Los amores de Ámbar y Guadalupe

Los amores de Ámbar y Guadalupe

Los amores de Ámbar y Guadalupe

I

¡Glock! ¡Glock!

—¿Te creíste lo del pañuelito verde, lesbiana de mierda? Saludos de Dios, hija de puta…

«Hija de puta» fue lo último que Ámbar escuchó. En realidad, lo último que escuchó fue el estampido del arma al disparar la bala. El golpe del proyectil la arrojó hacia adelante. Cayó de bruces, inconsciente. Pero no fue un disparo sino dos. ¡Pum! ¡Pum! Por la espalda, a la altura del corazón. El primer disparo atravesó el músculo, el pulmón y se encaminó al corazón, a perforarlo, girando sobre su eje. Llevaba la muerte en la punta; bala punta hueca, un champiñón de plomo a seiscientos kilómetros por hora. ¡Pum! ¡Pum! Un golpe, diría el peruano, como del odio Dios, tan fuerte, ¡yo no sé! Tomá tu muerte y andate, ¡hija de puta! ¡Andate! ¡Acá está tu muerte! Parece que le hubiera dicho el arma desde su negra bocaza, cuando le apuntaba, siniestra, asida por la mano asesina. El dedo jaló el gatillo con pura convicción de macho. Convicción de sicario. Jaló la primera vez. ¡Pum! Y sonó como un grito gutural surgido de un sarcófago negro.

El segundo disparo fue el golpe de un puño negro salido de una muesca más negra, la cisura por donde una condena escapó a estrenar su decisión de muerte entre los tejidos chamuscados. Una herida redondita, una boquita pintada de negro. Tal vez fue ese segundo disparo el que la mandó al piso de geta. Ámbar golpeó contra la baldosa con el lado izquierdo del rostro, que se entumeció violáceo y adquirió la tersura de un fruto a punto de estallar por su exagerada madurez sanguínea.

«Hija de puta». Ámbar escuchó al tipo esa sola vez, pero seguro que lo dijo dos veces. Porque la muerte siempre llama dos veces: una puteada por cada disparo. «Hija de puta». «Hija de puta». Lo de «lesbiana de mierda» fue una simple venganza. Una escupida salida del fondo de la tripa, donde amasaba sus más perversos sentimientos misóginos. Hija de puta y lesbiana de mierda y ¡Pum! ¡Pum! «Las mujeres son una calamidad». A la mierda, punto final para vos, «pañuelito verde».

Ámbar no sabía si estaba viva o muerta. ¡Pum! Recordaba el sonido abriéndose paso para fugar hacia adelante su estridencia. El alboroto a su alrededor le pareció asunto de otra dimensión, el desquicio de un algoritmo que expulsaba sus números en todas direcciones. Ella tosía una confusión roja de sangre y la escupía entre pequeños coágulos que se trepaban hasta la boca desde el pulmón, pasando por la tráquea, que estaba pastosa.

«Presión sanguínea 9/6, presión sanguínea 8/5, presión sanguínea 7/4». «Se nos va, se nos va». ¡Carajo! «Presión sanguínea 6/4». «¡Un litro, mierda, un litro!». «La pierdo, la pierdo». ¡Carajo! Y cien metros para el hospital, tal vez ochenta, tal vez cincuenta. Al quirófano, un pasillo largo como un misterio. Y sobre la cara una luz que la recibía con los brillos abiertos de par en par.

El hombre de blanco fue quien dijo que el segundo disparo tocó el omóplato y se desvió. «¡Por suerte!». Delantal blanco, barbijo blanco, gorro blanco, rostro blanco. Un ángel se pudo haber visto si la luz no hubiera sido tan poderosa y cegara como cegaba, achicharrando las pupilas que luchaban porque los párpados no se vencieran definitivamente.

—Esta mina tuvo un culo a toda prueba —sentenció un enfermero que la miraba con curiosidad mefistofélica.

—Sí tuvo… —asintió el cirujano, que se preparaba para intervenirla.

—Una Glock…

—¿Con una Glock?

—Una Glock 9 mm.

—¿Y vos cómo mierda sabés que fue con una 9 mm?

—Me dijo la naca cuando la levantamos de la calle. —El enfermero hablaba con apasionamiento.

—Le tiraron a matar, che. Andá a saber en qué quilombo está metida esta mina —dijo el cirujano mientras inspeccionaba un pequeño bisturí resplandeciente. Entre sus manos parecía más filoso y brillante que perdido entre toda la metalurgia fría del instrumental quirúrgico. Un brillito se cayó del borde del filo hasta la camilla en que estaba Ámbar, rodó por el piso y se perdió en un rincón donde se desvaneció.

—Es que ahora las minas andan en cualquier quilombo. Por ahí le metió los cuernos al dorima y el tipo la boleteó para que aprendiera. Pero se ve que se confió, porque no le tiró a la cabeza. Habrá pensado «con este fierro la hago mierda» y le tiró al cuerpo. Si le daba en el bocho estaba bien muertita la nena esta…

—Loco, le metió dos tiros, no fue para saludarla, la quiso matar.

—¡Ya lo creo! ¡Glock! ¡Glock!

Ámbar escuchó: ¡Glock! ¡Glock! ¿Quién llama? «Si alguien llama a tu puerta». ¿Sería la muerte la que llamaba «glock-glock», golpeando con sus huesudos nudillos la última trampa de la vida? Esperó que la muerte se hiciera presente porque, como ya fue dicho ceremoniosamente, la muerte siempre llama dos veces, vaya a saber por qué.

¡Glock! ¡Glock! ¿Entonces? Muy simple: estaba muerta y bien muerta. ¡Adiós amor, adiós! Y Guadalupe creyó sentir sobre su frente y sus labios los cálidos labios de su amor, en un último saludo de despedida. ¿Llorar? Imposible, estaba como seca, desierta de lágrimas que tal vez se habrían agotado entre tanta sangre que llenó el pulmón colapsándolo.

De su muerte se convenció al sentir unos vapores que le tocaban la espalda como si se tratase de un hisopo de hebras de nube. Entraban por el hoyo que organizó la bala al penetrar y parecían hurgar el tejido del pulmón, que había adquirido un color violáceo oscuro. Luego fue ese tubito largo que entró hasta el pulmón y por el que un líquido negro-rojo salió con desesperación, haciendo ruidos de burbujas espesas como sangre para el chocolate de todos los muertos.

¿No lo dijo el enfermero hacía un momento? «Bien muertita la nena esta». ¡Y ella que creía escuchar un canto gregoriano que llegaba desde la intensa luz blanca que pasaba sus párpados como si fueran apenas de papel biblia!

«Parabellum, parabellum», una voz recitaba en latín como si estuviera en misa.

«Parabellum, parabellum», repitió.

Y de lo que quedaba de su memoria, mientras un poderoso somnífero la trasladaba a un lugar desconocido, surgió una línea de palabras, tal vez un verso o un fragmento de un verso, que le dijo susurrando hasta desvanecerse:

«Leche negra del amanecer la bebemos al atardecer».

Vio la leche negra del amanecer servirse en un púlpito también negro, en unas tacitas de porcelana tan delgadas y tan transparentes que le hicieron creer que se romperían apenas las tocaran. Al púlpito se llegaba por una pequeña escalerilla que parecía confeccionada con unos huesitos insignificantes, tal vez de niñas púberes muertas luego de ser violadas.

«En la casa vive un hombre que juega con la serpiente que escribe», se oyó el sermón del cura que servía la leche negra y que parecía un cuervo desde el púlpito oscuro, mientras un hombre sin rostro blandía una serpiente calibre nueve milímetros que se dejaba mecer de un lado al otro en señal de dominio y de poder sobre los símbolos del mal y su crujiente mordedura de plomo.

Ámbar se durmió asumiendo que morir, después de todo, era algo tan natural como beber la leche negra del amanecer ese atardecer por la gran avenida, cuando sonó: ¡Glock! ¡Glock! La muerte dos veces desde su espalda hasta el pecho abierto, algo por encima de su seno izquierdo, como una escarapela negra.

***

II

Ziploc

En la callejuela había un humo blanco. Era un tufo que no tenía nada de raro y que se desprendía de una alcantarilla en la esquina más alejada del departamento. Era simple vapor de agua, pero para Ziploc, como se lo conocía, era un misterio interesante sobre el que le gustaría indagar en profundidad oportunamente. Claro que para ello debería disponer de más tiempo; las ciencias exactas no eran su fuerte. Tampoco las sociales.

Miraba desde la ventana donde estaba asomado el humito y las raras formas que adquiría al ascender. Descubría en ese insinuante movimiento ondulatorio algo de femineidad. Pero esa apreciación duraba apenas lo que un suspiro. Para él, todo lo femenino era efímero.

Al cabo de unos minutos de observación se preguntó: «¿Por qué subirá el humo?». Fue un interrogante que se formuló totalmente ajeno a las leyes de la física. Y, luego de un instante de reflexión, se respondió con absoluta seguridad: «Porque lo dejan». He ahí el meollo del asunto. Donde el orden no existe, la anarquía cunde a voluntad.

Ahí estaba ese humito desgraciado, dándole la razón, escapando entre los barrotes de la pesada alcantarilla de hierro fundido, ascendiendo displicente, dando vueltas sobre sí mismo y girando como una espiral alegre hacia el cielo, adonde no podría entrar por ninguna razón si las cosas conservaran el orden natural que habían perdido.

Para Ziploc todas las cosas malas ocurrían porque alguien permitía que así fuera. Y no se refería a Dios, en quien «casi-casi» había dejado de creer hacía algún tiempo («casi-casi» respondía cuando alguien le decía de su posible ateísmo), algo que ocultaba rigurosamente a sus hijos, de los que no quería que imitaran su gástrico ateísmo. Porque lo suyo, según dijo en cuanto lugar pudo, era una simple «cuestión de estómago: yo a este Papa no lo puedo digerir».

El ascenso al trono de Pedro de un papa comunista lo había alejado para siempre de las formalidades de la religión. La blasfemia papal no tenía atenuantes. «Los cardenales se lo permitieron, por eso un comunista es Papa». El cardenalato lo había decepcionado profundamente. Y eso que él había confiado en ellos durante casi toda su vida. Los asuntos de los abusos contra niños nunca le parecieron más que propaganda comunista, un embrollo de penes y anos inventado para desprestigiar a la Santa Iglesia. Pero como la Santa Iglesia no se defendía a sí misma, cualquiera podía andar repitiendo falsas acusaciones por donde se le placiera con la bendición del papa comunista. ¡Qué anticristo! ¡Qué anticristo!

Para colmo era un papa salido del fin del mundo, con todo lo que ello implicaba. Seres más parecidos a los primeros primates que a los ascendidos a una raza superior. Vagos, planeros, piqueteros; vivillos de toda laya; mujeres procaces embarazándose para cobrar unas ruines monedas de la asistencia social; rufianes merqueros; la «argentinidad al palo». Toda una fauna criolla.

¿Qué podía salir de todo eso? El anticristo en persona. Y no lograba explicarse cómo todavía un cardenal, o el secretario de un cardenal, o un chupa cirio de un cardenal, de esos que corren por las sacristías como ratones negros de ojitos rojos, no lo había hecho beber el tenebroso té de la muerte, el que le dieron al otro papa que se pasó de vivo. Y así le fue.

¿«Habemus papa»? Dulce y oscuro té de la muerte: «non habemus más papa».

Si el gobierno verdadero de las cosas del mundo opinara que el humo no podía ascender porque eso era violatorio de una ley, incluso la más absurda de todas, habría la suficiente cantidad de voluntarios dispuestos a impedir que el tufo siguiera saliéndose con la suya. Y el humo dejaría de ascender libremente. De eso estaba completamente seguro. No había en todo el universo ni un solo humo que se atreviese a romper el mandato de quedarse bien quietito en su maldito agujero de la alcantarilla, si estaba en presencia de un grupo decidido a hacer cumplir la ley a como diera lugar.

«Si los cardenales se hubieran comportado como hombres y no como maricas», mascullaba, «no habría un papa comunista y mucho menos esa runfla de piqueteros que marchan con su apoyo. Todo patas para arriba. Todo».

La solución era sencilla: solo había que hacer cumplir las leyes naturales. Volver a la ley. Imperiosamente. Si era por las buenas, mejor, se ahorraba energía, algo muy importante en los tiempos que le tocaba vivir, en los que el costo de toda energía se había multiplicado por cinco, por seis, por diez, al infinito. Ahorrando energía quedaría tiempo para alguna otra misión disciplinaria.

Pero si debía hacerse respetar la ley por las malas, ¡bienvenido fuera! Palo y a la bolsa. Siempre quedaba el recurso de métodos más agresivos de convencimiento. Un bonito bate de béisbol («Ziploc» adoraba el sonido de la madera rompiendo los huesos), una abundante y contundente descarga eléctrica en zonas muy sensibles (testículos en los hombres, vagina en las mujeres, en ambos el recto), o un calibre poderoso, una Magnum .357 apoyada en un ojo y amartillando ruidosamente el arma para que a la chabona o al chabón (desde hacía un tiempo siempre había que hablar en femenino y en masculino para que nadie se sintiese discriminado) no le quedara ni media duda de sus intenciones.

Para llevar adelante todo tipo de empresas, desde altruistas a absurdas, lo que sobraba era gente dispuesta. Siempre hay gente que necesita ganarse el pan de alguna manera. Eso era mejor que vender droga. Aunque vender droga también era un trabajo digno si era para la Agencia. El mundo capitalista tenía esas cosas y había que aceptarlo tal y como era. Él adoraba el capitalismo salvaje, le iba a su medida, como un traje de confección. El Estado de bienestar era como arrellanarse entre las tetas de una prostituta obesa. Por eso votó al presidente, aunque nunca le había podido entender ni jota cuando hablaba. Siempre parecía que tenía una papa en la boca y tampoco elaboraba bien sus discursos. «Es lo que hay», se dijo y se sintió conforme.

Siempre habría gente de a pie, gente común, gente como él, gente dispuesta a todo servicio; solo había que saber encontrarla y, para eso, «Ziploc» era un especialista. Había reclutado una bandita de lúmpenes que eran capaces de cualquier cosa. Criaturas encantadoras, sin moral ni principios, como le enseñó aquel jefe en alguna oportunidad.

El salvaje grupete merodeaba en las noches como los lobeznos ansiosos de aventuras sangrientas. Adoraban ir a tirar piedrazos a las marchas por la aparición con vida de Maldonado, pintar el Cabildo, romper vidrieras, golpear gente, manosear «pendejas» y escupir «pendejos». Trabajadores full time, nada de llorones proletarios reclamando por paritarias libres, horas extras, aguinaldos mal liquidados. Otra gente. Gente de bien.

Detestaba esos vagos y haraganes de todo pelaje, indiferentes a cualquier empresa por más atractiva y bien paga que se presentara. Solo querían holgazanear y beber cerveza y fumar marihuana. Especialmente los jóvenes eran de ese tipo. Aunque el defecto peor que encontraba en la juventud no era su haraganería, sino su licenciosa vida sexual.

Los había visto con sus propios ojos y en todos lados. Así que su juicio no se basaba en puros chismes.

Muchachos con muchachos y mujeres con mujeres. Una verdadera inmundicia. Cuando no sexo grupal, como hacen el coito los monos en África. Y no solo los monos.

«Ziploc» había sido educado en la más rigurosa disciplina. Así que esa tarde-noche estaba de muy mal humor porque lo habían mandado a bichar la «marea verde», la movilización de las abortistas.

Pendejas alborotadas, lesbianas liberadas, homosexuales impúdicos, bisexuales escabrosos, travestis escandalosos, toda esa «fauna», como la describía, que lo inquietaba y que pasó a su lado no una sino cientos de veces. «Eran miles», se dijo decepcionado. «Pero miles-miles». Y, para colmo, «lleno de pendejos zurdos».

—¿No era que los habíamos matado a todos? —preguntó una tarde a sus compadres mientras jugaban al truco.

Lo miraron con algo de asombro, siguieron relajeando las cartas y ninguno quiso responderle.

Cuando los veía desfilar se desilusionaba del futuro de la humanidad. Se interrogaba sobre el destino de la vida humana sobre el planeta Tierra. ¿Tendría porvenir el ser humano degradado de ese modo? No lo creía. Y todo era culpa del ascenso del papa comunista al trono de Pedro. Si el anticristo llegó tan lejos, nada ni nadie podría impedir sus perversos designios.

Así que desde que volvió al lugar de reunión solo tuvo tiempo para su pesimismo y para observar ese maldito humito subir y subir en dirección al cielo, donde se desvanecía para ocultar su presencia.

Cuando ingresó el viejo sicario le preguntó por cómo andaba de su optimismo ese día.

—Soy pesimista por naturaleza —respondió sin dejar de mirar por la ventana.

—Schopenhauer.

—Que te recontra —respondió Ziploc, que no tenía la menor idea de quién era Schopenhauer.

—Gracias —el viejo tomó el insulto como una verdadera alabanza.

—¿Volvió «Foreign»?

—Todavía no. ¿A dónde fue?

—Le dieron un laburito fácil.

—Entonces le salió para la mierda. «Foreign» no puede hacer nada bien. Todo lo jode.

—Sé optimista.

—No puedo. Soy pesimista por naturaleza. Además, no es un problema de optimismo. ¿De qué calibre era el trabajito?

—Nueve milímetros.

—¿Glock?

—Sí, Glock.

—¿Por qué joden con la Glock? Seguro que la cagó. Estoy seguro.

—¿.357? Mucho ruido.

—Bah… Magnum .357. Y asunto arreglado.

—Si falló, no cobra —aseguró el viejo—. El jefe quiere productividad. Paga por fiambre; si no, no paga.

—Otro pelotudo. Un día me va a agarrar torcido y le voy a meter la planilla de la cosa esa en el culo.

—Excel.

—Sí, en el culo de ese.

—Excel, planillas de Excel. Así se llama el programa.

—¡Qué carajo me importa! —Se alejó de la ventana solo por un momento y dejó de prestar atención al humito de la alcantarilla. Miró al viejo a los ojos. El viejo sonrió tranquilamente y prendió un cigarrillo. Ahí estaba otro humito tan indecente como el primero. Las cosas ocurrían a su alrededor y confirmaban sus sensaciones.

—¿Quién era el beneficiario del trabajo?

—La pareja de la hija lesbiana del coronel ese que mataron en el norte, cuando lo de la momia —explicó el viejo.

—¿Esa yegua hija de puta? Cómo el mundo no va a estar para la mierda. Hija de un coronel y lesbiana.

—Mejor no opino —el viejo se reservó la opinión.

—Yo opino… Total, ¿a quién le importa lo que yo opino? ¿Mandaron a «Foreign»? La cagó seguro. Si el importado es abortista. No puede matar una lesbiana, ni un puto, ni un travesti, ni nada de nada. Se fue al INADI a llorar con otros putos. Después lo va a ir a consolar el «jefe».

—Nada contra el jefe, Schopenhauer. Las paredes oyen.

—Seguro que la cagó.

—Sé optimista —insistió el viejo.

—No puedo. Mano de obra extranjera; así la industria nacional se va al bombo. ¿Adónde era el laburo?

—Ni idea.

—¿Le explicaste?

—¡No! Desde aquella vez que le dije al grandote cómo trozar al trabuco adentro del freezer para no ensuciar con la sangre y lo dejó escapar, no abro más la boca.

—Otro hijo de puta. ¿A ese lo agarraron?

—Que yo sepa, no. Pero yo no me meto donde no me llaman.

—Volvé, «Pérez y Pérez». ¡Te perdonamos! —clamó Ziploc.

—Ese no vuelve más, olvidate. Dicen que lo mandaron de gira por todo el mundo. Esa sí que es vida. Si él estuviera, «Foreign» estaría pelando bananas en su país.

—Este país se va a la mierda.

—Ajá. Pero de eso hace mucho. Te avivo de que «Foreign» tiene cuña arriba. Ya te imaginás quién lo trajo.

—El papa. Lo mandó el papa para cagarnos la vida.

—¡Dejate de joder con el papa!

Sonó el celular del viejo. A Ziploc esa música lo alteraba.

—Ponele un sonido decente, viejo.

—¡Yarap! —exclamó, exigiendo silencio.

Ziploc cayó por no mandarlo a la mierda.

El viejo escuchaba atentamente y solo movía la cabeza afirmativamente.

—Chau, chau —dijo y cortó la comunicación.

—¿Adiviná?

—La cagó.

—La cagó.

—¿No te lo dije?

—Dos tiros. Uno perforó el pulmón y el otro rebotó en el omóplato.

—¡Pero era a la cabeza! ¡Dos a la cabeza! Como a la quiniela. ¡A la cabeza, «Foreign» pelotudo! ¡Pelotudo! ¡A la cabeza!

—Por ahí no sabe qué es una cabeza; total, él no la usa nunca.

—¿Y ahora?

—¡Ja! ¿Y ahora? Y ahora te quiero ver.

***

Gloria

I

—¿Aquello que se ve es la casa? –Preguntó Faustino.

Desde donde él podía observar la modesta construcción no le recordaba el hogar del que habían partido hacía ya un buen tiempo. La arquitectura fue cambiada y su entorno extrañamente mutilado. Los frutales habían sido cortados desde la base del tronco y no quedaba ninguna de las plantas florales que la madre de Faustino cultivaba con gran cuidado. El lugar no solo lucía diferente, sino desolado.

—¿Aquello que se ve es la casa? —preguntó Faustino.

Desde donde él podía observarla, la modesta construcción no le recordaba el hogar del que habían partido hacía ya un buen tiempo. La arquitectura fue cambiada y su entorno extrañamente mutilado. Los frutales habían sido cortados desde la base del tronco y no quedaba ninguna de las plantas florales que la madre de Faustino cultivaba con gran cuidado. El lugar no solo lucía diferente, sino desolado.

Apenas un árbol raquítico se alzaba próximo a la puertita de entrada. Un árbol que no había brotado allí, que parecía haber sido insertado ya muerto. Una forma de tótem macabro que señalaba algo que la mayoría de los lugareños no podían comprender, aunque se hubiesen esforzado para ello.

Unos perros famélicos iban y venían, desesperados por el hambre que los obligaba a vagar de tacho en tacho oliendo la basurita. Una pila de papelitos mojados parecía un mojón señalando el punto de llegada a una nueva hambruna, de esas que habían conocido años atrás cuando el descalabro se apoderó de la vida de todas las personas. Fue entonces que la rebelión ganó las calles y el gobierno cayó como una breva demasiado madura.

—No parece ser —respondió Rudecindo, que tampoco estaba seguro de lo que veía.

Después de que cruzaron el Paraná con su preciosa carga, todo el grupo fue dispersado. Otro grupo, que no estaba vigilado por los alcahuetes de la Agencia, se hizo cargo de la custodia del Ilustre. Ellos dos no alcanzaron a conocer a sus integrantes; el jefe decidió despedirlos antes de que se produjera el relevo.

El hermano de Bado había sido despachado tiempo antes, cuando recibieron la noticia de su asesinato junto con la orden de enviar al muchacho a un lugar seguro. Nadie sabía adónde había sido llevado. Era un sobreviviente que había que proteger.

Faustino y Rudecindo cruzaron el Paraná en numerosas ocasiones; si hasta ellos perdieron la cuenta de las veces que pasaron de una orilla a otra, en un punto u otro de las costas. Después anduvieron un tramo a caballo, otro en camión y, finalmente, en tren, hasta culminar el viaje en la terminal ferroviaria, que mostraba un bruto contraste. Mientras el edificio recuperó su antiguo esplendor oligárquico, decenas de familias sin techo se acomodaban en rincones poco visibles para esconder su pobreza y bandadas de pibes corrían de un lado al otro del inmenso hall ferroviario bajo la atenta mirada de los policías. Afuera, las mujeres paraguayas vendían chipá y las bolivianas sus tortillas a las brasas. Los puestos de las mujeres se extendían desde la avenida hasta la terminal de micros, invitando por un precio módico a un desayuno al paso que algunos obreros disfrutaban con un mate cocido bien caliente y azucarado.

Sin un peso en el bolsillo, Faustino y Rudecindo, muy a su pesar, debieron renunciar al desayuno. Desde la terminal del ferrocarril tuvieron que caminar más de diez kilómetros para llegar a una encrucijada acordada, donde los recogió un paisano que les prometió arrimarlos a su barrio en el suburbano oeste del Gran Buenos Aires. También les dijo que no tenía autorización para llevarlos hasta el interior de la barriada.

—Ajo y agua —dijo Faustino.

—Ajo y agua —repitió Rudecindo resignado.

El viaje se hizo largo y tedioso. Las calles atestadas de automóviles hacían el tránsito lento y el calor pronunciaba el tedio que embargaba a los dos muchachos. Cuando llegaron a destino, se saludaron con el hombre, quien se despidió sin hacer ningún comentario.

Donde empezaba la calle que llevaba al barrio, descendieron de la camioneta que giró en «U» para retomar la ruta por donde había venido y salir por ella hasta la ciudad, adonde debía cumplir con algunos mandados que la Logia le había encomendado.

Los muchachos caminaron por esa calle de tierra que estaba más reseca que nunca, como si el sol se hubiese empecinado en cocinarla. En la superficie, una arenisca marrón que el viento levantaba fácilmente se arremolinaba en una danza circular. Eran círculos en ruinas, uno dentro del otro, circuitos que apenas ascendían llevados por el viento caliente; se desmoronaban sobre sí mismos y se esparcían en minúsculos fragmentos.

Debajo de ese polvo que bailaba arriba y abajo hasta desaparecer en su desmoronamiento, una masa caliente y compacta de tierra y piedra se afirmaba como un verdadero contrapiso. Roca madre dura, madre roca, aleada a la primordial materia con que la patria fue hecha en épocas remotas, mucho antes de que la mazorca cortara los pescuezos con sus espadas dentadas cuando el Restaurador. Mucho antes, pero mucho antes. En un tiempo que ellos no podían ni siquiera imaginar.

Faustino escupió y la calle chupó la saliva hasta desaparecerla por completo. La desesperación del suelo lo puso al tanto del tiempo que hacía que no llovía. Y cuando no llovía por un lapso prolongado, las cosas en el barrio se ponían difíciles porque el calor se hacía insoportable dentro de los ranchos. Eran tiempos donde el agua escaseaba y por todo refresco había unas tapas de cartón duro que se usaban como rústicos abanicos con los que se apantallaban las abuelas que, a su vez, apantallaban a los niños más pequeños. También se los usaba como aplastamoscas, muy útiles para deshacerse de los insoportables insectos, así que los abanicos quedaban salpicados de unas manchas rojas y negras que no eran sino el retrato de las moscas aplastadas.

Cada tanto y a medida que avanzaban, algún pibe salía de entre las sombras de las casillas de chapas alquitranadas o de los fondos de los terrenos donde crecían altos los yuyales y los miraba con atención, como si fuesen dos completos desconocidos. El piberío no tenía memoria de ninguno de los dos, tal vez porque realmente no los recordaba o porque estaba demasiado ocupado en rebuscárselas para comer algo antes de ir al comedor a llenar la barriga con guiso, pan y agua. Faustino y Rudecindo, si los invitaban, no se negarían a comer el guisado, aunque solo fuera rascando el fondo quemado de la olla. Hacía más de un día, casi dos, que no probaban ningún bocado.

Se detuvieron frente a la casa. Un famélico perro ladró por compromiso, despreocupado en realidad de la presencia de los visitantes. Dio dos vueltas buscando su cola y luego se quedó tendido, como si estuviera demasiado abrumado por el calor y satisfecho de su alerta; indiferente, se echó a dormir como abombado.

Los muchachos se convencieron de que esa casa en nada se parecía a la que dejaron cuando fueron despachados a la misión junto a «La Reliquia». Ni su forma era la misma, ni la puerta, ni las pequeñas ventanas que miraban a los lados del lote, y los dos perros que salieron de ella y se acomodaron al lado del otro que dormía desentendido de la situación no eran los que la familia criaba desde cachorros. Estaban tan muertos de hambre que no podían ladrar; apenas gemían y se tendieron también, como si hubieran desfallecido del hambre y el calor.

Una mujerona gorda y petisa salió de la casa. Escondía tras de sí una especie de garrote corto, como si ese palo pequeño pudiera resultar un disuasivo efectivo contra esos dos muchachos jóvenes y fornidos. Más atrás se asomaba un niño pequeño, tal vez de dos o tres años, algo rubio, despeinado y con la cara llena de mocos resecos. Pero era difícil acertar su edad, porque los niños, por mal nutridos, solían ser de talla muy pequeña y sus cuerpos no se correspondían con su edad cronológica.

—¿Qué buscan? —gritó la mujer con cara de pocos amigos.

—¿Doña Gloria? —preguntó Faustino.

—¿Gloria? ¿Gloria la misionera?

—Sí, señora.

—¿Vos sos el Tino?

—Sí. ¿Me conoce?

—¿No sabés quién soy?

—La verdad que no.

Y, en verdad, no tenía ni la menor idea de quién se trataba. Estuvo tentado de preguntarle qué pasó con los frutales y las flores, pero prefirió callar porque la mujer solo le inspiraba desconfianza y, cuando a él lo ganaba la desconfianza, no había forma de sacarle una palabra buena.

—Tu mamá se fue a vivir a las quintas.

—¿A las quintas? —gruñó malhumorado.

—¿Qué dije?

—Pero es raro que haya querido meterse ahí.

—Nene, ya lo dice el refrán: «la necesidad tiene cara de hereje». ¿Cuánto hace que no la ves, que no te ocupás de ella? —le preguntó con maldad la mujer, reprochando al muchacho que no supiera qué había sido de su madre.

—Y… hace un tiempo que no la veo ni tengo noticias de ella, doña.

—Estuviste perdido, se ve, boludeando por ahí, seguro.

—No perdido, doña, trabajando. ¿Por qué dice que anduve boludeando?

—Porque es lo que hacen todos. ¡Trabajando! Como si yo fuera una nena de pecho. ¡Trabajando! ¡Claro! ¿Cómo va a andar boludeando un tipo importante como vos!

Calló de golpe y miró fijo a Rudecindo.

—¿Y vos quién sos? —le preguntó como si tuviera autoridad para el interrogatorio.

—Rudecindo Pérez.

—Rudecindo Pérez… —repitió la mujer con una sonrisita cínica—. ¡Rudecindo Pérez! —exclamó con sorna.

Luego volvió la vista hacia Faustino.

—Ya les dije lo que sé. Doña Gloria se fue a las quintas. Yo le compré este rancho de mierda que arreglé como pude. Una pocilga. Desde que le compré no la volví a ver. Llegan noticias al barrio porque hay gente que va a las quintas a buscar sobras de verduras, pero yo no me ando con chismes de gente que no es de mi amistad.

Faustino se mordió la lengua para no putearla. No había cosa que más lo molestara que alguien hablara mal de su madre o de algo que a ella pertenecía. El rancho era humilde, pero nunca fue una pocilga.

—¿Y a qué lado de las quintas ha ido? —preguntó el muchacho como si no hubiese escuchado los insultos.

—Eso no sé y tampoco me interesa. Vayan para allá y, cuando lleguen a la entrada, le preguntan al puestero por dónde está su rancho. Él debe poder indicarles porque sabe de memoria dónde viven los tanteros y también conoce a todos los cirujas del arroyo.

Apenas terminó de decir estas palabras, la mujer se metió dentro de la casa y no volvió a aparecer. Cada tanto el niño se asomaba por la puerta y volvía a meterse, como si jugara a las escondidas con los visitantes.

Faustino y Rudecindo saludaron por compromiso y empezaron a caminar hacia la zona de las quintas. A esa hora el calor abrumaba.

Faustino la habría puteado luego de dar unos pasos, pero el amigo se lo habría impedido. Se ahorró el trabajo y se guardó la puteada para mejor ocasión.

II

Ninguna otra persona caminaba en dirección a las quintas. Solo ellos dos, que lo hacían arrastrando los pies como sonámbulos. Desde que dejaron la casa que creyeron suya, pero que ya no lo era, y mientras duró la marcha hacia la entrada de la zona de los quinteros, ni un solo perro salió a su encuentro. Hasta las moscas habían buscado refugio en los pocos árboles que se habían salvado de las hachas. Todos los demás tuvieron destino de leña para calentarse. La electricidad era demasiado cara y el gas en garrafa solo se usaba para cocinar. Para pasar el frío, leña cuando se la conseguía, o mucha ropa si se la tenía.

Para conseguir la garrafa social había que caminar muchos kilómetros. Era un trabajo del que se ocupaban los pibes. Un carrito hecho con lo que se conseguía era tirado por más de dos niños hasta la despensa o el depósito donde las vendían. Y no era raro que, cuando llegaban al lugar, ya no quedaran y debieran volver con sus carros vacíos a la casa.

Cuando no se conseguía la garrafa social y no había dinero para pagar la de venta general, tres o cuatro veces más cara, entonces debían usar leña para calentar las inmensas ollas en las que se cocían los guisos, que eran la comida del día. Por eso todas las mujeres tenían las piernas quemadas hasta la altura del fuego de las parrillas.

Las ollas se apoyaban en unas grandes y fuertes parrillas de hierro de una altura que llegaba más o menos hasta las rodillas. Las piernas de las mujeres, de allí para abajo, lucían esas quemaduras que se repetían en manchones rojos, marrones o negros, de acuerdo con la profundidad de la quemadura. La piel estaba reseca y muchas ampollas viejas y nuevas distribuían un rosario de lastimaduras que era distintivo de todas ellas. Ni hablar de las quemaduras de las manos. Todas las mujeres tenían sus manos muy quemadas.

No eran pocos los pibes que lucían sus propias quemaduras cuando un carbón encendido saltaba contra ellos y les quemaba las patas, o cuando, por meter la cuchara en la olla, hundían la mano en el guisado hirviente.

Los hombres no solían ayudar en esas tareas. Despotricaban que era cosa de mujeres preparar la comida y todos los asuntos de la vida cotidiana. Algunos se habían integrado a las organizaciones sociales y hacían trabajos de zanjeo o albañilería, dependiendo de las obras que los municipios o la gobernación proyectaban. Otros salían a buscar changas o se quedaban, las más de las veces, merodeando por la barriada sin hacer mucho, tomando cerveza y hablando de cualquier tema.

El rancho del puestero era muy pobre y tenía aspecto de tapera. Amarrado a un tronco seco, un maturrango rumiaba unos pastitos amarillos con desgano. Unos tábanos jodidos lo picaban a mansalva y el caballo los espantaba con su cola con el mismo desgano con que mascaba los pastos.

Faustino y Rudecindo llamaron golpeando las palmas de sus manos. Los dos lo hicieron. El ruido de las cuatro manos llamó la atención del hombre, que salió al instante, pero el caballo debía de ser sordo porque ni se mosqueó con el ruido. El hombre miró con atención a los muchachos y se comportó distante y seco, como si no los conociera o, en realidad, no le causara agrado verlos parados a la puerta de su rancho.

—Buen día —saludó desde la puerta de la choza.

—Buen día, don —respondió Faustino, que siempre llevaba la voz cantante.

—¿Qué buscan? —El puestero miró al piso y dejó de observar a los jóvenes.

—La quinta de doña Gloria.

—¿Quién lo pregunta? —preguntó el hombre, desconfiado, sin levantar la vista del suelo.

—Su hijo.

—¿Vos sos el Tino?

—Sí, señor. ¿Me conoce?

—Y el otro, ¿quién es?

—Rudecindo, señor. Rudecindo Pérez.

—¡Ah! ¿Vos sos el Rudecindo Pérez? —dijo el hombre, intrigado, como si nada.

Rudecindo se quedó pasmado. También la mujerona de la casa había reparado en su nombre, pero más que con sorpresa, con cinismo.

—¿Por qué lo dice?

El hombre ignoró la pregunta. Sin levantar la vista del suelo, habló pausadamente.

—Acá no la van a encontrar a la señora esa, si es la misma de la que hablamos.

—Pero si usted sabe mi nombre, sabe que soy el hijo.

—Casualidá, m’hijo, pura casualidá… Yo, saber, no sé nada, por eso llegué a viejo.

—Una vecina me dijo que había venido para este lado.

—Pero el patrón a una vieja que vino no la dejó entrar.

—Estas son tierras fiscales.

—Serán, pero acá manda el patrón, que no la dejó entrar. ¿No ve la entrada? El aviso dice claramente: “No entrar, propiedá pribada”.

Faustino leyó el cartel y esperó un tiempo antes de volver a preguntar.

—Por casualidad, ¿sabe para dónde ha ido?

—Ni por casualidá… Pero creo que la mujer encaró para allá —señaló en dirección al norte—, donde pasa el arroyo.

—¿Dónde desembocan las cloacas?

—Y… debe ser… porque allá el patrón no manda. Son tierras que no sirven para nada. Pura mierda.

—¿Usted la vio?

—El día que vino, pero no me recuerdo mucho. Viene mucha gente a pedir trabajo. Si la he visto, casi ni me recuerdo.

—Dígame, don, ¿recuerda si estaba sola?

—Creo que, cuando la atendí, la seguían dos perros negros, pero no estaba con nadie. Me pidió que el patrón la dejara entrar a las quintas para trabajar como tantera, que ella sabía muy mucho del cultivo del tomate y de otras verduras. Le dije que el hombre no aceptaba mujeres viejas y solas. Mujeres jóvenes sí; mujeres viejas, no. Las mujeres jóvenes aquí siempre encuentran algo que llevarse a la boca; las viejas solo encuentran a alguien que las putee. Pero, como insistió, le di el gusto. El patrón me sacó carpiendo. Me cagó a pedos por preguntar boludeces y me despachó a los gritos. Así que volví donde ella y le dije que no podía entrar. Eso fue todo.

—¿Y se fue para el arroyo?

—Creo. Eso me dijo, pero yo no la vi que fuera para allá. Me volví al rancho y no hablé más con ella ni me ocupé de ver adónde iba. No era asunto mío, y nunca conviene meterse donde a uno no lo llaman. Y ahora casi que ni me recuerdo de ella. Soy flojo de memoria con tanta gente que viene a romper las pelotas a mi rancho. Mejor vayan por donde vinieron. Acá la gente tiene poca paciencia con los extraños.

III

Tanto Faustino como Rudecindo escucharon que el hombre, al marcharse, dijo:

—¡Así que estos son el Tino y el Rudecindo Pérez!

Los dos sospechaban de qué se trataba. Pronto habría cacería y habían mandado a los sabuesos a oler las huellas. Preguntar por sus nombres era la manera de advertir a todos que los estaban buscando y que había que alcahuetearlos apenas se supiera de sus presencias. Pero, en ese momento, solo les preocupaba saber adónde Gloria, la madre, había ido a parar luego de vender la casita del barrio.

No sabían qué camino tomar para dirigirse al arroyo, donde estaban las tierras estériles. Solo conocían aquellos que pasaban por las quintas, pero dudaban de usarlos porque estaban seguros de que el patrón los correría apenas viera que caminaban por ellos.

Debían dar un gran rodeo para acceder a las orillas del riacho. El problema no era cuánto debían desviarse para acceder al lugar donde querían llegar. El patrón había ocupado todas las tierras fiscales, hasta las calles que llevaban hacia allí, cerrándolas al paso de los vecinos. Si no se atravesaban las quintas, no había forma de llegar al arroyo desde ese lugar, salvo que se lo fuera bordeando desde mucho más arriba.

Llamaron al puestero. Pero el hombre no salió nuevamente a la puerta del rancho. A pesar de que insistieron, ya no golpeando las palmas de las manos sino llamándolo a viva voz, el hombre no volvió a aparecer. Por eso, a pesar de sus dudas, decidieron entrar e intentar cruzar las quintas para llegar hasta el arroyo. Si aparecían los matones del patrón, tratarían de convencerlos, de algún modo, de que los dejaran atravesar el campo en esa dirección en busca de la mujer.

Después de andar durante un largo tiempo bajo los rayos del sol por un caminito estrecho que se deslizaba entre las plantaciones, dos hombres les salieron al cruce. Eran de mediana edad, fornidos y con cara de pocos amigos. Estaban sucios y sus ropas también eran mugrientas.

El olor del arroyo llegaba desde lejos, traído por un vientito que se movía hacia ellos con suavidad. Los hombres llevaban cada uno su machete y a Rudecindo le pareció que uno de ellos, el que lucía un pañuelo rojo al cuello, llevaba un revólver mal disimulado debajo de la camisa de trabajo. Los cuatro hombres se quedaron mirándose unos a otros. Eso duró unos minutos que se hicieron lentos y pegajosos. El del pañuelo rojo miró al cielo, como buscando allí una explicación a la presencia de los dos jóvenes. El otro se mantuvo quieto, la mano firme en la empuñadura del machete.

—Por aquí no pueden andar —les dijo sin mediar saludo.

—Buenas tardes, don —Faustino trató de parecer amable—. Vamos al arroyo a buscar a mi madre.

—Por aquí no pueden andar —repitió alzando la voz.

Faustino trató de no dejarse impresionar por la presencia amenazadora de aquellos hombres.

—Estas son calles que van del barrio al arroyo; son parte del trazado del municipio.

—¿Alguno de ustedes dos es el intendente? —preguntó, provocativo, el hombre que llevaba la voz cantante.

El otro sonrió y cada vez aferraba con más fuerza el mango del machete. Cuando un hombre se aferra a un arma de ese modo, es porque está tentado de usarla con urgencia. Rudecindo no le perdió de vista el gesto. No había escapado de todos esos asesinos que buscaban terminar con el ilustre para acabar sus días, justamente el del regreso, entre el estiércol de una quinta de verduras.

—Claro que no. ¿Ustedes dos sí? —respondió Faustino, desafiante.

Rudecindo no pudo disimular su sorpresa por las palabras de su compadre.

—No, somos empleados del patrón, que es el dueño de todo esto, incluidas las calles. Él manda aquí; manda sobre todo lo que hay aquí. Desde una miserable rata hasta los hombres y mujeres que trabajan para él. A las ratas les da veneno y a los que joden los machetea para que aprendan. Él no les da permiso para que caminen por sus propiedades. Ni a vagos ni a curiosos. Si tienen algo que protestar, háganlo por nota a la intendencia. El intendente es un buen amigo del patrón; hacen buena yunta. Ustedes distraen a los tanteros que tienen que trabajar para ganarse el día. Para ir al arroyo vuelvan por donde vinieron, lleguen hasta la ruta y entren por la calle que termina en el basural. De ahí, a no más de mil metros, llegan a la orilla del arroyo. Hay todavía algunas casuchas donde viven unas familias de cirujas piojosos.

Rudecindo, en voz muy baja, le dijo a Faustino:

—Vámonos, hermano.

Faustino vaciló.

—Vámonos —repitió su pedido.

—Ustedes no tienen derecho a impedir que los vecinos caminemos por estas calles —protestó Faustino sin atender ni a lo que los matones le decían ni a lo que Rudecindo le rogaba.

—Ya te dije que te quejés por nota al intendente. Ahora te sugiero que te rajés antes de que te saquemos de una patada en el culo —esa vez fue terminante el hombre del pañuelo rojo—. O te vas por las buenas o te sacamos por las malas.

Rudecindo tomó a Faustino de un brazo y lo arrastró por donde habían venido. Los hombres siguieron con la vista la retirada de los intrusos. Dos muchachas observaban la escena a unos doscientos o trescientos metros. No parecían campesinas. Estaban sucias y andrajosas y daban la impresión de estar perdidas en aquellos laberintos monocromáticos. Miraban en dirección a donde caminaban los jóvenes como suplicando ayuda, pero eso no estaba dentro de las posibilidades de ninguno de los dos.

Cuando habían retrocedido tal vez unos cientos de metros, oyeron que uno de los hombres gritó a viva voz mientras se marchaba:

—¿Quién de ustedes es Rudecindo Pérez?

El otro matón gritó a continuación:

—¿El pendejo cabrón es el Tino?

Ninguno de los dos volteó para ver quién era el que preguntaba y no respondieron a la provocación.

—¡Hijos de puta! —murmuró enfurecido Faustino.

—Nos iban a cagar a machetazos —aseguró Rudecindo—. Vamos hasta la ruta.

—¡Hijos de puta!

—Te gusta pelear al pedo a vos.

—Pero son unos hijos de puta.

—El mundo está lleno de hijos de puta —dijo Rudecindo—, pero si encima están armados con revólver y machete es de muy boludo desafiarlos a mano limpia.

Faustino no respondió a lo que el compadre le dijo.

Durante un tramo del camino se mantuvieron en silencio. Cuando la desgracia se apersona, todas las palabras sobran; son dolores en el cuerpo, paralizan la lengua, nublan la vista y confunden las ideas. Por eso es mejor callar, callar y esperar a que el cuerpo metabolice la desgracia y pueda manifestarse de una manera prudente y razonada.

—Somos famosos, che. Todos están enterados de quiénes somos.

Solo se miraron, pero prefirieron no hablar del asunto.

—Nos estaban esperando —dijo Rudecindo.

—Tal vez por eso la mama se tuvo que rajar a algún lado.

—Seguro. Seguro fue por eso que no la encontramos.

Sonó a consuelo, pero el silencio se ocupó de no desdecir el razonamiento.

IV

—¿Viste las dos chicas esas? —Luego de un buen rato, Faustino preguntó mientras caminaba siguiendo los pasos apurados de Rudecindo.

—Las vi.

—Esas no eran campesinas.

—No, no. Esas eran esclavas para servir al patrón y a sus matones.

—¡Hijos de puta! Nos miraban pidiendo ayuda.

—¿Y qué podíamos hacer?

—Nada, lo sé —resignado, Faustino más que hablar suspiró—. ¡Cómo odio a estos hijos de puta!

—Comparto el odio. —Luego Rudecindo miró hacia atrás. Se aseguró de que no los hubieran seguido.

—¡Vos sos Tino! ¡Vos sos Rudecindo! ¡Hijos de puta!

—Estamos marcados, hermano, por eso hay que ser cuidadosos.

—Lo sé. Hay que avisar.

—Primero hay que borrarse. —Rudecindo fue terminante—. Están esperando que nos comuniquemos para hacernos cagar a todos.

—Yo no me voy sin ver a mi vieja. Quiero saber qué pasó con ella. Eso de que vendió la casa, ¿a quién se lo quieren hacer creer? Y menos que se fue a vivir a ese arroyo de mierda. Soy negro, pero no boludo.

Rudecindo no se animó a decir lo que pensaba. Cuando llegaron a la ruta se detuvieron para descansar un breve momento.

—Sigamos para donde dicen que está la vieja —reclamó Faustino.

—Si vamos ahora al arroyo nos van a hacer cagar ahí mismo. Nos machetean como a perros y nadie se va a dar por enterado. Te tiran entre la mierda del arroyo y no te encuentran más.

—¿Y por qué carajo nadie nos avisó nada? —Faustino estaba enfurecido.

—Porque no pudieron, boludo. Todos deben estar igual. Salvo los que estén muertos.

—¡La puta madre que me parió! ¿Qué vamos a hacer ahora? No tenemos un puto mango. No quiero pensar que le hicieron algo a la vieja.

—No te des manija, es al pedo. Pensemos cómo zafar ahora, pensemos en algo.

El calor no menguaba. Se hacía más pesado a medida que pasaba el tiempo. El olor del arroyo llegaba más denso y las aguas cloacales, calientes por el sol, hedían en todas direcciones.

Tanto Faustino como Rudecindo estaban convencidos de que lo que les dijeron de Gloria era mentira, y los dos lo sabían, aunque no se animaran a conversarlo.

Gloria nunca hubiera vendido su casa para irse a trabajar de tantera en esas quintas. Y menos viviría a la vera del arroyo mugriento, entre cirujas y malandras. Todos sabían lo que ocurría en la finca del terrateniente. El que entraba no salía nunca. Y Gloria era de las más conocedoras de los crímenes de los capangas de esas tierras. Durante años vio bajar de los camiones a las familias que llegaban a las quintas, y en ellas reconocía a los mensú con sus esposas e hijos, como los había visto en su pago, en Misiones: andrajosos, hambrientos y desprotegidos; y, en los últimos tiempos, a familias bolivianas que eran conchabadas para la explotación de las quintas.

En su infancia y juventud convivió con los mensú, los peones de obraje, obreros como esos, parias embaucados por los terratenientes bonaerenses.

Donde nacieron y desde que pudieron trabajar, fueron a hacer de hacheros. Pasaban meses allá arriba, donde la madera imponía sus condiciones frente a las hachas y la vida se escurría como el río, recibiendo de paga apenas unos papelitos ridículos que les acreditaban la mensualidad menos el descuento de las porquerías que les vendía el almacén de ramos generales, propiedad del terrateniente, y por las que siempre quedaban endeudados de por vida. Lo que no se llevaba el patrón y sus baratijas, más caras que en la ciudad verdadera, se lo llevaba la borrachera o las prostitutas que sabían cómo esquilmar a un mensú que bajaba caliente por una hembra que no fuera la esposa y dispuesto a llenar el estómago con una caña barata que lo tumbaba hasta dejarlo inconsciente, mientras las mujeres lo desvalijaban sin piedad.

Los porteños llegaban hasta los mensú con sus falsas promesas de progreso, de buena paga y beneficios imposibles de alcanzar en el obraje. Y los arreaban como animales, los metían en camiones igual que al ganado. Pero no querían solteros, todos buscapleitos con el miembro siempre dispuesto cuando había un par de hembras codiciadas. Los preferían con familia y con hijos, y cuantos más hijos, mejor. La familia y la cría atan a la tierra y al trabajo más inhumano, porque nadie deja morir de hambre a los propios. Así que un trabajador podía transformarse en tantos como hijos tuviera en condiciones de realizar algún trabajo: mano de obra gratis y rendidora, ya fuera para recoger frutilla, enjaular la verdura o cosechar el tomate. Todos terminaban trabajando como esclavos y el padre comprando la mercadería más berreta y cara del suburbio, por lo general grasa y maíz blanco con el que hacer un locro guacho para llenar la panza, aunque no fuera más que con un menjunje chirle y soso.

Casi ninguno de los condenados hablaba argentino, salvo unos pocos que, si no se avivaban de que les convenía mantener la boca cerrada, iban a parar al fondo del arroyo entre todas las inmundicias alguna noche de borrachera. Hacer desaparecer a un hombre era tan fácil como embaucarlo prometiéndole trabajo bien pago y buena vivienda para él y su familia. A la vista de todos estaba el hoyo donde los muertos deambulaban todas las noches en busca de sosiego. El que entraba al hoyo no salía jamás. Los gusanos de las heces se ocupaban de devorarlo durante semanas y esa tortura era peor que la muerte misma. Los desollaban lentamente, pellejo a pellejo, para luego, por las cavidades del cuerpo, penetrar lenta y sistemáticamente por todos los órganos.

A todos los miembros de las familias campesinas les retenían, si los tenían, sus documentos. Eran traídos a esas tierras, para ellos completamente desconocidas, en las horas de la madrugada. Nunca sabían dónde estaban confinados. Eran esclavos. Los que no eran destinados a los trabajos de las quintas eran usados como sirvientes. Las mujeres más jóvenes eran reducidas a la prostitución para servir a los ricachos de la zona. Los que se ponían rebeldes eran descartados.

En los últimos tiempos, la inmensa mayoría de los esclavizados eran familias bolivianas, niños y mujeres por decenas que eran obligados a la recolección de las verduras y a la carga de los camiones, mientras los hombres debían seguir con los trabajos más pesados.

Nunca Gloria se hubiera enredado con esos parásitos de los terratenientes. Pero Faustino tenía una esperanza que Rudecindo no se animaba a contradecir.

V

Tenían un lugar de encuentro donde hacer contacto con la Logia, pero estaba a una gran distancia del barrio. Debían caminar varias horas. Nada aconsejaba hacerlo en plena noche, cuando era más fácil prenderlos y hacerlos desaparecer. Ese trabajo podían hacerlo los narcos, con quienes la policía trabajaba codo a codo.

No había mejor opción que esconderse en algún lugar donde pasar la noche y esperar al nuevo día para reiniciar la marcha hasta el lugar señalado.

Conocedores de la zona, se dirigieron a una especie de parador donde unos curas albergaban familias sin techo y donde se podía pedir refugio sin dar explicaciones. Los sacerdotes nunca las pedían y jamás los delatarían. Entre esas familias era más fácil pasar desapercibidos. No era una garantía absoluta, para nada. Alcahuetes y buchones los había donde se los buscara, y otros, por unos pesos, podían venderlos si se enteraban de que eran buscados por los matones del terrateniente que controlaba las quintas. El patrón podía pagar con alguna moneda o en especies el favor de alcahuetear a un desgraciado al que quería echarle la mano.

Esperaron a que la tarde fuera desvaneciéndose en la noche. Dieron un gran rodeo para luego dirigirse en dirección al albergue. Caminaron por calles que no habían transitado nunca, donde eran observados en todo momento, vigilados en sus movimientos porque resultaban dos desconocidos. Y en esos lugares los desconocidos nunca llegaban con buenas intenciones.

Muchos lo hacían para ofrecer paco, veneno en piedrita, piedrita de la muerte de minúsculo aspecto. Echando un humo de muerte desde una metálica pipa ruda, esparcían su olor por aquí y por allá.

¡Paco! ¡Paco!

Anunciaban con mecánicos gestos, sin pronunciar una sola palabra porque no podían pronunciarla: las lenguas inhibidas, las bocas quemadas. Se comportaban como mimos descoyuntados, arrastraban los pies y dejaban los brazos caer como un elástico podrido.

Solo de verlos caminar, muñecos indecentes, consumidos e indiferentes por la anfetamina de la muerte que tenía un aspecto dulce pero desesperante, se sabía que ofertaban. Aspiraban por un tubito negro, en sus narices, la ley más básica del capitalismo mortal: oferta y demanda. El mercado se expandía glorificando la deletérea mercancía. Ni los tulipanes de Holanda, cuando Ámsterdam fue el centro del mundo, ni el oro de América que corroyó las entrañas de España se equiparaban con el victorioso paco. Barato y mortal, simple y destructivo. Ganancia pura.

¡Gloria mundi!

¡Paco! ¡Paco!

Crisopeya moderna: troca la mierda en oro. La misión suprema: abastecer la demanda. Dinero y más dinero, impreso en sangre, oliendo a tinta de Boudou, pura plusvalía de la muerte, piedra a piedra quemándose en una brasa alucinante, fuego y azufre, brasa de Sodoma, brasa de Gomorra.

Cocían, entre promesas, una nada de cocaína, una resaca roñosa, y lavaban sus manos de dedos quemados en ácido sulfúrico y bebían a tragos un queroseno negro que sospechaba del vidrio molido, pero lo disfrutaba cuando arrastraba sus tajos por la garganta hasta el estómago, y del venenito para matar ratas que se tomaba a los golpes con algo de anfetaminas y menos de analgésicos robados por piratas del asfalto. Deambulaban por el barrio los dealers sin hambre, sin sueño y sin fatiga, eufóricos, eufóricos siempre, eufóricos de alucinaciones en los ojos, en la boca, en la piel, piel de ojeras, humo negro de cigarro negro, sintiendo la muerte salir de su cascarón y romper la monotonía de la circulación de la sangre hasta que volvía la disforia con su máscara aburrida y pesarosa.

Otros, los menos, llegaban bichando si había algo para afanar. Marcaban las casas con unas cruces extrañas, amorfas de cabo a rabo, que recordaban los retorcijones de las ratas rabipeladas cuando el veneno fosforado les quemaba las tripas.

Ellos preferían las casas de los viejos solitarios, fáciles de robar y de matar si la cosa se ponía fulera. Los viejos no tenían fuerzas para nada.

—Lloran como mariquitas —decían—. Lloran como mariquitas, se babean, se orinan y escupen sus dentaduras de tanto quejarse inútilmente.

Ellos lo disfrutaban a mares. ¡Cómo lo disfrutaban!

Los viejos que daban manotazos querían espantar las balas, pero en verdad las invitaban a su destino: un pulmón, el hígado o el corazón, cuando el palurdo no estaba demasiado drogado. Una invitación irresistible.

Si no eran balas, podía ser una faca afilada. Así daba pena ver morir a los viejos desangrándose mientras llamaban a la policía, que había liberado la zona para el saqueo y luego cobraba su cuota de sangre contante y sonante.

También alguna entradera era posible en las casas donde se sabía que había algún trabajador fijo que cobraba quincena. Dos puntazos en la base del pulmón eran suficientes para que el tipo quedara inútil mientras lo desnudaban por completo, porque algunos escondían los pocos pesos entre los testículos o dentro de la zapatilla.

Los demás vecinos eran tan pobres como los malandras y había poco que robarles. Quedaban para el final del trabajo.

De todos modos, y esa era siempre la explicación que daban, unas zapatillas, una campera, algún celular, siempre eran más que nada. No alcanzaría para una buena joda, pero una dosis, aunque más no fuera una pequeña dosis de paco, se podía conseguir vendiendo por unos pesos el botín arrebatado a los miserables.

Por eso los ojos del barrio seguían a Faustino y Rudecindo sin perderles la huella. No parecían dealers, pero ¿quién podía jurar que no lo eran? Los dealers se disfrazaban de lo que fuera. De obreros, de policías, de putos, de sombras, de árboles. De lo que fuera para embaucar a los jóvenes y, en especial, a los niños. Los niños eran un botín preciado.

¡Dejad que los niños vengan a mí!

Droga fácil y barata, carne nueva para algún degenerado que esperaba su libra de carne. La pedofilia hacía estremecer a los hombres de pies a cabeza y vibrar sus sentidos como ninguna otra droga lo lograba.

¡Dejad que los niños vengan a mí!

Era la consigna.

Cuadra tras cuadra. Calle tras calle. Siempre observados y vigilados hasta que abandonaron la zona.

Una pequeña cruz de hierro avisaba la cercanía del parador. De la cruz colgaba un cordón de zapatilla y, en su base, una basura vieja y humedecida obraba como una miserable ofrenda.

Dos viejas estaban a no más de dos metros de la cruz. Parecía que discutían, pero no lo hacían. Gesticulaban, pero no podían decir ni una pequeña palabra. Las palabras se descomponían en sus lenguas antes de poder ser pronunciadas. Caían corroídas de sus labios negros. Como gotones negros, menudencias de una oscuridad lejana, de cuando fueron jóvenes y vivaces y no esos esqueletos parlanchines y mal trazados.

¿Qué clase de construcción era esa que se alzaba a sus espaldas? Una de las viejas quería decir «iglesia», pero no le salían las palabras. La otra movía la cabeza una y otra vez, repitiendo:

—No, no, no.

Tres veces, como corresponde a cualquier negación desde que aquel negó al otro por unas cuantas monedas, si es que en verdad le pagaron por ello. ¿No era que Roma no pagaba traidores? ¿Cuál de las dos era la verdadera respuesta a la traición? Por ello la vieja insistía:

—No, no, no.

Y no esperaba ni un mísero centavo de recompensa.

¿Cómo habría de ser posible que una iglesia se alzase en medio de esos barriales empobrecidos? ¿Y que, por toda señal, una modesta cruz de hierro se hallase en medio del camino, entre las calles que la rodeaban y la puerta de entrada?

No importaba mucho qué perspectiva tuviera cada vieja de la construcción. Allí estaba, a sus espaldas, no como una catedral maravillosa ni siquiera como una verdadera iglesia pueblerina. Simple, como todo lo que por allí se podía ver.

***

IV

Babas de diablo

1

¿Dos disparos? ¿Dos disparos por la espalda? La muerte, en una parábola siniestra, devastando el tejido lentamente. Inercia de la sangre rotando y rotando la bala sobre un eje mortal que cortaba en rojo todo a su paso. Faltaba el aire, los fluidos inundaban con dolor el diminuto tórax. Ámbar caía, rodaba y un péndulo loco se bamboleaba esperando, apacible, la inminente desgracia. Advirtió la muerte viajando en el pequeño trozo de plomo que había adquirido el aspecto de un champiñón malvado. La punta tocaba la piel y la cortaba, tocaba el músculo y lo cortaba, tocaba el pulmón y lo cortaba, y una magia del péndulo indulgente, en su movimiento de un lado al otro, desvió la bola caliente por encima de un seno que temblaba entumecido y amoratado. Un milagro, un verdadero milagro.

Guadalupe lloraba. Lloraba. La voz en el teléfono le dijo sin metáforas que Ámbar estaba más muerta que viva luego de recibir dos disparos desde atrás.

—Por la espalda —le dijo y repitió—: por la espalda.

Guadalupe no sabía quién le hablaba y no pudo preguntar quién era.

Le dijo en qué hospital estaba la muchacha medio muerta y en qué cama.

—Terapia intensiva porque está medio muerta.

Luego esperó unos largos segundos para volver a hablar.

—¿Tomó nota? —preguntó la voz, indiferente—. Venga pronto, que la muerte no espera —dijo con cinismo calculado.

—Hija de yuta —se dijo Guadalupe, pero se mordió la lengua para no gritárselo a la mujer que le hablaba por el celular—. Hija de yuta —se repitió, mientras sus lágrimas brotaban a montones—. Maldita yegua hija de yuta.

—No es necesario que anote, no olvidaré esos datos —respondió sin ceder a la provocación.

Del otro lado cortaron la comunicación.

Ziploc reía con una agente que hacía morisquetas estúpidas. Si «Foreign» no hubiera malogrado el asesinato, no tendrían que dedicarse a esa chicana perversa, pero, después de todo, la diversión nunca venía mal.

—Me gusta joder a estas minas de mierda —dijo la agente mientras rascaba su cabeza con fuerza.

Ziploc la miró confundido.

—¿Piojos o histeria? —se preguntó.

Los piojos no lo inquietaban; era tan calvo como una piedra lisa. La histeria lo mal disponía. No había forma de que no se enfureciera cuando presenciaba un desborde histérico. Si se trataba de una mujer, le gritaba. Si, en cambio, se trataba de un hombre, lo golpeaba hasta desmayarlo.

—Las lesbianas son todas unas tipas jodidas. ¡Andá a saber qué mierda tienen en la cabeza!

—¿En la cabeza? —La mujer se rio abriendo su bocaza para mostrar los dientes y una mucosa rara de su lengua mientras señalaba su entrepierna.

Guadalupe no necesitaba anotaciones para ir por Ámbar.

Tuvo que reclinarse contra una pared por un momento para no rendirse. Lloraba. Nadie la consoló. Tomó aire porque se sentía sofocada. Miró el celular, vaya a saber buscando qué cosa en su pantalla.

Recordó a sus madres. Una a una. Caricia a caricia. Momento a momento. Ni qué decir del roce de las manos puras contra la piel tensada por la mala noticia. Si se pudiera describir la sensación, no se la explicaría por un mero accidente. Guadalupe se acogió a ese consuelo salido de un lugar ajeno a lo que conoció hasta entonces.

Llegó el rumor desesperado de Encarnación la loca, socavando el revoque con el ralo taco de su pequeño zapatito roto. Una campanella sonaba entre los bodoquitos de revoque que caían, finitos como una lluvia de amargura, desde lo alto de la pared donde llegaba la mano y el zapato, al piso manchado de tanta lágrima.

A María Piadosa la breve y su consolador barullo familiar: fotos de parientes sin cabeza, regimiento de primos que tenían todos los mismos nombres y los mismos rostros, bailando una música que los musiqueros borrachos sonaban y sonaban ininterrumpidamente con la sonoridad del vino salido de unas botellas grandes como la sed de aquellos hombres. Las dos volvían de sus propias muertes para consolarla. Y tras ellas, las tres babas de diablo: las babas de diablo negras, las babas de diablo rojas, las babas de diablo blancas.

Se sintió dentro del alhajero escondido en el pobre cobertizo de la casa materna, aprisionada en su interior y rodeada de esos trazos cuneiformes que estampó años atrás, cuando era tan niña que crecía apurada, hermosa como ninguna, en los pequeños cartoncitos que amarilló el tiempo, dentro del sobre de seda azul que Amanda cosió para esconder los misterios. Redescubrió esa misma densidad extrema que la agobió potente por entonces, el mismo magma vaporoso que de manera inarmónica estallaba en estremecedoras melancolías. Volvió esa escoria que supuró hacía tanto tiempo, y se abrió paso por los nervios de sus propias emociones, dejando nuevas llaguitas que, tras la quemazón, se enlutaban como trágicas y pequeñas rosas negras de la muerte.

Percibía las hilachas nerviosas de los tejidos desflorados de cuando era apenas una niña diáfana y curiosa. En el escaso alhajero se acomodó con aquellos hallazgos funestos de tejidos sangrados, que perdían la sutileza de unos tules traídos al nacer que se llenaron de martirios y suplicios. Y ahí sintió a Ámbar con sus propios suplicios, con sus propias muertes atravesándole la espalda desde la bocaza del arma hasta la negra boquita en el pecho, escupiendo un plomo ardiente.

Alzó la vista al cielo y vio los mismos cuervos mofándose melindrosos de su nueva desgracia. «¡Lupe! ¡Lupe!», repetían vocingleros como entonces; «¡Lupe! ¡Lupe!», gritaban y hacían sus alones otros muchos rulos negros en las nubes, como entonces. No era otra bandada, ni un poco diferente, era la misma que a coro exhumaba unos crespones lívidos de mal augurio. Llevaban en sus garras un vestidito de novia blanco, de seda transparente, impúdico, y una foto de Ámbar que destrozaban a picotazos entre risas.

La gárgola la miró desde el mismo pedestal mugriento y sintió el toque deicida, la desdicha del ángel sucumbiendo agorero a la fúnebre voltereta que sus visajes buscaban engañar deliberadamente como si no pasara nada más que una bala a través de la espalda y a través del pecho. Y las dos madres consolándola por sus crueles sospechas de la muerte.

Pronto la marea verde pasaría a su lado y debería llevarla al mar de las convicciones. Pero esa tarde todo había cambiado rotundamente.

2

El mensaje llegó por WhatsApp. Sonó como un golpecito aleve sobre una madera distraída. «Hola mi amor». Diez letras para tres palabras importantes. ¿Ámbar le estaba escribiendo?

Guadalupe quiso leerlo una vez y luego otra, quiso y no pudo, no pudo. Estaba como una temblorosa efigie, tan rígida y frágil al mismísimo tiempo. Le temblaban las manos, le temblaban los labios y los ojos no podían fijarse en un punto definido de la pantalla de su celular.

Los golpecitos se repitieron más cínicos que los anteriores.

Leyó, como pudo, los ojos en lágrimas cuajadas de penas: «¿Dónde estás, amor? Te espero. Te necesito».

Llamó al celular de Ámbar. Alguien atendió, pero no dijo «hola» ni «buenas» ni «¿quién habla?».

Guadalupe oía esa respiración, oía ese silencio hecho una empavonada agujita fina que le tocaba el tímpano, penetrando en cada exhalación del aire del que estaba del otro lado de la línea, y que no era (¡no podía serlo!) Ámbar.

—¿Hola? ¡Hola! ¿Quién sos, hijo de yuta? ¿Por qué tenés el teléfono de Ámbar?

—Glock-glock —fue la respuesta.

Guadalupe no entendió el mensaje. ¿Palabras o sonidos?

La respiración seguía sonando como guiada por un metrónomo siniestro. Toc… toc… toc… toc… Inhalación… exhalación… inhalación… exhalación. Un fondo de glock-glock y una bala que se deslizaba por la corredera.

—¿Por qué no te vas a la mierda, hijo de yuta?

—Glock-glock —fue nuevamente la respuesta.

Luego la comunicación se interrumpió.

El tercer mensaje llegó por WhatsApp. Sonó como un rasguño contra un trozo de hierro oxidado.

«Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje», aconsejaba el mensaje llegado desde una ignota región de bronces y panteones.

No lo pudo leer palabra a palabra, fue imposible. Eran crespones que corrían veloces, iban y venían entusiastas como pequeños cuzcos de dientes afilados. Fue letra a letra y unirlas fue difícil por la angustia. Ellas resbalaban por el cautiverio de la pantallita de un lado al otro y exigían que los ojos de Guadalupe las persiguieran para atraparlas y darle significado a ese ruido de fierros arañados, que hacían doler la punta de los nervios como un pellizco brutal con una fina y delgada pinza de tormentos.

La referencia al sobre de seda azul resultó muy precisa. «Sobrecito azul de seda azul». No dudó ni un instante que se trataba de alguien que conocía su pasado y eso solo podía ser posible de quienes frecuentaban al coronel y compartieron sus andanzas. Pero aquello de que «sacá boleto de tren para tu último viaje» no lo entendería hasta mucho tiempo después, cuando asoció la amenaza a la muerte de Amanda.

Las alimañas habían vuelto. Peor aún, como alguien le dijo alguna vez, nunca se habían ido realmente. «Esos no se van nunca», le dijo y la palmeó un hombro para darle un consuelo que no había pedido.

3

Viajar hasta el hospital fue difícil, muy difícil. La marea verde avanzaba hacia el Congreso y las calles estaban atestadas de mujeres. Ese día debía encontrarse con Ámbar para participar de la concentración. El aviso trocó las cosas.

No había colectivos, no podían transitar, y el subterráneo estaba atiborrado. Los pañuelos verdes llegaban y llegaban. La escaramuza de las voces elevaba el invicto verde por encima de las cabezas de las manifestantes. Guadalupe atravesaba el gentío como podía. La elección del día para el atentado no había sido caprichosa.

Desde una caverna del otro lado de la Plaza de los Dos Congresos, una voz de sepulturas salía a su encuentro y le recordaba lo inconveniente que resultaba violar las leyes naturales. Y por eso llegaban los castigos en gotas o a mares. En forma de curare religioso o de golpe sicario sobre una diminuta humanidad desprotegida. Los políticos preparaban su propio castigo desde la alevosía de sus poltronas senatoriales.

Ziploc miraba asqueado el espectáculo verde. A su lado, su compañera, reía y jugaba con las caminantes como si fuera parte de sus luchas.

—¡Qué boludas, estas! —dijo, y codeó a Ziploc, que se mantuvo impertérrito. A él no le causaba gracia y no le daban ganas de sonreír ni de compromiso.

—Esto es muy peligroso —murmuró para luego callar embroncado—. ¿Vos no tenés que seguir a la yegua esa? —preguntó exigente.

La mujer movió la cabeza afirmativamente.

—¿Por qué te dicen Ziploc, chabón?

—¿Chabón? —A Ziploc la confianza le pareció excesiva. Lo molestaba ese trato, pero lo que tal vez más lo fastidiaba era que la mujer no dejaba de tararear esa canción sobre niños. La pregunta de Ziploc la llamó a silencio, dejó de cantar y sonrió despectiva.

—Si “chabón”. ¿Qué te pasa? Si querés te llamo “señor chabón”.

—Es una larga historia.

—Contámela, la quiero oír.

—¿Y vos quién carajo sos para decirme qué te tengo que contar?

—Enriqueta Martí, pa’ servirlo en lo que pida. —La mujer dijo su nombre con inocultable cinismo.

—¿Enriqueta? ¡Qué nombre de mierda! De bruja, sabés.

—¿Vos criticás mi nombre y te llaman como una bolsita de nailon? Si fueras látex te diría forro.

—Pero no soy forro —se justificó Ziploc.

—¿Por qué te dicen Ziploc, loco?

—Por el submarino. Antes me decían “nailon”, pero me jodían con Moria Casán.

—Te jodían con la Moria porque tenés las tetas caídas como ella.

—No, por lo de nailon.

—¿Qué tiene que ver el nailon con el submarino?

—En vez de preguntar boludeces, ¿por qué no mirás que tu mina se raja por Mitre?

—¡Chau “submarino amarillo”!

Enriqueta miró hacia la calle Mitre y salió rápido en la misma dirección que había tomado Guadalupe.

—Esta va a morir con un torpedo en el culo. —Ziploc salió por Sarmiento rumbo a una casa que usaban de refugio.

No había dado más que tres pasos cuando volvió a escuchar con claridad esa canción que empezaba a crisparle los nervios.

4

Enriqueta se anticipó a la llegada de Guadalupe al hospital. Sabía bien a dónde se dirigía la mujer que tenía asignada perseguir. Se acomodó en el amplio hall en una silla junto a un ventanal que daba a un patio interno adornado con plantas artificiales. Desde ese lugar podía escuchar y ver perfectamente. Un lugar de privilegio para lo que iba a ocurrirle a Guadalupe. Ella llegó como llega un suspiro.

Caminó hasta lo que parecía la recepción. El vestíbulo estaba vacío y ella no podía advertir la presencia de Enriqueta, refugiada cerca de una pequeña capilla, donde se oficiaba la misa dos veces al día.

La atendió un guardia de seguridad con cara de pocos amigos. Preguntó por Ámbar.

—¿Ámbar? ¿Ámbar, qué? —No le dio tiempo a Guadalupe a responder y siguió preguntando—. ¿A esta hora viene? ¿Y dice que está internada aquí? ¿Y usted quién es? ¿Y por qué no espera a mañana?

—Soy su pareja —dijo y vio la sonrisita cínica que surgía cada vez que alguien escuchaba esa respuesta de boca de Guadalupe.

—A esta hora no se permiten visitas.

—No soy una visita, me avisaron que está aquí, internada, que fue baleada.

—¿Baleada? ¿Aquí? —El guardia suponía que la mujer podía estar drogada o que, sencillamente, estaba loca.

—Venga mañana, a esta hora no hay informes. Y para quedarse en la sala con los pacientes solo pueden ser familiares directos y de a uno. Traiga sus documentos. ¿Me entendió?

Guadalupe le rogó que consultara, que necesitaba saber si Ámbar estaba internada en ese hospital y cómo era su estado.

El guardia repitió su llamado. Guadalupe no podía tener ninguna certeza de adónde él estaba llamando.

—Me dicen que no dan información a esta hora. Y si está internada acá solo se pueden quedar con los pacientes los familiares directos. Solo familiares directos. ¿Me entendió? ¿Usted es familiar directo?

Cada consulta telefónica del recepcionista arrojaba la misma respuesta negativa. Ningún argumento resultaba conmovedor. Guadalupe reclamaba el derecho de ver a Ámbar, su pareja, su amor.

El guardia trató de parecer condescendiente cediendo al reclamo de esa mujer que parecía verdaderamente desesperada. Llamó nuevamente, o solo simuló el llamado, por el teléfono interno. Insistió con voz sacerdotal:

—Aquí sigue la mujer que viene por alguien que ella dice fue baleado, perdón, baleada en la calle.

Parecía escuchar con atención. Luego movía la cabeza negativamente.

—No dan información a esta hora, señorita. No me comprometa. Además, ¿usted es familiar directo? Porque solo se pueden quedar con los internados los familiares directos. ¿Usted es familiar directo?

—Ya le dije que soy su pareja.

—Pero me dicen que solo familiares directos.

—Soy su pareja. Soy el familiar más directo que tiene, ella no tiene otro familiar. Estamos juntas hace mucho tiempo.

—El hombre ya no sonreía, parecía algo fastidiado y fijó su mirada en la madera del mostrador, en una veta finita que se escapaba hasta el final. Resignado y sin mirarla, le dijo:

—Espere aquí. Voy a hablar personalmente para ver si la pueden atender y vuelvo. Espere ahí —le señaló un rincón— y no intente buscarla por su cuenta. Ya vuelvo.

Lo último que le quedó de aquella conversación fue esa promesa: «Ya vuelvo». Pero el hombre no volvió. Lo dijo con tanta amabilidad que Guadalupe hasta podría haber sospechado de sus verdaderas intenciones, pero en su estado de confusión no percibió la sonrisa aleve del hombre ni su mirada perversa.

«Estoy a cargo de la investigación, deténgase ahí», le gritó a Guadalupe un hombre que ingresó al pasillo seguido de cuatro espectros.

Enriqueta lo vio venir y estuvo tentada de echarse a reír por su aspecto de galán pasado de moda. Pero Guadalupe, que estaba de espaldas a la entrada principal del hospital, no vio llegar al cortejo. Solo sintió un ruido de botas o brutos zapatones chocando con el piso, raspando con fervor las pequeñas baldositas rojas y, al voltear para reconocer de dónde provenían esos pasos marciales y esos ásperos sonidos, distinguió que avanzaba hacia ella un hombre elegantemente vestido rodeado de un cortejo de aparecidos.

Aunque para ella era un total desconocido, los viejos conocedores de la Agencia se hubieran sorprendido con el curioso parecido de ese hombre con el Dr. Iniustitiam, ilustre fiscal y protegido colaborador del «Pérez y Pérez». Pero como ese jefe había sido desplazado de su cargo y enviado a dar vueltas por el mundo, podía suponerse que el famoso y elegante fiscal federal no gozaba de la confianza de los nuevos burócratas y haya sido destinado a funciones de menor jerarquía. López Teghi tenía otras preferencias. Bien podía ser ese hombre una de ellas. Bastaba tener presente los favores que hizo por salvar a «El Morro» para aproximarse a la calidad de colaboradores que encontraban el favor de López Teghi.

Así visto, el matón era solo un refrito del joven y apuesto fiscal. Una degradación, quizás producto de las repetidas reducciones presupuestarias a las que López Teghi sometía a la Agencia para alcanzar el déficit cero.

O tal vez solo fuera una falsificación en la que se había puesto poco esmero. O una versión berreta de Dorian Grey y su siniestro óleo. Parecía, pero no eran la misma persona. Parecido no es lo mismo.

Este, el que rondaba amenazante a Guadalupe, carecía por completo del aspecto de todos los jóvenes burócratas, tipos siempre melosos para simular una creíble inocencia administrativa. Parecía brutal y mal dispuesto. Los que lo acompañaban ejercían una sonrisa hipócrita. Vestían de manera agradable y hedían a perfumes importados. Imitaban la delicadeza de quienes cultivan una rosa o hamacan a un bebé para ayudarlo a alcanzar el sueño gratificante.

Era indudable que ese hombre que autoproclamaba estar «a cargo de la investigación» devolvía al presente la figura del famosísimo Arancibia López Huidobro, o Podestá, como fue llamado en épocas del general-presidente.

Como aquel, lucía el aspecto de aquellos galanes de las películas pornográficas clase «c» que proyectaban de a tres en el cine Podestá, y que inspiraban a los púberes no iniciados en el asunto del sexo a manosearse entre butacas cuando asomaban los prominentes senos de la Coca Sarli. Aunque era probable que tanto el pretensioso mandón como sus cuatro acompañantes no tuvieran ni la menor idea de quién era la Coca, ni de su esbelta figura, ni de sus voluminosos senos que encendieron la pasión de no menos de tres generaciones. Por su edad, no podían conocer a esa belleza suburbana que motivaba la libido proletaria. Eran otros tiempos, los tiempos aquellos, tiempos en que ninguno de esos jóvenes estaba aún en los proyectos reproductivos de sus padres.

Verlos movía a la duda. ¿Cambia y todo cambia? ¿O todo se repite en el eterno retorno de las mismas cosas? El viejo habría dicho que nada cambia, que todo vuelve, pero degradado. Evidencias a la vista de que segundas partes nunca fueron buenas.

Todo vuelve de alguna manera. La tortura es tortura, la muerte es muerte, no hay lugar a la innovación en el arte de matar. Innovar era repetirse.

Volvía la muerte en la brutal conflagración, volvía el fuego puro de Torquemada, el ardor tremendo de las mismas hogueras, el ahogo asfixiante, las cenizas postreras y el eterno retorno a los modos salvajes de la muerte.

Vuelve, todo vuelve y nada cambia. De eso, el viejo estaba completamente seguro. Porque no había nada nuevo en el ejercicio del asesinato por encargo. Desde que el mundo es mundo, los primeros del poder mandaron a matar a los segundos y, en represalia, los segundos mandaron a matar a los terceros. Así se fueron matando unos a otros, por los siglos de los siglos. Caín y Abel en un ciclo interminable, amén.

A Enriqueta le pareció hasta bobamente atractivo el disfrazado; oscuro, ojeroso, pero atractivo. Lo midió de arriba abajo y se detuvo en la ingle, donde retuvo la mirada por un breve tiempo. Luego volvió a su teoría de la semejanza anatómica entre ella y la lombriz, y toda su sensualidad se esfumó como el humito rebelde que inquietaba a Ziploc cuando miraba por la ventana de la cueva hacia la roñosa alcantarilla de la esquina.

Vestía el hombre un ambo blanco y zapatos blancos de punta fina. Caminaba con la impostura que lo hacen los hombres que participan de un desfile de ropa masculina. Pendulaba su cadera de un lado al otro con exagerada intencionalidad. Sus rígidos glúteos formados en interminables ejercicios de cuclillas cargando peso sobre las espaldas mostraban esa forma redonda y atrevida que los dos matones que le cerraban el paso no podían dejar de seguir con su mirada. Había adquirido, tal vez sin proponérselo, la apariencia de un hombre amanerado.

Su rostro se hizo blanco, resplandeciente. La mortecina luz de los tubos fluorescentes del pasillo del hospital lo hacían demasiado pulcro, arrastrando tras de sí un halo que nadie podía asociar a lo angelical, pero que se hacía cada vez más evidente a medida que avanzaba hacia Guadalupe. Era como una estela que pasaba entre medio de los dos hombres que cerraban la marcha y que no podían quitar la vista del trasero del fulano.

Llevaba el cabello peinado a la gomina, como si le hubieran untado con aceites la cabeza. Mostraba un fino y cuidado bigote que estiraba un tajito rubio nacarado bajo la nariz recta.

Sus ojos claros, pero sin ser celestes, disparaban unas centellas pequeñas algo azuladas que distraían al observador que intentaba fijar su mirada en aquel rostro aniñado. De altura importante, denunciaba entonces una forma atlética en su contextura que iba desde unas piernas bien formadas y articuladas a una ajustada cadera no muy grande, que a su vez se proyectaba rectilínea a través de una armoniosa columna vertebral, hasta su amplia espalda musculada. Un cuello mediano, ladeado por dos gruesas arterias latentes y una voluminosa nuez de adán que parecía exagerada para esa masculinidad adornada con un sesgo andrógino indisimulable.

Los matones que lo rodeaban caminaban tal lo hacen las monjas de clausura, que aprietan la ingle como si fueran a orinarse por el camino. Marchaban por encima de sus propias sombras que pugnaban por escapar a ese estropicio. Sombras un tanto espesas porque la oscuridad en esos casos adquiere una densidad diferente a la sombra del hombre común. Parecían no levantar los pies del piso, los arrastraban y sonaba a arena puliendo los baldosines para horadarle la capita de esmalte rojo con que habían sido cocidas para impermeabilizarlas.

Eran cuatro y estaban distribuidos dos adelante y dos atrás. Parecían custodios, pero en procesión, cuando los curas de a cuatro rodean la cruz del Cristo, para garantizar que el pobre no baje al mundo de los vivos y se las tome contra ellos por todas las perversiones que han hecho en su nombre.

Ropas más negras que azules acentuaba ese aspecto litúrgico, y como el que comandaba el grupo estaba vestido de blanco, el contraste acentuaba el lúgubre aspecto de los cuatro acompañantes.

Cuando el grupo estaba a poco más de un metro de Guadalupe, se oyó la voz del hombre del ambo blanco sonar como un balido y a los cuatro que los rodeaba repetir unos soniditos agudos, muy agudos, tal el vuelo de unos moscardones metálicos.

—¿Usted es quien busca a una mujer baleada? —preguntó como quien arroja una piedra contra un espejo que se rompe en miles de pedazos.

Enriqueta prestó atención al interrogatorio.

—¿Usted quién es? —Guadalupe respondió agitada.

—¿A usted qué le importa? Yo pregunto, cierre la boca. —Se aproximó a ella casi hasta rozarla—. ¡Qué mira! ¡Qué mira! Deje de mirar, baje la vista, mire el piso.

Guadalupe obedeció como un acto reflejo.

—¡Quiero ver sus documentos!

—Ella rebuscó en su bolso de mano hasta que los encontró. Dejó su DNI en la mano del matón y trató de mantenerse serena, aunque no lo lograba.

—¿Qué relación tiene con la supuesta víctima?

—Soy su pareja. ¿Por qué lo pregunta? —El hombre repitió la misma estúpida sonrisa que la del agente de seguridad.

—Yo hago las preguntas, usted limítese a responder lo que se pregunta. ¿Qué relación tiene con la víctima?

—Soy su pareja, ya se lo dije, su único familiar directo.

—¡Su pareja! ¿Oyeron? —preguntó mirando en dirección a los rufianes que lo acompañaban—. ¡Pareja! ¡Así está el mundo! ¡Matrimonio igualitario! Cosa de degenerados.

Se persignó el hombre; después los cuatro matones lo imitaron.

Volvió la vista a Guadalupe.

—¡Qué mira! ¡Qué mira! Mire al piso. Usted no es nadie, usted no es nada.

—Soy su pareja.

—Usted no es nada. Y como estamos ante un posible caso de homicidio entre pervertidas, la voy a detener para interrogarla.

—¿Pervertidas? Ámbar, se llama Ámbar. —Guadalupe balbuceó como si no hubiera escuchado que el hombre le estaba diciendo que iba a detenerla. Repitió mecánicamente:

—Ámbar, se llama Ámbar.

—No me diga lo que no me interesa.

—Soy su pareja, quiero ver a Ámbar, saber cómo está.

—Usted no es nadie, usted no es nada, no insista.

—Pero soy su pareja, su…

—El hombre la interrumpió insolente.

—¡Eso ya me lo dijo varias veces! ¡Deje de repetir esa mierda! ¿Sabe cuántos crímenes comenten pervertidos como usted?

—¿Qué? ¿Qué está insinuando?

—¿Insinuando? —preguntó a nadie mirando a ningún lado—. ¿Insinuando?

El hombre giró entonces para encontrarse con la complicidad de sus acompañantes; luego repitió, sarcástico y haciendo una graciosa mueca con la boca:

—¿Insinuando? ¿La pobre tipa cree que yo le estoy insinuando algo? La estoy acusando, ¡la estoy acusando! ¡Degenerada! ¡Asesina! —gritó como un verdadero energúmeno—. Desviada sexual —dijo como un verdugo—. Desviada —aspiró lentamente el viciado aire del hospital— sexual.

Guadalupe estuvo a un tris de estallar de ira y tomarlo a golpes de puño.

—Se lo repito por si no comprendió mis palabras. ¿Sabe cuántos crímenes comenten pervertidos como usted?

Guadalupe no volvió a escuchar palabras, sino gritos. Eran los mismos cuervos melindrosos mofándose de su nueva desgracia. «¡Lupe! ¡Lupe!», repetían los cuatro disfrazados de priores listos para llevar a la hoguera a la maldita lesbiana. ¡Degenerada! ¡Degenerada! Gritaban uno a la vez y el benemérito jefe de grupo aprobaba con sus gestos los agravios. ¡Degenerada! ¡Y asesina!

Torquemada podría zanjar el asunto con una bella y portentosa tea lista para encender la hoguera de la expiación.

«¡Lupe! ¡Lupe!», gritaban los cuervos-rufianes y hacían sus alones otros nuevos y muchos rulos negros entre las mortecinas luces del hall del hospital. Era la misma bandada de siempre, las desgracias circunvalando por encima de su cabeza. Ni un poco diferente, el mismo coro que exhumaba unos crespones lívidos de mal augurio. Llevaban en sus garras ese blanco e impúdico vestidito de novia de seda transparente, y una foto de Ámbar que destrozaban a picotazos entre risas.

El viejo sicario le hubiera dicho con su cansada voz de asesino:

—¿Viste, Guadalupe? Nada cambia. Es el eterno retorno de las mismas desgracias, los asesinos siempre se parecen los unos a los otros, como los cuervos, como las gárgolas.

Enriqueta vio cómo se la llevaban. Volvería con la noticia fresca a la cueva donde estaba «Moria» con sus tejidos vencidos por la irresistible ley de gravedad. Toda su curiosidad se concentraba en un asunto: ¿por qué le dirían Ziploc? No podía unir la marca de esas bolsas con ningún suceso cotidiano. Ziploc le hubiera dicho:

—No es tan difícil, pedazo de boluda.

Pero eso solo era una especulación.

5

La cargaron en un auto particular. En el que viajaba ella, lo seguía otro de cerca.

No era un patrullero, de eso estaba segura. Sus vidrios interiores estaban oscurecidos completamente. No se podía ver de afuera hacia adentro y a Guadalupe la obligaron a doblarse hasta apoyar su frente con sus piernas. Luego le taparon la cabeza con un trapo o una bolsa.

Un breve recorrido y el automóvil entró a una especie de cochera, amplia, húmeda y oscura. Descendió como pudo, porque los hombres le bajaban la cabeza con brutalidad para que no pudiera ver dónde la estaban encerrando. Luego la arrastraron hasta un calabozo sucio y maloliente.

El jefe de grupo fue a comer, tenía hambre. Se despidió con un gesto despectivo. Trabajo cumplido. Lo que seguía ya no era de su incumbencia.

Los cuatro cuervos-guardianes lo hubieran acompañado, pero el hombre no se los permitió. No confundir la relación. Uno arriba, los otros debajo. Simple como todas las cosas simples de la escala social. Los que mandan, los que obedecen y los que están secuestrados. No era tan difícil de comprender la diferencia en la jerarquía ni quién tenía la verdadera autoridad, incluso para los cuervos-rufianes que intentaron revolotear una vez más, pero no pudieron. La cueva era demasiado baja y demasiado estrecha.

Enriqueta regresó a su base cantando «que se vengan los niños». A Ziploc ese cantito lo malhumoraba verdaderamente. Tomó el sobre que estaba en el escritorio y escuchó a la mujer que informó sobre el secuestro de Guadalupe.

Ziploc extrajo unas fotos del sobre. Eran de Guadalupe, tomadas en distintos momentos y en diferentes lugares. Las miró con siniestra emoción.

—¿Qué edad tiene la yegua esta?

Enriqueta le aproximó una hoja mecanografiada donde estaban resumidos todos los datos de Guadalupe.

—Ni mierda parece de esa edad.

—Se ve que las lesbianas se mantienen más jóvenes.

—¡Cómo te gusta hablar boludeces a vos! —Ziploc se exasperaba cada vez más cuando su compañera hacía algún comentario, aunque fuera intrascendente.

—Moria, no seas rencoroso, aprendé a convivir con tus partes siliconadas.

Ziploc ignoró el comentario, aunque debería haberle roto la boca de una trompada.

—¿A quién encerraron en el pozo con la mina?

—Los que ordenó el jefe.

—¿El jefe? ¿Él se ocupa de esta mierda? —preguntó Ziploc sin disimular su fastidio.

—Sí, el jefe. «Hija de», merece que el jefe se ocupe. Si fuera hija de nadie te ocuparías vos, que no sos nadie.

—Hija de…

—¡Basta de insultos! Además, él manda, vos obedecés. Él decide, vos ejecutás. Él es la materia gris y vos el hombre gris. Simple, ¿o precisás que te lo explique de nuevo? Ziploc prefirió hacer que no escuchó nada.

—¿Metieran a la trola y a la vieja?

—Ajá.

—¿Ajá qué? ¿Están o no? —Ziploc estaba a punto de estallar.

—Están, Moria, están. No te pongás pesado. El jefe ya dio todas las órdenes que hacían falta, no necesito que vos me las repitas. El jefe acepta tus sugerencias, pero no quiere tu amistad.

—Por lo que a mí me interesa ser su amigo.

—Nunca vas a ir a comer con él, o a mear con él, o a cagar con él. Él es jefe, vos sos subordinado, él es de carne, hueso, nervio, vos sos de hule puro. Hule, sintético, plástico, goma, silicona. Lo de sintético fue una joda. —Y señaló sus senos descaradamente.

En ese instante Ziploc se convenció de que la relación terminaría mal y que más tarde o más temprano debería matar «a la yegua esa con ese nombre de mierda. ¿Enriqueta dijo?». Ella le hubiera respondido: «Sí, Enriqueta Martí, pa’ lo que haga falta».

6

A Guadalupe solo le preocupaba Ámbar. Claro que le parecía absurdo y mefistofélico estar sospechada del intento de asesinato contra su amor. Ella que la cuidaba desde que se encontraron en la ribera de cada una de sus vidas, cerca del río.

El olor a orín y a mierda en el sucucho trepaba por las roñosas paredes hasta tocar el borde del techo y desprenderse de allí en una acrobacia hasta las tres mujeres. La macilenta luz de la lamparita acompañaba la pirueta del descenso de la mugre y caía arrastrada por la gravedad para tocar el piso y resbalar, a pesar de la rasposa cualidad del cemento portland, hasta los pies de las tres.

La más vieja rascaba su cabeza como si fuera sarnosa y pisaba la mugre tal si fueran negras uvas crecidas entre los intersticios de unas cloacas antiguas. La otra estaba indiferente al roce de la luz y las marañas de mugre que retiraba de su piel con un monótono movimiento de una mano. Guadalupe, en cambio, estaba indiferente, en otra sustancia del tiempo y del espacio, apelando a cada una de sus propias muertes, a cada una de sus resurrecciones, para refugiarse en el recuerdo de Ámbar.

No sabía mucho del ataque que sufrió Ámbar. Solo ese cínico llamado telefónico y la voz diciendo oronda: «terapia intensiva porque está medio muerta». Herida sí, herida grave, la bala por la espalda desde un arma clandestina y luego ese tipo disfrazado de ángel perverso y los cuatro cuervos enfundados en sus trajes de muerte, los golpes, los insultos y el encierro. Allí estaba, solita mi alma, lidiando con todo aquello y las dos mujeres, esas que no dejaban de mirarla como si fuera un tótem, un error de un espejo, un accidente del tiempo y el espacio.

Cerró los ojos, se acapulló para no disolverse en todo aquello y trató de pensar qué hacer. Su angustia era Ámbar y lo que decidiera solo debía servir para llegar a ella.

La mujer vieja se arrimó a la reja y gritó por el guardia.

—¡Chabón! ¡Chabón! —Guadalupe se mantuvo abstraída de los chillidos de la mujerona.

—¿Qué querés, vieja? Estoy ocupado. —El rufián gritó desde una distancia indefinida. La voz sonaba como llegando de un túnel.

—Tengo que ir al baño.

—Meá en la lata, después la vaciamos.

—Me estoy cagando.

—¿Ahora tenés que cagar? Aguantá, ¿querés? Si no, usá la lata, vieja, después la vaciamos.

—Viejas son tus pelotas —maldijo la mujer en voz baja—, vago de mierda. No sirven ni para dejarla cagar a una.

Caminó hasta una lata no muy grande donde orinó hasta casi llenarla y salpicando el piso de cemento que chupa el orín. Mientras meaba, miraba a Guadalupe dentro de su capullo. Ella estaba con los ojos cerrados, los labios apretados y las manos unidas. Tenía algo de muñeca de cera y, como había ocurrido desde su infancia, era casi imposible deducir su edad. Parecía joven, muy joven, y el halo que la rodeaba era potente, de alguien que había atravesado el espacio y el tiempo en sus cruciales dimensiones y desde allí retornado a una condición mucho más humana.

—¿Y a vos por qué te chuparon? —preguntó la vieja.

—Yo estaba… —la más joven trató de explicar, pero la otra la interrumpió violentamente.

—A vos no te pregunté, zorra. ¿Qué me vas a contar? ¿Qué te trajeron porque estabas vendiendo escarpines? ¿Me tomaste por boluda? A vos no te chuparon, vos se la chupás a todo el mundo.

La mujer no volvió a hablar y siguió con su mecánico movimiento removiendo las mugrecitas que caían del techo.

—A vos, che, mujer silenciosa. —Guadalupe abrió los ojos y miró a la vieja directo a los suyos. Pensó en no responder; si había algo de lo que no tenía ganas era de hablar ni con la vieja ni con nadie.

Estaba acostumbrada a las humillaciones a las que la policía solía someterla cuando la detenían en alguna marcha o en algún acto por los derechos de las mujeres.

—Balearon a mi pareja y piensan que pude haberlo hecho yo.

—¿Asesina?

—¡No! Yo no hice nada.

—Acá nadie hizo nada.

—Yo no hice nada —la joven muchacha intervino solo por decir algo.

—¿Y a vos quién te preguntó algo? —La chica volvió a acicalarse.

—¿Tipo jodido que lo baleaste?

—No es un hombre, es una mujer.

—¡Mamadera! ¡Lesbiana! —exclamó la vieja.

La joven dejó de mover su mano, miró a Guadalupe y sonrió satisfecha.

—¡Qué linda! —exclamó y mantuvo su sonrisa colgada de los labios durante un buen rato—. Las mujeres sabemos amar de manera verdadera. Los hombres solo quieren coger.

—Pelea de lesbianas, de las peores —concluyó la vieja sin preocupación.

—Nada que ver —respondió Guadalupe, pero sin parecer molesta.

—¿Entonces? ¿Te engañaba y la boleteó la otra? ¿La quisieron robar y salió para la mierda?

—No lo sé, cuando fui al hospital, apenas llegué, me agarraron y me trajeron acá.

—¡Uh! ‘Tas jodida, hermana. Estos son como los bagres, comen mierda del fondo, la que está pegada hace años, y están felices. Vas a precisar mucho más que un buen abogado. Primero rezá para que te zafen de este agujero.

—Quise llamar a unas amigas, pero me sacaron el celular apenas me metieron dentro del coche.

—¡Hijos de puta! —la más joven se exaltó por el comentario—. A mí me hacen lo mismo cada vez que me agarran «vendiendo escarpines». Con sus dedos dibujó en el aire el encomillado. Ya me cagaron como diez celulares, estos chorros hijos de puta.

—¿La mandaste a hacer cagar vos? —La vieja le preguntó a Guadalupe con verdadera malicia.

—¡Por favor!

—Matar es humano, che. Desde que Caín
mató a Abel, todos matan a alguien alguna vez. Yo maté una vez.

—¿Qué? —exclamó la joven.

—¡Callate, «escarpines»! Hace poco ruido porque, si hacés quilombo, van a venir todos esos pendejos y te van a coger entre todos.

—¡Hijos de puta!

—Sí, y bien hijos de puta, así que mejor cerrá la boca.

—Lo único que me falta es tragarme un polvo de esos hijos de puta.

—Lo mejor que podés hacer es cerrar el pico para no tragar nada. —Miró a Guadalupe entre las hebras grises del humo de otro cigarrillo—. ¿En qué estábamos cuando «escarpines» abrió la boca al pedo?

—En tu muerto.

—¡Ah! Sí. Mi muerto. —Guardó silencio y cambió de tema—. ¿Tu familia te va a buscar?

—No tengo familia.

—¿Y la otra, la baleada?

—Tampoco.

—Che, qué quilombo. Estás jodida, perdón, ¡están jodidas las dos!

—Pero en algún momento me van a tener que largar o dejarme hablar.

—De ilusiones también se vive. No tenés idea en qué agujero caíste, nena.

—¡Ay! ¿Por qué la querés asustar? —La vieja miró a la muchacha y, con su dedo índice cruzando los labios, la llamó a silencio.

—De aquí… —señaló el lugar—, de aquí… hay que salir primero.

—¿Por qué no voy a salir? —preguntó escéptica Guadalupe.

—Tené en cuenta que no existís, nena. Ni sabés dónde estás. ¿No te das cuenta de que te chuparon?

—¿Me chuparon? —preguntó extrañada.

La vieja soltó una risotada.

—¿Sabés qué fácil es matar una mina y tirarla en una zanja?

—Pasa todos los días.

—¿Matan mujeres y las tiran en una zanja? —La joven preguntó horrorizada.

—Sí, boluda, ¿por qué no escuchás y cerrás la boca, «escarpines»?

—Bueno… hice una pregunta, nada más. No hice nada malo.

—De lo que vos laburás, para lo único que tenés que abrir la boca es para ponerte una pija. Acá hacé al revés que en tu laburo: cerrá la boca bien cerrada y apretá el culo bien apretado.

La joven aceptó resignada, suspiró desconsolada y trató de no volver a hablar. La vieja volvió la vista a Guadalupe y retomó su discurso.

—¿Sabés las minas que vi desaparecer y por las que nadie nunca preguntó un carajo?

—¿Y entonces? —preguntó Guadalupe, aunque imaginaba la respuesta.

—Yo qué sé, soy solo una vieja habladora. Mejor me callo, mejor me callo…

La joven prostituta, apenas escuchó a la vieja decir «mejor me callo», brincó enfurecida y comenzó a gritarle con toda la voz:

—¡Ah, qué hija de puta! ¡Ahora te hacés la viejita chota! ¡Decile! ¡Decí lo que ibas a decir! —La vieja sacó otro cigarrillo y lo encendió con la brasita que quedaba del que tenía entre los dedos.

Guadalupe esperó sin abandonar su aparente calma. La joven prostituta se quedó viendo a la vieja que repetía:

—Callate, pendeja, callate.

Pitó varias veces el cigarrillo y luego dijo como rezando:

—Pedí hablar con el tipo que te trajo. Hablale tranqui, decile quién sos, que bueno, que por ahí se te escapó un tirito, que no te acordás bien. Hacete cargo de algo, no sé, celos, odio, locura, algo así. Como hice yo, cuando maté al fulano ese que me rompía el alma cada vez que se le cantaban las pelotas. «Trastorno explosivo intermitente», se llama. Locura de a ratos. Yo te canto el diagnóstico; si después precisás más datos, te doy la dirección del curalocos que por unos mangos te arregla un certificado polenta. Tomalo como un consejo. Si le tirás unos manguitos al tipo que tiene la llave de esta puerta, por ahí te suelta. Vos con el chabón, nada, porque te gustan las minas. Si no, abrirse de gambas siempre ayuda. Vos estás buena y no sos una mercadería habitual en este hoyo.

Guadalupe volvió la cara asqueada.

—El argumento, te lo explico, es sencillo: no sos responsable de tus actos. Locura temporal. O «trastorno explosivo intermitente», como te dije. Y chau pichu. Firmás unos papelitos en blanco, una garantía de que vas a dar una manito si te la piden, y las cosas empiezan a arreglarse. Por ahí te comés un par de añitos y salís nueva. Te mandan a Ezeiza y, a vos que te gustan las minas, esos dos añitos los vas a pasar como en el harén, joya, nunca taxi.

La prostituta se puso de pie como impulsada por una fuerza extraordinaria. Estaba desencajada luego de oír a la vieja.

—¿Y yo soy la tarada? ¿Y yo soy la tarada? Yo seré puta, pero no como vidrio y no se lo doy a comer a nadie. ¿Vos te escuchaste lo que le dijiste a la pobre chica? ¡Pobrecita! ¡La querés hacer mierda! —gritó y se levantó para caminar apenas tres breves pasos y llegar hasta donde estaba Guadalupe para abrazarla.

—¡Te quiere hacer mierda! ¡Te quiere hacer mierda! —la rodeó con sus brazos y la apretó contra sí.

Su boca quedó pegada al oído de Guadalupe. En voz baja, casi imperceptible, le dijo claramente:

—Esta vieja hija de puta es cana, ¡ojo!

Y volvió a gritar:

—¡Pobre! ¡Pobre! ¡Si ella es inocente!

Guadalupe la palmeó en la espalda y suavemente la separó de su cuerpo.

Del pasillo que llevaba al sucucho se oyó una voz masculina:

—¿Qué pasa en ese gallinero, putas de mierda? ¿Por qué no se callan de una vez? ¡Quiero dormir! ¡Quiero dormir! O me dejan dormir o voy al hoyo ese y les meto el garrote por el culo a las tres.

—¿Por qué no te vas a dormir a la concha de tu madre, forro? —la muchacha gritó fuera de sí.

Guadalupe se acomodó contra la húmeda pared, cuidando su espalda y con las piernas recogidas protegiendo su pecho.

—¿Qué dijiste, imbécil de mierda? Cerrá la boca, puta de cuarta. Te saco a patadas en el culo y te meto en el otro hoyo durante una semana, así te comen las ratas, ¿entendiste?

Pero la prostituta estaba decidida a seguir la pelea. El matón gritaba y ella lo hacía más fuerte. El tipo la insultaba y ella lo puteaba con encomio.

Al final se desencadenó el escándalo.

La mujer se colgó de la reja y comenzó a gritar cuanto insulto venía a su boca. La vieja se corrió hasta quedar recluida en un rincón cerca de la lata del meo, y Guadalupe conservó su postura serena, recogió todo lo que pudo las piernas y quedó expectante, acurrucada contra sí misma.

—Cortala, trola, cortala porque te meto en la parrilla con la pija en la boca.

Pero la muchacha volvió a la carga, gritó cada vez con más fuerza.

—¡Hijo de puta! ¡Puto! ¡Sos un puto! ¡Tu mujer está cogiendo con un perro porque a vos ni se te para!

—¡Basta, puta! ¡Cortala o te meto la picana en la concha! —chilló la sombra que se acercaba por el pasillo.

—¡Metete la picana en el culo, hijo de puta! ¡Cornudo! ¡Cornudo! ¡Yo salgo a putanear en la calle con tu mujer porque quiere una pija de verdad! ¡Maní quemado! ¡Maricón!

Tres mastines se detuvieron ante la reja. La luz se apagó. No había ninguna luz por ningún lado. Los mastines lucían los ojos rojos. Sus respiraciones eran calientes y hasta se podía oír latir los tres corazones como el golpe de tres puños. Uno abrió la puerta como en ceremonia. La cerradura chirrió desesperada.

La mujer calló en ese mismo instante.

Entró uno, el otro y el otro.

Hubo tres ruidos sordos y tres gemidos apagados. Los mastines en sombras se retiraron llevando un bulto entre sus dientes. Cerraron la reja con la misma ceremonia con que la habían abierto. La cerradura entonces gimió como un pequeño animal herido.

La luz volvió y el olor a orín y mierda se hizo mucho más intenso.

Las mujeres se miraron lánguidamente y se llamaron a silencio por todo lo que quedó de la noche.

Guadalupe escondió la cara entre sus piernas y hubiera querido llorar, pero eligió el silencio. Llorar hubiera sido un acto de total imprudencia.

***

5
Aquí está la bandera esplendorosa

Sonaba el teléfono. “Pérez y Pérez” lo miraba hasta con ternura. Raro en él: un hombre al que pocas cosas enternecían. Le podía provocar simpatía una buena música, un buen libro, un vino añejo y bien estacionado. Ni hablar de una operación que alcanzaba el éxito pleno. Pero eran muy pocas cosas, muy pocas, las que podían excitar sus emociones. Y en ese momento, el sonido del teléfono lo animaba a experimentar un sentimiento amoroso que lo complacía.

Cuando estaba a cargo de algunas operaciones especiales, si alguien deseaba confrontarlo con sus sentimientos solo por provocarlo, hipócrita repetía la famosa sentencia de Terencio. En perfecto latín, decía: «Homo sum, nihil humani a me alienum puto». Sabía de sobra que, al pronunciar esas palabras, sus subordinados reirían infantilmente. «De asinis», murmuraba entre dientes y luego les devolvía la sonrisa que los demás interpretaban alegre, pero que él dispensaba diabólico. «Pabulum et pavos». Y los ignoraba por completo.

Sonaba el teléfono y “Pérez y Pérez” lo escuchaba alejado de todo acontecimiento cotidiano. Disfrutaba el momento, observando la realidad desde una altura que no deseaba explicar bajo ningún concepto.

La indiferencia, meditaba, podía ser inexplicable como el amor y no responder a la razón, sino a procedimientos muy especiales y espontáneos de la química del cerebro. Allí donde nacían los más nobles sentimientos, las perversiones más sofisticadas, su opuesto y, por qué no, la supina indiferencia.

La pereza, prima cercana de la indiferencia, había sido elevada al rango de pecado capital junto a seis hermanas que resumían en siete palabras y una poca cantidad de letras toda la historia de la lucha de clases de la humanidad entera. Desde el primer ambicioso homínido hasta estos últimos especímenes que llevaban a la humanidad al reino de la etapa superior de Sodoma y Gomorra. Estaba seguro, muy seguro, de que al final Dios los castigaría definitivamente. No tendría opción. Para cuando llegara el tiempo de la divina venganza, aseguraba, estaría durmiendo el sueño de los justos y ningún apaleo contra su cadáver tendría importancia. Él estaba convencido de que tras la muerte nada queda y que, efectivamente, se transformaría en un insignificante polvo que el humus incorporaría a su química o el viento arrastraría a su albedrío.

Sonaba el teléfono, sonaba, y volvió a asociarlo involuntariamente con un buen concierto o un bonito poema. Su espíritu estaba impregnado de Chaikovski o hasta podía ser Rachmaninoff, y la poética de sus músicas encajaba perfectamente con ese estado de ánimo que lo embargaba mientras oía sonar la delicada campanilla del artesanal aparato telefónico.

Sabía perfectamente de dónde provenía el llamado. Por supuesto que lo sabía. Nadie más que sus superiores conocían su paradero. Podía hasta predecir sus palabras, sus lamentos, sus reclamos. «Llevo grabada en mis oídos la mejor música del mundo, que es, para mí, la voz quejosa de mis lejanos jefes», y reparó, cínico, en la integridad de sus dos manos. ¿Alguna vez explicarían aquello de las manos de Perón? Estaba absolutamente seguro de que no; aquello fue una perversión de naturaleza desapasionada, una venganza surgida del alambicado odio de los que encontraban en ese pasado no tan remoto el origen de todos los males de la nación. La cirugía macabra contra el cadáver del viejo líder fue un modo siniestro de augurar el fin saecula saeculorum
del Estado de bienestar surgido en la atropellada de un lejano 17 de octubre, un ensayo exitoso para impedir que los comunistas se alzaran con el gobierno, alentados por la victoria contra el nazismo cuando la bandera del Ejército Rojo flameó extraordinaria en las alturas del destruido Reichstag en Berlín.

El elegante teléfono de diseño toscano continuó sonando con modorra sobre la pequeña mesita de mármol blanco, apoyada sobre unas artesanales patas de bronce labrado. En el lujoso hotel la campanilla del teléfono era suave porque todo lo que allí había debía ser elegante, delicado, dócil. Apenas una melodía distinguida, como el piar ameno de un mirlo, de un ruiseñor o de un petirrojo. Y “Pérez y Pérez” solo observaba. Sus manos se mantuvieron a cada lado de su cuerpo sin ninguna intención de levantar el auricular y responder al llamado. No lo haría. De ninguna manera.

Él callaba y, mientras guardaba riguroso silencio, como si estuviera recluido en un monasterio ejerciendo un magnífico retiro espiritual, allá lejos, en su tierra, los políticos hablaban y hablaban de cosas intrascendentes. Como siempre, como les era habitual. Para qué hablar de cosas trascendentes si de esas ellos nunca se ocuparían, porque estaban vedados de resolverlas, aunque se lo propusiesen. Para eso estaban ellos, para eso estaba él, para sacar siempre «las castañas del fuego», como cada vez que fueron convocados.

El dólar subía y subía, indetenible, «en vuelo triunfal». Ascendía por el firmamento de la especulación al infinito y más allá. Los usureros festejaban alegres viendo al dólar ascender como un buitre, como un ave de presa, y el peso agonizar, enfermo terminal rumbo a su sepultura. Ninguna víscera más adaptativa que el bolsillo de los negreros, nutrida de su fluido vital, la plusvalía.

El Dios del dinero les sonreía. Un mediocre usurero, un timbero de poca monta, estaba encaramado a la máxima conducción de la mecánica de la especulación, y las ganancias corrían como agua de manantial. El oro de los bancos enjuagaba las lágrimas de Sherlock y le daba a aquel avariento de la libra de carne un alivio a su largo padecimiento shakesperiano. En un territorio tan apartado del mundo, la usura tocaba la gloria con la puntita de su bífida lengua envenenada y esperaba cada libra de carne de cada pobre diablo para satisfacer sus deseos de máxima riqueza. El reino de la plusvalía llegaba a su máxima expresión.

¡Plusvalía! ¡Plusvalía! Nunca tu nombre tan glorioso. Con tus intríngulis bancarios y tus misteriosos asesinatos en las noches más oscuras.

¡Plusvalía! ¡Plusvalía! Sangre vital del becerro de oro, y a sus pies, adorándote indiferentes a todos los mandamientos, apenas el uno por ciento de toda la humanidad.

Sangre y dinero, alquimia extraordinaria del capitalismo, templo de Bilderberg, donde el aquelarre del dinero reúne todos los años a muchos de los verdaderos dioses a los que una humanidad dolida debe adorar a costa de su propia vida.

“Pérez y Pérez” disfrutaba viendo cómo subía el dólar y caía la bolsa, cómo subía el dólar y caían las acciones, cómo subía el dólar y la gente menuda perdía su trabajo. Luego se apreciaba el dólar, subía la bolsa, caían los bonos y el dólar se apreciaba nuevamente. Un ciclo perfecto de enriquecimiento para pocos y devastación para muchos. Nada que objetar. Misión cumplida. De aquel país industrial, tecnológico y científico no quedaría nada. Nada. ¡Qué perfecta palabra para enunciar una política de Estado!

Y mientras el dólar aumentaba su cotización, el Señor presidente seguía hablando en ese lenguaje pastoso, básico, vacuo. «Netflix mata lectura», dijo el señor presidente luego de una larga y excitante meditación. “Pérez y Pérez” razonó que nunca la estulticia había alcanzado la categoría de política de Estado, una alquimia inigualable: ‘Ndrangheta, estulticia y un alcahuete presidencial para que el mandatario disfrutara de su ocio improductivo. El experimento marchaba de parabienes. Pero ese no era asunto suyo.

Se habían propuesto cambiar el curso de la historia, y si bien se les había escapado esa rémora del pasado con su raída bandera de la independencia, todos los sucesos que ocurrían en la lejana patria iban en el sentido de todo lo planeado. Adiós, adiós, ¡libres de toda dominación extranjera! Adiós, adiós. La palabra “nada” volvía a su boca y sabía al elixir de los dioses, ese que solo se puede beber en la calavera de sus víctimas. ¡Sibarita!

Entonces, ¿para qué lo llamaban? ¿Para qué? Para decirle, ¡vuelve! ¡Vuelve! ¡Te necesitamos para terminar el trabajo! López Teghi estaba al mando y él recorriendo las capitales del mundo, esos lugares en los que realmente se tomaban las decisiones sobre su empobrecido país. Comodidad, lujo, extravagancias, todo a cargo del erario público. Se lo había ganado. ¡Tantos años de servir al Estado todopoderoso! Merecía una recompensa tan humana como el ocio, en el sentido en que lo practicaban los esclavistas griegos, diferente al “ocio Netflix” del señor presidente.

Estaba seguro, completamente seguro, de que las pistas de La Reliquia se habían perdido con la misma velocidad con que el dólar subía y subía su precio y la pobre moneda nacional caía y caía sin fin. Pero ese no era asunto de su incumbencia.

Él era «el faraón», una antigüedad en las entrañas de la maquinaria estatal, y sus hombres, todos sus hombres, eran despreciados como trastos inútiles del sistema de Inteligencia. No era asunto suyo preocuparse entonces de los descalabros propuestos por la manada de «excelianos», pobres tipos que solo podían ver la realidad a través de una planilla de Excel. Bobos de una globalización tan muerta como los dinosaurios. ¡Que se arreglen con sus globitos amarillos y sus súplicas a los amos del norte! ¡Que se arreglen! Como pudieran, él seguiría disfrutando del ocio bien ganado. Después de todo, ¿no era él comparado con la momia de un «faraón»?

No atendería en ese momento y por mucho tiempo ningún llamado, salvo que el mismísimo Reinafé lo convocara y para ello llevaba siempre su «teléfono rojo». A él solo el diablo le imponía respeto y por eso era al único que atendería. Pero el gran Reinafé no lo iba a llamar porque intuía sabiamente que estaba mirando desde la cúspide de su poder el colapso de una nación que tanto había ayudado a destruir.

2

Ziploc preguntó varias veces por su viejo jefe. Pero nadie podía decirle qué era de la vida de «Pérez y Pérez». Él no pertenecía a la cúspide del escalafón y, por lo tanto, todo lo que podía hacer era preguntar por alguien de quien nadie le daría ni la más ínfima información.

La prostituta que sacaron a los golpes del hoyo donde estaba retenida Guadalupe estaba tirada en un rincón. Ziploc la miró indiferente. Le habían amarrado las manos, las piernas por los tobillos y sellado su boca con una cinta industrial, metalizada, que, cuando se la retiraran, si alguna vez lo hacían, le arrancaría la piel. Y esa sería una gran noticia, porque si ella sufría porque la despellejaban, significaba que aún seguía con vida. Si no había ningún dolor era porque estaba demasiado muerta.

Enriqueta Martí, «pa’ servirlo en lo que necesite», frase que usaba para presentarse cada vez que alguien preguntaba su nombre, esperaba que Ziploc le dijese cómo seguían con el asunto de la lesbiana.

—Los muchachos me dijeron que perdieron el contacto con la momia esa que venían persiguiendo.

—Ziploc sonó preocupado.

—No pierden las bolas porque las tienen colgando; si no, serían todos eunucos. —Enriqueta no era optimista en cuanto a la eficiencia de sus camaradas—. Mandá un hombre a hacer algo y todo saldrá para la mierda; mandá una mujer y te resuelve todo al toque. Si a mí me dejaran gobernar, a todos ustedes los mandaba a lavar los platos.

—Bueno, mujer maravilla. —Ziploc se distrajo mirando unos papeles que llevaba en una carpeta negra.

—¿Y eso?

—Enriqueta preguntó curiosa.

—Órdenes. Puras órdenes.

—¿Y?

—La lesbiana sale. Se va. Hay que soltarla. La vieja dice que ya tiene el perfil y se va para otro laburo.

—La lesbiana sale, la vieja raja. ¿Y después?

—Vamos a una marcha, a bichar para un informe de campo. —Dijo Ziploc, que no dejó de leer sus papeles.

—¿Informe de campo? Ahora somos como el Canal Rural. Una vaca allá, un chanco acá y, más allá, una montaña de bosta.

—Acá dice que vos tenés una changuita después de la marcha.

—Ya lo sé. Cinco y cinco.

—Sí, cincuenta y cincuenta.

—Enriqueta Martí, «pa’ servirlo en lo que necesite», cumple lo que le manden. —La mujer hizo una reverencia ampulosa.

—¿Te gusta lo de los pibes?

—Ni fu ni fa. No son para mí —mintió con convicción—; yo no tengo sexo, soy como la lombriz.

—¿Y eso? —Ziploc preguntó realmente intrigado.

—Me satisfago a mí misma. Ningún contacto. Ningún fluido. Voy a sobrevivir a todo. Nadie hurgando por adentro. Ninguna lengua en mi boca. Nada personal. Te saco ventaja, Moria; vos tenés que mantener la cría y surtir a la señora, si no vas a ser el primer nailon con cuernos. —Ziploc se afirmaba en la idea de que tenía que romperle la boca después de que dijera alguna de esas estupideces para provocarlo.

—Seguí jodiendo y tu pronóstico de sobrevida se te va a reducir al cien por ciento.

—Lo dudo, Moria. Siempre estoy un paso adelante tuyo.

—Puede ser. Pero yo me voy a ocupar de darte el empujón al abismo.

Enriqueta lo palmeó sobradora. Ziploc calculó la distancia entre su cara y su puño. Poca cosa. Un solo golpe y la mandaba a dormir una buena siesta. Enriqueta volvió con su estribillo: «que se vengan los niños». Cuando cantó esa vez, Ziploc pensó en sus hijos. Ella supo captar el fondo de esa mirada y, en verdad, no le gustó para nada.

—¿Cómo se llama la trola esa? —preguntó solo por cambiar de tema.

—¿La que está en el rincón?

—¿Hay otra? Y tené cuidado con lo que vas a decir.

—Creo que la dicen Cindy.

—¿Cindy?

—«C», «i», «n», «d», «y griega». «Ye». ¿Estamos?

—Cindy. Nombre de puta.

—Usted lo dijo. ¿Qué hay con la mina?

—Hay que terminar el laburo.

—¿También? ¿Estamos en la superexplotación?

—López Teghi quiere productividad.

—¿Cómo quiere el servicio?

—Que improvisemos, dijo. Que parezca un «femicidio».

—Femicidio, burro.

—Tiene que ser convincente.

—Claro, ¡cómo no se me ocurrió antes! Y pregunto solo de curiosa, ¿para qué la vamos a cepillar a esta trola?

—Menos averigua Dios y perdona —Ziploc, leyendo sus papeles, le respondió sin mirarla.

—Ok, señor. Mejor me voy a buscar los pibitos para los chabones esos.

—Primero la marcha, después los pibitos, por último, la puta.

—Cartón lleno. Enriqueta y Moria, el dúo dinámico, se ponen en marcha.

Ziploc se dijo para sí: «no me va a quedar opción». Y salió a la calle detrás de la mujer.

3

Ziploc y Enriqueta fueron en auto por Juan B. Justo hasta Liniers. Luego dieron un rodeo por la Gral. Paz para estacionarse del otro lado de la estación, hacia Directorio. Caminaron hasta Rivadavia. El bullicio llegaba enredado en el perfume de las salchipapas que abundaban con té caliente y otros brebajes. A Ziploc ese paisaje lo desestructuraba. Se convencía de que todo estaba mal, culpa del papa comunista. Allí se lucían sus argumentos entre bombos, redoblantes y pancartas.

Las tres “T” asomaban con fuerza propia desde unos amplios carteles que abrían paso a la multitudinaria marcha. Ziploc miraba cómo se observa un suceso difícil de explicar. Pero él prestaba mayor atención a unas cámaras que estaban tomando imágenes de todo lo que ahí ocurría. Reparó en el momento preciso en que una quedó fija sobre él. Vieja cosa esa de dejar evidencia de que alguien estuvo en un lugar. A veces, aquello de estar en el lugar adecuado en el momento correcto respetando una orden podía resultar nefasto. Un desgraciado suceso, sin duda. Él estaba solo cumpliendo una orden que los superiores desmentirían prolijamente, si eso les convenía, porque la Iglesia se quejaba del espionaje. Siempre debía haber alguien a quien echarle la culpa de todos los errores. Sabía que, si algo salía mal, caería en desgracia, sería el «pavo de la boda» (le diría Enriqueta riéndose libertina), y que resultaría inútil cualquier explicación sobre su presencia en medio de una movilización con esas tres “T” mirándolo orondas con la misma tranquilidad con que el papa las envió a los cuatro puntos cardinales desde su residencia en Santa Marta.

«Tres “T”, ¿tierra, techo y trabajo?», Ziploc repitió la consigna pintada sobre la tela plástica con vivos colores. Podía ver a Enriqueta jugar como si fuera una compañera más con la gente que solo pasaba el rato esperando marchar hacia la Plaza de Mayo.

Ziploc era simple; ella, en cambio, demasiado cínica para su modo de ver las cosas. Él no jugaba nunca con sus víctimas, le parecía de mal gusto y no por algún asunto vinculado a un prejuicio moral, sino porque interpretaba que ese juego, ese vínculo, aunque primario y superficial, le podría hacer perder objetividad. Era obsesivo en cuanto a no perder objetividad, a no ser tentado por sentimiento alguno. Pero notaba que a Enriqueta eso la divertía, que los disfrutaba extrañamente y que, muy por el contrario, la entusiasmaba y resultaba en el estímulo indispensable para llevar a cabo la tropelía que le hubieran ordenado.

Alguna vez le dijeron que ese apego inalterable a la objetividad era sin duda un trauma que arrastraba desde que nació. Tal vez un golpe o dos, un desperfecto de la corteza cerebral. No recordaba si fue cuando lo semblantearon para el ingreso o cuando aprobaron su incorporación a la Agencia.

Lo suyo era un claro ejemplo de la incapacidad de tener empatía con alguien, tanto con “alguien”, un humano, como con un perro, un gato, una miserable lombriz, un talismán, “algo”. Solo “algo”. “Eso”. Así podría llamarlo, “eso”. “Algo”, “coso”, “eso” eran tres magníficas palabras que lo decían todo por él.

Ziploc todo lo cosificaba, fuera un ser vivo o un objeto inanimado. No veía al hombre como hombre, a la mujer como mujer, al perro como un perro, a la piedra como piedra. Solo eran “coso”, “algo”, “eso”, y así las mencionaba en sus informes. El hombre no era tal hombre, apenas un objetivo; era “coso” o “eso” o “aquel”, pero sin nombre, sin rostro, sin dolores, sin sangre, sin quejidos cuando se moría. Nada más que una mención en un papel para archivar.

Incluso ni su esposa ni sus propios hijos, a los que creía amar, aunque no estaba demasiado seguro, le provocaban ese sentimiento. Eso sí, nadie podía atreverse a entrometerse con ellos. Quien se atreviera no sobreviviría para jactarse. Sería implacable. Pero hasta entonces no se había visto obligado a enfrentar una situación semejante. La familia era sagrada casi como la propiedad y como las tradiciones. Eran tres cosas que estaba dispuesto a defender a muerte. Y esa no era una mera expresión en su boca.

Pero Enriqueta ejercía el cinismo con un curioso refinamiento. Y eso lo descolocaba, aunque no tanto como sus burlas. Sus burlas lo irritaban como pocas cosas. Sobre todo, la comparación con Moria Casán, y se reprochaba haber sido él, justamente él, quien le reveló ese dato. Desde entonces, no era Ziploc, para ella, ni siquiera nailon; era “Moria” cuando no “Adelaida”. Por eso sabía que, en algún momento, debería poner las cosas en su lugar. Él entendía bien qué lugar le correspondería a esa mujer de nombre horrible, pero dudaba que ella siquiera lo sospechara.

Las “Tres T” volvían sobre él sus tres hampas y sus tres barras, y hasta podía sentirlas con sus picotazos, molestarlo casi tanto como Enriqueta.

Era la letra de la voluntad. ¡Justo la letra de la voluntad! ¡A él, que era pura voluntad!

Lo que más lo indisponía de esas tres “T” que flameaban en un cartel que se extendía a lo largo de toda la avenida Rivadavia era que expresaban la maldita voluntad de ese odioso papa comunista y de ese torrente de pobres salido de los confines de todo el suburbio citadino. «Un desarreglo apocalíptico», explicó con esas tres palabras a uno de sus hijos su odio contra el papa comunista y esa plaga de «negros vagos y planeros». El niño quiso comprender, pero no pudo, aunque tampoco reclamó una explicación más simple, más sencilla. No comprendía aquello del «maldito papa comunista», y lo de «los negros planeros, zurdos, vagos y borrachos» que embarazaban a sus mujeres para cobrar unos dineros del Estado.

Cuando Ziploc le preguntó si había interpretado plenamente la explicación, porque era algo trascendente para su propio futuro, el niño movió afirmativamente la cabeza y dijo con voz angelical: «Sí, papá». Niño precavido, no quería un encuentro con una mano de su padre. Si bien él nunca le había pegado, solo de mirar esas dos enormes manos había concluido lo prudente que era evitar todo lo que pudiera irritarlo. Más valía precaver que curar, algo que el chiquilín sí comprendía a la perfección, no como aquello del desarreglo apocalíptico.

Enriqueta se acercó a él sonriendo y bailando al son de la batucada.

—Te gustan los negros. —Ziploc fue todo lo cínico que su confusión se lo permitía en ese momento.

—¡Ay, Moria, Moria! —La mujer sabía dónde pegar para enfurecerlo. Ella quería que perdiera el control de sus acciones; luego se ocuparía de que lo degradaran y devolvieran a algún lugar intrascendente. No le gustaba ese hombre. Su formalidad, sus prejuicios, su modo de hacer la profesión casi como un acto religioso.

—No me llamés Moria.

—Es una broma.

—No me vuelvas a llamar Moria. —Ziploc miraba el despliegue de los manifestantes. Enriqueta tomó nota de su ira—. Y, por favor, dejá de cantar esa canción.

—Eso nunca, no puedo, es mi laburo. «Que se vengan los niños» —insistió solo por provocarlo.

—Laburo de mierda, el tuyo. Psss… ¡Laburo! —exclamó despectivo.

—Si tenés una queja escribí un descargo. Vas a ver adónde te mandan a quejarte. —La mujer sabía bien de qué hablaba.

—¿Qué significa CTEP? —preguntó Ziploc como si no hubiera pasado nada entre ellos.

—¿Ahora me pedís ayuda para tu informe roñoso?

—No estamos acá para ningún informe, eso es mentira.

—¿Ah, no? —Enriqueta quiso mostrarse sorprendida.

—No. Nadie serio nos pediría un informe a vos o a mí. Vos te dedicás a reclutar pendejos. Yo, a todo lo que se necesita para que este mundo siga siendo lo que es.

—No sabía que eras filósofo. Así que, al final de todo, estamos acá al pedo, mirando negros pasar y pasar.

—Querían la foto nuestra en este lugar. —Enriqueta no pudo disimular su extrañeza al escuchar esas palabras.

—¿Y para qué iban a querer una foto tuya y mía acá?

Ziploc no respondió. Se rascó la cabeza con su manota.

—¿Qué significa CTEP? —volvió a preguntar.

—Central de Trabajadores de la Economía Popular. Laburan con el papa.

—¿Con el papa?

—Sí, con tu amigo Francisco.

—Ese tipo es comunista.

—Sí, dale. Es Lenin. En vez del Evangelio te recita El capital. ¿Qué más querés saber?

—¿Movimiento Evita? —Ziploc señaló en dirección al cartel que tenía estampado el nombre de Evita y su imagen.

—El coso de barba.

—¿Papá Noel?

—Justo, Papá Noel. El tipo que tiene una barba hasta el ombligo.

—Papá Noel.

—Pérsico, loco, Pérsico. No te queda gracioso lo que hacés.

—No me interesa ser gracioso.

—Me doy cuenta con facilidad, macho.

—No sé quién es Pérsico.

—Bueno, buscalo en Google.

—Eso —señaló en dirección a un enorme cartel blanco y celeste—. Las tres “C” juntas, ¿qué significan?

—Corriente Clasista y Combativa. Alderete. La Matanza.

—Corriente, clasista y combativa —repitió Ziploc acentuando cada sílaba—. C… C… C… Alderete…

—Maoístas.

—Maoístas —coreó el hombre mecánicamente—. ¿Y Barrios de Pie?

—Y… eso es Barrios de Pie, que no están sentados. —Rio, pero solo a ella le pareció gracioso.

—Barrios de Pie, ¿quién lo dirige?

—Chuqui Menéndez.

—¿«Chu» qué?

—Chuqui. Chuqui, como el muñeco maldito.

—¿Y ese quién es?

—Un tipo, un político. ¿Para vos todo es «eso», «coso», «ese coso»?

—¿Comunista?

—No. Comunistas son los otros, los maoístas, del PCR.

—¿PCR?

—Sí, PCR. —Enriqueta respondía ya con fastidio.

—¿Qué quiere decir PCR?

—¿Sos o te hacés? Después no querés que te diga Moria.

—No me sigas jodiendo con lo de Moria. Te hice una pregunta.

—Partido Comunista Revolucionario.

—¿No era que el comunismo se había muerto?

Enriqueta soltó una carcajada que voló por los aires.

—Partido. Comunista. Revolucionario. —Ziploc repitió las tres palabras con parsimonia y luego movió la cabeza en señal de desaprobación.

—Esto es muy peligroso. Es el único país del mundo que le da de comer a un ejército enemigo. Yo no alimentaría un ejército enemigo, y menos si está lleno de maoístas. Los maoístas son peligrosos. Yo los aniquilaría.

Enriqueta lo miró exaltada.

—¡Por fin, Moria, te oigo decir algo inteligente!

—Te dije que no me vuelvas a llamar Moria.

La advertencia de Ziploc sonó como de hierro. Pero Enriqueta sonrió despreocupada. Consideraba que la distancia entre la ira de su compañero y sus posibilidades de venganza estaba limitada por el estricto orden interno.

—¿Y vos no sabés nada de todo esto que me tenés que preguntar a mí por cada uno de estos cosos?

—Solo quería escuchar tus respuestas. Tu voz me vuelve loco.

—¡Dale, boludo! Estás en pícaro. —Lo manoteó para que no quedara en un simple asunto de palabras. Ziploc la miró indiferente, como cuando observaba un suceso trivial o a un fulano que ya estaba muerto, pero todavía no se lo habían comunicado adecuadamente.

—Vámonos. Ya tienen la foto que querían.

—No me dijiste para qué iban a querer una foto nuestra en esta marcha llena de negros.

—Reaseguro.

—¿Y eso?

Ziploc no volvió a hablar del asunto. Salió por una perpendicular a la avenida hacia donde había dejado su automóvil estacionado. Enriqueta lo siguió.

—¿No tenés que ocuparte del asunto de los pendejos? —preguntó el hombre sin dejar de mirar hacia adelante.

—¿De acá cómo salgo?

—Andá hasta Alberdi y ahí tenés colectivos.

—No seas choto, arrimame.

—Caminá, vieja, te va a hacer bien a la circulación y por ahí dejás de hablar boludeces.

Enriqueta iba a insultarlo.

—No vuelvas a llamarme Moria. —La voz sonó más amenazante que en oportunidades anteriores.

La mujer siguió en dirección a la avenida y se alejó de Ziploc sin despedirse.

4

Los redoblantes sonaban alegres. Y más atrás los bombos acompañaban con sus sones el repiqueteo incesante de los palillos contra las tensas membranas de los tambores.

La multitud se apretujaba para comenzar la marcha. Ziploc creyó ver por un instante, justo antes de abandonar el lugar, la pirueta extraña de una bandera que se alzaba en dirección al cielo, pero no como lo haría una simple tela empujada por el viento.

Era un vuelo triunfal, y ese modo de vuelo lo hizo vacilar por un momento. Pensó si no debería filmar con su celular la escena, pero se sintió ridículo. Si Enriqueta no fuera tan jodida, le pediría a ella que lo hiciera, pero sabía que se burlaría de él por su pedido. Y si volvía a llamarlo Moria, iba a tener que pegarle allí, en público, ante esa multitud de la que no sabía cómo podía reaccionar viendo a un hombrón de su tamaño golpear a una mujer que apenas si le llegaba a la mitad del pecho.

Para aumentar su desorientación, la imagen de San Cayetano parecía observarlo reprochándole su actitud. San Cayetano había sido su santo preferido. Pero luego cambió de querencia y se hizo devoto de San Expedito.

San Expedito era colorido, algo que a Ziploc le agradaba. San Cayetano era más oscuro. Sería por eso del trabajo. Su trabajo era realmente oscuro y con eso tenía bastante. Pero San Expedito sí que era colorido. Con su capa roja y esa ropa que no sabía si era puro adorno o una verdadera armadura. Era el santo de comerciantes y navegantes. Y si él no fuera quien era, hubiese sido navegante. Pero cambió los mares por la tierra y había puesto todo su empeño en servir a sus jefes con entusiasmo.

La sensación de que esa bandera flameaba de un modo diferente no se repitió. Vio, sí, un grupo que se movía en una dimensión diferente de la del gentío y que, hubiera jurado, portaba la bandera de un modo casi religioso. Le pareció oír que el grupo gritaba «aquí está la bandera esplendorosa», pero esos gritos se mezclaban con la vocinglería de los manifestantes que clamaban por ¡techo, tierra y trabajo!, las tres «T» del papa comunista, de las que esos menesterosos se habían apropiado para sus coloridos carteles. «Maldito papa, malditas letras, malditos carteles», masculló Ziploc entre dientes. Aborrecibles letras que lo amenazaban con su voluntad en cruz y esa mujer insoportable que lo tironeaba para que salieran de allí antes de que tuvieran que ir caminando hasta la Plaza de Mayo, destino final de la manifestación.

¿Por qué no podía ser aquel flamear tan diferente al del resto de las banderas? Un movimiento que delataba la presencia de «La Reliquia», esa que se había fugado en las narices mismas de sus perseguidores. Si su compañera no fuera una bruja desalmada que disfrutaba comparando sus pechos masculinos con las abundantes siliconas de la Moria, podría contarle sus sospechas. Aunque ni siquiera se trataba de sospechas. Corazonadas, porque eso y solo eso eran: unas modestas corazonadas.

Si acertaba sería un héroe, un prócer en la Agencia. Pero si solo se trataba de un delirio suyo, ¿quién soportaría a esa «yegua» jodiendo y jodiendo todo el santo día con sus chistes sobre sus tetas, su culo, su cabeza de opa queriendo ver espectros donde solo había «negros de mierda»?

Prefirió mantener la boca bien cerrada. Un secreto bien guardado solo se logra cuando uno solo lo sabe. Dos lo echan a perder al instante. Boca cerrada, cabeza vacía y nada que comentar sobre el asunto de la gloriosa bandera flameando en dirección al cielo, «la enseña que Belgrano nos legó».

VI

Amor y parabellum

1

Ámbar cree que abrió los ojos. O que los abre en ese justo momento. O que los abrirá apenas ese extraño sopor se lo permita. ¿Lo hizo, lo hace o lo hará? No puede decidirse.

Si fue, no sabe qué vio. Si es, lo que ve no lo comprende. Si será, tal vez encuentre la explicación.

No puede definir su estado ni su condición. Ámbar fluye en una forma del tiempo diferente. Circula multidimensional entre arriba y abajo y su cuerpo padece una metamorfosis cubista.

El amor es un fluido dentro de su propio cuerpo. Ni líquido ni gaseoso, un misterio de besos y caricias. Es la verdadera sustancia que la mantiene tibia, latente y expectante. Si no tuviera ese mágico zumo, tal vez hubiera muerto hacía rato, cuando el primer disparo y antes del segundo, del que zafó, dijo el médico, solo porque es demasiado joven.

Desde una analogía dimensional surgen a su alrededor palabras que, en una sugestiva digresión, esquivan las complejas maquinitas que la vigilan. Las palabras parecen repetir, con su dinámico salto de una dimensión a otra, una pregunta a la que Ámbar no puede dar respuesta: «¿Dónde estás, amor de mi vida?». La pregunta es lo único constante en esa alteración del tiempo y del espacio. ¿Dónde estás? ¡Dónde! Amor de mi vida.

Tantea buscando algo. Su mano derecha está entumecida; una correa de cuero la sujeta con fuerza a la baranda de hierro. Desiste del esfuerzo y vuelve sobre su propia percepción.

Su mirada entra en un túnel. Está observando la verdad a través de un agujero negro y rojo. Los bordes chamuscados y, en el interior, bucles de sangre que empiezan a correr junto a un transparente suerito que lubrica la mirada para que pase de lado a lado por donde entró la bala.

Repara en ese animal extraño que entra por su boca y baja a través de la garganta hasta sabe Dios dónde. El sonido mecánico de un sube y baja rebota justo al lado de su oreja derecha. Es un sonido que sale de la barriga de un aparato con forma de trapecio invertido. Unos hilos llegan a su brazo, el que la correa amarra a la baranda de hierro, desde un recipiente en el que bulle un líquido transparente que refleja la luz del cuarto de manera genuina.

Llega al final del túnel y por él ve al hombre con el arma en la mano. Ámbar reconoce la máquina de la muerte, ve retroceder el gatillo empujado por un dedo algo pequeño pero fuerte y calloso. ¡Glock! ¡Glock! Escucha perfectamente qué le dice por esa boquita negra aún caliente. ¡Glock! ¡Glock! De ella brota ese humito siniestro. Es el aliento del último disparo que huele a azufre y que se dispersa en un remolino perfecto. «¡Hija de puta! ¡Hija de puta!», vocea el salmo de la maldición, su canon de odio. «¿Te creíste lo del pañuelito verde, lesbiana de mierda?». Repone la melodía del odio en un rizo, la voz que espirala su siniestro y mortal mensaje de plomo caliente.

El segundo disparo no pudo verlo, pero sí oírlo. Fue un sonido de timbal reseco. No solo sintió el sonido: tañido de una campana muerta por el badajo de la muerte, culata de una Glock entusiasmada. Sintió el contundente golpe como se siente el último suspenso. Observa con detalle cómo el golpe la empuja para que caiga. Y cae. No puede evitarlo. Cae. Y cae hasta dar con la cara contra el piso. El golpe hace sonar los huesos del pómulo y el ojo se desplaza hacia arriba, empujado por la inercia del impacto. Se llena de sangre la cuenca, que adquiere el aspecto de un insignificante caldero henchido de un coágulo espeso. Deja de ver por ese ojo y la ceguera inaugura su linaje negro.

El hombre la mira con una sonrisa en los labios. ¡Jiji! ¡Jiji! Ríe. Hiénido aullido o zumbido de mosca verde que revuelve la carne chamuscada. Es un verde metálico, color de jade macabro. Metalúrgico aleteo y, entre cada aleteada, se filtra el hiénido aullido.

Fuga de muerte. Ámbar se repite esas tres palabras que llegan desde un libro pequeño que no logra distinguir. Fuga de muerte, en el lomo de una moto poderosa. Ella la reconoce. Ama las motos, las adora. Montarse en una de ellas y correr pegadita a la máquina para cortar el viento como una flecha lanzada a una magnífica carrera.

Es una «Ninja», una verdadera «Ninja» roja y negra, los colores del túnel que atravesó solo un momento atrás, por donde entró la bala por la espalda hasta salir por el pecho, algo por encima de un seno que quedó hinchado y azul, coágulo de una fruta amarga.

En una Kawasaki Ninja rojinegra y a golpe de ¡Glock! ¡Glock! se fuga la muerte a toda velocidad. Cuando escapa, oye el grito «¡Fuga de muerte!» y de un cántaro negro se derrama la leche negra de la tarde, del ocaso, de la noche, y el hombre, mientras huye con su risita a cuestas, cava una tumba con la cabeza de una serpiente para que se acomode en la estrechez de ese enterramiento, cubierta con los cabellos cenizos de una desfigurada Margarete que se arrastra a la par de la serpiente. Bíblica paz espera Ámbar y, mientras bebe la negra leche del alba, Margarete le pregunta la pregunta: «¿Dónde estás, amor de mi vida?». Y nada, solo silencio en esa rara habitación donde monitorean sus sueños y respiraciones.

Necesita la caricia en la frente y el sabor de los labios del amor de su vida. Pero está sola. Se corrige. Ella y amor y parabellum y el último disparo en íntima refriega que se repite entre la luz de un limbo negro como la leche negra del ocaso.

2

«Prepárate para la guerra, prepárate para la guerra». Fue la consigna, desde entonces, de cuando era apenas un cadete y corría de aquí por allá por la falda de una montaña de cadáveres.

—¿Cómo pudiste fallar? —El más viejo le preguntó no por mortificarlo. El extranjero no podía explicarlo.

—Le tiré con precisión —respondió. Una mueca le torció la boca.

No le tembló el pulso. Puso las balas donde debía. Una la vio entrar y atravesar la carne. Sospechó su fuga por el pecho. La otra debió seguir el mismo camino. La sangre saltó en gruesos gotones. El tejido se deslizó por la boquita y la muerte no podía tardar en hacer lo suyo. Así pensó y dio todo por hecho.

—La di por muerta, cayó como una bolsa de papas. —Podía jurarlo.

—Pero la mina sigue viva.

«Pero la mina sigue viva», casi una condena para el tipo venido a matar desde tan lejos, muy lejos. No era necesario que lo hiciera, pero «Foreign» deseaba experimentar para sacar conclusiones acerca de la muerte ajena; para eso lo aceptó López Teghi por pedido de su mentor, Consiglieri.

Tenían sobre la pequeña mesa de madera una hoja manuscrita con la dirección del hospital, la sala y la cama donde Ámbar resistía la muerte.

—¿Vivirá?

—Dicen que está jodida. Dos paros —dijo el viejo, y señaló un papel sobre la mesa—. Aquí tengo el informe. Dos paros y salió de los dos. El médico dijo que su juventud la salvó, corazón fuerte, cerebro fuerte, cuerpo pequeño.

—La puta madre que la parió… —El experimentador bufaba embroncado.

—Puede pasar —lo consoló paternal el viejo.

Aunque no lo creía. Esas cosas nunca «pasan». Nunca. Pasa un pájaro que vuela. Pasa un pibe en bicicleta. Pasa una vieja con bastón. Pasa la farolera y el que tropezó. Pero «esas cosas no pasan». No son «las cosas» las que adquieren voluntad propia y te arruinan la vida. Es uno el que se manda la macana. Se le echa la culpa al destino, a lo imprevisto, a cualquier cosa que se tenga a mano. Incluso a un dios que ese día estaría de pendejadas. Pero el arma no falla, la bala no falla, la muerte no falla. El que falla es el hombre. Y ahí estaba «Foreign», con toda su ciencia, con toda su verborragia y su risita de hiena, casi por largar los mocos porque no podía explicar lo inexplicable.

—¿Alguna vez fallaste? —preguntó sin levantar la vista del papel manuscrito.

—Nunca, para qué voy a mentirte.

El viejo podría haber agregado:

—Con «Pérez y Pérez» estas mierdas no ocurrían. No te dejaba.

—¿Y ahora? —«Foreign» no quería una explicación, sí un consuelo. Tomaría notas en su pequeña libretita de hojas blancas.

—Schopenhauer me dijo que en el lugar sería imprudente —el viejo repitió el consejo—. Demasiados testigos. Tampoco se puede andar matando a un montón de gente por un solo objetivo. Habrá que esperar la oportunidad. O provocarla. La suerte te acompaña, hermano latinoamericano. La mina que anota los ingresos en el hospital es nuestra y truchó los papeles. Mujer sin familia, sin documentos, sin nada, fácil de ocultar. Hermano latinoamericano —el viejo se burlaba con placer—, no todo está perdido. El cumpa la registró, te leo, como Plácida More Lesbiyanka. ¿Escuchaste, hermano latinoamericano?

«Foreign» movió la cabeza afirmativamente y sonrió alelado. Los argentinos podían llevar los experimentos más extraños hasta sus últimas consecuencias. Nadie como ellos. La maldad argentina se podía cantar como el tango «no habrá ninguna igual, no habrá ninguna». La maldad de los poderosos argentinos no tenía parangón; no había ninguna maldad como la de ellos. Y eso merecía una anotación en letras de molde.

—¡Plácida More Lesbiyanka! ¿Viste qué ingenio el ingenio argentino para inventar un hombre? —Alabó el viejo la inventiva nacional.

«Foreign» le devolvió su sonrisa boba. Eso también merecía una anotación en su pequeña libretita de hojas blancas.

—Cirugía de cáncer de intestino. Glorioso. O se muere por la infección con caca o se muere de cáncer —señaló repetidas veces con su dedo índice su cabeza—, ingenio argentino. Pero se muere. Después se crema. Vieja a la parrilla. No hay más que hablar.

—¿Y los médicos? ¿Y los enfermeros?

—¿Qué con ellos?

—Son testigos.

—¿Son testigos? ¿Te parece, hermano de la patria grande?

—Y sí —vaciló «Foreign».

El viejo solo atinó a sonreír.

—Cuando el calibre es grande, los testigos desaparecen como el humo ese que fastidia a Ziploc. El orden natural se impone al racional. Nadie quiere morir en las vísperas.

«Foreign» bebió un trago de agua mineral de una botella azul que burbujeaba. Se preguntó quién carajo sería Schopenhauer, se puso de pie y caminó de un lado al otro para darse la oportunidad de repasar su yerro.

Repetía:

—Bajé de la moto. Caminé detrás de ella. Iba con los auriculares, no escuchaba. Saqué el arma, apunté, jalé el gatillo dos veces sin esperar, cayó de bruces, subí a la moto y acá estoy.

Supuso que lo mejor sería cargar los datos en el Excel y luego encontrar la fórmula que resolviera el acertijo.

—Tengo que analizar esto de manera conveniente.

—Schopenhauer dice que es un problema de aclimatación. Te falta aclimatación y eso hace que te falle la puntería. La humedad hincha los huesos y mortifica el pulso.

Pero no podía echarle la culpa al clima. López Teghi se hubiera cagado de risa de solo oírlo decir esa bobada. Esa explicación no podía conformar ni al señor presidente ni a su alcahuete. Había que buscar un razonamiento superador; en eso tenía vasta experiencia. Le pediría a Consiglieri que en la próxima reunión de gabinete expusiera sobre el tema para todos sus contertulios. En medio de la paz del «ocio Netflix», el presidente apreciaría esas reflexiones de su asesor estrella sobre cómo fallar en un asesinato, pero acertar en un encubrimiento. ¡Plácida More Lesbiyanka! Lo que valía el ingenio argentino.

3

—Secuestrala —es todo lo que Ziploc le dijo cuando lo tuvo cara a cara, a su regreso de Liniers.

—¿Te parece, hermano?

Ziploc se preguntó a sí mismo: «¿Hermano?». Y se respondió al momento: «Hermanos son los huevos. Andá a la selva a comer tu banana, mono».

—Secuestrala —repitió inexpresivo—. Era una joda lo que le estaba diciendo. Pero «Foreign» era tan… que todo lo que se le decía valía una anotación.

—¿Solo?

Ziploc le dio la espalda y dejó de hablar. El viejo trató de simular que dormitaba. No estaba «la nena» para pedirle ayuda. Enriqueta se hubiese burlado de él con verdadera saña.

—¿Solo? —insistió.

—¿Y para qué vas a necesitar ayuda? Vos sos un genio de los Andes, el preferido de nuestro amo por propiedad transitiva. El asesor estrella y su monito de la cadena que falla un asesinato en plena calle. Aquí estamos ¿por tu capacidad? ¿Quién lo sabe? Viniste a estas pampas salvajes de los confines del mundo civilizado a experimentar. Entonces, experimentá. La agarrás, la cargás y te la llevás a tu casa. Después pedís un rescate y después le pegás un tiro. Fácil, ¿no?

—No me parece.

—Menos mal.

—¿No está la nena? —preguntó «Foreign».

—¿Qué nena?

—Martí, la Enriqueta, pa’ servirlo en lo que necesite.

—¿Nena? ¿Nena, semejante conchuda?

—Es un modo cariñoso. —«Foreign» quiso resultar gentil.

—¿Te la querés culear, que estás cariñoso? —Ziploc no perdió la oportunidad de relajarlo.

—¿Qué? —El hombre se desentendió del argentinismo.

—Digo si te la querés coger, mimoso.

—¡No, hombre! Solo pregunté, porque tal vez ella estaría dispuesta a colaborar conmigo.

—¿Está fea según vos para culearla? ¿No estabas cariñoso? ¿O te gustan putas finas?

—¡Bah! Quién habla de echarse polvos en este momento.

Ziploc se encogió de hombros. Le importaba un carajo las angustias del otro.

—Andá, terminá el laburo y listo. ¡Finísela, chabón! Hacé lo tuyo y no jodas más. No jodas más —repitió displicente—. Vos la cagaste, vos la arreglás.

—Hay que ser solidario —reclamó «Foreign». Pedía un gesto de comprensión para con su suerte.

—Andá a Cáritas, entonces.

El viejo intervino saliendo de su representación de ensueño.

—Schopenhauer no cree en la solidaridad. Es un problema de raíz filosófica. Es un escéptico por naturaleza.

Cuando el viejo nombraba a Schopenhauer, «Foreign» quedaba sorprendido por la sola mención del apellido. No encontraba relación entre el filósofo alemán y aquellos hombres que solían tratarlo con desprecio.

—¿Y dónde andará la nena?

—Cazando pendejos.

—¡Uh! ¡Quién sabe a qué hora ha de regresar!

—Nunca se sabe —justificó el viejo esa tardanza de la mujer.

—Si por cinco que caza se come uno, no vuelve hasta mañana al mediodía.

—¡Qué inconveniente! —exclamó «Foreign»—. ¡Qué inconveniente!

4

Ziploc atendió el llamado. Escuchó sereno sus órdenes. Luego tomó un celular que estaba sobre la mesa roñosa y llamó a un número que estaba encriptado bajo el nombre de «Avatar».

—Dice el jefe que largués a la lesbiana. —Todos oyeron que dijo con voz pausada y clara—. ¿Entendiste? Repetilo, entonces. ¿Por qué? Porque hay cada boludo suelto que no sabe diferenciar una espalda de una cabeza. —«Foreign» no se dio por aludido.

—Liberala ahora, pero no le devuelvas nada, ni plata, ni llaves, ni celular ni una mierda. ¿Ok? Bon giorno.

Iba a cortar la comunicación, pero se detuvo.

—¿Cómo que cómo la soltás? ¿Sos o te hacés? Y si estás solo, esperá que lleguen, o llamalos, o sacá un aviso en Clarín, pendejo. La sacás como la metiste. Capucha, auto y a la calle. ¿Tan difícil? Tirala por algún lado. Que la vean. Si la tenés que largar es porque quieren que la vean viva. ¿Para qué? Yo qué sé. ¿Qué sos, Juan el Preguntón? Hacé lo que te dicen y dejate de joder.

Ziploc terminó ahí su conversación. Cuando Guadalupe fuera liberada, la vieja haría su informe.

«Más resistente de lo que parece», escribiría.

«No se desequilibra. Tenerlo en cuenta».

En el tugurio, el matón anotó la hora del llamado y el mensaje en un cuaderno marca Gloria, roñoso, las tapas casi deshechas. Era una orden del jefe del grupo. Todo lo que ocurría se anotaba allí. Si pasaba algo, lo primero que había que sacar era el cuaderno, un ayudamemoria, por si acaso. Luego de escribir se dirigió donde el calabozo.

La sombra del rufián llegó al sucucho donde estaban Guadalupe y la vieja.

—¡Vos, che! —La vieja alzó la vista hacia la sombra, esperanzada.

—¿Qué mirás, vieja? ¿A vos quién te va a venir a buscar? ¡Vaca! ¡Vaca apestosa! A vos te hablo, flaca. A vos, che.

Guadalupe levantó la cabeza, que reposaba con la frente apoyada en sus rodillas, y miró a la sombra del policía, no sin confusión.

—Tomátela. Tuviste suerte esta vez. Rajá rápido antes de que me arrepienta.

Guadalupe se puso de pie. Oyó que el guardia hacía caer las trabas de la cerradura y empujaba la puerta de gruesos barrotes hasta abrirla casi por completo. Guadalupe salió del cuchitril roñoso desconfiando. Temía que el hombre la atacara aprovechando la soledad. Pero el matón le indicó que caminara por el pasillo que derivaba en una especie de hall amplio donde había un escritorio y un par de sillas.

—Sentate ahí y esperá, no hagás boludeces.

Guadalupe obedeció.

—¿Mis cosas? —preguntó ingenua.

—¿Qué cosas?

—Mi cartera con mis cosas.

—¡Dejate de joder! ¡Todavía querés las cosas! Da gracias que no te llevás nada en el orto.

—Vine con mi bolso, mi celular, mis documentos, la llave de mi casa.

—Se fueron a pasear.

—Quedate con la guita, no me importa. Pero dame el celular y los documentos, por lo menos.

—No te doy nada porque no se me cantan las pelotas. Ponete esta capucha y quedate piola porque tengo poca paciencia.

Guadalupe necesitaba putearlo, vaya si quería putearlo. Se mordió la lengua. Si armaba un escándalo capaz volvía a encerrarla. ¿Y Ámbar? Lo único que importaba era Ámbar. Podría haberle dicho «metete todo en el culo», pero se volvió a morder la lengua. No pudo evitar, sin embargo, preguntar por la otra compañera de celda, la que «vendía escarpines» todas las noches en los tugurios más obscenos.

—¿Y la otra chica, la que se llevaron?

El hombre dejó de mirar estúpidamente el cuaderno sobre el escritorio. Alzó la vista, la fijó en los ojos de Guadalupe.

—Te dije que te pongás la capucha. ¿Entendiste?

Ella obedeció.

Luego escuchó que el matón se puso de pie y se acercó a ella. Le habló al oído.

—¿En serio no te gustan los hombres? —Le dijo mientras pasaba la lengua por los labios en sicalíptico gesto.

Ella no podía verlo, pero sí sentirlo.

—Te pregunté por la otra chica —su voz sonó contenida por la trama apretada de la tela negra.

—¿No será porque nunca probaste una buena pija?

Guadalupe se ovilló para protegerse del hombre.

—Solo quiero saber cómo está.

—Cerrá la boca y no preguntés boludeces. Tenés un orto a toda prueba. De acá, degeneradas como vos, son pocas las que salen vivas. Andá a tu casa. Olvidate de todo. Respetá la familia. Y si te cansás de chupar conchas, venime a ver que yo te voy a hacer sentir mujer como nunca.

La obligó a ponerse de pie. Dos rufianas los esperaban en un auto. Se oyó un timbre que vibró sarcástico avisando que el automóvil salía. El que estaba de guardia ni se dio por enterado. Otro abrió el portón y dejó salir el auto.

Guadalupe calculó que el viaje duró algo más de media hora. También que dio varias vueltas como si repitiera el camino muchas veces.

Luego se detuvo. Un matón abrió la puerta trasera, la empujó hasta tocar con la frente sus rodillas y le arrancó la capucha.

—Bajá sin mirar. Si mirás, te rompo la cara.

Ella descendió como pudo. Oyó que el tipo le dijo:

—Caminá para allá y contá hasta cien.

Obedeció la orden y empezó a andar en el sentido que le indicó el matón. Contó lentamente y respiró aliviada.

El coche se alejó a toda velocidad. Prefirió no mirar. Se quedó parada ante la puerta de un edificio en el que un hombre lavaba la vereda. Se miraron y el hombre esquivó su mirada. Vio cuando la bajaron del automóvil y decidió no ayudarla. No buscaba problemas. El miedo es un poderoso narcótico.

«Zafaste», se dijo.

Dejó pasar unos segundos, pero esta vez se preguntó:

«¿Zafaste?»

Solo importaba cómo llegar al hospital donde le dijeron que estaba su amor, herida de bala. No tenía ni SUBE ni dinero. Caminaría lo que fuera necesario. Pero necesitaba llegar donde Ámbar porque, seguro, la estaba aguardando.

———–

Para mí, corazón, tu blando cuerpo,
tu crepúsculo cisne, tu fruta acogedora,
tu manera de gota suspirando un sonido, necesito.

La noche fragua una estrella en nuestro nombre
y mis labios y tus labios saben
del misterio genuino de los besos.

Mis besos van hacia los tuyos, siempre, de memoria.
Voy a reconocerte en el temblor del abrazo,
piel a piel, vibrando de amor
y a celebrarte en caricias como loca.

Recogeré tu herida como una flor nocturna
y la sanaré de amor, acariciándote.

Necesito tu voz y tu silencio
y tu modo sencillo de celebrar la vida.

Quiero estar a tu lado, ser el arrullo,
la palabra, la lámpara, el anillo,
todo lo que toque tu cuerpo, tu delicia.

Si vos no estás, llega la ausencia
como una mariposa muerta. Sin ti, mi amor,
nada tiene sentido. Moriré entre sombras.

Eres mi Ámbar, mi región de cielo,
eres mi puerto y mi refugio,
amarrada a tu cuerpo para siempre.

Manuscrito hallado entre los efectos personales de Guadalupe

Sin fecha. Hoja suelta, escrita a mano. Presuntamente redactada durante los días posteriores al atentado contra Ámbar. El papel presenta correcciones mínimas y manchas de humedad. Se conserva el texto tal como fue encontrado.

***

VII

La vampira

1 

El cura les dijo a Faustino y Rudecindo que se olvidaran de las viejas protestonas. Nadie les prestaba atención. Ya se acostumbrarían, como las familias se acostumbraron a sus trifulcas, las que se tomaban como parte de un paisaje equivocado. La sustancia de un tiempo que se fue entre lamentos y que no volvería jamás.
Las viejas eran piel y hueso, consumidas por la repetición de hambres que se parecían unas a otras y de las que no recordaban cuándo comenzaron a sucederse sin poder evitarlas.
Estaban ahí, de pie, como dos estacas resecas, desde mucho antes de que todo se arruinara y solo peleaban para no tener que entenderse con lo que quedaba de todo aquello. Unas nadas, unas cuantas miserias, trastos viejos, tachos y abrigos descosidos, mendrugos de pan, hombres resecos, sin ningún entusiasmo, paseándose alrededor de unos montoncitos de basura por ahí y por allá. Entre todos ellos, el hambre que estrujaba la carne contra los huesos y ese frío, ese frío que no había modo de calentarse nunca.
Si la cruz era pequeña o grande, si era de hierro, sólida señal de la devoción católica, o apenas unos fierritos oxidados que parecían más un pretexto que un símbolo, no tenía importancia. Al cura no le importaba en lo más mínimo, pero ellas lo discutirían como si en ello se debatiera el destino de la humanidad misma. Una vieja seguiría sin poder decir la palabra «iglesia» y la otra repetiría mecánicamente «no, no, no», y así estarían, farfullando todo el tiempo que sus pobres energías se lo permitiesen.
—¿Pudieron dormir anoche? —preguntó el cura con una sonrisa.
—Yo sí —dijo Faustino. Rudecindo, en cambio, solo hizo un movimiento con su cabeza.
—¿Pasaron frío?
—No —mintieron a dúo.
—Esta noche los voy a acomodar en otro cuarto. El salón estaba repleto y no los esperaba.
—Sin problema, padre. Dormimos donde se pueda.
—Un par de días, no más —explicó Rudecindo por los dos.
—Lo que necesiten.
—Hasta que encontremos a los amigos.
—Y a la madre. —Faustino no podía disimular su angustia.
—¿Pasó algo con la madre? —El curita captó la amargura en la voz del muchacho.
—No sabemos dónde está.
—¿Y eso? —El sacerdote trató de comprender.
—Dicen que se fue a las quintas.
—¿A las quintas? ¿Quién les dijo eso?
—Una tipa que dice que le compró la casa.
—¿Una rubia petisa y gorda?
—¿La conoce, padre?
—No, pero me han hablado de ella. Anda con otra que viene de afuera. También rubia, pero más joven o joven, no sé, depende de quién la describa. ¿Y su madre pudo haber vendido la casa?
—Imposible —Faustino no tenía duda alguna.
—En esas quintas pasa de todo —afirmó el sacerdote.
—Trabajo esclavo —explicó Faustino.
—No es lo peor que ocurre ahí dentro. —Los muchachos se miraron sin atreverse a preguntarle por qué decía aquello.
El sacerdote se apartó un momento. Una mujer reclamaba su presencia en voz alta. Les sugirió que tomaran el mate cocido con azúcar. Les señaló una gran olla donde la infusión hervía con impaciencia. Si había alguna galleta, se las traería, pero esa semana había sido de escasez y no de abundancia. Como casi todos los días. 


2

La marcha empezaba temprano. A las ocho había que estar para la partida, algunos desde el santuario, otros desde la estación. De Liniers hasta Plaza de Mayo. «A patita», dijo el cura. Pura alpargata, zapatilla rota y algunos en ojotas, los más duchos en patear la calle.
Tierra, techo y trabajo. Así de simples los reclamos. Pero el señor presidente ni se daba por enterado.
Si los reclamos eran por la mañana, decía con voz gangosa del sueño mañanero: «La mañana no se hizo para escuchar reclamos».
La mañana era la promesa de un día mejor que el anterior. Y a las promesas de prosperidad y bienestar había que saber cuidarlas. Nada de reclamos tempraneros. Desayuno, besos maritales, algo de paddle y una ducha calentita, calentita.
Sus custodias lo seguían como perritos falderos de aquí para allá mientras uno de ellos, el más fiero de todos, iba filmando a escondidas todos sus movimientos. Reinafé dio la orden hacía ya un tiempo que nadie recordaba. Todos los funcionarios a los que se les prestaba el servicio de la custodia se los espiaba. Choferes, mucamas, mozos, chefs y prostitutas, todos servicios especiales de operaciones especiales que iban dejando registro de las actividades del beneficiario. Nunca se sabía cuándo y cómo podían servir esas filmaciones para hundir algún político caído en desgracia o que había que desgraciar. La política cambia y había que saber acompañar esos cambios.
Cuando el señor presidente descifraba la sonrisa aleve de sus custodios en las aburridas mañanas en la quinta presidencial, les repetía las mismas palabras cada día:
—Hay que empezar el día con buena onda. —Era todo lo que tenía para decirles.
Si los reclamos llegaban a su despacho en las tardes, afirmaba suelto de cuerpo: «La tarde no se hizo para escuchar reclamos».
—Hay que atravesar la tarde con buena onda. —Era todo lo que tenía para decir. Luego se disponía a dormir la siesta.
Pasado el descanso, paz en el alma y tregua al cansancio, se abanicaba para pasar el rato. Él, metódico (porque lo era y en grado extremo), a las 18 horas exactas apagaba su celular hasta el día siguiente.
—La noche no se ha hecho para escuchar reclamos —explicaba mientras desconectaba el teléfono con entusiasmo infantil. Sus custodios aprobaban la decisión moviendo afirmativamente sus cabezas coordinadamente.
A la tardecita, con el crepúsculo, si estaba aburrido (podía pasarle como a cualquiera), lustraba los palos de golf antes de salirse al campo a probar unos hoyos. Antes de eso, su sesión de yoga para calmar los nervios.
En esos momentos de meditación trascendental la misericordia se le presentaba barriguda. Y esa imagen le inspiraba una oración budista para enriquecer el alma. «No todo es pura materia, la caridad no siempre es plata», repetía el señor presidente a quien quisiera oírlo mientras acomodaba los palos de golf antes de la partida. Y esperaba que su caddy se comportara con profesionalidad, porque ese era un valor que él sabía apreciar, incluso más que la honestidad.
—El materialismo es como un veneno —adoctrinaba—. Espiritualidad es lo que nos falta. —Luego se reafirmaba en su eslogan—: ¡Sí, se puede! ¡Sí, se puede! ¿Y si no se puede? ¡No se puede! Adaptarse era el secreto.
Cada tanto convocaba a su gabinete y proyectaba en el microcine
de su quinta un documental. En el film, unos pobres de cartulina adoraban sus miserias y su hambre como si estuvieran en el paraíso prometido desde los tiempos olvidados de la historia. Hambre, mugre, orfandad, parásitos, todo era vivido con alegría. Y esos pobres ¡reían! ¡Reían! Eran felices, ¡tan felices! Nada de huelgas, nada de reclamos salariales, nada de exigencias. Ni a la mañana, ni a la tarde, ni a la noche.
Llegar a eso, pensaba, llevaría algún tiempo y un «cambio cultural» extraordinario, una verdadera revolución.
—¡Qué fácil es pedir tierra, techo y trabajo! ¡Qué fácil! ¡Como si a mí alguien me hubiera regalado algo! —No se quejaba, aunque si se lo escuchaba sin conocerlo, así se tomarían sus palabras. Él era un hombre positivo, lleno de fe y de esperanza. No se quejaba. Sermoneaba, sí, un poco, de corrido, un poco tartamudeando, un defecto que no había logrado corregir por completo. Por todo testigo, un perro pequeño que solo se ocupaba de orinar unos bellos sillones forrados en fina pana verde. El verde del tapizado del sillón tenía su razón. Era el color de la esperanza, y era refrescante, relajante, un transmisor de serenidad y de armonía. Justo lo que reclamaba de sus conciudadanos. Por eso escogió el tapizado verde. Brotes verdes y lluvia de inversiones. Sin verdadera fe no había empresa posible.
El señor presidente sugería apelar a la fe para lograr lo deseado, pero a la fe sincera, la que surgía de la meditación trascendente. No invocaba la fe católica, que era siempre interesada y había sido fundada en caudales de oro puro y sangre de condenados por herejía. El asunto del caudal de oro y el caudal de la sangre herética era materia opinable. Luego, en el mundo, pocas cosas se habían logrado sin una sustanciosa cantidad de oro y otra de sangre. El progreso hacía esa amalgama, oro para pocos, sangre de muchos. La justa combinación resultaba en el porvenir esperado. Pero lo que no admitía conmiseración de parte suya, ni una muesca de ella, era el encono que le provocaban los asuntos de la fe católica atendidos por un papa peronista y populista. Él no era ni católico ni apostólico y era atolondradamente antiperonista. Eran como dos paralelas que iban en sentidos absolutamente contrarios. Nada peor que un papa peronista. Aunque sí podía haber algo peor que eso: los comunistas. No estaba muy seguro de que se hubieran extinguido. Algo, su instinto de golfista quizás, le indicaba que no era así. Netflix, todopoderoso, tal vez se lo aclararía en alguna miniserie. Era cuestión de esperar.
Recomendaba fe en el mantra. La soberanía de luz divina, el espíritu mántrico, el instrumento mental y espiritual que daba poder, sabiduría, paciencia.
Paciencia, mucha paciencia. Eso les recomendaría a los desocupados, a los hambrientos, a los ansiosos de justicia. Paciencia, mucha paciencia, por supuesto. Apenas pudiera hacerse un minuto de tiempo en su agitada agenda, los recibiría para hablarles de la paciencia y hasta les contaría la parábola de Dokyo o Banzo —no recordaba con exactitud— sobre el arte de la paciencia.
Y si luego de su explicación de la parábola le quedara algo de tiempo, les pediría que entonen con él «Nam’ Myoho Renge Kyo». Y la paz ganaría sus corazones. Menos tierra, menos techo, menos trabajo y más «Nam’ Myoho Renge Kyo». Eso les diría. Y que la luz llegue a ellos como un bálsamo encantador.
No estaría en la Casa de Gobierno para observar la muchedumbre que colmaría la plaza de la Victoria. Para eso estaba la policía, que le daría un informe que no leería porque le daba mala espina leer informes policiales. Pensaría en el golf, o en esquiar, o en imitar a Freddie Mercury, lo que él creía hacía muy bien. O pensaría en nada, como recordaba propuso Gieco en alguna de sus canciones. «Pensar en nada» podía ser una buena solución para tantos problemas de gobierno. ¿Por qué no? Si por pensar tanto las cosas iban de mal en peor, por ahí la solución pasaba por no pensar en nada. Si se topaba con el jefe de ministros, le hablaría del asunto. Él, tal vez, podría darle consistencia doctrinaria a su mántrica intuición.

3

Faustino percibió a la mujer de la que le habló el cura. Fue una sensación, más bien un estrépito en su sistema nervioso. Solo una instantánea, una imagen que llegó y partió en el mismo momento, en blanco y negro, desprovista de colores y también de grises, más parecida al espectro de un daguerrotipo fluyendo entre los vahos de un vapor de mercurio hacia una revelación impúdica. Capturaba a su paso minúsculas fragilidades que iba atesorando en un estuche plateado al que solo podrían acceder ojos y manos que habían hecho discreta reserva para ese privilegio. En un bolso de mano llevaba pequeños envoltorios de muerte que prometía repartir, a cada uno lo suyo.
Creyó verla cruzar a la distancia por el descampado, podía jurarlo, rumbo a la zona de las quintas. Una angustia de aquellas le oprimió el pecho. Se lo apretó con ambas manos tratando de espantar ese repentino dolor. Le dijo a Rudecindo si no convenía volver a la que fuera la casa de la madre, a su casa. Rudecindo dudó. Movió su cabeza negativamente.
—Nosotros no. —Observó el gesto angustioso del compadre—. ¿Te pasa algo?
—Es que no sé cuánto voy a aguantarme sin saber de la vieja.
—Primero hagamos contacto. Yo también necesito saber qué pasó, pero si nos pasa algo, en vez de ayudar la vamos a cagar.
—Viste que el cura dijo que esa tipa anda con otra, de afuera.
—Escuché…
—Hay algo espeso en el ambiente, ¿vos no lo notás?
—Por supuesto. Desde que llegamos.
—La vieja no aparece, los tipos preguntan por vos y los pibitos están excitados, parecen tábanos.
—Hambre y paco, hermano.
—Será.
Los pibes salieron disparados para los fondos del albergue. Más allá del alambrado no se podía ver por los pastizales que habían crecido a voluntad. Al límite del baldío que daba a una calle de tierra donde no vivía nadie, una canción se oía llevada por el fresco de un viento que llegaba desde una arboleda bastante lejana.
—Que se vengan los pibes.
Escucharon los dos muchachos.
Al mismo tiempo, clavaron la vista en ese modesto y sucio horizonte del baldío. Pero no vieron a nadie. Solo los pibes que iban en bandada hacia un lugar que todos parecían conocer sin que los adultos repararan en ello.
Que los chicos fueran y vinieran era habitual. Eran niños, jugaban aquí y allá, corrían, peleaban más o menos, se puteaban. A veces pasaban horas sin que se los viera y aparecían de repente como salidos de un agujero del cielo que los devolvía a su pobreza terrenal. Algunas veces volvían sonriendo, otras llorando o idos, como volados, idiotizados.
El sacerdote, que volvió la vista hacia donde los dos muchachos observaban los límites del baldío, los llamó. Sus gestos indicaban que debían regresar para partir. Faustino no estaba conforme. Sabía que su compadre no lo iba a dejar solo para que se metiera en un quilombo nuevo. Pero no encontraba cómo vencer la tentación de mandarse a las quintas a buscar a los matones, aquellos que, con seguridad, estaban al tanto de lo que había pasado con Gloria.
Rudecindo, que lo conocía por los gestos, le dijo sin dejar de mirarlo a los ojos:
—Ni lo pienses.
Y el asunto pareció quedar resuelto así, por el momento.
Como no regresaban, el cura apuró el paso y llegó hasta ellos.
—Vamos. No se queden. No es seguro —les dijo y tomó a cada uno de un brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Rudecindo, siempre sereno, aunque inquieto.
Faustino se dejó llevar, pero miró hacia atrás, donde el suspenso del daguerrotipo todavía dejaba olor a mercurio.
—Dicen las vecinas que alguien anda preguntando por un tal «Tino» y otro llamado Rudecindo Pérez.
—Todos preguntan por Rudecindo Pérez. Se consoló Faustino.
—Vos sos el Tino y vos Rudecindo, ¿verdad?
—Sí —respondió Rudecindo.
—¿La que anda preguntando es la mujer de la que hablamos? —Faustino estaba seguro de que se trataba de ella.
—No sé —respondió el cura—. El chisme viene de varios lados.
—El patrón de las quintas, sus matones, el puestero.
—No. No es lo que me dicen a mí. Vámonos. En la marcha van a estar seguros. Pero no creo que se puedan quedar esta noche. Lo mejor es que encontremos otro lugar donde puedan parar.
—Nos tiene que dar una mano, padre —casi rogó Rudecindo.
—Yo me ocupo, no van a quedar en la calle. 

4 

Faustino tenía razón, había algo espeso en el ambiente. El cielo al límite, nada de azul. Negro y blanco. Sombras de un daguerrotipo. El vaho del mercurio llegaba enredado en el olor del yodo que lo precedía.
La silueta de la mujer cruzaba de un lado al otro de la muerte y juntaba unos mechones de cabello infantil en una sofisticada cajita de plata. A cambio, un pequeño envoltorio, por cada mechón un paquetito. Luego del intercambio sobrevenía un estado de amnesia, de alma a la que se le hizo un agujero con la fuerza de un dedo macabro. Lo que era carne mutaba en manojos de piel que se podían sorber por la nariz, como a una droga virgen.
Hasta el último átomo de humanidad se licuaba y solo quedaba un tejido vacuo, una menudencia tan infantil como inservible. Así les gustaba, maleables como la arcilla primigenia con que la Biblia dice que Dios elaboró a Adán antes del soplo divino. Ser un poco dioses era sublime. Modelar la anatomía nueva, alentar al cuerpo inerte con un soplo caliente, y arrancar las costillas para recrear la ilusión de una Eva moderna. El orgasmo del rito en el altar de la impudicia. Luego el descarte, la expulsión del prometido Edén al que no se accedía de manera alguna.
El descarte era el momento final, al son de una música trágica. ¿Wagner? Podía ser, pero no siempre. Solo cuando adquiría ese estado infausto entre gemidos y sollozos de quien no podía comprender el sacrificio. «La cabalgata de las walkirias», solemnes acordes que recordaban el napalm que incineraba los pueblos en la guerra de Vietnam.
Era el destino, de todos modos, que llegaría de una manera u otra. ¿Por qué abstenerse del placer? Hedonismo radical. Filosofía de la modernidad. Elogio de la propiedad. De la gloria del dinero y del acto del consumo más sublime que no es otro que el consumo de un ser humano casi inmaculado. Breves lujos para una breve vida. Satisfaciendo y satisfaciéndose. Solo algunos de los dadores de placer podían sobrevivir más tiempo que el resto, pero solo era un subterfugio de la muerte que les daba la oportunidad de pensarse vivos, aunque ya no lo estuvieran realmente.
Enriqueta cantaba despreocupada «que se vengan los niños», el tono de su voz se apelmazaba cada vez más contra su lengua, mientras acomodaba con lujuria los mechones de cabello finamente preservados. Podía nombrarlos a cada uno por su nombre, por su color y textura. Por su lasitud o lozanía recordaba a cada uno de ellos, inclusive las muecas últimas que dibujaron en el rostro al momento de la muerte.
Ella lo explicaba sin ningún sentimiento, como explicaba todas las cosas cuando debía hacerlo. Decía que todos esos niños estaban muertos incluso antes de nacer. No deberían haber nacido. Eran el producto de un coito violento, de la violación de un padre a su hija, de un abuelo a su nieta, de uno cualquiera a una cualquiera. Como animales, como perros. Así hablaba Enriqueta cuando le tiraban la lengua.
Morirían de hambre, aseguraba, con las tripas parasitadas hasta reventar, desnutridos y anémicos crónicos. O quemados de paco. Si no era proporcionar placer a unos desconocidos pederastas escondidos tras sus máscaras no había horizonte para ellos.
El tráfico de órganos era de otro nivel, de mercaderes ricos para países ricos. Era la etapa superior de Josef Mengele y su búsqueda de la pureza de la raza para la vida eterna.
Al sur del mundo, en los confines del planeta, el tráfico de órganos requería de una sofisticación exagerada y que ella no podía proporcionar para un lugar tan mugroso. Tampoco se lo habían propuesto; de haberlo hecho, lo hubiera logrado. Todo lo que se le ordenaba, lo cumplía y con creces.
El placer en los suburbios del capitalismo requería menos tecnología y la que se practicaba a la perfección era tan antigua como la que propuso Torquemada en sus tiempos inquisidores. O más antigua aún, mucho más, desde los tiempos que los hombres empezaron a devorar a los hombres, luego de devorar a las mujeres. Correas, cadenas, bozales, látigos, hierros calientes, empalamientos vulgares. Nada rebuscado en un lugar que nunca se parecería al paraíso.
¿Cuánto vivirían esos niños? «Ninguno superaría los catorce años», respondía Enriqueta a la pregunta que sus pares le hacían, y eso lo decía con absoluta indiferencia. Ellos admiraban su modo abstracto de hablar de la muerte de los niños como si se tratara apenas de un ejercicio contable con sus columnas del debe y el haber.
«¿Nada más?», tal vez algún jodido se animaba a preguntarle solo por provocarla. Respondía reflexiva:
—Quince con mucha suerte.
La suerte para ellos siempre era escasa.
Apenas catorce años. Y eso era todo.
«Pérez y Pérez» hubiese sido menos obsceno. Había que cuidar algo las formas y también las palabras con las que se las explicaba. Después de todo, algo de sensibilidad se le podía reclamar incluso a una persona como Enriqueta Martí, la que siempre recitaba «pa’ servirle en lo que necesite».
Les hubiese hablado de la antigua cultura esclavista griega para explicar el vínculo de los dos protagonistas. «Paiderastia», habría dicho con perfecta entonación, despojando la palabra de toda sensualidad. Les hubiese hablado de la relación entre el erastes protector y el erómeno protegido. Nada más exquisito y al mismo tiempo sobrio, un vínculo virtuoso entre un benefactor y un dador.
«Quid pro quo». Algo por algo, era una lógica aceptable. Y los mercaderes habrían aplaudido aquellas palabras. En el mundo no había nada que no pudiera ser explicado por un hombre con la cultura de «Pérez y Pérez». Y si no lo había, estaba el dinero que explicaba todo lo que fuera necesario. Si algo no se podía explicar, el dinero acudía en ayuda satisfactoriamente. 


5
 

No eligió el nombre al azar. Pura premeditación y alevosía, escribiría un juez en su sentencia si escuchara sus razones. Lo de Ripollés ya le pareció exagerado. En la profesión de la muerte el doble apellido era de cagatinta, de agrandado al divino botón. Por eso Ripollés lo quitó de una. Ser modesto y eficaz era la ecuación perfecta en su profesión.
Enriqueta Martí, «pa’ servirle en lo que necesite». «La vampira del Raval», «La vampira de Barcelona». Barcelona… Barcelona… Barcelona. En la voz de Freddie Mercury, el mismo que disfrutaba imitar el señor presidente, podía escuchar «Barcelona» cien, mil veces, sonando en la voz del barítono indiferente a la gorda que había acampado a su lado y «cacareaba» (decía Enriqueta) como soprano. Barcelona, Barcelona. Para mejor describirse: vampiresa-chupasangre.
Fue la canción la que la llevó al nombre «Barcelona». Y hurgó y hurgó en ella hasta que dio con Enriqueta Martí y la cautivó su supuesto desparpajo proxeneta. Enriqueta Martí, proxeneta de niños. Proxeneta de niños, servicio de sepulturas si lo había.
Clientes sobraban en la cúspide de la escala del poder donde el dinero abunda fácilmente. Sangre y dinero. Después de todo, no hubo oro alguno a lo largo de la historia que no tuviera sangre en sus moléculas.
Ellos compraban complacidos la mercancía exhibida en pequeños videos nada sofisticados, videos caseros que la propia Enriqueta se ocupa de producir en los oscuros sucuchos de los prostíbulos paraestatales. La palabra «paraestatal», a Enriqueta, le causaba mucha gracia.
En esos tugurios la transacción alcanzaba el orgasmo, todo rigurosamente vigilado. Pequeñas filmadoras perfectamente distribuidas en las habitaciones de los prostíbulos grababan los encuentros que pasaban a engordar la filmoteca prohibida de la Agencia. Una gloriosa montaña de oro y mierda resumida en millones de píxeles obscenos, mezclando en siniestra alquimia el sexo prohibido y el poder de la política de Estado. Luego, como se desecha un afiche de papel, el niño se descartaba en alguna cloaca citadina. Los reservorios de la aniquilación estaban debidamente camuflados y allí se descomponía la carne hasta no ser nada más que la digestión de una rata.
Los degenerados almacenados en los discos duros de la agencia quedaban allí para siempre. De los meandros de hardware y software no había modo de escapar. Guardados bajo siete llaves, a ese acopio de perversiones pocos, muy pocos, podían acceder de ser necesario. Algún jefe todopoderoso, llegada la ocasión, podía abrir el arcano tesoro de las inmundicias, y lo haría solo en su «medida y armoniosamente», porque la exageración, el uso desmedido de cualquier sustancia, lleva a la decadencia y a la aniquilación. Pequeñas dosis de depravación privada lanzadas a la vida pública matan lo que se necesita aniquilar, crean anticuerpos tan poderosos que hacen que los hombres estén dispuestos a brindarse por entero para sostener el orden natural que establece los privilegios de clase. Luego del escándalo vuelve la paz y cada uno a sus tareas. Así funciona el sistema.
La leyenda de Enriqueta Martí, la «vampiresa», la leyó durante años. Y a pesar de que alguien le dijo que era una historia dudosa, ella la adoptó como su numen, su fascinante musa.
En el Portal de Santa Madrona, piedra y arco y sombra espesa, atravesando los jardines del baluarte se veía a sí misma ofreciendo unas carnes y huesitos menudos para ricachos perdidos en la noche, dispuestos a sorber la fresca humanidad de unos niños blandos como algodón. Que aquellos lugares no se parecieran en nada al paisaje del pórtico medieval no le restaba entusiasmo. Cuando penetraba en los territorios suburbanos, el bolso lleno de esos pequeños envoltorios de la muerte se transformaba y alcanzaba la magnitud de la vampiresa-chupasangre y elegía con la vista la mercadería. Se podía tener algo de suerte, mucha suerte o ninguna. Las mercancías de la pederastia se escurrían a veces como el agua entre los dedos.
El mercado, del que se hablaba como de un verdadero dios, los prefería blancos y rubios. No eran tan fáciles de capturar. Alguna vez alguien propuso criarlos, como se cría a los pollos en las granjas. O cabañas para la reproducción. Pero la escasez gobernaba la demanda. Poca oferta, mucha demanda. Otros se conformaban con lo que hubiera. Enriqueta se mofaba de ellos. «La necesidad tiene cara de hereje», como decía su socia cada vez que la visitaba en el rancho robado a Gloria.
Ella llegó ese día a la ranchada porque la mujer le envió un WhatsApp. «Tengo una donación», le escribió sin dar otros detalles. Lo tenía prohibido. Una «donación» era solo eso, una dádiva. Una ropa, un libro, un perfume.
Ella atravesó el descampado con ese aspecto de daguerrotipo que Faustino captó sensiblemente, pero que no pudo descifrar entre los altos pastizales adonde se dirigían los niños como zombis. Era cuando más se parecía a la barcelonesa. Vapores de mercurio a su paso venenoso y su sombra aplastada contra la tierra reseca.
Cuando llegó a la casucha llamó chiflando. La mujer salió seguida de un escuálido purrete.
—¿Esa es la entrega?
—¿Muy pobre?
—¿Para eso me hiciste venir? —El niño iba y venía jugando con la visita que lo miraba con asco.
—No. Este lo tengo por si precisas un pollito.
—Ese no es ni un pollito, gorda. Es un gorrión que da lástima y nadie se coge un gorrión con ese aspecto. Dale de comer un poco a ver si tiene algo de carne para otra fiesta. —Enriqueta miró en todas direcciones para saber si alguien la estaba observando. ¿Por qué tenía esa sensación de que llegaban a ella miradas desde los bordes del paisaje, desde la altura de los árboles allá en la ribera perdida del riacho podrido, de los escondrijos del polvo en las callejuelas? Y aunque revisaba y revisaba cada sospecha que llegaba hasta ella, no encontraba ninguna mirada y mucho menos el origen de esa sensación que la perturbaba.
—Volvieron los chabones. Preguntaron por la fulana.
—¿Los dos?
—Sí. Estuvieron acá y los mandé a las quintas, les dije que la vieja estaba trabajando allá. Los barajaron los muchachos y los corrieron. Vino el Tino y el otro.
—¿El que le dicen Rudecindo Pérez?
—Sí. Le pregunté si era el tipo y me dijo que sí.
—¿A dónde fueron?
—Dicen que los tiene el cura en su albergue. —La mujer señaló en dirección a la iglesia.
—Este cura de mierda siempre jodiendo. ¿Algo más?
—¿Qué hago con este pendejo?
—Después te digo. Por ahí consigo algo. Ahora no se me ocurre quién puede querer un pajarito como ese.
—Mirá que este es tierno-tierno. —El niño miraba distraído hacia un lugar inexistente.
—¿Lo remojaste en leche?
—¡No! Yo ni lo toqué, lo guardé para vos.
Enriqueta dio media vuelta y salió por el camino en dirección a la ruta. No anduvo más que un par de metros cuando se volvió y le gritó a la mujer:
—Mando al Coqui para que se instale con vos por si vuelven los chabones.
La mujer le hizo una seña para que supiera que comprendió el mensaje. Enriqueta escuchó que le dijo «dale» y se metió dentro del rancho llevando de los pelos al pibito.
Enriqueta volvía puteando contra Ziploc.
—Ese hijo de puta me dejó a pata en esta mierda de barrio —dijo para sí.
Repitió la puteada tantas veces como pasos tuvo que dar para salir del lugar. Ya se tomaría revancha contra Ziploc, se lo prometió.
—Moria de mierda —balbuceó.
Y luego, despreocupada, cantó «Barcelona», como si estuviera en un escenario maravilloso. 

VIII 

La búsqueda – Desencuentros

1

Guadalupe no desperdició su tiempo en maldecir a los matones que la retuvieron toda la noche. En otras circunstancias, quién sabe qué habría hecho. Solo quería saber de Ámbar.

Luego de que la bajaron del auto casi a los golpes, caminó sin saber dónde estaba y cruzó miradas con ese hombre más asustado que ella. Tardó unos minutos en ubicar el rumbo que tenía que tomar para ir al hospital donde Ámbar debía seguir internada. Lo único que en verdad la angustiaba era no tener ninguna noticia de ella.

Calle arriba empezó su marcha, hacia la avenida de la que estaba muy lejos, la avenida que llegaba hasta la plaza donde reposaba el cadáver de un falso héroe. Monumento gris, puro cemento y una idolatría mal disimulada a la Baring Brothers. Alrededor de la reja perimetral, las prostitutas dominicanas parloteaban su jerigonza y unos borrachines irrespetuosos trataban de manosearlas haciéndose los distraídos. Más atrás, los proxenetas vigilaban la mercadería y, más atrás aún, los dealers esperaban su turno para ofrecer su mercadería.

Era el territorio de Cromañón. Hacia el fondo, sobre la Mitre, el santuario y ese perpetuo momento de la noche que colgaba de los cables que atravesaban la calle y la plaza. Hacia adelante, el andén dos en el que no dejaba de estrujarse el chapa 16 una y otra vez solo por explicar a los jueces que sin Justicia no había paz posible.

Guadalupe no tenía su celular, su billetera ni la SUBE. Estaba incomunicada, sin dinero y sin su tarjeta no tenía modo de viajar.

¿Manguear guita a alguien? La única vez que lo hizo un tipo se la ofreció a cambio de una chupada. No lo puteó porque era un viejo y, era seguro, la gente se la tomaría contra ella por insultar a un anciano. ¿Cómo una mujer joven y saludable iba a putear a un pobre viejo en plena calle? Aunque fuera un flácido desgraciado.

Las mujeres no la dejaban ni hablar cuando se les acercaba. Ella se convenció de que algo de su persona las espantaba. Tal vez su mirada. Tal vez su voz. Tal vez su perfume. ¿Algo del pasado? Esas malditas babas que la habrían marcado de un modo invisible para ella.

Algo había en su persona o en la proyección de su figura que espantaba a algunas mujeres. Ámbar siempre insistía que no tenía que ver con ella, sino con el temor, el espanto de que una desconocida se acerque y pida ayuda. Ayudar siempre es un problema, y la gente, insistía Ámbar, no quiere problemas. Por eso no ayuda.

Estaba acostumbrada a caminar. De aquí para allá, atendiendo a otras mujeres. Aquella de por allá, el marido la partió a trompadas. Otra, diez cuadras más lejos, la violó el tío, el padre, el abuelo o cuanto degenerado de la familia se le cruzó por su vida. Allá iba ella con su paso corto y su respiración perfecta.

Paso corto. Paso a paso. Paso corto. Inhalar, exhalar. Inhalar, exhalar. Y moderar los nervios, sujetar la lengua y acorralar las lágrimas si se asomaban, porque a veces, muchas, daban ganas de llorar por las cosas que veía.

En más de una ocasión pensó en aquel caballito del abuelo Juan, lo bien que le hubiera venido con su trotecito suave para llevarla donde hacía falta. El caballito protector del niño Juan, bajando por las aguas del Guayquiraró, cruzando el torrentoso Paraná, hasta retozar feliz por las orillas del gran Río de la Plata (donde se besó con Ámbar por primera vez), dispuesto a cabalgar hasta por encima de ese río siempre arbolado de olitas repujadas, con tal de llegar con su compañero al lugar donde los niños deberían pasar felices los días de su infancia.

Pero en la gran ciudad no había lugar para caballos escapados del feudo de un inglés explotador. Y muchos niños no sabían qué era la felicidad, ni siquiera del tamaño de un grano de arena. ¡En la gran ciudad había tanta infelicidad! ¡Tanta!

Subte, colectivo, subte, tren y de nuevo colectivo hasta perderse en una villa donde se sabía que la trata ya se había llevado varias pibas para los prostíbulos del sur. O del norte. O del este. O del oeste. En las sierras, en la llanura, en la orilla del mar. Adonde mirara, la droga con la forma de un retorcido paquetito de paco y la trata iban de la mano diezmando niñas que tal vez ni siquiera habían menstruado por vez primera. La mercancía más codiciada y por la que se pagaba al contado: niñas vírgenes envueltas en babas de diablo negras, babas de diablo rojas, babas de diablo blancas, souvenirs de pieles suaves, de pequeñas vulvas rosadas y senos frutales como moradas fresas. Una promesa de menarca en el brutal desfloramiento de la que se podía conservar algún fragmento en un lujoso estuche de plata especialmente labrada para la ocasión.

Adonde miraba, campeaba el derecho de pernada disfrazado de una modernidad tóxica de jerarcas tóxicos. Emanaciones de mercurio entre los fantasmas de un daguerrotipo que capturaba la infancia para sus superiores.

Después del hospital llamaría a sus compañeras de lucha, las que, con seguridad, habrían estado tratando de comunicarse con ella a su celular. No se sorprendería de saber que el matón les hubiese respondido o devuelto la llamada. Podía adivinar cada palabra que el tipo les habría dicho. El tamaño de su pene comparable al machete, el vigor de su coito, el placer que podía ofrecerles y que ningún otro hombre sería capaz de producirles. Orgasmos a repetición calibre nueve milímetros, cargador completo y una eyaculación en la recámara, éxtasis del sexo sicarial al son de «Ted, Just Admit It…» y «Stay Wide Awake», jadeando bajo un chaleco antibalas con olor a chivo viejo.

Caminó y corrió y caminó. La mañana estaba fresca y el ruido de la calle parecía lejano, venido desde un túnel que iba comprimiendo los sonidos hasta aplastarlos contra sus paredes. Tenía sed, necesitaba orinar, y solo el exceso de adrenalina anestesiaba sus temores y anulaba los dolores que gobernaban su cuerpo. Se apretó la vejiga con las dos manos. La estrujó para apagar el dolor que le provocaba. En el calabozo ni pensó en mear. Luego de que los mastines se llevaron a la muchacha, solo se preocupó de prestar atención al sonido de la muerte que podía llegar raspando los zapatos y golpeando con una cachiporra los barrotes helados.

«¿A dónde la llevan?», se preguntó mordiendo las palabras. «No querrás saberlo», la vieja podría haberle respondido, pero ella la evitó. «La vieja es cana», le dijo la muchacha cuando la abrazó y quedaron unidas en ese raro abrazo que pareció sincero. Luego la empujó sin mucha fuerza para quitársela de encima. Más un gesto que la manifestación del rechazo. Fue cuando reconoció ese pequeño trébol de cuatro pétalos de color negro tatuado sobre el nacimiento de su seno izquierdo, sobre el pecho, casi en el lomo de una costilla flaca.

Minúsculo y algo oscuro como un beso de muerte pequeña y breve. Tal vez anunciaba la mala suerte de su dueña. Trébol de mala suerte sobre el borde de un seno tatuado por un principiante. Ni el nombre de esa muchacha supo. No se lo preguntó, no por cabrona, sino porque en el sucucho podía resultar peligroso. Las paredes oyen, los barrotes oyen y también oyen los alcahuetes encerrados junto a los secuestrados para obtener alguna confesión que resulte conveniente.

2

Llegó al hospital, era temprano. La larga fila de pacientes salía del hall central y se estiraba como una serpentina llena de dolencias. Ella pasó a su lado y se dirigió sin vacilar a quien parecía una recepcionista, alguien que indicaba a cada uno a qué ventanilla debía dirigirse para obtener un turno o, simplemente, una negativa.

Explicó todo lo serena que pudo. Le habló de Ámbar, del disparo y de lo que le ocurrió durante la noche. Y la mujer la oía, pero como si no la escuchara realmente. Como si le hablara un error de otro error con una bala imposible sobre un cuerpito minúsculo y frágil como el que le describía Guadalupe. A veces sonreía y eso irritaba profundamente a Guadalupe.

—¿Una mujer baleada?

—Sí. —Fue todo lo que pudo responder.

—¿Ayer? ¿Una mujer baleada, ayer?

—Sí, señorita, sí.

Vio cómo la mujer movía su cabeza negando esa posibilidad y continuaba escribiendo sobre una hoja de papel rústico. Eran unos garabatos que se arrastraban por el renglón sin destino cierto.

—Imposible —tomó aire y esperó unos segundos para repetir—. Imposible. Im-po-si-ble —exageró.

—Me avisaron que estaba aquí internada, soy su compañera. —La mujer alzó la vista para mirar a Guadalupe. «Su compañera» le sonó desprejuiciado.

Se hubiese justificado:

—Contra las lesbianas no tengo nada, pero por si acaso, toco madera.

Alguien la hubiera corregido:

—Eso es para la mala suerte.

La mujer, con seguridad, hubiese respondido:

—No importa, igual sirve.

Dejó de mirar a Guadalupe, desconfiando de la mirada de la muchacha. En ese momento dudó de la edad de la mujer. Le pareció una muchacha y al mismo tiempo una mujer madura. Una rara dualidad que no comprendía, y eso que ella veía gente todo el día, todos los días, y no solo podía deducir la edad de cada uno, sino también su profesión, sus ilusiones y sus apetencias. Ni hablar de sus dolencias. Diagnosticaba mejor que muchos médicos recibidos vaya a saber dónde. El hospital se había llenado de médicos extranjeros arribados en el último tiempo.

Devolvió su mirada a Guadalupe. La observó de arriba abajo y ella se dejó escudriñar si es que eso servía para saber de Ámbar.

—En la oficina aquella, ¿ve? —Guadalupe miró en dirección a donde la mujer le indicaba—. Se hacen los ingresos y luego me los comunican a mí. Le puedo asegurar que a esa hora no ingresó nadie baleado, se lo puedo asegurar —y adquirió un tono de voz grave para resultar convincente—. No ingresó ninguna mujer en la condición de la que me habla. Ninguna, porque ellos me lo hubieran informado para que yo lo pase a esta planilla. Mucha gente, como usted, busca personas de las que no saben el paradero. Es imposible que una herida de bala haya ingresado y yo no lo sepa. Imposible.

«Imposible». Guadalupe recogió esa palabra de los labios de la mujer y repitió, casi en el mismo tono:

—Imposible.

La empleada abandonó a su suerte a los garabatos que estampaba en la hoja ruda y se esforzó en prestar más atención sobre el suceso del que le hablaba Guadalupe. O pareció prestar mayor atención. Cabeceó reflexionando, o tal vez lo hizo solo como un acto reflejo, de alguien que busca en su cabeza la imagen de un cuerpecito femenino y una bala siniestra metida entre sus tejidos.

—¿Usted dice que desde este hospital se comunicaron con usted?

Debió gritarle ¡por supuesto! Pero casi no podía hablar.

—¿No será desde otro nosocomio?

—No.

—¿Está usted segura?

—Sí. Una mujer me llamó para informarme que estaba internada aquí, en terapia intensiva.

—¿Por qué no me dice el teléfono que quedó agendado en su celular y yo compruebo si pudo hacerse esa llamada desde aquí?

—Porque me robaron el celular.

«¡Qué mala suerte!», hubiera dicho la empleada, pero ella creía que Guadalupe, en realidad, le estaba mintiendo.

—Qué pena, justo que le roben el celular. Cuando estuvo aquí, ¿habló con alguien?

—Con el de seguridad.

—Tiene que haber sido el Pocho, que tenía turno ayer a la noche. ¿Era un gordito, pelado, petiso?

—No, nada que ver.

—Ah. Habrán tenido que reemplazarlo. ¿Y el de seguridad le dijo algo?

—Sí, él habló con alguien por teléfono y me dijo que a la noche no me podían informar nada y algo sobre familiares directos.

—¿El guardia de seguridad le dijo eso?

Guadalupe podría haberla puteado porque la mujer dilataba una respuesta preguntando sobre el guardia de seguridad.

—Ya le dije que sí.

—¡Qué raro! Porque los guardias de seguridad no tienen nada que ver con los ingresos. ¿Adónde iba a llamar a la noche? Porque de noche, en admisiones, no hay nadie; a las 16 rajan todos. Al único lugar que pudo haber llamado fue a quirófano y ahí, a uno de seguridad, no le iban a decir nada. Son medio jodidos los de quirófano. Los cirujanos, vio. Todos creídos. Me parece imposible que haya hablado con quirófano.

—Será imposible, pero él lo hizo.

—¡Qué barbaridad! Un boludo que se quiso hacer el importante. Boludo y mentiroso. Sin duda alguna. —La mujer pareció realmente enojada. Frunció el ceño, tosió para aclarar la garganta y retomó el diálogo.

—Me repite el nombre, por favor.

—Ámbar.

—Con ese nombre, con ese nombre debería acordarme si me lo pasaron. Ámbar… Ámbar. Es raro. Nada común. ¿Ámbar qué?

¿Para qué le preguntaba por el apellido? ¿Estaba internada allí una mujer de cuerpo grácil con una bala en su cuerpo? Fuera Juana o Manuela, Fernanda o Ámbar, seguiría siendo solo una mujer baleada que debió ser operada de urgencia y cuidada y curada. Nada más simple y fácil de comprender. Si el nombre no tenía importancia para reconocer a una herida de bala, ¿cuál podía tener el apellido?

—¿Por qué no revisa su lista? —le rogó Guadalupe conservando la calma.

—Voy a hacer algo mejor. Voy a llamar directamente a la oficina de ingresos y egresos y ellos van a hablar con quirófano. El equipo de cirujanos que atendió ayer a la hora que usted me dice sigue de guardia. Si ellos la operaron y aquí hubo un error en el ingreso, lo sabremos de inmediato. —Guadalupe le agradeció y esperó que la mujer se comunicara con quirófano. Ella luego llamaría directamente a la morgue, pero no le diría a esa extraña mujer tan angustiada por la suerte de alguien que no tenía siquiera apellido.

De la morgue, pensó la mujer, nadie salió por sus propios medios, y si no había familia que retirara el cadáver, el trámite en el gobierno de la ciudad para que se hiciera cargo del entierro llevaba varios días, durante los cuales los formularios iban y venían movidos por la lenta y artrítica burocracia municipal como si pesaran tanto como las mismas piedras donde Moisés escribió los diez mandamientos divinos.

La conversación con el personal de la oficina de ingresos y egresos fue breve. A Guadalupe le pareció insignificante. La mujer tomó nota en su papel lleno de garabatos. Escribió con rudeza un nombre y un procedimiento. Luego dijo:

—Hablé con la jefa de admisiones, ¿me entiende?, con la jefa. Ella me confirmó que no operaron a ninguna persona herida de bala. Ayer, Dios nos libre, y gracias a la Virgen milagrosa, no hubo heridos de bala. A la hora que usted me dice, hubo una sola cirugía —leyó con cuidado lo que había escrito momentos antes—: operaron a una tal Plácida, bla, bla, bla, una pobre vieja con cáncer de intestino; le sacaron como medio metro de tripa. Lo de pobre vieja corre por mi cuenta.

Guadalupe escuchó el nombre Plácida como si hubiese escuchado una intrascendente palabra dicha por azar.

¿Y entonces? La mujer le pidió que esperara. Llamaría a la morgue, pero no lo dijo.

Se comunicó aprovechando que Guadalupe se apartó unos metros. Mientras ella se acondicionaba los cabellos tratando de acomodar también su confusión, la empleada consultó con la morgue. Allí tuvo la misma respuesta que le dieron los cirujanos. Finalmente explicó:

—En el día de ayer no murió ninguna persona baleada —respondió un empleado que no había dejado el depósito desde la mañana anterior, cuando empezó su jornada—. Tampoco murió nadie joven, ni hombre ni mujer. Lo sabría con total seguridad.

No había en las frías heladeras mortuorias ninguna mujer con esas características, le aseguró. La recordarían, sin la menor duda. Porque todos los cadáveres de mujeres que llegaban a la morgue, jóvenes o viejas, pero con más razón las jóvenes, eran meticulosamente observadas en su cadavérica desnudez. Pequeños vicios de morgueros. Impudicias del sistema límbico. Pequeños deslices previos al rito funerario. Nada tan agraviante ni pecaminoso. No se sabía hasta entonces de alguna muerta que se hubiera quejado por el voyerismo de esos empleados subsumidos en esa especie de húmeda catacumba.

La mujer le pidió a Guadalupe que se acercara. Ella se aproximó muy contrariada.

—Voy a revisar la base de datos de todos los hospitales del gobierno de la ciudad. Si su amiga está en un hospital público de la ciudad, tiene que estar registrada. Espéreme en la sala aquella —señaló un pequeño hall adonde una Virgen vigilaba a unas viejas que encendían una vela tras otra—. Cuando tenga una novedad la voy a llamar. Espéreme y no se ponga nerviosa.

¿Y entonces? Nada.

Imposible. Guadalupe repitió la palabra «imposible», pero esa vez de una manera vacía.

3

Estaba desconsolada. La noticia de que en ningún hospital público estaba internada una mujer que hubiera sido baleada la tarde anterior la descorazonó completamente. No tenía modo de verificar la llamada que recibió porque le habían robado su celular. Desde aquellas angustias de las babas de diablo, de aquel último ataque con el vestido de novia, jamás se había sentido de ese modo. Necesitaba pensar.

Alzó la vista al cielo. Ahí estaban nuevamente los mismos cuervos, mofándose melindrosos de su nueva desgracia. «¡Lupe! ¡Lupe!», repetían vocingleros como entonces, como siempre; «¡Lupe! ¡Lupe!», gritaban y hacían sus alones otros muchos rulos negros en las nubes, como entonces, como siempre.

No era otra bandada, ni un poco diferente, era la misma de siempre que a coro exhumaba unos crespones de mal augurio. Llevaban, como siempre, en sus garras ese vestidito de novia blanco, de seda transparente, y la foto de Ámbar que destrozaban una y otra vez a picotazos entre graznidos.

Como pudo, casi sin fuerzas, llegó al local de la asociación donde trabajaba. El encargado tenía una llave de la puerta de entrada. Le pediría a él que le abriera. Una vez adentro podría llamar por teléfono a alguna compañera y pedirle ayuda.

El hombre estaba lavando la vereda cuando la vio llegar. La saludó como siempre, pero no pudo sustraerse al mal aspecto que Guadalupe tenía. Le hubiese preguntado qué le ocurría, si se sentía bien o si podía ayudarla. Pero el hombre prefirió la discreción a la solidaridad.

Abrió la puerta del local y se retiró sin perder tiempo. Guadalupe encendió las luces y se acomodó en un sillón que estaba cerca de la entrada. Se dobló hasta que su cabeza tocó las rodillas.

Sobre su escritorio observó un paquete. Estaba envuelto en papel madera, rústico; el envoltorio era desprolijo, como hecho a las apuradas. No le prestó demasiada atención en ese primer momento. Tal vez un envío de alguna de las tantas mujeres a las que asistía.

Pensó a quién podía llamar a esa hora. Se puso de pie y empezó a caminar en dirección al escritorio donde estaba el teléfono. Dio un par de pasos, tal vez tres o cuatro, cuando empezó a sonar insistente.

Guadalupe atendió el llamado. Apenas rozó el auricular el pabellón de su oreja, escuchó con claridad:

—Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje.

Empezó a temblar. No podía dejar de hacerlo. Era un temblor involuntario, de esos que nacen en un pliegue muy íntimo de la anatomía humana. Pero se controló y se mantuvo en silencio, esperando que esa voz femenina, que le resultaba tan parecida a la que le anunció el ataque contra Ámbar, le volviese a decir algo: darle una indicación, hablarle de Ámbar o amenazarla de muerte. Solo esperaba que la voz en el teléfono volviese a decir algunas palabras.

—Sobrecito azul de seda azul, abrí el regalito que te dejamos. —Fue lo último que escuchó; luego la comunicación se interrumpió.

Colgó el teléfono, lo apoyó con delicadeza, como si temiera romperlo. Miró en dirección a su escritorio y vio el paquete envuelto en papel madera. Del tamaño de un libro. Parecía un libro, sin dudas. O dos, casi de la misma medida.

Tomó el paquete con sumo cuidado. Lo observó de un lado y del otro, midió las dimensiones del rectángulo que describía. Lo movió esperando un sonido, el movimiento de alguna pieza suelta de un mecanismo sofisticado o el ruido de un anillo en una caja, un anillo de Ámbar que usaba uno en cada dedo, o un aro metálico grande y pesado, como le gustaba usar, que chocara con la maderita liviana de un improvisado alhajero. Pero sus manos le anunciaban la consistencia, las dimensiones, la forma de un libro o dos (podía ser), casi del mismo tamaño.

Desprendió el papel con sumo cuidado, con la delicadeza de un cirujano. Retiró la cinta scotch de un extremo del rectángulo, luego del lado opuesto, luego del otro y finalmente la última que quedaba adherida al papel.

Apoyó el paquete en el escritorio. Descubrió el envoltorio con la misma suavidad con la que había desprendido las cintas. Comprobó que se trataba de dos libros, como supuso. Las manos no se habían equivocado.

Tomó el primero de ellos. Leyó «Parabellum» escrito en letras camufladas con los colores de un uniforme militar. Las letras «b» y la «ll» alargadas hasta el corte, como escapando del título hacia la nada. Debajo, en letras pequeñas, «Víctor Coral». Lo reconoció. Leyó el título del otro, «Todesfuge. Obra completa de Paul Celan», con su vaso de leche negra del amanecer. «Todesfuge» arriba de todo, calmo pero potente. Y abajo, «Paul Celan», en finas letras algo timoratas; más abajo, «Obra completa». También lo reconoció. Eran los dos libros que Ámbar estaba leyendo. Se los había regalado ella y estaba segura de que los llevaba en su mochila cuando dejó la casa. Vio cuando los guardaba.

Pero cabía la remota posibilidad de que solo se tratara de libros comprados para atormentarla y que no fueran los que le regaló a Ámbar. Cuando se los obsequió, dejó en cada uno una parte del poema «Si alguien llama a tu puerta» de García Márquez. Se trataba de un soneto. En «Parabellum», en la página 55, dejó adherida al vértice superior derecho una pequeña hoja algo menor al tamaño de la del libro. Eran los dos primeros cuartetos del poema del colombiano. En la obra completa de Paul Celan, en la página 358, hizo lo mismo, con los dos tercetos finales, pero adherida en el vértice superior izquierdo. En ambos casos se trataba de manuscritos que ella había realizado para sorprender a Ámbar.

Llegar a la página 55 de «Parabellum» fue recorrer su Gólgota, el lugar de la calavera, páginas de su propio calvario, allí donde nubes brunas y magentas, pegadas como con los dedos de plata a un cielo azul de muerte, decoraban con púrpura de miedo el negro de una desolación indescriptible. Allí estaba la hojita manuscrita adherida al vértice derecho de la página del libro. Era su letra, también azul, tan azul como ese cielo de muerte.

No pudo, no quiso, revisar «Todesfuge». No pudo. Simplemente no pudo. Apenas si podía sostener los libros. Temblaba sin control; era una convulsión que partía por oleadas desde la intimidad de la corteza de su cerebro hacia los músculos del cuerpo, que se contraían a voluntad, cada uno a su tiempo, en una danza sin control. Creyó que se orinaría. Llevada por la angustia, no había ido al baño, y el dolor en su vejiga era brutal.

Alzó la vista al cielorraso mientras apretaba su bajo vientre. Vio esos malditos cuervos que la sobrevolaban desde la infancia. Daban sus picotazos esos cuervos perversos que la perseguían desde entonces; desgarraban las fibras de su espíritu, despostándola con extraordinaria precisión quirúrgica.

Una descarga eléctrica de las neuronas diezmó sus fuerzas. Ningún dolor se pareció a ese, ninguno de todos los que padeció cuando niña. Creyó que caería vencida o que se desmayaría, pero se sobrepuso con un enorme esfuerzo. Caminó vacilante hasta el sillón al lado de la puerta de entrada. Cuando pudo sentarse la convulsión cedió. Estaba devastada. Esa era su condición. La palabra era «devastación». Se sintió árida, escuálida, esqueletada, inerte. ¿Así sería la negra leche de la madrugada bebida en el amanecer, bebida en la mañana y en el atardecer, en el crepúsculo tardío, cuando el sol se aproxima a su fosa nocturna?

Cuando apenas había podido reponerse a ese estado de angustia, el teléfono de la oficina volvió a sonar. Ese sonido vibrante la paralizó. La campanilla vibraba histérica.

No quería volver a atender. ¿Podría soportar otro llamado como el anterior? Pero comprendía que había una sola manera de saberlo. Se levantó de su asiento, se apretó con más fuerza el bajo vientre para no orinarse y contener el dolor y llegó al teléfono cuando sonaba por cuarta vez casi con desesperación. Asió el tubo del teléfono como quien toca un espacio de muerte entre dos gemidos. La palabra socorro sonó como una espina caliente, un aguijón feroz que busca el tímpano para perforarlo.

Lo último que escuchó no fue un nombre, fue un apodo. «El loco de la ruta». Sonó como una soga alrededor del cuello, la mordedura de un perro matador de hombres. El susurro del cuchillo cuando corta la carne.

​

IX

Santa revuelta

1

Entre la multitud surgía una bandera. Era espléndida. Su movimiento parecía voluntario. Lo hacía como si se desplegara para cobijar bajo sus tres franjas a esa muchedumbre que caminaba en dirección a la Plaza de Mayo.

Ziploc no podía deshacerse de esa extraña sensación que le provocaba la bandera al verla ondular de ese modo, caprichoso, ignorando el movimiento que imponía el viento a otras muchas banderolas multicolores que flameaban rodeando a la enseña patria. Esa bandera era realmente grande, protectora. Todos alzaban la vista para verla flamear extraordinaria.

A su lado, la efigie de San Cayetano la exaltaba aún más. Si no fuera una escultura de yeso, diría que parecía viva y que hasta lo miraba a él directo a los ojos, penetrando a través de los nervios ópticos hasta su cerebro, al que revolvía para alcanzar la zona más oscura de su subconsciente, allí donde almacenaba todas las muertes en las que había participado.

Santo y bandera, santa revuelta. Nada peor en un país donde la amalgama de política y religión podía resultar tan exitosa como peligrosa.

Santo y bandera. Y la bandera cada vez más subversiva. La cámara no la seguía porque el camarógrafo no comprendía el fenómeno. Había que ser un perseguidor para desentrañar que ese comportamiento de la bandera no era en absoluto natural. Y cuanto más la observaba por la televisión, más creía que ella lo provocaba deliberadamente, como diciéndole: «¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! Viva, altiva y siempre combativa. ¡Vení a buscarme! ¡Atrevete!». Eso lo disgustaba casi como las provocaciones de Enriqueta Martí, la deslenguada, aunque lo de ella era realmente irritante. Lo de la bandera era subversivo, algo muy distinto y de otra dimensión.

Pero se guardó muy bien de hacer algún comentario. Temía al ridículo. Y mucho más con el viejo sicario con el que no tenía cuentas pendientes ni deseaba tenerlas.

Él no lo hubiera mortificado como Enriqueta, siempre ligera para ridiculizarlo por el volumen de sus tetillas o por su extraño apodo, y con quien, estaba seguro, en alguna oportunidad habría de ajustar cuentas. Pero el viejo era bicho y si pescaba que alguno andaba mordiendo la banquina, enseguida tomaba nota para precaverse de que no se lo adosaran en algún trabajo. Su decisión de acogerse al retiro voluntario exigía el más celoso cuidado de no meter la pata o fallar en alguna operación. Y como nunca tendría la seguridad de que algún jefecito quisiera arruinarle la despedida de puro jodido, ponerle un chambón de compañero era un recurso posible para frustrarlo en sus deseos de pasar a retiro efectivo y dedicarse a la familia luego de tantos años de servicio. ¡Adiós! Muertos del pasado. ¡Adiós! Muertos del presente. El futuro sin otra muerte más que la propia, rodeado del amor de la familia, esperando la merecida calma. No era mucho pedir para alguien que había visto demasiada muerte a lo largo de todos sus años de servicio.

Ziploc se reservó para sí esas visiones de la bandera provocativa.

Sufrió un pequeño sobresalto, que supo disimular con cuidado, cuando vio, o creyó ver, debajo de la bandera, tras una cabriola de la franja superior celeste que se movió en ese momento con independencia de las otras dos franjas, una especie de silla o de palanquín chino envuelto en una gasa blanca un tanto transparente, en el que una figura vieja, pero muy vieja, era llevada acogida por el gentío. Era un espectro blanco, demasiado blanco, pero un pequeño chispazo naranjazul que, estaba casi seguro, surgía de algún lugar cercano a esa aparición, lo exaltaba aún más.

Trató de razonar. «Pies en la tierra, la pelota al piso», se exigió a sí mismo. Años de indiferencia, años de estricta objetividad no podían ser descartados por una supuesta imagen, más bien difusa y poco consistente, incluso confusa en la pantalla del televisor. Se reclamó volver a la verdad objetiva y no dejarse llevar por esas sensaciones.

Se interrogó si fuera posible que los relicarios hubieran tenido el atrevimiento de presentarse en aquella manifestación y exponer a su protegido ante la vista de millares, de cientos de miles que podían intuirlo o sentirse conmovidos por la extraña presencia de ese espectro que viajaba acomodado dentro de una caja revestida en telas blancas y de la que emanaba el perfume de la patria.

El lomo de una langosta vigorosa emergía como un reflejo multicolor desde ese lugar que se confundía fácilmente con el gentío que lo rodeaba. Y hasta tuvo la sensación de que una manga lo mordisqueaba hasta desmenuzarlo para reducirlo a un despojo contrarrevolucionario.

Con convicción se respondió que no era posible. Los relicarios no eran torpes, eran hombres avezados, maestros en el arte de la fuga. Gracias a eso «La Reliquia» había sobrevivido a todas las contingencias durante dos siglos. Era inteligente reconocer que habían sabido hacer las cosas. Gracias a los logiados, la revolución seguía ahí, no como una utopía como gustaban presentarla algunos, sino como una presencia viva. Podía parecer una bandera sin ejército, pero, estaba seguro, como otras veces, se agruparían bajo sus sombras muchos que esperaban cambiar el orden de las cosas. Y él estaba justamente para impedirlo.

Logró despejar su mente. Se convenció de que solo se trataba de una alucinación, un capricho de su imaginación que, estimulada por sus ansias de terminar lo que había empezado en una mansión del norte inaccesible, lo hacía ver lo que no existía. Como el caprichoso movimiento de la bandera, que lo hacía alucinar un suceso verdaderamente imposible.

Consideró que el asunto de esas mujeres podía haber influido en su estado de ánimo. Su lesbianismo lo crispaba, chocaba con sus principios más elementales, pero más lo indisponía la mujer de la que sabían, por informes de inteligencia, que se había propuesto hacer público quién había sido realmente su padre. Alguien muy lejos de un héroe de la nacionalidad como lo presentó la prensa adicta, con esas marcas a cada lado de su pistola 9 mm, en especial las siete prolijas grabadas del lado derecho del cañón. El deshonor, el desprestigio se le hacía insoportable y era posible que esos sentimientos influyeran por primera vez en su juicio. Había que extirpar esa amenaza.

Ziploc recuperó el aplomo que lo caracterizaba y alimentó su odio viendo las imágenes de la multitud reclamando «techo, tierra y trabajo». Una imperceptible mueca delataba su fastidio. El viejo sicario conocía sus gestos.

—¿Pasa algo, Schopenhauer?

—Vos te das cuenta…

—A mi edad, de pocas cosas.

—Todos esos vagos de mierda, piripipí, piripipí, con el redoblante, joden y joden y joden. ¿Por qué no van a laburar?

—Porque no hay laburo.

—En este país sobra laburo. Faltan laburantes.

—¿Será por eso que está lleno de bolitas?

—Los únicos que laburan como burros son los bolivianos. Los otros, mejor ni hablar.

—Hermandad latinoamericana, camarada. Hermandad latinoamericana.

—¡Bah! Puro bla-bla…

—Será. —El viejo parecía despreocupado de las angustias xenófobas de Ziploc.

—Te digo…

—Decime.

—Los perucas, todos narcos; los yoruguas, todos vagos; los chilotes, todos borrachos y encima te quieren afanar la Patagonia. Y ni hablemos de cómo nos cagaron en Malvinas, ayudando a los ingleses.

—Schopenhauer, sos el abanderado de la Patria Grande.

—Y me olvidaba de los venezolanos y los colombianos. Llueven vagos de todo el continente. Como este paparulo que nos encajó el jefe. «Pérez y Pérez» no lo hubiera permitido.

—Pero no está, se fue, está de viaje.

—Llueven inútiles que se vienen a matar el hambre acá.

—Es la famosa lluvia de inversiones. —Palmeó a Ziploc—. Te olvidaste de los negros.

—¡Viste, viejo! Está lleno de negros. Decime, ¿de qué viven todos esos negros?

—Ni idea. Se la rebuscan. Hacen cosas de negros.

—¡Pará, pará! ¿Y putas dominicanas? Lleno de putas dominicanas por todos lados. Así ni las putas nuestras van a poder laburar.

—Este país da para todo. Tené esperanza.

—Ya sabés que no puedo.

—Escéptico por naturaleza.

—Como los asesinos.

—Ya que lo mencionaste, tenemos laburo pendiente.

—Yo no tengo nada que ver con ese asunto, no es mi misión. A mí nadie me dijo nada. Las cagadas del «Foreign» que las arregle él. Yo, argentino, bien argentino.

—Como vos digas. Pero leé el último parte.

—No, ni en pedo. Que lo arregle él, que se la banque.

—De acuerdo. Ya no estoy para hacerme mala sangre. Además, no estoy a cargo. Cuando pueda, agarro el retiro voluntario y me voy a casa a disfrutar de los nietos.

—Lo bien que hacés.

—Gracias, Schopenhauer.

—De nada, maestro.

2

Enriqueta llegó con el ánimo de un perro rabioso, dispuesta a morder a quien se atreviera a cruzarse en su camino. Ziploc la vio entrar hecha una furia, la cara enrojecida, los ojos inyectados, la lengua hinchada. El viejo sicario se corrió hasta quedarse atrincherado en un rincón de la cueva. Estaba casi a un metro, metro y medio, de Cindy, que respiraba con dificultad y seguía acovachada en el rincón opuesto. El viejo la tuvo que mirar con atención porque le pareció que había dejado de respirar. Se consoló diciéndose: «Un laburo menos». Pero no. La mujer respiraba lentamente, pero respiraba.

Ziploc dedujo que Enriqueta no pescó nada. A veces pasaba. No siempre caía un pendejo en la red que tejía esa araña. No siempre encontraba unos padres tan borrachos o drogados como para arrebatarles uno o dos hijos sin que se dieran cuenta hasta varios días después.

—¿Poca pesca, doña? —preguntó Ziploc sin dejar de mirar la marcha por televisión.

—Una mierda —respondió enfurecida—. Todo al pedo. Caminé al pedo, me chivé al pedo y no conseguí nada. Apenas un borreguito que no llegaba a los diez kilos. Amarillo, esquelético, raquítico.

—¿Amarillo? ¿No los preferís rubios?

—Pero este no era rubio. Bilirrubina, tenía color de la bilirrubina.

—Hubieras cantado a lo Juan Luis Guerra.

—Justo. Parecía un bagre el pendejo.

Ziploc hizo como que no escuchó el comentario.

—Te busca «Foreign».

—¿Y vos qué hacés mirando esa mierda?

—Te busca «Foreign».

—Ya te escuché —por lo bajo dijo—. «Moria, ya te escuché».

Ziploc tenía, como se decía, oído de tísico. Escuchaba el susurro de una palabra a mucha distancia. Era una habilidad que lo había salvado en más de una oportunidad. Escuchaba con claridad el leve chasquido de un arma al ser amartillada para disparar. En tres oportunidades, ese sonidito único del encastre de una pieza de metal contra otra, esa casi imperceptible vibración del percutor, lo había salvado de morir con un tiro en la nuca. Así que escuchó perfectamente cuando Enriqueta murmuró de manera casi imperceptible:

—Moria, ya te escuché.

—Vos te la estás buscando sola.

—¿Yo qué hice ahora? —se defendió la mujer como si ella no hubiera dicho nada.

—Te escuché perfectamente. Vos querés ponerme a prueba.

—Seguí mirando a ver si te hacés piquetero.

—Te busca «Foreign» —Ziploc insistió solo por cambiar de tema.

—¿Qué quiere «Foreign»?

—No sé ni me interesa.

—Qué mala onda que tenés, chabón.

—No es mala onda —dijo el viejo, solo por decir algo. Habló sin dejar de mirar a Cindy, quien se había orinado por completo.

—La mina se meó encima —avisó.

Ziploc se volteó para mirarla.

—No cambia nada. Hay que descartarla aunque se cague encima.

Enriqueta buscó a «Foreign», que se había acomodado en un sillón y dormía serenamente. Lo sacudió varias veces hasta despertarlo.

—¿Qué querés? ¿Para qué me andás buscando?

Ziploc tosió como si fuera a escupir las cuerdas vocales.

—Quiere pasar la noche con vos —dijo con cinismo—. Está enamorado de vos. Lo calientan las argentinas tetonas como vos.

—No jodás con eso —Enriqueta se encabronó por el chiste.

«Foreign» la miraba como embobado, no por amor ni por lascivia, solo porque estaba aún adormilado.

—¿Serías tan amable de concederme un favor? —dijo, algo barbitúrico.

Enriqueta lo miró desencajada. Pensó que el tipo le estaba tomando el pelo.

—¿Vos te papeaste? —le preguntó.

—¿Qué? —El hombre no comprendió qué le decía Enriqueta.

—¿Qué mierda querés? ¿Para qué me andás buscando?

—¿Me ayudarías con la lesbiana?

—¿Con la lesbiana? ¿La que cagaste vos?

—Sí, pues, de eso hablo.

—No me gustan las lesbianas. No soy lesbiana. Soy asexuada por naturaleza. Ya les dije que soy lo más parecido a la lombriz.

El hombre la observó desconcertado. No sabía cómo asociar a esa mujer con la anatomía anillada de una lombriz.

Ziploc gritó:

—Primero está lo de la trola.

Enriqueta, a su vez, gritó para responderle.

—¿Quién pone las prioridades?

En esa oportunidad intervino el viejo, que habló como un jefe.

—Las prioridades las fija el mando, mujer, y no se discuten.

—Entonces que vengan ellos y se carguen a la yegua esa.

El viejo movió la cabeza resignado. Pensó en incorporarse y caminar hasta donde estaba Ziploc mirando la televisión, pero la resignación lo venció y permaneció sentado en su rincón y en silencio.

—¿Y cómo querés que te ayude con la lesbiana?

—Tengo que terminar mi trabajo.

Esta vez el viejo intervino con energía. Se puso de pie, caminó hasta donde estaba Ziploc y le habló al oído. Ziploc pareció resignarse.

—Ok —fue lo único que dijo.

El viejo volteó para mirar a Enriqueta.

—Ahora viene un equipo a resolver lo de la minita esta. Vos te vas con ellos, es tu paquete. Vos, «Foreign», te quedás acá, con nosotros. De lo de la lesbiana se va a ocupar otro equipo. Uno que no haga cagadas.

Enriqueta celebró.

—¡Trabajo fácil les tocó a esos turros! —Enriqueta rió brutalmente—. Está más muerta que viva.

Ziploc tomó el sobre que el viejo sicario le arrimó. Sacó una hoja mecanografiada y la leyó con atención. Luego le prendió fuego con un encendedor que llevaba siempre encima, aunque él no fumaba.

—Vos, che. Martí, pa’ servirle en lo que haga falta…

—En lo que necesite, decilo bien, por lo menos.

—Antes de irte hacé un llamado.

—Enriqueta Martí, pa’ servirle en lo que necesite. Te dije que lo digas bien.

—Enriqueta Martí, pa’ servirle en lo que necesite, hacé un llamado.

—¿A quién?

—A la otra lesbiana.

—¿Del teléfono de la otra… de… cómo se llama?

—No. De este celular que te doy. —Ziploc extendió la mano con el celular.

—No llego, levantate y traémelo.

—¿Te pesa el culo? Vení a buscarlo y apurate, que tenés que hablar.

Enriqueta llegó bufando.

—¿Qué tengo que decir?

—Pedí ayuda como si fueras la trola esa. Hacelo bien. Conmovela a la mina.

—¿Hago de esta puta?

—Sí, decile que te ayude… que te tiene el loco de la ruta…

—¿Quién es el loco de la ruta? —preguntó Enriqueta, intrigada.

—Nadie, boluda. Vos, a partir de ahora, sos el loco de la ruta, el que mata putas que agarra en la calle. Perdón, vos sos la lombriz de la ruta que te parió. Llamá y dejá de preguntar boludeces.

—¡Pero déjense de joder con el loco de la ruta! ¡Eso es más viejo que la mierda! —Enriqueta se burló y rió a carcajadas.

La muchacha que llamaban Cindy se movió como si la risotada la hubiera arrancado de su desmayo.

—Viejo o nuevo, hacé lo que te digo.

—¡Sí, señor! —Enriqueta se cuadró como si fuera un soldado.

—Llorá, no sé, gritá, que se la crea. Cuando tenés que decirle dónde estás, colgás. ¿Entendiste?

—¡Sí, señor! A sus órdenes, señor. Lo que usted diga, señor.

—Cuando yo te dé la orden, hacé la llamada. Y no la cagués como este boludo. —Señaló a «Foreign», que todavía no había logrado despabilarse.

3

Ziploc volvió la vista al televisor. Enriqueta quedó en suspenso esperando su orden, pero él estaba atento al movimiento de la gente y pareció olvidarse de ella. El viejo lo miró desde su rincón, apoyado contra la pared, descansando. Él sí comprendió en qué ponía su atención Ziploc. Claro que lo sabía. Era un viejo buscador, un verdadero perseguidor, además de un limpiador confiable.

Tal vez el compadre tuviera razón y esos desfachatados de los relicarios se hubiesen atrevido a entremezclarse con los revoltosos de las organizaciones sociales. ¿Dónde encontrarían sus mejores adeptos sino en esos pobres que aspiraban a una vida digna? Justamente esa reliquia lo había dado todo por la patria cuando nacía. Y su sola presencia sería inspiradora para ese pobrerío y para el prócer. Para esas multitudes ansiosas de una patria libre de toda dominación sería un sumo vivificador. El verdadero elixir de la eternidad.

El santo a su lado magnificaba la belleza de sus franjas celestes y blancas. Santo y bandera. Recordaba la frase: «santa revuelta». Buena definición. Quien hubiese leído algo de historia sabría que La Reliquia se encomendó a la Virgen de la Merced y le recomendó a San Martín hacerse de otra para su Ejército de los Andes. Patria y religión, una alquimia indestructible si se la sabía manipular. Cuando la aviación naval bombardeó Plaza de Mayo y mató centenares de inocentes, los aviones llevaban la inscripción «Cristo vence» y el obispo los bendijo para que Dios los protegiera y tuvieran éxito. Rara ofrenda a Cristo, triste victoria la del vicario de Dios en la tierra.

Debería prestar atención a aquello que absorbía la atención de Ziploc. La intuición también podía ser una buena brújula en ciertos momentos. Y Ziploc solía ser un buen intuitivo, aunque siempre pasara por frío y racional.

Pero el viejo se sentía algo cansado. Y, aunque fue un sentimiento del que trató de deshacerse, empezó a preocuparlo ese clima de permanente hostigamiento que había entre casi todos los miembros del grupo. Ziploc contra Enriqueta, Enriqueta contra Ziploc, los dos contra «Foreign» y este que se hacía el distraído todo lo que podía, como si nunca fuera responsable de nada. Con su cínica risita, «¡jijiji!», y sus largas peroratas sobre la nueva política. Un raro espécimen de la modernidad, difícil de digerir para esos avezados sicarios de la Agencia. «Foreign» los llamaba «mis queridos dinosaurios» y le prometía a cada uno el meteorito de la extinción de la mano del López Teghi.

Tanta hostilidad entre pares no era lo habitual y tampoco lo tolerable. Una cosa era el mando severo, la jerarquía que se debía respetar y se hacía respetar a como diera lugar, porque sin respeto no hay mando y sin mando no hay ninguna posibilidad de éxito. Pero allí había mucha envidia, encono y hasta un resentimiento profundo.

Ziploc no podía sustraerse a la imagen de aquella bandera. Allí estaba, siempre provocativa. Y ese raro resplandor que de ella emanaba y que el santo esparcía como una bendición. Cuanto más apreciaba la escena, más se convencía de que aquello no podía ser producto de la casualidad o de un error en su manera de observar esos sucesos.

Si estuviera en el lugar mismo, estaba seguro de que hasta podría oler a ese esperpento. Estaba seguro de que La Reliquia debía tener un perfume dos veces centenario y, para un hombre que tenía sus cinco sentidos ampliamente desarrollados, olerlo no sería difícil. Oírlo sería como un juego de niños con ese oído de tísico que poseía. Incluso, algo de lo que nunca había hablado con nadie, tampoco con el viejo, su compadre, podía sentir la vibración de una persona a cierta distancia. Y no a una pequeña distancia. A lo lejos. Como si descifrara el latir de su corazón, el fluir de su sangre, el movimiento de las ondas del cerebro.

Tenía que buscar la forma de hacerle llegar a «Pérez y Pérez» su mensaje para que este lo orientara, lo organizara. Podía ser el instrumento de aquel jefe perdido en su gira magistral para acabar de una vez y para siempre con los sueños de esos revolucionarios reunidos en los misterios de sus sociedades patrióticas.

4

—¿Y, loco, para cuándo? —La voz de Enriqueta lo sacó de su ensimismamiento.

Alzó la mano para indicarle que esperara.

Ziploc le indicó que se acercara. Le entregó un papel en el que estaba escrito el número de teléfono de la asociación en la que participaba Guadalupe. Luego, lo que debía decir, palabra por palabra. Inteligencia les había avisado en el mismo momento en que ella llegó a los tumbos. Le ordenó que llamara a ese número.

Enriqueta impostó la voz hasta deformarla por completo. La hizo ronca, seca y varonil. Como una lija que raspaba las palabras. Le parecía que ese tono era todo lo siniestro que necesitaba.

—Sobrecito azul de seda azul —leyó lentamente—. Sacá boleto de tren para tu último viaje.

Habló con un dejo de melancolía, sentimiento que asociaba, no sabía por qué, con ese azul sedoso del sobrecito azul, el color de la muerte.

Guadalupe no respondió, pero ella podía escuchar su respiración entrecortada.

Luego de un tiempo de silencio, durante el cual cada una oía el jadeo de la otra, le dijo:

—Sobrecito azul de seda azul, abrí el regalito que te dejamos.

Guadalupe cortó la comunicación.

Con un gesto, Ziploc le indicó a Enriqueta que esperara. La habilidad radicaba en hacer el próximo llamado en el momento correcto. Se lo hubiera explicado, pero eran demasiadas palabras para esa mujer insinuante, burda traficante de niños para viejos pederastas.

Esta conclusión lo sorprendió. ¿Sería esa asquerosa condición lo que lo predisponía tan mal contra ella? No debería importarle. En lo más mínimo. Grandes o pequeños, jóvenes o viejos, hombres o mujeres, todos eran «algo», «un coso», «eso». Nunca había reparado ni en su edad ni en su destino.

Pero algo le pasaba con la condición de Enriqueta. Tenía que pensarlo seriamente. Tal vez se estuviera reblandeciendo y eso sí que, en su condición, era problemático.

—Testosterona.

Le dijo el viejo, hablando de ese raro estado de ablandamiento que llegaba con la edad.

Pero él no tenía ni idea de a qué se refería y no quiso preguntar para no pasar por ignorante, como si al viejo eso le hubiera importado algo.

Chasqueó los dedos, ordenando a la mujer que hiciera lo suyo.

Enriqueta llamó y llamó y llamó. Y Guadalupe, del otro lado de la línea, alzó el auricular del teléfono de la oficina, pero se mantuvo en completo silencio.

La primera palabra que llegó a su boca fue:

—¡Socorro!

Su voz fue meliflua y pareció sincera. A Ziploc le pareció un desatino, pero ya estaba dicha.

Y repitió:

—¡Socorro!

No una vez, sino varias.

Luego lloró.

«Lloró como Magdalena», diría el viejo, pero nadie le llevó el apunte.

Gimió el nombre del «loco de la ruta». Pronunció esas cuatro palabras del mismo modo que un condenado clama piedad.

El hondo silencio que escuchó del otro lado de la línea la convenció de que sus palabras habían golpeado la sustancia misma de la víctima. Esa respiración entrecortada, ese jadeo minúsculo, le dieron la certeza de que el mensaje había producido el peor de los efectos.

Podía imaginar a Guadalupe derrumbándose bajo el peso de sus emociones.

Luego cortó la comunicación y disfrutó esas sensaciones que despejaron al instante su furia por el fracaso del viaje a la zona de las quintas.

Ziploc volvió a la pantalla del televisor y, en esa oportunidad, prefirió no arruinar el sentimiento victorioso que demostraba esa mujer a la que aborrecía.

Después de todo, estaban en el mismo barco.

X

La primera palabra

1

Ese raro animal que entró a su cuerpo se retira. O es un tentáculo apenas de una bestia imposible. O la serpiente misma con la que un hombre escribe no sabe qué historia y que abandonó dentro suyo para hacerle reconocer su mordedura.

Abandona su tráquea, desaloja la boca, se devuelve a la barriga del animal con forma de trapecio invertido que se aleja rodando sobre sus propios pies. Ya no resopla más junto a su oído. Cesó el sonido que la perturbó todo ese tiempo. Baila el apéndice, apenas la abandona. Como bailó aquel hombre cuando arrojaba mujeres desde su altura a una tumba que él mismo cavó obedeciendo la orden de un maestro de la muerte.

El tiempo retoma su espesura, su forma rigurosa, segundo a segundo. Y alguien toca un sonido y luego silba mientras se aleja hacia la luz esa tumba que habían preparado para ella y en donde no había comodidad alguna. Hay máquinas respirando cerca. O tal vez corazones ajenos que laten repitiendo el sonido de un metrónomo. Un pulso electrónico que marca el paso de los segundos.

Está el hombre de blanco con el brillo en la mano. Él corta la atadura que sujetaba la mano. Si pudiera hablar se lo agradecería. La mano se libera, los dedos esperan su oportunidad de moverse como las cuerdas de un violín inesperado. El metrónomo dejó de cantar sus fragmentos de tiempo y el corazón siguió latiendo rojo como antes.

Ya no puede verse a través de un agujero rojinegro. Se ha cerrado ese túnel que supuraba un juguito transparente desde la espalda al pecho de color redondo de uva negra. Intuye al proyectil de plomo que se aleja a toda velocidad subido a su ninja negra y roja como el color del agujero mismo de la muerte. Al segundo proyectil ya no lo reconoce, ha perdido su apariencia candente y fluye en una dimensión que elude.

Ámbar deja su forma cubista y resuelve su imagen como si se viera desnuda ante un espejo. Se observa a sí misma desde cada palmo de piel. Se ve delgada, más que de costumbre. Descubre sus costillas largas como las teclas de un piano. Hunde las teclas con una mano, primero, y luego con la otra. Piel y cenizas hasta la curva imperceptible del ombligo. Oye que Margarete se aleja, con sus dorados cabellos removidos por el viento en bíblica paz bajo estrellas artificiales.

Hay otras cenizas que se dispersan mientras el hombre de blanco da vueltas a su alrededor y empuña un acero que es otro, y no alcanza a distinguir sus ojos ni el color de esos ojos ni cómo es su mirada. Siente un alivio que no esperaba.

Toca sus labios con la lengua, pero no los siente. Entonces, con sus dientes, los roza solo por reconocer su volumen. Están algo resecos, comprende, pero ya no quiere la leche negra del alba que bebió al atardecer, al ocaso, a la noche, a la mañana. La pasta de un coágulo adhiere la lengua al paladar como una goma negra.

No puede abrir los ojos, sus párpados pesan. Esperará el momento justo de devolver la mirada a un punto cualquiera. Ya llegará, se serena y espera el momento de una nueva visión.

Una voz la llama, pero no sabe desde dónde. Si fuera su amor, despertaría el instante. Pero no es su amor y tampoco es el hombre de blanco. Es otro hombre quien la convoca a abrir los ojos y mirar a través de la luz.

La voz la llama, pero no por su nombre. Llaman a otra que ella no conoce. No es ella, ni Guadalupe, ni Margarete. No sabe a quién invitan a reunirse en esa sala en la que caen unas sábanas blancas a cada lado de la cama.

Respira hondo. Mueve los labios. Los hombres creen que dijo «amor», pero no están seguros. Mira, parpadea, mira y dice solo la primera palabra: «Guadalupe». La repite dos veces y luego calla.

El hombre de blanco se da por satisfecho. El que lo acompaña lo palmea en la espalda.

2

—Zafó, doctor —afirmó el enfermero.

El médico no le prestó oído. Se detuvo para observar a cierta distancia el aspecto que ofrecía Ámbar. En ese momento parecía serena. Estaba seguro de que ella murmuró en dos oportunidades un nombre: Guadalupe. Pero no sabía de quién se trataba.

—Zafó, doctor. ¡Zafó!

—¿Qué cosa zafó? —respondió, desentendido de lo que le decía el otro.

—La mina esta. Zafó, doc.

—Ah, sí, sí. Así parece. Está estable. Es joven. Pero hay que esperar. Hizo dos paros. Voy a dejar indicado que si está lúcida por un buen tiempo le retiren la sonda urinaria. No quiero infecciones.

—Sí, doctor. Lo que usted diga.

—También le vamos a ir retirando los sedantes.

—Bien.

—¿Ya sabemos cómo se llama esta mujer, o todavía es «NN»?

—Todavía es NN.

—Qué cagada. En fin.

El cirujano hizo una seña al enfermero para que se acercara. Señaló el pecho de Ámbar.

—Quiero que le hagan una placa de tórax.

—Como usted diga, doctor.

—Avisale a rayos que la quiero ahora.

—¡Llame ya! ¡Llame ya! Y tendrá su radiografía al instante —bromeó el enfermero.

—Si todo está bien, nuestra amiga va a mejorar rápidamente.

—Dos tiros, dos paros. Hay que zafar de eso, doctor.

—Ya lo creo. Esperemos que aparezca alguien de la familia.

—Esperemos.

—Qué raro que siga como NN. Habría que llamar a admisiones.

—¿Raro? ¿Le parece, doctor? Si los de admisiones se rascan el culo a cuatro manos.

El cirujano tomó la historia clínica y realizó algunas anotaciones.

—No hablés mal de tus compañeros. Por lo menos ponele un nombre, NN es horrible.

—Le decimos Chuchi y listo, doctor. Baratito. «Hola, Chuchi», «chau, Chuchi». Y listo.

—Chuchi, ingenioso lo tuyo.

El cirujano y el enfermero dejaron la habitación. El enfermero repitió varias veces «chau, Chuchi».

Salieron al pasillo que se estiraba hacia una ventana llena de luz. Las siluetas de los hombres se proyectaban en dos sombras largas que salían desde sus propios pies hasta unas baldosas negras que inventaban unos dibujos geométricos.

El enfermero tomó de un brazo al médico y lo retuvo.

—Me olvidé de avisarle, doctor. Vino un tipo a ver a la minita esta.

—¿Un tipo? ¿Qué tipo? ¿Un pariente?

—No parecía, doctor. La miró y se fue. Con ella no podía hablar.

—¿Y ustedes lo dejaron entrar?

—No, se metió de prepo. Cuando le dijimos que no podía estar en la sala de intensiva masculló algo que no le entendimos. Después nos encaró y preguntó cuándo Chuchi iba a poder hablar. En realidad, preguntó: «¿La mujer cuándo va a poder hablar?».

—¿Qué le dijeron?

—Le preguntamos si era familiar, se rio y se fue.

—¿Cómo era el tipo?

—Raro.

—Raro cómo.

—Raro, doctor.

—Cuánto de raro.

—Mucho, doctor. Cuando se estaba yendo volvió sobre sus pasos. La encaró a la enfermera y, mirándola a los ojos, pero con esas miradas que te cagás encima, le dijo algo que no puedo recordar, pero daba miedo.

«El azúcar mata, la sal mata, las motocicletas matan, los automóviles matan, los aviones matan, el whisky mata, el cigarrillo mata, la marihuana mata, la cocaína mata, todo mata. Sabelo. La verraca está muertita».

Dijo el visitante y se marchó por donde había llegado. La enfermera estuvo al borde del soponcio.

—¿La qué?

—«La verraca está muertita». Eso dijo.

—¿La verraca? ¿Y qué es la verraca?

—No sé, doctor, algo de vaca, yo qué sé.

—¡Dejame de joder! ¿Así dijo? ¿Está muertita?

—Vaya a saber en qué quilombo está metida esta mina, doctor. Yo se lo dije cuando la trajeron. Para mí lo corneó al dorima y el tipo la mandó a boletear. Ahora vino el chabón a terminar el laburo. Dicen que si un sicario falla te busca para terminar el laburo porque, si no, no cobra.

—¡Y ahora me avisás de esto!

—Me olvidé del cagazo, doctor.

—¿El director sabe?

—Yo no iba a hablar con él, doctor, soy solo un pobre enfermero.

—¿Ahora sos solo un pobre enfermero?

—Sí, doctor.

—¿Y nadie preguntó por ella hasta ahora?

—Que yo sepa, no, doctor. Acá no vino nadie y de admisiones no avisaron nada.

—Recemos para que no aparezca nadie, entonces.

—Sí, doctor, recemos, pero de rodillas para que la Virgen nos tome en serio.

—Imposible que alguien nos tome en serio a nosotros dos. Voy a ir a hablar con el director. Lo único que nos falta es un quilombo de cuernos y asesinos.

—Avise, doctor, avise.

—Hacete bien el boludo. En estos casos es mejor que a uno ni lo noten. A ver si te agarra el chabón ese y te manda a saludar al diablo junto con la fulana.

—Dios no lo permita.

—Dios solo se ocupa de cosas importantes.

—Cómo me tranquilizan sus palabras, doc.

Ambos hombres dejaron el pasillo por una entrada que daba a un amplio hall lleno de luz y en el que unas pocas personas esperaban información sobre la salud de sus familiares. El médico reparó en la presencia de un hombre algo bajo, algo gordo, de cabello renegrido, seguramente teñido, que reía como una hiena. El hombre, cuando vio al doctor, se retiró por la escalera sin esperar a nada. ¡Jiji! ¡Jiji! Se oyó la risita cínica del fugitivo mientras desaparecía.

El doctor permaneció en silencio y sin moverse. Rozó con su codo al enfermero.

—¿Viste al tipo que se fue apenas nos vio?

—No, doctor, no ando mirando hombres.

—Te hablo en serio, boludo.

—¡No, doc! Le juro que no le presté atención.

—Tipo raro, carajo. ¿No sería el que vino a ver a la mina?

—No lo vi, se lo juro —el enfermero miró buscando al intruso—. Le juro que es un tipo que no puede pasar inadvertido.

—¡Qué cagada, che! Flor de quilombo.

—Abajo está la capillita, mejor vayamos a rezar. Vamos juntos.

—Voy a hablar con el director.

—Lo espero en la misa.

—Esperame sentado.

—Sí, doctor. Como usted diga.

3

Guadalupe fue la primera palabra. Pero el origen de todo fue el amor. ¿Cómo se llega al amor? Ámbar podría preguntarse cómo llegó a ese amor mientras se debatía en abrir sus ojos y mirar de nuevo lo que estaba a su alrededor. La bala se alejaba y ya le era imposible distinguirla ni siquiera en su fuga violenta. Su mano libre la dejaba dibujar pequeños arabescos sobre su propio vientre. La otra permanecía aferrada a un pequeño pañuelo que le dejaron tal vez por compasión.

La manera del amor fue Guadalupe. Lo sabía bien y eso la devolvía de algún modo a la orilla del río que ella miraba con ansias y en el que giraban olitas hasta adquirir la forma de una caracola. Hasta entonces no hubo modo. Iba y golpeaba la puerta de la felicidad y nadie le respondía. A su llamado huían los encantos y quedaban solo las ausencias. Y eran tantas que en más de una ocasión la desesperaron. En el camino no quedaba esperanza donde refugiarse.

Pero fue Guadalupe la forma en que todos los besos se anclaron como rosas. Ella fue atravesar un momento calmo en cada cuerpo y en cada muslo, rozando blanco la curva que dio forma a las caricias. Y eso fue todo. Aunque no lo único.

Ángeles y pubis dando vueltas y vueltas en cada caricia que hacían vibrar una fibra muy íntima y magnética. En todo ello había una sustancia extraordinaria. Una raíz de miel y rumores de esclavas sonando al tocarse delicadamente. Es que el oro del amor tiene algo de crepúsculo en sus átomos y se presenta súbito como una tempestad que tiñe todo con su franca energía.

Había en ese amor algo de túnel, algo de labriego, algo de noche donde iban los pájaros a calmar sus plumas y sus picos, tan vital como una invasión fecunda. Un vestido de recién llegada, un cascabel de besos y una corona de flores.

Ámbar recuperaba la sustancia del tiempo y del espacio en los que ese amor existía. De vuelta, como el viento del verano, fuera de la guarida de la muerte, solo esperaba el dulce abrazo, el beso alegre y las manos desparramando las suaves y redondas maneras con las que Guadalupe le explicaba su amor, toda vez que podía.

XI

Dolores

Solo el odio a esa voz en el teléfono la hizo atender la nueva llamada. Guadalupe, esa vez, no vaciló. ¿En qué podía agravar lo que estaba ocurriendo responder a ese llamado? Sabía que sus victimarios disponían de todo el tiempo necesario para atormentar a Ámbar, y ella tendría que enfrentar la persecución como se presentaba. Su amor en manos de esos rufianes no le permitiría desfallecer.

Atendió dispuesta a escuchar la peor de las palabras. Sin embargo, fue otra voz la que llegó a su oído. Su ánimo cambió al momento.

La voz de “La D”, como la conocían, se oyó con claridad. Desde el otro lado de la línea, aquella voz sonó como un bálsamo necesario.

—Soy yo, Guada, soy yo, Dolores. ¿Me oís? ¿Estás bien?

Guadalupe respiró aliviada y trató de encontrar alguna palabra que decir. La primera que le surgió fue “Ámbar”. Y eso dijo, “Ámbar”, y repitió “Ámbar” varias veces porque parecía que al nombrarla podía recuperarla. La voz de Guadalupe estaba cargada de angustia.

“La D” oyó ese nombre repetirse como el golpe que no cesa en su rostro. ¡Las veces que había oído decir nombres de mujeres de las que nunca se pudo saber su destino!

Sabía de qué le hablaba Guadalupe. Tuvo noticias de una mujer baleada cuando se dirigía a la movilización por la legalización del aborto. Pero el rumor terminó allí, en el comentario de un atentado contra una mujer, otro intento de femicidio de varios que habían ocurrido en esos días. El debate sobre la ley crispaba los nervios de algunos que veían desintegrarse sus viejos dogmas de la santa hipocresía. El odio contra las mujeres, entonces, llegaba montado sobre una bala desde la boca de una nueve milímetros, el filo de un puñal o un bidón de alcohol y una llamita macabra de un encendedor para el disfrute del espectáculo. «Ahora vas a saber quién manda», y el mismo fuego desde las primeras hogueras hasta los tiempos presentes, donde se perpetúa la doble opresión hasta la muerte. ¡Y eso que aún no sabían nada del grito previo a la ejecución!: «¿Te creíste lo del pañuelito verde, lesbiana de mierda?». Luego: ¡Pum! ¡Pum! Y Ámbar caía con la cara contra el piso y el pulmón perforado, inundando de sangre su pequeño tórax.

A Dolores, al conocer por el testimonio de algunos testigos ciertos detalles de la mujer baleada, la condujeron al nombre de Ámbar casi sin margen de confusión. La descripción de su fisonomía, su ropa y su bolso multicolor le devolvían su imagen sin lugar a dudas. La recordaba perfectamente. Y en los últimos días, como habían estado juntas muchas horas por las movilizaciones y toda la actividad desplegada por la aprobación del proyecto de ley de legalización del aborto, esa imagen estaba muy nítida en su memoria. Si hasta podía verla caminar con el paso cortito que la caracterizaba, aferrada a su bolso y llevando la sonrisa que la distinguía.

Cuando “La D” trató de comunicarse al celular de Guadalupe, quien respondía su llamada no era ella sino un hombre que la insultaba excitado. Entonces ya no tuvo duda alguna de qué estaba pasando.

Esperó unos segundos para responder a Guadalupe, que repetía el nombre de Ámbar una y otra vez con el anhelo de quien desea algo que no puede alcanzar.

—Quiero que te quedés ahí, que nos esperés. ¿Me oíste?

Guadalupe movía la cabeza afirmativamente. La oía con claridad. Con su mano libre se acomodó el cabello repetidas veces, como si eso la ayudara a acomodar sus propias ideas.

—No sé qué pasó con Ámbar, no sé qué pasó. Me llamaron para decirme que la habían baleado, que la habían baleado —y repitió involuntariamente— «que la habían baleado».

Dolores podría haberle dicho «ya lo sé», pero eligió el silencio como respuesta.

—Cuando llego hablamos, pero quiero que te quedés ahí, que no hagas nada. Esperanos.

—Sí, sí. No tengo adonde ir, no puedo entrar a casa, me robaron todo.

—Esperanos ahí. No te vayas. Llegamos pronto.

Guadalupe ya no se sintió sola. Fue al baño y pudo aliviar su vejiga. El dolor desapareció. Luego mojó su cara y su cabeza. El agua fría la ayudó a despejarse.

Volvió a su escritorio y tomó los libros como si en realidad sostuviera a la propia Ámbar entre sus manos. O algo de ella: de su espíritu, de su modo de hablar, de leer o de poetizar. Los acarició primero uno y luego el otro, y los llevó a su nariz para oler ese especial perfume del papel, la tinta, los estantes donde reposaron hasta su venta y el perfume de ella que había quedado impregnado y que envolvía los textos de una manera única.

Leyó «Parabellum», escrito con esas letras camufladas que salían del límite del libro hacia arriba, empujando las palabras hacia afuera, adonde debían estar porque habían sido escritas para las personas, para el humano suceso de la poesía. Y luego «Todesfuge». Su campo de concentración a cuestas, con su leche negra del anochecer, del amanecer, de la mañana y del mediodía, la leche negra que intuía había bebido Ámbar (o que bebía en ese mismo instante), y que ella misma bebió la noche en el calabozo cuando los mastines se llevaron a la muchacha entre sus dientes. «Todesfuge». «Todesfuge». Cavando y cavando la tumba en los cielos y en la tierra, y de nuevo en los cielos, con la víbora que silbaba su música de un vuelo de la muerte, mientras arrojaba un silbido por el que bailaban unos hombres antes de morir entre atentas jaurías de sicarios.

«Todesfuge» se le hizo casi premonitorio. Margarete parecía hablarle desde esa premonición. Revoloteaba una mano espantando el augurio que arribaba en forma de cenizas. El tiempo que tardó Dolores en llegar hasta ella tuvo la dimensión de las tumbas que cavaban unos hombres a la orden de ese de ojos celestes que arribaba a la muerte con su delicado bigotito nacarado bajo la nariz griega y su ambo blanco con olor a cadáver.

2

Dolores llegó y no estaba sola. Casi nunca andaba sola, y no era porque buscara esta u otra compañía. Se daba así, naturalmente. Si no eran mujeres que querían hablarle, eran hombres que esperaban oírla. Llegó a la asociación con las compañeras de lucha, las que se habían podido juntar convocadas por el asunto de Ámbar y Guadalupe.

Dolores pasaba de los setenta, pero no los representaba. Llegó de niña a Buenos Aires desde su pueblo, un pueblo perdido en el tiempo de las mercedes reales, allí donde los conquistadores sepultaron a los rebeldes a quienes no pudieron dominar ni con todas sus armas, sus cruces y venenos traídos del ingenio europeo para las matanzas.

Creció en el feudo de los herederos de esas mercedes indivisas. Los propietarios de la vida, de la muerte. Latifundio y derecho de pernada, la amalgama de una clase intocable que, en nombre de Dios, hizo y deshizo a su albedrío. Violar niñas y matar peones, la biblia en una mano y en la otra la espada. Luego fue el Remington Patria, la explicación de su destino y el altar de sus pasiones.

Tierra de los desterrados, pequeño pueblo reseco adonde fue recluido el ilustre para acallar su voz, que no cesaba. Cuando derrocaron a Perón en el ’55, la madre, el padre y media docena de hermanitos y un vagón repleto de desterrados. La familia fue a dar a un conventillo «alumbrado a querosene». De ahí a la escuela por un tiempo, corto, a servir cama adentro un par de años como sierva de un matrimonio de gordos pachorrientos y luego a la fábrica textil, donde aprendió el oficio.

No sabía por qué, cuando entró en la asociación ese día y vio a Guadalupe acurrucada contra sí misma en el viejo sillón a la vera de la puerta de entrada, se sintió igual que en aquella oportunidad al descender casi a los tumbos del tren. Recordó la imagen de esos dos pobres viejos acurrucados en los asientos de la estación de la terminal ferroviaria, esperando el milagro de la vuelta de Perón. El día estaba frío y el vapor de las bocas dibujaba rulitos en el aire.

De alguna manera, para Dolores, empezar cada día era recomenzar la historia. Ver matar a otros peones como entretenimiento y violar a otras mujeres como un deporte. Siempre recordaba lo que ese juez prostibulario le dijo cuando una muchacha iba a ser condenada por la muerte de un hijo producto de una violación. El benemérito juez le explicó que en aquellos parajes algo desolados donde mandaba el señor, violar era solo una cuestión cultural que no había que exagerar. La conversación terminó cuando Dolores le preguntó al juez cómo se sentiría su hija si la «exageraran culturalmente» cuatro o cinco tipos bastante borrachos una noche en un callejón a la vuelta de su bonita mansión terrateniente.

Dolores entró al local como solía hacerlo, llenando con su presencia los espacios.

Abrazó a Guadalupe con todas sus fuerzas. Y Guadalupe se aferró a ella como quien se aferra a la esperanza. Luego del consuelo, todas se sentaron a una amplia mesa que se usaba para las reuniones. Dolores necesitaba escuchar lo que Guadalupe tenía para decirle.

3

—Me llamaron a mi celular. Era una mujer o simulaba serlo, pero estoy segura de que era una mujer por su voz, por su modo de hablar. No dijo nunca quién era y yo tampoco se lo pregunté. Casi a los gritos me dijo que Ámbar estaba más muerta que viva luego de recibir dos disparos por la espalda. «Por la espalda», me dijo, «por la espalda», repitió. No podía entender de qué me hablaba. Me pregunté muchas veces: «¿Dos disparos? ¿Dos disparos?».

Dolores escuchaba sin interrumpir. Parecía tomar unas breves notas en un pequeño anotador que llevaba siempre con ella y donde anotaba lo que creía importante. Le pidió que siguiera con el relato.

—Después me dijo en qué hospital estaba y me dictó la dirección. También que estaba internada en terapia intensiva y, como si fuera algo gracioso, agregó: «porque está medio muerta, apurate», o algo semejante, no lo recuerdo bien.

Me preguntó si había tomado nota y volvió a insistir con que llegara pronto al hospital porque podía morirse en cualquier momento. La tipa parecía disfrutar lo que me decía. Yo pensé en putearla, pensé: «Hija de yuta», pero me mordí la lengua para no gritárselo. No quería que se pudriera la cosa; necesitaba saber de Ámbar. «Hija de yuta», repetí para mí, pero te juro que no la puteé. No sabía qué hacer: si salir corriendo, si llamarte a vos. No sabía qué hacer. Me paralicé en ese momento. Y corrí al hospital para tratar de verla, de saber cómo estaba, qué le había pasado realmente.

Guadalupe exhaló el aire de sus pulmones con fuerza. Estaba agotada. Acomodó sus cabellos con ambas manos y luego se frotó el rostro tratando de recuperar algo de fuerza. Buscaba ordenar los recuerdos que llegaban en tropel a su memoria y luego a su boca. Entonces recordó el mensaje de WhatsApp que le llegó desde el celular de Ámbar.

—No sé si fue antes o después de ir al hospital cuando me llegó un WhatsApp del celular de Ámbar.

—¿Era ella? —preguntó Dolores, extrañada.

—No, no sé quién era. Otro hijo de yuta, para joderme.

—¿Qué decía el mensaje?

—«Hola, mi amor». Me puse tan nerviosa porque creí que era ella. Después llegó otro que decía: «¿Dónde estás, amor? Te espero. Te necesito». Me temblaban las manos que ni podía sostener el teléfono. Como pude, llamé con la ilusión de que me atendiera ella. Pero no me respondía nadie y, cuando atendieron, solo escuchaba una respiración, un jadeo asqueroso. No era Ámbar, ¡no era! Era un hijo de yuta que me estaba torturando.

Dos compañeras se acercaron para consolar a Guadalupe. Hubo que esperar un largo rato para que dejara de llorar y pudiera seguir hablando. Dolores necesitaba esos datos para decidir qué medidas tomar. Cuando Guadalupe pareció algo más repuesta, le preguntó si deseaba seguir hablando o prefería posponer la conversación. Guadalupe eligió seguir; necesitaba hablar porque necesitaba encontrar a Ámbar.

—Guada, ¿entonces qué pasó?

—Le pregunté: «¿Quién sos, hijo de yuta?», y creo que le pregunté por qué tenés el teléfono de Ámbar.

—¿Te dijo algo?

—Sí, pero no sé qué; sonó como si dijera «toc-toc» o algo así. Hizo como un ruido, no me pareció una palabra o yo no la entendí. Sonó a «toc-toc» o algo semejante. El tipo o la mina jadeaba cada vez más fuerte, y volví a putear. Entonces me dijo algo que me dejó helada.

—¿Te acordás qué te dijo?

—¡Cómo no me voy a acordar! Me dijo: «Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje».

Guadalupe, en ese momento, sintió que se derrumbaba. Se inclinó sobre sus rodillas y lloró desconsoladamente. Dolores adquirió un gesto grave, su voz se hizo plana y habló desde un lugar que solo ella y Guadalupe comprendían.

—Vos sabés qué quiere decir eso. Sabés qué significa.

—Sí, lo sé. Sí, lo sé. Por eso tiemblo cuando pienso en Ámbar.

Las otras mujeres miraron espantadas a Dolores y a Guadalupe.

—Los tipos saben que estás preparando la denuncia contra ese degenerado.

Se hizo largo el silencio, se hizo pesado.

—No entiendo lo del boleto de tren.

—Ya lo entenderemos —la consoló Dolores.

Guadalupe acarició el lomo del libro de Celan como se acaricia a un amor por última vez.

Y Celan dijo:

Negra leche del alba la bebemos por la tarde
la bebemos al mediodía por la mañana la bebemos por la noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en el aire allí se reposa sin angostura
un hombre vive en la casa juega con las serpientes…


XII

Agua sobre el humo

El alcahuete presidencial miraba por la ventana de la casa de gobierno. Los vidrios blindados lo aislaban del bochinche de la concurrencia, de las consignas que dos locutores, un hombre y una mujer, lanzaban desde un escenario a la multitud por los altoparlantes. Eran críticas a sus políticas, pero al correveidile eso no le importaba en lo más mínimo. Ellos no habían llegado al gobierno para satisfacer esas demandas, sino otras, y estaban cumpliendo sin ambigüedades el propósito de su «gobernanza», como gustaban llamar a su administración los escribas a sueldo.

No había nada de qué arrepentirse ni reclamo alguno que satisfacer. «La tarde no se había creado para escuchar reclamos». Lo tenía presente y compartía la máxima de su presidente. En cónclaves especialísimos ya habían concluido que el país era «estructuralmente» inviable. La palabra «estructuralmente» los apasionaba. Era robusta, explicativa, parecía un concepto profundo. «Demasiada población» fue la sentencia que escucharon de boca de «Foreign» durante esas misas negras de la gobernanza. «Donde comen dos no han de comer cuatro», dijo el ministro de Hacienda. «Y mucho menos ocho», concluyó el alcahuete presidencial. He ahí el dilema. ¿Cómo explicar a esos seis que no han de comer y que el futuro es la inanición patriótica? «Hambre patriótica», esa era una propuesta audaz. Al presidente la audacia, a veces, lo complacía.

¿Qué otra convocatoria podía pensarse para anunciar al pueblo? ¿Cuál sería el mejor verbo para explicar la limitación? Resignar era la palabra. Resignación: acción y efecto de resignar. ¿Resignación cristiana? Hubiera sido, pero el papa populista era un escollo indeseado, insalvable, hacia la caridad cristiana bien entendida. Por la ventana podía ver algo de esa confluencia de hambreados. Entonces, el camino que propuso Consiglieri
fue la armonización budista. Y armonización era una palabra tan poderosa como «estructuralmente». No se trataría del santo Grial ni de la piedra filosofal, pero era una panacea crucial para sus angustias (reales o fingidas) y había que saber disfrutarla.

—Happy, happy —dijo el señor presidente en un rapto de elocuencia.

—¡Netflix sea loado! ¡Jiji! ¡Jiji! —Consiglieri
rió tan hiénido como su protegido, confundiendo al grupete que rodeaba al mandatario.

El señor presidente señaló al hombre y lo miró con picardía. Eso le gustaba de su estrafalario asesor, el «experimentador» por excelencia. «Experimentador loco y sin rodeos», citaba a Rodríguez Viñes para presentarse. El señor presidente lo decía con asiduidad: era el único hombre que captaba hasta el más sutil de sus sentimientos. Era una suerte tenerlo entre los suyos, en la mesa chica, la más chica de todas.

Muchas veces atribuyó esa capacidad de comprender la esencia de sus propios pensamientos a que ese hombre debería tener un sexto sentido, otro que escapaba al común de los mortales, y por eso siempre, pero siempre, se adelantaba a sus propias ideas o las interpretaba sin necesidad de que él las tuviera que explicar nuevamente.

—¡Happy, happy! —repitió, y Consiglieri, atento como de costumbre, celebró con un aplauso.

El alcahuete presidencial se encontraba bastante lejos de esas divagaciones espirituales. Los escarceos intelectuales del extranjero no lo seducían demasiado.

Descendía de una familia que había hecho correr mucha sangre para consolidar sus dominios en los latifundios patagónicos. Y eso no fue ni con la Biblia ni con el Canon Pali. Ni con Facebook, ni con Instagram, ni con Netflix. Primero fue con el Remington Patria y luego el máuser. Y su Majestad la Reina como protectora ultramarina. ¡Dios todopoderoso! ¡Máuser argentino! ¡Ludwig Loewe, por arcángel de la muerte! ¡Ricchieri, patrocinador de la expansión terrateniente! Y eso llenaba de orgullo al alcahuete presidencial que creía más en la materialidad de la pólvora que en los misterios de espíritus inasibles.

En la azotea, personal de Inteligencia observaba la concentración popular y filmaba con modernas cámaras importadas de Israel. Un dron iba y venía a cierta altura de la concurrencia, tomando fotos y filmando con una cámara de alta fidelidad.

Todo era meticulosamente registrado. Personas de cuerpo entero, hombres, mujeres, cabezas, rostros, ojos, bocas, manos, dedos, señales. En especial, señales; señales que pudieran descubrir segundas intenciones. Una madre con un niño en brazos podía resultar un mensaje cifrado. O un anciano arrastrando su artritis por la amplia avenida en dirección a un asiento improvisado con cajones de frutas deliberadamente abandonados.

Las señales podían ser más importantes que las propias personas. Revisaban las filmaciones en busca de muecas de hambre, una sincinesia de anemia, el gesto de un sonido surgido de la fatiga, el latido de una esperanza. Señales de humanidad, las peligrosas.

Hasta el menor de los detalles era debidamente notariado. Podían captar esas máquinas siniestras imágenes que luego, en una pantalla HD, eran observadas en busca de fisonomías o detalles que les interesaban especialmente. Toda la información se atesoraba en una potente y todopoderosa base de datos. Un resumen de la argentinidad a la que se podía someter a un nuevo exterminio.

Fuera dicho: exterminio, amancebamiento con las hembras sobrevivientes y reemplazo final para procurar una casta de nuevos oprimidos. La fórmula de los conquistadores desde Colón a Tumusla, la fórmula de los terratenientes desde Colón a Roca y más allá.

La humanidad era un asunto lleno de peligros y había que saber conjurarlos a tiempo. Ese era el arte de gobernar: anticiparse al reclamo del pueblo y abortarlo al momento, como se ahoga una gata al instante de parir la hembra. Esos asuntos nunca se libraban al enigma del mercado. Mercado sin sangre, era la bancarrota. La proporción exacta la indicaban las circunstancias. En ocasiones algo más de mercado, en otras algo más de sangre.

Otra parte del trabajo lo hacían las cámaras instaladas en infinidad de lugares a lo largo de la Avenida de Mayo y todas las laterales. A esa red de cámaras públicas se sumaban las privadas, interconectadas al sistema público de vigilancia por un complejo software, a una central ubicada en un lugar ignoto, que hasta podría haber pasado por un monótono edificio donde la vida parecía transcurrir sin ningún conflicto.

El BAIS (Biometric and Anthropomorphic Identification System) funcionaba a pleno y algunas modificaciones que el grupo de tareas israelí le introdujo transformaron a ese software en una herramienta poderosa para la represión. Dejó de llamarse BAIS, un nombre sin poesía, diría en su momento “Pérez y Pérez”, algo disgustado por la pobreza para bautizar los progresos tecnológicos siguiendo las formas anglosajonas (frías e impersonales) y no la latina (atávicas y apasionadas), como correspondía a nuestro idioma, el argentino, hijo del castellano introducido por los conquistadores a golpes de espadas y ahorques de garrote.

Respondiendo a aquel reclamo, se le había impuesto el poético nombre de “Presagio”, y había sido elevado a la categoría de inteligencia artificial, aproximándose algorítmicamente a las perversidades de un cerebro verdaderamente humano, dedicado a destruir a quienes podrían poner en peligro el orden social establecido hacía ya largas décadas.

“Presagio”, “sobre la sombra del viento, sangre, sangre, sangre”, recitaba “Pérez y Pérez” para demostrar cuán poética podía ser la palabra “presagio” si estaba dicha en castellano y a propósito de unos versos que repetían “sangre, sangre, sangre”. Las presencias de Macbeth y Lady Macbeth le daban al presagio esa hondura shakespeariana indispensable para ser tan trágica como correspondía a sus tareas.

Entre la multitud, los alcahuetes y provocadores completaban la tarea, cada uno con su misión bien definida. Estaba el que vendía chucherías y prometía un milagro si se las compraban; el que ofrecía banderitas y también pañuelos verdes, rojos, anaranjados, violetas o celestes. Nada de sectarismo, era la consigna. El que vendía cerveza “fría-fría” y “coca-coca-coca”. El que parecía un borracho o un drogado y manoseaba a una chica o atropellaba a un muchacho buscando pelea. El que vendía droga y los que la compraban. Las que buscaban novio y gritaban desaforadas unas consignas que aprendieron a propósito de su misión mientras exhibían sus abdómenes, que se movían al son de la batucada. Y estaba la vieja del calabozo proponiendo adivinar el futuro como una pitonisa de la lucha social. Una revolución esotérica que provocaba la hilaridad de los manifestantes. Neurin Uranai se presentaba, un nombre que nadie comprendía, y afirmaba a los gritos que, con solo leer un pezón, hablaría del futuro del que se arriesgaba a desafiar los secretos de las revelaciones.

Las ocurrencias de Consiglieri eran sorprendentes. Y eso también le gustaba al señor presidente.

El alcahuete presidencial, circunspecto y recatado, heredero de matanzas que sus ancestros alentaron o protagonizaron en el pasado, miraba la escena como quien observa una pintura antigua a la que se va a destruir en poco tiempo. No con nostalgia, sino con la curiosidad del que se deshace de un fragmento de la humanidad que juzga descartable. Podía verlos abigarrados en la Plaza, cantando y reclamando en un tiempo que prometía no detenerse en bondades.

Esperaba los informes policiales y de inteligencia que el señor presidente no iba a leer porque le desconfiguraban el día. La tarde podía ser bellamente cálida o turbiamente lluviosa, pero era la tarde que su dios, el de la amplia barriga repleta de la comida que arrebataba a los pobres esclavos sometidos a su voluntad, el dios de mirada zonza, quien le decía que la tarde era para la calma chica, el pensamiento liviano y la siesta pesada.

El personal de inteligencia y el de seguridad actuaba con absoluta precisión. ¡También! ¡Con el maestro que tuvieron, quién no haría su trabajo de manera prolija y cuidadosa!

“Pérez y Pérez” fue el guía que los condujo al profesionalismo, pero edulcorado con una sustancia que solo ese jefe sabía inocularles en dosis justas en sus cátedras durante horas y días. Cumplían con lo que les dijo oportunamente con el énfasis que solo él podía imponerles a sus recomendaciones; era época de acumular información, ya llegaría la de la acción. Nada de ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf! Nada de vuelos de la muerte por el momento. Riendo, observándolo incrédulos los aprendices, recitaba, mientras caminaba de un lado al otro del salón de clases, al pobre Bécquer y aquello de “volverán las oscuras golondrinas”. Y agregaba risueño: “vaya si volverán”.

Cuando volvía a su mente ese onomatopéyico repetido entre risitas histéricas, ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf!, recordaba esa última conversación con ese otro jefe que terminó sus días muerto a manos de una “Juana de Arco” en estado líquido y observado por un bello travesti que murió aplastado contra una vereda del barrio de Belgrano luego de caer desde la altura de un noveno piso.

“Qué desperdicio”, repetía para sí, sobre un asunto del que nunca más volvió a hablar en público y del que solo lo había hecho con Reinafé cuando este, en cierta oportunidad, le pidió que le repitiera la historia de “Podestá” (el magnífico coronel Arancibia López Huidobro), tal vez buscando una explicación sobre la psiquis de un alto oficial que terminó acurrucado en un freezer luego de entregarse a la muerte por la gestión de una droga de diseño.

2

Faustino y Rudecindo se apartaron de la movilización cuadras antes de llegar a la Plaza de Mayo, apenas cruzaron la avenida 9 de Julio. Tenían que dirigirse a la cita para retomar el contacto con los demás relicarios. Cubrieron su cabeza con unas gorras de color negro, sin ninguna identificación, y caminaron por una perpendicular a la avenida en dirección a San Juan. Rudecindo aceleraba el paso que Faustino trataba de seguir, aunque se detuvo repetidas veces para mirar hacia atrás y observar si eran seguidos por alguien. Cada vez que se detenía, el compadre le reclamaba por el retraso que provocaba.

En sentido contrario, desde la Avenida Belgrano, llegaba un contingente de manifestantes. Era una muchachada que avanzaba entre banderas y batucada. Sonaba alegre y colorida. Una bandera flotaba por encima de todos ellos. Rudecindo se quedó observando su raro flamear. Estaba seguro de que la bandera, desde su particular modo de ondear, lo observaba como si fuera un conocido con quien había compartido no cualquier suceso, sino uno importante, trascendente. Faustino no pudo sustraerse a esa observación y hubiera jurado que, desde que salieron de Liniers, algo había en el ambiente, una ensoñación que en ese momento trascendía sus sentimientos.

El grupo pasó a su lado y él mantuvo su vista en la bandera que iba y venía movida por su propio viento, no el que podía llegar desde la lejana ribera del río ni el que podía recrearse desde el monumento de los Dos Congresos hacia la avenida 9 de Julio, donde se hacía ancho y se colaba en parte hacia la Plaza de Mayo para devolverse al río, donde retomaba su ciclo entre las olitas espumosas.

Buscó a Faustino con la mirada para indicarle que continuaran su marcha. Pero no lo encontró.

Volvió sobre sus pasos casi cincuenta metros. Miró a derecha e izquierda, hacia adelante todo lo que le dio la vista y hacia atrás por si había pasado por alto su figura. Se metió entre la muchachada que avanzaba hacia la Avenida de Mayo. Faustino había desaparecido. Como desaparece el agua cuando desciende sobre el humo de la niebla.

No era hombre de desesperarse, pero lo estaba. No podía comprender qué había ocurrido. Hacía minutos, pocos, escasos, que Faustino estaba con él, tal vez unos metros algo alejado, pero no muchos, los dos mirando esa bandera que los señalaba primero a uno y luego al otro como si los reconociera. Y ya no estaba.

No tenía opción. Si se dedicaba a buscarlo perdería el contacto y, si eso ocurría, quedaría aislado por completo. Eligió. Elegir en medio del desconcierto nunca es sencillo. En su mente luchaban dos ideas: buscar a Faustino, su compadre, o respetar la disciplina que le imponía ir al encuentro de su contacto para tratar con él todos los asuntos pendientes. A la ausencia de Gloria se sumaba la desaparición de Faustino.

Dudó por un momento. Porque lo creía capaz. ¿Y si Faustino se había marchado en busca de su madre sin avisarle? Era posible, Rudecindo recordaba otros comportamientos similares. De haberlo mencionado, no lo hubiera permitido; él era muy apegado a la disciplina, hábito que había perfeccionado durante todo el período al servicio de «La Reliquia», cuando no cabía posibilidad alguna de cortarse solo, sin aviso y sin permiso, poniendo en riesgo al ilustre. Tal vez aprovechó esa distracción que provocó la enseña patria con su raro movimiento a contraviento para alejarse sin aviso. Tal vez, ¿y si no fue así?

La audacia individual no era recomendable en tierras en las que mandaba el señor del feudo, donde decían que había ido a parar Gloria. Tierras donde morir era cosa sencilla. La vida valía menos que el cultivo de unas hierbas o encender una hojarasca para hacer un humo que estableciera una señal esperada. Allí había verdaderos esclavos, siervos atados a la tierra, durmiendo en casuchas y sobre jaulas de lechuga como todo mueble. Nadie sabía del destino de muchos que arribaron traídos de lugares lejanos como los bosques subtropicales de Misiones o las arideces de la puna, en la frontera entre las dos naciones.

¿Y las mujeres? ¿Y las muchachas? ¿Y los niños? ¿No era allí donde cosechaban el sexo púber los señores del goce y de la muerte? Cuando sonaba la voz de «Ángelus» todos sabían que empezaba el rito de la captura y ponerse a salvo era casi imposible.

Si Faustino se había aventurado solo a la zona de quintas, no había más que esperar que una fatalidad. Deseaba equivocarse. Una fatalidad como fruto de la desesperación, la peor de las consejeras para atender un asunto como el que los comprometía a los dos.

El puestero lo reconocería al momento y, aunque desistiera de delatarlo, los matones del patrón no tardarían en enterarse de su presencia. Fueron advertidos en la primera oportunidad cuando llegaron hasta allí y los echaron bajo amenaza.

Permaneció unos minutos inmóvil, esperando el milagro de que Faustino regresara a su lado y le dijese alguna obviedad sobre su ausencia. Pero eso no ocurrió.

¿Cuánto debía esperar, entonces? «Diez minutos», se dijo. Era el tiempo permitido para cualquier espera. Quien no llegaba diez minutos después de la hora acordada a un lugar previamente pactado era porque ya no llegaría, siempre había resultado de ese modo.

Esa lección la aprendieron de las peores maneras. La puntualidad era una obligación que nadie discutía. A la hora señalada y no más de diez minutos de tardanza. Pasado ese tiempo, solo cabía la huida. Rudecindo se preparó para continuar su camino. Miró una y otra vez en todas direcciones. Agotado el tiempo de espera, se marchó.

3

¿Apenas diez minutos de espera? Tan solo eso. Casi nada. Pero violó la regla. Fueron veinte y hubieran sido treinta, pero la presencia de una comisión policial lo obligó a abandonar el lugar del encuentro.

Rudecindo estaba desanimado. Caminó en dirección a la Plaza de Mayo. Lo hizo por una de las calles que desembocaban a la altura de la Pirámide. La plaza lucía renovada, pero fría, alejada de ese color propio de un lugar donde la historia se podía hasta tocar con los dedos. Allí se podía palpar el perfume de la sangre de los ingleses, chorreando por los empedrados durante la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires. Sentir el movimiento de un pañuelo blanco en la mano de Belgrano, convocando a los Chisperos a tomar por asalto el Cabildo e imponer el nuevo gobierno de la Patria. Oír el canto proletario de octubre de 1945. Y también otras plazas de mayo con sus voces y colores. Muchas plazas a lo largo de la historia. Pero esa, fría y descolorida, lo desanimó aún más; carecía de alma, carecía de patria, y esas ausencias lo desconsolaron.

Hacia la lateral de la Catedral podía ver la combi del cura del barrio. Llegó hasta él, que lo estaba esperando. Cuando lo vio aproximarse solo, sin Faustino, sospechó lo peor.

No tuvieron ni que decirlo. Rudecindo subió a la combi y, detrás de él, lo hizo el cura, que prefirió el silencio durante todo el viaje.

4

El asfalto era un larvario de piedras calientes. Rudecindo las veía saltar de un lado al otro, apenas un resplandor lanzado al aire como unas manchas negras.

Unas moscas azules goteaban cada tanto sus ungüentos viscosos sobre las ventanillas. Y el cielo pareció un despojo de una mortaja oscura.

Las nubes cruzaban sus láminas rojas y sus láminas negras de un lado al otro de la tarde-noche. A lo lejos, el horizonte tuvo el aspecto de una poderosa dentadura martirizando al cielo para obligarlo a adquirir la definitiva forma de un oratorio enorme. En el extremo de esa espuma negra que ascendía como un ídolo cruel, en la cúpula azul que enrarecía el clima, una víbora en cruz coronaba el paisaje.

Sucedió la llovizna. Contra la brea caliente sucedió la llovizna. Y brotó el humo caoba acechando sus ácidos, el resplandor de la tormenta que titubeó en su viaje hacia la tierra.

Agua sobre el humo desdibujó el hallazgo. Un cuerpo erraba como un meteoro muerto. Lo vio eludir las orillas descalzas de la mugre, y los niños harapientos lo empujaban con una rama hacia su destino.

Rudecindo despertó con un escalofrío en la punta de los dedos, la lengua espesa y el sabor de una almendra amarga entre los labios.

—¿Y Faustino? —preguntó una vieja sin demasiada angustia.

Rudecindo se preguntó cómo aquella mujer conocía el nombre del compadre, pero prefirió guardar silencio.

***

XIII

Ángelus

1

Ziploc atendió el teléfono de comedido; de eso se ocupaba el viejo que estaba todavía sentado en un rincón, viendo las sombras pasar y pasar hacia ningún lado. A la cueva solo llamaba el enlace y lo hacía únicamente para transmitir una orden. Supuso que era él para avisar de un nuevo trabajo. Y así era, pero el «trabajito» era para Enriqueta que aguardaba ansiosa noticia de alguna mercadería nueva. Su última incursión había sido un fracaso.

El hombre le pasó la llamada. Ella atendió con premura y escuchó con atención lo que el otro le decía sin darle oportunidad de meter bocadillo. Al terminar la comunicación estaba demudada. Como si le hubiesen anunciado su inminente muerte o algo de peores tristes consecuencias.

—¿Otro bagrecito? —Ziploc le preguntó con ironía.

—Un ángel.

—Los ángeles no tienen sexo —«Foreign» trató de ser gracioso.

—Pero tienen boca —Enriqueta le hizo un gesto obsceno que el hombre tomó a risa.

—¿Y la trola? —Ziploc preguntó solo por meter la cuchara.

—Viene un equipo para ese asunto —dijo el viejo.

—¡Qué bueno, viejo! Me voy a buscar a mi angelito.

—No, no. Vas con el equipo a entregar el paquete. La preparación, como lo pidieron, es asunto tuyo.

—¿Y por qué le dan ese encargo a este zapallo? —Enriqueta señaló al extranjero.

—¿Hace falta que te lo diga?

Ziploc miró a la mujer algo exaltado, luego a «Foreign», que jugaba con su Glock como si se tratara de un juguete.

—Yo tengo que ir a buscar mi mercadería. Este puede hacer el laburo de cirujano. La mina no puede ni moverse, no va a salir corriendo.

—¿Vamos a cagar otra? —reprochó Ziploc—. ¿No te alcanza con una? Le tiró a la lesbiana con una nueve y la dejó viva. —Puso los dedos en «v» para indicar que le tiró dos veces y falló—. Si le damos un bisturí capaz que se corta el pito él mismo. No confío en este tipo, puede hacer un enchastre en toda la cueva.

Enriqueta se tomó la cabeza con ambas manos. Frotó su cara con desesperación. Las oportunidades no abundaban y esa, le dijo el enlace, era de las buenas. La «misa» ya estaba organizada y hasta habían conseguido una «iglesia» con un amplio altar donde el «ángel» descansaría hasta el descarte. Los invitados eran varios altos jerarcas, todos apasionados estudiosos de textos religiosos. No se los podía defraudar y el enlace repitió con voz ronca «defraudar», y para embromarla le conjugó el verbo como si fuera un experto en asuntos del idioma. «Yo defraudo, tú defraudas, él defrauda». Luego le dijo algo que sonó a una última advertencia, de esas que no deben nunca ser desoídas.

—¿Defraudar? ¿Cuándo mierda los defraudé con la mercadería?

—Controlate Enriqueta Martí pa’ servir en lo que pida, que no hablás con tu macho —el enlace, un oficial superior, le dijo para que no quedara duda de quién mandaba.

—Enriqueta Martí, pa’ servirlo en lo que necesite. Si lo vas a decir, decilo bien.

—Como sea. Ocupate de lo que te dije porque si no, no vas a servir ni para cebar mate.

—Tengo que arreglar otro asunto y me ocupo de tu ángel.

—No es mi ángel, yo no me como pendejos. Es para gente importante. Ocupate de lo que te tengas que ocupar y no hagás cagadas. Tengo a los fieles pendientes de tu angelito. Si me cagás el asunto, en persona me voy a ocupar de tu velorio. —El enlace terminó la comunicación.

Ziploc se sentía feliz de observar el rostro de Enriqueta, la boca torcida, los ojos desorbitados, las orejas enrojecidas. La ira la desfiguraba por completo. Ella había perdido toda compostura.

Lo sacó a «Foreign» de su jueguito con un grito agudo y corto como un disparo de un calibre pequeño.

—¡Vos, extranjero! —el hombre la miró confundido—. ¡A vos te hablo, nabo!

—¿Señora? —Ziploc soltó una carcajada al escuchar la palabra «señora».

—Sí, señora, ¿alguna objeción? —Enriqueta le preguntó desafiante y esperando un pretexto para comenzar una trifulca.

—No. Sentido del humor, nada más —Ziploc sabía mofarse con cuidado cuando lo deseaba.

Ella detestaba esa forma altanera de burlarse y mucho más cuando la miraba como si fuera un ser inferior.

No erraba la apreciación. Ziploc la consideraba un ser inferior, poco más que un primate, pero menos que una humana. Había hecho un gran esfuerzo por imaginarla sin ropas y comprender su verdadera anatomía, y no pudo. «No, no», se dijo. «No es humana. Debe de haber algo cierto de eso de la lombriz, tiene cara de insecto».

Un mestizaje entre un primate, un homínido y una lombriz. Pero cuando conoció al «Foreign» debió reconocer que él sí representaba a un eslabón perdido entre los primates y los hombres. Escucharlo lo convenció de que, entre ella, una mestiza de caderas amplias y senos abultados, y él, Ziploc, un hombre con todos los atributos que se suponía correspondían a su género, debía haber otro escalón en la cadena evolutiva porque el extranjero no encajaba en ningún estereotipo. «Foreign» bien podía ser ese eslabón perdido en la evolución y que tanto había inquietado a los antropólogos.

Había venido a dar a esta tierra donde solo un hombre como López Teghi, con su planilla de Excel como toda compañía y todo razonamiento, podía tenerlo en cuenta por satisfacer el pedido del Consiglieri. Pero «Foreign» era algo más que un recomendado. Era un protegido del «consultor», de Consiglieri y, como cualquier protegido, gozaba de prebendas a las que ni Ziploc, Enriqueta o el viejo accederían nunca. «Privilegios de alcahuete», diría «Pérez y Pérez» si no estuviera de ronda por el mundo. Concesiones de la diplomacia entre Agencias. Por un «Foreign» algo se recibía a cambio. Lo sabrían allá arriba, en las alturas del poder.

Ziploc no era fácil de convencer. Él insistía en que con «Foreign» la Agencia no ganaba en calidad, aunque reconocía que sí en variedad, y tal vez ese era el secreto. Lo decía con simples palabras: «un poco idiota, un poco inútil, un poco y otro poco». «Algo», «coso», «eso». Como a los objetivos, podía despersonalizar al «Foreign» y entonces asimilarlo a algún ensayo que la Agencia exploraba vaya a saber con qué fines.

Enriqueta creyó encontrar una solución al problema de cumplir con la preparación de la entrega. Deshacerse de Cindy (con «y», como repetía mirando de soslayo a Ziploc, quien no podía asociar la «y» al ridículo nombre de la moribunda), para luego ir en busca de su ángel para la misa negra.

Le ordenó a «Foreign» cargar a la muchacha para depositarla en el baúl del automóvil. El viejo advirtió la maniobra. El viejo no se lo permitió.

—Che, no se corten solos. Tenés un jefe, bajá un cambio. Esperá al equipo que viene para esta changa; ellos la van a transportar en su camioneta, deben saber dónde. Por ahí ya tienen orden de cómo. Hay que preparar la entrega —le dijo y pasó su dedo por la garganta.

Enriqueta lo miró azorada.

—¿Y cómo hago ahora? No tengo tiempo.

—Esperá y te digo. Cuando vengan los muchachos los consulto y vemos qué dicen ellos. Ya deben de estar por llegar.

—Estoy apurada, viejo, el que me llamó es un pesado y me tiene ganas.

Ziploc rió descaradamente.

—¿De qué te reís, boludo? —Enriqueta lo increpó con ánimo de pelea.

Ziploc se encogió de hombros, su risa fue suficiente.

2

El viejo pareció querer hablar, pero volvió a su prudente silencio. Había que esperar a que llegara el equipo que iba a solucionar el problema de la prostituta. Pero Enriqueta parecía no escuchar lo que él le decía y Ziploc aprovechaba para embroncarla con sus burlas. “Foreign” estaba distraído, tomando notas en su pequeña libretita de hojas blancas.

El viejo recibió el llamado que estaba esperando. Chasqueó para llamar la atención de la mujer.

—Vino el equipo. Voy a hablar con ellos.

Salió por una lateral al garaje donde acababa de estacionar una cuatro por cuatro, nueva, hermosa, con caja cubierta atrás.

Uno de los hombres, eran tres, bajó y saludó con estima al viejo.

—¿Qué dice, master? Qué gusto verlo.

—Acá, padeciendo la extranjería.

—Ustedes no se privan de nada.

—Para todos los hombres que quieran habitar el suelo argentino.

—Está como el Alfonso. Es la famosa lluvia de inversiones, llegan chucherías de todos lados.

—Yo dije lo mismo.

—Vio, master. País generoso.

—País generoso. La “Barcelona” va con ustedes.

—¿La “Barcelona”? Está buena. Por ahí ligo algo.

—No lo creo.

—¿Ruda?

—Por ahí es virgen.

—¡Seguro! Como la Moria Casán.

—¡Acá ni la nombres!

—¿Qué tienen contra la Moria?

—Otro día te lo explico.

—Esa no se va a hacer la santa, si es la que junta los pendejos para los viejos pedófilos.

—Dice que no coge porque es como la lombriz.

—¿Las lombrices no cogen?

—No sé, nunca se me dio por invitar a ninguna lombriz a la cama.

El hombre sonrió y buscó con la mirada a Enriqueta.

—¿Y la amiga?

—Ahora la mando. ¿Tienen orden de pasar por el consultorio?

—¡Sí, master! Todo arreglado.

—Porque la amiga estaba ansiosa.

—Acá tengo algo para calmarle los nervios.

—Cuidá que no te la arranque.

El viejo llamó en voz alta.

—¡Enriqueta! ¡Vamos! —Ella lo miró desde el salón—. Primero al consultorio y después a la entrega.

Ella alzó su pulgar en señal de aprobación.

Salió al garaje acomodándose la ropa.

—¡Barcelona! —la saludó el pretendiente.

Ella ni respondió el saludo. El viejo le dijo: “te dije”.

—En el viaje afloja, master. En el viaje afloja.

—De ilusiones también se vive —dijo Enriqueta para desdecir al otro—. Fanfarrón de mierda.

—Entre tajo y tajo, se trabaja a destajo. —El hombre sacudía su pelvis de atrás hacia adelante, simulando una enérgica copulación.

—Negro, siempre hablando boludeces, vos. —Lo miró sin demasiado desprecio.

—Te iba a invitar a salir esta noche.

—Justo esta noche.

—Un poquito de relajo hace bien al trabajo.

—Puede ser, porque sos un relajo.

—¡Qué mujer! —exclamó el pretendiente—. Así te la van a comer los gusanos.

—Vos nunca me la vas a tocar.

El hombre carcajeó con fuerza.

El matón abrió la caja de carga. Enriqueta le ordenó a “Foreign” que la ayudara a depositar a Cindy en la cuatro por cuatro. La mujer se retorció lo que pudo, pero estaba tan agotada que no podía ofrecer mayor resistencia. Por el borde del escote se podía ver el trébol negro de cuatro hojas tatuado sobre su blanco pecho.

—Si no se muere asfixiada esta mina es inmortal —dijo Enriqueta.

Uno de los rufianes que no habían salido de la camioneta la saludó con familiaridad.

—¿Cómo le va, estimada “Barcelona”? Tanto tiempo sin saber de usted.

—Queriendo sacarme esta mierda de encima.

—¿Lo dice por el amigo? —“Foreign” rió tontamente.

—¡No! Por esta fulana.

—Primero vamos al consultorio y resolvemos el formato. Luego a la entrega y listo. Está todo bajo control.

—Es que estoy apurada, viejo. El que me llamó es un pesado y me tiene ganas.

—¿Otro quilombo? ¿Se los busca, amiga?

La risita hiénida del extranjero se coló en la camioneta y allí quedó, como queda un perfume equivocado.

—¿Cargaron? —preguntó el viejo.

—Sí, master, todo listo. —El jefe del grupo se puso al volante.

Enriqueta se sentó atrás, junto a un tercero que integraba el grupo y que no la saludó ni le dirigió la palabra. A ella, ese, le cayó en gracia.

“Mejor callados, así no dicen pavadas”.

El viejo los despidió como si fueran de excursión.

—Buen viaje, muchachos. Un corte, una quebrada y ¡volvemos!

—Chau, master. Cuídese. Salúdeme al Ziploc de mi parte.

—Serán dados los saludos.

Enriqueta saludó con su mano como si a alguien le importaran sus saludos.

3

Tal vez dos o tres horas después (el tiempo transcurría de un modo extraño en la cueva), Enriqueta volvió agitada, lista para salir de cacería. En esa oportunidad, “Foreign” iría con ella. La mujer no vio con buenos ojos la compañía del extranjero. El viejo le dijo que era orden superior. El propio López Teghi ordenó que “Foreign” debía participar de la expedición. Explicó algo del experimento, pero el viejo ni le prestó atención al que transmitía el mandato. Para él, hombre educado a la antigua, todo era muy estrafalario. Experimento, buenas ondas, mantra, nueva política. Demasiado para un hombre que esperaba jubilarse de una buena vez. Especulaba con que “estos hijos de puta” no elevaran la edad de jubilarse en cinco años. Si eso ocurría, estaba fregado. Moriría agarrado a una pistola nueve milímetros o, peor aún, a un PC escribiendo informes anodinos.

Cuando el viejo le transmitió la orden de López Teghi, Enriqueta dudó. Su duda era entendible. ¿Por qué le ponían de compañero a un tipo que había fallado a quemarropa, dos veces —Ziploc siempre ponía los dedos en “v” para remarcar que falló “dos veces”— y dejó viva a una lesbiana que debería estar muerta, bien muerta?

¿Cómo podía haber fallado “Foreign” en un crimen tan simple? Debía preguntárselo a él. Quería preguntárselo, pero temía que el otro se amparara en la protección de Consiglieri o del propio López Teghi, y le dijese “qué te importa”, o algo peor, fuera con una alcahuetería a sus patrones y se comiera un sumario por bocona. Eso sería un gran inconveniente.

Por otra parte, “Foreign” era muy capaz de comenzar con su interminable perorata sobre la nueva política y farfullar sobre sus incontables éxitos internacionales. Abominaba esa mezcla de soberbia y charlatanería que, hasta conocerlo, solo atribuía a algunos porteños de Buenos Aires.

El viejo les dijo que se apuraran porque si se perdía la mercadería iba a haber problemas. Señaló a Enriqueta y le dijo:

—¡Vos! Vas a tener problemas.

Ella asintió y le rogó a su compañero que no perdiera tiempo. Subieron al auto y a toda velocidad salieron hacia la avenida que llegaba casi en línea recta a la zona de las quintas.

El automóvil avanzaba sin mayores obstáculos. El hombre prestaba atención al paisaje ciudadano en dirección al suburbio. Conocía poco del conurbano bonaerense, casi nada. Su esfera de acción estaba restringida a las inmediaciones de la casa de gobierno en donde prestaba sus servicios su protector, Consiglieri, quien le había prometido con entusiasmo que lo haría conocer al mismísimo señor presidente en persona. Eso sería cuando terminara su investigación, para la que todavía quedaban algunas semanas, antes de partir los dos a verse con Scrotus, que los esperaba en Washington para conocer de primera fuente todas las novedades.

Enriqueta no comprendía las razones por las que Consiglieri lo trataba con tanta familiaridad y entusiasmaba al propio señor presidente con una conversación con él. Decían que hasta el alcahuete ministerial, hombre aburrido, gélido y sin la menor gracia, lo admiraba y prometía consultarlo por algún asunto si lo creía necesario.

Para ella, “Foreign” no era mucho más que un inútil, un vividor arribado a esta nación del fin del mundo y de quien nadie conocía mucho más que sus escasos comentarios sobre sus trabajos anteriores. Por algo la “Rubia república calzón de lata”, del barrio de la Recoleta donde vivía, clamó porque mataran a su mentor, Consiglieri. Enriqueta se hubiese ofrecido como instrumento para cumplir ese deseo y, de paso, acabar con su protegido. Dos por uno, era negocio.

Se trataba de una pelea entre compinches, como tantas otras. La sangre entre la “Rubia república calzón de lata” y Consiglieri nunca llegaría al río.

Enriqueta, aburrida del silencio, del olor a jabón de tocador del hombre y de su jadeo, le habló no tanto por pasar el rato, sino por comprender con quién estaba a punto de completar su nueva captura. Miró a “Foreign” y él captó su mirada.

—Y un tipo tan… tan… —Enriqueta no encontraba la palabra correcta— tan protegido por una personalidad como Consiglieri, ¿qué hace metido en este grupo de tareas?

“Foreign” chilló hiénido como era su costumbre.

—¡Jiji! ¡Jiji! —rió y la miró como si observara un espécimen en extinción. Se tomó su tiempo para responder. Lo que tardó en hacerlo desorientó a la mujer que esperaba un diálogo ágil con su acompañante.

A “Foreign” le gustaba tomarse su tiempo para responder a cualquier pregunta. Como Ziploc, también creía que ella no era completamente humana, o que una parte de su biología no tenía que ver con los verdaderos homos sapiens-sapiens. Era una digresión racista, es cierto, pero el racismo podía justificarse de diversas maneras. Tal vez machista, incluso patriarcal; tal vez una herencia de sus ancestros. No lo sabía. En cambio, estaba seguro de que, a diferencia de su desprecio hacia Enriqueta, que era racional y no emocional, en Ziploc se sumaban a ese desprecio ruin el racismo, el machismo y la religión, una amalgama letal si se le permitía manifestarse de manera completa. En cuanto a sus opiniones sobre Enriqueta, nunca se había atrevido a compartirlas con ese hombre hercúleo, porque le temía francamente.

Lo de Enriqueta podía explicarlo fácilmente. Luego de observar su comportamiento durante algunos meses de trabajo, consideraba que ella tenía aún resabios de la guerra fría en su química básica, y eso la hacía parte de un pasado superado. Sus gestos, ciertos vocablos que repetía sin completa conciencia de ello, la manifestación de sus anhelos a través de las armas, el crimen como sistema único de perpetuación del poder. El siglo XXI, así, aparecía como una mala repetición del siglo pasado que, para él, como le había enseñado su maestro, había terminado con el derrumbe del Muro de Berlín, cuando se desplomó la Unión Soviética. Igual que Consiglieri, “Foreign” no quería ni oír hablar de imperialismo, socialismo, comunismo. “Rémoras del pasado”, afirmaba irritado y consideraba todas esas categorías un histórico error de la humanidad cuya perpetuación demostraba una completa incomprensión del devenir histórico.

El capitalismo había triunfado y eso era una verdad incuestionable. Un dogma de la modernidad. No como la virginidad de la Virgen o como la transubstanciación del vino en sangre, eventos para los que solo se podía creer a través de una fe ciega.

La nueva doctrina, la nueva eucaristía del siglo XXI, era menos estrambótica. Más pragmática. Como diría Santo Tomás de Aquino —le escuchó decir “Foreign” en más de una oportunidad a Consiglieri—, a esa doctrina moderna no se llegaba por la autoridad de los sentidos, sino por la pura fe propositiva. Casi como una reelaboración del positivismo desarrollista.

Fe en la plusvalía y en la autoridad del capitalismo triunfante del que emana la verdad como del manantial el agua pura. Así de simple pero verídico.

Pero Enriqueta, al mismo tiempo y como muchas especies, reflexionaba “Foreign”, mostraba cierta capacidad de adaptación a los nuevos eventos de la sociedad moderna. Era su toque globalizado, la regeneración de tejidos necrosados en un nuevo ambiente de desarrollo, una novedosa sopa química, ideológica y cultural que la realimentaba y modificaba esa parte delincuente que tanto la caracterizaba. Una metamorfosis en clave de la globalización. Y ese era un hallazgo poco común.

Ziploc, en cambio, carecía de ese entusiasmo modernista. Él era rígido, esquemático, constreñido a códigos y fórmulas establecidas tal vez cincuenta años atrás, o mucho más. Era “ricchierano” en su composición básica y eso estaba perimido, como el antiimperialismo, el “populismo” o el comunismo. Así pensaba el “Foreign”, alentado por las ideas transformadoras de Consiglieri.

Para él, ella podía captar rápidamente la simbología del crimen político al servicio de los nuevos paradigmas sin mezquinar su compromiso físico. Y eso la convertía en un instrumento invalorable, dependiendo de las circunstancias políticas. El compromiso físico, con una mediana inteligencia provista de los prototipos correctos, era la llave de los próximos éxitos. En cambio, Ziploc todo lo hacía pasar por el tamiz de sus prejuicios resumidos en viejos paradigmas impregnados de conceptos más religiosos que científicos.

“Foreign” lo había conversado con el alcahuete presidencial cierta tarde que acompañó a Consiglieri a una tertulia política. En esa oportunidad le transmitió sus consideraciones sobre el trabajo de esos grupos de tareas. “Esta clase de personas deben existir, pero no sobreabundar”. La palabra “sobreabundar” llamó la atención del alcahuete, tanto que incorporó esa palabra a su pobre lenguaje institucional. El análisis de la “sobreabundancia” permitiría armonizar al alcahuete presidencial ciertos argumentos sobre la globalización que entraban en contradicción con otros que se habían repetido hasta ese momento. “Sobreabundancia” de riqueza, “sobreabundancia” de materialismo, “sobreabundancia” de negativismo. Buena perspectiva para esclarecer asuntos pendientes.

También le dijo que el poco tiempo que había podido dedicar a la experiencia del crimen estatal lo inclinaba a creer que, precisamente, su sobreabundancia era tan inadecuada como contraproducente y facilitaría que la oposición identificara a la actual administración con los años del general-presidente, y eso era algo que podía resultar verdaderamente decepcionante. Por esa miopía política, insistía Consiglieri, murieron antes de nacer puntos finales, indultos, obediencias debidas y dos por uno en clave de muerte. No cabía insistir si se era medianamente razonable. “Buscar alternativas” era lo aconsejable.

Al contrario de lo que creía Ziploc, si “Pérez y Pérez” hubiese conocido a “Foreign” se habría interesado en su conversación. No por sus fallos, pero sí por su explicación meticulosa de su teoría de la polarización y la retroalimentación.

Como el extranjero, “Pérez y Pérez” sabía que la música que se podía escuchar no era la del golpe de las aspas de un helicóptero contra el viento sobre el río antes de arrojar seres vivos a su tumba de aguas turbias. Esos sonidos habían alcanzado la suficiente metamorfosis como para que los más inexpertos no pudieran reconocerlos. Manipulaban las palabras y la renovación de los bullicios; de ese modo, el “Nunca más” regresaba en una ilusión que los nuevos engranajes de la muerte habían superado hacía algunas décadas.

Ellos estaban en el sustrato más profundo del Estado y allí permanecían, también adaptándose a las nuevas exigencias.

—Che, extranjero —chilló Enriqueta—, te hice una pregunta.

—Ah, sí, sí. Sí, sí… —“Foreign” volvió a callar.

—¿Me estás gastando?

—No, no. Para nada. No, no —dijo el hombre, que volvió a guardar silencio.

—¿Y entonces?

—Y entonces, cómo explicarlo. Lo mío es práctica, investigación, lógica pura. Semiótica. Tengo un gran maestro.

—Consiglieri.

—Consiglieri —confirmó el hombre.

—¿Y entonces?

—Experimento —respondió “Foreign”, suelto de lengua.

Enriqueta quedó pasmada. No entendía de qué le hablaba el otro.

—Experimento.

—¿Sos un experimento?

—Yo no, ustedes. —“Foreign” fue preciso en su respuesta.

—¿Nosotros? ¿Yo? ¿Ziploc? ¿El viejo?

—No, no. No ustedes tres. Ustedes, todos ustedes, todos. Esto es un experimento. Eso es y en eso trabajamos con el maestro.

—¿Y por eso fuiste a matar a la lesbiana?

—No, no. Fue para darle dramatismo a mi propia experiencia. Magnífico. Aborto y crimen. Polarización y retroalimentación, se llama. —A la mujer le costaba comprender.

—Pero la cagaste, la tipa sigue viva. Mirá el quilombo que hay ahora.

—Eso no importa, eso no importa, eso es circunstancial, ¿me comprendes?

Pero Enriqueta no lo comprendía.

—Explicame, genio, yo soy bruta.

—¡Jiji! ¡Jiji!

—¿Jiji? ¿Jiji?

—Yo inventé lo del aborto.

—No, papá, el aborto es viejo como el agua.

—¡Jiji! ¡Jiji! No me refiero a eso. Yo le propuse a Consiglieri la campaña, la ley.

—No, papá, esa campaña tiene como treinta años.

—Al uso, digo, al uso. —“Foreign” mostraba cierto disgusto porque la mujer no acertaba a comprender sus palabras—. Se vota en Diputados, se pierde en Senadores. Meses y meses discutiendo por algo que no puede ser aprobado. ¡Simple! De paso pierde el papa peronista, al que odiamos de verdad, tanto yo como Consiglieri, en eso somos sinceros. ¡Jiji! ¡Jiji! ¡Jamás va a poder venir a la Argentina! ¡Jiji! ¡Jiji! Y nunca se va a aprobar la ley. ¡Jiji! ¡Jiji!

—Te podés dar la mano con Ziploc, que odia al papa.

—No es el mismo odio. El de Ziploc es religioso, dogmático; el nuestro es filosófico. El odio tiene muchas formas.

Enriqueta recordó a Ziploc diciendo una y otra vez al ver la marea verde avanzar y avanzar hasta rodear al Congreso, “estoy es muy peligro, esto es muy peligroso”.

—Ziploc dice que todo eso es muy peligroso.

—¡Bah! Temores infundados. Ziploc no pudo abandonar el pasado. —Una reflexión curiosa, para Enriqueta.

—Pero che, ¿y si sale mal?

—No hay problema, no hay problema.

—¿Cómo que no hay problema? ¿Dos millones de minas rompiendo las bolas y vos decís que no hay problema?

—¡Jiji! ¡Jiji! No hay problema, todo tiene solución.

Enriqueta suspiró disgustada. No estaba segura de que lo que “Foreign” decía tan liviano tuviera cierto sostén en la realidad.

—Y según vos, ¿cuál sería la solución?

—’Ndrangheta. —“Foreign” miró a la mujer con absoluta picardía. Estaba seguro de que ella no sabía de qué le hablaba.

—¿Y eso con qué se come?

—’Ndrangheta y resignación o si se prefiere, resignación y ‘Ndrangheta. Mucho de ‘Ndrangheta y algo de resignación. Simple, ¡jiji! ¡jiji! El problema es la proporción. Todos los asuntos de la vida, incluso los de Estado, se pueden resolver con la combinación de dos sustancias extraordinarias, ‘Ndrangheta y resignación.

—¿Todos?

—Todos.

—A la que llevamos para terminar el laburo, ¿qué proporción le tocó?

—’Ndrangheta, mucha ‘Ndrangheta.

—No suena bueno.

—Depende. Lo que no fue bueno para ella lo fue para nosotros. Dualidad de los fenómenos empíricos.

—Muy difícil lo tuyo —respondió Enriqueta, que no había comprendido ni media palabra.

—No importa. Solo se trata de acertar en las cantidades adecuadas de ‘Ndrangheta y resignación. No te puedo decir cuánta resignación tuvo la mujer esa, pero sí cuánta ‘Ndrangheta. Es apenas una ecuación aritmética.

4

La tarde adquirió la atmósfera de una vasija de barro. Y su color terroso convirtió los paisajes en una repetición monocroma de la tierra reseca. Había un olor extraño entre los pastos, un perfume a metal, a papel desgarrado, a lágrimas y alambre. Era un olor salido del pozo ronco de agua turbia en que se lavó lo que parecía un diamante y era apenas un trébol.

Enriqueta detuvo la marcha del automóvil por un momento. Abrió el sobre que le entregó el viejo antes de partir sin que “Foreign” lo apreciara. Leyó lo que estaba escrito en un pequeño papel y luego lo llevó a su boca, lo mascó con ganas y lo tragó. “De aquí nadie saldrá limpio”, se dijo y se rió de su humorada.

Llegaron adonde los esperaba Gloria. La mujerona gorda y petisa los sospechó aproximarse por la calleja interna de las quintas. A los matones del terrateniente no los vio, pero los supuso. Los guardias agazapados en los matorrales, contemplándolos machete en mano, la pala cerca, a metros de la tierra donde enterrar secretos.

Pero no hizo falta ninguna pelea; el capataz les dijo que era gente de amistad con el patrón y que harían sus cosas como era costumbre. Allí no había razón para hacerse presente. La transacción se haría donde la tierra se hacía como un agujero donde cabía lo que fuera posible hasta que surgieran las aguas y se llevaran a borbotones todos los acontecimientos allí depositados, para luego arrojarlos a la desembocadura del verdadero río. Entonces podían flotar a la deriva el pan olvidado, la lámpara asustada que perdió su luz, la circunstancia del cuchillo y el gusano temblando entre la carne negra. Para entonces, nadie sería testigo y la historia sería tan amarilla como la infección profunda en el tajo mortal de un desdichado.

5

Enriqueta lo vio apenas asomó su carita detrás de la mujerona gorda y petisa. El niño llamó a la mujerona por su nombre. Llevaba un raro amuleto alrededor del cuello. Eran tres piedras no gemas con tres nombres escritos con una lezna de hierro.

“Lilit”, dijo el niño y ella volvió la vista a él para observarlo sin dejar de sonreírle. Le reclamó que repitiera tres nombres, pero él no podía ni pronunciar palabra, estaba tan aturdido como ido.

—Snvi, Snsvi, Smnglof —le dijo—, pero no encontró eco a sus raras palabras—. Así te irá —lo condenó.

Y lo apartó de su lado con un empujón.

—¡Lilit! —gritó el niño y llamó la atención de todos.

Enriqueta no conocía ese nombre. Ella la llamaba con otros, distintos. Podía decirle “gorda” o “petisa” o “gorda y petisa” y otros siempre despectivos.

Pero el niño la llamó Lilit y, por si alguien no había escuchado su pequeña voz, repitió el nombre con toda la fuerza que obtuvo.

El “Foreign” hizo un gesto de aprobación y tomó unas notas en su libretita de hojas blancas. “Lilit, Lilit”, murmuró satisfecho. La cosa religiosa le pareció una curiosidad. Él era un agnóstico hecho y derecho.

—¿Vale la mercadería? —la mujerona, que había adquirido de repente el nombre Lilit, preguntó. Su rostro estaba iluminado por una amplia sonrisa.

—Ni qué decirlo —Enriqueta aprobó con satisfacción.

—Tu misa será un hallazgo. ¿Y a mí qué me tocará? —La mujer hizo la seña del dinero con sus dedos, tratando de llamar la atención de Enriqueta, que no dejaba de escudriñar al niño.

—El precio es el acordado —le dijo y se desentendió del fastidio de la mujerona.

—¿No vale algo más? —La proxeneta quería sacar mejor partido por la belleza del párvulo—. ¿No merezco algo más? —insistió con las señas del dinero, frotando sus dedos.

—Yo no fijo los precios, ya lo sabés. Donde manda capitán, no manda marinero.

—Pero este es virgen —explicó su reclamo.

—Por mí puede ser virgen como la de Luján, pero como yo no me lo voy a coger no me interesa el precio. Hablá con quien corresponda.

La mujerona reclamó el efectivo, pero Enriqueta le recordó que esa no era su área. Ella pertenecía a los grupos operativos y no tenía compromiso con la administración.

—Mandá por donde sabés tu factura. Yo solo transporto el paquete, no manejo dinero.

Ella se quejó por lo bajo, pero a Enriqueta le importó un comino.

—Esta noche los gatos salvajes se juntarán con hienas —dijo— y lanzó una carcajada que despabiló por un instante al niño que no acababa de salir del sopor de la droga que Lilit le suministró horas antes.

—¡Y sin cacería!

—Un ahorro siempre es bueno —miró nuevamente al niño, pero con otros ojos. Parecía contemplarlo como si le debiera algo.

—¡Je! ¡Te gustó el pendejo! —carcajeó la mujerona.

—Este me salvó el pellejo.

—¿Y con el bagre amarillo qué hiciste?

—Lo devolvía a su charco.

—Mujer impaciente.

—Te lo ofrecí y no lo quisiste.

—No crío bagres —Enriqueta se justificó.

—Vos te lo perdiste.

5

El Ángel del Señor anunció a María su pequeña cantidad de muerte.

El verdugo le respondió:

—A cada cual su parte, dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

El Ángel pensó en el mundo, en su modernidad y sus globalizadores. No tuvo dudas y dijo:

—Todos los Estados esconden sus inmundicias bajo la alfombra de sus gobiernos. Nada ocurre sin que ellos lo sepan. Amén.

Y concibió por obra del Espíritu Santo la rabia de todas las prisiones.

El verdugo se complació de todas las penas. El corazón en una cavidad nocturna donde la sangre se hiela de solo pensarlo. Fue un espectro con algo de crueldad y otro tanto de plusvalía.

—El oro es la entraña más perfecta —dijo el verdugo y lamió la suave piel desde el cuello al nacimiento de la frágil cadera—. Sabe un poco a maíz, a copo de lodo, a suburbio de piel.

El niño moría de a ratos pendiendo de una cruz hostil. Piedra, relámpago, madera. Amarrado a la cruz de lado a lado y una espina escarlata en cada ojo.

Oía, sí, oía el sonido de una uña rascando la breve carne para encontrar el maravilloso patrimonio del néctar púbico. Debajo de su ombligo, una araña lo tocó de repente y todo su cuerpo adquirió el color de la arcilla.

—Llorar se llora como se puede —le dijo el verdugo mientras hundía un invierno a sus entrañas.

Pero el niño no lloraba porque no recordaba cómo hacerlo.

Ángelus, Ángelus, cantaron a coro los verdugos, montados en sus coturnos modelados en hueso. Sobre la mesa negra y palpitante piedra, las manos hundidas en el mismo humo, golpeando la arruga del pecho, solo lágrimas de papel, frío papel y la pequeña muerte, insignificante, mientras el verdugo mascaba un pañuelo negro con que limpiaba sus mocos cada día.

El Ángel del Señor anunció a María que las bestias montesas revolverían su vientre. El niño palpó el pelambre, la lengua ríspida en su lengua dócil, con sus dos manitas reconoció el pelaje, y gatos cervales le mordieron el pecho por succionar casi sus últimos suspiros.

El verdugo gritó que la lamia tendría allí su asiento y hallaría por fin reposo junto a su esperma ansioso. Criatura nocturna, algo de lechuza, algo de alacrán, algo reptil, nada de humano.

El Ángel pensó en el mundo, en su modernidad y sus globalizadores. No tuvo dudas y dijo:

—Todos los gobiernos esconden sus inmundicias debajo de la alfombra de sus ministerios. Nada se ejecuta sin su consentimiento. He aquí el esclavo —y mostró la desnudez pequeña del niño sin nombre.

Y agregó terminante:

—Con los niños y con los jóvenes no se experimenta.

Un sátiro llamó a otro, y ese a otro, y ese a otro, hasta que no quedó nada por sorber en la pequeña calavera que quedó derramada desde la cruz a la mesa que hizo de altar mientras duró el sacramento.

La noche estaba muerta, deshilachada. A lo lejos se escuchó como una lluvia oscura que fue un salmo muerto.

Dijeron los verdugos:

—Hágase en mí según tu palabra. (Gloria de la plusvalía).

—Y el Verbo devoró la carne impúber. (Gloria de la plusvalía).

—Y habitó dentro suyo. (Gloria de la plusvalía).

—Y al hoyo del río fue a dar finalmente. (Gloria de la plusvalía).

—Te suplicamos, amo del mundo, que derrames tu gracia en nuestras almas para que los que hemos conocido la encarnación del niño, su Pasión y Cruz, seamos llevados a la gloria de la resurrección. Amén.

***

XIV

Sarmiza

1

Desde que ese ruido monótono cesó cuando el médico le retiró la cánula del respirador, Ámbar escuchó un jadeo intermitente que se sentaba a su lado aprovechando la oscuridad. Una respiración fatigosa que sonaba verídica.

Lo que no podía era precisar cuándo ocurrieron esos sucesos. La satisfacción por retornar de alguna manera a un estado reconocible duró apenas el vuelo de una mariposa. El tiempo volvió a su confusión inicial, desde que se produjo el primer disparo, cuando dejó de transcurrir como lo había hecho hasta poco antes del ataque.

No sabía si ese segmento temporo-espacial entre la vida y la muerte había alterado todas sus percepciones, o era una argucia de un sueño que se prolongaba sin que ella pudiera alterar su desarrollo. Lo cierto era que desde que despertó o creyó hacerlo, esa alteración del tiempo y del espacio le provocaba una cierta desesperanza que apenas lograba controlar con esfuerzo. Guadalupe podía haber resuelto esa angustia, hubiera sido el consuelo más querido, pero ella no estaba a su lado.

El jadeo era una de las dos cosas de apariencia humana que sentía próximo a su cuerpo.

Porque estaban también las pisadas. Unas venían con las otras. El jadeo llegaba subido a las pisadas que rozaban el suelo, cuidando no hacer demasiado ruido, como quien se asoma a un abismo del que desconfía. Eran huellas que se describían alrededor de su cama, iban y venían con cierta autonomía buscando algo de la sustancia vital de Ámbar.

¿Habría algo más allá de ese resuello y las pisadas? ¿Cómo saberlo? No podía ver.

Sus ojos permanecían sellados. Los hubiese palpado para comprender la ceguera, pero sus manos volvieron a estar sujetas a las barandas de la cama. También sus piernas lo estaban por unas correas algo ajustadas por encima de los tobillos.

Movía los dedos para aliviar el calambre que le oprimía las manos. Repetía el movimiento con los dedos de los pies. Sus brazos estaban algo rígidos como las piernas. La falta de movimiento le provocaba ese agarrotamiento tan molesto.

La espalda le dolía a la altura del omóplato derecho y en línea recta ese dolor llegaba al pecho. Sentía algo de frío. La cubría una sábana casi hasta el cuello. Estaba desnuda bajo la tela y eso la angustiaba. Su desnudez la hacía sentir indefensa. Y estaba ese olor indeterminado que la confundía tanto. Algo de bodegón roñoso y de pequeño perfume medicamentoso. Una mezcla extraña que le aportaba más dudas sobre su exacta condición.

En esos momentos recordaba con precisión el disparo, el sonido primero, el golpe después y el plomo caliente abriendo ese túnel. Pero otros eventos los olvidó o simplemente se disolvieron en una amnesia involuntaria, y solo le quedó de ellos una sensación vaporosa, el sustrato de recuerdos que se habían disipado dejando apenas unos rastros. Sí, pronunció la primera palabra que llegó a sus labios: Guadalupe. Luego los nombres de los libros que ella le regaló días antes.

Después de Guadalupe, dijo «Parabellum» y «Todesfuge», para estar segura de que recordaba con acierto el título de cada libro. Balbuceó el nombre de sus autores, Víctor Coral y Paul Celan, en ese orden.

Cuando se oyó su voz, aun siendo casi imperceptible, el jadeo se puso intenso y aceleró su ritmo.

—Está hablando —escuchó con claridad que decía ese ser inanimado que merodeaba su cama.

Se oyó el chasquido de unos dedos. Luego, una aguja penetró una vena y volvió el sueño a gobernar su mente. Se abandonó al efecto del sedante y ya no sintió ni frío ni calambres.

2

“La D” escuchó a Guadalupe sin perder detalle de su relato. El llamado al celular, el acoso, su llegada al hospital, la detención, el calabozo, la vieja y sus consejos, la muchacha chupada («la chica del tatuaje», como pasaron a llamarla), su salida. De todo tomó notas en su pequeña libreta.

Subrayó con doble línea la amenaza directa: «Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje».

Comprendía el significado de la primera amenaza. Con la segunda dudaba.

La primera oración, la que invocaba el «sobrecito azul», era para decir: «Sé quién sos. De vos conocemos todo». Pocos, muy pocos, podían saber de aquel sobre de seda azul que el ama de llaves cosió para Guadalupe antes de que partiera al internado de las monjas. Allí la niña guardó sus pequeños cartoncitos manuscritos, que luego se publicaron con el título de «Palabras como filos», cuando ya era una mujer enamorada de Ámbar.

En ese pequeño libro evocaba los padecimientos que había sufrido; el monstruo de las marcas a cada lado de su pistola se presentaba con sus babas de diablo negras, rojas y blancas.

La segunda oración, que culminaba anunciando «para tu último viaje», podía representar su muerte. O la muerte de Ámbar, o su desaparición. Por entonces no podía asegurarlo, pero se inclinaba a esa interpretación.

No quiso insistir en su afirmación sobre el origen de todo lo que estaba ocurriendo. Angustiar de más a la muchacha no serviría para nada.

Guadalupe esperaba su consejo.

“La D” estaba convencida de que la Agencia estaba al tanto de que Guadalupe preparaba la denuncia contra su propio padre. Y también de lo difícil y complejo que era probar quién era ese hombre y demostrar todas sus fechorías.

La Agencia había ocultado su verdadera identidad y, usando los medios subordinados a ella, presentó su muerte como la acción de un desquiciado que había querido ocultar un crimen de lesa humanidad. Vaya paradoja, el pervertido se había trocado en héroe de la humanidad y había resultado muerto por alguien que deseaba desesperadamente ocultar un crimen horroroso.

Ella sabía que en algún lugar había suficiente documentación para defenestrarlo, pero no tenía idea de dónde estaba guardada y quién era su poseedor. Circulaba el runrún de documentos comprometedores, pero siempre desconfió si no era la propia Agencia la que hacía circular esos rumores para distraer la atención de otros casos verdaderamente más comprometedores del poder y, de paso, entusiasmar a algunos inocentes a buscar dónde nunca hallarían nada.

No abrigaba esperanza de que en algún momento pudiera tener acceso, aunque no fuera, a una prueba que les diera a las palabras de Guadalupe la suficiente entidad para neutralizar la máquina de la maldad que operaba contra ella y probar los crímenes de ese hombre.

Conocía al detalle cómo operaba la Agencia cuando se proponía destruir a una persona. Y reconocía el sistema desplegado contra Guadalupe y Ámbar.

“Pérez y Pérez” bosquejó el plan, pero, como partió, aspectos más que relevantes quedaron a cargo de López Teghi. Y estaba todo dicho.

“La D” no podía conocer las decisiones que López Teghi había tomado para completar el plan, pero sí podía deducirlas.

El objetivo no era asesinar a Guadalupe, tal vez a Ámbar. Matar a la hija de un prominente hombre de la Agencia era un asunto que estaba vedado, aunque, como en todos los asuntos de Estado, había excepciones.

Ponerla en regla o «neutralizar el objetivo», como se decía, era lo más apropiado. Pero asesinar a su pareja no estaba prohibido. Por el contrario, eso podía considerarse aceptable si sus beneficios eran debidamente probados.

Matar a Ámbar era circunstancial. «Pérez y Pérez» sonreiría repitiendo aquella frase de Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia» y adaptándola a otro cometido. «Yo soy yo y mato de acuerdo a las circunstancias. Yo determino, la circunstancia condiciona».

Se trataba de un procedimiento que quedaba sujeto a la propia dinámica de la operación, aunque debía contar con las debidas autorizaciones. No cabía la improvisación en esos casos. La iniciativa personal era sujetada de todas las formas posibles. Ya que nadie puede volver de su propia muerte.

Como diría «Pérez y Pérez»: «Se haría lo más conveniente». Si convenía, se la mantendría con vida; si no, iría a parar al fuego que todo lo disolvía.

El propósito último era volver loca a Guadalupe, como hicieron con la madre. O, al menos, hacerle creer a los demás que estaba loca. Lo más extraordinario de esa técnica era convencer a la propia víctima de que había perdido la razón. En ese caso, no había terapéutica que ayudara a ese desgraciado a salir de su conmoción.

La locura es un estado que descalifica por completo. ¿Quién le cree a una loca? ¿Quién espera que la palabra de una loca resulte reveladora de una verdad? Nadie. La gente común huye de la locura porque no la comprende, y lo que no se comprende espanta. Si además de loca era una «desviada» sexual, su muerte «civil» estaba asegurada. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Caso resuelto y al arcón de los archivos secretos de la Agencia. Top Secret y confidencial en grandes sellos rojos.

Ser loca y lesbiana era condición suficiente para liquidar socialmente a cualquier mujer. Se apelaba a sentimientos primarios de muchas personas, esas que se apartan de las «locas» a las que temen y de las lesbianas a quienes estigmatizan.

Pruebas al canto. ¿Cómo se etiquetó a las Madres de Plaza de Mayo cuando comenzaron con sus denuncias sobre la desaparición de sus hijos? «Viejas locas». Luego podía ser «viejas putas». Pero el mote era «viejas locas». «Viejas locas» que rompen las pelotas, «viejas locas que solo buscan guita». Pero siempre, «viejas locas».

Si se trata de lesbianas, se difunde la especie de que locura y lesbianismo son enfermedades que se asocian e incluso, de no precaverse adecuadamente, hasta podrían ser contagiosas. Los prejuicios son la tierra fértil para que la ignorancia eche raíces. Siglos atrás, la hoguera hubiera resuelto el entuerto; en la actualidad, el fuego mediático podía ofrecer el mismo resultado. ¡Loca y lesbiana! ¿Qué más se podía decir?

La referencia en la amenaza al último viaje en tren bien podría tener el propósito de inducirla al suicidio, a arrojarse al paso del tren. O hacerlo ellos y luego simular un suicidio, un procedimiento más habitual de lo que el común de las personas sospecha. «Es tan sencillo suicidar. Si Shakespeare suicidó a Hamlet, ¿cómo nosotros no vamos a poder suicidar a un mequetrefe?». «Pérez y Pérez» era contundente en su apunte. Morir es nada. Morir. Dormir. Morir. Lo dijo el gran inglés. Nada que no se pudiera recrear.

La muerte de Amanda podía ayudarlos a crear esa ideación suicida, aunque Guadalupe aún no tenía noticias de ella y menos de cómo se había producido su muerte.

López Teghi estaba decidido a usar los recursos que tuviera a mano, que eran muchos, ¡muchos! Y solía hacerlo sin demasiada pulcritud. “La D” estaba obligada a deducir qué planificaban los maestros de la muerte elevados a la categoría de secretaría de Estado. Él estaba resuelto a no permitir que se mancillara a la Agencia por un asunto de abuso, de sexo desmedido, de alcohol y vida licenciosa o desquicio familiar. Se apropiaría de las palabras de su enemigo, “Pérez y Pérez”, que cínicamente decía: «¿Quién no tiene defectos?».

La Agencia ya había lidiado con el asunto de López Huidobro y no estaba dispuesta a que las intimidades del custodio de La Reliquia se ventilaran por el capricho de una hija lesbiana y sus socias de denuncias.

“La D” no sabía de la existencia ni de “Pérez y Pérez”, el antiguo jefe, ni de López Teghi, el nuevo.

No conocía sus maneras de pensar, de actuar y de planificar. En cambio, ellos sí sabían quién era Dolores, conocían toda su vida, hasta los menores detalles, porque un equipo la había estudiado bajo la conducción del propio jefe. Seguimientos, escuchas, penetración en su vivienda y lugares de trabajo, análisis, proyección. Todo el procedimiento se había completado; la planificación fue excelente.

La operación, dedujo “La D”, contemplaba otras necesidades. Nunca se desaprovechaba una operación reduciéndola a un único fin. Ella lo sabía. La manipulación contra Guadalupe, además de proteger al coronel en jefe de aquella desquiciada mansión del norte, sería aprovechada para inducir al temor en la lucha por el «ni una menos», por la legalización del aborto y todos los derechos de las mujeres. Sembrar dudas, inventar responsables, indisponer a unos contra otros, eso también era un beneficio extra, nada despreciable. «El loco de la ruta» era parte del montaje.

«Divide et impera», viejo axioma de los romanos. Divide por la mentira, por el odio, por la cobardía, por la política burguesa que reúne todos los vicios. «Divide et impera».

“Pérez y Pérez” había estudiado al detalle la aplicación de la estratagema romana de parte de los británicos en la India, donde los británicos la elevaron a suprema estrategia en el arte de colonizar pueblos y naciones.

El señor presidente pergeñó la maniobra junto a asesores y consultores para lograr sus objetivos políticos, económicos y militares. Creyeron que podían usar alegremente una reivindicación de millones de mujeres. Ziploc, con más sabiduría, les hubiera dicho: «Muy peligroso, muy peligroso». Y hasta la propia Enriqueta, «pa’ servirlo en lo que necesite», comprendió lo arriesgado que era organizar una maniobra de tales características en medio de una gigantesca movilización de masas. Pero el señor presidente, su alcahuete presidencial, sus asesores, su asesor estrella, Consiglieri, hasta el extraño y estrambótico “Foreign”, repetían como si oraran en misa: «resignación y ‘Ndrangheta» o su superación: «’Ndrangheta y resignación». En este caso el orden de los factores sí alteraba el producto.

Una dirigente social salvó de milagro su vida cuando un sicario enviado por la Agencia le descerrajó cinco disparos a quemarropa que la hirieron gravemente, pero no la mataron. A esa, ‘Ndrangheta, mucha ‘Ndrangheta. El señor presidente estaba a disgusto con tanto reclamo y quiso dar un buen escarmiento. A veces la suerte está del lado de los pobres.

El atentado a Ámbar y su desaparición se inscribían en ese plan. Y que el hecho no hubiera trascendido todavía a la prensa, deducía “La D”, no era determinante. Su difusión podía ocurrir o no, de acuerdo a lo que ellos consideraran necesario.

En el momento en que les resultara conveniente, y si resultaba provechoso, empezaría a sonar “la orquesta” como se la conocía, hasta hacer que la noticia ocupara el mayor espacio posible de los noticieros, todos bajo la estricta tutela de la Agencia. Habladores pagados que no sabían de nada, pero hablaban de todo, se ocuparían de exponer el caso de las maneras más ridículas y perniciosas. Discépolo lo escribió con sabiduría: «la Biblia y el calefón, lo mismo un chorro que un gran profesor».

“La D” entendía para qué habían chupado a esa muchacha de la que le habló Guadalupe, a la que llamaban «La chica del tatuaje».

No se trataba de un asunto producto de la ira machista de algunos sicarios descontrolados. La pelea entre ella y los matones fue provocada para desaparecer a la muchacha y para que Guadalupe fuera testigo de su secuestro. De ese modo, se establecía una advertencia criminal en medio de la lucha por los derechos de las mujeres. La «’Ndrangheta» no sabe de feminismos.

3

—Guada —dijo “La D” sin dejar de leer sus notas—. Hay que hacer la denuncia.

—¿Dónde?

“La D” quedó pensando una respuesta correcta.

—En la fiscalía que corresponde. Luego en los medios, las asociaciones, en todos lados.

—Lo que vos digas.

—¿Pero estás de acuerdo?

—Sí, sí. Solo que creo que ahora no puedo pensar con claridad. Solo pienso en Ámbar y en lo peor.

—¡Qué puedo decir! Comparto tus miedos, Guadalupe, pero si no hacemos la denuncia no establecemos un punto de partida para protegerte, saber qué pasó con Ámbar y ubicar dónde está. Vos y yo sabemos quién está detrás de esta mierda y no los podemos subestimar.

—Sí, lo sé —Guadalupe pareció resignada.

—No hay que dejar ningún cabo suelto.

—Tenés razón. Solo que estoy tan angustiada, no puedo dejar de pensar en lo peor.

Dolores se acercó a Guadalupe y la abrazó con fuerza. Ella no pudo contener sus lágrimas.

—Todas estamos angustiadas. Todas acá pasamos por alguna mierda de estas.

—Lo sé, lo sé.

—Lo mejor es que no te quedés sola nunca. Vamos a organizar que estés siempre bien acompañada, con dos o tres compañeras. Dejame arreglar lo de la abogada y vamos a tu departamento a buscar tus cosas y ver si encontramos algo que sea útil.

Guadalupe enjuagó sus lágrimas y movió su cabeza afirmativamente.

“La D” llamó a una mujer que acomodaba un fichero.

—¡Elena!

La mujer giró para escucharla.

—¿Nuestra mejor abogada?

—Sarmiza, la única.

—Llamala, entonces.

Elena alzó su pulgar en señal de aprobación. Llamó tal como le pidió “La D”. No tardó mucho en ser atendida. Su explicación fue breve y le pasó la comunicación a Dolores.

—Necesitamos que vengas —“La D” reclamó su presencia—. Asunto complicado, la chica que atendiste por la búsqueda de la madre.

Sarmiza preguntó si se trataba de Guadalupe.

—La misma —respondió Dolores.

Dolores terminó el llamado y se sentó a su escritorio.

—En un par de horas viene. Está en Tribunales.

Guadalupe se apoyó en el respaldo del sillón y se quedó dormida.

4

Sarmiza era de mediana estatura. Rostro alargado, ojos pequeños y una afilada nariz que no la afeaba. Usaba un peinado extraño, que sostenía con horquillas distribuidas simétricamente hacia un lado y otro de su cabeza. Nadie podía imaginar cuánto tiempo le insumía distribuir tan exactamente semejante cantidad de horquillas por todo el peinado. Pero ella desistía siempre de explicar sus procedimientos para acomodar el cabello. Se notaba que tenía una cabellera muy abundante, y si bien nunca la había dejado libre de todos esos sujetadores (o nadie la había visto en público con el cabello suelto), se intuía que, de liberar la cabellera, esta llegaría con facilidad a la cintura.

De labios finos y boca pequeña, su lengua era rosada y algo puntuda. Los abogados varones asimilaban la forma de esa lengua a la de las víboras. A ella la comparación le resultaba indiferente.

—Con mi lengua puedo decir las cosas más terribles y hacer las más placenteras. Ustedes con sus penes no pueden hacer más que alabárselos unos a los otros. —Así les decía cuando sonreían estúpidos por la supuesta condición serpentina de su lengua.

Sus manos eran blancas y sus dedos largos, tal vez demasiado. Siempre llevaba una lapicera en la mano izquierda. Mientras escuchaba a las mujeres que necesitaban sus servicios, no dejaba de golpear con ella sobre una libreta de tapas duras y cuerina negra. No usaba anillos, los detestaba. Sí collares multicolores y aros muy grandes, llenos de cuentas coloridas.

Dolores la puso al tanto. Pero Sarmiza necesitaba detalles. Despertaron a Guadalupe que tardó en reaccionar. Dejó el sillón en donde había podido dormir ese tiempo y se acercó a Sarmiza con quien se abrazó largamente. La mujer la consoló dulcemente.

—¿Querés hablar ahora? —le preguntó a Guadalupe mientras enjuagaba sus lágrimas con su pequeño pañuelo de seda.

Guadalupe respondió afirmativamente.

Y habló largamente. Detalló el llamado, los mensajes, su llegada al hospital y su secuestro.

—¿Idea de a dónde te llevaron?

—Ninguna.

—¿Y después?

—Se armó el quilombo con la otra chica.

—¿Prostituta?

—Eso decía la vieja que estaba en el hoyo.

—La vieja de quien la chica te dijo que era cana.

—Esa.

—¿Entonces?

—Se apagaron todas las luces. La muchacha dejó de gritar. La vieja se fue a un rincón y yo me acurruqué lo que pude. Hubo unos ruidos, como si la golpearan y luego como si arrastraran algo.

—A la piba.

—Ella desapareció.

—¿Alguna seña de la chica?

—Parecía muy joven pero gastada. Teñida de rojo, usaba un vestidito azul y zapatos de taco aguja. Tenía un trébol negro tatuado en la teta izquierda.

—¿Segura?

—Segurísima. Se lo vi cuando ella me abrazó para decirme que la vieja era cana.

—Muy bien —Sarmiza suspiró largamente—. ¿Luego te largaron?

—Sí.

—Así, sin más.

—Me afanaron todo, billetera, documentos, llave, teléfono.

—¿Después? ¿Incidente en la calle? ¿Algún quilombo inesperado?

—Ninguno. Corrí al hospital a buscar a Ámbar.

—Al hospital de donde supuestamente te llamaron.

—Sí.

—¿Y ahí te dijeron que Ámbar nunca estuvo?

—Que no entró nunca una mujer baleada. Me hablaron de una vieja, pero la verdad que estaba tan mal que no me acuerdo el nombre ni nada. Dijeron que era una vieja, que la iban a operar o la habían operado.

—¿Quién te dijo que nunca entró una mujer baleada?

—La mujer de la recepción.

—¿Una empleada o la jefa de admisiones?

—Una empleada.

—¿No consultó con nadie?

—Sí, sí. Habló con admisiones, con cirugía y hasta llamó a la morgue.

—¿A la morgue?

—Sí, a la morgue.

—Y nada.

—Nada.

—Tenemos que preparar un escrito —Sarmiza miró directo a los ojos de Guadalupe—. Quiero que te sentés en ese escritorio y escribas con detalle todo lo que me contaste. Todo. Tratá de no olvidarte de nada. Todo, todo. Tiempos, horas, palabras, gestos, discusiones, gritos, todo. ¿Me entendiste? Necesito todos los detalles.

Guadalupe respondió afirmativamente.

—Voy a hacer un par de diligencias. Cuando terminés me avisan por teléfono y vengo. Voy a averiguar qué fiscalía está de turno. Siempre es necesario saber con qué bueyes se va a lidiar. Hay mucho hijo de yuta con título de abogado.

Mientras Guadalupe se acomodaba para empezar a escribir, Dolores acompañó a Sarmiza hasta la calle.

Sarmiza estaba seria, circunspecta. Dolores la miraba con aprensión.

—Che, “D”, muy de servicio todo esto.

—Es lo que está atrás de esta mierda.

—Quiero decirte que para mí, Ámbar, si no está muerta es porque tiene un Dios aparte. Cuando te chupan es porque sos boleta, si no te blanquean enseguida. Te lo tengo que decir así, a lo bestia, vos me conocés para que no hagamos pendejadas. La otra del trébol supongo que también es boleta. Aprovechan este quilombo de la ley del aborto para hacer cualquier porquería. ¿Guadalupe aguantará? Va a haber muchas malas noticias en este asunto.

—La vamos a ayudar, pero ¡qué te puedo decir! Esta chica tuvo una vida de mierda con ese padre.

—Me dijiste.

—No te dijo lo de los libros.

—¿Qué libros? —Sarmiza preguntó sorprendida.

—Guadalupe le regaló a Ámbar dos libros. Y alguien los dejó en la puerta de la Asociación a su nombre. Elena los llevó a su escritorio porque pensó que se trataba de una encomienda de alguna hermana para ella. Cuando Guadalupe abrió el paquete encontró que eran los que le había regalado a Ámbar.

—¿Están seguras de que son los mismos libros?

—Guadalupe le pegó un papel a cada uno con pedazos de un poema de García Márquez. El poema lo escribió ella a mano con su lapicera fuente. No hay ninguna duda de que es su letra. Son los dos textos que escribió para Ámbar.

—¡Qué tipos de porquería! ¿Tenés idea qué quieren?

—Guadalupe estaba juntando datos para denunciar al padre. Suponemos que la Agencia lo sabe porque saben de todo. Nos espían, pinchan los teléfonos, leen nuestros emails…

—Lo de siempre.

—Lo de siempre —confirmó Dolores—. El tipo es una especie de prócer porque no sé qué mierda hacía en un campo de concentración en el norte.

—¿De la dictadura?

—No. Muy antiguo. Allí los españoles mataron a todos los originarios y los terratenientes mataron cientos de peones. Yo nací en un poblado cercano y esa era la leyenda que circulaba. Pero Guadalupe cree que tenían prisionero a alguien muy importante del que nunca pudo saber su identidad. Escuchó sus sonidos, su carraspera, su modo gutural de estrujar las cuerdas vocales y el redoble de unos dedos artríticos sobre lo que parecía una tablita de madera.

—Dolores, vos sabés que lidiar con un macho es complicado. Con fiscales y jueces machistas, también. Pero con la Agencia es un tremendo quilombo.

—Lo sé, lo sé. ¿Pero qué vamos a hacer?

—Lo mejor que podamos. Sororidad. Inmensa sororidad. Pero el asunto no va a ser jurídico, tiene que ser político. Mi sororidad para el quilombo. Que no se la lleven de upa. Lo judicial lo manejamos, pero por ahí es camino muerto. Ponen testigos, sacan testigos, matan testigos. Lo de siempre. Vos lo sabés. Así que prepará todas las minas para armar un gran quilombo. Llamá a periodistas, a actrices, no sé, llamá a quien carajo sea, pero vas a precisar mucha artillería, si no, la van a hacer mierda.

—Voy a tocar todos los timbres. Tal vez logremos algo.

—Si le salvamos la vida a esta chica, date por contenta.

—“La D” se frotó el rostro con ambas manos.

Sarmiza se despidió.

—Me voy a ver unos amigos para ver qué me dicen del fiscal que nos toque.

—Cuando Guadalupe termine te llamo.

—Nos vemos.

***

XV

Trébol negro sobre un pecho blanco (I)

1

Cuando llegó la noticia del cadáver de la joven prostituta, que flotaba a la deriva en el río con su tatuaje de un trébol en el pecho, Ziploc estalló enfurecido. No aceptaba escuchar explicaciones ni argumento alguno sobre el fracaso de ninguno de sus compinches. El viejo, que lo conocía a fondo desde hacía años, ni siquiera amagó una respuesta; se llamó a silencio y dejó que Enriqueta explicara como pudiera el asunto del cadáver de la joven prostituta. Después de que Ziploc descargara su furia, hablaría.

—Lo sabía, lo sabía —repetía mientras caminaba de un lado al otro de la amplia habitación del reducto, ante la mirada burlona de Enriqueta y la magnánima del viejo esbirro.

—Lo sabía —insistió, como si esas dos palabras pudieran darle sentido al suceso de una muerta aparecida, meciéndose delicadamente entre las breves olas del río.

Luego, en un gesto casi de connotación religiosa, puso la mano izquierda sobre su corazón, entrecerró los ojos y alzó la otra mano como si fuera a orar al Dios de los sayones. Sin embargo, contrariando a los otros tres, que creyeron que diría algo contra Enriqueta, se refirió a sí mismo como si hubiese necesidad de reconocer en su trayectoria algún suceso o experiencia que guardara relación con la aparición de un cadáver a la deriva en la ribera del Río de la Plata.

Ziploc se definió a sí mismo como un hombre con sobrada experiencia en el arte del sicariato. Explicó ante un auditorio imaginario, porque él no hablaba ni para el visitante extranjero ni para la mujer, que había muertes, o vidas, que no podían quedar en manos de cualquiera. Enriqueta tomó aquello de «cualquiera» de quien venía.

Él podía citar de memoria la lista de todos los que murieron por sus manos, uno por uno, con nombre y apellido, y hasta con sus señas particulares, las que borró con meticulosidad exquisita.

Podía nombrarlos del primero al último y enumerar sus profesiones, vicios, color de ojos, últimas palabras y el estertor final del moribundo. Todo. Recordaba todo y, de manera especial, cómo había cumplido con su trabajo de manera «impecable». Esa era la palabra que usaba para explicar la calidad de su trabajo. Impecable, siempre impecable.

Nada de dejar manchas de sangre, de trozar o destrozar de más, de arrancar un miembro o de desfigurar un rostro de manera innecesaria. Era un rito, no una venganza. En su trabajo no había nunca nada personal y no debía haber lugar para la emoción pasajera. Su víctima era «algo», o «eso», o «cosa», que debía ser eliminado por el bien común y el interés general. Como si Dios mismo limpiara la escoria para satisfacción del resto de los mortales.

No se concebía a sí mismo como el epicentro del destino ni como la representación de la providencia, sino como su simple instrumento, y eso era lo que le inspiraba tanta dedicación y tanto esmero en el detalle. La perfección de un instrumento, a su vez perfectible: la devoción conduce a la excelsitud de un bien supremo.

El crimen, en su dimensión estatal, merecía respeto y cuidados primordiales, como cualquier otra función de gobierno, y así lo practicaba.

La muerte por mandato del Estado era un asunto por encima de la táctica y las circunstancias. Era sustancia de la estrategia, de aquello establecido por normas seculares; una ley natural por encima de pequeñeces temporales, que no podía ser sometida a votación alguna porque estaba vinculada a la esencia de un Estado todopoderoso. No tenía vínculo con el sufragio secreto, obligatorio y universal; ni se ajustaba al valor de las encuestas, ni articulaba con la demagogia del político. Era un asunto primordial, bíblico, edénico.

Todo lo que distorsionaba esa sustancia era una perversión, y él abominaba de las perversiones, como la perversión del aborto «legal, seguro y gratuito», que le repetían al oído millares de mujeres que pasaban a su lado y parecían estar obstinadas en provocarlo tanto como en angustiarlo.

«Peligroso, muy peligroso», murmuraba en cada oportunidad en que lo mandaban a observar a la «marea verde», tanto como la improvisación en una tarea tan simple como deshacerse del cadáver de una prostituta desconocida.

2

El viejo le pidió que se calmara. Ya estaba bien el descargo; las tensiones se acumulaban y, de vez en cuando, no estaba nada mal purgar esos sentimientos que no se podían dejar tumorar tranquilamente. Ya era suficiente.

Pero Ziploc quería pelear, de eso no había dudas. Quería pelear con Enriqueta, echar de una patada en el culo a «Foreign», limpiar la casa para ponerla en orden. Por eso seguía la trifulca, y el viejo no podía ni debía perder la paciencia. Lo dejó gritar y amenazar, hablar de cosas que no sabía.

Ziploc volvió con el asunto del humito atrevido saliendo de la alcantarilla de la esquina de la cueva y que lo hacía reflexionar sobre los fenómenos de la naturaleza y sobre cómo ajustarlos a la ley natural que regía todas las cosas. ¡Ese era el problema! Enriqueta, el extranjero, los dos, no respondían a las leyes naturales y por eso eran fuente de desórdenes, conflictos y errores permanentes.

Todo, incluso esos dos, debía ser devuelto al orden natural que había regido el mundo con tanta eficacia durante siglos. Había que retornar a la materia primigenia con la que Dios creó al hombre y de una costilla suya a la mujer. Entonces todo recobraría su perdida armonía. El crimen estatal volvería a su perfección, los hombres se aparearían solo con mujeres para la procreación y de ello nacerían niños que elevarían la condición humana hasta recuperar el Edén que se había perdido.

¡Qué era todo aquello de proteger experimentadores que ni siquiera hablaban como hablamos los argentinos!

¡Qué se podía esperar de esas cacerías de cachorros humanos en las que estaba involucrada Enriqueta!

¡Qué era de esas pervertidas que dormían mujer con mujer, se tocaban y se apareaban como animales!

El viejo sicario abandonó su lugar en la cueva y se acercó a Ziploc. Deducía por su mirada que atravesaba esos estados de introspección que nunca solían terminar de la mejor manera.

—¿Ya está? —le preguntó—. ¿Terminaste?

Ziploc movió la cabeza afirmativamente.

—Pongámonos de acuerdo en algunos asuntos —dijo y, al hablar, llamó la atención de los tres—. Acá nada se hace si no hay órdenes. Ni Enriqueta ni «Foreign» ni vos ni yo hacemos lo que queremos. ¿Está claro?

Los tres dijeron casi a coro:

—Sí.

—Bien. El extranjero está acá por órdenes superiores. ¿Me oíste, Ziploc?

—Sí.

—Querés hacer una queja, hacela. No te lo recomiendo. Vos sabés qué te van a responder.

—Sí.

—Que la lesbiana haya sobrevivido fue una desgracia que obligó a cambiar la operación. Que el cadáver haya aparecido flotando fue una decisión.

«Foreign» movió la cabeza afirmativamente.

—No opinar de lo que no se sabe, no cuestionar las órdenes que nos imparten. Así fue siempre y así seguirá siendo.

Ziploc se cruzó de brazos y miró al viejo directo a los ojos. No estaba conforme, pero no le iba a discutir. Si el viejo decía eso, era porque sabía de qué hablaba.

—Eso, eso —repitió «Foreign».

—¿Qué sos, el Chavo del Ocho?

Ziploc estaba a punto de putearlo. «Foreign» carcajeó estridente. Enriqueta lo imitó.

—¡Qué ocurrente! —dijo.

—¡Qué pelotudo! —respondió Ziploc, que retomaba su furia con mayor entusiasmo, y amagó con ir a garrotear al bocón.

El viejo hizo un gesto para indicarle que se quedara donde estaba y volvió sobre sus palabras.

—Que la lesbiana sobreviviera fue una contingencia desgraciada, digámoslo así para no cargar la romana. ¿Puede fallar? Puede fallar. No debe, pero a veces ocurre. Mala suerte, incontinencia. Como un eyaculador precoz.

«Foreign» rió bobamente por la comparación.

—Entiendo al camarada Ziploc y su enojo. Una ejecución por encargo no puede estar librada al error. No es lo mismo irse en seco que matar una persona. Sería bueno entenderlo.

Luego explicó que las órdenes habían cambiado. A la lesbiana la iban a trasladar a un lugar que nadie conocería.

—Que la muerta apareciera flotando en el río no es un problema, fue una decisión. ¿Estamos?

Con voz pausada, como hablaba siempre, siguió su explicación.

—La lesbiana, al quedar viva, se volvió un asunto de Estado que involucra a López Teghi y otros. Recomiendo no hacer comentarios ni exigir explicaciones.

En los asuntos de Estado, ya lo sabemos por experiencia, opinan todos los que merodean por la información. Opinan los que saben y los que no tienen ni idea, los que quieren figurar y los que solo quieren sacarse los problemas de encima.

Eran «los habladores», como el viejo los llamaba. Charlatanes de feria, alcahuetes de oficina, estafadores de la burocracia. Hablaban y hablaban y, para peor, daban órdenes, la mayoría absurdas. Ministros, secretarios, subsecretarios; subsecretarios de los subsecretarios, ayudantes de los subsecretarios, amantes de los subsecretarios, amantes de los secretarios, amantes de los ministros, amantes de los amantes, y así la larga lista de «los habladores» hasta el nivel presidencial. «Secretos de Estado» no había; era una quimera, una utopía, una estupidez de la política, porque toda política burguesa es alcahuetería.

El viejo trataba de explicarles a «los habladores» que las cosas había que hacerlas como correspondía. Que la improvisación era la madre de todos los fracasos. Que no se podía encomendar un objetivo a alguien que carecía de experiencia práctica. Que matar era un asunto serio. No era como disfrutar de una jugosa fruta o decir una palabra de más. La gente que debe morir ¡debe morir! Y una vez que muere no hay manera de que vuelva a la vida. No se conoce ciencia para la resucitación. Así que, si se estaba decidido a matar a una persona, convenía hacerlo con total responsabilidad.

La muerte era un asunto serio. Así los había educado «Pérez y Pérez» y nadie podía decir que ese jefe era un improvisado o un charlatán de feria. Ese no era un «hablador». Era un ejecutor hecho y derecho, un verdadero hombre de decisiones, un planificador, un estratega. Un hombre que se tomaba todas las cosas con absoluta seriedad. Ese era un maestro. ¡Quién de ellos no esperaba que volviera al mando!

3

El informe, le pareció al viejo, muy preciso, aunque algo estereotipado.

—Lenguaje policial —Ziploc lo explicó con dos palabras.

«Occisa de sexo femenino de entre 20 y 30 años de edad, sin marcas particulares, sin cabeza ni manos debidamente amputadas, aparece flotando en las inmediaciones del Río de la Plata a la altura del partido de Vicente López. Evidencia de uso de herramienta de corte, corte limpio en único procedimiento a la altura de las muñecas y repetido a la altura del cuello debajo de la glotis. Un procedimiento ya visto en otros cadáveres de mujeres también desaparecidas».

—El «loco de la ruta» —explicó el viejo.

—El «loco de la ruta» —repitió Ziploc con total naturalidad.

«Foreign» los distrajo con su risita cínica. El «loco de la ruta» le sonaba rocambolesco; él no lo hubiera podido escoger mejor.

Ziploc leía con atención el informe policial. Se detuvo con especial cuidado en la parte del estudio forense sobre las amputaciones. Preguntó por desconfianza.

—Che, Enriqueta, ¿y las partes? —la interrogó casi a los gritos.

Ella lo miró con desprecio.

—¡Qué carajo te importa!

—Pregunto, yegua, pregunto.

—Bien guardadas —respondió ella sin dejar de observarse las uñas que estaba limando—. No hace falta que grités porque no soy sorda.

—¿Guardadas?

—¿Guardadas? —preguntó también el viejo. La palabra «guardadas» no le resultó alentadora. ¿Guardadas dónde? Quería precisión.

—Sepultadas, viejito, bien sepultadas.

—¿Las tiraron al hoyo? —Ziploc concluyó que no podía ser en otro lado.

—Bien al fondo.

«Foreign» comenzó a reír desfachatadamente.

—¿Y ese lugar es seguro?

—¿Cuándo tiraste la cabeza y las manos en el hoyo?

—Cuando fui a buscar al pendejo.

—¡Cuando fuimos! —gritó «Foreign».

—¿Ese lugar es seguro?

—¡Segurísimo! Zona liberada, viejo. Los únicos que la pueden cagar son los bonaerenses.

—Entonces no es tan seguro. Cuando algo queda fuera de nuestro control ya no es seguro. Menos con los bonaerenses, que pueden vender a la madre por un cargamento de falopa.

—Fumá tranquilo. Todo bajo control.

Enriqueta alardeaba, pero no convencía.

—Vos sabés que el refrán dice que a seguro se lo llevaron preso.

Enriqueta se encogió de hombros. No le interesaba qué le preocupaba al viejo; después de todo, para ella, no era nada más que un «viejo choto» a poco de retirarse a vivir lo que restaba de vida entre naipes y bochas. Pero «viejo choto» era un insulto del que no podía volver. Una cosa era mortificar a Ziploc con sus flacideces y otra meterse con ese que era el decano de los sicarios, alguien a quien se veneraba de alguna manera.

Estaba muy segura de que no había modo de que encontraran esos restos, salvo que la mujer delatara sus tumbas y, para eso, debía incriminarse ella misma.

Los bonaerenses eran peligrosos, pero no comían vidrio. Ella era la Agencia y con la Agencia nadie se metía. Solo la Agencia podía deshacerse de ella, sacándola del medio mediante una operación; de otro modo era intocable. La impúdica y desconcertante impunidad estatal, el crimen organizado elevado a la secretaría de Estado, la colocaba en un lugar de privilegio.

El viejo, de todos modos, tal vez por cansancio, tal vez por comodidad, estaba ansioso por dejar el asunto y no alterar más los ánimos que estaban demasiado perturbados.

—Yo soy excelencia en mi trabajo —le dijo desafiante Enriqueta.

El hombre cabeceó un par de veces, dudando de si debía o no responder. Y pensó mucho lo que iba a contestarle. Primero decidió hacerlo porque no era bueno dejar que una que estaba muchos escalafones debajo del suyo se comportara como una estrella. Sabedor de las bondades del silencio y del adecuado paso del tiempo, esperó mientras se decía a sí mismo que el que sabe esperar encuentra mejor la oportunidad. Él podía dar lecciones magistrales sobre el arte de la oportunidad y la sabiduría de la paciencia. Matar, mata cualquiera. Matar a nivel de política de Estado, pocos pueden hacerlo.

Ziploc acompañó el silencio y «Foreign», absorto, tomaba notas en su pequeña libretita de páginas en blanco, tal vez descifrando la importancia de lo que estaba ocurriendo. El extranjero sabía hacerse el zonzo, pero de zonzo no tenía un pelo y parecía ducho en captar la esencia de las cosas.

Sin aviso, el viejo habló, y hasta se puso de pie de un salto para hacerlo.

—¡Mujer! —dijo en voz alta—. ¿Qué dijiste?

—Dije que yo soy excelencia en mi trabajo. Obedezco y cierro la boca. Como me ordenan.

—¿Te autoevaluaste? La Agencia tiene sus mecanismos de examen y son muy buenos.

—Serán, pero si no soy yo, ¿quién? ¿Este?

Y señaló despectivamente a Ziploc.

—Podría ser tu socio —el viejo, con un movimiento de cabeza, señaló a «Foreign».

Enriqueta rió distendida y el gringo se hizo el otario.

—No es mi socio. Es protegido de Consiglieri. No se hagan los giles, porque ustedes dos saben que con este no se pueden meter; se lo tienen que fumar, aunque les dé ganas de cagar cada vez que hable.

«Foreign» rió satisfecho por esas palabras. Por fin alguien que comprendía de modo cabal quién era realmente él.

—Igual te voy a dar un consejo de «viejo choto», como me llamás a escondidas.

Enriqueta se puso colorada.

—Deberías saber que uno no es lo que cree que es, sino lo que hace. Y lo que uno hace te permite predecir cómo van a terminar tus días. Mirate al espejo y encontrarás cómo va a ser tu final.

—Veremos. Cuando me miro al espejo, me deleito de mí misma. Espejito, espejito, ¿quién es la mejor de todas?

Desafiante, Enriqueta volvió a su lima de cartón para uñas. Y no apartó la vista de sus manos durante el resto de la noche.

4

Era el amanecer, aunque en esa cueva era difícil saber en qué momento del día se estaba.

Ziploc leyó y releyó el informe forense. Llevaba la firma del renombrado «El Morro», una verdadera leyenda. Lo era desde que deshizo a su esposa con los tres ácidos de la muerte. Un «vándalo», como lo definía el viejo. Un verdadero «vándalo» y un pedófilo extravagante protegido de López Teghi, el hombre de las planillas de Excel.

Llamó al viejo con un movimiento de su mano. Él dudó si realmente era necesario que tuviera que levantarse nuevamente de su asiento, donde se había acomodado luego de sermonear a Enriqueta. La convocatoria lo intimaba a llegar hasta el otro extremo del salón para escuchar algo que sabía, con certeza, que después debería repetir en voz alta. Ese no era un ámbito de secretos y medias palabras. Pero Ziploc insistió con su llamado. Decidirse le llevó su tiempo. Tal vez estaba algo cansado, tal vez le faltaba algo de aire y mucho de entusiasmo.

Caminó lentamente y con desgano hasta donde estaba Ziploc.

—¿Qué pasa, Schopenhauer? —Apoyó su mano en el hombro del grandote.

—¿Leíste esto?

—¿Lo del tatuaje?

—Sí.

Enriqueta trató de escuchar, pero no alcanzó a entender de qué hablaban los dos hombres. Intuyó la palabra «tatuaje» y pescó enseguida de qué se trataba el cuchicheo.

—¿Algún problema con el tatuaje? —dijo adelantándose al interrogatorio que se anunciaba.

—¿No convenía sacarlo?

—¿Otra vez con la musiquita? ¿No escuchaste al viejo?

—Digo si no convenía sacarlo.

—No nos daba el quirófano para tanta cirugía. Tres amputaciones al hilo. Me faltaba una mastectomía.

El viejo solo dijo «basta». Pero no fue una expresión de resignación, en lo más mínimo. Fue un atajo para que la discusión no pasara a mayores. Ninguno de ellos había sido convocado para las decisiones. Obediencia ciega, de eso se trataba al fin de cuentas. Puestos a obedecer, había que obedecer.

—Tajo más, tajo menos, tenías que haberlo sacado —Ziploc no vaciló en dar su opinión.

—No es asunto tuyo. Si te preocupa tanto vas a la morgue y se lo arrancás con los dientes.

Enriqueta disfrutó la provocación. Gozaba sacando de sus casillas a Ziploc.

El viejo hizo una seña para que todos se mantuvieran en calma. A Ziploc casi le ordenó que no volviera a hablar.

—¡Ya les dije que de este asunto ustedes no opinan un carajo! Finíyela. Sin cabeza, sin manos, sin tatuaje, en pelotas, como se hizo está bien.

No les voy a decir más que esto: de lo que se trata es de la Orden del Día número cinco. Y alguna vez van a saber de qué se trata. No rompan más las pelotas con esta discusión. No hablen de lo que no saben.

No importaba cómo apareció el cadáver. Lo único que interesaba era que apareciera. Quienes tenían que entender el mensaje lo iban a entender sin lugar a dudas.

—¿Y para qué mierda hablás de la orden número no sé cuánto si no podés decirnos de qué se trata?

El viejo optó por el silencio.

Enriqueta se limaba las uñas y parecía ajena a la discusión.

—Y con la lesbiana, ¿hay novedad? —preguntó «Foreign».

—Otro equipo la va a sacar del hospital —respondió el viejo—. Nosotros ya no tenemos más nada que ver con eso.

—Hemos quedado exceptuados.

—Sí, «hemos quedado exceptuados». ¿Algún problema?

—No, amigo. Solo quiero decir que yo no me ahuevo, pero respeto la número cinco, broder, aunque no sé de qué se trata.

—Quedamos «exceptuados» porque no quieren más cagadas tuyas —Ziploc se las tomó nuevamente con el extranjero.

—Nada que ver —dijo el viejo—. Es una orden y punto.

—¿Y qué es esa orden número cinco? ¿La Orden de Malta?

Ziploc solo quería discutir.

—Ziploc, dejate de joder, ¿qué te agarró?

—Quiero saber, tengo derecho a saber.

—¿Derecho? —preguntó el viejo, extrañado.

Enriqueta rió con malicia.

—¿Te agarró el síndrome de la democracia? ¡Ma’ qué derecho!

Ziploc hizo sonar sus nudillos. Buscaba un pretexto para sacarse las ganas.

—¿Te da churreta, broder? —dijo «Foreign»—. ¿Quién en esta vida no tripea con una cagadita?

Si hubiera sabido de qué le hablaba «Foreign», le hubiera roto la boca.

***

XVI

Trébol negro sobre un pecho blanco (II)

1

El Dr. Iniustitiam invitó a Sarmiza a sentarse en el sillón que daba justo frente a su escritorio. Una suave música envolvía el ambiente.

—¿Gillespie? —preguntó Sarmiza.

—Dizzy Gillespie. La felicito, doctora. Buen gusto. ¿Sabe qué canción es?

—A Night in Tunisia.

—Conocedora.

—Algo, nada extraordinario.

—Algo me dice que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.

—No lo crea, doctor. Como la trompeta de Gillespie, yo soy torcida porque me dieron mis buenas patadas. Eso me hizo una mujer decidida a hacer sonar el escarmiento en la escala que fuera necesario. Ya conocerá mis bemoles.

Iniustitiam rió con ganas. Se sorprendió con los comentarios de la mujer.

La música estaba en consonancia con el suave perfume a jazmines del cabo. Una rareza en ese laberinto de oficinas que daban a pasillos que parecían no conducir a ningún lado y en los que una persona cualquiera podría perderse definitivamente y morir de hambre y de sed entre los intersticios del Palacio de Justicia. Sarmiza siempre desconfió de ese lugar. Podían ocultarse los delitos más aberrantes en un lugar al que pocos accedían si no eran de la familia judicial. Innumerables oficinas, pasillos laberínticos, sótanos inescrutables. La burocracia sabía cómo ocultar sus secretos. Monstruo de mil modales, alma posesa por la traición, con su lengua de bronce desbarataba la Justicia y devoraba como un halcón a quienes se atrevían a tocar a las puertas de su Palacio.

El fiscal parecía relajado, sonreía, con una sonrisa tenue, delicada, como todo lo que lo rodeaba. Su rostro aniñado le daba un aspecto de ingenuidad casi angelical. Afeitado al ras, el cabello castaño caía serenamente sobre las orejas, que eran de la medida correcta y raramente armoniosas en una cabeza redonda dibujada a pincel. Su ropa lucía impecable. Sus ojos algo oscuros, de una oscuridad no habitual, sus cejas delineadas con perfección y su nariz recta y proporcionada se completaban con una boca masculina, pero de labios para nada gruesos. Eran labios rosados, pálidos, algo extraño en un hombre de aspecto y actitud prolijos.

Pero lo que más llamó la atención de Sarmiza fueron sus manos de dedos largos y estilizados, con algo de fiereza y algo de finura, una mezcla entre dedos de pianista y de cirujano, con sus uñas pulidas y lustradas; dedos capaces de ejecutar una bella melodía o cortar sin vacilar un órgano entero, como quien sesga una flor en una tarde de primavera. Manos ejercitadas en el trabajo preciso y decidido. Pulcras.

Las manos de un hombre lo dicen todo de él.

Habló con voz de barítono lírico, y el sonido de su voz aguda y ágil se entremezcló con confianza entre las notas de la música de Gillespie.

—Permítame decirle, doctora Sarmiza, que para mí es un honor conocerla. Usted es una celebridad en la defensa de los derechos de las mujeres.

Cuando Iniustitiam dijo «doctora Sarmiza», lo hizo con una voz tan acaramelada que la mujer estuvo a punto de lanzar una sonora carcajada. Había escuchado muchos saludos hipócritas en todos sus años de trabajo, pero ninguno dicho con voz de barítono lírico, como si estuviera representando un aria maravillosa.

Conocía la hipocresía judicial como ninguna otra persona. Jueces corruptos, fiscales corruptos. Un sistema perfeccionado para la injusticia. Y si se trataba de una mujer, la injusticia siempre llegaba por partida doble. O triple, si además se era pobre.

—Doctor… doctor —Sarmiza buscó el nombre del fiscal en una papeleta que tenía abrochada en su carpeta.

—Dr. Carlos Iniustitiam, fiscal federal, a sus órdenes.

—Sí, claro, cómo no recordar su apellido, qué torpeza la mía. Ser mujer y distraída es peligroso.

—Le agradezco, doctora, que haya aceptado mi invitación para conversar sobre su escrito.

—No suelo aceptar esta clase de reuniones, pero usted fue convincente.

Iniustitiam abrió una carpeta en la que tenía debidamente abrochada la denuncia que presentó Sarmiza en representación de Guadalupe.

—Voy a ser absolutamente franco con usted, doctora. Usted lo merece.

Sarmiza agradeció por compromiso. Sabía que un fiscal no podía nunca ser «absolutamente franco». Sinceridad, franqueza, lealtad: eran todas cualidades de las que un abogado estaba exceptuado por naturaleza.

—Son tres interrogantes los que tenemos que develar. Uno, una mujer supuestamente baleada. Me refiero a la pareja de su clienta. De nombre, ¿Ámbar?

—Correcto —asintió Sarmiza.

—Dos. Una detención ilegal, una privación ilegítima de la libertad que su clienta afirma sufrió de parte de un personal indeterminado. Aparentemente, por su descripción, mano de obra desocupada de un grupo de tareas.

—¿Cómo sabe que es mano de obra desocupada, doctor?

—No lo sé, doctora. Supongo. Esos grupos ya no operan más en nuestro país. Es algo… mafioso.

—Qué bueno saberlo.

—Sigamos.

—Por supuesto, doctor.

—Su clienta habría permanecido oculta en algún lugar no muy alejado del barrio de Once o en ese mismo barrio.

—Exacto.

—Tres, la desaparición de una mujer que compartía una especie de calabozo con su clienta.

—Palabras más, palabras menos, es como usted dice, doctor.

—Usted sabe, doctora, que tenemos comunicaciones con las fuerzas del orden que nos permiten saber si estas se han comportado de manera ilegal.

—Deben comunicarse muy seguido, entonces.

—¡Demasiadas veces, doctora! ¡Demasiadas!

—¿Y qué le han dicho las fuerzas del «orden»? —y acompañó la palabra «orden» dibujando comillas con sus dedos.

—Esto se lo digo confidencialmente para que usted tenga los mismos elementos que yo y juntos podamos esclarecer este asunto.

—Le agradezco, doctor… doctor…

—Iniustitiam, Carlos Iniustitiam.

—Sí, por supuesto, me lo había dicho. No es el mejor día para mi memoria.

—No hay inconveniente, doctora. Los federales me dicen que en su seccional no ingresó ninguna denuncia sobre una mujer baleada ni ese día ni otro después.

—¿Ninguna?

—Ninguna.

—Supongo que también tienen comunicaciones con los hospitales de la ciudad.

—Correctísimo, doctora.

—Y supongo que ellos le informaron que tampoco atendieron a una mujer baleada ni ese día ni días posteriores.

—Correctísimo, doctora.

—¿Entonces?

—Entonces, entonces… —Iniustitiam se tomó su tiempo para pronunciar las palabras que tenía en mente. Aspiró hondo el aire de la oficina; pareció que hasta inhalaba pausadamente la música de Gillespie.

—He revisado los antecedentes personales y familiares de su clienta.

—Aquí vamos…

—No comprendo.

—Siga, doctor, siga. Escucho atentamente.

Iniustitiam agradeció con un movimiento de la cabeza.

—Familia extraña la de su clienta —miró hacia la ventana para evitar los ojos de Sarmiza.

—No le cuento la mía —el fiscal rió con toda la boca.

—Persona rara su clienta… —volvió a esquivar la mirada de la mujer.

—¿A qué se refiere, doctor?

—Bueno, doctora —tomó una hoja de la carpeta sobre su escritorio y leyó varias veces lo que estaba mecanografiado en ella—. Cuando su madre murió… cuando su madre murió, tenía algunos desórdenes mentales.

—Loca, quiere decir usted.

—Sin ofender, por supuesto.

—Seguro, doctor. No se justifique. De locos todos tenemos un poco.

—Seguramente, doctora.

—¿Y bien? ¿Qué más?

—Su padre murió a manos de un subordinado suyo que quiso ocultar un crimen de lesa humanidad.

—No lo sabía —Sarmiza mintió deliberadamente.

—Tengo aquí un recorte periodístico que puede serle útil. Si desea una copia, ya mismo se la hago hacer.

—Luego, doctor, luego hace la fotocpia.

—La crió un ama de llaves. Pero de ella no hemos podido dar con su paradero. Sabemos que viajó a Buenos Aires y desde entonces no hay noticias de ella.

—¿Y con esto adónde quiere llegar, doctor?

Iniustitiam suspiró conmovido.

—No se apure, doctora, porque quiero darle otros datos para que usted pueda trabajar a conciencia. Luego fue a una familia de crianza.

—Adoptada.

—Adoptada, si lo prefiere. En verdad se trató de una familia sustituta.

—¿Y bien, doctor?

—El abuelo de esa familia tampoco era muy cuerdo. Padecía de un delirio raro, muy raro.

—¿Cuál?

—No podía dejar de construir casas, viviendas para su prole.

Sarmiza sonrió despreocupada.

—Raro delirio, ¿verdad?, aunque productivo. Pero eso no está en los genes de mi clienta porque no se heredan los de ningún pariente de una familia sustituta.

—Desde ya, doctora. Pero debe haber influido en su crianza, ¿no le parece?

—Lo que a mí me parece resulta intrascendente para esta conversación. ¿Algo más, doctor?

—Sí, doctora. Su padre adoptivo también padeció un delirio similar y su tío era un estafador que aseguraba poseer poderes especiales y amasó una fortuna timando a los pueblerinos.

Sarmiza no manifestaba ningún sentimiento. Eso al hombre lo confundía. Ella le hablaba como si todo lo que él le estaba informando no le interesara para nada.

—También investigamos a su supuesta pareja. ¿Ámbar?

—Ámbar, doctor.

—Ámbar, claro.

—La misma, doctor. Ámbar.

—Ocurre, doctora, que esta mujer, que no tiene familia, ha sido vista en viaje al norte. Tenemos varios testimonios de personas que dicen haberla visto viajando en esa dirección.

—¿Y cómo ustedes tienen ya esos testimonios?

—Es la compañera de la hija de un prócer de nuestra Agencia de Inteligencia.

—¿Agencia de Inteligencia? ¿Cuál? No sé nada de esos asuntos.

—¡Doctora! ¡Doctora! ¿Cómo que qué Agencia? —Iniustitiam actuaba como si realmente estuviera sorprendido por la pregunta de Sarmiza.

—Sí, qué Agencia. Ignoro de qué Agencia me habla.

—Un funcionario de carrera militar. ¿Me explico?

—Un poco.

—Cuando un hijo de un alto funcionario de la Agencia está involucrado en un problema judicial o de otro tipo, la Agencia colabora desinteresadamente en la investigación.

Sarmiza no pudo evitar la sonrisa. La palabra «desinteresadamente» sonaba irreproducible.

—Le decía que de esta mujer, Ámbar, ¿verdad? —Sarmiza movió la cabeza afirmativamente—, hay testimonios concurrentes que la han visto viajando en dirección al norte. Y parece que no es la primera vez que huye.

—¿Huye? ¿De quién, doctor?

—Huye, doctora. Huye.

—Usted quiere decir que huye de mi clienta.

—No dicho de ese modo —Iniustitiam dejó su voz de barítono lírico y habló como un correveidile de la Agencia.

—Y sospecho que tienen fotos de la pareja de mi clienta huyendo hacia el norte.

—Varias, doctora.

—Quiero verlas.

—Se las haré llegar a su estudio.

Iniustitiam se cruzó de brazos y miró con inocencia directo a los ojos de Sarmiza.

—¿Puedo preguntarle algo confidencialmente?

—¡Doctor! Supongo que no va a preguntarme cuándo perdí mi virginidad y con quién.

El hombre soltó una carcajada que le permitió relajarse. Arqueó su espalda y llevó sus hombros hacia atrás.

—Su clienta… digo, sin ofender, su clienta…

—Quiere decirme si no está loca.

—No en esos términos. Un poco… confundida.

—No, doctor. Es sana, cuerda, inteligente, bonita y amorosa. Además, siempre parece joven. ¡Ah! Y no está loca, no sé si me comprende.

—Pero sus antecedentes…

—¿A qué se refiere, doctor?

—A la horrible situación que pasó estando pupila.

—¿La violación a la que fue sometida? ¿De eso me está hablando?

—Sí, doctora. A eso me refiero. Aunque eso nunca se aclaró debidamente. Nunca fue probado nada.

Sarmiza se mantuvo serena y contuvo todas las sincinesias que esas palabras le provocaban. Hubiera vomitado de ser posible, pero no se habría perdonado en años arruinar de ese modo su primera representación de Guadalupe.

—De eso vamos a hablar en pocos días. Seguramente usted estará interesado en lo que vamos a exponer sobre ese asunto.

Iniustitiam sintió verdadera curiosidad por aquellas palabras. No sabía a qué se refería Sarmiza exactamente. La Agencia lo había informado someramente de que algún acontecimiento podía producirse vinculado a ese crimen celosamente ocultado.

Hubo un silencio que duró unos minutos. Iniustitiam y Sarmiza se contemplaron mutuamente como dos jugadores de ajedrez contemplan el tablero donde batallan las piezas negras contra las blancas.

—Espero, doctor, que ordene todas las medidas de prueba que solicito en mi escrito.

—Desde ya, doctora. No tenga dudas de ello. Esté tranquila.

—Tranquila, voy a estar cuando aparezca Ámbar con vida. Cuando detenga a los que secuestraron a mi clienta y cuando encuentre a la muchacha que los matones sacaron a los golpes del mismo sucucho en que fue secuestrada mi clienta.

—Cómo usted diga, doctora. Estoy para servir a la comunidad.

Sarmiza se puso de pie, estrechó la mano de Iniustitiam y le recordó sobre las copias de las fotos y la fotocopia del artículo del periódico sobre la muerte del padre biológico de Guadalupe. Le reclamó que cumpliera con lo que le había prometido.

La música de Gillespie y Parker sonaba describiendo formas y colores. Dizzy Atmosphere se metió entre las ropas de Sarmiza y eso la alivió en el preciso momento en que todas sus preocupaciones se empezaron a acumular en sus cinco sentidos.

2

En la intersección de Lavalle y Tucumán Sarmiza esperó un largo rato. Necesitaba calmarse. Encendió un cigarrillo tras otro. Olía a tabaco a metro, metro y medio de distancia. El tabaco la ponía rancia y ella lo sabía.

La gente a su lado pasaba indiferente, esquivando sus humitos, sus olores, sus palabrotas. Iban y venían de un agujero de luz a uno de sombras. De la luz salían negros y a la sombra entraban blancos. Una paradoja citadina. Las mujeres eran más oscuras cuando abandonaban las luces, salvo en su entrepierna. Sarmiza no comprendía la razón de ese alucinamiento de la pelvis. Los hombres babeaban unas palabras sobre el sexo luminoso de las hembras. Como desde el origen de la vida humana, los hombres no podían ni querían evitar la roja manzana que una víbora emplumada les ofrecía desde la dimensión de sus dulces colmillos.

El viento también serpenteaba.

Sarmiza deletreaba: serpentino, serpenteante, serpentoso. Luego, fiscal, y repetía fiscal, y le sabía a mierda.

Ella vestía su chaqueta roja. Su pollera roja. Su manera de encenderse, si algo la iba a mortificar, era vestirse de rojo.

Cuando se fastidiaba se llenaba de alergias; especialmente le picaban las manos, algo que le ocurría cuando un asunto la sacaba de sus cabales. Entonces se rascaba una mano y luego la otra. Se rascó todo lo que pudo primero una, y la otra después, sin llegar a lastimarse, como había hecho en otras oportunidades. Iniustitiam logró indisponerla, pero no tanto como otros, y ni hablar de lo que podían las otras, que resultaban peores que los machos.

Sacudió la cabeza para sacar de ella la resaca que se le apilaba en los hemisferios cerebrales. Luego anduvo entre la gente como andan los presos, buscando excusas.

Se repetía a sí misma: «Piensa, piensa», y no para hallar explicaciones, porque esas le sobraban. Era para encontrar sosiego. «Piensa, piensa, carajo». Y empezaba con la riestra de puteadas que ya no sorprendían a nadie. Quien conocía a Sarmiza conocía el rosario de puteadas que la caracterizaba antes de cualquier sentencia.

Ni con su aspecto exangüe ni con sus modos cortesanos ese fiscal la distrajo un instante. Supo, al momento, para qué la había convocado a la amistosa conversación previa a la citación de Guadalupe. Porque eso era lo que venía y era lo que la tenía de mal humor: la citación a declarar como testigo. El testigo no miente. No puede mentir. El testigo está jodido porque después lo acusan de falso testimonio y empieza la maquinaria a triturar a la gente.

La trituradora estaba lista. Ella le olió los engranajes. Escuchó sus maneras jurídicas de partir la carne, los huesos, las tripas. Hasta podía escuchar sonar las dos sílabas de la descalificación.

Loca.

Loca.

Lo-ca.

Esa era la táctica de la fiscalía. Loca, re loca. En todos lados diremos que estás loca. Que eres una loca perdida. Loca la madre y loca la hija. Y el pobre padre muerto por otro loco que dejaron suelto.

Locos los de la familia adoptiva.

¡Sustituta!

Gritaría el fiscal para parecer preciso, no como ella, desprolija, puteadora y alérgica, abogada de lesbianas desquiciadas y fugitivas. ¡Esa perversa amante que huía de la loca de remate! ¿No habrá querido matarla?

Huye fue la palabra. Huye de ti, de mí, de todos. ¿Cómo creerle a una loca de quien hasta la amante huye despavorida en dirección al norte, siempre al norte?

Le faltó decir al buen fiscal: «Algo pervertida su cliente». Pero no se animó en la primera ocasión. Sarmiza sabía que lo diría después porque todos lo dicen. Desviada. Una palabra que sonaba impiadosa, como el borde de un cuchillo, el filo del hacha del verdugo.

¡Desviada!

Por ahora, loca. Completamente loca. Una locura producto de haber sido violada por no se sabía quién, «algo que nunca fue probado», dicho fue al paso, tal como quien arroja una moneda a la fuente de los deseos. Podía predecir la pregunta del fiscal:

—¿Habrá sido verdad, doctora? ¿No se habrá autoflagelado en represalia por el pupilaje? Las mujeres son capaces de cualquier cosa con tal de llamar la atención. ¡Narcisismo en estado puro!

Una violación era un hecho extraordinario. Eso es lo que querían tapar. Sarmiza lo dedujo al instante en que el hombre abrió la boca para acaramelar su nombre.

Quién.

Quién.

¿Quién la violó?

Y había que probarlo.

Decir el nombre, ¿sería pecado? ¿O secreto de Estado?

Quién la violó.

La pregunta del millón.

¿Quién violó a Guadalupe cuando era una niña?

¿Quién la violó tantas veces?

Quien la arrojó por el caminito de la entrada al pupilaje, vestida con su vestido de seda blanca, de novia, hecho jirones. ¿Quién?

Misterio que organizó el obispo mientras engullía sus fiambres, sus legumbres, sus verduras, sus reses, sus corderos, sus limosnas y observaba las heridas de la niña con verdadero regocijo tras un cortinado rojo. ¿Rojo? Tal vez. Como la chaqueta roja, como la pollera roja, como la ira que le encendía el rostro.

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales.
Ni, ni, ni. Sentencia firme. Luego en trozos de piedra llegarán los fundamentos. El buen fiscal guiará a sus ovejas al matadero.

Una enfermita que inventa muertes a tiros por la espalda. Una loquita que inventa secuestros. Una loquita que inventa femicidios. Una loquita lesbiana antisistema. “Tenéis lo que sembráis”. Era el final de una historia anunciada.

Y Sarmiza tenía que pensar, pensar, pensar, como deshacer esa madeja de hilos de muerte.

Todo un desafío.

3

Sarmiza llegó a la Asociación casi corriendo. Tuvo que acomodarse en el sillón que estaba a poca distancia de la entrada al salón para recuperar aire. Estaba roja como una llama. Dolores reconocía el color de la furia con facilidad. Con una mano le hizo un gesto para que se tomara su tiempo.

Sarmiza habló y habló. Necesitaba desembuchar todo porque temía que aquello la terminara asfixiando.

Dolores no se sorprendió de lo que ella le relataba de la conversación con el fiscal. Estaba acostumbrada a escuchar cómo se despostaba a las mujeres luego de una violación o de un femicidio. En las hojas de los expedientes iban quedando fragmentos de vidas que, en la sentencia final, eran reducidas a palabras minúsculas e indiferentes, livianas como las pompas de jabón de una espuma intrascendente. Salvo que mediara una lucha que torciera el rumbo de esos jueces que siempre encontraban el atajo para escamotear justicia.

La doctrina, por repetida, no dejaba de ser odiosa. Un mandamiento explícito, a veces emperifollado en rebusques jurídicos, menciones misteriosas a portentos divinos, alusiones macabras al mandato de un Dios que parecía hablar solo con algunos burócratas, los mismos que llevaban a escondidas a sus amantes a abortar a costosas clínicas privadas.

Una verdadera política de Estado era mantener como máquinas reproductoras a esos seres con apariencia humana. Entonces, Dolores concluía que poco había de qué asombrarse.

Cuando Sarmiza dejó de hablar, «La D» hizo una mueca de disgusto, de esas que la identificaban.

—Un hijo de yuta, el fiscalito ese —las palabras salieron de su boca todas juntitas, como las cuentas de una maldición con apariencia de rosario negro.

—Flor de hijo.

—¿Cómo se llama?

Sarmiza revolvió entre sus papeles.

—Dr. Carlos Iniustitiam.

—Mirá vos, qué coincidencia.

—¿Lo conocés?

—Yo no. Pero sé de quienes lo conocen. ¿Para vos es servicio? Porque eso me dicen.

—¡Total! —Sarmiza gritó y pudo descargar algo de su bronca.

—¿Conclusión?

—Tengo que hablar con Guadalupe, ponerla al tanto; entonces sabré a qué atenerme.

—Saben todo, ¿no?

—Todo. Por eso me recitó parte de la vida de Guadalupe. Me cantó la línea: «Loca». Loca la madre, loca la hija, locos los de la familia sustituta. Loca que inventa cosas. Loca violada de chiquita. ¿Violada? ¿Será verdad? ¡Mirá si será desgraciado!

—¿Y Ámbar?

—Se rajó porque es una lesbiana que huye. Todavía no se animó con lo de lesbiana de mierda, pero prontito empezará la musiquita.

«¿No habrá huido porque la loca de su clienta lesbiana quiso matar a la lesbiana de mierda?». Bingo. Esa es la línea. Lesbiana loca, lesbiana de mierda. ¿Qué juez resiste la condena?

Me llamó, en realidad, para advertirme que, si avanzamos en la denuncia, eso van a argumentar. Antes de que ocurra, te aviso: va a pedir un peritaje psiquiátrico. Ellos ponen un matasano que va a decir que Guadalupe es una loca de atar y nosotros tenemos que buscar un psiquiatra que no nos cague. ¿Tenemos?

—Tenemos.

—Que sea bueno.

—Muy bueno. ¿Y de la piba que estuvo secuestrada con Guadalupe?

—Esa ni existe. Otro invento de la loca. ¿Adónde estuvo secuestrada? ¿Quién la secuestró?

—¿Ves por qué hay que soñar con una cerilla y un bidón de nafta?

—Soñar no quema a nadie.

—Podríamos imitar a Larsson.

—¿Y Guadalupe?

—Está en la Casa de la Mujer con varias chicas. Fue al departamento a retirar sus cosas y luego la llevamos a un lugar donde no va a estar nunca sola.

—¿Algunas sororas pesadas?

—Varias. Gratis no se la van a llevar, pero no creo que eso vaya a ocurrir. Pienso como vos: la van a hacer pasar por loca. Lesbiana, abortera y loca. Lindo cóctel para los charlatanes de los programas de la tarde. Salvo que haya algo de lo que no me doy cuenta por ahora.

—Charlatanas, las peores en esos programas de mierda. Boquitas pintadas de rubias de plástico.

—Habrá que remar si la muchacha quiere.

—¿Querrá? Mejor dicho —se corrigió Sarmiza—, ¿podrá?

Dolores se encogió de hombros.

—Espero que pueda; por ella, por Ámbar, pero en especial por ella. Si no, vamos a cantar, como dice el tango: «La vida es una herida absurda».

Dolores, de un cajón de su escritorio, sacó un sobre con fotos y se las dio a Sarmiza.

—¿Y esto?

—Mirá.

—¿De dónde las sacaste?

—Las vendió uno de la morgue a una periodista. Ella me las trajo al toque.

—¡Qué cerdos de mierda! La decapitaron y le cortaron las manos.

—La primera idea que le surge a uno es que esta flagelación es para que no la identifiquen. Pero ¿para qué la tiraron al río?

—Para que la encuentren —dedujo Sarmiza.

—Eso creo yo.

Dolores señalaba una foto en particular.

—¿Te dijo algo la periodista de ese crimen?

—Dice que circula en policiales que es un asesino serial.

—¿Eso te dijo? Es una joda.

—El «loco de la ruta». Ya lo bautizaron. Dicen que es un tipo, o más, que secuestran prostitutas que levantan en las rutas del Gran Buenos Aires y las matan.

Sarmiza prestó atención a la foto que le señalaba Dolores.

—Este cuerpo estuvo varios días en el agua. Mirá el color, es el blanco de la muerte.

—¿No te parece que hay como un tatuaje arriba del seno?

—¿Un tatuaje? —Sarmiza miró con atención.

Dolores le acercó una lupa.

—Mirá bien.

Sarmiza observó minuciosamente lo que parecía el dibujo del tatuaje sobre uno de los senos.

—Parece un tatuaje negro sobre un pecho blanco. ¿Tu espía no conseguirá una foto mejor?

—Le voy a pedir. La mina es piola y siempre consigue lo que le pedimos. Me dijo la periodista que en el informe forense que ya tiene el fiscal no figura la descripción de ningún tatuaje. ¿Lo borraron?

—¿Y quién es el fiscal de este caso?

—¿Querés apostar?

Sarmiza se levantó de su asiento como impulsada por un enorme resorte.

—No me digas que es el mismo desgraciado que el del caso de Guadalupe.

Dolores le arrimó una pequeña hoja de una libretita telefónica. Leyó el nombre escrito con una prolija y delicada letra femenina: «Dr. Carlos Iniustitiam».

—Me tomó de boluda desde el principio —Sarmiza deseaba estallar de ira—. Si hay algo que me pone del orto es que un fiscal me tome de boluda.

—Vos no podías saber esto.

—Por lo menos fui una boluda al son de la música de Dizzy Gillespie.

—Hijo de yuta, pero con buen gusto.

Sarmiza quedó pensativa.

—¿Y el forense, sabés quién es?

—¡Ah! Un tipo macanudo.

—¿Lo conozco?

—¡Lo conocemos todas! —Dolores exclamó a viva voz—. ¿Te acordás del forense que mató a la mujer rociándola con ácidos?

—¿El animal ese al que le decían «El Morro»?

—El mismísimo «El Morro».

—Al chabón ese lo salvaron los servilletas.

—Y lo mantuvieron en funciones.

—Trabaja para ellos.

Sarmiza miró al cielo como implorando.

—¡Qué quilombo! Pesado, ¿eh?

—Pesado, habrá que pelearla. —«La D» se encogió de hombros, pero no con resignación—. Así es nuestra lucha.

—No me vas a venir con eso de «luchar, fracasar, luchar, fracasar y así hasta triunfar».

—No lo iba a decir, pero ahora que lo recordás, es bueno tenerlo presente.

—Entonces repetímela completa, como cada vez que me cagás a pedos.

Dolores sonrió serena. Esperó un breve momento para que la sentencia llegara completa a su memoria.

—Luchar, fracasar, volver a luchar, fracasar de nuevo, volver otra vez a luchar, y así hasta la victoria: esta es la lógica del pueblo, y él tampoco marchará jamás en contra de ella.

Sarmiza suspiró estoica. La vista en el piso, la mano en el mentón sosteniendo la cabeza y su sonrisa infantil entre los labios. «La D» escuchó cuando dijo entre dientes:

—No sé ni por qué todavía te escucho y te doy pelota.

***

XVII

Netflix mata lectura

1

Solo le interesaba saber cuándo podría ir a esquiar nuevamente. Ese sí era un asunto verdaderamente importante. El valor del dólar, la inflación, la caída de la economía eran asuntos mundanos; el aumento de la pobreza y la desocupación, la destrucción de la industria nacional, el sistema de salud y el educativo eran puras frivolidades que interesaban a esa categoría de hombres que no pueden estarse un instante sin dar malas noticias. Agoreros, fatídicos, infaustos, superficiales. Todo el sentimiento que le generaban esa clase de hombres era el de repudio.

Esquiar o no esquiar, ese era el asunto. O, en su defecto, jugar al golf o no jugarlo. Habida cuenta que había derrotado a Donald Scrotus, el matón del mundo en dieciocho hoyos, en un memorable juego de golf.

Chapurreando en inglés dijo, gesticulando a lo Freddie Mercury:

—Esquiar o no esquiar, golfear o no golfear, that’s the question.

El alcahuete presidencial anunció la llegada de Consiglieri. ¡Por fin alguien sensato que observaba la vida desde su misma perspectiva!

—¡Happy, happy! —exclamó el señor presidente cuando apreció la llegada de su asesor estrella.

—¡Happy, happy! —devolvió el saludo Consiglieri. Chocaron sus palmas para rapear un saludito de métrica confusa.

—¡Let’s change! ¡Let’s change!

A lo que el visitante respondió:

—¡Let’s change! ¡Let’s change! ¿Vamos a rapear?

Desafiante, Consiglieri, que estaba de muy buen humor esa mañana, contagió su alegría al mandatario. El alcahuete presidencial observaba a prudente distancia el jolgorio presidencial y reía satisfecho de ver, en mucho tiempo, al señor presidente distendido, relajado de sus preocupaciones estaduales.

—¡Backbeat! ¡Backbeat! —y Consiglieri comenzó a solfear rítmicos onomatopéyicos de a pares.

El señor presidente no pudo eludir el desafío. Amaba esos retos.

—Cambiemos, cambiemos, al mundo transformemos / Globalizate, globalicemos / y al primer mundo ¡entraremos! / Al primer mundo entraremos. / Miremos a Trump, que es como Papá, / y está la señora de quien me voy a enamorar / Cambiemos, cambiemos / y al Fondo marchemos / ¿crece la deuda? / ¿y qué hay con eso / cuando termine mi gobierno / habrá pobreza cero / ¿Te lo creíste? / ¿Se lo creyeron? / Cambiemos, cambiemos / ¡y al primer mundo entremos!

El alcahuete presidencial aplaudió por compromiso; en cambio, el asesor estrella se entusiasmó con la energía positiva, propositiva del señor presidente.

Ser propositivo era el propósito. El catecismo era ser «propositivo». ¿La acción? ¡Por supuesto! Pero nunca precipitarse. El apuro y la irreflexión eran muy malos consejeros. Acción y reflexión. Meditación hasta alcanzar el estado de iluminación.

Consiglieri lo adoctrinaba para alcanzar ese estado sensual, lleno de su luz interior, en el que una sensación omnímoda, incluyente, lo hacía vibrar en su propia energía hacia el reino de la completa felicidad.

En el limbo de esa espiritualidad prosaica, el señor presidente alcanzaba la esfera especialísima de lo «No Manifestado», la fuente invisible de todas las cosas, el Ser dentro de todos los seres. Y entonces podía delegar en paz las decisiones de gobierno, seguro de que el camino que la meditación, Consiglieri y el alcahuete presidencial le sugerían llevaría la paz y la armonía a los habitantes de la patria bajo su gobierno. Así lo había hecho hasta entonces.

¡Eso era gobernar! Luego, a esquiar o jugar al golf, daba lo mismo.

¿Qué así solo la mitad de la población encontraría algún sustento? Él no tenía la culpa de que la gente se reprodujera de manera irresponsable. Donde comen dos, no comen cuatro y mucho menos seis. Comprenderlo era la clave. El ministro de Hacienda explicaría con su modismo tilingo esas contingencias del mercado. Que se las arregle, para eso lo había designado.

Pobreza cero, hambre cero era como alcanzar el estado de lo «no manifestado», pura espiritualidad y luz interior, paz en el alma, aunque con la panza vacía. Nunca fue dicho en su sentido material exacto. Era una metáfora. Creer en una metáfora, una metáfora que la ciudadanía transformaba en directa acción de gobierno era un malentendido que el ejército de trols se ocuparía de aclarar; para eso prestaban sus servicios. Trols y ‘Ndrangheta también eran una opción que debía tenerse en cuenta.

¿Pobreza cero? ¡A no exagerar! ¿A quién se le podía ocurrir semejante absurdo?

2

Pero los asuntos de Estado no siempre llegan como las aves cantando cuando retornan para anidar y reproducirse. Se amontonan en las puertas de los despachos oficiales, las golpean hasta con furia y hacen un escándalo que no permite comprender fácilmente la esencia de los problemas.

Solo el alcahuete presidencial sabía mantener la calma en esos atropellos. El resto del gabinete esperaba la palabra menuda del señor presidente. A veces había que esperar algunas semanas. Tiempo al tiempo era la explicación a esos retrasos. Lo que se hace a las apuradas siempre sale mal, una sentencia que el alcahuete usaba a menudo para solicitar paciencia por las letanías presidenciales.

El conflicto con «La rubia república calzón de lata» fue inesperado. Líder mediática de la coalición de desgobierno, reclamaba explicaciones en todos los medios que le facilitaran un micrófono.

Explicaciones por todo. Por esto y por aquello y por si acaso. Y hasta la familia presidencial fue cuestionada, lo que ya era una osadía imperdonable.

No se salvaron hijos, hermanos, primos, padres ni abuelos. Parientes sanguíneos y putativos. Amores verdaderos y furtivos. Todos fueron cuestionados por la mujerona que, al tiempo que reclamaba explicaciones sobre negocios lícitos o ilícitos, degustaba uno que otro bocado para saciar sus inocultables ansias orales.

La patria offshore no aceptaba explicaciones; nadie nunca las había pedido creyendo que se las darían realmente. La patria offshore no tenía bandera; sí ejercicios contables. ¡Y «La rubia república calzón de lata» exigía respuestas! Oportunista. No había muerto el proyecto y ya preparaba el velorio.

Paciencia. Paciencia. Paciencia. Tres o más veces le debió pedir paciencia el alcahuete al señor presidente. Su gélida mirada no permitía deducir si estaba dispuesto a practicarla o tomaría recurso de la alquimia de la ‘Ndrangheta y la resignación para zanjar el reclamo de la socia política.

El señor presidente, que debió interrumpir sus programas en Netflix para saber de qué hablaba la mujer, recordó al instante a Consiglieri. Nunca dar explicaciones. Las explicaciones todo lo complican.

—No explique nada, señor presidente —le dijo Consiglieri con absoluta convicción—. Porque si explica qué es lo que hizo y por qué lo hizo empezarán a opinar todos los charlatanes oportunistas que, por qué ocultarlo, alrededor suyo abundan como abundan en la selva las alimañas.

Que si el decreto por usted decidido fue un tanto corto o un tanto largo, si fue derecho o torcido, o si fue cojo de nacimiento, manco, tuerto o tartamudo. Que si fue, que si no fue. Que si el Parlamento lo aprobará o lo rechazará. Así hasta lo imposible.

—A todos les gusta tripear hablando, señor presidente. Hablar de todo, chamuyar, como dicen ustedes. —Y el presidente sí que prestaba atención a esas palabras.

—Cada doctor tiene su librito, señor. Y usted el suyo. Así que no explique nada. Si alguien lo ataca no se defienda, no es necesario. Haga como si todo lo llamara a la calma y a la reflexión, a la meditación trascendente, y nunca meta labia que no amerite. No sea suspicaz. Los del círculo rojo temen a alguien que sea demasiado inteligente; usted los conoce. Son soberbios, engreídos y, como están muy adinerados, confían en sus éxitos más que en los dioses del Olimpo.

—Señor presidente —dijo Consiglieri de manera solemne—, esos jerarcas temen a todo y ya se sabe cómo espantan sus temores. Llévese de mis consejos y será presidente otros cien años.

Si no desea seguir en la trifulca, pues váyase a España, a Madrid o a Valencia o a Ibiza, con su bellísima esposa, y allí disfrute lo bonito que tiene la vida. Tocará la campanita convocando al reposo y verá la vida pasar y pasar sin complicaciones. Usted estará en la Historia, con mayúscula, como ese prócer de ustedes, Pellegrini, el de las carreras de caballo, o como el otro, Avellaneda, el que pagó la deuda con el hambre del pueblo. Su nombre, señor presidente, estará en la gloria de los transformadores, se lo aseguro. Y para siempre. Para siempre.

El señor presidente quedó conmovido por ese discurso.

Intimista, mostró la campera bajo su costoso saco en muestra de satisfacción. Guiñó un ojo y le marcó la pilcha al gringo.

—¡Qué elegancia! —mintió Consiglieri, que hubiera reído con ganas. Hombre risueño que no sabía de disimulos ni en la alegría ni en el enojo, encontró la moderación para poner a salvo la elegancia presidencial. Aunque él nunca se vestiría de ese modo.

3

No fue su idea. Porque él detestaba a «Pérez y Pérez». Realmente lo detestaba. Pero el alcahuete presidencial quería seguridades. Y también las quería Consiglieri.

El asesor estrella no deseaba sorpresas. Había algo en todo ese matete que lo intranquilizaba, cierta improvisación a la vieja usanza que lo indisponía.

La trifulca por un giro de casi un millón de dólares que fue a dar a los bolsillos de un prominente funcionario alimentaba sus sospechas sobre todos los protagonistas. Suerte que los jueces sabían cómo resolver esos desaguisados rápida y eficazmente. Falta de mérito, exageraciones de fiscales ambiciosos que debían ser recusados, absoluciones express. La generosa cuota de impunidad estatal (la impunidad como política de Estado) daba esas garantías a los corruptos de turno. Tiempo había luego de encontrar una patria offshore donde refugiar los resultados del peculio. Si no se podía ser, al menos, diría «Foreign» entre risitas cínicas («¡Jiji! ¡Jiji!»); había que esforzarse por parecerlo.

El alcahuete presidencial fue terminante. Con su tono apaciguado y su modo distinguido explicó las razones de su decisión. Faltaba que se saliera de madre todo aquello para tener un escándalo por un par de mujeres «enfermas» y repitió «enfermas» para que no quedara duda alguna de su opinión.

Por eso le ordenó a López Teghi que lo llamara; no para convocarlo. Eso sería si la cosa realmente lo exigía, aunque ese pedido solo se haría por el mismísimo Reinafé, el único que podía reclamar al jefe «Pérez y Pérez» que interrumpiera su viaje por las capitales del mundo estrechando lazos con todas las Agencias de Inteligencia posibles. Su concurrencia sería exigida en caso de extrema gravedad.

No le quedó opción a López Teghi. Y como, al cargar los datos en su planilla Excel, el resultado fue decididamente en favor de realizar el llamado, lo hizo, no sin antes dejar preciso registro en la columna «desavenencias» de su rechazo a la decisión gubernamental. Ponerse a resguardo de cualquier contingencia había sido un recurso que aprendió a poco de reemplazar al jefe en gira por el mundo.

Y sonaba el teléfono, sonaba. López Teghi aguardaba una respuesta. «Pérez y Pérez» escuchaba el sonido de la pequeña y chillona campanilla. Lo escuchaba hasta con ternura. Otra vez la ternura al oír el sonido delicado del delicado teléfono de la habitación del nuevo hotel.

El asunto del enternecimiento no llegó a preocuparlo, pero le indicó un síntoma extraño hasta entonces. ¿La lejanía? ¿La nostalgia del trabajo? No podía definirlo. Tal vez esos fueran motivos necesarios, pero no suficientes. Adolecer de ese sentimiento raramente experimentado en épocas pasadas no lo fastidiaba, solo lo inquietaba. Tenía que reflexionar sobre su estado emocional. Podía admitir que la gestión gubernamental no lo satisfacía y le generaba muchas dudas. Mucho menos la de López Teghi. Tal vez el conjunto de esas anomalías políticas explicaría el cambio de humor que volvía propicia la manifestación de cierta ternura por hechos demasiado triviales, como era el sonar de una pequeña campanilla de metal.

El teléfono sonaba y sonaba.

¿Atendería? Dudaba. A no creer que el hombre no sabía quién lo estaba llamando. O por qué. Lo sabía en detalle. Tenía demasiados «cables» con la Agencia que lo asistían donde y cuando fuera. Y tenía muchos adeptos. Hasta admiradores.

Sabía con exactitud quién lo llamaba y disfrutaba al imaginar el semblante del otro, ansioso, exasperado porque no respondían a su llamado de manera inmediata. Lo recordaba apagando los aires acondicionados y suprimiendo la calefacción para lograr algún ahorro presupuestario como le había solicitado el señor presidente. El personal sufría en el verano calor, en el invierno frío y padecía operaciones con escasa preparación que quedaban expuestas al instante por la torpeza con que habían sido diseñadas.

Se tomaría su tiempo para responder al llamado. Eso le daba la iniciativa y la iniciativa no debía perderse nunca. Desestabilizar al oponente era una táctica que hasta el propio Sun Tzu le hubiera sugerido. ¡Cómo hubiera disfrutado López Huidobro el retorno a Sun Tzu como guía de una acción! En su honor volvería a leer al estratega chino, a quien había estudiado hasta el cansancio. No le guardaba rencor por su estúpida muerte a manos de la doncella de las drogas.

La desestabilización es un sistema premeditado que hace que el oponente no encuentre el rumbo de sus acciones. Mejor lo dijo Séneca, alguien que «Pérez y Pérez» solía citar en sus alocuciones magistrales. «No hay viento favorable para el barco que no sabe a qué puerto se dirige» y en eso consistía la técnica de desestabilizar, impedirle al oponente saber cuál era su puerto. López Teghi creía que el puerto era una conversación más o menos breve con su detestado enemigo. Pero «Pérez y Pérez» se la haría lunga, un modo que los rioplatenses tenían para sacar de quicio a cualquier mortal.

Por qué negarlo, despreciaba a López Teghi, hasta su voz de burócrata exceliano, carente de toda idea original, inculto o casi inculto, tosco, ligero para simplificar cualquier suceso y siempre dispuesto a obedecer hasta las órdenes más ridículas. Un ejemplar vital del alcahuete gubernamental.

Había recibido por una vía confidencial un pequeño resumen de todo lo que había ocurrido hasta ese momento con la hija de su camarada muerto. Si no marchaba tal y como él lo planificó, no era su responsabilidad. El plan original no estaba en sus manos. No auguraba que eso seguiría de ese modo o que alguno de los mastodontes encaramados en la cúpula de la Agencia terminaría por echarlo todo a perder. Eso era muy posible y nada podría evitarlo. Ni el mantra presidencial.

Demasiados viajes al «norte», demasiados. Poner todo en manos de Scrotus, con su estilo de far west, no hubiera sido su consejo. Pero por eso él estaba rondando el mundo y disfrutando de una larga y merecida licencia, y López Teghi había quedado al mando de la más grande estructura estatal de toda la nación.

Se tomó cinco días para atender el llamado. Estaba seguro de que fue el tiempo suficiente para ablandar a su oponente. Pero López Teghi, hombre de fórmulas y cálculos estrambóticos, no se rendía con facilidad. El alcahuete presidencial le había librado la orden de comunicarse con el jefe itinerante, y eso haría, así le llevara un año lograr la comunicación.

—¡López Teghi! ¡Qué gusto escuchar su voz a la distancia!

Cómo sabía «Pérez y Pérez» que era él y no otro funcionario quien lo llamaba era un asunto sobre el que no iba a preguntar. Dedujo que el hombre ya estaba al tanto de que sería contactado por él.

—¿Disfrutando de la buena vida?

—No tanto como usted, mi querido amigo. No tanto como usted. ¿A qué debo su llamado?

—Tenemos algunas inquietudes con el color azul.

—Azul, azul, azul. Interesé a quien usted sabe en un poema, en un autor. No confieso mis recursos para ser convincente sin ejercer contra la voluntad de las personas. Vanidad de viejo profeta, lo asumo. Cárguelo en la columna de los defectos que tiene en su planilla Excel sobre mí.

En él inspiramos nuestra obra con inteligencia de poeta. «Leche negra del alba, la bebemos por la tarde, la bebemos al mediodía por la mañana, la bebemos a la noche, bebemos, bebemos». Luego, les dejé el poema por mí redactado, no sé si recuerda. «La muerte es un maestro de Alemania y su ojo es azul». Ese fue el título.

—Justamente.

—¿Y entonces?

—Tenemos algunas dudas con ese color por usted propuesto. En realidad, no las tengo yo, que hubiese obviado todo este asunto de los colorinches. Azul, azul, pañuelito verde, leche negra, bla, bla, bla. Me comprende.

—Gran poema, Paul Celan, debería leerlo. ¿Lee de vez en cuando?

—Tengo poco tiempo para darme esos gustos.

—«Qué insensato es el hombre que deja transcurrir el tiempo estérilmente».

—Volvemos a la filosofía.

—Poesía. Goethe. Poesía. Sin poesía no se puede vivir, López Teghi.

—Netflix. La consigna ahora es «Netflix mata lectura».

—¿Netflix mata lectura? Qué curiosidad. Lo tendré en cuenta.

—Lo bien que hará.

—¿Y asesores extranjeros se ocupan de la programación?

—A veces. Pero no quiero desviarme de mi asunto.

—No se desvíe. Pero no comprendo sus angustias ni las de sus superiores.

—Como soy el hombre del martillo, no quiero empezar a los golpes.

«Pérez y Pérez» sonrió por esa mención. Consideraba imposible que ese hombre no arremetiera a los golpes contra la realidad.

—¿Qué posibilidades hay de que nuestro héroe no quede expuesto y, con él, el propio sistema?

—Ninguna.

—¿Ninguna? Le digo que con eso no me tranquiliza.

—Hay tranquilizantes muy buenos.

—El «azul» se decidió para tapar todo otro color.

—Entonces no tendrá inconveniente si lo aplica del modo conveniente. Hay que mantener el tono parejo y constante. Si no hay decoloraciones, no habrá forma de que se filtre ni una luz a través de él. Pero ¿están en condiciones de no alterar la sustancia de ese azul?

—¡Somos profesionales!

—No exagere. No exagere. «A la verdad le añaden muchos ceros». En el horizonte aparecen dos posibilidades. Sus profesionales mantienen la homogeneidad de la pintura o destruyen lo que debe ser coloreado. Quiero creer que no van a destruir los objetos a pintar, sino a conservarlos en su justo azul para que se confundan entre una multitud de eventos despreciables, sucesos sobre los que el común de las personas no prestaría la menor atención.

Si usted hace añicos un espejo, no puede volver a reunir sus partes; ya no será nunca más un espejo, será solo un despojo de lo que fuera. Y, quiero decirle, el espejo siempre devuelve a quien se mira en él su verdadera apariencia. ¿Se imagina mirarse en un espejo hecho añicos?

López Teghi estaba, a esa altura de la conversación, enfurecido. «Pérez y Pérez» podía captar a la distancia y por la línea telefónica su estado de ánimo. Por eso siguió hablando, para fastidiarlo aún más, hasta desequilibrarlo por completo.

—«Yo que sentí el horror de los espejos / no sólo ante el cristal impenetrable / donde acaba y empieza, inhabitable, / un imposible espacio de reflejos»… ¿Sigo?

—Yo rompería en mil pedazos ese espejo.

—El martillo siempre está presente en usted.

—¿Quiere que discutamos sobre el cambio de época?

—¡No! Se lo ruego. Estoy en Europa, tocando con mis dedos la historia, no resistiría un debate sobre Brexit, Trump y cómo se descuartiza un hombre en apenas siete minutos escuchando música para aliviar las tensiones.

—Entonces volvamos a lo que nos interesa.

—Mucho removedor, amigo. Va a terminar dañando la tela del cuadro. Tenemos un orden que respetar. No es tan difícil. Respete el quinto postulado. Hasta el viejo Euclides sabría cómo tratar estos asuntos.

«Pérez y Pérez» hizo un silencio largo y repasó los nombres de Gloria, Cindy y Faustino, Rudecindo, Ámbar, Guadalupe, Iniustitiam, Suboficial «Pérez», y suspiró desanimado.

—Si no respeta el quinto postulado y dedica tantos esmeros a las remociones de la pintura —explicó—, difícil será el devenir. Primero, cada gato por su pared. Segundo, los objetos no resisten tanto removedor; el verdadero color saldrá a la luz del modo más inesperado. Los colores son insistentes, como si tuvieran vida propia, y desechan la voluntad de terceros. No arriesgue, yo no lo haría. Nada de martillazos, pinceladas, apenas pinceladas, y respete a Euclides.

—¿Euclides? Usted sí que no tiene nada que hacer. Falta por lo menos un golpe de martillo, mal que le pese; hay otro cristal que se romperá al impulso de los hechos.

—Usted sabrá. ¿Y Consiglieri qué le sugiere sobre la calidad de sus golpes?

—No lo consulté. Yo hablo solo con Dios y, a veces, con su vicario.

—Amén —se burló «Pérez y Pérez».

—Amén —replicó López Teghi.

—«¿Te enternece el azul de una noche tranquila? / ¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila / cuando el Angelus dice el alma de la tarde?». Martillos y Angelus, mala combinación. Son cinco órdenes, más que suficiente para llevar a buen puerto nuestra empresa.

López Teghi terminó la comunicación de modo abrupto. «Pérez y Pérez» dudó si no exageró al mencionar lo del Angelus, el martillo, la geometría y las cinco órdenes. Pero ya había sido dicho.

—Nadie es perfecto —se justificó a sí mismo.

Luego recitó:

—«Quién me iba a decir que el destino era esto / Ver la lluvia a través de letras invertidas, / un paredón con manchas que parecen prohombres, / el techo de los ómnibus brillantes como peces / y esa melancolía que impregna las bocinas».

—Debería volver a leer a Benedetti —reflexionó con un dejo de melancolía—; tal vez me ayude a digerir a López Teghi y sus secuaces. Angelus y martillazos, sutilezas de príncipe heredero y una orden ejemplar que inspiraba la operación hasta sus últimas consecuencias.

***

XVIII

El tajo en la orilla

1

No volteó para mirar atrás porque si lo hacía iba a perder el coraje de abandonar a Rudecindo. Si estaba bien o estaba mal lo que iba a hacer, la suerte lo diría. Taba de suerte o taba de culo, caería como Dios mande. El hombre poco podía hacer, solo encomendarse en silencio a los buenos oficios de algún santo.

Pero confiaba de todos modos. Todo lo que había hecho en su corta vida tenía algo que ver con la suerte. Suerte que encontró a la Logia, suerte que conoció al ilustre. Aunque no solo era asunto de suerte, también había mucho de coraje.

Hacía lo que había que hacer. ¿Cuántas veces se lo habían dicho mientras arrastraban el pesado camastro del general por la llanura, por los barriales, por las sequías, huyendo y huyendo de esa jauría que quería matar para siempre a la bandera de la Patria?

Rudecindo le hubiera dicho que se había vuelto loco. Nunca se debía dejar al compadre para encarar una parada solo. Era de equipo la patriada. Solo, a la buena de Dios, se iba a la muerte igual que el ganado al matadero. Sin duda que Rudecindo le hubiera dicho que se había vuelto loco.

Pero no se trataba de locura. Si de algo se trataba era de amor. A lo sumo era locura de amor. ¿Dónde estaba la Gloria, su Gloria del alma? La mama, la que hizo todo por él. La que lo crio sola porque el padre se rajó apenas supo del embarazo para no aparecer nunca. La que lo educó con paciencia y fregaba la mugre de tantos para ganar el mango día a día. ¡Cómo no iba a ir en su busca! ¿Seguiría ahí parado, mirando la gente pasar y pasar? No. No podía soportarlo más. Y Rudecindo lo hubiera llamado a la calma, a la reflexión y esa era una virtud que Faustino no cultivaba.

La reflexión es un acto en el que los sentimientos deben someterse a las ideas, y las ideas solo son correctas si soportan la prueba de los hechos. Rudecindo podía haberle demostrado que entrometerse solitario en los dominios del patrón de las quintas podía terminar mal, demasiado mal. No le hubiese permitido hacerlo.

Pero Faustino estaba decidido. Y para colmo vio esa bandera. ¡Él la reconocía! No había forma de confundirlo, podía reconocer a La Reliquia a leguas de distancia. Por su eco. Por su perfume. Por su manera única de flamear señalando el camino. La bandera lo señalaba y él interpretaba sus caprichosos giros en un reclamo exigente.

¿Cuándo el hombre izó la bandera no le dijeron loco? ¿No le dijeron loco cuando se plantó en Tucumán? Hizo lo que tenía que hacer. Si somos patria a él se lo debemos. ¿Y él iba a andar tembloroso, llorisqueando por los rincones porque la Gloria no aparecía por ningún lado? Iría en su búsqueda y la pondría a salvo de todo mal.

Su empresa era menor al lado de aquellas, no había comparación y eso lo conformaba. Llegaría a las quintas por el lado ciego de las posesiones del terrateniente, de ese lado donde solo la mugre y unos pocos cirujas se aventuran para encontrar donde dormir sin que la policía los moliera a palazos para robarles las chucherías que juntaron cirujeando por ahí o por allá.

Era la zona boscosa donde los árboles se levantaban de una manera distinta a todos los otros que luego se diseminaban hectárea tras hectárea y que rodeaban las plantaciones de frutales y verduras.

Esos árboles eran enormes, robustos, de corteza manchada y ramas tan altas como las mismas nubes que apenas se animaban a rozarlas con sus hebras cenicientas donde incubaban las tormentas más rudas.

El riacho pasaba a unas decenas de metros de ese bosque y arrastraba en su cauce toda clase de roña. La muerte ahí se disimulaba sencillo. Era apenas una pudrición más, que nadie podía apreciar entre tanta confusión.

Bajo la copa de esos árboles hirsutos, los matorrales lo encubrirían. Él se mimetizaría con esos yuyales de un metro de altura y esperaría a la noche para adentrarse hasta donde podía estar la madre prisionera del terrateniente. Luego iría por la mujerona aquella, la del pendejo rubio y raquítico, y ajustaría cuentas por robarle la casa. Porque estaba seguro de que eso era lo que había ocurrido. Ella se había apropiado del rancho y obligado a la madre a marchar hacia las quintas donde mandaba el señor con todas sus mañas feudales.

2

Cuando Rudecindo volteó para ver a la muchachada llegar con sus banderas y redoblantes, Faustino se ocultó tras un grupo que se había detenido para recibir a los recién llegados. Entonces apareció la bandera salida de un secreto esplendor, ancha la diagonal de sus colores que derramaban en silencio toda clase de esperanzas. Se mostró esplendorosa, unánime, vital, nupcial, radiante. Era un coral azul y un coral blanco, un pedazo de águila violenta y un susurro de hierro que volvía en batalla todo lo que tocaba con su sombra.

Ellos la vieron así, esplendorosa, y eso los sustrajo de todo lo que ocurría a su alrededor. A Rudecindo de la ausencia de Faustino; a Faustino de la distancia que se hacía una ancha avenida entre él y el compadre. Luego escapó en dirección oeste, hacia el suburbio. La tarjeta SUBE que encontró cuando marchaban le dio el salvoconducto para viajar a la zona de quintas donde esperaba llegar para buscar a Gloria.

El viaje fue como seguir una calle vacía, una huella lavada por la lluvia caída sobre el asfalto arrugado. El viento deshilachaba la luz que llegaba del horizonte, hecha una fiesta, y él iba sonámbulo hacia un destino que ignoraba, pero intuía.

La intuición es como un murmullo que se puede sentir, pero que engaña los sentidos. Aparece como una burbuja que seduce y luego vira violenta como la ráfaga de una cimitarra que corta, corta, corta la piedra, la madera, el músculo y el hueso. Y llega la muerte a caballo de su geometría, lado por lado, midiendo y pesando al crédulo que se dejó llevar por un espejismo.

Pero no hubo modo de que Faustino encontrara la calma entre tanta furia. Iba flotando en el lomo de un odio con el ansia de una garra perfecta. Uña y filo, lista, dedo por dedo, a castigar a quien fuera. Pezuña y piedra, simple carnicería justiciera.

¿Matones? ¿Cuántos? Se preguntaba a sí mismo y descontaba que podría con ellos. Apenas los viera salir de sus escondrijos, culebras negras de lenguas negras y ojos rojos como unos ratones comemierda, los exterminaría. Aplastaría sus cabezas con el crispado lomo de una roca y las echaría entre los ramajes derrumbados de los enormes árboles de cortezas manchadas con un musgo alimentado con la minúscula partícula de un fuego y un potaje de sangre salida del escalofrío de un hijo arrojado apenas fue parido o de un aborto a mansalva luego de una violación de los matones.

Vio a su frente el camino de tierra reseca, muerta de sed, jadeando, con la espuma de un polvo que llegaba en silencio desde la dimensión de una cruz hundida entre palmeras muertas.

Siguió las señas que la calle le hacía mientras el sol moría, adquiriendo el color de huesos añejados sobre unos matorrales puestos de rodillas. El viento saqueó los últimos brillos de la tarde y dispersó una noche voraz de calabozo. Oscura, ilimitada, con olor a excremento. Inerte, en reposo, ilimitada.

Como planeó, entró por el lado ciego del monte, donde cuajaba una niebla, un vapor roñoso que ascendía ácido del riacho hasta los ojos y hacía lagrimear. Se encubrió en los matorrales hasta que la madrugada llegara con sus rumores y los harapos de una mortaja como si fuera el último estandarte.

Entonces caminó el temblor de una lápida, llegando con el anuncio de los malos augurios. El hocico de las ratas se estrechaba para descifrar su figura entre las oscuridades que se multiplicaban a su paso. Entró por completo en la capitanía del señor del feudo y todas las muertes hubieran querido advertirle, pero ya era demasiado tarde.

3

Faustino se puso de pie buscando el angosto sendero que penetraba en las quintas.

Oyó una voz, pero no la creyó voz, sino recuerdo de una tal vez escuchada la vez que fueron juntos él y Rudecindo.

Pero la voz le dijo:

—«¿Qué hacés acá, pendejo?»

Buscó la voz y no encontró nada. Ninguna sustancia que la sustentara. Las voces no son etéreas como los recuerdos. Siguió tranquilo como si nada hubiera.

Avanzó por el sendero. Por la marca larga de una luna de harina que salía a su encuentro para rogarle que se fuera.

Volvió la voz. La desestimó como a la primera y eso que esta fue más terminante.

—«¡Rajá de acá, pendejo!»

Dijo desde un corredor con forma de puñal. Pero Faustino no la consideró digna de respeto. Apenas el recuerdo humano de algo que fue dicho y quedó en la espesura de esos pastos oscuros y altos como pequeñas lanzas salidas de la tierra negra.

Un ruido de víbora llegó por la espalda. Pensó:

—«Aquí no hay más que culebras».

Y tenía razón. Culebras había que reptaban huyendo de la presencia del hombre. Pero el ruido era de víbora, un raspado serpentino contra la tierra.

Se mantuvo tranquilo y procuró despejar su mente de todos los peligros que siempre se dijeron abundaban donde mandaba el patrón con sus matones.

Luego la voz fue movimiento, rápido y consistente.

—«Ya está cortado» —dijo la voz y se refugió en los tumultos de unas sombras.

Faustino sintió un vuelo blando a la altura de su cuello. Pudo ser un murciélago, se dijo, que lo rozó distraído. O el filo de un viento que apenas tocó donde la carótida se veía expuesta.

Se convenció de que era un viento sincero, de esos cargados de escarcha que llegan en las noches heladas y tocan la piel como si fueran a tajearla. Como la voz no volvió a hablarle, se persuadió de que era solo una evocación del pasado, tal vez cristalizada en el rocío helado.

Llevó su mano al pescuezo no por dolor sino por desconfianza. Como era noche cerrada no vio la pequeña línea roja que se dibujó en su dedo al tocar esa zona donde sintió el leve rasponcito del viento nocturno o el ala del murciélago perdido.

La noche era oscura entrada la madrugada y a esa hora los sicarios o estarían chupando hasta ponerse en pedo o violando una chica que se habían alzado para hacerse la fiesta.

Avanzó por las quintas buscando la ribera del riacho podrido. Si Gloria estaba por algún lugar de esos, debía encontrarla. Llamarla no podía porque atraería a la jauría de matones que saldrían en ronda a cazar al intruso que osaba gritar alterando el sueño de todos los tanteros.

Un calor suficiente descendió por el cuello hasta tocar el sobaco donde se hizo una pasta. Faustino llevó la mano donde la raspadura parecía agrandarse y palpó no una agüita porque esa es ligera, sino un zumo oloroso. Conocía ese olor desde que era un purrete. Entonces vio la mancha en dos de sus dedos. Contempló ese dibujo tan propio de la sangre. El dolor empezaba a salir de la boquita aquella y bajaba sin fuerza por un nervio del cuello que llegaba hasta el pecho más allá del sobaco.

No perdió ni un segundo. Sacó su pañuelo y lo sujetó al cogote. Le pareció suficiente aquella cataplasma para arreglar la herida. Y siguió caminando hacia la orilla más próxima, creyendo que estaba ahí nomás, tal vez algunos cientos de metros adelante. En la orilla donde la luna podía reflejarse, tal vez viera con mejor entendimiento qué le estaba pasando en el cogote.

La sangre desde la herida empezaba a aumentar. Ya no era un hilito que rodaba hacia abajo como cierta cosquilla roja que, caliente, se deslizaba más allá del ombligo. El dolor del gollete se hacía más importante. Era un estiramiento del músculo del cuello y el nervio que lo cruzaba pinchaba como una lezna que tocaba la carne sin ninguna delicadeza.

La herida se hizo amplia a voluntad. Eran como dos labios que tenían asuntos que dejar escapar. Se manchó la ropa más allá de la cintura. Entonces se palpó aprovechando un relámpago que salió detrás de la luna en dirección a un árbol que parecía muerto. La mano estaba roja y estaba roja la manga de la camisa y estaba roja hasta la botamanga del pantalón.

El dolor aumentaba, movía el brazo, pero con dificultad. El sabor de la sangre se le metió en la boca y le supo a cuchillo, a filo de un cuchillo que salió de la nada como si fuera solo una brisa llegada desde el fondo de todos los árboles.

¡Cómo no lo previó cuando dio el primer paso! De noche en tierras de señores los filos andan sueltos. Cuando llega la noche salen a cortar en silencio las carnes que encuentran en su camino. Son cuchillos del feudo y cortan lo que les viene en ganas.

Si pudiera mirar con atención vería los trozos que dejaron la noche anterior. Era una carne pálida que las ratas comían excitadas.

Por fin llegó a la orilla. Pero allí no encontró nada. O no podía ver si quedaba algún rastro que dejara un ciruja en la corrida.

Estaba todo desierto y, salvo un pozo que no parecía tener fin, no había nada importante a donde mirara.

La herida del cuello se seguía agrandando. Es que la sangre brotaba cada vez con más fuerza. Empujaba hacia arriba, empujaba hacia afuera, y cuanto más empujaba la herida se estiraba buscando ir hacia la nuca, que ya estaba empapada, y hasta la nuez de Adán, donde hacía como un remolino para buscar el pecho por donde se deslizaba.

Quiso llamar a Gloria. ¡Madre! ¡Madre! Hubiera gritado, pero no tuvo fuerzas.

Y se quedó parado como si ya no hubiera lugar adonde dirigirse.

No tuvo sed porque bebió su sangre. Ya no era ese sabor dulce que sintió cuando niño, cuando se hería por torpe con una lata, con las púas del alambrado en el campo y se chupaba la sangre para evitar la chorreada que traía consigo la paliza por bruto.

La sangre sabía de otro modo, amarga, y alucinaba de a poco mientras se nublaba su vista y el cerebro se ponía perezoso.

El dolor se hizo intenso. Salía de la arteria y se inducía en las fibras de los músculos bajando por el pecho hasta donde termina el vientre y comienza la ingle.

Tuvo que sentarse justo al lado de la podredumbre del riacho. Las ratas se alejaron algunos metros desconfiando del hombre que se atrevía a su reino en esa noche pesada.

No tenía en los planes morir. Solo buscar a Gloria y acabar esa intriga que lo angustió desde el momento en que se presentó la mujerona con ese mocoso atrás, yendo y viniendo, como si buscara el momento para darse a la fuga.

Permaneció sentado en donde había caído, porque en verdad cayó sin poder evitarlo, flojas las piernas, flojos los brazos, débiles las manos, cada vez más ciego y perdido.

¿Qué pasaría si caía al agua y la corriente lo arrastraba hacia la desembocadura del Plata?

No lo permitiría. Se quedaría allí hasta reponerse. Seguro Rudecindo lo andaría buscando y llegaría al momento para rescatarlo. Y si no era Rudecindo sería el cura. O Gloria, la madre, porque una madre jamás abandona a un hijo.

Desde esa orilla donde quedó postrado podía ver la noche erigirse como un monumento negro hasta tocar la bóveda del cielo que descargaba una modesta luz, pero mucho más allá de donde Faustino estaba arrumbado.

Por primera vez se le retorció el estómago en un calambre insoportable. Tuvo una arcada larga que le paralizó el pescuezo y arrugó la garganta. El estómago se le redujo al tamaño de un puño y su esófago duro se apretó hasta la tráquea y poco más lo asfixiaba. No vomitó porque no tenía nada en el estómago. Luego el dolor bajó por el vientre hasta las piernas.

Tenía frío, demasiado frío. Él, que había andado día y noche en cueros cuando era niño y no conocía el frío y no aceptaba un abrigo de puro capricho para demostrar quién era muy macho. Así se hizo adolescente y se curtió bajo la lluvia en invierno y bajo el tórrido sol en el verano. Pero en ese momento sentía frío, mucho frío. Demasiado.

Se inclinó hacia el lodo turbio del riacho podrido. Una mancha de aceite que se esparcía como un arco iris le devolvió su imagen, haciendo de espejo, y se vio pálido, exangüe, él que era morocho y lucía cobrizo todos los días del año.

Ya no tenía fuerzas. Se tendió paralelo al riacho. Las ratas electrizadas lo observaban voraces esperando el momento. Cerró los ojos. Oyó unos ruidos que llegaban del otro lado de la noche.

Lo último que sintió fue que alguien lo arrastraba como si fuera un muñeco y luego rodó por el pozo hasta tocar el fondo donde estaba la muerte, contemplando la luna que rodaba hacia adentro por las lúgubres paredes de esa especie de tumba.

***

XIX

Paisaje de amor

1

Un cuerpo de mujer y una orilla franca se presentó ante ella. Si hubiera podido alzar una mano creyó que hasta podría tocarlos. Ámbar respiraba sin entusiasmo el aire espeso y medicamentoso de su encierro. No podía pensar en lo que le estaba ocurriendo, solo en Guadalupe, la primera palabra, el nombre del amor, el nombre que surgía con fuerza propia y la consolaba incluso estando ausente.

Sabía que había estado sedada cuando la trasladaron. Todavía llevaba en su brazo el dolor de la aguja penetrando la vena. Luego llegó el sopor y el sueño espeso.

Sospechaba las sombras que la rodeaban y raspaban las suelas de sus zapatos contra el piso. Murmuraban como el que silba a sus perros para que ellos pudieran oír la orden y prepararan sus dentelladas. Dientes y pactos de puñales, demonios de un lado al otro con sus cruces a cuestas y sus oscuros ladridos, de los que Ámbar apenas podía entender la melodía.

Ella se sentía apenas como el rumor de un estambre, como el temblor de una hierba, una reverencia a la intemperie.

Podía haber recitado a Paul Celan para aliviar la opresión que la hostigaba. Pero prefirió guardarlo como un puro tesoro para otros momentos de desdichas.

En el exacto momento, con sus versos, le arrebataría la serpiente al hombre de la casa donde escribía una corta sentencia, el arma apretada contra la cintura, y escaparía de la fosa en la tierra que un puñado de condenados preparaba, justo allí donde se desesperaba un gentío antes de beber la leche negra de la muerte.

Sus ojos estaban sellados y no podía abrirlos o había olvidado cómo. Estaba ciega. Una gota de noche en cada ojo. Y, sin embargo, veía a su frente el río y a Guadalupe sentada a sus orillas, mirando el final del cielo y el principio del río que reclamaba playa.

A la vista, el río con sus modales de río. Las olas pujaban como un bronce frenético. Y un fermento de espejos hacía partir la luz en todas direcciones. No era un espejo en su sentido exacto. Solo fermento de un espejo que habría sido río arriba, algo más que una pátina pulida por la marea propagada por el río.

Desde esa transparencia del horizonte se recortaba la figura de Guadalupe por donde el viento sonaba entre árboles. Tal vez serían aquellos mismos árboles que inclinaron sus ramas para sentir la espuma que viajaba en las ondas del agua. Tal vez. Ámbar los contemplaba desde su ceguera y no podía asegurar si aquello era tan solo un sueño o el sueño de un sueño que quedó como la excusa de un sentimiento que se prometía.

Se veía a sí misma de pie, detrás de ella, mirándola desde lejos, a una distancia en la que cabía un pequeño crepúsculo. Pensó que debía hablarle, lo recordaba. La veía allí, triste, solitaria; de su mirada emergía algo del amargo sentido de la desesperanza.

Recordaba que debía hablarle, encontrar las palabras latentes como aves que vuelan por un cielo pálido y celeste. Podía haberle dicho:

«Amor mío: late tu corazón, selva encendida,

y tu calor me envuelve como un anhelo rojo.

Toca mi suave muslo enamorado,

como si fuera el breve pétalo de una breve rosa.

Abrázate a mi cintura y besa mi vientre ansioso.

Haz que mi piel entienda el cascabel de tus besos.

Mi pubis temblará como tiembla un racimo de uvas

por la redonda caricia de tus dedos de estambre.

Ámame, ámame sin tristezas.

Que mi dolor naufrague,

que tu dolor salga de su oscura guarida

y nos encuentre en abrazo cuando llegue la noche». (1)

Podía haberle dicho, pero no pudo. Ella esperó que Guadalupe girara para verla, tal vez para sentirla como el soplo en el alma que da un amor inesperado. Que los abrazos ya no fueran náufragos en busca de otros brazos y que les dieran sentido a todas las cosas.

El cautiverio volvió desde su madriguera. Llegó con su olor asombroso y su voz perturbadora.

—¡Vuelve, verraca, vuelve! —le gritó casi al oído.

Fue a desalojarla de sus sentimientos. Tal vez la estaba observando por una rendija de la muerte. Raspaban con furia las suelas de los zapatos el piso para descenderla a una nueva tiniebla. Luego se frotaba las manos (ella podía oír rozar cicatriz con cicatriz) y le echaba ese aliento de último disparo con olor azufrado.

Ámbar conservó la calma. Ni giraría como una niña boba alrededor de un asesino loco.

Supo que precisaba una sola palabra para mantenerse viva. Amor fue la palabra. En la oscuridad, aquella donde estaba encerrada, amor era el elixir que humedecía los labios. Amor y Guadalupe, la misma sustancia que latía en el corazón.

  • Poema que se atribuye a Ámbar y que habría dedicado a Guadalupe con posterioridad a sus primeros encuentros.

2

Se pensó capullo. Dentro de una cápsula piadosa se transportó a aquellos momentos del amor inicial junto al río constante. Fue un ejercicio de la supervivencia. Organizó en su memoria todos los detalles y como en una película revivió la historia:

Guadalupe la vio por accidente. El ruido de una congoja pareció llegar por detrás suyo. La silueta de Ámbar era un enigma, pero mucho más lo era su mirada. Pero volvió al resumen de sus penas, la vista al cielo donde se hundía el río casi en arcoirisada caída. Luego apareció un crepúsculo como una lengua negra, y Ámbar desapareció de esa ribera. Antes de partir le tomó una foto que guardó en el secreto de sus ojos.

Una tarde violeta volvieron a encontrarse. Las mismas miradas, las mismas delicias, los mismos suspensos.

Para ella, Ámbar adquirió el aspecto de un tatuaje de novia, una rosa sin tiempo, el transcurso de un anhelo que sucede en silencio.

Las sorprendió la noche. La noche era una fruta azul llena de pintas blancas. La luna, un ritual primordial, llenaba de oro blanco el horizonte. Había un rocío azul que bautizaba la tierra y regalaba un desnudo perfume que las envolvía.

Entonces Ámbar, a media voz, como quien no sabe si hablar, le dijo:

—He guardado tu foto para admirarla en soledad. Estuve así de cerca de enamorarme de vos la primera noche.

Guadalupe sonrió, pero guardó silencio.

—No sé qué hacer. Espero tu consejo. Si querés me voy por donde vine. Escribí unas palabras para vos y voy a dejarlas a tu lado. ¡Quién sabe si leerás mis palabras!

Guadalupe tomó el papel y lo guardó entre sus manos.

Ámbar agregó, más decidida:

—Sos demasiado hermosa —bajó la cabeza, avergonzada por lo que estaba diciendo—. Tu cabello sobre tus hombros, tus ojos que miran directo al corazón. No encuentro manera de eludir tu mirada. Te lo aseguro. No hay ninguna manera humana. Después de esto no me queda nada por hacer ni por decir. Salvo pronunciar tu nombre, que desconozco. Cuando lo sepa, si querés decírmelo, lo pronunciaré ¡tantas veces! Mis labios lo repetirán con entusiasmo y tu nombre será un instante de delicia.

Guadalupe sonrió con la paz de una espuma nupcial. Su corazón latía.

Ámbar esperó la palabra. Si no era pronunciada, se preguntó, ¿en qué terminaría todo eso? Una desilusión, una nueva tristeza.

—Hablame o desespero —dijo.

Y Guadalupe respondió:

—El amor no admite cobardías.

—Y si alguien es cobarde, ¿qué debe hacer?

—Solo amar, eso es suficiente. La palabra es amor. Ninguna otra es necesaria.

Entonces la invitó a su lado y Ámbar al suyo. Las soledades se reunieron en fraternal instante. Una gota de amor cayó entre los dos cuerpos. La gota se hizo lámpara y su luz roja encendió las caricias.

Cada una luego hubo de contar su historia. Y apretaron sus manos, sus respiraciones, sus bocas, y la fragancia de un ungüento de cielo las envolvió como enredadera nueva, recién nacida de una semilla pura.

Así comenzó el viaje..

3

Las sombras le pusieron una capucha negra. Le libraron las manos y las piernas de sus ataduras.

La voz le dijo:

—Cuando salgamos te podés sacar la capucha. Después sacate los pegotes de los ojos. Vas a quedar depilada, pero eso a vos qué carajo te puede importar si acá no está tu novia. Te depilaste la concha, ahora te vas a depilar las cejas.

Las sombras rasparon el piso en señal de dominio. Luego la voz siguió diciendo:

—Cada vez que tengamos que entrar te ponés la capucha. Si te hacés la viva, te boleteamos al momento. Si querés vivir, no te hagás la boluda. Tenelo presente. Te podemos trozar en apenas siete minutos y escuchando música para relajarnos. Luego te metemos en un tacho con ácido y desaparecés para siempre. Vos no sos nadie, no existís, así que disfrutá de tu suerte. Por lo menos, por ahora, estás viva.

La voz suspiró como resignada.

—¡Vos sí que tuviste suerte, flaquita! Naciste ¿cuántas veces? Por lo menos tres. Una, cuando te parió tu vieja. Dos, cuando zafaste de los dos disparos; y tres, cuando ya tenías destino de prostíbulo. Hay mucha demanda de minas como vos. Para ser lesbiana tenés bastante suerte, flaquita.

La voz tarareó una melodía que Ámbar desconocía mientras daba vueltas alrededor de ella.

—Tenés baño. Lavate porque tenés un olor a meo que voltea. Hace mucho que no cagás, así que te vamos a dar un buen purgante. Hacé de cuenta que te tocó la colimba. Total, ahora las minas pueden jugar a ser soldados. ¡Si hasta pueden llegar a general! Pronto vamos a tener un puto por comandante en jefe. Sigan jodiendo con la cosa del género que no va a quedar otra que matarlos a todos.

Te vamos a dejar comida una vez al día. Agua sacás del cagadero. Dos veces al día te vamos a decir: «¡Agua va!». Y vamos a largar agua por la letrina. La primera vez la dejás correr; la segunda, llenás el jarro. ¿Entendiste?

Ella movió la cabeza afirmativamente.

—Cuando escuchés que la puerta se cerró, contá hasta veinte en voz bien alta porque te queremos escuchar. Bien fuerte, para que no haya problemas. Después te podés sacar la capucha. Cuando tengamos que entrar te vamos a gritar: «¡Capucha!», y vamos a contar hasta veinte en voz alta. Uno, dos, tres, cuatro… hasta veinte. Ya sabés lo que te va a pasar si no cumplís con la orden. Tranqui, flaquita. No todo está perdido, somos derechos y humanos. Acordate cuando mueras.

Las sombras se retiraron tarareando su música. La puerta se cerró y echaron llaves y candados. Después llegó un silencio lleno de dientes negros.

Ámbar pensó en Guadalupe mientras gritaba con la voz que le quedaba: uno, dos, tres, así hasta veinte. Luego se quitó la capucha y arrancó los parches de los ojos.

***

XX

Rudecindo

1

¿Vos sos el famoso Rudecindo Pérez? La pregunta se repetía a cada instante y salía de cada boca que la formulaba como una flecha. El curita le dijo que esquivara las miradas, los abrazos, los apretones de mano. Y en especial las respuestas. No era el momento de andar hablando nada.

Estaban los que repetían la pregunta porque los mandaban con un paquetito de muerte en el bolsillo. ¿Vos sos el famoso Rudecindo Pérez? Redundaban mecánicos sin saber qué palabras pronunciaban. Se las grababan a fuerza de falopa hasta que no podían sacarla más de los fragmentos de cerebro que no habían sido incinerados todavía por las hebras de lana de acero, ardiendo en una pipa de hueso con algo de reseca mezclada con veneno para ratas y vidrio molido. Esos eran los zombis prontos a evaporarse, a morir disecados.

Pero estaban los otros, los peligrosos, los que emboscaban un puñal entre las ropas. Esas lenguas estaban llenas de curare.

El cura se los fue marcando uno por uno. Lúmpenes baratos mandados a provocar reyertas que le dieran excusas a la policía para detener a la víctima. Luego, fácil, muy fácil. Podía ser desacato, muerte en intento de fuga o suicidio por ahorcamiento en sede policial. Te podían pegar una transa, un estupro, un crimen. Lo que fuera. Rudecindo sabía que para un “perejil” la picadora era rápida y terminante. Eso no era lo que le preocupaba.

¿Faustino? Los datos que llegaban de las quintas no eran alentadores. El cura se lo dijo sin rodeos. De todos modos, Rudecindo supo que el compadre se había cortado solo cuando comprendió que había ido para el lado de las quintas a buscar a la madre. No podía eludir el significado de esa decisión. No lo hubiera convencido de no hacerlo, aunque hubieran discutido el asunto todas las veces posibles. Él lo tenía decidido y los otros lo tenían marcado. Sabían dónde tocarlo para que saltara como un resorte demasiado comprimido. Y es lo que hicieron: le tocaron la madre.

Tal vez fuera nada más que un final anunciado. Él supo desde que llegaron que los estaban cazando. La ausencia de Gloria la entendió al instante. Como no quiso hurgar la herida del amigo, no le habló nunca del asunto, pero sospechaba que él intuía lo mismo.

Gloria nunca habría dejado la casa que levantó con sus propias manos. Y era más que sospechoso que nadie quisiera comentar cómo y por qué habría querido la mujer irse para el lado de las quintas a servir al parásito del terrateniente. Ese silencio cómplice lo decía todo.

Habían hecho correr sus nombres en todos lados. Aunque no tenía pruebas, estaba seguro de que ofrecieron guita o merca a cambio de alcahueteadas o de algún otro servicio peor. Por eso, donde fueran, surgía la pregunta: “¿Vos sos el Tino? ¿Vos sos el Rudecindo Pérez?”.

Su problema ya no era salir ileso, sino hacer contacto con los logiados. De peor cacería se libró cuando bajaron del norte al río y lo que ahora podía ocurrirle no tenía comparación con aquello. Estaba solo y la bandera a salvo. Como dijo el suboficial “Pérez” antes de morir, “si yo caigo, otro ocupará mi puesto”.

2

La pequeña cruz de hierro que señalaba la entrada al parador lucía como un minúsculo relámpago inmóvil. Unas chispitas salían de su entorno y las viejas discutían acerca del milagro. El cordón de zapatilla enredado en ella describía una argolla que el viento movía de un lado al otro. Unos pequeños grillos iban cantando y acompañaban el movimiento que describía la cuerda. En su base, la basura vieja había sido retirada y un barro verde se esparcía a cada lado.

Las dos viejas, a las que siempre se las veía allí paradas, estaban mucho más cerca de la cruz que de costumbre. Eran como un trazo de Goya hecho en medio de una desventura. Gesticulaban sin decir ni una pequeña palabra.

El cura, antes de entrar al parador, les dijo que se mantuvieran atentas y las dos mujeres asintieron moviendo la cabeza. Pero no se podía asegurar que hubieran comprendido la orden que el sacerdote les impartió al pasar a su lado. Detrás del sacerdote caminaba un hombre que tenía un aspecto sencillo. Llevaba una campera azul oscura, pantalones vaqueros algo gastados y borceguíes militares. Su cabello estaba cortado casi al ras y lucía bien rasurado.

Pocos minutos después llegó Rudecindo a pedido del cura. El hombre y el muchacho se confundieron en un largo abrazo.

—¿Se conoce con el padre?

—Me lo presentaron hace unos días, cuando andábamos tratando de hacer contacto con ustedes. —El suboficial “Pérez” habló pausadamente, procurando que sus palabras transmitieran seguridad y nada de nerviosismo.

—Lo perdí a Faustino.

—Lo sabemos.

—Creo que se mandó a las quintas a buscar a la mama.

—Faustino está muerto —le dijo sin mediar palabra. El hombre estaba sereno, pero hablaba sin rodeos.

Rudecindo se aguantó para no llorar.

—¿Y Gloria?

—También.

—¿Saben quién?

—Sí.

—¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué quiere que hagamos, Rudecindo?

—No sé —respondió con odio—. Algo.

—¿Algo? Sea más preciso.

—Vengarnos.

—¿Le parece, Rudecindo, que estamos para eso? ¿Usted, padre, nos recomienda la venganza?

—Yo no estoy para opinar —dijo el cura, que hubiera consentido con gusto, pero se llamó a silencio.

—¿Una venganza personal me propone? ¿Por la muerte de Gloria o por la de Faustino?

—Por cada uno.

—Una venganza para cada uno. La solución sería ejecutar dos matones, dos villanos o villanas. O uno y otra, si lo prefiere. Porque a Gloria la mataron dos mujeres. Le informo para que esté al tanto de todo. La que ocupa su casa ahora y otra que viene de afuera. Las dos se dedican a la trata de niños para abuso sexual de encumbrados adinerados. Gente de poder que alaba amancebar niños. ¿A usted le parece que con dos muertos arreglamos este asunto?

—Esos hijos de puta alguna vez tienen que pagar.

—¿Eso lo conformaría?

—Totalmente.

—Poco precio le pone usted a la vida de sus dos compatriotas. Poco precio a la vida de los niños violados y asesinados por esos poderosos.

—No, eso no es cierto. Yo los quería, a los dos, con todo mi corazón. No soporto que esos degenerados toquen a un niño.

—No dudo que usted los quería como dice y que odia a quienes abusan de los niños. Pero matar dos perejiles para satisfacer su venganza me parece poco precio, muy poco para esas dos muertes. Matamos dos matones y asunto arreglado. ¿Le parece?

Rudecindo se llamó a silencio. El cura lo acariciaba tratando de consolarlo.

—¿Ya se olvidó de todo, joven?

—¿De qué me olvidé? Sigo siendo el mismo que antes.

—¿Entonces? ¿La venganza individual resolverá este asunto? ¿Por qué no toma asiento y hablamos de qué vamos a hacer antes de que usted también termine muerto?

El muchacho aceptó la orden. Tomó una vieja silla de esterilla rota y se sentó de frente al suboficial “Pérez”.

—Lo escucho, señor —dijo.

—¿No prefiere hablar usted en primer lugar?

—No, señor. Prefiero escucharlo.

—Nunca dudamos de la valentía personal de Faustino, por eso lo elegimos para custodio del General. Pero usted sabe que la organización está por encima de cada individuo, lo colectivo está por encima de lo individual. ¿Recuerda?

—Sí, señor.

—¿Y recuerda por qué?

—Porque la inteligencia colectiva está por encima de la individual. Porque el todo está por encima de las partes, porque el interés general está por encima del interés particular.

—Exacto. Faustino se equivocó por partida doble. Nunca debió decidir sin consultar con usted y ustedes debían esperar nuestro contacto. El apuro no iba a devolverle la vida a Gloria, porque usted sabía que estaba muerta; lo comprendió al instante en que no la encontró en su casa.

—Sí, señor.

—La pérdida de Faustino es enorme. Recibirá todos los honores que se merece. Pero usted debe tener en claro cómo fueron los hechos. ¿Está de acuerdo?

—Sí, señor.

—Ahora bien. Nosotros aprendemos del General y usted lo sabe.

—Sí, señor.

—Del suboficial “Pérez”, y también lo sabe.

—Sí, señor.

—Usted no es un recién llegado.

—No, señor.

—El General dejó todo y puso su vida al servicio de la revolución, porque nuestro problema es la revolución, ¿o cambió de objetivo?

—No, señor, no cambié de objetivo.

—La revolución no es un problema de venganza personal, es un problema del pueblo. Nosotros servimos al pueblo para que el pueblo complete su revolución inconclusa. ¿No es así?

Rudecindo mordía sus uñas y se frotaba la cara tratando de disipar ese rictus que no alcanzaba a controlar.

—Le pregunté si se olvidó del problema de la revolución.

—No, señor. No lo olvidé.

—¿Está seguro? ¿O ahora cree que con una simple venganza personal el asunto quedará saldado?

—No, señor. No lo creo.

—¿Usted sabe cuántos patriotas murieron en la batalla de El Pari?

—No, señor.

—Novecientos.

—No lo sabía, señor.

—¿Sabe que allí el General Warnes murió en combate, lo decapitaron y exhibieron su cabeza como un trofeo?

—No, señor.

—De acuerdo con su criterio, el General Arenales y otros oficiales deberían haberse dedicado a la venganza personal, a matar novecientos realistas elegidos al azar para saciar sus deseos de revancha.

—No, claro que no.

—Entonces usted está equivocado. Estará de acuerdo conmigo.

—Sí, señor.

—Entiendo y aprecio sus sentimientos, pero no concedo que nublen su razonamiento. ¿Usted cree que el General no habrá deseado en más de una oportunidad tomar venganza contra esos carniceros como Goyeneche y compañía?

—Sí, señor, supongo que sí.

—¿Y qué hizo el general?

—Organizó al pueblo y lo preparó para la revolución. Por eso triunfó en Tucumán.

—Correcto. ¿Y cuándo fue derrotado, qué hizo? ¿Se puso a llorar pensando en su vergüenza personal? ¿En su pequeña venganza?

—No. Dirigió la retirada y trabajó para reorganizar a las fuerzas de la patria.

—Y el General San Martín, ¿qué hizo?

—Organizó un ejército y derrotó a los colonialistas.

—¿Y cuándo fue derrotado, qué hizo? ¿Se puso a llorar pensando en su vergüenza personal? ¿En su pequeña venganza?

—No, corrigió sus errores y triunfó en Maipú.

—Bueno, entiendo que su memoria no es tan floja. ¿Quiere que le recuerde unas palabras, Rudecindo?

—Como usted quiera, señor.

—Le hice una pregunta, respóndame sí o no.

—Sí, señor.

—La revolución es mi morada, la batalla, mi modo de existencia. ¡Miren mis manos hidrópicas! Se aferran al Hombre y lo destinan. La revolución es mi morada, allí se hazaña un cielo de futuros. ¡Hombre! ¡Tierra! ¡Todos! ¡Asid el Partido de la Independencia y no dudéis en la completa victoria! Vuelvo a preguntaros como entonces, porque veo las lágrimas brotar de vuestros ojos: ¿Por qué lloráis, paisanos? ¿Conque al fin hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aún flamea la bandera de la patria. La victoria solo está acurrucada a vuestro lado. ¡Despertadla!

¿Lo recuerda? ¿O ya se le olvidó a la primera desgracia?

—No, señor. Lo recuerdo bien.

—Entonces deje de llorar y prepárese para partir.

—¿Y a estos tipos no les va a pasar nada?

—Se hará lo que se deba hacer. No pierda tiempo, el General lo está esperando.

Rudecindo tomó su pobre atadito de ropa. El curita lo despidió y le recordó que allí siempre tendría refugio; ninguno de los dos podía asegurar si se volverían a ver. El suboficial Pérez tendió su mano al sacerdote y la estrecharon con fuerza. El hombre y el muchacho salieron en dirección a la ruta, y al caminar tal vez doscientos o trescientos metros sus figuras parecieron evaporarse entre los reflejos de la luz del sol y los meneos de las sombras que depositaban en la tierra unas nubes compactas.

Las viejas raquíticas gritaban tal vez de hambre o porque ya no sabían hablar en voz baja. Arrastraban sus huesos y, atadas a ellos, sus sombras. Sin que a nadie le interesaran sus razones, vociferaban una discusión sobre las dimensiones de la cruz de hierro a la entrada del pórtico hasta que fueron apagando sus gritos, como si un sueño malhablado las hubiera mandado a callar, harto de sus digresiones. Se quedaron allí, de pie, estáticas, como dormidas, y el cura dejó de observarlas desde el lugar donde despidió al suboficial y al joven Rudecindo, que desaparecieron del paisaje definitivamente.

***

XXI

La búsqueda

Segundo desencuentro

1

Sarmiza no dejaba de golpear con el taco de su zapato. Primero con el pie derecho, luego con el izquierdo. El hombre no podía sacarse de encima su mirada. Ella sabía cómo pegar su mirada al otro y no dejarlo escapar, como si esa fuera a ser la última mirada que padecería antes de que la muerte se lo llevara arrastrándolo por las patas.

Un ícono de una virgen que estaba en un altarcito alzaba su mano, miraba al enfermero y parecía decirle: «Mentir es pecado». Y qué pecado.

Ella vestía su pollera azul, su chaqueta azul y, debajo, una camisa blanca y sus zapatos de taco alto azules. El azul era un color que le sentaba bien y el hombre dudaba entre dejarse embaucar por ese color pacífico o dejarse arrastrar por esa mirada que lo pasaba de lado a lado mientras una voz aguda y lijada le preguntaba una y otra vez por una mujer baleada.

—Señora, vaya a admisiones, vaya a admisiones, nosotros no podemos darle información. —Era todo lo que el tipo se animaba a repetir, pero sin poder soltarse de la mirada de Sarmiza.

—Los de admisiones me mienten y usted lo sabe.

—Entonces vaya a la policía, ellos podrán decirle.

—La policía me miente y usted lo sabe.

—Yo soy solo un enfermero.

—Por eso, nadie como usted sabe lo que pasa aquí dentro. Quiero saber si tal día, tal semana, de tal mes, atendieron a una mujer que fue baleada por la espalda.

El enfermero luchaba por apartar la mirada, pero cada vez que lo intentaba fracasaba. Y entonces se enredaba en el azul de la ropa de Sarmiza. Si estaba a punto de ceder, escuchaba desde un lugar de su cabeza: «¡Jiji! ¡Jiji!». Y entonces reflexionaba sobre lo inconveniente de hablar de más.

El matón se lo dijo bien clarito mientras se llevaban esa noche a Ámbar:

—Mejor cerrá bien el culo. No viste nada. No sabés nada. Tenés una vida por delante. Pero si hablás, primero te vamos a matar a toda la familia y después a vos, como a una rata. —Estaba muy seguro de que esos tipos no hablaban en broma.

—La verdad no va a tardar en salir a la luz y entonces te voy a acusar de cómplice. —Sarmiza dijo «cómplice» de una manera que se entendió como «asesino». Era mucho para el pobre tipo.

El enfermero no supo nunca cómo logró zafar de aquel interrogatorio. La mirada de Sarmiza lo siguió hasta que dejó atrás el pasillo donde estaban hablando y dobló en dirección a quirófano. ¡Cómplice! ¡Cómplice! Lo seguía de cerca, casi le soplaba la nuca, y él quería espantar la palabra dando manotazos en el aire.

Un guardia de seguridad llegó hasta ella y quiso tomarla de un brazo, pero no pudo. Sarmiza le clavó el taco de su zapato en el pie y el hombre debió soltarla para aullar de dolor mientras la puteaba.

—No vuelvas a tocarme —lo advirtió—. Todos ustedes van a terminar encana por encubridores.

—¡No puede estar en esta zona, señora! ¿Quién se cree que es? —El guardia estaba enfurecido, pero debió moderar su lenguaje.

—Soy la abogada de una desaparecida, una secuestrada y una muerta. Más te vale que no me jodas porque, de solo pensar en mis clientas, me pongo de tan mal humor que me dan ganas de acusarte de cómplice de secuestro, tortura y asesinato. Vamos a ver si en cana sos tan guapo como acá. Cuando los presos sepan que sos de seguridad te van a vestir de novia y te van a coger tantas veces que, al final, la vas a terminar disfrutando. Si querés que tu ano siga siendo virgen, no me rompás los ovarios. ¿Entendiste?

El hombre estaba conmovido. Posiblemente se imaginó en un pabellón lleno de rufianes que odiaban a los guardias de seguridad. Y la voz de esa mujer, su taquito repiqueteando en el piso con obstinación, ese color azul que trataba de embelesarlo como a un adolescente, lo convencieron de que hablaba en serio. Nada peor que una mujer enfurecida que, además, era abogada de una asociación de mujeres.

2

—Vaya a admisiones, señora, por favor. Nos compromete a todos.

Ese fue el cirujano que operó a Ámbar. Era quien menos deseaba hablar del asunto.

—Voy a ir y voy a volver. No llamen a la policía porque la policía no va a venir; saben bien en qué quilombo están metidos. Ya les dije que tengo pruebas de cómo y cuándo secuestraron a mi clienta de este hospital para encubrir el atentado a su pareja.

Sarmiza mentía con vehemencia, que es el mejor modo de mentir. Mentir con vigor es más poderoso que una verdad irrefutable. ¡Privación ilegítima de la libertad! ¡Secuestro! ¡Y ese cadáver que rescataron del río tengo! ¡Otra secuestrada que estaba con mi clienta!

El cirujano no temblaba, podía aún controlar su sistema nervioso, pero estaba horrorizado. Todo lo que podía repetir era:

—¡Vaya a admisiones! ¡Vaya a admisiones!

—¿No tenés conciencia? —Sarmiza le gritó al cirujano.

Él debió gritar «¡No!», pero la conciencia es un veneno potente. Y el hombre se mandó callar porque sabía que la conversación empeoraría hasta el escándalo.

Una enfermera observaba la discusión desde su office. Tomaba notas en una pequeña hoja blanca, lisa, de una libreta que había comprado en el colectivo, donde la vendían junto a unas lapiceras Bic por monedas. Seleccionaba un medicamento y escribía en la blanca hoja de su libretita; seleccionaba otro, lo miraba y repetía el procedimiento.

Sarmiza se dirigió a Admisiones, que era el último lugar al que deseaba ir a preguntar. Sabía que ahí le mentirían descaradamente, que se ampararían en las falsas anotaciones que falsos empleados hacían para encubrir esos crímenes.

Cuando la recepcionista la vio, huyó por una puerta lateral y no volvió a aparecer. Los guardias la buscaron durante largos minutos, pero se había esfumado como solo Houdini hubiera podido hacerlo.

—Buen día —dijo casi a los gritos.

Los empleados la miraron con indiferencia. Estaban acostumbrados a que la gente les gritara por todo, por lo que era su tarea y por cualquier otra cosa que ocurriese en el hospital. Ninguno respondió al saludo.

—Soy abogada penalista. Estoy ocupada de un caso de intento de femicidio contra una mujer que fue baleada por la espalda, un secuestro por parte de un grupo de tareas y una mujer asesinada a la que le cortaron la cabeza y las manos para que no se la pudiera identificar. La mujer baleada fue atendida en este hospital y ustedes encubrieron el crimen. Voy a advertirlos por única vez: van a ir todos presos por cómplices de estos actos criminales. Y me voy a ocupar de que no salgan por muchos años de la cárcel.

Todos los empleados, al unísono, dejaron de hacer lo que estaban haciendo, miraron los ojos desorbitados de Sarmiza y empezaron a toser todos juntos. ¿Qué decía esa mujer de chaqueta azul, camisa blanca, pollera azul y zapatos a los que no podían verle el color, pero sí sentir el ruidito de un taco golpeando la baldosa roja?

Un empleado iba a responderle, pero una mujer lo interrumpió al instante.

—Soy la jefe de Admisiones —dijo al tiempo que se ponía de pie para encarar a Sarmiza.

—Usted no puede estar acá. Llamaré a seguridad.

—Si es al que me mandaron arriba, va a tardar un rato, porque todavía debe de estar rengo del pisotón que le di por atrevido. Le advertí que tengo pruebas de que la mujer baleada estuvo aquí, tal día, tal semana de tal mes. Que lo voy a acusar de encubrimiento y luego voy a hacer que lo alojen en el pabellón de violadores, los que aman cualquier esfínter que se les presente. También hay para todos ustedes. Compren suficiente vaselina.

La mujer puso su mano en el pecho. Tosió, pero no de compromiso.

—Díganos su nombre, al menos.

—Doctora Sarmiza, abogada penalista, buena, muy buena. Busquen en Google para sacarse la duda. —Uno de los empleados al instante googleó su nombre y empezó a leer detenidamente. El currículum de Sarmiza era muy extenso y las condenas logradas, muy importantes. Su especialidad: femicidios. Le quedó claro que la mujer no hablaba en broma.

—¿Y usted quién es?

—Soy la jefa de Admisiones, Irma. —Sarmiza tomó nota del nombre que estaba impreso en un pin que la mujer llevaba sobre su pecho.

Irma Grese, anotó con letra clara y prolija.

—Otra más para declarar como imputada.

—Dígame qué quiere saber, doctora, y trataremos de ayudarla sin que nadie sufra un procesamiento.

Sarmiza le entregó un papel en el que estaba escrito el día en que Ámbar fue baleada y Guadalupe avisada de que en ese hospital estaba internada en terapia intensiva.

La mujer, con serenidad, llegó hasta el escritorio del hombre que había googleado los antecedentes de Sarmiza. Ella le entregó el papel y él le señaló la pantalla. La mujer leyó por arriba lo que decía en el blog de Sarmiza y luego, con voz muy pausada y serena, le dijo:

—Por favor, busque en la base de datos quiénes ingresaron a quirófano esa tarde y esa noche. —El hombre solo atinó a mover la cabeza afirmativamente.

—Luego imprima los datos para dárselos a la doctora.

Otro guardia de seguridad llegó por detrás de Sarmiza. Miró a la jefa de Admisiones y la mujer le hizo una seña para que se calmara. Sarmiza ya había calculado la distancia entre el hombre y su patada. Esa vez iría por sus testículos y no por sus pies.

El guardia movió los labios haciéndole una pregunta a la jefa de Admisiones. Sarmiza, por el rabillo del ojo, los leyó con claridad.

—¿Quiere que llame a la policía?

Ella volteó y lo miró a los ojos.

—Es inútil que la llamés. La policía sabe quién soy y por qué estoy acá. Ellos están hasta las bolas con estos crímenes. No van a venir hasta media hora después de que los llamés. Es su manera de lavarse las manos. Nadie come vidrio en este mundo. Mejor dejate de hacerle sugerencias a la señora, que bastantes problemas tiene.

El guardia sacudió la cabeza e iba a decir «yo no dije nada», pero prefirió callar, lo que fue oportuno y prudente.

—Doctora —la mujer llamó la atención de Sarmiza—. Ese día ingresó a quirófano una mujer de nombre Plácida, Plácida More Lesbiyanka, operada de cáncer de intestino por un cirujano de guardia. Aquí están todos los nombres del equipo que hizo la intervención.

La mujer, a los pocos días, falleció y su cadáver fue retirado por el gobierno de la ciudad porque no tenía familiares. Por el tiempo que ha transcurrido, ya debe de estar sepultada en algún lugar del cementerio de la ciudad. Si desea, y aunque sea algo totalmente irregular, le puedo entregar copia de la historia clínica, el certificado de defunción y la orden de enterramiento. Todo sea porque no nos mande presos a nosotros, simples trabajadores, para que nos violen durante todo el día una banda de sádicos que usted mandó presos por sus crímenes.

—¿Lo que me dijo está impreso en ese papelito?

—Sí, doctora. Es para usted.

—Se lo agradezco, señora. Ya nos veremos en Tribunales. Busque un buen abogado, le aseguro que lo va a precisar. ¡Ah! Y un bidón de vaselina.

3

Sarmiza salió a la calle. Abandonó el hospital enfurecida. Era un mal día. Muy malo. De esos días en que pensaba que lo mejor era no haberse levantado de la cama, fumar en casa tomando café negro y amargo.

¡El café no lo tomaba así nomás! De ninguna manera. Lo tostaba en la cantidad necesaria, lo molía con su pequeño molinete artesanal y luego lo preparaba en su cafetera italiana, la que le había regalado una clienta después de que lograra condenar al hombre que la había violado. Por eso, el café hecho de ese modo tenía para ella un sabor especial.

Pero había tenido que dejar la cama, olvidar el buen café, fumar desde que se levantó y salir hacia el hospital, donde sabía que le mentirían por complicidad o por cobardía. Si había algo que la enfurecía era que le mintieran. Odiaba la mentira.

La gente pasaba a su lado y se enredaba con el humo de su quinto cigarrillo, el quinto desde que salió al parque del hospital, miró su celular, leyó algunos WhatsApp y respondió un mensaje que “La D” le mandó y que parecía importante.

—Cinco al hilo —se dijo—. No puedo seguir fumando así, me voy a morir de cáncer de pulmón.

Dio una pitada larga, muy larga. Tragó el humo. Lo disfrutó hasta en el último alvéolo ennegrecido de alquitrán.

—¿Cuántos químicos tendrán estas mierdas? —se preguntó mirando la brasita encendida del cigarrillo.

—Demasiados —se respondió y volvió a pitar con energía.

Una persona tocó su hombro. Sarmiza giró excitada. No esperaba una mujer que llamara su atención palmeándola suavemente y mirándola con ojos de alguien a quien se le murió un ser muy querido. No esperaba esa mirada triste, sino una trompada, como tantas otras veces le habían propinado por meterse en asuntos que debían permanecer ocultos.

—¿No me convidaría un cigarrillo?

El pedido desorientó a Sarmiza, que esperaba otra cosa: una puteada, un reproche, pero no un pedido tan simple. De todos modos, Sarmiza detestaba convidar sus cigarrillos; era algo que realmente le molestaba. Pero esa mañana estaba tan enfurecida que hasta su crónica mezquindad con el vicio del tabaco quedó reducida. Como nunca, metió la mano en la cartera, tomó el atado de cigarrillos y convidó a la mujer de mirada triste. Tal vez venía de enterarse de la muerte de un ser querido y necesitaba fumar para disipar por el humo tanto dolor. El cigarrillo siempre daba consuelo y compañía; si lo sabría ella.

—¿No me daría fuego?

La mujer se lo pidió y al instante llevó el cigarrillo a su boca.

Sarmiza volvió a meter la mano en la cartera. Extrajo su encendedor Bic y lo encendió. La mujer cubrió con sus manos la llamita y aprovechó ese momento para poner en la mano de Sarmiza un bollo de papel de reducido tamaño. Echó el humo por la boca y, para no arrojarlo a la cara de la samaritana, aquella que la había convidado, volteó hacia un costado. El humito se disipó dibujando unos rulitos pequeños y graciosos.

—Gracias, doctora. Que tenga un buen día.

Le dejó una sonrisa y se marchó por donde había llegado.

Sarmiza sabía que nunca le había dicho que era abogada. ¿Cómo sabía la mujer quién era? Simple: porque debía haber estado en el hospital cuando ella increpaba al enfermero o luego a la jefa de Admisiones. Pero, en medio de la refriega, no había notado su presencia.

Guardó el bollo en su cartera y paró un taxi. No usaba su automóvil cuando estaba en esas tareas de investigación combinadas con amenazas e insultos perfectamente estudiados en el marco del Código Penal. Las apretadas debían responder a algún articulado, a algún inciso que las justificara.

Sabía que su auto estaba lleno de trazadores, micrófonos y espías que viajaban escondidos en su baúl, en el aire de sus llantas o en los vapores tóxicos de su caño de escape. Ya le habían cortado los frenos en más de una oportunidad. Y alguna vez, sabía, le harían un daño a su automóvil que ella no podría detectar fácilmente para que se matara en una autopista o en una ruta cuando viajara a alta velocidad. Por eso, ese día no llevó su automóvil, para evitar algún inconveniente de más.

Le indicó al chofer la dirección de la Asociación. Recién allí vería de qué se trataba el bollo de papel que la mujer puso en su mano mientras encendía el cigarrillo y cuál era la importancia del mensaje que le había enviado Dolores con carácter urgente.

Las mejores informaciones muchas veces llegaban de modos extraños. Sospechó que esa vez le habían llegado en medio de una llamita de encendedor y de unas manos que encubrían el aporte confidencial con esmero.

—Ojalá no me equivoque —se dijo.

Y prendió su sexto cigarrillo al hilo. Pero ni pensó en dejar de fumar.

4

Puso el bollo de papel que le dejó la mujer sobre el escritorio. Sin intuir de qué se trataba, lo dejó al lado de unas fotocopias de un cuaderno marca Gloria. Eran fotocopias de un manuscrito. La letra era, sin dudas, de una mujer.

Buscó con la mirada a Dolores, quien la saludó alzando una mano. Luego llegó hasta ella trayendo dos cafés para compartir. No sería el que ella tostaba y molía para hacerlo en su cafetera italiana, pero le vendría bien para excitar un poco más sus nervios.

—¿Cómo te fue? —preguntó Dolores.

—Nada mal. Nadie me puteó, nadie me pegó y dejé rengo a uno de seguridad. Nada mal.

Dolores miró el bollo de papel.

—¿Qué es eso?

Sarmiza miró las fotocopias.

—¿Y esto?

—Otro regalito que le hicieron a Guadalupe. Ella está viniendo para explicarte. Le hicieron mierda la casa. Toda rota.

—Hijos de yuta. Están histéricos. Van a los martillazos por el mundo.

—Esperemos que no nos den uno por la nuca.

Sarmiza se tocó la cabeza con el dedo índice.

—Ponete casco, Dolores.

—Lo voy a considerar. ¿Y ese bollo?

—Todavía no sé qué es este bollo. No quise abrirlo en la calle. Puede ser cualquier cosa: una boludez, una amenaza o algo importante. Me lo dio una mujer que parecía una viuda que venía de enterrar al marido. Estoy segura de que escuchó mis peleas en Terapia y Admisiones. Pero no la vi durante las discusiones.

Dolores se encogió de hombros.

—Abrilo y te vas a enterar qué tiene.

Sarmiza sorbió el café de su taza. Entrecerró los ojos buscando la imagen de la mujer durante su discusión con el enfermero acobardado, cuando le dio tremendo pisotón al guardia, cuando amenazó a la jefa de Admisiones. Pero no la encontraba por ningún lado.

Bebió otro sorbo de café. Revolvió inútilmente el café en la taza porque ella lo tomaba amargo, sin azúcar, sin los horribles edulcorantes con sabor a metal. Prendió otro cigarrillo. Echó el humo por la nariz, luego por la boca, luego otra vez por la nariz. Echó la ceniza al piso.

Sin mirar a Dolores, se sentó en su silla. Aun sosteniendo el cigarrillo entre los dedos índice y mayor, se cubrió el rostro con las dos manos. Repasó cuadro a cuadro cada escena en el hospital, pero la mujer era un misterio. Ni una sombra de ella, ni una sospecha de quién era.

Dejó el cigarrillo en el cenicero. Tomó el bollo de papel entre sus manos. Lo abrió y lo estiró con sumo cuidado. Era una nota manuscrita. Era una letra muy pequeña, esmerada, de alguien que se había tomado su tiempo para escribir todo eso.

Vino a su mente la imagen de la enfermera que tomaba nota de los medicamentos, pero no recordaba su rostro.

Dolores estaba expectante. Iba a hablarle, pero conocía a Sarmiza de memoria. Si la interrumpía cuando estaba reflexionando, de seguro se iba a enfurecer y la iba a mandar a la mierda, como hacía siempre. Cuando estaba en ese estado, lo mejor era esperar pacientemente a que ella decidiera hablar sobre aquello que estaba pensando.

Volvió a estirar la hoja con las dos manos. Aun con un cigarrillo esperándola en el cenicero, encendió otro. Dos humos la cercaban a cada lado. Apartó con cuidado las fotocopias del cuaderno Gloria y empezó a leer.

«El día que usted dice entró una mujer baleada por la espalda. Dos tiros. Uno perforó el pulmón, el otro rebotó en el hueso del omóplato. Se salvó de milagro. El doctor que la operó estaba de guardia. No entró nadie con el nombre Plácida More Lesbiyanka. Busque y verá que ese nombre es falso. No existe. Los datos son falsos. Esa supuesta mujer figura que fue cremada. Nadie la podrá encontrar.

De la mujer baleada no supieron nunca cómo se llamaba realmente. Estaba mejor, pero una noche vino un grupo de seis hombres, todos armados, y se la llevaron. Acá están todos amenazados. Al que habla le van a matar a toda la familia. Los tipos eran pesados y parecían unos tremendos hijos de puta. Nadie va a decir una palabra porque nadie quiere que le violen a sus hijas, a sus esposas, que maten a la familia.

Espero que le sirva de algo. No tengo más datos. A mí no me va a encontrar nunca. Suerte.»

5

—More Lesbiyanka, More Lesbiyanka. Este es un nombre inventado. ¿Quién será el hijo de yuta que se dedica a pensar estas mierdas? —Sarmiza estaba disgustada con el descubrimiento que una colega hizo sobre el falso apellido de “Plácida”, la supuesta paciente muerta de cáncer y rápidamente cremada en el cementerio de la ciudad.

Dolores la miraba con sorpresa, un tanto por el enojo que mostraba y otro tanto por saber a qué se refería.

—En inglés, more quiere decir más. ¿En qué idioma es Lesbiyanka?

—Buscalo en Google. —Sarmiza lo buscó—. Lesbiyanka es ruso. ¿A que no sabés qué quiere decir?

—No lo sé, pero algo me imagino.

—Lesbiana. En ruso, lesbiana; en inglés, more
es más. Más Lesbiana. Plácida Más Lesbiana. Plácida puede significar apacible, tranquila, sosegada, pacífica, quieta; también deliciosa, encantadora, deleitable. ¿Cuál elegís, Dolores?

—Deliciosa o Deleitable. Deliciosa Más Lesbiana o Deleitable Más Lesbiana.

—¡Hijos de puta! Ámbar es hermosa. Deliciosa o deleitable y lesbiana.

—“Más Lesbiana”.

—¿Habrán cremado alguna mina de la que no tenemos ni idea? —preguntó Sarmiza, indignada.

—¡Cómo lo voy a saber! Estos tipos son capaces de cualquier porquería.

—¿Y Ámbar?

Dolores se encogió de hombros. ¿Cómo saberlo?

—¿La habrán matado y luego cremado?

—De todos modos, Sarmiza, tampoco sabemos si lo que te escribió esa misteriosa mujer en el papelito es cierto. Parece que sí porque coinciden muchos datos. Pero no podemos asegurar nada. Son tipos muy retorcidos.

—¿Sabés qué creo, Dolores? Que estos chotos se divierten con nosotras. Nos toman de boludas. Balean una mina, secuestran a su pareja, desaparecen a una que estaba en el calabozo con ella, luego desaparece Ámbar y vuelven difunta a una mujer con un nombre de joda: “Deliciosa Más Lesbiana”… ¡Nos joden, Dolores! ¡Se cagan de risa de nosotras!

—¡Qué querés que haga! Esto es así, ya lo sabemos. ¿A Guadalupe qué le vas a decir?

—No queda otra que la verdad. No la voy a versear, no puedo ni debo.

—¿No te conviene antes darte una vueltita por la comisaría? —preguntó Dolores, porque creía que había que advertir a la policía.

—Tenés razón. Voy a ir a joderlos en su guarida. Se ponen como locos cuando aparece una mina como yo hinchándoles las pelotas. A los canas no les gusta que una mina los mandonee. Para ellos las minas solo sirven para lustrarles la cachiporra. Imbéciles. Voy a hacerte caso. Antes de hablar con Guadalupe voy a joder a la cana. Si llega antes que yo, decile que me espere, que quiero hablar con ella.

—Muy bien, doctora. La esperaremos aquí, juntas las dos y sus acompañantes.

—No la dejás sola nunca.

—No, nos van a tener que matar a varias para tocar a Guadalupe.

—Esperemos que no sea necesario. ¿Y estas fotocopias de qué tratan? Me las voy a llevar para leerlas.

—Mejor andá a la comisaría y, cuando vengas, te lo explica la propia Guadalupe. Si ella no volvió todavía, yo te digo lo que sé.

—Adelantame algo, si no, no voy a saber qué estoy leyendo.

—Ayer, cuando las chicas fueron con Guada a buscar ropa y otras cosas a su departamento, estaba todo hecho mierda. Le destrozaron el departamento. No quedó nada sano.

Hicimos la denuncia en la comisaría de la zona. Intervino un fulano, después te doy el nombre. Robo, caratuló.

—Pero eso hay que tirárselo al pendejo del fiscal.

—Eso sabés vos.

—¿Y estas fotocopias qué tienen que ver?

—Cuando Guada y las chicas salían, el portero la llamó. Le dijo que él no había escuchado cuando robaban en la casa y después le dio este sobre. El tipo le dijo que lo habían echado debajo de la puerta de la portería y, como tenía escrito el nombre “Guadalupe”, lo guardó para dejarlo después, cuando hiciera la recorrida por los pisos. Parece que el tipo se olvidó de echarlo por debajo de la puerta.

—¿Buscarían eso los tipos que entraron?

—Puede ser. Guadalupe cree que sí. Por lo que está escrito. Nos dijo que es un manuscrito que podría ser del ama de llaves que la crio cuando chica. Una especie de diario o memorias de la mujer que fue el ama de llaves de su casa de la infancia, la que le cosió el sobre de seda azul en el que ella guardó sus primeros escritos, esos que publicó acá, en Buenos Aires, con el título de “Palabras como filos”.

—“Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje”. Los llamados de amenaza.

—Correcto.

—Pero la más importante de todas esas copias es una que vas a leer, que tiene por título Orden del día N.º 5…

—¿Y eso qué es?

—Parece un formulario oficial de la Agencia en el que se solían indicar las órdenes diarias para cada subordinado. El encabezado completo dice: “Orden del día N.º 5: Escarmiento ejemplar”. Guadalupe cree que está vinculado a la muerte de su madre. Cuando leas esa especie de memorias, no son muchas páginas, vas a encontrar un poema, no me acuerdo en qué hoja está, que parece un mensaje en clave. No tuvimos tiempo de deducirlo, es complicado. Además, Guadalupe estaba muy nerviosa y no podía pensar con claridad. El padre, la madre, el ama de llaves, Ámbar… Se le mezclaba todo, así que decidí dejar de lado esos escritos porque ni siquiera sabemos si son verdaderos o si forman parte del trabajo para desquiciarla.

Sarmiza guardó el sobre en su portafolio, tomó su cartera, saludó con un movimiento de la mano y salió rumbo a la comisaría donde, dijo, Guadalupe estuvo detenida.

Apenas dejó la Asociación, encendió su cigarrillo. Fumó con entusiasmo. La nicotina aceleraba su cerebro.

Creía que el objetivo no era matar a Guadalupe. Si eso hubieran querido, ya la habrían asesinado.

Matar a alguien, Sarmiza lo sabía, era muy fácil. Un drogón reventado, un chorro que sacan temporalmente de la cárcel para un trabajito, un voluntario que mata por disfrute. Matar es tan fácil como fumar. Ella podía fumar treinta o cuarenta cigarrillos al día. En el tiempo que fumaba sus cigarrillos, no menos de seis personas morían por día por distintos delitos. Y eso solo eran los denunciados, porque nadie tenía idea de aquellos de los que nunca se llegaba a saber.

Pobres de toda pobreza, perdidos en los latifundios, muertos por protestar, por pedir trabajo, porque alguien dijo que miraron torcido a un patrón. Por robarles diez pesos. Porque un fulano quería algo que ese pobre poseía. Tal vez lo único que tenía: una hija, un amor, una buena pala de punta. O una botella de vino. Una estadística imposible.

Cuatro mujeres por día eran chupadas para la trata y nunca más se volvía a saber de ellas. Estadística oficial que ignoraba los miles de “nadies”, las hijas de ninguna, las madres de nadie, las esposas de ninguno. Muchas, indocumentadas, recluidas en los ranchos, en las plantaciones, en el corazón de los latifundios. Mujeres sin nombre ni rostro, sin edad, sin muerte.

Matar era tan fácil como fumar, como tomar agua, como comprar una golosina. Si la mafia estaba en el propio gobierno, las posibilidades de que todo saliera mal eran más que altas. Conocía la consigna: ‘Ndrangheta y resignación o resignación y ‘Ndrangheta. Si convenía, más ‘Ndrangheta; si no, más resignación. Odio puro de clase. Doble odio si se trataba de una mujer. Triple si, además, era pobre.

El objetivo, deducía Sarmiza, era hacerla aparecer como una loca, una enferma degenerada, porque era lesbiana, una porquería, y estaba en pareja con otra lesbiana, otra porquería. Si desacreditaban a Guadalupe, sentaban precedente. El objetivo era neutralizarla y usarla como antecedente, como advertencia. De paso, hacer negocios. Los negocios mandan en este mundo.

Secuestro por dinero. Torturo por dinero. Mato por dinero. Prostituyo por dinero. Drogo por dinero.

Dinero, dinero, dinero.

Dios del mundo moderno. Dios supremo del gobierno de turno. El gran globalizador. Luego del dinero, el descarte.

Ámbar podía estar ya en un prostíbulo de la Agencia, recluida como prostituta hasta que muriera de sida o por las drogas. Ella no tenía familia, solo a Guadalupe. No había forma de rastrearla.

Sarmiza se detuvo en un quiosco y compró dos atados de cigarrillos rubios con filtro. Los caros, los más caros. Iba a fumar mucho ese día; mejor era aprovisionarse lo suficiente.

Luego de la comisaría, se dedicaría a leer las fotocopias del cuaderno Gloria y la «Orden del día N.º 5». Tal vez en esos papeles encontrara alguna pista.

6

Esa comisaría en particular le traía malos recuerdos. Allí habían secuestrado a una hermana suya los días del golpe de Capellini, en diciembre de 1975. Jesús Capellini. Jesús. Qué nombre para un tipo como ese. Sarmiza siempre tuvo presente esa ironía siniestra. Jesús Capellini, Jesús el golpista, Jesús el fusilador del ’56. Jesús, el crucificador. ¡Qué ironía!

La hermana era una piba bien, una piba entusiasta. Estaba pintando en una pared: “No al golpe de Estado…”. Allí terminó la pintada. Un patrullero la levantó junto a otra. Las llevaron a la comisaría. Sarmiza lo recuerda bien porque ella fue con la madre a buscarla a la comisaría. La negaron, les mintieron. Mientras la madre reclamaba por la hija, los policías la sacaron por el portón lateral que daba al estacionamiento, dentro del baúl de un coche particular.

La hermana fue a parar al Departamento de Asuntos Políticos de los federales. Tipos sin nombre, sin rostro, padres amorosos de familias amorosas, con hijos enternecedores y amantes suculentas. Ladrones sin uniforme, asesinos estatales con licencia estatal para matar. Ya estaba al mando de la policía el que después iba a ser el general-ministro de la muerte. El de la voz de pito y cabeza de adoquín. El general que explicaba que los desaparecidos no eran desaparecidos porque en la Argentina éramos “derechos y humanos”. Tal vez no tanto y por eso inventó lo de los errores-excesos de la guerra sucia. Errores, excesos, guerra sucia, artilugios macabros del lenguaje y la política.

En Asuntos Políticos, a su hermana la violaron varias veces, la torturaron con salvajismo. ¿Por qué? Porque había pintado: “No al golpe de Estado…”. ¡Y ese sí que era un delito gravísimo! ¡Cómo se iba a oponer una simple muchacha al golpe de Estado! Torturar a esa muchacha fue una necesidad para la seguridad del Estado. Ese no era un delito, ¡no! Era una labor de Estado. ¿Violar a esa muchacha? Ese no era un delito, ¡no! Era una labor de Estado.

Sarmiza recordaba siempre que la hermana no recuperó nunca su salud mental. Había muerto hacía ya un largo tiempo. Murió dormida una noche en que su corazón dijo: “Hasta acá. No puedo más. No quiero más”. Y se murió.

Esos hijos de yuta que la violaron y la torturaron anduvieron todos esos años alegres y felices con sus amorosas esposas y sus amorosos hijos y sus amorosas amantes, viviendo todos del erario público. Volver loca a la gente era un modo de sostener el control social. Torturar, violar y enloquecer. Nada nuevo bajo el sol.

Por eso Sarmiza tenía bien claro qué querían hacer con Guadalupe. Tenía pocas o casi nulas esperanzas en cuanto a salvar a Ámbar. Pero, dice el refrán, la esperanza es lo único que se debe perder.

Entró a la comisaría. Con su chaqueta azul, su pollera azul y sus zapatos de taco aguja de color azul. Taconeó fuerte para molestarlos. A los policías no les gustaban las mujeres de carácter. Las querrían sumisas, algo lelas y dispuestas a abrir las piernas para una penetración policial. Así luego tendrían algo de que reírse.

La vieron entrar. Con la camisa blanca y el trajecito azul, a todos les pareció una bandera que entraba flameando con modos propios, casi insolentes.

La conocían. De memoria. Fue cuando lo de Cromañón. O cuando detenían a las centroamericanas que trabajaban en su zona bajo el mando de los proxenetas que ellos controlaban. La conocían y cómo la conocían.

El policía que oficiaba de recepcionista la miró con asco. Sarmiza lo ignoró por completo. No lo saludó. No había nada peor para el tipo que lo ignoraran o lo trataran como si fuera solo parte del mobiliario.

—Quiero hablar con el comisario. —Le ordenó, pero sin siquiera mirarlo. Le habló a una silla que estaba en el fondo del pequeño recibidor.

—¿Y usted quién es, para pedir por el comisario? —respondió nervioso el policía.

—Ya te vas a enterar cuando tu mujer te tenga que llevar Hipoglós a Ezeiza para que te alivies las paspaduras que te van a dejar todos los presos en el culo. Llamá al comisario y decile que está la doctora Sarmiza. Él sabe bien quién soy.

—¿Qué decís, loca de mierda?

—Loca, re loca, puta y reputa. Agarrá el comunicador y llamá al comisario antes de que te arranque las bolas.

El policía estaba realmente enfurecido. Y eso era precisamente lo que Sarmiza quería. Un poco por la hermana. Siempre que entraba a esa comisaría armaba un buen quilombo por la hermana. Una modesta venganza inofensiva. Pero también porque, cuando un tipo pierde el control, y más si es policía, es muy fácil que hable de lo que no debía hablar.

—¿Te volviste loca? Te voy a meter en un calabozo para que se te pase la locura, loca de mierda.

—Yo seré loca, pero ustedes son unos hijos de yuta que permitieron secuestrar a una clienta mía de manera ilegal y permitieron desaparecer a una muchacha que tenían chupada en alguna mierda como esta comisaría. Cuando te denuncie y te mande preso, vas a ver qué loca de mierda soy. Después te visito en Ezeiza y te llevo manzanilla para que te hagas baños de asiento, para que desinflames las hemorroides.

El comisario la escuchó apenas abrió la boca. La conocía de memoria. Reconocía su modo de taconear, de hablar, de fumar, de maldecir. Como el tango, él podía cantar: “No habrá ninguna igual, no habrá ninguna”.

Interrumpió la discusión cuando Sarmiza no dejaba de provocar al policía diciéndole “hijo de yuta, hijo de yuta”, un insulto tan vulgar como eficaz. No había policía que no perdiera las formas cuando se lo echaban en cara. “Hijo de yuta”, imposible humillar de un modo mejor.

—¡Doctora! ¡Tanto tiempo sin vernos! —El comisario saludó a Sarmiza con una amplia sonrisa y los brazos abiertos.

—¡Comisario! No hace tanto tiempo que estuve acá por otro delito tolerado por ustedes.

—¿Quiere pasar a mi despacho? Usted cálmese —le ordenó al policía que estaba de guardia—, la doctora es una vieja amiga de la casa.

El hombre no estaba muy seguro de que esa mujer pudiera ser amiga de la casa. Sus menciones sobre el Hipoglós, la manzanilla y los presos de Ezeiza le hacían creer todo lo contrario.

El comisario invitó a Sarmiza a sentarse en un sillón que daba a su escritorio. Él se acomodó en otro, tan amplio y cómodo, y se reclinó suavemente sin dejar de mirarla. Sus ojos no demostraban sentimiento alguno. Era un hombre que sabía disimular sus estados de ánimo. Comandaba una comisaría difícil en una zona difícil.

—¿En qué puedo ayudarla, doctora?

—En esta zona fue secuestrada una clienta mía. Fue cuando estaba en el hospital, también de esta zona, averiguando por su pareja, que habría sido baleada esa tarde.

—¿Baleada? —Sarmiza captó la sutileza del lenguaje.

—Sí, baleada. ¿Por qué?

—Si una persona fue baleada en esta jurisdicción, tiene que estar asentada en el registro diario. Tuvimos que haber intervenido por uso de arma de fuego y lesiones graves. Puedo pedir el libro y buscar si me dice el día. También podemos llamar al servicio de emergencias del gobierno. Si hubo un incidente armado como usted me dice, ellos deben de tener registro.

Sarmiza, en otras circunstancias, hubiera reído. Podía imaginar una voz sonando en la radio:

—¡Natalia! ¡Natalia! ¡Uso de arma de fuego y lesiones graves! ¡Pum! ¡Pum! ¡Natalia! ¡Natalia!

Le resultaba casi imposible no reírse.

—No se trata de un hombre, se trata de una mujer baleada —lo corrigió Sarmiza.

—¡Ah! Una mujer… —Ella ya sabía por dónde iba a disparar el comisario.

—Dos mujeres, una baleada y una secuestrada. —Esperó unos segundos tratando de encontrar algún gesto, uno pequeño que describiera de alguna forma una sensación, un sentimiento del comisario. Pero el hombre era imperturbable.

—¡Qué digo, dos! Eran tres mujeres.

—¿Tres, doctora? ¿Por qué no hace bien la cuenta y después me dice qué busca? Porque empezó con una, siguió con dos y ahora son tres. No me venga con que no hay dos sin tres.

—La tercera era una muchacha que tuvo un altercado. Está desaparecida. De ella no hay rastros.

—Doctora, es muy grave lo que me está diciendo. Vaya y haga la denuncia en la fiscalía sobre violencia contra la mujer. Aquí somos respetuosos de la ley y voy a colaborar en todo lo que la Justicia me pida. ¿Cómo van a andar secuestrando personas como en la dictadura? —Sarmiza pensó en ese momento: «No podés ser tan hijo de puta», pero se mordió la lengua—. ¿Cómo vamos a tolerar el secuestro de mujeres indefensas? ¡Doctora! ¡Usted nos conoce!

—Por eso estoy acá. La denuncia ya la hice y por eso estoy acá.

—Entonces, ¿yo en qué podría ayudarla?

—Quiero que me brinde toda la información que tenga.

—¿Qué quiere? ¿Ver los libros?

—Los libros, las filmaciones.

—Los libros, ¡ya los pido! Las filmaciones, usted sabe, doctora, tienen que ser por exhorto judicial.

—Exhorto, exhorto. Me recuerda algo que le dije a su muchacho cuando entré.

—La escuché, sí. Pero es otra clase de exhorto.

Por el intercomunicador le pidió a la guardia los libros de la seccional. El policía que recibió a Sarmiza entró y la miró con singular fastidio. No podía dejar de pensar en la amenaza de la mujer sobre Hipoglós, manzanillas y los delictuales penes de los presos.

—Aquí los tiene, doctora, mire lo que quiera. —Con un movimiento de la mano le ordenó al guardia que se retirara.

Sarmiza fue y vino por las hojas. Leyó renglón por renglón el día del atentado, el día de la detención y los días previos y posteriores. Conocía la maña de anotar algunos datos en fechas diferentes para diluir responsabilidades. Pero no había nada escrito sobre ninguna de las tres mujeres.

—¿Quiere un café, doctora?

—Le agradezco, pero acabo de tomar uno muy rico —mintió sin convicción.

—Mire que es bueno. Me lo regalan acá, de una cafetería amiga, la de la otra esquina.

—Me imagino qué contentos que están cuando le regalan el café.

—Sí, mucho. Aprecian nuestro trabajo.

—Lo sospeché desde un principio.

El comisario soltó una carcajada.

—¿Encontró algún delito del que acusarme?

—Si busco delitos puedo encontrar por docenas, pero lo que busco aquí no está.

—No podemos falsificar los libros, doctora. Me extraña. ¿Y por qué no me dice los nombres de esas tres mujeres? Así puedo ayudarla a buscar la que la preocupa.

—Ya lo va a llamar el fiscal de la causa. Él le va a dar todos los datos.

Sarmiza estaba realmente molesta. Encendió un cigarrillo y echó una larga pitada.

—¿Conozco al fiscal, doctora?

—¡Seguro! Entre ustedes todos se conocen. Hacen como los perros: se huelen el culo y ya saben de quién se trata.

—Doctora, doctora. ¡Con lo bien que podríamos llevarnos!

—No lo crea, comisario.

—Curiosidad masculina, doctora. ¿Se trata de tres lesbianas? Porque mire que las lesbianas son muy complicadas, tienen muchos conflictos, doctora. ¡Qué le voy a explicar a usted, que se dedica a defender lesbianas!

En esta seccional, noche por medio, tenemos escándalos con las lesbianas. Se dan, no se imagina, doctora, cómo se dan. Se matan. Peor que los putos, mire lo que le digo.

Sarmiza dejó caer la ceniza al piso. Sabía que eso al comisario lo enfurecía. Era obsesivo con la limpieza de su despacho. Se puso de pie, tiró el cigarrillo al piso, lo pisó con entusiasmo y estiró con las dos manos las arrugas de la pollera.

—Guadalupe, Ámbar y el nombre de la tercera no lo sabemos.

—Guadalupe, Ámbar y una NN. —El comisario repitió los nombres.

—La tercera, un tatuaje. El tatuaje es lo importante.

—La chica del tatuaje. Ya tiene un lindo título para su escrito. Póngalo en mayúsculas: «LA CHICA DEL TATUAJE». ¿También lesbiana?

—Buen día, comisario.

—La acompaño, doctora. Mi guardia quedó sensibilizado con usted. Los muchachos no suelen tener buen humor cuando alguien amenaza sus esfínteres.

Fue con ella hasta la entrada misma de la comisaría.

—¿Doctora? ¿Le puedo hacer una corrección?

—¿Sobre qué asunto?

—Los baños de asiento no son de manzanilla. Son de hoja de malva.

—Aprecio su experiencia.

—Las merece. —El comisario la despidió amablemente.

Sarmiza salió a la calle, encendió otro cigarrillo, echó el humo a la cara del hombre y se marchó sin saludar. El comisario la siguió con la vista hasta que dobló en la primera esquina.

El policía de guardia lo miró algo desconsolado.

—No pasa nada —le dijo y le palmeó el hombro—. A esta loca la conozco desde hace veinte años. No tiene nada. Tres lesbianas y un tatuaje. ¿Sabés adónde va a ir con eso? Tranquilo. Todos tranquilos. Lo único que espero es que esta tipa se muera de un buen cáncer de pulmón. Groso, bien groso. Con una buena metástasis. ¡Cómo fuma esta hija de puta!

***

XXII

La búsqueda – Segundo desencuentro (II)

Orden del día N° 5

1

ASUNTO: Escarmiento ejemplar.

VISTO:

Las reiteradas manifestaciones de indisciplina, alteración del orden interno, desacato a las directivas impartidas por el personal responsable y demás conductas impropias observadas en la causante.

CONSIDERANDO:

Que la persistencia de tales comportamientos afecta el normal desenvolvimiento de las actividades asignadas a esta Dependencia y compromete el adecuado mantenimiento de la disciplina requerida por las circunstancias.

EL JEFE DEL DESTACAMENTO

ORDENA:

1.º Procédase a la aplicación de las medidas necesarias para lograr el adecuado encuadramiento de la causante.

2.º Reitérense dichas medidas cuantas veces resulte necesario hasta obtener los resultados esperados.

3.º Autorízase al personal interviniente a adoptar los procedimientos que estime convenientes de acuerdo con la evolución de la situación planteada.

4.º Evítese toda situación susceptible de alterar el normal funcionamiento de la Dependencia.

5.º Manténgase informado al Comando respecto de cualquier novedad que pudiera producirse.

6.º El incumplimiento de la presente orden hará pasible al personal responsable de las sanciones previstas para los casos de negligencia, indisciplina y desacato.

7.º Regístrese, comuníquese y archívese.

POR ORDEN DEL JEFE DEL DESTACAMENTO

Firma: ………………………………….

(solo un garabato ilegible)

2

Guadalupe leyó el documento decenas de veces. Se tomó todo el tiempo que precisó para comprenderlo en su verdadero significado.

Se trataba de un formulario prolijamente redactado. La caligrafía era decididamente masculina y militar. Letras parejas, exactas, de curvas limpias, de rectas todas de la misma dimensión y del mismo grosor. La nota estaba precedida de un membrete oficial. Tal vez uno de circulación interna de una institución militar que no estaba especificada. Ella no conocía el significado de su sigla.

El documento, al llegar junto con las dieciséis hojas manuscritas que sin duda pertenecían a Amanda, adquiría una dimensión de certeza absoluta sobre quién era su verdadero autor. Y Guadalupe estaba segura de que esa fue la intención de quien o quienes le hicieron llegar el sobre. Que no le quedara duda de que esa Orden del día N.º 5 había sido redactada por su padre y que la víctima que sufrió el castigo fue su propia madre.

Doña Encarnación Mercedes, la patrona, como se la conoció al principio, cuando llegó a la casona y comenzó a parir hijos periódicamente para criarlos hasta los tres años. Solo ella, Guadalupe Encarnación, esos eran sus dos nombres, aunque raramente usaba el de Encarnación, eludió esa orden sobre la crianza de los niños. Ella, la única, de tantos hermanos de los que nunca supo ni el número exacto, ni sus nombres ni sus destinos.

Solo Guadalupe Encarnación. Solo ella.

Sola, Guadalupe Encarnación. Completamente sola.

Durante años ella, Encarnación la patrona, Encarnación la loca, Amanda y los dos pianos. Y ese sonido sordo, reseco, el tamborileo sobre una tabla rasa, reseca como el propio sonido que salía del choque de las uñas contra la maderita. La puerta azul, azul de misterio, de enigma; esa puerta estirándose hacia arriba indefinidamente.

Guadalupe Encarnación, sola, con su sobre azul de seda azul que Amanda le cosió para que escondiera sus cartoncitos llenos de letras como cuñas.

Guadalupe Encarnación, sola en el internado. Con los desgarros de su vestidito blanco de novia y esos cuervos que sobrevolaban por encima de ella al grito de ¡Lupe! ¡Lupe! La niña enredada por las tres babas de diablo.

Sola hasta que llegaron María la breve, Francisco y el tío adivinador que predijo su retorno una tarde de ensueños, cuando volvió a la casa y motivó el festejo de todos los que la amaban. Bailó y bailó con todos los de esa familia de incontables niños iguales unos a otros, corriendo y comiendo sin fin; de tíos con los mismos nombres; de tías con los mismos rostros; los músicos sonando sus músicas etílicas.

Entonces se llamó Teresa.

Fueron años de amor y búsqueda, los años de Teresa.

Los últimos días de Teresa fueron al grito de ¡Ni una menos! Rescató a Guadalupe de las babas de diablo y le devolvió el sentido a su historia.

Sola de amor hasta que llegó Ámbar con su cálido aliento y sus suaves caricias. A la orilla del río de olitas repujadas. Ámbar fue el alivio, el perfume, la palabra y el silencio amoroso. Amor, esa era la palabra. Amor.

¡Y ahora no la tenía! Y no podía saber si volvería a sentirla a su lado. Esa era una angustia devastadora.

¿Otra vez sola?

Dolores cada tanto se lo repetía cuando la veía sumida en su interior, como si de allí no pudiera salir por sí misma.

—Nosotras nunca estamos solas. Siempre tendremos a alguien con quien luchar por cambiar las cosas.

¿Cambia, Guadalupe, todo cambia?

Sí, diría “La D”. Volvería con aquello de «luchar-fracasar-luchar-triunfar».

—Trelew nos espera, Guadalupe. No te rindas.

3

Viajaba en el Sarmiento hacia Liniers. Leyó en el tren algunas de las dieciséis hojas manuscritas por Amanda. En especial la N.º 12, la única que tenía título, El enigma, y que parecía un poema que exigía ser desencriptado. Su lenguaje oscuro, sus referencias confusas, la exasperaban. ¿Qué quiso Amanda ocultar entre esos versos? ¿Qué ocultó entre esas palabras?

Una pequeña hoja de una agenda tenía escrita, en una letra que desconocía, una dirección en el barrio de Liniers. Un nombre precedía a la dirección, pero estaba borroneado. Parecía que el paso del tiempo había evaporado la tinta azul con que había sido escrito aquel nombre. Guadalupe no podía deducir qué nombraba.

Podía ser un lugar, un nombre propio, un apellido. Podía no haber significado nada. Tampoco estaba segura de qué encontraría en esa dirección.

Dolores no dejaba de mandarle mensajes de WhatsApp. “La D” siempre se preocupaba por ella. Las compañeras que la protegían estaban atentas a quienes las rodeaban en el vagón del tren. Nada sospechoso. Nadie sospechoso. Guadalupe hubiera dicho: sola, solitaria, desierta, yerma. Como siempre hasta que llegó Ámbar.

Tratando de comprender el poema de Amanda, lo recitó para sí una y otra vez, buscando darles sentido a las palabras:

—Nueve es el número de la luz. Nueve es el número del camino. / Encontrarás así el nombre del esparto. / Allí está el cáliz donde abrevan las aves / su idioma musical, / comulgan con chicha y se deleitan. / Esta ave llegó desde el tumulto / de iracundos y cobardes puños. / En el encierro de un cielo subterráneo / que contempló el cautiverio de su arte / en un desierto de huesos apilados. / Allí soñó de frío la libertad / el tamaño de una patria doblemente centenaria. / Ave en ramos de sueños, / ave en vertiginosas torres / de sonido sobre sonido / en un enigma de cúpulas de cantos / en alegórica atmósfera de sepultura, / entre marfiles repiqueteando / como cascabeles blancos, / como cascabeles negros, / corcheas, semicorcheas, / silencios expectantes. / Alfombra de esparto enrollado / en su traje de fino caballero, / allí el gaucho hizo el mapa final / y entregó la última caricia azul / que es un cerrojo solo pasajero. / Toma la llave y abre el enigma / que nos dejó el gaucho: / nueve es el número de la luz, / nueve es el número del camino. / En el cáliz sagrado de la vida eterna, / las aves beben chichas musicales / y cantan para siempre sus canciones.

4

Descendieron en la estación Liniers. No eran muchas las cuadras que las separaban de la dirección escrita en la pequeña hoja de la vieja agenda. No había pasado mucho tiempo del mediodía. Algo más de media hora. El calor se hacía sentir, pero no era bochornoso. Muchas señoras iban y venían con sus changuitos haciendo las compras. Las sombras de los plátanos daban reparo a las tres mujeres que caminaban por una calle paralela a la avenida General Paz.

Llegaron al lugar indicado. El edificio de dos plantas no era muy antiguo y se lo apreciaba en buenas condiciones. Un gran árbol daba su sombra al frente y sus ramas tocaban el balcón del primer piso.

Todos los ventanales que daban a la calle, tres en total, uno muy amplio en la planta baja y dos más pequeños en el piso superior, estaban protegidos por celosías de hierro sujetas por una cadena que, seguramente, estaría unida por un candado para impedir que las abrieran para ocupar el lugar o robar algunos objetos que hubieran sido abandonados u olvidados.

Por encima de la amplia puerta, un cartel había sido removido. Con seguridad, en ese cartel estuvo escrito un nombre, el mismo que había desaparecido de la hojita.

Guadalupe llamó con insistencia. El timbre no sonaba, si es que lo había. Tal vez la electricidad estuviera cortada.

Golpearon las tres, con fuerza y al mismo tiempo. Los golpes resonaban, haciendo un eco seco y profundo, y se perdían en dirección a los fondos del edificio. El sonido les sugería que el lugar estaba vacío.

Nadie respondió a los llamados. Trataron de espiar a través de los vidrios de la puerta. Estaban, además de sucios, cubiertos en el interior por papel de diario para impedir que los curiosos pudieran ver qué quedaba dentro de la casona.

La vecina, que regresaba de sus compras y las vio tratando de mirar hacia el interior de la propiedad, se acercó para preguntarles qué buscaban allí. Y conversar de la casona, del calor, de la carestía de la vida. De lo que fuera. Hablar era un placer del que no había por qué privarse. Las muchachas no le inspiraban desconfianza y Guadalupe, por el contrario, le generó un sentimiento agradable, tal vez por esa sensación de fragilidad que transmitía en esos momentos de tristeza.

—¡Hola! ¡Hola! —las saludó curiosa. Sus ojitos iban y venían de una mujer a la otra. A Guadalupe la observó por largo rato. Su rara belleza le llamó la atención—. ¿Buscan a alguien? —preguntó—, porque este asilo hace tiempo que está cerrado. Nadie las va a atender.

—Nos dieron esta dirección para nuestro abuelo. —Guadalupe mintió aprovechándose del dato que la mujer les había dado sobre el lugar.

La señora explicó que el lugar fue clausurado después de que se suicidó una abuela arrojándose a las vías del ferrocarril Sarmiento en la estación Liniers. Ese incidente había sido la comidilla de todo el barrio. En todos los años que ella vivió en la barriada, y que eran muchos, nunca nadie se había suicidado. Fue un acontecimiento conmovedor, aunque algo brutal. La muerte bajo las poderosas ruedas del tren se hacía espantosa. Se podía hasta sentir el aplastamiento de la carne y los huesos contra los rieles, crujiendo la muerte, vagón tras vagón, hasta volver irreconocible a la infortunada anciana.

Guadalupe, cuando escuchó el relato de la vecina, comprendió cabalmente la segunda parte de la amenaza: «Sacá boleto de tren para tu último viaje». Ella nunca pensó en suicidarse. Pensó en amar, en luchar, en denunciar. Pero nunca en suicidarse. Tal vez quisieran que ella creyera que iban a arrojarla a las vías del tren.

La mujer estaba apurada por seguir su relato. Tanto deseaba hablar con alguien de aquellos conmovedores sucesos y ahora tenía tres. ¡Tres mujeres escuchándola con mucha atención!

—La abuela estaba un poco tocada. Bueno, eso dijeron —explicó entusiasmada la señora—. Ella decía que había vivido con el General Belgrano. ¡Mirá si iba a vivir doscientos años el General Belgrano! Y la abuelita, yo no la oí nunca, pero eso se comentaba, insistía en que ella lo cuidaba, que lo bañaba, que él le contaba sus cosas de la guerra.

Las tres mujeres seguían el relato de la vecina con distintos sentimientos. Para Guadalupe, esas palabras empezaban a darles sentido a muchas cosas que había visto o escuchado, pero que nunca había podido interpretar cabalmente. Los misterios de Amanda, la habitación del encierro tras la enorme puerta azul siempre custodiada. El enigma del poema y su mención a la patria bicentenaria.

Guadalupe no creía en la eternidad de los milagros. ¿Cómo iba ella a creer en milagros? Rezó y rezó por un milagro que nunca le fue otorgado y debió soportar, siendo una niña, el dolor penetrando entre sus piernas mientras tres babas de diablo enchastraban su boca, su cabello, su pecho. No hubo milagro ni la tarde aquella del vestidito blanco y los cuervos negros.

No existía el milagro de la sobrevida. Era una fantasía de una vieja loca que deliraba sobre la reclusión del General Belgrano en esa tórrida prisión de un pueblo sin lluvias. Delirio de un ama de llaves al servicio de un desquiciado, locura del hastío de la tierra yerma. Imposible, nadie es eterno.

Todos sabían que el General Belgrano había muerto el 20 de junio de 1820 y había sido sepultado en el atrio de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo. Amanda también debería haberlo sabido y, en su locura, olvidó una verdad tan elemental. Cuando la mente se extravía, hasta las cosas más evidentes se vuelven turbias e imprecisas. Como la vida, como la muerte, como la eternidad.

Pero la pregunta surgió espontánea: ¿quién habría estado encerrado durante todos los años que ella podía recordar en ese cubículo con olor a acaroína, siempre custodiado por soldados? Ella tenía prohibido acercarse al lugar y hasta la propia Amanda, en más de una oportunidad, la levantó en peso por intentar acercarse a la puerta azul de la habitación misteriosa.

Sin siquiera sospecharlo, la mujer le estaba desbrozando a Guadalupe el camino de lo que, a la postre, serían verdades que nunca hubiera imaginado. La señora hablaba y hablaba, llena de femenino entusiasmo. Pasaba revista a todos los detalles de la historia, algunos verídicos, otros, tal vez, agregados para embellecer el relato. Hablaba de aquella madrugada de la muerte, de la magnífica luna llena que rodó por las vías hasta devorar el cuerpito de la vieja; del pobre borracho que fue un testigo al que nadie quiso creerle, aunque ella estaba segura de que el hombrecito, borracho y todo, no mentía. Nadie miente cuando la muerte se acerca por el fondo de un andén hacia una vieja. Habló de la música que el borracho dijo haber oído sonar en ese instante. Una canción extraña, en un lenguaje desconocido para el hombre. Habló de la sonrisa triunfal que el ciruja le vio a la mujer mientras caía y caía bajo las implacables ruedas de la locomotora.

La mujer estaba realmente feliz de volver a hablar del triste asunto de la abuelita que se había suicidado en la estación de trenes. En el barrio ya no se hablaba más de eso. Cada tanto, muy de vez en cuando, alguien recordaba el suceso, pero como un recuerdo ligero del que no valía la pena seguir hablando.

—La gente sola y vieja se vuelve loca, ¿vieron? —explicó en tono de lamento—. Yo por eso vivo con mi hija y mis nietos desde que me quedé viuda. Dios lo tenga en la santa gloria. —Se persignó y alzó los ojos al cielo, que aparecía mezclado con las hojas del enorme plátano.

—Qué tristeza, ¿verdad? Cómo se fue a morir la abuelita que decía que cuidaba al General Belgrano. Por lo menos tenía una locura linda, una locura patriótica. Ahora no hay muchos patriotas, ni locos ni cuerdos. ¡Todos chorros los políticos! ¡Todos chorros, queridas! Ustedes, como son jóvenes, no han visto lo que yo vi. ¡Cómo se robaron el país! ¡Mirá si la abuelita tenía razón y el General estaba vivo! A todos estos los fusilaba sin decir «agua va». Porque Belgrano —y repitió el apellido del prócer para que no quedaran dudas—, Belgrano era muy decente, muy decente. Muy patriota. Nunca tocó un peso para él, murió pobre como una laucha. No como estos, que se roban todo y le sacan hasta el pan de la boca a la gente. ¡Pobreza cero! ¡Pobreza cero! ¡Mentirosos! ¡Qué caraduras! ¿No?

En otras circunstancias, Guadalupe nunca hubiera preguntado el nombre de la mujer muerta. Pero aquel relato casi resultó una provocación para ella.

Sin alzar la voz, suavemente, le preguntó a la mujer por el nombre de la suicida, como si fuera solo una curiosa ansiosa de ampliar el chisme en sus detalles.

—¿Usted supo cómo se llamaba esa abuelita?

—¿Yo? ¡Todos sabíamos quién era! Amanda se llamaba. En el barrio la conocíamos todos. Bueno, no, miento. No la conocíamos todos; sabíamos de ella porque venía a verla un muchacho medio regordete, de cachetitos colorados, que contaba la historia de la abuela y el General Belgrano. Contaba la historia y se reía como un chico. Nunca más supimos de él. La gente va y viene, ¿vieron? El apellido de la abuelita era portugués, pero no estoy segura de si era Silva o Da Silva. Pero si no es uno de esos, le pegué en el poste, como se dice. ¿Silva? ¿Da Silva? Por ahí cantaba Garay.

—¿Cuándo cerraron este lugar? —preguntó Guadalupe.

—Y… después de que se mató la abuelita. —La mujer miró en todas direcciones como si quisiera asegurarse de que nadie más que las tres desconocidas la estaba escuchando—. Se armó un lío bárbaro.

Se llenó de policías, ¡de militares! No saben el tole tole que se armó. Sacaron a todos los abuelos en un solo día y cerraron todo. Al día siguiente vinieron dos camiones de mudanza, de esos gigantescos, y como… no sé… cincuenta hombres y vaciaron todo. Adentro, dicen que está todo tapiado. Y desde afuera, como verán, no se puede ver nada.

—¿Nunca volvió nadie?

—Nunca. Ustedes son las primeras tres que vinieron a preguntar por este lugar. ¿Tenían un abuelito acá?

—No, señora. Como le dije antes, nos lo habían recomendado para traer a nuestro abuelo.

—¡Cierto que me dijiste! Pero no, nena. Disculpame que me meta. Buscate otro lugar. Este, si estuviera abierto, para mí está maldito. Por ahí todavía el espíritu de la abuela no pudo viajar al cielo. Viste que a veces pasa, que el cuerpo se muere, pero el alma se queda para terminar algo. Para mí que la abuela tenía algo más que hacer en este mundo. A la noche se escuchan ruidos, se escuchan gritos. Se escucha como si alguien rascara una madera. Y a veces hasta hay unas luces naranjas y otras azules que corren de un lado al otro de la casa. Los vecinos dicen que son los pibes. Pero mirá si los pibes se van a meter de noche en este lugar horrible. Se mueren de miedo si los meten de noche acá adentro. Buscate otro lugar, querida. Este mete miedo.

—Y a la abuelita esa, ¿sabe dónde la enterraron? —Una de las mujeres que acompañaban a Guadalupe se animó a preguntar sin estar segura de que la mujer supiera ese dato.

—¿Y vos para qué querés saber dónde la enterraron?

—De chismosa. Pregunto por preguntar, ya que estamos hablando de la pobre abuelita muerta.

—No, querida, nunca la encontraron. Se tiró abajo del tren y desapareció. No quedó nada.

—¿No es muy raro eso?

—Ya lo creo, querida. El único testigo, ya te dije, fue un borracho que también se murió al poco tiempo. Él fue el único que la vio cuando se tiró bajo el tren. También dijo que llegaron unos tipos corriendo para agarrarla, pero no llegaron a tiempo. La abuelita se tiró y no encontraron nada de ella. Cosas de Dios, qué querés que te diga. Yo que ustedes ni me meto.

El celular de Guadalupe sonaba caprichoso. Miró los mensajes. Era Dolores. Con su voz deliciosa se despidió de la señora. La mujer besó una por una a las muchachas. Un beso en cada mejilla. Costumbre sanjuanina, para qué negar el origen, les dijo sonriente.

Guadalupe y las mujeres que la cuidaban desandaron el camino que las llevó de la estación a la historia de la muerte de Amanda Da Silva.

5

El mensaje de WhatsApp llegó nuevamente con su ruidito metálico a cuestas. Guadalupe miró el celular. Era Dolores. Dolores no le perdía pisada.

«Volvé pronto. Sarmiza te está esperando. Llegó citación del fiscal para que vayas a declarar. Tienen que preparar la entrevista. Respondé.»

Guadalupe fue breve.

«Ya vamos», respondió.

Todo el viaje de regreso leyó una y otra vez el poema del enigma y empezó a hacer pequeñas anotaciones en los márgenes. Intentaba descifrar, por lo menos, algunas partes del escrito de Amanda.

El desencuentro con Amanda la desanimó. Ella sí hubiera podido responder muchos de los interrogantes que tenía. Jamás hubiera asociado al ama de llaves con el suicidio. Era ruda, fuerte, dominante. Tampoco la hubiera asociado con esas dieciséis páginas manuscritas. Hay personas a las que nunca se acaba de conocer. Algo de la sustancia de Amanda le pasó por alto. Algo de su verdadera esencia. Se justificó diciéndose que era tan solo una niña, pero se refutó a sí misma cuando se dijo que no era una niña cualquiera.

¡Cuántas veces, entonces, esperó que Amanda entrara a su habitación y le quitara de encima las tres babas de diablo! ¡Cuántas! Pero ella no podía gritar, el grito quedaba atascado en su garganta. Menos podía hablar de un asunto prohibido.

«Entre vos y yo», decían las babas de diablo, «entre vos y yo, mi amor».

¿Mi amor?

Cuando las babas de diablo pasaban, solo le quedaba abrazar a Encarnación sin poder soltarla, apoyarse en su pecho, acariciar su vientre, llorar entre sus brazos. Encarnación, quien ya tenía el aspecto de la desolación debajo de una piel exangüe.

«Mamá murió» fue lo último que supo de ella. Así, como quien tira un papel al cesto, quien arroja una piedra contra un charco, quien escupe por no tragar saliva. «Mamá murió» y fue todo dicho.

Por primera vez se aproximaba a ese evento tremendo. La verdad se toma su tiempo, es paciente. La mentira siempre tiene apuro por imponerse.

«Esta ave llegó desde el tumulto / de iracundos y cobardes puños.»

Describía el poema de Amanda.

Iracundos y cobardes puños.

Iracundos y cobardes puños.

Iracundos y cobardes puños.

Repitió tres veces Guadalupe. Luego vio un ave que moría entre esos golpes.

¡Cuánto necesitaba a Ámbar en ese momento de verdades que empezaban a salir de sus misterios! ¡Cuánto!

***

XXIII

Muertos que hablan

1

Faustino hurgó entre los huesos. Los había pequeños, y de a montones. Los ratones de ojitos rojos lo miraban ansiosos por saber si estaba dispuesto a convocarlos en la requisa. No todos los recién llegados tenían el mismo carácter hosco; los hubo, en alguna oportunidad, parranderos y borrachines que divirtieron a los roedores con sus canciones y vahos de alcohol que emanaban, sin protocolos, de sus coágulos.

Pero este recién llegado parecía poco dispuesto a compartir nada.

Ellos eran expertos en rascar el tuétano de todos los huesos luego de devorar las carnes. Ansiaban saborear esos restos descarnados que habían quedado de las últimas profanaciones. Intentaron aproximarse varias veces, pero Faustino los espantó blandiendo una vara que estaba hundida en la tierra anegada del fondo del pozo en la orilla.

Los ratones eran muy pendencieros. ¿Pequeños dientes? Sí, pero muy filosos, y sus ataques eran muy bien coordinados y llevados adelante por decenas de ellos. Eran verdaderos depredadores.

Además, estaban acostumbrados a las condiciones del pozo y en su hondura húmeda y pastosa eran los que gozaban de indudables ventajas.

Olían los olores que fueran. Podían distinguir el matiz de los perfumes que se apilaban desde el fondo profundo hacia arriba. Reconocían capa a capa a los enviados a la muerte que habían sido depositados como basura cada tanto. Ninguno se les había pasado por alto y nunca se habían equivocado respecto de su identidad. El último en llegar fue Faustino, que los garroteaba parejo todo el tiempo por poner a salvo los huesitos de los niños, los únicos que le dieron cierta ternura. Los vio tan pequeños, tan solitarios, que tomó rápidamente partido por ellos contra los ratones. Los ratones, llevados de su vasta experiencia depredadora, concluyeron que con ese recién llegado las cosas se pondrían espesas. Esperarían a la oscuridad para volver al ataque.

Allí no había nunca demasiada luz, y los amaneceres o los atardeceres no diferían demasiado unos de otros porque la penumbra propia del pozo los igualaba velándolos a los ojos de cualquier curioso. De todos modos, los curiosos no abundaban; nadie se animaba a curiosear ni por las inmediaciones del rústico osario de las quintas. Hasta los chupados sabían esquivar el camino que los conducía a él.

En la noche, la oscuridad del pozo era total. Por un raro artilugio, la luna nunca se posaba sobre su entrada. Estaba siempre o algo más acá o algo más allá de la boca del hoyo. El día que la luna iluminara de lleno la entrada y dejara ver su verdadero contenido, sería el día de las revelaciones. Los niños saldrían a la superficie y harían saber a todo el mundo sus verdades.

Toda la ribera donde estaba la tumba no era un lugar para los hombres y los ratones lo sabían perfectamente. Cuando los más díscolos empezaban a reclamar tierras para trabajarla, el patrón les mandaba a decir por los matones que sí, que les daría esas tierras que pedían, que veía con buenos ojos hombres tan ansiosos por trabajar sus propias tierras. Los mandaba en dirección al pozo, a la orilla mugrosa. A todos se les pasaban al momento las veleidades y camorras.

Mensúes y bolivianos huían de las tramposas orillas del riacho podrido y esquivaban el agujero como si fuera la entrada misma del infierno. Cuando debían pasar por sus cercanías, porque el patrón los mandaba a hacer un mandado (su orden era más sagrada que la hostia del cura), o cuando los embromaba ofrendándoles las tierras inútiles, buscaban mantener buena distancia de esa boca inmunda. Un resbalón o un empujón de los matones era suficiente para mandarlos al fondo donde, entre el lodazal y las demás inmundicias, morirían más o menos rápidamente. Todos ellos se santiguaban repetidamente invocando la protección de algún diosito y alguna que otra virgencita, bajo la desoladora mirada de los pequeños ratones de ojitos rojos que los amenazaban gustosos.

Otro asunto con el que había que lidiar era la gusanada, indiferente y perseverante, como ningún ratón lo había sido durante toda la evolución. Gordos, aunque lentos, no cejaban nunca en su titánica labor desintegradora. Se arrastraban entre las pudriciones con solemnidad; sus cuerpos se contraían y expandían en rítmico movimiento, como si el más viejo de todos los gusanos, varias veces centenario, tuviera un don invisible que imponía coordinación y entusiasmo a toda la prole. Y los ratones nunca se involucraban con ellos; eran los únicos a los que respetaban sin necesidad de que les dieran palo y palo para ponerlos a raya. Cosa de la naturaleza de unos y otros. Decían los muertos más viejos que los ratones sentían repugnancia por los gusanos, pero que a estos eso les importaba muy poco.

Los ratones maldijeron que ese recién llegado los espantara como lo hacía esa mujer desde hacía más de un año. Con Gloria habían reñido todo ese tiempo y ella siempre los sacaba carpiendo apenas los veía llegar por las laderas del hoyo hacia las profundidades donde se almacenaba la muerte en esa especie de cofre terroso. Gloria exigía que todo permaneciera como había sido arrojado, a la espera de que la próxima crecida llevara hasta la superficie la verdad de lo que se almacenaba en la fosa. Eso indisponía permanentemente a los ratones: ellos querían el osario con exclusividad y ella como prueba de tantos crímenes.

Faustino, cuando la vio, no supo qué decirle. Ni hola, ni qué tal, ni cuánto te he buscado. Quedó sin palabras. Ella, en cambio, le sonrió como si lo hubiera visto hacía un ratito, como si hubieran mateado juntos, como solían hacer antes de que él se fuera a custodiar a «La Reliquia», para lo que había sido elegido.

Después de un largo silencio, atinó a saludar, corto de palabras, como siempre.

—Hola, madre —fue lo único que dijo.

Y continuó con su vara espantando a los más osados e insistentes de los ratones. Los otros permanecían expectantes, esperando la noche para hacer de las suyas.

—Hijo querido, ¿qué andás haciendo aquí? ¿Cómo fue que has venido a dar a este hoyo de mala muerte? No has recordado tantos consejos que te di durante años.

—Vine a buscarla, madre. Extrañaba que no estuviera en la casa.

—La casa son solo paredes. El hogar era usted. Me he quedado sin nada, todo me lo arrebataron.

—¿Quién se lo arrebató?

—Los que vinieron a preguntar por usted y por el Rudecindo. También querían saber de la bandera. Pero por la bandera preguntaban como asustados.

—¿Quiénes eran?

—Yo no los conocía ni supe sus nombres. Vinieron y me preguntaban por usted, el Rudecindo y la bandera, como le dije. Preguntaron todo el tiempo, muchas veces, de mala manera. Como hacía su padre cuando se empedaba.

—¡Hijos de puta! —Faustino estaba realmente enfadado—. Si supiera sus nombres, saldría a buscarlos ahora mismo.

Gloria no pudo sino sonreír cariñosamente.

—Muchacho entusiasta —dijo para sí misma—, ya comprenderá de qué se trata todo esto.

Iba como a acariciarlo, pero luego pensó que era mejor esperar la oportunidad correcta.

—No será necesario que usted los vaya a buscar —le dijo sin dejar de observar el movimiento perverso de los ratones—. Los niños se ocuparán de todos ellos.

—¿Los niños?

—Los niños, sí, los niños.

—¿Y cómo podrán hacer eso los niños?

—Ya verá, ya verá. Los niños saben mejor que los viejos lo que hay que hacer.

—¿Y entonces qué debo hacer yo, madre?

—Cuidar a los niños, que no los coman los ratones. Los ratones quieren que todo quede encerrado aquí, en los fondos roñosos del pozo. En cambio, los gusanos no quieren saber nada con los niños. Cuando llegue la crecida, los niños flotarán como burbujas blancas y la gente los recogerá en la superficie. Entonces podrán dar sus testimonios; todos y cada uno recitarán sus historias, y los hombres allá arriba harán justicia.

—Bien hice entonces en mantener a raya a estos ratones.

—Sí, ha estado despierto, se ve. Aquí es importante estar siempre despierto. En la noche se pone difícil porque nosotros no vemos nada y ellos ven como si fuera de día. Por eso tienen los ojos rojos, para poder ver lo que nosotros nunca podremos ver.

—¿Los niños también se encargarán de este patrón? —Faustino tenía especial esperanza de que a ese desgraciado mandón lo alcanzara la venganza de los niños.

—En realidad, debo decirle, al patrón nunca nadie lo ha visto. Aquí dicen los muertos más viejos que no existe ningún patrón, que esto es propiedad de gente de la ciudad, burócratas importantes que se robaron estas tierras para esconder sus porquerías. Gente que nunca viene a la zona. Mandan unos desgraciados a cazar niños y, a veces, mujeres jóvenes: carne fresca para sus fiestas. Cuando suena el Ángelus, todos huyen porque empieza la cacería. Los únicos que no pueden huir son los niños, que tienen las piernas cortitas y son capturados con facilidad. Por eso hay que protegerlos como a ningún otro. Ellos son nuestro testimonio.

Gloria apilaba los huesitos para defenderlos de la arremetida de los ratones. Faustino sintió cierta congoja al verla de ese modo, metiendo la mano en el lodazal para cosechar esos fragmentos de niños.

—Yo debo disculparme, madre, con usted.

—¿Por qué cree eso, m’hijito?

—La dejé sola por andar en mis cosas y mire usted lo que pasó.

—¿Sus cosas? ¡No! Eran cosas de todos. La Bandera es de todos, ¿no le parece?

—Pero mire lo que pasó, madre.

—¿Y qué pasó que no ocurra siempre desde los tiempos de la Revolución? ¿O mejor suerte tuvo el secretario que murió envenenado?

—Pero no con usted, madre.

—¿Y con la madre de otro sí debía pasar?

—No, claro que no, madre. Pero soy responsable de lo que pasó.

—Lo que pasó, hijito, iba a pasar. Nadie podía evitarlo. Usté’ no es responsable de nada. ¿Se fue acaso de parranda?

—No, madre. Me fui a prestar servicio.

—¿Entonces?

—Cuénteme cómo fue. Quiero saberlo de su boca.

—Vinieron tres hombres y dos mujeres a cara descubierta. Cuando los veo, me digo: «Si estos no esconden la cara es porque vienen a matarme». Así que me armé de coraje. Si hubiera tenido un machete a mano, alguno venía al pozo conmigo. Pero el machete no estaba. De seguro me lo habían quitado antes para que no los pudiera machetear.

—¿Quién le quitó su machete?

—No tuve tiempo de averiguarlo. Pero yo presumo que fueron ellos los que entraron al rancho y lo robaron. ¿Quién otro iba a hacerlo?

—¿Y qué querían, madre?

—Preguntaban por usted, hijito, por Rudecindo y por la Bandera. Querían la Bandera a toda costa. Pero yo no les dije nada. Nunca fui delatora. Me enseñaron de chiquita que la Bandera no se entrega nunca, aunque a una la maten. ¿No es así?

—Sí, madre. Así es. ¿Estaba la mujer que ocupa su casa?

—¿La conoció?

—Claro, madre. Allí fui a buscarla y me encontré con esa mujer, y supe que algo malo había pasado.

—Ella y otra. Eran dos.

—¿Qué le hicieron, madre?

—¿A qué quiere saber detalles? ¿No me ve aquí? Lo mismo que a usted. ¿No lo estoy viendo? Mis palabras lo van a distraer ahora. Proteja a los niños. Yo, antes de que se haga la noche, meto todos los huesitos debajo de mi pollera y allí los cuido. Los viejos se ríen de mí porque dicen que soy como las ponedoras, siempre listas para empollar. Cuídenos, m’hijito. Y esperemos la crecida. Agarre algunos niños y métalos en sus bolsillos. Los ratones son muy engrupidos y ni piensan mucho en lo que hacen.

Faustino no se sintió conforme con lo que la madre le dijo. Hubiera deseado detalles de cómo llegó allí, a lo hondo de la fosa, y cómo se había visto compelida a defender unas minucias de huesitos de niños que prometían ser la condena de los poderosos. Pero no tenía otra posibilidad más que obedecerla. La madre sabía de todos esos misterios; él, en definitiva, era un recién llegado y un iniciado en eso de lidiar con la muerte y su cohorte de ratones de ojitos rojos.

Se puso a su lado y barrió toda la noche con su vara el emplaste del fondo para que ningún ratón pudiera acercarse al tesoro que custodiaba su madre. Por primera vez en mucho tiempo, los roedores se dieron por vencidos a poco de batallar. No estuvieron tan insistentes como siempre, como si la presencia de ese último muerto fuera muy diferente de todas las otras.

Entre las hebras de una especie de vapor salido del último lugar del foso, las voces de los niños empezaron a buscar la superficie. Trepaban como arañas blancas, salían del hundimiento del pantano con sus osamentas a cuestas, diminutas, calcáreas, pero magníficas. Parecían decir en cada trepada:

—Miren lo que han hecho con nosotros. ¡Miren!

La luna se aproximó como nunca a la boca del osario y todos, ratones, gusanos y muertos, tuvieron la sospecha de que los tiempos se estaban acabando. Tal vez por eso los ratones se retiraron a sus cuevas más lejanas y empezaron a apartarse de sus propias tinieblas. Ningún ratón era zonzo y sabía cuándo la naturaleza de las cosas mutaba su esencia por otra. Tanta sobrevivencia les dio ese particular sentido de la oportunidad.

Los gusanos comenzaron a tejer sus capullos. Con sílabas de seda y lodo salvaje dieron las primeras puntadas. Lentos como el paso de una eternidad, pero sin dejar escapar el hilo arcillado que salía de un orificio de color larvario, tejían y tejían la bolsa protectora antes de los acontecimientos primordiales. Hasta los viejos muertos, acostumbrados al establecimiento de la muerte, empezaron a inquietarse y se pusieron nerviosos.

En algún lugar profundo de la tierra empezaba a subir un agua surgente, decidida a limpiar todas las inmundicias del señor de las quintas. La ira de las aguas suele ser impredecible.

Los sabedores de la tierra pegaron sus orejas a la superficie en las proximidades de la orilla del río podrido y sintieron el runrún destructor de cuando las aguas suben desde la fuente de un gran abismo, de cuando las cataratas de los subsuelos son libradas a su albedrío para que asciendan en dirección a la venganza. Todos los oprimidos podían sentir la ira del futuro que se preparaba para raer los fondos de la tumba y exponer bajo los cielos lo que allí ocurría desde hacía un tiempo que no se sabía medir. Los hombres de los escalofríos, en cambio, nunca fueron advertidos. Ellos serían arrancados de la tierra, y algo más de justicia y menos de dolor se derramaría para alegría de esos modernos siervos de los feudos bonaerenses.

***

XXIV

Asesino serial

1

A Ziploc todo ese bochorno no lo seducía en lo más mínimo. Era completamente indiferente a las imágenes que se sucedían en los escandalosos noticieros de la televisión. Las palabras eran todas las mismas. Se las prestaban de un notero a otro.

—¡Asesino serial! ¡Asesino serial! —gritaban a coro los periodistas.

Los cables mentirosos llegaban a las mesas de redacción, cada uno inventando una mentira nueva. Que mató a una mujer, que mató a dos, a tres, a diez, a cien. ¡A todas! ¿A cuántas? ¡A muchas! Todos hablaban, nadie sabía, todos mentían. La Agencia disfrutaba.

Pero para Ziploc todo era desfachatado.

—Estamos tan mal que cualquier porquería parece un notición.

—No empecés, Schopenhauer.

—No puedo. Veo esto y me pregunto dónde estará el jefe, El Jefe, con mayúscula. En cualquier momento me pongo a llorar.

—¡Chan! ¡Chan! Ya tenés tu tango. «¿Dónde hay un plan, Pérez y Pérez?», como el del viejo Gómez y la piedra pómez.

El viejo bromeó con ganas.

—A la gente no le importan las muertas, Schopenhauer. Mina más, mina menos. ¿A quién le importa? ¡Sabés las minas que matan y nadie se entera! La tiran en el río, la esconden en la montaña, la entierran en una estancia. Montones. Pero a la gente le importa el asesino, Ziploc, no las minas. El asesino es la estrella. ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué cara tiene? ¿Es lindo? ¿Es rubio? ¿Es negro? Eso le importa.

¿Un cadáver sin cabeza y sin manos flotando en las proximidades de la ribera norte del río? Esa no era noticia. Ziploc decía que esa indiferencia era el resultado de que la gente tenía el hábito de morirse de las maneras más extrañas. Y de matarse los unos a los otros. Bromeaba con que la gente, muchas veces, perdía la cabeza por zonceras.

—¿Y las manos? —preguntó, cínico, el viejo.

—Las debe haber metido en la lata, un mal de este país.

—Pero ya tiene nombre: «El Loco de la Ruta».

Ziploc sonrió distraído.

—Ridículo —dijo—. ¿Qué viaja, en auto, en bici, en moto?

—En bondi.

El viejo tampoco creía que la historia fuera tan buena.

—Como al fiambre lo encontraron en el río, va en bote.

—O canoa.

—O balsa.

—¡Con mi balsa yo me iré a navegar! —cantó animoso Ziploc.

—«El Loco de la Ruta». Los muchachos no se esforzaron mucho por inventar un nombre.

El viejo estaba algo decepcionado.

—Pero, al final, todo suma.

—El Petiso Orejudo, ¡ese fue un apodo genial! Santos Godino, el Petiso Orejudo.

Ziploc festejó entusiasmado.

—Un monstruo que robaba niños. ¡Si Enriqueta supiera algo de historia, de lo que sería capaz! ¡Santos Godino!

Santos Godino, el que robaba niños hermosos, pequeños, muy pequeños. Los llevaba a los oscuros rincones de la muerte y ahí los ejecutaba lentamente, saboreando el asesinato.

—¿Y el Mateocho? —dijo el viejo, memorioso.

—¿El Maté qué? —Ziploc no conocía esa historia.

—El Mateocho. Ocho asesinatos en la estancia «Buena Suerte». ¿Te das cuenta? Los mataron a todos en la estancia Buena Suerte.

El viejo consideró que Dios podía ser tan cínico como cualquiera de ellos dos. Hacer matar a ocho personas donde se prometía buena suerte era una ironía que ni a la Agencia se le hubiera ocurrido.

—Mató a sus hermanos, sus cuñadas, las sobrinas y a dos que la ligaron sin comerla ni beberla, como siempre.

—Pero ese por lo menos mató a ocho. El loco nuestro mató a una y hay un quilombo como si fuera un genocidio.

—Ponele onda, Schopenhauer. Con el diario del lunes todo es fácil. Ponele onda.

A Ziploc, de todos modos, la noticia sobre la muerta sin cabeza ni manos le parecía algo exagerada. Era una muerta, después de todo. No daba para un asesino serial.

La exageración llamaba la atención de los indiscretos. Él prefería las noticias en pequeñas dosis, como el veneno, de a poco, sin excesos, porque de ese modo pasa desapercibido hasta que acumula en los tejidos su efecto terminal. La dosis medida; la austeridad también podía servir para impedir que algunos errores quedaran en evidencia.

No confiaba en la seriedad de Enriqueta Martí para servirle en lo que necesitara. En la de Foreign, ni hablar. Tipo raro, siempre de joda, como si nada le preocupara. A lo largo de su vida había aprendido que solo los que gozaban de verdadera impunidad se comportaban de ese modo. Siempre displicentes, como embobados, idos, pero tomando nota de todo lo que ocurría a su alrededor, jugando a la vida y jugando a la muerte. Un tipo como para desconfiar, como de todos los protegidos.

El asunto del tatuaje siempre le quedó atragantado. Con ese tatuaje bastaba para identificar a la mujer.

—Y ahí te quiero ver, ¡papito!

Así pensaba Ziploc y así lo manifestaba. El viejo se cansó de discutírselo y abandonó la lucha. Cuando a Ziploc se le metía algo en la cabeza era imposible sacárselo.

—Yo le hubiera extirpado el tatuaje. Eso de que «El Morro» se hizo el gil en el informe no me conforma. Yo lo hubiese arrancado de raíz. Chau, tatuaje. Que te reconozca Magoya.

—Tené algo de fe, Schopenhauer. No tiene importancia. Ya te lo expliqué cien veces. El tatuaje no importa. Había que cumplir la orden número cinco.

—Fotos, viejo, fotos. Le tengo miedo a las fotos. Ahí está lo de la científica: dale con la camarita, dale con la camarita. Y vos que me rompés las pelotas con la orden número cinco. Si no me vas a decir qué es esa orden, no me la menciones más.

—¿Cuándo te dejé pagando, Schopenhauer? Está todo bajo control.

—Sí, claro. ¿Bajo control de la Enriqueta y Foreign? Dejate de joder, viejo. Con todo respeto.

—En último caso, todo esto está bajo el control de López Teghi. Por eso nadie tiene miedo de nada.

—Yo, en ese caso, estaría cagado en las patas. Por cualquier cosa que se salga de madre, alguno de acá va a cagar. Acordate, viejito, de lo que te digo.

El viejo estaba de acuerdo, pero no lo podía decir. Por eso le dijo a Enriqueta que se mirara al espejo para ver cómo sería su propio final.

Los periodistas exageraban cada vez más la noticia. «El Loco de la Ruta» se hizo famoso en apenas minutos. Placas rojas con letras blancas, músicas estridentes, locutores que gritaban silabeando con malicia, otras músicas feroces.

—¡Loco de la Ruta! ¡Loco de la Ruta!

Sonaba latoso el nombre en todos los medios.

Ziploc seguía pensando que la exageración resultaba poco convincente. Una muerta que nadie conocía, una noticia que recorría el mundo. Demasiado. El exceso nunca es bueno.

—Se empieza por una, Schopenhauer. Una muerta, un asesino serial, diez periodistas hablando huevadas. Si los escuchás, parece que encontraron cien muertas. ¿Viste cómo los tipos pueden hablar dos horas y no decir nada? Son unos genios. Suena la orquesta, suena. Cuando precisás, ¡zas!, ¡mina menos! ¡Ma’ qué Ni Una Menos! ¡Otra menos! ¿Quién fue? «El Loco de la Ruta». Está bueno. Pobre, pero eficaz. La hija del jefe ese en cualquier momento entra en la lista. Dejá que siga jodiendo.

Pero lo que a Ziploc lo tenía hecho una furia no era la noticia de la muerta decapitada flotando a la deriva ni la exageración de los periodistas a sueldo. Era lo que dijo el Papa.

—El Loco de la Ruta me importa un carajo. Lo que me calienta es el Papa.

—¿El Papa te calienta? ¿Te volviste gay?

—No hablés boludeces. Me calienta el maldito papa comunista.

—¡Otra vez con el Papa! ¿Y ahora qué te hizo, Schopenhauer?

—¿Cómo que qué me hizo? ¿No leés los diarios?

—No.

La franqueza del viejo lo descolocó.

—¿Qué clase de jefe sos vos que no leés los diarios?

—Uno que se quiere rajar a la mierda, Schopenhauer. Me quiero jubilar de una buena vez. ¡Chau, picho! ¡Chau! ¡Me voy y no les veo más la cara a ninguno!

—¿No sabés lo que dijo el Papa?

—Ave María purísima, sin pecado concebida.

—Dijo que hacer un aborto es como llamar a un sicario para arreglar un asunto.

—¡Uh! Eso sí que te dolió.

—¡Qué hijo de puta!

—¿Sabés qué pasa, Schopenhauer? El cura no da pie con bola. Entonces dice boludeces. Tá pensando en Trump, en Putin, y se le suelta la cadena. Tenele paciencia.

—¡No! Ese no puede ser Papa. ¿Quién lo eligió?

—Los cardenales, Schopenhauer, los cardenales. ¿Quién lo va a elegir? Fumata blanca, papá, fumata blanca.

—Fumata, fumata… marihuana transgénica se fumaron. Estarían drogados. De eso estoy seguro.

—Los cardenales no se drogan, Ziploc. Se elevan por encima del común de la gente, se elevan espiritualmente. Huelen incienso en las noches de rezo. No es droga, es incienso.

—Ahora resulta que yo soy abortista. ¡Yo! ¡Justo yo! Bastante que me tengo que comer cuando me mandan a ver la marea verde. Me tienen los huevos llenos la marea verde y todas esas pendejas que van cantando no sé qué porquerías. Lleno de putos, de travestis. ¡Dejame de joder!

—Debe de haber sicarios abortistas. Hay de todo en la viña del Señor, Ziploc. Hay de todo. Si no, mirá alrededor nuestro.

—Un sicario defiende la vida.

—¿Te parece?

—¡Claro! Hacés tu trabajo para que otros vivan tranquilos. ¿O no?

—Tu punto de vista tiene su fundamento.

—Yo defiendo la vida, siempre. Lo llevo a mi pibe a misa, lo hago confesarse, que comulgue, que le rece a la Virgen y a todos los santos. ¡Hay que defender la vida! Pero decir que abortar es como llamar a un sicario para arreglar un problema… yo no sé adónde vamos a ir a parar con un papa comunista.

—El papa no es comunista, es peronista.

—Me cago en la diferencia.

—También dijo que el que apoya el aborto es nazi.

—¿Eso dijo?

—¿No lo leíste en los diarios?

—No, eso no lo leí.

—¿Qué clase de tipo sos que no lee los diarios?

—No me jodas, viejo —Ziploc no bromeaba—. ¿De verdad dijo que el que apoyaba el aborto es nazi?

—Eso dijo su santidad.

—¿Te das cuenta? ¡Los que apoyan el aborto son todos comunistas! ¡Zurdos! ¡Zurdos!

—Hablá con propiedad, Schopenhauer. Zurdos de mierda.

—Eso. —Ziploc apoyó con entusiasmo—. Con este papa nos vamos a la mierda. Peroncho, zurdo, planero, un desastre.

—Vas a terminar ateo, Schopenhauer.

—Y, casi, casi.

2

Iniustitiam recibió los resultados de la autopsia del cadáver que se encontró en la ribera norte del río.

Tenía en su poder una nueva comunicación de Sarmiza sobre la chica del tatuaje. El asunto empezó a molestarlo. En el escrito que la abogada presentó en representación de Guadalupe figuraba ese detalle. Y ese detalle no podía haber sido inventado por una loca, una «desviadita» sexual.

Ella dejó constancia de que su clienta estuvo secuestrada en un lugar donde una joven mujer fue atacada por sus secuestradores y que pudo identificar una seña muy particular: el tatuaje de un trébol negro de cuatro hojas que contrastaba fuertemente con la piel blanca del pecho. Sarmiza le advirtió al fiscal que en todas las redes feministas, o que trataban los derechos de las mujeres, esa información estaba circulando junto con dos fotos que mostraban claramente el mencionado tatuaje.

Pensó si no debería hacerle llegar a López Teghi una sugerencia, aunque sabía que ese jefe era poco afecto a que sus subordinados le dijesen lo que tenía que hacer. Otra música era con «Pérez y Pérez», siempre dispuesto a escuchar consejos y a dar cabida a todas las propuestas. Pero ese ya no estaba, y este otro medía, pesaba y consideraba a los subordinados por el resultado que le arrojara su planilla de cálculo.

Iniustitiam tenía, de todos modos, sus propios recursos para hacerle saber a «Pérez y Pérez» cómo marchaban los asuntos públicos. No esperaba que aquel se pusiera en contacto con él; sabía que eso no podía ocurrir. Teléfonos intervenidos, emails controlados, correspondencia sin privacidad. Pero a él, saber que su antiguo jefe estaba en conocimiento de todo lo que ocurría en la Agencia le daba cierta seguridad de que nada terminaría en una verdadera catástrofe. «Pérez y Pérez» no lo hubiera permitido; buscaría el modo de intervenir.

Al fiscal, sin saber la opinión de Ziploc y el viejo, sicarios con los que no podía tener ninguna relación, también le parecía un poco exagerada la idea de que se atribuyera un asesinato a un asesino serial. «El Loco de la Ruta» era como una leyenda no del todo bien prevista. Tal vez, luego de cinco o seis muertes respetando el mismo patrón, se podría haber echado a rodar la confidencia de que se estaba ante un émulo local de Ted Bundy o un imitador de Robledo Puch, alguien de quien la opinión pública conservaba fresco el recuerdo de sus crímenes.

El Petiso Orejudo era de novela, pero la inmensa mayoría de la gente no tenía ni idea de quién se trataba y había que remontarse más de setenta años atrás para hablar de él y de sus crímenes.

Ya había llamado a declarar a Guadalupe, la clienta de la Dra. Sarmiza. Antes de la aparición de la chica del tatuaje, estaba dispuesto a triturarla. Pero, con esa evidencia circulando por todos los bufetes de los abogados penalistas, cambió de estrategia. Sería suave, delicado, amoroso. Haría que la muchacha se sintiera cómoda y dispuesta a decirle todo lo que debiera decirle. Descontaba que la abogada la prepararía para hacer una declaración brillante, sin fisuras.

Por un momento especuló con la posibilidad de que el cadáver de la amante de Guadalupe, la tal Ámbar, apareciera como la chica del tatuaje. Eso sería un verdadero escándalo. Él ignoraba qué juego jugaba la Agencia con ese atentado, secuestros y muerte. Era apenas un peón en todo ese tablero en el que, se decía, se jugaban secretos de Estado que nadie quería que fueran expuestos a la luz de la opinión pública. ¿López Huidobro era uno de ellos? Iniustitiam se preparaba para el retorno de Juana de Arco, la verdadera heroína que acabó con el ilustre coronel.

¿Y qué decir de los rumores que empezaban a circular sobre una red de pedófilos que compraban niños para sus orgías?

Eso le ponía la piel de gallina. Incluso para muchos de la propia Agencia era un crimen horrible. También para él. Podía comprender muchos asuntos de Estado, pero los niños… los niños…

Algún libremercadista, de esos que pululan por los medios alabando las lacras del capitalismo contemporáneo, le hubiese dicho que así es el mercado y que al mercado no se lo puede controlar si no es desde sus propias entrañas.

¿Red de narcotráfico? Construye la propia y entonces estarás en condiciones de controlar el mercado. La cúspide del sistema: la DEA. ¿Quién no lo sabía? Estados Unidos, el gran productor y consumidor de todas las variaciones de droga de diseño, marihuana transgénica y cocaína sintética. «Este es mi mercado y nadie me lo puede disputar» era la máxima que guiaba su accionar. Dinero y vicio bajo tutela. Capitalismo puro.

De lo contrario, ante el mercado, la posición se reduce a la de simple espectador de lo que otros deciden y comercian. El usufructo no es despreciable. Iniustitiam tenía la cifra del comercio mundial de drogas: setecientos mil millones de dólares. Más que un PBI argentino.

¿El argumento para disputar el mercado? La condición humana. Esa respuesta servía para todo. El dinero no tiene otra entraña más que la codicia; reconoce a su dueño y el amor entre ambos es mutuo y apasionado.

El dinero ama a su dueño y su dueño es capaz hasta de morir por él. No hay amor por nada ni por nadie que supere ese sentimiento de arrojo que provoca el dinero. La fortuna que se acumuló luego de tantas traiciones justifica cualquier crimen, cualquier felonía. Y no hay ningún vicio, por más inmundo que aparezca en un principio, que no merezca convertirse en dinero.

¿Cómo se justifica?

Por la condición humana.

Lo malsano, lo podrido, lo corrupto no es un problema de clase; es un problema intrínseco de la condición humana. Poné a un humano con algún dinero en el bolsillo y en poco tiempo será un corrupto, un perverso, un desgraciado.

¿Explicación?

De carne somos.

Dinero y condición humana van de la mano a todos lados y en todas partes.

¿Narcotráfico? La condición humana. ¿Prostitución? La condición humana. ¿Pedofilia? La condición humana. ¿Esclavitud sexual y laboral? La condición humana.

Los animales no matan por dinero, ni por amor, ni por celo. Matan para alimentarse. Lo justo y necesario. ¿Los seres humanos? Matan por dinero. En todas sus formas. Por oro. Por diamantes. Por petróleo. Por dólares. Por euros. Por poder.

Y él, abogado penalista, fiscal federal, lo sabía mejor que nadie. El crimen por dinero era lo habitual; rara vez por amor, rara vez por verdadera ira. Y cuando aparecía como un crimen pasional o producto de la pura locura, siempre que se hurgaba en su sustancia aparecía el dinero en el ADN del delito.

¿Era solo el dinero el motivo del crimen?

No.

Pero era su mandamás por excelencia.

¿Podía modificarse la condición humana?

El fiscal federal respondía decididamente que no.

No iban a hablarle a él del hombre nuevo. Ficciones. Como un hombre nuevo era imposible, entonces cabía adaptarse a las circunstancias. «Pérez y Pérez» volvería a citar incansable a Ortega y Gasset. Lo amaba.

—Yo y mi circunstancia.

Extraordinario.

Si la droga, la prostitución, el crimen organizado, el femicidio, la pedofilia y cualquier otro delito conocido iban a existir in saecula saeculorum, no había excusa para no meterse entre sus íntimos pliegues y hacer que sirvieran a una causa y brindaran frutos a una clase.

Conocía todos esos argumentos.

Pero con el asunto de la prostitución infantil todo se volvía dramático.

Con los niños, el crimen entraba en otra dimensión, una que solía desencadenar iras profundas y exigencias de justicia ineludibles. El rumor, hasta entonces, se expandía por los subsuelos de la criminalidad. Pero, diría el paisano, cuando el río suena es porque agua trae. El comisario de la seccional de la zona donde la Dra. Sarmiza afirmaba que habían baleado a la pareja de su clienta y secuestrado a ella misma le pidió una reunión reservada. Iniustitiam estaba seguro de qué quería hablarle el oficial de policía. No abrigaba dudas de que se trataba de la chica del tatuaje.

El caso empezaba a sonar en todos los medios. El hombre imaginaba una próxima visita de Sarmiza gritándole desde la televisión, la radio, los diarios, en la puerta misma de la comisaría:

—¡Yo te lo dije, hijo de perra! ¡Yo te lo dije y no hiciste nada!

Escándalo en puerta.

Conociendo a Sarmiza como la conocía, sabía que ella se ocuparía de acabar con su carrera, de destruir su reputación hasta no dejar nada de ella, solo escombros miserables.

Fiscal y comisario se preguntaban por qué no se había suprimido el tatuaje del cuerpo, una señal imposible de disimular. Muy fácil de eliminar cuando se encontró el cadáver. Hasta el propio forense podía haberlo hecho encerrado en la morgue. Allí nadie podía controlarlo. Todo ese escándalo podía haberse impedido desde el hallazgo del cuerpo.

Pero no fue así.

Si Iniustitiam tuviera amistad con Ziploc o el viejo, podría saber por qué pasó lo que pasó. Ziploc hubiera dicho:

—Yo lo advertí.

Pero el viejo le hubiera cantado la precisa. Él sabía quién y por qué dio esa orden. La falta de perspectiva impide ver la sustancia real de un asunto.

El fiscal volvió sobre el informe de autopsia, en el que se había omitido mencionar lo del tatuaje. Eso no podía explicarse como un simple error. Era una omisión deliberada, salvo que el forense fuera un estúpido capaz de pasar por alto un dato que estaba a la vista: un trébol negro de cuatro hojas estampado algo por encima del nacimiento del seno izquierdo. Imposible no verlo, imposible no mencionarlo.

El mismo aparecía en todas las fotos que el departamento de Policía Científica había tomado del cadáver. Pero no solo la fuerza federal tenía esas fotografías. Los bonaerenses poseían un álbum de la muerte a todo color y vendían las fotos al mejor postor. En pocos días, todos los diarios del país tendrían en sus portadas la foto de la «chica del tatuaje». Así se la pasó a llamar. A Ziploc le gustaba más ese nombre que Cindy, «nombre de puta», como dijo cuando Enriqueta se lo mencionó.

En cambio, «la chica del tatuaje» sonaba hasta a novela. A miniserie. A filme de Hollywood.

A las fotos federales y bonaerenses había que sumarles las que vendían los muchachos de la morgue judicial. Proveedores de un mercado más que exclusivo.

Iniustitiam estaba obligado a imputar al perito forense por desidia, por indolencia profesional, por incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Cuando leyó la firma del forense supo que todo iba a terminar mal, muy mal.

Se trataba del famoso «El Morro», un personaje siniestro que más de uno en el sistema judicial deseaba ver caer, luego de la atropellada que el propio López Teghi les pegó a un fiscal y a un juez amenazándolos con hacer públicas fotografías de sus intimidades.

El fiscal recordaba perfectamente que «Pérez y Pérez» repudió el procedimiento para la liberación de «El Morro», y no porque «El Morro» se hubiera atrevido a amenazarlo con ayudar a López Teghi a destituirlo cuando el escabroso asunto de la sexualidad impúdica del coronel López Huidobro.

«Pérez y Pérez» le dijo al propio López Teghi que los jueces, los fiscales y los abogados se vengarían de ese procedimiento espurio. Una cosa era conocer la intimidad amorosa de jueces y fiscales, y otra muy distinta era reconocer que se poseían ciertas fotos comprometedoras y que se estaba dispuesto a hacerlas públicas si no se avenían a los deseos de la Agencia.

En época de «Pérez y Pérez», la Agencia solía ser cuidadosa con esas amenazas. Se las deslizaba casi de modo imperceptible para que el imputado supiera a qué se exponía. Como en un juego de naipes, solo se orejeaba la carta ganadora, pero nunca se la mostraba.

Reinafé compartía los procedimientos de «Pérez y Pérez», pero en los últimos tiempos había modificado su comportamiento hacia otro más laxo. Permitía que «los monstruos» asomaran la cabeza. El único modo de decapitarlos con seguridad.

Pero, vicisitudes de la política, el hombrecito que andaba con su martillo golpeando todas las cosas fue tan atrevido y tan amenazante para obtener la libertad de «El Morro» que fiscal y juez debieron ceder a su presión.

«El Morro», de quien estaba probado que había asesinado a su esposa rociándola con ácidos, fue liberado. De «femicidio agravado por el vínculo» se pasó a una carátula liviana: «muerte por uso indebido de sustancias peligrosas».

La pobre mujer terminó siendo la responsable de su propia muerte, por beber dos tipos de ácidos diferentes y arrojarse el tercero en la ingle para descubrir su efecto descarnador entre las piernas.

El rencor es un sentimiento poderoso. El rencor es el elixir de la venganza, el fluido vital que la mantiene activa, expectante, saludable.

Juez y fiscal conservaron su rencor en estado puro, incontaminado. Lo cultivaron amablemente.

Si el poeta cantó «cultivo una rosa blanca en julio como en enero», ellos, seguramente, poetizaron el suyo melodiando:

—Cultivo un rencor poderoso todos los meses del año.

Para hacerle pagar su crimen al rufián de «El Morro» y a su protector, López Teghi.

El escándalo indicaba que iría ascendiendo en la jerarquía institucional hasta alcanzar al alcahuete presidencial y hasta al mismo señor presidente, que no podría refugiarse en Netflix, aunque fuera lo que más querría.

Cuando la familia judicial supiera que «El Morro» omitió deliberadamente un dato esclarecedor de un brutal asesinato, irían por él como los perros de presa van tras su víctima.

El fiscal federal, Dr. Carlos Iniustitiam, comprendió que empezaba a manipular varias bombas de tiempo que podían estallar todas al mismo tiempo. Él no expondría su bonita carrera a tamaño estropicio.

La chica del tatuaje, de quien nadie sabía el nombre ni conocía el rostro salvo Guadalupe, desde su lugar en la muerte empezaba a cavar una fosa grande y profunda para quienes decidieron asesinarla, sin tener presente que, a veces, los muertos encuentran el modo de hablar de su crimen de una manera imposible de acallar.

***

XXV

La misma estrella

1

Sarmiza no tuvo medias palabras para hablar con Guadalupe. ¿Decir mucho, algo, poco? Lo meditó hasta que se convenció de que lo mejor era ser brutalmente franca. Guadalupe se llevaría mejor con la verdad que con cualesquiera medias palabras.

Apenas estuvieron frente a frente, le relató su visita al hospital, las mentiras de la jefa de Admisiones, el pánico del cirujano, el miedo del enfermero. Luego le dio a leer el papel que la mujer le entregó en la calle.

Guadalupe lo leyó conmovida. Pero no estaba sorprendida. Desde que recibió el primer llamado se convenció de que Ámbar fue baleada y de que estuvo en ese hospital. La nota, sobre la que Dolores pidió cierta reserva, así lo aseguraba.

—También fui a la comisaría —Sarmiza siguió poniéndola al tanto de las novedades—. Luego te preguntaré por la excursión a Liniers y esas dieciséis páginas manuscritas.

—¿Y qué te dijeron ahí?

—Que no recibieron ninguna denuncia de una mujer que haya sido baleada.

—¿Qué más?

—Que no sabían nada de un secuestro o detención ilegal.

—¿Y la chica que estaba conmigo en el calabozo?

—No saben nada.

—Lo inventé.

—Fantaseadora. Una chica que fantasea, delira. Algo así.

—Te quieren hacer pasar por loca —dijo Dolores.

—Pero yo no estoy loca.

—Ni qué decirlo —sostuvo Sarmiza—, pero la carga va a estar invertida. Ellos nos van a obligar a demostrar que estás cuerda.

—¿Cómo es el fiscal que me citó?

—Un hijo de yuta. ¿Esperabas otra cosa?

—Ya no sé qué esperar.

—Va a argumentar que estás loca y que además sos un poquito degenerada.

Guadalupe la miró confundida.

—¿Degenerada?

—«Desviadita». La palabra es «desviadita». Vos sos «desviadita» y Ámbar es otra «desviadita». Otra loca. Pero esa es de las peores loquitas, porque se rajó, porque las lesbianas siempre se rajan de todos lados, porque son locas, loquitas, rayadas. «Desviaditas». Argumento simple, pero en la justicia federal, efectivo. Dijo que tiene fotos de Ámbar en su fuga hacia el norte.

—¿En serio? ¿Las tenés?

—Me las tiene que mandar junto con un artículo de un periódico.

—¿Sobre Ámbar?

—No, sobre la muerte de tu padre.

Dolores intervino.

—Quieren silenciarte, Guadalupe, quieren que no lo denunciés. ¿Era un tipo muy importante?

—No lo sé. Yo era una nena, estaba aterrada, no podía apreciar quién era él realmente. Siempre encerrada, sola con mamá, el ama de llaves, rodeada de soldados.

Guadalupe aspiró profundamente el aire de la habitación. Parecía serena a pesar de todo.

—Sarmiza y yo creemos que quieren silenciarte, que no hablés de él, que todo esto es para que desistas de denunciarlo.

—Solo una lesbiana de mierda como yo puede acusar a un prócer de la patria de violarla cuando era una nena.

—Más o menos ese va a ser el argumento —Sarmiza acompañó sus palabras con un movimiento de la mano—.

—Y ahora que recibí estos manuscritos, no sé si también mató a mi madre.

Dolores y Sarmiza se miraron.

—¿Sabés algo de qué pasó con el tipo? —preguntó Sarmiza.

—Después de que me entregó a la familia sustituta nunca más supe de él, por suerte.

—¿Y de tu familia sustituta tenés noticias?

—Mamá murió hace un año. Papá, un poco antes. El tío adivinador murió primero, poquito antes que papá. Ellos eran los únicos que sabían de las violaciones.

Hizo una pausa.

—Estaban las monjas donde estuve pupila, pero con ellas no volví a tener contacto desde que salí del pupilaje. De la familia quedan todos los primos, primas, tíos y tías, pero ellos nunca supieron nada. Mamá nunca les quiso decir y a mí no me daba el cuero.

—Bien. ¿Y esas fotocopias? —Sarmiza esperaba una explicación.

—¿Estas fotocopias? Aparecieron en un sobre que dejaron por debajo de la puerta del departamento del encargado.

—¿Vos qué creés? ¿Son truchas o son verdaderas?

—Verdaderas. No tengo dudas.

—¿Por qué creés que son verdaderas?

—La Hoja N.º 2 relata mi nacimiento. La tres, la compra del piano que hizo Amanda, mi relación con la música y la relación de la música entre mamá y yo. La hoja cinco me indica que Amanda sabía de los abusos: «Asumo esas babas de diablo como propias». Otras hojas tienen más referencias sobre mamá y sobre mí. Son muy precisas, solo pudieron ser escritas por alguien que estuvo dentro de la casona. Las recuerdo tal y como están escritas. No puedo estar tan equivocada.

La Orden del Día N.º 5 es el único escrito que no fue hecho por Amanda. Parece un formulario oficial o de alguna dependencia militar. Nunca había visto otro igual. Pero lo que está escrito en él es terrible. Leelo, Sarmiza, es horrible. Lo leo y empiezo a temblar. «Se autoriza castigo físico… para inducir a la susodicha a comportarse de manera sensata y armoniosa». Yo lo recuerdo, no tengo opción de no recordar.

Lo recuerdo encima de mí, penetrándome, babeándome, diciéndome con su voz ronca y el olor a mierda del cigarro:

—Amor, amor mío.

Yo, su hija, «amor mío».

Recuerdo su fuerza, sus manos entre mis piernas, apretándome el sexo, o el vientre, o los pechos, o el cuello, como si fuera a asfixiarme.

Ahora pienso en el cuerpo de mamá, apenas una nada, una pluma, una espuma, un poco de carne, un poco de piel. Huesos, recuerdo sus huesos: huesos resecos, frágiles. Y siempre con el zapatito en la mano, tratando de hacer un boquete en la pared por donde huir.

Él escribió: «Se autoriza castigo físico para inducir a la susodicha a comportarse de manera sensata y armoniosa».

¿Cómo mamá hubiera podido comportarse de una manera diferente sabiendo que ese hombre, su esposo, el padre de sus hijos, el propio padre de su hija, abusaba de ella cada vez que se hacía presente en la casa? Allí encerrada, prisionera, sin poder salir, sin poder escapar, salvo por ese boquete que no podía terminar nunca, golpeando con el taco de su zapatito.

¿Cómo?

¿Alguien me lo quiere explicar?

¿Vos, Sarmiza?

¿Vos, Dolores?

Sarmiza no quería hablar y no podía hacerlo. ¿Qué podría decir? Dolores conocía la historia y lo que debió decir lo dijo cuando la escuchó por primera vez. No volvería a hablar de ese asunto jamás.

Guadalupe quedó pensativa. Su mirada era todo lo que tenía en ese momento.

—Mamá estaba muy enferma. El monstruo la acosaba. Vivía encerrada en su habitación, golpeando con su zapato la pared para hacer ese hueco imposible. Horrible. Nunca pude saber cómo había muerto mamá. Cuando él me lo dijo, solo usó dos palabras.

—Mamá murió.

—Fue todo lo que me dijo. Nunca supe cómo, por qué, cuándo. Ese poema, el de la única página que tiene título…

—«Enigma» —dijo Sarmiza.

—No tengo dudas de que se refiere a mamá. Pero todavía no tuve tiempo de comprender todas sus palabras.

Sarmiza leyó la Hoja N.º 12, «El enigma», y volvió la mirada hacia Guadalupe.

—Hasta donde pude leer, esos manuscritos no pudieron haber sido escritos por otra persona más que por el ama de llaves que estaba en la casa desde que tuve memoria. La que me vio nacer. La que cuidaba a mamá. La que cosió el sobre de seda azul para que pudiera guardar mis secretos.

—Con las compañeras de la Asociación fuimos hasta la dirección que está escrita en este papelito —Guadalupe se lo dio a leer a Sarmiza—. Una vecina nos dijo que en ese lugar funcionó un asilo hasta que una internada se suicidó arrojándose al paso del tren en la estación de Liniers. Cuando le preguntamos si sabía su nombre, nos dijo que sí, que la anciana se llamaba Amanda y no recordaba si el apellido era Silva o Da Silva.

Amanda se llamaba Da Silva. Ese era el nombre de mi ama de llaves.

Ahí comprendí la otra parte de la amenaza.

—Cuando dicen «sacá boleto de tren para tu último viaje».

—Exacto. «Sobrecito azul de seda azul», el sobre que cosió Amanda para mí. «Sacá boleto de tren para tu último viaje», porque se refieren a cómo murió Amanda. Bajo las ruedas del tren, en Liniers.

—¿Y quién te dejó este sobre?

—No lo sé. Alguien que conoció a Amanda, seguramente. Pudo haber ocurrido que ella le encargara a alguien de su confianza que me lo hiciera llegar. Encontrar mi dirección no es difícil. No soy un misterio para nadie.

Pero quien dejó el sobre no lo echó por debajo de mi puerta, sino de la del encargado. Es una especulación, desde ya, pero si lo hubieran dejado en casa, los tipos que entraron a mi departamento seguramente se lo hubieran llevado.

—¿Y si es una maniobra de los mismos tipos que te quieren callar?

—No lo creo. Sinceramente, creo que quienes me amenazan son un grupo. Llamalo como quieras. Y quien me hizo llegar este sobre no tiene nada que ver con esos. Cuando pueda descifrar este poema íntegro, creo que voy a entender algo más de mi pasado y de todo esto que nos está pasando.

Sarmiza repasaba la Hoja N.º 12, la del poema «El enigma».

—Acá anotaste algo. ¿Qué escribiste?

—Piano.

—¿Piano? —Sarmiza miró a Guadalupe esperando una explicación.

—Mamá fue pianista, concertista. Yo aprendí con ella a tocarlo. Todo lo aprendí con ella. Luego Amanda me regaló un piano para que tocáramos juntas, a cuatro manos. Interpretábamos muchas composiciones. Campanella
era la que más amábamos.

—El verso del poema, «entre marfiles repiqueteando / como cascabeles blancos, / como cascabeles negros, / corcheas, semicorcheas, / silencios expectantes», se refiere al piano, no tengo dudas. Las teclas de nuestros pianos eran de marfil, blancas y negras. Corcheas, semicorcheas y silencios son símbolos musicales.

No pude leer bien todos los versos, ni siquiera esos que mencioné, porque estaba nerviosa. Otro verso hace referencia a los acordes. Es el que dice: «ave en vertiginosas torres / de sonido sobre sonido / en un enigma de cúpulas de cantos», si no lo recuerdo mal.

Sonidos sobre sonidos es un acorde. Como una torre de sonido.

«En un enigma de cúpulas de cantos» no sé a qué se refiere.

Mamá cantaba. Cuando yo estaba aterrada, me cantaba Nessun Dorma, un aria de una ópera. Eso lo supe mucho después, pero el aria la recuerdo perfectamente, podía cantarla desde entonces.

La referencia a los acordes para mí es inequívoca. Solo alguien que la hubiera conocido realmente habría escrito esos versos. Cuando ella desvariaba, tocaba acordes imposibles. Era una especie de obsesión que aparecía repentinamente y que ella no podía ni sabía controlar. Ejecutaba acordes mayores, menores, escalas de acordes o arpegios increíbles, todo sin poder detenerse. Tocaba y tocaba hasta que se desmayaba, extenuada.

Insisto: eso únicamente lo pudo saber alguien que estuvo con ella, que la vio, que la asistió cuando caía contra el teclado o al piso desde su taburete. Nunca otra persona. Es un recuerdo muy íntimo de mamá.

—El degenerado de tu padre pudo haber sido.

—No. Cuando él estaba, mamá no tocaba el piano. Gritaba, lloraba. Pero no tocaba el piano. Él no entendía nada de música. No amaba la música. No amaba nada.

Hizo una pausa.

—No amaba.

—¿Y la tal Amanda sí?

—Nunca demostró saber nada de música. Pero no es descabellado pensar que, si fue destinada a servir en esa casona, supiera música, o algo de música, o tuviera cierto grado de cultura. Ahora juzgo de otro modo las razones por las que me regaló el piano, que compró con su dinero. Jamás hubiera pensado que era capaz de escribir algo semejante, pero estoy casi segura de que ella pudo escribirlo. Si no, tuvo que habérselo dictado a alguien que le dio esta forma de diario personal y de poema, en el caso de la Hoja N.º 12.

—Vos estás casi segura de que fue ella quien escribió estas hojas.

—Estoy casi segura, aunque, claro, no puedo afirmarlo por completo. Querría haberla encontrado. Lo bien que me hubiera hecho. Otro desencuentro, y van…

Guadalupe quedó mirando un recuerdo. Cerró sus ojos profundos. La soledad se hizo de súbito potente. Movió la cabeza de un lado al otro. Frotó sus manos y mordió sus labios.

—Necesito tanto a Ámbar —dijo luego sin sucumbir a la tristeza—. ¡La extraño tanto! Ya no puedo ni llorar. Ella y yo somos mucho más que amantes. Somos aliadas, vamos juntas siempre bajo la misma estrella. ¿Qué voy a hacer sin ella? ¿Qué voy a hacer? En su nombre está todo lo que tengo.

Dolores y Sarmiza prefirieron el silencio. Cuando dos personas marchan juntas bajo la misma estrella, si falta una, no hay brillo nuevo que sirva de consuelo.

2

—Está bueno que preparés la entrevista con el fiscal, pero después, querida, tenés que meterte en otra cosa, si no te vas a rechiflar en serio. Agarrá lo del Encuentro. Trelew nos espera y vos tenés que trabajar para viajar. Hay que inscribirnos, reservar escuela, buscar micro, todo. No quiero que sigas pensando solo en toda esta mierda. No hacer nada no te va a devolver a Ámbar ni te va a ayudar a entender todo lo que te está pasando.

Guadalupe asintió con un leve movimiento de la cabeza.

—Está bien.

—¿Está bien?

—Está bien, Dolores, está bien. Voy a hacer lo que me decís.

—Qué bueno. Resiliencia, ¿te acordás?

—Claro. Algo de eso tengo.

—Por eso, sorora. Hacete cargo del Encuentro.

—Hay que preparar la denuncia pública —dijo Sarmiza—. No es que quiera distraerlas de sus preocupaciones por el Encuentro de Trelew.

—Alguna vez tenés que venir. Sacate un poco el lastre de machirulo que tenés.

—Justo yo, machirulo, que me la paso lidiando con cuanto boludo camina por Tribunales.

—Tenés que venir a Trelew, querida. Así acompañás a Guadalupe.

—Mañana me anoto. Ahora lo que me preocupa es que la denuncia jurídica está complicada. Todo nos juega en contra. Niegan todo. No balearon a nadie, no internaron a nadie, no secuestraron a nadie. No desapareció nadie. Nada por aquí, nada por allá. Nada de nada. Magia del sistema estatal de represión. Nunca saben nada, nunca ven nada, nunca hicieron nada. Ya la conocemos de memoria.

Sarmiza las señaló a todas con su cigarrillo, que echaba rulos grises a medida que iba apuntando a cada mujer.

—Apuesto dos asados, uno por cada cámara, a que cuando pida las grabaciones de las cámaras del hospital y de la comisaría me van a responder que todas dejaron de funcionar al mismo tiempo. Apuesto lo que quieran. ¡No arruguen! ¡Apuesten, feministas!

—Nunca juego a perdedor —dijo Dolores.

—Lo mejor que podemos hacer es preparar una buena denuncia pública. Medios, muchos medios, gacetillas, conferencia de prensa. Todo. Hay que hacerles ¡un flor de quilombo! A propósito de quilombo, Dolores…

—¿Qué…?

—La periodista amiga tuya, ¿te consiguió la otra foto?

—La iba a conseguir.

Guadalupe preguntó de qué foto se trataba.

—Del cadáver de una mujer que apareció flotando en el río, por la costa norte. Sin cabeza, sin manos.

—¿Saben quién es? —Guadalupe quería saber si había algún dato de esa mujer.

—Todavía no —dijo Sarmiza—. Pero quiero que veas una foto porque tengo la sospecha de que ese cadáver es el de la chica que estuvo en el pozo con vos.

—No te puedo creer… —Guadalupe estaba realmente impresionada.

—Vos sabés que yo soy una bestia, que no tengo adornos cuando debo decir algo. Si te jode, puteame con confianza. Si vos me puteás, no me ofendo. Yo me ofendo si el que me putea es otro abogado. Detesto que los abogados me puteen, aunque no tanto como cuando me putean las «boquitas pintadas de rubias de plástico».

—Eso de «boquitas pintadas de rubias de plástico» está lindo para un cuento.

—Me falta escribir cuentos.

Dolores le señaló que el fiscal no había mandado ni las fotocopias del artículo del diario sobre el fulano muerto ni las supuestas fotos de Ámbar en su fuga en dirección al norte.

Sarmiza se puso de pie y se dirigió al teléfono.

—Tenés razón –aceptó Sarmiza–. Lo voy a llamar para reclamárselos. El que no llora no mama, dice el tango.

3

El mismo Iniustitiam atendió el llamado. Su voz sonó clara y hasta agradable por el auricular.

—¡Doctora Sarmiza! ¡Dichosos los oídos que la escuchan! ¿En qué puedo servirle?

—Usted, doctor, me debe algo. Me corrijo: tiene dos deudas conmigo.

—¿Yo, doctora? ¿Dos deudas, no una?

—Algo que me prometió durante nuestra primera entrevista.

—Recuérdemelo, porque no lo tengo presente.

—Un artículo sobre la muerte del padre de mi clienta, la que acaba de llamar a declarar. Y unas supuestas fotos sobre la pareja de mi clienta tomadas durante su maratónica fuga.

—¿No le enviaron las dos cosas? No se puede confiar en nadie. Ya mismo, doctora, se las hago llegar. Le ruego me disculpe.

Melifluo lanzó su invitación:

—Si alguna vez le sobra un momento, la invito a tomar un café para conversar de tantas cosas. Algunas de ellas podrían interesarle.

—Muy amable, doctor. No faltará oportunidad. Espero su envío.

—Mi invitación es seria, espero que la tenga en cuenta. Que tenga muy buen día, doctora. Siempre es un honor tratar con usted. Con ánimo espero que siga siendo tan placentero. Nos vemos durante la citación de su clienta. Adiós.

Sarmiza terminó su llamada con una amplia sonrisa.

—En la reputísima vida voy a ir a tomar un café con vos, hijo de yuta.

—¡Eh! ¿Qué pasó? —preguntó Dolores entre risas.

—¡Qué sorete de tipo! Nada más asqueroso que un fiscal que te quiere coger para sacarte información. Debo tener cara de calentona, con seguridad.

—¿Tan pronto se dio cuenta? Debés irradiar mucho calor, debe ser por eso que se avivó tan rápido. Decile que te lo pida por cédula judicial.

—Ya sabés lo que puede hacer con la cédula.

—¿Te tiró los galgos?

—«La invito a tomar un café para conversar de tantas cosas. Algunas de ellas podrían interesarle». Con esa voz de chanta.

—¿Y si el tipo te está avisando algo? —preguntó Dolores, solo por aportar un punto de vista diferente.

—¿Te parece?

—No sé. Yo no lo conozco. Pero un café no es un polvo, podés tomarlo tranquila.

—Lo voy a pensar.

—¿Y tu fotocopia? ¿Y tus fotos? ¿Te dijo algo?

—«Ahora mismo mando todo».

—¿Está bueno el chabón?

—Parece un peceto. Tiene la misma gracia.

—Con lo que vale un peceto ahora…

Llamó a Guadalupe para que se acercara.

—Vení conmigo. Voy a ponerte al tanto de las porquerías que te va a hacer y decir este fiscalito. Tenés que prepararte.

Guadalupe la siguió.

—Vayan a la oficina de atrás —les dijo Dolores—. Ahí van a estar cómodas y tranquilas para hablar.

—Cuando lleguen las fotocopias y las fotos, avísenme. Si no llegan en media hora, lo llamo de nuevo y lo puteo.

—Dejá de putear, vos, que bastante enemigos tenemos. ¿Para qué te vas a pelear con un peceto?

4

Una de las compañeras de la Asociación recibió los envíos de Iniustitiam. En un sobre blanco, en el que estaba escrito con fina caligrafía el nombre de la Dra. Sarmiza, el fiscal envió las fotos y el artículo prometidos.

Todas las mujeres se reunieron para ver, en primer lugar, las fotos. Guadalupe apenas las vio, no dudó un segundo.

—¡Esa no es Ámbar!

—¿No se parece ni un poco? —Sarmiza la advirtió de que iba a ponerse difícil porque no quería errores.

—No para mí. Yo la conozco de memoria. Ámbar tiene el cabello más largo, su cuerpo es más bonito, sus piernas más largas. Esta es otra mujer. Si no la conocés y te dicen que la foto de esta rubia es de una fulana que se llama Ámbar, puede ser que las confundas. Pero no yo. Esta no es Ámbar.

—¿Segura?

—Completamente.

Sarmiza dejó las fotos sobre el escritorio.

—¿Quién va a leer este artículo?

Guadalupe exigió leerlo ella. Necesitaba hacerlo para procesarlo en su cerebro y dejarlo grabado tal y como se veía impreso en el papel de diario.

La nota llevaba por título: «Hombre se suicida a la orilla del Riachuelo». Pertenecía a la sección de policiales de ese matutino. Había una foto de personal policial a orillas del Riachuelo y, un poco más atrás, lo que parecía un cuerpo cubierto con una manta.

Con voz firme y de manera pausada, Guadalupe leyó toda esa crónica policial.

—«Un hombre de entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años de edad, de identidad aún no establecida, apareció muerto de un disparo en la cabeza a la orilla del Riachuelo, a la altura del viejo puente, en la jurisdicción de esta ciudad autónoma.

Las autoridades judiciales presentes en el lugar tomaron declaración al único testigo, un ciudadano en situación de calle, quien pudo apreciar el lamentable suceso.

Refiere el testigo, de quien se preservan los datos de filiación por estar todavía establecido el secreto de sumario por el fiscal actuante, que el hombre llegó hasta la ribera del río, extrajo un arma y la apoyó sobre la sien derecha para terminar con su vida.

Al apreciar el testigo la situación, corrió hasta el lugar donde se hallaba el sujeto en cuestión y trató de impedir su acción suicida. Sin embargo, el hombre tomó a golpes a quien concurrió en su ayuda y lo derribó a culatazos, dejándolo semiinconsciente y lastimado, a escasos metros de donde finalmente se quitó la vida. El testigo debió ser hospitalizado y todavía se halla en observación por los médicos del nosocomio.

En la escena del crimen se encontró una pistola que se presume fue la que usó el suicida, y un casquillo de bala que se correspondería con el arma utilizada. El fiscal actuante ordenó las pericias correspondientes. Solicitó para ello el concurso del laboratorio de criminalística de una institución federal.

En fuentes judiciales se descarta que se trate de un homicidio, dado que todos los elementos recogidos en el lugar y la declaración del único testigo sugieren un suicidio.

El cadáver se encuentra en la morgue judicial y mañana se realizará la correspondiente autopsia.

Fuentes vinculadas a la investigación hicieron saber, en forma reservada, que el cadáver aparecido a la vera del río podría pertenecer a un hombre que era intensamente buscado por las autoridades policiales, sindicado como el responsable del asesinato de un oficial de las fuerzas armadas, quien pereció víctima de confusas circunstancias semanas atrás.

Las mencionadas fuentes confiaron que el oficial asesinado, que se hallaba retirado del servicio activo, lideraba una comisión investigadora que trabajaba para esclarecer el asesinato de una religiosa extranjera, a la que se le sustrajo una joya preciosa de gran valor histórico y material. La responsabilidad de los delitos se atribuyó en su oportunidad a personal en actividad de las fuerzas armadas. La investigación que encabezaba el militar asesinado se mantuvo bajo el más estricto secreto para evitar que alguna información se filtrara y permitiera al o los imputados eludir el accionar de la Justicia. De ahí que no hayan trascendido los nombres de ninguno de sus protagonistas.

El crimen y el robo fueron objeto de una compleja, aunque silenciosa, disputa diplomática, que las actuales autoridades esperaban saldar definitivamente.

Por resolución del anterior jefe de la fuerza, comprometido con la más firme defensa de los derechos humanos, la comisión recobró impulso a fin del año pasado y ratificó en la conducción de la investigación al oficial que siempre la condujo, quien finalmente habría podido establecer el autor y el móvil del crimen y se hallaba próximo a girar a la Justicia todos los antecedentes para la detención del autor de los ilícitos. Este habría sido el móvil del asesinato del alto oficial investigador.

La información conmovió al ambiente castrense y de seguridad, que estaba pendiente de cualquier novedad que se vinculara al esclarecimiento del asesinato del uniformado.»

Sarmiza esperó un comentario, una palabra de Guadalupe.

—¿Y? ¿Qué tal?

—¿Qué querés que te diga? —Guadalupe no creía una sola palabra de lo que había leído.

—Todo mentira.

—¿Alguna duda? El tipo es un prócer de los derechos humanos. Qué tipos retorcidos.

—¿Alguien sabe algo de la monja asesinada, de ese rosario?

—Nunca había oído hablar de ninguno de esos hechos —dijo Dolores, que tenía una excelente memoria.

—Todo mentira, Sarmiza, esto es todo mentira.

—¿Habrá alguien que pudiera ayudarnos con esto?

Sí, había. Pero estaba todavía a prudente distancia de Guadalupe. Esperaría su oportunidad para presentarse. Los tiempos que iban llegando eran un porvenir que no sería desperdiciado.

«Algo más de justicia y menos de dolor.»

***

XXVI

Capucha, capucha

1

—¡Capucha! ¡Capucha! ¡Caperucita negra! ¡Ponete la capucha, que viene el lobo! —El matón rio desaforado.

Ámbar se despertó de golpe. Tenía frío, mucho frío.

—¿Listo? No te hagas la viva porque lo último que vas a ver en tu vida es mi horrible geta.

—Listo —respondió temblando.

—Baratito, baratito, lo tuyo. Estás viva, nadie te cogió, nadie te torturó. ¿Sabés, flaquita? Estuve haciendo bien las cuentas de cuántas vidas tenés. Contá conmigo: dos tiros, uno te pasó de lado a lado, dos paros cardíacos y un nuevo secuestro. Este, claro. Discusión: que si va al prostíbulo, que si no va al prostíbulo.

—«No va», dijo el jefe.

Donde manda capitán, no manda marinero.

—Zafaste. ¡Qué país generoso!

Cinco. Número sagrado. Contá bien. Cinco. Una, dos, tres, cuatro, cinco.

—Te quedan dos.

El verdugo puso sus dedos en V, aunque ella no lo podía ver.

—No las desperdicies porque después se acaban y listo, te vas a contar angelitos como la chabona del trébol negro. Hay gente que no tiene suerte.

—¡Flaca! ¿Me oís?

Ámbar movió afirmativamente la cabeza.

—Si salís de esta, hablá bien de nosotros, no andés diciendo cualquier mierda. Decí la verdad. Acordate de lo que te dice este cabrón: naciste cinco veces y cinco es un número mágico, el número del que viene a lograr la libertad. Por eso no mientas, no me defraudes, decí la verdad.

¿La verdad? Si digo la verdad entonces no deberé olvidar, y si no olvido hablaré de esto. Y hablaré de aquello. Hablaré de todo. De la herida de bala. Del dolor en el ojo y del sabor de la sangre. Hablaré de este calabozo. También del otro. Este negro, el otro blanco. Diré cómo entraba la luz por la rendija y cómo el frío estaba siempre a cada lado. Después repetiré tu nombre para que no se pierda. El tuyo y el mío a cada rato. Colgaré una guirnalda en tu sonrisa y en la mía para que ese momento sea una fiesta. Me pondré la chaqueta más roja y la camisa más blanca para lucir mi corazón a puros besos.

La verdad estará en los labios y en las lunas en suspenso. Labios y más labios verdaderos, y ardor de puro amor en las mejillas.

¿La verdad? ¿Al verdugo le gusta la verdad o la decapitará de un solo golpe? El verdugo está apurado, siempre. La muerte es impaciente. Pero la verdad no tiene apuro; es paciente como ninguna otra cosa. La mentira tiene prisa, como el verdugo. Corre para que no la descubran, como el verdugo que oculta su rostro tras la máscara.

¿La verdad? Diré la verdad de todas formas.

No sé si eso es lo que se espera de mí.

Pero Ámbar se mantuvo en silencio.

No confraternizar. ¡Nunca!

Nada que decir, nada que firmar, nada que compartir.

El verdugo no es mi amigo, es el verdugo.

Nadie confraterniza con el filo del hacha, el azote del látigo ni el plomo caliente de la bala.

El carcelero le dijo que tenía que comer.

—Morirse de hambre no tiene sentido.

Ámbar trató de encontrarle sentido a todo eso. Pero no pudo.

No tenía hambre, solo sed. Mucha sed. Y frío, mucho frío.

—No será un lujo, pero este chupadero es mejor que los otros. Tenés cama, baño privado, letrina, bueno. Podés bañarte. Será agua fría, pero tenés jabón. Hasta una ventanita por donde entra la luz del día.

Ni te digo la mierda que son los otros. Todos meados, cagados, con cucarachas por todos lados. Un asco.

No sé por qué, pero a vos te cuidan. A las otras las tienen para la mierda.

Si te mandan al sur, la pasás maso porque el frío ayuda. Pocos bichos.

—¡Pero en el norte!

Entre el calor, las moscas y los mosquitos… mejor ni hablar. Lleno de borrachos pendencieros.

—Flaca, mejor el sur. Nada como el sur.

Mar del Plata es lujo. Marineros, narcos, jugadores. Buenas propinas. Falopa cara.

Y el top diez: Puerto Madero.

Pero eso es para exclusivas. Ahí no te jode nadie. Salir, no salís, pero joder, no te jode nadie. Todos bacanes. Empresarios, funcionarios, diplomáticos, actores. Bacanes todos. Peces gordos. Un lujo.

—Bueno, flaquita. Comé, haceme caso. Lavate, aunque te dé frío. Y dormí. Dormí mucho. Dormir acá hace bien, te olvidás de toda la mierda. Dormir, soñar… ya lo dijo Yaquespeare.

Cuando salga, contá hasta veinte.

2

Carta al amor de mi vida.

Guadalupe: no sé si mis pensamientos llegarán a los tuyos. Mis sentimientos sí, porque nunca te abandonaron, ni los tuyos a mí, que aquí me abrazan. Tal vez percibas esta carta que te estoy enviando desde mi corazón.

¿Recordás nuestros versos? Los recité una vez, entre lágrimas:

Amor mío: late tu corazón, selva encendida,

y tu calor me envuelve como un anhelo rojo.

Siento aquí, a mi lado, tus latidos, tu calor. ¡Cuánto me reconfortan! ¡Qué bien me hacen!

Sé por qué nos está pasando esto. Y estoy segura de que vos también lo sabés.

No reniego de nada. ¿Cómo podría hacerlo? A tu lado conocí la dicha, y esa dicha fue tanta y tan intensa que nada de lo que hoy ocurre puede amargarla.

No puedo escribir los versos más tristes este día. No lo deseo. Por el contrario.

Recupero para mí, cada día de este cautiverio, el momento en que nos conocimos. Miro la luz del día que entra por la pequeña ventanita de esta celda, allá arriba, casi pegada al techo, y por esa luz llego a vos y nos imagino juntas en la ribera del río donde nos abrazamos por primera vez. Esa es mi fuerza. Mi fuerza es tu amor, tu infinito amor y tu coraje.

Parafraseo a Wilde muchas veces al día. Podría hacerlo con Celan, el último que me regalaste. Pero no quiero. La leche negra del alba, la leche negra del día, el de los ojos celestes y su víbora de ira, el que silba a los perros y a los judíos que cavan sus tumbas, y Margarete y su cabello de ceniza, Sulamita; no puedo, no puedo. No puedo. Queda Celan en otras manos que no serán las mías. Vivimos para el amor, nunca para el dolor; vivimos para la alegría.

Como te dije, parafraseo a Wilde muchas veces al día. Ejercito mi memoria y eso impide que comparezcan mis debilidades. ¡Rara forma de contener mis emociones!

Estoy dentro de la Balada de la Cárcel de Reading. Llegué aquí por ser quienes somos. Como Wilde fue condenado por ser quien era, por ser diferente. ¡Él tenía tanto amor! ¡Tanta soledad!

Todavía se me repite cada tanto la voz hombruna antes del disparo: «lesbiana de mierda», y me depositó aquí, donde no hay ningún convicto con quien intercambiar miradas. No tengo un traje gris, ni una gorrita gris, ni tengo cómo mirar con tanto anhelo como aquel convicto la pequeña carpa azul que otros condenados llaman cielo.

Como aquel de la balada, contemplo estos muros que tienen temblores negros, iras de hierro rojo. No hay cielos que me protejan. Ni uno de quemante acero.

Admiro lo que queda del día cuando un minúsculo rayo de sol se filtra por el capricho de una rendija que pasó desapercibida.

No ruego con labios de barro que acabe esta pena honda. Ruego por vos, amor.

¿Matar lo que amamos? No es cierto que todos matamos lo que amamos. Ni con mirada torva, ni con palabras halagüeñas, ni con cobardes besos, ni con el filo de un puñal artero.

No todos matamos lo que amamos. Ni vos ni yo cometeríamos tal crimen.

Yo te protejo, amor, aquí en silencio. Tu amor me protege luchando, lo siento. Nos protegemos así, como lo hicimos desde el momento en que nos reconocimos.

A pesar de que hombres silenciosos me vigilan noche y día, celebro nuestras vidas. A esa celebración no pueden ingresar, no lo permito. Y eso los llena de rabia porque sus poderes no pueden con mi magia.

Ellos esperan mi llanto y quieren auscultar mis plegarias para saber qué pienso y en qué pienso. Me vigilan. Es inútil. Aunque mañana entrara aquí el aterido capellán con su hipocresía colgando del cuello con forma de rosario; aunque llegara aquí quien manda, vestido con su traje negro y bebiendo su leche negra de la mañana, del mediodía y de la tarde; aunque llegara aquí el verdugo de ojos celestes con sus guantes de jardín, con su víbora, y traspasara la puerta para amarrar mi garganta a sus correas mientras silba a su jauría y ordena a los condenados que caven de prisa mi tumba, no tendrán una lágrima ni una palabra mía. Esa será nuestra victoria. El poder del silencio y el poder de tu lucha.

No retuerzo mis manos de amargura, ni lloro furtivamente, ni soy un alma en pena con un asombro torpe por la muerte. Bailo en mi sustancia vital, bailo. Nos gusta bailar. ¡Bailemos, amor, toda la tarde! ¡Bailemos! Al ritmo dulce de violines, al ritmo dulce de guitarras. Los pies en el aire, flotando livianas como dos hojas que el viento quiere llevar a su refugio.

Dice Wilde que, en la cárcel de Reading, en la ciudad de Reading, se encuentra un pozo de vergüenza en el que yace un desgraciado devorado por dientes de fuego. Donde esté, porque no tengo conciencia de dónde estoy, me siento dentro de la balada de Wilde, junto a él, porque somos lo que somos y no podemos dejar de serlo y nos alegramos de ello.

Ni lágrimas necias, ni suspiros profundos. Defendemos lo que amamos. Por ello daremos lo que nos reclamen.

Te ama, por siempre, Ámbar.

***

XXVII

Escarmiento ejemplar

1

Los ojos de Guadalupe se vaciaron de golpe. Su luz tan natural se desvaneció no bien vio venir hacia ella al fiscal de la causa. No tuvo dudas de quién se trataba, a pesar de que había cambiado su aspecto radicalmente. Lucía muy diferente del hombre que había sido la noche de su detención.

Se trataba del mismo hombre que la atracó en el hospital, el que la hizo detener y encerrar en un hoyo junto a la muchacha del tatuaje del trébol negro, que había desaparecido, y la vieja buchona que le ofreció una condena acordada mediante un trato abreviado. Era ese mismo y no lo era al mismo tiempo.

El «Dr. Iniustitiam, fiscal federal», así se presentó. Quien se apersonaba para recibirla en la misma puerta del juzgado era angelical, fresco como un bautizo que salió del agua bendita un poco antes de ir a recibirla. Candoroso, de modales galantes y sonrisa dulce. De voz agradable y palabra serena. Conteniendo a la víctima casi como un hermano, como un amigo de siempre. Cándido, tranquilizador, confiable.

El otro, el de la noche de la detención, era el espectro de este, un refrito del ángel, un modo de demonio salido de las entrelíneas de un código penal patético. Untado en hiel, con aspecto de galán de película pornográfica clase «C», con su fino bigotito nacarado bajo la nariz recta; engominado, oliendo a tufo subterráneo, lamiendo sus labios con una lengua negra, gritando como un marrano para el sacrificio. Guadalupe no podía disociar a uno del otro. Dualidad de una humanidad bifurcada.

Ella tuvo que retirar la vista de sus ojos. Su mirada dolía. Sintió cómo llegaba hasta donde empezaba su pubis y la sintió helada contra la piel caliente y prometedora.

Detrás de ella, Sarmiza no podía detectar la conmoción. Fumaba un cigarrillo seguido de otro, sin interrupción, ansiosa. La benevolencia del humo dibujaba unos arabescos en el pasillo del Palacio de Justicia que iban a enredarse en las transparentes tulipas de las lámparas. Caminaba nerviosa por el pasillo; iba y venía trazando un surco para no errar ni la ida ni la vuelta. Sus zapatos de taco aguja exageraban su ruido aprovechándose de la acústica y de las dimensiones de la galería por la que deambulaba. Esperaba que Guadalupe cumpliera con lo que le había pedido: decir todo lo que había ocurrido con precisión. Mentir, ocultar o confundir se volvería en su contra irremediablemente. El fiscal tenía todos los recursos necesarios y el tiempo suficiente para buscar cómo embrollarla y perjudicarla.

El Dr. Iniustitiam invitó a Guadalupe a pasar a su despacho. Ella controló un temblor que quiso emerger desde la intimidad de su sistema nervioso.

Con un gesto de caballero le indicó por dónde avanzar hasta un sillón de esparto que estaba frente a un escritorio de madera lustrada. La caoba lucía como con vida propia, y el perfume del lustre llegaba a su nariz con la sutileza de un aroma premeditado, un aroma elaborado solo para ella, para convencerla, mujer de aspecto triste, con las bondades del sistema judicial. Todo lo que la rodeaba pretendía decirle: «No hay nada que temer, estás en el Palacio de Justicia».

La música de Dizzy Gillespie sonaba, pero en un sustrato confuso del lugar. Salía de ningún lado, pero se hacía omnipresente a medida que se la escuchaba. No había contraste entre el hombre, el despacho y la música. Guadalupe parecía una gema extraída de un lugar extraordinario e insertada en ese lugar tan hipócrita como solemne.

Guadalupe no tuvo duda de que todo era un montaje. Una puesta en escena. Pura tramoya para que la mentira se disfrazara de verdad. Así había crecido hasta que la despacharon al colegio de monjas para quedar pupila, el último estadio del abuso para recalar junto a Teresa y Francisco, esos modos de amor que la salvaron de una muerte segura.

El decoroso aspecto del fiscal, la pulcra escenografía que alejaba cualquier sospecha de un intento de opresión, la madera lustrada, las cortinas al tono, el olor delicado, invitaban a la calidez, a la intimidad de las confesiones. La música de Gillespie envolvía todos los objetos, como a Guadalupe e Iniustitiam, con sus síncopas magistralmente ejecutadas. El clima perfecto para desalentar toda resistencia.

El fiscal observaba a Guadalupe desde una mirada difícil de describir. Sus ojos estaban entusiasmados. Su entusiasmo brillaba como la pupila en el ojo del puma cuando acecha a su víctima sigilosamente. Él no sabía disimular ese brillo que aparece cuando una mujer conmueve a un hombre. No podía saberse qué pensaba mientras escuchaba su declaración. ¿Tal vez en la trampa? ¿El modo de la trampa? ¿La dimensión de ella? ¿Sus últimas consecuencias? ¿O él pensaba en algo que ya sabía y que modificaba radicalmente todo lo planificado?

Guadalupe captaba la falsedad que surgía del cuerpo de Iniustitiam. La hipocresía tiene la facultad de esparcir su energía de un modo particular y ella tenía la capacidad de captarla en todas sus dimensiones. La hipocresía es como una piedra que te observa antes de lanzarse al golpe, un filo que oye tu jadeo antes de organizar la herida. Guadalupe adivinaba la parábola del dolor, aunque por momentos pareciera ajena a la perversidad, y por eso podía neutralizarla solo con su serenidad.

Ella habló pausadamente, hasta que describió al «otro», el que llegó rodeado de cuatro cuervos negrozules y parecía untado en sombras. Entonces tuvo un leve temblor en la voz que el fiscal interpretó por completo. Pero Iniustitiam no se dio por aludido. Ese no era el momento de confrontar.

Ese pequeño y casi imperceptible temblor era lo que esperaba. Un síntoma, una disonancia, una ruptura en el relato que le permitía (eso creía) dilucidar el verdadero estado de ánimo de la muchacha.

Se reservó de todo gesto. No hizo ni una mueca, ni siquiera una pequeña pero delatora. Sonrió como si escuchara recitar un poema de Pizarnik bajo el frondoso árbol de la poesía al son de la música de Gillespie.

Hizo las preguntas necesarias, siempre en voz baja, una voz como el delicado y armonioso roce de un arco contra las cuerdas de un Stradivarius, procurando no alterar la jazzística serenidad apostólica del despacho, que había adquirido un aspecto reconfortante al son de «Atmosphere».

Le preguntó por el llamado telefónico, por las palabras de esa mujer que le avisó del supuesto crimen. Si le creyó realmente. Si reconocería la voz de volver a oírla.

De cómo fue su viaje al hospital. De la angustia por la distancia que debió recorrer y que le habrá parecido enorme, de no saber a ciencia cierta del ataque mortal contra su amada.

Del guardia que coreó sus negativas, repitiendo mecánicamente: «Un familiar directo, un familiar directo».

Del extraño hombre que la detuvo con sus cuatro matones llevándola entre cerrojos hasta un pozo inmundo. Le preguntó por el nombre de ese hombre asumiendo la falsaria condición de investigador («¡un mentiroso!», dijo) y esa patética cohorte de cuervos. Ella dijo que nunca supo el nombre de su captor.

Le preguntó por la vieja y la muchacha. Se asqueó de la lata repleta de orín, se sorprendió del griterío de la joven increpando al carcelero. Guadalupe le describió con detalle el tatuaje del trébol negro sobre ese pecho tan blanco que le vio cuando ella la abrazó para decirle que la vieja no era sino una buchona de la policía. De los silencios que se sucedieron cuando los mastines del tamaño de un hombre se llevaron a la muchacha entre sus dientes.

De su espontánea y repentina libertad. Del robo de sus pertenencias. De su viaje ovillada contra sus piernas con una capucha negra que la asfixiaba. De su abandono en una calle que desconocía y del hombre aquel que lavaba la vereda y, al mirarlo a los ojos, desvió su mirada por cobardía. De su corrida hasta el hospital para llegar lo más rápido que podía y encontrarse con Ámbar.

De las repetidas respuestas negativas del personal de admisiones y de todo lo que siguió al pánico de la ausencia.

Le preguntó por Ámbar, por cómo era ella, por su inesperada ausencia. Habló de la deserción del amor y de por qué algunas personas no encuentran otro modo de ordenar sus sentimientos sino valiéndose de una fuga hacia un lugar donde pasar desapercibidas. También de otras cosas que Guadalupe casi no escuchó. Así fue todo.

Guadalupe captaba la falsedad que surgía del cuerpo de Iniustitiam. La hipocresía tiene la facultad de esparcir su energía de un modo particular y ella tenía la capacidad de captarla en todas sus dimensiones. La hipocresía es como una piedra que te observa antes de lanzarse al golpe, un filo que oye tu jadeo antes de organizar la herida. Guadalupe adivinaba la parábola del dolor, aunque por momentos pareciera ajena a la perversidad, y por eso podía neutralizarla solo con su serenidad.

Ella habló pausadamente, hasta que describió al «otro», el que llegó rodeado de cuatro cuervos negrozules y parecía untado en sombras. Entonces tuvo un leve temblor en la voz que el fiscal interpretó por completo. Pero Iniustitiam no se dio por aludido. Ese no era el momento de confrontar.

Ese pequeño y casi imperceptible temblor era lo que esperaba. Un síntoma, una disonancia, una ruptura en el relato que le permitía (eso creía) dilucidar el verdadero estado de ánimo de la muchacha.

Se reservó de todo gesto. No hizo ni una mueca, ni siquiera una pequeña pero delatora. Sonrió como si escuchara recitar un poema de Pizarnik bajo el frondoso árbol de la poesía al son de la música de Gillespie.

Hizo las preguntas necesarias, siempre en voz baja, una voz como el delicado y armonioso roce de un arco contra las cuerdas de un Stradivarius, procurando no alterar la jazzística serenidad apostólica del despacho, que había adquirido un aspecto reconfortante al son de «Atmosphere».

Le preguntó por el llamado telefónico, por las palabras de esa mujer que le avisó del supuesto crimen. Si le creyó realmente. Si reconocería la voz de volver a oírla.

De cómo fue su viaje al hospital. De la angustia por la distancia que debió recorrer y que le habrá parecido enorme, de no saber a ciencia cierta del ataque mortal contra su amada.

Del guardia que coreó sus negativas, repitiendo mecánicamente: «Un familiar directo, un familiar directo».

Del extraño hombre que la detuvo con sus cuatro matones llevándola entre cerrojos hasta un pozo inmundo. Le preguntó por el nombre de ese hombre asumiendo la falsaria condición de investigador («¡un mentiroso!», dijo) y esa patética cohorte de cuervos. Ella dijo que nunca supo el nombre de su captor.

Le preguntó por la vieja y la muchacha. Se asqueó de la lata repleta de orín, se sorprendió del griterío de la joven increpando al carcelero. Guadalupe le describió con detalle el tatuaje del trébol negro sobre ese pecho tan blanco que le vio cuando ella la abrazó para decirle que la vieja no era sino una buchona de la policía. De los silencios que se sucedieron cuando los mastines del tamaño de un hombre se llevaron a la muchacha entre sus dientes.

De su espontánea y repentina libertad. Del robo de sus pertenencias. De su viaje ovillada contra sus piernas con una capucha negra que la asfixiaba. De su abandono en una calle que desconocía y del hombre aquel que lavaba la vereda y, al mirarlo a los ojos, desvió su mirada por cobardía. De su corrida hasta el hospital para llegar lo más rápido que podía y encontrarse con Ámbar.

De las repetidas respuestas negativas del personal de admisiones y de todo lo que siguió al pánico de la ausencia.

Le preguntó por Ámbar, por cómo era ella, por su inesperada ausencia. Habló de la deserción del amor y de por qué algunas personas no encuentran otro modo de ordenar sus sentimientos sino valiéndose de una fuga hacia un lugar donde pasar desapercibidas. También de otras cosas que Guadalupe casi no escuchó. Así fue todo.

Iniustitiam le agradeció su declaración. Leyó con la misma voz de Stradivarius con la que habló durante toda la entrevista el resumen de todo lo dicho por la testigo, la dicente, la expositora. ¡Qué formas de llamar a la muchacha!

Guadalupe no encontró nada que reprochar y firmó en todos los lugares que le indicó el fiscal.

Como cuando llegó, la acompañó hasta la salida. Siempre ameno, sereno, impoluto, angelical. Miró a los ojos de Guadalupe, estrechó su blanca mano y la despidió como se despide a una amiga. Luego cerró la puerta detrás de ella.

Guadalupe, apenas oyó cerrarse la puerta tras de sí, corrió buscando la calle. Sarmiza la siguió casi sin aire, llamándola en voz baja para no gritar, sin entender qué estaba pasando.

Guadalupe se detuvo de repente, se apoyó en una pared, se sostuvo como pudo y no pudo evitar vomitar la amargura que tenía dentro.

2

Estaba desfigurada. Su rostro tenso, sus ojos opacados, su boca agriada, el cabello desordenado. No podía evitar ese espasmo que la maltrataba impiadoso.

Vomitó con rabia. Se retorció de dolor. Se tomó el vientre, que colapsaba en una repetición de convulsiones como no había sufrido nunca. Ni cuando era violada. Sarmiza no atinaba a decir nada sensato. Balbuceaba con el cigarrillo entre los labios. Humo y saliva se mezclaban apelmazando la lengua que se le puso lenta y pastosa.

—¿Qué pasa, Guadalupe? ¿Qué pasa? ¿Qué te dijo?

—¡Este es el tipo que me secuestró! —gritó la muchacha—. ¡Este es el tipo!

Sarmiza quedó estupefacta. Abrió los ojos por la sorpresa que le produjo la revelación, grandes, no como ojos, como un grito redondo que salió de las pupilas. ¿Iniustitiam podía haber sido el hombre que Guadalupe le dijo que se presentó esa noche en el hospital, afirmó ser un fiscal federal y ordenó detenerla? ¿Era eso posible?

Verdad o confusión, Sarmiza sabía que si la muchacha había declarado eso, el trámite del psiquiatra sería innecesario. La declararían loca sin remedio. Al loquero sin escalas. Trámite express. ¡Justo lo que querían!

Quién habría de aceptar que un fiscal de la nación, un joven y brillante fiscal, iba a andar como un matón por las noches citadinas asaltando a pobres mujeres embaucadas con supuestos atentados a sus bellas amantes. Descabellado, absolutamente descabellado. Ningún juez tomaría en serio semejante declaración. La declararía incapaz in límine, ordenaría su sumaria internación y propondría en su sentencia generosas dosis de haloperidol para impedir que la paranoia, impunemente, se dedicara a difamar al sistema judicial.

Sarmiza prendió dos cigarrillos al mismo tiempo, sostenía uno en cada mano. Estaba desorientada y no atinaba a darse calma ni a transmitirla a Guadalupe.

Tiró un cigarrillo al piso y lo aplastó con furia. Sacó a la muchacha de un brazo hasta la calle.

—¡Vamos! ¡Vamos! Salgamos de aquí.

Guadalupe la siguió como un autómata; fue un reflejo de sus piernas el que la hizo avanzar junto a la abogada que fumaba su enésimo cigarrillo rubio.

—¡A ver! ¡A ver! ¿Qué me estás diciendo?

—Que este es el desgraciado que me hizo encerrar la noche en que fui al hospital a buscar a Ámbar. ¡Eso estoy diciendo! —Guadalupe se soltó de la mano de Sarmiza y salió caminando rápidamente hacia Corrientes—. ¡Me quiero ir! ¡Me quiero ir de aquí!

Sarmiza corrió detrás de ella hasta que quedó sin oxígeno.

—¿Declaraste eso?

—¡No! ¡No! ¿Cómo iba a declarar eso? Es el mismo tipo, pero parece otro. Aquel era oscuro, maléfico. Este parecía un ángel.

—¿Estás segura, Guadalupe?

—¡Cómo no voy a estar segura!

—Disculpame que insista, ¿estás segura?

—Por supuesto. Cómo olvidarlo, cómo confundirme.

—¿Todo lo demás lo declaraste sin confusión?

—¡Todo! ¡Todo! ¡Me quiero ir! —clamó—. ¡Me quiero ir de aquí! ¡Vámonos de acá!

—Sí, sí, ya nos vamos. Paro un taxi y vamos con Dolores.

—¿Cómo un fiscal se puede llamar Iniustitiam? ¿Qué es todo esto, Sarmiza? ¿Qué es todo esto?

Sarmiza reflexionó apenas un segundo, soltó el poco aire que podían contener sus pulmones abarrotados de humo y alquitrán y se encogió de hombros.

—Esto es la Justicia, querida. Esta es, nada más y nada menos, que la Justicia.

3

El taxi avanzaba muy lentamente. Guadalupe miraba por la ventanilla y trataba de repasar lo que había vivido momentos antes. El hombre aquel, su amaneramiento, su dulzura ficticia. Su propia declaración.

Buscaba con obsesión su error, un fallo mínimo que hubiera delatado sus sentimientos ante ese hombre, su aprensión contra él o un temor que no hubiera podido explicar. Tal vez una palabra errada, una descripción incoherente, un gesto equivocado, una sincinesia que no alcanzó a controlar completamente.

Su sistema nervioso estaba absolutamente activo, funcionaba a pleno, quizás como no le ocurría desde la infancia, cuando buscaba penetrar los secretos de aquella casona perdida en el desierto de los sepultados vivos bajo la tierra caliente.

Revisaba todo como si tratase de una película en la que ella era una espectadora privilegiada. Una película en la que desconocidos padecían un drama que estaba anunciado desde el inicio. Abstrayéndose de su situación, de su propio dolor, trataba de comportarse como una observadora imparcial, sin más motivaciones que la investigación aguda de un conflicto humano. De ese modo creía que podría examinar cuadro por cuadro de esa película y detenerse en cada movimiento de los actores y apreciar cada inflexión de sus voces hasta encontrar, si la hubo, una alteración que le diera una pista certera de lo que realmente había ocurrido en el despacho del fiscal.

Sarmiza la miraba en silencio. El silencio pesaba como un capote negro. Aunque invisible, percibía que Guadalupe estaba amurallada, una dura coraza la envolvía en ese instante. Era incapaz de definir si esa coraza la protegía o la asfixiaba.

Lo que no encontraba Guadalupe era la manera de expulsar la resaca que le dejó la entrevista con Iniustitiam. No era solo un sabor amargo en la boca, un perfume perverso en su nariz, un moho corrosivo en su piel. Eran detritos que le quedaron depositados en el fondo de su humanidad. Iniustitiam hurgó en su condición humana y ella sintió esa uña escarbando en lo más íntimo de sus sentimientos. Y eso alteraba su química vital. Necesitaba expulsarlos o entrarían en franca descomposición y devendrían en un nuevo tormento difícil de soportar. Ya cargaba con los suyos, el mayor de todos, la ausencia de Ámbar y el total desconocimiento de su suerte.

Por momentos, una sensación la embargaba. Creía sentir la voz de Ámbar llegando desde un lugar imposible de determinar. No se trataba de una experiencia infrecuente. Podía ocurrirles tanto a ella como a Ámbar y ninguna de las dos encontró posible explicar ese fenómeno. Sucedía. Así de simple. Una conexión única, una amorosa simbiosis reparadora que las comunicaba emocionalmente.

Arribaban a su mente, por ese ducto, fragmentos de la Balada de la cárcel de Reading. No encontraba explicación a esos ecos de los versos de Wilde que lograban conmoverla sinceramente. Hubo una época en que juntas jugaban a recitar el triste poema de Wilde. Las dos lo recitaban en inglés, de memoria. Tal vez fuera una reminiscencia. ¿O Ámbar le estaría hablando desde un lugar tan triste y patético como el de aquel prisionero acusado de sodomía, en el que los verdugos rondaban a los cautivos antes de la soga fatal que los aguardaba pendiendo de un fatídico árbol incapaz de dar un bendito fruto?

La pregunta que Guadalupe se hizo a sí misma fue como el vuelo negro de una flecha imposible. Su rostro adquirió un aspecto distinto. Los ojos se ahondaron raramente y su brillo fue tan intenso que se lo podía percibir incluso evitando mirar de frente a la muchacha. Los labios se relajaron y su cuerpo se deshizo de la tensión que acumuló durante el interrogatorio. La angustia se disipó por completo. Una introspección fácilmente percibida por Sarmiza precedió a sus palabras. Guadalupe hizo con voz clara y serena, que incluso pareció una voz ajena, una afirmación tan sencilla como brutal.

—No voy a recuperar a Ámbar, ¿verdad? —habló sin apartar la vista de la ventanilla—. Ellos la van a matar.

Luego las repitió porque necesitó volver a escuchar sus propias palabras:

—No voy a recuperar a Ámbar, ¿verdad? Ellos la van a matar. Por eso vuelven a mi memoria los versos de Wilde.

Sarmiza tosió y tosió tratando de encontrar las palabras correctas para responder esa pregunta. El chofer también tosió, pero de pánico.

—¿Wilde? No alcanzo a comprender qué tiene que ver Wilde con nosotras. No entiendo por qué decís eso. ¿Por qué pensás así? No podemos creer que todo está perdido. —Sarmiza quiso parecer optimista.

El brillo de los ojos de Guadalupe se hizo mucho más intenso. Su rostro fue más sereno que apenas minutos antes. Insistió con su afirmación.

—No voy a recuperar a Ámbar. Porque de eso se trata. Es una acción premeditada. No es que quieren volverme loca, ese no es su objetivo. Quieren castigarnos, quieren destruirnos. No solo a ella, no solo a mí. A todas. A ella, a mí, a vos, a Dolores. A todas. A ella la van a matar porque saben que yo preferiría morir para salvarla. Pero esto es contra todas nosotras. Porque nos odian a todas.

No les importa que yo quiera denunciar al degenerado de mi padre. ¿Qué pruebas tengo? En definitiva, ¿de quién hablo? No sé siquiera si su nombre es verdadero. Ellos podrían inventar mil historias para encubrirlo. ¿No escuchaste ese artículo del diario que leí? ¿El que te mandó este tipo? Si pudieron inventar semejante historia, ¿qué no podrían inventar contra mí para difamarme y yo no podría ni defenderme?

No tiene que ver con una posible denuncia. No lo quieren, pero no los preocupa. Eso no los inquieta en lo más mínimo. Lo que los mueve es el odio puro. Es odio en estado puro. Cultivado expresamente contra todas nosotras. Todo lo que digan es simple justificativo.

Guadalupe hablaba como si a su alrededor no hubiera nada ni nadie; vacío, solo vacío. Un suspenso extraordinario entre dos momentos de la muerte.

—Ellos la van a matar para castigarnos. Se anticipan para obligarnos a sufrir sin remedio. A ella, a mí, a las dos, a todas. Solo quieren atormentarnos.

Si hubieran querido, me habrían matado a mí. Yo no tengo modo de defenderme de ellos. Pero no, fueron por ella, porque saben qué significa Ámbar para mí y para todas nosotras. En lo que a mí me toca, ellos saben que si la matan a Ámbar muero en vida, que es la peor manera de morir.

Quieren marchitarnos. Quieren someternos a una vivisección sin final. Amputarnos un pedazo de corazón todos los días, cada día. Hasta que ya no quede nada del tejido vital y nos muramos como se muere una flor que fue cortada de la rama, como se muere una hoja en el otoño. Lánguidamente. De un modo imperceptible, salvo para el que se está muriendo. Así el tormento se naturaliza, se vuelve algo aceptable, admisible y pasa desapercibido.

El chofer miraba por el espejo retrovisor atónito. Se esforzaba por atender el camino por el que conducía el automóvil, pero no lograba sustraerse del discurso de Guadalupe y mucho menos de la conmoción en que se hallaba inmerso.

—No tenés que pensar de ese modo, todavía hay mucho…

—Yo los conozco. Yo los padecí con él, a todos ellos. Yo sé cómo piensan, cómo actúan, qué cosas quieren, cuáles odian. Somos su propiedad, son nuestros dueños, nuestros amos. Así me trató él, como si apenas fuera un pedazo de carne que merecía disfrutar. ¡Mía! Decía. ¡Mía!

Nunca hablé del último viaje en su coche cuando estaba pupila. Cuando me obligó a usar su vestido de seda blanca, el vestidito de «novia». Nunca hablé de las torturas, de los flagelos. Llevo como escarapelas las llagas de esos tormentos. Él me lo decía al oído mientras su baba caía por mi boca, por mi pecho. Hablaba con pausa, mientras jadeaba. Me repetía el rosario de atrocidades que me iba a ocurrir si hablaba. «Este es nuestro secreto». ¡Mía! ¡Mía! Su propiedad, su mercancía.

Nunca pude hablar de todo eso, salvo con Ámbar, y ellos lo saben. Siempre lo supieron. Nos escucharon, nos siguieron, nos auscultaron todo el tiempo.

Ahora entiendo todos esos detalles que encontraba en casa, entre la ropa, entre los recuerdos, entre los libros. En el olor los reconocía. Detalles, pequeños detalles. Gestos insignificantes que Ámbar no descubría porque ella no podía advertirlos. Pero yo sí. Porque los tuve dentro mío muchas veces.

La van a matar, para castigarnos, para sellarnos la boca con sangre, como hacen con todas nosotras. Por eso la mataron a la chica del tatuaje. El «loco de la ruta» es un pretexto para poder matarnos alegremente, impunes, como eran impunes antes, cuando ninguna mujer se podía atrever a sentir, a amar, a soñar, a vivir. ¿Me entendés?

Sarmiza temblaba mientras fumaba el enésimo cigarrillo de la mañana. No supo qué responder.

—Somos una mercancía, Sarmiza. Nada más. Una propiedad privada. Se compra, se vende, se usa, se tira. Nada más. Si la mercancía adquiere conciencia de sus propias posibilidades, entonces se la doma. A golpes. Y si resiste, se la mata. A golpes. A puñaladas. Quemada. Como prefieran. De esto se trata.

Guadalupe volvió su mirada a ella. Le tomó una mano para que sintiera lo intenso de su condición en ese momento. Luego le dijo mirándola a los ojos:

—Descifré el poema. Amanda me dejó ese mensaje para que yo supiera la verdad de lo que ocurrió con mamá.

—¿Pudiste comprender qué significaba?

—Sí. ¿Querés que te revele el significado?

—No tenés las copias con vos.

Guadalupe se tocó la sien con su dedo índice.

—No necesito papeles, nunca precisé papeles. Mi memoria está intacta. Mi corazón roto, pero mi memoria está intacta. ¿Querés que te revele el significado del poema?

—Por supuesto.

—«Nueve es el número de la luz. Nueve es el número del camino.» Es la ruta que hay que tomar para llegar al lugar en donde está sepultada mamá.

«Encontrarás así el nombre del esparto.» El nombre del esparto es «Atocha».

«Allí está el cáliz donde abrevan las aves / su idioma musical, / comulgan con chicha y se deleitan.»

En las proximidades de Atocha hay un cementerio de aves.

«Esta ave llegó desde el tumulto / de iracundos y cobardes puños.»

Esa ave es mi madre, Encarnación, que llegó desde el tumulto de golpes que él le propinaba cada vez que volvía a la casa.

«En el encierro de un cielo subterráneo / que contempló el cautiverio de su arte / en un desierto de huesos apilados.» Se refiere a la casona donde vivíamos. La leyenda decía que se construyó sobre la tumba común de cientos de lugareños enterrados vivos.

«Allí soñó de frío la libertad / el tamaño de una patria doblemente centenaria.»

No llego a comprender qué significa «la patria doblemente centenaria». Tal vez un suceso del Bicentenario, tal vez una figura venerada durante el Bicentenario. Pero no puedo comprender a qué se refirió Amanda con este verso.

«Ave en ramos de sueños, / ave en vertiginosas torres / de sonido sobre sonido.» Eran los acordes que ejecutaba mamá cuando enloquecía.

«Entre marfiles repiqueteando / como cascabeles blancos / como cascabeles negros», son teclas del piano. «Corcheas, semicorcheas, / silencios expectantes.» Las notas y silencios musicales.

«Alfombra de esparto enrollado» representa su mortaja. Pero Atocha significa esparto. Esparto es Atocha y mortaja. «En su traje de fino caballero», representa al gaucho que la enterró con ceremonia. Un hombre, un gaucho, ayudó a Amanda a sepultar a mamá.

«Allí el gaucho hizo el mapa final» tiene que referirse a un mapa para encontrar la tumba.

«Toma la llave y abre el enigma.» En ese lugar debo encontrar una llave de un mueble o un cofre dentro del cual está el mapa con la ubicación de la tumba de mamá.

«Nueve es el número de la luz / nueve es el número del camino.» Repite qué ruta debo tomar.

«En el cáliz sagrado de la vida eterna, / las aves beben chichas musicales / y cantan para siempre sus canciones.» Un cementerio de aves.

Ruta 9, en Salta, Atocha. Ese es el lugar. Mamá murió asesinada por él y Amanda la sepultó donde no pudiera encontrarla.

—¿Y la muerte de esa mujer?

—Amanda se suicidó para salvar sus secretos. O liberarse de ellos definitivamente. Todavía no lo sé.

—¿Cuáles secretos? —preguntó Sarmiza.

—No sé. No los pude descubrir por ahora. Podría ser el enterramiento de mamá. Mi sobre de seda azul. Las palabras como filos. Las violaciones. Todos ellos y muchos otros. No puedo saberlo. Hay misterios que no alcanzo a entender. Pero creo que en algún momento la verdad se completará y sabré quién soy en verdad y qué puedo ser.

Lo que sí sé, y de eso estoy segura, es que yo no soy el último infierno. La venganza contra nosotras será larga. Una venganza promiscua. Contra mí, la muerte de Ámbar. Ni siquiera me van a otorgar la paz de recuperar su cuerpo. Esa será mi condena. No tendré nada de ella. Ni siquiera la certeza de su muerte.

El taxi arribó a destino. Sarmiza, embotada, preguntó cuánto debía por el viaje. El chofer la miró por su espejo retrovisor. Guadalupe abrió la puerta para descender.

El hombre balbuceó unas palabras que ninguna de las dos mujeres comprendió.

—Señorita —se animó a alzar la voz para llamar la atención de Guadalupe. Ella volteó para mirarlo.

—¿Señor?

—¿Podría decirle algo sin que usted se ofenda? —Sarmiza quedó expectante—. No pude evitar escucharla.

—Hablé sabiendo que no escucharía mis palabras. Nada puede ofenderme. Dígame. Lo escucho.

—Tengo hijas y tengo nietas. A medida que usted fue hablando yo me fui estremeciendo. Pensé en ellas, en todas. Y sentí mucho miedo. Nunca había escuchado algo semejante.

—Lo lamento, señor, no quise angustiarlo con mis asuntos.

—Para nada. Quiero decirle que, si pudiera hacer algo en favor suyo y de las mujeres de las que habló, lo haría, se lo aseguro. Porque usted, porque ellas, son de alguna manera mis propias hijas y mis propias nietas.

Guadalupe dejó sus claros ojos en los del hombre. Su mirada fue tan dulce que el chofer alcanzó algo de la serenidad que había perdido cuando minutos antes Guadalupe decía en voz alta sus reflexiones.

Luego de un silencio breve, el rostro de la muchacha se encendió de una manera formidable.

—Por favor, señor, repita lo que me dijo sobre cómo se sintió al escuchar mis palabras.

—Como si alguien, un desconocido, pero poderoso, un perverso, estuviera dispuesto a propinarles a mis hijas y a mis nietas un castigo ejemplar.

—Un castigo ejemplar —repitió Guadalupe—, un castigo ejemplar.

—Perdóneme, señorita, si la incomodé.

—Por el contrario, señor. Usted me ayudó a encontrar la razón que me faltaba.

Miró a Sarmiza y le tomó la mano.

—La Orden del día N.º 5, esa es la clave.

Sarmiza buscó en su memoria qué estaba escrito en esa Orden del día N.º 5.

—¿Es el documento que lleva por título «Escarmiento ejemplar»?

—Ese.

—¿Entonces?

Guadalupe preguntó cuánto debían abonar por el viaje. El chofer no aceptó ningún pago.

—Es lo menos que puedo hacer por.

4

Los hechos empezaron a cobrar otra dimensión y a ordenarse como hasta ese momento Guadalupe no había podido hacerlo.

La clave era la Orden del día N.º 5. Ella prestó atención a «El enigma». Pero el secreto estaba en ese documento que ordenaba el castigo ejemplar.

Quien se lo había hecho llegar no había dejado indicación alguna de la importancia de cada hoja. Guadalupe leyó una y otra vez todas las páginas: las dieciséis de la memoria de Amanda y la orden del día. Pero puso toda su atención en el poema.

Con el poema dedujo la muerte de su madre. Pero toda esa arquitectura estaba basada en esa patética orden. El crimen fue institucional. No fue solo un acto fallido, un desborde de un pervertido.

Y quien le hizo llegar tan valiosos documentos, lo que le estaba advirtiendo era que, contra ella, contra Ámbar y contra su entorno, existía una decisión institucional que comprendía a las mujeres. No a una, a dos o a tres, sino a todas. Ellas eran el destino de ese escarmiento genérico.

Estaba en lo correcto Guadalupe cuando concluyó que la clave de todo era el odio. Odio profundo. Odio de clase. Cuando pudo descifrar el mensaje, su mente se abrió por completo y el dolor pudo transformarse en fuerza. Necesitaba sentir tanto como entender. Y, al comprender la esencia de lo que ocurría, al descifrar el pasado, pudo comprender el presente y diseñar lo que vendría.

Dolores las esperaba ansiosa. Los pocos mensajes que Sarmiza le hizo llegar por WhatsApp no alcanzaban para explicarle lo que estaba sucediendo.

La Asociación estaba iluminada por la luz del día. Apenas el calor del sol se filtraba por los ventiluces. Dolores estaba de frente a la puerta de entrada. A un lado, en silencio, una mujer jugaba con un celular que sonaba como una canción equivocada.

Sarmiza entró como si nunca lograra llegar. Parecía un poco ahí y otro poco a kilómetros de distancia. Guadalupe entró y se quedó de pie, frente a Dolores, pero sin hablarle. Vio que Dolores tenía un par de fotos en la mano.

—Miren las fotos y díganme algo positivo.

La primera en mirarlas fue Guadalupe. Echó un vistazo y las dejó nuevamente sobre el escritorio.

—Es el tatuaje de la chica que estuvo conmigo en el calabozo.

Sarmiza se apuró para verlas. No había duda de que en esas dos fotos el tatuaje se podía apreciar sin dificultad.

—Los noticieros anuncian que va a hacer declaraciones el fiscal de la causa. —Guadalupe inhaló con fuerza, llenando de aire sus pulmones.

Sarmiza encendió un cigarrillo.

—¿Qué irá a inventar ese desgraciado? —dijo y dibujó un rulo con el humo.

—No importa lo que diga ese tipo. —Guadalupe quitó importancia a esas declaraciones.

—Va a mentir, como hacen todas estas porquerías. —Dolores lo condenó antes de que pronunciara una palabra.

—¿Qué puede decir? —preguntó Sarmiza, aunque no porque creyera que el fiscal fuera a hacer algún anuncio importante.

—Va a decir que apareció un cadáver a la deriva cerca de la costa norte, que le cercenaron la cabeza y las manos para impedir la identificación. Que va a ser muy difícil identificar a la víctima, pero que tienen pistas firmes de que se trata de un asesino que mata prostitutas. Luego los medios lo van a bautizar como «el loco de la ruta». Cuando los periodistas le pidan precisiones sobre las pistas, va a decir que no puede porque es secreto de sumario. Luego va a saludar y se va a ir por donde vino.

Dolores predijo lo que iba a ocurrir en la conferencia del fiscal Iniustitiam.

Guadalupe miraba la televisión sin ninguna expectativa. También sabía que todo era una simple puesta en escena.

El locutor anunció a viva voz la presencia del fiscal.

—Buenos días a todos —dijo—. Son pocos los anuncios que tengo para ustedes. La policía encontró el cuerpo de una mujer a la deriva en las proximidades de la costa norte del río. Su cabeza y sus manos fueron cercenadas para impedir su identificación.

Va a ser muy difícil identificar a la víctima. Pero esperamos que algunos datos que posee esta fiscalía sean corroborados en el corto plazo.

Un periodista al servicio de la Agencia gritó desde el tumulto un apodo.

—¿El loco de la ruta? —dijo.

—Esa información no salió de mi fiscalía.

Otro, algo más alejado, preguntó:

—¿Por qué cree la policía que se trata de un asesino serial?

—Lo ignoro. Eso deben hablarlo con la policía, si en efecto la policía les ha dado esa información, o con quienes hagan esa especulación. Hay muchos otros crímenes que responden a patrones similares, pero eso no nos permite suponer que se trata de un único y mismo asesino.

—¿El cuerpo de la occisa presentaba alguna seña particular que pudiera permitir su identificación?

—Hasta ahora no lo puedo confirmar, pero estoy esperando una nueva pericia para saber si hay o no, efectivamente, una seña particular, una cicatriz, un tatuaje, algo que permita su correcta identificación.

Sepan disculparme, pero por ahora no puedo brindarles mayores precisiones. Esperamos poder esclarecer este horrendo crimen y otros que podrían estar vinculados, de manera rápida y certera.

El fiscal se despidió y los periodistas siguieron divagando sobre el «loco de la ruta» y empezaron a sumarle crímenes que nunca habían sido resueltos.

Las mujeres quedaron en silencio. Sarmiza debió asumir que no era lo que esperaba que el fiscal, Dr. Carlos Iniustitiam, fuera a anunciar a la prensa. No podía saber qué había cambiado para que el hombre hiciera
semejante declaración.

—¡Qué pedazo de hijo de yuta! —Sarmiza no se ahorró la puteada, más por desorientación que por una intención de calificar el comportamiento del fiscal.

—Sabe que los de la morgue vendieron las fotos —dijo Dolores.

—Sabe más que eso —afirmó Guadalupe.

—¿A qué te referís?

—Solo conjeturo. Sabe más y el tipo no se va a rifar.

—Che, Sarmiza —Dolores llamó la atención de la abogada—. ¿No será por algo de esto que te dijo que quería tomar un café con vos?

—Ahora me agarró la duda, todas las dudas.

—Llámalo y tomate una cafetera. Mirá si te tira un dato y podemos saber algo de Ámbar.

—Tenés razón. Lo llamo en un rato, ahora debe de estar viajando para la capital.

—¿A vos cómo te fue, nena? —«La D» le preguntó a Guadalupe.

—Me ayudó un taxista a entender qué está pasando.

—¿Y eso?

Guadalupe volvió a tomar las fotos y las observó con detalle.

—Le dije al fiscal lo del tatuaje de la chica.

—¡Ah! Por eso el tipo se hizo cargo de la posibilidad de identificarla —afirmó Dolores.

—No, no fue por eso —Guadalupe la contradijo.

—¿Por qué?

—No habló así por lo que yo declaré.

—No estoy tan segura.

—Si fuera por lo que podemos decir o hacer nosotros, a ellos no les preocupa. Podemos mostrar las fotos y ellos van a cambiar el cadáver. ¿Quién sabe las muertas que tendrán guardadas para estas porquerías? Yo podría decir «A», «B», «C», y ellos refutar cada palabra. Fijate lo que inventaron en ese artículo del diario para encubrir su muerte.

—El fiscal no va a hacer una afirmación pública si no está bien seguro de que ya se sabe algo que él no podría ignorar. Si cambió, es porque ellos saben algo que nosotras no y que no podrían ocultar.

Sarmiza aprobó la conclusión a la que había llegado Guadalupe.

Guadalupe volvió sobre las fotos. Las miró con profunda atención.

—La clave es la Orden del Día N.º 5, Dolores, no estas fotos.

—¿La qué? —«La D» trató de entender de qué le hablaba Guadalupe.

—El documento que dejaron en el sobre que echaron por debajo de la puerta de mi departamento.

—El que tiene por título «Escarmiento ejemplar» —explicó Sarmiza.

—Ese es el verdadero mensaje. Nos están propinando un escarmiento ejemplar. Puede haber uno, dos, tres o diez montajes diferentes. Uno, dos, tres o diez castigos ejemplares. Un brutal escarmiento. El ataque a Ámbar, mi secuestro, el de la chica del tatuaje, su asesinato. Lo que fuera. Pero todo va en un solo sentido: un «escarmiento ejemplar».

Son líneas paralelas que, por momentos, se aproximan unas a otras. Ahora conocemos tres, nada más. La de Ámbar, la mía, la de la chica del tatuaje. Pero puede haber más que no conocemos y van a ir presentándose para demostrarnos que pueden hacer lo que se les da la gana. Todas confluyen y confluirán en el mismo punto. Escarmentarnos. Castigarnos. Para que aprendamos a cerrar la boca, a ser sumisas. Eso le pasó a mi mamá. Él la escarmentó hasta matarla. A golpes. A golpes.

—Guadalupe necesitó un respiro. Cada vez que decía la palabra «golpes», sentía el crujido de huesos que se rompían bajo el impacto de golpes brutales.

—No nos enfrentamos a un loco desquiciado. Él no fue un loco desquiciado; era la representación de un poder que se ejercía a voluntad. Es el Estado, es el poder, puro poder, con tiempo, con recursos, impune.

Dolores permaneció en silencio. Lo que Guadalupe explicaba era sensato, tenía sentido y podía revelar esos y otros hechos que a veces quedaban ocultos para siempre.

—Escarmiento ejemplar —repitió también Dolores, como si en esas dos palabras estuviera el resumen de una larga historia de opresión.

—De esas páginas que leíste, ¿creés que puede haber algún mensaje más, algún dato que nos sirva para entender qué está pasando?

—Sí, pero todavía no puedo comprenderlo. Hay algo que ellos saben sobre mí o sobre esta historia que no alcanzo a descifrar. Hay algo que subyace en los escritos de Amanda que no logro descubrir. Está ahí, lo reconozco, puedo hasta intuirlo. Tal vez no sea expresamente sobre mí, sobre Ámbar, sobre nosotras. Es un secreto, un misterio que quienes dejaron el sobre en el departamento del encargado quieren que resuelva. ¿Te das cuenta de que el tipo que dejó el sobre sabía que iban a asaltar mi departamento? Por eso no lo dejó en casa. Si no, lo hubiéramos perdido.

Tal vez ellos quieren que yo conozca ese secreto y nuestros perseguidores no. Por eso lo de Ámbar. Por eso mi detención. Por eso el asesinato de la chica del tatuaje.

Lo del asesino serial, lo del «loco de la ruta», tiene otra razón de ser, tiene otro objetivo social. Mezclan las informaciones para distraernos y las usan con objetivos que se entremezclan.

—¿A qué te referís?

—¿Un asesino serial? ¿Un ignoto e inasible asesino serial? Pero con eso matás a quien quieras y le echás la culpa al supuesto asesino. Si nunca lo vas a encontrar. O después detenés a un perejil y lo hacés responsable. Un cartonero, un ciruja, cualquier pobre desgraciado. Un día después de su detención aparece ahorcado en su celda. «Suicidado». ¿Cuántas veces supimos de casos así?

Sarmiza estaba impresionada por el razonamiento de Guadalupe, que lograba salir de su dolor y mirar los acontecimientos de manera crítica. Eso no la aliviaba, pero la ayudaba a asumir lo trágico de una manera diferente.

—¿No repetía Dolores una y otra vez aquello de luchar, fracasar, luchar, fracasar, así hasta triunfar? ¿Qué era, sino eso, luchar? ¿Qué representaba el sufrimiento sino el trauma del fracaso? ¿Qué significaba su nuevo estado de ánimo, sino la voluntad expresa de luchar en las condiciones que fueran?

—Hay que hacer la denuncia pública contra este desgraciado del fiscal —propuso Dolores.

—No, no. Eso no va a servir. Es un error —Guadalupe volvió a contradecirla—. ¿Si el tipo empezó a correr para nuestro lado para qué lo vas a espantar? ¡No precisamos más enemigos! Con los que tenemos nos sobra.

Hay que seguir con nuestras denuncias sobre la violencia contra las mujeres. Nuestra lucha es una lucha social, no meramente individual. Solo así podremos denunciar las desapariciones de la chica del tatuaje, la de Ámbar, mi secuestro. Hay que juntar muchas denuncias, muchas. Hay que exponer nuestra situación a la luz del día. Pero la de todas las víctimas.

Si yo reduzco mi ataque al fiscal, ellos van a salir ganando. El fiscal, en último caso, es una pieza en un gran engranaje. Incluso una pieza menor. No está en ese cargo porque sí. Nadie accede a esa posición si no está protegido y responde a alguien por encima de él. El problema es el mecanismo de opresión que enfrentamos. No puedo equivocarme, no puedo errar el camino. Nada de esto puede ser en vano.

Cuando las mujeres avanzamos en nuestros derechos, ellos se desquician. Es como el esclavo que se rebela. Y cuando un esclavo se rebela, el amo lo castiga, lo azota o lo mata. ¡Total! Ellos están convencidos de que hay tantas para esclavizar, que cumplirán con sus deseos. Por eso la violencia va en aumento, porque hay rebelión. Su crueldad es proporcional a nuestro avance.

No voy a ir al terreno que me proponen, no voy a entrar en la trampa a la que me quieren inducir. Nosotras tenemos que luchar en el que nos conviene a todas. Yo podré llorar, arrastrarme de dolor, sufrir como la peor de todas, pero no voy a ir al juego que me proponen porque entonces, sí, me van a volver loca.

Tenemos que ir por donde no esperan. Preparar una conferencia de prensa con diez, cien, mil denuncias. Y trabajar para que el Encuentro sea muy grande. Es la única manera de que Ámbar siga viva y a mi lado. Al calor de la lucha por el Encuentro, hagamos todas las denuncias. Todas. Las más probadas y hasta las menos documentadas. Que ellos respondan. Nosotras, denunciemos, preguntemos, exijamos. Que ellos nos den respuestas, que se vean obligados a darnos respuestas.

Es lo que Ámbar espera que haga. De eso estoy segura.

***

XXVIII

Trelew espera

1

Ziploc rezongó lo que pudo.

—Me toca siempre la mala.

—Trelew no es tan feo —lo consoló el viejo que sabía de viajes imprevistos.

—Que andá a poner la geta en la marcha de los negros planeros, que andá a juntar los pibes para tirar cascotes en el Congreso, que andá para acá, que andá para allá. Y ahora esto.

—No es tan grave, Ziploc. Tomalo como turismo. Date una vuelta por Madryn y mirá las ballenas.

—Con la que tenemos acá me alcanza.

—Son más lindas, esas. Te cantan en sánscrito.

—Mirame bien —y el viejo lo observó desde donde estaba sentado—: soy un chabón. Mirá el tamaño que tengo. Ni que me disfrace de lobo marino paso desapercibido. ¿Qué puedo hacer en un Encuentro de locas aborteras, lesbianas malcriadas, travestis, pendejas maleducadas y toda esa fauna?

—Enriqueta va con vos. Ella trabaja, vos controlás. Hacé de cuenta que son como Perón y Evita. “Perón cumple y Evita dignifica”.

—¡Dejate de joder! ¡Enriqueta es como la Yiya Murano!

—La Yiya era más aplicada y salió mejor parada de lo que va a salir esta.

Ziploc prefirió no opinar sobre ese comentario del viejo sobre Enriqueta.

—¿Y ahora dónde se metió?

—Está juntando las Modart para el laburo.

—Para tirar piedras, putear, cagar en la calle, mear adentro de un taxi, no precisan que yo vaya para allá.

—Schopenhauer, no tenés que tomarte las cosas tan a la tremenda.

—¿No? ¿Tengo que ir con ese mono a Trelew y no debo tomarme las cosas a la tremenda? ¿Por qué no va con el extranjero de la risita estúpida?

—“Foreign” no nos va a acompañar más, se fue, lo relevaron de su experimento, tarea cumplida.

—¿Así que el gringo se rajó?

—No se rajó, lo transfirieron. Se va en viaje con un asesor del gobierno. Después de todo él estaba de paso. “Investigando”. Un experimentador.

—Buena noticia, la mejor hasta ahora.

—Tal vez.

—Vino, hizo todo mal y ahora se fue.

—Lo mandaron de gira al norte.

—¿A Jujuy?

—¡No! A visitar a Donald Escroto. Los amigos de la CIA quieren precisiones. La DEA también. Asuntos de mercado, viste que acá decís mercado y todos se tiran al piso.

—¿Te das cuenta? Al tipo lo mandan de paseo y a mí a Trelew a padecer todas esas locas degeneradas.

—Anticuerpos, sirve para generar anticuerpos.

—¿Otra vez con lo de la Catedral? Ya está, no da para más.

—El escrache a la Catedral es como Boca-River: es un clásico. ¿Qué sería de nosotros sin Boca-River?

—Vos sos de Racing.

—Como Perón.

—Como “Él”. —Ziploc señaló el cielo.

—Sin un buen clásico es como sin un buen vino.

—Yo no pongo más la cara en la Catedral.

—La última vez no te pintaron la cara.

—Por eso. Estuve tres meses para sacarme la pintura del pito.

—Un poco de color…

—Porque no es el tuyo.

—Lo de la Catedral no la hago más. Aviso ahora, antes de que empiecen a delirar con eso. Nos putean las minas, nos empujan los curas, nos usan los templarios del Río de la Plata.

—No hay Catedral en Trelew.

—Menos mal.

—Una iglesia.

—Que la hagan mierda.

—Ya está arreglado.

—¿Muchas minas?

—Calculan cincuenta mil.

—¡Cincuenta mil! ¿De dónde salen?

—De todos lados.

—¿Por qué no les paran los micros? ¿Para qué están los gendarmes?

—Alguno les van a parar, pero todos no se puede. Cincuenta mil minas puteando sería un escándalo mundial.

—¿Y cuál sería el problema?

—Votos. Algunos votos. Imagen negativa. No sé. Esas cosas.

—¡Bah! La democracia es una enfermedad.

—Será, Schopenhauer, pero ni vos ni yo somos doctores.

—¿Viste el quilombo de la mina del río?

—No pasa nada, amigo. No te des manija. No pasa nada.

—Pero estos burros hicieron todo al revés.

—No, hicieron lo que les ordenaron. Ya te lo dije. Dale la bienvenida al loco de la ruta. ¡Viva la Orden del Día N.º 5!

—Otra vez con la orden esa. Espero que algún día me digas qué dice esa orden.

—Hasta lo del loco de la ruta te puedo decir. Lo otro lo sé por viejo y porque conozco en qué lugar hay información que no circula en cualquier oficina.

—¡El loco de la ruta! ¡Por favor! Eso va a durar lo que un pedo en una canasta. No lo puedo creer.

—Creelo. Creeme. Ellos sabrán. Nosotros no estamos para evaluarlos, estamos para cumplir órdenes.

—Trelew me espera.

—Trelew te espera.

—¿Hará frío, che?

—Ponete pulóver y llevá Perramus.

—¡Perramus! ¡Eso sí que es una antigüedad!

—Y galochas. Así no te mojás las patas.

2

El señor presidente lo recibió entre abrazos. A Consiglieri se lo notaba feliz. Llevaba con él varios cuadernos Gloria donde había hecho anotaciones de todo tipo. Estadísticas complejas, deducciones epistemológicas y determinaciones filosóficas. De todo eso iba a hablarle al señor presidente. Pero competir con Netflix no fue tan fácil: fue una ardua labor.

Una miniserie entre decreto y decreto se justificaba. Consiglieri explicó que hasta podía ser considerada como una gratificante acción reparadora desde la perspectiva de la soledad existencial del gobernante.

El señor presidente en cada oportunidad que podía hablarle le mencionaba el asunto del estrés. El estrés de no poder eludir algunas responsabilidades. Ni hablar del que le provocaba una contienda deportiva trascendente. El estrés era un estado que hasta podía inhabilitarlo institucionalmente. Netflix era una cura, ¿un placebo? Sí, pero un placebo magnífico que alejaba al hombre de los pesares de la rutina diaria.

Consiglieri comprendía ese estado espiritual e intelectual, ligero como una hoja de otoño al viento. No lo juzgaba del modo, para él, simplón, que lo haría una persona ajena al entorno del gobierno. ¿Cómo valorar desde una perspectiva populista, pensaba Consiglieri, las inquietudes de un presidente progresista? La intimidad de la familia en los torneos de golf postergada por la infinidad de actos protocolares que consumían la acción de gobierno. El sueño postergado del esquí matrimonial en las más hermosas pistas europeas, en especial las alpinas, que tantas veces disfrutó durante sus largos años de función pública como simple alcalde citadino.

Consiglieri no podía ser severo en el juicio sobre el señor presidente. Su espiritualidad y la versatilidad de la inteligencia de su asesorado debían ser consideradas a la luz de su formación, de su propia práctica y, además, por la impronta familiar que era por demás significativa. El estado bucólico de la oligarquía bonaerense y su mestizaje con la sangre de un terrateniente de Calabria imprimía en sus herederos características en la personalidad imposibles de no tener en cuenta. La combinación de una alcurnia forjada a base de la explotación feroz de los rurales y la manera de ’Ndrangheta que arribó transformada para su implante en la llanura pampeana donde las sierras daban un marco espectacular resultaba en una descendencia que acentuaba las dos posibles características heredables. Ocio improductivo y audacia arribista.

Y aunque el consejero desestimara el valor de los caracteres heredados y no los tuviera en cuenta para razonar los actos de la gobernanza, Consiglieri podía refugiarse en sus propias elucubraciones y encontrar atajos que tomar para liberar tensiones y atenuar descalabros.

Desde que leyó a Kundera en su juventud, consideraba todas las cosas de una manera bastante diferente. Todos los actos humanos podían tener una interpretación nietzscheana, incluso la obsesión del señor presidente por Netflix. Y esa era una salvaguarda para cualquier simplificación.

«Netflix mata lectura» podía ser, creía Consiglieri, una revelación por llegar, un enigma de la voluntad del poder. Un misterio moral trascendental, un eterno retorno a las fuentes del propio Schopenhauer, a quien debía distinguir obligadamente del sicario que así era llamado en su más íntimo entorno, por su aversión a la esperanza y su manifiesto apego al escepticismo estoico expurgado mediante el calibre nueve milímetros u otros mayores.

Cuando Consiglieri le habló al señor presidente de todas las derivaciones filosóficas de su comportamiento de tipo netflixiano, este no supo cómo tomar sus palabras. Las pensó brevemente, pero las consideró. Luego sonrió porque la sonrisa era su modo de alejarse de un problema que era aburrido y complejo y del que no estaba en condiciones de dar cuenta. Respondió, con un poco de compromiso, que se entregaría a la introspección budista para abordar los asuntos que su consiglieri le planteaba. No pediría una reunión ministerial para reflexionar sobre sus dudas. Eso le pareció un verdadero exceso. «Más vale usar pantuflas que alfombrar el mundo», fue su conclusión más inmediata.

—¡Brillante! —saludó exultante Consiglieri.

Y luego, llevado de ese estado de conformidad, de sentir una verdadera iluminación espiritual, una experiencia con lo divino, el señor presidente le pidió al consejero que lo aguardara porque estaba elaborando otro pensamiento que, seguramente, sería de utilidad para alguna de esas investigaciones que prolijamente escribía en esos cuadernos Gloria con los que deambulaba de un despacho a otro del gobierno. El consejero permaneció expectante.

—¡Qué angustia deben haber sentido los congresales cuando tuvieron que declarar la independencia de España! —exclamó el mandatario, convencido de lo difícil que debió de ser aquella aventura.

Y pudo haber agregado que esa misma angustia sentía él en esos momentos trascendentes para la refundación de la nación. ¿Fundación o fundición? Casi una duda shakespeariana. El ser o no ser de la dependencia.

Consiglieri sonrió sorprendido por las palabras presidenciales y, con decisión, tomó algunas notas, pero no lo hizo en ninguno de los cuadernos Gloria, como creyó el señor presidente que haría. Las hizo en su pequeña libreta de hojas blancas que lo acompañaba a todos lados y a toda hora.

Sobre esas palabras elaboraría un ensayo de corte filosófico, un tributo a la inteligencia del oficialismo que esperaba ansiosa sus reflexiones. Versaría sobre el ajuste, deuda externa, privatización, deuda externa, ¿déficit cero?, deuda externa, unicornio azul (no blanco, ni negro, ni rojo, azul, sencillamente azul), deuda externa, desindustrialización, deuda externa y más deuda externa, y todo ello desde la perspectiva de la iluminación intelectual y espiritual. Aufklärung y Erleuchtung (palabras que el señor presidente no conoció sino hasta ese momento en que Consiglieri las pronunció). Ir de rodillas hasta la esencia de la nueva doctrina de la nueva política, y alcanzar la experiencia de lo divino para manifestar todo eso en paz, amor y felicidad. Poco menos que el Canon Pali del capitalismo globalizado.

El señor presidente logró distenderse de cierta angustia que le produjo todo aquel inesperado ejercicio intelectual que le propuso su asesor estrella. Palmeó paternalmente al visitante para expresarle su afecto y agradecimiento. Luego se distrajo mirando un pantagruélico televisor de 75 pulgadas en altísima definición. Cuando pudo sustraerse a la imagen, habló para despedir al amigo, al consejero, a quien casi consideraba como su confesor.

—Se va, amigo, por un tiempo, ¡cómo lo vamos a extrañar! —exclamó conmovido—. ¡Cómo lo voy a extrañar!

—De viaje, una breve temporada a colectar verdades. El capitalismo global es victorioso y Donald Scroto quería que le dé consejo para acabar con asuntos en su propio terruño.

—¡Maravilloso!

—Quería manifestarle, señor presidente, que en estos tiempos de permanencia en vuestro país me ha dado una perspectiva única de la realidad política. He estado excitado como nunca antes.

—Creí que iría a Trelew a vivir esa experiencia o que al menos despacharía a su asistente de nombre… —el presidente no recordaba cómo se llamaba el ayudante de Consiglieri—, ¿cuál era su nombre?

—“Foreign”, señor presidente.

—Eso, “Foreign”.

—Él viaja conmigo, señor. Puedo decirle en su nombre que todo lo que anhelaba conocer se ha satisfecho con creces. Ahora, al norte, como las aves que emigran una temporada para garantizar su mejor descendencia.

—Además, señor presidente, allí, en esa extrema localidad austral, yo sería como uno de los personajes de Thriller de Michael Jackson, una especie de zombi, aterido de frío, indispuesto por los vientos húmedos y ralentizado por el deambular de las damas allí presentes. ¡Con tantas mostrando los pechos podría confundirme en mi cruzada agnóstica que debo sostener porque es asunto de principios!

—En la patria del norte cultivaré las nuevas semillas de la política moderna y eso lo fortalecerá a usted en su difícil lucha contra el populismo de raigambre peroniana, contra el papa peronista, el predicador estereotipado que quiere imitar a San Francisco, pero que vende sus bendiciones todos los días por moneditas. Además, debo interesarme más en otros temas. Aquí hay mucho fake news, mucho fake news. Deberíamos hacer algo al respecto, y pronto.

Integrando todas las correcciones aprobadas, el fragmento queda así:

—¿Fake news? ¿Fake news? —el presidente pareció tomar muy en serio ese asunto—. Me voy a ocupar del tema, no se preocupe, lo hablaré con el jefe de ministros.

—Lo que ocurre, querido broder, es que todavía suenan voces como salidas de décadas pasadas, antiguas, lamentadores seriales que parecían en extinción, pero que ¿se habrán reproducido en los últimos tiempos? ¿Usted qué cree?

—No lo creo para nada —respondió el presidente a la duda del visitante—. Son de personas que no comprenden la trascendencia de estos cambios y han quedado prisioneros del pasado. El pasado es perseverante y no deja que la gente mire con optimismo el porvenir.

—¡Exacto! Miremos el porvenir de un modo esperanzado. Pobreza cero, comida cero, educación cero, salud cero. Cero, en sentido de su origen hindú. Cero, ¡amado Muhammad ibn al-Khwarizmi! ¡Cero! El “cero” como manifestación de la felicidad en la carencia.

El presidente prefería obviar la mención al musulmán porque eso le traía amargas preocupaciones sobre el terrorismo a escala mundial. No podía sospechar cómo Donald Scroto podía tomar esa mención de un nombre musulmán. Era preferible prevenir cualquier desviación doctrinaria.

—He leído, días atrás, por accidente, señor presidente, que algunos dinosaurios políticos consideran que las corporaciones son las responsables de la desdicha del pueblo. Las grandes corporaciones transnacionales portadoras del progreso. ¡Hablan de monopolios imperialistas! Qué antigüedad, ¡qué antigüedad!

—Una antigüedad muy antigua, claro. Las viejas hipótesis que rigieron al mundo desde Yalta han desaparecido. La globalización manda y nosotros debemos zambullirnos en el mundo sin cortapisas. Como dijo mi querido Federico, “hacia dónde vamos no precisamos ni héroes ni historia”.

—Usted debería atender esos asuntillos —aconsejó Consiglieri— porque esas expresiones públicas arrojan a la desconfianza a los inversores mundiales que ven con tan buenos ojos a este hermoso país para hacer sus travesuras especulativas. Piénselo, señor presidente. Lluvia de inversiones o crítica mal intencionada.

El presidente pareció reflexionar sobre todo lo que acababa de decirle Consiglieri. Pero él vacilaba entre prestar oídos al discurso del querido amigo o volver a la pantalla de la televisión para no perderse detalle de lo que Netflix estaba emitiendo en ese mismísimo instante.

—No se deje abrumar, señor presidente. Ignore a esos mequetrefes de dirigentes que viven anunciando el Apocalipsis y que ansían una revolución mundial que derrumbe por siempre la cultura capitalista globalizada.

Son menos que los pequeños ratoncillos de ojillos rojos que devoran los muertos de circunstancias en el pozo aquel, donde dicen que se llevan a cabo intensas ceremonias de expiación del pasado esclerosado. De ello me habló “Foreign”. ¡Qué experiencia, señor presidente! La vida es ¡tan breve!, la humanidad ¡tan frágil!, los ideales ¡tan efímeros!, los niños ¡tan tiernos!

¡Fake news! Señor presidente, ¡fake news!, recuerde este consejo mío.

—¡Ajá! ¡Ajá! —el primer mandatario estiraba el pescuezo haciendo tal vez el mayor esfuerzo de toda su gestión para no perder detalle alguno del final del capítulo de esa serie de la que era un verdadero fanático—. ¡Ajá! ¡Ajá! —repitió, pero en su voz se notó cierto fastidio.

—Señor presidente… ¿Puede decirle querido broder?

—¡Ajá! ¡Ajá! —respondió el mandamás.

—Gracias, gracias. Decía, querido broder, qué grupos políticos estrafalarios hablan del hambre del pueblo, de sus padecimientos. Que es muy cara la luz, que es muy caro el gas, que es muy cara el agua, que es muy caro, que es muy caro. Bla, bla, bla. Nada positivo. ¿Ahora descubrieron todo esto? ¿Y dónde estaban antes? Apenas hemos reducido los salarios en un cincuenta por ciento, querido broder, y ya andan por todos lados cacareando que el salario no les alcanza. ¿Hombres de Estado? Llorones. Puros llorones.

—Habría que expulsarlos a todos y resolveríamos muchos problemas.

—¿Ha estado leyendo a Miguel Cané? —preguntó Consiglieri.

—¿Quién? No me suena conocido.

—Juvenilia, broder, Juvenilia.

—De los jóvenes prefiero ni hablar.

—La ley de residencia, para expulsar manifestantes. Comunistas revoltosos.

—¡Usted debería redactar un decreto sobre ese asunto!

—A su servicio, broder presidente, a su servicio. ¡Me gusta su espíritu innovador! A la vuelta del encuentro con Scrotus me abocaré al tema, lo prometo, querido broder.

—Voy a ser yo el que cante entonces: ¡que se vayan todos!

—¡Que no quede ni uno solo!

El señor presidente pareció inquietarse por esa posibilidad.

Reflexionó circunspecto:

—¿Qué no quede ni uno solo?

No iba a recomendar tal exageración. ¿Quién trabajaría, de ocurrir semejante éxodo?

—Cuando retorne, querido amigo, trataremos este tema con el jefe de ministros. Remington Patria tiene algunas ideas sobre el asunto.

—¿Y dónde anda el querido amigo?

—No tengo idea; él no ama Netflix, se ocupa de asuntos menores.

—¿Se da cuenta, querido broder? Una diferencia importante entre la vieja política y la nueva es que se puede decir cualquier cosa sin el temor de que nadie venga para reprocharlo. No solo se puede decir, también se puede ver el programa pago que a uno le apetezca. Es una de las grandes diferencias entre lo viejo y lo nuevo. ¡Somos lo nuevo! Querido broder presidente.

—¡Ajá! ¡Ajá!

—Si me permite, querido broder, deseaba hacerle antes de partir una modesta sugerencia.

—¡Por favor! Usted diga lo que desee, ¿para qué construimos esta nueva política?

—El tema de la riqueza de los dirigentes que investiga la Justicia habría que darle una pulidita.

—El Ejecutivo no interviene en la justicia —los hombres se miraron con absoluta picardía—.

—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Broder, claro que lo sé! Pero por canales reservados…

—¿Netflix tiene canales reservados?

—No me refería a eso, broder.

—Ah, bueno, bueno. Continúe.

—Investigar las riquezas de nuestros oponentes me parece atinado. Pero hay que andar con pie de bailarina cuando se incursiona en estos temas. Tanta riqueza, ¡tantas riquezas! Exhibir, pero no exagerar, querido broder. ¿Mire si luego lo investigan a usted?

—¡Buda no lo permita!

—Envidiosos de la riqueza ajena son peligrosos. Nuestro bienestar medido en Lebacs y Leliq es inédito y no se puede repudiar con las fantasías reaccionarias de los nostálgicos que atacan al capitalismo. Las películas proyectan la imagen de una antigüedad en la que la gente vivía con una prosperidad que nunca existió.

Hasta hace doscientos años, más del noventa por ciento de la población del mundo vivía en la pobreza, comía lo poco que podía, la salubridad era muy mala, un tercio de los niños moría antes de llegar a la edad adulta. Ahora solo cuatrocientos millones de niños viven en la pobreza extrema. Y querido broder presidente, ¡solo la mitad de la población mundial es pobre!

Antes, se producían regularmente hambrunas y pestes en las que moría un porcentaje importante de la población.

No es real que el capitalismo llevó a mucha gente a la miseria, también los llevó a la muerte. La guerra es un factor humano, querido broder, y hay que asimilar esa realidad del modo más conveniente. ¿Soberanía nacional? ¿Estados nacionales? ¡Antigüedades! ¡Lugares comunes de la vieja política!

La guerra es condición humana, broder. ¿Cuántos murieron en la expansión colonialista de las potencias mundiales? Algunos millones, querido broder. ¿Y eso resultó un perjuicio? ¿Cuántos murieron en las guerras mundiales? Unas pocas decenas de millones. ¿Y eso resultó un perjuicio? ¿Cuántos murieron en las últimas guerras, las más recientes? Otras cuántas decenas de millones. ¿Y eso resultó un perjuicio? ¡Somos tantos en este mundo! Un exterminio cada tanto es como la poda a los viejos árboles. Fortalece. Permite que broten nuevas ramas.

Si la población mundial sigue en aumento, habrá que volver a estudiar a Malthus y aplicar algún remedio a la superpoblación. Tomaré notilla de este asunto para más delante.

—¡Ajá! ¡Ajá!

—Querido broder presidente, quería manifestarle otras reflexiones en que estuve ahondando mientras venía de la vistosa vivisección que me permitió presenciar para entender la naturaleza de ciertos actos. Todas ellas están escritas en estos cuadernillos Gloria.

—¿Cuadernos Gloria? ¿No serán como el de la vieja esa que se tiró bajo el tren para no hablar lo que se le pedía?

—No conozco ese cuaderno.

—Manifieste, entonces, manifiesta, amigo.

—Gracias a la riqueza que produjo el capitalismo desde su imposición, el uno por ciento de la población mundial vive en la opulencia. ¿Es poco? La pretensión de soluciones inmediatas espanta la lluvia de inversiones. La inmediatez del tipo que caracteriza a los adolescentes, una eyaculación precoz del estado de ánimo de una parte de la sociedad, espanta inversiones que buscan la estabilidad, la serenidad de la especulación bien comprendida.

Permitamos que la evolución haga lo suyo.

—Permitamos, sí. Permitamos.

—¿Cuántos años desde que el capitalismo triunfó?

—Ni hice la cuenta.

—¿Doscientos años? ¿Trescientos años? ¿Cuatrocientos años? —Consiglieri caminaba exaltado de un lado al otro del salón—. En cuatrocientos años, el uno por ciento de la población mundial es rica, extraordinariamente rica. ¡Haga la cuenta, querido broder! Cuando se hayan cumplido ochocientos años de capitalismo, luego de ochocientos años, el dos por ciento de la población mundial será ¡rica! Inmensamente ¡rica! ¿Y eso no es progreso?

—¡Pero más bien, amigo! Se lo repito todos los días a mis funcionarios. ¡Ricos! ¡Inmensamente ricos! ¡Lebac! ¡Leliq! ¡Qué más se puede pedir!

—Es apasionante hablar de estas cosas.

—Muy apasionante —refrendó el señor presidente la afirmación de su contertulio.

—¿Sabe de los modales en la mesa de mi señor Ludovico y sus invitados, de Leonardo Da Vinci, para conocer cómo era la mesa de los grandes señores de época medieval?

—No tengo el placer. —El señor presidente no sabía de qué le hablaba Consiglieri.

—Debería, querido broder presidente. Esos modales están en el origen de nuestra versión de la ‘Ndrangheta, la adaptación que hemos hecho para este medio hostil en los confines del mundo. Especialmente cuando se trata de cómo… de cómo… —Consiglieri dudaba de seguir explicando—, no encuentro las palabras para exponer este asunto sin comprometer su investidura presidencial…

—Ya comprendí, soy más rápido de entendederas que lo que manifiesto por mi aspecto. —El señor presidente señaló su campera negra de nylon debajo del saco sport azul eléctrico.

—¡Bien! ¡Bien! ¡Suspicaz! Entonces la ecuación es ‘Ndrangheta y capitalismo salvaje. ‘Ndrangheta y supra especulación financiera. ¡’Ndrangheta! ¡’Ndrangheta!

—Después dicen que la inmigración selectiva no trajo nada bueno —sonrió el señor presidente añorando los tiempos de la oligarquía a principios del siglo pasado, resultante del exterminio del anterior—.

—¡Vaya coincidencia! Pienso, broder presidente, que hace doscientos mil años que estamos sobre la Tierra, que algunas personas se volvieron, con toda justicia, inmensamente ricas y que eso no tiene nada de reprochable.

—¡Seguro! Papá me lo decía a menudo.

—Desmienta esa especie que hacen correr los agoreros comunistas, no es real que el capitalismo llevó a mucha gente a la miseria.

—¡Para nada!

—¡Para nadísima, broder! ¡Así me gusta! ¡Con fe! ¡Con optimismo!

El señor presidente reparó en las últimas palabras de Consiglieri. Recordó haber escuchado esas expresiones, pero no atinaba a saber quién las había pronunciado, ni dónde ni cuándo.

—Con fe y con optimismo, tal vez debería incluirlas en mis discursos.

—¡Broder presidente! —Consiglieri exclamó entusiasmado—. Admiro su capacidad de adaptación.

—La tuve desde pequeño.

—¡Triunfaremos, broder! ¡Triunfaremos!

Consiglieri se despidió del señor presidente. Dejó en sus manos sus cuadernos con las anotaciones sobre distintos asuntos de Estado.

El señor presidente se sintió aliviado. Estaba por comenzar una nueva serie. “Netflix” mata lectura, y la charla lo distraía. La temporal ausencia del consiglieri no le vendría nada mal al señor presidente. Tal vez podría disfrutar de unos días de esquí. La paz de las nevadas lo elevaba espiritualmente y lo alejaba de las pequeñeces del mundo real.

Llamaría a su secretario para que organizara su próximo descanso. Un magnate inglés sería la mejor compañía. En un lago escondido al pie de la cordillera, la vida se veía color de rosa.

3

El viejo algo le adelantó a Ziploc. Él estaba feliz por partida doble. Que lo pusieran al tanto del porvenir siempre lo alegraba. Pero esa noticia era mucho más de lo que esperaba.

Tal vez tendría que revisar su escepticismo.

—La sonrisa te delata, Schopenhauer.

—Estoy por volver a creer a pesar del papa comunista.

—Se sacrifica el árbol, para salvar al bosque. Se descarta la parte, para salvar al todo.

—El interés general —recitó Ziploc, que había escuchado esa frase infinidad de veces—, el interés general está por encima de las partes.

—Primero Trelew, salvo un cambio de último momento, siempre conviene no estar relajado, y después lo que viene más tarde. Cosa por cosa.

—Paso a paso, diría Mostaza. —Viejo hincha de Racing, el viejo alzó su pulgar en señal de aprobación.

El viaje a Trelew cambió de perspectiva. Tal vez aprovechara para darse una vuelta por Madryn a admirar a las ballenas. La naturaleza podía brindarle una experiencia que jamás podría disfrutar ni en la cueva ni en toda la ciudad.

Enriqueta ya había terminado de reclutar el grupo de provocación. Ziploc ni quiso mirar los legajos. Esas mujeres lo espantaban. Él insistía en que no se trataba de un comportamiento discriminatorio, mucho menos de misoginia. Solo que él se consideraba un tipo muy conservador.

Los buenos conservadores, como él, no sabían ni necesitaban discriminar. Mucho menos practicar la misoginia. La mujer para el hogar, esa era la naturaleza del lugar que Dios les había concedido. Para criar los niños, para transmitir la cultura y la religión. No tenía mucho más que decir al respecto ni mucho más que esperar de la vida.

No despreciaba a sus colegas. Pero se espantaba al imaginar que alguna de ellas hubiese sido su propia hija. Por suerte era padre de dos varones. Dos rollizos varones que murmuraban en voz baja sus oraciones y esperaban la tardecita para jugar con su Playmobil. Niños sumisos que obedecían en todo a lo que su padre les decía.

Pensar en los niños le daba mucha tranquilidad. Imaginaba para ellos un futuro muy diferente al suyo.

Los padres siempre creen que podrán realizarse a través de sus hijos, y cuando estos no hacen lo que de ellos se esperaba, la vida parece carecer de sentido. La alteración que produce la deserción de los hijos de los sueños de los padres es tan profunda que da lugar a decepciones insoportables y miedos que se creían imposibles. La vejez llega llena de resentimientos e incluso el reencuentro en la antesala de la muerte resulta, a esos padres defraudados, insuficiente para reparar el daño que los díscolos hijos les han producido con sus aspiraciones de una vida propia, con sus propias esperanzas, anhelos y desencantos.

—¡Hijos, hijos! —se decía a sí mismo Ziploc para espantar el fantasma de una defraudación.

Así que ver los legajos de esas mujeres de aspecto inexplicable, para luego suponer la decepción de sus padres, lo desalentaba severamente. La ignorancia, a veces, es lo más útil que se tiene a mano para no ceder a la frustración de una patética rutina familiar.

No siempre resultaba fácil eso de poner el interés general por encima del particular cuando se trataba de los propios hijos. Como regla, Ziploc la aprobaba; como resultado, para los suyos, no lo entusiasmaba. Dios, familia y propiedad. ¿No era ese el orden? ¿O era Dios, Patria y familia? ¡Vaya disyuntiva! Debería considerarla de una manera más rigurosa. Tal vez hablaría con el viejo de sus preocupaciones. Él era un experimentado que había sobrellevado todo y ahora se preparaba para disfrutar de la familia. ¿Dios, familia y propiedad, o Dios, Patria y familia? ¡Qué disyuntiva!

Pero la noticia que el viejo le adelantó lo entusiasmó. Conocedor de algunas tramoyas internas, ni quiso saber cómo ni por qué ciertas planificaciones habían resultado completamente alteradas. Tampoco el viejo se lo hubiera dicho francamente. Tal vez lo insinuara, pero el hombre prefería no hablar mucho de todo aquello. Las paredes oían, los muebles oían, todo lo que los rodeaba parecía capaz de escuchar cuanto se decía adentro de esa cueva. Los murmullos, las insinuaciones, hasta los pensamientos. Y hablar de más siempre había resultado nefasto para los indiscretos.

La vida tenía esas cosas, daba sorpresas, como decía aquella canción que el viejo no recordaba sino muy someramente. Lo bien que le vendría a Enriqueta escuchar eso de que «la vida te da sorpresas».

El viejo disfrutaba una alegría en especial. Ziploc había advertido de ciertos peligros en algunas acciones, aunque sus palabras no fueron atendidas por sus verdaderos destinatarios. La vieja escuela tenía buenos discípulos, de esos que no se dejaban seducir por los fuegos de artificio de los burócratas de las planillas de Excel.

En cuanto a él, que ya estaba en conocimiento de algunos mínimos cambios, su insistencia en que Ziploc desistiera de toda recriminación, de inmiscuirse en asuntos en los que su juicio nunca sería valorado, no tenía que ver con un estado de disidencia o censura, sino con prudencia y hasta con un instinto de conservación. Hablar poco, opinar solo cuando los superiores lo requerían y no andar señalando los errores ajenos eran parte del modesto, pero preciso, vademécum que garantizaba una larga y fructífera vida profesional.

Mucha información circulaba por infinitos conductos, las más de las veces desconocidos. Algunos de esos vasos comunicantes iban hacia arriba, hacia el estado mayor, otros hacia abajo, donde invernaban algunos de los monstruos del Estado esperando ser convocados por el conjuro del exterminio. O salían hacia afuera, a las distintas capitales del mundo donde el poder real tenía su asiento.

4

Ziploc podía haber sospechado que hasta “Pérez y Pérez” habían llegado algunas informaciones de lo que estaba ocurriendo y él las metabolizaba para nutrirse de juegos y contrajuegos que era lo que lo mantenía vitalmente activo.

El mismo Pérez y Pérez lo dio a entender cuando López Teghi lo llamó por orden del alcahuete presidencial.

La supresión, el descarte, era un acto que debía ser muy bien sopesado. La balanza en la que se pesaban aciertos y errores, decisiones correctas e incorrectas, procedimientos acertados o verdaderos zafarranchos desastrosos, era tan sensible que una pizca de soberbia o de estupidez inclinaba de manera determinante sus platillos. Ni hablar de la vida y la muerte.

“Pérez y Pérez” no pudo dejar de reparar en la absurda muerte de la joven prostituta. Un crimen fuera de toda planificación. No era partidario de alterar la química de una planificación.

El agua siempre resulta de la combinación de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno. Pero con dos moléculas de hidrógeno y dos de oxígeno no se obtiene agua para beber. Tan simple modificación y tan diferente resultado.

Con el agua uno puede humedecer sus labios, refrescar su boca, aliviar la garganta, regar las flores, ver bailar a Fred Astaire bajo la lluvia.

El peróxido de hidrógeno puede servir para desinfectar una herida, para la restauración de obras de arte o como combustible en determinadas condiciones. Pero nunca para beber. No calmaría su sed quien ingiriera el peróxido de hidrógeno. Lo mismo sucede con una planificación. La alteración de algunas de sus partes no conduce al mismo resultado. Por lo general, conduce al fracaso rotundo de lo que se propuso con la operación. Como la teoría que cuantifica el aleteo de una mariposa y sus consecuencias.

Le hubiera explicado en detalle el efecto mariposa, pero López Teghi habría extraído su martillo planetario, aplastado a la frágil mariposa y hecho oídos sordos a cualquier sugerencia. La soberbia podía ser tan estúpida como sus consecuencias.

Las líneas paralelas de un trabajo nunca, e insistía con ello, nunca se tocaban. Eso enseñaba en sus clases magistrales. Ese era su consejo. Por eso son paralelas. Euclides básico. Quinto postulado de Euclides. O el axioma de Playfair. Se lo dijo a López Teghi durante esa llamada.

En las operaciones se debía respetar ese postulado. Tomársela a martillazos contra él era tan inútil como ridículo. Su resultado sería tan nefasto que, a poco de martillar, si el responsable no era un avezado idiota, cesaría en sus ultrajes de manera inmediata. De lo contrario, el propio sistema lo descartaría como detrito necesariamente evacuable.

El objetivo era neutralizar a Guadalupe, ese era el objetivo y no otro. Así lo evaluaron con Reinafé. ¿Para qué introducir una línea de trabajo que la atravesara perpendicularmente? La resolución del destino de la joven prostituta, el que daría razón al enunciado del “loco de la ruta”, que podía ser una propuesta plausible para objetivos muy diferentes, debía seguir su camino, su propia dirección sin mezclar un objetivo con otro. “Y mucho menos, pero mucho menos”, dijo “Pérez y Pérez” cuando fue puesto al tanto, con el asunto de los niños.

Los niños son un problema extremadamente complicado en cualquier operación. Ya lo había dicho el papa cuando era obispo: “Con los niños y los jóvenes no se experimenta”. Era una definición que hombres dedicados a sus lides debían tener presente para actuar con absoluta cautela y precisión. La chapucería solo redituaba en más chapucería. El desorden solo trae desorden y brutalidad. Nada que no se conociera desde que Caín decidió asesinar a Abel.

Para el jefe ausente, Iniustitiam tenía mucha razón cuando cuestionó todo el procedimiento. Y le pareció sabio que el fiscal decidiera no quedar involucrado en semejante desaguisado. Su posición ameritaba gran cuidado y decisiones atinadas. No se puede destruir una promisoria carrera judicial por las miopías de un jefe acorralado entre columnas de un programa de cálculo.

Para más, estaba la cuenta pendiente de “El Morro”, cuenta que esperaban saldar tanto “Pérez y Pérez”, a quien “El Morro” había pretendido destruir, como aquellos dos hombres afectados por el grosero chantaje de López Teghi. La familia judicial esperaba su revancha y no tardaría en llegar.

“Pérez y Pérez” sabía que solo necesitaba esperar para que todo acabara en un rotundo fracaso. Le dijo, en cierta oportunidad, a su oponente que debería estudiar a Napoleón y él se burló de su consejo. “Cuando el enemigo se equivoca no lo distraigas”. Una máxima de la estrategia que, a su entender, era un invalorable consejo para los hombres dedicados a la perpetuación de los poderes reales del Estado.

Entonces, martillero a tus martillos. Y como era una ley que para aquel que solo tiene un martillo todas las cosas son clavos, cabía esperar que los rudos golpes de ese martillo surgido de la estulticia de cálculos absurdos de una página de Excel echaran irremediablemente todo a perder. Esa sería una gran satisfacción para el viajero. Aunque otros también disfrutarían del fracaso ajeno.

Mientras tanto, bajo el cielo europeo, repasaba libre de perseguidores y con el mismo asombro de entonces la sucesión de fotos de manuscritos ininteligibles de La Reliquia que recibió en numerosas oportunidades.

Con la misma emoción de aquellos días previos a su partida en viaje diplomático, repasaba anotaciones y comentarios que el prócer bicentenario había hecho en el margen superior izquierdo del documento y donde se leía perfectamente “ver con primo”. Sus glosas tenían como destinatario ¡al secretario de la Junta de Gobierno!, aquel que fue asesinado en alta mar con unas dosis brutales de antimonio. Se trataba de apuntes y sugerencias a planes revolucionarios y otras observaciones.

“Pérez y Pérez” consideraba que las revoluciones eran un futuro imposible de evitar. De lo que se trataba, para él, era de retardar en todo lo posible su triunfo. En eso, algo de razón tenía López Teghi: un poco de martillo, un poco de antimonio y mucho de inteligencia.

Rimbaud se le arrimó por un costado. Se coló entre sus labios y, mirando a un punto indescriptible, recitó satisfecho:

«Señor, cuando los prados están fríos

y cuando en las aldeas abatidas

el ángelus lentísimo acallado,

sobre el campo desnudo de sus flores

haz que caigan del cielo, tan queridos,

cuervos deliciosos.»

Los deliciosos cuervos de su venganza ya estaban listos para caer del cielo cuando menos se los esperara.

***

XXIX

Siete pilares

1

Siete pilares. Siete. Guadalupe repetía esas dos palabras con vehemencia, aunque penando. Siete pilares, y los repetía uno por uno, no porque los hubiera olvidado ni porque ya no se identificara con ellos, sino desde que aquella mujer, entre humos de cigarrillos rubios y palabras encendidas, le hablara del Encuentro.

Guadalupe. Siete pilares. Ámbar. Un conjuro contra sus penas, un exorcismo para sus males.

Ámbar, el nombre del amor volvía a los labios y se pronunciaba por sí mismo del mismo modo que Guadalupe lo hacía despierta o en sueños. Ámbar. Oro y naranja. Rojo, cuando encendía. Propósito del misterio, sanación de toda pena. Magia y enigma. El talismán que la cuidaba desde que unieron sus manos a la orilla del río.

Ámbar era siete pilares. Ámbar era Ámbar y María y Juana y Micaela y Dolores y Bartolina y Guadalupe y todas. Ámbar, siete pilares, allí se sostenía para no desfallecer.

La arenosa voz de Goyeneche le dijo desde una lágrima: «la lucha es cruel y es mucha». No sabía Guadalupe si era el mejor tango que podía escuchar en ese momento. La lucha era cruel, ¿y la pena? La pena también era cruel y mucha. «Uno va arrastrándose entre espinas».

No podía dejar de pensar en Ámbar. Ella le habría dicho que volviera a la orilla del río, al toque de la piedra, a la mano en el agua del río, al movimiento del viento como una espiga. Volver al lugar del amor porque de ese modo el mundo se hacía propio, perdía esa condición ajena que desconsolaba. El amor se hacía permanencia y no pesar. Luego que hiciera lo que debía hacer.

«Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor». Goyeneche, desde la misma lágrima, cantó porque un bullicio de notas así lo reclamaba.

Guadalupe dejó el sillón donde estaba y apagó la radio. Obedeció a Ámbar e hizo lo que se esperaba de ella: se dedicó a la lucha. Aunque a veces fuera cruel y mucha.

Reservó los micros y los lugares en las escuelas. Planificó el viaje. Los encuentros y los desencuentros. Llamó a unas y a otras. A Trelew, a Madryn, a Comodoro.

Dolores la observaba desde una pequeña distancia. Pronto llegaría Sarmiza con su nube de nicotina a cuestas, su traje azul, su pollera azul y sus zapatos de taco aguja también de dolor azul. Avisó que el «excelentísimo señor fiscal federal de la nación», así dijo, quería conversar con ella cuando se viera librada de tantas obligaciones como tenía. Sarmiza padecía la invitación.

—Quiere meterse entre mis piernas —decía—, nada de amor, puro interés.

Dolores le replicaba:

—No solo de amor se vive.

Entonces vestiría de rojo. Chaqueta roja, pollera roja, camisa roja, zapatos de taco aguja rojos, furiosos. Un fuego humano ante los desorientados ojos del fiscal. Gillespie le pondría una elegancia sincopada desde su corva trompeta.

Pero Sarmiza insistía, a quien deseara oírla, que era mucho más excitante pasar la noche junto a un expediente que tener entre las piernas a una fiscal federal.

Aburridos, estereotipados, indiferentes, interesados. Eso era todo.

Cuando Guadalupe escuchaba estas definiciones sobre la capacidad seductora del fiscal Iniustitiam podía volver a sonreír. Eso estimulaba a las compañeras. Las heridas no desaparecen, solo cicatrizan. ¿Las cicatrices duelen? Casi siempre. Y si son del alma, siempre.

Dolores dejó su lugar y se aproximó a la radio. La encendió. Amaba a Goyeneche. ¡Garganta con arena! Cacho no pudo definirlo mejor. Guadalupe la observó, pero sin reproches. No se podía vivir sin música y menos sin el Polaco.

Dolores se acercó a ella, tomó unos papeles que estaban apilados a un lado del cuaderno en el que Guadalupe escribía algunas notas y le dijo sin mirarla:

—En una hora viene una periodista española que quiere hablar del Encuentro. Atendela, por favor. Nosotras nos vamos a la reunión de la Campaña.

Guadalupe la miró sin comprender de qué le hablaba La D.

—Disculpá, Dolores, no entendí.

—¿Qué no entendiste?

—¿Que viene una periodista española?

—Entonces entendiste.

—La segunda parte.

—A ver, digo: «En una hora viene una periodista española que quiere hablar del Encuentro. Atendela, por favor. Nosotras nos vamos a la reunión de la Campaña». ¿Qué no se entiende?

—¿Que yo la atienda?

—Sí, vos. Que haga la nota con vos.

—¿Conmigo?

Dolores volvió a la radio y subió el volumen. Cacho cantaba:

«Canta garganta con arena,
tu voz tiene la pena que Malena no cantó.
Canta, que Juárez te condena
al lastimar tu pena con su blanco bandoneón.
Canta, la gente está aplaudiendo,
y aunque te estés muriendo no conocen tu dolor.
Canta que Troilo desde el cielo,
debajo de tu almohada un verso te dejó.»

—Canta, canta, Guadalupe. La gente está aplaudiendo y aunque te estés muriendo no conocen tu dolor.

Guadalupe bajó la mirada y volvió a escribir unas notas en su cuaderno.

—Siete pilares —se dijo.

Y los repasó en voz baja, uno por uno.

2

Alta, morena y distinguida, la española se sentía cómoda en la Asociación. Guadalupe la seducía con ese modito delicado y su dulce voz que se melificaba de una manera indescriptible. Su aire juvenil y, al mismo tiempo, maduro le daban una fisonomía poco común. Se mostraba segura y no dejó traslucir en ningún momento sus padecimientos, los que supo encubrir apelando a esa máscara juvenil y a esa forma de tratar a la reportera.

—¿Tu nombre? —preguntó la española.

—Guadalupe.

—Oye, oye. Yo siempre he asociado tu nombre al amor y a la cercanía. Has de ser una mujer muy cariñosa que transmite lo positivo. ¿Sabes que tu nombre viene del árabe?

—Sí, lo sabía.

—¿Solo Guadalupe te llamas?

—Guadalupe Encarnación.

—¡Acabáramos! Más española que yo.

Guadalupe sonrió. Hacía tiempo que no volvía la sonrisa a sus labios.

—Tus nombres son pura sensualidad. Guadalupe, mucho amor; Encarnación, dentro de la carne, y no quiero pasar por voluptuosa. El verbo divino tomó forma humana en ti. Me agradas sobremanera.

—¿Su nombre?

—¿Su? No, nada de “usté”. Tú, por favor, tutéame. Con confianza.

—¿Tu nombre?

—Pilar.

—El soporte de la vida.

—Vaya, vaya. También sabes descubrir lo que hay en la otra. Como diría mi madre, que Dios la tenga en su gloria: “te gustas a ti misma y gustas a los demás”.

—Tu nombre te hace justicia.

—A ver, a ver. ¿Y cómo describirías mi personalidad si apenas hemos cruzado miradas?

—Estás muy segura de ti misma, te importa poco lo que los demás hablen de ti. La seducción y la simpatía son dos rasgos que te distinguen. Estás convencida de que no hay nada que se te resista.

—Me has impresionado. Nada mejor que un buen comienzo. ¿Hay algo que quieras decir antes de que comencemos el reportaje?

—Sí. Mi pareja, Ámbar, fue baleada, ahora está desaparecida. Temo que esté muerta. Es el peor momento de mi vida, peor que cuando mi padre me violó siendo niña.

—Me disculpo.

—¿Por qué?

—Por mi atrevimiento.

—Yo te lo agradezco. Hacía días que no podía sonreír. Me ha hecho mucho bien tu cercanía.

—Me siento como una Ainadamar.

—La fuente de las lágrimas. En ese caso yo sería una Ainadamar.

—Allí donde asesinaron a Federico.

—Allí mismo.

—En España, cuando asesinaron a Federico, nos mataron un poco a todos.

—Cuando estoy muy triste recuerdo a mis abuelos, Juan e Inocencia. Ellos llegaron a la casa de mis padres sustitutos una noche de lluvias torrenciales. Estaban los dos empapados. El abuelo me recitó un poema mientras tiritaba de frío y me miraba a los ojos. Yo estaba deslumbrada. Nunca pude olvidar ese poema:

—La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

—Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

—Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

—La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

—El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

—Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

—¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacífica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

—¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

—El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.

—Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

—¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias…!

Un silencio amoroso siguió al recitado.

—¿Un café? —preguntó Guadalupe solo por volver del silencio.

—Que sean dos, uno para cada penante.

3

El ambiente se tornó íntimo.

—¿Quieres hablar o dejamos esto para una ocasión diferente? —Pilar no sabía cómo comportarse.

—No. Sigamos, por favor. Esto me hace bien.

—Correcto, Guadalupe. Entonces te pido que me hables de la experiencia de vuestro Encuentro Nacional de Mujeres, algo que es único en el mundo. ¿Cómo ha surgido, pues? ¿Cómo ha sido posible su continuidad luego de tantos años? ¿Treinta o me equivoco?

—Con este próximo de Trelew serán treinta y tres.

—¡Increíble! ¡Pero cómo han logrado semejante maravilla! Dime la historia de vuestros Encuentros.

Guadalupe acomodó algunos papeles, fotos y publicaciones que tenía sobre su escritorio y con los que pensaba ilustrar a la española sobre los Encuentros.

—¿La historia de todos los Encuentros? Tendrás tiempo de sobra, porque con este serán treinta y tres. Son treinta y dos años de historia.

—Bueno, es que podríamos encontrarnos en otras oportunidades e ir haciendo varias entrevistas, no agotar el tema en una. ¿Qué os parece? Yo lo haría con gusto. No sé tú.

—Como vos prefieras, yo también lo haría con gusto.

—“Vos”, “vos”, el vos argentino. No hay nada como vuestro “vos”, salvo “El Che”.

—Claro, el “che”. Pero “El Che” se lo conoce por Ernesto Guevara, el revolucionario.

—¡Qué figura! ¿Verdad? Deberíamos pensar en algo sobre “El Che”, pero incluyendo a Dolores, que es maoísta. —Guadalupe bebió un sorbo del café negro, amargo, caliente que estaba bebiendo junto a la española, que lo prefirió dulce y con un suave toque de canela—. ¿Seguimos?

—Sigamos.

—¿Entonces?

—Entonces… —Guadalupe tomó aire para darse un tiempo de serenidad—. En nuestro país nadie tenía experiencia para organizar un evento de características tan plurales y diversas.

—Ustedes venían de la dictadura.

—Es verdad.

—¿Cómo fue lo tuyo durante la dictadura? Eras muy joven, aunque no sabría decir qué edad tienes realmente.

—Mi historia personal en ese período es algo extraña, no tiene que ver con lo que le pasó a la inmensa mayoría de nuestra gente. O tal vez sí, pero de otro modo. De uno muy diferente. Tal vez, cuando nos volvamos a encontrar, hablemos algo sobre ese período de mi vida.

—Qué buena noticia has acabado de darme.

—¿Buena noticia? —Guadalupe se sorprendió por la afirmación de la española—. ¿Cuál noticia?

—Que hemos de encontrarnos nuevamente, para hablar de ese pasado tuyo.

—De acuerdo. —Guadalupe consintió tímidamente.

—Entonces, me decías, venían de la dictadura, pero no me has dicho tu edad.

—Veníamos de la dictadura. Miles de desaparecidos, muertos, torturados… Horrible.

—¿Y con ese síndrome ya pensaron en un Encuentro como el que realizasteis durante estos últimos treinta y dos años?

—Fueron cuarenta mujeres de quienes muy pocas personas saben sus nombres.

—¿Podrías decírmelos o entregarme la lista para conocerlos?

—Puedo decirlos.

—¿Puedes decirlos?

—Seguro. Delia Agüero, Katy Amar, Liliana Azaraf, Margarita Bellotti…

Pilar alzó una mano para pedirle a Guadalupe que se detuviera.

—¿Qué ocurre? ¿Qué está mal?

—¿No tienes una anotación, un ayudamemoria, un “machete”, como decís vosotros?

—No lo necesito.

—¿Tu memoria es así de extraordinaria?

—Más o menos.

—No seas humilde conmigo, ¡por Dios!

—Mi memoria está vinculada a mi pasado. Mi madre me enseñó música cuando era apenas una niña…

—¿De qué edad?

—La primera vez que me senté al piano tenía tres años.

—¡Una niña prodigio! ¡Tú me molas!

Guadalupe rio sorprendida.

—Ningún prodigio. Cuando se es tan niño, uno puede entrenar la memoria con facilidad. Si ya has crecido, el asunto es muy diferente. Aprender la música de memoria fue un juego para mí; luego, al conocer el modo de escribir la música, no tuve inconvenientes en recordar las partituras. También era un mecanismo de protección que teníamos establecido con mi madre. Mi padre, que era un coronel de inteligencia, era capaz de destruirlas en un arranque de furia. Mamá y yo las guardábamos en nuestra memoria para siempre; de ese modo nunca nos faltaría la música. No se puede vivir sin música. No sabría vivir sin música.

—Qué interesante esa idea. Eres devota de Nietzsche: “la vida sin música sería un error”, dice el bigotudo.

—En eso estoy de acuerdo con él, pero debe de ser lo único.

—¿El nombre de tu madre?

—Encarnación Mercedes.

—Así que llevas el nombre de ella.

—En segundo término.

—Volvamos a tu memoria, entonces, y a los nombres de las pioneras.

—Volvamos desde el principio.

—De acuerdo.

—Delia Agüero, Katy Amar, Liliana Azaraff, Margarita Bellotti, María Celia Bidon-Chanal, Ángela Boitano, Rosario Busacchio, Amalia Cánovas, Adriana Carrasco, Nelly Casas, Elsa Cola Arena, Nora Cortiñas, Mariana Delbúe, Ethel Susana Díaz, Lucía Fernández, Clara Fontana, Marta A. Fontenla, Susana Gamba, Dinora Gebennini, Aleida González, Ruth González, Lucía Guerrieri, Mirta Henault, Clelia Iscaro, Belkys Karlem, Teresa P. Larrea, María Luz Martí, Marta Miguelez, Lorena Musso, Lidia Nélida Otero, Margarita Paredes, Electra Pérez Roa, María Luján Piñeyro, Susana Pontiggia, María Dolores Robles, Beatriz Rodríguez Ivusich, María José Rouco Pérez, Esther Rudatti, Marian Saettone, Lilia Saralegui, Matilde Scaletzky, Amanda Sívori, Elena Tchalidy, Aída Vidal y Martha G. Villafañe.

—Guadalupe. ¿Me has recitado estos nombres por orden alfabético o estoy equivocada?

—Por orden alfabético.

—De memoria y en orden alfabético.

—Soy un tanto obsesiva. Las cosas deben tener cierto orden. La música es matemática. Es física. Aprendí a ordenar todos mis recuerdos. ¿Suena muy ridículo?

—Para nada. Eres TOC.

—Me temo que sí.

—Como yo. Toc. Toc. Difícil, difícil. Qué vamos a hacerle. Adelante, pues.

—El Primer Encuentro Nacional de Mujeres, Pilar, fue el resultado de numerosas y diferentes experiencias en la lucha por los derechos de nosotras las mujeres. Quienes han sido protagonistas de esas luchas afirman que muchos de los grupos feministas que impulsaron formas superiores de organización de las mujeres surgieron en la década del setenta en distintos lugares del mundo. Así ocurrió en Latinoamérica y en Argentina. Aquí, las feministas nos agrupamos en diferentes organizaciones.

—¿Recuerdas alguna de ellas? —Pilar carcajeó fuertemente—. ¡Qué pregunta más tonta la mía! ¡Cómo no has de recordar si tienes una memoria prodigiosa!

—Recuerdo solo algunas. La Unión Feminista Argentina, el Movimiento de Liberación Femenina, la Asociación para la Liberación de las Mujeres Argentinas. Pero hubo muchas más. Si te es necesario, hay un archivo con todas ellas.

—Ya veremos si nos hace falta. Continúa, por favor.

—En esas organizaciones las mujeres participamos en igualdad de condiciones, no hay jerarquías. Las jerarquías están muy identificadas con el orden que impone el patriarcado. Para decirlo como lo pienso, la jerarquía que padecemos es patriarcal, ciento por ciento. Al no haber jerarquías patriarcales, se logra el intercambio de experiencias personales en condiciones de absoluta igualdad y eso nos permite aprender de cada una y de cada lucha ante todos los padecimientos de la opresión cotidiana que sufrimos las mujeres.

—Entiendo que son organizaciones horizontales y para nada verticales.

—Horizontales, por supuesto. El verticalismo es patriarcal. «Yo mando, tú obedeces; yo digo, tú haces». La horizontalidad es el modo de vincularnos en los Encuentros. Por eso decimos que los Encuentros son horizontales y sin jerarquías. Todas expresamos en igualdad nuestras distintas opiniones y experiencias frente a la doble opresión que sufrimos las mujeres.

—Guadalupe, ¿podrías explayarte sobre el tema de la doble opresión?

—¿Por qué decimos que las mujeres sufrimos una doble opresión? Porque hablamos de una opresión de clase y una de género. Hay que zambullirse en la historia de la humanidad para encontrar las raíces de este fenómeno. Porque vos debés saber, Pilar, que en las comunidades que podríamos definir como de un comunismo primitivo, la consideración social de las mujeres era altísima, su rol social era clave para la supervivencia y la organización de esas comunidades. Por otra parte, por las formas que tenía por entonces la organización familiar, la filiación de los hijos solo se podía establecer por la vía materna. Luego, en la evolución de la humanidad, en un complejo desarrollo de la propiedad que no sabría explicar brevemente, se produjo un hecho extraordinario, una verdadera revolución, que fue el sometimiento de las mujeres al hombre y la consolidación de la familia monogámica basada en el patriarcado, en la que el hombre podía asegurar su paternidad para que los hijos fueran efectivamente de su descendencia. De ese modo su propiedad, sus riquezas, las que fueran, pasaron a manos de sus hijos y eso permitiría consolidar el orden social y económico establecido.

—Tu visión me remonta a Engels.

—Digamos que sí, pero no solo a él.

—Y luego, ¿cómo siguió ese proceso?

—Desde que se produjo esa extraordinaria revolución que consistió en esclavizar a las mujeres a los hombres y en la consolidación de la familia monogámica patriarcal, se ha conservado el papel subordinado de la mujer en la sociedad y en la familia. La familia se mantiene como una unidad económica de la sociedad, con funciones políticas y funciones ideológicas.

Las mujeres tenemos a nuestro cargo las tareas domésticas: lavar la ropa, preparar la comida, asear la vivienda, etc. A la vez, somos las responsables de la crianza de los hijos, de transmitir la cultura dominante, por supuesto, la religión y los valores de la sociedad que exigen el “respeto” a la autoridad y al orden establecido. Si ese “respeto” no es el que esperan, si las mujeres no acatamos el orden establecido, como ocurre en la actualidad, se multiplican los femicidios, que son cada vez más violentos. Cuando nosotras callábamos y aceptábamos nuestra subordinación sin chistar, golpe más, golpe menos, las cosas marchaban de una manera. No se trata de que no hubiera femicidios por entonces. Los había, pero se los podía encubrir de otro modo, pasaban, digamos, desapercibidos. Pero desde que han crecido nuestros reclamos, los asesinatos han adquirido una violencia extraordinaria. Y eso se basa en la creencia de que el “respeto” exigido a las mujeres para aceptar su rol se corresponde con el respeto a una ley natural, divina, inmutable, que no puede ni debe ser cambiada. Si violás la ley merecés un castigo extraordinario. Un castigo ejemplar.

—Eres solo una propiedad del amo y el amo hace con su propiedad lo que se le venga en gana.

—Así es. Somos consideradas propiedad privada, “señora de…”, más claro, ¡imposible! Somos una mercancía más. Somos víctimas de acoso, abuso sexual y violencia. A la par crecen la prostitución, el comercio de niñas y la pornografía. Las trabajadoras no tenemos igual salario por igual trabajo ni las mismas oportunidades laborales que los varones, y cumplimos, como ya expresé, una doble jornada, una fuera y otra dentro del hogar.

—Volvamos, si te parece, al tema del Encuentro Nacional.

—Horizontal, sin jerarquías, como he dicho, desde el yo, desde la individualidad, para que la mujer pueda fortalecerse como sujeto, recuperar la autoestima, comprender el valor del autosostenimiento y retomar el sentido de las propias decisiones en lo que hace a su proyecto de vida presente y futuro.

—¿Y crees que eso es posible con mujeres procedentes de tan distintos lugares, estratos sociales y experiencias culturales tan diversas?

—Completamente. Las mujeres que participamos de los Encuentros Nacionales tenemos orígenes diversos, de clase, de nivel educativo, laboral, económico, etc.

—¿Antecedentes del Encuentro? ¿Podrías citar algunos?

—Los antecedentes más inmediatos de la organización del primer Encuentro Nacional fueron la conformación del “Nucleamiento de las Mujeres Políticas” y la «Multisectorial de la Mujer».

—¿Cómo es eso de una “multisectorial” de mujeres?

—La Multisectorial de la Mujer se organizó por el año mil novecientos ochenta y tres, reuniendo a sindicalistas, feministas, políticas, amas de casa e independientes. Esta organización no podía prosperar si no fuera extraordinariamente democrática, desprejuiciada en cuanto a saber escuchar diversas opiniones y puntos de vista hasta enfrentados. Ese fue un gran ejercicio de la horizontalidad y de la eliminación de las jerarquías para que esos debates pudieran expresarse en toda su riqueza.

—Hay también, Guadalupe, si la memoria no me traiciona, muchos antecedentes en el orden internacional sobre la lucha por los derechos de las mujeres.

—Muchos, es cierto. ¿Pero no nos excederíamos en esta oportunidad al hablar de ellos?

—Sí. Dejémoslo para otra conversación; así, de paso, tengo el placer de volver a verte. Pero yo diría que fue muy significativo el proceso que va desde que las Naciones Unidas declararon al período comprendido entre 1975 y 1985 la «Década de la Mujer» y que culminó en Kenia, en Nairobi, con la Tercera Conferencia Mundial de la Mujer, a fin de evaluar los obstáculos y los logros obtenidos en ese decenio en lo que hace a las condiciones de vida de las mujeres de todo el mundo.

—Es verdad, pero no fue el único evento internacional que estimuló la organización de nuestro Primer Encuentro Nacional de Mujeres. En paralelo se realizó también el Foro de Organizaciones No Gubernamentales, el Tercer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, en Bertioga, Brasil, etc.

—Ya llegamos al año 1986, año del primer Encuentro aquí, en Argentina.

—Cuarenta y cinco mujeres, que ya nombré, conformaron la Comisión Promotora del primer Encuentro Nacional de Mujeres. Ellas procedían de distintos ámbitos sociales y políticos: feministas, amas de casa, independientes, de derechos humanos, etc.

—¿Cómo se planteó la participación de las mujeres en ese Encuentro?

—A nivel individual, no como representantes de organizaciones o instituciones sociales o políticas. Como se dijo por entonces: «nadie representa a nadie más que a sí misma».

—¿Cuántas mujeres participaron, Guadalupe, de ese primer Encuentro?

—Reunió a mil mujeres.

—¿Y se hizo dónde?

—En el Centro Cultural General San Martín de la Ciudad de Buenos Aires, entre el 23 y el 25 de mayo de 1986. Es un centro cultural muy importante aquí, en Buenos Aires.

—¡Mil mujeres! Y ahora reúnen treinta mil, cuarenta mil.

—En Rosario fuimos sesenta mil y en Trelew esperamos cincuenta mil.

—¡Qué maravilla! No puedo dejar de sorprenderme con vosotras. ¡Sesenta mil mujeres! ¡Extraordinario! ¿Cómo se organizó ese primer Encuentro?

—Fue autofinanciado e independiente. Para recolectar fondos se realizaron peñas, se hicieron aportes personales, rifas, bonos contribución, etc. El lugar se solicitó gratuitamente. El Banco Provincia de Buenos Aires donó las carpetas y algunos sindicatos ayudaron con el alojamiento de las participantes del interior del país.

El Encuentro se desarrolló durante tres días consecutivos. En la primera jornada se realizó el acto de apertura y la inscripción en los talleres. En el segundo día, durante la mañana y la tarde, se continuó con el debate en los talleres y se elaboraron las conclusiones. El tercer día se realizó el plenario de cierre con lectura de las conclusiones.

—¿Podré acceder a ellas?

—Seguro, están publicadas. Luego te daré un ejemplar.

—¡Maravilloso!

—¿Y qué papel tuvieron las Madres de Plaza de Mayo en todo esto? O mejor dicho, ¿cómo fue su incidencia en la decisión de organizar el primer Encuentro?

—Los Encuentros de Mujeres surgieron luego del terror de la dictadura militar. El papel de las mujeres en la lucha contra la dictadura fue extraordinario. El ejemplo más notable y conocido a nivel mundial, aunque no el único, desde ya, fueron las Madres de Plaza de Mayo. Si vos querés establecer un parámetro para medir la importancia del movimiento de mujeres en la Argentina, tenés, necesariamente, que apreciar que las Madres de Plaza de Mayo son un movimiento formado exclusivamente por mujeres que provenían de ámbitos muy diferentes, la mayoría amas de casa a las que les arrebataron sus hijos. Así como en ningún otro país del mundo se han organizado treinta y dos Encuentros de mujeres masivos como en Argentina, tampoco hay un movimiento como las Madres de Plaza de Mayo. Esto me lleva a decir que la «revolucionarización» de la sociedad argentina corre por canales muy profundos. Siempre, si quieres medir el grado de progreso de una sociedad, debes apreciar el rol activo del movimiento de mujeres.

—Conversando fuera del reportaje me has dicho, Guadalupe, que estas pioneras fueron reconocidas no hace mucho tiempo.

—Así fue. La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires otorgó una mención de honor a todas las integrantes de la comisión promotora de ese primer Encuentro Nacional de Mujeres.

Esas mujeres fueron premiadas por su decisión de unir a las mujeres, ayudar a que el debate fluya libremente, sin imposiciones, sin restricciones. El premio valora un liderazgo colectivo, no de una, sino de muchas, de todas las mujeres.

—Los Encuentros de Mujeres, como sugieres, son una revolución.

—Sí, una verdadera revolución, son revolucionarios, sin duda. Y ese modo revolucionario de hacer política, pero política grande, y eso, Pilar, ponelo con mayúsculas, política GRANDE, no me refiero a la pequeña política de comité que padecemos a diario, tiene que ver con el modo, las formas que tiene el Encuentro.

—Tú te refieres a los siete pilares.

—Sí, por supuesto.

—Enuméralos, por favor, es importante que en todos lados sepan de ellos.

—Los Encuentros son plurales, porque se expresan todas las ideas y opiniones, ninguna está por encima de la otra. Son democráticos, porque asistimos mujeres de todos los orígenes y clases. Son horizontales, porque no existen títulos ni jerarquías. Son federales, porque la sede es una provincia distinta cada año, elegida por las mujeres. Son autónomos, porque no responden a ningún gobierno ni a ningún partido político. Son autosostenidos, porque se sostienen con el trabajo de todas. Y son autoconvocados, porque las mujeres nos organizamos en cada lugar para poder realizarlo.

—Entonces, resumiendo, los Encuentros Nacionales que vosotras organizáis son: plurales, democráticos, horizontales, federales, autónomos, autosostenidos y autoconvocados.

—Exacto.

—¿Algo más que decir, querida Guadalupe?

—¿Cuándo haremos la segunda entrevista?

—¡Pronto! ¡Lo más pronto que pueda! Primero debo procesar toda esta información. Admiro tu memoria. Eres una enciclopedia. Dale mis bendiciones a tu madre porque te ejercitó en la memoria.

Pilar captó un leve cambio en el gesto de Guadalupe.

—¿He dicho nuevamente algo fuera de lugar? Soy especialista en meter la pata.

—No, claro que no.

—Es sobre tu madre. ¿Vive ella?

—No, murió.

—Lo siento, en verdad lo lamento. ¿Era importante para ti?

—Sí, mucho. Pero yo tuve dos madres.

—¿Y cómo es eso?

—¿Para la próxima entrevista?

—Para la próxima. Como tú lo ordenes, Guadalupe.

—¿Algo más, Pilar?

—Quiero que tengas mi tarjeta. Aquí está mi celular en Buenos Aires y mi correo electrónico. Debajo, la vivienda en Madrid y los teléfonos de España.

—Te agradezco, me serán muy útiles.

Guadalupe tomó una lapicera y un papel de anotaciones y escribió su número telefónico y dirección personal.

—Aquí tienes mi teléfono y la dirección de mi casa. Aunque por ahora, por razones que tal vez después hablemos, no estoy viviendo en ella.

—¿Es por lo de tu pareja desaparecida?

—Sí. Yo misma fui secuestrada una noche.

—Dios mío, qué horror. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Sí, seguro. Cuando hagamos la conferencia de prensa por mi pareja desaparecida quisiera que estuvieras presente.

—Cuenta con ello. No faltaré, os lo aseguro.

—Te lo voy a agradecer de corazón.

—No lo dudo. Tu corazón se manifiesta en tus ojos. Bellísimos.

—Gracias.

—Es hora de partir. Me has dado mucho material para la nota. De seguro vendremos para unas fotitos tuyas y de esta Asociación.

—Te esperamos.

—Te lo ruego.

Pilar y Guadalupe se dirigieron a la salida. Pilar dejó su mano en la cintura de Guadalupe, acompañaba su movimiento apenas con el roce de sus dedos.

—Guadalupe —Pilar se detuvo y la miró a los ojos—, no puedo irme sin confesarte algo.

—Te escucho.

Pilar debió tomarse un tiempo para hablar. Una pequeña sincinesia se organizaba en su boca.

—Esto que te voy a decir no quiero que lo tomes como una falta de respeto a tu dolor ni un desprecio a tus sufrimientos.

—De ninguna manera.

—Creo que me he enamorado de ti apenas te he visto. Si necesitas irte de aquí yo te llevo conmigo a España. Allí te cuidaré. Te lo aseguro. Llámame cuando quieras. Cuenta conmigo para lo que necesites.

—Te lo agradezco.

—Cuenta conmigo.

***

XXX

La rebelión de los nadie

Los derechos de propiedad sobre la tierra en Argentina (en América)

son producto del saqueo. Desde el primero, el de la conquista española a sangre y fuego,

a las últimas de fines del siglo XIX, durante todo el XX y lo que va del XXI.

Los mismos fuegos, la misma sangre.

El saqueo es el verdadero título de propiedad de los terratenientes.

1

El puestero de las quintas fue el primero que percibió el sonido. Sabedor de cuando las aguas suben con voluntad propia, auguró el desastre que se aproximaba. ¿Quién le iba a llevar el apunte a un puestero?

Los matones dijeron «no es asunto nuestro», y como no había autoridad a la que dirigirse, o la autoridad estaba de juerga como de costumbre, el hombre simplemente armó su bolsa de ciruja y se dirigió a tierras altas, donde el agua nunca había llegado. Pensó que de ese modo podría ponerse a salvo de la inundación.

Todo el camino que recorrió desde su tapera a las tierras altas, fue avisando a cada tantero de que las aguas venían subiendo. Muchos no tenían demasiada idea de qué les hablaba. Pero aquellos que hacía muchos años estaban atados a la tierra, y que habían sobrevivido milagrosamente, sí. Ellos habían visto en otras oportunidades cómo el agua salía de la tierra misma y se llevaba todo. Limpiaba las inmundicias, vaciaba los pozos ciegos, removía los basurales.

Pero ahora estaba el asunto del osario. Todos sabían que si el osario hablaba la cosa se iba a poner difícil para los patrones y sus esbirros. En primer lugar, para el patrón. Y aunque hacía años que circulaba la historia de que ahí no había patrón, sino una sociedad anónima cuyos verdaderos propietarios eran desconocidos, algún representante debería de haber, un testaferro al menos, un prestanombre a sueldo, quien, de momento y por circunstancias excepcionales, debería hacerse cargo de cualquier entrevero que se presentara. Y ese descalabro se estaba acercando rápidamente con el ascenso de las aguas y las revelaciones del osario.

Todos los arrendatarios sabían que aquellas eran tierras fiscales robadas a la provincia o a la nación. Los primeros que iban a tener que rendir cuentas eran los rufianes que reclutaban a los mensúes en la selva subtropical de Misiones o a los bolivianos para la Puna. Ellos lo sabían y por eso mostraban sincera preocupación, porque no tendrían a nadie que los defendiera. Los patrones, porque descargaban en sus subordinados las responsabilidades, y los tanteros, porque eran los que sufrían a diario sus abusos y esperaban la oportunidad para hacerles pagar sus tropelías.

El puestero conocía bien dónde acomodarse en las tierras altas. Invitó a los vecinos a que cargaran lo que pudieran y emigraran con él hasta donde les indicaba. Tierras mejores, les dijo, fértiles, abandonadas del trabajo del hombre y que los patrones no dejaban poner en producción porque de ese modo mejoraba la renta que les sacaban a cada productor.

—¿Tierras de nadie?

La gente quería saber bien de qué se trataba todo eso. Ocupar una propiedad privada era un asunto complicado y que podía terminar de mala manera. La autoridad siempre estaba del lado de los poderosos; para eso era autoridad, para volcar la romana en contra del sacrificado trabajador. Para eso los habían elegido.

¿Tierras de nadie? Eso parecía imposible. Desde que el mundo es mundo, la tierra siempre es de alguien. Del más fuerte, del que tiene buen dinero para comprar voluntades de jueces y policías, del que es amigo del gobierno.

Se trataba de tierras provinciales que se extendían hasta donde se perdía la vista. Sin nadie que las trabajara, sin nadie que las reclamara hasta entonces. Así estarían hasta que llegara un terrateniente con la policía, echara alambrado diciendo: «¡Esto es mío!». Y se las apropiaría. Falsificar títulos de propiedad era cosa de niños. Desde las mercedes reales era asunto corriente. Luego un juez corrupto certificaría que el título de propiedad era legítimo. Para entonces, decenas de familias arrendarían las tierras y trabajarían para el señor que podría entonces irse a Europa a disfrutar la buena vida gracias al trabajo ajeno.

¡Ver tanta tierra sin trabajar! ¡Y ese viejo carcamán que gritaba que las aguas anegarían todo y que los muertos clamarían su venganza!

—¿Nadie le siembra allí? —preguntaron a coro los tanteros, a quienes les entró la duda sobre qué hacer.

—No. Desde que yo llegué nunca produjeron nada. Están sin echarle ni una semilla.

Hay tierras para todos, fue la conclusión. Había que trabajar mucho para desmalezar aquellos campos, pero eran tierras prometedoras. Lo que allí se plantaba crecía con generosidad. Las hectáreas improductivas eran tantas que alcanzarían para todas las familias y muchas más.

—¡Vienen las aguas! ¡Vienen las aguas! —azuzaba el viejo los ánimos de los paisanos—. ¡Y los muertos van a salir a pedir justicia! ¡Agarren todo y vayan a las tierras altas! ¡No les va a quedar nada si se quedan!

Pero no todos prestaban oídos a sus advertencias. Algunos por descreídos, otros por desconfiados. El que llevaba el anuncio era el mismo que hasta hacía poquito andaba alcahueteando a los tanteros. Confiar era temerario. Solo el asunto del reclamo de los muertos los preocupaba de verdad, porque los muertos tienen una lógica diferente de la de los vivos: ya no pueden volver a morir. Todo para ellos es diferente.

A los que dudaban de sus anuncios los mandó a poner la oreja cerca del osario. Si mentía, dijo, se tiraría ahí dentro para morir comido por los malditos ratones de los ojitos rojos.

—Y por los gusanos, que son los primeros moradores de la carne podrida —le dijo una vieja que sabía bien de qué le hablaba.

—Vayan y escuchen —insistió—. Ruge como un animal el agua cuando quiere emerger de las profundidades. ¡Y cómo ruge! ¡Asusta!

Los matones, indignados, desdecían al viejo.

—¡No le den bola a este viejo borracho! —gritaban mientras apuntaban con sus armas a los que estaban dispuestos a corroborar las noticias del puestero—. ¡No le lleven el apunte! Si joden mucho, el patrón los va a echar a la mierda. ¿Y a dónde van a ir?

Y el viejo les repetía que el único lugar al que se debía ir era a las despobladas tierras altas, adonde el agua nunca había llegado.

La mayoría acató la orden de los balandrones. Desde las negras bocas de sus armas la realidad se veía bastante diferente de lo que anunciaba el viejo puestero.

Pero siempre hay uno que quiere saber por sí mismo. Oír con sus oídos, ver con sus ojos, palpar con sus dedos, oler con su nariz.

Allá fue uno aprovechando un descuido de los rufianes. No precisó poner su oreja en la tierra. Como lo hacían los buenos rastreadores, miró cómo el polvo se retorcía en el sentido de las agujas del reloj y dijo que el viejo no mentía. Exageraba un poco, tal vez, sobre cuánto tardaría en subir el agua. Pero que, si el polvo se retorcía del modo que él lo había visto, era porque el agua estaba preparándose para subir por ese hoyo de todos los muertos.

Después dijo:

—¡Cómo andarán los muertos allí abajo!

Y todos admitieron que era una pregunta difícil de responder.

A ese todos le creyeron. No era hombre de andar haciendo alarde de ninguna habilidad, pero era el único que con solo mirar sabía para dónde disparaban los pibes cuando corrían huyendo de las mujeres que robaban niños, o adónde se habían llevado a las muchachas que nunca más se volvía a ver.

El rastreador tenía razón. El acontecimiento no se produjo tan rápidamente como el puestero creyó. Pero no era para tomar todo lo que decía el viejo a chacota.

El rastreador no lo defendió, porque el puestero también había hecho de las suyas; pero tampoco se burló de él porque sabía que hablaba con la verdad. Además, el rastreador no era de hablar demasiado, era medido en todo. En el hablar, en el beber, en el comer. Tampoco solía burlarse de los demás. Era sobrio en todas sus costumbres y modales. Pasaba desapercibido dondequiera que estuviera. No se hacía notar nunca. Era siempre una sombra.

Los matones lo tenían entre ojos porque sospechaban de él, siempre callado, siempre bichando todo.

—Con estos indios hay que tener cuidado.

El rastreador les daba la razón. Quinientos años de opresión los habían vuelto sabios en cómo ser subterráneos, pasar desapercibidos, actuar con medida, con razón y sin sobrepasarse nunca.

Fue el rastreador el que le avisó al suboficial Pérez de la muerte de Gloria y de Faustino. También de otros asuntos que ocurrían dentro de los dominios de esos terratenientes. Ellos sabían del reclamo de los muertos.

Se conocían de mentas, por otros paisanos que hacían los viajes entre las quintas y la ciudad. Nunca se habían visto. La rebelión de los nadie exigía mucha reserva. Reservado era el rastreador, reservado era el suboficial Pérez.

Se dijo. Pocos creyeron. Que una bandera flameaba cada vez más entusiasta. Una afirmación que pocos tomaban en serio. Otros, en cambio, empezaron a esperanzarse en su mensaje. Cuando la bandera flameaba altiva, era porque algo bueno estaba por suceder.

Solo faltaba una manga de langostas que se hiciera cargo de algunos malandras. Como en Tucumán, contra los maturrangos.

2

El agua llegó a la mitad del pozo. Nadie se animó a echar ni un vistazo. Los rufianes menos que ninguno; temían a todo aquello que no pudieran explicar con dos palabras y disciplinar con dos rebencazos. Pero a medida que los pequeños ratones empezaron a abandonar sus túneles y los gusanos a reptar hacia la superficie, a casi nadie le quedaron dudas de que pronto se produciría el cíclico acontecimiento.

Tantas veces alguien lo quiso explicar y otras tantas se quedó pagando como un charlatán. Los de Aguas llegaron tiempo atrás y miraron el pozo, pero de soslayo. Ellos no sabían lo que se comentaba sobre lo que había en sus fondos, pero de todos modos les pareció poco seguro asomarse para observar el movimiento de las aguas.

—Las tierras están muy blandas —mintieron—. En cualquier momento el pozo se desmoronará. No conviene estar cerca.

Y casi nadie se acercó desde entonces. Sí, el puestero; y, a escondidas, el rastreador.

Que el pozo estaba por desmoronarse no resultó cierto. En realidad, ellos desconfiaban porque la naturaleza del hombre es desconfiada y algo holgazana. ¿Para qué arriesgar la propia osamenta en un pozo de mala muerte? Y cuando se ve un pozo del que no se sabe la profundidad y hay justo temor de resbalar por él hacia el abismo, lo que surge recomendar es auténtica prudencia.

Allí quedó ese asunto. El consejo de los de Aguas se tomó como palabra santa. Solo los rufianes se acercaban de vez en cuando por las noches y arrojaban sus bultos para salir carpiendo inmediatamente.

En el último tiempo, tal vez dos o tres años, nadie podía precisarlo, dos mujeres acostumbraban rondar el agujero. Parecían salidas de un viejo daguerrotipo. Cuando ellas llegaban había olor a mercurio. Era una señal de mala muerte.

Botaban unos bultos pequeños que, según se decía, eran niños sacrificados en noches de brujería. Rituales satánicos. Orgiásticas celebraciones del demonio. Era después del Ángelus, cuando se escuchaba una voz calcárea que salía del propio pozo como un canto de piedra caliza empapada en sangre.

Pero de eso sí que no se hablaba. Ni siquiera en voz baja se animaban los lugareños a comentar. Cuando faltaba un niño, la familia solía desaparecer casi al mismo tiempo. No quedaba nadie que confirmara o desmintiera la ausencia. La ausencia era lo único que perduraba, se esparcía en las cuatro direcciones y echaba raíces en el temor que provocaba.

Es que con el diablo la cosa siempre era seria y siempre terminaba mal para el cristiano. Por eso el temor era el sentimiento más poderoso que se apoderaba de la gente e imponía un silencio de misa.

El agua mutó su aspecto a un barro semilíquido. Eso se atribuyó a un conjuro o capricho de los muertos. Era una pasta espesa y, desde cierta distancia, desde cierta altura, por ejemplo subidos a las ramas de los gigantescos eucaliptos que abundaban, los lugareños podían observar unos resplandores blancos, especie de brillos que, a medida que pasaba el tiempo, se hacían más notables y de mayor tamaño.

Cuando el agua se dejó ver a un metro o metro y medio de la boca, todos siguieron el consejo del puestero. Fueron varios a bichar las tierras altas.

Para su sorpresa, en ellas flameaba la bandera de la que se hablaba. Y no era cualquiera. Era tan grande que algunos creyeron que era obra de Dios que pudiera flamear del modo que lo hacía.

Allí fueron las familias del feudo y de zonas cercanas al latifundio. De todas direcciones llegaron campesinos que preguntaban dónde acomodarse. Hubo que organizar un comité de recién llegados a las tierras altas y todos decidieron cobijarse bajo la enorme bandera celeste y blanca.

Fue por ello que, de común acuerdo, los paisanos decidieron bautizar el lugar como «Campos del General Manuel Belgrano», y alguien, un muchacho desconocido, estampó en un árbol un pergamino en el que estaban escritas algunas líneas del Reglamento para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los Treinta Pueblos de Misiones.

Los mensúes entendían bien de qué se trataba. Y si bien muchos de ellos no sabían leer, sí los viejos más viejos y las viejas más viejas que habían sido enseñados por unos curas que se establecieron en la selva y que no pudieron ser expulsados de allí ni en cien años.

El más viejo leyó con esmero. Dijo con entusiasmo, mensú él y todos los suyos, que de acuerdo con el reglamento «todos los naturales de Misiones eran libres, y que gozarían de sus propiedades, y también que podrían disponer de ellas como mejor les acomode, como no sea atentando contra sus semejantes».

Esa era una decisión que merecía el aplauso de todos los paisanos. Él aplaudiría con sincera alegría. Claro que lo haría. Era hombre agradecido y su familia también lo era. Ahí mismo se dijo que esa condición de hombres libres se haría efectiva a todo campesino o trabajador rural.

Los iguales debían unirse, como lo había dicho Fierro en sus versos. «Los hermanos sean unidos», versos que algunos paisanos payaban en las pocas noches de festejo.

Si el fervor del viejo era grande cuando leyó que todos los hombres de su condición debían ser tratados como hombres libres, al leer que «quedaban liberados de todo tributo» proclamó que nunca llegó a creer que algo tan extraordinario iba a sucederle en toda su vida, que había resultado extensa.

Estaba escrito en el pergamino, donde decía que quedaban los naturales exentos de todo impuesto, y que era «por espacio de diez años».

¡Diez años!

¡Eso sí que era ocuparse de los pobres que trabajaban de noche a noche para quedar siempre endeudados con los recaudadores de impuestos! ¡Desgraciados los pobres que apenas si podían juntar monedas para el locro guacho!

Su alegría era tan grande que contagiaba. Todos estaban ansiosos por que les siguiera leyendo tan extraordinarias noticias. Cuando pausadamente leyó que «a los naturales se les daría gratuitamente las propiedades de las suertes de tierra que se les señalaran, y que sería de un tercio de cuadra en el pueblo, y en la campaña, según las leguas y calidad de tierra que tuviera cada pueblo en suerte, hasta legua y media de frente y dos de fondo», la muchedumbre estalló en un alborotado festejo.

¡Tierra, techo y trabajo!

Las tres «T» de las que les habían hablado en tantas oportunidades.

Los rufianes miraban a la distancia, desorientados, sin saber bien qué hacer. Nadie atinaba a dar orden alguna y por ello empezó a cundir la división entre sus propias filas. Algunos matones preguntaron si en algún lugar de ese pergamino no estaba escrito que todos esos beneficios también les tocarían a cada uno de ellos. Allí empezó una discusión que duró largos minutos porque muchos de los rufianes se consideraban también naturales y con los mismos derechos que el resto.

Mensúes y puneños alabaron la decisión:

«En atención a que nada se haría con repartir tierra a los naturales si no se les hacían anticipaciones así de instrumentos para la agricultura como de ganados para el fomento de las crías, se habría de concurrir a la Excelentísima Junta para que se abriera una suscripción para el primer objeto, y conceda los diezmos de la cuatropea de los partidos de Entre Ríos para el segundo; quedando en aplicar algunos fondos de los insurgentes, que permanecieron renitentes en contra de la causa de la Patria, a objetos de tanta importancia; y que tal vez son habidos del sudor y sangre de los mismos naturales.»

El asunto que siguió a la necesidad de proveer herramientas y ganados fue el de «la seguridad así interior como exteriormente», y proponía «que se levantara un cuerpo de milicias, que se titulará Milicia Patriótica» y que ahí bien podría llamarse «Milicia Patriótica de la Zona de Quintas en las Tierras Altas», para respetar en su nombre el lugar donde habían sido reconocidos como dignos hijos de la patria.

Muchos pidieron ser inscriptos sin demora y exhibieron sus machetes para demostrar que no solo estaban decididos a la defensa común, sino que tenían con qué ejercerla eficazmente. Discretos los paisanos, prefirieron no hacer comentarios sobre algunas armas de fuego que guardaban con extremo celo.

También que «indistintamente serán oficiales así los naturales como los extranjeros que vinieren a vivir en los pueblos, siempre que su conducta y circunstancias los hicieran acreedores a tan alta distinción; en la inteligencia que ya estos cargos tan honrosos no se debían al favor ni se prostituyeran, como hacían los déspotas del antiguo gobierno».

Por último, leyó el viejo, «no les sería permitido imponer ningún castigo a los naturales, como se sabía que se habían impuesto y ejecutado con la mayor iniquidad hasta entonces, pues si tuvieren de qué quejarse ocurrirán a los jueces para que se les administre justicia, so pena que si continuaren en tan abominable conducta y levantaren el palo contra cualquier natural serían privados de todos sus bienes, que se habrían de aplicar en la forma arriba descrita, y si usaren el azote serán penados hasta el último suplicio».

3

—Bien —alguien dijo entre la multitud—, si todo esto se va a cumplir vale la pena luchar.

De cómo se convocó a todos a elegir a sus representantes por cuadra y por manzana para organizar la Junta de Gobierno, nadie podía explicarlo. Pero así se hizo y, en menos que canta un gallo, representantes de todas las cuadras y de todas las parcelas en que se había dividido la tierra se reunieron en asamblea.

Fue entonces cuando los matones sintieron verdadero temor. Hasta ahí sus patrones habían sido personas desconocidas que daban órdenes por teléfono o desde sus poltronas extranjeras, pero que siempre hablaban en nombre de un gobierno. De este, de aquel, del que fue o del que vendrá. Pero ellos siempre hablaban desde el gobierno.

Y allí se habían juntado todos esos nadie, decretado que las tierras les pertenecían, tomado medidas sobre el cobro de impuestos y, lo más grave, organizado una «milicia» para la seguridad interior y la paz exterior. Ese sí que era un asunto demasiado grave.

Nadie supo bien por qué, pero algunos de los guardias decidieron atropellar a los paisanos que todavía trabajaban en el loteo.

No había proporción en la refriega. Los rufianes eran perversos, pero eran pocos. Inspiraban temor cuando los paisanos ocupaban las tierras bajas. Pero al llegar allí todo había cambiado. La bandera los protegía y los nucleaba, como ocurrió en Tucumán, en Salta y hasta en las tragedias de Vilcapugio y Ayohuma. La bandera era el modo que tenía la patria verdadera de manifestarse. Y todos los nadie no son sino la patria verdadera.

El primer piedrazo que se lanzó contra ellos dejó tendido a un matón. Nunca nadie supo quién disparó aquella pedrada, pero se comentó durante años la feliz puntería de su autor. Un verdadero David.

Los otros malandras no tuvieron mejor suerte. Todos fueron corridos a palos. Una modesta victoria, pero que merecía el festejo.

Luego llegó la autoridad. Había policías por todos lados y trataban de establecer una prudente distancia entre ellos y los campesinos para preparar el desalojo, como lo había ordenado un juez del que nadie sabía el nombre.

Los más ariscos acopiaron muchas piedras para la escaramuza. También había buenos garrotes, rebenques taleros y alguna que otra navajita bien afilada para pegar un lindo tajo en la cara. Algún milico se iba a llevar una condecoración para lucir de por vida.

La milicada lanzó primero sus bombas de gases lacrimógenos. En campo abierto su efecto fue pobre. El viento, viejo conspirador, viró de golpe y les devolvió la humareda. Algunos llevaban máscaras para protegerse de esos gases, pero la mayoría estaba a cara descubierta. Luego empezaron a sonar las escopetas con sus balas de goma. Del otro lado lanzaban piedras del tamaño de un puño.

La policía, a lo lejos, podía observar la bandera que ondeaba protectora sobre los paisanos y que parecía guiar la pelea como lo había hecho en tantas otras por la independencia. Algunos eran indiferentes ante ella, pero otros dudaban ante su majestuosa presencia.

Así estuvieron durante horas. De un lado y del otro. Y sin que a los paisanos se les ocurriera rendirse. Nadie quería soltar lo que había obtenido.

Los nadie, como los llamaba la policía —les gritaban: «¡Ustedes no son nadie para ocupar estas tierras!»—, pueden ser obstinados si se lo proponen. Los hijos de Acosta Ñu sabían lo que era luchar en desventaja. Corría por sus venas sangre de aquella batalla y muchos otros condes D’Eu los habían sacrificado entre balas de plomo y fuegos genocidas. Ni hablar de esos bolivianos hijos de la guerra altoperuana. Para los nadie, cuando se unen, nada es imposible.

Se estableció una tregua que pareció imponerse más por cansancio. Pero lo que ocurrió en realidad fue que al lugar llegó una comitiva de políticos y curas que logró imponer cierta calma.

La policía se reforzó con más tropas. Y el señor presidente, hombre defensor de ricos y malandras, dispuso el envío de fuerzas de frontera para la represión.

Todos los delegados se autoconvocaron para oír a los recién llegados. Algunos de ellos pedían calma; todos prometían algo y esperaban mucho.

Los del pueblo, en cambio, pedían tierra, techo y trabajo.

La bandera estaba atenta. La patria sabe nacer de modos inesperados.

4

El que también llegó al lugar de la reyerta fue un fiscal de nombre impronunciable. No fue bien recibido por los matones, pero ellos carecían de autoridad para impedir al hombre hacer su trabajo.

Dijo que había llegado por una denuncia anónima. La denuncia era terrible. Llegó en un correo electrónico, como se usaba entonces. Pero dijo en voz baja, para que alguno pescara sus palabras, que era una denuncia tan grave y describía tantos detalles que no había podido obviarla.

Reinafé mismo le dijo que no se podía ignorar lo que en ese correo se decía.

Pero el fiscal, doctor Iniustitiam, así se llamaba, no fue a las tierras altas. El asunto de la ocupación de tierras fiscales no era de su competencia. Él se dirigió sin vacilaciones a las tierras bajas, donde estaban las quintas y, más precisamente, a las proximidades de la orilla donde, según informaba el correo, había un pozo profundo.

Casi al llegar a la boca del hoyo ya pudo divisar una filigrana macabra organizada con montones de huesitos delicadamente dispuestos. Iniustitiam pensó que su distribución no podía ser accidental y hasta llegó a creer que el prolijo despliegue de las osamentas había sido dispuesto por quienes querían hacer pública esa verdad oculta desde hacía largo tiempo.

Nunca se llegó a saber quién subió las fotos de los huesitos a las redes sociales. Pero en el mismo instante en que el fiscal trabajaba con la científica en la recolección de evidencias, por el éter circulaba el macabro hallazgo.

Como ocurre con las cibernubes, sus tormentas son extravagantes, inusuales y se autoamplifican cada vez que alguien replica la información. Pues no se trató solo de las horrendas imágenes. Cada uno agregaba su comentario y los trols gubernamentales, al principio, replicaron la noticia creyendo que podrían valerse de esas revelaciones para perjudicar a sus enemigos; pero luego recibieron la terminante orden de cesar en la divulgación de aquellos espantos.

Al fiscal se lo notaba conmocionado. Una pequeña calaverita lo miraba desde una corta distancia. Lo miraba como solo las calaveras saben mirar a los vivos, desde lo profundo de sus cuencas vacías, donde las cosas se aprecian de una manera absolutamente diferente. Ni hablar cuando esa mirada proviene del esqueleto de un niño, una menudencia ósea que reprocha el abandono al que había sido arrojada y que permitió que fuera absorbida en una noche macabra entre pedófilos adinerados.

Hubo que llamar a expertos para bajar al fondo del pozo. Llegaron los buzos, porque todavía se veía mucha agua, aunque nadie sabía cuál era la profundidad total que tenía ese hueco extraordinario.

Los pequeños ratones de ojitos rojos se alejaron muy prudentemente a una distancia importante. Ellos no querían compromisos porque nunca fueron de la partida. Su trabajo era su naturaleza. Los gusanos permanecieron en sus capullos escondidos a la espera del momento oportuno para liberarse de su sedosa prisión.

Un experto hizo traer unas cañas que se unían unas a otras para tantear desde la superficie la profundidad del pozo. Cuando las retiraron, comprobó que había bastante más que un metro de agua y el fiscal recomendó esperar, para la requisa del fondo, a que las aguas escurrieran definitivamente. El experto sugirió una bomba extractora porque temía que, al abandonar el lugar, alguien se dedicara a robar evidencia.

Iniustitiam debió aceptar y no fue a desgano. Traer la bomba llevó casi una hora. En ese tiempo, la gente que ocupaba las tierras altas y hasta la propia comitiva de curas y políticos se arrimó a donde el fiscal se hallaba trabajando.

—¿Si habría algún testigo? —preguntó el fiscal, no se sabía si por inocencia o por malicia.

No era uno, ni dos, ni diez: eran decenas. Un centenar llegó a contar el asistente. Tomarles declaración fue una tarea ardua. Pero mientras continuaba la recolección de las osamentas, y con el arribo de otros secretarios, el fiscal reunió numerosos testimonios, todos, todos, en el mismo sentido.

Quedó dicho lo de las dos mujeres. La que aún vivía en la casita de doña Gloria; la que desapareció una noche y de la que nunca nadie volvió a tener noticias. Como tampoco se volvió a saber de su hijo, Faustino, ni de la suerte de su amigo Rudecindo, nadie quiso asegurar que hubiera corrido mejor suerte.

El fiscal ordenó hacer comparecer a los matones antes de que se terminara la tarea de recolección de pruebas. De ellos también se dijeron muchas cosas. No de sus atropellos contra los campesinos, sino de sus rondas en la boca del pozo de los muertos. Y de eso quería el fiscal saber hasta el menor de los detalles.

La gente, que se apretujaba a corta distancia del lugar, reclamaba castigos rápidos. Pero el fiscal debía primero dilucidar el asunto de los huesitos, para luego dar curso a la investigación.

Cuando se vació el pozo por completo, un buzo experimentado bajó asegurado a un poderoso arnés.

Desde el fondo, y a través de su radio, se lo escuchó pedir un recipiente donde depositar otros hallazgos. No bastó un balde: fueron varios los que el hombre llenó con otras osamentas, pero estas eran más grandes y pesadas. Por lo menos extrajo lo que parecían restos de dos esqueletos.

Luego dijo que era posible que hubiera algo más cuando se excavara, porque sospechaba que el fango apestoso hubiera tragado otros huesos más antiguos. Sus piernas se hundían hasta casi las rodillas. Era un lodo casi líquido y allí podía haberse hundido mucha evidencia.

5

Iniustitiam habló largamente por teléfono con el juez y lo puso al tanto de los hallazgos. La información que había llegado a su fiscalía en aquel correo electrónico era totalmente cierta. Incluso, dijo el fiscal, creía que la información no era completa, porque los hallazgos superaban largamente lo que aquella denuncia les había advertido.

Iniustitiam hablaba con el juez, el juez con López Teghi y López Teghi con el alcahuete presidencial. López Teghi propuso convocar a Pérez y Pérez, pero su pedido quedó en suspenso; ese era un asunto que solo el señor presidente y Reinafé podían resolver. El alcahuete sospechaba que Reinafé se opondría a dar curso a la convocatoria y que tal vez aceptara un nuevo llamado telefónico al viajero.

Consiglieri ya no estaba. Ni él ni su ayudante, a quien retiró de sus investigaciones días antes de los hallazgos. Los dos habían partido a su reunión con Scrotus en la patria del norte.

Era probable que nadie supiera que Consiglieri había sido advertido de aquel infeliz suceso. De todos modos, Consiglieri consideraba que la investidura presidencial estaba a salvo; nadie podría nunca atribuir a su excelencia relación alguna con aquellos espantos. Solo se trataba de usar el penoso hallazgo en beneficio propio. Diría, si se lo consultaban: «Hay que ir a fondo», demostrar que el ansia de justicia era parte del nuevo proyecto, de la nueva política, y que cayeran todos los que tenían que caer.

Y así ocurrió, porque, como podía preverse, el alcahuete presidencial fue el primero en llamarlo para consultarlo.

—¡Pero amigo! ¡Investigación a fondo! ¡Que caigan todos los responsables!

«¡Jiji! ¡Jiji!», reía Foreign, a salvo en la cómoda poltrona del servicio premium del avión rumbo a su destino norteamericano.

«¡Jiji! ¡Jiji!» fue lo último que escuchó Remington Patria, alcahuete presidencial, quien ya preparaba su conferencia de prensa para reclamar celeridad en la Justicia, verdad y castigo para todos los responsables.

6

Ziploc y el viejo dejaron la cueva. La orden le llegó al viejo por un canal encriptado. Enriqueta, por supuesto, no fue informada de la decisión.

No había mucho que juntar. Algún libro perdido, un mate, algo de yerba, otras chucherías. Ni Ziploc ni el viejo eran de andar acumulando cosas como si aquella fuera su casa. Cuanto más impersonal, más fácil de abandonar. Se los había enseñado “Pérez y Pérez”: nada que costara más de diez segundos dejar atrás. No había de ellos ninguna evidencia directa.

—¿Huellas? ¿ADN?

—Tranquilidad —dijo el viejo—. Nunca nada es para tanto.

Sabiendo con mucha precisión lo que iba a ocurrir, le dijo a Ziploc que la mujer no iba a tener oportunidad de hablar de nada.

Bastó una seña para que el grandote supiera de qué le estaba hablando.

—¿Llegó el momento de explicar por qué me dicen Ziploc?

Antes de despejar el lugar, el viejo modificó la cerradura del cofre de la mujer, no sin antes dejar dentro algunas fotos de sus andanzas junto a la otra rubia, la gorda y petisa que respondía al nombre de Lilit.

Las de Lilit eran estremecedoras. Ella nunca sabría cómo habían sido tomadas aquellas fotografías y era muy probable que ni la propia Enriqueta lo supiera.

El enterramiento de la cabeza y las manos de la muchacha asesinada estaba fotografiado de un modo que hasta resultaba impúdico. Pero la suerte de ese niño rubio, pequeño, minúsculo, era patética. Fotos de las mujeres juntas, con el niño detrás de Lilit, pidiendo desde su mirada ser rescatado. Y Enriqueta, la vampiresa, golpeándolo para apartarlo de su lado.

***

XXXI

Alguien debe morir

1

—Mujer inteligente —«Pérez y Pérez» celebró la inteligencia de Guadalupe para comprender la esencia del juego. Esa clase de oponentes lo entusiasmaba.

Guadalupe mostraba un notable dominio de la lógica y una serenidad de espíritu que confundía. Torturada de niña, privada de su madre a temprana edad, sometida a una tragedia en el internado y luego abandonada a una familia sustituta que, aunque amorosa, no podía de modo alguno suplir la que debió ser suya, privada también de su amor en un instante, no se dejaba obnubilar por el odio ni vencer por la fatiga. «Pérez y Pérez» consideró que ella y Amanda Da Silva pertenecían a un linaje excepcional de seres humanos (y aquí comprendía tanto a hombres como a mujeres), capaces de sostener empresas imposibles y llevarlas hasta su fin exitosamente.

Amanda puso su vida al servicio de la logia. Para ella, la patria estuvo siempre por encima de todo. Su servicio a esa patria consistió en proteger a La Reliquia revolucionaria; pero, de habérsele encomendado otra misión, la habría cumplido con la misma dedicación y el mismo orgullo. Era una joven hermosa y talentosa. Se privó del amor y renunció a todos los sueños que había cultivado desde niña. Ya anciana, cuando sufrió el acoso de sus carceleros para que revelara sus secretos, acabó con su vida en la estación de trenes de Liniers.

Y Guadalupe avanzaba «arrastrándose entre espinas». Para rescatar a Ámbar, correr el velo sobre quién había sido en realidad su padre biológico y todos los crímenes que este había cometido a lo largo de su podrida vida, y rescatar a su madre de la muerte anónima.

También especuló «Pérez y Pérez» con qué ocurriría si el camino de Guadalupe se cruzara por azar, por error o deliberadamente (los relicarios podían tentar suerte en ello) con la Logia de La Reliquia. Mujeres como Guadalupe impulsaban cambios radicales de manera extraordinaria. Las grandes revoluciones en la humanidad muchas veces comienzan de un modo imperceptible entre los prejuicios que carga una sociedad habituada a creer que lo inmutable es lo verdadero y que los cambios no son sino ficción de la literatura. Y aunque «Pérez y Pérez» luchaba por sostener el orden establecido, su cínica inteligencia no lo cegaba. Por ello era un adversario de temer. Aquel que puede ver el fondo de las aguas se vuelve un enemigo peligroso porque va a la esencia de los asuntos y nunca se queda machacando pequeñeces con su martillo.

«Siglo XXI, un siglo de mujeres». Así lo expuso el hombre en una de sus últimas conferencias. Podía haber cerrado aquella disertación con aquello de «quien quiera oír que oiga», pero el acendrado antiperonismo hubiera hecho contraproducente esa frase de Perón.

—¿Cómo juzgar a una sociedad? —dijo «Pérez y Pérez» en esa oportunidad—. Por el grado de ponderación que demuestra por sus mujeres. Y si estas eran consideradas como simples reproductoras, abastecedoras del mercado de mano de obra barata, incubadoras humanas sometidas a la esclavitud doméstica, y si esa ponderación cambió fue por sus luchas y organización. Se las podría apalear, se las podría rociar con combustible para quemarlas vivas, se las podría balear para arrebatarles la vida en el breve tiempo que una bala tarda en perforar un corazón o cualquier otro órgano vital. Como Ámbar, allí estaba ella en un roñoso calabozo de un chupadero, en silencio, esperando la sentencia que preveía; y estaba el otro, López Teghi, sin saber qué hacer con una mujer que sobrellevaba su secuestro de un modo imposible de prever. Ni hablar de su pareja, a la que no podía tocar sin someterse a un largo debate interno con incierta suerte. No todos estaban dispuestos a llevar el silencio hasta el crimen organizado de una mujer que, en definitiva, ni conocía con precisión todo el andamiaje que sostuvo hasta entonces la fachada heroica de su padre. Nadie inmola una institución por unas cuantas incisiones en los laterales de su arma personal. El todo, siempre, está por encima de las partes.

«Pérez y Pérez» podía mirar más allá de los avatares del momento, las circunstancias rutinarias, la táctica barata del día a día en las redes sociales y sus bandas de troles como cuervos. Él observaba el futuro desde otra perspectiva, una difícil para los poderes establecidos que pretendían demostrarse inmutables.

«Todo fluye, somos y no somos».[1] El griego le daba una mano en el razonamiento. Para ese jefe, era honesto aceptar que el porvenir, de la mano de su propio logos, encontraba el modo de superar todos los obstáculos e imponer su impronta.

¿Podría la Agencia impedirlo? López Teghi mediante, no lo creía posible. Los «Pérez y Pérez» que se formaban en las escuelas más lúcidas podían retrasar el acontecimiento. Para una clase privilegiada, cien años es una conquista nada despreciable. El imperio de la injusticia duró miles de años, pero cada año fue todo lo trascendente que es cada molécula en la conformación de una vida. Un mínimo error en la cadena de la vida deriva en resultados tan impredecibles como horrorosos. O en la extinción simple y sencilla.

López Teghi era un cretino. Un verdadero y completo cretino. Así lo consideraba «Pérez y Pérez». Siempre con su martillito arremetiendo a golpes contra la realidad que era incapaz de comprender en profundidad.

Por lo menos tenía el informe que Iniustitiam le había hecho llegar. No tenía desperdicio. Podía ocurrir que un escrito de un fiscal resultara un legítimo bodrio. Pero este no era el caso.

No podía decidirse si lo que más lo entusiasmaba era el comportamiento de la mujer o que los relicarios volvieran a dar tan claras señales de actividad. Porque él no tenía duda alguna de que fueron ellos los que le hicieron llegar a Guadalupe el sobre con las fotocopias de los manuscritos de Amanda Da Silva. ¡Amanda Da Silva! Él la había investigado con dedicación.

Admirar a un oponente no era signo de debilidad, para «Pérez y Pérez». Era una demostración de que la inteligencia no admite prejuicios. Más quisiera él contar con mujeres y hombres dispuestos a tanto sacrificio, a dejar juventud y vida al servicio de una causa.

Estaba en Londres. Shakespeare lo inspiraba. Charles Dickens. ¡Lord Byron! Lewis Carroll. ¡Chesterton! ¡Cuántas veces citó a Chesterton! Recordaba que en una oportunidad se lo arrojó al propio López Teghi. Aunque debió reconocer que en esa ocasión el hombre le respondió con inteligencia. Una anomalía de esa pasta sosa que tenía por cerebro su oponente.

John Le Carré y La chica del tambor. Kipling. Greene. Imposible seguir la lista.

Y mientras repasaba a esos autores que había leído y seguía leyendo con entusiasmo juvenil, el teléfono sonaba y sonaba. Sabía quién era y por eso no atendía el llamado. ¿Orwell, Tolkien, Wells, López Teghi? No. Decididamente, no. Inaceptable. Al menos dejaría pasar unas cuantas horas antes de atender el llamado de ese «hombre del martillo», como lo llamaba jocosamente. El puerco «exceliano». El burro de las inútiles tablas predictivas.

No estaba de ánimo para hablar de minucias operativas. Todo había sido planificado. Todo había sido explicado. ¿Qué podía ocurrir que requiriera su atención, cuando estaba nada más y nada menos que en el corazón del Imperio británico, admirando su grandeza y su porvenir? Podía auscultar el Brexit en su morada y comprender las razones de su triunfo, aun en medio de tempestuosas oposiciones.

Si López Huidobro estuviera a su lado, recitaría: «Un ejército victorioso lo es ya antes de entrar en combate; un ejército abocado a la derrota se bate sin esperanza de vencer». Y luego citaría a Chen Hao: «En materia de planificación, jamás un movimiento inútil; en materia de estrategia, ningún paso en vano».

Con estas pocas palabras habría dicho cuál era el destino de todo lo dispuesto por López Teghi, pero dudaba que él o su entorno pudieran aceptar la verdad de esas reflexiones.

Discreción, humildad, inteligencia. «Las cualidades indispensables de un general son, ante todo, la clarividencia, el arte de hacer reinar la armonía en el seno de su ejército, una estrategia cuidada respaldada por planes de largo alcance, el sentido de la oportunidad y la facultad de percibir los factores humanos».

¿Percibir los factores humanos? López Teghi, entre sus columnas excelianas, estaba completamente incapacitado para ello. Era probable que la clave de todos los éxitos no estuviera en la buena fortuna, sino en la correcta comprensión de los factores humanos.

Llevar la Orden del Día N.º 5 hasta sus últimas consecuencias era algo que hasta un mediocre como López Teghi podía prever. Pero los amigos le habían advertido cuál era el verdadero propósito de ese llamado. Hacerlo responsable de algunas «anulaciones» oportunas.

Una supresión era un asunto que «Pérez y Pérez» siempre tomaba muy en serio. No era un hombre ligero para esas decisiones. Además, no se podían decidir tales cosas a miles de kilómetros de distancia. En la guerra como en el amor, el único lugar donde se podía vencer era el mismo escenario de los hechos. En la guerra, el campo de batalla. En el amor, dentro del cuerpo de la mujer amada.

Quienes creían que podían vencer o amar por telegrama eran pedantes destinados al más rotundo fracaso. «Tu derrota es tu derrota, tus cuernos son tus cuernos».

2

¿Era necesario volver a explicar lo que había explicado hasta el hartazgo? En algunas oportunidades, dijo, y aunque no era una regla sino una impronta, alguien debía morir.

Era un modo de purificarse, una manera de purgar errores o de manifestar un poder. La muerte era tan habitual en este confín del mundo que no ejercerla era un capricho insostenible. A caballo, de a pie, con brebajes venenosos, en emboscadas traicioneras, con sables dentados, amarrados a la boca de los cañones, en los tugurios de las picanas del Polo Lugones, en los chupaderos de Videla.

También era una demostración de obediencia, de confianza ciega, de aptitud para el sacrificio.

Una muerte, diez muertes, cien muertes, miles de muertes. Todo dependía del momento histórico. Matanzas. Holocaustos. Exterminios. La palabra que mejor les resultara para denominar el ejercicio del poder de una clase sobre las otras.

La ejercieron los conquistadores durante trescientos años. Muertes rápidas a lo Pizarro o muertes lentas a la usanza de los encomenderos.

Los expansores del dominio feudal en todas direcciones también la ejercieron con total eficacia. Y sus herederos, los terratenientes abrazados a Su Majestad, la Reina de los siete mares, como ninguno.

La muerte no como extravagancia. Eso era patrimonio de los psicópatas y con los psicópatas no había que entrometerse. Había que dejarlos hacer su trabajo.

Ellos no lo eran. Solo se trataba de simples hombres de un sistema edificado con sangre ajena. Una alquimia poderosa: plusvalía y sangre y su resultado en oro.

Oro. Oro de los dioses. Nada como pesar el oro al son del Anillo de los Nibelungos. «Pérez y Pérez» amaba a Wagner.

El oro del Ring y su anillo mágico que concede al portador el poder de dominar el mundo. Y si el mundo resultaba demasiado ancho y demasiado ajeno, esta geografía del fin del mundo era todo lo apetecible que se podía esperar.

Pero la muerte siempre era un asunto que debía tomarse con absoluta seriedad. «Pérez y Pérez» rechazaba que no se lo hiciera de ese modo. No se trataba de decisiones que se tomaban en bonitas reuniones donde buchones y alcahuetes desesperaban por salir corriendo con la noticia fresca para difundirla a como diera lugar. No. Así no era.

Tampoco era en el refugio de unos crápulas, seres poco escrupulosos que apostaban diez, cien vidas a una mano de póker.

Los tugurios de la muerte resultaban de mala muerte y al final se acababa en un escándalo que llevaba un buen tiempo componer. Nada de andar por sucuchos roñosos o sótanos oscuros tramando asesinatos en penumbras.

Medias palabras, claves organizadas, lenguaje cifrado, ejemplos escurridizos, delicadas insinuaciones eran lo necesario para indicar el destino de alguna persona. O de muchas.

Y nunca debía faltar el sostén ideológico. La ideología era como la médula que permitía que el crimen estatal fluyera con naturalidad, sin vacilaciones ni arrepentimientos.

Ocurría a veces que para poder seguir había que purificar las propias filas. No eran muertes en vano. De manera alguna. Eran verdaderas válvulas de escape como las de las ollas a presión. Permitían que el sistema no estallara y se regenerara, como cualquier organismo vivo.

Dejaban escapar ciertas toxinas y ayudaban a regenerarlo. Un purgatorio a medida.

Lo que interesaba era la subsistencia del sistema, el engranaje en su totalidad y no en sus pequeños componentes.

Y esa era la cuestión. Para resolver tal asunto estatal no precisaban fastidiarlo con llamados a cualquier hora, preguntando cualquier tontería, inmiscuyéndolo desde una distancia por la que no se podía apreciar ningún detalle. Y, como la vida le enseñó, el diablo, irremediablemente, siempre se esconde en los detalles.

No se trataba de que eludía responsabilidades. Al transferir el mando, transfirió el poder de las decisiones. Él, a lo sumo, había quedado reducido a un consultor externo que recorría el mundo en representación de su Agencia. En el exterior era como un ministro plenipotenciario. Pero en lo que refería al orden interno, era menos que un don nadie. Un apartado de los favores del señor presidente y de su alcahuete presidencial. Para eso llevaron a su entorno a Consiglieri, el extranjero, el ilustrísimo innovador con su teoría de la nueva política y su correlato en la nueva «Inteligencia». El «faraón» estaba echado a un costado apreciando el porvenir de las siete plagas. Pocas veces un hombre puede darse ese bíblico lujo.

Él ni siquiera equivalía a un consejero que, en los dominios de la ‘Ndrangheta, equivalía a un primer ministro en el reino de los negocios clandestinos y los asesinatos públicos.

Había en todo ese embrollo algo que a «Pérez y Pérez» lo fastidiaba decididamente. Se lo dijo cuando el propio López Teghi lo llamó por teléfono para incomodarlo. El quinto postulado había sido deliberadamente violado y él no podía repararlo de manera alguna. No solo se había violentado el postulado, se lo había hecho de la manera más ruin que se conocía en los subterráneos de la muerte.

Él debía apartarse del grotesco del martillo de López Teghi, a conciencia de que lo que se destruía por brutalidad o por ignorancia no podía ser ni reparado ni repuesto.

No lograría nadie involucrarlo en la derrota. Cada vez que el teléfono sonara y sonara, se limitaría a mirarlo con la serenidad de quien mira un amanecer esplendoroso o un atardecer de enamoramiento. «Música porque sí, música vana» resultaba el ring-ring del teléfono del hotel. Y con ese espíritu de grillo, «Pérez y Pérez» volvería al poema de Roxlo, que siempre le había causado cosquillas en la boca.

3

López Teghi miraba demudado el noticiero que el canal oficial estaba transmitiendo en vivo desde las quintas donde se había descubierto un hoyo de la muerte. Una tumba colectiva. Un osario general en medio del suburbio más próximo a la capital. ¿Quién se haría cargo de semejante descalabro?

El Dr. Iniustitiam convocaba a una conferencia de prensa. Rastrearon qué información había recibido el fiscal que lo alentaba a exponerse ante los periodistas. Datos que no informó debidamente a sus superiores. Luego, precisar su origen, desde dónde fue enviado, fue difícil.

Los hackers al servicio de la logia se dedicaron con esmero a ocultar su origen. ¿La Agencia podría revelar ese secreto? Con seguridad. Pero para cuando lo hiciera sería demasiado tarde. El escándalo estaría en todos los programas de televisión, de radio, en los diarios. Luego se esparciría por el mundo porque había muchos interesados en crearle problemas al señor presidente.

Ordenó a su secretario que insistiera con el llamado a «Pérez y Pérez»; él no tuvo éxito. El viajero no atendía los llamados. Necesitaba que lo hiciera al menos una vez, que levantara el tubo y dijera «Hola», porque con eso alcanzaba a comprometerlo con las decisiones que estaba evaluando tomar.

Pero «Pérez y Pérez» conocía la partida de antemano, podía leer las cartas de todos sus oponentes y saber en consecuencia qué baraja jugar en cada mano. Y en esa partida la clave de su triunfo era el silencio, el total y absoluto silencio. Nunca atendería el llamado de López Teghi. No se es jefe solo para disfrutar de magníficos beneficios dinerarios y la alabanza fácil de los alcahuetes de turno. Se lo era, también, para tomar las decisiones en los momentos más complejos. Mucho sabía de eso «Pérez y Pérez», que había perseguido a La Reliquia durante años y que cargaba con el fracaso de no haber logrado liquidarla como se había decidido en su momento.

López Teghi llamó al mismo Reinafé. Uno de sus secretarios le informó que el «señor» se hallaba desde hacía semanas de viaje confidencial por algunas capitales, intercambiando información antes de la reunión de los poderosos del planeta. Pronto llegarían los reyes para que sus virreyes les lamieran las manos como perritos falderos. Los mastodontes del capitalismo globalizador preparaban sus valijas para arribar al país en medio de descomunales operativos de seguridad.

Luego llamó al alcahuete presidencial. Hombre rudo, heredero de la voluntad de los portadores de los Remington Patria cuando los exterminios del siglo XIX, tan cínico como gélido, no tenía inconveniente en responder al llamado, pero no estaba en condiciones de ofrecerle una solución. Muy por el contrario, le reclamó soluciones a ese desbarajuste.

En su entorno alguien le dijo que, en situaciones excepcionales, correspondían soluciones excepcionales.

Consiglieri les sugirió hacer como en el judo, utilizar la fuerza del atroz descubrimiento para fortalecer al sistema. El sistema descubre los crímenes, captura a sus responsables, los juzga. Simple. ¿Suficiente? López Teghi no lo creía. «¡Jiji! ¡Jiji!», podía escuchar la risita hiénida del asistente de Consiglieri, anunciando el próximo fracaso.

La metáfora del judo se presentaba elegante y simbólica. Pero no todo se reducía a una estratagema sobre un tatami. Los hombres asustados corren como esos despreciables ratones de ojitos rojos, tratan de ponerse a salvo a como dé lugar y abandonan sus aprendizajes como si una amnesia extraordinaria los enfermara de manera incurable.

Habría delaciones, conspiraciones. La gente pierde con facilidad el rumbo cuando las cosas se dan de cabeza contra la realidad.

Desde su mismo entorno le sugirieron usar algo de fuerza, pero sin excederse demasiado, casi como el judo.

—Tres —dijo el hombre.

—¿Tres? —preguntaron los que integraban su entorno de confianza.

—No puede ser menos de tres.

—Diga los nombres —reclamó otro jefe al que se había consultado antes de convocar a un cónclave para definir el rumbo de la operación.

No los dijo. Ni siquiera los escribió. Puso sobre la mesa tres fotos. Todos las miraron detenidamente sin pronunciar palabra alguna. Luego se llamó a reunión. Los jefes fueron llegando de a uno y se mantuvieron en total silencio.

Se les mostraron las tres fotos a cada jefe. Cada uno de ellos, luego de observarlas, las pasó al siguiente y las acompañó con su voto. El silencio era realmente perturbador. En esas circunstancias nadie solía pronunciar ni una palabra. Las voces no debían quedar registradas. Se podían oír las respiraciones, los leves chasquidos de las lenguas en las bocas y el parpadeo nervioso de los más asustadizos.

Al final de la votación se hizo una comunicación secreta para obtener la aprobación final. Encriptar la información llevó su tiempo. Y hacerlo llegar donde correspondía, otro.

Tiempo después, un criptograma llegó a la mesa de López Teghi. Descifrarlo también ocupó un tiempo. López Teghi deseaba señalar que cuanto más tiempo pasaba, más cerca se estaba de un escándalo incorregible. Pero a los demás jefes eso no les importaba; no era su operación la que estaba al borde del abismo. El éxito se parecía en algo al amor: era una flor extraordinaria, pero nacida al borde de un abismo peligroso.

Muchos disfrutaban con el seguro colapso nervioso de ese jefe que había arribado a la máxima jerarquía de la mano de la politiquería, posponiendo los merecidos ascensos de hombres de dilatada trayectoria institucional. La venganza acampaba entre sonrisas aleves y códigos no escritos en ningún reglamento.

Los medios abundaban en imágenes y el fiscal federal Dr. Carlos Iniustitiam confirmó la realización de una conferencia de prensa para informar detalles de su investigación. Se sentía como Antonio Di Pietro, en Italia, y su «mani pulite», haciendo caer los muros de la corrupción y la inmoralidad de la trata de mujeres y niños para la prostitución. Se imaginaba lanzado a la carrera de las más altas dignidades del sistema judicial. ¿Y por qué no pensar en aventurarse en la política?

En el criptograma se le solicitaba que hiciera llegar al estado mayor un acta con todas las consideraciones y su firma al pie. Ese requisito era indispensable para que el estado mayor pudiera aprobar o no la operación propuesta. Renglón abajo, le sugirieron tomarse el tiempo que considerase necesario para evaluar todos los pros y todos los contras de su solicitud. Porque en el gobierno todo debía ser propositivo. Y de eso no se estaba dispuesto a renunciar. Propositivos, como lo había explicado Consiglieri. Propositivos, como le gustaba farfullar al señor presidente.

«Sea propositivo, López Teghi», le exigieron entre chirimbolos, números y letras incoherentes. Así culminaba el criptograma.

4

Coqui estaba ahí como pintado. Lilit no entendía para qué Enriqueta le mandó ese tipo a su casa. Todo el día sentado sin hacer nada, mirando por una ventana, mirando a la nada. La vista vacía, la boca reseca. No tomaba alcohol, no fumaba cigarrillos y menos consumía drogas. Era un tipo que parecía más una sombra, un muñeco, un maniquí pálido y que, si no fuera por el lugar que ocupaba, hubiera pasado completamente desapercibido.

Lilit ni intentaba disimular su fastidio. Pero a Coqui el malhumor de la mujer no le importaba en lo más mínimo.

—Podrías hacer algo… —la mujer le reprochó su pasividad.

—¿Algo como qué?

—No sé, hacé los mandados, prepará la comida, algo. Estás al pedo todo el día.

—No soy tu sirvienta.

—Yo tampoco soy la tuya.

—Hablá con Enriqueta, ella me mandó acá. Yo me quedo acá y vos me atendés. Si no, pedí el libro de quejas.

Coqui era pequeño, insignificante. No pasaba del metro sesenta de altura. Él mentía con gracia. Decía que medía de alto un metro setenta.

—Ni en puntas de pie —le dijo Ziploc cuando le respondió a su pregunta.

Coqui rió divertido.

Era pequeño pero muy fuerte. Gran tirador con ambas manos. Un asesino hecho y derecho. No se podía decir que era admirado, pero sí requerido. Si le tocaba un trabajo no fallaba nunca. Viejo, vieja, joven, niño, niña. No se dejaba impresionar nunca. Estaba bien dotado mentalmente.

Ziploc le preguntó al viejo por qué, cuando ocurrió el atentado contra la pareja de la lesbiana, no lo mandaron a él. El viejo solo suspiró y cruzó sus labios con el dedo índice.

—Shhhh —fue todo lo que dijo.

Saber callar es una virtud que cuesta adquirir. El viejo las tenía todas y enseñaba cada vez que podía.

Coqui pasaba las horas esperando nada. Absolutamente nada. ¿Qué debía esperar? ¿Un milagro? ¿Un suceso extraordinario? No. Además, él detestaba lo inesperado. Prever, prever y prever. Ese era su método. Luego, entrenar, entrenar, entrenar. Esa era su fórmula. Prever y entrenar y luego dejar la mente en blanco. El arma lista. El corazón sereno. El pulso firme.

Al principio de la estadía del hombrecito, esa actitud inquietaba a Lilit, pero a esa altura la fastidiaba. ¡Cómo la fastidiaba! Todo el día sentado mirando por la ventana la nada. Nada.

—¿Para qué mierda mirás el celular todo el tiempo? —Lilit quería pelear con Coqui. Buscaba algún pretexto, cualquiera.

—Por acá me van a avisar cuándo me tengo que ir de esta pocilga.

—Pocilga será tu casa. Esta es una casa decente.

Coqui se encogió de hombros y sonrió despreocupado. Él no vivía en un lugar mucho mejor. Solo que era más próximo a la capital y eso tenía sus ventajas.

No lo volvió a decir, pero ese rancho, para él, era una pocilga.

5

Muerte de Lilit

Cuando estalló el escándalo del osario, Lilit se puso realmente nerviosa. Ese asunto la tocaba de cerca.

Ella vio cómo los camiones de exteriores de todos los medios empezaron a llegar a la zona y se posicionaron lo más próximo que pudieron del hoyo de la muerte. Todavía era una discusión por qué las aguas habían subido de forma intempestiva, arrastrando los huesos hacia la superficie hasta dejarlos primorosamente expuestos. De eso se enteró tarde. Si alguien la hubiese advertido, se habría ocupado de limpiar la zona. Pero nadie le avisó. Maldijo al puestero que se había refugiado en las tierras altas, uno de los pocos que se avivó de que las napas estaban creciendo de manera exagerada y que pronto saldrían por el pozo para buscar el riacho donde derramarse. El otro fue el rastreador, pero con ese no tenía trato. El hombre la esquivaba si la veía. Ni la saludaba.

La turgencia del agua fue bastante más importante que el simple desborde del pozo hacia el río. Adquirió volumen, como si no fuera agua, sino arcilla viscosa, un barro semilíquido, pero abundante, que empujó los huesos hacia arriba.

Cómo se acomodaron las osamentas era ya un misterio. Como si alguien las hubiera dispuesto para que los paisanos que habían ocupado las tierras las pudieran ver con facilidad. Y no solo los paisanos; hasta la policía que había llegado para desalojar a los ocupantes las vio quedar expuestas de manera franca. La calaverita de un niño era la más inquietante. Aunque después de un rato todos empezaron a observarla desde otra perspectiva. Era tan pequeña que su aspecto sonriente empezó a resultar hasta familiar para todos.

Gloria y Faustino no habían trabajado de balde. Fueron cuidadosos los dos. Ella, protegiéndolos entre sus polleras y el muchacho, cuidando de que los ratones no astillaran los pequeños huesos de los niños. Los otros, los grandes, los de los adultos, mordiscón más, mordiscón menos, no habían podido ser reducidos y se exhibían bien acomodados para llamar la atención de cualquier curioso.

Desde las tierras altas los huesos, en principio, se confundieron con piedras. Pero al segundo día, cuando el sol comenzó a secarlos, la intensidad de su blancura no pasaba desapercibida.

Luego de la reyerta con la policía y mientras el cuerpo de delegados y la comisión de visitantes negociaba sobre el destino del inmenso predio, fue el rastreador el primero que bajó hasta las proximidades del hoyo donde las osamentas quedaron estacionadas cuidadosamente. La pequeña calavera de un niño no lo espantó. Por el contrario, una beatífica ternura
lo hizo observar el pequeño cráneo con piedad, con auténtica misericordia.

Como el rastreador no confiaba en la policía, convocó a unos paisanos que usaban celular regularmente. El hombre no comprendía mucho ese asunto de las redes sociales, pero los otros sí. Tomaron fotos de todos los huesos y algunos las subieron a Facebook y otros a distintas redes sociales.

Uno de los paisanos comenzó a enviar las fotos a los noticieros de televisión y a los diarios. El rastreador no supo nunca quién de todos fue el que tuvo la ocurrencia. El resultado fue que, en poco tiempo, esas fotos andaban circulando por todos lados. Aves raras revoloteaban por lugares increíbles, pasaban por circuitos extraordinarios y llegaban alborotadas a las manos de algunos que se convencieron de que debían darse a conocer rápidamente.

Algunos, escépticos, creyeron que era una broma de muchachos tontos. Pero siempre hay alguien que observa la realidad sin prejuicios, con ojos inquietos, y no tuvo dudas de que la pequeña calavera pertenecía a un niño. Y si la calavera de un niño era expuesta en las redes, era muy difícil que el escándalo no estallara.

6

Como había anunciado, el fiscal convocó a una conferencia de prensa. El Dr. Iniustitiam no estuvo locuaz, pero sí preciso.

—Los peritos forenses están recolectando los restos óseos. La operación puede durar horas porque la cantidad de material es importante. Una vez culminada la recolección, se va a poder determinar a cuántas personas pertenecen y a qué edades corresponden.

Se está tomando declaración a numerosos testigos que sindican a personas que debemos identificar como las responsables de algunos o de la totalidad de estos espantosos crímenes. He solicitado al señor juez que proceda a la detención de todos los guardias privados del predio, a la identificación de los verdaderos propietarios de estas extensiones de tierra y al establecimiento de un riguroso control policial para impedir la destrucción de evidencias.

No era mucho para los noteros que querían más precisiones, hipótesis, cantidades de material, algo con qué llenar los noticieros. Los estudios de TV lo reclamaban casi a gritos.

—¡Más! ¡Más! ¡Más!

Si no había más, habría que exagerar lo poco que se tenía.

Un periodista bien informado vinculó los hallazgos a una red de pedofilia que operaba desde una localidad situada en dirección a la provincia de La Pampa y que era proveedora de niños y niñas a reconocidos y adinerados pederastas, algunos de los cuales sustentarían posiciones de privilegio en el aparato estatal.

El silencio prolongado del Dr. Iniustitiam fue deliberado. Al callar, dejó la sensación de que el periodista hablaba con fundamento. Luego de unos minutos insoportables, el fiscal retomó la palabra.

—Tenemos pistas firmes de todos los responsables de estos crímenes. Pero no puedo adelantar más información porque estamos bajo secreto de sumario. Lo que les puedo decir, y deseo hagan saber a toda la ciudadanía, es que el Estado será implacable con los responsables de estos aberrantes crímenes. La verdad y la justicia son nuestro compromiso. Cuando tengamos más detalles y estemos en condiciones de hacerlos conocer sin comprometer la investigación, convocaremos a una nueva conferencia de prensa.

El fiscal se retiró como un héroe y los periodistas chocaban sus micrófonos por obtener una primicia, una declaración que diera algunas precisiones más que las pocas que el fiscal había dicho durante su conferencia. Pero Iniustitiam había calculado todas sus palabras, todos sus gestos, y no se apartaría ni un ápice de su plan. Era la gran oportunidad de su vida profesional para pasar a la historia como uno de los hombres del sistema judicial que hacía honor a su profesión. Un apóstol de la moralidad pública.

7

¿Por qué el fiscal adelantó que tenían pistas firmes sobre los responsables de tan macabro suceso? De eso Lilit nunca se habría de enterar. Supo algo de lo que el fiscal anunció en su conferencia de prensa porque Coqui se lo comentó, luego de escucharlo en su radio, en una vieja y pequeña Spika del año de ñaupa que todavía andaba a la perfección.

Coqui amaba esa vieja y pequeña radio. Era su compañera, casi su confidente, fiel hasta lo indescriptible, invulnerable.

En ella, ningún transmisor extraño, ningún rastreador. Vieja y noble tecnología dejada de lado. Como su arma, siempre con él, bien pegadita al pecho. La radio viajaba en un bolsillo que su madrecita le cosió para que pudiera llevarla a todos lados con su auricular original. Una joya.

Lilit entonces, y a pesar de que no tenía conciencia de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, tuvo miedo. El miedo, las más de las veces, es imprudente. Salió de la casa en dirección al alboroto para bichar como una chusma metereta, una chusma cualquiera. Pero no debió acercarse al lugar donde los forenses recolectaban huesos.

Quiso pasar por una simple curiosa, pero los curiosos estaban lejos, muy lejos. Ella entró por detrás y quedó en medio de las osamentas.

El cordón policial evitó que los noteros, que trataron de abalanzarse sobre la mujer que había aparecido sin aviso, pisotearan todo echando a perder las pruebas y obligó a la mujer a salir por donde estaba todo el enjambre de micrófonos, la parafernalia de las cámaras y los noteros que salivaban extasiados ante semejante encuentro.

Lilit tartamudeó. Tartamudear cuando hay unos asuntos de muertos no hace culpable al desdichado, pero lo incomoda, lo pone en aprietos.

Los periodistas, además, lanzaban sus preguntas como verdaderas pedradas. Directo a la cara de la mujer, que las recibía con estoicismo. Ella no era la adúltera salvada por Jesús cuando impidió que los acusadores la lapidaran. Y ninguno de los noteros era un Jesús piadoso protegiéndola de los acusadores.

López Teghi miraba la escena en una sucesión de televisores que reproducían, en todas las dimensiones y calidades posibles, las imágenes de ese error. Era una mujer en el lugar y en el momento equivocados. Una aparición no solo inoportuna.

En ese instante se convenció de que no quedaba mucho tiempo para que todo terminara en un escándalo de proporciones. Las osamentas, el fiscal como un pavo real anunciando hallazgos y pruebas extraordinarias, una mujer que se comportaba como culpable a la vista de miles, centenares de miles de televidentes.

Sus asesores le informaban sobre los llamados de ministros alterados, secretarios conmovidos, sacerdotes indignados, advenedizos que esperaban que se desmintieran algunos nombres que empezaban a circular por las redes.

El hombre convocó a una nueva reunión. Ya no había tiempo para la reflexión amena ni el debate gracioso. Había que tomar decisiones.

Su autoridad lo habilitaba a reclamar fidelidad de sus subordinados. Así lo hizo. A cada jefe le reclamó su voto. Papeleta negra o papeleta blanca. El concilio había llegado a su fin y solo quedaba emitir el voto.

López Teghi fue juntando las papeletas. Alguno bromeó con que esa mañana habría fumata. Blanca o negra. Dependía del contenido de los «papers». Y fue negra. Muy negra.

Él mismo escribió de puño y letra la decisión, estampó su firma y exigió una rápida respuesta. Esta no tardó en llegar. Todo lo que querían los del estado mayor era su firma. Sus fundamentos, razones y elucubraciones no interesaban a nadie. La firma, porque el que firma se hace responsable. Todos los camaradas presos habían dejado esa enseñanza.

Si quieres una operación punitiva, que todos pongan su rúbrica.

Nada de que la patria y Dios os lo demanden, porque a la hora de las sentencias la patria dice «yo no tuve nada que ver» y Dios señala a los culpables con su enorme dedo.

Luego de recibir la conformidad, empezó a bajar la orden hasta los escalones operativos más bajos. El último en recibir la comunicación fue el viejo. El viejo no quería compromiso, así que reclamó que a Enriqueta la llamaran desde la base. Cosa extraña, accedieron a su pedido.

Un ignoto comunicador se puso en línea con ella. Algo risueño le dijo que recibiría un WhatsApp con información confidencial. Enriqueta no sabía qué le causaba gracia al tipo.

—Doña —le dijo, socarrón—, entienda con claridad el mensaje.

Enriqueta lo leyó. Sin esperar otra indicación y sin hacer comentario alguno, envió un mensaje al celular de Coqui con las palabras convenidas con mucha anterioridad.

Coqui sonrió.

—¡Por fin! ¡A casa!

Unos buenos ñoquis de la madrecita. Con estofado. Él prefería la aguja en el estofado. Pero madrecita se arreglaba con vacío o asado. Adoraba el asado en estofado.

Para Coqui, un crimen. El asado era para la brasa. Pero a madrecita no se le discutía una decisión culinaria. Se comía, se disfrutaba y se aplaudía. Luego, hijo amoroso, lavaba los platos.

Solo tenía que esperar. La paciencia, para un hombre como él, era una virtud que se cultivaba a conciencia. Equivalía a gran parte del éxito. La premura por resolver una ejecución nunca daba buenos frutos.

Esperó la oportunidad. Lilit, en algún momento, debía dormir. Él, en cambio, podía pasar días sin pegar un ojo. El instinto de supervivencia entrena en ese sentido.

Para garantizar el sueño profundo, le dio el gusto a la doña. Él cocinó.

¿Su especialidad?

Fideos caseros. Pesto y tuco. Conseguir la albahaca no fue fácil.

Vino tinto, en abundancia. De buena marca. Si Lilit no fuera tan mediocre, hubiera sospechado por el asunto del vino. ¿Celebraban algo? No, diría Coqui por compromiso, pero sí celebraban que él volvería a su casa a disfrutar los mimos de la madrecita.

Lilit comió y bebió en cantidades, otro error que demostraba el escaso apego a la prudencia de la mujer. Coqui solo tuvo que agregarle al vino unas pocas gotas de un elixir del sueño que en la propia Agencia preparaban para la ocasión. Como las de Bach, pero algo más potentes, con otros atributos y para fines nada sanadores.

La mujer entró en un sueño profundo. Coqui tuvo que calcular muy bien la posición del arma. Le gustaba ser cuidadoso con su trabajo. Calculó distancias, precisó ángulos, adivinó trayectorias.

Debía cuidar que fuera de abajo hacia arriba, no demasiado, y de adelante hacia atrás, sin exagerar. No creía que el asunto mereciera tanto cálculo de parte de los forenses; después de todo, «El Morro» se ocuparía de que las conclusiones ayudaran a encuadrar la muerte en suicidio. Pero el trabajo bien hecho facilita las cosas. «El Morro» le debía respeto y él era un hombre de honor. Respeto con respeto se paga. Coqui no tenía ni idea de lo que pronto se daría a conocer sobre el famoso forense. De haberlo sabido, habría extremado sus cuidados. De todos modos, hombre prolijo y meticuloso, no dejó nada librado a la improvisación. El que improvisa pierde. Así razonaba.

Calzó unos guantes especiales. Bonitos guantes negros que no permitían que una huella digital quedara impresa por accidente en algún lugar.

Se posicionó correctamente. Como era de menor estatura que Lilit y la mesa era bastante alta, la posición que adquirió fue casi perfecta. Apoyó la boca del arma en la sien. Lilit estaba reclinada en la silla y roncaba sonoramente.

Coqui disparó.

—Una buena bala —se dijo.

—Hermosa.

Muy hermosa, no lo dijo, porque le pareció exagerado y a él no le gustaba exagerar, salvo con los cariños de la madrecita.

Se felicitó por el trabajo. Tomó la mano de la mujer, le colocó el arma y disparó dentro de un recipiente especialmente diseñado para absorber el impacto y el sonido de un disparo.

Una obra de arte. Un suicidio perfecto. Solo faltaba encomendarse a las nobles artes de «El Morro» y asunto concluido.

Juntó sus pocas pertenencias. Limpió los lugares por donde él sabía que había pasado y salió de la casa tranquilamente.

La luna estaba hermosa en un cielo tan oscuro que lo conmovió casi hasta las lágrimas. Qué bella la noche. Qué bella la luna. No había nada como caminar en la serenidad de la madrugada. Coqui siempre le agradecía a Dios permitirle ser testigo de tanta belleza.

***

XXXII

Hablemos de justicia

1

Sarmiza salió de la reunión con el Dr. Iniustitiam como si hubiera visto un fantasma. Pero uno bondadoso. Por primera vez pensó si no debería llevarlo a la cama y darle el gusto a ese hombrecito que podía ser tan malvado como generoso.

Ella no necesitó indagar sobre las razones de tan rotundo cambio. Él se las brindó sin preocupación alguna.

Pero lo que más la sorprendió fue cuando le informó que el señor juez, su señoría, lo había autorizado a investigar al padre de Guadalupe, porque se sospechaba que todo lo que se había publicado del hombre era un rotundo fraude. Tanto el juez como el fiscal tenían la creencia de que las autoridades judiciales, cuando investigaron el caso del muerto en las riberas del Riachuelo[1], habían sido engañadas sobre la verdad de ese crimen.

La cosa juzgada írrita no era un procedimiento habitual y tampoco era muy apreciado. Pero, contemplando la singularidad de todos los eventos que se estaban tratando, bien podría su señoría escapar por esa tangente y abrir una instancia judicial tan crucial como ingeniosa. Otros procedimientos legales podrían permitir abrir nuevas y mejores investigaciones y arribar a la verdad por otros caminos.

Sarmiza respondió que esa información sería muy estimulante para su clienta.

En el mismo tono de confidencia le habló de la red de prostitución infantil de la que formaba parte «El Morro», el asesino de su esposa, a la que roció con tres clases de ácidos diferentes. Que también era muy probable que se autorizase reabrir la investigación de ese crimen espantoso y que en todos los ámbitos públicos y privados se achacaba al forense, beneficiado por una verdadera rosca organizada para garantizar su impunidad.

Con absoluta seguridad le dijo a Sarmiza que sospechaba que la falta de mención del tatuaje en el cadáver hallado en la ribera norte del río, detalle que «El Morro» obvió deliberadamente, se debía no a un acto de desidia, sino a una acción tendiente a entorpecer la investigación.

Si se avanzaba contra «El Morro», se podría incluso volver sobre el asunto de ese juez prostibulario, propietario de seis prostíbulos y que estaba disfrutando del clima tropical en un bello reducto centroamericano.

«El Morro» supo de las sospechas del fiscal y propuso ir a tomarlo a puñetazos en el lugar mismo donde tenía su despacho. Ácido le sobraba, y un tratamiento como el que le aplicó a Alida Serena[2] era muy posible. Ni tres latas para esa ocasión; un buen balde, un bidón portentoso, le bastaría para acallar a ese desgraciado que lo amenazaba con exhibir sus impudicias.

«El Morro» llamó a López Teghi tantas veces como pudo marcar el teléfono del máximo jefe. Pero este nunca respondió sus llamadas. Llamó a su viejo amigo Bediel[3], pero tampoco respondió su llamada, aunque por razones más humanas. Había muerto luego de pasar una temporada bajo la cama matrimonial espiando a su inofensiva esposa.

Lo que no sabía «El Morro», y le confió Iniustitiam a Sarmiza, era que un paisano, un tal Oliverio Moreira[4], propietario de una buena extensión de tierras camino hacia La Pampa, leguas después de Luján, y de un sórdido lupanar oculto en medio de una frondosa arboleda, había sido detenido por proxeneta luego de un incidente todavía no debidamente esclarecido.

El hombre pidió declarar sobre sus negocios en calidad de arrepentido. El juez, de inmediato, lo aceptó y lo puso bajo estricta custodia para garantizar su vida. La Agencia, por orden del mismísimo Reinafé, se ocupó de cuidar al testigo. Los muertos no hablan y, por ello, tenerlo a mano era garantía de que pudiera hablar todo lo que se necesitaba y callar si surgía la necesidad del silencio.

Alojado en una cómoda celda, en pocas horas, el hombre aportó datos estremecedores sobre una red prostibularia donde encumbrados hombres de negocios y funcionarios públicos satisfacían su lascivia. La pedofilia era el plato fuerte de la bacanal.

El secuestro de niños se había vuelto tan necesario que se había organizado una compleja maquinaria al servicio de proveer la mercadería que reclamaban los pederastas. Les llegó a hablar de un caso que había conmovido a la opinión pública en su momento y que fue la comidilla de todos los informativos televisivos, de un niño que fue sometido como esclavo sexual, de un personaje sobre el que dijo, mintiendo, que no tenía ningún dato que aportar.

Informó que se estaba previendo la cría de niños para el consumo de los degenerados, en especies de reservorios disimulados como hogares para niños subsidiados por ricos altruistas o por entidades misericordiosas y caritativas de beneficencia, que en un corto tiempo podrían abastecer la demanda del mercado y, en su proyección, proveer órganos para los numerosos pedidos de trasplantes, como sucedía en otros lados del mundo civilizado. Parecía horrible, dijo el paisano, pero desde que el mundo es mundo y los de arriba viven de los de abajo, el progreso siempre fue de ese modo: los dioses del Olimpo beben el elixir de la felicidad en las calaveras de sus víctimas. No había nada nuevo bajo el sol.

En la larga lista de nombres que el arrepentido mencionó figuraba el hasta entonces jefe de todos los forenses del sistema. Un escándalo de incalculables consecuencias. ¡El asesino del ácido! ¡El hombre del que todos sabían que se había cambiado la carátula de su crimen para salvarlo del merecido castigo! ¡Un pederasta! ¡Un pedófilo!

Iniustitiam le confió que ya estaba en marcha el allanamiento de una propiedad en la zona de las quintas donde se halló el osario, donde viviría uno de los responsables del comercio del sexo infantil. Cuando tuviera una novedad, se la haría saber por un medio confiable.

—¿Y Ámbar? —preguntó Sarmiza.

—He ordenado allanar otro lugar, pero en esta ciudad, no muy lejos de aquí, que bien podría ser donde la tengan recluida o lo haya estado. Tenemos buena información de que allí, por lo menos durante un tiempo, estuvo secuestrada la chica del tatuaje. Si tenemos éxito en el allanamiento, tal vez lo tengamos en el rescate de la pareja de su patrocinada. Tengo fe en que Dios nos va a dar una manito en esta búsqueda.

Sarmiza podría haberle dicho que ella era atea. Una furibunda atea. Pero hubiera echado todo a perder. Tanta confidencialidad, tanta íntima confianza, que una palabrota, o ni siquiera una palabrota, un leve exabrupto al que era afecta la abogada, habría roto ese clima de íntima colaboración que el fiscal había impuesto desde que comenzaron a hablar. La rueda de la fortuna a veces gira de un modo que no se puede explicar con simples palabras. Había que saber aprovechar ese giro afortunado del destino y esperar que su desenlace fuera el deseado.

La esperanza en Sarmiza había recuperado entidad. Tal vez Guadalupe estuviera equivocada en sus trágicas sensaciones sobre Ámbar. Solo le quedaba esperar el devenir de los acontecimientos.

2

Muerte de Enriqueta

Cuando los jefes quisieron abandonar la sala de reuniones, López Teghi les ordenó permanecer en sus asientos. Consultó a sus secretarios si habían podido comunicarse con «Pérez y Pérez» y con Reinafé. Uno no respondía y el otro no estaba disponible. Insistir con el alcahuete presidencial era inútil. Le respondería lo que ya le había dicho en la primera conversación. A esa altura de los acontecimientos comprendió que la retirada de Consiglieri y su chupamedia «Foreign» no fue simple coincidencia.

Una grabación delataba que el consejero estrella le ordenaba al alcahuete recopilar toda la información disponible sobre todas esas maniobras y salir del país con él para poner a resguardo fotos, filmaciones, cuadernos y pruebas físicas de incalculable valor testimonial. Consiglieri era muchas cosas, pero no un improvisado.

—¡Jiji! ¡Jiji! —se oía en la grabación la risita de «Foreign», que irritaba a López Teghi casi tanto como la voz de «Pérez y Pérez».

La libretita de hojas blancas resumía día por día y hasta hora por hora lo que ese grupo de tareas realizaba bajo estrictas órdenes superiores.

Cuando un jefe prominente se siente acorralado, huye siempre para adelante. La ventaja de esa acción es que permite ganar tiempo contra los adversarios. Luego, cruzando pruebas, apareciendo testigos falsos, difundiendo mentiras, se puede poner a salvo lo que interesa: la institución y la propia persona.

Mirando los rostros demacrados de sus subordinados, puso otra foto sobre la mesa. La fotografía pasó de mano en mano, del primero al último, y los conminó a todos a tomar decisiones. En esta oportunidad, cada uno estamparía su preciosa firma junto a la suya en el acta que harían llegar a Reinafé y al alcahuete presidencial. Al presidente, era la orden, se lo debía dejar al margen de toda controversia.

Los votos fueron meditados. Cada jefe se tomó su tiempo a pesar de que López Teghi los apuraba insistentemente. Hubo fumata. Pero no solo eso. Hubo también una sugerencia para resolver el asunto: encomendar la reparación al hombre conocido por Ziploc. Sabia decisión. Nadie como él para poner cada cosa en su lugar.

López Teghi reclamó que quien había hecho la sugerencia figurara en el acta. Como preveía que todo tendría un final inesperado, tal vez bueno, tal vez malo, pero de seguro inesperado, quiso que quedara detallada cada opinión, cada aprobación o disidencia y cada una de las propuestas que se hicieron.

3

La verdad, muchas veces, no está en las preguntas. Está en las respuestas. Ziploc sabía que la pregunta sobre Enriqueta no era lo que interesaba conocer. Era intrascendente. La verdad que se esperaba conocer era la respuesta que él daría a esa pregunta.

—¿Ella está preparada para esta contingencia? —fue la pregunta que se le formuló.

Él debía contestar:

—¿Y eso qué importancia tiene?

En esas pocas palabras estaba la verdad que interesaba. A nadie le importaba cómo se iba a comportar Enriqueta a partir de entonces. Ni cómo podría oponerse a una decisión que ya había sido tomada. Lo que interesaba era si el hombre estaba listo para hacer lo que tenía que hacer, a pesar de toda resistencia posible. Él lo haría con profesionalismo, como todo lo que hacía.

Pero Ziploc por un momento supuso que el asunto podía no ser tan sencillo.

¿Y si la lógica resultaba inversa? La verdad muchas veces no está en las respuestas. Está en las preguntas.

—¿Ella está preparada para esta contingencia?

—Sí. Pero yo sabré qué hacer.

—¿Está usted seguro de que sabrá qué hacer?

¿Realmente Ziploc sabría qué hacer? ¿Dudaban de él luego de tantos años de servicio?

Tal vez la desconfianza no estuviera en el origen de esa inquietud, sino la preocupación. El temor, para decirlo de otro modo. Se habían cometido demasiados errores como para que uno más viniera a retorcer ese embrollo y terminara por echar todo a perder.

Ella no era una principiante. Tenía experiencia. Podía parecer un espectro de un antiguo daguerrotipo, pero tenía la capacidad mortal de una dosis letal de cloruro de mercurio. Alguien que podía disolver niños para satisfacer la demanda de sexo infantil de un grupo de degenerados con dinero y alcurnia, que los sorbían como un exótico cóctel intravenoso, podía deshacerse de un hombre sin ningún miramiento. Aunque fuese su ocasional compañero. Aunque fuese su propio amante. Como la tarántula, que devoraba a su amante apenas terminada la cópula para garantizar que el macho no se diera un banquete saboreando a su propia descendencia.

No era la vampiresa-chupasangre solo por fanfarronear con ese nombre. Lo era y lo podía demostrar cuándo y cómo quisiera. No solo con los infantes que hacía desvirgar colgados de una cruz de hierro ardiente. Con adultos de cualquier tamaño era enteramente capaz de asesinarlos antes de que alcanzaran a parpadear. Siete minutos era el desafío que Enriqueta se imponía en cada trabajo. Siete minutos. Era tal su ferocidad que nadie se había animado a chancear sobre ello.

Siete minutos. Casi nada. Era capaz de despostar a un fulano al son de una música virtuosa, capaz de generar un extraordinario estado de relajación espiritual, como el de quien entra en un trance místico. Dopado con poderosos barbitúricos, el hombre observaba su propia vivisección sin poder elevar una plegaria a Dios o un inútil pedido de piedad.

El viejo lo consoló como se hace con un querido amigo.

—Todo saldrá bien —le dijo sin mirarlo a los ojos.

Eso estaba por verse. Ziploc era un hombre seguro, pero no estúpido.

Como les ordenaron, abandonaron juntos la cueva y se ocuparon de limpiar sus huellas hasta donde pudieron. El viejo le dijo que esa primera limpieza era solo por si surgía en lo inmediato algún inconveniente, que no se preveía, porque luego todo el aguantadero sería quemado. El fuego terminaba con cualquier evidencia. Y eso era lo que se deseaba: que no quedara ni el menor rastro de aquella cueva, de quienes habían estado en ella o de qué podía haber ocurrido en su interior.

Los dos salieron hacia otro tugurio algo alejado de la ciudad. Allí esperarían nuevas órdenes.

La televisión repetía escenas del macabro hallazgo de un osario en el que osamentas de niños flotaban a la deriva luego de que las napas desbordaran porque hacía años, desde la privatización, que la empresa de aguas no regulaba su flujo.

Las imágenes no impresionaban porque los huesos de los niños eran pequeños y difíciles de identificar. Los camarógrafos debían hacer acercamientos imposibles y, las más de las veces, debían esquivar a los policías que se interponían entre las lentes y los restos para que no pudieran mostrarlos claramente.

Los paneos sobre el lugar se repetían más o menos metódicamente. Hasta que apareció Lilit, o cómo se llamara la rubia aquella que trabajaba con Enriqueta. Sus tropiezos, sus vacilaciones y tartamudeos incentivaron a los noteros a acosarla. Ella no podía verse y, por lo tanto, no podía saber cuán patética era su imagen. Surcado por arrugas novedosas en la frente y debajo de los ojos, con la boca temblorosa y la mirada perdida, su rostro resultaba patético.

La mujer huyó como pudo en dirección a su rancho y solo porque la policía se interpuso entre su fuga y los periodistas es que pudo ponerse a salvo de esa jauría.

Ziploc y el viejo ignoraban si Enriqueta estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo con su socia. Si así era, ya habría tomado recaudos no solo para no volver a la guarida, sino también para andar por la calle. Podría haber cambiado de aspecto. Una peluca, ropa holgada y una actitud de mujer vencida podían hacerla pasar por alguien de mayor edad de la que realmente tenía. Su cuerpo regordete y musculoso no era fácil de encubrir, pero ella se las arreglaría para pasar lo más desapercibida posible.

Enriqueta sabía que esa noche Coqui terminaría su tarea y saldría rumbo a la casa de la madrecita, como él le decía afectuosamente. Lo sabía porque ella misma le transmitió la orden.

Cumplido ese trámite, ella estaría casi a salvo. Su principal testigo de cargo ya no estaría en condiciones de delatarla. Casi a salvo, porque estaba el asunto de Ziploc. Quién y cómo le avisaron que después de su compinche le tocaba el turno, nadie lo supo.

Lo que nunca se supo es si también le dijeron que no volviese a la cueva o si esa decisión la tomó por cuenta propia. Pero ella no regresó al tugurio aquel donde sabía que la esperarían para eliminarla y eso alteró el curso de lo planeado.

López Teghi estaba realmente fastidiado con ese contratiempo y, aunque sospechó que alguien había alterado deliberadamente sus planes, no tenía modo de demostrarlo. Él atribuía esas incómodas, aunque pequeñas, alteraciones a la acción deliberada de los «faraones», quienes, en su cruzada contra los «excelianos», se dedicaban a multiplicar obstáculos para abonar el terreno de su derrota.

Lejos estaba de poder resolver cada contratiempo a los martillazos. Debió saber desde un principio que en el gran juego participan todos, conocidos y desconocidos, amigos y enemigos. Además, no todos se entregan sin ofrecer resistencia o haciéndolo de manera de no prolongar la propia agonía. Enriqueta era una agente para quien la palabra rendirse no existía en el vocabulario profesional.
No se rendiría; haría todo lo que estuviera a su alcance para sobrevivir el mayor tiempo posible.

La mujer desapareció de todos los lugares que solía frecuentar. Como no tenía familia, no había nadie con quien chantajearla. Aunque nadie podía haber asegurado que tal coerción hubiera surtido el efecto buscado.

El viejo, cuando fue consultado sobre las características de la mujer, les dijo claramente que él estaba convencido de que Enriqueta no se entregaría y que la sorpresa sería un factor definitivo en el éxito de la limpieza. Si ella estaba advertida de una celada, la cosa no terminaría en un fracaso sino en una carnicería. Recomendaba prudencia y paciencia, dos cosas que López Teghi no otorgaba a nadie en esas circunstancias.

—¿Ziploc necesitará ayuda? —le preguntaron.

Pero el viejo se negó a responder esa pregunta.

—Hablen con él. No suele confiar en otros.

La confianza en esos casos es extremadamente importante. No son simples compañeros de equipo quienes tienen que realizar una tarea de limpieza. Son mucho más que dos, como versificó Benedetti. ¡Mucho! ¡Mucho más que dos!

Dos hombres comprometidos en tal tarea son más que socios, son más que aliados, son el uno para el otro. Deben poder confiar su vida al compañero y garantizar la del otro a como dé lugar. Tienen que estar dispuestos a entregar la vida con tal de garantizar la del otro. Eso no se logra por una resolución administrativa. Todo juega a favor o en contra de que dos personas se conecten con tanta plenitud. Es química, es psicología, es anatomía, está en cada ADN. Todo debe conjugarse de una determinada manera. Y eso, además, solo puede ponerse a prueba en momentos decisivos, mortales por lo general, cuando la muerte presenta sus credenciales y hay que mirarla a los ojos para tomar la única decisión correcta.

El que cumplía con esos requisitos era el viejo. Pero el viejo hacía rato que estaba fuera de operaciones especiales. Aconsejaba, guiaba, ordenaba o consolaba. Eso era todo. Y si había algo que no deseaba era enfrentarse al final de su carrera con una persona como Enriqueta. Estaba a las puertas de su jubilación, lo esperaba la serenidad de la casa en las afueras, los hijos amorosos, los nietos juguetones.

Pero órdenes son órdenes. A López Teghi le importaron un rábano las dudas y los pretextos del viejo sicario. Le ordenó que se alistara con Ziploc y resolviera de una buena vez ese asunto pendiente.

Lo único que le faltaba al jefe era que a la mujer se le diera por hacer confesiones en la televisión pública y todo culminara en una verdadera catástrofe.

—¡Mátenla! —fue lo último que gritó.

Una palabra que nadie, en años, se había atrevido a usar en semejante contingencia. A un par nadie lo mata; eso era deshonroso. Ese no era el modo. Se trataba de que el interés general estaba por encima del particular; el todo, por encima de la parte; el bien común, sobre el personal. Era un acto de patriotismo y no una revancha. El honor también cuenta. López Teghi debió tenerlo presente.

4

Cuando los rastreadores dieron con ella, avisaron de inmediato a la base central. Un comunicador designado para la tarea informó a Ziploc y al viejo la ubicación del objetivo. Les deseó suerte porque iban a necesitarla.

Enriqueta paraba en un boliche extravagante donde nadie la hubiera buscado nunca. Era una especie de pub. Tenía aspecto de un viejo burdel donde unas prostitutas olvidadas esperaban que un amante inexistente las rescatara de entre las oscuridades y humedades de los ambientes.

Unos espectros dormitaban unos sobre otros, consumidos por la droga. Babeaban intermitentemente tratando de respirar el aire enviciado del lupanar aquel.

Dos viejos dormían acurrucados uno al lado del otro. El hombre se puso de pie apenas sintió a Enriqueta caminar en dirección a ellos. Pero no podía distinguir de quién se trataba, ni siquiera a diez centímetros de distancia. Sus ojos parecían vaciados de vida y tenían una negrura casi absoluta. Las pupilas, en cambio, estaban tan amarillas que no se podía dejar de observarlas por lo extraño que resultaba verlas brillar con la luz apagada de los muertos.

Le pidió un cigarrillo a Enriqueta. Ella lo apartó de su camino y ni siquiera le respondió. Se dirigió hacia un cuarto en el fondo del tugurio, donde podía esperar el ataque a resguardo de no ser sorprendida por la espalda. Era una habitación en la que no había ventanas y tan solo una puerta de entrada. Revisó el arma para comprobar que estuviera completamente cargada, con un cartucho en la recámara.

La vieja se despertó por el alboroto del hombre que clamaba un cigarrillo y disputaba con una sombra una línea de cocaína. Quería algo más.

La vieja preguntó a los gritos qué le pasaba.

Le dijo que no recordaba dónde había quedado el cofre de los regalos donde podrían haber quedado olvidados unos gramos de heroína. La vieja se echó a reír como una desquiciada.

—¿Heroína? —preguntó entre carcajadas—. ¡Nunca tuvimos heroína, viejo idiota! ¿Quién te va a proveer a vos de heroína? Rata. Rata —repitió varias veces la palabra «rata»—. No sé si queda algo de la «Juana de Arco», la «doncella» de las drogas de diseño.

La doncella era fatal. Alucinaba al momento y luego su efecto era devastador. Pero el viejo estaba macerado en drogas, por lo que se suponía que los ataques de la «doncella» no agravarían mucho más su estado. Pronto sería cadáver y eso era lo mejor que le podía pasar.

La vieja siguió los pasos de Enriqueta. Golpeó la puerta del sucucho donde ella se había encerrado.

—¡Están viniendo! —le gritó.

—¿Cómo sabés?

La mujer guardó silencio.

—Soy drogona, no buchona. Agradecé el aviso.

—¿Qué querés?

—Merca.

—No tengo.

—Son dos.

—Aunque me des sus números de documento no va a brotar droga en mi cartera.

—Qué mierda.

—Qué mierda —repitió Enriqueta como un eco—. Váyanse. Acá se va a pudrir todo.

—¿Irnos? ¿Adónde? Apenas pongamos un pie en la calle, vamos en cana de cabeza. ¿Vos nos viste?

—Váyanse.

La vieja se marchó por donde vino y volvió donde el viejo. Se acostó en el piso y dejó que el viejo lo hiciera sobre ella. El viejo no pesaba nada y ella todavía podía darle algo de calor.

El burdel entró en un silencio espectral. Cuando se oyó el crujir del desvencijado y reseco piso de pinotea, Enriqueta se preparó para el final.

5

Cuando los rastreadores dieron con ella, avisaron de inmediato a la base central. Un comunicador designado para la tarea informó a Ziploc y al viejo la ubicación del objetivo. Les deseó suerte porque iban a necesitarla.

López Teghi sabía que cualquier información que hiciera llegar a Ziploc o al viejo también la recibiría Enriqueta. No tenía tiempo de encontrar la filtración. Los «faraones» tenían muchos recursos luego de tantos años de dominio.

El viejo le informó que la mujer se había atrincherado en una habitación a la que había una sola puerta para acceder. Había un único modo de ingresar para cumplir la tarea y era a los tiros. Pero el jefe no quería eso. Nada de balaceras. Sería un escándalo.

—Querer no siempre es poder, señor —le dijo el viejo.

López Teghi bramó cuando escuchó el refrán. Lo único que le faltaba en medio de ese desquicio era una mala copia de «Pérez y Pérez» y su maldito recitado de moralejas y sentencias.

—Busque la solución —eso fue todo lo que le dijo.

Ziploc y el viejo se miraron en silencio.

¿Y ahora?

Parecían preguntárselo los dos.

¿Y ahora?

—Paciencia —dijo el viejo—. No podemos entrar, pero ella no puede salir. Estamos empatados.

A Ziploc la idea no le gustó, pero no encontraba otra salida. Para ingresar había que voltear la puerta y, apenas lo intentara, sabía que ella comenzaría a disparar. No podían siquiera calcular cuánta munición tenía en su poder, pero estaban seguros de que no se trataba de un solo cargador. López Teghi les prohibió resolver el trabajo a los tiros. No parecía haber alternativa.

El viejo informó a la base el plan. Recibió por toda respuesta:

—Resuelvan esto de acuerdo a las directivas.

Así que los hombres se armaron de paciencia, se acomodaron para el asedio y se dispusieron a esperar que la mujer decidiera parlamentar.

6

—¿Cuántos días puede vivir una persona sin comer ni beber agua? —consultó el viejo a un amigo que tenía siempre todas las respuestas.

—Depende.

—¿De qué?

—De su condición física.

—Alguien fuerte.

—¿Loco?

—Totalmente.

Se hizo un silencio largo. El amigo calculaba mentalmente las posibilidades.

—¿Sereno?

—Frío como una merluza.

—¿En qué condiciones está la persona?

—Encerrada en una habitación sin ventilación.

—¿Pueden sellar la entrada de aire?

—No lo sé. Puedo comprobarlo.

—Una persona común puede vivir sin agua hasta cinco días. Pero hay casos excepcionales; por eso somos la especie dominante, porque somos excepcionales.

—¿Cuántos días sería excepcional?

—Doce. Trece. Muy entrenado, tal vez catorce.

—¿Tantos días?

—Te di los dos extremos. Cinco como mínimo, catorce como máximo. Lo más probable es que colapse gradualmente, se desvanezca y muera sin darse cuenta.

—Mucho tiempo.

—La muerte se toma su tiempo, nunca tiene apuro.

—¿Otra alternativa?

—Monóxido de carbono.

—Otra.

—Fuego. El fuego hace que todas las ratas salgan rajando.

Fuego. El elegido fue el fuego. Los dos viejos drogones eran el pretexto ideal. Hacinados en esa pocilga, los viejos encendieron un fuego y provocaron un incendio.

Pero el viejo quería una garantía. Llamó a la base. Y dijo su plan.

—El jefe quiere el cadáver.

—Todo bien —respondió el viejo—. Tendrá su cadáver.

Ziploc lo miró extrañado. El incendio de ese antro se propagaría al momento y devoraría el lugar en minutos.

—Me dijeron que quiere el cadáver, pero no cómo lo quiere. Lo tendrá calcinado, ¿qué mierda quiere?

—Cierto.

—Tres va a tener. Así elige el que más le gusta.

Ziploc alzó el pulgar en señal de aprobación.

De la habitación donde Enriqueta estaba encerrada no se escuchaba un solo sonido. No tentaron suerte con la puerta. Sabían que ella estaba atenta y aprovecharía cualquier oportunidad para mejorar su situación.

Los viejos drogones quisieron escapar, pero Ziploc no se los permitió. Eran tan frágiles que con un movimiento terminó con ellos. Luego arrojó los dos cuerpos contra la puerta. Enriqueta oyó los impactos y se preparó para un ataque. Sabía que todo estaba definido en su contra pero, al menos, se llevaría a alguno con ella, se lo prometió. Cuando ordenaron la muerte de Lilit, ya supo cuál sería su destino. Así que estuvo siempre preparada para ese momento. Morir con honor era lo menos que podía merecer Enriqueta Martí, pa’ ayudarlo en lo que necesite.

Quería como trofeo al grandote, a Ziploc, a Moria. Cuando la palabra «Moria» volvió a su boca, no encontró el modo de contener la lengua.

—¡Moria! ¡Moria! —empezó a gritar desde su encierro—. ¡Perra! ¡Zorra! ¡Nylon! ¡Forro!

Ziploc miró en dirección a la puerta. Claro que deseaba voltearla para agarrarla del cogote y quebrárselo como a un junco. Odiaba a esa mujer, odiaba su voz, su figura, sus maneras.

«Un mono», pensó para sí, porque el viejo no lo dejaba pronunciar una sola palabra.

«Las paredes oyen», le señalaba cada vez que sospechaba que su compinche estaba a punto de hablar. Con el dedo atravesando los labios le ordenaba silencio. Método y silencio; solo se trataba de un trabajo más.

—¡Moria! ¡Moria! ¡No tenés ni huevos para entrar acá y arreglar el asunto mano a mano! ¡Maricón! ¡Perra!

El viejo le hizo una seña para que ignorara la provocación.

—¡Qué lindos que son tus hijitos! —exclamó con sincero cinismo—. ¡Carnosos! ¡Sabrosos! Tengo varios clientes que ya vieron sus fotos. ¿Creés que vas a poder protegerlos? Los dos van al colegio de curas, a tres cuadras de tu casa. El mayor juega al fútbol en una escuelita que organizan los curas y el otro, el gordito más lindo, el chiquitito que todavía se orina en la cama cuando se asusta por algo, ese juega al ajedrez en Torre Blanca. Tengo una reina y dos reyes a los que les gustaría lamerlo hasta despellejarlo.

Tu mujer va a la iglesia a rezar todas las tardes y después anda con los de Cáritas regalando mierdas a los pobres de mierda. ¿Así se van a ganar el cielo? ¡Zorra! ¡Tus hijos están marcados, perra! ¡Yo los puse en el catálogo de pendejos! ¡Están en el e-book de carne fresca!

Ziploc estaba descontrolado. El esfuerzo del viejo impedía que el hombre entrara en el juego que la mujer le proponía. Ella, entre carcajadas, siguió con su provocación.

—¿Te diste cuenta, Moria, de que todo es una mierda? ¿Quién te creés que me pasó todos estos datos? ¿Papá Noel, imbécil? ¿Quién te creés que dirige este negocio, Moria? ¿Quién creés que te vendió, Moria?

Ziploc estaba desfigurado. Su rostro se había hinchado, los ojos estaban inyectados en sangre y sus venas y arterias completamente dilatadas. Si había algo que podía desquiciarlo era cualquier referencia a sus hijos. ¿De dónde esa mujer tenía datos sobre ellos? El viejo suspiró profundamente, entrecerró los ojos y no se detuvo en su trabajo.

Preparó seis focos de incendio distintos. Uno, directamente con los dos viejos muertos, contra la puerta. Ziploc empezó a mirarlo con desconfianza y el viejo captó el odio en aquella mirada. Le indicó que se acercara para hablarle al oído.

—Excel nos quiere muertos a los tres. A ella se la sacan de encima, y a vos y a mí porque saben a quiénes somos fieles. No creo que podamos zafar. Esto es una trampa, hermano. Los «faraones» vamos a morir todos.

Ziploc dejó los ojos en blanco. No era que la revelación lo sorprendiera. Pero no esperaba morir de esa manera y ese día. Hubiera deseado ver a los chicos, poner a salvo a la familia, hacer algo por ellos. Pero nada de eso sería posible. Asintió con un movimiento de cabeza, dio algunos pasos hacia atrás y se llevó al viejo con él.

Como preveían, el fuego se expandió rápidamente. Enriqueta no podría soportar mucho tiempo encerrada. O moría quemada o abandonaba su encierro.

Los hombres se refugiaron en la parte delantera, la que daba a la calle. Calcularon que el fuego tardaría unos minutos en llegar hasta ese sector de la vieja construcción.

Los cadáveres de los viejos ardieron como maderas resecas. En minutos se desfiguraron y adquirieron el color y la forma de una varilla quemada. La puerta de la habitación estaba en llamas.

¿Enriqueta? Ninguno de los hombres podía apreciar ruido ni movimiento alguno. El fuego era abrasador y el aire se había vuelto irrespirable.

De dónde salió la mujer no lo supieron. Ziploc la vio venir y la barajó casi en el aire. Ella le lanzó dos puñaladas que pasaron muy cerca de su cuello.

Logró tirarla al piso. El arma de Enriqueta rodó hacia el viejo, quien la tomó y la arrojó entre las llamas.

Ziploc le envolvió la cabeza con una bolsa de nylon para asfixiarla. Sobre ella, aplastándola con su peso, le dijo casi al oído, nunca se sabrá si ella lo escuchó, que lo llamaban Ziploc porque de esa marca eran las bolsas que usaba para el submarino seco con el que ejecutaba a sus víctimas.

Pero el hombre subestimó la capacidad de resistencia de Enriqueta. Ella era fuerte, realmente fuerte. Logró sacárselo de encima y empezó a golpearlo con el codo en el costado del pecho, sobre las costillas. Si Ziploc no detenía aquel ataque, le quebraría con seguridad varios huesos. Sin dejar de asfixiarla con la bolsa, se puso de pie y la elevó para que sus pies no pudieran tocar el piso. El amarre del brazo contra el cuello y el propio peso del cuerpo de la mujer debían ayudarlo a terminar pronto su trabajo.

Pero fue un grave error de cálculo. El primer golpe que Enriqueta le propinó en la canilla lo soportó sin dificultad, pero al segundo Ziploc creyó que se la había roto. Se mantuvo en pie porque era un hombre entrenado para esas circunstancias. Pero el dolor era insoportable. El tercer golpe le quebró la tibia y el peroné y ya no pudo mantenerse de pie. Los dos cayeron pesadamente al piso.

Ziploc no tenía opción. Reforzó el estrangulamiento con el brazo y apretó con todas sus fuerzas. El rostro de la mujer estaba morado y sus ojos, a punto de estallar. Pero lanzó dos golpes seguidos con el codo derecho contra el pecho del sicario. El viejo oyó perfectamente cómo crujían las costillas de su compadre.

El fuego avanzaba sobre ellos, el humo volvía cada vez más irrespirable el aire y Enriqueta resistía más de la cuenta. Extrajo un corto pero filoso verijero de no más de doce centímetros de largo que llevaba emboscado entre sus ropas. No era muy grande, como todos los verijeros, pero bastaba para perforar un corazón o una arteria. Se abalanzó sobre la mujer para ensartarlo donde resultara más fácil, acabar el pleito y salir antes de que el fuego terminara por matarlos también a ellos.

Lanzó la puñalada, pero ella le barajó el brazo y lo tomó por la muñeca. Enriqueta lo doblaba en fuerza. Estaba casi asfixiada, pero, como las víboras a las que les cortan la cabeza y siguen luchando, peleaba denodadamente. No estaba dispuesta a rendirse como si nada. Se había dicho a sí misma que se llevaría a alguno; se lo prometió durante el tiempo que duró encerrada en aquel cuartucho. Parecía que su fuerza se alimentaba de la certeza de que no solo se llevaría a uno, sino a los dos.

Aunque el viejo intentó varias veces alcanzar alguna zona vital con el cuchillo, ella no se lo permitió. Y, en una maniobra defensiva, hundió el verijero en el brazo con el que Ziploc rodeaba su cuello.

La partida estaba echada. Ziploc la estrangulaba, ella removía el cuchillo dentro de su brazo provocándole una herida estremecedora y el viejo sentía crujir los huesos de su muñeca.

El brazo de Ziploc estaba prácticamente destrozado. La hemorragia era cuantiosa y cualquiera hubiera dicho que de esa sangría nadie salía vivo.

Cuando el viejo creyó que la mujer ya no podía oponer resistencia, sintió cómo se rompía su muñeca, luego el cúbito y después el radio. Su brazo quedó segmentado en tres partes claramente diferenciadas. Enriqueta, en un último esfuerzo, le ensartó el cuchillo en la garganta y le perforó la arteria. El viejo escupió un gargajo de sangre y murió desplomado sobre ella. Enriqueta dejó de respirar.

El fuego alcanzó la entrada del burdel. No era un fuego común. Era un gran fuego, una cordillera abrasadora. Los techos se desmoronaron en un instante y las viejas paredes interiores se deshicieron como cartón pintado.

Los bomberos llegaron tan rápido como fueron advertidos del desastre. Pero la casa se incineró a una velocidad extraordinaria.

Nadie sabía si en su interior había alguien durmiendo. Antiguo aguantadero de cirujas, malandras y viejos drogones descartados, era frecuente ver entrar y salir espectros de personas de las que nadie sabía, ni le interesaba saber, el nombre o la procedencia.

Remover las cenizas para saber qué había ocurrido allí dentro llevaría unas semanas, una vez extinguidas definitivamente las llamas.

López Teghi fue el primero en recibir el informe sobre los sucesos en el antro incendiado. No era lo que esperaba. Pero la suerte no le era tan esquiva después de todo.

7

Como lo había prometido, el fiscal iba a convocar nuevamente a Sarmiza para ponerla al tanto de las novedades que tenía sobre la investigación por el atentado y la desaparición de Ámbar y el secuestro de Guadalupe. Él, por su reputación, tenía especial interés en que esa abogada, y a través de ella esas asociaciones de mujeres, supieran que era una persona en la que se podía confiar, amante de la verdad y la justicia. «Pérez y Pérez» se lo había dicho en más de una oportunidad: «No solo hacen falta hijos de puta; la vida, sin un santo, no tendría perspectiva». A él, el protagonismo de un santo no lo incomodaba para nada. Santo, santísimo, santurrón. Santísimo juez justo. ¿Por qué no?

Hijo de Santa María, que el cuerpo no se asombre ni mi sangre sea vertida; donde quiera que vaya y donde quiera que venga, las manos del Señor delante las tenga; de mi señor San Andrés, antes y después; las de mi señor San Blas, delante y detrás; las de la Señora Virgen María. Que vayan y vengan mis enemigos; salgan con ojos y no me vean; con armas y no me ofendan; justicia y no me prendan; con el paño que Nuestro Señor Jesucristo fue envuelto sea mi cuerpo, que no sea herido ni preso, ni a la vergüenza de la cárcel puesto. Si este día hubiese alguna sentencia en contra mía, que se revoque por la bendición del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Aquella noche en que López Teghi lo obligó a disfrazarse de sicario fue una noche patética. Y zafó porque su aspecto era tan confuso, tan andrógino, tan perverso, que ni la propia Guadalupe se atrevió a señalarlo como el responsable de su secuestro la misma noche del atentado contra Ámbar. La providencia lo salvó de la venganza. Le habían advertido sobre la punición contra los «faraones».

Las informaciones llegaban sin solución de continuidad. Algunas eran de carácter oficial, como el informe sobre un allanamiento que ordenó poco después de descubrirse el osario en la zona de quintas.

El rancho que se allanó por su orden les deparó una sorpresa. El fiscal buscaba datos sobre su anterior dueña, de nombre Gloria, quien había desaparecido hacía ya varios meses y a quien muchos daban por asesinada junto con su hijo, Faustino, de quien tampoco se conocían datos precisos.

No hallaron durante esa incursión ninguna pista sobre el paradero de madre e hijo, pero sí a su actual moradora, dueña o apropiadora cuyos datos personales todavía no habían podido determinarse, muerta de un disparo en la cabeza. La escena sugería un suicidio con un arma calibre .22.

En la lechada del piso había señales claras de que, en algunas partes, se habían realizado excavaciones y luego se había vuelto a cubrir con cemento. Se trataba de un rectángulo de un metro de largo por cincuenta centímetros de ancho[1] y otro, de forma circular, de aproximadamente setenta centímetros de diámetro. Eso indicaba un posible enterramiento. Levantar el piso y cavar en busca de evidencia llevaría un tiempo, una vez que el juez emitiera la orden correspondiente.

El cadáver de la mujer fue remitido a la morgue judicial de La Plata y eso provocó una disputa de jurisdicciones. Mientras provincia y nación discutían a quién correspondía realizar la autopsia, el cadáver desapareció de la morgue. Iniustitiam supuso que había sido llevado a un crematorio particular e incinerado para borrar toda evidencia de un homicidio. Era un recurso bastante habitual cuando el estudio del cadáver podía conducir a la conclusión de que no se trató de un suicidio, sino de una ejecución.

Otras informaciones llegaban por confidentes vinculados a servicios de inteligencia o a la propia policía, que vendían información, y de otros que trabajaban para la fiscalía de manera clandestina. Uno de ellos le dijo al fiscal que el incendio de un tugurio donde solían refugiarse tránsfugas de baja estofa y drogadictos incurables no había sido casual ni tampoco el resultado del descuido de los delincuentes y adictos que se alojaban allí.

Sin mayores precisiones, pero con absoluta seguridad, le dijeron que ahí habían muerto, en circunstancias difíciles o imposibles de determinar, varios de los responsables del crimen de la chica del tatuaje y de la red de pedofilia que había sido descubierta a partir del hallazgo del osario en la zona de quintas del Gran Buenos Aires.

Esos mismos informes reservados le dijeron que de Ámbar no había pistas. Las cámaras mostraban, no el ataque a la mujer, como era de esperar, porque esas habían fallado, sino una sospechosa moto de alta cilindrada: una Kawasaki Ninja roja y negra conducida por un hombre, sin acompañante, un sicario solitario cuyo rostro nunca pudo registrarse porque llevaba un casco polarizado y que desapareció luego de cruzar a toda velocidad la General Paz rumbo a la provincia, donde no había dispositivo alguno de cámaras de seguridad.

¿Buena o mala noticia? Para el curso de la investigación, no buena sino muy buena, porque se confirmaba que aquella tarde de la movilización al Congreso para la sesión en Diputados por la ley de legalización del aborto una mujer fue baleada en plena calle. Para las expectativas de la doctora Sarmiza y su clienta Guadalupe, mala, muy mala. El atentado contra Ámbar quedaba confirmado.

¿Testigos? Nadie quería declarar. Iniustitiam tenía claro que habían sido convenientemente amenazados.

__________

[1] Algún tiempo después se comprobaría que la excavación de un metro por cincuenta centímetros tenía una profundidad de un metro y medio y que allí había sido sepultado el cuerpo desmembrado de Gloria. En la fosa circular, de aproximadamente setenta centímetros de diámetro, se encontró, dentro de un recipiente con forma de campana, una cabeza que se comprobó pertenecía a la chica del tatuaje. Sus manos no pudieron ser halladas, por lo que se dedujo que habían sido arrojadas al riacho, donde se descompusieron.

¿Emergencias médicas? La información se perdió en una caída del sistema. Los sistemas suelen caerse cuando hay alguna irregularidad que probar.

Ningún médico, ningún paramédico, camillero o chofer recordaba esa emergencia. La memoria era muy parecida al software que suelen fallar cuando más se los necesita. ¿Acusarlos de falso testimonio? El fiscal no estaba convencido de que fuera útil. Ya habría tiempo de presionar.

Otra noticia que despertó su entusiasmo estaba relacionada con el hospital que venía investigando. Dos testigos de identidad reservada declararon que una mujer baleada fue operada en ese hospital, a pesar de que desde Admisiones siempre se negó ese ingreso.

La descripción de la paciente coincidía con la de Ámbar. Declararon que estuvo internada en terapia intensiva durante un tiempo y que creían que había sido ingresada bajo el falso nombre de Plácida More Lesbiyanka. La traducción literal del apellido coincidía con la que Sarmiza le había hecho saber. Era un nombre absurdo. Una burla siniestra.

También declararon que una patota la retiró cuando su recuperación ya estaba avanzada. Hablaron de una visita sospechosa, de un tipo de temer que amenazó a una enfermera y pronunció aquella extraña frase:

—La verraca está muertita.

Verraca quiere decir cerda. La cerda está muerta. Ese fue el aviso. ¿Ámbar estaba muerta? La aseveración del sicario no dejaba mucho margen para las dudas.

¿Las cámaras? Tampoco funcionaron en toda la zona la noche del secuestro.

Iniustitiam ordenó detener a la jefa de Admisiones, que utilizaba el falso nombre de Irma Grese, aunque sabía que a esa mujer no la encontrarían ni en el hospital ni en el domicilio que figuraba en su legajo. La pista era el nombre: Irma Grese. Le resultaba imposible saber quién era realmente una persona que solo se había identificado una vez y bajo una identidad falsa.

En el lugar que mandó allanar con la esperanza de que fuera donde habían mantenido retenida a Ámbar, no encontraron a nadie. Recolectar pruebas de ADN y otras evidencias llevaría muchos días. Dos semanas o más, le dijeron los peritos, y eso sería así solo si la fiscalía lograba disponer de un equipo completo de Policía Científica. De lo contrario, la recolección de pruebas demandaría mucho más tiempo, meses incluso, con la consiguiente pérdida de material por degradación orgánica. El lugar era muy grande y las evidencias, a simple vista, numerosas.

Llamó a Sarmiza con el entusiasmo de quien llama a una ilusión.

—Doctora, ¿cómo está usted?

—Mi estado de ánimo depende de sus noticias.

—Si desea tomar un café conmigo, algo le puedo adelantar. Hablemos de justicia, ¿le parece?

—¿De justicia, doctor? La justicia no existe. Ha muerto. Hablemos de buenas noticias.

—No mate mi esperanza, doctora.

—Su esperanza también está muerta, doctor, aunque usted no lo note.

—¿Y cuándo murió mi esperanza?

—Cuando se incorporó al sistema nacional de injusticias.

—Lucho para cambiar ese estado de cosas.

Sarmiza sonrió, decepcionada. No le gustaba que la tomaran por zonza. Pero la prudencia le indicaba que no debía ni podía cortar el vínculo con ese fiscal. Debería haberle dicho:

—Pero si ni su apellido lo acompaña.

Necesitaba información para Guadalupe, que sufría desesperadamente por su amor.

—¿Cuándo quiere que nos encontremos, doctor? —Sarmiza hizo un esfuerzo y retomó el tono amigable de la charla.

—Esta tarde. Tengo novedades para usted. La espero en mi despacho a las 17 horas.

—¿Buenas o malas noticias?

La comunicación se cortó. El sonido de un vacío que tomaba la forma de una espiral fue lo único que le quedó de aquella llamada.

A las 17 horas en punto estaría en ese despacho. Iría preparada para lo que sospechaba. Las malas noticias son como los heraldos negros de los que habla Vallejo. Son los heraldos negros que nos manda la muerte.

***

XXXIII

La venganza de una hoja de cálculo

1

—¿Cuál es el nombre de tu padre, Guadalupe? —preguntó Dolores.

—No lo sé.

—¿No lo sabés?

—No.

—¿Juan? ¿Pedro? ¿Francisco?

—Coronel. Perdón, «el coronel». Así lo llamábamos todos.

—El coronel. Mirá vos. «El coronel».

—«El coronel», sí.

—Nunca te escuché insultarlo.

—No me sirve de nada.

—Claro.

—Tu madre, Encarnación.

—Encarnación Mercedes.

—¿Y tu ama de llaves?

—Amanda Da Silva.

—Vos sos Guadalupe Encarnación, ¿y tu apellido?

—Coronel.

—Me estás jodiendo.

—¿Qué te hace pensar eso?

—«El coronel» llamaban todos a tu padre, y tu apellido justo es «Coronel». Parece una joda.

—Habrá sido, no me llamaría la atención. Pero así figura en mi acta de nacimiento. En mi DNI. Guadalupe Encarnación Coronel.

—Tu familia adoptiva te llamó con otro nombre.

—Teresa. En el pueblo muchos me conocen por Teresa.

—¿No llevás el apellido de ellos?

—No. Nunca cambié mi apellido. —Guadalupe dejó de leer el papel que tenía en sus manos y miró a Dolores, que redactaba una gacetilla para convocar a la conferencia de prensa—. ¿Sarmiza? —preguntó.

—La llamó el fiscal. Le dijo que tenía novedades.

—Malas —dijo Guadalupe—. Malas noticias.

—¿Qué sabés?

Hubo un silencio enmarañado, difícil sacárselo de encima. Guadalupe se encogió de hombros y gruñó en voz baja.

Elena, quien ayudaba a Dolores en todo el papelerío de la asociación, llamó a Guadalupe hacia la entrada, donde una mujer preguntaba por ella. Le dijo que la buscaba una mujer que no conocía.

Guadalupe no pareció sorprendida.

—Elena, nunca te agradecí tu sugerencia sobre los libros para regalarle a Ámbar. Te pido disculpas, estuve grosera.

—¡Amor mío! ¿Cómo me vas a decir eso? Parabellum, Todesfuge, nada extraordinario. Para mí fue un gusto poder sugerirte esos títulos. Te quiero mucho.

—Yo también, Elena.

—Te esperan en la puerta.

Guadalupe asintió con un leve movimiento de cabeza.

Dolores fue con ella hasta donde la mujer aguardaba. Las dos compañeras que solían cuidar a Guadalupe también fueron con ellas.

Una paisana, posiblemente aimara, la esperaba. Era pequeña, muy menudita, y se agarraba nerviosa las manos. Estaba de pie junto a un escritorio, a poca distancia de la puerta.

—Buenas tardes, sorora. Soy Guadalupe. ¿En qué puedo ayudarla?

La mujer no comprendió qué le dijo Guadalupe al recibirla. Permaneció en silencio, confundida.

—¿En qué puedo ayudarla, compañera?

La mujer recuperó el aliento.

—Soy Juana. Mamani de apellido. Afuera está la compañera Quispe. Ella vino conmigo.

—Hágala pasar. No está bueno que se quede afuera.

Juana se asomó al pasillo y llamó a su compañera. Entraron juntas. La presentó como su comadre.

—La comadre Quispe anda conmigo para todos lados. Somos como hermanas. Nos trajeron juntas desde la quebrada a trabajar a las quintas. —Quispe saludó apenas alzando una mano y sonriendo. Su dentadura era blanca, perfecta, y un diente de oro lucía como una joya en medio de aquella boca.

Quispe también era pequeña, pero gorda. Tenía el cabello renegrido y muy tupido. Llevaba un sombrero de chola muy bonito; la copa estaba rodeada por una cinta multicolor que parecía tejida a mano.

Dolores las invitó a sentarse. Juana Mamani se acomodó en un sillón; Quispe prefirió quedarse de pie. Elena les ofreció café, que las mujeres rechazaron.

Guadalupe les preguntó qué las había traído a la asociación. Las mujeres respondieron juntas:

—Hablarle a usted.

Guadalupe se señaló a sí misma. Apoyó el índice sobre el pecho y preguntó, extrañada:

—¿A mí? ¿Por qué a mí?

No conocía a ninguna de las dos mujeres. No solía tener trato con paisanas como aquellas, por lo menos desde que había dejado el pueblo donde vivió con María y Francisco y toda la bullanga de aquella familia innumerable.

—¿Cómo saben mi nombre? —preguntó sin demasiada cortesía.

—Un amigo nos dijo que viniéramos hasta aquí para hablar con usted. Él nos dijo: «Pregunten por Guadalupe. Hablen con ella». Acá estamos.

—¿Quién es ese amigo suyo?

—Usted no lo conoce.

—¿Y él me conoce a mí?

—Sí, mucho.

—¿De dónde me conoce ese señor?

—Él no nos confió eso, pero nos dijo que la conocía, y mucho. Dijo que usted entendería el mensaje.

—No imagino de quién podría tratarse. ¿Qué mensaje tienen para mí?

—Voy a darle un papel para leer —dijo Juana—, pero usted, señorita, y las señoras no deben leer en voz alta el papel. Deben leerlo para ustedes.

—No entiendo.

Dolores observó el momento en que Juana puso en la mano de Guadalupe una hoja de papel amarilla, ajada y algo sucia. Guadalupe repitió:

—No entiendo.

Y miró el papel con desconfianza.

—¿Qué no entendés? —El tono de Dolores sonó a reproche. Guadalupe la miró extrañada.

—Agarrá la papeleta que te da la compañera y leela como te dijo.

—¿Por qué tanto misterio?

Juana Mamani y Quispe cuchichearon en voz baja, muy baja, arrastrando palabras que no podían salir con facilidad de sus bocas.

—Cuando lea, el misterio se despeja.

—¿Por qué no puedo leerlo en voz alta?

—Tiene que prometer que no va a decir en voz alta lo que dice el papel.

—¿Por qué no puedo leer en voz alta lo que ustedes traen escrito en ese papel?

—Porque las paredes oyen. La gente que oye sus palabras es gente dañina, que quiere su mal, nuestro mal.

—¡Micrófonos! Micrófonos, Guadalupe.

—¿Micrófonos?

—Por todos lados, Guadalupe, por todos lados.

—¿Quiénes son ustedes? —Guadalupe estaba muy nerviosa.

—Lea el papel, por favor, y sabrá de parte de quién venimos. Si, después de leerlo, no quiere hablar con nosotras, nos iremos por donde vinimos. Si desconfía de nuestro mensaje, nos iremos rapidito. Pero, por favor, lea antes de hacerse un mal juicio.

Guadalupe aceptó el pedido de mala gana. Se trataba de un manuscrito. Era una letra ruda, pero prolija. Pequeña, sí, y parecía que quien la había escrito se había tomado su tiempo para hacerlo. Aquella caligrafía mostraba un gran esfuerzo.

Leyó para sí, como le exigieron:

«Guadalupe Encarnación. Lupe. Lupita. Como te llamaba tu madre.»

En ese instante Guadalupe tuvo que dejar de leer. Sus ojos se llenaron de llanto. Pasó varias veces una mano por la cara para recoger las lágrimas. No podía siquiera considerar que aquello fuera una burla o una maldad. Era un misterio, sí, pero un misterio que venía con el recuerdo a cuestas. Lupe. Lupita.

Un misterio que portaban aquellas dos mujeres norteñas, de la puna sin duda, iguales a muchas otras que vio ocasionalmente cuando estuvo recluida en la casona, con esa nota escrita vaya a saber por quién que la llamaba como solo lo había hecho su madre.

Lupe, Lupita; seguidito, como dos caricias en el rostro.

Luego del tiempo que necesitó para reponerse, continuó leyendo.

«Las personas que te entregan este papel van de mi parte. Son quienes te hicieron llegar las hojas de mi autobiografía. Si todo ha ocurrido como creo, en el sobre debió haber dieciséis hojas de autobiografía, una Orden del Día, la número cinco, y una tarjeta con una dirección. Esas personas poseen las cuatro hojas de mi autobiografía que faltan. Las más importantes. Muchos datos que serán de tu interés están en ellas. Cuando los relicarios estén seguros de tu comportamiento, te entregarán una copia de esas cuatro hojas. Se trata de las hojas n.º 15, 17, 18 y 19.»

La firma de la nota no dejó lugar a dudas sobre quién era su autora. El nombre de Amanda Da Silva cerraba el mensaje.

Así terminaba la nota, con el nombre de Amanda. No había nada más escrito. Ni un saludo, ni un te quiero, ni te extraño, nada. ¿Debía creerles? ¿Podía no creerles?

Estaba llena de dudas, de preguntas, de miedos. ¿Aquellas mujeres traían respuestas o solo eran portadoras de otras angustias que se sumarían a las que ya padecía?

—Necesito saber de qué se trata esto.

—Queremos ir a su Encuentro de Mujeres —esa no era la respuesta que esperaba Guadalupe—. Tenemos muchas compañeras que quieren ir, pero no saben cómo deben hacer. Queremos anotarnos todas.

Dolores intervino porque Guadalupe no podía comprender de qué se estaba hablando.

—¿Quieren ir al Encuentro en Trelew? ¿Por eso están acá?

Juana indicó con la cabeza que sí, que esa era la razón, pero con un dedo negó que la presencia de ambas mujeres se debiera exclusivamente al deseo de participar del Encuentro. Señaló el papel varias veces. Luego, cuando creyó que al menos Dolores comprendía sus señas, dijo sonriendo, como si hablara del clima o del paso del tiempo:

—Sí, queremos. Por eso estamos.

—Dígannos cómo podríamos ayudar.

—Tienen que venir a las tierras altas, a hablar con todas las compañeras, a explicar. Ellas quieren saber.

Dolores codeó a Guadalupe.

—¿Entendiste? —le dijo, y repitió el codazo.

Guadalupe estaba desorientada.

—Tierras altas. ¿Y dónde quedan esas tierras altas?

—No tan lejos de acá. Sesenta kilómetros, alguito más, tal vez. Cerca.

Quispe asintió con la cabeza.

—¿Por La Plata?

—Un poco más allá y más al este.

—Hacia el río.

—Un brazo de río. Pero de este lado de la orilla.

—No me ubico, pero ya encontraremos en el mapa el lugar del que nos hablan.

—Donde encontraron el hoyo de los niños muertos.

Guadalupe alzó la vista y miró primero a Mamani y luego a Quispe. Las mujeres percibieron que en aquella mirada había una chispa distinta.

Dolores preguntó si se trataba de ese lugar del que hablaban la televisión, los diarios y las radios, y sobre el que todo el mundo hacía conjeturas sin saber demasiado de qué se trataba.

—Ese, compañera —confirmó Mamani.

—Sorora, nada de señora.

La mujer no entendió la palabra que pronunciaba Dolores.

—Compañera, no señora.

—Bien, compañera. De ese lugar les estamos hablando. Tengo que decirles a las demás mujeres qué responden. ¿Vendrán?

Guadalupe señaló a Mamani. Juana la miró con gran serenidad. Luego le dijo:

—Diga.

Y esperó la pregunta.

—¿Por ustedes o por los niños están acá?

—Por todo, compañera. Todo tiene que ver con todo. Usted debería entenderme mejor que nadie. Mujeres y niños. Castigo ejemplar contra mujeres y niños. Usted debería entenderme mejor que nadie.

La mujer estaba en lo cierto. ¿Quién mejor que Guadalupe para saber lo que significaban el abuso de niños y el castigo ejemplar contra las mujeres?

—Ahora, en las tierras altas, barrio General Manuel Belgrano, se cuida a los niños y se defiende a las mujeres. Todas andamos con el verijero listo. O con machete. Acá la Quispe usa machete. Nadie se le atreve. ¿Miento, Quispe? ¿Exagero, Quispe?

—Ni miente ni exagera, comadre. El que quiere abusar de los niños o atropellar a una mujer sabe lo que le espera. Tenemos defensa. Como dijo el General, una milicia para defendernos de los de adentro y los de afuera.

—En las tierras altas —agregó Juana— no entra nadie si el cuerpo de delegados no lo autoriza. Delegados: mitad hombres, mitad mujeres. Todo igual para todos. Si quieren venir, para entrar tienen que ir con nosotras. Nosotras las llevamos y nosotras las traemos.

2

Algo le decía a Guadalupe que debía aceptar la invitación. No era fácil explicar ese sentimiento, pero era poderoso. Sonaba como el Nessun Dorma que Encarnación le cantaba cuando ella no podía dormir, aterrada por las tres babas del diablo.

—¿La conferencia de prensa cuándo es? —Dolores le preguntó a Elena.

—Todavía no tiene fecha. Sarmiza no volvió de hablar con el fiscal —respondió Elena con precisión.

—Pongamos fecha para esto y después vemos lo de la conferencia cuando venga Sarmiza.

—Sarmiza está por llegar. Quiero que la esperemos.

Guadalupe esperaba que trajera novedades de su conversación con el fiscal. Miró primero a Juana, luego a Quispe, y pronunció el nombre de Ámbar, segura de que las mujeres sabían de quién les hablaba.

—Ámbar —repitió Quispe, que hasta entonces no había hablado demasiado.

—Es su pareja. Está desaparecida —les explicó Dolores quién era Ámbar.

Quispe y Mamani volvieron a cuchichear en voz baja.

—Sí. Ámbar —repitió Quispe.

—Mucha mujer desaparecida —dijo Juana—. Muchas hijas nuestras desaparecidas. Un amigo dijo que ustedes podrían ayudarnos. Y nos dijo que había que ir al Encuentro. Todas son Ámbar, todas, se llamen como se llamen.

Guadalupe quedó en silencio. Volvió a pensar en su argumento sobre el «escarmiento ejemplar». «Todas son Ámbar». Cuando pudiera sentir a todas las Ámbar, tal vez se aclararían sus sentimientos y sus ideas. «Todas son Ámbar». Todas. ¿Esa era la cuestión? ¿Debía pensar en plural y no en singular?

—Somos todas campesinas. Mujeres de la tierra. Pero no tenemos tierras. Ahora tomamos los campos que estaban al lado de las quintas y donde no nos dejaban producir. Estamos rodeadas de matones y policías. Algunos políticos y curas están llegando. Algunos para ayudar; otros, ya se verá. El cura del parador viene todos los días. Con él tienen que hablar. Ese es buen curita. Amigo nuestro.

—¿Lo que ustedes llaman «tierras altas» está justo donde encontraron los huesitos de los niños?

—No. Donde hicieron el hallazgo son tierras bajas, donde están las quintas —explicó Juana—, de un dueño que no da la cara. Un terrateniente. Nadie sabe dónde vive. No quieren decir el nombre. Ahora no aparece y dicen que no saben quién es. Dijeron que la Justicia lo está buscando. Nosotros no creemos en la justicia. La justicia siempre es para el rico. Para el pobre, la injusticia.

Quispe tomó la posta en la explicación.

—Nuestras tierras están más arriba. Las ocupamos cuando subió el agua por el pozo de la muerte y todos los niños pudieron hablar después de tanto tiempo. Ellos están hablando; hay que saber escucharlos. Esperaron mucho, pero ahora andan libres y la gente sabe de ellos. Van a decir los nombres de todos los que les hicieron mal. Y Dios los va a castigar uno por uno.

—Ya loteamos y a cada familia le tocó su lote. Como dijo el general Belgrano. —Cuando Juana hablaba de Belgrano se le iluminaba el rostro—. De ese modo hicimos. Todos, la misma cantidad de tierra. Tantos metros de frente y tantos metros de fondo. Cada tanto, una calle para unir todo el pueblo. Al fondo, la iglesia. Cada uno va y reza lo que quiere. La primera ofrenda fue para la Virgen y para la Pachamama. Después fuimos todos debajo de la bandera y cantamos el himno.

Algunos de los nuestros fueron a la gobernación a hablar. Queremos tierra, queremos herramientas, queremos crédito. Hacernos nuestro techo, trabajar. Vamos a pelear por lo nuestro. —Quispe asintió con la cabeza.

—Tierra, techo y trabajo. De eso nos hablan.

—Usted lo dijo, compañera. Tierra, techo y trabajo. Ya marchamos en más de una ocasión por las tres T. Dios nos escucha; el presidente es sordo.

3

Sarmiza llegó y entró sin saludar. Dolores le llamó la atención y le señaló a las visitas. Sarmiza se disculpó y se presentó ante cada una.

—Buenos días. Soy la abogada de la casa. Algo bruta, perdonen.

Mamani y Quispe hablaron entre ellas en voz baja, como hacían siempre.

—Necesitamos también una abogada. Podría venir con nosotras.

—¿Adónde?

—A las tierras altas.

—¿Tierras altas? Ah… ¿Y qué problema tienen?

—Todos.

—Claro, todos. ¡Qué idiota! Entiendo.

Guadalupe le dio la nota que las mujeres le habían entregado.

—Leelo para vos.

—¿Para quién la voy a leer?

—Que no la leas en voz alta —indicó Dolores con cierto fastidio.

—Lo que usted mande, sorora.

Sarmiza la leyó con atención. Estuvo largo rato mirando el papel, leyendo una y otra vez la pequeña y trabajosa letra del mensaje.

—¿Es verdadero? —le preguntó a Guadalupe.

—Creo que sí.

—Estaría bueno saber de esto. Por ahí nos aclara algunas cosas más.

Juana Mamani habló mientras se incorporaba para marcharse.

—Vengan a las tierras altas y se sacarán las dudas. Vengan las que quieran. Tenemos micro que las lleva y las trae.

—¿Se van? —preguntó Dolores.

—No conviene entrar de noche a las tierras. Los matones pueden hacer de las suyas. Allí se entra y se sale de día. De noche estamos todos en el barrio y hacemos guardia. Por los de adentro y por los de afuera.

Quispe se acomodó el sombrerito y sonrió, haciendo brillar el oro de su diente.

—¿Tienen cómo viajar hasta sus tierras? —les preguntó Sarmiza por curiosidad.

Juana miró hacia la calle y señaló un lugar.

—Nos espera el micro con otras comadres. Aprovechamos para comprar algunas cosas que necesitábamos. Somos quince en total.

—Las hubieran hecho venir, así nos conocíamos todas —dijo Dolores.

—Son reservadas. Nos mandaron a nosotras, que somos conversadoras. Ellas prefieren el silencio.

Juana tendió su mano a Guadalupe. Ella dudó en tomarla. Luego la abrazó y la besó en cada mejilla.

—¿Quiere decir que vendrá a las tierras?

—Sí —fue todo lo que pudo responder.

—El amigo se va a poner contento.

Guadalupe repitió el saludo con Quispe.

—¿Qué día vendrían?

Dolores preguntó si era mejor un sábado.

—Cuando ustedes quieran serán bienvenidas.

—Próximo sábado. ¿Te parece, Guadalupe?

—Sí, está bien. Próximo sábado.

—¿A qué hora?

—¿Temprano?

—Temprano para nosotras es temprano.

—¿Ocho de la mañana?

—Bien. Ocho de la mañana. ¿Dónde?

—Constitución, ¿conocen?

—¿Dónde?

—San Juan y Lima, ¿conocen?

—Ocho de la mañana. San Juan y Lima. Próximo sábado.

—¿Usted, abogada, viene?

—Sí, por supuesto. Aunque a mí levantarme un sábado a las siete… no sé… No voy a mentir.

—Entonces más tarde —dijo Juana.

—¡Sarmiza! —exclamó Dolores—. Venís a dormir a casa y yo te saco de la cama.

—Bueno. Entonces voy.

Juana y Quispe se despidieron y salieron caminando rapidito. Juana se detuvo y llamó a Dolores.

—No se dé vuelta.

Dolores quedó sorprendida.

—Arriba, allá donde está ese altillo, en diagonal a este edificio.

—Sí, sé de qué me habla.

—Direccional. De ahí la escuchan y vigilan todo el tiempo. Saben todo lo que van a hacer y lo que van a decir. A usted, a la abogada, a todas. En especial a Guadalupe. Ellos quieren a Guadalupe, acabada, no muerta. Terminada.

—¿Quiénes son lo que nos están escuchando?

—No, ahora no.

—¿Cómo sabe? ¡Dígame algo!

—Nosotras no sabemos muchas cosas, pero sabemos las justas y necesarias. Hasta el sábado.

4

López Teghi recibió el informe de la visita de Juana y Quispe, pero no tenía acceso a la conversación, solo al dato de la visita.

—Coyas de mierda.

Los otros jefes repitieron:

—Coyas de mierda.

Pero fue por compromiso. Querían irse a dormir. Hacía dos días que el jefe los tenía encerrados sin dejar salir a nadie de la base.

También recibió informes sobre Iniustitiam y su reunión con Sarmiza.

—Ese hijo de puta cree que es Robin Hood.

—Robin Hood —repitieron a coro los otros.

—Las dos mujeres ya fueron suprimidas. El dúo dinámico también.

—Bien. ¿Los dos tugurios?

—Uno con todos adentro. El otro, anoche. No quedó nada que investigar.

—Excelente.

Uno de los jefes llamó su atención.

—¿No son demasiados muertos para una operación menor como esta?

—¿Operación menor? —preguntó irritado López Teghi.

—Neutralizar a esa mujer es un asunto menor. Todo este embrollo, la amante, los pedófilos, el fiscal… esto es un quilombo.

—¿Un quilombo? ¿Quiere mi cargo?

—No dije eso.

—No dijo eso. Dijo que todo esto es un quilombo, que yo dirijo para la mierda. Eso dijo.

—No lo tome así.

—¿Cómo debo tomarlo?

—Como una opinión diferente.

—¿Va a ser candidato a diputado? ¿Se volvió político?

—¿Qué tiene que ver lo que le digo con eso?

—Por ahí estamos en democracia y por ahí cualquier boludo puede decir lo que se le viene a la boca. Como es su caso.

El jefe bajó la mirada y no volvió a hablar.

—Quiero que les quede algo en claro —dijo López Teghi, que empezó a caminar de un lado al otro—. Relicarios, faraones, lesbianas, abortistas, putos, travestis, toda la mierda junta. Bolivianos de porquería que toman tierras, fiscales a los que les agarra la justiciera. Basura. Toda basura. Nosotros estamos para terminar con la basura. La que está acá y la que está viajando por el mundo. ¿Está claro?

Todos asintieron con un leve movimiento de cabeza.

—¿Qué le preocupa a usted?

—Perdón, señor. No quería molestarlo de esa forma.

—Le pregunté qué le preocupa.

—Y… demasiados muertos para resolver un asunto menor.

—Se trataba de la operación «Acíbar». Enumeró en voz alta los nombres de los muertos: Gloria, Faustino, hijo de Gloria, la proxeneta de las quintas, Enriqueta Martí, Ziploc, su socio, el viejo y Ámbar. Siete muertos. ¿Le parece mucho? Porque si le parece mucho, tengo otros objetivos para suprimir.

—Siete muertos me parecen muchos, señor, con todo respeto.

—¿Siete le parecen un número exagerado de muertos? —preguntó López Teghi, sorprendido e impaciente—. Matamos treinta mil. ¿Qué son siete al lado de treinta mil?

—¿Pero se puede establecer esa comparación? —preguntó sorprendido el jefe ante el argumento de López Teghi.

—¿Por qué no? ¿Qué lo impediría?

—Porque suena exagerada. No hay relación entre la causa, los resultados y los objetivos.

—Puede ser. Para mí, el único asunto al que se debe prestar atención es el objetivo que se buscó, no el número de muertos. El problema es el rumbo, el problema es el sentido de las muertes. No la cantidad. ¿Qué se buscó al matar a treinta mil?

—Dígamelo usted. Esa valoración nos aleja de lo que estamos discutiendo.

—No nos aleja de nada. Nos aproxima a nuestros verdaderos objetivos. Matamos treinta mil para acabar con los soviets de fábrica. ¿Sabe de qué le hablo?

—Por supuesto. ¿Ahora hay peligro de que vuelvan los soviets?

López Teghi chasqueó los dedos y pidió a su ayudante unas fotos recién llegadas a su despacho. Todas mostraban la ocupación de tierras.

—¿Y usted cómo llama a esto? ¿La kermés de los sábados?

—Pero esto es una ocupación que se puede desalojar cuando la provincia lo decida.

—Equivocado. ¡Equivocado! ¿Cuántos muertos le parecerían aceptables a usted en un desalojo? ¿Dos mil? ¿Tres mil? ¿Cuántos muertos de hambre ocupan estas tierras? ¿Alguien me lo puede decir? ¿Cuántos muertos le parecerían aceptables? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cuántos? Respóndame.

—Creo que hay que buscar una solución sin tirarle al gobierno más problemas.

—Estoy de acuerdo. Pero para eso hay que hacer sacrificios. El gobierno aparece como el gran componedor, el gran justiciero. Castiga a los pederastas, aunque los proteja; a los proxenetas, aunque los prefiera; a los matones, aunque los recluta. Establece el orden de acuerdo con las leyes, aunque las viola, y se deglute el movimiento y lo destruye. Se llama metabolizar al oponente, descomponerlo como hacen las enzimas durante la digestión.

—¿Lo de El Morro es parte de esa metabolización?

—¿El Morro? ¿Pregunta usted? ¿Qué quiere que haga? Lo salvé una vez, dos no puedo. El paisano, el proxeneta, lo mandó en cana con lujo de detalles, pero el tipo no se privó de una sola. Provocó al viajero, y el viajero es muy, pero muy vengativo. Y se vengó, como era de esperar. Mató a la mujer y se burló de jueces y fiscales. Se dedicó a las nenas. Es demasiado para un solo tipo. Magia no hago, por ahora.

—Morro aparte, caso especial, recuerden: la línea de trabajo la estableció Consiglieri. Métanselo en la cabeza. Se llama «polarización y retroalimentación». Esa es la clave de la victoria. Polarización y retroalimentación. Concede para aislar al verdadero enemigo. Ahora, para hacerla simple y corta, ¿cuál cree usted que es el verdadero peligro de todo esto?

—El desorden social.

—No. Siempre va a haber cierto desorden social. Más si estamos, y estaremos, en una larga crisis económica o en una crisis económica crónica. El peligro son los comunistas. —López Teghi señaló a todos los presentes—. Repitan conmigo: ¡comunistas! ¡Repitan!

Todos a coro gritaron:

—¡Comunistas!

—¿O ya se olvidaron de quién empezó el quilombo del campo?

El disidente iba a hacer una acotación, pero guardó silencio.

—Diga, diga. Lo que tenga que decir, dígalo aquí.

—Pero ese quilombo vino porque la resolución que provocó la protesta la hizo un tipo que en su vida había visto cagar una vaca. Un tipo que no entendía nada del campo.

—Pero ¿quién empezó el quilombo y aprovechó los errores de ese ignorante que, como usted dice, ni siquiera había visto cagar una vaca en toda su vida? ¿Se lo tengo que decir yo?

—No. Claro que no.

—Bien. ¿Entonces? ¿Se entendió? ¿Precisan más explicaciones? —Se encogió de hombros—. Siete muertos no son nada, señor. Una migaja en un banquete. Matamos treinta mil y no me van a venir a chillar por siete. Setenta veces siete, dice la Biblia. Seamos más religiosos. Setenta veces siete. Nada mal para empezar.

Luego de acomodar unos informes, miró a su silencioso auditorio.

—¿Ninguno de ustedes ve esa bandera en medio de la ocupación de tierras? ¿Ninguno de ustedes comprende lo que significa esa bandera, esos movimientos sociales, esas mujeres que se hacen las delegadas y van a reuniones en la gobernación como si fueran diputadas, o las del pañuelito verde que joden día por medio, los que se la pasan repitiendo tierra, techo y trabajo, las minas que van a ir a Trelew, los veteranos de Malvinas que marchan por toda la ciudad? ¿Qué carajo miran ustedes? ¿Para qué están acá?

Con un gesto, le ordenó a su secretario que repartiera dos nuevas fotos.

—A firmar el acta. Hay que terminar el trabajo. Relicarios, comunistas, indios rebeldes, curas de pobres, lesbianas de mierda, putos, disidentes, faraones. Hay que limpiar todo. ¡Limpiar! ¡Escoba nueva barre bien! ¿Está claro?

López Teghi señaló al jefe en disidencia. Le dijo, amenazante:

—Si usted no está de acuerdo, puede presentar la renuncia. Se la voy a aceptar con todo gusto. Luego se puede anotar como candidato por la oposición. Apúrese, que se vienen las PASO. Está variadita la oposición populista y necesitan gente como usted. Después vaya a llorar a la iglesia o pida que el papa le mande un rosario.

5

Sarmiza informó todo lo que el fiscal le había confiado durante la reunión. No era que no se hubiera preguntado si el hombre estaba seguro de lo que hacía, por lo menos en cuanto a hablar en su despacho sobre todos esos asuntos, confiándoselos a una abogada que solía ser más amarguras que alegrías para el sistema judicial. Pero el fiscal parecía seguro de lo que estaba haciendo. ¿Quién era ella para advertirlo? Tampoco sabía a qué estaba jugando Iniustitiam al convocarla y hacerle todas esas confidencias sobre el caso. Las maniobras habituales entre esos canallas no eran tan fáciles de comprender para alguien que estaba al margen de ellas y desconocía muchos detalles de la vida real del sistema estatal. El aparato del Estado, como la luna, tiene un lado oscuro, invisible, que suele ser el factor determinante en muchas decisiones que el común de la gente no puede explicarse. Acuerdos espurios, mentiras institucionales, componendas dinerarias (el dinero siempre estaba presente en toda transacción política), miserias y espantos de la clase gobernante.

Pero Guadalupe no prestaba atención a sus palabras ni a sus preocupaciones. Estaba como ausente. Dolores le hizo un gesto para indicarle que la dejara así, en aquel estado espiritual. Las dimensiones del dolor no siempre son iguales y tampoco son fáciles de comprender para quien no conoce la extensión del sufrimiento del otro.

Era probable que Guadalupe, llevada por lo que estaba atravesando, necesitara repasar los recuerdos de su infancia, en un exorcismo purificador. Mucha sustancia de sus sufrimientos y amores estaba allí, en esos años y esos encierros. Volver a ingresar en esa casona era, sin dudas, un enorme esfuerzo del espíritu. Repasar sus días en la prisión, hasta llegar a las palabras como filos, esas que le dieron el aire suficiente para no asfixiarse bajo las babas de diablo que amenazaron estrangularla definitivamente.

Guadalupe parecía salir de su propio cuerpo, proyectarse al pasado, desintegrarse en el recuerdo y retomar su aspecto amoroso, esa singular forma femenina que mezclaba en una alquimia fabulosa la gracia de la infancia y la delicia de la pubertad. ¡Era tan bella! ¡Lo seguía siendo de un modo inexplicable! Como pensaba Amanda, era un ser al que el paso del tiempo le resultaba indiferente. Siempre con ese aire joven y ese ademán maduro.

Desde esos recuerdos, Guadalupe volvía a hurgar en los espacios de la casona donde alguien decidió el futuro.

Recordaba que el desquicio aquel estaba organizado en sucesivas oscuridades. Eran oscuros círculos concéntricos. En ellos se apreciaban las huellas anteriores que giraban incansables, sin principio ni final posible.

Desde que las descubrió se propuso vencerlas. Era obstinada. Alguna vez pensó que esa obstinación era producto de su estado musical, el que Encarnación le inculcó con la Campanella y muchas otras músicas. Pero a la Campanella siempre retornaba en los momentos de angustia. La obsesión por la musicalidad muchas veces fue su salvoconducto, la expiación de los espejos donde podía mirarse sin las babas de diablo rodeándola, aprisionándola hasta la desesperación.

Esa obstinación estaba concentrada como una esencia vital en sus palabras como filos, grabada en los pequeños cartoncitos que refugiaron entre sus fibras las letras cuneiformes de esas confesiones, el gesto autobiográfico que Guadalupe ejerció como una señal de quién era y de cómo arribaría a su futuro, alterado para siempre por la llegada de Ámbar, el amor, su verdadero amor, a la orilla del río, su primer protagonista cuando llegó del pueblo.

Guadalupe recordaba que, si se lograba vencer una de las oscuridades, de inmediato llegaban nuevas penumbras que estiraban sombríos sus apéndices brumosos, cerrando el paso, vigilantes y al acecho. Las oscuras pisadas desde su pasado la atropellaban. Pero ninguna oscuridad era como el acertijo de aquella puerta azul cuya lobreguez viboreaba por los devaneos que un ebanista mortificado diseñó para aquella entrada prohibida.

Muchas noches soñó que podía descubrir qué se escondía tras ella, cuando su guardián estaba ausente, tal vez cansado de permanecer por siempre de pie, mirando tan solo una mancha maciza en la pared que, a su frente, flanqueaba un pasillo mugroso e impregnado de un perfume de mohos recalcitrantes.

La imagen se presentaba ante sus ojos, recuperada en un fotograma mágico, hasta en el menor detalle de aquel misterio.

Volvía al espacio prohibido desde su pequeñez de niña y, desde ella, la puerta parecía también pequeña, diminuta, y el bronce repujado de su picaporte le decía que podría caber cómodo en su puño de niña y que podría asirlo sin dificultad. A medida que volvía a avanzar hacia la puerta, su azul se tornaba más umbrío, nocturno, agobiador; un azul de muerte que se estiraba enorme hacia un techo indefinido, abrumado por el peso infranqueable de las vigorosas maderas que componían su carpintería.

De pie frente a ella, como en aquella infancia, repetía su descubrimiento: el único modo de penetrar en sus misterios era escalar su inmensidad, como quien escala los muros inexpugnables de una fortaleza misteriosa. Los elaborados tallados la invitaban nuevamente a trepar, tomándose de sus bordes grasientos, que ponían pringosos sus dedos pequeños y se tornaban cada vez más resbaladizos. Se tomaba de los repujados y subía temerosa, como entonces, al tiempo que escuchaba unos golpecitos apagados, un leve tamborileo que hacía un contrapunto perfecto al interminable ¡cloc! ¡cloc! del taco del zapato de Encarnación, abriendo un agujero en la penumbra para huir para siempre hacia un lugar desconocido.

Mientras ascendía, alzaba la vista buscando el fin de la puerta agigantada, pero ella crecía con su mirada; el azul se tornaba negro y adquiría un aspecto de noche vertical, despeñada, que se precipitaba de arriba abajo, abrumada por una oscuridad que estrangulaba los temerosos pabilos que, sofocados, apagaban sus pálidas llamitas una tras otra. El ascenso multiplicaba los dominios de la oscuridad que, organizada por una magia prodigiosa, tornaba la madera en piedra y la lisura en brutas rugosidades alargadas en púas filosas que, con cada nuevo esfuerzo, se clavaban en sus pequeñas manos. La sangre, la carne, la piedra, mezcladas en amarga alquimia, hacían una masa viscosa y resbaladiza. Insegura de su equilibrio, caía, volvía a caer sin amparo, como entonces, y moría. La fortaleza era inexpugnable, la puerta azul, infranqueable. Los dioses familiares se desternillaban de risa, viendo el pequeño cadáver rendido ante los secretos por ellos resguardados. Del otro lado de la puerta azul se oía un triste lamento, una congoja que hacía vacilar hasta a la propia muerte de tanto dolor.

El guardián volvía sobre sus pasos y la miraba absorto con los ojos vaciados de emociones. La señalaba con su enorme dedo índice haciendo un ridículo reproche. Amanda llegaba y la miraba allí, caída, vencida a sus pies, muda. «Era una orden», repetía mecánicamente, «era una orden». Por única vez, parecía que su piel se había humedecido y adquirido cierta tersura, y aunque no lucía rozagante, dejaba de lado ese tono mortecino de huesos amarilleados por el paso inapelable de la muerte.

El guardián la tomaba de las piernas, Amanda de los brazos; una oscura mancha con la diminuta silueta de su cuerpo quedaba estampada en la baldosa coloreada del pasillo vedado. Subían por las escaleras hacia el primer piso, bamboleando su insignificante cadáver de niña de un lado al otro, al tiempo que cruzaban lascivas miradas en un juego funesto, y la llevaban hasta la habitación donde la madre continuaba inapelable con el ¡cloc! ¡cloc! del taco de su zapato contra la robusta pared de grueso revoque.

La depositaban en su cama y se iban sin dejar de mirarse, absortos, uno al otro, descaradamente.

La madre, amorosa, le echaba su cálido aliento en la boca y, gentil, la devolvía a la vida. Ella se acurrucaba a su lado mientras Encarnación susurraba «Nessun dorma», pero ella, de todos modos, se dormía asomada al perfume de su piel rosada.

6

«Pérez y Pérez» preparaba su partida hacia otra capital del mundo. Destino: Rusia. Ciudad: Moscú.

Se prometió visitar la tumba de Lenin. La Plaza Roja. Ir al teatro. Escuchar a Chaikovski. Ver el Bolshói. El último informe que le hicieron llegar sus adláteres fue muy alentador. La guerra intestina era su juego preferido. Tenía tiempo de jugarla a la distancia. Su viaje duraría, por lo menos, hasta agosto del año siguiente. La política marcaría su retorno o su retiro definitivo.

No tenía cómo advertirle al fiscal sobre el porvenir. Ningún mecanismo era seguro. Si lo ponía al tanto de su asesinato, debía revelar la fuente. Y las fuentes nunca se descubren. Esa sí que era una ley no escrita.

El futuro podía leerse en el vuelo de las aves, el humo de las fogatas, las burbujas de la champaña o en la borra del café. Sus artes como adivinador se basaban más en la buena información que en cualquier práctica esotérica. ¿Tendría Iniustitiam buenos informantes que lo advirtieran de la maniobra en su contra? Lo dudaba. Como una araña, la red que había que tejer para eso era muy fina y llevaba demasiado tiempo. El hombre, de eso estaba seguro, no tenía ni la experiencia ni el tiempo suficientes.

La última reunión con esa abogada feminista terminó de volcar la balanza en su contra. López Teghi estaba dispuesto a limpiar todo lo que pudiera. Lo dijo a viva voz: basta de faraones. ¡Muerte a la corte del faraón!

A él, faraón burlado y exiliado, no se lo podía eliminar porque los acuerdos con otros sistemas de inteligencia para un asesinato sin consecuencias eran muy complejos. Casi imposibles. En ningún país les gusta comprarse un crimen por asuntos extraterritoriales.

Pensó en Bibi, la anterior recepcionista que era de su completa confianza, para hacerle llegar alguna señal al fiscal. Pero comunicarse con ella también era un problema. Los sabuesos del hombre del martillo estaban detrás de todos sus pedos. Olían, olían, olían. Husmeaban buscando evidencias para liquidarlo. Esa jauría no era lo que le preocupaba. No tenían dentadura suficiente para morderlo como a una presa fácil. Los eliminaría antes de que osaran ladrar en su presencia. Pero, en la lejana Buenos Aires, la venganza era fácil y la muerte ligera. Bibi merecía algo mejor que morir a manos de un idiota como López Teghi y su cohorte de planilleros excelianos. Los detestaba sinceramente. Mecanicistas, carentes de ingenio, subsidiarios de un extranjero que vivía un poco en Nueva York y otro en Buenos Aires. ¡Y ese alcahuete con su hiénida risita insoportable!

Lamentaba el futuro del fiscal. No lo deseaba, pero no podía impedirlo.

Pondría en su honor una flor sobre alguna tumba desconocida. O tal vez sobre la del Soldado Desconocido, en Moscú. Era magnífica la vista en el Jardín Alexander, frente al muro del Kremlin. En el centro del monumento, la lápida memorial de granito con una estrella de bronce de cinco puntas, en la cual ardía la llama eterna. En la lápida estaba escrito: «Tu nombre es desconocido, tu hazaña es inmortal». Luego bebería el mejor vodka en honor del doctor Carlos Iniustitiam. Si volvía a su antigua posición, lo designaría héroe y le daría un lugar merecido en la historia de la Agencia.

La situación de Guadalupe, la hija de su antiguo camarada al que, sin embargo, nunca había tratado, le resultaba indiferente. Como la de su pareja. «Pérez y Pérez» sabía trazar con decisión la línea que separa a amigos de enemigos. Ellas eran enemigas; su suerte, después de todo, era la que podría caberle a cualquier enemigo.

Su insistencia en revelar la desagradable historia del coronel desquiciado, con sus marcas siniestras a cada lado de su pistola, era la única y verdadera razón de su castigo. Matarían a su amante. ¿Era esa una novedad para alguien? Esa mujer estaba condenada desde el día en que se abrazó a aquella muchacha a la vera del río.

El espíritu shakesperiano lo tenía aferrado desde que llegó a Londres. Morir es dormir… y tal vez soñar. ¿No más?

Y, como el dubitativo Hamlet, repetía para sí: ser o no ser, esa era la cuestión.

Pidió un taxi en conserjería. Bajó hasta el vestíbulo a esperar el automóvil y se despidió, como un verdadero caballero, de cada uno de los que lo habían atendido durante su estadía londinense. Celebró el humor inglés y luego se marchó al aeropuerto.

Morir es dormir… y tal vez soñar. En ese sueño todos nos reuniremos finalmente.

7

Las malas noticias nunca vienen solas. Es costumbre de la desgracia llegar cargada de inconvenientes con los que amargar la vida de las pobres personas. Iniustitiam no era la excepción.

Sus testigos de identidad reservada se habían retractado de su primera declaración, cuando juraron que una mujer joven y bonita, como Ámbar, había sido atendida de urgencia por dos heridas de bala. Dos disparos: uno que le perforó el pulmón y otro que, milagrosamente, rebotó en el hueso del omóplato y se desvió sin afectar ningún órgano. Informaron que la mujercita salió de dos paros cardíacos y atribuyeron a su juventud, y por qué no a un milagro, el hecho de que hubiera sobrevivido.

También dijeron que una patota, mano de obra desocupada según ellos, tipos de aspecto temible, la había secuestrado del hospital donde la jefa de Admisiones la negó en complicidad con esos mafiosos. Eso ocurrió después de que un atrevido le dijera, de forma amenazante, a una enfermera que no había podido reponerse del shock:

—La verraquita está muerta.

Arrepentidos de su primera declaración, le dijeron al juez, el mismo juez ante el que juraron la primera vez que habían hablado llevados por su remordimiento, que el fiscal, maldito fiscal, desgraciado fiscal, los había presionado para que declarasen de ese modo.

El juez se tomó todo con calma: las palabras de los arrepentidos y la furia del fiscal por la retractación y la acusación. Se tomó una licencia porque su señora insistió en aprovechar una ganga para viajar al Caribe y conocer Cuba, la bella Cuba, pagadera en veinticuatro cuotas, y era un verdadero crimen, ese sí que era un verdadero crimen, desaprovechar la oportunidad. Le dijo al fiscal que no se tomara todo tan a la tremenda y partió hacia las cálidas aguas caribeñas.

A la retractación de esos dos testigos debía sumarle dos incendios que destruyeron pruebas muy valiosas. ¿Casualidad pirotécnica? El fiscal sabía que las casualidades, en criminología o criminalística, no existen. Tampoco en la ciencia penal.

El primero ocurrió en un tugurio de mala muerte, refugio de drogones y delincuentes, en el que murieron cinco personas. Todos afirmaron a viva voz que debían de haber sido cinco pelagatos, cinco rufianes, cinco drogadictos o maleantes. Gente perdida de la mano de Dios desde hacía años y que usaba ese tugurio como aguantadero. Las viejas vecinas aseguraban que, seguramente, alguno de ellos, drogado o alcoholizado más allá de todo límite, o ambas cosas a la vez, debía de haber encendido imprudentemente un fuego que se expandió por toda la casa, con sus pisos de pinotea resecos, sus empapelados crujientes y sus cielorrasos desnudos de maderitas podridas.

Cinco manchas de cenizas aceitosas fue todo lo que quedó de aquellas cinco personas, según los bomberos, que las recogieron con cucharas. Cinco bolsitas insignificantes para enviar al laboratorio. De esas escorias nada podría saberse, salvo que eran el polvo culminante de quienes alguna vez fueron personas.

La tercera mala noticia era que el cadáver de la mujer que formaba parte de una red de pedófilos había desaparecido. Iniustitiam preguntó cómo era posible que el cadáver desapareciera durante el viaje entre la casa donde había sido encontrado y la morgue provincial. Misterios de los muertos, dijeron los más graciosos. Los muertos cada día mandan más y hacen lo que se les viene en gana.

Quedaba aún todo el asunto del osario. Pero, si no hubiera tenido el impulso de encender el televisor aquella noche en que realmente estaba cansado, no se habría enterado de que empezaba a circular una versión muy diferente de la suya sobre el macabro hallazgo del pozo de la muerte, donde, según el fiscal, cadáveres de niños y adultos habían sido arrojados durante un tiempo todavía impreciso.

Los locutores dijeron:

—Puras mentiras.

Las mentiras nunca son puras. Son completamente impuras. Pero insistían en que todo eso eran «puras mentiras». Luego, con parsimonia, pronunciaban su nombre, doctor Carlos Iniustitiam, y le agregaban el título de gran mentiroso. Iniustitiam pensaba que estaba el Gran Maestre de las logias masónicas, el Gran Bonete de los juegos infantiles y él, que había sido investido como el Gran Mentiroso del sistema judicial. Se dijo de él «arribista». También se dijo «inescrupuloso». Inmoral no lo recordaba. Pero seguramente alguien lo habría dicho.

Fue entonces cuando decidió llamar a Guadalupe Encarnación Coronel para que declarase. Era una jugada audaz, lo sabía, pero había aprendido en esos años que la mejor defensa es siempre un buen ataque. Golpe por golpe. Su antiguo jefe diría en latín: quid pro quo.

A la mañana siguiente llamaría a Sarmiza y le propondría la maniobra. El Ministerio Público Fiscal no iba a rendirse por las patrañas que algunos organizaban entre gallos y medianoche para encubrir la verdad descaradamente.

El cansancio fue venciéndolo. El cansancio, como las desgracias, tampoco llega solo. Vence los párpados, nubla la razón, lentifica los reflejos, amaina la adrenalina.

A la mañana siguiente llamaría a esa abogada atrevida, fumadora, seductora, que le agradaba de una manera especial, para arreglar una nueva entrevista con su testigo estrella.

Decidió recostarse y dormir al menos cuatro horas para, con la mente más despejada, preparar su contraofensiva. Su último informe a «Pérez y Pérez» había partido hacia su destino por una vía muy segura. El maldito y mediocre exceliano nunca se enteraría de que él era una de las mejores fuentes con las que el exiliado jefe podía contar para mantenerse al tanto de todo lo que ocurría en lo que alguna vez había sido su dominio.

Se acostó y se durmió profundamente. Su cerebro ni siquiera tuvo tiempo de soñar; se rindió incondicionalmente al descanso.

Si se hubiera despertado en algún momento de la madrugada, podría haberse preguntado cómo mata el monóxido de carbono. O si tenía antídoto. O si bastaba con ventilar el ambiente o sacar la cabeza por la ventana y aspirar el aire fresco de la madrugada. Pero Iniustitiam no se despertó. Estaba demasiado cansado.

El monóxido de carbono es letal cuando se lo respira en cantidades abundantes. Los métodos de inoculación son sencillos. En un extremo, donde se genera el monóxido; en el otro, el condenado. Una cámara de gas fácil de organizar y hasta económica.

¿Responsable? Un calefón convenientemente en mal estado. Es tan fácil hacer que un calefón deje de funcionar correctamente que hasta un niño con cierta picardía podría hacerlo. En su caso no se trató de un juego de niños. Hombres avezados en el arte de matar se ocuparon de que el monóxido fuera tan abundante que el aire de la habitación donde descansaba el infortunado se volviera completamente venenoso.

Cuando Sarmiza escuchó la infausta noticia, no dudó ni un instante de que el fiscal había sido asesinado. Pero eso jamás podría demostrarlo.

Arrepentidos los arrepentidos; sin más que cenizas de cinco cadáveres; otro vagando por el Gran Buenos Aires sin dejar pistas firmes; y el fiscal «desgraciadamente, fatalmente, increíblemente, fallecido por la aspiración de monóxido de carbono producto del mal funcionamiento de su calefón», un «infortunio inesperado en la flor de la juventud», en la «mejor edad que tiene un hombre», en la «plenitud de sus facultades», salvo para sus detractores, que hubieran dicho: «¿Vieron? Dios lo castigó por arribista, mentiroso, oportunista, mendaz», etcétera, etcétera, etcétera. Sarmiza supo que la causa entraría en un tobogán por el que descendería hasta el completo olvido.

Fue el momento en que comprendió que el destino de Ámbar, si aún estaba viva, estaba decidido. «La verraca está muertita» era más que una amenaza verbal. Era un modo brutal de anunciar una sentencia.

No encontraba modo de decirle a Guadalupe que las cosas se habían puesto realmente difíciles. Aunque ella lo supo siempre, desde el principio. Guadalupe siempre lo supo. Por instinto, por amor, por lo que fuera. El dolor tiene ese especial modo de hacerse entender por quien lo padece.

Solo se trataba de esperar el momento y descubrir cómo la muerte haría saber su patético logro. Su lenguaje de sepulturas, sus racimos de adioses, su negro golpe frío en el alma, un galope brutal, una gota de sangre.

***

XXXIV

El sonido de una hoja muerta

1

Leyó la nota sin el menor sentimiento. Así son las cosas, pudo haber dicho. Pero era un hombre que no acostumbraba abrir la boca salvo para decir “buen día” o “buenas noches”. Nunca más que esas cuatro palabras y distribuidas como correspondía, dos a la mañana, dos a la noche.

Chasqueó los dedos para que el guardia llamara a la puerta de la celda. El hombre golpeó y gritó “capucha, capucha”. Esperó tal vez treinta segundos.

—¿Listo? –preguntó.

—Listo –respondió Ámbar.

El hombre revisó el arma. Una glock, nueva. Impecable. Silenciador de última generación. Detestaba el estampido del disparo. El silenciador transformaba ese alboroto en un golpe seco y apagado. Así lo prefería. Sin estridencias.

Ámbar reconoció en esas pisadas a otra persona. No eran las que había escuchado en los últimos tiempos. Y lo que más significativo para ella fue la respiración. Muy diferente. La otra era algo agitada, esta cabalmente serena. Aquella caliente, esta apenas tibia.

Su cabeza estaba cubierta por la gruesa capucha negra. No podía ver y le costaba respirar. Presintió que ese visitante se detuvo a su lado, a la derecha. El largo de un brazo de distancia. Un brazo y algo más.

Olió el aceite. Olió algo azufrado. ¿En qué podía pensar en ese momento, sino en su amor, en Guadalupe? Fue lo que hizo. Nada en especial, solo su rostro, sonriendo, sus ojos claros mirándola de frente. Era reconfortante capturar esa imagen justo en ese momento.

Afuera el hombre esperó su turno. El sonido apagado del disparo del arma salió de la habitación con la misma fuerza que una hoja muerta. Quedó allí, a poco de la entrada.

El sicario salió, sonó sus cervicales, guardó el arma. Dejó una nota impresa sobre la mesa del guardia. Palabra más, palabra menos, decía a qué hora pasaría la morguera para llevar el cadáver al crematorio. Se sacó sus guantes y se fue sin despedirse

El vigilador se sentó a la mesa, guardó la papeleta y encendió un cigarrillo.

2

Guadalupe sintió que sus piernas no la podían sostener. Una fuerza brutal, el golpe de una piedra glacial, un áspero rayo entre los ojos, las venció y la hizo postrarse conteniendo el aliento de un amor que pudo ser para siempre y duró lo que pudo.

En el mismo instante que la bala atravesó la bella cabeza de Ámbar, sintió cómo el vínculo de su amor se cortó definitivamente. Ya no quedó esperanza. Hubo un vacío atroz, hubo un silencio huraño, un “se acabó” desesperado, definitivo. Solo quedaron adioses de aire en el aire flotando como la tumba de una burbuja negra.

Un puño mortal le apretó el corazón casi hasta estallarlo. Quedó sin aire, exhausta, despojada. La muerte la saludó sin entusiasmo.

Ámbar pasó a su lado. Le tomó el rostro con las dos manos y humedeció sus labios con los de ella. Entonces despertó de la muerte. Se arrodilló como pudo, se tomó el pecho y lloró desconsoladamente.

***

XXXV

Revolución

1

Las multitudes marchan. Marchan y marchan desde el límite citadino hasta la Plaza de la Victoria, donde persisten aún unos grititos antiguos que rondan la vieja Pirámide que todo lo contempla.

Marchan y marchan en interminable fila y suenan las pisadas, suenan, raspan la ancha avenida que se dora con el sol que llega desde lo lejos del río, de sus fondos marrones, donde el aire es secreto y su sabor arrastra un amargor cautivo del barro apisonado en su rugoso cauce.

De vereda a vereda la marcha se hace tan ancha que los vecinos no pueden sino quedarse a observar boquiabiertos.

—¡Tantos! ¡Tantos!

Dice una vieja que empuja su carrito de compras con gran sacrificio; le pesa su pequeña jorobita tanto que la hace inclinarse como un pequeño árbol empujado por el viento. Cruje la osamenta y pide una caricia del calor del sol, que no se decide a calentar la mañana como la vieja espera.

Algo más lejos de donde la vieja carga su joroba y su carrito, un hombre fuma un cigarrito imposible que armó como pudo con sus artríticos dedos.

Unos niños se disputan unos cartones. Cuando escuchan los sonidos del gentío vuelven para mirarlos sorprendidos. Su vista no alcanza a encontrar el final de la larga marcha de los desocupados y, mientras ríen, se dan golpes unos a otros, pero en señal de alegría, no de riña. Luego gritan, saltan y escapan con la carga donde un hombre los espera con un carro que tira él mismo y en el que lleva unos enormes bolsones de tela plástica cargados de papeles y cartones.

El gentío avanza con paso lento. Suenan músicas y por los altoparlantes unas consignas sobre el trabajo, el techo y la tierra salen de la boca de las bocinas y adquieren una particular fisonomía, enrulándose en el aire como virutas.

Al frente de la marcha van las banderas. Las tres T están magníficas. Altas y anchas fundan todas las esperanzas, bendicen, alientan desde sus trazos abiertos, dan su abrazo continente y la gente se agrupa bajo sus sinaíticas formas, donde encuentra cobijo y respira serena mientras camina y camina rumbo al reclamo.

Llevan a sus niños a cuestas o en pequeños y destartalados carritos que empujan con entusiasmo.

Entonces aparecen los vendedores que salen de lugares imposibles, escondrijos que solo ellos conocen, y portan sus chucherías, sus bebidas, sus porciones de hambre en unas pesadas cajas que cargan como si fueran gráciles asuntos de entrecasa.

Gritan y gritan sus bagatelas.

—¡Ofertas! ¡Ofertas!

Repiten con voces rudas.

—¡Ofertas! ¡Dos por tres y tres por cuatro!

Ofrecen bebidas frescas, gritan panes calientes, gritan chipá y gritan banderines y banderas de la patria que revolotean a su alrededor como aves blancas y como aves celestes.

Grita uno más fuerte que el otro, se apabullan entre ellos y los caminantes los observan con dulzura mientras beben sus propios tererés y mastican sus propios panes cocidos a la brasa justo antes de empezar la marcha.

Los espías deambulan de aquí para allá disfrazados de caminantes. Sus sombras se arrastran de un modo diferente, se adhieren al asfalto y adquieren una densidad patética.

Las sombras de los espías están vacías, son sarcásticas, no tienen patria, son siempre peregrinas y van tras las treinta moneditas de Judas.

Las sombras de los caminantes son bien distintas. Livianas, tienen algo de miga de pan y levadura; huelen a fuego casero, a brasita de carbón de madera blanda; flotan, no se arrastran, flamean como banderolas que salen de todos los cuerpos dibujando interminables firuletes y los niños juegan con ellas y modelan sus formas.

Los espías hablan por sus celulares a lugares extraños que nadie, salvo los jefes, sabe dónde quedan. Son cuevas, tugurios fortificados, íngrimos agujeros donde el Estado acumula traiciones.

Informan, circunspectos, que una madraza lleva cinco niños colgados de las caderas.

—¡Cinco niños!

Gritan y muestran los cinco dedazos de una mano para hacer más evidente su hallazgo. De uno de ellos sospechan, el más pequeño, al que consideran el más peligroso, que chupa con entusiasmo un pezón.

Dicen de una abuela que porta una rama como bastón y de un abuelo que luce una gorra blanca para cubrirse del sol.

Algunos espías son vendedores que ofrecen naderías, se meten entre el gentío que los corre sin ser brutal. Quieren saber qué puede haber entre las hojitas de la yerba con yuyos, los dulces terrones de azúcar, los mendrugos de pan que los niños muerden con entusiasmo, qué pueden esconder entre las ropas raídas de los caminantes.

Ofrecen sus telas de cebollas, sus cáscaras de naranjas y racimos de nadas que la gente rechaza con cuidada educación.

Entre los marchantes van los ocupantes de las tierras altas. Llevan sus casacas blancas con inscripciones en celeste y Rudecindo va entre ellos, la gorra baja y las manos en los bolsillos.

A su lado flamea una bandera.

Está tejida en el telar de la patria. Amontona el clamor de las multitudes y el ritual del sol en su centro ilumina los innumerables puños congregados bajo su manto.

Se la ve desde muy lejos, como ocurre siempre con ella.

Fue la que guio a los hombres en las victorias.

La que reunió a los dispersos en Vilcapugio durante la derrota.

La que el General atesoró en Tirirí.

Siempre retorna de todos los derrumbes y hace frente a todas las agresiones.

Es, como siempre, camino.

Flecha, dominio, lanza, piedra, fuego, águila.

Es todo.

Y allí está junto a su pueblo.

A la altura de Plaza Flores se hace un alto. La basílica a la derecha, la plaza a la izquierda, el sol de frente. Unos policías ladinos se agrupan en la esquina de San José, en diagonal a la plaza, y permanecen quietos como estatuas de cera, atentos al descanso del gentío.

El alcahuete presidencial observa a la multitud que descansa en la explanada de la basílica y entre los arbustos de la Plaza Pueyrredón. En un despacho cercano al suyo, decenas de televisores le permiten ver en high quality la multitud desde distintos ángulos. Observa circunspecto los rostros curtidos de los caminantes que esperan la orden para retomar la marcha. Son rostros obreros, son rostros campesinos. Pueblo, pura matria, pura patria, raíces centenarias, montañas, enredaderas, cántaros y arcillas, clamor de las antiguas familias desterradas.

El presidente está en la quinta disfrutando de una mañana tranquila. Trata de superar su estrés dominguero, que lo indispone para cualquier acción de gobierno. Lo ha repetido tantas veces. La mañana no fue creada para los reclamos. Y esa debe ser la enésima mañana en que esa población suburbana llega desde los límites de la ciudad capital hacia la Plaza Mayor. ¡Qué se puede hacer para terminar con aquellas caminatas interminables! Horas. Horas. Horas caminando por la gran avenida que lleva el nombre del gran rufián hijo de la Baring Brothers hacia la casa de gobierno, haciendo un alto por aquí, otro por allá y otro más cerca del destino final.

Un mastodóntico escenario, de espaldas a la casa de gobierno y de frente al histórico Cabildo, ya está montado para el acto final, donde una decena de oradores dirá, uno tras otro, todos los reclamos de los demandantes.

Cuando arriban a destino, la patria adquiere su verdadero rostro. La voz del pueblo se oye en todas direcciones. Pero el señor presidente no quiere escucharla, no le interesa. Medita su próximo arrebato, cómodo en la poltrona de un amplio salón de su residencia de primer mandatario. Murmura palabras que nadie escuchará jamás y refunfuña en voz más alta sobre su destino. La multitud grasienta, la multitud del hambre, la que viste harapos, la que hurga la tierra con las manos, la que horada la piedra, la que escribe con tiza, lo indispone.

Pronto viajará a las capitales donde se organiza la usura.

—Allí se respira otro aire.

Se lo dice a sí mismo y se entrega a un breve sueño que lo pone a salvo de toda esa muchedumbre que reclama a viva voz sus derechos.

2

Matria, que no estás en el bronce.

Retumban en la Plaza de La Recova sonidos de río. Caracolas secretas de colores de tierra traen un viento, la mano en el pecho, cargado de aguas, humos, barros y perfumes antiguos, girando y girando un vals ejecutado por unas cuantas guitarras castellanas que a la noche se embriagarán en los mesones.

Los hombres agitan sus esperanzas y las mujeres sus martirios. Cada uno sigue su huella y una anciana limosnea fajada en traje militar, como si estuviera lista para una nueva batalla o un desfile de triunfos. Pero está harapienta, falda rota, ¡tantos remiendos!, falda rota arrastrando un jirón por la greda como si fuera un perro de tela que sigue a su ama adonde vaya.

Está descalza. Los pies dejan una huella pequeña porque es liviana como el aire; delgada, huesuda, su delgadez la dobla hacia adelante y le dibuja una corta jorobita que un manto de bayetón encubre sin demasiado éxito. Cruzan su rostro cicatrices que dibujan en la piel estampas de la guerra de la Independencia, por donde pasó la espada enemiga para dejar su tajo.

—¡Una limosna! ¡Una limosna!

La miran como salida de una historia olvidada. Nadie sabe su nombre, nadie se lo pregunta. Es que Buenos Aires se olvida con facilidad de sus soldados. Buenos Aires tiene poca memoria para quienes combatieron.

Sus hacendados aman sus cueros y sueñan con saladeros del tamaño de un reino. El latifundio domina la extensión de la pampa y los terratenientes exigen el respeto de todas las mercedes reales y claman la restauración del orden frente al desquicio de ilusos revolucionarios. Aman al nuevo rey: el latifundio, la inmensa hacienda, y alguna vez irán por esos indios que se atreven a defender su patria más allá del Salado.

Los contrabandistas aman sus contrabandos y reniegan en voz baja de las victorias de la Reconquista y la Defensa.

¡Cuánto libre comercio se perdió en el combate entre cuchillos indomables y aguas hirvientes que escaldaron rubios ingleses traídos de las matanzas de la India! ¡Cuánta ganancia se perdió en agosto de aquel año y luego en julio del que le siguió!

Los comerciantes quieren vender chucherías al precio de joyas llegadas de Inglaterra, la amada Inglaterra, la del libre comercio, la que abre inquietante su boca para luego devorarse a los cipayos como a un bocado agradable macerado en las exóticas tierras de los confines del mundo.

Pero ninguno de ellos quiere que lo molesten con las memorias de la guerra. La guerra es el pasado de los insurrectos, de los que anduvieron recorriendo la geografía clamando una nación sin amos.

Mejor olvidar aquello de «¡Ni amo nuevo ni amo viejo!», porque eso es una anomalía de la historia cercana.

Aquel, blanco e hidrópico, dicen, fue sepultado en un sepulcro «al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de la iglesia»[1] y allí quedó olvidado, abandonado como esa vieja que vaga limosneando y comiendo un mendrugo por la gracia de Dios, cuando Dios quiere.

Es María Remedios del Valle. La Niña de Ayohuma. La Capitana del Ejército del Norte. La Madre de la Patria.

¡Ay, Madre de la Patria! En la ciudad que la vio nacer, Buenos Aires, nadie la reconoce.

—¡Parda! —dijo el cura.

Y en los registros parroquiales así quedó inscripta.

—¡Parda! ¡Negra! Sangre africana por las venas. ¡Parda! De las que humillaron al inglés durante la Defensa. ¡Parda! ¡Negra! ¡Parda!

La revolucionaria de Mayo, la que esperaba la señal propicia para acabar de una vez y para siempre con los amos de la vida y de la muerte, los esclavizadores que consumían la virginidad de las niñas esclavas junto a un vino de España que los embriagaba con sus monárquicos dulzores.

Arrea al esposo, reúne a los hijos y parte al norte, donde la guerra aguarda, cordillerana, espesa, roja, altoperuana, hasta Tumusla.

Una avalancha de muerte la sorprende en Huaqui. Rueda la sangre y ruedan las lágrimas. Un garfio salpica esa sangre americana, juguito ritual de la arteria primordial desde que Pizarro enarboló la muerte hasta los tuétanos.

Rueda el escalofrío de un cuchillo, el mismo que decapitó a Micaela, venganza de los conquistadores contra los rebeldes de Túpac Amaru.

María Remedios marcha al éxodo como todos los suyos.

Él, el hombre que trae la bandera en sus manos, llega y recoge los despojos de un ejército vencido.

—¡Parda! ¡Negra! ¡Parda!

Desde la retaguardia llega con la ira de la lanza y el ronco pabellón de su mosquete. Mata. Hiere. Persigue.

La tropa la bautiza «Madre de la Patria». Él, el eterno ilustre, la bandera perpetua, la nombra «Capitana del Ejército».

Bebe el elixir de la muerte varias veces, y el más terrible cuando caen sus hijos en el campo de batalla.

Llora a los hijos. Llora al esposo.

Va a la guerra incendiaria. Va a la guerra furiosa.

Ella misma es la dinastía de toda la batalla.

La derrota llega con todas sus gangrenas. Derrota en Vilcapugio y más tarde en Ayohuma.

Es Niña de Ayohuma, junto a otras Niñas. Niña prisionera de los conquistadores.

Será castigada por parda, por negra, por revolucionaria.

El odio llega en la punta de un azote.

—¡Parda! ¡Negra! ¡Parda!

Es juzgada y condenada. Cruz y espada para la matanza.

El dios del rey de España, el de la Santa Alianza, apalea a los esclavos y el cura bendice la matanza.

Azotes en el cuerpo y en la cara. Nueve días seguidos la azotan por las calles y la exhiben en las plazas, trofeo de los territorios sublevados.

—¡He aquí a la negra azotada hasta la muerte!

Gritan.

—¡Llevará para siempre estas heridas!

Son preseas maravillosas. Las exhibe orgullosa, con el orgullo de los abanderados.

Quieren que se rinda, pero ella no sabe de rendirse. Escapa. Vuelve a las armas, su verdadera patria.

La guerra liberadora es su estrategia.

Martín Miguel de Güemes, el Libertador, la admira como a pocas. Es la guerrera de la Patria.

—¡Parda! ¡Negra! ¡Parda! ¡Y con orgullo!

No sabe de rendirse. No lo sabrá nunca, ni cuando pide limosna a la salida del atrio de la iglesia.

La verdadera Matria.

Indomable.

3

El señor presidente busca un estercolero donde reptar a gusto. Invertebra hasta su sombra, que repta como una anguila enferma.

Pregunta a su alcahuete qué es esa bandera que aún flamea. Está a su vista, justo a su frente, donde se impone la vieja Plaza de la Victoria, cuando estaba el Fuerte a su frente y más allá el río, y atrás era el Cabildo donde la historia cambiaría para siempre.

Lo tranquilizan los asesores para que no altere su sueño con aquellos acertijos de la revolución temprana.

Los chisperos se reúnen alrededor de un pañuelo blanco y esperan la orden de su jefe.

Pero el señor presidente no puede verlos porque está atento al reparto de desgracias y debe rendir culto a sus amigos extranjeros.

A los hambrientos les ofrece pan duro; a los poderosos, oro.

A los enfermos, vestidos miserables; a los poderosos, oro.

A los necesitados de justicia, un hoyo negro. A los poderosos, oro.

A los que piden un árbol les otorga un muro. A los poderosos, oro.

En la mesa de dinero de los especuladores invierte los territorios de la patria y apuesta la plusvalía de cien años.

A un usurero le da una pampa; a otro, una montaña de oro; a quien rebuzna, el mar azul; y al que se desgañita, una selva.

A una vieja dama la reverencia mientras ella se lleva hasta el último centavo.

Así, el señor presidente seca los ríos, derrite los hielos, diseca las raíces y aplasta todas las semillas.

Todo lo interpreta desde su bolsita de dinero usurario.

De plusvalía y sangre se nutre su fortuna.

Y dice que esto recién es el comienzo.

4

Tú no puedes volver atrás

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable.[1]

Guadalupe sospecha de la historia. Desde el hoyo en que está sumergida no puede comprenderla. La Matria pasa y la llama en voz baja. Pero ella no la oye; sigue atenta al hoyo en el que está sumergida.

No hay ni esa carpa azul con que los prisioneros deleitaban sus ojos mirando al cielo, mientras esperaban la muerte en la cárcel donde el poeta pagó por sus amores.

La soga pende de la rama de un árbol y su ruido recuerda cuál es su cometido. Por encima de la cúspide del árbol, el sonido hosco de una bala cae desde esa altura y toca una cabeza humana. Los ojos dejan de ver en ese instante, como cesa el sonido en los oídos, el perfume en la nariz, la voz en la garganta, la caricia en los dedos.

Todo cesa y Guadalupe siente rodar la vida hacia una rejilla pequeña, insignificante, que adquiere el color de las cosas muertas.

Cae de rodillas y llora.

Todo es dolor.

La boca muerta.

La mano muerta.

Solo silencio para poder llorar las horas, los días, las semanas.

Allí acabó todo, se dijo.

Se acabó.

«No puedo más».”[2]

Uno va arrastrándose entre espinas. Esa música y esa letra suenan con voluntad propia. El tango tiene ese dominio del dolor, tan exclusivo.

¿Allí acabó todo?

Ella está viva, sin embargo.

La revolución pasa a su lado desafiando a la muerte. La revolución es esbelta, significante, cautiva como una rosa blanca; es hermosa de todas sus maneras. Le da su pañuelo blanco y espera que ella lo agite para que los chisperos puedan decidirse cuando llegue el momento.

La Legión de los Infernales aguarda emboscada en el fuego de las palabras que pronuncia la voz de la Revolución.

La Legión mira el pañuelo blanco que Guadalupe conserva en su puño y aguarda.

El verbo de la Humanidad no puede dejar de pronunciarse:

Revolución.

¿Por qué no habría de pronunciarlo ella?

Guadalupe enjuaga sus lágrimas. Seca su rostro con el pañuelo blanco y medita.

¿Cómo era aquello que Dolores repite cada vez que se presenta el fracaso?

Debería recordarlo después de tantas veces como escuchó esas palabras. Pero ahora está aturdida por la ausencia y porque todavía no descifra el significado de ese pañuelo blanco que la Revolución confió a su mano.

Cuando comprenda, su vida cambiará definitivamente.

La Matria aguarda paciente a que Guadalupe salga de su ensimismamiento y vea la vida desde la perspectiva de la revolución perpetua.

Si quieren hablar de heridas, la Matria está dispuesta a mostrar el rostro.

Sus medallas, estampadas por cada azote, sabrán hablar mejor que ella.

5

Padre nuestro que estás en el bronce.

Suena a cuchillo el trote del caballo del General y, a su paso, suena a la par el metal sordo de la herradura contra la piedra. Un hato de nubes cuida su redonda cabeza y algo de un cielo de todos los tamaños lo contempla.

Viene a ofrecer la revolución como camino.

¿Habría otro?

Ninguno.

Lleva una bandera entre las manos. Una ola de azul surge de ella y otra de blanco se despliega. Se arbola entre la tropa que mira cómo todos los miedos se marchitan.

Surgen patrias donde menos se imagina. Surgen del cielo a la tacuara, del agua al pedernal, de las hogueras al filo de la espada, del viento a los furores de la pólvora.

Proceden de los hombres más sencillos. De todas las mujeres que soportan los golpes inclementes como lo hace el yunque inconmovible. Entregan los hijos a la muerte y les hacen jurar por la victoria.

Un torrente de agua y espina anuncia el arribo de los carniceros.

El General sabe a racimo maduro y espera la hora del combate.

«Yo sé a pendón eterno, a tierra de la altura del volcán, aire de médula verde que bate su ala en el viento, una manga prodigiosa, en la pura geografía de la insurrección».

La revolución es todo.

Todo.

A ella puso su vida al servicio.

Un privilegio está a punto de sonar en la hora destructora de la guerra.

Resplandecen las patrias y la bandera temprana se alza por encima de todos los paisanos y envuelve, enamorada de guerreros, la victoria.

6

Rudecindo espera la llegada del micro que viajó a la ciudad a recoger a la legión de mujeres que llegará para explicar el asunto de Trelew. Tiene ansias de conocer en persona a Guadalupe. Él cree que debería ser la elegida para incorporarse a la legión de relicarios encargada de proteger al ilustre. Pero el suboficial «Pérez» sabe que ya se tomó una decisión sobre esa posibilidad.

—No —fue rotundo—. Ella será más útil en lo suyo.

Rudecindo hubiera insistido, pero sabía que el suboficial no se negaba por un capricho personal. Era seguro que ese asunto ya había sido debatido entre la superioridad. No era un hombre de adelantar juicios. Si los había discretos, ese suboficial lo era por demás.

Rudecindo no sabía más que lo que Juana y Quispe le dijeron de su reunión en la Asociación. Las mujeres no estaban del todo seguras de que Guadalupe fuera a ser de la partida. Pareció confundida y algo abrumada cuando leyó la nota de Amanda. Tampoco podían asegurar que hubiera creído en lo que leyó. Amanda era un fragmento de un pasado oscuro, lleno de horrores. Ellos, desaparecidos todos los que protagonizaron algo de esos sucesos, no podían saber con exactitud qué sentimientos profundos despertaba en la mujer el recuerdo de Amanda.

—De todos modos, hay que tener a mano las copias de esas cuatro hojas de la autobiografía de Amanda. ¿Dárselas a la que dirige la asociación?

—O a la abogada —sugirió Rudecindo.

—O a la abogada, cierto. Si es que viene. Hoy tienen reunión las señoras. Conviene consultar con Juana y Quispe. Puede que ellas tengan otra sugerencia.

—Ya salieron para la ciudad.

—Cuando regresen hablaremos con ellas. ¿Supo de la muerte del fiscal? —preguntó el suboficial, intrigado por las novedades que llegaban desde la ciudad.

—Sí. Escuché la noticia en la radio. ¡Qué tipos estos! ¡Cómo matan!

—Como mataron siempre. Estos no tienen nada que envidiarle a Goyeneche.

—No es que el tipo fuera una joya —dijo Rudecindo.

—Cuando pelean las comadres se saben las verdades. Además de matar al fiscal, quemaron dos tugurios de ellos.

—Vaya a saberse qué había ahí adentro —se interrogó Rudecindo.

—No es difícil imaginar.

—¿Y la que se llama Ámbar? —preguntó Rudecindo.

—Está muerta. Esa es la información que tenemos de muy buena fuente.

—Ese sí que va a ser un golpe tremendo para la muchacha.

—Lo que va a importar es si va a poder elaborar ese dolor. Si transforma su dolor en lucha, va a encontrar el camino para seguir adelante. Si no, se va a perder en las revueltas del dolor. El padecimiento no sabe de mezquindades; cuando llega, se ofrece inagotable. Cuando el dolor abruma, la desesperación gobierna.

—¿Y usted qué cree que va a ocurrir? —Rudecindo quería escuchar de la propia boca del oficial cómo imaginaba ese futuro.

—Va a salir adelante, como hizo siempre. El dolor de esa desaparición no se le va a pasar nunca. Pero luchando el dolor se lleva diferente. Después, en asuntos de amor, no opino porque no tengo experiencia.

—Esperemos que no se equivoque.

—Va a salir adelante. Yo estoy seguro de ello.

7

En San Juan y Lima se reunían las mujeres. Iban en comitiva a las tierras altas, donde se habían sucedido todos esos hallazgos que habían salido a la luz en los últimos días. Donde se habían conquistado las tierras que un terrateniente se había apropiado para su riqueza personal.

Sarmiza no digería la muerte del fiscal. No era por estima ni por afecto. Ella sabía que lo habían quitado del camino como a cualquier estorbo. Por qué el tipo se había escapado de su control, no lo sabía. No lo sabría nunca. Para llegar a ese conocimiento debía pasar por «Pérez y Pérez», y ella no tenía ni la menor idea de quién era ese rufián con aire melancólico y una vasta cultura que no escatimaba en lucir en cada oportunidad que se le presentaba.

Sarmiza le dijo a Dolores que, después de la muerte del fiscal, la causa de Guadalupe iría a vía muerta.

—La van a cajonear hasta que prescriba. Es muy fácil.

—¿Sí?

—Sí. En la pila de expedientes siempre está último. Hay alguien que se ocupa solo de eso. Cuando el expediente de Guadalupe suba, viene el tipo y lo vuelve a poner último en la pila. Un mes, dos, diez, cien, mil. Hasta que prescribe.

—Fácil —dijo Dolores por decir algo.

—Fácil —repitió Sarmiza resignada.

Dolores, que nunca confió en la Justicia, agregó que eso no era nada sorprendente. Ninguna causa donde se roza un nervio del poder real tiene destino de éxito. Eran verdaderos abortos, empresas que estaban muertas antes de adquirir vida. El sistema judicial es una gran reserva de la injusticia; el verdadero cometido de todo ese andamiaje burocrático era garantizar la sobrevida del poderoso y la sumisión del oprimido.

Para Dolores, la muerte del fiscal no tenía nada que ver con la búsqueda de Justicia como anhelo, como derecho, como triunfo. Era una muerte decidida en un recoveco oscuro del Estado, donde algún mandamás lo señaló con su dedazo por impertinente. Atrevido. Desviado. Desobediente.

¡Qué palabra tan hábilmente pronunciada! Escrita en todos los idiomas. ¡Desobediente! ¡De-so-be-dien-te! Una palabra escrita mil veces por el hombre de ojos celestes y fino bigotito nacarado bajo la nariz griega, escrita y reescrita mientras muchos otros cavaban una profunda fosa y él jugaba con su serpiente de todos los días durante un vuelo de la muerte.

La purificación se invocaba para borrar las desavenencias que podían exhibir algo de los pliegues oscuros del poder. Los conocedores del submundo del poder dirían con más franqueza sobre el fiscal:

—Se pasó de rosca.

Y el único modo de retorno que conocían los superiores era terminar la desobediencia con una acción punitiva.

Por más vuelta que se le diera al asunto siempre se volvía al reglamento. Obediencia debida, obediencia ciega. La ruptura de la obediencia era el principio del caos. Si la obediencia era reemplazada por la disidencia, sobrevendría la decadencia como destino.

La democracia era una burla que crearon los griegos para distraer a los esclavos que bebían la leche negra de la esclavitud perfecta, sodomizados, mientras sus amos elucubraban fórmulas mágicas en adorables libracos de filosofía.

La democracia era para la Agencia un subterfugio, una escapatoria de los políticos para acomodar sus privilegios a cada momento de la historia. Pero la Agencia era mucho más que un instante en el poder: un instrumento indispensable de los privilegiados.

Era en sí misma una constante cuyo valor no variaba en el tiempo. Era el tuétano del sistema, la sustancia última, y en ella solo cabía la obediencia debida en estado puro, como sustancia extraordinaria, como elixir vital; la transmutación del plomo en oro desde los tiempos de la alquimia, cuando los hombres morían en las hogueras por desobedecer órdenes tan simples como aceptar que la tierra era plana y el sol giraba y giraba a su alrededor en un interminable baile geocéntrico.

Como aceptar que todo lo creado por Dios fue a partir de la Nada.

Nada.

De la Nada.

Con todo lo que ello implicaba.

Que el hombre caído no puede redimirse a sí mismo.

No-puede-redimirse-a-sí-mismo.

Así de simple.

Y el fiscal debió ser redimido.

8

La tardanza de Guadalupe suscita en las dos mujeres sentimientos diferentes. ¿No sería de la partida? Sarmiza duda que la muchacha llegue a tiempo para la excursión a las tierras altas. Dolores, en cambio, confía en que llegará. Sarmiza duda y reniega; Dolores confía e insiste en esperar un tiempo más. No era habitual que Guadalupe se retrasara, pero, dadas las circunstancias, no debía descartarse que estuviera dudando o hubiera quedado enredada en sus propios pesares.

Juana y Quispe están serenas. Difícil que desesperen o apuren un trámite. Llevan, desde que nacieron, el peso de todas las cosas sobre sus espaldas. Saber esperar era un don.

—¿Se nos hace tarde? —pregunta inquieta Sarmiza a las mujeres.

Las dos movieron la cabeza de un lado al otro, negando.

—Hay tiempo. Aquí esperamos mientras allá van llegando las mujeres. Llegan de lejos, caminando. Nada es fácil en las tierras altas.

La respuesta no serena a Sarmiza, que no puede dejar de observar su relojito.

A lo lejos, pero muy a lo lejos, una persona viene en dirección al grupo reunido en esa esquina. Dolores no dudó un instante.

—Allá viene.

Sonríe satisfecha. No se equivocó.

Sarmiza no llega a descubrir a Guadalupe por esa lejana silueta. Algo del bamboleo de las caderas la anuncia, pero ese movimiento no alcanza a convencerla de que la muchacha está llegando.

Guadalupe ve al grupo, pero no apura el paso. Duda de la conveniencia de ir. Está muy angustiada. La ausencia de Ámbar no la deja pensar con serenidad y todo le parece ajeno, extraño, hasta inútil.

¿Por qué estaba, entonces, caminando hacia donde se encontraban todas reunidas?

Porque una fuerza extraña la empuja en ese sentido.

Ella la atribuye a su Ámbar.

Le hubiera dicho:

—Vamos, vamos.

Y hubieran ido las dos de la mano.

Guadalupe llega cansina. Saluda a todas las mujeres una por una. Juana la besa en las dos mejillas. Quispe le tiende la mano. Sarmiza la empuja en dirección al micro. Su toque es suave y para nada exigente.

Dolores solo la mira. Sabe que hablar en ese instante es imprudente. Conoce a Guadalupe demasiado bien como para apresurar la conversación. Entiende el dolor de la muchacha.

Cuando todas terminan de acomodarse, el chofer pone en marcha el colectivo y encara hacia la autopista en dirección al oeste. Cuando lleguen, la asamblea de mujeres estará completa para empezar la discusión. La orden del día es el Encuentro Nacional de Mujeres, aunque es seguro que la información sobre la negociación con la gobernación será un asunto al que se le dedicará bastante tiempo.

La bandera flamea.

A su sombra se agrupan las mujeres. Su asta es firme y la agitación de sus colores es tumultuosa. El sol toca las tierras limpias hasta las propias fronteras y desde esos límites se escuchan sonidos de patria que llegan desde los tiempos de la Revolución.

En la extensión, los sonidos labran las razones de la lucha.

—¡Oíd, mortales!

Repiten y recuerdan de dónde venimos.

También dicen hacia dónde nos dirigimos.

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

En las tierras bajas, donde mandaba el señor terrateniente, las campesinas mordían la tierra hasta quebrarse los dientes. Dormían sobre jaulas de verduras y las quemaban los piojos que escaldaban los cueros cabelludos a picotazos. Los niños eran pequeñas humanidades que entraban en lucha con todas las raíces que encontraban mientras la pobreza los abrazaba a todos como una mala sombra.

Ahora, en las tierras altas:

—¡Oíd el ruido de rotas cadenas!

Bajo aquella bandera gobierna la pampa con toda su grandeza. Se huele el humus surgir de los surcos donde van las semillas a atesorarse y, luego del trabajo, una mujer le da la mano a otra, y un hombre le da la mano a otro, y surge la dignidad y el entusiasmo valeroso.

—¡Ved el trono a la noble igualdad!

Se escucha el ruido del motor del micro a cierta distancia. Llegan las visitantes, a las que les harán una fiesta de bienvenida.

Trelew espera.

La promesa de todas es llegar al Encuentro porque el Encuentro es de todas.

Todas.

Todas.

¡Qué palabra grande, amplia, poderosa!

¡Todas! ¡Todas!

9

Cabalgan las generalas. Confiados batallones de mujeres hacen la guerra del modo más temible. Cabalgan las generalas. No le temen a nada. No le temen a nadie. Un sagrado mosto por sus venas devuelve al presente, en el músculo y la espada, la libertad perdida.

El cura acusa cadalso y cruz, garrote vil bajo la hostia negra.

—La niñería se ha vuelto capitana.

Han tornado su juventud en guerra patria; sublimes, indomables estandartes, latidos que aterran a los verdugos que huyen entre sombras por un barro rojo que ha coagulado los gotones de una sangre invasora.

Tinta. Tinta. Noche oscura de noviembre.

En Tinta suenan desatadas las furias.

Tinta clama.

Solo a ti, Arriaga, solo a ti te camina la muerte por la plaza de Tungasuca.

El salvaje hierro cae con frenesí y salpica tu sangre los desafíos de los sublevados. Ya no das órdenes, no emites sentencias; la revolución se corona de plumas, del desafiante sol que se reparte por todo el patrimonio como un don mayor desde la cordillera al llano, al mar y hasta los ríos.

Por Qosqoñan a Sangarará.

Sangarará.

Repite el nombre que será pronunciado luego de siglos:

Sangarará.

Micaela Bastidas alista los cuchillos, llena las alforjas de filos y centellas, cuece las pólvoras primigenias y estira los fusiles desde sus sombras hasta el fulgor de sus incendios.

Una legión de mujeres despierta a la noche de Tinta y camina de agua, de tierra camina, toca las piedras, toca los vientos, junta los relámpagos, las ráfagas, la extensión de la furia hasta Sangarará y anota con nuditos sus nombres, que ya pronuncian mil labios, para que todos sepan de las generalas.

Dice Cecilia Escalera Túpac Amaru, dice un suceso extraordinario, dice y repite ese nombre que graba en pequeñas piedras que disemina por el territorio. El patrimonio de su nombre alcanza a las hermanas que preparan también sus piedras y sus pólvoras para la furia del combate.

Sangarará es Tomasa.

Tomasa Tito Condemayta, verbo iracundo, hueso y pellejo y músculo y atmósfera de un tiempo que se creyó perdido.

Tomasa es de la estirpe de la guerra y la lleva en las manos para lanzarla como un acero cuando sea oportuno.

Llega a caballo Úrsula Pereda.

Úrsula machaca la tierra con una carnívora herradura que prefiere el choque en Sangarará.

Ráfaga Isabel Coya, ráfaga atravesando el aire para ponerse a la vera de Bastidas.

Árboles muertos, hierros iluminados llegan del poderío de Francisca Aguirre.

Y llega, llega Marcela Castro trayendo el recuento de todos los azotes, de todos los atormentados, de todas las lágrimas embrutecidas.

Y llega Gregoria Apaza, y llega Margarita Condori, y Antonia Castro, y Bartolina Sisa, medida de todas las cosas.

Árboles libres, cielos libres, aguas libres, fuegos libres; ellas, de la antigua majestad donde se enquistó la agonía del último inca, llegan a Sangarará a otorgar la victoria a todos los hermanos de la patria oprimida.

Llega la Matria y abre un agujero en la esclavitud que no puede cerrarse de ninguna manera.

La revolución sale a caballo por todo el continente.

10

¿Marcha? ¿Protesta? ¿Cuántas más?

El alcahuete presidencial se encoge de hombros. Es político, no adivino. Es un joven político que aspira a suceder al rico mandatario en su cargo. Mira al mandatario del mismo modo que se contempla una estampita, una figurita extraña, pero el hombre no se da por enterado.

El señor presidente respira el aire como si respirara el propio cielo y llena de azul sus alveolos. El aire azul de la mañana azul lo dispone a considerar las cosas de otra manera, sin los extremismos que surgen de la inquietud del porvenir.

De pie, frente al espejo, compite el azul de la mañana con el azul de sus ojos.

Los maestros de la muerte llegan para interesarlo en sus bravuconadas. Vuelven a comentarle la intención de hacer cavar tantas fosas como fuera posible. Luego la víbora con la que escriben sus sentencias de muerte dirá quién se meterá al hoyo y dejará sus días entre aguas heladas y disparos por la espalda, si fuera necesario.

Se trata del porvenir que está al alcance de la mano. Nada de mirar más allá de la propia sombra. Para él y los suyos el porvenir es un asunto que prefieren dejar en manos de los esbirros. Desde hace décadas los esbirros componen a su manera los asuntos de Estado. Son quienes imponen el orden. Esbirros y jueces. O jueces-esbirros, que justifican en sus sentencias cualquier tropelía.

De todo ello se ocupa el alcahuete presidencial porque es un hombre de la prosapia del Remington Patria, con el que se exterminó a miles para expandir el latifundio.

—¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

Silbaban las balas mientras caían por decenas hombres y mujeres, niños y ancianos, que no podían sino oponer el pecho a la matanza. A los hombres que sobrevivieron les cortaron las orejas y a algunas mujeres, los pezones.

—¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!

Tres T de mala muerte.

El exterminio que bajó en forma de cruz y asestó sus dolores insoportables a los condenados llevó la T como cucarda hasta los confines de la Patagonia.

La tierra llegó regada por la sangre dulce de los originarios. El soldadito recibió su porción de tierra, su lote de matanza y luego, muerto de hambre y desahuciado, vendió sus papeles de propiedad al inglés que extendió sus dominios hasta el Cabo de Hornos.

—¡Dios salve a la Reina a cada lado de la cordillera!

…

Los esbirros boquean sus insultos cuando se la toman con un pobre. Fácil cosa. El pobre no tiene más que una respiración entrecortada, la baba que se mezcla con sangre entre los labios luego de la trompeada y los labios que se ponen moraditos como la mora silvestre que nace al garete por todos los campos del suburbio. Al calabozo. Un día, dos días, diez días. Cien días. Nadie sabe cuántos días pasa el pobre a la sombra en los calabozos.

El pobre no tiene defensa alguna. En la ciudad se hace con disimulo porque queda desagradable a la vista del turista. Se espera tanto de él que no ha de hacerse cosa que lo espante. El turista quiere su porro libre de transgénicos y también sus putas. Las quiere jóvenes, pero sin glifosato.

En los dominios de los señores terratenientes es otro asunto. Allí el turista no asoma su nariz rojita como un tomate cherry. La voz del terrateniente es ley. Vox Dei. Juez y verdugo. Ley, pura ley nacida de la propiedad de la tierra. De los hombres. De las mujeres. En especial de las mujeres.

El pobre lo tiene sabido: si no se la toman con él, lo hacen con sus mujeres.

—¡Hembras! —gritan los mandamases—. ¡Hembras!

Cuántas vio el pobre desaparecer de las ranchadas para ser recluidas en los prostíbulos de los amigos ricos, de los ricos que hablaban de la familia a cada rato. Que la familia es lo primero, que la familia es lo segundo, que la familia es lo primero y lo último.

—Mi familia.

Luego aclaraban.

No la tuya.

Menos la del pobre.

Dios, patria, familia y propiedad.

Y arreaban a las mujeres a los aguantaderos prostibularios de ricos hacendados, de jueces poderosos, de políticos encumbrados. Jóvenes, muy jóvenes y blancas. Nada de negras, nada de mestizas que solo sirven para lavar los pisos y hacer los mandados.

En las reuniones ministeriales, cuando rememoraron entusiastas la Ley Cané y releyeron extasiados los discursos que la avalaron antes de su sanción, alguien debió decir:

—¡Alto! ¡Alto!

Preguntó:

—¿Qué hay de malo con los prostíbulos?

La Argentina es un país prostibulario. Hay renombrados jueces prostibularios. Los hay diputados y los hay senadores. Van a burdeles cubiertos de papeles exóticos, alfombras blandas como algodones de colores y vajillas inglesas donde beben sus aromáticos tés, también de colores.

El señor presidente debió llamar a sosiego.

Que se diga en voz baja.

Que se comente con recato.

Cierto era que Cané exageraba todas las cosas. Los poetas tienden a exagerar todas las cosas. Contra la extranjería, ¡bienvenido!, porque la extranjería es la perdición de la identidad nacional. Raza, sangre, cepa, linaje.

¿Cuál?

Soldados poetas, políticos poetas, jueces poetas, empresarios poetas.

Desde la matanza de la Guerra de la Triple Alianza, los soldados poetas habían inventado todas las leyes que se les ocurrieron. Pero sobre los asuntos de las putas Cané exageraba y no cabía duda alguna. Sarmiento lo hubiera puesto en su lugar. ¿A qué joder con las orgías que él inventariaba minuciosamente?

—Cuatro-uno-cuatro-cuatro.

El número de la ley pasó a ser una coartada perfecta. Si alguien decía:

—Cuatro-uno-cuatro-cuatro.

Tenía las puertas del cielo de la oligarquía, que es un cielo abundante en pecados capitales, abiertas de par en par. El paraíso de la oligarquía lo aguardaba con unas alegres rameras blancas, muy blancas.

Entonces raza, sangre, cepa y linaje quedaban a resguardo del mestizaje y se eyaculaba un venenito de color transparente que aliviaba las tensiones de la vida cotidiana.

…

Preocuparse de algo tan inasible como el futuro, dijo el señor presidente, hace envejecer a las personas rápidamente, y eso era lo que menos deseaba. La vejez le hace recordar a su propio padre, le hace recordar la estampa de sus abuelos paternos que le transmitieron ese particular gen de la ‘Ndrangheta en su condición de hijo de los emperifollados terratenientes bonaerenses. Aún resuena en su memoria el mugido de las vacas pastando a sus anchas bajo las sombras que rodaban de las sierras como manzanitas negras salidas de la copa de un árbol de piedra de granito negro.

Nada de preocupaciones, entonces. Anhela cierta paz anodina, paz de la holgura de su patrimonio, del que siempre prefiere no hablar, aunque sí lucir de manera precisa. Es un rico entre los ricos y eso no es poco decir. Casas, autos, un vestuario suntuoso y centenario, zapatos de todas las formas y todos los colores. Ropa, ropita, ropa multicolor de fina tela. Ropa azul, ropa roja, ropa verde. Ropa amarilla. Como los globos que un esbirro llena de aire amarillo todos los días para satisfacer la vista del señor presidente. Dentro de sus roperos del tamaño de los árboles de su quinta hay ropa de todos los colores. Hay extravagancias extraordinarias y también legiones de palos de golf brillantes-brillantes, de mangos nacarinos que lucen sus moluscos brillos con entusiasmo desmedido.

…

El asunto de las tierras altas lo tiene preocupado. ¿Y si a todos los harapientos se les da por exigir tierra? Las tres “T” son una maldición. Y está esa bandera insolente que flamea como si nada en medio de la ocupación de las tierras. «Ni amo viejo ni amo nuevo», repite la bandera y al señor presidente eso lo molesta de verdad. Está por recibir a todos sus mandantes y la bandera insiste con eso de ni amo nuevo ni amo viejo.

Los esbirros ya le advirtieron que los harapientos los superan largamente en número. Su política ha aumentado la legión de pobres que crece día a día sin que a ningún ministro le quite el sueño.

—En el 2001 alguien me preguntó cuántos debían morir para recuperar el orden —dijo el esbirro mayor, solo por poner al tanto a todo el gabinete.

—¿Cuántos? —preguntó el alcahuete presidencial.

—Dije cinco mil.

—No es mucho. Matamos treinta mil. Cinco mil es apenas un sexto. ¿Qué queda de un hombre dividido en seis partes?

El esbirro escucha con atención la explicación, con alegría escucha esas palabras. Oye:

—¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf!

El sonido helicoidal de la muerte que se aleja por los vapores del río hacia el horizonte. Encarnizados fantasmas de esbirros cavan una fosa en el agua y los maestros de la muerte sienten recobrar fuerzas.

—En el 2001 me preguntó ese mismo cuántos hombres armados hacían falta para imponer el orden.

—¿Cuántos? —preguntó nuevamente el alcahuete.

—Dije cincuenta mil.

—Son muchos.

—Scrotus nos ayudará —dijo el señor presidente y pidió que se olvidaran por un momento de esa matanza.

El consejo del Consiglieri fue volver a las fuentes.

«Polarización y retroalimentación».

Lo repite cada vez que se lo preguntan.

Hiénido, el asistente ríe como siempre.

—¡Jiji! ¡Jiji!

¡Es tan sencillo!

«Polarización y retroalimentación».

Divide y reinarás.

El dominio del Hombre por sus vilezas.

Yo soy lindo, tú eres feo. Yo soy flaco, tú eres gordo. Yo soy blanco, tú eres negro. Yo trabajo, tú eres vago.

—¡Vagos! —gritan todos a coro—. ¡Vagos!

—Planeros vagos —un funcionario gordo y sudoroso repite esas palabras en todos los despachos gubernamentales—.

Los funcionarios sonríen aprobando.

—¡Vagos! ¡Vagos!

—Es que se ha perdido la cultura del trabajo —agrega otro que vivió siempre del erario público.

—Mujeres holgazanas que se embarazan para cobrar dinerillos. Luego mandan a los hijos a pedir limosna —afirma la esposa de un ministro mientras llama a la nurse para que atienda a los niños que joden por la casa como si fueran verdaderos demonios.

—Viejos avivados que quieren sus jubilaciones para no morir de hambre. ¿Adónde iremos a parar? —es lo último que dice una vieja antes de tomar sol a la vera de una piscina grande como un mar a medida.

Divide, divide y divide. El reino de este mundo debe seguir siendo tan ancho como ajeno.

La mitad de las palabras del presidente deben ser falsas, la otra mitad, necias. El Consiglieri sabe mucho de eso. Él miente la mitad de las veces y habla sandeces la otra mitad y, sin embargo, es considerado con respeto, lo invitan a galas, a almuerzos suntuosos, a eventos fastuosos para que repita con su voz de flautín las mismas mentiras y las mismas sandeces.

Pero el asunto de las tierras altas es lo que más lo preocupa, dijo el señor presidente. Dará un breve discurso en una próxima oportunidad que se presente. El alcahuete presidencial toma nota en su pequeña libretita de maldades. Llorará por la propiedad privada y conmoverá el corazón de los usureros que siempre ven con malos ojos a los que toman en sus propias manos su destino.

Los banqueros son los primeros en repudiar esas exacciones. Su odio está depositado a altas tasas de interés. Crece y crece porque la usura es tan odiosa que resulta fatídica al final de cuentas.

Los terratenientes son los más enérgicos. El corregidor Arriaga, que los representa desde entonces, siempre retorna con una máscara diferente. Su venganza es titánica, encarnizada. Espada y cruz y garrote vil al alcance de la mano. Eso es todo, que no es poco, para imponer el orden secular.

Los esbirros esperan la orden del juez de turno y harán su trabajo. El sonido helicoidal de la muerte toca con la puntita de su lengua la humanidad de los desamparados. Exterminio es la palabra que se repite desde el fondo de la historia.

Por eso el verbo de la humanidad no puede ser derrotado:

Revolución.

Túpac Amaru retoma su estandarte y la cordillera reúne nuevamente a todos los pueblos y a todas las naciones.

11

Un sueño llega hasta Guadalupe y entra por el amor como un enigma.

El sueño dice: Juana, hija de Toroca, donde se asienta Potosí. Toroqueños los dos. Esposos guerreros, Juana y Manuel, hijos de Toroca, donde tuvieron hacienda.

Madre Patria. Padre Patria. Cinco hijos. Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes, Luisa. Hijos de la patria guerrera, del ritual de los filos y las pólvoras en las noches en que las centellas poblaban con sus brillos los momentos. Hijos de la Libertad que también nos pertenecen y en quienes nos reconocemos.

Guadalupe se asombra ante los nombres de los niños muertos. Oye:

Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes.

Sus nombres dicen de todos los nombres. Manuel de todos los Manueles, llanura de las piedras seculares. Mariano de todos los Marianos, extensión de la espuela de los vientos. Juliana de todas las Julianas, tiempo y espacio de la guerra gaucha. Mercedes de todas las Mercedes, alada lanza de ensimismado filo.

En sus nombres todos los nombres de la libertad acechando en cada recodo del galope del relámpago en las rocas. Pequeños territorios de la esperanza, hijos del amor combatiente. Juana, Madre Patria, los acunó entre dolores; Manuel Ascencio, Padre Patria, los acunó entre agobios contra el pecho aún caliente después de la batalla.

Guadalupe oye los nombres de los niños muertos y su dolor adquiere otra fisonomía. Oye la intimidad de las caricias. Oye las fragancias y purezas que se reconocieron en cuatro ternuras muertas, cuatro anhelos muertos, en medio de las hogueras encrespadas de la guerra.

Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes, amparos prodigiosos en el breve descanso bajo la inapelable oscuridad de la noche. En un temblor de frío entre las piedras abismales como arcaicas herramientas, cantaron los padres una canción de cuna libertaria, siempre cuidando el filo de la espada, el estampido incendiario de la pólvora.

La libertad solo reconocía la forma de la guerra y el amor iba y venía entre los angostos desfiladeros de la muerte prometida. Las armas del invasor, cólera y furia, llegaban de todos lados para mutilar a los pueblos y devolverlos a la esclavitud de los espadones y las cruces iracundas. Guadalupe oye el sonido de la guerra patria. Oye los huesos crujir por el apriete del garrote vil en la garganta. Oye.

Lejos de Tarabuco, donde hubo refugio, ausentes «Los Leales», en los que fermentaba la revolución como una fuerza salvaje, la guerra agazapó sus suplicios y llegó impasible como una mordedura, como la gota de un aliento amargo y frío, y envolvió a los cuatro hijos de la Madre Patria, Juana, con la última materia de la desgracia y selló los labios de cualquier palabra.

La palabra Madre quedó bajo la lengua, la palabra Padre entre los labios.

Solo un vapor negro de hambre surgió desde la húmeda cavidad de sus diminutas bocas, como un antiguo fantasma. Fue la sombra de un racimo de aves hacia la última turbulencia de la luz del cielo la que anunció las muertes.

Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes, en la guarida del hambre apagaron sus llamas, sus transparentes luces y fueron oscuridad del humo negro entre la sangre espesa.

Tras el suplicio, el frío de sus cuerpos fue matorral de invierno. Y el pedregoso invierno tejió una mortaja con los hilos de todas las congojas.

Como Juana, Guadalupe se pregunta adónde fue la vida.

Juana, la Madre Patria, pregunta y Guadalupe escucha:

¿Adónde fue la certidumbre del calor de sus manitas? ¿Adónde la luz zodiacal de sus pupilas?

Cuatro suaves guijarros en la sepultura de la primavera machacada hasta el exterminio. Cuatro leves náufragos rojos como la ceremoniosa flor del cantu por los abismos de la geografía del viento. Cuatro pulsos de la luz del sol, cuatro breves partículas de la luna, cuatro fragmentos de la patria nueva entre los tormentos de la oscuridad invasora. Como cuatro pequeños pumas desnudos, yacieron a la intemperie.

La piel, cereal reseco oliendo a castigo en las fronteras de las piedras, adquirió el aspecto de un relámpago muerto.

Dice Juana, la Madre Patria, en el pesebre de la muerte:

—Aquí yacen sus menudos cuerpitos junto al mío, caliente entre sus fríos de cristal. Cuánto dolor, cuánto dolor, Patria mía. Cuánto dolor sus momentos por la brutalidad del invasor. Siento sus perfumes de niños entre las redondas piedras de la pequeña patria donde despierto entre lágrimas y huelo la guerra con su aullido sangriento. Huelo a sudor de guerras, huelo a gritos en la noche, a ráfagas de herraduras en la huida. Ustedes, en cambio, huelen a niños muertos, puros, pequeños, frágiles, sustancia de vida que apenas empezaba a latir, de frágil corazón, de sangre suave. Hijos, hijos míos, acuno su muerte tan temprana y los lloro, los lloro sin consuelo, los lloro entre estas secas tierras, entre estos rudos brazos lloro llagas y fermentos y no encuentro consuelo.

»Los devolveré a la vida en la libertad de todos los niños de la Patria. Pero hoy los lloro y suspiro un crepúsculo de penas.

Juana, la Madre Patria, dice y se toca el pecho donde dolía el corazón al toque del verdugo:

—Detente, muerte, un instante, detente. Déjame acariciar a mis muertos desnudos, mi martirio, mi sangre, mi cólera, mi agonía. Detente, muerte, y déjame ante la majestad del recuerdo, de sus pálpitos, de sus auroras en los ojos pequeños secretos entre nosotros. Detente, muerte, déjame a mis niños una sonrisa más, una breve esperanza. Déjalos de mi mano contemplar la temblorosa luz de una sola mañana. Déjalos a mi lado para sentir el rocío de sus pequeñas lágrimas como el cristal del polen. Déjalos, muerte, una vez más y nada más.

Repite Guadalupe el rezo:

—Déjame, muerte, sentirla una vez más y luego vete.

Luego oye, desde el fondo de las cenizas de las sangres derramadas desde hacía trescientos años, la lengua del pueblo que reparte su pregunta hacia los cuatro puntos cardinales:

¿Cómo es el consuelo para la madre que tiene las cuatro muertes de sus hijos entre sus propios brazos? ¿Cómo es el consuelo para el padre que besa la sustancia de la muerte de sus pequeños hijos?

La muerte de Manuel, la muerte de Mariano, la muerte de Juliana, la muerte de Mercedes.

Oye que el pueblo clama:

—¡Díselo, Guerra Patria, díselo! Consuela a Juana, la Madre Patria, dale tu extenso puma para la victoria. Consuela a Manuel Ascencio, el Padre Patria, dale tu reverencia de volcán para la batalla. No los dejes llorar tan solos recolectando el luto mientras abrazan los frágiles cuerpos como noches marchitadas demasiado temprano.

»Dales todo el odio de las hogueras, el áspero látigo, la tentación del filo, la procesión de la poderosa tormenta, la convicción de la cólera, la turbulencia de la revolución.

»Devuélveles un amanecer de sus vidas. Uno, tan solo uno en la magnitud de sus infantiles caricias; devuélveles, por un instante, sus desnudas miradas iluminadas.

»Devuélveles la roja luz de sangre de Manuel, el rito de la piedra de Mariano, la cólera de la lanza de Juliana, la flor guerrera e iracunda espina de Mercedes, para que sean los estandartes de la patria vencedora.

Guadalupe aspira el sueño hasta lo más profundo, besa el recuerdo de Ámbar y deja que fluya en la eternidad del amor mutuo. Luego despierta, el corazón late como una tierna fruta, pero ya no llora.

12

Arribo a las tierras altas

Justo al lado de donde se sentó Guadalupe para el viaje se acomodó Juana; detrás, Quispe. Juana es de pocas palabras, como Quispe, y Guadalupe no se propone una larga conversación con ellas. Va y viene desde su pena y lidia como puede con el dolor. Sarmiza se acomodó en los últimos asientos y Dolores en los primeros.

Hay otras señoras que acompañan. El chofer rezonga en guaraní algo sobre el tránsito porteño, que está frenado, pero no por una protesta. Son niños que hacen malabares en una esquina. Usan unas clavas de madera sin lustre que giran en el aire con voluntad propia, hacen unas cabriolas en círculo y pasan de un niño a otro, que las atrapan de frente o dándoles la espalda. Dolores asoma la cabeza para observarlos y el chofer sigue mascullando una bronca paraguaya que ella no comprende, aunque la sospecha.

Los niños terminan su acto circense y algunos automovilistas les dan unas monedas por recompensa. El micro retoma su camino y el chofer deja de maldecir el breve retraso que provocaron los malabares de los niños, que salieron de esa calle y se perdieron en dirección al bajo, donde los turistas se pasean tomando fotos a todo lo que encuentran en su camino.

Guadalupe sigue ensimismada y Juana, cada tanto, le echa una mirada de costadito, así, finita, para disimular su curiosidad o sus ganas de decirle algo a la muchacha.

El celular de Guadalupe suena. Vibra, vibra, una música de guitarras se repite y se interrumpe y se repite varias veces. Vibra, vibra.

¡Guadalupe! ¡Guadalupe!

Parece gritar el telefonito y todas las mujeres oyen el grito menos ella, que sigue absorta o no quiere oírlo porque sabe que de quien espera el llamado no oirá nunca más su voz.

Del otro lado de la llamada, una mujer espera que Guadalupe responda. López Teghi mandó la orden en una de sus roñosas papeletas llenas de firmas que a ninguno de los subalternos le importan. Ellos, con firmas o sin ellas, solo deben cumplir la orden.

Llama que llama, y desde otra línea encriptada llaman en Moscú a «Pérez y Pérez», que está como desaparecido. No responde los llamados, ni siquiera un pobre email, y el hombre se justificará porque el vodka ruso pega demasiado fuerte para alguien de su edad. Está por la Plaza Roja disfrutando el paisaje de la Revolución de Octubre que, a pesar de todo, todavía impregna la arquitectura moscovita.

López Teghi quiere terminar su pequeña victoria. Cortó varias líneas de abastecimiento de su oponente y cortará otras para aislarlo por completo de sus viejos subordinados. Estos, o comprenden el cambio de época o seguirán el destino de los miembros de la corte que murieron entre estrangulamientos y llamaradas.

Para la muchacha, la amenaza conocida:

«Sobrecito azul de seda azul. Sacá boleto de tren para tu último viaje».

Pero en la roñosa papeleta, en Times New Roman cuerpo 12 e interlineado doble, está escrito:

«Sobrecito azul: si querés el cadáver de tu lesbiana volvé a la ribera del río donde la conociste».

En la ribera, un ciruja, un disfrazado de ciruja, espera, punzón en mano, para asesinar en un simulacro de robo a la muchacha. El pelele, cada tanto, se comunica con la Agencia y recibe la misma orden:

«Paciencia, paciencia».

Y que permanezca allí el tiempo que fuera necesario. La muerte, se sabe, no es impaciente.

La empleada llama y llama y prepara una voz empinada, culebreante, serpentina, y un silencio de muerte para amedrentar a la muchacha. El otro que llama y llama, para el viejo jefe, prepara una voz de espinas, moribunda, una voz nómada de clarinete, como si eso pudiera generarle inquietud al hombre que en ese preciso momento toca con la punta de sus dedos los muros del Kremlin.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, ni Guadalupe ni «Pérez y Pérez» responden esos llamados. Ella porque está en la dimensión de la tristeza y él porque conoce con precisión las decisiones que su sucesor tomó para deshacerse de él.

«El martillo, el martillo. Los martillazos, los martillazos», dice para sí el hombre que alza la vista hacia uno de los muros observando un cielo azulenco en el que unas nubes brincan de aquí para allá.

…

El celular de Guadalupe deja su tono de guitarras y chilla como un ave rapaz. Pega con su picotazo como en una puerta de madera gruesa porque quiere que la muchacha abra la entrada a sus sentimientos. Allí espera destrozar el amor para que no quede nada amoroso dentro de ella. Le prometerá el cadáver de Ámbar, un tesoro del amor pasado a la orilla del río donde se besaron por primera vez.

Grazna y picotea, grazna y picotea. El ruido es espinoso y todas las señoras pueden oírlo.

El alboroto saca de su ensimismamiento a la muchacha, que parece luchar con un fantasma inesperado. La mirada vaga por el interior del colectivo. Pregunta:

—¿Quién será quien llama?

No hay otro modo de saberlo que responder a la llamada. Después de todo, piensa, quien llame no dirá nada inesperado.

Guadalupe mete la mano en su pequeño bolso para tomar el celular y atender. Apenas Juana ve el aparatito salir del bolso, como un pícaro animal listo para clavar su aguijón en la muchacha, pone una mano sobre la mano de ella y la mira directo a los ojos.

Los ojos de Juana son demasiado negros; caritativa la mirada, pero firme. Guadalupe, sorprendida, no sabe si retirar la mano de la mujer que le impide sacar el celular del bolso o aceptar esa orden que se le está impartiendo con el peso de una palma callosa, pero pequeña.

—No responda —le dice con voz segura.

—¿Por qué? —Guadalupe espera una respuesta que resulte satisfactoria para su reclamo.

—Porque esa llamada es para mal.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo extraño no es cómo yo lo sé; lo extraño es cómo usted no lo sabe.

Esas palabras confunden a Guadalupe. Parece razonable lo que Juana le dice. Ella debería sospecharlo. Desde hace días, cada llamada fue para atormentarla. ¿Qué había cambiado, entonces?

—Aparato peligroso —dijo Quispe.

Su voz llega desde atrás y Guadalupe gira para mirarla.

—¿El celular?

Quispe movió la cabeza afirmativamente.

—Ojos y oídos.

—¿Ojos y oídos?

—Ojos y oídos. Usted lleva los ojos y los oídos de esa gente a todos lados.

—¿Aquí me ve con celular? —pregunta Juana con naturalidad.

Guadalupe busca con la mirada, pero no sabe si la mujer lleva algo escondido dentro de su abultada pollera y su chaqueta colorida.

—No puedo saber qué lleva usted entre sus ropas.

—Algo de alegría y algo de dolor. Pero no celular.

—¿Qué me propone que haga? —Guadalupe espera no una respuesta, sino una orden.

El celular chilla angustiado como si supiera su seguro destino.

—Apáguelo, quítele la pila y luego el chip.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Guadalupe acepta la orden. Apaga el aparato, retira la tapa posterior, quita la batería y luego el chip.

—Cuando llegue, o si prefiere ahora mismo, déjelo en esta bolsa que le doy.

Juana le arrima una que parece metalizada por dentro.

Sin dudar, Guadalupe lo introduce y Juana cierra la bolsa con una atadura simple.

La empleada de la Agencia deja de llamar. Manda a decir a sus superiores que la «lesbiana», dice y repite «lesbiana», desconectó el celular.

Los superiores informan a sus superiores y estos a López Teghi.

López Teghi está malhumorado. Tiene el rostro rojinegro porque la sangre se le mezcla con la malicia. Pregunta si hay agentes en la ocupación.

La respuesta es:

—Sí.

No podía ser de otro modo. El señor presidente en persona se preocupó por la ocupación de las tierras altas. Teme que el ejemplo cunda y eso lo preocupa tanto como preocupa a sus amigos ricachones.

Pero no era el asunto del espionaje contra los campesinos lo que lo desvelaba, sino completar la «neutralización» del objetivo. Así lo dijo.

—¿Matarla? —pregunta uno que duda del procedimiento.

—Neutralización, dije —replica López Teghi, ratificando la orden.

—De eso hablo —le responde el mismo que hizo la pregunta—. Tengo años en esto y sé de qué me hablan.

—¿Algún problema?

—Usted no puede decidir eso por sí mismo. Debe comunicarse con Reinafé, lo sabe. La «neutralización» es un procedimiento extremo y, en este caso, siendo quien es la mujer…

Pero Reinafé no responde los llamados. Como «Pérez y Pérez», tiene una manera particular de eludir conflictos indeseados.

—Podría pedir autorización al señor presidente —sugiere un comedido.

—¡Eso jamás! —grita López Teghi.

Un silencio desagradable se impone en el salón de reuniones.

El hombre guarda su martillito para otra ocasión. Seguirá aferrado a su sillón de burócrata, aferrado a su hoja de cálculo, y esperará la oportunidad.

Tal vez, con la reelección esperada, se allane el camino hacia su poder.

Ya aprendió que no todas las cosas se arreglan a martillazos.

La muerte puede esperar.

…

Cuando el micro entra en las tierras altas, una bandada de niños corre a su alrededor como hacen los gorriones. Corren por los retorcijones de tierra que asoman por todos lados entre los verdes de unas verduras que ventilan a los cuatro vientos sus tiernos cabitos.

La mañana se tiñe de la sanguaza que las legumbres destilan. Rojito y verde, el perfumito va invadiendo el aire y, a la vera del perfume, las sombras se arremolinan gustosas esperando que la asamblea empiece.

Una especie de terraplén está acondicionado para la reunión. Pero el sol cae a pique y la que no lleva sombrero se procura uno haciendo un bonete de papel de diario. Las mujeres que bajan del micro hacen visera con la mano porque la luz las encandila y miran el gentío de señoras que cotorrea sobre muchos asuntos que las visitantes no conocen. Será del tiempo de la siembra, de la cosecha, de lo que dijo la gobernación o el intendente, del costo de las semillas.

Unos perros corren con la lengua afuera en dirección a un charco donde se zambullen para apaciguar el calor que enloquece a las pulgas que los desesperan.

Hay un debate sobre el basural que surge a la vera de las tierras altas. Aves zancudas de picos encorvados remueven los restos en busca de comida y miran con desconfianza el gentío mujeril que, a su vez, las observa con ganas de apalearlas para que vuelen en dirección al río, de donde vinieron.

Juana, con su voz pequeña, le pide a Guadalupe que la acompañe. Ella obedece porque no acaba de registrar ese lugar inmenso, ancho, verde, variopinto, siempre verde, aire verde, cielo verde, cuando toca la puntita de la tierra allá en los fondos y el ruido de las voces rueda como lindísimas flores con forma de mujer.

Dos hombres las esperan a metros de distancia. Uno es joven y el otro algo mayor, o bastante mayor. Guadalupe no puede calcular su edad, como los hombres no pueden pensar en la suya. Como le dijeron, a ella el tiempo parece no afectarla, como si estuviera dentro de una cápsula donde los años no pueden corroer su belleza.

El que parece mayor lleva un sombrero de paja que casi le cubre la mitad de la cara con su ala ancha. El joven, una gorra con visera que tiene cosida una bandera argentina y que cae hasta la mitad de la nariz. Guadalupe sabe que esconden sus rostros.

—Cuando escuche un ruido potente no levante la vista —le advierte el hombre.

Al momento un helicóptero pasa por encima de ellos a gran altura. Otro, muy a lo lejos, parece pintado con los dedos en el horizonte.

—Fotos, fotos, fotos —dice Juana y ríe distendida.

—Fotos —confirma el hombre.

Rudecindo también ríe.

Los hombres extienden las manos para saludarla. Guadalupe saluda primero al mayor de ellos y luego al joven. El suboficial «Pérez» espera para hablar. Si fuera por Rudecindo, hubiera soltado la lengua apenas vio a la muchacha acercarse traída por Juana.

—Soy el suboficial Pérez y este, a mi lado, es Rudecindo.

Guadalupe se mantiene en silencio. El rango de suboficial le dice «ejército». ¿El coronel? El recuerdo es inevitable.

—¿La Quispe? —pregunta el suboficial mirando a Juana.

—Alborotando la asamblea, preparando la lista de presentes —Juana sonríe cuando responde. Su voz se ha hecho más acuosa.

—¿Querrá saber quiénes somos? —Pérez le habla a Guadalupe con ese tono marcial que no puede abandonar por más esfuerzo que haga.

—Me gustaría saberlo —la muchacha no sabe si desconfiar.

—No tenemos nada que ver con el coronel, que es lo que usted sospecha.

Guadalupe traga saliva. La mención del padre la espanta. Podría empezar a correr, pero no tiene adónde. Busca a Dolores con la mirada y la ve entre el tumulto de mujeres hablando como si las conociera de toda la vida.

—Somos camaradas de Amanda Da Silva. Servimos a aquella que está en medio de las tierras altas.

Guadalupe no necesita girar. Ve la enorme bandera celeste y blanca que parece señalarla desde el extremo en que está izada en el improvisado mástil.

—Somos camaradas de Amanda Da Silva —repite el hombre.

Cinco simples palabras pueden sonar como cinco simples campanillas. O una campana ruda, un golpe de badajo que sale del metal como una ardilla en todas direcciones. «Camaradas». O como el golpe en el timbal de una batalla. No solo fue la palabra «camaradas», fue la postura, el modo de pararse del hombre para decirla, su mirada bajo el sombrero de paja que casi le cubría el rostro.

—¿Camaradas?

El hombre eludió la pregunta. Rudecindo se distrajo por el griterío que llegaba del terraplén.

—Tenemos unas hojas manuscritas por Amanda para usted.

El suboficial «Pérez» pasó la mano por el rostro para espantar una curiosa mosquita que parecía inquieta con esa reunión de cuatro.

Rudecindo hizo una seña indicando un punto a lo lejos, una mancha que a la distancia podía ser cualquier cosa: un cuero secándose al sol, el esqueleto de un árbol, la telaraña de unos pastizales crecidos a más no poder.

—No pueden oírnos desde esa distancia.

Guadalupe sabía que no debía girar para mirar en dirección a donde señalaba el más joven.

—¿De qué se trata?

—Un direccional —dice Rudecindo dirigiéndose a ella.

—¿Qué es un direccional? —pregunta Guadalupe, aunque sabe de qué hablan los hombres.

—Esperaban escucharla con su celular y no pueden.

—Juana hizo que lo desarmara.

—Por eso montaron ese micrófono direccional para escuchar nuestra conversación.

—¿Por Amanda Da Silva?

—Así es —dice el suboficial, y esa respuesta le da cierta tranquilidad a Guadalupe.

—¿Y podrán escucharnos?

—No. Esas bocinas tapan nuestras voces con su música estridente. Nos aturden a nosotros y a ellos les pasa lo mismo. Quedarán sordos si insisten.

—¿De qué tratan esas hojas manuscritas de Amanda?

—Son las cuatro que faltan a las dieciséis de la autobiografía que le dejamos en su edificio, al encargado.

—¿Fueron ustedes quienes dejaron ese sobre?

—Yo, señorita, lo dejé personalmente —respondió Rudecindo, pero sin atreverse a mirar a Guadalupe.

—Son cuatro hojas y un sobre pequeño.

—¿Eso es todo?

—Todo.

—¿Puedo quedármelos? —preguntó Guadalupe, aunque intuía la respuesta.

—No, señorita. No sería prudente. Aquí hemos dispuesto un lugar donde usted podrá leerlos sin prisa y sin que nadie la observe.

—Me gustaría conservarlos con las otras dieciséis hojas.

—Estas son muy diferentes.

—¿Cuánto?

—Ya lo comprobará cuando las lea. Además, usted no necesita papel para recordar.

—¿Por qué lo dice?

—Usted podía recordar partituras enteras cuando era apenas una niña. Es una virtud que no ha perdido, nos consta. Las llevará palabra por palabra en su memoria. El lugar más seguro.

—Parece que sabe mucho de mí.

—Solo lo justo y necesario. ¿Prefiere leer ahora o participar de la Asamblea?

—Quiero participar de la Asamblea.

—Vaya con Juana. Nosotros nos ocupamos de preparar su lugar para la lectura.

…

—¿Los Encuentros son de todas? Esa era la pregunta.

—De todas —dice Dolores—. ¡De todas! —exclama.

Las mujeres murmuran:

—¡De todas! ¡De todas!

Pocas cosas, o ninguna, son de todas las mujeres. Las penas, el hambre, el trabajo sin descanso, el abandono, los golpes, son de todas. ¿Alguna otra cosa podría serlo? Una desgracia que se descuelga como un ave rapaz y mata. Llega con fuego, con puñal, con revólver, con los puños.

Pero la mujer dice que hay algo que es de todas: los Encuentros. Esos son de todas.

—¡De todas! ¡De todas!

Guadalupe escucha el murmullo, pero presta atención a los gestos que hacen las mujeres y, en especial, observa el brillo de sus miradas. Los ojos no saben mentir; la boca sabe, pero los ojos no. La lengua es experta en cambiar las verdades. Pero las pupilas no pueden, no saben cómo; por eso se dilatan y delatan, porque los brillos de la verdad y los de la mentira son muy distintos. Los brillos de la verdad iluminan el rostro; los de la mentira lo apagan e imprimen un garabato en la boca que se tuerce a un lado o al otro porque la risa se acongoja y deja de ser sonrisa.

Guadalupe lo explica de este modo, y Sarmiza le daría la razón si pudiera escucharla: una mirada explica más que muchas palabras que se dicen para dejar conforme a alguien o para embaucarlo.

Así es. Los ojos descubren los sentimientos por las lágrimas que vierten cuando son de alegría o de dolor. Los ojos de las mujeres allí reunidas brillan porque pocas cosas son de todas.

Las mujeres saben de mentiras. Las pobres más que otras. Las pobres y originarias, las pobres y negras, más que ninguna otra. Quinientos años de mentiras llevan a cuestas como un equeco legendario. Cadenas en el pescuezo, las muñecas y los tobillos lo atestiguan.

Las mujeres saben de mentiras. Las escuchan a diario y parece que las creen, pero no es así. Dejan que el mentiroso se vaya contento con sus mentiras.

Cuando oyen mentiras, a veces callan y otras no. Depende de cómo lleven las penas y las soledades. Si las llevan como a un hijo, las escuchan y no hacen reproches, pero se cuidan de ellas. Los hijos hacen macanas y luego se van a esconder tras la pollera de sus madres. Las madres sufren y callan, porque nadie entrega a un hijo de sus entrañas.

En cambio, si a las mentiras las llevan como a un desconocido, las dejan a la vera del camino para que se marchiten como flores de cardo.

Dolores repite:

—Los Encuentros no tienen dueño.

Las mujeres dudan. En la vida todo tiene dueño. Las tierras tienen dueño, aunque no se lo conozca. El dinero tiene dueño porque siempre es ajeno. El amor tiene dueño y pocas veces dueña, pero muy de vez en cuando. El amor es algo errático cuando de mujeres se trata. Hasta el cielo tiene dueño porque es de Dios. La tierra es de la Pachamama. Y así todas las cosas se reconocen en un dueño porque no pueden andar huérfanas por el mundo sin que alguien se las apropie sin interesarle sus deseos.

Las mujeres tienen dueño y ni despotricar se puede, a veces.

En muchos parajes el señor es dueño de las niñas. Violar a una muchacha se explica en los tribunales como algo entendible.

—¡Pobre el hombre! —clama el señor juez.

Al hombre lo arrebatan fácil sus deseos y por eso pierde la chaveta. De seguro la muchacha lo provocó y así termina el asunto, entre las piernas de la mujer que no quiso cerrarlas a tiempo. ¿Por dónde creen las mujeres que el diablo entra en el cuerpo de ellas?

—No habrá sido para tanto —dice el juez después de escuchar a las partes.

El señor juez hubiese querido ver la entrepierna de la muchacha y, como ella se negó, le dio la razón al hombre. Algo tiene que ocultar para no dejarse observar por la Justicia.

Si de la violación nace un crío, no tiene padre, solo madre, porque el hombre es dueño de aceptar la paternidad o ponerla en duda.

—¿Quién sabe si no anduvo con otro además de conmigo? —explica.

No solo lo piensa, lo asegura.

La mujer diría:

—Con vos no anduve, me violaste.

Pero las palabras se quedan en la puntita de la lengua y allí permanecen, detrás de los dientes, para luego volverse hasta la garganta donde se hacen nudo.

—Los Encuentros no tienen dueños —insiste Dolores.

Y repite:

—No tienen dueños.

Porque las mujeres se descubren por la mirada incrédula que le prodigan.

Sarmiza va y viene mientras Dolores explica y explica. Ella fuma y fuma, como es su costumbre. Prende un cigarrito y con ese prende otro y luego otro. Las cholas la miran de soslayo entre las hebras del humo que le enredan el rostro con sus hilitos color ceniza.

Va por el borde de una vereda de sol que cae y despacha las sombras detrás de una arboleda que conserva el fresco del rocío de la madrugada.

Una señora entrada en años, que lleva un hijo colgando del cuello, le pregunta si ella es abogada.

—Sí, lo soy.

Espera que la mujer le pida algo; de lo contrario no le hubiera preguntado por su profesión.

Pero la mujer calla y espera. Sarmiza la imita: calla, fuma y espera.

Quiere su pensión porque está vieja y ya no puede trabajar la tierra como cuando era más joven. Y tiene ese hijo que lleva colgado del cuello a todos lados porque el muchacho no sabe valerse por sí mismo.

—Ningún hombre sabe valerse por sí mismo.

Sarmiza quiere ser sarcástica, pero la mujer no parece estar de acuerdo. Diría, si fuera locuaz, que su esposo lo fue hasta que se murió enfermo de muchas cosas.

Sarmiza llama a Juana y Juana manda a Quispe.

Quispe pregunta:

—¿Qué sucede?

Y la mujer le repite el reclamo.

—Quiero mi pensión. Estoy vieja para andar sembrando.

Quispe le da la razón. Pero quiere que espere a que termine la reunión. No la reprende, pero le señala a la visita, a Dolores, que sigue explicando lo que le piden las otras señoras, que es, en definitiva, lo que ha venido a hacer.

Sarmiza la aparta y le explica como puede quién es ella.

—No soy abogada previsional, soy penalista.

La mujer duda.

—¿Penalista?

—Crímenes, cosas horribles.

La mujer señala a otro grupo de diez o más señoras que está algo apartado de la reunión.

—Entonces ellas son las que tienen que hablar con usted.

—¿Por qué querrían hablar conmigo?

—A ellas les robaron los hijos, las hijas, les robaron sus chicos.

Sarmiza prende otro cigarrillo y camina directo hacia donde están las mujeres esperándola. Sabe que son las madres de los niños chupados por los pederastas. Verá qué puede hacer por un crimen que no tiene consuelo y pocas veces justicia.

Quispe junta a las otras mujeres para que atiendan lo que la visita explica. Del grupo que ella reúne, una mujer pide la palabra.

—¿Siete pilares? —pregunta por algo que escuchó decir, pero no sabe de qué se trata.

—Así es —dice Dolores—. Como dije, los Encuentros son de todas, no tienen dueño y se basan en los siete pilares.

¿Siete pilares? Parecen muchos, piensan las mujeres.

Una cuenta con sus dedos y arruga el ceño. Siete. Cuenta y vuelve a contar siete y desarruga el ceño.

Pilares hay en los templos que se alzaron con huesos y cenizas y tormentas, donde los sacerdotes bendijeron el odio de los conquistadores. Los cielos se sostienen con pilares que son como procesiones de montañas donde las piedras reptan como gusanos. Los árboles que se levantan como edificios son los pilares de la mañana y cargan el peso del sol en las copas.

Si el Encuentro de mujeres tiene siete pilares, ha de ser poderoso. ¿Cuántas cosas en el mundo se sostienen con siete pilares?

—Son plurales —dice Dolores.

Señala hacia el cielo con su dedo índice como si allí, y no en otro lugar, estuviera la confirmación de lo que dice.

—Se expresan todas las ideas y opiniones. Ninguna está por encima de la otra.

Un murmullo, como un oleaje, recorre la reunión de lado a lado. Empieza por adelante y llega hasta la última señora.

«Yo opino, tú opinas, ella opina».

¿Así se conjuga el verbo del Encuentro?

—Todas las opiniones, todas.

«Nosotras opinamos, vosotras opináis, ellas opinan».

Así se conjuga, claro. La voz suena cristalina. Todas las opiniones, todas.

Algo de eso ocurre en las tierras altas, aunque los hombres ríen a escondidas porque ellos no creen en todas las voces. Escuchan la de ellos porque prefieren prestarse oídos unos a otros. Cuchichean los compadres como si se dieran regalitos unos a otros y se van conformes creyendo que solo ellos saben tener razón. Pero las más de las veces vuelven con el rabo entre las piernas, como el perro perdido y hambriento, a buscar consuelo entre los abrigos de la doña. Si escucharan más, saldrían mejor parados de todas las partidas.

—¿Qué más? ¿Qué más?

Dolores oye que le preguntan. Se entusiasma. Guadalupe nota que el brillo de los ojos de las mujeres se hace, a cada rato, más intenso.

—Son democráticos.

—¿Qué más? ¿Qué más?

—Asisten mujeres de todos los orígenes y clases.

Una señora lleva la mano al pecho y espera que el corazón le diga que escuchó lo que escuchó.

¿De todos los orígenes?

De todos, de todos.

¿De todas las clases?

De todas, de todas.

Dolores reafirma lo que dice:

«De todos los orígenes y de todas las clases».

—Ese es el tercer pilar.

Dolores repasa su ayuda memoria y cuenta: uno, dos, tres.

Las mujeres esperan los que restan.

—Son horizontales, no existen títulos ni jerarquías.

Cuarto pilar.

Sarmiza repite:

—Ni títulos ni jerarquías.

El mundo está lleno de títulos y jerarquías. Es por eso tan ancho y tan ajeno.

Las jerarquías se presentan sagradas. Llegan llenas de oropeles. Son ángeles que establecen el reino de los cielos. Las jerarquías tienen nombres extraños, suenan como cascabeles de Cristo. Son serafines, bienaventurados, los primeros de la jerarquía. Y están los querubines, los segundos de los nueve coros angélicos. Cuidan la gloria de Dios. Y están los tronos. ¡Sostienen el trono de Dios! Son como los pilares de los que habla Dolores.

Pero la mujer que se llama Dolores dice que en los Encuentros no hay jerarquías. Y no puede mentir, porque se llama Dolores. Ella dice que en los Encuentros no hay gobernadores de los cielos, no hay gobernadores de la tierra.

El entusiasmo se nota en el ambiente. Ya no brillan solo las miradas, las sonrisas se dibujan en los labios. Eso mejora el ánimo de Guadalupe, que siente que se funde con todas. Es ella y todas al mismo tiempo y, por primera vez, siente de un modo diferente la ausencia de Ámbar. El amor tiene sus formas de recrearse. El amor siempre es vital, infunde vida y la proyecta. Mientras haya amor habrá vida. Incluso del dolor más agudo surge el amor más profundo.

Cuando Dolores dijo:

—Los Encuentros son federales.

Hubo un aplauso.

País unitario, si lo hay. Donde manda Buenos Aires, no manda otra provincia. La Reina del Plata, reina y de plata, título y fortuna. Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires.

—Cada año, la sede es una provincia distinta, elegida por todas las mujeres que participamos del Encuentro. Nuestro Encuentro se hizo en Jujuy, Salta, Tucumán, Córdoba, Chaco, Misiones, Rosario, Mendoza, San Juan, Mar del Plata, La Plata, Capital Federal, Santiago del Estero, San Carlos de Bariloche, Paraná, y ahora nos vamos a Trelew.

¡A Trelew! ¡Qué lejos suena! Qué ruido de caracola, de mar verde, de galopes verdes que apartan las orillas de la espuma rosa que el atardecer esparce como una sustancia prodigiosa.

—¡Mujeres! —exclamó Dolores, contagiada del entusiasmo de las otras—. Nuestros encuentros son autónomos porque no responden a ningún gobierno ni a ningún partido. Son autosostenidos porque los sostenemos con el trabajo de todas. Y son autoconvocados, porque las mujeres nos organizamos en cada lugar para poder realizarlos.

Dolores llama a Guadalupe y ella acude. Quiere que explique cómo funciona el Encuentro.

Guadalupe saluda. Su voz es fuerte, clara. Está radiante. Se ilumina dorada por el sol del mediodía. Renace en pueblo femenino. Brilla.

—Son tres días donde las mujeres ponemos en palabras lo que nos pasa.

¡Tres días! ¡Tres días! ¡Tres días para cada una de ellas! Tres días en un año, en diez años, en una vida.

Como los tres sarmientos que, al brotar sus yemas, dieron tres flores que llenaron tres cestos y dieron tres días para decir lo que le pasa a cada una de las mujeres.

—Después de un año de intenso trabajo —Guadalupe continúa explicando— las mujeres de la Comisión Organizadora nos dan la bienvenida. Esa es la apertura del Encuentro.

¡Bienvenidas, mujeres!

El poeta dirá:

«Se me ocurre que vas a llegar distinta, no exactamente más linda ni más fuerte, ni más dócil ni más cauta, tan solo que vas a llegar distinta.»

—Los talleres son el corazón de los Encuentros —corazón coraza—. Todos los temas, todos, y cada una elige en cuál de ellos quiere participar.

Guadalupe agrega:

—Los talleres son autónomos. Una coordinadora es quien cede la palabra y organiza el debate. En día y medio, el corazón de los Encuentros, sus talleres, late con fuerza en las voces de todas. Practicamos el consenso y no existen títulos ni jerarquías.

Luego de dos días de debate en los talleres, salimos a marchar por las calles de la ciudad sede. La comisión organizadora diagrama el recorrido y somos las mujeres quienes lo llevamos adelante, acompañadas por las consignas que cada una decide.

Cantar se puede a viva voz:

«Luminosamente, surge la mañana, el aire se llena de alegres clamores, se cruzan las almas, saludos y besos.»

—Tenemos nuestro tiempo de alegrías en la peña. Es el evento cultural donde las mujeres disfrutamos de los números ofrecidos por los artistas que se hacen presentes en el Encuentro. Aquí, de seguro, habrá cantoras, copleras y bailadoras. ¡Esperemos que cantemos y bailemos juntas, mujeres de las tierras altas!

El cierre es la última instancia, donde las mujeres nos despedimos hasta el año siguiente y elegimos la nueva sede. Los diferentes lugares que quieren ser sede se presentan y se elige por aplauso a qué provincia llevaremos el próximo Encuentro.

Por último, Guadalupe explica:

—¿Por qué en los Encuentros no votamos? Porque es un encuentro de mujeres y no una asamblea, no es un plenario ni un congreso. Su funcionamiento horizontal y democrático hace que la experiencia de vida y de lucha de todas pueda ser compartida colectivamente. Aprendemos que lo que le pasa a una les pasa a muchas, que no estamos solas. Es una gran escuela, donde todas aprendemos de todas. No hay mujeres más importantes que otras, no hay expertas que nos enseñen. Si de lo que se trata es de poder contar lo que nos pasa, ¿qué votaríamos? ¿Qué tendríamos que votar en los talleres? El funcionamiento por consenso permite que las alegrías y los sufrimientos de todas, que las luchas gigantescas que protagonizamos en el país sean incluidas en las conclusiones. ¡El Encuentro es de todas! ¡Trelew nos espera!

Ámbar sonríe desde la encrucijada de su ausencia. Parece que no está, pero se la presiente.

…

Cuando Rudecindo escucha el aplauso final se arrima donde la reunión para invitar a Guadalupe a leer los papeles manuscritos de Amanda. Ella lo ve venir, algo gacha la cabeza y el rostro más cubierto por la visera de su gorra. Lleva el sobre en la mano y lo agita suavemente como una banderita de color marrón. Sobre marrón color de tierra. Duele la mano que lleva esas verdades bordadas en tinta azul y en tinta negra, negra a veces; tinta de color azul que dejó Amanda para que Guadalupe se entere.

Saber siempre es bueno; no saber es corrosivo como un acidito que disuelve las certezas.

Guadalupe se abraza y besa con las paisanas. Juana la estrecha largamente en su abrazo. Quispe espera para saludarla. Parecen conocerse de antaño, de cuando eran promesas en los úteros maternos.

Dolores está conforme y Sarmiza lleva fumado no menos de un atado de cigarrillos rubios con filtro, y ella misma huele a uno de los cigarritos cuyo humo se le ha pegado a la piel, al cabello y a la ropa.

La mujer que lleva un niño colgado del cogote ríe a boca llena. El niño llora, pero la madraza lo ignora por ese rato. Esperará los tres días para celebrarse mujer sin un niño por collar tirándole del trapecio con su peso. Otras señoras salen para sus casas con las sillitas que llevaron para permanecer sentadas durante la reunión.

—Cuando usted quiera, señorita, la acompaño hasta aquel reparo para que lea cómoda estos papeles. El micro las llevará de regreso a donde las recogió, pero eso será después de la fiesta.

—¿Fiesta? —pregunta Guadalupe, pero con alegría.

—Algo de baile y empanadas jugosas. Todos queremos agradecerles.

—¿Nosotras cómo podemos agradecer?

—Volviendo.

—Eso delo por seguro. ¿Dónde es que me dice que debo leer los papeles de Amanda?

—Allá —Rudecindo señala una taperita prolija, a cien metros de distancia—, en esa especie de cobertizo que tiene lona por techo.

El suboficial Pérez observa a la distancia. El alcahuete del direccional ha renunciado a su fracaso. No se lo ve por ningún lado.

—Lo que habrá escuchado no le servirá ni pa’ mierda —dijo el suboficial, que sonrió al imaginar al tipo apropiándose de los méritos de los Encuentros Nacionales de Mujeres.

Guadalupe, con una seña, le indica a Dolores que debe leer unos papeles. Ella la saluda y grita:

—¡No te vas a perder estas empanaditas!

—¡Ni loca! —responde y ríe.

Sigue a Rudecindo de cerca. Cuando llegan al cobertizo, el muchacho ajusta la lamparilla y una luz bastante potente ilumina el pequeño espacio en el que una especie de pupitre hecho con jaulas de verduras y una silla son todo el mobiliario disponible.

Rudecindo se retira a unos veinte metros y aguarda que Guadalupe complete la lectura.

Ella es rápida para leer. Pero se detiene cada tanto y vuelve a empezar. Varias veces pasa y repasa con los ojos la letra de caligrafía perfecta, aunque algo tosca, de Amanda Da Silva. Aspira el aire de la nochecita con fuerza, llena sus pulmones y retiene el aire durante un largo rato. Exhala por la boca y los labios se secan haciendo un brillito sensual.

Cada hoja que lee vuelve a introducirla en el sobre. Y espera. Espera algo que Rudecindo no descubre.

Ella no espera nada: recuerda.

Ámbar la alcanza por el cuello y le acaricia la nuca; luego baja por la espalda, por la hilera de las vértebras que aparecen por la piel como pequeños promontorios rosados. El recuerdo de Ámbar es cálido, regadito en perfume a piel y flor de almendro; es esponjoso y atrevido como lo fue siempre. Luce blanco de manera singular.

Guadalupe se toma su tiempo para sentir el recuerdo. Lo necesita porque ese es su amor, su amor en puntas de pie, aquietador del dolor, de todos los miedos.

Por último, toma el pequeño sobrecito. Hay una palabra escrita en él, pero ella frunce el ceño haciendo la mueca de quien no sabe de qué le hablan.

Un perro, a la entrada del cobertizo, ladra entusiasta y la muchacha vira para observarlo. El perro le clava los ojos y luego los desclava porque es un perro que no sabe si lamentarse o ir a rogar una caricia de parte de la mujer, esa que lo mira serena.

Al final se echa a la puerta, cuidando que nadie moleste a quien ha elegido como dueña, aunque no sea más que por ese momento.

Las pulgas se amansan para no fastidiar la circunstancia.

Guadalupe guarda el sobrecito con igual cuidado que hizo con las cuatro hojas de la autobiografía del ama de llaves.

—¡Señor! —llama, y Rudecindo se da por aludido, aunque él aún no se siente señor.

El suboficial Pérez ríe con saña y le grita:

—¡Vaya, señor, vaya!

Y a Rudecindo la chanza no lo molesta, pero tampoco le agrada.

Le devuelve el sobre color marrón, de tierra, tierra reseca, que ahora dibuja una manchita negra en un lado. Seguro que el pupitre tendría una gota de agua o una lágrima breve sobre sus maderas.

Ella no dice palabra alguna. Su rostro no es expresivo en ese momento. La caricia de Ámbar se apartó como un humo rosado, tembloroso humo que se lleva una porción de la humedad amable de la piel de Guadalupe.

Se dirige a la fiesta y a comer empanaditas. Jugosas por dentro, muy jugosas. Juana la invita al baile, que ella acepta de buena gana.

La noche vuelve repentina sobre los fiesteros y la luna acuña su plateado por encima de los comensales que empiezan a macharse lentamente.

Bailará, bailará hasta que Dolores diga.

…

De donde salieron, adonde llegaron. San Juan y Lima y la esquina está vaciada y oscura como el hocico del perro, aquel que quedó llorisqueando cuando Guadalupe partió con las demás. Lleva todos los abrazos y besos encima. Las mujeres se prometieron seguir juntas y reunirse en Trelew para el Encuentro.

Dolores quiere saber de su lectura y Sarmiza está imposible, fuma que te fuma impaciente; aguarda que Guadalupe dé una pista de aquellas cuatro hojas de la autobiografía de Amanda Da Silva que leyó con exclusividad. Con voz atiplada, rara en ella, que la tiene arenosa por el tabaco, dice:

—¿Y?

Y repite, señalando a Guadalupe:

—¿Y?

Explica su reunión con las madres de los niños robados. Una mujer le confesó que esos hombrecitos con los que habló Guadalupe, el suboficial Pérez y Rudecindo, habían organizado una especie de rondas para cuidar a los niños. El escándalo del hoyo de la muerte y todos los extraños sucesos que ocurrieron a partir de que emergieron los huesitos desde sus fondos hicieron que los merodeadores no volvieran a aparecer. Los matones estaban huidos del lugar y la «milicia» impuso orden, por lo que los vicios y los crímenes eran raros por entonces.

Luego vuelve a su pregunta, que suena más bien como un sonido onomatopéyico salido del tubito de un cigarrito rubio.

—¿Y?

Pero la muchacha guarda silencio. Está confusa y rara, como un afiche de papel: el rostro sin asombro real, sin luz propia.

Se distrae con un niño que corre con su hambre a cuestas, sobre la espalda, seguido de otro que lo regaña porque se ha hecho de unas basuritas para comer él solo, sin compartir ni un mendrugo. El que va adelante escapa del pleito que le propone el otro, que parece más grande y más bruto y jura y jura que, cuando lo atrape, sabrá lo que le espera. Pero el primero es demasiado ligero; sus piernas lo alejan cada vez más del verdugo hambriento y se pierde en la noche que cae como una súplica inmensamente grande sobre toda la ciudad de la furia.

Una esquina lo ve pasar a la carrera y gira en dirección a Independencia, donde la soledad es más palpitante. Otra esquina ve al perseguidor y decide correrse hacia Constitución, porque sabe que allí terminan todos los sin techo, pero con hambre. En los meandros de la estación tienen donde dormir, apretándose unos contra otros, bien tapados con unos harapos de manta que recolectaron de los grandes contenedores de basura.

—¿Y? —Guadalupe escucha la misma pregunta en otro tono de voz, más acantilado.

Es Dolores la que pregunta.

—Necesito aire —responde Guadalupe—. Necesito tiempo.

Aire. Aire. Tiempo. Tiempo.

Suplica perdón con la mirada.

Unos gatos maúllan al mismo tiempo y ponen un sonido gatuno a la súplica de Guadalupe que Dolores comprende. Sarmiza, en cambio, enciende otro cigarrillo y da vueltas alrededor de las dos mujeres esperando la oportunidad de meter la cucharita para saber qué estaba escrito en esas hojas de la autobiografía.

—El sobrecito tenía un nombre[3] escrito. Pero no tengo ni idea a quién podría pertenecer.

—Amanda querría que investigues.

—No era la letra de Amanda. Bueno, si es que alguna de esas hojas la escribió realmente ella.

Dolores mira como a una fotografía el rostro de Guadalupe contra el zigzag de las luces de los automóviles corriendo por San Juan en dirección al bajo.

—Digamos entonces que la letra del sobre era diferente al de las hojas de la supuesta autobiografía.

—Digámoslo así, así me parece bien.

Sarmiza duda de la duda de Guadalupe.

—¿Pero el texto de esas cuatro nuevas hojas de la autobiografía coincidía con las otras dieciséis o era extraño, divagante, ridículo?

Guadalupe se toma su tiempo para responder.

—Esas cuatro hojas eran coherentes con las otras dieciséis.

—De las que no nos vas a decir ni una letra —Sarmiza presiona en busca de alguna revelación.

—Necesito tiempo.

—Y aire.

Aire. Aire. Tiempo. Tiempo.

Guadalupe alza una mano en señal de que va a revelar algo. Llegan las dos compañeras que la cuidan y estarán con ella en la casa de la mujer donde vive mientras tanto.

—De las cuatro nuevas hojas que leí saqué tres conclusiones. Digo mal, no son conclusiones, son decisiones.

—Escuchamos —Dolores se aproxima a Guadalupe para oír con claridad lo que la muchacha tiene para decir.

—Estas son mis prioridades: primero, pedir la aparición con vida de Ámbar.

—Perfecto —aprueba Dolores.

Sarmiza sigue atenta para escuchar la segunda decisión de Guadalupe.

—Tengo que rescatar de su tumba anónima el cuerpo de mi madre biológica. Deduje la clave del poema de Amanda. Debe de haber alguien en aquellos parajes que sepa dónde está enterrada mamá. La quiero conmigo. Lo que quede de ella. Así sean apenas unos puñados de tierra y polvo de huesos.

—¿La tercera? —Dolores presiente cuál será esa tercera y última decisión.

—Es referida al «coronel».

—¿En las hojas escribió sobre él?

—Mucho.

—¿Tomaste notas? —Sarmiza está inquieta por si la muchacha no recuerda todo lo que leyó.

—No necesito tomar nota de nada. Recuerdo cada palabra, cada coma, cada punto. Cuando esté tranquila las voy a reescribir y ustedes las van a leer. Tengan paciencia.

—Paciencia nos sobra. ¿Y vos vas a poder con esos recuerdos?

—Cada cosa a su tiempo. Primero Ámbar, después mamá y por último la denuncia contra el «coronel».

Una sola frase les digo que escribió Amanda, o quien haya sido, en una de esas cuatro hojas, en la hoja número diecinueve, que leí en aquel lugar de las tierras altas. La escribió al referirse al «coronel», a sus acciones, a su historia, cuando habla de quién fue su abuelo y quién su padre. La frase dice exactamente:

«La lucha por la revolución es mucho más larga que una sola batalla».

—Interesante definición —dijo Dolores—. No me dijiste una palabra de cómo te fue con la periodista española.

—Muy bien. Creo que el reportaje salió bien. Quiere hacer más notas.

—Mucho interés periodístico.

—Me propuso llevarme a España.

—Qué bueno.

Guadalupe alzó la vista hacia el cielo.

—La vida sigue, Guadalupe. Sin renunciamientos, pero sigue, te lo aseguro.

Dolores le tomó las manos.

—¿Qué vas a hacer?

—No entiendo tu pregunta.

—Si vas a viajar con ella.

—No, no. De ninguna manera. Estoy muy agradecida por su oferta, pero tengo que estar aquí, seguir adelante. ¿Cómo podría irme sin Ámbar? Alejarme de ustedes, alejarme de todo. De aquí soy y aquí me quedo. España no es mi lugar en el mundo.

—Mírame a los ojos —le exigió Dolores.

Guadalupe rara vez rechazaba un pedido de «La D».

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Podrás?

—Es lo que deseo. Tengo mucho por qué pelear. Goytisolo no me deja decir «no puedo más y aquí me quedo».

—¡Qué bueno! Amo a Goytisolo.

—Voy a llorar mucho, sabelo.

—Si eso te sirve, llorá a mares. Vamos a ayudarnos entre todas.

—Entre todas.

—¿Cómo dice la frase que citaste de esas hojas autobiográficas de tu ama de llaves?

—La lucha por la revolución es mucho más larga que una sola batalla.

—Qué buena máxima. Pero para eso hay que estar dispuesta a seguir el destino de millones de mujeres y, en especial, de las más oprimidas, como aquellas de las tierras altas y muchas otras que padecen los peores sufrimientos.

—No tengo opción, aunque se crea que siempre las personas tienen opciones. Sin las demás mujeres, no soy nada. Nada.

—«Un hombre solo, una mujer, así tomados, de uno en uno, son como polvo, no son nada».

—¿Ves que Goytisolo no me deja abandonar? No hay elección.

—«La vida es bella, ya verás, como a pesar de los pesares, tendrás amigas, tendrás amor». Tendrás amigas, tendrás amor.

Guadalupe volvió la vista al cielo y se abrazó a Dolores.

La noche se llenó de gotas de estrellas.

***

XXXVI

Los muertos mandan

Los muertos entregan la antorcha;

los vivos abren los caminos.

1

Como si fuera una cuentita de almacén, el alcahuete presidencial lee el número que en una papeleta le escribió su asistente. Luego de los números hay una lista de nombres.

—¡Nada de preocupar al presidente con estas cositas! El presidente está considerando graves asuntos de Estado.

—¿Qué cositas? –pregunta un hombre que nadie sabe quién es ni de dónde es que ha salido. Es petiso y cabezudo y tiene aspecto de montón de nada. Cara de ángel caído, lavada, blanca, tirriosa la mirada y el cabello mugriento, así parece, pero solo se trata de un betún novedoso que electriza el cabello y le cambia el color a rubia ceniza.

—¿Y usted quién es? –el alcahuete presidencial siente curiosidad por el intruso. El aspecto del hombre despierta su atención.

—Soy de Hacienda.

—¿Qué hace acá?

— Controlo las cuentas. En realidad, no soy de Hacienda, estoy al servicio de Hacienda. Llegue en el mismo viaje que el ministro. ¡Me trajo entre su equipaje! –ríe sin prejuicio–. Soy contralor de los organismos de crédito, trabajo a su servicio y ahora estoy en su gobierno. Haga de cuenta que soy un ministro más. La madama teme que ustedes no respeten las restricciones. El populismo es una enfermedad contagiosa. Debería haber una vacuna para ello. ¿No le parece?

—La única vacuna es el Remington Patria.

—Hay restricciones para su aplicación.

El alcahuete presidencial mueve su cabeza como si fuera un muñeco de goma.

—El ministro no quiere que destinen dineros a otra cosa que no sea el pago a los generosos usureros. Scrotus invirtió tiempo y saliva por ustedes. Vengo a controlar que el presupuesto se ajuste a lo acordado.

—No hace falta su control. Dígale al ministro que nadie sabe mejor que yo qué es lo que se debe ajustar y en qué no se debe gastar.

—Lo lamento, señor, pero yo no rindo cuentas al ministro. Informo solo a la madama.

El alcahuete presidencial repasa la lista de nombres escritos en la papeleta que tiene en sus manos.

—¿No se dejará impresionar por ese número?

—¿Un femicidio cada veintinueve horas? ¡Por favor! Hemos mejorado nuestras estadísticas de mujeres muertas por femicidio. Algo es algo.

—¿Está seguro de ello?

—O al menos hemos corregido los números. En este país, es más lo que no se sabe de estos asuntos de lo que se conoce. Se trata de ser propositivos. Hay que ser propositivos. La exageración lleva al desánimo. No estamos para desánimos. “Una menos” debería ser nuestra consigna.

—No suena inteligente eso.

—¿No?

—No. Yo diría algo así como que “ha mejorado la estadística por la activa campaña del gobierno por dar respuesta a los reclamos de las mujeres”. Alguna ministra podría decirlo, quedaría más interesante. Estoy seguro de que el Consiglieri le daría este consejo.

—Lo tendré en cuenta.

—Entonces, ¿nada de presupuesto para esa ley de emergencia contra la violencia contra las mujeres?

—Nada.

—El ministro temía que se dejaran impresionar por las sesenta mil mujeres que desfilaron por Trelew.

—¿Sesenta mil? No tenía esa cifra. No la divulgue. Con la cifra de la deuda externa tenemos bastante.

—Como usted quiera, señor. Cuando se trata de mujeres, soy una tumba.

—¿Se va a quedar ahí parado observándome todo el tiempo?

—Sí, señor. Espero no se moleste, pero madama lo ordenó y yo debo obedecer. Hay mucho dinero en juego.

—Entonces sirva para algo, lea.

El alcahuete presidencial le entrega al contralor del presupuesto la lista con los nombres de las mujeres asesinadas, una larga lista de femicidios.

—Lea en voz alta para que pueda escucharlo. El ruido que viene de fuera es insoportable. Todas las semanas, todos los días, una protesta.

—La gente es quejosa, habría que prohibirlo. La queja distrae.

—Lea por favor.

—Sí, señor. Ángeles, Chiara, Micaela, Araceli, Nicole, Daiana, Anahí, Lucía, Natalia, Marina, Gabriela, María Eugenia, Agustina, Laura, Elizabeth, Tamara, Lola, otra María Eugenia, otra Gabriela, Noelia, Priscila, Melina, Paola, Suhene, Nicole, Serena, Cynthia, otra María y otra María y una Juana y otra Juana… ¿Debo seguir? La lista es interminable, señor. Esto también es un derroche.

—¿Sesenta mil mujeres?

—¿Cómo dice señor?

—Pensaba en voz alta. Trelew es una ciudad pequeña.

—Muy pequeña, señor. Muy pequeña. Fue desbordada.

—¿Se va a quedar ahí parado?

—Como los árboles, señor, a su lado, todo el tiempo. Madama me lo ordenó y no quiere que nadie la desobedezca. Soy un hombre pequeño-pequeño. Mire mi aspecto. No albergo desafío alguno. Soy dócil como cualquier animal doméstico. En cambio, ella es enojosa, sufre de ira. Desaparece un país con una firma. Usted debería saberlo.

—Entonces infórmele que ya negociamos el presupuesto. Diputados lo aprobó y el Senado lo aprobará. ¿No es una buena noticia?

—Maravillosa, señor. Maravillosa. ¿El señor presidente está al tanto de estos logros?

El alcahuete presidencial guarda silencio.

—El señor presidente está al tanto de todo. Ocurre que a veces no lo parece.

Afuera crece el bullicio del reclamo por techo, tierra y trabajo. Las malditas tres “T”. El General sigue sosteniendo la bandera para el juramento. “¿Juráis a la patria seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida?” El alcahuete presidencial sonríe. El contralor de los gastos del Estado, también sonríe. ¡Si madama escuchara ese juramento!

—¡Morir por una banderita!

—¡Qué ocurrencia!

2

—El señor presidente habló de cuarenta y cuatro muertos y se fue de baile. Dijo que debía bailar «en cumplimiento del deber».

Faustino escucha lo que Gloria dice.

—¡Trocoto! ¡Trocoto! ¡Trocoto!

Con su vara rasca el fondo del hoyo, que se ha vuelto pedregoso, buscando los escondrijos de los ratones de ojos de fuego.

—¡Deja de hacer ruido, hijo! Los ratones se han ido porque todo ha cambiado en este lado del cielo.

—¿El señor presidente habló de cuarenta y cuatro muertos y se fue de baile? —Faustino quería estar bien seguro de lo que hablaba la madre.

—Tiene una sola tripa, el hombre. Suda, pero de fiesta y nunca de trabajo.

—¿Una sola tripa? —Cindy no puede creerlo. Nadie puede vivir con una sola tripa.

—Una sola, cierto. El bolsillo. No tiene corazón el hombre, nunca lo tuvo.

Cindy se encoge de hombros. Trata de imaginar al hombre de una sola tripa, pero su felicidad es tan grande que abandona la idea de darle aspecto a ese malhombre de la sola tripa.

Está feliz porque puede reconocer sus manos y, con ellas, su rostro. Estuvo angustiada cuando comprendió que le faltaban las manos. Ahora que las ha recuperado las mira con alegría y luego pasa sus delgados dedos por el rostro para sentirlas y para que ellas sientan la laxitud de sus facciones suaves. Su corto mentón, sus delicados labios, su pequeña nariz.

—¡Trocoto! ¡Trocoto! ¡Trocoto!

Faustino insiste con su vara contra la dura piedra en busca de los perversos roedores.

—Por las dudas —dice y mira a Gloria desde el borde de sus ojitos—. Esos ratones de ojos rojos no son confiables.

—No quedó nada aquí que sea de su interés. Desde que el agua subió y limpió el hoyo, ellos huyeron como los matones. —Gloria sabe de qué habla.

Hombres y ratones en desbandada. Cada cual corrió para su lado. Los ratones en dirección a donde sabían que las cuevitas que cavaron oportunamente estaban libres de ocupantes. Son más pícaros que los matones, que se agazaparon entre los matorrales, pero no pudieron escapar a las miradas de los campesinos que se congregaron bajo la bandera de las tierras altas, agitando sus manazas amenazadoras que prometían una verdadera paliza.

El General los aleccionó desde su proclama sobre la conveniencia de organizar una milicia para cuidarse de los de adentro y de los de afuera.

La autoridad dejó escapar a muchos de los bravucones acusados del asunto de los niños muertos. No por su voluntad detuvo a otros, sino porque la gente estaba para la revuelta si no había algo de justicia por esos crímenes. Así fue como algunos fueron entregados por los propios —traición con traición se paga— y estos delataron a otros tantos que están prófugos desde entonces.

Los presos pasan en gayola unas noches de olvidar entre los ronrones de unas cucarachas que usan de bramadera unos rugosos cartones con los que los vigilantes cubren los pisos para que absorban los orines que llegan desde los calabozos.

—¡Trocoto! ¡Trocoto! ¡Trocoto!

El muchacho persiste en sus refriegas con la vara contra las piedras, a pesar de que nada se le anima desde que el agua se hizo cargo de limpiar las inmundicias de las tierras bajas.

Gloria suspira. Pacíficamente suspira, como las madres lo hacen cuando el capricho de los hijos desoye sus palabras sabias.

—¿Habrá fiesta? —Faustino pregunta con una sonrisa para distraer a la mujer de su fastidio por el ruidito de la madera contra la piedra.

—Puede que haya, depende. Haré los arreglos si dejas de embromar con tu palillo. —La madre responde como si no le importara mucho la pregunta.

Cindy asegura que habrá fiesta y celebra. Hace tiempo que no está de fiesta. Pero no quiere por ello parecerse al hombre que tiene solo una tripa, ni corazón, ni cerebro, solo un bolsillo cosido a lo bruto donde guarda lo que le roba al pueblo.

—¿Una tripa de bolsillo donde guarda lo que roba al pueblo?

—Así es —asegura la mujer—. En la tripa junta el oro, moneda a moneda, y para el pueblo decreta el hambre día a día. Dice «hambre» y pone la firma.

Por eso la pobreza se expande con su comparsa de desgracias. Sin pan y sin trabajo, los barrios miserables aumentan sus penurias y sus aguas servidas arrastran las esperanzas de los habitantes hasta unos arroyos que hieden a podrido. Aguas de mugre en las que, a la mañana, el sol se ennegrece y, en la noche, la luna muda de apariencia hundida en el lodazal de los pordioseros.

El sonidito de un recién llegado anuncia su presencia. El recién llegado quiere decir, pero no sabe cómo. Balbucea el artículo de un código y hasta los ratones, a lo lejos, ríen de esas palabras que escapan como pajarracos rumbo a ningún lado.

Entonces mira al barranco, que le parece demasiado profundo, y se aparta antes de que esos ratones de ojos inyectados lo empujen para que ruede hasta los pies de Faustino, que espera con su vara justiciera para darle de palos que le quiten las ganas de embromar allí dentro.

Va vestido del color de la piel de cabra.

Gloria mueve la cabeza de un lado al otro y su mirada va de espectro en espectro. No necesita que Cindy le diga qué le pasa. Las mujeres saben de mujeres como nadie.

De la muchacha sale un perfume de cristales que la luz hace volar en círculos perfectos casi hasta la boca del pozo hondo.

El hombre espera, prudente, que le den permiso para arrimarse. Iniustitiam está algo tímido porque no reconoce el lugar adonde ha ido a parar. Faustino lo señala con su vara y Gloria observa todo desde su experiencia.

—Mitad verdad, mitad mentira —dice luego de auscultarlo meticulosamente, y espera a ver qué dicen los jóvenes del recién llegado.

Faustino le ordena que gire y gire para verlo bien de frente, de perfil y de espalda. Claro que el hombre obedece, no está para desobediencias. Y gira. Mitad verdad, mitad mentira, mitad y mitad, muestra cada lado y cada lado luce como lo que es.

Cindy no sabe dónde depositar su atención, si en la mitad de la verdad o en la mitad de la mentira. Si mira la de la mentira, no es de su agrado, pero la otra es ¡tan bonita! Y ella siempre quiso administrar algo bello. La suerte, que es grela, fayando y fayando desde que era pequeña, la largó sin un cobre de amor por este mundo.

—Necesito enamorarme —dice.

Cuatro niños dan vueltas a su alrededor y repiten varias veces:

—¡Necesita enamorarse! ¡Necesita enamorarse!

Los niños sueltan atrevidos sus palpitaciones y un calor y un ardor de labios suben por las piernas, las caderas, el vientre, hasta los senos y de ahí al rostro, y la muchacha no puede disimular sus sentimientos por el aparecido. Ella se enciende como una rosa roja.

—Una mentira dicha con fuerza suena mejor que una verdad en voz baja. Muchacha, ¿gritos o susurros?

Cindy está distraída observando el lado bello del hombre que aguarda que le den permiso para llegar donde los otros. Está embelesada. Los niños rondan y cantan y a veces rozan a Cindy con sus manitas suaves.

—¡Niña! —Gloria reclama su atención—. ¿Gritos o susurros?

Pero Cindy no sabe qué responder.

—¡Necesito enamorarme!

Lo gritaría y sabe que sus gritos no serían mentirosos. Si se enamorara, ¡cómo lo gritaría! No susurraría el amor porque eso no sería verdadero.

—Si he de sufrir, que sea de amor —se justifica.

Faustino entonces camina de un lado al otro, considerando si esa disyuntiva no nace más de la desesperación de la soledad que de un enamoramiento verdadero. En su ir y venir descubre que todos los gusanos están encapullados esperando su momento.

Reclama la atención de Gloria.

—¡Madre! ¡Madre! ¿Esos no eran feos, feos y están listos para ser hermosos? Puede que el hombre esté por completar su metamorfosis y su lado oscuro ceda al luminoso. —Cindy aprueba entusiasmada.

—Muy diferentes de aquel que ruega para estar entre nosotros. —Gloria no se deja engañar—. Estos de los capullos siempre fueron auténticos y van de larva a mariposa. Lo suyo es cambiar porque lo que no cambia muere. Pero aquel es un hombre de doble ánimo. Los de doble ánimo no van por caminos seguros, dudan si hacer el mal o hacer el bien y casi siempre eligen lo malo porque es redituable. Ambiciosos, codiciosos, indiferentes. Además, su lado bueno es transparente porque es de vidrio, demasiado frágil; al primer abrazo se romperá como si nada. Su lado oscuro es pedriza negra de noche negra, coagulito de noches de sopores.

Cindy propone darle una oportunidad.

—¿A cuál de las dos partes? —Gloria quiere saber.

—A la hermosa, por supuesto. La acariciaré y besaré para su alivio.

—Entonces lo cortaremos justito al medio y echaremos a los ratones de ojos rojos su parte horrible.

Se sabe que ni al alma más insignificante se la puede partir al medio.

—¿Y quién tiene derecho a separar una parte de la otra? —Cindy lanza el desafío.

—Solo el cielo. El cielo mandará su rayo y lo partirá justo al medio, separando lo bueno de lo malo. Verás, niña, lo partirá un rayo.

A Cindy le da rencor que al hombrecito lo corten como a una fruta madura. Si lo parte un rayo tendrá solo una porción de hombre que acariciar y que besar. El pobrecito andará cojo por el mundo de los muertos, con una mano menos, ¡manco del espanto! La mitad de las caricias, la mitad de los besos, la mitad de las miradas y todo a medias palabras.

Ella quiere un amor entero, que la complete también de amor como siempre quiso. Aunque tenga un lado horrible. ¿No tiene la luna un lado oscuro? Todos somos dos en uno. Algo de luz, algo de oscuridad. La cuestión es la proporción. Si predomina la luz, eres amable. Si predomina la oscuridad, abominable.

Cindy cree que con su amor puede hacer brillar la luz por encima de la negritud de la oscuridad. El amor todo lo puede. En eso creyó siempre, ¿por qué habría de descreer en ese momento?

Cindy toma un atajo milagroso.

—San Judas Tadeo, San Judas Tadeo —invoca al santo de los imposibles—. ¡Necesito enamorarme! ¡No lo partas con un rayo!

Gloria ríe por la ocurrencia de la muchacha.

San Judas Tadeo, ¡perdónala!, no sabe lo que dice.

San Judas Tadeo es valiente. Hombre de pecho robusto, pero de corazón tierno, no anda con rayos en las manos para separar al mal fiscal del buen fiscal, ¡aunque esa sí es una tarea imposible!

—San Antonio de Padua, niña, San Antonio de Padua —la corrige Gloria, que si de algo sabe es del santoral—. Ponlo cabeza abajo y ofrécele trece monedas; él te dará lo que pides, un amor verdadero y no un hombre de doble ánimo o medio hombre. San Judas Tadeo no separa la mitad maligna de la bondadosa de un hombre. Ese que ves ahí esperando no tiene salvación, aunque intervenga San Judas Tadeo. Él irá a purgar sus pecados o a cocerse entre fueguitos purificadores. No tiene cielo por porvenir.

Cindy no sabe disimular su decepción. ¡Es tan bonito su lado lindo que hasta está dispuesta a tolerar el espanto del otro! Solo quiere enamorarse, ¿es eso un pecado?

—¡Claro que no! —Gloria la consuela, pero el recién llegado deberá quedarse merodeando por los alrededores.

Cindy no puede cuestionar su autoridad porque no sabe cómo hacerlo. Nunca pudo contradecir y tal vez por eso esté allí esperando que un milagro de amor consuele los tiempos de su eternidad.

3

Ámbar apareció de repente.

—A vos te estaba esperando —dice Gloria sonriendo.

Ella devuelve la sonrisa.

Faustino agita su vara en señal de bienvenida. Cindy, en cambio, la mira sin poder quitar de sus ojos la imagen bella del apartado que, desde su pequeño destierro, observa esa reunión de bienaventurados.

El hombre querría decirle a la aparecida, si se lo permitieran, que él está allí por andar hurgando adónde había ido a parar esa muchacha desaparecida luego de la balacera y la estadía en el hospital. También el asunto de los pedófilos enojó a algunos poderosos. Los poderosos no quieren que se metan con sus vicios; son celosos y vengativos, mucho más que toda esa manada de ratones perversos que disfrutan la carne podrida y la sangre embadurnada de mugre.

Le diría también cómo el monóxido de carbono llegó de noche y se metió primero en su cama, entre las sábanas, como un airecito inofensivo, suave de perfume dulce y extensa textura de silencio, y luego derramó una soledad extraordinaria en sus cinco sentidos. Se adormiló pesadamente, se adormiló mecido por la muerte como una leve espiga y se murió sin más explicaciones.

Así quedó patizambo y destartalado como luce ahora, medio lindo y medio horrible. El monóxido de carbono fue el que puso al descubierto esa parte de él que supo, hasta entonces, mantener debidamente oculta.

Maldito gas.

Maldito gas.

¡Pero hablarle de muerte a Ámbar! ¡Qué ridículo es el hombrecito, mitad lindo, mitad horrible!

Desde donde está apartado le hace señas a Ámbar, pero ella se desentiende de sus muecas de pelele (y eso que esconde su lado horrible para no deschavarse).

Ámbar le diría:

—Yo te conozco, te conozco, arrastrándote por los silencios de los despachos, por los pasillos que conducen a los burócratas de turno. Te conozco, te conozco.

Pero Gloria no quiere que gaste palabras con ese espectro porque no habrá indulto, aunque Cindy insista con el perdón o, más no sea, medio perdón para el medio hombre bueno.

—Cuando lo parta el rayo.

Y no habrá nada que convenza a Gloria de otra cosa.

Cuando Ámbar se acerca, Cindy la contempla.

—¡Ya sé quién sos! —exclama con ese entusiasmo adolescente que no la abandonó nunca.

—¿Seguro?

Cindy baja el escote de su vestidito azul y exhibe alegre su tatuaje.

Gloria lo observa con reservas, Faustino con entusiasmo.

—Un trébol de cuatro hojas, pero negro.

Ámbar se deja caer en los ojos de Cindy; en su fondo hay una lágrima fresca persistente.

Algo grita el medio hombre bueno desde su distancia. La mitad horrible parece dormir el sueño de los injustos. Pero a nadie le importa si fue él quien habló de ese trébol negro de cuatro hojas sobre un pecho blanco.

—Por eso «El Morro» comenzó su destierro —explicó a viva voz.

Iniustitiam considera que eso debería ser mérito para un poco de indulto a sus pecados. O al menos medio indulto. Media gracia. Medio perdón. La mitad de la condena.

Gloria frunce el ceño porque lo de «El Morro» no lo tenía presente. Hace como que no escuchó nada, un ardid con el que se puede salvar una incómoda situación que la mitad de un hombre plantea desde su alejamiento.

Espera que Cindy le dé su apoyo, pero en ese momento la muchacha solo tiene ojos para Ámbar.

—Vos sos el amor de la chica que estuvo conmigo en el chupadero.

Ámbar se sorprende hasta las lágrimas por la revelación. Como llora, Cindy la consuela. Ella siempre abraza a quien está a su lado si sufre una pena. Y si festeja una alegría, también reparte abrazos. Es una manera de amar.

Más niños llegan desde una transparencia. Hacen una ronda alrededor de Ámbar. Cantan. Ella también canta y luego Cindy también lo hace.

Alguien suena a cascabel, alguien a trineo, otro a sombrero de copa y también hay quien suena a verde, como a azul y a rojo.

—¿Qué es este alboroto? —pregunta Ámbar, asombrada del ruido que se apoya en la piedra como una alfombra de hojas.

—Es la hora de los mandatos —Gloria habla con la voz de un libro.

—¿Hora de los mandatos?

—Los muertos mandan, y cada día mandan más —explica Faustino, de comedido.

—¿Los muertos mandan? —Ámbar está confundida.

—Los gloriosos, esos mandan como nadie —es Gloria la que sabe de los mandatos.

—¿Ven allá, donde hay como un costrón de oro, una orilla de humo antes de un abismo con la profundidad de un cerrojo?

Todos miran en la dirección que Gloria señala.

—Son las madres calchaquíes. Caen abrazadas con sus hijos a los abismos del cautiverio sin fin. Cargan cadenas, llevan corona de espinas en la frente. La guerra de exterminio las estampa al pozo donde se guarda el nombre de la patria propia. Sin decenas, son centenas, son miles. Caen y con ellas sus hijos. Son las semillas de todas las insurrecciones. ¿No escuchan los clamores?

—¡Justicia! ¡Gritan justicia! —Cindy se exalta cuando escucha la palabra «justicia», que llega de viento en viento hasta donde están ellos.

Más cerca, donde una montaña tormentosa despeña racimos de piedra en dirección a un hacha, hay una madre, una esposa, una hermana, una generala que desafía al tormento como los pétalos de una flor indomable, la furia de los vientos.

Todos la ven, todos reconocen su condición altiva, guerrera, desbordante.

—Es Micaela, la generala. Quien sepa oír, que oiga —explica Gloria—. ¡La habrá visto en tantas oportunidades!

Su lengua dice aún desde el lugar inagotable donde fue atravesada. En las manos atadas a la sangre, los pedacitos de Hipólito, un amasijo fresco, el galope de la luna luego del degüello, un temblor sigiloso entre cantos y verbos. Las manos arreciadas de tantas jornadas de palabras de guerra.

La voz de la generala suena a la velocidad de la patria cuando se insurrecciona. Ordena los fuegos, endereza las venganzas, alecciona a las balas.

Dice «¡Libertad!» y llama a otros muertos a la insurrección de los aniquilados, a los descuartizados entre fuegos, a los desterrados en las noches. Y ellos llegan desde todos los lugares. Por el idioma de los pétalos llegan los libertadores; acuden desde los escalofríos del fuego, desde las luces inconclusas, desde las sombras de los abanderados. Llegan ansiosos de renovar sus investiduras.

El linaje de sus ásperas espadas espera consagrarse nuevamente en la lucha por la revolución. La libertad es un destino, la independencia es una patria que florece.

Llegan los capitanes de la tierra. Ellos ofrecen sus servicios para lo que venga. Y en sus naves desbocadas vuelven los navegantes del esplendor de las velas hinchadas.

La revolución es una e indivisible.

Gloria admira. Cindy suspira. Faustino contempla el circuito de esa tormenta que reclama su hora. Ámbar descifra el enigma de cada soldado. Los niños encienden unas lámparas que alumbran lo que aún no ha llegado.

Los muertos mandan.

Los muertos gloriosos mandan.

Nadie puede dejar de continuar sus obras.

El pueblo abre la puerta de su destino y oye las voces que llegan del pasado. Sabe de la lucha, de los callejones de sangre donde será emboscado, de los perfumes crueles con que será bañado. Pero la Libertad es suprema.

«Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres y que la justicia es solo para ellos».

El General de la Patria es hoguera y montaña y destroza la lágrima.

Ni amo viejo, ni amo nuevo, ¡ningún amo!, declama, y entrega su tributo para la Libertad del pueblo.

Que así se haga.

[1]Palabras para Julia, José Agustín Goytisolo

[2]“Pero no tengo tu voz, ni tus maneras, / ni tu sombra pequeña y tu entusiasmo grande. / Nada cambió, salvo tu ausencia. / Camino la calle. Son las mismas piedras. / Unos hombres van a la par de sus mujeres / y tras ellos sus sombras, como siempre. / Yo, en cambio, sigo sola y digo “no puedo más”, “no puedo más y aquí me quedo”. / Y Goytisolo me llama para decirme / que no es así, que no es posible, / y yo le miro los ojos y lloro. / Lloro cuando miro sus ojos / y me regaña porque me da sus versos. / Yo no soy Julia, le digo, yo no soy Julia, le repito, /, pero eso a él no le interesa. / Todas somos Julia, todas, / eso me dijo y me dejó sus versos. / Y aquí me quedo. / Repito tu nombre y algo me consuela.” Poema atribuido a Guadalupe.

[3]El nombre escrito es Anna Kruspaieva.


URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS