Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva

Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva

Advertencia 

Sobre la vida de Amanda Da Silva existe, y existirá, una irresoluble controversia. Hay quienes defienden fervorosamente la verdad de su existencia, y quienes creen que solo se trata de una fábula de entretenimiento. Cada uno es dueño de adscribir al bando que más lo seduzca. Por nuestra parte, hemos tomado partido y nos alegramos de ello.
Todo lo que aquí se narra es dado por ocurrido sin que nos interese el debate alrededor de la veracidad o no de lo narrado. La verdad, muchas veces, es un tesoro al que hay que buscar de por vida, y al encontrarlo resulta muy diferente a lo que imaginamos de él al inicio de nuestra empresa.
A nuestras manos han llegado las fotocopias de un breve escrito titulado Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva. El mismo está dividido en tres partes: una autobiográfica y dos poemarios. La parte autobiográfica comprende tres períodos: infancia, adolescencia y vejez. Esta última trata sobre las circunstancias que rondaron su trágica muerte. No hay ningún dato sobre su relación con el ilustre prócer.
El primer texto es manuscrito, los otros dos no. Se trata de algo más de veinte narraciones (1) realizadas en un modesto cuaderno marca “Gloria”, del que se conserva, además, su tapa.
El manuscrito nos aproxima de modo muy sucinto, casi de manera mezquina, a los sentimientos de la mujer que prestó sus servicios para garantizar el bienestar de quien fue bautizado como “La Reliquia”, de parte de sus enemigos.
A la brevedad del documento debe agregarse la pérdida irreparable de muchas de sus hojas (se desconoce con precisión cuántas), que fueron arrancadas con el seguro propósito de impedir su trascendencia.
No estamos en condiciones de asegurar si la eliminación de una cantidad indeterminada de las hojas de la Autobiografía… fue decidida a fin de proteger a su autora o solo con el propósito de conservarlas para desvelar su contenido en el futuro, alentando la hipótesis de que algunas de ellas podrían contener datos comprometedores para los protagonistas directos de esos sucesos extraordinarios.
Por otra parte, debemos mencionarlo, el documento no fue conservado con esmero, ya que sufrió el embate del agua que borroneó partes enteras hasta hacerlas ilegibles. Así pues, se perdieron para siempre entre manchas y borrones y hojas arrancadas, tal vez datos reveladores o menciones sutiles que podrían habernos ayudado a comprender más acabadamente el milagro de la sobrevida de “La Reliquia”, y de cómo los hombres de su entorno más íntimo, sus custodios, agrupados en esa logia de desconocidos, todos miembros de la milicia con grados de suboficiales, garantizaron que el emblema que representa la nación nunca fuera arriado definitivamente.
Acompañan los mencionados textos dos fotografías. La primera, de un dibujo infantil atribuido a Amanda, con el título El ángel de Amanda. La segunda corresponde a una niña posando en una especie de estrado, participando del ritual sacramental de la iglesia católica para recibir por primera vez la eucaristía. La antigüedad de la fotografía se corresponde con la edad que debió tener por entonces la supuesta Amanda.
Los poemas no alteran en lo más mínimo el relato autobiográfico ni agregan datos históricos, aunque nos aproximan en parte al perfil psicológico del ama de llaves.
El primero de los poemarios, integrado por diez poemas, está inspirado en un frustrado amor juvenil, y el segundo en sucesos históricos que habrían ocurrido en la propia zona donde se erigió la prisión del prócer (lugar del que no existe precisa referencia), o en parajes más o menos cercanos a la misma.
La falta de mención del extraordinario huésped de esa mansión elevada como un cubo siniestro en medio de una sequía furibunda y centenaria, construido sobre las tumbas de cientos de encomendados asesinados por sus incansables rebeldías, podría deberse al afán de Amanda por proteger a su ilustre huésped más allá de su propia suerte.
Ella, no cabe duda, solo volcó en su breve “diario” angustias personales, sin revelar nombres ni datos que hubieran ayudado a una pesquisa más provechosa, aunque más no fuera por personas vinculadas a su vida en uno u otro momento. Su celo en el secreto fue tan decidido que ni siquiera de manera elíptica hay una palabra, una expresión (no ya una oración) que sirva para develar alguno de los misterios que rodean la historia. Amanda habría cumplido a conciencia una misión que se le encomendó por razones que aún son motivo de estudio.
El enigma planteado a manera de poema en la hoja N° 12 no ha sido todavía resuelto. Esperamos que, de producirse el descubrimiento, estemos entre los primeros en anoticiarnos de ese interesante acontecimiento.
Tampoco ha llegado a nosotros ninguna referencia al contenido del pequeño papel que el suboficial “Pérez” le entregó a Amanda antes de partir hacia su retiro y que ella leyó en el andén de la estación Liniers, del ferrocarril Sarmiento, antes de desaparecer al paso del convoy.
No deseamos extendernos más en esta simple advertencia. Sabrá el lector juzgar lo aquí narrado de acuerdo a lo que le dicte su corazón.
La razón, es probable, no esté de nuestro lado. Pero nunca las grandes epopeyas ni las verdades más extraordinarias han nacido por el solo impulso de la razón. Sin corazón nada tiene sentido para los hombres. Solo cuando los hombres están decididos a ofrendar su corazón por una causa, es que ella puede alcanzar la victoria.
Quien acceda a este libro no hallará una narración valiosa, pero sí se encontrará con el corazón de Amanda Da Silva, el único y precioso legado que dejó, a nuestro parecer, para las generaciones que la sucedan.
Siéntaselo latir hasta el momento postrero de su muerte y cántese con ella el himno de victoria que la acompañó hasta el último suspiro.

1) Cuatro de ellas permanecen extraviadas. (Nota del editor).

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“El ángel de Amanda”, dibujo atribuido a Amanda Da Silva cuando niña..

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Retrato de Amanda Da Silva (autor desconocido)

Autobiografía
en secreto

de
Amanda Da Silva

La infancia

Sección
primera

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Narración N° 1 

Cuando llegué a la casona, el cielo estaba yermo. La tierra, ciega. El aire, mudo. Una soledad se podía palpar con los dedos. Conocí a la señora. Debo asistirla, según mis órdenes.
Ella es la tristeza apenas palpitante. No camina: flota por la casa como si no tuviera pies, sino alas invisibles. Es demasiado delgada, transparente; se nota que no se alimenta como corresponde. Sus manos son un agua veloz cuando sus dedos se posesionan de la música. En mi presencia —tal vez solo por impresionarme o complacerme— ejecutó en el piano Sueño de amor de Liszt. Actué como si nunca hubiera escuchado esa música. Mis conocimientos musicales no figuran en mi legajo: aquí soy casi bruta. Y cada tanto la señora me lo recuerda, “¡bruta! ¡bruta!”, me grita como si fuera un conjuro que la exorciza.
El piano suena afinado, para mi sorpresa. Parece que ella misma lo ajusta para escucharse con placer. Luego, sumergida en los sonidos, cantó O mio babbino caro. Su voz es dulce, perfecta. La casa entró en un silencio inmenso, y sentí una honda emoción sin proponérmelo. Ella fingió no verme, y a medida que cantaba sus ojos se humedecieron. Un ave negra cruzó la habitación de lado a lado y ella se detuvo, conmovida. El sonido artrítico de un vendaval helado impuso el final abrupto de la música.
Posó sus ojos en los míos y, tras un breve tiempo, apoyó su cabeza redonda en el teclado y se echó a dormir, como si una orden secreta así se lo indicara. La alcé del taburete y la llevé hasta su habitación. Es liviana, acaso como una lágrima. Aunque no soy de gran contextura, tengo la fuerza suficiente para alzarla sin inconveniente.
La pared mostraba un revoque casi destruido. Tardé en descubrir la razón. La cama estaba helada, tanto como ella, que parecía sumida en un pedernal de nieve.
Cuando llegó la noche, dejé que el canto de la señora volviera a mi mente. Las tres primeras corcheas en la bemol mayor sonaron como una herida acantilada. Y no pude dejar de pensar en su llanto, sumida en mi propia tristeza. 

***

I – El pueblo 

Por una calle lateral a las vías del ferrocarril corría un runrún de hojas secas. Era un rumor que caía vertical desde las enramadas que se estiraban redondas hacia la luz del día. El viento repujaba, en orfébrico trabajo, las perlas diminutas de las piedras molidas por el paso del tiempo.
En otoño, el sonido de la hojarasca se volvía ocre: perdía musicalidad y adquiría la fisonomía de una pincelada de óleo que cosquilleaba los oídos, como si al correr del pincel una intriga colorida se amancebara con el crujiente sonido del polen olvidado en una primavera distraída.
Como hacía semanas que no llovía, ninguna humedad alteraba la fragancia del hojerío amontonado aquí y allá durante la inesperada seca. Amanda aspiraba el perfume de las hojas caídas y dejaba que el último polen reposara sobre su delicada piel de niña. Estaba parada a metros de las vías lustrosas que se abrían paso como fugas plateadas hacia un horizonte de vegetación variopinta, y trataba de interpretar los remolinos que las hojas dibujaban como señales misteriosas que le hablaban de cosas aún incomprensibles.
Los remolinos bailaban como un perro que perseguía a un hombre, aullando con un sonido que raspaba los oídos de un paisano imaginario que volvía y revolvía tratando de espantar al perro que mordía la sombra antropomórfica inventada por las hojas en sus anárquicos vaivenes.
Era apenas una niña llegada a los suburbios de la ciudad, donde cielo y tierra se confundían en la extendida perspectiva de un abrazo. Un pueblo en el que, hasta su llegada, solo se levantaba la modesta casita de un matrimonio boliviano recién llegado de su fatigosa peregrinación desde la puna. La suya, la segunda del villorrio, era de madera canadiense, comprada junto al lote de ocho metros de frente por treinta de fondo, que un abogado vendió a sus padres con un crédito a treinta años. “Una eternidad”, escuchó decir Amanda a Miguel, su padre, mientras Anita, la madre, asentía con un leve movimiento de cabeza. Amanda pasó tiempo tratando de comprender cuán larga era una eternidad y si había más de una, porque las había y resultaban caprichosas como los amores. De la perpetuidad tomaría conciencia cuando ingresó a trabajar como custodia —la llamaron “ama de llaves”— de La Reliquia: allí reconoció la anatomía de la inmortalidad envuelta en una vieja y roída bandera celeste y blanca que juraron defender hasta con la propia vida.
Las vías del tren atravesaban una calle de tierra que se desenrollaba de norte a sur, las más de las veces barrida por caprichosos vientos llegados de todos lados. Era difícil descifrar el perfume que traían esos vientos precipitados desde los cuatro puntos cardinales: a veces olían a menta, otras a eucaliptos, a hinojos salvajes o a frutales. En ocasiones traían fragancias de barros cenagosos, cuando el sol disecaba algún arroyo y exponía su cauce oscuro.
Muy otro era el perfume que gobernaba la atmósfera del pueblo cuando arribaban colgados de la locomotora diésel que arrastraba unos vagones pequeños del ferrocarril inglés. Esos vagones de segunda clase, forrados en lustrosas maderas, llevaban apretujados a pasajeros de modesta condición social: obreros o empleados, todos criollos, porque el inglés reservaba su vagón de primera con apoltronados asientos y esterillas maravillosas en los respaldos.
A medida que el tren alejaba a los pasajeros de sus sueños y los aproximaba a sus penurias, los perfumes se volvían angustias que esas mismas personas arrojaban melancólicas desde las ventanillas sencillas, cayendo sobre tierras y piedras para dejar al descubierto los desvelos que los apesadumbraban. El temor más poderoso que perseguía a esos humildes viajeros, que dormitaban en los asientos ganados por el cansancio, era perder su modesto trabajo. A la vuelta de la desocupación solo los esperaba el retorno al pago, donde el hambre era más caprichoso que en la ciudad, donde siempre se podía topar con un rebusque.
La mayoría de esos pasajeros eran trabajadores que iban a ganarse la vida a la ciudad y, al caer la tarde, retornaban a los poblados más alejados, donde se alzaban sus ranchadas pudorosas, rodeadas de verduras que crecían como cangrejos de lomos verdes y de frutales que en verano se inflaban como meteoros rojos de piel lustrosa, o naranjas fosforescentes, redondas trompas de jugosas pulpas.
Las casas se organizaban en paneles paralelos de madera dura sobre un piso que, cuando había recursos, se hacía hidrófugo para impedir que el agua subiera pudriendo las paredes. Si no se podía levantar un contrapiso con carpeta aislante, el suelo era de tierra. Entonces, las mujeres lo mojaban con agua y misteriosos ungüentos gomosos e inodoros, hasta casi impermeabilizarlo, y lo apisonaban con esmero, todo lo que sus fuerzas les permitían. Usaban un pisón tan pesado como duro, que los niños intentaban levantar en vano con sus diminutas manos y raquíticos brazos. Tras meses de trabajo, surgía una capa patinosa de un par de centímetros de espesor, gris-marrón con incrustaciones de colores. El piso adquiría así una fisonomía lisa y lustrosa. Un par de felpudos brillantes vestía las entradas a las habitaciones, contrastando con el tono de piedra natural que resultaba de la compactación de la tierra.
Cada casa tenía una o dos pequeñas ventanas en los laterales, un ventiluz en la cocina, una puerta de madera al frente y otra al fondo, y un techo a dos aguas de chapas de alquitrán, frágiles ante las granizadas y las tormentas furiosas. Chapas que esperaban reemplazar por fibrocemento, más resistente y seguro. En sus bordes dibujaban sucesiones interminables de semicírculos, como una serpentina que reptaba en un ida y vuelta incansable por los laterales de la construcción.
El excusado estaba afuera, a unos diez metros de la casa, a prudente distancia de donde se comía y se dormía. Esa forma particular de la arquitectura suburbana la traían los paisanos desde sus pagos, aprendida de sus familias campesinas. Algunas vecinas organizaban incluso las cocinas también afuera, bajo una densa y entretejida enramada, para que el olor de las fritangas no apestara el interior con ese tufo denso de los aceites recocinados.
En verano, el sol caía sin interrupciones desde la mañana hasta la tarde, y cuando los vecinos ingresaban a sus casas tras la larga jornada de trabajo, se sentían dentro de una burbuja de vapores que ascendían desde el espejo de agua y permanecían calientes hasta bien entrada la noche. Puertas y ventanas quedaban abiertas para ventilar el hogar y lograr algo de frescor. Era entonces cuando entraban en acción las bandadas insoportables de mosquitos, indiferentes al penetrante olor del piretro enrollado en espiral y ardiendo desde la punta roma. Insaciables, incansables, con sus trompetas anunciaban las picaduras en minúsculos relámpagos chillones que, en muchas ocasiones, hacían estragos en los niños más pequeños.
Cuando el frío llegaba, llegaba cargado de escarchas. Blanqueaba los pastos y hasta los perros mostraban costras de hielo sobre sus lomos, a pesar del cobijo de cuchas construidas con ramas y retazos de coloridos hules. Amanda dormía vestida para evitar el frío y, por la mañana, caminaba de la mano de Miguel hacia la estación del ferrocarril para ir a la escuela en la ciudad. Solo quedaban expuestos sus dos ojitos: iba envuelta de pies a cabeza en los abrigos que su madre le había tejido para protegerla del invierno. El calor se procuraba con braceros, y algún paisano llegaba a tener una estufa a seis velas a kerosene, sobre la que una rejilla de hierro fundido esperaba la pava para el mate o algún cacharro donde calentar agua para el té.
Ese día era otoño, apenas otoño, un otoño de hojas que danzaban en círculos alrededor de Amanda, mientras alegres sonidos —no sabía de dónde venían— componían una musiquita extraordinaria. La niña sentía algo que solo comprendería ya adolescente: un sentimiento que entraba en su corazón y le dejaba una leve huella, como la huella de un ave fabulosa. Era el anuncio del amor, alhaja con noción de cántaro, que en esas orillas ásperas de baldío conocería en silencio una tarde antes de que se hiciera la noche.
El calor se había ido y el frío aún no llegaba. Era otoño y no tenía clases. Ignoraba la razón por la que no le tocó caminar hasta la estación del ferrocarril y viajar apretujada contra las piernas musculadas de su padre hasta la ciudad para concurrir a la escuela. Era feliz por esa circunstancia inesperada: se había librado, al menos ese día, de las inquisidoras monjas enfundadas en sus pesados hábitos negro y blanco, con arrebatos de mortaja, que le decían que todo lo que pensaba, decía y hacía era pecado, tremendo pecado, exuberante pecado que la haría descender por las escalinatas ardientes del infierno entre relámpagos de piedra y fuegos de agonía, a donde Dios la enviaría sin escalas para el eterno padecimiento por sus indecencias.
Ella, simple como el agua, no comprendía esos aullidos condenatorios del monjerío, que le hablaba de actos que nunca cometió y de los que no tenía conciencia. Sufría como una muchedumbre escarmentada, porque debía lidiar con las promesas de castigos de un diablo rojo como la punta incandescente de un fósforo de cera. Sí, habrá pasado sus infantiles tiempos gastando angustias tratando de entender cuáles eran esos pecados condenatorios.
—¡Niña! ¡Niña! —le gritaba al oído, como al pasar, un hábito alado que llevaba una monja vieja abrazada a la altura de su vientre de abismos—, ¡baje aún más su pollera por debajo de la rodilla!
—¡Niña! ¡Niña! —gritaba otra, salida de una baldosa blanca hecha de fría piedra de la sal de Edith—, ¡por debajo de la altura de la pantorrilla! Ambas aseguraban que el largo incorrecto de la pollera a tablas del uniforme decía del tamaño del camino hacia el infierno de los desvergonzados. Amanda suponía que ese pasillo hacia el infierno era en realidad estrecho y no tan largo; y, contradiciendo el rojo vibrante de las llamas ciclópeas del averno que describían las monjas suspicaces, imaginaba que al final de ese pasillo húmedo y oscuro encontraría una puerta azul interminable, tan alta que ni volcando por completo la cabeza hacia atrás alcanzaría a divisar dónde terminaba.
Luego, sin saber cómo ni por qué, tocaba el cuerpo que parecía cadáver de una niña que no era ella, sino otra, bellísima, envuelta en babas de diablo negras, rojas y blancas. Un hombrón de manos de gigante señalaba el cadáver con su enorme dedo índice y repetía un lamento al compás de un tamborileo gutural que provenía de unos dedos tan antiguos como secos. Terminado el lamento, le ordenaba tomar de los brazos el cuerpecito aplastado contra una figura arábiga estampada en las roídas baldosas, mientras él lo asía de las piernas y lo bamboleaba en macabro hamaque, para salir del pasillo hacia un lugar que desaparecía ante sus infantiles ojos, impidiéndole comprender del todo la premonición, mientras a lo lejos se oía el susurro del aria Nessun Dorma.
Pero a las monjas no les importaban los augurios —ni siquiera aquellos que llegaban acompañados en un andante sostenuto de negras y corcheas—, sino los reglamentos de papeles amarillos asediados de letras invencibles. Los habían estudiado renglón por renglón, palabra por palabra, sílaba por sílaba, como si en sus articulados se jugara el destino de la humanidad en un acontecimiento espeso y trascendente.
Si los reglamentos enumeraban los pecados de las niñas de polleras tableadas y piernas de flamencos, entonces sacaban de la morada de los inextinguibles formularios —donde las polillas hacían su agosto y llegaban a convertirse en sonoras brujas cargadas de embrujos tan increíbles como mortíferos— una carta perfecta que se enviaba a los padres para que se dieran por enterados de las felonías cometidas por las díscolas infantas. Ellos eran convocados para ser puestos al tanto de esas acciones pecaminosas. Las monjas preferían a los padres más que a las madres: ellos representaban mejor la autoridad, sabían cómo arrojar los tumultos de las indisciplinas al reducto de los castigos merecidos. Las madres, en cambio, se enternecían con facilidad y acariciaban con sus dedos de aire los cabellos lábiles de sus tiernas hijas.
Escandalosa fue aquella oportunidad en que Amanda fue pescada con la boca llena de Sur paredón y después —del que nunca supieron ni monjas ni padre cómo lo aprendió en música y letra—, aunque ella consideró que la mitad del pecado correspondía a una monjita alegre y jorobada que promovía su talento para el canto, y que, por lo tanto, la mitad del castigo debió corresponderle a ella. Pero Amanda ya había aprendido a guardar silencio sobre los secretos que llegaban como por arte de magia. Jamás delataría a esa jorobadita que la trató con mil amores y la puso al piano y al tango hasta engrasarse la crencha, como proponía un tal De la Púa que conoció por entonces.
Al regreso de la monserga de la Madre Superiora, debía cumplir las penitencias que las monjas imponían y alguna otra que su padre agregaba para que aprendiera a comportarse según los preceptos divinos.
A pesar de las voces de trueno de las monjas atentas, a pesar de los abismos de niebla y los bordes de cuchillos que prometían deshacer las carnes de las impertinentes, las musas orilleras, rantes y desvergonzadas que llegaban portando sus máscaras de hebras de palabras entre grises humos de cigarros y asuntos de amoríos poco santos, no la abandonaron nunca porque no se lo permitió, de compadrita. Encontró en su lunfarda compañía algo de humano, de costumbres, de viva arcilla después de que Adán Buenosayres le dio vida con su aliento a una atorranta en el desfiladero de la biología porteña.
Aunque aquella vez en que se la oyó recitar con aires de Merello “era una paica papusa, retrechera y rantifusa, que aguantaba la marruza sin protestar hasta el fin”, el escándalo alcanzó abominaciones bíblicas, de esas que solo Moisés se animó a descargar en nombre de Dios contra los famélicos ambulantes de la tierra prometida. De ese castigo Amanda no se olvidaría nunca, aunque su cómplice jorobada y alegre zafó gracias a la corajeada de la pequeña.
Pero aquel día otoñal sin clases la alejó de las amenazas rabiosas de sulfuros infernales. Sus ojos se colgaban de la calle de tierra que se perdía en la orilla de la laguna del fondo de la legua. Agua y tierra transparentaban en su encuentro una conversación de piedra y beso que invitaba a la niña a rumbear hacia el espejo metálico de la superficie chispeante.
Hacia allí se dirigió. Caminaba con paso corto, bamboleando desde su menuda cadera una tupida pollera llena de voladitos cosidos con elegancia, que pronto quedaría embarrada para disgusto de la madre, siempre pronta a reprenderla por sus descuidos con la ropa. Le recriminaba lo poco femenino que resultaba revolcarse en el barro de la laguna por atrapar sapos.
Amanda corría tras esos sapos feos, gordos y grandes, verdes y marrones, de ojos como bolitas y lenguas serpentinas, que saltaban como chispas bicolores escapando de sus manotazos. No le molestaba que la mearan cada vez que lograba atrapar uno entre sus pequeñas manos.
Su madre la reprendía por ese hábito “sucio”, gritándole “¡una inmundicia!”, mientras frotaba la ropa con el pan de jabón blanco contra la tabla de lavar y repetía “¡qué asco!, ¡qué asco!”. La advertía del peligro de la orina de los sapos, capaces —según ella— de cegarla con su venenoso chorro lanzado con puntería perfecta al centro de cada ojo. Magníficos lanzadores de meo, decía, esos sapos laguneros que organizaban su amoniacal venganza en dos chorros simétricos.
Pero Amanda sabía que nada de eso era cierto. Lo más lejos que habían llegado era a mearle la mano con que los sujetaba, y no por alardear de puntería, sino por puro miedo al apretón de su leve manita. Atrevida, aprendió incluso a girarlos oportunamente para que su orín terminara en la tierra: apenas un chorrito insignificante, una salpicadura que la tierra absorbía con absoluta indiferencia, como si se tratara de agua bendita y no de meo.
Vaciada la vejiga y apretujado en la manita fuerte, el animal quedaba resignado, esperando que le devolvieran la libertad. Para Amanda era un juego que la divertía como casi ningún otro. Cuando atrapaba un sapito lo sostenía largo rato entre sus manos, hasta que el animal se adormecía aburrido en esa prisión de dedos insignificantes. Luego, a la hora de volver a la casa —una hora que deducía por la posición del sol entre los árboles que circundaban la laguna—, liberaba al prisionero, que se sumergía en el barro para disimular su presencia ante cualquier otro niño que pudiera atormentarlo.
Pero no había más niños en el despoblado villorrio. Pasaría algún tiempo hasta que otras familias y sus críos llegaran al pueblo; cuando eso ocurrió, Amanda ya estaba entrando en la pubertad y su primera menstruación la alertó de los cambios profundos que su cuerpo experimentaba con el paso del tiempo. Entonces, sus juegos ya no involucraban sapos ni ranas ni extrañas martingalas para ocultar a sus padres sus andanzas. Como una ola de pétalos diseminados, aquella sensación de ave que la invadió en su infancia alcanzó su plenitud entre abrazos y caricias de manos palpitantes.
Mientras Amanda jugaba en esa inesperada alberca salida de una tormenta torrencial, una vaca la observaba rumiando pastitos tiernos. Rumia que te rumia desde la mañana hasta casi entrada la noche. Solo Amanda, la vaca y los sapos compartían la serenidad del paisaje silvestre, entretenido de llanura donde la hierba rumorosa reinaba provocativa, elevándose unos centímetros al cielo. El animal era dueño de toda la pastura que crecía como barba verde desde las orillas y se extendía centenares de metros a la redonda. Sin recibir orden alguna, cuando la oscuridad empezaba a campear, la vaca regresaba bamboleando sus cuartos traseros al compás de su cola de metrónomo, hacia el cobertizo con forma de medusa que su dueño le había construido para protegerla del rocío y, sobre todo, de las duras heladas que en invierno blanqueaban el paisaje con una espesa capa de hielo cristalino. Muchas noches de invierno, la luna salía entre los cirros y se volvía lunavioleta, como un sencillo anillo de hielo morado inhabitado, coágulo redondo de fosforescente frío.
Amanda bautizó a la vaca como “Fulana”, un nombre que escuchó a su madre pronunciar cuando describió a una compañera de trabajo como “esa fulana, gorda como una vaca”. Fulana llegaba cada mañana desde su cobertizo hasta la puerta de la casa canadiense, y respondiendo a la voz de mando de su dueño se detenía para ser ordeñada en los umbrales mismos de la casita. La vaca y Amanda se miraban con complicidad de tardes a la vera del estanque, sabedoras ambas de las vicisitudes de los verrugosos batracios, mientras una cantaba nanas y la otra rumiaba incansable las pasturas.
Todos los días sus padres compraban al tambero un litro de leche que caía cremosa de las ubérrimas ubres a un jarrón de loza fina, con su borde dibujado en filigrana de florcitas violetas. El tambero no desperdiciaba ni una gota de la preciada leche que manaba de las gordas tetas de la vaca, estrujadas rítmicamente por sus dedos enormes, adornados de sabañones que brotaban en invierno como imposibles maldiciones. Cuando llenaba el recipiente, miraba con tranquila sonrisa a la niña, palmeaba las nalgas del animal en señal de satisfacción y se frotaba los dedos enrojecidos que parecían a punto de estallar.
Amanda, asiendo el jarrón con firmeza, caminaba con delicadeza extrema. Mientras se dirigía hacia el interior de la casa, sentía el calor de la leche entibiando sus manos. Llegaba a la cocina, donde la madre recibía el jarro con igual cuidado y lo depositaba casi con solemnidad sobre la mesada de mármol blanco que se estiraba hasta la cocina económica, exhalando calor y olores de leñas blandas que perfumaban toda la casa. Separaba la crema espesa que flotaba como un irupé blanco en la superficie y comía algunas cucharadas de esa nata que, sin embargo, a Amanda le resultaba repugnante. En cambio, la leche tibia la despabilaba y la llenaba de energía. La saboreaba con rodajas de pan casero —amasado por su madre en la madrugada y cocinado en un horno de barro con forma de tortuga— untado con abundante manteca que el mismo tambero les proveía.
Luego, de lunes a viernes, salvo excepciones siempre festejadas, de la mano del padre al colegio. A rezar, a rezar, a rezar, y a veces a aprender. Adoraba la matemática y la música, y alguien le dijo alguna vez que todos los grandes músicos eran, de manera invariable, grandes matemáticos, aunque ni siquiera tuvieran conciencia de ello. Para ejercitar la aritmética, mientras caminaba por el patio de la escuela, sumaba los números que surgían al azar entre los juegos de las demás niñas, hasta alcanzar cifras extravagantes que la entretenían tanto como los meones sapos desesperados por zafar de su apriete generoso.
Era una virtud heredada de su madre —posiblemente lo único que le quedó de ella y no le pudieron arrebatar—, quien cumplía funciones en un ente estatal haciendo cuentas infinitas que provocaban el asombro de sus colegas. Ellos, de manos pesadas y dedos lentos, no podían competir con sus máquinas de calcular contra la mujer que los deslumbraba con su rapidez y precisión. Nunca se le conoció un error en ninguna operación, incluso de las más complejas. Resistió el uso de la regla de cálculo con la que muchos colegas se ahorraban el fragoteo con los insobornables números, mezquinando así el uso de materia gris para develar las incógnitas de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que reclamaban ansiosos sus superiores.
Amanda se encontró con Bach por accidente, una mañana de misa, cuando ya llevaba meses como pupila. Fue a la vuelta de un salmo penetrante que sacudió su cerebro con los sonidos tubulares de un órgano gigante, desplegado en un abrazo increíble desde el piso superior de la iglesia del colegio, asomado al balcón frente al altar mayor. La jorobadita le abrió los misterios de fugas, tocatas y passacaglias que llenaron su corazón de un amor inigualable e inasible, guiada por un cura concertista.
Un viejo piano vertical alemán, olvidado en un amplio ambiente de la casa de su abuela paterna —del que nunca supo la procedencia y que no había sonado hasta que ella presionó por primera vez una tecla— fue el instrumento que permitió a los preludios y fugas de Bach desplazar sus amarguras. Cierto día, Eriseta, con el consentimiento de Miguel, prohibió volver al territorio de la fantasía de esas célebres músicas que amenazaban distraerla de lo que consideraba su verdadera misión como mujer: ser esposa-sirvienta de un platudo y garantía de descendencia para perpetuar el patrimonio familiar.
Cuando la música fue prohibida, ya estaba decidido su futuro, aunque Amanda no lo sospechara. Para garantizar el cumplimiento de su orden, la abuela vendió el piano a un ropavejero que deambulaba por el barrio tocando un chiflo metálico estridente, aunque soplara con suavidad. El hombre debió hacerse ayudar por su prole para cargar el instrumento en un carretón tirado por un caballo famélico y viejo, incapaz de alzar el cogote aplastado por un grueso yugo que hostilizaba su yugular.
Mientras vivió en el villorrio, Amanda tenía permitido visitar los fines de semana a los únicos vecinos del pueblo. Los bolivianos eran amorosos con los vecinos y, en especial, con la niña. La trataban como a una hija querida y la mimaban por demás. Trabajaban de noche a noche en quintas más alejadas, sembrando verduras, con la aspiración de ser contratados como puesteros en alguna estancia bonaerense. Cuando Perón asumió la presidencia, don Francisco “el boliviano” dejó la chacra y entró a trabajar en el ferrocarril, que tiempo después sería nacionalizado. Doña Carmen “la boliviana” también dejó la quinta y cuidó de su hija hasta el triste suceso de su temprana muerte, víctima de una peritonitis por el tardío diagnóstico de una simple apendicitis.
Generosos, los peones solían regalar a los vecinos canastos desbordantes de verduras. Amanda miraba con deleite los rojos y redondos tomates que se lucían entre el verde de las lechugas, puerros, verdeos, acelgas o tiernas espinacas. En recompensa, Anita cosía ropa para los vecinos. Les había regalado algunas prendas del matrimonio: a Francisco, un traje algo roído que recibió con sincera alegría; a Carmen, vestidos casi nuevos que ya no podía usar porque le quedaban demasiado holgados. Mientras Anita bajaba de peso por el esfuerzo de su trabajo y las tareas del hogar, la boliviana engordaba hasta dejar en evidencia un embarazo que logró disimular mediante un duro fajado diario, para no perder su empleo de tantera. Anita murió antes de que naciera Isabela Anita, nombre que Carmen eligió en homenaje a su propia madre y a la vecina fallecida.
Amanda corría de una casa a la otra, por la diagonal que las unía casi de esquina a esquina. Cuando se cansaba de corretear, se dejaba caer en medio de la calle de tierra en compañía de un par de perros cimarrones, que se acostumbraron a su presencia y desde entonces la acompañaban a donde fuera. Nadie podía acercarse a la niña sin su autorización: bastaba un “quietos” para que los perrazos comprendieran la orden sin necesidad de repetirla. Si alguien intentaba hacerlo sin esperar la mágica palabra, los celosos perros lo atacaban con furia.
El domingo era día de misa. Miguel aclaró a las severas monjas que los domingos no podían concurrir a la capilla del colegio para celebrar allí la misa semanal. El presupuesto, les dijo circunspecto, no incluía viajes ni sábados ni domingos: las monedas estaban contadas para los cinco días de la semana, diez centavos de ida y diez de vuelta para cada uno.
Las monjas debieron aceptar la decisión familiar, pero a condición de que la niña el lunes presentara un certificado de asistencia, extendido por el cura párroco de una pequeña capilla cercana. Era una papeleta de color celeste. Cuando Amanda preguntó por qué ese color, el cura le respondió, a modo de confidencia, que era el color del cielo, donde abundaban los ángeles bonitos y alegres como ella. Amanda sonrió incrédula: estaba convencida de que los ángeles no podían parecerse a ella porque eran todos varones, y por eso se hablaba de “los ángeles”, que muchas veces exhibían sus diminutos penes con total impudicia. Aceptaba que podían tener un aspecto a veces femenino, pero no encontraba contradicción entre ese toque alegre y la masculinidad manifiesta de los querubines.
A ese modesto templo las dos familias llegaban luego de caminar algo más de dos kilómetros, siempre hacia el norte por un camino de tierra que serpenteaba de izquierda a derecha como una broma. A cada lado, los pastos alcanzaban llamativas alturas y colores que iban del verde al rojo, a veces manchados de flores como burbujas amarillas, mientras flotaba el penacho plumoso del diente de león dispersándose en todas direcciones.
Amanda prefería la misa del cura párroco: menos extensa, hablada en criollo, libre de abominaciones espantosas. El hombre, de modos campechanos y desprovisto de soberbia, no hablaba en latín porque sabía que sus fieles —unos cuantos lugareños de pueblos vecinos— no conocían ese idioma. En cambio, de lunes a viernes, ella padecía la larga misa en latín. Y cuando fue pupila, algún tiempo después del nacimiento de su hermano y la muerte de su madre, la liturgia imponía riguroso ayuno, condición indispensable para comulgar la blanca hostia que el cura llamaba “el cuerpo de Cristo”, lo que hacía que Amanda se sintiera algo antropófaga.
Más de dos horas de rezos incomprensibles que la mayoría de las veces terminaban con ella de bruces en el piso, sin que ningún angelical ser mágico la asistiera cuando caía inconsciente. Despertaba en una sala blanca que oficiaba de enfermería, donde otras tantas muchachas hipotensas como ella iban a dar luego de los litúrgicos desmayos. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 2 

Guadalupe es el vivo retrato de su madre. El día de su nacimiento no dudamos en considerarla la más bella de todas las mujeres. Postrados, reverentes, los soldados y yo rezamos el Ave María para dar gracias a ese vientre materno que había dado tanta hermosura en una niña.
«Santificado sea tu nombre», entusiasmados, entonamos algunas oraciones en musiquita litúrgica. «Bendito es tu vientre»… respondieron otros en contrapunto, alabando la matriz prodigiosa de la madre celebrada.
¿También a la edad de tres años, como los otros niños, dejará la casa para siempre?
Que su belleza sea el amuleto que la proteja del destierro, y nos llene de gozo a todos en este caserón, que buena falta nos hace. Amén. 

***

II – ¿Y con nosotros qué va a pasar? 

—¿Y con nosotros qué va a pasar? —la pregunta de Anita no sonó angustiosa, aunque dejaba ver cierta preocupación. No podía dejar de batir los huevos en un enorme bol de vidrio: un acto reflejo, un tic nervioso con el que evitaba entrar en crispación. El bol se agitaba con cada vuelta del batidor y una espumita color naranja empapaba sus paredes con el intenso tono maíz de los huevos de sus ponedoras, una media docena que poblaban el gallinero que ella misma había organizado en los límites del lote.
Miguel no se sorprendió por la pregunta. Muchos, como Anita, en ese mismo momento se estarían interrogando con la misma inquietud. Los funcionarios de baja graduación estaban sometidos a consecuencias que escapaban decididamente a su voluntad. Sabían que su destino dependía del humor de los superiores inmediatos, capaces de virar de conducta con la misma velocidad con que la sudestada hacía mover las aguas tierra adentro. La inundación sucedía a la irrupción de esos vientos; el despido, a esos cambios violentos de orientación política. Quedarse sin trabajo en esas circunstancias era incorporarse al ejército de crotos que deambulaba en cualquier dirección tratando de sobrevivir a la malaria. El himno de los pobres se entonaba en todas las esquinas: «donde hay un mango, viejo Gómez». Anita lo había cantado en carne propia.
—Con ese ruido que hacés con tu batidor contra el vidrio no puedo ni escucharte. Paralo un poquito —Miguel reclamó silencio para hablar de ese asunto que les interesaba a los dos.
—No puedo, se me corta la mayonesa —dijo Anita con una sonrisa nerviosa. Miguel se acercó resignado y le pidió una mano.
—¿Para qué querés mi mano? Estoy batiendo los huevos.
—Puedo verlo, distingo el movimiento circular en favor de las agujas del reloj con el que persistís en amansar esos huevos. Olvidate de ellos por un momento, quiero leerte la suerte y responder tu pregunta.
Miguel sabía que Anita detestaba la quiromancia. Las artes mágicas le resultaban ridículas.
—Dejate de joder, Miguel. Mi suerte está echada hace años —hizo un movimiento con los hombros, displicente, desechando el reclamo de su esposo—. Bastante antes de que te conociera.
Miguel sonrió sin compromiso.
—Mejor respondé mi pregunta. Y haceme el favor: no mirés la mayonesa, porque si la mirás fijo también se corta.
La advertencia culinaria paralizó a Miguel, que desistió de avanzar hacia el bol de vidrio donde los huevos bailaban al compás del chis-chis del batidor contra sus transparentes curvas.
—Atentos a mi poderosa mirada, aunque cueste creerlo, el huevo y el aceite se vuelven inmiscibles. ¿Y nosotros? ¿Podremos reunirnos en cualquier proporción?
—Depende.
—¿De qué, mi amor? —Miguel trataba de parecer romántico y llevó sus manos a la cintura de la esposa. Anita estaba lejos de arrumacos y caricias. Primero una y después la otra, retiró las manos del esposo de sus perfectas caderas.
—Depende de tu respuesta. Y haceme el favor de mirar para otro lado, o mejor volvé a tu silla y quedate quietito. Las mayonesas son muy sensibles a los curiosos. Como nosotras, las mujeres. Si en vez de la mayonesa fuera el mayonesa, sería un ungüento soso, grasiento e insensible. Como ustedes, los hombres.
Así le ordenó que retornara a su asiento. Miguel se encogió de hombros y aceptó de mala gana; hizo burlas que la esposa no alcanzó a ver, aunque adivinaba. Mientras el hombre volvía sobre sus pasos, Anita repitió su pregunta endureciendo la voz, como hacía cuando algo la disgustaba.
—Te pregunté qué va a pasar con nosotros…
—¿Por la revolución? —Miguel se acomodó en la silla de esterilla frente a la pequeña mesa redonda, cruzó las piernas y retomó con fastidio la lectura del diario.
—Sí, no va a ser por los huevos que estoy batiendo.
—Calma, mujer, no va a pasar nada. Nada —respondió sin levantar la vista del diario.
Anita volteó para observarlo; desde su lugar podía leer los grandes caracteres de Cabildo, que anunciaban a gritos el golpe de Estado del 4 de junio.
—Cuando Uriburu nos echaron a todos —recordó aquella amargura que duró una semana.
—Pero Uriburu era otra cosa. Odiaba a los radicales desde 1905 y lo acicateaba la pluma de Lugones. Uriburu era otra cosa, mi amor… ¡Ya lo creo que era otra cosa!
Miguel suspiró, confundiendo a Anita, que nunca supo cuánto había participado la familia de su esposo en los asuntos del 6 de septiembre.
—Después de todo —reflexionó—, a vos y a mí nos reincorporaron a la semana y nunca tuvimos que pasar por el despacho del “Polo” Lugones, que antes de saludarte te descargaba 220 por las dudas. Me pasé unas buenas horas sentado a la puerta de la casa del ministro, pero al final accedió a recibirme. Me atendió el sirviente de librea, cogotudo como el ministro. Me miraba hasta con asco, ¡a mí! ¡Él, que era un siervo! ¡Qué mundo este!
—Me acuerdo. Si no fuera por ese “siervo” no te atendía el ministro. Él fue quien le insistió hasta que lo cansó. Si fracasaba, te esperaba “Polo”. Yo leí su legajo —tomó aire como quien necesita oxigenarse antes de avanzar en una empresa temeraria—. Daba asco ese “Polo”. Tipo de mierda.
—No exageres, no exageres. Alguien tiene que hacer ese trabajo.
Anita se exasperó ante ese justificativo, pero mantuvo la boca cerrada.
—En realidad, el ministro estaba entonado cuando lo vi. Le hablé con convicción, mientras el tipo me miraba sorprendido. Al final cedió a los vapores gratificantes del vino francés que degustaba y encontró razonable atender mi reclamo.
—Tu vanidad siempre te impide ver la sustancia de las cosas.
—¿Ahora resulta que soy vanidoso? —Miguel sonrió, pero de mala gana.
—El “siervo”, como vos le decís, fue el que lo convenció de que te atendiera.
—Ah… ¿y vos de dónde sacaste eso?
—Qué te importa. Le leí la mano al “siervo”. A nosotros dos nos reincorporaron, es cierto, pero a ninguno de mis compañeros de trabajo. Te pedí que hablaras por ellos.
—¡Querida mía! ¡Fácil decirlo! Hice lo que pude, no era ni soy delegado de otros. En esta empresa el sindicalismo está mal visto. Combatimos el sindicalismo. El clasismo es sinónimo de anarquía. El comunismo, de disociación. El yrigoyenismo, de corrupción —hizo una breve pausa para observar la reacción de Anita—. Hice lo mejor que pude —insistió sin convicción—. Por nada del mundo quería cruzarme con “Polo”. La sección política no sirve para hacer carrera, salvo de torturador.
—Ni hablaste por los muchachos, lo sé con seguridad. Solo hablaste por mí. Vos sabés que hay muchos alcahuetes que se dedican a comentar tus comportamientos. Algunos me convidan atentos sus chismes porque no se explican por qué estoy con vos.
—Hablé por vos porque te amaba.
—Ni estábamos de novios.
—Pero yo ya te amaba.
—Pse. Seguro.
—Lo hice para conquistarte.
—Lo único que conquistaste fue el odio de todos mis compañeros.
—Pero estamos juntos. Tan errado no anduve.
—Pero debías haber sido un poco más solidario.
—La solidaridad muchas veces se da de bruces con la política. El ministro estaba para dos favores antiyrigoyenistas, no daba para más —se excusó impostando la voz con un tono dramático.
—No dramatices conmigo, porque no es necesario —Anita hablaba conociendo el asunto verdaderamente.
—Mi vocación de servicio lo convenció, y tu calidad de experta en cálculo complejo lo asombró como a un niño. Eso lo convenció.
—Qué suerte que tuvimos vos y yo. ¿Seguro que fue solo el valor de nuestros currículums?
—¡Por supuesto! —Miguel exageraba su afirmación. Al hablar con toda la boca suponía que podía resultar convincente—. Después te recomendó con Justo, sugerencia mía, claro está. Joven, linda e inteligente. Justo admiraba esa mezcla extraordinaria. Pero del legajo de tus compañeros, el ministro no quiso ni hablar.
—Ni se lo mencionaste, Miguel. Ni se lo mencionaste. No insistas con tus justificativos.
—Más o menos. El ministro era un hombre de pocas palabras.
—Dicen que vos también tuviste pocas palabras entonces.
—Si preferías la chismografía a mi palabra, allá vos y tu mayonesa. Todos en tu oficina me odian —Anita movió la cabeza afirmativamente—, pero yo no tengo la culpa de la mediocridad de tus colegas.
La mujer ni quiso mirarlo por el desprecio hacia sus pares; sabía que, de hacerlo, el asunto terminaría en una pelea que esa noche no tenía ningún deseo de comenzar ni sostener.
—Así que, según vos, esta vez me tengo que quedar tranquila.
—Si me dejaras leerte la mano verías que no hay nada de qué preocuparse.
—Sí, muy tranquila. ¿Si la mano tiene clara de huevo la suerte cambia?
—No lo sé. ¿Cómo habría de saberlo?
—Hablá con el ministro de turno, seguro que él te puede hablar mucho de los que no tienen huevos.
—Imposible, ya se fue. Se fue y no volverá.
—¿Y Castillo?
—Un mediocre. Todos sabían que Castillo era un mediocre que se caía. Castillo de naipes: un viento y a la mierda…
—¡Shhh! No empieces a decir palabrotas, la nena escucha todo.
—Sí… perdón —Miguel cogoteó tratando de ver a su hija, que jugaba en su pieza—. ¡Amanda! —llamó a la niña con energía.
—¿Qué, papá? —se oyó responder desde la habitación.
—¿Escuchaste lo que dije?
—Sí, papá, dijiste mierda.
—Olvidate, por favor, de esa palabra.
—Sí, papá. Ya me olvidé.
—Qué bueno —esperó un momento tras sonreír por la obediencia mentirosa de Amanda—. En realidad, el hombre cayó por la maldición del “Hormiga Negra” —dijo por parecer gracioso, mientras espiaba a la mujer por encima del diario.
Anita casi dejó de batir con fuerza los diez huevos que había roto para la tortilla.
—Los chistes tuyos no hacen reír a nadie.
El hombre se desentendió del reproche.
—Miguel… —Anita esperó a que atendiera su llamado. El esposo se comportaba como si no hubiese escuchado su nombre.
—¡Miguel! —casi gritó Anita con voz fina.
—Amor mío, te oigo, te oigo. ¿Ahora qué pasa?
—Sabés lo que dice el refrán.
—¿Cuál de ellos? Conozco algunos…
—On ne saurait faire d’omelette sans casser des œufs —la sentencia la dijo en francés solo por fastidiar a su esposo, que detestaba ese idioma.
—¿Tortilla? ¿No era mayonesa? —Miguel preguntó intrigado.
—Con la misma ingenuidad con la que afirmás que nada nos va a pasar por culpa de la Revolución, justo cuando nos vinimos a vivir al “corazón de la sociedad bonaerense” —enfatizó su ironía—, aquí “en el medio de la nada”, creíste que estaba haciendo mayonesa. La mayonesa se hace solo con yema, no lleva clara. Yema y aceite, amor mío. Salvo por un accidente, son miscibles. Casi como vos y yo, y en cualquier proporción. ¿No ves la cantidad de huevos que rompí? ¿Pensaste que estaba batiendo mayonesa para un regimiento? Vos no sabés nada de la realidad: ni podés diferenciar una mayonesa de una tortilla. Y querés que me quede tranquila con tus seguridades sobre la “revolución”.
Miguel volvió a la lectura porque se sintió algo ridículo, aunque no alcanzaba a entender qué tenían que ver los huevos rotos en francés para la tortilla con la revolución del cuatro de junio.
—¿Y qué tienen que ver los huevos con la revolución?
—En todas las revoluciones —dijo enfática la mujer— hay que romper algunos huevos. Y, la verdad, espero que no sean los tuyos… digo los míos… digo “los nuestros”…
Miguel movió la cabeza de un lado al otro al escuchar la relación que Anita hacía entre los huevos y el golpe de Estado.
Amanda, desde su habitación, escuchaba la conversación que le llegaba entrelazada con el ruido del batidor de alambre contra el vidrio del recipiente. El hombre tenía a su derecha las ediciones de Crítica y La Prensa, traídas de la oficina donde prestaba servicios, y había un gran revuelo por el derrocamiento del presidente.
—Quedate tranquila, esto no traerá consecuencias. El asunto no tiene que ver con la política. Ya te lo dije: ¡es la venganza del “Hormiga Negra”! —volvió a bromear Miguel, buscando un atajo para salir del bochorno que le causaban las palabras de Anita.
—¿Esa es tu explicación política del golpe? —Anita susurró una maldición.
—Exacto, cosa del “Hormiga Negra”, a no dudarlo. Nosotros no nos metemos en política, por eso sobrevivimos cuando Uriburu. Ya te lo expliqué: no se puede comparar con el golpe del 30. Tus colegas eran todos radichetas, y encima del “Peludo”. Con esos antecedentes… si hubieran sido antipersonalistas, por ahí se salvaban…
—¡Ay, Miguel! —Anita suspiró para no enfadarse—. ¡Vos y tu gaucho famoso! —exclamó con cierta resignación y volvió a batir los huevos con rabia, por la mención despectiva contra sus compañeros y el presidente Yrigoyen. Agregó sal a los huevos batidos, un toque de pimienta negra, un tanto de ajo y otro de perejil.
—Te falta recitar que se meaba encima y le hacían un diario para él.
—¡Y claro! ¡Viejo gagá! —golpeó la mesita para parecer más enérgico con su insulto.
Anita lo ignoró. Lavó el batidor de alambre y sus manos bajo el abundante chorro de agua fría que la canilla lanzaba con fuerza desmedida. Frotó los dedos con fruición contra el delantal rosado, adornado con voladitos blancos, procurando que el roce con la tela le devolviera algo de calor a las manos entumecidas.
—Acá te hacés la guapa y parlás en francés contra el pobre Hoyos porque estamos “en medio de la nada” —Miguel soltó la ironía solo por provocar a su esposa. Disfrutaba de esos enojos que inflamaban el rostro de Anita.
—¡Ya lo creo! Esto no es “el corazón de la civilización nacional”.
Anita siempre se refería al lugar en el que habían ido a vivir como un sitio “horrible en medio de la nada”, habiendo tantos lugares lindos donde hacer la vida. Miguel respondía invariablemente: “pero no por esta plata”.
Cuando peleaba con su esposo recurría a insultos más variados y potentes para hablar de la soledad y la lejanía del nuevo hogar.
—¿No viste cómo la gente se mata por venir a vivir acá? Forman una fila de varios kilómetros, ansiosos de conseguir un terreno y una casilla a pagar durante treinta años. ¡Treinta años! ¡Una eternidad! Queríamos vivir nuestra propia vida, pero, amor mío, había otros lugares para radicarnos. Con esta casita te pasa como con las tortillas. Eso sí, ¡te lo advierto!, ni se te ocurra ir a pedir la escupidera a tu casa.
—No, mi amor —respondió Miguel moviendo la cabeza afirmativamente.
—Nos arreglamos con lo que tenemos. No nos va a sobrar nada y no nos va a faltar nada. Empate.
—Sí, mi amor —asintió Miguel, y siguió observando por largo rato cómo Anita restregaba sus dedos en busca del calor perdido por el agua helada.
Cuando Amanda escuchó la palabra “eternidad” en boca de su madre, trató de comprender, como siempre hacía, su dimensión comparándola con el tono de reproche de la voz materna.
—Vos, que sos más guapo que yo y te gusta estar “en medio de la nada porque te sale baratito”, vas a tener que ir a bombear agua al tanque. Queda poca. Si hace falta, pedile ayuda a tu amigo Hoyos o a las amiguitas del hormiguero, a la izquierda del duraznero. ¿Nunca viste ese hormiguero? Ya debe medir medio metro de altura. Si te llegan a picar todas esas… —apagó la voz todo lo que pudo procurando que Amanda no la escuchara—, el que se va a mear encima vas a ser vos.
La niña, sin embargo, escuchó claramente y soltó una risita torpe desde su habitación. La palabra mear la divertía.
Anita siguió hablando con el solo propósito de fastidiar a Miguel:
—Y va a salir publicado en todos los diarios del país para que se rían de vos todos los radichetas personalistas, como mis compañeros de oficina. ¡Ja, ja, ja! —carcajeó provocativa—. Con un gran titular van a anunciar que sos “Conservador y…” —bajó aún más el tono de su voz— “¡meón!”.
Amanda volvió a reír con fuerza. Anita concluyó que no había forma de que la niña no escuchara todo lo que se decía, incluso en voz muy baja.
—Ahora, por favor, a bombear agua al tanque…
—¿Ahora? ¿Hace falta? ¿Con este frío? —disgustado por la orden, Miguel se abrazó para señalar el frío que hacía afuera, en el amplio patio donde la bomba de agua estaba ya cubierta de escarcha.
—Sí, ahora. ¿No te enteraste de que “en medio de la nada” no hay agua corriente? Te dije a la tarde que había que cargar el tanque y te hiciste el distraído. Y mejor que te apures, porque en cualquier momento se corta la luz —Anita aprovechó para observar si los dos faroles sol de noche estaban en su lugar, colgando a cada lado de la alacena en la cocina.
—Vos sos peor que el “Hormiga Negra”.
—Seguro, porque soy colorada. Pico como la gran… —la señora no sabía quedarse callada en ninguna circunstancia.
—¿Quién es “Hormiga Negra”? —preguntó Amanda desde su habitación, sin abandonar su juego, sorprendida por el curioso nombre de aquel desconocido.
—Un amigo de la infancia de papá —respondió la madre en voz alta, para que la nena la escuchara con claridad—. Se orinaban juntos en la misma cama.
Amanda soltó una risotada tan infantil como aguda.
—No le creas a mamá, hijita, que está enojada porque batió mayonesa y le salió tortilla —la niña quedó asombrada de aquella transustanciación—. Es un tipo con cabeza de hormiga, y como bien dice su nombre, negra. Feo. Feísimo. Dos antenas enormes y unas tenazas con las que atrapa nenas entrometidas —Miguel respondió mirando hacia las sombras de la habitación de Amanda.
La niña se conformó con la respuesta. Sabía que su padre decía cosas ridículas para hacerla reír, y ella aceptaba el juego. El secreto era no volver a preguntar.
Miguel devolvió su atención a su esposa y siguió la conversación que había empezado con la mención del gaucho, aquel nacido en San Nicolás de los Arroyos que pagó con cárcel un crimen que no había cometido.
—Al “Hormiga Negra” nunca lo hubieras mandado a bombear agua al tanque. Ese era difícil de aguantar.
Anita se encogió de hombros con desdén.
—Siempre fui admiradora de “Mate Cosido”. Y si me jodés un poco más, te confieso que soy admiradora hasta de Bairoletto.
—¡Ah! ¡Esa era! ¡Ahora sos anarquista! ¡Lindo ejemplo para tu hija!
—¿Qué son los anarquistas, papá? —preguntó Amanda, más que curiosa.
—¡Nadie! ¡Nadie es anarquista! —pero Amanda no quería saber cuántos había, sino qué eran.
—¡Yo soy anarquista! —gritó Anita—. Anarquista de siempre, por si no lo sabías, querido “conserva”. Y hasta comunista, te diría. Después de Stalingrado, todo el mundo lo era. Odio a los nazis. ¡Viva el tío Pepe!
Miguel se tapó el rostro con las dos manos.
—¿Qué son los comunistas, papá? —Amanda lanzó su pregunta como una granada.
—¡Ay, Dios mío, las cosas que tengo que escuchar! —el hombre alzó las manos al cielo como si estuviera orando—. ¡Nadie! ¡Nadie en todo el mundo es comunista!
Pero Amanda solo quería saber qué eran los comunistas, no quiénes lo eran.
—Y a vos ni se te ocurra repetir eso en el colegio, que las monjas nos van a excomulgar a todos —le dijo a su hija, señalando hacia la habitación donde jugaba.
Amanda estaba tentada de preguntar otra vez, pero se distrajo arropando unos muñecos. De todos modos, con las monjas no hablaba ni media palabra: las detestaba, salvo a la jorobadita que la hacía cantar y reír y balbuceaba un idioma que llamaba lunfardo, imposible de entender a su edad.
—Ahora ya lo sabés —insistió Anita—: te casaste con una anarquista, casi comunista, y admiradora de un forajido que mató por amor. Pero así y todo te aguanto a vos, que sos antipersonalista, conservador y más molesto que una bombacha de lana…
Miguel soltó una carcajada que sonó en la casa como un trueno. Amanda saltó de la cama, sobresaltada por la risotada.
—¿Qué pasó? —se oyó desde la cocina la pequeña voz de muñeca.
Miguel, al tiempo que encendía un cigarrillo Abdulla extraído de una cigarrerita de cartón delgado, la serenó con paternal ternura.
—No pasa nada. Mamá me contó un chiste de unas hormigas que usaban bombachas de lana; uno muy bueno y me hizo reír.
Amanda se asomó a la cocina y vio la cajilla de cigarrillos. La señaló con su dedito: significaba que, cuando se acabaran, Miguel debía dársela para sus juegos. Amanda las coleccionaba como si fueran un tesoro maravilloso. El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza.
—¿Y qué dijo mamá de las hormigas con bombachas? —Amanda quería saber qué clase de hormiga podía ser esa, metida en el asunto de unas bombachas.
—¡Cosas de grandes! ¡De hormigas grandes! ¡Enormes! De bombachas más grandes todavía. Vuelva a su pieza, hijita, y espere la comida. Deje a los grandes hablar sus pavadas, que no son para nenas como usted.
Amanda, sin protestar, giró sobre sus pasos y retornó a su habitación, donde dejó abandonadas unas muñecas y una pila enorme de cajitas de Abdulla. Pensó que su padre, como siempre, se burlaba de ella. Las hormigas abundaban por toda la zona y no daban lugar a risa. Además, ninguna usaba bombacha, y cualquier mujer sabía que las bombachas no podían ser de lana, aunque algunos calzones eran lo bastante gruesos como para parecer de cartón pintado y, por culpa del almidón, daban una comezón insoportable.
Siempre que las viejas de la familia hablaban de sus prendas interiores, responsabilizaban justamente al almidón como el atrevido que endurecía bombachas, corpiños y corsés llenos de ballenas distribuidas estratégicamente (para las más robustas), atormentándolas con esa comezón imposible de rascar con disimulo. Pero, maldecían, no tenía ningún efecto benéfico sobre la caída anatomía de los maridos de cada una de las contertulias.
Amanda escuchaba sin comprender aún a qué se referían esas tías gordas, de labios pintados de rojo furioso, que le dejaban huellas aceitosas de besos en sus pequeñas mejillas. Repetían con tono de burla: “¡Lavalo con almidón a ver si se le pone dura!”, y reían amargas mientras se codeaban y señalaban la presencia de la niña con sus puntudos mentones. Responsabilizaban a la flacidez de los esposos la frigidez que ellos les achacaban a media voz, mientras tomaban Hesperidina y jugaban al truco por porotos, haciendo corrillos sobre sus portentosas masculinidades de las que, últimamente, solo los blancos mingitorios de los bares podían decir cuál era el verdadero tamaño de sus mentiras.
Las viejas creían que la cola de quirquincho o el muña-muña podían asistir las carencias de los maridos, pero la ciencia desconocía esas virtudes e incluso advertía del peligro de ingerir esos tecitos que, aseguraban, podían resultar hasta venenosos.
—“Y bueno, entonces que sea, ¡viuda!” —soltó entre risotadas la más gorda de todas las tías, y se llevó el aplauso de las contertulias.
Algunas aprobaron de buena gana que, si era verdad que esos gualichos no remediaban la impotencia, no estaría nada mal que aceleraran la viudez que las acercaría a un merecido recambio. Reían despanzurradas mientras observaban, con el rabillo del ojo, a los gordinflones enfrascados en sus juegos de naipes.
Miguel observó cómo Amanda volvía a su cuarto. Apoyó el diario sobre la mesa de la cocina y se pasó las manos por la cabeza, acomodando su cabello. Exhaló con fuerza el aire de sus pulmones y movió la cabeza como quien reflexiona sobre un acontecimiento trascendente. Anita sospechaba que aquel comportamiento teatral solo buscaba distraerla de su pedido de ir al descampado a bombear agua. El hombre tomó nuevamente el diario y lo desplegó en toda su extensión.
—¡También Castillo! No era como el gordo Ortiz —exclamó, mirando por encima del borde superior del diario, que mostraba en su portada la foto de los jefes militares en el balcón de la Casa de Gobierno.
—¿Y qué tenía Castillo peor que Ortiz? —Anita acomodaba unas papas que pelaba con velocidad extraordinaria, mientras se ocupaba de contradecir al esposo cada vez que podía.
Miguel fumaba, y el humito gris del cigarrillo ascendía describiendo elipses como una espiral que se dirigía encandilada hacia la luz de la bombilla, colgada de dos cables de tela apenas abrazados por un cordón negro.
—Al revés, querida. Decí: “¿qué tenía Castillo que fuera mejor que Ortiz?”
—Pero todos sabían que Ortiz duraba poco. Vos lo defendés porque te ascendió; si no, serías castillista en vez de admirador de Ortiz.
—¡Y claro! ¿De qué comemos?
—De nuestro trabajo, que a los políticos les importa un bledo —Anita era escéptica respecto de todos los políticos que se presentaban como salvadores de la república.
—¿Cómo que no les importa? Si fue el ministro quien te recomendó con Justo. ¿No van todos en procesión a pedirte esos cálculos extraordinarios que solo vos sabés hacer?
—Pse… —dijo despectiva Anita—. Solo hago los cálculos que me piden porque planifican la planificación. Pura mentira. Nadie les lleva el apunte a esos números. Vos sos más importante para ellos. ¿No sos de los que predicen el futuro?
Miguel dobló el diario y lo apoyó sobre los otros dos que estaban en la mesa. Se frotó las manos, se levantó de la silla y llegó hasta donde Anita cortaba las papas para la tortilla. La abrazó por detrás y le habló al oído mientras rozaba con su lengua el pabellón de la oreja. Ella alzó el hombro para hacerlo desistir de la caricia. Miguel, obediente, retiró la boca, pero sus manos se escabulleron entre la pollera negra acampanada que caía hasta la pantorrilla.
Anita movió la cabeza negativamente con insistencia y golpeó dos veces el brazo de Miguel. En voz muy baja dijo algo sobre “la nena está en la pieza”. Amanda, en esa oportunidad, no alcanzó a oír qué decía su madre, pero presintió desde su habitación la escena. Algo vibraba en el aire cuando Miguel y Anita se abrazaban, cargados de una electricidad que la confundía. Entonces, inquieta y sorprendida, abrazaba a sus muñecos con tanta fuerza que parecía que haría saltar la estopa de sus rellenos.
Miguel dio unos pasos hacia atrás y palmeó los glúteos de Anita.
—Yo no adivino el futuro, solo analizo los hechos.
—Pse… —Anita secó las papas con un repasador de toalla—. Si es como tu capacidad de reconocer la diferencia entre la mayonesa y la tortilla, tus jefes están sonados.
—¿Así? Mirá vos. ¿La matemática te da patente de pitonisa? Te doy un dato, para que hagás tus cuentas: les dije que Rawson va a durar lo que un pedo en el viento.
—¿Así les dijiste? La nena escucha, guarango.
—La nena también se tira pedos —Amanda rió desprejuiciada.
—Como acabo de decirte, les dije que Rawson iba a durar un “pedo”. Ni siquiera un pedo, apenas un pedito —Miguel se vanagloriaba de su afirmación mientras hacía un ruidito con la boca. Amanda imitaba desde su pieza la onomatopeya.
—Mirá vos… sos adivino… Y le enseñás a tu hija cualquier cosa. Oíme, Parravicini, todavía no fuiste a bombear agua.
Miguel se asomó hacia donde estaba Amanda y sonrió cómplice con su hija. Hizo el gesto de subir y bajar la manija de la bomba de agua y agitaba su dedo índice negativamente. Amanda, moviendo la cabeza de arriba abajo, respondía que sí, que tenía que ir a cargar el tanque como lo había ordenado su mamá.
—Nada de adivinanzas, es pura información. Yo soy un hombre muy bien informado. Por eso me ascienden: tienen en cuenta mis habilidades.
—Qué bueno… De vez en cuando podrías mostrarnos alguna. ¿Y quién viene después?
—Ramírez.
—¿Ramírez?
—Ramírez.
—Y entonces andá a ver a Ramírez —Anita sacó del bajomesada una enorme sartén de hierro fundido y la apoyó sobre la cocina económica—. Por ahí él te asciende de nuevo.
—Ya estuve con él.
—¡Ah, qué vivo! Por eso sabés que al otro lo van a volar enseguida.
—Tres días —Miguel indicó con sus dedos el número tres—. Este se llama Castillo —señaló el pulgar de su mano derecha—; este se llama Rawson —mostró el índice—; y este se llama Ramírez —tomó el dedo mayor—. A este gordito que se llama Castillo se lo va a comer este que se llama Rawson. Y a este que se llama Rawson se lo va a comer este que se llama Ramírez.
—Pero te falta algo, adivino de tres dedos.
—¿Qué me falta? —preguntó Miguel, sin disimular su disgusto.
—Dos dedos. Los que se van a comer a Ramírez.
—¿Y vos cómo sabés? —Miguel, curioso, miró a Anita con suspicacia.
—Porque yo estuve con los otros dos dedos que te faltan.
—¿Y de dónde estuviste con esos dos dedos?
—Porque yo calculo el futuro en términos matemáticos, justamente para amigos de esos dos dedos. A los militares les encantan los números, y cuanto más grandes, mejor. Es como ir a la guerra, pero sin riesgos.
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Ese sí que es un progreso aritmético! Entraste en la gran política, entonces —exclamó Miguel con ironía.
—¿No dicen que no hay dos sin tres? Bueno, yo te digo que no hay tres sin cuatro, ni cuatro sin cinco. Así que agarrate los dedos que te faltan, porque esos que vienen son los más importantes.
—Mañana te hago una cita con Ramírez.
—Tengo peluquería, estoy ocupada.
Miguel rió nuevamente con entusiasmo. Amanda volvió a sobresaltarse.
—¿Y ahora qué pasa, papá? ¿Qué hicieron las hormigas esta vez?
—¡¿Hormigas?! —Miguel gritó al tiempo que alzaba muy alto a Amanda—. Dedos, muchos dedos.
—¿Dedos? —Amanda preguntó sorprendida.
—Muchos dedos en un plato hacen mucho garabato, Amanda… —Anita le dijo con delicada voz, mirando de soslayo a Miguel.
—Tengo hambre, mamá —la niña reclamó la comida.
—Hago la tortilla y pongo los bifes —la niña celebró la noticia.
—Alcanzame la plancha que está en el mueble debajo de la pileta.
Con esmero y mucho cuidado, Amanda sacó del bajomesada una plancha acanalada para bifes, tan pesada que necesitó auxilio para levantarla. Miguel se agachó hasta ella y la ayudó a alzarla hasta el mármol de la mesada de la cocina.
—Vos, amigo de las hormigas —Anita señaló a Miguel—, a bombear. Después ya no se va a poder porque se congela el caño. Cuando volvés, prendé la estufa a vela para calentar un poco la pieza de Amanda. Yo pongo a calentar arena para la bolsita de dormir.
El hombre, resignado, se calzó la boina, un gabán de cuero crudo con piel de cabrito por dentro, y buscó sus guantes de piel. Llevaba calzoncillos largos bajo el pantalón de pana que lo protegía del frío intenso de la helada.
Salió al descampado y, sin perder tiempo, se escuchó subir y bajar con fuerza y velocidad el émbolo de la bomba que mandaba agua hasta el pequeño tanque sostenido por una alta torreta, algo por encima del techo de la casa.
Amanda sonreía abrazada a la madre. Sin razón aparente, besó el vientre de Anita como quien descifra la promesa de una maternidad próxima que cambiaría la fisonomía de la familia para siempre. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 3 

La niña es música. Pura música. Suena como una cuerda que pulsa el destino. Es un prodigio, aunque nunca pronuncio esa palabra: lo excepcional, a veces, puede ser considerado pecado. Y por supuestos pecados se sufren castigos de los que mejor ni hablar.
El talento lo heredó de su madre, que la puso al piano casi como un juego infantil cuando apenas tenía tres años. Hice traer otro piano a la casa: un vertical que compró un soldado para mí con dinero de mis ahorros. Aquí no tengo gastos, todo me es provisto sin mezquindad, aunque sin lujos.
No fue fácil conseguir el permiso, pero conozco los caprichos de la burocracia al detalle y sé cómo ser persuasiva cuando me lo propongo. A los burócratas les gustan los informes, las planificaciones extraordinarias, la adulonería que los hace sentirse importantes. Después lucen sus papeles como medallas ganadas en combates que jamás han librado, sin haber oído nunca el ruido que hace una bala al incendiarse en el alma del cañón.
Los destinados subieron con cuidado extremo el piano hasta el lugar donde ya estaba el otro y los colocaron uno junto al otro, de modo que madre e hija quedaran en la misma línea y pudieran mirarse los rostros sin dificultad. Tocan sus músicas al mismo tiempo. La casa se llena de sonidos y nos envuelve en melodías, frases y armonías.
La madre, cuando toca, solo mira a la niña, como si el teclado fuera parte de su anatomía, como si llevara las teclas en sus dedos y fueran ellas las que hacen ir y venir, subir y bajar las manos con naturalidad. La niña escucha, repite, memoriza sin dificultad. Luego aparece su impronta, como una sorpresa entre las notas: sensible, apacible y poderosa cuando la composición lo exige. Posee una clara inteligencia musical, lo que a su edad es un raro privilegio.
La señora, cuando vio el nuevo piano, quedó tan sorprendida que no pudo hablar durante un buen rato. Luego discutimos, como es habitual. Es un entretenimiento. Si la peleo, le vuelve el color al rostro, que suele ser blanco, casi transparente, exangüe. Ella me grita “¡bruta!” y se marcha oronda, como si ese calificativo fuera un salvoconducto al bienestar.
Cuando no la asaltan sus fantasmas podemos entendernos con humor. En cambio, cuando sus monstruos arrebatan su mente, la locura se abre paso y todo se desquicia. La niña, entonces, escapa hacia ningún lado y se deja caer en los rincones oscuros de la casona, como si allí encontrara refugio seguro. Parece poseída mientras reclama contra unas babas de diablo que la atenazan hasta asfixiarla.
Alguien grita abominaciones desde una habitación en los altos de la casona y se escucha girar como un trompo metálico que silva al rozar su punta contra las baldosas de dibujos arábigos. Parece el baile de un cuchillo, la danza de un filo que se anuncia, el extraviado girar del tambor de un revólver. Luego baja por las escaleras como el ánimo de una sombra espesa, hasta resultar sofocante. Todos nos recluimos en silencio. El silbido se torna más filoso y lastima de solo oírlo.
Entonces solo puedo tapar mi cabeza con la almohada para ahogar esas monotonías artríticas que desfilan arrastrando sus desvíos por los pasillos de la planta superior. La víscera del odio late y la sangre fluye caliente. Bastaría una sola palabra para acabar con todo. Pero el hombre me repite siempre, severo: “lo único que podés hacer es rezar”. Aun así, rezar es un atajo que no calma. 

***

III – Amanda 

Amanda era pequeña, parecía frágil, pero no lo era. Su cabello castaño lucía bucles con reflejos rojizos que giraban lenta e ininterrumpidamente. Esos destellos helicoidales, imposibles de saber si iban o venían, alumbraban su frente, limitada por dos delicadas líneas que dibujaban sus cejas. Nadie podía decir si eran pintadas o no: describían su curvatura con extraordinario detalle, como acuarelas, cada trazo un cabello dispuesto con exquisita proporción.
Los ojos eran oscuros, con algo de luz y algo de noche, de agua torrentosa y de áspera tierra desplegada, relámpago compacto y martirio. Ojos como ningunos: redondos gotones de uvas negras, luciérnagas de cuarzo que destellaban y encandilaban si se los miraba fijamente, como un horizonte de metales. Esa intensidad la acompañó hasta el último momento de su vida y muchas veces fue el elixir pacificador al que el Ilustre acudía en días de desasosiego, cuando dudaba si encontraría vientos propicios para que la enseña patria flameara sin declinaciones.
En los párpados, pestañas bordadas que alargaban sus brillos ciliados como joyas ofrecidas a la sorpresa. La nariz, pequeña, semejaba un grano de cereal maravilloso, aún larvado, sin germinar, flanqueado por el noble ópalo de sus mejillas redondas de muñeca. Debajo, la boca: leves labios de amatista, cándidos y sugerentes, que descendían en un imperceptible rictus de somnolencia, torciendo con gracia las comisuras.
Su cuerpo estaba bien proporcionado, aunque solo era una niña. Al crecer no perdería esa armonía: torso breve, caderas que prometían, piernas no demasiado largas, pies inquietos que iban de aquí para allá por voluntad propia, arrastrando a la niña detrás, siempre apurada, deslumbrada de juegos fabulosos. Pero lo que más destacaba en Amanda no era su aspecto, sino su curiosidad: una punta de flecha afilada que disparaba su boca sin aviso, y a la que su padre temía con sobradas razones.
Así, mientras la niña se balanceaba indiferente, posando distraída, despachó su interrogante que impactó de lleno en la inseguridad paterna. Miguel dejó de lado lo que pensaba y, desorientado, intentó pronunciar una respuesta más o menos satisfactoria. No encontró palabras, aunque hurgó hasta el fondo de sus explicaciones.
—Eeeeehhh… —dijo monosilábico, casi onomatopéyico y perdido. En su cabeza sonaba el eco de la duda alargando la letra “e” como una clarinada de combate perdido de antemano.
Cavilando, se interrogó a sí mismo en voz alta:
—¿De dónde vienen los niños? ¿Qué te puedo decir?
Buscó un atajo salvador.
—¡Qué te puedo decir, Amanda!
—Lo que te pregunto, papá —machacó la niña—. ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde? Eso me podés decir…
En cada oportunidad que preguntaba, miraba primero a la madre, que sabía eludir su mirada con la propia, no menos inquietante, y luego al padre, a quien los ojos de su hija le pesaban como el mismo cielo que Atlas debió sostener tras la derrota de los Titanes.
Miguel quiso demostrar serenidad, pero su rostro se encendió sofocado y unas diminutas gotas de sudor cayeron de su frente, haciéndole sentir pudor por el aspecto indefenso que adquiría al oír aquella pregunta. Amanda captó con facilidad el cambio de ánimo de su padre y eso la estimulaba a insistir.
—¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños?
Repitió la pregunta sobre ese asunto que la inquietaba como un fermento que brotaba de la intimidad de los tejidos, y que hacía ya algún tiempo daba vueltas por su cerebro. Ya no era una simple curiosidad que podía eludirse con un gesto despectivo, como otras veces sus padres se desentendían de esos interrogatorios inesperados.
Volvía tres veces con su pregunta. Siempre repetía tres veces aquellas que para ella tenían trascendente importancia, una costumbre que sus padres no podían explicar. Lo atribuyeron a una manía extraña para una niña de tan corta edad. No solo lo hacía de ese modo, sino que en cada oportunidad su voz sonaba más fuerte —aunque sin transformarse en grito—, exigiendo casi impertinente una explicación a quien dirigía su demanda.
Si no había respuesta, cada pregunta iba acompañada por un saltito hacia adelante, sobre un solo pie, como si jugara a una rayuela de la que los adultos eran apenas espectadores abrumados por su incapacidad de responder sobre un asunto tan humano. Para Amanda, ese impulso daba más vigor a su reclamo.
Sobre un pie, los bracitos extendidos suplicando, las manos abiertas ofertando sus filiales caricias, quedaba de su padre a la muy breve distancia de un suspiro. El hombre, confundido, humedecía sus labios con la lengua para aplacar una sed nacida de la zozobra. Oía la frecuencia de la respiración algo turbulenta de la niña y captaba esa vibración inquisidora que Amanda compartía con su madre, quien también sabía echarle encima sus preguntas como pequeños perros garroneros cuando quería una respuesta exacta sobre algún asunto de la casa, del trabajo o de la política.
La prepotencia en la voz se hacía más significativa, hasta alcanzar un tono monacal, raro para una niña de tan corta edad que tenía esa voz blanca, aguda, propia de los infantes. El alboroto inquisidor sonaba como la voz de cáscara reseca del cura párroco del colegio de monjas en sus interminables misas en latín, sermones llenos de abominaciones cavernosas y aullidos rojos y naranjas del averno.
La turbación del padre iba en aumento, pero eso no la conmovía: la estimulaba. Padre e hija quedaban frente a frente, una expectante y el otro mudo, ambos tomados de las manos en una especie de tregua necesaria.
El sol entraba por el amplio ventanal que daba a la galería de baldosas casi blancas con delicados arabescos rojos, calentando el comedor con la indecisión propia del otoño. Afuera, las hojas parecían pájaros amarillos que iban de aquí para allá batiendo sus alas nerviosas en la cámara nupcial de un cielo azul, donde las nubes trenzaban delicadas hebras blancas. Las preguntas se filtraban hasta el fondo de unos pinos que apenas se inclinaban simétricos, empujados por un húmedo viento en dirección a la laguna, siempre con rumbo norte.
Amanda ponía sus ojos sobre los del padre, advirtiendo que iba a reiniciar el oratorio de las preguntas incómodas, y canturreaba provocativa, con voz suave y melodiosa:
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
Toc-toc-toc: tres golpecitos delicados con su pequeño puño en la gran puerta de las vacilaciones patriarcales. Toc-toc-toc. ¿Hay palabras ahí? Silencio, solo silencio. El padre estaba ausente de palabras.
La niña torció la cabeza hacia la derecha, decepcionada de la repentina mudez de su querido padre. Entonces hurgó las pupilas marrones de Miguel con las propias, tan oscuras como lobos negros al acecho. Percibió que sus defensas estaban al caer y suponía que pronto podría avanzar por el puente del silencio hacia el reducto fortificado donde se hallaba secuestrada la verdad que reclamaba.
Sin embargo, ni aturdido por un gualicho ni por el embrujo de esos ojos de arcilla negra, jamás revelaría lo que para él era un secreto vedado de la biología humana, al que las personas solo accedían ya entrados en años, cuando el sexo pasaba a ser un misterio de a dos. Era imposible que algo deshiciera su voluntad paterna de quedarse en silencio. Jamás respondería esa pregunta repetida tres veces y otras tantas más, porque simplemente no sabía cómo hacerlo.
Y no encontraba mentira alguna que a él mismo le resultara convincente. “Los trae la cigüeña”, se explicó en silencio. “¿La cigüeña?”, se interrogó. “Ridículo”.
¿Qué cigüeña volaría desde el país de no se sabe dónde hasta ese pequeño reducto bonaerense apenas habitado por dos familias en sus modestas casas?
En los fondos de las leguas bonaerenses, donde habitan proletarios y empleados de recursos medidos, no había cigüeñas ni las habría nunca. Había chorlitos, jilgueros, cardenales, loros multicolores y cotorras parlanchinas y gritonas: todas aves pequeñas, incapaces de llevar colgando de sus piquitos un bebé humano. Cigüeñas suburbanas jamás las hubo ni las habrá.
Miguel agitaba la mano procurando espantar a la mítica ave ante la sorprendida mirada de Amanda, que no adivinaba la razón de los manotazos que su padre tiraba al vacío. Menos aún sospechaba que esas manotadas buscaban ahuyentar a las zancudas de plumas blancas, patas rosadas y picos encendidos, entreveradas en sus pensamientos.
“Una semilla”, pensó que podría ser una buena respuesta. “¿Una semilla?”, se cuestionó de inmediato. “Sí, una semilla pequeña, una semillita”, se respondió con ganas, hasta parecer convincente. ¿Y dónde se pone esa semilla? ¿Dónde? “¡En el amor de la madre!” Se alborotaba. Buena respuesta: dónde sino en el amor de la madre.
“¿Y dónde queda el amor de la madre?”, se interrogó decepcionado. ¿Dónde? “Extravagante”, concluyó. Una semilla demasiado estrafalaria. “¿Qué clase de semilla germina un niño?” Era un salto a la ciencia ficción, a la que Miguel —Frankenstein mediante— no era para nada aficionado. Por otra parte, esa respuesta sería el pretexto de otra serie interminable de preguntas: “¿Qué semilla, papá?”, escucharía apenas formularla. “¿De dónde salió la semilla?”, sería el siguiente interrogante. Y el remate lo pondría a balbucear como hacen los infantes al comienzo del habla: “¿En qué lugar de mamá se pone esa semilla? ¿En qué lugar de su cuerpo está alojado el amor de mamá? ¿Y quién la pone? ¿Y cómo se pone? ¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué?”
Nada de semillas mágicas, nada. ¡Nada de semillas!
Amanda, indulgente, lo acariciaba con una ternura que hasta podría hacerlo lagrimear contra su voluntad. Ella se tomaba su tiempo para estirar el suplicio del interrogatorio. Sabía —no importa cómo— que se adentraba por una gruta de asuntos muy humanos. Había visto otros niños pequeños, bebés en brazos de otras madres, y nunca sintió curiosidad sobre el origen de cada uno. Pero cuando el acontecimiento llegó hasta su madre se volvió arterial, y desde entonces reclamaba su respuesta.
Intuía un suceso extraordinario, pero solo encontraba por confesión esos silencios paternos que tanto la intrigaban y hasta le provocaban una rabia furibunda, convocándola a recriminar contra ese mutismo que no provenía de la ignorancia, sino de un suburbio en donde las verdades eran prisioneras de prejuicios tan poderosos como las rudas tormentas que azotaban el paisaje del villorrio de tanto en tanto. Era el suburbio de la verdad, donde la mentira se pavoneaba agorera y alardeaba sus embustes metafísicos.
Acosado, Miguel solo atinaba a toser un catarro propio de los viejos fumadores de cigarros Avanti, que llevaban en las gargantas unas ronqueras toscas que sonaban como al raspar dos trozos de carbón de piedra. Tosía y tosía como si le extrajeran el oxígeno vital hasta del último alvéolo. Luego pensaba en una mentira, absurda, completamente absurda. ¡Nada de cigüeñas! ¡Nada de semillas! Una mentira del tamaño de una fruta, pero se atragantaba con ella cuando estaba por decirla, y allí quedaba, obturando la glotis, percutiendo siniestra las dos cuerdas vocales de la mentira.
Le quedaba un último recurso: frotar su cara con las manos en un acto reflejo que Amanda conocía a la perfección. Era el momento previo a ordenar a la niña irse a su cuarto y no molestar más con sus preguntas. De paso borraba con las manos las muecas de incomodidad que quedaban caprichosas estampadas en su rostro y las reemplazaba con una mueca de incredulidad poco creíble. Los ojos descifradores de la hija lo sometían a una incomodidad que no sufría ni siquiera en su trabajo, cuando algún superior le reclamaba una distracción o un error en sus informes.
Luego empezaba a rascarse la cabeza como maldecido por una alergia interminable. La hija sabía de la comezón que le producían ciertas preguntas.
A esa altura del fracaso, el hombre esperaba que lo salvara, aunque fuera a los apurones, Anita, quien sí sabía salir de cualquier atolladero como nadie. Ella lo miraba con picardía, hasta con cierta conmiseración, cuando abandonaba las operaciones matemáticas incrustadas en la planilla de cálculos que llevaba a todas partes como si ya fueran parte de su anatomía.
Como era de esperarse, la madre se mantenía inmutable y retomaba la resolución de operaciones complejas, números nigromantes que se presentaban al mundo común como acertijos sagrados llenos de misterios imposibles. No se dejaba distraer por el oratorio de las tres repeticiones de “¿de dónde vienen los niños?”, y menos se amilanaba por la mirada intransigente de la pequeña. La suya, cuando se lo proponía, era fría como un estanque helado y dura como un diamante de odio.
Quiso gritar: “¡Pero sí es una niña, Miguel! ¡Por Dios! ¡Si es apenas una niña! ¿Cómo te puede controlar una criatura que no tiene aún ni siete años?” Pero callaba, seguía atendiendo los enigmas matemáticos que su superioridad no podía ni sabía develar.
Cuando finalmente se oyó su voz, tanto la hija como el marido quedaron paralizados, como si un conjuro extraordinario los hubiese dejado suspendidos. La niña, atenta a la respuesta; el hombre, a la salvación que presumía estaba por ofrendarle su esposa.
—Los trae el doctor en su maletín de médico —dijo Anita, mintiendo con tal descaro que hasta sorprendió al propio Miguel, que desesperaba una respuesta.
Amanda se volteó para observarla. “¿Los trae el doctor en su maletín de médico?”, se preguntó intrigada. Desconfió por instinto de la respuesta, pero comprendió que no tenía manera en ese preciso instante de comprobar si su madre le estaba diciendo la verdad o burlándose de ella, como solía hacer en ciertas oportunidades.
Y llegar a la verdad no sería nada fácil, sospechaba. Hurgar los bolsillos y las carteras de los mayores era una habilidad que poseía la niña y que había puesto a sus padres en más de un apuro. Allí se había topado con souvenirs extraordinarios, de formas y colores variados, que las más de las veces ningún adulto reconocía como propio.
Pero revisar la cilíndrica valijita del médico y develar la incógnita era una empresa no solo muy difícil, sino hasta peligrosa. Los maletines de doctores podían esconder misterios reservados solo a ellos y a los que no debía nunca asomarse una niña de su edad. Utensilios sospechosos, aparatos sofisticados, instrumentos reservados al conocimiento médico, pociones milagrosas de vida y, por qué no, hasta de muerte. Elixires para el amor, pócimas para el odio, pastillas para el olvido, ungüentos para el recuerdo: todas sublimaciones de la ciencia hipocrática, tan alejada de las preocupaciones de una niña curiosa.
Por otra parte, rara vez él se desprendía de su bolso, al que mantenía asido con su pequeña manito como si llevara del cogote a un animalito tubular. Una vez que ingresaba a la habitación para auscultar a Anita, cargando su maletín, no había ninguna posibilidad de curiosear el contenido. La puerta del cuarto del matrimonio se cerraba, y lo que allí ocurría era un secreto entre ella y el médico. Un secreto que desesperaba a Amanda, pero al que le estaba expresamente prohibido siquiera asomarse.
Imaginó escurrirse hasta encontrar refugio debajo de la amplia cama matrimonial y allí monitorear la posición del bolso, que súbitamente había adquirido la solemnidad de una vasija ritual, y lograr, aunque más no fuera por un instante fugaz, dejar caer sus ojos hacia las entrañas del misterioso neceser en donde seguro se arrellanaría su hermano sobre blandos almohadones de fundas de color celeste y finas sábanas de hilo bordadas con primorosos angelitos y hasta flores en el mismo tono.
La niña solía recibir al hombre con abrazos y besos en cada oportunidad que llegaba y que él festeja con sinceridad. Pasaba por atenta, pero lo suyo no era amabilidad, era puro interés. El hombre la saludaba con ternura sin sospechar, aparentemente, las verdaderas razones de su cariñoso recibimiento.
—Hola Amanda –le decía sin sacarle los ojos de encima mientras acariciaba su cabeza.
—Hola doctor. ¿Va a ver a mi mamá?
—Así es. ¿Todo bien? ¿La cuidaste? –preguntaba con ternura.
—¡Claro! –respondía seria y decidida, aunque no estaba muy segura de cuánto la había cuidado en los últimos días. Se distraía con facilidad jugando con sus cajillas de cigarros y sus muñecos rellenos de fea estopa.
—Me alegro que la cuidés tanto. Seguramente tu hermano o hermana también habrán de estar contentos con tus cuidados. –La felicitó con cierta solemnidad y la siguió por el caminito de cemento que los levaba hasta la casa.
—Hermano –Amanda afirmó rotunda sobre el sexo del bebé–. Hermano –repitió sin dudar.
—¿Hermano? ¿Tan segura estás? ¿Yo no estaría tan seguro? Puede ser una nena, como vos. –El doctor la invitó a dudar de su afirmación. Amanda sintió una picante curiosidad. ¿Habrá visto dentro de su maleta que no se trata de un varón? Le resultaba inaceptable que ella estuviera equivocada acerca del sexo.
—Hermano. Será varón. Yo sé que será varón –el hombre se encogió de hombros y sonrió–. Lo que no sé es cómo se va a llamar. ¿Juan? ¿Le parece lindo nombre a usted?
—Eso tenés que preguntarle a tu mamá. Yo solo traigo bebés al mundo, no les pongo nombre ni los bautizo.
Amanda quedó fuertemente impresionada. Esas palabras “yo solo traigo bebés al mundo” la dejaron casi perpleja. “¿Cómo los trae?”, se preguntó, “¿en esa pequeña valija?” Tal vez resultaba muy cierto lo que su madre le dijo sobre las virtudes extraordinarias de ese maletín que visto desde afuera no parecía muy significativo.
Amanda, que parecía un lazarillo conduciendo al visitante hacia la casa, empujó la puerta de entrada que estaba semiabierta. El doctor era un hombre corpulento, al pasar por la puerta parecía ocupar todo el ancho y el alto de la abertura. Alto, muy alto, y desde la perspectiva de Amanda parecía aún más de lo que en realidad era. Amplia la espalda, redondos los hombros, musculosos los brazos, macizo el cuello. Sin embargo, su cabeza era de un tamaño indefinido. Si se la observaba de frente parecía enorme, pero por los lados se aplanaba hasta tornarse demasiado delgada para el volumen del cuello y los hombros que la sostenían. El piso de pinotea crujía bajo sus pies quejándose del peso del visitante.
La niña daba vueltas alrededor suyo en una especie de ritual que para cualquier observador ocasional podría resultar desconcertante; se detenía primero mirando de frente esa cabeza y, seguido, a los costados. Trataba de comprender ese acertijo que le presentaba el cráneo, aquel que mudaba de forma con solo desplazarse unos pasos a su alrededor. Al cabo de un rato, el doctor sacudía intencionalmente su cabeza de manera exagerada, acentuando aún más esa metamorfosis que inquietaba a la niña que observaba su cabeza mutante. Nunca se disgustaba por esa agobiante observación a que era sometido. Y no era esa la primera vez, ni sería la última, que le ocurriría. Él mismo en ocasiones notó ese extravagante fenómeno, pero se consolaba al atribuirlo a una ilusión óptica, seguramente producida por su desprolija cabellera blanca que caía casi hasta sus hombros, y por ciertas iridiscencias que su piel hacía al recibir la luz en determinado ángulo. Sus marcadas arrugas contribuían al desconcierto de esas mutaciones.
Cuando la cabeza era vista de frente, los ojos resultaban algo pequeños. Vistos de lado, se asemejaban a los de los peces, y siempre se tenía la sensación de que él podía moverlos con independencia uno del otro, como los camaleones. Sus orejas eran medianas y algo arrepolladas; el pabellón de ambas describía un repulgue desprolijo. Pero su nariz sí que era grande. Solo el tupido bigote, bifurcado hacia arriba, disimulaba un poco la voluminosa punta del tamaño de una ciruela, que lucía el mismo color morado de esa fruta, más aterciopelado y surcado de pequeñas venas rojas que amenazaban saltar hacia el observador en cualquier momento de distracción.
Los labios eran carnosos y parecían siempre resecos. Tal vez por eso insistía en mojarlos con su lenguaza carnosa y rosada, que los repasaba en uno y otro sentido de manera invariable: primero el superior, luego el inferior, para guardarse después en la cavidad de su boca, que adquiría una profundidad significativa por efecto de la oscuridad que se guarnecía en ella. Su mentón era cuadrado y prominente, saliendo hacia adelante, con un pequeño hoyuelo justo en el punto medio, cuya perfecta redondez y exagerada profundidad distraía a quien lo observaba.
Pero lo que Amanda no podía dejar de observar, aunque se lo propusiera —y por ello había recibido más de un tirón de orejas—, eran las manos del hombre. Brazos de fortachón, pero manos de enano: muy pequeñas, desproporcionadas, un error desprejuiciado de su anatomía, una confusión antropomórfica entre manos diminutas y brazos hercúleos.
Los dedos pequeños y rechonchos culminaban en uñas rosadas que lucían un borde muy blanco, como si alguien les hubiese pintado con esmero una línea delicada.
Luego de remangar la camisa y exponer sus gruesos y velludos antebrazos, lavaba en repetidas oportunidades sus manos en el lavabo del baño, con enjundia y un pequeño cepillito que sacaba de su increíble maletín doctoral. Las lavaba del derecho, del revés, de costado. Lavaba los pequeños dedos con dedicación extrema. Cada dedo, cada vez. Entre cada uno de ellos, con especial cuidado. Y luego cepillaba las uñas, una por una, empezando por el meñique derecho, pasando al izquierdo, y así con todas. Amanda lo observaba con descaro.
—Antes de tocar al bebé, lavate siempre bien las manos. No bien: ¡muy bien! ¡Como nunca antes! —la niña aceptaba la orden porque encontraba razonable higienizarse para tocar a su hermano.
Le llevaba un largo rato el aseo de sus manos. Luego, más arriba de las muñecas, emprendía con igual dedicación la limpieza de los antebrazos. Era un ritual interminable: tenían un diámetro exagerado, surcado de músculos rígidos que mostraban que en su juventud se había dedicado a trabajos pesados, quizás para solventar sus estudios. Luego volvía a lavar las manos ya lavadas.
Toda esa higiene la realizaba antes de entrar a la habitación donde lo esperaba Anita. Para auscultarla, usaba unos hisopos de algodón hidrófilo, como si no quisiera tocarla con sus propias manos. Uno estaba empapado en alcohol medicinal, el otro no. Parecían dos grandes fósforos de madera, pero con la cabeza hecha de algodón blanco y refinado.
Apoyaba el hisopo empapado en alcohol en el vientre cada vez más redondo, bajaba hasta la entrepierna y se detenía. Entonces apoyaba el seco y lo movía con delicadeza de un lado a otro, de arriba abajo. Estaba serio, como quien mira una foto conocida desde una posición de privilegio. Luego ponía los hisopos en un recipiente de vidrio y cerraba el envase con fuerza, con una tapa metálica oscura, de la que escapaban los bordes de una gasa que protegía la boca del frasco.
Sin que se sepa de dónde, extraía como por arte de magia unos gruesos guantes de látex, que calzaba con precisión. Palpaba la entrepierna, ladeando levemente la cabeza hacia la izquierda, hasta convencerse de que todo estaba como esperaba, sin mirar en dirección al cuerpo de Anita en ningún momento. Satisfecho, exhalaba con convicción el aire de sus enormes pulmones y sonreía.
—Todo bien, Anita —es todo lo que decía. Y Anita suspiraba con emoción.
Cuando dejaba la habitación y se preparaba para partir, nunca lo hacía sin antes lavarse las manos con la misma dedicación que al llegar. Luego de lavarlas con otro pequeño cepillo, más voluminoso, que extraía de entre los secretos de su bolso, las empapaba en alcohol, rociado con un perfumero de vidrio verde jade que impregnaba la casa con su aroma particular.
Después del ritual, observaba metódicamente las uñas de borde blanco, mirándolas desde arriba, de frente y del revés, solo para cerciorarse de su higiene.
En más de una oportunidad, mientras hacía esto, con el rabo del ojo descifraba la mirada de Amanda, que observaba a la distancia la boca abierta del oscuro maletín. Como si no diera importancia al examen obsesivo de la niña, volteaba cada tanto procurando parecer distraído y le sonreía cómplice. Amanda sospechaba que el hombre sabía qué busca indiscreta.
Cuando ocurría ese juego de miradas, el espeso bigote blanco parecía moverse con mayor independencia que otras partes de su cara. Sus puntas se erizaban hasta afinarse como extraordinarias antenas de insecto, aptas para el tacto y el olfato, y hasta para escuchar el más imperceptible capricho de una niña de cabellos enrulados, ojos oscuros y nariz respingada. Por ellas captaba los cambios en el clima de la casa y hasta en el ánimo de su pequeña anfitriona, que deseaba tomar de un golpe las dos manijitas del maletín y salir corriendo para ver, de una buena vez, el aspecto maravilloso de ese hermano prometido de alegrías.
Pero no todo era decisión en ella, y el doctor comprendía su vacilación, aunque no la naturaleza de la misma. Amanda dudaba de cómo tomaría su hermano esa incursión prohibida, tan repentina como intempestiva, de una curiosa de menos de siete años. Consideraba que Juan —o como fuera a llamarse— solo debía descansar orondo allí dentro, a resguardo de cualquier contingencia (incluida la curiosidad de la hermana), durante nada más y nada menos que nueve meses.
¡Nueve meses! Le había dicho su mamá que se tomaba el doctor en retirar al niño del bolso y entregarlo a los padres, con la condición de que lo cuidarían de la mejor manera. Eran nueve seguros y apacibles meses en que el fulano estaría sereno y a resguardo de miradas indiscretas de parientes y desconocidos, confiando en la pertinaz vigilancia del médico, en su sabiduría y también en esas pequeñas manos que, a pesar de su tamaño, infundían seguridad.
¡Nueve meses!, le aseguró ese mismo hombre de bigotes inmensos y cabellera blanca que poblaba desordenadamente su cabeza, para depositar al niño en los delicados brazos de su madre. Pero Amanda no podía recordar nada vinculado a ese extraordinario suceso. Cuando trataba de hacerlo, una extraña congoja la asaltaba, imaginándose allí dentro, sin mucha luz ni aire fresco, dentro de ese pequeño tubo de cuero.
¿Cómo era posible que un hombre, por el solo hecho de poseer esa pequeña y extraordinaria maleta marrón, pudiera hacer esperar ¡nueve meses! para entregar a los padres al hijo esperado? ¿Nadie podía intervenir para acabar con la tiranía de ese señor que ostentaba su tupido bigote de retorcidas puntas y que parecía crecer cuando ella lo observaba hasta hacer desaparecer los gruesos labios? ¿Por qué no dos meses, o tres, a lo sumo?
—Nada que hacer —dijo su madre, contrariándola—. Hay que esperar nueve meses completos. O cuarenta semanas. O nueve lunas.
Cifras que a Amanda le sonaban extravagantes. Y la advertía, frunciendo el ceño, que si alguien se atrevía a revisar su maletín, el doctor bien podía decidir que, en lugar de nueve meses, fueran diez u once.
—Así que es mejor que te alejes de los misterios del maletín, Amanda —recomendó Anita, y agregó amenazante—: los médicos suelen ser muy severos con sus pacientes, y en especial cuando se trata de un nacimiento. Pero son mucho más celosos de los secretos que guardan en sus maletines.
La niña se encogió de hombros como si no le importara la advertencia, pero la tomaba muy en serio. Lejos estaba en su ánimo de cargar con la responsabilidad de retrasar la llegada del hermano o de develar algún misterio médico que debía permanecer desconocido para ella. Eso sí: quería saber por qué el vientre de su madre crecía semana a semana, ¡y hasta por día! No encontraba verdadera relación entre el maletín del médico y ese abultamiento de perfecta lisura que empezaba a crecer y atraía su curiosidad tanto como los secretos del neceser.
Tenía bastante con un interrogante extraordinario. ¿A qué agregar otro? 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 4 

Miro por mi ventana el párpado frenético de la luna, abrir y cerrar, iluminando el ovillo de pedernal que surge de unas sombras peregrinas. Debajo de mi ventana escucho el rumor de la tropa, mateando escalofríos de cuentos y misterios. Saben que los observo, pero ellos no me miran: lo tienen prohibido. Portan sus máscaras de obediencia ciega, de colores agónicos, y me ignoran. Aunque uno de ellos, insistente, me recuerda. 

***

IV

El maletín 

Amanda no tenía la menor duda de que el doctor había dejado a propósito el neceser a su alcance, abierto como un extraordinario animal despanzurrado, invitándola a curiosear en su enigmático interior. ¿Una tentación planificada por aquel hombre, dispuesto a poner a prueba su capacidad de obedecer las órdenes maternas? No sabía qué pensar. Disciplina y curiosidad se excluyen mutuamente la mayoría de las veces.
Mientras mordisqueaba sus labios sin lastimarlos y frotaba nerviosa sus delgados dedos, calculaba sus sentimientos. Su corazón latía acelerado y la sangre en su torrente llevaba un calor que sonrojaba sus mejillas. Movía la cabecita de un lado al otro, acomodando su cabello.
No había nada más urgente para ella que anticipar la imagen de ese hermano que esperaba ansiosa. Hasta lo auparía si se diera la oportunidad. Había visto bebés en brazos de otras madres, pero estaba segura de que ninguno sería como el suyo. Su anhelo por verlo y acariciarlo era tan poderoso que disipaba el temor a las penitencias que sufriría por la posible incursión hacia el cándido misterio del nonato. Ni sabía cuántas veces su madre le había advertido sobre las consecuencias de no respetar la prohibición. Y aunque el doctor nunca le habló del asunto —tal vez porque era apenas una niña de algo más de seis años—, suponía que tampoco se quedaría corto a la hora de reclamar mortificaciones por la violación de la intimidad de esa especie de vasija ritual, de útero pardo, apoyado provocativo sobre el amplio sillón que reposaba como un animal de cuatro patas poderosas, apenas se ingresaba a la casa, en ese espacio de tres metros por lado del living comedor acondicionado como recibidor de visitas.
Solo le preocupaba cómo reaccionaría su hermano, qué sentiría al verla anticipadamente. La sorpresa indebida induce al fracaso irremediablemente. Es un error que nace en los repliegues de un apurón mal decidido. Y no todo puede ser sorpresa. Tal vez la luz parpadeando primordial entre los dominios de las sombras, tal vez las flores con sus resplandores de colores y fragancias, tal vez una música de fragantes acordes mayores. Pero irrumpir ante esos ojos nonatos de manera inesperada… no sabía qué pensar.
Se tomaba su tiempo para resolver qué hacer. Nada de precipitarse para luego llorar por los rincones. Hasta ese momento nunca había debido tomar una decisión trascendente. Apilar sus cajitas de cigarrillos Abdulla, arengar a sus muñecas para que obedecieran sus órdenes, repasar tablas de multiplicar y desmayarse frente al altar para terminar sobre un camastro en la enfermería de las monjas, habían sido hasta entonces todas sus responsabilidades. Abrazada a las piernas del padre, viajar en el tren cargado de pasajeros somnolientos era apenas un juego diario.
Pero ese maletín, con su boca abierta diciendo con voz de donde vienen los misterios “vení aquí, Amanda, a ver a tu hermano”, le planteaba un desafío extraordinario sobre el que meditaba sesudamente a pesar de su corta edad. Meditar los asuntos con profundidad fue una característica que no solo mantuvo, sino que profundizó a lo largo de sus servicios a La Reliquia. Lo único que hasta entonces pudo sacarla de quicio fue el asunto de Guadalupe, que el suboficial “Pérez” se ocupó de acotar, recordándole severo las verdaderas razones por las que estaba prestando servicio en esa mansión.
Pero entonces Amanda era solo una niña, a la que un sentimiento desconocido husmeaba su humanidad como un tejón salido de la espesura de secretos hasta entonces ignorados. Era presa de cierta incertidumbre. Justo cuando creía que estaba cerca de develar ese acertijo que tanto la angustiaba desde semanas atrás, las cosas dejaban de comportarse como de costumbre para confabularse en su contra.
El tiempo no obraba del modo usual: se dilataba hostil, espeso, caprichoso. El piso de cemento coloreado con ferrite rojo del amplio living comedor ocultaba una borrasca bajo los pies de Amanda y se tornaba en una lámina secreta de tamaño planetario, como un árbol espacial, expandiéndose ya no como vapor, sino como testimonio de tierra y piedra que gravitaba poderoso, arrastrándola hacia abajo e inmovilizándola. El tiempo transcurría a diferente ritmo en las regiones de la desobediencia. Era una verdadera contrariedad.
Escuchaba con claridad que no sonaba el simple tic-tac del reloj sobre el estante, por encima del hogar donde aún quedaban restos de la última fogata, bajo dos tulipas coloridas de cristal yugoslavo. Era un tic-tac distinto al de todos los momentos conocidos: viscoso, lánguido, anémico. Se estiraba el tic, sosteniendo la “i” deliberadamente, y luego, cuando el eco apático se replicaba dentro de la delicada caja de la maquinaria, cedía su lugar al tac, gangoso e insoportable. La “a” se alargaba como un aullido surgido de una garganta de rústica alfarería; era una “a” agónica y fastidiosa, gutural.
Estaba apenas a un metro de distancia del tesoro, metro y medio a lo sumo, del mágico maletín. ¡Una distancia tan corta!, casi insignificante incluso para una niña pequeña y menuda como ella. Pero la conspiración del tiempo hacía que el maletín se alejara a una velocidad y una distancia inusitada. Cuanto más se apuraba por avanzar hacia el tesoro, este más se alejaba en medio de los agónicos tic y tac que se dilataban hasta lo extraordinario.
Nadie para socorrerla. Y, por otra parte, ¿quién la asistiría en esa desobediencia? ¿Anita? Jamás: ella misma la había advertido. ¿Miguel? Solo tosería sin detenerse hasta perder la voz con tal de no responder a sus preguntas. ¿Esperar la llegada de la abuela paterna, Eriseta? Inútil. Ella solo daba órdenes y solía no responder a nada. “¿Creen que estoy aquí para escuchar sus preguntas? No se equivoquen —decía engreída—, estoy aquí para que ustedes cumplan mis órdenes.” Y así ponía fin a cualquier diálogo.
El doctor la observaba desde su altura ciclópea. No había pronunciado una sola palabra desde que apareció el diferendo entre su maletín y Amanda. Una de sus pequeñas manos estaba apoyada sobre la boca, escondiendo una sonrisa, y los ojos habían dejado algo de esa forma íctica que los caracterizaba para tornarse cavernosos y profundos.
Prestaba atención al asombro de la niña con gesto sereno y cómplice. Llevaba sus dos manos a la cabeza y se acomodaba la cabellera a cada lado solo por hacer tiempo. Luego, tal vez sediento, pasaba su gorda lengua humedeciendo los labios como era su costumbre. Esperaba sin impaciencia.
No sabía qué buscaba la niña allí dentro, pero lo intuía: entendía que era algo trascendente, por su conducta, por su deslumbramiento. Del bolsillo trasero de su enorme pantalón sacaba un paquete de pastillas Billiken, rebosantes de mentol en pequeñas y picantes hebras blancas. Extraía una, la llevaba a la boca y la movía de un lado a otro con su lenguota. Luego aspiraba con decisión el aire impregnado de mentol y exhalaba satisfecho. El perfume llegaba a Amanda, que parecía salir de su ensimismamiento.
De pie junto al maletín, volvió la vista hacia el lugar donde el doctor permanecía quieto. Los dos se miraron hasta con dulzura. Amanda cerró los ojos y dio el último paso hacia la extraordinaria verdad por la que había preguntado durante semanas. El hombre movió satisfecho la cabeza de arriba abajo y esperó el acontecimiento.
Amanda quedó absorta contemplando el interior. Dejó caer los brazos a cada lado, inmóviles, y las manos permanecieron quietas; tenía el rostro demudado. Sus ojos, tan especiales, se ahondaron en su negrura de manera ostensible. El doctor, desde su distancia, percibió el brillo negro de esas dos uvas increíbles que eran sus pupilas.
Allí dentro no había nada, es decir, nadie. Había instrumentos médicos, varios, sin duda, aunque Amanda no sabía el nombre de ninguno. Pero no había ningún bebé. Ni pequeño, ni mediano, ni grande. Ningún rostro, ninguna alegría, ningún miedo. Nada. Ni siquiera una sospecha de que alguna vez hubiera estado allí, remoloneando sobre un almohadón celeste, cubierto con sabanitas de hilo al tono.
Entonces Amanda levantó la cabeza y miró al doctor. No sabía qué pensar; estaba confundida. ¿Ese hombre le habría robado a su hermanito? Quiso gritar, pero no logró que su garganta se hiciera oír como tantas otras veces.
—¿Qué buscás, Amanda, en mi valija?
La pregunta del doctor le pareció una verdadera insolencia. Era curioso que una niña sintiera ese sentimiento ante una simple pregunta. Consideró que los doctores no podían ser tan insolentes o desfachatados —palabra que su madre repetía cuando hablaba de cierta gente de su trabajo—, y menos ese, que venía a su casa desde hacía tiempo y era portador de un misterioso estuche donde se guardaban los bebés hasta que se cumpliesen los nueve meses, las cuarenta semanas o las nueve lunas.
No dudó ni un instante en preguntar por aquella desgraciada circunstancia.
—¿Dónde está mi hermano? —dijo, recuperando el tono monacal de otros momentos.
El living comedor adquirió un aspecto casi eclesiástico porque el sol se escondió durante un breve lapso tras unas densas nubes. El doctor se rascó primero el mentón y luego la coronilla, tratando de comprender con exactitud el contenido de la pregunta.
—¿Tu hermano? —dijo con cierta vacilación—. ¿Y dónde creés que debería estar?
Intrigado, con los brazos en jarra y las manos apoyadas en la cadera, esperó la respuesta de la niña. Amanda había virado a un color casi morado, presa de una rabia que para ella era muy justificada. Las nubes que tapaban los rayos del sol se deshicieron como simples hilachas de humo a la deriva del viento en las alturas.
—Ahí, en su valija —dijo señalando el maletín médico.
Un gesto indescifrable se apoderó del rostro del doctor.
—¿En mi maletín? —preguntó, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su boca. Amanda deseaba reprender aquel gesto, pero prefirió continuar interrogando sobre el destino del hermano.
—Sí, en su maletín. Allí, adentro. ¡Allí! En donde lo trae y lo lleva todo el tiempo.
Esta vez el doctor se cruzó de brazos y trató de aparentar que tomaba el asunto con verdadera preocupación.
—¿Y de dónde sacaste que tu hermanito está guardado dentro de mi maletín?
Una pregunta que a Amanda le resultó tan obvia que casi pensó en no responder. Pero tratándose del destino de la familia, respondió con más energía:
—Mi mamá me dijo que usted lo tiene ahí y que se lo trae una vez por mes para que ella pueda ver cómo está creciendo.
El médico volteó hacia la habitación donde reposaba Anita y sonrió desprejuiciado. ¿La mujer estaría escuchando la conversación? Médico de pueblo, en todos sus años de trabajo había oído las explicaciones más risibles, absurdas y hasta atroces para no develar el misterio de dónde vienen los bebés: que los trae la cigüeña, que nacen de un repollo, que llegan en ancas de un viento mágico. Pero aquella invención le resultó extraordinaria.
Imaginó la angustia que padecía la niña cada vez que él llegaba a la casa portando su valijita milagrosa. El deseo reprimido de revisar su contenido para ver a ese ser extraordinario que pronto ocuparía la bella cuna que Miguel había encargado a un carpintero dos estaciones más adelante. Y sospechó también el despecho de Amanda cuando, por fin, pudo asomarse al interior del maletín y solo encontró el estetoscopio, las pinzas, las tijeras, manojos de gasa y algodón, sus perfumeros de alcohol y otras menudencias de su oficio.
Trató de ser claro, pero no cruel. Se agachó para quedar más o menos a la altura de la niña. Como era muy alto, prefirió sentarse en el piso. Amanda lo miró fijamente, aún con los ojos negros llenos de una cólera impensada para alguien de tan corta edad.
—Amanda, tengo que explicarte algo —le dijo procurando que su voz tuviera ternura. Estaba de buen humor, sorprendido por aquel invento materno, más cerca de una risotada franca que de un consuelo paternal. Sin embargo, se esforzó por ser afectuoso y no gracioso. Tomó a Amanda de los hombros y sostuvo la mirada inquisidora de la pequeña como pudo, vaciando su boca de toda expresión risueña. Ella esperaba una confesión satisfactoria, la merecía. No la amedrentaba ni su tamaño ni su título de doctor.
Es seguro que, en ese instante, él hubiese preferido que la propia Anita hiciera el descargo, pero Anita dormitaba indiferente a la revelación de su mentira. De todos modos, ella habría inventado otra mentira aún mayor, insólita, para explicar por qué el niño no estaba donde dijo.
Los bigotes del médico no apuntaban hacia arriba como siempre: pendulaban de un lado al otro, muy por debajo del mentón. A Amanda no la distrajo ese comportamiento desusado de los blancos mostachos que se mecían con independencia uno del otro. Era otro evento extraño, tanto como la dilatación del tiempo o los tic-tac gangosos del reloj sobre la chimenea.
—El bebé, Amanda, como has comprobado, no está dentro de mi valija.
No era la explicación esperada. Ella misma lo había comprobado al asomarse al bolso. Se encogió de hombros, indiferente, y frunció la boca en señal de disconformidad.
—Eso sería imposible, ¿sabés? —repitió “imposible” con una seguridad inapelable.
“¿Imposible? ¿Cómo que imposible?”, hubiese querido preguntar, pero guardó silencio expectante. Recordó brevemente cómo las monjas del colegio esquivaban todos los reclamos escondiéndose detrás de esa palabra: “¿Podemos cantar? ¡Imposible!” “¿Podemos jugar? ¡Imposible!” “¿Vamos a ir al cielo? ¡Imposible!”
Luego de un instante de balancearse de atrás hacia adelante, fue directo al grano:
—¿Y entonces dónde está? —preguntó casi desafiante.
No esperaba esa respuesta. Las palabras del doctor la tomaron por sorpresa, como si un viento invisible la empujara hasta hacerla caer al piso rojo, aprisionada contra él por una fuerza que no la dejaba levantarse.
—En la panza de tu mamá.
Amanda quedó demudada. Alzó la mirada para poner esos gotones negros que eran sus ojos en los ícticos del hombre, tratando de llegar al fondo de los mismos. ¿Cómo que en la panza? ¿Qué quería decir el doctor con eso de “en la panza de tu mamá”?
—Y te aseguro que está mucho más cómodo, calentito y cuidado de lo que estaría dentro de esa valija de cuero duro.
Esa revelación fue conmovedora. ¿En la panza de su mamá? ¿Cómo pudo el doctor hacer semejante cosa? ¿Se lo habría permitido su padre y por eso siempre se atragantaba con sus preguntas? ¿Por dónde había colocado al niño dentro de la madre? ¡Y cómo harían para sacarlo de allí! Pobrecito. ¡Y pobre madre!
El doctor, con cierta dificultad, se incorporó del piso y miró desde su inmensa altura a la desconsolada muchacha. Se sintió igual que cuando terminaba una cirugía, aunque todavía no estaba en condiciones de afirmar si su intervención había sido exitosa o un rotundo fracaso. Acarició la cabeza de Amanda, no por prejuicio ni condescendencia, sino porque era difícil para él penetrar ese sentimiento de vacío que su revelación le había producido.
En ese instante, los extraños ojos del doctor, que solían fugarse a cada lado de su narizota color ciruela, alcanzaron un celeste planetario, raro, muy raro, que Amanda tomó como una verdadera revelación. Los bigotes parecían retomar su posición habitual, apuntando hacia arriba, pero el hoyuelo pertinaz que la niña miraba con desconfianza desde que lo conoció estaba oculto bajo un pelambre blanco y tupido que superaba al mentón por varios centímetros.
Amanda quedó desorientada por ese repentino cambio de apariencia, pero mucho más por la revelación inesperada. El doctor la invitó a acompañarlo hasta el cuarto donde reposaba su madre en la amplia cama matrimonial, sobre almohadones y almohadas cosidos especialmente por la vecina.
Si ella lo deseaba, le pediría permiso a Anita para que apoyara sus manos en el vientre redondo y tal vez sentir algún movimiento eléctrico del bebé dentro del útero. Amanda consideró la sugerencia una verdadera provocación. Tenía prohibido entrar a la habitación mientras el doctor estaba con su mamá, y aquello de tocar el vientre materno la espantaba. Mientras el médico se dirigía hacia Anita, Amanda buscó su muñeca de trapo preferida y salió a la galería que daba a un descampado más verde que nunca. Se sentó al borde del piso y abrazó a la muñeca con fuerza. Luego la meció mientras miraba hacia el fondo del campo, donde unas luces jugaban a encender los pastizales con colores que se transformaban en pájaros cantando sus trinos con emocionada afinación.
Desde esa oportunidad no volvió a recibir al doctor en la puerta de la casita de madera canadiense. De lejos, apenas alzando una manito, lo saludaba con indiferencia. Ya no le parecía tan alto ni tan fuerte, ni reparaba en esos ojos que se deslizaban hacia la nuca como procurando independizarse uno del otro. Para colmo, el doctor afeitó al ras sus bigotes, y esas peludas antenas erizadas hacia arriba ya no bailaban delatando sus sentimientos.
Dos meses después —o tres, Amanda no lo recordaba— la llegada de la abuela paterna Eriseta junto a su papá, en un inmenso auto negro que estacionó junto a la entrada, la sorprendió. Eran sucesos extraordinarios: el auto enorme, la abuela cascarrabias, el padre alterado como nunca antes lo había visto.
Anita salió caminando, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos. En ese momento Amanda sintió enormes deseos de ir en busca del doctor, el que no sabía a qué embrujo había sometido a su querida madre introduciéndole un bebé en la panza, para patearlo con esos hermosos zapatos de charol con tirita que le habían regalado por un motivo que no podía recordar. Miguel la besó más amoroso que nunca.
—¿A dónde vas con mamá? —preguntó Amanda.
Mientras se acomodaba en el asiento delantero junto al chofer, Miguel le respondió con voz temblorosa:
—Al hospital.
Tal vez su madre estuviera enferma de esa hinchazón descomunal que la obligaba a caminar con tanta dificultad, tomándose el vientre por debajo con ambas manos. Desde la ventanilla trasera, Anita saludó a Amanda alzando la mano y agitándola delicadamente. Cuando el auto aceleró para partir, le lanzó un beso que sonó con voz propia.
Eriseta y Amanda vieron partir el vehículo en dirección a la salida del villorrio. Amanda no tenía la menor idea de dónde quedaba el hospital. La abuela, con un empujón, le ordenó entrar en la casa.
Afuera, la tarde caía con parsimonia. Los pájaros amarillos, hechos de hojas secas, volaron entusiasmados, y la luna se aprestaba a volar desde la cavidad de la tarde-noche hacia las ondulaciones de la calle, que se sumergía en la laguna como lo hacía todos los días. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva” – Hoja N° 5 

No quiero rodar al fondo de una pena que se agranda. ¿Qué edad tengo? ¿Cuánto tiempo pasó desde mi llegada? A mi lado, una lámpara galopa su luz dinástica e ilumina los harapos de mi cama. La noche embiste como una bestia de linaje de piedra.
Suspiré a Guadalupe cuando la vi caminar hacia un rincón donde envolverse en esas sombras que arrojan su áspera investidura de tormento. Lloró la niña y besé sus lágrimas. Asumo esas babas de diablo como propias.
Oigo un catarro de cadalso. Alguien orina en el árbol reseco de los fondos. 

***

V – El dolor de Vitruvio 


No sabe dónde está el niño recién nacido: lo llevaron de prisa a un lugar donde dijeron que estaría bien cuidado. ¿Mejor que con ella? Imposible. Apenas un instante lo tuvo entre sus pechos y lo llenó de besos. Fue cuando gritó su llanto con fuerza, y eso la llenó de vida. Luego vino el silencio en esa cama que no parece cama, sino cornisa de cuero duro y frío, donde la recostaron, rodeada de paredes tan blancas como la claridad de unas mortajas de muchas muertes.
Anita ahora duerme. ¿Sueña? No, soñar es otra cosa. Siente la profundidad del tiempo en una cavidad de colmena, como una sacristía silenciosa, con algo de frío último, sumergida en el fondo compacto de una vasija de barro milenario.
Duerme como el agua duerme: atenta a los vaivenes de las orillas empuñadas en piedra, y mantiene una vigilia hasta ese momento indescifrable.
Luego de un lapso que parece silencio o que parece sangre —tal vez apenas segundos, tal vez minutos, tal vez horas— comprende. No puede medir el tiempo de a puñados ni calcular la medida exacta de una luz que desvanece sus brillos.
La oscuridad se hace omnipresente, crece como una raja negra. Y la luz se disipa en tiniebla junto a un hedor que se presenta con apariencia humana.
Por el borde de la cama llega un perfume que parecía olvidado, sepulto en una madriguera temprana donde se dejan asuntos de alimañas. Huele a cigarro. Es un olor que trepa por los bordes del camastro sobre el que reposa. No debería sentir ese perfume penetrante, ácido, prohibido, del humo de un cigarro que se aproxima a la velocidad de una pequeña nube doméstica con su impúdica puntita incandescente.
El humo toca su frente, y a escasos palmos de sigilo puede descifrar el brillo de la brasa que pasa sin quemar a la altura de los ojos, a la simple distancia de una pestaña. Pero amenaza tormentos espantosos: una ampolla en los frágiles bordes de su vulva se promete si levanta la voz o exagera un sonido delator. Nadie debe enterarse: es un secreto que cicatrizará como cicatrizan las peores heridas.
La brasa se retira a prudente distancia y el humo la roza satisfecho. No es el suave tacto de una mano de humo: es húmedo y viscoso, un unto erizado sobre la cándida piel, delicada cáscara de rosas.
El humo se hace lengua de papila terrosa, frota su frente y le dibuja una arruga de tinieblas. La arruga se ilumina con la brasa, pero conserva su apariencia de arruga en el lado oscuro de la luna; desciende dibujando formas circulares por el ritual del torso hasta el abdomen sonrosado, cándida piel, delicada cáscara de rosas.
La saliva deja una marca como una herida que, de tan confundida, no sabe sangrar, y se espesa en ese ungüento detestable. Quisiera deshacerse de ella, arrancarla feroz de un manotazo, pero un dedo de brasa ardiente la reprende, señalándola con su punta incendiada, lista para tatuar carnívora una cicatriz fosforescente.
La baba se nutre de su espanto, que rueda a los tumbos, como si le ardieran los ojos de pavuras. Humeante, crece aferrada a la piel de su cara y promete penetrar por la pupila dilatada con una magnífica púa.
Como un capricho de olor, ese perfume baja por su cuello llevado por la misma lengua que recién le ensalivó hasta las cejas. Baja la curva secreta de sus hombros y descubre esa geografía casi abstracta que se ofrece en el edén de un cuerpo fascinante. Pétalos de rosa sumergida, cuerpo palpitando allí tendido en un homenaje de desnudez que sangra su virginidad hasta agarrotarse de odio.
Más allá de las curvas de los hombros, dos senos como flores puras reposan en los aposentos de un perfume perfecto, mientras el pecho sube y baja de desesperación, cargando en los pulmones el aire del cigarro que la enferma.
El cuerpo adolescente de Anita es maravilloso: arterial, latente, fresco, fértil. Lo descubrió mientras un ojo, a través de una rendija, la observaba implacable. Lo tapó con sus pequeñas manos, tratando de ocultarse de la devoradora mirada, aquella que aún la muerde, dejando cardenales y heridas a su paso.
Se reconoce a simple vista esa anatomía prodigiosa como la pensó el artista. Allí está, impúber, inscripta en un cuadrado y un círculo perfectos, alrededor de los cuales suena una trompeta matutina, una lejana música de lamentos, a través de la cual una voz suave y cadenciosa repite un negro spiritual con sus enigmáticos mensajes libertarios. Desde la música, una religión magrea a unas muchachas negras que recogen copos de algodón en una plantación interminable, mientras sangran las manos de esclavitud y unos blancos ricachones desnudos ríen pecaminosos, bebiendo un elixir elaborado con la sangre de esclavos despostados.
Si se la observa a la distancia de unos siglos, sería, sin duda, la mujer de Vitruvio, confirmando las observaciones sobre la naturaleza humana. Tal vez Vitruvio, si no el propio Leonardo, hubieran podido despejar el humo-baba de ese légamo viscoso que hilvana un collar alrededor del cuello hasta la corola misma de los senos espantados contra el fino esternón, puente de hueso que siente la asfixia de un cuerpo que lo aplasta definitivamente.
El humo palpa con sus secreciones las medidas de ese cuerpo humano que la naturaleza decide en las riberas de un útero perfecto. Anita recuerda, como si acabara de enterarse por una “Orden del día” recién llegada a sus manos: “cuatro dedos hacen una palma, y cuatro palmas hacen un pie, seis palmas hacen un codo, cuatro codos hacen la altura del Hombre”. El hombre la aprieta y la socava.
Y “cuatro codos hacen un paso, y veinticuatro palmas hacen un hombre”. Mientras bufa devorador, el hombre la socava.
Le separa las piernas lo suficiente como para que su altura disminuya un catorceavo, y estira y sube los hombros delicados de rocío hasta que sus dedos alcanzan el borde superior de la cadera de brusca despedida. Deja en evidencia su útero nupcial extraordinario, para encontrar el lúbrico centro geométrico de las extremidades separadas, mientras hurga su ombligo con la lengua y el rancio olor a cigarro anuncia que, en el espacio entre ellas, se abre un triángulo equilátero perfecto, hacia donde se dirige, frotando con ese ácido perfume la angustiada humanidad adolescente.
Desde el nacimiento del pelo hasta la punta de la barbilla tiembla la niña en la décima parte de la altura de ese hombre, y el hombre la socava. Desde la punta de la barbilla a la parte superior de la cabeza es un octavo de su estatura que se espanta, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al extremo de la cabeza será un sexto del hombre que jadea, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al nacimiento del pelo será la séptima parte del hombre completo, y el hombre la socava. Desde los pezones a la parte de arriba de la cabeza será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde el codo a la punta de la mano será la quinta parte del hombre; y desde el codo al ángulo de la axila será la octava parte del hombre, y la mano completa será la décima parte del hombre, y el hombre la socava. El comienzo de los genitales marca la mitad del hombre, y el hombre la socava.
El pie es la séptima parte del hombre que empuja los suyos hasta torcerlos en dirección a la nada, y el hombre la socava. Desde la planta del pie hasta debajo de la rodilla será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde debajo de la rodilla al comienzo de los genitales que se inflan será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava.
Anita debería llorar, pero no puede. Quisiera llorar, pero no puede. Suena una larga amenaza que la aturde y que, aun en esa mañana, la domina: lleva ese caimán de dientes rojos, serpiente de permanente azufre, borde de cuchilla de piedra, hasta las entrañas que sangran sodomizadas como calandrias muertas. Le dice en voz muy baja: “Este es nuestro secreto, calla, para siempre calla”. Y el humo se hace perpetuo veneno que arde en llagas del tamaño de un puño.
En el instante mismo en que discute esas lágrimas con la memoria, escucha un grito distinto del humo ardiente de la baba humana: es un grito que corre espantado por un ancho pasillo reclamando ayuda. Apenas oye el tropel de gente que llega hasta su camilla. Alguien dice que un charco inmenso de sangre, maraña de líquidos y coágulos, se ha desprendido desde su entrepierna, que luce roja como una manzana herida.
Alguien grita “¡Se muere!” y busca obligar a la hemorragia a desistir en ese preciso instante. Pero la hemorragia la desangra hasta los huesos.
Anita solo querría que le quitaran ese olor de cigarro que va de su nariz hasta el cerebro. Quiere amputar ese recuerdo y solo eso. Pero no encuentra el modo. No quiere llevárselo puesto como una mala ropa de tejidos negros.
El tropel grita y desespera mientras la hemorragia se abunda de coágulos pequeños. “¡Póngala cabeza abajo, cabeza abajo!”, gritan a coro unas mujeres de rostro indefinido. Pero en esa posición le duele la cabeza como nunca, y el olor del cigarro se hace más penetrante a la altura en que queda su rostro.
Anita sabe que solo los hombres mayores que deambulan impunes por la familia fuman esas cosas apestosas. Se recuerda niña, temblando entre los brazos de su madre, quien también llora como si compartiera la misma desgracia. Ejerce unos últimos suspiros. Toca con su recuerdo la pequeña humanidad de Amanda y suspira aliviada. Pero Amanda no sabe quién la toca y corre hacia la tiniebla de una enorme casona, donde otra niña se atrapa de babas de diablo negras, rojas, blancas, frente a la inmensidad de una puerta azul que nunca se abre, vencida de tinieblas.
Anita quiere dormir, pero el tropel de gente no la deja. Quiere dormir con ese frío raro, esa celada extraña que le acaba el calor de la sangre a cada instante. Los golpes en la cara la confunden, y mucho más los gritos como loros desbocados que revolotean a su alrededor, funesto presagio.
Piensa en el niño recién nacido y lo llama Ícaro. Ella eligió ese nombre y le dará unas alas para que emprenda su vuelo extraordinario. Las suyas ya ardieron, quemadas por la brasa impúdica del cigarro que la abraza con ese olor a hombre que la socava. Retorna a Amanda y ejerce su última sonrisa.
Cierra los ojos. ¿Sueña? Solo cierra los ojos y se olvida de la vida en un suspiro. El ruido cesa, el párpado sucumbe, la boca se vacía de palabras. Llega un crepúsculo y la muerte entra al territorio de la vida, alzando su definitivo muro de silencio. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 6 

Sonó la música de los dos pianos: un arrebato de corcheas. Los hilos del pentagrama conservaron la substancia extraordinaria del eléctrico aroma de una sonata emplumada de sulfúrica estirpe, de ritmos invencibles, de frases ardientes, de ráfagas sincopadas. Respiré serena al oler los sonidos.
Hacía tiempo que no disfrutaba el coloquio de madre e hija sin las perturbaciones de las tres babas de diablo. Un puro pájaro enarboló su vuelo entre una polvareda de nubes que temblaban vidriosas de emoción sincera.
Dejaré mi ventana abierta para que, inclemente, el viento entre y revuelva mis cosas a su arbitrio. 

***

VI – Seremos felices 

Eriseta vistió a Amanda como para salir de visita. No solía atender a su nieta: tomaba distancia de la muchachita por la que no evidenciaba ningún sentimiento amoroso. Puesta en la obligación por las circunstancias, asumió la tarea con la misma severidad con la que encaraba cualquier asunto.
La mujer era obsesiva y reparaba hasta en el menor detalle de la vestimenta, manipulando a la niña como si fuera un muñeco de trapo. Así se comportó a lo largo de toda su vida: con sus hijos, con sus otros nietos, con quien fuera. No iba a cambiar por ese trance. Ruda y exigente hasta el cansancio, a ella había que responderle siempre de buen talante y con prontitud.
En el pasado nunca dedicó sus desvelos a vestir a una niñita: siempre trató con varones. Su esposo no contó para nada en los asuntos de crianza; era un ser intrascendente salvo por sus relaciones, fortuna y posición social. Sus hijos eran cuatro, y tres de ellos fueron dóciles a las órdenes de una madre que solía alzar la voz como si fuera un general en plena acción de combate. Cuando no obedecían de buen grado, ella encontraba el castigo justo para reparar la indisciplina. Miguel siempre fue el más díscolo y desobediente. Amanda era un permanente recuerdo de ese comportamiento “pueril”, diría la mujer, que tantos disgustos le provocó y contra el que no hubo razón ni amenaza que lo hiciera renunciar a su enamoramiento.
Eriseta nunca aprobó la relación de Miguel con Anita. Cantaba burlona: “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, algo que a Miguel le resultaba hasta gracioso y a lo que no respondía, cualquiera fueran las circunstancias en que su madre buscara provocar una discusión. Por otra parte, Miguel amaba la mirada de Anita, y reconocía en esos ojos un amoroso embrujo, por los que él sí podía decir: “Que al mirarme me matan de amor”. Esa mirada la heredó Amanda, y Miguel la disfrutaba con paternal delicia.
Amanda soportaba con exagerado estoicismo, para su corta edad, el trato descomedido de su abuela paterna. Tenía tanto de angelical como de enigmático el comportamiento de la niña, quien en esos momentos solo estaba angustiada por saber de su madre y de su hermano. Tal vez en esa angustia radicara el secreto de su paciencia.
Eriseta la movía de un lado al otro sin delicadeza, mientras observaba cómo se ajustaba a ese cuerpito el vestido que eligió para ella. La niña la miraba no sorprendida —Eriseta no tenía la capacidad de sorprenderla—, pero sí intrigada y con fastidio por tanto celo en el arreglo. ¿Tal vez fueran al hospital, donde estarían Anita y Miguel recibiendo al hermano? No lo creía. El comportamiento de la mujer no prometía ningún momento de felicidad.
Repetía la abuela paterna como un padrenuestro, mientras observaba a la niña desde todos los ángulos posibles: “Rigor, disciplina, disciplina, rigor. He ahí la fórmula”. Y así la trataba, con rigor, buscando imponer —aunque fuera esa sola vez— el sentido de la disciplina como ella lo entendía: un adiestramiento espartano para emprender cualquier empresa en la vida y hasta en la propia muerte.
Eriseta exigía una caída perfecta del volado del cuello mariposa, acompañando con elegancia la forma redonda del pequeño pescuezo; pequeño y redondeado, por el que resbalaba oronda la luz que entraba por el ventanal desde los fondos del descampado, traída por una pizca de brisa que olía a la humedad de la laguna. Cuello como un tallo lleno de gracia, largo, tal vez un poco largo, con algo de flamenco que mira a cada lado por descifrar el paso de la tarde, mientras el sol calentaba levemente los minúsculos músculos e iluminaba con gracia el movimiento. Solo cuando se convencía de que aumentaba la gracia de la anatomía del cuello, pasaba a examinar con igual cuidado otras partes de la ropa que consideraba debían quedar perfectas para agraciar a la niña.
La curva densa de los hombritos bajo la tela debía sugerir la redondez de una manzana roja y el brillo de un oro vegetal lleno de vida. Pasaba su mano por el torso liso de la muchachita para asegurar que descendiera en suave cascada hasta la cintura diminuta, pero redonda, que luego se volcaba a un lado y otro en una cadera que se prometía perfecta cuando creciera hasta hacerse mujer.
Del mismo modo recorrió la espalda de arriba hacia abajo hasta el borde preciso de los glúteos, ordenando a la tela seguir el movimiento de su regordeta mano, alisando la sospecha de unas sombras de arruga que, para ella, afeaban el conjunto que representaba la niña. Luego de la caderita —que la hacía bambolear a un lado y otro para observar el movimiento de las tablas del vestido— se bajaba hasta el dobladillo, que repasaba entre sus dedos para asegurarse de algo que Amanda no comprendía.
Amanda sabía que no debía preguntar —aunque lo deseaba, porque la curiosidad está en la esencia vital de cualquier niño— a qué se debía ese atuendo de paseo que la había hecho vestir, ni por qué tanto esmero para que el vestido luciera impecable. No preguntaba por desconfianza, una emoción potente que apagaba su intriga como se enfrían las pretensiones cálidas de los vientos al tocar las rudas montañas de los continentes. En verdad desconfiaba de todo lo que hacía y decía su abuela Eriseta.
La desconfianza es un sentimiento poderoso si está avalada por una fuerte sensación de desamor. El amor, en cambio —y Amanda así lo percibía de sus padres— le daba esa confianza intensa, ese estado de satisfacción por el que siempre se sentía protegida por Miguel y Anita de un modo maravilloso. Podía sentir ese abrazo paterno, esa caricia materna, tan intensos aun sin rozar piel con piel, y que duraban un tiempo dilatado, prolongándose de una manera singular como en ninguna otra circunstancia ocurría. Lejos estaba de reconocer un cambio brutal en Miguel que jamás alcanzó a descifrar, tal vez por el dolor que le provocaba.
Pero la desconfianza también tenía otras razones, y no eran infundadas. Eriseta rara vez respondía espontáneamente una pregunta. No importaba el tenor de la misma, y no solo las que le formulaba su nieta: podía no responder a cualquiera, sin dejar nunca muy claro a qué se debían sus evasivas. Era su modo de imponer distancia y de tomarse el tiempo necesario para no responder de manera inadecuada o, directamente, reservar en el silencio sus verdaderas opiniones o sentimientos.
A Amanda la ignoraba de un modo diferente, como si sus infantiles preguntas fueran dardos que penetraban su corazón y la herían de manera irreparable. La miraba con recelo, imperturbable cuando oía la pregunta, indiferente hasta con exageración, tratándose de apenas una niña que solo preguntaba cosas de niña.
La artimaña de la mujer consistía en dejar pasar la pregunta y aprovechar otra oportunidad para responder a la que ignoró de inicio, muchas veces con otra pregunta. Así siempre se reservaba la última palabra. Vanidad del silencio, jactancia de las palabras.
A la niña le llevó algún tiempo comprender el ardid de su abuela paterna para no responder en el preciso instante en que le formulaba una pregunta. Como ya llevaba su condición musical impresa en sus cinco sentidos —y esa condición estaba signada por el rigor matemático—, cuando descubrió el método se volvió indiferente.
En el instante en que Amanda se aburrió de ese mecanismo elusivo de su abuela, si preguntaba algo lo hacía con picardía y al instante se marchaba sin esperar la respuesta. Así dejaba a Eriseta con los silencios en la boca, que se le caían como rabiosa espuma, muda como una tenca, moviendo sus anchas caderas en espera de que la niña retornara tras su orden, como el ave que abanica sus tres colas en señal de disgusto.
Era su pequeña venganza. Si no había palabras que respondieran sus preguntas, tampoco habría oídos para escuchar explicaciones que ya no interesaban. Eriseta aborrecía ese comportamiento, pero a Amanda la deleitaba.
Al vestido rosa, centímetros más abajo, lo seguían las medias tres cuartos, blancas, con vivos al tono que completaban el atuendo. Pero para esa oportunidad los zapatos eran los abotinados de suela de goma y color negro. Amanda los detestaba, pero su abuela los amaba.
—Se camina mejor con estos que con esa porquería de tiritas —le explicaba, mientras la niña la aborrecía por obligarla a llevar esos tamangos duros y pesados.
Eran los que usaba para la escuela y, por otra parte, eran obligatorios. Las monjas le habían dicho que unos buenos tamangos —y usaron esa palabra que sonó a pampa dilatada— eran primordiales para una buena educación. Cuando Amanda repitió eso a su madre, Anita rió a más no poder, pero se negó a explicar sus carcajadas. Solo habría alimentado la rebeldía de la pequeña.
De poder elegir, no hubiera dudado en calzar los de charol, justamente “esa porquería de tiritas”. Lo repitió como loro entusiasmado: “de charol, de charol, de charol”, tres veces seguidas, como cuando hacía sus preguntas inquietantes, esas que le provocaban accesos de tos a Miguel. Pero Eriseta hacía como quien oye llover. ¿Qué podía hacer Amanda? ¿Quejarse? La abuela no le respondería, porque ese era su modo de imponer sus criterios: en silencio, muda, sin palabras, haciendo lo que se le venía en gana, mientras la otra parte desesperaba una respuesta.
Si no podía usar esos, que eran los de paseo, prefería unas alpargatas negras que le había regalado Miguel una tarde hacía algún tiempo y que Eriseta detestaba, porque las consideraba una “burda chancleta”, calzado “de cualquiera”. Afirmaba que ninguna niña decente debía andar calzada de alpargatas, algo propio “de chinitas” y no de gente decente como debería ser esa niña.
Cuando acabó el ritual del vestido, señaló en dirección a la puerta de calle. Eriseta, con el brazo extendido y su dedo índice amenazante, parecía más regordeta que de costumbre. Amanda notó la diferencia, aunque no estaba en condiciones de explicarla. Tal vez la luz, tal vez la ropa que vestía la mujer, tal vez la desacostumbrada cercanía.
La mujer era algo baja, de cabeza pequeña, como una redonda piedra rosada en la que crecía una cabellera algo rala que pudo ser de color castaño, pero que estaba entrada en canas y por eso siempre la llevaba teñida de un color casi rojizo intenso, peinada de peluquería. La cabecita se apoyaba en un cuello rechoncho, del que bajaba una modesta papada hasta una pronunciada arruga que lo separaba del tórax.
Cara redonda, nariz prominente y ojos indiferentes bajo dos cejas que se disfrazaban de tajitos insignificantes de color marrón intenso. Boca no muy grande; siempre los labios pintados de un rojo furioso y pegajoso. La niña detestaba ese beso viscoso que quedaba estampado en sus pequeñas mejillas y que luego Anita debía limpiar hasta irritar su piel.
Las orejas se disimulaban debajo del cabello; de todos modos, eran pequeñas y colgaban de sus lóbulos enormes aros pesados de oro veinticuatro, una verdadera rareza, engarzada alguna piedra preciosa o perla legítima.
Amanda reparaba en la hinchazón que provocaban los gruesos y dorados broches que aferraban los aros a la carnecita de los lóbulos, como verdadera dentellada de diminutos insectos carnívoros. Las prominencias se ponían rojas y brillosas, sanguíneas, amenazando estallar en cualquier momento. No importaba cuán hinchados estuvieran esos lóbulos: Eriseta jamás se sacaba sus aros hasta que regresaba a la casa y aliviaba a sus orejas del tormento.
De busto grande, muy grande, estaba obligada a usar un corsé rebosante de ballenas de acero para sostener sus voluminosos senos. En más de una ocasión Miguel bromeaba sobre el tamaño de los pechos maternos, y eso le valía la reprimenda enérgica de Anita, que detestaba ese tipo de chistes. Sus reproches los hacía en voz muy baja, y por ello Amanda nunca pudo escuchar qué le decía a su padre cuando bromeaba sobre el asunto de las tetas maternas. En una oportunidad, sin embargo, captó algo referido a la envidia del tamaño de no supo qué cosa. A Amanda los comentarios paternos sobre su propia madre la divertían, aunque no siempre podía descifrar la picardía con que él se refería a la anatomía de su abuela.
Eriseta ya no podía disimular el volumen de su abdomen, que sobresalía con voluntad propia. Era caderona, y siempre achacaba esa condición a los cuatro hijos —“todos varones”— que había parido, como si el sexo de los hijos justificara en algo la dimensión de sus ancas. “Todos de mi legítimo esposo”, agregaba, como si esa enunciada fidelidad resultara útil para disminuir en algo el tamaño de sus caderas.
Dos cortos bracitos ponían entre paréntesis el busto y el abdomen, que rebasaban esos límites, empujando hacia afuera los antebrazos y las manos que solía llevar apoyadas a los costados de su panza comprimida por la ruda faja corsé. Esa trama abigarrada lidiaba con su anatomía con estoicismo conmovedor, soportando los embates del sobrepeso.
Era de espalda corva, demasiado corta desde el cuello a la cintura, con los hombros algo hacia adelante. Sosteniendo la espalda, sus glúteos redondos y macizos parecían avanzar hacia la cintura con el expreso cometido de hacerse notar, exagerando su verdadero volumen.
Llevaba zapatos de taco bajo: detestaba el calzado sin taco, sentía verdadera repulsa por el mocasín, pero había abandonado el taco aguja hacía unos años porque no soportaba el exceso de peso y amenazaban con romperse en la oportunidad menos deseada. Era algo que la horrorizaba. Se imaginaba entrando al Teatro Colón para participar de la gala de ópera en la que se representaría Il Trovatore de Giuseppe Verdi, y caer desde el último escalón de la entrada hasta el borde de la calle, por la traición de un par de stilettos ansiosos de vengarse de los martirios a los que eran sometidos por la vanidad femenina.
Eriseta sostuvo un buen tiempo su brazo extendido, señalando hacia la salida. Con la otra mano daba empujoncitos a Amanda para animarla a ganar la calle y dirigirse a su destino.
Cruzaron la calle en diagonal. Amanda descifró de inmediato a dónde se dirigían: ese camino lo hacía todos los días, varias veces al día.
—¿Vamos de Carmen y Francisco? —preguntó. Como era de esperar, Eriseta no respondió la simple pregunta de la niña.
—¿Esa es la casa de la boliviana? —preguntó ella, lo que podía considerarse una respuesta. Amanda la miró extrañada, pero sin malicia, porque le sonó ridícula la pregunta. Era la única vivienda que poblaba el villorrio además de la suya, y no podía ser otra que la casa de Carmen y Francisco. Algunos meses después llegarían nuevos vecinos, cuando Amanda ya estaba pupila en el colegio de las monjas.
—Sí, abuela. Esa es la casa de Carmen y Francisco, ¿cómo adivinaste? —caminó persiguiendo agitada el paso enérgico de Eriseta, con una pequeña sonrisa entre los labios. Eriseta debió reprenderla, pero su apuro la distrajo del reproche. Amanda se aprovechó de esa circunstancia y preguntó, sin esperar respuesta, lo que realmente le preocupaba:
—¿Y papá? ¿Dónde está papá?
—¿Estarán tus vecinos? Tu papá me dijo que ya había arreglado con ellos para que te cuiden hoy y mañana. ¡Está tan ocupado! Su trabajo, el hospital, ¡tantas cosas! Tenés que portarte bien, de lo contrario no vamos a traer al bebé a casa.
Amanda ni consideró la amenaza de Eriseta. Su madre la pondría en su lugar apenas volviera al hogar.
—¿Y mamá? —preguntó.
Eriseta apuró el paso. No respondió. Insistía con esos pequeños empujones en el hombro de la niña para acelerar la marcha. Amanda alzaba el hombro en señal de disgusto.
—No hagas eso, es horrible —la reprendió la mujer.
—¿Y mi hermano? —Amanda preguntó angustiada—. ¿Está en el hospital?
Pero Eriseta tampoco le respondió.
Amanda estaba confundida, aunque no alcanzaba a descifrar qué ocurría. Algo había en el aire que la obligaba a estar alerta. La sola presencia de Eriseta era una señal extraña. Ajena a la vida familiar, rara vez tenía un gesto cariñoso hacia ella o hacia Anita, incluso para su propio hijo, Miguel, a quien siempre reprochaba algo cuando se encontraban en su lujosa casa.
Podía jurar que su abuela, en ese preciso instante en que se encaminaba marcial hacia la casa de los vecinos, despedía un tufo extraño: un olor rancio, viscoso, diferente del penetrante aroma de sus perfumes franceses que tanto irritaban la nariz de Anita y la hacían estornudar una y otra vez, hasta quedar exhausta.
No fue necesario que Eriseta llamara a lo de Carmen. Ella estaba atenta a la llegada de las visitas, esperando nerviosa a Amanda. Apenas abrió la puertita de la modesta casa, se arrodilló ante la niña y la abrazó emocionada, con los ojos llenos de lágrimas, dolida.
Eriseta no pudo ocultar su furia contra la mujer. Esperaba que el matrimonio acompañara su dura actitud para evitar que la niña sospechara algo de lo que estaba ocurriendo. Pero ni Carmen ni Francisco podían ser indiferentes ante la muerte de Anita. Francisco salió por el fondo de la casa para que no lo vieran llorar: estaba desconsolado.
Amanda abrazó a Carmen. Si en ese instante le hubiesen ofrecido elegir entre Carmen y Eriseta, no hubiera dudado ni un instante en quedarse con “la boliviana”. Eriseta trató de interrumpir la escena, pero dudó en alterar aún más a la niña. Amanda la hubiera rechazado sin dudarlo: amaba a Carmen, que siempre era dulce y amorosa con ella.
—¿Me voy a quedar con vos? —preguntó Amanda, por algo que ya sabía. Tal vez quisiera asegurarse de que lo que le dijo Eriseta era verdad.
—Sí, mi hijita, acá, por los días que haga falta.
—¿Y el colegio?
—Un par de días que tú no concurras no te creará problemas. Tú eres una alumna aplicada.
—¿Sabés dónde está mi papá?
—La abuela sabe, ella te lo puede decir —respondió Carmen, mirando a la mujer, que endurecía cada vez más su gesto de reproche.
—Los niños que preguntan demasiado se van a dormir sin comer, Amanda, así que mejor no preguntés más —dijo Eriseta, sin disimular su ira.
—Carmen, ¿dónde está mi mamá?
Carmen no pudo contener las lágrimas y lloraba cada vez con más angustia. La mujer posó su mano ruda, marcada por el trabajo agrario, sobre el pecho de Amanda, del lado del corazón. La mano en el pecho como un parche de amor: pétalos duros y calientes, dedos que percibían los latidos acelerados del agitado corazón de la niña. Quiso hablar, pero no supo qué decir. Miró a Eriseta buscando alivio, pero la señora la ignoró, reprochando con su mirada la situación. Hubo un silencio áspero y sombrío. Como pudo, Carmen recobró el ánimo y la palabra.
—Acá, siempre va a estar acá, aquí dentro —le dijo Carmen mientras apenas señalaba con sus deditos el corazón de la niña. Amanda bajó la vista hasta la mano y apoyó la suya sobre la de la mujer. Pudo haber preguntado “¿acá?”, pero una voz interior la convenció de no hacerlo.
El silencio se hizo más áspero y sombrío, interrumpido solo por la tosecita ridícula de Eriseta, que buscaba indicar a la mujer que desistiera de sus explicaciones, a las que después tildó de “pueriles”, palabras de “negra metetera” y “qué tenía que decirle esa sucia que iba a estar siempre en el corazón”, “lacrimógena”, “boliviana de mierda”. Miguel, tan triste y abatido, sin hallar sosiego en ninguna explicación ni excusa, ni siquiera oyó los reproches que salían de la boca de su madre como sarta de cangrejos.
—¿Y el bebé, dónde está? —preguntó Amanda, mirando directo a los pequeños ojos de Carmen.
—Pronto vendrá a visitarte. Vendrá con tu padrecito. Serán felices. Serán muy felices. —Pero de Anita no pronunció su nombre. El silencio se hizo torvo.
Un auto entró lentamente en la calle de tierra y redujo su marcha al observar a la mujerona que estaba parada contemplando el abrazo de la niña y la pequeña mujer, aquella que de lejos tenía aspecto de figura ritual. Francisco se asomó desde el fondo, machete en mano, advirtiendo al intruso con su presencia que tuviera cuidado de sus acciones. Allí parado, hasta parecía más grande de lo que era, amenazante, todo él, un machete filoso. Al observar las señas entre la mujer y el chofer, se retiró unos pasos para quedar nuevamente oculto tras la casita, pero sin desistir del cuchillo en su ruda mano campesina.
Eriseta hizo una seña enérgica al hombre y le indicó que esperara. Él asintió con un leve movimiento de cabeza y detuvo la marcha justo enfrente de la casa de los bolivianos. Trató de besar a la niña antes de partir, pero Amanda siguió abrazada a Carmen y la despidió apenas con un movimiento de su mano: fue más un empujón que un saludo. Un “dejame así, acá, andate”, y “solo quiero que vuelva mi mamá, mi hermano y mi papá”.
Se acurrucó entre los fuertes brazos de la vecina y sintió una seguridad que hacía horas no experimentaba. Suspiró varias veces y repitió para sí: “Seremos felices. Seremos muy felices. Seremos felices”. Tres veces, como repetía cuando se trataba de un asunto trascendente. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 7 

El tiempo pasa sin ímpetu, y el color desértico de su paso tiene la inclemencia de las derrotas. La arena en la tierra sega el camino, y en los alrededores de la casona la proa del viento se desquita de una humedad esperanzadora.
El viento deja su apariencia a un costado de su galope de centauro y se enarbola entre las ramas de un árbol que se yergue reseco, como un obispo abrumado por la historia.
Nada es lo que parece: guardaré mis rencores para un mejor propósito. La eternidad está al alcance de mi propia ternura. 

***

VII – En el nombre del hijo 

Quiero que me hablés como un poema, como una música. Me alegrará el sonido de tu amor y aliviará a mi corazón mientras dure tu ausencia. Por mi parte mujer, cuando estén a la par tu cuerpo y el mío, solo seré expectativa, y en mis silencios escucharás mis versos y mis melodías que fueron imaginadas entre los remansos de las sombras del crepúsculo, solo para vos, amada mía.
Por vos soy esta esperanza de amor, raíz en llamas, silenciosa espiga a merced de tu aliento, y te seguiré como el cálido viento del verano a donde vayas.
Carta de amor de Miguel a Anita (Fragmento).

Miguel se recostó en el sillón del amplio comedor de la casa materna. Aunque deseaba dormir, el sueño no llegaba. La habitación era un largo rectángulo, y el sillón estaba dispuesto en un extremo para dominar toda la extensión del cuarto. A medida que su vista avanzaba buscando el final, la oscuridad adquiría consistencia y llenaba de zozobra al viudo. Era una congoja amarga, implacable, incapaz de manifestarse, que avanzaba tumefacta gangrenando sentimientos que Miguel quería preservar de la desdicha.
Entre las sombras acumuladas podía descifrar el rostro de Anita, dibujado con una tiza blanca que apenas delineaba los rasgos de la mujer amada. Suspiró varias veces, como si exhalara minúsculos golpes expulsados por la tráquea, pero no podía llorar. Hacía años que no lloraba: sus lágrimas estaban encapsuladas en algún lugar de su humanidad, fuera de su dominio. Tal vez herencia de su madre, incapaz de lagrimear incluso de felicidad, cuyos lagrimales solo le aportaban una sequía ulcerosa que acentuaba el rictus de enfado y desagrado. Miguel creía que los suyos, aun sin esa sequía, habían olvidado su función y ni en tan tristes circunstancias lo ayudarían a desahogar las penas.
El coqueto palacete se alzaba en Caballito, sobre la calle Parral, próximo al Sarmiento y a un descampado refugio de enamorados ansiosos de sexo clandestino. Casi ningún sonido perturbaba el silencio que descendía en todas direcciones, apagando hasta los últimos sones heridos en los rieles del tren a cientos de metros. Altos pastos a la vera de las vías sofocaban los destellos de un sol de media tarde que caía sin exageración sobre el acero. Los brillos, agobiados, desesperaban por no perder su condición iridiscente y se cobijaban bajo los silencios para esquivar la intrascendencia.
Los grandes plátanos de la calle apenas musitaban soniditos otoñales que rodaban desde sus copas hacia la tierra. Era una música cetrina que sus tupidas hojas dispersaban como polen milagroso, aún verde de savia fresca sobre el ocre macilento de las muertas.
Para Miguel, en cambio, esos silencios no eran naturales: caían hacia una cavidad de niebla como restos de una piedra nocturna. No eran polen fecundo, sino oscura arena de desgracia que se adhería a su piel asfixiándolo lentamente y prolongando fatigas desconocidas. Sumergido en un pozo de pena, recién llegaba de encarar el papeleo de los funerales. El certificado de defunción se agitaba en su mano como flor siniestra, papel de muerte, gota de luto. El nombre de Anita trascendía en diagonal hasta su blanca mano de escribiente y parecía llamarlo con suaves toques que dolían más que una puñalada. Si pudiera abrazarla… si pudiera besarla… si solo pudiera… Pero ya no podía.
Si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, le resultaría difícil describirlo. Podía asegurar, sin embargo, que pensar en Amanda era lo que más lo atormentaba y a la vez lo consolaba. En el amor de la hija tal vez podría deshacerse en parte del rudo bagaje que lo mortificaba; en ella había futuro, y eso dulcificaba sus pensamientos. En los ojos de Amanda podía mirar los de Anita como si aún la tuviera consigo. Sabía que en esa hondura viva hallaría la desesperación por quien ya no estaba, pero también la esperanza de quien será.
Terminado el entierro iría al encuentro de su hijita, aunque no le quedaran fuerzas. Verla, abrazarla, sentirla ya no era un simple deseo nacido de la angustia o del alivio de la tristeza. Era una necesidad que se imponía con fuerza propia. Abrazar a Amanda era abrazarse al alivio, a una receta magistral contra el dolor. Y mirar esos ojos —¡esos ojos!—, hoguera negra irradiando el secreto del amor guardado en el frenesí de las sangres renovadas, allí donde Anita depositó todos sus misterios.
Sabía que Carmen y Francisco cuidarían de Amanda como nadie más lo haría, y eso lo aliviaba, al menos por el momento. No pudo confiar su hija a su propia madre, a la que consideraba incapaz de un amor, aunque fuera efímero y fundado en el dolor ajeno. Ese alivio duraba lo que el vuelo de una mariposa; luego la angustia se imponía sobre todo otro sentimiento. ¿Cómo explicarle a su hija la muerte de la madre? Buscaba las palabras con las que narrar la desgracia de aquella tarde de otoño temprano. ¿Existían palabras capaces de expresar tanto dolor, tanta tristeza, sin hundir a la niña en el lamento, en la frustración prematura, en la desgracia de un sueño interrumpido de la peor manera? Las palabras consoladoras no surgían: no traían misericordia, sino látigo y cicatriz, aullido de martirio. Ningún sosiego amoroso de padre a hija, ninguna paz que remitiera al descanso eterno ni a la promesa de un reencuentro tierno en algún misterioso repliegue de la bóveda primigenia, donde dicen flotan las almas hechas flores maduras en el rumor caudaloso de la armonía.
Cuando creía encontrar esas palabras necesarias, la boca se le resecaba, los labios se sellaban como con un ungüento de desgracia, y olvidaba al instante el discurso. Solo podía mirar hacia atrás y ver cómo su amor se escurría en una hemorragia caprichosa, agua viva roja hacia la nada de una tumba áspera y sombría, disuelta en diminutos gotones de muerte, mientras un tropel de gente gritaba a su alrededor palabras inútiles para salvarla del abismo nocturnal que la devoraba como un animal ciego de amarga lengua y carnívora saliva.
Así, recostado, con los ojos vacíos, trató de convencerse de que llegado el momento la verdad irremediable se abriría paso entre sus cavilaciones y se presentaría a su hija de la mejor manera. Se entregó a un destino en el que apenas quedaba una leve esperanza. Esperaba, sí, que las palabras brotaran como helechos plumosos en la humedad de la boca y que, aun en el dolor, fueran caricias desde el alma para el alma menuda de su hija. Con esas caricias la imaginó suspendida entre sus brazos, junto al niño recién nacido. Tal vez en él encontraría, a pesar de su breve existencia, la fuerza para empezar a cerrar la herida incesante de la muerte de Anita, la madre ausente para siempre, abrazado a sus hijos, temblorosos los tres sin saberlo, amarrados de amor como raíces extraordinarias que no pueden ser extirpadas por el simple capricho de la muerte.
La contratación de la casa velatoria corrió por cuenta de la Agencia. Sus jefes recibieron la noticia con tristeza y asombro, y de inmediato se hicieron cargo del velatorio. Anita era muy bien considerada por su prodigiosa capacidad en operaciones con números complejos, cálculos algebraicos y por su extraordinaria perspicacia matemática. La semana de licencia que otorgaron al viudo no mereció discusión: los burócratas parecían sinceramente conmovidos por la circunstancia que atravesaba el novel funcionario.
Varios jerarcas hicieron llegar sus condolencias y los arreglos florales abundaron en cantidad y variedad. Miguel era indiferente a todo ese rito. Estaba ausente. Su rostro no dejaba traslucir sentimiento alguno, pero estaba devastado. Acostumbrado a llevar la máscara de un arisco sonámbulo y a disimular cualquier gesto que revelara sus emociones, padecía el rito con estoicismo. Los gestos, aunque insignificantes, suelen ser delatores precisos de la condición humana. Era cuestión profesional saber moderarlos hasta ejercer pleno dominio, y de esa condición no podía deshacerse ni siquiera en tan trágicas circunstancias.
Solo deseaba un respiro para volver al hospital, donde algunas mujeres de su familia, primas lejanas, se habían hecho cargo del niño y esperaban su regreso.
Alguien le sugirió avisar a los familiares de Anita. Miguel ni siquiera supo de dónde vino esa voz. Sabía que su esposa no tenía otro familiar más que su padre, a quien él mismo transmitió la noticia. El hombre le aseguró que llegaría para el sepelio, y que si se retrasaba por alguna circunstancia no faltaría al entierro.
La madre de Anita había muerto cuando ella era apenas una niña, y Miguel no conoció a ningún otro familiar suyo. Sabía de una tía lejana, madre de crianza o nodriza, que vivía en un apartado rincón del campo bonaerense. Era la misma que había tejido unas ropas para el bebé por nacer y las envió en una encomienda retirada en la terminal del ferrocarril. Miguel dudaba de poder ponerla al tanto de lo ocurrido; ni siquiera estaba seguro de dónde Anita habría anotado el domicilio de esa pariente. La Agencia se comprometió a considerar alguna alternativa para avisarle de la muerte de la muchacha y trasladarla para las exequias si lograban hallarla.
Eriseta llegó en su automóvil desde la casa en los suburbios hasta la suya. Como había acordado con su hijo, dejó al cuidado de Carmen y Francisco a Amanda; llegaba cargada de reproches contra esos dos “bolitas lacrimógenos” que, según ella, estuvieron a punto de echar por la borda toda la discreción que consideraba haber tenido para evitar que Amanda descubriera la infortunada suerte de su madre. Ya le tocaría a Miguel explicarle la infeliz circunstancia de esa muerte.
—¿La nena? —preguntó apenas vio a su madre subir por las escaleras de mármol de Carrara hasta el recibidor del primer piso.
—Como me ordenaste, con los bolitas de Carmen y Francisco —respondió Eriseta sin prisa ni expresión, mientras dejaba caer su tapado al piso y apoyaba la cartera sobre la mesa del comedor. Miguel ignoró el tono sarcástico con que se refirió a los vecinos.
—¿Cómo estaba? —preguntó preocupado.
—Bien, supongo. ¿Cómo iba a estar? No sabe nada. No le voy a decir yo que murió su mamá.
El tono ansioso y frío de su madre alteró a Miguel, que no pudo evitar un gesto de disgusto. Ella hablaba de la muerte de Anita como de un suceso más, uno de tantos que pueden ocurrirle a cualquiera. No soportaba esa facilidad de cosificar a las personas que Eriseta lucía como virtud, producto del trabajoso arte de moldear el carácter para acciones importantes de las que el mundo nunca tendría sospecha.
—Ella debe sentir algo… estoy seguro. Amanda es muy especial.
—¡También! Los bolivianos esos se la pasaron llorando; si la nena se avivó de algo fue por culpa de tus vecinos —se acercó a su hijo por la derecha, apoyó una mano en su hombro y lo miró con frialdad—. Por otra parte, ¿querés que te diga?
—Miguel alzó cejas y hombros en actitud defensiva— esa nena es rara. Es rara, rara… qué querés que te diga.
—¿Rara? ¿Por qué decís que es rara? —Miguel demostraba su enojo por la forma en que su madre hablaba de Amanda.
—Porque es rara, hijo. Vos sabés a qué me refiero. Es rara. Rara. No digo que es loca, digo que es rarita, tiene cosas raras… no sé…, no sé…
—Ma… —Eriseta lo interrumpió alzando la mano para ordenar que no siguiera hablando del tema. Hablar de Amanda la ofuscaba, y Miguel lo sabía. No fueron pocas las ocasiones en que la discusión se hizo ruda cuando ella se refería de manera despectiva a su esposa y a su hija. La mujer no le dio oportunidad de volver sobre el tema; se dio vuelta y, mientras se alejaba, preguntó por el niño recién nacido.
—¿Qué nombre le vas a poner al chico? —alzó la cabeza exageradamente para mirarlo de frente—. ¿Se puede saber? —preguntó como si el hombre estuviera en un examen crucial para su existencia. Miguel se reclinó pesadamente en el sillón, hastiado de esa voz de rústica corneta de su madre, y cerró los ojos. Habló con voz fatigada.
—Anita quería que se llamara Ícaro.
Ícaro sonó como palabra aterciopelada que emprendía su vuelo no demasiado alto, para que el sol no derritiera sus alas.
—¿Ícaro? —repitió Eriseta desde el fondo del pasillo que llevaba al baño principal. Sus palabras salieron como de una madriguera donde se refugiaban los aullidos de un animal desesperado—. ¿Ícaro? —gritó con disgusto—. ¿Cómo Ícaro? ¿Qué parió tu mujer, un pajarito o un chico?
Miguel aspiró profundo y no respondió a la provocación.
—Ese chico no se puede llamar así, Miguel, no te hagas el distraído.
—¿Por qué no me dejás de romper las pelotas? —Eriseta no hizo gesto de desaprobación, actuó como si no hubiera escuchado el insulto. Volvió a su estado de indiferencia, que le permitía sortear cualquier confrontación como si atravesara un bello jardín de madreselvas. Tomó aire y dulcificó su voz.
—Hijito mío, solo hablamos del nombre del nene. No te ofusques.
—Entonces no me rompas las pelotas. Se va a llamar Ícaro, como quería la madre.
—No, mi amor, no te quiero romper las pelotas. Solo quiero hacerte entender que no se puede llamar de ese modo. Vos no sos Dédalo, ¿me comprendés? Sos un funcionario importante, hijo de otros dos también muy importantes. En la escala de valores morales o estéticos, la ridiculez no puede empezar nunca por un nombre mal elegido. A la gente como vos, como yo, como tu padre, hay que ayudarla a comprender lo importante que siempre es guardar las apariencias y saber elegir con propiedad. ¿Me comprendés, mi amor?
—¿Y qué mierda tiene que ver mi cargo con el nombre del nene? ¿Qué tiene que ver tu alcurnia o la puta jerarquía de papá con el nombre de mi hijo? ¿Por qué no se puede llamar Ícaro? —Miguel volvió a alzar la voz, disgustado por la conversación.
—¡Porque es ridículo! ¡Vos sabés que es un nombre ridículo! Y vos no podés hacer nunca —y subrayó la palabra nunca— el ridículo. Así es la vida, hijito mío. No te enojés conmigo, enojate con la vida que tenés.
—Todo lo que le gustaba a Anita para vos siempre fue ridículo. Si Anita viviera ni siquiera te hubieras atrevido a hablar de este asunto.
—Pero se murió, querido, comprendé que se murió. Por tu bien te lo digo. Además, quiero decirte: tu mujercita tenía muchos pajaritos en la cabeza y por eso resultaba muchas veces algo ridícula. Para colmo, creía que esos pajaritos eran mitológicos, como Ícaro, pero solo eran pajaritos… pajaritos de mierda, pajaritos al pedo, pajaritos… ¿viste qué poca cosa son los pajaritos? Cantan, vuelan un poco y se mueren. Vienen los gatos y se los comen. Horrible destino, es cierto. No es sano que tengas el destino de un pajarito en la boca de un gato.

—No podés ni esperar un día para hablar mal de ella. Te importa un carajo su muerte, te importa un carajo lo que me pasa. —¡Pero no, hijito! ¿Cómo decís eso? —Eriseta extendió sus brazos como si intentara abrazar a toda la familia al mismo tiempo—. Yo los quiero a todos y vos lo sabés. —Los abrió aún más, tratando de aparecer muy amorosa. Miguel movió negativamente la cabeza: sabía bien que no existía ese amor que invocaba su madre cuando hablaba de su esposa y de su hija, y respecto de él, tampoco.
—Convengamos que Anita era difícil, muy difícil. Y, además, ella a mí no me quería, vos sabés muy bien que no me quería, ni un poquito. Más bien me odiaba. Vos sabés que ella me odiaba.
Miguel suspiró agotado. Llevó sus manos al pecho y lo frotó despacio, tratando de distender la enorme presión que oprimía el tórax en el que retumbaba agarrotado el corazón de penas.
—Pedime lo que quieras, pero que sea hipócrita, por favor, no —dijo Eriseta—. Lamento que se haya muerto tan joven, pero por suerte tu hijo se salvó. Con eso tenés bastante; se ve que Dios todavía te tiene paciencia.
Miguel se distendió un instante, como si ya no oyera a Eriseta hablar huraña contra Anita.
—Si nacía nena quería que se llamara Petra, y para un varón primero pensó en el nombre de Espartaco, como el esclavo rebelde, pero al final eligió Ícaro… —Eriseta ni reparó en el nombre elegido por Anita para una mujer. Lo descartó sin interrogarse sobre él, porque, en definitiva, el nacido era varón.
—¿Espartaco? ¿Vos ibas a permitir que un hijo tuyo se llamara Espartaco? ¿Te volviste loco? ¿Dónde te creés que trabajás? ¿En el Coliseo? ¿Querés matarme de un susto? Miguel, por favor, Miguel…
—Podría ser peor, mamá, podría ser mucho peor —las palabras del hijo sonaron como silábicos puñales.
—¿Peor que qué? ¿Qué Espartaco? ¡Qué podría ser peor que Espartaco!
—Por ejemplo, llamarlo Carlos Federico…
—¡Ay, por favor! No me jodás… ¿Estás borracho? ¿Estuviste tomando para olvidar? Entiendo que estés triste, muy triste, todo lo triste que quieras, pero que digas semejantes idioteces no lo entiendo. ¡Por favor, hijo! ¿Cómo podés decirme algo así? No deberías ni pensarlo.
—No sé en qué pensar en este momento, mamá.
—En cualquier cosa, pero no en boludeces. No sé qué te pasó a vos que te enredaste con esa mujer, con esas ideas que tenía, con una beba de un año. Si no te conociera tendría que pensar que te volviste un pelotudo. Si tu padre viviera ya te hubiera cagado a patadas —Eriseta abandonó definitivamente su tono coloquial.
—Volviste al lenguaje “ceremonioso” que usaba papá para expresar sus mejores ideas en mi contra.
—Papá no tenía nada contra vos, solo le disgustaban algunos comportamientos tuyos. Fue él quien te hizo entrar a la carrera y gracias a él no sos un pinche y tenés un futuro promisorio. Decí que tu padre se murió demasiado rápido; si no, ya estarías en algunos de los directorios importantes. Con voz siempre fue gaucho.
—¡Uf! Un gauchazo… me trató siempre un poco mejor que al perro. Le faltaba pedirme que moviera la cola en señal de gratitud.
—No hablés así de tu padre. Vos siempre fuiste un busca roña, siempre lo confrontaste. Si sos algo, se lo debés a él —Miguel ignoró la acusación.
—Ícaro es un nombre bonito. ¿Le gustará a Amanda?
—¿Y a quién carajo le puede importar lo que diga una niña de seis años? A nadie, y menos a vos.
—Ícaro será como un homenaje. Eso quería Anita. Me costó mucho convencerla en su momento para que cambiara el nombre de la nena. Al final aceptó llamarla Amanda, pero fue duro: me maldijo mil veces y lloró de tristeza muchos días. No quiero que me maldiga otra vez, en donde esté.
—¿Y dónde va a estar tu mujercita en este momento?
—En el cielo, seguro que en el cielo.
—En el cielo no puede estar, disculpame que te contradiga. Era atea, tenelo presente. Si Dios se hace el distraído puede estar en el purgatorio; de lo contrario fue directo al infierno, al sexto, para ser más precisos.
—No te soporto más, mamá. Yo creo que papá se murió para no oírte.
—¡No te soporto más! ¡No te soporto más! Eso me lo decís desde que tenías cinco años y aquí estamos. Y te repito que tu papá se murió de cáncer de próstata, nada que ver con el oído. Su drama estaba a la altura de la cintura, no de la cabeza.
Miguel miró hacia el cielorraso como si allí encontrara algo del cielo en que referenciarse con Anita. Luego mencionó a su hija con verdadera ternura:
—Amada Da Silva… mi nena Amanda Da Silva.
—En cualquier momento me pongo a llorar, hijito. Y eso que no lloro desde que nací. El único problema que tenés ahora es que tenés otro hijo, uno de tu sangre, que es lo único que debería importarte. La sangre llama a la sangre. Lo que viene de uno hay que saber cuidarlo. En cambio, esa nena no es tu sangre, disculpá que te lo recuerde —Miguel se encogió de hombros y movió varias veces la cabeza de un lado al otro. Luego se tapó los oídos con las manos.
—Aunque no me quieras escuchar, me vas a escuchar igual. Ya hiciste bastantes macanas. Te metiste con una madre soltera llena de pajaritos en la cabeza, con una nena de un año que tenía un nombre… ¡Dios mío, qué nombre! Y encima después no se te ocurrió nada mejor que ponerte un apellido ridículo. ¡Ese apellido! ¡Ese apellido! Da Silva… Tu padre estaba enfurecido cuando supo que te hiciste llamar Miguel Da Silva, como un portugués roñoso, él que era españolísimo. Tuvimos que pedir documentos para los dos para tu casamiento, con ese apellido del que toda la Agencia se rio a más no poder. “¡Da Silva! ¡Da Silva!”, nos gritaban por los pasillos… ¡Qué apellido! No sé cómo decirlo… ¿Cómo se te pudo ocurrir ponerte ese apellido? ¿De dónde lo sacaste?
Miguel no respondió. Siguió con los ojos en el cielorraso. Recordó que tomó ese apellido de un contrabandista brasileño —quien a su vez lo había copiado de un noble portugués del que alguien le dijo que fue embajador en Roma—, un tipo que se empedó una noche y quiso pasar a unos mensúes misioneros o paraguayos. Los peones estaban tan mamados como el brasileño y, cuando comprendieron que el forajido los quiso timar, le dieron dos machetazos en la cabeza y lo mataron. Después le cortaron las pelotas y las mandaron en un frasco con formol a un tipo que alguien les dijo que era su jefe. El tipo trabajaba para un general brasileño, quien armó un escándalo. Miguel fue enviado por la Agencia, a pedido del gobierno, en una misión reservada: velar los testículos del siervo del militar y arreglar una reparación satisfactoria para el general.
El brasileño exigía todo el tiempo: “olho por olho, dente por dente”, y repetía la frase como un conjuro. Se notaba que no se animaba a decir “olho por olho, dente por dente, testículo por testículo”.
Miguel aceptó los dos pedidos del patrón: dinero para compensar las pérdidas por la muerte del contrabandista y los testículos de sus ofensores para saldar la deuda de sangre. El militar le aseguró que había jurado a la viuda cortarles las bolas a los asesinos. Miguel suponía que a la mujer, más que importarle el cadáver de los testículos de su esposo, le interesaría una buena reparación económica, algo de lo que el militar no habló en ningún momento. Cuando mencionó indemnización fue solo para compensar sus propias pérdidas. Para vengar la afrenta contra su hombre quería que amputaran los testículos a sus asesinos, y con eso se daba por satisfecho.
El pacto se selló con un fuerte apretón de manos y unas papeletas insignificantes en las que figuraban las sumas reclamadas. El dinero se giró vía consulado. A su regreso a Misiones, Miguel hizo cortar las pelotas a dos cadáveres que yacían en el cementerio sin que nadie los reclamara, y se las mandó al jefe ofendido diciendo que eran de los peones homicidas. El obsequio fue envasado en formol en dos elegantes frascos de vidrio tallado. Seguramente uno de ellos adorna algún estante de la lujosa estancia del ricachón. El otro, tal vez, repose en los brazos de la joven viuda o haya terminado como comida de los cimarrones. No podía suponer para qué querría esa mujer un par de testículos envasados, habiendo tanto hombre con sus testículos llenos de sangre caliente y esperma fresca dispuesto a ofrendarse en reemplazo del finado capado.
Miguel volvió a reclinarse con ánimo de dormir.
—La convencí a Anita de cambiarle el nombre a la nena por la seguridad de ambas.
—¡Eso, mi amor! ¿Ves que podés ser razonable cuando querés? —dijo Eriseta, recuperando un tono maternal—. Por tu seguridad, por la seguridad de tus hijos, de la mía, de todos los que te rodean, el nene no se puede llamar Ícaro, menos Espartaco y jamás Carlos Federico. ¿Me comprendés? Además, hijito, es tu sangre, ¡y varón! ¡El primogénito! ¿Entendés? ¡El hijo de la promesa! Ya sabés lo que dice la Biblia del hijo primogénito.
—¿Qué dice la Biblia? —preguntó Miguel, cargado de cinismo.
—Ya ni siquiera te acordás lo que dice la Biblia.
—¿Qué dice la Biblia?
—“Yo también lo haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.”
—¡Por favor, mamá! ¿Vos escuchás las boludeces que me estás diciendo?
—Es la Biblia, hijito. ¿O te volviste ateo como tu mujercita? Yo soy católica. Vos sabés que soy mujer de fe —Miguel sonrió sarcástico. —No sé de qué te reís…
—Tu fe vale por tu dinero, mamá. Es como una cuenta en el banco: si alguien deposita todos los meses, tu fe crece; si no, escasea. —Eriseta hizo un gesto despectivo y torció la boca en una mueca de risa.
—A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César. No confundas a Cristo con el socialismo. El niño no se va a llamar como un pajarito mitológico. Sabelo. No acepto ninguna discusión, y si tengo que hablar con las autoridades superiores para que entrés en razones lo voy a hacer. Tiene que llevar un nombre excelso, como dice la Biblia, magnífico.
—Juan Domingo, ¿te parece?
—¡No seas tilingo, querés!
—Digo… es un nombre importante. Va a ser presidente.
—¡Jamás! ¡Ese fascista! Demagogo de…, demagogo de… ya sabés qué pienso de ese degenerado. Fascista admirador de Mussolini. Tené presente que yo soy aliadófila, querido, por tradición. ¡Ese demagogo de…!
—Decí “mierda”, mamá, no es tan difícil decir “mierda”. Hacé el esfuerzo, decí “mierda”, como cuando pensás en Anita.
—¡Por favor! ¿Cómo me vas a decir eso? Yo nunca dije que Anita fuera una mierda. No me gustaba para vos, eso no tenía nada de malo, y tenía mis razones, muchas razones.
—Sí, mamá…
—¡Ay, hijito querido! El nene tiene que tener un nombre importante, ¿sabés? Un nombre que le dé dignidad. Por ejemplo, Julio César.
—Lo apuñaló hasta el hijo…
—Porque no era su sangre… puede pasar con los hijos adoptados. Es bueno que lo tengas en cuenta.
—¡Qué hija de puta que sos!
—¡Por favor, Miguel! Soy tu madre, ¿cómo me vas a hablar de ese modo? Jamás me comporté así ni con tu padre, para que sepas —Miguel se disculpó con un gesto. La mujer siguió con su argumento—. Si no es Julio César puede ser Jorge, como el rey de Inglaterra.
—¿El tartamudo? Dejate de joder, mamá. ¿No querés que lo llame Winston?
—Es un viejo asqueroso. Con ese cigarro todo el día en la boca. Como tu suegro, que tiene ese olor a mierda del tabaco de los cigarros y va por todos lados echando humo como una chimenea vieja. —Quiero descansar, mamá. Solo quiero descansar.
—Descansá, entonces. ¿Qué te lo impide? Tomate un whisky, recostate en mi cama, dormí tranquilo un par de horas.
—Tengo que ir a buscar al nene, se quedó con las primas. Después tengo que estar en el velorio hasta mañana, cuando sepultemos a Anita.
—Despreocupate. Al nene voy a buscarlo yo, que soy la abuela, la única que tiene, por otra parte. Me ocupo de todos los trámites y si surge un problema llamo a mis amigos, que me lo resuelven en un instante. Voy, lo traigo y lo cuidamos juntos. Cuando regreses seguro vas a estar más sereno. Confiá en tu madre, que siempre te salva. Si querés le digo a la mucama que te prepare un buen café.
—No. Voy a acostarme. Necesito dormir un rato.
—Después vamos juntos al velorio. El bebé puede quedar al cuidado de una nurse de confianza que ya contraté. Está recomendada por la Agencia, así que no tenés nada de qué preocuparte —Miguel casi ni oyó esas últimas palabras de su madre—. Ya me ocupé de encontrar una madre de leche, desde ya sana, muy sana, también de confianza. No es cabecita negra, así que no hay nada por lo que inquietarse.
Miguel dejó el salón en dirección a la habitación de Eriseta. Apenas se acostó entró en un profundo sueño. Su madre encargó a sus criados que no lo molestaran hasta su regreso. En su automóvil se dirigió a la maternidad donde sus sobrinas cuidaban de su nieto. Ya tenía decidido el nombre: se llamaría Jorge, como el rey de Inglaterra. Julio César era inconveniente, podía evocar el militarismo de Mussolini, aliado de Hitler, y ella era fervorosa aliadófila.
Si el niño resultara tartamudo como el rey en cuestión no se preocuparía: más de un apabullado triunfó en la vida, y muchos de ellos —sino la mayoría— no contaron con una abuela con buenas relaciones políticas y sociales. Y con dinero, no todo lo que hubiera deseado, pero suficiente para comprar cargos y conciencias. Con esa fortuna también haría entrar en razones a su díscolo hijo. El primogénito sería un triunfador, como su abuelo. Y pasado un tiempo, cuando la pena diera lugar al olvido, se ocuparía de presentarle a su hijo una mujer de su misma condición social para que rehiciera su vida amorosa.
Amanda ya tenía su destino sellado. Las monjas del pupilaje se ocuparían de ella mejor que cualquier otra institución. La Madre Superiora ya había sido puesta al tanto del asunto y ordenó acomodar una nueva cama para la pupila que ingresaría en pocos días, luego de la muerte de su madre.
Para Eriseta, todas las cosas recuperaban su verdadera naturaleza. Anita entraría en breve al limbo de los olvidados y Amanda aprendería, de la mano del monjerío, a asumir su definitivo destino de huérfana. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 8 

La niña aprendió a leer. Busca la integridad de las palabras. No tengo libros a mi alcance. Encarnación guarda apenas unos pocos: hojas infortunadas, sílabas de ardor en breves olas, guerreros encendidos al borde de un abismo de ventiscas, montañas que golpean huesos triturados de pólvora. Le diría que busque las raíces de los versos, humo de amor, sed de laberintos, que la conduzcan al refugio de un príncipe reencarnado junto a un río de olas del tamaño de una uva. 

***

VIII – Ocaso de un adiós 

La ceremonia fúnebre fue breve, íntima y recatada. Ocaso de un adiós sin palabras, apenas acompañado por los pocos asistentes que siguieron a Miguel en el sepelio. Beso arterial del esposo sobre la frente helada. Los labios de la muerta, como los párpados, vencidos y apretujados de muerte en el último suspiro, cerrados para siempre en la eternidad de esa sangre coagulada como una cáscara roja. Las iniciales de la muerte inscriptas en la empuñadura del féretro imitaban el sombrío color del légamo, láminas de crepúsculo definitivo sobre un amor que parecía eterno, pero duró apenas un suspiro entre reproches familiares.
Los jefes se excusaron por su ausencia. Hicieron llegar a Miguel sus condolencias junto a las palmas fúnebres que competían en variedad de flores. De paso, recordaron por medio de mensajeros que les estaba prohibido reunirse incluso para la ceremonia de la muerte. Sus rostros debían conservar el anonimato: era regla rigurosa evitar ser reconocidos por algún alcahuete en busca de recompensa. Su mundo era secreto, y en ese misterio de nombres y rostros estaba la garantía de supervivencia, amenazada solo cuando el poder cambiaba de manos por obra de fusiles y cañones que atronaban la política con gritos empavonados de carbón, azufre y nitrato de potasio. Apenas se extinguían los sones marciales, los funcionarios sabían demostrar nuevas fidelidades: bastaban juramentos y una cantidad definida de caídos en desgracia para que todo recobrara la acostumbrada seguridad.
Nada devolvería la vida a la infausta criatura que murió entre los intersticios de una hemorragia que licuó, como magma rojo, la existencia en un instante. Ni siquiera el todopoderoso séquito de espías que regía en parte los destinos de la nación. Su sacerdocio no atendía el rito de la vida, sino el de la muerte por razones de Estado.
Eriseta parecía satisfecha. Cuando los funebreros soldaron la caja metálica suspiró con emoción, y hasta hizo creer a los presentes que sentía verdadera congoja. Pero fue un error de apreciación. Estaba complacida, aunque su impávido rostro no permitiera descifrar sus sentimientos. En cada gota de estaño derretido que sellaba la tapa, se empujaba hacia el olvido fragante a quien en vida fuera la esposa de su hijo. Todo parecía retomar el rumbo del que nunca debió apartarse. Misterios de un amor que no le interesaba develar: la muerte temprana resolvía sus desventuras y disgustos de modo inapelable. Y eso era lo que más la reconfortaba. La condición de inapelable era hasta estimulante. La muerte tiene ese poder afrodisíaco en quienes la invocan para resolver lo que no está al alcance de su voluntad.
Siempre cuestionó a su hijo el enamoramiento casi adolescente que lo arrebató con esa mujercita de rostro aniñado y cuerpo grácil. Aunque reconocía que Anita tenía personalidad, además de belleza natural, capaz de subyugar a cualquier hombre, nunca pudo deducir por qué fue su hijo quien cayó en esa red de encantos y no otro de los tantos que merodeaban a su alrededor, expectantes de una mirada, una sonrisa, incluso un desprecio que les diera esperanza de un amor que no les estaba reservado.
La naturaleza de Anita era misteriosa: hasta cuando murmuraba unas pocas palabras provocaba expectación desmesurada. Algo en su voz, o en la mezcla de voz e imagen, hacía que la gente quedara suspendida esperando un milagro, la revelación de un prodigio, o el descenso de ángeles para salvar a la humanidad de sus horrores. Con esa niña de nombre prohibido en brazos, deambulaba entre sol y luna, entre luz y oscuridad, hasta toparse casi por accidente con ese muchacho desprevenido en el pasillo de un ministerio intrascendente, atento y jocoso, que quedó prendado de la mujer por la que hubiera hecho lo impensado. Amanda, apenas una beba de pocos meses, con su sonrisa y su mirada colaboró en el embrujo que subyugó a ese inexperto burócrata.
Anita no era lo que Eriseta esperaba para su hijo. Lo dijo siempre con franqueza, incluso en la cara de la joven. Entonces ella la miraba desde la profundidad de esos ojos de diamante negro, como un gotón de noche, y se hacía impenetrable hasta sacar de quicio a una suegra poco acostumbrada a la desobediencia.
Anita podía ser tan cálida como una brasa de amor en la noche más oscura, y tan fría como el aliento de la muerte, como el filo glacial de un pedernal de hielo. Eriseta sentía ese frío exuberante rozarle las intimidades de sus tejidos, comprendiendo que mientras el corazón de la mujercita latiera, sus posibilidades de espantarla de la familia eran nulas. A su lado, esa nenita de amorosos abrazos que embobaba a Miguel incluso más que su esposa reforzaba un embelesamiento imposible de derrotar con las artes mundanas de Eriseta, poco habituada a la derrota. Y aunque nunca se atrevió a rozar el asunto, lo que más la fastidiaba era que la mujer y su hija habían ingresado a la herencia familiar por la ventana de un matrimonio resuelto a escondidas y a las apuradas. Miguel arriesgaba la fortuna familiar en beneficio de una desconocida, cuya hija llevaba un nombre extravagante y decía profesar ideas igualmente extravagantes al impulso de los acontecimientos de la gran guerra.
Cuando Anita susurraba a Amanda como canción de cuna “ni un paso atrás”, y hasta parecían sonar las músicas de una orquesta roja, provocando cínicamente a su sexagenaria suegra, Eriseta sentía que su corazón se agitaba, exagerando sus latidos, estimulados por la aversión a esas noticias que llegaban de los lejanos frentes de batalla.
Fue en esos arrebatos políticos que concluyó que solo la muerte —y por eso la celebraba íntimamente— podía acomodar las cosas del modo que deseaba. Tiempo después, contaron sus amistades de tertulias, cuando alguien dejó caer el nombre de Anita como un recuerdo extraño, ella habló de un asunto que pocos pudieron comprender. “¡Quién lo diría! Al final estuvimos todos juntos contra ese demagogo de…” exclamó, y se llamó a silencio. Nadie recordaba con exactitud cuándo hizo esa afirmación: para algunos fue hacia fines de 1945, para otros ya entrado el nuevo año. Lo seguro es que nunca volvió a deslizar comentario alguno sobre ese asunto.
Jamás ocultó que promovió para Miguel un matrimonio que lo ayudara a trepar en la escala social, lo que —sabía por experiencia— aceitaría sus progresos en el trabajo. No un enamoramiento sanguíneo, donde la libido manda la voluntad masculina. Para ella, el eros de los hombres carecía de inteligencia, argumento que repetía cada vez que podía. Y tratándose de Miguel, un novato en las lides del sexo y del amor, ni hablar.
Sus hermanos supieron escoger mujeres que los promovieron a lugares destacados de la sociedad. El amor era asunto de novelas. Ella misma, cuando se le preguntaba si alguna vez estuvo enamorada, respondía iracunda que nunca dedicó sus esfuerzos ni su tiempo a las zonceras del sentimentalismo. “¡Jamás!”, gritaba con furia, y allí terminaba el diálogo sobre los encantos del enamoramiento. La sexualidad solo era herramienta reproductiva o instrumento de ascenso social.
Desde que el mundo es mundo, decía, siempre ha sido así y así será por los siglos de los siglos, amén. Podía citar de memoria una larga lista de mujeres que treparon en sus ambiciones subidas a las puntas de nobles y aristocráticos penes. O de varones engreídos que veían bellas a las más horrendas solo porque la copulación con ellas les prometía alcanzar los estratos más altos del poder, empresa para la que sus propias virtudes no alcanzaban ni para los primeros escarceos.
Si alguno de ellos hubiera dedicado algo de su tiempo a la lectura en vez del alcohol, el humo de los cigarros y las lúbricas vaginas de la promiscuidad, entendería por qué ella referenciaba en Devereux a todos esos hombres. Y alzando su dedo meñique en señal de cinismo organizado, se refería a la suerte de aquel que tan solo fue decapitado, cuando bien merecía castigos más contundentes.
Nada de amor, entonces. Nada de orgásmicos momentos maritales. Ella trajo al mundo cuatro varones, aporte más que extraordinario a la continuidad de la especie, y eso la glorificaba. Para satisfacer el placer estaban las juergas con prostitutas seleccionadas entre las más jóvenes y blancas de los lupanares de Estado. En esas vaginas vigiladas pudo descargar su esposo los excesos de esperma que conmovían su espasmódico tracto urinario. Todas esas mujerzuelas que rondaban alrededor de los espías intercambiaban un coito libertino a cambio de un poco de comodidad surgida de favores del dinero o del amparo del poder. A veces ropa fina, droga de la buena o algo de dinero. Las más de las veces morían en oscuros rincones de la burocracia y quedaban sepultadas en el más riguroso anonimato. Sus nombres eran borrados de todos los registros.
Sabía cómo eran los códigos morales de los hombres de esa burocracia. En la Agencia se veía con buenos ojos que sus empleados calificados, como Miguel, constituyeran una verdadera familia de acuerdo con los valores de la religión católica. Las multitudes asamblearias que rodearon a Pacelli ayudaron a consolidar esas creencias doctrinarias. Hombres, mujeres y niños llegaron desde los confines de la nación para engordar el mito de la nación católica por excelencia, bajo la custodia de un nacionalismo elaborado en el excéntrico alambique de la Liga Patriótica, que destilaba un pogromo de odio anticomunista y antisemita como un elixir milagroso para los males de la patria, y que se manifestó exuberante, casi todopoderoso, en “La noche de los hombres”, cuando cientos de miles marcharon portando antorchas desde las inmediaciones del Congreso Nacional hacia la Plaza de Mayo.
El catecismo señalaba claramente que las esposas debían ser devotas, recatadas, cuidadosas de la reproducción para garantizar que la descendencia reuniera las mejores condiciones, pensando en el porvenir. Si había deslices —que los había y a menudo— se sabrían disimular incluso cuando rayaban en el escándalo de sexo y vicios combinados en sus extremos más escandalosos. Mientras no afectaran los secretos de Estado, se los consideraba parte de la naturaleza de los hombres, y mucho más de los hombres sometidos a tareas clandestinas. Y, además, pecar no siempre prometía el infierno: a veces podía ser el anuncio de un prominente ascenso. Entrepiernas diplomáticas, úteros de ascendencias marciales, chismosas de alcurnia podían ser pasaporte hacia la cumbre del poder entre las sombras.
En cambio, las esposas debían sostener los principios de la fe y educar a los hijos en el riguroso catecismo de la Santa Iglesia. Roma auscultaba sus sentimientos con ojo crítico, desde los ocultos sustratos de los misterios vaticanos. La frigidez era presentada como virtud mariana y muy valorada entre los priores de la fe.
Anita no reunía ninguno de esos requisitos, y solo Miguel, con sus artes, hizo parecer a su esposa acorde al prototipo que se promocionaba en la Agencia. Un ejercicio de apariencia y de falsa apariencia casi extraordinario. Pero lo definitivo, lo que le granjeó simpatía entre los cuadros de conducción, fue su enorme capacidad matemática, que dejó perplejos incluso a los más encumbrados reclutados por la Agencia durante años. Ese talento hizo que, muchas veces, nadie prestara atención a las críticas que Eriseta deslizaba en tertulias con viejas amigas, esposas de veteranos funcionarios que compartieron con su marido días y noches de conspiraciones. Anita era misteriosa como el mecanismo de Anticitera: compartía su secretismo analógico en la punta de los dedos, su astronómica sensualidad, los ruidos de eclipses astrológicos y calendáricos indescifrables para burócratas anquilosados en sus minúsculas porciones de poder oculto.
Una cureña cargada de flores trasladó el féretro hasta el Cementerio del Oeste, que poco después sería renombrado Cementerio de la Chacarita. Eriseta se ocupó de conseguir un nicho privilegiado en un panteón cercano a la entrada principal, moviendo sus influencias que atendieron comprensivas sus reclamos. Se negó a permitir que el ataúd ingresara en la bóveda familiar donde reposaban los ilustres de ambas familias. Consentirlo equivalía a dar crédito a derechos de herencia que, seguro, reclamaría Amanda al crecer. Además, era un sacrilegio funerario, una alteración de los ritos mortuorios que no estaba dispuesta a tolerar. Miguel no tuvo intención de discutir: le resultaba indiferente, por el momento, el lugar de descanso de su esposa, e incluso vio con buenos ojos que no compartiera reposo con parientes que la hubieran repudiado por su carencia de alcurnia. Un par de años después decidió incinerar el cadáver y arrojar las cenizas al osario general, lo que dijo era deseo de Anita. Sin embargo, fue Eriseta quien le señaló la conveniencia de concretar ese rito: “Los iguales con los iguales”, repitió palabras que adjudicó a la difunta.
En la capilla ardiente, antes de depositar el féretro en su nicho, el cura dijo el responso con voz fermentada en la ira de los mandamientos divinos. Bendijo el ataúd, repitió varias veces el nombre de la difunta y rogó que Dios asistiera su alma en el tránsito hacia la vida celestial. Elevó plegarias por el hijo recién nacido. Amanda no mereció alivios del rezo: su nombre no figuró en el responso. Seguramente Eriseta orientó al sacerdote en bendiciones y maldiciones.
Cuando los sepultureros terminaron de atornillar la tapa de mármol blanco que cerró la boca del nicho, una lluvia torrencial se descargó sobre la ciudad. Miguel miró al cielo buscando un consuelo que no llegó. Se abrazó a algunos de los pocos acompañantes y esquivó a su madre. Solo dijo: “Voy a buscar a Amanda”, rechazando la oferta de Eriseta de acompañarlo hasta su casa en los suburbios. Deseaba estar solo en ese viaje en el amplio automóvil negro, desde el cementerio hasta el hogar. En su cabeza, palabras y palabras buscaban la armonía de los verbos del amor imperecedero, del prodigio de lo inextinguible, del poder de las resurrecciones, para explicarle a la niña qué sucedió con su madre.
¿Explicar la muerte? ¿Explicar lo que no puede ser perecedero, lo que no puede extinguirse, lo que está llamado a resucitar? ¿Qué palabras dicen de esos acontecimientos sobrenaturales? Solo el amor quedaba como semilla silenciosa para ser cultivada en el surco de esa herida temprana.
“Morir, dormir… dormir. Tal vez soñar.” ¿Explicar la muerte? “Esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve. Morir, dormir, tal vez soñar.” No sabía por qué recurrió a Shakespeare en esos instantes de dolor. Fue lo último en que pensó mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche negro que lo llevaría de vuelta a su casa. La lluvia tormentosa anegaba las calles linderas al cementerio, y el cielo era un instante hostil de vapores grises encendidos de aguijones de relámpagos que retumbaban al límite del paisaje urbano. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 9 

He perdido los anteojos de lectura. Se cierran cien palabras escritas para siempre. Cien. Mil. Todas. Guadalupe se burla de mi desgracia. Un hombre de recuerdos me arrimó una lupa que sacó, no sé de dónde. Ahora descifro un jeroglífico perfecto. 

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IX – Palabra de padre 

Busco las palabras, hija mía: las busco, las interrogo. Son exuberantes, pálidas, húmedas, sagradas, y todas claman al Hombre en sus dominios. La muerte, sin embargo, más allá de esas fronteras, se amarra a sus crucifixiones y derrama sus martirios ola tras ola: olas de tierra, de cenizas, de lápidas, de cuchillos, de golpes, de brutas dentelladas.
Miro tu porvenir y desde ahí te observo. Te miro y te acaricio tan solo con mirarte; de amor como una flor que cruza su perfume de polen, te descifro y te rozo con mi tristeza, sin querer darle un nombre a esta ausencia palpitante que se agranda de silencios y susurros. Un capullo negro llevo entre mis manos y una larga intemperie surge como un ronco quejido, desconsuelo sin remedio hasta las lágrimas.
Tiemblo al mirarte en este otoño, por la misma calle donde la cavidad de la noche se hizo luna y, al amparo de su luz, caminamos los tres asiendo racimos de viento que dispersaban perfumes más allá de nuestra laguna. Veo a tu madre precipitada en un manantial de frío, pero en el nido de tus pupilas la muerte poderosa perece sus abismos de oscuridad y desaciertos, y me salva en la desembocadura del martirio oscuro, inacabable.
Me niego a perpetuar una herida de muerte aquí en mi corazón. En él solo quiero su amor y los recuerdos de cada instante entre sus cálidos brazos y sus manos de pétalos. Quiero tu amor de hija, sanando esta ausencia que me desespera.
Mi corazón hecho de polvo, de piedra, de gusano, de arruga, de sangre espesa y de temblor invisible, de una lágrima reservada en la intimidad de los suplicios, late por ella y por vos, hija mía.
Estamos solos, ¡solos! Desesperadamente solos, desnudos de amparos y cubiertos de espinas. Miro tus manos y mis manos, tu vacío y mi vacío, la lámpara de tu ilusión, la vasija de tus sueños y la piedra de mi rostro. Hundo mis manos en la arcilla noble de esta pena de ásperos contornos que me invita a besar los minúsculos instantes que quedaron como pequeñas herencias entre nosotros dos.
Mis ojos están vacíos de lágrimas: las entregué de rodillas en el idioma del milagro imposible. Besé su sangre como si fuera néctar y desafié al destino hasta que fui vencido. Solo me quedan espinas que llorar, relámpagos negros, lutos del tamaño de un puño.
Te miro desde el patrimonio de mi pena hasta la desembocadura del dolor, de esta herida que no cesa. Solo me atrevo de rodillas a sospecharte así, pequeña de piafantes bríos. Yo, herido en los lagrimales ciegos, buscando esa palabra que te explique del reino de la muerte, del reino de los cielos, ese bastión maltrecho de la misericordia. Y cuando creo que encuentro esa voz en manantial, sin gritos ni estridencias, las palabras desaparecen como hojas del secreto de una sustancia glacial, un sobresalto de piedra imperturbable.
Te amo, hija mía. Con ese amor te rozo apenas con mis muertes vestidas con las ásperas vestiduras de la ausencia definitiva, por protegerte de ese frío imposible que llega como desde un agujero enarbolado y por el que la nada se derrama hacia el olvido definitivo de todo lo que tuvimos y ya no poseeremos hasta el fin de nuestros días.
Sufro de amor, sufro de secretos, sufro sin consuelo y desespero como una estatua de sal, perdida en el vacío de un misterio imposible. Así, desesperado en el pedazo roto de una vida que nos dejó con la boca vacía. Cuando llegue, te abrazaré sorprendido y agotaremos nuestros dolores en mutuas caricias, hasta el tibio reposo entre unas flores de pájaros que vuelan hacia un tiempo distinto de esperanzas. 

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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 10 

La lupa me revela el hallazgo. Leo atenta tras la curva pronunciada de su convexidad. Venganza de amor, piedras errantes, dinastías de lunas, desgarros de banderas, ojos muertos, desdichas en la boca, babas de diablo. 

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X – La pregunta 

Miguel despertó cuando sintió los suaves golpecitos que el chofer daba sobre su brazo entumecido. Escuchó la voz del hombre llamándolo para que saliera del pesado sueño que lo había ganado apenas el motor del automóvil se puso en marcha. No habrían transcurrido ni unos pocos metros cuando Miguel cayó en un sueño tan profundo que, por momentos, parecía posponer su respiración en largos intervalos.
Entreabrió los ojos y miró, como en un tiempo eterno, la puertita de la modesta casa. Sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de un mal presentimiento, de cierta zozobra que lo angustiaba.
Sintió latir el corazón de Amanda, que esperaba silenciosa el arribo de su padre detrás de la puerta, desde hacía largas horas de paciente espera. Amanda latía no solo su corazón: hasta su sombra se había espesado durante esas horas en que aguardaba la llegada de Anita y su hermano, como le habían prometido meses atrás, entre risas y bromas de amor. La última imagen de su madre fue aquella en el auto negro, saludándola a través de la ventanilla trasera. Se quedó con esa sonrisa maternal y la delicada mano de Anita agitándose en señal de despedida.
Bajó del automóvil sumamente contrariado. Creyó tener todas las palabras en la boca. Sus labios se movían como si entonara una canción sabida de antemano. Las palabras tenían vida propia y se ubicaban en el lugar preciso, esperando salir para acariciar a la niña. ¿Las soñó durante el viaje? Era posible. Estaba seguro de que podría explicar las cosas con claridad y sin herirla. Aunque, con franqueza, ni él mismo encontraba una explicación satisfactoria.
Caminó vacilante la corta distancia que separaba el automóvil de la casa. Se detuvo frente a la puerta, aguardando que se agotara el leve temblor que invadía sus piernas. No estaba seguro si lo que escuchaba provenía del interior de la casita o de su propia cabeza. “¿Dónde está mi mamá?” oyó la pregunta repetida tres veces. Luego otra, también tres veces, con voz inquisidora que no parecía salida de la garganta de su niña: “¿Dónde está mi hermano?” Volteó para comprobar si el chofer también escuchaba esas preguntas que lo paralizaban, pero el hombre fumaba distraído, mirando hacia el horizonte a través de la calle de tierra, tal vez buscando una explicación a tanta soledad suburbana.
Cuando creyó que esos sonidos desaparecían, avanzó hasta quedar a pocos centímetros de la puerta. Apoyó la mano en el picaporte y se dispuso a entrar sin golpear, como era su costumbre. Pero fue Amanda quien abrió y apareció frente a él, tan pequeña y luminosa como siempre. Miguel sintió perder la compostura. Una fatiga arrogante le transfirió un temblor que se alojó en sus rodillas, incapaces de sostener el peso del cuerpo. Sus hombros se vencieron y dejó caer los brazos en señal de abatimiento.
Se podría decir que se arrodilló ante su hija, pero en verdad cayó postrado. Amanda lo abrazó con eucarística ternura. Dejó que la cabeza de su padre, inmensa, se apoyara en su pequeño pecho. Miguel lloró como nunca lo había hecho en su vida, sin pronunciar palabra. Los sustantivos, los adjetivos, los verbos, las proposiciones, los adverbios, todos se marchitaron en ese instante, como flores equivocadas resecadas por el leve roce de una brasa negra.
Amanda guardó un silencio inolvidable, mientras pasaba su delicada mano por la cara del padre y humedecía con sus lágrimas sus propios dedos.
Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.
Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos delgados como estambres y sus manos diminutas.
Carmen y Francisco salieron por la puerta del fondo y lloraron abrazados bajo la sombra de un árbol pelado por el otoño. El coro de unas aves enmudeció de golpe. El viento cesó en sus giros bandoleros y una copa de noche pareció descender sobre esa porción del pueblo, mientras una raya roja desesperaba en el fondo de la legua, horizonte que se moría en dirección a una noche salida del subsuelo gangrenoso del lodo de una cicatriz en la laguna.
¿Fue en ese momento que Amanda comprendió que había perdido todo en ese abrazo, tanto de desconsuelo como de despedida? Años después, mientras enjuagaba con agua limpia las manos del General, creyó entender el significado de aquel suceso que, a pesar de estar tan lejano en el tiempo, le dejó una mortificante intriga hasta ese presente en la inmensa mansión que se disecaba al rayo del sol sobre los huesos dolientes de los sepultados vivos por sus infinitas rebeliones.
Nada del General le recordaba a su madre, tampoco nada de Doña Encarnación, ni siquiera se identificaba con esa otra niña amarrada por tres babas de diablo. Pero a veces, un suspiro, un sonido monocorde del pecho de “La Reliquia”, rugoso y metálico, la retrotraía a ese abrazo del padre que respiraba jadeando un dolor que sonaba a barro, a greda amarga, y que la dejó tan solitaria y tan vacía, sin poder comprender con exactitud ese sentimiento de ausencia poderoso. Solo muchos años después —tal vez en la soledad de su habitación, contemplando el pálido cielorraso pintado a la cal hacía ya décadas— pudo descifrar las consecuencias de aquel amor maternal perdido tempranamente. Hubo una mezcla de dolor mortuorio y de traición madurada a los empujones, que explicó el abandono posterior de todos los afectos que había sentido potentes justo hasta ese preciso momento.
En la madurez, sosteniendo con sus manos callosas la rugosa y huesuda del ilustre, pudo descifrar aquel pensamiento que conquistó su mente mientras consolaba al padre arrodillado, pero que entonces no pudo manifestar ni siquiera en una simple idea: “¿Qué será de mí si ya no estás a mi lado?” La muerte de Anita definió para siempre el destino de Amanda. A partir de entonces, solo la soledad y el silencio serían los arquitectos de su vida. 

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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 11 

En un sobre azul guardé las palabras. En el convento, será flor o cautiverio. No lo sabré por una eternidad. Búscame en el acierto de unos apellidos. 

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XI – Una muerte y después 

La tarde se erizaba de cirros a lo lejos. Las turbulencias de la luz del sol, entre esas pequeñas nubes que entretejían magníficos velos, dibujaban luces variopintas que parecían lanzarse al centro de la laguna para iluminar el agua, removida por olitas que estiraban su cabellera espumosa como un follaje blanco. El viento húmedo volaba bajito, resbalando entre los pastos que se abrían paso entre matorrales amarillos que insistían en amarrarlos con sus raíces rastreras, silabeando flores pequeñas cuyas fragancias se percibían incluso a cierta distancia. El villorrio parecía más solitario que de costumbre.
Largo fue el tiempo que Miguel estuvo arrodillado, llorando, abrazado a su hija. Amanda lo acarició mientras él, hincado, desahogaba su pena. Se incorporó como pudo, casi sin fuerzas. Quería irse del pueblo hacia cualquier lugar, no importaba dónde. Pero huir no era una opción al alcance de su mano.
La cercanía del hogar familiar lo perturbaba profundamente y no podía controlar esa sensación de ausencia. Ni siquiera era capaz de mirar hacia su propia casa: veía a Anita acercarse por la calle de tierra en dirección a lo de Carmen y Francisco. Esa alucinación nacida del dolor lo desesperaba.
Amanda, como si tuviera la fuerza necesaria, lo ayudó a incorporarse y se mantuvo a su lado. Cada tanto se abrazaba a su fornida pierna con todas sus fuerzas, como temiendo que el hombre huyera corriendo de la casa. Tal vez adivinaba la intención de su padre de escapar del villorrio sin destino conocido.
Miguel, en silencio, sin decir palabra alguna, instintivamente acariciaba sus cabellos con suavidad. Los vecinos también permanecieron silenciosos. Se esforzaron por consolarlo con palmaditas amorosas en la espalda. A cada una de ellas, Miguel respondía con una sonrisa ajena, torciendo la boca en una ridícula mueca más que en un gesto de agradecimiento.
No era displicencia: parecía más bien desorientado, sin saber qué hacer ni qué decir. Oía las palabras de consuelo de la pareja como simples monosílabos espesas, inconexas, lentificadas por su paso a través de un túnel de dolor que le impedía comprender cabalmente lo que le decían. Si se le hubiesen pedido que las repitiera en ese mismo momento, no lo hubiera podido hacer. En cambio, Amanda seguía con atención la escena y recordaría por siempre esas frases amorosas de los vecinos, así como la congoja de su padre. Durante años, ni siquiera pudo sentir rencor contra ese hombre. Solo cuando recibió el papelito que el suboficial Pérez le entregó el día de su partida de la casona —con las respuestas a sus tres preguntas, las mismas que había hecho al llegar a la mansión— pudo maldecirlo, liberando su alma de un odio razonable.
Miguel trataba de disimular su estado de ánimo, pero un sopor enigmático lo envolvía y no le permitía despejar la mente. Las ideas se le agolpaban sin orden ni sentido: su memoria se había anarquizado repentinamente.
Los golpes del corazón retumbaban en su tórax y expulsaban como pistones la sangre que dilatada subía por su cuello hasta el cerebro, por las arterias carótidas que sentía redondas y calientes. Movía la cabeza en todas direcciones tratando de acomodar ese atropello de añoranzas de las que apenas podía tomar conciencia. Recordaba momentos con Anita: las caminatas por la calle Florida hacia la terminal de Retiro; las exigencias de su padre y el juramento reclamado en el lecho de muerte; los cálidos abrazos en las noches serenas; los besos deliciosos, la humedad de las bocas; los berrinches de Amanda; las ecuaciones matemáticas; los sueños de aventuras comunes; el agua rodando por los caños impulsada por la bomba manual hacia el tanque del techo y el ruido de la lluvia cayendo sobre las chapas; los reproches de Eriseta con su voz de corneta; la escarcha sobre el pasto blanqueando el paisaje; la primera noche de amor abrazados con pasión; la última de los suspiros jadeando la hemorragia incesante, aturdidos por los gritos de médicos y enfermeros que corrían desesperados hacia ningún lado, mientras la muerte llegaba como un ave cruel que succionaba a través de su útero los últimos gramos de vida que le quedaban.
En un acto reflejo, mecánico, tomó de la mano a la niña más por saber si seguía allí, a su lado, que para contenerla. Palpó su manita, y ella la sujetó con toda su infantil fuerza.
La niña, a pesar de sus pocos años, parecía más serena y calmada que su padre. Lo miraba de a ratos sin dejar de aferrarse a su mano; unas pocas veces volteó hacia su casa, que se veía más oscura que de costumbre y vacía como nunca antes la había notado.
Luego, moviendo con lentitud la cabeza, dirigía la mirada tanto a Carmen como a Francisco, quienes esquivaban esos ojos negros que les recordaban los de la propia Anita. Mientras el rostro del hombre demostraba una pena profunda, Amanda no dejaba traslucir ni el menor sentimiento. Parecía extraña a esa escena que insinuaba una despedida para siempre. Tal vez no hubiera lugar para más dolores esa tarde en el pueblo.
El llamado del chofer devolvió a Miguel a la realidad. —Señor —se escuchó la solemne voz del hombre, sin fuerza—, es mejor irnos antes de que se haga tarde. La señora Eriseta no quería que lleguen de noche. Miguel asintió con un leve cabezazo.
Alzó a Amanda, quien rodeó su cuello con sus bracitos, y Carmen y Francisco se despidieron con lágrimas en los ojos. El matrimonio sospechó que no volvería a ver a la niña. Ya adolescente, y a fuerza de un capricho, Amanda regresó durante una breve estancia al villorrio, pero el matrimonio amigo había partido a su patria luego de la muerte de su hija. Para entonces, el barrio se había extendido hacia los cuatro puntos cardinales. Todavía la laguna comandaba en el centro del pueblo, que se resistía a perder su apariencia campestre, pero ya sonaban como metrónomos huraños los secos ecos de las máquinas de algunos talleres, preludio de la fábrica textil que cambiaría la vida de toda la zona.
Muchos nuevos vecinos llegaron al pueblo y expandieron las fronteras hacia la General Paz y hacia la avenida De los Constituyentes, en dirección a los cuarteles del ejército, bordeando las vías del ferrocarril que iba y venía desde Retiro hacia los suburbios bonaerenses. “El Secreto”, en la esquina del andén, fue refugio obligado de malandras y borrachines que malgastaban sus días entre cañas y copetines de mala muerte, donde se escuchaban tangos a 78 revoluciones por minuto en un gramófono Columbia que giraba un poco a expensas de una batería y otro poco por la combustión de los vahos calientes del alcohol que destilaban los parroquianos semidormidos por la borrachera.
Allí Amanda, una noche atrevida —la noche de la pena y la melancolía, la noche del amor sublime— cantó para una audiencia que creyó despertar de un letargo de años, cuando oyó esa voz angelical salida de entre los misterios de la noche. Entonando como la mismísima Merello Se dice de mí, juraron convencidos que la magia de esa voz los transportó realmente al Mercado de Abasto, donde la morocha lució sus encantos antes de transformarse para siempre en la Marturano.
Cuidar la casa de Anita, como pasó a ser conocida, se transformó en obligación de todos los residentes. Había algo de santuario en esa casita de madera. Si el progreso no se hubiera interpuesto entre el pasado y el futuro, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que se la venerara como a una santa, como tantas otras difuntas.
La historia contaba de una joven y bella mujer, delgada, delicada como un mimbre, graciosa, muerta al nacer su hijo. “Dio la vida para que él viviera”, repetían las comadres. El sacrificio supremo de una madre por su hijo: morir para que él fuera el testimonio vivo de su amor maternal. Porque las viejas decían que “el amor de Dios se refleja siempre en el amor de la madre”. Y si Dios hizo el sacrificio supremo, cómo no lo haría una madre por su hijo. Luego describían al niño —al que no conocieron ni siquiera en fotos— como un ser casi angelical, digno hijo de aquella martirizada madre que murió para que él viviera. Decían que tuvo una hermana tan hermosa como él, que se alejó llevada por la tristeza a un recóndito lugar del país del que nadie nunca supo dónde quedaba.
El relato conmovía a quien lo escuchara, y cada comadre se ocupaba de llevarlo a otros lugares, donde la historia se modificaba hasta confundirse con las divinidades más maravillosas de la mitología pueblerina bonaerense. Atender esa casa se volvió casi un asunto religioso, asunto de verdaderos milagros y de un ritual que no se podía abandonar por ninguna circunstancia, ni siquiera extraordinaria.
Quienes más se sintieron en la obligación de cuidar la propiedad —a la que Miguel visitaba cada vez de manera más espaciada— fueron esas dos alemanas que habían hecho brillar hasta la tosca vereda de ladrillos y transformado en un verdadero vergel tanto su propio jardín como el terreno que separaba la casita de Anita de la suya, y el jardín de entrada de la casita canadiense. Sin embargo, ellas estaban muy lejos de las supersticiones pueblerinas.
Si se les preguntaba por qué cuidaban con tanto esmero una vivienda que no era la suya, no lo explicaban por razones de ocultismo o magia blanca. Simplemente respondían que las alentaba un extraordinario sentido del deber traído de su tierra natal, y que habían incorporado el cuidado de la casa, así como de su jardín, al conjunto de reglas que establecieron para mantener un orden riguroso en sus obligaciones cotidianas.
Los rigores de la disciplina los recibieron de su padre, un prusiano de tamaño ciclópeo que se dedicó a las tareas del campo produciendo él solo más que todos sus coterráneos, por lo que su fama llegó hasta los oídos del Kaiser. Estas afirmaciones los vecinos las tomaban con sorna, porque ignoraban quién sería ese personaje del que las alemanas hablaban con tanta admiración y respeto.
Todo lo hacían cumpliendo con extraordinaria puntualidad los horarios determinados para cada tarea. “Fünf Minuten vor der Zeit ist die deutsche Pünktlichkeit”¹, repetían a sus vecinos cuando inquirían sobre esa obsesión con los horarios. “Ist die deutsche Pünktlichkeit, ist die deutsche Pünktlichkeit”², insistían, y luego balbuceaban en un argentino confuso algo sobre la puntualidad que la mayoría de los parroquianos no alcanzaba a entender.
En esa última visita infantil, Amanda no pudo ver a las alemanas de la esquina. La hubieran sorprendido sus formas, sus palabras entreveradas, sus atuendos casi miserables, no porque carecieran de dinero, sino porque esa forma de vestir reflejaba su estado espiritual de total ascetismo y rigurosa disciplina.
Tal vez un encuentro con ellas le hubiera dado a la niña una oportunidad para salir de ese estado de abatimiento que siguió a la despedida de los vecinos bolivianos. Amanda, en silencio, fue presa de una especie de apatía que era una forma de dolor por un nuevo abandono. Pero esa abulia no se manifestaba en su rostro, que permaneció impasible, sin gesto ni mueca de incomodidad o pena. Tampoco en su cuerpo, rígido, suspendido en una delicada posición entre el ir y el venir, como flotando. Sí se imprimió en su corazón, estampando un dolor desconocido. Miguel nunca atendió a esos sentimientos que habían invadido a Amanda en ese momento, solo preocupado por su propia turbación.
A pesar del silencio y del estado inanimado en que parecían haber quedado padre e hija, hasta el chofer se sintió afectado por una melancolía trascendente que envolvía la cápsula interior del automóvil, obligándolo a abrir la ventanilla de su lado en procura del aire que le faltaba por ese estado emocional que nunca había sentido, ni siquiera cuando murieron sus propios padres no hacía demasiado tiempo.
El viaje desde el suburbio hasta la casona de la abuela Eriseta tuvo algo de enigmático para los tres. Ocurrió, sin dudas, pero les pareció que en realidad nunca abandonaron el villorrio, como si el automóvil no se hubiera desplazado en ningún sentido, y esa inmovilidad se disimulaba en una sucesión de fotografías a color de un paisaje entre suburbano y citadino que bien podría haber sido el regreso al palacete de Eriseta o cualquier otro, desconocido, de arboledas y construcciones a cada lado de calles y avenidas. El silencio que se escuchó durante ese tiempo fue notorio, más que de costumbre, porque a diferencia del sonoro dominio de unas palabras más o menos exactas, el olor de ese mutismo, su condensación, pesaban como una magnífica desgracia y hacían que la ausencia de todo susurro, de todo rumor, fuera mucho más contundente que el simple sonido de la angustia. Los tres se mantuvieron en silencio todo ese tiempo, en especial Amanda, quien lo hizo desde el momento en que Miguel se arrodilló ante ella para llorar desconsolado, abrazándola. Salvo unas pocas palabras que bisbiseó con su blanca vocecita infantil, se mantuvo muda, completamente muda, acentuando el lúgubre aspecto que la envolvía.
La noche empezaba a derramarse y agregaba un toque de oscuridad que opacaba esas imágenes hasta hacerles perder sus diferentes tonalidades.
Había algo en Amanda que descolocaba a Miguel. Era una sensación aún imprecisa que se originaba en esa calma imposible para una niña de esa edad que acababa de perder a su mamá. Su silencio, su parsimonia y hasta su aparente desinterés por lo que estaba ocurriendo inducían a equivocarse en cuanto a sus sentimientos. Esa impresión era inexacta. Amanda trataba de captar la esencia de todo lo que le estaba pasando, pero ella, más que nadie, comprendía que el sentido de las cosas se había trastocado violentamente.
Tenía una amorosa madre, y ya no la tenía más. Esperaba a un hermano del que sospechaba la alejarían sin remedio. Su casa ya no era su casa, y hasta ese hombre que era su padre empezaba a adquirir un aspecto extraño, como si, a medida que transcurrían las horas, se fuera transformando en un forastero y no en quien había sido hasta entonces. El viaje mismo en ese auto negro, enorme, adquiría una dimensión extraña mientras el paisaje mentía sus colores y se volvía más y más oscuro a medida que avanzaban por la ciudad rumbo al palacete de la familia paterna.
El paso de los años no pudo disipar nunca esa sensación rudimentaria de dolor que le quedó impregnada en la piel desde el momento en que ese hombre apoyó la cabeza en su pecho. Ya vieja, solía llevar sus manos a la altura del corazón y sentir idénticos latidos, como aquellos que sonaron apagados mientras el llanto de Miguel surgía del secreto reducto de sus sentimientos. Pero no se trató solo del dolor del padre llorando contra la humanidad de apenas una niña: lo que Amanda arrastró durante mucho tiempo fue una sensación de desierto, un estado solitario, una humanidad vacante, algo inhóspito y yermo.
Tal vez por eso no resistió ser reducida al pupilaje en el colegio de aquellas monjas que parecían volar llevadas por sus negros hábitos, mientras sostenían sus vientres abultados como si fueran extrañas aves de una indescriptible Providencia.

Cuando arribaron, la noche se precipitó como la sombra de una reverencia del universo. Hacia las vías del Sarmiento, algo de la substancia del cielo de la tarde todavía tributaba luminiscencias que rodaban por los rieles en dirección de Este a Oeste. Amanda se tomó de la mano de su padre: estaba fría y extraña. Miró la puerta de entrada del palacete como si fuera la boca de un animal fantástico dispuesto a devorarla de un solo bocado.
A su espalda, una procesión de vientitos empujaba los plátanos, tentándolos a un baile entre la hojarasca quemada por un frío de cenizas que sonaba como los ladridos de unos perros que se lamían de hambre los hocicos.
Alzó la vista para comprender la dimensión de la escalera de mármol que la llevaría hasta el primer piso, donde un recibidor adornado con cuernos de animales y escudos misteriosos se ofrecía en la antesala de ese lugar extraño. Miguel le dio un empujoncito suave en un hombro y luego abrió la puerta, que no tenía echada la llave. Sonaron las bisagras como si se abriera un cofre herrumbrado, una especie de catarro ferroso que cruzó el aire como un rugido sordo de metales. La luz del zaguán caía como un polvo amarillo.
Subió algo desanimada, y solo el deseo de conocer a su hermano disipaba las dudas que aquel lugar le producía. Cuando alcanzó la puerta cancel, una mano clandestina la abrió e invitó a la niña a entrar en aquella habitación. Para entonces, Miguel había adquirido un aspecto más desdichado. No se oía ningún sonido dentro de la estancia, y un perfume oxidado llenaba el aire con el rumor de antiguas crinolinas que alguna mujerona había calzado para una ocasión extraordinaria, allá lejos y hacía tiempo.
Amanda estaba atenta, pero no tenía miedo. Sintió por primera vez ese arrullo del perfume de cereales —que se repetiría solo en situaciones extraordinarias—, una cálida luz de eclipse que la envolvía, como si la sustancia de Anita estuviera presente, custodiando sus pasos en aquel lugar que se presentaba como una encrucijada de silencios. 

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¹ “Cinco minutos antes de la hora es la puntualidad alemana.” 

² “Es la puntualidad alemana.” 

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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 12 

Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
Allí el cáliz donde abrevan las aves
de idiomas musicales
Comulgan con chicha de placeres.
El ave llegó desde el tumulto
De iracundos y cobardes puños.
En el encierro de un cielo subterráneo
que contempló el cautiverio del arte,
en un desierto de huesos apilados
soñó de frío una libertad
del tamaño de una patria.
Ave en ramos de sueños,
Ave en vertiginosas torres
De sonido sobre sonido
En un enigma de cúpulas de cantos
En alegórica atmósfera de sepultura,
Entre marfiles repiqueteando
Como cascabeles blancos,
Como cascabeles negros,
Corcheas, semicorcheas,
Silencios expectantes.
Alfombra de esparto enrollado
En su traje de fino caballero,
Allí el gaucho hizo el mapa final
Y entregó la última caricia azul
Que es un cerrojo solo pasajero.
Toma la llave y abre el enigma
Que nos dejó el rasquinchos:
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
En el cáliz sagrado de la vida eterna,
Las aves beben chichas musicales
Y cantan para siempre sus canciones. 

***

XII – Humo y rouge 

Amanda avanzó por el recibidor como si conociera de memoria la casa. Su andar demostraba la decisión de alguien que iba en busca de un tesoro. Sus pasos cortos recordaban el andar felino de su madre. Y aunque sus caderas eran aún pequeñas, ya mostraban las mismas cadencias que las de Anita.
Atravesó la entrada que daba al amplio living en el que su abuela organizaba tertulias con el pretexto de un té canasta, donde se intercambiaban chismes e información. El salón parecía innecesariamente grande y vacío; pasos aún perdidos andaban con sigilo de un lado al otro, chocando contra las paredes en su anhelo por huir de ese claustro. Hasta cierto ascetismo parecía imponerse sobre los enseres, opacándolos y dándoles un aspecto casi religioso.
El piso brillaba con extraordinario fulgor, y su espejado encubría vetas largas de variados tonos marrones, desde uno claro, casi como el cedro, hasta otro oscuro como la caoba. Una escasa luz reflejada en el encerado revelaba las dimensiones de la habitación y descubría el delicado mobiliario dispuesto con cuidada simetría.
Al avanzar, Amanda observó a su izquierda enormes retratos de personas desconocidas que la seguían con su severa mirada. Ella fue indiferente a esos ojos intransigentes, de contemplación rígida, y caminó sin detenerse. Tal vez, si le hubieran hablado, habría reparado en ellos. Pero solo eran ojos pintados en rostros polvorientos, labios demacrados, ropas extrañas y manos sin energía.
Más lejos de los retratos, una vitrina se alzaba sobre cuatro macizas patas, como las de un elefante de caoba. Estaba llena de diminutas copas de fino cristal que reflejaban la tenue luz ceremonial del salón, lanzando pequeños arcos iris en todas direcciones. En un estante más abajo, unas tazas de dibujos azules estaban dispuestas en círculo, dentro del cual se encontraban la tetera de regular tamaño, una lecherita con tapita dorada y una azucarera que imitaba a una bailarina alzando los brazos como suplicando una caricia.
Una mano —tal vez la misma que abrió la puerta cancel, tal vez otra— detuvo su marcha tocándola con delicadeza. Amanda obedeció esa señal: no venía dispuesta a desobedecer, sino a encontrar a su hermano, que era, sin proponérselo, un modo singular de encontrar a su propia madre.
Era una mano de ademán eclesiástico, algo temblorosa pero firme, que la llevó hasta una habitación adornada con motivos infantiles. No pudo reconocer esos dedos largos y flacos que terminaban en pulcras uñas redondeadas. No era la mano de su abuela, arrugada y rechoncha, con uñas pintadas de rojo rabioso.
Allí se quedó mirando a su alrededor, describiendo un círculo mágico protector con su mirada, que adquirió de repente la dureza y el brillo del silicio, sin perder la oscuridad metafísica que la caracterizaba. Amanda no encontraba nada familiar en ese cuarto: ni siquiera los adornos infantiles le parecían verdaderos. Su color, su tamaño, su disposición ponían en evidencia la falsedad de alguien que no entendía nada de niños o, peor aún, que los detestaba. Esa falsificación no la inquietaba; solo la convencía aún más de que hacía mucho tiempo ningún niño había corrido por esos pasillos ni subido a las camas o a las sillas.
Esperó sin inquietarse que su padre viniera por ella, o que ese fuera el lugar y el momento de conocer a su hermano. Pero quien apareció, como salida de un armario negro, fue su abuela Eriseta. Con un movimiento de su mano le indicó que la siguiera por ese extraño agujero que parecía la boca de un túnel sin final.
Atravesaron juntas el largo corredor apenas iluminado por una luz distante. Ingresaron a una amplia habitación celeste, de cuyo techo colgaban tules al tono. En medio, apenas iluminada por una tenue luz que salía de entre las gasas, una cuna dejaba ver a un bebé pequeño que movía sus manitos como queriendo asir las sombras dibujadas por el movimiento de las telas. Amanda se llenó de ternura; su boca entreabierta decía del suspenso amoroso en que quedó sumida. Dudó sobre qué debía hacer o decir. Solo atinó a mirar a la abuela, preguntando con su mirada si ese ser pequeño era su hermano.
Eriseta respondió afirmativamente, moviendo la cabeza de arriba abajo, que por única vez adquirió una forma más redonda, sin las erupciones púrpuras que le brotaban cuando se enfadaba con Miguel. Amanda percibió algo de emoción en la actitud de su abuela, una sensación que tampoco olvidó con el paso de los años. Le preguntó si se animaba a tenerlo entre sus brazos; la voz de Eriseta no sonaba como una ruda corneta. Amanda sonrió satisfecha y dijo que sí, casi imperceptible, temerosa de asustar al bebé que se movía como una espiga tocada por una suave brisa.
La mujer trajo de un rincón una amplia silla tapizada en gobelino con dibujos de flores de lis. La ayudó a sentarse —la silla era algo alta para la niña— y la acomodó hacia atrás, para que su pequeña espalda tocara el amplio respaldo.
Es seguro que hasta en el último día de su vida Amanda haya recordado esa sensación extraordinaria de tener a su hermano en brazos y sentir el roce de tan pequeños dedos sobre su fina piel de infanta. Podría haber llorado, pero no pudo. Como le ocurrió en el momento en que su padre le dijo: “mamá murió en el parto”. Aquellas lágrimas habrían sido de dolor, pero estas deberían ser de alegría. Así que debieron haberse cristalizado en algún lugar de su humanidad: tal vez hechas rubíes, si eran lágrimas rojas; tal vez esmeraldas, si eran verdes; tal vez transparentes, si eran puras lágrimas de rocío. Las lágrimas así conservadas nunca se echan a perder. Se mantienen frescas en racimos y hasta pueden dar una sensación de azahares que alivian nostalgias y calman los estados nerviosos de quienes lloran hacia la intimidad de sus tejidos. Serían las lágrimas que por fin brotarían la noche de la conversación de la luna que tronaba a su frente.
Ese instante con su hermano fue demasiado breve, del tamaño de una semilla de tiempo, un diminuto momento como un grano de polen de primavera tocando su piel. Debió preguntar por su nombre, pero, así como no pudo llorar, tampoco pudo decir palabra alguna. Supo que se llamaba Jorge cuando oyó que así lo llamó Eriseta, durante una discusión con Miguel a la mañana siguiente de la llegada a esa casa, mientras Asmodeo M., el abuelo materno, fumaba su enorme habano echando humo en todas direcciones y carraspeaba preguntando si podría llevarse a la niña para criarla, mientras un hilito de baba marrón caía por la comisura de sus labios.
Amanda no recordaba cuándo se durmió. Despertó en una cama que no era la suya, mucho más amplia, entre sábanas rosadas con perfume a azahares, en una habitación de color morado. A una distancia no mayor a un metro, una pequeña valija de cuero parecía esperar que ella la tomara para partir a un viaje. A lo lejos se escuchaban voces roncas que luchaban entre sí cada vez con más fuerza. Amanda tuvo miedo: las voces sonaban a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo hacia el abismo de un acantilado en el que ella esperaba inerme el impacto de esos negros cantos rodados.
Creyó que debería tomar a su hermano y marcharse a lo de Carmen y Francisco, quienes los cuidarían como nadie podría hacerlo. Ni siquiera Miguel, que adquiría a medida que pasaba el tiempo ese aspecto de forastero que había equivocado el camino. Pero no había modo de regresar al apacible villorrio suburbano. Quedó ensimismada, expectante de que los gritos llegaran de una buena vez hasta el borde de su cama, inconclusos, hechos ovillos de desdicha.
Y así fue. Irrumpieron como un tufo de sombra entre cicatrices de palabras intransigentes. Muchas sílabas interrumpidas, algo de humo rancio y un rouge rojo, aceitoso e impertinente, que le advertía de su inminente partida. Allí estaba la pequeña valija esperando que su también pequeña mano la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar de todas las soledades.
¡Si Amanda pudiera llorar! ¡Si Amanda pudiera gritar! Lloraría, y sus lágrimas le dirían: ¡corre! Gritaría con todas sus fuerzas, y su voz le diría: ¡corre Amanda! ¡Corre!
Pero no tuvo ni lágrimas ni gritos. Fue solo oídos. Escuchó hasta la substancia de esos rencores, cuyo último eco fue: “la tirás a un orfanato para sacártela de encima”. Luego de esas palabras se hizo un silencio extraordinario que envolvió a Amanda en un escalofrío de desamor inolvidable. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 13 

Salvo la eternidad, todo me resulta insoportable. ¿Y si no muero? ¿A qué tendré derecho? 

***

XIII – Asmodeo M. 

Miguel, salvo lacónicas respuestas que no superaban las tres o cuatro palabras, se mantuvo en silencio mientras Eriseta le hablaba, espantando unas pequeñas mosquitas salidas no se sabía de dónde y que se enredaban en su cabello. Los insectos parecían aturdidos, pero aun así sabían esquivar los manotazos que la mujer les lanzaba para alejarlos. Al verlas zumbando anárquicas alrededor de la testa de su madre, Miguel creyó que bien podrían ser sus propias ideas escapando por los conductos auditivos para poner en evidencia la catadura de sus más íntimos pensamientos. Sospechó de qué tipo y qué tamaño serían esos dípteros si representaran sus verdaderos sentimientos.
Eriseta protestaba por asuntos que Miguel había olvidado, pero que ella se empeñaba en rescatar para engordar sus reproches con todo tipo de argumentos y sucesos más o menos ciertos. Rascaba el fondo de la memoria para hallar lo que fuera en la historia familiar y así seguir hablando sin interrupciones. Pero en lo que puso mayor énfasis fue en recriminarle haber faltado al juramento que le hizo a su padre moribundo.
Miguel estaba inexpresivo y hasta atontado por las quejas, tan aturdido como las asombrosas mosquitas que salían de la cabeza de su madre para girar alrededor de ella como los planetas alrededor del sol.
De ese juramento abominaba secretamente: solo fue un compromiso ante un hombre moribundo que, entre jadeos terminales y lágrimas de sangre, jeringas, escupideras y olores inolvidables, le rogaba que jamás se involucrara con ideas anárquicas y disociadoras. Fue un discurso descoordinado, maldiciones repetidas sin sentido, invocaciones irrepetibles a una supuesta fe a la que se debían. Una mención sobre las bondades de Torquemada, una invocación al Pardo Meneses, referencias a una “democracia” selectiva, convocatorias a un Dios iracundo por sobre todas las cosas, y otras apelaciones que ya ni recordaba. Todo ese discurso del moribundo, en definitiva, no era más que un reproche agónico contra Anita, de la que ventiló su prontuario apenas se enteró de la relación que unía a la mujer con su hijo.
Miguel recordaba muy bien aquel día en que su padre agitaba una carpeta amarilla con el nombre de su amada estampado como una bandera de peligro, advirtiendo de todos los infortunios “que una vulgar calentura” traería a una familia que se había ganado una buena posición y las más significativas consideraciones en las altas esferas de la sociedad porteña.
Si se le hubiese dejado hablar en ese momento —y hubiese tenido el coraje necesario—, y si se hubiese atrevido a hacerlo en el instante de los reproches maternos, habría dicho que juró en falso, que era un perfecto perjuro, y habría asumido tal condición hasta con satisfacción.
Ante la impostación de Dios de su padre moribundo, bien podría haber actuado como un legítimo energúmeno y disfrutado de las mieles de la rebeldía. Sin embargo, reducido a una vulgar traición familiar, recurrió al silencio aleve y a la mentira indiscreta para redimirse, sin comprender que la escasa valentía no soporta jamás el capricho de los que creen portar la voz de Dios y la luz de la verdad definitiva.
Persistentes, las diminutas moscas, a esa altura de la perorata, dejaron su vuelo anárquico y empezaron a danzar armoniosas un Deuteronomio alrededor de la mujer, que seguía lanzando palabras como piedras contra la perversa infiel de los versículos. Miguel se tapaba la cara con las manos y con los antebrazos cubría su pecho, igual que aquel que se protege de la lapidación de los fanáticos.
Le dijo a su hijo, con una voz extraída de una apoteosis de reproches, que ya no podría vivir más en aquel suburbio, lejos de todo, privado de las comodidades más elementales. La palabra suburbio le generaba rencores, desafíos y verdaderos deseos de exorcizar ese mal enquistado en una modesta casita de madera canadiense, envuelta en los vahos de la humedad de una laguna a menos de trescientos metros, surgida a la intemperie por arbitrio de la lluvia estacional.
Ese, según la amonestadora madre, no fue nunca un verdadero hogar, solo una simulación nacida del capricho de una muchacha de ojos negros y labios húmedos que desbordó los sentimientos de un hombre desacostumbrado a manipular el amor verdadero.
El auténtico hogar, le espetó, era la casa familiar, en la que vivieron todas las generaciones casi desde el nacimiento de la refundada Buenos Aires, bajo la advocación de la Virgen de los marineros y a pesar de la sífilis y el escorbuto.
Esa casa materna, legada por antepasados que tuvieron su gloria en el secreto de Estado, era para Eriseta como la ciudadela que el Señor, su Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, le había dado para una vida a su servicio, cuidando no solo el altar divino, sino también el de la Patria —que debía ser su imitación y semejanza— y el de la Familia, institución destinada a ser la íntima reserva de la identidad nacional, de la que ella se consideraba inclaudicable defensora.
Por una abrupta decisión del destino, los tiempos habían cambiado: lo que ayer parecía lejano mientras la intrusa gobernaba los sentimientos de su hijo, se hacía posible por su temprana muerte. Por esa circunstancia inesperada había llegado su hora de enderezar lo torcido y mejorar lo correcto.
Dios, en su infinita sabiduría —pensaba convencida— fue quien deshizo los enredos de su hijo con esa muchacha. Y aunque en más de una oportunidad se dejó tentar por la idea de que fuera la voluntad humana la que torciera el rumbo de los acontecimientos, aceptó, por recomendación de su confesor, dejar en manos divinas la solución última. Si Anita murió, como al final ocurrió lo que tanto había deseado, había que buscar la explicación más segura en esa misteriosa decisión divina.
Ella estaba realmente serena: sabía que todo estaba dicho de antemano, escrito en letras de molde sobre la piedra sagrada surgida del éxodo por el desierto. No era un vano presentimiento el que la preparaba para el desenlace, tal como ocurrió. Ni se trataba de una corazonada nacida del fervor. Tanto hombre como mujer que hicieran lo malo ante los ojos del Señor, la Patria o la Familia —y entonces alzaba su dedo índice señalando el nombre de Anita como un sacrilegio delimitado en cinco letras—, violando los pactos sagrados con esa santísima trinidad y sirviendo a otros dioses, adorándolos, o adorando al sol en su magnificencia planetaria, o a la solitaria alhaja de la luna izada en la noche como fruta plateada, o a cualquiera de las huestes terrenales que avanzaban entre flamígeras banderas como fantasmas por el mundo deshaciendo cadenas y enterrando dominios, estaban condenados. Solo se trataba de esperar que las cosas ocurrieran como estaba antedicho.
Y como fuera dicho, y como fuera mandado, por atentar contra la casa de Israel —que en definitiva era su propia casa, porque su casa era como la casa de Israel—, saldría de sus vidas para siempre esa mujer que cometió malas acciones. Y usando la palabra como puños de piedra, apedreaba su recuerdo hasta hacerlo desaparecer definitivamente, a pesar de que Miguel se cubriera la cara con las manos y el pecho con sus antebrazos.
Agazapada en los reproches, dijo que la aventura de la vida suburbana en ese lugar tan apartado de Buenos Aires había llegado a su fin. Con menos apasionamiento, acaramelando su voz, le reclamó a Miguel que considerara el futuro del niño. Él ya no podría criarlo y debería dejarlo al cuidado de una nurse de confianza que la propia Agencia podía proponer, y de ella, que sería la celosa custodia de la crianza.
Con respecto a él mismo, su carrera de funcionario no podía quedar sujeta al capricho de sostener la educación de la criatura y el mantenimiento de una casa en la que ni agua corriente había. Le recordó casi a los gritos que había aceptado de mala gana aquella “aventura” —como llamó a la mudanza a la recoleta vivienda de madera canadiense— porque Anita lo dominaba con su fuerte carácter.
Mientras fue soltero, ese dominio le perteneció a Eriseta. Ninguno de sus hijos se atrevió a contradecir sus decisiones, y en esos asuntos su esposo nunca se entrometió. Era una especie de trato: ella no mangoneaba en los asuntos de Estado que requerían la intervención de su marido, y él dejaba en manos de la esposa todo lo que tuviera que ver con la familia.
La educación, la religión, el porvenir y hasta los matrimonios —salvo en el caso de Miguel— habían contado con la aprobación de la mujer. Nada se hacía sin su expreso consentimiento. Hasta que llegó Anita y trastocó los valores tradicionales de la familia. Pero muerta Anita, el escaso ánimo de Miguel para encarar dificultades, incluso las más previsibles, facilitaría los propósitos maternos de retomar el control de la vida de su hijo.
Le dijo que la prudencia lo convencería de retornar a la vivienda familiar y sostener allí su verdadera familia, la unida por la sangre y no por un antojo, priorizando al bebé recién nacido y también a él mismo. Que no debía despilfarrar su tiempo, su dinero y su futuro detrás del recuerdo de una esposa muerta y de una niña que no era suya, quien, para su tranquilidad, quedaría al cuidado de las monjas de reclusión. Nada mejor que las severas hijas de Dios para hacer de ella una devota y provechosa cristiana.
Eriseta se comprometió a garantizar el pago de la cuota mensual por la compra de la casita y a enviar a empleados suyos para mantener en condiciones la vivienda. Miguel le aseguró que los vecinos —no solo Carmen y Francisco, sino también aquellas alemanas de gesto adusto y actitud espartana— se comprometieron a cuidar la casa y a ponerlo al tanto de cualquier contingencia. Ella encomendó a un alcahuete suyo entrevistar a la vecindad, que recibió al enviado como un mensajero del diablo.
De todos modos, como expresaron los vecinos, el villorrio era tan tranquilo que nada hacía sospechar algún inconveniente indeseable. No tenía más de qué preocuparse. Con respecto al dinero, sonrió amarga Eriseta: nunca le faltaría, como no le había faltado hasta entonces.
Anita siempre sospechó que su esposo recibía dinero de la madre, parte de la fortuna paterna que legó a su muerte a los hijos y a la esposa, en proporciones que solo la mujer conocía. No se trataba de una suma menor.
Atender el pago de la casa, garantizar la subsistencia del matrimonio y de la pequeña hija, teniendo presente que la familia se agrandaría en breve, llevaron a Miguel a solicitar en secreto ayuda económica. Anita nunca se lo hubiese permitido. Era orgullosa y obstinada, y estaba dispuesta a trabajar horas extras para sostener la casa si era necesario. Afirmaba que los dos salarios eran suficientes para vivir sin abundancia, pero sin escasez. Miguel acompañaba de palabra esa convicción de su esposa, pero recurría a la herencia que cuidaba su madre para aligerar la carga de sus obligaciones. Solía guardar esos pesos extras que Eriseta le giraba todos los meses para hacer frente a alguna contingencia familiar y darse algún gusto que movía a la sospecha de la esposa.
La diatriba se interrumpió cuando el timbre sonó repetidas veces. La mujer presintió que ese imprevisto venía en socorro de decisiones que había resuelto tomar en la intimidad de sus reflexiones. Una circunstancia inesperada que resultaría en su beneficio.
Miguel, que se sintió raramente liberado del discurso en el preciso instante en que vibró la campanilla, supo de inmediato que se trataba de su suegro, que acababa de llegar de improviso.
La llegada del padre de Anita la recibió como una mala noticia. A la arenga materna debía sumarle entonces las procacidades de ese hombre. El infortunio se mostró perverso con el viudo: soportaba el acoso de su madre y la presencia de su suegro.
La mucama hizo pasar al visitante al amplio salón comedor y le indicó que esperara allí hasta que llegaran “los señores”. Asmodeo M. apoyó una pequeña valija forrada en tela azul y rió cínico de manera ostensible, mientras repetía burlón las palabras de la joven mucama: “Los señores, los señores”, dijo, y pasó su lengua por los labios en obsceno gesto mientras miraba procaz el trasero de la sirvienta. Por lo bajo largó “alcahueta”, como quien lanza una pedrada de rastrón para dar justo en los tobillos donde duele durante días. El insulto la muchacha lo escuchó, pero no estaba en sus posibilidades responder. De haberlo hecho, seguramente Eriseta la hubiera despedido, porque era una ley inquebrantable que los sirvientes jamás debían responder a los insultos de sus patrones ni de allegados, aunque fueran de ese obeso rufián que olía a la quema de una parva de hojas y bosta de vaca, y frotaba sus labios con una lúbrica lenguota.
Vestía un traje marrón, tan ajustado que parecía a punto de estallar en sus costuras. Asmodeo M. tenía la costumbre de abrochar el saco, que se abría mostrando parte de la corbata y la camisa, porque apenas soportaba la presión que el abultado abdomen ejercía sobre los botones y ojales que imitaban enormes bocas deformadas.
La camisa habría sido blanca en alguna oportunidad, pero estaba amarilla de los repetidos lavados a los que había sido sometida, sin ver la luz del sol desde su confección. Asmodeo M. detestaba las mañanas y más aún el sol. Se levantaba ya pasado el mediodía, a veces hasta después de las tres de la tarde, y se quedaba recluido hasta que el sol se ponía. Salía de juerga antes de empezar la noche y regresaba a su casa bien entrada la madrugada.
El cuello se veía roído en su borde por el roce con los rollos que bajaban de la nuca y se estrechaban en fraternal abrazo con la papada, ocultando el cuello corto y ancho que sostenía su cabeza. Una barba pinchuda y de varios días afeaba aún más su presencia. La calva lucía lustrosa y rara vez se peinaba con algún criterio: a veces los cabellos se desparramaban por la pelada, otras parecían electrizados, nunca más o menos bien orientados. Dos anchas cejas se estiraban como una única línea peluda sobre su ancha narizota, de la que sobresalían largos vellos más negros y pinchudos que la propia barba. Los ojos eran pequeños y estaban apretados entre la frente y las gordas mejillas. Eran oscuros, pero no de la hondura de Anita, y resultaban promiscuos, incluso a quien los viera sin prestarles demasiada atención.
Los labios eran gruesos, lujuriosos, húmedos por una lengua que pasaba una y otra vez sobre ellos, mojándolos con una espesa saliva en un gesto que solía irritar a cualquiera. La corbata lucía manchas de todos los colores y tamaños, predominando las marrones, grotescos estampados de la baba tabacada que caía sobre ella producto de llevar siempre aferrado entre sus labios el largo y grueso habano de tabaco cubano que era su preferencia.
Los puños de la camisa, gastados y sucios del roce, sobresalían de las mangas del saco. Como los brazos debían estar siempre apoyados sobre la barriga, las mangas habían adquirido una forma curva y descubrían la camisa muy por encima de los puños. Eso sí, dos mancuernas doradas cerraban los puños: una rara indiscreción en medio de tanta desprolijidad y suciedad proverbial.
Debajo del vientre enorme, los pantalones luchaban por mantenerse más o menos a la altura de la ingle sin descubrir nada de su intimidad. Un cinto del ancho de una mano se esforzaba hasta más no poder por cumplir su trabajo, atenazado a una hebilla dorada que no escatimaba brillos, denunciando la larga bragueta que las más de las veces dejaba ver algunos botones desabrochados. Su obesidad le dificultaba llegar con comodidad a esa zona de su cuerpo. Los pantalones caían sobre los zapatos como de golpe, arrastrados por las botamangas gruesas y mal cocidas por él mismo, con largas puntadas de hilo negro como exagerados guiones.
De pie, en ese extremo del salón que permanecía a media luz porque no se habían abierto las persianas, Asmodeo M. parecía más extraño de lo que era. Su figura estaba en completa disociación con ese ambiente pulcro y recatado, y nadie lo habría asociado a Anita, que era delgada, bella y luminosa. Tanto Miguel como Eriseta se preguntaron más de una vez si ese hombre era realmente el padre de esa criatura. Tal vez en su juventud, especulaban, habría lucido otro aspecto, bien alineado, prolijo, con cierto encanto varonil. Pero tanta deformidad no abrigaba certezas de aquellos años mozos en que había nacido Anita.
Madre e hijo llegaron luego de unos instantes, advertidos de su presencia por la mucama, quien manifestó con discreción la procacidad del visitante. Lo hizo para advertirlos del personaje a quien desconocía. Miguel alcanzó a oír que Asmodeo M. rumiaba burlón unas palabras sin comprender su significado: “Los señores, los señores”, creyó entender, pero le restó importancia. Sobre la cabeza del muchacho aún revoloteaban las palabrotas que su madre había lanzado al enterarse de la mala noticia de la llegada del hombre, ese que la interrumpía cuando, creía ella, estaba a punto de doblegar la voluntad de su hijo.
Repudiaba su presencia. “¿Quién pudo llamar Moshé a ese cerdo?”, preguntó a media voz, aunque no esperaba respuesta. Miguel se encogió de hombros, indiferente: no le interesaba explicar que el nombre bíblico no hacía a la persona, solo se trataba de un nombre. Se lo veía decrépito y cansado; a ella, en cambio, más altanera que de costumbre.
Se acercaron al hombre con desgano, tratando de que él captara que no era bienvenido en la casa. Esas sombras como mosquitas que perseguían la cabeza de Eriseta desaparecieron al instante de enfrentar al visitante, tal vez por un sincero temor a ser devoradas por esa boca de tonos marrones del tabaco.
Asmodeo no era muy perceptivo, no porque fuera estúpido, sino porque era demasiado holgazán. Pero los gestos de desagrado de sus anfitriones no daban lugar a confusión. Los saludó casi con displicencia, devolviendo la escasa cortesía con que era recibido. A su yerno, con una palmada en el hombro al tiempo que le dijo “todo pasa”, lo que provocó un acceso de furia que Miguel contuvo con esfuerzo; a Eriseta apenas con un ademán. La mujer ni respondió el saludo: si fuera por ella, no le hubiese permitido la entrada y lo habría despachado sin explicaciones.
Miguel lo invitó a sentarse; Asmodeo aceptó porque se sentía muy cansado. El sillón crujió al depositar su pesado cuerpo sobre el asiento. Eriseta sufrió al escuchar el quejido del mueble y estuvo a punto de pedirle que se alzara para aliviarlo del tormento. Pero levantarse de su asiento le hubiese costado tanto como subir una cuesta empinada. La obesidad mórbida hacía lentos y torpes sus movimientos, y respiraba con dificultad porque padecía una obstrucción pulmonar crónica por sus hábitos de fumador. Desalineado, despeinado, con la barba sin rasurar por días y su ropa manchada, brindaba un espectáculo del que la pareja anfitriona no podía sustraerse. Y ese perfume que emanaba de las porosidades de la piel, abiertas como ventosas oscuras por toda la dermis sometida al estiramiento inapelable del exceso de peso, les llegaba a sus delicadas narices confundiendo sus sentidos. Hedía a tabaco, el que consumía desde la primera adolescencia, apenas salido de la infancia, a los doce o trece años, cuando comenzó a fumar unos cigarritos que le robaba a su padre.
El hombre, que no estuvo presente ni en el sepelio ni en el entierro, quiso justificar su ausencia por razones que ni Miguel ni Eriseta alcanzaron a comprender y que, por otra parte, no les interesaban en lo más mínimo.
Sus palabras luchaban por filtrarse de la boca, disputando con el cigarro un lugar por donde salir al exterior con alguna posibilidad de entendimiento. Sin embargo, resultaban tan pastosas como la saliva que dibujaba una marca marrón incesante desde el borde extremo de los labios hasta el mentón rechoncho y barbado, incrustado en la papada magnífica como un error anatómico del tamaño de una piedra regular.
No demostraba estar consternado por la pérdida de su única hija. Miguel quería convencerse de que en alguna capa de toda esa voluminosa humanidad algún sentimiento de dolor debía albergar. Imposible saberlo. Salvo la repetición monótona de “todo pasa, todo pasa”, no expresaba ninguna emoción por la pérdida. “Todo pasa, todo pasa”, y nada más. A las cansadas, luego de repetir esa frase que exasperaba a Miguel, dijo: “yo también soy viudo y sobreviví”.
Era difícil para los dueños de casa discernir qué sentimientos podía experimentar ese hombre, no solo en esa circunstancia, sino en cualquier otra. Su comportamiento no permitía deducir si disfrutaba de algún sentimiento verdadero, no importaba si se trataba de dolor o alegría.
No se lo podía asociar al amor, ni a la desazón que produce una pérdida temprana, y mucho menos si es la de un hijo, de quien se espera sobreviva a los padres. Todo en él inducía al rechazo y no invitaba a suponer que pudiera albergar alguna emoción siquiera menor.
Pero su rostro era lo más desconcertante: siempre mostrando ese gesto desvergonzado, parecía una máscara de cera, un rostro artificial en sus colores, en su textura, en el detalle de su fisonomía. Despeinado de modo ridículo, con una barba pinchuda de púas negras que cerraba el entorno de la cara como un trazo grotesco hecho con carbón. Y ese rictus imposible de no apreciar, una mueca involuntaria, espasmo extraño que iba de lo obsceno a lo ridículo y que solía desubicar a sus interlocutores, incapaces de comprender si el hombre los trataba con alguna seriedad o solo se burlaba de ellos para pasar el rato.
Eriseta realmente lo detestaba: de solo verlo se inflamaba contra Anita, a la que achacaba la responsabilidad de haber introducido a “semejante tipo” en la distinguida familia, exagerando la nota porque su presencia había sido ocasional y se podía contar con los dedos de una mano.
Anita tenía una relación muy lejana y poco amorosa con su padre, del que casi nunca hablaba, salvo para berrear contra ese humo del cigarro que se le hacía, de solo mencionarlo, revulsivo. Cuando recordaba el olor de los cigarros, el rostro de Anita se desfiguraba, adquiriendo un aspecto mortuorio, oscuro, consumido, contrastando con su habitual belleza y luminosidad. No permitía que nadie fumara en su presencia, salvo a Miguel. ¡Y esa era una verdadera prueba de amor de la que Miguel nunca estuvo enterado! Solo a él se lo permitía, pero nunca en la habitación matrimonial, prohibición que él aceptó sin reparos.
Asmodeo M., acomodado en el sillón, logró sentirse aliviado del trajín del viaje. A pesar de que su respiración sonaba como un viejo fuelle descangallado, no dejó de fumar ese oscuro cigarro de aspecto de rama negra, cuyo extremo mostraba la ardiente brasa. Tosía un catarro tan negro como el cigarro que fumaba.
Eriseta no dejó de observar nunca al hombre reposando sus adiposidades que caían a un lado y otro del sillón. Mientras le acercaba un delicado cenicero de cristal de Murano, volvió una y otra vez a preguntarse por la discrepancia entre el sagrado nombre de Asmodeo M. y ese adefesio catarroso que se salivaba sin reparar ni siquiera en ello.
Como pudo, Eriseta se repuso a la presencia de ese hombre que abominaba y, ignorándolo, retomó su diatriba contra Miguel. Estaba tan ofuscada que no advertía las señas que su hijo le hacía, indicando lo inconveniente que resultaba hablar de cualquier asunto frente a ese hombre.
Tal vez a Eriseta ni le interesara esa falta de intimidad, porque su arrebato superaba largamente cualquier actitud de prudencia. Asmodeo disfrutaba la escena. Adoraba ser espectador de trifulcas familiares, de desavenencias matrimoniales —las que más apreciaba, porque siempre giraban alrededor de infidelidades y asuntos patrimoniales—. Reía sosteniendo el habano en su boca, chupándolo con fuerza, mientras jugosas gotas de saliva caían hasta su corbata, que mostraba esos emplastes como lunares multiplicados por la caída de los gotones marrones que pendían de sus labios.
Sus ojitos libidinosos corrían de aquí para allá, atentos a las palabras que rodaban de la boca de la mujer contra Miguel. Descubría cómo de esos labios pintarrajeados de rojo rabioso surgían las palabras como negros cantos rodados, lapidaciones de rencores y reproches lanzados como cuervos picudos que golpeaban en la cara de su hijo, que ya no atinaba a cubrirla con sus manos ni a proteger su pecho con los antebrazos. Las palabras, entonces sí, tenían el exacto efecto de una pedrada sobre la cabeza, y cada vez que una de ellas impactaba en su humanidad, Miguel dibujaba una mueca de dolor claramente perceptible.
A Asmodeo M. lo divertía la escena, que interrumpía rítmicamente insistiendo en que podía ocuparse de la crianza de la niña, tan bonita que le recordaba a su propia hija cuando era pequeña. Mientras preguntaba por Amanda, subía y bajaba su dentadura postiza en un juego que provocaba asombro y repugnancia en Eriseta. Ya no se trataba solo de las gotas de saliva tabacada que caían sobre la ropa: estaba ese juego cínico, fumando primero, lanzando bocanadas de humo que impregnaban la habitación, reclamando la propiedad de Amanda y sacando e introduciendo en su boca la prótesis dental.
A la enésima vez que reclamó la propiedad de Amanda para sí, Eriseta abandonó las palabras dirigidas a su hijo y estalló contra su consuegro. En ese punto, Miguel se retiró sin decir palabra.
A pesar de quedar a solas con el hombre que detestaba, aprobó la decisión de su hijo. Tal vez él le dio la oportunidad de deshacerse de Asmodeo para siempre, algo que deseaba pero que no se animaba a concretar. Nada la unía a él, y mucho menos el recuerdo de Anita y la presencia de Amanda.
—¿A qué vino, buen señor? —lo interrogó con voz enérgica. A Asmodeo, el sonido de corneta de la voz de la mujer rebotaba contra los muebles, haciendo disonancias tan ridículas como extrañas. Por un instante, las mosquitas parecieron regresar a girar describiendo su órbita elipsoidal, pero fue un amague que quedó solo en eso.
—A dar mi pésame por la muerte de mi hija y a visitar a mi nietita.
—¿Usted nos va a dar el pésame por la muerte de su hija? Creí que debería ser al revés, que yo debía darle el pésame, no usted a mí.
—Me da lo mismo… —respondió encogiéndose de hombros—. El orden de los factores no altera el producto. ¿Se dice así?
Si Miguel hubiese estado presente, seguramente lo habría golpeado. Eriseta lo miró de tal manera que quedó paralizado; la burla hasta a ella le sonó desagradable. Asmodeo M. no disimuló su incomodidad: sospechaba que la conversación iba por mal camino. “Lo que empieza torcido, termina torcido”, especuló para sí.
—¿Y la niña? ¿Puede verla? Me recuerda a su madre cuando era pequeña —sacaba la dentadura y la volvía a introducir—. Anita era hermosa de chiquita. —Repasaba los labios con la lengua—. De adolescente ¡uf! Ni se imagina. Como su madre, que también era muy linda. Sí, muy lindas, las dos, como la nena.
—¿No sabe que ha nacido su nieto? —Eriseta interrumpió el ridículo comentario del gordinflón, que insistía en jugar con su dentadura mientras el cigarro se consumía entre sus dedos.
—Ah… sí, sí. Me enteré de que Anita estaba embarazada. Supongo que debe estar bien cuidado en sus manos.
—¿Eso es todo? ¿Tiene un nieto recién nacido y no está inquieto por conocerlo? ¿Qué clase de abuelo es usted?
—Poco comprometido. No me meto donde no me llaman. Cada vez que le dije a mi hija de verla me rechazó como a un perro con sarna. —Por primera vez, Eriseta aplaudió una decisión de su nuera muerta.
—¿No le interesa saber ni siquiera cuál es su nombre?
—¡Pero por favor! ¡Qué más da! Un nombre es nada más que un nombre.
—No comprendo. ¿A usted no le interesa saber ni siquiera el nombre de su nieto recién nacido?
—Si insiste, señora. Dígamelo, veo que para usted es algo importante. Dígame cómo se llama el niño —sonrió con aplomo y repitió su pregunta.
—Jorge. Ese es su nombre. Jorge. —Respondió entre enfurecida y asombrada.
—Lindo nombre, Jorge. Está de moda. Qué raro que no lleva el nombre del padre. —Eriseta se sintió tocada por esa irónica reflexión del visitante—. En mi familia era costumbre bautizar al primer varón con el nombre del padre. Continuidad de la estirpe, decían.
Miguel, desde el cuarto en que estaba reposando, escuchó el nombre de Jorge sin inmutarse. Era el que su madre eligió, con el que lo inscribió en el Registro Civil y con el que habría de bautizarlo. No le importó en lo más mínimo el deseo de su hijo de llamarlo con el nombre que Anita había elegido para él. Ícaro, en ese instante, se volvió un recuerdo extraño: sin emprender ningún vuelo, sus alas se quemaron incendiadas por las amonestaciones de Eriseta y por la complacencia del propio Miguel. Desanimado y vacilante, terminó por aceptar la imposición materna. Otra vez, pensaría en alguna oportunidad, la comodidad venció a la justicia.
—Mi hijo decidió llamarlo Jorge, y yo respeto su decisión —mintió impasible.
—Sobre gustos… —dijo Asmodeo M. con picardía—. ¿Y la nena? —insistió con su pregunta—. ¿Por dónde anda? ¿Puedo verla? ¿Puedo acariciarla?
—Parece que con la nena no tiene problema en ser entrometido.
—No, no, para nada —rió tontamente—. Es mi preferida, de todas las nenas de la familia es mi preferida. Es que me recuerda tanto a la madre, mi hija, Anita, que también fue mi preferida. Yo podría criarla como la crie a ella, porque yo la crie, ¿sabe?, muy bien la crie y le di los mejores tratos. Hoy vivo solo, demasiado solo, soy un pobre viudo solitario. Me vendría muy bien que una nena así me acompañara en estos años de soledad de anciano. Tengo dinero, además. ¡Me sobra el dinero! Nada le va a faltar, y lo que menos le ha de faltar es mi amor de abuelo. —Llevó el cigarro a la boca y lanzó una larga columna de humo gris que salió de su boca—. Aliviaría al padre de sus obligaciones. Tengo dinero, no sé si se los dije: me sobra el dinero. —Apenas terminó de hablar, extrajo nuevamente la dentadura cuando Eriseta lo estaba observando. La guardó indiferente y se rió de la mujer con una mueca.
—Ya dijo varias veces que le sobra el dinero. Parece que vino a una subasta de niñas. —El comentario de Eriseta provocó una risa siniestra en Asmodeo. Si estuviera a su alcance comprarla, ya lo hubiera hecho sin dilaciones.
—Me gusta usted porque entiende la esencia de las cosas —respondió rascándose la pelada—. La gente que entiende la esencia de las cosas sabe llegar rápido a un arreglo provechoso para cada parte. ¿No le parece?
—Con ver el horizonte, muchas veces, me basta para saber de qué se trata un asunto.
—Por ahí, como no es de su sangre, pensé que sería conveniente que yo me ocupe de su crianza, porque es hija de mi hija, usted me entiende. Y yo ya crie a una, por lo que bien puedo criar a otra.
—Lleva el apellido de mi hijo, con eso es suficiente. Nadie en esta familia va a renunciar a una obligación como esa. —Eriseta vaciló cuando el hombre mencionó la cuestión de la consanguineidad.
—¡Apellidos! ¡Apellidos! No sirven de nada, con todo respeto, señora —Asmodeo alzó las manos para disculparse también con el gesto—. Yo le garantizo que no habrá reclamos sobre la herencia paterna, estoy dispuesto a ponerlo por escrito. Y si ustedes prefieren, hasta puede renunciar al apellido como garantía.
—Le repito, por si no me entendió, que lleva el apellido de mi hijo, y que con eso es suficiente para que cumplamos nuestras obligaciones cristianas. La niña irá a un convento de clausura. Nadie podrá criarla mejor que las Hermanitas de esa institución de Dios.
Eriseta enunció la sentencia con la misma frialdad con la que un jurado condena a un fulano a la pena de muerte.
—Con respecto a su propuesta sobre reclamaciones por la herencia de su padre, no está en discusión ese asunto. Es un absurdo su propuesta. La niña lleva el apellido de mi hijo, que es el de mi esposo y el de todos sus antepasados —mintió, a pesar del disgusto que sentía de solo escuchar la pronunciación del apellido Da Silva—. Con respecto a la cuestión de la herencia, en la familia siempre nos manejamos con la sabia sentencia que nos transmitió Mateo sobre la cuestión de los tributos: “Den a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Cada uno tendrá lo que merezca.
—Mi propuesta solo era de buena voluntad, señora. Tómela como le parezca. Yo con el Mateo no me meto, ¡y eso que soy Asmodeo! Yo solo quería ahorrarles inconvenientes —frotó sus dedos en señal de dinero—. ¿Y dónde queda ese orfanato? —Con malicia, Asmodeo habló del pupilaje como de un internado para huérfanos—. ¿Podré visitarla donde esas monjas? ¿Llevarla conmigo a casa un fin de semana? Me recuerda tanto a su madre, mi hija, Anita, que era tan linda, mi preferida entre todas las mujeres de la familia. La amé más que a su propia madre.
—No, de ningún modo. No podrá visitarla y mucho menos llevarla con usted. Su régimen de visitas está acotado a su padre y a mí. Solo su padre puede retirarla de la Institución. Ni siquiera yo tendré esa autorización: imposición del claustro.
—¿Y qué razón habría para prohibirme ver a mi nieta?
—Es lo mejor para ella. ¿Necesita que se lo explique? —Eriseta habló en tono amenazante.
—¡Por favor, señora! Me trata como a alguien que no es de fiar. ¿Qué mal podría acarrear a la niña que yo la viera una o dos veces por año? ¡Qué poca voluntad tiene usted en sostener la familia!
Eriseta estaba desencajada al escuchar en boca de ese hombre la palabra familia.
—¿Qué familia? —preguntó casi histérica.
—La nuestra. Somos familia, señora, ¡somos familia! —Asmodeo habló con un tono tan burlón que empujó a Eriseta casi hasta el insulto—. Usted, yo, Miguel, Amanda y el niño Miguel, el recién nacido. ¡Somos familia! ¡Somos familia! Me veo obligado a preguntar: ¿hay familia? ¿Hay familia? ¿No serán ustedes como esos malditos comunistas que quieren disolver la familia?
La comparación con los “malditos comunistas” sacó de quicio a la mujer.
—¡Por favor! ¡Comparar mi familia con las hordas comunistas! ¡Qué ridículo se ha vuelto usted! Aquí siempre hubo familia. ¡Siempre habrá familia! Claro que hay familia, familia cristiana, ¡verdadera familia cristiana! Pero usted no es parte de ella ni lo será jamás. Sépalo. Y de paso no le cambie el nombre al niño: se llama Jorge, ¡Jorge! Apréndaselo, si puede.
—Jorge, Miguel, fulano, da lo mismo. Pero lo que no me da lo mismo es que quiera alejarme por capricho de Amanda. Soy su único pariente por el lado de su difunta madre. Ella sí es de mi sangre, no como ustedes.
—¡A mí su sangre me importa un reverendo carajo! —gritó Eriseta, desconcertando a Asmodeo—. Le repito, por si no me comprendió: Amanda lleva el apellido de mi hijo y por eso es parte de esta familia, y usted no es ni será nunca parte de ella. No se acerque ni a Miguel ni a Amanda. Grábeselo en esa cabezota roñosa que tiene.
—¡Cómo perdiste la compostura, vieja! Ahora hablás como una atorranta cualquiera. Tengo influencias para hacer cambiar tu capricho de madama de burdel. No me provoqués.
—¿Usted tiene influencias? No me haga reír, gordito. Si quisiera, usted estaría boyando en el río a merced de los bagres que comen cualquier porquería.
—¡Vieja desgraciada! ¿Me amenazás con matarme? ¡Qué hija de puta resultaste!
—Mucho más de lo que usted supone. Aproveche a insultarme porque será la última vez que nos verá. Y le advierto que si intenta de algún modo alterar la paz de esta familia, entonces sabrá lo que es una verdadera vieja hija de puta. Todas las putas de burdel que conoció en su podrida vida, al lado mío, serán como la Virgen María.
—No esperé nunca este mal trato, yo que adoro a mi nietita tan rosadita, suave, que tanto me recuerda a mi amada hijita muerta, tan joven, mi preferida, tan linda, cuando todavía tenía tanto que entregar, tanto que disfrutar. ¡Qué injusto es Dios con nosotros! ¡Yo que la quería tanto!
Eriseta tomó esas palabras de Asmodeo como una burla para mortificar a Miguel, quien —estaba segura— estaría escuchando la conversación.
—¡Déjeme ver a mi nieta una vez más! Acariciarla un poco, llevarme el recuerdo de su tersura, el perfume de su pielcita… ¡No sea jodida!, ¿quiere? ¿Quiere que se lo pida de rodillas? La veo, duermo esta noche aquí y mañana me voy y me pierdo para siempre.
—En esta casa no hay lugar para usted. Y quiero que le quede claro una cosa: usted no se va a arrimar a la niña ni a un metro de distancia, no va a tocar su piel ni oler ni siquiera sus pedos hediondos. Le aseguro que no verá a la niña ¡nunca más! ¡Nunca más! Y si intenta burlar mi orden, le voy a hacer arrancar los ojos para que cumpla con lo que acabo de decirle. No joda conmigo o lo voy a despellejar lentamente, y con toda esa gordura ¡ni se imagina lo que van a tardar en desollarlo! ¡Tiénteme y verá de lo que soy capaz! Mi paciencia tiene un límite muy corto. —La mujer aspiró profundamente el aire para terminar sus palabras con energía—. Esta conversación termina aquí y espero nunca más saber de usted. Buenas tardes y hasta nunca.
—¡Señora! ¡Me está echando! ¡Vieja hija de puta!
—No le quepa ninguna duda, si es que le cabe algo entre toda esa grasa.
—¡Vieja de mierda!
—Pero de mierda buena, no como la suya. Agarre su asquerosa valijita y márchese. No vuelva más o haré que lo saquen a patadas de mi casa.
—¡Quiero hablar con Miguel! —exigió Asmodeo como último recurso.
—Miguel no tiene nada que hablar con usted, ¡déjelo en paz, déjelo en paz!
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! ¡Se saca la nena de encima regalándola a unas monjas resentidas! —Eriseta ni se inmutó al escuchar los insultos de Asmodeo—. ¡Se queda con el boludo de su hijito y el hijo de él, y a la nena que no es de su sangre la tira a un orfanato para sacársela de encima! ¡Dios los va a castigar por egoístas! ¡Son peor que los judíos! ¡Comunistas de mierda!
Desde su cama, Amanda escuchaba el choque de palabras, aunque no comprendía su exacto significado. En cambio, Miguel oía perfectamente. La niña estaba en una habitación bastante alejada del gran comedor donde discutían Eriseta con un hombre a quien no conocía. A Miguel lo separaba apenas una delgada pared de quince.
Amanda escuchaba esa voz enérgica que luchaba contra otra ronca y tuvo miedo como nunca antes. “¡Si mamá estuviera a mi lado!”, pensó angustiada. Si Anita estuviera con ella no sentiría temor alguno; si Miguel la abrazara, tampoco. Pero Miguel estaba ausente.
Las voces rodaban frenéticas como piedras sombrías hasta los pies de la niña, que las recogía como flores del mal. Pero entre esos pétalos sedientos había algo hediondo que la descomponía: mugre como niebla sepultada, derrotas del amor, coágulos de una cólera perdida en su triste destino.
La palabra orfanato sonó como una furia lanzada para sofocarla. A la puerta del convento comprendería el verdadero significado de esa palabra.
Asmodeo alzó la voz hasta donde su enfermedad se lo permitía, provocativo, gesticulando como un muñeco desmañado, ante la indiferente mirada de Eriseta.
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! —gritó con lo último que le quedaba de aire en los pulmones resecos—. ¡Se saca la nena de encima! ¡Se saca la nena de encima porque no es de su sangre! ¡La tira a un asilo para sacársela de encima! ¡Y ustedes se llaman cristianos! ¡Yo soy un verdadero cristiano tratando de darle amor a mi nietita! ¡Ustedes son peor que los judíos!
—¡No vuelva a decirme judía! Lávese la boca, viejo asqueroso, antes de hablar de nosotros. ¿Judíos? ¿Comunistas? ¿Usted va a ser un buen cristiano? ¿O piensa que yo no sé quién es usted? ¡Viejo degenerado, hijo de remil putas!
Miguel escuchó atónito esas palabras de su madre. ¿Qué sabía ella de ese hombre a quien detestaba desde el mismo momento en que lo conoció? Nunca quiso hablar de ese incidente con Asmodeo: prefirió el silencio a la turbia verdad.
—¿Qué quiere insinuar con eso, vieja de mierda?
Asmodeo estaba lívido y desencajado al escuchar las últimas palabras de Eriseta. “Este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”, sonó en su memoria, embistiendo una derrota desde el fondo de los secretos de familia.
—Yo no insinúo nada, gordo de-ge-ne-ra-do —Eriseta hizo sonar las sílabas para que a Asmodeo no le quedara ninguna duda de que ella sí sabía de “este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”—. Yo sé más de lo que se imagina, y por su bien es mejor que no me haga hablar.
Asmodeo M. supo que la mujer hablaba con propiedad.
—¡Quiero hablar con Miguel! ¡Ahora! —fue solo una bravuconada para simular que no estaba derrotado.
—Usted no va a hablar con ninguna otra persona en esta casa. —Dando unos pasos hacia adelante, quedó a corta distancia del hombre—. Cuidé a mis hijos desde que nacieron, mire si le voy a entregar uno de ellos a usted, pedazo de porquería. ¡Váyase antes que lo haga meter en cana! Inmundo, mugriento. ¿Con quién se cree que está hablando?
Asmodeo pareció que volvería a reclamar, pero calló sumiso: el dedo acusador de la mujer lo hizo desistir de su intención.
—Retírese ahora mismo —ordenó la mujer, y él cumplió sin protestar.
Con dificultad se incorporó del sillón en el que estaba sentado hasta ese momento. En la habitación contigua, Miguel se alegró de que Asmodeo se fuera y esperaba que cumpliera la orden de su madre de no regresar jamás. En una habitación más alejada, Amanda, envuelta en su silencio, empezaba una larga y singular metamorfosis.
Eriseta sonó una campanilla que atrajo a un mayordomo hasta el comedor. Era corpulento, de aspecto rudo. El hombre miró con atención a la patrona, esperando una orden. Los ojos de la mujer le señalaron al visitante. El lacayo se acercó a Asmodeo y en voz baja lo invitó a salir de la casa. Asmodeo no opuso resistencia. Tomó su pequeña valija forrada de azul y, sin saludar, se dirigió hacia la salida. Un halo extraño lo seguía de cerca, como un perro sarnoso, con las llagas expuestas y su hediondo perfume. Detrás, el mayordomo vigilaba su lenta marcha y podía escuchar el fuelle de sus pulmones, que amenazaban colapsar en cualquier momento. El sirviente escuchó con claridad que el viejo Asmodeo dijo, amenazante:
—¡Esto no va a terminar así, vieja hija de puta! ¡Esto no va a terminar así!
El mayordomo lo empujó con cierta violencia para que apurara el paso. Abandonó la casa y nunca más se supo nada de él.
Eriseta salió del comedor y pasó a la habitación donde Miguel reposaba en un sillón ubicado en una esquina del ambiente. La penumbra acentuaba su aspecto demacrado y no permitía distinguir si sus ojos estaban abiertos. Se detuvo y lo miró expectante. Miguel alzó una mano para demostrarle que estaba aún despierto y que solo reposaba solitario. Ella sonrió satisfecha: había cortado de un solo golpe el nudo gordiano que ataba a su hijo a la historia de Anita. Debía solo esperar que Amanda ingresara pupila al convento de las monjas de reclusión. Entonces todas las cosas recuperarían su verdadera naturaleza y, bajo su dominio, recobraría la paz de la familia. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 14 

Un magnífico charco de sangre luce desbocado en la antecocina. Pero no es verdadera sangre. Acémila, arrastro los pies sobre la mancha despiadada. Viene del futuro, donde no fue un combate, sino un espacio leve entre las sombras y el sueño. Fosforescente, resuena un estampido en cascada de pólvora benigna. Veo un orificio entre las piernas de un amasijo muerto y suspiro de alivio en ese instante.
No comprendo mi sueño a la intemperie de una noche que corre a caballo de lejanas sierras de polvoroso linaje. El hombre luce las láminas de las manchas en su rostro como si fuera un verdadero sacerdote, y me reclama varias veces que vuelva a mis quehaceres. La sangre se evapora hasta alzarse violeta en una nube, que llueve una sangre centenaria germinando una paz renaciente.
Duermo en la sospecha de un halcón que luce un collar de plumas de relámpagos. 

***

XIV

Pupila. 

Apenas una pequeña valija alcanzó para guardar lo que Amanda necesitaba para ingresar pupila al colegio de monjas. Eriseta la preparó con el entusiasmo que ponía en las cosas que le causaban agrado. Esa, sin duda, era una de ellas. Amanda partía a su nuevo hogar, lejos de Miguel, lejos de Jorge, lejos de ella. Las cosas se iban acomodando a su voluntad.
La valija permaneció al lado de esa que no era su cama durante un par de días, lo que tardó en llegar a la enorme casona de la abuela Eriseta desde el villorrio, en el lado norte del Gran Buenos Aires, y partir hacia el convento de las monjas de clausura, a escasos metros de la Plaza de Mayo. Allí parada, la valija esperó con paciencia que su manito la tomara para iniciar el viaje hacia ese lugar desconocido.
Amanda siempre la observó con desconfianza. Tal vez fuera su color marrón, sus correas oscuras, su manijita breve y sus broches dorados —como gotas de luz en medio de esos tonos terrosos— lo que no le inspiraba confianza. O acaso sabía que ella significaba el adiós temprano, en medio de una ausencia inexplicable.
¿Podría la valija devolverle a su madre? Claro que no, y Amanda lo sabía. ¿Y arrimarla a su hermano, que estaba en algún lugar de la casa, para ella inasible? ¿Podía emprender el viaje de regreso al amable villorrio de los humildes vecinos que la amaban con sinceridad? Nada de eso estaba al alcance de una simple valija. Y Amanda lo comprendía.
Lo que no podía comprender era la ausencia de su padre, quien adquiría cada vez más una presencia extraña: estaba como ausente de caricias y de mimos, alguien que se alejaba de ella a una velocidad inusitada.
El único tesoro que le permitió guardar su abuela en la valija fue su ángel de la guarda, dibujado aquella noche en que mamá y papá hablaban de asuntos que no comprendía, pero que la hacían reír con ganas. Las cajitas de cigarritos que Miguel le regalaba para armar sus grandes torres e imaginarios castillos, Eriseta no se las permitió guardar.
Durante ese tiempo, Miguel casi no le dirigió la palabra y Amanda se volvió más callada aún. Resultaba imposible para la niña descifrar el porqué de ese comportamiento. Pero no solo se trataba de silencio: dejó de acariciarla como acostumbraba cada vez que pasaba a su lado. Con seguridad, era lo que más afectaba a la muchacha. No hubo gestos de cariño ni consuelo desde entonces.
Ya grande, asociaría esa conducta a la condición de un forastero que llegó a su vida solo por un momento. De todos modos, Amanda no estaba en condiciones de reprochar nada a Miguel.
En las noches de insomnio en la casona, se repetiría que fue un buen tiempo. De los mejores que conoció en su larga vida, salvo el encuentro con La Reliquia, pero eso era de otra dimensión, algo inigualable.
Recordó con entusiasmo desde entonces la casa alegre, la calidez de la madera, el sabor de la leche de esa vaca cómplice que dormía en un establo con forma de medusa, el orín de los sapos atrapados, los murmullos del viento entre los árboles que columpiaban sus ramas arrastrando el resplandor de unas estrellas que se mecían entre ellas.
Recordó también a su mamá y a su papá, al hermano que vio un par de veces —tal vez algunas más—, siempre observada de cerca por la nurse que apenas le permitía acariciarlo. La mujer, contra sus sentimientos, cumplía la orden de la patrona, quien le había indicado que no permitiera demasiados afectos entre los niños, afectos que surgían del contacto directo entre las pieles infantiles.
Evitar el amor era una condición necesaria para modelar una falsa identidad. Y eso era lo que pretendía Eriseta en dos sentidos diferentes: lograr que Amanda, por sí misma, acabara asumiendo que esa no era su familia, y que, al crecer, el niño no reconociera en Amanda a una hermana. Dos amores posibles que debían bifurcarse en caminos tan alejados uno del otro, para que al voltear la vista atrás no pudiera verse nada, ni siquiera la sombra de un amor alejado por el capricho de las circunstancias.
Cuando llegó el día, Miguel la buscó en su habitación. Se arrodilló ante ella y le dijo: “A dónde vas, vas a estar mejor que en ningún otro lado”. Eso fue todo. No la abrazó ni la acarició. Mucho bien le hubiera hecho.
Amanda no respondió. Miguel creyó que ella cabeceó afirmativamente, pero no fue así. La niña no movió su cabeza en ningún momento. Se limitó a escuchar la sentencia. Si hubiera podido hablar, habría hablado. Pero no pudo. Si hubiera podido llorar, habría llorado. Pero no pudo. Si hubiera podido correr, habría corrido en ese instante. Pero no pudo.
Miguel tomó la valija y ofreció su mano a Amanda, un gesto que le devolvió un calor que no sentía desde hacía días. Ella se tomó con delicadeza de esos dedos lisos y blancos y caminó por las habitaciones hasta descender por el zaguán hacia el coche estacionado frente a la casona, que los esperaba para el viaje.
Eriseta no la saludó al partir. Amanda no preguntó por ella: siempre recordaría esa ausencia, distinta a la de su madre, porque era una ausencia fundada en el desamor. Sin embargo —y de eso no se enteraría nunca— fue esa vieja matrona la que la salvó de un destino horrible. Preguntó por su hermano, a quien hubiera querido ver antes de partir. Miguel se excusó tontamente.
El viaje se prolongó más de la cuenta. Desde el barrio de Caballito hasta el corazón de la ciudad, el chofer manejó como si deseara retener esos pocos momentos que le quedaban a Amanda por disfrutar de su padre. Miguel, sombrío, no reparó en la aparente lentitud con la que el automóvil se desplazaba hacia su destino. Cuando detuvo su marcha, volvió de esa ensoñación que pareció el único modo que encontró para consumar ese despojo.
Amanda descendió del automóvil ayudada por el chofer. Miguel la esperó en la vereda del convento, donde depositó la pequeña valijita de cuero.
La tarde avanzaba desde el río y empezaba a colorear las paredes del convento. La construcción parecía enorme vista desde la pequeña altura de la niña. Pero ella solo reparó en la enorme puerta que tenía frente a sí. El timbre sonó ruidoso, exagerando sus gritos metálicos, anunciando la llegada de los visitantes.
Por una mirilla que daba justo la medida de dos ojos, alguien observó a la pareja. Se oyó el picaporte, ceder y abrirse una de las hojas de la puerta, chirriando a gusto. La jorobadita apareció sonriendo alegre y observando a Amanda, que se iluminó repentinamente.
—La Madre Superiora lo está esperando —dijo, e invitó a pasar a Miguel, quien tomó de la mano a Amanda, que ya cargaba la valijita como una inmigrante recién llegada de los barcos.
—Es mejor que vaya usted solo, la niña bien se puede quedar conmigo. Somos amigas con esta señorita.
Amanda asintió con un leve movimiento de su cabeza. Miguel accedió como un autómata. Dejó la mano de Amanda y avanzó en dirección a donde la monjita le indicaba. Ella alzó a la niña, que se abrazó con entusiasmo a la mujer a la que recién conocía, y con la única con la que se llevó desde entonces.
Algo tenían las dos que las ponía en comunión, algo que ambas percibieron sin necesidad de palabras. La música y la palabra las comunicaron de entrada. “Algo tenías adentro que te hizo meter la pata”, le recitó en alguna oportunidad Amanda, cuando fueron apercibidas por sus demostraciones tangueras en un pasillo poblado de muchachas entusiastas.
Pocos minutos después, Miguel volvió donde Amanda. Ella predijo sus movimientos: sabía que se arrodillaría, como había hecho el día que llegó para hablarle de su madre muerta y cuando le dijo que iría a un lugar donde estaría mejor que en cualquier otro lado. Y así ocurrió. Miguel se arrodilló y, por última vez, la abrazó con fuerza, la besó varias veces y no pudo mirarla a los ojos. Luego se marchó sin decir palabra alguna.
La monjita jorobada tomó con una mano la valijita de Amanda y con la otra a la niña. Ella se agarró fuerte de esos dedos largos y huesudos. La mujer le dijo: “Dedos de pianista”, como si Amanda supiera de qué le hablaba. La niña sonrió cómplice y caminaron juntas por el gran patio de la escuela. Sus figuras desaparecieron en la oscuridad de un largo pasillo que conducía a una habitación donde otras niñas, algunas de su edad y otras mayores, descansaban esperando la hora de la cena.
Afuera se escuchaba un bochinche de pájaros sobre unas cúpulas, mientras los árboles susurraban en los patios del colegio, unos vientos que llegaban del río en el lomo de unos caballos que peregrinaban hacia la noche más próxima de la ciudad. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 20 

He pedido mi pase a retiro. ¿Se apiadará Dios de mí? 

***

Autobiografía
en secreto

de
Amanda Da Silva

Pupila

Segunda parte 


I  – ¡Peerón! ¡Peerón!
 

El timbre sonaba sin interrupción, llamando a formación. Chirriaba frenético mientras unas chispas blancas saltaban iluminando el bronce de la enorme campanilla, que parecía hincharse con los sonidos agudos que el martillo arrancaba a puro golpe. Desde el exterior llegaban las voces de la pueblada con un entusiasmo desconcertante. La muchedumbre dejaba una estela de palabras suburbanas y proletarias que se mezclaban con las pisadas atropelladas por llegar primero a la plaza de la Victoria. Pocas veces se atrevían a cruzar los límites hacia la ciudad capital, pero ese día todas las rutas estaban colapsadas por el gentío que no cesaba de sumarse a la caravana.
Las monjas oían las palabras y también el rozar de las suelas rudas sobre el adoquinado lustroso; por ello tapaban sus oídos con tanta fuerza que parecía que podían lastimarse los pabellones. Estaban rojas de cierta ira ciudadana por la incursión de los recién llegados del conurbano. Salvo la jorobadita, todas parecían angustiadas. Ella, en cambio, saltaba de alegría como si el espíritu de Eufrósine la poseyera. Amanda la observaba despabilada: ¡esa jorobadita siempre daba la nota!
Vestían sus típicos atuendos negros y blancos, que se agitaban como espectros de banderas al viento entre el griterío y el desorden que ellas mismas generaban. Se movían como aves iracundas en medio de una desorientación inexplicable. Gritaban —¡y cómo gritaban!— tanto como graznaba el timbre con su campanilla martirizada por los golpes del martillo; pero lo hacían con mayor espanto que aquel metal, que no tenía pecado que expiar salvo alguna disonancia de sus moléculas y que, en ocasiones excepcionales como esa, escupía esquirlas de luz saltimbanquis desde los extremos de unos cables envueltos en tela indefinida. Ellas, en cambio, escupían abominaciones que, al llenarse del aire templado de las orillas del Río de la Plata y del murmullo proletario que crecía entre cantos y risotadas, se volvían espesas y vitales, alimentadas por nuevas maldiciones que otras tantas monjas lanzaban aquí y allá sin miramiento. Procuraban disimular sus palabrotas apretando los labios, murmurando los insultos con intención de no ser oídas por las niñas. Trataban de aplastarlos bajo la lengua viscosa, compactarlos con los dientes, para que, francamente disminuidos, no parecieran lo que eran. Luego, entre verbos, adjetivos y sustantivos elegidos al azar y mezclados adrede, buscaban emboscar los agravios y hacerse pasar por simples repetidoras de palabras inofensivas. Querían ser pudorosas, o al menos parecerlo, en medio del bochinche.
Pero las niñas escuchaban todo. Nada escapaba a la capacidad de sus oídos infantiles. Incluso entre los chirridos del timbre, el griterío de la muchedumbre estudiantil y el revoloteo de esas monjas agriadas, extraían del menjunje sonoro, como por arte de magia, las palabrotas y las echaban a rodar con extraordinario encanto, como cantos rodados. “La monja aquella dijo carajo”. “¿Cuál? ¿Cuál?”, preguntaban extasiadas, tratando de individualizar a la malhablada y comentar luego encantadas, liberadas de toda amenaza. La señalaban con sus pequeños dedos, amonestándolas risueñas, algo que se podía disfrutar en muy contadas ocasiones.
Que una monja gritara “¡carajo!” en medio de una batahola inesperada en el patio central del colegio de pupilas era un evento extraordinario, un verdadero milagro indiferente al comentario de Dios.
—¡La gordita está puteando! —denunciaba una petisa de trenzas casi rojas.
Qué gordita? ¿Esa que es alta o la otra bajita?
—¡La gordita! ¡La gordita! ¡La gordita dijo: la puta que lo parió!
Las niñas, a coro, se preguntaban unas a otras, todas al mismo tiempo, extrañadas y confundidas: “¿La puta que lo parió?”. Conmovidas, repreguntaban: “¿Dijo la puta que lo parió?”. Palabras mitológicas como ningunas, que solo se solían farfullar en algún rincón lo bastante alejado de los controles monásticos que las monjas ejercían con envidiable eficacia.
Que una monja soltara la lengua contra una madre con el mote de “puta” nunca se había escuchado. La “puta”, la “reputa” o la “reputísima madre que lo parió” era el ángelus de las puteadas, y en boca de una monja jamás se la había oído. Era una experiencia inigualable. ¡Dios sea loado!, suspiraban las muchachas, conmovidas por esa blasfemia inspiradora. Se persignaban no de espanto, sino de alegría. Nada las amenazaba esa tarde con transformarlas en tristes estatuas de sal por descubrir las abominaciones que las monjas hacían ante un evento que escapaba al conocimiento de las alumnas.
Las maldiciones monacales adquirían vida propia a medida que crecía el aquelarre provocado por unas cuantas insensatas, perturbadas por el acontecimiento político tan inesperado como populoso. Cruzaban con ínfulas desesperantes de un lado al otro del enorme patio central, rodeado por galerías que dibujaban una “U” de ángulos perfectos. Mientras rodaban entre las piernas de las niñas, las palabrotas hacían cabriolas indecorosas que exageraban sus burlas con el solo fin de desquiciar a las monjas, desesperadas por esas apariciones que ellas mismas habían provocado.
Las ornamentaciones en cemento, que dibujaban escenas bíblicas y las doce estaciones del Vía Crucis, incurrían en errores grotescos producto de la parafernalia de alumnas y monjas, y perdían su aspecto litúrgico y recatado, tan cuidado por los artistas albañiles al construirlas.
Cada tanto, desorientada, alguna palabrota iba a dar en los zapatones de la Madre Superiora, que se santiguaba repetidas veces para exorcizar la maledicencia de esas palabras que trepaban desde el suelo por el hábito hasta la pechera blanca, bordada con una cruz dorada que lucía magnífica en relieve y colores sacros.
El desconcierto aumentaba a medida que el griterío se hacía ensordecedor, el timbre desvariaba y las monjas eructaban insultos como nunca antes. Estaban verdaderamente espantadas, exigiendo que todas las niñas se acomodaran en el patio central, mientras desde los alrededores miles de pisadas seguían llegando desde distancias enormes, oliendo a polvo y sudor, revoloteando como aves raras desde la Plaza de Mayo.
Eran pisadas sufridas de kilómetros, henchidas de dolores, pero satisfechas. En una fuente redonda como un anillo, los manifestantes se refrescaban con el agua que brotaba de tubos semejantes a flautas, que hacían danzar los chorros con una elegancia encantadora. Muchos de ellos era la primera vez que se encontraban con ese paisaje citadino extraño.
Las filas de alumnas se iban completando a medida que todos los cursos llegaban al patio. Por las bocinas empezó a escucharse una oración repetida sin descanso. A pesar del bochinche, se distinguía un Ave María cantado con voz de soprano. Amanda, desorientada, pensó que todo aquello no era sino parte del rito de la misa en la que nunca participaba, por sus repetidos desmayos de hambre, y que de ese modo anárquico les tocaba el rezo del rosario, por esa única vez y a una hora desacostumbrada.
Hasta entonces, Amanda consideraba que la intensidad litúrgica de la misa de la mañana se medía por la sucesión de desmayos tempraneros, y al mediodía por el susurro agónico de estómagos que reclamaban pan o carne, con sus indiscretos jugos gástricos que se hacían oír incluso contra la voluntad de sus dueñas. Pero la tarde siempre había sido obviada para el rezo, y solo a la noche, antes de la cena y del sueño, se repetían unas oraciones que Amanda decía sin reparar en su contenido ni en su sentido religioso.
Luego sonó una música sacra: irrumpió un órgano monumental con una melodía que casi ninguna niña podía identificar. Negras, corcheas, redondas, fusas reclamaban a Dios algo indescifrable. Sonaban tan decididas y con tanto descaro sincopado que la música pareció adquirir voluntad propia entre el griterío de afuera y el de adentro, y se irguió hasta tocar la cúpula de la parroquia que daba a los fondos del colegio.
El ruido de la púa de cactus se exageraba por las inmensas cornetas metálicas que chillaban crujientes como las mismísimas trompetas de Jericó ante las bíblicas murallas. Subida a una tarima de madera que dos monjas enanas arrimaron desde una habitación poco usada, una monja gritó desde el fondo de su garganta que, a su orden, todas debían taparse los oídos y murmurar sin interrupción, como un zumbido místico, el Padre Nuestro. Recomendó no anticiparse, pero cuando ella lo indicara, todas —todas las niñas— debían cubrir con sus manitas los pabellones de sus orejas y decir al unísono “padre nuestro que estás en los cielos”, repitiendo la oración una y otra vez, hasta diezmar cualquier otro ruido que pretendiera imponerse sobre la plegaria que Mateo y Lucas estamparon en sus evangelios hacía más de un milenio.
El esfuerzo resultó infructuoso. El Padrenuestro cedió su lugar a un “¡Dios te salve María!”. Si el Hijo de Dios no podía con ello, tal vez la Madre lo lograra. “Dios te salve María”. ¡Dios la salve!
Sin embargo, entre el bochinche se escuchaba un grito impertinente, caprichoso, reclamante, que llegaba desde todas direcciones y lo hacía cada vez con mayor frecuencia. Amanda hubiera jurado que esas voces invisibles repetían el nombre que había visto estampado en una pared durante un viaje en el auto de la abuela Eriseta. ¿Ese nombre era Perón? Se preguntó. Recordó su esfuerzo por deletrear esa palabra que Miguel le explicó era un apellido: “P”, “e”, “r”, “o”, “n”. Su padre, aquella vez, la corrigió al momento: “la ‘o’ acentuada. Ó”. Y Amanda repitió obediente: “P”, “e”, “r”, “ó”, “n”. ¿Pero ese nombre que escuchaba realmente era Perón?
Trató de identificarlo a pesar del bullicio del patio, que había menguado tal vez por la fatiga temprana provocada por la histeria general. Peerón. Peerón. Peerón. Se oía cada vez con mayor claridad. Amanda sonrió satisfecha por su acierto. El sonido de esas dos sílabas estimulaba a algunas monjas a más intensas recomendaciones, entre histriónicos gestos que pretendían inducir a las infantas a la obediencia. Salvo la jorobadita, que empezó a moverse acompasando con sus contorsiones esas sílabas que se vinculaban de manera perfecta.
—Dios te salve María —exclamaban, exorcizando el nombre ese—. ¡Dios te salve!
Peerón, Peerón, Peerón, se oía contrapuesto al rezo.
—Llena eres de gracia, ¡llena eres de gracia! ¡Siempre! ¡Siempre!
Peerón, Peerón, Peerón.
—El Señor es contigo, y contigo, y contigo, el Señor es con todos. (¿También con Perón?, se preguntaba Amanda desde su pura inocencia).
Peerón, Peerón, Peerón.
—Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Y bendito es el fruto de tu vientre…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Santa María, Madre de Dios…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Ruega por nosotros pecadores, ¡ruega! ¡Ruega por nosotros! (¿Y por Perón?, se preguntó la monjita que no dejaba de bailar al son rítmico del apellido del nuevo líder). Peerón, Peerón, Peerón.
—Ahora y en la hora de nuestra muerte…
Peerón, Peerón, Peerón.
Amén.
Peerón, Peerón, Peerón.
Amanda estaba segura de que la monjita jorobada no rezaba: repetía “Peerón, Peerón, Peerón”. Pero aunque se lo hubiera preguntado, lo habría negado, como tiempo después negaría tres veces cuando la pescaron con los poemas de Carlos de la Púa.
La Madre Superiora, que tomó el lugar en la tarima de las monjas enanas, anunció a las niñas formadas en el patio que sus familias las retirarían apenas se hicieran presentes en el colegio, llamadas de urgencia. Salvo un puñado de ellas que no podían ser retiradas por ningún familiar —porque no estaban o porque no querían hacerlo—, todas se irían a sus casas con la expectativa de que las cosas no se complicaran más de la cuenta.
Dijo los nombres de las que permanecerían en el establecimiento. Amanda Da Silva fue la primera en nombrar. El orden alfabético la dejaba siempre primera en la línea de largada de las malas noticias. “Amanda Da Silva” sonó como nunca. Y ni el “Peerón, Peerón, Peerón” de la multitud abigarrada afuera impidió que se oyera con absoluta claridad. Amanda se resignó, y la monjita jorobada, que seguía murmurando con los labios apretados “Peerón, Peerón, Peerón” (aunque lo hubiera negado de habérsele preguntado), se acercó por detrás y acarició su cabeza con ternura. Ese mimo siempre la reconfortaba. Aunque hubiera deseado que su padre llegara para rescatarla, el consuelo resultaba gratificante. Otras ni siquiera esas caricias recibían en compensación por el abandono.
Hasta altas horas de la noche Amanda oyó sonar ese nombre repetido por la multitud de manera incansable. Luego, las voces y sus pisadas se desparramaron en todas direcciones. Oyó un último grito que llegó desde lejos, desde la amplia avenida: “puto y ladrón lo queremos a Perón”. Un musculoso joven con overol azul vociferó desafiante mientras reía desfachatado frente a unos pitucos maniquíes de una casa de ropa fina, que lo miraban indiferentes, rodeados de estrafalarias robe de chambre de seda natural.
Pero esa noche Amanda no se atrevió a preguntar qué significaban esas palabras que retumbaron por las rectas galerías del colegio de monjas y que hablaban de un cariño a pesar de todo. Lo mismo que ella sentía todavía por Miguel, a pesar de todo. 

***

II – Juan Sebastián 

Amanda se encontró con Bach por accidente, luego del bochinche de cantos y pisadas en la Plaza de Mayo. Fue tan casual para ella como aquel escandalete político armado al grito inconfundible de “Peerón, Peerón”, que desquició a las monjas, menos a la jorobadita.
La música, que había adquirido la fisonomía del alemán, la tocó por encima del hombro, llamándola con un dedo índice que parecía robusto visto desde la pequeñez de la niña. Le hubiera preguntado cosas infantiles, solo por comprometerla con sus curiosidades. ¿Pero estarían en condiciones de comprenderse las dos, así, de repente, sin haberse estrechado nunca en un paternal abrazo musical? Amanda sospechaba de su propia imprudencia. Sin embargo, la música de Bach parecía tan indulgente como el aspecto gentil del hombrón aquel con su larga peluca blanca.
Al mirar en sus ojos —sin saber si ella la miraba o no, porque la música movía los ojos de un lado al otro buscando explicación a ese misterio—, y al comprender su misma inquietud, supo que había sonidos que mejor se queden así: sorprendentes, inexplicables, como la imagen extraordinaria del músico reflejada en un vitral multicolor. Surgen incluso de un encuentro extraño como ese: Bach y una niña pupila acompañada por la joroba de una monja que no dejaba de sonreír, poseída de una complicidad manifiesta. Pasan y nos miran desde la altura de sus armonías perfectas, invitándonos a considerar de otra forma el suceso de las músicas que no definen si son terrenales o del mundo de los mejores espíritus.
A veces preguntan por nuestras debilidades, por nuestras penas oscuras y lamentos constantes, por nuestras efímeras alegrías. Saben —y cómo saben— de nuestra condición humana limitada, mientras ellos disfrutan que estarán para siempre, orbitando eternizados entre ondas gravitatorias y maravillas electromagnéticas, definiéndose una y otra vez en su propia eternidad. Porque sin la música no puede existir el universo: ambos se corresponden y así se comportan, dueños de una perpetuidad a salvo de todo.
Amanda celebró el encuentro. Fue la jorobadita quien la llevó una tarde, sin autorización, a escuchar al cura párroco, un concertista bien conceptuado por entonces, que ejecutaba un órgano de dimensiones ciclópeas. Tubos, llaves, pedales, teclas envolvían al hombre, de cuyas manos salían en racimos manchas negras que se colgaban a su arbitrio de un pentagrama fantástico. Fugas, tocatas, passacaglias, preludios llamaban a Amanda desde sus enigmáticas claves, y la niña les devolvía la gentileza captando al instante su esencia fascinante.
Oyó que la monjita le dijo algo así como: “¿Te gusta lo que escuchás?”. Y al momento se encontró junto al sacerdote, quien le enseñó las primeras verdades sobre el arte de la fuga, el clave bien temperado, las pasiones de Juan y Mateo.
Nunca respondió la pregunta de la jorobadita; tampoco fue necesario. Ella se encargaría de que Bach no copara solo la parada. El tango orillero se lo arrimó otra tarde, cuando se hacía ostensible la presencia del río a pocos cientos de metros del colegio. Su olor a barro era como la hostia de la melancolía. Y si Bach fue la voz de Dios, Carlos de la Púa fue el arreo portentoso de la porteñidad hecha lunfardo para siempre, en dirección a un Buenos Aires que mostraba su esencia sin escrúpulos.
Con el tango arrabalero que se bailó entre hombres —muy hombres— vino el piano, que llegó para quedarse hasta que lo echaron una mañana en un carrito de unos crotos que no cabían de felicidad por la ganga que una vieja copetuda les ofertó sin rebusques.
Bach fue recomendado por la Madre Superiora. Las cualidades de la niña no la sorprendieron: supo siempre que en el brillo de esos ojos negros el misterio de su inteligencia se fundía con una belleza que superaba lo mundano. En esa hondura estaba Anita, aunque Amanda ni siquiera lo sospechara.
Pero el poeta se hizo clandestino cuando, arrojado al destierro fuera del convento, fue a dar a un nocturno callejón de obscenidades eternas: el desván de las emociones, de túnicas vibrantes entre espasmos pélvicos, donde las monjas uncían arrepentimientos y noches afiebradas en oraciones irrepetibles, entre sus cálidas humanidades desertadas.
Las humedades del sexo no hallaban consuelo ni en las invocaciones a los ángeles ni en todas las Marías que lubricaban sus ojos con lágrimas de sangre. Todas, menos la jorobada, que sabía tanto del arrumaco brutal como de la eclesiástica palabra de bienaventuranza.
Quien anduvo en la calle nunca pierde su perspectiva. 

***

III – La máquina de Dios 

“¡Esta es la máquina de la música! ¡La máquina de Dios!”, gritó el cura concertista alzando sus manos hacia el cielorraso decorado con querubines regordetes pintados con acuarelas. Los serafines reían casi provocativos y todos parecían mirar los tubos más largos, que se estiraban sin detenerse rumbo al cielo de la armonía, tratando de imaginar qué se incubaba en esos interiores oscuros y misteriosos, de los que brotaban a chorros canciones majestuosas que embriagaban como néctar de felicidad.
Los tubos eran de diferentes tamaños: los había pequeños, de la envergadura de una oruga; los había gigantes, de la magnitud de la esperanza. Tubos maravillosos, rodando a rienda suelta en sus interiores un bajo continuo que se imponía riguroso a medida que ascendía, llevado por los aires extraordinarios que un motor lejano insuflaba incansable.
Debajo de la línea de los tubos, los teclados repetían una y otra vez sus marfiles blancos y negros, secretos cafés de elefantes de Tailandia. Del goteo musical de los marfiles bicolores nacía una danza que bailaba con decisión propia, haciendo cabriolas entre negras y corcheas que el cura cantaba con sus dedos finos desde el pentagrama borroneado hasta las teclas, para derramar caprichoso escalas y arpegios hasta los pedales, que sonaban con voz ruda y grave, salida de un lugar indescriptible de las entrañas mismas de la majestuosa máquina de la música.
El cura era largo como los tubos mayores, flaco, casi esquelético, hiperactivo y sonriente, como si todo lo que se le dijera u ocurriera le cayera bien. Sus dientes eran blancos como las teclas de su máquina y brillaban al sonreír con ese gesto extraño dibujado en los labios carnosos. Solo se enfadaba si alguna atolondrada desafinaba por no atender las indicaciones del maestro, y se enfurecía si repetía el error por andar papando moscas en vez de concentrarse en el oratorio.
Su cabello era casi blanco, aunque todavía quedaban mechones que denunciaban el rubio adolescente que lució con elegancia hasta entrado en años. Descendiente de alemanes, de seguro cultivó su cuerpo con atlética pasión, pero para entonces la delgadez y las canas eran su distintivo.
El cabello caía sobre la frente amplia, bordada de cejas también blancas que se movían con independencia del rostro, un pellejo apelmazado que descendía hacia el mentón y más allá, sin llegar nunca a definirse como papada. Caía con lentitud exagerada hacia la nuez de Adán, como si la piel se chorreara lentamente desde las mejillas enjutas hacia el pescuezo, que adquiría, a medida que sonaba su música, un tono púrpura tempestuoso, exuberante, por el fluir torrentoso de su sangre europea, difuminándose en toda la piel hasta desvanecerse a la altura de las pantorrillas, que en cambio parecían exangües.
El cogote enrojecido se hacía cada vez más largo, poniendo a prueba una anatomía elástica como el caucho. Invadido de tortuosas arrugas y pelos de barba agudos como alfileres —que no llegaba a afeitar por distraído—, se tornaba más rojizo cuanto más le exigía la partitura que ejecutaba.
Ser eximio ejecutante era una tarea extraordinaria que comprometía hasta el último de sus tejidos. Pero nunca achacó a Bach ninguna de las metamorfosis extravagantes que padecía su humanidad en cada concierto: las vivía como justa expiación de pecados, tal vez cometidos en la loca adolescencia que vivió en París, mientras disputaban su fe las mujeres parisinas, quienes durante un buen período ganaron la batalla frente a los sagrados Evangelios.
El tórax era demasiado largo, algo desproporcionado, y lo desgarbaba a su voluntad, exhibiendo sus costillas de manera insolente. Hacia cada lado, los hombros como desfiladeros de clavículas afiladas sobresalían de la sotana, a pesar de que el hombre reprendía a sus ropas todo el tiempo, obligándolas a acomodarse para lucir las hombreras que las monjas le confeccionaron, con el fin de hacerlo pasar por un hombre algo más robusto. Pecho hundido, de palomo, hacia adelante el esternón amenazaba intransigente con salirse de madre si se lo provocaba desafinando las muchachas una y otra vez, a pesar de sus recomendaciones. Un gorjeo pastoso parecía salir de su garganta, acompañando la amenaza del hueso a las pupilas infractoras, quienes disfrutaban desquiciar al maestro.
Caderas chatas, hacia adelante dos cavidades denunciaban su delgadez irremediable. Luego, las largas piernas se acomodaban a la cadera por unas articulaciones como de piedra, rígidas y crujientes, que hacían creer a la audiencia —cuando la había— que iba a quebrarse como una simple paja débil y larga al sentarse en el viejo taburete de color caoba.
Pero lo más extraordinario de su fisonomía eran sus manos: dedos largos, finos, huesudos, de yemas redondeadas como gemas verdaderas, que hacían sonar el órgano de la iglesia con voz propia, rescatándola de un cautiverio inexplicable, de una caverna extraña donde la música se mantenía ahogada solo por humillarla, y que él liberaba provisto de una magia inigualable concentrada en esos dedos juncosos.
Para asombro de la niña y de la monja jorobada, alzaba repetidamente sus dos manos hacia el cielorraso y gritaba una oración en latín que la muchacha nunca recordaría, ni con todo el empeño que pusiera. Era un verdadero conjuro: palabras fuego, palabras nubes, palabras vientos, palabras bestias. Una invocación planetaria, colérico y áspero sermón a ciclónicas notas que esperaban aunar sus consonancias para entregarle al invocador un sentido acabado de armonía y contrapuntos. Bach en su espesura, inagotable.
Amanda se sintió insignificante ante esa parafernalia de tubos, llaves, teclas, pedales y ceremonioso aire circulando por cada tubo en cada oportunidad que el cura concertista lo exigía. Y más aún ante esa música inexplicable que la atravesaba en cada poro de la piel y embestía sus tejidos con voces divinas. Se sintió incapaz de toda música frente a ese hombre espantapájaros que gritaba palabras peregrinas como poseído, de pie ante la inmensidad de los tubos, como si en la propia máquina hallara la respuesta a todos sus reclamos. Pensó: “Aquí se acabó todo”, y lo repitió para despejar cualquier duda: “Aquí se acabó todo”. Sin siquiera emprender la batalla, se dio por derrotada.
Se convenció de que su capitulación fue lograda precisamente por esa máquina extraordinaria, sin convocar siquiera una nota, un do, un re bemol, un sol sostenido en las latitudes de la mañana musical allí bien alta, donde se imponía. “La máquina de la música” se erguía monumental para aplastar, como a una mosca contra la campana de vidrio, las ilusiones musicales de Amanda.
Pero el cura llamó su atención con unos golpecitos de su delgado dedo índice, indicándole que otro instrumento la esperaba a la vera del gigante. Un enano de teclas amarillas y robustez graciosa. “Este es para usted, niña”, dijo, y la empujó con suavidad para presentarle aquel otro: un armonio pequeño, gruñón, algo catarroso, que aun en su pequeñez parecía grande para tan pequeña persona.
El sacerdote la ayudó a subir al taburete y, mientras él daba aire por un fuelle fatigado y asmático, le indicaba inquietante que hundiera las teclas blancas para que el instrumento hablara con su voz.
Amanda vaciló unos minutos que los querubines consideraron demasiado largos. Ellos mismos estaban decididos a reprenderla si no cumplía la orden del concertista. Dudó, dudó y dudó, y finalmente eligió una sola tecla al azar. Esforzándose tanto como cuando fastidiaba a Miguel con sus tres preguntas seguidas, la hundió sin despejar del todo sus temores. El armonio habló arenoso, eclesiástico, estableciendo ese grito como un espacioso instante de pureza.
Luego sonaron otras teclas, y hasta el cura concertista se asombró del prodigio de esa niña que repitió, sin mediar estudio alguno, frases musicales que él había ejecutado hacía unos momentos. Se hizo un eco del tamaño de un aljófar que brilló por un instante en la cavidad secular de la iglesia. Amanda, de haber podido, hubiera llorado de emoción.
Una tribu de sentimientos hizo ronda alrededor de la aprendiz. Llegaban desde lugares desconocidos de su propio cuerpo. Bailaron como murmullos, sombras sobre un color salido de entre las angustias de una luz que extravió el sentido de su naturaleza dentro de la ceremoniosa iglesia. Extraños cuchicheos brotaban de la garganta del armonio: sonaban como pequeños aullidos de cuerdas demasiado laxas. Sus soniditos pudieron pasar por palabras dichas con el extraordinario entusiasmo de unos emblemas agitados con el solo fin de convocar a otros sentimientos que, tal vez, permanecían ignorados en algún repliegue del tiempo que se avecinaba.
La convocatoria de esa tribu encontró eco en otras emociones diseminadas por los profetas de los misterios, que desde un rincón algo lejano contemplaban a Amanda con absoluta complacencia. Llegaron para desalojar los desiertos que, como hallazgos de polvos de cenizas, llenaban los espacios de la pequeña recluida, y que eran muchos y variados: desiertos de arenas de palabras, de polen de pieles, de terrosos humores, de una geografía de abandonos.
En el naufragio de la soledad a la que la niña se vio arrojada con todas sus fatigas cuando murió su Anita, esas tribus de sentimientos trocaron los desiertos ásperos por bosques ciliados, llenos de pámpanos de luces, sarmientos verdes de vides verdes, que hasta podían haber crecido sin fin si ella hubiera tenido lágrimas con las que regarlos durante sus eléctricos sueños de recuerdos maternales. Pero Amanda había dejado las lágrimas hacía rato, así como los gestos sospechosos, los ademanes rudos de la indisciplina propia de su edad. También dejó unas oraciones que olvidó premeditadamente, junto con esos rumores oscuros del tamaño de un puño desesperado que golpeaba su pequeño pecho al tiempo que repetía orgánico: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa”, y le achacaba esa culpa bíblica por el estado de encierro al que estaba sometida sin mediar explicación alguna.
En la inmensidad del colegio de las monjas estaban ella y la jorobadita, que dio el mal paso murmurando una marchita que Amanda procuraba recordar pese a las prohibiciones; el cura concertista, que le enseñó todo lo que pudo; y a veces la música de Bach, que llegaba enamorada en una crencha engrasada, posando ese instante fetiche a la vera de un pecado venial y diciéndole, en un lunfardo extraordinario, que Dios no tenía nada que recriminarle, que siguiera allí acariciando la música con sus pequeñas manos, porque la música retribuiría sus caricias, algo que Amanda deseaba más que nada. Caricias, solo caricias reclamaba, como cualquier alma en pena exige desesperadamente.
Amanda consagró muchas horas al estudio de la música, desde el mediodía hasta la hora de la cena. La Madre Superiora soportó su entusiasmo con indulgencia. Tarareó el solfeo, dedujo la armonía, conversó el contrapunto. Así fue durante algunos años, tiempo en que se fue transformando: su mutación fue extraordinaria.
El cura protector fue su maestro, y estaba tan agraciado con las habilidades de la muchacha que insinuó a la vieja monja considerar la posibilidad de que fuera becada para enviarla a Francia —de la que conservaba el mejor de los recuerdos, dijo sin sonrojarse— a estudiar con algún gran maestro europeo. Él mismo se ocuparía de conseguir un mecenas generoso. ¿El beneficio? A la vuelta sería una artista renombrada y el colegio luciría su prestigio como una propia presea.
Pero, explicó la monja, su voluntad no podía imponerse a la del padre, quien —a pesar de lo poco que la visitaba semana a semana, mes a mes— era quien decidía a voluntad el destino de la niña.
Esas largas ausencias paternas disgustaban sin disimulo a la monja, pero siempre se guardó del reproche porque sabía bien con quién trataba. Intentaría sugerirle la propuesta, aunque no arriesgaba el éxito de su pedido. Peor aún, sospechaba que más temprano que tarde ese extraordinario atributo artístico sería reemplazado por obligaciones muy diferentes a las que el cura imaginaba para su pupila.
Nunca la monja creyó que Amanda encontraría en su familia esa porción de amor indispensable para entregarla al arte sin exigirle nada a cambio. 

***


IV * La crencha engrasada
 

Enn una interminable galería al fondo del colegio, donde pocas veces los colores de la luz del día lograban penetrar sus sombras, algo más de una docena de alumnas se reunían alrededor de Amanda.
Era zona de confidencias, donde las muchachas se congregaban para despachar a gusto sus chismes y rezongos, lejos de los rigores de las monjas del claustro. Allí los secretos se valían de la inmensidad del corredor para exponerse en toda su naturaleza: ilusiones de amores, secreciones extraordinarias, sublimaciones encantadoras, anatomías prohibidas, espectros de pecados del vientre a la entrepierna.
Pero en esa oportunidad no se trataba de ninguna de las tribulaciones habituales. No había calor que sublimara el cuerpo, ni sudor inexplicable que angustiara el instante, ni brotaba una lúbrica humedad que electrizara. Había algo prohibido en los gestos de Amanda, eso era indudable. Incluso a la distancia se apreciaba que una sustancia desfachatada ganaba las expectativas de las espectadoras y las hacía cómplices de aquella conversación clandestina.
Amanda gesticulaba con entusiasmo contagioso. Sus manos revoloteaban de un lado al otro y describían con sus firuletes personas que las muchachas jamás creyeron que existieran. Era el advenimiento de una mitología inescrupulosa: semidioses rufianes del escruche y la lanza, excretados de la rutina doméstica del común de la gente, donde no tenían cabida.
De sus palabras surgió una Eva envuelta en piel de serpiente, que aún destilaba un amargo veneno por sus largos colmillos. Al tiempo que ofrecía a las muchachas morder una manzana de cáscara de sangre, exhibía una pequeña costilla modelada en el barro de la orilla del río —donde los cuchilleros dirimían sus cuitas a puro tajo—, y a la que el soplo de un cafisho malavenido le dio vida porque se le dio la gana, si es que eso podía llamarse vida. Alguna suspiró hasta envidiosa y hubiera mordido la fruta sin arrepentimiento.
Brillaban los ojos de las pupilas con desparpajo, y de sus frescas boquitas salían atropellados onomatopéyicos que celebraban el relato de la recitadora.
Ensimismadas en sus divagaciones, ninguna advirtió que una celadora las observaba a buena distancia. Las controlaba con sus ojos, saboreaba sus humores con la punta de la lengua, captaba sus expectativas con las yemas de sus dedos raquíticos, y entre sus uñas mordidas se acumulaba una mugrecita reveladora. Descifró en un instante, aferrada a un escapulario protector, que todos esos suspiros y contorsiones que embargaban a las niñas como poseídas no podían deberse a Bach y sus pasiones, a Schubert y su Ave María, ni a Beethoven y su sordera.
El sospechoso vaho de la orilla del río, salido del discurso de Amanda e inundando su olfato, confirmó sus sospechas. Convulsionó del vientre a la cabeza con un leve temblor eléctrico, salido de una zona inexplorada de su propio cuerpo. Entrecerró los ojos y adivinó formas de senos y caderas, de espaldas y glúteos, de sexos y lenguas, y sonrió complacida, castañeteando los dientes en un nervioso tic que las niñas habrían podido oír si no hubieran estado embriagadas por el relato.
No dedujo a la Eva sierva del cafisho roñoso, porque para ello debía también morder la manzana de cáscara de sangre y dejarse arropar por la caliente piel de la mítica serpiente. Del Edén a su Adán la separaba la breve distancia de una mordida. Pero ella no estaba para esa clase de amores. Y cuando se despejó de toda sensación extraña, se dirigió como flotando al despacho de la Madre Superiora —sin hacer el menor ruido— a ponerla al tanto de aquel suceso pecaminoso al que un grupo de niñas asistía llevadas de las narices por esa Amanda de ojos negros, labios frescos y corazón demasiado agitado para su tierna edad.
A pesar de la hora temprana, la galería de las confesiones se hizo más oscura. Amanda recitaba ajena a todo otro suceso que no fueran sus versos. Su vocecita sonaba cristalina, desde el suburbio de un lunfardo que ninguna de las niñas conocía. Solo ella sabía el significado de esos vocablos misteriosos que sonaban a prohibido en cada sílaba.
—Ahora –dijo alzando la voz con ínfulas–, “La canción de la mugre”.
—¿La canción de la mugre? –preguntaron a coro las pupilas.
—¿La canción de la mugre?”— Se preguntó la Madre Superiora, quien llegó arrastrada por la novicia alcahueta.
—Sí, sí, “La canción de la mugre” –confirmó Amanda– así se llama. –Y recitó a quemarropa.

“Mi macho es ése que ves, ¡pinta brava!
de andar candombe y de mirar tristón.
Su pañuelo oriyero lo deschava
y lo vende su funyi compadrón.”

La monja se cubrió la cara con las manos. Suspiró un “¡Ay, Dios mío!”, y siguió atenta el recitado tanto, o más, que el puñado de reclusas embobadas que reían curiosas de esos versos roñosos. Se preguntó a dónde había dejado Amanda a Bach, sin sospechar que sonreía subido a la bóveda del techo, congraciado con la fragancia del tango rioplatense que brotaba de los versos.
—“Milonguero, haragán y prepotente,” –alardeó exagerando la palabra “prepotente” hasta hacerla sonar como el golpe de un martillo furioso en el yunque del herrero “Penacho” que ejercía su arte a escasos metros del colegio,

“mancusa al vesre y pasa a lo bacán.
Las horas las divide entre el farniente,
la timba, la gayola y el gotán.”

Y siguió sin dejarse distraer:

“Ortivan los otarios de yuguiyo
que me insulta, me casca y cafichea.
¡Mejor! De ellos me tira su bolsiyo,
y de mi macho, todo lo que sea.”

Todas trataban de comprender esas oraciones extrañas. ¿Yuguiyo? ¿Cafichea? ¿Qué significaban esas palabras que sonaban a gruñidos de animales toscos?

“Remanyado canchero en la avería,
su vida de malevo es un prontuario.
Él me enseñó las dulces pijerías
para engrupir debute a los otarios.

El precio de mi cuerpo en los amores
le da chele en su vicio, el escolazo,
y aplaca como nada los furores
que me anuncia casi siempre el cachetazo.

¡Ese es mi hombre! Canallesco, inmundo,
es mi vida, mi morfi, mi pasión.
No lo cambio por todo lo del mundo…
Sus biabas me las pide el corazón.” 

***

V – Un merecido castigo 

Cuando la sombra de la Madre Superiora se posó sobre sus cabezas como el cuervo de Poe sobre sus versos, las niñas abandonaron, como una bandada de aves débiles, la galería de las infidencias. Dejaron tras de sí estelas de susto en la huida.
Escaparon llevadas por el viento de los castigos: viento de siete puntas que, al estrellar su chasquido contra el aire, sonaba como las siete colas de una fantástica víbora cascabel, sierpe vibrante de oscuridades que no prometía nada bueno a las prófugas. Si se hubieran atrevido a voltear, habrían visto a la Madre Superiora moviendo su mano en señal de la próxima penitencia.
Las vocecitas infantiles quedaron prendidas de las rugosidades de las altas paredes y bóvedas que hacían majestuosa la galería, y tardaron en apagar sus ecos. Cabeza para abajo, como murciélagos de sílabas y diptongos, de sujetos y predicados, susurraron perdones de todas las formas posibles hasta agotar su energía. Los ruegos siempre se desvanecen con más apuro que las cicatrices del castigo.
Todas huyeron, todas, menos Amanda, quien quedó suspendida en el aire, sin poder hablar ni moverse. La niña no halló modo de salir de ese estado de parálisis: sus piernas —y otros músculos de su cuerpo— dejaron de obedecer las órdenes de su cerebro y solo respondieron al sacrosanto temor que le provocaba aquella trinidad que adquiría forma humana a veces y forma animal otras.
El ruido de la huida se estiró por todo el pasillo, y el último sonido se quedó en la frontera entre la sombra de la monja y el cuerpito de Amanda, amarrado a la nada y sujetado con fuerza extraordinaria, como si intentara asistirla para que pudiera huir también.
No importaba si no había dónde esconderse, porque la novicia alcahueta las habría denunciado. Solo se trataba de escapar. Con la fuga habría tiempo de inventar un justificativo, de diseñar un pretexto, de excusarse mintiendo como hacían siempre.
La monja dio varias vueltas alrededor de Amanda. A la niña se le hacía como si una cucaracha gigante merodeara su humanidad, saboreando sus leves carnes con dos infinitas antenas que auscultaban la brevedad de su anatomía. A veces cucaracha, a veces ave rapaz, a veces sombra. Así se presentaba esa mujer ante los ojos de Amanda. No era una mera imaginación: se correspondía con su verdadera naturaleza.
Cuando avanzaba con paso corto y veloz, parecía cucaracha. Cuando merodeaba la misa en busca de infractoras, un ave rapaz al acecho. Cuando rezaba, apenas sombra a punto de evaporarse con la luz. Cuando se trataba de dinero, esa trinidad se manifestaba en plenitud. Lo que puede el dinero, no lo puede ni la promesa del cielo.
Amanda estaba convencida de que en ella había tanto de cucaracha como de ave rapaz y sombra. Lo que no podía precisar eran las proporciones: ese misterio la alucinaba y nunca se animó a hablarlo ni con su jorobadita amorosa.
La monja, tanteando con una de las antenas la cabeza de Amanda, buscaba explicación a ese comportamiento. Ella, generosa, le había dado a Bach a manos llenas, incluso más allá de lo tolerable, infringiendo horarios que todas las demás debían respetar. Y la niña le devolvió una crencha engrasada, recitada a viva voz en los fondos del colegio. Algo había fallado en el trueque.
Deducía que por cada Bach que se le daba a Amanda como gracia divina, ella debía retribuir con amorosa devoción no menos que un Ave María, un fragmento de la Pasión según San Mateo, o aunque más no fuera una o dos frases del Réquiem de Mozart. Pero nunca esos versos mugrientos.
Sancionarla prohibiéndole el estudio de la música era imposible. El cura concertista estallaría enfurecido contra ella, y era un hombre apreciado por el obispo por sus músicas maravillosas, con quien no podía enfrentarse. Además, era el benefactor y protector de Amanda, y le importaban un comino todas sus travesuras, que incluso consideraba interesantes. Así que él no era útil al propósito de escarmentarla.
Ella misma se ocuparía en persona de castigarla. La tenía atrapada allí, en la última galería del colegio, donde rara vez la luz del día se atrevía a inmiscuirse y de donde no había escapatoria.
Amanda notaba que cuanto más la observaba la monja, más adquiría la fisonomía de un descomunal insecto: más grandes se hacían sus ojos, más significativas sus antenas, y con mayor nerviosismo abría y cerraba la boca mientras balbuceaba reproches en latín, el idioma que prefería la mujer-cucaracha para descargar sus enojos y anunciar sus decisiones cuando de penitencias se trataba.
Las demás pupilas, a las que se prometía estar a salvo del castigo si delataban a su compañera, serían compelidas a detallar sus versiones de aquella desobediencia poética que siguieron por el impulso extraordinario de la voluntad de Amanda. Y deberían hacerlo ¡por escrito!, porque —les dijo la novicia soplona— para acceder al perdón del pecado era indispensable una verdadera confesión de puño y letra, debidamente archivada, primer paso hacia el arrepentimiento sincero y, posteriormente, la necesaria reparación del mal causado. De ese modo, la demanda de justicia de la gran cucaracha superiora quedaría satisfecha y ellas eximidas de mayores agobios, salvo el de ser pequeñas delatoras bajo coacción, algo que no alteraría demasiado su futura educación.
Por su parte, Amanda debería asumir todas las consecuencias. Porque, dijo la monja entre gruñidos en latín, ninguna otra era capaz de cautivar a un auditorio tanto con su rara capacidad para la declamación como para la interpretación musical. Elogio o reprimenda, Amanda no supo cómo considerar esas palabras que el insecto pronunciaba con exagerada parsimonia.
—¿Qué tengo que hacer con vos? —preguntó el gigante insecto, no solo con voz amenazante, al tiempo que lamía obsesiva sus patas para limpiarlas de impurezas—. ¿Llamar a tu padre? —Amanda movió negativamente la cabeza—. ¿Llamar a tu abuela Doña Eriseta? —Amanda negó con más denuedo aún. Menos que nadie la abuela paterna, que la afeaba de solo suponerla.
—¿Arrodillarte sobre el maíz durante la sagrada misa? —Amanda vio pasar por ese castigo a unas cuantas muchachas que se rindieron ante el tormento. Sus rodillas temblaron descontroladas al imaginar los agudos dolores de esas puntitas blancas que descendían del corazón del grano hacia un extremo afilado.
Sopesando los pros y los contras de cada expiación, caviló la monja por unos instantes, reflexionando sobre cuál era el castigo más conveniente para la insolente, aquella de rostro bonito y cuerpito sugerente.
Lo que imaginara estaba reunido en un voluminoso libro donde el derecho consuetudinario de los tormentos estaba divinamente establecido. Aquello que Torquemada sistematizó con sabiduría siniestra para los herejes que infectaban de sublevaciones el mundo feudal, y que la santísima inquisición eliminaba con precisión quirúrgica, tenía un apéndice secreto dedicado a las indisciplinas de díscolas aprendices de versos en lunfardo rioplatense.
Circunspecta, la monja juntó sus largas, aplanadas y espinosas patas en oración y, sin dejar de reflexionar, volvió con sus preguntas a Amanda sobre asuntos que ella ni quería enterarse, porque desesperaba por Miguel y aborrecía a Eriseta. Si el destino era el maíz, lo aceptaría a pesar de la pequeñez de sus rodillas infantiles, aunque estas estuvieran a punto de desfallecer, sabiendo que su dueña las abandonaría al suplicio de los alfilerazos del maíz.
—¿Qué tengo que hacer con vos, Amanda? —preguntó nuevamente la formidable cucaracha, apoyando sobre su pata derecha lo que parecía la barbilla—. ¿Qué tengo que hacer con vos, Amanda? —repitió, esperando al menos un gemido por respuesta.
La niña mordió sus labios sin saber qué decir. La monja esperó y esperó, moviendo la cabeza de un lado al otro en signo de impaciencia. Amanda bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza. En ese preciso instante, un silencio distinto entró al pasillo y ahogó cualquier sonido. Era el silencio de la traición: denso, cruel, indiferente.
El silencio de la alevosía rodeó entusiasta al insecto verdugo.
—Pero antes, y esto puede ser hasta tu salvoconducto al perdón —dijo inquietante la interrogadora—, quiero saber de dónde sacaste esos versos. ¿Quién te los dio, Amanda? ¿Quién? Gánate el perdón, niña, y dime quién te dio esos versos.
Mientras abría sus alas oscuras, que se extendían con magnificencia, hizo emerger por el lomo, a la altura de la unión del tórax con la cabeza, la sombra de una joroba. La giba, provocativa, incitaba a la delación. “¡Habla, Amanda, habla! ¡Delata, Amanda, delata!”, escuchaba la convocatoria de la giba maléfica al peor de los pecados: la traición.
El silencio, dibujando una cruel sonrisa de lado a lado, movía de arriba a abajo las amplias alas del insecto como dos negros abanicos que agitaban un aire tan oscuro y espeso como el de las mortajas que aprisionan a los muertos para que no huyan de su estado final. El ambiente se llenó de perfidia, y hasta la niña pudo sentir el peso de ese ungüento mágico que brotaba espontáneo del agitar de las alas, oprimiéndole el pecho y cortándole la respiración, resecando la boca hasta dejarla desierta.
Detrás de una columna, la jorobadita espiaba asustada la escena, emboscada en una penumbra que disimulaba astutamente su deformidad. Si Amanda la delataba, sería su última infracción; la Madre Superiora ya la había advertido que su comportamiento era cuestionado hasta por el obispo, quien nunca vio con buenos ojos ni su balanceo al ritmo de “Peerón, Peerón”, ni su admiración por Hugo del Carril y su inflamada versión de la marchita que llenaba los informativos radiales, explicando la razón de una vida.
Desde el fondo de la felonía se escuchó claramente, con voz de Judas, la pregunta: “Amanda, ¿quién te dio esos versos mugrosos?” Pero Amanda calló. Tres veces la alevosía hizo su pregunta. Y tres veces Amanda calló.
Un gallo, confundido o no, cantó —nunca se supo desde dónde— y liberó a la niña de algunos de sus estados opresivos. Con el canto del gallo se hizo una luz allá lejos, donde el pasillo se hundía en su perspectiva. La luz tocó a Amanda como lo haría el abdomen encendido de una luciérnaga al rozar el perfume de una flor recién abierta.
La monja dejó su aspecto de insecto y se irguió como un ave de rapiña. “¡Habla, niña, habla! ¡Delata, niña, delata!”, chilló con furia. La jorobadita, oculta tras la columna, contenía sus lágrimas como podía y apretaba con fuerza sus manos, rogando por ella más que por la niña.
El ave feroz dio varias vueltas por encima de la cabeza de Amanda, graznando perturbadora a la espera de la defección de sus lealtades. A la tercera vuelta detuvo su vuelo amenazante y, prendida de los marmóreos cabellos de un angelito esculpido en el extremo de una de las columnas dóricas que sostenían la galería superior, dijo con gravedad que la sentencia estaba decidida.
Agitando sus plumas aceitadas, anunció que el castigo se correspondería con la falta. Estaba todo dicho. Y expresado eso, se volvió sombra y se alejó flotando como solo las sombras verdaderas pueden hacerlo, en dirección contraria a Amanda, por el centro del amplio patio que desembocaba en otro corredor iluminado, presidido por una imagen de la Virgen de Luján. Allí recobró su aspecto humano y se encerró en su despacho.
Llamó a Miguel en primer término y luego a la celadora alcahueta. Al padre lo citó de manera perentoria: “Es una falta muy grave”, le dijo sin darle tiempo a preguntar de qué se trataba. A la novicia le indicó que Amanda participaría de la misa de las tres de la mañana, a la que nunca había concurrido ninguna pupila en toda la historia, y solo asistían algunas monjas que, en la clausura vitalicia, decían encontrarse con su Dios.
Le advirtió además que preparara la “alfombra” para que la niña expiara, arrodillada, sus pecados. La celadora rió con verdadera satisfacción: Dios podía hacerse temer hasta con el tamaño de un grano de maíz. 

***

VI – Los heraldos negros 

Y un querubín desde lo alto de la cúpula
de la iglesia dijo mordiéndose los labios
al observar el sopapo que Miguel le propino a su hija:
“algo tenías adentro que te hizo meter la pata”.

—Amanda, hija, ¿de dónde sacaste estos versos? –Miguel preguntó conteniendo su ira. La niña calló melancólica y dejó que su mirada se perdiera entre los arabescos dibujados en las baldosas del piso del despacho de la Madre Superiora. Si algo presenció castigos y perdones eran esas lustrosas baldosas. Años de reprimendas, años de sinsabores. Qué pies no habrán pisado ese suelo para delatar a la compañera o para justificar un error infantil, para escuchar el reclamo por una deuda o anunciar una expulsión por inconducta. Todos los pasillos conducían al despacho de la Madre Superiora, allí todo se dirimía. Y las baldosas eran las mudas testigos de aquellos sucesos estudiantiles y religiosos. Así que los dibujos lo sabían todo, y no solo de castigos, de reproches, de infidencias, sino de cosas de las que mejor ni mencionar una palabra. Por eso se retorcían en todas direcciones indiferentes a la ira paterna, dibujando frutos, hojas y zarcillos de una vid maravillosa, y asistían con sus rulos a la distracción de la alumna, nada más y nada menos aquella que hacía salir a Bach de entre los tubos del órgano, bajo la complaciente mirada del cura concertista. Miguel golpeaba un librito que rescataron del armario donde Amanda guardaba sus pertenencias. Era uno pequeño, de tamaño inofensivo, barato, de los que abundaban en los cajones de ofertas, con olor a tinta fresca. ¿Cómo supieron de ese tesoro? Tal vez la novicia alcahueta hurgó entre sus ropas, en donde se protegía el poemario impreso en un rugoso papel de color marrón y en cuya tapa un compadrito fumaba bajo las gruesas letras del título del libro. Una mujer de largas y delgadas piernas salía de entre unas sombras dibujadas al lápiz para acercarse al hombre que, de seguro, sería su amor, su macho, su todo. Miguel recorría con la vista la tapa del libro y repetía al compás del movimiento de su cabeza prolijamente peinada “no lo puedo creer, no lo puedo creer, no lo puedo creer”. Tres veces, la misma cantidad de reproches que preguntas la hacía Amanda para fastidiarlo. Tres golpecitos en la rústica tapa, tres reproches.
—¿De dónde sacaste esto, Amanda? Quiero que me lo digas ¡ya! ¡Ya! ¿Entendiste?
—Si papá –respondió inocente a la pregunta.
—Si entendiste, ¿qué esperás para hablar? ¡Quiero oírte! Pero Amanda no podía explicar nada sobre esa crencha engrasada y mucho menos cómo llegó a sus manos. De hacerlo mataría la poesía. No se trataba de la monjita confidente que cantaba a media voz “los muchachos peronistas” y una “Evita capitana” que entonaba imitando a la propia Nelly Omar. Para nada. La jorobadita solo resultó un vehículo para que ella se asomara a un mundo que hasta entonces desconocía, una enviada que despertó un sentimiento que no la abandonaría jamás. Amanda, inocente, se rescató en la poesía. Sin ninguna razón aparente, la niña empezó a enumerar los poemas del libro repudiado. Tal vez fue solo un acto reflejo, un ademán defensivo ante sus acusadores.
—“Fidelidad”, “Barrio Once”, “Barracas”, “Línea 9”, “La cortada de Carabelas”, “Puente Alsina”, “Bajo Belgrano”, “Los Bueyes” –recapituló provocativa–. El que les recité a las chicas se llama “La canción de la mugre”.
—Ah… La canción de la mugre. ¡Qué fantástico! Ahora quiero saber ¿de dónde sacaste estos versos? ¿Quién te los dio? Y es la última vez que te lo pregunto. No hagas que me enoje como nunca antes. ¿Quién te dio este libro? –Amanda continuó el inventario ignorando la pregunta y la amenaza de Miguel.
—“Melena”, “La ex canchera”, “Cacho de recuerdo”, “El vago Amargura”, “Langalay”, “Hermano chorro” …
—¡Hermano chorro! ¡Hermano chorro!
—Si, “Hermano chorro”, ¿vos también lo conocés, pa? –Miguel era gobernado por el asombro. Amanda dedujo el gesto adusto de su padre y prefirió seguir con su lista–. “Don Juan”, “El ñato Cemadas”, “Amasijo habitual”, “El entrerriano”, “Tango viejo”, “Quiniela”, “Floreo”, “Lucio el anarquista” …
—¿Terminaste?
—No papá. –Al hombre le temblaba la mano dispuesta al cachetazo–. “Dijo la grela”, “La engrupida” –Amanda exageró la palabra “engrupida” y miró de soslayo a la vieja monja, quien prefirió esquivar la mirada de la atrevida niña–. “La pebeta de Chiclana”, “La payaso”, “Sor Bacana”.
—¡Sor Bacana! –Gritó desencajada la monja, quien amenazaba desplegar sus antenas para auscultar los pecados de la niña aquella.
—¡Sor Bacana! ¡Por favor! Creo que es suficiente, señor, creo que es suficiente–. ¡No puedo escuchar más! ¡No quiero escuchar más! ¡Sor Bacana! ¡Sor Bacana! Ese es un insulto a nuestra condición. Aquí no hay ninguna “sor bacana”, todos somos siervas de Dios, abnegadas siervas de Dios. Ponemos en manos de Dios nuestro Señor y su Hijo Jesús y el Espíritu Santo y María, nuestra Madre Santísima, nuestras modestas vidas para felicidad de la feligresía, para servir a la misión que tiene nuestra Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, fundada por Pedro por designio de Dios. Amanda siguió ese relato de la Madre Superiora no sin asombro y Miguel pareció asentir con un leve cabezazo de resignación–. ¡Es una falta de respeto! ¡Es intolerable! ¡Merece la inmediata expulsión!
Merece
La
Inmediata
¡Expulsión!

Así de grande oyó Amanda estas cuatro palabras:

MERECE
LA
INMEDIATA
¡EXPULSIÓN!

La palabra-trueno sonó para que la niña no confundiera las cosas:

¡EXPULSIÓN!

y un dedo del tamaño del odio señalaba la salida hacia un abismo lleno de reproches.
El eco destiló sus sonidos para despejar las dudas, si las hubiera:

¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!

La novicia alcahueta repetía gozosa:
¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!,
y daba brincos de alegría. No podía contener su entusiasmo dañino. La jorobadita que dio el mal paso, en cambio, lloraba a mares escondida en otra sombra que sabía muy bien disimular su joroba tanto como la otra, la del largo corredor de los fondos del colegio.

¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!

Tres veces. Como la trinidad de la Superiora: cucaracha, ave rapaz, sombra. Como las tres preguntas de la alevosía. Como el canto del gallo del que nunca se supo desde dónde cantó. Como las preguntas de Amanda para acosar a su padre. Como los tres reproches de Miguel. Tres. ¿Número mágico? Amanda no tenía respuesta.
—¡No! —gritó la niña, espantada por la amenaza. Trató de explicar que sus versos no faltaban el respeto a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, ni a la Madre Superiora —ni cuando se metamorfoseaba—, ni a la novicia alcahueta.
Mucho menos a Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Ni a Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Ni a María, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, Madre de Dios, la que ruega por nosotros pecadores.
—¡No, Madre, no! —exclamó ante la odiosa mirada de Miguel, que vacilaba en cómo comportarse—. ¡No es una falta de respeto! Es solo una broma del poeta.
—Esta niña no podría ser más atrevida —bramó la Superiora, luchando por no adquirir la horrible forma de cucaracha gigante, o de ave rapaz de pico encorvado y garras filosas, o de enigmática sombra.
—¡Una broma! —repitió, mirando fijamente a los ojos del desconcertado padre—. Llamarnos “bacanas” y no sé cuántas cosas más.
Y Amanda, inocente, no tuvo peor idea que recitar esos versos.

Cusifai, farolera, Sor Bacana ventuda
que das dique a la mersa con tus cosas shoficas
voy a darte un apunte fulero por giluna
a ver si con el justo que te bato te achicas.

Lo hizo solo por demostrar que no atentaba contra la institución religiosa. Un simple verso no declara una guerra ni promete una herejía. Pero Amanda no sabía el poder de la poesía. Muchos años después comprendería aquello de que la poesía es un arma cargada de futuro.
No vio venir el sopapo de Miguel.
Los sopapos son como heraldos negros: traen mensajes oscuros entre sus dedos ennegrecidos. Negras las uñas, negras las rugosidades de las articulaciones, negras las líneas de la palma que se estampa en la cara rosa de la niña buena.
Los sopapos son heraldos de malas noticias, de castigos inmerecidos, de rumores vengativos contra simples poemas. Los sopapos son cicatrices en el alma. Los sopapos no saben de canciones ni de poemas, solo de salmos feos de bocas feas y lenguas espantosas, untadas en betunes que enceran las humillaciones para que dejen sus marcas para siempre.
Dan órdenes patéticas, ¡las imponen! Con sus brutos golpes en rostros infantiles, rosados y fragantes. Los sopapos llegan desde alturas desconocidas: son cuervos de humo, plumas ennegrecidas, tiznes malvados, relumbros brutos, penumbras que atropellan con sus sospechas.
La novicia alcahueta celebró el golpazo, pero la jorobada llevó su mano al pecho, donde el corazón latía extenuante, y murmuró un Ave María. Tal vez de otra María, no aquella convocada para la expulsión de Amanda, sino una consoladora de niñas que recitaban poemas prohibidos.
Jamás le habían pegado. Nunca Miguel y mucho menos su madre. En el instante en que sintió el sopapo sobre su breve rostro pensó en Anita y recordó aquello de “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”. Pero Amanda calló, definitiva. No lloró ni lo haría. La suerte de sus lágrimas se había echado tiempo atrás.
—Te pregunté muchas veces de dónde sacaste este libro y todavía no escuché tu respuesta —Miguel, enfurecido, no lograba vencer la obstinación de la niña—. ¿De dónde sacaste esos versos?
Amanda bajó la cabeza y dejó que sus ojos se enredaran con los arabescos de las baldosas del despacho de la directora, como cuando ingresó sin sospechar el sopapo que se cernía sobre su cara.
La Madre Superiora, venciendo sus instintos y conservando el aspecto monacal, sin ceder a la tentación de su trinidad que pugnaba por emerger —ya como insecto, ya como ave rapaz, ya como sombra— ansiaba que Amanda delatara a la jorobadita. Estaba segura de que ella, y no otra, había introducido el libro de Carlos de la Púa. Pero la delación nunca ocurrió. La lealtad, en Amanda, estaba en su sangre: don especialísimo que Anita le heredó al momento de su gestación.
La directora se asomó al pasillo desde la puerta de su despacho y llamó a viva voz a la monja jorobada, quien salió de entre las penumbras y cabizbaja se aproximó respondiendo a la orden de la Superiora.
Delante de Miguel, de Amanda y de la monja alcahueta, le preguntó mirándola al fondo de sus ojos:
—¿Usted le dio este libro a la niña? ¡Responda!
—No, Madre, no. No lo conozco.
Le volvió a preguntar:
—¿Usted le dio este libro a la niña? Por su culpa va a ser castigada.
—¡Responda! —No, Madre, no. Yo no le he dado ese libro. No lo conozco.
—Repito, ¿usted le dio este libro a la niña? ¡Responda!
—No, Madre, no. Yo no he sido. No lo conozco.
Tres veces le preguntó, tres veces lo negó.
Le indicó retirar a la alumna y llevarla a su habitación. Ella se encerró en el despacho con el atribulado padre, quien se justificó de todas las maneras posibles y zanjó el asunto sin que se llegara a la expulsión de la niña. Dejó en manos de la monja su castigo. Él aprobaría el que fuera.
Amanda y la jorobadita caminaron en silencio: la niña delante, la monjita detrás, suspirando sinsabores que no llegaban a oírse.
Antes de entrar a la habitación, Amanda le pidió que se acercara con un corto ademán de su pequeña mano. La jorobadita se arrodilló ante ella y se inclinó sin saber qué quería la niña. Sintió los brazos de Amanda rodear su cuello en un abrazo amoroso. Luego, con la boca pegada a su oído, recitó con melancolía:
Para vos estos versos rantifusos
hechos de zurda, sí: de corazón;
como a tu vida triste los impuso
el arruyo de un tango compadrón.

La jorobada lloró desconsolada.
—Voy a confesar que yo traje ese libro al colegio.
—Nunca —dijo Amanda, enérgica y dulce al mismo tiempo, contradiciéndola. Alzó el dedo índice de su mano derecha para ratificar su orden.
—Nunca. Nunca.
La monja escuchó la orden y no encontró modo de resistirse. Asintió obediente, como si el adulto fuera Amanda y ella la colegiala a la que había que ayudar a enfrentar una incómoda contingencia.
Entonces, buscando alivio a su propia congoja, dijo “perdón” y agregó “lo siento”. Pero Amanda le cerró los labios con su mano para que callara. Para la niña, no había nada que perdonar. ¿Qué pecado podía ser recitar un poema, incluso engrasado en la grasa de la vida citadina?
Le enjugó las lágrimas, la besó en las mejillas y la miró desde la profundidad de sus ojos negros. Se despidió sonriendo, como hacía todas las tardes-noches al irse a dormir.
Se dirigió a su cama y se desvistió sin premura. Por primera vez notó que el camisón rosa le ajustaba a la altura del pecho y las caderas. Tiempos de cambios se anunciaban con innecesario apuro. Los primeros signos de la pubertad llegaban sin aviso previo. Así se le presentaba la naturaleza: en una gota de sangre, en el púrpura aroma de su vasija rosa, se obsequiaba trémula, agrandando la vida mientras la fertilidad crecía entre jóvenes células como una primordial semilla.
¡Y toda esa tarde extraña, de completas acrobacias de versos, reproches y sopapo!
Las pupilas con las que compartía la habitación esperaban expectantes algún comentario de la compañera. Pero Amanda llevaba encima todavía el golpe de la mano de Miguel en su mejilla, como quien carga un peso extraordinario del que no encuentra forma de librarse.
Se acomodó en su cama, pensó en Anita y se durmió angustiada.

Recordó los arabescos de las baldosas del despacho de la directora, que se fugaban en todas direcciones entre hojas y zarcillos, ofreciéndole a Amanda un atajo fantástico por donde huir de aquella trifulca de pecado y castigo.
Recordó a la Madre Superiora y las raras metamorfosis que le atribuía. Recordó a la jorobadita que bailaba canturreando “Peerón, Peerón” y lloró a mares el día que murió Evita. La misma que le enseñó la poesía que agitaba sus angustias en un entrevero de guapos y percantas, esas desfachatadas minas fieles de buen corazón, que exhibían atorrantas sus medias de seda con costura, invitando a los ojos de los varones a subir del tobillo a la entrepierna, para agitarse de sudores de solo imaginar la cálida hondura de ese sexo atrevido.
Recordó el sopapo insolente que le marcó el alma con su golpe perfecto. Recordó a Anita, derramándose hasta la muerte por su sangre joven, mientras un recién nacido lloraba fragante en flores de luto la inquietud de una tumba demasiado temprana.
Comprendió entonces de qué hablaban los versos del peruano Vallejo, y supuso que, de haber leído en su infancia lo que leyó ya adulta, habría recitado sincera —como todo lo que hacía en esa época—:
hay golpes en la vida, tan fuertes…
¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios. 

***

VII – Tiempo de adioses 

Después del incidente de la crencha engrasada, las visitas de Miguel se hicieron cada vez más espaciadas. Al principio del pupilaje, poco después de la muerte de Anita, cuando Amanda ingresó como interna, sábado por medio él llegaba hasta el colegio y la retiraba para llevarla a pasear.
Alguna vez fueron al Jardín Japonés, donde el meticuloso origami se desplegaba parsimonioso ante la mirada curiosa de esa niña que se desvivía por comprender pliegues y repliegues que daban forma a pájaros, insectos, flores, rostros. Un japonés, que llevaba tatuado en un brazo el espectro enigmático de un dragón del que caía una lágrima de arena roja, le regaló una flor de tamarindo confeccionada con un secreto papel cuyo perfume evocaba un solitario incendio de aromas de un oriente poblado de misterios.
Más tarde, tras huir de la casa de Eriseta, en un encuentro con Jorge antes de despedirse definitivamente, Amanda le entregó esa flor dentro de una cajita de amatista labrada por un artesano cuyo nombre nunca supo, obsequio que había recibido en nombre de alguien desconocido.
En otra oportunidad visitaron el Museo de La Plata, inmensa catedral donde todo lo humano —fuego, piedra, martirio, acechos— se transformaba en alhaja exhibida bajo la astuta mirada de sacerdotes disfrazados de lanzas y macanas. Pasaban desapercibidos para el común de la gente, pero no para Amanda. Cargados de sueños fabulosos, los augures atendían los resplandores de su pasado para que no perdieran su sagrado sentido, y observaban desde sus lejanías de vara de madera mineral y estaño puro a los visitantes que deambulaban asombrados por las orillas de ese tiempo revelado en forma de semilla, de sepulcro, de rituales iracundos, cuando los corazones eran arrancados del pecho mismo de los condenados de la tierra.
En las inmensas naves de mármoles lustrosos, las incertidumbres de unos huesos descomunales la llenaron de suspenso. Unas momias acurrucadas contra sus propios huesos parecían reflexionar sobre el triste destino de su suerte, mientras escalofríos de oro y plata salían de sus resecos orificios repitiendo el diezmo secular por el que fueron sepultadas en vasijas con forma de lágrimas. Guerreros invasores las arrojaron a un larvario fabuloso, persignándose repetidas veces e invocando al Dios de la conquista.
En otra ocasión pasearon por los lagos de Palermo, donde aves de plumas deslumbrantes flotaban como amorosas espumas sobre las aguas oscuras rodeadas de senderos. Amanda pedaleó con entusiasmo un bote que se movía a fuerza de piernas, salpicando a Miguel y mojándole las ropas en medio de una jarana contagiosa que se extendió por todo el lago, como si los paseantes hubieran sido poseídos por el espíritu travieso de esa niña de ojos negros.
Pocas veces —podía contarlas con los dedos de una mano— la llevó a visitar a su hermano, a la casa de la abuela paterna, sobre una calle laminada de tierra y piedra y maderas que se pudrían con las lluvias estacionales. Allí los árboles sostenían sus rumores agigantados por el tamaño descomunal de las ramas, que año tras año se organizaban en un gesto nupcial, abrazándose unas a otras en una verde bóveda imposible de imitar por la mano humana.
Era ver a la hermana para que el niño se transformara de alegrías y adquiriera un parecido extremo con Anita, tanto que al propio Miguel lo dejaba exhausto de melancolía contemplar en ese pequeño rostro el reflejo de la joven mujer muerta. Eriseta siempre estuvo ausente en esas oportunidades, algo que aligeraba las angustias de Amanda.
Por entonces, todavía percibía amoroso a Miguel, casi tan paternal como en la casita de madera canadiense en el suburbio próximo a la capital. Pero el asunto de los versos cambió las cosas de manera indudable, aunque Amanda sospechó que ese cambio ya estaba presente y que el disgusto por el poemario de Carlos de la Púa solo fue el pretexto necesario para justificar el alejamiento.
No fue un proceso rápido ni fulminante. Por el contrario, fue lento y desgarrador. Hacía tiempo que Amanda percibía en él esa condición de forastero con que se le presentaba en cada encuentro. Lo captó casi al instante en que murió Anita, cuando lo abrazó para que llorara sobre su diminuto pecho, como si algo primordial se hubiera modificado en Miguel a partir de la pérdida de su esposa.
Amanda consideró por algún tiempo que, seguramente, el dolor por la muerte de un ser amado podía inducir en las personas un cambio tan rotundo como el que comprobaba en su padre. Sin embargo, ella no había experimentado esa transformación. Por el contrario, tras la muerte de Anita, el amor por Miguel, como por su hermano Jorge, creció vigoroso.
En Jorge encontró correspondencia en aquel ademán de alegría que le transformaba el rostro hasta adquirir las formas gráciles de la madre. En su padre, no: tal vez por aquella equívoca transustanciación de la arcilla substancial que debía hacer al hombre amoroso y no de piedra o de desierto.
A medida que creció, la sensación de abandono de Amanda se hizo más fuerte y las visitas menos frecuentes. Cuanto más se hacía mujer la muchacha, más extraño y desconocido se volvía el hombre, como si el simple hecho de crecer fuera para él una desgracia insoportable.
Amanda llegó a creer por un tiempo que su temprano ingreso en la adolescencia fue el motivo decisivo de su alejamiento. Estaba muy frustrada por su metamorfosis. Ocultaba su cuerpo entre amplias y ridículas ropas para disimular los pámpanos de sus senos, sus redondas caderas, sus lanceolados muslos.
Cuando menstruó por primera vez, un fatalismo potente la embargó hasta las lágrimas. Alguien le advirtió que nunca se atreviera a comentar el suceso a su padre, porque ese era un pecado que Dios difícilmente disculparía. Se llenó de remordimientos. Por ello solo lo habló con la jorobadita, como una confidencia entre verdaderas hermanas.
Una patética vergüenza la acompañó durante los días previos a las ya escasas visitas, y de solo pensar en el asunto le daban náuseas y le provocaba angustias como nunca antes había padecido, ni siquiera con la muerte de su madre.
Las monjas se ocuparon de alimentar sus padecimientos. La advirtieron de los peligros de los rumores del sexo que aparecía en las mujeres con esa forma de sangre entre las piernas, mancha y germen de pecado, dolores espesos en el vientre, mientras un áspero perfume de grito solo podía consolarse en el rezo constante y en el difícil perdón divino.
Se refugió en la música, como años después, despojada de todo, se refugiaría en la poesía. Con el tiempo abandonó ese estado de perturbación que le provocó su transformación y empezó a apreciar la belleza de su humanidad y la sensualidad de sus formas.
A la jorobadita dejó de verla con frecuencia. La enviaron a servir a las monjas enclaustradas, donde no podía pronunciar palabra sin permiso de la priora. Allí se olvidó del rítmico “¡Peerón! ¡Peerón!”, porque tras el susurro partidario llegaba el maíz con sus afiladas púas sobre la ríspida alfombra de cáñamo trenzado a mano. De su “Evita capitana” mejor era ni mencionarla: la “perona”, como cínicamente la apodaban, era aborrecida en silencio por esas mujeres de trajes sulfúricos envueltas en espirales de lamentosos suspiros.
La Madre Superiora se esmeró en su venganza y supo cómo consumarla contra las dos compinches. A la monjita, el cambio de tarea le significó un destierro interior; a Amanda, una soledad extraordinaria.
A medida que el tiempo transcurría, su percepción de los asuntos del colegio fue cambiando, y con ello su modo de ver a todas las monjas, incluso a la directora. Tal vez por eso fue perdiendo para ella el aspecto de cucaracha con que la asociaba en ciertos momentos, cuando correteaba de aquí para allá en busca de alguna ventaja. Pero en cuanto a su condición de ave rapaz, esa sí que no la perdió nunca: merodeaba a las pupilas agitando sus negras alas y esperando la oportunidad de prender a alguna infractora con sus punzantes uñas.
El cura concertista se transformó en su augur y era quien impedía que las monjas agriadas echaran a perder ese fruto milagroso de la música. Era el único que se atrevía con la Superiora, a quien trataba como a una sirvienta cuando ella intentaba hacer valer su condición de directora de la institución.
El viejo contaba con el respaldo del propio Obispo, que se deleitaba en privado con las ejecuciones del cura concertista. Entre nota y nota, le habló por primera vez de aquella niña prodigiosa, su discípula mejor considerada. Con esa sola mención, la puso a salvo de las hostilidades del monjerío.
Los progresos musicales de Amanda los disfrutaba como al propio amanecer entre los pálidos perfumes del barro del río majestuoso, que con frecuencia observaba desde el muelle de los pescadores en la costanera, mientras unos muchachotes de caras redondas y músculos fibrosos sacaban bagres del tamaño de una hogaza de pan, con los que se prometían un chupín extraordinario.
Todos los días, todas las tardes, profesor y alumna se congregaban en el piso superior de la iglesia, donde reposaba el órgano, para sus interpretaciones. Ya no se trataba de escalas y ejercicios repetidos hasta el cansancio: habían dejado su lugar a preludios, fugas, tocatas, ejecutadas a dúo con singular maestría.
A medida que semifusas y corcheas sonaban, subía desde los tubos del órgano un misterio de amor, una estirpe de esperanzas que permanecía como rumor selvático en las simetrías de la cúpula. Luego, se producía el asombro de un rocío de notas que descendían como bendición medicinal. Entonces sonaban gotas de música en esa cavidad sagrada de la iglesia fragante de inciensos. Las velas, ante el altar mayor, hincaban sus llamas reverentes y ardían como partículas del alba antes de la hoguera del amanecer, cuando todavía algo de luna empavonaba la naciente aurora que se abría paso entre nubes rasgadas por tajos violeta que traía el capricho del viento del sur.
El cura concertista palpitaba esa música. A cuatro manos, hombre y muchacha sonaban una melodía planetaria con entusiasmo ritual y extraían de los marfiles del teclado del órgano exuberante armonías y contrapuntos que se abrían paso cantando como loros sagrados, esparciendo sus voces entre la ingeniería de la máquina de la música, la máquina de Dios, como la llamaba el hombre para distinguirla de todas las otras creadas por el Hombre.
Entusiasmados en el pequeño huracán de arpegios y tresillos, sus dedos tornaban en rojas riendas de alambre, y mientras Amanda adquiría el color de los misterios, un azul de vendaval espeso como de agua y viento, el cura mostraba su cogote enrojecido y tumefacto de contorsionarse embelesado por la fragancia audaz que la música dispersaba.
A medida que los sonidos crecían como un inagotable magma ritual, del órgano gigante brotaba una selva de cañas de estaño puro y opaco plomo, que emergían como hocicos a la superficie de un imaginario lago de sonidos hacia la curva redonda de la cúpula con forma de medusa, en la que se incrustaba una cruz que ardía fosforescente por llegar con sus finos estambres de luces.
Las notas volaban, pura bandada de aves magistrales, insinuándose en un archipiélago de brillos, amontonadas a poca distancia de un pedal que ejercía su jerarquía ronca y poderosa.
Amanda sujetaba los hilos de oro de un pentagrama tan salvaje como sagrado, y solfeaba soñolienta las palpitantes notas estampadas en él, con los colores que nacían de donde solo se escucha la voz de las piedras, la voz de los árboles, la voz de la vida.
Llegó el día en que el cura concertista dio por terminada su maestría. Se quedó dormido en su camastro del claustro, donde pasaba las horas en que no estaba atendiendo la música. No despertó esa mañana. Quienes asistieron a su muerte dijeron que sonreía complacido. Ellos lo atribuían a la gracia de Dios, pero en realidad era el placer de la última música con Amanda, guardada en su memoria.
Las monjas le comunicaron la noticia hasta con alegría, ignorantes, esperando que llorara.
La muchacha pensó, como en aquella oportunidad cuando Anita murió: “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”. Fue el momento en que comprendió que ya no tenía lugar en esa especie de orfanato envuelto en inciensos falsos. El momento de su partida no llegaría de inmediato, pero tampoco habría de esperar a que todos sus frutos se echaran a perder.
Había comenzado el tiempo de los adioses. 

**

VII – ¿El Señor es contigo? 

Las calles sonaban de lágrimas; a la intemperie, los ojos convertidos en huecos vacíos de luz y de esperanza miraban sin poder creer lo que veían. Los altares, como erupciones asustadas, brotaban rabiosos por doquier para llorar la amargura de esa impensada muerte.
—¡Ha muerto Evita! —gritó la jorobadita, que tenía prohibido hablar en ese claustro de oscuridades, desde una ventana que daba al patio central del colegio. Amanda vio salir de la boca de la Hermana esas tres palabras como tres rudos piedrazos, golpes tan fuertes como del odio de Dios.
“Ha muerto Evita”: tres sencillas palabras. Tres, el número trágico. Tres golpes del destino. Tres veces te negará Pedro antes que cante el gallo. Tres preguntas sin respuesta. Tres veces tres. Treinta y tres, la edad de la muerta. “Como la de Cristo”, se dijo al pasar, sin que sirviera de consuelo.
Las flores, como meteoros de infinitos colores, lucían a lo largo y a lo ancho de las calles, vaciando de grises la ciudad de las lágrimas.
Sonaban los llantos en las cuatro latitudes. Amanda no se resistió a aquel murmullo luctuoso que subía por las avenidas y llegaba al colegio trepando las paredes, humana turbulencia de congojas sinceras. Lágrimas de rudos proletarios: roca y diamante, metal y espuma.
Vio a la monjita llorar sin remedio, mientras otra vieja rezaba una oración indescifrable y besaba una estampita prodigiosa con una siempre rubia y sonriente santa iluminada.
De la lágrima a la lágrima, del dolor al dolor, de la vida a la muerte.
Alguien hizo sonar una música fúnebre, una escalada de espinas entre el trueno enrarecido de los sones. Fueron violines en cautiverio los que despedían la brevedad de esa primavera de los desposeídos. Se dijo sin voz, sin paz, hundiendo apenas la lengua en las palabras: “Llena eras de gracia. ¿El Señor es contigo?”.
“Han muerto todos los jazmines”, se oyó gritar desde la amargura de un campanario en sombras, recinto agotado de flores y estandartes. “Han muerto todos los rosales”, y no una muerte sino todas, juntas, en ese justo momento, en racimos de muertes. “No habrá más primaveras”, lloraron espantados.
La muchedumbre rezaba, palpitando un océano de lágrimas bajo el desvelo de una lluvia de fríos y lamentos. Eran los mismos seres que habían llegado entonces a lomo de pisadas de gastados zapatos, kilómetros de caminata desde los suburbios lejanos, donde ella misma había nacido, y se lavaron las patas en la redonda fuente de la histórica plaza. Miraban absortos el tamaño descomunal de esa desgracia, recién llegados desde los barrios como entonces.
Repetían tres veces, como sonámbulos:

“Ha muerto Evita.”
“Ha muerto Evita.”
“Ha muerto Evita.”

Y cada uno se interrogaba entre sus angustias tres veces: “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”.

—//—

Por un corredor estrecho y desconocido, el monstruo de mortajas afilaba sus puñales, al tiempo que sonreía “¡Viva el cáncer!”, y esperaba agazapado el momento seguro para lanzar sus crímenes desde el mismísimo cielo y extenuar la sangre de los esperanzados bajo un racimo de bombas increíbles. La muerte llegaría entonces volando en sus alas coléricas, en sus vientos de ira, en sus odios mortales. 

***

VIII – Todo termina 

Miguel no estaba despreocupado, aunque su ánimo tampoco podía llamarse angustioso. En su automóvil, sin apurar la marcha, se dirigía hacia el colegio para visitar a Amanda tras muchos meses de ausencia. La tarde estaba clara y calurosa, el cielo completamente despejado.
Un viento alegre cruzaba la ciudad de lado a lado y entretenía a los paseantes con sus silbidos menudos, nacidos entre las hojas de los árboles. El olor del río llegaba desde sus orillas e impregnaba el paisaje. Miguel aspiraba con placer ese perfume distintivo de Buenos Aires, que lo hacía recordar su infancia: los días de calor en pleno verano, cuando la familia chapoteaba en las aguas del Río de la Plata, iluminado por el sol y más ancho y majestuoso que en otras estaciones.
Las noticias sobre su hija alentaban tanto dudas como certezas. Confiaba en los datos que le había transmitido una informante acostumbrada a narrar los hechos con objetividad —virtud escasa entre las alcahuetas consagradas a Dios, siempre prendidas de algún milagro o suceso esotérico—, y esperaba que lo ayudaran a evitar contratiempos con la muchacha. Las cosas no venían bien entre ellos, y eso era exclusiva responsabilidad suya. Aunque Amanda nunca le reprochó su abandono —porque realmente lo amaba—, la situación lo dejaba siempre expuesto ante su hija.
Al saber de la metamorfosis de la niña, sintió como si Anita le respirara en la nuca, exigiéndole otro tipo de comportamiento. Aunque se justificaba en su trabajo y en el aumento de sus obligaciones, sabía de sobra que no había puesto el empeño que merecía la atención de Amanda.
A medida que se aproximaba al internado, esa sensación viscosa que le producía la memoria de Anita cuestionando sus descuidos se volvía más intensa y provocativa. Ese día, como nunca antes. No lo consideró una premonición, pero debió reconocer que la fuerza de esas sensaciones era distinta a la de otras ocasiones.
No era supersticioso, y bajo ninguna consideración creía en eventos extraordinarios producidos por espíritus insatisfechos. Pero era incapaz de negar que la presencia de Anita había sido constante durante todos esos años en que envió a Amanda al pupilaje, y en el último tiempo se había hecho más fuerte que nunca. Desde la ausencia lo presionaba como si estuviera de cuerpo presente.
Eriseta lo ridiculizaba por ese sentimiento y le exigía deshacerse de esa sensiblería que lo desestabilizaba. “Anita está muerta” —repetía, como si se tratara de un suceso intrascendente—, y de ese estado no regresaría jamás para estar a su lado. Mejor sería que se buscara una buena mujer que supiera atenderlo como correspondía y dejara de desperdiciar sus años mozos en recuerdos y recriminaciones.
Su madre insistía en que, por sus responsabilidades, tenía el deber de evitar toda perturbación ajena a sus obligaciones, toda preocupación innecesaria, y que ese cuidado debía ser una obligación autoimpuesta, un autocontrol. Un error en una apreciación, una orden incorrecta, una decisión a destiempo, y toda una carrera dedicada a la Agencia podía venirse abajo sin remedio. “Hay mucho hijo de puta suelto esperando tu caída”, lo advertía. Y sugería no distraerse en asuntos que no merecían mayor atención. “Dejá que los muertos descansen en paz”, concluía sus peroratas con esa recomendación.
Cuando estaba de mal humor —algo bastante frecuente en ella— volvía sobre los argumentos que una infinidad de veces le había repetido: “Solo debés preocuparte por dedicarle más atención a Jorge en vez de hacerlo por una muchacha que no es de tu sangre.” Y agregaba que si Anita era un espíritu tan noble como él la presentaba —dicho con descarado cinismo—, como madre comprendería sin recelos que toda la fortuna de la que gozaba el niño justificaba las decisiones tomadas sobre Amanda. A cada uno lo que se merecía. Nada más justo. No hacía falta que volviese con aquello de “al César lo que es del César…”
Por otra parte, el internado de una muchacha en una institución religiosa era moneda corriente en esa época. Si hubiese nacido varón, habría ido a dar a la Escuela Militar.
¿Quién prepararía mejor a una mujer para su futura misión de esposa, madre y ama de casa que las virtuosas monjas, dedicadas solo a Dios, sin conocer otro amor que el de su vocación religiosa?
Las vidas de los “medio hermanos” Amanda y Jorge, sostenía Eriseta, se bifurcarían irremediablemente en direcciones muy diferentes, y contra eso no había voluntad humana —y menos la de un inexistente espíritu— capaz de modificarlas. Miguel aceptaba resignado ese augurio, aunque lo contradecía la alegría que embargaba a Jorge cada vez que estaba con Amanda: buscaba sus brazos, sus besos, sus caricias y, sobre todo, sus canciones.
En el viejo piano del abuelo, Amanda tocaba melodías que embelesaban al niño, en cuyo rostro se adivinaba el de la madre. Lo más notable era su sonrisa: los labios calcados, el color vital y el sonido franco de quien ríe con toda la boca. Esa risa desmoronaba a Miguel sin necesidad de palabras ni gestos de desagrado entre los dos niños.
Eriseta nunca aceptó que Miguel le achacara haber insistido con el internado “para sacarse de encima a la chica”. Detestaba que su hijo adoptara ese tono culposo, que solía emerger tras algunas copas de más.
—Desgraciado de mierda —decía, acentuando cada sílaba para que su reproche sonara más hiriente—, ¿acaso vos te opusiste en algún momento al internado?
No, claro que no lo hizo, y Miguel lo sabía perfectamente, aunque se justificara con otras razones. El insulto lo repetía varias veces, una tras otra, para que cada vez sonara más cruel. Y le recomendaba que, si iba a beber para poder llorar, lo hiciera con bebidas más baratas, no con sus delicados y costosos licores importados que él nunca pagaba. Para “moquear como una chinita que el patrón dejó embarazada”, lo mejor era el vino tinto barato, la botella de litro, de taninos poderosos capaces de hacer lagrimear al más pintado y torcer el humor de cualquier borracho, incluso de los más sentimentales. “A llorar a la iglesia, m’hijito”, remataba, y guardaba los licores bajo siete llaves.
Cuando Miguel insinuó por primera vez que Amanda había sido internada por insistencia de su madre, Eriseta no lo dejó concluir: lo interrumpió encolerizada. Lo tildó de “idiota” y agregó, para que no quedaran dudas:
—Te queda muy feo ese papel de pelotudo que venís a representar cada vez que te agarra un sentimiento de culpa. Si yo soy el origen de todos tus males, agarrá tus cositas y andate a esa casita de mierda que tenés en el suburbio, donde viven los bolitas amigos tuyos. De paso saludá de mi parte a las fulanas que te cuidan el jardín de tu queridita esposa, las parientes del Führer. Deciles que les manda saludos una aliadófila de la primera hora.
Como acostumbraba, Miguel calló tanto por no discutir como por cuidar sus propios intereses. Sobre bolivianos, pro nazis y aliadófilos no valía el menor comentario. La guerra ya había terminado y la unidad sudamericana estaba demasiado lejos.
Sobre los asuntos familiares tampoco iba a polemizar con Eriseta. Después de todo, solo él conocía las verdaderas razones y sentimientos por los que permitió que fuera su madre quien se ocupara del niño —con esas nurses que la Agencia le puso a su servicio para que pudiera continuar con sus tareas— y por qué mandó a Amanda al internado. Sabía administrar tanto sus palabras como sus silencios.
Solo en una oportunidad Miguel habló de Amanda en términos que nunca volvió a repetir. Fue una tarde perdida, en presencia de las nurses, quizá porque quiso que alguien pudiera dar testimonio de sus palabras.
Mirando a los ojos de su madre —que le sostuvo la mirada sin pestañear— dijo que al dejar pupila a Amanda, lejos de la familia, la había salvado de cualquier contingencia desagradable. Y que, a diferencia de ella, que apostó al internado por desamor, él lo hizo únicamente para protegerla de personas peligrosas. No se refería a Asmodeo, con quien jamás hubiera despachado a la muchacha, sino a quienes sabían demasiado, hablaban demasiado y eran capaces de usar algún secreto para perjudicarla definitivamente.
Eriseta se desentendió de esa confesión. Sabía con exactitud que no hablaba del pervertido de su consuegro. Comprendía de qué le hablaba Miguel, pero prefirió dejar pasar el comentario para no enredarse en una discusión que podía resultar más que desagradable.
El fantasma de Anita rondaba con su prontuario a cuestas, y el hombre blandía su dedo índice en señal acusatoria, murmurando entre dientes unas frases en clave que las nurses intentaron registrar. Informaron que no pudieron memorizarlas por lo extensas que resultaron y porque su fonética les era incomprensible.
Luego, como si no hubiera pronunciado palabra, Miguel volvió a sus asuntos y las nurses al suyo, informando por escrito a sus superiores. Un director trazó un grueso signo de interrogación con lápiz rojo en el margen de su legajo, junto al informe de las nurses sobre la supuesta clave, reproducido con preciosa caligrafía.
El único que comprendió, años después, el significado de esas palabras fue “Pérez y Pérez”. Abocado a investigar ciertos asuntos vinculados a La Reliquia y al funesto desenlace de la operación en que debieron acabar con la vida del Ilustre, halló esa clave anotada en una esquela que se conservó en perfectas condiciones.
Sonreía en soledad imaginando qué le hubiese dicho la tempestuosa y asesinada Eriseta al enterarse de sus pesquisas: “Déjense de remover mierda vieja.” Una expresión que cuadraba a la perfección con sus intempestivas reacciones cuando algo la desagradaba. Y convenía consigo mismo que algo de eso siempre se piensa al volver sobre asuntos del pasado. Pero el pasado no permanece siempre en el mismo lugar.
Para cuando las investigaciones de “Pérez y Pérez”, todos los protagonistas habían muerto hacía mucho tiempo, incluso Jorge, el menor de los hermanos, de quien lo único que se supo fue que murió demasiado joven de un infarto, producto de su vida desordenada. Amanda, anciana, ya se había suicidado arrojándose bajo las ruedas del Sarmiento en la estación Liniers. No había posibilidad alguna de lograr su testimonio, ni siquiera por el placer de acceder a esos pormenores. Y poner en riesgo el honor de algunos conspicuos miembros de la Agencia —que habían fallado de cabo a rabo en todo aquello— no estaba entre sus preocupaciones.
El signo rojo de interrogación quedó en el margen izquierdo de un legajo amarronado por el tiempo, estampado junto a la curiosa clave alfanumérica. Era la señal crucial de peligro, como la advertencia que exhibe una alimaña venenosa, llamando a la precaución frente a las pretensiones de rescatar del pasado acontecimientos que no se comprendieron en su momento y de los que muchos preferían no mencionar ni una palabra. 

***

IX – Como la décima musa 

Fue una monja —la informante de la Agencia en la que confiaba Miguel— quien lo puso al tanto de los progresos de su hija. Era una petisa que, vista a cierta distancia, parecía enana: algo cabezona, de manos y dedos regordetes. Siempre rondaba a la Madre Superiora como rémora dedicada a cuidar la higiene espiritual de la directora, igual que aquellas que se prenden a los tiburones exuberantes que merodean los mares del mundo.
Iba y venía con su pequeña monja compinche desde una habitación cerrada, a la que nadie tenía acceso salvo ellas y la Superiora. De allí solían sacar una tarima que la directora usaba para dirigirse al alumnado en ocasiones extraordinarias.
Sobre lo que se guardaba en ese recinto corrían innumerables versiones. Algunas aseguraban que allí habían sido recluidas monjas atrevidas que habían tenido relaciones con curas calenturientos. Mientras a ellos les imponían penitencias menores en una alegre propiedad campestre del Arzobispado —para reponerse del pecado carnal y retomar el camino probo de los siervos del Señor—, a ellas les tocaba el claustro definitivo, donde morían disecadas, reducidas a pecaminosas momias de hábitos negros. Las más crédulas afirmaban que sus jadeos aún se oían, lúbricos, en las noches calientes del verano porteño, cuando resonaban las voces sacerdotales recitando versos prohibidos de los Borgia.
Lo primero que la monja informante transmitió a Miguel fue una advertencia: la niña ya no era niña. Había adquirido un aspecto femenino y grácil, y hasta la fisonomía del rostro le había cambiado. No podía asegurarle hasta dónde también había cambiado su carácter, pero sí que esos cambios no concernían solo al cuerpo, sino que comprometían hasta el alma de la muchacha. Se la notaba adusta, replegada y silenciosa. Estaba demasiado delgada, comía poco y lo poco que comía lo vomitaba con frecuencia.
Se dedicaba por completo al estudio de la música. Hasta la muerte del cura concertista, esa disciplina ocupó la mayor parte de su tiempo, aunque nunca descuidó las demás asignaturas. Era una alumna aplicada que sorprendió a todos cuando habló con cierta gracia en francés con una monja francesa radicada en el país por razones nunca explicitadas. No dominaba el idioma, pero dejó claro que con algo de dedicación lo hablaría sin inconvenientes. De su conocimiento de inglés nadie supo por entonces.
En música había adquirido un dominio extraordinario. En El clave bien temperado centraba sus preocupaciones y, como le enseñó su viejo maestro, dedicaba largas horas a leerlo como si se tratara de un poema de Schiller o del Dante, degustando compás a compás la obra del amigo Bach.
La Madre Superiora, llevada por sus instintos, dio por terminado el incidente de la crencha engrasada y pasó a tratar a Amanda con cierto aprecio, aunque no fuera más que impostura. El cambio fue tan notable que hasta las monjas más despistadas, abocadas a la limpieza de los claustros, lo notaron.
Amanda sospechó de aquella conmutación y desconfió con razón. De ser considerada apóstata, casi una perversión entre las infantas, pasó a ser, si no una mimada, alguien por quien la Superiora mostraba celo y preocupación. Cuando sus obligaciones se lo permitían, reclamaba de la muchacha algunas interpretaciones, casi siempre obras del viejo Bach, quien nunca abandonó a su joven organista. A cambio, la Superiora hizo rescatar un piano de aquel misterioso recinto del que las monjas enanas extraían todo tipo de cosas.
Ordenó trasladar el instrumento a una habitación apartada, una tarde en que las internas estudiaban catecismo. De todos modos, el extraordinario oído de Amanda le permitió escuchar el suave vibrar de unas cuerdas, lo que despertó su curiosidad. Estaba segura de que se trataba de un piano, aunque no sospechaba su destino.
La tarea de la mudanza fue confiada a unas monjas musculosas: dos alemanas que hablaban con dificultad el castellano. Tenían una fuerza descomunal, y lo que más impresionaba a las demás era el tamaño de sus manos y el grosor exagerado de sus dedos. Apenas con un chasquido rompían el cogote de las gallinas cuando el menú proponía puchero.
Romperles el pescuezo era casi un pasatiempo para ellas, que incluso competían por ver quién mataba más y más rápido. Contra lo que podía suponerse, las aves marchaban como hipnotizadas hasta ponerse al lado de cada una de las mujeronas, esperando su turno de ejecución con una calma pasmosa que asustaba a las cocineras, siempre dispuestas a esquivar a las dos mastodontes.
Todas llevaban grabada la mirada ausente de las pobres gallinas, advertencia involuntaria de los reparos con que había que tratar a aquellas gigantes. Saludarlas, solo de lejos; darles la mano, jamás; y esconder el pescuezo todo lo posible, pegando el mentón al pecho para ocultarlo casi por completo.
Habían llegado ya mayores desde Alemania, después de la guerra, y nadie sabía muy bien cómo terminaron recluidas en el convento. El comentario que corría era que en realidad habían sido soldados, quizá comandos de la Wehrmacht o de las tropas de asalto de las SS. Tal vez ni siquiera fueran mujeres, aunque nadie se hubiera atrevido a sondear sus entrepiernas por temores comprensibles. Pero, aunque lo fueran, tenían que haber sido soldados de los más bravos, acaso de alguna unidad dedicada al exterminio de judíos y comunistas, los más odiados.
Nada de eso se comprobó jamás. Cuando los rumores llegaban a oídos de la Madre Superiora, ella los contradecía diciendo que, por el contrario, por su condición de campesinas habían estado apartadas de los avatares de la guerra. El Führer las quería produciendo alimentos para sus tropas: en el este, donde caían bajo la ofensiva rusa tras la derrota de Stalingrado, y en el oeste, donde, luego del triunfo de Stalin, los aliados retomaban su avance hacia Alemania. Necesitaba tanto armas como comida, y esas mujeronas sabían de producir alimentos, no de municiones ni de estrategia militar. Cómo habían alcanzado la investidura de sus hábitos era algo que solo sabía el arzobispo.
En el colegio cumplían tareas que el común consideraba propias de hombres. Cuando alguien se los hacía notar, las alemanas exhibían sus bíceps y reían a carcajadas. Se palmeaban a dúo, en perfecta sincronización, los duros glúteos y los voluminosos muslos, que sonaban macizos, describiendo un caprichoso ejercicio de gimnasia acrobática. Para demostrar su fuerza levantaban pesos extraordinarios: dos bolsas de papas de cincuenta kilos cada una, una en cada mano, hasta alzarlas por encima de sus cabezas; o una de las interminables mesas de dura madera donde unas veinte internas comían cómodamente cuatro veces al día.
A Amanda le recordaban a sus vecinas, salvo por la diferencia de tamaño: aquellas eran pequeñas, aunque robustas, y estas verdaderas gigantes de rubias cabelleras. Las vecinas nunca hicieron muestra de fuerza extraordinaria, pero sí de una obsesión por la limpieza. Limpiaban y limpiaban con desusado esmero la casa, y hasta lustraban con kerosene la vereda, la única que relucía en todo el villorrio. Ese brillo mereció el comentario de vecinos de otros parajes, que oyeron hablar de la vereda espejada de un chalet de maravillas, donde vivían dos gnomos gruñones que hablaban una lengua incomprensible.
Cuando el piano estuvo dispuesto en la habitación que la Superiora había seleccionado —y que mandó limpiar por las dos monjas enanas— llamó a un feligrés de cuya condición de afinador estaba segura y le pidió que lo pusiera en condiciones.
El hombre, un gordo risueño de mofletes rojos como la punta de su narizota, tomó con caritativo esmero el pedido porque lo consideraba una distinción que la monja le hacía en tributo a su fe cristiana. Nada más lejos de la verdad: ella sabía que no tendría que pagarle ni un centavo por sus servicios. El hombre lo tomaría como una nueva y generosa contribución al fondo de caridad de la Iglesia, donde aportaba regularmente sumas más que importantes.
Cada tanto, mientras afinaba con absoluta concentración bajo la mirada de la Superiora, repetía que hasta del propio Teatro Colón era convocado para la afinación del piano del célebre coliseo.
Cuando terminó su trabajo, las monjas enanas lustraron las maderas hasta hacerlas brillar como nunca antes, y la limpieza de los marfiles fue tan minuciosa que parecían nuevos. Culminada la reparación, la Superiora mandó a las dos monjas a buscar a Amanda, y juntas se dirigieron a la “habitación del piano”, como se la llamó desde entonces.
Al verlo, Amanda se sintió conmocionada. Temió preguntar por qué había sido convocada y llevada allí, interrumpiendo su obligada lectura del catecismo.
—Recuperamos este piano para usted, Amanda —dijo la Superiora sin mirarla, despreocupada de la interrupción de la hora de estudios teológicos.
—¿Para mí? —la pregunta de Amanda sonó intensa, tanto como la duda que la ganaba sobre aquella repentina generosidad.
—Vendrá un nuevo organista, y lo mejor es que usted dedique sus esfuerzos al piano. Este hombre ya nos dijo que no permite que nadie ocupe su lugar. Parece que su predecesor —su maestro, me refiero —le habló maravillas de usted, tanto que al nuevo profesor le parecieron desproporcionadas. Le habló como si fuera una niña prodigio, una revelación de Dios al alcance de la mano, recluida en este colegio. Pero no logró convencerlo. Creo que, si el mismísimo Bach se lo hubiera dicho, tampoco lo habría aceptado. La envidia puede volver muy descreída a la gente. Él no la dejará ejecutar ninguna obra en el órgano del atrio.
Amanda escuchaba sin realizar el menor gesto, lo que desorientaba a la Superiora, que esperaba una reacción acalorada, un rezongo o algunas lágrimas. Ignoraba que Amanda había dejado de llorar hacía años: toda esa perorata no la movía ni al odio ni al desencanto, y mucho menos al llanto.
—No estamos en condiciones de permitir una rivalidad entre un profesor designado por el señor arzobispo y una pupila —continuó la Superiora—, aunque nuestra alumna promete ser una eximia concertista, lo que significaría mucho para el prestigio de esta casa de Dios. La solución más ecuánime, de acuerdo con lo indicado por su Ilustrísima, es dejarle la condición de único organista al nuevo maestro y ofrecerle a usted este piano, propiedad de la institución, que nadie ha usado en años.
Amanda podría haber preguntado muchas cosas, pero en esos años de internado había aprendido que no resultaba útil cuestionar decisiones ya tomadas por otros.
Sus sentimientos eran encontrados. Por un lado, estaba sinceramente decepcionada: un arribista recién llegado le prohibía ejecutar el órgano con el que había aprendido todo de su viejo maestro. Por otro, el piano relucía invitándola a acariciarlo. El ambiente era amplio y confortable, y la acústica, aunque no comparable con la de la iglesia, era lo bastante buena como para resultar adecuada.
Amanda se sentó al piano y ejecutó una breve gavota de Bach. Luego, sorprendiendo al reducido auditorio, interpretó el primer movimiento de la sonata número ocho, la Patética de Beethoven, en do menor, tonalidad con la que se identificaba en sus horas de angustia.
La partitura había sido un regalo del cura concertista, quien la llevaba consigo desde su juventud y la cuidaba como un tesoro. Le había contado más de una vez que se trataba de un obsequio de un viejo de apellido Williams. Como tantas veces le aconsejó, Amanda leyó y releyó la sonata, pero en esa ocasión el maestro le indicó que no lo hiciera como a un poema. Con palabras que parecían salir de los tubos de su máquina de Dios, al modo de un bajo continuo que diseminaba verdades como semillas, le dijo que debía leerla como un texto misterioso, una incógnita del pensamiento. Un texto que, aun sin poder reconocerlo todavía por su juventud, la prepararía para enfrentar las trampas de la fe que seres clandestinos impondrían para someter su espíritu a la traición y la felonía. Amanda sospechó con sinceridad que su maestro deliraba por alguna circunstancia desconocida. Las alucinaciones no le eran ajenas: las padecía a menudo, llevado por las músicas que ejecutaba sin descanso.
Recordó que, al interpretar la Toccata, adagio y fuga en do mayor, el cura había tenido un suceso místico: juró haber sido visitado por el Ángel de la música, motivo de su adoración, y se angustió durante horas porque no supo celebrar adecuadamente el advenimiento de ese ser extraordinario.
Durante varios días volvió sobre sus argumentos. Le reclamaba ejecutar la Patética con la íntima convicción de que devolvería la fuerza de la fe a sus oyentes, para que recuperaran el aliento divino y no se sintieran jamás abandonados ni dispuestos a renunciar a lo más preciado. Su música debía ser la derrota de la trampa del desamor, el triunfo del amor verdadero, el de la sacrificada Liu, muerta por amor ante la gélida mirada del poder imperial. Amanda debía transformarse en el sostén de un estandarte victorioso, sublimado en algo de cielo y algo de nube. Una premonición que ella no alcanzaba a descifrar.
Le preguntó cómo llegaría a tal estado de ánimo, a tal fuerza de carácter para salir victoriosa de tantos dilemas. El cura le respondió esperanzado que solo lo lograría si captaba la esencia de lo patético, aquello que atravesó el autor al componer la sonata para un príncipe cuyo nombre nunca recordaba. La clave era captar la verdadera naturaleza de la obra.
El extraño discurso del maestro le agregó incertidumbres a las que ya padecía a pesar de su corta edad. Más aún cuando le exigió con vehemencia aprehender la espiritualidad y la fortaleza de la décima musa, con quien ocasionalmente la comparaba. Amanda no podía reconocer en ningún nombre de mujer ni en ninguna historia extraordinaria a quién se refería.
Ese mismo día, poseído y en estado de alteración manifiesta, le advirtió con solemnidad —inusual en él, hombre de trato amable y llano— que se precaviera de cualquiera que, aprovechando sus angustias y abandonos, le ofreciera una misión extraordinaria, una acción única e irreproducible. Si no podía evitar ese encuentro, debería saber que su vida cambiaría para siempre: iría a un lugar del que no volvería jamás, donde sería al mismo tiempo prisionera y libertadora, y sus carceleros procurarían obligarla a renunciar a toda forma de amor, incluso a su arte. Si lograba vencer el conjuro del desamor en cualquiera de sus formas —y en especial la más alevosa, la traición artera—, solo entonces llegaría a ser quien debía ser.
La advirtió que padecería la misma desgracia que aquella musa de la que hablaba, obligada a abjurar de sí misma. Los inquisidores podían cambiar de ropaje y ocultar sus rostros tras máscaras humanitarias, pero nunca abandonarían sus crueles decisiones. No solo aspiraban a que la condenada confesara sus supuestos pecados y renunciara a su fe, sino a que repudiara sus propios actos y reclamara para sí el peor castigo. La perseguirían hasta el fin de sus días, y solo en una luna tronante de magnífica luz hallaría la paz que anhelaría de por vida. Tras el paso de esa luna, al alba, llegaría su último triunfo y podría proclamar su victoria imperecedera.
Escribiendo con su dedo en el aire, recitó: “Vuelve a ti misma los ojos y hallarás, en ti y en ellos, no solo el amor posible…” Luego se llamó a un riguroso silencio que no abandonó durante días.
Tal vez al sonar los últimos cinco compases de la sonata —que el cura le reclamaba comprender como un texto extraordinario—, al ejecutar esos cinco acordes finales que se elevaban como torre hacia el cielo de los encantamientos, Amanda tomó la decisión que cambiaría para siempre su destino. Fue entonces cuando una de las monjas enanas le dijo que se arreglara la ropa y el peinado: su padre no tardaría en llegar a visitarla. 

***

Autobiografía
en secreto

de
Amanda Da Silva
Las
vísperas

***

X – Se acabó 

“Si no me sacas de acá, voy a odiarte hasta que me muera.”

La vio demasiado delgada, casi raquítica, y la juzgó enfermiza. Pero su mirada contradecía esa sensación de despojo que Miguel tuvo al verla caminar hacia él por la enorme galería que precedía al patio del colegio.
Amanda se detuvo a un par de metros, quizá menos, para observarlo. Lo miró con detenimiento y luego avanzó unos pasos más, aunque mantuvo la distancia. Miguel estaba desconcertado: ella le impedía de ese modo que la abrazara. En ese momento, Amanda no deseaba que nadie —ni siquiera su propio padre— la estrechara entre sus brazos.
Sobre sus flacos hombros traía los cinco acordes finales de la Patética, y encaramadas sobre ellos, flameando como hebras de viento, las palabras del cura concertista que la invitaban a penetrar la esencia de la sonata para comprender las desventuras del sordo —y acaso las propias—, quien lleno de temores y angustias produjo esa maravilla. Ir al atributo de las cosas era lo que le propuso el maestro en aquella extraña conversación. Y era lo que ella había resuelto hacer.
Estaba aún insegura de sí, pero sabía que solo así alcanzaría la condición de la décima musa que el cura invocaba, esa mujer de paloma y trueno, de rimas perfectas y amorosas, de la que no tenía referencia ni certeza de existencia.
Concluyó, al sonar el último acorde del penúltimo compás y repasar el enigmático discurso del maestro, que debía salir de su reclusión dispuesta a enfrentar todas las trampas contra su fe y a proyectarse en los enamoramientos que la aguardaban con sigilo, sin temor ni desconfianza. Amores emboscados entre las cuerdas de un piano vertical y los acuosos recintos de una laguna suburbana. Después la vida propondría los caminos.
Recuperó, entre el último eco de la música y los escasos metros que la separaban de su padre, el hedor de la tierra en los dominios del agua, la morada de las aves sobre los altos árboles del villorrio, el sonido de los sapos camuflados entre los pastizales.
Miguel no tardó en captar que su hija ya no pertenecía a ese lugar. Aun sumergida en las solemnidades del internado, estaba viva en otra geografía menos solemne pero más vital, donde había crecido entre láminas de cielo, saludos del viento, lágrimas de estrellas y brumas de tormentas.
En la misma mirada desafiante de Anita, Amanda sostenía su reclamo urgente. Para que no quedaran dudas de a dónde se dirigían sus pasos —con o sin aprobación paterna—, su rostro adquirió todos los gestos de su madre en clara señal de independencia, como cuando aquella emprendía una empresa dispuesta a llevarla hasta el final, incluso contra la desaprobación de su esposo, mientras diseccionaba catedrales de ecuaciones que no conducían a ningún sitio preciso.
El cambio era notable. La monja no había mentido. Las cejas, la nariz, la boca, el rostro afinado, las formas del perfume, el vapor del aliento. Su cabello caía como secretos hilos más allá de los hombros huesudos, sin afearla. Estaba bella a pesar de su delgadez.
Miguel sintió deseos de llorar, pero hubiera sido imprudente: Amanda no lo hubiera tolerado. Ya le había puesto el pecho cuando era apenas una niña pequeña y, como todo consuelo, terminó encerrada por años. Todavía conservaba en la palma de su mano aquellas voces roncas que escuchó en una habitación pituca pero ajena, cuando era muy pequeña, y que sonaron como cascabeles de piedras rodando hacia el abismo de un acantilado, donde esperó inerme el impacto de esos cantos negros que la arrojaron lejos de todo amor. Mejor era guardar las lágrimas para otra ocasión; de lo contrario, daría media vuelta y se recluiría en su “habitación del piano” para planificar su fuga.
—¿Cómo estás, hija? —preguntó con voz casi imperceptible, expectante de la respuesta.
Amanda adquirió entonces el comportamiento de un gato enojado: el lomo alzado, el morro tenso, la lengua reseca. Las huellas de un reproche descubrieron sus voces: “Palabra en la palabra, silencio en el silencio, dolor en el dolor. ¿Dónde estuviste, padre, todos estos años?” Miguel se aproximó al secreto de esos gestos. El tiempo de las dudas llegaba a su final.
—Si no me sacás de acá, voy a odiarte hasta que me muera. Voy a odiarte por toda mi vida —dijo Amanda con una voz tan gutural que parecía surgir del substrato profundo de sus células.
Miguel no esperaba esa furibunda exigencia. La monja le había advertido que no podía precisar hasta dónde el espíritu de la joven había mutado. En todos esos años Amanda nunca le había dado una orden a su padre. Esa vez fue todo lo contundente que podía esperarse de una muchacha harta del monjerío y sus rezos hipócritas a un Dios iracundo e injusto con su madre, con ella y con su hermano.
Miguel solo atinó a llevar sus manos a los bolsillos y bajar la cabeza, fijando la vista en la línea de las baldosas que se alejaban raudamente hacia el fondo de la galería con extraordinaria precisión. Trataba de pensar una salida a aquella exigencia, pero la intensidad de la mirada de su hija era tal que una respuesta incorrecta hubiera provocado una exaltación impredecible. Pensó en los reproches de Eriseta, su madre, la abuela que siempre reclamaba su libra de carne, y comprendió que no tenía alternativa: ya no había espacio para ambigüedad alguna. O su madre y sus caprichosas exigencias sobre la consanguineidad, o Amanda y sus reclamos. Se dio por vencido y aceptó el porvenir tal como se le presentaba. Después la vida dispondría los caminos.
Tras un tiempo breve pero intenso, dijo:
—Prepará tus cosas, que nos vamos.
Amanda sonrió como no lo hacía en años. Volvió sobre sus pasos y corrió hacia la habitación común de las pupilas. En el trayecto se pellizcó varias veces para asegurarse de que no se trataba de un ardid del sueño que la fastidiaba.
Al verla, sus compañeras no precisaron explicación. Todas habían aprendido a reconocer la felicidad de quien lograba marcharse de ese encierro asfixiante: una felicidad que iluminaba los rostros con una luz trascendente, distinta. Amanda, en ese momento, era verdaderamente feliz y estaba iluminada como nunca antes.
Mientras amontonaba en su valijita las pocas ropas que tenía, pensó solo en la jorobadita, a quien no veía desde hacía meses. ¿La autorizarían a despedirse con un cálido abrazo, con besos amorosos, de esa que había sido algo madre, algo hermana, y su cómplice de versos y metidas de pata? Rogaría de rodillas a la Madre Superiora para que se lo permitiera.
Besó a todas sus condiscípulas, se despidió entre mares de lágrimas y caricias fraternales. Bajó las escaleras como una brisa fresca y buscó a Miguel en el despacho de la Superiora. Llamó varias veces a la puerta. Desde adentro, la voz de la monja sonó iracunda:
—Espere afuera, alumna.
Allí quedó, esperando.
Miguel salió con rostro grave de esa última conversación. Qué se dijeron, Amanda nunca lo supo: él prefirió no hablar del asunto. ¿Podría despedirse de la jorobadita? Le dijo que ni lo soñara, que cualquier pedido suyo sería rechazado. La monja se consideraba traicionada: por el padre, al que despreciaba por pusilánime, y por la hija de la crencha engrasada, abandonada en el momento en que rescataron el viejo piano para ella.
¿Jamás volvería a saber de aquella monjita confidente? ¿Sería ese otro dolor agregado a las cuentas de su rosario? ¿Sería la Superiora una de aquellos inquisidores de los que le habló el cura concertista? ¿De los que, camuflados bajo aspecto piadoso y máscaras de rostros humanos que entregaban sonrisas complacientes, escondían las peores arrogancias y solo eran portadores del desamor?
Debió resignarse: no tenía forma de socavar los muros del claustro donde la Hermana del poemario prohibido estaba encerrada.
Mientras se dirigía al automóvil detrás de Miguel, volteó para mirar el colegio en el que había pasado largos años de su infancia y parte de su adolescencia. No vio nada más que muros extraordinarios. Subió al automóvil y se acomodó en el asiento trasero.
A través del vidrio de la luneta, Amanda observó el edificio del internado desde una perspectiva única: se le presentó como un descascarado caserón en un páramo yermo, ardiente y desolado. Nunca lo había percibido de ese modo. Era la última vez que lo miraba. La última y para siempre. 

***

Pasión y muerte 

de Amanda Da Silva 

Pasión (1) 

***


I – ¡Corre, Amanda! ¡Corre! 

—Amada, ¿hiciste lo que te ordené? —preguntó Eriseta, mirando por encima de un mantel que desplegó para observarlo meticulosamente. Buscaba decidir si estaba limpio como esperaba. Las manchas de vino tinto solían ser rebeldes por naturaleza. Miguel tenía la “maldita costumbre” de dejar caer la última gota desde el pico de la botella al servirse, manchando todos los manteles.
—Sí —respondió Amanda, lacónica, indiferente.
—¿Sí qué? —enérgica y disgustada, Eriseta reclamó una aclaración. Con la misma indiferencia, Amanda corrigió su respuesta:
—Sí, abuela —dijo con voz apagada, en los tonos arenosos y lúgubres de un fagot atormentado.
—Así no, m’hijita. Decí fuerte: ¡sí, abuela!, con ganas, con energía. Como un soldado. Parece que en el colegio no te enseñaron cómo dirigirte a tus mayores.
—No soy soldado, abuela. Soy Amanda.
—No me gusta que me contestés. Ya te dije que dejés esa costumbre de replicar cuando te digo algo. Todo el tiempo tengo que corregirte. “¡Amanda! Hacé esto”, “¡Amanda! Hacé lo otro”. “¡Amanda! ¡Amanda!” Tengo que andar por toda la casa llamándote, como si tu nombre representara algo en esta casa.
Amanda pensó para sí: Amanda, la que debe ser amada, la que es digna de amor. Luego suspiró resignada. Giró para salir de la cocina-comedor y dirigirse al amplio living, donde la esperaba el piano dispuesto a sonar como nunca antes. Apenas un valsecito, una canzonetta añorando la lejana patria, pero nunca, hasta entonces, había sonado Bach como Amanda lo ejecutaba con rara maestría. Eriseta dedujo la dirección de su nieta y decidió abortar el intento de fuga de la joven pianista.
—No terminamos todavía, señorita —la detuvo con voz tajante. Amanda quedó paralizada por la advertencia—. Tengo otro trabajito para vos. En esta casa no mantenemos vagos, y menos vagas. ¡Qué horror! ¡Vagas! ¡Musiqueras! ¡Pianistas! ¿Dónde se ha visto? ¿Para qué sirven las pianistas?
—Para tocar el piano, abuela. ¿Para qué otra cosa vamos a servir?
La muchacha no pudo disimular su fastidio. Jamás se le ocurrió que alguien pudiera renegar de la música. Preguntar para qué sirve la música le parecía absurdo; preguntar para qué sirve un pianista, aún más.
Si el cura concertista la hubiese escuchado, la habría puesto de patitas en la calle. Por mucho menos enfrentó a la Madre Superiora, a la que tuvo cortita hasta que la liberó su sorpresiva muerte.
“La música da razón al mundo”, decía él, filosofando mientras sus dedos recorrían el teclado casi con independencia de su voluntad. Afirmaba que sus manos ya no lo respetaban, que ejecutaban la música por decisión propia, sin esperar las órdenes de su cerebro.
En verdad, los cuestionamientos de Eriseta no se dirigían contra la música, que no le producía ningún sentimiento. Era absolutamente indiferente al arte. Sus controversias eran sobre Amanda, sobre su educación, sobre su destino. ¿Concertista? ¿Para qué querría la familia tener en su seno a una concertista? Las mujeres no habían nacido para tocar el piano. ¿Qué profesión era esa? ¿Cómo se ganaría la vida? ¿En burdeles de mala muerte, tocando músicas baratas para que prostitutas aún más baratas atendieran a borrachines y pervertidos?
Ser esposa, madre, cuidar la educación de los hijos, atender al esposo, dirigir la casa: esa era la misión de una mujer. ¡Con la música a otra parte!
Después de discutir con Miguel a puertas cerradas, cuando lo vio entrar llevando de la mano a Amanda —a quien no había visto durante esos años—, Eriseta decidió que sería ella quien impondría las condiciones de la permanencia de la muchacha en su casona. Se quedaría allí, no podía impedirlo, pero bajo sus términos. De otro modo, no lo toleraría.
Se atribuyó la potestad de disciplinarla para transformarla en una joven dócil y apetecible para algún muchacho rico que necesitara una esposa bonita y hacendosa: alguien que atendiera la casa, los hijos, su esperma, y lo librara de toda responsabilidad doméstica.
Conocía varios de esos mequetrefes de alcurnia, hijos de familias importantes, jóvenes tan inútiles como ricos, listos para desabrochar sus braguetas y abrir sus bolsillos para que cualquier “mujerzuela” metiera sus manos acariciando tanto los billetes como sus penes, en ese orden. ¡Dinero! La piedra filosofal, el secreto de la vida. ¡Dinero! ¡El Dios moderno!
Sexo con prostitutas: la quimera de esos muchachotes desprejuiciados. Vaginas lúbricas, bocas húmedas, lenguas serpentinas, sudores afrodisíacos como elixires irresistibles ofrecidos al menudeo. Arrebatos que hacían burbujear como champagne francés la sangre corriendo por arterias dilatadas y calientes. ¡Siempre tirar manteca al techo! ¡Vida! ¡Vida!
Cada tanto, “une touche” de la mejor droga: narices ardiendo, bocas babeando. Luego dormir a pata suelta entre cuerpos desnudos, enroscados, confundidos unos con otros, sin posibilidad de que cada cual recobrara sus propias manos, brazos o piernas. Un raro aquelarre de lúbricos cuerpos fatigados.
Todos esos jóvenes, sostenía Eriseta, eran buenos partidos para el negocio del matrimonio. Porque, después de todo, el matrimonio era eso: un negocio. Si bueno o malo, dependía de cada una. Acertar con la elección era el gran secreto, como cualquier inversión. El acierto significaba recompensa: vida cómoda, amplias casas, mucamas suficientes, nurses pacientes entrenadas para engatusar bebés que lloraban por las frágiles tetas de sus madres. Lenta pero segura acumulación de capital, malversando la cuota mensual para amasar una pequeña fortuna a espaldas del esposo. Sexo poco y formal —lo justo e indispensable para procrear la especie—; soportar algunos cuernos —nada extraordinario—. Eso sí, nada de infidelidades que pudieran arruinar años de cuidadosa especulación. Y si ocurrían, debían realizarse con el secreto más absoluto. Ninguna confidente: no hay confidencias que sobrevivan secretas.
Le enseñaría a Amanda que los hombres nunca eran garantía de discreción: les gustaba demasiado alardear de sus hazañas con otras mujeres, nunca de la propia, a la que presentaban como frígida e insulsa.
Los hombres, le explicaría, siempre eran de cuidar. Por separado, corderos asustadizos, incapaces de valerse por sí mismos, inútiles probados incluso para la más insignificante labor doméstica. Pero cuando lograban reunirse en noches de parrandas, se movían en manada, se olían los traseros unos a otros como perros y competían por el tamaño de las mentiras de sus gloriosos penes.
La diferencia entre las distintas clases sociales, decía Eriseta, eran los beneficios pecuniarios. Lo demás era intrascendente, minucias de la vida conyugal. ¿Y el amor? Una pregunta que alguien más de una vez le hizo. Entonces movía la cabeza de un lado al otro en señal de desaprobación. ¿El amor? ¡El amor! Y reía ridiculizando a su interlocutor. ¿El amor? ¡Qué pregunta más tonta!
Ella elegiría al pretendiente justo para Amanda. Conocía a todos esos por los que cualquier chica de barrio “se orinaría encima” de solo pensar tenerlo entre sus piernas, claro que después de tener bien aferrada en una mano la libreta de casamiento.
Así se presentaba el porvenir, y esperaba que a Amanda le entrara en la cabeza, lo que ella consideraba una sólida sabiduría femenina. Si lo que especulaba para su nieta se completaba, habría derrotado definitivamente al fantasma de Anita, la que le costó a su hijo una gruesa marca roja en el margen izquierdo de su excelente legajo.

***

Eriseta había quedado oculta tras el mantel. Lo alzó por encima de su cabeza y observó unas pequeñas manchas de vino que habían quedado a pesar de que una de sus mucamas lo había lavado con denuedo contra la tabla y con jabón blanco Federal. No estaba satisfecha. Esa sería una buena tarea para Amanda: aprender a quitar hasta la última suciedad de la mantelería, una habilidad que pocas mucamas demostraban y que esperaba que su nieta realizara como ella lo deseaba. Mano de obra joven, barata —pues a Amanda no tenía que pagarle— y maleable a voluntad.
—Vení para acá, Amanda, quiero que veas algo.
La muchacha caminó hasta donde estaba su abuela, que enarbolaba el mantel como bandera de domesticación. Lo hizo con resignación, abúlica, empezando a sentir ese fastidio que se le presentaba como una picazón que comenzaba en el rostro y se diseminaba por todo el cuerpo. Solo deseaba poder rascarse sin detenerse, a sus anchas, como los perros atestados de pulgas.
—¿Ves esta mancha? —preguntó señalando con la punta de la nariz un pequeño lunar color borravino. —Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, abuela.
—¿Vos no prestás atención a lo que te enseño?
—Sí, abuela.
—No parece. ¿Viste lo que te señalé? ¿Lo viste?
—Sí, abuela.
—Y las otras que están próximas a esa mancha, ¿las viste también?
—Sí, abuela, las vi.
—Quiero que las limpies todas, que no quede ni una sola. Quiero un mantel impecable. Allá afuera está la pileta, la tabla de lavar y el jabón blanco. ¡A frotar! ¡A frotar! ¡Y que no quede ni una mancha! ¿Entendiste?
—Sí.
—¡Sí, abuela! ¡Por favor! ¿Cuántas veces te lo voy a tener que repetir?
—Pero ya está lavado, abuela.
—¡Está mal lavado!
—Está lavado, abuela. Es un mantel, solo vos te fijás en esas manchitas insignificantes. Papá esta noche lo vuelve a chorrear con vino.
—¡No me discutas, mocosa! ¡No me discutas! ¡No quiero ver ni una mancha! ¡Ni una sola! No me interesa cuán chiquita sea. No quiero manchas. ¡Quiero que quede inmaculado como si fuera el manto de la Virgen María! ¿Entendido?
—Sí, abuela.
—¡Como un soldado, como un soldado! Con toda la voz decí: ¡sí, abuela! ¡Bien fuerte! ¡Sí, abuela!
—No soy un soldado, abuela, soy Amanda. Soy Amanda. Sería bueno que lo comprendieras —y pensó para sí misma, nuevamente: la que debe ser amada.
Todos los días, a toda hora, se oía la voz de mando de Eriseta:
¡Hay que lavar la ropa!
Y Amanda lavaba la ropa.
¡Hay que colgar la ropa!
Y Amanda colgaba la ropa. ¡Hay que comprar el pan! Y Amanda compraba el pan. ¡Hay que comprar la leche! Y Amanda compraba la leche. ¡Hay que lavar más ropa! Y Amanda lavaba más ropa. ¡Hay que hacer los mandados! Y Amanda hacía los mandados. ¡Hay que planchar la ropa! Y Amanda planchaba la ropa. ¡Hay que tender las camas! Y Amanda tendía las camas.
¡Hay que! ¡Hay que! ¡Hay que!
Así todo el día, cada vez que ella pretendía sentarse al piano.
Al principio ese destrato lo tomó hasta con humor, como un desafío interesante, y evitó todo comentario con su padre, para quien la convivencia marchaba de maravillas en ese reencuentro familiar tras la muerte de Anita. Además, hablar con Miguel era inútil: él jamás discutiría esos asuntos con su madre.
Las tareas que le imponía caprichosamente Eriseta las comparó con las que debe afrontar un atleta en una carrera con obstáculos. Amanda debía demostrar que era capaz de superar cualquier desafío y alcanzar la meta de sus ambiciones musicales, no solo con el talento natural del que disfrutaba, sino con esfuerzo constante.
Se concentró en leer las partituras, como le había enseñado su maestro, y ese ejercicio repetido le permitía recordar las composiciones sin dificultad. Llegaba al piano con toda la obra ya aprendida. Pero, como si un ojo de Eriseta la siguiera a todas partes para vigilarla —aunque estuviera a kilómetros de distancia—, cada vez que se sentaba al piano sonaba desde los cuatro puntos cardinales su nombre adosado a una tarea u obligación: “¡Amanda!”… y luego “¡hay que…!”
Con el correr de los días y las semanas, las exigencias fueron en aumento y se volvieron insoportables. Por todos los pasillos de la casa solo se oía algún murmullo de Jorge desde una habitación lejana —tosiendo, jadeando, enfermizo, fatigando un asma diagnosticada por curanderos disfrazados de médicos, que portaban extraños aparatos en sus manos— y la voz de Eriseta repitiendo incansable.

¡Hay que!
¡Hay que!
¡Hay que!

Un día —difícil saber cuál— Amanda se sintió rebelde como nunca antes. Dejó la tarea que estaba realizando por orden de su abuela y se dirigió a toda prisa hacia el piano. Esa vez tocaría todo lo que quisiera: escalas ascendentes, escalas descendentes, acordes mayores, acordes menores, arpegios desde los tonos graves a los agudos y desde los agudos a los más graves. No prestaría atención a ningún reto, no permitiría ninguna interrupción. Bach no merecía esa falta de respeto. Y si Eriseta la retaba chillando con esa voz de corneta que usaba para maltratarla, tocaría más fuerte, más rápido, más fuerte aún, hasta aturdirla. Y cantaría, ¡sí, cantaría! ¿Por qué no? Si ella cantaba y lo hacía muy bien. Cantaría tan alto y tan fuerte que hasta podría hacer estallar la fina cristalería que, a poca distancia del piano, reposaba protegida en una vitrina de estilo francés.
Estaba realmente dispuesta a desafiar a Eriseta. Pero al llegar al amplio living comedor no encontró el piano donde siempre había estado, algo hacia la derecha visto de frente, esperando apacible que alguien lo tocara. No estaba ni allí ni en otro lugar. El piano había desaparecido. Se dibujaba su silueta en la pared donde estuvo apoyado, como una marca siniestra, un retrato espantado de lo que fue, pero ya no era más.
Balbuceó unas palabras que ni ella misma comprendió. Descifró la mirada de su abuela espiándola desde una distancia prudente y la sonrisa perversa que caía de sus labios viscosos, pintados de un rojo furioso, de un rouge insoportable.
—Abuela, ¿dónde está el piano? —preguntó encolerizada, aunque logrando contener su furia. —Lo vendimos. ¿Para qué queremos piano en esta casa? —¿Lo qué…? —Lo-ven-di-mos. ¿Querés que te lo repita? Lo-ven-di-mos… Pasó un ropavejero que quería regalarle un piano a su hijo y se lo vendimos por unos pesos. El hombre se fue feliz, radiante, nunca contó con una suerte semejante. Me dijo antes de irse, mientras me besaba las manos: “ahora sí tendré un hijo concertista”. Qué bueno es hacer feliz a la gente. ¿No te parece, querida? ¿Algo más querés preguntarme?
Esa noche Amanda no comió. Pudo preguntarle a Miguel por qué vendieron el piano, pero temía más la respuesta de su padre que permanecer ignorante.
Especulaba cómo podría arrimarse a Jorge para acariciarlo y suavizar la fatiga de su asma, arrojando a la basura esas medicinas espantosas, de olores nauseabundos y colores repugnantes, con las que lo abrumaban día tras día, hora tras hora, inmovilizado en una cama por semanas, como un lisiado incapaz de valerse por sí mismo. Y ese tormento que le aplicaban día por medio, con un pequeño martillo neumático que un curandero disfrazado de médico introducía en su nariz para machacarle el cerebro, desvirtuar las órbitas de sus ojos, inflamar los cornetes hasta dejarlo incapaz de respirar. Tomaría a Jorge de las manos y saldría con él corriendo hacia cualquier lugar posible.
Divagaba en su ira sobre todos esos asuntos cuando una voz de aroma luminoso la convocó a un instante de sosiego. No podía decir si era un delirio aparecido entre las amenazas de una fiebre que brotaba en el disgusto de ese odioso momento, o una secreta ensoñación.
Le preguntó: “¿Ese es el porvenir que esperás?”, pero la voz se corrigió al instante: “¿Ese es el porvenir que deseás?”. Amanda vaciló. ¿Y si no ese, cuál? ¿Palpitar la música? ¿Aullar la palabra? ¿Acechar el amor? ¿Quién decide el destino de una simple muchacha que perdió a su madre sin mediar ni siquiera un adiós?
La voz le propuso descifrar la cuna intrusada desde la muerte de Anita, y luego sentir el aroma rancio de ese porvenir al que se aventuraba.
Sonaba como una copa llena, como un misterio de sal marina, como la reunión de las semillas de una aurora. “Que no se llame a engaño”, le dijo. Y repitió desde el imperio de su misterio: los corazones de piedra ya habían decidido su futuro.
No sería concertista, no estudiaría música. No precisaba explicarlo: podía palparlo con las yemas de sus dedos. Por eso vendieron el piano.
La cuestión de la música ni siquiera entraba en consideración. Para los corazones de piedra solo se trataba de un desvarío contagioso de un cura que murió sin darse cuenta. La Madre Superiora había propuesto un exorcismo para erradicar los desvaríos. Era un signo alentador de sanación: desaparecer el instrumento de la perversión. Los corazones de piedra aprobaron la sentencia, ejecutada en los suspensos de la mañana temprana.
La voz le dijo que debía repasar Nessun Dorma. Si hubiese comprendido el poema, tal vez habría logrado vencer. Porque para vencer, nadie debía dormir: el momento trascendente era justamente al alba.
Luego le dijo que no la dejarían ser Amanda. ¿La que merecía ser amada? ¿La que era digna del amor? Para los corazones de piedra eso era una mera ilusión. No querían hablar de otro delirio, porque después de todo, un nombre podía ser solo eso: un nombre. Pero a ella no la dejarían ser Amanda; podría ser fulana o mengana, zutana o perengana, pero nunca Amanda.
Nada de amor. ¿Para qué le serviría? ¿Quién, en el mundo moderno, se preocupaba por el amor? El amor era una distracción del carácter. Los corazones de piedra hablaron del asunto de la décima musa, y en su destino hallaron más justificativos que los que esgrimieron al principio de sus deliberaciones. La musa terminó abdicando sus amores, uno por uno, hasta quedar despojada de todos ellos.
Finalmente, la obligarían a olvidar a Anita, su madre —la peor de todas—. Escondieron su prontuario en un oscuro sótano para no humillar a la familia. Negociaron que quedaría como un ingrato recuerdo en la más completa clandestinidad.
Ni Amanda, ni Amor, ni Anita. Las tres “A” prohibidas. Otra vez el número tres, el número trágico.
La voz insistió en ese asunto del número tres: Tres veces negó Pedro antes que cantara el gallo. Tres llamados del destino. Tres preguntas sin respuesta. Tres veces tres. Treinta y tres, la edad de la muerta.
Y al final soltó una pregunta que dejó a Amanda sin aliento: “¿A qué edad murió tu madre, Amanda?”. No pudo responder: no lo sabía.
La voz volvió con sus augurios. Con tono ceremonial, sonando como en la cámara dorada donde se atesoran solo palabras escogidas, le dijo que, de permanecer allí disciplinada, solo sería esposa atenta y sumergida en un hipócrita sopor de aburrimiento, representando un enamoramiento ficticio, una forma de servidumbre adocenada.
Que unos niños sin rostro correrían a su alrededor, fatigando sus días. Que su vientre se hincharía, sus piernas se deformarían, sus manos dolerían artríticas. Que su espalda se vencería por el peso de una máscara cruda que llevaría a cuestas para siempre, simulando sonrisas. Que tres veces por noche lloraría sin consuelo. Que Bach la odiaría para siempre y el cura loco, ese concertista que le entregó la llave de la música, abominaría su abandono.
La voz se extinguió, corrida por unos perros de colmillos que ladraron tres veces: “¡hay que!”, “¡hay que!”, “¡hay que!”, espantando la voz de las verdades. Pero lo dicho, dicho estaba.
¿Creerle a ella o atender los ladridos de esos lebreles que babeaban un fermento viejo como el pecado original de la traición de Adán contra Eva?
Despertó en esa cama que no era la suya, entre las mismas sábanas rosadas con perfume a azahares de la habitación pintada de color morado. A una distancia no mayor a un metro, aún permanecía expectante la pequeña valija de cuero, como si siguiera esperando que ella la tomara para partir a un viaje del que no volvería jamás.
A lo lejos se repetían unas voces roncas llegadas de un pasado algo lejano, voces que ya no luchaban entre sí como entonces. Amanda, en esa oportunidad, no tuvo miedo.
Las voces no habían perdido su raro sonido a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo, hacia el abismo de un acantilado en el que esperaba inerme el impacto de esos mismos cantos negros que ya la habían golpeado con fuerza. Pero ahora eran voces sosegadas, puestas de rodillas, corroídas por insectos que bebían sus jugos vitales y las dejaban tan enfermizas como inútiles. Voces sectarias que habían renunciado al amor hacía ya demasiado tiempo. Los corazones de piedra latían en estado terminal.
Se recriminó no haber tomado a su hermano entonces y haberse marchado con él, a lo de Carmen y Francisco, a lo de las alemanas, a las encrucijadas de las espumas de la laguna, donde los sapos añoraban sus juegos entre tribus verdes de pastos que brotaban de la tierra tras una copiosa lluvia. Cualquiera de ellos los habría cuidado con bondad. En el villorrio de su nacimiento solo había lugar para la bienaventuranza.
No tenía esperanzas en su padre. Miguel había mutado con el paso del tiempo, ya no era el que la acarició tantas veces bajo el alero pequeño de la casita de madera. ¿Aún lo amaba? ¡Y cuánto! Pero había adquirido ese aspecto de intruso que equivocó el camino definitivamente.
Amanda se impuso el desafío de regresar al apacible caserío suburbano. Allí estaba la pequeña valija, esperando que la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar donde fracasaban todas las soledades. Le decía: “¡Corre, Amanda! ¡Corre!”.
“¿Y mi hermano?”, preguntó ella, esperando una respuesta que la satisficiera. La valija repitió sin dudar un instante: “¡Corre, Amanda! ¡Corre!”. Y agregó un consuelo: “¡Ya volverás por él cuando sea el tiempo de la cosecha!”.
Escuchó por última vez la substancia de todos esos rencores que la acechaban desde hacía años y que permanecían embotados en la habitación pintada de color morado. Tomó la pequeña valija forrada de azul y escapó por la puerta de entrada, la que nunca tenía echada la llave porque nadie, hasta entonces, se había atrevido a abandonar los dominios de la familia de la abuela Eriseta. 

***

II – De vuelta al pueblo 

El pueblo no había cambiado demasiado desde que Amanda salió de él para terminar en el internado de las monjas.
Como entonces, las mañanas clareaban sin apuro y, salvo los días de lluvia, cuando todas las calles se anegaban y se transformaban en barriales por los que corría un lodo liviano en dirección a la laguna, se podía caminar a paso firme.
Las vereditas habían sido mejoradas con ripio, progreso menor que llegó de la mano de la carbonera, negocio de un diputado conservador de la provincia de Buenos Aires que había provocado la protesta de los vecinos, quienes habían visto cómo sus casas empezaban a llenarse de un hollín espeso y caprichoso que tiznaba todas las cosas. Las patronas chillaban porque no había forma de blanquear la ropa, que se ennegrecía, adquiriendo un tono gris que ni el azul blanqueador y el sol combinados podían derrotar con facilidad.
Los trabajadores, en su inmensa mayoría, se dirigían a la capital y solo unos pocos, como Carmen y Francisco, caminaban algunos kilómetros campo adentro, hasta las quintas donde se producían verduras y frutas. Todos madrugaban para prepararse y salir a trabajar.
A las tres y media del nuevo día sonaban los despertadores a cuerda en todo el barrio, y los faroles «sol de noche», o las lamparitas de quienes ya tenían luz eléctrica, se encendían e iluminaban las casitas. Tomaban algunos mates con el pan sobrante del día anterior, que tostaban para hacerlo crocante. Si no había pan, una buena galleta marinera, especialidad de la panadería del pueblo donde se proveían todas las familias, alcanzaba para no salir con la panza vacía.
La mayoría de los trabajadores esperaba en el andén el arribo del tren desde las zonas más alejadas del suburbio. Pero los más veteranos preferían refugiarse en el boliche «El Secreto», donde tomaban una medida de grapa o ginebra para calentar el garguero y hablaban de asuntos de poca trascendencia. No era habitual hablar de política y, desde que se impuso la designación de los delegados de manzana, alcahuetes con título oficial, mucho menos. No importaba si se estaba con Perón o en su contra: eso de andar llevando y trayendo chismes políticos a la unidad básica no conformaba a la gran mayoría.
Las represalias contra los opositores no eran bien vistas por ningún vecino. Después de todo, compartían las mismas penurias y sacrificios. Los más viejos, que además eran muy bichos, recordaban que nada era para siempre y les sugerían a los más fanáticos moderar sus fervores, no fuera cosa que, a la larga, la venganza política terminara por volverse en su contra cuando el régimen tocara a su fin.
El boliche, cuya luminaria pretenciosa anunciaba «Bar-confitería», conservaba el espíritu de los viejos almacenes de ramos generales, donde, además de comprar artículos de toda clase, los vecinos se juntaban a tomar unas copas antes de la cena y a jugar por porotos a las cartas: chinchón o truco, este último, el preferido.
El propietario, un gallego enorme y de carácter hosco, pero no pendenciero, que despedía un olor rancio y penetrante a transpiración, había prohibido jugar por dinero después de que unos malandras se trenzaran a cuchilladas y uno quedara tendido, medio muerto, desangrándose en el salón. Aquel había sido el último duelo del que se tenía memoria. El comisario lo había obligado a cerrar el negocio durante dos semanas, periodo durante el cual se vio privado de los modestos ingresos con los que sostenía una numerosa prole, cuyo número exacto nadie había logrado establecer.
El «Gallego», así, a secas, como se lo conocía, atendía durante toda la noche y la madrugada. Su esposa, tan voluminosa y hosca como él, aunque de olor más penetrante e insoportable, tomaba las riendas del negocio desde la mañana hasta que caía la tarde, hora en que debía ocuparse de las tareas de la casa, que incluían dar de comer al batallón de niños mocosos que chillaban de hambre y cuyos gritos podían escucharse desde varias cuadras a la redonda.
En «El Secreto» también se solía jugar al dominó, un juego tranquilo que los más viejos practicaban aburridos, impedidos por sus achaques de sostener una reyerta más allá de unas palabras de más. También se levantaba quiniela. Jugar unos centavos a un numerito soñado o vinculado a un suceso excepcional era una obligación que no se podía pasar por alto. Si la patrona olvidaba jugar el número indicado por el marido, aquello era motivo de brutales reproches.
La sola posibilidad de acertar un número a la cabeza y recibir un buen toco hacía perder a los hombres la perspectiva de las cosas. Deliraban con fortunas extraordinarias, enormes montañas de billetes que escalarían entusiasmados para mirar, desde las alturas del dinero fácil, a sus antiguos vecinos, quienes, carcomidos por la envidia más oscura y embobados como zombis, les rogarían una limosna, aunque más no fuera para disfrutar de algo de aquel milagro del azar.
Don Prudencio, o Serafín, llamaban al hombre que levantaba la quiniela, un asturiano de carácter afable. Usaba dos nombres, tal vez para confundir a sus perseguidores de la policía, que querían cobrar el diezmo correspondiente a todos esos negocios. Era un sobreviviente de la Guerra Civil española que se había salvado de ser fusilado por los fascistas gracias a una confusión inexplicable.
Era el quinielero de ese barrio y de todos los otros más o menos cercanos. El capitalista era otro español, a quien nadie conocía, también escapado de España cuando Franco derrotó a la República.
Prudencio, o Serafín, levantaba las apuestas de quienes jugaban por moneditas y pagaba con religiosa puntualidad y exactitud. Algunos que decían conocer su verdadera historia aseguraban que su capacidad para los números era consecuencia de su condición de artillero en las fuerzas antifranquistas, especialidad militar que exigía cierto conocimiento de la ciencia matemática. Tal vez fuera republicano, anarquista o comunista. Nadie podía asegurarlo, aunque una prostituta que solía atender sus necesidades amatorias una vez al mes dijo haber visto, debajo del vidrio de su mesita de noche, la estampita de un hombre de gruesos bigotes y rostro adusto, a quien él acariciaba por encima del vidrio con un amor extraño para un hombre de su tipo. Cuando le preguntaron de quién se trataba, ella no supo responder.
«El Secreto» solía ser, por las noches, el refugio de vagos y malandras que pasaban la madrugada al abrigo del frío del descampado y lejos de las miradas inquisidoras de los policías que debían hacer las rondas nocturnas. Los «milicos», como se los llamaba, reminiscencia de tiempos pasados, también se refugiaban, pero en una casilla del ferrocarril donde una enorme salamandra, alimentada con trozos de quebracho de durmientes descartados, calentaba el galpón, en el que hasta se podía dormir sin mayores inconvenientes. Salvo por el ruido chillón que hacían ratas y ratones al disputarse las bolsas de maíz que esperaban ser cargadas en los vagones del ferrocarril y despachadas a distintas estancias para alimentar a los cerdos, la noche podía pasarse con bastante tranquilidad.
A la hora de ir a trabajar, todos los haraganes y rufianes desaparecían. El trabajo era una obligación que se negaban a aceptar, y rechazaban cualquier argumento en su favor. Partían con rumbos inciertos para dormir hasta después del mediodía o, incluso, hasta entrada la tarde. Cuando abandonaban las mesas, las ocupaban los obreros que bebían sus tragos mientras esperaban la llegada del tren.
El boliche daba a la estación y, desde sus ventanas, podía oírse el ruido del ferrocarril aproximándose a lo lejos. Por una puerta del fondo, los hombres salían corriendo para subir al furgón, donde las bicicletas de los trabajadores colgaban, una junto a otra, de sólidos ganchos. Cuando llegaba a aquella estación, el tren ya venía cargado de pasajeros que viajaban hacia la capital.
Sincronizadas con llamativa exactitud, llegaban al mismo tiempo la formación que seguía hacia la ciudad y la que lo hacía en dirección a las zonas rurales. Decían que los viejos obreros y técnicos formados por los ingleses conservaban sus hábitos de puntualidad. Años después, aquellas zonas rurales desaparecieron por completo, desplazadas por el loteo generalizado que dio lugar al nacimiento de nuevos y populosos barrios.
Amanda descendió del tren mirando en una y otra dirección. No esperaba nada en particular, pero necesitaba recuperar las imágenes familiares del paisaje de su niñez. Los colores, las formas y los atributos de la geografía del suburbio eran caricias que le devolvían instantes amorosos, esos de los que había sido despojada desde la muerte de su madre.
Hasta el perfume del lugar le hizo sentir que volvía a aquellos días de la infancia. El olor al combustible de las locomotoras diésel se había disipado, empujado por las ventiscas que llegaban por detrás de cada formación, y los aromas propios del lugar cobraban preeminencia. La humedad de la laguna jugaba, solapada, con su nariz, impregnada del olor de los barros en los que se descomponían las hojas muertas de las plantas que rodeaban su perímetro. Con aquel olor llenó sus pulmones, que se hincharon satisfechos.
Abandonó la estación por una salida lateral del andén que daba a la calle paralela a las vías del ferrocarril, la que más se había poblado de modestas casitas desde que abandonó el barrio.
Caminó con lentitud por la avenida principal, tratando de reconocer todos los detalles.
La casita de madera canadiense le resultó más pequeña de lo que la recordaba. Podía verla mientras avanzaba por el camino paralelo a los grandes galpones carboneros que se habían instalado durante su ausencia, aprovechando los amplios terrenos vacíos que Ferrocarriles Argentinos tenía a ambos lados del tendido de las vías.
Sobre un terraplén de no más de un metro de altura, el enorme horno donde se quemaba la madera para hacer carbón humeaba como un gigantesco cigarro de color ladrillo y dejaba caer una llovizna de hollín de intensos reflejos azulados y metálicos. El hollín ensuciaba las calles que el viento, a pesar de su obstinación, no alcanzaba a barrer.
Tuvo que detenerse varios metros antes de llegar a la esquina de su casa, porque una angustia poderosa se apoderó de su corazón, que latía aturdido y desesperado. Apoyó su pequeña valija azul sobre la veredita de tierra mejorada con ripio y se quedó mirando la calle que se desenrollaba hasta la laguna. Hasta entonces nunca se le había ocurrido emprender una aventura semejante. La justificaba por el rencor que Eriseta le manifestaba a cada instante. Y eso de venderle el piano había sido la gota que derramó el vaso.
Le quedaba la angustia por Jorge como un regusto desagradable, pero la voz de sus sueños le había dicho que supiera esperar hasta el tiempo de la cosecha.
Una transpiración fría le recorrió todo el cuerpo. Se llevó una mano a la frente y retiró las gotas de sudor que empezaban a deslizarse hacia las cejas. Se sintió afiebrada, aunque sabía perfectamente que no tenía fiebre. Su malestar se originaba en asuntos del espíritu y no en otra clase de afección. Las medicinas que necesitaba no provendrían de las argucias de la química, sino de encontrarle sentido a todo aquello que le estaba ocurriendo. Y eso, en aquel momento, no estaba al alcance de su entendimiento.
Reconocía con facilidad que estaba falta de verdadero amor, y eso la deprimía y desanimaba. Ella era Amanda, digna de ser amada. ¿Y entonces? ¿Qué había pasado durante todos esos últimos años?
Tampoco su exagerada delgadez la ayudaba a pasar el tranco con facilidad. A veces se sentía débil, y esa debilidad encontraba su explicación en la pobre alimentación que le suministraban las monjas. En parte, porque no tenía apetito y había dejado de encontrarles gusto incluso a los alimentos que antes prefería. Por otro lado, porque la comida del internado era cada día peor: desabrida, escasa, incomible. Había perdido mucho peso en los últimos tiempos, y su extrema delgadez provocaba la preocupación de cualquiera que la observara.
Un vacío en el estómago la devolvió a la realidad de su fuga. No había cenado; estaba enfurecida por la venta del piano. Tampoco pudo desayunar: las pocas monedas que llevaba alcanzaban para viajes, no para un café con leche. No se animaba a entrar sola a “El Secreto” y pedir galletas. ¿Qué le diría la gallega cuando la viera?
Pasó un rato hasta que se decidió a entrar al boliche. Fue una noche extraña: rompió el molde y cantó a lo Merello ante la mirada asombrada del Gallego. La tristeza llenaba el lugar; la melancolía se pegaba a las paredes y, a la puerta del amor intenso, la voz se abrió como una herida. Incluso la mujerona y sus incontables purretes dejaron todo para escucharla —y eso que era una hora en que todos deberían estar durmiendo—; no pudieron evitar que les saltaran lágrimas por la emoción de oír ese tango reo, como si los dioses de la mitología tanguera lo hubieran querido así.
Cómo se proveería de comida era un asunto que todavía no había pensado. Primero pensó en pedir ayuda a Carmen y a Francisco, pero la casa parecía tapiada, como si nadie viviera ya allí. Si no eran los queridos bolivianos, las alemanas, el tambero o cualquier otro vecino la ayudaría; ninguno le mezquinaría un plato. Por unos días podría zafar con la buena voluntad de los antiguos moradores que la conocían desde niña. Se tomaría ese tiempo para decidir qué hacer. Sospechaba que su padre estaría al caer: Miguel sabía de sobra dónde encontrarla.
Llegó a la casita. El jardín lucía impecable, como la vereda de las alemanas. Se detuvo en la entrada, sin animarse a avanzar más. Notó que, en las inmediaciones, habían levantado algunas casas nuevas —se contaban con los dedos de una mano—, todas de material. La única sobreviviente de madera era la suya; aun así, lucía limpia y cuidada.
La de “La Negra” estaba justo al frente; la de Don Pedro, a la derecha; otra “Gallega”, que limpiaba casas en la capital, vivía cerca. Todas mostraban ladrillos a la vista, esperando el revoque final.
Esperaría a que las alemanas salieran a barrer su lustrosa vereda para pedirles la llave. Ellas se habían hecho cargo de cuidar la propiedad y mantener el jardín. Nunca aceptaron un peso de Miguel; lo hacían por solidaridad. Los delegados de Eriseta no volvieron después de dos o tres visitas.
La muerte de Anita conmovió al vecindario; la recordaban como una mujer hacendosa, de buen talante, solidaria y nunca mezquina con quien pidiera ayuda. Cuidar la casa, limpiarla y mantener prolijo el jardín era una especie de tributo a la joven muerta en el parto. Después de todo, repetían, había hecho el sacrificio supremo de una madre: dar la vida para salvar la de su hijo. En esas palabras se resumía la historia de Anita.
Los vecinos lamentaban no haber visto al niño más que un par de veces, cuando Miguel lo llevó para que lo conocieran. De Amanda conservaban el recuerdo de la niña que fue; verla adolescente, a pesar de su delgadez, sorprendía. La comparación con Anita fue inevitable.
—¿Eres tú, Amanda? —preguntó Gertrudis, la mayor de las alemanas, con picardía, al verla sentada junto a la puerta del jardín. Había salido del chalet con un lampazo enorme y estaba lista para encerar la vereda.
—Sí, señora. Soy yo.
—¡Hermana! ¡Hermana! La niña de la mujer muerta está aquí sentada en la puerta de su casa.
Amanda sintió un calor intenso al oír cómo la describían.
—Regresé —dijo— y quería pedirles que me abrieran la puerta de mi casa. Sé que mi padre les confió la llave.
—¿Regresaste? ¿O solo estás de paso? —No, señora, no estoy de paso. Regresé, como le dije, para quedarme. —¿Vas a quedarte sola? ¡Qué coraje! Volviste sola y flaca como una lombriz y vas a quedarte aquí como si nada. ¿Acaso donde te tuvieron no te daban de comer? ¿No eras muy chica para vivir sola en este barrio alejado de la civilización?
La alemana llevaba la escoba como si en verdad cargara una carabina.
—¡Schwester! ¡Schwester! —dijo en alemán.
—No entiendo el alemán, señora. ¿Podría hablar en castellano? También puedo entender el francés. —Podría hablar castellano, pero mi hermana prefiere que las cosas importantes se las diga en alemán. Eso la hace sentir también importante.
Por el pasillo lateral del chalet apareció la otra mujer, algo más joven y menos amable que la primera. —¡Amanda! ¡Amanda! Has vuelto a nuestro pobre lugar. Tal vez viniste con intención de quedarte con nosotras. ¿Te quedarás aquí, con nosotras, con estas dos pobres viejas alemanas que nunca pueden dejar de discutir?
—Se quedará, se quedará, no le queda más remedio. Nosotros no dejaremos que se marche nuevamente —dijo Gertrudis, señalando a Amanda con el dedo y contándole del llamado que habían recibido hacía pocos instantes.
—Tu padre acaba de llamarnos y dijo que no te dejáramos escapar por ninguna causa. Se lo notaba angustiado. Le dije seriamente: “usted algo habrá hecho para que la muchacha escape; los hombres siempre hacen estupideces”. —La otra añadió que lo había recriminado por su descuido como padre.
—Los hombres siempre echan todo a perder, muchacha. Es bueno que lo sepas. Incluidos los padres, y esos más a menudo que los maridos, lo sé por experiencia. Los hombres son especialistas en echar a perder todas las cosas: el amor, la paz, la comida, la cama. Todo. ¡Si lo sabré yo! —exclamó Gertrudis.
—No consideres escapar, Amanda, no te lo permitiremos —advirtió la menor de las hermanas.
—No voy a escaparme. Lo juro. Solo quiero que me abran la puerta de mi casa. Ustedes tienen la llave. —No jures en vano, muchacha, porque Dios escucha todos los juramentos —replicó la mujer.
—No juro en vano, señora.
—Me alegro —dijo—. Si no, tendría que retenerte a la fuerza. Aunque por lo delgada que te veo supongo que no podrías oponer mayor resistencia.
Amanda se encogió de hombros y esbozó una mueca que arrancó otras sonrisas de las dos mujeres. —¡Amanda! Cada día te pareces más a tu madre. ¿Lo sabías? —Gertrudis la miraba con detenimiento—. Ya lo creo que estás muy parecida; tengo muy buena memoria. Serás hermosa como ella. Tu mamá era una mujer hermosa. Además de atractiva, era inteligente y muy valiente. Mucho.
—No tengo ninguna foto suya. En el colegio donde estuve pupila las monjas no me dejaban tener ninguna clase de fotos.
—Las monjas son todas envidiosas y malignas —Gertrudis, atea convencida, se lanzó en su diatriba—. Para mí son como esos ángeles que Dios echó del paraíso por sus pecados. ¡Demonios de hábitos negros! ¡Cofias blancas y hábitos muy negras! ¡Solo querían la maldita manzana roja y jugosa! ¡Les gustaba la víbora mostrándoles su larga lengua bífida! Pero como no la pudieron tener, condenaron a Eva. De envidiosas. Porque Eva tuvo amor y ellas nunca. Adán permitió que la entregaran. Otro desgraciado. Un traidor vulgar. Ya les dije que los hombres solo sirven para arruinar las cosas. Así fue desde el inicio de los tiempos. ¡Pobre Eva!
Luego agregó:
—A las monjas las crearon para atormentar a niñas como tú y fastidiarnos la vida a las alemanas como yo. Nadie me pegó tanto en mi vida como esas monjas. ¿A ti te pegaban? Hijas de puta. Siempre dije que las monjas eran unas hijas de puta. Ni mi padre me pegó tanto como ellas, y eso que era un hombre siempre dispuesto a pegarte. ¿Miento acaso? —agregó, sin pedir permiso para seguir.
—Eras una maldita malcriada —maldijo la menor—. Nunca supiste tener la boca cerrada; por eso te pegaban seguido, para que te callaras. Papá te mandó al colegio de monjas para que alguien te enseñara educación. Él no pudo, a pesar de todo lo que te golpeó. Lo recuerdo perfectamente. Para mí todo el problema fue que te llenaron la cabeza con esas ideas absurdas.
—Absurda son tus palabras. ¿Qué clase de hermana justifica que unas monjas de porquería me pegaran cuanto se les diera la gana? Increíble. ¿No lo crees, muchacha? —Amanda asintió.
—Niña, ¿desayunaste? Te veo muy feo color —dijo Gertrudis, tomándole la cara y moviéndola de un lado a otro para observarla mejor—. Tienes la piel amarilla, color de mala bilis. De eso murió nuestra madre.
—Tenía casi cien años, hermana. La madre murió de vieja, de muy vieja.
—¿Y qué importa? Tenía un color horrible el día que murió. La bilis le invadió el cuerpo; de lo contrario hubiera vivido muchos años más. Era muy fuerte y muy ardiente. Ella fue quien le sacó la costumbre de pegarnos que tenía nuestro padre.
—Papá murió en la guerra. En una trinchera roñosa, llena de ratas y de cadáveres apestosos.
—¿Y quién crees que lo enroló en el ejército? —dijo Gertrudis—. Ella se quedó con el kapelmestir, que le cantaba hermosas canciones amorosas, mientras los hombres como nuestro padre morían como moscas, envenenados por los gases en esas trincheras llenas de excrementos.
—No hables así de nuestra madre. Era una sufrida mujer alemana; algo de amor precisaba.
—¡Entre las piernas llevaba todo el amor que podía! —exclamó Gertrudis, haciendo un gesto obsceno que llenó de vergüenza a Amanda—. El amor que más le gustaba era el de mayor tamaño. Todas lo supimos siempre y lo bien que hizo. ¿O acaso tú no escuchabas sus alaridos cuando el amor entraba por donde Dios manda?
La hermana menor, a punto de estallar de furia, cambió de tema para salir de la discusión.
—¿No desayunaste o entendí mal? ¿Dijiste, Amanda, que no desayunaste? —repitió.
—No, señora. No pude hacerlo.
—Entonces entrá hasta que llegue tu padre —dijo la menor, empujándola suavemente hacia adentro—. Te haremos un buen desayuno. De los que nos gustan a nosotras: pan casero, manteca casera, buen tocino y mucha leche recién ordeñada.
—A tu padre se lo notaba preocupado —explicó Gertrudis—. Yo le atendí el llamado. Tal vez es algo estúpido, pero después de todo es un padre viudo. Los viudos se vuelven torpes y no saben cómo manejar los asuntos de sus hijas. Las mujeres tenemos más experiencia en esos menesteres. No deberías ser muy severa con él, pobre padre viudo. Discúlpalo y vuelve con él, no lo hagas sufrir demasiado. Aunque yo le dije que se lo tendría merecido. ¿Qué podía haber hecho de malo una niña como tú?
—Yo no hice nada malo, señora. Yo no hice nada malo.
—Yo lo sabía, yo tenía razón. Una muchacha como tú no puede tener maldad en su corazón, menos si es la hija de una santa, porque tu madre era una verdadera santa.
La otra mujer, que había escuchado en silencio, citó un texto bíblico que Amanda conocía de memoria aunque no lograba relacionarlo con su fuga ni con la próxima llegada de su padre.
—“Cuando ya su rama está tierna y brotan sus hojas, sabed que el verano está cerca” —dijo.
—¿Qué tiene que ver la higuera en todo esto? —preguntó la mayor, con gesto de rechazo.
—Con la niña ha llegado el momento. Eso quise decir, bruta. Llegó el momento. Pasaron muchos años, pero llegó el momento. El fruto está maduro.
—¡Qué fruto ni fruto! —escupió la mayor—. Solo eres una bruta y ridícula alemana. Repetiste una frase hueca de tu insignificante y mentirosa Biblia. Eres una chupa cirios, lameculo de los curas…
—¡Vete al carajo, maldita comunista! —respondió la menor—. ¡Por eso las monjas te pegaban! Porque eras una maldita comunista con la cabeza llena de esas mierdas. ¡Socialismo! ¡Comunismo! Toda mierda. ¡Maldita comunista! ¡Por tu culpa fusilaron a tu esposo y deportaron a tus hijos! Te tuviste que meter en el hoyo la foto del Pepe Stalin.
Gertrudis se rascó la cabeza con violencia. Unas venas en la frente se hincharon hasta parecer a punto de reventar. La nariz se ensanchó, las arrugas se marcaron y las cejas se arquearon como el lomo de un gato enfadado. La boca quedó rígida, los labios apenas dos líneas moradas. Respiraba agitada; parecía que en cualquier momento tomaría a trompadas a su hermana. La pelea no pasó a mayores.
Con un ademán relajado la hicieron pasar a la cocina comedor del chalet. Todo lucía impecable; todo brillaba. Un perfume a jazmines venía de una enorme planta en un rincón. En la vitrina, pequeñas tacitas de porcelana relucían como si guardaran historias. De allí sacaron una taza grande para la leche: blanca, ceremoniosa, nívea.
La sentaron en una silla de mimbre amarillo, de respaldo alto; Amanda, que no era alta, pareció más pequeña aún. Al cabo de un silencio, el olor del pan casero invadió la casa; la manteca se untó con facilidad sobre la miga esponjosa, tal como en los años de su primera infancia. El tocino chirrió en la sartén de hierro y habló el idioma inconfundible de los buenos momentos.
Amanda se relajó. Comió, bebió y sintió alivio: estaba hambrienta y nunca había probado un desayuno así. Había algo de Anita en el ambiente, y eso la reconfortó.
—Señora —dijo Amanda, dirigiéndose a Gertrudis.
—¡Señora! ¡Señora! —respondió la mujer con su habitual teatralidad—. ¡La gata llora! ¿Qué te ocurre ahora?
—¿Y Carmen y Francisco? —preguntó Amanda, señalando hacia la casita de los bolivianos.
—¡Ah! ¡Horrible! —exclamó Gertrudis—. Se fueron a su tierra. ¿Bolidia, se llama?
—Casi, Bolivia —corrigió Amanda.
—La hija, Isabelita, murió de perritonitis.
—“Peritonitis” —replicó la menor burlándose de la pronunciación de Gertrudis—. ¿Se volvió “perrito”?
La menor se burló de cómo pronunciaba peritonitis su hermana.
—Di conmigo: Pe-ri-to-ni-tis. Peritonitis, del peritonio. ¿Entiendes, bruta alemana del Volga? No “perritonitis”. —Gertrudis estuvo a punto de golpear con un florero la redonda cabeza de su hermana, pero volvió la vista hacia Amanda, que estaba realmente conmovida.
—¿No te dijo tu padre nada de esto? —No, nada. —¿No digo yo que los viudos no sirven para nada? ¡Con lo que te querían ellos! Siempre lloraron por vos y por tu madre.
—Yo los amaba. Eran realmente buenos conmigo. Hubiese vivido con ellos de haber podido elegir. —Pero los niños no eligen su futuro; lo eligen sus padres y ellos lo soportan como pueden. Te lo podemos decir sin mentirte.
—¿Hace mucho que murió la hija? —preguntó Amanda.
—Dos años, tal vez algo más; no recuerdo bien. Debería mirar la estampita del velorio.
—¿Podremos ir a su tumba? Quisiera llevarle flores del jardín, esas tan hermosas que ustedes cultivaron.
—Me temo que no será posible. Se la llevaron con ellos a su país cuando decidieron regresar. Volvieron los tres juntos. Solo quedó la casita que cuida Don Juan, el correntino: un grandote, calvo, de pocas palabras, que se ha radicado con su esposa casi enfrente de la casita de los bolivianos. Tienen dos hijos. —Qué tristeza.
—Es cierto. Estamos llenos de tristezas —se quejó Gertrudis.
—Hay gente que no conozco, vecinos nuevos, que llegaron mientras estuve ausente. —Es que pasaron varios años. La vida sigue. La gente busca donde hacer el nido, como las aves. Aquí es lindo lugar: cerca de la ciudad, pero todavía tranquilo. Cuando este pueblo deje de ser pueblo, por suerte yo estaré muerta. No me gusta la ciudad. Todos locos.
Gertrudis repasó nombres de los nuevos parroquianos y le dijo a Amanda que tenía que conocerlos a todos.
—Nos ocuparemos mi hermana y yo de presentártelos.
—Habrá tiempo para ello —respondió Amanda, que prefería tomarse su tiempo para hacerse de nuevas amistades. A Gertrudis, sin embargo, los deseos de Amanda le importaban poco.
—Está “La Negra”, hija de portugueses, maestra de escuela; dos hijos pequeños. La española, a dos terrenos de nuestra casa. Un español que regentea una especie de pensión de señoritas. Un matrimonio del que nunca se sabe cuántos hijos tienen; siempre aparece uno nuevo. Ramón, el colectivero, y su esposa “La Mamaní”, y varios otros que te iremos presentando con el tiempo.
Amanda miró hacia las casas que le señalaba la alemana mientras escuchaba la lista. Le preguntó por la propaganda que decía que pronto rellenarían la laguna donde pasó parte de su infancia y lotearían esos terrenos. Gertrudis explicó que con la llegada de la fábrica textil la zona había cambiado: era una gran empresa que demandaba mano de obra, sobre todo mujeres. Sus dueños preferían que los trabajadores vivieran cerca de la planta; así integrarían la empresa al barrio y lo presentarían como fuente de progreso y bienestar.
Tras la instalación de la fábrica se prometió rellenar la laguna para ampliar la oferta de terrenos; luego vendrían el asfalto de las calles interiores, las cloacas y la mejora del transporte público. Con esa infraestructura, la fisonomía del villorrio cambiaría: perdería la apariencia pueblerina que tanto seducía a Amanda y adquiriría las formas y hábitos de los barrios suburbanos próximos a la capital.
Pero Amanda, para entonces, ya no viviría allí. La Agencia fraguaría su muerte temprana en un destructivo incendio para hacer desaparecer, casi mágicamente, a la muchacha y a su casita de madera canadiense de la memoria colectiva; se encargaría de que se perdieran todos sus registros públicos: documento, partida de nacimiento, registros bautismales, actas escolares —todo, absolutamente todo. Moriría un día cualquiera, decidido seguramente en el escritorio de un aburrido burócrata, y de su presencia no quedaría nada tangible.
La muerte se ocuparía también de los pocos testigos directos que la conocieron y trataron; con su desaparición, la existencia de Amanda Da Silva se alejaría definitivamente de la realidad. Sería solo un nombre en los archivos más reservados de la Agencia, archivos que, tiempo después, serían canibalizados por sucesivos enfrentamientos internos que terminaron por diezmar la documentación sobre su persona y sus actividades.
Sin saberlo, estaba entrando en el limbo que propone el olvido: allí, quienes arriban se transforman en una especie de fantasmas de la historia, y ni siquiera de la historia comprobable, sino de la tradición oral que, con el paso del tiempo, se torna más oscura e imprecisa. Sus habitantes mutaban en espectros: algunos creen religiosamente en su existencia sin albergar duda alguna; otros sostienen que no son más que entelequias, fabulaciones de un pueblo que necesita inventar mitos y leyendas para sobrellevar el peso de la historia sobre sus espaldas. 

***

III – Sin retorno 

—Señora, ¿cuál es su nombre? —preguntó Amanda a la mayor de las hermanas mientras se dirigían a su casa.
La otra prefirió quedarse limpiando la vajilla que usó la muchacha para desayunar. Se detuvieron unos metros antes de la puerta de entrada.
—Gertrudis. Pero hace mucho tiempo que nadie me llama por mi nombre.
—¿Por qué no la llaman por su nombre?
—Es una larga historia; aburre —dijo la mujer frunciendo el ceño.
—¿Y cómo la llaman?
—No quisieras saberlo.
—¿Y si quisiera saberlo, me lo diría?
—No, de ningún modo, niña.
—¡Dígame! —rogó Amanda—. Juro que sabré comportarme.
—No jures en vano, muchacha. —Gertrudis dijo esto último señalándola con gesto severo.
—Jamás juré en vano.
—Qué bueno. Pero créeme que no querrás saberlo. Te lo dice alguien que nunca habla sin razón verdadera. Llámame Gertrudis; para mí sería grato que tú me llamaras por mi nombre. Eres una buena muchacha y muy bonita, por cierto. Llámame Gertrudis, que contigo estará todo bien.
—De acuerdo. ¿Mi padre sabe su nombre?
—No, de ningún modo. Él me llamó siempre «señora». A lo sumo, «señora
vecina».
—¿Y su hermana cómo se llama?
—No lo recuerdo —mintió riendo—. Era un nombre insignificante, por eso lo he olvidado. Olvido todas las cosas insignificantes.
—Entonces, ¿cómo debo llamarla? —Amanda aceptó complaciente la reserva de la alemana con respecto al nombre de su hermana.
—Como te plazca. No es de mi incumbencia. Yo te podría decir un nombre alemán para que la llamaras, pero dificulto que los recuerdes.
—Tengo buena memoria, señora Gertrudis.
—No es necesario que me llames señora. Cuando alguien me dice señora, me siento igual que si fuera una vaca que ya no puede parir más. Prefiero que me digan «¡Eh! ¡Usted! ¡La alemana más gorda!» y nunca «¡Eh! ¡Usted! ¡Vieja vaca alemana!». No me llames señora, por favor. Con llamarme Gertrudis será suficiente.
Suspiró resignada.
—De acuerdo. A mí tampoco me gustaría sentirme como una vaca vieja.
—Tú nunca serás una vaca. Para ser vaca hay que ser primero ternero. Y tú no pareces más que una paloma flaca.
A Amanda esa comparación la movió a risas.
—En algún momento vas a levantar vuelo y te irás lejos, muy lejos. En cambio, las vacas no vuelan, ¡por suerte! Por eso estamos aquí y aquí moriremos. Todavía anda la vieja vaca del tambero del pueblo, la misma de la infancia de Amanda. Así que dices que tienes buena memoria.
—Muy buena, se lo aseguro. Recuerdo todas las partituras que aprendí de memoria.
—¡Ah! ¿Estudias música?
—Estudiaba.
—¿Estudiabas?
—En el internado de las monjas.
—Monjas de mierda, de seguro te jodieron hasta con la música.
—No justamente.
—Qué bueno. Entonces te hallaremos la oportunidad para saber si lo de tu buena memoria es tan así. Ya la pondremos a prueba interpretando a Bach en casa. Mi piano no suena desde hace mucho tiempo. Yo adoro a Bach.
—Yo también.
Gertrudis, emocionada, la abrazó con fuerza.
La alemana abrió la puerta de la casita de Amanda. El mismo perfume de los jazmines de la planta de las hermanas llegó hasta la entrada desde el interior de la vivienda. Un ramo grande y todavía blanco sobresalía de la modesta mesa del comedor. La casa estaba reluciente. Las mujeres se habían esmerado en mantenerla limpia y en orden. Nada faltaba de su lugar; por lo menos, todo aquello que Amanda podía recordar después de todos esos años.
—No ha de tardarse mucho en llegar tu padre. Te dejaré sola cuando él venga. No quiero verme mezclada en asuntos de familia ajena. Con los propios tengo suficiente.
—De acuerdo.
Amanda prefería estar a solas con Miguel.
Revisa la casa y verás que todo está en orden. Mi hermana es realmente buena para mantener una casa impecable. Es una cerda capitalista, pero sabe lo que hace. Hicimos algunos cambios en el jardín del patio interior. Verás algunas flores que antes no estaban.
Amanda observó las flores del jardín cuando la alemana alzó la persiana de madera del ventanal del comedor que daba a ese patio. Lucían rozagantes, eran multicolores y abundaban tanto en la tierra como en las macetas.
Miguel estacionó el automóvil en el que viajó hasta su casa en los suburbios, justo enfrente de ella. No quiso que el chófer de su madre lo llevara en esa oportunidad. Amanda y la mujer escucharon el auto detenerse. La alemana salió de la casita y lo saludó con un leve movimiento de la mano. No esperó a que el hombre descendiera del auto.
Miguel hubiese preferido saludarla, pero no tuvo oportunidad alguna. Cuando alcanzó a cerrar la puerta de su automóvil, la mujer ya había cerrado la de su casa. Era claro que ella no quería verse involucrada ni siquiera en una conversación de cortesía con el vecino.
Golpeó la puerta de entrada de su propia casa como si fuera un visitante. En verdad, se sentía algo ajeno allí, en ese instante. La casa había perdido su apariencia de hogar, no le resultaba acogedora y hasta un cierto estremecimiento lo hacía vacilar, recordando tiempos que ya no volverían.
Desde el interior se oyó la voz de Amanda, quien le dijo que la puerta estaba abierta, que entrara. Abrió con cuidado, como tratando de no molestar. Esperó que su hija hablara nuevamente, pero ella estaba callada, expectante.
—¿Amanda?
—Entrá, estoy en el comedor.
Miguel entró y la vio sentada a la mesa. Allí, entre las luces del día y los reflejos en las maderas, estaba más parecida que nunca a Anita. Tardó un tiempo en poder hablarle. Estaba realmente sobrecogido.
—Hija, ¿cómo estás? –preguntó compungido.
—¿Vos qué creés?
—Te pido perdón por la venta del piano, yo no tuve nada que ver. –Rogó con sinceridad–. Y te pido que vuelvas a casa conmigo, ahora.
—Esa no es mi casa. –Amanda desechó sin titubear la oferta de Miguel–. Esta es mi casa. Y no pienso irme de aquí por nada del mundo.
—Tu hermano llora por vos, te reclama. Yo te necesito.
—Mi hermano llora porque la abuela lo atormenta. Mi hermano llora porque no tiene madre. Mi hermano llora porque vos no te ocupás de él. No llora por mí. Y aunque llorara a mares no voy a volver a esa casa, es lo mejor que puedo hacer por él. Esa no es nuestra casa.
La abuela me odia, puedo sentirlo en cada momento. Me odia. Respira odio, hiede a odio. Odia mi voz, odia mi música, odia todo lo mío. Siempre me odió. Desde chiquita. Siempre lo supe. Odia a mamá. Está llena de odio. Mamá me protegía de ella y ella no está para cuidarme.
—Tu abuela no te odia, cómo iba a odiarte. Ella te quiere a su modo, es un poco severa, nada más. Yo la padecí antes que vos. Es un poco…
—¿Un poco? Ni a las sirvientas las trata como a mí. Ella me odia y no voy a volver a un lugar donde me odian. Ya estuve muchos años en un internado donde solo dos personas me quisieron mientras vos te olvidabas cada vez más seguido de venir a verme.
—Yo sé que lo del internado fue difícil, pero no podía hacer otra cosa.
—¿Te interesa que hablemos de eso?
—No, solo quiero pedirte que regreses conmigo.
—No puedo volver a esa casa. Papá, vení a vivir acá, este es nuestro hogar. Vení con Jorge, estemos los tres juntos, como debe ser. Acá están nuestras cosas.
—Sabés que no puedo. Trabajo todo el día, Jorge está enfermo, su asma no lo deja casi ni respirar. ¿Quién se va a ocupar de todas las cosas de la casa?
—Yo.
—A vos todavía te falta un año para terminar la secundaria. Las monjas quieren que termines con ellas tus estudios.
—Tampoco voy a volver a ese colegio. No lo soporto más. Mientras vivió el maestro era tolerable. Pero hasta él se me murió. Se ve que no tengo suerte con las personas que quiero. ¡Se me mueren los que quiero! Y los que me odian viven mil años.
—Por favor, Amanda, te lo ruego. Voy a hablar con la abuela para que recupere el piano, para que te deje en paz, que no te moleste más. Hijita, por favor, volvé conmigo.
—No voy a volver. Además, vos a la abuela le tenés miedo, nunca la vas a enfrentar.
—Te puedo hacer volver por la fuerza.
—No me importa. ¿Me vas a encerrar de nuevo en ese colegio de mierda? Me voy a escapar en cuanto pueda, y, además, les voy a hacer la vida imposible. Si todavía me querés, dejame acá.
—Cómo me vas a decir eso… Yo te amo, hija, nunca dejé de quererte, sos mi hija. No puedo dejarte acá, sola, quién se va a hacer cargo de tus cosas, de tu ropa, tu comida, de todo lo que necesitás.
—Yo misma. Todo lo aprendí mientras estuve pupila. Lavar, coser, planchar, cocinar, mentir, sufrir, esperar, renegar, desesperar… todo… aprendí todo. Me mandaste al mejor colegio de monjas del mundo.
—Tratá de ser razonable, Amanda.
—Soy razonable. Por eso no voy a volver ni a esa casa ni a ese colegio.
—En el colegio vas a poder continuar tus estudios de música.
—No voy a estudiar nunca más música. Ya no me interesa. No sirve de nada.
—¿Vos creés que tu maestro hubiera aceptado que renuncies a la música?
—Está muerto, ¡muerto! Ya no me puede decir nada.
—No sé qué hacer con vos, Amanda.
—Dejame acá. No voy a volver. No me obligués a volver. No quiero volver, ¡No quiero volver nunca más a esa casa!
—Pero cómo vas a estar sola acá… en este lugar donde no hay nada…
—Ni agua corriente, ¿no?
—Ni agua corriente, cierto.
—Nunca hubo agua corriente. Ni agua caliente. Ni estufas a gas. Ni mucamas. Ni nada. ¿No eras feliz? Yo sí. Desde que murió mamá los únicos recuerdos buenos que tengo son esos, los de mi infancia en esta casa.
—Yo también tengo buenos recuerdos de esos momentos.
—Entonces volvé a vivir a nuestra casa. Y volvamos a ser felices. Los tres.
—No puedo Amanda, no puedo y vos lo sabés.
—Entonces dejame acá y andate.
—No es tan fácil, hija. ¿Querés que haga intervenir a un juez de menores? ¿Sabés lo que te va a pasar?—¿Y vos sabés lo que te va a pasar si me ponés a disposición de un juez de menores? ¿Tenés idea de lo que te va a pasar?—No quiero que peleemos. No puedo pelear con vos, Amanda. Solo quiero que estés conmigo.
—Hace mucho que no estamos juntos. Pero mucho, mucho. No sé si lo tenés presente.
—Lo tengo presente.
—Tenía seis años y yo te consolé a vos. Mirá cómo fueron las cosas. Acá enfrente, en la casa de Carmen. ¿Te acordás o ya te olvidaste? Te arrodillaste ante mí y solo me dijiste: «Mamá murió en el parto». Como si nada. Como si hablaras de comprar pan o bofe para el gato.
—No fue así, Amanda…
—«Mamá murió en el parto», y listo. Y yo trataba de entender qué quería decir eso. Desde entonces no pude volver a llorar. ¡Y quise tanto poder llorar! Pero me quedé sin lágrimas. Te las dejé todas a vos. Yo me sequé como un desierto. Tampoco pude gritar, y eso que quería gritar de dolor. ¡Cuánto quería gritar de dolor! Pero no pude: me quedé sin voz para gritar. Y tampoco pude correr, y eso que quería huir de ahí, a cualquier lugar donde pudiera encontrar a mamá. «Mamá murió en el parto». Escuchá cómo suena: «Mamá murió en el parto». Y tenía solo seis años. ¿Te das cuenta? Seis años. Nada más. Y de la muerte de mamá, al internado. ¡Y qué internado! «¡El mejor del mundo!», según ustedes.
—No tuve más remedio.
—Pero no fue solo que me metiste pupila en el colegio. Eso podría haberlo entendido si me lo hubieras explicado. Al principio venías, pero después dejaste de venir. Te esperé semanas enteras. Te esperé meses. No venías. Estabas muy ocupado. Siempre me dijeron eso. Salvo una vez, cuando una monja me dijo: «A tu papá ya no le interesás. Si fueras un varón, vendría. A los varones no se los abandona; a las mujeres, sí. Metételo en la cabeza, nenita. ¿Sabés cuántas veces los padres viudos internan a sus hijas y no vuelven, salvo una vez al año para visitarlas? Olvidate, nenita. Cuando consiga otra esposa, desaparecerá para siempre».
Las pocas veces que vi a mi hermano, ni siquiera sabía quién era. Cada vez que podía verlo, era un chico distinto. Nunca se parecía al que había visto meses o, tal vez, años antes. Pero él me acariciaba igual, me daba besitos, me amaba y ni siquiera me conocía. Y vos no venías. No me visitabas. No me buscabas. Me dejaste abandonada. La única que me dio amor fue la monja jorobadita. Y la recluyeron por unos versos que no le hacían mal a nadie. Fue cuando me diste aquel sopapo que no voy a olvidar jamás. No pude ni despedirme de ella. ¡Y después hablan del amor cristiano!
Recordó las palabras de la alemana y repitió para sí: «Las monjas son todas hijas de puta». Luego se corrigió: «Todas menos la jorobadita».
—Hijita… Yo… no sé qué decirte… Nada que no sea: volvé conmigo. Por el amor de Dios, volvé conmigo.
—¿Por el amor de Dios? ¿Invocás el amor de Dios? Justamente por el amor de Dios no voy a volver a esa casa. Nunca. Ni viva ni muerta. Con juez o sin juez. No voy a volver adonde me odian. Justamente por el amor de Dios.
Miguel suspiró, resignado. En ese momento, Amanda se pareció más que nunca a su madre. Sabía que la determinación de su hija era firme y que todo intento de imponerse por encima de sus argumentos solo terminaría por empeorar las cosas. Nada de jueces. Nada por la fuerza.
Eriseta le diría al enterarse del suceso de la fuga y la mudanza de Amanda a su casita en los suburbios:
—¡Qué pendeja de mierda! ¡Armar este quilombo por unos trapitos que tenía que lavar y unas porquerías que le di para planchar! Lo del piano es un pretexto, sabelo. Lo que pasa, querido, es que no es de tu sangre. Eso pasa. No es la ropa para lavar, no es la ropa para planchar, no es el piano de mierda. El problema es la sangre, ese es el problema. Pero como vos te hacés el moderno, no lo podés asumir.
Lo que lleva en la sangre no es lo tuyo. Te lo dije mil veces. Todo el conflicto es porque siente que no es de tu sangre. Lo intuye, pero no lo sabe. Por ahí sería bueno que se lo dijeras. Parece difícil, pero no lo es tanto. Yo te voy a ayudar, seguí con atención mis palabras, haceme ese favor, ¿querés?
Es simple, muy simple, tenés que actuar como cuando recitabas de chico esos versos espantosos que te enseñaban en el colegio. Parate delante de ella, así, como un hombre de verdad, no te encorves, no te avejentes, como hacés siempre, para dar lástima. Sin ningún protocolo, decile: “Amanda, no soy tu padre.” ¿Entendiste? Claro y preciso. “Amanda, no soy tu padre.” Cinco palabras para resolver este asunto. Nada más que cinco palabras, ¿Ves qué fácil es? Yo creo que deberías comenzar con estas palabras para dejar las cosas en claro desde el inicio. Para un buen final, nada mejor que un buen comienzo.
Una verdad se confiesa sin vueltas. Vos vas y venís, la hacés lunga, te agarra culpa, porque sos como tu padre, te sentís culpable de todo, todo el tiempo. Y a todos los demás, quiero que sepas, esos que te palmean la espalda, les importa un carajo si sufrís de culpa. En el fondo, sos un humanista como tu padre. ¡Qué tipo melodramático!
Después tenés que agregar: ‘Tu padre fue un ilustre desconocido. La embarazó a tu mamá y desapareció’. Aunque yo agregaría: ‘¡andá a saber qué clase de tipo era!’
Y seguí de este modo: ‘Conocí a tu mamá cuando tenías un año y te adopté como a mi hija, pero no sos mi hija. Quiero que sepas que ni siquiera te llamás Amanda. No es tu verdadero nombre. Te lo hice cambiar por conveniencia’.
Para finalizar, hay que mencionar el asunto del apellido. Lo mejor sería también ser muy directo, por ejemplo, decirle: ‘¡Ah! Lo olvidaba: mi apellido no es Da Silva, es de fantasía, me lo dieron en la Agencia para un trabajito menor, cuando le cortaron los testículos a un contrabandista portugués. Es falso. Como todo lo que me rodea’.
Así de simple, hijito, no le des más vueltas, terminala de una vez, ya cansás de tanto darle vuelta a la noria.
Después podrás dedicarte a tu verdadero hijo, el que necesita mucha paz y tranquilidad para curarse del asma atroz que lo atormenta y que, de seguro, se debe a la mala semilla que le dejó la madre, porque en nuestras familias, nadie estuvo enfermo de asma.
A veces, en la vida, deberías saberlo muy bien vos que sos quien sos y te dedicás a lo que te dedicás, hay que saber ser cruel para acceder a la felicidad. No te digo sólo ser cruel, sino algo más importante que es saber ser cruel. La crueldad es una herramienta y hay que saber usarla muy bien para que no se te vuelva en contra. Yo sé usarla. ¿Querés aprender? Hacé lo que te digo y ojalá puedas llegar a la felicidad aún por el camino de la crueldad. Algún día vas a celebrar el arbitrio de la crueldad.
Cuanto más rápido terminés con esto, más feliz vas a ser. Sentite como un cirujano y cortá por lo sano. A veces amputar un miembro, salvo al resto del cuerpo. Si no la gangrena te va a terminar matando. 

***

IV – Empezando 

Miguel, en casa de las dos alemanas hablando del asunto de la vuelta de Amanda al barrio, aseguró “haré todo lo posible por estar el mayor tiempo posible con ella”. Pero sus palabras no resultaban convincentes.
—Así deberá usted hacer –Gertrudis le respondió hasta con enojo sin dejar de mirarlo directamente a los ojos.
Algo timorato por la forma que la mujer lo observaba, volvió a justificarse diciendo que además debía trabajar y mucho, muchísimo, y atender a su hijo enfermo de un asma terrible, hijo con el que vivía del otro lado de la ciudad, por el barrio de Caballito.
Gertrudis, quien creía poco y nada en la palabra del hombre, le dio la espalda y se marchó en dirección a su dormitorio sin esperar que terminara su explicación. Pareció un gesto de brutal descortesía. Miguel quedó con las palabras en la boca creyendo que a la mayor de las mujeres no le interesara en lo más mínimo su conversación.
Cuando Miguel terminó de hablar, la alemana, desde su habitación, le dijo a viva voz que “Elga Suhl Simson” cuidaría de Amanda todo lo que fuera necesario y de la manera más eficaz posible.
—¡Ella sí que sabe ocuparse de estos asuntos! –exclamó con energía–. Mi hermana y yo hace años que confiamos en ella. Lo hicimos en Alemania y lo hacemos en Argentinen. Nunca nadie se entrometió con nosotras. “Elga” no sabe mentir, todo lo que dice, lo cumple. De jóvenes teníamos algo que ofrecer, pero ahora de viejas, si alguien pretende entrar a nuestra casa no lo hará para enamorarnos; con seguridad y sin temor a equivocarme digo que vendrá a robarnos. Pero “Elga” lo pondrá en su lugar, se lo aseguro. Así que señor vecino que trabajo mucho muchísimo, quédese muy tranquilo, porque estando “Elga” informada de la presencia de su hija, nadie se atreverá a tocar ni un pelo de la muchacha.
Miguel no sabía de quién le hablaba la mujer. Era la primera vez que oía ese nombre de boca de su vecina, nombre del que no tenía idea a quién podría pertenecer.
Dudó si no sería el de otra de las dos hermanas, una tercera y desconocida, porque en realidad él no sabía nada de sus vecinas. Nunca se preocupó por saber algo de ellas. Quien solía frecuentarlas era Anita y ella había muerto hacía ya muchos años.
Tampoco ellas mencionaron sus nombres cuando se presentaron. No se animó a preguntar quién era “Elga”. Guardó silencio y prefirió esperar que la alemana siguiese con su explicación.
Gertrudis regresó del cuarto trayendo en sus manos una brillante escopeta de dos caños de grueso calibre, refulgente como lucía todo en esa casa.
—Le presento a “Elga”, nuestra protectora –le dijo mirándolo con una sonrisa pícara y cómplice mientras la acariciaba como si fuera un inofensivo animal doméstico–. Yo le puse ese nombre. Mi hermana los apellidos. “Elga Suhl Simson”, pero llámela solo “Elga”. Es sencilla como todo buen alemán. Además, le confieso, soy muy buena tiradora. Acá no hay ningún peligro estimado señor vecino. –Y palmeó tres veces a la escopeta a la que llamó “mi querida amiga Elga”–. Ella ya está al tanto de que nuestra vecina vuelve a su casa y está lista para actuar. Ningún bribón hará de las suyas.
Junto con la escopeta, la mujer traía una cartuchera repleta de cartuchos que ella misma fabricaba en sus momentos de ocio.
—Los comprados no son tan buenos, –le dijo a Miguel señalándole los cartuchos, pero él solo tenía ojos para la enorme escopeta que la mujer blandía como si fuera un simple palo de escoba–. Le bajan la calidad de la pólvora para ahorrar. Los perdigones son alemanes, me los manda un primo que los fabrica. Acero alemán. Muy bueno. Trece perdigones en cada cartucho del mejor acero alemán. Una preciosura.
La menor de las hermanas apoyó lo dicho por la mayor. Trajeron a “Elga” desde Alemania. La fabricó una empresa que fue expropiada primero por los nazis y después por los soviéticos, cuando derrotaron a las hordas del Führer. Era una buena arma, como todas las armas alemanas.
Nunca tuvieron un problema desde que se radicaron en ese villorrio. “Elga” nunca fue usada. Y eso que su casa daba a los fondos del ferrocarril donde solían deambular vagos y malandrines, que nunca se animaron a entrometerse en la propiedad de las alemanas porque sabían lo que les esperaba.
Alzó el arma en dirección a los ojos de Miguel, quien trató de no ruborizarse del temor que le produjo la acción, ya que ignoraba si el arma estaba cargada. No sería inteligente mostrarse como un cobarde porque una enorme alemana portara una también enorme escopeta calibre 12/70 y dirigiera sus dos cañones directos a sus ojos. Gertrudis solo quería demostrarle lo convincentes que resultaban esas dos profundas y negras bocas, verdaderas cuevas de la muerte que eran los dos cañones perfectamente torneados, si alguien se atrevía a mirarlos de frente con intenciones poco santas. Bajó el arma, lo que serenó a Miguel, y volvió a asegurarle que nadie se entrometería en la casa de su propiedad.
—Pero esta chica debe comer. Está muy flaca, esquelética, raquítica; parece enfermiza —dijo para relajar al hombre que aún dejaba ver la inquietud que le produjo el arma entre los ojos.
—Ella sabrá administrarse, se lo aseguro. La educamos en un muy buen colegio de monjas. Yo estaré todo lo posible con ella. Me voy a ocupar de que coma bien y esté cómoda.
—¡Hombres! ¡Hombres! ¡Monjas! ¡Monjas! Mala yunta. ¿Hombres? Echan todo a perder. Ya se lo he dicho incluso a usted. ¿Monjas? No me hable de monjas, mi señor vecino. Monjas siempre hijas de puta. ¡Lo que la habrán hecho sufrir a su pobre hija!
—No empieces con tus rezongos. El hombre vino a hablar de su hija, no de tus prejuicios contra las pobres monjas.
Gertrudis se llamó a silencio por no sostener una discusión con su hermana delante de un vecino al que conocían poco y nada. Luego de un momento retomó la palabra.
—Su hija está muy flaca. ¿Quiere usted enfermarla? ¿Cómo ha de dejar el cuidado de su alimentación a una muchacha solitaria? La gente, si está sola, come mal. La soledad arruina a las personas. No, nada de comer sola. Luego, hágame el favor, pregúntele a la muchacha si quiere que la cuidemos entre todos. Una noche puede comer aquí. Otra, en lo de la “Negra”, buena portuguesa, maestra de niños. Tiene dos hijos pequeños que le van a encantar a Amanda. Se nota que es una chica amorosa con los más pequeños.
Luego en lo de la “Gallega”, también buena señora. Ricos arroces, buena mano. Al cuarto día podría comer con usted, para que usted no se haga el vivo. Y los viernes nos juntamos varios vecinos y comemos todos juntos. Tratamos de ser familia. Si usted quiere ser familia, puede venir, será bien recibido. Fines de semana, en casa. Vendrá con su otro hijo, el enfermito de los pulmones. Aquí sanará de todo. ¿Tiene asma? Yo le hago unas cataplasmas prodigiosas. Nada de yuyos, no sirven para nada, inútiles por completo. Cataplasmas, cataplasmas. Muchas hacíamos a los que vinieron de la guerra y se habían envenenado con gases venenosos. Salvamos muchos. Ella puede dar testimonio: preparamos unos ungüentos sanadores que sacan el asma y curan otras enfermedades.
—Gertrudis señaló a su hermana, quien con un leve movimiento de su cabeza confirmó lo que la otra mujer le dijo a Miguel.
—Desayuno aquí todos los días —dijo la menor de las mujeres—. Nadie se levanta más temprano que nosotras dos. Pan casero, manteca casera y tocino del bueno. Luego al colegio. ¿Y dónde va a estudiar la muchacha? —preguntó la mujer.
En qué colegio Amanda terminaría sus estudios secundarios era un asunto que todavía estaba pendiente. Miguel pretendía algún colegio prestigioso, Amanda deseaba hacerlo en el nacional que quedaba a pocos minutos de distancia. El colectivo lo tomaría en la esquina de la casita, sobre la avenida, y la dejaría en la puerta misma del colegio.
Miguel le pidió que no apurara una decisión. Él prefería un colegio religioso, pero Amanda, de solo oírlo, se enfurecía. Llegaron a un acuerdo: postergar la decisión por un tiempo. Recién comenzadas las vacaciones, podían tomarse ese tiempo para decidir.
Amanda, de todos modos, ya tenía resuelto que haría el quinto año en ese colegio del Estado. De allí saldría con título de maestra de escuela primaria, profesión que no descartaba en ese momento. Por otra parte, aprovecharía el tiempo libre que le dejaría ya no estar pupila, para aprender inglés y perfeccionar el francés.
Anita, desde que nació, le habló en los tres idiomas. En castellano, la lengua natal, ella le hablaba la mayor parte del tiempo. Pero todos los días, por las tardes, un tiempo en francés y otro tanto en inglés.
Amanda no podía precisar por qué, de esos dos idiomas, el que recordaba mejor era el francés. Lo entendía con facilidad y la monja francesa del internado la ayudó a hablarlo con notable fluidez. El inglés parecía haber quedado dormido, oculto en algún lugar de su cerebro y no lograba dar con él. Recuperar esos idiomas era recuperar de algún modo a su madre. A pesar de que no podía recordar con facilidad el inglés, conservó en su memoria un poema que la conmovía profundamente y que solía recitarse a sí misma cuando se encontraba triste o desanimada. Era un poema que Anita repetía todos los días, como buscando que la repetición fijara en su hija esos versos que fascinaban a Anita.
El amor a la humanidad del que hablaba el poeta le devolvía la fe en lo humano, una fe que no debía perder por ninguna circunstancia aun la más nefasta. Podía recitarlo de corrido, sin temor a equivocarse ni un solo verso. Era como si la propia Anita, emboscada en algún lugar del poema, dictara su dulce y conmovedora declamación.
¿Y la música? Miguel insistió para que no abandonara sus estudios. Pero Amanda fue terminante. Se acabó, no volvería a estudiar música.
Al principio hizo responsable a su abuela por la venta del piano, pero luego llegó a convencerse de que, al morir su maestro, el cura concertista, algo se había muerto también en ella.
Amaría a la música de por vida, porque esos son amores que no mueren jamás, pero ya no le dedicaría sus esfuerzos, como lo hizo todos esos años en el colegio mientras fue pupila. Todo lo que aprendió con el cura concertista, lo llevaría con ella para siempre. Sus invocaciones a un Dios que ella no comprendía; sus manos alzadas en dirección a un cielo pintado de acuarelas reclamando sonidos extraordinarios; sus rebeliones contra la Madre Superiora; su calidez protectora. Siempre le quedaría un último recurso si la música le reclamaba algo que les quedó pendiente, refugiarse en el viejo Bach, volver a las fuentes, como le decía su maestro, ese que siempre la recibiría con los brazos abiertos, como lo había hecho todos esos años que le dedicó a estudiar sus composiciones. Pero, para Amanda, el tiempo de la música había pasado definitivamente.
Tal vez Miguel no comprendiera aún que lo que había terminado, también, era su capacidad de gobernar a Amanda. Ella se había emancipado, aunque a su padre le costara aceptar esa situación y todavía esa emancipación él no pudiera percibirla tal y como era. Gracias a la tiranía de su abuela, Amanda se había atrevido a independizarse.
A partir de ese momento ella se supo realmente libre. Era un sentimiento todavía confuso, a veces algo abstracto, pero a partir de que impuso dónde viviría y dónde ya no permanecería ni un instante, se sintió liberada de toda esa hipocresía corrosiva que intoxicaba su espíritu, esa manera de la extorsión basada en relaciones de intereses que ella no lograba aún descifrar, pero que repudiaba intensamente.
Y a poco de volver a su casita de madera canadiense, hasta sintió que, por primera vez, estaba en condiciones de abrirse a un amor verdadero, no ya como hija, no ya como compañera, sino como mujer.
Todos los cuidados de sus vecinos no la oprimían. Con ellos no se sentía prisionera ni cuestionada y eso que todos eran muy celosos de su protección. Por el contrario, los acompañaba, siempre que le pedían algo los complacía.
En poco tiempo subió de peso, y cambió su aspecto radicalmente. Parecía mayor de la edad que tenía realmente. Su propio padre se sorprendió del cambio y aceptó que su hija estaba en plena metamorfosis. El rostro había adquirido formas femeninas muy definidas, agrandado el busto, modelado las caderas, torneadas unas piernas largas y delicadas. La ropa ajustada exaltaba su figura. Todos empezaron a mirarla como una joven y bella mujer.
La niña que fuera había quedado en el pasado, jugando por las calles de tierra que se dirigían siempre hacia la laguna y donde se sumergían con sus cadencias de tierra y piedra. De ella se decía que estaba próxima a desaparecer porque el progreso había decidido que se debían rellenar esos terrenos anegados desde hacía décadas, luego de una lluvia magnífica que estableció el espejo de agua con rotunda soberanía.
Como ocurrió con Amanda, la fisonomía de todo aquello empezaba a cambiar definitivamente. Era un paisaje próximo a desaparecer, sumido en una metamorfosis de la que nadie sabía bien qué saldría al final de los cambios. 

***

V – Por tu culpa, pendejo 

Miguel no dejaba de sorprenderse cada vez que visitaba a su hija. La metamorfosis de Amanda era notable. Estaba cada día más bella y más parecida a Anita. Jorge solía acompañarlo cada vez que se lo permitía Eriseta. La mujer mandoneaba en todo lo que tuviera que ver con su nieto.
El vínculo entre Jorge y Amanda se hizo íntimo, confidencial. El muchacho solo con su hermana podía hablar libremente.
A diferencia de Amanda, él no pudo, hasta entonces, escapar de ese anillo de acero que forjaba su abuela cada día y en el que sometía a sus designios hasta el propio Miguel. De Jorge ya estaba decidido el destino: sería cadete de la Escuela Militar. No solo eso, de acuerdo a lo que dispuso su abuela Eriseta, estudiaría el piano, porque no había nada más irresistible para el ascenso social que un cadete de la Escuela Militar que además supiera tocar el piano.
Fue una tarde en la que habló con Amanda sobre esas decisiones. Miguel lo llevó hasta la casita y partió rápidamente a atender asuntos que según él eran impostergables. La ausencia del padre le daba a Jorge la oportunidad de hablar sin temores. Fue él quien le franqueó a Amanda lo que Eriseta y Miguel ya habían decidido para su futuro: cadete en la Escuela Militar y, además, a estudiar piano. Lo del piano a Jorge le parecía una broma de la abuela solo para mortificarlo aún más, como si el destino militar no fuera suficiente.
—¿Y vos querés ser cadete de la Escuela Militar y tocar el piano? —le preguntó Amanda una tarde en que los dos estaban sentados a la orilla de la laguna mirando el reflejo de un sol que entibiaba el agua
—¡Ni en pedo! —gritó Jorge.
—¿Y entonces?
—Y entonces me voy a ir a la mierda. Me voy a escapar de la Escuela Militar. ¿Vos no te escapaste de casa?
—No era mi casa.
—Bueno. Y yo no quiero ser militar ni tocar el piano. Yo me voy a escapar de la Escuela Militar como vos te escapaste de casa. Y cuando no me vean, voy a volver una noche y les voy a mear el piano. Bien meado. Y luego corro, hasta que me pierdan.
—¿Sabés lo que quiero, Amanda?
—No —le respondió sin dejar de mirarlo con mucha ternura.
—Yo quiero andar por el mundo, ir de aquí para allá. Tener muchas minitas, con perdón de la palabra. Estoy podrido de estar encerrado. A los seis años me pasé un año metido en la cama. ¡Un año! Como si fuera un paralítico. No me dejaban levantar ni para ir a mear. ¿Te das cuenta?
—Te pude visitar solo dos veces ese año.
—Sí, recuerdo. Poco, ¿no es cierto?
—Muy poco. No fue culpa mía. —Amanda pasó su mano por la cabeza de Jorge.
—Lo sé. El quetejedi ni aparecía, ¿verdad?
—Poco y nada.
—Es que el quetejedi se borra todo el tiempo. “Dos banderas”, Miguel debería llamarse —bromeó—. A vos no te iban a ver y a mí me ataron a la cama para que no me pudiera levantar. Y ahora me quieren hacer militar. Yo no quiero ser militar. ¿Por qué voy a ser militar? Yo no quiero tocar el piano. ¿Para qué quiero tocar el piano? A mí no me gusta tocar el piano, a mí no me gusta ser militar.
“Carrera march-cuerpo a tierra-carrera march-cuerpo a tierra”. ¿Con el asma que tengo? ¿Te imaginás? Me muero el primer día. ¡Dejame de joder! Me mandan a la Escuela Militar y me muero de asma. Mirá el cuerpo que tengo —le dijo mientras desabotonaba su camisa para dejar el pecho al aire—. ¡Parezco una paloma!
—Eso sí, por suerte no me cuelgan más ese bicho canasto de porquería que me mandaba poner una curandera a la que me llevaba la abuela. Todos en el barrio se cagaban de risa de mí cuando me veían. “¡Bicho canasto!” me gritaban cuando me veían. “Chupame el bicho”, me gritaban. Y ahora me quieren mandar a la Escuela Militar.
—¿Un bicho canasto?
—Esa no la sabés, vos. Nunca te lo quise decir para que no te cagaras de risa del boludo de tu herma
—¿Un bicho canasto?
—Sí, un bicho canasto…
—¡Qué asco! —Amanda no podía salir de su asombro—. ¿Y para qué un bicho canasto?
—Yo qué sé. Todo el día colgado del cogote. Yo quería jugar al fútbol con los demás chicos, pero no, el bicho canasto no me lo recomendaba. Y los pibes cuando me veían con el bicho colgando me escupían, me puteaban, me decían de todo.
Una vez por semana la abuela me llevaba a lo de la curandera, porque la tipa decía que tenía que saber qué le decía el bicho canasto. Ella le hablaba a la abuela como si fuera una doctora, y la abuela ponía cara de idiota, como si en vez de estar con una curandera estaba, no sé, con Finochietto. Viste que la abuela siempre tiene cara de culo, pero ahí tenía cara de idiota. Y la bruta de la curandera le decía: “el bicho canasto me habla, me dice cómo va lo de ‘la asma’”. ¿Escuchaste? Decía: “lo de la asma”. Así como lo oís. Y la abuela la escuchaba como si fuera un ángel que bajó del cielo.
Yo quería que el bicho le dijera algo bueno, que le dijera, por ejemplo: “este pibe ya está curado ‘de la asma’, doña, déjelo ir a jugar al fútbol, no le rompa más las pelotas”. Pero a mí me tocó el más hijo de puta de todos los bichos canasto del mundo. ¡Cómo iba a decir algo a favor mío!
La tipa hacía como que miraba el bicho; en realidad miraba el canasto, porque el bicho, para mí, estaba bien muerto ahí dentro, porque apenas me lo colgaban, yo lo bañaba en acaroína y andaba por todos lados con ese olor a desinfectante que espantaba a la gente. La tipa decía: “Todavía no ha podido chuparle ‘la asma’ al muchacho. Hay que esperar a que chupe toda ‘la asma’ para que esté curado”. ¿Chupar “la asma”? ¿Cómo me iba a chupar “la asma” un bicho canasto? Por eso los del barrio me gritaban “¡chupame el bicho!” y yo me tenía que aguantar las cargadas porque, si no, encima, me cagaban a trompadas.
—No lo puedo creer.
—Creeme. Y eso que vos nunca supiste lo de las inyecciones de pis.
—¿Inyecciones de qué…?
—De pis.
—¿De pis? ¿Cómo de pis? No se pueden hacer inyecciones de pis. —Amanda imaginaba la orina fluyendo por la delgada aguja de una enorme jeringa desfachatada.
—A mí me obligaban a juntar el meo de todo un día. Tenía que mear en un tarro y encima me lo traía la sirvienta que me miraba el bicho canasto y se cagaba de risa.
—¿Para qué te hacían juntar la orina?
—Decían que para hacer unas inyecciones que me iban a curar el asma.
—¿Cómo te iban a curar el asma con pis?
—Yo qué sé. Un invento del tipo ese del que decían que era un genio.
—¿Un genio? ¿Y juntaba pis para hacer inyecciones?
—¡Un chanta, Amanda! ¡Un chanta! Para mí, cuando la abuela le llevaba el frasco de meo, el tipo lo tiraba por el inodoro. ¡Mirá si iba a hacer inyecciones con el pis! Seguro me inyectó agua, ese hijo de puta. ¡Treinta inyecciones me dieron! Me las aplicaron todas en el mismo lugar, en el mismo agujerito, en el mismo brazo. Me tenían que dar como cien y a la treinta no aguanté más, me escapé del consultorio y corrí por todo el hospital. Nadie me podía agarrar. El asmático del bicho canasto y las inyecciones de meo corría más que ninguno de los enfermeros que me perseguían. Un capo el pibe. Jorge el veloz.
—Pateé médicos, enfermeras, camilleros y policías. No, a los policías los mordí y les gritaba que estaba rabioso. Y los maricones se escondían detrás de los enfermeros para que no los mordiera. Y después corrí y corrí y corrí. Y la abuela atrás, revoleando las tetas, me gritaba: “¡No corrás, Jorgito, que te va a hacer mal! ¡No corrás, querido!”
—¿No te agarró fatiga?
—¡Qué mierda! Corrí como nunca, como un paralítico que no caminó durante un año y de repente descubre que puede caminar. Como a las diez cuadras recién esperé a la vieja, que sudaba como un borracho.
—No te puedo creer.
—Después de que te inyecten meo durante treinta sesiones podés correr como una gacela. ¡Y ahora me quieren mandar a la Escuela Militar a tocar el piano! ¿A vos te parece?
—¿Y papá qué dice?
—¿Del meo?
—No sé, de todo, del bicho, de las inyecciones, de la Escuela Militar, de algo…
—Del bicho ni me habla. Qué me va a decir. ¿Me va a preguntar cómo ando del bicho? ¿Si el bicho me dijo algo? Papá es loco, pero no es boludo. Para que a él no le rompan las pelotas, le deja a la abuela hacer conmigo lo que ella quiere.
De las inyecciones, mejor ni hablar. “¡Hay que confiar en la ciencia! ¡Hay que confiar en la ciencia!”. Y me dejaba hablando solo, como si fuera un retardado, meando en un frasco grande como una cacerola mientras la sirvienta se reía de mi bicho.
Pero la idea de la Escuela Militar fue de él. ¡Esa fue de él! Yo lo sé. Me dijo que estudiar la carrera militar era lo mejor que me podía pasar. Me quería hacer creer que podía ser como San Martín. ¡Yo, como San Martín! ¡Se volvió loco! ¡Se volvió loco, hermana! ¿Te das cuenta, hermanita? ¿Te das cuenta de que el tipo se volvió loco? —Amanda aprobaba sus palabras con unos suaves movimientos de su cabeza.
—Yo no puedo ser como San Martín. ¿Cómo voy a ser como San Martín? Mirame bien. ¿A vos te parece que yo puedo ser como San Martín? —Amanda frunció el ceño, pero prefirió no decir nada sobre ese asunto que sonaba tan ridículo—. Porque, te explico, San Martín también era asmático, no sé si sabías, igual que yo, y así y todo cruzó los Andes. Y liberó a Argentina, Chile y Perú, y eso que era asmático. Así que, como también soy asmático, podría liberar de nuevo a la Argentina, Chile y Perú. Y por ahí otros países. Total, ¿qué problema hay? En vez de ir montado en un burro, iría montado en un bicho canasto, me chuparía unos tragos de buen meo americano y sería el nuevo libertador de América. ¡Qué tal! Una vez le pregunté a papá si le había visto el bicho canasto a San Martín, pero no le gustó el chiste. No quise ni hablar de las inyecciones de meo porque pensé que me iba a dar un sopapo.
Pero lo del piano es una idea de la abuela, como lo del bicho canasto. ¿Se lo habrá recomendado la curandera? Por ahí quería saber si el bicho canasto era sordo, como Beethoven. Yo soy asmático como San Martín, y el bicho canasto, sordo como Beethoven. ¡Qué yunta! ¿No? No sé qué quilombo hubo en casa con un piano que vendió la abuela a unos cirujas y ahora me quieren enchufar a toda costa uno a mí que, además de asmático, como el padre de la patria, soy sordo como el bicho canasto y Beethoven juntos.
Esto te lo tengo que decir, Amanda querida.
—¿Qué me tenés que decir?
—Amanda, querida, yo no quiero tocar el piano. No me gusta tocar el piano. Yo no quiero ser militar. No me gusta ser militar. ¿Está claro?
—Por supuesto.
—Entonces, sabelo, un día de estos hago como vos, me tomo el raje y me voy por el mundo.
—¿Sabés lo que me falta a mí, hermanita?
—No, qué.
—Lo que a mí me hace falta, es amor, ¡amor! Pero amor de verdad, alguien que me trate bien, que me acaricie por todos lados, así, vez, así y así, –Jorge se acariciaba su cabeza, sus hombros, su entrepierna–. Que me bese de lengua. ¿No te parece?
—¿Qué te bese de lengua? –Amanda estaba algo sorprendida por el reclamo–. ¿No sos un poco chiquito para pensar en eso?
—Lo mismo me dijo la hija de la profesora de geografía cuando la besaba. ¡Qué linda lengua tiene la hija de la profe!
—¡Jorge, no seas asqueroso!
—¡Vamos! ¡Vamos! Seguro vos no tenés lengua.
—Basta.
—¿Vos te vas a quedar para vestir santos?
—Problema mío —respondió Amanda.
—¿Y entonces?
—Y entonces nada.
Jorge y Amanda quedaron en silencio. No era eso lo que él quería decirle.
—Te juro que no los aguanto más. Me tienen las pelotas llenas. Me quiero ir a la mierda y que no me encuentren nunca más.
—Yo te entiendo.
—¿Por qué mierda se murió mamá?
—Yo qué sé. Fue nuestra desgracia.
—¡Tu mamá murió en el parto! ¡Tu mamá murió en el parto! Es todo lo que me dijo papá cuando le pregunté cómo había muerto mamá. —Amanda recordó esas palabras que Miguel le dijo arrodillado frente a ella, a la puerta de la casa de Carmen y Francisco—. Y encima la abuela parece que lo disfruta. ¿Podés creerme? ¡Parece que le causa gracia! —Amanda bajó la vista para no delatar sus sentimiento
—¿Te das cuenta de lo que significa eso? “Tu mamá murió en el parto”. Es como si me dijera: “Tu mamá se murió por tu culpa, ¡pendejo de mierda!”. Cada vez que pienso en eso me siento el más hijo de puta del mundo. ¡Por tu culpa, pendejo! ¡Por tu maldita culpa! Yo no pedí nacer, mirá si voy a pedir que mamá se muera para que yo nazca. ¿Sabés lo que es llevar eso acá dentro? —El muchacho se tocó el pecho, del lado del corazón.
“Por tu culpa, pendejo” eran cuatro perros que mordían los garrones del muchacho desde que pudo comprender el lenguaje de las desgracias. Cuatro perros negros, cuzcos malignos, seguidores a todas partes donde iba y alguien le preguntaba por la madre. Cuatro dentelladas en los nervios del alma, donde más duelen. Y llevaba tantas cicatrices de esas mordeduras que ya no las podía contar.
—Y tu madre, ¿cómo no está con vos ahora? —no faltaba quien preguntara comedido.
—Mi madre ha muerto en el parto —Jorge respondía y ya la angustia le ganaba la voz.
—Qué mala suerte, morirse en el parto… —con suerte allí quedaba el asunto. La desgracia parecía llevar por nombre “Jorge”, aunque debió ser otro y Eriseta no lo permitió por puro desdén.
“Por tu culpa, pendejo”, “Por tu culpa, pendejo”, “Por tu grandísima culpa, pendejo”, y Eriseta sonriendo desde la altura de su soberbia y su malicia. Pocas oraciones le causaban a la mujerona tanto placer como aquella compuesta apenas por cinco palabras: “Tu mamá murió en el parto”.
Mordisqueando las palabras, para sí repetía con entusiasmo: “Se fue con su pajarito Ícaro al cielo de los incrédulos, donde un dios justiciero derritió para siempre sus insignificantes plumas y cayó-cayó a un abismo de cenizas del que no podrá salir jamás-jamás. Adiós, Anita. Solo falta arreglar los asuntos con esa muchachita de nombre falso”.
Era imposible que Jorge no comprendiese la satisfacción de su abuela en cada oportunidad que se repetía “tu mamá murió en el parto”.
Esa tarde-noche, junto a su hermana, lloró como lloran los hijos cuando lloran a las madres muertas, abrazados los dos, ausencia y tristeza y un dolor imposible. Aunque no pudieran percibirlo, el cielo pálido en crepúsculo descendía como un súbito racimo y dejaba la pequeña casita de madera canadiense envuelta en un oscuro vestido, como una sutil mortaja azul, silenciando el canto de las aves en los árboles y el susurro del viento entre las hojas. 

***

VI – Hija de santa 

A partir del regreso a la casita del suburbio, Amanda cambió su estado de ánimo completo. Estaba serena y despejada. No escuchaba la voz de la abuela Eriseta maldiciendo sus días, ni veía esas moscas zumbonas orbitando misteriosas alrededor de la cabeza de la vieja mujer, hasta refugiarse de golpe entre los cilíndricos ruleros que organizaban una especie de peinado con la forma grotesca de un pan dulce. Mucho más atrás, en la memoria, la Madre Superiora era un lejano humo apartado de la luz, que aullaba una ceniza en las postrimerías del cielo.
A medida que los días pasaban, fue recuperando el recuerdo de momentos de su infancia que parecían sepultados bajo gruesas capas de una nostalgia que, como un pernicioso quiste en el espíritu, su internado le dejó luego de años de encierro. Rescató de entre esos momentos juegos, ropas, secretos escondidos en un precioso neceser que Anita le obsequió a los cinco años, y la fragancia de las caricias maternas, como si se hubiesen perpetuado esperando su regreso.
Dormir fue soñar, noche a noche; soñar los rincones domésticos en los que voces familiares amarraban todavía palabras acogedoras y llamaban por su nombre las dichas de esa infancia. Alhajas de amor, joyas en rito placentero: todo era caricia entonces, palpitando las sonrisas que quedaron pendientes. Hasta despertar cambió de pronto, como si abrir los ojos al alba fuera propio de un ave que, un tanto somnolienta, emigra a la luz en un solo vuelo.
Los perfumes cambiaron sus sustancias y dejaron salir del substrato profundo de su alquimia secreta el revuelo de los olores que cruzaban de un lado al otro como mensajeros de un tiempo en el que se podía cantar, se podía correr y se podía arder de vida, temblando como una gota de lluvia entre las hojas. Todo eso le devolvió alegría.
Amanda dejó de percibir desde entonces el rancio olor penetrante de las mentiras repetidas como sacras verdades, de madrugada y de rodillas sobre las filosas púas de un felpudo anaranjado, urdido en un maíz dispuesto por manos expertas para que sus heridas fueran cada vez más penetrantes. Sangre y dolor para arrancar un arrepentimiento mentido. ¡Sangre y dolor! Para llegar a un Dios que desconocía por completo. ¡Sangre y dolor! Era la eucaristía. O la muerte en pequeñas agonías repetidas día tras día, hasta deshacer las alas de las mariposas que habitaban en los cuerpos gentiles de las muchachas frescas, listas a volar en una menarca que temblaba el cuerpo con sus rojas incógnitas. Ella salvó las suyas, refugiadas en la catedral musical del viejo Bach, de la mano del cura concertista.
También el hediondo perfume de la estudiada hipocresía bajo la cruz de una santidad falsificada entre chiches y abalorios; de unas monjas enanas, balbuceando en latín oraciones apócrifas, parecidas a los eunucos bufones saltimbanquis que se afanaban en divertir a su rey a costa de sus propias humillaciones.
Ni la herida constante de las imposiciones y repudios oscuros de la abuela Eriseta, quien preparó contra Amanda la traición definitiva invocando la sangre. «No eres sangre de mi sangre» fue el conjuro. «No eres sangre de mi sangre», el maleficio oscuro lanzado al corazón de Miguel, siempre proclive a la pobreza de espíritu y a la traición emboscada en una canónica sonrisa torva, presentada como fruto apetecible.
Las mañanas se hicieron músicas salidas de las aves, entre cuyos cantos despertaba rodeada de emociones. Podía escuchar el lejano silbido de un viento que, en los fondos de los caminos, se hacía presente para inquietar a los árboles, erguidos como poderosos estambres hacia un cielo distinto. La laguna aún rumoreaba la estrategia nocturna de sus pequeñas olas, mientras el sol salía como una brasa sin fatigas, cargado del crepúsculo matutino.
Podía verlo, entusiasmada, si lo deseaba, asomada a una ventana que daba al florido jardín que cuidaron las alemanas con esmero. Sol coloreado de rojos, naranjas y amarillos, y manchas como redondos lunares, que lo pintaban diferente al mustio del internado (siempre apretujado entre paredes altas) y al de la casona de la abuela Eriseta (siempre ocultado tras las altas celosías de hierro).
Era más sol, abierto de par en par en sus luminiscencias; era más sol, abierto para exhibir exuberante sus entrañas doradas; una moneda etrusca fundiéndose en la sagrada fusión del hidrógeno al helio; una fruta de fuego; una araña dorada camuflada entre las ramas de los altos árboles; los rayos extendidos como puros metales iridiscentes, elevándose para calentar los leves escalofríos de los primeros momentos del alba que rozaban la delicada piel de la delgada muchacha. Como hacía años no le ocurría, Amanda se sentía más próxima a un estado de amor que al de la desesperanza.
No podía decirse que tuviera paz, porque seguramente no volvió a tenerla en toda su vida desde que murió Anita. La paz, para ella, era un sentimiento efímero, un acontecimiento desvinculado de la lucha por su libertad. Pero se sintió satisfecha de haber torcido el rumbo de una vida sometida a la rutina torpe de una especie de sierva dócil al capricho de quienes no la amaban: lavando manchas insignificantes, planchando arrugas intrascendentes, alabando el brillo de unos pisos que no se podían pisar porque se los tomaba como verdaderas porciones del sagrado cielo bajado a la tierra a fuerza de lampazo. O que se transformara en una frívola espectadora, muñeca de cera, ajorca de lágrimas de un patético matrimonio basado en la costumbre de no amarse y ser solo el uterino receptáculo de un esperma que nadaba sin entusiasmo rumbo a un óvulo desesperanzado, con el solo propósito de reproducir la especie.
Ella necesitaba amar, palpitando las pieles, aunque fuera una vez, con todo el cuerpo, enigma de los sexos en secreto. Pero amar de verdad, bajo las estrelladas constelaciones, hasta extenderse deslumbrante en el otro, hasta ser bebida de amor por su elegido. Dejar de ser doncella de una luz entre los abrazos de un león de la noche. Rumor confuso de un temblor en los cuerpos; un golpe azul en medio de la noche ardida de caricias.
No tendría hijos; lo juró, reflexiva, cierta noche mientras repasaba su propia infancia, mirando la simetría del machihembrado del techo, hurgando los detalles de cada acontecimiento y diseccionándolos con el bisturí de su sagaz inteligencia. «No tendré hijos, lo juro», se dijo convincente, y vaya si cumplió con lo que se prometió. «Yo nunca juro en vano», habría respondido si alguien le hubiese preguntado por ese juramento. En la cápsula de un tiempo suspendido cumplió su juramento, solo acosada por el crujir de una articulación artrítica que arrastraba sus babas de diablo por las habitaciones contiguas, persiguiendo a una niña que apenas podía balbucear su espanto.

En las mañanas, desde su llegada, desayunaba bajo la atenta mirada de las dos alemanas, que no podían dejar de sonreír al verla comer con ganas. «¡Come, come!», decían a coro las hermanas. Era el breve momento en que no disputaban entre ellas por nada. «¡Come, come!» era más un ruego que una orden.
Amanda sabía que el tazón de café con leche, endulzado a su gusto, venía acompañado de varias rodajas redondas y crocantes de pan casero (que tanto le recordaba al que amasaba Anita todas las mañanas); la manteca fresca que el tambero vecino traía junto a su vieja y fatigada vaca, la cual pareció reconocer a Amanda y sus juegos a la vera de la laguna, a pesar de los años, al retorno de la hija pródiga. Unas fetas de tocino frito, que solo en esa casa se podían disfrutar, completaban la comida de cada mañana.
—¡Come, come! —exclamaba Gertrudis.
—¡Come, come! —repetía la hermana.
Las alemanas estaban obsesionadas por engordarla.
—Flaca, muy flaca. Flaca, muy flaca —insistía Gertrudis, mientras la hermana asentía con secos y cortos movimientos de la cabeza y mostraba su dedo meñique para explicar la delgadez de la muchacha.
—Flaca, muy flaca. Flaca, muy flaca. Se la ha de llevar el viento si sopla fuerte.
Amanda se imaginaba a sí misma volando por el villorrio ante la desesperación de las dos hermanas, incapaces de alcanzarla en su magistral vuelo.
Los cuidados de las mujeres no la fastidiaban; ellas no se comportaban como vigilantes, sino como cariñosas tías. Las hermanas resultaron amorosas, contrariando la opinión que el villorrio tenía de ellas, de verlas siempre con gesto adusto y actitud casi marcial, limpiando para sacarle brillo hasta a los hollines que la carbonera rociaba sobre todas las casitas como una equívoca bendición de polvo de cenizas negras.
Si Amanda deseaba pasear, podía ir en sentido contrario a la laguna, hacia la gran avenida. En la esquina de la casita esperaba el colectivo «10», que hacía el trayecto en esa dirección y, a la vuelta, llegaba hasta las inmediaciones de los cuarteles del ejército. Era el mismo que tomaría todas las mañanas para ir al colegio Normal y terminar el quinto año de estudio.
Amanda notó, al ascender al colectivo en su primer viaje, que el chofer la miraba extrañado, como si hubiera sido sorprendido por el aspecto de la muchacha. Sostuvo su mirada escrutadora hasta que ella se sentó en uno de los últimos asientos. Sintió esos ojos cargados sobre sus hombros, como si dos pesadas manos la retuvieran en su marcha hacia el fondo del colectivo. Se dijo para sí que, seguramente, la observó de ese modo porque le resultaba una desconocida de raro aspecto. Después de todo, era una muchacha tan joven y delgada, tan bella y solitaria, que cualquier lugareño se extrañaría de su presencia.
Algo de eso le ocurrió a ella misma al ver sentado a ese hombrón, casi un gigante, en ese pequeño asiento que parecía que iba a perecer aplastado en cualquier momento, sosteniendo al corpulento hombre aferrado con sus manotas al minúsculo volante.
En ese villorrio, como en cualquier otro, los extraños siempre fueron observados meticulosamente, como si la simple observación pudiera descifrar el verdadero espíritu del desconocido. Allí todos se conocían hasta por sus sombras, y los viajeros se repetían a diario, tanto de ida como de regreso, a la mañana o a la tarde.
Cuando viajó por segunda vez, el hombre le habló, sorprendiéndola.
—Buen día, jovencita. Suba tranquila, que hay lugar para todos en este colectivo —le dijo amable el chofer con su acento español.
—Buen día, señor —Amanda trató de ser cortés, disimulando su sorpresa por la expresión de la mirada del hombre y la cadencia de su hablar.
El viaje era un suceso familiar, una tertulia sobre ruedas. La gente se saludaba y comentaba asuntos de sus vidas como si fueran, en realidad, todos parientes de una sola familia. Si alguien pedía que el colectivo esperara porque algún pasajero distraído había olvidado algo, el chofer esperaba el tiempo que fuera necesario. No había apuro, entonces; el tiempo transcurría de otro modo.
A la mañana temprano, en el trayecto de ida, solían llegar los obreros rurales desde el fondo de los cuarteles, cargados de verduras que llevaban para sus casas o para vender a precio muy bajo al vecindario. La provisión siempre resultaba barata y abundante. Entonces el colectivo se llenaba de perfumes, de verduras y hortalizas. Las viejas vichaban la calidad de los repollos, la frescura de las lechugas, el rojo de los tomates y especulaban sus menús con los que atender el hambre de la parentela.
Al regreso, en el atardecer, desde la ancha avenida, retornaban los empleados que trabajaban en los comercios de la zona. Los menos, en las oficinas de correo y la compañía de electricidad.
El chofer, de nombre Ramón, era un hombre de mediana edad, de quien Gertrudis le aseguró que había perdido toda su familia en la guerra civil española, algunos muertos en batalla, otros fusilados por los franquistas cuando avanzaron sobre las posiciones republicanas derrotándolas. Se libró de caer prisionero y morir fusilado porque fue rescatado por un grupo de guerrilleros que pasaba de un lado al otro de la frontera entre España y Francia, salvando a los fugados de la venganza de los fascistas.
De allí lo habrían despachado a América, más precisamente a Buenos Aires, donde la comunidad republicana era muy numerosa y la solidaridad con los combatientes de la República tenía muchos adeptos. Asistido por el Socorro Rojo, pasó sus primeras semanas en Buenos Aires y, por pedido suyo, lo radicaron en un lugar alejado de la ciudad, donde hubiera tierra para sembrar y criar algunos animales como deseaba.
Vivía algo más allá de los límites del villorrio, lindando con los cuarteles, donde fijó su residencia. Allí levantó una modesta casilla cerca de una ranchada de provincianos que estaban afincados desde hacía algunos años, y luego de un tiempo no muy largo se juntó con una paisana de apellido Mamaní, a la que todos llamaban «La Mamaní» y de la que nadie conocía el nombre. Era una ruda obrera rural, una morocha de fuertes espaldas y manos poderosas; alta, esbelta, de bello rostro muy curtido por el sol; de ojos pequeños, de pupilas negras; labios finos y siempre apretujados; tupido y largo cabello renegrido, de caminar nervioso y de pasos cortos, algo encorvada, decían, por sus trabajos en la frutilla desde la infancia; seguramente una norteña llegada a Buenos Aires en busca de mejor vida.
Su familia, todos campesinos conchabados también en las quintas, residía mucho más lejos del villorrio, a varios kilómetros de la laguna. Tenían una ranchada bastante numerosa de la que se podía observar a la distancia una bandada de purretes que iban y venían sin detenerse ni por un instante, y que solían tomarse a golpes de puño hasta que intervenía algún mayor que ponía orden a puro rebencazos.
Cada tanto, los niños se dividían en dos bandos mixtos y se tomaban a las trompadas en una verdadera batalla campal que culminaba cuando el rebenque de cuero duro y grueso que usaba el más viejo de todos los hombres zanjaba las disputas. A la noche, en una especie de ritual, los niños se disponían en dos filas, una de mujeres y otra de varones, ambas de menor a mayor, describiendo una interminable fila ascendente y eran revisados por los mayores. A las niñas las revisaban las viejas; a los varones, los viejos. Nunca supo Amanda a qué se debía ese rito, aunque se convenció de que se cercioraban de que no les faltara ningún niño y que a ninguno de ellos le faltara un diente o le sobrara un chichón.
Otra parte de la familia de «La Mamaní», de la que poco se hablaba, parientes lejanos, había sido masacrada en «Rincón Bomba», asunto del que preferían no hablar por temor a ser deportados y muertos, como ocurrió con esos parientes.
Amanda sintió verdadera curiosidad por aquella historia del «Rincón Bomba», del que la mismísima «La Mamaní» le habló en una oportunidad e indagó durante algún tiempo sobre el asunto. Algo les mencionó a las alemanas, que no comprendieron ni jota del asunto del que le hablaba la muchacha. Sus ideas de los rincones y las bombas eran bien diferentes al comentario de Amanda. La guerra, para ellas, fue una catástrofe europea: caía del cielo en forma de lluvia de fuego con su devastación. Luego de la lluvia de fuego venían los soldados y había que correr con todas las fuerzas para no quedar en medio de la batalla. La muerte todo lo abarcaba.
Del chofer se decía que de la matanza de la familia se salvó un hijo, al que entregó para su crianza a una familia campesina para ponerlo a salvo de la persecución de los franquistas. De ese hijo no tenía noticias y, con seguridad, ni siquiera podía imaginar cómo era ese muchacho que no veía desde hacía años.
Lo poco que se sabía de él era su nombre, y eso porque «La Mamaní» lo había mencionado en una oportunidad. Apenas modulando sus labios, dijo al salir de la misa:
—«El Ramón espera al Manuel como al sol en cada mañana».
Luego calló, a pesar de que las viejas la abrumaron de preguntas a las que la mujer ignoró inconmovible, poniendo esa cara de «no sé de qué me hablan», con la que solía esquivar cualquier asunto del que no deseaba hablar. Si las viejas se ponían pesadas, solo respondía «ajá, ajá» y se marchaba con sus pasitos cortos. Allí terminaba el diálogo.
Los otros rumores que corrían se los achacaban a las viejas que, para pasar el rato, inventaban historias de quien fuera. Pero se trataba de especulaciones sin asidero sobre el aspecto del muchacho. Que era rubio, que era morocho; que era alto, que era ancho de espaldas; que era lindo o más que lindo; que ya estaba en Buenos Aires listo para reencontrarse con su padre. Imaginaban al hijo observando el aspecto del padre.
Ramón, hombre bien parecido, era verdaderamente corpulento, de muy amplias espaldas y grueso cuello con forma y aspecto de madera. El asiento donde se acomodaba para manejar el colectivo le quedaba decididamente pequeño, y resultaba muy difícil comprender cómo hacía el hombre para sentarse en él. El tamaño del volante era el común de todos los colectivos, pero en sus manotas apenas parecía un pequeño aro temeroso de ser aplastado por sus enormes dedos, que se aferraban con fuerza.
En las pocas ocasiones en que coincidían todos los vecinos, en general la festividad de Santa Rosa con su veranito a cuestas, las viejas chismosas rondaban alrededor de «La Mamaní» y la codeaban confidencialmente, riendo como pequeñas hienas desdentadas. Preguntaban, sibilinas, si todo lo del hombre era tan grande como se suponía. De «La Mamaní» nunca se podía saber si se sonrojaba, y guardaba un silencio que, en vez de protegerla, la deschavaba. Las viejas reían abriendo sus bocazas por las que asomaban esas rojas y pastosas lenguas, en medio de unos pocos y podridos dientes. Confirmaban sus creencias de que el «gallego», como le decían, conservaba las divinas proporciones en toda la anatomía de su cuerpo.
El hombre siempre estuvo al margen de esas alcahueterías de las que nunca «La Mamaní» le hizo ningún comentario. Temía que su esposo se enfadara con ella. Hombre de pocas palabras, era muy reservado, y no se dejaba oír con facilidad. Su saludo a cada pasajero que ascendía al pequeño colectivo verdirrojo era casi imperceptible, y hablaba sin mover mucho los labios, masticando las palabras como si se tratara del bollo de hoja de coca que llevaba siempre del lado izquierdo de su boca y que le deformaba la cara con un grueso bulto en la mejilla. Era un hábito que había adquirido de su esposa, quien pasaba las horas mascando las hojas de coca que le hacían llegar en una encomienda desde el norte, disimulada en atados de ropa multicolor que la mujer lucía en alguna festividad religiosa.
Ramón disfrutaba el bollo de hojas de coca hechas una pasta y, tras el bollo, ocultaba sus palabras para que pasaran desapercibidas. Tal vez la vida en la clandestinidad le forjó aquel hábito silencioso. Cada tanto asomaba su cabezota por la ventanilla y escupía una saliva verde y negra que la tierra de la calle absorbía velozmente. Los pasajeros disimulaban con generosidad el sonoro escupitajo del chofer, mirando en sentido contrario, tolerando, aunque confusos, ese raro hábito que el español había adquirido de «La Mamaní», contradiciendo todas las apuestas.
Una mañana, respondiendo a la seña que Amanda le hizo para que se detuviera, estacionó el colectivo en aquella esquina para que ascendiera la muchacha. Apagó el motor y, sin mediar ningún comentario, se quedó mirando a Amanda con mayor insistencia que lo habitual. La muchacha, sorprendida y algo incómoda, sintió extraña esa observación casi meticulosa que el hombre hacía de su rostro. Con sus ojos marrones, bajo el imperio de sus gruesas cejas, recorría la fisonomía del rostro de la muchacha, rescatando cada detalle.
Pero no solo él estaba atento al aspecto de la joven. Los demás vecinos que viajaban en esa oportunidad también miraban a Amanda con curiosidad y hacían gestos para hacer notar que sabían de quién se trataba. Ellos se bamboleaban, chocando sus hombros y mascando unas pequeñas semillas que Amanda no podía identificar desde su posición. El piso del colectivo estaba algo sucio de las cascarillas de esas pepitas que los viajeros escupían con ganas.
Parece que una vieja dijo, mientras se deshacía de una cáscara: «Es ella, es ella», pero otros más discretos la hicieron callar, esperando que fuera el chofer quien les despejara las dudas. De todo lo que habían hablado hasta detenerse en esa esquina, el único en condiciones de preguntar era el chofer.
—Buen día, niña. ¿Usted es hija de la santa? —le dijo con voz clara y serena, a pesar del bollo de hojas de coca en su boca. Su voz varonil, definida y sosegada, resultó rara en él, que siempre murmuraba como si se propusiera no incomodar a su interlocutor o tratando de pasar desapercibido.
—¿La santa? —Amanda quedó confundida por la pregunta. Trató de asociarlo, de algún modo, con algún estado de santidad, pero no lo logró.
—La santa, sí, la santa —aseveró Ramón, sin dudar y gesticulando con cierta ampulosidad—. La mujer que murió para dar vida a su hijo varón.
La muchacha abrió sus ojos, que parecieron más negros y más grandes que de costumbre. Comprendió que hablaba de Anita, su madre.
—¿Anita, mi mamá? ¿A ella se refiere?
—¡Claro! ¿A quién otra me iba a referir? ¡Con que usted es la hija de la santa! ¡Anita se llamaba! ¡Por supuesto! ¡Anita! —Y miró a sus acompañantes, que a coro repitieron:
—¡Anita! ¡Anita!
Amanda escuchó con sorpresa la repetición del nombre de su madre.
—Me pareció que usted era la hija de la santa mujer cuando la vi la primera vez, aunque yo, en verdad, no la conocía y nunca la hubiera reconocido. Pero tanto me hablaron de su madre, tanto me repitieron del color de sus ojos, de lo profundo de la mirada, que al verla a usted comprendí de inmediato de quién se trataba. Sin duda, me dije: «Esta es la hija de la Santa».
Mi esposa me lo aseguró, pero quería confirmarlo por su propia boca. Por si no lo sabe, «La Mamaní» es mi esposa, trabaja por allá en las quintas —y señaló con su enorme dedo pulgar en dirección al fondo de la legua— y conoció a su madre, aunque no lo crea. Me dijo que usted es el vivo retrato de ella y, además, me dijo que su mirada era muy especial, como la suya.
Amanda no recordaba tanta intensidad en los ojos de Anita. Sí recordaba el amor que le entregaban cada vez que posaba sus ojos en ella.
—¿Por qué dicen que mi mamá fue santa?
«¿Santa?», se preguntaba la muchacha y repetía para sí: «¿Santa?».
Amanda, en su recuerdo infantil, no lograba asimilar la imagen de su madre a esos íconos de colores opacos y rostros cejijuntos de los santos que en las iglesias pueblan pequeños altares distribuidos a lo largo de los amplios pasillos donde están los confesionarios y por los que deambulan penitentes en busca de consuelos.
—¿Cómo por qué? —extrañado, Ramón se alzó de hombros, sorprendido—. ¡Me extraña su pregunta! Porque murió en el parto para salvar a su hermano y eso la hizo santa. ¿Hay amor más grande que el de una madre que muere para dar vida a su hijo? ¡No! ¡Claro que no lo hay!
—No, claro que no lo hay —repitieron, como orando, los viajeros—. Y aquí se la venera como corresponde. Por allí derecho está el altarcillo.
El hombre señaló hacia un lugar que la muchacha no pudo identificar con claridad. Amanda ignoraba el asunto de la santificación del martirio de su madre.
—¿Las alemanas no se lo comentaron? —preguntó malicioso Ramón.
—No, nunca lo comentaron.
—Cabezas huecas, solo piensan en limpiar y se olvidan de las cosas importantes. Y su padre —continuó—, ¿también murió? ¿Murió de pena? Y del muchacho, ¿qué fue?
—Papá no murió —le aclaró Amanda—; vive con su madre en la ciudad, en una casa muy grande y muy linda. Mi hermano está con él.
—Entonces, ¿cómo es que su padre la ha dejado sola en este pueblo pequeño y pobre? ¿La abandonó? —Ramón estaba realmente intrigado por ese asunto.
—Mi papá viene a verme todos, casi todos los días; no me ha dejado sola y nunca me habría abandonado —mintió piadosa.
—Pues yo creo que usted está sola y apenas es una niña —afirmó enfático el hombre.
—No soy una niña, aunque lo parezca. Me basto a mí misma. Y me ayudan los vecinos. Usted se equivoca conmigo.
—Puede ser. Lo dice el refrán: «El que tiene boca se equivoca». ¿Y quién es su padre? ¿Le conozco? —preguntó Ramón mientras repasaba en su memoria a todos sus conocidos del villorrio, incluidos los que vivían rodeando los cuarteles.
—Llega de tarde en su auto, tal vez lo haya visto.
Los viajeros se inquietaron de repente y mascaban con más ansias las semillas, escupiendo sus cáscaras por las ventanillas.
—¿Es el hombre del coche negro?
—¡El hombre del coche negro! —soltaron los pasajeros al unísono.
—¿Ese suntuoso auto extranjero? ¿El que viene de la ciudad a la tardecita y al rato se marcha en la dirección que vino? ¿Ese es su padre? —Ramón abrió los ojos tan grandes como la boca, sorprendido.
—Ese mismo.
—Coche de lujo, pues. Su padre ha de ser rico.
Los pasajeros asintieron moviendo sus cabezas de arriba abajo todos al mismo tiempo.
—¡Muy rico! —exclamaron a coro mientras imaginaban una montaña de dinero.
—No es de él el automóvil, es de su madre.
—¿Su madre? ¡Su abuela! ¡Esa sí que ha de ser rica! ¿Y cómo es que no vive con su padre, con su abuela y con su hermano? —preguntó el hombre, intrigado por esa separación para él inexplicable, justo él, que si algo ansiaba era tener consigo a su muchacho para siempre.
—Mi papá me quiere, pero no sabe qué hacer conmigo desde que murió mamá —explicó con franqueza Amanda.
Los viajeros se miraron confundidos y murmuraron:
—No sabe qué hacer con ella desde que murió la santa.
—Mi hermano me ama, pero él será cadete de la Escuela Militar y tocará el piano —todos se codearon entusiasmados con lo que oían del muchachito—, así que tiene que estar donde mejor lo puedan ayudar para ser un gran militar y un gran músico, aunque a él no le interesa ni una cosa ni la otra. Él no quiere ser militar y no quiere tocar el piano. Solo quiere tener muchas novias.
Sonaron varias risotadas, en especial de los hombres más viejos que rieron pícaros.
—Dios le da pan al que no tiene dientes —dijo Ramón mientras movía la cabezota.
—Es algo enfermito, no puede vivir aquí porque enfermaría mucho más.
—¡Pobre, pobre enfermito! —se lamentaron a coro los demás.
—¿Y qué enfermedad tiene el muchacho? —Ramón quiso saber cuál era la afección que lo aquejaba.
—Es asmático.
—¿Asmático? ¡Qué desgracia! ¡Qué tremenda desgracia! —y exhaló con fuerza el aire como si él mismo se hubiese sentido afectado por el asma—. ¿Y su abuela?
—Mi abuela me odia. Siempre me odió.
—¡Pero niña! —exclamó estupefacto Ramón—. ¡Cómo va a decir eso!
—¡La abuela la odia! ¡La abuela la odia! —repitieron los viajeros, conmovidos por esas palabras.
—Las abuelas nunca odian a sus nietos. Eso no es posible, va contra la naturaleza de las cosas. ¡Las abuelas aman a sus nietas! Odiar es un sentimiento que nunca una abuela tiene para con sus nietos. Se puede enojar y hasta surtir de coscorrones, llenarlos de cardenales, incluso darles unos buenos lonjazos con el cinto, si la falta lo amerita. Pero odiar, jamás. ¡Jamás! —contradijo Ramón a Amanda, convencido de que la muchacha estaba equivocada.
—Por ahí no soy su nieta, por eso me odia. ¿Usted qué sabe? —Amanda respondió arqueando la espalda, adquiriendo la forma de un gato siamés preparado para lanzar un zarpazo.
—Ah… eso es verdad. Como usted dice, yo no sé nada —aceptó Ramón ese razonamiento.
Todos los pasajeros asintieron y rezongaron:
—No sabe nada, no sabe nada.
—Pero si usted no es su nieta, y si ella no es su abuela, entonces tampoco es hija de su padre. ¿Me comprende? ¿Ha pensado usted en lo que dice, o habla por hablar?
—¡Por supuesto que lo he pensado! No soy tonta. Por ahí ese no es mi padre, y su madre, entonces, no es mi abuela. ¿Quién lo sabe? ¿Usted puede decírmelo?
—No, claro que no. ¿Cómo podría yo decirle de semejante asunto? La única que lo sabía a ciencia cierta era su madre, la santa Anita, pero ella está muerta y no va a decirnos ni «a».
Uno de los pasajeros, tal vez el más viejo, llamó la atención de Ramón, interrumpiendo la conversación. Agitó su mano derecha procurando que el hombre atendiera su reclamo.
—¿Qué le ocurre, Don Pedro? ¿Anda necesitado de orinar?
—¡No, hombre! ¿No debería usted echar a andar esta catramina?
—¡Pero señor! Estamos tratando un asunto de familia que es cosa seria y usted me viene con apuro cuando no tiene ni necesidad de orinar.
—¡Pero hombre! Si quisiera mear, ya habría bajado e ido detrás de esos matorrales de la carbonera. ¿No ve usted aquel gentío?
—¿Adónde? —preguntó Ramón intrigado.
—Allá a lo lejos, el tumulto que viene en esta dirección.
Don Pedro señaló hacia el horizonte de la calle, donde se veía un grupo de personas que saltaban y parecían gritar desde esa distancia. Ramón puso en marcha el colectivo y lo echó a andar a paso de hombre. El grupete, a lo lejos, se detuvo expectante.
—¿Quiere que le diga una cosa, niña?
—Diga lo que quiera.
—Puede ser. Lo dice el refrán: «El que tiene boca se equivoca». ¿Y quién es su padre? ¿Le conozco? —preguntó Ramón mientras repasaba en su memoria a todos sus conocidos del villorrio, incluidos los que vivían rodeando los cuarteles.
—Llega de tarde en su auto, tal vez lo haya visto.
Los viajeros se inquietaron de repente y mascaban con más ansias las semillas, escupiendo sus cáscaras por las ventanillas.
—¿Es el hombre del coche negro?
—¡El hombre del coche negro! —soltaron los pasajeros al unísono.
—¿Ese suntuoso auto extranjero? ¿El que viene de la ciudad a la tardecita y al rato se marcha en la dirección que vino? ¿Ese es su padre? —Ramón abrió los ojos tan grandes como la boca, sorprendid
—Ese mismo.
—Coche de lujo, pues. Su padre ha de ser rico.
Los pasajeros asintieron moviendo la cabeza.
—¡Muy rico! —exclamaron a coro mientras imaginaban una montaña de dinero.
—No es de él el automóvil, es de su madre.
—¿Su madre? ¡Su abuela! ¡Esa sí que ha de ser rica! ¿Y cómo es que no vive con su padre, con su abuela y con su hermano? —preguntó el hombre, intrigado por esa separación para él inexplicable, justo él, que si algo ansiaba era tener consigo a su muchacho para siempre.
—Mi papá me quiere, pero no sabe qué hacer conmigo desde que murió mamá —explicó con franqueza Amanda.
Los viajeros se miraron confundidos y murmuraron:
—No sabe qué hacer con ella desde que murió la santa.
—Mi hermano me ama, pero él será cadete de la Escuela Militar y tocará el piano —todos se codearon entusiasmados con lo que oían del muchachito—, así que tiene que estar donde mejor lo puedan ayudar para ser un gran militar y un gran músico, aunque a él no le interesa ni una cosa ni la otra. Él no quiere ser militar y no quiere tocar el piano. Solo quiere tener muchas novias.
Sonaron varias risotadas, en especial de los hombres más viejos que rieron pícaros.
—Dios le da pan al que no tiene dientes —dijo Ramón mientras movía la cabezota.
—Es algo enfermito, no puede vivir aquí porque enfermaría mucho más.
—¡Pobre, pobre enfermito! —se lamentaron a coro los demás.
—¿Y qué enfermedad tiene el muchacho? —Ramón quiso saber cuál era la afección que lo aquejaba.
—Es asmático.
—¿Asmático? ¡Qué desgracia! ¡Qué tremenda desgracia! —y exhaló con fuerza el aire como si él mismo se hubiese sentido afectado por el asma—. ¿Y su abuela?
—Mi abuela me odia. Siempre me odió.
—¡Pero niña! —exclamó estupefacto Ramón—. ¡Cómo va a decir eso!
—¡La abuela la odia! ¡La abuela la odia! —repitieron los viajeros, conmovidos por esas palabras.
—Las abuelas nunca odian a sus nietos. Eso no es posible, va contra la naturaleza de las cosas. ¡Las abuelas aman a sus nietas! Odiar es un sentimiento que nunca una abuela tiene para con sus nietos. Se puede enojar y hasta surtir de coscorrones, llenarlos de cardenales, incluso darles unos buenos lonjazos con el cinto, si la falta lo amerita. Pero odiar, jamás. ¡Jamás! —contradijo Ramón a Amanda, convencido de que la muchacha estaba equivocada.
—Por ahí no soy su nieta, por eso me odia. ¿Usted qué sabe? —Amanda respondió arqueando la espalda, adquiriendo la forma de un gato siamés preparado para lanzar un zarpazo.
—Ah… eso es verdad. Como usted dice, yo no sé nada —aceptó Ramón ese razonamiento.
Todos los pasajeros asintieron y rezongaron:
—No sabe nada, no sabe nada.
—Pero si usted no es su nieta, y si ella no es su abuela, entonces tampoco es hija de su padre. ¿Me comprende? ¿Ha pensado usted en lo que dice, o habla por hablar?
—¡Por supuesto que lo he pensado! No soy tonta. Por ahí ese no es mi padre, y su madre, entonces, no es mi abuela. ¿Quién lo sabe? ¿Usted puede decírmelo?
—No, claro que no. ¿Cómo podría yo decirle de semejante asunto? La única que lo sabía a ciencia cierta era su madre, la santa Anita, pero ella está muerta y no va a decirnos ni «a».
Uno de los pasajeros, tal vez el más viejo, llamó la atención de Ramón, interrumpiendo la conversación. Agitó su mano derecha procurando que el hombre atendiera su reclamo.
—¿Qué le ocurre, Don Pedro? ¿Anda necesitado de orinar?
—¡No, hombre! ¿No debería usted echar a andar esta catramina?
—¡Pero señor! Estamos tratando un asunto de familia que es cosa seria y usted me viene con apuro cuando no tiene ni necesidad de orinar.
—¡Pero hombre! Si quisiera mear, ya habría bajado e ido detrás de esos matorrales de la carbonera. ¿No ve usted aquel gentío?
—¿Adónde? —preguntó Ramón intrigado.
—Allá a lo lejos, el tumulto que viene en esta dirección.
Don Pedro señaló hacia el horizonte de la calle, donde se veía un grupo de personas que saltaban y parecían gritar desde esa distancia. Ramón puso en marcha el colectivo y lo echó a andar a paso de hombre. El grupete, a lo lejos, se detuvo expectante.
—¿Quiere que le diga una cosa, niña?
—Diga lo que quiera.
—Su asunto de familia es muy complicado. Pero no creo una palabra de lo que dice de su abuela. Para mí usted ha equivocado el disparo, o como dicen aquí los señores que nos están escuchando, ha usted meado fuera del tarro. ¡Y qué meada! ¡Furibunda!
Todos, como de costumbre, asintieron moviendo la cabeza. Todos menos uno, quien dio crédito a lo afirmado por Amanda.
—Crea en lo que usted quiera. No cambiará las cosas. Los asuntos de mi familia son difíciles de explicar.
—Todos los asuntos de familia son difíciles de explicar. Si lo sabré yo —respondió Ramón y se llamó a silencio.
Los vecinos aprobaron, sonrientes, que el colectivo empezara a moverse a mayor velocidad. Nadie quería una trifulca con los que vivían al sur de las vías que podían ponerse pendencieros si llegaban a creer que el chofer no quería llevarlos por considerarlos de menor condición social. Amanda permaneció al lado del chofer esperando que le cobrara su boleto.
—¿Y ahora qué le ocurre? Ya sabemos quién es usted. ¡Vaya a sentarse! ¿Qué espera?
—Quiero pagar mi boleto, como cualquier hijo de vecino.
—¡Por favor! ¡Pase! ¡Pase! Usted no es como cualquier hijo de vecino, usted es la hija de Anita, ¿cómo va a pagar boleto? ¿Podría yo cobrarle el boleto?
—¡No, no! —exclamaron los viajeros.
—A las hijas de santas no se les cobra el viaje, aunque hablen mal de sus abuelas. «La Mamaní» no me lo perdonaría. Y cuando «La Mamaní» se enoja, ¡vaya si es jodida la mujer esa!
Los demás pasajeros aprobaron sonriendo la decisión del hombrón. ¡Cómo iba a cobrarle el boleto a la hija de aquella mujer que murió para salvar a su hijo! El asunto de la abuela era harina de otro costal y, sobre ese punto, no tomaron partido, salvo uno.
—¿Qué saben ustedes de esa mujer de la que nos habló la muchacha? —preguntó Ramón a los demás pasajeros.
Las viejas tuvieron que reconocer que no sabían nada y empezaron a mascar sus semillas con más energía mientras escupían las cáscaras lo más lejos posible.
—¡Hay cada vieja hija de puta! —dijo un pasajero en voz muy baja, procurando que Amanda no lo escuchara.
Pero lo oyó y le devolvió una sonrisa mirándolo a los ojos. El hombre se sintió gratificado.
—No lo hubiera dicho mejor —le dijo, y lo palmeó en un hombro en un gesto cariñoso.
Cuando Amanda caminó por el pasillo para sentarse en alguno de los últimos asientos, varios la acariciaron al pasar, como si el simple roce con la muchacha pudiera tener un efecto milagroso.
—Bendita tú eres entre todas las mujeres —rezaron dos viejas, que se persignaron luego de acariciar el antebrazo de Amanda.
Al rato de continuar la marcha, Ramón observó a la muchacha por el espejo que estaba a su frente.
—¿Su nombre es Amanda? —preguntó seguro.
Ella asintió con la cabeza.
—Amanda, sepa que aquí todos la cuidamos. ¿Me entendió?
—Entendí, señor. Perfectamente.
—Y dígaselo a su padre cuando la venga a visitar —Amanda asintió nuevamente—. Si algún bribón la llegara a molestar no dude en decirme, yo le romperé los huesos con solo ponerle una mano encima.
Ella no dudó un instante en la capacidad de esas manos para romper los huesos que se propusiera. Eran tan grandes que se tenía la sensación de que podía aplastar una sandía con ellas como si apenas se tratara de un pomelo.
—Espero que nunca sea necesario —respondió Amanda con una voz que se aterciopeló deliberadamente—. Gertrudis me cuida con «Elga». ¿Ustedes conocen a Elga? —preguntó con malicia.
—¡Quién no conoce a «Elga»! —exclamaron todos a coro.
—¡«Elga»! ¡«Elga»! ¡La gran «Elga»! Si «Elga» la cuida, no tiene nada que temer. Pero si «Elga» no llegara a estar, estarán estas manos —y soltó el volante para mostrarlas—. A nadie le conviene meterse con Amanda, la hija de Anita, la santa, porque anda siempre rondando la criteriosa «Elga», la que no fallará nunca. «Trece perdigones en cada cartucho del mejor acero alemán. Una preciosura». Diría Gertrudis, presentando a su «amiga». Y si no, yo le pondré la mano encima.
Todos los pasajeros asintieron moviendo sus cabezas de arriba hacia abajo, aprobando las palabras de Ramón.
—¡Él le pondrá la mano encima! —repitieron entusiastas—. ¡Él le pondrá la mano encima!
Y si Ramón le ponía las manos encima al atorrante que se pasara de vivo con Amanda, su suerte estaba echada: iría a parar al hospital por unas cuantas semanas.
Desde esa vez y en cada oportunidad en que viajó en el colectivo, no pagó boleto y Ramón la saludó siempre por su nombre. Si alguien preguntaba quién era, él respondía decidido:
—La hija de la santa que murió en el parto para salvar al hijo. Amanda, la hija de Anita, la que habla mal de su abuela.
Y todos hacían una exclamación de aprobación, sabiendo de quién hablaba el hombre.
Amanda visitó el altarcillo elevado en homenaje a su madre. Estaba a poco más de cien metros de su casa, en dirección oeste a la laguna. De no habérselo dicho Ramón no lo hubiera descubierto; unas matas altas disimulaban la presencia de la modesta escultura. Y si por casualidad hubiera topado con él, no habría asociado ese madero lustroso al culto por su madre.
Era un tronco pulido y encerado, tarea que, con seguridad, realizaban las alemanas. Dos ramas que parecían los brazos de un suplicante se elevaban en dirección al cielo. En sus extremos, dos horquetas parecían manos y cada una lucía unas flores recién cortadas. Una cavidad tallada, más o menos profunda, situada justo en el centro y con forma de arco, era el espacio donde unas velas habían ardido durante algún tiempo.
Nunca supo quién se ocupaba de reponer las velas, que eran rojas. Quiso preguntarles a las alemanas, pero cuando les habló del tema ellas le respondieron:
—«Sin comentarios, sin comentarios»,
y agitaban sus manos como si trataran de espantar un espíritu acosador. Por ello desistió de sus averiguaciones. No importaba lo que ella creyera de ese asunto; nada haría cambiar la religiosidad con la que los pobladores habían tomado la muerte de Anita. Y a ella, aunque la confundía esa devoción pagana, la conformó que la memoria de Anita merecía el amor de personas que incluso ni la habían conocido. 

***

VII – El colegio Normal 

Todos los días, tanto de ida, en dirección a la gran avenida, como de regreso, hacia las cercanías de la laguna, Ramón llevaba a Amanda en su pequeño colectivo verdirrojo. La llevaba al colegio por la mañana y la regresaba a su casa pasado un tanto el mediodía.
Cada mañana estacionaba en la puerta misma de la escuela, donde esperaba que ella ingresara sin inconvenientes. Al mediodía, la descendía en la esquina de la casita y esperaba que ella lo saludara desde la entrada del jardín. Luego se marchaba tranquilo.
El colegio Normal fue un trámite sencillo. Las materias de estudio no tenían secretos para Amanda. Es que las monjas la habían adelantado mucho en sus estudios y, además, su condición de internada y el relativo abandono de parte de su padre le otorgaron tantas horas vacías que las llenó en gran medida con el estudio de la música, pero también con la lectura diaria. Historia, novelas, cuentos y poesías (no solo el exquisito lunfardo de su admirado De la Púa) completaron su formación sin que eso fuera nunca debidamente apreciado por sus celosas tutoras. Así que de ese tiempo no sólo le quedó el maíz entre las rodillas, no sólo la desdicha de esos pequeños garfios incrustados para martirizarla en el nombre de Dios padre, todopoderoso, o la ausencia penitenciaria de la jorobadita castigada por mover las caderas cantando «Peerón, Peerón» por los interminables pasillos del colegio abrazada a una crencha inesperada, provocando la ira del obispo.
Le quedó el alfabeto, la palabra, la lectura, el idioma; los números complejos, los cálculos extraordinarios siguiendo a Anita por los augurios de la matemática; los sonidos y el silencio; la máscara del teatro subida a unos sagaces coturnos de elevación sublime; los libros reunidos en los territorios de las bibliotecas; los misterios de las sonatas del sordo andando al galope por un bosque de espinas bajo la blanca aparición de una luna salida de los extremos de las soledades nocturnas. Con esos conocimientos blindó su carácter, desató sus nervios del frenético nudo de la duda, desafió los momentos y quedó preparada para responder a dónde deseaba marchar cuando le tocara hablar del porvenir de cara a esos burócratas que se frotaban las manos, satisfechos de su maravilloso hallazgo.
Las tantas y brutales exigencias que padeció durante los años del internado hicieron de ese año un atajo tranquilo hacia un destino que entonces no suponía de ninguna manera. Se cuidó siempre de no ser arrogante con sus compañeras, una virtud que le enseñó el cura concertista, y prefirió pasar más de una vez por ignorante, lo que en cierta forma la divirtió de una manera extraña pero satisfactoria.
Pero se sintió atormentada por la mediocridad de su profesora de música. No pudo evitarlo. No le molestaban demasiado las divagaciones de su profesora de historia contra la tiranía del que andaba en una motocicleta cargado de miles de pares de zapatos y corbatas inútiles, mientras una mujer, en realidad una niña, acariciaba obscena su viuda ingle con impúdico erotismo cortesano. Era alguien de quien bien poco sabía, salvo que su apellido provocaba el rítmico bamboleo del cuerpo de la jorobadita desde el día del tumulto de los caminantes suburbanos y de las lágrimas irreparables de cuando gritó: «¡Murió Evita!» desde una ventana de los dominios donde purgaba sus penas con reclusión eterna.
Ni los espantajos de los que adoraban la bomba atómica frente a los peligros del comunismo mundial que se esparcía como un veneno rojo por los proletariados de la tierra. Con la palabra comunismo volvía Anita, gritando: «¡Viva el tío Pepe!», y su mención del romántico anarquista que mató por amor. Miguel nunca le quiso explicar qué eran los anarquistas y mucho menos los comunistas.
Tampoco le molestaban las imprecisiones de su profesora de matemática al discutir con unos cálculos que se empecinaban en desorientar a la clase entera, que quedaba sumida en la perplejidad de una incógnita numérica incomprensible. O el canto azuzado por los más recalcitrantes que a la marchita de un cantor de tango le oponían la de los estudiantes, al grito de «¡Alcemos la bandera que ilustraron los próceres de ayer!», e imaginaban vengativos una lluvia de muerte cayendo desde unas máquinas que atronaban los cielos de la Plaza de Mayo con sus martirios a cuestas.
Con esa profesora de música el piano se quejaba desde sus cuerdas destempladas ante ella, pánico del sonido amargo, fríos sonidos de cenizas naufragando en la inarmonía.
Corcheas arañadas, fusas y semifusas disecadas, redondas mordidas por cien dientes. La música herida sonaba calavérica y Amanda la contemplaba en sus fragmentos diseminados por las gradas. Hizo un esfuerzo por respetar lo que había jurado después que Eriseta vendiera el piano para que ella no pudiera continuar sus estudios.
Amanda padeció el infortunio de la profesora hasta con cierta hidalguía. No hizo ni el menor comentario sobre sus conocimientos musicales, a pesar de que el director del establecimiento buscaba con desesperación que alguna alumna tuviera los suficientes talentos como para proponerle competir con la docente que dictaba la materia a todas las estudiantes, del primero al último año, haciendo que las muchachas renegaran de la música para toda la vida. No cabe duda de que estuvo tentada de dar a conocer al director sus aptitudes musicales en más de una oportunidad. Era un sentimiento poderoso que surgía al escuchar cómo erraba a las teclas la profesora, lastimando a la música hasta dejarla en un estado próximo a la agonía, a la aniquilación de la armonía, en una patética inversión del proceso creativo. Fue entonces que consideró si en realidad no era su obligación salvar al arte de semejante desgracia. Pero se abstuvo porque había jurado que no volvería a vincularse a la música, ni siquiera en la forma más elemental, y ella nunca juraba en vano.
Cuando Amanda la conoció, su profesora era una mediocre mujer entrada en años que lo único a lo que aspiraba era a perpetuarse en su cargo, todo lo que su salud y la tolerancia institucional se lo permitiera. Por alguna razón que las niñas desconocían, nadie se atrevía a reemplazarla en su puesto; la sola posibilidad desataba en la dirección una trifulca de la que el director nunca salía bien parado.
Ella odiaba a la música, aunque no tanto como a sus estudiantes; odiaba dictar clases a esas manadas de adolescentes que la miraban desde la desfachatez de sus años adolescentes, listas a hablar de sus menarcas, las más jóvenes, y de los besos urdidos las mayores ante la mirada asombrosa de las niñas menores, que imaginaban lenguas y labios y salivas sublimes. Todas renegaban murmurando atrocidades de aquella vieja profesora de ojos desorbitados, con algo de vaca perruna, en la que ninguna muchacha aspiraba a reflejarse.
La mujer padeció un raro delirio y había sido objeto de sesudos estudios y largos tratamientos de parte de un contingente compuesto tanto por médicos como por curanderos. Extensas licencias la retiraron por un buen período de sus obligaciones en el trabajo, pero se sospechaba que todos los procedimientos habían resultado inútiles, tanto los que fueron recomendados por los doctores de blancos guardapolvos, así como los trabajos realizados por los curanderos convocados para la cura milagrosa. Ante ella, la ciencia y la magia sucumbieron sin poder entregar siquiera una modesta respuesta.
A Amanda le llegó el comentario de varias alumnas que conocían a la mujer desde el primero de sus años cursados, que padeció una rara fiebre durante largos meses. Pero no fue una fiebre cualquiera. De ninguna manera. Sobrevino luego de una amarga discusión con el director, quien, supuestamente, le reprochó su escaso entusiasmo para alentar a las niñas al arte de los sonidos. Pero algunas alumnas decían que la verdadera causa de la enfermedad que padeció la mujer no tuvo nada que ver con una disputa sobre la pobre pedagogía de la profesora para impartir su materia, sino con el fin de un amorío clandestino entre el director (quien se habría enamorado de una muchacha mucho más joven) y la mujer, que no soportó el abandono.
La fiebre llegó con espesas alucinaciones y por su causa decía palabras que, suponían, nunca se hubiera atrevido a pronunciar, de estar sana y en completo dominio de su voluntad. Era una fiebre que cargaba gusanos, alaciaba la sangre hasta laminarla en una frágil cinta violeta llena de agónicos coágulos de rabia. Y la fiebre inspiraba furibundas filípicas no contra el supuesto amante, sino contra las jóvenes a las que prostituía en las diatribas que salían de su boca como espumas carnívoras, maldiciones que anunciaban tinieblas desnudas entre sombras de sangres y aguas de tormentos, donde sumergiría a las muchachas para hacerlas padecer por una eternidad las mordeduras vitales de encarnizados perros de piedra y agua que les arrancarían sus frágiles sexos a dentelladas, mientras una picuda ave tuerta desmenuzaría sin fin los juveniles senos en apenas hebras de piel y sangre.
Ni Prometeo encadenado sufrió siquiera parecido castigo como el que prometía a todas las niñas que abrumaban sus días de docencia y que le habrían arrebatado el amor gracias a sus frescas vaginas y erectos pezones.
Decían que, en las noches más patéticas, gritaba enardecida llamando prostitutas a todas las alumnas y describiendo increíbles bacanales a las que las muchachas concurrían desnudas llenas de cínico lívido, mientras se burlaban de su frustrado amorío, de su impuesto celibato, de sus senos derramados sin ternura sobre su abultado vientre que caía hacia las arrugas de una ingle de frutos resecados por el odio. De esas abominaciones extraordinarias los psiquiatras tomaron minuciosas notas tratando de descifrar el delirio.
La fiebre se fue así como llegó, pero sin que se disipara su odio contra sus alumnas; muy por el contrario, parecía haberse perfeccionado en esos meses de locura.
Volvió al colegio, volvió una tarde, ante el asombro del hombre que no la esperaba y la decepción de todas las alumnas que se vieron obligadas a volver a las aburridas clases de su profesora, a sabiendas de que la vieja les deseaba las más horribles desgracias.
Cuando Amanda ingresó a ese colegio, hacía ya un buen tiempo que habían ocurrido esos sucesos que tuvieron como protagonista a la vieja profesora. Solo conoció los chismes sobre ella y padeció su odio por la música, pero fue indiferente a las maldiciones contra su femenina juventud que la mujer murmuraba cuando pasaba a su lado. Esas murmuraciones resultaban insignificantes ante el recuerdo de los pequeños maíces incrustándose lentamente en las infantiles rodillas.
Por lo demás, el tiempo en el colegio fue un buen tiempo. Hizo amistad con varias alumnas, disfrutó hablar francés con su profesora y, con extremo cuidado, ayudó a las que pudo con los ejercicios de matemática, física o química que se presentaban a veces como jeroglíficos inexpugnables para muchas de las muchachas que solo esperaban terminar sus obligados estudios y encontrar un esposo que valiera la pena. Amanda, por el contrario, sospechaba un amor a la vuelta de la esquina, pero nunca anheló el matrimonio. «Yo no me casaré jamás, lo juro», vaticinó una tarde mientras descansaba a la orilla de su amada laguna. Y ya se sabía que nunca juraba porque sí.
Miguel llegaba a visitarla todas las tardes. A veces lo hacía acompañado de su hijo. Venía desde la ciudad en su cuidado auto negro importado. Ramón lo veía llegar sentado al volante de su pequeño colectivo bicolor. Los pasajeros seguían con la mirada el paso del lujoso auto, solo por apreciar su diseño y su lustre perfecto en el que se reflejaban hasta los rostros de los curiosos del pueblo.
A nadie ya sorprendía su presencia; el paso del auto se hizo rutina por lo menos en esos primeros meses que siguieron al regreso de Amanda al villorrio.
En cada oportunidad que llegaba a visitar a su hermana, Jorge maldecía su aborrecible destino de cadete militar. «No quiero ser cadete, no quiero tocar el piano», repetía cargado de reproches. Miguel insistía en las ventajas que ofrecía cualquiera de las dos profesiones para su futuro. Podría llegar a ser un gran militar o un afamado músico, aunque él se inclinaba más por lo primero que por lo segundo. «El uniforme militar trae poder», le decía exultante, pero «el de músico solo adulones y un séquito considerable de arribistas y maricas». Un juicio de valor del que nunca pudo explicar los fundamentos.
Con su hermana repasó su plan de fuga que lo salvaría de su ingreso a la escuela de la milicia; Amanda intentó convencerlo de lo errado que estaba. A Jorge el error no lo asustaba; por el contrario, lo entusiasmaba y divertía. Y cuando la hermana insistía con su crítica a la idea de la fuga, él argüía tajante: «Vos te escapaste de la casa», a lo que inexorablemente ella respondía: «Esa no era mi casa». Y allí terminaba la discusión.
No sabía si se iba a fugar solo o con algunos otros compinches, también disconformes con los destinos que sus padres les auguraban. Pero todos esos cómplices parecían más temerosos de las consecuencias que resueltos a la aventura. Eran muchachitos que imaginaban extraordinarias correrías por exóticas tierras donde el sol no se ponía nunca y la luna estaba al alcance de la mano.
Marcharían siempre en dirección norte, se prometían: hacia Tucumán o Salta, ciudades que imaginaban aún encendidas en los fervores de la patria naciente; o incluso mucho más lejos, hacia la Puna, hacia Humahuaca, tierra de misterios para ellos. Todo era posible en su imaginación, aunque no tenían ni la más remota idea de qué podrían encontrar en esas regiones o cómo sobrevivirían siendo tan jóvenes e inexpertos.
Pero si sus condiscípulos se retractaban y lo abandonaban, todavía podría refugiarse entre las sábanas de la cama de la hija de la profesora de geografía, la muchacha aquella tan liberal a pesar de su corta edad, que disfrutaba del secreto amorío clandestino con el joven alumno de su madre, cargado de pura testosterona, la que pugnaba por salir en olas de jadeos y suspiros. Ella, aseguraba el joven amante, estaba dispuesta a albergarlo, con la anuencia de su propia madre, y a esconderlo en su caliente cama, abrazados los dos, como cuidándose uno al otro.
Fue un momento crucial para Jorge. Su cuerpo creció de golpe, casi hasta el metro ochenta, en pocos meses. Ensanchó la espalda y deformó aún más su pecho de paloma, que sobresalía llamativamente hacia adelante. Era un adolescente que apuraba su paso hacia la juventud explícita. Todo en la vida de Jorge fue un apuro premeditado, incluso su temprana muerte.
El amorío con la niña se transformó en escándalo porque los amantes hablaron de más. La versión del romance llegó a oídos de las autoridades del colegio en el que Jorge estudiaba y donde trabajaba la madre de la joven amada.
Fue el propio Miguel quien impidió que el asunto se ventilara en los tribunales, como era voluntad de las autoridades del establecimiento.
Querían a toda costa deslindar responsabilidades a través de una resolución judicial. En un largo documento que le entregaron sostenían estar decididos a impedir que «el sagrado nombre de nuestra institución quedara mancillado o se los vinculara con actos indecorosos, reñidos con la moral, promovidos y/o consentidos por una profesora que ha demostrado su poco apego a las reglas de la vida cristiana, alentando la promiscuidad entre jóvenes que apenas han salido de su infancia». Y agregaban en la catilinaria: «Nuestra voluntad es que el sagrado nombre de nuestra institución quede sin mácula alguna, y mantenga su bien ganado prestigio educativo como formador de noveles valores al servicio de los distintos estamentos de la sociedad, y de sus reconocidas virtudes académicas consideradas ejemplares en todos los ámbitos públicos y privados vinculados a la magna tarea de la educación de los jóvenes».
Miguel puso paños fríos en la medida de sus posibilidades. Argumentó ante las autoridades del colegio que no deseaba que ningún escándalo amenazara el futuro de su hijo. Y que tampoco le parecía aceptable que se ventilara el nombre de una muchacha solo un poco mayor que Jorge, y que había resultado algo tempranamente enamoradiza.
Impuso, persuasivo, su criterio de que resultaba muy poco inteligente que, por unas cuantas relaciones sexuales con la hija de una mujer a la que solo se la podía acusar de ser poco celosa del cuidado de un par de adolescentes, se llegara a un escándalo que sería la comidilla de todos los cagatintas de tribunales. Si querían proteger el nombre de su institución, les aseguró, el elegido no parecía el mejor camino.
«Prudencia y silencio» les dijo, apelando a un histrionismo que desconocía. Y agregó citando a un filósofo inexistente:
—«Solo aquel que habla de menos y en voz baja puede pasar el infortunio sin ser sorprendido por una nueva desgracia».
Las autoridades consideraron atendibles las razones de Miguel. Pero ellos insistían que resultaba muy difícil de explicar y tolerar el comportamiento de la profesora de geografía al llevar un muchacho a su propia casa sin que eso estuviera en conocimiento de la familia del joven, y que, para peor, ese fue el lugar donde se habían producido «lamentables sucesos ligados a actividades sexuales indebidas, que hacían sospechar del verdadero comportamiento de la señora profesora». Su expulsión estaba decidida y lo harían dejando constancia de los lamentables sucesos.
Miguel comprendió la angustia que provocaba en los directivos el comportamiento descuidado de la profesora. Pero siguiendo su razonamiento, insistió en lo inconveniente de dejar por escrito cuestiones de la intimidad de dos adolescentes a quienes los esperaba, seguramente, un futuro promisorio. Propuso que fuera exonerada por alguna razón menos escandalosa. Podía tratarse de incumplimiento de tareas, ausencias reiteradas o algo por el estilo.
Acordaron, luego de una intensa discusión, que lo más prudente era que «Honores y Valores» —como titularon otra catilinaria sobre el escandalete— no se mancharan por unos cuantos polvos juveniles.
Los funcionarios, sabiendo con quién trataban, accedieron a todos los consejos del padre de su alumno y coincidieron finalmente en no permitir que el affaire trascendiera más allá de los que ya estaban al tanto del amorío ese.
La profesora fue expulsada del colegio «por incumplimiento de las labores docentes asignadas en su contrata», y de ella no se volvió ni a mencionar su nombre, el que fue borrado de todos los registros.
Tuvieron en cuenta que Miguel les dijo íntimo en la última conversación que sostuvieron antes de que Jorge se marchara a la Escuela Militar:
—«No me disgusta que mi hijo se comporte como un joven macho cabrío»,una comparación que no fue del agrado de las autoridades, aunque la escucharon con disimulo.
Mucha reprimenda, les dijo, podía afectar su masculinidad, algo que le resultaba verdaderamente preocupante, teniendo en cuenta que el muchacho había crecido de golpe en todos los sentidos y que ese crecimiento desmedido había acelerado su sexualidad repentinamente.
Su comportamiento ponía de manifiesto que se completaba su hombría, que era lo que esperaba de su único hijo varón. Era un comportamiento esperable ante tal transformación y, en definitiva, el affaire con la muchacha ponía en valor a su propio hijo, quien, siendo aún un imberbe inexperto, había logrado seducir a una señorita de la que todos asumían su belleza.
Cuando mencionaba lo sucedido a ciertas amistades masculinas, lo felicitaban exaltando la precocidad del muchacho, algo siempre bien visto entre hombres.
—«¡Hijo e’ tigre!», lo adulaban y él se inflaba de orgullo.
El incidente amoroso de Jorge fue el mejor pretexto que Miguel encontró para justificar su decisión de enviarlo a estudiar en la Escuela Militar. Allí, en condición de pupilo, le enseñarían el valor de la disciplina, el rigor del estudio, el concepto de sacrificio. Y si además tocaba el piano, como quería su abuela, mucho mejor.
Amanda trató de interceder por Jorge, quien, cada vez que la visitaba, le reclamaba que lo ayudara a impedir que los encerraran en la institución militar. Pero pasadas algunas semanas, las visitas paternas empezaron a espaciarse y, en la mayoría de ellas, Jorge ya no era de la partida.
Amanda se convenció de que era cierto aquello de que los hombres siempre repiten sus conductas. Recordó su reclusión y ahora asistía a la de su hermano. Decidió intervenir por una última vez para disuadir a Miguel sobre su error, pero no sería ella la que hablaría del dolor que su hermano llevaba en el corazón por la muerte de Anita, como un tumor maligno.
Se preocupó en advertirle a Miguel que el muchacho no deseaba por ninguna razón ser enviado a ese instituto militar. Le dijo, disimulando las palabras de su hermano, que ella estaba segura, aunque no tenía pruebas, de que Jorge finalmente terminaría fugándose de la Escuela. O que tendría un comportamiento tan indisciplinado que obligaría a su expulsión sin pena ni gloria.
Miguel no dio valor a esas palabras; estaba seguro de que una vez dentro de la Escuela Jorge modificaría sus conductas «y estaría a la altura de lo que se esperaba de él». En lo único que Amanda coincidió esa vez con su padre fue en que, en efecto, Jorge estaría a la altura de lo que se esperaba de él. De ello Amanda no tenía la menor duda. Los hechos le darían la razón, aunque ella, por entonces ya recluida en la casona, ya no conocería los sucesos en los que se vieron envueltos su padre y su hermano.
Las tardes que Miguel no la visitaba, las aprovechaba para refugiarse en inmediaciones de la laguna, donde leía o simplemente pasaba el rato viendo la tarde desvanecerse como un pequeño sol fantasmal, atravesando el horizonte de lado a lado, entre unas olas de nubes que describían una huella efímera, una iluminada sustancia cargada de minúsculas gotas de rocío. Estaba decidiendo su futuro cuando este se presentó ante ella de manera extraordinaria. 

***

VIII – Encuentro

Boca abajo, sobre la tierna gramilla, con el mentón apoyado en los brazos cruzados, Amanda observaba la pátina de agua de la laguna que había adquirido un raro color de mármol. Sobre esa brillante lámina, unos zancudos escribían en secreto sobre su superficie: un conjuro para los peces, los que esperaban ansiosos el amarre de la luna entre las matas para hacer su fantasmal aparición y devorar las luciérnagas que sabían a vísceras de palpitante fósforo. Era el mismo instante en que los sapos croaban una celebración abanicando su larga lengua, esperando el banquete de las mariposas nocturnas para saciar su apetito interminable.
La huella de un rayo de sol aún inscribía en la ráfaga de una ola sus gotones de luz que llegaban parpadeando hasta la orilla más próxima. Luego, suspiro de espumas entre tiernas espumas, desvanecía su minúscula geografía luminosa en el espejo de agua. Más arriba, el arrebato del viento tocaba las ramas de los árboles y silbaba un sonido vivo, casi invisible pero perceptible, que a la muchacha le recordaba el rumor de unas sonatas de Scarlatti aprendidas durante los primeros años del internado.
No fue que escuchó sus pasos atravesando el campo lindero a la laguna. Fue una sombra demasiado alargada que quedó a su costado, apoyada en un flanco verde del paisaje verde, insinuando una silueta que no le resultó para nada familiar.
La sombra, como una efigie oscura, rozó su brazo, pero ella decidió no abandonar su postura y mantuvo la barbilla apoyada en los brazos cruzados, dando a entender que ese atisbo de caricia no la sustraía de su ensimismamiento. Pero la sombra habló desde la joven altura de su garganta, con ese acento que solo había escuchado en contadas oportunidades, y le pareció una voz desnuda, con algo de savia de encina, con algo de vapor de humus, con algo de piedra de metal y harina ruda, con algo de raíz fragante de verdes como el océano de una llanura brotada por milagro.
Era una voz que quedó suspendida en un rumor de viento y permaneció expectante del perfume de la muchacha que olía tanto a esperanza como a ternuras. Esperó un instante conteniendo el aire, como si afrontara una eternidad entre dos infinitos y bien pudo haber dicho «hola», pronunciado un nombre o preguntado el de la muchacha que tumbada boca abajo observaba a su frente los sucesos del paisaje y de quien podía ver la curva perfecta de la espalda, la redondez de sus glúteos y el devenir de la piel de sus piernas hasta los tobillos.
El suspenso de la respuesta duró el tiempo que Amanda precisó para tomar aire y controlar el temblor de su garganta. Pero de todos modos no pudo evitar que un tenue escalofrío recorriera toda su anatomía. Ese sutil estremecimiento lo percibió el visitante, quien suspiró aliviado como si hubiera logrado quitarse de encima un pesado bulto. Fue el pálpito de amor de la muchacha lo que trajo una distensión de primavera entre los dos. Ella no se escabulliría en pretextos; por el contrario, ¿cuántas veces intuyó ese momento? Pensó para sí:

Eres mi hombre. ¿Hace falta decirlo?
Tu cuerpo me responde cadencioso
Y lanza un sol al mío como una
Corazonada de esperanza.1

Amanda giró para observar la sombra que permaneció de pie entre los márgenes que dos árboles picudos imponían desde sus torvas raíces. Los ojos con los ojos se congregaron en un ademán de alivio. Parpadearon las bocas como la indefinida cuerda de una guitarra germinada de verde. Luego, se atardeció un diente de león que atestiguó la intimidad de las miradas. Reconoció en la sombra su cálida virtud amparadora al impulso de una sangre joven que golpeaba las arterias, y capturó diástoles y sístoles de ese masculino corazón, luchando con el agobio de la íntima incógnita que provocaba el encuentro.
Ella bien pudo haber dicho «hola», pronunciado su propio nombre o preguntado el del joven que permaneció con la boca entreabierta, resecando entre su lengua las palabras.
Allí estaba ese que no tenía nombre todavía; podía verlo, olerlo, palparlo con sus ojos. Alto, azul de cielo en la cabeza almendra en la que flameaba una negra cabellera pura.
Alto como las augustas espigas a las que les llegaba un rumor de sol para brillarlas con la magnitud de las joyas.
Las espaldas anchas bajo el cuello de lanza bajo la cabeza almendra, y los ojos tan negros… tan negros, fulgurando el color del carbón de piedra iluminado por la pomposa pretensión de una luz turbulenta que llegaba en terrones desde el mismo cielo.
Los brazos tupidos de gruesas venas latentes y el rito del pecho hinchado del aire lagunero, sonando como un suspiro de tigre entre unas matas rojas en las que germinaban unas arenas más rojas que se desangraban en suspiros como simples hilitos de la sangre. Y luego las piernas largas y robustas, tentadora cadera no demasiado ancha, redonda hacia la geografía del pubis exacto, donde fermentaba un esperma caliente de amor entre las manos de la mujer amada.
Amanda lo miró como a un crepúsculo y él como a una hiedra de extendida frescura, verde y substanciosa, rociada de olores a cereales que salían en racimos de los fuegos azules que la última porción de la tarde dispensaba con absoluta generosidad. Y alumbrada en las sombras, era más bella de lo que se le dijo justo ese día en que rezó la última misa antes de ir en su búsqueda donde le habían dicho que la muchacha solía pasar sus tiempos libres, ora mirando el paisaje, ora leyendo sus libros.
Amanda creyó que la voz le dijo algo sobre sentarse juntos a esperar el crepúsculo nocturno.
Ella pensó para sí:

Tú, amor, mi hombre, danza que se anuda
A mis deseos, quédate para siempre,
Atraca en el puerto de mi vida.2

Pero guardó silencio.
Así como era, lo esperó hasta entonces, como lo supuso. Los acertijos esa vez no lograron engañarla. Ni siquiera recordaba si preguntó su nombre; en cambio, él quiso saber cómo llamarla a partir de ese día. Y como dijo Amanda, la que debe ser amada, la que es digna de ser amada, no lo olvidó nunca.
No se dijeron mucho ese primer encuentro. Sentados uno al lado del otro, tal vez ensimismados uno en el otro, la vista puesta en el rumor del agua apenas agitada mientras se aproximaba la noche secreta, se permitieron el roce de los dedos para adquirir la noción de sus deseos.

Eres el nombre que pronuncio eléctrica
Con los labios desplegados en sonrisa. Luego, se marcharon cada uno por su lado. Amanda dejó entre el paisaje un mensaje que escribió con sus dedos:

(Si llegas una noche sin aviso
Abriré mi ventana de ilusiones
Y dejaré entrar tu cuerpo
Como una bandada de caricias)
.

***

IX – 16 de junio de 1955 

Justo ese día el obispo permitió que la jorobadita dejara su encierro y hasta propuso que se le diera el día libre para que pudiera andar por las cercanías del convento, recorriendo las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Llamó él en persona para hacer saber su determinación.
La Madre Superiora recibió la noticia y, aunque no compartía su decisión (ella era proclive a mantener el encierro), no hizo ningún comentario en contrario. Sabía muy bien cómo era el ordenamiento vertical de la jerarquía eclesiástica y no iba a ser ella quien infringiera las viejas normas establecidas desde que Pedro construyó la Iglesia.
—He leído el legajo de la monja de la joroba —oyó la Superiora por el auricular del teléfono de su despacho que le decía el obispo—, el que me hace llegar cada año. Entiendo que la Hermana ya ha cumplido su penitencia.
—Si su Ilustrísima así lo estima, no seré yo quien contradiga su apreciación.
—No se trata de una apreciación, mi querida Hermana, se trata de que el período estipulado por usted misma para que la muchacha cumpliera la penitencia se ha extinguido hace ya un buen tiempo, y no creo que esté en su ánimo extenderlo sin justificativo.
—Monseñor, le ruego, me disculpe por no haber tenido en cuenta la expiración de la penitencia.
—No se disculpe, sé de su buen sentido de la justicia. No se puede estar en todos los detalles. Sí, lo sabré yo.
—Le agradezco su consideración. Haré cumplir su recomendación, Ilustrísima, sin pérdida de tiempo —la Madre Superiora trató de ser condescendiente.
—Quiero, además, pedirle un gesto de misericordia —imploró el sacerdote, acaramelando su voz como en el confesionario.
—Seré indulgente en todo lo que su Ilustrísima me reclame.
—No es gran cosa, se lo aseguro.
—Lo escucho, Ilustrísima.
—Dele licencia en el día de hoy, que vaya a pasear por los alrededores de la Plaza de Mayo, allí el cielo siempre se aprecia diferente cada día. La hora del mediodía encuentra al sol en su cenit y suele resultar una pócima encantadora para alguien que ha padecido un encierro tan prolongado. Todo llega a su fin, Dios mediante.
—Lo que usted ordene, Ilustrísima.
—Le agradezco su gesto misericordioso. Será recompensado, se lo aseguro.
—Que Dios lo bendiga, señor Obispo.
—Y a usted también, Hermana. Recuerde, téngalo presente ahora y en la hora de nuestra muerte: «Cristo Vence», «Cristo Vence». Amén.
—Siempre, Ilustrísima, siempre lo tengo presente en todos mis actos. «Cristo Vence», «Cristo Vence». Amén.
—Una cosa más, mi querida Madre. —El obispo bajó el tono de su voz como si tratara que nadie más que la Superiora escuchara sus palabras.
—Le sugiero que usted y sus apreciadas colaboradoras no salgan bajo ningún pretexto del convento.
—¿Algo de qué preocuparnos? —preguntó la monja, intrigada.
—No, claro que no. ¿De qué habría que preocuparse? Pero hoy recibí el pedido de unas bendiciones que me inspiraron un místico presentimiento difícil de explicar por teléfono. Tómelo como la sugerencia de un viejo pastor atento a las conveniencias de su amado rebaño.
—Lo que usted diga, Ilustrísima. Salvo la jorobada, nadie tendrá permiso para abandonar la institución, como me lo sugiere.
—¿Tolerará usted una nueva pregunta mía?
—¡Ilustrísima! ¡Cómo no habría yo de escuchar complacida cualquier inquietud que usted tenga y a la que espero pueda darle respuesta!
—¿Cómo se llama la Hermana de la joroba? —La Madre Superiora vaciló por un instante.
—No tengo presente su nombre, Ilustrísima. Si usted lo desea, revisaré el legajo y luego le haré saber sus datos filiatorios. Aquí todos la llamamos por su joroba —respondió y al instante comprendió que dijo algo inconveniente.
—¿Le han puesto nombre a la joroba? ¡Qué curioso! ¿Y cuál es ese nombre? ¿Podré saberlo? Usted nunca lo confió en sus informes.
La Madre Superiora no supo cómo responder esa pregunta.
—El obispo bisbiseó unas palabras esperando la respuesta. Luego de una breve espera, convino que la Madre Superiora no le diría el apodo con el que llamaban a la jorobadita.
—Comprendo su silencio, Hermana. Que Dios la bendiga.
—A usted, Ilustrísima.
La Superiora mandó llamar a las dos monjas enanas que escuchaban tras la puerta del despacho la conversación con el obispo. Refunfuñaban anticipándose a la orden.
Ellas eran quienes guardaban celosamente las llaves del claustro y fue a quienes les ordenó dirigirse donde estaba la castigada a informarle de su nueva condición. Luego debían acompañarla a una habitación donde quedaría alojada hasta que ella considerara en qué calabozo la acomodaría y cuáles serían sus nuevas tareas.
Las monjas enanas caminaron sin prisa hasta el claustro, dándose manotazos en la cabeza una a la otra, como si fueran dos niñas traviesas, exclamando «¡Cristo vence! ¡Cristo vence!» y riendo a carcajadas por los largos pasillos. Luego de abrir la puerta con una llave enorme y algo oxidada, llamaron a la monjita por su apodo. La muchacha llegó caminando con cierta dificultad. Estaba algo demacrada y bastante más delgada, lo que pronunciaba su pequeña giba nacida de una escoliosis demasiado temprana.
Sin mediar ninguna explicación le dijeron que debía tomar sus pertenencias y dirigirse al despacho de la Madre Superiora. La jorobadita las miró extrañada y creyó que era una broma de las dos bufonas que merodeaban, alcahuetas, la sombra de la Madre Superiora.
—Tu penitencia ha terminado y podrás volver a tener tu catre. El Obispo ha llamado en persona para perdonar tu castigo. La clemencia de su Ilustrísima es tanta que hasta ha sugerido que salgas a mirar el cielo en la Plaza de Mayo y disfrutes del día que está bastante asoleado.
La Hermana giró sobre sus pasos y, como si hubiera recuperado en parte su antigua vitalidad, se dirigió al calabozo donde guardaba en un atadito sus pocas pertenencias y volvió con tanta prisa como se había marchado. Las tres caminaron en dirección al despacho de la Madre Superiora. Al llegar, una enana golpeó con fuerza la puerta y exclamó:
—«¡Permiso, Madre! Aquí venimos de cumplir su recado».
—¿La Hermana está con ustedes? —preguntó la Superiora mirando por encima de sus anteojos de lectura hacia la puerta de entrada.
—Y con su espíritu, Madre, y con su espíritu —repitieron a coro las enanas.
—Díganle que pase —respondió secamente y esperó expectante el ingreso de la perdonada.
La jorobadita entró temerosa a la inmaculada oficina de la directora. La Madre Superiora al verla se puso de pie y caminó hasta ella con una amplia sonrisa que deformaba su cara. La tomó de las manos y le habló de la fe en Dios, en la Virgen, en el Espíritu Santo y de cómo la expiación de los pecados mejoraba a las personas en su misión de servir a Dios por sobre todas las cosas.
—Siervas somos de Dios y a él servimos —recitó de compromiso la Superiora.
La jorobadita asintió con leves movimientos de su cabeza, pero solo por cortesía. Estaba muy confundida como para reflexionar sobre la fe y la misión que decían Dios les encomendó de alguna manera.
Luego le preguntó si deseaba realizar un llamado, uno solo por supuesto, el justo y necesario. Y la informó que, por pedido de Su Ilustrísima, el señor obispo, tenía permiso para salir ese día de paseo hasta la Plaza de Mayo, con el particular pedido de Monseñor de observar el cielo con atención. Era un día tan bello que daba por descontado que le sería provechoso.
La jorobadita festejó los dos permisos. Llamó a Amanda, de quien no había podido despedirse cuando ella abandonó el internado. Deseaba comunicarle la buena nueva. Estaba realmente feliz, luego de tantos años de encierro monacal.
No fue su compinche la que recibió el llamado; nadie sabía dónde se había metido la muchacha esa fresca mañana de paños azules en los campos donde los pastos se perseguían unos a otros, y unas telarañas urdidas en la noche llagaban el paisaje con sus patudas arañas agazapadas y expectantes. Fue una mujer de acento alemán quien le dijo que su nombre era Gertrudis, y que ella le transmitiría con exactitud su mensaje a la muchacha. Y así lo hizo.
Amanda celebró la buena nueva, justo ese día de junio, algo frío.
La jorobadita la invitó a mirar el cielo de la Plaza de Mayo con ella, a las 12:30 en punto, en un banco a la vera de la orgullosa y vieja Pirámide de Mayo, del lado donde se hallaba fijada la placa de bronce que recordaba a Pereyra Lucena y Manuel Artigas.
Amanda deseaba más que nada volver a abrazar a aquella monjita cómplice de la crencha engrasada. Deseaba hablarle de ese amor inesperado que llegó como un hechizo desde un lugar insospechado del paisaje y reposó a su lado tocando sus delicados dedos con sus fuertes dedos campesinos. Tan solo eso quería decirle mientras mirarían el cielo diferente de la Plaza de Mayo. Algo tan simple como las simples oraciones que las mañanas de castigos repitieron juntas, arrodilladas ante el maíz todopoderoso, obligadas a venerar sus puntitas filudas, tiempos en los que pronunciar el nombre de un dolor podía resultar pecaminoso.
A esa hora, casi el mediodía, pocos eran los pasajeros que gastaban sus tiempos en dirigirse a la ciudad. Por el contrario, muchos se aprestaban a retornar a sus hogares: la mayoría empleados y otros tantos paseantes que admiraban la Pirámide de Mayo, venerándola como a una verdadera madre. Al frente, en un extremo de la plaza, el General Belgrano insistía en alzar la bandera de la patria, señalando un futuro por el que todavía había que pelear y mucho. Y a la izquierda, mirando en dirección al río, la Catedral guardaba los restos del Libertador, en una augusta capilla que sobresalía de los límites de la construcción religiosa.
El tren llegó puntual a la estación como de costumbre y fue exacto el tiempo que tardó en arribar a la terminal, como lo habían prometido a los gritos los guardas ferroviarios.
En la propia terminal ferroviaria ya se escuchaba de lejos el rumor de una espada de pólvora y el espectro de una espoleta infame. Era el maleficio de los mercaderes de la muerte que alistaban sus fuegos como unos cascabeles infernales. Pero ¿quién comprendería esos sonidos de ataúdes sonando una procesión de sangres de inocentes?
Eran las 12:40. Amanda y la jorobadita se habían abrazado hasta el cansancio y llenado de besos y caricias los rostros. Luego, sentadas en el banco que daba a la placa de bronce de Lucena y Artigas, miraron al cielo que justamente sonaba diferente al de los demás días. Ellas oyeron en dirección al río el sonido mecánico de los pájaros de acero cargados con sus crímenes en los abultados vientres. Los oyeron sobrevolar la plaza para reglar el tiro, sin siquiera sospecharlo. Y ellas, que miraron abstraídas como si solo se tratara de una pintura amena, de unos pájaros blancos con sus plumas de fuego en un vuelo nupcial lleno de vida.
Abajo, fueron muchos los que alzaron hacia el cielo sus ojos asombrados y creyeron que saludaban el regalo de un desfile. Agitaban las manos en inocente saludo a la inesperada muerte.
Los niños, de las manos de sus madres, más entusiastas que cualquier otro, celebraban el momento del vuelo de esas aves panzudas que hacían cabriolas en el aire como maravillosos acróbatas circenses. Prometían sus regalos descuartizadores, pero ellos no lo sabían.
Nadie les anunció la sentencia, la gente de a pie quedó como suspendida, mientras las aves siniestras desperdigaban sus bombas por toda la geografía de la Plaza.
Un trolebús explotó como una granada ardiente. Tembló como la llamarada de un garrote. Se abrió como una fruta demasiado madura. De su interior morado, quemadas por la pólvora, quedaron las cicatrices de sus desprevenidos pasajeros. En ese trolebús viajaban muchos niños a su temprana muerte.
La muchedumbre observó los fragmentos de los niños cayendo como una fosforescencia roja; al instante sintió entre sus propios cuerpos seccionados el beso calcinante arrojado desde la rabiosa altura de la muerte. Luego, lluvia de hogueras, acertijo de llamas que tardaron un suspiro en incinerar la esperanza. El llanto gobernó la plaza junto a los aullidos de los cadáveres diseminados.
Era el día del reino tenebroso de un ¡Cristo vence! irreconocible, bajo la «V» de la victoria. Un Cristo de rencores que no ofrendaba hostias sino esquirlas.
Los brazos caían amputados y saltaban las piernas en busca de sus pies destrozados. Rodaron las cabezas seccionadas y tras ellas los ojos desbocados corrieron en busca de sus vaciadas cuencas. Las lenguas diseminaron sus lamentos de bocas que sangraban los gritos desde las gargantas ahogadas en el implacable martirio. La vida fue arrasada con un fuego iracundo.
Nadie lo vio, pero se supo esa misma tarde que el obispo, a lo lejos, bendijo los golpes del fuego alabando el exterminio de los mestizos salidos de las cisternas obscuras del suburbio bonaerense, donde anidaban los proletarios con sus numerosas proles. Ese día Dios no estuvo del lado de los desamparados.
«¡Muerte al tirano! ¡Muerte al tirano!», dicen que graznaban los pájaros mientras algunos de ellos huían allende el Río de la Plata tras sus racimos de bombas sobre la devastada humanidad de los paseantes, de los trabajadores, de los distraídos.
Tal vez fue la propia jorobadita la que entendió el lenguaje de los golpes del metal contra las calles poco antes de que su monacal cabeza rodara en dirección al río. Fue la misma cabeza que Amanda recogió en su regazo y acarició el estambre roto de su cuello y la besó en las sangres que aún goteaban los lamentos rojos que se desvanecían al calor del incendio del inagotable fósforo.
Una vieja mujer recolectaba vísceras, brazos, cabezas, humanidades todas, trozos de sueños, fragmentos de amores y les rezaba un padre nuestro por consuelo.
Luego llegó la metralla —tableteaba iracunda desde una nube negra— y la vieja cayó de bruces contra el piso, besando los adoquines rojos.
El plomo candente dejó como cien llagas en la fachada de algunos edificios: eran hoyos de muerte estampados en los mármoles oscuros.
Amanda sintió el vuelo de las balas por detrás de su espalda, a la altura de sus vértebras. Pero no se movió, temerosa de lastimar la amada cabeza de su amada compañera. La acurrucó entre sus brazos y le cantó una canción de cuna que tuvo toda su infancia en la punta de la lengua.
La muerte volvió sobre sus propios pasos y se lanzó en otra ronda de matanza desde las negras bocas de las ametralladoras pesadas. Caía en picada en dirección al suelo buscando las frágiles humanidades de los que no pudieron abandonar la Plaza. En su caída sonaba una increíble pronunciación de aullidos: un silbido que se aplastaba en sangres y tejidos y huesos machacados. Un cañón de horrores repetía unos nombres que hasta costaba pronunciar de corrido.
Luego se hizo el silencio, de repente, inesperado, como llegó antes la muerte. Se dividió en lamentos en los cuatro puntos cardinales de la Plaza de Mayo. Al frente, la casa de gobierno destruida. Sonaron las sirenas y los odios se alzaron enarbolando sus furias de venganza.
Una mano sin porvenir rozó el hombro de Amanda y le pidió la cabeza que ella aún sostenía en su regazo. El humo repetía en gris todavía el estruendo de las explosiones, y pequeños incendios rodaban de aquí para allá disecando las sangres.

Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.

Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos, delgados como estambres, y sus manos todavía pequeñas.
Entregó la cabeza a esas manos sin porvenir, como un precioso y delicado coral rojo.
Besó los labios tatuados de sangre de la monja muerta; besó la mancha salada de su muerte, como se besa a una sagrada bandera. Le quedó bajo la lengua, sin tiempo y para siempre, ese sabor de sangriento terciopelo púrpura.
Alguien la subió a un camión de bomberos y la abrigó con una manta gris como la tarde. Recogió sus piernas y apoyó su cabeza sobre las rodillas. Viajó sin saber el destino.
Nunca supo si se quedó dormida. Llovía torrencialmente. La misma mano sin porvenir rozó nuevamente su hombro y le pidió que descendiera. Alguien le preguntó su nombre y le prometió que estaría a salvo hasta que llegara su padre para recogerla.
Luego llegó la noche envuelta en una muchedumbre de iracundas sombras. 

***

X – Adioses 

—¿Jorge está con vos? —Con las manos en los bolsillos, Miguel pareció dispuesto a escuchar una mentira de Amanda.
Habían pasado algunas semanas desde que tuvo que llegar hasta una unidad del ejército a buscarla, milagrosamente a salvo del bombardeo a la Plaza de Mayo. Los hombres le explicaron que su hija debió tener un Dios aparte para que ninguna esquirla y ninguna bala la lastimara. Ella estuvo en el lugar donde más bombas fueron arrojadas desde los aviones y donde la metralla más personas asesinó con sus descargas. A centímetros de ella, un fragmento de la carcasa metálica de una bomba decapitó a la mujer que estaba sentada a su lado. Los hombres no sabían de quién se trataba, pero explicaron al padre que la muchacha sostuvo la cabeza decapitada entre sus brazos, sobre su regazo, protegiéndola con su propio cuerpo, como si se tratara de un tesoro al que había que resguardar incluso con la propia vida. Los hombres estaban fuertemente impresionados por el coraje de la chica, pero mucho más por los ojos abiertos de la cabeza de la muerta, que parecían seguir vivos llenos de paz, mirando a un lugar indefinido, pero que podían presentir como si ellos mismos estuvieran mirando a través de ellos.
Amanda no se había repuesto de su pena. La muerte de la monjita la impactó tanto como la muerte de su propia madre. La noche en que regresó, luego de la matanza, las alemanas la albergaron protectoras. Gertrudis la hizo dormir en su cama y la arropó con ternura. Ellas sabían muy bien qué cicatrices deja en el alma un bombardeo en el que mueren hijos, hermanos, padres, amigos. Vio a personas juntar fragmentos de cuerpos diseminados y llorar durante días sobre los restos descompuestos de quienes creían fueran sus seres amados. Habían visto devastar una generación entera en una guerra de proporciones ciclópeas.
Miguel permaneció a poca distancia de la puerta de entrada a la casita. Mantuvo las manos en los bolsillos y esperaba una respuesta a su pregunta. Se exigió a sí mismo no demandar que se lo dejara pasar. No solo tenía que ver con que allí vivía su hija ante la que debía comportarse respetuosamente. Sabía que si la enfrentaba Amanda no lo dejaría entrar y lo despacharía como a un desconocido. Ella tenía el mismo carácter de su madre.
Tampoco tenía que ver con que solo fuera un visitante que, con cierta asiduidad, llegaba para visitarla y asistir a su manutención, más por una obligación que por una necesidad protectora.
Él se sentía extraño en ese lugar. Era un sentimiento que no lograba modificar. Desde la muerte de Anita se consideró ajeno, extraño en esa casa, en ese villorrio, en esa historia. A la inversa del sentimiento de pertenencia que el lugar y la vecindad misma generaban en Amanda. Por eso prefirió esperar a que se lo invitara a pasar.
Ella, de pie en la puerta de entrada, observaba a su padre como si no pudiera reconocerlo del todo. Esa condición de forastero se había acentuado en él durante el último tiempo y ella la percibía cada vez con mayor fuerza. La tenue luz que todavía ofrendaba el crepúsculo hacía la escena algo irreal. El paisaje, Miguel, Amanda, toda la naturaleza de las cosas, se revelaban teñidos de suaves rojos, cálidos naranjas y vetas violetas que partían desde la laguna en todas direcciones y tocaban los cuerpos, las casas, los árboles que se volvieron casi azules por un breve momento.
Amanda, transformada por esa apariencia impresionista, estaba más bella a pesar de su melancolía. Por un momento Miguel no pudo reconocerla, como si frente suyo ya no estuviera ni la niña ni la muchacha, como la reconocía, sino una crisálida a punto de culminar su metamorfosis. Estaba extrañamente bella.
Amanda no respondió la pregunta de Miguel sobre Jorge. Calló deliberadamente. Se tomó su tiempo. Consideró que tenía otras cosas de qué hablar con su padre. Además, estaba muy dispuesta a defender a su hermano de los caprichos de Eriseta y las concesiones absurdas de su padre. ¿Cuántas veces les había dicho Jorge que no quería ser ni cadete militar ni virtuoso pianista? Decenas de veces, pero los dos no lo habían escuchado. Eriseta, porque soñaba con la alcurnia del uniforme militar y la excelencia de un pianista reconocido, y Miguel por molicie, para no asumir ninguna obligación que lo apartara ni un tanto así de su ascenso en la burocracia estatal. Ella misma había ido a dar al internado por pura comodidad de Miguel.
Cuántas veces Jorge avisó que se escaparía porque detestaba que lo destinaran contra su voluntad a la Escuela Militar y lo obligaran a tocar el piano. Y por esas imposiciones planificó su fuga de la casa. Antes de escapar, escribió con un crayón negro en la pared del zaguán: «Esta no es mi casa».
Aprovechó un momento en que nadie estaba preocupado por su presencia.
Jorge había adquirido un aspecto extraño, muy extraño. Era un niño en el cuerpo de un hombre. Había crecido de golpe, exageradamente.
De repente se estiró hasta alcanzar una altura extraordinaria que amenazaba no dejar de aumentar; su cuerpo se ensanchó como no había nadie en la familia. Amanda no lo sabía, y no lo sabría nunca: en la familia materna había algunos hombres de gran tamaño que seguro le habían legado a ese muchacho descendiente suyo sus atributos físicos.
Eran hombres corpulentos, acostumbrados al trabajo rudo y en el frío más cruel, que a su misma edad ya iban por los campos helados atendiendo el trabajo rural o talando inmensos árboles para proveerse de leña con la que pasar el invierno. Tal vez fueron asmáticos como él y enamoradizos precoces como resultó ese muchacho de risa fácil. Bebedores como lo fue él, y amantes de los buenos tabacos, llenos de perfumes tropicales.
Amanda jamás se enteraría, pero Jorge nunca pudo contenerse en el asunto del amor, por lo que supo enredarse en asuntos de polleras de todos los colores y de todas las edades. Bebió las botellas de todos los colores y de todos los tamaños. Fumó y fumó y fumó, mucho más que el ciego de Carriego.
Amanda aspiró con fuerza el aire fresco de la tarde-noche. El perfume de los pastos infló sus pulmones, dándole cierto alivio a sus angustias. En ese instante pensó en la monjita.
No habría nunca podido explicar por qué esa disputa familiar la derivó al recuerdo de la Hermana muerta. Tal vez porque fue ella quien la recibió el primer día en el colegio y la alzó y besó con tanto amor como si en realidad fueran viejas conocidas o se estuvieran esperando desde un tiempo imposible de medir, y por fin se habían hallado mutuamente. Pero de la tensión del encuentro con Miguel por la fuga de Jorge surgía ese recuerdo con tanta fuerza que Amanda no podía hablar de otro asunto que no fuera de ello.
—Se llamaba María —dijo, extraviando la mirada, alejándola de Miguel. Sin embargo, él comprendió de qué le hablaba—. Como la del tango, el de Cátulo —explicó—. Nadie la llamaba por su nombre
—Lo sé.
—Le decían Chepa, para burlarse.
—¿Chepa? No sé qué significa. —Miguel se sorprendió al escuchar esa palabra.
—Joroba. Jorobada. «¡Ahí va la chepa!», le gritaban. —Amanda se encorvó para mostrar cómo se lleva sobre la espalda el peso de una joroba desde la infancia y para toda la vida—. La «chepa» que camina, le decían. «¡Gibosa!», le gritaba una de las enanas. «¡Gibosa!», para humillarla. Y ella sufría por eso. Pero yo la consolaba, porque la amaba. Ella también me amaba, me quiso desde que me vio por primera vez… y se llamaba María, así de simple.
—No lo sabía. Lamento su horrible muerte.
—Justo ese día cancelaron su claustro, justo ese día la mandaron a pasear a la Plaza.
—Fue casualidad, Amanda. Fue casualidad. Pocos sabían lo que iba a ocurrir. —Amanda se encogió de hombros.
—Puede ser. —Miró a Miguel directo a los ojos. Sabía que su padre trabajaba en una misteriosa dependencia estatal—. ¿Vos no sabías?
—Te juro que no, hijita. Para nada. Nunca imaginé una cosa semejante. Si hubiese estado al tanto de algo me habría ocupado de que ninguno de ustedes quedase expuesto a esa locura. Habría buscado un pretexto para que no salieras de tu casa y te quedaras en el barrio, para que Jorge no saliera ese día a la calle. No hubiera podido salvar a la Hermana, lo sé, pero los hubiera protegido a ustedes dos. Te aseguro que yo no sabía nada de lo que iba a ocurrir. Se manejó en niveles muy altos. Quisieron, nada más y nada menos, que matar al presidente, una decisión que no se anda comentando por ahí.
Amanda quiso creerle. Dejó que transcurriera algo más de un minuto en completo silencio. Cabeceó varias veces como si pensara en algo y se diera la razón a sí misma. Luego habló con voz pausada pero segura.
—Jorge está adentro —dijo, luego de mirar a los ojos de su padre y buscar en el fondo de ellos si hablaba con la verdad, y si sus sentimientos eran confiables.
—Te agradezco que no me mintieras.
—Yo no miento —respondió sin enojo—. No necesito mentir. —Insistió con la verdad como una condición para resolver cualquier asunto de los sentimientos.
—Te lo digo ahora para que no te pongas mal y para que no te enojes: no quiere estar con vos ni con la abuela. Por eso vino acá, es el único lugar y soy la única persona que él tiene y que nunca lo va a traicionar. Está muy triste. Está muy solo. Como yo.
—Lo suponía y lo comprendo, aunque a vos te cueste creerme. Solo quiero hablar a solas con él.
—No importa en las cosas que yo crea. Jorge dice que se va a ir no sabe adónde. A Tucumán, a Salta. Donde nadie lo busque.
—Es algo chico para andar solo por el mundo. ¿No te parece?
—Yo qué sé. ¡Está muy alto! ¡Creció tanto! —Con sus manos trató de describir la anatomía de su hermano—. Y después de todo, lo que a mí me parezca no tiene la menor importancia. Lo único que vale es lo que a él le ocurre. Si va a ser infeliz con ustedes, tal vez sea mejor que huya. —Miguel escuchó cabizbajo las palabras de Amanda—. No quiero que sea infeliz, no vale la pena vivir de ese modo.
—Pero Amanda, es muy chico para andar solo por ahí. No conoce la verdad de las cosas, no conoce la realidad, es casi un nene.
—Jóvenes, viejos, no tan jóvenes, no tan viejos, ¿cuál es la edad apropiada para cada cosa? —inquirió Amanda, aunque sin esperar realmente una respuesta—. Mamá era muy joven para morir, y se murió. María era muy buena para morir, y la mataron.
Miguel guardó silencio sin levantar la cabeza; acomodó su cabello solo por hacer algo que distendiera sus nervios. Pasó su mano por la cara y volvió a acomodarse el cabello en un acto reflejo. Luego de un instante preguntó en voz muy baja, tímidamente.
—¿Podré hablar con él?
—No lo sé. Le pregunto. Él decide.
—Por favor. Decile que solo quiero hablar a solas con él. No lo voy a obligar a nada.
—De acuerdo. —Amanda cerró la puerta de la casita. Le echó llave y se dirigió a la habitación del fondo, en la que Jorge estaba recostado sobre un catre cubierto por una gruesa frazada que le prestó «La Negra», la portuguesa.
Pocos minutos después, Jorge abrió la puerta. Invitó a pasar a su padre. Amanda les dijo que fueran a la habitación que daba al frente, donde podrían hablar tranquilos y nadie los interrumpiría. Era la habitación que ocupaba cuando era una niña, cuando jugaba a construir torres con las cajitas de cigarrillos y abrazaba a la muñeca rellena de dura estopa. Ella salió por la galería y entró en la casa de las alemanas.
Gertrudis la saludó con alegría con una suave caricia en la mejilla. Notó su melancolía.
—Hoy deberías cantar. Cantar ayuda al alma a sufrir de otro modo.
—¿Hay distintos modos de sufrir?
—Ya lo creo.
—Decime dos formas distintas de sufrir —pidió Amanda para comprender de qué le hablaba la alemana.
—Por amor y por odio. —Amanda movió afirmativamente la cabeza. La alemana le dio una respuesta que entendió verdadera.
—Vos, Gertrudis, cuando estás triste, ¿cantás?
—No sé cantar. Canto horrible, como mi hermana. No cantamos, graznamos. Horrible. Horrible. Pero oigo cantar a otros y me reconforta. También es bueno llorar, libera la pena. En eso soy buena, puedo llorar a mares, durante horas.
—Qué suerte. Yo no puedo llorar.
—Qué pena. A mí llorar me hace muy bien.
—Desde que murió mamá, nunca pude llorar. Ni pude llorar su muerte.
—Habrás llorado de otro modo, diferente, porque hay distintos modos de llorar como hay distintos modos de sufrir. Todas las personas no lloramos igual. Algunos para afuera, otros para adentro, como cuando se reza.
—¿Vos rezás para adentro?
—A veces.
—¿Y otras?
—¡Para afuera! Como en la iglesia.
—¿Llorar o cantar, qué es mejor?
—¿Llorar? —se interrogó Gertrudis y se movió como si fuera a dar un paso de baile—. ¿Cantar? —Reflexionó sobre ese asunto—. ¿Llorar? ¿Cantar? Mejor cantar —concluyó—. Sin duda, es mejor cantar.
—Tal vez tenés razón y hoy debería cantar para aliviar las penas.
—Tu voz es preciosa. —Gertrudis la había escuchado cantar desde su casa, cuando Amanda estaba feliz y entonaba los tangos a su gusto.
La muchacha permaneció abstraída en sus pensamientos. En ese momento, mucho hubiera deseado estar al lado de aquel muchacho de la laguna.
Pensó para sí:
En un pliegue piadoso de este amor clandestino
he refugiado las ansias de tenerte a mi lado.
Espero. ¡Ay si te espero! Quiero verte llegar
por el mismo camino en que el sol se deshace
como lámina tersa que agasaja la tierra
en el mismo sentido que el viento la acaricia.
Pensó en aquel que le rozó la mano con ternura y un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.
Se dijo a sí misma:
Quédate ayer, quédate hoy, quédate siempre,
quédate aquí, en mí, para mí, conmigo,
abrazado a mi delgada anatomía enamorada.
¿Lo encontraría? ¿Se encontrarían? No había podido volver a la laguna desde entonces y no lo había vuelto a ver. No se atrevió a preguntar a nadie por él, temerosa de que se descubriera ese secreto encuentro de una tarde agradable. Buscaba con sus ojos la silueta masculina del joven forastero que hablaba con una cadencia que la devolvía a Lorca en sus poemas.
Imaginó unos versos y los atesoró en su memoria.
Llega porque así no desespero
de ocasos que lastiman,
y ávida de besos como estrellas
espanto las penumbras de una amargura
que bate sus ciegas alas de penumbras.
Las voces que llegaban de afuera sacaron a Amanda de su introspección. Gertrudis se alarmó por los gritos y fue en busca de “Elga”, la protectora. Al reconocer la voz del hombre que reclamaba por su hija, dejó la escopeta a mano, pero oculta de la vista de Amanda.
—¡Amanda! ¡Amanda! —Miguel la llamó desde la galería de la casita.
Gertrudis le hizo una seña con la mano, indicándole la puerta trasera, la que daba al terreno y quedaba justo enfrente de la galería de la pequeña casa de madera canadiense. Ella se asomó y vio a Jorge y Miguel juntos, los dos parados mirando hacia el chalet de las alemanas. Miguel llevaba apoyada una mano en el hombro de su hijo. Ella nunca supo de qué hablaron padre e hijo esa tarde que ya se transformaba en noche. No quiso preguntar ni esperó explicación alguna de Miguel.
—Amanda, querida, nos vamos, Jorge viene conmigo. —Miguel anunció con cierta satisfacción que el muchacho volvía a la casa con él.
Ella se acercó y se detuvo a una prudente distancia de ambos. Jorge, entonces, dio unos pasos hasta llegar a ella y la alzó hasta apoyarla sobre su amplio pecho. Amanda, entre esos brazos gruesos y manos grandes, parecía una niña pequeña. Pudo apreciar que unas lágrimas muy grandes y muy cristalinas caían de los ojos de su hermano. Prefirió no preguntar el porqué de su llanto.
La abrazó como quien se despide. Amanda no sabía que ese sería su último cariño: la última vez que estarían juntos. No lo sabía, pero de todos modos lo intuyó por la fuerza y la calidez del abrazo de su hermano y, sobre todo, por sus copiosas e inexplicables lágrimas.
Él la hizo deslizar hasta que tocó el piso con sus pies y luego la apartó con delicadeza. Le pidió que la esperara. Jorge asintió con la cabeza; se dirigió a su casa y volvió luego de un breve instante con algo en su mano.
Amanda tomó la mano de Jorge, enorme y de dedos gruesos. Apoyó en ella un alhajero con la flor de tamarindo hecha con el papel de los secretos que le había obsequiado, una tarde en el Jardín Japonés, un misterioso japonés acompañado por un dragón que lloraba lágrimas de arenas rojas. Jorge llevaría la flor de tamarindo consigo hasta su muerte.
Abrió el alhajero, miró la flor, se quedó un instante en los ojos de su hermana y, dándole la espalda, se alejó en dirección al automóvil sin pronunciar palabra alguna. Ella observó su caminar desgarbado, sus movimientos descoordinados, su torpeza casi infantil. Era notable la incongruencia entre su edad y su tamaño. Parecía un hombre, pero se comportaba como un chico. Lo imaginó en la Escuela Militar transgrediendo las órdenes, violando los reglamentos, ganándole a todos los que lo superaban en edad con su increíble fuerza.
«Será militar y tocará el piano», recordó la tarea que le impusieron. Ella bien sabía que eso nunca iba a ocurrir.
Miguel quiso besarla, pero Amanda no se lo permitió. Alzó su mano sin violencia e impuso una sutil distancia que él comprendió rápidamente. Sacó de su bolsillo una tarjeta verde y la depositó en la mano de la muchacha.
—¿Esto qué es? —preguntó Amanda.
—En esta tarjeta está escrita la dirección del lugar en donde las respuestas se formulan mucho antes de que alguien tenga una pregunta que hacerse. Es un lugar en donde se anticipa la historia, incluso se la organiza.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Tu mamá prestó servicios allí por varios años. Estaba a cargo de cálculos complejos, asuntos matemáticos; era la ciencia a la que se dedicaba mamá.
—¿Mamá trabajó acá?
—Sí. Por supuesto. Llegó a una jefatura.
—¿Y qué hacía ahí?
—No soy matemático, no podría explicarlo. Se dedicaba a asuntos de la ciencia.
—¿Le gustaba su trabajo? —Amanda necesitaba saber más de esa historia.
—Sí, mucho.
—¿Y por qué me das esto a mí?
—Les hablé de vos a mis jefes. Les dije que tu inteligencia se parece a la de tu madre. Les dije de tu capacidad para la matemática, la música, la lectura. En fin, les dije que sos el vivo retrato de ella. Mis jefes tenían en muy alta estima a tu madre. Si vos aceptás, ellos quieren conocerte. De vos depende.
—¿De mí depende?
—Sí.
—¿Qué debo hacer?
—Pensarlo, con serenidad. Pronto vas a terminar la escuela. Por ahí esta sea una opción mejor que ser maestra de grado. Es solo una posibilidad.
—Me es muy difícil pensar en algo que desconozco.
—Te reunís, preguntás, te explican. Nada extraordinario.
—¿Y luego?
—Me hablás y yo arreglo una entrevista en la que te evalúan para tu ingreso.
—¿Y si fracaso? ¿Si no me aceptan?
—Serás maestra de grado. O profesora de música, bien podrías volver al piano, si lo deseás.
—¿Mamá pasó por esa evaluación?
—Con todo éxito.
—Nunca mencionaste nada sobre este asunto.
—No era el momento.
—¿Ahora lo es?
—Creo que sí. Me corrijo, estoy seguro de que es el momento.
Amanda observó la tarjeta verde de un lado y del otro, volteándola varias veces mientras releía las mismas palabras una y otra vez.
—Está bien. Lo voy a considerar. —Aceptó sin despejar ni su curiosidad ni sus dudas.
—Una cosa más. —Miguel habló adoptando un tono que anunciaba una súplica.
—Qué cosa.
—Solo quiero que te despidas de tu abuela. No quiero que muera pensando que renegaste de ella. —Amanda permaneció en silencio. ¿Eriseta podía morirse en poco tiempo? Dudó de que aquello fuera cierto.
—¿Está enferma?
—Posiblemente.
—Sé que es difícil lo que te estoy solicitando. Tal vez sea excesivo mi pedido.
—Si uno reconoce que algo es un exceso, ¿por qué habría de solicitarlo?
—Porque quiero que nuestra familia no termine de este modo. Necesito que no termine de este modo. Porque te amo. Porque los amo. Compartimos la misma sangre, Amanda. No hay exceso en un gesto misericordioso si se hace pensando en los lazos de sangre. En eso quiero que pienses.
—“¡Oh, sangre, sangre, sangre!”, responde únicamente el infeliz Otelo.
Miguel comprendió la respuesta y se sintió decepcionado. Disimuló su estado de ánimo todo lo que pudo, aunque sabía que Amanda era capaz de descifrar hasta su más intrascendente pensamiento. Besó a Amanda en la frente —ella se lo permitió en esa oportunidad— y se dirigió a su automóvil. Él lo tomó por la verdadera despedida, la ruptura definitiva de los lazos que, hasta ese preciso momento, los unían.
—Te ruego que considerés mi pedido. —Amanda cabeceó condescendiente.
Jorge, sentado en el asiento del acompañante, miraba a través de la ventana que empezaba a empaparse de rocío. Alzó su enorme mano y saludó a Amanda agitándola. Ella respondió su saludo, moviendo también su mano y sonriendo.
Miguel puso en marcha el automóvil y empezó a alejarse lentamente. Jorge lloró. Miró a través del vidrio de la luneta trasera y vio cómo la figura de su hermana se desvanecía a medida que se alejaba. Un poco de bruma desdibujó aún más la silueta de la muchacha.
Al doblar la esquina para tomar la avenida en dirección a la ciudad, ya no pudo verla y entonces lloró más intensamente. Miguel tragó saliva. No estaba disgustado por el llanto amargo de su hijo. Él sabía que llorar, a veces, aliviaba asuntos del corazón de una manera extraordinaria. Pero la lejanía manifiesta de su hija, el llanto de Jorge al despedirse de ella, lo convenció de que algo salió mal en toda esa historia y que la vida de todos, vivos y muertos, merecía hasta la más cruda verdad para que tuviera sentido seguir adelante. Había que poner las cosas en orden.
Eriseta se lo había dicho. El problema no era ser cruel para satisfacerse por la vía de la crueldad, sino en saber ser cruel para acceder a la felicidad. La crueldad como instrumento y no como fin. La felicidad como logro y no como quimera. Esa era la diferencia entre ellos y un psicópata. No se trataba de gozar con la crueldad, se trataba de poner cada cosa en su lugar, que no era lo mismo, y para eso, a veces, había que ser cruel.
Reflexionaba sobre todos esos momentos del pasado lejano y los sucesos recientes mientras manejaba sin prisa de vuelta al barrio de Caballito. Se dijo para sí que aún le quedaba una cuestión pendiente con Amanda y que debía cumplirla, aunque luego se maldijera para siempre por hacerlo. 

***

XI – Simplemente María

La alemana le dijo que el único lugar en el que se podía cantar y alivianar las penas era en el mismísimo “El Secreto”. El destino de los vagos, de algunos mequetrefes y parroquianos solitarios que jugaban sus horas al billar o a las cartas, entre café y café, ginebra y ginebra, soledad y soledad.
Amanda no se sorprendió por esa revelación. Había intuido que ese era el lugar adonde todos, más tarde o más temprano, iban a penar entre lágrima y lágrima. ¿Por qué ella sería la excepción?
Era un alto en la noche donde refugiarse en invierno para no morir de frío y un momento de distensión para los obreros, grapa mediante, esperando el tren en el que viajaban a la ciudad a trabajar en sus oficios.
La menor de las hermanas, esa de la que nunca supo el nombre, estuvo de acuerdo en que no había mejor lugar para cantar y deshacerse de una pena que el mugriento bar a la vera de la estación del ferrocarril. Y apostó que, si Amanda encantaba a los parroquianos con su voz, los comentarios sobre el maravilloso suceso llegarían bastante más allá de los dominios de los cuarteles, incluso interesando a la propia tropa. De todos lados vendrían a preguntar por esa angelical voz de la que se decía dulcificaba el alma y aliviaba las angustias y los pesares. Amanda rio por las divagaciones de las hermanas. Pero no pudo abstraerse de la religiosidad con que las mujeres encararon el asunto de ir al pequeño altarcito que homenajeaba a Anita antes de emprender la empresa del canto entre los parroquianos del barsucho. Fueron a implorar por Amanda ante Anita, quien le había dado la vida y, tal vez, era la única que la había amado sin ninguna condición.
Hasta allí llegaron caminando con lentitud, cada una con un ramo de flores en la mano, en procesión, con parsimonia, y luego de santiguarse repetidas veces oraron tal vez por el alma joven de la difunta, tal vez por el alma en pena de la hija. Retiraron las flores marchitas que, en cada horqueta de cada rama extendida hacia el cielo, adornaban el altar y dispusieron con elegancia los vivos ramos de flores multicolores que llevó cada una de ellas.
Hubo una discusión acerca de la presencia de “Elga”. Amanda misma consideró innecesario que la poderosa “Elga” las acompañara hasta el reducto de “El Secreto”. Los malandras nunca se irían a entrometer con ellas. Con ninguna de ellas. Y cuando oyeran cantar a Amanda, daban por descontado las mujeres, más de uno de esos que se presentaban como machos cabríos lloraría de emoción o de tristeza, conmovido por la voz celestial de la muchacha.
De todas maneras, había una ley no escrita, un verdadero código de honor que obligaba incluso a los rufianes a no sobrepasarse con ninguna dama y mucho menos con las que habitaban ese villorrio de proletarios y empleados de modesta condición. “Elga” entonces volvió a su funda y quedó guardada en el ropero de la habitación de Gertrudis.
La noche estaba extraña. Había un sabroso fermento distante que blanqueaba la luz de luna entre los pastos aromatizando el viento. Ardían unas sombras a lo lejos y dibujaban una corola de chispas que se confundían con los círculos que dibujaban las estrellas en sus giros entre las ramas de los árboles, que dejaron de ser azules para volverse negros. En las penumbras que las lucecitas de los hogares dispersaban en todas direcciones, se tatuaban las hojas de otros árboles enanos que competían con las carnosidades de los cactus que empuñaban sus gordas hojas para maltratar a la perrada que se arrimaba a mearlos sin consideración.
La carbonera se hizo más oscura en ese momento de la noche. Como una titánica catedral de hollín, alzaba la colosal arquitectura de unos humos que dispersaban una arena negra que sumergía el villorrio en un médano de carbón inesperado. Debajo de las capas de hollín surgía la húmeda calle, mojada por el abundante rocío, abierta en dos posibles sentidos: hacia la gran avenida por donde se iba a la ciudad y hacia el fondo de los cuarteles, pasando a la vera de la laguna. La calle se hacía ancha de mamados que iban a los tumbos de aquí para allá, perdidos en la noche, y adquiría un aspecto de agreste lámina trenzada en piedras pequeñas. Una espiral de vientito revolvía los polvillos que se habían acumulado en el día con el paso del colectivo de Ramón y las caballadas de los peones rurales.
Amanda, Gertrudis y su hermana caminaban por la veredita ripiada en dirección a las vías del tren. Algunos se adelantaron a las tres mujeres pensando que algo extraordinario debería estar por ocurrir al verlas pasar en esa dirección. Si las alemanas salían como un cortejo detrás de la muchacha, hija del milagro de la vida y la muerte, entonces había que esperar algún acontecimiento aliviador. Tan pocas cosas ocurrían allí donde el tiempo parecía lentificarse deliberadamente para simular que los segundos duraran minutos y los minutos horas y las horas días y los días meses. Amanda siempre sintió que en ese lugar el tiempo transcurría de un modo diferente. Así los más viejos fueron adquiriendo mañas de eternidad. Pero era una eternidad que no estaba dada en la sobrevida de un individuo, sino en la permanencia en el tiempo de esa especie como proyecto humano, de esa vecindad equiparada en sus riquezas y en sus pobrezas. Todos y ninguno eran la expresión eterna de aquellos primeros que se pusieron de pie ante la Historia misma y sobre sus dos pies caminaron el mundo desde lugares remotos. Allí estaban hijos de la nada y padres de nadie, rompiendo las cadenas de la esclavitud, alzándose los siervos contra el dominio feudal, levantándose los proletarios contra la dominación capitalista. Ellos, ignorados de siempre, llevaban la historia sobre sus espaldas, levantaban sus propias fortalezas con las manos, abrían los surcos fecundos con sus propios dedos y derribaban las alturas desde sus pequeños heroísmos. Su eternidad no estaba restringida a ninguna individualidad, sino a la continuidad colectiva de todos ellos.
Amanda, Gertrudis y su hermana pensaron en el tiempo, pensaron en las sombras, pensaron en los ruidos y palpitaron los vuelos de los murciélagos cargados de premoniciones, voladores inquietos que respiraban chillando el remoto aire caliente que llegaba desde los viejos hornos de pan de las lejanas chacras. Los murciélagos fueron palomos negros de buenos augurios en la desconocida noche del villorrio.
En la puerta de “El Secreto” la primera que se detuvo fue la propia Amanda y fue a ella a quien todos los parroquianos vieron primero. Los que estaban sentados a sus mesas alzaron la vista para ver a la muchacha y dejaron los naipes asustados, abandonaron el dominó como a una maldición y abortaron las discusiones por inútiles.
Algo extraordinario debía de estar por ocurrir para que la muchacha hija de la santa de la vida y santa de la muerte estuviera entre ellos. ¿Cuántas veces los ángeles bajaban a compartir con los desamparados sus vivencias? Tal vez esos seres habían tomado alguna decisión y ellos, tan mortales como borrachos, tan ensimismados en el envido o el truco mentido, no habían entendido ninguna de sus milagrosas señales.
Allí estaba la hija de la santa. ¡La hija de la santa ante ellos! Desprovista de oropeles, simple como era su madre, ante ellos, harapientos todos y olvidados de Dios y de los herodianos gobernantes que habían mandado a masacrar a todos los infantes, como hizo el opresor, temeroso del advenimiento anunciado. Allí estaban ellos, privilegiados testigos entre todos los privilegiados, apreciando a la muchacha como ningún otro volvería a verla jamás en toda la existencia.
Amanda estaba particularmente bella esa noche. La gris melancolía que patinaba sus ojos impresionaba a los hombres, que quedaron en silencio y expectantes.
El “Gallego” tartamudeó, afectado por la sorpresa. Fue Prudencio o Serafín, el quinielero, quien lo sustrajo de su estado catatónico indicándole que hiciera callar al gramófono Columbia que chirriaba desesperadamente un paso doble. Luego de Amanda, aparecieron las dos alemanas.
—Este no es un lugar para una señorita como osté. ¿Me comprende?
El “Gallego” trató de explicar en sus simples palabras lo inconveniente que resultaba para su boliche que esa muchacha estuviera presente a esa hora de la noche, en un lugar exclusivo para hombres. Qué dirían los milicos si se anoticiaran de la sorprendente presencia de la hija de la vecina muerta. Pero Amanda ignoró esas palabras que sabía eran más de compromiso que dichas como verdadera recriminación. El “Gallego” no volvió a hablar durante toda la noche. Y los milicos que se hicieron presentes lloraron como cualquiera en la noche de las emociones.
Amanda se ubicó en el centro del salón. Los hombres corrieron las mesas para hacerle lugar. Las alemanas se quedaron cerca de la puerta que daba a la avenida. Afuera la noche se pulía hasta adquirir la tersura de unos pétalos nocturnos bajo el maravilloso nácar que las constelaciones aproximaban con sus luces.
Se oyó la voz cantar “Sur” y todo el cielo y su nombre flotando en el adiós.
Desde el fondo del boliche salieron en bandada los pibes del “Gallego” y hasta su propia esposa dirigiendo la prole para escuchar esa voz extraordinaria.
Luego se hizo un silencio. Afuera de “El Secreto” el barrio se amontonó para escuchar cantar a esa muchacha que había vuelto para devolverles lo que creían haber perdido sin darse cuenta.

Los viejos sobrios juraron que cantó la Merello «Se dice de mí…» y que fueron transportados al «Mercado de Abasto», donde la morocha lució sus encantos antes de transformarse para siempre en la Marturano. Aseguraron, ¡juraron!, cruzando los dedos y besándolos, que ellos la vieron, la palparon en sus emociones, y por eso lloraron de dolor por las palabras, lloraron de dolor por los sonidos, lloraron de dolor, así de simple.
Y en la puerta, apoyado en el marco de la vieja persiana, estaba él, envuelto en una nocturna intemperie, una nocturna soledad, un nocturno amor, esperando la simbiosis de dos cuerpos que se sabían el uno para el otro.
Amanda pensó para sí mientras cantaba una canción aprendida en la infancia.
En tu ausencia desvanezco de luz, ceniza soy,
o apenas lodo, escombro de amor que desespera.
Él no dejaba de mirarla y adivinaba detrás de su emocionado canto sus emocionados versos.
¡Hunde tu barco angostado
de proa ancha
en mi mar de bellos caracoleados
y oleadas amenas!
Dirige tu barca entre la espuma afortunada
de mi embriagada cadera desvestida.
Aprieta mi vello con tu vello
hasta que se confundan de revuelos.
Subete a la guirnalda de mis labios
y ocupa con tu lengua la soledad del beso
que prometes suplicante a mi tristeza.
Cuando cantó «María», todo aquello encontró su verdadero sentido.
¡Acaso te llamaste solamente María!
Tu cabeza rodando temprano hacia la muerte
cuando el fuego caía como una furia roja.
En su vuelo mortal el metal lo fue todo,
y el solitario estambre de tu precioso cuello
cortó de un solo golpe. Allí acabó la vida.
Entonces te tomé entre mis frágiles brazos
y tu sangre me tiñó con su último misterio.
Te miré a los ojos, pero estabas ausente.
Reconocí el abismo de tus párpados tiesos
y tus amorosos labios ya vaciados de besos.
¡Acaso, como el tango, te llamaste solamente María!
Luego el silencio. El silencio perpetuó el momento. Así como llegó en el misterio de aquella noche envuelta en suspicacias de lunas que salpicaban las casas con sus manchas intactas, Amanda se fue, húmeda en flor, beso de agua y aroma de corola. Ella no volvería jamás a la pequeña soberanía de ese páramo.
Las alemanas se marcharon tomadas de las manos como no hacían desde que eran niñas. Ensimismadas, caminaron sonámbulas, tal vez recordando la patria suya que dejaron atrás, llena de muertes.
En «El Secreto», los parroquianos permanecieron en su ensoñación hasta que llegó el alba. El tren les devolvió la rutina de cada día.
Amanda y el misterioso muchacho se reunieron. Los amantes se estrecharon para curar sus fiebres y se marcharon juntos, caminando y dándose besos de tanto en tanto. Amanda sintió el arrullo del perfume de cereales y supo que estaba ante un hecho trascendente.
Él la miró de ese modo, quieto, erguido, madera de una nave que naufraga, fruta que ovilla su cáscara prohibida, último mar entre fragmentos de orillas barridas por el viento.
Ella, desnuda de amor, bajo el territorio de la noche, lo observó cómo se iba quitando la ropa lentamente y palpaba la sangre misma que a él le inflaba caliente las venas tubulándolas; que dejaba de desvestirse para alzarle el vestidito a la muchacha Amanda, de ojos arrebatados de emoción, mientras un dedo de él se confundía en el sexo de ella, y él le reclamaba que dejara de pensar en lo que vendría y que lo tocara, que lo tocara con la lengua y deletreara su sabor, y que le metiera sus manos entre sus piernas, con fuerza, mientras le quitaba el vestidito y dejaba al descubierto los pequeños senos que metía en su boca para lamerlos, bajo la blancura pálida de una lámpara colgada en el techo pintado de amarillo.

¡Quédate amarrado a la oleada apretada
de tu cuerpo en mi cuerpo acariciados!
Justo en la orilla donde agitan las aves
de nuestras tiernas caricias sus plumajes.
Socava con tu ola prodigiosa
mi bahía inmadura como fruta temprana.
¡Llega! ¡Llega! ¡Nunca partas!5 

***

XII –

Entrevista 

Llegó con cronométrica puntualidad al lugar de la entrevista, como se lo exigió su padre. No quería fallar en esa oportunidad. Se hizo anunciar en la recepción. Una persona que parecía cumplir funciones de seguridad la acompañó hasta una pequeña oficina situada en el ala derecha de la planta baja del enorme edificio. El cuartucho era muy pequeño, el aire era denso, casi irrespirable, y la luz del tubo fluorescente molestaba a Amanda, quien bajó la cabeza para evitar que la encandilara.
Un joven treintañero estaba sentado a un escritorio metálico pintado de color marrón intenso. Pretendía simular rústicamente el color de la madera caoba, pero resultaba desagradable a la vista. Manchas de óxido mal pintadas se descubrían en sus laterales y a las patas del escritorio les faltaba pintura.
El joven funcionario la saludó sin ponerse de pie. No le dijo su nombre ni su cargo. La invitó a sentarse en una silla ubicada a su frente, del otro lado del escritorio. Era una silla pequeña, metálica, del tipo que se usaba en los hospitales para acompañar a los enfermos.
El tipo era más bien alto, pero parecía un poco desgarbado. Sin embargo, contrastando con esa primera impresión, su espalda era muy amplia y parecía musculosa. La camisa que utilizaba, de color celeste, estaba algo gastada de tantos lavados y se había tornado un tanto transparente. Amanda sospechó que se dedicaba a la natación por la exagerada forma triangular de su torso, que descendía desde unos hombros muy anchos hasta una cintura estrecha. Pero tenía tendencia a encorvarse, lo que le daba un raro aspecto de debilucho.
La cabeza tenía la forma de un gran pepino. Era bastante alargada y su cabello castaño caía como flequillo apenas por encima de las cejas. Las orejas, un tanto grandes, sobresalían del cabello y miraban hacia adelante.
Su rostro era intrascendente. No era demasiado feo, pero tampoco bien parecido. Complicaba el aspecto del semblante una puntuda nariz que parecía moverse a voluntad, como el hocico de un animal huraño. Bien podría ser alguna especie antropomorfa de roedor, una extraordinaria simbiosis de rata y hombre. La nariz revelaba aquella patética asociación; el gigantesco edificio parecía el lugar ideal para que la criatura pasara sus días y sus noches sirviendo a un amo que Amanda desconocía.
Un sarpullido de leve color rosado gobernaba las mejillas. Eso y su condición de imberbe le daban un aspecto extranjero inconfundible. De no hablar con claro acento argentino, Amanda hubiera apostado que era un inglés, como esos que conoció ya entrados en años, que cumplieron funciones burocráticas en los ferrocarriles hasta su nacionalización.
El joven leyó varias veces la nota de recomendación con indisimulable atención. Cada tanto, una morisqueta se resolvía en su cara probablemente luego de leer algún dato que figuraba en el apartado «Observaciones» y que llamaba su atención. Releyó una y otra vez el formulario mecanografiado para asegurarse de su contenido. Amanda apreció que sus manos eran muy grandes, sus dedos muy largos y sus uñas muy mordidas. Eso le dio mala espina; para ella, las personas que mordían sus uñas eran muy nerviosas y solían no poder contener sus emociones. Por eso se desquitaban con las pobres uñas, reducidas a minúsculas medialunas, casi siempre ocultas bajo una gruesa y desagradable cutícula.
—¿Amanda?
—Sí, ese es mi nombre.
—¿Está segura de que ese es su nombre? —preguntó sin levantar la vista del papel.
—Por supuesto. —Amanda esbozó una sonrisa de incredulidad. ¿Cómo no habría de saber cómo se llamaba?
—¿No tiene otro?
—No. Solo Amanda.
—¿Y el apellido?
—Da Silva.
—¿También está segura de que ese es su apellido?
—¡Señor! ¡Por favor! Mi apellido es Da Silva y mi nombre Amanda. Desde que tengo uso de razón conozco mi nombre y mi apellido.
—Portugués.
—Debe ser, si usted lo dice.
—Portugués… sin duda portugués.
—Portugués, entonces, si usted lo dice.
—¡Portugueses! —exclamó con tono peyorativo.
Amanda ignoró el comentario; no estaba dispuesta a discutir sobre el origen del apellido paterno.
—¿La edad que figura aquí es correcta? —Aproximó el formulario para que pudiera leer el número escrito en el renglón que decía «edad». El número parecía haber sido corregido luego de borrar con poco cuidado la primera escritura.
—Sí. Es correcta.
—Muy joven, muy joven. Cada vez los quieren más jóvenes.
—Los jóvenes siempre miramos hacia el futuro.
El funcionario levantó la vista del formulario y la miró desconcertado por el comentario. Nunca había considerado el tema de la juventud de los aspirantes desde esa perspectiva. Volvió a su lectura.
—Solo los quieren más jóvenes porque hay ciertas cosas que los viejos ya no pueden hacer —explicó sin dejar de leer el formulario—. No tiene nada que ver con la esperanza; tiene que ver con la decadencia de los viejos.
Amanda desistió de volver sobre el tema.
—En la recomendación que nos llegó dice que usted es hábil con la matemática.
—Tengo facilidad para la matemática. No se trata de una habilidad; eso sería más bien una virtud circense —lo dijo con total ironía para burlarse del funcionario—. Digamos que tengo facilidad para los números, soy bastante ágil mentalmente.
El interrogador hizo como si no hubiera escuchado la respuesta.
—¿Es pianista?
—No. Estudié música algún tiempo, pero abandoné mis estudios.
—Sin embargo, aquí dice que usted es pianista, algo así como concertista.
—La gente tiende a confundirse tanto con la ciencia como con el arte. Se enteran de que alguien toca el piano y creen que es concertista y lo asocian con Rubinstein.
—¿Rubinstein? —preguntó extrañado el joven interrogador.
—Sí, Artur Rubinstein, el pianista. ¿Lo conoce?
—¿Es judío?
—Claro, por supuesto. ¿Y eso qué tiene que ver? —Amanda se sobresaltó por la pregunta sobre la condición judía del concertista polaco.
El interrogador se limitó a cabecear y volvió a la lectura del formulario.
—Me decía…
—Que las personas se enteran de que alguien tiene «habilidad» con la matemática y creen que hablan con Einstein.
—¿Einstein?
—Sí, Albert Einstein, el físico alemán. Supongo que sabe de quién hablo.
—¿Es judío?
—Sí, también es judío. ¿Le pasa algo con las personas de origen judío?
El interrogador no respondió. Volvió a sus papeles.
«Concertista de piano, hábil con la matemática, admiradora de dos judíos», escribió con letra muy pequeña y muy prolija.
—¿Y por qué usted asocia música y ciencia?
—Yo no asocié la ciencia en general con la música. Dije que la gente se confunde cuando se menciona que alguien es músico o científico.
—Me pareció, lo siento. Es que el asunto de los dos judíos me distrajo.
Amanda se quedó observándolo, asombrada. Aspiró lentamente el sofocante aire del pequeño despacho y trató de seguir hablando sin perder la compostura.
—En mi caso, estudié música y tengo facilidad para la matemática. Existe una gran relación entre la matemática y la música. Para ser buen músico hay que ser buen matemático, aunque a veces el músico no tenga conciencia de ello. En cambio, para ser buen matemático no hay que saber ni una nota de música. Me lo explicó mi madre, que era matemática.
—No lo sabía. Siempre se aprende algo —dijo solo por decir algo.
La explicación no le interesó en lo más mínimo. Luego señaló con su birome un casillero mecanografiado para llamar la atención de Amanda.
—¿Este es el apellido de su madre? —preguntó acercándole nuevamente el formulario para que Amanda pudiera leerlo.
Esperó que el burócrata le preguntara sobre la relación de Anita con esa institución, pero el funcionario habló como si no lo supiera. Prefirió no mencionar que su madre trabajó en un departamento de cálculo complejo.
—Sí, ese es el apellido de mi mamá. ¿Algún problema?
—No, ninguno. ¿Podría leérmelo?
—Por supuesto. Cruspaga.
—¿Cómo? —exclamó intrigado el examinador.
Amanda lo miró extrañada.
—Cruspaga. No es un apellido difícil de pronunciar.
—No, claro que no.
—¿Quiere que lo silabee? —le preguntó, provocativa.
—Por favor. Quiero oír cómo lo pronuncia. —La respuesta del burócrata la confundió; no la esperaba.
—Crus-pa-ga. ¿Está bien así?
—¿No le suena raro?
—No. Me suena a «Cruspaga».
—A mí me suena raro.
—¿Raro como qué? —Amanda, además de intrigada, estaba próxima a enfurecerse.
—Raro. ¿Sabe lo que es raro?
—Por supuesto.
—Entonces sabe de qué hablo. Raro, como extranjero.
—Nunca me ocupé de la etimología del apellido de mi madre, pero seguramente es un apellido de origen español, si no confundo la fonética.
—¿Español? ¿De los judeoconversos, de marranos?
—¿De qué me habla?
—De los judíos españoles. ¿No lo sabe? Se dividían en dos ramas: los judeoconversos y los marranos, que eran unos mentirosos; decían que se habían convertido al cristianismo, pero seguían practicando el judaísmo en secreto. —Amanda pudo controlar sus reacciones, pero estaba al borde de un ataque de nervios—. ¿Su madre era judía?
—No, era católica devota. Devota de la Virgen. Iba a misa todos los domingos. —Mintió.
—¿Y por qué cremaron su cadáver? Esa es una práctica pagana, para nada católica.
—¿Y usted cómo sabe que el cuerpo de mi madre fue cremado? —Amanda preguntó impresionada de que ese hombre conociera ese dato.
Supuso que solo Miguel podía haber hablado de ese asunto. Pero el funcionario no respondió la pregunta.
—Le reitero mi pregunta: ¿por qué cremaron su cadáver, una práctica rechazada por la Iglesia católica-apostólica-romana?
—Miles de católicos-apostólicos-romanos creman los restos de sus familiares.
—¿Miles? ¿Hizo una estadística?
—No. ¿Qué le ocurre? ¿Cómo voy a hacer una estadística sobre ese tema?
—Usted es matemática. Los matemáticos hacen estadística. En esta institución hay un departamento entero de estadística. Es el Departamento de Cálculo Complejo. —Amanda sospechó que hablaría de su madre y de su trabajo, pero no lo mencionó en absoluto.
—Tengo facilidad para la matemática, pero nunca haría una estadística sobre el número de católicos que creman a sus muertos. —La muchacha miró hacia el cielorraso tratando de serenarse—. Ahora bien, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Claro, pregunte; me gustan las preguntas de los que aspiran a ser aspirantes. —Rio con cinismo.
—¿Qué tiene que ver el destino de los restos de mi madre en todo esto?
—Yo no la hubiera tirado en el osario general. Estaría avergonzado. Es solo un comentario. Tómelo como tal.
—¿Tirado? —Amanda apretaba con mucha fuerza su carterita; descargaba así su furia—. Yo no tengo por qué avergonzarme.
—No se avergüence si no lo desea. Yo solo digo que no hubiera tirado las cenizas de mi madre en el osario general. ¿Comprende el verbo tirar?
—Sí, no soy estúpida.
—Entonces, digo «tirado». Del verbo tirar: yo tiro, tú tiras, él tira… etc., etc., etc.
—Ignoro por qué mi padre decidió cremar a mamá. También ignoro por qué la depositó en el osario general. Yo era muy pequeña.
—¿Y quién es su padre? —Miguel la había precavido de cierto destrato con el que solían hostigar a los aspirantes solo por ponerlos nerviosos. Le dio su tarjeta personal en la que figuraba su nombre, Miguel Da Silva, y una sigla que ella desconocía, para que la presentara si consideraba que era necesario.
—No sé quién. No lo conozco. Tampoco sé qué significan estas letras. —Amanda suspiró resignada.
El muchacho le devolvió la tarjeta y miró atentamente a los ojos de Amanda. El interrogador tomó la tarjeta y la observó durante un buen rato, por el anverso y el reverso.
—Con que Miguel.
—Sí, Miguel.
—Miguel… —Pronunció el nombre y guardó silencio por un instante sin dejar de mirar a Amanda y luego farfulló el apellido—. Da Silva.
—Portugués. —Dijo Amanda.
—Portugués. —Repitió el burócrata.
—¿También le suena raro?
—No, me suena falso.
—¡Ah! Falso, por supuesto. —El interrogador volvió a su lectura.
—Es una sensación, nada más. No lo tome tan a pecho.
—Seguiré su consejo.
—Así que su madre no era judeoconversa ni marrana.
—¿Usted está tratando de decirme que si mi madre hubiese sido judía no estaría acá?
—No. No, para nada. ¿Mis palabras dan lugar a entender eso? Aquí los judíos son bienvenidos. Necesitamos judíos para nuestros trabajos. También musulmanes o budistas o ateos. No discriminamos a nadie. No va a pensar que somos antisemitas. Yo no tengo nada contra los judíos, incluso tengo un amigo que es judío, se llama Salomón. Le decimos Salomón, el judío.
—Qué maravilloso, aprecio su bonhomía.
—Se lo agradezco. —Se ufanó el burócrata.
—Usted no siente ningún rechazo porque una persona sea de origen judío.
—Para nada, señorita. Para nada. Ni yo ni la institución.
—¿Y entonces por qué pregunta a cada rato si fulano o mengano es judío?
El examinador se rascó la frente e ignoró la pregunta de Amanda.
—Por lo que veo, la información sobre usted es bastante escueta. Estudios secundarios, hábil con la matemática, toca el piano, de fácil lectura, rápida comprensión de textos, devota religiosa. —Amanda, imperturbable, escuchó esa mentira escrita, seguramente, por su padre—. Varios años de pupila en un internado de monjas. ¿Es así?
—Es así, no hay error en esos datos.
—Bueno, veo que usted no es judía.
—Admiro su perspicacia.
—Muchos años de pupila con las monjas. Nadie mejor para educar a una huérfana que unas severas monjas. —Amanda debió tragar saliva por ese comentario—. ¿Usted es monja? —El joven preguntó haciendo un raro movimiento con su puntuda nariz, como si se agitara su hocico en busca de algún olor en particular.
—¡No! De ninguna manera. —Se sobresaltó por la pregunta—. No llevo hábito. ¿De dónde sacó esa idea?
—¡El hábito no hace al monje! —Respondió el funcionario y rio por su comentario.
Amanda, en cambio, se mantuvo seria y hasta le pareció ridícula la broma del interrogador.
—Acá no hay problema si fuera monja, o si quisiera ser monja. No discriminamos por cuestiones religiosas. —Se sorprendió de esa afirmación, luego de que la interrogara sobre la condición judía de Rubinstein, Einstein y su madre—. Solo que puede cambiar el destino de su designación, ¿me explico?
—Entiendo, pero no soy monja, ni tengo vocación de serlo.
—Monja de clausura. De las que entran al convento y no salen nunca más. Mueren allí y sus vidas y sus nombres son un misterio.
—Menos que menos.
—¿Usted sabe que hay monjas de clausura que no llevan hábito?
—No lo sabía y tampoco me interesa.
—Sí, usted lo dice… —murmuró, intrigante.
El interrogador se tomó su tiempo para continuar. Luego señaló a Amanda con el papel.
—Quien la recomienda es un alto funcionario; en el extremo izquierdo del formulario figura su rango. No sé lo nuestro porque no está permitido. De todos modos, para usted solo serían números y letras sin sentido. Pero no es cualquiera, viene bien recomendada. Así que la agencia decidió entrevistarla por uno de sus expertos en reclutamiento.
Amanda sintió incomodidad al escuchar que sería «reclutada». Le pareció una palabra difícil de digerir. ¿Por qué no decir que sería «contratada»?
—¿Por qué quiere trabajar en esta institución? —preguntó sin interés el interrogador, como si de antemano no le interesara la respuesta de la muchacha.
A Amanda solo se le ocurrió repetir lo que le había dicho Miguel. Mencionó que estaba al tanto de que ese era un lugar en el que las respuestas se sabían antes de que se formulara la pregunta, y eso había motivado su curiosidad.
El joven sonrió desfachatadamente.
—¡Qué tontería! ¡Las pavadas que les hacen repetir a los aspirantes a ser aspirantes! —exclamó, avergonzando a la muchacha.
Amanda quedó consternada. Pensó que había arruinado todo. El burócrata se encogió de hombros y permaneció callado por algún tiempo. Tamborileó sobre el escritorio con sus dedos, miró a Amanda como si fuera una especie de mueble, una insignificante parte del mobiliario de la oficina, y se marchó sin saludar. Salió por una puerta que estaba detrás suyo, de frente a Amanda, por donde, luego de unos minutos, entró una mujer alta y delgada, elegante y bonita.
—No le llevés el apunte a este —señalando hacia atrás, por donde había salido el interrogador—, es un taradito que quiere pasar por importante. Además, es medio facho, le falta el bigotito, nada más. —Y apoyó su dedo índice debajo de su nariz, imitando un pequeño bigote—. Lo que vale es lo que viene; ahí sí que estate tranquila y pensá lo que vas a responder. El que te va a entrevistar la próxima vez, ese sí que es un jefe importante. —La mujer la aleccionó al tiempo que le entregó un formulario en el que estaban escritas la fecha y la hora de la entrevista que definiría si era o no aceptada como aspirante a ingresar en la institución—. Aquello solo había sido un semblanteo, una aproximación a la personalidad del postulante.
Amanda, sin leerlo, algo apurada, guardó en su pequeño bolso de mano el papel que le dio la mujer. Ella le advirtió que no lo perdiera por ninguna razón. Si perdía el documento, firmado por el alto jefe que autorizaba el segundo y trascendente interrogatorio, no tendría otra oportunidad para lograr esa crucial entrevista.
—«Reglas de la casa» —le dijo con una sonrisa diabólica.
Le explicó que había visto perder su oportunidad a varias promesas por no saber cuidar «ni siquiera un simple papelito».
Y agregó, mientras levantaba el tubo del teléfono y marcaba el número 333:
—«Si no podés cuidar un papelito, mirá si vas a poder cuidar tu vida».
Le dio ocupado y cortó.
Amanda, involuntariamente, repitió el número marcado.
Susurró:
—«Tres, tres, tres».
Solo fue un acto reflejo.
La mujer sonrió al escuchar la mención de los números del teléfono.
—Tres, tres, tres —dijo, esbozando la misma sonrisa diabólica que antes—. Tres veces tres. ¿Te recuerda algo? ¿Te sugiere algo?
Amanda movió negativamente la cabeza. Pero sí, en efecto, le recordaba la repetición de ese número, cuyo enigmático significado no alcanzaba a descifrar.
«Tres, el número trágico», recordó.
«Tres golpes del destino. Tres veces te negará Pedro antes que cante el gallo. Tres preguntas sin respuesta. Tres veces tres. Treinta y tres, la edad de la muerta».
Y repitió para sí:
«Treinta y tres, la edad de la muerta».
Y una voz, que no supo de dónde provenía, susurró:
«Como la de Cristo».
Después hubo un silencio extraño y artificial.
La secretaria volvió a llamar al guardia por el teléfono del despacho. En esa oportunidad, el hombre atendió. Ella habló con voz melosa, como si buscara seducir al que la escuchaba del otro lado de la línea. Le solicitó que acompañara a la candidata a la salida.
Al instante llegó el mismo hombre que la escoltó hasta la oficina cuando llegó. Con mucha caballerosidad la invitó a que lo siguiera hasta la puerta de entrada. Saludó con cortesía y la despidió. Cerró la enorme puerta detrás de ella apenas traspasó el umbral que daba a una larga escalinata que desembocaba en el camino de un parque bastante amplio y muy bien arreglado.
Una docena de soldados, ataviados con ropa de fajina, barrían los jardines con lentitud, pero con cuidadoso esmero. Tuvo la sensación de que desde algún piso superior eran observados con atención para saber si cumplían con sus labores. Desistió de voltearse para observar las numerosas ventanas del frente del edificio. Todo en ese lugar parecía gritarle: «No seas curiosa».
Los soldados la siguieron con la mirada hasta la reja perimetral, situada a unos treinta o cuarenta metros de la entrada al edificio, sin dejar nunca de mover las escobillas de acero con las que recogían las hojas muertas de los árboles.
Caminó hasta la terminal ferroviaria. El día era bello, no hacía demasiado calor y no tenía ningún apuro. Por la vereda por donde caminaba podía apreciar el movimiento incesante del río. De allí llegaba una suave brisa que se perdía más allá de la Casa de Gobierno. Unos torditos cuyas plumas eran de color azul metálico profundo, ese azul babilónico que parecía tener una rara capacidad hipnótica, saltaban llenos de vigor entre las ramas de los árboles.
Esperó el tren para regresar a su casa. El viaje fue tranquilo y rápido. Descendió al andén y se quedó un instante mirando en dirección a «El Secreto», donde parecía haber una discusión sobre algún asunto de la política. Escuchó que algunos decían que el «General» pronto volvería al gobierno (decir su nombre estaba prohibido y podía costar la cárcel). Los otros se burlaban de ellos, en particular dos tipos que habían participado del golpe de Estado en los comandos civiles.
Cuando se aproximó a esa esquina, los hombres callaron repentinamente e hicieron una especie de pasillo para que pasara. Todos, sin excepción, la saludaron con amabilidad. Respondió los saludos uno por uno y luego se despidió canturreando «Se dice de mí», lo que provocó la aclamación de todos los parroquianos.
Caminó la veredita ripiada que bordeaba la carbonera y dobló en la esquina de su casa. Miró con nostalgia la casita de los bolivianos que había quedado abandonada desde que marcharon de regreso a su patria luego de la muerte de la hija. Las alemanas le dijeron que aquella temprana muerte entristeció al villorrio durante mucho tiempo y despertó fuertes recelos contra los médicos del hospital de la zona.
Carmen y Francisco se marcharon a las pocas semanas, embargados por una tristeza insoportable. No toleraban permanecer donde Isabelita había nacido y jugado aquellos años. Decían que la oían llamarlos desesperada por sus dolores en el vientre, y gritar con desconsuelo cuando la muerte llegó de noche para arrebatársela para siempre. Desde entonces no tuvieron más noticias de ellos.
La casita y el terreno que les pertenecían habían quedado al cuidado de don Juan, a quien todos conocían como «el correntino», el vecino más cercano, quien mantenía el pasto y cuidaba la casa en la medida de sus posibilidades. De todos modos, la construcción había empezado a deteriorarse rápidamente. El viento, las lluvias y el sol iban descascarando la pintura y en algunos lugares habían comenzado a caerse los revoques, tanto en el frente como en las medianeras.
Tiempo después, un paisano de Carmen y Francisco, un tal Atanacio Mamani, que no tenía ninguna relación familiar con la esposa de Ramón, se hizo cargo de la vivienda y la puso en venta. En pocas semanas fue vendida y la ocupó un matrimonio italiano, ambos mayores de edad, a quienes nadie visitaba. Eran bastante reservados y no acostumbraban a darse con los vecinos.
Ese día almorzó con las alemanas, que estaban ansiosas por saber cómo le había ido en esa entrevista de trabajo. Amanda les contó, pero sin entrar en detalles. Es que, en realidad, tampoco ella tenía muy claro el resultado de la entrevista. Salvo el dislate del interrogador sobre los judíos y la cremación del cuerpo de Anita, lo demás fue intrascendente, un interrogatorio superficial, a veces hasta ridículo. Deseaba meditar más en profundidad toda la situación, como hacía desde pequeña, tratando de descubrir la esencia de cada cosa y no su engañosa apariencia.
Sobre el misterio de los números tres, prefirió guardar silencio. Descartó de plano la numerología, que pretendía establecer una relación entre los números y los sucesos espirituales. Tal vez en alguna oportunidad llegara a comprender si eso tenía algún significado verdadero.
Poco tiempo después, Miguel llamó para enterarse de cómo había resultado la entrevista. Siempre llamaba antes que las alemanas porque sabía que Amanda se había aquerenciado con ellas y ellas la trataban como a una hija.
La conversación no se extendió más allá de la formalidad. Miguel solo quería saber cómo se había sentido en su primera audiencia.
—«La primera impresión es la que vale» —le dijo.
Amanda le informó que suponía que todo había salido bien y le comentó el asunto de los judíos, pero prefirió no decir ni una palabra sobre lo que el burócrata le había dicho de la cremación del cadáver de su madre. Creyó que eso podía provocar una discusión y no tenía deseo alguno de que ocurriera.
Creyó percibir que Miguel reía al escuchar el comentario sobre los judíos. La tranquilizó; le dijo que era bastante frecuente ese tipo de disquisiciones. Lo que nunca le mencionó, porque no le estaba permitido, fue que la oficina de personal se integraba al sistema de contrainteligencia y que su único objetivo era definir si el aspirante era un infiltrado o no. Las preguntas podían ser hasta descabelladas, pero todas seguían un patrón que al inexperto interrogado le resultaba imposible descubrir. De ahí el destrato y las provocativas preguntas con las que azuzaban la ira de los entrevistados para ponerlos a prueba. La consigna era simple: «El que se pone nervioso, pierde». Amanda superó esa prueba con holgura porque nunca perdió la compostura, aunque estuvo varias veces a punto de mandar a pasear al examinador y, de haberlo podido hacer, lo hubiera disfrutado.
Lo que en verdad le interesaba a Miguel era qué impresión le había causado a ella esa primera reunión. La muchacha se tomó su tiempo para responder porque no estaba preocupada por sus propias impresiones, sino por las que podían haberle quedado al interrogador.
—Pero lo que importa es la impresión que el tipo ese se llevó de mí —dijo, casi justificándose.
—No, para nada. Lo que interesa es cómo te sentiste vos —Miguel la contradijo.
—En ningún momento me sentí abrumada. Provocada, sí; pero abrumada, no.
—Digamos, tranquila —precisó Miguel.
—Lo bastante ante un zángano como ese.
Miguel no pudo contener su risa.
—¿Y el lugar? ¿Qué te pareció?
—Frío, distante. Eso me pareció. Lleno de incógnitas.
—Bien. ¿Te dieron el formulario para la nueva reunión?
—Sí, lo tengo conmigo.
En el nuevo formulario se confirmaba la realización de una segunda entrevista; mecanografiadas, figuraban la fecha y la hora en que debía presentarse.
Miguel fue quien le adelantó que la entrevista se haría en el mismo edificio, pero en el cuarto piso, un lugar adonde solo concurrían los jefes intermedios y donde estaba la oficina de personal. Amanda estuvo tentada de preguntarle en qué piso trabajaba él, pero desistió de entrometerse en asuntos que en realidad no le interesaban demasiado y de los que su padre nunca le había querido hablar. Cuando alguna vez le preguntó sobre su trabajo, él respondió que prestaba servicios «en una dependencia estatal», sin brindarle mayores precisiones.
Miguel se despidió con un breve saludo y le reiteró la importancia de ser puntual para la entrevista. Lo saludó también brevemente y le dijo que se despreocupara; ella nunca llegaba tarde a ningún evento. La puntualidad era una virtud que heredó de Anita.
Pero lo que a Amanda realmente la inquietaba no eran las entrevistas, sino volver a la laguna a encontrar a su amante. A las alemanas les dijo que iba a dormir una siesta en su casa y luego volvería para jugar a las cartas con ellas. Allí se jugaba por carozos, nunca por plata. Las alemanas eran muy rigurosas en no tolerar ningún juego de azar por dinero, por lo menos en su hogar.
Se despidió de cada una besándoles las mejillas y salió por la puerta lindera a la galería de la casita.
Abrió la puerta que daba al living comedor y recibió el perfume de los jazmines. La casa siempre olía a jazmines. La menor de las hermanas procuraba que siempre lucieran lozanos; entonces los renovaba casi a diario, apenas empezaban a mancharse de un color marrón, señal de que la flor estaba muriendo.
Se recostó en su cama, en la habitación del fondo, donde había acomodado sus cosas desde que regresó. Era la que daba a la ventana de Gertrudis, y por eso la eligió. Gertrudis dormía con los postigos abiertos y acompañada por «Elga», la que dejaba apoyada a un costado de su cama.
Desde su habitación, Gertrudis podía vigilar la casita de Amanda y, de ser necesario, poner en vereda a cualquier tarambana que se atreviera a molestarla. Jamás nadie intentó siquiera aproximarse a la casita. Amanda era visitada con frecuencia por sus vecinos, pero solo de día. De noche cada uno se quedaba en su casa. Todos madrugaban para dirigirse a sus trabajos, para ir a la escuela o para atender las tareas del hogar.
Amanda dormitó un breve tiempo. Acostumbraba dormir no más de veinte minutos de siesta; para ella era suficiente descanso. Cuando era pupila, debía dormir la siesta reclinada sobre el pupitre.
Cambió sus ropas de salir por unas de entrecasa, coloridas, limpias y muy cuidadas. Salió por la puerta de enfrente en dirección a la laguna. Llevaba su cuaderno «Gloria» y un lápiz negro con el que podía dibujar o escribir, según estuviera su estado de ánimo.
Esa tarde estaba algo angustiada. Hacía unos días que no veía a su amor y este no daba señales de vida. Pensó que tal vez hubiera conseguido trabajo o que estuviera dedicado a alguna tarea agrícola. Pero no le conformaba que él no le hubiera advertido que estaría ausente.
Se quedó sentada a pocos metros de la laguna, sobre un montículo de hojas recién caídas, junto a la orilla más alejada de la calle, por el lado donde estaban las carboneras, aunque estas no llegaban hasta allí. Casi un centenar de metros antes de la laguna, los últimos galpones eran destinados para el acopio de madera. Los de carbón estaban del lado más cercano al ferrocarril, desde donde despachaban las bolsas de 25 kilos para su venta en los almacenes del pueblo.
El sol lucía como un pabellón rojo y calentaba el aire que mecía los follajes hasta donde se perdía la vista. En el agua se dibujaban unas ondas tan minúsculas que no alcanzaban a inquietar su inmovilidad. Las burbujas que emergían a la superficie seguramente eran de los bagrecitos que aprovechaban la calidez del agua para pescar moscas en la superficie.
Escribió en el cuaderno:

No comprendo tu ausencia. Desespero
estos momentos en que no llegas a mí
y la nostalgia embarga mis palabras.

Luego tachó los versos recién escritos. No podía disimular su tristeza. ¿Y si él no volvía? Trató de alejar esa idea de su mente, pero cuanto más lo intentaba, más fuerza cobraba. ¿Y si él no volvía?
Debajo de los versos tachados, escribió:

Mis penas se doblan como cañas al viento
y caen de desdichas irremediablemente.
Y más abajo:
Desciendo en penas por la calle de tierra
hasta la orilla misma de esta mansa laguna
donde fuimos arquitectura de caricias y besos.

Luego cerró el cuaderno y dejó de escribir. No sabía qué pensar. Se acurrucó y esperó a que la noche avanzara izando sus violetas pabellones. Las caricias verdes de los altos pastizales, que rozaban apenas su cuerpo, empezaron a empaparse del rocío que olía a crepúsculos y sales que llegaban desde las ranchadas donde se compartía la temprana cena. Se puso de pie, revisó por última vez el entorno de la laguna y emprendió, descorazonada, el regreso. 

***

XIII –

El favor de los astros 

Amanda llegó puntual para la segunda entrevista. Vestía un discreto vestidito azul que cubría sus piernas por debajo de las rodillas, casi a la altura de las pantorrillas. Unos zapatos de tira de taco bajo al tono le daban un aspecto estudiantil a su presencia. Su bolso de mano también era de color azul y no llevaba en él demasiadas cosas, salvo lo indispensable: su libreta cívica, una lapicera fuente que había sido de Anita, algún cosmético discreto (aunque no se había maquillado), unas cuantas monedas y el abono del tren.
Entró al amplio hall del edificio, que lucía muy aseado y estaba impregnado de un suave olor a esencia de coco. Luego de saludar con amabilidad, se hizo anunciar por el personal de guardia. Se trataba de dos hombres de tamaño ciclópeo que llevaban un raro uniforme de color azul eléctrico con unas doradas insignias cuyo significado no podía comprender. Eran dos víboras que se abrazaban mientras sus bífidas lenguas se elevaban hasta el borde de unos laureles que rodeaban la insignia como una corona triunfal.
Pocos minutos después de que uno de los encargados de controlar el acceso al edificio, el que parecía más alto y de mayor edad, llamara por un teléfono interno, la secretaria de pérfida risita, alta y delgada, elegante y bonita, la recibió con la estudiada cortesía que Amanda ya le conocía.
Llevaba un ajustado y escotado vestido de color crema y una exuberante bijouterie que adornaba los dedos de sus manos con voluminosos anillos, su muñeca izquierda con un reloj que simulaba ser de oro engarzado con unas pequeñas piedras de color violeta, y la derecha con numerosas pulseras doradas tipo esclava. De su cuello pendía un collar de cuentas de formas irregulares de color verde jade. El vestido caía un poco después de sus rodillas y dejaba ver sus largas piernas enfundadas en transparentes medias de seda sin costura, seguramente importadas. Calzaba zapatos de fino cuero negro y taco aguja muy altos. Amanda, que la vio venir desde un pasillo al fondo, se sorprendió de cómo podía caminar sobre unos zapatos tan altos.
La mujer invitó a Amanda a subir a un ascensor destinado únicamente al uso del personal de rango superior. Le aseguró que era una deferencia reservada solo para ella. Hasta entonces, ninguna aspirante había recibido un trato semejante. Amanda agradeció con un expresivo «¡Gracias!», acompañado de un leve movimiento de cabeza.
Trató de hallar una razón para esa excepción respecto del uso del ascensor, pero no la encontró. Temió preguntarle sobre ese gesto de cortesía; dedujo que las comandancias no solían explicar sus decisiones, solo se esperaba que los subalternos cumplieran las órdenes sin mayores cuestionamientos.
¿Para qué extrañarse? Allí todo era extraño y ella era solo una «aspirante a aspirante», como le había dicho el interrogador de cabeza con forma de pepino y rara nariz de roedor, el que buscaba cualquier atisbo de judaísmo en sus antecedentes para descalificarla.
Ignoraba que en todos los pasillos los correveidiles de los burócratas comentaban la extraordinaria incorporación que estaba por hacer la Agencia. Una de esas que solo se logran muy de vez en cuando. Estaba considerada un hallazgo excepcional, una especie de sobreviviente de un supuesto cataclismo que había reducido la inteligencia y las aptitudes de las aspirantes varios niveles hasta hacerlas muchas veces repudiables para las tareas que se precisaba encomendar. Ella, en cambio, reunía inteligencia, carácter y resolución, virtudes que, debidamente cultivadas durante los dos años de duro entrenamiento, prometían transformarla en alguien muy especial para la institución.
La refinada secretaria estaba al tanto de las expectativas que había despertado el posible ingreso de Amanda. El trato diferencial que ella le daba había sido dispuesto por su jefe, quien esperaba granjearse la confianza de la muchacha.
Él la había aleccionado personalmente sobre la mejor manera de cortejar a la aspirante, y le aclaró que ese trato deferente no se debía solo a que se trataba de la hija de aquella mujer que le ganaba a todas las calculadoras cuando de calcular se trataba, y que se solazaba con las más complejas operaciones matemáticas como si se tratara de un simple juego de niños.
La muchacha, le dijo, resultaba una versión diferente de aquella matemática que asombraba a sus pares por los largos años de cautiverio a los que la había sometido su familia en manos del monjerío, años que la habían dotado de una preparación intelectual y espiritual superior a la de todas las muchachas de esa edad que se habían presentado como postulantes en el pasado. También le recordó que todas ellas, aquellas promesas maravillosas de inteligencia y valentía promocionadas por propios y extraños, habían fracasado estrepitosamente. Pero con esta muchacha todo parecía diferente. Tenía algo que la recomendaba para cualquier tarea a la que se la quisiera destinar y por ello había que cuidarla como si fuera la última sobreviviente de una especie en vías de extinción.
Otros, celosos de la evidente superioridad de Amanda sobre sus protegidas, habiendo visto fracasar a esas promocionadas de aspecto feliz, pero de dudosas cualidades, esperaban hacer trastabillar a la muchacha y dejarla fuera de carrera lo antes posible.
El de cabeza con forma de pepino y nariz de roedor había sido debidamente aleccionado para esa tarea. Corría con una ventaja: era el obligado interrogador para la segunda sesión y trataría de llevar a Amanda hasta el límite de su paciencia. Disfrutaba mancillando a las aspirantes y estaba dispuesto a multiplicar su acoso contra Amanda por quien incluso sentía una animadversión particular, aunque no tenía ninguna razón para ello. Ella, con su cuerpito delgado, su vocecita blanca y su inteligencia, estimulaba su misoginia.
Las mujeres ascendían suavemente con destino al cuarto piso en el ascensor jalado por un poderoso motor inglés. Pero el ascenso era inusitadamente lento, como si el tiempo se dilatara deliberadamente para que la secretaria tuviera la oportunidad de compartir un momento imposible de medir con el simple paso de segundos y minutos. Entre segundo y segundo, el tiempo se abismaba caprichoso y hasta el aire que respiraban parecía flotar tan lentamente que podían observarse sus raras formas ondulantes y el tímido oscilar de las pequeñas gotas de humedad suspendidas en el cubículo.
La secretaria alta y delgada, elegante y bonita, y Amanda, que era de talla media, aunque desde cierta perspectiva parecía más pequeña, entraban perfectamente una al lado de la otra y habían quedado frente a frente.
La mujer, más alta que Amanda, la miraba desde arriba sin quitarle los ojos de encima. Sentía esa mirada fija sobre ella y dedujo que la blandura de aquellos ojos y la aparente serenidad del rostro buscaban crear en ella un sentimiento de intimidad. Pero, por su naturaleza, Amanda no podía evitar desconfiar de ese repentino enternecimiento, de esa familiaridad que la mujer procuraba transmitir y que, a pesar de su esfuerzo, resultaba poco espontánea y no lograba disimular el vedado deseo de ganar su amistad, tal como se le había encomendado.
Sonreía confidente. Mostraba su impecable dentadura y sus finos y bien pintados labios rojos. Pero ni la gracia de sus dientes ni la delicadeza de sus labios podían borrar por completo ese toque siniestro que se evidenciaba cuando sonreía. Amanda esperó que ella empezara a hablarle, porque podía advertir claramente que la mujer no podía conservar la boca cerrada.
—¿Estás tranquila? —le preguntó como si sintiera una verdadera preocupación por su suerte.
—¿Le preocupa? —Amanda respondió con suficiencia.
La mujer torció la boca en señal de disgusto, pero no perdió la compostura ni abandonó su tono amable. Recordó a su jefe y se serenó al instante.
Los jóvenes podían ser, con facilidad, algo insolentes. Sabía que debía contribuir a que la aspirante permaneciera en perfecto dominio de sus actos durante el interrogatorio. Esperaba que sus advertencias contribuyeran a ello, aunque no podía saber si la muchacha tomaría como serias sus recomendaciones, envueltas en extrañas revelaciones astrológicas y advertencias astrales. Pensó en insinuarle que en ese lugar todo era conspiración, pero no encontró el modo de hacerse entender sin ponerse ella misma en riesgo. Allí, hasta los insectos estaban pendientes de lo que se hablaba.
—Pase lo que pase, no debés perder nunca la tranquilidad —le dijo sin detenerse en sutilezas—. Leí tu carta astral y sé que todo va a ir bien. Los astros me advirtieron de que algún tipo de animal depredador va a querer perjudicarte. Algún animal carroñero. Podría ser hermafrodita, pero no podría asegurarlo por completo.
La descripción sorprendió a Amanda, quien trató de imaginar una alimaña semejante. Una especie de rata mezclada con una lombriz. Cuando estaba construyendo esa imagen en su cerebro, la mujer volvió a hablar y la distrajo de sus pensamientos.
—Viste que en la viña del Señor hay de todo. Pero si tenés la capacidad de no prestarte a sus provocaciones, todo va a salir muy bien. Los astros nunca mienten ni se equivocan. En tu carta astral, te transmito, ellos me hablaron con absoluta claridad. Confiá en tu carta astral, llevate de mi consejo. —Amanda escuchó a la mujer, pero sin decidirse a tomar en serio sus palabras. Sus sentimientos de suficiencia dejaron lugar a la duda.
—¿Mi carta astral? —atinó a preguntar, intrigada.
—Sí, tu carta astral. Trabajé en tu carta astral para adivinar tu futuro. Soy algo así como una astróloga aficionada, pero tengo una vasta experiencia en predecir el futuro entre estas cuatro paredes. Aquí hay muchas verdades ocultas en lugares a los que muy pocos tienen acceso. Me hubiese gustado tener más datos tuyos para interceder ante los “astros” en tu beneficio, pero ellos estaban conformes con los que les pude transmitir. Creo que no me fue del todo mal con lo que pude reunir.
Sí, tuve algún inconveniente con tus ascendientes porque de ellos hay misterios a los que no pude llegar. Los ascendientes que rigen el signo a veces son díscolos y ocultan sus verdaderas historias y sus posibles perspectivas. Muchos de sus secretos están guardados bajo siete llaves, ya te lo dije. Son imposibles de conocer, al menos para una simple aficionada a la astrología como yo. Pero tu carta astral me respondió sin ambigüedades: tu éxito está regido por los astros.
—No sé qué pensar.
—Solo preocupate de mantenerte serena.
—Usted se preocupa mucho por mi suerte. ¿Vale la pena tanta preocupación por alguien que solo es una aspirante a ser aspirante?
—¿Si vale la pena? —La mujer lanzó una estridente carcajada. Amanda sonrió por compromiso—. Tu inocencia me enternece. ¿Te conforma si te digo que me caíste simpática de entrada? Soy una mujer sensible y espero lo mejor para vos. ¡Sos tan linda! ¡Sos tan inteligente! Es tan importante que te incorporés a nuestra legión. ¿Quién otra podría hacer aquello para lo que estás predestinada? Hay tanta mediocridad con jerarquía, tanto pusilánime con charreteras. Entre tanta oscuridad vos sos como un sol y aquí nos hace falta mucha luz. Pero mucha, mucha. ¡No te imaginás cuánta! Perderte sería una enorme desgracia. —Amanda no supo qué responder a ese discurso halagador.
—He visto desfilar por aquí horribles arpías de tu misma edad, tan jóvenes como vos, pero a las que se les notaba que no tenían alma, que carecían de carácter, que habían gastado sus pocas neuronas inventando príncipes de diferentes colores y que solo deseaban reproducirse como ganado, como si fueran vacas reproductoras. Vivir holgadamente a costa del erario público solo para acceder a ropas y joyas finas, y ascender en la escala burocrática para encontrarse un amante que las complazca con el caliente esperma de la alta sociedad en medio de una borrachera de champagne francés.
Mugen como vacas, balan como ovejas, ladran como perras, pero apenas si pueden hablar como loros unas cuantas tonterías. En cambio, vos derrochás juventud, vitalidad e inteligencia por todos los poros. Al jefe le vas a encantar.
—¡Usted me adula demasiado! —sonrió Amanda, incrédula ante aquellas alabanzas—, pero igual se lo agradezco. Estoy algo nerviosa porque sé que esta prueba será decisiva para que me acepten como aspirante o no. Pero no estoy muy segura de cómo van a salir las cosas hoy.
—¡Fe, querida! ¡Fe en los astros! ¡Ellos ya han hablado!
—¡Si con eso alcanzara!
—Querida muchacha, comprendo todo lo extraño que debe parecerte esto. Pero hoy, cuando el hombre con cara de animal o el animal con apariencia de hombre, como prefieras, te ataque, tus instintos, emociones, pasiones y sentimientos deben estar bajo el absoluto control de tu psique —y pronunció con fuerza la palabra «psique», como para que Amanda se impresionara con su afirmación—. Luego sobrevendrá la calma, tal como ocurre después de la tormenta. Para llegar al día hay que atravesar la noche. Recordalo. Estás a la puerta de la oscuridad; luego se hará la luz para vos y para nosotros.
Naciste bajo el signo de Aries, el primero de naturaleza positiva y de cualidad cardinal; simboliza el renacimiento. Tu elemento es el fuego y estás regida por Marte. ¡Marte! El dios de la guerra. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? Vos siempre podrás cantar «al alba venceré» porque así será. El himno de guerra para vos bien podría ser el «Nessun dorma». Apuesto lo que no tengo a que ese será el himno que te va a acompañar hasta el último de tus días.
—Conozco el aria, por supuesto, pero no puedo imaginar por qué habría de morir al son de los compases del aria de Puccini.
—Bueno, el aria… claro, el aria. Pero yo me refería al himno de guerra, al himno de la victoria. «¡Al alba venceré!». A eso me refiero. A la victoria, a la victoria final. ¿Me comprendés? Sos ariana y estás regida por el dios de la guerra.
—Le juro que hago un gran esfuerzo por seguir su explicación, pero solo me confundo más.
—¡Ay, niña! ¡Ay, niña! Pronto esto será pasado y tus dudas ¡fu! Volarán. —Imitó con sus dedos el vuelo de una mariposa.
Luego le dijo sin dejar de mirarla a los ojos:
—¡Quién te ha visto y quién te ve! Yo les dije a mis compañeras de oficina, apenas te vi, que eras el vivo retrato de tu madre, pero claro, ellas no la conocieron, no sabían de qué les hablaba.
Tu mamá murió demasiado joven, una pérdida terrible, inesperada; me imagino lo que habrás sufrido.
Amanda guardó silencio. Hablar de la muerte de Anita era algo de lo que no acostumbraba hablar con nadie y hasta podía decirse que se había vedado a sí misma referirse por completo a tan triste suceso. Era la primera vez que una completa desconocida le hablaba en esos términos de su madre. No pudo y no quiso decir una sola palabra sobre ese asunto.
—¡Tantos años de discreción! ¡Tantos años de entrenamiento y morirse tan joven! ¡Qué desgracia! —agregó la mujer elevando la vista, como si el límite de su mirada no fuera el techo del ascensor, sino el cielo en su inmensidad—. Pero tu carta astral dice que te va a ir bien. Los astros, que están bien arriba, se alinearon positivamente, lo que no es frecuente, y esa es una muy buena señal. Marte está con vos y con tu espíritu. Aunque no me comprendas, todo saldrá bien porque los astros te asisten. Son generosos. Tené fe, tené confianza, y todo va a salir bien. Después de todo, a alguien como vos no van a volver a conseguir ni en cien años. Te lo aseguro. Corrés con las de ganar. Algunos aquí queremos tu mayor éxito.
Al descender, le dio un suave empujoncito para que saliera del ascensor y le indicó que tomara el pasillo de la derecha y, señalando hacia adelante, hacia alguna de las innumerables puertas que Amanda tenía a su frente, le dijo que en una de las oficinas la esperaban para realizar la nueva entrevista. No pudo apreciar de qué modo la extraña mujer desapareció de su vista, pero se desvaneció como por arte de magia, aprovechando una insignificante distracción suya, cuando, confundida por la exaltación de la mujer, desvió la vista de su interlocutora para mirar hacia el pasillo que le indicaba.
Se trataba de un corredor muy extenso, tal vez de cien metros de largo. Su piso era de grandes baldosines de mármol blanco con una filigrana negra, lustrado con esmero. Si se lo miraba inclinando algo la cabeza, hasta podía apreciarse la perfección del lustre de los rodillos de la enceradora, de un lado a otro en línea recta, y a una distancia igual una línea de la otra. Amanda apreció las suaves ondas que dejaba dibujadas como su huella la lustradora.
Era un trabajo que se hacía en plena madrugada, cuando los pasillos quedaban despejados porque el personal se había retirado, vaciando por completo el edificio. Salvo una guardia poco numerosa, solo el personal destinado a la limpieza dejaba oír sus voces en esa amplitud recoleta y opresiva de los amplios pasillos. Ese cuidado y esa pulcritud se habían repetido del mismo modo y por personas entrenadas por el mismo departamento, durante decenas de años. La continuidad histórica, incluso hasta en el lustrado de los pisos, brindaba una sensación de eterna estabilidad, de continuidad inalterable a través de los años y permitía sentirse a salvo de cualquier cambio que amenazara alterar el orden establecido.
El cielorraso estaba a cinco metros de altura, pero parecía mucho más alto. Su arquitectura cóncava le daba una exagerada profundidad que las sombras de las molduras llenaban de formas antojadizas. Colgaban de él, a perfecta distancia unas de otras, viejas lámparas de bronce bruñido y repujado, cada una con seis tulipas blancas esmeriladas, salpicadas de unas pintitas como guindas, que distribuían ecuánimemente la luz de las bombitas en todas direcciones.
Varias decenas de puertas se desplegaban a un lado y otro del pasillo. Todas eran iguales: de madera lustrada, sin ninguna identificación. Pero la mujer no le indicó a qué puerta debía dirigirse. Y Amanda permaneció quieta, observando la longitud del pasillo, mirando la infinita sucesión de puertitas, sin saber a cuál de ellas dirigirse.
Llamó con delicadeza, casi por compromiso, a la primera puerta del lado derecho del pasillo. Nadie respondió a su llamado. Insistió sin demasiada convicción. Un tímido «toc toc» retumbó como si hubiera tocado con dos livianos toc toc para llamar la atención de algún empleado que estuviera atento a su presencia.
Giró para encarar la primera puerta, pero del ala izquierda del corredor. Cuando estaba por llamar, escuchó un leve chirrido proveniente de alguna de las bisagras de la puerta donde acababa de golpear, y con el rabillo del ojo vio que la misma estaba entreabierta y una persona la observaba sonriendo con amabilidad. Al instante se oyó una voz masculina, bastante ronca, que la llamó por su nombre.
—¿Amanda? ¿Amanda Da Silva?
Ella movió la cabeza afirmativamente. Con un gesto de la mano la invitó a pasar a la pequeña oficina. Era un cuarto no mayor a nueve metros cuadrados, tres metros por lado, y el techo, a diferencia del pasillo, era bajo, machihembrado en madera clara, tal vez pino sin lustrar, solo barnizado.
Un tubo fluorescente proyectaba una luz penetrante sobre un escritorio modesto al que daban dos sillas algo rudimentarias. El ambiente se volvía sofocante porque carecía de ventilación. Justo enfrente de la puerta por la que entró estaba otra, igual, como si se tratara de un espejo en el que se reflejaba. El hombre le indicó que se sentara en una de las sillas. Amanda obedeció. Él hizo lo propio del otro lado del escritorio.
El funcionario era de aspecto monacal. De talla pequeña, algo encorvado, de cabeza algo mayor al tamaño de un membrillo, cabello negro (parecía teñido), rostro afilado y sonrisa torva. Sus orejas eran muy pequeñas, de gnomo, pero su nariz era larga y puntiaguda. Debajo de la nariz, un par de labios cetrinos predecían un mentón que salía algo de los límites de la cara, hacia adelante, como avanzando hacia su interlocutor de manera amenazante. Abajo, un pescuezo no demasiado largo, pero bastante arrugado, interrumpido por una nuez de Adán muy desproporcionada, del tamaño del puño de un niño. Llevaba un traje marrón oscuro, camisa blanca y corbata al tono. Su perfume, que a Amanda le resultó desagradable, invadió el despacho haciendo más irrespirable el aire condensado allí dentro.
Llevaba puestos unos anteojos negros, por lo que Amanda no podía distinguir el color de sus ojos ni si la estaba mirando o no. Respiraba con cierta fatiga, tal vez afectado por el caliginoso aire de la pequeña oficina.
De un cajón de su escritorio sacó un sobre que contenía varias hojas de formularios que acomodó en perfecto orden. Luego, de otro cajón, el que estaba en el centro del mueble, extrajo cuatro lapiceras de pluma y cuatro tinteros. Los recipientes tenían cada uno un color de tinta diferente: rojo, negro, azul y verde. Los acomodó a su derecha, a su frente, cerca del borde posterior del escritorio, a la izquierda de Amanda, quien pudo distinguir la diferencia de los colores con facilidad, pero no podía imaginar qué iría a escribir con los diferentes colores de tinta. Pero el hombre solo habló; no precisó ni de las plumas ni de los tinteros.
—Buenos días, Amanda. —La saludó con cortesía.
—Buen día, señor. —Respondió algo nerviosa.
—Vamos a tener una… —calló repentinamente, como si buscara las palabras adecuadas—. ¿Conversación? Sí, conversación, para completar el juicio que tenemos de usted a partir del primer cuestionario que completó días pasados.
—Cómo usted diga, señor.
—No vaya a creer que nuestro conocimiento de sus aptitudes se limita al cuestionario anterior y a esta entrevista a la que está por someterse. Tenemos otras referencias suyas, todas muy buenas —le dijo señalándola con una mano, como si deseara aproximar esa buena calificación hasta el lugar en que ella estaba sentada—. Yo tengo la responsabilidad de evaluarla, de apreciar su comportamiento, sus gestos, su forma de hablar, su manera de razonar, de reaccionar, en fin, todo lo que me indique o sugiera aspectos no tan evidentes de su personalidad. A veces, en los silencios o en las deliberadas evasiones, se encuentran más datos de una persona que en sus respuestas directas. Como dicen los que experimentan a diario con las reacciones humanas, muchas veces un gesto dice más que mil palabras. —Amanda siguió con atención el discurso del funcionario, que parecía entusiasmarse con sus propias palabras.
—Por lo que puedo apreciar en este formulario, hay una cantidad de preguntas que ya le hizo el entrevistador de la oficina de personal —entrecruzó sus dedos mientras parecía seguir leyendo el formulario lleno de observaciones mecanografiadas—. Son preguntas de rigor para una primera entrevista. Muchas deben haberle parecido a usted triviales, y otras difíciles de comprender en su sentido último, o directamente descabelladas.
—¿Cómo las preguntas sobre el origen judío de Rubinstein y Einstein?
—No precisamente. —Amanda asumió su desacierto con resignación. Pensó en no abrir la boca, pero la traicionó su carácter—. El asunto de los judíos es un problema notable, pero que no está a consideración hoy, en esta instancia. Tal vez le toque en alguna oportunidad ahondar sobre ello.
—¿Sobre la cremación de mi madre? —preguntó tímidamente.
—Asunto sensible para usted, del que preferiría no hablar para no distraernos de nuestro verdadero cometido. —Amanda consintió con un leve movimiento de su cabeza.
—Esta entrevista, desearía que la tomara más que como un interrogatorio entre un examinador y una persona que será examinada, como un vehículo entre usted y su futuro, entre usted y sus posibilidades de participar de una empresa única, extraordinaria. Si usted supera la prueba, que es en realidad más que nada una prueba de carácter, se abrirán las puertas para acceder a un misterio inexplicable, pero del que somos los celosos custodios para impedir que su nociva influencia altere definitivamente el curso del devenir histórico. Quiero que sepa que usted no está propuesta para una tarea menor. Por el contrario —y, alzando su dedo índice, exageró con el gesto y la palabra—: ¡muy por el contrario! Quienes han apreciado sus antecedentes familiares, sobre todo los de su familia paterna, su formación y su carácter, creen que usted es la persona más adecuada para una de nuestras extraordinarias y más significativas tareas.
Y usted se interrogará sobre ellas. Y es absolutamente lícito que lo haga. Mucho se ha dicho sobre nuestras misiones y mucho de lo dicho se ha hecho con verdadera elocuencia y hasta con verdad, basando el juicio en los hechos, que son, al cabo, lo que le interesa a la Nación. Nuestra misión, las más de las veces, ha merecido severos comentarios, palabras severas, incluso a veces mortificantes, y que la historia recogerá para vergüenza de unos y honor de otros. Amanda estaba impresionada por las palabras del examinador, quien parecía mirarla a través de sus lentes oscuros, directo a los ojos, mientras su mecánica lengua desenrollaba un discurso difícil de digerir.
—Usted me exigirá que ahorremos palabras. Bien, hagámoslo. Ahorremos palabras. El tiempo es corto, la tarea larga y ardua. Los minutos se escurren de nuestras vidas como se escurre la minúscula arena entre los dedos de la mano.
Usted deberá llegar por sí misma a comprender qué es lo que queremos de usted, ¡qué es lo que esperamos de usted! —exclamó con excitación—, qué es lo que deseamos que intente, qué es lo que anhelamos que ejecute con plena conciencia de su extraordinaria misión. Atravesamos momentos definitorios en la historia de nuestra patria; desearía poder inculcarle la angustia que provoca en hombres como yo ese estado definitorio que nos embarga entre la grandeza y el derrumbe de los valores por los que hemos vivido y arriesgado la vida. De un lado —y señaló hacia la derecha—, la resaca de la tiranía del tirano depuesto, y del otro —señaló hacia la izquierda—, la argucia del comunismo transnacional, que aspira a quebrar nuestra voluntad, nuestro ánimo, nuestra democrática tradición, surgida de los crueles combates de la guerra civil y plasmada en nuestro texto constitucional de 1853, cuando los libertadores agrupados en el Ejército Grande Aliado Libertador acabaron con la tiranía. Pero el comunismo, señorita, por sobre todas las cosas, aspira a liquidar nuestra fe en Dios y en las enseñanzas que Jesucristo nos dejó y por las que fue crucificado. El comunismo transnacional pretende liquidar nuestro ser espiritual, nuestro ser religioso. Hombres sin fe en Dios, fáciles de manipular para el nefasto materialismo.
El funcionario aspiró con fuerza el aire caliente del cubículo, contuvo la respiración por un largo minuto y bajó apenas un par de centímetros sus anteojos negros para observar, sin la distorsión del cristal, el rostro de la muchacha. Luego dijo:
—Amanda…
—¿Señor?
—Usted sabe de qué hablo porque enriqueció su fe cristiana en el claustro monacal de las Hermanas, donde se coligió como pupila. —Amanda solo pudo encogerse de hombros como toda respuesta. Era incapaz de hilvanar una frase de aprobación a ese juicio de valor sobre sus años de pupilaje.
—Hemos restituido el orden constitucional quebrado por los oportunistas y los demagogos agazapados tras la figura del tirano y puesto fin al compendio de banalidades y mentiras que se aprobó en 1949 en una constituyente amañada, contrariando los principios liberales caros a la más sana tradición argentina.
Enarbolo en mis manos la solicitud en que usted reclama ser admitida en esta institución trascendente para los destinos de la patria, y la alzo como un estandarte de triunfo de la juventud argentina comprometida con los valores que el occidente productivo y la fe religiosa de nuestros mayores nos han provisto para emprender las más vigorosas empresas y los más temibles desafíos. Veo que usted, señorita, ha leído en los grandes libros de la humanidad las enseñanzas del entusiasmo por las grandes y nobles causas que deben hacer triunfar el derecho de la razón y el de la fuerza. En esta mano la razón —dijo mirando su mano derecha— y en esta otra la fuerza. El equilibrio entre la razón y la fuerza ha sido el logro de nuestros prohombres. Y solo cuando el enemigo artero y la confabulación criminal nos lo han exigido, la razón ha sido desplazada por la fuerza el tiempo que fue necesario, hasta reponerla en el trono de la dignidad que le corresponde.
Amanda apenas respiraba mientras el hombre seguía con su discurso. Ella mordisqueaba sus labios tratando de mantener la compostura y comprender la lógica de la arenga que le estaba dando el burócrata, cuyo aspecto contrastaba decididamente con el de aquel interrogador de cabeza de pepino y nariz de roedor.
—A usted le toca vivir en un momento especial de nuestra historia. Tiempos de lucha y arduo trabajo, tiempos difíciles, menos gloriosos, pero no menos trágicos que otros períodos de nuestra historia política; y no menos duros en la acción sin tregua, no menos fecundos en el orden de las aspiraciones reparadoras que deben unirnos, y que nos congregan aquí, ahora, a usted, a nosotros, a quienes esperan de usted con esperanzas ilimitadas que alimente las sanas inspiraciones del sano patriotismo.
Amanda: usted debe reconfortarse y confortarnos, su corazón debe ser una ofrenda en el altar de la patria, su abnegación nos hará vibrar de entusiasmo.
Somos los continuadores del progreso común que se elabora de generación en generación, manteniendo la solidaridad moral, propia de los espíritus fuertes, sin perder nunca los grandes rumbos ni los grandes objetivos que perseguimos con fe infinita y aliento renovado, en medio de esta confusión de los principios conculcados.
Nuestra tarea es ímproba y arduo es el problema que tenemos que resolver y el que le vamos a encomendar luego de completar el curso de estudio e iniciación al sistema nacional de seguridad, pero por eso mismo, el mayor esfuerzo de su parte ha de redituar en el mayor resultado para todos.
Sepa que a los grandes fundadores de nuestra patria los tocó en suerte darle su independencia y echar los fundamentos inconmovibles de la república democrática. A nosotros velar por ellos, cuidar su legado y seguirlos adonde nos señalen las circunstancias. Si usted decide sumarse a nuestra institución, si usted decide mantener y defender nuestra institución, que es base de todas las instituciones de la nación, porque nuestra labor está en la base del ordenamiento judicial, del proceso legislativo, del sistema ejecutivo, repito, si usted decide sumarse a la lucha contra las tiranías para asegurar la libertad y el bienestar de todos y para todos, entonces se estará incorporando al estrato más selecto de las personalidades que en silencio, de manera anónima y sin esperar ninguna gloria personal, han labrado y labran el más venturoso porvenir imaginable.
La obra en que estamos empeñados requiere tanto fortaleza como abnegación, porque somos los jornaleros que labramos la grandeza en silencio, porque representamos el ideal que es el espíritu inmortal que anima a todas las cosas, ideal que procura dar cuerpo al grito de más libertad y más justicia, que viene de abajo, desde las raíces mismas de la realidad nacional, para que ascienda hasta las alturas de las responsabilidades para bien y honor de nuestros contemporáneos.
No somos náufragos en naves desmanteladas que marchan acaso a merced de los vientos. ¡No! ¡Para nada! Somos los conductores de la nave que lleva los destinos de todos, y que debemos conducir a buen puerto para salvaguardar las instituciones de la República. Somos la esperanza. Sea usted, Amanda, la esperanza; súmese a esa esperanza desde su extraordinaria juventud, su fresca inteligencia y su indoblegable voluntad.
La vida sin lucha y sin trabajo, Amanda, no merece ser vivida. Lo hacemos en pro del bien que da su razón de ser a todos los comprometidos con la causa, que da el temple a las almas y al pueblo su destino glorioso. Luchemos y trabajemos juntos, muchacha. El triunfo final es nuestro.
Dicho esto, el funcionario se puso de pie, tendió su pequeña y huesuda mano a Amanda, quien, algo desorientada, respondió ofreciéndole la suya, y con un suave apretón de manos se despidió, retirándose por la puerta que estaba detrás. Amanda quedó en ascuas, sin saber si eso había sido todo o debía atenerse a algún otro procedimiento o interrogatorio. Sudaba. El aire se había puesto más denso que cuando ingresó y la perorata del burócrata parecía haber elevado la temperatura en varios grados. Esperó no sin precaución.
El tiempo transcurría y seguía allí sentada, sin tener la menor idea de qué debía hacer. ¿Marcharse? ¿No podría ello entenderse como que había renunciado a su solicitud de ingreso? ¿Quedarse y parecer que no había comprendido absolutamente nada de lo que el funcionario le dijo durante su largo discurso? Pensó que tal vez debería asomarse por la puerta por la que el hombre había salido hacia un lugar desconocido, pero temía que eso quebrara alguna disposición, algún reglamento sobre el comportamiento de los visitantes dentro de ese elefantiásico edificio.
No podía precisar cuánto tiempo estuvo sola, sentada en la incómoda silla, mirando la puerta que estaba a su frente, padeciendo la luz sobre su cabeza como si empezara a pesar como un cuerpo sólido. Cuando ya desfallecía por el calor y por la sed, reingresó la secretaria, quien, cómplice, le guiñó un ojo y la invitó a completar otros formularios. En esa ocasión eran realmente muchos. En todos había que completar las respuestas sobre las líneas punteadas.
Su lectura le planteaba un gran esfuerzo que no sabía si estaría en condiciones de realizar. Pero suponía que mucho mayor sería el de escribir de puño y letra las respuestas. El calor la abrumaba, la sed no la dejaba concentrarse y temió terminar rodando al piso, como ocurría en las fatigosas misas en ayunas de mañana muy temprano, a las que concurrió obligada por las monjas del internado, cuando era una niña, y que tenían por destino la sala de enfermería, junto a otras muchas niñas que, como ella, no podían sortear con éxito la prueba de la misa y el hambre combinados.
Cuando estaba decidida a deshacerse de las interminables planillas y marcharse por donde había venido, lo que hubiera significado asumir su fracaso, entró al pequeño despacho aquel primer burócrata, el joven de la cabeza con forma de pepino y nariz de roedor, quien se acomodó en su silla, destapó los cuatro tinteros y acomodó delante de cada uno de ellos una lapicera. Arrebató las planillas que la mujer acababa de entregar a Amanda en mano, las ubicó a su derecha y de esa pila extrajo la primera de todas ellas, que tenía mecanografiadas las preguntas.
Amanda escuchó la nueva monserga, pero casi desfalleciendo. No estaba en condiciones de afirmar si lo que escuchaba era real o solo producto de su imaginación alucinada por el calor sofocante del cuartucho y el ayuno que arrastraba desde hacía horas.
—¿Haydn o Mozart? ¿Bach o Beethoven? ¿Bruckner o Wagner? ¿Strauss o Mahler? ¿Igor Fedorovich o Dimitri?
—Fyodorovich… —lo corrigió en un acto reflejo. No pensó en corregirlo voluntariamente, se comportó como un autómata.
—¡Ah! «Fyodorovich». ¿Habla ruso? —inquirió el hombre, sibilino. Amanda no comprendía demasiado de qué se trataba ese interrogatorio.
—No hablo ruso.
—Los comunistas se infiltran de modos muy extraños, peligrosos.
—¿Esto tiene algo que ver con mi solicitud de ingreso? No comprendo bien a qué se refiere.
—¿Quiere una explicación?
—Podría ser.
—¿A dónde cree que vino, señorita? —Amanda iba a responderle, pero el hombre la interrumpió.
—No pregunte, no cuestione, ni siquiera piense. Acostúmbrese a responder, no a preguntar. Acostúmbrese a obedecer y no a pedir explicaciones. Acostúmbrese a no pensar, otros lo harán por usted. Le repito mi primera pregunta: ¿Igor Fedorovich o Dimitri?
—Dimitri…
—¡Dimitri! ¡Claro! —subrayó con rojo la respuesta—. ¿Tal vez influencia materna? —preguntó, irónico, mientras frotaba con su carnuda lengua sus resecados labios—. Amanda nunca habló de música con su madre; esta murió mucho antes de que ella supiera las primeras notas de la escala musical.
—Nunca hablé de música con mi mamá.
—Lo sé. Lo sé. Se escuda en la muerta para disimular sus inclinaciones. Clara influencia materna. —dijo el hombre y subrayó nuevamente con el mismo color. Parpadeó eléctrico como si padeciera algún tipo de desorden nervioso.
—¿Música o matemática?
—Pitágoras.
—¿Quiere parecer inteligente conmigo?
—No señor.
—Entonces responda mi pregunta: ¿música o matemática?
—Las dos por igual.
—Pitagórica. —Doble trazo verde, bien grueso.
—¿Inglés o francés?
—Inglés y francés. —El hombre subrayó nuevamente con color rojo la respuesta.
—¿Influencia materna?
—¿Influencia materna?
—Mamá me habló desde que nací entre tres idiomas.
—¿En qué idioma puede mentir mejor?
—En los tres.
—¿Miente a menudo?
—Si es necesario. —Subrayado rojo.
—¿Por qué está aquí?
—Mi padre me habló de este lugar. Me dijo que podría ser útil. —El interrogador trazó debajo una línea verde.
—¿Quiere ser útil?
—Por supuesto.
—¿A quién quiere ser útil?
—A quienes ustedes me digan.
—¿A Dios?
—A Dios.
—¿Y si fuera el diablo?
—Al diablo.
—Dios o el diablo, ¿le da lo mismo? ¿Le parecen iguales?
—No son iguales, pero ambos tienen algo del otro. —Subrayó con rojo y triple línea.
—Usted se aproxima a la herejía con total desparpajo.
—Lamento que mi respuesta lo indujera a esa conclusión.
—¡Herética!
—Soy creyente, señor.
—¡Herética! ¡Debería convertirse en estatua de sal como Edith!
—Dios no lo permita —imploró la muchacha.
—¿Obediencia o desobediencia? —Amanda no respondía—. ¿Obediencia o desobediencia? ¡Responda! ¿Obediencia o desobediencia? ¡Responda, por favor! ¿Obediencia o desobediencia? —insistió el burócrata, alzando la voz y aturdiéndola.
—Obediencia. —Doble subrayado negro.
—¡Mentira! ¡Usted ama la desobediencia! ¿O no obligó a su padre a retirarla del internado? ¿O no se escapó de su casa para no obedecer a su abuela? ¿O no se fue a vivir sola a una triste y pobre casita de madera en un villorrio de mala muerte?
—Obediencia.
—¡Mentirosa! —Doble subrayado negro.
—¿Influencia materna? —preguntó Amanda con ironía.
—No se haga la graciosa. —respondió el burócrata—. Sigamos. ¿Calor o frío? ¿Mojado o seco? ¿Hablar o callar? ¿La fastidian los informes? ¿Y los uniformes?
—No tengo nada contra ellos.
—¿Dejaría todo por una misión?
—No tengo nada. Dejaría todo, sin dudarlo.
—¿Todo? ¿Incluso no ver más a su padre ni a su hermano?
—Sí, seguro.
—No le creo, usted no tiene carácter para no ver más a su familia.
—Lo que usted diga.
—Le hablo de una misión en la que ni siquiera se enterará de la muerte de su padre o de su hermano.
—Si es necesario lo haría.
—¿Cree que me va a convencer?
—No señor.
—¿Iría a un lugar del que no podría regresar jamás?
—¿El infierno?
—¡Peor que el infierno!
—Si vale la pena.
—¿El infierno valdría la pena para usted? ¿Y el cielo?
—Prefiero los infiernos que describió el Dante. —Subrayado rojo.
—¿Leyó la Biblia?
—Cientos de veces.
Amanda frotó su frente con una mano. Lamió sus labios y sacudió la cabeza tratando de despejarse. Estaba algo obnubilada. Miró a su interrogador y, en esa oportunidad, lo encontró más parecido a un deforme roedor. Recordó entonces a la secretaria que le había advertido sobre aquel raro animal provocador. El hombre quedó expectante de sus palabras.
—¿Hay alguna explicación para que unas respuestas las subraye con rojo; otras, con azul, verde o negro? —Amanda se atrevió a preguntar, contrariando la orden de su interrogador de limitarse a responder.
—Sí, la hay.
—¿Me la podría decir? Por favor.
—No. No solo no puedo decírselo, sino que tampoco quiero. ¿Algún problema?
—No señor. —Amanda disimuló su fatiga y desorientación. El hombre escribió: «Clara influencia materna». Y lo subrayó con color rojo.
—¿Cómo se lleva con las tareas domésticas?
—Sé hacer de todo. Fui pupila muchos años en un internado de monjas.
—Lo sé, lo sé. Usted las odiaba, las consideraba rufianes con cofia.
—Salvo a María.
—¡María! ¡La jorobada! ¡La gibosa! ¡Chepa! ¡Chepa! ¡Bola de grasa! —exclamaba el inquisidor y hacía gestos ridículos para acentuar el tono burlesco que adquirió para referirse a la monjita muerta.
—Se llamó María. —lo corrigió Amanda.
—¡Qué María ni qué María! ¡Jorobada! ¡Deforme! —Amanda se sintió incómoda, pero esquivó la provocación—. Murió decapitada. Mejor si le hubieran amputado la joroba, ¿no le parece?
—Fue horrible.
—Pero si usted jugaba con la cabeza de la decapitada —dijo el hombre, avanzando sobre el escritorio para quedar a pocos centímetros del rostro de Amanda.
—No, solo la acariciaba, no jugaba. —Amanda se echó hacia atrás para alejarse de ese aliento ácido que el interrogador exhalaba.
—¡Qué asquerosa! ¡Jugar con una cabeza! ¿Le gusta la gente decapitada por la carcasa metálica de una bomba de 250 libras?
—Me pareció horrible.
—¿Eso le pareció horrible? ¡Usted no sabe lo que es horrible! La subsistencia del Estado a veces exige ese tipo de acciones y mucho peores.
Amanda logró controlar ese rictus que aparecía en su rostro cuando algo realmente la disgustaba.
—¿Estaría dispuesta a matar para defender al Estado? ¿O también cree que es horrible?
—Si estuviera en juego mi vida, seguro.
—¿Y a quién le importa su vida? Le pregunté por el Estado, no por su miserable vida.
—Tal vez.
—¿Tal vez? ¿Tal vez qué?
—Tal vez. —insistió Amanda, que no sabía muy bien qué responder.
—Usted no podría ni matar una mosca. Preferiría comer mierda antes que matar a alguien. Es una sensiblera que se masturba en la cama.
Amanda sacudió su cabeza en señal de rechazo.
—Soy como una mosca.
—Claro, como lo que es, una mosca comemierda.
—Como una mosca.
—¿Cuántos hijos desea tener?
—No deseo tener hijos.
—¿No desea tener hijos? —preguntó, crispado, el interrogador.
—No señor.
—¿No desea tener hijos? —volvió a preguntar, aún más colérico.
—No señor.
—¡¿No desea tener hijos?! —gritó, desencajado.
—¡No señor! ¡No deseo tener hijos!
—¿Pero qué clase de mujer es usted?
—De las que no sirven para ser madre.
—¿Y cómo puede saberlo si apenas es una nena con pretensiones de adulta?
—Lo sé, siempre lo supe.
—Así que usted no quiere tener hijos porque no sería una buena madre. Usted reniega del don más apreciado que Dios le dio a la mujer, ¡ser madre! ¡Madre! Y lo dice como si nada, como si hablara de comprar un kilo de pan.
—Solo dije que no quiero tener hijos.
—¡Horrible! ¿Me escuchó? ¡Desnaturalizada!
—Sí señor.
—¡Es usted horrible! ¡Trastornada!
—Soy horrible si usted lo dice.
—¿Qué carajo quiere, señorita? ¿Qué carajo quiere?
—Quiero muchas cosas, pero hoy quiero una sola.
—Dígamelo.
—Ser aceptada aquí.
—¿Y cree que vamos a aceptar a una persona insignificante como usted? ¿Una mujer desnaturalizada que reniega de su maternidad? ¿Una vulgar mujerzuela que no quiere tener hijos? ¿Una que odia ser madre? ¿Una triste e insignificante mosca comemierda? ¿Por quién nos tomó, por una manga de boludos?
—No señor.
—No mienta más, confiese la verdad.
—Haré lo posible por no defraudar.
—¿A quién teme defraudar?
—A mí misma.
—¿A usted misma? ¡Tan importante se cree! Usted no vale nada. ¡Usted no vale un carajo! ¡Un soberano carajo! ¿Me oyó? ¡Es una simple comemierda! A nosotros, que usted se sienta defraudada, nos importa una mierda. El problema es si defrauda a la institución, porque la institución está por encima de todas las cosas, salvo de Dios.
—Sí señor.
—Usted no vale nada. ¿O quiere ponernos a prueba?
—No señor.
—¿Le gusta correr riesgos?
—Sí, mucho.
—¿Y cómo sabe que saldrá sana y salva de aquí?
—Porque ustedes me necesitan.
—¡Claro! ¡Acá tenemos una imprescindible! ¡El cementerio está lleno de imprescindibles! ¡Es bueno que se entere!
—Sí señor.
—No me responda como un autómata. ¡Piense! ¡Piense!
—Me ordenó que no pensara.
—Pero ahora le ordeno que piense. ¡Piense! ¿Puede pensar con ese pequeño cerebro de moco que tiene dentro de su deforme cráneo?
—Sí señor.
—¿Usted quiere ingresar a la institución?
—Si señor.
—Le esperan dos años duros de entrenamiento. Al lado de lo que le van a hacer en el campo de adiestramiento, el pequeño maíz en sus rodillas le va a parecer una bendición.
—No me importa, lo acepto.
—¿No le importa? ¡No me mienta más! ¡Nadie acepta que le claven maíz en las rodillas! ¡Nadie quiera que le rompan el culo a patadas durante dos años de entrenamiento! A lo sumo lo soporta, mientras se llena de odio contra sus torturadores. Usted va a llegar a odiarnos.
—No, señor, nunca odiaré a la institución.
—¡Diga su nombre!
—¡Amanda!
—¡Ese no es su nombre, mentirosa!
—Me llamo Amanda.
—¡Amanda! ¡Amanda! La que merece ser amada.
—Amanda.
—¡Qué mujer patética y ridícula! ¡Amanda! ¡Amanda! –Gritaba el inquisidor chillando agudo tratando de imitar la voz de una mujer–. ¿Y su amante secreto dónde está? ¿O se fue sin darle aviso?
—No tengo ningún amante.
—Mentira. Mentira. Mentira.
—No tengo ningún amante.
—Usted no va a pasar el examen de virginidad, lo sabemos.
—¿De qué me habla? –Amanda tuvo una expresión de horror.
—¿De qué le hablo? A las aspirantes aquí se le revisa el himen, si está roto, ¡afuera, puta! ¡Afuera puta! ¡No queremos putitas! ¡De eso le hablo!
—No soy prostituta.
—Veremos su himen.
—Mi himen está intacto.
—Yo mismo se lo voy a revisar cuando sea oportuno.
—Mi himen está intacto.
—¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ¡Deje de mentir! ¿No le da vergüenza? Le vuelvo a preguntar: ¿y su amante secreto dónde está? ¿Desapareció? ¿La dejó sin su virginidad y sola como una hembra insatisfecha? ¿Dónde está su amante, señorita?
—No tengo ningún amante.
—¿Y a quién le escribe esos poemas de amor?
—Yo no escribí ningún poema, señor.
—¡Uh! ¡Qué mujer mentirosa! ¡Dígame su nombre!
—Amanda.
—¿Está segura que ese es su nombre?
—Estoy segura, señor.
—¿Cuál es su apellido?
—Da Silva.
—¡Da Silva! ¡Da Silva! ¡Falso! ¡Falso! ¿No se da cuenta de que es un apellido falso?
—Me llamo Amanda Da Silva. —El interrogador subrayó con azul la respuesta.
—Amanda Da Silva. Hija de Anita Cruspaga. Hija de Miguel Da Silva. Todo falso, todo falso. ¡Falso! Nombres, apellidos, religión, sentimientos, virginidad. Falso. Usted no existe, señorita. Es un invento. Quédese ahí sentada y espere.
—¿No podría salir al pasillo? Aquí me ahogo.
—No, debe quedarse aquí y esperar el tiempo que sea necesario.
—Pero…
—“Pero” una mierda. Aquí no hay ningún “pero”. Acostúmbrese a escuchar una orden y acatarla. Aquí no hay lugar para el libre albedrío ni la disidencia; este no es el internado de las monjas donde puede hacer un caprichito y luego irse a tocar el organito con un viejo loco. Esta es una institución militar. La democracia es la enfermedad terminal de nuestra sociedad y el abono del comunismo. ¡Nada de democracia! ¡Nada de comunismo! Nuestro objetivo es perpetuar el orden natural de las cosas y no asistir a su destrucción. Si hace falta bombardeamos la Plaza de Mayo de nuevo y matamos quinientos o mil, lo que sea necesario. Aquí la democracia no tiene lugar. Odiamos la democracia. Si quiere democracia, váyase a comer mierda a su horrible villorrio, y si no, espere que bombardeemos la Plaza de Mayo y vaya a juntar cabezas para besuquear.
—El hombre cargó la pila de formularios y salió intempestivo por la puerta por la que había entrado.
Al dejar el despacho el burócrata, Amanda suspiró aliviada. Se concentró con un gran esfuerzo en el color de cada subrayado. Esos datos le daban una idea aproximada de cuál era el perfil de personalidad que habían elaborado.
Rojo: ¿significaba alerta? Siempre vinculado a «clara influencia materna». Anita estaba asociada al color rojo, y ella, a Anita. El hombre nunca la asoció a Miguel. En la primera entrevista dijo que no sabía de quién se trataba y le devolvió, despectivo, la tarjeta personal de Miguel. ¿Eso significaría algo que ella no alcanzaba a comprender?
Negro: ¿falso? ¿Cómo sabía ese tipo de su amor en la laguna? ¿Cómo podría saber el burócrata que ella escribió unos poemas? Y si sabía eso, sabía que le estaba mintiendo.
Verde: ¿satisfactorio? Subrayó con verde cuando comprobó que las respuestas eran las esperadas.
Azul: ¿Qué significaba azul? Solo subrayó la respuesta sobre su nombre con ese color. ¿Qué importancia podía tener la respuesta sobre su nombre?
Estaba realmente agotada. El calor era insoportable y la sed la atormentaba. Creyó que iba a desmayarse. Cuando sintió que sus fuerzas llegaban al límite, entró sonriente la mujer de la risa siniestra.
—¡Extraordinario! —le dijo y aplaudió—. ¡Perfecto! ¡Perfecto! Todo salió bien como predijeron los astros. Los astros han sido testigos de tu éxito.
Amanda recordó las advertencias de la mujer. Soportó, sin perder la calma, los largos minutos de humillación a los que la sometió su interrogador. Luego de escuchar a la mujer celebrando su éxito, trató de decir algo que tuviera algún sentido.
—¿Entonces él hará un buen informe sobre mí?
—¿Este hijo de puta? ¡No! ¡Para nada! Es un misógino de mierda, un maldito desgraciado. Ese va a escribir pestes en contra tuyo. Anda por los pasillos gritando «¡Las mujeres son una calamidad! ¡Las mujeres son una calamidad!». Solo le interesa la humillación total de las mujeres, a las que nos considera seres inferiores, un poco por encima de los monos, solo capaces de cocinar, lavar la ropa, criar hijos y vaciar sus testículos. Vos sabrás disculpar lo que te voy a decir, pero no encuentro mejores palabras que estas.
La bella señora, a medida que su lenguaje se volvía más vulgar, perdía la compostura e iba abandonando ese aspecto pulcro y sacramental que Amanda le conoció al principio, dejando paso a una apariencia ruda, de severos gestos cargados de femenina ira. Todo su cuerpo se transformaba a medida que hablaba del burócrata de cabeza de pepino y nariz de roedor.
—Dicen los que lo conocen desde hace tiempo que anda con un grupo de tipos, todos misóginos, pero que en realidad son todos putos, putos reprimidos, que cogen entre ellos, pero para mí, a estos, les cortaron el pito y los testículos apenas nacieron. Se los cortaron y se los tiraron a las ratas que primero comieron esa flácida carne, pero luego lo regurgitaron porque eran repugnantes, hedían a mierda vieja, a tejidos fofos, podridos e inmundos. No tienen ni testículos ni pene, mean por el tubito de una birome.
Amanda miró hacia un costado, desconcertada por lo que la mujer decía de su interrogador.
—Va a decir cualquier porquería de vos, nena, porque es un hijo de puta. Ni lo dudés. ¡Un flor de hijo de puta! Pero acá lo único que importa es lo que te dijo «El» jefe —con su dedo índice señaló hacia arriba—, el de los anteojitos negros, el almirante, porque ese es el almirante que está en contacto con todos los astros.
—¿Almirante? Creí que era solo un funcionario, no parecía militar.
—¡Ah no! ¡Flor de militar! Las apariencias engañan, ¿viste? El pavote ese parece un general y apenas es subteniente, y este parece un oficinista, pero es almirante. Tenés que verlo con el uniforme blanco. ¿Y cuándo se pone ese pañuelito negro a lo Nelson? Un vrai homme explosif.
—¿Un vrai homme explosif?
—Sí, querida, como te digo. Ese es uno de los jefes de jefes. Los jefes de verdad, no charlatanes como este paparulo. Si él quiere, vivís; si no, te manda a dormir al fondo del mar. Ese ya te había aprobado; todo esto del hijo de puta gritando porquerías es para satisfacer la vanidad de otro director que, si no mete la nariz, se siente menoscabado. Yo no sé por qué no se mete la nariz en el culo y se deja de joder a las aspirantes. En cambio, el almirante quiere lo mejor para vos. El almirante te viene estudiando hace tiempo.
—No entiendo. —Amanda buscó en su memoria algún hecho que le diera una pista sobre lo que la mujer le estaba diciendo.
—No importa. No importa, ¡Hablé de más! Como de costumbre, cuando entro en confianza. Olvidate de todo, ya estás adentro. ¡Te felicito! ¡Te felicito!
—Estoy un poco cansada. —Tomó aire para poder hablar.
—Me imagino, con esa mierda de ratón de oficina gritando como un loco. Te advirtieron los astros que un animal con apariencia de hombre te iba a atacar. Te lo advertí. ¿Viste que los astros nunca se equivocan? Por lo menos, agradeceme la advertencia.
Amanda le agradeció con una caricia sobre un hombro. Pensó que había pasado con éxito las dos entrevistas. Cumplió con lo que se había propuesto. Repasó en su memoria la entrevista con el supuesto almirante.
—El discurso del señor del que usted me dice que es un almirante fue muy raro, parecía una proclama estudiada.
—¡Ah! ¡Claro! ¿Te sorprendió? ¡Nadie repite a Mitre como él! Sabe de memoria todos sus discursos, sus arengas. ¡Y a Rivadavia…! ¡Ni te imaginás! Adora a Rivadavia, su alter ego, negro, chiquito y liberal como él. Si fuera por mí, me lo llevaría a la cama ahora mismo, ¡ahora mismo! —«J’aime les petits noirs qui sont amiraux», dijo y trató de sonrojarse. Pero falló. Dejó pasar unos segundos y, mirando a Amanda desde su altura, le dijo con voz grave y con total espontaneidad:
—Aquí no se le revisa el himen a ninguna mujer. Nuestra aptitud física no pasa por nuestra virginidad.
Amanda bajó la cabeza avergonzada. La ayudó a incorporarse y salieron juntas al amplio pasillo por el que había ingresado. El aire frío le devolvió algo de sus fuerzas.
Amanda le pidió un vaso de agua. La mujer volvió sobre sus pasos y entró nuevamente al pequeño despacho. Desde afuera se oyó con claridad que decía «trescientos treinta y tres. Tres, tres, tres» y rió indiscreta. Habló con alguien por teléfono. Pocos segundos después, un soldado trajo una jarra llena de agua fresca. Llenó un vaso que le entregó a Amanda y que ella bebió con desesperación.
—¿Otro, querida? —preguntó la mujer.
Amanda asintió. El soldado llenó nuevamente el vaso con deferencia, sonriendo mientras servía, y ella lo bebió de un solo trago.
—¡Fondo blanco! —gritó la mujer.
El soldado rió por alcahuete. Amanda devolvió el vaso al soldado, quien dio media vuelta y se retiró velozmente.
Ayudó a Amanda a subir al pequeño ascensor. Allí le puso un nuevo formulario en su mano.
—Con este tenés que venir en una semana. Vas a conocer a un director —señaló hacia arriba con el pulgar—. Un capo-capo. Ese va a firmar tu solicitud de ingreso. ¡Te felicito! Estuviste genial.
Amanda casi no podía hablar.
—Cuando necesités algo, venime a ver, no seas tímida. —Le puso su tarjeta personal en la mano—. Teneme como una amiga de verdad, estoy para ayudarte en lo que necesites, como hoy. El almirante se pondría muy contento de gozar de tu confianza. Estamos para ayudarte, recordalo.
Cuando el ascensor llegó a planta baja, el guardia abrió sus puertas e invitó a las dos mujeres a salir. La secretaria recuperó su pérfida sonrisa, abrazó a Amanda y estampó dos sonoros besos: uno en cada mejilla. «Au revoir», le dijo y se alejó en dirección contraria a la gran puerta de entrada al edificio.
Uno de los guardias ciclópeos que cuidaban la entrada del edificio, el que parecía más joven, la acompañó hacia la salida, la saludó con cortesía y la despidió, cerrando la enorme puerta detrás de ella apenas traspasó el umbral que daba a la larga escalinata que desembocaba en el camino del parque, que lucía más limpio y arreglado que en la oportunidad anterior.
Aunque Amanda no se había propuesto recordar el rostro de los doce soldados que, ataviados con ropa de fajina, barrían los jardines lentamente y con cuidadoso esmero, los reconoció de inmediato. Y volvió a tener la sensación de que desde algún piso superior eran observados con atención para saber si cumplían con celo su trabajo. Pero en esa oportunidad decidió voltear para observar las numerosas ventanas del frente del edificio y ubicar al mirón que debía estar asomado vigilando a la tropa y quizás a ella misma.
Allí estaba el hombre de cabeza en forma de pepino y nariz de roedor, quien parecía dispuesto a gritarle: «¿Qué mirás? ¡Desvirgada!».
Los soldados también alzaron la vista para observar al personaje asomado a la ventana del cuarto piso, pero de inmediato dejaron de mirar en esa dirección para vigilar la salida de Amanda hasta la puerta de la reja perimetral, a unos treinta o cuarenta metros de la entrada al edificio, sin dejar nunca de mover las escobillas de acero con las que recogían las hojas muertas de los enormes árboles del extenso jardín. 

***

XIV –

Para no volver 

Si algo permaneció grabado en la memoria de Amanda del interrogatorio al que la sometió el burócrata, fue lo que dijo de su amante en la laguna. «¿Y su amante secreto dónde está?», le preguntó en dos oportunidades. «¿Desapareció?», agregó solo por mortificarla o estaba al tanto de algo que ella ignoraba. Los groseros comentarios del burócrata sobre la integridad de su himen los descartó de su mente porque ello solo contribuía a enfurecerla y nublarle la razón, y eso no la ayudaba a entender qué le estaba pasando. A lo largo de su vida escucharía peores groserías que las referidas a su virginidad, y vería fechorías tremendas por las que sí hubiera matado sin la menor vacilación.
La pregunta era inevitable: ¿cómo sabía ese despreciable misógino con nariz de ratón de su amor? ¿Quién podría haberlo informado de algo que ninguna persona de su entorno conocía?
Ella no habló del asunto con nadie, no tenía ningún confidente, aunque reconocía que aquel encuentro con su amante a la salida de «El Secreto», la noche en que cantó para exorcizar sus tristezas y halagar a los lugareños, no fue todo lo discreto que debió haber sido. La discreción cedió a la pasión y ella lo sabía, porque esa noche no encontraba modo de recatarse, y bien podía haber ocurrido que uno o varios de aquellos desconocidos hayan visto al muchacho esperándola a metros del boliche, escondido en la oscuridad nocturna, para irse con ella hasta ese cuartito donde hicieron el amor por primera vez.
¿Podía él haberse jactado de la relación que los unía y que sus habladurías hubieran llegado a oídos del interrogador por accidente? No parecía posible de ninguna manera.
Que ese mequetrefe le enrostrara su juvenil amorío la llevó del temor a la bronca sin mediar ningún sentimiento intermedio. Pero lo que realmente le resultaba angustiante, incluso más allá del enojo contra el inquisidor, era la posibilidad de que su amante efectivamente hubiera desaparecido. ¿Podía haberse esfumado su hombre de ese modo? ¿Podía haberse marchado sin siquiera darle un aviso, dejarle un recado bajo la puerta, buscar la manera de advertirla? ¿Era eso posible? De solo pensarlo se estremecía de furia. Pero ¿y si estaba equivocada? ¿Qué debía creer? ¿Dónde debía buscar?
Cuando dejó el edificio, aquel donde rindió los dos exámenes ante su grosero examinador, y al que debía volver tan solo en una semana, se sentía realmente cansada e incluso le costaba pensar con claridad sobre el asunto. Fueron muchas horas de encierro, de temores, de calor sofocante, de tensión nerviosa, de falta de aire.
Su pulcro vestidito azul había quedado arrugado por las muchas horas que debió permanecer sentada en esa horrible e incómoda silla. Transpiró como nunca por el intenso calor que despedía el tubo fluorescente que iluminaba el pequeño despacho donde escuchó el sermón del supuesto almirante y padeció el interrogatorio del hombre con la cabeza con forma de pepino. El aire viciado llenó sus pulmones con esa rara mezcla de gases que carecían en gran medida del vital y refrescante oxígeno, lo que aumentó su fatiga con una rapidez que contribuyó a su letárgico estado.
Su peinado estaba reducido a un flequillo desprolijo que oscilaba de un lado al otro de su cara sin la menor gracia. Seguramente el burócrata no solo trató de hacerla fracasar en su examen, sino que se propuso dejarla con ese aspecto desencantador y, además, dejarle en la boca ese regusto a la hiel de la desconfianza, al intrigar contra su amante.
El fracaso hubiese sido un duro golpe para sus aspiraciones, pero que le hablaran de la ausencia de su amor de ese modo era un desafío que todavía no podía descifrar en toda su dimensión.
Caminó lentamente hasta la terminal ferroviaria siguiendo la línea paralela a la orilla del río que arribaba con ese inconfundible ruido del agua golpeando contra la tierra. Hacia el horizonte, se dejaban ver unas nubes como dedos y uñas, aferrados a la delgada línea que separaba el agua del cielo. Un poco del celeste tocaba el agua y deslizaba una espuma coloreada que se desvanecía a medida que el viento la empujaba hacia la orilla. En las orillas, unos rizos verdes temblaban movidos por ese viento que llegaba del este todavía cargado de las sales del tempestuoso mar.
Caminó cargando un estado de ánimo dividido en dos impulsos completamente distintos. Ambos pesaban de manera desigual en su desaliento. En un sentido, el relativo éxito de haber atravesado el interrogatorio sin que su inquisidor lograra hacerle perder el control de sus emociones a pesar de sus insolencias. Si la razón de esos malos tratos fue mostrarla díscola a la autoridad e incapaz de ser obediente, el bribón fracasó por completo. Cumplió con lo que se esperaba de ella.
Que su solicitud de ingreso fuera aceptada ya no dependía de su voluntad, ni del modo en que hubiera pasado el examen; incluso con las mejores calificaciones no tenía asegurada la aprobación. Esa decisión estaba en manos de personas de las que no tenía ni la más mínima referencia. Podían ser misóginos como el de la cabeza con forma de pepino, charlatanes como el supuesto almirante plagiador de Mitre, pérfidos, sonrientes como la edulcorada secretaria que la acariciaba con el solo propósito de alistarla no sabía para quién, o corpulentos de minúsculos cerebros como los gigantes que custodiaban la entrada del edificio. Era una incógnita con la que debería lidiar siete días completos. Al séptimo día descansaría.
Las palabras de la empleada podían darle un aliciente sobre el posible resultado final, pero no estaba del todo convencida de que ella le dijera la verdad con respecto a su admisión. Los intentos por reclutarla para ponerla al servicio del supuesto almirante acrecentaron su natural desconfianza hacia ella, y por eso decidió no dejarse llevar por los victoriosos augurios de la mujer, ni siquiera con sus magistrales invocaciones a la carta astral signada por el alineamiento magistral de los astros en las alturas del poder terrenal.
En sentido contrario, más trascendente que el primero, por lo menos hasta ese momento, estaba la angustia de esa ausencia que no comprendía. Y esa carga la hacía sentir como llevando un cuerpo muerto sobre sus pequeñas espaldas, un desesperante muerto que balanceaba los brazos y las piernas dificultando su marcha cuesta arriba hacia la lomada donde estaba alzada la arquitectura de la terminal ferroviaria.
«No comprendo tu ausencia. Desespero…», escribió una tarde a la vera de la laguna mientras lo esperaba en vano. Desde ese día la incomprensión se hizo recelo, y la desesperanza, enojo.
Reconocer que las cosas del querer no estaban sucediendo como ella deseaba le resultaba un dolor hasta entonces desconocido.
Y no se trataba de que era una persona que desconocía el verdadero dolor, ese «como del odio de Dios», como diría el peruano.
Supo del dolor desde pequeña. Podía sentirlo justo allí, en las entrañas, bajo el pequeño ombligo, en el vientre. Sobrellevó el dolor de la muerte temprana de Anita con llamativa entereza para apenas una niña. Si hasta fue ella quien dejó que su padre se apoyara en su pecho para llorar desconsolado y decirle a boca de jarro «mamá murió en el parto», como si solo estuviera informando de una trivial noticia ajena que lo había conmovido de manera peculiar.
Esos padecimientos de la orfandad que se mantuvieron a lo largo de los años de manera inalterable los pudo contener en las hondonadas de sus heridas en el alma, donde los tejidos del espíritu son sutiles aliviadores de esos sufrimientos. Y en cuanto a las cicatrices que le dejó ese dolor, profundas y numerosas, las llevó sin remordimientos, y le sirvieron para hacer de sus penas un alimento de su fuerza interior.
Que no hablara de la muerta no debía inducir a engaño. Nunca se trató de que hubiese dejado de sufrir por ella, que hubiera dejado de pensarla, de extrañar sus caricias, sus sonrisas, sus miradas. Simplemente, con el paso del tiempo, asistida por el abandono, había incorporado ese dolor a las compañías cotidianas, y andaba con él de aquí para allá sin que nadie se apercibiera de sus sufrimientos. Tal vez la jorobadita la comprendió porque compartían penas como panes, pero tampoco con ella hablaba de Anita. Estaba reservada a los pliegues más íntimos de su personalidad.
En cuanto ese dolor se volvía intenso, por un fortuito recuerdo como el aroma de un perfume o el sonido de una palabra, ella llevaba su mano justo ahí donde suena el corazón sus desilusiones, y acariciaba su pecho describiendo pequeños círculos con los que procuraba morigerar la dolencia.
El dolor por los largos años de abandono en el internado, en los oscuros días bajo la tutela de las monjas, también dejó su huella; el caprichoso alejamiento de su hermano propiciado por Eriseta; el abandono de Miguel de la casa natal y de los amorosos entornos del villorrio, con las caricias de Carmen y Francisco. Todos esos sucesos dieron forma a dolores diferentes, alojados en distintas partes del alma, pero que no nublaban su razonamiento.
Pero el dolor que le provocaba el amor era distinto, muy diferente. Le quitaba la paz y la hacía perder la perspectiva de muchas cosas. La ausencia tomó una dimensión desconocida, era un arpón que atravesaba su corazón repetidas veces, destinado a estremecer de dudas que hacían vacilar los besos que esperaban su instante para depositarse en los labios del amado. ¿Y si todo fue solo un juego para él? ¿Y si solo fue un momento entre sus cuerpos? Y cuando la ira partía desde su corazón y ascendía por su cuello hacia el cerebro, la duda la devolvía a la angustia de la simple ignorancia. Entonces balbuceaba: ¿y si estaba equivocada? Volvía a preguntarse: ¿en qué debía pensar? ¿En dónde debía buscar?
Se sentó en un banco de la estación terminal ferroviaria. Esperaba que el tiempo de espera hasta el arribo de la formación le trajera alguna forma de tranquilidad, algún sosiego o le permitiera reflexionar sobre algún suceso que había pasado por alto. Reconocía que, en los últimos días, pasar el examen, como se había comprometido, la distrajo no solo de las tareas habituales sino incluso de su enamoramiento. Tal vez él le dio su mensaje y ella no supo escucharlo; tal vez le insinuó un alejamiento y ella no quiso comprenderlo.
Extrajo de su pequeño bolso de mano la lapicera fuente de Anita y el cuaderno «Gloria» donde escribía sus versos y realizaba anotaciones que solo ella comprendía. Ahí estaban los poemas de amor de los que le habló su interrogador.
Retiró el capuchón de la lapicera y escribió apenas rozando la pluma con el papel:

¡Qué dolor este dolor! ¡Qué dolor este amor!6

Y unos renglones más abajo:

No volveré al lugar de nuestro amor,
¡No volveré jamás! ¡No volveré jamás!7

Una promesa que no podría cumplir. Luego tachó decepcionada los versos. Los reprochó apenas nacidos. No quería aferrarse a ninguna suposición.
Al cabo de un momento, repasando las hojas manuscritas de su cuaderno, volvió a su memoria el interrogador, hablando como un loro mal enseñado. «¿Y a quién le escribe esos poemas de amor?», recordaba. La espetó solo por fastidiarla. Y repitió para sí su respuesta: «Yo no escribí ningún poema, señor.» Mintió y volvería a mentir. Nunca le revelaría a ese ascético y retorcido burócrata sus intimidades.
«¡Uh! ¡Qué mujer mentirosa! ¡Qué mujer mentirosa! ¡Qué mujer mentirosa!», sonó tres veces en la memoria y no pudo dejar de preguntarse cómo sabía ese mequetrefe de sus versos.
Nunca se desprendió de su cuaderno y no recordaba ninguna oportunidad en que alguien hubiera podido hurgar en sus secretos. Ella lo hubiera detectado: era muy puntillosa y obsesiva con el cuidado de sus cosas personales, ni hablar de sus poemas que cuidaba como un modesto pero querido tesoro.
Cuando dormía, precavida, colocaba su pequeño bolso con el cuaderno y otras pertenencias debajo del colchón, justo al medio. Ella era de sueño liviano. Bastaba un ruido extraño en la madrugada para que se despertara al instante.
Nadie podría haber escurrido su mano por debajo del colchón y ella no haberlo notado. Para acceder a su contenido había que despertarla sin remedio, y si hubiera despertado y sorprendido a alguien pretendiendo hurtar sus preciadas pertenencias «Elga» habría venido en su ayuda. Hubiera bastado que gritara «¡Elga!», como tenía convenido con la vecina, para que la alemana Gertrudis acudiera portando la poderosa escopeta calibre 12.70 cargada ya con los cartuchos repletos de perdigones del mejor acero alemán. Nadie se saldría con la suya.
Todo el tiempo que estaba despierta, fuera a la mañana temprano, cuando se levantaba al alba; a la tarde de las intimidades en la laguna; o durante la cena y antes de dormir, lo llevaba con ella sin dejarlo nunca al alcance de nadie.
Las alemanas, sus protectoras, ignoraban que tenía esa especie de breve diario íntimo en el que asentaba algunos asuntos que le parecían trascendentes y en el que escribió esos versos sin destino. A Miguel jamás se lo hubiese confiado. Estaba segura de que él habría salido corriendo a contarle a Eriseta lo bien que escribía su hija. Y la vieja habría mandado a sus infalibles mosquitas que orbitaban su cabeza a robar el cuaderno de los poemas para frotarlos con agua y jabón en la rugosa tabla de lavar y quitarles todo aquello que a ella le pareciera indecente. Peor aún, imaginaba, lo habría arrojado a los inmundos bichos canasto que la pitonisa mentirosa colgaba del cuello de su hermano, para que ellos chuparan su poesía como prometía que chuparían «la asma», con lo que le devolverían la salud a Jorge.
No había ninguna otra persona cercana que pudiera haber develado ese secreto tan bien guardado. Ni siquiera su amor, porque a él nunca le mostró sus versos.
Por más vueltas que le diera al asunto no podía deducir de dónde el burócrata supo de sus poemas. Allí tuvo la primera aproximación al submundo de los informantes. Y aunque no los veía, no los podía reconocer, comprendió que pululaban alrededor suyo como si se tratara de las terrosas mariposas nocturnas, con sus caleidoscópicas figuras simétricas estampadas en sus alas y que se ocultaban en los rincones más absurdos para no ser percibidas. Solo seres con habilidades excepcionales podían haber incursionado entre sus preciadas posesiones.
Debió esperar el tren un largo rato, más de lo acostumbrado. Algunos pasajeros inquietos decían que un accidente vías arriba había detenido la marcha del convoy hacia la terminal suburbana, en el extremo opuesto a la terminal, allí donde los villorrios se hacían pampa abierta. Pero no se trató de un accidente, sino de una redada que la policía realizó contra dos supuestos peligrosos homicidas que merodeaban el fondo de los cuarteles, vaya a saber con qué intenciones, justo en las inmediaciones de la ranchada de Ramón y «La Mamaní». Se dijo que los soldados incluso habrían disparado contra los maleantes para amedrentarlos, aunque nadie podía asegurar que no hubieran acertado con sus balas.
Si los tipos cayeron durante su fechoría, nadie vio sus cadáveres. Deshacerse de un par de muertos en esas inmensidades despobladas de la unidad militar era tan fácil como deshacerse de una aguja en un pajar. Además, ¿quién ingresaría a los campos de adiestramiento de los militares a buscar los cadáveres de un par de tontos ladronzuelos que fueron a cometer sus fechorías allí donde, justamente, la milicada estaba atenta y vigilante y dispuesta a abrir fuego a la primera ocasión? El asunto quedó sumergido en cierto misterio que no mereció ser develado. La policía, por su parte, prefería no entrometerse nunca con los milicos; las más de las veces salía con el rabo entre las patas.
Cuando el tren arribó, estaba atestado de pobladores de las zonas más alejadas, que también se habían visto obligados a esperar la formación durante largo tiempo. Muchos de ellos venían de ese lado donde ocurrió el entrevero con los supuestos rufianes y comentaban el zafarrancho que se armó con la batida policial y la milicada lanzada a la cacería.
Venían a vender sus productos en una feria que se desplegaba algunos cientos de metros en dirección al río. Llegaban con sus cajones de frutas y verduras, y canastos de pollos que luchaban por asomar sus cabecitas que en poco tiempo serían cortadas por las filosas cuchillas de los carniceros, o quedarían colgando de los cogotes rotos por los poderosos dedos de los campesinos, que retorcían el pescuezo de las aves a pedido de las remilgadas señoras que se negaban a mirar el espectáculo.
Dulces y golosinas caseras esparcían sus perfumes por todos los vagones, en algunos de los cuales ya regateaban las viejas matronas que habían subido apenas el tren se detuvo, para comprar más barato los productos que exhibirían los viajeros una vez instalados en sus puestos.
Amanda se acomodó en un asiento cerca de la entrada al vagón para que el aire diera de lleno en su cara. Algunos minutos después el tren anunció su marcha haciendo sonar fuerte su silbato. Gritó cuatro o cinco veces con su metálica y aguda voz para dar tiempo a todas las matronas a bajarse de la formación con las gangas que habían obtenido atosigando a los más incrédulos productores que también debieron bajar a los apurones.
El tren partió lento y cadencioso hacia el suburbio. A pesar de su tamaño, de su peso y su poderosa locomotora, a poco de andar, su movimiento se hizo más suave y mecía a Amanda invitándola a un involuntario sueño.
De izquierda a derecha se bamboleaba con delicadeza, con la precisión de un metrónomo y con la elegancia del péndulo de un reloj de pie. El monótono tableteo de las ruedas de acero contra los rieles sobre los largos durmientes de quebracho sonaba cada vez más como una ruda canción de cuna. La formación se desplazaba constantemente a baja velocidad, lo que acentuaba aún más esa sensación narcótica del suave movimiento.
Amanda luchaba para que sus párpados no cedieran a la tentación de cerrarse para embarcarse en ese sueño que se ofrecía reparador. El sueño prometía alejarla del recuerdo del interrogador de cabeza con forma de pepino, de las groserías sobre su himen, de sus premeditadas descalificaciones. Esa invitación resultaba cada vez más difícil de rechazar.
Cada tanto sacudía su cabeza para alejar ese sopor que parecía poder dominarla, y también, cada tanto, se frotaba con las dos manos la cara. Las cuatro estaciones que precedían a la que ella debía descender parecían multiplicarse geométricamente y alargar el viaje indefinidamente. Cuanto más cerca creía estar, más lejos se sentía de su destino. Le pasaba como con el tiempo, cuando entre segundo y segundo se abría un abismo en el que todo se ralentizaba. Entre los vaivenes del viaje, sin darse cuenta, se quedó dormida, vencida por la fatiga del interrogatorio.
¿Dormir? ¿Soñar? ¿Dormir? Amanda no podía definir su verdadero estado. Cabeceaba torciendo el cuello hacia adelante, que cedía al peso de su cabeza. El cabello cortinaba desde su frente y su delicada boca se entreabrió buscando el aire que le faltó desde que entró al edificio donde rindió su examen. Al pequeño bolso de mano lo mantuvo aferrado con fuerza.
Una persona de rostro indefinido le tocó un hombro para despertarla. Era muy viejo, pero de una vejez extraña, nada parecida a la de los viejos que había conocido en esos años, los que se sentaban a tomar la fresca en el villorrio. Al anciano lo acompañaba una mujer de aspecto familiar, de similar altura, pero entrada en carnes y fornida. Amanda reparó en sus rudas manos.
El viejo se postró en un catre apenas cubierto con una manta que simulaba una bandera argentina. Era una cobija muy gastada, con un aparente sol bordado con hilos dorados, roído en su centro. Sus treinta y dos rayos señalaban el dominio de la patria en todas direcciones. El sol de la libertad salía para todos.
A Amanda la confundió la escena. Debajo del camastro se dejaba ver una escupidera enlozada que apenas lograba disimular una mancha de orín que iba corroyendo los arabescos estampados en la antigua baldosa.
La escena parecía pintada por Rembrandt. Una figura extraña, cuasi cadavérica, calva, ensimismada, a la que una tenue luz que llegaba por la ventanilla del tren le arrimaba algo de color a su piel exangüe. Un par de hombres recios, morochos, fornidos, sin ningún amaneramiento, ocultos entre sombras apenas tajeadas por brillitos que resbalaban de la piel del centenario como escamas en el aire, llegaron de un vagón contiguo para cerciorarse de que ningún peligro amenazaba a ese extraño espectro cadavérico.
El aparecido llamó varias veces a una mujer por el nombre de María de los Remedios y luego por el de Manuela. La mujer descendía una interminable escalera mientras un insoportable cloc cloc sonaba en el piso superior, de donde provenía. De allí bajaban unos gritos que asustaban. Sonaba una renguera seguida de tres babas de diablo. Una perversión grababa seis prolijas marcas en el lado derecho de una pistola calibre nueve milímetros con una navaja Victorinox.
La mujer, que parecía un ama de llaves, se acercaba sumisa y sonriente a la famélica figura que agitaba un pañuelo blanco como si estuviera dando una señal incomprensible. Entonces lo giraba hacia un costado y lo untaba en aceites y perfumes; luego apoyaba sobre la incipiente herida un apósito de varias capas de gasa, y cuidaba con esmero maternal que esas pequeñas lastimaduras no crecieran hasta volverse peligrosas escaras que penetraran las famélicas carnes que apenas tapizaban el hueso de la artrítica cadera.
Eso despertó la femenina curiosidad de Amanda, quien se acercó a los insólitos viajeros para observarlos de cerca. Veía el hueso pelado, la piel soportando el rigor de los isquiones en una posición que bien podría cortar los tejidos, pero sin sufrir laceraciones significativas. Seguramente se trataba de un milagro, creyó Amanda, llevada por la escena. Luego miró el rostro del espectro. Apreció sus dientes podridos, sus lagrimales resecos, su ajada piel.
El anciano empezó a parlotear como si estuviera dirigiéndose a un auditorio. Mientras discurseaba, agitaba aún más su pañuelo blanco y un grupo que se hacía llamar chispero rodeó al espectro con solemnidad y se puso a sus órdenes. Alguien dijo desde el fondo de una historia:
—Hay que esperar que las brevas maduren.
Lo último que escuchó fue:
—Nueve buscan once. Nueve por once es el camino.
Pero no comprendió el significado del mensaje. Se despidió de un hombre que llevaba una marca en el rostro. Y, mientras se alejaba en un automóvil, desenrolló un papelito apenas del tamaño de un envoltorio de caramelo que el marcado le dio antes de que partiera. Leyó lo que allí estaba escrito, escuchó el trueno de la luna que se le venía encima y lloró como no lo hacía desde la infancia.
Despertó en medio de una extraordinaria confusión, zamarreada por el hombro. El viejo, la mujer, el ruido del cloc cloc sonando desde sus misterios, el hombre con la marca en el rostro, el papelito del tamaño del envoltorio de un caramelo y sus lágrimas desaparecieron de golpe.
Miró extraviada al hombre real, al hombre gordo y corpulento de aspecto sencillo, vestido con un uniforme gris y que llevaba una gorra con visera del mismo color, que la zamarreaba para que despertara de su pesado sueño. El tren se detuvo en ese mismo momento en la estación en que Amanda debía descender. El silbato sonó y alguien gritó el nombre de la estación con todas sus fuerzas.
—¡Eh, muchacha! ¡Despierte! Tiene que bajar. ¡Despierte! ¡Despierte! —y, mientras la sacudía con fuerza, el inspector le gritó su nombre varias veces con toda su ronca voz de bajo para que se despabilara—. ¡Amanda! ¡Amanda! —repitió a viva voz.
Tuvo suerte de que la reconoció y de que sabía muy bien dónde bajaba; de lo contrario, habría llegado al fin del recorrido, en el extremo de ese suburbio que se hacía campo, en donde no conocía a nadie y nunca había estado.
La ayudó a levantarse y caminar en dirección a la puerta de salida del vagón. El cuerpo le pesaba y no podía mover las piernas con agilidad; estaba entumecida y paralizada por la resaca de su sueño.
Logró descender ayudada por el inspector porque sola no lo hubiera podido lograr. Pero no alcanzaba a hacer pie porque el tren había empezado a moverse para continuar su viaje. Cuando quería apoyar los dos pies sobre el piso del andén, el movimiento de la formación le impedía afirmarse.
Su brazo permanecía aferrado por la manota del hombre, quien no se animaba a soltarla, temiendo que la muchacha perdiera la estabilidad por completo y cayera bajo las ruedas del tren.
Cuando la formación tomó mayor velocidad, debió soltarla porque terminaría arrastrándola peligrosamente. La lanzó procurando alejarla del vagón; ella hizo varias cabriolas tratando de sostenerse en pie hasta que se fue al piso. Cayó despatarrada y, aunque quiso incorporarse, no logró ponerse de pie. Permaneció sentada mirando cómo se alejaba el tren, haciendo sonar su silbato. Pudo ver al inspector asomado aún a la puerta del vagón, inquieto por su suerte.
Otros pasajeros que ya habían descendido y estaban por abandonar el andén llegaron a su lado para ayudarla. La llamaban por su nombre y todos le preguntaban al mismo tiempo cómo se sentía. Pidió con un gesto que la ayudaran a incorporarse. Ya de pie, se acomodó la ropa, arregló como pudo su cabello pasando la mano por la cabeza, revisó que nada se hubiese perdido de su pequeño bolso y luego les pidió a los vecinos calma y trató de serenarse y tranquilizarlos.
—Solo fue un susto —dijo sin convencer a nadie.
—No te rompiste la cabeza de milagro. —Uno de los hombres que aún la sostenía por un brazo la observaba con detenimiento; no estaba convencido de que la muchacha hubiera salido ilesa de esa rodada.
—Debería ir al hospital. —Una señora insistía.
—¡Pudiste haberte matado! —Uno de boina verde dijo con tono grave.
—Solo fue un susto, no me lastimé. —Porfiaba Amanda para tranquilizar a sus preocupados samaritanos.
Recorría con la mirada y con las manos los antebrazos, los brazos, los hombros, los muslos y las rodillas, seguida por todos esos pares de ojos que buscaban algún rastro sangrante del duro revolcón. Tocó su cabeza en varias oportunidades buscando algún chichón, pero sabía que no había golpeado con la cabeza el duro piso de hormigón. No presentaba heridas ni grandes raspones. Unos cuantos magullones en las piernas eran el resultado visible de su caída.
Cuando le preguntaron qué le pasó, no sabía qué responder. La lipotimia fue responsabilizada por la caída.
—Ha sido un síncope, ha sido un síncope —repetía una abuela convencida de su diagnóstico.
Pero Amanda sabía que era un episodio vinculado a su reciente experiencia con aquel hombre cuya cabeza tenía forma de pepino.
No podía explicar a esos amables vecinos que la socorrieron ni la fatiga provocada por su interrogatorio ni ese sueño tan extraño. La lipotimia podía quedar como única responsable y eso no arruinaría su reputación. Al fin y al cabo, la lipotimia vino al mundo para desparramar a las personas de manera imprevista y dejarlas turulatas por los golpes que se daban al caer, dondequiera que se hallaran.
Solo la dejaron seguir su marcha después de comprobar que podía valerse por sí misma. Algunos insistieron en acompañarla hasta su casita o a la de las hermanas alemanas, adonde sabían que la muchacha solía parar. Pero ella rechazó la posibilidad con amabilidad. Aceptó un caramelo de miel que alguien le arrimó, ofreciéndolo como un santo remedio para los desmayos. Agradeció a los vecinos recuperando su sonrisa y, muy despacio, abandonó el andén en dirección a donde estaba su casa.
Pero no quería ir a su casa. Tampoco a la de las alemanas. Solo quería encontrar a su amor en la laguna.
Caminó lentamente por la calle de tierra en esa dirección. El sol caía a pique y mordía la tierra endurecida por el calor. Desde la distancia llegaban sordos ruidos de metales chocando unos contra otros. Y, más atrás de esos roncos ruidos ferrosos, el murmullo de maderas que se precipitaban desde sus alturas casi centenarias. Amanda olía el perfume de las enramadas que removían los límites de las aguas que se hacían barrosas a medida que los trabajos avanzaban.
El paisaje que encontró fue de llanto. Decenas de obreros talaban los altos árboles, empezando por sus fantásticas ramas, subidos en aquellas alturas magistrales. Los árboles lucían pelados de abajo arriba, como oscuras columnas hacia el cielo, esperando el asalto final de los hacheros.
Abajo, los camiones llegaban cargados desde el fondo de los cuarteles, algunos con escombros y otros con tierra. Desde temprano en la mañana estaban rellenando la laguna y, con la intensidad y dedicación con la que trabajaban, de seguro al día siguiente no quedaría de ella más que una pasta barrosa resecándose al sol.
Los golpes celestes de cielo se esfumaban tras las densas columnas de polvo que se alzaban cada vez que un camión soltaba su carga. Luego, como una alimaña descomunal, una pala mecánica esparcía la carga, distribuyéndola de manera pareja para que unos pisones del tamaño de unos elefantes apisonaran esas tierras y esos cascotes, nivelando el terreno.
En el lado opuesto a donde estaba parada Amanda y miraba absorta e incrédula a esos invasores de overoles marrones y borceguíes de cuero reseco, un gran cartel anunciaba el loteo de todas las hectáreas.
No solo su amor no estaba allí, como hubiera deseado, sino que la laguna de su infancia desaparecía al impulso del negocio inmobiliario.
Era una muerte completamente inesperada, sin aviso. Como una puñalada a traición, así sintió el filo del hacha que desmontaba a rabiar las arboledas menores de la altura de un hombre, junto con la guadaña que segaba las matas verdes que rodeaban ceremoniosas las riberas ya turbias de las aguas.
Fin de las fraternidades de los sapos, de los galopes de las hojas en las ramas, de los estampidos de polvo y los relámpagos de piedra. Fin de aquel tiempo del sonido azul del cielo sobre el agua, del secreto juego de la infancia y del secreto amor en la piel de los susurros, de las caricias mano a mano, del rocío en los besos de los labios mojados en las bocas.
La pequeña fauna de la laguna huía despavorida de toda esa destrucción; la primavera caía tumbada definitivamente; en un sarcófago de concreto, toda esa vida quedaría aprisionada para siempre.
—¿Y mi corazón? ¿Y mi amor? —pensó para sí Amanda, pero no tenía respuestas.
Ya no sería más un recatado pueblo a la vera del ferrocarril, diseñado para albergar las felicidades de unas pocas familias de trabajadores.
No tenía nada que decir entonces. El viento que llegaba de cal, de piedra, de arena y movimiento cerraba con su polvo la cicatriz de las calles aledañas que se rendían al asfalto que se les prometía en breve. Una levadura rocosa brotaba una extensión de cemento que ocultaba ese cráter de agua ensimismada definitivamente. Todo había cambiado y su amor no llegaba desde ningún lado. Con esa ausencia, que no podía explicar, que no sabía explicar, también parte de su propia historia se desvaneció como el polvo que se esparcía en todas direcciones.
Antes de partir miró por última vez a la laguna, o lo que quedaba de ella. Los obreros la miraron extrañados por su presencia y ella les devolvió una mirada que los hombres no se atrevieron a sostener. A pesar del trajín, se hizo un silencio extraordinario y todos permanecieron expectantes de lo que creían que estaba por ocurrir.

Pero Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Pero Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Pero Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Pero Amanda quiso correr, pero no pudo.

Volvió sobre sus pasos y se fue para ya no volver. 

***

XV – Todo cambia 

“Sufro y, sin embargo, aquí te espero fatigada de agonías”, escribió en el margen superior de su cuaderno la misma tarde en que descubrió el fin de la geografía de ese cráter de agua martirizado hasta desaparecer. Desaparecer se hizo verbo definitivo. Desaparecer fue la madre muerta en el parto. Desaparecer fue María rodando su cabeza tras la explosión de la bomba. Desaparecer fue la geografía en que se crio durante los primeros años. Desaparecer fue el amor al que se entregó la noche del canto en el “El Secreto”.
Desde esa turbulencia de máquinas y obreros le llegó como una confusión secreta; desde el incidente con nombre de progreso que deshacía su infancia de a terrones, de la indecencia de las ramadas muertas bajo el golpe de las intensas hachas, retornó hasta la casa que conservaba un plácido aspecto de domingo.
Caminar esa distancia entre el golpe que despedazaba el pasado y la pequeña casita de madera canadiense fue como atravesar el olor de las demoliciones y los enterramientos prematuros. Y el olvido empezó a tomar forma de voces muertas. Caminó distraída, esquivando las llagas que la calle de tierra entregaba a su paso en señal de derrota, viejo lenguaje encadenado a lo que ya no volvería a ser. El asfalto se prometía con sus crispaciones de hormigón entre dos espacios verdes que sobrevivieron en las veredas a cada lado de la calle.
Fue silenciosa, desértica de razones; ni boca, ni oreja, ni manos, ni qué decir de una pobre palabra negra del agua acuchillada allá más lejos. Pudo abrir la pequeña puertita blanca del jardín para entrar a la casa, pero no lo hizo. Allí se detuvo, a la altura de las sombras que unos jazmines del cabo insistían en derramar sobre el estrecho caminito, dibujo de olor negro entre la calle y la casa. Creyó que suspiró o que debió suspirar porque unas hojas repitieron el aliento por ella establecido. Sus nervaduras se tocaron con unas chispitas verdes que saltaron en distintas direcciones. La patria de los pastos se inclinó al percibir su pena y doblegó, solidaria, sus delgados verdes tallos. Luego esperó la quietud de quien no sabe qué hacer, ni a dónde partir, ni qué camino tomar.
Entonces decidió sentarse a la puerta de entrada del fresco jardincito cuidado por las alemanas. Tenía las piernas recogidas. Sobre sus muslos apoyó el pequeño bolso de mano y, sobre él, el cuaderno de los versos, como un testigo. Y allí escribió:
“Sufro y sin embargo aquí te espero fatigada de agonías”.
Luego agregó sin paz alguna:
“Aquí te espero (ilusa, creo que aún me amas)
Unidas mis dos manos como en rezo”.
¿Rezar? ¿Cuánto había dejado de rezar desde que ungió la redonda cabeza de la monja muerta sobre su breve falda la tarde de las alevosas agonías, cuando cayeron las bombas con sus racimos de muerte, aniquilando las vidas?
“Tiemblo de besos”, se dijo y garabateó a un costado de la misma hoja del cuaderno, como si hilvanara con tinta los hilos de una desdicha que agotaba su juvenil vitalidad.
Luego:
“Arrojados a la fría intemperie”
y allí los dejó, definitiva en su desconsuelo, helándose en su poema, irritados como la gota muerta de frío por la pulpa crujiente de la escarcha temprana de un invierno imposible.
Pasó su mano por la cabeza para acomodar su cabello que volvía a caer hacia la frente. Sus ojos buscaron las altas sombras de unos álamos que a su frente posaban como candelabros delante de los silencios de unas casas vecinas que permanecían con sus ventanas cerradas. Pero entre las ramas indemnes de esos álamos no halló ni una sola respuesta.
Por eso invocó aquellos versos escritos días antes:
“¡Qué dolor este dolor!
¡Qué dolor este amor!”
y los reescribió más abajo con su pequeña letra resbalando por la punta de la pluma.
Antes de que Gertrudis la descubriera, alcanzó a estampar líneas abajo:
Vacíos mis brazos de tus brazos,
Vacíos tus labios de mis labios,
Vacíos mis ojos de tus ojos,
Qué lejos estás. Qué lejos estoy. Qué lejos estamos.
¡Y todavía quiero creer que aún me amas!8
La mayor de las hermanas la observó allí sentada, solitaria, ajena. Si Amanda estaba feliz, iba primero hacia las dos mujeres a besarse y abrazarse como a su propia familia, y a hablar de cualquier cosa que se les ocurriera. Pero si estaba triste, se apartaba de todos, se volvía sobre sí misma, se encapsulaba, se recubría como de un cuero tutelar que la asilaba del mundo exterior por ese instante inasible. Luego volvía a la luz desde sus penumbras.
La conocía de sobra y aprendió a reconocer la oportunidad en que no debía interrumpir esos silencios íntimos de la muchacha. Los descifró cuando hacían un comentario sobre Anita. Entonces Amanda callaba y trazaba como un círculo impenetrable alrededor suyo. Luego el círculo mágico desaparecía y ella recobraba la expresión en el rostro.
Gertrudis aprendió a recatarse si estaba en ese trance. Prefirió retirarse para llamarla desde la casa, como si la hubiera visto por accidente.
Volvió a la casa y buscó a su hermana, le avisó de la presencia de Amanda, de su estado de ensimismamiento, y en voz muy baja le recordó el sobre con dinero que Miguel esa misma mañana dejó para entregarle a la muchacha. En el sobre no había ningún mensaje y solo dejó dicho que la llamaría.
Se asomó a la ventana que daba al jardín y la llamó cuidando que el tono de su voz siempre fuera amable y sereno.
—¿Amanda? —preguntó discreta. Amanda giró para mirarla y sonrió al verla. Con su mano señaló en dirección a la laguna.
—¿Qué pasó? —dijo tan triste como furiosa. Gertrudis comprendió el sonido de esa voz que no podía disimular su desencanto.
—¿Con qué? —preguntó la menor de las hermanas, quien también se asomó a la ventana para observar a la muchacha.
—Con la laguna.
—La laguna… —dijo Gertrudis y se tomó su tiempo para que la palabra adquiriera su propio sentido.
—La laguna… —repitió—. Loteo, loteo.
Confirmó lo que ya le había dicho.
—Loteo, maldito loteo —maldijo Amanda.
—Van a lotear todos los campos. Tierras fiscales para viviendas.
—¿Todos sabían que iban a rellenar la laguna?
—Pasaron estos días avisando a los vecinos que empezaba la obra.
—Yo no sabía nada.
—Estabas muy preocupada de tu examen.
—Es cierto.
—Luego de que rellenen la laguna se hará el remate.
—¡Qué apuro! —suspiró Amanda, desencantada.
—Habrás visto el cartel anunciando la subasta.
Amanda movió afirmativamente la cabeza.
—¡Progreso! ¡Progreso! —exclamó la otra mujer con euforia. Pero la muchacha no compartía su entusiasmo.
—¡Estamos en tren a solo veinte minutos de la ciudad! Es un buen lugar no muy alejado del centro, conveniente para mucha gente que quiere hacer su propia casa. ¡Progreso, Amanda! Deberías alegrarte.
Amanda sonrió por compromiso.
—Primero el loteo y luego el asfalto —dijo Gertrudis—. Nuestra calle será una de las primeras que van a asfaltar porque desemboca en la avenida, y la avenida corre entre dos grandes caminos. De un lado la gran avenida de circunvalación de la ciudad, y del otro los cuarteles. Nos pondrán el agua corriente a todos por aquí hasta el fondo de la legua.
—¡Qué bendición! —exclamó la menor de las hermanas—. ¡Basta de tener que bombear agua hasta de madrugada!
—El gas natural, en cambio, tardará algo más.
—¡Ese sí que será un progreso! ¡Basta de lidiar con los enormes tubos de gas y con el querosén!
—Habrá que esperar. —Gertrudis impuso calma con su voz—. Somos gente paciente. Sabemos esperar las cosas buenas porque conocimos las muy malas.
Amanda sabía que hablaba de la guerra. Entonces volvió de su recogimiento.
—Dicen que vendrán muchas empresas importantes a instalarse por toda la zona. Están sembrando naranjos salvajes para embellecerla.
—¿Qué empresas?
—Textiles, metalúrgicas, varias. Habrá trabajo para muchos obreros.
La menor aplaudió festejando el anuncio.
Gertrudis agregó como si estuviera en misa:
—¡Qué bueno! Las buenas noticias siempre son bienvenidas. Gertrudis sonrió con discreción. La hermana le arrimó el sobre con el dinero a Amanda.
—¿Y esto?
—Tu padre —dijo Gertrudis.
—¿No dejó dicho nada?
—Que te llamaría más tarde.
Se encogió de hombros.
Las alemanas la invitaron a entrar a la casa. Amanda aceptó, tenía el estómago vacío y no había bebido nada desde la mañana muy temprano, salvo los dos vasos de agua que le sirvió el soldado que reía por alcahuete. Necesitaba reposar para poder pensar.
—¿Y esos cardenales en tus piernas?
Gertrudis los observó desparramados aquí y allí debajo de las rodillas de Amanda.
—Me llevé una silla por delante en la oficina donde rendí mi examen. Estaba algo nerviosa.
Mintió ocultando el incidente de su caída en el andén.
—¡Qué descuidada!
Gertrudis la revisó con cuidado, pero no halló ninguna lastimadura importante. Eran machucones y raspaduras.
—Sed y hambre, ¿verdad?
—Verdad.
—Se te ve en la cara.
Se pasó las manos por el rostro como si así pudiera borrar su expresión y cambiarla por otra.
Gertrudis preparó limonada. Usó varios dorados y redondos limones de su planta de cuatro estaciones. El agua helada mejoraba el sabor del cítrico mezclado con el azúcar. Bebió dos vasos casi sin respirar. La limonada era refrescante.
Unos trozos carnosos de rico jamón crudo llenaron de sabor su boca. La sal excitó sus papilas y recobró algo de ánimo.
La hermana menor empezó a cocinar una carne de cerdo para celebrar el éxito de la entrevista. Sobre la mesa una ensalada ya estaba lista para acompañar la carne. A su lado, dos panes caseros que les traía una paisana del fondo de la legua, lucían dorados y crujientes.
Las alemanas querían detalles, pero ella permaneció en silencio. Ellas podían reconocer sus estados de ánimo, así que prefirieron no fastidiarla con sus preguntas. Ya habría tiempo para hablar de eso y otras cosas.
—Muy cansada la muchacha —dijo la menor de las hermanas.
Asintió.
—Entonces come y luego descansa. –Aprobó la propuesta. Se reclinó sobre el respaldo de la silla y se dejó entretener por el sonido de la carne cociéndose en la enorme y gruesa cacerola de hierro. El aroma de los condimentos llenó la cocina y las tres mujeres permanecieron en silencio. 

***

XVI – Ni un solo disparo 

El día de la última entrevista había llegado y estaba preparada para ella. Fuera el supuesto almirante o el insoportable interrogador con la cabeza en forma de pepino, la reunión no sería un problema. Confiaba en su éxito porque su confianza estaba basada en su convencimiento. Sabía perfectamente la importancia que tenía aprobar ese último examen. Había llegado muy cerca de su objetivo y no iba a fracasar en el último tramo hacia él. Solo la ausencia de su amante y no tener ni la menor noticia de él le impedía alcanzar una completa serenidad
La semana que debió esperar para presentarse ante sus examinadores y saber de la suerte de su admisión se le hizo interminable. Para peor, esa ausencia le dejó una bola que oprimía su garganta como una mano aferrada a su cuello. Sin confidentes, con esa amargura atravesada en la laringe, pasó esos días recluida escuchando los discos de pasta que Anita compró poco antes de morir y que se conservaban en perfecto estado. Cantó “Uno” repetidas veces porque de eso se trataba: de buscar, llena de esperanzas, el camino de sus sueños. Quiso escuchar “El día que me quieras”, pero no pudo. Prefirió la tremenda amargura de Discépolo en la música de Mores que el romance que le proponían Gardel y Lepera. Así estaba su ánimo.
A pesar de su promesa de que se comunicaría para hablar con ella, Miguel no la llamó. Lo hizo deliberadamente.
Hubiese preferido hablar con él antes de presentarse ante sus censores. Pero Miguel brilló por su ausencia. Amanda no estaba sorprendida por su actitud, sino por el aparente desinterés por la suerte de su segundo examen y por esa última entrevista. Él la había convencido de que se presentara para obtener una vacante en esa institución diciéndole que allí había trabajado su madre, y ese no fue un incentivo menor.
Atribuyó su deserción a esa conducta de forastero que había repetido en muchas oportunidades desde que la internó en el colegio de monjas.
Miguel Forastero.
Miguel Extraño.
Miguel Anónimo.
“Llámalo como quieras, él nunca sabrá cómo estar a tu lado”, escribió en un apartado de su cuaderno “Gloria”, y más abajo “los hombres siempre repiten sus conductas”. Nadie más que ella hubiera comprendido el significado de esas palabras. Pero a pesar de lo que ella suponía eran las razones para la ausencia de Miguel, estaba lejos de sospechar siquiera los verdaderos motivos del comportamiento de su padre. Desconocía aún que la crueldad se había elevado a razón de familia, poderosa porque se basaba en el principio de la consanguinidad. “No eres sangre de mi sangre”, justificación del repudio en boca de Eriseta.
El arbitrio de la crueldad se justificaba en la salvaguarda de la progenie, y con ese arbitrio como un filoso escalpelo, se cortarían para siempre los vasos comunicantes de Amanda, amputando una parte crucial de su pasado próximo.
Aunque Miguel no lo expresara, por cobardía o por comodidad, el tiempo del adiós había comenzado a correr desde el momento en que indujo a Amanda a presentarse como aspirante en la Agencia y convenció a Jorge para que retornara a la casa familiar. Los términos de esa conversación Amanda nunca los supo; las lágrimas de su hermano y su intenso abrazo de despedida no le dieron la pista necesaria para descifrar lo que estaba por ocurrir.
Miguel, a partir de entonces, construyó una ausencia en la que se amalgamaban por partes iguales hipocresía y molicie. La hipocresía lo blindaba para no enfrentar a Amanda. La molicie lo justificaba en su desidia. “Hoy no, mañana sí”, “mañana no, pasado sí”, “pasado no, alguna vez será” fue el modo de esquivar el momento de encarar a su hija. Por eso se trató de una ausencia premeditada; así lo intuyó ella.
Miguel se encaminaba a la fechoría del completo abandono y sus silencios y ausencias eran una encubierta manera de anunciar el crimen que todavía no se animaba a consumar. Escribiría Amanda muchos años después: “Un proyecto de delito contra los sentimientos”, una forma premeditada de homicidio de los afectos.
Matar por desamor, predicaba Eriseta, resultaba plausible si eso despejaba el camino de la herencia. Había un heredero y no dos. Muerta Anita, incorporada Amanda a la institución, no habría nadie que pudiera reprocharle su conducta. Jorge era apenas un díscolo imberbe que no sabía qué quería hacer de su vida.
Así aleccionaba al vacilante padre en los asuntos de la sucesión paterna. Y Miguel se fue convenciendo de lo atinado de aquellas conclusiones a las que había arribado su madre durante esos últimos meses.
Podía parecer cruel, pero las más de las veces las buenas empresas comienzan siempre con un acto de crueldad manifiesta. Así le habló Eriseta y remató afirmando: “nadie nunca murió de una simple verdad”. El arbitrio de la crueldad como instrumento había conquistado el razonamiento de su hijo.
Pero Amanda tenía sus propios parámetros para los sentimientos, todos alejados de cualquier forma de la crueldad. Para Amanda el problema no era la herencia sino el amor.
No toleró nunca la crueldad, y por eso cuidó de “su” reliquia como a la más preciada joya que jamás hubiera podido tener. Por amor y no por obligación, gran diferencia. Por eso fue una figura clave en la protección del ilustre. Y eso que en ello le fue la vida.
Protegió a Encarnación, como pudo, hasta que murió luego de esa golpiza brutal, y hubiera matado por Guadalupe las veces que fuera necesario a sabiendas de que la esperaría el infierno por el pecado capital. El suboficial “Pérez” fue quien no se lo permitió por temor a echar a perder los esfuerzos por mantener con vida la esencia de la enseña patria. Sin sospecharlo entonces, fue él, al final, quien, llevado por las circunstancias, cumpliría aquel acto que Amanda le reclamó el día en que abandonó para siempre la mansión y que él, sin verdadera convicción, había jurado cumplir.
Para ella, amar no era un problema de oportunidad. Los sentimientos de Amanda estaban en correspondencia con sus ideas más profundas, las que le inculcó Anita en sus primeros y cruciales años de vida. Ser solidaria, leal, modesta y amorosa. Ser agradecida del otro. Y ella recordaba, si no todas, casi por completo esas enseñanzas que nutrieron los días de la infancia bajo la tutela de su madre. Las escuchó en argentino, en francés y en inglés, y las repitió en cada uno de esos tres idiomas. Las enseñanzas de su madre nunca fueron botadas de su espíritu.
Muñida de ese aprendizaje, en sus pocos años de vida, se forjó en la fragua contra el asqueroso oportunismo. Y en esa prodigiosa fragua modeló sus sentimientos. Ellos se abrían paso desde la substancia de su persona; por eso eran robustos (porque ella era emocionalmente robusta) y tendían a arraigar como los añosos árboles que soportan todo tipo de tormentas.
Eran sentimientos con forma y materia, potentes sentimientos librados a la acción del amor y a los actos propios del amor, y no sabían darse por vencidos. Incluso siendo una niña pequeña, para salvaguardarlos ahorró lágrimas, disipó rencores y supo concentrarse en los espacios del cariño para no sufrir innecesariamente.
Pese a todas sus felonías, Amanda siempre amaría de alguna manera a Miguel por cada uno de los amorosos momentos que le prodigó en su primera infancia. Después que lloró contra su pecho ese aciago día de la muerte de Anita, Miguel sería disculpado por ternura de todas sus fechorías contra sus sentimientos. Y eso que Amanda no sabía que la más cruel de todas ellas estaba por presentarse con sus tripas al aire.
Ella, que era noble, no era incrédula. Intuía las distancias que se agrandaban cada vez más con su padre. Podía desconocer la sustancia de sus actos, pero sabía interpretarlos tan bien como cualquier partitura que ejecutó durante los años bajo la tutela del cura concertista. Ella podía verlo alejarse sonriendo, como si nada ocurriera, hacia un lugar en el que Amanda definitivamente no tenía cabida.
Se había preparado largamente para cualquier traición que Miguel cometiera en su contra, porque detrás de él veía las mosquitas indecentes que orbitaban la cabeza de Eriseta, diciéndole lo que podía y no podía hacer, lo que podía y no podía decir, lo que debía y no debía amar. Y ella estaba entre las cosas que se podían descartar para toda la vida. Estaba resignada desde hacía tiempo a eso. ¡Si por eso ella huyó de los dominios absolutos de la abuela!
Y en cuanto a su hermano, nada cortaría ese nudo gordiano que los uniría en el amor hasta la muerte, aunque no se pudieran mirar el uno al otro a los ojos y aunque estuvieran separados a cientos de kilómetros. El día que Jorge murió a manos de su corazón, ella sintió desde su encierro y enigmática distancia cómo una parte suya también moría por un coágulo de muerte en las estrechas coronarias de su hermano.
Así que ese día de la última entrevista la encontró sola; “solita mi alma”, le diría Anita si viviera. Y así encararía ese futuro: “solita mi alma, como ha sido siempre”.
Debía presentarse a las 15 horas, con absoluta puntualidad. El retraso era penado con la exclusión. La consigna era clara: si la aspirante no podía ser puntual para una simple entrevista, ¿cómo lo sería si el Estado la convocara para tutelar su integridad? Por encima del Estado, Dios. De ahí para bajo, todo debía servir a su sustento.
Esa mañana desayunó con las alemanas. Gertrudis estaba inquieta por la suerte de Amanda en su audiencia, pero ella estaba serena.
La menor de las alemanas se desentendió del desayuno; solo le preocupaba limpiar todo lo que encontrara a su paso. Ya tenía listo el lampazo con gotas de querosene para sacarle lustre a la vereda
Luego limpiaría la casa de Amanda.
La muchacha le rogó en infinidad de oportunidades que no lo hiciera más, que ella estaba en perfectas condiciones para ocuparse de su casa. Pero no hubo forma de convencer a la tozuda mujer. Ella había asumido ese compromiso ante Miguel y por nada del mundo dejaría de cumplirlo.
“Ich bin ein wahrr Deeutscher der Wolga. ¿Was erwartest du von mir?”, respondía cada vez que Amanda sugería la idea de que ya no se ocupara de limpiar su hogar. Gertrudis se encargaba de traducirle esas palabras y la muchacha debía darse por vencida. Ese era el círculo perfecto que se describía cada vez que se hablaba del asunto de la limpieza de la modesta casita de madera canadiense. Ella rogaba, la menor de las hermanas se justificaba, Gertrudis traducía y Amanda se daba por vencida.
Planificó qué haría al regreso de la entrevista y en las próximas semanas. Contaba con ese tiempo para ordenar algunos asuntos que le preocupaban. En uno de los formularios de los tantos que debió llenar para entretener a cada burócrata de cada repartición, estaba escrito que el entrenamiento comenzaba en marzo de cada uno de los dos años que duraba el curso preparatorio. Para marzo faltaba un buen tiempo.
Si Miguel no daba señales de vida iría a buscarlo. Quería saber de Jorge luego de su escandalosa fuga de la casa y su lacrimógena retirada de la casita a manos de Miguel. Se moría de curiosidad por saber cómo su padre lo había convencido para que retornara al palacete de Caballito —sabía que su hermano no le iba a ocultar esa conversación—, a los dominios de la abuela Eriseta, la que soñaba con tener un nieto militar y que tocara el piano.
A la tarde de ese mismo día, había prometido amasar junto a Gertrudis para ayudarla con el strudel de manzana, una delicia que a Amanda le resultaba irresistible y que sería el postre de esa cena. Las hermanas prepararían su “kartoffel und klei” y cerdo dorado. Lo acompañarían con “sauerkraut”, que Amanda siempre disfrutó, incluso desde la primera oportunidad en que lo probó, a pesar de que su paladar estaba restringido a las pocas, variadas y austeras comidas del internado.
Repasó el formulario que debía presentar. Había rellenado todos los casilleros con prolijidad. Era sencillo. Debía completarlo con su nombre, apellido, fecha de nacimiento y otros datos filiatorios, estudios y aptitudes. En la parte inferior de la hoja, sobre una línea punteada, debía estampar su firma; más abajo, la aclaración y luego el número de su Libreta Cívica. En el anverso debía notificarse de una severa declaración de confidencialidad. Todo estaba en orden.
Pero para ese día decidió cambiar su viaje. Primero tomaría el colectivo para llegar hasta la gran avenida a visitar unos negocios de telas, en los que deseaba encontrar algún corte que le sirviera para confeccionar un nuevo vestido, y luego viajaría en tren usando el otro ramal ferroviario. Decidió no almorzar, por lo que Gertrudis le preparó un tentempié para que no fuera con el estómago vacío. De todos modos, Amanda ese mediodía no tenía demasiada hambre.
Se despidió con un beso a cada una de las hermanas en cada una de sus mejillas, y ellas la abrazaron emocionadas.
El día era soleado y, a pesar de que apenas habían pasado algo más de treinta minutos del mediodía y el sol caía a pique, el calor no era abrumador. Un suave viento llegaba desde el fondo de la legua cargado del polvo de los camiones repletos de la tierra para el rellenado de la pequeña laguna. Todavía se oían los ruidosos choques de metales de las mastodónticas máquinas y el crujir de las ramas aplastadas por las orugas de la grúa.
En la esquina de su casa esperó el colectivo. Lo divisó a lo lejos, llegando desde la zona de los cuarteles. Aunque no podía ver con claridad debido a la distancia y al polvo que levantaba el colectivo sobre la calle de tierra, le pareció que la apariencia del chofer no se correspondía con la del corpulento Ramón. El español era inconfundible, arrepollado sobre el pequeño asiento, tomando con sus inmensas manos el volante del colectivo que entre ellas parecía un modesto aro, encorvado para poder entrar en su butaca. En cambio, la silueta que distinguía a la distancia era muy diferente: como la de un hombre de talla común, ni la mitad de Ramón.
A medida que el colectivo se aproximaba a la esquina donde ella esperaba, esa imagen se hizo más definida. Quien conducía el colectivo era otro hombre, alguien que no había visto en ninguna otra oportunidad desde que regresó al barrio.
El chofer detuvo su marcha para permitir que Amanda ascendiera.
Lo miró en detalle con algo de desconfianza. Viajar con Ramón se le había hecho un hábito agradable, él siempre era afable y tenía hacia ella una actitud protectora, no como un padre, sino como un soldado, como ella sabía fue en la guerra civil del lado de los republicanos.
Este, en cambio, era un hombre osco, de voz ronca y mirada esquiva. A pesar de estar sentado al volante, Amanda dedujo que era de altura media. La piel de su rostro estaba muy tostada por el sol y surcada por profundas arrugas. Su cabello era entrecano pero ralo, de cejas gruesas y muy negras, sobre unos ojos también negros, no muy grandes. La nariz aguileña tampoco era demasiado grande y, más abajo, labios delgados cuarteados tal vez del sol y el viento. Llevaba varios días sin afeitar, lo que le daba un aspecto algo desprolijo. Ramón, en cambio, siempre lucía impecable. Usaba una camisa de trabajo de color marrón, pañuelo rojo al cuello, pantalón al tono y alpargatas negras. Por su aspecto, Amanda hubiera jurado que era un campesino o un peón rural que estaba cubriendo la ausencia de Ramón.
—Buen día.
Amanda saludó y pagó su boleto con una moneda de diez centavos.
—Buen día, señorita —respondió el chofer sin levantar demasiado la voz, como si no quisiera molestar a los pocos pasajeros que llevaba en su viaje.
El hombre no conocía a la muchacha, vivía en una zona alejada del villorrio, más allá de los campos del ejército. Tres hombres viajaban también como Amanda en dirección a la gran avenida.
En el primer asiento, un anciano que llevaba un sombrero de fieltro de color negro con una cinta roja rodeando la copa. El ala estaba algo arrugada y dibujaba unas ondas que se sucedían a lo largo de todo el borde, tal vez porque en alguna oportunidad se había mojado y había quedado algo deformado. Vestía pañuelo al tono y camisa blanca; pantalón bombacha negro y alpargatas del mismo color. De cara redonda y mofletes colorados, sus ojos eran pequeños y brillantes. Observó el ascenso de Amanda con atención y una sonrisa tranquila. Su nariz era bastante prominente y el escaso bigote que se asomaba debajo de ella parecía aprisionado entre la narizota y la boca de labios carnosos. Cuando abría la boca para hablar o reír, se veía que le faltaban varios dientes, lo que le daba un aspecto curioso.
A su lado estaba sentado otro hombre, calvo, sin sombrero, quien llevaba la mitad de un cigarro Avanti sobre su oreja derecha y otra mitad, apagada, en su mano. De rostro alargado, tenía la nariz ancha y colorada, y los labios manchados por el tabaco del cigarro. Era algo orejón, pero sin exagerar. Su pescuezo era largo y, en medio, una vistosa nuez de Adán cuyo volumen parecía exagerado por las sombras que la barba mal afeitada dibujaba alrededor suyo. Vestía camisa azul abotonada hasta el cuello y bombacha del mismo color. Calzaba unos zapatones del tipo de los que usaban los obreros de vía y obra del ferrocarril.
El tercer pasajero estaba sentado en el último asiento del fondo. Parecía alto y delgado. De cara alargada, pequeños ojos achinados bajo dos pobladas cejas, nariz no muy pronunciada, gruesos bigotes y boca grande, tal vez demasiado grande. Su cuello era ancho y anchas sus espaldas. Su tórax era amplio y daba la impresión de ser un hombre que se había dedicado a trabajos pesados. Sus manos eran grandes y sus dedos, curtidos y repletos de callos de distintos tamaños, sin duda porque a lo largo de su vida se había visto ligado a realizar trabajos muy diferentes.
Llevaba una boina negra algo ladeada hacia la izquierda, camisa blanca y colorido pañuelo al cuello. Su bombacha era de color marrón, las alpargatas negras y llevaba una faja de lana de color negro a la cintura, bien ajustada. Los tres hablaban a los gritos porque uno era más sordo que el otro. El chofer parecía indiferente al cotorreo de los hombres.
—Buen día —respondieron los pasajeros, cada uno a su turno, al saludo de Amanda.
Los que llevaban sombrero se descubrieron al saludar a la muchacha.
—¿Y Ramón? ¿Está enfermo? —le preguntó Amanda al chofer y permaneció inquieta, de pie al lado de su asiento.
—No —dijo el hombre, que calló sin agregar palabra alguna.
Miró de costado a la muchacha. Parecía que la pregunta lo había molestado.
Los tres pasajeros prestaban atención al diálogo, pero en silencio. Solo movían sus cabezas de un lado al otro, seguramente por el meneo del colectivo, que se zarandeaba suavemente por las irregularidades de la calle de tierra en la que había quedado impresa la huella que ese mismo colectivo hizo los días de lluvia.
—¿No está enfermo? Qué suerte, me alegro por ello. Tal vez descansa —dijo Amanda.
—No, señorita. No descansa.
El chofer puso en marcha el colectivo y respondió sin apartar la vista del camino.
—¿Entonces? —preguntó Amanda, realmente intrigada.
—¿Entonces, señorita? —respondió el chofer con fastidio—. Entonces estoy manejando, señorita. Si quiere noticias ponga la radio que allí la van a saber informar.
—Lo siento, no quise molestarlo.
Amanda se sonrojó. Se disculpó con modestia. Le llamó la atención el mal humor del hombre.
—Pensé que usted tal vez supiera qué le ocurrió.
En el rostro del hombre se dibujó una cínica sonrisa.
—¿Quiere saber de verdad qué le pasó a su amigo Ramón, señorita? —dijo, sibilino, para acicatear la curiosidad de la muchacha.
—Si usted pudiera decirme se lo agradecería. Conozco a Ramón y siempre fue muy amable conmigo, un buen hombre, educado y trabajador.
El chofer suplente inhaló con fuerza el aire que entraba por la puerta del colectivo. Guardó ese aire por unos segundos y luego lo exhaló haciendo un leve ruidito por la nariz. Se tomó su tiempo para responder, buscó crear suspenso en la muchacha. Y Amanda esperaba con ansiedad sus palabras.
Luego, mirándola por el espejo a su frente por encima de su cabeza, le dijo con su ronca voz arenosa y con toda seriedad:
—Fugado.
Y ni una palabra más.
—¿Cómo?
Amanda, confundida, creyó no haber escuchado bien la palabra que el hombre le dijo.
—Fugado, escapado.
—¿Fugado? —preguntó.
—Fugado. ¿Sabe lo que es fugado?
Y movió una mano varias veces para explicarle que Ramón se había escapado corriendo.
—Es que no comprendo.
—¿Cómo que no comprende?
El hombre se alzó de hombros y miró nuevamente de soslayo a Amanda.
—No es difícil, señorita. Está profugado, como dicen los leguleyos. Escapado de la policía. Prófugo, así de simple. Vulgar prófugo.
Los tres pasajeros movieron afirmativamente sus cabezas para dar crédito a las palabras del chofer.
—¿Cómo que está prófugo?
Amanda no pudo ocultar su zozobra.
—Como cualquier delincuente que se escapa, señorita. Salió carpiendo, como rata por tirante. ¿Me comprende, señorita? ¿Me comprende?
—¿Delincuente?
—Sí, delincuente. ¿Sabe lo que es un delincuente?
—Sí, cómo no voy a saber —respondió Amanda, molesta—. ¿Por qué dice que Ramón es un delincuente?
—Yo no lo digo, señorita. Quién soy yo para decir que fulano o mengano es un delincuente. A mí no me gusta acusar a nadie. La que dice que es un peligroso delincuente es la policía. ¿Me explicó? Lo dice la autoridad. Lo dice la ley.
—¿Qué clase de crimen podría haber cometido Ramón, que es un pan de Dios?
—Ah… eso no lo sé, no es asunto mío. Yo el único pan que conozco es el de la panadería.
Los tres pasajeros asentían a las palabras del chofer.
—¿Y la policía no le dijo de qué se trataba la acusación?
—¿A mí? ¿A mí? ¿Usted cree que la policía me va a venir a explicar a mí qué clase de delincuente era ese tipo? ¿Por qué me iban a explicar a mí que no soy nadie? Y yo tampoco iba a andar preguntando por ahí qué clase de delincuente era ese hombre. En los asuntos de la policía y de la ley no conviene meter las narices. ¿Me entiende, señorita?
—Dicen que mató gente en España —dijo el hombre que estaba sentado en el primer asiento, el del sombrero de fieltro negro con la cinta roja.
Amanda sabía que Ramón combatió en la guerra civil y que debería haber matado en combate a soldados franquistas.
—Porque fue soldado —respondió convencida.
—No, nada que ver —dijo el hombre mientras movía su dedo índice negativamente—. Nada que ver con la guerra. Parece que mató para robar. Ladrón y asesino. De eso lo acusan, de homicidio y robo. Al menos eso dice la autoridad.
—¿La autoridad? ¿Pero qué autoridad? —preguntó Amanda, escéptica.
—¡El juez! ¡La policía! ¡Qué autoridad va a ser! —explicó el hombre con énfasis.
—Lo quieren los gallegos de vuelta en España para colgarlo —dijo el que llevaba el medio cigarro en la mano y la otra mitad sobre la oreja.
—¡Van a precisar una horca muy grande para colgar a esa bestia! —gritó el del fondo, que empezó a reír tontamente.
Los tres pasajeros prestaban atención al diálogo, pero en silencio. Solo movían sus cabezas de un lado al otro, seguramente por el meneo del colectivo, que se zarandeaba suavemente por las irregularidades de la calle de tierra en la que había quedado impresa la huella que ese mismo colectivo hizo los días de lluvia.
—¿No está enfermo? Qué suerte, me alegro por ello. Tal vez descansa —dijo Amanda.
—No, señorita. No descansa.
El chofer puso en marcha el colectivo y respondió sin apartar la vista del camino.
—¿Entonces? —preguntó Amanda, realmente intrigada.
—¿Entonces, señorita? —respondió el chofer con fastidio—. Entonces estoy manejando, señorita. Si quiere noticias ponga la radio que allí la van a saber informar.
—Lo siento, no quise molestarlo.
Amanda se sonrojó. Se disculpó con modestia. Le llamó la atención el mal humor del hombre.
—Pensé que usted tal vez supiera qué le ocurrió.
En el rostro del hombre se dibujó una cínica sonrisa.
—¿Quiere saber de verdad qué le pasó a su amigo Ramón, señorita? —dijo, sibilino, para acicatear la curiosidad de la muchacha.
—Si usted pudiera decirme se lo agradecería. Conozco a Ramón y siempre fue muy amable conmigo, un buen hombre, educado y trabajador.
El chofer suplente inhaló con fuerza el aire que entraba por la puerta del colectivo. Guardó ese aire por unos segundos y luego lo exhaló haciendo un leve ruidito por la nariz. Se tomó su tiempo para responder, buscó crear suspenso en la muchacha. Y Amanda esperaba con ansiedad sus palabras.
Luego, mirándola por el espejo a su frente por encima de su cabeza, le dijo con su ronca voz arenosa y con toda seriedad:
—Fugado.
Y ni una palabra más.
—¿Cómo?
Amanda, confundida, creyó no haber escuchado bien la palabra que el hombre le dijo.
—Fugado, escapado.
—¿Fugado? —preguntó.
—Fugado. ¿Sabe lo que es fugado?
Y movió una mano varias veces para explicarle que Ramón se había escapado corriendo.
—Es que no comprendo.
—¿Cómo que no comprende?
El hombre se alzó de hombros y miró nuevamente de soslayo a Amanda.
—No es difícil, señorita. Está profugado, como dicen los leguleyos. Escapado de la policía. Prófugo, así de simple. Vulgar prófugo.
Los tres pasajeros movieron afirmativamente sus cabezas para dar crédito a las palabras del chofer.
—¿Cómo que está prófugo?
Amanda no pudo ocultar su zozobra.
—Como cualquier delincuente que se escapa, señorita. Salió carpiendo, como rata por tirante. ¿Me comprende, señorita? ¿Me comprende?
—¿Delincuente?
—Sí, delincuente. ¿Sabe lo que es un delincuente
—Sí, cómo no voy a saber —respondió Amanda, molesta—. ¿Por qué dice que Ramón es un delincuente?
—Yo no lo digo, señorita. Quién soy yo para decir que fulano o mengano es un delincuente. A mí no me gusta acusar a nadie. La que dice que es un peligroso delincuente es la policía. ¿Me expliqué? Lo dice la autoridad. Lo dice la ley.
—¿Qué clase de crimen podría haber cometido Ramón, que es un pan de Dios?
—Ah… eso no lo sé, no es asunto mío. Yo el único pan que conozco es el de la panadería.
Los tres pasajeros asentían a las palabras del chofer.
—¿Y la policía no le dijo de qué se trataba la acusación?
—¿A mí? ¿A mí? ¿Usted cree que la policía me va a venir a explicar a mí qué clase de delincuente era ese tipo? ¿Por qué me iban a explicar a mí que no soy nadie? Y yo tampoco iba a andar preguntando por ahí qué clase de delincuente era ese hombre. En los asuntos de la policía y de la ley no conviene meter las narices. ¿Me entiende, señorita?
—Dicen que mató gente en España —dijo el hombre que estaba sentado en el primer asiento, el del sombrero de fieltro negro con la cinta roja.
Amanda sabía que Ramón combatió en la guerra civil y que debería haber matado en combate a soldados franquistas.
—Porque fue soldado —respondió convencida.
—No, nada que ver —dijo el hombre mientras movía su dedo índice negativamente—. Nada que ver con la guerra. Parece que mató para robar. Ladrón y asesino. De eso lo acusan, de homicidio y robo. Al menos eso dice la autoridad.
—¿La autoridad? ¿Pero qué autoridad? —preguntó Amanda, escéptica.
—¡El juez! ¡La policía! ¡Qué autoridad va a ser! —explicó el hombre con énfasis.
—Lo quieren los gallegos de vuelta en España para colgarlo —dijo el que llevaba el medio cigarro en la mano y la otra mitad sobre la oreja.
—¡Van a precisar una horca muy grande para colgar a esa bestia! —gritó el del fondo, que empezó a reír tontamente.
—Allá no cuelgan a nadie —lo corrigió el del sombrero de fieltro—, le aplican el garrote.
—¡El garrote! —celebró el del fondo y aplaudió entusiasta.
—¿El garrote? —preguntó el chofer mirando por el espejo al que habló del garrote—. ¿Los matan a garrotazos?
—¡No, hombre! ¡El garrote vil!
—¿Y eso qué es?
—Un aparato con una manijita que, a medida que gira, te mete un fierro por la nuca y te mata despacito.
El chofer se estremeció de espanto.
—Mi abuelo, que era español, vio matar a un tipo con esa cosa. En su pueblo, llevaron a la plaza a un tío que decían había violado y matado a una mujer, lo ataron a un palo y allí le aplicaron el garrote.
Mi abuelo contaba que el pobre hombre gritaba como un desgraciado por el dolor. Y también que los hombres aplaudían felices y las mujeres lloraban apenadas. A los niños les decían que, si se portaban mal, les meterían ese fierro por la nuca y se lo sacarían por la boca, hasta hacerlos morir de dolor. Y los niños miraban con espanto la ejecución. ¿Se dan cuenta? Hasta los chicos miraban las ejecuciones. Si se volvían malandras ya sabían lo que les esperaba. A ninguno de esos les iban a quedar ganas de andar jodiendo al prójimo. Por eso en España no hay delincuentes.
—¡Qué hijos de su madre! Con perdón de la señorita —se disculpó el hombre que llevaba el cigarro entre sus dedos—. ¡Qué gallegos brutos! Es más humano fusilar a la gente —dijo y dio dos o tres pitadas a pesar de que estaba apagado—. Yo apruebo el fusilamiento. A los violadores y asesinos hay que fusilarlos; a los ladrones, no. Palos y cárcel para ellos. Pero eso del garrote que usted cuenta me parece una bestialidad.
—¿Y su esposa? —preguntó Amanda, abstraída de la discusión sobre los tormentos que usaban los españoles para ejecutar a sus víctimas y los castigos que los hombres creían que merecían los asesinos, los violadores y los ladrones.
Los cuatro, a su vez, ignoraban las preguntas de Amanda, entusiasmados con la discusión sobre ejecuciones y suplicios.
—Y… qué quiere… Los gallegos son brutos y matan a lo bruto —dijo el que estaba sentado más al fondo, el de la boina negra—. Los gallegos que conozco son todos burros de carga. Y sus mujeres también andan cargadas como mulas. En vez de hijos, ¡tienen borricos!
Y rio a carcajadas por su ocurrencia.
—¿Y su esposa? —insistió Amanda ignorando la risotada del hombre.
—Mi abuela era española y no era ninguna mula y sus hijos fueron todos hombres de bien. Mi padre no era ningún borrico.
El hombre estaba realmente molesto por el comentario.
—¿Y de su esposa saben algo? —Amanda insistió mirando directo a los ojos al anciano sentado en el primer asiento.
El hombre aprovechó la pregunta de Amanda para ignorar al del fondo y sus comentarios contra los españoles. Devolvió la mirada de la muchacha y se frotó la barbilla mientras pensaba su respuesta.
—¿La india? —dudó—. ¿La india a la que le dicen “La Mamaní”?
—Su esposa, sí.
—Se escapó con él. Eso me dijeron, aunque yo no los vi, señorita. Yo con los indios no quiero saber nada. Yo soy cristiano, como mi abuelo y mi abuela y mi padre y mi madre. Bautizados todos —explicó—. Los dos desaparecieron sin dejar rastro. No pudieron llevarse ni una valija con algo de ropa. Dejaron todo. Huyeron.
—No lo puedo creer… —Amanda estaba consternada por la noticia.
—Usted se sorprende porque es muy joven e inexperta. Nosotros, que somos viejos, ¡hemos visto cada cosa, señorita! ¡Uno nunca termina de conocer a la gente!
El del sombrero alzó las manos al cielo poniendo a Dios de testigo.
—¿Se acuerdan del Petiso Orejudo? —preguntó el que estaba sentado al fondo.
—Cayetano Santos Godino.
El del cigarro dijo ese nombre con absoluta claridad.
—Murió en Ushuaia, en la cárcel. Leí en “La Nación” que lo mataron a golpes —agregó luego de mirar a los otros dos pasajeros—. Dijeron que ahí los demás presos le hicieron de todo por desgraciado.
—Tenía la maldad en las orejas —dijo el hombre del sombrero negro de fieltro mientras se tomaba las orejas y las movía para imitar las del Petiso.
—¿Y la familia ha dicho algo?
Amanda permanecía ajena a la conversación de los hombres sobre el Petiso Orejudo, solo preocupada por la suerte de Ramón.
—Tenían que haberle cortado las orejas y así no hubiera matado a nadie más. Para mí, ahí tenía la maldad, en las orejas, por eso eran tan grandes, deformes.
El anciano estaba convencido de que la amputación de las orejas hubiera sido la cura del Petiso Orejudo.
El chofer le indicó a Amanda que buscara un asiento.
—Siéntese, señorita, que le cobramos lo mismo que parada y así no me tapa el espejo.
Amanda se disculpó y se acomodó en el asiento que estaba directamente atrás del que ocupaba el chofer. Volvió con sus preguntas. Ella no lograba componerse la situación que los cuatro hombres relataban entre gritos y risas.
—Dicen que hubo muchos disparos —dijo el del sombrero negro mientras simulaba disparar un arma con la mano.
El del fondo volvió a aplaudir satisfecho.
—¡Que los caguen a tiros! ¡Indios y comunistas! ¡Mirá qué mezcla! —gritó.
—¿Disparos? —preguntó Amanda, que ignoró el comentario.
—Disparos, disparos. ¡Pum! ¡Pum! —explicó el del sombrero
—Sí, muchos —agregó el del cigarro—. Dicen que la policía les tiró cuando los vieron correr en dirección a la laguna.
—¿Quién dice usted que era comunista? —preguntó interesado el del sombrero negro.
—El gallego —respondió el de la boina ladeada sin dudar—. A mí me dijeron que era un comunista
escapado de la guerra.
—¡Qué iba a ser comunista! Franco los mató a todos. ¡Republicano! ¡Era republicano! —lo corrigió—. Por ahí socialista, pero comunista no creo. Perón lo hubiera echado porque no le gustaban los comunistas.
—Comunista, socialista, da lo mismo —habló convencido el de la boina.
—¿En dirección a la laguna? —preguntó Amanda, interrumpiendo el diálogo de los dos hombres.
—Sí, a la laguna —respondió el chofer—. ¿Sabe dónde queda?
—Vivo muy cerca de la laguna.
—Eso no es una laguna —afirmó, disgustado, el del sombrero—. Es un espejo de agua. ¡Qué va a ser una laguna! ¡Laguna la de mi pueblo, donde todos los años se ahogaba un chico!
—Pero usted, señor, ¿sabe si llegaron a la laguna?
—Si llegaron no sé. Dicen que los vieron corriendo en esa dirección y que después ya nadie los volvió a ver. Parece que les perdieron el rastro.
El del sombrero movía la cabeza negativamente.
—Pero desde mi punto de vista, quiere que le diga, a la lagunita no llegaron.
—¿Y en dónde se podrían haber ocultado? Porque a la laguna la están rellenando.
—Están en el fondo, ayudando a rellenar. Con el tamaño del tipo debe de haber quedado bien llenita…
El del fondo quiso parecer gracioso.
—Yo sé que ya talaron casi todos los árboles. Los estaban apilando a la vera de uno de los cuarteles, el que está más al fondo de todos, en el último campo donde los militares hacen sus maniobras. Seguro que los militares se la van a guardar para leña.
—¿Pero ustedes creen que los hirieron? ¿Eso me están diciendo? ¿Los hirieron?
Amanda no podía disimular su estupor.
—¿A quién?
—¡A Ramón! ¡A su esposa!
—Yo no sé nada —dijo el chofer.
—Yo tampoco —dijo el del sombrero—. ¿Ustedes saben algo de eso? —preguntó a los otros dos, que también negaron moviendo la cabeza—. Si los hirieron o si los mataron se hubiese sabido, señorita —aseguró—. Acá todo se sabe y hubiese sido el comentario de todos.
—No crean, Don —gritó el del fondo, que agitaba sus manos como tratando de espantar a un mal espíritu—. Si alguien sabe alguna cosa no va a decir ni “esta boca es mía”. Hablás de más y después van a tu casa y te dan una paliza que te dejan arruinado para toda la vida.
—O te matan —agregó el del cigarro en la oreja—. Como pasó con el chico del peronista de la unidad básica, ese que habló de unos fusilamientos allá por el fondo de los cuarteles y después apareció “suicidado” con la garganta degollada.
—¡Qué manera de morir como una gallina! —exclamó el hombre mientras pitaba su cigarro apagado y acongojado añadía—. Mejor no hablar de asuntos de política.
—Mejor no hablar de nada —corrigió el chofer—. En boca cerrada no entran moscas.
—¡Ni balas! —gritó el del fondo.
—Pero ¿y sus cosas? ¿Sus pertenencias? ¿Qué pasó? —preguntó Amanda.
—Se las llevaron los militares y después prendieron fuego al rancho. No quedó nada. Pero nada de nada, señorita.
El del sombrero hizo un ademán con sus manos para indicar que todo se perdió entre el robo y el incendio.
—Si están vivos, mejor que no vuelvan más, que se olviden de todo.
—¿Saben algo de su familia? ¿Han podido hablar con ellos?
—¿Nosotros? —preguntaron a coro los cuatro hombres.
—Sí, ustedes.
—Yo no hablé con nadie, señorita —se justificó el que estaba sentado en el fondo—. Pero dicen que están todos mudos como si estuvieran muertos. A mí, una vecina me dijo que la policía les preguntó mil veces dónde se habían metido el gallego y la india, pero ellos permanecieron todos mudos, como si las ratas les hubieran comido las lenguas.
—Se hacían los idiotas para no laburar —dijo el chofer—. Así hacen siempre en las chacras. Yo trabajé con ellos. Se hacen los que no entienden y hacen lo que se les da la gana.
—Es que hablan otro idioma, no entienden nada, son como animalitos —explicó el hombre de las mitades del cigarro Avanti.
—Para mí se fueron a Paraguay, allá no te persigue nadie —dijo el del sombrero negro mirando por la ventanilla.
—¡En la cañonera! ¡Se la pidieron al “Pocho”! —gritó el chofer. Los cuatro rieron a coro.
—¡En canoa! ¡Remando! A la india le sobraban brazos para remar. Si se aguantaba encima semejante mastodonte, mira si no va a poder remar hasta Paraguay.
El hombre de la boina hizo como si remara.
—Linda india, pa’invierno se buscó el gallego ese. —se regodeó en voz baja el chofer que humedeció sus labios con la lengua.
—Pero el olor, amigo… —el viejo del sombrero se tapó la nariz—. ¿Sabe el olor que viene de ahí abajo? —señaló su entrepierna—, con perdón de la señorita.
—¿Y un gallego se va a molestar por el olor de una india? —se burló el del cigarro—. Mi vecina es una gallega y tiene olor a sodero.
—¡Los gallegos no se bañan nunca! —afirmó el del fondo.
—Las indias menos. Los cabecita negra no saben ni qué es el jabón…
Amanda estaba a punto de estallar de furia. Dejó de escuchar los comentarios de los hombres. Pensó en la laguna y en Ramón y en “La Mamaní” y en su propio amor.
Las balas. La laguna. Los escombros. La tierra. El fuego. ¿Ramón un delincuente? “Imposible”, se dijo. “Imposible”, repitió para sí.
El colectivo se detuvo en la intersección con la gran avenida. Amanda y los tres hombres descendieron. Saludaron al chofer, quien de inmediato se puso en marcha de regreso hacia el fondo de los cuarteles.
Los tres hombres saludaron a la muchacha cortésmente. Los dos que tenían sombrero descubrieron sus cabezas cuando se despidieron; el otro, el de las mitades del cigarro, la señaló con la mitad que llevaba en la mano. Luego le dio dos o tres pitadas, aunque seguía apagado, y se despidió con un ademán.
Amanda se quedó en esa esquina sin atinar a ir en ninguna dirección. Miró la hora en su pequeño reloj pulsera. Era muy temprano para la cita. Y estaba muy angustiada por la suerte de Ramón y su esposa.
Había perdido toda voluntad de mirar alguna tela. La noticia la llenó de temores.
En la vereda opuesta, a su frente, cruzando la avenida, vio una lechería donde podría esperar se hiciera la hora para ir a tomar el tren. Luego caminaría siguiendo la línea del río hasta el edificio donde la esperaban para esa última entrevista.
No le encontraba sentido a lo que los cuatro hombres habían contado sobre Ramón y su esposa. Si era cierto que los habían corrido y disparado desde su ranchada, ella necesariamente debería haber escuchado los disparos. La distancia entre el rancho de Ramón y la casa de Amanda era importante, pero de noche el silencio era absoluto. Los disparos de las pistolas calibre 45 de la policía se habrían escuchado por lo menos hasta el andén del ferrocarril; si no más lejos aún. En “El Secreto”, a los vagos y malandras que pasaban la noche allí entre cañas, ginebras y cartas (muchos de ellos de armas llevar), jamás se les hubiese pasado inadvertido un tiroteo como el que los hombres describieron.
Ella sabía que no era posible que no hubiera escuchado ni un ruido, ni un alboroto por la persecución. Las hermanas alemanas tampoco comentaron nada de un suceso semejante. Y ellas estaban atentas a cualquier situación extraña. Ni hablar, si se hubiese producido un tiroteo. Gertrudis habría estado con “Elga” entre sus manos lista para intervenir a los tiros si era necesario.
¿A su regreso del examen no debería acercarse hasta la ranchada de los Mamani para saber por su boca qué había ocurrido realmente con Ramón y su esposa? Se dijo que eso haría. El strudel de Gertrudis podría esperar un poco, pero antes necesitaba despejar las dudas que le había dejado el relato de los hombres en el colectivo. Volvería con el Mitre, que era de mayor frecuencia, y luego en el “10” iría hasta la barriada donde quedaba la casa de Ramón.
Amanda entró en la lechería que estaba vacía. Le ofrecieron un vaso de leche y tres vainillas que pagó al instante. Esperó se hiciera la hora y luego se dirigió a la estación a esperar el tren en dirección a la capital.
Mientras ella viajaba a su destino, llegó al villorrio un compatriota de las hermanas alemanas, un paisano también del Volga, con quien se trataban esporádicamente, pero a quien conocían desde mucho antes de radicarse en esos parajes, cuando todavía estaban en su patria. Él les trajo las primeras noticias de la suerte de Ramón y “La Mamaní”.
De apellido Müller, el alemán era un hombre alto y corpulento, de buen humor y gran bebedor de cerveza. Simulaba entender poco el castellano, y con su esposa solo se comunicaba en alemán; sin embargo, lo hablaba perfectamente, pero evitaba hacerlo para ponerse a resguardo de cualquier inconveniente. Además, ese comportamiento le daba una ventaja: los otros hablaban confiados en que el hombre no entendía sus palabras, y así se informaba de asuntos que, de otro modo, nunca hubiera sabido.
Si alguien a quien no deseaban tratar le hablaba en castellano, reía bobamente para hacerle creer a su interlocutor que no comprendía de qué le hablaba. Estos, luego de insistir varias veces, se convencían de que el alemán no los entendía y solían despacharlo con un insulto. Era un recurso que muchas veces le había dado un buen resultado, especialmente con la milicada que lo menospreciaba. Aprendió en la guerra a ser discreto y no hacerse notar nunca.
Vivía del otro lado de los cuarteles, en un apartado algo solitario, donde sembraba verduras y criaba cerdos junto a su esposa, también alemana de la misma región.
En los fondos de su modesta casita varios frutales lo proveían de fruta de inmejorable calidad que era apreciada por todos los vecinos de la zona. Parte de esa fruta destinaba a producir dulces que luego vendía a los lugareños.
Tenía trato con la milicada, por su vecindad con los cuarteles y porque en algunas oportunidades había provisto de algún cerdo para el jefe de las unidades, quien lo trataba con deferencia porque sabía que el hombre había combatido en la primera guerra mundial. Pero el alemán nunca hablaba de la guerra, la había borrado de sus comentarios y siempre que se refería a su tierra natal solo era para comentar con añoranza su vida de sacrificado campesino junto a su numerosa familia.
Dos ovejeros alemanes de buen porte lo acompañaban a todos lados, pero en esa oportunidad les ordenó que permanecieran en la chacra con la patrona, lo que los animales cumplieron colocándose uno a la entrada de la propiedad y otro en la puerta de la casa misma. Sin abandonar esas posiciones, los dos perros patrullaban vigilantes, yendo y viniendo y olfateando el aire para descifrar si se cernía algún peligro. Nadie se animaba a ingresar a la propiedad sin la autorización de alguno del matrimonio, porque los perros los hubieran destrozado con sus enormes y afilados dientes.
Esa tarde, a pie y con paso tranquilo, el hombre llegó hasta la casa de las hermanas alemanas haciendo un gran rodeo para esquivar parte de los cuarteles y la zona de la laguna. Por una calle lateral a la carbonera, cruzó los amplios terrenos del ferrocarril para desembocar justo en la esquina de sus coterráneas. Estaba convencido de que su testimonio sería de importancia para ellas.
Era costumbre entre ellos informarse de las noticias importantes del lugar para no ser sorprendidos por sucesos que muchas veces no alcanzaban a comprender en profundidad. Conocer la historia y la idiosincrasia de un pueblo radicado en los confines del fin del mundo no era menuda tarea. Al participar y compartir opinión con los compatriotas, estaban en mejores condiciones de entender los acontecimientos que los rodeaban.
Müller llamó a la puerta de la casa de las alemanas golpeando las palmas de sus manos. Gertrudis, desde una ventana, vio que se trataba de su paisano y salió a recibirlo. Detrás de ella, la hermana menor también se acercó a donde estaba el hombre. Las dos lo saludaron efusivamente y lo invitaron a entrar, lo que el hombre rechazó con amabilidad. Les dejó unos tarros de dulce que él mismo había preparado y uno de miel producida por las abejas que criaba en sus panales.
El paisano hablaba en voz baja y en su idioma. Les dijo que él creía que ellas conocían a un español que trabajaba como chofer en la línea de colectivos “10” y a su esposa, porque de ellos venía a hablarles. Las alemanas le aseguraron que no solo lo conocían, sino que habían hecho cierta amistad con el hombre, que era siempre muy amable con ellas, pero quien más amistad había trabado con ese matrimonio era la vecina, Amanda, quien vivía sola en la casita próxima, la que seguía al pequeño y florido jardín, porque su madre había muerto y su padre no la quería con él.
El alemán sabía de Anita porque hasta por aquellos lados había llegado la historia de la madre que murió por darle vida a su hijo. Y en varias oportunidades su esposa le insistió con que quería llegar hasta un altar que, le dijeron, se había erigido en su memoria. También sabía de la muchacha que vivía sola porque la familia paterna no la apreciaba. Les dijo que a él le comentaron que no la querían porque era hija de otro hombre (las hermanas se miraron asombradas por esa revelación). Por ella también se debía su presencia, porque sabía del aprecio que ellas le tenían
El visitante les dijo que la noche anterior unos cincuenta militares rodearon el rancho del español y que le mandaron salir. Ramón no se resistió. Tras él salió “La Mamaní”, quien quedó a cubierto tras la enorme espalda de su esposo.
El hombre que parecía estar al mando del contingente le dijo que no iban a tener problemas, pero que la orden era deportarlo a España. La “india”, dijo, “se puede quedar”. No tenía pedido de captura. Ramón preguntó qué tiempo tenía para partir. El hombre le dijo “ninguno” y mandó a unos diez milicos a aprehender a Ramón. No lo dejarían llevar ni un atado de ropa.
Entre los diez lo metieron en el corral de las cabras. Allí lo palparon de armas. Sabían que él no tenía ni revolver ni escopeta, porque un alcahuete a quien él conocía, se metió en el rancho del matrimonio y revisó hasta el cansancio. Fue el que les confirmó que el español no tenía arma de fuego.
Pero los militares temían que llevara cuchillo. Un hombre de ese tamaño, con su fuerza, si hubiese deseado pelear con facón criollo o puñal, aunque no fuera de guerra, habría causado graves heridas y hasta muerte a muchos de ellos. Además, todos sabían que fue combatiente y había estado en la guerra de verdad y no como ellos que solo hablaban de la guerra, pero nunca se habían visto en medio de una batalla. Decían que era un español comunista, socialista o republicano o lo que “mierda fuera” –dijo el comandante–, pero que era muy peligroso porque “como no cree en Dios no tiene miedo de ir al infierno”. Y que eso lo escuchó él en persona, cuando fue a llevar unos frascos de higos que preparó para ese jefe.
Después que lo revisaron en el corral de las cabras, los militares vieron que la familia de la india empezó a juntarse a unos cincuenta o cien metros del rancho. Eran muchos, y entre ellos había muchos niños, dijo el alemán, pero como eran indios metían miedo a los militares. A ellos no les importaba si eran mujeres u hombres, jóvenes o viejos, mayores o solo niños, bastaba con que fueran indios para temerles. Los militares estaban muy desconfiados de la situación y se decían entre ellos que los iban a atacar por sorpresa.
Uno de los más viejos de la familia pidió parlamentar. El que mandaba le dijo que se quedara donde estaba y que no intentara llegar donde la tropa. El anciano se detuvo y habló algo que los militares no entendieron porque estaban demasiado nerviosos. Él veía cómo les temblaba el pulso.
Ramón escuchó que el jefe dijo a los soldados que allí no se podía usar armas de fuego, y que todos debían usar, de ser necesario, las bayonetas que les habían facilitado esa noche para detener al español. Los hombres al momento calaron bayoneta.
De todos modos, les dijo el alemán a las hermanas, él vio que tenían varias ametralladoras apostadas por si la cosa se ponía muy fiera. La ranchada de los indios y Ramón estaba pegada al campo de ejercicios militares; si pasaba algo, dirían que se trató de una maniobra que se hizo en plena madrugada como parte del adiestramiento de la tropa.
Nadie sabía a ciencia cierta si los indios tenían armas escondidas y daban por seguro que así debía ser, y que incluso muchos de esos indios “con cara de nada”, estarían calzados. Así que los militares estaban muy nerviosos y preocupados.
Algunos eran sobrevivientes de Rincón Bomba y los militares sospechaban que tal vez tuvieran intenciones de vengar la muerte de sus paisanos. Müller les dijo que oyó al jefe repetir varias veces: “Con estos indios de mierda nunca se sabe”.
Los diez soldados con sus bayonetas caladas obligaron a Ramón a entrar en la unidad militar. El alemán dijo que estaba seguro de que al español no lo pudieron engañar y que comprendió que no lo iban a deportar, sino que lo iban a fusilar ahí mismo. “La Mamaní” se pegó al hombre y no escuchaba la orden que le daban de que se retirara, que a ella no la querían. La mujer hacía como que no escuchaba o que no entendía. El jefe mandó a otros cuatro soldados a retirar a la mujer.
Müller dijo que no sabía si le pegaron a la india o la manosearon. Se sabía que los militares estaban todos alzados con ella y hacía rato que le tenían ganas.
Pero la familia vio a la distancia que algo pasaba con ella y algunos hombres avanzaron unos metros. El jefe gritó: “Hasta ahí o cargo con las bayonetas”. Él no podía saber si ellos entendieron o no qué quiso decir con eso de “cargo con las bayonetas”. Vio que el más viejo alzó una mano para llamar la atención del jefe y pidió nuevamente parlamentar, pero el militar lo ignoró. El anciano, entonces, llamó en voz alta a “La Mamaní” para que se quedara con la familia. Ramón le gritó que se fuera. Pero ella se quedó a su lado.
El jefe dijo a los gritos “este asunto va de mal en peor” y le hizo la seña a unos milicos para que avanzaran en dirección a la pareja. No podía explicar por qué la mujer empezó a correr hacia el campo de maniobras. Tal vez se asustó o trató de distraer a los soldados para que Ramón escapara. Pero en vez de huir, Ramón se largó detrás de ella, a la carrera, no para huir sino para protegerla. Algún soldado tiró un tajo a ciegas, por miedo, no por valiente, y como les temblaba el pulso no le dio al español, le dio a la india que rodó gritando. Los parientes que vieron lo que ocurría empezaron también a correr en dirección a donde yacía la mujer.
Los militares aseguran que todos los indios estaban armados con cuchillos, pero él, que peleó en la guerra, estaba convencido de que los indios no estaban preparados para pelear, no tenían arma alguna y estaban con las manos vacías. “Había muchos chicos entre ellos”, les dijo a las alemanas. Nadie va a pelear rodeado de niños indefensos. Los militares no tuvieron ni un herido, ni un lastimado. Los muertos eran todos del otro lado.
La reyerta habrá durado como mucho diez minutos, dijo Müller. Cayeron grandes y chicos, muchos muertos, otros heridos.
A Ramón y “La Mamaní” los mataron entre unos doce, ahí mismo. Ya estaban muertos, sangraban por todo el cuerpo, pero ellos seguían clavándoles las bayonetas. Luego cargaron los cuerpos en varios camiones y los soldados palearon tierra hasta llenar los camiones para que quedaran los muertos bien ocultos, así nadie podría verlos.
Escuchó cuando alguien preguntó por los heridos y el jefe dijo: “Esos también al camión”, por lo que supone que murieron asfixiados debajo de la montaña de tierra. Müller les dijo a las hermanas que quedaron dos zanjones bastante anchos y profundos de la tierra que sacaron para llenar los camiones. Si alguna vez se llegaban de visita a su casa, él las llevaría a ver los zanjones de los que le hablaba.
Al día siguiente mandaron tirar la carga de esos camiones en el espejo del agua, “in der nähe ihres hauses”, dijo hablándole a Gertrudis y señalando en esa dirección. Así se empezó a rellenar el estanque, luego llegaron unos agrimensores que delimitaron los lotes.
Mientras unos se iban con los camiones para vaciarlos en el estanque, otros le prendieron fuego al rancho de Ramón. A los parientes de la india que quedaron vivos, –porque algunos al ver la matanza dispararon para el otro lado para ponerse a salvo–, les dijeron que, si abrían la boca, a las mujeres primero se la iban a pasar toda la tropa y luego las iban a entregar como esclavas para algún estanciero de un lugar desconocido. A los hombres les aseguraron que primero les iban a cortar las pelotas para hacérselas comer, y luego los iban a quemar vivos. Por eso la gente calla y no quiere hablar.
El alemán les dijo a sus paisanas que por orden de los militares había que decir que Ramón era un delincuente y que lo buscaban en España por ladrón y asesino. También que había huido con la “india puta” y que no se sabía nada de ellos.
Las alemanas le preguntaron por el hijo del español del que se hablaba. Pero Müller les dijo que nunca supo que el muchacho hubiera salido realmente de España para encontrarse con su padre. Era como una especie de cuento que se repetía sin demasiado asidero. Su propia esposa le había preguntado en ocasión de encontrar en la feria a “La Mamaní” por el muchacho, pero ella, como hacía siempre que no deseaba responder algo, se dio media vuelta y la dejó hablando sola.
De todos modos, reconoció que Ramón se había marchado en un par de oportunidades sin destino conocido, y que el comentario que le llegó fue que había viajado a algún lugar de la ciudad capital a ver a su muchacho. Pero el alemán insistió en que no podía afirmar que algo de eso fuera verdadero, y que él creía que Ramón no se encontró nunca con su hijo.
El hombre se despidió saludando con una reverencia y empezó a caminar para cruzar la carbonera por detrás del galpón donde acopiaban la leña, para irse por donde había venido. Volvió sobre sus pasos y les dijo a las hermanas que la muchacha que ellas protegían no metiera su nariz en el asunto porque los militares la tenían marcada. Alguien del barrio, no sabía quién, les pasaba datos sobre ella.
Las mujeres se miraron asombradas. Gertrudis quiso saber por qué los militares estarían interesados en investigar a una inocente muchacha. De paso le preguntó de dónde había sacado que Amanda era hija de otro hombre y no del que se llamaba Miguel y era tenido por tal. Müller suspiró como resignado. Lo que sabía no podía comentarlo porque comprometería a otra gente. Lo que sí podía asegurarles era que sobre esas dos cosas decía la verdad. La muchacha no era hija de ese tal Miguel y, por su seguridad, no debía meterse en el asunto de Ramón y su familia, porque los militares eran capaces de cualquier cosa con tal de ocultar la acción.
Gertrudis y su hermana debieron conformarse con lo que el hombre les dijo. Afirmaron que harían lo imposible por impedir que Amanda se inmiscuyera, pero no le aseguraban su éxito, porque la muchacha era muy resuelta y obraba por su propio criterio.
La esperaron toda la tarde sentadas en la puerta de su casa, en la vereda, no fuera cosa que por una distracción la muchacha no advirtiera su presencia y se fuera directo para donde estaba el rancho de Ramón, algo que suponían haría Amanda por su aprecio por el español y su familia.
Cuando la noche empezó a hacerse oscura, tuvieron las dos el peor de los presentimientos. Fue Gertrudis quien decidió llamar a Miguel para informarlo que Amanda no había regresado al hogar. Para su decepción, la persona que atendió su llamado le dijo que en ese número no había nadie que se llamara Miguel Da Silva. Ninguna de las dos conocía la dirección en la ciudad donde vivía el hombre con su hijo y con su madre.
La noche entró por el villorrio con sus ausencias a cuestas y las alemanas desesperaron esperando el regreso de Amanda. 

***

XVII – Sangre de mi sangre 

El tiempo que tardó en decidirse en atender ese asunto espinoso era propio de su carácter. Dudar, dudar y tardar en resolver cualquier problema lo hacía aparecer como prudente. Pero la prudencia en él no era tal, era un narcótico que lo hacía andar a tientas para que finalmente Eriseta, con sus inefables mosquitas orbitando su cabeza, lo tomara de la mano y lo condujera a la salida esperable para alguien de su posición.
Cuando empezaba a vacilar parecía uno de esos que distraídos iban por el mundo cargando bultos sin saber qué cargan ni adónde se dirigen. Si alguien les inquiría qué llevaban en sus bagallos, corrían espantados de ser descubiertos de lo que ignoraban. Cuando ya no podían soportar el peso de los bártulos sobre sus débiles espaldas, abandonaban todo a la buena de Dios y esperaban que alguien se hiciera cargo de la encomienda abandonada. Así era Miguel con sus decisiones. Las cargaba como quien lleva a un muerto de aquí para allá, perseguido por unos perros miserables que le mordían los garrones para atormentarlo, sin saber bien qué hacer con el cuerpo de sus vacilaciones que le pesaban como una desgracia verdadera. Y cuando ya no podía más, se dejaba vencer para que Eriseta acudiera salvadora a encargarse del asunto con decisión y ánimo resuelto. Hasta sus detestables mosquitas se tornaban encantadoras en el salvataje.
Mientras Anita vivió, esa debilidad se desdibujó a la sombra del carácter de la esposa, aunque lo de ella no era solo carácter, era amor, porque Anita realmente estaba enamorada de ese hombre.
Cuando lo conoció, Amanda era apenas una beba, y lo sintió amable, protector. La química entre ambos funcionó desde el mismo momento en que se miraron a los ojos. Anita era amorosa con él y Miguel se sintió cautivado por esa mujer que venía con sus misterios entre los pañales de una beba que le sonreía a pesar de que era un total desconocido.
Miguel se enamoró de ella, y de eso no hubo ninguna duda, aunque su propia familia le había dicho que el amor de Miguel era como la flor de primavera. Pero Anita no supo de esas dudas que otros abrigaban de los sentimientos de su esposo. Murió demasiado temprano para poner a prueba su enamoramiento.
Ese amor de Miguel por Anita fue el límite que Eriseta no pudo flanquear para imponer su voluntad al joven matrimonio.
Anita nunca hubiera vivido junto a un hombre que no la amara y que no amara a su hija. Por eso aceptó el desafío de vivir en los suburbios de la ciudad, donde eran dueños de sus momentos sin interferencias de ningún tipo —Anita no tenía familia, salvo ese padre que detestaba y a quien no la unía ningún sentimiento familiar—. Miguel la llevó allí convencido de que esa austeridad y esa distancia de su familia paterna fortalecería su amor.
El paisaje, la soledad, la tranquilidad, compensaban en Anita las incomodidades de radicarse en un villorrio en el que estaba todo por hacerse.
Pero a Miguel le costaba ajustarse el cinturón para llegar a fin de mes. Un sueldo para pagar el crédito y el otro para vivir no permitía ningún respiro. No se trataba de disfrutar más, ni siquiera de darse un pequeño lujo. Sus lecciones de austeridad con que adoctrinaba a Amanda eran tan falsas como sus identidades. Anita sabía de privaciones, pero Miguel, no.
Con modestia, todas las obligaciones familiares se podían asumir con los salarios del matrimonio. Amanda era una niña pequeña a la que había que atender, pero era sana y nunca tuvo pretensiones de ningún tipo. Disfrutaba más que ninguno esa vida en medio del campo bonaerense, una extensión extrema de la vieja pampa que estaba destinada a desaparecer en manos del negocio inmobiliario. Lo que más regocijaba Amanda era la laguna, con sus acertijos de colores y sus entornos maravillosos.
Pero a Miguel el bolsillo flaco lo acosaba como un perro muerto de hambre que busca a un amo como dé lugar. Le husmeaba la cabeza, la boca, los bolsillos, le lamía las manos vacías de recursos, le reclamaba solvencia para copetear con algún burócrata de mayor jerarquía, o lucirse con un presente para la esposa de otro que podía recomendarlo para un ascenso. Precisaba buena ropa para visitar a los alcahuetes ministeriales o incluso los del presidente de turno, que eran los más engreídos y coimeros de todos, y ni hablar de los jefes militares, quienes siempre ponían en observación si quien los abordaba daba muestra de pertenecer a la clase dirigente, esa que se perpetuaba sin importar los vaivenes de la política, y no ocasionales mequetrefes dispuestos a trepar a expensas de las condecoraciones militares ganadas en la dura batalla de la burocracia militar.
Por eso volvió a la madre, a pedirle dinero, a espaldas de Anita, quien sospechaba que cierta holgura de su esposo en el manejo del presupuesto familiar se debía a ese respaldo, aunque él lo negaba enfáticamente.
Cuando golpeó la puerta del hogar materno para pedir una cuota mensual, Eriseta se convenció de que a la larga ganaría la batalla por la propiedad de Miguel. Ella nunca contó con que la muerte de su detestada nuera le despejaría el camino. Para Eriseta, la inesperada muerte de Anita puso todas las cosas en el lugar del que nunca debían haber salido. Salvo la niña Amanda para quien tenía ya un plan en mente, todo lo demás retornaba al amparo del gran gineceo donde, a cambio de un poco de sumisión, se alcanza la protección frente a todas las trampas de la vida. Eriseta estaba acostumbrada a enfrentar problemas y, además, tenía los contactos necesarios fruto de su matrimonio con un alto jefe militar, como para encarar cualquier contingencia.
La carrera burocrática de su hijo podía desplegarse sin complicaciones. Su juventud, su viudez y su paternidad resultarían atractivas para muchas muchachas de alcurnia que estaban a la pesca de un marido con futuro. Si había amor, mejor, y si no lo había, daba lo mismo. La inmensa mayoría de las mujeres, estaba convencida Eriseta, no llegaban al matrimonio por amor, sino por necesidad y conveniencia. Como ella.
Mujer en función reproductiva primero, madre de cuatro varones a los que crio sin interferencias de nadie, se ocupaba sin ayuda alguna de todo lo que tuviera que ver con sus hijos. Cuatro fue el límite que le impuso a su esposo, a quien le daba lo mismo uno que diez porque él no tenía obligaciones para con ellos más que la de aportar el dinero necesario para el sostenimiento de la vida hogareña.
Eriseta nunca permitió que las mucamas se entrometieran con las intimidades de sus hijos, porque temía que alguna de esas “chinitas desgraciadas” pasara de manosear con el jabón Federal sus calzoncillos, a frotar lo que esos calzones guardaban en su interior, y se hiciera embarazar para prenderse de la fortuna familiar y lograr un ascenso social por gracia de una noche de calentura.
Sabía porque también fue joven, que un buen par de jóvenes tetas podía más que todas sus recomendaciones. Por eso aisló a los hijos de la servidumbre femenina, a la que hubiera preferido siempre integrada por una troupe vieja y espantosa. Contra su voluntad, y acosada por las quejas de las viejas sirvientas adoloridas de reumas, artrosis y ciática, debió emplear a jóvenes que por su agilidad y vigor podían encarar la limpieza y el orden de un palacete de singular tamaño. Sabía que, hasta la más fea de esas jóvenes, resultaría hermosa ante el impulso sexual que la abundante testosterona gobernaba en sus hijos. Nunca imaginó que sería Jorge, su nieto, quien acabaría con todas sus previsiones para impedir que un varón de su familia se metiera entre las suaves piernas de sus jóvenes mucamas.
Hasta crecidos dirigió la vida de sus hijos, incluso en la elección de las esposas para consumar un matrimonio redituable. El único que le falló fue Miguel, enredado con esa mujer de prontuario problemático. Pero lo resolvió la muerte con sus decisiones inapelables.
Ella insistió en que su hijo decidiera cremar el cadáver de Anita. Era una forma extraordinaria de deshacerse de la presencia de esa mujer para siempre. Las tumbas son inconvenientes. Son el conducto por el que los muertos llaman a los deudos a rendirles culto, a recordarlos como si aún permanecieran vivos, y hasta llegan a imponer a los más débiles su presencia como si siguieran atendiendo sus asuntos cotidianos acomodados en esa reducida cavidad esculpida con el filoso borde de una pala de punta.
Ella podía imaginarlo a Miguel desfilando por el cementerio cargando un ramo de rosas rojas de la mano de esa chiquilla adosada como un parásito, moqueando por el recuerdo de la amada muerta. Y esa imagen se le hacía intolerable para sus planes.
Al cremar el cadáver, Eriseta sabía que su recuerdo pesaría tanto como ese puñado de cenizas, las que, con su melodramática sugerencia, se arrojaron a la bartola en el osario general una tarde de una fecha que nadie recordó con el tiempo. “Los iguales con los iguales”, le dijo a su hijo invocando las convicciones de la prontuariada que ella sostuvo oyó de sus labios cierta tarde de tertulia en el amplio caserón de Caballito.
Con respecto a la niña, esa muchacha de nombre falso, ya estaba decidido su destino. Las monjas se ocuparían de su educación y, si Dios quería, la encaminarían en la ruda vocación religiosa o en las rutinas del matrimonio. El claustro al servicio de Dios padre, todopoderoso, era un futuro ideal para recomponer el círculo familiar que Anita y Amanda habían deformado con sus presencias.
Quiso la fortuna que Anita dejara un varón de Miguel. ¡Un varón! ¡Sangre de su sangre! Y esa era una ofrenda que debía agradecerle a la muerta, aunque ella nunca lo mencionaría. Porque una niña podía ser querible, pero ¡un varón! era un regalo del cielo, el primogénito de su cuarto hijo varón, Miguel, la continuidad de la estirpe.
Ese varón sería la gloria de la familia. A él acudirían desde la constelación de los muertos ilustres, todos los bondadosos fantasmas familiares. Como al pesebre del niño Jesús, llegarían a ofrendarle sus mejores atributos al niño Jorge, como decidió llamarlo contrariando el que había elegido su madre privada por la muerte de criar a su hijo.
Y el elegido los halagaría con sus maravillosos logros. Sería un militar de porte magnífico y carácter resuelto, pero no solo sería un uniformado que engalanaría a la familia con sus atributos de mando y conducción. Sería un artista, un pianista. Nada más irresistible que un militar que ejecutara el piano con virtuosismo. Clausewitz y Bach, reunidos magníficamente en su nieto. Las claves de la guerra y El clave bien temperado. ¡Qué más se podía pedir!
Todo eso pareció seguir de acuerdo a sus deseos y Miguel se sintió conforme con el resultado de las cosas. Hacía caso omiso de la enfermedad de su hijo. De eso se ocupaba su madre. Ni la esotérica cura de los bichos canasto lo llamó a la reflexión. Ni esas espantosas inyecciones turbias como su color y que prometían una cura magnífica de la enfermedad respiratoria por la que le recomendaron postrar al hijo por un año como si se tratara de un lisiado impedido de caminar.
Con Amanda al cuidado de las monjas, su educación estaba asegurada. Él podía seguir su carrera sin mayores sobresaltos. Eriseta se ocupaba de asistirlo y darle la seguridad de que todo iba viento en popa, sin mayores inconvenientes. Ella, en modo celestina, se encargaría de encontrarle una mujer que supiera atenderle todas sus necesidades.
Pero Amanda se terminó imponiendo. Lo amenazó directo al corazón.
“Si no me sacas de acá, voy a odiarte hasta que me muera.”
Le dijo esa tarde en el internado. Él no resistió el reclamo.
Eriseta lo ridiculizó por eso. “Una nenita te dice algo y te orinás encima”. Si ella hubiera estado la habría puesto en su lugar y ahorrado muchos inconvenientes.
En cuanto a Jorge, no encontraban forma de convencerlo de lo conveniente que resultaba ser un cadete y tocar el piano. Para mayor desgracia para Eriseta, Jorge amaba a su hermana a pesar de que prácticamente no la conocía.
Miguel escuchó la voz de su madre durante días, semanas, meses, explicándole qué hacer con Amanda y qué con Jorge. Ocultó los verdaderos deseos de Jorge para que Miguel no claudicara, y lo maldijo cuando toleró que Amanda se recluyera en su casita en los suburbios citadinos. Pero cuando Amanda escapó para volver al villorrio, Eriseta sospechó que su oportunidad había llegado.
Miguel, desde ese momento hasta que su hija se presentó a rendir el primer examen en la agencia, dudó sobre la ocasión más conveniente para decirle a Amanda lo que le adeudaba desde hacía tiempo. Se prometió hacerlo cuando regresaba del villorrio en el automóvil y escuchaba el llanto de Jorge, un llanto del que no logró darse una explicación convincente, porque sonaba a destierro, a ausencia irreparable, la que el muchacho sufría sin poder manifestarlo en sus palabras.
Pero el momento había llegado. Debía resolver ese asunto pendiente que la muerte de Anita le dejó.
Jorge iría a la escuela de la milicia, estaba decidido. La idea de un hijo militar lo seducía. Jorge tenía razón, esa era una idea suya, no de Eriseta. Ella solo la amplificaba hasta el ridículo.
Lo del piano le parecía una excentricidad de su madre, pero no le preocupaba en lo más mínimo. Pero la carrera militar era una extraordinaria posibilidad para el ascenso definitivo de la familia al reducido cenáculo del poder real y había que tentar suerte, aunque el muchacho se manifestaba en contra de ese destino. Más de uno halló su porvenir de manera inexplicable y del modo menos esperado. Él podía demostrarlo con su encuentro con Anita y esa paternidad que le llegó en medio de una hemorragia mortal.
Eriseta se convenció de que lo mejor, por el carácter vacilante de su hijo, era que el asunto de Amanda lo arreglara un tercero, por ejemplo, un escribano. Fríos como los peces muertos.
Ella pensaba que la crueldad como herramienta de la felicidad se vuelve devastadora, incluso con una hija adoptada.
Pronunciar las justas palabras de despecho, las correctas palabras del desamor bien recitado, destruía toda posibilidad de arrepentimiento del victimario y, sobre todo, del perdón de la víctima.
Quien pronunciara esas palabras quedaba esclavizado para toda la vida de lo que había dicho en un instante breve como el suspiro de un moribundo al entregarse a la muerte.
Y Eriseta deseaba que su hijo viviera realmente feliz, libre del peso de ser, además de un traidor, un verdugo. Porque la traición es agua que abunda en el mar de las pasiones humanas. Pero la condición de verdugo, pocos, muy pocos, pueden ejercerla libres de cualquier remordimiento.
Por eso ella aspiraba a que él se limitara a ordenar que se completara el sacrificio, a diferencia de Abraham, quien preparó él mismo el holocausto donde sacrificar a su hijo por mandato de Dios y a quien un ángel misericordioso le detuvo la mano cuando iba a sacrificar a su primogénito. Que Miguel diera la orden, pero que no la ejecutara.
Lo irreparable era lo deseable. La crueldad cristalizada en un adiós para siempre.
“No soy tu padre”, así de breve y contundente. ¿Qué más habría que decir después de pronunciadas esas palabras?
El escribano diría: “En la ciudad de Buenos Aires, a tantos días, del mes tanto, del año tanto, declara ante mí el Señor Fulano de Tal, quien viene a expresar que Amanda Da Silva no es su hija y que nunca la fue, y que su nombre no es Amanda ni su apellido es Da Silva. Queda así manifiesta la voluntad de indicarle a la mencionada que no pertenece más a la familia del declarante y que se abstenga de ahora en más de interferir en el armonioso curso de la vida familiar de los que están unidos por la sangre”. Fírmese, dese a conocer, archívese.
Pero Eriseta no encontraba la oportunidad para manifestar a Miguel su sugerencia. Lo haría de un modo aceptable, sin ofender sus prejuicios las más de las veces, absurdos y contradictorios.
Pero Miguel ya había tomado su propia decisión. Sus vacilaciones, sus dudas, tenían un alto componente de cobardía en su composición primordial. Y él se reconocía un cobarde para enfrentar a Amanda y decirle lo que había prometido explicarle. Mirar a los bellos y negros ojos de Amanda era encontrarse con Anita en estado larvario. Y eso no podría resistirlo. Al romper con Amanda, destruía el recuerdo de Anita.
Acobardado, prefirió escribirle su carta que haría llegar a través del correo de la Agencia, a donde fuera necesario. Para que no hubiese error, en cada base, en cada parador donde ella se detuviera, aunque fuera solo por cinco ínfimos minutos, estaría esperándola su carta, para que supiera de sus palabras. Por eso escribió varias copias, las necesarias para garantizar que, al menos una de ellas, llegara a las manos de Amanda.
La carta decía:
“Amanda, no soy tu padre. No sé quién fue tu padre biológico.
Conocí a tu mamá cuando tenías un año y te adopté como mi hija, pero no sos mi hija, no sos mi sangre.
Quiero que sepas que ni siquiera te llamás Amanda. Ese no es tu verdadero nombre. La obligué a tu mamá a cambiártelo por conveniencia. Lo elegí yo porque significa la que merece ser amada. Los papeles de tu nacimiento son falsos, me los proveyó la agencia para ocultar tu verdadero origen.
Mi nombre no es Miguel ni mi apellido Da Silva. Es una identidad de fantasía, me la dieron para una tarea reservada. La conservé por necesidad. Por lo tanto, tampoco tu verdadero apellido es Da Silva.
A tu mamá se la llamó Anita Cruspaga, pero esa no fue su verdadera identidad.
No estoy autorizado a decirte sus verdaderos nombres. Es un asunto de prontuario y para mantener el secreto sobre ella negocié que sus datos personales serían borrados de todos los archivos.
A partir de su muerte, tu mamá no existe en ningún lugar de la memoria administrativa.
Al cremar su cuerpo y arrojar las cenizas al osario general, no subsistió nada de ella. Solo quedan tus recuerdos que durarán hasta que mueras, o tu memoria muera antes que tu cuerpo.
Nunca sabrás tu verdadero nombre, ni el de tu madre, ni quién fue tu padre biológico.
De todos modos, serás conocida como Amanda Da Silva.
Te deseo lo mejor.
Quien hasta hoy se llamó
Miguel Da Silva.”
Lo que Miguel no comprendió en ese instante fue que, al destruir el recuerdo de su esposa muerta a través del despojo al que sometió a Amanda, mutiló para siempre el vínculo con Jorge, porque Anita se derramó de amor en sus dos hijos y no había posibilidad de consagrar a uno y aborrecer al otro.
La suerte estaba echada para todos.
Miguel eligió el destierro. Luego de mandar la carta siniestra, pidió una comisión al exterior, al Brasil, de ser posible, donde podía hacer negocios con aquel general brasileño, a quien le envió un par de testículos falsos para satisfacer su manchada honra.
La Agencia aceptó hasta con satisfacción su pedido. Muchos lo querían fuera porque temían que sus cavilaciones echaran todo a perder.
En semanas estaría viajando rumbo a Río de Janeiro. Especulaba que, a Amanda, de quien ya sabía que había sido aceptada para la tarea, si superaba su entrenamiento, cosa que descontaba, no la volvería a ver en su vida. Jorge, por su parte, estaría internado varios años entre la escuela militar y los cursos superiores, lo que le permitiría vivir en el exterior por un largo período. Un viaje del padre a Buenos Aires cada tanto, o del muchacho a Río, en su defecto, serían suficientes para mantener el vigor de la relación de padre e hijo. Para toda otra contingencia con Jorge estaría Eriseta, la más interesada en el futuro del muchacho, siempre dispuesta a velar por la integridad de los integrantes de la familia. “La sangre manda”. Esa era la consigna. 

***

XVIII – Bendita tu eres 

Amanda llegó al pantagruélico edificio donde debía comparecer para su última entrevista. Estaba envuelto en una rara bruma que llegaba del río.
La luz de día no lograba iluminar la mole de cemento que se le presentó más gris que las dos primeras veces que estuvo en ella. Solo su dorada puerta de bronce lustrado a espejo brillaba encandilando por un raro efecto de los rayos del sol. El brillo del bronce rompía la monotonía del color gris del cemento, apenas interrumpido por los detalles en mármoles negros que adornaban los numerosos escalones de la larga y amplia escalinata que había que superar para ingresar al edificio.
Las numerosas ventanas que daban a su frente presentaban cerradas sus celosías de hierro. Esas pocas que mostraban sus vidrios biselados espejaban la escasa luz del sol que les llegaba y reflejaban parte de las amplias arboledas circundantes, así como las nubes que por encima de los edificios vecinos se alzaban por la caprichosa turbulencia del viento que llegaba del río.
Por esas pocas ventanas de persianas abiertas, asomaban como extrañas sombras chinescas, siluetas con forma de cabezas humanas mirando en dirección al camino de entrada que iba desde la reja perimetral hasta la gran escalinata. Pero ninguna de esas formas humanas parecía moverse, como si estuvieran pintadas a dedo, por lo que lucían despreocupadas de su presencia y del trabajo de los soldados que limpiaban los jardines.
Amanda ingresó para dirigirse al edificio, por la única puerta abierta de la reja exterior, una estrecha entrada por la que las personas solo podían ingresar de a uno en fila.
Como en oportunidades anteriores, algo más de una docena de soldados cuidaban de los jardines que lucían más bellos porque decenas de flores se habían abierto, eran multicolores y entregaban sus perfumes que se hacían notar a pesar del olor a tierra que del suelo debajo de los árboles se imponía sobre los demás aromas.
Amanda llevaba un vestido negro, zapatos sin taco del mismo color. Su peinado la recataba aún más que su ropa y el rostro lavado le daba un aspecto muy juvenil. Controló sus emociones, porque no había podido deshacerse de esa angustia que le provocó las habladurías de los hombres en el colectivo sobre Ramón y su esposa. Con pleno dominio de sí misma, relajó su rostro al que despejó de todo signo de preocupación. No quería revelarse ante sus interrogadores.
Ascendió la larga escalinata sin apurar el paso, respirando con tranquilidad. Miró en su reloj pulsera la hora y confirmó que estaba en tiempo, por lo que no apuró la marcha. Subió contando los escalones. Como a veces le ocurría con el paso del tiempo, y como le sucedió cuando ascendió en el ascensor de los jerarcas con la secretaria de peligrosa sonrisa que trataba de reclutarla para su servicio, cada escalón parecía reproducirse y estirar prodigiosamente la escalera hasta volverla casi interminable.
Se detuvo a mitad de la escalinata (lo que llamó la atención de los soldados que dejaron de limpiar los amplios jardines de la entrada), respiró hondo nuevamente, despejó esa sensación de multiplicación que ofrecían los escalones por el capricho de una alucinación y recuperó el dominio del tiempo y del espacio.
Llegó al último escalón que era muy amplio y estaba recubierto con un felpudo de cáñamo tejido, en cuyo centro, en un color más oscuro, se distinguía claramente el emblema de la institución. Los soldados volvieron a sus monótonas tareas cuando perdieron de vista a la muchacha del vestidito negro.
Entró en el amplio hall del edificio, donde los mismos guardias la recibieron y la saludaron sabiendo de quién se trataba. Ella retribuyó el saludo con una amplia sonrisa que no pareció demasiado falsa. Uno de ellos miró su lista de visitas para verificar sus datos y, antes de que ella pronunciara una palabra, le preguntó si se trataba de Amanda Da Silva. Confirmó que era esa persona y que la esperaban para una entrevista.
El guardia llamó por un teléfono interno. Cuando colgó el auricular le dijo a Amanda que en breve vendrían a buscarla para llevarla a la oficina donde estaban esperándola. Agradeció la información.
El hombre la invitó amablemente a esperar sentada en un sillón pequeño que estaba a escasa distancia del mostrador de la recepción. Aceptó la invitación y se acomodó cuidando de no arrugar su ropa al sentarse. Sobre sus piernas apoyó su pequeño bolso de mano que sostuvo con fuerza como si temiera que alguien quisiera arrebatárselo.
Sentada allí, pudo apreciar por primera vez las dimensiones extraordinarias que tenía esa recepción que se abría tanto a izquierda como a derecha en dos amplias alas, y hacia un fondo que parecía no tener fin.
Amanda calculó que, a ambos lados, cada ala del edificio se extendía no menos de cincuenta metros. En cambio, no podía calcular con precisión la profundidad, porque hacia el fondo del hall, la oscuridad era muy intensa y no permitía apreciar su verdadera dimensión. Sabía que allí había varios ascensores, cada uno destinado al uso del personal de acuerdo a su jerarquía.
Los techos eran muy altos. Supuso que entre el piso y la bóveda del techo no había menos de diez metros. Estaba adornado por unas molduras muy trabajadas que se extendían por todo el perímetro. Cada tanto y de manera regular, se alzaban enormes columnas que sostenían los pisos superiores. Los capiteles imitaban el estilo dórico y por eso eran más rebuscados que los adornos del piso.
Todas las columnas estaban revestidas en mármoles de dos colores, uno claro y otro oscuro. Las columnas propiamente dichas estaban recubiertas en mármol de un color marrón claro, y su base, de mármol de color marrón oscuro, casi negro, veteado.
El piso era de mármol blanco, limitado por un dibujo realizado con baldosas negras, también de mármol. El dibujo simulaba una guarda etrusca, menos artificiosa que los adornos de los capiteles, pero igualmente dispuesta con armonía, en una decoración geométrica. Lucía muy limpio y lustrado y la guarda resaltaba sus cualidades por el contraste de los colores.
Lo único que Amanda no podía definir era el perfume de ese enorme ambiente. Porque había momentos que parecía a lilas, pero en otros a arcilla. El perfume a lilas provenía del oscuro fondo de la antesala, y el de arcilla de su frente. En medio se confundían los olores y producían una fragancia confusa. Pero era un olor espacioso, de una argamasa de flores y tierra fresca que nunca antes había sentido y que tuvo cierto efecto sedante sobre ella. En un momento, cerró los ojos y aspiró profundamente ese olor particular. Retuvo el aire por unos cuantos segundos y luego lo exhaló reconfortada.
Al permanecer con los ojos cerrados no pudo apreciar que a cierta distancia un joven oficial la observaba detenidamente, sin querer interrumpir su actitud introspectiva. Tal vez al joven la plació apreciar la juvenil belleza de la visitante. Su mirada era clara pero muy tranquila. Amanda sintió la vibración de esa presencia y abrió los ojos para observar de frente al hombre. Este sonrió y avanzó hacia la muchacha sin hacer sonar sus botas militares como para no alterar el clima que se había creado con la presencia de la muchacha. Los guardias de seguridad se miraron entre ellos y sonrieron cómplices. Amanda sintió cierto rubor al observar el gesto de los corpulentos guardianes, quienes en ese momento habían perdido algo de esa actitud de estatuas que los caracterizaba.
—¿Amanda Da Silva? —preguntó el joven oficial al tiempo que extendía su mano para ayudar a Amanda a incorporarse y saludarla.
—Sí, señor, esa soy. —Se puso de pie y sintió la cálida mano del hombre rodeando con cuidado la suya. Luego, se acomodó la ropa y pasó la mano por su cabeza para acomodar un mechón de cabello que se había apartado del recatado peinado que lucía.
—Bienvenida, señorita. Nos complace tenerla nuevamente con nosotros. —El joven le habló con estudiada cortesía. Luego la invitó a dirigirse escoltada por él hacia un ascensor que estaba en el fondo de la antesala.
Ambos ingresaron al ascensor y el hombre oprimió el botón con el número “4”. Amanda sabía que era el piso donde algunos oficiales superiores tenían sus despachos.
—Un oficial a cargo la va a recibir apenas lleguemos. —Le explicó a Amanda tratando de parecer didáctico—. Es un oficial superior, y está algo ansioso por conocerla.
—¿Por conocerme a mí? —Amanda preguntó algo incrédula.
—Sí, señorita. Me permito decirle que usted es casi una celebridad aquí dentro.
—Pero yo… —Trató de explicarse Amanda, pero el ascensor se detuvo en el piso. El joven abrió las puertas e invitó con un gesto a Amanda a abandonarlo. Luego le indicó con la misma amabilidad en qué dirección dirigirse.
—Yo solo di unas pruebas. —Le explicó Amanda mientras apuraba su paso por seguir al joven y atlético militar.
El oficial sonrió y se detuvo en una puerta que tenía una letra griega torneada en bronce, atornillada en el frente. Amanda recordó esa letra que aprendió durante sus estudios de griego en el internado. Ese símbolo¹, algo que nunca supo, la representó de por vida.
El joven que ofició de lazarillo golpeó suavemente para avisar de su presencia.
—¿Quién es? —Se escuchó preguntar desde adentro. La voz sonó fuerte, pero aún era suave.
—Señor, está aquí la persona que usted esperaba.
—Que pase.
El joven oficial abrió la puerta e invitó a Amanda a ingresar. Luego que ella entró, cerró con delicadeza y no volvió a aparecer. El oficial superior se puso de pie y miró a Amanda con atención.
Era un hombre muy diferente a sus dos primeros interrogadores. No tenía una cabeza en forma de pepino con nariz de roedor, ni el aspecto estereotipado del almirante de discurso plagiado.
Se trataba de un oficial de edad madura, tal vez de unos cuarenta y cinco años de edad o incluso alguno más, pero muy bien llevados. La saludó extendiéndole su mano y tuvo la deferencia de no apretar la de ella, que era pequeña comparada con el tamaño de la del hombre. La invitó a sentarse en una silla de frente a su escritorio.
El despacho del oficial era amplio pero modesto. Había otros tres escritorios que nadie ocupaba en ese momento, y varios archivadores. Todo el mobiliario era de color cedro y estaba muy bien conservado. La luz de la tarde, a esa altura, se había abierto paso entre la bruma y entraba por tres amplios ventanales de los pocos que Amanda vio que tenían abiertas sus persianas, y a pesar del calor que se sentía afuera bajo el sol, allí el ambiente se conservaba bastante fresco.
—¿Cómo ha sido su viaje, Amanda? ¿Tranquilo?
—Sí, señor. Muy tranquilo.
—Me alegro. Supongo que estará algo inquieta por saber cómo ha sido evaluada luego de dos entrevistas. —preguntó jugueteando con una pila de hojas que estaban justo a su frente.
—Así es.
—Pero antes de hablar de ese tema, o para llegar a ese tema de una manera satisfactoria para los dos, quisiera que conversáramos algunos asuntos como si fuéramos dos conocidos, sin preocupaciones. No le dije “viejos conocidos” porque vincularla a usted a alguna forma de la vejez no tiene sentido. Es usted muy joven. —El hombre le dijo moderando el tono de su voz, para ablandar la natural dureza de su manera de hablar.
—He cumplido dieciocho años. Voy para diecinueve.
—Es la edad ideal para iniciar este aprendizaje. Aprecio su juventud.
—Gracias, señor. —Amanda le respondió con tranquilidad.
—¿Podremos, entonces, hablar en confianza, como dos conocidos?
—Sí, señor.
—Bien. ¿Alguien le habló de cómo es la formación en nuestra Institución?
—No, solo tengo una vaga idea. —Amanda se justificó. Recogió sus piernas y apoyó sus manos sobre la falda. El oficial no dejaba de mirarla a los ojos y Amanda, que se había acostumbrado a mirar a los ojos a quien le hablara, sostenía su mirada.
—Es un poco diferente a todo lo que ha conocido hasta ahora. Incluso, con todo lo difícil que debe haber sido para usted, muy distinto a su internado en el colegio de monjas.
—Aprendí muchas cosas allí.
—Lo sé. Tengo excelentes referencias suyas del colegio. La Madre Superiora la alabó cuando la entrevistamos personalmente, y luego, por escrito, nos ha dado un detallado resumen de sus capacidades. Debo confesar que tenemos mucha gente que con discreción está atenta a personas de carácter singular, como usted. La Madre Superiora del colegio donde usted fue pupila es una de ellas. Gran colaboradora de nuestra Institución.
Amanda se sorprendió de esa revelación. Jamás hubiera sospechado que la Superiora pudiera hablar bien de ella, luego del castigo al que la sometió por el incidente de los poemas de De la Púa y la amarga despedida que le regaló el día de su partida. Menos de su condición de informante de esa institución del Estado.
—Debo decirle que me sentí sorprendido por sus calificaciones, por sus aptitudes. —Amanda sintió un calor que le sonrojó las mejillas—. No muchas señoritas de su edad hablan tres idiomas, son excelente pianista como usted, o tienen facilidad para la matemática y otras ciencias exactas. Usted reúne muchas y excelentes condiciones.
—Gracias, señor.
—Pero lo que más me impresionó de usted es su carácter, su madurez a pesar de la edad. —Amanda seguía sorprendida por la descripción que el oficial hacía de sus condiciones.
—El carácter en estas instituciones es muy importante, le diría que es casi excluyente. Las personas sin el carácter adecuado fracasan irremediablemente. Creemos que no será su caso. Los dos informes de sus examinadores son excelentes. —dijo agitando los formularios de los dos interrogatorios que le hizo el hombre con la cabeza en forma de pepino.
—¿Los dos? —Amanda necesitó preguntar eso para quitarse la duda de qué había escrito ese horrible personaje de sus entrevistas.
—Los dos. Le aseguro que los dos. Es más, si usted desea puede leerlos para quitarse alguna duda si la tuviera. —Amanda movió su cabeza negativamente—. Me basta su palabra.
—¿Lo ve? Otra muchacha no hubiera resistido la tentación de leer estos papeles.
—Seguramente yo no podría evaluar mi comportamiento desde la perspectiva y experiencia que ustedes poseen. —respondió Amanda agradando aún más al militar.
—Pero, con franqueza, usted ¿considera que ha pasado satisfactoriamente esas dos pruebas a las que fue sometida?
—No sabría decirle, señor. No sé si yo respondo a lo que en esta institución reclaman. Hice lo mejor que pude, pero nunca había pasado por un examen semejante. Mi inexperiencia conspira contra mi juicio.
—Le aseguro que lo hizo muy bien. Conozco al examinador y sé que es muy estricto.
—Comparto su apreciación, aunque yo no lo llamaría “estricto”.
—Imagino por qué lo dice. —El oficial sonrió con picardía—. Hizo su trabajo y no debería condenarlo por ello. Si usted permanece junto a nosotros, también le tocará en más de una oportunidad “hacer su trabajo”. Le aseguro que no hay nadie mejor que él para poner a prueba una aspirante. —Amanda sentía sorpresa de escuchar esa alabanza sobre su inquisidor—. Su recomendación es muy tenida en cuenta en los mandos superiores. Y usted pasó con inmejorables recomendaciones de parte de ese hombre.
—Lo celebro, señor, le aseguro que lo celebro.
—Además, debo decirle que tenemos inmejorables referencias suyas. No me refiero solo a las que nos dio la Madre Superiora. Otros informes avalan lo que digo. Y están sus antecedentes familiares. Abuelo, abuela, padre. Todo perfecto. —Amanda se sorprendió de que no mencionara a su madre.
—Pero, para hablarle en confianza, debo decirle que si usted se incorpora a nuestra institución su vida va a cambiar por completo.
—Debería explicarme a qué se refiere para que yo pueda comprender perfectamente de qué hablamos. —preguntó Amanda sin dejar de observar al hombre que adquirió una notable dureza en sus gestos.
—De acuerdo. Le explico. En primer lugar, la esperan dos duros años de entrenamiento. Un poco más de dos años muy duros.
—¿Muy duros?
—Muy duros. Se lo aseguro. —Se movió un poco hacia adelante para mirar más de cerca a la muchacha y silabeó sus palabras—. Muy-du-ros. ¿Me comprende?
—Entiendo.
—¿Cómo se lleva con el esfuerzo físico?
—No soy una atleta, se aprecia de solo verme.
—Acá todos tienen que ser atletas.
—¡Qué inconveniente!
—No es preocupante. Seguramente se va a ejercitar como no lo hizo hasta ahora y va a cambiar su aspecto. Sabemos hacer un atleta incluso de quienes nunca se sospecharía que podrían serlo. Usted es una joven de aspecto casi estudiantil. Y aquí ese aspecto no le va a durar. El entrenamiento cambiará su fisonomía radicalmente. ¿Eso la preocupa?
—No, señor. No me preocupa mi aspecto. Estoy dispuesta a cambiarlo, si de eso se trata.
—Sus manos ya no serán las de una concertista de piano.
—No soy concertista.
—¿No querrá volver sobre sus pasos y dedicarse a la música? La Madre Superiora me dijo que usted es una extraordinaria organista y pianista, que podría tener un futuro brillante como música. Ella apostaba que lo sería.
—No soy música, no me interesa. Abandoné la música y no porque me obligaran.
—¿Y el canto? Sabemos que usted canta muy bien. El tango es una música con mucho futuro. Una mujer como usted, joven, bella y cultivada en la música, podría ser una atracción enorme en los escenarios, no solo de Buenos Aires.
—Solo es un pasatiempo.
—¿Canta solo para entretenerse?
—Algo así.
—Mire que tengo la confidencia de un hombre que la escuchó cantar en un bar de estación, una noche, y él, un conocedor, salió conmovido al oírla.
—Fue una broma, nada más. —Amanda estaba sorprendida de ese conocimiento del hombre.
—Él me dijo que canto como la propia Merello, “Se dice de mí”.
—Su informante exagera.
—Y que cuando cantó “María”, todo el auditorio quedó cautivado porque su versión fue realmente conmovedora.
—Pero yo no deseo ser cantante.
—¿Está segura?
—Muy segura.
—Correcto. Esta pregunta debo hacérsela, pero no quiero que piense que está en mi ánimo faltarle el respeto. —Amanda se preocupó por esas palabras.
—Pregunte y veremos.
—¿Es verdad que no desea tener hijos?
—Es verdad.
—Usted es demasiado joven para definir algo tan trascendente en la vida de una mujer. Ser madre, es el don más extraordinario que Dios les dio a ustedes, las mujeres.
—No conmigo. Dios no me dio ese don.
—¿Cómo la sabe?
—Lo sé. Sin que usted me considere una soberbia, solo lo sé.
—¿Tiene algún problema con Dios?
—Solo un par.
—¿Uno de esos problemas es la prematura muerte de su madre?
—Sí, ese es un asunto que no he arreglado con Dios.
—¿Y el otro? —Amanda debió pensar muy bien su respuesta. Esos hombres parecían conocer cada uno de los detalles de su vida.
—Mi internado.
—A veces no hay opción. ¿No lo pensó de ese modo?
—No. Siempre hay opciones.
—Tal vez los hechos le demuestren que no siempre es así. Y no porque uno no las busque.
—Puede ser. Tal vez alguna vez Dios me lo explique y yo pueda aceptar sus palabras.
—Dios no nos habla de ese modo. Tiene cosas más importantes a qué dedicar su tiempo.
—Sabré esperar. Puedo ser paciente.
—Bien Amanda. Debo decirle que si usted ingresa a nuestra institución y acepta el desafío de que la preparemos para una tarea extraordinaria, ya no será nunca más quien hasta ahora ha sido.
—No comprendo.
—Amanda Da Silva, como la conocemos, no existirá más.
—¿Moriré?
—Para el resto del mundo.
—¿Cambiarán mi nombre y mi apellido?
—Adonde usted irá es indiferente que se llame Amanda, María o Remedios. Da lo mismo Da Silva, Cruspaga o como en realidad fuera. Usted podrá seguir llamándose Amanda Da Silva; adonde va, a nadie le interesará si es su verdadero nombre o no.
Lo que oía de boca del oficial le explicaba muchas de las provocaciones del hombre de cabeza de pepino y nariz de roedor.
—¿Y cómo harían algo así?
—Usted es muy inteligente como para no deducir cómo se produciría eso. —El hombre extrajo del cajón de su escritorio un papel con membrete oficial, sellos y estampillado. Amanda leyó que decía en grandes letras negras “Certificado de defunción”, y abajo su nombre. En el lugar donde debía figurar causa y fecha no había nada escrito.
—Claro, fingirían mi muerte.
—Correcto.
—¿Y para qué?
—Todo a su momento.
—¿Y si fracaso?
—Usted no va a fracasar. Estamos seguros.
—Pero ¿y si fracaso? —insistió Amanda.
—No hemos previsto esa circunstancia. No la consideramos posible.
—Porque ya estaré muerta. —Amanda miró al oficial y comprendió el sutil gesto que este hizo con sus cejas. Hay quienes pueden morir dos veces. El hombre se recató de inmediato y borró ese gesto de sus cejas.
—Usted no va a fracasar. —Repitió convincente—. Le aseguro que somos muchos a los que nuestra mucha experiencia nos dice que eso no va a ocurrir. Usted es alguien excepcional en quien tenemos depositadas muchas esperanzas. —El oficial observó el gesto de Amanda—. ¿La inquieta mi comentario?
—Es que no alcanzo a comprender por qué tienen tanta seguridad sobre mí. Cuando venía para aquí, el joven que me acompañó me dijo…
—Que usted era una especie de celebridad. —El hombre completó la oración que iba a decir Amanda. Ella alcanzó a disimular con esfuerzo su perplejidad
—Es cierto, eso me dijo.
—Los jóvenes tienden a exagerar las cosas. Pero en su caso no hay exageración, confiamos en sus aptitudes y estamos seguros de que no fracasará.
—Sigo sin comprender tanta seguridad sobre mis cualidades.
—Las personas no son lo que ellos creen que son. Usted, de sí misma, tendrá una opinión formada, con sus más y sus menos. Pero si uno desea saber cómo es realmente, debe preguntar a muchas otras personas qué opinión tiene de uno. La suma de todas esas opiniones suele describir bastante exactamente nuestra personalidad, nuestros lados fuertes, nuestros lados débiles.
Nosotros, que somos muy meticulosos para seleccionar personal para tareas muy especiales, le hemos preguntado a mucha gente sobre usted, y con todas esas muchas opiniones nos hemos podido configurar un perfil suyo que creemos es bastante aproximado sobre su personalidad y sus capacidades.
Por un buen tiempo no podremos hablarle de la tarea que esperamos deberá usted realizar. En su momento lo haremos. Ya le dije, todo a su debido momento. Hemos buscado a alguien como usted durante mucho tiempo. Todas las posibles aspirantes resultaron un fiasco. Unas por falta de inteligencia, otras de carácter. Otras por oportunistas y algunas porque solo venían recomendadas por algún encumbrado.
Por muchas razones creemos que usted es la persona ideal para una labor extraordinaria, única, y si bien no estoy autorizado a hablar de ella, sí puedo adelantarle que su tarea no tiene paralelo con ninguna otra. No exagero si le digo que si hiciésemos público el destino del que le hablo, cientos o tal vez miles de nuestros hombres se ofrecerían incluso sin saber si en ello les iría su propia vida. Así de importante es la tarea para la que usted está propuesta y para la que esperamos complete su entrenamiento básico.
Amanda permaneció en silencio. Apretaba sus manos y con ellas sus muslos. Trataba de comprender de qué le hablaba ese oficial, con su tono medido y su indisimulable entusiasmo.
—Señor, ¿debo responder ahora?
—Sí, señorita. Por supuesto. Este es el momento y este es el lugar de decidir.
—¿Y si no acepto?
—No hay problema. No pasará nada. Usted ya firmó ese documento de confidencialidad. Descarto que lo leyó con detenimiento.
—Sí, lo he leído muy atentamente.
—Bien. Entonces saldrá de acá y hará su vida. Cantará, tocará el piano o tendrá una docena de hijos. No lo sé y sin ser irreverente, no me interesa.
—¿No hay otro lugar para mí aquí?
—No. No lo hay. Lamento decepcionarla, si es que esperaba otra respuesta.
—Pero tendré hasta marzo, cuando se inicie el curso preparatorio. —El oficial por primera vez sonrió extrañado. Amanda captó la risita—. No tendré hasta marzo. ¿Verdad? —preguntó sabiendo qué le iba a responder el hombre.
—No. Decididamente, no. Marzo, en su vida, es ahora.
—¿Y mi casa? ¿Y mis cosas? ¿Mi padre y mi hermano?
El hombre le acercó nuevamente el “certificado de defunción”. Amanda comprendió al instante.
—¿Hoy moriré?
—¡Hoy nacerá! —Lo dijo con una amplia sonrisa—. Y puso en su mano el formulario de aceptación de su ingreso a la institución en las condiciones y para el entrenamiento que ya le había descripto.
Amanda alzó la cabeza y miró al hombre con absoluta tranquilidad. Su rostro estaba completamente relajado. Al oficial, por el contrario, se lo notaba tenso y expectante. Su sonrisa forzada no disimulaba su inquietud.
Amanda respiraba con lentitud.
—Señor.
—Dígame.
—Antes de aceptar necesito hacerle esta pregunta y que usted me responda con sinceridad.
—Si puedo responder, lo haré con todo gusto. Si no, callaré y usted sabrá disculparme.
—¿Cómo se puede morir estando viva? ¿Cómo se puede vivir estando muerta?
—En dónde usted será destinada, encontrará las respuestas a esas preguntas. Se lo aseguro. Desde hace tres siglos en el lugar de su destino se muere en vida y se vive en muerte. Le aseguro que allí encontrará la respuesta a su interrogante.
—Si allí encontraré mi respuesta, entonces tal vez valga la pena correr el riesgo. —Y Amanda firmó conforme.
El hombre exhaló aliviado. Se incorporó, tendió su mano para saludarla y se despidió de Amanda con una suave sonrisa entre los labios. 

***

Autobiografía en secreto 

de Amanda Da Silva 

Pasión (2) 

Sección Tercera 

***

XIX – Metamorfosis 

Por primera vez en algo más de dos años pudo mirarse a un espejo. En la habitación de la base destinada a los funcionarios que estaban de paso, donde fue alojada luego de culminar los dos años y algunos meses más de entrenamiento y a la espera de su destino final, un gran espejo mucho más grande que el tamaño de su cuerpo estaba amurado a la pared que daba a los pies de la amplia cama doble. Se desnudó por completo para poder mirarse.
La luz, intensamente sonámbula, que entraba por la ventana iluminaba su cuerpo. Al tocar su piel, su cuerpo de guitarra encontraba su verdadera estatura femenina. Se descifraba de luz cada gota de humanidad que Amanda reconocía al volver la vista sobre el misterio de su propia anatomía.
¿Era Amanda Da Silva la imagen que le devolvía piel a piel el espejo? ¿Era esa armónica, pero musculada, forma femenina el reflejo inequívoco de la substancia humana de ese cuerpo? No podía asegurarlo. Tenía legítimas dudas. El espejo podía engañarla con sus caprichos. Ella se había incorporado por propia decisión al reino del engaño, donde la verdad era tan inasible como los misterios del espejo. Si los hombres se mentían los unos a los otros amparados en ambiguas razones y maquiavélicos proyectos, ¿por qué el espejo no habría de mentirle? Él podría tomar sus propias decisiones, elucubrar sus propios engaños, distraer con sus propios enigmas en una dimensión a la que Amanda no tenía acceso. Y por eso desconfiaba de lo que sus ojos veían.
De dónde venía y adonde se dirigiría en breve no había manera de discernir la dimensión de los engaños. Mucho menos de desmentir la capacidad de un espejo de devolver una imagen tan irreal como ese submundo de la mentira elevada a institución del Estado. Así que observó detenidamente la imagen que veía en él y trató de hallar en ella claras huellas de sí misma que le dieran la pista de que esa mujer que la miraba por detrás del vidrio era Amanda o una aproximación a la Amanda que conoció antes de ingresar a la institución.
Pero aquella muchacha que recordaba y que murió en los papeles hacía algo más de dos años no era la del espejo. De ninguna manera. De eso estaba segura.
Mucho menos era la que correteó por la pequeña casa de madera canadiense, ni la que se envalentonó con la crencha engrasada en el internado de las monjas. La que acarició la cabeza de la amada amiga el día que la muerte llovió desde la altura de unos aviones de guerra ni la que hizo el amor esa noche bajo la pálida luz de modesta lamparita eléctrica.
Algo había cambiado rotundamente.
¿Quedaba algo de aquel ser frágil, de cabello castaño de bucles de reflejos rojizos que parecían girar lenta pero ininterrumpidamente? ¿Quedaba algo de esas dos delicadas líneas que dibujaban sus cejas y de las que nadie podía decir si eran o no pintadas? ¿No eran más oscuros sus ojos que entonces? ¿Conservaban aún algo de luz y algo de noche, de agua torrentosa y de áspera tierra desplegada, relámpago compacto y asuntos de martirios? ¿Había perdido el brillo de su amorosa mirada?
Y la nariz ya no era pequeña, flanqueada por el noble ópalo de sus redondas mejillas de muñeca.
Debajo de la nariz que se había hecho recta, la pequeña boca de leves labios de sublime amatista ya no existía. La boca cándida y sugerente que bajaba en un imperceptible rictus de soñolencia que torcía delicadamente la comisura de los labios a cada lado había dado lugar a unos bezos llenos de sangre, vivos, con una sensualidad alejada por completo de la infancia y de la impúber inocencia.
Se sorprendió de su metamorfosis. Había perdido todo rastro adolescente. Tenía el rostro bronceado como nunca lo tuvo y había adquirido una dureza llamativa. Su humana luz no había desaparecido, pero estaba impregnada de brillos enemigos que ejercían una belleza distorsionadora.
Sus pómulos se redondearon. Los ojos se hicieron más negros y melancólicos. Las pestañas eran largas y se curvaban hacia arriba en una insinuación eléctrica de raíces.
El cuello se había ensanchado. Ya no tenía ese aspecto endeble de tallo de flor de su adolescencia, era un estambre espeso venerable. Las espaldas más anchas y fornidas, y los hombros redondos, pero ya no de fruta.
Los brazos y antebrazos eran fibrosos y musculosos. El vientre liso mostraba sus músculos marcados alrededor de un ombligo diminuto que se cerraba sobre sí mismo. Los senos eran pequeños y su pecho amplio.
Sus caderas se habían ensanchado y sus glúteos se habían redondeado como el lomo de una uva, la curva transparente de una gota, la elipse de una campana. Las piernas eran fuertes, vigorosas, de músculos torneados y mostraban adrede la energía que habían adquirido.
Posiblemente seguía siendo Amanda Da Silva, pero al mismo tiempo ya no lo era.
Pero, de todos sus cambios, el que más la sorprendía era el de sus manos. Esos sí, los había visto producirse día a día, semana a semana, mes a mes.
Ya no eran sus dedos largos, finos, delicados. Ni sus manos escuálidas y frágiles propias de un pianista.
Eran gruesas, rudas, callosas. Manos definitorias. Dedos de soldado, de uñas duras como garras.
Con ellas podía portar un arma de fuego o un cuchillo.
Estrangular a un animal o a un hombre.
Talar un árbol.
Cavar una fosa.
Trepar hasta la cúspide de un árbol.
Abrir un agujero en la materia.
Sus manos eran donde todos los cambios se habían acumulado. Unas manos que mutaron por las herramientas que blandieron y el modo del trabajo en que fueron empleadas. Como al hombre ancestral que abandonó la prensión palmar para evolucionar hasta alcanzar con sus dedos la fina precisión de una pinza extraordinaria, a ella le ocurrió una singular metamorfosis de las manos.
Y no podía dejar de mirarlas llena de asombro, parada allí, desnuda, delante del inmenso espejo que le devolvía esa imagen hasta ese momento desconocida, solo mirando sus manos de un lado y del otro, por el dorso y por la palma.
En cierta forma, como le dijo el oficial con el que habló el día de su ingreso a la institución, había muerto y nacido al mismo momento. Días después de la entrevista, cuando se trasladó al lugar que sería su hogar durante algo más de dos años, ese mismo hombre le dijo confidente que, desde cierta perspectiva, era lícito considerar que todos los seres vivos, apenas nacían, empezaban a morir. Y aunque en ella el proceso fue inverso, es decir, murió para nacer, no tenía nada de contradictorio.
Allí estaba, mirándose, muerta pero viva. Con algo de espanto por esa forma de la eternidad administrativa que le había provisto la institución estatal.
Durante su entrenamiento le hablaron de la eternidad muchas veces. De los misterios de una eternidad inexplicable, peligrosa y subversiva, porque todo lo que altera el orden establecido se torna subversivo.
Lo tomó con despreocupación, como uno de los tantos acertijos con los que sus educadores ponían a prueba su inteligencia y su capacidad deductiva.
Ella siempre les respondió sin temor a equivocarse que la eternidad no existía en forma de individuo. Pero los hombres reían cuando escuchaban su explicación y Amanda, podía admitirlo, sentía furia por esas risas sarcásticas que descalificaban sus creencias. Sin embargo, insistió en que, para ella, todos los individuos estaban limitados en el tiempo y en el espacio. Seres finitos: nacen, crecen, mueren. Así de simple y terminante.
Pero les dijo que había una forma posible de alcanzar el ideal de eternidad, la de un ser colectivo, uno que expresara a toda su especie. «¿Una especie de Dios?», le preguntaron curiosos. «¡No!», les dijo terminante. Dios para ella era una entelequia, un artilugio de la fantasía humana. Tal vez las monjas echaron a perder su fe religiosa a fuerza de granos de maíz incrustados en las rodillas.
Ella hablaba de la Humanidad.
La Humanidad, hombres, mujeres, no como individualidades, sino como especie, desde los primeros a los últimos, porque en el último Homo sapiens que había nacido estaba conservado en el misterio de su extraordinaria genética, el primer homínido que anduvo por la sabana africana, consumando con su posición bípeda un cambio impactante en la naturaleza toda. Ese era su concepto de eternidad. «Yo soy algo de aquel tímido homínido y el último Homo sapiens que nazca tendrá algo de mí y algo de aquel».
«Después de todo», les dijo en una oportunidad al terminar un ejercicio que le costó lo suyo porque hizo cosas que jamás imaginó que haría, «todos los seres somos formas diferentes de materia, y la materia es única e indestructible». Y los hombres la miraron incrédulos, sin saber muy bien de qué les hablaba. «Agnóstica y escéptica», la calificaron los profesores. El destino de la mujer no solo echaría por la borda todos sus prejuicios, sino sus eruditas definiciones destinadas al fracaso.
El oficial instructor que se ocupó de su formación militar básica le dijo que adonde iba hubo guerras desde el principio de la historia misma. Allí los hombres mataron a los hombres y, cuando no pudieron matarlos, los sepultaron vivos para saciar su sed de venganza.
A los indomables les dieron los manifiestos de las sepulturas, bajo el desecho de las piedras, bajo la subterránea tierra espesa, bajo el agua desesperada de sequías, en el silencio más absoluto del helado mineral precipitado.
Y cuando las fosas comunes de los muertos vivos no les fueron suficiente castigo, los desterraron caminando descalzos y desnudos cientos de kilómetros de hambre y de sudor, arrastrando sus cadenas con las cabezas y los miembros de sus propios hijos atados a sus eslabones, ciegos de las púas del sol hundidas en las apabulladas pupilas negras, las lenguas ardidas de una sed delirante, para que los matara el hambre, el látigo, el garrote. Y los pocos que sobrevivieron padecieron el destierro para morir extranjeros para siempre, en esas tierras desconocidas a orillas de un río de aparecidos y dementes, en el que se devoraban los unos a los otros tras las empalizadas de un improvisado fuerte del Sancti Spiritu.
Y como el hombre, por error o por complacerla, señaló hacia arriba con su dedo índice, ella dedujo que marcharía en misión hacia el norte, aunque no tuvo nunca otra referencia del lugar. Estudió minuciosamente las guerras de esas regiones sin saber qué parte de esa historia la esperaba encerrada en una colosal mansión de aspecto sepulcral, sobre un pobre camastro cubierta con la bandera de las provincias unidas.
Esos dos años puso a sus recuerdos a dormir como muertos insepultos, la boca abierta pero mudos, materia del silencio; los ojos dilatados pero ciegos, agónicos huecos latiendo un fuego negro.
Despachó al olvido temporal a Miguel, a Jorge, a las alemanas, a su propia casa. Solo conservó a la madre, siempre luz indomable, perpetua sangre que volvía del huraño útero soltando el tesoro de su vida tras el parto.
Todo lo que creyó podía ser un obstáculo lo apartó de su mente. Pero eso había tocado a su fin. Estaba a un tris de partir para siempre a un destino desconocido. Y ella se miraba en el espejo y no pudo dejar de preguntarse por su hermano, por su padre, por las alemanas, por Ramón y «La Mamaní», y por ese amor que la abandonó sin ninguna explicación.
Ninguna de esas preguntas tuvo respuesta. De haberlas pronunciado nadie las habría respondido porque su suerte estaba definida desde que estampó su rúbrica en el papel que ese hombre de trato edulcorado, a manera de un Fausto de uniforme, le ofreció aquella tarde en el extraordinario edificio de la mentira
¿Para qué quiere una muerta hablar de cosas de los vivos?
¿Se hubiera impresionado por la respuesta?
Las alemanas esperaron su regreso todas las tardes acomodadas en sus sillitas de mimbre en la vereda lustrada de su casa. Allí sentadas, al norte, al oeste, al sur, vieron los cambios en la fisonomía del villorrio, sucederse sin esplendores, pero sin pausas. Salvo la carbonera y la casita de Amanda, todo mutó sus formas de sosiego.
El día que el fuego destruyó la bonita casa de madera canadiense sintieron como si ellas mismas hubieran cremado su vida en el crepitar furioso de las brasas. Vieron las llamas alzarse a la altura de los árboles circundantes, agrias elevaciones naranjas, hebras de fuego consumiendo voraz todo lo combustible a su paso. Y aunque corrieron presurosas a echarles a esos golpes de fuego unas agüitas sin siquiera ruido a aguas, vieron cómo todo se consumía definitivamente.
No encontraron consuelo cuando un policía les dijo que hallaron los restos carbonizados de una persona joven de sexo femenino; y repitió su respuesta porque se lo preguntaron incrédulas no una sino muchas veces: «¿Una persona joven de sexo femenino?», y él respondió con el vocablo pelado «afirmativo, afirmativo». Una persona joven de sexo femenino de un metro sesenta o un metro sesenta y cinco de altura, «afirmativo», seguramente caucásica, como ellas, blanca, «afirmativo», que no presentaba al momento de su muerte ni herida punzante ni de arma de fuego, «afirmativo».
Las mujeres llorando miraron con horror al policía que repetía a quien quisiera oír la historia, aquella de «una persona joven de sexo femenino» muerta en el incendio de la pequeña casita canadiense, al lado, ahí nomás de la carbonera, «afirmativo».
Solo una mancha negra de ceniza quedó en el terreno donde se alzó la casita.
Miguel jamás apareció por el lugar, y cuando las alemanas dieron su nombre como referencia, la policía les dijo que «estaban totalmente equivocadas», ese tal «Miguel Da Silva» no existía. «Negativo», dijeron. Y por si hubo dudas, repitieron «negativo». Ellas quedaron con las bocas abiertas y una incertidumbre irreparable.
Les informaron que la propiedad figuraba a nombre de una persona extranjera, algo de lo que ellas nunca habían oído hablar hasta ese momento. Allí terminó el asunto del incendio y la muerta incinerada.
Las alemanas se negaron a aceptar que fuera el cuerpo de su amada muchacha. Pero tampoco pudieron despejar esa duda definitivamente. Su desaparición se produjo la noche misma en que el compatriota del Volga les advirtiera de que la muchacha no se entrometiera en el asunto de la muerte de Ramón y su esposa porque los «militares la tenían marcada». Nunca supieron si Amanda en vez de ir a su casa se dirigió directamente a lo de Ramón y que allí se hubiera topado con los militares que deseaban liquidar a cualquiera que pudiera descubrir la verdad de lo que ocurrió esa noche y hacer público un testimonio en su contra.
De su hermano no tuvo más noticias desde aquel episodio en su casa, cuando puso en sus manos el tesoro de su flor de tamarindo. Nunca supo de su ingreso a la Escuela Militar y mucho menos de su escandalosa fuga que echó a agriarse para siempre las expectativas de Eriseta de halagar la progenie con un militar pianista. Pero sentía en su cuerpo sus vibraciones a la distancia que fuera. Algo los unía definitivamente.
De su padre le quedaba un sobre que le entregaron en la recepción de la base y que no había abierto todavía para enterarse de su contenido.
De su amor conservaba los poemas de su cuaderno «Gloria», el que buscaron para destruirlo los sabuesos más astutos de la institución. Les dijo mientras se burlaba de ellos: «Hay lugares a donde ninguno de ustedes podrá acceder en toda su vida». Y su contenido nunca estuvo en riesgo.
Los rastreadores jamás se dieron por vencidos. Olieron su boca, su entrepierna, sus nalgas, sus pobres enseres, su ropa sucia, su cepillo de dientes. Hasta sus sentimientos. Pero nunca encontraron dónde lo guardaba y por ello jamás accedieron a sus contenidos. Y ella se burlaba de ellos cantándoles «Nessun dorma», el himno de la victoria del que le habló la secretaria de pérfida sonrisa, el mismo himno que Encarnación le cantaba a Guadalupe y que recién comprendió en el momento de su propia muerte
De Eriseta nunca quiso saber ni una sola palabra.
Esa noche durmió como si en realidad hiciera dos años que no lo hacía. Suave, deshojada, mínima estatua tal vez ciega y desnuda, caliente y prematura y silvestre. Despreocupada paloma liviana como el paso de una sombra, sin desear adelantarse a su destino.
Dejó la ventana abierta de par en par para que la noche entrara en su montura de plata, en dominio pleno del oscuro sonido del viento que agitaba sus alas como una mítica ave de condición sagrada.

A la mañana la despertaron los breves y secos golpes de un puño contra la gruesa puerta de roble de la habitación. Restregó sus ojos y se sacudió para despabilarse.

Se levantó, vistió una bata y preguntó quién golpeaba a su puerta.

—Vengo a buscarla para llevarla a su destino, señora. —Escuchó que un hombre de voz muy joven le explicaba.

—No estoy lista. Ni siquiera estoy vestida. —Respondió entre bostezos.

—Sin apuro, señora. Estoy a su disposición. La esperaré lo que sea necesario, señora.

Amanda permaneció de pie detrás de la puerta, intuyendo el aspecto de ese joven que debía conducirla a su destino.

—¿Usted solo me llevará al lugar al que estoy destinada?

—Con otro chofer, señora. —La voz sonó más húmeda y profunda. Amanda captó esa transición de las cuerdas vocales del hombre desconocido que prometía llevarla a su lugar de destino.

—¿Dos choferes para mí sola? —preguntó suspicaz—. ¿Tan lejos vamos?

—En verdad no lo sé, señora. Las órdenes las conoceremos en cada posta. —Pareció justificarse el hombre.

—¿Y ya sabe cuál será nuestra primera posta?

—No. Tenemos un sobre sellado con ese dato, pero debe abrirlo usted, señora. Nosotros no estamos autorizados, señora. La única persona que puede abrirlo es usted.

—¿Y el otro chofer adonde lo dejó? ¿Atado a un árbol para que no se le escape? —El joven rio por la ocurrencia.
—Espera abajo, señora, en el auto. Usted conoce el protocolo, señora. Alguien debe quedarse en el automóvil, para evitar algún inconveniente, señora.
—Señora, señora, señora… ¿Por qué me dice «señora» todo el tiempo? —Amanda le preguntó algo fastidiada por el trato que ese desconocido le brindaba.
—Por respeto, señora. Solo por respeto. —La voz se hizo baja y sumisa—. No deseo molestarla, señora.
—¿Y usted cree que yo merezco su respeto?
—Seguro, señora.
—¿Tan seguro está usted de todo?
—Solo de mi respeto hacia usted, señora.
—Por favor, no me llame más señora. Seguramente soy más joven que usted. —Amanda lo corrigió mordiendo sus palabras.
—Como usted ordene. Yo estoy a sus órdenes.
—Y usted ¿por qué dice que merezco su respeto?
—¿Me lo pregunta en serio?
—¿Le parece que puedo estar bromeando?
—No, desde ya —se justificó—. Porque usted… —la voz se hizo vacilante—: porque usted…
—¿Por qué «usted» qué? —Amanda se cruzó de brazos esperando la respuesta. El joven podía sentir esa mirada atravesando la madera.
—Usted… usted…
—¿Ve? Ni puede explicar por qué cree que merezco respeto.
—Es que no encuentro las palabras, me disculpo, señora.
—Le pedí que no me llame más señora.
—Lo siento. No volveré a hacerlo.
—¿Entonces?
—Usted, para mí, es un ejemplo a seguir. Eso quería decirle.
—¡Qué absurdo! —Amanda se rio a carcajadas—. ¡Un ejemplo a seguir! ¿De dónde sacó eso?
—Me explicaron antes de venir hacia aquí de quién se trataba.
—¿Y qué le dijeron que lo dejó tan impresionado?
—Que pasó sus exámenes con las más altas calificaciones, que es inteligente, que es fuerte, que es… —El joven dejó de hablar como si estuviera a punto de decir algo inconveniente.
—¿Qué soy qué? Complete lo que estaba diciendo.
—Eh… usted es… ¡Joven! Muy joven… —Ella sabía que no se refería a su juventud.
—¿Sabe cómo me llamo, por lo menos?
—No, lo siento, no me lo informaron. Solo me dieron las indicaciones para pasar a recogerla. Me dijeron: «en tal base, tal piso, tal habitación, una mujer» de la que, le reitero, me hablaron siempre en términos muy elogiosos.
—No crea en todo lo que le digan. Hágame caso. Hay gente muy mentirosa.
—Como usted diga, señora.
—Ya le dije que no me llame señora.
—Es cierto, ya me lo dijo. Lo siento nuevamente.
—Si desea, váyase a tomar algo y venga en media hora. Voy a bañarme y tardaré un tiempo. No lo invito a pasar porque usted dejaría de creer que yo soy toda una señora que merece su respeto. Me encerraron hace más de dos años y me obligaron a vivir como una monja. Y yo odio a las monjas, entre otras cosas. Tengo otras necesidades menos espirituales que ellas y cierta tendencia a satisfacerlas. —el joven sonrió incrédulo por sus palabras—. Mejor váyase y vuelva en media hora. Se lo recomiendo por su bienestar.
—De ninguna manera, no puedo marcharme. Si mi superior se llegara a enterar de que abandoné mi puesto me sancionaría y no quiero que nada manche mi legajo. Estoy a su servicio. Me quedaré aquí, en el pasillo, junto a su puerta, a esperarla.
—Como un buen perrito esperando a su amo.
—Como un buen perrito, si usted así lo prefiere. —repitió el joven por congraciarse con Amanda.
—No vaya a mear el pasillo. Abajo hay unos bonitos árboles donde puede orinar sin que nadie se lo reproche.
—¡Por favor, señora!
—¡Dale con lo de señora!
El joven se disculpó abochornado y se apartó un par de metros de la puerta como si de ese modo pudiera despejar su nerviosismo y salir de la observación de Amanda tras la puerta de madera de la habitación.
Amanda se dirigió al baño decidida a ducharse aprovechando la abundante agua caliente que el lugar disponía para el baño. Tantos días, semanas, meses que debió bañarse con agua fría, a veces incluso helada, que no estaba dispuesta a desaprovechar una buena ducha caliente que relajara su cuerpo luego del sueño reparador.
Luego de bañarse se secó con unas toallas muy grandes y mullidas que habían dejado sobre una mesa de vidrio en el baño. Se vistió con ropa interior de color negro, de buena calidad, suave, aunque no era seda, y luego esa especie de uniforme azul que colgaba de una percha en el ropero y que imitaba un conjunto de tipo americano, pero de peor gusto. Pantalón azul, camisa blanca y un saquito azul algo ajustado. Calzaba una especie de sandalia al tono de taco bajo. Siempre se preguntó quién sería la persona que decidía el tipo y el color de ropa que debían usar las mujeres de la institución. A todas las que conoció las vio llevando atuendo de similar mal gusto y apagado color.
Se peinó mirando al gran espejo a los pies de la cama. El cabello todavía muy húmedo caía sobre los hombros con libertad. Abrió la puerta y llamó al joven.
El hombre se acercó hasta con timidez, tratando de no mirar a sus ojos. Era alto, bastante más que Amanda, de tez morena, cabello castaño y bien parecido. Parecía fuerte, aunque sus manos no le dieron esa impresión. Tenía dedos muy largos y finos, dedos demasiado delicados para esas tareas. Ella pensó que podría rompérselos con absoluta facilidad. Las suyas, en cambio, eran gruesas, rudas, callosas. Las observó con detenimiento cuando tendió su mano para saludarla y reparó en esos dedos de soldado, de uñas duras como garras, muy diferentes a las suyas.
Amanda volvió a fijar su mirada en la del joven y percibió que estaba inquieto, como si temiera ser descubierto en alguna travesura. Era más bonita de lo que él había imaginado y no se atrevió a decirle cuando le explicó qué cosas le habían dicho sobre ella. Eso lo descolocaba frente a una mujer que lo miraba casi sin pestañear, sabiendo con exactitud los sentimientos que lo inquietaban.
—Quiero ver sus credenciales. —le exigió Amanda sin quitarle la vista de encima y solo por hacerle sentir que ella era quien mandaba.
—Aquí están mis papeles. —le entregó una especie de carpeta de cartulina azul. Dentro de ella unos papeles acreditaban datos y misión encomendada.
—Nombre español. Debe ser falso, seguramente. —dijo Amanda devolviéndole la carpeta—. Los hombres que adoptan nombres españoles arden de amor, sus erecciones los tienen a mal traer y su esperma los acicatea para eyacular con urgencia. —El muchacho trató de no sonrojarse, pero volteó la cara para esconder su gesto. Amanda disfrutó el bochorno del hombre, a quien tomó de sorpresa con su atrevido comentario.
—¿Es esa clase de hombre?
—Soy solo un chofer. —respondió sin atreverse a mirarla.
—No le pregunté por su profesión. Le pregunté por su testosterona.
—Ese nombre ni siquiera lo elegí yo. Usted comprende. —se justificó.
—Y ese apellido, ¿de dónde lo sacó?
—Es mi apellido. —rio tontamente recobrando su aspecto de asistente prolijo.
—Ahora que me ha visto, respóndame: ¿quién es más joven de nosotros dos? —preguntó Amanda con tono poco amistoso.
—Usted, sin duda. —él bajó la cabeza y miró al piso disculpándose de su confesión.
—Entonces deje de llamarme señora. ¿Podrá hacerlo? ¿Tendrá esa capacidad?
—Sí, por supuesto. No volveré a llamarla así, lo prometo. —respondió sin mirarla a los ojos. Estaba algo cohibido ante ella. Amanda era más joven, atrevida, algo prepotente y seductora. Pero había algo en ella que lo intimidaba y no se trataba solo de que era de un rango superior.
—¿Le pasa algo? —Amanda hablaba con voz fuerte y tono marcial. Lo notó amedrentado.
—No, para nada. Solo la preocupación lógica de hacer bien la tarea que se me encomendó. —mintió sin convicción.
—Al lado de la cama está mi equipaje, puede retirarlo.
Señaló la valijita. Se trataba de una pequeña, forrada en tela azul, cruzada por unas tiras de cuero marrón y doradas hebillas algo grandes y que estaba al lado de la cama, justo delante de la mesa de noche.
Para entrar, el hombre necesitaba que Amanda le hiciera lugar, pero se quedó quieta delante de la entrada y dejó un estrecho espacio entre ella y el marco de la puerta.
—¿Qué espera? —lo apuró prepotente—. La valija no va a venir hasta usted. Tómela.
El joven, para pasar, debía rozar su cuerpo con el de ella. Con el simple contacto sintió una descarga de adrenalina. Amanda captó esa particular electricidad de la química del cuerpo del varón, y ella también advirtió complacida esa sensación hormonal recorrer su cuerpo.
El chofer cargó la valija y se quedó expectante a la espera de alguna indicación de la muchacha.
—¿Puedo desayunar? —preguntó Amanda que sintió su estómago vacío.
—¡Lo que usted mande!
—Entonces bajemos al comedor. —aferró su pequeño bolso de mano del que nunca se desprendía.
—Después de usted. —Con una reverencia esperó que ella saliera de la habitación.
Bajaron por las escaleras. Amanda detestaba los ascensores.
El comedor de la base no era demasiado grande. Amanda dedujo que el personal asignado a esa repartición no debería ser muy numeroso. Pero esa mañana en particular el lugar estaba casi vacío.
Una mucama tomó el pedido de Amanda. Una taza grande de café negro sin azúcar y tostadas con manteca y mermelada de naranja.
El joven se mantuvo apartado a pesar de que ella lo invitó a compartir el desayuno. Se excusó diciéndole que lo había hecho muy temprano y prefería esperar al almuerzo para volver a probar bocado. Tenía prohibido pretender un trato amistoso con cualquier superior y allí estaba expuesto a la vista de cualquier alcahuete. En el caso de Amanda, las recomendaciones habían sido más severas. Cualquier incidente que se pudiera reportar como un abuso contra la mujer sería castigado con el máximo rigor. Esa advertencia mantenía su libido acorralada, a pesar de que la mujer lo provocaba deliberadamente.
Cuando Amanda terminó de desayunar salieron de la base para encontrar el automóvil en el que viajarían hasta la primera posta.
—Cadillac 62 Sedanet. —dijo mientras observaba el coupé de dos puertas de color blanco. El joven le indicó a su compañero bajar para saludarla. Era un hombre algo mayor pero que lucía en buen estado atlético. De estatura media, anchas espaldas y manos fuertes. De rostro inexpresivo, sus ojos se detuvieron en el rostro de la joven mujer que lo impresionó por su aspecto casi adolescente.
—Buen día, señora. —dijo descubriendo su cabeza.
—¿Llamarme señora es una especie de enfermedad contagiosa entre ustedes? —El hombre quedó sorprendido por el reto de Amanda, quien, por su edad, bien podría ser su hija.
—No comprendo. —Amanda agitó su mano negativamente—. Él se lo va a explicar durante el viaje. ¿No es así?
—Sí, yo se lo explicaré, apenas nos detengamos.
—¿Conoce de automóviles? —preguntó el otro custodio.
—Algo.
—Tercera generación. —explicó.
—¿Tres o cuatro velocidades?
—Cuatro, señora. —El más joven sonrió distendido. Amanda hizo un cabezazo para indicarle que hablara con su compañero. Luego dijo:
—Hydramatic.
—¡Sorprendente, señora! —Amanda y el más joven se echaron a reír. El hombre cubrió su cabeza con su sombrero sin comprender la risa, abrió la puerta y trajo el respaldo del asiento delantero hacia adelante para que Amanda pudiera acceder al automóvil. Ella subió mientras el más joven guardaba la valija en el amplio baúl del coupé.
Cuando los tres estuvieron acomodados en el automóvil, el más joven, de un pequeño attache de cuero que estaba en la guantera, extrajo un sobre de color negro que entregó a Amanda. El color del sobre le resultó llamativo, pero evitó hacer alguna especulación sobre ese detalle. Revisó que los sellos estuvieran enteros y además reparó en ciertos detalles del sobre que ella conocía. Esos detalles le permitían saber si el sobre había sido violentado.
Encontró todo normal. Abrió el sobre y extrajo otro, blanco, más pequeño, también sellado. Lo abrió y leyó lo que estaba escrito en el papel. Sin hablar, le entregó la nota al muchacho, quien a su vez la puso en manos del chofer. Este leyó con atención y puso en marcha el automóvil. Los esperaban unas cinco horas de viaje hasta la primera posta. 

***

XX – En camino 

Amanda comenzaba su viaje a una ancestral tierra resecada, tierra disciplinada a golpes de martirios.
El paso elegido para ascender hasta las tribulaciones de las rocas urdidas en el cretácico tardío, cuando el volcánico choque de la duramadre planetaria, era hábil en flores y fragancias que dispersaban sus perfumes desde las monumentales cúpulas de las arboledas nacidas a la vera de un río desquiciado de espumas.
A su derecha, las barrancas se deslizaban con sus costras esculpidas contra la tierra y contra la piedra por el galope del agua que bajaba desde la interminable Amazonia, cargada del exterminio de las inundaciones. Traía entre sus pliegues el sonido de aves misteriosas, de peces fabulosos que bailaban al son de la música de un viento que no podía cesar en su sonoridad. Ella podía oír todos esos rumores vitales que las olas depositaban palpando las orillas que se escabullían sin fin hasta las inmediaciones de la ciudad, donde se hacía puro fango y tango y rezongo, con la misma intensidad de un verso con su crencha engrasada.
—¿Conoce la base a la que nos dirigimos? —el chofer preguntó mirando por el espejo retrovisor a Amanda, que iba cómodamente sentada en el amplio asiento trasero del coupé. Trataba de conversar solo por pasar el rato y no dejarse atrapar por la monotonía de la ruta.
—No. Nunca estuve en ella. Nunca viajé en esta dirección.
Amanda respondió desinteresada sin dejar de mirar por la ventanilla. Mintió a medias. Era cierto que no conocía la base adonde se dirigían, pero no se trataba de que no había podido viajar justo en esa dirección. Ella, salvo los breves viajes entre la casa y el colegio y el fondo de los cuarteles y la gran avenida en su propio villorrio, nunca había viajado a ningún lado.
—Poca cosa, ¿verdad socio? —dijo en tono confidente y tocó con su codo al joven oficial que viajaba a su lado. Rio socarrón, como si a ambos los uniera una travesura de la que preferían no hablar o no podían hacerlo en presencia de una mujer.
—Sí, poca cosa. —respondió sin ánimo el acompañante como si no hubiera captado el brillo sibilino en los ojos del chofer y su risita cínica. No parecía interesado en hablar de las humildades de esa base que solo se usaba como bajada de algunos investigados.
—De todos modos, allí solo nos detendremos para que los vigilantes constaten que usted está bien y que no tuvo ningún percance. —habló dirigiéndose a Amanda—. Allí nadie se aloja, es de paso. Con seguridad luego seguiremos viajando por dos horas hasta llegar a una base donde sí nos darán alojamiento. En ese lugar de seguro recibirá un nuevo sobre con las indicaciones para continuar nuestro viaje.
—Usted parece saber todo sobre nuestro viaje. En cambio, yo no tengo ni la más remota sospecha del lugar al que vamos, y eso que la misión me corresponde.
—Algo de conocimiento y algo de intuición, señora. Tengo muchos años de chofer en la institución, esa es mi tarea. Muchos más en esta labor que el amigo que me acompaña que, como usted puede comprobar sin esfuerzo, es bastante más joven que yo. —Amanda dejó de mirar por la ventanilla y dirigió su mirada al que le hablaba con cierta suficiencia.
—¿Ha hecho este viaje en otra oportunidad? —la viajera preguntó con verdadera curiosidad.
—Esta parte del trayecto, sí. No sé qué sigue después. Pero uno sabe escuchar los rumores.
El más joven de los hombres miró a su compañero y trataba de que atendiera sus señas. Quería indicarle que cerrara la boca y que dejara de hablar. Ninguno de los dos tenía confianza con la mujer y no sabían qué podría informar al arribar a la base con los vigilantes, una especie de policía interna dedicada a controlar el comportamiento del personal.
—¿Su tarea es escuchar rumores? Supuse equivocadamente que era manejar automóviles. Veo que no entendí cuál era su verdadera función en este viaje. ¿A qué departamento pertenece? ¿Al de choferes o al de alcahuetes? Porque yo, quiero que sepa, detesto a los alcahuetes que andan oliendo los pedos que se tiran los demás miembros de la agencia para ir con sus chismes a ganarse el favor de algunos jefes.
El hombre tragó saliva. Comprendió de inmediato a cuán peligrosa zona se había atrevido a incursionar, tal vez solo por charlatanear y mostrarse confianzudo con la pasajera.
—«No, señora, mi tarea no es escuchar rumores. Como usted dice, es manejar automóviles. Pertenezco al departamento de choferes. Le ruego sepa disculparme, me expresé desafortunadamente». —Se acomodó en el asiento y fijó la mirada en el camino. Toda expresión relajada abandonó su rostro.
—Joven. —Amanda tocó el hombro del acompañante, quien al instante volteó para responder a su llamado.
—A sus órdenes. —dijo acobardado sin poder mirar a los ojos de Amanda.
—Me gustaría que le explique a su «socio» —ella dijo la palabra «socio» con verdadera malicia— cuánto me molesta que me llamen «señora». Explíquele que me suena a «vaca», o mejor dicho a «vaca vieja» (recordó a Gertrudis y su malestar cuando le decían «señora»). ¡No, no! A «útero de vaca vieja», a «prolapso». ¿Querrá usted hacerlo cuando lleguemos a nuestra primera posta? ¿O en ella ustedes dos tienen «otros asuntos» que atender para luego jactarse entre sus pares de sus andanzas en prostíbulos o de cómo se aprovechan de las incrédulas hijas de los campesinos?
—Cumpliré con lo que usted me ordena. —Guardó silencio un instante, el que tardó en tratar de tragar una bola de saliva que se le había quedado atravesada—. Querría decirle si usted me permite…
—Le permito, lo escucho. —Amanda aflojó el gesto severo con el que había acompañado sus palabras hasta ese momento.
—No tenemos otra misión que trasladarla a usted al destino que indique la superioridad. Y esperamos que quede satisfecha de nuestra labor.
—Me reconforta oír eso. Estaba empezando a preocuparme.
El chofer vio brillar el filo de la hoja de un cortaplumas corta y curva del tipo de una pequeña cimitarra. Amanda pasó su rudo dedo por el filo y el hombre no pudo menos que admirar la fortaleza y tamaño de esas manos que no se correspondían con las demás partes de su cuerpo. Lo confundió que una muchacha bella y muy joven pudiera hablarle con ese tono y exhibiera esas manos que infundían más respeto que el pequeño cortaplumas de hoja curva.
Amanda devolvió la vista al camino y desde ese instante nadie habló durante el viaje. Recordó la imagen suya reflejada en el espejo. ¿Hasta dónde había llegado su metamorfosis? Se preguntó aliviada de la respuesta que daría ella misma a ese interrogante.
No se había limitado a la imagen, a las formas exteriores de su cuerpo. En ese pequeño incidente comprobó incluso cómo se había modificado su carácter. Su voz severa, su reproche inmediato, el disgusto ostensible por la boba picardía del hombre, quien para ella dejó entrever un asunto de polleras en su cómplice sonrisa con el joven.
Bajó la vista y observó sus manos. ¡Esas sí que habían mutado como ninguna otra cosa en su cuerpo y en su personalidad!
Con ellas podía portar un arma de fuego o un puñal o un pequeño cortaplumas curvo con el que apuñalar a un hombre. Luego cavar una fosa. Así imponer respeto. ¿Estaba conforme con esos cambios? Respondió para sí que estaba muy conforme. Trabajó duro para ello y apartó de su vida muchas cosas y renunció a otras tantas. Cometió actos que en otro momento hubiera considerado aberrantes. Escaló lo más alto que pudo la pirámide jerárquica que le proponía la institución como desafío a sus capacidades. En alguna habitación clandestina alguien diría convencido «no esperábamos menos de ella, el vivo retrato de su madre».
Palpó su bolso de mano, donde llevaba su pistola calibre 6.35, pequeña, plateada, con balas de punta hueca. Solo fue un acto reflejo de quien quiere cerciorarse si su parte del león está a mano y disponible.
Guardó la diminuta cimitarra en el bolsillo de su chaquetilla. Era pequeña, de acero noble, mango nacarado, del tamaño justo para perforar una arteria y eliminar a una persona en segundos, quien moriría desangrándose en el breve tiempo que dura el cándido aleteo de una mariposa que vuela de una hemorragia a otra. Como murió Anita en el parto, momento desde el cual quedó sola para siempre.
Dejó de pensar en ella y se concentró en el camino. Estaba despejado. Pocos automóviles; algún que otro camión se cruzaba con ellos. A mitad de semana, el flujo entre la ciudad y la base era escaso y permitía viajar de manera relajada, sin mayores sobresaltos.
El paisaje se repetía metro a metro. Oro verde, muchedumbre verde, usina verde. Árboles montando guardia a la vera del río.
Río de oro líquido brillando al sol; río hirsuto de espumitas, blando. Apenas en el horizonte, unas nubes de vientre lleno de relámpagos y truenos listos para lanzarlos río adentro, en los desfiladeros invisibles de la correntada.
Los hombres, delante de ella, habían adquirido el aspecto de muñecos de cera. Rígidos, pieles brillosas y ojos vidriados. Los labios pegados dejaron de exhibir la libido roja de la sangre urgente con la que el chofer buscaba la complicidad de su compañero.
Sus movimientos parecían automáticos. El que conducía movía apenas el volante para mantener en perfecta línea recta la marcha del automóvil. No volvió a hablar durante todo el viaje y ni siquiera a mirar a la mujer por su espejito retrovisor. El otro, el acompañante, clavó la vista en el camino y respiraba tratando de que el sonido del aire que exhalaba pasara desapercibido. Amanda estaba conforme con ese comportamiento. El ambiente sumiso le daba la tranquilidad necesaria para tomar ese viaje a lo desconocido con el mejor ánimo posible.
Cada tanto acariciaba el lomo nacarado de su pequeña navaja y miraba sus manos con absoluta confianza. 

***

XXI –

Posta a posta 

El chofer informó que estaban próximos a arribar a la primera posta. A ella se llegaba por un camino perpendicular a la ruta que se tomaba al dejar atrás una pequeña rotonda que daba a un caserío pobre pero limpio, donde unos perros chúcaros ladraban alcahuetes al paso del auto. Amanda captó que los puesteros que saludaban a su paso encubrían en realidad a algún grupo de tareas dedicado a custodiar la base; una primera línea de defensa ante cualquier contingencia.
Unos mil metros campo adentro por ese camino de tierra aparecía el edificio donde funcionaba esa sección de la agencia. La arboleda a cada lado distraía con sus ramas entrecruzadas que describían un arco que proyectaba una generosa y refrescante sombra. Al final de la arquitectura del túnel hecho por el entretejido de las ramas, se veía la construcción como si fuera una bucólica postal campestre. No había vecinos en centenares de metros a la redonda. Tal vez a una legua o legua y media recién podían verse algunos ranchos aislados pero que parecían estar distribuidos estratégicamente a cada flanco a propósito de la posición de la base de operaciones.
Se trataba de una construcción antigua pero amplia. Su aspecto era el de las viejas casas de campo, rectangulares, de paredes anchas y puertas y postigos en madera dura. Estaba pintada de un rosa sucio, probablemente de la mezcla de cal viva y alguna tintura rosa, tal vez de un pigmento que se extraía de la sangre del cerdo que se obtenía cuando se carneaba para producir chacinados que luego se vendían por toda la zona.
Una prolija arboleda y una ligustrina cortada a la perfección disimulaban la propiedad con recato. No había flores en los canteros que circundaban la casa, pero en algunos lugares frondosos agapantos poblaban el jardín.
La entrada estaba precedida por un largo caminito techado sobre el que una Santa Rita de flores de un rojo muy intenso caía con gracia a cada lado. Al final de ese pasillo, una escalera de solo tres escalones dejaba al visitante en una galería que ocupaba todo el frente de la casa; dos bancos de madera dispuestos a cada lado de la puerta de entrada eran usados por los vigilantes que cumplían sus guardias custodiando el edificio.
El coupé blanco que trasladaba a Amanda se detuvo paralelo al camino de entrada a la casa a una distancia de un par de metros. Un vigilante que estaba apostado en el ingreso corrió para acompañar la llegada de los visitantes.
El joven que ocupaba el lugar del acompañante descendió y de inmediato volteó el respaldo de su asiento para permitir que la muchacha saliera del automóvil. Dudó si debía extender su mano para ayudarla, estaba realmente temeroso de cómo la mujer podía juzgar ese gesto que solo nacía de su normal cortesía. Ella lo miró esperando que la ayudara a descender. Tal vez un gesto imperceptible de sus ojos le dio la señal al joven para que lo hiciera. El joven extendió su mano.
—Esperaba su ayuda, estoy un poco entumecida. —llevaba su bolso de mano apretado contra su cuerpo.
—Me distraje, lo siento. —se justificó el joven.
—Muchas gracias. —Amanda se lo agradeció aterciopelando su voz. Al hombre le volvió el alma al cuerpo. Empezaba a sentir cierta vibración cada vez que ella lo rozaba con sus manos o respiraba cerca suyo, como le había ocurrido cuando rozó su cuerpo al buscar la valija dentro de la habitación. Pero al vibrar, temía. ¿Cómo interpretaría la mujer esa agitación subcutánea, esa palpitación nerviosa que aparecía cuando ella lo miraba directo a los ojos o lo rozaba con sus curtidas manos? Lo que el hombre no sabía era que Amanda disfrutaba de esa sensación de subyugación que iba logrando con su acompañante, sumisión que incubaba una seducción irresistible para ambos.
El chofer, que había descendido apenas estacionó el automóvil, volteó para no ser testigo de un comportamiento entre los dos jóvenes que se le hacía evidente. Exageró su movimiento para que el vigilante apreciara que él no les estaba prestando atención a los otros dos. «Siempre hay que tener un testigo», se dijo a sí mismo con picardía.
Con el rabo entre las patas a partir del reto que le descargó Amanda por su tonto comentario sobre los rumores que circulaban por los pasillos de la Agencia, se limitó a seguir estrictamente el reglamento y se desentendió de todo aquello que excediera su obligación primaria: manejar el automóvil y llevar a la mujer a su destino en perfectas condiciones. La otra era tarea de su socio.
No se trataba de que no entendiera ese juego incitante entre los dos jóvenes. Sabía bien de qué se trataba. Era un hombre y disfrutaba ese juego con mujeres.
Solo le preocupaban algunos detalles en su compañero, pero prefirió cerrar la boca. Hombre de calle, criado entre malevos y prostitutas desde su infancia hasta la primera adolescencia, podía apreciar cuando un hombre y una mujer se atraían mutuamente. Esperaba que el otro no perdiera la cabeza.
El chofer informó que estaban próximos a arribar a la primera posta. A ella se llegaba por un camino perpendicular a la ruta que se tomaba al dejar atrás una pequeña rotonda que daba a un caserío pobre pero limpio, donde unos perros chúcaros ladraban alcahuetes al paso del auto. Amanda captó que los puesteros que saludaban a su paso encubrían en realidad a algún grupo de tareas dedicado a custodiar la base; una primera línea de defensa ante cualquier contingencia.
Unos mil metros campo adentro por ese camino de tierra aparecía el edificio donde funcionaba esa sección de la agencia. La arboleda a cada lado distraía con sus ramas entrecruzadas que describían un arco que proyectaba una generosa y refrescante sombra. Al final de la arquitectura del túnel hecho por el entretejido de las ramas, se veía la construcción como si fuera una bucólica postal campestre. No había vecinos en centenares de metros a la redonda. Tal vez a una legua o legua y media recién podían verse algunos ranchos aislados pero que parecían estar distribuidos estratégicamente a cada flanco a propósito de la posición de la base de operaciones.
Se trataba de una construcción antigua pero amplia. Su aspecto era el de las viejas casas de campo, rectangulares, de paredes anchas y puertas y postigos en madera dura. Estaba pintada de un rosa sucio, probablemente de la mezcla de cal viva y alguna tintura rosa, tal vez de un pigmento que se extraía de la sangre del cerdo que se obtenía cuando se carneaba para producir chacinados que luego se vendían por toda la zona.
Una prolija arboleda y una ligustrina cortada a la perfección disimulaban la propiedad con recato. No había flores en los canteros que circundaban la casa, pero en algunos lugares frondosos agapantos poblaban el jardín.
La entrada estaba precedida por un largo caminito techado sobre el que una Santa Rita de flores de un rojo muy intenso caía con gracia a cada lado. Al final de ese pasillo, una escalera de solo tres escalones dejaba al visitante en una galería que ocupaba todo el frente de la casa; dos bancos de madera dispuestos a cada lado de la puerta de entrada eran usados por los vigilantes que cumplían sus guardias custodiando el edificio.
El coupé blanco que trasladaba a Amanda se detuvo paralelo al camino de entrada a la casa a una distancia de un par de metros. Un vigilante que estaba apostado en el ingreso corrió para acompañar la llegada de los visitantes.
El joven que ocupaba el lugar del acompañante descendió y de inmediato volteó el respaldo de su asiento para permitir que la muchacha saliera del automóvil. Dudó si debía extender su mano para ayudarla, estaba realmente temeroso de cómo la mujer podía juzgar ese gesto que solo nacía de su normal cortesía. Ella lo miró esperando que la ayudara a descender. Tal vez un gesto imperceptible de sus ojos le dio la señal al joven para que lo hiciera. Entonces extendió su mano.
—Esperaba su ayuda, estoy un poco entumecida. —llevaba su bolso de mano apretado contra su cuerpo.
—Me distraje, lo siento. —se justificó el joven.
—Muchas gracias. —Amanda se lo agradeció aterciopelando su voz. Al muchacho le volvió el alma al cuerpo. Empezaba a sentir cierta vibración cada vez que ella lo rozaba con sus manos o respiraba cerca suyo, como le había ocurrido cuando rozó su cuerpo al buscar la valija dentro de la habitación. Pero al vibrar, temía. ¿Cómo interpretaría la mujer esa agitación subcutánea, esa palpitación nerviosa que aparecía cuando ella lo miraba directo a los ojos o lo rozaba con sus curtidas manos? Lo que el hombre no sabía era que Amanda disfrutaba de esa sensación de subyugación que iba logrando con su acompañante, sumisión que incubaba una seducción irresistible para ambos.
El chofer, que había descendido apenas estacionó el automóvil, volteó para no ser testigo de un comportamiento entre los dos jóvenes que se le hacía evidente. Exageró su movimiento para que el vigilante apreciara que él no les estaba prestando atención a los otros dos. «Siempre hay que tener un testigo», se dijo a sí mismo con picardía.
Con el rabo entre las patas a partir del reto que le descargó Amanda por su tonto comentario sobre los rumores que circulaban por los pasillos de la Agencia, se limitó a seguir estrictamente el reglamento y se desentendió de todo aquello que excediera su obligación primaria: manejar el automóvil y llevar a la mujer a su destino en perfectas condiciones. La otra era tarea de su socio.
No se trataba de que no entendiera ese juego incitante entre los dos jóvenes. Sabía bien de qué se trataba. Era un hombre y disfrutaba ese juego con mujeres.
Solo le preocupaban algunos detalles en su compañero, pero prefirió cerrar la boca. Hombre de calle, criado entre malevos y prostitutas desde su infancia hasta la primera adolescencia, podía apreciar cuando un hombre y una mujer se atraían mutuamente. Esperaba que el otro no perdiera la cabeza.
El vigilante cumplió la orden con solicitud. Condujo a la muchacha hasta la puerta del baño y se apartó para volver al lugar en que parecía cumplir con alguna tarea de vigilancia. Detrás de él, una escalera ascendía hacia el piso superior, que bien podría ser el lugar donde estuvieran las habitaciones del personal de la base y las oficinas donde se procesaba la información que allí llegaba, o donde quedaba retenido el personal observado.
Si el comportamiento de algún miembro era puesto en duda por una acusación, era enviado a esos lugares de observación en donde se lo sometía a distintas pruebas para comprobar si la imputación tenía algún asidero. Eran procesos complejos que expertos en interrogatorios realizaban buscando arrancar la verdad primero por métodos pacíficos. Si la sospecha encontraba fundamento se pasaba a la segunda etapa que siempre resultaba bastante cruel. Seguramente el edificio debía contar con un amplio sótano donde se hallaban los calabozos y la sala de torturas.
De regreso, Amanda esperó que el burócrata le entregara el sobre con sus nuevas indicaciones. La invitó a sentarse en uno de los sillones que rodeaban su escritorio. Le extendió un sobre de color azul. Amanda lo tomó y lo guardó de inmediato en su pequeño bolso de mano. Rescató en su memoria el asunto de los colores con los que su examinador subrayaba sus respuestas cuando corregía los exámenes. Negro, azul, verde, rojo. El primer sobre fue de color negro. Este, el segundo, azul. ¿El próximo sería verde y el último rojo? «Rojo: clara influencia materna». Rojo: alerta, dedujo en aquella oportunidad. ¿Ante una alerta qué debía hacer?
Pero no podía comprender qué podrían tener que ver esos colores con las instrucciones para su viaje. Negro, azul, verde y rojo podían significar cosas muy diferentes en cada oportunidad. O no significar absolutamente nada. No podía despejar esa duda. Su única referencia sobre esos colores fueron los subrayados del hombre de cabeza con forma de pepino y eso ahora solo le agregaba más dudas que certezas.
La invitó a dirigirse a un cuarto para abrir el sobre, pero Amanda rechazó la oferta. El hombre se mantuvo en silencio; no era lo que esperaba, pero no tenía autoridad para exigirle que leyera sus órdenes en la base. Ella sospechaba que adonde la enviaban a leer su nota no estaría sola. Y prefirió desbaratar esa intromisión que no consideraba grave sino de rutina.
«Todos espían a todos», le dijo un entrenador para avivarla de los mecanismos de delación que abundaban en la agencia. Método «napoleónico»: tres líneas de alcahuetes paralelas. Espían al enemigo y sin saberlo se espían entre ellos. La verdad, así, fluye más plena.
Era una fórmula que multiplicaba la información a niveles inimaginables y permitía manipular la intimidad de las personas al antojo de la superioridad. Se podía ensalzar a una persona por sus íntimos comportamientos o exponer estos a la luz pública y destruirla definitivamente. Matar, muchas veces, no era la solución más recomendable. El escarnio público resultaba en muchas oportunidades mucho más efectivo, porque tenía un efecto devastador en la víctima y aleccionador para todo el resto.
—¿Algo que reportar? —le dijo sin protocolo.
—Desearía que los choferes se hicieran presentes antes de hacer mi reporte. ¿Lo considera usted posible o transgredo alguna norma de esta base?
—De ninguna manera. Su solicitud se ajusta totalmente a las reglas. ¿Va a escribir su reporte o prefiere que llame a nuestro escribano?
—Llame al notario, no tengo deseos de detenerme a escribir. Firmaré el acta. —Amanda se comportaba como una verdadera jefa, una adulta experta en el maltrato de los subordinados.
El hombre dejó su escritorio y se dirigió a la puerta de entrada. Podía haber preguntado a la visitante si tuvo algún inconveniente, pero captó sin temor a equivocarse que con esa mujer era preferible tomar prudente distancia, ahorrarse todo comentario y evitar preguntar demás.
Le ordenó a uno de los vigilantes que buscara a los choferes que habían trasladado a Amanda desde la ciudad hasta la base. Luego de regreso a su escritorio llamó por un teléfono interno y pidió la presencia de un notario. El hombre bajó del piso superior y caminó apaciblemente hasta llegar a donde su superior lo había convocado.
Era un hombre mayor, calvo, de gruesos anteojos. Estaba vestido con pulcritud, aunque se notaba que su ropa era de pobre calidad. Traje marrón, camisa blanca y corbata azul. Tal vez un azul demasiado chillón, casi del mismo color que el sobre.
Era muy obeso y por eso debía caminar con lentitud, aunque no tenía ni una expresión de sufrimiento; por el contrario, sonreía distendido. Si se lo hubiera visto caminar por la calle, se lo hubiera asociado a esos sectarios religiosos que van de casa en casa proponiendo la conversión al verdadero Dios de los cristianos y el bienestar eterno en un cielo repleto de placeres espirituales.
En una mano llevaba un enorme libro que tenía estampado en bajorrelieve el nombre de «Actas», y una lapicera fuente. En la otra, un tintero lleno de una tinta de color negro. Saludó a Amanda con estudiada cortesía y esperó la indicación de su jefe, quien lo invitó a sentarse en el sillón más próximo a la visita.
Los choferes entraron acompañados por el vigilante. Los dos estaban demudados, aunque sabían perfectamente que los esperaba ese procedimiento de rutina.
El más joven no alzó la cabeza en ningún momento y su voz sonó apagada, como si sus cuerdas vocales hubieran quedado casi paralizadas cuando escuchó la convocatoria por orden del jefe de la base.
El otro, el que había sido reprendido por la propia Amanda, transpiraba como si ese lugar no fuera una fresca y amplia oficina donde un puñado de burócratas pasaba sus días redactando informes y de vez en cuando atormentando a algún desgraciado para arrancarle una confesión, las más de las veces intrascendente, sino que era una dependencia del mismísimo infierno donde empezaba a cocerse lentamente.
—Señor escribano —dijo el jefe—, le ruego tome nota de todo lo que se diga aquí. Nuestra visitante firmará el acta al pie cuando termine este procedimiento. También firmarán los choferes que tienen a su cargo esta parte del viaje y lo haré yo en calidad de testigo. Usted certificará nuestras firmas.
—Correcto señor. —respondió el escribiente, quien abrió su libraco y quitó el capuchón de su lapicera fuente—. ¿La dama necesitará una copia de esta acta? —preguntó circunspecto.
—No es necesario. —Amanda respondió sin titubear.
Los choferes daban la sensación de que en cualquier momento se derretirían.
El escribano hundió la lapicera en el voluminoso tintero y chupó la tinta gracias a un pequeño mecanismo de succión que cargó por completo el receptáculo con el líquido negro.
—Estoy listo a tomar nota de lo que usted tenga que declarar. Cuando usted guste procedemos.
—Quiero que deje asentado que los dos choferes han cumplido con excelencia su tarea y que merecen mi recomendación.
A los dos les volvió el alma al cuerpo. El mayor hubiese hasta llorado de emoción, pero eso hubiese echado todo a perder. Los dos sabían que, justo en ese lugar donde iban a parar los observados, ella podía haber hecho rodar sus cabezas hacia la letrina de los infortunados de la agencia.
—¿Algo más?
—Nada más.
—Perfecto. ¿Prefiere que lea en voz alta la redacción del acta?
—No es necesario.
—Entonces, luego de leer para cerciorarse de que todo lo escrito es lo que desea dejar asentado, firme usted en primer término, después lo harán los choferes y finalmente el señor jefe de la base en calidad de testigo. Yo certificaré las firmas y daré por concluido el acto notarial.
Amanda leyó el breve texto siguiendo el pedido del notario y firmó con un nombre en clave, el que debía usar para esos procedimientos administrativos internos, una de las tantas identidades que tenía asignadas. Sabía que todos los demás harían lo propio. En la central sabían a quién correspondía cada firma.
Cumplido el trámite, el escribano se retiró en dirección a la escalera que lo llevaba al primer piso. Desde la planta baja se podía oír su fatigada respiración.
Permaneció sentada y esperó que los choferes se retiraran.
—¿Queda algo pendiente? —le preguntó al jefe.
—Nada. Puede usted seguir su viaje si así lo desea. Aquí no tenemos órdenes de recibirla y darle alojamiento. Nuestras indicaciones se limitan al procedimiento de control que hemos realizado. Si desea alojarse le puedo recomendar un hotel en las cercanías. Buena comida, cómodas camas y gente de nuestra confianza.
—No es necesario, se lo agradezco. Seguimos nuestro viaje. —El hombre movió afirmativamente la cabeza y sonrió por compromiso.
A Amanda le llamó la atención que ninguno de los hombres de esa base la llamara «señora», pero no pudo descubrir cómo sabían cuánto disgusto le provocaba que la trataran de ese modo. Tal vez el mayor de sus dos choferes lo informó al vigilante cuando hablaron a su llegada y parecían conversar sobre asuntos triviales y graciosos.
Se despidió del hombre con un fuerte apretón de manos. Acompañó a Amanda hasta la salida y le ordenó a un vigilante que la escoltara hasta su automóvil.
Los choferes la esperaban de pie al lado de un sedán negro. Cuando vio a Amanda, el más joven se le aproximó para indicarle que debía retirar ella misma su valija del baúl del coupé blanco. Le dijo «venga conmigo» y caminaron juntos hasta el coche. El joven abrió el baúl y ella le indicó que le entregara la valija. Él se la alcanzó, pero sin atreverse a mirarla a los ojos. Ella tomó su mano con las suyas y las retuvo al tiempo que buscó su mirada. Él, recién entonces, se animó a mirarla. Amanda sintió el calor que subía por el cuerpo del joven hasta la cara, que se encendió levemente. Sus manos transpiraban al permanecer juntas. El muchacho, a su vez, sintió el calor que irradiaban las manos de la mujer. Necesitó aspirar el aire y conservarlo por un buen rato en sus pulmones. Exhaló lentamente buscando una calma que sus hormonas le negaban.
Esa vibración que sentía cada vez que ella lo rozaba con sus manos o respiraba a cierta distancia suya se había hecho muy intensa. Pero al vibrar esa vez, no temió.
Amanda tomó su valija y se dirigió al sedán negro. El otro chofer abrió la tapa del baúl y dejó que ella depositara la valija. El hombre le agradeció con emoción su reporte. Amanda lo miró directo a los ojos y no le respondió. Apoyó la valija y se dirigió a la parte de atrás del auto y se ubicó en el asiento detrás del chofer.
El automóvil era mucho más amplio que el coupé. Un cuatro puertas impecable en cuyo asiento trasero hasta se podía dormir con absoluta comodidad.
Los choferes se acomodaron en sus asientos. Era el turno del más joven de conducir el auto. Él asió el volante con las dos manos, con fuerza, respiró hondo buscando sosiego, miró por el espejo retrovisor a Amanda, que le devolvió la mirada, y puso en marcha el auto en dirección a la segunda parada, apenas a un poco más de dos horas de distancia.
Ella abrió el sobre azul que le entregaron en la posta. Dentro de este, como en la oportunidad anterior, había otro, blanco, más pequeño. También había otro, también blanco, pero ese lo apartó: tenía escrita una clave con la que se identificaba la correspondencia confidencial. Extrajo la nota y la leyó. Luego repitió el rito; lo entregó al hombre que iba de acompañante, quien lo pasó al chofer. Él lo devolvió a Amanda y murmuró «perfecto». Y guardó silencio.
Amanda se acomodó a lo largo de todo el asiento y se cubrió con una manta de viaje que el jefe de la posta hizo dejar en el asiento trasero. Permaneció aferrada a su bolso de mano. Antes de cerrar los ojos constató si la pequeña cimitarra estaba en su bolsillo. Pareció dormirse. Los hombres la miraron, uno por el espejo y el otro volteó sigiloso, y los dos creyeron que, en efecto, la mujer se había dormido. Pero Amanda no dormía, entraba en una especie de vigilia que le permitía relajarse sin descuidarse nunca. Si alguien hubiese intentado algo contra ella, la pequeña cimitarra habría seccionado una arteria vital y despachado al atacante al otro mundo.
Por la ventanilla entraban los últimos rayos del sol y el crepúsculo de la tarde tomaba forma propia y cierta bruma nocturna empezaba a apropiarse del paisaje. 

***

XXII – La última estación 

Cuando se aproximaron a la segunda posta había descansado lo suficiente como para sentirse animada nuevamente. La manta de viaje calentó su cuerpo y eso le provocó una modorra de la que tardó unos minutos en salir. Estaba más lista para un abrazo cálido que para abandonar el automóvil.
—¿Pudo descansar? —preguntó el joven.
—Sí. Bastante.
—Pronto llegaremos a destino.
—Me alegro por esa noticia. Necesito una buena cama caliente. —Miró al joven quien volvió a sentir un calor primordial subir por sus piernas hasta la pelvis.
En ese instante su voz se acarameló, recuperando algo de aquel modo de cantar los tangos. Hubiese cantado, pero se sintió ridícula. Hacía mucho que no cantaba ninguno de los tangos que más le gustaban. Durante su entrenamiento ni se atrevió a mencionar sus aptitudes para el canto de las que había renegado en su última entrevista. Recordó el refrán «uno es esclavo de las palabras que dice y dueño de las que calla». Aunque todos hubiesen estado complacidos de oírla.
Los dos hombres notaron el cambio del tono en su manera de pronunciar las palabras. Su trato huraño se disipó y en especial ese cambio se notaba cuando se dirigía al más joven, quien no dejaba de mirarla a través del espejo retrovisor del automóvil.
Él percibía que ella devolvía la mirada cada vez más cargada de erotismo. Los dos parecían predispuestos a tenerse uno al otro esa noche. Era probable que el muchacho ignorara que esa sería la última vez que la vería, pero Amanda estaba perfectamente al tanto de eso. Otro grupo de custodios la esperaría a la mañana temprano para continuar el viaje con ellos.
En la nota confidencial le anunciaban a Amanda el cambio de guardia; se le describía el aspecto de los dos hombres que continuarían viaje con ella, los nombres que usarían y la contraseña con la que se presentarían. Como era habitual, un texto bíblico era el elegido como consigna. La Biblia siempre entregaba buen material para los salvoconductos. Nada de nombres ni apellidos, textos sagrados, que simularan devoción religiosa.
Amanda sospechaba que esa insistencia por invocar a Dios y remitirse a las sagradas escrituras respondía a la necesidad de crear una sensación de impunidad que los hombres de la institución apreciaban exageradamente, como si eso solo tuviera una condición mágica protectora para ellos. Solo en el pretexto de la religiosidad o de la tarea encomendada por Dios mismo se podían encuadrar algunas acciones. Si Dios lo pidió y en su nombre se actuaba, no había nada de que arrepentirse.
Biblia de por medio, ni nombres, ni apellidos, ni papeles y, al final, si te he visto, no me acuerdo. Ningún rastro, ninguna huella. ¿Esa no era la regla? En la gran ciudad como en ese paraje poco poblado. En el cielo como en la tierra.
Era el mejor modo de mantener el anonimato y no saber de nadie en ninguna oportunidad. Aunque la regla completa, y que Amanda ignoraba a conciencia pura, era «ni nombres, ni apellidos, ni papeles, ni fluidos. Ningún rastro, ninguna huella. Si te he visto no me acuerdo».
Es que el asunto de los fluidos a Amanda siempre le pareció ridículo o, al menos, imposible de cumplir. «Eso es impracticable», retrucaba a sus entrenadores cuando le hablaban de la sagrada regla que debía gobernar hasta el intercambio de ciertos fluidos corporales.
Ella insistía: los nombres, los apellidos se podían mentir, los papeles destruir, las personas, incluso, desaparecer. Pero el intercambio de fluidos era excluyente de toda profilaxis burocrática, de todo mandamiento administrativo.
¿Cómo besarse sin intercambiar en las bocas las salivas, cuando una lengua se ciñe a otra, electrizando el cuerpo entero con esa húmeda caricia? ¿Cómo abrazarse sin compartir en cada pliegue el sudor amatorio, íntimo perfume piel a piel, que brota del calor de la alteración de las hormonas? ¿Cómo impedir el lúbrico flujo lubricante en la vagina cuando cálido se depositaba el esperma del amante? En definitiva: ¿cómo evitar la respuesta gozosa de los cuerpos? ¿Cómo tergiversar la naturaleza amatoria de las personas? Ella había dotado a los seres humanos de esos jugos vitales para disfrutarlos. Entonces, ¿por qué reducirlos a un problema administrativo? Amanda rechazó esa pretensión desde el vamos y nunca temió polemizar con sus docentes.
El joven chofer detuvo el automóvil justo frente a la dirección del Hotel «Plaza», tal como indicaba la nota que le mostró Amanda cuando salieron de la primera parada. Descendió del automóvil sin aparentar cansancio alguno; su compañero hizo lo propio por la puerta del lado del acompañante. Abrió la puerta de adelante y Amanda descendió sin permitir que el hombre la ayudara.
Antes de que un botones estacionara el automóvil en el garaje del hotel, el joven retiró la pequeña valija de Amanda y la cargó. Los tres ingresaron a la recepción. Amanda iba adelante, seguida de cerca por el joven. El otro hombre se quedó más rezagado, prefirió tomar buena distancia de esa muchacha de quien no confiaba para nada a pesar de que su informe fue impecable. «Es igual que una araña», justificó su desconfianza comparándola con una perversa araña dispuesta a chupar los jugos vitales de su víctima luego de disfrutarla.
El «Plaza» era un hotel algo antiguo pero que se apreciaba bien conservado. Nada de lujos, pero confortable. Prometía una estancia mejor que cualquiera de las bases adonde los hubieran mandado a pasar la noche.
Las bases eran grises, aburridas e hipócritamente monásticas. En ellas se debía comer con frugalidad, parecer atlético, ser formalmente célibe ante la vista de los demás. Luego, promiscuos en los rincones oscuros de esos edificios llenos de meandros. Solo en algún rincón mugriento se aceptaba que las parejas ocasionales tuvieran sexo. Amanda detestaba esa manera administrada de humillar a las mujeres haciéndolas sentir como vulgares prostitutas solo porque deseaban acariciar, besar y hacer el amor con el hombre que las atrajera.
El hotel resultaba acogedor a simple vista, colorido, con arreglos florales en distintos lugares y una suave fragancia verde, silvestre, enredada con un olor a pan casero que la devolvió a esos momentos de la infancia cuando Anita amasaba en las mañanas temprano.
Para registrarse entregó un documento a nombre de Isabel Báthory Erzsébet; su habitación había sido reservada con antelación a ese nombre, una identidad que le resultó inquietante. Los burócratas de la agencia se las ingeniaban para parecer originales.
El conserje corroboró que los datos del documento se correspondieran con los de la reserva y luego le solicitó que firmara el libro de pasajeros.
Amanda se comportaba como una delicada muchacha adinerada de paseo con sus dos choferes en un impactante sedán negro. Pero el hombre reparó en la forma de sus manos y quedó pasmado al ver la rudeza de esos dedos que contradecían de manera terminante la belleza juvenil de la muchacha. Aunque al observarla con detenimiento, llevado por la revelación de la anatomía de esas manos, comprendió que en ella no había nada de fragilidad. Se presentaba no solo en pleno dominio de su cuerpo, sino con una fuerza que se hacía evidente de solo verla de pie, erguida, sonriendo, pretendiendo pasar por una alegre viajera despreocupada.
Hombre avezado, evitó que cualquier gesto denunciara su sorpresa. Amanda percibió su mirada sobre las manos y el cuerpo que observaba, pero ella también evitó que cualquier gesto lo incomodara y echara a perder el momento de bienestar que se le prometía.
Devolvió al conserje su lapicera y su libro. El hombre le explicó que se trataba de la suite nupcial con baño privado, la que llevaba por número «101», porque era la primera suite ubicada en el primer piso. El número «1» correspondía al piso, el «01» a la habitación; se explayó didáctico ante la atenta mirada de Amanda.
Tenía ventana a la calle y al jardín interior y, desde ya, cama doble. Todo estaba al servicio de su comodidad por esa noche. El desayuno se lo servirían en una recoleta confitería del centro de la pequeña ciudad, adonde concurrían las personas más acomodadas. No tenía de qué quejarse.
Le aclaró por el placer de hablar de más que solo había otra suite en el segundo piso, pero que no era tan agradable como la que se reservó para ella. La felicitó por la elección.
Amanda le pidió que repitiera el número de la habitación; quería, de ese modo, que el joven, ubicado algo más atrás, la escuchara con claridad de boca del conserje.
El hombre accedió a su pedido y repitió con voz clara y serena «101», primer piso, primera suite del hotel. Los dos hombres escucharon ese dato.
—Imposible equivocarse. —dijo señalando a Amanda con su dedo índice.
—Esperemos que sea así. —le respondió mirando de costado al joven.
Preguntó por el alojamiento de sus choferes, como si estuviera realmente preocupada por su comodidad. Explicó que los hombres debían seguir manejando durante muchas horas al día siguiente.
El conserje miró en dirección a donde estaban los dos hombres. No dudó un instante en reconocer por quién se preocupaba la muchacha. ¡Cuántas veces niñas bien llegaban a ese hotel y se enredaban con sus choferes!
Le informó que se trataba de la habitación 520, más modesta y con menos servicios. Era obvio que se trataba de la habitación número «20», ubicada en el quinto piso. Tenía una ventana que miraba al contrafrente, describió; dos camas simples y no tenían baño privado. El baño era compartido y estaba a mitad del pasillo. Allí no llegaba el servicio de los camareros ni el de tintorería; quienes tomaban esas habitaciones debían preocuparse de todas sus cosas. Tampoco tenía incluido el servicio de desayuno. A dos cuadras del hotel había un bonito boliche que era además almacén de ramos generales donde los hombres podían desayunar café negro, galleta marinera, «de la mejor», les dijo. Descartó la ginebra porque debían seguir manejando. La manteca y el dulce de leche, les dijo, eran caseros y de primera calidad. Confidente les explicó que eran los mismos productos que se servían en el hotel.
Antes de que se marchara, el conserje le avisó que tenía un recado para ella.
—Este sobre es para usted —le dijo—. Lo dejaron poco antes de que llegara. Nos indicó el mensajero que le avisáramos que se trata de un mensaje de su madre.
Amanda recogió el sobre de color negro y agradeció amablemente. La ocurrencia «mensaje de su madre» la disgustó. En la agencia disfrutaban esas chicanas mortificadoras. Sentido del humor, decían, aunque nadie tenía muy claro a quiénes divertían esas acciones.
El chofer le entregó al botones la pequeña valija de Amanda. Ella, en voz alta, le informó que cenaría en su habitación a las veintiuna horas y que a las veintidós esperaba estar en la cama descansando. Y agregó que allí permanecería hasta la mañana. Se despidió para dirigirse a su habitación.
Volvió su mirada al muchachito que trabajaba como botones del hotel, quien la esperaba para acompañarla hasta la suite. Usaba un uniforme rojo con vivos dorados que le quedaba demasiado holgado.
—Buenas noches, señorita. ¿Puedo acompañarla a su habitación? —preguntó tímidamente con voz casi infantil.
—Por supuesto. Lo sigo.
—El ascensor está al final de pasillo. —le dijo señalando en dirección al fondo del corredor.
—Prefiero la escalera. —Y por ella subieron hasta la suite.
El muchacho le abrió la puerta, le entregó la valija y la llave, y esperó una propina que Amanda dejó en su mano. No era avara y el chiquilín se mostró contento con lo que le dio. Se despidió con una amplia sonrisa y le deseó una buena estancia.
La habitación era realmente cómoda. Apenas se entraba, tenía como un pequeño recibidor con dos elegantes sillones de estilo francés. Una mesita de mármol completaba el juego de muebles. A la izquierda, un bar bien provisto. A la derecha, un espejo amurado a la pared en el mismo estilo.
Una arcada con un cortinado rojo separaba al recibidor de la habitación propiamente dicha. Lo primero que se apreciaba era la cama, que era muy amplia. El respaldo estaba tapizado con una tela estampada que reproducía una escena de campo, una cacería, algo extraño para la cama de una suite nupcial. Amanda hubiera esperado algún motivo amoroso, una escena de amor de cuerpos desnudos, y no esos barrigudos montados a caballo seguidos de unos perros ansiosos por despedazar a un zorrito que huía despavorido.
Empujó el colchón varias veces para comprobar cuán mullido era. Luego se recostó vestida para sentir en todo el cuerpo esa sensación de comodidad que la cama transmitía. El cubrecama era rojo y las sábanas de seda, las almohadas grandes y esponjadas.
A la izquierda de la cama, un gran espejo esperaba el cuerpo desnudo de Amanda. Y a su lado, la ventana que daba al jardín interior que estallaba de colores. A su frente, la ventana que daba a la calle.
A poco más de un metro de la mesa de noche estaba la puerta de entrada al baño. Entró en él con verdadera curiosidad. Movió el interruptor. La luz cenital no era exactamente blanca y venía de una gran araña que estaba justo sobre la bañera. Era una lámpara de seis brazos, cada uno con una tulipa de cristal labrado.
La luz tenía un tono celeste, o más bien celestial, que le daban el cristal de las tulipas, y dotaba de cierta sensualidad al ambiente. Era una sensualidad sutil, velada, pero intensa.
Una enorme bañadera de patas estaba en su centro. La grifería era de bronce y estaba lustrada a espejo.
A la derecha de la bañera, el inodoro y el bidet. Del otro lado, un lavatorio muy grande. Los sanitarios eran ingleses y estaban todos decorados con guirnaldas de rosas rococó.
No dudó un instante. Tapó el desagote de la bañadera, abrió el grifo del agua caliente y esperó que se llenara para sumergirse en el agua cálida. Ella no podía saberlo de ninguna manera, pero ese sería su último baño de inmersión con agua caliente en muchos años que le quedaban de vida. Adonde estaba destinada, era un lujo que nunca volvería a disfrutar. Y como si intuyera algo de eso, se propuso deleitarse con todo lo que estuviera al alcance de su mano esa noche para conservar un recuerdo extraordinario.
Al lado de la bañera, un teléfono interno la comunicaba directamente con la conserjería. Pidió su cena, frugal, nada extraordinario, porque así se había acostumbrado. Algún queso, una carne de ave, jugo para beber (no bebió alcohol hasta tiempo después de entrar en la casona), y mucha fruta. Aceptó la sugerencia del conserje de una hogaza de pan casero cocido en horno de barro («exquisito», le dijo) para acompañar la cena y el café para la sobremesa. Eso fue todo.
Acordó que el botones dejaría en la habitación el pedido para que, cuando saliera de su baño, ya tuviera la cena servida.
Guardó su bolso de mano en el cajón de la mesa de noche, se desvistió y entró al baño, en el que el vapor del agua caliente lo había entibiado.
Se sumergió en el agua por unos veinte minutos, tal vez media hora. Era algo más de las veinte y treinta. Salió del baño envuelta en una bata suave y acariciadora de color rosa. El botones había dejado con sigilo la bandeja con la cena sobre la mesa del recibidor.
Se dirigió a la puerta de entrada de la habitación, cerró con llave y volvió frente al espejo. Dejó caer la bata y quedó de pie, desnuda, reflejada en el vidrio.
No quiso preguntarse esa vez quién era la mujer que la miraba sumergida en el misterio del límpido cristal dentro del dorado marco que lo limitaba. Sabía la respuesta: seguía siendo en su esencia Amanda Da Silva, y lo sabía porque en el rescoldo de sus células la esencia de su ser se mantenía viva, aunque la imagen fuera tan diferente de cómo había sido años atrás.
Tuvo un momento de duda. Legítima duda. Adonde iba destinada no volvería jamás. ¿Hizo bien en aceptar el desafío? Quien podía ayudarla a responder esa pregunta había desaparecido de repente tras los vapores de una laguna que se había extinguido entre piedras y tierra traída de lugares extraños.
¿Y si fallaba? ¿Y si lo suyo resultaba un completo fracaso? ¿Qué dirían quienes se sentirían completamente defraudados por su incapacidad? Quienes confiaron en ella, ¿qué sentirían cuando comprendieran que solo había resultado un completo fraude?

¿Y si su fe solo era el resultado de su arrogancia y no de su convicción?
Sus gestos adustos, sus palabras severas, la fuerza de sus manos, ¿expresaban la fortaleza con que abordaba esa empresa o solo eran la máscara de la soberbia que estaba pronta a caer, dejándola desnuda tal como era?
Allí estaba, mirándose de pies a cabeza, sin cáscara, despojada de todo misterio, tal y como era, apenas nada de músculos y huesos y algo de entrañas. ¿Sangre o espuma, por las venas? Inmóviles sus manos, inmóviles arañas negras, filudas; inmóviles sus piernas, desesperadas ramas que apenas la sostenían; saliva sabiendo a vinagres en la boca de lengua de puñal invertido; los dientes rompiéndose de escalofríos, y el reino del cuchillo sobre su cabeza descubierta. Sola. Completamente sola. Ni que llorar, muda, amarga, repartida, por fin vencida.
¿Era el momento de correr desesperada, arrepentida, mendigando una disculpa en el hoyo de los observados de la agencia? ¿Huir? ¿Correr? ¿O mejor morir?
Frotó su cara con las dos manos y las sintió más ásperas que nunca. Volvió a mirarse en el espejo, pero vio la misma imagen que antes. No había vuelta atrás, la muchachita frágil repasando el «Clave bien Atemperado» bajo la complacida mirada del cura concertista no volvería más. Miró sus manos y tuvo esa certeza. Aspiró profundo. Contuvo el aire todo lo que pudo y exhaló lenta y delicadamente por la nariz. Recogió su bata y se envolvió en ella.
La duda, con su avalancha de desconsuelos, la dejó en ese mismo instante; le soltó el cuello que le tenía agarrado con su garfio tremendo. La gangrena del miedo se limitó a su territorio del miedo, en el suburbio de la intimidación. Recuperó la calma.
Esa noche no quería estar sola. En realidad, no podía estar sola. Necesitaba del abrazo, necesitaba del calor de los cuerpos, de los misteriosos besos, de las manos acariciando el fuego de la piel en flor nocturna.
No probó bocado. Solo bebió algo de jugo, ansiosa. Esperó que por fin golpearan a su puerta. Ella, en perfecto conocimiento de lo que hacía, sabiendo a ciencia cierta de quién se trataba, lo esperaba despreocupada.
Estaba lista.
¿Y él? 

***

XXIII – El mismo puerto 

Tocó a su puerta. Con el borde de los nudillos tocó a su puerta. Dibujó un llamado en la madera. Un dibujo húmedo, suave, desconocido. Fue como si dibujara una boca, dulce y oscura, con olor a cereales. En la puerta se grabó ese dibujo y esperó que ella respondiera.
Sentada al borde de la cama lo llamó para que se acercara delicadamente. Estaba desnuda. El espejo, detrás suyo, repetía los sonidos apelando a su imagen recortada contra la vaga luz que una lámpara de pie dispersaba como un humo de cigarrillo.
La voz que escuchó era irreconocible. Tan natural que no podía describirse. Él la oyó y se sintió trasladado a un lugar donde latía una noche que se untaba de estrellas. Entonces solo pensó en cómo aproximarse para dibujarla con los labios, con la lengua, con los dedos de una manera comprensible para que ella descifrara de qué la acariciaba.
Caminó envuelto en la luz de la lámpara de sus ojos. Entre ella y él había un momento de esperanza lleno de una sustancia etérea, indescriptible. Más atrás, el espejo ponía la esperanza en su debida perspectiva y reflejaba cómo extendieron sus manos rozando apenas las yemas de los dedos, tocándose suaves como la escasa piel de unas uvas redondas y maduras.
Dejando caer la ropa a sus pies, su forma crepuscular se descubrió ante ella. Reveló sus muslos blancos, su vientre blanco, su pecho blanco, amplio, duro, descubierto, y sus manos llenas de dibujos se hundieron en su cabello hasta tocar su nuca que se erizó en silencio. Y ella, al rozar el vello de su pubis, adquirió el color de una fotografía rosa y pálida, y suave de lágrimas perló las pestañas que se erizaron descubriendo los ojos que se hicieron como un granizo negro.
Lo besó como a una ola dura de pasiones. Sus labios en espuma lunar mojaron las redondeces de su sexo. Y él, tan pálido y tembloroso, se embriagó de esos besos afortunados hasta buscar el abrazo reconfortante de las pieles.
Una vez abrazados como estatuas, se rozaron los labios con los labios, las lenguas encallaron en las bocas y abarquillaron su forma para no despegarse nunca de la caricia eléctrica de las salivas.
Labios, lenguas, dientes, bocas entreabiertas murmurando unas sombras de palabras y jadeos que encendieron los anhelos profundos de ser uno en el otro en la húmeda guarida de su vientre.
Dulce tormenta erecta entre tus íntimos tejidos. En el vaivén de las olas los cuerpos hechos puras diástoles y sístoles de un corazón latiendo para ambos, en el mismo momento, de la misma manera, con la misma sangre, hechos dos pañuelos rosas a la intemperie de la seda blanca de la llanura blanca de la cama.
Salir uno del otro fue imposible. Barcos atracados en un mismo puerto. En silencio devorante, sacudieron los cuerpos en revuelos de caricias y el dolor de las cosas se alejó ese momento con su carroza de sepulcros a cuestas.
La tempestad se hizo raíz en su vasija cálida y allí penetró toda su esencia. El incendio de ese néctar celebró de ternura la rosada flor nocturna con sus labios apretados como las alas de la mariposa empapadas de rocío.
Ni una palabra entonces. Solo el silencio. 

***

XXIV – La patria de Chalimín 

Dejó que el joven la aferrara por detrás y se abrazara a ella para entrar nuevamente en su cuerpo. La cama, amplia, sonaba suave con el movimiento. Con seguridad los que ocupaban las habitaciones contiguas y mucho más el hall que quedaba justo debajo de la de ella escucharon el vaivén de los sexos que se repitió varias veces.
Descansó sin preocupaciones. El muchacho a su lado respiraba sedado, como si el sexo con Amanda lo hubiera liberado de un padecimiento que llevó durante mucho tiempo.
Ella volteó para abrazarlo. Lo besó varias veces en el pecho y luego se recostó sobre él, que la abrazó complacido. Permaneció en esa posición un breve momento. Se levantó sin hacer ruido y se dirigió a la ducha.
No precisaba ver la hora. Su reloj biológico, que había entrenado durante los dos años de aprendizaje, le indicaba que estaba por llegar la hora de partir nuevamente.
Él entró a la ducha con ella e hicieron el amor una vez más bajo el agua caliente. Luego uno enjabonó al otro y se enjuagaron mutuamente.
Amanda dejó el baño envuelta en la bata de color rosa. Se secó usando las grandes toallas que el hotel les dejó dentro de un elegante roperito obra de un eximio ebanista. Él se quedó bajo la lluvia cálida.
Abrió su pequeña valija y extrajo el sobre de color negro que le entregaron en la recepción del hotel. Estaba justo encima del sobre que Miguel le envió antes de partir y que todavía no se había decidido a abrir.
Leyó su nota y devolvió el papel al sobre negro. No había ninguna indicación sobre qué ruta seguir.
Sobre negro, sobre azul, sobre negro.
No alcanzaba a descifrar su significado, si es que tenía alguno, y lo que más la preocupaba era que no tenía ninguna referencia sobre qué camino tomar.
Sobre negro, sobre azul, sobre negro.
Como el vaivén del metrónomo, los colores se repetían de principio a fin.
Volvió a repasar el enigma de los colores. Tal vez en su disposición había un mensaje cifrado, como una clave Morse. De ese modo, inventó, los choferes reconocían el orden de los colores de los sobres y sabían qué tenían que hacer.
Se vistió sin esperar a que el joven saliera del baño. Por el contrario, se vistió apurada para evitarlo. Retiró del pequeño cajón de la mesa de noche su bolso de mano. Tomó su pistola calibre 6,35 y la acomodó atrás, en la cintura, cubierta por su chaquetilla. Palpó el bolsillo donde estaba la pequeña navaja y comprobó que allí estaba.
Abandonó la habitación y bajó la escalera hasta la planta baja. Mientras bajaba alisó el cabello con su cepillo. Luego lo guardó en el bolso de mano.
Dos hombres esperaban acomodados en dos amplios sillones en el vestíbulo del hotel. Habían llegado también la noche anterior, pero ellos no tomaron un cuarto: esperaron allí sentados, donde durmieron sin que nada alterara su sueño. El conserje los hubiera echado a la calle, pero su solo aspecto lo acobardó de una. Llamó a la policía, que le prometió que en cuanto pudieran estarían allí para ver de qué se trataba. Pero nunca llegaron.
Vestían trajes oscuros, camisa blanca y corbatas negras. Los dos se parecían uno al otro. Cabezas cuadradas, cabello rapado, ojos rasgados, cejas gruesas, narices prominentes, mandíbulas caballunas. El cuello era poderoso sobre una espalda muy ancha y hombros muy fuertes. Cintura estrecha pero caderas fuertes y luego dos piernas no muy largas, pero sí robustas. Calzaban zapatos abotinados negros de gruesas suelas de goma.
Eran el estereotipo de los custodios que entrenaba la agencia para tareas de seguridad.
El que estaba sentado en el sillón a la derecha de la puerta de entrada al hotel la miró de arriba abajo, descifrando el cuerpo de la mujer que observó descender del primer piso. Se puso de pie, abotonó su saco y saludó con un corto movimiento de la cabeza.
—Corazón de piedra cambiado a carne —le dijo.
—Ezequiel, treinta y seis, catorce —respondió Amanda, quien agregó—: Dios ve los caminos inicuos de los enemigos.
Y el hombre respondió:
—Salmos treinta y cuatro, doce, y treinta y cinco, ocho. —Luego le mostró un juego de credenciales que Amanda observó con atención y devolvió apenas se convenció de que eran quienes decían ser.
Le tendió la mano para saludarlo. El hombre retribuyó el gesto y le preguntó si estaba lista para partir, a lo que ella respondió con un simple movimiento de su cabeza.
Se pusieron en marcha. Al instante, el otro hombre se levantó velozmente de su asiento y se colocó detrás de Amanda cerrando la marcha. Algo le dijo al otro en un idioma que no entendió.
—¿Qué ocurre? —preguntó inquieta, sorprendida por el lenguaje con el que se comunicaba el grandote con su compañero.
—Dice que se le nota el arma en la cintura.
—¿Hablan quechua?
—No. —Respondió seco y terminante.
—En el automóvil la guardaré en mi bolso de mano.
—Allí debió dejarla. —La reprendió con insolencia—. Conviene ser cuidadoso. —Amanda se mordió la lengua.
—¿Puede guardar mi valija? —preguntó fastidiada.
—Yo me ocupo. —Le respondió el que habló en esa lengua extraña. Tomó con su manota la valijita que parecía más pequeña de lo que era en la mano de ese hombrón.
Era realmente corpulento, tanto que el joven chofer que bajó raudamente las escaleras para saber dónde estaba Amanda no pudo verla salir, ocultada por el cuerpazo del custodio. Cuando pretendió avanzar para salir de tras de ellos, su compañero, el otro chofer, lo retuvo de un brazo y le dijo que allí habían terminado con su misión.
—Pero ni siquiera le pude decir mi nombre verdadero —dijo exaltado.
—¿Qué decís, boludo? ¿Sos un vigilante o te creés Romeo? ¿Te acordás para qué te mandaron? —Su compañero lo empujó por el hombro—. Si le hubieses dicho tus datos verdaderos te habría cortado la garganta por boludo, para que no hablaras de más. Da gracias que estás vivo y te dejó con pelotas. Se ve que le gustaste en serio, a pesar de que como actor sos un calambre.
El joven se derrumbó en un sillón y tardó varios minutos en salir de su desencanto.
—¿Vos creés que se dio cuenta? —preguntó angustiado.
—Desde el vamos, nene. Esa mina es como una araña que teje su red alrededor de ella y siente hasta la más mínima vibración. ¿No viste que iba calzada todo el tiempo?
—¿Te parece?
—¿Me estás jodiendo? ¿Con quién te creés que cogiste, con Blancanieves? —El joven pareció resignado.
—¿Por lo menos la pasaste bien?
El joven no quiso responder esa pregunta. Su socio se quedó absorto mirándolo y se encogió de hombros. Movía la cabeza de un lado al otro y susurraba:
—¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer!
—¡Cosas veredes, Sancho! Vamos, Romeo. A ver si con el viaje recuperás el sentido de las cosas.
—¿La volveré a ver?
—Che, ¿sos o te hacés? No jodas más. —El joven sonrió a desgano—. La mina se sacó las ganas, no se va a casar con vos.
—¿La volveré a ver? —repitió por segunda vez.
—¿Querés que ponga en el informe que me tocó un boludo que se enamoró de una araña? Mejor dejate de hablar boludeces, que acá las paredes oyen. ¿Quién te creés que es el conserje?
—¡Cierto! —recordó—. ¡El informe! —Luego de un instante cayó en lo que su compinche le dijo—. ¿El conserje…? ¿También el conserje?—Sí, el conserje y el botones y todo lo que nos rodea. Así que cerrá la boca.
—Igual me gustaría volver a verla. —suplicó.
—¡Por Dios! —exclamó el compinche y alzó los brazos en dirección al cielorraso—. Decile que te regale una foto. Esta no vuelve más, nene. Tiene pasaje de ida. Las minas de la agencia que conocí como esta jamás las volví a ver. Operaciones especiales, todo turbio.
—Operaciones especiales… claro… —repitió autómata el más joven.
—Abrochate bien la bragueta y vámonos a la mierda. —Lo alzó por un sobaco para obligarlo a levantarse del sillón donde estaba sentado y lo llevó hacia la puerta—. Este lugar no me gusta para nada. A ver si la araña esa se arrepiente y vuelve para desayunarnos.
Mientras los dos huían en su sedán negro de regreso a la primera posta, Amanda y sus custodios subieron a un Chevrolet 55, de color negro, muy amplio y confortable. El que se colocó del lado del volante le preguntó si deseaba desayunar. Amanda le dijo que sí, tal vez café y tostadas.
—¿El hotel está pago? —preguntó como si a ella le preocupara eso, pero lo dijo solo por parecer en dominio de todos los detalles.
—Ese no es asunto suyo, despreocúpese. —le respondió el que estaba al volante—. Amanda aceptó sin discusión, comprendió con quiénes estaba tratando.
Puso en marcha el automóvil y se dirigió a una elegante confitería que distaba unas seis cuadras del hotel, donde la esperaban en una mesa reservada para ella a nombre de Graciela Ranuyased, una humorada de algún burócrata que justificaba su salario inventando nombres y apellidos ridículos.
El documento con esa identidad se lo proveyó uno de los dos grandotes. Debía devolverlo una vez que terminara su desayuno. Los hombres le dijeron que esperarían afuera, en el auto.
Comió y bebió sin apuro. El café era de buena calidad y las tostadas venían acompañadas de manteca y mermelada de naranja, ambas caseras, abundantes en esa zona rodeada de chacras.
Estos choferes eran muy distintos a los otros. No solo por el joven con el que pasó la noche y del que aún conservaba el sabor entre su lengua, ese que quiso simular ser un esmerado vigilante y no supo cómo evitar ser subyugado por ella. Tampoco por el otro, fanfarrón, hablador, tipo ladino y desconfiado, el que la miraba como si ella fuera una tarántula.
Estos eran originarios, se notaba a simple vista. Coyas, supuso ella. No sabía nada de esos pueblos y le imponían una distancia que los otros, porteños, eran incapaces de establecer. Hablaban poco o nada y observaban todo. Parecían ausentes, pero estaban en todos los detalles. Trató de imaginar cómo sería el viaje con ellos. Un viaje del que no tenía la menor pista y estaba segura de que esos dos no le iban a facilitar ninguna.
Cuando terminó su desayuno llamó al mozo para pagar. El hombre le dijo que corría por cuenta de un caballero que poco antes de su llegada dejó pago el servicio. El mozo sonrió y le guiñó, cómplice, un ojo. Amanda devolvió hipócrita la sonrisa y agradeció al mozo la atención.
Pensó en lo ridículo que eran esos rebusques que la Agencia organizaba para enredar todo hasta hacer una madeja imposible de desenredar. Era una técnica acostumbrada: cuanto más embrollo, más alboroto, menos claridad.
En el «Plaza» se llamó Isabel; en la confitería, Graciela. Al hotel llegó acompañada de dos choferes de tez blanca y acento porteño. Pero a la confitería con dos originarios grandes como dos montañas que hablaban un idioma incomprensible. Un admirador secreto le pagó el desayuno para que el mozo le guiñara cómplice un ojo. Una puesta en escena de cabo a rabo. Una manera teatral de hacer inasible la verdad.
Salió a la calle y vio al automóvil aproximarse desde la esquina más cercana. El chofer bajó para abrirle la puerta trasera del auto y la invitó a subir con un ademán corto. Antes de subir miró al cielo, a ese cielo cargado de asuntos fluviales que llegaba desde el principio de las catedrales verdes que se alzaban en lo profundo de la selva amazónica. Las pocas nubes que se atrevían al sol estaban aplastadas por un viento que solo corría en alturas lejos de la superficie, donde el calor rebotaba metiéndose entre la ropa y calentando desde abajo.
—Va a llover. —le dijo el hombre que permanecía asido a la puerta esperando que Amanda se decidiera a subir.
—El sol brilla como nunca. No lo creo.
—El canto del viento es lo que importa, no el sol. —le respondió arrastrando las palabras de su boca.
—¿El canto del viento? —Ignorante, Amanda creyó que el hombre era, al final de cuentas, solo un ridículo charlatán salido de la puna—. Ella no podía escuchar ningún canto, y eso que tenía un oído musical extraordinario.
—¿Quiere subir? Debemos irnos antes de que la lluvia nos sorprenda a medio camino.
—Lluvia de sol. —respondió desafiante. El hombre la ignoró por completo.
Subió al automóvil y se acomodó en el asiento detrás del chofer, donde le dijo que se quedara. El acompañante la miró como tratando de entenderla, pero no le resultaba fácil.
Amanda era contradictoria desde su apariencia. Parecía demasiado joven, pero, si se la observaba en detalle, esa sensación se desvanecía al instante. Parecía frágil hasta que se reparaba en sus manos, en sus brazos, en sus hombros. Su cuerpo se presentaba fuerte y obligaba a abandonar la idea de fragilidad casi al instante. Parecía triste y olvidadiza, pero era vivaz y estaba atenta a todas las cosas.
El hombre devolvió la vista al frente y no volvió a voltearse en ninguna oportunidad. Salvo cuando le dijo que él se ocuparía de guardar en el baúl su valijita, no volvió a hablarle.
El automóvil se puso en marcha; a poco de andar dejó la avenida principal que dividía al pueblo en dos mitades y se dirigió en línea recta perpendicular a una avenida de tierra que solo en algunos tramos presentaba algo de ripio para evitar el barro que se acumulaba con cada lluvia.
El chofer aceleró tratando de ganar tiempo a la tormenta que se incubaba río arriba y que, estaba seguro, caería con violencia sobre toda la zona. Eso, seguramente, los retrasaría.
El polvo que levantaba el auto a su marcha llenó el paisaje de una espesa cortina marrón. Detrás de ella ya no se podía ver el pueblo.
—En mi sobre no había ninguna nota que nos indicara el camino. —explicó Amanda, a pesar de que ninguno de los hombres le pidió que lo hiciera.
—No hace falta ningún sobre —respondió el chofer.
—¿Y cómo saben a dónde nos dirigimos?
—Nosotros somos el camino.
—¿El color de los sobres tenía algún significado? —Amanda necesitaba despejar esa duda.
—¿Color de los sobres? —preguntó el chofer, extrañado.
—Sí. Negro, azul, negro…
—No. Acá no tenemos sobres de ningún color. —Amanda suspiró desencantada.
—¿A dónde me llevan, entonces?
—A tierra seca. Donde no llueve nunca. La gran patria de Chalimín.
—¿Chalimín? —preguntó sorprendida por ese nombre—. Y esa tierra, ¿dónde queda? ¿Lejos? ¿Cerca? ¿Al este? ¿Al oeste?
—Queda un poco al este y otro tanto al oeste. Luego aparece al norte y más luego al sur. Queda donde queda. Cuando oiga el canto de los desterrados se va a dar cuenta de que llegamos. El viaje es largo. Conviene hablar poco y escuchar lo suficiente.
—¿Otro canto? Primero el canto del viento y ahora el de los desterrados.
—Todo es un canto. —dijo el chofer y sonrió apenas.
—¿Nos dirigimos a alguna posta? —preguntó Amanda.
—A ninguna.
—¿Y dónde vamos a cargar nafta?
—No vamos a cargar nafta.
—¿Y cómo vamos a continuar el viaje?
—A caballo. —dijo el chofer.
—¿A caballo?
—Sí, a caballo. ¿Sabe cabalgar?
—Sí, pero no soy jinete. —aclaró Amanda.
—Con que sepa cabalgar es suficiente. El caballo hará lo suyo.
—¿Y dónde vamos a encontrar tres caballos?
—Donde se nos acabe la nafta.
—¿Por arte de magia, van a caer del cielo, cantando a coro con el viento y los desterrados
—No. Los caballos no cantan, relinchan —explicó el chofer. Amanda bufó desconcertada—. Los traerá un baqueano, cantando bajito.
—¡Ah! ¡Un baqueano! ¡Cómo no lo imaginé!
—Pero no uno cualquiera.
—Lo suponía. Así que vamos a viajar en unos caballos que nos traerá un baqueano.
—Sí, a caballo.
—¿Y cuánto vamos a tardar a caballo?
—Dos días. Con lluvia, tres.
—¡Tres días a caballo!
—Sí. Tres días. Va a llover —aseguró el chofer.
—¿Mucho?
—Dos días.
—¡Dos días de lluvia! —exclamó Amanda, disgustada.
—¿Y si les pasa algo a los caballos, qué vamos a hacer?
—Caminar.
—¿Caminar?
—Sí, mucho. Caminar, caminar y caminar.
—Usted está bromeando. —El hombre la miró por el espejo retrovisor. Estaba extrañado de que ella pudiera pensar que bromeaba.
—¿Y dónde vamos a comer?
—¿Comer? ¿Le preocupa dónde vamos a comer?
—Sí, comer. —Dijo Amanda e hizo con su mano como si llevara comida a la boca.
—No lo sé. Donde Dios disponga.
—Ustedes son muy previsores.
—Claro, traemos charqui. El baqueano traerá otra provisión, algo más de charqui. Tal vez quesillo y arrope. Y para beber agua. Salvo que quiera chicha o ginebra. Para no deshidratarnos. Cuando llegue a la tierra seca podrá comer lo que quiera.
—¿Eso es todo?
—¿Eso es todo? —Dijo extrañado—. Eso es mucho. Demasiado. Y ahora, silencio, por favor. Haga como el paisano que me acompaña, ahorre palabras—. Amanda no supo qué responder por el enojo que tenía.
Pero el acompañante empezó a hablarle al chofer en su idioma. Muchas palabras, una larga oración que acompañó con algunos, pocos, ademanes.
—¿Hablan quechua? —Insistió Amanda con el idioma.
—Le dije que no.
—Entonces, ¿en qué hablan?
—Waqha.9
—¿Qué dijo?
—Waqha.
—¡No! ¿Qué dijo su amigo?
—Llega la lluvia. 

***

XXV – La voz del río 

El cielo preparó su derrumbe, se aplastó sobre el camino. Nubes rotas como aves agónicas liberaban sus vientres rojos y grises algo más allá del horizonte primario a varias leguas de distancia. Luego del desgarro del cielo agonizaban sus aguas abrazadas unas a otras. Fue entonces cuando el cielo cayó sobre el camino hecho truenos y relámpagos y la lluvia cayó como una selva líquida, oceánica.
No se veía ni a medio metro de distancia. El barro estampaba oscuros besos contra el automóvil, la lluvia torrencial lavaba la impudicia de la tierra cenagosa. El chofer bajó la velocidad y marchó casi a paso de hombre.
“Lo que importa es el canto del viento”, le dijo el hombre prediciendo la lluvia, pero Amanda no le creyó. Ella no lo podía escuchar porque no sabía cómo se escucha el viento. Se sintió estúpida por primera vez en mucho tiempo.
Anduvieron así un buen trecho del camino que empezó a anegarse. El limpiaparabrisas luchaba contra el agua que caía en gotas del tamaño de unas uvas. El chofer dijo “espero que no se rompa”. Si dejaba de funcionar no parecía haber modo de continuar porque no se podría ver nada.
El agua bajaba en tropel de algunas elevaciones no muy altas. Besaba a su paso los bordes arrugados de los labios de piedra de lo que podía haber sido un sendero.
El paisaje cambió por completo. El viento colérico trituraba a su paso unos niditos que se desintegraban en los pocos árboles a un lado y otro de la ruta de tierra. Más adelante, los árboles se hacían enanos hasta volverse arbustos y la lluvia torrencial los escondía a los ojos.
Amanda nunca había visto nada igual. Mujer de llanura, acostumbrada a la materia lisa de la pampa, descubría el imperio de las piedras que se abrazaban a más piedras, los lodazales que descubrían su estirpe mineral, y el agua cayendo oceánica del cielo. Se mantuvo callada no por convicción sino por asombro.
Minutos después el chofer detuvo el automóvil. El acompañante volvió a hablarle en su extraña lengua, pero esa vez Amanda se mantuvo callada.
—Conviene esperar. Adelante la lluvia se hizo río. —Amanda no podía ver de qué le hablaba el chofer.
—No veo nada.
—No hay que verlo, hay que oírlo. —“Todo es un canto”, recordó la muchacha que el hombre le dijo. No habló por no parecer otra vez estúpida.
—Tal vez haya que volver. —Le dijo el chofer sin resignación en su voz.
—Ustedes son el camino. —Respondió Amanda. El chofer sonrió.
—Aprende rápido. —Le dijo.
—Estoy acostumbrada a aprender. —Se ruborizó como cuando era una niña.
—Entonces va a sobrevivir. —Respondió sin prestar atención a la expresión de asombro en el rostro de la muchacha.
Los dos hombres hablaron en voz baja en su lengua materna. El chofer movía la cabeza de un lado al otro mientras el compañero le señalaba un lugar invisible. El chofer se volteó para hablar con Amanda.
—Dice que el río nos abrió un atajo por donde seguir.
—Entonces, sigamos —respondió Amanda.
—Pero yo no estoy seguro de que podamos pasar.
—¿Él oye lo que le dice el río?
—Dice que sí, pero yo no lo oigo. Eso me preocupa.
—¿Y por qué me dice esto a mí?
—Usted decide. Usted va a la tierra seca, yo soy solo su camino.
—Pero yo no puedo oír lo que dice el río.
—No puedo ayudarla.
—¿Qué nos puede ocurrir?
—Clavarnos. No habrá manera de sacar el automóvil del barro.
—¿Y entonces?
—Caminar.
—Caminar —repitió Amanda.
—Bajo la lluvia hasta el próximo puesto que está a muchas leguas. O confiar que nuestro baqueano se decida a encontrarnos aún con esta tormenta.
—Entonces sigamos. Él dice que escuchó el río. Confiemos. —El otro hombre sonrió sin que Amanda percibiera su satisfacción.
—Confiemos —dijo el chofer y arrancó el auto.
Aceleró suavemente para que se moviera despacio. La tierra bajo las ruedas cedía, pero sin llegar a hundirse por completo. Luego se sintió la piedra lavada y el coche patinó derrapando levemente hacia la izquierda. Deslizándose en ese sentido, iba a un lodazal del que no hubiera podido salir nunca.
El acompañante tomó el volante y lo giró un poco a la derecha. El auto recuperó su dirección. Los hombres se miraron y el chofer habló en castellano, dijo “gracias”, tal vez porque deseó que Amanda comprendiera.
A la derecha se podía ver con claridad el río que organizó la lluvia. Se robaba la tierra descubriendo el tesoro sepultado de piedras muy antiguas que solo se revelaban con las tormentas. Pasaba justo al lado del coche sin tocarlo. El beso del agua indagaba la osamenta calcárea de unas erupciones blancas, depósitos antiguos del magma ancestral donde luego se asentó el paisaje como se lo veía antes de la lluvia. O tal vez eran los fragmentos de la luna que cayeron de las bocas de las dos cabezas del Yaguarogui después del banquete.
Siguieron así, bordeando al curso del agua que cada vez se hacía más torrentoso, y en líneas suavemente ascendentes fueron buscando cómo acomodar el coche en una zona algo más alta para alejarse del peligro de quedar atascados.
Amanda miró hacia atrás por el vidrio de la luneta trasera. Vio que el agua hecha río ocupó todo el sendero por el que habían transitado minutos atrás.
—No hay vuelta atrás —dijo el chofer que miró hacia el mismo lugar por el espejo a su izquierda—. En la lomita esa vamos a detenernos —señaló hacia un lugar que Amanda no podía distinguir tras la cortina de agua.
Se detuvieron donde marcó el hombre. Al agua se agregó el viento. Remoto viento que empuñó a la lluvia para hacerla flamear como a un trapo de hilos de agua.
El viento tuvo la estatura del cielo y por eso se tornó portentoso. Entonces, con el agua golpeaba de costado los vidrios del automóvil y penetraba por las rendijas que dejaban las puertas a cada lado. Llegada desde el norte y luego desde el sur.
Volvía sobre sí mismo y los embestía por el este y luego por el oeste a su albedrío. Era un animal que los atropellaba en todas direcciones.
Amanda se corrió hacia el centro del asiento trasero, aferrada a su pequeño bolso de mano, porque el agua le llegaba de los dos lados. Ya estaba mojada y, además, sentía frío. No tenía abrigo ni con ella ni en su valija, que, a esa altura, suponía debía estar totalmente mojada.
Miró su reloj y comprobó decepcionada que había dejado de funcionar desde la mañana cuando desayunó en la confitería. Desde entonces no reparaba en la hora. Le dio cuerda, pero el delgado segundero se mantuvo inmóvil.
El chofer le dijo que faltaba poco para el mediodía. Amanda prefirió no preguntar cómo lo sabía.
En silencio, dentro del automóvil, esperaron que amainara la tormenta.
Cada tanto los hombres hablaban en su lengua. Ella decidió no preguntar por la conversación.
Tal vez se dormitó. La despertó el chofer.
—La tormenta se ha calmado un poco. Parece que quiere dejarnos seguir.
—¿Llueve todavía?
—Va a llover dos días —le dijo—. Seguiremos en el auto hasta donde podamos.
Amanda no protestó.
—¿Luego?
—Habrá que caminar. No sabemos si el baqueano se va a aventurar con la caballada con la tormenta. Lo prometió, pero habrá que ver si puede cumplir. No siempre querer es poder. Si el clima no lo deja, tal vez venga a buscarnos cuando pase la tormenta. O nos espera en el puesto.
Puso en marcha el automóvil y avanzó con cuidado siguiendo un camino que Amanda no alcanzaba a distinguir del lodazal en que se había transformado el campo varias leguas a la redonda. 

***

XXVI – Vidas paralelas 

Mientras Amanda viajaba por rutas solo conocidas por baqueanos de la Agencia en dirección al destino donde prestaría servicios, por un corredor paralelo, sin que ella lo supiera, Jorge hacía lo propio escapando en el mismo sentido. A la primera oportunidad que se le presentó el muchacho levantó vuelo y se tomó el olivo. Tucumán, Salta o Jujuy, cualquiera de las tres, era su primera meta y allí se dirigía. Ir más lejos lo decidiría con el tiempo si es que tenía oportunidad de hacerlo.
Era el destino que imaginó desde el primer momento en que pensó en desertar de la escuela militar. Siempre quiso ir hasta los confines de la patria y eso que no tenía nada que lo referenciara a aquellos lugares. Soñaba con encontrarse con las estribaciones del altiplano cuando se lanzaba hacia las elevaciones de la Puna, hacia la frontera última donde los cerros se hacían montañas, las montañas quebradas y las quebradas rodeaban a los valles con su ancestral abrazo rocoso.
No escapó previendo los riesgos y tampoco imaginando algún éxito. Era demasiado joven tanto para tomar previsiones como para especular con laureles de una augusta victoria personal. Pedirle a alguien de la edad de un niño que fuera previsor, era más que exagerar la nota, esa es tarea de hombres. Jorge, vaya paradoja, era un niño en el cuerpo de un hombre. Y muchas cosas las pensaba o imaginaba desde esa rara perspectiva. No se le hizo fácil al principio congeniar con esa exageración en el crecimiento que alteró definitivamente el curso de su vida.
En él todo era vertiginoso, estaba como apurado por crecer, por amar, por fumar, por beber. Y sus ideas se atolondraban en su cabeza. Así que los porrazos no eran difíciles de suponer. Y avanzaba en dirección a un rotundo fracaso sin interesarle demasiado las consecuencias. Todo era preferible antes que ese destino que se le quería imponer. Pero lo avisó en cuanta oportunidad tuvo: ni militar, ni pianista. Así de simple. Cuatro palabras fáciles de comprender. El que avisa no traiciona, dice el refrán popular. Ni militar, ni pianista. ¿Y entonces qué?
Cuando se hizo adulto y las cáscaras de la formalidad se desprendieron, apareció lo que larvó desde la infancia, un bohemio, una mezcla de poeta y místico aferrado a las profecías de las cartas astrales y los misterios de la astrología. Amante del póker y del ajedrez, juegos para los que tenía una extraordinaria habilidad y que jugaría por dinero donde se presentara la ocasión. Entusiasta aficionado al billar, la madrugada lo podía encontrar en “La Academia” o en “Los treinta y tres billares”.
Amante sin escrúpulos, ¡ninguno! Altas o bajas, gordas o flacas, lindas o feas, santas o prostitutas, todas eran amables y a todas las amaba por igual. Nunca por dinero, solo por amor o como él entendía el amor.
Bebedor insaciable de ginebra a la mañana, vino rosado al mediodía y tinto a la noche. Riguroso orden para su alcoholismo y todo en cantidades abundantes. Era frugal para comer, pero que fuera carne asada y en especial, matambre.
Fumador empedernido de cigarrillos rubios solo encendidos con un caruzito que le regaló una mina. Si Amanda la hubiera conocido, habría recitado por ella.

Era una mina bien, era un gran coche,
era un Packard placero, era una alhaja:
auto que siempre trabajó de noche
*llevando siempre la bandera baja.*¹

Peronista rabioso. (Alguna vez pensó para sí: “Si la vieja gorila me hubiera escuchado cantar «Los muchachos peronistas», ¡qué quilombo que se hubiera armado!”). Escapado se involucró en la resistencia peronista.
La fuga no le inspiraba miedos. ¿Qué podía perder? Si se quedaba, estaba condenado a la amargura constante. Si Jorge tuvo algo claro desde el inicio, es que él no había nacido para la tristeza. No era un ganador. ¡Cómo iba a serlo! La madre murió en su nacimiento; Miguel se ocupaba de recordárselo con frecuencia. “Mamá murió en el parto, mamá murió en el parto”, escuchaba esas palabras, aunque nadie las dijera. Y su abuela sonreía entre las sombras.
Asmático hasta la asfixia. Humillado por la medicina con sus inyecciones de orina y por una nigromante que le colgó un bicho canasto en el cogote solo por sacarle dinero a su abuela. Bajo el dominio de otro médico loco salido de un libro de la inquisición, quien llegaba hasta su cama portando un minúsculo martillo neumático que se lo ensartaba en los orificios nasales para atormentarlo durante largos períodos. “Masajes, buenos. Masajes, ¡muy buenos!”, repetía el aprendiz de brujo mientras a Jorge le sangraba la nariz hasta ulcerarse.
Impedido de jugar como cualquier niño y tratado como un lisiado. Durante años lo apodaron «Alpi» y ¡guarda! con protestar porque venían las piñas.
Un triciclo era como una nave espacial, jugar al fútbol más complicado que viajar alrededor del mundo en un globo aerostático; correr algunos metros como escalar el Aconcagua. Meses y meses postrado en una cama a la que se lo mantuvo atado para que acatara el inútil remedio de las cosas prohibidas. Todo el tiempo el sonsonete de que eso no se puede, esto no se hace, aquello no te cura, lo otro te fatiga.
Separado de su hermana por caprichos que no podía comprender. Convencido de que su padre se alejaba de él como lo hizo de Amanda. Radicado en Brasil, dedujo con razón que no regresaría por mucho tiempo. En manos de su abuela sería tratado como un pelele de arcilla blanda, fácilmente maleable. Un botarate con uniforme militar y un pianito de juguete colgando del pescuezo mientras un bicho canasto sordo le dictaba la partitura: «¡Carrera, march! ¡Cuerpo a tierra! ¡Carrera, march! ¡Cuerpo a tierra!». Si no cumplía con lo esperado, un maldito martillito neumático le perforaría la cabeza hasta la lobotomía.
Solo quedaba escapar. No había elección.
En la primera fuga, cuando escapó de la casa paterna y se refugió en lo de Amanda, un ensayo premeditado, escribió con un crayón negro en la pared del zaguán del palacete de su abuela: «Esta no es mi casa», repitiendo las palabras de su hermana a las que recurría cada vez que él le mencionaba el asunto de su partida.
Eriseta borró la inscripción ella misma para impedir que la servidumbre se anoticiara que el fracaso le correspondía a ella y no a Amanda o a Jorge. Si dos nietos se consideraban extraños en aquel lugar, ajenos a ella, era porque algo había fallado de entrada.
Eriseta primero y Miguel después, rompieron los vasos comunicantes por donde los sentimientos amorosos fluyen de un ser a otro para poner de manifiesto la gracia de estar juntos. Ni Amanda ni Jorge querían permanecer en un hogar vaciado de amor. Escribiría un interrogador con cabeza en forma de pepino: «clara influencia materna». La vecina alemana diría: «lo que nace estrecho, muere estrecho».
Con ese mismo crayón negro con el que escribió en el zaguán de la casa de su abuela y que conservó como una presea, escribió en la pared de un baño de la escuela: «No quiero ser militar. No quiero tocar el piano». Pero para que nadie se hiciera el distraído con esas dos negaciones escritas en la pared, estampó su firma con letras grandes y claras debajo del grafiti «Jorge Da Silva» y agregó más abajo, «para que nadie dude que fui yo». Última estación del tren de la expulsión.
Amanda presentía el derrotero de su hermano. No lo sabía, pero lo presentía. Ese presentimiento le dio serenidad. Que ambos marcharan en dirección al norte, aun por caminos muy diferentes, era un albur extraordinario.
Ella siempre presintió a Jorge, desde que lo buscó en el maletín del médico cuando llegaba a la casa para atender el embarazo de Anita. Cuando lo tuvo en sus brazos por primera vez y él le acariciaba el rostro con sus pequeñas manos. Cuando esporádicamente Miguel la retiraba del internado y podían estar juntos más no fueran esos breves momentos. Cuando puso en sus manos la flor de tamarindo y él la abrazó para explicar su despedida.
No podía saber si Jorge sentía lo mismo que ella, pero eso, a Amanda, no le preocupaba. Viajando hacia su destino, lo percibía huyendo corrido por una palabra de apenas nueve letras.

¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!

¡Expulsión! En la voz de la autoridad que, con su largo dedo índice, señalaba al destinatario de la pena.
Y la expulsión se hizo Verbo: Expulsar, y golpeó tres veces a la puerta del desierto. ¡Expulsar! ¡Expulsar! ¡Expulsar! ¡Expulsar! ¡Expulsar! ¡El éxodo había llegado! ¡A vagar por el desierto durante 28 años!
Expulsar: para Jorge, el nombre de una deidad confusa pero tangible. Adorable. Libertadora. «¡Santa Expulsión líbranos de todos los males!». Amén.
La invitación para presentar a la deidad en exclusiva misa pagana la estamparon con tinta bien negra en un telegrama del Correo Argentino. «Por favor – punto – Concurrir urgente – punto – Reunión con director – punto – situación alumno Jorge Da Silva – punto final».
Salió de la escuela militar con la intensidad del vuelo de la piedra con la que el pequeño David derribó al inmenso Goliat.
Miguel aprovechó su viaje para sacarse el balurdo de encima y le encargó a su madre que fuera ella quien respondiera a la convocatoria. Había quedado como tutora de Jorge y en ausencia del padre, siendo huérfano de madre, tenía todas las responsabilidades sobre él. Celebró no tener que enfrentar a las autoridades de esa institución con la que le convenía mantener buenas relaciones. Eso, para él, era más importante que lo que ocurría con Jorge. Su hijo, estaba seguro, era un caso perdido. Como Amanda.
Por eso su madre, ejerciendo la tutoría, quedó a cargo del trámite. Pero ella no sospechaba el motivo real de la perentoria convocatoria.
Eriseta llegó en colectivo al campo militar. Por un capricho de esos que se le daba con regularidad, rechazó viajar en automóvil llevada por su chofer. Todos en su casa le señalaron lo poco atinada que les parecía su decisión. Hasta las mosquitas que solían orbitar su cabeza desistieron del viaje. Lo bien que hicieron. Perderían para siempre ese huraño reducto del que se aprovechaban alegremente.
Regresaría casi de noche de un viaje de más de dos horas; sola, cansada, una mujer poco habituada a ese tipo de incursiones. Además, y eso preocupaba a las sirvientas más veteranas, seguía con esos achaques por los que se negaba a consultar al médico familiar. Nada había en el mundo que dos aspirinas no pudieran arreglar. Antes de salir para la entrevista, disolvió dos en un vaso con un poco de agua y azúcar y lo bebió por completo. Sin embargo, el dolor no menguaría.
Pero quería hacer el viaje de ese modo, tal vez porque necesitaba salir, distraerse, disfrutarlo como si fuera un paseo.
La reunión estaba convenida a las quince horas. El viaje le significó un esfuerzo desmedido. El colectivo tardó mucho más de dos horas en llegar desde las cercanías de su palacete de la calle Parral hasta el campo militar. Como era una mujer precavida salió con mucha antelación y eso evitó que llegara vergonzosamente retrasada. Nada peor en una institución militar que llegar fuera de horario. Lo dijo Perón, «al pedo, pero temprano», al pedo, pero puntuales.
Luego del largo viaje en el colectivo, tuvo que caminar casi un kilómetro hasta la entrada de la escuela y eso la cansó completamente. Hacía mucho tiempo que no caminaba. Se había habituado a viajar en automóvil con su chofer, de aquí para allá. Fueran distancias largas o cortas, siempre en auto. Caminar, poco y nada y cada vez menos.
Cuando llegó a la entrada del campo, se sorprendió porque aún le faltaban varios cientos de metros hasta el despacho del director.
Llegó extenuada. No tuvo dudas de que algo no andaba bien en su salud. Mujer vital y activa, esa fue la primera vez en que se sintió vencida. Pero iba dispuesta a pelear lo que fuera, estaba enfurecida contra esa institución militar que se demostraba incapaz, según ella, de apreciar las aptitudes de su nieto. No toleraría que una manga de borregos con uniforme de cartón echara a perder el porvenir de un seguro brillante oficial de las fuerzas armadas de la nación.
Por eso se esforzó en aparentar vitalidad, energía y determinación. Entró al despacho del director como si se tratara de un personaje que merecía especial consideración. Soberbia, imaginándose gallarda, sin atender que, si bien podía sospecharse cierta alcurnia pasada y sus modales podían asociarse con el proceder de los aspirantes a integrar la oligarquía porteña, a ojos de alguien que no se dejara intimidar por su pavoneo, su comportamiento más podía asociarse con lo patético, lo pueril y su porte con el del pavo antes de que le retuerzan el cogote para ser eviscerado.
Estaba dispuesta a defender el brillante futuro que ella imaginaba para su amado nieto, como si fuera a defender el destino de la patria entera.
Luego de invitarla a pasar y señalarle que se acomodara en una fina silla de estilo inglés decimonónico —regalo de un fulano para los festejos del centenario—, el secretario del director abandonó el despacho cerrando la puerta tras de sí. Habrá pensado «de la que me libré», pero se ahorró los comentarios.
El delegado del director entró de inmediato. Saludó a Eriseta con suma cordialidad y caballerosidad, propia de un militar bien educado.
—Tenga usted muy buenas tardes, señora. —Tendió su mano a Eriseta y le sonrió amablemente.
—Eso está por verse —le respondió mientras apretó con fuerza la mano del militar para que tuviera una señal de cuál era su verdadero estado de ánimo.
—Estoy en representación del señor director, quien no pudo hacerse presente por estar comisionado por sus superiores a otra tarea.
—¡Qué despropósito! —exclamó disgustada—. Me cita el director, pero manda a un subalterno.
—Soy quien preside el cuerpo docente, y por eso el señor director me solicitó, atendiendo a los antecedentes del caso, que fuera yo quien asistiera a esta entrevista cuando supo de su impostergable comisión.
El militar se quedó observándola con preocupación. Sabía de sobre que la conversación sería difícil y eso no lo inquietaba demasiado, pero la notó cansada y más avejentada de lo que él sospechaba. La conoció de vista en alguna actividad hípica del ejército. Recordaba que su esposo era un entusiasta aficionado al hipismo, aunque hacía años que había dejado de practicarlo.
Era correcta la apreciación del hombre sobre Eriseta. Lucía más avejentada y parecía algo disminuida.
La curvatura de su espalda se había pronunciado arrastrada por el peso de sus enormes senos, los que debía sujetar con una faja corsé de estoicas ballenas de acero que amenazaban soltarse en cualquier instante.
Llevaba el cabello recién teñido del mismo color casi rojizo intenso que usaba desde hacía años y que un peluquero con exclusividad aplicaba con precisa regularidad. El tono rojizo de la cabellera contrastaba con la blancura del cuero cabelludo que dejaba ver unos surcos que iban desde la frente a la nuca y que anunciaban una desagradable calvicie.
Su cara, redonda, estaba más maquillada que de costumbre. Esparció por toda ella, hasta las orejas, una gruesa capa de una pasta de color marrón artificial que le daba un aspecto de viejo maniquí como los que exhibía en sus vidrieras la pituca tienda de Harrods Gath & Chaves.
El color del afeite pronunciaba la nariz exagerando sus rasgos y su tamaño de un modo singular. Los pómulos, mansamente, se deslizaban hacia las pequeñas orejas algo disimuladas por el cabello, cuyos lóbulos tumescentes brillaban reventones por la presión de los broches de los aros.
Los párpados de sus ojos lucían un color celeste pastel que competía con el color de sus ojos. Arriba, las cejas habían sido repintadas sin demasiada prolijidad y perdido ese aspecto de tajito insignificante. Una notable diferencia de grosor y de disposición entre una y otra llamaba la atención del anfitrión, quien podía apreciar sin demasiado esfuerzo que la ceja izquierda era más gorda y más alta que la de la derecha. Eso le daba un aspecto extraño, como si esa ceja hubiera quedado paralizada por algún interrogante que no había podido despejar desde que salió de su casa rumbo a la entrevista.
Los labios resaltaban por ese rabioso óleo rojo de aspecto graso que no invitaba al beso. De ellos huía Jorge, porque detestaba esos besos —como los detestó Amanda cuando los padeció—, cada vez que su abuela intentaba besuquearlo para demostrarle su amor, algo que al niño no le interesaba en lo más mínimo y promovía su rechazo hasta la insolencia de los insultos o incluso de algún manotazo que llegaba a buen destino las más de las veces. Ella, de todos modos, lo consentía hasta cuando era un grosero mano larga.
Su pescuezo lucía más arrugado que de costumbre, aunque tal vez se tratara solo de una ilusión óptica. El maquillaje se extendía justo hasta el límite que marcaba la mandíbula inferior, mientras el cuello carecía del emplaste del cosmético, lo que hacía destacar las arrugas de la flácida, pero, desde hacía un tiempo, abultada papadita que caía hasta casi la unión con el tórax.
Por encima de la camisa de fina seda, el tapado de visón llegaba hasta la cintura, justo por encima de la pollera de muselina de seda negra que no podía, a pesar de su esfuerzo, sostener con disimulo el abultamiento del prominente vientre.
Llevaba sobre los hombros una vistosa estola también de visón. Luego de rodear el cuello, se deslizaba por el pecho un largo collar de legítimas perlas que rodaba justo entre la comisura de sus grandes tetas, logrando distraer al hombre, que trataba de parecer más adusto de lo que en realidad era.
El representante del director de la escuela era un hombre de carácter afable. Oficial de ejército del arma de infantería, tenía cierta simpatía por el régimen depuesto, aunque nunca fue fanático y supo reservar muy bien sus opiniones. De no haber sido así, habría sido pasado a retiro.
Quedó consternado por el criminal bombardeo a la Plaza de Mayo. Lo consideró una brutalidad que las fuerzas militares no debieron haber cometido nunca contra los indefensos civiles que vitorearon el paso de los aviones, confundiéndolos con unos que desfilaban para su entretenimiento. Lamentó el golpe de Estado y consideraba, en conversaciones reservadas, que la ruptura del orden constitucional solo acarrearía desgracias a la Nación.
Rechazaba el mal trato con sus subordinados y mucho más contra sus cadetes. Consideraba desleal que un superior aprovechara su mayor jerarquía para humillar a los subalternos. Era muy respetuoso con los suboficiales y, además, no permitía que los alumnos de los años superiores abusaran de los nuevos ingresantes.
Amaba su condición de militar, estaba orgulloso de ella. Se inspiraba en los próceres de la independencia como ejemplo a seguir.
Alto, de buen porte, de estado atlético, disfrutaba su trabajo como formador de futuros oficiales del ejército.
Viudo de manera temprana por una penosa enfermedad de su esposa (se contaba que casi destroza a un tipo a trompadas cuando gritó «¡Viva el cáncer!», lo que le valió algunas semanas de detención), con cuatro hijos, todas sus preocupaciones giraban en torno a ellos y a sus alumnos. Aunque no se apreciaba como un sagaz psicólogo, descifró al instante el malhumor y la inocultable irritación de la visitante.
El delegado tosió tratando de llamar la atención de la mujer y a modo de prólogo de sus palabras.
—Lamento que no haya podido venir el padre —dijo esquivando la provocativa mirada de Eriseta.
—Mi hijo está de viaje. Mi nieto es huérfano de madre. Soy su tutora —respondió amenazadora.
—De todos modos, y no lo tome como una impertinencia, hubiera preferido transmitirle a él directamente las razones de nuestra convocatoria.
—Esas razones me las dirá a mí, porque para eso vine. Haga de cuenta que él mismo lo está escuchando —Eriseta no dejó pasar la oportunidad de insistir en su tono pendenciero—. He criado ese niño desde que nació, es sangre de mi sangre. Usted sabe que su madre murió en el parto y desde ese mismo momento su crianza estuvo bajo mi responsabilidad. Nadie lo conoce como yo.
—Lo sé, lo sé. Y aunque no deseo parecer irrespetuoso, le reitero, la presencia del padre habría sido oportuna. Asuntos de hombres deben ser tratados por hombres.
—¡Asuntos de hombres! —Eriseta exclamó con furia, anunciando la tormenta—. ¡Asuntos de hombres! ¿Nos convocó por un asunto estudiantil o para saber si usted o mi hijo la tiene más larga?
El hombre quedó estupefacto. Se explicó, como pudo.
—¡Por favor, señora! ¡No lo tome de esa manera! —El militar quedó impactado por la franqueza brutal de la mujer—. Me disculpo por mis palabras. Nunca imaginé que podían interpretarse de ese modo. —Pero Eriseta fue indiferente a sus excusas.
—Mire, señor —le dijo Eriseta—. Para que no nos confundamos sobre eso de «asuntos de hombres, que deben ser tratados por hombres». He criado cuatro hijos y atendí a mi esposo hasta su muerte. Limpié la ropa interior de todos ellos a mano, jamás le permití a ninguna mucama que rozara las intimidades de mis varones. No quisiera saber usted qué limpié de mi esposo durante su larga agonía. No conozco ningún hombre capaz de semejante cualidad samaritana.
Sin miedo a exagerar, puedo decirle que conozco todos los olores de los cuerpos de esos cinco varones, de mis cuatro hijos y de mi esposo, Dios lo tenga en la gloria. Sé la forma en que cada uno de ellos ensuciaba sus ropas, y el olor de sus transpiraciones, el olor y hasta el color de todos sus fluidos, porque cada uno excreta lo que es en su esencia.
Hasta el día de hoy, sepa, señor, puedo identificar a cualquiera de mis hijos con los ojos vendados por su olor, por su presencia, por su respiración. Sé si han pasado una buena o mala noche por el lívido de sus labios, por la expresión de sus rostros, por la sequedad de sus bocas. Y así como conocí en detalle a esos cinco varones que atendí hasta no hace mucho tiempo, conozco a mi nieto mejor que a cada uno de ellos. Nada de un hombre me es desconocido.
El representante del director estaba pasmado. Jamás hubiera predicho que aquel asunto del díscolo alumno pudiera derivar en la explicación de toda la genealogía de aquella familia, en sus densidades escatológicas y en la consistencia más o menos viscosa de los fluidos corporales de cada uno de los hijos.
Eriseta siguió con su filípica:
—Sé lo que les preocupa a mis hijos sin entrar en confidencias. Ninguna de sus esposas podría imitarme, y aunque se esforzaran por descubrir lo que a cada uno de sus esposos le acontecía, no podrían hacerlo.
Sé de asuntos masculinos más que los propios hombres. No se confunda conmigo, señor. Soy Doña Eriseta, y «doña» es un título nobiliario.
No soy «Doña» por vejestorio. Soy como la mujer de Rosas, Doña Encarnación, la última verdadera «Doña» de esta desgraciada tierra que espera aún verdadera restauración. Y eso que no soy rosista, porque no apoyaré en mi vida ninguna tiranía. —Eriseta se autoagitaba a cada instante ante la abrumada mirada del militar—. He hecho cosas que usted ni siquiera podría imaginar —y dijo estas palabras alzando amonestador su artrítico dedo índice de la mano derecha—. Tengo rango, aunque no tenga jinetas. Conozco el submundo de la política y de las fuerzas militares. Mi esposo llegó al grado de general y compartió la mesa con Falcón, con Richieri, con Uriburu, con Justo. Compórtese conmigo y, además, compórtese como un verdadero hombre de armas. Sea franco y yo seré franca. Se lo aseguro.
El hombre tardó un buen rato en recobrar la compostura. Nunca nadie le había hablado de ese modo, y menos una mujer. Si se hubiera tratado de un subordinado, le habría impuesto, sin que le temblara la mano, no menos de treinta días de arresto por la insolencia.
—Es usted, sin duda, una mujer de carácter… ¿Señora?
—Eriseta. Llámeme simplemente Doña Eriseta, de ese modo será suficiente.
—Como usted diga, señora Eriseta.
El hombre estiró su pescuezo buscando distender los músculos que se le habían contracturado por la ira, mientras releía la ficha de inscripción de Jorge, buscando recordar el apellido de la familia.
—Tenía entendido que era su esposo el oficial de carrera.
—No se haga el gracioso conmigo y deje de buscar el apellido de mi nieto. Yo no soy Da Silva. No desciendo de pringosos portugueses.
—¡Por favor, señora! Usted malinterpreta mis palabras y malinterpreta mis acciones. Solo recordé que su esposo fue oficial del ejército. —Tomó aire para continuar con su explicación—. Revisé el formulario de inscripción porque en él se asientan todas las novedades.
—Mi esposo fue un alto oficial del ejército, un alto oficial de inteligencia, algo que parece que falta en los tiempos que corren —dijo y miró despectivamente al militar, quien ignoró la afrenta.
Ella siguió con su discurso.
—Hombre formado en la vieja escuela de la fuerza, la que heredó a Roca, «El zorro», el genio, el fundador de la nación moderna, del que todo oficial debería aprender con humildad. Mi esposo, un oficial respetuoso de las tradiciones del ejército y respetuoso también de los valores morales del soldado argentino —y mientras decía su discurso golpeaba cada vez con mayor fuerza en el escritorio del funcionario—. Ya le he dicho y le repito, fue amigo personal de Richieri, amigo personal de Falcón. Combatió a Yrigoyen. Fue admirador de Uriburu y colaborador de Justo. Acompañó la revolución del cuatro de junio. Y desde que se encaramó en el poder, fue, hasta su muerte, enemigo de ese demagogo pervertido que huyó como un cobarde al Paraguay, con el que ahora, este inescrupuloso ha pactado para acceder a la presidencia.
—No es habitual, para nosotros, hacer ciertos comentarios, señora. Aquí las paredes oyen.
—Si oyen, que oigan —y amagó con levantarse para que su voz se oyera con más claridad—. ¡Traidores! ¡Oportunistas! ¡Pactar con ese viejo verde! ¡Ese degenerado! —Exclamó exaltada, dirigiendo su boca en todas direcciones de la habitación—. No conozco un solo oficial bien nacido que esté conforme con este contubernio. Se salvó de chiripa el muy hijo de puta en junio del ‘55. ¡Huyó como rata por tirante por los túneles de la casa de gobierno! Todavía me cuesta creer que ni una sola bomba acertó a meterse en su melindroso trasero.
El oficial contuvo por un instante la respiración y exhaló el aire con resignación. Movía la cabeza de un lado al otro tratando de sostener cierta calma que le permitiera llevar la conversación al tema que los convocaba. Y ahora este amigo de los comunistas vino a traicionar los valores de la Libertadora, pactando con el tirano depuesto.
—Le rogaría cuide sus expresiones cuando se refiere al presidente.
—No me corrija. Yo de política hablo lo que se me da la gana. En el ‘46 voté a la Unión Democrática porque soy democrática. Y este pelafustán se emboscó para simular ser opositor y ahora nos ha entregado en manos del tirano prófugo.
—Respeto sus opiniones, señora. Pero no los convoqué para hablar de política.
—Hable entonces de lo que tiene que hablar y no me haga perder más el tiempo, que el tiempo es oro.
El hombre alzó la vista buscando en el cielorraso la calma que no encontraba en sus palabras. Luego de un instante, revisando el formulario una vez más, habló sin buscar ningún atajo.
—Doña Eriseta, su nieto detesta la escuela.
—Lo sabemos.
—Detesta la disciplina.
—También lo sabemos.
—No soporta el sacrificio.
—Ha sido un niño enfermo y muy mimado. Nunca le faltó nada. Para que se haga hombre, para que adquiera amor a la disciplina, amor al sacrificio, lo enviamos aquí para que lo eduquen en esos valores trascendentes. Al terminar este ciclo, ingresará al Colegio Militar y se transformará en un verdadero oficial de la Patria.
—Doña Eriseta, temo decirle que no tiene ninguna vocación militar, carece de vocación de servicio. Se pueden fraguar muchas cosas. Se pueden fraguar exámenes, falsificar firmas, mover influencias para alterar los registros de calificaciones, pero lo que no se puede, mi estimada señora, es fraguar el carácter, la voluntad, el deseo de ser militar. Ser militar es una vocación que no puede falsificarse. Tal vez su nieto pueda servir a la patria desde otra profesión. Aunque le aseguro que también lo dudo.
—Sus opiniones no me interesan en lo más mínimo. Y guárdese mucho de querer insinuar que nosotros hemos falsificado algo en nuestras vidas. ¡Cómo va a dudar de nuestro legítimo amor a la patria! Lo que el niño necesita es disciplina, es aprender el arte del sacrificio, del esfuerzo diario y ejercitar la vocación de servicio. Eso es lo que ustedes le tienen que inculcar. Para eso tienen los medios, los procedimientos y las personas necesarias para ello.
—En efecto, los tenemos, pero con eso no basta.
—¿Nos convocó para informarnos de sus limitaciones para educar a un muchachito?
—De ninguna manera. Lo hice para decirles que estamos decididos a expulsarlo de la institución.
—Voy a pasar por alto el comentario que acabo de escuchar.
—Señora, pase por alto lo que usted considere, pero nosotros le estamos informando una decisión, no un comentario.
—Le pido que usted y sus superiores pasen por alto también cualquier inconveniente que tengan con mi nieto y cumplan con su obligación de educarlo para servir a la patria.
—Con su nieto sospecho que hemos pasado por alto varias cosas, atentos a su familia, a la que respetamos por su trayectoria al servicio de la patria, atentos a las recomendaciones que nos llegaron oportunamente y atentos al entusiasmo puesto de manifiesto por la familia. Pero lo que no podemos hacer es pasar por alto sus reiteradas indisciplinas y su falta de espíritu de cuerpo.
—¡Cómo se atreve! —Eriseta se puso de pie enfurecida.
—No es un atrevimiento, se lo aseguro. No se trata de una injusticia. El muchacho no quiere bajo ninguna consideración seguir en este establecimiento.
—¿Y usted cómo sabe eso?
—Porque lo ha dicho en cada oportunidad que tuvo. Me lo ha dicho a mí, en persona, sentado en la misma silla en la que usted está sentada ahora, luego de su última escapada. Y lo ha escrito con letras de este tamaño, en el baño de la escuela para que todo el alumnado se diera por enterado.
—Habrá sido otro, un desgraciadito envidioso para perjudicarlo.
—Debajo de la inscripción, puso su firma. Escribió, ya le digo —buscó un papel en su carpeta—: «No quiero ser militar. No quiero tocar el piano». Y debajo: «Jorge Da Silva, para que nadie dude que fui yo»
—¡Imposible! ¿Una escapada? ¡Cosa de niño! Usted exagera. —A Eriseta se le iba torciendo la boca, arrastrados hacia abajo sus labios por el enfado.
—No exagero, señora.
—Una escapada es cosa de niño.
—No se trata de una escapada, Doña Eriseta. Si fuera una no los hubiésemos convocado. A veces ocurre que la muchachada joven y vigorosa necesita una escapada hasta los burdeles que rodean la escuela. Somos hombres y entendemos las cosas de hombres, sin necesidad de andar metiendo nuestras narices en los escrotos de los adolescentes. Usted, que ha cuidado sus varones y criado cuatro hijos, sabe mejor que yo de qué hablo.
Pero su nieto, Doña Eriseta, ¡todas las noches se escapa! ¡Todas! ¡Todas! Sin excepción. Se ha vinculado a un grupo de estudiantes que ya han sido expulsados por inconducta. Y aprovechando esas amistades se fuga todas las noches de la escuela.
—¿Y cómo carajo un niño de su edad puede fugarse de este establecimiento? ¿Puede explicármelo antes de que presente una queja a sus superiores?
—No, Doña Eriseta, no puedo explicárselo. Simplemente se escabulle. Y nadie sabe cómo lo hace. Redoblamos las guardias, tapiamos las ventanas, cerramos con candados todas las puertas. Pero siempre encuentra el modo de escaparse. Acá le dicen Houdini, por su habilidad para escapar de todos los lugares y abrir todas las cerraduras.
—¡Qué inoperancia! Sus superiores serán informados de esta situación.
—Doña Eriseta, los primeros que desean expulsar a su nieto de la escuela son justamente mis superiores. Le aseguro que ellos están muy bien informados de la situación. Hemos tenido en cuenta quién fue su esposo y también quién es su hijo. Y, a partir de hoy, también tendremos en cuenta su patriótico espíritu y su encendido carácter, se lo aseguro. Pero mis superiores están más hartos del comportamiento de su nieto que incluso yo mismo, y eso que soy quien padece sus escapadas, sus pesadas bromas, sus desfachateces, cada día, todos los días.
—No puedo salir de mi asombro. Tiene que haber una solución. Él debe ser militar, y tocar el piano, dignificar la familia sirviendo al ejército.
—Tampoco quiere tocar el piano. Supongo que está al tanto de que odia la música.
—¡Le compré un piano para que pudiera estudiar!
—Acá usa el de la institución para esconder los cigarrillos.
—¿Los cigarrillos? ¿Fuma? ¡Si es asmático!
—Fuma cigarrillos Montanares, señora.
—¿Montanares? La marca que fuma Perón. ¡Qué desgracia!
—No sabía que el General Perón fumaba cigarrillos Montanares. Usted, señora, sí que está bien informada.
—¡Usar un piano para guardar cigarrillos! ¡No es para tanto!
—Si fueran solo los cigarrillos lo disculparía. No es correcto que un niño fume, pero no es un pecado capital. Pero debo decirle que no solo usa el piano para guardar cigarrillos.
—¿Qué otra cosa guarda en el piano?
—Profilácticos. Los que, por otra parte, vende entre los demás estudiantes.
—¡Cómo se atreve!
—Se atreve a peores cosas, Doña Eriseta. Se lo aseguro.
—Estoy diciendo cómo usted se atreve a decir semejante cosa.
—¿Por los profilácticos?
—¡Desde ya!
—No me parece mal que los muchachos usen profilácticos para precaverse de enfermedades venéreas. Es más, señora, se lo recomendamos. Aquí los jóvenes frecuentan prostitutas.
—Eso no se lo voy a permitir.
—Creo que es algo tarde para ello, señora. Su nieto siempre está primero en la fila donde prestan servicio las mujerzuelas.
—¡A usted no le voy a permitir que diga esas mentiras de mi nieto! ¡Apenas es un niño!
—Es un niño, como usted dice, pero de un metro ochenta o más, ya no lo sé. Un niño que creció de golpe, como si hubiera comido la habichuela mágica del cuento de Jack. —Eriseta no podía controlar las sincinesias que gobernaban su rostro y ponían en evidencia su ira y su descontrol. El dolor en su cabeza iba en franco aumento—. Quiero que recapacite sobre este asunto: todo crece en proporción —el representante con sus manos trató de representar una medida—. No solo se agrandó su espalda, sus pies y sus manos. También se agrandó su miembro. Y él observa ese extraordinario cambio todos los días. Y parece muy dispuesto a disfrutarlo.
Es muy probable que haya un conflicto entre su edad, su madurez intelectual y su tamaño. Pero en el tema que estamos tratando, la edad y la capacidad intelectual no tienen mayor incidencia; en cambio, el tamaño de su pene, sí. ¿Me comprende, Doña?
—¿Cómo va a andar por los burdeles revolcándose con putas como un compadrito del arrabal? ¡Mentiras! ¡Sus palabras son mentiras!
—¿Mentiras? ¡Doña Eriseta! ¿Para qué querría mentirle sobre este asunto?
—¡Mentiras! ¡Usted miente descaradamente! ¡Quiere difamar a mi nieto! ¡Porque odia a los liberales como yo!
—No mezcle las cosas, señora. Aquí los liberales no tienen arte ni parte. Yo no necesito difamarla a usted ni a su nieto, se lo aseguro. Él lo hace mejor que nadie. En eso y otros asuntos nos supera a todos nosotros con holgura. Con su grupete de amigos hicieron entrar una prostituta al cuarto de los alumnos de quinto año. Quisiera no tener que entrar en detalles, si usted me exime de mayores explicaciones. ¿Comprende por qué prefería que fuera el padre quien estuviera aquí, sosteniendo esta conversación?
—¿Una prostituta? ¿Trajo una prostituta? ¿Él solito trajo una prostituta? ¡Explíquese! ¡Y no ande con remilgos conmigo!
—Como usted ordene, señora.
El militar aceptó la orden de Eriseta y decidió no ocultar ningún detalle.
—Solito, no, por supuesto que no trajo la prostituta él solito. La trajo con sus amigotes. Pero en realidad no fue una, sino dos. Una para el grupo en el que participa su nieto y otra para todos los alumnos del quinto año. Hubo un alboroto por el orden con que la mujerzuela debía prestar sus servicios a esos alumnos. Y el alboroto mayor se produjo porque empezaron a discutir los alumnos con la prostituta por dónde debía prestar esos servicios. ¿Me comprende? Mucha demanda, poca oferta. La mujer gritaba que a ella le pagaron por varias simples, pero ninguna completa. Y los muchachos, exaltados, gritaban a coro «¡com-pleee-ta! ¡com-pleee-ta! ¡com-pleee-ta!». ¿Es necesario que explique a qué se referían? —Eriseta movió negativamente la cabeza.
—El oficial de guardia, que fue quien escuchó el griterío, los pescó a todos en plena disputa. La mujer aún está detenida en la seccional correspondiente, algo exaltada. Hubo que prestarle unas ropas porque los muchachos, en represalia por su negativa a satisfacer sus exigencias, le robaron toda la suya. Acusa a los estudiantes de la escuela de haberla querido violar. Y ese, señora, es un cargo muy grave. Aunque si, en verdad, eso hubiera ocurrido realmente, le aseguro que lo más probable es que no hubiera sobrevivido. Basta ver la horda de muchachos de la que estamos hablando y la catarata de testosterona que expelen. Si desea, le hago presentar a la prostituta para que despeje sus dudas.
—¿Mi nieto estaba entre esos pervertidos?
—No con esos, por supuesto. Él es apenas de primer año, no podía involucrarse nunca con los de los cursos superiores porque están en alas diferentes del edificio.
Él estaba con su grupo de amigos, encerrados en el despacho de Imaginaria, donde escondieron a la mujer dentro de un cofre, de donde la sacamos… Excúseme de explicar en qué situación lo encontraron. Había pagado un servicio especial y quería sacarle todo el provecho posible. Nunca hay que malgastar el dinero.
—¿Dinero? ¿Y de dónde sacó el dinero para pagarles a esas prostitutas?
—No podría asegurarlo, ¿ustedes le facilitan alguna suma por mes?
—No, jamás, imposible. Somos muy severos en ese asunto; los menores de edad no deben manejar efectivo, para eso tienen su libreta de ahorro.
—Habrá retirado sus ahorros.
—Yo tengo su libreta, imposible.
—Entonces ha de ser cierto lo que comentan. —Intrigante, el representante del director soltó sus palabras solo por mortificar a Eriseta.
—¿Y qué se comenta? ¡Quiero saber!
—Que lo ganó jugando al póquer.
—¿Al póquer? ¡Si él no sabe ni jugar a la casita robada!
—Me temo que está equivocada, Doña Eriseta. Dicen que es muy buen jugador; por lo menos, ese es el comentario que circula entre los estudiantes.
—Los malandrines que van a los prostíbulos a pasar el rato bebiendo y carteando lo repiten en todos lados. Y hablan de él como si fuera el Mesías. De lo que puedo dar fe es de que aquí no hay nadie que le gane al truco. Ni al chinchón. Ni a la casita robada. Lo han visto mis subordinados: posee la prodigiosa habilidad de saber qué cartas tiene cada contrincante en sus manos; recuerda el juego desde el inicio hasta el fin. Asombra a todos con esa rara capacidad. No quiero ser atrevido, pero tal vez deberían considerar seriamente explotar tal prodigioso dominio de los juegos de carta.
—Creo que me voy a descomponer —Eriseta llevó sus manos al pecho—. ¡Mi presión! ¡Mi presión! —Sintió su corazón latir cada vez con más fuerza y su cerebro estallar.
—Si quiere llamo al oficial médico, él puede atender su malestar.
—¡Quiero que llame al desgraciado de mi nieto! ¡Ahora! ¡Ahora mismo!
—¿Ahora mismo?
—¡Sí! ¡Ahora mismo!
—No será posible, Doña Eriseta.
—¿Y por qué? ¿Puedo saberlo? ¿Qué se lo impide? —gritó desencajada.
—Porque no está. Se escapó anoche y sospecho que no va a regresar jamás. No tenemos idea dónde pudo meterse. Creemos que se enteró de que habíamos citado a su padre para expulsarlo. Un paisano que colabora con la Escuela cree haberlo visto en un burdel algo más alejado del que es habitué. Lo fuimos a buscar con una patrulla que registró el lugar, pero no estaba.
—¿Cómo pudo ocurrirme esto? ¡Es nuestra sangre! ¿Cómo pudo ocurrirme esto?
—A usted no le pasa nada, señora. Al que le pasa es al muchacho.
—¡No! ¡No! Yo sé qué ocurre. ¡Es la sangre de esa madre de mierda! ¡Esa zorra que se embarazó para joder a mi hijo!
—¡Señora! ¡Por favor! No tiene nada que ver con la sangre. Deje en paz a la muerta. El hombre que ha de ser militar nace, no se hace. Aunque usted lo desee más que nada en el mundo, ese muchacho no va a ser militar, porque no nació para eso. Y él se ha ocupado de hacérnoslo saber en toda oportunidad que tuvo. Tal vez ustedes no supieron o no quisieron escucharlo.
—Así que no nació para ser militar —preguntó Eriseta indignada.
—No, señora. No nació para ser militar y no lo será nunca.
—¿Y para qué nació, quiere decirme usted que parece saberlo todo?
—Eso no le puedo responder, aunque quisiera. Pero sí le puedo decir que, así como no va a ser militar, tampoco va a ser pianista. De eso estoy completamente seguro. Olvídese del uniforme y venda su piano, Doña Eriseta. Para guardar cigarrillos y forros, basta con un bonito roperito o una linda mesita de noche. 

***

XXVII – Agua y barro 

Luego de mucho andar el automóvil se quedó ahogado. El viento golpeó tantas veces de costado que hizo entrar agua por el capó y el motor dejó de funcionar.
El chofer, decepcionado, golpeó con las palmas de sus manos el volante. El que iba a su lado le dijo algo en voz baja.
—Puede ser —le respondió.
—¿Qué ocurrió? —Amanda quiso saber de qué se trataba.
—La parte eléctrica dejó de funcionar.
—El agua —afirmó ella.
—Sí —le respondió lo mismo que a su compañero.
—¿Y ahora?
—A caminar o esperar aquí que la lluvia pare. Usted decide.
—¿No dijo que va a llover dos días seguidos?
—Eso dije.
—No hay opción, entonces. Caminemos.
Los hombres se miraron pícaros. El que solo hablaba en lengua waqha para no rebelarse ante la mujer señaló a su compañero con su dedazo antes de bajar del vehículo y luego golpeó con el puño de una mano la palma de la otra, indicándole que debía pagarle.
Amanda entendió el gesto. Explicó para sí: «Estos apostaron a que me rendía». Sintió que disfrutaba un pequeño triunfo, aunque era temprano cantar victoria. De todos modos, estaba equivocada. El de la lengua waqha sabía más de Amanda que ella misma y nunca creyó que abandonaría la marcha.
Apenas bajaron del automóvil, la lluvia tocó con dureza a los viajeros. Los hombres se quitaron las corbatas y los zapatos y medias que dejaron dentro del automóvil. No servían para esa marcha. Retiraron la pequeña valija de la mujer del baúl. Ella prefirió cargarla junto con su bolso de mano. A poco de andar, Amanda comprendió que sus zapatos tampoco le servían para nada y los arrojó a un costado. En segundos el barro se los tragó por completo.
Empezaron a caminar en la misma dirección en que venían, a pesar de que no se podía ya distinguir la amplia calle de tierra. Se había transformado en el cauce de un riacho de pocos centímetros de profundidad, pero que podía aumentar su caudal si la lluvia seguía anegando los campos.
Marchando en la intemperie parecían sobrevivientes de un combate perdido entre un cementerio de piedras rotas por el agua y un barrial compacto por el que se patinaban.
La tormenta había mermado para lo que era habitual en esas latitudes e inmensidades, pero para Amanda seguían siendo extraordinarios la lluvia intensa y el viento extremo. Y los otros dos no estaban muy seguros de que esa no seguía siendo la misma tormenta que les tendía perversa una trampa para ponerlos a prueba.
Ella miró hacia arriba en todas direcciones, esperanzada en reconocer si en algún lugar del cielo la tormenta se disipaba, y solo vio agua que caía enredada entre relámpagos y truenos y, abajo, barro salpicando por el golpe de los gotones, que impactaban abriendo pequeños cráteres que la lluvia inundaba al instante.
Los lugares que parecían más altos y por eso algo protectores solo resultaban estribaciones enanas que el agua disolvía como terrones, que luego se dispersaban por los valles y los inundaban de un barro oscuro.
Debajo de ese pastiche el filo de las piedras esperaba cobrarse su cuota de heridas. Caminar descalzos era ofrendarse a una herida irremediable. Los hombres, curtidos, podrían someterse a esa prueba con relativo éxito. Las posibilidades de Amanda de salir airosa eran escasas.
Cuidarse de sus tajos era una obligación si no se deseaba terminar cortado y sangrando. Era fácil infectarse en esas condiciones y no había ni médico ni medicamentos en leguas a la redonda.
Si se infectaba el herido, a los pocos días llegaba la fiebre y el dolor era extremo. Entonces, cuando el pus hacía su aparición verde y viscoso por la boca de la herida, se abría la carne con una navaja y se drenaba la inmundicia hasta sangrar. La purificación llegaba en medio de una nueva herida más gorda y más profunda. Si había agua, se lavaba la zona afectada. Pero el agua, en esa zona, era un bien escaso, salvo cuando llovía torrencialmente, como entonces.
La cauterización era el proceso que seguía a la limpieza, doloroso pero indispensable para impedir que la gangrena atacara al enfermo. Si la gangrena aparecía y el desgraciado estaba solo, sin posibilidad de llegar hasta algún puesto donde obtener ayuda, la septicemia se encargaba de despacharlo al otro mundo.
Las cicatrices abundaban en toda la geografía del cuerpo de los paisanos. Amanda no se salvaría por mucho tiempo de esos tatuajes extremos que la mayoría de los hombres lucían como condecoraciones que la fortuna imponía a los sobrevivientes de las duras condiciones de aquellos páramos semidesérticos.
Y no era que las mujeres no sufrieran también esas heridas; las podían exhibir tanto como los hombres. Pero a ellas, más que las infecciones mortales, las mataban los desangres en los partos, asistidas por las matronas que no tenían modo de parar las hemorragias.
El chofer le pidió a su compañero que cargara con la valijita de Amanda. Daba pena verla chorreando, llena de agua. Ella se la entregó solo por no contradecir al hombre y se quedó con su bolso de mano. Lo que estaba guardado en la valija ya no serviría para nada. Con la lluvia, seguramente, algunos documentos que llevaba con ella estarían empapados e irrecuperables, así como la carta que Miguel le hizo llegar y que no había leído, y algunos manuscritos que ella conservaba por completo en su memoria.
Por alguna razón ridícula a Amanda se le dio por hablar mientras chapoteaba barro y tragaba agua de lluvia que el viento le metía en la boca. Pero era difícil oírse porque el ruido de la lluvia y el viento se amplificaba en la inmensidad de ese vacío planetario.
—¿Quién se llamó Chalimín? –Preguntó escupiendo agua de lluvia.
El chofer volteó para verla. Estaba impresionado. Se preguntó cómo era posible que a esa mujer se le ocurriera que esa podía ser la oportunidad para hablar de cualquier asunto, incluso del guerrero Chalimín, a quien él admiraba sinceramente.
Caminaba delante de ella atendiendo el camino. Su preocupación era el camino. El barro se había puesto muy mentiroso. Como el agua corría con fuerza levantaba el barrizal, que así disimulaba los filos de los pedernales que apenas sobresalían entre las olitas del agua que corría hacia uno de los valles. Caer sobre esos filos podía provocar una herida severa y ya se sabían las consecuencias.
Los hombres se esforzaban en impedir que la mujer sufriera un accidente con esos bordes afilados de las piedras rotas. Un percance con ella, que podía ser atribuido a su descuido, le podía costar no solo un reproche, sino calabozo y escarnio. Con el coronel no se jodía, era blando con las recompensas y duro con los castigos.
Tenía todos los poderes de los señores feudales de antaño, pero con el agregado de que concentraba el respaldo de los poderes nacionales y, en especial, de las fuerzas militares por la tarea que se le había encomendado. Protegía el orden establecido «de las cabezas frescas que todavía rompen las pelotas con eso de ni amo nuevo ni amo viejo».
Eso lo hacía muy poderoso en esa región en la que todavía sonaban los ecos de las infinitas rebeliones de los originarios que fueron sometidos primero por la colonia y luego por los terratenientes. Los sepultados vivos cada tanto provocaban disturbios en la tierra seca y atender esos motines espirituales que llenaban de mohines a los asustadizos soldados era tarea prioritaria para el jefe de la mansión.
Del coronel no iba a hablar ni una palabra con ella. Cualquier cosa que dijera podía volverse en su contra. Sabía qué convenía decir y qué callar. La mujer llegaba para estar a las órdenes del despótico jefe y bien podía ser una alcahueta suya, lista a ir con el chisme y arruinarles la vida a él y a su compadre. Así que, si tenía ánimo para pocas cosas, para la que menos lo tenía era para hablar con ella.
Amanda trastabillaba y trataba de mantenerse en pie, lo que le resultaba difícil. Se aproximó todo lo que pudo al hombre que encabezaba la marcha. Hubo un momento que se le puso a la par, algo que al hombre no le gustó porque le impedía controlar el avance mirando de un lado al otro y describiendo un medio círculo de ciento ochenta grados.
Pero Amanda era obstinada. Quería hablar aun bajo la lluvia, llena de golpes, y tragando agua y a veces barro.
Le volvió a preguntar por ese nombre.
—¿Me oyó lo que le pregunté? –Gritó Amanda.
—No. No le oí.
—¿Quién fue Chalimín?
—¿Quién? –Preguntó el chofer como si no hubiese escuchado ese nombre.
—A quien mencionaron cuando nombraron la tierra seca.
—No la oigo. –Gritó el hombre.
—¡¿Quién fue Chalimín!? –Gritó Amanda.
—Estoy sordo por el agua que me entró en los oídos —respondió el chofer.
El que iba detrás de Amanda, cerrando la marcha, miraba por encima de la mujer tratando de descifrar lo que venía de frente. No quería sorpresas.
Amanda sabía que las preguntas había que repetirlas tres veces, como debía hacer para que su padre se aviniera a responder. Tres veces, entonces, gritó:
—¡¿Quién fue Chalimín!?
—Un guerrero —respondió el hombre. El agua los golpeaba a los dos por igual y caminar se había vuelto una empresa extraordinaria.
—¿De qué guerra? —preguntó Amanda.
—La segunda guerra calchaquí.
—Quiero saber —reclamó Amanda.
—Mejor sepa de la tierra seca —la corrigió el hombre.
—También quiero saber.
—¿Ahora? ¿En medio de esta tormenta?
—Quiero saber. ¿Quién fue Chalimín?
—Cosa por cosa.
Trastabillando y empapada, Amanda siguió exigiendo.
—Cuénteme cosa por cosa, entonces.
El hombre se dio por vencido.
—Primero la historia de la tierra seca.
—Lo oigo.
—Luego la de Chalimín.
—Lo oigo. Tenemos todo el tiempo del mundo.
El hombre sonrió resignado. Escupió la mezcla de lluvia y fango que se metía en su boca, porque el viento, girando en espiral, empezó a levantar el barro y arrojarlo contra los caminantes como con cientos de pequeñas y temibles catapultas.
El que venía detrás gritó unas palabras para llamar la atención de los otros dos caminantes. Ella volteó para mirarlo sobresaltada y él le señaló hacia adelante.
La lluvia se había hecho río a unos cuatrocientos o quinientos metros. Era un embalse natural en el que cabía un barco y cortaba el camino. Se abría hacia un lado y al otro, como si el agua estuviera dividida en dos mitades iguales y cayeran perpendiculares hacia las tierras bajas que distaban tal vez dos o tres leguas a cada lado. Por allí no se podía pasar.
—¡Hay que rodearlo! —ordenó el chofer desde su posición de vanguardia.
Rodear el río les llevó varias horas. Al final, pudieron subir a una prominencia de barro que soportaba estoicamente los arrebatos de la lluvia. El agua pasaba a su lado y horadaba la base del montículo. Subir resultó muy difícil. Amanda resbalaba en cada intento, y el hombre que venía detrás de ella tuvo que levantarla cada vez que ella rodaba por la pendiente, cuidando de no caerse encima suyo.
Los hombres se miraban padeciendo esas rodadas cuesta abajo que daba la mujer sin quejarse nunca. Hasta entonces, milagro extraordinario, sus pies se mantenían sanos. Pero temían que en cualquier momento se les fuera a romper la cabeza en una de esas resbaladas y a ellos el coronel les arrancaría las propias. Pero a ella no había forma de sujetarla. Se caía y volvía a levantarse para volver a resbalar y caer. Y en medio de esa lucha contra la naturaleza no dejaba de preguntar: «¡¿Quién fue Chalimín!?», «¿Cuál es la historia de la tierra seca?», no una, sino tres veces seguidas cada una, como si su repetición le diera la certeza de que los hombres alguna vez le iban a responder lo que preguntaba.
Lo que Amanda no podía percibir (y era lo que más preocupaba a los hombres en ese momento) era que, al fondo del horizonte, donde se hacía un pozo como una cordillera invertida, unas nubes bajaban al cielo hasta la altura de las tierras anegadas y aullaban frenéticas sus lluvias, descargando una oscuridad que no se parecía en nada a la noche. Vieron, además, que un torrente rojo salía de ellas e iba directo hacia donde estaban los caminantes.
La oscuridad era de látigos, de llagas, de muertos machacados, de enterrados vivos con los ojos abiertos. El rojo era de sangres y cenizas que huían en busca de los valles interiores, donde las tierras más bajas albergaban todavía pedazos de huesos y eslabones de cadenas de los prisioneros, patrias martirizadas, incendios y saqueos formidables.
Amanda ya no podía ver. El agua y la tierra la habían cegado casi por completo y cerró los ojos, vencida por la naturaleza. A partir de entonces caminó a tientas, al menos eso creía ella, y no pudo discernir si lo que escuchaba era real o lo estaba soñando. Lo último que recordó haber dicho, o creyó que dijo, pero nunca estuvo segura, fue «Al final tanto entrenamiento y no me sirvió para un carajo». Desde entonces, y de eso sí estaba completamente segura, calló y no volvió a hablar por mucho tiempo. Solo se limitó a escuchar lo que los hombres conversaban esporádicamente.
—Las nubes llegan de los Andes —oyó que dijo el chofer, y supuso que señaló en alguna dirección que no podía imaginar.
Ella quería saber desde dónde podría ver los Andes. Nunca había visto la dimensión colosal de los esplendores de esa cordillera americana. Pero desde allí era imposible ver las montañas.
Con los ojos cerrados parecía extraviada, caminando a tientas, llevada del brazo por una enorme mano que la guiaba para que no cayera en un pozo o la arrastrara el barro hacia una hondonada cenagosa.
Se preguntó a sí misma si podría verlas desde el agua del embalse barroso, flotando como la flor del irupé en el verdadero río.
O parada sobre las estribaciones enanas que bordeaban el agua que rebalsaba de esa olla de tierra y que le recordaba a su laguna de la infancia, pero llena de furia.
O volando por encima de las cabezas de los dos hombres que empujaban la tormenta en un humano pero inútil esfuerzo por derrotarla. Preguntas que nunca tendrían respuestas.
El que hablaba en lengua waqha dijo una larga oración que se mezclaba con el ruido de los gotones contra el barro.
—De muchas leguas, seguro —le respondió el chofer, dándole la razón a sus palabras—. Recorrieron todos los muertos en su viaje —agregó, y ella se limitó a escuchar. Ya no tenía ánimos de pronunciar una sola palabra.
Los tres forzaron la marcha. Amanda pareció vencida por el esfuerzo. El que iba detrás la alzó como si apenas pesara como una rama, porque comprendió que ya no tenía fuerzas para seguir. Ella, en medio de su fatiga, ni siquiera se percató. Dejó caer su bolsito de mano y los hombres ni se molestaron en alcanzarlo. En segundos, el barro lo devoró como si fuera parte de él. En esa inmensidad anegada por la tormenta, ni la pequeña pistola calibre 6.35 ni la cimitarra enana servían para nada.
El chofer dijo que la tormenta era hija de una nube tan grande y tan poderosa que debió llevarse por delante a las ánimas de Angasto y Tolombón y por eso venía cargada de los muertos del Valle de Santa María. El otro asintió con un movimiento de su cabezota.
En Concepción, aseguró (donde después fue el ingenio la máquina de matar), donde los hombres fueron clavados como estacas para que la caña de azúcar se nutriera de sus muertes, la tormenta se debió empapar en la sangre que coaguló en las puntas de los látigos y en los brillos de las cuchillas de las decapitaciones de los encomendados durante la conquista.
Dentro del vendaval llegaban perfumes que les decían de dónde provenían. Céfiro dentro del céfiro, como una cápsula prodigiosa en la tormenta, eran los aromas sobrevivientes a la furia del viento.
De a ratos olía, de un lado, a areniscas rojas y pastos espinosos, y del otro, a flores rojas, amarillas, moradas; olía al ynchau espinudo y redondo, con sus flores rosas asomadas en todas direcciones. Y esos eran olores que los dos hombres podían reconocer a leguas de distancia.
En cambio, Amanda, cargada por el hombrón, solo olía a agua y barro que ya ni podía escupir, carente de fuerzas para afrontar el desafío de una tormenta que se originó en tiempos remotos, cuando los ancestros moraban felices los territorios soberanos de los que eran sus sencillos habitantes.
Los hombres no sabían cuánto habían caminado. La lluvia insistía en desprenderse del techo del cielo, pero ya como coágulos, como cuajos de luto de la matriz de la tormenta que se mantenía vigorosa, mientras el viento feroz asaltaba a los caminantes por todos lados.
La oscuridad se hizo noche; la magnitud de la cerrazón era indescriptible. No había dónde refugiarse. Los tres quedaron a la vera del río, que también los salpicaba con sus pequeñas olas. Se sentaron a ver pasar la oscuridad hacia el alba mientras tiritaban de frío. La noche se aproximaba desde un agujero inmenso en el horizonte y llegaba con su aliento helado que prometía meterse bajo la piel y calar hasta los huesos.
Amanda creyó, en su ensoñación, que no podría superar esa prueba.
De la oscuridad salió una larga caravana de caballos muertos; avanzaban letárgicos con sus pellejos a cuestas. A su lado, unos cuzcos con apariencia de ratas, con sus rabos pelados, gritaban con sus tripas en la boca unos ladridos penetrantes. Pasaron a su lado, sin reparar en ellos.
Los jinetes que los montaban eran tan esqueléticos como los animales. Salieron de las entrañas de los ríos Gastona y Dulce, como si eso les permitiera reclamo alguno sobre aquellas tierras o les otorgara alguna merced real que querían hacer valer ante otros espíritus famélicos, que los esperaban emboscados entre más oscuras sombras para arrebatarles sus feudos.
Venían de llanuras salitrosas y ríos pantanosos, con aguas de venenos que los hacían padecer como empalados porque las bebían, locos de sed y de hambre, y luego se desflecaban en sus excrementos. De la ponzoña de las aguas les nacía una buba del tamaño de una naranja entre sus roídos huesos, y les hinchaba el vientre del color muerto del tejido necrosado de los gangrenados.
Llegaban en momento de no cosechar nada. Solo barro a montones brotaba a cada paso. Solo agua sucia les llenaba las llagas de sus bocas. Por ahí, algunas tripas humanas y sangre de los castigos podía ser el banquete que alucinaran. Estaban perdidos desde esa remota estancia del delirio en que la hambruna y la sed los arrojaron.
¡Oro! ¡Oro! —gritaban—. ¡Plata! ¡Plata! —imploraban—. Buscaban el camino al río que decían era puro de plata, donde nadaba un cetáceo de oro que ponía huevos del color de la esmeralda.
Al que iba primero en la caravana, la flecha de un juríe le alcanzó el hueso de una pierna y lo envenenó hasta el hartazgo. Uno de esos cuzcos con apariencia de rata saltó sobre la herida para chupar el néctar de la médula ósea que se dispersaba por el hoyo que abrió la flecha en el hueso. El muerto dimitió entre estremecimientos sus pretensiones de gran jefe y desapareció en el aire hecho apenas un polvo óseo que licuó el agua torrentosa.
Una mujer que repitió su nombre con decoro y se hizo llamar «La Enciso» lloró amargamente el veneno del muerto y a grandes voces llamó a un dios y a una María, para que montados en un solo rayo cayeran a recoger la ponzoña que le arrebató al jinete de la herida en la pierna. Los demás esqueletos juraron que la Enciso lo envenenó con la flecha que hizo pasar como una de los juríes por favorecer un amante que escondía en la alforja de su útero.
La procesión escuálida se alejó en dirección al este entre llantos e invocaciones de la mujer desdichada, perseguida por los mismos cuzcos con apariencia de ratas rabipeladas, mientras buscaban dónde los tesoros aparecieran rendidos ante ellos, para ofertar a cambio a unos encomendados unas cadenas y grillos de insoportable hierro.
En la inmensidad de esa noche redonda como una augusta vasija mortuoria, los aparecidos se desvanecieron por los suburbios de la cerrazón hasta que de ellos no quedó nada. 

***

XXVIII – Abundio 

El baqueano apareció entre la lluvia como flotando por encima del lodazal con los caballos, tal como había prometido. Los tres caballos estaban vestidos de aguas que les caían por debajo de la montura, hecha un harapo, y de las mantas tejidas sobre el lomo de los animales. Las bestias apenas podían bufar, fastidiadas por la picana del viento que les arrojaba barro a las ancas con la fuerza de las picaduras de unos tábanos de arcilla negra y alas enanas.
Hombre alto, enjuto, de huesos prominentes, cubierto con un poncho norteño que se confundía con el barro, llevaba un sombrero de cuero que estaba apelmazado por el agua de la lluvia. El ala del sombrero, caída por la mojadura, ocultaba un tanto el rostro delgado, arrugado, de ojos claros, cejas abundantes, nariz bastante recta y largos y abultados bigotes blancos. Sus manos eran muy grandes y muy fuertes, como sus pies, que calzaban botas de cuero de potro y se apoyaban en unos estribos que parecían de hierro fundido. Bien amarrado a las cinchas del caballo, parecía no cabalgar con esfuerzo sobre la montura, que se apoyaba en una gruesa manta tejida a mano que chorreaba agua a montones.
Él los vio desde lejos, cuando se aproximaba, allí acurrucados los tres, uno contra otro, y uno de ellos como tratando de proteger de la lluvia, el viento y el frío a una que parecía la mujer que esperaba llevar hasta su puesto. Lo peor de la inclemencia les llegó con la noche. Estaban cubiertos por una capa de barro del grueso de un dedo. Parecían tres estatuas maceradas en lodo, tres espectros miserables, sucios y abandonados al rigor de la tormenta.
Gritó al aproximarse, pero era seguro que ninguno de los tres lo oía. El ruido de la lluvia, que flameaba de un viento en todas direcciones, seguía siendo tan intenso como desde el inicio de la tormenta, pero más exterminador, como el golpe sobre un redoblante de piedra, y apaleaba los cuerpos con sus gordas gotas rebotando contra la capa de barro compacto que los cubría. A esa altura de la remojada, si escuchaban algún sonido, sería el de tiritar entre ellos en la maraña de lluvia y viento que los amortajaba.
El paisano se apeó de su caballo y tanteó el piso, que parecía moverse bajo sus pies. Se había transformado en un guadal caprichoso por el barro y el agua; el lamedal se movía como anguila entre sus botas de cuero de potro.
Zamarreó al chofer y lo llamó por su nombre.
—¡Juan! ¡Juan! ¡Levántese, hombre!
El chofer respondió al llamado, alzó la cabeza y sonrió al verlo. Estaba aterido. El frío de la noche se le había metido bajo la piel y había perdido el calor natural de su cuerpo. El baqueano le tendió una mano para que se incorporara. El hombre cuidó que Amanda no se fuera de geta al barro. La notó entumecida y helada; respiraba con dificultad, con cortas inspiraciones, y exhalaba un silbidito que salía de su tórax como si sonara un fuelle lastimado. Cuando soltó a la muchacha para poder levantarse, el otro se aferró a ella.
—Pero, ¿y esta criatura quién es? —dijo Abundio, abriendo los brazos, asombrado de la juventud de Amanda.
—La que esperábamos.
—¿La nueva ama de llaves del coronel?
—La misma, don Abundio.
—¡Han mandado una nena! ¡Qué coraje!
—Más jóvenes tienen varios críos de que ocuparse.
—Pero, amigo, ¡es una criatura!
—Para este asunto hay que ser joven; si no, te despachan rápido. Los de Buenos Aires sabrán a quién mandaron.
—¡Los porteños no saben ni mierda lo que es esto!
—Habrá que confiar —murmuró el chofer, sin tratar de resultar convincente.
—¡Y está en patas! ¿No se ha cortado?
—Para nada —afirmó el chofer.
—¡Qué milagro! Esa sí que es suerte.
—Dios no nos quiso amargar de más. Con esta lluvia ya nos puso a prueba a todos, en especial a esta —señaló a Amanda.
—¿Y pasó la noche así, a la intemperie? —preguntó Abundio, azorado.
—Nos atrapó la tormenta —respondió el chofer.
—¡Qué macana! Tormenta como esta no vi en años.
—Ni yo. ¿Será una señal? —preguntó el chofer mientras trataba de desentumecerse.
—¿Le parece, Juan?
—Una prueba, ¿por qué no? El cielo tiene sus mañas, tiene sus formas de hacernos entender las cosas.
—En estos asuntos milagreros uno no sabe con qué tendrá que lidiar —don Abundio se santiguó varias veces, buscando protección en su devoción.
—Tengo que despertar al Frutos —dijo el chofer.
El hombre estaba agarrado a la muchacha. El baqueano observó las manos de Frutos apretando sin lastimar los brazos de Amanda. Sus enormes manos cobrizas contrastaban con la piel blanca de los es—¡Frutos! ¡Frutos! ¡Arriba, hermano! ¡Llegó don Abundio! —gritó con fuerza.Pero el hombre no daba ninguna señal de despertarse. Seguía agarrado a Amanda como si temiera que alguien quisiera arrebatársela.
—Cargó a la mujer durante horas —le explicó Juan.
Abundio sacudió al hombre para despertarlo, gritó fuerte varias veces su nombre.
—¡Frutos! ¡Frutos! ¡Arriba, hermano!
Frutos abrió los ojos. Se quedó ensimismado. Parecía confundido. Tardó en comprender lo que le decía su compadre. Quiso hablar, pero no pudo. Le llevó su tiempo reaccionar y despabilarse. Estaba endurecido por el frío y no sentía ni los pies ni las manos.
Dio un cabezazo para indicar que los hombres tomaran a la muchacha. El chofer la atajó y don Abundio ayudó como pudo a ponerse de pie a Frutos, que tambaleó hasta que logró afirmarse sobre sus dos pies. Zapateó con ellos tratando de que le volviera la circulación hasta la punta de los dedos, que estaban insensibles. El barro saltó manchando hasta la cintura a los otros hombres.
Los tres miraron a Amanda consternados. Creyeron que había dejado de respirar, pero un sonido breve les indicó que aún lo hacía. A los tres les pareció que movió una mano, pero ninguno podía asegurar lo que había visto. Frutos volvió a cargar a la mujer.
—¿Está viva? Tiene color de muerta —preguntó el baqueano, que la miró asustado.
—Desmayada, nomás. Es pálida, y el agua la dejó más descolorida —dijo el chofer, disimulando su preocupación.
—Vuela en fiebre —dijo Frutos, que habló en la lengua del baqueano para que este supiera lo que estaba diciendo.
—¡Y como para no volar en fiebre, con la mojada que se pegó! —sentenció Abundio.
—La mojada fue brava, pero peor fue el frío a la noche. Se puso feo. No había con qué abrigarse —explicó el chofer.
—¡Qué mala suerte! Acá agua y frío, y allá te cocina el sol y no llueve hace siglos —dijo el baqueano.
—¿Mucha fiebre? —preguntó el chofer, preocupado, mirando a su compadre.
—Mucha —respondió Frutos.
—¡Estamos jodidos, amigos! —exclamó don Abundio—. Hasta el puesto no hay nada que hacer. Acá solo hay charqui mojado y ginebra.
—¿La Kori cura fiebre? —preguntó el chofer.
—Todo cura la Kori. Hasta el mal de amores cura la Kori —dijo don Abundio con una sonrisa.
—¿Más adelante cómo está el camino?
—Igual que aquí —dijo el baqueano, decepcionado—. Para ir rápido habría que ir por esa especie de desfiladero, pero hay mucha piedra lavada por la lluvia. En tiempos normales está cubierta de tierra, pero no quedó ni un terrón de tanto aguacero. Es terreno muy resbaladizo; pisa mal el caballo y se rompe una pata, si no nos rompemos nosotros también la crisma contra las piedras. Me parece que esta muchacha no está para recibir ningún golpe, y mancar un caballo sería una desgracia. Por eso vamos a tardar algo más. Los voy a llevar por tierra segura.
—Se agradece, don —dijo el chofer.
—Monta uno de ustedes y carga a la niña —sugirió Abundio—. Pude venirme con dos caballos, nomás; el tercero estaba encaprichado y no hubo forma de hacerlo cabalgar. Estaba como poseído, le di un rebencazo y casi me sacude de una patada. Como le di otro para que tuviera, me mordió el desgraciado. Peor que la Teresa cuando se enoja.
—¡Y eso que la Teresa muerde! —dijo el chofer, riendo pícaro.
—Como perro cimarrón. ¡La gorda no quería que la dejara! Tenía miedo de la tormenta.
—Como el caballo —dijo el chofer.
—Pero cuando hay tormenta la Teresa me abraza, no me muerde.
—Por ahí al reyuno le faltaba cariño.
—¡Ni que fuera oveja, el oreja cortada ese! —rió Abundio con picardía—. Caballo e’mierda. Es más fácil montar a la Teresa cuando se pone chúcara que a ese caballo atravesado.
El chofer montó primero y Frutos le alcanzó a la muchacha, que quedó detrás del jinete, volcada sobre su ancha espalda. Frutos montó el otro caballo y el chofer le pidió al paisano una soga. El hombre le dio unas lonjas largas de cuero mojado para hacer unas ataduras. Le dijo a Frutos que atara a la muchacha a su cuerpo. El hombre se arrimó todo lo que pudo con su caballo y se puso justo al lado del otro, que rodeó los dos cuerpos con las lonjas de cuero y los ató con un nudo suave pero seguro.
Amanda permaneció así apoyada sobre la espalda del chofer; su cabeza estaba caída hacia un lado y solo se le veía media cara. Estaba dormida o desmayada, los hombres no sabían bien qué le pasaba, pero la fiebre era un mal augurio. El baqueano sacó de su alforja un poncho calamaco y cubrió a la muchacha como pudo.
—Le daría mi sombrero, pero… —se justificó—. Vaya a saber cómo la tratan mis piojos.
Se pusieron en marcha bajo la lluvia. Delante, el baqueano, quien los guiaba para salir de los barriales y los ríos naturales que se habían formado con las lluvias. A su lado, el chofer cargando a Amanda. Cerrando el paso, Frutos, siempre la vista al frente. Iban despacio, no había forma de apurar la march
—A este paso vamos a llegar a la noche al puesto —dijo el baqueano—. Mañana ya no va a llover. Al tercer día resucitó el sol de entre los muertos, como el Jesús.
—¿Y al retén?
—¿Dónde está el bruto ese?
—El maturrango, sí —respondió el chofer.
—Y con suerte mañana a la noche —miró al cielo como implorando—. Antes, imposible. Hay que ir despacio si no el caballo se asusta. Y habrá que ver cómo está la mujer a medida que avancemos.
—¿En el puesto quiénes lo esperan?
—Está la Kori, como les dije. Ella se va a ocupar de la muchacha esta. ¡Qué coraje mandar esta criatura! —volteó para mirarla, atada al chofer como una muerta blanca. La supuso demasiado frágil—. ¿Durará? —preguntó intrigado.
—Toda la vida —dijo Frutos.
—¿Te parece, Frutos?
—Toda la vida —ratificó su augurio.
—¿No tiene poca carne? —dudó Abundio mirando el cuerpo de Amanda.
—Es que usted está acostumbrado a la Teresa —dijo riendo el chofer.
El baqueano miró a Amanda con la boca abierta y luego se chupó el bigote mojado por la lluvia.
—¡Es varias de estas! —dijo abriendo los ojos enrojecidos como dos monedas de cobre—. Con ella nunca hay frío. Pero esta, para pasar el invierno, no sirve. No abriga —remató Abundio riendo con sus pocos dientes.
Y luego volvió sobre su juicio:
—Pero a mí se me hace que no va a durar.
—Toda la vida —insistió Frutos.
—No quiero parecer pesado, Frutos, pero mujer de poca carne en estos lados se seca como el charqui que prepara la Teresa.
—Va a durar. Por eso llegó hasta acá.
—Hasta acá llegó, eso es cierto. Voluntad no le ha faltado, algo de suerte, tal vez —respondió Abundio, que no podía dejar de dudar de las posibilidades que Amanda tenía de sobrevivir a su misión—. Mientras no la consuma la fiebre…
—Nada de eso —dijo Frutos, frunciendo el ceño—. La Kori la mejora y la fiebre desaparece.
—El hombre está convencido de que la muchacha va a salir adelante —el baqueano se admiró de la convicción de Frutos.
—Si Frutos lo dice, Frutos sabe —afirmó el chofer, aferrándose al convencimiento de su compadre, que asentía con breves movimientos de su cabeza.
—Este humilde baqueano mejor se calla la boca. En asuntos de vivos y muertos nadie sabe más que el Frutos. ¿No es así?
Los dos hombres asintieron al mismo tiempo.
—En la alforja de la derecha, Frutos, hay ginebra. Pa’celebrar su confianza, mejor calentar la panza. Dele al trago y pase la botellita —dijo el baqueano, invitándolo a calentar el estómago—. No la vayan a aguar. El agua de lluvia es para los caballos; para nosotros, un trago caliente. En la otra bolsa hay charqui. No me va a pedir seco porque seco no hay nada.
Cada uno besó el pico de botella con ganas, las mismas con las que hubieran besado a una mujer que les calentara los huesos. Frutos guardó la botella con sumo cuidado.
—¿Quesillo? —preguntó el chofer, hambriento.
—¡No! ¡Nada de quesillo! Se los debo para otra tormenta.
—Charqui, entonces.
—Mojado.
—Que sea mojado.
Repartieron la carne. Mascaban por entretener las mandíbulas y distraerse de la monotonía de la lluvia que les caía a pique como si se hubiese propuesto joderlos hasta que llegaran al puesto.
Durante horas anduvieron así, despacio, bajo la lluvia. Salvo para mear, no pararon. Después de medio día de andar, el chofer le pasó a Amanda a Frutos. Amanda no despertaba y Abundio dudaba cada vez más que la muchacha tuviera fuerza para salir entera de esa empapada y ese frío que le trajeron la fiebre alta. Los pulmones sonaban cada vez más afligidos y sus brazos caían inertes a cada lado, como si lo único vivo que le quedaba fuera ese quejido gutural que salía de los bronquios, sonido aplastado por la inflamación de la pleura congestionada.
Si sobrevivía a tanta inclemencia, cosa que Abundio dudaba, Amanda no soportaría los caprichos del coronel. Y de eso estaba más que seguro, porque no bastaba tener buenos nervios, buena salud y buen ánimo para soportarlo.
El coronel en jefe mantenía costumbres militares como no podía ser de otra manera. No se había achanchado encerrado en esa mansión absurda y casi sin controles exigentes, salvo esas infrecuentes requisas llamadas auditorías, realizadas por burócratas que lo único que querían era salir de ese horno y volver a la comodidad de sus oficinas.
El viejo, cuando llegaba el auditor militar, ignorante de los caminos y de las distancias que lo separaban de su destino, lo hacía pasear por las quebradas más escabrosas y las arenas más calientes, para que, poco a poco, se fuera ablandando al rayo del sol y le quedara pocas ganas de joder con sus averiguaciones.
Como había que pasar innumerables retenes antes de llegar al último en el que, por regla, él en persona recibía a la visita, el viajero era sometido a ese tormento que minaba su voluntad a una temperatura que el pobre tipo no sabía ni que existía.
Al final del peregrinaje, el hombre, abrumado por el calor, no solo no sabía dónde estaba, sino que hasta dudaba que fuera real aquel paisaje en el que el calor parecía brotar desde el fondo de la tierra, amarrado a unos quejidos destemplados que sonaban a viejos lamentos sepultados.
Así se deshacía de su ocasional controlador, el que, luego del martirio al que fue sometido, tal vez con algo de su cerebro achicharrado, con ampollas en los lugares del cuerpo que habían quedado al descubierto, redactaba enjundiosos informes donde alababa la capacidad del coronel para soportar semejantes inclemencias climáticas, mantener en orden a la tropa (que no le había manifestado ningún reclamo, sino todo lo contrario), sometido al calor de un sol que parecía no dejar nunca de abrumar con sus incinerantes rayos.
Los auditores nunca sabían del misterio que tenía la milicia guardado en esa impresionante mansión a la que no accedían por nada del mundo.
Cuando el coronel les ofrecía permanecer otro día para completar la inspección, rogaban casi de rodillas que se les permitiera partir sin cumplir esa parte de su registro, ya que no dudaban de la honradez de la palabra de su anfitrión y mucho menos, por lo que vieron en el comportamiento de la tropa, del rigor con el que sostenía aquel enclave de la milicia en los confines de una patria que no terminaba de configurarse. Así que el informe se completaba con lo que el coronel decía y los otros copiaban ansiosos por partir de una vez y para siempre.
Todos los que alguna vez, y no fueron muchas las ocasiones, tuvieron que auditar al coronel, no recordaban de regreso a sus destinos de origen. No recordaban ni el más mínimo detalle de la desoladora excursión, como si el calor y el esfuerzo al que los sometieron en el viaje les hubiese licuado la memoria y dejado la mente completamente vacía. Olvidaban todo de aquel lugar y de aquellos personajes que parecían los últimos patéticos contingentes de la conquista colonial, compuesta por espectros de piel reseca, huesos apolillados y sombras vaporosas.
Al coronel no le importaba si era hombre o mujer quien tenía que obedecerlo y seguirle el tranco. Los que estaban a sus órdenes sabían del modo que ejercía el mando y a ninguno se le ocurría hacerse el chancho rengo para escapar a sus exigencias. O se cumplía con lo que él quería o se la pasaba realmente mal. Y para pasarla mal, allí, había tiempo de sobra.
A las cuatro de la mañana, mucho antes del alba, ya estaba en pie, cagando a pedos a la tropa, haciéndolos limpiar, barrer, lustrar, traer y llevar. Recién después de eso los dejaba tomar unos amargos con galleta del día anterior, para que no perdiera la costumbre de la milicia de comer poco y mal.
Luego los dejaba al rayo del sol haciendo nada o les daba órdenes absurdas que la tropa aceptaba porque la obediencia era así, ciega y sin explicación. El jefe siempre tenía razón y esa era una verdad indiscutible.
Los hombres quedaban resecándose por horas, sin agua ni nada que mascar. Hasta el cigarro les había prohibido a la tropa porque al viejo coronel le molestaba el olor de los toscanos fabricados con una chala perfumada que nada tenía que ver con el verdadero tabaco. Para él tenía reservados unos cigarros cubanos cuyo olor hacía desesperar a la soldadesca que estaba dispuesta a ofrecer su libra de carne, si se las hubiera pedido, a cambio de dar unas buenas pitadas y embriagarse con el sabor tropical del tabaco.
Salvo cuando organizaba sus cenas con las polaquitas que hacía traer del puerto y repartía los favores de las prostitutas entre la tropa, todo era puro sacrificio.
Dormía una siesta breve. Pero eso ¡que ni se le ocurriera a la soldadesca! El descanso en la tarde estaba reservado para el mando. Y hasta medianoche jodía todo lo que podía. A la noche, guardia, y si pescaba alguno durmiendo cuando le tocaba la vigilia, mejor era ofrecer la espalda para una buena azotaina, porque, al menos, ese castigo se sabía cuándo empezaba y cuándo terminaba.
Abundio veía a Amanda tan joven, tan frágil, tan leve, y recordaba la figura del coronel con los brazos en jarra mirando a la tropa como a delincuentes antes de ejecutarlos, que no podía creer en la confianza de Frutos, que insistía en que esa muchacha de porcelana porteña iba a poder soportar al mandamás y a la geografía con su espantoso clima.
Pero Frutos confiaba en su augurio, porque cuando le daba una premonición que le entraba por un lado del alma y le salía por la boca hecha palabras, nunca se había equivocado. Él sabía entenderse con el futuro de los vivos, pero mucho más con los asuntos de los muertos, y por eso era el único que comprendía con inocencia, sin atemorizarse, el extraño milagro de La Reliquia, que era una forma extraña de vivir abrazado a una muerte que suspendió su desenlace final por un arbitrio divino que no podía ni debía explicarse.
Él sintió de entrada que Amanda era la elegida y por eso aseveraba que duraría toda su vida junto al ilustre. De eso nunca tuvo dudas.

***

XXIX – Capullo rojo

Llegaron al puesto pasada la medianoche. Como dijo el baqueano, la lluvia cesó al tercer día. En el comienzo del día tercero, el cielo se mantuvo gris, pero ya no cayó agua. La luna permaneció emboscada esa noche tras la tupida cerrazón de las nubes.
Dos perros raquíticos les salieron al encuentro y ladraron como si los caballos fueran a amedrentarse de su enflaquecimiento. Cuando los caballos se detuvieron, los perros flacos se echaron a sus pies, reverenciando a los recién llegados. Lucían sus costillas como condecoraciones del hambre perpetuo en el que vivían. Los puesteros les daban algunos huesos y trozos de pan duro que los animales comían con desesperación. ¿Carne? Solo lo que la caza en común lograba, y que no era mucha. Los perros que se habían atrevido a servirse de una cabra, desquiciados por el hambre, fueron muertos a machetazos. Las cabras eran para proveer leche y la leche para los quesos.
Los que sobrevivieron y fueron testigos de la matanza de sus pares, desde entonces se cuidaron muy bien de husmear los corrales donde se guardaban los animales. Flacos pero vivos, parecía que habían aprendido. No tuvieron empacho, tras la matanza, de satisfacer como antropófagos su hambre, exaltados por el sabor de la carne de los propios. Si los hombres devoraban a los hombres, ¿qué pecado podría ser que un perro devorara a otro perro?
El puesto eran tres ranchos pobres. Distribuidos en un triángulo. Uno, el más grande, en el vértice del triángulo; los otros dos, en la base. Esa disposición les permitía controlar el lugar desde sus ventanas en las cuatro direcciones. Entre los tres ranchos quedaba un amplio patio de tierra donde transcurría gran parte de las tareas diarias. Más allá de la base del imaginario triángulo, estaba el corral de las cabras. Una llama sobresalía entre ellas y miraba siempre en dirección al sur, como esperando algo que nadie, hasta entonces, podía imaginar.
En el que estaba al frente se cocinaba y comía. Vivían allí el que llamaban Abundio y la Teresa, una mujer obesa, y sus dos perros bracos, manchados y famélicos. Tenía un gran salón, largo y angosto, una especie de salón de estar y trabajar en donde se hacía de todo, desde comer, cuando llovía, hasta trabajos menores en cuero o madera, artesanías a las que Abundio era afecto. Atrás, la habitación del matrimonio.
La cocina estaba afuera, bajo una tupida enramada por la que no pasaba ni una gota de agua cuando llovía, a unos cuatro metros de distancia de la casa propiamente dicha. Así, el olor de las comidas no invadía el hogar. En él se sentía el perfume del adobe del revoque de las paredes y el de la cal viva con la que estaba pintada.
Más alejado, un cubil hecho de ramas recubiertas en cuero de potro, que obtenían de la caballada que moría, y gruesa paja ichu, atada y dispuesta sobre unas ramas para formar el techo, estaba el lugar donde bañarse. De piso, Teresa había entretejido ramas y paja brava para evitar embarrarse, aunque ella obligaba a Abundio a bañarse con unas ojotas de cuero para evitar que algún bicho lo tomara desprevenido y lo picara en los pies.
Teresa había desarrollado un especial sentido contra las vinchucas, a las que perseguía para eliminarlas. Hasta entonces, tanto ella como Abundio se habían librado de las picaduras de vinchuca que transmitían el chagas, que dejaba a las personas arruinadas para toda la vida cuando no, las más de las veces, se moría tempranamente por culpa de la enfermedad. La otra, la que llamaban Kori o «La Kori», ya estaba picada de vinchuca y, aunque al principio se sintió mala, para entonces decía que estaba de lo más bien, como de costumbre.
En el rancho que estaba atrás, a la izquierda, vivía «La Kori», soltera, aunque cada tanto encontraba hombre con qué enredarse. No era muy grande, pero sí cómodo. Dos amplios ambientes, suficientes para estar a gusto con alguna visita ocasional. No tenía pretensiones y, si entraba en querencias, le sobraba lugar para el hombre. Dormía en una cama turca, plaza y media, lo bastante grande cuando estaba sola, y lo justita para apretujarse contra el hombre y no tener frío. Cuando hacía calor, ni pensar en dormir abrazados. Quien estaba a su lado las más de las veces caía al piso, empujado por la muchacha que detestaba el oloroso sudor del amante.
Si Dios disponía una cría, ya había decidido alzar otra habitación al fondo. Pero hasta entonces no había logrado embarazarse, y eso que lo deseaba. Se preguntó si no había salido yerma y las viejas ya la habían avivado de que para eso no había gualicho que remediara la esterilidad.
El que estaba a la derecha de la base del triángulo era para recibir algunas visitas, en general troperos de paso hacia algún retén con provisiones para la soldadesca. Estaba bien acomodado, porque ni a Abundio, ni a la Teresa ni a la Kori les gustaba pasar por desatentos y no querían que anduvieran con comentarios con la comandancia.
Si los troperos, que solían andar de a pares, eran jóvenes y para nada groseros, alguno de ellos pasaba la noche en la cama turca de «La Kori», abrazado al cálido cuerpo de la muchacha. Si eran viejos, la Kori ni los recibía; le dejaba a don Abundio ocuparse de los visitantes.
Los dos habían convenido una señal para avisarse de la edad de los viajeros. La Teresa se burlaba del marido: «haciendo de celestino de los caprichos de la muchacha».
Si Abundio era quien los veía llegar antes que la Kori y los visitantes eran jóvenes, gritaba pidiéndole a la Teresa que pusiera la pava a calentar para tomar unos mates.
—¡Teresa! ¡Teresa! —gritaba a viva voz—, poné la pava, que vamos a tomar unos ¡bien calientes!
Kori salía al patio común con la yerba para observar a los recién llegados. Si eran feos, se volvía para adentro y los dejaba montados sobre sus caballos. Era la Teresa la que salía a cebar esos mates amargos que devolvían el alma al cuerpo después de tan fatigoso viaje.
Si eran troperos viejos, Abundio gritaba «perro flaco y desgraciado», y alguno de los bracos se llevaba una azotaina sin saber por qué razón era golpeado. Entonces «La Kori» ni se molestaba en salir al patio.
El rancho de las visitas era más pequeño que el de «La Kori». Dos cuartos de dimensiones reducidas, separados por una cortina de yute uno del otro. En el primero, un camastro que la propia Kori había hecho con ramas traídas por Abundio cuando le tocaba algún recado por las zonas arboladas. En el otro, una mesita destartalada y dos cajones de fruta que unos troperos les regalaron en alguna oportunidad y que usaban como asientos.
Saliendo por el fondo, alejada de la vivienda, una letrina común a la ranchada, prolijamente escarbada en la tierra. Abundio se había tomado el trabajo de aparentar una taza de noche cuando hizo el pozo del cagadero, redondeando sus bordes para disimular la rusticidad del agujero. Al lado del hoyo, un tacho con cal para arrojar sobre las inmundicias y evitar que las moscas usaran la letrina como cobijo para sus asquerosas e invencibles larvas.
Mirando por las ventanas que daban al norte, más allá, muchas leguas en esa dirección, estaba el primer retén donde debían arribar para entregar a la viajera. Un destacamento la esperaría para llevarla hasta el segundo retén, de donde partiría a otro y luego a otro, y así hasta un lugar que ninguno de ellos sabía dónde quedaba ni cómo se llegaba hasta allí.
Era un lugar en el que, se decía, los conquistadores habían sepultado vivos a los lugareños para terminar con sus repetidas sublevaciones, para oponerse a la servidumbre a que querían reducirlos. Y por ello, desde entonces, maldecidos por los enterrados vivos, nunca más había llovido en esos parajes.
Los sepultados maldijeron a sus verdugos y los condenaron a morirse disecados o matarse entre ellos, locos de la sed y el hambre de oro y plata que los atribulaba.
En el último de los retenes, se decía, la esperaría la comitiva del jefe o tal vez, incluso, el coronel en jefe en persona. Luego entraría en la mansión y ya no se volvería a saber de ella. Viva para siempre, como juraba el Frutos, o tempranamente muerta, de la mansión no saldría, salvo que la comandancia decidiera que, si llegaba a vieja, la llevaran a morir a otro lado, como habían procedido con otras sirvientas.
En el puesto, al oír llegar los viajeros, la primera en asomarse fue la Kori. La Teresa estaba en el rancho preparando empanadas de charqui y gritó llamando a Abundio para que supiera que lo esperaba.
Abundio se apeó y amarró su caballo. En otro palenque estaba manso el reyuno arisco que mordió al hombre negándose a viajar donde la tormenta arreciaba. Cuando vio al jinete apearse y colocarse a su lado, lo frotó con el hocico en gesto de reconciliación. Abundio lo hubiera azotado, pero no tenía ningún sentido aporrear al animal. Lo acarició haciendo las paces. Los dos, después de todo, se necesitaban. Además, de solo verlo a don Abundio todavía chorreando agua de la mojadura, el reyuno se habría convencido de cuánta razón tenía para negarse a andar debajo de tamaña tormenta.
Frutos siguió por indicación de la Kori hasta el rancho de las visitas. Detrás, Juan, el chofer, los acompañó de cerca.
Juan acomodó el caballo al lado del de Frutos, desató la tira de cuero que sostenía a Amanda y luego se apeó para, ayudado por la Kori, bajar a la muchacha para llevarla hasta el camastro. Frutos entró con ellos para ayudar. Dejó al lado del camastro lo que quedaba de la pequeña valija de la sobreviviente.
La Kori les ordenó que se fueran porque tenía que desvestir a la mujer para sacarle la ropa mojada. El chofer le indicó que oyera el silbido de los pulmones. La Kori sentó a Amanda y la sostuvo con fuerza. Apoyó la oreja en su espalda y escuchó con atención su fatiga. Con un ademán con la mano insistió para que se fueran.
Los hombres salieron al patio común de los tres ranchos y se alejaron. La Kori cerró la puerta de la choza y se ocupó de cambiar a Amanda, vistiéndola con una ropa seca y abrigada que tenía para alguna ocasión especial. Luego la tapó con muchas mantas de lana de vicuña y, por encima, con un poncho salteño rojo furioso como el ají picante que mascaba cada tanto la Kori para entretener las tripas.
La Kori era tal vez tan joven o más que Amanda. Difícil calcular su edad. Solo Abundio sabía cuándo había nacido, pero ni se acordaba la fecha. Allí el tiempo se medía de una manera diferente y nadie solía recordar el día de su nacimiento.
Era una muchacha rechoncha, de cara cuadrada, ojos negros y una cabellera abundante que llevaba trenzada. Muy alegre, de sonrisa franca y mirada vivaz.
Al lado del camastro donde arropó a Amanda, tenía un batán lleno de unos yuyos y jugos que solo ella entendía. Molió los ingredientes para hacer una pasta. De lejos parecía llajwa, y si hubiera dejado el mortero a la vista de Juan y de Frutos, de seguro alguno de los dos se habría llenado con entusiasmo la boca creyendo que se trataba de la sabrosa pasta picante que la Kori preparaba para acompañar empanadas y tamales.
Pero no era condimento, era remedio. Un pastiche que alguien perdido en su infancia le enseñó para curar todos los males del pecho, como el que tenía Amanda y por el que le costaba respirar, atacada por esa fiebre que la hacía convulsionar cada tanto.
Arropada como estaba, la Kori podía sentir el calor que despedía su cuerpo incluso sin estar muy próxima a ella. Cuando acabó de preparar la pócima, con una mano cerró la nariz de Amanda para obligarla a abrir la boca y luego, cuando estuvo completamente abierta, le derramó el gualicho bien adentro, hasta el fondo del garguero, lo que obligó a la desconcertada paciente a tragarlo sin remedio.
Amanda abrió sus ojos. Hacía casi dos días que no lo hacía y eso, para la Kori, era una buena señal. No podía decirse que su mirada fuera feliz, ni tranquila, ni expresara gratitud alguna. Su mirada estaba completamente vacía.
El sabor del brebaje era repugnante y ella sintió deseos de vomitar. Pero la Kori no la dejó. Le tapó la boca con sus fuertes manos y le dijo sin medias palabras:
—No me vaya a vomitar el poncho. No se lo voy a perdonar nunca.
Y luego algo así como «aguante mujer, que eso le hará bien», mientras la mantenía acostada y no le permitía moverse. También le reclamó que se mantuviera callada; si no hablaba, mejor. Hablar, entonces, no le serviría de nada.
Amanda no estaba en condiciones de decir ni media palabra. De haber podido, la hubiese puteado, sin duda, pero no tenía fuerzas. Estaba muy confundida por esa porquería que invadía su estómago y por la fiebre que no la dejaba distinguir dónde estaba y mucho menos quién era esa muchacha que la tenía aferrada para que no se moviera. Volvió a dormirse de repente, tan rápido como se había despertado.
Sudaba a mares bajo las gruesas mantas. Y el poncho salteño, con su pequeña y cerrada trama, no dejaba salir el calor de esa especie de capullo en que la Kori había transformado el camastro, dentro del cual Amanda estaba a punto de atravesar su segunda metamorfosis. Porque, a partir de varias dosis del mejunje milagroso de la Kori, el que le hizo tragar contra su voluntad esa noche y los dos días siguientes, la fiebre fue cediendo y ella iba recobrando no solo la fuerza, sino una lucidez como no había conocido hasta entonces. 

***

XXX –

Crisálida 

Dentro de la cápsula de mantas y ponchos que la Kori le tejió, Amanda se hizo crisálida, lista para una nueva y definitiva mutación.
Empapada en su abundante sudor, sintió a su lado la presencia de su hermano. La confundió no sentir a Anita, como solía ocurrir cuando algo no andaba del todo bien o amenazaba con salirse de control. Pero allí, encapsulada, entre los vahos que la fiebre provocaba al hacerla sudar, solo sintió la presencia de Jorge.
Venía de lejos, de muy lejos. Lo vio salir de la boca de un hueco abierto en la noche. Era un hueco azul, como un incendio azul, pero que no sabía arder, solo brillaba. Atrás de ese azul, una transparencia de cenizas caía como una lluvia fina. Jorge corría, desde esa boca, sin saber bien adónde dirigirse.
Corrió hasta el límite de sus fuerzas. Supo que le dijo:
—Me escapé como vos te escapaste de casa.
Y ella le volvió a responder, como en aquella oportunidad
—Esa no era mi casa.
Oyó claramente que le confesó:
—Tampoco era la mía.
Estaba segura de que le preguntó:
—¿Y a dónde vas?
Jorge le respondió:
—Voy a correr feliz hasta mi propia muerte; cuando la encuentre no la voy a dejar que escape.
Sonó a metales, olió a vinos, supo a cereales tostados, olió al turbulento humo de un cigarro amargo
Bajo los signos esotéricos de una carta astrológica, Jorge bebió y bailó, y bebió hasta desfallecer. Y luego se perdió entre el polvo de cenizas que desdibujaba su rostro.
Como una puñalada sintió que una sombra encarnizada se abrazaba a las coronarias de Jorge y las estrangulaba. Sin prisa, pero con fuerza, hasta que cayó muerto, desnudo y sonriendo. Abrazado a su muerte, no la había dejado escapar como lo prometió, y ella le retribuyó con su íntimo abrazo y besos de fermentos negros.
Escuchó que dijo en el último suspiro:
—Por fin nos encontramos.
Pero ella se compadeció del encuentro del que le hablaba.
Amanda no podía asistirlo, solo sentirlo morir en ese estrangulamiento de las arterias. Tocando con la yema de sus rudos dedos el preciado cadáver del hermano, sintió un frío desconocido, como una daga inapelable que atravesaba las carnes de un lado al otro sin sangrar demasiado.
Cuando creía que podía despertar, una mano le oprimió el pecho y desde una voz forastera le anunciaron que su nombre no era Amanda. Ni su apellido Da Silva. Entonces la voz del interrogador sonó desde esa profundidad exótica con un vigor glacial:
—«Amanda Da Silva. Hija de Anita Cruspaga. Todo falso, todo falso. Nombres, apellidos, religión, sentimientos. Falso. Usted no existe, señorita. Es un invento».
La secretaria alta y delgada, elegante y bonita, que salió de un pliegue de esa profundidad luciendo sus ropas lujosas, la consoló cantándole «Nessun dorma», mientras la sostenía entre sus brazos y acariciaba su rostro. La ayudó a repetir, victoriosa y sin angustias:
—«Pero mi misterio está encerrado en mí, mi nombre nadie sabrá».
Abrió su pequeña valija tanteando a ciegas sus retorcidas correas de cuero. En su interior solo encontró barro. La carta que Miguel le escribió se había disuelto en el pastiche con el que el lodazal rellenó la valija y deshizo todas sus pobres pertenencias.
Entonces, al alba del tercer día, en un estado de total confusión, Amanda despertó y abrió los ojos. A su lado solo estaba la que se le presentó con el nombre de Kori, quien, al verla recobrar el sentido, movió la cabeza afirmativamente y le sonrió satisfecha.
La enviada de Buenos Aires estaba sana y salva y todos ellos podían esperar con expectativa el día siguiente. Si hubieran fracasado, solo el coronel en jefe sabía cómo habría de vengarse de ese fracaso.
Amanda balbuceó:
—¿Dónde estamos? ¿Qué me ocurrió? ¿Dónde está mi pistola y mi pequeña cimitarra de mango nacarado?
La mujer del gualicho que llamaban Kori la miró sorprendida por la última de las preguntas. Distendida, respondió solo a los dos primeros interrogantes. El tercero les correspondía a los hombres que la rescataron de la tormenta.
—Está en el puesto de los tres ranchos de los «Pérez». El último puesto antes del primer retén. Mi nombre es Kori. Se enfermó durante la tormenta. Descanse. Solo, descanse —insistió—. Ya vuelvo.
Amanda la ignoró por completo, como si no le hubiera hablado, pero recordó el nombre con el que se presentó de inmediato.
Dejó a la convaleciente y salió al amplio patio donde sus compadres la esperaban. Avisó que la forastera había recobrado la conciencia. Los cuatro suspiraron con alivio. También que reclamaba una pistola y una pequeña cimitarra. Juan y Frutos se miraron, justificándose uno al otro por ese abandono. Para eso hallarían respuestas convincentes cuando la mujer les exigiera una. En ese momento solo deseaban reconfortarse en la sanación de la muchacha, sanación de la que habían dudado.
El matrimonio siempre confió en las habilidades sanadoras de la muchacha; habían visto otros muchos menjunjes salvadores, aunque nunca para una fiebre tan alta y en una persona ajena por completo a aquella geografía que, milagrosamente, pudo soportar las crudas inclemencias de la zona.
Por esos mismos caminos, centurias atrás, habían desfilado miles de desterrados que arrastraron sus cadenas por la tierra, padeciendo calores del infierno, fríos glaciares y lluvias oceánicas. Muchos murieron a poco de comenzar la forzada marcha.
Los otros, los que sobrevivieron, despellejaron sus pies caminando leguas de espinas, arrancando la carne hasta los huesos contra el filo rugoso de las piedras partidas, mordidos por serpientes de dientes salvajes.
Esos marcharon a punta de lanza y mosquetones, arrastrando sin darse cuenta sus propias muertes, caminando sonámbulos con los cadáveres de sus propios compatriotas muertos en el éxodo, abrazados a hijos y nietos despostados en la cacería invasora de los conquistadores, hasta el destino final de su destierro.
Que una muchacha así sobreviviera debía ser considerado, sin lugar a dudas, un verdadero milagro, y hasta podría haber sido motivo de veneración, si no se hubiera sabido de qué materia estaba hecha.
Los choferes padecieron, esa noche y los dos días que le siguieron, el estado comatoso de Amanda como un verdadero suplicio del infierno, una prueba definitiva que la vida les impuso para saber de qué verdadera naturaleza estaban hechos. Y todo estaba supeditado al éxito o al fracaso de la cura a manos de una muchacha que apilaba emplaste tras emplaste dentro de un almirez para golpearlo con un pequeño mazo. La Kori atribuía a ese instrumento magníficos dones milagrosos aprendidos de una vieja curandera que se ocultó de la muerte en las entrañas de piedra de la Puna y que le enseñó una fórmula extraordinaria capaz de sanar a la enviada y alejar definitivamente el peligro de su prematura muerte.
Solo en el éxito de la prodigiosa cura estaba el secreto de la salvación. Si Amanda moría, ellos estaban convencidos de que serían los dos primeros que irían a dar con ella en la misma tumba. Luego, suponían, no sin razones valederas, a los otros les cabría el mismo destino. Nadie escapa al castigo del coronel en jefe; él siempre encontraría la manera de justificar sus ejecuciones. El homicidio estatal organizado siempre hallaba un juez que lo justificaba en la elevada razón de la más moderna jurisprudencia.
Esa costumbre homicida se inauguró el día que el jefe militar que mandó a asesinar al Ilustre cortó la garganta de uno de los malandrines que se negaron a cumplir su orden. Mientras brotaba la sangre del desgraciado por la brutal herida que le propinó el jerarca, ya un escriba encontró el articulado que amparaba ese crimen en el supremo deber de salvar a la Patria. Desde entonces, y para siempre, cada fracaso de los subordinados se podía pagar con la vida en nombre de un falso y perverso patriotismo.
Los dos choferes, el baqueano y las mujeres, sabían de la expectativa que el viejo coronel tenía en la nueva ama de llaves. No la esperaba tanto para él, considerando que su expectativa de vida era poca dada su avanzada edad, sus vicios y lo duro que era sobrevivir en aquellas latitudes de la sequía eterna. La pensaba para su descendencia. Por eso reclamó una mujer joven, «muy joven», se comentaba que dijo, para que su trabajo se extendiera por decenas de años sirviendo a los que lo sucedieran en la tarea.
Acompañar al coronel en jefe de aquel reducto, asistir a su familia y vérselas con esa reliquia que custodiaban, era una tarea solo para un cuerpo joven, sano y bien dispuesto. Los vejestorios que le ofrecieron los rechazó sin miramientos; no cubrían ni por asomo las expectativas que tenía para su nueva ayudante.
Así que la urgencia por el arribo de la muchacha, que llegaba precedida de las mejores recomendaciones, se había transformado en una obsesión para el viejo coronel. Y como necesitaba hombres de confianza y sabedores de los caminos que había que atravesar, mandó designar a los que llamaban Juan y Frutos como los guías para el tramo del trayecto desde la segunda base hasta el primer retén, que era la travesía más difícil y en la que solo sobrevivían aquellos acostumbrados a esas guerreras inclemencias que, además, supieran qué caminos convenía elegir para sortear con éxito todas las dificultades que, de seguro, se presentarían.
Generoso, el coronel aceptó el pedido de los hombres de contar con la asistencia de don Abundio, el baqueano más experimentado de todos los de aquella región. Sin él, sabían que habrían fracasado por completo con el mandado que les encomendó su jefe. Gracias a Abundio se aseguraron llegar al primer puesto todos con vida.
El retraso de dos días no era un inconveniente injustificable. Por el contrario.
En el primer retén sabían que la tormenta tenía que haber entorpecido el viaje, aunque no podían imaginar cuánto. En ese destacamento, por otra parte, era jefe un energúmeno con pretensiones de mandamás y que gozaba del rechazo de toda la tropa. Nadie le arrimaba un chisme ni una información porque no era confiable. En más de una oportunidad, a quienes alguna vez le llevaron la verdad sobre un crimen, los hizo azotar como si fueran ellos los responsables de la fechoría. Desde entonces, fue más sabio pasar por burro que exponerse a un castigo injustificado. Así que el hombre vivía desinformado. Para saber qué ocurría alrededor suyo, debía estar atento y procurarse las novedades por sí mismo. Por lo que la mayor parte del tiempo no tenía ni idea de lo que acontecía a su alrededor.
Era, por otra parte, un hombre abúlico, que se limitaba a elevar informes de compromiso, intrascendentes. En esa ocasión se liberó del compromiso de poner al tanto de los sucesos a sus jefes inmediatos, merced a que el coronel en jefe contuvo su ansiedad pasando el rato con unas niñas que le trajeron de bien al norte, más allá de las primeras estribaciones de la selva, donde fueron capturadas por unos bribones que se dedicaban al tráfico de mujeres. Dos días y dos noches estuvo el viejo magreando a las muchachas, los mismos dos días y dos noches que Amanda tardó en recuperar la conciencia y también la salud, asistida por el gualicho de la mujer que llamaban Kori.
Cuando pidieron a los responsables del retén información sobre la mujer que esperaba su arribo el coronel, estos debieron enviar un chasqui hasta el puesto, donde le dijeron que estaba lista para partir y que el retraso se debió nomás a la inclemencia de la tormenta, una como no se había visto en años y que muchos atribuían a un suceso fantástico difícil de explicar incluso por la ciencia del clima y que viejas tejedoras anunciaban entre sus fumatas de cigarros de hojas de chala. Al chasqui lo despacharon sin dejarle ver a la fulana, algo que, en realidad, al chasqui no le estaba permitido. Esa prohibición les ahorró a los puesteros algunos contratiempos que les hubiesen hecho los días más difíciles.
Los cuatro que esperaban afuera del rancho el milagro, cuando la joven curandera los advirtió de la mejoría, entraron para verla. La contemplaron como si fuera una resucitada y apenas se atrevieron a saludarla alzando las manos y balbuceando un saludo imposible de comprender. Ella no respondió al ademán y los miró desde el abismo de su propia confusión. La alta fiebre la había dejado insegura y agitada y todavía sentía latir su corazón de manera arrítmica. Amanda se limitó a observarlos tratando de recordar sus rostros.
En segundos, las fisonomías de los dos choferes volvieron a su memoria. En primer término, recordó al que solo hablaba en una extraña lengua, de la que le habían dicho en dos oportunidades que no era quechua, aunque no podía precisar en qué circunstancias recibió esas respuestas. Tampoco podía acordarse con qué nombre denominaron aquella lengua extraña por la que no lograba comprender de qué hablaban los dos hombres. A veces volvía a su memoria el nombre Chalimín, pero sonaba como un clamor, como el guerrero tañido de una campana de piedra, que la confundía aún más.
Ni el rostro del baqueano ni el de la mujer obesa que estaba a su lado le parecieron familiares y no lograba recordarlos de ningún encuentro previo. Esas personas, junto con la que la asistía, la gualichera, eran perfectos desconocidos para Amanda. De ellos no había visto ni sus credenciales ni sus recomendaciones; no conocía sus historias ni sus tareas. Podían ser quienes decían que eran o cualquier persona ajena a la institución que se hubiera aprovechado de su lamentable estado.
La Kori esperaba que Amanda pudiera incorporarse para vestirla con una nueva ropa que la Teresa le trajo de un baúl que tenía en su casa y donde guardaba algunas prendas que los troperos le dejaban de regalo como agradecimiento a sus atenciones. También le trajo unos borceguíes, el único calzado del que disponían para ella. En la mansión, seguramente, la proveerían de ropa adecuada.
Amanda le pidió a la muchacha que la asistía que la liberara del poncho y de las gruesas mantas. Kori asintió y empezó a rescatarla del ropaje como si fueran las capas de una extraña cebolla de variados colores.
—Me imagino que querrá bañarse —le dijo mientras la desvestía—. Así no puede seguir a destino.
—¿Agua fría otra vez? —respondió Amanda, disgustada.
—¡No! Ya mismo le pido a mi compañera que caliente agua.
Llamó con un silbido a la mujer obesa, quien ingresó al momento.
—¡Qué bueno verla recuperada! —le dijo a Amanda solo por decirle algo alentador—. Temimos que usted se pusiera más mala de cómo estaba. Mucha fiebre del pecho enfermo. Pero la Kori cura todos los males con sus medicinas.
Ella, mientras se sentaba en la cama, se mantuvo ausente, recatada. Amanda trataba de comprender la situación, pero no le resultaba sencillo. Recordaba poco de lo que le había ocurrido. Solo hasta cierto momento del camino bajo la lluvia. Y no veía su bolso de mano con su pistola calibre 6,35 y su pequeña cimitarra, con los que contaba para defenderse si era necesario.
No sabía si lo dijo efectivamente o solo lo pensó para sí: que todo su entrenamiento no le había servido «ni para un carajo», sometida a esa tormenta indescriptible.
Putear le daba alivio, pero nada más que eso. Ella entendía, y se lo reprochaba, que había fracasado sin atenuantes: nunca nadie, lo sabía perfectamente, debía desmayarse por atravesar una situación extrema. No se trataba solo de una cuestión de voluntad; era una obligación, una obligación moral, un deber ser y comportarse sin desmayar nunca, más allá de la fatiga física. Solo aquellos capaces de resistir allí donde otros sucumbían eran seleccionados para las grandes misiones que hacían historia verdaderamente.
De haber ocurrido en un entrenamiento habría sido expulsada de inmediato del curso. Ella siempre salió airosa de esos desafíos, aunque nunca se había topado con uno semejante. Una tormenta nacida en los confines de la historia, de las multitudes congregadas en las batallas por la sobrevivencia, donde el rumor de las piedras sonaba hasta en los cielos; el agua caía de un cántaro infinito desde las alturas de todas las tormentas y un viento lleno del escalofrío de los hierros de las grandes matanzas arrasaba la superficie de la tierra hasta dejarla pelada como un cráneo humano tras la cruel ceremonia de la ofrenda de vida a la insaciable divinidad bebedora de sangre.
Sabía que quien perdía su estado de conciencia ante una adversidad, cualquiera fuera, lo que había perdido realmente era el verdadero control sobre la situación y, lo más grave, de sí mismo. Podía estar inmersa en sucesos meticulosamente preparados para embaucarla y hacerle cometer acciones en contra de su verdadera misión. Por eso miraba a sus anfitriones con indisimulable desconfianza y había perdido parte de la fe en sí misma.
Ella, ¡justo ella!, Amanda, la que nació para ser amada, la elegida, en esa oportunidad había fracasado. Y encima estaba segura de haber perdido la pistola y la navaja.
¿Los otros elevarían ese informe a los superiores? Si era así, estaba en serios problemas. Al que llamaban Juan le habría movido a risa solo imaginar que en ese paraje desolado, donde se combatía a la vinchuca por no pescar el chagas definitivo, alguien podría reclamarle un informe. Le habría dicho entre sonrisas:
—Yo soy el camino, yo soy el informe.
Y allí habría terminado todo ese asunto.
Cuánto pensó en aquello que le enrostró su interrogador cuando ella le respondió que temía defraudarse a sí misma. «¿A usted misma? ¡Tan importante se cree! Usted no vale nada. ¡Usted no vale un carajo! ¡Un soberano carajo! ¿Me oyó? ¡Es una simple comemierda! A nosotros, que usted se sienta defraudada, nos importa una mierda. El problema es si defrauda a la institución, porque la institución está por encima de todas las cosas, salvo de Dios».
Y en ese momento, si bien no se sentía una «simple comemierda», sí muy próxima al fracaso de una tarea de la que aún no le habían dicho ni una palabra de su verdadero significado.
La mujer que la asistía y su compañera esperaron que Amanda saliera de su ensimismamiento. Hicieron algunos ruidos para atraer su atención. Finalmente, ella las miró con la misma expresión vacía de emociones con que las miraba desde que abrió los ojos.
—¿Está lista para su baño? —le preguntó la mujer obesa, dudando.
Amanda movió la cabeza afirmativamente.
—Ya pongo el agua a calentar, entonces. Mando a los hombres a carnear cabritos para la comida. Haremos una buena cena antes que parta. Queremos que el coronel en jefe la encuentre lo más recuperada posible.
Al salir, antes de dirigirse a su rancho a buscar los tachos para hervir el agua, mandó a Abundio y a los otros dos a elegir dos cabritos para el asador. Los hombres preguntaron por la muchacha y recibieron con satisfacción las noticias de la efectiva mejoría. Mañana podrían partir hacia el retén, donde los estaban esperando.
Cuando los hombres se alejaron en dirección a los corrales, Teresa se apuró a encender el fuego para calentar agua en dos inmensos tachos. Cargó los pesados recipientes llenos de agua de lluvia y los puso sobre unas parrillas gruesas y fuertes debajo de las cuales todavía ardían unas cuantas brasas de la noche. Arrojó pasto seco para que ayudara a encender la leña reseca que distribuyó debajo de los enrejados, leña que conservaba seca porque la tenía almacenada dentro del rancho. Avivó las llamas para apurar la calentura de las aguas usando unas grandes hojas como abanicos verdes.
Amanda salió al patio ayudada por la Kori y se alegró del sol que empezaba a colocarse nuevamente en la cúspide del cielo. Juntas se arrimaron al fogón donde Teresa animaba las llamas con esa especie de abanico de hojas.
—¿Y cómo se siente ahora que ya pudo volver a caminar? —le preguntó Teresa, mirándola de arriba abajo.
Amanda se encogió de hombros y se mantuvo en silencio.
—Usted no parece tan flaca y débil como dijo el Abundio.
Amanda se sorprendió del comentario y se observó a sí misma. Ella no se sentía tan delgada y mucho menos débil. Miró sus manos y atrajo la atención de Teresa, quien reparó en la fortaleza de sus dedos.
—Mano fuerte la suya —le dijo—. La mano suave no sirve para nada. Cavar, talar, carnear, todos duros y pesados trabajos que nos tocan a las mujeres. Y otros de los que prefiero ni hablar.
—¿Y a los hombres qué les toca? —preguntó Amanda, quien habló por primera vez, impresionando a las mujeres con su voz tan juvenil, que la miraron con curiosidad.
—¡Ah…! ¡Los hombres! Se las rebuscan para hacer que trabajemos nosotras. Siempre tienen algo importante que hacer.
—¿Cómo llegué hasta acá? —preguntó Amanda.
—La trajeron los hombres a caballo. El Abundio, mi esposo, el más viejo, sin faltarle el respeto. El Juan, que le dicen Jayri, y el Frutos, el que no habla nunca, para su referencia.
Amanda se extrañó de que la mujer le dijera los nombres de aquellos tres hombres. ¿Dónde había quedado aquello de «nada de nombres, de apellidos» con que la habían aleccionado en el entrenamiento?
—¿Por qué me dice sus nombres? No está permitido.
—¿Y quién le ha dicho a usted que está prohibido llamarnos por un nombre? Adán le puso nombre a todos los animales.
—Génesis, capítulo dos, versículo veinte —explicó Amanda.
—¡Ah! Conoce la Biblia.
—De memoria.
—¿Y entonces? ¿Quién le ha dicho a usted que nos han prohibido llamarnos por un nombre? —preguntó nuevamente Teresa.
Pero Amanda se negaba a dar una respuesta precisa a su pregunta; no quería hablar de la Institución.
—¿Jayri? —preguntó intrigada y desentendiéndose de la pregunta de la obesa—. ¿Le dicen Jayri?
—Así es —dijo la Kori, sonriendo.
—¿Qué quiere decir ese nombre?
—Noche sin luna.
—¿Y por qué comparan al chofer con una noche sin luna? —preguntó Amanda, desconfiada.
—¿No puede deducirlo usted misma? —Teresa la puso en un aprieto.
—No. No puedo.
Teresa suspiró resignada y rio cómplice con la Kori.
—Porque es negro como la noche sin luna. Negro. ¿Lo ha visto usted bien? Es negro. Por eso le dicen Jayri. Y fiero, como la noche sin luna. ¿Ha visto alguna vez una noche sin luna?
Amanda prefirió callar. Desconfiaba de esa historia. La mujer se compadeció de su silencio, producto con seguridad de su confusión. Y dudó de hasta dónde Amanda había recuperado la lucidez.
—Ya llevo los tachos dentro de nuestro baño —dijo, asiendo la gruesa manija fabricada con alambres galvanizados de esos enormes recipientes llenos de agua caliente—. Le pido disculpas por nuestra modestia. Cuando hable con la comandancia, dígale cómo nos tienen aquí tirados peor que a perros abandonados. Tal vez ellos le crean a usted porque de nuestra palabra siempre dudan.
—¿Y por qué habrían de creerme a mí? —preguntó Amanda.
—Porque es de Buenos Aires, y es blanca y es linda. Nosotras somos de esta tierra ignorada, somos chinas y además feas. A las chinas feas los hombres nunca nos quieren creer. Los hijos que nos hacen nunca son de ellos. Y los cuernos que nos ponen no son cuernos, son adornos. En cambio, si alguien de su condición dice una cosa, todos los hombres se quedan pensando en lo interesantes que han sido sus palabras.
Amanda no sabía qué responder a la mujer que, mientras le hablaba de ese modo, cargaba los tachos hasta el modesto baño.
La descripción de la mujer la confundió.
«Buenos Aires. Mujer blanca. Mujer linda», razonó.
Luego repitió varias veces:
«Tierra ignorada. China. Fea.»
Se mantuvo callada no por protegerse, sino porque en realidad no sabía qué responder.
—¿Y usted ha perdido su nombre, supongo? —preguntó Teresa, intrigante.
Amanda siguió en silencio. Repitió para sí:
«Pero mi misterio está encerrado en mí, mi nombre nadie sabrá.»
—Creo que es así. Perdí mi nombre. ¿Tendrá importancia?
Teresa se encogió de hombros y dijo:
—Solo que su nombre nadie sabrá.
La invitó a entrar al baño y lavarse.
—Su baño está listo. No deje enfriar el agua.
—Pero perdí mi pistola calibre 6,35 y mi navaja cimitarra de mango nacarado.
—Cosas más importantes perdió en la vida, estoy segura.
—Pero de ellas no tengo que rendir cuentas a nadie.
—Olvídese de la pistola esa y de su navaja. Aquí no las necesita. No le darán arma de fuego por nada del mundo. Y sobre el asunto de la navaja, quédese en paz, que aquí un cuchillo verijero no falta y ese le será más útil que cualquier navaja.
Amanda pareció conforme con la explicación. Allí ya no tenía modo de recuperar lo que había dejado atrás. 

***

XXXI – La sagrada escarapela 

Cuando los hombres volvieron de carnear los chivitos, Amanda estaba bañada y había cambiado sus ropas. Llevaba puesto un pantalón de tipo militar y una casaca gruesa que eran de su talla. También calzaba los borceguíes que le sujetaban el pie con fuerza y la aliviaron de los dolores que le quedaron de la larga caminata sobre las piedras embarradas durante la tormenta.
Teresa le dijo que no sabía a quién habían pertenecido esas prendas y tampoco recordaba quién se las había dejado como pago.
Teresa palpó los músculos fibrosos de su cuerpo cuando la ayudó a acomodar la ropa. Allí entendió cómo había sobrevivido esa muchacha a la travesía. Estaba segura de que una mujer débil hubiera muerto presa del frío y la fiebre que afectó sus pulmones.
Amanda, en cambio, en solo dos días y soportando el menjunje que la Kori le hizo engullir, estaba en pie y con fuerzas suficientes para encarar la anteúltima etapa de su viaje: llegar al primer retén.
Ninguno de los hombres, hasta ese momento, quiso advertirla de lo que iba a encontrar en ese retén. Ellos detestaban tener que apersonarse a ese lugar. El tarambana que estaba a cargo del destacamento, un tal Tiburcio Mediolazo, apodado «Cuatro Dedos», con grado de capitán de la milicia, era grosero, en especial con las mujeres. Pero odiaba a los originarios de la región.
Ni Juan ni Frutos sabían por qué él no le temía al coronel en jefe ni le preocupaba que este le impusiera alguna vez algún castigo. Es más, ellos no recordaban ningún correctivo, pero sí muchas indisciplinas de aquel capitán. Abundio les dijo en más de una oportunidad que el coronel en jefe no lo molestaba porque lo usaba para los trabajos más sucios y en eso el hombre le cumplía sin chistar. Se hacía llamar «señor corregidor» e inflaba el pecho con orgullo cuando escuchaba ese título unido a su apellido en boca de sus pobres subordinados, «El Corregidor Mediolazo», y se sentía transportado siglos atrás, cuando el exterminio era la regla.
Si las cosas no se complicaban demasiado en ese retén, Amanda seguiría la travesía sin mayores sobresaltos. Allí debía recogerla una comisión enviada por el jefe con esa exclusiva misión. Eran hombres rudos, pero a diferencia del «Cuatro Dedos», educados y respetuosos. El coronel nunca hubiera permitido que ese grosero se arrimara a su familia ni a su servidumbre. No solo desconfiaba del torturador, sino que lo despreciaba. «Cada cosa en su lugar» era el pretexto que usaba cuando Mediolazo le pedía ser trasladado, aunque más no fuera a las cercanías de la mansión para disfrutar de una mejor estancia. Cuando le llegaba el pedido de traslado, algo que Mediolazo hacía regularmente, se comentaba que el coronel en jefe repetía siempre: «Cómo voy a traer ese sorete a mi casa. Que se quede en aquella letrina del primer retén. Cada cosa en su lugar».
El primer retén quedaba entre dos inmensidades de la nada. Entre el puesto de los tres ranchos y el segundo retén había un día de marcha en automóvil. Era mugriento y pobre, y los hombres allí destinados eran condenados a una vida insoportable que alguna vez terminó en motín. Mediolazo estimulaba la rebeldía, porque eso le daba el pretexto que precisaba para ajusticiar a unos cuantos y escarmentar al resto. Ese poder para imponer la muerte en nombre de la disciplina le estaba permitido. El coronel en jefe solo se dedicaba a ponerle algunos límites para que no exagerara su brutalidad; le preocupaba que se excediera en los crueles métodos que ensayaba con los sentenciados.
Juan y Frutos ansiaban terminar ese periplo. Ninguna otra misión sería para ellos tan riesgosa como esa que les habían asignado. Podrían recibir las órdenes más diversas, pero ninguna tendría la importancia que tuvo esa, directa del coronel en jefe. Así que comieron y bebieron moderadamente, conformes con que pronto todo llegaría a su fin. Don Abundio y la Teresa se sacaban chispas bromeando entre ellos sobre intimidades de las que Amanda no tenía ni la menor idea, pero que movían a risa a los demás comensales.
Luego de comer en abundancia, el baqueano preparó los caballos. Los que montarían Juan y Frutos se dejaron ensillar sin cosquillas. Llevaban cada uno sus bastos y, al lado nomás, las boleadoras por si acaso. Colorida matra, dos caronas, las sudaderas como correspondía y unas estriberas nuevas de cuero teñido de negro. El cojinillo de cuero de oveja bien aseado y la cincha serena. Entre las caronas, Juan guardó el cuchillo caronero, obsequio de un matrero que murió escapando del «señor corregidor».
El reyuno, cuando Abundio le soltó el amarre, se arrimó a Amanda y la cabeceó suavemente para que le acariciara el hocico.
—Tonto el caballo —dijo Abundio.
—Sabe elegir quien lo monte —rio Juan, señalando su vientre hinchado de tanto comer cabrito y empanadas mojadas con llajwa.
Don Abundio, comedido, quiso ensillarlo, pero el potro, al que llamaban «Caballo Negro», le tiró una patada y un mordisco, como hacía cada vez que lo disgustaba algo de su patrón. Por eso el hombre desistió, algo cansado de las dentelladas del animal, que se mostraba arisco y decidido cuando algo no le caía en gracia, e invitó a la muchacha a ocuparse de su montura. Amanda lo hizo con habilidad y precisión y el caballo se mantuvo manso hasta que ella terminó de ajustar todas las correas.
—¡Que lo parió!
Abundio no parecía asombrado del talante de su animal, al que le adjudicaba ciertos comportamientos extraños para ser solo caballo, como si lo poseyera el alma de algún indio que se refugió en el corazón de la bestia para escapar a la muerte a manos de los que se llamaban a sí mismos civilizadores.
—¡Este sabe bien a quién está cargando!
El baqueano hizo que le dieran a Amanda un sombrero suyo, sombrero gaucho de vellón de oveja nuevo, con cinta negra rodeando la copa, que no presentaba ni una arruga, para que se protegiera del sol. A la vuelta, Juan y Frutos se lo devolverían. Ella ya no lo precisaría; a partir del primer retén, viajaría en auto hasta su destino.
Amanda se despidió fríamente de Teresa y de la Kori. Las mujeres ignoraron el trato que les dispensó «la porteña», como la llamaban entre ellas en voz baja. De todos modos, de fino oído musical, ella escuchó perfectamente cuando dijeron «la porteña», de manera despectiva.
Don Abundio caló el ambiente sin demasiado esfuerzo. Las mujeres estaban embroncadas y desconfiaban de la extraña visitante y sus razones tenían, aunque no consideraban todos los detalles. El baqueano, entonces, fue a su rancho y hurgueteó un buen rato en unas cajitas donde guardaba unas chucherías que estaban olvidadas por completo. Del cajón de su mesita de noche extrajo un bello cuchillo verijero de mango y vaina labrados en alpaca. La Teresa le sugirió que compensara la pérdida de su navaja con ese regalo.
Volvió donde Amanda y le pidió permiso para hacerle un par de obsequios. Amanda agradeció el gesto, algo desconcertada.
El hombre le entregó en primer lugar el cuchillo. Amanda lo observó extrañada. Era una pieza hermosa, finamente trabajada. Retiró el cuchillo de la vaina y comprobó que estaba bien afilado.
—¿Y cómo voy a pagar este cuchillo? —preguntó intrigada—. No tengo dinero, se perdió con mi bolso durante la tormenta.
—Es regalo, señorita. Los regalos no se cobran. Es un obsequio de la Teresa, que puede ser generosa.
Amanda agradeció inclinando la cabeza ante Teresa. Lo puso en la cintura, atrás, afirmado al cinto que sostenía su pantalón de tipo militar.
—Ese cuchillo sirve pa’ empezar un asao o terminar una discusión. Pa’ comer, solo carne o se echa a perder. Y para pelear, veo que fuerza en las manos no le falta. Así que esperamos le resulte muy útil para lo que precise.
Luego le obsequió una escarapela.
«¿Y esto por qué?», se preguntó Amanda. Pero no abrió la boca. Se quedó mirando el regalo, moviéndolo entre sus dedos con mucha delicadeza, a pesar de la rudeza de su mano.
No era cualquier escarapela. Dos cintas, una blanca y otra azul celeste, se unían para formar una «v» invertida. Parecía muy antigua, estaba algo descolorida y el alfiler con que se la prendía a la ropa era robusto y estaba muy oxidado.
La Teresa no estaba de acuerdo con el regalo. Regañó al Abundio por no consultarla sobre ese objeto en particular. Cuando iba a abrir la boca para protestar, Abundio la llamó a silencio y le reclamó que conservara la calma. La Kori se apartó un metro y miró la escena desde cierta distancia. Juan y Frutos se mantuvieron en silencio.
—¿Le gusta? —le preguntó con voz serena.
—Mucho —le respondió Amanda sin quitar los ojos de la escarapela.
—¿Y usted sabe por qué yo le estoy dando este obsequio?
—¿Debería saberlo?
—Se me hace que sí. La usó un tal Beruti, de donde usted viene. ¿Sabe de qué le hablo?
—Sí, por supuesto —respondió Amanda sin dejar de observar con admiración el obsequio.
—No todos los porteños son difíciles de llevar.
—No todos, es cierto.
Pensó en Belgrano, que era porteño. Pero no pronunció su nombre.
—Después algunos la lucieron en el Café de Marco. Supongo que le habrán hablado de la Liga Patriótica.
—Algo, en mi curso de entrenamiento —mintió sin esfuerzo.
—Cuando iban presos los del café del catalán les preguntaban entre tormentos: «¿Qué sabe usted de la escarapela blanca y celeste?». Pero ellos nunca abrieron la boca.
Amanda permaneció en silencio, sin que un gesto descubriera sus verdaderos sentimientos.
—Usted sabe las cosas que se le pueden hacer a una persona para que hable. Y a una mujer, no necesito explicarle.
—¿Quiere asustarme? —Amanda habló desafiante.
—Nada más lejos de mi ánimo.
—Entonces, ¿por qué me dice estas cosas?
—Para que sepa a dónde se dirige.
—¿No es mi destino?
—El destino a veces es tramposo.
—¿Y cómo sé que esto no es una trampa? —Amanda se puso enérgica.
—Porque la hubiéramos dejado morir en el camino. Para nosotros era más simple y menos riesgoso. Ya se la habrían comido los buitres y todos los carroñeros de la zona.
Era una posibilidad que ella había sospechado desde que recobró la conciencia.
—Usted es inteligente, se nota. Pero hasta ahora no consideró que la trampa se la echaron antes, cuando la mandaron por esta ruta sin ninguna comunicación, sin mapa, sin saber a dónde dirigirse, en manos de dos tipos que iban a tener que atravesar casi un desierto entero cargando a una persona desacostumbrada a los rigores de nuestra región. Una trampa para usted y para nosotros, que alguien le tendió para que nunca pudiera llegar hasta aquí, y que nuestros hombres aparecieran como los responsables de su muerte.
—No consideré esa posibilidad, no hasta ahora.
Amanda, en efecto, no había evaluado las peripecias de su viaje desde esa perspectiva.
—Usted tiene más enemigos de los que supone y amigos pocos, muy pocos.
—¿Ustedes?
—Saque sus propias conclusiones.
—¿Entonces?
—Entonces, escuche con atención a quienes nos preocupamos por su bienestar: adonde usted se dirige hay uno de esos tipos al que le gusta ser un inquisidor. Él mismo se presenta como descendiente del visitador Areche. Le dicen «Cuatro Dedos» porque cuentan que uno se lo arrancó de una mordida una mujer mientras la torturaba para que delatara a los que usan eso que acabo de darle. Era el dedo que usaba para despellejarla por dentro. ¿Me comprende?
—Por completo.
—El tipo es un hijo de puta, si me disculpa la grosería, pero es un consentido por la comandancia. Por eso se comporta como un reyezuelo, un pequeño tirano.
—Comprendo.
—Ese tipo querrá destruirla y usted tendrá que tener muchas agallas para enfrentarlo. Si duda, si teme, es el momento de escapar. Nosotros preferimos que huya a que le dé una victoria a ese desgraciado. La podemos ayudar a huir y le aseguramos que nadie podrá encontrarla. Lejos de aquí hay lugares donde la adoptarán como a una hija. Nosotros estaremos más o menos a salvo. Calabozo, azotes y algunos fierros candentes. Pero sobreviviremos. Pero si a usted la derrotan…
—¿Me propone desertar?
—Le propongo no equivocarse. Usted está a punto de transformarse para siempre y, una vez que cambie, no podrá nunca volver atrás, a su antigua condición. Como la oruga. ¿Qué prefiere ser: oruga o mariposa? Porque, si elige mariposa, sepa que su vida durará lo que un vuelo, aunque le parezca eterno. Luego morirá y de usted nadie siquiera sabrá su verdadero nombre.
Amanda apretó en su mano la escarapela que Abundio le estaba obsequiando. Recordó a la secretaria musitándole el «Nessun dorma» y al interrogador gritándole que no era más que una falsificación.
Miró a los cinco puesteros uno por uno a los ojos y prendió la escarapela en su pecho, del lado del corazón.
—Por lo que parece, ha tomado su decisión. Confío en que sabrá cuidar eso por lo que vino —le dijo Abundio.
—¡Con mi vida! —respondió enfática Amanda.
—Esperamos que así sea. Esta fue su última oportunidad antes de llegar a su destino —afirmó el baqueano.
El hombre giró para quedar de espaldas a Amanda y no habló más.
Los tres montaron, cada uno, su caballo. Amanda, al reyuno, que no se apartó de ella ni permitió que ningún otro lo tocara.
El chofer le recordó el asunto del automóvil abandonado. El baqueano le dijo que apenas salieran hacia el retén él haría llegar un aviso a unos paisanos de la zona que podían ocuparse de remolcarlo hasta una ranchada donde se lo podía guardar hasta que la comandancia resolviera cómo llevarlo de vuelta a la posta de donde había salido.
Juan, Frutos y Amanda se dispusieron a partir. Los caballos estaban comidos y bebidos. La marcha hasta el primer retén no debía presentar mayores inconvenientes. Llegarían allí ya entrada la noche.
El día era caluroso, pero no agobiante y, en la zona hacia donde se dirigían, ya se presentaba la sequía, por lo que no había amenaza posible de lluvia.
Amanda, sin aviso, detuvo su caballo y se apeó de él. Juan y Frutos la miraron sorprendidos. Don Abundio, en cambio, sonrió tranquilo.
Caminó directo hasta donde estaba la Teresa. La mujer la miró extrañada, sin comprender el comportamiento de la muchacha. Cuando estuvieron juntas, Amanda le habló al oído. No fueron muchas palabras. Solo algunas. Teresa no pudo disimular su sorpresa, pero se mantuvo callada. Abundio le vio la lágrima que se guardó para no aparecer floja ante esa porteña.
Luego Amanda se dirigió a donde estaba la Kori. A ella no le habló; solo la abrazó, largamente. Y la Kori la abrazó a ella. Tampoco habló. Parecía que entre ellas las palabras sobraban.
Volvió junto al reyuno, que la esperaba manso y sereno. Montó y, sin volver la vista para mirar atrás, emprendió la marcha. 

***

XXXII – Cuatro dedos 

Cabalgaron desde esa mañana. El sol acompañó la marcha subido al techo del cielo en el que ni una nube se veía en todo el horizonte. Los caballos andaban como si supieran el camino de memoria, eligiendo por dónde sortear cada vado y esquivando las protuberancias que surgían de la tierra y que podían ser interpretadas como misteriosos mojones que hacían advertencias a unos intrusos profanadores de un territorio sagrado o hitos religiosos convenientemente dispuestos para la adoración de los pocos que se animaban por esas inmensidades. Los jinetes miraron los signos sin arriesgar un sentimiento y se mantuvieron en silencio. Había poco que decir y era mejor ahorrar saliva.
A pesar de la monotonía aparente del paisaje, Amanda cabalgó observando cada posible detalle de la geografía, las formas de la luz, las texturas del viento y los perfumes particulares que surgían entre las piedras.
Todos sus sentidos trataban de descifrar los secretos que envolvían la naturaleza de cada cosa para disimular su verdadera esencia. Pero los perfumes que llegaban a su nariz y a su cerebro, sin duda, eran los más significativos. Ellos la envolvían en su dominio como un traje de crepúsculo, una telaraña roja, el fermento de un gusano del pasado del que brotaba un hilo negro que tejía alrededor suyo un capullo más negro donde acabar su metamorfosis definitivamente.
Amanda olía ese mensaje penetrante. Olía la historia que llegaba cargada del enojo de la tierra encrespada, atesorado en la inconsolable alforja del pasado. Tierra seca y rebelde, tierra de sueños agrestes, tierra acechada piedra a piedra por aullidos que brotaban de las sombras como unas runas de significado indescifrable.
Olía los pedazos de guerras sangrientas diseminados desde la extensión del pasado donde se combatió a brazo partido hasta el presente mismo; olía los yelmos oxidados, las armaduras de luto, las manos y las piernas agazapadas de tormentos. Algo quedaba también del olor de las antiguas cosechas justo antes de que se desataran hambrunas tremendas y no quedara nada que comer ni que beber durante siglos.
También pudo sentir el perfume del ruido del galope de las lanzas, de la furia de las flechas, de los extremos de la sangre que brotaba generosa desde el ojo de una herida impetuosa. De tramo en tramo surgían ante ella y a su paso los cuchillos de los desamparados que señalaban al cielo en señal de repudio y de original congoja.
Al cabo de unas horas de cabalgar en silencio, quedaron subidos a una lomada extendida desde donde podían ver todavía al árbol que llegó hasta la cima del hemisferio y lo derribó un hacha incomprensible llegada desde la inmensidad oceánica más allá de la vista humana. Quedaba su reminiscencia verde flotando como una única y magnífica carabela, salvada del naufragio de la vida originaria entre la pomposidad de lo que alguna vez fuera una selva. En esa cúspide del mundo fue donde acabó todo. Allí mismo donde se palpaba la nieve con la lengua llagosa para saberle el gusto de las sangres desvestidas de todo misterio.
Desde un lugar lejano que los jinetes no sabían descubrir, pareció sonar un tambor redondo como la pupila del runa uturunco. Por el socavón de su sonido surgió el vapor ferroso de las bocas relucientes de los arcabuces que, mortíferos, estallaron por tres siglos, derribando las águilas atrevidas desde sus nidos hasta el fondo de un lodazal de sangres y gotas de huesos rotos a golpe de garrotes. También donde el morado tigre yaguaroguí yacía con sus dos cabezas decapitadas y el lomo roto del Tatu-Tumpa sangraba desde sus vísceras una luna muerta incapaz de proteger a nadie.
En ese pozo del barro de la noche se sepultaron todos los arcos, todas las flechas, todas las macanas, todas las naciones molidas como simples piedras de sal de la historia con la que sazonaron el banquete de oro y plata que devoraron rituales allende los mares, donde los reyes se apareaban con sus propios espantos sin arrepentimiento en nombre de Dios padre todopoderoso.
Luego los vientos de las filudas lanzas extranjeras con sus bailes macabros se presentaron ante ellos. Cruzaron entre sones de trompetas de guerra el espacio de la sangre de olor dulce, pero de sabor amargo, y las sangres rodaron decapitadas con sus derrotas a cuestas. Los tres vieron esas derrotas pasar ante sus ojos hacia el fondo negro del olvido de todos los sucesos.
Las derrotas eran hombres y mujeres velando la última carnicería de la raza, vencidos por la magnitud de la espada, seres muertos, pero nunca sometidos.A ellos, despojados de carne, de piel, de huesos, matas de paja ichu envolvieron con sus largas hebras misericordiosas para darles consuelo a los cartílagos desnudos detrás de las heridas abiertas, las arterias derramadas de dolores profundos, las partículas de huesos rotos clavadas en la carne. Los muertos desde entonces y por trescientos años repitieron sus muertes de generación en generación hasta que se presentó el exterminio con su rostro desolador de espectro.
Los que quedaron vivos llegaron hasta la última guerra de la independencia con la enfermedad de la mita y la encomienda. Una cal salitrosa les dejó los huesos a la intemperie, en carne viva. El salitre desolló los nombres y los apellidos de los que gobernaron las alturas rocosas, los escarpados abismos azules de las noches primerizas, cuando la materia era raza alfarera y argamasa prodigiosa de barro y bronce glacial a la intemperie. De ellos se olvidaron casi todos menos aquellos definitivos y que quedaron impresos en la secreta simiente en armas de la última batalla altiplana.
En esa encrucijada encarnizada de la muerte y la vida, cabalgaba Amanda con la escarapela prendida al pecho como si llevara la semilla de la patria al fantástico lugar donde echaría la insurrección de las raíces para brotar hasta el implacable cielo de la libertad esperada.
Tres días y tres noches tardó en llegar al último puesto en medio del sopor de su desmayo por fiebre.
Tres días y tres noches para partir hacia el primer retén, advertida de que ya no tenía retorno y casi lista o lista por completo (y así se vería a sí misma tal y como era), para su última y definitiva mutación.
Tres días y tres noches. Se lo repitió pausadamente para asimilar el suplicio del número tres que la perseguía desde hacía años por algo que ella no podía comprender.
Número tres mordiéndole la memoria como en el pasado.
Ni Amanda ni Amor ni Anita. Las tres prohibidas tres veces, como tres veces negó Pedro antes que cantara el gallo, y luego lloró tres lágrimas desconsolado la muerte del maestro que él mismo había negado.
Treinta y tres la edad de Cristo y tres clavos suficientes para pasar la carne de lado a lado y sentenciar al hombre a tres días de muerte.
Tres días y resucitó de entre los muertos y estableció una catedral de catecismos.
Y recordó sin proponérselo de ese modo:
Tres llamados del destino.
Tres preguntas sin respuesta.
Tres veces tres.
Treinta y tres, la edad de la muerta que lloraba la monjita sin consuelo.
Y al final soltó una pregunta que dejó a Amanda sin aliento desde que era una niña:
«¿A qué edad murió tu madre, Amanda?»
El que hablaba en su lengua ancestral le dijo sin abrir la boca y mirándola a los ojos: «Treinta y tres», y respondió el enigma. Ella debería haber llorado, pero no lo podía hacer desde su infancia, desde que Miguel, su padre, lloró contra su pequeño pecho al anunciar la muerte de la madre.
Solo pudo mirar al Frutos que nunca abrió la boca durante todo el camino porque era hombre de pocas palabras, muy pocas, casi ninguna. Cómo lo había escuchado era una pregunta que era mejor no hacerse. Y cómo podría saber él la edad de Anita no se atrevió ni a sospecharlo.
En el camino comieron charqui. Bebieron agua. Mascaron coca. Amanda se llenó la boca con esas hojas que nunca había probado y que le arrimó Frutos. Las acomodó debajo de la mejilla derecha, donde se hicieron pasta amarga y jugosa.
La reconfortó su extraño amargor tonificante. Cuando escupía su oscura saliva, la tierra la chupaba con desesperación. Después sabría que era la sed de los sepultados vivos.
El calor del mediodía se hizo penetrante y aunque no había viento, sino escurridizas brisas, cubrieron sus narices y bocas con unos pañuelos que llevaban en las alforjas para no tragar el polvo de las piedras que lijaba los bronquios hasta hacerlos sangrar. Estaba segura de que los tres durmieron sobre las monturas como si hubieran permanecido catatónicos y que marcharon sonámbulos por un tiempo indefinido.
Al caer la tarde, muchas leguas al frente, se divisaba el primer retén, agazapado en el horizonte como un rampante puma, mordiendo clandestino el borde de la tierra y el cielo con sus dientes negros. Era tan grande como oscuro; era una fruta negra sobre el altar de una tierra negra; una mancha de sangre vieja por un corredor de piedra y polvo de cenizas que se derrumbaba de este a oeste, hacia la guarida donde muchas noches salían a amenazar el gobierno de la luz del día. Hilos de mugre rodaban desde el alto de sus miradores y esparcían un olor nauseabundo para espantar a algún atrevido que decidiera aproximarse a aquel promontorio que prometía la muerte entre suplicios increíbles.
A medida que la noche se presentaba, el frío iba ganando intensidad. A paso lento, un tanto entumecidos, arribaron a una especie de mirador alto, muy alto, desde el cual se podía dominar con la vista una gran extensión. Era una construcción de cemento sobre una gruesa columna, también de cemento, a la que se subía por una estrecha escalera de hierro.
—¡¿Quién vive?! —gritó desde esa casamata un soldado a quien no se podía ver.
—¡Juan y Frutos Pérez! —gritó Juan a viva voz.
Amanda y los dos hombres miraban hacia arriba sin poder distinguir dónde estaba el soldado.
—Venimos con la entrega que pidió el coronel en jefe.
Desde el reducto no se oyó nada.
Un hombre se asomó por uno de los cuatro estrechos miradores que tenía la construcción en cada uno de sus costados. Medio cuerpo afuera, casi colgando para poder verlos y para apuntarles directo a sus redondas cabezas con su fusil.
—¡Quédense donde están! —les gritó, mientras otro guardia bajaba por la larga escalera de hierro.
El que descendía llevaba el fusil en la espalda y portaba una enorme linterna militar.
—¿Los Pérez de los tres ranchos del último puesto? —preguntó, sabiendo de quiénes se trataba, aunque todavía no podía distinguir sus rostros.
—Los mismos —respondió Juan.
—Los esperábamos ayer —le dijo el guardia.
—La tormenta nos retrasó.
—Lo suponíamos. Dichosos ustedes que probaron el agua. Aquí todo tiene sabor a mierda. ¿La mujer es la enviada de Buenos Aires?
—Así es. Tenemos orden de seguir hasta el fuerte.
—El «Cuatro Dedos» está insoportable. Deberían tenerlo presente —con un movimiento de cabeza señaló a Amanda—. ¿Ya la advirtieron?
—Abundio le dijo.
—¡El Abundio! ¿Todavía anda con ganas de hablar del «Cuatro Dedos»?
—Su lengua se mueve poco, pero suele ser oportuna —dijo Juan.
—Qué tipo, ese. ¡El mejor baqueano que se conoce! —exclamó el guardia en confianza—. Que viva mil años.
—La Teresa lo cuida con esmero. No sé si pa’ tanta vida.
—¿Anda la Kori remediando los achaques todavía?
—Tal cual. Si anda adolorido, diga que así la traigo en persona a la sanadora.
—¡No, qué va! Por ahora solo me duele el culo de estar sentado en ese piso de cemento.
El guardia reparó en la escarapela que Amanda lucía en su pecho.
—¿La escarapela?
—Regalo de don Abundio.
—Miren que al «Cuatro Dedos» no le gustan esos adornos.
—No es un adorno, es una escarapela —Amanda le habló por primera vez.
Su voz sonó fuerte y decidida. El hombre tragó saliva. No estaba acostumbrado a escuchar la voz de mando de una mujer. Pero supo ser discreto.
—Yo solo le comento, señorita. Por el bien suyo, que será el de todos.
Miró a Frutos, que le guiñó un ojo.
—¿Podemos seguir? —preguntó Juan—. Queremos llegar cuanto antes.
—Hacemos las señales para avisar al segundo puesto quiénes son y, cuando nos respondan, podrán seguir.
—¿Estarán atentos aquellos?
—Están al pedo como nosotros, esperando una señal de algo. Cuando ven una luz creen que es la mismísima estrella de Belén que les anuncia la buena nueva. Así de embolados están los tipos, como todos por estos lares. Seguro responden enseguida.
—¿Cuántos hombres hay en esta casamata? —preguntó Amanda.
—Dos. ¿Por qué pregunta? —respondió el guardia.
—Curiosidad femenina, llámele.
—En cada refugio hay dos guardias. Solo en el retén mayor hay un destacamento. O tal vez algo menos que un destacamento. Los hombres van y vienen, uno nunca sabe.
—¿Mujeres? —preguntó Amanda, sorprendiendo al guardia.
—¡¿Mujeres?! No. En ningún refugio y en ningún retén hay mujeres.
—No hay familias, entonces.
—No. Soldados solitarios, muy solitarios. La familia aquí es el recuerdo de que alguna vez se fue hombre.—¿Dejaron de ser hombres?
—Somos soldados, señorita, solo soldados puestos a obedecer.
—¿Y la disciplina?
—El capitán Mediolazo se ocupa de disciplinarnos a todos a puro garrote. Nadie sale ileso donde él comanda —el guardia le confirmó lo que Abundio le dijo sobre el jefe del retén.
—Pero si huelen una pollera acá, se debe poner espeso el asunto.
—Ni que lo diga.
El soldado murmuró, recordando el episodio de la mujer a la que Mediolazo desgarró con su dedo por dentro, el que la pobre infeliz le arrancó con sus dientes en venganza por la tortura que le había infligido y por la que murió desangrada.
—¿Tengo algo de qué cuidarme? —le preguntó Amanda, mirándolo directo a los ojos.
—De todo. Acá hay que cuidarse de todo. De las víboras y alacranes sabe de qué son capaces, pero los hombres son capaces de cualquier cosa.
—Tendré muy en cuenta su consejo —le dijo Amanda.
—Lo bien que hará, señorita.
El soldado le hizo unas señas con su linterna al guardia que se mantenía arriba, apuntándolos con su arma. Desapareció por la estrecha ventanita por la que estaba asomado y, desde otra, la que miraba en dirección al norte, transmitió en morse a la guardia del otro mirador usando la luz de su linterna. Amanda leyó el mensaje sin inconveniente.
«Los Pérez del último puesto vienen con la entrega. Permiso para continuar». Fue el mensaje. Desde la casamata vecina, luego de un tiempo, le respondieron también en morse: «Permiso concedido».
Antes de que el guardia gritara el mensaje, Amanda, en voz alta, lo tradujo.
—Permiso concedido —gritó con energía, sorprendiendo al soldado que esperaba la palabra de su compañero.
El de arriba confirmó lo dicho por Amanda.
—¿Sabe morse? —le preguntó el soldado, extrañado.
—Entre otras cosas.
Y puso la mano sobre el cuchillo verijero que llevaba apostado en la cintura. El hombre entendió de qué le hablaba.
Juan y Frutos lo saludaron con un gesto amistoso. Amanda apenas con un movimiento de cabeza. El soldado la despidió haciendo la venia. No se atrevió a pensar en ella salvo como militar. Sabía que darse máquina resultaba poco inteligente. En medio de esa soledad no había modo de aliviar sus deseos y arriba solo lo esperaba un negro tan fiero como él.
En cada refugio se repitió la misma escena. Solo que los hombres, a medida que avanzaban hacia el retén, eran más callados y circunspectos. No hacían comentario de nada y tampoco se prestaban a diálogo alguno. Todos se mostraban respetuosos con la mujer, esa que venía desde Buenos Aires acompañada por los puesteros.
A medianoche se aproximaron a su destino. Eran cuatro construcciones muy altas, unidas por paredes gruesas que describían un cuadrado perfecto. Se trataba de piedras unidas con cemento, como los antiguos pucará. Su fortaleza hasta parecía exagerada porque un ataque militar era impensado, pero protegían al destacamento de los fuertes vientos que llegaban desde todas direcciones.
Se detuvieron a la entrada de la construcción. Un portón de dos hojas, lo suficientemente grande como para dejar pasar un camión militar, gobernaba el frente del edificio. En medio de la gran puerta, otra más pequeña para que pudiera pasar por ella una persona a la vez. En ella, a la altura de los ojos de una persona de estatura media, una mirilla cuadrada de no más de diez centímetros por lado.
De adentro gritaron a viva voz:
—¡¿Quién vive?!
Juan respondió alzando la voz lo más que pudo:
—¡Juan y Frutos Pérez! Venimos con la entrega que pidió el coronel en jefe.
—¡Esperen ahí y no se muevan!
Amanda miró hacia arriba y vio a varios soldados que los apuntaban con sus fusiles.
—Identifíquense —gritó otro soldado que asomó hasta la mitad del cuerpo, hombre de rostro anónimo, escondido tras un pañuelo mugriento mientras iluminaba la cara del que encabezaba el grupo tratando de reconocer sus rasgos.
—Juan Pérez —dijo Juan, alzando una mano para que reconocieran quién era el que hablaba.
—Frutos Pérez —se presentó sin perder tiempo el compadre, sabiendo que a los tipos no les gustaba que tardaran en responder sus preguntas.
Pero Amanda se mantuvo en silencio.
—¡Usted!
Amanda ignoró la orden.
—¡¡Usted!! ¿No oye?
Amanda se mantuvo impasible.
—¡Usted! ¡La mujer! ¡Identifíquese! —le exigió el soldado que la apuntó directo a la cabeza, iluminada por el otro justo en la copa del sombrero.
—¡Me identifico un carajo! —Amanda se quitó el sombrero para que su rostro quedara por completo a la vista de los soldados—. ¿Quién mierda es usted para preguntar mi nombre? ¿Quién mierda se cree que es para darme una orden? —le gritó, mirándolo desde abajo—. ¿Oyó lo que le pregunté? ¡Respóndame, bolsa de mierda! ¡Soy un oficial superior, pelotudo! ¡Soy un oficial superior! Cuando baje le patearé el culo hasta que sangre. ¡Vaya y busque a su jefe! Dígale que solo hablaré con el coronel en jefe y no con un pelotudo como usted.
El soldado se metió para adentro sin decir una sola palabra. Le hubiera cerrado la boca a trompadas. Amanda esperaba que volviera a aparecer para insultarla o repetirle la orden de que se identificara, y ella lo esperaba para putearlo hasta que se quedara sin voz. Pero el tipo desapareció por la ventanita y no volvía a aparecer.
Supuso que estaba informando a su jefe inmediato. «Estos no se tiran un pedo sin pedir permiso», pensó con acierto. ¿Sería su jefe el mentado «Cuatro Dedos»? Esperó que el soldado volviera con sus nuevas órdenes y así saber cómo seguía el asunto en ese retén que le pareció un cuartel de mala muerte, cuya tropa tenía el aspecto de tipos desahuciados.
Juan y Frutos estaban muy intranquilos, sorprendidos por el comportamiento de Amanda, que a cada momento se ponía más atrevida con los soldados, haciendo valer su condición de oficial superior, algo que ellos desconocían por completo.
Abundio le dijo que debía tener coraje para hacerle frente al «Cuatro Dedos», pero pensaban los dos, cada uno por su lado, que la mujer se estaba pasando de la raya siendo tan insolente con la tropa.
La muchacha había decidido jugar fuerte la partida. Nada de esperar al lobo a campo abierto, donde tenía ventaja sobre ella porque cazaba en grupo, guiando a esa horda de energúmenos desesperados por oler la entrepierna de una mujer, aunque llevara muerta varios días. Para esa caterva sometida al celibato forzoso, el olor de la carne putrefacta de una mujer hasta podía resultar excitante. El guardia del primer mirador se lo dijo clarito: «De las víboras y alacranes sabe de qué son capaces, pero los hombres son capaces de cualquier cosa», lo que estaba haciendo era espantar a la jauría humana.
Ella decidió cazar al lobo en su propia guarida, donde esperaba confiado comer la carne de sus víctimas y regodearse en su sangre derramada. Ella se ofrecía como cebo sabiendo que el tipo no podría resistirse a la presencia de esa carne joven, fresca, oliendo a sangre nueva y a lúbrica humedad entre las piernas.
Lo haría confiar en su machismo y, cuando estuviera bien cebado, lo despacharía como se merecía. Consideró a su favor que, tratándose de una enviada de Buenos Aires y destinada a servir a quien era su superior, también él debería arriesgar mucho al meterse con ella.
—¿Del Puesto de los Pérez, los tres ranchos al ingreso de la zona restringida? —preguntó el soldado, asomándose nuevamente por su ventanita.
—Los mismos.
—¿Traen la entrega?
—¿La entrega? ¿Qué dice, imbécil? ¿Me ve cara de paquete?
—Digo si la mujer viene con ustedes.
—¿No me ve? ¿El soldado es ciego o pelotudo? —gritó Amanda, enfurecida.
El soldado se mordió la lengua para no putearla.
Juan habló tratando de apaciguar los ánimos.
—Confirmado, traemos la… —estuvo a un tris de repetir «la entrega» y se corrigió a tiempo— la señorita sana y salva.
Estaba tan sorprendido como angustiado por la actitud cada vez más provocativa de Amanda.
—Esperen los tres ahí. El capitán Mediolazo está llegando para recibir el paquete.
—¡Paquete es el que te voy a meter por el culo! —gritó Amanda, señalando al soldado con el dedo índice.
Frutos miró a Juan y le guiñó un ojo. No pudo disimular su sonrisa de satisfacción. ¡Tantas veces quiso putearlos a esos matones y debió tragarse sus palabras! El soldado volvió a morderse la lengua para no responder. El capitán le advirtió que no se metiera con «la pendeja esa» porque ese era un asunto de oficiales y no de soldados rasos; él en persona se ocuparía de bajarle los humos «a esa porteña puta y mal aprendida».
Dos soldados abrieron de par en par el portón de ingreso al retén. El capitán Tiburcio Mediolazo llegó en su destartalado y oxidado jeep Land Rover canadiense a donde estaban los hombres y Amanda, quienes se habían apeado esperándolo para poder ingresar. Ella, instintivamente, palpó el cuchillo verijero en la cintura solo para corroborar que allí estaba, por si lo necesitaba para la ocasión; luego apoyó el sombrero del Abundio en el cuerno de la montura para tener las dos manos libres. No quería arruinar ese bello sombrero que debía devolver a su dueño.
Detrás del jeep militar un pelotón venía al trote acompañándolo. Parecían un destacamento perdido desde el tiempo de Olañeta y que había ido a parar a ese pozo del mundo donde morían eternamente de sed los conquistadores.
El capitán, cuando descendió del vehículo, escupió la saliva mezclada con el jugo de la hoja de coca. Se rascó la entrepierna mientras miraba de arriba abajo a la mujer. Se inclinó hacia adelante y se tiró un sonoro pedo que provocó la risotada de sus subordinados. Así empezó la partida, y si así, sin remilgos, se largó el anfitrión, la visita se sintió de inmediato relevada de toda cortesía.
«No sabe con quién se mete», pensó para sí Amanda, y recordó un verso de la crencha engrasada guardado en la memoria desde la infancia y que le vino justo para la ocasión: «soy una mina posta que hizo cancha de entrada».
Mediolazo, o «Cuatro Dedos», como era conocido, era un hombre alto y delgado, de rostro enjuto, ojos pequeños, de un color extraño, gris plomo, sucio, terroso. Rojos de sangre, surcados de infinitas venas que podían estallar en cualquier momento. Bastante narigudo, de los hoyos de su nariz salían unos largos y negros pelos que se confundían con los del bigote.
Abajo, tras la narizota, el bigote abundante tapaba el labio superior, que era de un color oscuro, aunque no tanto como el labio inferior, más manchado por el jugo de las hojas de coca y los cigarros que fumaba a menudo.
La mandíbula inferior se iba hacia adelante con voluntad propia y se remataba en un mentón cuadrado y macizo, algo prominente para esa cara flaca y pellejuda.
Estaba sin rasurar de varios días, lo que le daba un aspecto muy sucio. Como era bastante cogotudo, la barba se estiraba casi hasta el pecho y ahí se mezclaba con el vello. Una redonda y gruesa nuez de Adán sobresalía de ese pescuezo agarrotado y flanqueado por dos arterias gruesas como tubos.
Andaba siempre mal presentado y, si no estuviera recluido en ese retén vistiendo un roñoso y roído traje militar del que apenas se le distinguían las insignias, se lo podría tomar por un pordiosero. Llevaba desatados los borceguíes, mal prendida la camisa y la bragueta a medio abrochar, algo que dedujo Amanda llevaba a propósito para exhibir su pene ante ella como si se tratara de una condecoración que ella debía recibir ansiosa.
Ver la bragueta medio desabrochada fue estímulo suficiente para volver a tocar el verijero, acomodado atrás, en la cintura, contra el cinto del pantalón. Si con él se podía carnear a un animal, ni pensar lo que haría con ese apéndice flácido que pendulaba entre las dos huesudas y descarnadas piernas del militar.
En su entrenamiento aprendió a capar carneros y a cortar la yugular de la garganta de las vacas en un solo movimiento, y estaba más que dispuesta a amputarle el pito al milico ese, mal entrazado y mal oliente. Degollarlo era más fácil pero inconveniente. Con un movimiento rápido y preciso, Amanda sabía que podía cortar la garganta del fulano y hacerlo desangrar delante de su roñosa jauría. Pero sabía que en ello le iría la vida. No bien la cabeza del hombre se separara lo suficiente del cuello para mostrar la intimidad de la garganta cercenada, la manada se arrojaría sobre ella para devorarla en venganza por la muerte de su menesteroso macho alfa.
El capitán llevaba una gran linterna. Sin saludar alumbró a Amanda directo a la cara. Ella no se inmutó. Eligió una partida brava y había que jugarla como se presentaba: si no había liga, mentiría el envido, y si la racha seguía mala, mentiría el truco. Pero bajo la manga tenía bien guardado el as de espadas bien afilado, para sacarle las tripas al fulano que se vanagloriaba de ser descendiente del visitador Areche.
Juan y Frutos adivinaron los gestos de la muchacha y rogaban que el asunto no se le fuera de las manos y que pronto los dejaran marcharse sin mayores inconvenientes, Amanda continuando hacia su destino y ellos volviendo donde la ranchada.
—¿Y esta pendeja raquítica nos mandaron? —exclamó Mediolazo mirando a la recién llegada—. ¿Qué mierda tienen en la cabeza los de Buenos Aires? —preguntó mientras daba vueltas como perro loco alrededor de la muchacha, y para cerciorarse de si llevaba cuchillo a la cintura, cosa que comprobó por el brillo de la luz contra la alpaca del mango
—¿Se creen que este es un desfile de moda esos porteños de mierda?
Amanda dejó caer los brazos a cada lado de su cuerpo en señal de relajamiento para que el hombre creyera que estaba resignada y sin fuerzas. Mediolazo se acercó a ella y la alumbró de nuevo de la cabeza a los pies. Luego se aproximó aún más y la olía como si fuera un sabueso reconociendo a su presa. Retrocedió unos pasos y miró a la tropa que sonreía embobada.
—Los voy a dejar oler a esta pendeja porque este perfume no lo van a volver a sentir en toda su puta vida de soldados. —Señaló en dirección a la entrepierna de Amanda—. Aunque está disfrazada de militar, abajo solo hay una conchita casi nueva. —Con su dedo gordo e índice simuló el tamaño del sexo de Amanda—. Poco uso, lo puedo percibir por su olor. Pero ya no es virgen, sépanlo tagarnas. Si quieren una virgen vayan a la iglesia, que es en el único lugar del mundo en donde van a encontrar una. ¿Entendieron?
—¡¡Sí, señor!! —Gritó a viva voz el pelotón.
—Yo huelo una virgen a kilómetro y medio de distancia y esta huele a puta lista a ser servida por una buena tropa necesitada de amor. —Aspiró ruidosamente varias veces. —¡Huelan, soldados, huelan! —La tropa aspiraba ruidosamente el aire frío y seco.
—¿Necesitan amor? —preguntó imperativo a sus soldados
—¡Sí, señor!
—¡No se oye! ¡Más fuerte!
—¡¡Sí, señor!! —gritó a viva voz ese séquito miserable.
—Así escucha la señorita y va abriendo las piernas para lo que viene. —Regresó sobre Amanda y la miró a los ojos.
—¿Así que te gusta dar órdenes, pendeja?
Amanda le sostuvo la mirada y no le respondió. El hombre retrocedió y giró mirando a donde estaba la soldadesca.
—A ver, che, vos, el petiso de la izquierda. —Llamó a un soldado que estaba en la primera línea.
—Andá a traerme a alguna india que le saque a esta infeliz el disfraz de militar que le pusieron los indios estos. —Señaló a Juan y Frutos—. Estos “Pérez” de mierda, como todos los “Pérez” de mierda que abundan por estos pagos de mierda, creen que están en el carnaval de la Pachamama y disfrazan a las copetudas mal educadas para divertirse.
“Cuatro dedos” caminó hasta Juan y se paró frente suyo, mirándolo fijo a los ojos.
—Seguro que fue la gorda esa, la que el baqueano se monta cada tanto, la que la disfrazó de ese modo, ¿verdad? Les gusta burlarse del ejército, ¿no es cierto? Se disfrazan de militares para burlarse de nosotros.
Tomó la cabeza de Juan y hablándole a los gritos al oído, le dijo:
—Esa gorda te va a traer mala suerte, indio bruto. Yo sé que te la culeás cuando el viejo Abundio se va por los caminos de Dios. Pero llevate de mí consejo, indio sucio, buscate una buena chancha que es mejor que esa gorda asquerosa.
A la chanca, cuando acabás, dale una buena garroteada hasta dejarla morbosa, y vas a ver que no te sigue a ningún lado, porque hasta las chanchas aprenden más rápido lo que no hay que hacer, que esa mujer roñosa con la que convive el Abundio.
En ese puesto de mala muerte conviven todos como judíos del desierto oliéndose el culo unos a otros. ¿No es así? –Juan se mantuvo callado porque no sabía si debía responder.
—Te hice una pregunta, indio de mierda. ¿Conviven o no, como jodidos judíos del desierto oliéndose el culo unos a otros?
—Sí, señor.
—¡Más fuerte!
—¡¡Sí, señor!!
—Así me gusta. —El capitán caminó alrededor de Juan—. Si querés librarte de la gorda, y este es un consejo que te doy casi como un padre, la tenés que matar. Matala como mejor sepas hacerlo, pero hacelo rapidito, y yo voy a hacer como que nunca me enteré de tu crimen.
Haciendo la señal de la cruz le ordenó a Juan que se pusiera de rodillas. Frutos sostenía la vista al frente, casi sin pestañar, y Amanda, más atrás, seguía la escena sin perder la calma. Sabía que la humillación contra Juan buscaba sacarla a ella de las casillas. Como aquel interrogador, cuando se presentó como aspirante enviada por su padre. El que se pone nervioso, pierde. Gran enseñanza.
—Estás perdonado hijo de tu crimen. –Impostó la voz Mediolazo imitando a un cura y posando su sucia mano sobre la nuca de Juan–. Después dejá su cadáver a los buitres que ellos comen cualquier mierda. ¿Entendiste?
—Si, señor.
—No te oigo.
—¡¡Sí, señor!!
—Si no la matás, indio sucio, estará ahí para desgraciarles la vida a todos.
Juan, aun de rodillas, bajó más su cabeza tratando de esquivar la mirada del capitán y guardó un prudente silencio.
—¿Y la india? Para cuándo ¡carajo! —Miró a la tropa y gritó mientras el soldado corría hacia el interior del retén buscando a alguien que no existía.
Mediolazo regresó donde estaba Amanda esperándolo inmutable. La olió nuevamente como un perro. Giró alrededor de ella olfateando a veces a centímetros de su cara. Aprovecho a observar con más detalle el verijero.
—Díganle a la india que traiga para lavarle la cosita, debe apestar después de cabalgar un día. El coronel huele las vaginas más lejos que yo, tiene olfato bien entrenado para los flujos femeninos, y no queremos por nada del mundo que se le eche a perder la mercadería que compró en Buenos Aires. ¡Con lo que la habrá pagado!
Moviendo de arriba abajo, su cabeza comenzó a repetir sin emoción:
—Mirá lo que nos mandaron los porteños, –y coreó varias veces–, mirá lo que nos mandaron los porteños…
Se detuvo frente a Amanda y fijó su vista en la escarapela.
—¿Y esta mierda? ¿Qué hacés con esta mierda prendida en el pecho, pendeja? —Dijo mientras señalaba la escarapela con su dedo roñoso—. Sos puta, ¡no patriota! “Puuu-ta”. Como suena: “puuu-ta”. —Canturreó escupiendo la cara de Amanda—. Así que sacátela rápido porque verla entre tus tetas me dan ganas de vomitarlas.
Amanda observó la mano del capitán acercarse a su pecho y llevó la suya a la cintura, hasta el cuchillo verijero. Si tocaba la escarapela o rozaba sus senos, iba a amputarle al tipo otro dedo, y eso si tenía suerte de no perder alguno más en la cuchillada. El hombre observó el rápido movimiento de la mano de la mujer, y retiró la suya, claro del peligro que corría, con los años había aprendido que subestimar a un enemigo podía resultar mortal.
—Seguro te la dieron estos indios de mierda, ¿verdad? ¿Cuántos años hace que estos indios de mierda vienen jodiendo con sus boludeces de la guerra gaucha? Tengo las pelotas como dos melones de estas huevadas de los indios. ¿Por qué Roca no los mató a todos? ¿Eh? ¿Por qué fue blandito con estos mierdas? —Escupió a los pies de Amanda?— ¿Por qué tenemos que seguir dándole de comer a estos animales? Vos que venís de Buenos Aires a darnos lecciones, ¿no me lo querés explicar?
Mediolazo se arrimó como si fuera a abalanzarse sobre Amanda. Ella se preparó para apuñalarlo.
—Si te atrevés a tocarme, en vez de “Cuatro dedos” te van a llamar “Sin pelotas”, porque te las voy a cortar de un solo tajo.
El capitán se dejó tentar por el desafío y empezó a perder la proporción de las cosas. Detrás suyos, un alcahuete del coronel en jefe apreciaba la escena en silencio. Mediolazo se relamió libidinoso.
—¿Querés desafiarme a duelo de cuchillos? Vos no solo sos puta, sino que sos loca. —Le dijo echándole su aliento pútrido en la cara—. Hace mucho que no cojo y vos me vendrías muy bien para sacarme toda la leche que tengo. Apostemos, apostemos. A cuchillo. Si vos ganás, me cortás las pelotas como me amenazas, si gano yo… No querrás que te diga lo que te voy a hacer. ¿Querés, pendeja?
—Lo que quiero es que me dejés de joder y ordenés que me conduzcan a donde me espera el coronel en jefe. —Amanda le respondió en voz muy baja para que la tropa no pudiera escuchar lo que decía. En cambio, “Cuatro dedos” gritaba a viva voz para exaltar a la partida contra la mujer—. Lo único que vas a coger de mí es un puñal en medio de tu ojete, así te cagás muriendo en sangre. —Mediolazo le dijo al oído “perra de mierda, vas a rogar después de que te coja toda esa tropa, que te deje tocarme la pija”.
—¡Apuesten! ¡Apuesten! —gritó Mediolazo ofertando—. ¿Cuánto dura la raquítica esta cuando conozca mi pija? ¿Cuánto dura la porteñita engreída? ¿Un polvo? ¡Paga diez mil pesos! ¿Un día? ¡Paga cinco mil! ¡Una semana! ¡Mil pesos! ¿Un mes? ¡Gratis! En un mes de cogidas no va a servir ni para fregar la bombacha. ¡Apuesten! ¡Vamos! ¡Apuesten! Vos, cara de nada –dijo señalando a un soldado que lo miraba asustado–, decime ¿Cuánto dura la pendeja? ¿Un día? ¿Dos días? ¿Tres días? ¿Cuántos?
—¡Un día, señor! ¡Un día! —gritó el soldado obediente, riendo y haciendo estallar en carcajadas a los otros.
—Cinco mil pesos roñosos apuesta este maricón. ¿Quién da más? ¿Quién da más? Aquí dijeron un día. Vos —señaló a un soldado— ¿Una semana? ¡Mil pesos! —Miró hacia el fondo de la fila—, el narigón de atrás dijo “una semana”. ¡Mil pesos! Vamos, vamos, ¿quién da más? Vamos, vamos, alguien que suba la apuesta. ¿Un día? ¡Cinco mil pesos! ¿Quién dijo un día? Dos semanas, vamos, vamos, alguien que apueste que la pendeja no aguanta ni un polvo del capitán “Cuatro dedos”. ¡Apuesten! Que la pendeja está muerta de hambre, ¡viene a buscar hombres de verdad!, porque en Buenos Aires ya no quedan.
—Indios abstenerse, no queremos líos ni con negros ni con indios, esta es cosa de blancos. ¡Apuesten! ¡Apuesten!
Yo voy con diez mil pesos a que ni dura un polvo. Después se la mandamos al coronel en jefe para que se la chupe como un caramelo. Más tarde la tira acá para la tropa, así podrán tenerla como una perrita que les lama bien lamido el pito a todos. El que se la abotona, gana.
¡Apuesten! ¡Apuesten! ¿Vos? ¿Tres semanas? –Un soldado mostró tres dedos para indicar su apuesta–. ¡Ah! Le tenés fe a la pendeja. ¡Tres semanas! ¿Alguien más?
Se detuvo frente a Frutos. Pensó que, si la mujer vino a buscar roña y no llegaba a desquitársela, hacerlo “cagar al indio mudo” le daría una satisfacción, aunque fuera menor.
—¿Y vos indio? ¿No querés apostar? —le preguntó mirándolo a los ojos—. Decime: ¿cuánto dura este cacho de carne que nos trajiste? –Fruto también lo miró a los ojos y habló sin temor.
—Para toda la vida.
—¡Qué tal el indio! ¡Aprendan del indio, tagarnas! ¡Indio agrandado! —Gritó Mediolazo entre risas.
—¿Hablaste con la Pachamama y te dijo que va a durar para toda la vida? ¡Dejate de joder indio o te voy a hacer cortar la lengua por insolente! ¡Las mujeres son una calamidad! ¡Una de las siete plagas que nos mandó Dios! ¡Indio mamado! Una calamidad no puede durar para toda la vida, hay que extirparla. ¡Apuesten! ¡Apuesten! ¡Vamos a extirpar esta calamidad! No le lleven el apunte al indio que está empedado con chicha barata.
—Va a durar toda la vida. —Frutos, atrevido como nunca, insistió redoblando la apuesta al “Cuatro dedos”. Juan lo miró un tanto sorprendido y un tanto resignado. Pensó para sí “de algo hay que morir”, dispuesto a la pelea si se presentaba, pero vio decepcionado que el cuchillo caronero había quedado demasiado lejos de su mano, debajo de las caronas de su caballo.
—¿Esta porquería va a durar toda la vida? —Le habló a Frutos, pero mirando a Amanda—. No indio estás equivocado. Y te lo voy a probar ahora mismo, no me aguanta ni una chupada de pija. Pura espuma la mocosa, la voy a hacer cagar sangre, apenas se la acomode entre las nalgas.
Entonces, el “Cuatro dedos”, el nombrado capitán Tiburcio Mediolazo, quien orgulloso decía ser descendiente del visitador Areche —el que ejecutó a Tupac—, solo por hacer honor al desafío que le presentó la mujer esa, recién llegada, enviada por Buenos Aires a prestar servicios bajo el mando del coronel en jefe, se paró delante de ella con sus piernas abiertas, dispuesto a cumplir su palabra de macho endurecido en la soledad de aquella parte del mundo. Apoyó sus brazos en jarra en las caderas, desafiante. Rio a carcajadas. Su boca mostraba la falta de muchos dientes, algunos perdidos en peleas y otros podridos, y lanzando pequeños escupitajos a la cara de la muchacha, esperó expectante la reacción de la intrusa, listo para vejarla las veces que se le vinieran en ganas.
Los soldados reían a carcajadas. Los que estaban arriba, en el mirador, distraídos por esa escena, dejaron de apuntar a los recién llegados y miraban a los contrincantes excitados por lo que observaban.
Amanda no le aflojó la mirada, y cuando lo tuvo en la medida justa, ni lejos ni cerca, cuando pudo medir la distancia precisa desde donde le llegaba su aliento podrido le dijo en una voz casi imperceptible:
—Hoy es el último día en que vas a tener esas pelotas que cuelgan entre tus piernas. Ya te lo dije, después de mí, no te van a apodar más “Cuatro dedos”, te van a llamar “el viejo sin pelotas”. Viejo y castrado. Viejo y capón. Vas a servir para señorita de alguno de estos, porque de hombre no te voy a dejar nada, no te va a servir ni para mearte encima.
Mediolazo frotó su cara con una mano y se estiró lo que pudo para tantear con la otra una mano de Amanda. Pero ella no la retiró, como suponía el capitán que haría. Estaba dispuesta a cebarlo hasta que perdiera la cordura por completo, de ese modo no podía predecir qué le esperaba y ella ganaba tiempo para diseñar su estrategia. De paso dejó que sintiera la rudeza de sus manos, con las que podía caparlo igual que a un carnero.
“Cuatro dedos”, en efecto, sintió esos dedos fuertes y se sorprendió. Pero el roce lejos de amilanarlo lo excitó aún más y Amanda lo dejó que se entretuviera con el intrascendente roce de sus dedos. Mediolazo equivocó el sentido de la caricia.
El capitán retrocedió un par de pasos, solo para poder apreciar a Amanda de cuerpo entero e imaginarla desnuda con su verga en la juvenil vagina. Esa alucinación lo desquició por completo.
Deseaba morderla hasta sangrarla. Morderle los senos, la vulva, donde pudiera clavar sus pocos y podridos dientes. La penetraría de todas formas y luego le haría tragar su semen, mezclado con roña, con mierda, con liendres, con sangre.
La dejaría tirada, sobre el camastro sucio o boqueando en la letrina con mierda, desnuda, tirada sobre los orines y excrementos, exhibiendo sus intimidades inflamadas, bien servida por un auténtico macho endurecido en los desfiladeros de esa tierra aniquiladora, un soldado heredero de la bravura de los primeros conquistadores. Si esos fueron capaces de aniquilar imperios enteros y esclavizar multitudes, y como verdaderos leones humanos devorar a sus crías para que ya no se perpetuaran en pérfida descendencia, qué no haría con esa “porteña puta” que había venido a soliviantarse frente a su tropa, para humillarlo como si apenas fuera un sirviente y no un oficial de la milicia.
Él, autoproclamado descendiente de Areche, el que mató al sublevado ese y a toda su familia, se saciaría en ese cuerpo juvenil hasta que se secaran sus testículos de satisfacción.
Se lo prometía y era hombre de palabra: la dejaría sangrando por la vagina, por el ano, por la boca, a la vista de los todos los soldados que se reunirían en manada a aullar sus deseos, y solo cuando se hubiera satisfecho de ella por completo, la sortearía entre la tropa para que se la pasaran de a uno hasta que todos agotaran su semen en ese cuerpo núbil que ya no serviría para nada.
Mediolazo aspiró el aire reseco de la noche con una fuerza que lo despabiló y pasó su lengua por los labios en un obsceno gesto.
Sacó un cigarro de tabaco negro de su bolsillo trasero y con un yesquero lo encendió. Echó el humo del habano directamente al rostro de Amanda y ella sintió en ese preciso instante una descarga extraordinaria, una hiriente electricidad en su cerebro, que partió de los olores incrustados en su nariz, hasta la intimidad misma de un suceso que no podía recordar en su precisa dimensión. La voz de Anita, esa vez sí sonó desde un momento de su infancia indescriptible, desdibujado, impreciso; era una voz entre oscuridades que repetía una historia oculta desde siempre. ¿Qué recuerdo provocaba en ella ese olor rancio y penetrante? No podía describirlo a ciencia cierta. Solo intuía por su dolor que se trataba de otro dolor, pero inconmensurable.
Algo en sus íntimos tejidos se conmovió justo al instante en que el humo entró por su nariz. Se vio a sí misma en una cama, aplastada por una figura enorme, obesa, que fumaba un enorme habano mientras le pasaba la lengua por el cuerpo. Un calor homicida nació de ese recuerdo inexplicable y circuló desde sus pies hasta su cuero cabelludo. Debió respirar varias veces por la boca para alcanzar todo el oxígeno que necesitaba para calmar su ira. Mediolazo vio su boca abierta, su húmeda lengua inquietante, y sintió la suya amarrada a esa, pequeña rosa de papilas suaves y jugosas.
—¿Te gusta abrir la boca para provocarme? ¿Querés que te coma la lengüita?
Mediolazo escupió hasta el fondo de la garganta de Amanda la pasta negra de la saliva, la hoja de coca y el tabaco.
—Si andás buscando algo que ponerte en la boca, yo te puedo ofrecer algo mejor que mi lengua rasposa.
Todos los hombres miraron asombrados hacia la muchacha, que de frente al hombre no daba ningún signo de acobardarse. Tragó la pasta asquerosa que le escupió el otro, y a su vez lanzó un gargajo tan oscuro como la noche derramada a los pies del capitán desbocado.
Él llevó su mano a la bragueta y manoseó su miembro. Fue ese gesto libertino que devolvió a su memoria una lección única durante su entrenamiento que no volvió a repetirse.
El instructor le habló de los puntos débiles de los varones para que pudiera defenderse en caso de precisarlo. De todo lo que le habló, de todos los lugares sensibles que describió en el cuerpo de un varón, nada se comparaba al dolor que provocaba una buena patada en las pelotas. No cualquier patada, le explicó detalladamente. Una patada que solo podía gestarse en el supremo deseo de la supervivencia o de los instantes previos a un homicidio premeditado.
Una patada ni larga ni corta. Justa, precisa.
—Si la patada es larga —recordó le dijo—, golpea más allá de los testículos, en la raya del culo, debajo del ano. —Le habló así, sin rodeos, porque el hombre no sabía expresarse de otro modo—. Doler, duele. ¿Me explico? —Recordaba Amanda que le preguntó el instructor y ella movió su cabeza asintiendo—. Pero es ineficaz. Si la patada es corta, —explicó mostrando la zona—, pega en el miembro, y con algo de suerte en la vejiga. También duele, pero también es inútil.
Si se pasa de la vejiga y pega en el vientre —le indicó señalando el suyo—, el desgraciado puede tomarla del pie y hacerla caer. Entonces, muchacha, apriete bien la entrepierna porque antes de que se dé cuenta el tipo la habrá ensartado y acabado adentro. —Amanda lo miró sin prejuicios, esperando que el hombre culminara con su lección.
—La cosa no es maltratar al infeliz por ser un hijo de puta que se quiere aprovechar de una mujer. Si no sacarle las ganas de joder, y que por un buen rato no pueda moverse. Eso da tiempo como para retirarse a prudente distancia o huir en busca de buena protección. —Así que la patada debía ser justa, ni larga ni corta.
—Tampoco de puntín –le dijo–, porque un pie chico como el suyo sí patea de puntín capaz que acaba en la entrepierna, justo al lado de los testículos, contra el muslo, donde está la coyuntura interna de la pierna. Con suerte podrá rozar un huevo y causar dolor, pero, —repitió—, el asunto no es infligir dolor al otro. O, mejor dicho, es infligir el suficiente dolor para que el atacante no pueda tomarse revancha. Usted debe dejarlo fuera de operaciones. —Y se rio con ganas por su descripción.
Así que la patada debía ser con el pie algo chanfleado, “así, así” le explicaba torciendo su propio pie para que ella aprendiera la inclinación justa en que debía torcerlo para descarga la patada justo contra los dos testículos.
—¿Zurda o diestra? –Recordó que le preguntó el entrenador.
—Zurda. –Dijo ella.
—Entonces la patada con la izquierda. Seca. Fuerte. Bien direccionada. Con el pie chanfleado un poquito hacia la derecha, como le expliqué.
Después de eso, le recomendó, volver con ese pie y esperar firme que el tipo se doblara para agarrarse las pelotas. Y cuando se retorciera del dolor, ahí nomás, sin perder tiempo, sin piedad —estaba de más decirlo— una patada con el pie derecho a la nariz, de abajo hacia arriba, para rompérsela, y si con el taco golpeaba la boca, podía romperle también los labios y unos cuantos dientes.
—Hay que torcer un poquito la punta del zapato para arriba, para agarrar bien de abajo a la nariz. Llevado por la fuerza de la patada, el pie sigue, pero el taco rompe la boca y los dientes. El tipo no sabrá si agarrarse las pelotas, la nariz o la boca. Tres dolores al mismo tiempo y solo dos manos. Así de limitada es la naturaleza humana, ¿se da cuenta? El tipo queda fuera de combate, se lo aseguro. Si usted aprende a defenderse como le enseñé, sepa que hasta el más avivado de los hombres llevará la peor parte.
Recordando ese aprendizaje miró al gallito Mediolazo de frente y calculó su patada. Ni larga ni corta. Justa y precisa. Tuvo que acercarse un poco más para estar a la distancia adecuada.
El otro desabrochó los botones restantes de su bragueta y sonrió tentado por la situación. Amanda, provocativa, se mojó los labios con su pequeña lengua.
—¿Anda apurada por probar? —preguntó “Cuatro dedos” al observar el gesto—, ¡haberlo dicho! La hubiéramos servido antes con todo gusto y nos ahorrábamos todo este bochorno. ¡Con lo caliente que estoy con voz, pendeja de mierda!
Amanda, con sus dos manos, le indicó que avanzara hacia ella. Y el hombre, ya listo a sacar su caliente pene erecto, avanzó confiado.
La pata fue precisa. Realmente justa. Ni larga ni corta, como le enseñó el instructor. Algo chanfleado el pie como le explicó aquel hombre. El borceguí hizo lo suyo, con su punta redondeada, chata y poderosa.
Golpe pleno en las dos pelotas. Fue tan fuerte que sonó a músculo partido, a tejido aplastado; sonó tan rudo que espantó a la tropa que aulló dolorida como si a todos ellos los hubieran pateado las pelotas al mismo tiempo.
El escroto de Mediolazo se llenó de sangre, y si hubiera tenido oportunidad de mirarlo, habría visto como adquiría el color morado del coágulo. Ya no tenía dos testículos, eran dos guindas oscuras y reventonas.
El hombre se dobló hacia adelante, descontrolado por el intenso dolor en sus testículos aplastados. Y entonces, en su nariz, de abajo hacia arriba, como le dijo el instructor, una patada con la fuerza de una mula lo sorprendió. Volaron por el aire los pocos dientes que le quedaba. Cayó hacia atrás, agarrado de sus pelotas y sangrando por la nariz y por la boca. Desmayado, golpeó la nuca contra la dura tierra.
Un comedido desenfundó su arma y pareció dispuesto a dispararle a Amanda. Pero el correveidile del coronel en jefe, quien siguió la pelea en absoluto silencio, gritó “¡Soldado, guarde el arma!”, y el milico se contuvo llevado de la orden de ese superior.
—Toda la tropa dos pasos atrás –gritó decidido el alcahuete–. Despejen el lugar, cada uno a su litera —ordenó—, y al que jode le hago dar una paliza que se va a acordar de mí para toda su puta vida. ¡Quince días de solitario al que se hace el boludo!
La soldadesca reconoció a ese jefe, obediente se retiró como le fue mandado. Amanda quedó frente al cuerpo del capitán Mediolazo, quien permaneció allí tirado, despatarrado, prendido a sus pelotas con las dos manos. Juan y Frutos no pudieron alzar la vista para mirarla, tan satisfechos que estaban. Sus expresiones de felicidad les hubieran costado varias semanas de calabozo solitario. Ella volvió donde el reyuno, se acomodó el sombrero que había dejado en el cuerno de la montura, y montó el caballo para ingresar con suave trote al retén sin que nadie se atreviera a molestarla, seguida de a pie por los dos puesteros.
Los guardias cerraron la gran puerta doble del retén mientras miraban el cuerpo inerme de su jefe, abandonado al frío de la noche en medio de una abundante sangre que brotaba de su nariz y de su boca rota.

Amanda Da Silva, enfrenta a «Cuatro dedos» (retrato de autor desconocido)

***

XXXIII – Preparativos 

Almena negra, inaccesible. Por la antigua degolladura de los muros se podía arponear la inmensidad en todas direcciones; pero no había nada a que temer, ningún enemigo a la vista desde hacía más de ciento cincuenta años; todos habían sido muertos en los calabozos de los encomenderos o destripados en los cristianos rituales expiatorios de la santa inquisición por no evangelizarse con la devoción exigida.
Los guardias aburridos, que tutelaban en esas alturas, exhibían sus feos rostros enjutos y arrugados. Quemados del viento y del sol, resecos como todo aquel paisaje, mal afeitados y con lamparones de una sarnilla incorregible que atormentaba sus días con una picazón imposible de remediar, tenían un aspecto sepulcral del que no podían prescindir para parecer temerarios. Se mantenían aferrados a sus oxidados fusiles, amenazando al pasado que no podía regresar de sus inmisericordes sepulturas bajo siete pies de tierra, y observaban la extensión sin encontrar dónde reposar la mirada en kilómetros a la redonda. Eran la escoria de una hueste condenada a servir en una tierra desconocida y a la que ninguno de ellos recordaba cómo había llegado ni tenía la menor idea de cómo huir hacia algún destino más humano. Los pocos que se habían atrevido a la fuga fueron cazados por Mediolazo luego de perseguirlos cierto tiempo como un entretenimiento, y desollados vivos para escarmiento de toda la tropa. De vez en cuando, algún linchamiento tuvo lugar, una recreación del crimen de Tupac, para satisfacer la vanidad del «Cuatro dedos».
Solía Mediolazo incitar al motín porque le deparaba un divertimento que lo complacía como pocas cosas. El sexo, su máximo placer, estaba vedado no por asunto religioso o reglamentario alguno, sino porque las pocas mujeres que fueron condenadas a servir allí murieron tan rápidamente que apenas si alcanzaron a satisfacer la libido del capitán, quien las bebió sorbo a sorbo hasta dejarlas piel y hueso, exangües, cuando no atormentadas como aquella a la que desgarró el útero con su propio dedo, el que la mujer arrancó y masticó en venganza mientras se desangraba hasta la muerte.
Tras los gruesos muros del retén que ponían a la tropa a resguardo del revuelo de los vientos que tocaban con la punta ardiente de sus aljofarados dedos el largo y ancho brocado de piedra, los pilones descendían despiadados buscando el suelo como una advertencia a los visitantes. Allí se hundían como colmillos inagotables.
Amanda era indiferente a esa amenaza de la arquitectura. Ni la amplitud del recinto militar ni su mugre y oscuridad la atemorizaban. Su andar sereno montada sobre el reyuno que trotaba lento testimoniaba su serenidad. Lucía la escarapela que se había hecho más brillante a pesar de la oscuridad de la noche cetrina, rutilando con sus luces blancas y celestiales los rostros circunspectos de los soldados que la observaban cabalgar sin que ella los mirara siquiera de refilón. La escarapela los sustrajo por un instante de sus remordimientos y los devolvió a una condición que habían olvidado por completo.
A su espalda, mientras se dirigía al despacho donde la esperaba el alcahuete del coronel en jefe, quien había tomado el mando del retén, Amanda oyó el batifondo de una cuadrilla que recogió al «Cuatro dedos» para encerrarlo en un calabozo. El dominio del «corregidor Mediolazo» había llegado a su fin de la punta de un borceguí calzado por una mujer que parecía insignificante frente a ese hombre ansioso de eyacular un homicidio.
El lugar era misérrimo, muy amplio pero muy sucio. Resultaba un despiadado cuadrado incrustado en medio del desierto como un inexplicable corral de sombras.
A la derecha, una amplia cuadra dejaba ver una multitud de pobres literas en el piso donde dormía la tropa cuando podía. En cada camastro una especie de poncho calamaco negro de mugre, roído y maloliente, parecía ser la pobre manta con la que se protegían del frío de la noche. Pero Amanda supuso que cuando el calor arreciaba, esa pocilga debía ser insoportable para la estancia de esos hombres.
A la izquierda, una amplia galería estaba destinada a algunas caballerizas donde un reducido número de caballos y vehículos compartían el resguardo. Los caballos eran flacos y huesudos y los vehículos abollados y oxidados.
Los calabozos, que abundaban distribuidos a cada lado, estaban en los sótanos de la fortificación y a ellos se accedía por varias entradas de algo más de un metro de lado, todas obturadas por unas tapas de cemento de unos quince centímetros de grosor y que tenían cuatro argollas incrustadas en cada ángulo para poder alzarlas y permitir el acceso de los verdugos y los castigados a la profundidad de esas mazmorras donde purgar los castigos ordenados, hasta entonces, por Mediolazo.
En los fondos, opuestos a la amplia entrada del retén, mirando a los portones de ingreso, estaban los despachos de los jefes, protegidos por unas barricadas altas y panzudas. De todos sobresalía el que hasta entonces usó Mediolazo, ubicado al centro de la construcción. A sus lados, varios pequeños reductos destinados a oficinas de oficiales de menor gradación de paso o con destino en el retén, donde se apilaban papeles roñosos que eran el deleite de una multitud de pequeñas lauchas de pelaje de color negro intenso y pequeños ojitos rojos, sumamente dañinas, impasibles a la presencia de los hombres (a las que los hombres ignoraban con igual indiferencia), que devoraban los legajos con entusiasmo mientras dispersaban sus heces redondas por todo el piso de las habitaciones.
Altas escaleras de cemento y hierro en los cuatro vértices y otras en cada uno de los dos costados llevaban a los soldados a las terrazas donde se vigilaba la amplia escena del desierto.
Desde esas alturas se podía ver un camino lateral a dos leguas de distancia que arreciaba un tumulto sordo de oscuridades que desconcertaba y que parecía dirigirse en dirección a la mansión donde vivía el coronel en jefe, muchas leguas al norte. Allí las noches se hacían precipicio y en sus intimidades más profundas sonaba el potente ruido de una manga de langostas entre disparos de fusil, cañones atronadores y el tableteo de unas tacuaras sobre los guardamontes de unos caballos que galopaban al rumor de los aceros que chocaban.
En cambio, en un cubículo de mala muerte donde permanecía encerrada una anomalía de la naturaleza, crujían unos relumbrones de luz color de kerosene que dibujaban unos círculos naranjazules. Pocas veces, pero muy recordadas, una voz aflautada daba órdenes a una hueste invisible que se batía entre dos fuegos cruzados allende el valle de Vilcapugio, donde la muerte acechó a los expedicionarios hasta derrotarlos.
Los soldados se decían entre ellos en voz baja para que la autoridad no los pescara murmurando que se trataba de un fantasma de batallas pasadas que esperaba ser redimido de su encierro, y que la mujer esa, joven y bella, que había aplastado los testículos del temido capitán Mediolazo como dos frutas podridas, venía a conjurar ese espanto que clamaba a los gritos la piedad de Nuestra Señora de la Merced, la única que podía aliviar sus sufrimientos tan pegados a la flacura de sus carnes y los reumas de sus gastados huesos.
Cuando Amanda se apeó de su caballo y se dispuso a atar al reyuno seguida de los puesteros que hicieron lo propio, todos los soldados se quedaron observándola. Ella les devolvió la mirada y todos al mismo tiempo bajaron la cabeza en señal de respeto.
El alcahuete del coronel en jefe salió del despacho del comandante y se quedó observando a la mujer y a sus dos acompañantes.
Era un hombre alto y corpulento. De cuello grueso, espalda ancha y hombros muy redondos. Los brazos parecían muy fuertes a pesar de que estaban cubiertos por las mangas de la chaqueta militar. El tórax describía un trapecio perfecto, ancho de hombro a hombro y afinado en la cintura. Pero las caderas eran fuertes tanto como sus dos largas y gruesas piernas.
Su rostro, en cambio, tenía algo infantil que Amanda no lograba definir. Tal vez fueran sus ojos claros o su sonrisa leve. La piel muy curtida del sol y el viento no había perdido su lozanía. Llevaba el cabello negro rasurado al ras para evitar los piojos y estaba bien afeitado. A pesar del frío no llevaba abrigo alguno.
De pie, frente a ellos, parecía más alto porque su cabeza casi tocaba el marco de la puerta de entrada al despacho. Sus manos se movían acompañando sus palabras; eran manos fuertes y grandes, de dedos anchos, largos y callosos. Amanda dedujo por su aspecto y su comportamiento que estaba sirviendo en ese destino desde hacía tiempo.
—Los hombres pueden comer y dormir antes de partir de regreso —dijo señalando a Juan y Frutos.
Su voz varonil sonó en la noche con claridad. Varios soldados alzaron la vista para mirar en dirección a donde se hallaba ese jefe.
—¿Con quién trato? —preguntó Amanda displicente.
—Soy jefe de todos los retenes que preceden el lugar a donde usted debe dirigirse, delegado del coronel en jefe con grado de capitán de milicia —respondió—. Me eximo de darle mi nombre porque no es necesario.
—¿Y en esas pocilgas piojosas van a descansar estos hombres? Venimos de una dura travesía. Le agradecería que les dé un lugar decente y comida que no sea charqui.
Amanda le reclamó al tiempo que se descubrió su cabeza y dejó a la vista su rostro. El capitán la observó con detenimiento, pero sin expresar ninguna emoción, y eso que hacía mucho que no veía una mujer tan joven y bella.
—Como usted ordene.
A un lugarteniente suyo le impuso atender a los puesteros hasta que partieran.
El capitán invitó a Amanda a entrar al despacho. Ella ingresó con paso lento, el sombrero en una mano y la otra en el bolsillo, mirando en todas direcciones. Era el único lugar del retén que parecía algo más limpio y prolijo.
Era un salón amplio de paredes pintadas a la cal, piso de baldosas rojas y techo machihembrado. Una araña de seis brazos pendía del centro de la habitación, pero solo dos lámparas estaban encendidas.
Al centro, un gran escritorio de madera algo desvencijado, pero en buen estado, pobremente iluminado por las dos lamparillas.
El asiento que usaba hasta entonces Mediolazo, como si se tratara de su trono, era un sillón de cuero marrón cuarteado en varias partes, de amplio respaldo y con apoyabrazos también forrados con el mismo cuero. Una línea perfecta de doradas tachas dibujaba los contornos del tapizado aferrando el cuero a la madera reseca del asiento.
Las sillas que rodeaban al escritorio, en cambio, eran de madera dura, demasiado rectas e incómodas para permanecer sentado mucho tiempo. Habían sido fabricadas por unos soldados que hacían de carpinteros, pero que no eran del oficio.
A la izquierda del escritorio, una estantería de madera hacía de biblioteca. Una Biblia y una historia de Belgrano de Bartolomé Mitre eran todo lo que exhibían. A dos metros de la biblioteca, una pequeña puerta daba al baño del despacho. A la derecha, una bandera que Amanda no sabía a qué podía pertenecer colgaba casi desde el techo hasta el piso.
Al ingresar al despacho, el capitán observó el brillo del cuchillo verijero que ella llevaba en la cintura.
—No va a precisar ese cuchillo adonde se dirige —le dijo mientras le arrimaba una silla para que se acomodara.
—Es un obsequio. Un lindo regalo del baqueano.
Amanda lo expuso a la vista del capitán sosteniéndolo en la palma de su mano.
—Pero adonde va no puede llevar ningún arma, orden del coronel en jefe. Si él lo decide luego, le dará una para lo que fuera necesario. Pero hasta el arribo a su destino, sin armas.
—Entonces lo dejaré en manos de los puesteros para que lo devuelvan a quien me lo regaló —respondió mientras se sentaba.
—Como usted quiera. ¿Quiere que se lo haga llevar por un soldado?
—Preferiría entregarlo yo misma. También debo dejarles el sombrero que me fue dado a préstamo por el mismo baqueano.
—Abundio es generoso.
—¿Lo conoce? —preguntó Amanda con curiosidad.
Pero el hombre solo hizo un breve gesto que ella no alcanzó a interpretar.
—Cuando usted lo disponga, mandaré llamar a los puesteros para que les entregue usted misma esas pertenencias. Pretendo que se quede tranquila con el destino de esos objetos.
—Se lo agradezco —Amanda acompañó sus palabras con una sonrisa que resaltó el volumen de sus labios—. Lamento el incidente a mi llegada —se disculpó luego.
—¿Incidente? —preguntó el capitán con esa leve sonrisa que rejuvenecía su rostro de manera extraña.
—Con Mediolazo.
—¡Ah! ¡Mediolazo!
—Lamento si le traje problemas.
—Ninguno. Fue entretenido el entrevero —dijo con sorna el capitán.
—No esperaba este recibimiento de ese jefe —se justificó Amanda—. Aunque debo reconocer que fui advertida de su mala calaña.
—Parece que él tampoco esperaba una respuesta como la suya. Y deduzco que no le fue advertido con quién se metía. Usted, sin dudas, es una mujer valiente, de mucho carácter.
—¿Cree que me excedí?
—Creo que corrió verdadero peligro. No sé si usted lo pudo percibir.
—¿Le parece?
—No tenga dudas. Varios estaban listos para dispararle. Aquí la obediencia hacia los jefes es ciega, aunque el jefe resulte una mierda, porque los hombres no entienden de otra cosa; para eso se los ha educado.
—Escuché su grito «¡soldado, guarde el arma!», cuando dejé a Mediolazo despatarrado en el piso, pero de la amenaza de que me habla no me di cuenta.
—Ese soldado no fue el único que podría haberle disparado. Los otros no alcanzaron a desenfundar nunca; si no, no sé qué hubiera sucedido.
—Los puesteros me hubieran defendido —dijo Amanda.
—Lo dudo —dijo el capitán, sabiendo de lo que hablaba.
—¿Por qué lo dice?
—Ellos no se hubieran atrevido a nada, son soldados y saben las reglas. Los hubieran matado antes de que pudieran mover un dedo. Además, son indios, medio negros, despreciados por los soldados. Matar un indio, matar un negro, aquí no significa nada. Y ellos lo saben de sobra. Ni yo los hubiera podido defender.
—No creo que me hubieran abandonado.
Amanda rechazó la idea de que Juan y Frutos podían haberla dejado librada a su suerte.
—Crea lo que a usted le parezca mejor. Las personas viven más reconfortadas cuando creen que sus ideas se corresponden con la realidad. También se vive de ilusiones.
—Pero se muere de desengaño.
—Es bueno que lo tenga presente.
—De todos modos, no lo creo. Ellos me salvaron la vida al rescatarme de la tormenta que me enfermó. Quedé inconsciente, sin ellos hubiera muerto de seguro.
Amanda explicó sobre la travesía entre la segunda posta y el puesto de Don Abundio.
—Era su obligación, el mismo coronel en jefe les dio esa tarea. Si usted moría, ellos morían, así de simple es la lógica del coronel. Ante las circunstancias, le aseguro, se hubieran quedado a morir con usted, porque morir a manos de los verdugos del coronel no es algo a lo que uno puede aspirar.
—Podrían haber escapado. Me consta.
El oficial no pudo contener la risa.
—¡No sabe lo que dice! Nadie escapa del coronel en jefe, esté segura de eso. ¿Sabe cuántos mercenarios hay siempre dispuestos a matar por plata? No se equivoque. Acá los ideales murieron hace tiempo.
—Pero cumplieron su tarea y gracias a ellos y Don Abundio es que estoy aquí.
—Pero una cosa es cumplir una orden y otra rebelarse contra un jefe como Mediolazo, aunque el tipo fuera una porquería. Ellos nunca se hubieran atrevido a eso. Son duchos en todos los reglamentos, saben las consecuencias de cada acción. Son indios, saben desde hace siglos qué les pasa a los indios rebeldes, y eso no ha cambiado mucho. No crea en la modernidad, nada de eso ha llegado por estos lados. Aquí los premios y castigos son los mismos que los de la época de la conquista, en especial los castigos de los que se han conservado hasta sus más sutiles tormentos.
Por otra parte, el cuchillo caronero de Juan «Pérez» había quedado demasiado lejos. Su caballo no estaba a mano. No tenían con qué defenderla. ¿No lo observó?
—No. No hice otra cosa que observar a Mediolazo.
—Lo bien que hizo. ¿Dónde aprendió a pelear de ese modo?
—Donde corresponde. Tuve buenos maestros.
Amanda se puso de pie y quedó a no más de un metro del capitán. Él observó en detalle la contextura de la muchacha. Reparó especialmente en sus manos; las vio fuertes, pero algo grandes para su tamaño.
—Está al llegar un automóvil que la llevará adonde el coronel en jefe la espera —le informó el capitán.
—¿Cuándo parto?
—Cuando llegue el coche y usted esté lista. Pero primero querrá lavarse y comer antes de partir.
—Lo deseo con ganas. ¡Un baño caliente!
Amanda aterciopeló la voz que perturbó la solemnidad del jefe y se desperezó estirando todo lo que pudo su cuerpo. Sus curvas quedaron expuestas en toda su redondez.
—Ese baúl que ve ahí es suyo.
El capitán señaló un rincón de la habitación donde un cofre de mediano tamaño estaba disimulado con una especie de mantel azul.
—¿Mío? —preguntó sorprendida.
—Lo manda el coronel en jefe. Hay ropa y otras chucherías para que usted se ponga presentable.
—¿Chucherías? ¿Qué chucherías servirían para ponerme presentable? —preguntó Amanda riendo. Su aspecto lucía relajado y cierta sensualidad emanaba de su cuerpo y hacía que el hombre se sintiera conmovido.
—Anillos, aros, collares, supongo. Me mencionaron el nombre, pero no lo retuve.
—¿Bijouterie, tal vez?
Amanda sonó pícara y casi provocativa.
—¿Eso quiere decir anillos, aros, collares?
—Seguro, pero no uso nada de eso. ¿Se nota?
—Ahora está disfrazada con un uniforme militar.
—No es uniforme militar —lo corrigió Amanda.
—Pero parece y no la favorece en lo más mínimo.
—Entonces me vestiré como una mujer para ver qué le parezco.
—Mi opinión es irrelevante —el capitán suspiró y pareció sonrojarse—; solo debo garantizar que usted siga su viaje para encontrarse con el coronel en jefe.
—Entonces, con su permiso, iré a lavarme.
—Por esa puerta cercana a la estantería pasa al baño —dijo señalando hacia su izquierda, donde se veía una pequeña puerta—, aunque solo hay una tina porque no tiene instalado un retrete. Es el baño más decente que puedo ofrecerle, los otros son letrinas inmundas en las que ni esas lauchas ladinas se animan a entrar. Allí podrá higienizarse. La ayudarán dos indias que prestan servicio como sirvientas de la compañía. Haré traer agua caliente para su baño.
El hombre abandonó el despacho y cerró la puerta detrás suyo. Se oyó su voz clara y varonil ordenando a las mujeres que llevaran agua caliente hasta el baño del despacho principal. Les recordó el asunto del jabón. Luego se ocupó de comprobar si los puesteros habían comido. Encontró a los hombres saboreando una carne de carnero asado con abundante pan casero y bebiendo agua limpia. Les dijo que la mujer les daría ella misma el cuchillo verijero y el sombrero para que se lo devolvieran a Don Abundio. Juan y Frutos asintieron y se dispusieron a esperar que Amanda les hiciera entrega de los dos objetos.
Ella, por su parte, se dedicó a revisar el baúl que el coronel en jefe le mandó. Había varias prendas, todas limpias y en muy buen estado. Le sorprendió que casi todas fueran de su talle.
Eligió un traje, chaqueta y pantalón de color azul muy intenso, y una camisa blanca adornada con unos pequeños bordados. El trajecito azul le recordó la ropa que usó cuando se incorporó a la vida activa, luego de su entrenamiento.
La ropa interior parecía confeccionada a su medida. Descartó los adornos y el maquillaje. Escogió un calzado de taco bajo, negro y de diseño sencillo. Se encontró extraña mirando esa ropa tan femenina. Estaba cómoda con esa especie de traje militar que Teresa le dio para el viaje. La tela ruda y de trama pequeña resultaba una gruesa capa protectora; se sentía contenida como si se tratara del último capullo antes de su metamorfosis final.
Las mujeres ingresaron sin llamar a la puerta del despacho y se dirigieron al baño sin hablarle ni mirarla. Mostraban un comportamiento sumiso como si fueran sordas y mudas. Amanda las saludó, pero ellas no respondieron el saludo. Eran dos coyas más bien petisas y regordetas.
Llenaron una tina con el agua caliente y dejaron luego dos tachos más con agua fría, por si le resultaba muy caliente con la que habían llenado la bañadera. En una especie de jabonera apoyaron un jabón bastante perfumado que el coronel en jefe hizo llegar también para Amanda.
Se retiraron en silencio como habían entrado. Ella se encerró en el baño y antes de desvestirse comprobó si no había algunas rendijas por donde los hombres la espiaran mientras se bañaba.
La habitación que servía de baño no tenía ventana y no encontró ningún hoyo por donde se pudiera mirar hacia adentro. Se desvistió tranquila y se sumergió en la bañera.
Afuera el capitán oía el ruido del agua desplazarse a medida que el cuerpo desnudo de la muchacha se sumergía. Podía imaginar cómo el agua iba rozando cada parte de ese cuerpo hasta cubrir por completo la fascinante anatomía de la joven.
Su corazón latía con fuerza. Reconocía que la presencia de esa mujer lo había impactado. Su carácter, su valentía, el modo en que encaró el desafío que le propuso Mediolazo, lo habían conmovido, incluso más que tanta juventud y belleza.
Suspiró varias veces para calmar sus ansias. Los soldados lo miraban procurando que sus pícaros gestos no fueran interpretados por el jefe como una insolencia. Todos percibían el mismo perfume de mujer, raro en aquellos páramos desiertos. No hay nada que vulnere más la disciplina de un soldado luego de meses de servicio en un desierto al que no se podía abandonar sin perder en ello la vida que el aroma de una mujer joven.
Ninguno de ellos, soldados y jefe por igual, podía sustraerse a ese sentimiento que Amanda les había despertado. De todos modos, lo sabían muy bien, era propiedad del coronel en jefe, y no se atreverían bajo ninguna circunstancia a sobrepasarse con la mujer aquella, la nueva ama de llaves del jefe supremo.
La suerte de Mediolazo sirvió de escarmiento a todos los soldados. Si así le fue al jefe, hasta entonces un protegido de la comandancia (con sus pelotas tumescentes y encerrado en un calabozo mugriento), ¿qué no les podía ocurrir a ellos, olvidados de Dios y al margen de toda justicia? Y aunque no hubiese sido la precisa y potente patada en los testículos con que Amanda despachó al truhan ese —una poco común manera de que un superior resigne su mando ante el asombro de su propia tropa—, el destino de ese jefe ya estaba señalado. El trato soez de «Cuatro dedos» hacia la nueva ama de llaves le hubiese acarreado el castigo del coronel en jefe, quien esperaba la oportunidad para sacarse de encima al insolente.
Otro se ofrecería para el trabajo sucio. Pordioseros con ansias de mando sobraban en ese hoyo.
Mediolazo, cuando recuperara algo de lucidez, debería agradecer el resultado de la acción de Amanda. Gracias a ella conservaba sus testículos, aunque algo reventados, pero si el coronel en jefe se hubiese hecho cargo de su indisciplina, se los hubiese arrancado con sus manos.
El alcahuete del coronel en jefe se sabía excluido de aquella manada de hombres desesperados y no iba a jugar su futuro por una justificada calentura. Los prostíbulos de la zona podían proveerle alivio a su urgente esperma, pero amar, amar era un enigma que nunca develaría.
En ese perdido páramo desierto en los confines de la vieja patria, el amor era un sentimiento que había sido desollado en miles de combates durante más de trescientos años. Encontrarse con él hubiese sido un verdadero milagro. 

**

XXXIV – En marcha 

Esa noche, Amanda descansó en un catre que las coyas arreglaron en el despacho del jefe. Luego de despedirlas con exagerada amabilidad, las mujeres se sentaron a la puerta bloqueando el ingreso de cualquier bribón. Cada una tenía su pistola reglamentaria y un facón bien afilado por si el arma fallaba. Las dos coyas eran de armas tomar y podían despachar a un tipo en el tiempo que tarda el aleteo de las alas de una mariposa.
Al lado de cada una de ellas un guardia completaba la custodia dispuesta por el alcahuete del coronel en jefe. El capitán no quería otro incidente con la mujer. A esa altura de la noche el coronel en jefe ya debería estar al tanto de lo ocurrido con Mediolazo y malo sería que le llegaran noticias de otro altercado con su nueva ama de llaves.
Antes de retirarse a descansar en un sucucho preparado para que pasara esa noche, les advirtió a los soldados:
—Puse una doble guardia en la puerta de mi despacho donde descansa nuestra visita, quien partirá mañana. No volverán a verla ni oír de ella. Los cuatro custodios tienen orden de tirar a matar de ser necesario. Saben que las coyas no yerran un tiro ni mamadas. Si el arma les falla los van a capar como a un carnero. Descienden de las tropas de Padilla y no le hacen asco a la sangría. Los soldados que las acompañan son dos de los mejores tiradores que tenemos entre nosotros; ellos pueden matar un grillo en la oscuridad con los ojos cerrados. A cualquiera de ustedes que se haga el vivo lo van a mandar de visita a sus parientes en el infierno. Si están apurados por cocinarse avisen que se lo resolvemos con una sola bala.
Si a alguno de ustedes se le ha cruzado la peregrina idea de intentar abusar de la mujer por placer y por venganza, le recomiendo irse en pelotas a las galerías superiores a enfriarse las bolas. La noche helada tranquilizará sus cabezas.
Pero si el frío de la noche no es suficiente —agregó severo—, tienen agua fría de sobra para bajar la temperatura de la más arrebatada calentura. Pidan y les será provista.
Mastúrbense las veces que quieran, somos hombres y sabemos lo que es la necesidad. No habrá castigo para los que, por esta vez, satisfagan sus hombrías de ese modo. No cometan actos indecentes entre ustedes, está castigado por reglamento y conlleva la pena de empalamiento hasta la muerte. Ahórrenme el espectáculo.
Poniendo sus brazos en jarra y sacando pecho, agregó:
—Les advierto para que no haya dudas: si alguno de ustedes intenta sobrepasarse con la mujer, yo mismo le arrancaré las pelotas con una tenaza a la vista de toda la tropa. Y todos ustedes saben que no soy un jefe cruel, pero sí un hombre de palabra.
Dicho esto, el hombre giró sobre sus pasos y se marchó a su sucucho sin que se escuchara ningún comentario. Nadie se había tomado en joda su advertencia.
Salvo los soldados destinados a cubrir las guardias en las galerías superiores, los otros se envolvieron en sus roñosos ponchos y parecieron dormir a pata suelta durante toda la noche.
Amanda, por su parte, encerrada en el despacho del capitán, se acomodó para dormir. Usó de camisón uno de los vestidos del baúl que le envió el coronel en jefe. Era uno rosa, que le quedaba un poco holgado y tapaba hasta la pantorrilla, pero que resultaba demasiado escotado. Sus pequeños senos se descubrían por la abertura del cuello y la tensión de sus pezones por el frío hacía más evidente la desnudez de su cuerpo.
Se lo hubiera quitado una vez cubierta con las ásperas sábanas y las gruesas mantas con que las coyas tendieron el catre. Era inusual que se preocupara en vestirse para dormir, porque ella habitualmente dormía sin ropas. Pero en esa oportunidad y dadas las circunstancias, eligió la prudencia a la comodidad.
Con otras ropas hizo un atadito que utilizó de almohada. Se acurrucó en posición fetal, un hábito que mantuvo desde niña, como si necesitara reproducir la plácida estancia en el vientre materno para alcanzar un estado de armonía que le permitiera recobrar las fuerzas por completo.
No tuvo deseos de soñar, sino de hacer una corta vigilia, aunque asumía que soñar no le hubiera venido nada mal para, de ese modo, distraerse, alejando los recuerdos de la trifulca con Mediolazo, de la que pudo salir mal parada. El pobre tipo no había podido reponerse y dormía en su calabozo de aislamiento agarrado a sus bolas como si esa fuera la única manera de evitar que se le escaparan definitivamente al cielo de los eunucos.
Todavía podía sentir el olor a podrido de su boca, ese aliento pútrido, pero que nacía de las tripas, no de los dientes careados, desde el fondo del intestino grueso donde se muelen entre heces los espantos más oscuros. Y recordó somnolienta las veces que vaciló con el verijero que, en horas no más, debía devolver contra su voluntad. No le faltó carácter ni coraje para carnearlo al tipo, pero se mantuvo firme en las razones por las que había llegado hasta ahí. De haberlo destripado, estaría muerta o en un calabozo de por vida. Y eso hubiera echado todo a perder.
Anita le hubiera dicho que no se distrajera de sus verdaderos objetivos, una virtud poco apreciada en el común de las personas, pero extraordinaria en aquellos que deben mantener la cabeza fría y el corazón caliente. Así le habló su madre en más de una oportunidad. Sin olvidar lo de las manos limpias, aunque ella no se refería a la sangre, la que a veces debía correr para limpiar ciertas inmundicias, sino a la corruptela de los oportunistas y avivados que degradan las grandes empresas.
En la habitación donde se disponía a descansar, la oscuridad salió entre los perfumes a tierra y madera seca que abundaban en todos los rincones. Se hizo amparo y le aventuró un momento de paz que no supusiera tristezas. Ella aceptó el pacto poblado de silencios que le propuso la nocturnidad entre susurros leves como la pluma vaporosa de una pequeña ave de vuelo sigiloso.
Una porción de humedad llegó desde la tina llena de agua enfriada como el aliento de una boca de laberíntico misterio de palabras. Llevaba como una emoción entre sus minúsculas gotas de sílabas que la noche ansiaba interpretar desesperada. Parecía decirle:

Sola aquí tendida en un catre
ni que llorar la angustia y la fatiga
de la que besa la mano del bandido
solo por encontrar la entrada a los secretos
la llave luminosa en el cubil cerrado
oro arrogante o el huraño hierro
y tras la cerradura la puerta azul inmensa
del misterio por las venas y los huesos
en el recinto estrecho como un oscuro golpe
donde una calavera de arcilla enferma agita
un pabellón inextinguible
de la magnitud de una manga de langosta
piedra solar llama entre los cielos
de treinta y dos filudos rayos
flamígeros y rectos
y nubes resplandecientes
entre los fierros robustos
de cada una de todas las batallas,
en el teatro mismo de la guerra.

Y el rostro inmóvil fuera de una armadura, a hueso pelado, a piel hidrópica, se quedaba mirándola desde sus arrugas hasta que ella comprendía el lenguaje de cada vocablo invocado. Oyó con claridad que la oscuridad le decía:
—¿Manuela? ¿Mónica? ¿María Remedios?
Pero todavía no podía comprender la importancia de esos nombres. El propio nombre, Amanda, la que debía ser amada, escapando de la espesura de la tierra donde nadie dormía en perenne desafío, repetiría describiendo una espiral sagrada:
—Mi misterio está encerrado en mí, mi nombre nadie sabrá.
Y tampoco alcanzaba a descubrir su real significado. Pero al completarse su pasión esas incógnitas serían develadas.
Entonces Amanda se durmió esperando el último tramo de su viaje hacia su propia batalla y su prometida victoria a la alborada.
Se despertó no bien escuchó el ruido de la tropa en el cambio de guardia. No sería más allá de las cuatro y treinta de la mañana, tal vez las cinco. Debía acostumbrarse a saber la hora por su reloj biológico, ya que nunca volvería a tener uno que le indicara el paso del tiempo. Adonde iba, el tiempo y el espacio eran muy diferentes, algo de lo que supo cuando era apenas una niña.
Esa distorsión del tiempo y del espacio la acompañó hasta su muerte, y fue lo que abrió una rendija justa entre la vida y la muerte para que ella leyera de corrido tres veces las tres respuestas a sus tres preguntas.
Abandonó el catre y en el cuarto que oficiaba de baño lavó su cara y mojó su cabello con el agua fría de uno de los tachos que le dejaron las coyas. Se vistió con la ropa que había elegido. Se peinó con un cepillito que estaba en el baúl y dejó que el perfume del jabón de tocador con el que se había lavado envolviera su rostro y sus manos, impregnando el ambiente con un aroma extraño a un lugar como ese.
El automóvil que el coronel en jefe envió para el último viaje de Amanda llegó pocos instantes después. El ruido del motor previno a Amanda de que su peregrinaje entraba en su última estación.
El capitán llamó varias veces a la puerta de la oficina.
—¡Señorita! —dijo con energía—. Su automóvil ha llegado. Hora de partir.
Oyó la voz de Amanda invitándolo a pasar. Al abrir, el hombre se encontró con su figura. Ya no era la mujer escondida en un uniforme militar, bajo un sombrero gaucho de vellón de oveja, nuevo, o casi nuevo, por el viaje desde el puesto al retén.
Si antes le pareció hermosa, entonces quedó prendado. El traje azul le ceñía el cuerpo resaltando su figura. Estaba más humana y más femenina.
Amanda le pidió que llamara a los puesteros para entregarles el cuchillo y el sombrero para Abundio. Pero el hombre tardó en reaccionar. Claro que Amanda comprendió qué sucedía, y a ella no le resultó indiferente ese temblor del hombre. Ni su mirada, ni su respiración. Tuvo que repetir su pedido para lograr que el capitán supiera de qué le estaba hablando.
—Si es tan amable de llamar a los puesteros, les entregaré el cuchillo y el sombrero de Don Abundio para que se los hagan llegar como habíamos convenido —le dijo con una voz que sonó tan sensual que el hombre debió tomarse su tiempo para responder.
Cuando recuperó el aliento le dijo:
—Ya mismo los llamo.
Salió al patio del retén, aspiró el aire de la mañana y buscó a Juan y Frutos, quienes respondieron a su llamado y lo siguieron de cerca hasta el despacho.
Amanda los saludó con afecto y los hombres le sonrieron amistosos. Poco se dijeron; ella recordaba que eran personas de pocas palabras y estaba de más cualquier gesto de cariño. Era una manera también de protegerse.
—Devuelvan a Don Abundio su regalo, no puedo llevarlo, me dice aquí el capitán.
Juan tomó el cuchillo. Él y Frutos dirigieron sus miradas al alcahuete del coronel en jefe quien, extrañamente, se sintió cohibido por aquellos ojos indios que lo interrogaban.
—¡No me haga quedar como un ogro! —exclamó disculpándose—. Si por mi voluntad fuera, en qué mejores manos que las suyas estaría esa joya. —Y señaló el cuchillo verijero—. Pero órdenes son órdenes y estos dos paisanos lo saben tan bien como yo.
Juan y Frutos asintieron con leves movimientos de sus cabezas.
—El sombrero fue a préstamo y cumplo en devolverlo.
Amanda se lo entregó a Frutos, quien permaneció en silencio como era su costumbre.
Desde afuera escucharon los llamados del chofer que llegó para llevar a Amanda a destino. El capitán salió para atender su reclamo. Al verse, los hombres se estrecharon en un abrazo.
—¡Cabo «Pérez»! ¡Años que no sabía de usted!
—Mi capitán, gustoso de verlo. Asignado a destino no puedo andarme por ningún lado. El coronel en jefe me tiene cagando a su servicio.
Amanda escuchaba con atención la conversación de los compadres.
—Más quisiera yo ese destino.
—Ni lo diga. Yo se lo cambiaría por este.
—Mugre y retoba, mala yunta.
—La mugre se lava y la retobada se calma con unos buenos talerazos. ¿Dónde anda la visita? Es hora de partir, el hombre está ansioso de conocerla.
—¡Señorita! La buscan, hora de partir.
Amanda salió del despacho y atrás venían Juan y Frutos. El chofer se presentó sin remilgos:
—Cabo «Pérez», para servirla.
—Amanda Da Silva.
Y le tendió su mano. Todos los hombres lanzaron una exclamación infantil al escuchar de su boca ese nombre hasta ahí desconocido.
—Amanda Da Silva, así dice el papelito mío que me dio el coronel en jefe. Amanda Da Silva, leo bien la letra clara… ¿portugués?
—Debe ser.
Recordó en ese instante a su interrogador con cabeza en forma de pepino y desistió de abundar sobre su apellido.
—¿Vamos? —dijo el chofer.
Y Amanda repitió:
—Vamos.
No hubo despedida, no correspondía. Ella se acomodó en el asiento de atrás del amplio Chevrolet modelo 1955 mientras Juan y Frutos depositaban el cofre con ropa de mujer en el baúl del automóvil. Amanda podría haber comentado sobre el auto, pero también prefirió llamarse a silencio. La última vez que lo hizo, debió lidiar con el chofer y ese día no estaba de ánimo para ninguna reyerta. La de Mediolazo la dejó extenuada.
El automóvil se puso en marcha hacia su destino. Dos soldados abrían los amplios portones del retén para dejar salir al vehículo. Apenas aceleró, el chofer y Amanda escucharon las voces del capitán, Juan y Frutos, pidiéndoles que se detuvieran. El chofer miró por su espejo retrovisor y vio a los hombres que venían corriendo y detuvo la marcha. El capitán, apenas llegó, introdujo medio cuerpo por la ventanilla del lado del acompañante.
—Este sobre es para usted —le dijo y le entregó uno de mediano tamaño y de color rojo.
El alcahuete del coronel en jefe se retiró de inmediato como si no hubiera escuchado lo que ella murmuró. Pero oyó con claridad sus palabras:
—«Clara influencia materna». ¿De nuevo con los colores y sus significados? —se preguntó a sí misma intrigada.
El capitán no estaba en condiciones de explicar de qué se trataba, tampoco le correspondía, salvo que así le hubiese sido ordenado. El coronel en jefe se lo hizo llegar con la orden expresa de entregárselo a la mujer solo cuando estuviera partiendo a su destino. Y así hizo.
El chofer (pensó para sí: «qué chambón» por el olvido del capitán) aceleró la marcha y a los pocos metros de andar vio por el espejo cómo se cerraban los dos portones de la entrada al retén.
La pasión de Amanda estaba por completarse. 

***

XXXV – El último sobre rojo 

Una irrupción de tierra y piedra se abría hacia el horizonte; la dorada matriz del sol asomaba su latitud perfecta por el balcón de unas nubes de aspecto de paloma. El automóvil parecía quieto, como estampado en el paisaje, suspendido entre las alcanforadas brumas terrosas que emanaban las piedras cuarteadas que sudaban invisibles unas pequeñas esquirlas que se hundían sin fin al tocar la tierra caliente.
Al frente, nada. Solo un extraño brillo surgido del borde del contorno de la tierra al unirse con el cielo. A la izquierda, nada. Salvo un ligero humo de la quema de unos insectos que posaban sus patas hasta incinerarse en las piedras ardientes. A la derecha, nada. Salvo el temblor de las escorias rozándose en secreto contra el lomo de una prominencia cobriza. Atrás, el huraño retén que había sido devorado por la arrogante arena roja que volaba frenética como una ríspida espuma. Amanda a donde miraba solo veía ascender unos hilos naranjas que brotaban desde las mismas piedras al resquebrajarse por el peso del sol sobre ellas y que abrasaban al auto sofocándola.
Ni el chofer ni Amanda parecían decididos a hablar, no solo porque el calor sofocante conspiraba. Ambos especulaban uno sobre el otro y la que más recelaba de hablar de más era Amanda. Ella estaba muy pendiente del sobre rojo que le dio el capitán antes de partir con rumbo incierto. Apoyado sobre sus piernas, lo miraba una y otra vez, como si esa observación le permitiría en algún momento saber qué contenía.
Hablar resecaba la lengua y la garganta que en poco tiempo y por efecto del áspero polvillo rojo que flotaba terminaban cuarteándose como un cuero resecado por el sol y el aire caliente. Mantener la boca cerrada era una buena manera de ahorrar saliva y no decir cosas inconvenientes. Para más, la provisión de agua que cargaron en el automóvil era escasa y lo prudente, en eso ambos coincidían, era no malgastarla. Amanda, después de la experiencia de la sorprendente tormenta que la atrapó camino al puesto de los “Pérez” y de que la sobrevivió gracias a Juan, Frutos y Abundio, era remisa a arriesgar la preciada carga de agua solo por charlatanear de cosas intrascendentes. Atravesaban ese desierto que ella desconocía por completo, y de quedarse varados en él, estaba convencida, les iría la vida en ello. Deshidratarse allí era cosa de horas.
El chofer, en cambio, prefería, hasta ese momento, el silencio por prudencia. Sabía de sobra lo inconveniente que resultaba para un originario hablar con una enviada de Buenos Aires, aunque se trataba de esa mujer que estaban esperando. Los porteños siempre tenían algo de que quejarse; lo aprendió de sus mayores, en la infancia, cuando hacía de peón en propiedades que los citadinos adquirían por monedas.
El coronel en jefe era un porteño hecho y derecho. Nunca dejó de hablar, a pesar de su larga estancia en la mansión, con ese yeísmo voseado típico que, suponía el cabo “Pérez”, debería ser producto de la cercanía del río donde las lenguas porteñas habrían chapaleado con los invasores españoles, algo del barro rioplatense desde la insipiente colonia. Los humedales, apostaba “Pérez” con seguridad, ablandaban la lengua y provocaban cierta incorregible aspiración sibilante de la letra “s”, seguramente producto de impregnar con abundante saliva cada palabra. Nadie deseaba hablar de cerca con el coronel en jefe, quien, por la falta de varias piezas dentales en el frente de su dentadura, escupía copiosamente a su interlocutor cada vez que le daba una orden.
En ellos, por el contrario, era tan poca la humedad de sus bocas que las palabras salían crujiendo y arrastrándose por la lengua, chatas y anchas, rodando desde el fondo del garguero hasta la lengua y de allí a los labios resecos, en un sonido más visceral que el que producían las cuerdas vocales de los de Buenos Aires.
Con esa forma peculiar de pronunciar las palabras, lo escuchó muchas veces al coronel en jefe vociferar los tangos desafinando ante una vieja vitrola, la que, usando púas de cactus, reproducía los pesados y frágiles discos de pasta de 78 revoluciones por minuto de las grabaciones de Carlos Gardel. “El día que me quieras” sonaba y sonaba y el viejo militar se emocionaba hasta casi con sinceridad mientras acariciaba los suaves senos de unas prostitutas compradas a unos traficantes paraguayos y que servían en un burdel de mala muerte.
Sobre la sensibilidad de ese hombre pocos se animaban a hablar y, para la mayoría, era un secreto a voces que solo se trataba de una representación tendiente a engañar a los más incrédulos, los que terminaban jodidos por caer en la ingenuidad. Basta ver las marcas en su pistola reglamentaria calibre 45 para saber de qué se hablaba.
La emoción verdadera surgía, según se comentó algunas veces, cuando escuchaba unas duras marchas militares alemanas y que le recordaban una fecha que el cabo “Pérez” no sabía qué representaba.
Para un originario, una palabra de más, un gesto malinterpretado, era motivo del castigo, y todo por si acaso. Por eso el silencio siempre era un prudente refugio.
«Pégale al indio todos los días que él sabrá por qué lo haces», repetía el coronel remedando un dicho que se lo atribuía a un amigo oriental.
Nunca importaban explicaciones ni justificativos. La ley era clara, primero se castigaba y después se escuchaba al sospechado de infracción. Por regla, después de las palabras, de nuevo al cepo, los grilletes y los garrotazos, hasta que el verdugo se conformaba.
Pero a diferencia de Amanda, él no temía al camino ni al calor. Se comparaba con los animales que podían pasar días enteros sin beber ni una gota de agua.
Experto en las travesías más riesgosas, disfrutaba cada encomienda que le hacía su jefe, quien lo tenía como hombre confiable y experto. Los viajes eran como volver a cierta libertad perdida. El camino, el viento, los olores, la vida, todo lo conformaba. Nunca se quejaba si había que hacer una travesía por más dura y peligrosa que fuera. Era probablemente el único en quien el viejo coronel en jefe confiaba para ciertos mandados, como ese, que le ordenó cumplir en el mismo momento que lo despachó rumbo al retén. ¡Si habría hecho ese viaje tantas veces! Y apenas con una pobre provisión de agua.
Después de todo, era hijo de esas tierras en las que todavía se repetía el nombre de Viltipoco, hijo de Purmamarca, el que sitió Jujuy, la ciudadela en la que se emboscó en nombre de El Salvador, la esclavitud con sus sacramentos brutales desmenuzando las entrañas de los sometidos.
«Pérez» cada tanto miraba a la muchacha por el espejo retrovisor y ella observaba esos ojos achinados de pupilas negras con sus brillitos minerales que se reían de su silencio y de ese sopor insoportable que la fatigaba. El hombre al final decidió hablarle. Debía hacerlo; carta mediante, solo él sabía la importancia de las palabras que estaban guardadas en el sobre de color rojo, solo él sería testigo de la última transformación. El silencio no ayudaba a la transición.
—Calor, ¿eh? —dijo con su risita entre dientes.
—Mucho, sí —respondió Amanda lacónica. Se abanicó con el sobre procurando darse un aire que la aliviara. No apartó la vista de la ventanilla y el aire caliente la golpeaba de lleno en el rostro.
—¿Se siente bien? —preguntó «Pérez», sabiendo que, si no era sí, poco o nada podía hacer por ella. Para arribar a destino faltaban muchas horas.
—Solo acalorada. Algo sedienta.
—¡Hay agua! ¡Beba! ¡Beba! No se prive.
—Luego, prefiero ahorrar la provisión por si acaso —dijo Amanda preocupada.
—Mujer precavida.
—En el desierto me vuelvo cautelosa —respondió con algo de humor. Se acomodó el cabello que el viento desordenaba. Estaba reseco como finas raicillas ardidas.
—¿El entrenamiento incluía la sed y el calor extremo?
«Pérez» mantenía la vista al frente y su pequeña sonrisa entre los dientes mientras le hablaba.
—Nunca de este modo. —Suspiró Amanda con algo de resignación.
—¡Nada se parece a esto! Se lo aseguro.
—Le creo.
—La tierra del Gran Viltipoco, hijo de Purmamarca, el que andaba en cueros por estos lares. Ni el sol lo arredraba ni el frío lo intimidaba.
Amanda escuchó el nombre de Viltipoco por primera vez.
—¿Viltipoco? ¿Quién es Viltipoco? —preguntó despegando la lengua de la sequedad que la tenía amarrada. Apoyó los brazos sobre el respaldo del asiento del acompañante y sobre ellos el mentón. Miró al chofer con atención esperando su respuesta.
—Hijo de Purmamarca.
—Ya me dijo eso. Pero quiero saber quién es —dijo impaciente.
—Quién fue, dirá.
—Quién fue, perdón.
—¿Escuchó hablar de las guerras calchaquíes? —preguntó «Pérez» sin responder a su pregunta.
—Me hablaron de Chalimín.
—¡Claro! El Juan y el Frutos. Seguro fue el Juan, apuesto, Frutos no suele ser conversador.
—Juan me habló de él, Frutos no me hablaba nunca.
—Pero Frutos es muy valiente.
—Entiendo que los conoce bien.
—¡Aquí nos conocemos todos! Juan «Pérez», Frutos «Pérez», conocido como «el waqha Pérez», y quien le habla, el cabo «Pérez».
—Todos «Pérez». Debe ser una gran familia.
—Ya lo creo —dijo sin desprenderse de su sonrisa—. Somos como una logia, si me permite la comparación, de la que todos somos algo así como parientes, nada extraordinario.
—La Logia de los «Pérez». Suena curioso.
—¿Le parece? Una familia numerosa que viene de la época de la Revolución de Mayo. ¡Mire si será antigua! El más viejo de todos murió descogotado por desobedecer. Un milico le cortó el pescuezo. ¡Qué bárbaro! Pero, le digo, fue una desobediencia debida. El hombre era de ley y nunca hubiera mancillado la bandera de las Provincias Unidas.
—¿Todos son en esa familia tan habladores como usted?
—No todos. Algunos somos deslenguados, otros son silenciosos como las serpientes.
—Todavía no me dijo quién fue Viltipoco.
—Cierto.
«Pérez» se encogió de hombros, pero siguió sin explicar sobre el cacique de Humahuaca.
—¿Y?
Amanda esperaba la respuesta.
—¿Y la suya?
—¿La mía, qué? —preguntó extrañada y con algo de fastidio porque el chofer eludía la respuesta a su pregunta.
—La familia… la suya.
—No hablo de mi familia —respondió Amanda terminante. Se reclinó sobre su asiento y apoyó sus manos sobre las piernas.
—Su razón tendrá, seguramente.
—La tengo.
Inquieta volvió a mirar por la ventanilla hacia el desierto que ardía martirizado por los rayos del sol.
—Si fuera «Pérez» no tendría tanto cuidado conmigo.
El chofer la miró por el espejo retrovisor y apreció ese gesto de fastidio que ya le había adivinado cuando partieron del retén. La comisura de los labios se deslizaba hacia abajo, aunque dentro del automóvil podía parecer que su boca se estaba derritiendo.
—Si fuera «Pérez»… si fuera «Pérez»… —dijo Amanda más fastidiada—. Pero soy Da Silva y por eso soy reservada.
—¡Ah! ¿Los Da Silva son reservados?
—Mucho —mintió la muchacha.
—Da Silva: portuguesa —explicó «Pérez» como si supiera del origen del apellido de Amanda.
—Portuguesa —repitió Amanda con cierto tono de burla.
—Hasta ahora.
—¿Cómo que hasta ahora? —Amanda pegó un pequeño saltito en su asiento.
—Da Silva, escudo de armas: en campo de gules seis bezantes de oro, cargado cada uno de tres franjas de sable puestos en dos palos de tres.
—¿Escudo de armas? —Amanda, extrañada, trataba de saber de qué le hablaba el chofer.
—Sí, escudo de armas de los Da Silva. Aunque yo refiero eso de que son hijos de la selva; va mejor conmigo.
—¿Da Silva quiere decir «hijos de la selva»?
—Soy indio y me llevo mejor con los indios. Aunque sean de la selva. «Andaremos en pelotas como nuestros hermanos los indios».
«Pérez» procuró imitar una voz grave e invocó la proclama sanmartiniana.
—Usted se divierte a mi costa.
Amanda volvió a reclinarse, pero no dejó de mirar al chofer a través del espejo retrovisor.
—¿No va a leer su carta?
—¿Es algo especial para usted esta carta?
—Yo la llevé al retén. Yo se la di al capitán. El coronel en jefe parecía inquieto con ese sobre que llegó de Buenos Aires. Parece que de un alto jefe. Cuando lo recibió se puso nervioso. Usted debe ser importante, porque nunca el coronel estuvo tan impaciente con una visita precedida de un sobre rojo. Ni azul, ni verde, ni negro. ¡Rojo!
Amanda reparó en el asunto de los colores de los sobres.
—Rojo como la sangre.
—Rojo como la sangre —repitió Amanda recordando a Anita.
—¿No va a leer su carta?
—¿Tanto le importa que la lea?
—A la que le debería importar es a usted. Yo soy solo un indio de la tierra del Gran Viltipoco.
—Tal vez no sea una carta importante, debería tirarla por la ventanilla y olvidarme de ella.
Amanda hizo el gesto de arrojar el sobre fuera del automóvil.
—Yo no lo haría. Sé por qué se lo digo.
—¿Usted qué sabe? ¿O leyó mi carta?
—Sobre rojo, señorita.
—Sí, sobre rojo, ¿y qué hay con eso? —preguntó Amanda enfadada.
—Alerta, peligro, cuidado, todo lo que el rojo significa.
—Podría significar «¡Peligro! ¡Peligro! ¡Cuidado! ¡Comunista!».
—Sí, podría ser, pero no se acostumbra. Cuando de eso se trata, viene en telegrama cifrado. Si fulano es comunista, «hay que hacer tal cosa», por ejemplo, «torturarlo»; si mengano es comunista, «hay que hacer tal otra», por ejemplo, «matarlo»; si zutano es comunista, «hay que hacer lo uno y lo otro», es decir, «primero torturarlo, luego matarlo». ¿Me comprende? Pero siempre en telegrama codificado, nunca se manda una carta para señalar a un comunista, porque cualquiera podría leerla e ir a poner sobre aviso al tipo. Acá hay mucho simpatizante del comunismo, aunque, para no mentir, hay más simpatizantes peronistas, son mayoría, sin duda. Los negros como yo somos negros peronistas.
Amanda recordó el interrogatorio al que la sometió el hombre de cabeza con forma de pepino. Ante algunas respuestas suyas, él subrayaba con color rojo, y luego escribía «clara influencia materna».
«Igor Fedorovich o Dimitri —los comunistas se infiltran de modos muy extraños— Inglés — Francés — ¿Miente a menudo? — ¡Hereje! — ¿Obediencia o desobediencia? — ¡Mentirosa! — Los infiernos que describió el Dante — ¡Puta! — Desvirgada — Subrayado rojo — Clara influencia materna — Doble subrayado rojo — Clara influencia materna — Subrayado rojo — Clara influencia materna — Doble subrayado rojo — Clara influencia materna.»
Amanda balbuceó como si estuviera en trance:
—Rojo: peligro, cuidado… Clara influencia materna.
Vio por el espejo que el hombre asentía con leves movimientos de su cabeza.
—Rojo: peligro. Rojo: cuidado. ¿Me comprende?
—¿Debo preocuparme?
—Si la carta viene en sobre rojo es porque es algo importante. Si es verde, todo tranquilo. Azul…
—¿Qué significa el color azul?
Ella no había podido deducir el significado de ese color.
—¿Azul? Algo así como si yo le dijera «usted no tiene ni idea de ese asunto». Ignorante, si lo prefiere. Sí, ignorante es una respuesta bastante aproximada. «Usted es ignorante de esta cuestión». ¿Me explico?
—Completamente.
Amanda recordó que cada vez que su interrogador subrayaba su nombre lo hizo con tinta azul.
—Y si el sobre es de color negro: falso, falso, falso. No podía ser de otro modo. ¿Qué color elegirían los blancos para simbolizar lo falso?
—El negro.
—Usted lo dijo, no fui yo.
Amanda volvió su vista al sobre. El chofer la observaba cada tanto por el espejo retrovisor. Lo abrió y extrajo un papel blanco, muy blanco; era un manuscrito prolijo, de líneas perfectas, las que comenzaban a la misma distancia del margen izquierdo y terminaban a la misma del margen derecho. Cada línea estaba separada una de la otra por la misma distancia y estaba escrito con una estilográfica de tinta azul, muy azul. Al recorrer a primera vista la escritura, reconoció la letra de Miguel, su padre.
Entonces, conteniendo la respiración, leyó con atención:
Amanda, no soy tu padre. No sé quién fue tu padre biológico.
Conocí a tu mamá cuando tenías un año y te adopté como mi hija, pero no sos mi hija, no sos mi sangre.
Quiero que sepas que ni siquiera te llamás Amanda. Ese no es tu verdadero nombre. La obligué a tu mamá a cambiártelo por conveniencia. Lo elegí yo porque significa «la que merece ser amada». Los papeles de tu nacimiento son falsos, me los proveyó la agencia para ocultar tu verdadero origen.
Mi nombre no es Miguel ni mi apellido Da Silva. Es una identidad de fantasía, me la dieron para una tarea reservada. La conservé por necesidad. Por lo tanto, tampoco tu verdadero apellido es Da Silva.
A tu mamá se la llamó Anita Cruspaga, pero esa no fue su verdadera identidad.
No estoy autorizado a decirte sus verdaderos nombres. Es un asunto de prontuario y para mantener el secreto sobre ella negocié que sus datos personales serían borrados de todos los archivos.
A partir de su muerte, tu mamá no existe en ningún lugar de la memoria administrativa.
Al cremar su cuerpo y arrojar las cenizas al osario general, no subsistió nada de ella. Solo quedan tus recuerdos, que durarán hasta que mueras, o tu memoria muera antes que tu cuerpo.
Nunca sabrás tu verdadero nombre, ni el de tu madre, ni quién fue tu padre biológico.
De todos modos, serás conocida como Amanda Da Silva.
Te deseo lo mejor.
Quien hasta hoy se llamó
Miguel Da Silva.
¿Era esa la carta de Miguel que le entregaron al arribar a la segunda posta? ¡Cómo saberlo!
¿Era esa la carta de Miguel que la tormenta deshizo con su torrencial lluvia? ¡Cómo saberlo!
¿La que el barro lijó hasta hacerla un pastiche ininteligible? ¡Cómo saberlo!
¿Y si era una intriga de ese musculoso capitán? ¡Cómo saberlo! ¿Y si solo era una patraña de ese indio, con grado de cabo, de apellido «Pérez»? ¡Cómo saberlo!

Eran apenas ocho palabras:
No soy tu padre.
No sos mi hija.

Ocho palabras, solo eran:
No sos mi padre.
No soy tu hija.

¿Tan solo ocho palabras?

Tan solo ocho palabras.
¿Sin amor, sin piedad?
¡Sin amor! ¡Sin piedad!

Ocho palabras.
No te llamás Amanda.
¡No me llamo Amanda!

No me llamo Miguel.
¡No se llama Miguel!

No se llamaba Anita.
¡No se llamó Anita!

¿Quién fue mi padre?

¿Quién fue mi madre?

¿Cuál es mi nombre?

Amanda no podía llorar desde aquella vez en su infancia, o tal vez ya ni siquiera supiera cómo hacerlo, olvidada como estaba de toda lágrima. Pero estaba demudada y eso se notaba en su rostro. El chofer fijó la vista en el camino y dejó de observarla. En su capullo la crisálida completaba su metamorfosis. Él se mantuvo en silencio por respeto; las penas eran mejor dejarlas abrirse camino hasta que adquirieran su debida proporción.
Solo en ese instante Amanda comprendió lo que el interrogador le repitió entre gritos, por demás ridículos:
—¡Dígame su nombre!
—Amanda.
—¿Está segura que ese es su nombre?
—Estoy segura, señor.
—¿Cuál es su apellido?
—Da Silva.
—¡Da Silva! ¡Da Silva! ¡Falso! ¡Falso! ¿No se da cuenta de que es un apellido falso?
—Me llamo Amanda Da Silva.
¡Y el interrogador subrayó con azul la respuesta! ¡No sabe nada! ¡No sabe nada!
Amanda Da Silva. Hija de Anita Cruspaga. Hija de Miguel Da Silva. Todo falso, todo falso. ¡Falso! Nombres, apellidos, religión, sentimientos. Falso.
—¡Usted no existe, señorita!
—Es un invento.
Amanda cerró los ojos, se mantuvo reclinada sobre el respaldo de su asiento y dejó las manos sobre la carta de papel blanco, muy blanco, escrita con prolijas letras, con una estilográfica de tinta azul, muy azul. Y permaneció en silencio hasta finalizar el viaje. De ese suceso nunca habló con nadie. 

***

XXXVI – El mejor de todos 

Desde la ventanilla del automóvil, a cierta distancia, podía ver la inmensa propiedad hasta donde el cabo “Pérez” la condujo. No estaba en condiciones de suponer cuánto había durado el viaje. Estaba sedienta, la boca reseca, la lengua dura.
Antes de descender del automóvil, Amanda guardó la carta entre sus ropas. Luego, bajó ayudada por el chofer. El hombre se sorprendió al observar su rostro. El cambio era notable. Desde la salida del retén roñoso al arribo a aquella mansión, había mudado de aspecto de manera notable. Pocas veces el cabo “Pérez” había visto semejante cambio en una persona.
Amanda miró la casa y descifró que no pertenecía al paisaje monocromático del pueblo. Mientras las otras que podía ver con solo voltear la vista parecían piedritas al lado de piedritas, insignificantes y resecas, esa construcción se alzaba con sus dos plantas como un monumento. Los restos de una lejana blancura de las paredes pintadas a la cal viva, aún permitía que los esqueletos de los árboles a su frente y de los jazmines en el jardín interior, dibujaran sombras chinescas arremolinadas por el viento. Infinitos arabescos negros resultaban un divertimento a sus ojos que podían apreciar el contraste entre aquel caserío enorme al lado de las pequeñas casas circundantes.
Sospechó que los días que el cielo se tornaba ceniciento como esmerilado, los dos inmensos árboles a su frente debían parecer ciclópeas columnas coronadas de capiteles enramados disecados, y mostrarían un claro contraste entre el gris cementoso y el negro perpetuo de los árboles muertos. Le pareció excepcionalmente grande para el pueblo con las protuberancias de su techo de tejas rojas y bajo sus amplios aleros las ventanas y puertas en maderas carentes de lustres y ornamentos.
Por una ventana del piso superior, el viejo coronel en jefe miraba a su nueva ama de llave. No dudó, le pareció preciosa. El General estaría en las mejores manos. Morirse ya no era una preocupación. Le seguiría su hijo o su nieto en la dura tarea de sostener en cautiverio la enseña misma de la patria revolucionaria.
Pensó y con razón, que solo a esos indios se podía confiar el cuidado de “La Reliquia”, como la habían bautizado en la agencia. Los hombres elegidos para la tarea eran los más calificados para protegerla de cualquier contingencia. Solo había que saber controlarlos y cuando los jefes decidieran, todos, incluido el ilustre, serían exterminarlos de un solo golpe. Pero esa era una historia que sabía no le tocaría protagonizar.
El cabo “Pérez” retiró el baúl del coche y lo apoyó sobre la seca tierra. Con un gesto cortés le indicó a Amanda la puerta de entrada de la gran mansión. Ella sonrió despreocupada.
—Bienvenida a su casa. –“Pérez” le dijo ceremonioso.
—¿Esta es mi casa?
—Esta es su verdadera casa. De aquí no necesitará escapar.
—¿Alguien responderá las tres preguntas con las que entraré en esta casa?
—¿Tres? –Preguntó “Pérez” seguro de que la muchacha olvidaba una.
—Cuatro, es cierto.
—Todo a su tiempo. Lo prometemos.
—No puedo morir sin esas respuestas.
—Palabra de soldado: no morirá sin ellas.
—Gracias.
—El General la espera.
—¿No es coronel?
El hombre sonrió, jaló la gruesa manija de bronce y abrió la puerta de la amplia mansión disecada.
—No querida Amiga –le dijo con voz pausada y serena–, el que la espera realmente es un General de la Patria, alguien en quien confiar, el que sirviera a la revolución, hombre útil y necesario por su contracción, empeño, talentos y conducta irreprensible. Es un verdadero General, el más metódico de los que se conocen en nuestra América, lleno de integridad, y talento natural, no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur.
Invitó gentilmente a Amanda a ingresar en el caserón. Una vez adentro, “Pérez” cerró la ruda puerta despojada de brillos.
La pasión de Amanda se había completado. 

***

XXXVII 


Apéndice a “La Pasión de Amanda Da Silva” 

La extraña muerte de Doña Eriseta

La tarde se hacía noche en campo abierto. Perdida en esas inmensidades, la tarde siempre se hacía noche con docilidad.
En la Escuela Militar la noche era más noche que en la ciudad. No había allí vestigio citadino. Ni luz, ni color, ni movimiento. Todo se cubría de negritud y las luces, apenas salpicaduras blancas en un lienzo negro, eran devoradas tan pronto como nacían.
Doña Eriseta rechazó toda compañía ofrecida para su seguridad.
—Este no es un lugar para que una señora como usted ande sola por estas calles desoladas y oscuras. No tome a mal lo que le voy a decir, señora, pero menos para señoras ataviadas con esas ropas que hablan de mucho dinero. Puedo llevarla hasta su hogar si lo desea.
—No necesito de nadie —fue su respuesta—. Seré vieja, pero no soy inútil. Nadie se atreverá conmigo.
Luego le ofreció acompañarla hasta el lugar de donde partía el último colectivo con destino a la ciudad. Rechazó la gentileza con la misma vehemencia que el anterior ofrecimiento. Si el hombre le hubiese dado cabida habría comenzado con otros de sus sermones, pero agotado de tantas recriminaciones, se limitó a saludarla con amabilidad y le deseó la mejor suerte para ella y la familia.
De todos modos, el oficial, un poco por prudencia y otro tanto por temor, antes de abandonar el amplio hall de la Escuela luego de despedir a la mujer, ordenó a un soldado que siguiese la caminata de Doña Eriseta hasta el parador. Le recomendó que lo hiciera a una razonable distancia y que aguardara que partiera en el colectivo.
Solo cuando estuviera seguro de que la mujer había emprendido su viaje de regreso retornaría a la Escuela y a la mañana siguiente brindaría el informe correspondiente. Tan prudente como su jefe, o tal vez temeroso de un castigo por no interpretar cabalmente la orden, no solo esperó a que la mujer subiera al colectivo, sino a que se perdiesen de su vista las luces traseras del ómnibus en el que viajaba Doña Eriseta.
Cumplido el mandado, el soldado retornó sin perder tiempo como le fue mandado. No esperó a la mañana siguiente. Prefirió esa misma noche dar parte del cumplimiento de la obligación encomendada.
Se presentó ante el oficial y le informó que siguió a la mujer a prudente distancia como le indicó, entre diez o quince metros calculó, que esperó que el colectivo llegara al parador y que ella subiera para el viaje. Finalmente, aguardó hasta perder de vista el transporte. Durante todo el trayecto ella no se percató del seguimiento. De eso, aseveró el soldado, estaba completamente seguro. Esa misma seguridad la compartió el oficial, porque si Doña Eriseta se hubiera percatado del acompañamiento, el soldado se hubiera visto envuelto en el escándalo que le habría hecho sufrir un incómodo momento.
También informó que a la mujer no le fue fácil ascender al colectivo. Se la notaba fatigada y muy poco ágil para trepar al colectivo.
—¡Vieja testaruda! —se quejó el oficial ante el soldado que conservó la forma circunspecta que tenía ante su superior.
También informó que un hombre que salió de una oscuridad por detrás del parador y, por lo tanto, no pudo ver de dónde había llegado, la ayudó a subir. Que ella tomó el gesto con disgusto y acusó al hombre de entrometido y atrevido. Aunque el soldado no podía asegurarlo, creía que el hombre también había escuchado las maldiciones, pero no pareció haberle dado mayor importancia.
El oficial podía imaginar la situación porque él mismo había soportado el mal carácter de la doña y su lengua filosa e irrespetuosa.
—¿Conocido el «comedido y atrevido»?
El soldado negó con un movimiento corto de su cabeza.
—¿Algo que le llamara la atención de ese hombre?
—Apareció de la nada, de la oscuridad —explicó el soldado.
Una sombra que salió de las sombras.
El oficial mandó al soldado a descansar recordándole que a la mañana presentara ese mismo informe, pero por escrito.
Ni el oficial ni el soldado podían suponer que algo más de dos horas después de que subiera al colectivo de regreso, el cadáver de Doña Eriseta yacía en la vereda que corría en paralelo a las vías del ferrocarril, en el barrio donde se alzaba su palacete.
Dos policías que investigaban el crimen, a la mañana del homicidio, se hicieron presentes en la institución y hablaron con el oficial que había atendido a Doña Eriseta por el tema de la expulsión de su nieto de la Escuela. También lo hicieron con el soldado que hizo la custodia de la mujer hasta que emprendió el viaje de regreso.
Lejos estuvieron los policías de ser muy estrictos en el interrogatorio. Se conformaron con una declaración escrita que el oficial a cargo de los asuntos legales de la Escuela les haría llegar de manera urgente. Allí no encontrarían ninguna explicación al crimen. La expulsión de Jorge de la Escuela no podía, por entonces, vincularse al horrible homicidio.
Más exigente fue el interrogatorio con el chofer que realizó ese viaje desde el parador de la Escuela Militar hasta la parada final, a pocas cuadras del domicilio de la muerta. Los policías llegaron a su modesto domicilio y el hombre se prestó al interrogatorio sin inconvenientes.
El chofer recordaba perfectamente a la mujer.
—¿Cómo olvidarla? —dijo.
Repitió:
—¿Cómo olvidarla?
Y esa fue toda una definición.
Se notaba que la mujer no era del lugar, sostuvo. Zona de paisanos, proletarios y militares, donde las mujeres no andaban por las calles cuando caía el sol y menos sin compañía. Era hora de atender la casa, a los hijos, al marido, hora de la familia.
Salvo las prostitutas que pateaban la noche en busca del mango, ninguna otra mujer se veía en la calle.
Pero esa vieja, además de no ser del lugar, vestía raro, dijo. Llevaba pieles, atuendo no visto por esos lados, salvo por las fotos de Radiolandia o Antena, revistas que las viejas de alcurnia negaban leer, pero que disfrutaban a escondidas, y que las amas de casa esperaban con ansiedad casi religiosa. Para unas, «cosas de tilingas», como si ellas no fueran las primeras en mandar a la mucama a comprar las revistas. Para las otras, chismorreo encantador de divas y galanes. Saber de la vida de los famosos artistas era un placer que ninguna mujer se privaba, no importaba la clase social a la que se perteneciera.
El chofer insistió con lo de las pieles.
—Como la de las artistas —dijo.
Estaba claro que estaba impresionado por el atuendo.
—Llevaba un animal colgando —dijo.
La estola de visón maravilló al hombre.
El collar de perlas también lo recordaba. Lo llamó «un colgante de bolitas blancas». Los anillos, los aros, las pulseras. También el rouge rojo furioso en los labios aceitosos. La pasta celeste en los párpados. El embadurnado marrón por todo el rostro al límite preciso del hueso de la mandíbula.
El hombre recordaba todo y describió a la mujer con minucioso detalle. Lo hizo todo con precisión, como si fuera él mismo otro investigador y no el chofer de un colectivo de mediana distancia. Hasta ahí fue la investigación policial.
Dos días después del crimen, el caso pasó a estar a cargo de la Agencia.
—«Órdenes de arriba» —dijo el jefe de la Policía, quien debió resignar su jurisdicción por orden del gobierno.
Cuando la investigación quedó a cargo de los camaradas de Miguel, la conclusión fue indiscutible:
«Es un crimen personal».
Ni las pieles, ni las joyas, ni la cartera fueron robadas por el homicida. A quien fuera el asesino no lo movió el robo sino el asesinato.
—¿Venganza?
Miguel recibió esa pregunta sin inmutarse.
Era posible, muy posible. Años de tareas especiales no solo cosechaban halagos y ascensos. Una prole de enemigos esperaba su oportunidad de tomarse revancha contra aquellos que los habían perjudicado en algún asunto. Y no siempre la venganza se podía dirigir contra los inspiradores del infortunio. Entonces la revancha podía validarse en otra persona, un allegado o querido del verdadero destinatario de la vendetta.
Pero para una venganza se necesita una conspiración. La Agencia sabía que no existe el vengador anónimo. La venganza siempre tiene un patrón que encarga el trabajo y un sicario que la ejecuta. Su calidad se mide por el dinero que se está dispuesto a pagar para que el crimen se cometa sin revelar responsabilidades. Un sicario barato puede resultar un chapucero.
Saber qué sicario pudo ser contratado no le llevaría a la Agencia mucho tiempo. Casi todos, si no todos, tenían vínculo con la organización. Así que esa información no llevaría ningún esfuerzo obtenerla.Ninguna conspiración escapaba a la Agencia, fuera grande o fuera pequeña, y ningún sicario resultaba desconocido, fuera de los buenos o los malos.
Bastaba un llamado telefónico para informarse si una repartición había organizado una maquinación con algún fin particular, si se había contratado uno de esos sicarios o inventado un incidente criminal con alguna bandita de lúmpenes, siempre mano de obra barata y disponible. ¿Para qué? Podía ser para lograr un ministerio negado, acabar con la reputación de un candidato que prometía, apropiarse de una fortuna mal o bien habida, echar a pique un hipócrita matrimonio de un funcionario insoportable.
Todas las reparticiones negaron tener alguna participación en el crimen. Además, un homicidio de esas características resultaba un verdadero escándalo en el que nadie deseaba estar involucrado. Menos contra una mujer cuya familia era de las más prestigiosas de la sociedad de entonces.
Además, si se descubría que una repartición se hallaba comprometida en el asesinato, caería todo el rigor disciplinario contra sus máximos jefes y hasta contra los últimos subordinados, incluso esos a los que no les cabía la menor responsabilidad del homicidio. Así eran las leyes por todos conocidas. No había en el castigo ningún cometido moral. Ejecución del mando. Obediencia debida. Nada de iniciativa personal. Así de simples eran las reglas.
Miguel pidió detalles del crimen.
La Agencia dudó en hacérselos conocer; lo truculento del crimen fue lo que los hizo dudar. Pero, después de todo, estaba en su derecho, se trataba de su madre y él era un miembro destacado de la Agencia. Tal vez Miguel advirtiera algún detalle que bien podría orientar la pesquisa.
Miguel se encontraba en misión en Río de Janeiro. Fue el destino que eligió y la Agencia le concedió, para alejarse de todos los problemas familiares. Allí actuaba con otro nombre, Arturo Loeb, y posaba por ser un hombre dedicado a los negocios petroleros. Pidió autorización para retornar a Buenos Aires y hacerse cargo de las exequias de su madre y contribuir al rápido esclarecimiento del brutal asesinato.
La Agencia no se lo permitió. La hipótesis de una venganza personal aconsejaba mantener a distancia al joven burócrata.
Quienes seguían la investigación estaban convencidos de que el verdadero destinatario de la vendetta era él y que su pobre madre había resultado una víctima de algo que ignoraba por completo.
El informe que le hicieron llegar a Miguel por una vía muy reservada no ahorró detalles. Él así lo pidió y los jerarcas de la Agencia ordenaron satisfacer el reclamo.
El informe detallaba que «una gran herida seccionó la garganta de lado a lado».
El tajo, describía, «cortó las arterias de manera brutal». En una de las fotos que se le hizo llegar, Miguel pudo apreciar que la sangre empapó la ropa que llevaba doña Eriseta y luego se desparramó por la vereda. Su muerte fue fulminante. Nadie sobrevive por mucho a semejante hemorragia.
Semanas después de producido el asesinato, los trabajadores del municipio que fueron enviados a limpiar ese emplaste rojo no pudieron quitar la mancha por completo. La sangre es persistente y caprichosa.
El informe abundaba en las investigaciones que la policía realizó cuando se descubrió el crimen y luego la Agencia continuó.
La policía interrogó a todos los vecinos cuyas viviendas daban a la vereda donde fue asesinada la mujer. Nada importante se rescató de esos interrogatorios. Los hombres hablaban hasta por los codos, las mujeres callaban.
Los hombres: medias palabras, comentarios de chismosos aburridos, habladurías de tipos que no tenían nada útil que hacer y se dedicaban a hablar por hablar de cualquier tema.
Las mujeres se veían reflejadas en ese tajo brutal que los investigadores se empecinaban en describir en detalle.
Lo cierto es que nadie decía haber visto a la mujer caminar solitaria de noche por esa desolada calle y menos quién pudo ser su atacante.
Miguel prestó especial atención al relato del chofer del colectivo en el que Doña Eriseta regresó de la entrevista en la Escuela Militar. Su versión de la presencia de un hombre que surgió de entre las sombras y que ayudó a Doña Eriseta a subir al colectivo coincidía con la del soldado, quien relató el mismo suceso.
Mientras el soldado no recordaba la fisonomía de ese misterioso pasajero, el chofer sí la recordaba y en detalle.
«Un hombre de mediana edad, de buena contextura física, ni muy alto ni muy bajo, de rostro adusto, tez morena, tal vez algo curtido por el sol, ojos oscuros, nariz prominente y también prominente mentón».
Una descripción que no le sugería ni a los investigadores ni a Miguel algún conocido.
El chofer agregó en su declaración:
—La mujer no le agradeció la ayuda. Por el contrario, algo murmuró en voz baja, tal vez un reproche contra el comedido que la ayudó a subir, aunque eso no podía asegurarlo.
Que Doña Eriseta «se sentó en el primer asiento individual, atrás del asiento del chofer, y el hombre en el segundo, detrás de la mujer»
Le preguntaron si la mujer habló con ese pasajero.
El chofer fue rotundo:
—No. A lo largo de todo el viaje no se dirigieron la palabra.
—¿Y dónde descendió el misterioso hombre? —le fue preguntado.
Sin dudar ni por un instante, dijo:
—En Plaza Flores, mucho antes de donde bajó la señora.
En el informe se dejó asentado debidamente que, «sin ánimo de ridiculizar a la occisa, Doña Eriseta Ordóñez de Da Silva, el chofer afirmó que la mujer hablaba sola, aunque él creía que no pasaba por loca, sino por enojada. Que despotricaba contra un oficial del Ejército. “Ese milico de mierda” repitió varias veces. Interrogado que fuera sobre el particular, dijo que nunca pronunció ni el nombre ni el grado de ese uniformado. Solo repetía “ese milico de mierda”».
La Agencia le aseguró a Miguel que, sin dudas, se trataba del oficial que debió informar a Doña Eriseta la expulsión de Jorge de la Escuela Militar.
Los investigadores que viajaron a Río de Janeiro a presentar las condolencias de parte de las autoridades de la Agencia y, de paso, ponerlo al tanto de los avances de la investigación, le pidieron a Miguel su opinión sobre por qué su madre eligió hacer ese viaje sola, sin recurrir al servicio de su chofer, y por qué habría preferido regresar a su palacete por esa vereda que solía estar desolada a esa hora de la noche. Miguel no pudo explicarlo.
Les dijo que pudo tratarse de caprichos, de una distracción producto de su angustia por la expulsión de su nieto, o por simple soberbia. Todo eso podía ser cierto, tratándose de su madre, que podía haber sido tildada de «vieja caprichosa», de una abuela que tenía puestas enormes esperanzas en el futuro como militar y pianista de su «amado nieto Jorge», y una patrona que siempre se consideró parte del mundo de los intocables por sus antecedentes y por su alcurnia.
Miguel recordaba muy bien la fisonomía del paisaje de esas calles aledañas a las vías del tren donde describían una poco acentuada curva y la oscuridad se hacía espesa, demasiado concentrada.
Esa noche, le informaron, la luna estuvo ausente y de ella solo se presintió un modesto resplandor que se vencía hacia el horizonte en dirección al este, desde donde la noche avanzaba hacia el oeste, cubriendo con su manto negro todo el cielo.
Tampoco hubo muchas estrellas esa noche. Raro fenómeno. Solían verse desde las terrazas brillando hasta casi el amanecer. Pero justo esa noche, como en una conspiración cósmica, tampoco ellas brillaron en un oscuro cielo despejado.
Miguel repasó mentalmente el recorrido que debió hacer su madre desde que descendió del colectivo.
Para llegar a su palacete, Doña Eriseta debía atravesar la estación del ferrocarril. El último tren había pasado a eso de las 19 horas en dirección a Plaza Miserere, y los directores de la línea del Oeste informaron a la Agencia que no transitaba otra formación hasta la mañana siguiente a hora muy temprana, cuando los trabajadores iban y venían desde y hacia sus trabajos.
Los andenes, entonces, quedaban despoblados y, salvo algunos cirujas, paisanos bien conocidos por los guardias del ferrocarril y por muchos vecinos, nadie merodeaba por esos lugares a la hora en que se produjo el asesinato.
Como nunca ocurrían incidentes que preocuparan a los vecinos, algún altercado que valiera la pena salir a espiar, nadie estaba en ese preciso momento asomado a sus balcones apreciando la serenidad de esa hora crepuscular.
Todos los vecinos se consideraban gente de bien, clase media adinerada, integrantes de una clase acomodada, pacífica y apegada a las tradiciones.
No era habitual encontrar desconocidos husmeando por el vecindario. Los rateritos preferían las aglomeraciones que se producían al bajar y subir al tren, o en los puestos del gran mercado, a unos cien metros de la estación del ferrocarril y poco más de veinte de la parada del colectivo que regresaba de la zona de la Escuela Militar.
Desde la muerte del Petiso Orejudo nadie temía la aparición de un malhechor capaz de alterar la paz de la ciudad. Eran raros esos crímenes truculentos en la sociedad porteña. Un asesino serial no era moneda corriente, su aparición se vinculaba más a la literatura policial y solo pensar en ellos espantaba y provocaba, al mismo tiempo, una morbosa fascinación que impulsaba a la tertulia truculenta y a la divagación sin atenuantes.
El robo no superaba la estadística de cualquier gran ciudad y los asesinatos se podían contar con los dedos de una mano. Se sabía de crímenes por amor, por infidelidad o incluso por error, pero nada extraordinario que perturbara el sueño de los citadinos.
Así que tanto los investigadores como Miguel concluyeron que Doña Eriseta debió caminar con paso firme de la estación del ferrocarril a la calle que desembocaba a metros de su palacete sin sospechar el peligro que la acechaba.
Todos los testigos entrevistados, si bien no habían podido agregar nada muy valioso a la investigación, coincidieron en que un olor extraño provenía del fondo de esas sombras que el viento apenas tibio movía de un lado al otro de los terraplenes ferroviarios y luego llenaban las calles aledañas.
Miguel reparó mucho en ese raro detalle del aroma.
Era un perfume que recordaba a la quema de hojas; sin embargo, no era temporada de otoño, justo la época en que los plátanos dejan caer sus hojas secas y los vecinos las apilan en las esquinas para prenderles fuego. Sin ser ya verano, casi al fin de la temporada estival, el clima seguía siendo cálido y las copas de los árboles lucían todavía tupidas.
Los investigadores descubrieron que no hubo fuego en todo el vecindario y que tampoco nadie se entretuvo con los artilugios de una fogata. Los vecinos coincidieron en que solo en los festejos de San Pedro y San Pablo los más entusiastas se reunían para la quema de las podas organizadas en grandes pilas que eran incendiadas todas al mismo tiempo.
Los investigadores le informaron que no hubo lucha o al menos una lucha significativa entre Doña Eriseta y el asesino. El cadáver no presentaba golpes ni escoriaciones ni en las manos ni en los brazos. No había signos evidentes de haber luchado por su vida.
Llamó la atención de los detectives que el cuello presentaba dos clases muy diferentes de corte. Uno, largo, delgado y de poca profundidad, como si hubiese sido realizado con una pequeña navaja, esas que los hombres acostumbran llevar en los bolsillos de los pantalones, que son livianas y suelen venir junto con un alicate para las uñas.
El otro era un tajo enorme, probablemente una «cuchilla de carnicería muy afilada y contundente. El que hizo este corte sabía lo que tenía que hacer».
—¿Zurdo o diestro? —preguntó Miguel.
—Diestro, sin duda. El corte va de izquierda a derecha. Con la mano izquierda tomó la cabeza y empuñando el cuchillo con la derecha propinó el tajo.
Miguel imaginó cómo el hombre debió haber jalado del cabello a Doña Eriseta para obligarla a girar la cabeza casi hasta tocar con su mentón el hombro izquierdo. De ese modo brutal, la obligó a exponer francamente su cuello. Fue seguro que Doña Eriseta no pudo vencer la fuerza del atacante que la forzó a permanecer en esa incómoda posición.
Esas manos debían haber sido demasiado fuertes para la pobre vieja. Miguel tuvo la sincera impresión de que el homicida pudo partirle el cuello si se lo hubiera propuesto. Luego, mientras mantenía sujeta la cabeza de su madre por el cabello, con una pequeña navaja del tipo «Victorinox» dibujó un tajo pequeño debajo de la flácida papada.
¿Discutieron? ¿Cómo saberlo?
Miguel supuso que debió ser desconcertante para su madre que el hombre no le exigiera su cartera, no le reclamara el dinero, los anillos, los collares, las costosas pieles. En cualquier boliche del mercado negro, solo las pieles valdrían una fortuna. Imaginó al hombre simplemente deslizando lenta y cuidadosamente el cortaplumas, estirando hacia la yugular el tajito que comenzó muy cerca del promontorio de la nuez de Adán y la tráquea, y luego la enorme «cuchilla de carnicería filosa y contundente».
En ese momento tan extraño, su madre debió haber sentido que Dios estaba ausente. No lo hubiera podido explicar, pero estaba seguro de que ella debió haber sentido esa ausencia extraordinaria. Dios suele faltar a citas importantes, por eso mueren muchas veces santos inocentes.
Volvió al tema del extraño perfume.
¿Y el olor? ¿Qué de ese olor del que hablaron los vecinos?
No era a hojas secas, no era al aroma de las fogatas de San Pedro y San Pablo.
«Pudo haber sido a tabaco», respondieron los burócratas siguiendo el informe de los peritos.
Tabaco. El tabaco tiene un olor único. Extraordinario. El tango volvió a la memoria de Miguel. Homero Manzi le dio una pista sin proponérselo: «con pasos apagados elegirá la esquina donde se mezclan luces de luna y almacén». Pero fue una noche única, sin luz de luna, como le dijeron. No había ninguna luz por ningún lado. Solo el humo. «Fuma, fuma y fuma».
El único hombre que se correspondía con esa descripción era Asmodeo M. Cierto que su figura no evocaba el poema de Manzi ni al ciego de Carriego, fumando, fumando y fumando. Era un animal extravertido, roñoso y lascivo. Miguel aseguró que debió matarlo en alguno de sus muchos atrevimientos, cuando Anita huía de él como la presa huye de su carnívoro perseguidor.
Miguel les refirió el incidente ocurrido cuando murió Anita.
Los hombres no acompañaron la confesión con ningún gesto. Tampoco preguntaron por Anita. Eran discretos.
«Él juró vengarse», les dijo.
«Esto no va a quedar así», amenazó luego de que Doña Eriseta la hiciera expulsar de la casa acusándolo de «degenerado».
Pero quien tuvo aferrada a Doña Eriseta y cercenó su garganta con un enorme cuchillo de carnicería no pudo haber sido su suegro, ese hombre al que su madre había despachado de la casa en medio de insultos y escandalizada por la indecencia que el hombre insinuaba sobre Amanda.
«El fulano que usted llama Asmodeo M. murió semanas antes del homicidio de su madre.»
Miguel fue sorprendido por la noticia. Gratamente sorprendido.
—Su cadáver se encontró muchos días después de muerto y fue por el olor a podrido que invadió prácticamente todo el edificio donde vivía. Los vecinos se quejaron por ese olor nauseabundo y la policía entró por la fuerza al departamento. Dicen que la escena no fue nada agradable. El hombre era un obeso mórbido de unos doscientos kilos de peso. Todo era una inmundicia y el muerto yacía en medio de un lago de coágulos, excrementos, orina y tejidos descompuestos. Las moscas habían sembrado de huevos el cadáver y una multitud de gusanos devoraba lentamente los tejidos.
«¿Un infarto?», preguntó Miguel.
«Es lo que dijo el forense», le respondieron.
Miguel se quedó sin posibles culpables. Si no fue Asmodeo M., ¿entonces quién?
—Tiene que haber sido un hombre joven, relativamente joven, atlético. Alguien que coincide con la descripción que nos dio el chofer del colectivo.
No solo se debió tratar de un hombre joven, atlético y fuerte, sino de alguien que sabía cómo descogotar a una persona de un solo tajo.
«Porque fue un solo tajo el que mató a su madre», le dijo uno de los burócratas en esa entrevista.
Ningún sicario fue contratado para ese ni ningún otro trabajo la noche del homicidio. Buscar a un asesino desconocido era igual a buscar «una aguja en un pajar».
Miguel pareció resignado. Se mantuvo en silencio por un buen tiempo.
Cambió abruptamente de tema. Preguntó por su hijo. De él no tenía noticias. Para malas noticias bastaban las de la suerte de su madre.
El informe sobre Jorge fue escueto. No había noticias del paradero de su hijo conocido como Jorge Da Silva. El Ejército informó a la Agencia que, probablemente, el joven se habría internado en la zona de la triple frontera, entre Argentina, Bolivia y Paraguay, un peligroso reducto de toda clase de malandras, contrabandistas, ladrones y asesinos a sueldo, quienes estaban constituidos en bandas muy organizadas que tenían una estructura vertical centralizada de tipo militar y no toleraban la presencia de ningún extraño. A estos o se los mataba o se los sometía a la esclavitud más brutal, muriendo en un lapso breve por hambre, sed o enfermedades propias de la zona.
Cuando la Agencia le sugirió al Ejército realizar una incursión para establecer si el muchacho efectivamente había ingresado a ese territorio y estaba con vida siendo sometido a trabajo esclavo o, en su defecto, hubiera sido asesinado, sus autoridades rechazaron de plano la iniciativa. Tal incursión solo terminaría por desatar un incidente internacional que involucraría a tres naciones, pero de impredecibles consecuencias. La relación de las naciones de la región, Chile, Bolivia, Perú, Argentina y Brasil, era muchas veces conflictiva, y un incidente armado podía facilitar en esos países el surgimiento de sectores belicistas proclives a desencadenar una guerra regional que no resultaba aceptable para los intereses nacionales.
Teniendo en cuenta todos los antecedentes, la Agencia y el Ejército convinieron que lo más prudente para no arriesgar la vida del joven, si efectivamente estaba en manos de esas bandas de delincuentes, ni provocar un incidente internacional, era esperar que el joven apareciera o fuera devuelto o canjeado por los malvivientes.
También le informaron que decidieron buscar contactos confiables para ofrecer una recompensa en caso de corroborarse que el joven fuera prisionero de alguna de esas bandas. La Agencia no puso tope a la suma del rescate y expresó que respondería positivamente a cualquier exigencia de sus posibles captores.
Hasta tanto no se resolviera el crimen de su madre, la Agencia sugería/ordenaba no regresar a Buenos Aires. Miguel no podía resistir esa sugerencia/orden.
Como ya le fuera dicho, la conjetura más sólida era que la venganza debía estar dirigida contra su persona y se deseaba prevenir otro atentado.Casi finalizando la reunión con los enviados de la Agencia, uno de ellos le preguntó a Miguel si no daba ningún valor a algún asunto vinculado con la hija de su esposa muerta.
Para Miguel esas palabras no pasaron desapercibidas. Repasó para sí esas palabras: «algún asunto vinculado con la hija de su esposa». No le dijo el burócrata «con su hija». Fue claro y contundente. Pero Miguel optó por no darse por enterado, algo que cuajaba perfectamente con su modo de abordar cualquier problema serio.
—¿Por qué lo dice? —preguntó sin alzar la voz.
«Dudas», fue la respuesta.
¿Qué clase de dudas?
—Hay una carta dando vueltas por las alcahueterías de todos los servicios de inteligencia. Es una carta que se le atribuye a usted, pero que nosotros sabemos que no fue escrita por usted. La caligrafía no se corresponde con la suya.
—¿Han estudiado mi caligrafía?
—Sí, señor. Eso hemos hecho. Órdenes superiores.
Miguel debió preguntar: «¿puedo leer la carta?». Pero no lo hizo. A los hombres les llamó la atención su esquivo comportamiento. Actuaba como el que toma distancia de un suceso que puede involucrarlo de mala manera. La carta a Amanda fue discutida con su madre, pero quién finalmente la escribió era un secreto que Miguel siempre guardó y Doña Eriseta se llevó a la tumba. Si los investigadores hubieran estudiado la caligrafía de la mujer, algo que Miguel no descartó, también hubieran descubierto que no fue ella quien la escribió. Si no fue Miguel ni Doña Eriseta, ¿pues entonces quién?
—También abunda en detalles sobre usted y su familia —agregó uno de los burócratas—. Parentescos, apellidos, nombres, legajos. Usted sabe, señor, lo cotidiano en nuestro modo de vivir.
—¿Por ejemplo? —preguntó Miguel.
—Por ejemplo, que usted tomó el apellido de un contrabandista brasileño, quien a su vez lo había tomado de un noble portugués. Uno de los tantos apellidos falsos que usamos para nuestro trabajo.
Miguel no se dio por enterado.
—¿Algo más? —preguntó Miguel.
—Sí, que su difunta esposa fue conocida como Anita Cruspaga, pero esa no fue su verdadera identidad.
Allí terminó la conversación. No del todo. Los hombres cuidaron las apariencias. Se habló de condolencias y del tipo de exequias que se harían en honor a Doña Eriseta.
¿Causa de la muerte? El certificado de defunción diría «hemorragia cerebral». Los forenses encontraron un gran tumor en el cerebro. La mujer habría muerto de todos modos poco tiempo después de no haber sido asesinada. Miguel encontró en ese diagnóstico explicación a las jaquecas feroces que aquejaron a su madre desde meses antes de morir.
A Miguel le pareció ajustada la decisión. ¿Qué cómo explicarían su ausencia?
Dolor, angustia, pena indescriptible, depresión. O lo que él sugiriese. Lo habitual para esos casos. Tampoco el funeral sería un suceso público, sino más bien uno bastante reservado. Gente de la profesión, explicaron. Discretos y capaces de llorar hasta con sentimiento. La calidad del servicio sería inmejorable. Que de eso no tuviera dudas.
Pidió por Jorge «encarecidamente» y le aseguraron que la Agencia no ahorraría esfuerzos por dar con su paradero. Todo lo referido al rescate estaba a disposición de quienes se estaban ocupando del asunto.
No hubo saludos exagerados entre Miguel y los mensajeros. Ellos esperaron una última pregunta, pero nunca se formuló. Miguel expresó su agradecimiento por el viaje, las explicaciones y todas las decisiones que tomó la Agencia para aliviar tan triste circunstancia.
Los hombres dejaron la bella oficina de rico empresario petrolero que ocupaba Arturo Loeb, como se lo conocía en Río de Janeiro a Miguel Da Silva.
—No preguntó nada —dijo, entre sorprendido y algo irritado, uno de los burócratas.
—Quien no pregunta no necesita respuesta —dijo el otro mientras caminaba rápidamente, como huyendo de Miguel.
Buenos Aires los esperaba para las honras funerarias de la ilustre, cuyo obituario ellos mismos redactaron:
Doña Eriseta Ordóñez de Da Silva, muerta luego de prolongada y cruel enfermedad. Dios la tenga en su gloria. Como dijo Lucas 2:14: «Y aparecerá con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace». Y Doña Eriseta entrará al Reino de los Cielos y se sentará a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Amén. QEPD. Sus hijos, nueras y nietos. 

NOTA:
La transcripción de estos sucesos es muy posterior a las investigaciones sobre la vida de Amanda Da Silva. Aunque aún no hay certeza sobre los hechos que aquí se relatan, se decidió incorporarlos como Apéndice, junto a la nota sobre el comportamiento de Miguel Da Silva al tomar conocimiento de la muerte de su madre. 

***

Amanda Da Silva
a un amor desconocido 

Diez poemas de amor 

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N.º 16 

Estoy aquí sentada frente a mi pequeño escritorio, bajo la pálida luz de una bombita eléctrica que titila con vanidades de vela, en la oscuridad de este adefesio que asiste de prisión a la memoria. No escucho subir por la escalera esa artrosis delatora.
Ni la queja de las puertas cuando son abiertas en las noches silenciosas.
No permito a los destinados que engrasen sus goznes. Su alcahuetería me sirve para que, al chirriar, delaten las incursiones hacia las habitaciones de la madre y la niña que comparten conmigo esta casona. ¿Sirve para evitar tanto dolor, tanto desasosiego, tantas angustias imposibles de aliviar, escuchar el crujido delator de las bisagras? No, desgraciadamente no. Es un no que duele como un filo candente que atraviesa el más sutil de mis tejidos. Pero ayuda a preparar el ánimo para lo que vendrá. A disponer mi odio de manera adecuada. Debo odiar con la fuerza de un titán. Necesito odiar porque no me quedan tantos años de vida como para esperar otros sentimientos que me alivien. Odio, sin piedad, odio ideal, magnífico, sublime. ¡Odio! ¡Qué palabra perfecta! Redonda de principio a fin: sonando recóndita, íntima, profunda, vital, llena de esa sangre caliente que late turgente desde las íntimas entrañas.
Odio supremo: rencor, inquina, resentimiento. Odio puro: inmaculado, limpio como el filo supremo de la daga, hundiéndose en el corazón hasta alcanzar en plenitud la muerte. ¡Qué me van a hablar de amor! ¡Odio quiero gritar con la garganta plena! Escribir de este odio que me abraza cada vez que oigo el chirriar de las bisagras. Combustible de la justicia extraordinaria. Premeditado ejercicio del castigo merecido no en el infierno, sino en la tierra, aquí, ¡aquí mismo!, en el suelo sediento que pisan mis dedos con juanetes; polvo regado con sangre derramada de la copa brutal de codiciosos y perversos, tierra en la que aún padecen sus tormentos los sepultados vivos víctimas de la esclavitud de la encomienda. El odio nunca olvida, por suerte es un sentimiento que tiene extraordinaria memoria.
Devaneo de vieja, se me ha dado por volver a los años en que apenas era una niña distraída. Será para espantar esas apariciones de reumáticos acentos al divagar por la casa luciendo seis espantos indescriptibles en uno de los lados de la hacedora de muertes.
Recuerdo con exactitud todos los días de mi infancia. Añoro penando ese tiempo despreocupado, de juegos amorosos, de berrinches extraordinarios. La casa, la laguna, el olor de los ramajes, la luna en mi ventana. No crecí como el común de las niñas de mi época, esperando un marido a la vuelta del aburrimiento. Llegué al amor por el camino del pecado. Pequé feliz hasta el orgasmo. El matrimonio consumado sobre inocultables intereses y domésticas obligaciones, me despojó de toda fantasía sobre el maridaje. Nunca me interesó eso del matrimonio, el vestido de novia, el ramito de flores, los dorados anillos de la mentira. Mi abuela paterna me detestó por ello y se encargó de sepultarme luego de un agónico velorio que duró algunos años.
Más que una mutación, como la de la crisálida a mariposa, que se espera de una niña en su transformación en mujer, lo mío fue desprenderme de capas de piel hasta la adolescencia y luego la adultez, como una culebra impredecible, olvidando a la niña Amanda y su amor por la matemática y la música, y aceptando ya joven un destino inquietante. En una de esas pieles que abandoné en el camino, debí despojarme de tu amor, de cuerpos, de angustias, de voces y súplicas y besos infinitos suaves como las calmas de tu alma de asombros (aún te nombro sin pronunciarte como si tuvieras nombre en qué llamarte).
Recuerdo: entre los verdes y espumas en las orillas del estanque vecino, olí por primera vez el lubricado aroma de mi pubertad y supe del único amor que tuve en todos esos años juveniles. Él me acarició y yo lo acaricié. Él se descifró entre mis pliegues, yo entre los suyos. Él penetró en mí y yo penetré en él, escondidos en la verde sombra de un ramaje perfecto. No revelaré su rostro, no es necesario, me he acostumbrado a no revelar secretos. Definitivamente, lo llevo asido en el borde de mis tejidos más íntimos, como se lleva la intención de jazmines ebrios en las noches ardientes del amor verdadero.
No fui feliz. Repito: no fui feliz, salvo ese breve instante hace tanto tiempo. Por lo que sí fui feliz después de ese amor, no puedo decir una palabra ni siquiera suspirarla. Debo guardar mi voz hasta la muerte y así lo haré porque lo he jurado sin hipocresía.
Él, ¿habrá sido feliz? Me lo pregunté tantas veces en las noches desapacibles de mi larga vida. La incógnita que interroga mis sueños nunca tendrá respuesta.

Amanda Da Silva a un amor desconocido 

***

Poema de amor N° 1 

Asciendo hasta tu piel
Y beso la encrucijada de tus dudas.
Te he visto perderte de tristeza
Porque el crepúsculo anochece
La luz que calienta las palabras
Que decimos boca a boca.
Tu cuerpo y el mío se interrogan
De caricias ansiosas que las manos
De húmedos momentos prodigan
En cada silencio, desnudos de los besos.
Bajo hasta tu pelvis, algo de espiga clara
Y generosa trepa por ella hasta mi mano
Y siento latir la sangre ascendiendo
De ternuras atrevidas.
Como a un lirio morado lo beso suplicante
En el refugio fresco de mi boca.
Toco tu pecho como si fueran las teclas
Ebrias de unas islas blancas
Unidas por el suave roce de mi lengua.
De flor en flor, con un claro de luna,
Te observo abrazado en el ocaso
A lo que queda de mí después de vos
En el ardiente poniente de mis breves caderas.
Allí te quedas, heroico de perfumes
En la caracola blanda de mi sexo.
No quiero que partas como el barco olvidado.
¡Quédate para siempre! Altivo, erecto, desafiante,
Agazapado entre mis suaves muslos,
En el silencio lúdico de un pájaro
Que no conoce más canto de esperanza
Que la cesta repleta de tu aliento y salivas.
Tú, amor, mi hombre, danza que se anuda
A mis deseos, quédate para siempre,
Atraca en el puerto de mi vida. 

Poema de amor N° 2 

Solo tuya. Acariciándote como una sombra
Que reclama su luz en tu perfume.
Eres mi hombre. ¿Hace falta decirlo?
Tu cuerpo me responde cadencioso
Y lanza un sol al mío como una
Corazonada de esperanza.
Eres el nombre que pronuncio eléctrica
Con los labios desplegados en sonrisa.
Toca mi piel sin detenerte, nunca.
Tocala como la honda de un viento
Magnético de azahares cristalinos
Que transparenta en mi boca besos
De amor y tempestad de ansias.
Mi cuerpo, blando, tiembla
De tanta expectativa a las puertas
De un racimo de caricias azules
Que tus dedos, cual pájaros latentes,
Bajan hasta mi pubis
Húmedo y desvestido de desilusiones.
Quiero que me oigas sonar entre tu cuerpo
Bajo un cielo incendiado de suspiros.
Amame sin suplicios, en pura calma,
Amame mientras emigran nuestras pieles
Alegres como aves taciturnas
De ojos de noche como estrellas.
Sujetate a mí por la cintura y por mis senos
Como dos frutas apenas maduradas.
Esperemos que el placer embriague
El despertar con su revuelo de miradas
Como gotas de pájaros que se encuentran
En un vuelo fugaz, hasta el próximo abrazo. 


Poema de amor N° 3 

Anhelo la geografía del lugar donde llegas
Mudo, cálido, solitario, hasta donde tú quieras.
Mi compañía te aguarda de esperanza
Y abre su cauce pálido a tu fatiga simple,
A tu jadeo ronco, a tu súbito capullo
Entre mi combo pubis y mis delgadas piernas.
Trata que tu camino llegue sin penas
Hasta mi propia geografía humana.
Toca a mi puerta en medio de mi boca
Con tu lengua sencilla que anida con la mía.
Cultivame de rosas entre pieles de brisas,
Cultívame de árbol con sus angustias en ramas,
Donde anidan los pájaros que cantan entusiastas.
Cultivame enredadera suplicante
Para aferrarme a tu raíz primera
Y besarte de flores en todos los rincones.
(Si llegas una noche sin aviso
Abriré mi ventana de ilusiones
Y dejaré entrar tu cuerpo
Como una bandada de caricias). 


Poema de amor N° 4 

¡Hunde tu barco angostado
De proa ancha
En mi mar de bellos caracoleados
Y oleadas amenas!
Dirige tu barca entre la espuma afortunada
De mi embriagada cadera desvestida.
Aprieta mi vello con tu vello
Hasta que se confundan de revuelos.
Súbete a la guirnalda de mis labios
Y ocupa con tu lengua la soledad del beso
Que prometes suplicante a mi tristeza.
Tomame de estas riendas de botones rojos
Que tu boca lubrica con el jugo
De tu saliva fresca. ¡No quiero seguir otra estela!
¡No quiero a la deriva noches perdidas de crepúsculos!
Aquí te quiero dentro mío urgente
Ardiendo puro, etéreo, magno, incandescente,
Y que ruedes por dentro de mi entraña
Con tu sagrado néctar de la vida. 


Poema de amor N° 5 

En un pliegue piadoso de este amor clandestino
He refugiado las ansias de tenerte a mi lado.
Espero. ¡Ay si te espero! Quiero verte llegar
Por el mismo camino en que el sol se deshace
Como lámina tersa que agasaja la tierra
En el mismo sentido que el viento la acaricia.
Me embosqué de silencios esperando tus besos
En el borde preciso donde el agua serena
Dibuja unas arrugas de cielo en sus reflejos.
Cuando te ve llegar en la gota de un crepúsculo
La laguna alborota espumas a tu paso
Y destella en sus ondas tu cuerpo palpitante.
Entonces yo palpito con él de solo verte,
Suave, fresco, latente, entre mis breves manos
Como si fueras una fruta perfecta de ternura.
Entre los verdes ramajes de la vasta arboleda
Suena tu temblorosa voz en la lúbrica guarida de mi boca.
Así escondo bajo la cicatriz de las palabras en mi lengua,
tu ávido jadeo que suena galopante como alegres campanadas
De una atrevida música de una atrevida fiesta.
Al final, cuando reposas tu piel sobre mi piel,
se gestan remolinos de calientes caricias
Y atesoro tu voz, tus lágrimas, tus labios,
Para no desesperar cuando tu ausencia arrecia.
Me basta incluso con tenerte así, nostálgico de esperas,
Amarrado de miedos y melancolías ingenuas.
Vuelve mañana ¡amor! ¡Vuelve mañana!
Pero no tardes de dolor, de furia, de desdicha,
Ni desesperes de sepulcrales distancias.
Aquí estaré, esperándote callada,
Como una flor de sol con los ojos abiertos. 


Poema de amor N° 6 

Quédate ayer, quédate hoy, quédate siempre,
Quédate aquí, en mí, para mí, conmigo,
Abrazado a mi delgada anatomía enamorada.
Quédate interminable de llegadas,
Entre esta verde arboleda humedecida
Desbocado de amor porque te amo,
Donde me hago interminable viento
Y te recorro de a soplos beso a beso.
¡Quédate amarrado a la oleada apretada
De tu cuerpo en mi cuerpo acariciados!
Justo en la orilla donde agitan las aves
De nuestras tiernas caricias sus plumajes.
Socava con tu ola prodigiosa
Mi bahía inmadura como fruta temprana.
¡Llega! ¡Llega! ¡Nunca partas!
¡Llega siempre! Iluminado de esperanza,
Alegre como una canción que entre las dudas
De un milagro suena.
Llega porque así no desespero
De ocasos que lastiman,
Y ávida de besos como estrellas
Espanto las penumbras de una amargura
Que bate sus ciegas alas de penumbras.

Llega porque sí, sin proponerlo.
Ya te lo he dicho con mis simples palabras,
Sonando a la embriaguez del eco remoto del deseo:
Cuando posas los labios de tu boca perfecta
Sobre la curva exacta hasta el fin de mi espalda,
En la comisura erótica de mi última vértebra,
Vibro como la cuerda herida de un arco extraordinario.
En la danza obstinada de mi abrazo de amante
Renuevas la tempestad de tu fértil esperma
Que es el néctar eterno de eterna primavera.
Boca de fruta, sexo de fruta, arrima tu raíz
Al cavado profundo del incendio rosa
Que danza lúbrico hasta de solo pensarte.
Sos como el tallo robusto que sostiene las ramas,
Y embosca en la hojarasca unas aves sensibles,
Que anidan amorosas en un lugar del cielo
Y mis dudas, tus dudas, las ternuras despejan.
Yo desespero de crepúsculo al no verte,
Y encuentro una nostalgia como perro rabioso
Que muerde mis hastíos cuando no te contemplo.
La tarde se hace pozo que proyecta su noche
Si no siento tu aliento enredado en el mío.
No hay más caminos de retorno, ¡huyeron!
Dieron la espalda a tristes horizontes
Que se derraman en el interminable oeste,
Donde el sol se incinera en sus últimos colores.
En tu ausencia desvanezco de luz, ceniza soy,
O apenas lodo, escombro de amor que desespera.
No tengo voz, ni boca en que nombrarte.
Una cruz de dolor entre mis senos
desespero de hierros que lastiman
hasta hacerme una sangre como agüita.
No florezco mujer y hundo mi fruto
En un puerto de tormenta y náufrago de olvidos.
Quédate ayer de ternura infinita,
quédate hoy ceñido de caricias,
quédate ardiente para siempre ardiendo.
Quédate aquí, en mí, para mí, conmigo,
Y bébeme hasta la última gota, amado mío. 


Poema de amor N° 7 

En el cielo crucial el sol da vueltas
para que yo sospeche tu infinito sonido
cruzar de lado a lado mi tristeza
como el crepúsculo cruza de la tarde a la noche,
Mientras las aves suenan en ausencias
Unos cantos que recuerdan campanadas
Las mismas que sentí cuando tu mano ruda
En la ola repentina de mi pubis
Se posó como una húmeda isla hasta agotarme
De besos casi inmóvil, quieta
De ternura, temblorosa, amarrada a tu cuerpo
De amor desvanecido de miedos y tristezas
Lleno de paz como la leche tibia,
La miel, el cántaro de agua y la alabanza
De mis caricias en tus gotas de piel
Que arrullan con ternura tus sueños y deseos
Donde las alegrías se encienden en pasiones
Y no hay horizonte donde acabe este amor
Trémulo como una hoja al suave viento dedicada. 


Poema de amor N° 8 

No comprendo tu ausencia. Desespero
Estos momentos en que no llegas a mí
Y la nostalgia embarga mis palabras.
Mis penas se doblan como cañas al viento
Y caen de desdichas irremediablemente.
Desciendo en penas por la calle de tierra
Hasta la orilla misma de esta mansa laguna
Donde fuimos arquitectura de caricias y besos.
La lámpara del sol derrama sus racimos
De pura luz dorada pero no me calienta
Y emigra mi corazón al frío de la melancolía.
Un perro ladra como si comprendiera ese acertijo de luz
Que se reparte en breves destellos sobre el agua;
Desde su ronco ladrido me observa pesarosa
Y da vueltas alrededor de una raíz pelada
Como yo giro alrededor de la nada de amor que me dejaste.
Los árboles magníficos, empujados de a ratos
por el húmedo viento de la pampa, trepan a saltos verdes
Hasta sus vastas y solemnes copas y me observan
En todas direcciones llenos los ojos de amargura.
Desde su altura extraordinaria,
Las sombras a mi paso se lanzan en picada
Desde las alas de unas aves remotas
Que cortan el cielo como cimitarras
E interrogan en mi costado con espinas
Una herida de amor indescriptible.
Desde el fondo de un luto inesperado
Las aves muelen sus trinos con sus dorados picos
Haciendo una música de desesperanzas
Que lloro como una misa negra.
El cielo desbocado vendaval de lágrimas,
Crepúsculo combo amarrado al poniente,
Hunde acantilado su celeste espada
En el barro primordial de la laguna
Donde de noche la luna violeta se desangra
En el áspero rocío de una áspera cascada.
A la perlada orilla de esa sangre lunática
Vengo a llorar la zozobra de mis lágrimas.
Soy efigie de sal sin tus caricias,
Cópula de mármol, piel de estatua,
Piedra caliza consternada.
¿Cuándo acabó la geometría perfecta de tú cuerpo en el mío?
¿Cuándo tu estambre prodigioso agotó sus misterios
En el secreto gineceo de mi cuerpo?
¿Cómo acabar este alboroto en la sangre?
¿Cómo apagar el fuego de este amor
Que prometía arder sin tiempo?
Imprecisa desespero de amor y lloro
Abstracta, triste, sola; canto tu nombre sincopado
Y el eco me responde con un lúgubre sonido de naufragio. 

Poema de amor N° 9 

He vuelto a la orilla en que se aleja de mí
El cántaro de tu boca, esperando beberte de alegría,
Y solo siento el sabor del hastío en mi garganta.
Sufro y sin embargo aquí te espero fatigada de agonías,
Mis nostálgicos ojos expectantes en tu ausencia
Que se hizo abismo de sombra
En el vórtice espectral del silencioso ocaso.
Aquí te espero (ilusa creo que aún me amas)
Unidas mis dos manos como en rezo,
Frente al abanico que descifran los pastos
Con sus secretos verdes temblando entre unas brisas
Y como ellos tiemblo de amor desamparada.
Tiemblo de besos arrojados a la fría intemperie
Sin siquiera un misterio de cielo para cobijarlos.
No hay mucho que decir, soy por demás silencio,
Mido mis palabras con la medida exacta de todas las congojas.
Quiero llorar como la lluvia agreste
Que cae desesperada sobre la tierra seca,
Quiero llorar como llora la noche abatida de rocío.
Quiero decir te amo las veces que desee
Pero no estás para escuchar mis salmos de amor
Como cuando la ráfaga roja del viento nos mecía.
Quiero llorar tu ausencia glacial que me estremece,
Vacíos mis brazos de tus brazos,
Vacíos tus labios de mis labios,
Vacíos mis ojos de tus ojos,
Sombría de un naufragio que navega mi sangre
Hecha un crepúsculo herido de tristezas,
Así mi corazón se escora irremediablemente.
Miro hacia un horizonte que derrama en cenizas
Su revuelo de nube y sol en el fin de la tarde.
Ya no adivino tu cuerpo hecho silueta
Llegando desde el fondo de la legua
Por el viejo camino de coágulos de piedra
Hasta el agua temblorosa que palpita.
Mientras deliro encontrarte como una aparición
De flor, de sol, de agua, de suspiros nupciales,
Me llega rústico otro viento que silabea a gotones
Desde su húmedo patrimonio de céfiro errante
el augurio de tu perpetua ausencia hecho condena.
Sufro la cáscara de mi piel que se reseca
Que se hace escama de dolor por tu partida.
Mi boca se ha vaciado de palabras. Han escapado
Como las mariposas huyen de la vida para caer
Desde la pequeña altura de sus alas al abismo
De una muerte planeada demasiado antes.
Pura tristeza, vine junto a la misma laguna
Amortajada sin luz, sin territorio, sin alma,
Desconocida en la guarida de árboles azules
donde reconocerte fue tan simple como el correr del agua
entre hebras de tierra y piedra socavada
donde las promesas ahora se esparcen como una arena fría.
Qué lejos estás. Qué lejos estoy. Qué lejos estamos.
¡Y todavía quiero creer que aún me amas!
Llevo sobre mis hombros el peso de esa tarde imposible
En que partiste confuso como un ave extraviada
Hacia un lugar ignorado de toda primavera.
Mis lágrimas entre suspiros caen como las hojas
Desdichadas de un otoño temprano.
Mi pecho se abrió como una fruta herida
Para latir mi corazón de arcilla mustia
Como si fuera un puño muerto.
Racimos negros (lutos aviesos), ruedan rapaces
Desesperando en mi boca entreabierta de lamentos,
un aullido de dolor interminable. 


Poema de amor N° 10 

¡Qué dolor este dolor! ¡Qué dolor este amor!
No volveré al lugar de nuestro amor,
¡No volveré jamás! ¡No volveré jamás!
La calle es apenas alegoría
De cuando te vio llegar de pequeñas emociones
Para hablarme de amor como nadie lo hizo.
Mis oídos vibraron al oír tus palabras
Como palpitó el junco acariciado de viento,
Luego vino la ausencia y habló con sus silencios.
De nuestras palabras algo quedó en la orilla
Como ceniza azul de un pedazo de cielo,
Y entre los pastos tristes pernocta todavía
Desvanecido en brumas el crepúsculo aquel
Con sus profundas tristezas de abandono.
Loca divago ajena de tos tiempos donde reconocerte
Mordiéndome en las uñas tu presencia
Que amarga mi piel con sus recuerdos
Como un taciturno vaho de lamentos.
Maldigo este dolor, ¡sí, lo maldigo!
Y maldigo este amor ¡Sí, lo maldigo!
Que me desvela de ocasos que no llegan a su fin
Y se repiten en sombras de sepulcros.
En los suburbios de mis oscuros ojos
Lloro de angustias y clamores
Mientras respiro metálico un quejido
(Tajo maduro que suena tembloroso)
Desde mi seca garganta hasta mi pecho.
Toco mis senos con mi mano sudada,
Pámpanos mis pezones,
Apenas insinuaciones de almendras infantiles,
Bajo sus curvas siento latir mi corazón enfermo,
Y palpo la llaga de humo de una sombra de cruz
Que baja hasta mi ombligo y luego hasta mis piernas
En la hora sacramental de la desesperanza.
Vuela roja de incendios una sangre nocturna
Y me echo a dormir desvestida de besos,
Ovillada de sal, estatua de Edith, lunática
Errante de amor eternamente desechada.
Si yo te amé, si vos me amaste
¿Qué pasó entre nosotros?
Maldigo este dolor, ¡sí, lo maldigo!
Y maldigo este amor ¡Sí, lo maldigo!
No volveré jamás a buscar tu recuerdo:
Eucaristía de ausencias,
Pan y vino amargo en mi destino. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva – N° ¿? –

¿Un texto apócrifo?

Guardo estos poemas porque me avergüenza destruirlos. He pensado muchas veces en quemarlos, arrojarlos al fuego y observar cómo las llamas van devorando una por una las palabras que escribí cuando todavía creía que el amor podía durar para siempre. Pero nunca pude hacerlo. Los releo y encuentro a una muchacha que ya no conozco. Es tan distinta de mí que a veces me pregunto si de verdad fui ella. Qué fácil le resultaba creer. Qué fácil le resultaba esperar. Qué fácil le resultaba decir «para siempre». Yo no recuerdo cuándo dejé de ser esa muchacha. No recuerdo el día, ni la hora, ni la estación. Solo sé que ocurrió. Un día descubrí que estaba sola. Y que seguía hablando con alguien que ya no estaba. Entonces comprendí que los poemas no eran para él. Nunca lo fueron. Eran para mí. Eran mi manera de retener algo que ya comenzaba a escaparse. Ahora lo entiendo. Por eso aparecen tantas veces las mismas palabras: quédate, vuelve, espera, amor, siempre. No eran adornos. Eran súplicas. Yo estaba rogándole al tiempo. No a él. Al tiempo. Quería impedir que siguiera avanzando. Quería quedarme para siempre en aquella laguna, bajo aquellos árboles, viendo cómo aparecía por el camino. Quería vivir eternamente en un crepúsculo. Los jóvenes creen que desean el amor. No es cierto. Lo que desean es la eternidad. Yo también la deseé. Y como todas las muchachas enamoradas, fracasé. Por eso no puedo leer estos versos sin sentir una extraña compasión. No por él. Por ella. Por esa Amanda que escribía con tanta certeza. Que aún no sabía lo que era perder. Que todavía no conocía la distancia. Que ignoraba la paciencia feroz de los recuerdos. A veces la imagino inclinada sobre una hoja de papel, mordiéndose el labio, sonriendo, enamorada, convencida de que el mundo acababa y empezaba en un solo hombre. Y entonces me pregunto si debo sentir lástima. Pero no. No me da lástima. La envidio. Porque ella todavía podía esperar. Yo solamente puedo recordar.

***

Pasión y muerte de

Amanda Da Silva

Muerte

I 

Leer el pedido de pase a retiro y otros documentos sobre Amanda Da Silva que llegaron a sus manos rescatados de entre una montaña de legajos no digitalizados y que iban a ser destruidos por el fuego lo incentivó a investigar algunos sucesos de los que había tenido noticia luego del rotundo fracaso de la operación “La Reliquia”.
Las precisas palabras con que estaba redactada la solicitud mostraban una sintaxis perfecta y una caligrafía exquisita, que le sugerían que esa mujer, a pesar de su edad y de los largos años de cautiverio en aquella casona, no había perdido ni una pizca de su lucidez ni de su elegancia. Cómo había mantenido fresca e intacta su inteligencia sin que el confinamiento afectara sus sentidos ni su buen criterio era un asunto cuya explicación “Pérez y Pérez” creía conocer, pero que se reservaba para que los inquisidores que competían con él no echaran a perder su investigación, investigación que esperaba le fuera muy útil para terminar la empresa que había quedado pendiente con la fuga de los logiados y su gloriosa reliquia.
Pidió en el archivo de la institución fotos de su juventud para aproximarse a su rostro, buscando algún rasgo revelador en sus ojos, en sus labios, en su expresión. Él siempre sostenía que la fisonomía de las personas revelaba mucho de su verdadero carácter y que era atinado prestar minuciosa atención a esas señas particulares, que todas las personas tuvieran conciencia de ello o no.
Pero se encontró con la sorprendente respuesta de que todas ellas habían desaparecido, tal vez robadas, tal vez destruidas, en un confuso episodio aprovechando una guerrilla interna de la Agencia, una de tantas, en la que también desapareció un cuaderno marca “Gloria”, en el que, se decía, Amanda Da Silva había escrito unos poemas a un supuesto amante y sobre un acontecimiento histórico durante la conquista de América de parte de los españoles. De todos modos, nadie podía afirmar que ese cuaderno realmente estuvo alguna vez en poder de la Agencia o solo se trataba de un mito echado a rodar por los especialistas en contrainformar a los propios, una forma de enredar la información que a veces derivaba en crueles e innecesarios enfrentamientos internos. Sobre los dos poemarios que se atribuían a Amanda Da Silva y que circulaban clandestinamente, no había nada que confirmara su verdadera autoría.
Cuando solicitó información sobre el supuesto amante juvenil de la agente, no obtuvo ningún dato significativo, algo tan sorprendente como la desaparición de las fotos del prontuario de Amanda. Cuestionó que, tratándose de una operación de limpieza, no quedara ningún registro de ese trabajo, aunque fuera realizado por grupos que respondían directamente a la milicia. Pero nadie se sintió en obligación de dar respuesta a sus interrogantes y el asunto siguió en el limbo de la ignorancia.
Revisó los sumarios dispuestos por la superioridad para investigar esos extravíos, que, como sospechaba, no condujeron a nada, como era habitual en esos casos. “Pérez y Pérez” refunfuñaba sin perder su cínica sonrisa y sentenció en una reunión del buró a cargo de la eliminación de “La Reliquia”, con aire de académico que adoptaba para burlarse de la inteligencia de sus pares:
—Perón dijo: “para que algo no se aclare, nada mejor que designar una comisión”, y yo podría emularlo diciendo que, si la Agencia deseaba no aclarar nada, lo mejor fue imponer sumarios administrativos, el modo más eficaz de que nunca se arribara a la verdad. Tal vez fue el objetivo deseado. “La ignorancia os hará libres”.
Él sabía que el extravío de la información sobre Amanda Da Silva y de su entorno no era el producto de la mera ineficiencia, excusa que solía esgrimirse con asiduidad en otros casos. Detrás de ese altercado, como en muchos otros, siempre se escondían intereses contrapuestos y el hombre lo sabía perfectamente. Unos actuaban inspirados en las órdenes que les llegaban de Washington, otros de Londres, de Moscú, de París, de Berlín o de cualquier otra capital de las grandes potencias, que a veces (en contadas oportunidades) podían coincidir en sus intereses, pero que las más de las veces eran opuestos y contradictorios y terminaban fomentando enfrentamientos más o menos graves. Tampoco se podía descartar la infiltración que los comunistas realizaban con innegable audacia. Él, que los había combatido desde temprana juventud, no despreciaba sus métodos ni su preparación y los seguía considerando enemigos peligrosos.
Cuando una facción de la Agencia inspirada por algunos de esos imperialismos deseaba perjudicar a una que se subordinaba a otro, recurría al método que considerara más eficaz para lograr sus propósitos. Podía tratarse del robo, el sabotaje y hasta el crimen; cualquier delito era aceptable con tal de fortalecer la posición propia y menoscabar la de sus oponentes.
“Pérez y Pérez” no detestaba esas guerras intestinas que insumían esfuerzos extraordinarios y echaban a perder las más de las veces el sentido que supuestamente debía inspirar el accionar de la agencia. Se trate de la economía, las finanzas, las milicias o la misma agencia, el método de la dinamita había sido siempre el más practicado por su probada eficacia.
Él mismo había participado y promovido en más de una oportunidad esas guerras internas y disfrutó asistiendo al naufragio de una operación que llevó años de preparación y de la que no se llegaba a cumplir ni la más mínima parte de lo planificado.
También había sufrido sus derrotas, pero en la diferencia entre el debe y el haber, sus triunfos pesaban más que sus fracasos y por eso había escalado tan alto en la jerarquía de la organización. Cada fracaso ajeno había significado un ascenso suyo. Nadie llegaba a la cúspide de la Agencia sin haber dejado maltrechos a unos cuantos competidores. Esas eran las reglas de juego.
Recordaba el perfil de ese supuesto amante de la muchacha conocida como Amanda Da Silva y tenía fundadas sospechas acerca de quién se trataba. Lo había estudiado en detalle, aunque se reservó para sí esas conclusiones. Si él, ajeno en tiempo y espacio a ese drama, había logrado aproximarse al misterio de la relación de ese personaje con la muchacha radicada en los suburbios de la ciudad, del mismo modo, suponía, debieron hacerlo quienes tuvieron la responsabilidad de ejecutar con eficacia esa limpieza. Pero de la lectura atenta de los archivos, no de los textos formales, sino de lo que se desprendía de ellos entre líneas, surgía la evidencia de que los hombres responsables de la inteligencia de aquella unidad militar que extendía su influencia varios kilómetros alrededor de los cuarteles allí estacionados no facilitaron la información que tenían, por vanidad o subestimación (no podía saberse tantos años después de ocurridos los sucesos), y por eso no se completó la operación de limpieza de manera totalmente exitosa.
“Pérez y Pérez” tenía la convicción de que alguien informó al entorno de la muchacha que corría peligro y eso apuró decisiones sobre ella. El supuesto amante o contacto no corrió la misma suerte que otros colaboradores o encubridores suyos que desaparecieron esa misma noche. Tiempo después, el incendio intencional de la casita suburbana donde vivió Amanda liquidó toda otra posible pista sobre su historia personal. Su pasado quedaba, en parte, envuelto en humos semejantes a los de ese incendio. Sus contemporáneos murieron tiempo después y no quedó ningún testigo vivo de su paso por ese villorrio ya transformado en pujante barrio industrial.
Además, “Pérez y Pérez” sabía de sobra que del fracaso de una operación de limpieza solo los limpiadores quedaban exceptuados de responsabilidades, salvo en extraordinarias ocasiones donde la estupidez o la impericia jugaban en contra del ejecutor. Él había sido entrenado como un “limpiador” experto en descartar personas a las que la Agencia había decidido eliminar por considerarlas peligrosas. Políticos, sindicalistas y empresarios fueron víctimas de sus elaborados planes. Precisamente por haber sido un extraordinario “limpiador” pudo ascender al grado de “purificador”.¹
Era un trabajo propio de un verdadero artista del asesinato. Él se sentía un prolijo y meticuloso artesano de la muerte.
Se trataba de conocer al condenado en todas sus facetas, saber sus gustos, sus pasiones, sus debilidades, entender su psicología, para establecer el momento preciso y el mejor modo para ejecutar la sentencia, para que esta pasara como un desgraciado suceso en la vida de un desafortunado individuo.
Detestaba el fusilamiento descarado, el degollamiento brutal o cualquier forma poco elaborada de eliminar a un descartable. Eso desmerecía a la Agencia en su cometido; la descubría brutal, pero de pocas luces. Prefería el homicidio elaborado, aquel que no permitía seguir ninguna pista porque todas conducían a ningún lado.
Podía remontarse en los niveles de responsabilidad hasta los orígenes de todos aquellos fallidos que, sumados, llevaron al fracaso de la operación “La Reliquia”. Ir más lejos en la investigación suponía ascender hasta lo más alto en las responsabilidades y, como buen burócrata, sabía de sobra que eso estaba vedado incluso a hombres de su jerarquía. Estaba prohibido, por una ley no escrita, exponer las inmundicias de la Agencia a la luz de sumarios que podían trascender a la opinión pública. Los “trapitos sucios” se lavan en casa y en secreto. Esa era la sentencia. A veces con agua, a veces con sangre. Eso sí, también era una ley no escrita que las viudas siempre tenían derecho a la pensión post mortem y nunca se debía tomar represalias contra los hijos del caído en desgracia. Romper este código solía traer consecuencias espantosas para los involucrados, y las veces que eso ocurrió efectivamente, los eventos fueron tan lamentables que debieron borrarse de los Anales de la institución, que prefirió eliminarlos para que sus inmundicias no pudieran poner en alerta a futuras víctimas.
Para llegar al grado de “purificador”, había que pasar por el de “limpiador”. Solo su prestigio como tal lo promovió al nivel superior en el que llegó a ocupar el cargo de jefe de los purificadores, una función similar a los priores de la fe o los prefectos de la congregación para la doctrina de la fe.
Si quería obtener más y mejores resultados, debía seguir los vericuetos de esa historia por caminos que podían resultar insólitos y poco comprometedores para los jerarcas.
Dedicado a esa tarea, encontró un voluminoso apéndice del legajo que se conservaba sobre Amanda y donde se insinuaba su posible vínculo con ese joven asesinado en una noche de redadas.
Se trataba de la recopilación de veredictos de varios “especialistas” en opinar sobre asuntos de los que no tenían ni la menor idea. Estos realizaron un perfil psicológico sobre Amanda y llegaron al convencimiento de que ella no podía ser la mujer que se suponía amante del joven muerto. Estupidez, ignorancia, mala intención o la alquimia de todas ellas les habían permitido llegar a esa conclusión. No eran documentos importantes para la causa, por lo menos no lo eran para él, pero allí estaban. Tal vez la superioridad los había incluido para confundir a husmeadores como él, aunque nada de eso le haría perder el norte.
Ella, según esos opinólogos, resultaba completamente incapaz de llevar adelante una relación semejante. No se trataba de una conspiradora consciente y peligrosa. Por el contrario, era una adolescente algo díscola, era cierto, pero educada en la severidad del claustro monacal. Y aunque la tradición oral sostenía que ella repudiaba el trato que le propinaron y las enseñanzas que le inculcaron las monjas durante años, nunca pudo sustraerse al conjunto de enseñanzas religiosas que modelaron su psiquis. Lo que se aprende en la infancia, explicaban, raramente es removido con el tiempo.
Sostenían que mucho de lo que se decía de aquella joven estaba basado en meros relatos parciales imposibles de comprobar; se trataba de alabanzas exageradas que parecían haberse realizado con el solo objetivo de mostrarla llena de virtudes extraordinarias que la colocaban en inmejorable posición para ser seleccionada para muy exclusivas misiones de la Agencia, como lo era, precisamente, la asistencia de esa reliquia conservada en una mansión en los confines de la patria vieja.
Afirmaban, por ejemplo, que de Amanda se dijo que era una avanzada alumna de un cura concertista y que dio muestras de una precoz condición de eximia ejecutante de las complejas obras de Juan Sebastián Bach. Pero no había ningún registro confiable de ese supuesto virtuosismo. Mucho menos de su condición de eximia concertista, algo que resultaba absolutamente antojadizo. Tampoco había un testimonio sólido sobre las supuestas virtudes musicales y religiosas del cura concertista, de quien no había sobrevivido al tiempo ninguna de sus pertenencias y cuyo cadáver había desaparecido de su tumba en misteriosas circunstancias atribuidas a una oscura venganza de personas defraudadas por su poco cristiano comportamiento.
Reforzaba esa creencia su negativa a volver a la música cuando salió del internado, lo que permitía sospechar que mucho de lo que se le atribuía como brillante concertista era pura fantasía, “propaganda” que ella misma o sus protectores hacían circular para presentarla como la joven brillante que pretendían imponer. De alguna aptitud literaria jamás se tuvo ni el más mínimo comentario.
Para ellos, poner a la muchacha en un escenario de amor carnal que moviera a la pasión literaria era, como mínimo, ridículo. Por entonces, sostenían, el peso de la educación religiosa y sus principios morales no podía haberse disipado en una muchacha de clase media recién salida de su internado religioso, que pertenecía a una familia de innegable devoción católica y afirmada en los sagrados valores de la fe católica, apostólica, romana. Para esos principios de la religiosidad, la virginidad era un don preciado que solo se ofrecía a cambio de la consumación del sagrado sacramento del matrimonio y del establecimiento de una familia sólidamente constituida. Nada más alejado de la realidad que imaginar a una conspiradora que lograra encubrir su relación en un amorío carnal temprano al que le dedicó mediocres poemas de amor.
Si alguien les pedía que se remitieran a las respuestas que Amanda dio en los interrogatorios a los que fue sometida antes de que se aceptara su solicitud de ingreso a la Agencia, ellos respondían que eran tan pocas las que habían sobrevivido a la lamentable pérdida de los documentos sobre su persona que no permitían llegar a conclusión alguna. De las pocas cuyo contenido se conocía, ninguna los hacía modificar sus opiniones; por el contrario, las confirmaba. Muchas de ellas, insistían, solo parecían redactadas para mejorar sus calificaciones y encubrir la caprichosa elección de su persona para la misión aquella. Los comentarios en los márgenes de su legajo hechos por los opinólogos inducían a creer que muchos de sus supuestos méritos eran el producto de una irresponsable y mentirosa promoción destinada a embellecer las aptitudes de una mediocre agente y disimular el error de sus seleccionadores.

Los más de cincuenta años de enclaustramiento del ama de llaves y la imposibilidad de acceder a libros, diarios o cualquier otro material que le hubiese permitido mantener cierto ejercicio intelectual, como la lectura y la simple escritura, habían consolidado, según explicaban finalmente los opinólogos, esa mediocridad que, a su juicio, había regido su adolescencia. Para ellos, ese encierro, sin dudas, debió haberla embrutecido. Al final de cuentas, con la mejor de las consideraciones, solo se trataba de una sirvienta dedicada al cuidado de una momia parlante que alguna vez fue un ilustre personaje, pero que había devenido en un esperpento irreconocible. Para ellos, un detestable anacronismo.
Fregar pisos, lavar orinas y mierdas, cocinar verduritas y soportar las veleidades de una madre loca y de una hija, despechada de su padre y enviada al cuidado de unas monjas extranjeras, no requería de un intelecto brillante. De eso se trataba, aunque resultara realmente decepcionante; todo lo demás era burda fantasía.
Los opinólogos finalmente proponían buscar en otras fuentes información que permitiera hallar la verdad de muchos de esos sucesos que todavía no se habían podido esclarecer.
“Pérez y Pérez” leyó todos esos “papers” de los famosos charlatanes de la Agencia, como pomposamente se los denominaba para hacer creer que eran documentos importantes. Se trataba de hombres del cenáculo del “charlamento”, institución tan inútil como onerosa de la Agencia, donde hombres de coeficiente medio y poco proclives al estudio serio pasaban sus horas polemizando sobre nimiedades sin llegar nunca a ninguna conclusión útil. De esos “sesudos” analistas, expertos opinantes de cualquier tema, no esperaba nada rescatable. Muy por el contrario, todo lo que ellos producían, a su juicio, era basura, “productos para inodoros, limpiadores de caca”, decía acentuando el tono cínico que imprimía a sus palabras cuando quería humillar a esos personajes. Desaconsejaba prestar atención a sus estrafalarias elaboraciones comparándolas con “el más áspero e irritante papel higiénico que hay que negarse a utilizar para preservar la integridad epitelial del conducto excretor”.
Se regodeaba burlándose de ellos, endilgándoles a viva voz que solo eran pequeños roedores de pelaje negro y vidriosos ojitos rojos, comedores de legajos inservibles, salidos de los tugurios menos recomendables de la agencia, vividores del erario público llenos de preconceptos, lugares comunes y ridículos prejuicios, que servían para distorsionar a su capricho la verdad objetiva y que alimentaban sus ignorancias con afirmaciones tan rimbombantes como risibles.
Lo peor de todo, se lamentaba con sinceridad, era que las más altas jerarquías recurrían a ellos como otrora los griegos al oráculo. Pero los griegos, rendidos ante sus dioses, escuchando a la Pitonisa predecir el futuro de la guerra o el destino del país, acertaron a legar a la humanidad logros maravillosos en la ciencia, el arte, la filosofía, mientras los opinólogos de la Agencia, también llamados “asesores”, jamás dejarían nada perdurable, salvo una interesante pila de papeles donde asentaban en gruesos caracteres sus tonterías disfrazadas de ciencia, papeles destinados a la quema en ocasión de asados festivos de la institución o cuando se precisaba alimentar el fuego de algún incendio intencional para destruir archivos verdaderamente comprometedores.
“Un opinólogo —decía «Pérez y Pérez»— es una chismosa que gana un suculento sueldo de la Agencia tratando de convencernos de que sus tonterías no son tales, sino verdadera manifestación de la sabiduría. Y así nos va”.
Los asesores lo odiaban visceralmente, pero se privaban sabiamente de hacer manifestación de sus sentimientos y de enfrentarlo abiertamente, a sabiendas de quién era su oponente y cuán alto estaba ubicado en la jerarquía.
En ese altercado en el que se extraviaron las fotos de juventud de Amanda Da Silva y el cuaderno marca “Gloria” con los supuestos poemas de amor de la muchacha a su amante, también desapareció el prontuario con los antecedentes de su madre y otros que le hubieran permitido a “Pérez y Pérez” completar una semblanza más precisa de la mujer que estaba investigando por interés propio.
A diferencia de sus pares y de la jauría de asesores, “Pérez y Pérez” no practicaba el repudio contra la mujer y menos contra “La Reliquia”. Consideraba que la práctica de sentimientos como el amor o el odio distorsionaba los hechos con su cristal de emociones, obstruía la crueldad de las personas, necesaria para ir hasta el hueso en la búsqueda de información (y en él esa no era una mera expresión literaria), y por eso los despachaba fuera de su ánimo. Y si se le hubiese exigido exponer su íntimo pensamiento, su más profunda convicción, hubiese afirmado sin vacilaciones que hasta sentía respeto por ambas. Mientras unos la creían una vulgar traidora que trabajó para hacer fracasar a la institución en los objetivos que se había fijado para acabar con esa rémora del pasado que se constituía en bandera de la patria nueva y que alargaba en el tiempo la voluntad de hacer una nación independiente de estas tierras ubicadas en los confines del mundo; y otros la creían una mediocre sirvienta, limitada mentalmente, dedicada a limpiar las heces del recluido en aquella mansión, él admiraba su trabajo.
Todos dogmáticos, encerrados en sus creencias irrefutables, así los repudiaba.
“Dogmáticos”, inútiles a toda hora.
Para él, los dogmáticos siempre echaban todo a perder. Porque el dogma se basaba en la fe ciega y no en el entendimiento. Y la fe ciega sirvió para llevar a la hoguera a Servet, a Giordano Bruno, a Vanini, a d’Abano, a de Orta, pero nunca para comprender un fenómeno. Y él necesitaba comprender el fenómeno en su esencia, penetrar en su particularidad para poder entender cómo destruir lo que amenazaba el orden establecido. Solo comprendiendo verdaderamente qué representaba “La Reliquia” podría descifrar cómo destruirla y acabar con sus consignas y sus seguidores.
Tomaba, entonces, su pensamiento un giro aristotélico. Para comprender lo que se presentaba como un sistema, porque de eso se trataba la logia en que se sustentaba la sobre existencia de “La Reliquia”, necesitaba entender cómo estaban vinculadas entre sí todas sus partes, todos sus integrantes. El hombre, el soldado, la bandera, la victoria y la derrota, el amor y el desprecio, sus seguidores, su ama de llaves, sus amores y odios. Todo. Todo lo que hacía a la verdadera naturaleza de esa anomalía extraordinaria.
Alcanzar ese entendimiento sería la llave que le abriría la puerta a consumar el asesinato más glorioso, el de “La Reliquia”, frustrado más por las debilidades propias que por las habilidades ajenas. Solo así alcanzaría la felicidad, el bien supremo de todo hombre, el objetivo último de la comunidad que se representaba en él, como expresión de ideas y sentimientos que luchaban por sobrevivir contra los embates de los desposeídos que aspiraban a la completa libertad e independencia.
Sun Tzu, diría su amigo caído en desgracia, lo afirmó 500 años antes de Cristo: “Conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo. Por lo tanto, os digo: conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo y en cien batallas nunca serás derrotado”. Ese era el sentido de su esfuerzo por conocer.
Amanda Da Silva pudo ser su vehículo a esos secretos que procuraba develar a medida que avanzara en su trabajo. Amanda era conocimiento, Amanda era información, Amanda eran los ojos a través de los cuales pudo haber visto a la verdadera reliquia, la boca con la que pudo haberle hablado y los oídos con los que pudo haberla escuchado. ¡Y la tuvieron encerrada, en un geriátrico del que no debería haber escapado, pero escapó! ¡Escapó! ¡Escapó! Para arrojarse al paso de un tren desvencijado en una mugrienta estación ferroviaria.
Quien esperaba someterla a la vivisección que solo él podía practicar, con el fino escalpelo de su intransigencia, un doloso pero justificado acto criminal para cumplir los objetivos decididos por la Agencia, había visto escabullirse esa oportunidad en sus propias narices. ¡Qué ocasión perdida!
Él nunca subestimó a Amanda Da Silva. Jamás. Su último esfuerzo, ya vieja y achacada, abandonando la silla de ruedas y saliendo por donde nadie pudo aún deducir para ir a arrojarse al paso de un tren y privar para siempre a sus verdugos de la posibilidad de arrancarle la confesión que les permitiera terminar de una vez y para siempre con ese esperpento del pasado, balbuceando “ni amo viejo, ni amo nuevo ¡ningún amo!”, hablaba de una mujer valiente y decidida, que entre el miedo y la temeridad escogió la temeridad de morir defendiendo una causa que a él le resultaba repudiable.
No podía menos que sentir admiración por los atributos militantes de la sirvienta que gastó su vida custodiando un emblema de la patria nacida hacía tantos años entre el humo de los chisperos, incendiando la llama de la revolución en los cuatro puntos cardinales y el ondular de un pañuelo blanco llamando a la insurrección.
Cuando de ese modo pensaba “Pérez y Pérez”, le volvía a la memoria los rostros inexpresivos de tantos aspirantes que asistían a sus cursos y que mostraban una chatura que lo desconcertaba, repitiendo eslóganes, afirmaciones vulgares, de una pobreza intelectual que lo mal disponía contra todos ellos. Él quería héroes y mártires dispuestos a inmolarse en defensa del Estado que los cobijaba, pero le daban, en cambio, inodoras, incoloras e insípidas planillas de cálculo; aspirantes que lo único con lo que soñaban era con cuánto confort vivirían a partir de insertarse como un parásito en el intrincado sistema linfático del aparato del Estado, del que chuparían su rico néctar a cambio de unas cuantas horas de olvidable labor burocrática. Y suponía, con razón, lo difícil que se tornaba de ese modo garantizar la subsistencia de un sistema que se había impuesto luego de largas y cruentas matanzas y que bajo el estandarte inhumano de una extranjería insaciable que balbuceaba un argentino inexpresivo, rendía a los pies de sus majestades las riquezas saqueadas de esa joven nación sometida.
¡Qué no daría por mujeres como esa! Tuvieron una joya entre sus manos de la que podían haber aprendido todo, y la perdieron entre las ruedas de un tren desvencijado, en una mugrienta estación del Sarmiento. 

***

II – La clave alfanumérica 

En el barullo de papeles, “papers”, anotaciones y comentarios, “Pérez y Pérez” descubrió una nota mecanografiada en papel romaní que no guardaba relación con ningún documento que llegó a sus manos con anterioridad ni tenía referencia alguna de adónde remitirse para acceder a su contenido. Era una sucesión de números y letras que a simple vista no decían nada. Pero él sabía que se trataba de una clave. Era la clave alfanumérica que, se dijo, Miguel balbuceó en presencia de unas nurses que informaron de inmediato a sus superiores. El signo de pregunta escrito con un grueso lápiz rojo le dio la seguridad de que, en efecto, se trataba de esa combinación de palabras y números.
Requirió la colaboración de una joven del departamento de documentos encriptados, quien le dio la pista adonde debía dirigirse para encontrar el documento que correspondía a ese cifrado.
En el texto estaban escritas las siguientes letras reunidas en veinte grupos y una sucesión de números. Cerraba la clave tres flechas en sentidos diferentes.
Iknu/sihc/amir/uhca/psal/lqah/qati/Kimi/ssap/ip(m)/nana/m&uh/cani/nnin/ukir/(m) n/anam/sapa/psuk/iraa/tami/31/13/45/36/-41/410///51/31/18/22/592/-213///99/-34/21/14/44/%/410/59???
La muchacha, luego de observar la nota, garabatear algunas anotaciones en un papel y consultar a un colega experto en lenguas, le dijo al jefe “Pérez y Pérez” que debían tomarse por separado letras, números y flechas, obteniendo de ese modo tres entidades diferentes de información.
Las letras:
Iknu/sihc/amir/uhca/psal/lqah/qati/Kimi/ssap/ip(m)/nana/m&uh/cani/nnin/ukir/(m) n/anam/sapa/psuk/iraa/tami/
Los números:
31/13/45/36/-41/410 /// 51/31/18/22/592/-213/ /// 9 9/-34/21/14/44/%/410/59
Y las flechas:
???
Las letras distribuías en los grupos, debían ser reordenadas del siguiente modo:
iknusihcamiruhcapsallqahqatikimissapip(m)nanam,uhcaninninukir(m)nanamsapapsukirañatami
Luego separarlas por vocablos.
iknusihcamir uhcapsallqahq atikimis sapip (m)nanam ,uhcanin ninukir (m)nanam sapapsukir añatami
Finalmente debía invertirse su escritura y se obtenía el texto correcto:
“Imataña rikuspapas manan(m) rikunin ninachu, manan(m) pipas simikita qhaqllaspachu rimachisunki.”
Se trataba de una expresión en quechua, cuya traducción al castellano era:
“Cuando veas algo no debes decir que has visto, nadie abre tu boca para que hables.”
Luego dedujo la numeración:
31/13/45/36/-41/410 /// 51/31/18/22/592/-213/ /// 9 9/-34/21/14/44/%/410/59
A m a n d a p a s i l l o p o r t u g a l
El primer número correspondía al orden de la letra; el segundo, al de la palabra, siempre usando la escritura en quechua. Cuando le faltó una letra en la palabra en quechua, el encriptador recurrió a una palabra escrita en castellano; por eso la precedió con el signo negativo (-) para significar «abajo». Si en los dos lenguajes le faltaba una letra, como en el caso de la «g», recurrió a un símbolo y utilizó el signo de porcentaje (%), como podría haber usado cualquier otro.
Las flechas:????
?: Arriba
?: Pasillo dos, derecha.
?: cajón dos, anteúltimo.
Aunque no encontraba un dato que confirmara su deducción sobre el orden de las flechas, estaba convencida de que era el que ella señalaba. En alguna oportunidad, cuya fecha no deseaba revelar, había visto usar esos símbolos para identificar la ubicación de un documento.
La muchacha le pidió que le informara si sus conclusiones habían sido correctas. Le dijo que lo sabría por su ascenso. Ella, habituada a descifrar enigmas, supo al instante que, si había errado en sus deducciones, no le esperaba un buen destino. Pero su descubrimiento fue correcto.
«Pérez y Pérez» halló la transcripción completa del primer interrogatorio al que fue sometida Amanda Da Silva, como parte de sus exámenes para ser admitida en la Agencia. Cumpliría con la sentencia inscripta en la clave: «Cuando veas algo, no debes decir que has visto; nadie abre tu boca para que hables». No hablaría con nadie de su hallazgo; lo reservaría para él y vería cuándo y cómo convendría usar esa información.
Junto a esa transcripción había un formulario en el que se instruía tomar nota de todos los detalles durante el interrogatorio. Señalaba, además, quién debía estar a cargo del mismo. Se trataba de un especialista que debía hurgar en la intimidad de la aspirante para poder construir un perfil psicológico lo más aproximado a la verdad.
Se pedía tomar nota del aspecto físico de la aspirante, de su modo de hablar, de su manera de andar, de sus gestos, de sus aptitudes para la mentira, de sus conflictos con la verdad, de sus inclinaciones religiosas, de sus deseos sexuales. En fin, todo lo que se podía suponer se preguntaría en una entrevista, pero no precisamente destinada a una principiante.
En el margen izquierdo de ese librillo estaba la firma del Director General, que revelaba la importancia que la institución le había otorgado a aquel encuentro. Bajo las siglas AS se disimulaba a la joven aspirante a recluta que llegaba con las mejores recomendaciones.
En otra hoja, dentro del librillo, estaba escrita la orden de cambiar el nombre en clave de la aspirante.
«Pérez y Pérez» no sabía quién tomó la decisión de que el nombre quedara reducido a la letra «?», «psi». Él supuso que esa denominación no era arbitraria.
Vinculó la letra griega «psi» con la palabra «psiqué», que en su origen significó «mariposa», y la asoció a la necesaria metamorfosis que debió atravesar una muchacha escuálida y conflictuada para convertirse en una decidida y espléndida mujer. Y eso lo hizo sospechar que, sobre Amanda, había un doble legajo: uno archivado como «Da Silva, Amanda», en el pasillo «Portugal», y en el que la información se limitaba a ese primer interrogatorio; y otro como «?», en el que debía estar completa su verdadera historia.
Pero todo indicaba que sus pistas morían en ese librillo de papel romaní. Al término del mismo no había ninguna referencia a otro documento reservado. Y eso lo conflictuó seriamente. Esperaba hallar datos certeros sobre Miguel Da Silva y su relación con la joven muerta por una hemorragia, Anita Cruspaga; la identidad del padre biológico de Amanda Da Silva, y la verdadera identidad del ama de llaves del General. Pero todo el esfuerzo realizado lo había llevado a un callejón sin salida. 

***

III – Un problema ontológico 

Decepcionado del relativo fracaso que había sufrido al no poder avanzar en la investigación del legajo de Amada, “Pérez y Pérez” se dedicó a rastrear las recomendaciones que promovieron al suboficial “Pérez” (el traidor que fusiló de un disparo en la nuca al coronel en jefe la aciaga noche de la fuga de los conspirados), para trabajar en el entorno del coronel en la mansión del norte. Llegó a la primera, a la que redactó de puño y letra la propia Amanda Da Silva. Su exquisita caligrafía era la misma que había visto en su pedido de pase a retiro. Ella no mostraba ningún desorden. Eso le daba la certeza de que la mujer nunca había perdido el dominio sobre su cuerpo y su mente.
A diferencia de sus colegas, ascendió por la espiral burocrática hasta alcanzar a quienes lo destinaron para ese servicio.
“Pérez y Pérez” encontró que cada vez que la recomendación ascendía en la escala burocrática, quien elevaba la nota “olvidaba” mencionar el nombre de quién recomendaba al suboficial. Vanidad, liviandad, estupidez, cada burócrata del peldaño superior, se atribuía el extraordinario hallazgo de un suboficial de legajo impecable y condiciones extraordinarias para tan trascendente tarea. Así, hasta el segundo jefe del sistema de inteligencia. Cualquiera que hubiera limitado su investigación al último que promovió al suboficial “Pérez” al cargo de ayudante del coronel en jefe, como en efecto había ocurrido, se habría conformado al comprobar que estaba recomendado nada más y nada menos que por el segundo en la escala jerárquica de la institución. Pero, diría «Pérez y Pérez», el problema está siempre en el origen de los asuntos. «Es un problema ontológico», dijo socarrón mientras miraba a un auditorio abrumado por las palabras de ese jefe que siempre tenía la boca llena de sentencias.
Y como «Pérez y Pérez» disfrutaba burlarse de sus compadres con ese cinismo espectacular que lo estimulaba, les dijo que el error en la designación del suboficial, que a la postre resultó un fiasco para el sistema, estuvo en que ninguno de los que, dijo con una sonrisa impúdica, «ingenuamente» se apropiaron de la recomendación del ama de llaves haciéndola pasar por propia, había estudiado con seriedad la obra «Ogdoas Scholastica», o al menos se hubiera remitido a una de las preguntas más básicas que, tantos años atrás, Willard van Orman Quine se formuló de manera tan simple y categórica
«¿Qué hay?».
Y si hubieran investigado «qué hay» sobre el asunto, habrían encontrado muchos años atrás la respuesta.
—Errores comete cualquiera. «El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada» —dijo un burócrata tratando de disimular la gravedad del asunto.
—¡Es cierto! —exclamó «Pérez y Pérez», festejando la intervención de su colega—. Goethe debería haber trabajado en esta Institución. Todas las responsabilidades quedarían compensadas por el voluntarismo empírico de nuestro colega aquí sentado.
El hombre sintió que un calor ascendía de su bajo vientre hasta el rostro y el ridículo lo exponía ante sus subordinados de la mano de ese jefe al que odiaba desde sus días de principiante.
—Aunque yo podría citar, por ejemplo, a Confucio y decirles: «El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor». O a Dickens y decirles: «Acostumbramos a cometer nuestras peores debilidades y flaquezas a causa de la gente que más despreciamos». Podría pasar horas acumulando citas sobre los errores. Aunque me voy a limitar a repetir a Concepción Arenal. Y les ruego: no me pregunten quién fue. Ella dijo: «El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea». Este error a la Agencia le ha costado demasiado caro.
Los presentes optaron por bajar la vista hasta el borde de la amplia mesa a la que estaban sentados y guardar un prudente silencio. «Pérez y Pérez» se dirigió a una ventana que daba a un patio interior. Desde ella podía ver a los guardias en sus casamatas proteger el edificio. Suspiró casi con melancolía.
—Aunque pensándolo bien… —dijo y se llamó a silencio, despertando la curiosidad de sus interlocutores, mientras pasaba su mano derecha por su mentón—. Aunque pensándolo bien…, yo diría que este desgraciado suceso fue producto de la intervención de personas ligadas a la Sexta Internacional.
Los presentes quedaron pasmados al escuchar la reflexión del jefe. Algunos sabían de la Primera Internacional, también de la Segunda, incluso forzando la memoria hasta de la Tercera. Los menos tenían alguna referencia sobre la Cuarta Internacional, en especial un jefe que fue destinado a trabajar con grupos trotskistas, siempre fértiles para el trabajo de espionaje.
Sobre la Quinta Internacional ninguno tenía referencias, salvo una mecanógrafa que trabajaba como secretaria de uno de los presentes en la reunión, que había colaborado con una investigación sobre aquella entente, y de la que solo recordaba vagamente el nombre de un tal Liborio Justo, del que alguien le dijo que se trataba nada más y nada menos que del hijo del General Agustín P. Justo, lo que le pareció una broma de mal gusto. Pero de una supuesta Sexta Internacional los presentes no tenían ni la más insignificante noticia. Todos, sabiéndose ignorantes, prefirieron guardar silencio y ninguno se animó a preguntar por el origen, los líderes, las aspiraciones y el grado de desarrollo de esa Internacional que, de seguro, sería otra pérfida inspiración de los comunistas que, a la postre, resultaban más difíciles de exterminar que la peor de las alimañas.
«Pérez y Pérez» guardó silencio y se retiró de la reunión sin realizar comentario alguno. Los presentes quedaron expectantes y luego de unos minutos de zozobra imitaron al superior y dejaron la sala de reuniones con más angustias y dudas que certezas. 

***

IV – Un pequeño trozo de papel 

«Pérez y Pérez» trató en más de una oportunidad de reconstruir los sucesos que llevaron a un rotundo fracaso de la operación «La Reliquia». Todavía esperaba una larga comparecencia de su viejo camarada, el coronel Podestá, quien, si se mantenía medianamente sobrio, tal vez podría brindarle algún dato interesante. Prepararse para esa entrevista merecía hasta un largo retiro espiritual. Reinafé se lo propuso un tanto en broma y un tanto en serio. Nadie mejor que él conocía a ese enviciado coronel aferrado a la historia de las monjas subversivas y sus rosarios. Sabía lo difícil que era su amigo cuando debía dar explicaciones. Y además entendía que volvía lleno de reproches por el fracaso de una operación que no le permitieron dirigir.
Todavía la orden del día N.º 5 no revoloteaba como un ave de mal agüero liberada por los logiados de su siniestro encierro para amenazar a la Agencia con otras revelaciones. Esa orden, al tiempo que dejaba en evidencia el desquicio en que se había sumido el jefe de aquel reducto, demostraba la imprudente decisión de dejar por escrito órdenes que solo se impartían en forma oral y a solas con el destinatario. La soberbia, la impunidad y la estupidez habían resultado malas consejeras. Las tres Gorgonas monstruosas y despiadadas prepararon la venganza contra el desviado coronel en jefe.
El inesperado testimonio de uno de los pueblerinos del villorrio le dio una idea de lo que había ocurrido entre el suboficial y la mujer antes de su partida.
Era un hombre que habló por hablar, medio empedado, luego de chuparse en el barcito de la gorda envenenada por su propio marido, el que se suicidó escapando al castigo que le tenía reservado Podestá. Fue cuando retiraron los cadáveres y los cargaron en una vieja Estanciera IKA. Pero los alcahuetes que escucharon sus dichos le atribuyeron cierto valor y por eso lo transmitieron. «Pura suerte», diría «Pérez y Pérez». Las más de las veces esos comentarios eran despreciados por provenir de personas de baja condición o empedernidos borrachines que hablaban desprejuiciados de asuntos importantes para el Estado sobre los que, se suponía, no debían tener ni la menor idea.
El hombre habló con picardía de una discusión entre el encargado de la mansión, se refería sin duda al suboficial y no a su coronel en jefe, a quien hubiera identificado como el alcohólico y pervertido, y la vieja mujer. El borracho lo atribuía a un asunto de amores, algo absurdo entre esos dos.
Se trató de una conversación entre el suboficial «Pérez» y la vieja ama de llaves antes de que ella partiera rumbo al geriátrico donde debía quedar confinada hasta su muerte. Pero lo que «Pérez y Pérez» se esforzaba por imaginar de aquel diálogo final no se aproximaba en nada a lo que realmente había sucedido entre esos dos conspiradores.
Estaba obligado a reconstruir la historia desde su final hacia el origen, y eso no era tan simple. La información que disponía era fragmentada. Y a pesar de que reunió toda la documentación que pudo, la pública y la reservada, ella no le ofrecía detalles que le interesaban porque, como reconocía, «siempre el diablo se esconde en los detalles».
Esperó nuevos hallazgos, los que no llegaron por entonces, y como si se tratara de un arqueólogo que a partir de fragmentos dispersos reconstruye un edificio en ruinas, trató de comprender cómo habían podido ser burlados del modo en que lo fueron. El cadáver del oficial ejecutado por el suboficial era un incentivo para asumir el cruel ejercicio de la venganza contra los «Pérez».
«Pérez y Pérez» era un animoso cínico, pero nunca un indiferente ante la muerte de un camarada, aunque este se hubiera pervertido al extremo como lo había hecho aquel y por el que, incluso, sentía un desprecio extraordinario. Pero ese era un sentimiento entre pares mientras su asesinato era un asunto con sus enemigos. Distinguir propios de enemigos era una obligación en un jefe de sus características y un arte básico en la guerra.
—Los vicios son inherentes a la condición humana —sentenciaba a menudo—, pero el único pecado imperdonable entre los hombres es el de la traición. Los traicionados están conminados a ejercer la venganza como ejemplar escarmiento contra los infames Judas que defeccionaron de las propias filas. De todos los demás pecados, queda en Dios juzgar sus perjuicios y sus castigos.
Por lo tanto, cargaba con el pesado bulto de ejercer la venganza por la muerte de su camarada, pero la expiación bien entendida del crimen debía ser sublime, íntegra, elaborada. Adoración de Némesis en tiempos modernos. No se trataba de ejecutar a uno u otro por simple despecho. Tenían listados completos de logiados que podían caer por una simple orden suya. Eso podría ocurrir en el momento preciso, cuando golpearan a la logia en su corazón y su cerebro y la desarticularan por completo. Hasta entonces, todo era almacenar información, precisar datos, descubrir jefes, preparar el zarpazo y fermentar en odios.
De haber podido acceder a ese diálogo final, algunos de sus interrogantes habrían encontrado el camino para su respuesta. Pero para su desgracia, los sucesos más trascendentales de aquella fallida operación ocurrieron a cientos de kilómetros de distancia de su cómodo escritorio de jerarca y no lo tuvieron, hasta donde se sabía, por uno de los protagonistas directos que decidieron el curso de los eventos en el terreno mismo de la confrontación, que es, las más de las veces, donde se ganan o se pierden las verdaderas batallas.
Él comprendía que eran muy pocos los datos que llegaban al centro desde esa periferia y, aunque lo sospechaba, no tenía la certeza todavía de que esa información era obturada por el total control que los «Pérez» habían logrado en el lugar de los acontecimientos. En toda batalla, el dominio del terreno es trascendente.
Sin la información correcta, sin el esfuerzo esperable para dilucidar cuán verídica y cuán falsa era la que llegaba, se tomaron decisiones incorrectas que debió compartir a pesar de no estar de acuerdo en lo más mínimo con ellas.
En un colegiado de esas características muchas veces se deben acompañar decisiones con las que se disiente por completo. Tal comportamiento hace al compromiso de un verdadero estado mayor con su misión última, obtener la victoria final a costa del sacrificio que fuera necesario. Las vanidades, las egolatrías y las aspiraciones individuales deben quedar relegadas como si se tratara de viejos e inútiles trastos, cuando lo que se busca es alcanzar el bien común que entrega como preciado premio la victoria definitiva.
Entre muchos otros hechos, «Pérez y Pérez» ignoraba que a su arribo Amanda hizo tres preguntas a la Logia que se comprometió a responderlas cuando pudiera acceder a respuestas fehacientes. Por ellas fue que esperó más de cincuenta años. Larga espera para simples preguntas. Nunca insistió por ellas a pesar de que podía haberlo hecho en tantísimas oportunidades.
Sabía que esas revelaciones no modificarían su destino dentro de esa casona. Estaba ahí para cuidar del General; sus angustias e interrogantes en nada equivalían a su tarea y aceptó por decenios ese mandato. Y la razón por la que no insistió en la revelación de sus preguntas es porque se convenció de que ese conocimiento la hubiera perjudicado distrayéndola de sus obligaciones. Bastante padeció con la niña Guadalupe, y en más de una ocasión el propio suboficial «Pérez» debió ponerla en caja para que no se dejara llevar por sus pasiones.
No pudo despedirse de sus dos amores, aquel de la juventud, y este, al que cuidó por más de cincuenta años. El primero desapareció de su vida como había llegado, envuelto en un misterio inescrutable. El otro por imposición del reglamento de la Agencia que, para esa circunstancia, era estricto y severísimo. Nada de emociones personales en todo aquello. Como diría un sicario muerto en el zafarrancho de la fallida operación «La Reliquia», no se trataba de «nada personal».
El suboficial «Pérez» siguió de cerca el cumplimiento de la prohibición de despedirse del ilustre. Era un hombre que no aceptaba desahogos personales que pusieran en riesgo el objetivo supremo que era garantizar la eternidad de la esencia misma de la enseña de la patria.
Pero si Amanda era privada de ese amoroso gesto final de su vida, merecía antes de morir las respuestas a sus tres preguntas. Era un derecho que la asistía y la Logia lo entendió de ese modo. Ella necesitaba morir sabiendo algunas cosas sobre su verdadera historia, porque eso completaría el sentido de su muerte, pero sobre todo de su vida.
—Tomá este papelito que es para vos. Acá no lo leas —le dijo el suboficial «Pérez».
Amanda lo tomó en sus manos y lo guardó entre sus ropas.
—¿Desde cuándo escribís cartitas de amor para viejas arruinadas como yo?
—Dejá de decir boludeces, vieja. En mi vida escribí una cartita de amor. Y menos para una vieja como vos. Es lo que te debía desde hacía mucho tiempo.
—¿Es lo que creo?
—Sabés de qué se trata —le dijo mirándola directo a sus negros ojos.
A pesar de su edad, ella conservaba la intensidad de su mirada, la que nunca el suboficial había podido sostener.
—¿Es lo que pedí cuando llegué? —Amanda quería saber si esas eran las respuestas que esperó desde entonces.
—Así es. Cuando estés segura de que nadie te observa, lo leés. Después, ya sabés, lo masticás y te lo tragás. De adonde va a ir a parar, nadie te lo va a poder sacar.
En el papel están escritos tus verdaderos nombres, los de tu madre y tu padre biológico.
Amanda preguntó ansiosa:
—¿Pudieron averiguar del muchacho?
—¿Tu contacto? ¿El de la laguna? ¿Tu amorcito? —sonrió con cinismo.
—No te hagás el pícaro conmigo —Amanda le golpeó el pecho con la mano—. De él te hablo.
—Algo, no todo. Lo cazaron los militares, de eso estamos seguros. Los mismos que te buscaban a vos. Pero cómo murió, los camaradas no lo pudieron saber. Pero supongo que no te interesará ese detalle.
—Dejame a mí decidir qué detalle quiero o no quiero saber —Amanda le respondió enérgica.
—Como vos digas. No te chivés conmigo, vieja. Después de todo no hace falta tener mucha imaginación para sospechar qué pasó. Si está en algún lado, es en el fondo del relleno de la laguna de tu pueblo, adonde te querían mandar a vos también.
—¿Y de Ramón y su esposa «La Mamaní»
—De esos dos, nada. El Socorro Rojo les perdió la pista y nunca más tuvo noticias de ellos. Tal vez están con tu novio en el mismo lugar, pero no lo sabemos. De lo que estamos seguros es que murieron la noche de la redada.
—¿Y por qué decís que me salvé
—Porque estás viva, mujer. Y duraste lunga —el suboficial le dijo al tiempo que sonreía con picardía.
—¿Cómo me salvé? ¿Puedo saber?
—Alguien de arriba te salvó. Por ahí fue ese que se hacía llamar Miguel Da Silva.
—¿Miguel? ¿Qué tomaste esta mañana?
—Yo, nada, estoy en servicio, vieja.
—No me jodás que no estoy para esas bromas.
—¿Y qué sabés? Toda clase de misterios hay en la viña del señor. Aunque te agarre cagadera, el tipo bien pudo ser el que te salvó y por eso después te negó. Fue el esposo de tu madre, padre de tu medio hermano; algo sentiría por vos.
—¿Por mí? ¡Dejate de hablar de cosas que ni sabés!
—Los sentimientos son raros en los hombres —el suboficial «Pérez» le daba vuelta al asunto—, pero Amanda se negaba siquiera a considerar esa posibilidad.
—Si sabés algo decímelo ahora, antes de que me vaya —Amanda lo apuró.
—¡No! No sé nada. Son solo ideas mías.
—¿Y cómo pudo salvarme ese hijo de puta?
—Yo qué sé… influencias. Era un tipo influyente. Te consta que supo venderte bien, sabía que eras buena mercadería, él te recomendó a la Agencia. Él te presentó a la Agencia.
—¡Hablás al pedo! Ese hijo de puta nunca me pudo haber salvado. Me lo hubiera escrito en la carta, era sentimental, lacrimógeno y un engreído de porquería. Si lo sabré yo, que le presté mi pecho para que llorara a mi madre muerta. ¡Hipócrita de mierda! La vieja Eriseta lo hubiera castrado.
—¡También con la madre te la agarraste! Dejá a la vieja que se murió hace rato. ¡Mirá si fue ella la que te salvó!
—Vieja de mierda, me trató peor que a una de sus sirvientas y le cagó la vida a mi hermano.
—Tu hermanito era un tiro perdido, convengamos. Mujeriego, borrachín, fumador…
—No te metás con mi hermano.
—Muy bien, señora, obedezco.
—Casi sesenta años con esa mierda encima: «No soy tu padre, no soy tu padre». ¡Hijo de puta! ¡Cobarde! Me lo hubiera dicho en la cara. Y ahora vos me venís a justificar a esa mierda de tipo.
—¡Bueno, che! Es una idea, nada más. Después de todo, no te mintió en lo que escribió, miralo de ese modo. Él no era tu padre biológico, tu madre no se llamaba Anita y vos no te llamás Amanda. Todo cierto, qué carajo.
—Odié a un tipo sesenta años y resulta que ahora tengo que creer que me salvó la vida.
—No seas rencorosa, vieja. Prendé una vela y rezale, por ahí te escucha y vuelve para explicártelo en persona.
—¿Por qué no me diste este papel antes?
—No podía.
—¿No podías? ¿Cuándo supiste de esto?
—Hace poco, muy poco.
—No te creo.
—Preguntale a los jefes si te van a visitar. Yo soy solo un suboficial, obedezco órdenes.
—Mentiroso, te hiciste bien el boludo —lo recriminó Amanda.
—Me sale perfecto, vieja.
—Sabés que nadie me puede visitar.
—Entonces dejate de joder, vieja.
Amanda volvió a mirar al suboficial directo a los ojos; sabía que el hombre, cuando ella lo miraba de ese modo, desviaba la vista buscando un lugar perdido en algún horizonte de los muchos que se dibujaban en el villorrio.
—Antes de irme quiero tu promesa del asunto que te hablé ayer.
—Ya te dije que me dejés de joder con eso. No hago promesas, aquí no se puede prometer nada; lo único que prometí al incorporarme es que daría la vida por defender a mi bandera. Lo demás me importa un carajo.
—¡Esa criatura! ¡Esa mujer! ¡Esas mujeres! ¡Por Dios! ¡Matá a ese hijo de puta!
—Claro, mirá qué fácil la hacés vos. Te rajás a Buenos Aires y yo le pego un tiro al tipo. Después te mando un telegrama de salutación para que hagamos una fiestita. ¡Dejame de joder, Amanda! Voy a terminar creyendo que estás arteriosclerótica de verdad.
—A ese degenerado, hijo de puta, pervertido, vos le vas a perdonar la vida.
—No soy Dios para dar ni quitar. No jodas más, vieja. Acá lo único que importa es la vida del General.
—Pero jurame que si tenés una oportunidad lo vas a ejecutar, como a una rata, como la mierda que es.
—No te voy a prometer lo que no voy a cumplir. Ya te lo dije mil veces. Esta es la vez mil más uno que escuchás las mismas palabras de mi boca.
—¡Ese hijo de puta se va a morir de viejo!
—Ese hijo de puta se va a morir cuando menos se lo espere. Además, qué carajo me importa cómo se muera esa mierda. No vine para hacer venganza por capricho de nadie, vine a proteger nuestra bandera.
—No me voy a ir si no me jurás que lo vas a matar.
—Andate, Amanda, andate de una vez —el suboficial «Pérez» frotaba su cara con ambas manos. Su rara marca se hacía más grande y oscura—. No me rompás más las pelotas.
—No me voy un carajo. Si no jurás que nos vas a vengar, me quedo aquí y te jodo la vida para siempre.
—Por favor, Amanda, dejá de decir boludeces. Esto no da para que me hagas un quilombo. Hay mucha oreja de goma, muchos ojos vizcacheando. No arruinés todo por un capricho de mierda.
—No voy a irme si no me lo jurás.
—Lo juro, si con eso te dejás de romper las pelotas.
—No, así no, quiero tu palabra, de hombre. De hombre no, ¡de soldado! ¡Quiero tu palabra de honor! Quiero que jurés como cuando juraste la bandera; si no, no me voy una mierda.
—¡Sí, lo juro, Amanda!
—Decilo bien, carajo.
—¡Sí, lo juro! —«Pérez» se cuadró—. ¿Así está bien?
—Cumplí tu juramento o te voy a arrancar las pelotas desde el infierno. No querrás terminar como «Cuatro Dedos».
—¡Vieja de mierda! Cómo se ve que te gusta romperles las pelotas a los hombres. ¡Cuatro Dedos! ¡El pobre de Mediolazo murió lisiado, agarrado a sus pelotas!
—Cuatro dedos y sin pelotas, sabelo bien, así te voy a dejar si no cumplís tu promesa.
—Andate de una vez, Amanda, y no me jodas más.
—No faltés a tu juramento o te las voy a arrancar, ¡lo juro! Como me llamo… —vaciló cuando fue a decir su nombre—, como mierda me llame.
—Leelo en el papelito, limpiate el traste con él y después tragátelo. Masticalo bien para que no te caiga mal.
—Si me querés decir «comemierda» no me ofende; entré a esta tarea comparada con una mosca comemierda por un tipo que parecía una rata.
El suboficial se arrimó a la vieja mujer y, tomándola de los hombros, la acercó y le dijo algo al oído. Ella cabeceó sonriendo y lo rechazó con un leve empujón; giró en dirección al automóvil que la comandancia envió para su viaje, que la aguardaba a unos cien metros de la entrada de la casona, y se marchó.
Subió al auto, se acomodó en el asiento de atrás, del lado del acompañante, y, mirando a través del vidrio de la luneta trasera, pudo observar desde una perspectiva única el caserón que dejaba atrás para siempre. Solo en tres oportunidades anteriores lo había podido apreciar. Pero esa vez era la última. Para siempre. 

***

V – Un mundo de vivos 

Reunió toda la información que pudo del viaje de Amanda desde la mansión hasta el geriátrico para su reclusión final. Estudió el camino, comprendió los paisajes, dedujo los olores, supuso sus pobladores. Ubicó a la mujer en los vastos escenarios de la marcha y trazó el paralelo con otras emigraciones hacia la gran ciudad. Fue minucioso y obsesivo.
Alguna de esa información provino del chofer, hombre de pocas palabras, poco accesible, tal vez demasiado reservado, rasgo que el jefe atribuyó a sus pocas luces. El hombre nunca se ofendió porque así se lo considerara; las personas poco apreciadas por su aparente inteligencia eran raramente tenidas en cuenta y, para su suerte, poco controladas. Cuando peyorativamente se hacía referencia a su inteligencia, recordaba una sentencia que su padre le dijo cuando era bastante pequeño:
—«Este es un mundo de vivos y gana el que más tiempo pasa por zonzo. Llevate de mi consejo y vivirás largos años».
Se lo dijo en su lengua natal, de la que conservaba gran parte en su memoria.
Fue en oportunidad de una discusión entre niños acomodados y niños pobres de un apartado lugar de la provincia. Los niños ricos siempre tenían razón por el solo hecho de ser ricos. Pero no eran ricos cualquiera; eran los grandes propietarios de tierras, ricos entre los ricos, de esos que nunca iban a pasar por el ojo de una aguja, a diferencia del camello bíblico.
Los pobres, pobres entre todos los pobres, solo hablaban por hablar. Pero, en su caso, ese desprecio tenía un agravante, una doble desventaja. Ser pobre y descendiente de originarios lo colocaba en una escala inferior a los demás seres. No era negro, pero para el común de los terratenientes bien podía ser calificado como un «negro de mierda», una categoría social establecida por los herederos de la sociedad colonial, que había dejado potentes rasgos en la ideología y la práctica de los gobernantes, fueran estos quienes fueran.
Su padre le insistía que solo la astucia sincera y metódica lo mantendría a salvo de la malicia de los poderosos. Y el chofer, desde esa infancia, había aprendido que la primera condición para pasar desapercibido era mantener siempre la boca bien cerrada y parecer que nunca comprendía el asunto que se estaba tratando. Cerrar la boca y abrir la mente: una virtud poco acostumbrada en muchas personas.
Así hizo el hombre cuando «Pérez y Pérez» lo llamó a declarar. Fue discreto y pareció de pocas luces. Relató el viaje desde la corta perspectiva de un chofer solo preocupado por los sucesos del camino. Después de todo, sabía que no se esperaba mucho de él. Era apenas un chofer que, por sus conocimientos de aquellos parajes desolados, fue recomendado al coronel en jefe de la mansión para acompañarlo en algunos de sus viajes cuando era convocado por algún asunto a Buenos Aires. En escasas oportunidades lo llevó a los lupanares que frecuentaba.
Pero al coronel en jefe le molestaba que fuera morocho y aindiado; eso, consideraba, lo menoscababa ante las prostitutas y otros parroquianos. Por eso solicitó otro chofer, de tez blanca, y, en la medida de lo posible, debía tratarse de un buen ejemplar caucásico, como los definió Blumenbach hacía largos años. Y aunque Gobineau exageraba un tanto en cuanto a las bondades de la raza nórdica, que era la que cuadraba plenamente en su solicitud, no dudaba que era la mejor y la que se había mantenido más pura, sin prestarse a la perjudicial práctica del mestizaje, tan extendida en todas las latitudes de la conquista americana por parte de los españoles, propensos a aparearse con la primera hembra que se cruzase en su camino.
Cuando la hembra se hizo aren, el mestizaje se extendió como una mancha de aceite por todos los confines de los virreinatos. Nacieron de esa unión los criollos, los que al final pasaron a degüello a sus ancestrales progenitores y vengaron de ese modo a sus madres ultrajadas. Una lección que convenía no olvidar nunca, como aseveraba circunspecto el «coronel», como lo llamaban todos los que lo rodeaban, mientras recontaba sus siniestras marcas a cada lado de su arma reglamentaria.
Su pedido fue rechazado de plano, lo que le provocó un berrinche insoportable. ¿Qué había hecho él para que le negaran el concurso de un sirviente blanco, rubio, de ojos claros? Incluso aceptaba que se lo seleccionara entre extranjeros de países exóticos, como Lituania o Letonia (no polacos, de los que desconfiaba), que siempre resultarían algo mejor que los paisanos de la zona, salvo que fueran judíos, otra «especie» de la que, según el afirmaba, había que precaverse por «su bíblica maldad». Los que se habían atrevido a crucificar a Jesús no podían nunca ser personas confiables. No los quería bajo su dominio y mucho menos en las proximidades de su casa.
Enfurecido con lo que él consideró una mezquindad de la comandancia, a la que acusaba de reservarse a los mejores especímenes masculinos y femeninos de piel blanca para sus fechorías, golpeó a su mujer Encarnación solo por descargar su ira. Las tres babas de diablo corrieron por la casona con sus artísticos ruidos de desgracias.
Los cajetillas de Buenos Aires se arrogaban el derecho de gozar de la tersura de las pieles blancas y las vaginas y anos rosados, mientras a él le mandaban esos «opas» que poblaban los feudos de los propietarios y que siempre parecían abstraídos del mundo real, mascando coca todo el santo día, como si en la vida no hubiera nada mejor que hacer que succionar un asqueroso bolo de oscuras hojas con bicarbonato mientras trabajaban en el arado, la siembra o la cosecha, y que se volvía una pasta «nauseabunda», un pastiche que solo esos tipejos podían disfrutar y que les manchaba los labios y los dientes, lo que le provocaba una repulsión a veces incontrolable. Más de una vez deseó apalearlos como merecían, como repetía cada tanto con Encarnación para «espantarle la locura de la cabeza», pero sus asistentes, muchos de ellos también descendientes de originarios y criollos, lo convencían de moderar sus instintos de clase.
Desde entonces el «coronel» manejó su propio auto y así se movía entre burdel y burdel sin inconvenientes, al tiempo que crecían las incisiones en el arma.
Otras informaciones las aportaron los alcahuetes de cada parador. De algunos relatos «Pérez y Pérez» desconfió al oír la primera explicación.
Sabía, porque comprendía de manera bastante precisa la realidad, que eran puras invenciones que los soplones imaginaban para impresionar a ese jefe de Buenos Aires que tomaban por incrédulo burócrata (como tantos otros que habían conocido), el que, suponían, se iría satisfecho de haber oído lo que quería escuchar. Pero ese jefe no buscaba una satisfacción personal en el chisme; quería datos precisos, detalles solo perceptibles para quien fuera un agudo observador, que le dieran pistas reales que lo ayudaran a avanzar en su tarea. Cómo era el rostro de la mujer observada, si relajado o tenso; cómo su andar, si altivo o vencido; cómo sus palabras, si enérgicas o medrosas. Si su mirada brillaba aún sin luz o era oscura y reseca como la de los muertos en vida. Necesitaba detalles verdaderos que lo ayudaran a llegar a la esencia de aquellos acontecimientos por el camino del conocimiento indirecto, privado de la experiencia directa de sus cinco sentidos.
Despejar lo verdadero de lo falso, lo real de lo fantasioso, lo útil de lo inútil le llevó un buen tiempo, pero lo esencial le fue vedado definitivamente. Entonces se refugió en Descartes. Se cuestionó si había algo verdadero en ese mundo en el que él transitaba y del que le tocaba extraer algún dato confiable. Se resistía a adquirir la certeza de que en él no había ninguna verdad. La duda era el motor de su desconfianza y empezaba por considerar falso todo aquello que le presentaba el menor, incluso insignificante, motivo de duda. Tomó a la duda como el timonel en el viaje en búsqueda de la verdad.
Edulcorado en la decepción, citó a Antoine de Saint-Exupéry cuando afirmó en su obra que «lo esencial es invisible a los ojos». Y aunque era una sentencia que resultaba empalagosa a su paladar intelectual, le parecía ajustada para esa contingencia.
Solo un verdadero recitador, no un preludiante, uno que pudiera responder sus preguntas como si dialogara con el coro de la tragedia y que por medio de vigorosos y vívidos relatos revelara la verdad de esos sucesos, podría haber despejado sus dudas y enriquecido sus conocimientos.
Ese recitador sí podría haber resumido el último viaje de Amanda y así complacer con la calma del conocimiento al inquisidor que llevaba dentro de él, pero que había aplacado en largas jornadas de servicio al Estado (los verdaderos inquisidores podían transitar por la multitud y ser considerados santos varones inofensivos). Pero no había tales recitadores que, al son de irreales músicas y subidos a magníficos coturnos, le transmitieran los sucesos acaecidos en esa expedición. Debía conformarse con la escasa y amarreta información a la que había accedido.
En algún momento especuló con que la propia Amanda podría haber escrito en un diario personal los avatares de todos sus últimos días. Pero Amanda nunca llevó adelante una contabilidad semejante durante ningún período de su vida. No le preocupaba dejar testimonio de su paso por el mundo de los vivos, y mucho menos de quien estuvo a su cuidado. Así lo acreditaban las escasas hojas conocidas como «Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva», de las que, como se sabe, no había ninguna seguridad de que le pertenecieran. Los que buscaban encontrar en ellas revelaciones trascendentes vieron frustradas sus aspiraciones al correr la lectura de las primeras líneas.
Quienes siguen la historia de cerca creen, con algo de entusiasmo y mucho de su propia cosecha, por qué negarlo, que el viaje aquel se desarrolló más o menos del modo siguiente:
El automóvil avanzaba a una velocidad casi sorprendente para Amanda. Recordaba su viaje de llegada que, comparado con ese, parecía haber sido realizado en cámara lenta. Todavía podía repasar una a una las postales impresas en su memoria de aquel viaje: el movimiento de la luz caliente del sol subido al cielo como una fruta de oro, el olor de los vientos polvorosos y el sonido esencial que solo se podía apreciar en silencio, dejando que cada cosa sonara a su manera. Pensó que tal vez el tiempo por aquel entonces transcurría de un modo diferente y que ella recién podía apreciarlo. Fue cuando leyó la carta de Miguel, la que venía dentro del sobre color rojo, aquella en que la negó como su hija, entre otras revelaciones. Amanda nunca pudo disimular que esa confesión la impactó por su crueldad y sospechó que en ese dolor tal vez estuviera la razón de su distorsionada percepción del transcurrir del tiempo en aquella oportunidad.
La última vez que viajó en un automóvil fue para hacerse cargo de la muerte de Encarnación y se trató de uno que se desplazaba a una velocidad mucho menor. De eso estaba completamente segura. Pero de aquella oportunidad sabía que no se trató de una impresión equivocada de la velocidad del automóvil.
No estaba en condiciones de explicar si eso fue consecuencia de un motor menos potente o de que aquel chofer no tenía ningún apuro en completar su viaje, esperando que Encarnación llegara muerta. Pero, si Amanda debía inclinarse por una de las dos opciones, lo haría por la última. La mujer muerta no podía decirle a nadie qué le había ocurrido.
De todos modos, adonde se dirigieron nadie se hubiera alarmado por su patético relato. Allí donde la patria se extiende más allá de su horizonte, como en cualquier otra de sus latitudes, la muerte de un originario, un negro «catinga» o una mujer después de ser abusada siempre era por culpa de la víctima, quien, de seguro, había provocado el desgraciado suceso. Los indios, por ignorantes. Los negros «catingas», por taimados. Las mujeres, por putas.
Contra ellos, imponer castigos por propia mano no solo estaba amparado por una benigna ley consuetudinaria heredada de los encomenderos devenidos en terratenientes modernos, sino que encontraba acogida favorable hasta en los jueces de los tribunales de la región, jueces que dictaban sus fallos teniendo en cuenta lo que llamaban «una enraizada tradición cultural».
Ellos dirían en sus sentencias:
«Indios ignorantes, negros “catingas” taimados y putas perversas que se complacen en excitar la hombría de inocentes padres de familia hubo y habrá hasta el día del juicio final. No viene nada mal, cada tanto, hacerles entender qué lugar ocupan en el orden natural de las cosas».
Amanda salvó el cadáver de Encarnación, el que debió ser cremado de acuerdo con la orden que le dio el coronel en jefe antes de partir. Lo escribió en una de sus obscenas «Orden del día número…», que le ensartó en un bolsillo de su ropa sin importarle cómo ella podía hacer cumplir su mandamiento.
Sin embargo, desde el mismo momento en que cargó a Encarnación en el automóvil para llevarla al lugar donde moriría, estuvo dispuesta a desobedecer el mandato de su jefe.
Encarnación tenía en su extraordinaria musicalidad algo de ave y Amanda deseaba que así se conservara su cuerpo, como si se tratara del sagrado colibrí que adoraban los incas. El Hanan Pacha, mensajero de los dioses, sería su íntimo e insobornable testigo.
En cierto modo, la mujer tuvo algo de mensajera del mundo de los cielos, alucinando con su música la fuga a través de un hueco en la pared abierto con el modesto taco de su zapatito, hacia un mundo de encantamientos. Amanda creía que merecía ese gesto de veneración póstuma. Esa ama de llaves que, siendo niña, tocó a Bach con la puntita redonda de sus infantiles dedos cuando hizo sonar «Los preludios…» en el enorme órgano del atrio de la iglesia del internado, bajo la alegre mirada del cura concertista, no podía imaginar otro descanso póstumo para su desquiciada patrona.
Logró convencer a paisanos de la causa para que, entre las pequeñas tumbas de esos primorosos cantores, quedara su féretro oculto. Allí podría haber grabado como epitafio:
«¡Pero mi misterio está encerrado en mí, mi nombre nadie sabrá!»,
el mismo que señalaría su tumba, si acaso la tuviera, cuando muriera
Muchas noches escuchó a Encarnación consolar a Guadalupe, acosada por el miedo y el dolor cuando arreciaban las tres babas de diablo contra su infantil cuerpecito, cantando con su voz melodiosa y brillante el «Nessun dorma», el mismo himno de victoria que aquella secretaria le dijo a Amanda que estaría presente a lo largo de toda su vida y en el momento preciso de su futura muerte.
Encarnación y Amanda estaban, por extraño que resultara, unidas de algún modo por el mismo destino, signadas por los desvaríos del mismo hombre. Una, la esposa y madre de sus hijos, hasta quedar deshecha tras una golpiza mortal. Ella, por cincuenta años de servidumbre, al abuelo primero y luego al hijo de su hijo, ambos jefes de aquel reducto estrafalario. Ellas podían haber cantado a dúo los versos premonitorios que decían:
«Mi nombre nadie sabrá… ¡Y nosotras, ay, deberemos morir, morir!».
Indicó en una enigmática clave el lugar preciso donde hallar la sepultura de la mujer. Solo la providencia sabía si Guadalupe llegaría a descifrar ese acertijo que comenzaba diciendo: «Nueve buscan once. Nueve por once es el camino». Pero ese ya no era asunto suyo. Vieja estaba como para encontrar a la muchacha perdida y aleccionarla sobre el lugar sagrado donde descansaba la martirizada Encarnación.
Desde que la niña Guadalupe se marchó al colegio de unas monjas protectoras para quedar pupila, no volvió a saber más de ella. Ella misma despachó a la niña con su sobre de seda azul atado a la cintura, oculto bajo la ropa a la altura de su vientre, donde atesoró los cartoncitos escritos con su pequeña letra que se emboscaba en ininteligibles inscripciones cuneiformes. Eran aquellos textos que muchos años después Guadalupe publicó con el nombre de «Palabras como filos», y que ni el famoso adivinador de su tío pudo descifrar cuando dio con ellos entre los trastos viejos de un precario cobertizo en casa de sus padres adoptivos.
Amanda no sabía qué ruta seguían y, aunque se esforzaba por descifrar el camino, no lo lograba. Aquella por la que iban no recordaba haberla recorrido hasta entonces, pero eso no le daba ninguna seguridad de estar en lo correcto. Ni sus ojos veían como antes ni su memoria estaba al resguardo del olvido. La que la llevó del retén a la casona era de tierra, con manchones de pedregullo surgido de la ruptura de las grandes rocas agobiadas por el calor excesivo. Por la que iban estaba asfaltada.
No reconocía el paisaje a pesar de su esfuerzo. Esa irrupción de tierra y piedra por la que se dirigió a su destino hacía tantos años atrás y que se abría hacia el horizonte como un terroso puñal había desaparecido por completo. El sol ya no asomaba su latitud perfecta por el balcón de unas nubes que habían perdido su aspecto de paloma.
Al frente, el camino se dibujaba como una serpiente negra. Pero del huraño retén envuelto en la arrogante arena roja no se podía apreciar ninguno de sus cuatro altos miradores. El fantasma de Mediolazo, recriminándole su patada en las pelotas, lo despachó tan rápido como en aquella oportunidad. Para espantajos amargados le sobraría el tiempo en su reclusión en Buenos Aires; si quería visitarla, allí lo esperaría dispuesta a patearlo por toda la eternidad.
A su derecha no quedaba ni el recuerdo de ese ligero humo que surgía de la quema de los insectos, incinerando sus patitas en las piedras ardientes. Y a su izquierda había cesado el temblor de las escorias rozándose contra el lomo de una prominencia cobriza que se hundió hasta casi desaparecer. Atrás ya no se veía la entrada al pueblo donde se elevaba el enorme caserío donde quedaron el suboficial «Pérez» y su amada reliquia.
Ni el chofer ni Amanda estaban para conversar. El hombre, de rostro adusto y mirada severa, llevaba la vista fija al frente y, cada tanto, más como un acto reflejo que como un gesto de curiosidad, miraba por su espejo retrovisor comprobando si la anciana viajera se veía cómoda. Era un hombre alto, fornido, de amplias espaldas y cuello grueso y firme. Aferrado al volante, atento al camino, en algo la hacía recordar a Frutos «Pérez».
Ella, apoyada sobre sus piernas, mantenía aferrado con sus artríticas, pero muy rudas, manos el pequeño bolso en el que llevaba algunas pocas y paupérrimas pertenencias. Dentro del corpiño, el papelito con las respuestas que esperó durante más de cincuenta años.
En el auto no hacía calor. El aire acondicionado, que el chofer había graduado de manera moderada, la mantenía fresca sin exagerar. Ella estaba habituada a los calores extremos. En aquella región disecada, al tiempo que los clamores de los hombres y mujeres que fueron sepultados vivos por los conquistadores llenaban sus oídos, se fue curtiendo y haciéndose indiferente a esas altas temperaturas que desertizaron hasta el menor de sus pellejos. Su cuerpo se había habituado al agua escasa y tomaba a risa cuando los destinados la comparaban con los camellos capaces de vivir sin agua durante largos períodos.
El chofer le informó que en unas horas más harían un alto en el puesto de los «Pérez». Allí, si deseaba, podía descansar lo que necesitase. Tenía autorización para hacer las paradas que ella le reclamara, atendiendo a su edad.
Amanda agradeció la deferencia. Se cuidó muy bien de preguntar por sus viejos conocidos. Descontaba que Abundio y su esposa, la Teresa, habían muerto. En cuanto a Juan y Frutos, dudaba. Los indios esos eran duros como las piedras y cuando los conoció no eran tanto mayores que ella. De todos modos, tenían que tener cerca de los noventa años, al menos eso creía.
Amanda deseaba que Frutos aún viviera; era como si una parte de ella se hubiera quedado en ese protector suyo. Fuerte como ninguno, la cargó en sus brazos cuando la tormenta. De no haber sido por él, era probable que no hubiera sobrevivido. Nunca le agradeció como debía, soberbia de porteña, se recriminó. Frutos era pura fortaleza vilela. Si lo viera le diría sus versos:

Waqha. Lengua waqha.
Lengua y labios Waqha.
Dientes waqha.
Waqha nómade.
Manos waqha, de callosos dedos

La única que, a su juicio, podría estar viva era la Kori, aunque su mal de Chagas bien podría haberla liquidado agrandando su corazón hasta estallarlo. De haber esquivado a la muerte, de seguro sería la mejor curandera de la región. Sus habilidades deberían haberse acrecentado con el paso del tiempo. No había secreto en el asunto de curar los males que dominaban esa parte de la patria lejana.
Arribaron a la ranchada antes de que el sol empezara a declinar. Amanda se sorprendió al ver que los ranchos en nada se parecían a aquellos en los que ella había estado y donde la habían salvado de sus penas del pulmón y la alta fiebre que la consumía. Aún recordaba el sabor nauseabundo de ese remedio rojo que se camuflaba de llajwa y que la sacó de su desmayo para regurgitar el pastiche que la Kori le había derramado hasta el fondo del garguero, envuelta en una manta y otra manta y toda recubierta con un rojo poncho salteño de trama cerrada.
Los humildes ranchos habían sido reemplazados por otros, más amplios y modernos, aunque conservaban cierto aspecto tradicional. Habían desaparecido la enramada que cubría la cocina, el habitáculo donde bañarse y el retrete donde hacían sus necesidades, todos levantados a una buena distancia del rancho para no llenarlo de olores desagradables.
Ninguno de sus moradores le era conocido. Eran tres hombres y dos mujeres, el mismo número que cuando moraban allí don Abundio, Teresa, Juan, Frutos y la Kori, pero no podía reconocer en ellos a verdaderos paisanos. Eran amanerados y parecían artificiales, raros muñecos entrenados para simular inocentes lugareños. Seguramente, alcahuetes de la Agencia listos a informar de cualquier novedad que se produjera en ese obligado camino en dirección a la gran casona.
Descansaron por más de dos horas. Comieron algo ligero y bebieron unas bebidas refrescantes que Amanda nunca había saboreado. Las gaseosas no eran parte de los suministros que llegaban regularmente a la mansión. Las conocía de mentas, pero nunca las había probado. Algo de agua fresca y abundante vino bueno nunca le faltaron, pero las gaseosas no eran provisiones. Cuando las saboreó le causaron cosquillas en la boca.
Le pareció que el chofer debió abonar lo que habían consumido. Una modalidad nueva para ella. En su tiempo, el personal de la Agencia no debía gastar su dinero cuando estaba en operaciones. El chofer le explicó algo sobre la tercerización, pero Amanda quedó confundida sobre ese asunto. Ella no llevaba dinero encima. Desde hacía años había prescindido de usar dinero y no sabía siquiera cuánto había ahorrado en todos esos años de servicio. Salvo lo que gastó para comprar un piano que le obsequió a Guadalupe, nunca había necesitado de su sueldo.
Libros y diarios estaban prohibidos en la casona, pero los «Pérez» los suministraban con discreción. Eso le había permitido a Amanda mantenerse informada y evitar que su cerebro se marchitara con el paso del tiempo. Ellos le entregaron cuadernos y lapiceras con los que, se creía, ella escribió algunos versos y tal vez testimonios de los que no tenemos conocimiento de su existencia.
Las reuniones de la Logia en el cubil donde custodiaban a «La Reliquia» le permitieron seguir día a día todos los sucesos que acontecían en la mansión. Salvo cuando el coronel en jefe volvía de sus orgías y entonces todos se recataban, las reuniones eran periódicas y en ellas se trataban diferentes asuntos de importancia.
Amanda logró convencer a los «Pérez» para que le trajeran textos en inglés y francés. De ese modo mantuvo frescos esos idiomas en su mente, lo que le dio cierta tranquilidad entre tanta soledad. Leyó con fruición a Shakespeare, a quien podía repetir de memoria, y luego se enamoró de la poesía de Rimbaud, una extravagancia para ese lugar apartado del mundo.
Allí estudió las guerras calchaquíes, de las que le habló por primera vez Juan «Pérez», quien le mencionó al líder guerrero Chalimín. Ella escribió:

Chalimín marcha a Fátima cargado de combates.
Es el bravo Chalimín. Aun lo siguen
Los primeros doscientos azotados
Con sus heridas abiertas como surcos
Diseminados de pueblo en pueblo
De la mano del verdugo.1

El cabo “Pérez”, quien la recogió en el retén para conducirla hasta el caserío, le habló de Viltipoco, el legendario guerrero que sitio Jujuy harto de los atropellos de los encomenderos.

Viltipoco, hijo de Purmamarca, mira
Desde la cúspide ríspida de las piedras seculares
La libertad debatirse en la Encomienda.
Viltipoco de arcilla,
Sitia Jujuy emboscada en el nombre del Salvador.
San Salvador trae la esclavitud entre sus dedos,
San Salvador trae la esclavitud entre sus dientes,
San Salvador trae la esclavitud en sus alforjas.
Suena su nombre como una espada ciega de sangre
Milenaria, el músculo se evapora como un agua
Sutil de la raza deshecha hasta la nada.2

Bebidos y comidos, el viaje podía hacerse más llevadero. El chofer le preguntó si se sentía con fuerzas para continuar. Amanda nunca se sintió sin fuerzas. Su vejez, bien podía decirse, era extraña, porque sentía el achaque de los años, pero su predisposición a enfrentar desafíos no había mermado con el paso del tiempo.
—Usted manda, amigo —le dijo en confianza—. Yo no manejo, solo soy una vieja pasajera que hará lo que usted disponga.
El chofer le propuso seguir viaje hasta un nuevo puesto, a mitad de camino entre la segunda posta y el antiguo puesto de los «Pérez». Un parador intermedio que permitía un buen descanso. Le dijo que allí servían unas exquisitas empanadas doraditas por fuera y muy jugosas por dentro. Amanda aceptó con beneplácito la propuesta del hombre.
Al partir, los lugareños se arrimaron para saludar; solo entonces perdieron algo de esa condición artificial que ella percibía con indisimulable desagrado. Trataban de parecer entusiasmados por la visita y se despidieron agitando las manos, saludando como si se tratara de viejos conocidos. Una irreal confraternidad. Luego de despedirlos, salieron disparados, cada uno por su lado, a informar lo que habían visto y oído y sus impresiones personales.
Amanda volvió a acomodarse en el asiento posterior, pero esa vez se ubicó casi al medio, justo en la línea visual del espejo retrovisor, desde donde podía apreciar mejor los gestos en el rostro del chofer, quien parecía haber abandonado un tanto su exagerado comportamiento marcial. Cuanto más lo miraba, más le recordaba a Frutos.
La ruta por la que descendían hacia el nuevo parador conservaba algunos rasgos del viejo paisaje que conoció más de cincuenta años atrás. Algo había en el ambiente que le devolvía recuerdos de aquella travesía bajo una tormenta de portentosas formas, colores y olores.
Y al evocar el camino recorrido años atrás, sin proponérselo, volvió a escuchar a «La Reliquia» describir su propio descenso hacia Buenos Aires, adonde marchó para morir en la vieja casa familiar.
Amanda recuperó esa voz, preguntando a los que estaban a su alrededor y lo cuidaban:
—¿Es hoy 11 de noviembre?
Y lo recordaba repitiendo intrigado esa misma pregunta una y otra vez, sin que la respuesta del ama de llaves o de alguno de los «Pérez» asignados a su custodia despejara las dudas que lo atormentaban.
Pero ella sabía a qué se refería el ilustre. Fue un 11 de noviembre de un año perdido en que se sublevó por completo la guarnición que acampaba donde moraba enfermo y postrado. Él no podía recordar el año, pero sí el día fatídico: un 11 de noviembre. Aún podía oír el ruido de los cascos de los caballos golpeando enardecidos el suelo resecado mientras las balas atestaban el aire con sus calientes zumbidos.
Ese día, un capitán que integraba alguno de los piquetes que componían la guarnición, un tal González, Abraham González, de quien no tenía mayores conocimientos ni por su grado ni por su participación en las gloriosas contiendas de la independencia (y a quien los posteriores escribidores de la historia retratan como un hombre vulgar, charlatán y de malas costumbres), se dirigió adonde el huésped reposaba en busca de algo de tranquilidad para su disminuida salud. Como era su costumbre, alumbrado por una modesta luz, velaba la noche entre algunas lecturas que repetía con cierta frecuencia, recuperando momentos de su brillante ilustración pasada. Al entrar la tropa en turba, armada, frente a aquel casi despojo de verdadero hombre, sin llegar a incorporarse, apenas bajando el libro de lectura y alzando suavemente su blanca mano, recordaba que preguntó:
—¿Qué quieren de mí? Si lo que buscan es terminar con la vida de este modesto soldado para alcanzar la tranquilidad pública, tómenla. Bien muerto estaré y se pondrá fin a este estado de anarquía que sucumbe a la nación y enferma mi vida desde hace un tiempo considerable.
El capitán González no se sintió en la obligación de responder al huésped; solo mandó remachar en el acto una barra de grillos, en circunstancias en que sus hinchadas piernas no podían soportar ya ni el roce de las sábanas.
El médico de cabecera y amigo personal del recluso reclamó enérgicamente ante ese acto de barbarie innecesaria para un hombre que no podía escapar ya a la inevitable muerte que lo acechaba desde la juventud temprana. En el fragor del combate o en la cruel enfermedad, la muerte lo rondaba anhelante desde siempre.
La queja obró como un acicate para algunos miembros de la soldadesca que convinieron en no someter al doliente a ese tormento. González, en franca minoría, aceptó, pero dispuso una celosa guardia a la puerta de la habitación, a pesar de que sabía que aquel no estaba en condiciones de caminar ni medio metro por su propia voluntad.
El reo, entre sueños, oía el repiqueteo agudo de las campanas de la ciudad. No tocaban por él ni por ninguna de las hazañas pasadas de la patria; una rebelión entronizaba un nuevo jefe y prometía un nuevo horizonte. El jefe revolucionario, al tomar conocimiento del cruel ensañamiento con su viejo conocido, dispuso su libertad y dispensó algunas consideraciones para que pudiera emprender su último viaje: morir en la misma tierra en la que nació.
Murmuraba en voz baja, apenas como una melodía silbada, recordando que emprendió el retorno por el mes de febrero de un año olvidado, cuando el calor arreciaba y la humedad agravaba sus artrosis hasta hacer el dolor insoportable. Dijo que amaba esa tierra que abandonaba como la suya propia, pero estaba tan dejado a la buena de Dios y olvidado que incluso morir allí mismo le parecía inmerecido para su hombría. Solo con su médico, dos fieles ayudantes y el capellán militar (González, para su suerte, no fue de la partida), partió cierto día de aquella tierra azarosa y emprendió lo que él imaginaba como el viaje final hacia la muerte misericordiosa.
Cuando hacían un alto en las fondas esparcidas, como al azar, por los interminables caminos que circulaban del norte a Buenos Aires, había que cargarlo como a un lisiado hasta el catre que en algunas oportunidades conseguían para su descanso. En todo el viaje no encontró ni el repudio nacido del odio y el fervor de la guerra intestina, ni el reconocimiento ni el amor que se suponía debía haber cosechado en los largos años de servicio incondicional a la causa pública.
Pero el viaje de Amanda era aún más anónimo que el de aquel general despreciado por sus contemporáneos y que marchaba enfermo a enfrentar su destino. Nadie reparaba en la presencia de esa vieja mujer acompañada de un hombre adusto, de gesto duro, reconcentrado en su silencio.
Ella conocía el sistema de sobra; lo entendió desde que pisó por primera vez el pantagruélico edificio de la Agencia, de espaldas a la ribera del gran río, cuando el interrogador con cabeza en forma de pepino y rostro de roedor la humilló hasta el cansancio para quebrarla y hacerla desistir de su aspiración de ingresar a la Agencia.
Nada debía estar librado al azar, aunque la vida le demostraría que toda esa supuesta meticulosidad en la planificación fracasaba muchas veces, burlada de la manera más simple que se podía suponer. Basta la valentía como escudo para que todas las triquiñuelas de la Agencia se derrumbaran como castillos de naipes. Y Amanda, si algo era, era valiente. Muy valiente.
Para reponerse del largo viaje no descansaban en cualquier parador; solo lo hacían en aquellos controlados por la Agencia, que había tomado sus recaudos, como correspondía a los protocolos establecidos y que venían a ser algo así como la tabla de los mandamientos de los burócratas. «No pararás en cualquier lugar», «no beberás cualquier agua», «no te enamorarás de cualquier persona», «no pensarás en cualquier recuerdo», y así sobre todos los asuntos terrenales y espirituales.
Cuando, a pedido de la vieja mujer, el chofer debía detener la marcha, respondía escueto de la misma forma:
—Sí, señora.
Y, sin agregar una sola palabra de más, esperaba llegar a alguno de los lugares que la Agencia le había marcado en su itinerario.
Desde que descendían del automóvil y hasta que retornaban a él para proseguir su camino, con alguna discreción, poca, porque no les preocupaba cuidar las formas con ella, eran observados por guardias mal disimulados como parroquianos del lugar.
Ellos, procurando parecer distendidos y anónimos, se dedicaban a observarla ingresar con su paso lento y artrítico para dirigirse a una mesa en silencio, acompañada de un hombre de tamaño ciclópeo que la seguía inquieto por su fragilidad. Y Amanda les devolvía la mirada, haciéndoles notar que sabía muy bien de quiénes se trataba. Entonces los vigilantes bajaban la vista, se concentraban en el vaso de gaseosa o cerveza que tenían delante o, si se trataba de una pareja, simulaban arrumacos poco creíbles y procuraban pasar por personas a las que no les interesaba otra cosa que sus propias cuitas
Amanda sabía que era inútil especular con un escándalo, una trifulca entre una vieja y un hombrón tratando de someterla en plena calle, a la vista de lugareños ajenos a la trampa. Era una posibilidad con la que especuló, no por el éxito de su acción, sino por el solo gusto de mantenerse impredecible, ingobernable. Algo de diversión tampoco le vendría mal tras tantos años de amargura a las órdenes de ese pervertido.
Se dijo a sí misma: «Vieja, pero nunca rendida». Y le gustaba hacer honor a sus deseos. Podía gritar tres veces, como cuando era niña y acosaba a quien, por entonces, creía su padre, repitiendo sus preguntas tres veces, cada vez con mayores ínfulas, hasta obligarlo a responder lo que ella quería. Gritaría tres veces «¡Socorro!» y esperaría ver el rostro demudado del gigantón a cargo de su traslado y de esos falsos lugareños presentes en el lugar como pésimos extras de una pobre representación teatral.
Pero a Amanda solo le quedaban en su vida tres incógnitas por revelar: el verdadero nombre de su madre, el de su padre biológico y el de ella misma. Eran las únicas tres preguntas que la inquietaban y las tres únicas razones por las que no haría un escándalo para satisfacer su vanidad.
En su pecho estaba el papelito que le dio el suboficial «Pérez» antes de partir. En su corpiño, bien guardado, esperando la oportunidad de poder leerlo sin que esos ojos escrutadores adivinaran sus movimientos y la privaran de ese conocimiento tan importante para acabar su vida sabiendo quién era. Porque ella sabía cómo había sido bajo el nombre de Amanda Da Silva y sabía a la perfección qué hizo y qué no hizo durante décadas esa ama de llaves condescendiente y amorosa.
Pero necesitaba saber de dónde venía para completar el círculo áulico de sus esfuerzos. Eso cerraría definitivamente el ciclo de su vida y explicaría quiénes fueron los que la pusieron en este mundo para librar los combates que había librado. Aquello de que «era el fiel retrato de su madre» no le alcanzaba para morir en paz. Quería respuesta a tres simples preguntas: «¿Cómo se llamó mi madre?», «¿Quién fue mi padre?», «¿Cuál es mi verdadero nombre?». Quién fui para saber quién soy, de dónde vine, para saber adónde voy.
Los años de experiencia le indicaban que no valía la pena arriesgar esa confidencia tan importante por una empresa condenada desde el inicio al fracaso. Una vez que la hubieran reducido, le quitarían sus ropas y darían con el pequeño papelito que contenía aquellos datos tan preciados, y allí terminaría todo. Eso frustraría una muerte serena y, lo que era peor, amenazaría la seguridad de los «Pérez», porque era muy fácil deducir que ellos, y solo ellos, podían haberle suministrado esa información.
Además, estaba segura de que, aunque armara la batahola más grande que pudiera, a nadie le interesaría entrometerse en asuntos ajenos. Solo ver la contextura del chofer-guardia hubiera hecho desistir a cualquiera de inmiscuirse en un asunto para el que nadie lo había convocado. Pero, aunque hubiera gritado desesperadamente para pedir ayuda, para que la liberasen de aquel que la retenía para llevarla a su última y definitiva prisión, nadie habría acudido ante su clamor. ¿Quién prestaría oídos a una «vieja loca»? Porque «vieja loca» era lo que se diría de ella en todos los lugares donde se detuvieran para descansar, comer o beber. Una «vieja loca», se diría a viva voz, que juraba haber cuidado durante casi sesenta años a un general muerto hacía casi doscientos años, sepultado «al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de la iglesia», en su ciudad natal.
Solo una «vieja loca» podía sufrir tal delirio. Y los lugareños, entre asustados y risueños, estados emocionales a los que mueve la presencia de alguien a quien se sindica como loco, mirarían a la pobre mujer, más que con compasión, con curiosidad, tal como se aprecia a un raro animalito aparecido sin ton ni son en medio de un villorrio ignorado. Todos clamarían al dios «Haloperidol» para que remediara ese desvarío que venía a alterar la paz anodina del poblado.
El suyo era asunto sentenciado de antemano: las «viejas locas» van a los asilos a terminar sus días porque es el único lugar en donde deben estar.
Además, ella era una muerta en vida, que es siempre la peor manera de morir. Amanda lo supo desde que vio su propia muerte en un modesto certificado oficial.
Murió una noche lejana en el incendio de su modesta casita de madera canadiense. Así estaba estampado en su certificado de defunción rudamente sellado, donde quedó escrito en letra de elegante caligrafía su nombre «Amanda», su apellido «Da Silva», su número de Libre Cívica, su supuesta fecha de nacimiento y la falsa fecha de su falsa muerte. La causa: «carbonizada en incendio accidental». En el prontuario, un detallado relato del desgraciado y penoso accidente. Un puro relato de la atribulada imaginación de un burócrata de la Agencia. Junto a él, una nota periodística de un medio local que publicó lo que se le ordenó por unos pocos pesos como recompensa.
De ella, decía el informe, no quedó ni una mancha negra y pegajosa con la que identificar a la que fuera en vida una joven y bella muchacha. Nada que preservar, ni una ligera ceniza que llevar a una hipotética sepultura, como habrían querido sus dolientes amigas alemanas.
Pero su viaje, más que parecerse al del ilustre, se asemejaba al último de los kilmes, desterrados de su patria, encadenados de manos y pies, llevando entre sus escasas pertenencias los pequeños cadáveres de sus pequeños hijos, mutilados por los conquistadores que arrasaron sus dominios y los expulsaron hacia una tierra para ellos tan lejana como ajena.
Ella era una desterrada más; como aquellos kilmes vencidos, llevaba portentosas cadenas que, aunque invisibles, aprisionaban sus muñecas y sus tobillos y por las que quedaba sujeta al destino decidido en los burocráticos vericuetos del sistema de claudicación nacional, enmascarado en esa Agencia. Descendía a la ciudad estacionada a orillas del Río de la Plata, donde también fue a buscar su final su ilustre protegido. Él, sobreviviente glorioso de los avatares de la patria nueva, flameando altiva, tan «azul un ala» como canta la aurora; y ellos, agotados de la insoportable travesía hasta las orillas del extendido río, pampa de agua, pampa de barro, sacudido por la rabiosa sudestada llegada desde los confines de los mares australes.
Río de la Plata iracunda,
Río de la sangre derramada,
Río de la sed de los sedientos,
Río de la cólera,
Río de los odios,
Río de los muertos espectrales
en un Sancti Spiritu famélico
en el que se devoraban unos a otros los usurpadores.
Mirando el paisaje a través de su ventanilla, mientras avanzaban hacia el destino final, repasó esos versos que guardaba en la memoria:
Kilmes crecen su fortaleza
De salvajes vientos y piedras seculares
Entre cerros. En cacán repiten cerros
Entre cerros de sangre. Llueve una bruma
Tormentosa que se amontona sobre la piedra
Lisa como el lomo del viento.
La ventisca suena seca entre los valles.
Los hombres oyen la intimidad de las espadas,
La materia invasora de los yelmos,
El ronco quejido de los cascos sangrando,
El sacerdote sonando la campana guerrera.
Alonso Mercado y Villacorta
Sentencia para siempre el destierro
Implacable después que rodara la granada jugosa
De la sangre de los kilmes en batalla.
Los conquistadores clavan la espuela
En la panza agobiada de los raquíticos caballos.
Cabalgan oscuros a pesar de las hogueras
Que se hacen ondeantes besos de la muerte,
Y entre sus labios, las aldeas caen bajo su prepotencia
Que incinera las geografías creadas
En tiempos sin memoria, cuando reían
Los hombres y mujeres desnudos como arcillas
Dulces y clamorosas sin prejuicios.
Los hombres: en su naturaleza formidables.
Anchos los pechos,
Largos los brazos,
Duras las piernas,
Altivas las cabezas
De orgullos cacicales.
Las mujeres: útero de flor secreta
Unánime materia de un óvulo guerrero
Y un esperma de piedra silenciosa.
Prodigios en ruda anatomía
De ojos, lenguas, manos, corazones
Listos para la lanza palpitante,
Para la flecha espinosa,
Para el golpe invisible
Y el galope secreto.
Aprenden el lenguaje de la guerra implacable
Del invasor que llega en nombre
De una monárquica carnicería
Con su corona de puñales sangrantes.
Aprenden el alfabeto de la muerte extranjera
Que es la palabra del hierro del tormento,
Con su ruido de azufre en el candente hierro
Forjado entre suplicios de otros dominados
Que vierten sus sangres como láminas rojas,
Rojos rubíes, rojos martirios, ebrios de rojo,
Las sangres aplastadas hasta hacerlas invisibles
A los oscuros ojos del oscuro verdugo
Que lleva una magna cruz enhebrada en pieles
Negras de sol y viento calchaquíes. 

***

VI – Magia roja 

Amanda se había convencido de que la próxima parada sería en el pueblo donde estaba el hotel Plaza, en el que descansó luego de pasar por la segunda posta. Allí hizo el amor con ese ingenuo husmeador que quedó subyugado por ella.
Recordó que se registró con el nombre de Erzsébet Báthory, cuya elección atribuyó a una humorada de los burócratas de la agencia que se las ingeniaban para burlarse de los agentes y parecer originales. Muchos años después Amanda supo a quién pertenecía ese nombre. Dudó si la elección de aquel nombre solo se trató de una travesura de esos fabuladores de escritorio. Estaba inclinada a creer que ese nombre no fue elegido al azar. Era un modo de describirla y hasta de advertirle de su futuro.
La húngara, que perteneció a una de las familias más poderosas de la aristocracia de su país, fue acusada de practicar la magia roja. ¡Rojo! Peligro, cuidado, advertencia. Magia roja: magia sanguinaria, temblor de húmedos cuerpos, piedra roja, agua roja, roja virilidad erecta, roja vulva jugosa. ¿Entonces fue magia roja en la laguna de sus amoríos? ¿La noche en el hotel Plaza fue magia roja rozando los paladares con sus rojas lenguas? ¿Magia roja con aquel «Pérez» de mirada lánguida, mirándose rojos, absortos los dos, uno en el otro, descaradamente, oliendo a sexo?
Rojo sobre rojo.
Linaje rojo.
Estandartes rojos.
«Clara influencia materna».
Doble subrayado rojo.
«Los comunistas se infiltran de modos muy extraños», le dijo el interrogador con cabeza en forma de pepino, el roedor histérico que la abrumó a preguntas en cuatro colores: rojo, azul, verde, negro.
Bruja de magia roja a la que Caballo Negro acariciaba con el borde de su labio negro.
Caballo Negro huyó luego de sentir las caricias de su mano y el peso de su cuerpo sobre su rudo lomo para morir sin dejar rastro.
Caballo Negro, como zarza negra en la noche profunda, la noche negra de Chalimín, de Viltipoco, hijo de Purmamarca, noche en que llovieron las lágrimas de la derrota.
¿Cómo se llamó la madre de Isabel? Ana, como la madre de Amanda, conocida como Anita.
Gloriosa Ana, Ana-Jana, Anita, benéfica, compasiva, llena de gracia entre todas las mujeres. Tu sangre corriendo de tu vientre luego de dar la vida.
Anita: «Clara influencia materna».
Isabel hablaba varios idiomas, como ella lo hacía.
¿Inglés? ¿Francés? Doble subrayado rojo. «Clara influencia materna».
¿La acusación contra Isabel, para despojarla de sus posesiones? Verter la roja sangre de bellas doncellas. La sangre se mezclaba en los brebajes que la bruja de magia roja bebía para mantenerse eternamente joven. Sus detractores dijeron que la sangre corrió como corre el vino cuando se lo vierte del jarro al piso solo por derramarlo. Amanda no supo nunca que así corrió la sangre del coronel en jefe cuando una pequeña bala terminó con su vida, licuando su cerebro a su vertiginoso paso. El suboficial «Pérez» se encontró con esa muerte al alcance de la mano. No había jurado en vano.
A las sirvientas que colaboraron con Isabel les arrancaron los dedos con tenazas ardientes, al rojo vivo. Los dedos rojos de sangre se sirvieron en un banquete para que todos comprendieran el tamaño del castigo, y debieron comerlo después de besar sus uñas desgarradas. Incineraron sus cuerpos entre fuegos rojos y sus verdugos danzaron alrededor de la quema festejando la muerte.
Los que colaboraron con Amanda, aunque ella nunca lo sabría, murieron a manos de sus verdugos. El suboficial «Pérez» fue quemado en una hoguera de nocturno rojo brutal en un fondón cavado en los terrenos traseros de la mansión reseca. Los sepultados vivos por los conquistadores clamaron enfurecidos por esa muerte.
Amanda, para los lugareños del villorrio, murió en su casa incinerada de un fuego rojo que consumió el hogar en un abrir y cerrar de ojos. La que sobrevivió fue aquella muchacha desconocida, que marchó siempre rumbo al norte caliente y de la que nunca nadie supo nada. Se transformó en un ama de llaves solícita y dedicada a cuidar una reliquia de la patria gloriosa. Ya vieja y cansada iba al asilo al que la habían derivado para terminar sus días como una prisionera.
Erzsébet Báthory fue encerrada a muerte en el ático de un castillo; los albañiles sellaron las puertas y ventanas con pesadas piedras unidas por un ungüento siniestro y dejaron apenas una abertura por donde pasarle la comida. Murió encarcelada, igual que moriría ella, suponía.
Desde entonces, se repitió esa historia cuando se recostaba en su caliente cama en las noches solitarias, solo por tenerla en cuenta y considerar su futura muerte, insinuada en la elección de aquel nombre que usó para pasar una noche en el Hotel Plaza. Sonrió cuando se dijo a sí misma que seguramente fue su «magia roja» la que redujo a aquel vigilante a la condición de su temporal amante esa deliciosa noche en su camino al destino que le asignó la agencia.
La historia de la aborrecida bruja de la magia roja, la mujer acusada de mefistofélicos elixires elaborados con sangre de las jóvenes más bellas del feudo, la ayudó a sobrellevar la sospecha de que ella siempre fue observada con minucioso detalle por los jefes de la burocracia y que fueron ellos los que la hicieron llamar con el nombre de Isabel, nombre cuyo verdadero significado, por entonces, no le era posible descifrar.
¿Y qué magia podría embrujar a ese gigantón que le hacía de chofer? ¿Negra? ¿Roja? ¿Azul? ¿Verde? Sabía que ninguna. Ella no tenía ningún poder sobrenatural y, de haberlo poseído, no parecía posible reducir a ese chofer-guardián con un gualicho, aunque lo hubiera elaborado la mismísima Kori, curandera entre todas las curanderas. Así que solo se decidió a esperar arribar al viejo Plaza para seguir añorando aquel tránsito sin saber que de él ya no quedaba piedra sobre piedra, y que en su lugar se había construido un moderno «shopping», un aquelarre de mercaderes y regateadores que Amanda hubiera expulsado como hizo aquel con los fariseos del templo.
Pero no se dirigieron al Plaza. El chofer cambió de dirección y tomó por un camino directo a Buenos Aires. La miró por el espejo retrovisor y descubrió el gesto de preocupación de su vieja pasajera.
—Órdenes son órdenes —le dijo como pidiendo disculpas.
—Lo supuse. Pero no le voy a negar que me decepcionó —respondió Amanda tratando de quitarle responsabilidad al chofer.
—¿Algo que olvidó por ahí?
—Solo algo que recordar —dijo Amanda, sin evitar un melancólico suspiro.
—Recordar buenos momentos siempre hace el bien —dijo el chofer-guardián, que pareció distendido como no lo había estado hasta ese momento.
—Sabía hablar algo más que «sí, señora; no, señora». Estaba convencida de que solo le habían enseñado esas cuatro palabras.
—Poco acostumbro a hablar. El que mucho habla poco dice, consejo del tayta.
—Hombre sabio.
—Me encomendó que la salude.
—¿Su padre? —Amanda preguntó intrigada. Como sospechaba la respuesta, su corazón se aceleró repentinamente.
—Waqha «Pérez». El Frutos. A ese no lo habrá olvidado, ¿verdad?
Amanda quedó demudada. Miró donde estaba el celular del chofer y lo señaló instintivamente. Supo de esos aparatos por cuentos del suboficial «Pérez», quien le dijo que se cuidara de hablar delante de ellos.
El hombre le demostró que estaba desarmado.
—Cinco minutos tenemos.
—¡¿El Waqha «Pérez»!? ¿Está vivo? No me jodas, pendejo, porque te arranco las pelotas.
—No soy Mediolazo, doña. ¡Y no se meta con mis pelotas! —exclamó el chofer, sonriendo.
—Sos el hijo de Frutos, ¿verdad?
—Soy su hijo.
—¿Está vivo? ¿Te pidió que me saludes?
—Murió hace poco. Cuando le dije que me habían asignado este viaje me habló de usted. Me pidió que le dijera «para toda la vida». Que usted sabría qué significaba.
—Para toda la vida —murmuró Amanda—. El único que imaginó que yo viviría toda mi vida al lado del General.
Por el Frutos «Pérez», si hubiera podido llorar, lo hubiera hecho conmovida.
—¡Él me salvó la vida!
—Tayta me dijo que usted les salvó la vida a todos. Que sin usted hacía rato que hubieran arriado la bandera.
—¿Y el Juan? —preguntó Amanda emocionada.
—Murió mucho antes. Abundio, Teresa y Juan se fueron los tres seguidos. Juntos, uno atrás del otro; no querían estar solos. El Tata Dios les dio el gusto. El reyuno, ¿se acuerda? —Amanda asintió con un leve movimiento de cabeza—, «Caballo Negro», creo que lo llamaba don Abundio, el que usted cabalgó, nadie pudo volver a montarlo. Días después, dijo Abundio, escapó de la ranchada y no lo volvieron a encontrar. Dijeron que fue tras su huella. Andará por el cielo de los reyunos relinchando.
—¡Caballo Negro!
—Caballo Negro, así fue.
—¿Y la Kori?
—¿No la vio?
—¿Estaba? ¿Dónde?
—En la lomada del puesto de los «Pérez».
—¿La mujer que cuidaba las cabras?
—La misma.
Amanda recordaba a la mujer que estaba algo lejos de los tres ranchos, pero no la reconoció. La Kori, en cambio, la reconoció al instante. Amanda, ya anciana, no había perdido ninguno de los rasgos que la identificaban. Su porte, su modo de caminar, ¡sus manos! ¡Rudas! ¡Fuertes! ¡Inconfundibles! Y la mirada, la que conservó desde niña hasta la muerte.
Se sintió amargada porque no reconoció a su sanadora. El chofer le dijo que no era posible que se hablaran y que por eso la Kori se había mantenido lejos, apartada para pasar desapercibida. Le explicó cuánto había deseado estar con ella, pero no podía arrimarse; el suboficial «Pérez» les había dicho que no hicieran macanas.
—Mucho alcahuete suelto —explicó el chofer—. Ella sana al Ilustre de todos sus males. No podía arriesgarse.
Amanda asintió satisfecha. Nunca supo quién mandaba esos yuyos y pócimas extraordinarias que alejaban los males de «La Reliquia». La noticia de que la Kori cuidaba la salud del prócer le pareció extraordinaria. ¿Quién mejor que ella? No había ninguna igual, ninguna.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Amanda, ansiosa.
—¡Tiempo! —exclamó el chofer.
Con una mano sostuvo el volante y con la otra, como si se tratara de un rompecabezas que podía reunir con los ojos cerrados, rearmó el celular recolocando el chip y la batería en su lugar, y lo encendió. La desaparición de la señal durante cinco minutos se justificaba por el paso por una zona baja, una hondonada, especie de pequeño valle donde las señales de los celulares solían perderse por las elevaciones que bordeaban esa especie de pozo verde.
Desde entonces el hombre no volvió a hablar con Amanda, salvo las pocas palabras de rigor con las que respondía alguna pregunta o inquietud de la viajera.
«Sí, señora; no, señora», y poco más.
«Nada de nombres, de apellidos», la regla se imponía sobre cualquier sentimiento.
A partir de entonces, Amanda entró en un letargo. Pareció dormirse. Como en el viaje de ida, aprovechó el largo del asiento para recostarse como si fuera un camastro. Por la autopista asfaltada a nuevo el viaje se hacía liso y el chofer, viajando sobre la mano derecha, mantuvo un suave ritmo que la ayudó a dormirse tal vez como no dormía desde hacía semanas. La noche desentrañaba una luna de árbol en árbol, y un manto inolvidable de estrellas asistió al paso del automóvil en dirección hacia la última estación, donde un destierro interior esperaría a la vieja ama de llaves hasta su muerte. 

***

VII – Tan solo cinco minutos 

«Pérez y Pérez» fue informado en detalle del progreso del viaje del automóvil que transportaba a Amanda. Salvo esos cinco minutos de silencio, supo todo lo que se dijeron la mujer y el chofer y, por los informes de los vigilantes dispersos en el camino, cómo había sido su paso por cada puesto de vigilancia. Pidió explicaciones por esos 300 segundos de silencio absoluto.
Los técnicos en comunicaciones le dijeron que se trataba de un accidente de la topografía, una hondonada más o menos profunda rodeada de unas modestas elevaciones de tierra blanda que se tragaban las señales como si fueran agua para los sedientos. Por ese vallecito pequeño, el chofer-guardián quedaba «cinco insignificantes minutos» incomunicado.
Al jefe, eso de «cinco insignificantes minutos» le pareció una «significativa estupidez», y así se lo dijo al mensajero que le transmitió esa información.
—¿«Cinco insignificantes minutos»? ¿Escuché bien?
—Sí, señor.
—¿No le parece una «significativa estupidez»?
—No lo creo, señor. Fueron solo cinco minutos. ¿Qué pudo haber pasado en solo cinco minutos?
—En cinco minutos se puede matar a un hombre, a dos, a tres, a diez, a mil o a cien mil; depende del arma y del alma del asesino —respondió «Pérez y Pérez», que estaba enfurecido, aunque controlaba sus emociones a la perfección.
Pensó que en cinco minutos, tal vez mucho menos, hasta podría matar a ese mensajero.
—Un asesino solitario puede matar en «cinco insignificantes minutos» a muchas personas. Después añadió, con un cinismo especial, que los más fáciles de asesinar eran los niños, indefensos e incapaces de hacer nada por salvarse.
—Herodes, ¿recuerda? Herodes el Grande.
El hombre se mantuvo en silencio.
—Le pregunté si recuerda el nombre de Herodes el Grande. ¿Oyó hablar de él? Habrá tomado la comunión alguna vez.
—Sí, señor.
«Pérez y Pérez», de extraordinaria memoria, recitó:
—«Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que habían precisado los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen”». Evangelio de Mateo, capítulo dos, versículos del dieciséis al dieciocho.
—¿Tiene hijos? —le preguntó sin quitarle los ojos de encima.
—Sí, señor —respondió el hombre, temblando por la amenaza.
—Siempre recuerde a Herodes el Grande y su furia contra los magos. Es un consejo que le doy; sepa aprovecharlo. No siempre la suerte tocará dos veces a su puerta.
El mensajero tragó saliva y hasta necesitó esforzarse para contener una lágrima.
—«Cinco insignificantes minutos» —continuó diciéndole el jefe—. Suficiente tiempo para echar todo a perder. Asesinos reunidos en un Estado, dispuestos a dominar a sus semejantes —explicó—, son capaces de hacer desaparecer una porción entera de la humanidad en «cinco insignificantes minutos».
—Numancia. ¿Le suena?
—Alesia. ¿Le suena?
—Masada. ¿Le suena?
—La rebelión de An Lushan. ¿Le suena?
—Guernica. ¿Le suena?
—Treblinka. ¿Le suena?
—Auschwitz. ¿Le suena?
—Nagasaki. ¿Le suena?
—Hiroshima. ¿Le suena?
—Tiananmén. ¿Le suena?
—Vasena. ¿Le suena?
—Patagonia. ¿Le suena?
—Rincón Bomba. ¿Le suena?
—Dieciséis de junio del cincuenta y cinco. ¿Le suena?
—La Perla. ¿Le suena?
—Podría pasarme un mes explicándole todo lo que puede hacerse en «cinco insignificantes minutos». ¿Quiere que siga?
—No, señor. Lo siento.
—Retírese. Y corrijan ese problema.
El hombre se marchó desconsolado.
Los vigilantes del asilo avisaron de la llegada del automóvil en el que viajaba Amanda. «Pérez y Pérez» indicó seguir con lo convenido.
Apenas se detuvo el automóvil, tres robustas enfermeras salieron a su encuentro llevando una silla de ruedas. Amanda las observó hasta con picardía. Tal vez estaban al tanto de las pelotas de Mediolazo, y todas esas fornidas mujeres se habían reunido para proteger sus vaginas de los devastadores puntapiés del ama de llaves.
La ayudaron tan solícitas como hipócritas a acomodarse en la silla. El chofer-guardián, en silencio, les entregó las pocas pertenencias que la mujer trajo para su nuevo destino. Se marchó sin siquiera mirar a Amanda para despedirse.La primera impresión que Amanda tuvo del geriátrico adonde estaba por ingresar fue su similitud con aquel desquiciado caserío donde moraba «La Reliquia» desde su falsificada muerte.
Concluyó que sus superiores le habían impuesto una cuota del mismo tormento que al Ilustre. Ella también padecería la encerrona carcelaria en su decadencia. Pero, a diferencia del inmortal símbolo de la patria, sabía que tenía la ventaja de la muerte asegurada. Solo quería darse el gusto de poder agradecerla.
Alguna vez el suboficial «Pérez» le dijo que las personas mueren como viven. Y sintió pánico. ¿Cómo sería eso para ella? Años encerrada cuidando a un hombre privado de su muerte, lavándolo, untándolo en aceites sanadores, perfumándolo para que conservara el garbo que ella pretendía para un prócer de su trascendencia.
¿Cómo sería la muerte para ella si cada uno muere como vive? ¿Añorando al amor desaparecido? ¿Llorando a su niña por los rincones, mientras la madre, loca y abrumada por los golpes y las sucesivas violaciones, se iba esfumando en su delirio hasta el día fatal, aquel, imborrable, inenarrable, en que el monstruo se descolgó desde la lámpara del techo y deshizo la osamenta a golpes de puño casi hasta matarla? ¡Y ella obedeció la orden de encerrarse! ¿Por qué obedeció esa orden? El suboficial «Pérez» se lo dijo una, diez, cien veces. Y hasta le acomodó un sopapo alguna vez para hacerla entrar en razones. ¡Un sopapo! Como aquel de Miguel, el heraldo malvado que llegó entre los dedos del sopapo en la infancia.
Ellos estaban allí únicamente para garantizar la vida de «La Reliquia». Siendo todos prisioneros, el único que debía recibir hasta el cuidado del crimen en su nombre era él, el Ilustre. Los demás se las compondrían como pudieran, incluidas la madre y la niña. Y así fue. Cada uno se las arregló como pudo. Todo estaba escrito: a cara o cruz. La madre murió apabullada de golpes. La niña conoció en el pupilaje la última estación de sus abusos. Amanda se marchó a esperar el sueño eterno en un geriátrico de mala muerte adonde sus jefes la habían encerrado.
Debía enfrentar el asedio de la jauría de perros de presa que husmeaba los alrededores del retiro donde la enclaustraron.
Cada tanto le llegaban exploradoras aventajadas que le mandaban los jefes superiores para controlarla. Olfateaban los pliegues de su apergaminada piel, los humores de sus glándulas, el tufo de su boca desdentada. Y daban vuelta y vuelta alrededor de su silla de ruedas, esperando el momento oportuno para capturarla.
Ella estaba siempre atenta. No la querían muerta. Querían capturarla. Apropiarse de sus días finales. Descifrar sus enigmas. Querían saber sobre la leyenda de sus palabras escritas en un miserable cuaderno marca «Gloria». Alguien, en un oscuro escritorio de la burocracia, insistió con la sospecha de un escrito peligroso que la vieja criada habría realizado para joderlos después de muerta. ¡Muchos condenados dejan sus venganzas en crueles testamentos imborrables! ¡Y la venganza de los muertos es indestructible!
Las tres enfermeras la llevaron a un cuarto que Amanda creyó, con razón, que sería la habitación en la que quedaría alojada. No tenía ventana. Allí la desvistieron por completo y se llevaron sus ropas. Otra mujer, que parecía una mucama por su atuendo, le trajo una muda de ropa para que se vistiera. Le ofreció su ayuda, pero Amanda la rechazó y la mujer abandonó el cuarto dejándola sola. Luego de acomodarse el corpiño, volvió a guardar de manera imperceptible el papelito que el suboficial «Pérez» le dio al partir.
Las enfermeras informaron a sus superiores que Amanda no escondía nada entre sus ropas. ¿Decepción? ¿Confirmación? Ella nunca lo sabría.
Los días de encierro pasaron sin mayores novedades. Cada tanto se incorporaba de su silla de ruedas, a la que la habían confinado, y exclamaba:
—¡Sin novedad en el frente!
Todos la miraban con sorpresa o conmiseración. Ella se convenció de que nadie recordaba a Remarque.
Salvo las exploradoras que llegaban para auscultarla, nada alteraba la rutina del geriátrico. Allí no todos eran empleados de la Agencia. Amanda supuso que se trataba del negocio personal de algún jefe que engordaba sus bolsillos aprovechándose de ancianos abandonados por sus familias. Se derivaba para su encierro a algunos viejos agentes retirados que debían estar bajo control para que no soltaran la lengua llevados por el incontrolable Alzheimer.
Ella se entretuvo con el papel de «vieja loca» que había decidido representar. Y lo hacía a la perfección. La desquiciada que decía que vivió con el general Belgrano durante incontables años. Al principio los jefes se alarmaron por sus palabras, pero después comprendieron que sonaban hasta graciosas y que a Amanda le gustaba jugar con su situación hasta el límite mismo del riesgo. Quien está muerto en vida ya no tiene nada que perder. Había que seguirle el juego, esperando que ella cometiera un error o decidiera confesar algún secreto bien guardado, como si fueran ciertas esas palabras escritas que se le atribuían en un cuaderno marca «Gloria».
A Amanda siempre le gustó correr riesgos. De no haber sido por ello, nunca se hubiera presentado a la Agencia, como le sugirió Miguel. Recordó ese interrogatorio:
—¿Le gusta correr riesgos? —le gritó el inquisidor.
—Sí, mucho.
¡Y no había mentido en lo más mínimo! El riesgo fue muchas veces el motor de sus acciones.
—¿Y cómo sabe que va a salir sana y salva de aquí?
—Porque ustedes me necesitan.
—¡Claro! ¡Acá tenemos una imprescindible! ¡El cementerio está lleno de imprescindibles! ¡Es bueno que se entere!
—Sí, señor.
Esperaba darle la razón a aquel burócrata insoportable. El cementerio de los imprescindibles era su objetivo; la paz final, eterna, extraordinaria.
Pasaba horas sentada en un patio interior que tenía una cúpula de vidrio que dejaba pasar la luz y mantenía el calor del ambiente. Los otros viejos sudaban la gota gorda, pero para ella el lugar era fresco, acostumbrada al calor abrazador de aquella tierra maldecida por los sepultados vivos.
La mayor parte del tiempo dormitaba. Eso le dio la primera señal de que sus fuerzas estaban mermando rápidamente. No le preocupaba su debilidad, solo que la desguarneciera y terminara por permitir que encontraran su pequeño papelito con las tres respuestas. Pensó en tragarlo sin leerlo. Correr riesgos la entusiasmaba, pero poner en peligro a sus camaradas, no. Antes moriría por ellos.
Sentada en silencio, dormitando, todos la acariciaban al pasar. Si ella alzaba la vista y los miraba procurando parecer extraviada, le preguntaban por el prócer.
—Doña Amanda —le decían—. ¿Cómo anda Belgrano?
—¡Muy bien, m’hijo! ¡Muy bien! —respondía desvariando.
—¿Y habló con él hoy? —preguntaban con una risita cínica.
—Muy poquito, querido, casi no habla —respondía ella y volvía a su aparente estado de somnolencia.
Con poco, casi nada, todos la tomaban por «la loca linda de Belgrano», y el dicho corrió de tal manera que la mayoría atribuyó el apodo a que la vieja mujer venía de vivir en Barrancas de Belgrano. La «vieja loca de Belgrano», así pasó a ser conocida para casi todos (menos para las tres robustas enfermeras vigilantes que desconfiaban de ella todo el tiempo), y perdió para ellos su apariencia de mujer ruda.
(¡Esas manos! ¡Esas manos! ¡Qué sorprendían al observarlas!)
Y pasó a ser considerada una viejita que añoraba el parque diseñado por Charles Thays. Cada tanto ella parloteaba sobre la quinta de Valentín Alsina, el Camino del Bajo o el Camino de las Cañitas, y eso alimentó la fábula. Los empleados pasaron a atenderla hasta con esmero. De ese modo comenzó una confusión que, con el paso del tiempo, se volvió incorregible, salvo para los jefes que bien sabían de qué se trataba la argucia.
En algún momento del juego, Amanda consideró qué podía ocurrir si el disfraz fracasaba. Si finalmente la jauría lograba cerrar el cerco sobre ella. Ensañados, perpetuarían su vida armados de la ciencia para atormentarla y hacer que confesara todo lo que ellos creían que escondía. ¡Y eso que todavía no había aparecido esa maldita «Orden del día N.º 5»!
De noche, cada vez con más frecuencia, las exploradoras se aproximaban con sus húmedos hocicos a registrarla, manchaban con sus babitas de diablo su modesto camisón, revisaban sus calzones, las arrugas de su vagina, los pliegues de sus tetas, las rugosidades de su cuerpo. Entonces imaginaba que se proponían abrirle un boquete del tamaño de un pomelo en medio del pecho, donde creían que guardaba ese pequeño papelito manuscrito con las tres respuestas cruciales y tal vez otros misterios extraordinarios. ¡El número tres! ¡El número tres! ¡Siempre en su vida!
Extraerían todos sus secretos de un bocado, con sus dentelladas de cuchilla, diseccionando las verdades ocultas en los tejidos más íntimos del cuerpo. Abierto el agujero que dejaría el corazón a la intemperie, la jauría hallaría satisfacción en arrancarle pedazos de la víscera a pellizcos. A brutos pellizcos, mientras le reclamaban que confesara todo lo que sabía, todo.
—¡Hablá, maldita vieja! ¡Hablá! —le gritarían entre los tormentos de la vivisección.
Ascendería por sus nervios intactos un dolor indescriptible. Pero no se presentaría la muerte. La muerte se ausentaría. «¿Por qué su abandono?», se preguntaría enfurecida, rechazando una supervivencia de la que renegaba mientras el tormento crecía exponencialmente hasta el suplicio brutal. La muerte no es nada si no se propone terminar con lo por venir, porque jamás puede suprimir lo que aconteció en el pasado.
Esperó con tantas ansias el derecho a su muerte para acompañar a los héroes de tantas batallas, de los que sabía su nombre y su gloria, contada sin miserias por el propio comandante en jefe, que desesperaba su ausencia. ¡Qué ironía! El premio a sus desvelos era acabar invocando la propia muerte.
Todas las noches no fueron iguales. Pasó Anita. Pasó Miguel. Pasó Jorge. Pasó Gertrudis. Pasó Francisco. Pasó «La Mamaní». Pasó el amante desaparecido. Pasó Juan. Pasó Frutos. Pasó Chalimín. Pasó Viltipoco, hijo de Purmamarca. Pasó Abundio. Pasó Teresa. Pasó la Kolki. Pasó el cabo «Pérez». Pasó «La Reliquia». Pasó el suboficial «Pérez» con el papelito en la mano. Pasaron los vivos y los muertos de sed enterrados a siete pies de profundidad para que aprendieran para siempre a ser sumisos. Y pasaron los kilmes con sus cadenas al cuello en dirección al Río de la Plata.
En cada oportunidad, la noche en cueros dejaba su impalpable vuelo hacia la desembocadura del alba para que Amanda hallara algo de consuelo en su batalla final. Y la luna le gritaba: «¡Al alba venceré! ¡Al alba venceré!».
Fue esa noche misteriosa, distinta. Recuperó ese olor a cereales de la infancia que solo conoció en situaciones extraordinarias. Se preguntó de dónde podía haber llegado ese aroma hasta los oscuros huecos de su vieja nariz. No encontró respuesta. No era el pasado el que volvía, era el futuro entre banderas.
La luz tembló detrás de una puerta que se mantenía cerrada con candados del tamaño de un puño. Se preguntó cómo esos espectros con aires familiares podían haber burlado todas las seguridades del geriátrico. Sus guardias, sus cámaras y sus tres cancerberas durmiendo en el umbral de su puerta. Tres gorgonas que en las noches mutaban a su verdadera apariencia de mastines.
Pero ellos entraron de a uno en fila sin que nada se los pudiera impedir. El primero era algo regordete, de pómulos hinchados, surcados por unas diminutas venas violáceas que se encendían virando a un bermellón violento cuando se lo hostigaba. A los que venían detrás no pudo verlos, pero le pareció que todos eran jóvenes y llegaban arropados en los cantos de un coro de tragedia.
—¡Mujer! —oyó que le dijo en tono bíblico—, allí hay una calzada, un camino, y será llamado verdadero camino, y el inmundo no transitará por él, sino que será solo para la que merezca ese camino. Los necios no vagarán por él. Porque él lo ha escogido para que sus hijas puedan retornar a sus casas. Vuelve de donde partiste. Tu misterio está encerrado en ti, tu nombre estará por siempre a salvo.
Al abandonar la cohorte, su pequeña habitación quedó abierta, una entrada por donde escapar hacia la luz, como aquella que la loca Encarnación buscaba en la fantasía de un boquete abierto con los golpes del roído taco de su zapatito. La luz era una luna inmensa, extensa luna de una geografía blanca, tronando como un ruido empuñado por unas manos tan vigorosas como las suyas.
Amanda dejó la silla de ruedas, caminó ignorando artrosis y osteoporosis, atravesó hacia la luz sin que las tres cancerberas apreciaran su fuga. Dormían babeando, sus ojos estaban cerrados como si hubieran sido cosidos por esa luz magnífica. No podrían petrificarla; Medusa, Esteno y Euríale dormían sudorosas, tumbadas una al lado de la otra, envueltas en sus impecables guardapolvos blancos.
Caminó por el sendero indicado. Una cálida luz de eclipse la envolvía como si la sustancia de Anita estuviera presente, custodiando sus pasos hacia aquel lugar de la encrucijada final.
Amanda llegó indescriptible al borde del andén, espiando a la jauría que se aproximaba en cámara lenta, tan desquiciada como inútil, a muchos cientos de metros de distancia.
Ella había decidido que el paso siguiente sería hacia el futuro. Hacia adelante. ¿Habría cumplido ese bendito suboficial su promesa de muerte? Haberlo sabido habría completado el círculo áureo de su propia muerte.
Abstraída, contemplaba la luminiscencia aproximarse hasta envolverla definitivamente en las sospechas de sus resplandores. A destiempo, el silencio intercalaba desavenencias sincopadas que provenían de un horizonte turbio y ciudadano que jadeaba quejoso desde los viejos rieles, echando al cielo bocanadas de penas grises y azules como chispitas salidas del viejo cableado de la corriente eléctrica.
El runrún catarroso de los fierros gastados desalojaba durmientes para abrir espacio al acontecimiento que se prefiguraba. Los cirujas, atontados de puro alcohol etílico, no acertaban el vaticinio de ese tiempo que se acababa con forma de mujer vieja. Se oía a lo lejos, pero cada vez con más fuerza, una luna que tronaba entre los rieles, gatillando su blanco cautivante, su blanco enceguecedor hasta el fondo de la vieja pupila, que amontonaba un poco de sangre por sostener la imagen en la ajada retina.
Desde prudente distancia hay quienes dicen que la vieron extraer de su pecho un papelito pequeño, minúsculo, insignificante.
Lo leyó una vez, lo leyó otra vez, lo leyó por tercera vez. Tres preguntas, tres respuestas, tres lecturas. Luego lo llevó hasta su boca, lo mascó con alegría y lo tragó hecho una pasta apenas perceptible. También dicen que lloró unas lágrimas extraordinarias y que su llanto fue redondo, sonoro, zozobrante.
Como quien le suelta la mano a una sombra para que se deshaga en la luz de la luna tronante, luego de la lectura, luego de las lágrimas rescatadas, cayó leve, liviana, frágil en las entrañas de la luz de la luna que la tragó de repente. La fagocitó de las oscuridades para devolverla a una materia originaria, como una pasta de vida que se aplasta para alcanzar una increíble identidad orgánica.
Los perseguidores llegaron cuando la luna desapareció entre un grito surgido de no se sabía dónde. Miraron con ira, con disgusto, la apariencia escurridiza de una memoria que encontró en la muerte su resurrección. Eran de sombras y la luz imposible los cegó en un instante tan corto como el adiós entre la vida y la muerte indispensable.
Amanda encontró su victoria al alba: cuando sus captores la buscaron solo encontraron una sustancia humana hecha de silencios y un gesto de bandera patria irreconocible para sus perseguidores.
Su misterio quedó encerrado en ella, nunca nadie sabrá su nombre. Amanda cumplió con su deber: fue decenios de silencio, y muda se ofreció a su bandera en póstumo triunfo para derrotar a sus perseguidores.
Dicen, pero solo dicen, no juran, que aún algo de un viento puro llevó en todas direcciones un grito extraordinario:
¡Al alba venceré!
¡Venceré! ¡Venceré! 

Nota final 


Esta novela nació sin un plan preciso y creció durante años alrededor
de Amanda Da Silva. Muchas veces creí que ya conocía su historia, pero el personaje siempre encontraba la forma de seguir adelante y revelar algo más de sí misma.
Los hechos narrados pertenecen por igual a la memoria, a la imaginación y a la leyenda. No me preocupó demasiado separar unas de otras. Me interesó
más seguir la voz de Amanda allí donde quisiera llevarme.
El lector encontrará en estas páginas episodios inspirados en hechos históricos, personajes nacidos de recuerdos y otros enteramente inventados. Todos ellos, sin embargo, están al servicio de una misma búsqueda: la de una mujer que intenta comprender el sentido de su propia vida antes de llegar al final del camino.
Si Amanda ha logrado permanecer viva durante estas páginas,
el esfuerzo habrá valido la pena.


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