarna, baje a la tierra… Hace falta mucho más que una elección para que nosotros dejemos de existir. Nosotros somos parte del regalo. ¿Usted cree que por una elección de mierda no se requerirán más nuestros servicios? No sea ingenuo, quiere; aunque debería decirle: no sea boludo.”

    En el bosquejo se relatan otras definiciones, pero consideramos interesante darle al lector, por lo menos, esta, de alguna relevancia.

    Para finalizar, se deja constancia de que en “La venganza de los Pérez”, “Biografía en secreto de Amanda Da Silva” y “Los amores de Ámbar y Guadalupe”
    se profundiza la investigación y se arroja luz sobre distintos personajes y eventos que se mencionan en este primer ensayo (“La Reliquia”), y que merecen un detallado análisis para darle al lector una visión más integradora de los momentos históricos y los protagonistas del presente estudio.

    ***

    Nota

    La manipulación de la información, el engaño que deriva en franca confusión, la mentira organizada hasta parecerse a una verdad irrefutable, encuentra un famoso antecedente en el célebre episodio de la adaptación de la novela de Herbert Georges Wells, La guerra de los mundos, por Orson Welles, quien, el 30 de octubre de 1938, desde los estudios de CBS, transmitió una supuesta invasión extraterrestre a nuestro planeta. Aunque se negó por largo tiempo, e incluso por el propio Welles, muchos autores describieron esa transmisión como el ensayo más grande realizado hasta entonces de manipulación de la información para poner a prueba la capacidad de respuesta de una sociedad. La televisión multiplicó por miles esa capacidad de manipulación de la información pública y, por ende, del espectador.

    Mucho más cerca en el tiempo, el argumento de la existencia de armas de destrucción masiva que Irak utilizaría para destruir a los países occidentales e Israel fue clave para lograr el beneplácito popular de la ciudadanía de esos países, para desencadenar la llamada Segunda Guerra del Golfo y proceder a la ocupación y destrucción de esa nación del Asia Menor. A la postre, las armas denunciadas nunca existieron. Irak fue devastado y Saddam Hussein, ajusticiado en la horca.

    ***

    Octubre de 2015

    Nota: Tras años de silencio, Guadalupe abre las puertas de su memoria. La música, la muerte de su madre, la sombra de una estirpe temida, la presencia obsesiva de Caín y el horror oculto tras una puerta azul se entrelazan en una autobiografía poética y feroz. Palabras como filos es el relato de una conciencia que intenta sobrevivir al dolor nombrándolo, hasta descubrir que algunas palabras no fueron hechas para recordar, sino para impartir justicia.


    Agradecimiento

    A Carlos Solís por su invalorable colaboración.

    Bibliografía

    Antiguo Testamento

    Asturias, Miguel Ángel

    El señor presidente

    Belgrano, Manuel

    Memorias

    Epistolario

    González, Julio Carlos

    El Gral. Roca y el despojo de la Patagonia

    Lombardo, Daniel

    El último testigo

    Manrique, Jorge

    Coplas a la muerte de mi padre

    Mitre, Bartolomé

    Historia de Manuel Belgrano

    Arengas

    Pigna, Felipe

    La guerra de la Triple Alianza

    Orwell, George

    1984

    Sun Tzu

    El arte de la guerra

    Wikipedia

    Combate de Monte Tumbledown.

    Conferencia del Capitán de Navío (R) VGM Carlos Daniel Vázquez, en San Miguel de Tucumán, Argentina, 2014.



    URL de esta publicación:

    OPINIONES Y COMENTARIOS