Hirose
El exterior de la casa de Nakamura era vigilado por un gran árbol cuya altura llegaba hasta la ventana del segundo piso. Los colores de los muros eran cálidos y cerca del porche descansaba una maceta con una planta floreada. Al ser la primera vez que la visitaba, Hirose había pasado a comprar un modesto obsequio que sostenía en una mano, mientras que en la otra, descansaban las asas de su maletín.
Justo después de tocar el timbre se acomodó el maletín sobre el hombro y empezó a jugar con el cierre, lo apretaba y corría con insistencia hasta que la puerta se abrió de par en par.
—¡Bienvenido! Tú debes de ser Hirose. Cuando Okuto me dijo que traería un amigo a la casa no le creí. Pero aquí estás.
Una señora de mediana estatura y sonrisa afectuosa lo recibió. Se alcanzaban a ver algunas canas en su cabello y llevaba puesto un delantal que le brindaba un aspecto acogedor. Cuando ella lo miró, supo que era la mamá de Nakamura.
—Mucho gusto. Soy Aiki Hirose. Gracias por recibirme —respondió haciendo una reverencia.
—El gusto es mío. Okuto me ha hablado de ti.
—¿En verdad? —Levantó las cejas. ¿Nakamura habla de mí con su familia?—. Disculpe la molestia —expresó antes de cruzar la puerta. En seguida se quitó los zapatos y se colocó las pantuflas. Siendo muy cuidadoso, le entregó la caja que contenía los pastelitos—. Es algo sencillo, pero espero que le gusten.
—¡Ay! Qué muchachito tan educado, no era necesario. Muchas gracias.
Nakamura llegó bajando las escaleras con la prisa de alguien que había perdido el tren. Su cabello estaba un poco desordenado y tenía la playera al revés. A Hirose le pareció graciosísima aquella escena, pero tuvo que contener la risa, pues no quería parecer maleducado frente a su mamá.
—Okuto, al fin bajas, ¿terminaste de acomodar tus estantes? Nunca te había visto tan preocupado por limpiar tu cuarto.
—¿De qué hablas, mamá? Yo siempre soy así —la voz de Nakamura salió atropellada. Ella entrecerró los ojos durante unos breves instantes, claramente confundida por la playera mal puesta—. Bueno, será mejor que ya empecemos a estudiar.
—Tienes razón. Hana salió y tu papá llegará más tarde, así que pueden estar tranquilos —les aseguró con esa parsimonia que ya se le estaba haciendo costumbre a Hirose—. Subiré después para dejarles el té frío.
Mientras avanzaban por las escaleras, Hirose comenzó a fijarse en los cuadros que adornaban las paredes. Una sonrisa se asomó en sus labios cuando vio el dibujo de un pulpo en tonos azulados y verdosos. Sintió tanta ternura al pensar que una mini versión de su amigo lo había hecho.
—Adelante…—Nakamura lo invitó a su habitación en un susurro apenas perceptible.
Dio un primer paso. Tuvo la sensación de que estaba entrando a una guarida secreta. No había nada fuera de lugar, un aroma fresco se levantaba del suelo, la cama estaba tendida cuidadosamente y pareciera que el polvo no era un visitante frecuente.
—¿Limpiaste tu cuarto porque iba a venir yo? —inquirió con un tono burlón.
—¿Eh? No, no —Nakamura negó varias veces con la cabeza—. Bueno, quizá un poco. Sí.
Hirose se echó a reír. Aunque por dentro estaba agradecido de que él tuviera un gesto tan considerado. Había visitado las casas de otros amigos en ocasiones anteriores, pero nadie se había preocupado de esa manera.
—¡Hola! ¡A ti te conozco! —exclamó al ver la pecera del pulpo. Se acercó con cautela para no asustarlo, y maravillado, comenzó a escudriñar—. Eres demasiado genial, Icchan.
El molusco salió entre pausas de su cueva y pegó sus tentáculos al vidrio.
—Creo que le agradas… —comentó Nakamura a su lado—. Con Hana o mamá siempre se camuflajea.
—¿En verdad? Vaya, tú también me caes muy bien, Icchan. ¿Cuántos años tienes?
—De hecho… —Nakamura se aclaró la garganta—. Ha vivido más que el promedio de los otros pulpos, todo gracias a mis excelentes cuidados. —Se quedó callado unos segundos. Inclinó la cabeza hacia abajo, y empezó a tocarse distraídamente el fleco—. Él ha estado a mi lado en todo momento. Cuando estoy en casa y lo veo… siento que todo mejora. Icchan fue mi primer amigo.
Hirose se quedó sin palabras. Imaginó a Nakamura en sus días de secundaria, solo, comiendo en un sitio apartado de los demás o pedaleando en su bicicleta sin nadie que lo acompañara. Luego, recordó todas las veces que lo había visto escondido detrás del gimnasio o tomando distancia de un grupo de alumnos escandalosos.
Él era tímido, eso ya lo sabía. Pero el hecho de que se encontrara en su habitación, un espacio muy personal, significaba que le tenía una gran confianza. De todas las personas que había ignorado, Nakamura lo había elegido a él para formar una amistad.
Se juró a sí mismo nunca apartarse de su lado, sin importar lo que ocurriera. No permitiría que volviera a sentirse solo si podía evitarlo.
—Lo bueno es que ahora me tienes a mí —le dijo, ensanchando una sonrisa—. Siempre seremos amigos.
Más tarde y ya con la playera bien puesta, ambos se encontraban sentados sobre el suelo, frente a una mesita de madera. Pequeñas gotas resbalaban por el cristal de un par de vasos con té helado a tres cuartos de terminar. Tenían dos libros abiertos en diferentes páginas, cada uno con clasificaciones taxonómicas difíciles de pronunciar.
A Hirose se le había ocurrido la idea de hacer acrónimos, o bien, separar las letras para que dejaran de sonar tan extrañas. Mientras Nakamura se sumergía en las anotaciones de su cuaderno, él se tomó la libertad de estudiar su habitación más a fondo.
Descubrió un peluche de pulpo acomodado sobre la encimera, las esquinas de unas fotografías asomándose por los lomos de unos libros, y una grabadora que no ocultaba su constante uso. Cuando se fijó en el llavero que le había regalado el primer año, sus mejillas se elevaron sin poder evitarlo.
Todos sus sentidos se volcaron en el mayor. Su boca se abría y cerraba ligeramente debido a los murmullos que soltaba de vez en cuando. Las yemas de sus dedos se blanqueaban gracias a la fuerza con la que apretaba el lápiz. Jamás lo había advertido, pero tenía una letra muy fina y sacaba la punta de la lengua como una manía de atención.
Vio que torcía un poco el gesto ante una de las palabras, así que estiró el brazo para señalar el cuaderno. La mano de Nakamura se adelantó al mismo tiempo y, antes de darse cuenta, su mano había quedado abajo de la suya. Pensó que él se apartaría, pero fue todo lo contrario. Los hombros de Hirose se tensaron, no supo qué hacer a continuación.
Nakamura se levantó de un salto y a zancadas torpes se aproximó a la pecera del pulpo.
—¡Icchan! ¡Icchan! —exclamó. Su mirada iba de aquí para allá, desesperado por encontrarlo.
—¿Qué pasó? —Hirose se acercó de inmediato—. ¿Dónde está?
—No puede ser, no puede ser. Yo dejé muy bien tapada su pecera, ¿cómo pudo haberse salido? —Se aplastaba las mejillas—. Por su edad es más peligroso que esté afuera. No quiero que nada le pase.
—Te ayudaré a buscarlo. Lo vamos a encontrar, Nakamura.
Ya que la puerta estaba cerrada, los dos concluyeron que no había escapado tan lejos. Pero los lugares estrechos y oscuros abundaban, por lo que no sería sencillo encontrarlo.
Decidió empezar revisando entre los cajones del escritorio; si él fuera un pulpo, ese sería un escondite muy cómodo. Fallando en la misión, continuó con el bote de basura y dentro de las gavetas del estante. Nakamura estaba empecinado en sacar la ropa del clóset, aventaba con descuido las prendas al suelo y deslizaba los ganchos una y otra vez.
No era una reacción común en él. Hirose siempre lo había situado en esa categoría de las personas más tranquilas que había conocido, así que verlo en ese estado inquietante sacudió algo en su interior.
—No está aquí —aseguró Nakamura—. Tampoco detrás de las cortinas. ¿Adónde pudo ir?
—Busquemos debajo de la cama. Tiene que estar en alguna parte.
Primero sacaron las cajas organizadoras. Las revisaron una por una, pero Icchan seguía sin aparecer.
Rendirse no era una opción, sobre todo ahora que Hirose entendía lo importante que era para él. Se dejó caer boca abajo sobre el piso y extendió un brazo bajo la cama. A su lado, Nakamura hizo lo mismo. Hirose trató de avanzar unos centímetros más, pero el espacio era angosto. Solo pudo seguir tanteando en la oscuridad con la esperanza de encontrar al pequeño escapista.
De repente, rozó una superficie suave que le electrizó el cuerpo. Antes de detenerse a pensarlo, rodeó el objeto desconocido con la mano y estrujó ligeramente. Nakamura emitió un jadeo bajito, haciendo que Hirose girara la cabeza. Notó que el rostro de su amigo se teñía de un rojo intenso y que sus ojos lo evitaban con gran vergüenza. Fue entonces cuando comprendió que era su mano la que estaba sujetando.
—Perdón —apretó los labios.
—N-no te preocupes… —respondió el más alto con una voz ronca.
Hirose trató de apartarse y sintió cómo los dedos de Nakamura se aferraron por un centímetro a los de él. El gesto era tan débil que bastaba un minúsculo movimiento para deshacerlo. Pero, no lo hizo. Se mantuvo inmutado, reprimiendo todo el aluvión de emociones que le impedía decidir si debía retirar la mano o corresponder aquel contacto.
El burbujeo del filtro de la pecera rasgaba el silencio. Las pestañas de Nakamura formaban un refugio sobre sus ojos, que parecían haberse encogido junto con el resto de su expresión.
Qué adorable…
El pensamiento apareció sin pedir permiso. Hirose parpadeó.
Espera… ¿por qué pensé eso?
Unos tenues golpecitos interrumpieron el trance, desvaneciendo así la tensión. Cuando los golpeteos volvieron a escucharse, Nakamura se incorporó rápidamente, mostrando un nuevo brillo de esperanza. En cambio, Hirose permaneció tumbado con el brazo todavía debajo de la cama.
—¡Icchan!
—¿En dónde estaba? —se acercó a él y descubrió al pulpo pegado al cristal de la pecera con cada uno de sus brazos.
—Nunca escapó… —Un suspiro lleno de alivio salió de su boca mientras se aplastaba en el colchón. Llevándose una mano al pecho, cerró los ojos—. Debí haberlo buscado mejor en la pecera antes de armar un desastre… Perdón por causarte tanta molestia.
Hirose lo observó desde arriba. Su mente seguía siendo un desastre y el latir de su corazón no lograba tranquilizarse.
Cediendo a sus impulsos, se agachó para envolverlo en un fuerte abrazo, apoyando la barbilla sobre su hombro. Nakamura tardó en reaccionar. Pudo sentir cómo sus dedos se deslizaban inquietos sobre su espalda, como si no supiera dónde colocarlos.
La duda de haber cometido un error lo asaltó en ese instante. Quizá se había precipitado. Quizá él no quería esa clase de contacto. Pero entonces, con sumo cuidado, los brazos de Nakamura finalmente lo rodearon.
—Me alegra que lo hayas encontrado —le confesó en un susurro. A esa distancia, fue capaz de percibir un dulce aroma que inundó su nariz—. Bueno… en realidad que nunca hubiera salido de su pecera. Se nota mucho cuánto lo quieres.
Hirose no se consideraba como una persona que tuviera inconvenientes para expresarse; en cualquier caso, podía recurrir a una encantadora sonrisa para zafarse de los embrollos cotidianos. Aun así, quiso aprovechar que no se estaban viendo de frente para decirle:
—De ahora en adelante, cuando tengas algún problema o necesites ayuda, dímelo. Llámame o mándame un mensaje y yo iré donde sea que estés.
Ese día, Aiki había presenciado una nueva faceta de Nakamura. Una que le había parecido tan adorable como angustiante. Preocuparse por un amigo era normal, pero sin duda, algo estaba cambiando.
El calor que había dejado en su mano se prolongó en el interior de su piel.
Y lo peor era que no sabía si quería detenerlo.
OPINIONES Y COMENTARIOS