De vez en cuando me pellizco. Me inmovilizo una pierna hasta el entumecimiento, después me yergo y aprendo a caminar de nuevo. O repito una palabra ante el espejo hasta que ya nada significa, nada dice y la oigo en un idioma ajeno. O me paso la mano por la cara, los dos desnudos, cara y mano, abiertos al conocimiento – repetir la operación deslizando sobre el mármol del encimero mano o cara u otra parte del cuerpo – O pruebo con la punta de la lengua un jengibre confitado – si es cierto lo que dicen, que del lenguaje al cerebro… – O repiqueteo sobre una superficie con los dedos – aunque por más que insisto el ritmo no lo encuentro, no lo encuentro… – O me demoro en la vuelta, aspirando el relente de una noche en primavera. Aún no me atreví a mirar al sol a la cara. Jamás puse las manos en el fuego. Levitar no es necesario, subirte a un banco es suficiente y contemplar desde ese extremo tu habitación, el universo. O también, simplemente, podés mirar la luna y llenarte los ojos de preguntas. No vas a descubrir la serie de Fibonacci. No vas a atravesar una epojé. A mí, por ejemplo, me cuesta poner la mente en blanco, hacer tabla rasa, habitar un mundo otro, nuevo.
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