Era de madrugada. Clementina llevaba una pequeña caja envuelta en papel periódico que había ocultado durante días bajo su cama. Caminaba a solas en medio de la calle acarcavada que daba a la casa de Jacinta. De vez en cuando posaba su mano libre sobre el pecho, con la esperanza de aquietar su corazón.
Atravesó el corredor angosto hasta la esquina del patio donde Jacinta la esperaría.
—Jacinta, amiga. Jacinta, decime que estás acá.
—Hablá más pasito, Clementina, que te pueden oír.
Jacinta surgió de la oscuridad, miró hacia la choza de Ricardo, su hermano, y haló a Clementina del brazo. Se escabulleron por el solar de doña Patricia y saltaron la verja para ocultarse en el cuarto de herramientas en mitad del potrero. Jacinta encendió una vela.
—Abrilo de una vez.
Los dedos trémulos de Clementina tardaron en desanudar la caja. La abrió y la acercó a Jacinta.
—Dejá esa mano quieta que no me dejás ver —le increpó. La luz tenue de la vela reveló una sonda enrollada, de tubo transparente y embudo azul.
—Jacinta, tengo miedo.
—Acostate sobre la paja y abrí las piernas. Y tapate la boca, que te pueden oír.
—Jacinta, tengo miedo.
Clementina, que primero había enrollado en su mano un pañuelo blanco, se aferraba a las patas de la mesa y gimoteaba tan bajo como sus fuerzas se lo permitían. Las lágrimas se le acumulaban en los ojos.
—¡No te movás tanto!
Cuando estrechaba los párpados, el rostro sudoroso de don Lorenzo se le aparecía de pronto sobre ella. Quería expulsar ahora el grito ahogado que se atorase en su garganta aquella mañana. El tacto de Jacinta le erizaba los sentidos, y sentía la manguerita revolverse en su interior. Cerraba los ojos y allí estaba don Lorenzo, con sus pupilas desorbitadas. Don Lorenzo que la lamía. Don Lorenzo que la ultrajaba.
—No te podés sacar el tubo, ¿oíste?
—Jacinta, tengo miedo.
—Escuchame bien, Clementina: debés esperar a que se te escurra todo.
Jacinta levantó la vista y se encontró con los ojos suplicantes de su amiga.
—No llorés más que ya está hecho.
—Jacinta, tengo miedo.
Durante la segunda noche experimentó pinchazos cálidos en el vientre. Se alumbró el sexo y descubrió un flujo parduzco que le chorreaba por las piernas, y junto a sus pies, pedacitos de una masita carnosa que se extendían sobre el charco oscuro de sangre.
El olor del cuarto, a sudor y ganado, le evocaba la imagen de don Lorenzo. Empuñaba entonces el pañuelo blanco que le diese Ricardo aquella tarde de agosto cuando hubieron de hacer el amor por primera vez. Lo empuñaba también cuando se curvaba sobre la paja y cuando sujetaba la manguera y la mantenía adentro porque creía que la criaturita, que su mente figurase ya entera, ya anhelante de vida, se le saldría de golpe.
Con la luz pálida de la mañana apareció Jacinta. Se agachó para limpiarle las piernas y le besó la frente. Clementina la miraba sin pestañear. Jacinta, luego de unos segundos, apartó la vista, y acercándole una botella de agua, le dijo:
—Bebé, que te me vas.
—Jacinta, tengo miedo.
Jacinta cubrió con paños de agua tibia el vientre tenso de su amiga. Tuvo que esperar a que cesaran los espasmos para poder halar con suavidad el tubo. Incapaz de contener los gritos, Clementina se retorcía en el suelo y le imploraba a Jacinta que se detuviera. No obstante, en cuanto el sufrimiento cesó permaneció en silencio y sus ojos hundidos contemplaron el techo del cuarto. Acercó el pañuelo a su nariz y lo aspiró tan hondo como su debilidad se lo permitía.
—Anoche se me salió el bebé —soltó de súbito.
—No digás bobadas, Clementina, que tenías dos meses de preñada.
—Miralo ahí, bajo tus piernas. —Clementina señaló las masitas de carne. —Ahí está mi bebé, Jacinta. ¿No lo ves?
—Descansá, Clementina.
—Se parece a don Lorenzo. Mirá sus manitos, ahí tiraditas.
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