Ni en mil años

De este lugar donde asolea las achiras el poniente; de aquí, donde campea el trébol y en un extremo del alambre el ave se detiene, partió. Dos veces.

Hará como mil años.

Llegando al linde con los Sosa se detuvo sin volverse, como diciendo atájenme, qué estoy haciendo. Pero ganó el impulso, el envión. Después, la silueta se atenuó, aunque creo que para entonces ya habíamos dejado de mirar.

Se fue diciendo ni en mil años. A nosotros ni un grito nos subió.

Igual, las dos veces.

Te esperamos por mil años y aún otros mil te esperaríamos, si fuera necesario.

Pero las manos se encallecen, la memoria se cuartea y uno al final no sabe bien a quién o qué espera.

No seremos los primeros. Observando a los seres, las achiras, el trébol, el poniente, existen como si algo se les hubiera ido alguna vez y no supieran ya qué. Y ahí están, dando vueltas los planetas y los seres.

Por eso yo me aboco a este poniente, lo demás no me concierne. Ahora, por ejemplo: ni en mil años esta luz, esta humedad del aire y aquel naranja justo donde termina el cielo.

Quizás alguna vez el retazo de un vestido, el tono de una voz, una pala desenterrando algún cacharro viejo, las formas caprichosas que en el cielo dibuja el estornino, nos hagan recordar que vivimos una espera. Al principio no sabremos bien a quién o qué esperamos. Después alumbrará y como volviendo del olvido nos diremos que aguardamos tu segunda venida como a un Cristo.

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