La Venganza de los Pérez (revisión)

La Venganza de los Pérez (revisión)

La Venganza de los Pérez

A todas las Candelas 

A modo de prólogo 

Se dice Candela

Se dice Candela: apenas palpitante,
pábilo negro y luz hasta la muerte abrupta.
Hablan los Ilustrados del abuso y la droga
como de un pasatiempo hombruno contra muñecas
alegremente desfloradas. Hablan
como una escarcha que hiela, y quemante
mutila como a pedradas fieras
la pequeñez del cuerpo aniñado
que aparece ovillado en bolsas negras.

Pábilo negro y luz hasta que la muerte a borbotones
entra zanganeando como un batracio fúnebre,
y reclama urgida su libra de carne
en nombre del sacrosanto derecho de pernada.
En su mansión a cocaína ríen a risotadas bruta
y nosotros lloramos como unas lenguas negras
la blasfemia del Hombre contra la Niña.
¿Cuántas Candelas apagarán hoy su luz?
¿Cuántas ayer, cuántas mañana?

Los mensajeros llegan con sus sangrientos versos:
¡cultivemos la droga y bebamos su néctar
en la púber vagina! gritan. Harán luego discursos
reclamando sus votos de lágrimas falseadas
que vacían el alma de las nobles sustancias.
Abandonados de Dios y a la intemperie,
henos aquí, desamparados, solos librados
a nuestra razón de amor y de esperanzas.
¡Cultivemos un puro odio entre verdades!
Como un fuego marmóreo, crepitante flama enarbolada
que incinere voraz las inmundicias que resecan el alma
Y desbaratan la carne hasta los tuétanos.

¡Cómo no decidirse a incendiar la pradera
Incluso con la tenue llama de una débil candela! 

I – Éxodo 

Los fugados arrastraban sus propias sombras hacia un destino prefigurado en mapas impresos en secreto. Iban hacia el este, donde la tierra se volvía río y el río, bandera.
Arriba o abajo, atrás o adelante, a un lado u otro, no había nadie. El paisaje estaba vacío de manos y piernas, de ojos y bocas, de cueros y raíces, de sangres y aguas. Solo ellos, solos de cielos a pie, solos de nube, uña, niebla y lengua, atravesando el irascible polvo de piedras ancestrales molidas.
Anduvieron siguiendo las huellas inconclusas dejadas hacía tiempo, huellas emboscadas entre los atávicos polvos. Las buscaban con la esperanza de hallar la posta donde otros, con sus mismas angustias, los aguardaban.
Los días descendían sobre la tierra como señales geométricas, repitiéndose del mismo modo desde los tiempos en que no había memoria. De la mañana a la noche bajaban en húmedas trenzas de azules; en las tardes, en húmedas trenzas de rojos y naranjas —una forma de incendio vertical—; y en las noches, en húmedas trenzas de negros minerales, con estrellas como alhajas. De la noche a la mañana, pabellones de fuego al alba, láminas violetas entre rayos al crepúsculo, azulejos barnizados por rocíos en la oscuridad.
Mañanas, tardes, noches: puras y secretas. Mañanas, tardes, noches: vigilantes e iracundas, hostiles y adversarias si descubrían el paso de los perseguidos, dispuestas a aplastarlos como larvas de las putrefacciones de los conquistadores que se devoraban la sangre y las entrañas entre ellos en busca del oro, la plata y la preciosura de la gema andina. Aquellos rastreaban con aullidos la marcha de los fugados de la inmensa casona resecada. Su orden era matar a “La Reliquia” y arriar la bandera definitivamente.
En el centro de unas manchas llanadas de delgados pastos retozaba el camino hacia adelante. El camino se ensanchaba o se amurallaba, se angostaba o desfilaba serpentino, se volvía infinito o insignificante. Siempre rendido al paso de los exiliados, se hacía refugio. Cuando la caravana avanzaba, el polvo deshacía el destino de las huellas estampadas, borroneando las marcas para ocultar el rumbo.

Dentro de un cubículo de aspecto monacal, cargado sobre un carretón tirado por dos mulos —rechazaron en ese tramo del viaje el rugido de un motor, alcahuete mecánico en esa vasta soledad silenciosa— el ilustre reposaba la retirada. Arriba del cuchitril, a modo de techo, telas rudas proyectaban sombras, y las sombras dejaban sus caprichos sobre la augusta cabeza calva del perseguido. Periódicamente, alguno de los custodios humedecía sus labios con una suave esponjita aterciopelada; el agua provenía del rocío que perlaba su frescor antes de acariciar la piedra polvorosa del sendero.
Los vientos aprovechaban los caprichos de las sombras para rozar murmurios sobre la piel cetrina de “La Reliquia”, que se transparentaba dejando al descubierto territorios de sangre apenas visibles entre los secos músculos y los fosforescentes huesos. Luego de sus caricias, esos mismos vientos rodaban hacia los horizontes en los cuatro puntos cardinales, sonando una música fragante que aligeraba la marcha con sus alegres voces de vidalas. En ese instante todo era música, y encendía el cielo de meteoros que iluminaban los contemplativos ojos humanos en espera de una mágica señal alentadora.
Desde que abandonaron el caserío esquivando el asesinato, la fuga se volvió difícil. El sol se espesaba, el viento era torrencial, las piedras se abismaban en una geología incomparable. Caían abruptas hacia un pozo sin fondo, bochornoso. Y “La Reliquia” no hallaba sosiego ni siquiera en el recuerdo de otras marchas pasadas, donde sufrió hasta la muerte a otros perseguidores que lo martirizaron con garrote vil, sangrantes espadas y flamígeras cruces.
Buscaba los ojos de aguas sonámbulas.
Buscaba los ojos de misteriosas esperanzas.
Buscaba los ojos de silencio ungidos.
Buscaba los ojos caudalosos de Amanda.
Ojos que en dichosas miradas palpaban sus anhelos, dulcificando sus días desde un tiempo imposible de contar, porque el tiempo se le había vuelto un enigma con la boca muerta.
Una palabra de Amanda hubiera bastado para serenarlo cuando estallaba en clamores. Y estallaba en clamores semejantes al grito del que padece un hambre centenaria, incurable; a puñetazos las sílabas inarmónicas descerrajaban un quejido que, a fuerza de repetido, movía a compasión a sus bisoños custodios.
Los resecos tejidos de su garganta se ajaban como papel biblia; impedidos de sangrar, arrebujaban los sonidos para que no lastimaran. Rumiaba las palabras hasta disolverlas: palabras que dejaban de ser palabras y se hacían viento, humo, tierra en porciones inasibles. Sonaban sus verdades como suena el ventisquero en los murallones de la inmensa quebrada, apretujando los labios musgosos para que esas palabras de yesca, humo, tierra y ventisca no escaparan inadvertidas ante quienes debían oír la historia, resonando como el sacro sonido de una catedral indescriptible.
Los labios entonces tornasolaban de un rojo desertado hacia un rosa inadvertido, pálido y vaporoso; el viraje del color se pronunciaba cuanto más gritaba una proclama guerrera, intrépida y disciplinada. Cuidaba en extremo su discurso, haciendo un esfuerzo desesperante y disponiendo esos labios en cerrojos para que no se fugaran desorientadas sus oraciones.
Eran palabras-plegarias venidas de un pasado lejano, grabadas en la infinita intemperie de las piedras, tal vez repetidas sin número de veces como plegaria al alcance de la memoria fresca de algún sobreviviente, si lo hubiera. Su perorata enigmática dejaba boyando en el aire sus jerigonzas emocionadas e incomprensibles. Sus confundidos oyentes, la mayoría de las veces, no lograban escapar de las trampas que las palabras urdían hasta desorientarlos. Con gran esfuerzo, al cabo de un tiempo, el joven a cargo de la fuga lograba comprender el significado de sus arengas.
Quien reemplazó al suboficial Pérez en su oficio alucinante de argonauta de la patria, perseguidos por esa jauría que esperaba devorarlos a la vuelta de una senda inexplorada, sonreía satisfecho —aunque no convencido— al descubrir que iba aprendiendo a descifrar la dialéctica de “La Reliquia”. Se preocupaba, eso sí, cuando el General lo llamaba como a uno de sus soldados, con la impertinencia propia de un comandante en apuros. Se las componía como podía para atender a las maneras marciales a las que no estaba acostumbrado.
El joven ayudante no era militar, ni siquiera soldado. Nacido en Córdoba, venía de una familia descendiente de los hombres de Bustos. Federales hasta los tuétanos, se consideraban herederos de aquellos rurales, curas del pueblo, gente sencilla y seguidores del General Artigas, que apoyaron a Bustos en su gobierno. Como aquel, tenían buenos contactos en Santa Fe, a donde, con seguridad, debían dirigirse para poner a salvo al General. Su hermano, apodado Bado, había quedado en Buenos Aires para un servicio del que fue advertido; no se sabía si podría volver.

Llevaba una carta manuscrita del propio Juan Bautista. Referencia directa para “La Reliquia”, cuyo solo nombre le despertaba una emoción desconocida hasta entonces.
Sabía, por el relato de los viejos cordobeses que integraban la Logia, de la amistad que había unido al General con Juan Bautista. Ellos le entregaron la carta como muestra de absoluta lealtad hacia el prócer.
En ella se evocaban los sentimientos compartidos ante la osadía del inglés en 1806 y 1807: cuando pretendieron entronizar, a fuerza de bayonetas, al loco del rey Jorge III.
Por puro coraje, el muchacho se hizo cargo de la huida. Pensando en Bustos, no cabía el arrugue.
Lo asumió después del largo periplo de los sobrevivientes de la cacería organizada por Podestá, quienes fueron relevados de sus fatigas. No era experimentado, ni mucho menos: era un apuro nacido de la escapada.
Llegó desde su provincia tras recibir una orden intempestiva de sus superiores. Salió de raje al encuentro de sus guías. Ni intentó interponer reparos por su inexperiencia: sabía que hubiera sido inútil.
Se despidió de Bado con un beso en la frente. Y lloró, ¡vaya si lloró!, padeciendo el futuro.
Un viejo baqueano, mientras lo guiaba por caminos desconocidos, le dijo que a veces las cosas debían hacerse de ese modo, casi a la buena de Dios. —Uno propone y Dios dispone —le explicó.
Se incorporó a la marcha de los fugados en un recodo perdido de una ruta extrañada de la presencia de los escapados. Por allí apenas transitaban algunos originarios, conocedores de la traza del camino.
Hacía siglos, otros que huían habían salvado el pellejo de los conquistadores.
Allí fue informado de que otros dos ayudantes, un tal Rudecindo y un tal Faustino, se sumarían al grupo en algún recodo del camino. Días o semanas después —no lo sabían con precisión— lo haría el nuevo jefe designado: un policía retirado por negarse a la corruptela de la fuerza.
De él no se conocía el nombre. Todos deducían que se trataría de otro “Pérez”, de los muchos “cualquieras” que poblaban la geografía nacional.
Fiel al General desde su infancia, había crecido junto a su padre, veterano miembro de la Logia, quien lo educó en verdaderos valores patrióticos.
Al joven, conocer a “La Reliquia” le llevó algún tiempo. Quienes la trasladaban eran desconfiados, buen atributo para un custodio. Solo cuando los grupos de apoyo informaron que el terreno estaba despejado por completo y que ninguna amenaza acechaba al General, permitieron que el muchacho —para algunos demasiado joven para la tarea— se presentara ante el ilustre. Al conocerlo, apenas pudo pronunciar palabra. Uno de los “Pérez” que había zafado de la matanza durante la huida debió darle varios empujones para que se aproximara al camastro donde reposaba el prócer.
Apenas balbuceó un saludo imperceptible. Los que lo rodeaban creyeron escuchar un “Buenos días, General”, pero tartamudeó tanto que dudaban que el prócer hubiese entendido. Sospechaban, sin embargo, que “La Reliquia” registró su presencia, aunque apenas alzó sus acartonados párpados para observar al bisoño que se le presentaba timorato.
A medida que avanzaban, la marcha se volvía lenta y farragosa. Vueltas y revueltas para espantar las huellas, idas y venidas repetidas, paisajes que parecían copiarse unos a otros para engañar a los sabuesos de la muerte. Cuidando la retaguardia, los baqueanos confundían las señales para despistar a los perseguidores; muchos se ofrecieron como cebos, atrayendo sobre sí la persecución para facilitar la fuga. Varios, de quienes ni siquiera se supo el nombre, dejaron la vida en la tarea.
Las paradas eran siempre breves, el descanso escaso, las fatigas muchas, la zozobra permanente. No podía ser de otro modo. En cuanto al descanso, no había tiempo para flaquezas: la pereza no se toleraba entre los miembros del grupo, casi espartanos en sus comportamientos.
“A la fatiga el hombre siempre se sobrepone”, decían los más experimentados. Si veían que algunos dudaban, repetían las hazañas de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas; la Revolución de Mayo, la gloriosa insurrección de Chuquisaca con Arenales a la cabeza; la guerra de la independencia; la guerra contra el Imperio del Brasil; la patriada en la Vuelta de Obligado; la corajeada en Malvinas contra los poderosos del planeta. Si aquellos pudieron, ellos también debían poder. Nada de flojeras.
El General, si escuchaba alguna mención, reclamaba con su aflautada voz lijada por las centurias el relato del Monte Destartalado, que el suboficial Pérez le narrara tantas veces para su satisfacción. Los fugados se prometieron recuperar la epopeya que fascinaba al General y que se había perdido cuando capturaron al suboficial. Creían que había sido incinerada junto a su cadáver, en el pozo siniestro cavado en los fondos de la mansión.
Sabían, por los grupos que acompañaban la retirada a prudente distancia, peinando varias leguas alrededor de la marcha, que no había demasiada separación entre los fugados y los perseguidores. También por ellos supieron que los contingentes que cargaban con el archivo capturado al abandonar la casona avanzaban hacia sus destinos sin contratiempos. Se trataba de alrededor de doce contingentes que trasladaban otros tantos cajones de madera dura, en los que se habían dividido cientos de “Órdenes del día” manuscritas, completadas por el desquiciado coronel con indicaciones para todos sus subalternos.
El asunto del archivo merecía toda clase de comentarios. Circulaba entre los relicarios la noticia de que los jefes habían permitido divulgar una copia de esas famosas órdenes, con el único propósito de alterar los ánimos de sus enemigos.
Se trataba de una que llevaba el número cinco, manuscrito con un grueso lápiz rojo y titulada “Escarmiento ejemplar”. Se decía que se hicieron varias reproducciones que fueron enviadas a distintos destinatarios. Una de las personas a las que se le envió el recado fue la propia hija del coronel, una tal Guadalupe, residente en la Capital. Para los nuevos, una desconocida; para los sobrevivientes del grupo de la mansión, no. Ellos sabían que de ella se relataba una desgracia enternecedora. Los conocedores de la historia nunca quisieron hacer comentarios sobre ese asunto: los espantaba solo pensar en ello. Prefirieron dejar las explicaciones para quienes tenían mayor jerarquía en la Logia.
Los más viejos y astutos sabían del asunto de las copias repartidas. Rumoreaban que no solo se le hizo llegar a la mujer la “Orden del día N.º 5”, sino también un cuaderno marca Gloria, de unas veinte o treinta hojas manuscritas. Se trataría de la biografía secreta de Amanda que el suboficial Pérez, antes del desenlace final, se habría ocupado de poner a buen recaudo, haciéndola llegar a sus superiores. Amanda se la habría entregado a escondidas poco antes de partir a su retiro definitivo, algo de lo que nadie supo, salvo los que recibieron el cuaderno. El ama de llaves la habría escrito en secreto durante los largos años en que prestó servicio atendiendo a “La Reliquia”. Pero de ese asunto del cuaderno Gloria, nadie sabía si era cierto o solo un ardid para amargar a los perseguidores.
Los perduellis estaban desesperados por dar con el archivo, del que supieron su existencia solo cuando vieron la copia del documento manuscrito del coronel. Un facsímil había sido entregado a un mediocre periodista con el único propósito de que lo publicara y ayudara, involuntariamente, a desestabilizar el espíritu de los jerarcas de la oligarquía gobernante. Así, sin sospecharlo, se enteraron de la existencia de órdenes manuscritas por el jefe muerto. Si la que figuraba como número cinco revelaba semejante brutalidad, no querían ni imaginar lo que podrían contener las otras: ¿cientos?, ¿miles?
No era la única sorpresa con la que se toparían. Ignoraban por completo la supuesta existencia del cuaderno Gloria, con la autobiografía secreta de Amanda. Las revelaciones que se esperaba surgieran a la luz pública perturbarían a más de uno de esos capitostes habituados a su perversa impunidad. Para colmo, la muerte de Amanda —arrollada por un tren en la estación Liniers del Sarmiento— les privó de la posibilidad de que la vieja confirmara si la historia de su autobiografía era verdadera y cuál era el contenido de ese cuaderno.
Muerto Podestá —de quien supieron que los burócratas capitalinos lo llamaban adulonamente “El gran coronel Arancibia López Huidobro”— no pudo enterarse de que a su histérica persecución no solo se le escapó “La Reliquia”, a quien anhelaba liquidar, y algunos “Pérez”, sino también un archivo inmenso lleno de notas comprometedoras que desfilaron por sus propias narices sin que él, tan pagado de sí mismo, se diera cuenta de nada. Los escapados se reían a mandíbula batiente de ese “vicioso fracasado”, que se la daba de gran militar y había sido burlado, justamente él, por unos cuantos “negros de mierda”.
Al avanzar en la marcha y asistir a menudo al General, el joven “Pérez” fue comprendiendo su particular forma de balbucear su historia personal, que no era sino la historia inicial de la patria misma. Los más veteranos ya habían partido a otros rumbos, dejando en manos de los reemplazos la custodia, tal como les fuera ordenado por los mandos. Quienes seguían el viaje conocían poco de los soliloquios de “La Reliquia”. No eran tantos ni tan seguidos, pero cuando, por razones que ellos desconocían, el General despertaba para discursear, todos aguardaban absortos a que el joven “Pérez” descifrara las sílabas del acertijo.
Silabeaba “Pérez” junto al postrado: “No-re-pi-ta-e-se-nom-bre-que-lo-po-ne-mal-hu-mo-ra-do-y-en-tris-te.” El tartamudeo pausado y claro ayudaba a la memoria del ilustre. “La Reliquia”, entonces, recordaba. O intentaba recordar.
Volvían palabras venidas de un paisaje de encierro. Eran palabras dichas con voz de amorosa cadencia femenina: “No repita ese nombre que lo pone malhumorado y triste”. Pero no recordaba, a esa altura, a qué nombre respondía la afectuosa mujer que se desvelaba por su bienestar.
El paisaje de encierro era un cubo descascarado que podía observar recostado en un amplio camastro sobre mullidos almohadones. A su lado, dos sillas y una mesa algo destartalada, un rústico baño, una escupidera enlozada. Cubriéndolo, una vieja bandera celeste y blanca que no alcanzaba a abrigarlo del frío que le provocaba fuertes dolores reumáticos. Y el himno, sonando a dos pianos, enérgico y desafiante como en las batallas. Y la sospecha de que una niña apenas, leve, suave, liviana, pretendía escalar las inmensidades azules del misterio para develar ese encierro que la desesperaba entre babas de diablo negras, rojas y blancas.
Alzaba su huesudo dedo índice, rematado en la astillada uña amarilla, en señal de amonestación vaya a saber a quién. Al tiempo que levantaba el dedo, murmuraba en voz baja. Sus trabalenguas se ajaban más y más al masticarse contra las encías las vocales y las erráticas consonantes.
Fruncía la nariz puntuda y entrecerraba los ojos. Estos, más pequeños, se achinaban a medida que su amonestación no era tenida en cuenta, hasta hacerse delgadas rayas lampiñas. Sin cejas, los ojos entrecerrados; sin pestañas, las pupilas evaporadas de tonicidad y color daban a su rostro un aspecto de efigie ceremonial, fetiche de terracota propio de los rostros de tersuras cerámicas: misteriosos, espectrales, deificados por embalsamamientos.
—¿Ma-nue-la?… ¿Re-me-dios?… ¿A-man-da?… —interrogaba el General a sus acompañantes, pronunciando con claridad los nombres femeninos que confundían aún más a los primerizos custodios voluntarios.
—Amanda, mi General, Amanda. Ese era su nombre. La que será amada por Dios, quien la tenga en la gloria para siempre —respondía, como rezando, el nuevo “Pérez”, ya más conocedor de algunos detalles del pasado.
Al oír la respuesta, “La Reliquia” volvía al silencio fatigado. ¿Cuál era el nombre de la mujer amorosa que se adelantaba a sus memorias de modo tan preciso? ¿La que sabía de su biografía tanto como él mismo? ¿Manuela? ¿Mónica? ¿María Remedios? ¿Amanda? ¿Por qué esos nombres de mujeres llegaban en fila a su reseca lengua blanqueada y salían de la boca colgados, dando penas, de la yerma puntita de ella?
Por momentos dudaba si alucinaciones caprichosas lo encrucijaban con historias cuyo tiempo no podía precisar. Entre angustias y certezas, se amaneraba circunspecto, frunciendo el ceño apergaminado. Entonces, como podía, con notable esfuerzo de músculo y tendones sobrevivos, juntaba sus manos entrecruzando los finos dedos de alambre y aspiraba hondo el poco aire que sus bolsudos pulmones podían soportar. Los hombres no sabían a qué atenerse con aquel silencio de impenetrable melancolía.
—¿Quién era el hombre que me malhumoraba? ¿Quién me entristecía?
El General supo preguntar sin vacilaciones cierto día, en tránsito hacia el nuevo destino. “Pérez” no se dejó sorprender por la voz espatarrada que salía rumiada del fondo andrajoso de la latente garganta.
—Juan Ramón Balcarce, mi General —respondió seguro, pasando la prueba.
La mención de ese nombre, sin embargo, ya no lo irritó. Se desentendió de su significado. Se encogió de hombros como un degollado soberbiamente decapitado y dejó caer la cabeza, como si una fatiga extraordinaria la tirara hacia abajo, fruta demasiado madura.
Regocijó en su sueño el andar interminable por raros rincones de esos caminos de la salvación, diseñados con tanta anterioridad, presumiendo las acechanzas de las muertes de los verdugos impuros que anhelaban terminar aquella anomalía de la historia. Terminar con él era el modo seguro de terminar con la patria levantisca, heredada del descuartizado Túpac y sus combatientes incinerados. 

Cenizas en semillas, en todas direcciones, brotaron en revoluciones hasta la misma Tumusla final del altiplano.
¿Habría andado alguna vez por esos caminos? No lo acosaba ni una partícula de zozobra, solo la curiosidad casi infantil de descifrar, desde esos carromatos rugientes en los que viajaba semiescondido —tan distintos de aquellas mulas chúcaras que lo acarrearon por el Alto Perú, casi a los mamporros, cuando andrajoso marchaba ya enfermizo— las formas indefinidas de paisajes tan extraños como familiares, diferentes pero semejantes en su esencia manifiesta e inconfundible de la patria conocida.
Cuando olía a hombre y agua, a barro y camalote, se le representaba un anchuroso río que bullía en olitas, salpicando banderitas de cielo precipitadas en chispas hasta la superficie ruidosa del río prodigioso. Pero el olor reseco de los desfiladeros coléricos que, en picada abrupta, buscaban aplastar al colonialista, el perfume untuoso de esa estirpe cancerbera de combatientes libertadores, podía reconocerlos a la distancia más segura, infinita, y se suspendía a carcajear ante el asombro adolescente de sus custodios.
Su corazón, sin remedio, suplicante, aherrojado por un tiempo insensato, indefinido y amoroso, latía escampando sensaciones, imaginando los polvorosos devenires de ese eco de un éxodo que alguna vez creyó transitar con destino incierto y frutos dudosos.
Suspiraba. Sonaba un chirrido metalúrgico, rasposo, una exhalación pedregosa que asustaba de no conocerse el sonoro óxido de sus viejos bronquios apelmazados.
Soñaba en hecatombe y revoluciones. Somnoliento platicaba de agosto un veintitrés, esperando a Tristán y rogándole a Juan Martín que le diera batallones, brazos y músculos, mosquetes y cuchillos, puras entrañas vigorosas de sangres dispuestas a verterse en batallas por la causa.
Pólvora y pólvora y pólvora llevaban esas membrudas sangres juveniles, verdaderas y circulantes por las venas cordilleranas de los emigrados del éxodo imperioso, hijo de la calamidad y la derrota. Masacres sobre masacres altiplanas señalaron la huida hasta el corazón del Tucumán, a salvar el porvenir de los maturrangos.
“¿Córdoba?… ¿Córdoba?”, se preguntaba y retorcía casi paralítico en su austero camastro, deletreando tres veces: “Cór-do-ba. Cór-do-ba. Cór-do-ba.” Morir antes, listos, morir antes, repetía afiebrado. Muertos de todas muertes, sin cobardes.
“¿Bajar a Córdoba y luego a Buenos Aires?” Moriría la revolución en el tiempo del trote de un caballo, del chasquido de unos dedos artríticos. Nunca. Jamás. Tucumán era el numen, y hasta la brava naturaleza allí lo asistiría si la revolución estaba del lado del Dios americano y sus mercedes. Si no, solo morir, listo, morir así, entre fuegos y lanzas, criollamente, lleno de vilcapugios y ayohumas anticipados de sangre y destrozos. Que un Huaqui desgraciado, como aquel del que recogió los harapos de un ejército en despojos, los borrara para siempre de la tierra, hasta que no quedara ni mención de su derrota en los anales de la patria nueva. Pero sería en Tucumán, y nunca en Córdoba.
¿Debería toparse con el enérgico Goyeneche y sus varios cientos de soldados bien equipados? Postrado y a hurtadillas, llevado por esa guardia sencilla y predispuesta a las desgracias, sin su vieja bandera de mantica, ¿otra vez comandaba una retirada temeraria, despojado de armamento y comida, arreando a tirones a mil desgraciados que cargaban la derrota en sus doloridas espaldas? Miraba a cada lado en su marcha, posta a posta, huyendo del grupo de tareas, quizás como habrá mirado a diestra y siniestra por el Camino de las Postas en su marcha al Tucumán heroico.
—¡Cochabamba! —gritaba de a ratos, cuando volvía de su ensoñación—. ¡Cochabamba gloriosa! —invocaba, esperando que una nueva y temeraria insurrección proyectara caminos inesperados donde alistar tropas, insuflarles ánimos y lanzarlas a la batalla extraordinaria.
—¡Soldado! ¡Soldado! —reclamaba urgente la atención del joven “Pérez” a sus anhelos. Y “Pérez” temblaba.
—¿Qué hay de Goyeneche? —inquiría expectante y exigente—. ¿Avanza en cerrojo sobre la revolución del Norte?
“Pérez” temía que aquellos desvaríos que irrumpían en el ánimo del prócer, desconsolado y calenturiento al recuperar del pasado remoto las sospechas de las argucias de la opresión colonial bifronte, lo extenuaran a extremos insalvables. Sus jefes le habían advertido que nada sería sencillo: a las persecuciones y a los riesgos de la fuga permanente debía sumarle la débil persistencia del ilustre centenario, desalojado de sus austeras pero seguras comodidades.
—¡Llame a Holmberg! ¡Urgente! ¡Que funda cañón! ¡Que funda bala! —reclamaba, al tiempo que sus manos señalaban un rumbo que solo él podía reconocer en sus recuerdos.
—¿A Córdoba? —resonaba el reclamo rivadaviano, lamentoso, funerario; un canto terminal de amanerado inglés esperando recoger los frutos del fracaso.
—¿Qué baje a Córdoba? ¡Que no ice bandera! ¡Que no enseñe cucarda! ¡Que abandone a la patria hasta la Córdoba misma! ¡Nunca! —y sacudía la cabeza en rotundo gesto negativo— ¡nunca!
—¡Soldado! ¡Soldado! ¡Soldado!
Desoiga a los triunviros pelagatos. ¡Entended todos! ¡Todos!
A Tucumán: allí vamos a morir o salvar la revolución.
Hacendados, labradores, comerciantes… ¡entended todos! ¡Todos! Que serán tenidos por traidores a la patria todos los que, a mi primera orden, no estuvieran prontos a marchar. Y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen.

Los “Pérez” asumían con angustia el momento crucial de la agitación de la memoria resurrecta. Hasta se sentían marchando al Tucumán glorioso que esperaba en batalla.
—Soldado… —llamó con voz cariñosa y sofocada—; no baje a Córdoba. No baje a Córdoba —repitió conmovido y conmovedor—. Allí perderemos la revolución y todos nuestros ingentes esfuerzos se habrán dilapidado para siempre.
“Pérez” asentía sumiso, repitiendo: —No bajaremos a Córdoba, mi General. No lo haremos por nada del mundo. Allí nos espera, de seguro, Reinafé, para emboscarnos diciendo: “Vaya tranquilo, mi General, que el camino está despejado”.
Con esas palabras trataba de confortarlo y conformarse. Deseaba, con cierta frustración, que una Amanda rediviva asistiera con consuelos la difícil tarea de la huida.
El General, tirando de la ropa de “Pérez”, daba órdenes que apenas se podían comprender entre el balbuceo monocorde de sus palabras:
—¡De establecer el cuartel general en San Salvador de Jujuy! ¡Campo raso! ¡Campo raso, dije! ¡Que Don Eustaquio y unos doscientos cuiden la retirada! A él le encomiendo mi retaguardia. Por allí buscarán agarrarnos para colgarnos en la primera plaza que capturen. ¡Cuide mi retaguardia, Don Eustaquio!
Y trazaba rumbos, dibujaba tácticas con sus dedos en la pizarra del aire.
—¡Desnaturalizados que viven entre vosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud!
—¡Venga aquí, soldado! —exigía, volviendo al tono marcial de sus discursos. “Pérez” se inclinaba hasta dejar el pabellón de su oído a la altura de la boca del viejo militar. Murmuraba, refunfuñaba, ronco, catarroso:
—Llegó la época en que manifestéis vuestro heroísmo… que vengáis a reunirnos al Ejército de mi mando… de-mi-man-do, les digo, de-mi-man-do —repetía reclamante—; no lo dudéis… si como aseguráis queréis ser libres… ¡No confundan mi pobre voz con cobardía! ¡No confundan mi pobre voz con cobardía!
Con gestos ampulosos, revoloteando las huesudas manos en anárquicas direcciones, exigía provisiones:
—¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!
Reclamaba chispa blanca y brutas municiones:
—¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!
Su fundición perpetua de pólvoras terrestres:
—¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!
Y convocaba a Holmberg a refundir metalúrgicos cañones, galopando sus bombas y balas de profundas cicatrices. Luego, el silencio abrupto, reflexivo: un escaso sosiego alimentado por una fatiga crónica e incesante.
“Pérez” se acostumbraba a esas arengas, cada vez más arrebatadoras, y permanecía agachado para oír sin interferencias la narración precisa que “La Reliquia” murmuraba, convulsiones de palabras a fuerza de recuerdos combatientes. Unos pocos gestos devolvían algo de sosiego. Retomaba su proclama:
—Aquel… y aquel… y aquel… —señalaba tres veces a los fantasmas de los viejos traidores—. Quien por sus conversaciones o por hechos atentase contra la causa sagrada de la Patria, será pasado por las armas inmediatamente.
¡Soldado! —exaltado decía al subordinado—. Avise que no importa la clase, el estado, la condición. Quien atente contra la sagrada causa de la Patria será pasado por las armas sin forma alguna de proceso.
—¡Si inspirasen desaliento! Serán pasados por las armas sin forma alguna de proceso.
—¡Serán tenidos por traidores a la patria! ¡Todos! ¡Todos los que inspirasen desaliento!
Y estén revestidos del carácter que estuviesen, serán igualmente pasados por las armas.
¡Todos los que, a mi primera orden, no estuvieran prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen!
Del gritito exigente y comandante, a la sutil carraspera invocadora, menguaba su entusiasmo militante. Se tornaba oración cariñosa y reflexiva:
—Ruego, soldado… ruego… Rezo a la Virgen santísima y ante ella me postro obediente y sumiso, que no haya ni uno solo que me dé lugar para poner en ejecución las referidas penas.
Los hijos de la patria, me prometo, se empeñarán en ayudarme, como amantes de tan digna madre. Y los desnaturalizados callarán, callarán y callarán. Obedecerán ciegamente y ocultarán sus inicuas intenciones.
Mas si así no fuese… repito, soldado… ¡mas si así no fuese! Sabed que se acabaron las consideraciones de cualquier especie. Y que nada será bastante para que deje de cumplir cuanto dejo dispuesto.
El ilustre cerró los ojos, moderó el gesto adusto y durmió silencioso, envuelto en unas mantas de lana de vicuña que viejas tejedoras habían confeccionado para el postrado.
El éxodo se volvió extenuante: vueltas y revueltas por caminos desconocidos que la Logia había diseñado para asegurar la fuga. Tal vez como aquel otro Éxodo, legendario, pero estos no tenían a un Díaz Vélez con sus doscientos paisanos protegiendo la retaguardia para garantizar la retirada del jefe revolucionario.
La fatiga del viaje, el clamor de los recuerdos, habían afectado a “La Reliquia” y eran motivo de preocupación para sus noveles custodios. Se lo veía cada vez más reducido, puro hueso, hollejudo, tanto más pálido porque la osamenta se dejaba ver a través de la piel apergaminada, hasta adquirir ese tono de desierto. Resultaba difícil hidratarlo: se negaba a tomar agua y buscaba constantemente una tablilla dura donde tamborilear con sus dedos, repitiendo estrofas desorganizadas del himno de la patria.
Cuando salía del sopor de los recuerdos combatientes, reclamaba de tanto en tanto por su vieja bandera, la que le había servido de manta. El joven “Pérez” le explicó, sin éxito, que se perdió en la fuga. El suboficial “Pérez” la había recogido, pero no llegó a destino. Ni él ni la bandera. No podía decirle si el grupo de tareas la había conservado como trofeo de guerra o si fue quemada, como tantas otras cosas que decidieron incinerar para borrar todo vestigio de aquella anomalía de la historia.
Lo que no sabían los fugados en marcha lo sabían con seguridad los mandos, gracias a informantes que merodeaban la vieja mansión y observaron los fatuos fuegos de los inquisidores.
Consumado el fracaso de la operación “La Reliquia”, la jauría dedicó sus esfuerzos a borrar evidencias de manera sistemática. No solo se quemó la vieja bandera nacional que había acompañado al ilustre en sus interminables horas de sueños y ensoñaciones. No solo sus muebles rústicos y modestos, en los que había permanecido casi dos centurias, fueron consumidos por el fuego —fuego aventado por furias y frustraciones, para que sus contrarrevolucionarias llamaradas rojas y azules desintegraran en un abrir y cerrar de ojos los modos de humanidad de cada utensilio que había utilizado el ilustre—, sino que también cremaron, junto a la bandera, el camastro y los enseres, el cuerpo del suboficial “Pérez”. Un ritual brutal. Una afrenta imperdonable.
Cavaron un pozo de regular tamaño. Al hacerlo, resonaron quejosos los otros huesos, añejados en el odio ancestral a los usurpadores.
Los nuevos conquistadores devolvían al presente esos rostros enjutos, de mirada celosa, que inquirían torturando a los originarios capturados en las muchas celadas. Querían arrancar con la carne los secretos del mítico Dorado inhallable. Imponerles la mita, la encomienda, el yanaconazgo: la esclavitud precipitada como un infierno devastador de humanidades simples.
Los humos de la incineración, coléricos, se alzaron entre llamaradas como arpones violentos. Se dirigían hacia el cielo apretujado en una cavidad oscura, semejante al revés de una calavera chamuscada.
Los paisajes se volvieron sobre sí mismos y se quedaron sin aliento. Se encapsularon ante el martirio, para no ser testigos de aquellos sucesos que apesadumbraban hasta la dura piedra indiferente. Se tornaron hoscos, llenos de insinuaciones de sangres que aún emanaban sus perfumes postreros.
Los aullidos de la jauría espantaron hasta los espectros naranjazules que recorrieron la casona de cabo a rabo durante decenios, mientras el ilustre monologaba sus batallas.
Del blanco ampo de “La Reliquia” no quedó una pizca del tamaño de un grano de arena. Hasta el último sonido de vida se deshizo en pedazos en el crepitar chispeante del holocausto.
Como fue al principio de la historia del villorrio ancestral —cuando todavía solo era la palabra y no la pluma, y los hombres y mujeres andaban libres por sus tierras— la enfermedad de la avaricia se comportó como una lagartija funesta. Se metió por los anchos cornetes de las narizotas de los mercenarios. Alucinó las mentes de los crucificadores, delirándolos de perjurios, de muertes, de anhelos cadavéricos.
Así como sus predecesores persiguieron las montañas y el fondo de los riachos en busca de metales preciosos soñados desde su partida de una tierra ya olvidada, los nuevos se desesperaban por hallar “La Reliquia”. Su propio Dorado: ese rumor fatigado, escarnecido, de la patria ancestral. El espectro repulsivo de un pasado patriota cuya muerte les prometía el néctar dulzón de una felicidad de extranjero mocoso, cejijunto, reseco.
La jauría inflaba sus aurículas de heces rojas, del rojo de cerillas inflamadas. Seguían sus pasos bajo la atenta mirada del usurpador grandilocuente, políglota extranjero, conquistador de rostro alargado como huso de hilandera. Desprendía colgajos de piel salitrosa, pálida y reseca.
Mientras los fuegos chamuscaban bandera, madera, carne y huesos, los cadáveres de los hoteleros fueron retirados en una vieja Estanciera IKA. Era propiedad de un hacendado de un lugar remoto, a quien se le pagó buen dinero por el alquiler del vehículo que ofició de morguera para la ocasión.
El de la mujerona, recostado sobre el viejo colchón del cotín desgarrado, fue el primero que cargaron en la camioneta. Su color había virado del tono acartonado y mortecino —ese que la rutina del boliche le había impregnado como una espesa capa de maquillaje— a un violeta azulado irreparable. Trazos de un rojo que olía a sangre desesperada se reunían alrededor del último estertor de la cápsula de veneno. Salían en forma de hilito, como de yuca blanca: una babita sutil e intrascendente, por la boca de labios gruesos ya resecados por el calor abrasador.
Nadie se atrevió a observar el desfile funesto del cadáver obeso de la mujer. Fue trasladado sobre una puerta arrancada de una de las habitaciones, despojada de sus bisagras de hierro. Esa puerta sirvió de camilla improvisada hacia la morguera. El cuerpo fue cubierto con bolsas plásticas negras.
Luego descargaron el cadáver del viejo cabo. Parecía disecado, a pesar del tiempo transcurrido entre su pasión y su muerte. Sus tejidos no cedían a la podredumbre. Con igual estoicismo que en vida, resistían la naturaleza de la muerte.
A diferencia de la mujerona, conservaba el color habitual: reseco, ajado, del paisaje perenne. Pero el vuelo del moscardón impertinente, que siempre lo acompañaba mientras miraba a través de la pequeña ventana del hotelucho, se había ausentado premeditadamente.
Llevaba los ojos abiertos, como la mujer, mirando un cielo indefinido. Allí colgado, a pura nube sostenida, como si se tratase del lomo de espumados elefantes blancos.
Sus ojos describían otras visiones que los negros, vidriados, ámbares profundos de sombras de su felona. En los de ella, la traición los embadurnaba de azabache y neblinas. En cambio, los ojos del hombre conservaban una luz extraña: un brillito zumbante que hostigaba insistente a sus verdugos. No parecía muerto: parecía satisfecho.
Las ventanas del villorrio, respondiendo a una orden terminante, cerraron sus postigos al mismo tiempo. Se privaron de observar el desfile macabro.
En cada rancho, una especie de altar se organizó a las apuradas. Se encomendaron al valor de esos muertos vivos, sepultados por los angurrientos conquistadores en aquellas infernales tardes yanaconazgas. Frustradas hasta la exasperación por la obstinación de los rebeldes.
Como ocurriera en esos tiempos con el oro, la reliquia maravillosa se había desvanecido. Y los nuevos conquistadores, como los de antaño, se aprestaban a beber sus orines, a beber sus sangres enfermizas, y a devorarse a sí mismos las entrañas.
El dios de la derrota se burlaba impertérrito. A la orilla del riachuelo mugroso se matarían entre ellos con cruel desparpajo.

***

II –
Inocencia 


Marlene nunca negó su pertenencia al gran sistema de Inteligencia que imperaba en el país. Al contrario, relató una historia lacrimógena sobre su desgraciada vida desde niña y su sometimiento a una red de trata y tráfico de drogas de la que —según decía— solo saldría muerta. Un ejército de “liquidables” en estado de disidencia aguardaba la llegada de la nueva buena para servir a una causa que justificara hasta el sacrificio más inesperado.
—¿Y entonces? —preguntó Bado, después de escuchar la fábula.
Marlene, que parecía cifrar alguna esperanza en promover un estado piadoso en su joven contacto, se deprimió al oír la respuesta. Tal vez pensó: estoy perdida. Prefirió entonces conservar silencio y calma.
Un coro de tragedia repetía sus advertencias a Bado, mientras la vocecita humillada de la muchacha se alzaba:
Ten cuidado, Bado. / Los lobos adquieren apariencias extrañas. / En las noches oscuras / para devorar furtivos / se esconden en los límites humanos, estrechos / y frágiles sentimientos. / Porque no pueden ser amor, / solo muertes entregan, / luego de saborear la carne humana, / húmeda y fresca. El hombre es el lobo del hombre.
La advertencia surgía del coro y se elevaba al método de la razón. Cuando su pensamiento se despejaba, Bado repudiaba esa pretensión de equiparar su logia —la de los relicarios dedicados a custodiar la esencia de la patria— con una de supuestos “liquidables” en estado de disidencia. Se desentendía de esas lágrimas que asomaban indecisas en los ojos vacíos de la muchacha.
Los más avezados habían oído hablar de la divina red y de sus miembros “liquidables”, que difundían información falsa para inducir al enemigo al error y conducirlo al fracaso. Su destino era la muerte: por la mano del enemigo que descubría el engaño, o por la propia, al ser considerados traidores confabulados con los infieles. Era una artimaña siniestra del sistema mismo.
¿La monserga de la muchachita podía ser un mensaje de los “liquidables”, conjurados contra la maquinaria de mentiras y muertes en que se había transformado aquel aparato de alcahuetería alimentado a sangre humana? Era posible, aunque poco probable. Después de todo, nadie aspiraba a ingresar a la condición de “liquidable” y morir por nada.
La voluntad de no ser descartable podía ser el motor de la disidencia. La disidencia brota donde quiere, como los hongos en la humedad, casi con decisión propia. Es consecuencia inevitable de toda empresa humana. El ser humano es disidente por naturaleza, y más aún cuando opera su atávico instinto de conservación.
Pero los viejos conocedores sostenían que, en verdad, lo supieran o no, los autopropuestos “liquidables” eran manipulados por los mismos jefes. Los usaban en el proceso de purificación de sus propias filas: los canibalizaban en tareas menores, los metabolizaban, y luego de asimilar sus energías, evacuaban sus restos. Dejaban a la intemperie minucias de carne y hueso que alguna vez fueron razones, sentimientos, alegrías y proyectos.
La propalación de su existencia apuntaba a captar adeptos entre relicarios desprevenidos. Por eso el coro trágico repetía su advertencia a Bado:
Ten cuidado, Bado, con los lobos del hombre.
Desde que aquellos dos bribones se negaron a cumplir la orden de asesinar la bandera de las provincias unidas —y validaron con sus vidas esa gran desobediencia—, la muralla protectora que salvaguardaba al ilustre se osificó. Hasta entonces no se había horadado poro alguno por el que ese artilugio pudiera infiltrarse y alcanzar el núcleo de la logia: la perpetuación de la bandera altiva en todas las geografías de la patria.
Las veces que corrompió componentes de la defensa, su perjuicio quedó reducido a capas superficiales, periféricas, siempre muy lejos del objetivo real: el asesinato de La Reliquia. La Orden bicentenaria se desesperaba de cuchillos o torrentes de antimonio con que acallar a los demonios del infierno que propalaban independencias y libertades en todas direcciones.
¡Liquidables! Reían los más ante la mención de esos espectros que se ofrecían para acometer osadías individuales —pequeñas venganzas proporcionadas en inofensivas gotas—, inútiles para cambiar el curso de los acontecimientos, e incluso incapaces de aliviar el revanchismo que se reproducía al calor de las injusticias con que los poderosos engordaban sus farisaicas riquezas a costa de las penurias de la mayoría.
Decían los mayores que por los vastos conductos de la Agencia solo circulaba jugo de cloaca, y que en ninguno de sus vasos comunicantes podía correr agua bendita. No había que esperar una cálida lluvia de ácido para lavar tantas inmundicias. Las tareas del Hombre solo las puede hacer el Hombre.
Así, Bado —y otros tantos— no caería en la trampa que le proponía Marlene, más allá de que ella tuviera conciencia o no de ello.
Con un simple cabezazo, Bado aprobó las recomendaciones de sus pares. No se trataba de dejarse engatusar con espejitos de colores. El consenso era claro: había que hacerle saber a la Agencia que estaban en perfecto dominio del archivo del pervertido muerto en la mansión del norte, y que sus anotaciones irían surgiendo a la luz de manera gradual pero sistemática. Sería un corrosivo interesante dejar expuestas las órdenes de un desquiciado que se entretenía en marcar su arma reglamentaria con incisiones, inventariando eyaculaciones y abusos contra su propia hija.
La resolución no admitía confusión: la Orden del día N.º 5 debía llegar a manos de un periodista, aunque no fuera más que un mediocre alcahuete. Hasta allí resultaba correcto aceptar la relación con la muchacha que se hacía llamar Marlene. Ella prometía vincular a Bado con un periodista interesado en la historia. Todos suponían que esa oferta reclamaría su contraparte. Nadie regala nada. Si ella daba algo, era porque esperaba recompensa. Quid pro quo.
¿Qué pediría a cambio la muchacha? ¿Cuál sería el objeto de su transacción, descartada la colaboración de Bado, inconmovible ante las lágrimas de la pequeña sabandija? Los más viejos repetían a Bado el quid pro quo para que supiera ponerse a resguardo de las tentaciones, para que no se dejara seducir por las fatuas promesas de fáciles éxitos. Si las advertencias de los sabihondos no bastaban, el coro de la tragedia volvería a sonar en su mente, subido a inmensos coturnos.
Desde el principio de la historia, a los de abajo nada les resulta fácil ni gratis. Si padecieron siglos de combate, ¿por qué esa muchacha —apenas una niña prostituida, una adolescente cocainómana— iba a allanarles el camino hacia una victoria, aunque fuera modesta? Desconfiar de ciertas ofertas es un arte que solo se domina con la experiencia.
Tras un intercambio de palabras, Marlene se sinceró: el periodista era su ocasional pareja, y él no estaba al tanto de sus servicios para la Agencia. Mucho menos de su incorporación a los socavones de la resistencia en condición de “liquidable”.
No solo proponía el contacto con el mediocre periodista, que podría actuar como vocero involuntario. También ofrecía vincular a Bado con “el amorcito” —así lo llamó, cínica o comprensiva, Bado no lo pudo asegurar—, que se encamaba con el asesino del suboficial Pérez. Un coronel hijo de puta que despellejó al compadre como a un animal atrapado por la jauría del grupo de tareas en el tórrido norte, donde la morada centenaria ocultó al ilustre durante casi dos siglos.
¿Cómo sabía esa niña insignificante del asesinato del suboficial? Cuando Bado se lo preguntó, ella solo se alzó de hombros y dejó escapar una impúdica sonrisita. Sé más de lo que te imaginás —le dijo, dejando que la intriga hiciera su trabajo en el cerebro de Bado.
—Al amorcito le llaman “Dos espíritus” —le confió Marlene.
—¡Qué apodo raro! —respondió Bado con carcajada redonda.
—No es un apodo —lo corrigió ella—, es una condición. Cuando vos quieras, o cuando tus jefes lo permitan, te lo puedo presentar. Contá con ello. Hace tiempo que se sumó a la disidencia. Es de temer. No le teme a nada porque dice que siempre fue descartable, “liquidable” por naturaleza.
—¿Y qué interés tendríamos en conocer a la novia de ese hijo de puta? —preguntó Bado.
Marlene sonrió delicada. Sus pupilas saltaron a las de Bado y las revisaron hasta en sus menudencias. Luego suspiró aliviada: había reconocido un sentimiento en el fondo de ellas.
—¿Sabés cómo se llama el tipo? —insistió Bado.
Marlene no respondió. Movió la cabeza de un lado al otro, negativamente. No lo sabía. Se atenía al libreto que le habían dado en la base. El nombre del supuesto asesino no estaba incluido.
La venganza de los Pérez —murmuró Marlene, como quien no desea que sus palabras sean realmente oídas. La venganza de los Pérez, al alcance de la mano, agregó mirando al pocillo de café, mientras revolvía la resaca de borra al fondo de la tacita.
Esas palabras sonaron agudas en el cerebro de Bado. ¿La muchacha habría captado que rozaba una fibra que se estremecía al estímulo del recuerdo del muerto? Hasta le dio título a la provocativa propuesta.
¿Ella podría tener algún verdadero interés en esa venganza? Bado erraba la pregunta. Ella no tenía ningún interés en esa venganza. Lo promovía en él, y de ser posible, en muchos otros que aún lloraban al difunto atormentado.

Nadie, en la logia, había considerado con seriedad esa posibilidad hasta ese momento. La venganza nunca fue buena consejera en la lucha: impone pasiones difíciles de controlar, pasiones que acarrean desvaríos, desaciertos, enigmas que se consolidan con la propia muerte. No figuraba en los objetivos de los relicarios.
Bado reflexionó un instante sobre las ofertas. Del enemigo el consejo, se dijo, y dio por terminado el asunto. Hasta la reunión con el periodista tenía permiso de avanzar. La otra proposición —la que lo ponía a tiro del asesino— ni siquiera fue considerada. Cuando comentó el diálogo, cada uno de los escuchas dio por sentado que era una trampa. Un ida y vuelta desventajoso. Quid pro quo. Hoy por mí, mañana por ti. No era negocio. No. Para nada.
Acudió puntualmente a la cita con el amante de su contacto. Hombre entrado en años, lejos estaba de parecer su concubino. Hasta podría ser su padre. Si lo hubiese dicho, se habría marchado enfurecido: detestaba que lo trataran de viejo. Así de estúpido era. Marlene le había contado que quien sí lo insultaba sin miramientos era su jefe, y con él nunca reaccionaba. Le debía mucho más que plata. Le decían Cacho. Marlene hacía revelaciones intrascendentes, pero que alimentaban la intimidad. Un juego calculado.
Bado no entendía por qué Cacho soportaba a su amante si tanta fobia le causaba el solo oír su nombre. Especuló con que hay amistades que son así: se soportan por cariños extraños. Los hay de muy diversos tipos. No existen reglas que regulen esas relaciones. La explicación convenció a Marlene de que el muchacho iba cediendo a la confianza.
Se conocieron en un bar. El propio Bado fijó el lugar: Acacia Negra, Ceretti al 2700. “Recordá, no anotés”, le exigió a Marlene. El nombre —Acacia Negra— suscitó una sombra de palabras al deletrearlo. “Amorcito” desesperaba cuando se mencionaba la palabra acacia. Y veía rodar una cabeza, apartándose del cuello, luego de un desmesurado tajo de lascivia.
Bado reparó en la sonrisa y se disgustó por la liviandad con que la otra se tomaba el asunto del encuentro. “Nada de anotaciones”, ordenó terminante. ¿Por qué le impuso esa condición? Marlene no se animó a preguntar. Fue de jodido nomás. Su jefe le había dicho claramente en la reunión que iba a ingresar a la cueva del lobo, y de allí era difícil salir sin ser comido. Al terminar lo abrazó y lo besó paternalmente. A Bado esos gestos le dieron miedo.
Pensó que, si esos lobos lo harían cagar a mordiscos o comérselo a pedazos, algún gustito se tenía que dar. Por eso no la dejó anotar. Para joderle en algo la celada. Aunque fuera una huevada.
Llegó temprano a la cita. Repitió como un estribillo las referencias que Marlene le había adelantado de su macho: apellido Sousse, nombre Juan Antonio. ¿Más datos? La Logia lo informó hasta donde pudo: unos cincuenta años de edad, alto y entrecano, de labios finos, nariz aguileña y ojos claros; malhumorado, díscolo y desprolijo; divorciado en tres oportunidades; padre de una hija que apenas atendía sus llamados.
Sousse se sintió halagado por Dios cuando Marlene le propuso entrevistarse con ese desconocido. Por su iniciativa le llegaba una historia que bien podía cambiar el curso de su vida para siempre. La besó varias veces, salivando sus labios. Cuando Marlene sintió la lengua del hombre dentro de su boca, deseó vomitar, pero se había entrenado en el control de sus reacciones y evitó un incidente repugnante.
De boca del muchacho, Sousse oyó por primera vez hablar de La Reliquia. Exageró la fortuna del encuentro fortuito entre su muchacha y aquel joven de los secretos, que le llegaba con un tesoro al que debía dar forma periodística. Bado sabía que no había nada de mágico en ese primer encuentro: fue provocado, forzado, casi teatral. Ella tuvo que impedirle el paso para que reparara en su persona y, mirándolo desde abajo con su pequeña altura, le dijo unas pocas palabras que indicaron a Bado que no estaba ante un suceso cualquiera. Marlene le tomó las manos rudas con sus manitas. La aspereza de esa piel tan joven y tan gastada lo distrajo un instante, hasta que ella pronunció calculadamente una oración que acababa en “reliquia”. La miró fijamente y supo al instante de qué se trataba.
Los hombres se saludaron brevemente, pero con amabilidad. Bado habló con mesura, con calculada precisión. El hombre escuchó sorprendido las revelaciones. Se interesó en la narración. Hacía demasiado tiempo que buscaba una historia increíble, y esa resultaba con todos los ingredientes de una novela. Tal vez fuera la que le permitiera cambiar su destino de fracasos. Con las palabras de Bado creyó que llegaba su oportunidad.
Al terminar la conversación, Bado le entregó la Orden del día. Le aconsejó guardarla de inmediato: perderla hubiera sido una torpeza insoportable. “Mirá que es la única que tengo”, le dijo para agrandar la importancia de la fotocopia. Mentira: no era el papel original, ni siquiera la primera copia. Asustadizo, el periodista la guardó enseguida, respetando la orden. No pudo ni leerla. Debió esperar a viajar de regreso para hacerlo. Estaba exaltado por el hallazgo.
Sousse propuso intercambiar los números de sus celulares. Bado aceptó. Le arrimó una pequeña hoja de agenda y le ordenó escribir el suyo. Sousse, siempre esquivo a trabajar de más, devolvió la hojita y sugirió dictar el número. Bado no se lo permitió. “Anotá el tuyo”, le dijo de mala manera. Sousse accedió. Esperó que el muchacho hiciera lo propio, pero Bado no lo hizo. “Cuando tenga algo que decirte, yo te mando un mensaje de texto”, respondió indiferente. Sousse prefirió no discutir la decisión de su joven interlocutor. No en esa oportunidad. Habría otras, y debía saber ser paciente.
Al llegar al departamento llamó a su jefe, el director del diario en que trabajaba, el mismo de quien Marlene decía que lo había salvado demasiadas veces de sus frustraciones.
Juan Antonio relató sucinto la versión que el fulano le había referido, casi sin dejarlo pronunciar palabra. Luego leyó el mensaje manuscrito, que parecía un cablegrama o documento oficial, una especie de carta interna de una ignota repartición militar.
Cacho quedó impresionado; le supo a hiel lo que escuchó. A Sousse tampoco le fue menos: el relato de Bado y la lectura de la Orden del día N.º 5 le dejaron un gustito amargo en la boca.
El amigo y jefe lo previno con prudencia sobre el asunto en que se estaba involucrando. Le advirtió si había reparado en que se trataba de un runrún patético de aparecidos, incesto y muertos, del que poco o nada había sido expuesto a la luz pública.
—¿Estás seguro de que la historia es buena? ¿No te vendieron un buzón? Mirá que meterte con cadáveres, torturadores y milicos, aunque sea en estado de fantasmas, siempre termina en quilombo.
—No importa, Cacho. Escuché al pibe y me gustó el bodrio. Verdadera o falsa, estoy convencido de que esta es LA historia que estaba buscando. “La”, con mayúsculas. Hay mucha tela para cortar. Puede haber mucho dinero si la pegamos con la trama. —Y repitió para despejar toda duda—. Esta es LA historia. Ponele mayúsculas. Ponele la firma.
—Le pongo las mayúsculas que quieras, pero ni en pedo mi firma. Ya me mandé la boludez de firmar cuando me casé y me costó mis buenos años y mis buenos pesos. La última vez que puse la firma fue para divorciarme. Desde entonces me juré que no le pongo la firma a nada. Nunca más.
—Pero en esta jugás de ganador. Y si encuentro algo podrido, ¡excelente!, un escándalo para ventilar. Siempre viene bien reventar un grano purulento; a la gente le encanta que un periodista haga estallar algo lleno de pus.
—La gente cree en cualquier boludez que le vendemos. A nadie le importa LA gente, con mayúscula, como te gusta decir a vos. A LA gente le importa un pedo si es verdad o mentira lo que le decimos. Compra, vende, permuta hasta el amor. Solo quiere sobrevivir, y si puede agarrar unos buenos mangos, mejor que mejor. Ocupate de que no te revienten a vos, porque de ahí no vas a volver entero —razonó Cacho con tono paternal.
—Convengamos en esto: si me topo con algo turbio vamos derecho a la Justicia. ¿Qué te parece?
—Primero querés que ponga la firma no sé en qué historia y después me mandás a la “Justicia”. ¿Me viste cara de muy boludo? Te lo explico, o mejor dicho, te lo represento. Yo acá —señaló el lugar en donde estaba parado— y la Justicia allá —señaló hacia delante—, a mil kilómetros de distancia. Los jueces son todos corruptos. Los quiero tan lejos como a mi ex. Y los fiscales son peores porque quieren ser más que los jueces. Son más corruptos y traidores. A mí no me enganchás.
—Pero la Justicia es un valor y yo podría contribuir a enaltecerlo. Eso podría valerme algún respeto.
—Falta te haría —Cacho sonrió irónico cuando Sousse pronunció la palabra respeto—. Vos sabrás en lo que te metés. Después no me vengas a pedir la escupidera como hacés siempre. Y por favor —agregó amonestándolo— aléjate de los vicios, macho, por un par de meses. No te pido una vida de abstinencia, no pretendo que te vuelvas San Francisco de Asís, solo te pido que mientras trabajás en la investigación no te fumes, no te drogues, no te empedes. En ese estado no podés hacer nada. ¿Me entendiste?
—Quedate tranquilo, Cacho. No te voy a fallar. No voy a tocar un porro, ni me voy a poner en pedo. ¡Te lo juro! Empiezo una vida nueva. ¡Estoy curado!
—Sí… claro. Y yo curado de espanto. No me chupo el dedo. Solo el tiempo que dure el trabajo. Después matate si querés.
—¡Te lo juro, Cacho! ¡Estoy curado! Por una vez en la vida quiero hacer algo importante, algo que me dignifique como periodista, pero también como hombre.
—¿No preferís cruzar los Andes a pie? ¿Ir en procesión de culo a Luján? ¿Cruzar nadando con un solo brazo el Río de la Plata? Yo te sponsoreo.
—Por qué no te vas a cagar, Cacho.
—Porque para cagadas ya estás vos, Juan. Las mías son así de chiquititas, como las de un perrito, al lado de las tuyas. Vos, haciendo cagadas, sos como el Tiranosaurio Rex. Me corrijo, por puro nacionalista que soy: como el Titanosaurio. Dos veces un Tiranosaurio. Así de grande, macho, son tus cagadas. Así de grande.

Por un amigo de la infancia, designado en las más altas jerarquías de los servicios de inteligencia, su jefe le consiguió una entrevista. Apenas Cacho le refirió el asunto, el jerarca se mostró interesado en designar a un agente para contactar al periodista. A cambio reclamó un informe detallando todo lo que estaba en conocimiento del cronista.
—Juan —le dijo por teléfono luego de la entrevista con el mandamás—, te conseguí una punta. Mi amigo dice que le interesa tu historia, pero quiere un informe completo. Y quiere pruebas. Pregunta si tenés alguna prueba, algún documento.
—¿Un informe? ¿Pruebas? ¿Te parece? El informe lo escribo, no veo inconveniente. Pero tengo una prueba que prefiero reservar.
—Sin informe no hay entrevista. Sin pruebas no hay entrevista.
Sousse vaciló un instante. Entregar la única prueba que tenía lo inquietaba.
—No sé qué decirte… —dudó Sousse.
—Que sí, porque si no despedite, no contés con mi ayuda. Arreglate solo.
—Está bien —accedió apremiado—. El informe te lo mando a tu email y vos se lo reenviás. El documento te lo llevo en persona a la oficina.
Cacho comunicó la respuesta de Sousse. La réplica llegó de inmediato: “No”. “Por email, no.” “Manuscrito”. Y la prueba, “original, nada de copias”.
—¿Entregar el original de la prueba que tengo? —se quejó Sousse a su jefe, pero sin demasiada convicción.
—Tómalo o déjalo, ratón paranoico. Tómalo o déjalo, vos decidís. Este tipo no es un boludo, es un capo. Nunca habla al pedo y no cambia de opinión sin una razón muy consistente. Si te pide un manuscrito y el original del documento que decís tener, es porque ESO QUIERE. Con mayúsculas, como te gusta a vos. Quiere eso y no otra cosa. Vos decidís.
Juan Antonio cumplió con el pedido. El informe no era demasiado largo. Incluso Cacho creyó que era insuficiente. La prueba, la Orden del día N.º 5…, inequívoca. Se trataba de un formulario oficial de la Institución en el que se solían indicar las órdenes diarias para cada subordinado.
El contacto respondió sin dilaciones al envío. Señaló que estaba satisfecho con el recado y felicitó por el documento aportado como prueba.
Pocos días después de recibir el manuscrito y la Orden del día, le presentaron a Cacho a un integrante de la Agencia que estaba abocado a conocer esa historia llena de interrogantes y perversiones. Se presentó como asistente del Dr. López Teghi. En la primera entrevista, el hombre se mostró escéptico.
—¡Lopecito! ¿Cómo anda Lopecito? —con excedida familiaridad, Cacho preguntó por el jefe del burócrata enviado para arreglar las formalidades del encuentro con Sousse.
—El Dr. López Teghi está bien y le hace llegar su saludo.
El enviado esperó unos minutos para proseguir con su encomienda.
—Cacho… —le dijo ceremonioso—, ¿te puedo llamar Cacho? ¿Te puedo tutear?
—Seguro, che. Tenemos la misma edad, año más, año menos.
—Eso que le informaste al Dr. López Teghi es un dislate. ¿De dónde sacaron esa historia? ¿Y esa Orden del día N.º 5: Escarmiento ejemplar? ¿Quién va a matar a golpes a la esposa y dejarlo asentado en un formulario oficial? ¿No te parece ridículo? ¿Extravagante?
—Yo qué sé… ¿Viste cómo son estas cosas? Aparece un testigo, nuestras famosas “fuentes”, dice alguna cosa interesante, muestra un papelito que jura que es verdadero, dice otras tantas boludeces. Se investiga, se descarta… En fin… A mí me parece que deberíamos dejar que Juan investigue, escriba y vamos viendo. No perdemos nada.
—Como vos quieras. A nosotros siempre nos interesan todas estas fábulas que se difunden sobre nuestro trabajo —y agregó intrigante—, ¿tu periodista es bueno?
—¡Uf! Buenísimo.

Desde que se encomendó a la investigación, Sousse se había obsesionado casi por completo con los personajes de los que iba tomando conocimiento. Así le ocurría siempre que encaraba una investigación: se alucinaba con ella durante un período más o menos extenso, hasta que los vicios lo devolvían a la holgazanería.
Estaba convencido de que La Reliquia era una fantasía, un fantasma del fondo de la historia que algún prestidigitador de ideales buscaba manipular para lograr, por la vía del ridículo, la defenestración total de sus seguidores.
Una parte sustancial de la dirigencia política y militar pretendía descartar, desde hacía dos siglos, aquellos afanes independentistas a los que achacaba todas las desventuras de la nación: revoluciones, revueltas, puebladas, todas inspiradas en subvertir el orden natural de la sociedad. Sin embargo, los sucesivos fracasos en los intentos de destruir esa vocación de emancipación los convencieron de que nada se perdía si incorporaban un espanto, un pelele misterioso, que les permitiera manipular la información a su antojo. Así podían satisfacer necesidades sectoriales, enriquecerse de manera espuria y establecer una base ideológica adocenada y dócil. Todo resultaba útil si servía al objetivo de perpetuar el orden social, económico y político establecido, y concretar la vieja aspiración de transformar a la nación en una “colonia digna y próspera”, una nación con “un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo”, que ingresara “de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante” y atrajera “las miradas del universo civilizado”.
La estructura argumental de la maniobra bien podía inspirarse en Orwell y su magnífica sentencia: “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro”. Sousse no dudaba de que, en última instancia, de eso se trataba: una gran manipulación. Las finalidades últimas de esa mitología estaban aún por verse.
Cuántas maquinaciones había visto a lo largo de su carrera profesional, destinadas solo a distraer a la opinión pública (“la gente cree en cualquier boludez que le vendemos”, le repetía Cacho cada vez que podía) o a espantar a quienes se dedicaban a hurgar los repliegues del poder, donde suele acumularse una mugre vitalicia.

Ese informante, el misterioso joven que le presentó Marlene, cuyas revelaciones le habían resultado espectaculares, mencionaba oscuros protagonistas propios de un verdadero best-seller: agentes contra agentes, espías contra espías, sicarios contra sicarios. Poder, sexo, muerte: todos ingredientes indispensables para las apetencias de audiencias siempre dispuestas a disfrutar con las impudicias de personajes públicos, significantes o no.
¡Y ese documento! Sorprendió incluso a Cacho, siempre escéptico. “¿Esto será cierto, che?”, murmuró asombrado al leer el formulario manuscrito, de perfecta caligrafía. La Orden del día N.º 5: Escarmiento ejemplar… que, con solo leerla, daba escalofríos. Hasta podía sentirse el crujido de huesos rompiéndose en la golpiza notariada.
Juan Antonio no soñaba con premios ni distinciones. Esos estaban a una galaxia de distancia de sus virtudes. Pero una buena crónica, una historia sustanciosa, aunque más no fuera, compensaría en algo un largo período de trabajos intrascendentes y una mediocre performance laboral.
Siempre había querido brillar como autor de una novela. No una cualquiera, sino una gran novela que trascendiera por sus valores literarios a la posteridad. Pero nunca pasó del deseo. Las veces que lo intentó, el proyecto quedó varado en la segunda hoja. Cuando sus ocasionales parejas se lo reclamaban, se justificaba diciendo que era difícil escribir una novela sin ser un escritor profesional. Retomaba el intento una y otra vez, seguido de otros tantos abandonos.
Pero esa vez sería la definitiva. Se lo prometió a sí mismo con el convencimiento de una fe repentina. Dejaría los vicios. Viviría junto a Marlene —la minita que le devolvía la autoestima a fuerza de citrato de sildenafilo— y escribiría una novela a la altura de las mejores. Le prometió a la muchacha una ficción en la que amores y odios, fidelidades y traiciones, grandezas y miserias se fundirían en un relato que integrara la ficción, la historia y la novela policial.
Cuando imaginaba el éxito que alcanzaría su obra, abrazaba a Marlene con todas sus fuerzas, lleno de esperanzas en un futuro diferente. Cuando estaba eufórico, la besaba en la boca y le introducía su lengua tabacada. Marlene se retorcía de asco, contorsiones que Sousse imaginaba sensuales.
El llamado que recibió esa tarde en su casa, que lo obligó a abandonar la calidez de la cama compartida con la joven, fue terminante. Su jefe le informó sobre la entrevista concertada.
—¿Estás sobrio, che?
—¡Qué decís, boludo! ¡Claro que estoy sobrio! ¿Cuánto hace que no tomo? ¿No te lo prometí? —“Vanas promesas, vanas promesas, que son como las hojas que el viento se llevó.” ¿Porro? ¿Nada? ¿Merca? ¿Nada? ¿Pedo? ¿Sobrio?
—Nada de nada, te lo juro por mi hija. —¡No, por favor! ¡Pobre criatura de Dios! No jurés por tu hija. No lo soporto.
—¿Llamaste para verduguearme? —Sousse pasó a modo altavoz su celular. Marlene escuchaba entre sueños. —Está arreglada la entrevista que pediste. Solo decí que la conversación se convino con Fausto. ¿Entendiste? —¿Fausto? ¿Qué hiciste, un pacto con el diablo? —preguntó Sousse, queriendo parecer agudo. —Sí, boludo, con el mismísimo diablo, porque a vos Dios no te quiere ver la geta.
—¿A quién voy a entrevistar? —preguntó disimulando su fastidio. —Ni idea. Solo me dijeron que ahí te va a recibir una persona que va a ser tu contacto a partir de ahora. ¿OK? —OK. ¿La dirección es la que figura en la tarjeta que me diste el otro día? —La misma. Portate bien. No te chupés ni te porrees antes de hablar con el fulano ese. Por unas horas no metas la nariz en ningún polvo blanco. Ni harina Blancaflor, ¿entendiste? Y cuando terminás, venite urgente a verme, voy a estar en la redacción. Suerte. No hagás cagadas. —El jefe terminó la llamada abruptamente.
—Suerte… Suerte que no te mandé a cagar… —refunfuñó Sousse, disgustado por la referencia a su alcoholismo crónico, su hábito de porrearse con regular frecuencia y otros vicios—. Me aconseja como si fuera abstemio y solo fumara cigarrillos con filtro. Pelotudo de mierda…

Hacía bastante tiempo que no sentía un entusiasmo semejante por una entrevista. Las últimas habían resultado insulsas, predecibles, inconsistentes. Pero esta podía ser un hallazgo. La profesión de su entrevistado era inquietante, llena de acertijos. Mientras caminaba hacia el subte, las manos en los bolsillos y el cuello del sacón alto tapando el pescuezo, no dejaba de evaluar la posibilidad de que todo terminara en un malentendido. No faltaban ocasiones en que un excelente reportaje acababa en un enredo de comedia, con personas que poco o nada tenían que ver con el asunto investigado. Pero si la entrevista se concretaba con la persona correcta, tal vez podría organizar una trama apetitosa que le diera pie a una historia vendible. Incluso a su soñada novela magistral.
En la estación Agüero tomó el subte. Combinó en 9 de Julio con la línea C. El pasaje no era muy numeroso; viajó sin apretujarse hasta la asfixia, como solía ocurrir en las horas de mayor movimiento.
Llegó a Constitución en unos treinta minutos. Era una tarde-noche nada apacible. El cielo se derrumbaba torpemente hacia el río, aborregado en negro-gris al borde de una oscuridad que reservaba algo de rojo, sospechoso de sangres inocentes. Lloviznaba una aguanieve que raspaba como lava maliciosamente helada. Sus agüitas se evaporaban al roce constante del viento. La ventisca agregaba sus malos modales, golpeaba con alfilerazos de tormento y hacía doler al tocar la piel. Sousse estaba aterido. Hacía muchos años que no soportaba el esfuerzo del frío.
Desde Constitución hasta la casa de departamentos donde debía realizarse la reunión lo separaban varias cuadras. Salió de la estación por la gran puerta que daba a la Avenida Hornos, en dirección a la calle Brasil.
Bajó la escalera mirando a un lado y otro, esperando no ser sorprendido por algún punguista. Llevaba un attaché pequeño de cuero negro y, dentro de él, un grabador digital Sony ICD-AX412F. También su iPad Pro, obsequio recibido en su cumpleaños.
Remoloneaban a esa hora todavía las pirañas que afilaban sus dientes para los próximos atracos. Una bandada de diez o doce mocosos mugrientos e insolentes, con labios y manos quemados por el paco, esperaban la noche definitiva para acosar a sus víctimas —en especial ancianos— y robarles dinero o el celular para venderlo luego por unos miserables pesos.
Cuando lograban esquilmar a una víctima, los purretes, como zombis, corrían por el amplio hall de la estación ferroviaria hacia la entrada de la calle Lima, del otro lado del edificio. A escasos metros de la gran arcada de la calle Brasil, unos hombres con el rostro cubierto por bufandas simulaban vender chucherías, pero en realidad ofrecían paco a buen precio. Era la resaca de la resaca: un narcótico que, al quemarse en una pipeta calentada con finos rizos de acero, emanaba un humo tóxico que, aspirado, desintegraba las neuronas como si fueran apenas telitas de cebolla.
Los policías seguían con atención tanto los movimientos de las pirañas —a las que controlaban a puro cachiporrazo— como los de los transas y los oferentes de sexo al paso, vigilando que no surgiera una trifulca entre los mismos vendedores de droga, entre las prostitutas y travestis, o entre los bandos enfrentados. Una delgada línea dividía los territorios de cada uno.
Cuando alguna de las partes cruzaba la frontera e invadía el territorio ajeno, las peleas adquirían una ferocidad inusitada. A veces esas bataholas terminaban con algún acuchillado. En las oportunidades en que lograban pactar territorios, las cosas se tornaban casi aburridas, y hasta hacían pensar a los trabajadores que apuraban el paso para abordar los trenes hacia los suburbios que, por un tiempo, la seguridad había mejorado en algo. Los comisarios se jactaban de que, bajo su mano, la ley básica del mercado capitalista —la oferta y la demanda— funcionaba sin necesidad de ajustar sus mecanismos a golpes, como habían debido hacer en los últimos tiempos con cierta regularidad.
Pero esa tarde-noche hacía tanto frío que nadie quería permanecer bajo la llovizna, acomodando a garrotazos los desaguisados pecuniarios de drogadictos, travestis, prostitutas y proveedores de droga.
Sousse se sorprendió de ver pocas prostitutas en el lugar. Las que se ofertaban caminaban de una esquina a otra, exhibiendo sus raquíticos cuerpos semidesnudos, atestados de una anorexia con aspecto de mortaja. Tenían un talante deplorable y peligroso, y no invitaban a los transeúntes a meterse entre sus huesudas piernas ni a penetrar esa oscura cavidad velluda y onfaloidea que desinspiraba al sexo de cualquier manera. Los que pasaban a su lado, si eran impedidos de avanzar, solían responder con exabruptos. No se sabía si era por los precios que les informaban las mujerzuelas o porque solo los preocupaba volver cuanto antes a sus lejanos hogares. El intercambio, cuando no llegaba a los golpes, terminaba en diatribas violentas y amenazas de ambas partes. Las mujerzuelas harapaban las palabras que, en estado de graznido, sonaban alrededor de los proletarios, abrumándolos, mientras huían al trote hacia los andenes donde se estacionaban los trenes con destino a los suburbios.
Los travestis, que habían capitalizado la mayor parte del negocio del sexo barato y rápido, iban y venían exhibiendo sus protuberancias. Algunos lucían como una ruda y oscurecida corteza barbada, sin rasurar al menos ese día. Voceaban el precio de un rapidito o un bucal en los baños de la terminal ferroviaria, fenomenal lupanar lumpenproletario, donde en más de una ocasión se había resuelto a navajazos una reyerta sentimental entre homosexuales.
Pero esa noche la clientela era escasa y mal predispuesta; no mostraba interés en aprovechar las ofertas que los travestidos ofrecían.

A escasos metros de la Casa Cuna, unos cartoneros se disputaban un lote pequeño de cajas que un quiosco y una farmacia lindantes habían dejado para que alguno de ellos las aprovechara.
No detuvo su andar ante el reclamo de quienes se le aproximaban, ya fuera ofreciendo algún servicio o mendigando unas monedas para comprar una botella de alcohol puro con la que pasar la noche. Cuando alguno de los sin techo se acercaba demasiado, apuraba el paso bajando la cabeza, evitando cruzar miradas con el ocasional interlocutor. Le había ocurrido más de una vez que el intercambio de vistazos lo obligaba a reparar en la expresión de aquellos ojos que lo escrutaban: una intensa tristeza, una evidente introspección, que detenían su marcha e inclinaban a conversar con su ocasional compañero.
Pero aquella no era oportunidad para dejarse llevar por la curiosidad ni por algún sentimiento de conmiseración. De ningún modo. Estaba convencido de que lo peor que podía ocurrir era hacer esperar a su entrevistado. Esa clase de personas podía interpretar un retraso como un desplante y no volver a interesarse jamás en una entrevista como la que estaba propuesta.
Llegó a la dirección escrita en el reverso de la tarjeta que le había dado Cacho. El edificio estaba casi al final de la cuadra, a metros de la esquina, a la altura del 1200 de la amplia avenida del barrio de Constitución. Repasó el piso y el departamento al que debía dirigirse. Atrás, también manuscrito, figuraba el nombre de su interlocutor. Dudó un instante que le pareció enorme. ¿Qué resultaría de toda esa investigación? ¿Era prudente seguir escarbando en los supuestos repliegues tenebrosos de quienes ejercían la profesión de verdugos elevados al rango de una secretaría de Estado? Negarse hubiera equivalido al fin de su carrera profesional, o al despido con causa: el pretexto justo para que nunca más alguien lo considerase para otro trabajo.
Aspiró profundo el aire frío. Infló sus pulmones, que se estrujaron conmovidos por una vasoconstricción que lastimó sus alvéolos más profundos. Exhaló casi con violencia. Tosió con fuerza.
Se frotó las manos amoratadas de frío, echándoles su aliento enfriado repetidas veces, tratando de insuflarles calor de alguna forma. Llamó por el portero eléctrico. Una voz redonda preguntó quién era.
—Soy Juan Antonio Sousse, el periodista que viene a realizar la entrevista como se convino con el señor Fausto.
No tenía otra referencia del fulano, cuyo nombre de fantasía le parecía hasta ridículo. Pero, después de todo, gracias a su intermediación se había concertado la reunión.
—Pase —se oyó por el pequeño altoparlante. Sonó la chicharra de la cerradura y, con un leve empujón, la puerta de hierro y bronce cedió generosa, dando paso a un pequeño zaguán que terminaba en el ascensor principal. Un par de metros más atrás, por un pasillo angosto, estaba el ascensor de servicio. Iba al piso 4, departamento 6. Prefirió subir por las escaleras, a sabiendas de que llegaría ahogado.
La arquitectura del edificio respondía a dimensiones y estilo en desuso: paredes muy anchas, medianeras de cuarenta centímetros de grosor, molduras barrocas pletóricas de detalles, plafones de vidrio tallado que iluminaban pobremente por la falta de lamparillas eléctricas. Escaleras amplias de mármol lustroso, aunque gastado. El ascensor principal en el centro de la construcción, flanqueado por la escalera que ascendía abrazada al elevador, reptando hacia las terrazas que coronaban el edificio. Escalera y ascensor separaban las dos alas: semipisos al frente y departamentos más pequeños al contrafrente. Una fisonomía particular que parecía haber sido de gran categoría décadas atrás.
El departamento estaba indicado con una pequeña chapa ovalada, enlozada, con número en escritura romana. Tocó el timbre.
Un hombre cincuentón, de fornida contextura, abrió la puerta e invitó a pasar a su inocente inquisidor. Una abundante cabellera para la edad, negra, entrecana, algo ensortijada, recortaba un rostro rudo, redondo en los pómulos y afinado hacia el mentón. Los ojos, inquietos y escurridizos, evitaban que se descifraran los sentimientos verdaderos que suscitaba aquella encrucijada.
—Encantado —dijo, extendiendo su mano derecha al visitante con delicada cortesía. Se notaba que había aprendido a disfrazar su naturaleza esquiva y desconfiada con ese ropaje de urbanismo edulcorado. A pesar de su tono algo falso, a las personas les solía agradar su amabilidad.
Sousse respondió con parsimonia el saludo. Estaba sereno a pesar de las circunstancias. Reparó en la mano que estrechaba: uñas pulidas, dedos largos, estilizados, con algo de fiereza y algo de finura, mezcla entre dedos de pianista y de cirujano, capaces de ejecutar una bella melodía o cortar sin vacilar un órgano entero, como quien sesga una flor en una tarde de primavera. Manos ejercitadas en el trabajo preciso y decidido. Pulcras.
—Soy Sousse, Juan Antonio.
—¡Sé su nombre, amigo! Leí su informe. Excelente. Linda caligrafía la suya. No sabe cuánto dice del carácter de una persona su caligrafía. ¡Y el formulario que nos envió! ¡Un hallazgo extraordinario! —acompañaba sus palabras con ampulosos gestos de aprobación—. Fausto me puso al tanto de todo cuando se pactó la entrevista. En realidad, no fue Fausto el responsable de este encuentro, se lo aclaro. Él fue solo un intermediario de otro funcionario interesado en esta… ¿entrevista? ¿conversación? ¿Cómo la definiría?
—Reportaje.
—Bien. Reportaje. Quien convino este reportaje, como usted dice, sí tiene mando; a él le preocupa la relación con la prensa. Es de los que todavía creen que ustedes son el cuarto poder.
—No será Mefistófeles, ¿verdad?
—¡Ah! El súbdito del diablo que pactó el alma del insatisfecho Fausto, incapaz de ser feliz. La juventud hasta la muerte a cambio de una temporada en el infierno. ¿Usted no aceptaría el trato, amigo? —Espero no tener nunca que conversar con Mefistófeles.
—“La vida te da sorpresas”, escribió don Rubén Blades —burlón, el anfitrión ironizó sobre esa posibilidad. Sousse sonrió de compromiso. Algo mefistofélico tenía ese hombre con el que se había convenido la reunión.
—Le decía que a nuestro superior le interesa de modo recurrente la buena relación con la prensa. Siempre se refiere a ustedes como ¡el cuarto poder! Así, exclamativamente. Casi con devoción.
—¿No lo somos?
—No, para nada. El cuarto poder somos nosotros. Ustedes han sido absorbidos por nuestra maquinaria y, con el paso del tiempo, hasta podríamos llegar a ser el verdadero poder detrás de todas las cosas. —Vaya perspectiva la nuestra, entonces.
—Si es que ya no lo somos.
Sousse no supo cómo tomar esa afirmación. No parecía una simple fanfarronada. Estaba ante alguien que hablaba con fluidez y seguridad sobre el verdadero lugar que los aparatos de inteligencia ocupan hoy en las sociedades modernas.
—Mi nombre: Inocencio Segni. Como suena, Ese–E–Ge–Ene–I —deletreó exagerando la pronunciación y acompañando las sílabas con gestos enérgicos de las manos—. ¡Sea bienvenido!
Sousse hizo una modesta reverencia con la cabeza.
—¿Por qué se muestra con tanta formalidad? Estamos acá para conversar con cierta confianza. ¿No le parece? ¡Relájese! —exclamó con energía, aprovechando el desconcierto de su interlocutor para escudriñarlo de arriba a abajo.
—Si la informalidad y la transparencia lo incomodan, usemos “nombres de guerra”, como dirían en la orga revolucionaria —sonrió con descaro, festejando su propia ironía—. Digamos que me llamo “Pérez”, ¿le parece?
—“Pérez cualquiera” —lo chicaneó Sousse.
—O “Pérez a secas”, como dice alguien que conozco hace algunos años. ¿No viene por esa historieta?
—¿Historieta? Algo así como una historia informal y graciosa.
—Seguro. Muy graciosa. Historia de aparecidos, resucitados, inmortales. Los argentinos usamos una palabra que describe con absoluta precisión este tipo de fantasías que organizamos para pasar el rato. No la voy a usar en esta oportunidad porque no tenemos la confianza suficiente todavía.
—Bueno, me avengo a sus reservas idiomáticas —chanceó condescendiente Sousse, indiferente a la provocación—. Si a usted le parece, mientras dure la entrevista, puedo llamarlo “Pérez”. O al revés, usted me llama “Pérez” a mí. No encuentro inconveniente. En definitiva, no soy Pérez, pero soy un cualquiera, visto desde el vértice extremo de la pirámide de nuestra sociedad.
—No. De ninguna manera. Era una modesta broma. No quise fastidiar su costado populista. No voy a comprometerlo vinculándolo a esa tenebrosa logia subversiva liderada por un saco de huesos y pieles resecas que ustedes inventaron para mejorar las ventas… y sus currículums…
—¿Nosotros? ¿Quiénes? —preguntó Sousse inquieto.
—¡Ustedes! —reforzó la expresión señalando al periodista con su dedo índice—. Los periodistas, los vendedores de noticias, los canillitas del ciberespacio. Tuiteros, amantes del Facebook, los blogs, troles, y todo eso.
—Pero nosotros no hicimos circular el nombre de una Logia llamada “Los Pérez”. Personas afines a sus obligaciones nos hicieron llegar ese dato. En verdad, reconozco, no sé si existen “Los Pérez”, pero no me va a negar que existen las logias. ¿Acaso no existen las logias en sus instituciones? —avanzó Sousse con su interrogatorio.
—¡Seguro! En el ejército se organizan en la escuela de guerra, a nivel de capitanes. Ahí se cocinan todas las logias. Llevan nombres con significado, con historia, con pretensiones. Los del ejército son así: formales, circunspectos. Todos conocemos la respuesta del General cuando le preguntaron por qué los militares se levantan temprano: planifican de acá a cien años. Y después todo sale para la mierda. ¡Perdón por mi lenguaje! —exclamó Segni, risueño y provocativo.
—No hay inconveniente. Todos usamos el término “mierda” para distintas ocasiones. —¡Exacto! Le decía de los nombres augustos de las logias militares: Lautaro, GOU, ¡Del Dragón Verde! Ese sí que era un nombre magnífico para una logia. Un dragón. Pero un dragón verde. Se imagina la impresión doble que se llevaría el pobre cristiano que se topara con un dragón, pero ¡verde! Igual no pasó nada. Quedó verde, nunca alcanzó a madurar.
—¿Pero “Logia de los Pérez”? Una logia que se llame “Los Pérez” ¿no le suena hasta ridículo? —cuestionó—. Salvo que fuera una logia de la perrada. ¡Esos sí que podrían haberse bautizado “Los Pérez”!
En la Armada ocurre algo similar… No es lo mismo, porque ellos son de sangre azul, todos masones. “El gran contramaestre… bla… bla… bla…”. Todos quieren fundar la Logia del gran Nelson. Admiran al almirante inglés. En fin. Usted sabe. Sabe, ¿verdad? Si no, debería estudiar la historia de los masones por estas tierras.
En la aeronáutica no tengo ni idea —describió un círculo con su dedo índice, señalando hacia arriba—. Siempre están en las nubes…
En la policía, las logias son menos refinadas y hasta hablar de “logias” suena exagerado. Van a los cafés en las esquinas de las comisarías, donde deciden los negocios: secuestro exprés, entradera exprés, asesinato exprés. Los muchachos son “exprés”, consecuencia de los muchos cafés que toman para dirimir competencias. Luego, menudencias presupuestarias, aumento patrimonial injustificado: tanto para mí, tanto para vos. Nada de estrategia, pura táctica recaudatoria.
Y en nuestra institución las logias no existen, como las brujas. Usted me comprende…
Segni tomó una larga bocanada de aire. El prolongado discurso sobre el sistema de logias lo había agotado como si hubiese lidiado con un rudo contrincante. Sousse sonrió, disuadido de que su interlocutor se había preparado con cuidado para la entrevista.
El agente miró con poco disimulado desdén al investigador y dijo con desparpajo:
—En vez de “Pérez”, tal vez prefiera que lo llame con algunas letras. Como si fueran las iniciales de un nombre desconocido. ¿Le parece AB?
—AB me recuerda “AC”. No me molestan las letras, sino el resultado final.
—¡Qué tontería! Lo conmueve una fantasía… Voy a darle un dato tranquilizador: no se dé máquina, AC no existió nunca. Nadie se llamó así: “A” y “C”. Nadie murió de un tiro en la nuca, ejecutado por una suerte de bestias trastornadas que fragotearon en la oscura noche, a la vera del oscuro riachuelo, como le contó una misteriosa “fuente”. Un absurdo. —Acomodándose el cabello, miró al cielo reflexivo—. ¡Absurdo!
E insistió con su filípica:
—¿Sabe cuánta pobre gente muere en nombre de otro sin siquiera saber por qué? Pobres tipos que vagan por la calle sin nombre ni apellido, ahora les dicen “en situación de calle”, sin documentos, sin nadie que los reclame. Se elige uno al azar, podría hasta llamarse “Cándido” o “Venancio”, se lo ejecuta, se lo presenta como otra persona, la que debería estar muerta, pero no lo está. Un fiscal y un juez propios cierran la investigación, se incinera el cadáver y chau picho. ¿Vio qué fácil es todo?
Se encogió de hombros sin quitar sus ojos de los de Sousse, que vacilaba en sostener la fría mirada de su interlocutor.
—AC, AC, AC —jugó con las dos letras interrogándose—. Muy retorcido. Estrafalario. Dos letras seleccionadas vaya a saber cómo: una vocal y una consonante. ¿Quién podrá decirnos su significado? ¿Será arcade? ¿Asociación civil? ¿Alternating current? ¿Adenil ciclasa? ¿Quién lo sabe? ¿Usted lo sabe?
—No, claro que no.
—Hay mucha literatura de ficción en todo esto. Es un problema propio de nuestra profesión: la verdad es infrecuente, y cuando se presenta nadie cree en ella. La mentira siempre es reina. Y, además, somos argentinos, que no es poco. Voy a decirle una cosa —señalando a Sousse agregó circunspecto—: la verdad es un problema de la moral. No hay verdad sin mentira. Y la verdad solo surge cuando a alguien se le acaban las mentiras convenientes. Usted, si quiere llegar a buen puerto, debe reflexionar sobre la sustancia de las cosas y no quedarse detenido en su apariencia.
Sousse lo miró sin poder disimular su extrañeza ante las reflexiones de su anfitrión. A esos galimatías filosóficos, Segni había adosado una virulenta insistencia en negar la existencia de uno de los personajes que motivaban la investigación. La afirmación “AC no existió nunca” y el barullo filosófico fueron, sin duda, una gran iniciativa para definir la orientación de la entrevista. Lo dijo como quien sostiene trascendentes revelaciones. ¿Cómo creerle? ¿Por qué creerle?
El anfitrión, apoyando su mano derecha en el hombro, lo conminó con un leve empujón a pasar a otro ambiente, seguido al vestíbulo. Más alto por varios centímetros y mucho más fornido, lo observaba desde esa altura con una mirada procaz.
Movió la cabeza en ambos sentidos, como dudando en decir lo que le sugería la dinámica de la conversación y su lengua mordaz.
—Dejemos, por un momento, de lado la historieta por la que vino y ocupa tanto de su valioso tiempo. Ni “Pérez” ni letras por nombres. Así toma una prudente distancia de esos relatos fantasiosos. Me recuerda su nombre.
—Juan Antonio Sousse.
—Juan Antonio Sousse. ¿Su apellido es de qué origen? —preguntó intrigado Segni.
—En verdad lo ignoro.
—Sousse. Sousse. Sousse —repitió tres veces el apellido, como buscando algo inexplicable. Hizo un gesto de fastidio—. ¿Qué tal si lo llamo Truman? Lo voy a llamar Truman, por Capote. Así lo voy a agendar. ¿Usted es homosexual como Capote?
—¡No! ¡Qué dice!
—Nada importante. ¡No se altere de ese modo! Ser homosexual hoy es casi obligatorio. O por lo menos bisexual. ¡Hasta le dan un documento con otra identidad si es travesti!
—No señor, no soy homosexual ni bisexual. Pero no soy homofóbico.
—¡Qué progresista resultó usted! —Segni rió con desparpajo—. Tengo un conocido que detesta a Capote. Repite como en misa: “Capote muy gay. No me gusta. No me gusta. No me gusta.” Tiene la manía de repetir siempre tres veces las cosas.
—¡Como usted! —exclamó Juan Antonio, tratando de parecer perspicaz.
—¡Lo notó! ¡Qué sagaz, Sousse! —festejó Segni con ironía—. Mi amigo, después de repetir: “Capote muy gay. No me gusta. No me gusta. No me gusta”, agrega: “detesto las exageraciones. Hasta para ser homosexual hay que saber cómo comportarse. Capote era un escándalo.” —Segni miró con desprecio a Sousse.
—Usted es de esos periodistas que hacen periodismo literario —y agregó sin dejarse interrumpir—. Le puedo presentar una ristra de tipos peores que Hickock y Smith. Mucho peores. Todos regulados y protegidos por el Estado. Al lado de ellos, Hickock y Smith serían niños de pecho. “Hickock y Smith”, dos nombres que a mí apenas me sugieren la marca de un laxante. —Rió a carcajadas.
—¿Se da cuenta? —reflexionó—. Aquí, en cualquier circunstancia, nunca falta el apellido “Pérez”, como el de su “logia”, y allá, “Smith”. Los Smith deben ser como nuestros Pérez: una peste, una verdadera desgracia.
Sousse sonrió por compromiso. La procacidad de aquel hombre lo dislocaba. No sabía a qué atenerse. Si tomaba su forma llana y hasta risueña de tratarlo, temía entrar en confianza. Si aceptaba un trato ameno con un hombre experimentado en el trabajo de inteligencia, estaba en peligro. No porque esa aproximación lo alejaría definitivamente de la verdad que procuraba establecer, sino porque si se dejaba llevar por la impresión agreste que le causaba, la conversación podía naufragar en detalles intrascendentes.
Atinó a preguntar para salir de la encrucijada en que se había metido por sí solo:
—Entonces, ¿cómo debo llamarlo?
—Definitivamente, Inocencio. Ahora, si a sus afanes periodísticos le resulta más remunerativo “Pérez”, llámeme “Pérez”. Acepto, acepto. Así podrá decir: “Yo conocí a un verdadero Pérez.” Después de todo, aceptemos, aunque no nos guste, siempre habrá un Pérez en cualquier lado. Y, a pesar de cómo usted me considera, me mide, me pesa, me evalúa con su mirada, yo seré aquí nada más que un modesto “Pérez”. —Siguió mordaz—. Si no lo satisface llamarme solo por el apellido, puede llamarme “Juan Pérez”.
—Después del ratón Pérez, usted sería el Pérez más interesante que conocí en mi vida. Aunque para mí se trate solo de un Pérez de ocasión. —El hombre rió con energía. Soltó una gruesa carcajada que resonó por todo el apartamento, festejando la ocurrencia de su entrevistador.
—Una ganga de Pérez, ¿no? El sentido del humor es siempre un buen vehículo para el entendimiento. Usted y yo nos vamos a llevar todo lo bien que permitan estas circunstancias. Nada de Pérez, entonces. Agéndeme como Inocencio Segni. Como suena: Ese–E–Ge–Ene–I. ¿No es original?
Ingresaron ambos en la sala contigua, donde una vieja mesa ovalada, encerada con cuidado, ocupaba el centro del ambiente. Su borde estaba grabado con delicados detalles. El pie, al medio del óvalo, como un grueso pedestal trabajado con imágenes de dioses griegos, sostenía el tablado horizontal dividido en dos partes deslizables. En medio, una elegante ponchera de cristal tallado descansaba sobre una delicada carpeta confeccionada con hilo de Holanda, finamente trabajada.
Una docena de sillas, que no se correspondían con la carpintería de la antigua mesa, estaban prolijamente distribuidas alrededor del mueble. Se trataba de una sala de reuniones amplia pero austera.
—Aquí funciona nuestro estudio de abogados —dijo el dueño de casa—. Civiles, comerciales, penalistas… Si alguna vez está en problemas, dígale a Cacho que hable con Fausto para que lo contacte con nosotros y lo salvaremos de toda contingencia. Como dice la propaganda: “caros, pero los mejores.”
—Lo tendré en cuenta —respondió Sousse con cierta resignación—. Espero que nada en mi vida necesite del concurso de abogados.
—Nunca se sabe… —dijo insinuante—. Hay gente que atrae a los problemas como si fuera un imán humano. Y otros son especialistas en crearlos al prójimo. Se lo digo por experiencia. Mejor estar a cubierto.
—¿Ustedes de qué lado del problema se ubican? ¿De los que lo solucionan o de los que lo crean? —ironizó Sousse, algo más relajado.
—De los dos. Estamos en esa zona del sistema estatal que nos permite ser juez y parte. Crear problemas y resolverlos, a veces no de la mejor manera, pero no tiene nada que temer.
Por un instante las miradas se cruzaron, pero sin desafío.
—Me dijo que AC nunca existió, o por lo menos nadie se llamó de ese modo. ¿“Podestá” tampoco existió? —interrogó Sousse, sacando a su interlocutor del estado de simple observador en que había caído, llevado por el curso de la charla.
—En efecto. Pero antes de proseguir, ¿no quiere sentarse y compartir un café?
—Sí, le agradezco. Lo necesito. Cargado. Hace mucho frío.
—Cafeína, mucha cafeína, ¿no? Acelerar las pulsaciones y cargarse de adrenalina. Sublime, Truman, sublime. Usted es un sibarita de las emociones. ¡María! —gritó llamando.
Una mujer mayor salió de la amplia cocina y preguntó en qué podía servirlos.
—Tráiganos dos cafés —ordenó casi sin mirar a la mucama—. Uno bien cargado, para el amigo. Necesita cafeína extra.
—Siéntese, por favor —invitó al visitante con cortesía—. Bueno… —suspiró melancólico—, volvamos a lo nuestro.
—Me estaba diciendo que tampoco existió “Podestá”.
—No, no existió ni existe nadie en el nomenclador con ese nombre. Por los datos que usted me envió en ese escrito, a mí, y solo a mí —subrayó estas palabras con tono decidido— me sugiere que se refiere al coronel López Huidobro. Arancibia López Huidobro, para ser más exactos. La breve historia que usted relata en su informe contiene un dato que me propone el nombre de ese coronel. Pero se trata de solo un dato que, incluso para usted y todos esos pretendidos investigadores, pasaría ciertamente desapercibido.
—¿Ese misterioso dato remite a los años de plomo?
—No. Por el contrario. Nada más alejado de aquello. Además, de esa época no haremos ningún comentario. Es de mal gusto, estamos en democracia. ¿Para qué seguir revolviendo el pasado? Dejemos atrás el pasado. Como dice el Comandante en Jefe: “hay que mirar para adelante.” ¿Me comprende? Hay que trabajar por la unidad de todos los argentinos. Hambre cero, memoria cero, rencores cero, todo cero. Cero. La nada, como la concibieron los babilonios. Es lo más importante.
—Comprendo, pero supongo que no alterará el resultado de esta conversación un simple repaso de ese pasado, en especial si nos permite corroborar algunos datos de ese Arancibia López Huidobro.
El anfitrión calló abruptamente y posó su mirada en la libreta de blancas hojas en las que Sousse esperaba volcar algunas anotaciones para su investigación.
—Lo pasado, pisado, señor. Lo pasado, pisado. “Cero”, igual “nada”. Olvídese del pasado, siga el consejo del Comandante en Jefe.
—Como usted prefiera.
—Celebro su capacidad de comprenderme.
—Bien. ¿Entonces el nombre que le sugiere mi nota es…?
—López Huidobro. Arancibia era su nombre. Ese nombre me surge al leer su reducido informe.
—Si no lo incomoda lo llamaré Arancibia.
—Para nada. Tampoco al coronel López Huidobro habrá de molestarse porque está muerto. Llámelo Arancibia si le resulta más periodístico hacerlo. Suena más familiar, ¿verdad?
—Puede ser —Sousse asintió por compromiso—. Supongo sería una de las muchas identidades que los hombres de su condición acreditan. Eso permite encubrir la identidad hasta hacer desaparecer la verdadera.
—Es cierto. Gajes del oficio. Se comprende. Pero al menos le puedo afirmar que ese nombre es el que figura en su partida de nacimiento y en su acta de defunción. Sin embargo, internamente se lo conocía por otro. La nomenclatura tiene sus vueltas y revueltas. Ese nombre no se lo voy a revelar. Ni ese, ni ningún otro. No estoy autorizado.
La mujer que oficiaba de mucama entró portando una pequeña bandeja con dos pocillos de café humeante.
—¿Azúcar o edulcorante? —preguntó. Sousse ni la observó.
—Amargo está bien.
—¡Amarga es la vida, amigo! —comentó con ironía el entrevistado.
Sousse retomó el diálogo:
—¿Se lo conocía por un apodo o por un nombre de guerra? —preguntó procurando aproximarse a alguna revelación sobre ese coronel de nombre poco frecuente.
—¡Apodo! ¡Apodo! Nunca nombre de guerra. Acá no usamos nombres de guerra. Eso déjelo para los subversivos.
El apodo: “Vasco”, como no podía ser de otra manera. No faltaron quienes le agregaban algún epíteto. ¿Me comprende? Mala gente hay en todos lados. Solo lo llamaban “Vasco” sus pares, los más próximos y que gozaban de cierta confianza; “coronel”, incluido el posesivo “mi”, costumbre militar de subordinado a superior, como corresponde a los de grado inferior, como es mi caso. O simplemente, “señor”. “Sí, señor”, “no, señor”, “bla, bla, bla, señor”… Usted sabe, puro protocolo. Por su nombre, Arancibia, era raro que se lo llamase, salvo quienes gozaban de su confianza. Y eran muy pocos, se lo aseguro. Muy pocos. Era un hombre de carácter severo, disciplinado, muy apegado a los reglamentos.
—Al coronel López Huidobro nunca se lo llamó “Podestá”. Le repito: NUNCA se lo llamó “Podestá”. Nadie de rango portó ese apellido en los últimos veinte años. Más aún, no existió en ninguna de las reparticiones que integran el sistema al que pertenecemos alguien que se haya apellidado de ese modo en el tiempo que le señalé, aunque a usted le parezca extraño. Ahora bien, si insiste, podríamos considerar, a partir de ahora, incluirlo en nuestra nomenclatura. Sus propuestas siempre serán bien recibidas.
Sousse quedó pasmado al escuchar en boca de Segni la referencia a su hábito de jerarquizar palabras con mayúsculas. Prefirió no preguntar cómo el hombre sabía de aquello; lo atribuyó a una infidencia de Cacho.
—Pero el nombre de “Podestá” surge de varias fuentes. Todas insisten en que AC, el sicario, así lo llamaba.
—¿Y quiénes son esas misteriosas fuentes? —preguntó exagerando la palabra—. ¿Hombres? ¿Mujeres? ¿Fantasmas? ¿Quiénes? ¿O tiene otro documento que no nos quiso mostrar?
—Usted sabe que un periodista nunca revela sus fuentes.
—Eso de que un periodista “nunca revela sus fuentes”, le aseguro que no es correcto. Yo conocí a varios de sus colegas que no trepidaron en brindar jugosas informaciones. Claro que fueron convenientemente ayudados a prestar sus valiosas colaboraciones.
—Prefiero no imaginar las circunstancias en que se logró esa colaboración.
—Lo bien que hace… —remató con tono amenazador—. Pero debo insistir: ¡sus fuentes están mal informadas! Parten de supuestos falsos: AC (quien nunca existió) bautizó “Podestá” a alguien que tampoco existió, para unos hechos que nunca se produjeron. El misterioso sicario AC, el misterioso Podestá… Una misteriosa operación clandestina… Absurdo por completo. Y aquello de La Reliquia… —pronunció esas palabras con marcado cinismo— ¡esa sí que es una baratija literaria! ¡Qué fantasía tienen ustedes!
—Amigo… —expresó ablandando su voz hasta dulcificarla—, se ha dejado influir por la literatura fantástica y una papeleta ¿muy bien falsificada? ¿O un comprometedor documento original? ¿Usted qué cree?
Sin permitir que Sousse respondiera, continuó su discurso:
—Como en muchas otras cosas, a los periodistas les han llenado la cabeza de estas tonterías. Seguramente ha tenido posibilidades de escuchar las boludeces que se repiten a diario en los informativos. Increíble. Son maestros en desinformación. Aprendemos de ellos como de ningún otro. Nosotros, que deberíamos ser expertos en esas lides, resultamos aprendices de los grandes multimedios.
Inventan una noticia sobre un fulano, en general falsa. Como diría un amigo: “falsa de toda falsedad”. La difunden a su audiencia, usan el potencial como ni Maradona usaba su maravillosa izquierda, y el pobre tipo queda escrachado como si fuera un asesino serial y violador indescriptible. No encuentra forma de sacarse el San Benito que le pusieron. Maravilloso.
Después que lo desahuciaron, lo mandan llamar a un programa de espectáculos, de esos que emiten por la tarde, para las amas de casa. El tipo llora, explica, se lamenta, se justifica. Las amas de casa se enternecen con el pobre tipo. Le creen, desean consolarlo.
El tipo, a la noche, es convocado al noticiero central. Y empieza la contracampaña. La gente se conmueve, duda, lo defiende. Ergo, llegó a la audiencia como un gusano, termina transformado en un héroe. Y cuando todo el mundo está convencido de que al final era un buen tipo, y hasta él cree que todo ha terminado, publican otra noticia —falsa, obviamente— que sostiene que es un truhan, y lo vuelven a defenestrar. Una vez y otra vez. El tipo, al final, no sirve para nada.
—Una maravilla. Impresionante. Un consejo: cuídese de las falsas noticias. No sabe cuánto pueden llegar a perjudicarlo.
Sousse tomó unas notas breves que subrayó con doble línea, procurando distraerse de las afirmaciones que Segni le hacía con un cinismo sincero. Mirando a su entrevistado a los ojos, preguntó sin darle respiro:
—En algún momento, otros investigadores creyeron que no se trataba de una sola persona, sino que en el nombre “Podestá” estaban representadas muchas. Una fantasía, como sostiene usted.
—Qué interesante especulación. Si usted fuerza la realidad, puede encontrar elementos concomitantes que lo induzcan a considerar esa posibilidad. Pero son sucesos muy circunstanciales. Si usted afirma, por dar un ejemplo, que fulano hizo una operación, la sola mención de “operación” no solo lo llevaría a ese fulano, sino también a mengano, zutano, perengano, etcétera. Si usted dice “fulano viajó al norte”, es muy probable que además de su fulano le aparezca una larga lista de menganos, zutanos, perenganos que viajaron al norte. Debe recurrir a arbitrios manifiestos, impostaciones difíciles de sostener, para validar sus suposiciones. Tanto si se trata de la persona que usted busca investigar de nombre “Podestá”, como de otras que se emboscan en un nombre de fantasía para ocultar su existencia. Muy rebuscado.
—Pero, a pesar de sus impugnaciones, tenemos sí un dato análogo con mis fuentes: el mencionado coronel Arancibia murió, así como me dicen esas fuentes que el que usted define como inexistente “Podestá” también murió —afirmó Sousse.
—En efecto, como le dije al principio de nuestra conversación. No hace tanto que falleció el coronel López Huidobro.
—Mis fuentes también me dicen que “Podestá” murió no hace mucho tiempo. Por lo tanto, la fecha de la muerte del “inexistente” Podestá, como la de su Arancibia, son contemporáneas, coincidentes, diría yo. ¿Pura casualidad? —argumentó Sousse con precisión.
—Puede ser. La casualidad existe. Algo de azar siempre hay en la vida de las personas. Pero si, hipotéticamente, ese tal “Podestá” que usted busca y el coronel López Huidobro hubiesen muerto el mismo día y a la misma hora, eso no lo acerca ni un milímetro a sus elucubraciones.
—¿Casualidad o causalidad?
—¡Ah, bueno! Vamos a filosofar un rato. Nos sobra el tiempo. Los pesquisantes, siempre que fabulan, se disfrazan de filósofos. Tienen tiempo para ello. En cambio, nosotros nos basamos solo en hechos, en datos precisos; nada de suposiciones de fuentes misteriosas. —Cuando dijo la palabra “fuentes”, hizo un gesto con ambas manos, como encomillando la palabra suelta en el aire.
—La muerte del coronel López Huidobro fue una gran desgracia, una enorme pérdida para la Institución. Una falla cardíaca. Un infarto. Stress, más stress, más stress, más emociones violentas, más mala comida, más poco descanso, igual a infarto. Estaba en el tramo final de su carrera, cuando el hombre estaba en condiciones de volcar su sabiduría a las próximas camadas de funcionarios. Una pena…
—¡Funcionarios! –exclamó Sousse no exento de ironía.
—Sí, funcionarios públicos. Una vocación cual apostolado. Funcionar para servir al público, al común, al soberano. Responder al bien común desde la función pública. Somos los mejores, los que arriesgamos la vida, los que arriesgamos todo. Y, en general, morimos en el más perverso anonimato. A usted le causará curiosidad cómo es eso de las múltiples identidades. Para nosotros es una desgracia. Ser distintas personas, pero no ser nadie. Nadie recordará tu nombre, porque nadie sabrá cuál fue. En nuestra lápida el epitafio debería leerse: “Funcionario público cuyo nombre es solo conocido por Dios”. Como se recuerda en el mundo al soldado desconocido. Pero como a él, pocos rinden culto a nuestros esforzados agentes; sin ese soldado desconocido, ningún general ganaría ninguna batalla. Sin nosotros, no triunfaría ningún jefe de carrera, ningún jefe político de ocasión, bajo cuyo mando, realizamos nuestras labores con absoluta abnegación. Se lo aseguro.
Sin broma, somos los mejores funcionarios públicos, y ante usted asumo la representación de todos mis pares. Somos los que garantizamos que el orden natural de la sociedad no sea degradado. Los políticos son los que arruinan nuestro paso por la función pública. Los odiamos tanto como a los que no nombro por no ensuciar mi boca.
El hombre adquirió una severidad que desconcertó a Sousse. Por primera vez el investigador sintió el hielo filoso del que es parte del poder real que, muchas veces, se manifiesta en forma confusa y poco reconocible.
Saborearon al unísono el café. La pausa distendió el momento. Sin proponerlo se hizo un impasse que le permitió a Sousse reflexionar sobre el curso de la entrevista.
Afuera el viento llevaba la llovizna en dirección al río y el frío se hacía intenso y punzante.
La conversación no se prolongó por mucho tiempo más. Solo fueron comentarios menores, intrascendentes. Segni le sugirió acordar otro día para continuar. Sousse aceptó de buen grado. Lo invadían sentimientos confusos. La mirada del hombre lo despostaba sin piedad y sentía que ninguna de sus fibras más ocultas quedaba exceptuada del examen riguroso al que estaba siendo sometido.
Salieron del departamento del cuarto piso, subieron al ascensor de servicio y descendieron hasta la planta baja. Segni lo acompañó hasta la puerta de entrada del edificio. Abrió parsimonioso el enorme portón y extendió su mano para saludar al periodista. Apenas Sousse traspasó la puerta, cuando ya tenía un pie en la vereda para dirigirse a la estación a tomar el subterráneo para regresar a su casa, oyó la clara voz de Segni murmurar a sus espaldas.
—El documento que nos entregó es una copia. Queremos el documento original. No sabe cuánta gente está intrigada por saber de dónde sacó usted la copia de ese formulario, perdido hacía un tiempo, en un confuso episodio en una base de nuestra Agencia. Nos robaron un archivo y usted, justo usted, tiene copia de uno de los formularios que nos hurtaron. ¡Qué feo es robar, Sousse! ¡Qué feo! No hay que violar los mandamientos de Dios. ¿No recuerda, Sousse? No robarás. Séptimo mandamiento. Dios castiga a los que no cumplen con sus mandamientos. ¿Por qué se expone, Sousse, al enojo de Dios? ¿Tiene otros documentos? ¿Sus “fuentes” tienen en su poder otro de esos formularios que nos robaron? Sería bueno saberlo.
Sousse quedó sumido en una profunda angustia. Entendía el valor del documento, pero ignoraba su procedencia.
—Recuerde lo que cantó don Rubén Blades. Se lo dije. Póngale sus mayúsculas.
Temeroso, Sousse trató de volver sobre sus pasos para hablar con Segni. Cuando giró para encararlo, pudo observar cómo se cerraba la puerta para impedirle reingresar al edificio. Tras el vidrio, Segni sonreía con desfachatez apacible. Miró fijamente a los ojos del periodista y, con su dedo índice de la mano derecha, moviéndolo de arriba a abajo, persistió un buen rato en un gesto amonestador.
Sousse renunció a su intento. Dio la espalda a su entrevistado, giró cargado de preocupaciones y caminó velozmente, tratando de dejar atrás el viejo edificio de la desierta avenida del barrio de Constitución.
Desistió de concurrir al diario, como le había ordenado Cacho apenas terminara la entrevista. Decidió retornar a su departamento. Allí, Marlene calmaría sus zozobras. Entre abrazos y besos, y narcóticos que mordisquearían sus venas y arterias de sangre alucinada. Sangre y zumo, caldo rojo, por el que insignificantes batracios de hieráticos colores nadarían histéricos, alejándolo a pura helada dentellada y a la velocidad de una inhalación fina como aguja blanca, de las amenazas de ese dedo henchido en sangres de difuntos, que bajaba y subía, bajaba y subía, amonestándolo severo, cargado de amenazas como un arma presta a disparar hasta la muerte.

***

III – Piedra libre 

El cadáver de Podestá apareció cinco días después de que cesaran las comunicaciones con su base. Si se contaban los dos del fin de semana, habían transcurrido siete días completos sin noticias suyas.
Que no se trataba de una de esas ausencias habituales lo intuyó un subordinado regordete, de pómulos hinchados, surcados por diminutas venas violáceas que se encendían virando a un bermellón violento cada vez que Podestá lo insultaba para ordenarle alguna comisión menor.
—¡Gordo pelotudo! —era el llamado. —¡Vení para acá! —la orden.
De sus labios gruesos, resecos, ajados, apenas escapaban palabras sueltas; rara vez frases completas. Por lo común, eran modos encriptados que sugerían más que afirmaban que comprendía la tarea. Si hacía algún comentario, lo hacía en voz baja, pero su jefe —dotado de un oído de tísico, potenciado quizá por la cocaína que agudizaba sus sentidos— siempre lograba escucharlo y respondía con observaciones mordaces. Cuando se burlaba, el muchacho soportaba la chacota con una mueca de falsa complacencia; cuando lo zamarreaba como a un pelele, sufría.
La ausencia sin aviso del “Vasco” (como algunos camaradas se atrevían a llamarlo) se le presentó distinta a las anteriores. Un flujo eléctrico despabiló su cerebro y le impuso la convicción de que su jefe estaba muerto. Extraordinariamente muerto. Maravillosamente muerto.
No fue producto de una reflexión ni de un dato insignificante. No era un estímulo exterior el que le generaba esa certeza. Fue una corazonada, pura sensación que se manifestaba en sus sentidos: gusto, olfato, oído, tacto lo convencían de que el suceso fatal había ocurrido.
Al estímulo siguió un estremecimiento suave en sus hemisferios, un temblor medido en las ideas, un acúfeno como un silbidito que se hizo alarma. La sensación duró un buen tiempo. Cuanto más se extendía el rebato, más inarmónico se volvía. Navegó agreste por las circunvalaciones del cerebro y, a su paso, moduló pequeñas detonaciones espasmódicas; en su plenitud se transformó en clarividencia que, en lenguaje cifrado, replicaba: “¡es-tá-muer-to! ¡es-tá-muer-to! ¡es-tá-muer-to!”.
Su convicción no podía exteriorizarse. Si la comunicaba a un camarada —peor aún a un jefe— y se comprobaba, quedaría involucrado en una muerte de la que no tenía responsabilidad ni posibilidad de evitar.
No era algo novedoso lo que le ocurría, sí en su intensidad. Corazonadas conocía desde pequeño. Se le presentaban de manera recurrente. De niño, como no podía comprenderlas, trataba de descartarlas de inmediato, sin permitir que se consolidaran en sus pensamientos. Lo aterraban. Cuando buscó refugio en sus padres para atemperar sus miedos, lo despidieron con una palmadita en la cabeza y cabecearon resignados, considerándolas una anomalía no demasiado significativa en la psiquis del infante.
De adulto aprendió a mitigar sus efectos y procuró acotarlas, aliviando sus trastornos. Pero nunca pudo ni supo sacarles provecho.
Algunas veces, mientras caminaba rumbo a su base —en especial los días de frío intenso (nunca pudo descubrir el vínculo entre premoniciones y frío)—, formas de corazonadas lo asaltaban de manera repentina. Eran minúsculas, de consistencia viscosa, casi como moluscos que se aferraban a su mente y chupaban los impulsos de sus ondas cerebrales. La mayoría de las veces resultaban ciertas. Eso lo preocupaba: no entendía por qué, cuando esos acertijos saltarines se volvían certezas, quedaba malogrado para toda la jornada.
Cuando ocurría, su mal humor se acentuaba. Y el mal humor lo irritaba sobremanera. Por ejemplo, una modesta corazonada le advirtió que sería designado para asistir a López Huidobro. Fue apenas un escarceo eléctrico, pero suficiente. Aunque intentó rebajar esa circunstancia a mera sospecha, padeció cólicos repetidos que lo atormentaron más de una semana. Cuando conoció a su nuevo jefe, comprendió cuán acertado había sido su augurio y qué difíciles serían, a partir de entonces, sus días. Trabajó en disconformidad todo ese desgraciado período, hasta la muerte del repudiado coronel.
La disconformidad en la Agencia tenía un nombre propio: “disidencia”. No sospechaba —no tenía manera de hacerlo— que la disidencia era un estado de ánimo que los jefes sabían captar con facilidad en sus subordinados. Poseían un sexto sentido para percibir esas estaciones de la emoción. Quienes eran descubiertos con tales pensamientos pasaban a ser apodados en secreto como los “discrepantes”, opuestos a los “siempre obedientes”, hijos de la venerada obediencia debida, hombres dispuestos a todo servicio sin reparar en costos ni beneficios.
Sin siquiera sospecharlo, el asistente había ingresado a la Agencia en condición de “discrepante”. Fue el propio “Pérez y Pérez” quien aceptó su reclutamiento como supernumerario captado por un agente experimentado. Él mismo lo incluyó en la lista, convencido de que esa era la condición que distinguía al muchacho, aunque anotó en el margen del legajo, a modo de pregunta: “¿sólo discrepante?”. Ese dato lo reservó para sí y fue determinante al designarlo asistente del coronel López Huidobro.
Era muy difícil abandonar esa categoría en la nomenclatura secreta de la Agencia. En contadas oportunidades, sus portadores hallaban un salvoconducto, aunque nunca definitivo. Esa posibilidad no se presentaba en el porvenir del muchacho. Quienes accedían a esa relativa amnistía debían hacer grandes contribuciones a los objetivos de la superioridad —como eliminar a un rival peligroso, un subversivo agreste en medio de una traición mayúscula— o proveer ganancias superavitarias en los bolsillos de los jerarcas. Méritos que podían inclinar a los jefes a retirar el estigma, aunque siempre quedaba un resabio útil para chantajear a la víctima. La otra forma de acabar con esa condición era la muerte.
Los “discrepantes”, con el paso del tiempo y si sus superiores lo disponían, podían ser mencionados de una manera muy particular. En sus legajos se incluía una referencia bíblica que los identificaba con la maldición de Caín, el fratricida: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! —decía la cita—, la sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano, rechazará tu mano”. Cuando un jefe leía esa cita sobre un subordinado, sabía cómo entretenerse con el desgraciado. Aunque eran muy pocos los mandones con acceso a los legajos ocultos de los condenados. En el caso de López Teghi, “Pérez y Pérez” se ocupó meticulosamente de impedir que accediera a ese conocimiento. Le alteraba la química que un burócrata de planillas pudiera desnudar los atributos de un personal que él mismo había seleccionado para algún procedimiento simple o espectacular.
El ocultamiento no era difícil. La Agencia, en su expansión, construyó tantos escondrijos, tantos meandros, que en ellos podían extraviarse personas de las que nunca más se tendría noticia, ni siquiera por accidente, y por las que era absolutamente inapropiado preguntar. Un expediente, un legajo, una persona resultaban apenas como una hoja reseca en una tormenta turbulenta. Así de frágil era la vida de algunos de sus miembros.
El muchacho no tenía modo de conocer que su verdadera condición había sido debidamente notariada. Por entonces, se limitaba a lidiar con sus corazonadas, con el asalto repentino de esos presagios que derivaban en una persistente desconfianza.
La desconfianza, en su caso, surgía tanto por temor como por convicción. Desconfianza, temor y convicción se potenciaban mutuamente: cuanto más temía, más desconfiaba y más se convencía; y cuanto más se convencía, más temía y más desconfiaba. Un sentimiento era atajo del otro. Para su desgracia, desconfianza, temor y convicción se extendían como un aceite a todos sus actos y sentimientos. Así llegaba al desasosiego.
Por el camino del estoicismo —al que mucho contribuyó López Huidobro con su pésimo trato— atemperó esos estados de zozobra. Se hizo estoico en el verdadero sentido. Su serenidad se convirtió en su personal salvoconducto.
Controlar las emociones —envolverlas en una fina trama de indiferencia— le prometía la tranquilidad de no dejarse arrastrar por un impulso repentino, por un desborde emocional. Y, dada su misión, cultivar esa capacidad era crucial. Sabía que, si alguna vez permitía que un arrebato, una irreflexión, una emoción violenta guiara sus acciones, ese día se cargaría de una desgracia que nunca olvidaría. Por detrás del arrebato siempre se emboscan la soberbia y el engreimiento. Y ya se sabe: Dios detesta a los soberbios y no bendice a los engreídos.
Por ello cifraba expectativas de que, en algún momento de la evolución de su carácter, la paciencia fuera lo suficientemente poderosa como para aherrojar desconfianzas y premoniciones, angustias y desasosiegos, y poder desarrollarse en plenitud para las tareas que le habían sido encomendadas. Quizás llegaría el momento en que, con otras condiciones —no las que le imponía su despótico jefe—, pudiera manifestar sus capacidades y forjarse un porvenir mejor, ser útil a la causa que lo desvelaba y escalar hasta las más altas posiciones. Aún no lo sabía, pero una de sus últimas acciones lo elevaría más allá de la condición que impone el martirologio. El heroísmo, escalando por encima del temor, salvaría un asunto vital de manera extraordinaria.
Malograba también su personalidad un exceso de peso no muy pronunciado, pero que él exageraba desproporcionadamente. Ese exceso le propiciaba un sentimiento de discapacidad que padecía desde niño y que lo menospreciaba, moviéndolo a una risita patética. Nunca pudo eliminar por completo ese estado de ánimo.
Frente al espejo de su habitación —uno de casi dos metros de alto, herencia de sus bisabuelos— observaba con desmedida penuria ciertas adiposidades que se arrepollaban levemente en su vientre, entre las piernas, a la altura de las tetillas y bajo los brazos. Era una celulitis heredada de la pubertad y que ningún cosmético había logrado corregir.
La papada, sin embargo, era poco voluminosa, casi insignificante, y eso lo reconfortaba. No era mal parecido, y menos un obeso como él se consideraba exagerando su condición. No pocas mujeres de la Agencia habían intentado atraerlo, aunque más no fuera para pasar un buen rato una noche cualquiera. Seducir a un recién llegado o a un empleado de baja condición era un juego difundido y aceptado en la Agencia. La capacidad amatoria de los nuevos e inexpertos aún no se hallaba amordazada por prevenciones y prejuicios regulados por expectativas de ascensos y recomendaciones. Por eso era más natural y satisfactoria.
Quien más se acaramelaba cuando lo veía era Bibi, la recepcionista, que nunca disimulaba su atracción hacia el muchacho y que, cuando se presentaba la oportunidad, trataba de rozarlo con alguna parte de su cuerpo para sentir su humedad, su calor, sus formas masculinas.
Ese menosprecio que sentía por sí mismo se filtraba en su carácter, aunque no lo percibiera con claridad. Se acentuaba frente a sus camaradas de tareas: atléticos, seguros, indiferentes, que tomaban como agua bendita la orden que se les encomendara, fuera un asesinato, una sesión de torturas o cualquier otra acción violenta que exigiera un aceptable estado físico. Sabía que no estaba allí por la acertada combinación de músculo y nervio que compone una morfología hábil para la violencia directa, sino porque su mente y su figura se asistían mutuamente para dar el aspecto de un intrascendente burócrata estatal, diestro en el conocimiento y manejo de los vericuetos administrativos. Sapiencias y habilidades sin las cuales la burocracia estatal se vuelve insoportable.
Podestá captaba las perturbaciones en el carácter de su asistente. Lo detestaba sin matices: no era un subalterno que él hubiera escogido, y desde el inicio de la relación le demostró su desprecio. “Pérez y Pérez”, superior inmediato del “Vasco”, lo había designado sin consultarlo, cuando el veterano coronel transitaba una licencia impuesta tras el estruendoso fracaso de la operación “La Reliquia”, en el norte.
Su burla se dirigía a la poca significativa gordura del subordinado. Pero, a medida que incursionaba en el hostigamiento, Podestá captó ese estado de paranoia que al muchacho le resultaba muy difícil controlar. Cuando tuvo certeza del desequilibrio al que lo sometía, multiplicó sus burlas de manera geométrica. Lo acosó inmisericorde, como le gustaba acosar. Igual que en una extendida sesión de tortura.
El joven sentía una profunda aversión por su tiránico jefe. Le deseó la muerte en más de una oportunidad. Pero estaba seguro de que sus deseos no tenían nada que ver con la certidumbre de su corazonada ni con la posibilidad de que se cumpliera y aquel maniático coronel deviniera en cadáver.
Desde la mañana del primer día en que se le representó la sospecha de que su jefe estaba muerto, la sensación se le hizo cada vez más fuerte. Hasta pudo suponer el perfume nauseabundo de la carne putrefacta. Y, extraño, lo sintió refrescante. Gélido y estimulante. Atribuyó a su odio esa emoción de conformidad.
Al segundo día de su premonición encaró distendido sus obligaciones. Reconoció que ese era un estado que hasta entonces no había tenido oportunidad de disfrutar. Solo, en su pequeño despacho, sentado a su modesto escritorio, se tomó la cara con ambas manos y las deslizó lentamente desde la frente hasta la barbilla, adivinando el tacto pringoso de las llagas pútridas de los tejidos muertos. La caricia le transmitió una sensual alucinación desconocida. En la lengua, un almizcle graso fermentado empalagaba sus papilas, que anticipándose a la podredumbre imaginada enviaban señales de repugnancia a su cerebro. Disfrutaba, sin embargo, ese futuro sabor de la carne muerta de aquel mandamás desgraciado.
Tuvo esa franca sensación de regocijo cuando pudo representarse la imagen del finado acosador cociéndose en alguno de los estadios del infierno. Trató en vano de deshacerse de esa figuración, temiendo que sus superiores lograran extraerla de sus fantasías y lo vincularan a la muerte de López Huidobro. Pensaba que eso hubiese sido calamitoso.
Llegó el tercer día desde su corazonada. La ausencia del jefe lo relajó aún más y trabajó animoso, sorprendiendo a sus pares con esa manifestación de bienestar que les era desconocida. Ya no se trataba de un modesto regocijo, una mesurada alegría como la que se tiene al recibir un regalo sencillo pero querible.
A medida que las horas transcurrían, ese estado placentero, de franca conformidad, se fue acentuando hasta adquirir hondura. Era un sentimiento robusto, vigoroso, que lo ruborizaba repentinamente, abrazándolo con un calor desconocido. No podía explicar por qué la posible muerte del mandón perverso y drogadicto —un vicio que detestaba pero que comprendía que su jefe padeciera— podía devenir en tal condición satisfactoria. ¿Sería, al final, la muerte de su jefe el elixir, el néctar de la felicidad que nunca había disfrutado y que ahora lo embriagaba avasalladoramente?
Podía sentir el ekstasis, como lo definían los griegos. Vivenciaba una actitud de contemplación extraordinaria, en la que el vuelo del alma liberada del cuerpo —con sus efectos euforizantes e incluso alucinógenos— lo transportaba a una desconocida condición placentera.
En oportunidad de cumplir una diligencia, mientras caminaba por un pasillo de una oficina a otra para depositar en un oscuro escritorio unas fotocopias, exclamó sin razón:
—¡Excelente!
Ante la sorpresa risueña de sus compañeros de trabajo, uno le preguntó:
—¿Excelente? ¿Excelente qué?
—Mi vida —dijo, tratando de pasar por distraído—, mi vida es excelente. Nadie lo creía, teniendo por jefe a Podestá.
Recién en la mañana del quinto día de la ausencia del coronel, un superior lo mandó a llamar para interrogarlo acerca de la desaparición de su jefe. Cuando le preguntaron por la ausencia, se encogió de hombros y dijo no saber a qué se debía. Explicó que el coronel López Huidobro nunca lo informaba de sus decisiones ni actividades. El superior, moviendo delicadamente la cabeza en gesto afirmativo, solo dijo:
—Comprendo.
El “Vasco” solía ausentarse sin aviso. Una mala costumbre, pero habitual en él, conocida por sus camaradas y padecida por su jefe. Fuera porque estaba abocado a alguna tarea, o porque consideraba que su rango lo eximía de ciertos ritos burocráticos, dejaba de concurrir a su despacho a veces hasta por una semana. Por ello su faltazo no generó preocupación.
De todos modos, el superior le ordenó que fuera en comisión al domicilio de su jefe y verificara si había algún motivo razonable para alarmarse. Lo que lo inquietaba —o al menos eso decía— no era la ausencia, sino el silencio: no respondía a los llamados a su celular ni a su nextel. Ausentarse podía considerarse esperable; no responder a ningún llamado, no.
El joven dudó, llevado por su natural desconfianza. Cuando el superior le encargó concurrir al domicilio particular de su jefe directo, temeroso repreguntó si había entendido correctamente la orden y era él, en persona, quien debía cumplir el mandado. La respuesta fue categórica:
—Sí, en efecto. Quiero que usted se ocupe de este asunto porque es quien trabaja con el coronel.
—Entendido, señor. Aunque yo no soy su colaborador directo ni menos apreciado por el coronel. Apenas soy un administrativo destinado a su área. Lo ayudo con el papeleo, que aborrece.
—Lo sé, muchacho. Yo lo designé para esa sacrificada tarea. No me interesa su actual función con el “Vasco”; eso para mí no tiene relevancia. Solo quiero que usted haga la diligencia que le ordeno. Sé de sus posibilidades y confío en ellas.
—Como usted disponga, señor —obedeció, confundido—. Si ya no necesita de mi presencia —agregó respetuoso—, me retiro para cumplir con su encargo.
—Vaya nomás —respondió el funcionario, despidiéndolo con un leve movimiento de su mano derecha—Avíseme si tiene alguna novedad.
Fue lo último que escuchó al abandonar el despacho. No pocos jefes reprocharon a “Pérez y Pérez” haber encomendado esa tarea a un supernumerario del escalafón más bajo de la Agencia. Era una faena para alguien de rango superior. Pero él ignoró los reproches: tenía fundadas razones para darle a ese muchacho un asunto tan trascendente.
Acompañado por un PCI de fornida contextura, se dispuso a cumplir la orden. Conocía el domicilio de su jefe: en alguna oportunidad lo había convocado allí para redactar largos y tediosos informes que Podestá detestaba realizar.
El asistente sabía que su jefe podía usar distintos apartamentos o casas, según la tarea en la que estuviera comprometido. Hubo una época en que no pasaba dos noches en la misma vivienda. La que ahora se dirigían era aquella en la que se alojaba cuando consagraba sus días a las intrascendencias burocráticas de la administración pública. Hombre de acción, sentía una profunda repulsa por los intríngulis burocráticos a los que otros, muchos de sus pares, eran adeptos o —como él decía— adictos.
La mañana se presentaba agradable. El sol calentaba con suavidad y una brisa delicada acariciaba desde el río hacia el oeste. Las hojas se amontonaban, arremolinándose, y esparcían crujientes tornasoles ocres que aún conservaban cierto verdor del pasado verano.
Bajaron por las escaleras buscando el subterráneo. El olor bajo tierra se cargaba de humores distintos a los que la brisa arrastraba desde los bordes de la orilla del río, moldeados por la marejada que replicaba incesante en labradas olas. A esa hora de la mañana el pasaje era poco numeroso, en su mayoría jubilados que viajaban gratis. Muchos iban y venían sin mayores propósitos que aprovechar el beneficio.
Llegaron a la entrada del edificio luego de un breve viaje. Era una construcción de seis pisos, algo antigua, con dos alas: la “A”, al frente, y la “B”, al contrafrente, en el corazón del barrio de Once, a una cuadra de Pueyrredón y cerca de la plaza Miserere, por donde los ingleses pasaron victoriosos rumbo a la Plaza de la Victoria, hacia su muerte a cuchilladas y disparos de mosquete.
Antes de llamar a la casa de su jefe, convocaron al encargado. Era personal de Inteligencia y tenía a su cargo el control del edificio y el cuidado de sus moradores. Algunos de ellos en actividad, como Podestá, y algún retirado del servicio, aunque en esos tiempos ninguno habitaba allí.
El encargado, de nombre Silverio, era un hombre hercúleo, casi de dos metros de altura, cabeza cuadrada, calvo, con algo de cabello entrecano sobre los parietales, cortado al ras. Su cuello grueso guardaba proporción con la cabeza, que parecía disminuida ante la contextura del cogote apoyado en la amplia espalda franqueada por dos hombros robustos. Su tórax impresionaba por el volumen, tanto de frente como de costado. Se apoyaba en dos piernas gruesas que terminaban en enormes pies calzados con zapatones de seguridad, tan grandes como lustrosos.
El gigantón infundía temor por su tamaño, pero su trato con los vecinos siempre fue cordial y hasta afectuoso. Mostraba una cuidada dedicación para solucionar cualquier problema que se presentara en los apartamentos. “Pérez y Pérez”, bajo cuyo mando brindaba sus servicios, lo tenía en muy alto concepto. Era de esos abnegados hombres que poblaban los batallones de los “obedientes”, con los que siempre se podía contar. A su vocación de servicio agregaba una discreción a toda prueba.
Cuando lo interrogaron sobre la ausencia del oficial, se sorprendió. Dijo que hacía algunos días que no lo veía y por ello daba por sentado que estaría trabajando en alguna comisión. Sus ausencias no eran extrañas.
Los tres hombres fueron hasta el apartamento y timbraron con insistencia, sin recibir respuesta. El encargado les aseguró que tenía una llave maestra con la que podía acceder a todos los departamentos. El muchacho rechazó la oferta: su orden no era entrar, sino comprobar si el coronel se hallaba o no en la casa.
Recomendaron al gigantón prestar atención a cualquier movimiento que sugiriera el regreso del coronel o, por el contrario, la presencia de otra persona intentando ingresar al domicilio.
Volvieron a la base. Al llegar, el joven asistente se dirigió de inmediato al jefe que le había encargado la comisión. Este lo recibió sin hacerlo esperar. Demostraba cierta preocupación por la ausencia del “Vasco”, como con confianza llamaba a López Huidobro.
—¡Sorpréndame con buenas noticias! —le dijo, mirándolo fijamente.
—Lamento decepcionarlo, señor, pero el coronel no respondió a nuestro llamado. El encargado nos dijo que hace varios días que no lo ve; cree que deben ser tres o cuatro desde la última vez. Tiene una llave con la que podríamos ingresar a la vivienda, si usted lo autoriza.
—Qué curioso, che… ¡Qué sensación extraña me provoca este asunto! —exclamó el superior, mordiendo con insistencia su labio superior—. ¿A usted no le pasa?
El muchacho sintió un largo escalofrío que nació en la punta del dedo gordo de su pie derecho y ascendió hasta su cerebelo, que se retorció como electrificado.
—No, señor. Para nada —mintió, controlando una catarata de sincinesias que amenazaba con dejar al descubierto su mentira.
El jefe, luego de frotarse con intensidad la cabeza con ambas manos, reclamó por intercomunicador la presencia de un colaborador suyo, al que ordenó disponer un grupo de penetración para ingresar al domicilio del camarada ausente.
—El grupo está bajo sus órdenes —indicó al asistente, sorprendido por el encargo y la responsabilidad que le endosaban—. Está autorizado a ingresar al departamento. Ya emito la orden. Vaya tranquilo.
Se despidió del superior no sin angustias. Luchaba por ordenar sus pensamientos. Por un lado, su estado de perenne desconfianza lo mal disponía con ese jefe, a quien no atribuía nada promisorio al comprometerlo en las averiguaciones sobre la extraña ausencia de su repulsivo coronel. Si este aparecía tan repentino como había desaparecido, ya imaginaba la riestra de verdugueadas y malos tratos a los que lo sometería por atreverse a cumplir la orden de otro superior. Y de nada valdría justificarse en que la intromisión había sido ordenada por ese jefe de trato melifluo.
Por otro lado, necesitaba disimular el estado de satisfacción, de beneplácito reconfortante, que le producía el convencimiento absoluto de que todo lo que hallarían en el recoleto departamento de Once sería el cadáver de su jefe, descomponiéndose. Ese estado se complementaba con cierta comodidad que le transmitía el superior, quien parecía mejor dispuesto a tratarlo, sin los atropellos a los que lo tenía acostumbrado el otro.
Se trasladaron en una combi negra, pasado el mediodía. En pocos minutos estuvieron en el edificio del barrio de Once.
Balvanera era, de algún modo, el hábitat del coronel Arancibia López Huidobro. Se consideraba, con regocijo, un testigo privilegiado de esa fenomenología propia de la gran urbe en que se había transformado Buenos Aires —al impulso de la emigración interior y de contingentes de extranjeros empobrecidos en busca de algún porvenir—, como si fuera un sociólogo dedicado a develar el misterioso funcionamiento de una sociedad en franca decadencia, abigarrada y expoliadora.
Entendía su barrio como un ecosistema encapsulado que brindaba a las especies que lo poblaban decisivas ventajas adaptativas: no cualquiera sobrevivía a su fárrago.
En tertulias con amigos o camaradas —pocas, pero alguna vez ocurridas en su apartamento— definía ese ecosistema urbano como esencialmente antinatural, formado por un conjunto de “suborganismos” que fingían estar vivos en un medio físico corrupto, donde se relacionaban y reproducían. Y agregaba, circunspecto hasta el punto de no distinguir cuánto de burla y cuánto de cínica reflexión había en sus palabras, que ese hábitat estaba en simbiosis con una particular biósfera integrada por tres elementos simples que interactuaban como una pervertida trinidad en estado de putrefacción: la calle y sus subterfugios; el basural y sus despojos, con los que saciaban sus hambres consuetudinarias legiones de desposeídos; y los subterráneos, refugios húmedos y roñosos donde se esperaba descansar soportando algún modo de estupro, más o menos violento, en cuerpo y alma. Todos “ejercicios del inframundo citadino”, sostenía pedagógico el “Vasco”, que infectaban los demás estratos sociales hasta amalgamarlos en una sola formación intrascendente. Una especie de “prole”, como publicara Orwell en 1949.
Después de la crisis del 2001 —aquella por la que Podestá repetía reflexivo “nos salvamos cagando”— las penurias se multiplicaron y la degradación en las condiciones de vida y de trabajo se impuso con soberanía intransigente. La plusvalía se extraía, a pesar de la bancarrota, de cuerpos estrujados hasta despojarlos de todo fluido vital, junto a una legión de desocupados vitalicios que apenas se sostenían en combatientes piquetes por calles y rutas de toda la geografía nacional.
Aquel viejo ejército de hambrientos desocupados transitorios, que rotaban en ciclos históricos entre explotación inescrupulosa y condena al desempleo, había sido reemplazado en medio de los zafarranchos de una economía en quiebra por una legión permanente de desamparados. Generaciones que dieron frutos en la producción fueron desalojadas de la vida laboriosa y sucedidas por otras que ya no conocerían un trabajo siquiera modesto. Esos despojados se multiplicaron, y su irrupción cotidiana en la vida de la capital y del conurbano, así como en todas las geografías del país, se explicaba con un ridículo sonsonete repetido hasta el hartazgo: “esta gente perdió la cultura del trabajo, no quieren trabajar. Quieren subsidios. ¡Vagos de mierda!”.
Muchos de los expulsados del orden laboral devinieron en sistémicos cartoneros. Un prodigioso albur de Buenos Aires.
En Balvanera, barrio de negocios amontonados cuadra a cuadra, los cartoneros aparecían de a decenas entre los crepúsculos de la tarde-noche para recoger en enormes bolsas de arpillera plástica los cartones diseminados por toda la zona. Bajaban de grandes camiones con sus carros, que tiraban durante largas horas hasta completar una carga que arrimara, con suerte, para el puchero diario.
En la Plaza Miserere, hacia el centro, un tanto alejadas de las bocas de ingreso al subte “A”, voluptuosas prostitutas dominicanas recortaban sus figuras contra el gris poroso de la tumba de Rivadavia —que todos los transeúntes ignoraban indiferentes— y ofrecían servicios sexuales, drogas blandas y duras (las había del tipo y cantidad que se deseara) a quienes se acercaban disimulando la conversación.
A metros del comercio regenteado por la policía a través de los capos de la trata de mujeres para la esclavitud sexual, se sucedían entreveros mafiosos de todo tipo: travestis contra rameras; dealers dominicanos contra dealers peruanos; cruzadas religiosas de dudosos evangelistas verborrágicos contra ateos prácticos o teóricos, a los que los pastores condenaban a todo tipo de infiernos mientras ofrecían a los desesperanzados espectadores no solo el cielo, sino todas sus bienaventuranzas, si permitían que a sus escépticos corazones ingresara Jesús por una módica limosna para la causa evangelizadora.
Como abstraídos del paisaje porteño, quizás remontados a la lejana tierra africana, negros keniatas vendían baratijas y dialogaban en un extraño lenguaje; y una sudorosa masa trabajadora iba y venía por el Sarmiento, indiferente a ese mundillo vigilado con ojo atento por los federales, que regenteaban la zona liberándola a su gusto.
Era el barrio de la matanza de Cromañón, con su Santuario en Mitre entre Ecuador y Jean Jaurès, donde todavía se distinguía la fantasmal imagen de decenas de cuerpos alineados en paralelo, mientras unos niños entraban y salían rescatando moribundos tiznados por un humo venenoso que jefes políticos, funcionarios y empresarios inescrupulosos exhalaban distendidos, comprobando la eficacia de aquel novedoso sistema de exterminio.
Era esa “fauna sin prodigios” —como la llamaba en sus sesudas tertulias— la que seducía a López Huidobro por razones que nadie conoció con acierto, aunque nunca se permitía con esos seres ni el más mínimo roce, porque detestaba de modo visceral a “esos negros de mierda”. Y si alguien objetaba su acendrado racismo, se recostaba en el propio General Belgrano, quien no se privó en su correspondencia de describir a negros y mulatos como una canalla sanguinaria y cobarde, imposible de disciplinar, siempre dispuesta a refugiarse en murallas de carne ajena.
Estacionaron la combi frente al edificio, sobre una calle que desembocaba en la avenida, fastidiando el tránsito de esa arteria siempre atiborrada. Los automovilistas —especialmente los taxistas, conocedores de todas las criaturas ciudadanas— se guardaron su rosario de insultos, los que suelen vomitar iracundos ante el menor embotellamiento que los retrasa de sus destinos.
Antes de descender de la furgoneta, el novato ascendido vertiginosamente a jefe de grupo sugirió al equipo que esperara hasta que contactara al encargado. El ejercicio de la paciencia lo había dotado de una persuasiva prudencia. Por primera vez podía ejercer ambas virtudes sin la amonestación insultante del jefe por el que estaban allí. A la par de que la satisfacción por el muerto no se desvanecía, sus temores y desconfianzas se acomodaban de una manera inédita y significativa. “La comodidad es la muerte de todo porvenir”, le había dicho “Pérez y Pérez” como al pasar, en cierta oportunidad, mientras sonaban iracundas las campanadas del WhatsApp de López Teghi con sus maniáticos mensajes.
Llamó por el comunicador al hombrón, quien, ante la sola mención de su presencia, salió al encuentro de los visitantes dispuesto a colaborar en lo que se le indicara. Apenas un breve intercambio de comentarios precedió a la entrega de la llave maestra. Por indicación del muchacho, esperó en el vestíbulo de entrada para atender cualquier inquietud de los vecinos.
Con un gesto de la mano convocó al grupo, que descendió del vehículo sin disimular su apremio. Al ingresar al hall del edificio, observaron con cierta aprensión las dimensiones ciclópeas del encargado.
Los transeúntes no podían sustraerse de su sorpresa por el aspecto y las formas en que actuaba ese grupo de hombres. Un comedido llamó al 911. Un patrullero de la policía se acercó hasta la combi y, tras un breve intercambio de palabras con el chofer, se marchó sin mayores preocupaciones en dirección a Pueyrredón.
El departamento de López Huidobro se hallaba en el primer piso del edificio. Subieron por la escalera. Los mármoles de Carrara de sus escalones, algo gastados por el uso, brillaban lustrosos y se coloreaban de marrones veteados según la luz del día que se filtraba por los ventiluz, repetidos de a dos por piso.
Los cuatro hombres —tres del grupo de penetración y el asistente devenido en jefe— ascendieron con largos pasos, saltando de a dos y tres escalones. Un apuro nervioso empujaba el ascenso. Pasaron por delante de la puerta de servicio, que franqueaba la entrada a una habitación para la servidumbre, la cual requisarían al final de la inspección.
El departamento se identificaba con la letra B: una primorosa grafía forjada en bronce bruñido descansaba sobre el dintel de la puerta, justo al centro, respetando una equilibrada simetría. La puerta, enchapada en fina madera, era de esas ofrecidas como de máxima seguridad. El “Vasco” tenía una obsesión con la calidad de su puerta. Aunque nadie se lo preguntara, explicaba en cada oportunidad que se trataba de una estructura fabricada totalmente en acero de más de dos centímetros de espesor. “¡Dos centímetros!”, exclamaba, seducido por la corpulencia de las chapas aceradas. Luego describía las columnas internas de acero estructural anticríquet, que equiparaba en su relato alucinatorio con las monumentales columnas dóricas, como si pudieran compararse con esa arquitectura grácil y robusta que encontró en el Partenón su consagración.
La cerradura “mul-ti-an-cla-je” —silabeaba en estado de éxtasis— con “cilindro y llaves computarizadas con sistema de cierre en cuatro puntos”, era poco menos que equiparable a las que garantizaron durante años el moribundo perdurar de los condenados en la cárcel de la Avenida Caseros. Y agregaba, como quien describe paisajes paradisíacos, que la unidad “venía provista de un visor 180º del tipo gran angular o telescópico”, subrayando la palabra “telescópico” con un gesto de vasta amplitud, como una reverencia desmedida.
Del relleno interior hablaba como quien se refiere al calor intrauterino que el feto disfruta durante la gestación: “malla de acero y lana volcánica, la mejor”, la que le garantizaba una aislación termoacústica inigualable. Y eso, para el coronel, era un suceso extraordinario, dado que le permitía leer o disfrutar la segunda sinfonía de Mahler sin la interferencia de los molestos ruidos de vecinos yendo y viniendo.
Antes de abrir la puerta blindada con la llave maestra entregada por el encargado, volvieron a timbrear reiteradas veces. No hubo respuesta. No había margen para incumplir el procedimiento ordenado. Abrieron con sigilo y observaron primero por una rendija y luego por una abertura mayor el interior inmediato a la entrada: un pequeño recibidor en el que se apreciaba, a la derecha, una mesa de patas altas adornadas con labrados refinados e incrustaciones en bronce, sobre la que descansaba una fina lámpara de alpaca bajo una delicada pantalla color marfil, confeccionada con membrana de piel de cabra.
No se escuchaba ningún sonido, ni se apreciaba luz alguna. El joven ascendido repentinamente a jefe, primero en ingresar, descifró en el ambiente un perfume extraño, que contradecía el que lo había halagado desde que recibiera el augur de la muerte del pervertido. Ese olor distinto al presentido, yermo de fragancias, frío, indiferente, no tenía nada en común con el aroma pútrido que había sospechado como estímulo de sus sentidos durante los últimos cinco días. Por un instante, se enfureció contra ese presentimiento que lo había espoleado jubiloso casi una semana.
Ingresaron en fila, uno detrás del otro, dos con la mano sobre el arma en la cintura, los cuatro sigilosos. No alteraron el prolijo silencio que gobernaba la casa. No dialogaron y se mantuvieron en completo silencio, atentos, expectantes, nerviosos.
Al pequeño recibidor le seguía un amplio living, conectado con la cocina por una puerta. Desde allí la observaron limpia, ordenada y apenas iluminada por un ventanal alto que filtraba las luces del cielo porteño. Ninguno de los enseres estaba fuera de lugar.
Avanzaron por el living-comedor. Una larga mesa de algarrobo, complementada con seis sillas de la misma madera, ocupaba la mitad del ambiente. Dispuesta a la salida de la cocina, su ubicación sugería una continuidad adecuada para atender a los comensales reunidos.
A un lado de la mesa, hacia el patio interior del edificio al que daban los ventanales de ambos cuerpos, sobre un estante amurado a la pared, un amplio macetero rebosaba de hojas y tallos de un potus jaspeado. Las hojas, en tonos verdes oscuros y claros, lucían sanas y brillosas, cuidadas con sutil esmero.
Un cómodo sillón individual estaba frente a un televisor LED de 40 pulgadas, sostenido a media altura por un soporte robusto. A la derecha del televisor, formando un ángulo de noventa grados, dos sofás cama se disponían para alojar eventuales visitas. Una lámpara muy antigua completaba el mobiliario.
Dejando atrás el living-comedor, los hombres del grupo de penetración pudieron apreciar tres ambientes y un amplio baño que daban a un pequeño descanso.
El baño era espacioso, azulejado con baldosas verdes de diseño antiguo, cuya pátina negra resaltaba vivamente. Los artefactos, también antiguos, lucían sanos y limpios. Todas las canillas eran de bronce lustroso y exhibían alrededor pequeños detalles en venecita que dibujaban un bordado delicado. Una moderna bañera con hidromasaje completaba los accesorios.
De frente al baño, la habitación más próxima a la entrada del descanso, hacia la derecha, estaba vacía. Miraron sin detenimiento: no había muebles ni objetos sobre el piso alfombrado.
La habitación del coronel estaba a la izquierda; amoblada con sencillez, pero con gusto refinado. Los muebles antiguos se notaban cuidados con solicitud. Apenas iluminada por la luz que llegaba desde otro patio interior, la estancia se ofrecía ordenada y serena. Los hombres la observaron desde el arco de la puerta, sin atreverse a entrar.
A simple vista, no había desorden. Todo estaba cuidado en el detalle: la lisura del cubrecama verde, la redondez de las almohadas en la cabecera de la amplia cama antigua, que seguramente había pertenecido a sus padres.
A la derecha de la cama, vista de frente, un corbatero antiguo dejaba caer delicadamente varias corbatas, todas dispuestas prolijamente a la misma altura. A la izquierda, un guardarropa de caoba americana estiraba sus brillos rojizos por todo el perímetro de la habitación. A ambos lados de la cama matrimonial, dos pequeñas alfombras con dibujos que mezclaban tonos rojos y dorados en una refinada filigrana árabe. Sobre una de ellas, un par de pantuflas rojas con borde dorado, dispuestas una junto a la otra, parecían esperar a su dueño.
El joven ascendido a circunstancial jefe observó con detalle el guardarropa. Hizo un gesto al grupo, indicando detenerse y esperar. Llamó por su nextel al superior de quien dependía ese allanamiento.
—Lo consulto para que considere si me autoriza a revisar el ropero de la habitación del coronel —preguntó sin rodeos, esperando una respuesta afirmativa.
—¿Está cerrado con llave? —inquirió el superior, buscando precisiones.
—No lo sé, señor. Puedo comprobarlo.
—Si su jefe no le echó llave, mire y no revise. Si tiene llave, déjelo para el final y veremos qué decidimos. No se apresure.
El muchacho ingresó a la habitación con paso esquivo, lento, observando los detalles casi invisibles que revelaban el buen gusto de quien hasta esos días lo atormentaba con sus escarnios. Las puertas del ropero mostraban un elaborado trabajo de ebanistería: flores, violetas y rosas de estilo rococó, reproducidas con arte singular.
El joven las acarició con delicadeza, como quien trata de comprobar si son flores reales o madera trabajada con maestría artesanal. Jaló de la pequeña manija de bronce de la puerta izquierda. Cedió sin mayor esfuerzo. Abrió apenas, para cerciorarse de si un cuerpo pudiera estar almacenado en el estrecho espacio del ala izquierda del refinado mueble. Lo sorprendió el vestuario femenino que colgaba de lustrosas perchas de madera. Pensó en una amante de su jefe ausente.
Algunas cajas redondas, apiladas con prolijidad, se dejaban ver junto a otras que guardaban zapatos de mujer, atadas con elaborados moños azules. Tampoco un cadáver esperaba silente en el reducido espacio del mueble.
La otra puerta del armario cedió también sin esfuerzo. Una cajonera de cuatro cajones ocupaba la mayor parte del compartimento. Allí tampoco podía estar oculto un cadáver de las dimensiones del oficial desaparecido.
Informó al superior, con ligera satisfacción, que la habitación estaba despejada. Solo recibió como respuesta un lacónico:
—Entendido.
Enfrentada a la de López Huidobro, había otra habitación que oficiaba de estudio. El subordinado del coronel miró hacia adentro, sin sobrepasar el límite que sugería el arco de la puerta.
El escritorio reposaba bajo una ventana amplia, enmarcada por dos delicadas cortinas de seda salvaje teñidas al tono rojizo de los muebles. Se trataba de un antiguo mueble inglés de caoba, con dos cajones grandes a cada lado y dos pequeños al frente. Sus cuatro patas finamente torneadas lo erguían con gracia llamativa. La superficie de escribir, recubierta con cuero fino teñido en azul y decorada con orlas doradas, ofrecía un acabado delicado que invitaba a una lectura serena y reflexiva.
No había papeles sobre el escritorio. Apilados a la derecha, en primoroso orden, unos libros describían una especie de pirámide escalonada maya.
Frente al escritorio, un sillón hamaca cuyo asiento y respaldo estaban confeccionados con esterillado francés cosido a mano, pasante, medio punto. Una exquisitez difícil de conseguir incluso en muchos lugares dedicados a la venta de muebles de colección.
Cuatro bibliotecas robustas, también en caoba rojiza, acompañaban el despacho y le daban un marco solemne: dos a cada lado, atiborradas de libros. Se estiraban desde el cielorraso hasta el piso. Los textos sumaban varios centenares (cuando se hizo el inventario tras su muerte, se supo que eran más de tres mil volúmenes). Al retirar las pertenencias del coronel, que no tenía descendencia, quienes debieron ocuparse de la tarea comprobaron que los libros remitían a solo tres temas definidos: historia militar universal, historia argentina y filosofía.
Las dos bibliotecas a la izquierda del refinado escritorio inglés estaban dedicadas a la historia militar universal. Llamaba la atención una colección en distintos idiomas de El arte de la guerra, de Sun Tzu, obra que Podestá releía apasionadamente. Su dedicación al texto del estratega chino solo se comparaba con el estudio de Estrategia de la aproximación indirecta del oficial británico Basil Henry Liddell Hart y las Memorias del Mariscal Rommel, que el propio Liddell Hart había trabajado para una edición póstuma junto al hijo del suicidado general alemán.
Los libros estaban dispuestos por riguroso orden alfabético. En el anaquel superior, aquellos volúmenes de autores cuyos apellidos comenzaban con la letra “a”; les seguían los de la “b” y así, sucesivamente, manteniendo el orden convencional del alfabeto, de izquierda a derecha y de arriba abajo.
Hubo controversia acerca de si toda esa vasta colección había sido leída, aunque fuera en parte, por el coronel, o si solo se trataba de curiosos adornos propios de un excéntrico algo desquiciado, necesitado de mostrarse leído ante sus escasas amistades y numerosos pares. Sin embargo, contradiciendo a los escépticos, la inmensa mayoría de las ediciones mostraban anotaciones en sus márgenes, escritas con una diminuta y estilizada letra, con una pluma Parker de oro de la década del sesenta (un obsequio familiar), que había quedado apoyada en el extremo izquierdo del escritorio. López Huidobro, irónicamente, era zurdo.
En el centro de la habitación, un mueble de diseño original resguardaba otra vasta colección de CD de música clásica. Se trataba de un cubo cuyos módulos se rebatían y en cada cara centenares de grabaciones estaban delicadamente dispuestas y protegidas. Abundaban las sinfónicas, aunque las óperas clásicas no estaban presentes en menor número, y de ellas había diferentes versiones originales. El reproductor de CD descansaba en un mueble contiguo a las bibliotecas de la derecha del escritorio.
En todo el recorrido por la amplia casa, los hombres del grupo no encontraron ninguna señal que les permitiera inferir algo sobre los motivos de la ausencia del oficial. Ese olor pútrido que el asistente había festejado suponiendo penetrante por sus cornetes, y que la corazonada insistía en abrumar con sus perfumes, había sido desplazado por otro: gélido, inexpresivo, insípido.
Quedaba una sola habitación sin requisar. No por distracción, sino porque la habían dejado para el final. El joven consideró que no sería un lugar que su jefe pudiera usar ni siquiera esporádicamente. Más prejuicios que razones pospusieron esa pesquisa. Se trataba de la habitación de servicio.
Uno de los guardias, que representaba una versión moderna de aquellos diestros rastreadores del siglo XIX, cruzando el living-comedor y la cocina-comedor, se dirigió entonces —guiado por su olfato y por minúsculos detalles que para cualquier otro hubieran pasado inadvertidos— hasta el pequeño ambiente destinado al personal de servicio, al que correspondía un baño de poco más de un metro cuadrado, enfrentado a la modesta habitación, pasillo de por medio.
El atajo al que daban el baño y la habitación de servicio, embaldosado con cerámicos amarronados, llevaba a una puerta que conectaba con la escalera por la que habían ascendido, y por donde se podía salir sin molestar a los anfitriones que, en ese mismo instante, degustaban su comida en el living-comedor. Era una puerta robusta, de madera pintada con esmalte sintético blanco brillante, protegiéndola del agua que a veces se derramaba de un lavarropas apostado junto a un gran piletón azulejado en toda su superficie.
La habitación no estaba iluminada. El inquisidor insistió con el interruptor de luz, sin éxito. Reclamó una linterna, que el muchacho que oficiaba de jefe llevaba en uno de sus bolsillos. La había traído por comedido, rara vez le había resultado útil. Se trataba de una linterna militar, de luz brillante y potente.
El rastreador iluminó el camastro, acomodado y cubierto con un cubrecama de dibujos que reproducían un paisaje norteño. El estampado no conservaba la perfecta simetría que caracterizaba la prolijidad del resto del departamento. El ojo del baquiano se hizo agudo y escrutador en el detalle: esa asimetría lo estimuló en la búsqueda minuciosa.
Tras la cabecera de la cama, una lámpara de brazo extensible —del tipo que suele usarse en escritorios— estaba amurada a la pared y dirigida hacia el lecho. El hombre se abalanzó con apuro sobre ella y la encendió girando el interruptor en la parte superior. Devolvió la linterna, que el muchacho guardó sin dejar de atender a los movimientos de su camarada.
En el mismo sentido de la cabecera, un pequeño ropero de pino sin lustrar tenía sus dos puertas entreabiertas. Una de ellas mostraba palabras pirograbadas. El armario estaba vacío. La búsqueda dio el mismo resultado al abrir los tres cajones de la cajonera.
En el lado contrario, perpendicular a los pies de la cama y enfrentado al ropero, había una especie de bargueño de algo más de un metro de ancho, ochenta centímetros de profundidad y poco más de un metro de altura. Lustrado y adornado con bronces repujados, presentaba cuatro cajones falsos: dos superiores que ocupaban cada uno la mitad del ancho, y dos inferiores que abarcaban todo el frente. El pesquisante jaló de las manijas de bronce sin éxito.
El tablero superior, finamente trabajado, disimulaba con gracia su condición abatible. El hombre no pudo descubrir las bisagras que le daban movimiento. Deslizó la mano por la tapa y encontró, semioculta en el lateral derecho, una cerradura embutida con elegancia. Tuvo un gesto de satisfacción.
Ante el hallazgo, convocó al joven jefe para que decidiera si abrir o no el cofre que reposaba en la habitación de servicio. El muchacho, que aguardaba en la cocina-comedor, se aproximó y observó con detenimiento el mueble. Ordenó revisar detrás, pero incluso con la potente luz de la linterna no hallaron pista alguna.
—¿Seguro no se puede abrir? —preguntó reflexivo. —Está con llave. Podría romperlo, pero no creo que sea prudente. ¿Procedo? —respondió el otro, expectante.
—¡No! Por favor. Después quién lo aguanta. Voy a consultar. ¿No encuentra ningún cable? ¿Un enchufe? Este mueble es muy raro.
—No. No se nota ninguna conexión.
El joven se encogió de hombros, volvió al living-comedor y se comunicó por nextel con la base. La explicación fue breve.
—Ábralo, pero no lo rompa —fue la orden.
—Señor, usted sabe cómo se puede poner el coronel si aparece y descubre que nos metimos en su casa y revolvimos sus pertenencias.
—Sí, lo sé. No importa. Él es su jefe, pero yo soy el superior de ambos. Proceda como le ordené. Abra y cuide el mueble. Entre los hombres que puse a su servicio hay un experto en abrir cualquier cerrojo. Creo que se llama Pedro. Dele la indicación a él.
Se despidieron sin más comentarios.
El joven jefe preguntó quién era Pedro. El más joven, algo replegado, dijo tajante:
—Yo.
Se apersonó ante él.
—Abrí el mueble, por favor.
—Como quieras. Pero si pasa algo, yo a vos ni te conozco.
Un cabezazo de aprobación bastó como imperativo. Pedro extrajo de un modesto attache unas herramientas pequeñas y se dirigió al bargueño. Un instante después, se oyó con claridad el sonido del pestillo cediendo. Apenas el ruidito tintineó en el ambiente, se apartó para dar lugar a que sus compañeros levantaran la tapa y descubrieran el interior.
No fue sorpresa para el muchacho comprobar que dentro del mueble estaba a resguardo un freezer blanco, del tipo cajón. Lo había intuido al evaluar el volumen. El examen posterior revelaría que el cable y el enchufe estaban delicadamente disimulados: el primero pasaba por un ducto en la robusta pata trasera izquierda, y la toma eléctrica estaba empotrada en el piso, camuflada con el dibujo de las baldosas.
Cuando abrieron el congelador, se descifró una silueta humana que reposaba con la espalda apoyada contra el lateral izquierdo, las piernas algo recogidas y la cabeza baja, reclinada con suavidad hacia su propia entrepierna, como en oración.
Los cuatro hombres se apretujaron para observar la figura. Ninguno dudó que el hallazgo correspondiera al cadáver del jefe ausente. La corazonada se configuró victoriosa y lo dinamizó como si una inyección de vigor lo acelerara estimulante. Lo deletreó paladeando en esa clave Morse de la fatalidad: es-tá-muer-to.
López Huidobro estaba desnudo. Desde donde el muchacho apreciaba el cadáver congelado de su jefe, no se advertía a simple vista mayor violencia: no había sangre, golpe mortal ni disparo certero. La autopsia revelaría el modo de su muerte.
El cuerpo presentaba amarres en manos y piernas. Las manos, al frente, apoyadas en el bajo vientre como reposando, mostraban ligaduras con cinta de embalaje industrial, color gris, resistente, que las mantenía unidas con firmeza. El mismo tipo de amarra sujetaba los tobillos. Las piernas, algo recogidas, despuntaban hacia arriba con sus rodillas huesudas y lisas.
De la boca del occiso sobresalía un pequeño bulto, semejante a un rollito de apenas dos centímetros de ancho. Luego, al auscultar la boca del muerto, los forenses comprobarían que los asesinos se habían tomado el trabajo de unir cuatro tiras para confeccionar una serpentina siniestra: delicados recortes de un viejo libro cuyo origen llevaría tiempo descubrir.
El olor que surgió del freezer tras su apertura dio sentido a las sensaciones que habían confundido al muchacho al ingresar al departamento. No sabía si los demás podían olerlo, pero tanto en la pequeña habitación como en el resto del pulcro apartamento se insinuaba una esencia de cristales de agua, una mezcla morfínica de muerte y humedad cadaverizada: el olor de la congelación que postergaba la disolución de los tejidos.
El joven abandonó la habitación y se dirigió al living-comedor. Llamó al superior para transmitirle el hallazgo. Recibió la orden de permanecer en el lugar hasta que él mismo, acompañado por otros oficiales, se hiciera presente en el departamento. Poco tiempo después, la comitiva ingresó sin alterar el silencio que había gobernado la búsqueda y el hallazgo del cadáver.
Abajo, una cohorte de autos policiales bloqueaba la calle, y una decena de agentes acordonaban el lugar, impidiendo a los transeúntes transitar por ese tramo de la vereda.
Los vecinos del departamento B del primer piso empezaban a convulsionarse a medida que surgían con precisión las noticias de que su discreto vecino estaba muerto. ¿Muerte natural? ¿Asesinato con motivo de robo? ¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante, dado el estricto sistema de seguridad del edificio?
Tras la llegada de la delegación, y junto con la policía, ingresó un fiscal que actuaba bajo las órdenes de los jefes de Inteligencia. El hombre, medido en sus expresiones, acordó cómo se haría el retiro del cadáver e impuso el más estricto secreto de sumario. Los jefes reclamaban impedir filtraciones que pudieran conspirar contra el esclarecimiento de la muerte del camarada y funcionario destacado. Por encima de todo, no deseaban que detalles truculentos se difundieran socavando el prestigio de la Institución.
La muerte del alto oficial era un acontecimiento tan grave que podía conmover las estructuras de todo un sistema que sobrevivía en base a la discreción más absoluta y la insolente impunidad. Todo ello amenazaba quebrarse con la misteriosa desaparición de ese jefe confiable, dedicado a sus labores y convencido del destino manifiesto por el cual había dado su propia vida. Los mandos superiores presentes estaban abocados a acotar el daño e impedir que, por pura banalidad, se arrastrara al ridículo ese lamentable suceso. Pero “Pérez y Pérez”, el de máxima jerarquía, se mostraba sereno y nada sorprendido por el hallazgo. Su actitud no suscitaba sospechas: era un hombre experimentado, calculador y para nada apasionado.
La investigación debía seguir un curso discreto y seguro, sin escándalos. No deseaban que la vida del muerto se ventilara en los noticiosos, siempre dispuestos a carroñar en todo acontecimiento delictivo. Abominaban esos paneles de tarambanas dedicados a opinadores, capaces de decir las zonceras más insólitas, acompañados de la burda sonrisa del locutor de turno.
El muchacho bajó acompañando a su superior. Este, circunspecto, lo miró detenidamente mientras descendían por la escalera.
—Muchacho, no recuerdo tu nombre.
—Hasta hoy me llamaba “Gordo”, y de apellido “pelotudo”, sin mayúsculas.
—No seas rencoroso, pibe… Respetá al finado…
—Lo siento, señor, no tuve intenciones.
—Supongo. Entonces, ¿cómo te llamás?
—Diosdado.
—¿Diosdado? —repitió, buscando en sus recuerdos alguna referencia sobre el nombre.
—Sí, por el Papa Diosdado, siglo VII después de Cristo. El santoral en Roma refiere a un Papa que curó a un leproso con solo besarlo —respondió el joven con cierta tribulación—. Mis padres son muy católicos. Podría haber sido peor, porque el Papa se llamó Adeodato; de ahí deriva Diosdado.
—Ya lo creo que podría haber sido peor. ¿Así que el tipo besó a un leproso? No tenía ni idea de ese suceso. Cojudo el Papa ese. Aunque fuera Papa yo no besaría a un leproso. ¡Qué asqueroso! —dijo mientras se rascaba la cabeza con gesto de repugnancia—. Tu apellido no será Cabello, ¿no? —agregó entre risas.
—¡No señor! Para nada… Mi apellido es Arnold.
—¿Cómo el de Santa Cruz?
—Sí, pero no tenemos lazos familiares. Nosotros no venimos del sur, venimos del norte. Somos Arnold del norte.
—¿De Norteamérica?
—Sí, señor. Tatarabuelos, o algo así… parientes lejanos, muy lejanos. Vivieron en la época de la guerra de la independencia de Estados Unidos contra Inglaterra.
—Así que sos un chozno de Arnold. ¡Qué tal! —exclamó risueño. Aspiró profundamente y exhaló el aire en un suspiro—. Al difunto de tu jefe le gustaba el norte de América; al norte argentino lo despreciaba: negros e indios. Negros e indios —repitió, moviendo afirmativamente la cabeza—. “Negros de mierda”, “indios de mierda”… lengua ligera para adjetivar. Tanto joder, y al final su última operación se la cagaron unos “negros de mierda” y unos “indios de mierda”. ¡Qué joda!
El joven no dejaba de mirar al superior con asombro y hasta satisfacción, por el tono de recriminación que dejaban entrever sus palabras, cuando se burlaba de la idiosincrasia del “Vasco”.
—Eso sí, che: “Whisky, Sinatra, Scott Fitzgerald y Ronald Reagan”, lo repetía con energía, como si fuera un Padre Nuestro que lo fascinaba. Y “en ese orden”, apuntaba. Películas de Reagan… ¡Películas de Reagan! Para el cine, siempre tuvo un gusto de mierda, ¿no te parece? Por ahí lo mataron Morelli y Berruti, espantados de que alabase esas películas berretas de vaqueros presidenciables.
Diosdado se mantuvo en silencio. Sus comentarios hubieran sido procaces, algo inaceptable para la cadena de mandos. Acompañó al jefe hasta el auto.
—A usted, señor, ¿cómo debo llamarlo?
—Señor.
—¿Sólo “señor”?
—No. Señor “Pérez” —aclaró lacónico el superior.
—¿“Pérez”? Así, a secas, “Pérez” —preguntó el muchacho, cada vez más cómodo por el trato campechano que le propiciaba el ocasional jefe.
—Sí, podría ser “Pérez a secas”. Aunque en mi caso soy “Pérez y Pérez”. Berreta, pero de doble apellido. Dos veces “Pérez”, algo inaudito. “Pérez de mierda”, diría tu finado jefe. Pero con que me llames “Señor Pérez a secas”, está bien.
—Temí por un instante que se llamara Morelli y Berruti —bromeó Diosdado, tanteando en confianza al jefe que lucía distendido a pesar del macabro hallazgo.
—Pendejo: no tenés ni idea quiénes eran Morelli y Berruti. Debés pensar que son los que repartían escarapelas en la Plaza de Mayo. Mañana presentate en mi despacho. Ordené tu traslado. Ah… y dejá la formalidad de lado. Para trabajar conmigo, sé más espontáneo.
—Sí, señor. Hasta mañana —respondió sorprendido al conocer su nuevo destino.
El alboroto a su alrededor era total. Esperó unos minutos hasta que el cadáver de López Huidobro fue bajado en la camilla de la morguera, llevada por dos fornidos camilleros. La forma que había adquirido la bolsa negra de traslado era hasta ridícula: un enorme feto en posición lateral, porque el congelamiento aún persistía e impedía disponerlo de manera más natural. Los curiosos miraron con asombro el bulto.
Diosdado, chozno de un tal Arnold perdido en Norteamérica, ni reparó en la extraña escultura mortuoria que parecía su finado jefe. Subió a la misma combi en la que había llegado y se marchó con el grupo rumbo a su base. Mirando por la ventanilla el paisaje urbano, se preguntó curioso cuánto podrían haber aborrecido Morelli y Berruti una película de un tal Ronald Reagan.

***

IV – Una verdadera heroína 

En sus últimos días —tal vez semanas antes de su muerte— Podestá pasaba el tiempo insatisfecho. Comía mal, dormía poco, se privaba de placeres erotizantes. La retirada, un porvenir apenas de consultor, los vicios rutinarios, lo habían crispado hasta la exasperación y sumido en un desasosiego creciente. Solo cuando aceptó una nueva misión, por sugerencia de “Pérez y Pérez”, su superior inmediato, sintió algo de alivio. Lo singular de la estrategia le devolvió cierta pasión que parecía extinguida desde su regreso del norte.
Sin embargo, la última entrevista que sostuvieron los distanció definitivamente. “Pérez y Pérez” aborrecía las indisciplinas de su subalterno, y aún más porque se trataba de un alto oficial que, con su ejemplo, alentaba a la tropa a toda clase de insubordinaciones. En más de una oportunidad habría merecido ser incluido entre los “liquidables”. Solo su extraordinaria foja de servicios —en especial en los tiempos del general-presidente— lo salvó de aquella condena. Pero ahora pendía sobre su cabeza un rosario de bellas perlas negras, como un puñal inesperado, con su cruz sin Cristo. Ese sí era un asunto que desvelaba al jefe.
Muy a su pesar, Podestá estaba obligado a obedecer su licencia forzosa. A regañadientes lo hacía, pero lo hacía. Ni la promesa del bronce de los héroes disipaba su rencor contra ese gerente sibilino y calculador, capaz de extraer hasta la última gota de vida de sus subordinados en provecho de sus estratagemas.
Sabía que su jefe, además de sus funciones públicas, tenía a su cargo la purificación del sistema por mecanismos especiales que solo un puñado de burócratas conocía. Con razón temía haber sido incluido en la lista de los “caínes” —los liquidables del sistema de rango superior—, como se la conocía en ciertos ámbitos jerárquicos. Los “caínes” llevaban la marca de la condena en el rostro, aunque ellos no pudieran verla. Durante horas, Podestá se quedaba frente al bruñido espejo de su baño, tratando de percibir alguna anomalía en sus facciones que lo advirtiera de ese cambio. Lo insoportable era parecerse en algo al Caín que había asesinado en el norte. Esa posibilidad lo espantaba.
No había quedado del todo exento del fracaso de la operación “La Reliquia”, aunque su jefe diluyó sus responsabilidades hasta donde creyó necesario. La discusión a su retorno de aquella tropelía junto al río fue a los gritos, escuchados en toda la base. “Pérez y Pérez” le reprochaba su negativa a comunicarse con sus superiores, como se le había indicado por medio de mensajeros a los que trató de manera insultante. Esa comunicación habría evitado complicaciones innecesarias en el asunto de la muerte de algunos comprometidos en el fracaso. Podestá, a pesar de su rango, al desobedecer, redujo las órdenes de sus superiores a palabras insignificantes: una arbitrariedad intolerable en cualquier subordinado.
Pero ese no era ni por asomo el más trascendente de los enojos de “Pérez y Pérez”. Todavía padecía la sensación que tuvo cuando Reinafé lo recibió con el rosario desplegado sobre una amplia mesa de roble claro, lustrada con esmero artesanal. Fue como el beso afilado de un Judas clandestino. De este episodio nunca le hizo a Podestá comentario alguno. No correspondía.
Las cuentas oscuras de la joya contrastaban acusadoras con el tono mesurado del lustre del mueble. Al lado del rosario, un pomposo sello oficial, extraído de un envoltorio prolijo y abundante, denunciaba el origen de la devolución. Más lejos aún, un garabato afrancesado revelaba un nombre desconocido.
El tiempo que transcurrió entre la depresión y la mejoría del “Vasco” no fue extenso. Allí estaba su cadáver en la morgue, endurecido por martirios químicos, testimoniando el fracaso de su paso por el plan elucubrado, esperando los escalpelos feroces que distribuirían su anatomía en envases repletos de conservantes.
¿Cómo había muerto? La autopsia fue concluyente: una dosis letal de una droga de diseño, suficiente para matar a más de un hombre. Los patólogos no dudaron nunca del narcótico. Otros cadáveres, ofrendados a la ciencia, presentaban en sus tejidos la misma cantidad exagerada del opioide.
Se conocía a la nueva droga en el mercado como “Juana de Arco”; sobreabundaba en morfina. “Una verdadera heroína” fue el slogan con que se propagandeó entre los consumidores, de ahí el nombre con que se la designó en los laboratorios clandestinos de los barrios paquetes de la ciudad.
Su denominación deslumbró al coronel. “Juana de Arco, la doncella guerrera de las drogas”, ironizó ansioso.
Cuando supo de ella por un proveedor que le presentaron en una reunión masculina, reclamó el delivery urgente. Mientras esperaba su pedido en un apartado de un elegante restaurante, junto al dealer al que observaba con desdén —era del tamaño de un elfo, aunque bien proporcionado—, se dirigió en su imaginación al jardín de la vieja casa paterna en Pompeya, donde se reconfortaba recordando una infancia perdida en los recodos mohosos de su memoria. Allí sorbió sexo por primera vez de un vecino insignificante, y a pesar de ello, su sabor no lo pudo apartar jamás de sus papilas gustativas. La satisfacción que le producía el recuerdo infantil lo erotizaba, y el erotismo lo estimulaba a mofarse de su intermediario.
Pensó en alguna oportunidad lo conveniente que sería eliminar a aquel compañero de sus inicios, pero el tipo se había idiotizado a sí mismo con generosas dosis de paco. No recordaba ya ni su propio nombre, y apenas sabía que aún conservaba un resecado pene por el que orinaba sus riñones en modestas porciones de coágulos.
El dealer estaba sumido en una completa desorientación; se había inoculado una droga de la que no tenía idea de qué químicos la componían. Podestá, al apreciar el deplorable estado del hombre, le preguntó si la “Juana de Arco” le aseguraba escuchar también la voz de Dios en las voces de Catalina y Margarita —como la doncella juró ante sus jueces que había ocurrido. El vendedor, embotado por los alcaloides e ignorante de la historia, balbuceaba incoherencias, babeaba, incapaz de dar una respuesta comprensible al hombre que lo duplicaba en tamaño, aunque ya disminuido por la edad y una delgadez extrema, casi anoréxica.
Cuando llegó el encargo, el “Vasco” se retiró del restaurante sin abonar el costoso champán que había consumido. Juraba que si la droga entregaba por sus arterias aunque fuera una parte del fuego que incineró a la guerrera, encontraría por fin un modo químico de orgasmo que lo llevaría a un estado de exaltación desconocido. Y si al eyacular sentía brotar chorros de esperma candente por su enfermiza uretra, habría valido la pena transgredir las rígidas normas establecidas por la Agencia para los hábitos decadentes.
Los vicios, como no podía ser de otro modo, también estaban severamente regulados. Podestá se caracterizó siempre por ignorar las reglas y acelerar la experimentación incluso a costa de su salud. Con sus subordinados, en cambio, era intolerante ante la menor falta y les exigía un estado saludable para acometer cualquier empresa.
“Juana de Arco”, de ese modo, se sumó inesperadamente a su biografía. Vino con su muerte entrelazada en las rústicas combinaciones químicas. Luego del calor intravenoso mientras ordenaba histérico “¡apurate! ¿Qué esperás?” —sus últimas palabras—, se inclinó ante la muerte y se adentró en sus sendas. Después, el frío extremo del congelador obró en su conservación. Lo del rollo en la boca fue una retorcida exquisitez provocativa.
“Pérez y Pérez” dejó la investigación en manos de oficiales expertos en esconder las verdaderas razones de una muerte. Por eso se los convocaba: porque a través de la verdad estaban en capacidad de establecer la mentira.
Era sabido que más allá de una necrológica oportuna, más allá de una breve mención de una supuesta enfermedad terminal o un infarto masivo, nada se conocería públicamente de las verdaderas causas de la muerte de Podestá. Era política de la casa, que no solo se reservaba el derecho de admisión, sino también el de defunción.
Los investigadores pidieron todas las filmaciones disponibles de la seguridad del edificio donde vivía el coronel muerto. La empresa que realizaba ese trabajo era en realidad una subsidiaria de la Agencia, y desde algún tiempo atrás figuraba en las contabilidades como una “tercerizada”, modalidad impuesta en los noventa que permitía quebrar la empresa dejando un tendal de desocupados sin reclamo posible. En este caso, la tercerización no respondía a ocultar a sus verdaderos propietarios —aunque se trataba de un suculento negocio de un alto funcionario a expensas del erario público—, sino a establecer una prudente distancia de cualquier evento desgraciado.
Resultaba un hecho gravísimo que un oficial de tan alta graduación apareciera muerto en su propio departamento, encerrado en un freezer. “Pero era importado”, bromeó un gordo que recordaba al grasiento y haragán Ignatius Reilly, que dejaba sus pensamientos en cuadernos sucios al alcance de cualquiera. El comentario le valió una larga sanción. Era un escándalo poderoso que ponía en tela de juicio la seguridad de la Institución.
Para curiosidad de muchos, a “Pérez y Pérez” el altercado de la muerte de su subalterno no lo inquietaba demasiado. Se mostraba pausado y medido en sus comentarios. Adquirió hasta un tono místico al hablar del asunto. Cuando alguien se lo hacía notar, respondía que esa noche rezaría un rosario para que Dios lo disculpara por su estado de ánimo. Amén.
Las filmaciones llegaron a un apartado donde funcionaba el departamento de análisis de imágenes. Como no podía ser de otro modo, el nombre de esa dependencia era mucho más largo y rimbombante: los departamentos estatales suelen usar esa triquiñuela para emboscar sus inutilidades.
El gobierno de la ciudad, las policías y las empresas privadas entregaron los videos sin excepciones ni reparos. A todos ellos les resultaba hasta gratificante hacerlo. Eran miles de DVD que abarrotaban depósitos que, más temprano que tarde, deberían incendiar para ocultar pruebas a solicitud de algunos clientes o funcionarios con oscuros negocios millonarios. El último incendio le costó la vida a diez voluntarios, que murieron “heroicamente”, víctimas de la corruptela estatal y empresarial.
Los investigadores notaron de inmediato la falta de una buena cantidad de grabaciones de seguridad. Todas correspondían a los días viernes y sábados. No de todos, de algunos, y nunca de otros días. Si faltaba el primer viernes de un mes determinado, el sábado siguiente también faltaba. Establecieron así un primer dato: siempre faltaban los dos días juntos. Viernes y sábados, nunca uno solo. En general, desaparecían las grabaciones de un viernes y un sábado del mes; en una oportunidad, semana por medio; y en otra, todos los viernes y sábados.
Aún no poseían el material completo de los últimos dos años, pero los tres primeros meses entregados por la empresa mostraron este esquema de ausencias. El descubrimiento se confirmó al recibir los tres meses siguientes: el patrón se repetía de manera sistemática.
De las filmaciones, los expertos pasaron a los libros de actas. Asentar falsedades en ellos era un rito practicado desde la época de la colonia. El monumento más fastuoso de todos era la Recopilación de las Leyes de Indias, donde se dejó asentado todo lo que se pudo hacer contra los originarios antes de su sanción. Después de su promulgación, la esclavitud colonizadora se hizo bajo la estricta observancia de las leyes de los conquistadores. Mita, encomienda y yanaconazgo dejaron de ser excesos y pasaron a ser “Derecho”.

En todas las actas figuraba el total de los DVD correspondientes a cada día. En ningún caso se denunciaba una falta por extravío o rotura del material, que bien podría haber ocurrido, aunque nunca con una secuencia tan definida. Cuando llevaron la novedad a “Pérez y Pérez”, este se encogió de hombros. —¿Qué quieren? —dijo sin levantar la vista de los papeles que estaba leyendo—. Esta agencia es un quilombo.
Alguien sugirió llamar a los responsables a dar explicaciones. El jefe les ahorró el trámite: sabía qué responderían. “Yo no fui”, y así quedaría el asunto. Les aconsejó no gastar energías “al pedo” y ordenó seguir investigando, que sería más positivo. ¿Armar una comisión investigadora? “Absurdo”, sentenció con cinismo, “solo se designan para no llegar a nada”.
Como un estudiado tic-tac, viernes-sábado, viernes-sábado, las faltas pendulaban metronómicas. Primero una vez por mes, más adelante cada quince días, y luego todas las semanas. Tic-tac, tic-tac, con la misma frecuencia, inequívoca. ¿Ese dato demostraba planificación? Era posible.
Un curioso pidió ver el legajo del coronel para corroborar si esos faltantes se correspondían con sus ausencias. “Pérez y Pérez” recordó que Podestá ignoraba todas las planillas que circulaban en la institución. Siempre fue un tormento —irónico término para la ocasión— y su rechazo a acomodarse a los procedimientos del Estado fue permanente. Para él nunca hubo método alguno para establecer presencias y ausencias. Era un sedicioso de la burocracia.
Puso al pobre gordito de Diosdado a atestiguar: su trabajo había sido ayudar al finado a cumplir con trámites administrativos que prometían eficiencia. Ese quehacer le valió el repudio grosero del jefe, quien nunca comprendió cómo un ridículo papel lleno de casilleros del tamaño de un grano de arroz mejoraría una descarga eléctrica, el tormento de Juan Fian u otras invenciones de los interrogadores.
A la mesa de los investigadores llegó la versión de una anciana hospitalizada, muy anciana, que decía poder dar testimonio de algunas personas que frecuentaban al finado. “Pérez y Pérez” se alegró de la novedad. Dejó a todos boquiabiertos al hablar de la fragilidad de la vida después de cierta edad. Consultó al fiscal si estaba al tanto del testimonio. Este pidió una entrevista urgente, a lo que el jefe accedió de buena voluntad. Con gracia criolla recitó un verso del Martín Fierro sobre lo conveniente de congraciarse con el juez. En el moderno sistema judicial, juez y fiscal son carne y uña.
La versión que corrieron alcahuetes de reparticiones menores —con acceso clandestino a la declaración de la viejita, imposible sin la anuencia de algún superior— hablaba de la visita a Podestá de una provocativa mujer en repetidas oportunidades. Si la información era correcta, resultaba crucial capturarla con vida para obligarla a confesar si tenía responsabilidad en la muerte del oficial. —Si esta información se corrobora, la quiero viva —ordenó “Pérez y Pérez” con cinismo—. Espero descubran si existe, y si existe, quién es.
Fue un reto técnico e intelectual a los investigadores, que nunca disfrutaban de esos desafíos. —Si aparece muerta, les aseguro que estarán en problemas —fue lo último que dijo antes de dejar la sala convocado por otras urgencias.
Los analistas buscaron otros sospechosos en los videos. Estudiaron transeúntes que simularan presencia ocasional, pero que hicieran logística de un delito. De comprobarse complicidad, tal vez se esclarecerían otros aspectos. Pero solo encontraron la “fauna” que placía explorar Podestá en su ocurrencia de antropólogo: sombras de adictos, prostitutas y travestis surgiendo de las encrucijadas de la noche, ofertándose en un mercado vigilado. Los dealers atentos vigilaban a sus esclavas; a ellos los controlaba la policía.
Tiempo después de conocerse la versión de la anciana, otros testigos aportaron comentarios. Hablaban de una mujer incitante, vaporosa, de piernas delicadas, caderas armoniosas y senos demasiado pequeños. Decían que acompañaba la cadencia erótica de su andar —acentuada por zapatos de taco aguja exageradamente altos— con el movimiento de sus finos brazos envueltos en gasa transparente, que terminaban en manos delgadas. Llevaba una cartera mediana que oscilaba con su paso elegante.
Caminando por la calle del edificio donde residía Podestá, irradiaba una luz propia. A su paso, los transeúntes se detenían para observarla, curiosos y sorprendidos. Todos coincidían en que su anatomía presentaba algo confuso, difícil de precisar.
Afirmaron que avanzaba con la cabeza inclinada hacia abajo, cubierta por una gran capellina —extraña para esa hora de la noche, dijeron los peritos— que actuaba como visera prominente y ocultaba su semblante. Solo se apreciaban unos labios delgados, pincelados en carmesí o rojo sangre, y un mentón tan delicado que parecía la curva de una fruta apenas madurada.
Unos cartoneros que descansaban ocasionalmente en la vereda opuesta al edificio del coronel juraron haber visto ingresar a esa mujer rubia y delgada, con su amplia caperuza, el mismo viernes en que Podestá aún estaba vivo. Aseguraron que entró provista de una llave de la puerta principal. Se dedujo que calzaba guantes, porque en ninguno de los picaportes —ni en la entrada del edificio ni en la del departamento del coronel— se halló siquiera un fragmento de huella digital que aportara algún dato.
No cabía duda de que, si Podestá tuvo un encuentro con ella, la dejó ingresar con su expreso consentimiento. Salvo un equipo altamente especializado, ninguna persona podía violar esos blindajes. Ninguna ganzúa habría liberado semejante cerradura.
¿Era esa mujer cómplice de un asesinato aquel fatídico viernes? ¿O una amante desconocida, dueña de los multicolores vestidos que colgaban prolijos de las viejas perchas de madera lustrada en el guardarropa de Podestá? ¿Estaría aún viva?
Los sabuesos reclamaban datos de la intimidad del coronel. “Pérez y Pérez”, señalando con el pulgar hacia arriba, los derivó a Reinafé. Solo él podía autorizar la revelación de intimidades de altos funcionarios. López Teghi, el arribista designado por el gobierno, se ofreció a mediar. Reinafé no tardó en concederle una entrevista y acto seguido el permiso solicitado. “Avance tranquilo, que el camino está despejado para la verdad”, exclamó. “Pérez y Pérez” rio de las garantías aseguradas por el gran jefe, pero tomó nota de la reunión de su oponente con el máximo mando. No debía perder la compostura: la serenidad era una de sus armas preferidas. Solía repetir: “El que se pone nervioso, pierde”.
Sabía de memoria que en los máximos escalones del poder siempre se tolera que las facciones choquen entre sí, si eso garantiza que el sistema se fortalezca y perpetúe. De lo contrario, el disenso termina debajo de una montaña de cadáveres.
Podestá jamás hablaba de sus intimidades. Nadie había escuchado de su boca una referencia a una relación amorosa. Nadie lo asociaba con el amor: eran polos opuestos que se repelían con furia.
Lo que estaba obligado a declarar por la seguridad del Estado quedaba guardado bajo siete llaves. Pocos, muy pocos, tenían acceso a esa información. Salvo su jefe, “Pérez y Pérez”, casi nadie conocía con exactitud la personalidad del “Vasco” Arancibia López Huidobro.
Los escasos datos entregados por la superioridad hablaban de sus gustos musicales, de lectura, algún grado de adicción y su soltería. Revelaban que era políglota —algo que sorprendió a muchos— y experto en contrainsurgencia. De su sexualidad, ni una palabra. Esos datos llegaron del inoportuno informe de “El Morro”, jefe de los forenses, que le valió una feroz reprimenda de “Pérez y Pérez”, quien lo obligó a desechar gran parte del documento. “El Morro”, que detestaba desde siempre a ese jefe, desde entonces trató por todos los medios de perjudicarlo. Este, cruel y vengativo, le demostraría qué lejos estaba de poder atentar siquiera con el roce de una pluma contra su persona.
Los datos alentaron medidas investigativas: revisaron apuntes, libros y discos. El inventario de los libros llevó semanas, meses su revisión. Ropas, enseres personales, todo el mobiliario. Al mismo tiempo buscaron pruebas físicas: un cabello, un vello púbico, una gota de fluido corporal que hubiera escapado a la sistemática limpieza del asesino, a su homicida pulcritud. Algo que brindara un indicio, aunque no fuera terminante, sobre aquella mujer misteriosa o cualquier otro partícipe. Para decepción de los investigadores, no hallaron huellas ni datos biológicos que ofrecieran siquiera una secuencia de ADN. “Pérez y Pérez”, en secreto, celebró la calidad del trabajo. Ello le dio letra para sus exigencias.
—¡Muchachos! —dijo con tono paternal, casi sacerdotal, con el que trataba a sus subalternos en tareas colectivas—. Sabemos que el coronel murió de sobredosis. Pero quiero que me expliquen cómo esa supuesta mujer de la que habla nuestra noble viejita y otros testigos circunstanciales —afirmaciones que no son prueba, sino indicio— pudo asesinar a un hombre de la experiencia del “Vasco” sin dejar el menor rastro y, sobre todo, introducir su cadáver en el freezer resguardado en el elegante bargueño. Lo del rollo en la boca lo dejo para los expertos en psicología criminal. ¡Eso sí que es un refinamiento! Nunca vi algo semejante.
—¿Tal vez la explicación no esté en la psicología? —dijo uno de los peritos, reflexionando en voz alta. —¿Qué otra podría ser?
—Religión. Una explicación ligada a lo religioso.
—¡Qué interesante! Tomen nota, señores. He aquí alguien que piensa con la mente abierta a nuevos horizontes.
Los investigadores no alcanzaban a dilucidar si “Pérez y Pérez” se burlaba de ellos o realmente los incentivaba.
—¿Estábamos en…? —preguntó distendido. A coro respondieron que estaban tratando el asunto de la supuesta soledad de la mujer para el asesinato y el frizado del finado.
—Imposible, señor, que ella sola haya realizado todas las acciones que las evidencias sugieren de esta muerte —explicó uno de los peritos retomando el diálogo—. Pero el juego que precedió al deceso tiene que haber sido, necesariamente, solo entre dos. Estamos en presencia de un acto sexual, aunque este no entre en los patrones de nuestra libido. Aquí no hay sexo de a tres, ni sexo grupal. Y no me refiero ni a penetraciones ni a eyaculaciones. Me refiero a formas de sexo como el acariciamiento de la aguja penetrando la vena, provocando una satisfacción orgásmica que se entrelazó con la propia droga y su efecto narcótico. Estoy convencido de que se trató de una relación binaria. Hombre-mujer. Mejor dicho: “macho-hembra”. Dominador y dominado.
—Interesante aspecto para dilucidar —dijo “Pérez y Pérez”, poniendo su mejor cara de sorprendido.
—Otro actor es posterior a la muerte.
—¿Así lo cree usted?
—Sí, señor. Creo que ingresa después a la escena para el ocultamiento del cadáver. No antes.
—Si ustedes me permiten… —el investigador buscó con su mirada la aprobación de los jefes, quienes con un imperceptible gesto lo autorizaron—, lo que les estoy proponiendo es esta hipótesis: un crimen premeditado, pero que no llegó por la vía de la alevosía, sino por el aprovechamiento de la voluntad viciosa de la víctima.
“Pérez y Pérez” celebró la definición. Hizo que la escribieran en un pizarrón que presidía la sala. Con letra clara y prolija, un escribiente estampó la frase en el pizarrón:

“El crimen no llegó por vía de la alevosía,
sino por la voluntad viciosa de la víctima”.

El investigador pidió permiso para continuar. “Pérez y Pérez” se disculpó por la interrupción y le solicitó, con cortesía, que avanzara con su explicación.
—El asesino sabe que su víctima es un adicto. Sabe que usa una droga tremenda, de reciente introducción en el mercado. De ella hay poco conocimiento, casi nulo, de sus consecuencias. Hay poca experiencia práctica. Así que la usa sin reparar en su peligrosidad.
—¿Y si era consciente de su peligrosidad, pero sobreestimó su fortaleza física o subestimó los reales efectos de la droga? —“Pérez y Pérez” introdujo un gambito en la explicación del perito.
—Tomemos esa proposición como variante posible. Estoy de acuerdo —aceptó el experto—. Aunque todavía debemos tener la composición química precisa de la sustancia, los primeros datos nos indican que se trata de un compuesto nuevo, de poco uso hasta ahora, que contiene una desproporcionada cantidad de derivados de la propia morfina, de inevitables efectos mortales.
El hombre la prueba una vez y le gusta. Es diferente. Sabrosa para su adicción. Tiene fácil acceso al producto porque conoce a los dealers y goza de impunidad. Como todo adicto, pide más. Y luego más. Y más. Hasta que llega a la dosis mortal. Quien o quienes lo acompañan no lo obligan a desistir de elevar la dosis a esos niveles que comprometen su vida. Por el contrario, lo estimulan, ya sea por el aliento directo o por la indiferencia, que es otra forma de consentimiento. Él recibe la dosis y muere. O debería morir, para hablar con propiedad.
El perito, a esa altura, optó por no referir una derivación de su hipótesis inicial: una forma de suicidio inducido, enmarañado en sexo asistido en drogas. Una muerte en el placer de quien quiere irse de esta vida de un modo indescifrable. Para joder a alguien de quien no tiene ni la menor idea.
—El orificio de penetración de la aguja muestra precisión, decisión y ninguna violencia —explicó “El Morro”, interrumpiendo al experto—. Es una entrada limpia, profunda, delicada. Indica la mano de alguien habituado a esta clase de inoculaciones.
—Exacto —aprobó el perito—. Su muerte se produjo por paro cardiorrespiratorio inducido por la catarata de morfina. Producida la muerte es cuando entran los otros actores. Lo amarran de manos y pies y lo introducen en el freezer.
—Entonces, para usted murió por la droga. No hay otras evidencias, al menos por ahora. El congelamiento solo buscó la preservación —preguntó López Teghi, atendiendo con suma atención la hipótesis del forense.
—Sin dudas, señor. La dosis fue brutal, con ella murió irremediablemente. Lo del freezer fue para ocultar su cadáver, para que la putrefacción no alertara a los vecinos al poco tiempo. Tal vez necesitaran tiempo para fugarse, salir del país. No lo sé —respondió sin vacilaciones el experto.
—No puede haber ninguna dificultad en saber de qué laboratorio salió la mierda esa —López Teghi fue terminante—. O fue producida en uno de los nuestros, o en alguno de cualquier fuerza federal o provincial. Bastará que alguno de ustedes llame a cada base para que esta información, en no más de 24 horas, esté disponible.
“Pérez y Pérez” descartó de plano que la droga pudiera haber sido producida en una cocina propia. Recomendó a Diosdado ocuparse de la sugerencia de López Teghi. Pero este, poco conforme, indicó que sus equipos harían sus propias averiguaciones, las que, como ya estaba ordenado, se entregarían al jefe a cargo de la investigación, respetando la cadena de mando.
Los forenses culminaron su explicación enumerando los datos confirmados reunidos en los preliminares:
1. Muerte en estado líquido, inyectada por vía intravenosa. Estaba dopado. El impulso respiratorio quedó anulado por la acción sedante de la abundante morfina. Se lo indujo a “olvidarse” de respirar. “Juana de Arco” lo mató sin estridencias. Una muerte sin ruidos, sin estrépitos, sin zozobras.
2. En el estudio de los tejidos aparecieron otras drogas: cocaína, que consumía rutinariamente, y éxtasis, que usaba para sus escarceos sexuales.
3. La data de la muerte era de una semana. El tiempo transcurrido entre el deceso y el hallazgo del cadáver fue de casi siete días. El estado de los tejidos por el congelamiento corroboraba esa apreciación.
4. No había evidencia de violencia. No hubo torturas, ni golpes, ni heridas de arma blanca, ni disparos.
5. El rollo en la boca se introdujo cuando aún no había rigor mortis. Eso daba una precisión horaria sumamente importante.
6. Para cargar e introducir el cuerpo en el freezer hicieron falta, al menos, dos personas. O una de fuerza hercúlea.
Para los peritos no había dudas de que la muerte se produjo en la habitación de servicio. Nada inducía a creer que fuera contra su voluntad. Los psiquiatras forenses expusieron, por su parte, las supuestas razones del lugar del deceso: el hombre murió allí porque “no podía celebrar sus actividades sexuales y adictivas” —con esas palabras lo explicaron— en la habitación principal, aquella que conservaba los delicados recuerdos de sus padres.
—La formación cultural del occiso, incluso la religiosa, más allá del compromiso devoto que López Huidobro mostrara en vida —agregó el psiquiatra en jefe—, incorporaba raros sentimientos filiales que se amalgamaban con cierta perspectiva incestuosa.

Advertido antes del cónclave por el propio “Pérez y Pérez”, el psiquiatra forense hizo absoluta reserva de los detalles de la sexualidad del jefe muerto; incluso aceptó retirar del informe escrito la referencia a “cierta perspectiva incestuosa”.
—¿Y cómo se explicaba la aplicación de amarres en manos y piernas? —preguntó uno de los peritos—. Si el hombre se apagó sin resistencia, ¿a qué sujetar las extremidades cuando estaba incapacitado de toda reacción?
—Rito —explicó el psiquiatra—. Un acto ritual. Las ataduras tuvieron un significado que no estuvo vinculado al temor de que la víctima reaccionara, algo que, como dejó establecido la autopsia, no habría sido posible por la inoculación masiva de la droga líquida.
—¿Una señal? —reflexionó el psiquiatra, observando el rostro impasible de sus oyentes—. Posiblemente. Aunque alguien dijo “un regodeo”, “un regodeo innecesario”.
—¿Y una simulación? —dijo “Pérez y Pérez”, desconcertando a la audiencia.
—Interesante reflexión —aprobó el psiquiatra—. Pero ¿qué simulaban?
No hubo respuesta. “Pérez y Pérez” adoptó una actitud de distracción, eludiendo el enigma que él mismo había propuesto. López Teghi, en cambio, contempló sonriente la escena.
—Bien pudo tratarse de la manifestación de la satisfacción de quien pudo ejercer el dominio completo del otro, que ya no representaba más el poder absoluto y la impunidad sistemática —continuó el psiquiatra con su elucubración.
—Perfecto —lo interrumpió “Pérez y Pérez”, algo cansado de las digresiones teóricas—. Las hipótesis se presentaron de manera excelente. ¡Ustedes son lo mejor que tenemos! Vamos a esclarecer esto a como dé lugar.
Avanzó en los interrogantes buscando profundizar las tesis expuestas. Reparó en que la muerte del oficial sugería la presencia de un equipo de penetración y limpieza experimentado. La prolija disposición del cadáver dentro del freezer, con sus manos y piernas amarradas con energía pero con esmero, la posición del cuerpo como reposando en meditación a varios grados bajo cero, la extrema limpieza de la escena del crimen… todo permitía sospechar que solo un grupo de tareas muy entrenado hubiera podido completar con tal precisión la empresa. Si no fuera así —dijo con tono admirativo— había que prodigar alguna admiración a esos homicidas improvisados.
Un equipo de tales características se sabía con precisión qué instituciones podían entrenarlo. Diosdado quedó a cargo de esta compulsa con las otras agencias de Inteligencia. López Teghi prefirió la mesura en esa oportunidad: no necesitaba impugnar otra medida dispuesta por su par. Buscaría con su gente respuesta a ese interrogante, aunque estaba convencido de que no existían tales equipos en este crimen.
—Nos queda pendiente el asunto del rollo en la boca —dijo antes de retirarse de la reunión. A esa altura se lo notaba fatigado, distraído. Tal vez pensara en el rosario. Ese aún estaba vivo y latía con toda su sangre desde el fondo del río donde se perpetuó.
—Llevará algún tiempo completar ese estudio —sostuvo uno de los investigadores abocados a la tarea. —¿Y usted qué presume? —preguntó suspicaz.
—Señor, debo confesar que es el asunto que menos me convence —respondió. López Teghi celebraba esas palabras.
—¿Por qué lo dice? —Porque es inculparse directamente. Quien lo haya hecho sabe que más tarde o más temprano vamos a deducir qué significa ese rollo en la boca del coronel. Y, por lo tanto, vamos a saber quién o quiénes fueron sus asesinos. La lógica del homicidio nunca sugiere revelar la identidad del homicida. Siempre se trata de ocultar a los autores materiales e intelectuales. Salvo que se desee deliberadamente dejar establecido, sin lugar a dudas, quiénes y por qué cometieron el asesinato. O establecer una competencia intelectual contra los investigadores. No creo que sea el caso: no estamos ante un asesino que desafía la inteligencia de la ley y sus investigadores.
La reflexión del experto planteó una duda legítima que solo López Teghi celebró. “Pérez y Pérez” ordenó a Diosdado informar de manera sintética sobre los resultados de los interrogatorios. El muchacho reseñó lo sabido: el encargado del edificio fue el primero en ser convocado a brindar explicaciones. Era personal de la Agencia, y en calidad de tal integraba su planta permanente. Hacía años que se dedicaba a la seguridad del edificio.
Silverio negó conocer a la mujer que ingresó ese viernes al edificio. Aclaró que no podía ni debía inmiscuirse en la vida privada del coronel, quien era, por su grado, un superior suyo. Por lo tanto, nunca estaba pendiente de quién concurría a visitarlo. Explicó, además, con rostro adusto, que jamás la había visto ni sola ni acompañada, e ignoraba por qué tenía una llave de la puerta de entrada. Sostuvo que llevaba un cierto control de las llaves de los propietarios, pues era política de la casa —a pedido del coronel— impedir la proliferación de copias por seguridad.
Diosdado realizó una discreta compulsa con los vecinos para saber si la misteriosa visitante era conocida por alguno de ellos. Se les mostró un fragmento de filmación en el que se apreciaba de cuerpo entero a la intrusa, aunque no su rostro. Todos negaron conocerla. No era familiar de ninguno ni reconocían amistad con la dama. Salvo la vecina más cercana al departamento del coronel, todos fueron interrogados. La anciana del “A”, casi nonagenaria, estaba hospitalizada y su salud era muy precaria.
Los ansiosos vecinos preguntaron si el ingreso de esa mujer se vinculaba con la inesperada muerte del hosco vecino. Diosdado, acompañado de otro interrogador más experimentado, negó toda relación. La interpelación era de rutina, explicó. Sostuvieron que, hasta donde sabían, el coronel había fallecido por una falla cardíaca inesperada, pero no extraña en hombres de su edad y vida agitada. “Si ocurrió en brazos de una bella mujer, hasta se podría decir que tuvo una buena muerte”, comentó uno. Las mujeres no lo encontraron aceptable; los hombres, todos mayores, sí.
En verdad, la vecindad no tenía sospechas sobre los vicios del muerto. Las pocas veces que lo habían visto, siempre se presentaba alineado, perfumado y lúcido. Solo la vecina del “A” tenía otra percepción, que hizo conocer al fiscal de la causa.
Diosdado preguntó amablemente si notaron algo fuera de lo común esa tarde o noche. Todos negaron. Solo un vecino dijo haber escuchado cantar en el primer piso, bien entrada la madrugada. No pudo precisar la letra: la voz sonaba más a susurro por la lejanía. Creyó que su sentido lo engañaba. “¿Quién cantaría a la madrugada en el primer piso?” pensó. Sarita estaba internada. Del huraño propietario del “B” ni conocía la voz. Por eso desistió de brindar testimonio: no quería un disgusto ni proponerse como solucionador de muertes dudosas. Mejor callar y callar para siempre.
Antes de retirarse, “Pérez y Pérez” dejó un interrogante:
—Hay algo que me molesta y mucho. Como son hombres de ciencia, tal vez puedan ayudar a quitarme este fastidio.
Expuso su razonamiento: todos los datos recolectados consolidaban la hipótesis de un crimen organizado, una operación llevada a cabo por elementos experimentados. Mujeres hermosas, drogas cavernícolas, heladeras mortuorias, agujas magistrales, un muerto en su propia casa limpiada con esmero. Si no fue así, entonces esos asesinos bisoños merecían su más elogiosa alabanza, antes de ajusticiarlos.
—Ahora bien —continuó—. Tenemos testigos que vieron entrar a una mujer: rubia, vestida de blanco, con capelina blanca y tacos aguja. Una orgásmica exhibición de sensualidad. Pero nadie la vio salir. ¿Cómo puede ser? Primero todos la ven llegar. Segundo, nadie la ve salir. ¿Salió? ¿Realmente salió del edificio? ¿Saltó como una langosta? ¿Desapareció como un humito? ¿Se travistió? ¿No debieron sus cómplices silenciarla? ¿Ahorcarla? ¿Degollarla como a una gallina? ¿La mataron y está guardada en otro freezer? ¿Qué pasó con ella? ¿Cómo pudo escapar de la escena del crimen?
Los peritos enmudecieron. López Teghi sonrió con discreción, se mordió los labios para no hablar. El silencio bochornoso se interrumpió de pronto por el repique estridente de unas campanadas de WhatsApp, que irritaron como nada la sensibilidad nerviosa del jefe purificador, dedicado a los cuidados del Olimpo. Al oír el rebato de campanas, hizo un gesto de sorpresa.
—¡Diosdado! ¡Muchacho! —exclamó paternal.
—Acá, señor —respondió al llamado de su nuevo jefe, levantando una mano.
—¿Qué le sugieren esos sonidos?
—A una iglesia, señor. Al llamado en mi infancia a la misa.
—No, no. Nada que ver. Deje su infancia a un lado, deje sus misas a un lado. Piense, Diosdado, piense. —Como usted diga, señor.
—Y estudie… estudie historia, estudie literatura, estudie psicología, estudie la conflictiva mente humana, su multifacética producción cultural. Todos ustedes deben estudiar más. Hay que estudiar la historia, muchachos, hay que estudiar el arte. Se los repito en cada oportunidad: deben estudiar historia, literatura, música, ciencia, arte, ¡todo! —su voz alcanzó el tono de reproche—. ¿Saben por qué? Porque el enemigo me estudia, me interpreta, repara en mis gustos, en mis miedos, en mis dudas, me disecciona como a un pajarito. Entonces yo debo estudiarlo para conocerlo, y solo si lo conozco realmente podré derrotarlo. No sean holgazanes, lean a Sun Tzu. Él lo dice mejor que yo.
La cultura es un vehículo para el entendimiento del comportamiento humano. Amor, odio, venganza, castigo: nosotros manipulamos la mente, manipulamos los sentimientos, y eso no se puede lograr sin un profundo y vasto conocimiento de la producción humana. Sean profundos, si no serán derrotados.
Volviendo la vista sobre Diosdado, le preguntó con cierto gesto de ironía:
—¿Así que a usted le sugieren esos sonidos el llamado a la misa en una iglesia?
—Sí, señor.
—¿Sabe qué me sugieren a mí?
—No, señor. —A Hemingway. Me corrijo: a John Donne.
—Perdón, señor. Conozco a Ernest Hemingway, pero no a John Donne —asumió Diosdado su desconocimiento literario.
—¿Alguno de ustedes sabe por qué cito el nombre de John Donne? —preguntó “Pérez y Pérez”. Un hombre al fondo levantó la mano pidiendo la palabra. El jefe lo invitó a hablar.
—Porque justamente con el título de un poema de John Donne, Por quién doblan las campanas, Hemingway tituló su famosa novela.
—¡Correcto! ¡Correcto! ¿Y qué les sugiere el título del poema de John Donne? —preguntó dirigiéndose a todos.
—Sugiere una recomendación, un llamado de atención, señor —afirmó sonriendo el mismo hombre. —¿Le gustaría decirnos a todos esa recomendación?
—Todos somos parte de la Humanidad. Todo está vinculado por nuestra condición humana. Si un pedazo de tierra es arrancado por el mar, todo el continente sufre. Si un hombre muere, la Humanidad muere, y de algún modo yo también muero. Si el coronel fue asesinado, de alguna manera todos y cada uno de nosotros también lo hemos sido. Por eso Donne cierra su poema afirmando: “No preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por ti.”
—¡Maravilloso! —exclamó “Pérez y Pérez” como si estuviera verdaderamente afectado por un estado de embelesamiento—. Y usted, Diosdado, ¿qué cree? ¿Por quién doblan las campanas?
—No lo sé, señor… ¿Tal vez doblan por el coronel muerto? —respondió timorato, esperando algún signo de aprobación—. ¿Por la misteriosa mujer de la que nos habló?
—No se atrevió, por ninguna razón, a decir “doblan por mí”.
—¿Cree realmente eso? ¿Suenan por todos menos por usted? —le replicó “Pérez y Pérez” con tono inquisidor.
—No estoy seguro, señor.
—Entonces, está inseguro.
—Sí, señor.
—“Quien inseguro tiene miedo, convoca a la desgracia”. Téngalo en cuenta.
—Así lo haré, señor.
“¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe? ¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?” —recitó “Pérez y Pérez” ensimismado. Con paso lento, repitiendo esos versos, se retiró del salón sin saludar a nadie.
El muchacho guardó sus anotaciones en el portafolio y mantuvo una discreta sonrisa nerviosa por el curioso y poético comentario de su jefe. Algo más alejado, López Teghi entrecerraba los ojos y murmuraba sobre el sonido de unas campanadas apenas perceptibles.

***

V – Iniustitiam 


Carlos Iniustitiam, fiscal federal, respondió con puntualidad a la convocatoria que “Pérez y Pérez” le hizo a través de Diosdado. Llegó luciendo, como siempre, su impecable traje gris, camisa blanca y corbata al tono.
—¡Querido fiscal Iniustitiam! ¡Digno representante de la Justicia!
Eufórico, el jefe lo abrazó con fraternal entusiasmo. Iniustitiam tuvo la extraña sensación, al ser estrechado entre esos brazos, de que el jefe había disminuido de tamaño, como si hubiese pasado por un proceso de adelgazamiento rápido y extremo. Pero era una percepción equivocada. Dos personas que se reunieran con “Pérez y Pérez” al mismo tiempo no podían describirlo de la misma forma. Incluso una misma persona, que lo encontrara en dos oportunidades algo distantes entre sí, tampoco podría hacerlo sin decir cosas completamente diferentes. Era un fenómeno extraño, pero absolutamente cierto.
Mientras para unos era bajo, para otros, alto. Si se le hubiese preguntado a Iniustitiam por la altura de “Pérez y Pérez”, habría dicho “bajo”. En cambio, si se le formulaba la misma pregunta a Bibi, habría afirmado que era “alto”. Podría argumentarse que la recepcionista, muchacha joven de talla media o media baja, nada voluptuosa, no resultaba la mejor medida para establecer la altura y el volumen de un hombre maduro y entrenado. Ella, de cuerpo armónico pero pequeño, podía apreciarlo al aproximarse como un hombre alto y fornido, y así lo describía cuando se presentaba la oportunidad.
Diosdado nunca pudo definir el verdadero aspecto de ese jefe que aparecía en su vida de burócrata de la Agencia. Ni cuando lo conoció por primera vez —cuando le encomendó la requisa del domicilio de Podestá— ni en oportunidades posteriores. A veces le parecía alto, otras bajo; en ocasiones gordo, en otras flaco, según las circunstancias.
Si se le preguntaba a Iniustitiam por el color del cabello de “Pérez y Pérez”, diría sin vacilar “castaño”. Pero si al instante se le formulaba la misma pregunta a López Teghi, respondería “rubio”. Para Diosdado, ni uno ni lo otro: el cabello del jefe lucía un tinte que viraba al rojo, tal vez producto de la tintura que usaba, pero no un tono como el de los pelirrojos, sino un rojizo duro, con vetas negras.
Lo mismo ocurría con el tono de la piel. Algunos lo veían moreno; otros, demasiado blanco, casi exangüe. Diosdado consideró que esa diversidad de sensaciones se debía en parte al lugar donde se lo observaba y desde qué posición. Si el hombre estaba de pie en su oficina, la imagen era una; si estaba sentado, otra muy distinta.
Las oficinas carecían de luz natural: no había ventanas en ninguna de ellas. En su mayoría estaban iluminadas por tubos fluorescentes que modificaban los colores con luces mortecinas, algo rosadas. Muy pocas tenían reflectores pequeños que encandilaban apenas se los encendía. Pero también notó que, dependiendo del tema y el tono de la conversación, su aspecto cambiaba de a intervalos, como si fuese un verdadero camaleón humano. Podía ser ese su secreto: una mutación extraordinaria que respondía al medio y al asunto en que se veía involucrado. Una capacidad inverosímil, pero extraordinaria, de emboscarse y mutar de aspecto que nadie más podía exhibir.
Si se escuchaba a diferentes personas que nunca lo habían tratado, pero hablaban de él como si tuvieran roce cotidiano, cada uno lo describía de manera completamente distinta. Su supuesto aspecto recorría todas las variantes anatómicas posibles: desde el curtido gaucho de las zonas marginales hasta el gringo dorado de la zona núcleo. Tal divergencia contribuía a rodearlo de un halo misterioso, ese que se cree envuelve a los personajes del submundo del espionaje.
En lo que sí había coincidencia era en la descripción de sus manos: uñas pulidas, dedos largos y estilizados, mezcla de fiereza y finura. Dedos de pianista y de cirujano, capaces de ejecutar una bella melodía o cortar sin vacilar un órgano entero, como quien sesga una flor en una tarde de primavera. Manos ejercitadas en el trabajo preciso y decidido. Pulcras.
Iniustitiam procuró que su trato fuera tan afable como el que le prodigaba “Pérez y Pérez”. Estaba al tanto de por qué lo citaba su jefe y llegaba dispuesto a satisfacer sus demandas, cualesquiera fueran ellas.
—¿Cómo anda, querido amigo? ¿Cómo lo trata la burocracia judicial, tan afecta a trampitas y triquiñuelas código procesal en mano?
—Bien, señor. No me puedo quejar. Vine para ponerme a sus órdenes apenas supe de su convocatoria. Siempre es un gusto poder conversar con usted. Veo que el amigo Diosdado se ha quedado trabajando a su lado. ¿Asistente nuevo?
—No, para nada. Trabajaba con el finado. O más bien lo padecía, para no ser hipócrita. Ahora está en comisión. Como usted sabe, el pase de una repartición a otra es una aventura mayor que dar la vuelta al mundo en ochenta días. Las reparticiones son muy celosas de sus partidas presupuestarias: son como pequeñas patrias burocráticas, dominios feudales. Estará aquí hasta que la superioridad disponga su nuevo destino. Abogo porque resulte más feliz que el que tuvo, aunque en los asuntos del destino la voluntad humana es intrascendente. Veremos qué dicen las campanas cuando suenen.
El jefe invitó al fiscal a sentarse en un cómodo sillón.
—Sé que lo fastidio convocándolo a esta reunión. Lo sé, porque a mí me solía importunar cuando “los de arriba”, como los llamábamos despectivamente, querían escuchar mi versión oral en desmedro de lo escrito. Cuando decíamos “los de arriba” casi deslizábamos la idea de tipos semejantes a seres divinos, colgados de una nube, portando rayos, semidesnudos y barbados. Una especie de semidioses sentados a la mesa del Olimpo.
Cuando llegué allí, me di cuenta de que nada de eso era cierto. “Al principio, todo era revuelto, las aguas no corrían, las tierras no eran firmes, reinaba el caos.” Y cuando atravesé las puertas del supuesto Olimpo, ¿qué encontré? Que todo seguía siendo un caos. Un completo y total caos. Y en ese caos tan nuestro, tan solo rufianes, egoístas, oportunistas, escépticos, consecuentes, éramos los que, en resumidas cuentas, conducíamos el destino de esta nave. Y ya se sabe que “ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se encamina”.
—¿Doctor? —preguntó el jefe, alargando su duda por varios minutos—. ¿Usted sabe a qué puerto nos dirigimos en este triste asunto de la muerte del coronel López Huidobro?
—Espero que usted me ayude a elegir la mejor derrota en este viaje. Sus consejos siempre son bien recibidos.
—Es que la versión escrita, yo lo sé, es de oficina, de rigor, estructurada. Por eso le pido sus sensaciones. Su relato tal vez pueda ayudarnos a ubicar un detalle, un aspecto que haya pasado desapercibido. Cuando se trata de un asunto tan grave como un asesinato, más vale pecar por exagerado que por ligero.
—Comprendo, señor —aceptó con amabilidad el fiscal.
—Tenga compasión de este burócrata empedernido.
—Faltaba más, señor. Siempre estar con usted es gratificante.
“Pérez y Pérez” leyó con atención el testimonio de la anciana vecina del departamento “A”. Le sugirió al fiscal que no lo incorporara a la causa o, al menos, que lo relativizara en grado extremo. Argumentó que resultaba poco acertado involucrar supuestos aspectos privados de la vida del difunto coronel, un jefe destacado. A los directores los irritaba hasta el enojo que se ventilaran tales asuntos de cualquiera de ellos. La tradición imponía la más estricta reserva sobre asuntos de índole personal.
—En la vida pública —le dijo “Pérez y Pérez” al fiscal— no existe la frontera con lo privado, y ese es un peligro que nos acosa a diario.
De esa reflexión deducía que lo privado debía ser ignorado para no empañar los servicios que el funcionario había prestado a los intereses de la patria. Siempre —y el jefe recalcaba ese asunto— lo que estaba en juego era la patria. Y nadie, subrayaba la palabra nadie, pondría en riesgo la patria por una eyaculación más o menos feliz, una dosis inadecuada de estimulantes, o un desliz en una ocasional bacanal. Pero el caso de la muerte del “Vasco” estaba rodeado del misterio de un crimen. Si trascendían la adicción del coronel o, peor aún, sus gustos sexuales, lo importante —su asesinato— pasaría a un plano secundario y se diluiría en la insoportable liviandad del chismorreo.
Sugirió que, en último caso, quedara ese testimonio como puros devaneos de la anciana vecina, carentes de identidad, para incluirlos sin más en el expediente. Después de todo, la muerte del camarada se revelaría —y vengaría— por canales no oficiales del sistema judicial. Allí solo se enunciaría una resolución formal del inquietante suceso.
Para menoscabar el testimonio de la anciana —si el fiscal se inclinaba por no eliminarlo, llevado por comprensibles pruritos administrativos— deslizó la posibilidad de encargar una pericia psiquiátrica. No vería con malos ojos que la declararan afectada por una avanzada demencia senil.
—¡Qué vieja chismosa y charlatana! —exclamó—. ¡Ni el portero se salvó de sus alcahueterías! Si empieza a hablar todas estas boludeces vamos a terminar en un lío de justificaciones. La causa judicial es formal. La verdad es esquiva, mañosa, antojadiza, y no va a llegar vía expediente. Ni yo sé cómo vamos a arribar a una verdad aceptable para todos.
—Doctor —agregó con tono sugerente—, le aconsejo que la saque de escena. No nos gusta que se mancille el nombre de los nuestros y, mucho menos, si fue asesinado, de lo que abundan evidencias. Tenemos pleno convencimiento de que se trata de un vil crimen. Lo incluyo a usted en ese convencimiento.
—Desde ya, señor, no lo dude.
—Me alegra su disposición. Tenemos a favor la catarata de denuncias que el “Vasco” hizo contra la vieja durante meses —recordó “Pérez y Pérez”—. Lo menos que dijo es que estaba loca. Sírvase de eso para encauzar las cosas de un modo más prudente.
—Sí… tenía ese dato. Leí varias de las denuncias contra la mujer. Todas contundentes.
—El “Vasco” era muy amigo del comisario de la dependencia de su barrio, un “poeta” para las denuncias y un habilidoso innovador con la picana. Cuando la usaba, imitaba los movimientos de la escritura manuscrita, como si estuviera usando una estilográfica. Al pobre imbécil lo electrocutaba con “elegante caligrafía”. Y la lapicera la usaba como a la picana. Así que imagínese la prosa.
A la denuncia del coronel le agregaba su florida pluma. Una curiosidad de persona. Al “Vasco”, egocéntrico obsesivo amante de la buena literatura, eso le daba en el quinto forro de las pelotas, pero lo toleraba porque prefería hacer buenas migas con el comisario. Afinidades perversas. Conveniencias mutuas.
—Ha sido un buen recurso —exclamó el fiscal complaciente—. Favorece la prosecución del caso en el sentido que estamos conversando. Probablemente ni siquiera incorpore el testimonio al expediente, como usted me sugiere. No debería haber mayores inconvenientes. Pero me gustaría dejarle esta inquietud: la vieja está convencida de que tiene que aportar a la causa las cosas que, insiste, vio en más de una oportunidad… tiene vocación de testigo, está poseída por el deseo de declarar a como dé lugar. Para mayores males, todo viene adobado de alegatos religiosos, ordenamientos divinos, en el marco de una infancia signada por la Torá, el Talmud y los Diez Mandamientos.
—La religión siempre es un asunto lleno de infalibilidades. El que se guía doctrinariamente por los preceptos de la religión que fuera termina considerándose a sí mismo la palabra de Dios. Imagínese: Dios, cuando habla, lo hace para decir cosas importantes. Quienes se consideran sus voceros, aunque solo repitan tremebundas idioteces, creen que han dicho palabras de trascendencia metafísica.
—Ya lo creo. Por eso es que no sé si podremos suprimir su declaración de la causa. Va a insistir. Por ahí se pone “pesada”.
—¡Pero cómo se va a poner pesada una viejita de noventa años! ¡Por favor, doctor! Después de todo, si se pone “pesada”, como a usted le inquieta, ¿qué le vamos a hacer? –reflexionó “Pérez y Pérez”, entrecerrando los ojos con aire pensativo–. A Dios rogando y con el mazo dando. ¡Mire, doctor! –profirió con energía mientras se incorporaba de su mullido sillón–: si se muestra insistente y no responde a alguna sugerencia hecha con tanta cortesía como firmeza, que usted mismo bien podría formularle, habrá que visitarla en su domicilio.
Calló confidente, aspiró con fuerza el aire tibio del despacho climatizado y, mirando sugerente al fiscal, prosiguió:
—Si es necesario, hablaremos con el caligráfico y picaneante amigo de la comisaría, para hacer aparecer una nueva denuncia del “Vasco” antes de su muerte. La última, por ejemplo: una amenaza criminal, o algo así como un delirio intimidatorio, una locurita de viejita desquiciada. Y usted podrá proceder en el sentido que venimos conversando, incluso hasta recluirla por orden judicial en un geriátrico psiquiátrico. Tenemos dónde aislarla… hasta que muera por su avanzada edad, si ese natural suceso no se produce de manera más urgente.
Por lo que leí en el informe de Silverio, la vieja vive sola y los parientes que le quedan son tan viejos como ella, y no la visitan hace ya mucho tiempo. Nadie va a reclamar su presencia. Y, de última, amigo –expresó como resignado, recobrando su forma apocada y galante, reclinándose con aplomo en el amplio respaldo del sillón–, el infierno está lleno de testigos. De algo hay que morir. ¡Más a los noventa años! A esa edad, es hasta deseable que muera. Para que nazca lo nuevo, lo viejo debe morir. Esa es la lógica de las cosas. No se puede ser tan perverso como para vivir más de noventa años. ¿No le parece?
El silencio que siguió a sus últimas palabras se hizo denso. El joven fiscal tosió, atragantado, sin poder expectorar el mal humor que le produjo la mera perspectiva de otro homicidio.
—De todos modos –dijo “Pérez y Pérez”, recobrando la parsimonia y tratando de serenar a su interlocutor–, no creo que necesitemos medidas extremas. Soy enemigo de los actos extremos. De los actos extremos nunca se vuelve. Más estilográfica y menos picana, ¿no le parece, señor fiscal?
—¡Claro! Pienso como usted. Más poesía, menos violencia –sonrió aludido, impostando la risa.
—Además, estoy seguro de que su habilidad judicial podrá resolver cualquier contingencia que se presente, sin complicaciones –agregó “Pérez y Pérez”, complaciente.
—Seguro. Quédese tranquilo.

Convincente, el joven magistrado afirmó, aliviado por el rumbo que había tomado la conversación. Una cosa era decidir la falta de mérito, descartar una declaración testimonial, incluso disponer el encierro de una persona de avanzada edad en beneficio de una causa que así lo exigía; y otra, muy diferente, un homicidio que solo agregaría entuertos a lo que se pretendía resolver con el mayor sigilo.
—Aprovecho esta entrevista para consultarlo sobre otra cuestión vinculada a la causa.
—Su pregunta no molesta, doctor.
—Con el juez, tengo entendido, no habrá inconvenientes.
—¡No! ¡Qué va…! No es propia tropa, pero es un amigo. Algo ya le hicimos notar; si se pone curioso, hable con el asistente del finado coronel, el que ha quedado a comisión trabajando bajo mis órdenes.
—Diosdado, a él se refiere.
—Exacto, doctor, ese mismo. Él estuvo con “su señoría” poniéndolo al tanto de la discreción necesaria. Por ahí quiere un estipendio extra: la vida está cara y la familia demandante. ¡Fondos reservados! ¡Fondos reservados! No curan la ansiedad, pero la calman. Cosas del sistema. Pero tengo entendido que cumplió con nuestro pedido, ¿no sostuvo riguroso secreto de sumario? ¿No dejó todo en manos suyas? —Sí, sí… seguro… por ahora así vamos a proseguir con la causa. Solo quería transmitirle esta inquietud.
—Quédese tranquilo, que no va a encontrarse con una sorpresa. Solo le pedimos al señor juez una cuota de discreción algo exagerada. Nada excepcional. Después de todo, López Huidobro, con todo lo suyo, fue un esmerado camarada. Espero sus novedades, doctor.
Se levantó del sillón y extendió la mano para saludar al subordinado. Lo alentó a continuar esmerándose en sus labores.
—Algunos años más y será un juez federal: Señor Juez de la Nación Don Carlos Iniustitiam. ¡No cualquiera!
—Trato de no hacerme ilusiones, señor, pero espero confiado –respondió, sosteniendo una amplia y satisfactoria sonrisa, imaginando su meritorio porvenir.
—Tenga confianza, que aquí sabemos qué timbres tocar. Si no es en este turno de gobierno, será en el que viene. Hay que saber ser paciente. Dirían los persas: “La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces.” Sigamos en contacto, atendiendo las novedades que surjan.
—Adiós, señor.
—Adiós, doctor.
“La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud”, recordó la sentencia mientras observaba cómo el joven abogado salía de su despacho. Llamó a Diosdado por el intercomunicador.
El asistente se cruzó en el pasillo con el fiscal de la causa, con quien compartió una requisa que no figuró en ninguna instancia de la investigación. Se saludaron con franca amabilidad. Después de todo, estaban compartiendo el mismo equipo, el mismo jefe.
Ambos recibieron una orden escueta, pero enérgica, de “Pérez y Pérez”: retirar de la casa de Podestá una caja, un cofre de tamaño regular, de nogal lustrado. Fue el mismo día del hallazgo del cadáver, en un apartado que organizó “Pérez y Pérez” en la habitación vacía del departamento del muerto. Como la pesquisa la realizó el fiscal (el juez se excusó de participar alegando cuestiones de salud, respondiendo a un amable pedido de “Pérez y Pérez”), la seguridad de la caja nunca se vio amenazada durante esa primera pesquisa. “Pérez y Pérez” no sabía si otras personas conocían el tesoro oculto en ella. El contenido del cofre era secreto de Estado. Y se debía preservar tanto o más su enigmático contenido que el buen nombre del camarada muerto. Así lo convino con Reinafé, quien dejó en sus manos la resolución del espinoso asunto.
En la caja fuerte del nuevo despacho de Diosdado, “Pérez y Pérez” decidió guardar el tesoro. Al joven, la decisión del nuevo jefe le pareció inapropiada, pero no estaba en condiciones de discutirla.
—Buen día, señor –saludó Diosdado.
—Pase, m’hijo. Siéntese.
—Gracias, señor.
—¿Está cómodo en el despacho que le asigné?
—¡Claro, señor! –exaltado, Diosdado agradeció, mentiroso, su nueva oficina.
—Solo usted y yo tenemos la llave de la caja fuerte. Sépalo.
—Sí, señor.
—No vaya a perder la llave. Eso sí que sería una gran complicación.
—Quédese tranquilo, señor. Está a buen resguardo.
—Perfecto. Usted tiene en esa caja fuerte algo más que una bonita caja.
—No quiero ni saber el contenido.
Diosdado se excusó, acompañando sus palabras con ampulosos gestos. “Pérez y Pérez” meneó la cabeza, cavilando una respuesta que nunca dijo.
—¿Mandó el forense el informe de la autopsia? –preguntó, cambiando de tema repentinamente.
—Hace minutos –respondió de inmediato Diosdado.
—¿En sobre sellado?
—Sí, señor, como usted ordenó.
—¿Lo molesto si le pido que me lo traiga?
—Por favor, señor. Acá lo tengo –dijo el muchacho mientras extraía de un carpetón un sobre color madera, tamaño A4, cruzado con una faja sellada y firmada por el jefe médico forense.
—¿Quiere que me retire para leerlo tranquilo? –preguntó Diosdado sibilinamente.
—Salvo que pueda leer mi mente, no es necesario.
“Pérez y Pérez” tomó de un portalápiz un resaltador amarillo fluorescente. Luego de leer a la pasada varias hojas, se detuvo quizás en la séptima u octava carilla. Leyó, entonces, con atención.
A dos carillas, quizás tres, les dedicó especial interés. A todas las cruzó con el resaltador de arriba abajo, trazando una diagonal de impugnación. Guardó el informe en el mismo sobre. Del cajón superior de la cajonera de su escritorio, a su derecha, extrajo una hoja del tipo romaní y, con una estilográfica Mont Blanc de oro macizo con rubíes –una joya que le pertenecía– escribió una nota dirigida al jefe de los forenses encargados de la autopsia del coronel.
Su perfecta caligrafía describía un dibujo constante, rectilíneo, elegante. Apenas una línea recta que empezaba con un firulete y terminaba con otro. Escueta, tal vez terminante. No introdujo la nota manuscrita junto al informe en el mismo sobre. En otro, más pequeño, la adosó al del informe que cerró, apelando a una nueva faja engomada.
—Llévelo al doctor. Que lo lea, haga las modificaciones que le indico, vuelva a sellarlo y me lo remita por usted de inmediato. La nota que va adjunta es solo un pedido. Como el doctor es un verdadero cabrón, le puse por escrito la hora en que quiero se haga presente en mi despacho. Si usted le da alguna indicación, capaz de mandarlo a la mierda y armar un quilombo. Le tiene que dar el sobre y usted, sin dilaciones, me lo trae de vuelta. ¿Entendido?
—Sí, señor. Voy y vuelvo.
—No lo creo, muchacho –lo corrigió el jefe con tono burlón–. Como el doctor está advertido del trámite, lo va a hacer juntar orines un buen rato. De jodido nomás. Así que tómelo con calma, haga de cuenta que está esperando que le entreguen un premio extraordinario.
—Seguiré su consejo.
El jefe médico forense, de quien Diosdado solo conocía su apodo, no estaba, en verdad, de buen humor. El hombre se reprochaba que al levantarse no hubiera logrado comenzar un buen día, siendo que tampoco había logrado pasar una buena noche. Podría haber despertado y ser, en realidad, un extraordinario cardiocirujano, una eminencia en cirugía del corazón –¡con lo que la gente adora al corazón!– y no estar entumecido por las contracturas que una sola palabra de su aborrecida mujer le producía. Y su esposa nunca se limitaba a una sola palabra.
Cuando rezongaba sobre su condición y suspiraba por ese anhelo, no faltaba quien le recordara la trágica muerte de una eminencia en la materia. Respondía entonces sin atajos: “Lo mató por dos mangos de mierda ese paparulo. El doctor, desesperado por las deudas, apoyó la pistola en su pecho y el bobo ungido presidente jaló el gatillo por mezquino. ¿Cómo pudo ser presidente semejante turuleco?” Una incógnita que nadie se animaba a despejar.
“Morro” o “El Morro” –como lo bautizara cínicamente un ilustrado par suyo, comparándolo con las poco agradables funciones del Morro de Vaques– había discutido, por enésima vez, con su esposa acerca de ciertos pormenores de una anterior infidelidad con una subordinada. La recriminación empezó a la noche temprana y siguió durante buena parte de la madrugada, hasta que la mujer, extenuada de recriminar al hombre sus impudicias sexuales, se durmió agotada, en busca de recobrar energías para recomenzar al día siguiente con la filípica.
Sobre el asunto vedado de las niñas prostituidas, la mujer había desistido de toda mención. Era un límite que no debía sobrepasar. Aceptó el consejo de amigos cercanos, quienes le habían explicado con todo detalle la inconveniencia de exponer semejantes hechos.
Los asuntos de infidelidad no sorprendían a nadie. El común de los matrimonios que recurrían al divorcio como mecanismo para saldar sus acreencias usaba el adulterio como recurso acusatorio, con el mero objetivo de aumentar sus respectivos dividendos.
Para “El Morro”, sin duda, de eso se trataba: un artilugio de la mujer para aproximarse, por un atajo seguro, a la apropiación de los bienes gananciales, con bonificaciones extras por exponer la fornicación extramarital del esposo como un verdadero sistema de humillación contra la mujer. Cruda violencia de género, argumentaba ella, segura de que las nuevas leyes la beneficiarían condenando al cónyuge desleal.
No sin razón, la esposa argüía que ningún tribunal “del mundo” –y repetía varias veces “del mundo”, redundancia maliciosa que servía siempre para exasperar al marido– creería la versión de que aquellas escapadas extramatrimoniales estaban justificadas en un mutuo acuerdo. Según él, toda violación del séptimo mandamiento que Moisés impuso en nombre de Jehová, si resultaba útil al ascenso laboral o social, estaba aceptada por ambas partes. “Puras patrañas”, replicaba ella, “inventos de un incontinente sexual que no podía conservar su bragueta cerrada sin andar hurgando en otras vaginas, vedadas por la ley matrimonial y por el mismo Dios padre todopoderoso.”
El forense, cuando escuchaba ese argumento acompañado de la invocación divina, sonreía cínico. Sus gruesos labios de vacuno viboreaban serpentinos, multiplicando unos tics que los incrédulos imaginaban como una habilidad casi circense, pero que en realidad respondían a espasmos que atormentaban los músculos faciales del hombre.
Cuando el tema se presentaba agigantando el mutuo desprecio que se prodigaban, él se irritaba sobremanera y juraba que eran los exactos momentos en que deseaba golpear a la mujer hasta quebrarle la nariz. En otros altercados solo imaginaba golpearla con cierta moderación. Pero no era este el caso.
Como la amenaza venía en ancas del cálculo posible sobre los dividendos de la relativa fortuna del galeno, su furia crecía al ritmo de los intereses devengados por el capital acumulado a lo largo de la vida. Cuanto más crecía el chantaje de desplumarlo, más crecían sus deseos de golpearla con furia en la cara, hasta causarle una lastimadura tan profunda que ningún cirujano plástico se animaría a reparar el estropicio.
Frígida y deforme, acabaría sus días lamentando haber exasperado a un simple hombre que solo dedicaba su vida a hurgar cadáveres en busca de muertes y, de vez en cuando, disfrutaba con beneplácito un escarceo sexual con alguna subordinada. Nada que alterara el escalafón profesional, nada de mezclar placer con profesión.
Aquella, su última aventura –por la que sufría el acoso charlatanesco de la cónyuge y de la que había tomado conocimiento por una distracción ridícula– se había tratado solo de una relación esporádica. Mucho más que otras que no merecieron de parte de la esposa engañada la misma intensidad en los reproches. Ella lo invitó a mantener relaciones sexuales y él aceptó. Tan simple y tan sencillo. Nada trascendente. Repetía: “Un simple coito, qué tanto joder. Uno de tantos.”
Pero cuando lo amenazaba con aprovechar la primera oportunidad para hacer un escándalo público y llevarlo a estrados judiciales, promoviendo un divorcio que le permitiera esquilmarle más del cincuenta por ciento de los bienes comunes, ahí los deseos dejaban de limitarse a una golpiza y adquirían proporciones homicidas.
—¡Con mi dinero no te metás! –advertía furioso.
Cuando algún camarada le sugería el divorcio para poner fin a una vida de incordio marital, respondía: —Jamás regalaré mis bienes a esa yegua de mierda. Antes, la quemo viva. ¿Le gusta el alcohol? Yo le voy a dar alcohol, por litros.

O explicaba con cuánto ácido sulfúrico la rociaría. Y si no fuera sulfúrico, bien podría ser fluorhídrico, decía, recurriendo a la tabla periódica de Mendeléyev para detallar su proposición.
—Dos moléculas de hidrógeno, una de azufre y cuatro de oxígeno te resuelven un divorcio express –describía entre sonrisas sádicas. Y si no fuera el sulfúrico, bastaría con una de hidrógeno y una de flúor: ácido fluorhídrico.
—El calcio precipita con los fluoruros como fluoruro de calcio e impide la curación –explicaba en tono docente–. El agua de la canilla sirve para beber, pero no para curar esta quemadura. Sencillo. Efectivo. De temer –advertía a quien quisiera oír su ciencia aplicada al tormento femenino.
En tono de burla, repetía, según él, un raro poema con palabras persas que escribió una cálida noche de reproches. Recitaba:
El matrimonio y la horca son hechos fatales.
Tal vez lo supieron
Somayeh Mehri, Raana y Nazanin.
Shirin Mohamadi.
Raana Por Amrai, Fatemeh Qalandari.
Raana y Fatemeh,
Raana y Fatemeh,
Mahnaz Kazemi.
Masoumeh Atai, Zivar Parvin,
Maryam Zamani, Arezo Hashemi Nezhad.
Un león entre mujeres es lo más peligroso. 1
Los asuntos de infidelidad no sorprendían a nadie. El común de los matrimonios que recurrían al divorcio como mecanismo para saldar sus acreencias usaba el adulterio como recurso acusatorio, con el mero objetivo de aumentar sus respectivos dividendos.
Para “El Morro”, sin duda, de eso se trataba: un artilugio de la mujer para aproximarse, por un atajo seguro, a la apropiación de los bienes gananciales, con bonificaciones extras por exponer la fornicación extramarital del esposo como un verdadero sistema de humillación contra la mujer. Cruda violencia de género, argumentaba ella, segura de que las nuevas leyes la beneficiarían condenando al cónyuge desleal.
Cuando algún colega lo cuestionaba, refutando su argumento sobre la abundancia de esos químicos en su tarea de forense para facilitar ciertos trabajos de limpieza y conservación de piezas óseas, se reía a lo bruto e insultaba al interlocutor hasta que este, hastiado, se marchaba interrumpiendo el siniestro diálogo.
En más de una oportunidad, esos profesionales advirtieron a los superiores sobre los peligros que preanunciaban la manipulación de ácidos corrosivos invocados como instrumentos vengadores contra los supuestos reclamos de una esposa despechada.
Y mientras el colega se retiraba impresionado por la desfachatez de “El Morro”, este repetía, alzando el dedo índice de su mano derecha, amenazante:
—Antes de que me toque un peso, la quemo viva con un baño de ácido.
O podría ahogarla, con facilidad. En el mar. En el río. En la bañera. Donde se presentase la mejor oportunidad. Imaginaba aprovechar esos interminables baños de inmersión que la esposa disfrutaba hasta arrugarse como una pasa, mientras la masajeaban gruesos chorros de agua caliente del hidromasaje. Bastaría tomarla del cuello y hundirla hasta que el oxígeno se agotase en su cerebro y cesaran todas sus funciones vitales.
El diagnóstico sería sencillo: ¿asfixia por estrangulamiento? No. Simple hipoxia cerebral. Solo las cosas simples explican los asuntos complejos. Hipoxia: falta de oxígeno, desmayo por sobreabundancia de alcohol en sangre que la entregó a una inmersión mortal. Esa sería su explicación.
La autopsia la realizaría él mismo. Un cariñoso homenaje conyugal a la anatomía histérica de la fallecida. Entonces sí, tomaría cabal sentido la burla cruel de compararlo con “El Morro”, el botxí, aplicando brutos tormentos corporales, impartiendo justicia de modo simple, pero ejemplificador.
Al fin de cuentas, despanzurrar el cadáver de esa resentida e interesada mujer sería una tarea gratificante, a tal punto que solo imaginarlo lo exaltaba hasta el sudor profuso que suscita la emoción siniestra.
Describir su muerte como el desgraciado y simple accidente de un cerebro que dejó de recibir la cuota suficiente de oxígeno, producto de los delirios de enriquecimiento fácil a costa de su largo peregrinar por las frías mesadas forenses, se comparaba con las puntillosas descripciones que los viejos manuales de anatomía ilustraban con detallados dibujos de la naturaleza humana.
Por otra parte, sabía que nadie se inmiscuiría en las falacias del informe forense porque, después de todo, la tergiversación de un dato o de una conclusión era algo tan habitual que resultaba, incluso, hasta ponderable. Para “El Morro”, no siempre la mentira era pecado, y no siempre la mentira se oponía a la verdad. La verdad y la mentira eran, en muchas ocasiones, socias tributarias, dinero de por medio.
Ahora bien, cuando la amenaza se limitaba a que escaparía con un amante, al que se entregaría para que la penetre y la disfrute, sus sentimientos eran ambiguos: incredulidad y aversión. No aparecía un sentimiento sin el otro.
¿Existiría el hombre que pudiera enroscarse en una relación, aunque fuera ocasional, con aquella aspirante al robo de activos? Esta sola reflexión lo hundía en la incredulidad más definitiva. Pero si apareciera el hombre capaz de soportar esa voz chillona, aguda, exasperante, jadeando en busca de un orgasmo impostado, con ese aliento a tabaco rancio y mohoso que lo hacía voltear la cara al borde de la arcada, la conmiseración se vinculaba a la aversión.
¿Acto de altruismo? Podría considerarlo. Ocasional damnificado, también; y en esa condición invitar al infortunado amante a compartir un rato de esparcimiento aliviador, donde pudiera despejar su mente y sus sentimientos de la experiencia carnal con la codiciosa mujer.
Podrían conversar en tono amable sobre vaginas: tanto de las vivas, cálidas y húmedas, como de las frías y rígidas poscadavéricas (una extravagance muy propia de Sibaris), o de aquellas que han sido diseccionadas a puro escalpelo, reducidas a un montoncito insignificante de fibras imposibles de identificar, salvo por quienes tienen ojos de microscopio y llevan la representación de mitocondrias, núcleos, citoplasmas y todo aquello impregnado en la tela delgada de sus insensibles retinas, como la misma estampa de un perverso sudario.
Así lo llevaría por el camino del recuerdo, alejándolo con amabilidad de ese presente, para devolverlo a experiencias que merecen ser poetizadas para el disfrute y la satisfacción, cuando la edad adormece los arrebatos viriles que propiciaba la testosterona en tiempos mejores.
Ese día en especial, cuando Diosdado llamó a su puerta para entregarle el sobre que le devolvía “Pérez y Pérez”, atravesaba un estado de ánimo hasta entonces desconocido.
No era mera consecuencia de la acalorada discusión durante toda la madrugada con su detestada esposa. A esas, si no se había habituado, las tomaba como el que requiere de un purgante. Lo asociaba con el nauseabundo aceite de bacalao que su madre lo obligaba a tomar de a una cucharada diaria. No agradaba, pero se soportaba.
Tampoco se trataba de desánimo, ni se imputaba un doble fracaso: el de su matrimonio y el de no haber persistido en su verdadera vocación. Era un estado de introspección. Cuando las cavilaciones lo condicionaban, hasta prefería tomar alguna licencia que lo alejara de las disecciones que requerían su mano experta y su ojo agudo.
No paraba en la casa marital porque ahí no encontraba sosiego ni la serenidad necesaria para atender su estado de ánimo. Allí solo se hablaba de dinero. Y, para colmo, del suyo.
Se dirigía a una pequeña casita en medio del campo, por una zona que en sus mejores épocas había sido parte de la cuenca lechera, pero que las despolíticas agropecuarias habían transformado en una artificial sabana de soja transgénica, apenas alterada periódicamente por los maizales también transgénicos que, espigados, estiraban mutados sus penachos hacia el cielo.
Donde reinaba el glifosato, solía encontrar la paz que deseaba para repensar acontecimientos que en su juventud y en la madurez temprana apenas le parecían acciones de escasa importancia. El cristal de los años fue variando sustancialmente sus pensamientos. También era la zona liberada para la alegre pederastia que practicaba cada vez con mayor frecuencia y desparpajo. Un viejo bonaerense era su proveedor. Aunque siempre se presentaba sucio y desalineado, la mercadería que ofrecía era atractiva y los precios, si bien altos, nunca fueron exorbitantes.
La meditación y el sexo con infantas hacían que se reencontrara con sus mejores postulados y los revisara a la luz de la experiencia acumulada. Meditaba entre coito y coito, entre mate y mate cuando descansaba de la orgía.
Evaluaba las opciones que se le presentaron allá por su juventud y el porqué de las elecciones que definieron el rumbo de su vida, desde entonces hasta ese presente. Se interrogaba por qué había cambiado de proyecto. Si en vez de médico forense hubiese sido político, como aspiraba, con seguridad aquella, a la que consideraba una histérica que descontrolaba sus días, jamás la habría conocido. Pero eso era apenas significante.
Podría haber alcanzado una diputación, una senaduría o incluso haber sido gobernador. Reconocía que, en aquella juventud, reunía las habilidades necesarias para organizar las alianzas correctas y amalgamar poderosos intereses. Había llegado a conocer a hombres de vastas fortunas, que hubieran aceitado su ascenso político a cambio de beneficios adecuados a sus intereses.
Eran personajes más o menos corruptos, pero atentos a la realidad, capaces de virar de posiciones extremas a moderadas con la misma ductilidad con que él, un muchacho, cambiaba de vestuario.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, tenía la capacidad de interpretar los cambios sutiles que los vientos del poder hacían soplar, acomodando sus intereses para no sufrir perturbaciones que devinieran en estrepitosos fracasos. Y esa era una notable virtud que, a veces, ni siquiera se alcanzaba a la edad en que se consideraba que un político estaba listo para empresas mayores.
Vio, a lo largo de esos años, cómo muchos de sus correligionarios malgastaron oportunidades: fuera por no haber comprendido el devenir de la política nacional, por no advertir esos cambios sutiles que perfuman con traiciones el aire que se respira, o por francas limitaciones intelectuales que reducían el horizonte a minucias intrascendentes. Hombre de ciencia, al fin, refunfuñaba contra el decadente nivel intelectual de quienes se ofertaban para conducir los destinos de la nación, en cualquiera de las esferas que se tratase.
Entre esas supuestas virtudes que se atribuía en aquellos años mozos estaba la de la valentía. Creía ser valiente y conocer sobre la valentía.
Hijo de un bravucón que integró los comandos civiles –fuerza de choque del golpe de Estado de septiembre de 1955 contra Perón–, no fue coraje lo que le inculcó, sino un odio exacerbado, como solo la dictadura pudo promover contra el gobierno constitucional y sus adherentes. No era solo odio político: sobrepasaba esos límites y penetraba la sustancia de todas las demás vivencias. Ese odio, años después, lo llevaría al colapso y a un final que podía sospecharse si se observaban atentos los repliegues de su odio acumulado.
Esa virulencia en la acción y en la palabra se la representó como un modelo de arrojo, cuando en realidad solo manifestaba el ejercicio prepotente del matonazgo en armas, que se constituyó en justificativo de incontables actos criminales. No se trataba de valentía, sino de barbarie política.
A pesar de que, en su habitación, la madre –curiosa de la vehemencia que arrastraba a su hijo hacia la política sectaria– había colgado un cartel escrito con caligrafía excelsa, una expresión bíblica, él actuaba con indiferencia a los preceptos evangélicos:
“Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca de los impíos encubre violencia. El odio suscita rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones. En los labios del entendido se halla sabiduría, pero la vara es para las espaldas del falto de entendimiento.”
Lejos de reparar en la advertencia que los dichos de Salomón hacían a través de la madre, se fue crispando hasta la exaltación. Celebraba, con el correr de los años, los relatos de su padre ya envejecido, sumido en orines y devaneos, fastos pletóricos de adjetivos sin angustia, cuando el cruel bombardeo a Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955, en el que más de trescientos “cabecitas negras” fueron asesinados.
Se trataba de simples ciudadanos que, incrédulos, admiraban el paso de los aviones como si fuera un desfile, y no reconocían los racimos de bombas que caían con su carga de muerte, despedazando las humanidades proletarias que se solazaban con el sol de junio, y de empleados públicos que a esa hora abandonaban los ministerios que rodeaban la Plaza de la Victoria para retornar a sus hogares.
—¿Sabés cómo les dicen a los peronistas? –preguntaba socarrón el padre. Y el muchacho esperaba ansioso la respuesta.
—Billetes de cinco pesos. Porque son muchos… ¡y todos sucios! –reían a coro.
¿Cómo se justificó la matanza? El objetivo que promovió la empresa estaba por encima de cualquier otra consideración. Expresiones repetidas en todos los ámbitos y en cualquier época: el fin justifica los medios.
¡Muerte al tirano!, gritaba ensimismado su padre en las noches calenturientas de los preparativos del golpe de Estado, que revivía consumido en una temprana demencia senil. ¡Viva el bombardeo a Plaza de Mayo! ¡Viva! ¡Viva! Y festejaba la carnicería aquella ante la asombrada mirada del niño.
Grande fue su decepción cuando supo que el presidente, “el tirano”, no había muerto. Y cuando la tropa leal repelió el ataque de la infantería de Marina, que al final rindió las armas ante la superioridad de los leales, se agarró una rabieta atroz.

Años después, y para su decepción, descubrió que su padre había sido defensor del “tirano prófugo”, tan furioso como luego su detractor. En los albores del movimiento “populista”, como lo caracterizaba, se encargó durante casi diez años de alcahuetear a quienes no profesaban la doctrina, como “delegado de manzana”. Integraba un sistema que bien podría haberse denominado “Congregados para la doctrina de la nueva fe”: un entramado capilar de delaciones que permitía al partido gobernante conocer hasta los detalles más ínfimos de la vida mundana de simples personas. Lo más importante, supo ya en su labor en la institución, era descubrir a los posibles comunistas y anarquistas. Les propiciaba, como diría el peruano, “un odio de Dios, así tan fuerte”.
Cuando supo que el Partido Comunista, una fuerza política muy poderosa entonces, también participaba del golpe de Estado, sufrió una diarrea cerebral de la que quedaron justificadas dudas sobre si alguna vez se repuso por completo.
Así como el alcahuete pasó de una adhesión a otra, la información pasó de un gobierno al otro, sin importar si uno era constitucional y el otro de facto. Los gobiernos pasan, las alcahueterías quedan.
Con la misma facilidad con la que había vociferado “¡muerte a todos los gorilas!” y “¡cinco por uno, no va a quedar ninguno!”, gritó “¡muerte al tirano prófugo!”. ¿Cómo se produjo esa metamorfosis? No lo sabía. Nunca lo supo. Eso sí, su pasión anticomunista se mantuvo inalterable.
Cuando los preparativos del golpe de Estado de 1976, la posición antigolpista de los comunistas revolucionarios lo exasperó como nada hasta entonces. Si hubiese sido por él, mucho antes hubiese empezado la cacería de esos “zurdos de mierda que defienden a la yegua”, como gritaba en las reuniones conspirativas preparando el genocidio.
El padre, que había muerto hacía algún tiempo, atravesó una larga enfermedad mental, una demencia senil temprana que licuó su inteligencia y mezcló los recuerdos en un pastiche irreconocible. Nunca se lo confesó. Los parientes que lo sobrevivieron, hermanos y primos, por su parte, no sabían los motivos de aquella metamorfosis o, directamente, no querían hablar de ella.
Formado en los arrebatos antiperonistas del padre, aunque a la postre no pudiera asignarle un valor certero al gorilismo de su progenitor, se había propuesto ser un ícono, un arquetipo de la democracia sin populismos. Leía a los liberales con fruición y hasta se animó a algunos escritos que se promocionaban como socialistas democráticos, en especial aquellos que producía la pluma de Américo Ghioldi, a quien admiraba por su paso por la Junta Consultiva, la contrarreforma constituyente y la embajada en Portugal.
Solía repetir aquella frase que Ghioldi estampó en un libelo: “Se acabó la leche de la clemencia”, mientras se fusilaba a algunas decenas de civiles y militares rebeldes. “¡Se acabó la leche de la clemencia!” ¡Qué expresión! Se conmovía de solo pronunciar esas palabras fulminantes.
Adolescente, cuando nadie lo observaba, frente a los espejos biselados que circunvalaban el amplio comedor de la casa de los abuelos, discurseaba imitando la verborragia de los políticos de la década del sesenta.
Muchos de sus contemporáneos mayores eran admiradores de Frondizi. “El estadista”, decían de él. Sin embargo, otros miembros de la familia, en los almuerzos de domingo, denostaban a Frondizi por traidor a los verdaderos radicales reunidos en la UCR; otros, los más, por el acuerdo con Perón que lo llevó a la presidencia. Lo consideraban una infamia que retrotraía el éxito del 16 de septiembre a tiempos anteriores a la gran victoria golpista.
El recuerdo perdurable en la familia del derrumbe de Frondizi, en medio de huelgas interminables, militarización de las protestas, abandono de toda promesa electoral y esa inexplicable relación con Moscú, apagó las rencillas familiares por asuntos políticos. Perón amenazaba desde el exilio, y todo parecía encerrado en un círculo que giraba, indetenible, en torno a un punto estático. A diferencia del Enso, para ellos ya no había ninguna abertura que llevara a la armonía completa.
Con Onganía, la política dejó de presentarse como un objetivo deseable. No admiraba a los militares y “La Morsa” se consumió como yesca reseca en los fuegos del Cordobazo. Prometió quedarse una eternidad y a los cuatro años debió huir con el rabo entre las piernas, corrido por los sublevados de Córdoba.
Tuvo que considerar otros rumbos. Ser militar, estaba decidido, no era una opción. No tenía edad para ingresar al Colegio Militar y la carrera de suboficial le resultaba despreciable. “Los milicos”, repetía, “son una desgracia de la humanidad”. “El tirano prófugo” era general, lo que consolidaba su opinión. La fuga de “La Morsa” le dio otros argumentos a su repudio.
Emparentaba a los uniformados con una especie de anormalidad parasitaria. Consumidores improductivos. Reunidos en horda alrededor de una vaga consigna. Se burlaba jactancioso: “Subordinación y valor para defender a Magoya”.
A los policías los repudiaba por coimeros. Los veía siempre persiguiendo prostitutas para robarles unos morlacos bien ganados abriendo las piernas.
Y entonces, sin considerarlo mucho, aceptó el convite de un amigo médico: la medicina fue una opción que se presentó con fuerza propia. Pero a él no le interesaba sanar. La salud no era su obsesión. La anatomía, la vivisección, la disección lo atraían como si un sortilegio macabro lo hubiese contaminado con sus argucias.
Lo conmovía despedazar, trocear, descuartizar. No como el loco aristócrata Jack, ni como Fish o Gein, o Burgos, el descuartizador de Constitución; sino asistido por la ciencia, con sabiduría, con un conocimiento anatómico que resultara la envidia de todos sus competidores.
No le costó mucho tomar una decisión tan trascendente: su comportamiento obsesivo le permitió terminar sus estudios en tiempo récord, inscribiéndose, a poco de obtener su doctorado, en el sistema judicial, donde podría realizar sus disecciones amparado por la ley. Toda tropelía que se pudiera realizar bajo el amparo de la ley devenía en acto virtuoso por una rara alquimia que definían los códigos de justicia en sus innumerables articulados, arrumbados en los anaqueles de los burócratas del sistema judicial.
Y allí estaba, sentado, leyendo una nota de perfecta caligrafía que describía un dibujo constante, rectilíneo, elegante. Apenas una línea escueta, terminante: “Preséntese a tal hora en mi despacho”, decía muy campante el mandamás irrespetuoso.
La triple tachadura amarilla fluorescente, que oblicua bajaba anulando infidencias y revelaciones, le producía los mismos arrebatos que la vocecita aguda y tabacada de la esposa reclamando el cincuenta por ciento contante y sonante, antes de que recalara en algún juzgado donde ventilar las inmundicias de un forense coimero y ventajero. Pero en ese caso, la quemaría viva. En un arrebato calculado, hasta ese jefe ignominioso podía padecer sus planificados excesos de ácidos corrosivos.
Un bidón lleno de nafta, una botella de alcohol, un simple chisquero o los Fragata, siempre útiles e infalibles, era todo lo que precisaba para llevar a la hoguera a la mujercita codiciosa y al jefe irrespetuoso. El fuego sería el gran purificador. El elemento fuego: inmaterial, veloz, voluntarioso, intuitivo. Y si no, quedaba el recurso de los ácidos, repetidos sus nombres como una música aciaga: oía en los repliegues de su cerebro “sulfúrico” y musitaba “sulfúrico”; “fluorhídrico” y mascullaba “fluorhídrico”.
Pero “Pérez y Pérez” no tenía la reducida envergadura de su esposa, ni la fragilidad de una ramita que se diseca con facilidad presa del calor abrasador del fuego. Era, por si no bastara su jerarquía, él mismo un “purificador”. No podía amenazarlo con una pira crepitante disolviendo la grasa entre los músculos antes de incinerar los huesos que siempre oponen pertinaz resistencia a carbonizarse. Era un jefe, un verdadero jefe al que con dificultad alguien se animaría a contrariar. Para con “Pérez y Pérez”, el recurso de los ácidos estaba descartado.
Así que su venganza se reducía a hacer esperar al asistente durante un largo tiempo, sabiendo que, al final de cuentas, obedecería la orden y borraría de su informe todo aquello que su superior le ordenaba. Resistirse era inútil.
Releyó la nota, miró el informe que había remitido al jefe, carajeó en lunfardo, volvió a introducir todos los papeles en el sobre y se incorporó como lanzado por un resorte. Estalló enfurecido. Los ojos desorbitados, las venas del cuello inflamadas, el rostro enrojecido.
Podía sentir en su pecho el aumento de la frecuencia cardíaca; sístoles y diástoles en ritmo frenético impulsaban la sangre que golpeaba las paredes arteriales aumentando su presión, y, como a chorros, la adrenalina y la noradrenalina atizaban la ira incontrolable. Si hubiese tenido a mano un bidón lleno de nafta y una caja de fósforos, reclamaría en el fuego esa justa respuesta a las humillaciones que creía que los arbitrios caprichosos de su superior le infringían inmerecidamente. ¡Y si tuviera la capacidad de producir una lluvia de ácido sulfúrico! ¡Qué extraordinario suceso avistarían sus ojos perpetuando el recuerdo!
Tomó del brazo a Diosdado y pudo sentir la contextura un tanto fofa de sus músculos. Lo sintió gelatinoso y eso lo exasperó aún más. “Me manda un gordo fofo y lleno de cebo para ridiculizarme.” Diosdado percibió la furia de “El Morro” y hasta pudo advertir las ansias de muerte que circulaban a enorme velocidad por su sistema nervioso. Pensó con claridad: “Este hombre algún día va a perder la cabeza.”
—Dígame, ¿qué mierda es esto…? –preguntó “El Morro”, desfigurado el rostro, lejos de esa expresión de despreocupación con la que encaraba las disecciones.
—Ni idea, señor. Soy un mensajero. ¿Mi rostro le indica alguna señal de que sé de qué se trata lo que hay en ese sobre?
—Su cara no me dice un carajo…
—Es lógico, doctor, porque no sé un carajo de qué se trata el asunto que lo irrita tanto.
—¡Vení conmigo! –ordenó el forense con tono combativo, encaminándose hacia el despacho de “Pérez y Pérez”.
—Como usted ordene, señor –Diosdado se encogió de hombros mientras una mueca burlona se escapaba por la comisura de su sonrisa–. Se alegrará el jefe de que no solo le devuelva el informe, sino que la devolución llegue de la mano de su propio autor.
—No te hagas el vivo conmigo, gordito, que te puedo filetear a la vuelta de la esquina.
—El enojo, doctor, lo hace perder la perspectiva de las cosas.
—¿Qué, sos mi psicólogo ahora? –respondió aún más exaltado “El Morro”, encontrando un atajo para liberar su ira contenida luego de aquella noche de reyerta marital y de la censura de ese superior que repudiaba.
—Solo le digo que su enojo lo hace perder la perspectiva de las cosas. Eso va a terminar perjudicándole. ¿No prefiere calmarse y luego vamos juntos al despacho del jefe?
“El Morro” se detuvo. Tan repentina como emergió la ira, se presentó la calma. Como un péndulo, sus sentimientos se movieron de un extremo al otro.
Su cerebro acogió con agrado la invitación de Diosdado al sosiego. Mudó de semblante. El rictus violento cedió su lugar a una relajación que ablandó la mirada. Las palpitaciones se redujeron drásticamente. Cesaron la adrenalina y la noradrenalina de acicatear la ira, y su presión se estacionó en valores propios de un hombre que incluso era algo hipotenso.
La incandescencia imaginaria del bidón lleno de nafta derramado en fuego quemando la carne humana se desvaneció abrupta. El ácido trocó en agua bendita.
Miró más sereno a Diosdado, directo a los ojos.
—Tiene razón –dijo todavía perturbado.
Diosdado sonrió para distenderse.
—Doctor, que me maltrate a mí no le va a acarrear consecuencias, pero que trate con el jefe en ese estado solo le va a ocasionar malos tragos.
—Sí, tiene razón… Es que a veces se me suelta la cadena.
—Tenga cuidado, doctor, porque todo se puede evitar menos las consecuencias.
“El Morro” inspiró y exhaló como si estuviera en un manso ejercicio de relajación. Buscó serenidad. Cabeceó asintiendo. No había reparado hasta entonces en que sus ataques de ira podían llevarlo a enfrentamientos en su trabajo. Supuso que debía ejercitar el control riguroso en ese ámbito. En el doméstico, hasta podría argumentarse que tenía piedra libre.
Si conversara con “Pérez y Pérez”, incansable repetidor de citas, le citaría al Dante, cuando escribió sobre la ira: “amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento”.
Justificado en el florentino, retomó en su imaginación el bidón lleno de nafta, la botella de alcohol y el fósforo “Fragata” destellando al encender el combustible en el cuerpo de una mujer que no dejaba de parlotear reclamando su cincuenta por ciento mientras se carbonizaba. Repasó esas secuencias una y otra vez: los espasmos, el crepitar del tejido chamuscado, el olor penetrante. Se cuestionó como un juego de adivinanzas: ¿cuánto tardaría en arder una mujer histérica rociada convenientemente con combustible? “El Morro” se encogió de hombros. “¡Qué importa!”, murmuró, provocando la sorpresa en Diosdado, que no sabía a qué se refería.
Y ya para sí, se convenció de que siempre quedaba el recurso de los ácidos. Sulfúrico o fluorhídrico. En ellos se resumía la disyuntiva: un macabro yin y yang de la flagelación. Un yin y yang de vida y muerte por acción de los elementos químicos, asombrosamente descubiertos por Mendeléyev. “Ese ruso converso al deísmo”, repetía intrigado por la conversión, y que, a diferencia suya, buscó a Dios a través de la razón y no de la revelación. El ácido, ¡los ácidos!, serían la fuente de sus revelaciones, el augur de sus sosiegos y bienaventuranzas. Imaginaba esa lluvia ácida disolviendo en un abrir y cerrar de ojos la menuda anatomía de su esposa.
Miró a los ojos a su acompañante y, tomándolo del brazo, lo detuvo. Preguntó con decisión:
—¿Conoce los “fuegos del odio”?
—No, doctor –respondió Diosdado, intrigado.
—Qué pena, muchacho. No sabe lo que se pierde.

***

VI – En el nombre de Dios 


El muchacho pendía semidesnudo de un árbol, el último de una hilera plantada hacía décadas. Era un plátano de paseo, crecido en los fondos del terreno. A unos veinte metros se levantaba el rancho, construido cincuenta años atrás con ladrillos y adobes, aislado en medio del descampado. La soledad del predio se había mantenido intacta desde entonces, aunque el rancho, deteriorado, ya parecía una tapera.
El pueblo quedaba a más de seis kilómetros de la ruta interprovincial. Por allí apenas pasaban los camiones cargados de soja; el resto del tránsito era escaso. El camino de tierra que unía al pueblo con la ruta se volvía intransitable con las lluvias, y solo a pie se alcanzaba el poblado. Ningún ojo extraño podía descubrir la ceremonia de expiación: la arboleda ocultaba a los torturadores, dos hombres que lo martirizaban con saña.
De lejos parecía un adolescente. Al acercarse, la ilusión se deshacía: era un niño, aún sin entrar en la pubertad. La confusión nacía de su estatura; suspendido, desde la punta de los dedos hasta los pies que colgaban, parecía alto, demasiado para su edad. Era esmirriado, de aspecto enfermizo. Si hubiese estado jugando, su cuerpo habría sido una glicina balanceándose con gracia; pero en el suplicio esa gracia se extinguía. Era un junco atormentado, entregado a dos maniáticos.
En sus muñecas, dos gruesos amarres de cuero lo sujetaban a un extraño aparejo de hierro y rondanas, con el que lo subían y bajaban. El robusto arzón, fabricado por los hombres, estaba empotrado en la rama más alta del viejo plátano. Las piezas metálicas, pintadas de gris brillante, reflejaban la luz de la alborada: destellos plateados que encandilaban a quien se atreviera a mirarlos de frente.

La mañana era fría. El sol, perezoso, retenido por los altos matorrales verde oscuro que dominaban el horizonte, se mantenía semioculto, como llevado por un sigilo inexplicable. Hasta bien entrado el día, su calor era escaso. En el rancho, el silencio acompañaba al frío, apenas aliviado por la tarde con el calor de una antigua salamandra inglesa Jeunesse de hierro fundido. La madre, desentendida del flagelo, observaba el sufrimiento del niño a través de una ventana de vidrios rotos. Bebía su mate cocido en un tazón humeante, indiferente.
El viento débil traía el frío de a puñados desde una legua blanqueada por la escarcha y embestía contra el cuerpito esmirriado del atormentado. Pobre humanidad crispada. Estaba aterido, y el frío acentuaba el dolor de las heridas. Algunas cicatrices se enrojecían de golpe al contacto con la helada.
La soga que chirriaba en la vigorosa rondana, sosteniéndolo, era de material sintético, gruesa, de dos centímetros de ancho, blanca, decorada con anillos negros espaciados, imitando el escamado de una serpiente mefítica. El sistema de nudos, eficaz conjunto de cerrojos imposibles de zafar, además de sujetarlo, quemaba la piel al aprovechar los giros oscilantes del cuerpo en su vaivén constante. Esas cicatrices en ambas muñecas acompañarían esa humanidad por siempre, disimuladas algún día por bellas muñequeras que un artesano de Plaza Francia habría de producir para encubrir las lesiones, combinando cuentas multicolores en un dibujo abstracto.
La larga soga permitía al torturador alejarse del aparato y jugar subiendo y bajando el cuerpo, que no dejaba de oscilar. El columpio establecía un ritmo que los golpes sucesivos con la vara de sauce repetían con exactitud, como quien atiende con rigor concertante los pulsos de un metrónomo siniestro. El hombre, algo mayor pero no viejo, azotaba rítmico e impertérrito, girando alrededor del árbol de los tormentos mientras recitaba secciones enteras de la Biblia.
El sermón apenas se interrumpía con los débiles gemidos del muchacho, que sonaban como salpicaduras de lamentos. Igual que una gota de lluvia en un vasto arenal reseco, los ruegos se evaporaban ante la indiferencia crucial de los hombrones. La madre, impasible, en actitud autista, contemplaba la escena ajena a todo sentimiento. El vapor que ascendía de su tazón desdibujaba sus facciones.
Los hombres que atormentaban al impúber vestían casi andrajos. El más joven, compinche del que sermoneaba, manipulaba la soga. Aparentaba unos cuarenta años. Sin abrigo, con una camisa de trabajo marrón caqui, sin mangas, mostraba brazos fuertes y tensos mientras ejecutaba su parte en el castigo. Trabajaba ocasionalmente de jornalero en los campos aledaños, también de alambrador, oficio duro por demás. En la casa colaboraba con las tareas de una pequeña producción: cría de chanchos y algo de quinta.
Cuando se incorporaba, poniendo recta la espalda, parecía más macizo. Su sombra mañanera, algo difusa, se proyectaba como una daga maligna hacia una cicatriz imaginaria en el horizonte cercano.
De rostro brutal, casi lampiño, con nariz aguileña semejando el pico corvo de un ave de rapiña, mostraba ojos y boca pequeños, tan negros unos como la otra. Jadeaba y babeaba por la comisura de los labios. Una lengua viscosa y ennegrecida reptaba en la cavidad de la boca, regodeándose con el sufrimiento del impúber.
Respiraba fatigado, con bronquios esmerilados que sonaban como piedras negras raspándose, un ruido desaliñado, alucinante. Al inhalar, absorbía los tenues quejidos del niño; al exhalar, soltaba dos manchones negros, cuervos grotescos que se desprendían de su humanidad para posarse en las lastimaduras del atormentado. Rasguños bermellones, sanguinolentos, que se amorataban con el tiempo y la repetición del castigo.
Rítmico, bajaba y subía al niño con rigor, amplificando el dolor en sus hombros. Halaba con furia, tironeaba. Crujían los ligamentos. Tiraba y frenaba, tiraba y frenaba, tiraba y frenaba, siempre tres veces, observando las contracciones del cuerpo retorcido. Y cuando comenzaba el descenso, lo detenía abruptamente también en tres oportunidades.
El de la varilla de sauce, usado como látigo, era algo más bajo que el otro, pero de espaldas más anchas. Vestía un sacón gris oscuro, cerrado hasta el cuello, con las solapas levantadas contra el frío. El pescuezo robusto, verrugoso y oscuro, mostraba carótidas repujadas que ascendían violentas hacia la cabeza.
Parecía llevar una camisa clerical negra, con un falso alzacuello blanco: un trapito a modo de cinta que envolvía engañoso el cuello. La barba, de un par de días, entrecana y ciliada, poblaba los labios gruesos, amarronados, con reflejos amarillos de nicotina acumulada. La baba, también amarillenta, pendía de un diente más oscuro aún.
Su rostro estaba cruzado por arrugas profundas que el claroscuro de la mañana acentuaba. Imitaban cicatrices, lombrices pardas incrustadas de lado a lado de la cara, simétricas desde la nariz ancha y pronunciada hasta las orejas grandes y enrojecidas. Los ojitos pequeños eran puntazos oscuros, hoyuelos negros cercados por cejas gruesas y renegridas, incrustadas como a cincel, inertes pese al movimiento eléctrico de los párpados.
No eran ojos calmos, sino pecaminosos; padecían un rasgo libidinoso que centelleaba mientras descargaba varillazos repetidos sobre el cuerpito del niño atormentado.
Vestía un pantalón marrón terroso, manchado de grasa vieja y dobladillado varias veces. De la entrepierna se desprendía un fuerte olor a orín. Las botamangas cubrían parte de los zapatones negros, embarrados.
—¡Arrepentite! Malsano, hijo desviado. ¡Pervertido! —exclamaba extraviado. Y cuando la oración era pronunciada, un eco de la voz del otro hombre repetía la reprimenda. Entonces sonaba un azote con la varilla de sauce contra la humanidad del castigado.
—¡Arrepentite! Malsano, hijo desviado. ¡Pervertido!
—¡No te vestirás como mujer! —silabeaba la frase, como un cantábile, el que vestía como sacerdote y oficiaba de verdugo sin clemencia.
—¡No te vestirás como mujer! —replicaba el fornido de brazos descubiertos, halando tres veces con rigor. Y sonaba un mimbrazo que hacía doler hasta las lágrimas.
—¡Ni imitarás sus costumbres! —gritaba Eleuterio, el del látigo, descargando el azote.
—¡Ni imitarás sus costumbres! —gritaba Dionisio, hermano del verdugo, ajustando las sogas.
El sermoneador alzaba la vista y miraba desde su distancia psicótica al flagelado. Anunciaba sanaciones increíbles: —Si te arrepentís de tus obscenidades, Dios abrirá su corazón para tu salvación. Y llevado por la oración, al final de tu vida pecaminosa serás perdonado…
Por si el niño no había escuchado, el otro martirizador repetía la oración redentora: —Si te arrepentís de tus obscenidades, Dios abrirá su corazón para tu salvación. Y llevado por la oración, al final de tu vida pecaminosa serás perdonado…
Los torturadores, glorificando el castigo, giraban alrededor del árbol amargo. Uno azotaba con la varilla de sauce, el otro halaba tres veces la soga y la soltaba también tres veces, prolongando la flagelación purificadora. Al sufrido, el borde escaso de un rayo de sol le pintaba un nimbo beatífico, como a los mártires, mientras flameaba funesto en aquella altura.
De pronto, sin razón aparente, suspendieron taciturnos sus actos y observaron al niño pendulando. Del costado manaba sangre; sonaba un resuello amargo, un vago temblor, anuncio de un acontecimiento terminal, significante. Quedaron expectantes, sin mediar arrepentimiento, masticando una oscuridad en polvareda que llegaba desde un fondo desconocido hasta el inquisitorio, llevada por el viento arrebatado, humedecido en el río por si acaso.
Los ojos de los hombres se volvieron abyectos, pedernosos, vaciados de todo sentimiento. Miraban un punto indefinido en el horizonte decolorado de ese instante.
Tal vez absortos en el recuerdo del sermón urente que fluía de la boca ensalivada —gotones amarillentos de nicotina renovada— el flagelador y el compinche que sostenía la soga acompañaban con raros balanceos de sus cuerpos un recitado inaudible, murmuraciones entre leves movimientos de sus cabezas cuadradas y mugrosas. Celebraban espasmódicos nuevas invocaciones de arrepentimiento a dioses crispados, insaciables de venganza. Murmuraban penalidades amargas, perennes, inolvidables. El niño fatigaba un descanso breve, inútil para recuperar aliento antes de un nuevo desmayo.
De repente, el silencio espurio se quebró. Un alarido del sermoneador sonó iracundo, con energía fatal, irrumpiendo feroz en el instante suspendido que duró apenas una lágrima taciturna. Gritó violento, con voz metalosa, inmisericorde. El grito despabiló al sufriente sodomizado, que volvió de su desmayo como quien es arrojado a andar descalzo sobre brasas del tamaño brutal de pomelos.
—¡No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer! ¡Es una abominación! ¡Es una abominación! ¡Es una abominación!
Cada exclamación se siguió de un latigazo de sauce, sangrado, que cortajeaba la piel abatida como un escalpelo enfermo.
El acompañante redundó monocorde:
—¡No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer! ¡Es una abominación! ¡Es una abominación! ¡Es una abominación!
Tres veces repitió, halando o cediendo tres veces la soga del tormento.
Luego, poseídos, los dos hombres unieron sus voces en un panegírico cruel. Uno decía con enjundia, el otro replicaba más poseso aún. A la primera voz querellante, la segunda respondía con eco imperativo:
—Traje un varón al mundo y no mujer. —Vara y vara y vara, enjuagaba la corteza machucada, el suerito que la herida repetida exhalaba llorosa.
—Trajo un varón al mundo y no mujer.
Halaba, halaba y halaba, encaramando al infortunado hacia un nuevo escalón de la desdicha.
—Se vestirá como un varón y no como mujer.
Vara y vara y vara, coloreaba en sangre, tornasolando su aspecto.
—Se vestirá como varón y no como mujer. —Descolgaba el cancerbero tres instantes fatales, apañuscando los brutos ligamentos que en las muñecas se incrustaban hasta el tuétano.
—No tentará a su familia con el sexo. —Y al decir sexo, se enjuagaba la boca con su propia lengua, jadeando, sintiendo desde adentro un aroma a esperma con boñiga.
—¡No! ¡No! ¡No! No me tentará con el sexo como lo hace cada noche, perverso y poseído.
—¡Huye de la fornicación, niño perverso! ¡Huye! —Vara y vara y vara, los golpes caían de arriba abajo hasta la coyuntura de la cadera.
—¡Huye de la fornicación, niño perverso! Líbrame del mal, Todopoderoso.
Eleuterio dejó de girar alrededor del niño suspenso. Quedó frente a él, mirando el conjunto enmarañado de heridas que cruzaban la espalda en todas direcciones. Con voz más calma, con aire pedagógico, retomó el soliloquio, indiferente:
—Todo otro pecado que el hombre cometa está fuera de su cuerpo. Pero el que practica la fornicación, el que practica la fornicación —dijo alzando hacia el cielo el índice de su mano izquierda— peca contra su propio cuerpo.
—El que practica la fornicación peca contra su propio cuerpo —repitió Dionisio, siguiendo con la mirada el punto que señalaba el dedo índice de su hermano, allí en las alturas celestiales.
El griterío de cada oración condenatoria se repetía siempre dos veces, como si al duplicar los reclamos el martirio consumara su crueldad y mutara en una imprecación para espantar los desvíos de los mandamientos bíblicos que los hombres achacaban al infante.
—¡Escucha la enseñanza, sodomita! Levítico 18:22… —volvió al grito el padre, exaltado en la oratoria, saliendo del momentáneo reposo en que había entrado.
—¡Escucha la enseñanza, sodomita! Levítico 18:22… —repitió el hermano.
—¡Recordá, varón indecente!
Al decir “varón indecente”, Eleuterio flexionó la rodilla derecha casi hasta el suelo, con el torso erguido, como si venerara ante un altar sagrado a un dios inmolador. —¡Recordá, varón indecente! —imitaba el otro la genuflexión.
—¡Escuchá la voz de Dios!
—¡Escuchá la voz de Dios!
—¡Hacete hombre, perverso!
Exageraba la flexión de su rodilla, volcando el torso hasta dar la sensación de que caería de bruces. Dionisio, llevado por el discurso encendido del hermano, tironeó desmedido de la soga, oscilando al niño que ya parecía muerto.
—El Dios misericordioso dejará de maldecirte por tu espíritu desviado y te regocijará llenándote de su amor misericordioso —volvió a azotar, esta vez con mayor fuerza, el cuerpo del impúber. Cuando manó profusa sangre de las heridas, detuvo el castigo.
—Levítico 18:22 —exclamó el padre, sosegando el discurso.
—Levítico 18:22 —repitió mecánicamente el hermano.
—Y dijo Dios a quien quisiera oírlo: “No debes acostarte con un varón igual a cómo te acuestas con una mujer. Es cosa detestable. Den muerte a todos sus malos deseos; no tengan relaciones sexuales prohibidas, dominen sus malos deseos”.
—¡Den muerte, den muerte, den muerte! —se oyó repetitivo, un bisbiseo imperativo en boca de ambos. —¡Den muerte, den muerte, den muerte!
Cuando descendieron el cuerpito soltando las ataduras, lo dejaron por largo tiempo tirado al pie del gran árbol de paseo que crecía frondoso en los fondos temidos de la propiedad. El que vestía como sacerdote, tal vez llevado por alguna preocupación, lo cubrió con un mantón sucio. El niño yació desfallecido durante más de un día. Solo un conjuro milagrero evitó, seguramente, que la helada madrugadora no lo matara en esa oportunidad.
Gavino, antes del desmayo, mientras lo descolgaban, sintió por un instante que estaba muerto, pero que Dios empedernido no lo dejaba entrar al cielo constelado, obligándolo a permanecer en ese campo de castigos inhumanos, aporreos quebrantahuesos y laceraciones. A su edad y en su condición, no tenía posibilidad alguna de evaluar a Dios en sus conductas. Si había un Dios supremo, de seguro había desertado en aquellas porciones de llanura, propiedad de una humanidad extraviada que lo mantenía colgando y colgando del enorme árbol al fondo del rancho destartalado. A sus pies, en los portentos de las raíces, descansaba tras cada azotaina, como en un sepulcro cotidiano.
Para Gavino la soledad era un atropello: párpados cerrados con furia, boca clausurada hasta de palabrotas, orinándose a más no poder del miedo que lo arrollaba como un caballo espantado. La soledad, los hombres brutales y aquella mujer hombruna, abyecta, que miraba a través de la ventana rota hacia un horizonte sin porvenir.
En el cielo de sus delirios, bajo el árbol copioso, vio a una niña degollada, tinta en suturas de sangre hasta los pies, que le tendía una mano roja como una rosa sublime. La mano era una rosa llameante, de cielo flamígero y arrebolado, y el gesto de sus dedos hablaba de un clamor juvenil, melancólico, expectante, desprovisto de engaños. Era la mano del consuelo puro: dedos apetalados, fragantes de incendios exterminadores, que tanteaban el fondo de los sinsabores y proponían un sentimiento acogedor, purificador para la víctima. Hasta entonces, Gavino no había conocido esa redención.
La imagen de la niña era la suya propia. Un espejo que miraba otro espejo, repitiéndose infinitamente. Compartían el rostro hasta en el detalle. Sombra de espejos, luces de espejos, memorias de espejos.
La figura fantasmal fulguraba, atemperaba los dolores y escandalizaba su imaginación. Daba una caricia de palomo, roces emplumados de calma dichosa. Aun desmayado, por primera vez en mucho tiempo, tuvo cierta conformidad a pesar del dolor de las heridas.
Al despertar, los padecimientos se atropellaron unos a otros, multiplicando el martirio. Una migraña carnívora devoró su cerebro amortajado y eliminó los sueños subversivos. Los dolores retornaron en tropel, recordándole su perdurabilidad. Así supo que no estaba muerto. La muerte sería esa noche aciaga, cuando flotara cayendo desde las alturas competentes de un noveno piso.
La imagen de la niña era la de su hermana. Gavino supo de su existencia mucho tiempo después de huir del rancho. Fue Marlene quien lo informó una tarde de intimidades, cuando habló de ese pasado desconocido. La foto de Acacia parecía la propia. Marlene la encontró en un sobre de Marian, guardado en un roperito del burdel. Tal vez Marian lo dejó así, sin reserva, para que Abigaíl lo hallara algún día por accidente. Pero fue la pequeña Marlene quien se topó con el hallazgo revelador.
EEran recortes de un periódico pueblerino: impreso, el retrato de una niña que era el mismo rostro de Abigaíl, aquel que Gavino había descifrado entre espejos que se miraban unos a otros en su ensueño consolador.
Con la foto sobre su mano blanca, sin mirar a ningún misterio, vio el reflejo de sí mismo construido en un tiempo anterior a su propio nacimiento. Al reconocerse en la muchacha, lloró desconsolado. Hacía tiempo que no sabía llorar, desde que los costrones del dolor se habían escabullido bajo la piel acuareleada como porcelana encantada.
Ese parecido crucial con la hermana muerta indujo a Eleuterio a la sospecha segura de que el niño estaba poseído por el alma perturbada de Acacia. En esa posesión maligna explicó el raro gusto del niño por vestirse como mujer, usando las ropas de la muchacha muerta.
La aberración de esa muerte temprana, creía Eleuterio, se replicaba en la aberración de un niño-mujer que venía a atormentar los días de la familia, privándola de paz y del goce de los frutos del trabajo rudo en el campo. Al final, esos dos hijos habían sido una calamidad inmanejable para los tres adultos, que atribuían sus perversiones a la inconveniencia de una niña impúdica y un hermano travestido.
Hasta la desaparición de Acacia, los desenfrenos permanecían comprimidos y ocultos en rincones temidos de esas psiquis corruptas. La niña, al crecer, dejó de parecer niña y asomó como mujer, provocando lascivia en los varones adultos. Las breves faldas dejaban ver unas bragas blancas que transparentaban los repliegues de un sexo incipiente, despuntando en vellos acaramelados. El surco se pintaba excitante al ojo de aquellos hombres.
Dejaron de mirarla como infanta. Incluso Eleuterio sufrió esa embriaguez que lo atormentaba en las noches, dando tumbos en un catre donde se acovachaba desde que Ambrosia lo había echado de la cama. Mientras se masturbaba extraviado, sentía del pubis de la niña un olor furtivo, jugueteando frenético con los bordes sinuosos de su nariz rugosa.
Descifraban los hombres sus pequeños senos, mitades de cúpulas firmes, lubricadas de mieles lloradas de a gotones, tan propias de la primera pubertad, que invitaban a las manos curiosas de la muchachada en celo. Esperaban la oportunidad de apropiarse de ese cuerpo insinuante, amazona incipiente, para desvirgarlo.
Cuando menstruó por primera vez, la situación se volvió incontrolable. Eleuterio, fumando un cigarrito, sintió que el fósil bruto de la pederastia conmovía sus rústicos testículos latentes.
¿Cómo alejar la tentación de aquella casa? ¿Cómo apartar ese exabrupto de sexo prohibido que invitaba a su esperma envenenado, presto a cometer semejante abominación? Desde antes que Moisés ordenara diez veces a los idólatras, los padres separaban sus sexos de las hijas, las madres de los hijos. Eleuterio buscó consuelo en Mateo y dijo extraviado:
—Mateo 5:29: “Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. Y agregó: —Mateo 5:30: “Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno”.
Así se hizo. Siguiendo la palabra del evangelio, Eleuterio, una madrugada, sacó a la niña de la cama y la llevó hasta el cobertizo de mala muerte. Con ella cargó una vieja valija con las ropas y pertenencias de Acacia. Nunca dejó de oler aquel perfume juvenil que lo atormentaba.
—Esta será tu nueva morada —dijo sin mirarla. Y Acacia se acomodó en un rincón del galpón, sin comprender cuál había sido su pecado ni cuál sería su destino. Hacía frío y el viento hollaba en todas direcciones.
Ambrosia nunca preguntó por su hija. Se limitó a mirar a través de la desvencijada ventana, bebiendo un tazón humeante de mate cocido. Su marido justificó la ausencia diciendo que, con seguridad, se había marchado con algún paisano, porque ya tenía el diablo entre las piernas, por donde entra el pecado en las mujeres. Su primera sangre así lo denunciaba.
Dionisio lamentó la huida, aunque desconfió siempre del relato. Estaba convencido de que el derecho de pernada lo asistía.
Nunca se volvió a saber de Acacia. De ese asunto, se dijo, no se hablaría más. El silencio se apropió de su existencia pasada.
Cuando los vecinos, tiempo después, preguntaron por la niña, recibieron insultos y hasta alguna golpiza por entrometidos. Así espantaron a los del vecindario, que rara vez volvieron a aproximarse al rancho decadente. Los tres habitantes de la tapera gritaban que algún hombre del pueblo se la había llevado para desflorarla y no había regresado. En el boliche, el chisme soez y la burla depravada hicieron eco suficiente, disimulando la ausencia con historias inventadas por calenturientos.
Como era común que trabajadores golondrinas pasaran por el lugar de cosecha en cosecha, no faltó quien atribuyera a algunos de ellos el rapto nupcial con la bella y virgen muchacha.
Gabino, cuando encontró la valija con los ajuares de la niña, no sospechó a quién podrían pertenecer. En su imaginación infantil, creyó encontrar un raro tesoro, que tal vez hubiera pertenecido a una vieja y adinerada pariente en línea ascendente, de esas que debieron existir allá lejos y hacía tiempo, pero de las que él nunca supo sus historias.

Fue una tarde, de verano, extraña. El calor abrumaba con sus soles vertiéndose en las cañadas que evaporaban sus humedades hediendo a barro viejo.
Gabino jugaba en el cuartucho apartado que servía para depositar trastos inútiles. Una especie de reducido galpón de poco uso en los fondos de la propiedad. Luego del precario cobertizo, venía la arboleda de paraísos que se agigantaban año a año.
Encontró esa vieja valija familiar arrumbada en un rincón. Adentro, con esmero, estaban guardadas diferentes ropas de niña. Envueltas en papel blanco, cada una llevaba un minúsculo jaboncito de tocador, por cierto, ya reseco, que habría perfumado los ajuares con elegancia. Cada paquete, a su vez, estaba envasado en bolsas de nylon muy viejas, que conservaban todavía algunas letras de las tiendas a las que promocionaban.
Gabino se encontró a gusto con el hallazgo. La primera vez que usó alguna de las ropas de la niña desconocida, solo se limitó a un gorro, alguna mantilla, nada que le llevara más que un instante deshacerse de ella.
Luego, conociendo el sueño pesado de los mayores, decidió mudar toda su indumentaria por las otras, y transformarse. La mutación no se limitó a lo exterior.
Consiguió un espejito que supo robar de las pertenencias de su madre, probablemente herencia a su vez de la suya, quien le había legado unas cuantas chucherías sin valor alguno, antes de su muerte en el modesto hospital de la zona.
A medida que pasaron los días, Gavino puso más encomio en la metamorfosis. No se limitó a disfrazarse usando esas ropitas sobre las propias. No. Se desnudaba y casi con ceremonia, iba vistiéndose con aquellas, cuidadosamente. Hubo un momento que adquirió hasta aspecto de muñeca. Esmirriado, la piel de tono ocre, con brillos de marfiles, de facciones maravillosas, delicadas, la nariz pequeña y respingada, primorosas, las pequeñas orejas, y su boca, como una pincelada, roja carmesí, purísima. Los ojos eran de color verde esmeralda, cristalinos, cautivadores. Un extraño no hubiese podido advertir que se trataba de un niño, por el contrario, hubiese tenido la segura impresión que estaba ante una de las más bellas niñas que se le hubiesen presentado en su vida. La mismísima Acacia, de vuelta al poblado, vaya a saber de dónde.
Nunca advirtió que su tío lo contemplaba a través de una rendija abierta entre las tablas que formaban las paredes del barracón. Tal vez lo hizo por una semana o dos, difícil saberlo. Acompasó los cambios que lucía el niño, que apenas iluminado por la leve luz que lograba filtrarse a través de los tablones, adquiría esa apariencia erotizante, la misma que Acacia mostraba al pararse a contraluz en la puerta del rancho, para que se descifrara su entrepierna jugosa.
Fue una tarde fatal, indescriptible, inesperada, casi fálica. El hombrón entró desabrochando su cinturón; avanzó contra el niño mientras dejaba caer sus pantalones. Dionisio agarró del pescuezo a Gavino que no podía zafar de esas tenazas que eran las rudas manos de su tío. Le arrancó la ropa de un tirón. Arrojó al niño al piso y le puso un pie enorme encima. Dejó caer sus calzones negros de mugre y orinados. Su miembro erecto parecía una daga.
Gavino permaneció inmóvil, como suspendido en el tiempo, aprisionado entre el pie gigante y el piso terroso del cuartucho roñoso. La tierra se le pegaba en los labios y comía esa pasta apelmazada a pisotones.
—¿Así que la puta de Acacia estaba metida adentro tuyo y por eso no lo veíamos más? –dijo, excitado, babeante–. Yo suponía este hechizo, trabajo de brujería. ¡Yo sabía! ¡Pendeja puta y bruja! ¡En esta casa de Dios! ¡Qué hija de puta! Pero no te me vas a volver a escapar, pendeja de mierda. ¡Ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad! Nada de andar cogiendo con peones roñosos. –Y violó al niño, aterrorizado, a quien le cubrió la cabeza con un vestido blanco que estaba dentro de la vieja valija. Así cubierto, parecía un cuerpecito degollado.
Mientras desvirgaba al niño, se convenció de que en realidad estaba desflorando a la niña fugada, que se había apropiado de ese cuerpo para retornar de la ausencia y azuzarlo.
Gavino no pudo gritar. No hubiera podido hacerlo. Contra el piso de tierra, en su boca se estrujaban unas palabras pequeñas, lastimosas, por la presión del enorme cuerpo del hombre, aquel que lo sodomizaba.
Cuando Dionisio acabó, dejó al niño allí tirado, como un muñeco embarrado, en llanto, a quien una sangre le caía por los muslos. De vuelta a la casa, el hombre inventó una historia macabra contra el pequeño, al que señaló como poseso por el alma pervertida de la muchacha pecadora que, desde un lugar inimaginable, espeluznante, gobernaba a los hombres como a piojos.
El padre consideró ciertas las revelaciones que su hermano le hizo sobre las verdaderas razones de las ambigüedades de su hijo, de las que Dionisio lo puso al tanto a la ligera, una tarde cercana, casi como en broma.
Se convenció de que la niña, con sus embelesos (aquella madrugada en que se disponía a acatar al Mateo), podría haber burlado su destino y escapado su espíritu furtivo de sus cerrojos terrosos y profundos, para malograr a la familia. Dudó si desde una lejanía incomprensible, Acacia infectó al muchacho con su sexualidad, para acosar a los hombres que sucumbían ante su eléctrica libido. ¿No había cumplido el consejo de Mateo, cuando arreó a la niña a su morada definitiva? ¿Acaso cometió un error del que no tenía conciencia?
Dionisio agregó incriminador que el muchacho, y a través de él la fugitiva, lo obligaban a sostener relaciones contrariando los preceptos divinos. Se justificó señalando que podía reconocer esa fuerza superior a su voluntad, y que se hallaba indemne ante ese sortilegio crucial que le impedía resistir, deseándolo con la fuerza más poderosa de su corazón. Acacia, bajo la piel del niño, era como un demonio posesivo, ante el cual el hombre quedaba reducido a un autómata.
Reclamó a Eleuterio el martirio como modo de expiación, hasta el sacrificio supremo, de ser necesario, para desalojar al pecado de aquella casa, hasta entonces, bendita por Dios.
—“Den muerte a todos sus malos deseos; no tengan relaciones sexuales prohibidas, dominen sus malos deseos”. Es palabra de Dios. –Dijo Dionisio.
—Palabra de Dios. –Repitió Eleuterio.
—Amén. –Dijeron los tres, al tiempo que se persignaban repetidas veces.
Desde entonces, el hombre abusó del niño las veces que se le placía, justificándose en los supuestos poderes maléficos del infante poseso.
El padre, por su parte, se encomendó en la oración, y aceptó que la perversión provenía del niño, embrujado por la fugitiva hermana. Al final de cuentas, tuvo que aceptar que en Gavino convivían dos espíritus, el del niño, intrascendente, y el de la niña, gobernando hasta la anatomía del imberbe, para martirizar a un pobre hombre como era su hermano.
Cuando Gavino era abusado, el padre fisgoneaba por un agujero que había realizado en su habitación con un escoplo que tenía arrumbado en el mismo gallinero. Evaluaba si aquella degradación resultaba útil para exorcizar y devolver la masculinidad a su afeminado hijo, para liberar al niño de la posesión. Esperaba ver expulsar el espíritu de Acacia por su boca.
Los abusos se repitieron, pero los resultados, a su parecer, no eran los que esperaba. Gavino no respondía nunca si ya no deseaba vestirse de mujer, y con medias palabras que no comprendía, se lo interrogaba sobre el alma perversa de una muchacha ausente. Pero él no podía hablar. Nunca lo hubiera podido hacer. Las palabras se escondían en su lengua, aferradas hasta el fondo de la garganta temblorosa. Las palabras se escondían bajo la lengua, y él debajo del silencio que lo comprometía, y el silencio debajo de un dolor imperturbable. Atolladas allí las palabras, se precipitaban en definitiva a un abismo vitalicio, que maceraba el odio como un amargo vino en un fúnebre odre. El odio se haría filo y el filo, cuchilla.
Si para los adultos, el triunfo del pecado parecía irreversible, para Gavino, disturbios de tristezas y cóleras se duplicaban a la espera del momento oportuno. Ya llegarían al trote roto bajo el caliente aliento de un verano precoz. Mancomunados los tumultos, cavarían una doble tumba, póstuma, sospechada de todo pecado, atroz, en un rincón reconocido de la hectárea familiar, bajo el cobertizo de los chapones semejantes, llenos de cráteres abiertos a pura granizada, a la vera de unos árboles hercúleos que aguijoneaban al cielo naranja tumefacto de hilos violetas como asombrosas venas.
Los ásperos sonidos de los abusos que llegaban hasta donde la madre permanecía sentada, mirando hacia un punto fijo, solo la impulsaban a ponerse de pie y dirigirse siempre a la misma ventana, para mirar a través de ella, en dirección a un horizonte imaginario, cuando la oscuridad de la noche gobernaba imbatible. Bebía su mate cocido en un tazón humeante, indiferente.

***

VII – Ahora las sirvientas a la cocina

Abigaíl caminaba entre vapores tácitos y sagaces. Eran vapores lúbricos que caían verticales desde los diminutos senos hasta la cadera y, de allí, a la juntura de la ingle. Se dirigía al departamento de Podestá, a quien se lo presentaron con el pomposo nombre de coronel don Arancibia López Huidobro: el coronel que la puso a su servicio, con placeres incluidos en la propuesta que “Pérez y Pérez” le hizo oportuno.
Irradiaba esa luz propia que le pertenecía y casi desvestía, transparentando hasta su sombra constelada. A su paso, los caminantes se detenían timoratos a observar la figura incolora que les arrancaba la lágrima de amores imposibles.
A medida que avanzaba, parecía cargarse de síntomas de acariciamientos, pero eran apenas suspicacias de mirones escrupulosos que equivocaban el entendimiento de las cosas. No eran acariciamientos: eran venganzas que esperaban el momento de su consumación. A veces los deseos engañan a los sentidos y derivan en falsas suposiciones.
Sus piernas largas, su pelvis armoniosa y sus senos como dos sutiles pinceladas hacían naufragar las miradas de aquellos que sí se animaban a asomarse, seducidos, al océano de sexos cóncavos que imaginaban. Acompañaba la cadencia erótica de su andar —acentuada por sus zapatos de taco aguja, altos, altísimos, exagerados— con el movimiento de sus juncosos brazos, envueltos en gasa transparente, que terminaban en esas delgadas manos de dedos de pecados. Manos y antebrazos enfundados en guantes largos y delicados, blancos como el vestido, como la capelina, que escondían las preciosuras de su anatomía y divulgaban delicados músculos y lanceolados huesos.
Contrariando las órdenes del esclavizador, se pintó las uñas de rojo carmesí: rojo de sangres frescas y surgentes, rojo premonitorio del último instante obnubilado e inerme, del ronco estertor del que cuelga un hilo de vida —apenas hilo hasta cortarse—, abriéndose y cerrándose, aherrojado el pulmón comatoso, abandonado al designio de un supuesto dios que todo lo sabe y todo lo decide.
Avanzaba con la cabeza inclinada, mirando hacia abajo, con su gran capelina que parecía una cordial aureola que escondía su rostro. Un cabello rubio de oro caía sobre las redondeces de los hombros de fruta, que brillaban apenas, húmedos y sabrosos.
Llevaba una cartera de tamaño mediano, que le regaló el coronel a la vuelta de un otoño-invierno de fracasos. El bolso oscilaba y acompañaba, indiferente, el paso elegante de su andar.
Justo ese día, el último, el de la muerte en dosis exageradas de “Juana de Arco” en puro estado líquido, evocaba aquel otro de sueños descorazonados, sueños encadenados uno al otro, donde los muertos desfilaban estupefactos, haciendo sus reclamos impacientes. Tal vez la muerte, con plena aflicción, desesperaba de aquellos y esperaba implacable que esta personita redimiera en algo aquellas injusticias resonantes.
Abigaíl no recordaba por qué ese día de revelaciones fue a lo de su cruel amante. Siempre se comunicaba él, que era quien decidía los encuentros y las despedidas. ¿Reclamó su presencia, jadeante, lúdico, procaz, masturbador? No podía afirmarlo. Sus conductas siempre se repetían de manera sistemática. Por eso cada encuentro se parecía al anterior, y este al anterior, y así hasta perderse en aquella noche de cena de bocados extravagantes de un amigo común, donde se conocieron champaña de por medio.
Justo allí donde propuso “Pérez y Pérez”, luego de una orden terminante que impartió a Marian, quien debió convencer a un avezado político que solo aceptó el trueque cuando contó con seguridad con la entrepierna de la madama. Fue la noche en que Abigaíl contradijo a Schiller solfeando a Lorca, recitando versos que, como cangrejos, atenazaron la libido de sepulcros que le ardía la entrepierna al coronel, inflamado en bruto de deseos hoscos. Absurdo. Loco. Desesperado. Feroz.
Se esforzaba en rastrear en los recuerdos un indicio de la convocatoria, pero así y todo resultaba infructuoso. La rutina se imponía irrefutable. Salvo esa noche en que “Juana de Arco” cumplió su cometido de liquidar al infiel.
Sí recordaba que caminó al tuntún hasta la puerta del edificio y entró como llevada de la mano, el brazo, la cadera, el tobillo, por una muerte tunante que se bebía las vidas de los comunes como si nada. La empujaba por la espalda, impertinente.
También recordaba que vio a un Caronte urbano doblando la esquina de una calle de la que no sabía el nombre, gélido, imperturbable, degustando de a una las tumbas alineadas primorosamente en el corazón de Balvanera.
De Jean Jaurès hasta Jujuy, los espíritus, en batallón de espectros cargados de atmósfera atroz, tan coléricos de melancolías, iban del santuario al andén número dos para insistir que Abigaíl los cargase por un rato de amor y suavidades, de consuelos tan necesarios para los sorprendidos de golpe por los dolores de las muertes a repetición. Se hacían banderas, multicolores y musicantes, y convocaban libertadores a una infinita e implacable cruzada contra los corruptos. No aceptaban que la terminal mutara su cáscara cementosa en la de una catedral de enlutamientos, a pocos metros del santuario que surgió en respuesta a tantos mutismos interesados.
Siguió esa visión ya estando en la modesta cama con el hombre, sin sucumbir ni un ápice a su eyaculación atroz, purulenta, hiriente. Recordaba que se durmió profundamente para soñar no un sueño erótico, sino esas muertes luego de que el coronel abandonara su cuerpo.
Desde entonces sentía esos fantasmas penantes rondar sus lagrimales: eran espíritus que la convocaban y se colgaban de sus caderas bamboleantes, de vaivenes sensuales y gimnastas correveidiles hasta el sexo indiferente, rumbo al momento sublime de la propia muerte. Incluso, en ciertas oportunidades, sentía la necesidad de correrse hasta el santuario de las calles Mitre y Ecuador, y mirar las zapatillas colgantes —que amenazaban desenrollarse de sus alturas para buscar consuelo— para llorar como si todos los muertos le pertenecieran. Cuando eso ocurría, sentía que una zurra brutal la desencajaba hasta el agotamiento.
Como todas las veces en que el coronel acababa, en aquella oportunidad de ensueños sepulcrales abandonó la cama sin aviso previo. Se levantó y se fue. Desapareció desnudo, pasando de la habitación de servicio a la cocina comedor. Llevado de su celo, tal su costumbre, cerró con llave la puerta. Luego se escuchó el desliz del pasador de hierro. No le dirigía una sola palabra. Siempre se comportaba, al terminar, como si no existiera; como si allí estuviera una persona sorda, ciega, muda, sin tacto y sin olfato: acaso una figura de porcelana fría, una invención en hielo ideal, vicioso y calavérico. Reducía esa humanidad a un crudo juguete rellenado de voces y palabras de puro compromiso. Un elemento desechable. Una glándula apetecible a la intemperie del amor verdadero.
El coronel, en ciertas oportunidades, disfrutaba disfrazar a Abigaíl. Cada tanto, descolgaba de su ropero uno de los finos vestidos que compraba por internet en altas casas de costura y se lo hacía lucir para su satisfacción en aquel cuartucho de servicio. En ocasiones, le daba también un par de exquisitos zapatos que se combinaban de manera perfecta con la ropa. Luego, la obligaba a desvestirse y devolverlo. Abigaíl nunca pudo establecer por qué en ciertas oportunidades, y no en otras, le ordenaba vestirse con esas suntuosidades, para luego reclamar violento que las devolviera. En un santiamén, de princesa a zapallo, sin mediar explicación alguna, como la que incluso asistía a Cenicienta en el cuento de Perrault. Le retiraba la ropa y el calzado, y le señalaba la torpe inscripción en el revés de la puerta del roperito.
“Yo sé que soy descartable”, repetía Abigaíl pulsando su infortunio, más convencida de su destino cuando leía la impúdica frase sobre las sirvientas.
—Desde el día que me violó mi tío en ese galpón de mierda, supe que me había vuelto descartable —le dijo a Bado con tono tan mesurado como seguro, esa tarde-noche de larga tertulia en que este la conoció por una ocurrencia de Marlene. “Este es el amorcito del que te hablé”, le dijo a Bado, quien quedó pasmado ante la figura de Abigaíl. Nunca acordaron encontrarse. Pero a Marlene la intimaron a cumplir con la orden que le transmitió su contacto.
Bado balbuceó unas palabras que no impidieron que las dos se sentaran a su mesa. “Nunca arreglamos este encuentro”, dijo malhumorado, sin que eso impidiera que sus visitantes actuaran como si no hubiera pronunciado palabra. El coro repitió unos lamentos que Bado distrajo sin desearlo.
Se sentaron, Marlene a su derecha, Abigaíl frente a él, tocando con sus largas y sensuales piernas las musculosas del muchacho. En yunta le desmenuzaron las ideas y las emociones, y estas últimas fueron decisivas en ese encuentro no pactado.
—Como vos, ella quiere acabar con ese hijo de puta —ofreció Marlene compartir una venganza propicia.
Bado rechazó de plano la oferta. Pero eso no tenía importancia. “Pérez y Pérez” quería que la oferta se hiciera. El muchacho debería elevarla a sus superiores, así treparía, ascendente. Y quería la foto de la reunión. Con eso tenía bastante.
No era una armada de temer aquella. Tres náufragos, apenas. Un muchacho perdido en Buenos Aires, al que un coro no alcanzaba a protegerlo de monstruos embriagados de beber sangre. Una niña que proclamaba sus drogas en ofertas curiosas, sumisa en una red de tratas, y quien se presentaba como “descartable”, alertando sobre su propio final, mientras recordaba en voz alta una violación en plena infancia. Bado estaba advertido de cómo se presentaban al mundo de los comunes los “liquidables”. Pero en muchas ocasiones las advertencias son livianas como las plumas.

“Descartable” sonaba terminal en boca del “amorcito”, aquel, allí presente. “¡Descartable! ¡Descartable!”, repetía. Apenas un brebaje de células latentes; una espuma de sangres despreciables; unas pocas palabras de exterminio. Tan solo eso. Casi sin humanidad. Un dato errado de una anatomía extraña. De nombre Abigaíl, nombre de escalofríos de solo suponerlo en su caída final, crujiendo huesos en el impacto asesino en una noche ajena en Barrancas de Belgrano.
Y Bado escuchó cómo ella parecía describir los tiempos por venir. Tal vez reconociera con anticipación el último instante en que sus ojos verían el cielo, la flor, el rostro de alguien muriendo a las patadas —un amor imposible, negado desde el vamos—, la nada singular que devuelve el reposo después de una vida de humillaciones. Cayendo, cayendo, frágil, agonizante, como un anuncio sesgado a durísima pedrada, aleve, redentora, hacia la vereda nómada que escurría sus durezas hacia el borde macizo de la calle, donde la sangre se amontonó fosforescente e inútil.
Para retomar el sueño o solo distraerse, esperando que Podestá le impartiera la orden de salir —él, en su baño, se lavó con fruición su desquiciado esperma en la entrepierna—, contó sus costillas, tales simples ovejas que balaban entrañadas, melografiando una canción desconocida. De arriba hacia abajo, en ese orden, repetidas veces, como si fueran los marfiles bicolores de los pianos, recorriendo con sus dedos índice y mayor las ondulaciones en su pequeño tórax. Él volvería para indicarle que se vistiera porque había llegado el momento de salir del departamento. No se despedía nunca. Tampoco lo haría en esa oportunidad.
Cuando Silverio apagaba las cámaras debía abandonar el edificio en minutos precisos, contados. Un imaginario tictac apuraba el tiempo exacto de la salida. Adiós, adiós. Hasta que él le ordenara volver, respetando la liturgia de la furtividad. Desesperante, clandestina, lujuriosa.
Abigaíl se vestía a las apuradas. Sus escasas ropas y su natural desaliño favorecían el apuro. Una blusa, un pantalón vaquero —no usaba ropa interior en esas circunstancias—, algo de abrigo si el frío se aventuraba. Se calzaba una especie de alpargatas coloridas; no usaba medias. Acomodaba su cabello castaño recatado, a lo Edith Piaf, solo con sus delgados dedos. Salvo el último día, el del ataque mordaz de la doncella guerrera, día de rizos de oro y capelina blanca, que el coronel le ordenó, baboso, luciera para su agrado.
Por entonces no se depilaba el cuerpo entero como después haría, sofisticando al extremo su figura. No usaba maquillaje ni se pintaba las uñas porque así se lo había ordenado su amante. Salvo esa vez, por encrespar los nervios del fulano. De lo contrario, nada de artificio.
Salía usando la puerta de servicio, la misma por la que ingresaba para atender a Podestá. A esa altura lo llamaba por su nombre, Arancibia. Nunca “mi amor”: le daba asco, arcadas. Carecía de la capacidad reguladora de sus cólicos como Marlene. Ella le decía “tu amorcito”, solo por embroncarla.
Cuando salía, al igual que cuando llegaba, podía oír el clic chismoso de la mirilla de la puerta de la vieja vecina, auscultando la figura dudosa de aquella visita tan andrógina como excitante. Sarita se preocupaba de observar la partida, y eso que Abigaíl parecía inmóvil, de brazos cruzados, refunfuñando a la espía, o mejor, advirtiéndole con señas inverosímiles el riesgo de husmear los asuntos de semejante desalmado.
Caminaba de a saltitos, flotando apenas, bajo la atenta mirada de un solo ojo de la chusma de enfrente. Abandonaba el edificio usando su llave de la puerta de entrada.
Cuando el coronel dejaba la cama nunca lo seguía; así se lo ordenó sin vueltas Marian, protectora, y le dijo que se lo prendiera con alfileres a la memoria para que los espasmos de los pinchazos no permitieran olvidar el consejo. Tampoco sugerir acompañarlo. También Marlene le dijo que respetara su posición en la relación: victimario y víctima, cazador y presa. Términos exactos de esa ecuación de sexo y droga. Marcia se reía de tanto consejo. Insistió siempre en que eran inútiles. Todos sabían cómo terminaría la historia. ¿A qué tantos cuidados?
No era que Abigaíl no sintiera curiosidad por saber cómo era esa vivienda más allá de la habitación de la sirvienta, pero la desechaba con rapidez, no tanto por las recomendaciones de Marian y las otras mujeres, sino porque siempre tenía presente la advertencia que el propio Podestá le hizo al respecto.
—Jamás pasés esta puerta. Ni se te ocurra entrar en la casa. Yo me doy cuenta hasta del menor de los intentos de transgredir una orden mía —dijo amenazante en la primera oportunidad en que estuvieron juntos.
Describió en su amenaza, con aires de broma, distintos tipos de tormentos a quien se atreviera a no cumplir su mandato. Avisó en detalle de lo inconveniente que era no respetar la orden. “El que avisa no traiciona”, terminó ladino su amonestación.
Abigaíl sabía que bastaba un chasquido de sus dedos para que un grupo de matones la asesinara y se deshiciera de su cadáver sin dejar el menor rastro. A pura dentellada. Como a un pollo inútil de plumas alborotadas. Para colmo, ¿Quién lloraría a una humanidad descartable? ¿Quién lloraría a un pollo de carnecitas descartables, insignificantes?
Como una rúbrica, Podestá hizo pirograbar una advertencia en el mueble de la habitación de los encuentros. Abigaíl la leyó más de una vez con atención, casi con obsesión e intriga, silabeando la frase serpentina. La oración, inscripta esmeradamente con una púa caliente en una de las puertas del roperito mistongo del cuarto de servicio, decía amenazante: “Ahora las sirvientas, a la cocina”.
Y Abigaíl sabía que era menos que una sirvienta, si hasta tenía vedado el acceso a la cocina-comedor. Marlene le dijo una tarde perdida: “Está el último orejón del tarro y después venimos nosotras. No jodas, nena”. Juzgaba exagerada la afirmación de su compinche. En la escala social que Podestá imaginaba para su mundo privado, Abigaíl ocupaba el anteúltimo estrato. Más abajo estaban esos “negros de mierda”. Pero, así y todo, era prudente no descartar la advertencia por completo. La distancia entre ella y los “negros de mierda” era delgada como un cabello. Convenía tener presente las divinas proporciones de la vida.
Nunca se atrevió a preguntarle al coronel el significado exacto de esa frase provocativa, ni por qué la habían grabado en el anverso de la puertita aquella. Intuía que estaba dirigida a la ocasional mucama que sirviera a los propietarios de la casa. No habría imaginado nunca que se trataba de una sentencia dicha tras un fusilamiento ocurrido casi dos siglos atrás. Tampoco hubiese comprendido la correspondencia entre ejecución y servidumbre. De haberlo sabido, no se hubiera sorprendido.
Esperando esa orden de marcharse, se acomodó para un breve sueño. Necesitaba, aunque más no fuera, un pequeño descanso. No era su costumbre, pero en esa oportunidad una modorra desconocida invadió sugestiva sus arterias lloronas, lancinantes, que circulando la sangre en mortajita narcotizaba impudorosa sus reflejos. Suspiró entrecortado, sin alborotos, como entre tímidos algodones. Tal vez el relajamiento le aflojó unos recuerdos: esos que, llenos de excrementos, hundían sus enfermedades hasta el alma.
Volvieron los recitados perniciosos de los textos sagrados sufridos en la infancia. Se le agarrotaban en las hendijas que abrían los varillazos en la pielcita grácil del infante. Se sentía pender del mismo árbol de los fondos del rancho, mientras chorreaba bajo sus sombras surcos de heridas brutas que trazaba el azote. Recordaba el caer de la varilla rugosa del sauce, explicando en tormentos versículos enteros del Libro de las revelaciones. Y un degüello trascendental de espejos que dejaba al garete hasta los puros esternones de esas iconografías que se reconocían una a la otra como verdaderos hermanos, casi gemelares. Abigaíl no alcanzaba a comprender la imagen de su imagen en el espejo del espejo sin cabeza, abierta la garganta de par en par como un misterio.
La involución a ese pasado no le pareció caprichosa. Era un retorno a asuntos de difuntos desconocidos, condenados en incertidumbres, esos que se niegan a sepulcrarse a cambio de escarmientos de los que nunca se debe preguntar los porqués, para escapar del bruto cancerbero y exponerse.
Un giro apocalíptico enredaba sus días en hondos intersticios llenos de sombras arácnidas siempre amenazantes. Desde que Marlene le dijo para qué Marian la había preparado con tanta enjundia, y le habló de ser útiles instrumentos de venganza, consideró posible lavar sus propias mugres si ayudaba a un pecador malvado a transitar al mundo de los penitentes, a la espera del día del juicio final, sorbiendo golpe a golpe su propia sangre de su propio costado. Ese fue su afán y su esperanza. Pero no estaba en condiciones de discernir en instrumento de quién podría convertirse.
Nunca supo de un hombre de doble apellido, que diseñaba el argumento con una elegante pluma fuente de tinta roja de sangre. Con ese prodigio fue con Marlene a presentarse ante Bado. Dos “discrepantes” —en realidad dos “liquidables”— con su propuesta justiciera. Si no fuera obediente (le dijeron “hablá poco, no digas boludeces”), hubiese recitado hasta los gritos: “Yo soy el instrumento de la venganza. Llevo a Dios en las costras de mis heridas en el cuerpo a fuerza de latigazos, y él, y no otro, me dictará la razón para redimir a un muerto del que no sé ni el nombre ni la historia”.
Y cuando penetrara su cuerpo, ese pene puñalero en pedernal y fósforo prendido, ardiente, fatídico —que le devolvía a Dionisio con garras, colmillos y cuchillos, despedazando por dentro su intestino—, disimularía su asco saboreando gota a gota la venganza que permanecía ignorada, emboscada en el estrecho tubo de una aguja hipodérmica perfecta.
Esperaba disfrutar indiferente, contemplando la muerte lamer los últimos anhelos de vida del desgraciado. Codiciaba percibir el estertor final del condenado, cuando esa muerte estupenda entrara a saltos por la boca pequeña e insignificante de la aguja plateada, recorriendo las arterias acartonadas, mordisqueando la túnica íntima y desfigurando una a una las células endoteliales, hasta llegar al corazón que se paralizaría mortuoriamente apático.
El hielo de la muerte triunfante daría satisfacción a los insatisfechos, con sus cristales ciliados petrificando las curvas caprichosas de los pliegues cutáneos. Así se coronaría el final de modo inapelable. Se prometía cantar en ese instante sublime: “Nada fue en vano: el hielo de la muerte, y el calor del pleno invierno, perdí el miedo a la distancia de lo malo y de lo bueno…”. Tal vez su voz se acaramele en ese instante.
El día de las revelaciones, el coronel tardaba en regresar para echarla. El tiempo se hizo espeso y olía arrogante en su tardanza. Largos fermentos de segundos se hicieron interminables a sus anchas. Silverio detuvo todas las imágenes que los ojos pudieran guardar en sus retinas. Allí quedaron, suspensos testigos de la ceguera.
Giró sobre su lado izquierdo; insistió en la visión en sueño y, aunque más no fuera lo que dura un suspiro, buscó la revelación de aquel augurio inédito. El sexo no fatigaba su humanidad; la droga sí, más que el alcohol que anestesiaba. Pero la alucinación perseguía sus pensamientos como perro de presa y establecía su estado de ánimo. Quedó mirando a la pared.
La pared era blanca, pero se hizo oscura. Se podía hasta palpar el color rojo de coágulos sudados y no negros de agonías. Rojo cuajado, colérico, de muchas sangres sorprendidas, temblorosas.
Se encontró viajando en un destartalado tren del Sarmiento hacia dos formas confusas de la muerte. Venía del oeste populoso, en dirección a la máquina de disturbios que era la ciudad ajetreada.
Había ruidos humanos que provenían de distintas direcciones. Eran sonidos sustanciales que llegaban de a ratos. Unos sonaban a pulmones colapsando de asfixias y envenenamientos; otros, en cambio, a golpes, machucones y metales que se despedazaban como simples telitas de cebollas.
Podestá, enfermizo, abandonaba de rodillas el viaje. Estaba vestido de riguroso uniforme. Ya no era Podestá. Gritaba su nombre a cuatro vientos: “coronel Don Arancibia López Huidobro”. Abigaíl permanecía expectante. ¿Huía? Se escuchaban los ruidos metálicos forcejeando los unos con los otros, grotescos, vacantes de humanidad, amortajando de un modo u otro hasta las osamentas.
El coronel recitaba su enojo con el gentío; detestaba a la muchedumbre en la terminal de Once. Pero su desprecio y su indiferencia no eran los de siempre. Miraba a las personas desde una perspectiva diferente; los apreciaba apretujados, sudados y jadeantes entre entrañas apiladas y en perpetuo colapso.
“Negros de mierda, no quiero que me toquen”, repetía una y otra vez como un conjuro metafísico; subido a una gran escalera ornamentada de pedazos humanos que salían de un aprisco oloroso, pringoso de heces y vómitos y sangres y orines, repetía: “Negros de mierda no quiero que me toquen. Negros de mierda no quiero que me toquen. Eliminen a los niños tóxicos. Eliminen a los jóvenes tóxicos”.
Reclamaba a una legión de sicarios que encendían luces cianhídricas y que aullaban alucinados a la muerte: “Niños de mierda. Jóvenes de mierda. Negros de mierda. No quiero que me toquen”.
Un simulacro de noche callejeaba a sus anchas, y un puñado de jóvenes se abigarraba en una puerta soldada de manera imprudente. Eran los niños tóxicos que el coronel Don Arancibia López Huidobro deseaba exterminar. Eran los jóvenes tóxicos que lo enfadaban hasta desbocarlo.
Niños, jóvenes, pujaban por salir, como puja el naciente para salir de la madre desesperando por vivir. Infructuosos, trataban de romper el pórtico de hierro, indestructible, de oxiacetilénica costura, hermético sarcófago inesperado. Se sumaban angustias que, entre tóxicos y chatarras que se arrugaban al impacto, impedían que Abigaíl se incorporara para un rescate oportuno entre tantas inmolaciones. Convalecía unas lágrimas que rodaban con gesto funesto.
La gente se apiñaba. Un vapor venenoso se filtraba lentamente por unas bocas chisporroteantes que surgían incesantes de agujeros negros encadenados unos a otros. Eran eslabones como cangrejos desovando a fuerza de ponzoñas. La gente perdía su color y se tiznaba de exterminios. Políticos corruptos, empresarios corruptos, policías corruptos aceleraban, a risotadas, los vapores asfixiantes enllamarados. No iluminaban a pesar de su incendio. Solo un humo espeso y negro que ahogaba las luces se desprendía de sus puntas, enroscándose ascendentes y calando los cornetes de los desprevenidos.
Cianhídricos soplaban ecuménicos, intoxicando el porvenir a sus anchas. Y las narices de los condenados se deshacían de hollín y corrosivos, y los bronquios se evaporaban como espumitas intrascendentes. Los muertos se apilaban involuntariamente, sin reconocerse. Unos niños iban y venían de una oscura caverna, cargando sobre sus frágiles hombros las sombras de otros niños que permanecían inmóviles para siempre.
Y mientras los niños rescataban, un fárrago de brazos, piernas, espaldas, cabezas se apretujaba disonante, inarmonioso, casi beligerante, fragmentado, entre las láminas de los vagones desencajados. Se olían lamentaciones humanas dislocadas.
El viento era un fuego helado, y a pesar del insistir monocromático de breas vaporosas de las humeadas tiznantes, entraba a montones por una ventanilla rota, como esos destinos.
Era pleno verano. ¿Diciembre? ¿Enero? ¿Febrero? No podía precisarlo. La fecha exacta resultaba indescifrable. Hacía calor, pero un frío que helaba las sangres maduraba, y sones en ruinas de una navidad corroída inducían a suponer que el sueño estaba rondando las calamitosas festividades que se aproximaban o ya habían sucedido.
Si no era la navidad que espeluznaba, lo sería un fin de año de martirios. Pero el frío hedor del verano confundía las cosas. Abigaíl sintió helarse el cuerpo como jamás, en ese verano de funestos acertijos.
“Vaya paradoja”, pensó. Afuera, por la ventanilla, en hora temprana, se veía el día de verano como suele mostrarse. El sol se jactaba de unas palomas que arremetían a la distancia contra sus luces encandiladoras. Adentro, en el tren zigzagueante, ese helar tan implacable como extraño amenazaba. Era el mismo helar que fibrilaba el corazón hasta colapsarlo. Causaba disgusto sentir esos ciertos hielitos golpeteando las mejillas mientras el sol redondo se estiraba afuera en etapas para capturar las palomas que arrullaban.
Desaprensivos, hombres adinerados de sobornos y coimas, funcionarios pudientes con rostros de puñales, conducían el tren hacia un lugar oscuro, lleno de incógnitas que se bifurcaban sin porvenires. Unas seguían sin destino preciso, hacia ningún lugar sabido. Otras se acercaban rápidamente a un murallón estrafalario, lleno de retratitos de muertos hasta entonces desconocidos, que se agolpaban en el andén número dos, mientras otros, muchos más, a doscientos o trescientos metros, se acomodaban uno al lado del otro, mientras el humo negro de las burdas toxinas de los burdos políticos-empresarios-policías los envolvía, cociéndolos en ácido de cámaras de exterminio, devastándolos sin excusas.
Abigaíl despertó, o creyó despertar, que no es lo mismo. Abrió los ojos. Murió muchas veces en el viaje. Murmuró, a la orilla de una de esas muertes, una ensarta de venganzas incapaces. Todavía colgaba del enorme árbol, mientras el espejo degollado sonreía amorosamente esperando el encuentro definitivo. Los dos espejos se mostraban las cicatrices como escarapelas. Sin cabezas, sin ojos, podían así y todo suponerse.
¿Duró el sueño algo más que lo que urde el propio sueño para hacerse pesadilla? Estaba en angustias, respirando en arritmias.
No pudo jamás despejar esas sensaciones desde entonces. Y al caminar entre vapores tácitos y sagaces hacia el departamento de López Huidobro, se convidaba de esas muertes como si le fueran propias cada una, y que en hieles y ungüentos salitrosos avivaban las viejas cicatrices en las espaldas, en las piernas, en los glúteos, que retomaban en un santiamén los dolores de la infancia trunca.

***

VIII – Yahvé es bueno 


Sousse despertó sobresaltado. Estaba angustiado.
—¡Me quedé dormido, la reputísima madre que me parió! —se tomó la cabeza con las manos y se apoyó sobre sus muslos—. ¡Qué cagadón! —gritó.
Su celular sonaba insistente. Miró espantado.
—¡Uy, la puta madre! ¡Me están llamando del diario! De esta no me salva ni Dios. —Vaciló. No estaba seguro de atender. Sabía que lo estaba llamando personalmente su jefe, su director… ¿su amigo?
El teléfono dejó de sonar. Un aviso decía claramente: “tiene ocho mensajes nuevos”, y otro, más acusador: “tiene ocho llamadas perdidas”.
Se decidió a llamar. A esa altura de la noche no era prudente escudarse en que no había escuchado el celular. Tampoco inventar una descompostura, un accidente, nada. Cacho lo conocía demasiado. Ya le debía una: lo dejó plantado noches atrás, en la redacción del diario, cuando lo esperó en vano después de la entrevista con su contacto. “Como siempre”, le dijo, “hacés lo que se te canta el culo”.
Pero Cacho no lo llamaba por la clavada, lo llamaba por su faltazo a la segunda reunión con Segni. No atinaba a ordenar la puteada que quería gritarle. Las palabras se le amontonaban en la boca y se daban unas contra otras, haciéndolo tartamudear involuntariamente. Quería decirle a viva voz: “sos un hijo de puta”, y agregar histérico: “sos un tremendo hijo de puta”, “sos un tremendo pelotudo”. Y que tenía que haber ido a la entrevista, así le hubieran amputado una pierna, un brazo, los testículos.
Sousse sacudió con todas sus fuerzas a Marlene.
—Despertate, nena. Estoy fregado.
Marlene no reaccionaba. Estaba sumida en un sueño profundo.
—¡Despertate, por favor! —Marlene intentó abrir uno de sus ojos. No pudo. Volvió a acurrucarse en la cama, se tapó con la manta y trató de seguir durmiendo—. Estoy cagado, nena. Me van a echar de una patada en el culo.
Llamó a la redacción.
—Cristina, pásame con el jefe —le dijo a la telefonista que atendió su llamado.
—Ya te paso… y que Dios te ayude —respondió la recepcionista, que había escuchado los gritos del jefe cuando grababa cada uno de los ocho mensajes en el buzón de voz del celular de Sousse.
Sin mediar saludos, la voz de Cacho sonó iracunda del otro lado de la línea.
—¡Qué hacés, infeliz! ¡Pelotudo! ¡Inútil! ¡Vago de mierda!
—Escuchame, Cacho… —Sousse trató de explicarse.
—¿Escuchame? ¿Escuchame? ¿Yo te tengo que escuchar a vos? ¡Sorete! ¡Hijo de puta! ¡Fumón de mierda!
Sousse se tomó la cabeza con la mano libre. Su rostro se contorsionaba con mayor intensidad a medida que los insultos y el timbre de la voz de su jefe iban en aumento.
—Yo sé que estás enojado…
—¿Enojado? ¿Vos sos pelotudo de nacimiento o te entrenás todos los días? ¿Enojado? ¡Enojado es poco! Es nada. Si te tengo acá te cago a patadas hasta que te borro el orto para siempre.
—Yo sé que me mandé un cagadón…
—Te di la nota que me pediste, te la di para sacarte del pozo en el que estabas. Tuve que arreglar con tipos de Inteligencia, con la gracia que me causa; me porté como un amigo cuando no te debo nada. Te di la entrevista, te di el contacto. Todos me decían: “¿A ese boludo le vas a dar esa nota?” “¿A ese borracho?” “¿A ese drogón?” ¿Querés que te siga diciendo todas las cosas que en el medio se dicen de vos? —la ira del director del diario iba en aumento a medida que recordaba las verdugueadas que tuvo que soportar cuando Fausto lo llamó para comunicarlo con el mismísimo Segni, quien le informó que Sousse lo había dejado plantado.
—Ya sé, ya sé… Yo te agradezco de corazón, pero fue sin querer…
—¿Pero vos qué sos, el Chavo del Ocho? Estúpido. Pelotudo de mierda. ¿Cómo me vas a decir “fue sin querer”, “fue sin querer queriendo”? ¡Nabo! ¡Nabo del Ocho! Vos sos “el pelotudín colorado”. ¿Qué carajo tenés en la cabeza? ¡Imbécil!
—Me quedé dormido, no sentí el despertador…
—¡A las seis de la tarde no escuchaste el despertador! ¿En qué mundo vivís, idiota? ¿A qué hora te acostaste anoche?
—No me acosté tarde; me eché a dormir la siesta, un rato, y me quedé dormido.
—Con la pendeja esa que te chupa la pija, ¿no? Le diste a la nariz y después a garchar. La buena vida, ¿no? Total, acá hay un boludo que siempre te banca, siempre te da laburo, siempre te paga el sueldo. ¡Te dije que dejaras la merca mientras trabajabas! Pero no podés con el vicio, ¡viejo drogón! No podés, es más fuerte que vos. Te gobierna la droga y una pendeja puta. Me tenés podrido, Juan, ¡me tenés repodrido!
—Escuchame, Cacho…
—¿Sabés lo que podés hacer? ¿Sabés lo que podés hacer? Primero te vas a la reputísima madre que te parió. Después te fumás un caño de un metro y la colilla te la metés en el ojete con la brasita bien prendida. Y cuando tengas unas buenas ampollas en el orto, desde el balcón de tu casa, tirate de culo, así sabés lo que es que te lo rompan a patadas como me lo rompieron a mí por tu culpa. ¡Matate, imbécil! Seguí garchando con pendejas drogonas y durmiendo la siesta, pero acá no laburás más.
—Por favor, Cacho, escúchame.
—¡Te escucho un carajo! ¡Un soberano carajo! ¡Chau! ¡Fuiste para siempre! Y te aviso que no laburás en ningún medio nunca más en tu puta vida. Me voy a ocupar de que nadie te tome ni para lamerle el culo al último idiota de una redacción. ¡Chau! ¡Forro! Mañana pasá por personal, cobrá tu guita y tomátela, no te quiero ver más en mi puta vida.
—Cacho… Cacho, escúchame… —la comunicación se interrumpió abruptamente.
—¿Qué pasa, Juan? —preguntó Marlene, que se despertó escuchando los gritos de Cacho por el altoparlante del celular.
—¡Me mandé una cagada, nena! ¡Un cagadón!
—¿Qué hiciste ahora?
—Me quedé dormido, no fui a la entrevista… —Marlene sintió que el mundo se le venía encima. Había trabajado para establecer el contacto de Sousse con Bado; a Bado lo tuvo que buscar, casi atropellarlo, convencerlo. Esa había sido su orden. Hasta se comió varios sopapos porque no lograba engancharlo. “¡Cogételo, pendeja! ¿O no estás para eso?” Pero Bado no era de esos.
Y cuando hizo contacto, trabajó para presentarle a su amante, Sousse. Esa era la clave de la maniobra: Sousse y Bado, y luego alguien que ella no conocía, quien sacaría provecho de ese vínculo. Creyó que todo estaba arruinado “por este pedazo de boludo”, como pensó y no dijo, deseando salir corriendo a cualquier parte.
—No te puedo creer… ¿Cómo se puede arreglar?
—No sé, nena, no sé. Cacho me echó a la mierda por boludo —explicó con resignación.
Marlene estaba más angustiada que el propio Sousse. Sabía que era un boludo, lo sabía a ciencia cierta, pero no imaginó nunca que podía echar todo por la borda en tan corto tiempo.
—¿Querés que hable con Cacho? Por ahí yo puedo convencerlo, decirle algo que lo calme.
—¡No! ¡A vos no te puede ni ver!
—Si a mí ni me conoce, ¿yo qué le hice?… ¿Qué le dijiste de mí, tarado? —Sousse esquivó la mirada de Marlene, quien solo deseaba golpearlo hasta desmayarlo.
—¡Qué cagada! ¡Carajo! ¿Cómo me pude quedar dormido?
—¿Cómo te quedaste dormido? ¿Querés que te lo diga? ¡Te dije, boludo, que no te dieras! ¿Te dije o no te dije? ¡Te dije que era importada! Que esa pegaba en serio, no como la mierda esa que comprás vos que viene cortada…
—Sí, me dijiste. Pero vos no me tenías que haber dejado…
—¿Ahora la culpa la tengo yo, boludo? ¡Ahora la culpa la tengo yo! “Un poquito, un poquito”, dijiste. Te dije “pará, pará”. No me hacés caso nunca, boludo. ¡Sos más drogón que la mierda…!
—¡Qué cagada! ¡Por Dios, qué cagada!
Dejó la habitación y se dirigió al baño. Se metió bajo la ducha caliente, tratando de despejarse.
Marlene lloraba por los rincones. Podía sentir la paliza que le iban a dar por culpa de “ese boludo de mierda”. Ya las había padecido por “ese boludo de mierda”, que era el preámbulo con el que empezaba la golpiza. Y cuanto más quería explicar, más le pegaban, y más veces le repetían: “¿Y vos para qué carajo estás, pendeja? ¿Para qué te pusimos ahí con ese boludo de mierda?”.
Mientras los sopapos se hacían más fuertes, escuchaba como un lamento: “¿Y vos para qué carajo estás, pendeja de mierda?”. Se ganaba una nueva golpiza, como si ella fuera la responsable de la mediocridad y chatura del tipo ese con el que la obligaron a encamarse.
La última vez que la garrotearon, tuvo que esconderse casi por quince días hasta que se le desinflamó la cara y se disimularon los moretones por todo el cuerpo. Para colmo, Sousse le hizo un escándalo, atribuyendo su ausencia a una escapada “con un pendejo”.
Pasaron varias horas en silencio. Marlene, cansada, se fue a dormir. Creyó que le dijo: “chau boludo, no te aguanto más”. O “me quiero morir, boludo”. Sousse no pudo ni responder. Esa noche no pudo dormir. Marlene, en cambio, sí, muy profundo. Se tomó varios tranquilizantes y, mientras tragaba las píldoras, pensó cómo sería eso de morirse de una buena vez y para siempre. Nada de morirse un rato y volver a oler ese perfume inmundo de tabaco, alcohol y merca que embadurnaba hasta la sombra de Sousse, con su lengua rasposa y su flácido pene. Morirse para siempre y salir de esa mierda en la que estaba atrapada.
Sousse abrió una botella de whisky importado que tenía reservada para una gran ocasión. No era el caso, pero estaba tan deprimido que creyó que lo mejor era pegarse una soberana borrachera. “Un pedo de aquellos”, se prometió indulgente. Después vería qué podría hacer con su perra vida.
Se acomodó en el sofá-cama que tenía en su living comedor. Daba a un amplio ventanal desde el que podía ver todos los miradores vecinos. De frente al pulmón de manzana, en el que la oscuridad no permitía distinguir colores, solo las luces de algunas habitaciones de los edificios que enfrentaban al suyo demostraban alguna actividad en esa madrugada algo fría.
Apoyó la botella de whisky Dimple Premium escocés sobre la mesita ratona de algarrobo, a poco menos de un metro de la poltrona.
No era en esas circunstancias como esperaba disfrutar el Dimple Premium. Fue previsto para la buena fortuna. Pero, después de todo, la buena fortuna nunca llegaba. Sosegar sus angustias podría ser entendido, de algún modo, como un giro hacia la buena fortuna. Al menos una mueca. Si olvidaba las angustias, seguramente podría camuflar sus sentimientos más funestos y hasta bordear alguno de tranquilidad.
El sofá-cama no era todo lo cómodo que necesitaba, por lo menos esa noche. Se acomodaba una y otra vez procurando encontrar la posición más relajante. Nunca pudo comprarse un buen sillón donde dedicarse al ocio creativo, como él calificaba esos momentos de extravíos, mientras fumaba un cigarrillo de marihuana.
Alguna vez Cacho le preguntó qué tenía de creativo sentarse frente a un ventanal en un sofá-cama —aunque fuera en el sillón más cómodo de todos los de la creación humana— a fumar marihuana. No supo qué responder.
Recordaba que la noche en que su jefe llegó hasta su domicilio para advertirle, una vez más, que estaba muy próximo a quedarse sin trabajo por sus vicios, se lo quedó mirando lleno de incógnitas. No le preocupaba en verdad —o no tenía acabada conciencia, producto de la droga— la posibilidad del despido y un futuro de desocupado crónico. Sino esa duda que le había transferido Cacho, casi con displicencia, que se comportaba como un gusano que horadaba sus tejidos, exigiéndole una respuesta lógica sobre cómo se manifestaba el estado del ocio creativo en medio de las obnubilaciones de la droga.
Después de una larga fumata esa misma noche, cuando Cacho ya se había marchado resignado, supuso que los aspectos creativos de su ocio estaban enfocados en la posibilidad de combinar magistralmente distintos tipos de marihuana. Si alcanzaba el éxito con ella, podría incursionar con las plantaciones de hoja de coca. Así divagaba.
Era un total ignorante de la botánica, y más de la biología. Lo suyo había sido siempre hacer crónicas mediocres, tal vez producto de no haber encarado su vocación botánica. ¿Sería necesario saber de biología molecular o de su exótica genética, de caracteres heredados o adquiridos, para fusionar dos o tres tipos de marihuanas, para hallar la piedra filosofal del cannabis? Si era así, estaba terminado. A duras penas aprobó la secundaria con pobres notas en todas las asignaturas. Ni hablar de botánica, ni hablar de biología. La matemática era ciencia oculta.
Pero suponía que debería existir algún método científico abreviado, un atajo fantástico que le permitiera producir una especie mutante del cannabis que lo proyectara al mundo de los viciosos con éxito definitivo. Una especie de “Lerú” del cannabis.
Si lograba ese atajo, el dinero fluiría como un manantial maravilloso. Amnesia CBD, Amnesia XXL, Big Kush, Blue Cheese Autoflowering, Critical 2.0 Autoflowering. ¿Cuál de todas esas combinaciones resultaría la mágica, la de efectos sorprendentes, que armonizaran alucinación y relajamiento, vuelo alucinógeno e introspección metafísica? ¿Cuál sería su extraordinario mercurio sófico, que transformara en cannabis todo lo que tocara?
Repasaba esa lista de plantines que solía resultar interminable, especulando con hallazgos genéticos prodigiosos y mutaciones benéficas. Ahí hallaba su creatividad: planificar injertos extraordinarios de variedades tan diversas de marihuana, hasta hallar la que le devolviera el ánimo, la juventud y la gallardía, que la barata —así como la cocaína nacional (“mala porque viene cortada”, diría Marlene) y el whisky berreta— le habían despojado.
Lo que más lo angustiaba de esos despojos, sentado con su vaso de whisky mientras miraba la noche a través de la ventana, era la pérdida de su juventud. Marlene lo ponía a prueba todos los días. No pudo explicarle a Cacho que esa tarde terminó tan cansado que no tuvo más remedio que dormirse, a conciencia de que iba a faltar a su compromiso con Segni.
Sospechaba que cuando ella faltaba tal vez por una o dos semanas —llegó incluso a desaparecer de su vida por un mes— era porque estaba con alguien más joven que él. Y los golpes y lastimaduras que descubría en el cuerpo de la muchacha los atribuía a una “cogida salvaje”, como le reprochaba a los gritos al regreso de las ausencias. Marlene, que apenas podía disimular los cardenales que adornaban toda su anatomía, no sabía si su ignorancia era de estúpido o de hijo de puta. Solo lo preocupaba que no “cogiera con pendejos”, porque eso lo frustraba por completo. Se veía obligado a aumentar el consumo de drogas y alcohol para disipar sus angustias, porque se sentía en marcha acelerada hacia la tercera edad.
Comprendía la situación. ¡Claro que la comprendía! Al justificar la ausencia de la joven, se sentía avejentar vertiginosamente.
¿Qué edad tendría Marlene? ¿Veinte? ¿Veintiún años? Él ya tenía cincuenta y tres. Y una hija algo menor que la noviecita. Que su hija lo despreciara no llegaba a fastidiarlo por completo. Que le cuestionara la edad de su casi concubina, sí.
Sabía que un día Marlene se marcharía definitivamente. Hasta entonces, algo de marihuana, algo de cocaína y bastante de citrato de sildenafilo (“¡Dios bendiga a Pfizer!”, gritaba extasiado cuando tenía relaciones sexuales con la muchacha). Creía que esa combinación había sostenido la pareja hasta ese momento. Nada más alejado de la realidad.
Sousse se durmió sin darse cuenta. Dejó caer el vaso de whisky vacío al piso. Al golpear contra el parquet se rompió en varios pedazos. Por el ventanal entreabierto se podían escuchar sus ronquidos guturales. Si Dios o el diablo lo hubieran venido a buscar en ese momento, ni se hubiera enterado.
Marlene dormía a pata suelta en la cama de dos plazas, empastillada con barbitúricos que la propia Agencia le proporcionaba; los necesitaba porque en muchas noches no podía dormir. Esa, la noche del nuevo fracaso de Sousse, en su somnolencia somnífera, hasta pudo disfrutar de no sentir ese aliento barroso de alcohol, marihuana y tabaco, que le producía náuseas cuando debía besar en la boca a Sousse. “Si al menos se lavara los dientes”, pensaba fastidiada de ese mal sabor de la lengua y la saliva del hombre. “Si al menos se lavara los dientes”.
Lo despertó el celular, que vibraba como una cascabel. Le dolía la espalda de haber dormido medio encorvado en el sofá. El fresco de la mañana entraba por la rendija de la ventana. Tenía el cuerpo helado.
Temió responder el llamado. Pensó que iba a recibir otra filípica como la tarde-noche pasada: puteadas y más puteadas de Cacho, quien descargaba su ira cada vez que se presentaba la ocasión.
Dudó mirando el celular con espanto. Su Samsung Galaxy A5 6 2016 – Sm A510m 4G se estremecía, exigiéndole que respondiera el llamado. Pensó que el aparato había cobrado vida propia y conspiraba contra su integridad. Un mensaje de texto le dio una orden terminante: “Atendé, boludo, que Dios está de tu parte”. ¡No lo podía creer! ¡Cacho anunciaba la nueva buena! ¡Dios estaba de su lado! Atendió sin perder tiempo.
—Cacho, ¿qué pasa? —preguntó temeroso—. Yo quería explicarte…
—Segni te espera hoy a las 15 horas en su oficina. Ese debe tener la representación de Dios o del Diablo, porque si no son esos dos, a nadie le interesaría salvarte el culo a vos, drogón de mierda.
—¡Gracias, Cacho! ¡Gracias, Cacho! No va a volver a ocurrir. No te voy a fallar. ¡Te lo juro!
—¿Por qué no te vas a jurar a la puta madre que te parió? Yo te aseguro que no va a volver a ocurrir, porque si me fallás esta vez, voy a tu casa, te pego un tiro a vos y después a la pendeja drogona esa que tenés al lado. Ya lo sabés.
Suspiró aliviado. La buena suerte lo acompañaba. Atribuyó ese giro extraño de la fortuna a las bondades del Dimple Premium, que tal vez tuviera una fórmula mágica diseñada por borrachines escoceses para incidir beneficiosamente en el destino de sus consumidores. Compraría otra cuando recibiera el jugoso pago por la entrevista a Segni. Si media botella había cambiado su suerte de tal modo, seguramente una entera lo pondría en el camino del éxito definitivo.
Llamó a Marlene, que dormía profundamente.
—¡Marlene! ¡Marlene! Despertate. Me reincorporaron. Cacho me devolvió el laburo y la nota. —Marlene se despertó sobresaltada. No comprendía muy bien de qué le hablaba Sousse.
—¿Qué decís, boludo? —preguntó sin poder despertar por completo.
—¡Cacho me devolvió el laburo! —Marlene lloró emocionada.
—¡No llorés, mi amor! —le dijo amoroso mientras le acariciaba la ingle. Pero Marlene lloraba porque se había salvado de una nueva paliza. Su clítoris insensible ni se enteró del paso de los dedos roñosos de Sousse. La sedación de los somníferos había desconectado casi todos sus sentidos, incluido el del sexo.
—Andá y besale el culo a Cacho, por favor. ¡No lo puedo creer! Ese tipo tiene los huevos de oro.
—No, boluda… Me salvó el otro, el entrevistado. Se ve que pegó onda conmigo. ¿Ves? No solo vos tenés onda conmigo. —Marlene lo miró desencajada—. Aunque cuando me fui la vez anterior me hizo pegar un sorete de aquellos. ¡Qué tipo! Le dijo a Cacho que no quería que otro le haga la entrevista.
—¿En serio? Debe ser anormal…
—¡Qué decís, boluda! Es un capo, un capo. ¡Qué grande el chabón! ¡Quiere un periodista de raza! —Marlene ni quiso disimular su gesto de incredulidad. Eran esos momentos en que se convencía de que realmente Sousse era “un boludo marca cañones”, como llamaba Marian a algunos hombres a los que atendía.
—¡Dame un beso! ¡Dame un beso! —exaltado, Sousse le reclamó mientras la apretaba contra su cuerpo.
Marlene recibió los labios de Sousse con repugnancia. Sintió esa ríspida lengua penetrar su cavidad bucal y tocar la suya, reseca. Pensó que vomitaría en cualquier momento. Ahogó una arcada en la boca del estómago. Se había acostumbrado a esa habilidad después de estar algunos meses con ese y otros “vejestorios”, como decía en oportunidad en que iba a recibir sus instrucciones. ¿Algún día se acabaría ese suplicio?
—Quedate tranquila, nena. Todo termina, al fin nada puede escapar. ¡Todo termina, nena!
“Todo termina”, así le dijo su contacto con la Agencia esa extraña tarde en que el sol se encaramó hierático a unas nubes aisladas que perdieron el viento. “Todo termina”. Marlene se sintió en el sepulcro, bajo la cínica mirada de su contacto. 


*** 


Sousse abandonó su departamento en estado de exaltación arrebatada. Estaba convencido de que Dios lo había ungido esa mañana. ¿No dicen los árabes que para llegar al día hay que atravesar la noche más oscura? Tal vez no fueran los árabes, ni los chinos, o nadie de este planeta: era sabiduría cósmica. Qué le importaba a Sousse si alguien, alguna vez, de este u otro planeta había pronunciado esa sentencia. Pero así había sido su derrotero en las últimas horas: de la desgracia mayúscula, del padecimiento tortuoso, al frenesí vivificante.
Para engordar su ego, se llevaba en la boca el sabor ensalivado de la nena, esa “bebé” erótica, que él creía que le había devuelto, junto a sus excitaciones aupadas en el sildenafil, una utopía de amor y juventud que deseaba disfrutar hasta que se evaporara, como se evapora el alcohol con el paso del tiempo.
La alegría de ese día no se comparaba ni con la que sintió tiempo atrás, cuando se encomendó ocuparse de esa historia de fantasmas, pederastas y perseguidos. Entonces se sucedían los días de fracasos en que el despido definitivo estaba a pedir de boca, al alcance de la mano de cualquiera que estuviera siquiera un grado por encima de su jerarquía. Pobre notero vacío de proyectos, todo presagiaba un porvenir desgraciado.
Sin merecer ninguna consideración de parte de sus pares y de sus jefes, la calle lo esperaba como futura y única morada. Si no lograba juntar el dinero para abonar los dos alquileres que ya debía, incluidos los punitorios y las expensas, solo los cirujas —que alguna vez entrevistó para una nota intrascendente— serían los que le tenderían la mano para que se arrellanara junto a ellos, cartón de tinto Resero de por medio, para morigerar el frío que en la intemperie es cruel y mucho, parafraseando el verso discepoliano.
Tanto jolgorio se fundaba en el perdón nunca imaginado, insospechado; esa disculpa prodigiosa que Segni le regaló para devolverle la fe extraviada entre vicios incorregibles. ¡Segni, el salvador! ¡Segni, el caballero! El que pasó a ser la figura magnánima, el redentor que lo rescató de un final patético no solo en su carrera, sino en su vida. Así que, con ese mismo ánimo festivo, tomó la despedida extraña que Segni le brindó la noche de la primera entrevista. Aún sonaban en su cabeza esas palabras entre amenazantes y cínicas:
“El documento que nos entregó es una copia. Queremos el documento original. No sabe cuánta gente está intrigada por saber de dónde sacó usted la copia de ese formulario, perdido hacía un tiempo, en un confuso episodio en una base de nuestra Agencia. Nos robaron un archivo y usted, justo usted, tiene copia de uno de los formularios que nos hurtaron. ¡Qué feo es robar, Sousse! ¡Qué feo!”
Le diría lo que Segni quisiera. Para él no habría secretos. “La Reliquia”, esa pura fantasía que un tal “Bado” —qué apodo tan raro, pensó cuando lo supo— le había sugerido para fabricar un cuento en lo posible redituable, ya no lo inspiraba a la investigación. No resultaba la palanca que a Arquímedes lo decidió a proponerse mover el mundo con solo un modesto punto de apoyo. Ya no era el impulso vital que lo seducía a motorizar un trabajo que despertara la curiosidad de los lectores, al menos de esa porción del mercado siempre dispuesta a comprar historias fantásticas, a pesar de que se las considerara ridículas.
Con Segni como lazarillo, ya no temía al futuro mediato con sus promesas de desocupación y mendicidad. Él sabría guiarlo por el camino de la buenaventura, y tal vez otra historia, con otro sentido y otra moraleja, pudiera construir para cerrarle la boca a los detractores que esperaban acomodados su nuevo y definitivo fracaso.
Como todos los días, en la estación Agüero tomó el subte. Y como siempre, combinó en 9 de Julio con la “C” para llegar rápido a Constitución. Podía haber tomado el 12 o el 39, pero el subte se acomodaba a sus deseos de llegar rápido, aunque fuera estrujado por una multitud que olía a jabón de tocador y perfumes penetrantes. El lento deambular de los colectivos lo irritaba, y ni hablar cuando quedaban prisioneros de un piquete lleno de personas que reclamaban por sus derechos.
Llegó a Constitución en algo más de treinta minutos. La mañana fresca, a diferencia de otras en que se sentía enfermar por el frío, hasta le pareció revitalizante.
Desde Constitución hasta la casa de departamentos, en donde nuevamente lo esperaba Segni, lo separaban algunas cuadras que caminó con apuro. En su primera visita tuvo la preocupación de contarlas y hasta de contar los pasos que a brincos debía dar para llegar hasta la puerta del edificio de su entrevistado. En esa oportunidad las mediciones habían sido descartadas en beneficio de la prisa.
Cuando llegó al edificio donde Segni tenía su estudio, llamó con insistencia, haciendo sonar varias veces el timbre del portero eléctrico.
—¿Juan Antonio? —preguntó Segni con seguridad.
—Sí, soy yo. Soy yo —la respuesta era tan entusiasta que Segni captó su estado de ánimo por el auricular del portero eléctrico.
—Repita conmigo la contraseña —exigió Segni a modo de chanza. Sousse no comprendió lo que el otro le solicitaba por el micrófono. No sabía de qué le hablaba.
—Repita conmigo: “Yahvé es bueno”.
—¿Cómo? —preguntó confundido.
—Repita, amigo, repita: “¡Yahvé es bueno! ¡Yahvé es misericordioso!” —Sousse, llevado por una obediencia inexplicable, repitió casi al borde de la risa.
—“¡Yahvé es bueno! ¡Yahvé es misericordioso!” No sé qué significa, pero si usted me lo solicita, obedezco.
—¡Eso! ¡Muy bien! La obediencia es esencial para tener una vida plena y victoriosa. ¡Sin obediencia, no hay victorias! Ahora pase, pase, amigo Sousse, Juan Antonio. Pase rapidito que no quiero perder tiempo, la ansiedad por la recompensa me atosiga.
Al llegar a la puerta del departamento del cuarto piso, Segni lo esperaba con los brazos abiertos.
—¡Amigo Sousse, Juan Antonio, de cincuenta y tres años de edad! ¿Cómo anda? —lo abrazó efusivo, hasta afectuoso.
—Yo le quiero agradecer… —balbuceó Sousse con cierta timidez.
—¡Por favor! ¡Quién no se queda dormido una vez en la vida! ¡No hay que dramatizar! ¡No hay que dramatizar! Le pedí a Fausto, que es como mi otro yo, que me pusiera en contacto con su director, que es para usted como el Dr. Jekyll para Mr. Hyde. Lo llamé, me presenté y le pedí por usted. “Cacho, por favor, desdramatizá”, le dije. Y le repetí casi sin dejarlo hablar: “Cacho, desdramatizá, por favor”.
Tuve la sensación de que le costó mucho dar marcha atrás con su despido. Pero no quería que designen a otro periodista; me complicaba las cosas. Mucho lío: volver a empezar, pedir el informe manuscrito, leer el informe, evaluar al nuevo por su caligrafía, otra vez todos esos trámites burocráticos, explicar, pedir autorización, explicar, pedir autorización… así hasta el infinito. ¿Y sus fuentes? ¡Cómo íbamos a perder el contacto de sus fuentes! ¿No le parece? Una verdadera complicación. No crea que fue tan fácil elegirlo a usted. No crea que fue fácil tener ese documento en mis manos y saber que usted, y solo usted, lo poseía hasta que nos lo dio y va a ayudarnos a revelar el misterio de su aparición. Solo usted tiene esas misteriosas “fuentes” que le regalan informes clandestinos. Pero, por suerte, su director es una persona comprensiva y tuve la capacidad de persuadirlo. Felizmente, respondió a mi reclamo satisfactoriamente. Hablar con el CEO de la empresa hubiera resultado impertinente. ¿No le parece?
—¿El CEO? Ya lo creo. Hubiese resultado un gran inconveniente. ¡Cómo se lo agradezco! ¡No se da una idea! Claro que Cacho es un buen tipo; yo le hice cada cagada… lo reconozco.
—Es que ustedes, los periodistas, con esa vida dispendiosa que llevan, siempre de noche buscando las noticias; perseguidos por el alcohol, las mujeres, alguna sustancia ilícita… ¿No? —Sousse sonrió bobamente como si tratara con un cómplice—. ¡Cómo no se van a quedar dormidos en alguna oportunidad!
—Pero yo quiero agradecérselo. ¿Cómo puedo?
—Ya tendrá oportunidad, Sousse. Favor con favor se paga. Recuérdelo.
—Cuente conmigo. Tengo muchos defectos, pero soy agradecido.
—Lo tendré en cuenta. Ahora pase y hablemos adentro. ¿Le parece?
—Sí, seguro; tengo tantas cosas para conversar con usted.
—Me parece que hoy, en vez de café cargado, le vendrá mejor un cálido té de tilo —Segni, con un ademán caballeresco, invitó a Sousse a ingresar al departamento.
—Ahora estoy convencido de que esta entrevista va a hacer historia.
Eufórico, Sousse trataba de entusiasmar a su anfitrión quien, por el contrario, lo miraba con marcado asombro y tomó repentinamente distancia de la actitud amistosa del visitante.
Pasaron al salón de reuniones. A diferencia de otras oportunidades, el ambiente estaba frío y silencioso. Estaban solos. Si Sousse hubiese podido moderar su exagerado optimismo —optimismo que distorsionaba la realidad objetiva—, si hubiese logrado abandonar esa visión superficial de los hechos, hubiera comprendido que había algo nefasto en el ambiente. Fuera por su estado de ánimo o por la resaca de la noche anterior, no estaba en capacidad de hacerlo.
Se podía palpar la espesura de un sentimiento fatídico que ganaba espacio a medida que Sousse se iba adentrando en sus divagaciones. La oscuridad penetraba todos los ambientes y una capa gris volvía turbia la luz mortecina de un par de lámparas cálidas de bajo consumo y reducidos watts de potencia. No era equivocado decir que no se trataba de una luz empobrecida, sino de una oscuridad pavonada, que se imponía por su densidad por donde se mirase.
—¿Té o insistirá con el café cargado?
—Té, que sea té, acepto la sugerencia.
—Yo lo preparo. María hoy no nos acompaña —se justificó Segni.
El hombre giró sobre sus pasos y se metió en la cocina, en la que, sobre una hornalla encendida, una pava llena de agua dejaba escapar por su pico un vapor hirviente. Desde la cocina se oyó la voz del anfitrión, seca y vigorosa.
—Me sorprende su espíritu. Me veo en la obligación de señalarlo —señaló Segni circunspecto el comportamiento casi festivo del periodista—. Cualquier otro estaría apesadumbrado, o al menos algo preocupado por un suceso que lo colocó al borde del despido y el fin de su carrera. En cambio, usted derrocha optimismo y hasta considera que está a las puertas de una entrevista histórica. Me pregunto extrañado: ¿entrevista histórica? ¿Sobre qué versará dicha entrevista “histórica” —y dijo esta palabra dibujando con sus dedos comillas en el aire—, que no fuera el tema por el que me convocó su director a través de nuestro común amigo Fausto?
—No sé. Tal vez la astrología, el amor, la Justicia. Lo que multiplique el “feeling” entre entrevistador y entrevistado. Entre usted y yo. Si hay “feeling”, la información fluye con naturalidad. Este acontecimiento, que nos tuvo como protagonistas, tuvo algo de catalítico. Le puso leña al fuego sin que la llama nos consuma.
—Fascinante. Nunca lo hubiera pensado de ese modo. “Echar leña al fuego sin que la llama nos consuma”. ¿No tiene miedo de quemarse, Sousse?
—Para nada. Este lamentable suceso de mi ausencia en el día de ayer, y que usted tan generoso ha salvado, me ha motivado positivamente. Me impuso que estoy ante un acontecimiento especial que va a marcar para siempre mi carrera profesional. Qué digo mi carrera, mi vida. Un viraje en mi destino.
—En eso le doy la derecha. Usted sí que es un verdadero visionario. Un profeta, me animaría a decir —cínico, aprobó Segni la perorata de Sousse sobre su manifiesto cambio de destino.
—¿Le puedo confesar una cosa, Segni?
—Seguro. Adelante, escucho.
—No deseo volver sobre el tema de “La Reliquia”. ¿Estamos para fantasías de vivos bicentenarios, lucha de sicarios, heroísmos banales?
—¿Usted qué cree, Sousse? Dígamelo.
—Que no. Estoy convencido. A mí me conmueven otros sucesos.
—¿Cuáles? Me encantaría saber.
—En el plano de la espiritualidad, la astrología, como le dije. En el plano de la vida terrenal, la Justicia. En el plano de los sentimientos, el amor. Nada de eso encuentro en esta historieta que mi informante me transmitió con empecinamiento. Su relato lleno de situaciones espeluznantes, de giros esotéricos, de rituales pederastas, me inquietó al principio, cuando me puse en contacto con él por iniciativa de Marlene.
Debo reconocer que pequé de ingenuo. ¡Y esa copia de un documento del que no tengo la menor idea de dónde lo sacó mi informante! Yo lo convencí a Cacho para que apoyara mi investigación. Incluso le sugerí que nos presentáramos ante la Justicia, para promover una investigación que esclareciera la veracidad de las afirmaciones que hacía ese muchacho. Que le diéramos a la Justicia el documento. Si íbamos a difundir esa historia de ultratumba, mejor sería ponernos a buen recaudo para evitar demandas que solo se resuelven con enormes sumas de dinero.
Y así se cruzaron nuestros caminos. La búsqueda de la verdad y la necesidad de salvaguardar los intereses económicos del diario nos puso en contacto. Algo superior hay en todo esto, ordenando que nuestras sendas se entrecrucen definitivamente.
—Sousse, debo decirle que no puedo salir de mi asombro. La entrevista anterior, estaba usted tan consustanciado con la investigación sobre “La Reliquia”. Husmeaba la vida de un tal Podestá, que no se sabe si era Podestá o el coronel Arancibia López Huidobro, a quien vaya a saber quién querría involucrar en este delirio; elucubraciones sobre sus muertes reales o ficticias; desbordes de un imaginario sicario que no tenía nombre, solo se lo reconocía por dos simples iniciales. ¿Cuáles eran?
—“A” y “C”. AC.
—Eso. AC. Un coronel salvaje que mató a su esposa a golpes, pero lo dejó debidamente asentado en una “Orden del día N.º 5: Escarmiento ejemplar”, que, además, y como si fuera poco, violó a su hija hasta que se aburrió de ello. Un subordinado que decidió acabar con la vida de su superior disparándole en la nuca con precisión quirúrgica. Una ejecución a la orilla del Riachuelo y un testigo clave que al final no lo era.
—Y ahora, en un giro copernicano, usted me dice que todo aquello era un tráfago de ocurrencias mal hilvanadas, un desparpajo de antojadizas elucubraciones, una mentira elevada al rango de novela, con el mero objetivo de sacarle plata a su medio. Todo producto de una fuente afiebrada que le entregó una fotocopia trucha, de un informe también trucho, que le transmitió sus alucinaciones de manera convincente, incluso hasta hacerlo pensar que podía haber en ellas algo de verdad y que merecía ser llevada a los estrados judiciales, para que la magnánima Justicia nos aliviara con su sabia sentencia la pesada carga de esa historia en nuestros abrumados corazones. ¡Qué tal! Eso sí que es cambiar de opinión.
—Todos podemos cambiar, Segni.
—Es cierto. Usted no se ha privado del cambio. Pero sabe una cosa, Sousse: a mí me gustaría seguir con ese tema, saber más de su fuente, de Marlene, de esa relación estrambótica que ustedes tres mantienen a tal punto que lo motivó para convencer a Cacho de promover esta investigación. Del documento que nos entregó. Ese, ¿se acuerda?, el de la golpiza mortal. Le aseguro que si hay alguien interesado en saber más de todo eso soy yo. Como nadie. Más que Cacho. Mucho más que usted.
—Como usted quiera, a mí no me fatiga repetir las fruslerías de “La Reliquia” las veces que usted me lo pida. Favor con favor se paga.
—Explíqueme esa idea suya de presentarse como denunciante ante la Justicia, para que esta promueva una investigación. No quepo en mi entusiasmo por escuchar sus argumentos.
—Simple, Segni. ¿Quién podría estar en mejores condiciones de dilucidar una historia tan novelesca?
—La Justicia, presumo, de acuerdo a su criterio.
—En efecto. ¿A quién le preocuparía que la Justicia intervenga? —preguntó Sousse, dando muestra de una ingenuidad difícil de explicar para un hombre de su experiencia.
—Al coronel Podestá, por ejemplo. Si existiera. O al coronel López Huidobro, si de él, en definitiva, se tratara. A la institución que integraría ese coronel asesino y torturador. Al sicario AC. O a otros sicarios como él. ¡Qué sé yo! Hay tanta gente que se sentiría molesta si la Justicia metiera sus narices en asuntos tan pesados. A alguien, seguramente, le hubiera preocupado.
—¿Le parece?
—De algo estoy seguro: a un coronel sí le preocuparía que se lo llame a declarar por apremios ilegales, violación, asesinato, etc. ¿A usted no le parece?
—Bueno. Si eso hubiera existido, supongo que sí. Pero solo se trataría de hacer justicia. ¿No le parece?
—La verdad, no. Usted, Sousse, ¿cree que inmiscuirse en asuntos como esos, de muertos, torturas, asesinos, podría ser objeto de la Justicia? Y agrego a mi pregunta: ¿cree que a la Justicia le podría interesar meterse en esos asuntos?
—¡Por supuesto!
—A mí me parece que no. Jamás. Ahora que usted me lo señala, le voy a pedir que me aleccione; por favor, ¡desásneme! Haga de cuenta que está ante un neófito, un ignorante decidido a escuchar su explicación porque, le juro, para mí su afirmación es una extraordinaria novedad.
—¡Usted sí que tiene sentido del humor! Hace esto para confundirme, seguro —exclamó Sousse, algo sorprendido por la confesión de su entrevistado.
—Sentido del humor no tengo. Ni el más mínimo. Soy bastante reacio a las boludeces. Y suelo enojarme con violencia cuando tratan de tomarme el pelo. Pero no se inquiete. Mi deseo de conocer su punto de vista tal vez se deba a que hoy va a ser un buen día para mí y, por transición, también lo será para usted.
Sousse no podía discernir si, en efecto, Segni lo estaba tomando a la chacota o hablaba en serio, mostrando un carácter agreste y amenazante. Agregó sin esperar una palabra del periodista:
—Pero sabe una cosa, Sousse, usted… usted está tan contento, está tan convencido de que la vida le sonríe, que hasta me perturba su ingenuidad. Usted es… ¿Cómo decirlo sin ofenderlo? Algo “naif”. Eso. “Naif”.
—Boludo, quiere decir.
—Bueno, si usted prefiere. Se lo dije en alguna oportunidad: ustedes, los “pesquisantes” que ofician de periodistas de investigación, literatos frustrados, tienen una gran tendencia a fabular, a imaginar sucesos impactantes que luego se difunden para “esclarecer” a la opinión pública. Ahora, usted abandona ese estado de fabulación y lo reemplaza por otro, el de su promisorio futuro. Ni la historia que lo motivó a la investigación, ni el futuro extraordinario que usted imagina, se corresponden con los hechos que se están sucediendo.
—Lo de mi futuro asumo la exageración. Pero no me va a negar que hubo investigaciones periodísticas que cambiaron la historia.
—¿Sí? Dígame una.
—Watergate.
—¿Watergate? ¿Usted es de los que creen que a Nixon lo derrocaron por espiar al Partido Demócrata? Tal vez considere también que a Kennedy lo mató un loco solitario de nombre Oswald. ¿Quiere que le diga lo que creo?
—Seguro.
—Son fabulaciones. Note, Sousse, que no digo “fábulas”. Esos hechos no tienen nada de didácticos, no fueron organizados y realizados con fines moralizantes. Es pura contrainformación. Digo “fabulaciones”. Entre una fabulación y la verdad hay una diferencia sublime.
La verdad es una cuestión que debe encararse desde la ciencia y nunca desde la moral. ¿Cree que a la “Justicia” le interesa en algo la verdad? ¿La Justicia hace un esfuerzo por establecer científicamente la verdad? ¿Y cuál es la ciencia que le permite ese conocimiento? ¿Las ciencias jurídicas? ¿A usted le parece que es ciencia lo jurídico? La “Justicia” se limita a estudiar e investigar cómo repartir convenientemente porciones precisas de impunidad. Esa es toda su ciencia.
No investiga la realidad y luego la manifiesta en un comportamiento moral. Por el contrario, la Justicia invierte la ecuación. Ubica la verdad como un suceso moral y nunca apegado a los hechos, que siempre son ámbito de la ciencia. La ciencia es rígida, es dura, busca la precisión. ¿Puede fallar? Puede fallar. Pero no por laxitud. En cambio, la moral de un juez es tan laxa, tan laxa, que siempre va a encontrar un vericueto para que se imponga la impunidad. Incluso, afirmo, la moral de un juez es tan inconsistente que puede fallar sobre una inmoralidad evidente, transformándola en su sentencia en una excelsa virtud.
El problema es saber qué cuota de impunidad está en juego y de qué lado de la impunidad está ubicado ese juez en particular. Para eso funcionan aceitadamente lo que ustedes llaman “carpetazos”, una manera de hacer entrar en razón a las cuotas partes de la impunidad necesaria. Ese equilibrio es indispensable para garantizar el ordenamiento social que nosotros, en especial, estamos abocados a garantizar.
Ese equilibrio, Sousse, muchas veces —si no las más— no depende ni surge de un factor único, ni de decisiones tomadas por un unicato de aspiraciones cuasi monárquicas. Depende del capital que está en juego, la sangre que se está dispuesto y en condiciones de cuantificar para asegurar incrementar ese capital, y de cómo se repartan los beneficios surgidos de esos intereses y de las cuotas de sangre derramada.
Para nosotros la verdad no tiene los atributos que usted le atribuye. Sé que usted piensa que las personas como yo nos vemos compelidos a realizar actos inmorales. Que todo lo que hacemos podría ser considerado como inmoral. Pero eso es irrelevante. Nosotros no reparamos en lo verdadero y lo falso, la verdad y la mentira, ni ninguna de esas naderías. Lo tangible se resume en una simple premisa: qué es útil y qué no lo es, para sostener el statu quo de la organización social y su estratificación en clases sociales, cada una disfrutando de su capacidad de organizar una corrupción sustentable —como gusta decirse ahora— lubricadas por el dinero, único reaseguro posible desde los tiempos iniciales de la historia hasta el presente.
En resumidas cuentas, Sousse, nosotros, los jueces, los políticos, los poderosos, no tenemos ni moral ni principios, solo objetivos. Estas palabras me las repite siempre un amigo mío —perdón, exagero, un conocido— que es un hombre de poder y sabiduría. Y a mí me gusta aprender de esa clase de gente.
Quien le habla y mueve sentimientos amistosos en usted, en relación con su persona y a su investigación, en especial su “fuente”, su informante, tengo claros objetivos. El intríngulis que tenemos aquí es que usted no logra descifrarlos. No comprende cuál es su situación real. Y eso me da mucha pena. Se lo juro. Desearía que usted estuviera despabilado para que el porvenir magnífico que imaginaba no lo sorprenda con una paliza descomunal. Si alguien debe ser aporreado, lo mejor es que esté preparado para ello. Se lo aseguro por experiencia.
Sousse no atinó a responder. Había quedado mudo tras la exposición tan rigurosa, cínica y amenazante de su entrevistado. No lo advirtió, pero estaba enredado en la fina telaraña que le fue entretejiendo a lo largo de las distintas entrevistas que sostuvieron.
Aprovechando el silencio de Sousse, Segni agregó en tono confidente:
—Yo, cuando converso con una persona, cualquiera, no necesariamente alguien como usted, o un intelectual, o un profesional con cierta preparación, con cualquiera, hago como cuando una mamá le pasa el peine fino a su hijo para despiojarlo. ¿Vio alguna vez la enjundia que ponen las madres para despiojar a un hijo? Pasan el peine una vez, otra, otra y otra, hasta que logran sacar hasta la última liendre. Cuando el niño está limpio, la madre disfruta con regocijo.
Pero el niño vuelve a la escuela. Y ahí está lleno de niños sucios, asquerosos, a cuyos padres les importa un carajo si sus hijos están llenos de piojos, de liendres, de parásitos. Y estos contagian a los niños aseados.
Y esos pobres niños aseados que se han vuelto a infectar, retornan a la casa portando las mugres que les transfirieron los roñosos. Y la madre, atenta y esmerada como siempre, apelando a su inagotable paciencia, vuelve a pasar el peine fino. Una vez, otra vez, otra vez y otra vez, hasta que logra sacar nuevamente hasta la última liendre.
Eso hago yo con mis interlocutores. Una vez, otra vez y otra vez. Hasta que ya no les queda nada que yo no conozca o reconozca de su historia y de su personalidad. Luego, como a las liendres, los aplasto. Eso termina con la contaminación. ¿Me explico? —un silencio atípico, acidulado, se apropió del momento.
Sousse, Juan Antonio, de unos cincuenta años de edad aproximadamente, tal vez algunos más; bastante alto y erguido, algo entrecano, algo teñido, de labios finos amoratados, nariz aguileña crispada, ojos claros enrojecidos, divorciado en tres oportunidades porque sus mujeres no soportaron más sus borracheras y su afición a las drogas, con una relación con una hermosa joven de nombre Marlene quien lo abominaba, malhumorado cuando no conseguía estupefacientes, díscolo porque se le acababa el whisky, desprolijo porque quedaba maltrecho por sus vicios, padre de una hija que no le atendía ni un llamado porque lo aborrecía, había quedado a merced de su entrevistado, quien, a esa altura de la relación, se comportaba, siguiendo al tango, “como juega el gato maula con el mísero ratón”.
—Sousse… Sousse… Sousse… —pronunció tres veces el apellido de su entrevistador, como Pedro negó tres veces a Cristo. Abrió un compás de espera largo, denso, inquisidor, que avinagró aún más el momento.
—Yo sé por qué se quedó dormido en aquella oportunidad, cuando debía realizar su segunda entrevista.
—¿Y por qué cree usted que eso ocurrió?
—Porque usted es alcohólico, Sousse. Y además es adicto.
—Bueno, alcohólico… alcohólico, no —balbuceó confundido—. Bebo socialmente. Y alguna vez he fumado un porro. Nada permanente. Disfrutes ocasionales.
—¿Usted cree que soy pelotudo, Sousse? ¿Qué soy incapaz de reconocer a un alcohólico crónico de un bebedor ocasional? ¿De un adicto fumaporro, un crónico de los nariguetazos, a un inocente que prueba por esnobismo? ¿Tanto me subestima?
—No… es que yo…
—Ese día, Sousse, usted usó merca importada, de la mejor, reconózcalo. La compró esa “Marlene”, a una mujer de vida licenciosa, de nombre Marcia, quien trabaja en un lupanar. Marcia… Marcia… aunque yo creo que se llama María, o Mierda… no sé. Pero para darse dique se cambió el nombre por uno que hasta parece gringo.
Su Marlene —y dijo “Marlene” afrancesando la pronunciación para ridiculizarla— es la misma que le presentó a su fuente. ¡Su fuente! ¡Un pendejo que tiene un hermanito en el norte, rumbo a Santa Fe, haciéndose el héroe!
La merca “pega en serio”, le dijo la muchacha esa que usted cree que sedujo. “Un poquito, un poquito”, dijo usted como si estuviera pasando inocente su lengua sobre un heladito. “Esta pega… ¡Pará boludo!” le dijo varias veces. “Pará boludo, esta pega en serio”, porque es importada. “La nacional es floja, viene cortada”. Le dijo la señorita, descalificando el “compre nacional”. Debe ser partidaria del libre mercado. Un intríngulis de nuestra historia.
Después, con su compañera de narices, se echó un polvo, y se durmió la siestita. ¿No fue así? Se despertó recién cuando Cacho, muy enojado, lo llamó ocho veces. Ocho veces, Sousse. Se las cuento para que no las olvide: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Ocho veces. Las tengo contadas una por una. Las tengo grabadas una por una. ¿Quiere que le diga el horario exacto en que se realizó cada llamada? ¿Le gustaría escuchar el rosario de puteadas de su director? Son ocho rosarios. Nadie putea con tanta variedad de palabras como Cacho.
Sousse estaba aturdido. Trataba de recordar toda la conversación que tuvo con Marlene esa misma tarde-noche en la que su jefe lo despidió por teléfono. ¿Cómo podía Segni conocer con tal precisión los diálogos de ese día? Su conclusión lo confundió aún más.
“Y yo te dije ¡pará! ¡Pará! Pero nunca me hacés caso. ¡Sos un drogón de mierda!”, recordaba con exactitud esa reprimenda de Marlene con su vocecita casi adolescente. “Pero vos no me tenías que haber dejado…”, respondió a la muchacha, haciéndola cómplice de su metida de pata. “Ahora la culpa la tengo yo. Vos me dijiste: un poquito, un poquito. No me hacés caso nunca. La nacional es floja, viene cortada. La importada pega… pega…” Segni continuó con su minuciosa descripción.
—Usted, Sousse, dejó la habitación totalmente afligido por su macana. Se dirigió al baño. Se metió bajo la ducha caliente. Se oyó esa vocecita adolescente que le dijo algo así como “me quiero morir, boludo”. Usted no dijo palabra. ¡Pobre hombre! ¡Estaba tan apesadumbrado!
Usted y la mocosa pasaron varias horas en silencio. Hasta que la nena, cansada, se fue a dormir. Usted esa noche no podía dormir, no podía pegar un ojo. En cambio, la pendeja, a pata suelta. Muchos barbitúricos. Empastillada hasta las tetas. Así son los jóvenes, Sousse, totalmente indiferentes a lo que les pasa a sus mayores.
Sousse estaba atónito. No sabía qué hacer, qué decir, qué pensar. La descripción que Segni le estaba haciendo de las angustias de esa tarde-noche, de los pormenores, de las circunstancias que se sucedieron desde que Cacho lo llamó por teléfono para insultarlo, para despedirlo, era tan exacta que trató de suponer en qué lugar y cuándo habían instalado cámaras y micrófonos en su casa. Pero lo que no alcanzaba a comprender, lo que más lo desorientaba, era para qué fin se había llevado adelante esa pesquisa. Toda su autovaloración, su autoestima, se derrumbaron a medida que Segni avanzaba con el relato.
—Sousse, usted estaba tan mortificado que abrió una botella de whisky importado que, entiendo, tenía reservada para una gran ocasión. Bueno, convengamos que no era el caso, pero estaba tan deprimido que creyó que lo mejor era agarrarse un pedo como no había conocido nunca. Y eso que usted chupa de lo lindo, amigo. No va a parar hasta la cirrosis. Después, se dijo resignado: “Veré qué puedo hacer con mi perra vida”.
Así que se acomodó en el sofá cama que tiene en su living comedor. Miró por su ventanal los ventanales vecinos, como en muchas otras oportunidades. Como en esas, cuando pesca alguna pareja cogiendo sin tener en cuenta que podía haber un mirón… ¿Cómo se dice? Un “voyeur”, un fisgón, un pervertido drogadicto y alcohólico observando cómo otros disfrutan de sus sexos. Si me equivoco, corríjame. Estamos entre amigos. —Sousse estaba perplejo, como autista, incapacitado de hablar, de moverse, de pensar.
—Apoyó la botella de whisky Dimple, el Premium escocés que compró para disfrutar en una oportunidad que se suponía habría de ser maravillosa, sobre la mesita ratona de algarrobo que dista poco menos de un metro del sofá, y se tomó media botella. ¡Media botella de un whisky de cinco mil pesos! ¿Cómo hizo para comprar una bebida tan costosa? No quiero suponer que usted y la pendeja esa venden falopa entre sus amistades para hacer una diferencia. Marcia se va a enojar y mucho, se lo advierto. Marcia viene de Marte, guerrera… Mina jodida, se lo aseguro.
Luego, se durmió. Acabado, dispuesto a rendirse ante quien fuera, esperando la nada por futuro.
Pero a la mañana, ¡oh misterio! Dios pegó un volantazo maravilloso. Y aquí está, hablando conmigo. Como amigos, casi como hermanos. ¡Ah! Me olvidaba. Antes la besuqueó a la nena, la lamió con su lengua, le frotó la concha con los dedos, aunque a ella le pareció una pasada de lija. Un beso de lengua, luego se chupó los dedos para saborear el gustito del clítoris, porque a las buenas noticias hay que acompañarlas con un blend de sabores sofisticados: whisky, falopa, lengua y clítoris púber. Usted, Sousse, es un exquisito. Le juro que lo envidio. Míreme, Sousse, y respóndame con la verdad. ¿Cómo conoció a esa nena?
—Yo… yo… por Facebook —balbuceó espantado.
—¿Por Facebook? ¡Qué interesante! Pero la contactó usted a ella, ¿no es así?
—Sí… no… sí… no sé, no recuerdo.
—No recuerda. Qué pena. ¿Qué edad cree que tiene esa muchacha?
—No lo sé… qué me quiere decir…
—Shhh… —Segni llevó su dedo índice hasta los labios reclamando silencio—. Escuche y no pregunte pelotudeces. ¿Qué edad cree que tiene esa muchacha?
—No lo sé, nunca se lo pregunté.
—¿Nunca se le ocurrió preguntarle la edad?
—No, por qué debería haberlo hecho, es mayor, es mayor…
—Le reitero mi pregunta: ¿Qué edad cree que tiene esa nena? ¿Veinte?
—No sé, no sé… puede ser…
—¿Diecinueve?
—No, veinte, veinte. —Segni movía su dedo índice negativamente.
—¿Dieciocho?
—Puede ser… parece más grande…
—¿Diecisiete?
—Diecisiete no puede ser, es mayor, yo sé que es mayor. —Segni, insistente y con más energía, agitaba su dedo índice negativamente.
—¿O dieciséis? ¿Qué me dice, Sousse? ¿No sabe ni siquiera qué edad tiene la nena? ¿Quiere que lo ayude? ¡Quince, Sousse! ¡Quince! ¡Aleluya, hermano! ¡Tú eres acreedor a un estupro! ¡Felicitaciones! ¡Tu amada Justicia te espera para considerar el tamaño de tu perversión y la extensión de tu condena!
¡Ay, Sousse, Sousse! Como diría mi abuelita: “Lo que pueden los pelos de una concha joven, no lo puede una yunta de bueyes”. Escuche, Sousse, escuche, esto es poesía pura. ¿Me escucha? Sousse movió mecánicamente su cabeza, afirmativamente.
—“El que promoviere o facilitare la corrupción de menores de dieciocho años, aunque mediare el consentimiento de la víctima, será reprimido con reclusión o prisión de tres a diez años.” ¡De tres a diez años! —exclamó exaltado—. “La pena será de seis a quince años de reclusión o prisión cuando la víctima fuera menor de trece años. Cualquiera que fuese la edad de la víctima, la pena será de reclusión o prisión de diez a quince años, cuando mediare engaño, violencia, amenaza, abuso de autoridad o cualquier otro medio de intimidación o coerción, como también si el autor fuera ascendiente, cónyuge, hermano, tutor o persona conviviente o encargada de su educación o guarda.”
De-diez-a-quince-años… repitamos juntos, Sousse: De-diez-a-quince-años… —Sousse repitió idiotizado—. ¡Muy bien! ¡Otra vez! De-diez-a-quince-años…
Y eso que aquí ni se menciona lo horrible que es mandar a una nena a comprar drogas y obligarla a consumirlas para luego abusar sexualmente de ella. Drogas, pastillas, estupro. ¿Usted se imagina lo que pensaría un juez de conocer esta aberración? ¿Y los presos? ¡Los presos! Gente sin escrúpulos. ¿Sabe cuán poco aprecian a los abusadores en las cárceles?
¡Usted tiene una hija, Sousse! ¡Casi de la misma edad que esa nena que retiene en su casa! ¿Qué le parece que la “Justicia” va a considerar sobre usted si se entera de todas estas perversiones?
—Pero yo no… la conocí por Facebook… yo nunca me imaginé…
—Sousse lloró desconsolado.
—Ahora quiero que se vaya a su casa. ¿Me entiende? —Segni ayudó a Sousse a incorporarse de su silla y caminó con él hasta la puerta del departamento—. Lleve con usted ese DVD que quiero que vea. Pero en su casa, Sousse, ¿me entiende? Mírelo en ese hermoso televisor Led de 42 pulgadas marca Noblex, que tiene en su habitación, sobre esa cómoda de nogal blanco, en donde mira películas pornográficas. ¿Cuál es su actriz porno preferida? ¡No me lo diga! ¡No me lo diga! Déjeme adivinar. ¿Mia Khalifa? ¿O Jesse Jane? No, no. Debe de ser Sunny Leone. ¿O todas? Qué inconveniente. Es que usted mira tanta pornografía… ¡Y encima le hace ver esas porquerías a la nena! ¡Qué atrevido, Sousse! ¡Qué atrevido!
Mire con atención el DVD. Considérelo un “instructivo”, una especie de catálogo explicativo que lo va a poner al tanto de algunas cosas que no sería conveniente que se ventilen en su apreciada Justicia. Porque usted cree en la Justicia, ¿no es verdad? ¿No me dijo que cree en la Justicia? ¿O ahora ya no le parece tan interesante la idea de ir a la Justicia a promover investigaciones sobre personas que no pueden defenderse? ¿Le dije que a los coroneles no les gusta que ventilen sus vidas en los estrados judiciales? Se lo dije, ¿verdad? Cuando usted termine de ver este DVD yo lo voy a llamar, se lo aseguro.
—¿Por qué me hace esto? ¿Qué quiere de mí?
—Nada malo, zonzo, zoncito. No me llore. Yo no quiero nada malo. Usted me da lo que yo quiero, hace lo que yo le pido y yo le doy a cambio un futuro venturoso. Con fama, con dinero, con falopa, ¡importada! ¡Nada de mierda nacional, cortada con vidrio molido! Con decenas de pendejas para cogerse sin que nadie se lo recrimine…
—¿Y qué puedo tener yo que usted necesite?
—Usted mire el DVD. Cuando termine de verlo, yo le juro que lo voy a estar llamando. Y entonces vamos a conversar entre amigos. Yo le voy a decir qué necesito, y le voy a hacer una oferta que le va a dar la razón a su optimismo. Hoy, Sousse, como usted me dijo, cambió para siempre su destino.

***

IX – Alida Celena 

Alida Celena suspiraba. Sentada frente al televisor, trataba de concentrarse en las novedades de la novela venezolana. No podía. Bebía gin. En otras oportunidades, gin-tonic, pero ese día lo prefirió puro.
Si no había gin, bebía copiosamente whisky. Una marca barata, nada de exquisiteces; no se trataba de un gusto, sino de un placebo: cuanto más barato, mejor.
Si le faltaba bebida blanca, porque olvidó comprarla llevada por sus devaneos, recurría al vino tinto. Nunca blanco. Aborrecía el vino blanco y ni qué hablar del rosado. Ambos estaban excluidos de sus vicios.
No llegó nunca a beber alcohol puro, como uno de sus tíos que padeció delirium tremens. Si no hubiese muerto tan joven, nadie habría apostado a que no llegaría el día en que el alcohol puro reemplazaría a todas las bebidas. Los vinos, el whisky, el gin iban abriendo el surco profundo hacia los grados extremos de alcoholismo. La muerte violenta interrumpió el derrotero.
Alrededor de las catorce horas de cada día de la semana laboral regresaba a casa del Palacio de Tribunales. A las tres de la tarde ya estaba bastante alcoholizada. Entonces miraba absorta una telenovela cualquiera. Después, una larga siesta. Desde que retornaba a casa del trabajo y hasta las seis de la mañana, podía beber sin fin. Luego comenzaba ese breve período de abstinencia.
Su sobriedad duraba siete horas exactas: de las seis de la mañana hasta una hora después del mediodía, que era la hora de salida del trabajo. Durante ese lapso no bebía alcohol, tomaba café a raudales —no menos de dos litros bien cargados— y fumaba sus cigarrillos rubios con filtro. Veinte o más, cada mañana. Luego, hasta la noche, mientras bebía copiosamente, otros veinte, tal vez treinta. Dependía de la depresión del día. Cada día su depresión era diferente.
Cuando finalizaba el horario de trabajo no caminaba, corría. Bajaba a saltos la enorme escalinata del Palacio de Justicia, como quien huye hacia el hogar a suministrarse una dosis medicamentosa necesaria para asistir a un padecimiento singular.
Si se retrasaba el regreso por un atascamiento en el tránsito o porque un piquete de trabajadores reclamando algún derecho bloqueaba las avenidas y las calles aledañas a los Tribunales, vivía con angustia esos momentos forzosos de abstinencia. Entonces se exasperaba hasta el insulto. Cuando Alida se descontrolaba en alguna discusión, se le desfiguraba el rostro, que adquiría un tono morado, y era capaz de gritar tan vivamente que nadie podía dejar de prestar atención a la batahola que desataba. En esas oportunidades adquiría una violencia tal que, en más de una ocasión, hasta varones corpulentos habían desistido de enfrentarla.
Los fines de semana bebía de la mañana a la noche. En realidad, de noche a noche. Empezaba el viernes y seguía hasta entrada la madrugada del lunes. El Morro esos días se ausentaba deliberadamente. Nunca le decía a dónde se dirigía. Ni siquiera regresaba a dormir las noches del viernes, el sábado y el domingo. El lunes llegaba entrada la madrugada. Alida sabía que enfilaba al “rinconcito campestre”, como lo llamaba, a donde iba a menudo desde que la relación entre ambos había entrado en una pendiente irrecuperable. Y de eso hacía ya largo, largo tiempo.
Alida era prosecretaria en un juzgado de menor cuantía. No era un trabajo demasiado exigente. Mujer de pocas luces, apenas bachiller de mediocre formación, su gran habilidad no estaba en los códigos de la Justicia. Cuando ingresó al servicio judicial mecanografiaba con mediana velocidad. Nada extraordinario. Desde que las PC reemplazaron a las Remington, tecleaba incluso menos palabras por minuto. Gracias al Word, algunos de sus horrores ortográficos se vieron corregidos por el propio software. Eso resultó una ventaja importante. Su anodina educación pasaba un tanto más disimulada que antes, cuando sus escritos se veían salpicados en casi todas las líneas por el líquido corrector. Los secretarios la obligaron en más de una oportunidad a repetir sus trabajos hasta el hartazgo. La penitencia nunca condujo a una mejoría, ni siquiera leve. Liquid Paper resultaba siempre el campeón hoja por hoja.
Reconocía que sus ascensos se debieron a circunstancias ajenas a sus capacidades laborales. Aunque no lo confesaba (no por pudor, sino por desinterés), hizo uso del acuerdo que le planteó El Morro y que reguló la vida marital durante muchos años. Aquello que les permitiera mejorar la condición de trabajo y, por añadidura, el salario, era aceptable dentro del matrimonio. Alida pasó por las sábanas de algunos de los jueces de la Cámara, quienes recompensaron —no con excesiva generosidad— el favor sexual del que gozaron. De todos modos, Alida era anorgásmica. Le daba lo mismo tener sexo que tomar un té. Para ella, los dos tenían el mismo sabor insignificante.
Mientras tenía relaciones con sus amantes ocasionales, pensaba en cosas de la infancia, minucias intrascendentes, o cómo disfrutaría del dinero si un día El Morro estiraba la pata.
No sabía si la anorgasmia era su condición natural, producto de una patología, o solo se trataba de un sistema protector frente a su aborrecido esposo y los jueces pervertidos que caminaban los pasillos de Tribunales a la caza de una vagina. Alguna vez elucubró sobre el asunto de su incapacidad para disfrutar un orgasmo: ¿tendría que ver con los gustos sexuales que “El Morro” empezó a manifestar pocos años después de casados? Porque ya no se trataba de actividades sexuales extramatrimoniales, que a Alida le importaban un soberano carajo. Las infidelidades, para ella, eran un asunto menor, que le producían indiferencia; como el sexo y como el té, eran intrascendentes. Ahora bien, si servían para aumentar el patrimonio conyugal, hasta podía celebrar que se consumaran.
En una oportunidad, la viuda estrafalaria de un ricachón asesinado en dudosas circunstancias le transfirió una buena suma de dinero a cambio de ciertas prácticas aberrantes en la morguera. También de un informe forense más favorable a sus intereses, algo que el forense intentaba disimular con el pretexto de no exponer su prestigio profesional. Todos sabían que “El Morro” estaba siempre dispuesto a alterar una conclusión forense a cambio de una buena suma de dinero. Para eso, no tenía melindres ni escrúpulos: sopesaba los órganos extirpados con fajos de billetes y compensaba las anomalías que pudiera encontrar en los órganos estudiados con razones que no bajaran nunca de los cinco dígitos.
Cuando las circunstancias de la viuda alegre, al principio a Alida le pareció repugnante la práctica, pero al enterarse de la suma que engordó la cuenta bancaria, hasta consideró plausible la iniciativa sexual de su marido. El dinero puede hacer ver hermoso hasta el acto más repugnante que realice una persona. Cuanto más dinero está en juego, menos ética se pone de manifiesto. Lo aseveró Paul Piff, y Alida tuvo que darle toda la razón, aunque no tenía la menor idea de quién era esa tal Piff, cuyo apellido la movía a risa.
Después de todo, ¿qué podía recriminar de aquel negocio de “El Morro”? Si ella abrió las piernas en más de una oportunidad para dejar que la Justicia la penetrara en vulgares despachos malolientes, sobre escritorios roñosos que, si bien era cierto, no se podían comparar con la marmórea mesa de disecciones, no eran menos degradantes que la mesada donde el fulano despostaba los cadáveres en estado judicial. A cambio de alguna prebenda que mejorara las perspectivas laborales o redundara en una suma de dinero más o menos interesante, bien valía un coito sobre un gélido cadáver, como debajo de un juez tan gelatinoso como las vísceras recién extraídas de un muerto todavía tibio.
Las propuestas swinger que, con relativa frecuencia, “El Morro” hacía en presencia de matrimonios amigos que buscaban esa satisfacción la movían a risa. El intercambio, a veces, le parecía hasta ridículo. No era una mujer tan poco agraciada como para aparearse con algunos varones que, en franca decadencia, hasta eran capaces de rifar a la esposa con tal de alcanzar una imposible autoestima. El ego masculino es tan fácil de herir como de engatusar. Alida no apetecía para sí el canje. “El Morro” que canjease lo que le viniera en ganas.
Pero era bastante probable que su anorgasmia se hubiera consolidado producto de su aborrecimiento por esa atracción hacia las nenas impúberes, de doce o trece años de edad, de las que el marido hablaba con regodeo cuando pormenorizaba con gozo sus andanzas sexuales, relatos que sus amistades festejaban con carcajadas y exclamaciones lujuriosas, y que ella había escuchado escondida tras una puerta que daba al escritorio donde se desarrollaban aquellas tertulias pornográficas.
Había sorteado alguna discusión con el libertino sobre su alcoholismo, pero sabía que a él no le interesaba ni qué ni cuánto bebía. Sí le molestaba el cigarrillo: su olor, la resaca del tabaco con tufo a heces que impregnaba sus ropas. El aliento a tabaco de la mujer le producía arcadas; lo asqueaba.
Esperando declarar en Tribunales, esa mañana fatal, “El Morro” sentía un hedor que llegaba desde no sabía dónde, un aliento nauseabundo que lo atormentaba. Esperaba que, en la Alcaldía, sus eventuales compinches de calabozo no lo atormentaran con el humo apestoso de los cigarrillos baratos.
Alida se preocupaba de humear su guardarropa todo lo que podía. Mientras echaba el humo en los trajes, camisas, delantales, repetía “si sos una mierda, olé a mierda”. Y fumaba y fumaba y fumaba. Descubrió que hasta el humo del tango de Manzi lo fastidiaba. Y ella cantaba con su voz lijada por el tabaco: “El último organito irá de puerta en puerta / hasta encontrar la casa de la vecina muerta, / de la vecina aquella que se cansó de amar; / y allí molerá tangos para que llore el ciego, / el ciego inconsolable del verso de Carriego / que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.” Y mientras entonaba el verso final, echaba a la cara del iracundo esposo el humo gris de su propio cigarrillo, modulando con lentitud “fuma… fuma… y fuma…” en insensata provocación. “El Morro” murmuraba entonces cargado de odio, “de la vecina muerta” y sospechaba el momento sublime de una supuesta redención definitiva entre el chisporroteo de las llamas crujientes de un cuerpo incinerado. Y si no, el último recurso, una buena zambullida en puro ácido sulfúrico, fluorhídrico, clorhídrico, esa santísima trinidad que la tabla de Mendeléyev le había aproximado inocente, sin predecir el destino cruel de esas modestas combinaciones de átomos.
Al esposo lo obsesionaba que Alida guardara silencio sobre las nenas, esas con las que mantenía relaciones sexuales. No es que Alida supiera de esos placeres desde que comenzó a practicarlos: lo supo años después, cuando la decadencia era tan ostensible que nada hacía posible ocultar las inmundicias de cada uno.
Su gusto y práctica de la pedofilia se satisfacían en una de las seis casas de prostitución, propiedad de un prominente juez de la Nación y ubicada en los suburbios campestres, más o menos alejados de la gran urbe. Allí concurrió por espacio de más de diez años, tal vez doce, con cierta frecuencia.
El proveedor del magistrado era un tal Moreira. Cuando lo trató por primera vez ya era un hombre mayor, desagradable, sucio y maloliente. Podía tener setenta, ochenta o cien años. Algo regordete, petiso, curtido, ladino, parecía salido de un libro de relatos. La piel de su rostro tenía su mismo tono y textura, y crudas líneas negras surcaban la cara en todas direcciones, escarbando unas arrugas que juntaban una mugrecita desagradable a la vista.
Se trataba de un bonaerense que se presentaba como un simple hombre de campo. Un gaucho, con todas las de la ley. Calzaba alpargatas negras y lucía una bombacha que habría sido marrón en algún momento. Cinturón de cuero con rastra gaucha en plata ceñido al voluminoso vientre, camisa blanca, corbata negra y un verijero asomando por encima del ancho cinturón de cuero.
Lo acompañaba siempre un séquito de matones que se disfrazaban de sencillos peones rurales. Todos iban armados y calzaban rebenques para poner en caja a cualquier díscolo que quisiera alterar la paz de los puteríos de su eminencia, el excelentísimo juez de la Nación. “Acá se viene a coger tranquilo, no a romper las pelotas”, decía cuando alguno intentaba quebrar la paz del prostíbulo. Habiendo niñas de por medio, la tranquilidad era lo más importante, luego de las rosadas vaginas infantiles.
Moreira estaba a cargo del negocio. Recatado en los precios y siempre con renovada mercadería, prometía poco, pero cumplía siempre. Se le escapó un párvulo que oscilaba entre la niñez y la primera adolescencia, un ejemplar extraordinario de quien no se podía adivinar a simple vista el sexo. Una loca desvariada, “una puta pituca de la Capital” –le dijo Moreira a “El Morro”–, en nombre de no se sabía qué organización, se lo llevó a su lupanar “por unos mangos roñosos”, suponía para satisfacer a algún prominente hombre de la política o de los negocios. Lamentó la pérdida: se había entusiasmado con la oferta detallada y lujuriosa que el tratante le hizo durante largos minutos por su celular privado. Sin embargo, el hombre reparó en algo la desilusión del forense: le mandó un sobre con una docena de fotografías en las que se exhibían muchachas que apenas habían abandonado la infancia. Para un amante de vaginas infantiles, la renovación era un acto indispensable.
El magistrado, en la cúspide del sistema judicial, no aparecía nunca por las mancebías. Era un hombre tan prudente como perverso y rebuscado en sus placeres. Se especializaba en servicios sexuales exigentes y sofisticados. Gozaba de la impunidad que el propio sistema le proveía. ¿Quién se iba a inmiscuir con el ejercicio prostibulario de un figurón de esa jerarquía? La Justicia dictó la falta de mérito en una denuncia contra el juez, y lo hizo con una celeridad pasmosa. “Entre bueyes no hay cornadas”, explicaría “Pérez y Pérez” recurriendo a sus inagotables refranes.
Los más próximos a Alida habían sido precisos en las advertencias: lo inoportuno de referirse de algún modo, incluso tangencial, al asunto. Y ni imaginar llevar esos temas a una demanda de divorcio. Si un alto magistrado estaba involucrado, ¿qué subordinado se habría animado a incursionar en un asunto que se organizaba en los estratos más altos del poder estatal?
Se trataba, en realidad, le habían dicho, de lupanares oficiales, donde una fauna diversa de burócratas pervertidos se desvivía por unos ratos de sexualidad aviesa, que el Estado atendía con minuciosa generosidad. Entrar allí, como había logrado “El Morro”, no era fácil; salir de ello, imposible.
Las filmaciones ingresaban al patrimonio de los subsuelos de la inteligencia oficial y se constituían en la impúdica filmoteca de la clase dirigente. El testimonio fílmico de la lujuria pedófila de prominentes jerarcas de la vida pública resultaba el más eficaz método recordatorio de fidelidades y discreciones. Su simple exposición hubiese fulminado personajes a los que se les dedicó honores, libros y hasta monumentos.
Además, le habían dicho a Alida sus amigos, todo era cuestión de dinero. Y el dinero era, al fin de cuentas, el amo de todos los secretos. Con el dinero nunca había que enemistarse. Las leyes del mercado dominaban las perversiones como a cualquier otra actividad humana. La demanda, en ese caso, prohijaba la oferta.
El amancebamiento con niñas o niños era solo una de las prácticas aberrantes y uno de los varios ductos por los que ingresaban esas ingentes fortunas al lado oscuro del aparato del Estado. No menos afortunados eran los sistemas recaudatorios de la trata de personas, nutridos por hombres y mujeres sometidos a la esclavitud sexual, junto al tráfico de drogas, armas y órganos.
Pedofilia, esclavitud sexual, narcotráfico, mercadeo de armas y tráfico de órganos eran las cinco ciudadelas de una nueva Pentápolis bíblica, erigida a la orilla de un mar muerto, pútrido y pestilente. Era, dirían cínicos sus beneficiarios y promotores, la etapa superior de Sodoma y Gomorra, a las que, soberbios afirmaban, ninguna lluvia de fuego y azufre alcanzaría a devastar. Como fuera en los principios de la historia, no cincuenta ni diez justos se encontrarían en ellas, aunque un nuevo Abraham buscara con desesperación a quién salvar antes de que la lluvia incendiaria naranjazul cayera en cruel chisporroteo, incinerando a los perversos como a simples pastizales resecados.
Los cuantiosos ingresos que generaban esas modernas Sodoma y Gomorra eran usados para engordar fortunas que nunca hubieran sido posibles de explicar. Y del mismo modo que se agigantaban, se evaporaban: por los conductos del lavado de dinero arribaban a los paraísos fiscales en forma de sociedades offshore, ocultando así a sus verdaderos dueños y finalidades últimas. El capitalismo parasitario se vigorizaba incesante con ese zumo vivificador; los intereses devengados resultaban un sublime néctar elaborado con pura sangre humana de millones de desgraciados. De todo aquello, recomendaron sinceros los amigos, nunca sería prudente hablar.
Pero de aquellas otras mujeres con las que “El Morro” compartía la cama —mujeres que frecuentaba por su trabajo, como esa antigua subordinada suya, o cualquier otra que conociera accidentalmente— no estaba vedado comentar. Las discusiones interminables sobre esas infidelidades, Alida las tomaba como un frívolo ejercicio por el que iba descifrando los posibles atajos para obtener su cincuenta por ciento de los bienes matrimoniales. Cuando rozaba el tema de la división de los bienes de la sociedad conyugal, “El Morro” perdía la compostura. Asegurado el silencio en cuanto a lo de las niñas, nada lo desquiciaba más que la sola idea de perder dinero en aquella despreciable mujer con la que convivía para su desgracia.
Alida había asumido su infelicidad hacía años; llegó a habituarse a ella mediante un razonado ejercicio de la indiferencia. No todas las personas en el mundo tenían por qué ser felices. Ella se había incorporado al numeroso ejército de desdichados que deambulaban por el mundo sin conocer el amor ni en sus formas más rudimentarias. Cada uno de esos semejantes tendría su “Morro” al que padecer. Estaba convencida de que, de los miles de millones que poblaban la tierra, la inmensa mayoría eran efectivamente infelices. Y que así acabarían sus días. Entonces, integraba el nutrido pelotón de seres desgraciados; la superioridad numérica daba soporte a sus estados de ánimo. El mundo, al fin de cuentas, estaba gobernado por infelices.
En la medida en que la angustia por la infelicidad fue perdiendo vigor, la zozobra por el puro interés en la divisoria de bienes fue ganando terreno. Mientras más tiempo pasara, más se acrecentarían sus bienes; no importaban los sufrimientos, si los hubiera: era como sostener un plazo fijo a lo largo de los años. Soportar a “El Morro”, su “Morro” —como otros tantos millones soportaban al suyo— hasta podría implicar una cuestión menor si sabía manejarla. Después de todo, no resultaba un mal negocio esperar el paso de los años si eso acrecentaba la fortuna. Llegaría el momento en que podría escapar de la vida conyugal con aquel hombre y dedicarse a lo que más la complacía: el ocio, el ocio improductivo. Tomar sol el día entero, a la orilla del mar en Playa Grande, hasta adquirir ese tono intenso del atezado lustroso de cremas colorantes de tonos marrones y naranjas.
Cuando hablaba de estas especulaciones, los mismos amigos que le indicaban la conveniencia del silencio en temas vedados, la propia familia y hasta los compañeros de trabajo que no sentían mucho afecto por la subsecretaria le señalaban que esa obstinación por el porcentaje de una riqueza supuesta, a la que no estaba dispuesta a renunciar, era el sustrato profundo de sus vicios. El amor al dinero y la obstinación por no perder ni un uno por ciento de sus bienes conyugales la inducían a beber sin límite, fumar con desesperación y sufrir, era evidente, una depresión crónica.
Y para colmo, un delirio enfermizo, no sin cierto fundamento, la había invadido. Pensaba con angustia en cuánto tiempo tardaría en padecer cirrosis o alguna enfermedad pulmonar terminal que la llevaría a la tumba. Cuando imaginaba su muerte, se llenaba de odio, suponiendo que sobre su cadáver se construiría la libertad para el pervertido de su marido y, para mayores desgracias, malgastaría todos los bienes conyugales satisfaciéndose en las leves carnes de las niñas esclavas sexuales, en los burdeles impunes de su eminencia el renombrado juez de los supremos tribunales, o del roñoso falso campesino y sus burdeles en ranchos apestosos de mala muerte.
A veces la asaltaba una idea provocativa: la imagen de un hijo suyo y el lupanar del campo, que se sucedían alucinadas como en un calidoscopio perverso.
De solo imaginar a “El Morro” tocando un hijo suyo, luego de magrear a esas niñas, le daba arcadas. Podía hasta tolerar la vacua sensación de su gélido pene en su reseca vagina, eyaculando en formol unos espermas deformes. Eso no le daba náuseas; le resultaba indiferente, como tomar el té.
Pero suponerlo acariciar un hijo suyo le provocaba pánico. ¿Y a una niña? Indescriptible. Por eso Alida no tuvo hijos. No quiso tenerlos. “El Morro”, menos que menos. Aplaudió la decisión de la mujer: “Menos conflicto con la herencia”, pensó para sí. Jamás trabajaría “para mantener pendejos vagos de mierda”.
Por otra parte, para Alida, eso de alzar la pollera de despacho en despacho para ascender en la línea jerárquica espantaba la maternidad como a un fantasma. Sufría, incluso, cuando se imaginaba embarazada, inmenso el vientre, lista para dar a luz a un infeliz que viviría su infancia y adolescencia en medio de la avaricia y la promiscuidad conyugal, balanceada en ascensos inmerecidos y mejoras salariales retaceadas. ¿Y si fuera una niña y no un varón? Ni imaginarlo. Imposible. Antes se cosería el útero.
Además, recordaba a quien preguntara por su maternidad que era alcohólica y fumadora. Y un día de esos, si a algún juez lo fastidiaba usar condón, se pegaría una venérea o algo peor y enfermaría su útero definitivamente. Entonces, nada de concebir. Los vicios regulaban su ovulación. Desde que era adolescente, a fuerza de tabacos y bebidas, monitoreó su ciclo menstrual con eficacia.
Por otra parte, ¿qué clase de niño podría engendrar bebiendo a mares gin, whiskys, vino tinto y fumando dos o tres atados de cigarrillos al día? ¿Y qué clase de espermas fecundarían un óvulo viciado, si el que eyaculaba era nada más y nada menos que ese pedófilo, oliendo a formol y otras inmundicias cadavéricas?
Sin duda, nacería una bolsa de vicios, una maraña de venas y arterias enfermizas, hediendo a alcohol y exhalando humos de tabacos rancios. Una perturbación de la naturaleza, empapada en bebida blanca y mierda. Aunque fuera mierda con filtro. Aunque fuera mierda sumergida en puro formol salido del escroto de ese degenerado.
—Y sí, de todos modos, engendrara un niño, aunque no fuera sino por accidente, ¿cómo lo llamaría? —le preguntó un juez luego de un coito breve y contundente, mientras se abrochaba el pantalón, en estado bucólico por el orgasmo.
—Damián. Sin duda.
—¿Por qué Damián? —ingenuo siguió el magistrado su inútil interrogatorio.
—Porque es un nombre de mierda. El de la película. La protagonista tiene ese hijo del diablo. Así sería un hijo de mi marido. Si me viera forzada a tener un hijo de mierda, le pondría un nombre de mierda. —¿Damián? ¡No! Para nada. Damián: el que doma.
—¿El que qué? —preguntó Alida, perturbada.
—El que doma. Es un nombre griego.
—¡Qué boludez! ¿Qué podría domar si sería un infeliz? Para mí sería una porquería como el padre. De tal palo, tal astilla. ¿Qué puede engendrar “El Morro”?
—¿Y si fuera una niña?
—Imposible. Eso no ocurrirá jamás. La ahogaría en una palangana. Eso antes que el tipo se sacara las ganas con ella.
Y allí terminó el diálogo. Alida lo sacó a empujones al charlatán, aquel que la inquietaba con hijos e hijas imposibles.
Por eso, nada de niños. Fue de común acuerdo. Tan de acuerdo en eso como en soportar esa rutina morbosa cada noche y cada mañana. Todo por los bienes gananciales. ¡Bienes gananciales! ¡Amados bienes gananciales! Cincuenta y cincuenta. Algo que con los niños no se podía practicar, salvo que se los cortara al medio para repartir a madre y padre su porción de descendencia.
Y si cupiera la posibilidad de tener un hijo de “El Morro” por una desgracia, por un martirio de Dios Padre Todopoderoso, se suicidaría al instante. Ni hablar si fuera una niña: la mataría primero y luego se suicidaría, le escuchó decir el juez mientras se enjuagaba el pene.
La ideación suicida la persiguió durante algún tiempo. No solo por la fantasía de una hija al alcance del perverso. Otros fantasmas familiares la inducían a esa ideación. El más vigoroso de esos espectros se emboscaba subcutáneo en la obesidad mórbida de su madre. A medida que la veía engordar, crecía su idea del suicidio: tomar un enorme frasco de barbitúricos, cortarse las venas, abrir la llave de gas y meter la cabeza en el horno para envenenarse. Suicidio de cualquier forma, de todas formas. Y esa ideación crecía por la sola sospecha de tener que cuidar a ese mastodonte que comía insaciable todo el día, al mismo tiempo que fumaba cigarrillos negros súper largos, cien milímetros de pura basura química. Resaca tamaño King Size, basura de las tabacaleras que engrosaban sus ganancias a fuerza de una pandemia de cáncer de pulmón, de obstrucciones arteriales, de úlceras sangrantes. Entre bocado y bocado, una pitada King Size se imbricaba con el bolo alimenticio hasta el estómago, que tenía ese aspecto de odre estirado al límite, a punto de estallar.
Tuvo una premonición: vio a su madre postrada producto de un masivo infarto cerebral. Los hemisferios del cerebro muertos casi por completo. Poco del cerebro vivo, creativo, pensante, casi nada, quedaría de ese fatídico evento. Lo que más la desesperaba era que, a pesar del ACV, la mujerona seguía engullendo comida con tanta fruición como antes, y evacuaba el inmenso intestino también con la misma abundancia. Pero, a diferencia de su anterior condición, en la postración definitiva y total todas sus necesidades las hacía en la cama. En días, la casa materna adquiría ese olor nauseabundo que tanto perturbaba a Alida Celena en su ideación suicida. La horrorizaba sinceramente. Y aunque trataba de espantar ese vaticinio, la obesidad de su madre adquiría voluntad propia y la perseguía, incansable, hasta atraparla y asfixiarla despreocupadamente.
Luego, las cosas volvían a su estado natural: la madre a comer y a evacuar, la hija a meter la mano en las heces y limpiar sin remedio, de manera interminable, las inmundicias sobre la enorme cama desvencijada por el fantástico peso de la obesa.
De ese augurio no podía ni hablar con “El Morro”. Él se lo repetía a cada rato: —Tu madre se va a pudrir en vida. Un día la gorda va a estallar y ahí las quiero ver a ustedes, las hermanitas inútiles, lidiando con ese adefesio.
Y relataba a cuántos cadáveres de obesos les había realizado la autopsia para revelar en un expediente judicial las increíbles deformidades, las mugres espantosas, las anormalidades más extraordinarias que un sobrepeso desmesurado provocaba en las personas. Y, en especial, el cerebro, reducido a un estado viscoso, de hemisferios laxos, como baba, derretidos, apuñeteados por microinfartos del tamaño de la semilla de una fruta cualquiera, por toda la anatomía del órgano, y que habían ido desmenuzando las capacidades del finado hasta dejarlo reducido a una montaña de tejido adiposo con algo, muy poco, de conciencia.
Alida escuchaba la descripción perversa de “El Morro” de esos cadáveres como si no prestara atención. Pero la explicación del forense la estremecía, porque coincidía con su fatídica premonición casi por completo.
Si eso ocurría, no le quedaría más remedio que huir de su vida muñida del cincuenta por ciento de los bienes gananciales, rumbo a Playa Grande. Lejos de todo. Lejos de todos. A disfrutar el ocio improductivo, que era el único gesto de humanidad que la satisfacía plenamente.

***

X – El rollo en la boca

“Y él me dijo: Hijo de hombre, come lo que tienes delante; come este rollo, y ve, habla a la casa de Israel. Abrí, pues, mi boca, y me dio a comer el rollo… Exequiel 3:1.”
El experto encontró respuesta en el texto bíblico a su duda en aquella primera reunión por el asesinato de Podestá. Recordaba el versículo casi con precisión; era un sesudo lector de la Biblia. No por cuestiones religiosas. No, no era religioso, tampoco ateo: era un científico indiferente a ángeles y demonios. Pero amaba el relato bíblico, lleno de enigmas y dogmas fantásticos.
Y aunque no se animó a decirlo en aquella primera oportunidad, le resultaba absurdo que los asesinos hubiesen decidido exponerse de manera provocativa, no solo asesinando a un alto oficial de inteligencia —lo que ya era una osadía manifiesta—, sino dejando una prueba que los incriminaba de manera directa.
Pero no solo él dudaba. La mayoría de los peritos, entre bambalinas desde ya, consideraba poco creíble la historia oficial que se estaba difundiendo sobre esa muerte. La incredulidad campeaba soberana. Y López Teghi era el menos crédulo, y eso que todavía no había recibido una lista de extraños mensajes entre dos celulares que integraban una vasta flota de la propia Agencia. Cuando leyera los textos de esos mensajes hallaría que uno de ellos coincidía con el dato bíblico que el investigador le arrimó pocos días después de la primera reunión de trabajo por la muerte de López Huidobro. Esperaba el dato exacto de las antenas que se usaron para esos mensajes encriptados; esa información confirmaría sus sospechas.
La convocatoria llegó sin aviso. Quienes fueron llamados al cónclave debieron abandonar sus tareas, compelidos por la orden del superior. Se eligió un salón amplio, donde los expertos darían a conocer las conclusiones a las que habían llegado luego de semanas de trabajo para dilucidar el misterio del rollo en la boca.
El primero en llegar fue “Pérez y Pérez” y tras él, como siguiendo sus pasos, López Teghi. Se saludaron de compromiso, aunque “Pérez y Pérez” trató de parecer cordial.
—¿Cómo está, doctor? —preguntó sonriendo sin ninguna razón.
—Muy bien. Ansioso por conocer las conclusiones de los investigadores. Para mí será como escuchar versículos de la Biblia: palabras sagradas, verdades irrefutables.
A “Pérez y Pérez” no lo extrañó la irónica mención a los textos bíblicos. Sabía que la máquina opositora de López Teghi funcionaba con todo vigor. Pero su problema no era convencer a ese burócrata recién llegado. Conoció muchos de esos: “vienen, joden y se van; esa es toda su función”, decía “Pérez y Pérez” refiriéndose a quienes no eran de carrera. Por eso no lo inquietaba, al menos hasta entonces, en lo más mínimo ese rival. Su problema era atender los reclamos de Reinafé, quien demandaba la solución al asunto del rosario. Lo demás lo había dejado librado a su creatividad. No le interesaban ni los amantes de Podestá, ni sus adicciones, ni sus rollos. Ni cuánto dinero de fondos reservados se había gastado en el fracaso. El dinero va y viene: es el destino del erario público. Tampoco le preocupaba si todo eso podía ser usado contra la Logia de los relicarios. Solo quería el rosario, su rosario, su exculpación de los crímenes que se revelaban por todo el mundo y dejaban pasmados a millones que jamás imaginaron esa carnicería.
Reinafé se ocupó puntualmente de impedir que “Pérez y Pérez” supiera que se había entrevistado con López Teghi por sus insistentes reclamos. En la reunión le dijo: “Controle, amigo, controle. Discrepe. Y manténgame informado. Y no se vaya de boca.” Lo despidió con su clásica sentencia: “¡Vaya tranquilo que el camino está despejado!”
Mientras los convocados se ubicaban en sus asientos, “Pérez y Pérez”, en voz alta pero dirigiéndose a López Teghi en particular, pasó revista a todos los extraños sucesos que rodeaban la muerte de Podestá: la insólita mujer ingresando al edificio, su porte, sus sensuales movimientos, la ausencia de su salida, su extraordinaria capacidad para asesinar con una modesta jeringa a un experto como el “Vasco”, la conservación en el freezer, la prolija limpieza de la escena del crimen. Pero hizo especial hincapié en que lo que más alimentó su curiosidad —con cierto morbo, admitía— fue la presencia de ese rollito que extrajeron los forenses de la boca del muerto. Nunca había oído hablar de algo semejante. Una homicida sofisticación.
—Rara señal. Extraño mensaje. Pocas veces visto —dijo, dándole un moderado dramatismo a sus palabras.
—Una mente afiebrada —acotó López Teghi, tan dramático como su colega—. En buen criollo, una hijaputez.
—Cierto, como dice el jefe aquí presente, pocas veces vista —“Pérez y Pérez” aprobó la afirmación—. Pero esta parte del enigma hoy llega a su fin. Nuestros investigadores han develado el misterio. Merecen una recompensa, ¿no lo creen ustedes?
Los presentes, por pura alcahuetería, aprobaron con gestos de satisfacción esas palabras. Hubo un aplauso falso, como todos los sentimientos que allí se podían enumerar. Salvo López Teghi, quien miraba con desdén el comportamiento teatral que el otro jefe hacía para convocar la atención del auditorio.
—¿Ustedes se han interrogado sobre las formas tan variadas que el homicidio puede adquirir sometido a cualquier variante de la venganza? —continuó “Pérez y Pérez” su discurso—. La soberbia de la venganza. “La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno”, dijo Walter Scott. Y la soberbia es pecado capital. ¿Reparan ustedes en el resultado perverso de la combinación de estas dos desviaciones de la conducta humana?
López Teghi estaba a punto de montar en cólera. La digresión de “Pérez y Pérez” se le hacía indigerible. En sus palabras había mucho de provocación. Alguien le mencionó como al pasar: “El que se pone nervioso, pierde”, y recordó a Reinafé, quien le había dicho en un momento de su conversación: “No se vaya de boca”. Así, cuando López Teghi hablaba desaforado contra el otro, conservó el silencio, aunque no la calma.
Antes del cónclave, algunos de sus asesores le sugirieron buscar vías de entendimiento con “Pérez y Pérez”. El choque no los beneficiaría: era un jefe antiguo, muy comprometido con la Agencia. Sabía mucho más que el común de sus miembros y estaba en la cúspide de la organización. Ellos pertenecían a la especie de los recién llegados, “los políticos”, los que ocupaban esos puestos porque adscribían a la rosca política gobernante. Los que cobraban suculentos sueldos por hacer nada, porque no servían para nada. Eran vistos con desdén por los “de carrera”. Tenían pocos amigos y solo imponían cierta disciplina porque se respaldaban en las violencias de las máximas autoridades de la nación.
Los consejeros de López Teghi insistían con un principio básico de la guerra: nunca se deben abrir dos frentes al mismo tiempo. El enemigo: “La Reliquia”. El objetivo común: destruir a la logia de los relicarios. Terminar con “La Reliquia” y su eterno sonsonete de “Ni amo viejo, ni amo nuevo. ¡Ningún amo!”, esa ridícula monserga de cerebros arcaicos, de dinosaurios que nunca supieron de su extinción. “Pérez y Pérez” era como una piedra en el zapato. No más que eso. En algún momento la echarían fuera y para siempre. Solo había que ser prudentes, no irse de boca, como recomendó el supremo, y esperar la oportunidad.
Los fundamentos de ese reclamo de paciencia abundaban alrededor de López Teghi. “Muchas veces, en la lucha por los mismos objetivos, aparecen inconvenientes surgidos de los choques de intereses y expectativas”, decía un asesor. “Saber evitar que esas discrepancias alcancen a transformarse en un choque directo”, sostenía otro.
Pero López Teghi sabía que detrás del enfrentamiento sobre los sucesos que terminaron con la muerte de López Huidobro lo que discurría era una divergencia estratégica: no solo sobre cómo terminar con el asunto de ese fantasma que prometía incendiar la pradera con sus chisperos, sino sobre los modos más adecuados para que la nación se hiciera simpática a los poderosos del planeta.
A López Teghi le decían el “CEO”. Formado en ámbitos de inteligencia privados, en especial del extranjero, observaba las cosas desde una concepción globalizadora que “Pérez y Pérez” llamaba jocosamente “la ideología del Excel global”; “puro globo”, agregaba sarcástico. Todo se podía explicar mediante estadísticas, cuadros y porcentajes en el marco de una inserción correcta en el nuevo mundo surgido treinta años atrás.
“Pérez y Pérez” repetía, en cuanta oportunidad se le presentaba, que el mundo globalizado se había muerto asfixiado en una burbuja especulativa, y que había que saber optar por un futuro prometedor y no por una decadencia fascinante. Y se tomaba en joda a los estudiantes seguidores de López Teghi. Les preguntaba cínico a sus partidarios, obligados a asistir a los cursos que aquel dictaba:
—¿Cuánto es dos más dos?
—Cuatro —respondían los “Excel”, tan convencidos como fastidiados con esa obviedad.
—En este país es poco probable que dos más dos resulte cuatro —les contestaba entre carcajadas el funcionario que cuestionaban—. La única cosa exacta que conocí en todos estos años es la traición. Y la traición enseña que dos más dos, o es tres, o es cinco. Nunca cuatro. Apréndanlo si quieren durar más de dos años en sus funciones. Si no quieren terminar en un freezer con un zocotroco en la boca.
La referencia soez a López Huidobro solía generar fastidios y rencores, pero eso, a “Pérez y Pérez”, no lo conmovía.
Hasta en los gustos, los jefes diferían diametralmente. A López Teghi le gustaba la música compuesta por Queen. A “Pérez y Pérez”, la clásica y el tango, en ese orden. Para el primero, Mahler era el autor de musicales. Para el segundo, solo un ignorante podía confundir al argentino con el genio nacido en Kališt?. López Teghi podía recitar un manual de estadística de memoria. “Pérez y Pérez”, poemas y relatos en distintos idiomas.
A “Pérez y Pérez” el grupo de López Teghi lo llamaba clandestinamente “El faraón”. Y a sus colaboradores, “la corte del faraón”. Los estigmatizaban como vanidosos, engreídos, soberbios, divagantes. “Son poco occidentales”, decía López Teghi cuando se refería a ellos. “Y no son católicos. Dicen que el Mesías vendrá del este.” Las diferencias alcanzaban estatura teológica.
Diosdado, si bien era un colaborador reciente de “Pérez y Pérez”, era blanco de las burlas más crueles. En eso comulgaban con su jefe muerto. Recordaban entre bastidores, aleccionados por otros que, envidiosos, execraban al joven, que siempre había sido no más que un “gordo pelotudo”. Difundían versiones bastante antojadizas sobre los responsables de una profunda infiltración en la corporación, que explicaría la fuga permanente de información reservada y que facilitaba el accionar de los homicidas y de sus cómplices.
Los de la “banda del Excel”, los “globalizadores”, dejaban entrever la existencia de un “topo” en las líneas de conducción. Adjudicaban a esa presencia las facilidades en la ejecución del asesinato. ¿Cómo era posible que la Agencia no hubiese podido desbaratar el plan de asesinar a uno de sus mejores hombres? ¿No resultaba extraño que nadie hubiese advertido ni la menor señal al respecto? ¿O se trataba de que, en algún estamento de la conducción, alguien bien posicionado obturó los procedimientos normales de alarma que hubiesen puesto a salvo la vida de López Huidobro? ¿Cómo sería posible que una flaca y esquelética prostituta pudiera asesinar a un hombre de la experiencia de López Huidobro? ¿Cómo era posible que esa esmirriada persona escondiera ese cadáver en un estrecho freezer? Preguntas todas sin respuesta.
Los muchachos del Excel, por consiguiente, no se ahorraban intrigas y difundían con vehemencia la hipótesis de la gran filtración.
“Pérez y Pérez” sabía de la maquinación. Cuando alguno de sus subordinados le llevaba el chisme que se hacía correr, él solo sonreía. Pero perdía su caballeresca parsimonia. “Pobres tipos con cerebros de moco”, los denigraba.
—Si hablaran bien de mí me preocuparía. Que intriguen, ¡que intriguen! —agregaba sereno— me reconforta. Quiere decir que todavía está lejos mi retiro. Vamos a ver quién gana la partida.
Funcionario de la vieja escuela, tenía más de treinta años en sus funciones. Si de algo sabía era de intrigas y contraintrigas. No se trataba de que fuera un funcionario que vio pasar la historia a su lado. ¡Él era parte de la historia! Él había escrito muchos de sus capítulos. Y muchos eran de los más terribles. Conocía tantos secretos de todos los personajes públicos y no tan conocidos que, si se lo propusiese la Agencia, destruiría a la mayoría de ellos en lo que tarda un abrir y cerrar de ojos.
Conspiraciones, golpes, contragolpes de Estado, asesinatos, suicidios, masacres, robos. Nada de lo que la clase dirigente había construido en doscientos años podía exponerse a la luz del día sin provocar un cataclismo que la aniquilara definitivamente. Y él era parte de esa sustancia trascendente. Nada le reconfortaba más que sentirse así: materia notable, materia trascendente, demiurgo traductor de las esencias eternas del poder.
Excéntrico, leído, político, “Pérez y Pérez” hasta se mofaba de su doble apellido. El “doblete vulgar”, como lo hostigaba el “Vasco”: “doble berreta”, “mistongo por partida doble”. “¡Un topo!” Y esa idea lo desternillaba de risa. “¡Qué manga de boludos!” Carcajeaba cuando le hablaban de ello porque, decía, de esos asuntos siempre era mejor ni hablar.
Si era un topo, como deslizaban sus opositores, tenía que ser un producto de la magia más estrafalaria. Para las capacidades de un humano cualquiera, incluso el más brillante, eso era imposible. Así refutaba interesadamente a sus opositores.
—¿Un topo? —preguntaba riendo cuando, apesadumbrados, sus seguidores le transmitían el chisme. —¿En este país? ¿Un topo? ¡Por favor, muchachos! En casi tres millones de kilómetros cuadrados hay más de cien servicios de inteligencia compitiendo a los empujones. ¿Y ninguno me habría descubierto?
—Hagan la cuenta, sumen —exigía didáctico—. Empecemos por nuestra Agencia, que en realidad equivale a cien agencias. Cada uno de ustedes aspira a independizarse en su área y así crear una cadena de cadenas a la enésima potencia. ¿O creen que la anarquía es cuento en este país? Somos anárquicos por naturaleza. Amamos las internas; sin ellas no podemos vivir.
A eso incorporen los servicios de inteligencia del ejército, la armada, la fuerza aérea, más la federal, las fuerzas de frontera, la terrestre y la fluvial, la penitenciaria, las policías provinciales, etc. Después están los grandes, los pesados en serio: la CIA, la KGB, el MI6, la seguridad exterior de Francia, el Servizio per le Informazioni e la Sicurezza Democratica de Italia… ¿Quieren que siga? Interminable. Sin contar los privados que pululan en todo el país. Libre empresa. ¡Viva la libertad de mercado!
¡Vamos, muchachos! ¡Imposible! No se dejen correr con un cuatro de copas. Sería el secreto mejor guardado de toda la historia. La única forma de mantener algo en secreto es no decírselo a nadie. ¿Cómo se podría integrar una organización secreta sin que nadie lo supiera? Tenemos una palabra que adjetiva esa idea como ninguna otra en el diccionario de la Real Academia Española: una gran “boludez”.
Repetía aleccionador: —Dos son multitud. Llévense de la sabiduría inglesa —recomendaba convincente.
—Perdón, señor —lo interrumpió en cierta oportunidad un joven aprendiz con fama de promisorio.
—Diga no más.
—El refrán dice exactamente: “Two’s company, three’s a crowd.”
—Así lo manifestaron antes de conocer este país. Aquí aprendieron que dos no son compañía, son multitud, y tres, una pueblada. Todavía están tratando de entender qué carajo les pasó en 1806 y 1807. No solo perdieron las batallas, no solo perdieron sus pendones, no solo se fueron humillados. Whitelocke los privó de mucho más que de una nueva conquista, aunque a la larga la resolvieron por otros medios más astutos.
La alcahuetería, el chismerío en estas tierras, elevados a la calidad del espionaje, hacen impracticable el secreto como institución de la política y, menos aún, de la Inteligencia. “A quién le dices tu secreto le vendes tu libertad”, repetía “Pérez y Pérez”, recurriendo una vez más a alguna de las frases que atesoraba en su memoria. El mal destino del “Vasco” no era razón de su demérito, ni expresión de su fracaso. Todo lo contrario.
—Estudien, como él, El arte de la guerra, pero, en cambio, practíquenlo consecuentemente. Si no lo hacen, por lo menos no tengan un freezer cajón en su casa —se mofaba, provocando enojos ridículos en los aprendices.
Acto seguido, les repetía el glosario del estratega chino, inquietándolos en procura de incentivar su iniciativa y perspicacia:
—“La razón por la que el soberano y el buen general vencen al enemigo cada vez que se lanzan al combate es que tienen información previa.” Sin esa información previa, su destino es el fracaso. Algunos cuestionan que procuremos toda la información necesaria para la acción. Son como eyaculadores precoces: acaban todo en un segundo. Así les va. Igual que a los calenturientos a quienes las damas abandonan insatisfechas. Como en el sexo, en la Inteligencia hay que tomarse su tiempo, calmar las ansias y acabar en el momento justo. Ni un segundo antes, ni un segundo después. —La clase reía alborotada.
—“Entre los funcionarios”, dice Sun Tzu, “hay hombres de mérito que han sido destituidos, hay otros que han sido castigados por haber cometido errores. Hay otros que ambicionan la riqueza.” Como ustedes, como todos ustedes, que ambicionan la riqueza. ¿Solo la riqueza? Pregunto… —los alumnos reían tontamente.
—“Los hay que por años han sido comisionados injustamente a funciones menores, los que nunca han tenido un trabajo de responsabilidad y los que solo esperan aprovecharse de los problemas para aumentar su poder personal.” Como ustedes, como todos ustedes. “Los hay de dos caras que actúan según sopla el viento.” Como ustedes. Como todos ustedes.
Al respecto enseñó Shakespeare: “Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos.”
Jóvenes aprendices, sigue Sun Tzu enseñándonos: “De todos ellos debes averiguar discretamente su situación económica para ganártelos con oro y seda.” La cita es más larga, pero dudo que los párrafos siguientes les sirvan para algo más que para confundirlos.
La lección continuaba ante la absorta mirada de los pupilos.
—“Los agentes liquidables son espías nuestros a los que a propósito les damos información falsa.” ¡Jóvenes! —exclamaba con firmeza—, ¿alguno de ustedes se ofrece como voluntario para incorporarse al área de agentes liquidables? Los liquidables responden a una necesidad extraordinaria. Sin ellos nada de lo nuestro sería posible. Quid pro quo, grábenselo en la cabeza. Quid pro quo. Repitan conmigo: “¡Quid pro quo!” —y los alumnos repetían a coro la oración en latín.
—Si piensan como “liquidables”, podrán ser grandes conductores, y por ahí llegan a comprender alguna cosa importante de nuestro trabajo. ¿Están dispuestos a ser “liquidables”? Vuelvo a preguntarles —y alzó la voz casi hasta los gritos—: ¿están dispuestos a ser “liquidables”?
Pero ninguno de los aprendices levantó la mano.
—¿Ninguno? ¿Me equivoco? Lo suponía. A ustedes las misiones no les deben alterar ni el ritmo del sueño ni los espasmos digestivos. Comer y cagar, de eso se trata. Basan su ritmo cardíaco en las ecuaciones que les resuelva el Excel. Ustedes integran las legiones de los que tienen por sangre un software y por corazón un hardware. Viven en una burbuja especulativa. Así les va a ir. Cuando de poder se trata, contra el enemigo, hay que pensar con el intestino grueso. Eso es lo que queremos contra los que quieren derrocarnos.
Sigan la reflexión del estratega: “Hacemos correr información falsa para que nuestros agentes la escuchen. Cuando ellos vayan a territorio enemigo y sean apresados, transmitirán esa información falsa, y el enemigo actuará basado en ella. Como nosotros actuaremos de manera diferente, de seguro el enemigo ajusticiará a esos espías.”
¿Conclusión? Aunque ustedes se sientan vitales y prometedores, yo les aseguro que están todos muertos. Solo que aún no se enteraron. Lo que importa es el Estado, nuestra organización superior. Los hombres no cuentan, o cuentan solo en tanto y cuanto sirvan a la preservación del Estado. Ustedes son meros instrumentos. Todos somos meros instrumentos. La sangre fluye, la carne se pudre, la memoria se evapora. Son apenas átomos de muchas de las moléculas que integran este extraordinario sistema de supervivencia. Y si no están dispuestos a servir como “liquidables”, los esperan las voraces legiones caínicas, con sus largos y afilados puñales traicioneros.
Un silencio aborrecible ganaba la cursada. Cuando “Pérez y Pérez” sabía que se había granjeado la antipatía de sus discípulos, recién retomaba el tono coloquial que lo caracterizaba en toda oportunidad.
Entonces los interrogaba sobre cuestiones menos trascendentes. Les hablaba de la historia, les preguntaba si alguna vez se habían cuestionado sobre qué diría la Perichón del espionaje. Sin esperar que alguno atinara una respuesta al interrogante, les largaba una nueva filípica de recriminaciones en forma de explicación académica de la que la mayoría se desentendía tanto por aburrimiento como por ignorancia.
—“La Perichona”, “Madame Perichón” —nombraba con cínica alegría, ante las bocas abiertas de los aspirantes—, la que trajo atascada en su vagina al espía inglés James Florence Burke, quien fue sindicado por la sabiduría popular como el amante de Anita Perichón de Vandeuil, y con quien aspiraba a conquistar la América. La suerte le fue esquiva a Beresford, pero no a Anita.
La bella agente francesa, atenta a las circunstancias, dejó caer primero su pañuelo blanco y luego sus enaguas a los pies del mismísimo Liniers, quien tardó lo que un suspiro en francés en correrse hasta la entrepierna de la espía. Por alcanzar la alcurnia del pene de un virrey, hay que reconocer que Anita supo hacer las cosas de manera elogiable.
Y qué decir de aquella otra, la Mariquita Sánchez de Thompson, súbdita de Su Majestad, la Reina de Inglaterra y los siete mares, abrumadora entre los repliegues libidinosos de sus sábanas de hilo de Holanda. Su entrepierna sabía más de política rioplatense que muchos de los triunviros que aspiraron a gobernar la patria naciente. “Estudien la historia, muchachos. Sepan de dónde vienen para saber a dónde van.”
Para mofarse aún más de los “Excel”, les preguntaba en sus cursos qué opinaba San Martín acerca de los secretos de su plan para el cruce de Los Andes. Ellos lo miraban confundidos, porque hasta ese momento creían que San Martín era una calle céntrica, que ladeaba la vieja Catedral y desembocaba en una plaza.
—“Si mi almohada supiera el secreto la haría quemar” —les decía a sabiendas de que ninguno de ellos tenía ni la menor idea de qué les hablaba. Observaba jocoso las caras inexpresivas de esos jóvenes formados en los fuegos de artificio de una matemática constreñida al software de un oráculo binario. A y B. Uno y dos. Blanco y negro. Nada de sangre en los circuitos. Y una burbuja especulativa en cada hemisferio del cerebro.
Para López Teghi, “Pérez y Pérez” era manifestación de lo antiguo: integraba la pléyade de funcionarios incapaces de apreciar los profundos cambios que el mundo había atravesado desde hacía por lo menos treinta años. Ya no se trataba, para los ideólogos del Excel, de dilucidar si el capitalismo había derrotado al comunismo. En eso los jefes enfrentados coincidían.
López Teghi estaba convencido de que el comunismo había muerto. “Pérez y Pérez” consideraba que todavía su deceso no era definitivo, y que su liquidación era una asignatura pendiente. Trabajaba para ello. ¡Vaya si lo hacía! Se lo dijo al “Vasco” durante la última entrevista que los reunió en medio de acaloradas discusiones:
—Esta época se debe aprovechar para reunir información que nos permita actuar luego rápido y preciso hasta el hueso. Es época de recolección, no de ejecución. La ejecución es acotada y precisa. No saber distinguir los momentos es un error de estrategia, no de táctica.
Al “Vasco” ese sermón le importaba un carajo: él era un hombre de acción. Fue cuando ridiculizó la añoranza de su subalterno por los aciagos onomatopéyicos que repetían los rudos motores de los helicópteros de los viajes de la muerte.
—Dejame de romper las pelotas con tu ¡zaf!… ¡zaf!… ¡zaf! —le espetó. El “Vasco” nunca le disculpó la afrenta.
López Teghi no admitía discusión en ese punto; se refugiaba en los calificativos que aquel insolente agente de inteligencia, disfrazado de insoportable progresista, solía usar con relativa frecuencia. “Rémoras de la paleo-izquierda”, repetía burlón. Si hasta el más “progre” de todos lo decía, ¿a qué poner en duda una verdad tan bonitamente expuesta? No dudaba del fin de la historia.
Como los dinosaurios, afirmaba, los comunistas contemporáneos marchaban a su definitiva extinción en los pocos rincones del planeta en los que sobrevivían.
Sostenían que un gigantesco asteroide, bautizado con el nombre de “globalización”, impactó en la década del noventa no ya en Yucatán, sino en Berlín, y desparramó a diestra y siniestra una nube tóxica que hizo perecer las especies más diversas de los que recitaban aún los conjuros del Manifiesto Comunista. Ya no más “un fantasma recorre Europa”. Desde entonces, sostenía, “una tormenta globalizadora recorre el mundo”. ¡El mundo!
Si ese mundo para el poeta fue “ancho y ajeno”, para ellos era de la dimensión de un procesador, no mayor que un disco duro: así de compacto, así de preciso. Los computadores no tienen sed ni tienen hambre, y con ese espíritu esperaban afrontar el porvenir.
Los corría lo urgente, los enfervorizaba lo impactante del libre comercio. Volvían a las fuentes. Solo ellas les permitían pensar con libertad en el mundo del siglo XXI. Ellos sí sabrían cómo hacer asumir a la nación ante el mundo “un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo…”, e ingresar “de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante”, que atraería “hacia ella las miradas del universo civilizado”.
Eran legionarios de un prometido progreso infinito, aunque este se presentara poco atento a una redistribución algo equitativa; adoraban la teoría del derrame. Como aquellos vacilantes migrantes del éxodo de Moisés, que adoraron al becerro de oro renegando de Dios y sus dogmáticas enseñanzas, adoraban al dinero por sobre todas las cosas. Nada hay que el dinero no pueda. No estaban atados a los límites que imponían los enunciados de una nación bicentenaria. No tenían patria o, en verdad, su patria era el dinero y las ganancias posibles.
Para ellos, “Pérez y Pérez” atrasaba varios decenios, esa era la conclusión. Resultaba incapaz de corregir los extravíos de aquellos que, en nombre de una independencia tan ilusoria como inexistente, nunca habían podido trascender el país con sus proyectos más allá de los arrabales de Suramérica.
Estaba aferrado a creencias perecidas, incapaz de aproximarse al mundo que se prometía ubérrimo a las nuevas generaciones de elegidos. ¡Basta de palos en la rueda!, era su clamor. ¡Basta de impedir el avance vigoroso de los nuevos paradigmas de la civilización! ¡Basta!
“Paradigma”, se repetía, “paradigma”, se pronunciaba con el mismo encomio con el que, se decía, antiguos profetas hablaban de Dios a sus rebaños. ¡Paradigma! Un conjuro mágico que abría las puertas al Olimpo de los dioses de la globalización, abarrotados de riquezas infinitas, que bebían, como supieron hacerlo otros tantos dioses allende los tiempos, el néctar de la felicidad en las calaveras de sus víctimas.
Ellos comprendían, hasta con resignación, que no podrían nunca erradicar las angustias que deformaban al país, arreando con desánimo esa masa amorfa de desarrapados y cartoneros, a los que se les había extraído tanta plusvalía que resultaban escuálidos para generar las riquezas que las nuevas oligarquías precisaban para encaramar la nación a las alturas de sus aspiraciones. Había que poner proa a un “cambio cultural”. Se lo prometía magnífico, trascendente. Aunque ninguno de ellos parecía en condiciones de llevar ese cambio figurado al corazón de los desamparados, que esperaban la bienaventuranza de una comida digna y un pasar modesto para ellos y su sufrida prole.
Los “Excel” se reían de los enunciados independentistas. Y ni qué hablar de la cacareada “patria grande” de la mancomunidad continental. Los tiempos de la independencia habían caducado, posiblemente, en los propios albores del siglo XX. ¡Una verdadera obsolescencia! Eran tiempos de interdependencia. Incluso imaginaban una angustia existencial en aquellos congresales que en 1816 se vieron conminados por militares populistas a separarse del reino. Y sin ahondar más en el asunto, porque se volvía una discusión sin futuro, muchos de esos imberbes políglotas excelianos consideraban una pérdida irreparable no habernos insertado en la corona de Su Majestad la Reina cuando hubo oportunidad para ello.
El mundo había cambiado y, para peor, no se trataba de que el vulgo no lo hubiera comprendido. ¿De ellos cabría esperar otra cosa?, se preguntaban absorbidos en sus meritorios cálculos planillescos. Pero de funcionarios jerárquicos como “Pérez y Pérez”, aferrados a la vieja orgánica, causaba hasta decepción, elucubrando fantásticas operaciones tan inútiles como costosas. Y estaban seguros de que, en ese fantaseo gregario que se vendía como una notable táctica, se encontraba la verdadera explicación de esa muerte temprana.
Así no se podía reescribir la historia. No había posibilidad de cambio. En el mundo del porvenir, “Pérez y Pérez” no sería recordado.
La dicotomía era más básica de lo que la vieja burocracia sostenía: eficaz vs. ineficaz, competitivo vs. no competitivo. No era tan complejo. Por eso, López Teghi miraba a uno y otro lado buscando que alguien le explicara si las propuestas que le traía Diosdado por encargo de su jefe eran redituables, si se ajustaban a los parámetros del Excel o, sencillamente, se trataban solo de elucubraciones de ese viejo burócrata que hablaba un idioma tan arcaico como el sánscrito y sobre quien pendía acusatoria la muerte del camarada.
La pregunta encontraba siempre la misma respuesta: un leve movimiento negativo de las cabezas de los asesores que impugnaba los proyectos y los rechazaba definitivamente. Rechazar hasta se había vuelto el hobby preferido. Impugnar las propuestas que la “corte del faraón” les hacía los estimulaba como pocas cosas antes lo habían logrado. La negativa bajaría los costos. De eso se trataba.
Para afirmarse en esas creencias, habían recibido en sus despachos esa nota de las más altas autoridades, revalidando la disposición que se emitió una vez terminadas las celebraciones con motivo del bicentenario revolucionario: “Ratificamos cumplir objetivos propuestos en operación ‘La Reliquia’. Es una cuestión de Estado. Regístrese como Resolución del Consejo Superior. Comuníquese a los comandos correspondientes. NO dese a publicidad. Cumplido, archívese.”
No porque “Pérez y Pérez” no la hubiese recibido con la misma urgencia que López Teghi. Pero descartaban que las conclusiones a las que arribarían él y sus subordinados se alejaban cada vez más de los propósitos definidos por la nueva administración.
Diosdado fue el primero en llegar a la reunión. Luego lo hizo “El Morro”, a quien “Pérez y Pérez” le ordenó eliminar partes enteras del informe de la autopsia referidas a la sexualidad del oficial muerto. Fue terminante en ese aspecto: no toleraría ninguna indiscreción. No se estaba investigando los gustos sexuales del coronel, sino quiénes habían cometido el estropicio de asesinarlo. Su muerte era una cuestión de Estado, se lo repitió a los gritos, no asuntos de chusmas ni de programas de mala muerte.
“El Morro” profesaba una profunda aversión por “Pérez y Pérez”. No podía ocultar que se sentía más a gusto con López Teghi. Su suegro se lo recomendó.
Por último, con Diosdado, llegó un especialista en imágenes, de quien no dijo su nombre, uno de los que se había especializado en el BAIS, por su sigla en inglés.
“Pérez y Pérez” esperaba lograr en el plenario un golpe de efecto extraordinario. Era poco probable que lo lograra. Las tensiones eran enormes, la desconfianza mutua había alcanzado ya a la superioridad, y las evidencias que iban surgiendo le jugaban en contra.
Trató de engatusar a su colega acudiendo a Chesterton. ¿Sabría de quién se trataba? Lo dudaba.
—¿Conoce a Chesterton? —preguntó presuntuoso.
—Claro que lo conozco —respondió López Teghi—. ¿Usted cree que el único que lee en esta organización es usted?
El burócrata habló al tiempo que sonaban las exageradas campanadas de su WhatsApp, estridentes y perturbadoras. “Pérez y Pérez” aspiraba a que el inglés lo ayudara en su estratagema.
—“El gran dogma humano es, según vimos, que el viento mueve los árboles. La gran herejía humana es que los árboles mueven al viento.” —recitó mientras caminaba de un lado al otro del salón.
En la cabeza de López Teghi se repetía una advertencia sin interrupciones: “no se vaya de boca”.
—Los primeros son aquellos que todo lo reducen a las componendas de la conspiración. Nada es verídico. Nada tiene su origen en la realidad. Todo es un producto de diseño. A estos les pasa como aquellos niños que deben jugar con una sucesión infinita de cubos que deben entrar uno en otro, de menor a mayor, hasta componer lo que los rusos, con elegancia sin igual, resolvieron con sus matroshkas. Pero a esos, muy a menudo, ningún cubo les cabe en el otro. Porque es demasiado grande para caber en el pequeño, o demasiado pequeño para ajustarse en el que se lo introduce.
En cambio, yo —dijo señalándose a sí mismo—, “Pérez y Pérez”, el de doble apellido mistongo, soy de los que creen que es el viento el que mueve los árboles. Y entre el rumor de sus ramas golpeándose unas a otras y el arrebato de sus hojas arremolinadas, los conspiradores tratan de imponer sus intrigas.
López Teghi miró extrañado al disertante. Su gesto de desaprobación era elocuente.
—Bajo su árbol, señor, “entre el rumor de sus ramas golpeándose unas a otras y el arrebato de sus hojas arremolinadas”, yace el cadáver del señor coronel Don Arancibia López Huidobro. Y lo que queremos es dilucidar las circunstancias de su muerte.
El silencio que se hizo fue bochornoso.
Diosdado propuso un pequeño receso para distender el ambiente. Los dos jefes consideraron prudente tomarse un respiro. Después, alrededor de la mesa oval, los funcionarios presentes siguieron con atención especial un tramo de la explicación. Con un PowerPoint, el perito expuso la imagen de los cuatro tramos de papel que componían el rollo introducido por los homicidas en la boca del coronel López Huidobro.
Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, regordete, casi calvo, de gruesos anteojos cuyos vidrios combados estaban teñidos de un verde muy claro. Lo acompañaban otros dos técnicos, ambos delgados, casi alfeñiques, que se movían a dúo como si uno fuera la réplica del otro. El regordete habló primero. Mientras él exponía, los otros manipulaban el PowerPoint pasando de una diapositiva a otra.
—Nos costó un buen tiempo encontrar el significado de este rollo —explicó—. No por su significado simbólico, un mensaje sin duda, sino por el contenido del mensaje.
Como ven en esta diapositiva, se trata de cuatro secciones. Cada una mide dieciocho centímetros de largo por algo más de dos de ancho. En total, setenta centímetros de largo, aproximadamente. Se usó un pegamento casero. En el informe figura la composición del mismo.
Como pueden apreciar en la diapositiva número uno, el texto está muy borroneado, casi ilegible. Nos abocamos a la tarea de reconstruir píxel por píxel las letras. No fue sencillo: todas estaban muy distorsionadas y cabía la posibilidad de que confundiéramos unas con otras.

A pesar de esta deliberada distorsión aparecen, aunque borroneadas, algunas letras que ayudaron a construir un patrón que, en un software diseñado por nuestros ingenieros en informática, logró deducir casi todo el posible alfabeto. Pasamos a trabajar, entonces, en la reconstrucción del texto.

Esto lo pueden apreciar en la diapositiva dos, que es la que exponemos a continuación.
—Si ustedes lo desean, podríamos mostrarles las páginas completas de donde fueron extraídos estos fragmentos. Se trata de la Historia de Belgrano, de Bartolomé Mitre. Una edición que creemos se hizo en el año 1950, aproximadamente. Nuestros especialistas en ediciones consideran que se trata de una publicada en el año del Libertador General San Martín, en 1950, durante la primera presidencia de Perón.
Sería una edición de la Editorial Anaconda. Fue impresa en la Argentina. La calidad de su papel es única: por eso su color amarronado, que no es producto de los años transcurridos, sino del tipo de papel que se usó, llamado “hueso”. Estamos esperando un estudio de la composición del papel y de la tinta que se pudo rescatar.
La primera columna de la diapositiva número 1, ubicada más a la izquierda, correspondería a la página 171, del capítulo XII: Paraguay. 1810–1811. La segunda columna sería la página 231, del capítulo XIX: Tucumán. 1812. La siguiente, la página 270, capítulo XXI: Salta – 1812. La última, la página 342, capítulo XXVII: La independencia – El Congreso de Tucumán. 1816.
El orden no es aleatorio, es cronológico. En el extremo izquierdo, el fragmento seleccionado es el de la campaña de Belgrano al Paraguay. Le sigue el de la Batalla de Tucumán, luego el de la Batalla de Salta y, finalmente, el del Congreso de Tucumán. Las fechas, en consecuencia, son 1811, 1812 y 1816. No sabemos si las fechas son o no un mensaje en sí mismas. Todavía los equipos de encriptación de datos están trabajando.
Pero lo que estamos en condiciones de decirles, señores, es que no cabe la menor duda de que las personas que asesinaron al coronel Arancibia López Huidobro se referencian en el General Belgrano. —Un rumor ronco creció entre el auditorio. “Pérez y Pérez” llamó a silencio. López Teghi lo observó con malicia—. El porqué de esta referencia es tarea de ustedes. Esperamos que estos descubrimientos los ayuden a encontrar a los responsables del homicidio.
Los jefes se retiraron del salón al mismo instante. Los otros espectadores aguardaron breves momentos para seguirlos. Los excelianos, tras su jefe; los “faraones”, tras el suyo. Todos en silencio. Cada uno elucubrando el camino a seguir luego de las revelaciones.
Al final, todo volvía a un lugar conocido de sobra: mayo, mes de revoluciones, chispas y praderas incendiadas. El hombre de la bandera volvía a escena sin que nadie supiera cómo lograba su extraordinaria supervivencia.

***

XI – Cazador furtivo

Silverio repasó con sus manos doblemente enguantadas esa especie de bargueño, de aproximadamente un metro de ancho, ochenta centímetros de profundidad y poco más de un metro de altura. Lo deslumbraba su lustrado en tono caoba suave y los adornos de bronce repujado, uno en cada esquina. Le resultaba ingeniosa la idea de ornamentar el frente con cuatro cajones falsos: dos en la parte superior, que ocupaban cada uno la mitad del ancho del mueble, y otros dos que abarcaban el ancho total. Las manijitas de bronce reproducían un exquisito dibujo de filigrana que hasta podría parecer árabe. Pero era inglesa. La delicada lancería era tal vez el resultado de una aleatoria imitación del arte islámico.
Sabía que el tablero horizontal superior, también finamente trabajado, disimulaba con gracia su virtud abatible; las bisagras que le daban movimiento estaban enmascaradas con extraordinaria delicadeza dentro de la tabla, sin clavos ni tornillos. Una calidad de carpintería que no se apreciaba en los muebles modernos.
Para Silverio era un misterio cómo habían logrado los carpinteros empotrar esos bronces con tanta gracia y, al mismo tiempo, con la firmeza suficiente para cumplir su función con eficacia.
Deslizó varias veces su mano acariciando la tapa del mueble y, antes de rozar con la punta de sus dedos enguantados el lateral derecho —donde estaba embutida la cerradura, también de bronce—, suspiró como si acariciara sensualmente un hermoso cuerpo. Abrió la puerta y descubrió el freezer. Tuvo un gesto de satisfacción que llamó la atención de Abigaíl, quien observaba, no sin extrañeza, tanto el cuerpo inerme del coronel como a aquel grandote cortejando un mueble antiguo. Recién había logrado calmarse. Minutos antes, cuando ni siquiera alcanzó a desvestirse, el tipo se había inyectado la droga con urgencia e ingresado en un silencio áspero. No solía quedar enmudecido: siempre ordenando, amenazando, prometiendo castigos. Pero esa noche calló de golpe y adquirió un silencio de sepultura.
Abigaíl no recordaba las veces que pulsó el llamador para poner al tanto a Silverio de que algo no estaba bien. La clave era simple: pulsar tres veces. Una, dos, tres. Nada más. Arriba, en el departamento de Silverio, una luz roja se encendería tres veces, tres destellos pequeños como chispazos. Debían ser cortos, como hechos al pasar, casi como tres besos de luz. Esa fue la indicación que él le dio para que lo informara de cualquier inconveniente. A su buen criterio quedaba la decisión de usar aquella alarma.
Cuando el coronel estaba en su casa los viernes de recreo, solo una vez oprimía el interruptor. La luz chispeaba brevemente un resplandor seco, como si Podestá hablara a través de la lamparilla filosa, anunciando el tormento de sexos amarrados cautivos en el vicio. Un toque eléctrico en la lámpara roja era la señal para que el portero quitara de funcionamiento la cámara. Estaba convencido de que la filmadora quedaba cegada durante diez minutos por su expresa orden, y que esa ceguera del ojo de la videocámara acompañaba la llegada y el ingreso de esa esfinge latigada que daba escalofríos de solo mirarla, incluso de soslayo. Hombre de exactitud prusiana, relojes rigurosos: a las veinte horas recibía a su presa; a las siete de la mañana siguiente —luego de dejar agarrotado el camastro que servía de lecho— la despedía sudada. Nunca un error, nunca un retraso.
Pero esa noche la luz de alarma se prendió y apagó repetidas veces. No sonó como la simple luz que era: sonó rabiosa, histérica. Silverio entendió los berrinches de la luz y bajó sin hacer escándalo. Al llegar a la puerta de servicio del departamento B, en el primer piso, golpeó con sus nudillos, acariciándola, indicando con ese golpeteo preestablecido que era él quien acudía al llamado desesperado. No usó su llave. Ignoraba lo que realmente ocurría en ese departamento. Si se topaba con Podestá, se habría visto envuelto en una verdadera desgracia.
Abigaíl abrió confiada, esperando el socorro que había reclamado con sus destellos a través de la lamparilla roja. Al entrar sigiloso, Silverio le vio el rostro desfigurado, la boca herida de un solo interrogante. Ella le dijo que la aguja sorprendente —conservaba esa imagen con un puntito rojo en su extremo subcutáneo— había entrado matando clandestina, una vida de secretos que se esperaba durara como su estirpe. Silverio no precisó mayores explicaciones.
Sin embargo, Abigaíl no reparó en el gesto de silencio que él le hizo apenas ingresó. Balbuceó: “me parece que se murió”, o algo así como “el tipo se murió”. No era lo que “Pérez y Pérez” esperaba de él. Cuando recibió el mensaje en el celular de emergencia, asignado para situaciones anómalas con Podestá, suspiró con fuerza y solo dijo: “qué hijo de puta”. Y repitió con más fastidio: “¡qué pedazo de hijo de puta!”. Se acordó del “puto martillo de brujas” y comprendió que Podestá había jodido el asunto como ninguno. “Su martillo de brujas y toda su mierda en helicóptero”, despotricaba “Pérez y Pérez” mientras digería la noticia de la muerte anticipada del “Vasco”. Una muerte irresponsable. Una muerte al divino pedo. Todo el plan “A” se acabó en el último jadeo del vicioso. A los tumbos, entonces, el gambito para seguir la partida, tal vez buscando tablas, para salvar la ropa.
“Pérez y Pérez” sabía que de la muerte nadie podía retornar, y menos el “gran coronel Don Arancibia López Huidobro” —como recitaría la fanfarria militar el día de sus exequias—, por quien ni Dios ni el mismísimo diablo harían una modesta concesión para ayudarlo a esquivar el hoyo de la tumba. Allí viajó y allí se quedaría, descendido a sus infiernos.
Silverio le indicó a Abigaíl que esperara con un movimiento de su mano, y luego se llevó el dedo índice a los labios para reclamar silencio. Calma y silencio: acallar las palpitaciones al galope. La sangre de la amante hacía también su ruido en la cabeza, sonando a herramienta que removía encarnizados escombros, como si un ave rapaz, desde adentro del cráneo, insistiera a picotazos en salir a través de los ojos desbocados, aterida de pánico, irreconocible. Y el muerto ahí, tirado, como una marca boba: una soga de carne y hueso inanimada, desnudo, exánime y derrotado.
Volvería, le dijo para calmarla; que estuviera segura, que volvería a ordenar esa muerte en posición de feto, con prolijas amarras en manos y pies, para que no manoteara ni pataleara a los dioses rabiosos que lo esperaban apetitosos esa noche en que empezó a ser larva, y solo larva, en una bóveda de hielo. Volvería por el muerto y también por ella. Y a cada uno lo suyo, lo que le tocara de ahí en más y para siempre. Tenía que mandar los mensajes a su base, como “Pérez y Pérez” le había ordenado ante cualquier emergencia, y saber así el destino de las cosas.
Subió sereno los cinco pisos que lo separaban de su departamento. Nada de correr: la fatiga no arreglaba esos asuntos. Sin ruidos, respirando apenas, llegó huraño, mirando en todas direcciones para espantar, por si acaso, una maldición del muerto que había dejado allí abajo. Abrió la puerta, cuyas rudas bisagras mantenía adecuadamente aceitadas para que no chirriaran alcahuetas y despertaran a otros viejos que dormían su eucarístico sueño en la noche citadina. Ingresó sigiloso y buscó en un cofre un teléfono que nunca antes había utilizado.
Su primer mensaje fue: “Job 14:10-12”. Esperó la respuesta. Minutos después llegó: “Marcos 16:5”, decía escueto. Y luego, otro, tan breve como el primero: “Ezequiel 3:1”. Cabeceó asistiendo. Sus dedazos no lo ayudaban a escribir rápido y bien. Tecleó y borró varias veces, torpe, nervioso. Finalmente escribió: “Job 38:30”. Como respuesta leyó: “Salmos 72:19”. Allí terminó el intercambio de mensajes.
Pidió ratificar la orden sobre Abigaíl. Escribió: “¿Levítico 18:22?”. Si ella hubiese tenido oportunidad de leer el texto que el hombrón enviaba desde ese celular, no habría tenido inconveniente en saber qué estaban tramando. Nadie, como ella, conocía la Biblia: la tenía estampada en todo el cuerpo, a varillazos.
Fueron dos mensajes. El primero decía: “Números 21:17”, al que Silverio respondió: “¿Si es negativo?”. Leyó sin error: “Mateo 14:1”. Ya no necesitó responder. Se cargó de un facón grande que emboscó en sus enormes pantalones de trabajo, por detrás del cuchillo verijero que siempre llevaba para defenderse. Si tenía que hacerlo, el tajo sería grande: un descogote profundo, irreparable. El estropicio de sangre ya se vería cómo componerlo. “¡Así es la vida!”, se dijo, y no por consolarse: “órdenes son órdenes”.
Ni sabía que en la historia de Abigaíl otra cabeza había rodado a la sepultura por otra lascivia manifiesta. “Órdenes son órdenes”, obediente y sin congoja, se animó a lo que viniera. Era tan improbable que ese ser extraño saltara con éxito su fuga. Solo una langosta, solo un felino en estado de combate, llegaría a ese extremo satisfactoriamente. “¡Así es la vida!”.
—¿Por qué el salto propuesto? —interrogó cuando se trazó esa hipótesis de fuga.
—Para que se mate —le dijeron, y no preguntó más. Era innecesario.
Recordó entonces lo que Podestá le enrostró una vez por metido: “saber es lo peor que le puede pasar. El que sabe muere primero”. En ciertas lides, ser ignorante es un salvoconducto.
Volvió al departamento, pero en esa oportunidad ingresó usando su llave maestra. Las luces y sombras se fatigaban entre los cuerpos con vida del hombrón y la ninfa, y el del muerto, que ya adquiría cierta apariencia apelmazada. Se quedó mirando, embobado, la escena. Admiraba inexplicablemente esa escuálida estética de Podestá en ese cuarto que los arquitectos habían destinado al personal de servicio, aunque él lo había reservado para sus encuentros sexuales. El sexo se le hacía ritual en ese antro: pestilente, amargo, triturado. Era allí donde, desde hacía un tiempo, recibía a Abigaíl, su propiedad. Otras parejas menos cordiales también habían pasado lúbricas noches con el hombre que yacía muerto.
A pesar de que restringió el uso del lugar a sus encuentros amorosos, para Silverio mantenía cierto encanto el adorno del cuartucho. Era una mezcla de ascetismo espartano y detalles de mayordomía, como para que el ambiente pudiera contener tanto al esquizoide que eyaculaba en pus sus venenos, como a la pareja de turno, sin dejar nunca de establecer la diferencia social que los abismaba.
Para todos sus visitantes, la misma orden de siempre: de veinte a veinte y diez, de siete a siete y diez, las cámaras debían dejar de filmar. Si hubiese sabido que otro jefe, su superior, revocó su orden de apagarlas esos diez minutos a la llegada y a la partida de sus amantes, se hubiera comportado como una fiera.
—¿Apagar las cámaras? —preguntó exaltado “Pérez y Pérez” cuando Silverio le contó lo de la orden. —Ni en pedo. Que se deje de joder —fue la respuesta.
Pero el portero nunca le transmitió a Podestá la contraorden. “Pérez y Pérez” descartaba que lo hiciera. Lo autorizó a no entregar aquellos DVD que correspondían al viernes y al sábado del encuentro. Le ordenó conservarlos en su departamento: la caja fuerte instalada allí era lo suficientemente segura como para resguardar las grabaciones. Cuando fuera necesario, las retirarían oportunamente.
Pero si la disposición fue inútil para Silverio, no lo fue para Abigaíl. Siempre fue puntual, y Podestá sabía que siempre lo sería. El escrupuloso sentido de la puntualidad se le había infundido como vitamina por los poros de la piel. Tal vez fue el choque de sudores de eléctricos jadeos el que transmitió ese temor a un retraso, a un equívoco horario.
—Era un milico, ¿no? —afirmó Silverio con simple sonrisa transparente—. Una orden y a cumplirla, qué mierda. Y si no, al carajo.
Mientras hablaba con desenfreno en voz baja, empezó a manipular el cadáver.
—“Hay que dar el ejemplo”, decía, ¿no? —con voz suave, imitando el tono con el que el coronel hablaba—. Si él podía, todos podían. No había excusas. Y a la mierda…
—Más o menos —tímida, Abigaíl aprobaba desorientada la humorada del gigante. No comprendía por qué tanta naturalidad frente a un suceso desgraciado.
—Puntualidad. Puntualidad y método. A tal hora me levanto, a tal hora me lavo los dientes, tantos segundos para cepillarme, tantos para enjuagarme; a tal hora voy a cagar, tantos segundos para limpiarme el culo, tantos para entrar, tantos para salir… así para todas las cosas, incluso para coger. ¿No? Simple. Vos de eso sabés, porque eyaculaba con puntualidad. Sencillez y disciplina castrense. Planificación en estado puro.
—¿Usaba forro? —preguntó insolente.
Abigaíl bajó la cabeza y no respondió, llena de odio.
Para Silverio, la obsesión por la puntualidad se relacionaba con la fascinación por la precisión de los cazadores furtivos. El acoso de la presa debía ser exacto para ser exitoso: elegir el territorio de caza, emboscarse, esperar pacientemente, conocer los horarios de la víctima, usar el arma adecuada. Todo se asociaba con lo puntual.
La psicología del cazador furtivo se diferencia en un todo del cazador común. El cazador que se aviene a las normas sigue el articulado que el formulario le impone: mira, camina, atiende. Si le toca en gracia, dispara. Un tirito. Rara vez, dos. De ahí a que obtenga una pieza que lo reconforte, habrá que ver. Si lo logra, le cobrarán una riestra de impuestos interminables y onerosos, un verdadero robo.
En cambio, el cazador furtivo acecha, acosa, se regodea en el disparo, se satisface en la sangre que mana. Adora la muerte clandestina, y la muerte clandestina es puntual, porque no sabe si tendrá otra oportunidad para manifestarse. Podestá era un especialista en ese asunto. Su relación con Abigaíl respondía a esos patrones: cazador y presa, victimario y víctima, amo y esclava. Solo que la ecuación se resolvió abruptamente. La muerte debía ser, de ocurrir, oportuna y útil. Y hasta no era descabellado pensar que fuera en sentido inverso.
Pero un evento ligado al vicio desbocado, o a una decisión que el mismo Podestá tomó y no notificó a ninguno, modificó la sustancia del futuro que cabía esperarse para un hombre de las condiciones del oficial aquel y de su extraña pareja. No fue la voluntad lo que alteró el resultado: fue el propio cazador que, excedido, terminó presa de sí mismo. El cazador resultó cazado, y su víctima observaba cómo se preparaba el cadáver para su momificación casera.
Silverio no apuró el rito del amarre del cadáver. No sabía por qué, pero esa era su orden: amarrarlo de manos y pies. Abigaíl se desentendió de la liturgia. ¿A qué los amarres? Entendió que lo estaba vistiendo de víctima al muerto. Y supo desde el inicio que la preparación solo era un dato menor. Sospechó dónde iba a guardar el cadáver el portero. En esos años, aleccionada por Marian, se había acostumbrado a no preguntar por lo que no le decían. “No estamos para preguntar”, le dijo en más de una oportunidad, mientras la hostigaba con los versos de Schiller. “Lo nuestro no entra por los oídos”. Cierto, muy cierto. Hacía tiempo que su curiosidad estaba muerta.
De modo repentino cantó. Cantó para serenarse. Era una manera post mortem de aislarse de la escena, de alejarse del lugar a través de una musiquita liviana.
Silverio se irritó profundamente cuando oyó la canción. Abigaíl cantaba casi en voz alta. Tuvieron una discusión que fue subiendo de tono hasta que ambos se dieron cuenta de lo peligroso y estúpido que era lo que estaban haciendo. Abigaíl midió a carcajadas lo cerca que estuvieron de una ridícula trifulca en la que ella llevaría la peor parte. El hombre comprendió que la querida del finado no se dejaría arrear como una vaca. Tocó el puñal con su mano y midió el cogote de la amante, por las dudas.
Cuando Silverio terminó de preparar el cadáver, de rodear sus tobillos con cinta, así como las muñecas, dedicó sus esfuerzos a acomodar la tumba en la que debía quedar depositado hasta que, por alguna circunstancia que él ignoraba, fuera descubierto. El rollo de papel que debía introducir en la boca del muerto estaba todavía en un pequeño saco esterilizado, dentro de un bolsito minúsculo que Silverio llevaba colgando del cuello.
Abrió con delicadeza el mueble dentro del cual se hallaba el freezer James Horizontal Fhj310k, importado. También levantó la tapa del congelador. El freezer estaba vacío. Un vapor helado se alzó con forma de estambres desde su interior. Un olor a húmedo cadáver invadió las narices, confundiendo el olfato. Con frecuencia, el coronel lo vaciaba para limpiarlo. Siempre era poco lo que conservaba en él. Sus largas ausencias, su discreción en la comida, hacían que no fuera mucho lo que necesitaba conservar en el congelador.
Acomodar el cuerpo no le implicó ningún esfuerzo. Silverio era muy fuerte como para que aquello lo complicara. El coronel, de condición atlética a pesar de su edad, en los últimos tiempos se había desmejorado y perdido peso, quizá en exceso.
Sacó del pequeño attaché el rollito, prolijo, apretadito, para introducirlo en la boca del desgraciado. Abigaíl miró, entre asombrada y escéptica, la escena.
—Ahora le abro la boca y adentro —explicó Silverio como si se tratase de un cirujano próximo a resolver una cirugía innovadora.
—¿Y eso qué es? —preguntó indiferente.
—“La venganza de los Pérez” —respondió con cínica convicción Silverio.
—¿Del tipo ese que veo con Marlene?
—No sé de qué me hablás —Silverio interrumpió la confidencia. Tenía presente aquello de que el que menos sabe, más vive. No era asunto suyo con quién hablaba ella o esa Marlene a quien desconocía.
—¿Esa es la venganza? ¿Ese rollito insignificante?
—Este mismo. Este rollito va a dar qué hablar. Por este rollito, esta muerte tendrá un sentido inesperado.
Abigaíl dudó en preguntar. No podía imaginar cómo un rollo de tamaño insignificante, de no más de dos centímetros de largo y tal vez uno y medio de diámetro, podía condensar “la venganza de los Pérez”: unos tipos que se le hacían de piedra, de madera dura, de soportar martirios. Estaba segura de que su odio no podía caber en algo tan minúsculo. No sabía qué le había ofertado Marlene al muchacho, pero recordaba su gesto de rechazo y su seca negativa al convite que leyó en una cartita que le entregó la chiquita esa tarde en el bar donde se vieron. “No, no, no”, repitió tres veces y le devolvió el sobrecito con el papelucho adentro.
En el rollo solo había algunas vocales, algunas consonantes, todas borroneadas y confusas, que obligarían a sesudos especialistas a descifrar el acertijo que los rufianes de la moderna inquisición, los esparcidores de la muerte, habían pergeñado de llegar a una situación semejante. Cuando culminaran sus estudios, la logia de los “Pérez” quedaría sindicada como responsable del asesinato. El gambito, sin embargo, resultaría un fracaso. En las sombras, otro burócrata esperaba agazapado aprovechar en su favor la felonía, hasta que el propio Reinafé convocó a un concordato entre las partes en disputa. Allí acabó la malicia entre los propios.
Abigaíl miraba la patética tumba sin expresión en el rostro. Si se lo hubiese permitido, habría sonreído. Sus interrogantes no estaban entonces dirigidos al muerto ni a su extraña sepultura: eran sobre su vida. Ante la mirada asombrada del portero, que la observaba aferrado a la cuchilla disimulada entre la ropa, se puso de pie y se encogió de hombros; dio unos pasos en dirección al mueble donde ya reposaba el muerto con su recado en la boca, como yendo a un lugar imaginario, y vio un inmenso portal que tenía en el frontispicio una inscripción que decía en letras de molde: “descartable”. Silverio la apartó con delicadeza y cerró las tapas, ocultando el cadáver de la vista.
El bedel, devenido en sepulturero, se movía cómodo en el ambiente; demostraba estar familiarizado con la casa. Tenía un conocimiento preciso de todo lo que allí había y de cómo se debía manipular cada cosa. Era llamativo apreciar semejante hombrón moverse con una delicadeza extrema. Abigaíl seguía sus cuidados movimientos en silencio.
No era esa la primera vez que incursionaba en el sector de servicios del departamento. Por su carácter y su formación, jamás hubiera improvisado. Supo aprovechar las largas ausencias del coronel cuando se hallaba en misión por su tarea. Combinaba precisión y completa prolijidad en su relevamiento. “Pérez y Pérez” se lo había exigido, y de ese modo, además de completar la provocación del rollo en la boca, puso a prueba las habilidades de penetración del gigante.
Silverio conocía de memoria —y hasta podría haberlo hecho con los ojos cerrados— las dimensiones de la habitación en donde el coronel tenía sus encuentros amorosos: el largo de la cama, la consistencia del colchón, el olor del cotín, el volumen del ropero, los cuidados del freezer.
Antes de la muerte, en todas las oportunidades que pudo, midió con sus observaciones el lavadero, su piletón azulejado con mosaicos multicolor; recordaba incluso cuántos y de qué color eran los azulejos venecianos que dibujaban ese arabesco sofisticado en la amplia pileta de lavar. El pequeño baño (con seguridad, salvo Abigaíl, no lo utilizaba ninguna otra persona), con su antiguo inodoro de cascada inglés, marca “Pescadas”, sus tablas de asiento laqueadas. Todo conservado con esmero. La ducha, en cambio, había sido anulada. Donde estuvo el caño acodado y la flor, había un tapón de hierro que dejaba ver una colita minúscula de estopa, anulando la salida de agua.
A Abigaíl le hubiese gustado poder ducharse para volver a su casa. Se lo pidió con temor, no a una reprimenda, sino a una paliza. En más de una oportunidad la cacheteó mientras le decía en voz baja: “puta de mierda”. Si en esas circunstancias se le hubiese ocurrido levantar la voz, la habría molido a golpes. Pero el desquiciado, en esa ocasión, descartó el pedido solo con un gesto despectivo. “Me gustan sucias y con olor a sexo”, le respondió repulsivo. Mentía.
Al baño principal, el que estaba en el cuerpo central de la casa, nunca le consintió el acceso. Se lo dijo de modo terminante la primera vez que la citó para un encuentro:
—Jamás pasés esta puerta —por la que se llegaba de la zona de servicios a la cocina-comedor—. Ni se te ocurra entrar en la casa.
Nunca debió refrendar la orden; obedeció sin cuestionar. Repitió murmurando para sí las palabras pirograbadas en la puerta del roperito: “Ahora las sirvientas, a la cocina”. Cada uno sabía el lugar que le correspondía.
Aunque nunca lo manifestó más que en un par de oportunidades, Silverio disfrutaba que Podestá, tan pagado de sí mismo, jamás descubriera sus ingresos al interior del departamento. Se regodeaba ante “Pérez y Pérez”, quien no dejó de advertirle lo peligroso que era ese juego. Si el coronel descubría sus incursiones, las consecuencias no serían agradables. Con mucho esfuerzo lo pondría a salvo a mil kilómetros de distancia. Aunque Silverio sabía que eso no era seguro.
La mayor osadía fue llegar hasta la biblioteca del finado y allí recortar, con precisión de cirujano, el libro Historia de Belgrano de Bartolomé Mitre, que usaron para la serpentina funeraria que, especulaban entonces, pondrían en la boca del muerto cuando la logia cayera en la trampa del homicidio que “Pérez y Pérez” organizaba, usando a Marlene y Abigaíl sin que estas supieran realmente a qué servían. Pasaron muchos años durante los cuales a nadie se le ocurrió revisar el libro de Mitre, propiedad de Podestá, con el que se confeccionó la serpentina mortuoria conocida como “la venganza de los Pérez”. Cuando casi todos los protagonistas de la historia ya habían muerto, un curioso ansioso de lecturas históricas dio con el hallazgo en un depósito de la Agencia. Un manto de silencio se echó sobre el descubrimiento porque ya no tenía sentido volver sobre ese asunto. “Pérez y Pérez” se quedó con el libraco y luego lo quemó en un descampado de su propiedad.
La puerta de entrada a la debacle de la logia debía ser ese muchacho que se apodaba Bado y que administraba las pruebas en contra de la Agencia, entregándole documentos secretos a un mediocre periodista, que un desquiciado almacenó en un archivero en la mansión del norte.
Las incursiones de Silverio en los dominios del cazador furtivo las realizó para conocer a fondo el escenario de la trampa contra los relicarios. Cuando se pensó en el rollo, ya se tenía clara conciencia de que la vida de Podestá estaba muy comprometida por sus vicios. Y, además, aunque ninguno de ellos lo sabía, estaba el asunto del rosario, que selló ese destino con el mismo peso del bloque de cemento que llevó la monja amarrado a sus pies la noche del vuelo de la muerte.
La hipótesis de su muerte tomó cuerpo en todos los planificadores. Y “Pérez y Pérez”, que no era estúpido, lo habló con el propio Podestá. Morir “al pedo”, le dijo, “una desgracia terminar tu vida de un modo indigno”. Un último servicio y el bronce para siempre. Como Belgrano, como San Martín. A Podestá siempre le sonó a fanfarroneada, a oferta fácil e incumplible. San Martín, Belgrano, Podestá… “¡Qué boludez!”, se consoló inteligente.
El coronel libidinoso sabía que el consumo de drogas era cada vez mayor y más brutal; no podía acotarlo, lo dominaba cuando se lo proponía. Ni toda su voluntad de infante entrenado para acosos interminables, ni su inquietante preparación como comando le aseguraban cierto control sobre sus vicios. Y aunque “Pérez y Pérez” no le dijo lo del rosario, lo intuyó. Ser un cebo que tentara la venganza de los conspirados no le pareció descabellado. Pero no era su muerte lo que estaba en sus planes, sí la propia venganza del fracaso del norte.
De las incursiones en su casa nunca estuvo enterado. Para “Pérez y Pérez” esa ignorancia demostraba la decadencia de su camarada. Pero Silverio, luego de un tiempo, hizo de sus incursiones también un vicio. No se trataba de encender un porro ni aspirar una línea: era más sutil, incluso estimulante, como un elixir excitante que convocaba hedonista a la falta de respeto.
El placer que sentía al incursionar en la vivienda de ese jefe se había vuelto su propia droga. Nada de química, nada de combinaciones temerarias. Paso leve, exacto, sin rozar ni muebles ni adornos; excitarse al tantear los libros, los discos, los cuadros; sentir en las yemas de los dedos un orgasmo portentoso. Había quedado atrás el desafío que “Pérez y Pérez” le hizo para ponerlo a prueba. Se transformó en vicio: transgredir los dominios prohibidos, burlarse del encumbrado jefe, ese asesino profesional implicado —fuera a saberse— en cuántas muertes, y salir victorioso en cada incursión.
En soledad, en su cama, recordaba cada oportunidad en que penetraba la vivienda. Inventariaba el ingreso, las miradas en un sentido y otro, abajo y arriba, atrás y adelante, de un lado al otro; repasaba los rincones y, en especial, identificaba los olores. Teatralizaba su participación en el futuro. Ensayaba sus trabajos. Simulaba preparar el o los cadáveres. ¿Cómo podría saber el desenlace que tendrían esos coitos de sexos de serpientes, con sabor a corrales, a garfios que agonizan los tejidos humanos, de entraña ensangrentada? Sexo adobado de tétricas combinaciones químicas en forma de pastillas, líquidos y polvos narcotizantes, necrotizantes de la arrugada alma de ese par de viciosos.
Pronosticaba los amarres (como de seguro debería hacer, según le indicó su jefe, para simular un rito vengativo), introducir el cuerpo en el freezer con absoluto cuidado, introducir el rollo en la boca muerta, limpiar la habitación con obsesivo esmero. Repasar el lugar con la mirada. Salir sin hacer ruido. Volver a su apartamento, en la terraza. Descansar alegre. Satisfecho.
Pocas personas podían atribuirse la perspicacia de reconocer cualquier perfume en el ambiente, en la cama, en los muebles, donde fuera. Silverio podía oler el particular aroma del coronel incluso desde su departamento en la terraza, después del sexto y último piso. Era una rara virtud que no sabía a qué atribuirla. Ese tufo, a veces, lo exasperaba.
En sus incursiones a la habitación de servicio, lo que más lo convocaba era el olor del cotín. Y eso que Podestá se esmeraba en limpiarlo luego de cada relación. Su preocupación por no manchar el colchón lo decidió a disponer sobre el mismo, primero, un nylon de buen gramaje, transparente, que crujía con el movimiento de los cuerpos. Era un ruido que fatigaba a Abigaíl. Lo llevaba en sus oídos durante días.
Luego, una gruesa sábana muy vieja pero muy bien conservada. Así defendía la higiene del colchón de cualquier fluido que pudiera mancharlo. Detestaba esas manchas, más si eran de mierda y esperma. O saliva y esperma. Sangre y esperma. Porque a veces su coito era tan violento que alguna sangre se escabullía entre las piernas.
Tal vez lo que atraía a Silverio de ese perfume penetrante —mezcla de sexo y brutalidad que quedaba impregnando en la tela floreada del colchón de una plaza— fuera su persistencia, su capacidad de sobreponerse a cualquier limpieza, a cualquier perfume. Era una permanencia que no tenía que ver con la cualidad de los olores o de los perfumes de los cuerpos. No podía explicarla, pero podía hasta palparla. Tenía algo glacial, de azote, de varilla, de tajo en la garganta.
Con las sábanas, Podestá era más exagerado. El coronel evaluó, en alguna oportunidad, deshacerse de ellas luego de una noche de sexo, incinerándolas. Le sobraban lugares donde hacerlo. Su obstinación no llegó a tanto. Pero hacía lavar las sábanas con obsesión maníaca. Las mandaba a un pequeño lavadero a la vuelta del edificio. Y en más de una oportunidad había regresado con las mismas para que las volvieran a lavar.
Las pasaba por su nariz y captaba quizás esa mínima molécula de olor a semen o, peor aún, a sudor de Abigaíl, que era frecuente, porque la habitación pequeña carecía de buena ventilación y el calor sofocante hacía sudar los cuerpos en refriega de manera abundante. La gruesa tela de trama prieta debajo de la sábana y el nylon impermeable sobre el cotín de lana aumentaban aún más el calor, haciéndolo, a veces, insoportable.
El olor de la transpiración lo distinguía como distingue un animal salvaje el perfume de la sangre que mana de una presa herida. El suyo, consideraba, era varonil, punzante. El de Abigaíl, perverso, inquietante. No debía, entonces, quedar ni el menor rastro de ellos. Así que, hasta que no se satisficiera su necesidad de limpieza impoluta, las sábanas debían ser lavadas todas las veces que fueran necesarias.
No discutía jamás el pago por ello. Se lavaban todas las veces que el cliente lo reclamara, y este pagaba los servicios sin molestarse. Una, dos, tres, las veces que considerara indispensables. Solo cuando frotaba contra su nariz las sábanas y le quedaba en los cornetes prendido el olor del jabón líquido y del enjuague para ropa, se daba por satisfecha la limpieza.
El propietario ya se había acostumbrado a la obsesión de su cliente y, en alguna oportunidad —no siempre—, había decidido no cobrarle el último lavado en homenaje a un consumidor tan perseverante y limpio hasta la obsesión.
En cambio, para Silverio, que podía distinguir entre esos olores el perfume de Abigaíl, percibía en él una desesperación de sangres. Se hacía tan evidente en su cerebro que hasta se configuraba el tamaño de una mortaja prematura, en forma de baldosa, al borde de un asfalto inanimado.
Estaba convencido, todo ese tiempo desde que Podestá le presentó a Abigaíl, de que estaba tratando con dos cadáveres que ignoraban su muerte. O que tal vez ya hubieran muerto: uno aullando al ardor incinerante de Juana de Arco, y el otro en el sucucho del rancho perdido, sin darse cuenta de sus malogrados destinos. Por una condición especialísima, esas esqueléticas figuras se prolongaron hasta esa habitación de eyaculaciones harpías, alargando en el tiempo lo que estaba predicho, para hacer evidentes todas las cicatrices que reptaban sinuosas por las almas de esos dos condenados.
Él mismo se consideraba un muerto en estado latente. “Pérez y Pérez” le prometió hasta el hartazgo salvarlo de cualquier desgracia. Silverio, agradecido, estaba convencido de que esas eran palabras ligeras como hojas muertas. Por eso andaba calzado siempre con su cuchillo verijero. Nada de armas: mucho ruido. La deflagración, el olor de la pólvora, el estampido titánico de la bala lanzada hacia la muerte no lo conformaban. Le dijo a “Pérez y Pérez” un día de confesiones: “no va a ser gratis, jefe. Al que venga con ganas de ponerme, lo llevo puesto”.
Miró a Abigaíl con desconfianza, siempre la mano en el mango de la cuchilla. ¿Y ahora?, se preguntó. ¿Salto, degüello, estrangulamiento? ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? Pareció preguntarle al amante con ojos de borrego abandonado.
Abigaíl se tomó el cuello con las dos manos. Pareció protegerlo; fue solo un acto reflejo. Quedó su espejo enfrentado a otro espejo: la garganta abierta, transparente en sangre, acongojada. Pero en los ojos del gigante se vio langosta, gato, rana, viento. Era un salto imposible, al vacío inexplicable. Pero no esa noche: otra, distinta. Vio la mano en la cuchilla, el ojo en su cuello y un susurro de tráquea sonando hasta la fractura.
¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué será de nosotros? —pensó en preguntar, como si eso le pudiera dar algún alivio. Pero eligió callar. Supo que no hubiera recibido ninguna respuesta. Se asumió tan desdichada y solitaria como cuando llegó esa noche debajo de su blanca e inmaculada capelina.

***

XII – El salto y el tajo

Nunca se pudo explicar cómo el niño descolgó la bayoneta que lucía sobre la chimenea en desuso. Estaba a una altura considerable, donde el padre la había colocado para decorar la sala comedor del viejo rancho. Gavino, quien había mutado y no era Gavino hacía tiempo, se llevó ese secreto con su muerte.
Ni usando una banqueta como escalera, ni valiéndose del más alto de los taburetes para subir al estante que se extendía a lo largo de toda la boca del hogar, hubiera podido el purrete alcanzar el arma con facilidad y desprenderla de los ganchos amurados a la pared del tiraje, a los que dos gruesas arandelas se sujetaban por la culata y por el caño del arma, asidas con firmeza como garfios.
Si bien el niño era alto para su corta edad, resultaba pequeño para la altura en que se hallaba expuesta el arma. No solo fue sorprendente que la hubiera descolgado por su peso —lo que de por sí resultaba un extraordinario portento—, sino que hubiera podido calar la bayoneta que estaba colocada aún más arriba que el fusil. Más prodigiosa aún fue la demostración de habilidad y fuerza de Gavino para ajusticiar al atormentador que lo abusó a voluntad durante un buen tiempo.
Nadie podrá saber qué pensó Dionisio cuando el niño ensartó la afilada cuchilla del arma en sus duras carnes de pederasta. De lo que todos estaban seguros, cuando se supo de su muerte, es que tuvo que ser superado por la sorpresa al observar el extraordinario salto que ese tajo mortal hizo para meterse entre sus carnes, algo por encima de la altura de la vejiga, para luego deslizarse de izquierda a derecha describiendo una gran boca por la que saltaron sus intestinos, junto a una generosa hemorragia que manó a borbotones hasta la muerte. El segundo bayonetazo, directo al pecho, algo en dirección a la izquierda, más sorprendente que el primero, fue un salto sanguinario seguro y exacto. ¡Partió el corazón justo en dos mitades! Una simetría mortal maravillosa.
Tal vez el odio fulminante del muchacho le dio esa fuerza y esa precisión para la buena fortuna de infante verdugo. La anatomía del tajo era tan vigorosa y vengativa que pareció resumir en los brillos de sus bordes otras muertes anteriores, de cuando las matanzas genocidas campeaban de norte a sur con aires de falso progreso. O solo se trató de suerte de principiante, como deslizó el quinielero cuando supo del suceso muchos años después.
Fue el mismo odio que se transfirió por el filo de la acerada hoja a los tejidos que cedieron hendidos, que debió acompañar a Dionisio hasta el último suspiro, cuando se desplomó y dio la cara contra el piso de cemento coloreado, rompiéndose unos huesos del pómulo izquierdo de su carota.
La bayoneta era una Remington de la época de la matanza patagónica. Eleuterio la compró una tarde en la feria de un pueblo cercano, dispuesta en la calle principal y que se extendía unos cien metros de cada lado. Solía organizarse los sábados desde la mañana temprana y casi hasta el caer de la noche, y en ella se vendía todo tipo de chucherías, muchas promocionadas como portadoras de poderes milagrosos.
Las armas tenían un lugar de preferencia entre los compradores. Y el tamaño de sus milagros dependía del calibre que se adquiriera. La policía se mostraba tolerante con el tráfico, pero seguía con atención a los compradores que, en general, eran pueblerinos sin antecedentes de delitos de robo ni hábitos de buscar pelea donde fueran. Las riñas estaban aceptadas hasta las trompadas; a los tiros, no. Los disparos siempre hacían voces de revoluciones y calentaban los ánimos de los insatisfechos. No había que alimentar con perfumes de pólvora los estados insurreccionales habituales en los más explotados del campo. Su prohibición se justificaba en una asepsia reglamentada hasta el detalle, embanderada en el exclusivo monopolio de la fuerza que era patrimonio de los uniformados.
Al principio del barateo, Eleuterio dudó en comprar el viejo fusil. El Remington estaba en buen estado, tal vez demasiado, supuso, para un arma del siglo XIX. Y, por otra parte —y esta era su duda de mayor trascendencia—, ¿qué seguridad tenía de que el arma hubiera sido usada efectivamente en la cacería de originarios patagónicos, cuando se expandió la oligarquía hacia el extremo sur del continente?
No dudaba de que se trataba de un Remington legítimo: era un modelo Patria, calibre 43 Spanish, un fusil monotiro y de retrocarga, usado por los contendientes argentinos durante años. De eso hasta podía dar fe él mismo, ya que era un experto en ese tipo de armas antiguas. Las podía reconocer hasta con los ojos cerrados.
Su preocupación estribaba en si había un modo fehaciente de certificar que la acerada hoja de la bayoneta del Remington había conocido la sangre del “infiel” —como todavía lo denominaba la reducida elite pituca del pequeño poblado— chorreando por los laterales acanalados de la hoja, por los cuales la vida expiaba mezclada con el aire helado de la estepa patagónica.
El mercachifle que la ofreció aseguraba la legitimidad de su origen. Los pesos que pedía a cambio solo se justificaban, para Eleuterio, si era real su participación en el genocidio. El buhonero no encontraba mejores argumentos que los que había esgrimido para convencer a su comprador. Eleuterio siguió dudando de la adquisición.
Hasta que, luego de un alto en la disputa generada por el regateo, otro bagayero —amigo o pariente del primero— le juró que con esa bayoneta se habían extirpado las numerosas orejas de indios que guardaba en una bolsita de yute y que exhibía sin prejuicios. El impacto que produjo en el ánimo del comprador ese manojo de orejas disecadas fue suficiente para inclinar el fiel de la balanza y alejar la duda de sus bolsillos.
El segundo vendedor, asistiendo a su compadre, explicó que las orejas y la bayoneta se vendían juntas. Era una apostasía castigada separarlas. Eran lo que eran porque una, la cuchilla, se correspondía con las otras, las orejas amputadas. El acero bruñido del arma exterminadora era a las amputaciones como la nube a la tormenta.
Además, agregó, el hombre que se dejara llevar por la mezquindad y la tacañería, e intentase comprar solo una de las dos reliquias, sufriría seguramente algún tipo de desgracia afín con la que padecieron los indios cuando fueron mutilados. La bayoneta misma se encargaría de castigarlo. Era preferible darse vuelta sin adquirir nada que regatear por solo una de las reliquias y exponerse a desgracias impensadas.
Poseer los dos tesoros, decían los vendedores parloteando ya a coro, oficiaría de seguro amuleto contra esas desdichas. Los hechos echarían por tierra la superchería aquella.
Las orejas se pagaban tanto el par, y el Remington como pieza única: fusil y bayoneta. Eran el testimonio más contundente de la limpieza étnica que progresó sin mayores inconvenientes bajo la égida del general que, entre halagos de las prostitutas incorporadas a la campaña y que alejaban al militar de todo riesgo de vida, fue ascendido a estadista nacional luego de la carnicería.
En alguna oportunidad se supo que los bandidos solo cortaban las orejas de los indios para cobrar la recompensa fijada por los latifundistas, pero los dejaban con vida y los usaban como esclavos. Esa práctica era muy común con las mujeres, a quienes sometían a la condición de esclavas sexuales de por vida, hasta que las mataban en una noche de borrachera o alguna peste se ocupaba de exterminarlas.
Los hijos nacidos de esas violaciones fueron condenados al trabajo servil en las estancias y se constituyeron, con el paso del tiempo, en la capa más oprimida de la clase obrera rural. Fueron los ignorados de un sistema que los poderosos propietarios organizaron siguiendo un camino prusiano, impregnado de resabios feudales y de sus limitados pensamientos, que hizo siervos de los siervos a esos entenados desposeídos.
Eleuterio, convencido y satisfecho por la explicación del orejero, parecía dispuesto a pagar por esas joyas sin pichulear. Sin embargo, algo circunspecto, dedicó una mirada a los pabellones disecados y, con voz pausada y casi inaudible, preguntó si no estaban a la venta algunos genitales de indios.
Los vendedores sonrieron cómplices. A coro dijeron que esas sí que eran joyas difíciles de encontrar en el mercado local. Porfiaban que los testículos disecados estaban acopiados en los escaparates de algunos gringos que se volvieron a sus tierras y jamás regresaron. Además, remataron, el costo estaba fuera del alcance de los criollos, salvo de aquellos que poseían grandes fortunas.
Lamentó no poder completar su colección, al menos con un par de testículos embalsamados. Compró las mercancías ofertadas por una buena suma de dinero. Además del fusil y las orejas disecadas, se hizo de unas municiones inútiles del “Patria” que los vendedores le obsequiaron en recompensa por la compra.
Esos adornos le permitían evocar la segunda campaña contra los originarios, en la que creía que sus antecesores habían participado. No se trataba solo de reconocerse en una historia que, sostenía, lo dignificaba por su trascendencia. Se trataba de la continuidad en el tiempo de los valores que lo inspiraban —o que decía que lo inspiraban—: la propiedad, la religiosidad, la austeridad, hasta la pobreza. Todo eso, sostenía, estaba en la conciencia de su ser nacional, como lo definía.
El ser nacional, repetía con aires de político en campaña, se había consumado en aquellas empresas expansionistas que terminaron por definir las dimensiones del gran latifundio nacional. Y lo más significativo era la moral heredada de padres a hijos. Desde los que precedieron a los tatarabuelos hasta los choznos, quienes perpetuaron las tradiciones consuetudinarias establecidas en los arrabales de los campamentos de la soldadesca por los comandantes en jefe y los curas oportunistas, cuando el inglés compraba por chirolas las tierras del originario, entregadas como premio a esos soldados que murieron hambreados y empobrecidos como el común de sus contemporáneos.
Al final de la historia, los que oficiaron de instrumentos del saqueo y la muerte culminaron sus días tal como sus exterminados.

Era una moral ambivalente: dócil con los apropiadores, rigurosa con los oprimidos. Con fuerza de garrote se impuso a sus anchas, irreverente en todo el territorio nacional. Parte de la tradición heredada de la larga guerra civil, que reconoció como un verdadero deporte la ejecución del oponente por los métodos más siniestros. Una moral surgida de las cimitarras dentadas de los mazorqueros, o de las balas de cañón que despedazaban a los condenados ejecutados, amarrados a las bocas de las piezas de artillería, ante la risotada estruendosa de sus verdugos. Fue la moral que embebió en veneno la copa del secretario en aquella goleta inglesa, puso grilletes en los tobillos hidrópicos del ilustre y baleó por la espalda a “ese otro caudillo” muerto en Salta, para beneplácito de comerciantes y hacendados que solo tenían ojos para el horizonte que les marcaba el río hacia el Atlántico majestuoso, que terminaba su viaje en la Europa insular de los británicos.
Defendía a viva voz, cuando se presentaba alguna discusión, esa curiosa moralidad de la que Eleuterio se consideraba discípulo; en ella se justificaba y por ella no encontraba reproches para sus acciones, todas bajo la advocación de Dios nuestro Señor, amén.
El vecindario ni sospechaba de las aberraciones que ocurrían en el desvencijado rancho de los hermanos Eleuterio y Dionisio, siempre observados por la mirada vacía de esa mujer bebiendo su taza de humeante mate cocido. Las tupidas arboledas ocultaban celosamente los tormentos crueles al infante que había sido violado por uno de los hombres. La lógica de esa moralina explicaba en detalle que la víctima, en resumidas cuentas, era su hermano, quien atribulado se enfrentaba al dominio demoníaco de un niño pervertido y poseso por un espíritu aún más degenerado. Ya había tenido que ajustar cuentas con esa mujercita que lo abrumaba con su pubis, del que podía oler su insinuante y embriagador perfume, incluso a la distancia. (Dudaba en asegurarlo, pero creía que se lo dijo Mateo con claridad, una noche en que se masturbaba agitado pensando en la niña-mujer).
Fortalecido con ese conjunto de dogmas, sostenía en su ruda mano la larga vara de sauce con la que azotaba a Gavino para expulsar el ánima perversa de la niña que moraba en el infante; para hacer que saliera de esa femineidad diabólica y volviese al mundo de los hombres verdaderos, machos como su padre y como su tío: sementales en estado de celo permanente, solo moderados por la oración, algo borrachos y muy pendencieros, admiradores del tajo fácil seccionador de orejas de masacrados, para lucir alegres las amputaciones como adornos en el portante de sus chimeneas.
La supuesta historia familiar sostenía esas creencias y axiomas. Se recostaba en una presumida alcurnia devenida del estado militar, aunque en realidad no había documento alguno que así lo demostrara. Eleuterio se pavoneaba afirmando que su tatarabuelo fue parte de las tropas del general Roca en aquella expedición exterminadora.
Se enfurecía cuando los vecinos menos pudientes, parte de la peonada, vinculaban la expedición a los intereses aviesos del pérfido inglés. No aceptaba que, en resumidas cuentas, solo fueron a rendir como tributo miles de hectáreas al avaro gringo agazapado tras esos estados mayores de la subordinación. ¡No! —gritaba exaltado hasta la ira—. Defendía las que él creía eran las razones verdaderas de la expansión: progreso y fe. Progreso infinito, fe inquebrantable. La espada y la cruz, síntesis de la nacionalidad bien entendida, herencia de Pizarro y muchos otros destructores llegados en sus sangrientas carabelas.
En algunos caseríos del poblado se conservaban todavía recuerdos de la primera expedición militar conquistadora hasta las inmediaciones del Salado, organizada por el Restaurador de las Leyes. Esos eventos protagonizados por los antecesores daban hasta cierta alcurnia, un jactancioso brillo patricio a sus descendientes. Aunque nunca alcanzaran para integrarse a la minúscula elite conservadora del pueblo, eran suficientes para pavonearse en el boliche a donde iban noche tras noche los paisanos a jugar al truco y empedarse con grapa y ginebra.
Hasta las orillas del vasto río bonaerense habría llegado la tatarabuela —o trastatarabuela materna, no lo sabía con precisión—, una vieja endurecida por las privaciones de la vida rural, siempre dispuesta a fumar unos cigarritos de chala, beber grapa y disparar su viejo fusil a pistón. Quedaban en una de las cajas apiladas en el galpón de los tormentos unos cartuchos muy bien conservados, cuya munición había sido sal gruesa, para espantar a corta distancia a algún bribón calenturiento que esperaba poder entrometerse entre las musculosas piernas de la bruta mujerona al menos por una noche.
Decía la tradición oral que era tan buena con la puntería que ejercitaba contra esos rufianes, incluso en la oscuridad de la noche cerrada, que en todos los poblados aledaños se la conocía de mentas y se la temía como al más varonil de los criollos. Su fama de gran tiradora y su frigidez eran la comidilla soez de los borrachines amontonados en las pulperías de antaño. La una era la contraparte de la otra. La descendencia, se decía, había sido producto de una violación por un oficial del ejército que estaba de paso y que solo a trompadas pudo someter a la mujer y embarazarla.
Para Eleuterio, poseer esas reliquias era muy gratificante. Las orejas amputadas a los indios al impulso de la expansión terrateniente eran un magnífico trofeo que lucía con satisfacción.
Los británicos supieron coleccionar las orejas de los originarios como si se tratara de pintorescos abalorios de colores, encontrados dispersos en toda la inmensidad del territorio estepario. Los extravagantes recuerdos de fragmentos de humanos aniquilados eran muy apreciados en la culta metrópoli de Londres. Eran souvenirs exóticos que se exhibían en las tertulias del té, alguna tarde fría y aneblada, entre cuentos mentirosos de hazañas inexistentes.
En el extremo opuesto a quienes rodaban los mares en busca de desentrañar los misterios de las ciencias naturales en cada continente, esos nuevos conquistadores navegaron en expediciones macabras y exterminadoras, recolectando recortes humanos que, aún sangrantes, podían pesarse y medirse para rendir sus equivalencias en libras esterlinas. Ninguna filantropía los estimulaba, ninguna expectativa por la flora o la fauna de una región inhóspita pero cautivante; fueron guiados por el deseo inagotable de la multiplicación del Imperio y sus vastas riquezas.
Esa luctuosa nave de la dominación era expresión cabal de la codicia colonial, que se referenciaba desde tiempos ancestrales, incluso en el decapitador real Oliverio Cromwell, cuando definió en sus Actas de Navegación el instrumento fundacional de la gran expansión imperialista, expansión que navegó en todas direcciones a bordo de una armada pirata.
Las velas de la nave imperial en estas latitudes fueron impulsadas por los sotaventos del latifundio de la invertebrada oligarquía vernácula, que solícita contribuyó a la expansión del Imperio en los confines extremos del hemisferio sur.
Eleuterio, de regreso, adornó el estante del hogar inútil, distribuyendo las orejas disecadas y cuidando que las más grandes quedaran a la izquierda y las más pequeñas en el lado opuesto.
Observó con detenimiento un par muy pequeño, que perteneció, con seguridad, a un niño. Las apartó del montón y las dispuso al centro de la cruel ornamentación, a distancia considerable de las otras, destacándolas. Consideró en alguna oportunidad cortar las de Gavino y, de ese modo, eliminar la posibilidad de que el niño huyera para ejercer más allá del villorrio las perversiones que le imputaban, impulsado por ese díscolo espíritu con perfume a clítoris que lo poseía. Un niño sin orejas sería muy fácil de identificar por la autoridad y por los vecinos a donde fuera, y el solo verlo espantaría al común, siempre preso de todo tipo de supercherías.
Pospuso en varias oportunidades esa ablación porque no acababa de configurar en su mente el aspecto del niño desorejado colgando del bruto aparejo en el árbol de los tormentos. Sospechaba que un error en la estética del suplicio haría que la salvación se hiciese imposible.
Arriba de las orejas de los originarios clavadas en el tablado, un metro por encima de ellas, lucían el fusil primero y la bayoneta después. Orejas, Remington y bayoneta hacían un conjunto horripilante que traía recuerdos espantosos para el niño sometido, pero que al trío inflaba de voluptuosos sentimientos.
Ese día fue enigmático. No fue un día de tormentos. Estos se habían repetido hasta tres veces la última semana, y a pesar de su brutalidad los hombres comprendieron que, de persistir, el niño no resistiría mucho más tiempo. No lo querían muerto, sino penitente.
El sol de la tarde lucía más rojo que amarillo, indescifrable, decapitaba las sombras vegetales que sangraban a su paso sus propias sangres verdes, y las nubes se evaporaban desde la mañana mordidas por la radiante dentellada de un animal dorado establecido en el borde último del horizonte perdido. Así despejado, el cielo se anaranjó sanguinario a la intemperie y se cruzó con franjas violáceas de puros caprichos. Eran como tajos galopando vengativos hacia su última morada.
Había un viento caldeado, lleno de olorosas gotas de sal y barro proveniente del Salado. La crecida, no mayor que otros años, perfumaba aún más con sus esencias terrosas los bañados que se multiplicaban a lo largo de las riberas. Unos juncos altos, con sus penachos blancos, se alineaban prolijos a lo largo de las zanjas que el agua abría a voluntad.
Gavino se refugió en la esquina más apartada de la habitación en la que dormía con su tío. En el dormitorio, el calor de la tarde y la humedad elevada habían depositado sus vahos, que se mezclaban con los hedores de la cama sucia y andrajosa donde dormía Dionisio. El ambiente se tornó bochornoso. No solo el clima alimentaba esa condición, sino el odio de Gavino, que hasta podía asirse como un estilete, filoso y dispuesto.
El hombre, sudado, contaminado de esos olores que predicen una muerte segura, entró cabizbajo, borracho y tambaleante, tal vez dispuesto a magrear al niño incapaz de una erección por el exceso de alcohol, u obligarlo al sexo oral, una práctica que imponía a los manotazos.
Se detuvo mirando obnubilado al niño agazapado en el rincón izquierdo de la habitación. Al tiempo que dejó caer sus pantalones, ordenó con un ademán que Gavino obediente fuera hasta él. Rió como un idiota. Carente de reflejos por la borrachera, vio cómo el purrete se abalanzó cargando el Remington Patria y ensartó a fondo la bayoneta en el bajo vientre y, seguido, la deslizó de izquierda a derecha. Dionisio no tuvo mayores oportunidades de impedir el ataque.
Cuando Gavino se retiró tan rápido como veloz, cayó de rodillas frente al muchacho. Los intestinos se atropellaron para brotar por la herida, dibujando una grotesca guirnalda que colgaba desde la altura de las caderas hasta el piso. Malherido, no entendía si resultaba prudente recoger con sus sucias manotas los intestinos desparramados o intentar tomar al púber del gañote y acogotarlo hasta asfixiarlo.
Apenas alzó una mano con actitud indefinida, un segundo bayonetazo directo al pecho liquidó el asunto en medio de una hemorragia que empapaba la ropa y regaba el suelo de cemento rojo de ferrite y rojo de sangre.
Arrodillado, como penitente, el hombre quedó suspenso; algo desorbitados los ojos, la boca entreabierta de la que ya asomaba un hilito rojo por la comisura de los labios. Atinó a balbucear unas palabrotas y se fue de bruces contra el piso.
El ruido ronco del golpe de la cabeza distrajo por un momento a Eleuterio, quien volteó su cabeza buscando el origen del sonido. Sin embargo, no fue suficiente para hacerlo desistir de su tarea. Estaba a poca distancia del rancho, moliendo granos para las aves de corral.
Gavino huyó por los fondos. Saltó de la última ventana y se dirigió hasta desaparecer por la tupida arboleda que había crecido en los terrenos lindantes. Su padre no pudo advertir la fuga. Solo cuando sonó el grito espeluznante de la esposa, detuvo sus trabajos y se dirigió al interior de la casa.
La mujer olió la sangre que manaba y ese olor a pura muerte del muerto que perfumaba la casa, repentino. Era ese mismo olor crudo, patibulario y sombrío, sin prodigios, que sintió esa madrugada cuando desapareció Acacia definitivamente.
Ambrosia dejó su taza de mate cocido en la mesada de viejo mármol blanco y buscó a Dionisio. Sabía, por los olores funerarios, que iba a encontrar el despojo del hombre con el que convivía desde hacía años en el rancho. Llegó al cadáver, yacente, inmutable; el estertor de la última sangre se apagó en ese sordo jadeo apuñalado.
Ambrosia gritó histérica: fue un grito gutural, de dolores hasta la muerte; la bocaza enorme, abriendo la garganta en desesperación, ingente y desprovista la voz de llanto, solo grito histérico, de sepulcral contorno, batiente como un parche a lo bruto percutido.
Llevado del grito de la esposa, no conmovido, solo sorprendido, Eleuterio ingresó a la pequeña habitación y observó el cadáver de su hermano, semidesnudo, empapado en sangre. A su lado, Ambrosia, ya silente, perturbada, como al lado de un ataúd inmóvil, esperando el responso último del propio hermano que seguía mirando desde una distancia incomprensible. Ella alzaba con su mano la sangre acomodada junto al cadáver y toqueteaba las tripas, tratando de devolverlas a la cavidad del abdomen, buscando rescatar de la infortunada suerte al que yacía en silencio definitivo.
El hombre, expectante, trató de comprender si la escena se correspondía con la realidad o solo estaba en su imaginación. Había estado bebiendo minutos antes con Dionisio, vino caliente, que solía actuar como un narcótico en las tardes como aquella, en que el calor sofocaba y solo se recomendaba una bebida refrescante.
Vio el Remington con su bayoneta a una corta distancia del muerto, que todavía manaba sangre con cierta profusión. ¿Cómo podía haber llegado allí el arma? ¿Alguien se había atrevido a calar la cuchilla alterando el orden exacto con el que él había resuelto la ornamentación en el comedor del rancho? Quien estaba a su frente, despanzurrado, sobre un charco de sangre, mostrando las robustas nalgas que tornaron en fofas de repente, ladeado por Ambrosia en silencio, ¿era realmente su hermano? ¿O era una sombra que, urdida entre el vino y la modorra, había adquirido el tono y el olor de los taninos que usaba para curar las pieles crudas de los animales?
No sabía si dar crédito a lo que veían sus ojos. Para mayor desconcierto, recordó en ese instante los augurios de buena ventura que los buhoneros le hicieron por adquirir el arma y las orejas disecadas de los indios. ¿Todo había resultado una patraña?
Ese cadáver oliendo a taninos, ¿no desmentía las magias promocionadas por los dos comerciantes cuando lo sedujeron con el Patria? Quienes le juramentaron que todo maleficio estaría descartado si orejas y fusil se mantenían unidos como el cuerpo y la sombra, ¿podían haber resultado solo charlatanes dispuestos a esquilmarlo? ¿No era que el divorcio entre orejas y arma alentaría a la bayoneta a establecer justicia por su propio filo? ¡Cómo podía haber ocurrido semejante error en su propia casa!
Estas ridículas cavilaciones lo atosigaban sin atinar en ningún momento a asistir al hermano. De manera inesperada, en medio de sus disgregaciones, reapareció Gavino entrando por la última abertura, que carecía de postigos y ventana.
Eleuterio vio cómo el niño volvió a asir la bayoneta con una determinación que contradecía su frágil apariencia. Supuso que debía imponerle respeto, a como diera lugar. Razonó: ¿no debería azotar hasta la muerte a semejante sacrílego, ese mocoso poseído que había deshecho en dos tajos todas las razones por las que compró a muy buen precio esas reliquias? Ignoraba, sí, que Gavino había cargado con munición el Remington, decidido a usarlo si era necesario. Nunca había disparado un arma, como tampoco nunca había despachado a un hombre a bayonetazos. Con la misma confianza con la que ultimó al tío, estaba dispuesto a halar el gatillo sin considerar la fuerza que debería haber experimentado para lograrlo. Si el proyectil se disparaba, ese sí sería un milagro solo atribuible a la interdicción fabulosa de Acacia, quien debería asistir al niño para completar su faena.
Solo un verdadero infiel podía llevar la muerte a la propia familia, caviló Eleuterio mirando al impúber desde el fondo de sus ojos enfermos. ¿No sería Gavino, al final de cuentas, hijo de algún infiel que pasó por la Ambrosia y había venido a traerle la decepción por el fracaso de la magia de su compra, e incluso la desgracia de la muerte inesperada de su amado hermano, esa rara mañana de campo, cuando el sol estaba tan rojo que parecía un incendio espectral en el firmamento?
No tuvo ningún atrevimiento de arrebatarle el arma al pequeño. No por cobardía —su fuerza hombruna hubiera superado cualquier intento del impúber de enfrentar al adulto—. Simplemente, quedó impedido de hacerlo. Lo perturbaban los tres sucesos: el fracaso del conjuro, la posible infidelidad de Ambrosia con un indio y la muerte tempranera del hermano. Eran sus tres golpes del destino.
Ambrosia continuó juntando la sangre del muerto con la palma de su mano ahuecada, como una cuchara de sacrificio, y volcándola en la herida del vientre de Dionisio.
Gavino en ningún momento sacó sus ojos de los de Eleuterio. Al hondo enfermo de las pupilas del padre le clavó las propias y descifró por ellas sus ocurrencias. Si se atrevía a un gesto, a un modo de amenaza, lo bordaría a bayonetazos igual que al otro abusador, o le hubiese disparado sin vacilaciones. Ignoraba que la vieja munición nunca hubiera funcionado. Pero tal era su ira, tal era el tamaño de su odio, que no solo podía reunir fuerzas inconmensurables para su acto de justificada venganza, sino que hasta hubiera podido resecar la pólvora e incendiarla para expulsar un plomo candente hasta la muerte.
La misma Acacia, la hermana muerta como una nada por su grácil apariencia, parecía asistirlo en la empresa de ejecutar a esos pervertidos que siempre actuaban bajo la indiferente mirada de la extraviada mujer, envuelta en los vapores de su taza de mate cocido.
El hombre giró sobre sus pasos y se marchó llevando consigo a la mujer, que estaba alucinada, imaginando esos anélidos hambrientos ya hurgar las entrañas que se hacían cenagosas entre sangres y polvos olorosos.
Gavino no sintió el arrebato de ensartarlo por la espalda. Tampoco de ajusticiar a la mujer. Volvió para matarlos, pero desistió de la empresa. Era momento de escapar para siempre. Dejó el fusil y huyó por la ventana sin mirar atrás.
Eleuterio retornó a la habitación de la mano de Ambrosia. La mujer, embobada, insistía con el cadáver. Lo señalaba con su dedo, como si indicara un descubrimiento fenomenal. El esposo asentía con leves movimientos de su cabeza. Ella volvió al grito desencajado. Sobre el cadáver de Dionisio gritó palabras de amor irreproducibles. Siguió mecánica, arriando sangre hasta el vientre abierto del finado. Las tripas se habían aplastado hasta adquirir cierta apariencia de papiro.
Eleuterio contempló la escena con disgusto y volvió sobre sus tres cavilaciones. ¿Y si no era indio el padre del pequeño desgraciado? ¿La consanguineidad indulta los pecados? ¿Podía haber sido esa la razón por la que Ambrosia lo sacó de la cama a puntapiés, una noche en que el esperma caliente lo apuraba? Escapó a las respuestas que, muchas veces, son sones indeseables que se vuelcan de las bocas sin remedio. Además, consideró en su confusión, todo podría deberse al accionar maligno de esa niña de pubis oloroso que lo acosaba desde entonces, distorsionando sus percepciones y confundiendo sus razonamientos.
Turbado, tomó al cadáver de su hermano por la bufanda que se enroscó con fuerza alrededor del cuello y lo arrastró hasta sacarlo de la casa. Se dirigió a los fondos, donde el cobertizo desvencijado. Una vez en su interior, comenzó a cavar una amplia zanja donde depositar el cadáver.
Conociendo el lugar preciso donde yacían los restos de Acacia, decidió excavar a buena distancia de la primera tumba. Encontró el borde del enterramiento de la niña degollada, donde permanecieron acomodados unos retoños de huesitos amarillos, roídos los restos exangües de carnecitas resecas bajo la tierra dura. Desde allí trazó una línea perpendicular, imaginaria, y estableció la prudente distancia para evitar la contaminación con aquella abominación que lo atormentaba.
¿No hubiese sido el deseo de Dionisio poder dormir el sueño eterno junto al cuerpo de la niña de la que reclamaba el derecho a la primera noche? Procaz, el padre celoso prefirió la muerte de la niña antes que entregarla a otro hombre, aunque fuera su hermano. Siguió el consejo de Mateo a pie juntillas, como los hechos le estaban confirmando. Se alegró al despejar la duda que lo tuvo en ascuas algún tiempo.
Era cierto que escuchó que Mateo le dijo sin remordimientos, con voz pausada, esa noche descorazonada mientras se masturbaba: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno.”
Y así fue, esa madrugada fría de helado rocío cayendo a gotones sobre el paisaje torvo. La cáscara de la helada blanca sonó bajo los pies mientras caminaba a Acacia hacia su muerte. Habló como Aarón a sus hijos y dijo: “Esta es la ley de la expiación: en el lugar donde será degollado el holocausto, será degollada la expiación por el pecado delante de Jehová: es cosa santísima.”
Ni muerto Dionisio moraría junto a Acacia.
Gavino, para entonces, corría incansable y sin rumbo, deshaciendo el camino hasta la ruta interprovincial. Ágil, liviano y desesperado, no le costó atravesar los seis kilómetros de distancia desde la tapera. Allí se perdió. Solo “El rubio botella” lo vio pasar a la carrera, desde el ancho zanjón inundado donde se solazaban los cuises que esperaba cazar para la cena.
Cuando la policía interrogó a los vecinos sobre todos esos acontecimientos espeluznantes, “El rubio botella” se llamó a silencio. Jamás hizo un comentario de haber visto al niño pasar al galope. Para su suerte, nadie le preguntó sobre el asunto: su palabra no era considerada. Él sabía que ante la autoridad lo mejor era mantener la boca bien cerrada; temía además que lo involucraran en los crímenes. Era quien realizaba en el pueblo las tareas más duras y degradantes, en las que nadie quería ofrecer su fuerza de trabajo. Siempre estaba a merced de cualquiera y, si alguno deseaba perjudicarlo, podía hacerlo sin temer consecuencia alguna.
Sintió hasta alegría de presenciar esa huida veloz. Si hubiese podido detener por un instante al niño, le habría ofrecido huir juntos. Pero el tiempo que tardaban sus razonamientos en manifestarse como palabras entendibles fue suficiente para que Gavino desapareciera de su vista tras algo del polvo del camino.
Cuando pudo pronunciar el nombre del niño, este ya estaba subido a algún camión para llegar a cualquier lugar y dejar atrás para siempre a Eleuterio, Ambrosia y el cadáver de su tío Dionisio, muerto de dos certeros bayonetazos del glorioso Remington Patria, esa tarde caliente de rojos prodigiosos de un cielo empurpurado, que se iba tornasolando y anunciaba demasiado temprano una lunavioleta cautivante.

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XIII – ¡Viva la libertad del Alto Perú! 


¡Qué alivio sintió el joven “Pérez” cuando se encontró con sus nuevos compañeros de custodia! Los ayudantes Faustino, con grado de primer ayudante, y Rudecindo Pérez se unieron a la caravana que comandaba interinamente el bisoño cordobés, en un rancho hacia el noreste de la patria. Leguas antes coincidieron con un grupo que trasladaba uno de los doce cajones 1 repletos de las “Órdenes del día” que el finado coronel de la mansión emitía para sus subordinados. Llegaron noticias de que los restantes ya estaban en manos amigas. Pronto el último llegaría a destino y la Logia podría empezar a revisar muchos de los documentos conservados en ese archivo.
Hasta allí las células de la Logia lograron arribar con “La Reliquia” en buen estado de salud, habiendo eludido todos los seguimientos que los grupos de tareas intentaron. Podían darse por satisfechos: cumplieron su cometido con solvencia, sin padecer sobresaltos mayores, salvo aquellos que la propia reliquia les producía con sus arengas y cambiantes estados de ánimo.
Faustino y Rudecindo eran bonaerenses, descendientes de provincianos emigrados al Gran Buenos Aires. No tenían familiares vivos. Amigos, muchos. Compañeros, cientos. Novias, varias. Hijos, ninguno.
Dos morochos de sonrisas contagiosas: uno elocuente, el otro reservado. Se los tenía por algo jóvenes para la tarea que les asignaron, como le achacaban al cordobés, quien cumplió sin desmayos sus obligaciones. Los otros dos compensaban con su experiencia su juventud. Desde niños conocían la vida dura y sencilla.
Vivieron en situación de calle y pasaron hambre. Mucha hambre. La historia familiar se remontaba a esos rincones de la patria en donde el hambre es secular, centenaria. Por eso tenían un ADN curtido a más no poder.
No tenían un oficio determinado: podían conchabarse tanto de peones de albañilería como en otros oficios. Fueron duros zanjeadores, tarea que realizaban con frecuencia por su corpulencia y fortaleza. Además, los dos eran tipos de aguante. Podían levantar paredes con bastante habilidad y habían colaborado en obras modestas con albañiles experimentados.
No le achicaban al peligro. Eran expertos tiradores con arma larga y corta. Un viejo militar revolucionario les recomendó ejercitarse con la escopeta: “El que caza con escopeta una vizcacha a la carrera, caza lo que quiere”, les enseñó. Los aleccionó para ser prudentes con las armas, más cuidadosos con ellas que con las mujeres, aunque a ambas —les dijo— “hay que saber acariciarlas”. También les recomendó aprender a producir sus propios cartuchos para no estar nunca faltos de munición.
—Cuando organizamos la revolución, teníamos máquinas para hacer cartuchos desparramadas por muchas casas —les dijo—. Los hombres llevaban las escopetas y las mujeres fabricaban los cartuchos, aunque muchas de ellas también eran de armas llevar. ¡Eran minas bravas! ¡Todas peronistas de buen corazón! Los rebeldes teníamos mayor poder de fuego que las unidades del Ejército cercanas y ni que hablar de la policía. De todos modos —les confesó—, la mayoría del Ejército con asiento en la provincia estuvo con nosotros, y la policía provincial, toda.
Cuando alguien le recordaba que los revolucionarios a los que se refería fueron derrotados, aceptaba con amargura esa verdad.
—Es cierto —respondía lacónico—, todo salió para el carajo.
Luego explicaba:
—Yo dudé si, por el bien de la revolución, no era mejor que me fuera a esa provincia donde estaba el arsenal con miles de fusiles para la paisanada. Tenía gente que me apoyaba, sobre todo ferroviarios. Pero, por desgracia —se lamentaba—, no tenía Inteligencia que me asistiera en la empresa. Sin información no se puede actuar. Por eso me fui a donde ya tenía todo preparado. ¡Ahí triunfamos! Si la revolución se consolidaba, íbamos a marchar sobre Bahía Blanca. Pero en los demás lugares la cosa no anduvo, o anduvo para la mierda. ¡Todavía estoy esperando a algunos que prometieron sublevar sus unidades para la revolución! ¡Qué pusilánimes!
Al pobre General, jefe de la sublevación, lo capturaron y ahí se acabó todo. Como a muchos otros valientes, lo fusilaron. ¡Qué desalmados! ¡Un hombre probo! ¡Un padre de familia! ¡Todos verdaderos patriotas! Morir así, a manos de esos asesinos… ¡Qué barbaridad! Yo me salvé por un pelito del fusilamiento. Me salvaron la vida unos muchachos de la Fuerza Aérea que le echaron agua al tanque del avión en el que tenían que llevarme para el fusilamiento. Fui preso y después me escapé de la cárcel.
Cuando el anciano militar se malhumoraba por alguna causa, gritaba a voz en cuello:
—A ver si el que anda robando la munición la deja para que los muchachos practiquen. ¡Qué corruptos son estos tipos! Encima que no te cuidan, te roban. ¡Dejen la munición para los que quieren saber cómo defender a la patria! ¡Dejen de vender la munición a los delincuentes!
Y agregaba como un cantito:
—¡Tiren con munición tigrera, tiren, caracho! ¡Practiquen! ¡Hay que ver qué orgulloso es el paisano cuando porta su arma! Y el oligarca ni se le anima: corre para salir de la refriega. Por eso yo quiero que aprendan como corresponde.
También los instruyó en cómo portar cuchillo y cómo usarlo sin lastimarse. Solía enseñarles el facón que usaba para cazar jabalí con arma blanca: la 45 y el facón. Hay que tener grandes cojones para trenzarse con un animal de esa fortaleza a punta de pistola y puñalada limpia. “¡Si habré despanzurrado chanchos salvajes!”, se ufanaba nostálgico.
Cada uno de los muchachos, por su consejo, llevaba una especie de navaja o verijero casero que se habían fabricado ellos mismos aprovechando pedazos de acero desechados como rezago. Los encabaron con una madera muy dura que obtuvieron de una antiquísima mesa hallada en un basural.
Cuando fueron a la calle, desocupados como millones, como millones se fueron a las rutas. Se hicieron piqueteros. Allí estaba el viejo militar. Decía bromeando:
—Soy el único coronel piquetero de la patria. Los de arriba, que se jodan. Yo siempre estoy con los de abajo. Y no me vengan a joder con eso de con quién me junto. ¡Yo me junto con quien se me cantan las pelotas!
Los alcahuetes del poder lo hostigaban, pero al viejo militar no le importaban nada sus alharacas ni sus amenazas.
Como todos los desocupados de su organización, los dos jóvenes llevaban en el pecho los colores de la bandera de la patria. Y estaban tan orgullosos de su condición como de sus emblemas.
Estudiaron sobre asuntos de política. Se transformaron en organizadores meticulosos. La Logia los advirtió por esas cualidades: callados, organizados, modestos.
Hubiesen sido reconocidos por “La Reliquia” como buenos soldados para misiones especiales. Y, por su carácter, Díaz Vélez los hubiera elegido. Hombres como estos pelearon en Las Piedras, cuando detuvieron el avance de los realistas y lograron una victoria que revirtió la desmoralización de las tropas y permitió la continuación del éxodo hacia el sur. Mestizos de criollos y originarios, reunían las cualidades de ambos ascendientes, lo que los hacía tan valientes como pícaros. Nada más atinado que su designación para ese nuevo éxodo que estaban protagonizando. Se trataba de impedir que los enemigos mortales de la bandera de la patria pudieran llevar a cabo sus pérfidos designios. Se precisaban hombres que fueran como un yunque, capaces de soportar cualquier golpe.
Antes de partir a su destino fueron advertidos de que pasarían por situaciones muy difíciles. No iban a tratar con un asunto ligero y fácil de llevar. No solo porque había que defender el símbolo de la patria a costa de la propia vida: también deberían lidiar con el propio prócer, que solía ponerse díscolo y reclamaba a viva voz por Amanda, por María de los Remedios o por Manuela. Y estaban los perseguidores: una jauría terminal dispuesta a todo, obstinados y ansiosos de revancha, querían vengar la derrota, cobrarse la muerte del pervertido en el norte y del otro depositado en un congelador como un animal listo para despostar.
Cuando recibieron la orden de marchar a prestar servicio, salieron de la barriada en la madrugada. Había que reconocerles coraje para andar al descampado en la noche por aquellos parajes. Abundaba la delincuencia y los dealers atendían pistola en mano el negocio del paco. Ellos llegaron, de todos modos, al lugar convenido para la partida. Allí, grupos de enlace los trasladaron durante algunos días de un lugar al otro. Iban constatando posible seguimiento físico. Las cámaras las evitaban en la medida de lo posible, usando zonas relevadas donde ya sabían que no había dispositivos en algunos centenares de metros a la redonda. Allí se fijaba el encuentro. No subestimaban el sistema de control por cámaras; por el contrario, trataban de comprenderlo y encontraban algunas soluciones parciales que dieron sus frutos. Sin embargo, la práctica enseñó a evitar zonas custodiadas con esas tecnologías.
Viajaron muchos días hasta llegar al rancho donde los esperaría el grupo al que se integrarían para su misión. Cuando se produjo el encuentro, hubo un festejo sereno. El joven cordobés fue el más efusivo, aunque no había mucho tiempo para confraternizar.
El cordobés les recomendó a los recién llegados que se arrodillaran uno a cada lado del camastro. Su preocupación era presentarlos y que el ilustre comprendiera de quiénes se trataba. “La Reliquia”, de quien nadie sabía cuánto oía ni cuánto podía ver, solía reconocer más con sus huesudas y resecas manos, con el tacto, que con otro sentido.
—¡Mi General! —llamó su atención el muchacho—. ¡Mi General! —lo llamó, pero sin tocarlo. Durante un largo tiempo no hubo respuesta—. Esto ocurre con frecuencia —dijo sin preocupación—. Ahí hay un cuaderno —señaló sobre una mesa modesta un cuaderno de anotaciones—. Es como el cuaderno de bitácora, el diario de navegación de los viajes. Hay que anotar hora por hora, día por día, todo lo que ocurra con el General. Si se acaba, usamos otro de los que hay en reserva. Tenemos varios. Si notan que los cuadernos se terminan, avisen: Logística nos provee de todo.
En los que están completos podrán leer muchas cosas sobre cómo se comporta, qué le gusta y qué lo enfurece al General. No sean vagos y lean: se van a ahorrar muchos contratiempos.
—¡Mi General! —volvió a llamarlo en voz alta, sin lograr sustraerlo de esa especie de ensoñación en la que pasaba gran parte del día sumergido.
Hizo otro intento cambiando el llamado:
—Acaba de llegar un nuevo ayudante.
—¿Don Manuel? —se le oyó preguntar a “La Reliquia”.
—Sí, mi General, Don Manuel. —Faustino quería aclarar que ese no era su nombre, pero el cordobés le indicó silencio con un gesto duro, raro para sus modales.
—¿Manuel Artigas?
—Sí, mi General, Don Manuel Artigas. Vino para cuidar de usted. ¿Qué le parece?
—Un valiente, soldado, un valiente. Se empeñó en ir a atacar a los paraguayos, avanzó hasta los cañones, que nos hicieron siete tiros sin causarnos daño, y corrieron vergonzosamente, abandonando la artillería y una bandera con algunas municiones. Un valiente. ¡Qué buena noticia que haya vuelto con vida de su incursión!
—Si usted se alegra, mi General, nos alegramos todos. Él lo va a cuidar hasta con su vida.
A partir de ese momento y por largos días, “La Reliquia” reingresó en su limbo, en el que algunos suponían que debía conversar con sus contemporáneos de alguna manera inentendible para los hombres comunes.
El cordobés trató de explicar su tono severo. Faustino lo disculpó sin permitir mayores explicaciones. El joven “Pérez” fue notando que, desde el día que llegó, su personalidad fue cambiando. Fue dejando atrás cierta inconsistencia que arrastraba desde la adolescencia, resabios de flojera que lo hacían blandengue, permisivo. Aunque estaba muy lejos de adquirir el tono del que estaba por llegar. Ese era un jefe en el más completo sentido de la palabra: un tipo severo, aunque comprensivo.
—¡Qué suerte, hermano, te aceptó de una! —celebró el cordobés. Faustino sonrió complacido—. Si no te aceptaba, pasabas al pelotón de acompañamiento. Es una ley escrita: con “La Reliquia”, solo con los que se siente a gusto. Un consejo de hermano y no lo tomés a mal: no lo corrijas nunca, es al pedo. Si te dice Juan, sos Juan; si te dice Pedro, sos Pedro. A partir de ahora, de la puerta para adentro, te llamás Manuel Artigas. ¿Entendiste? —“¿Me entendiste?”, sonó seco e imperativo. Otra vez el tono severo que lo iba ganando desde su llegada.
Claro que a ni Faustino ni Rudecindo les gustaba ese trato. Tiempo atrás lo hubiesen peleado acusándolo de “gato” o “gorra”, dos insultos importantes. En el caso del muchacho con el que estaban tratando no hubieran tenido razón: no era ni “gato” ni “gorra”. El que estaba por llegar, ¡claro que sí! Era “gorra”. Y se los hubiera hecho notar al instante.
En cambio, el cordobés era un joven sencillo como ellos, no mucho mayor. Si se los observaba en yunta, hasta parecía de menor edad, aunque tenía cinco años más que Faustino y tres que Rudecindo.
A los pocos días llegó quien sería, a partir de entonces, el jefe. Vino con uno de los mejores baqueanos de la zona: un viejo de la guardia de frontera, muy experimentado y endurecido por la vida a la intemperie.
Era un policía retirado, entrado en años, pero de excelente condición física, severo y decidido. Los superiores estaban seguros de que bajo su conducción el traslado sería una garantía.
No bien los vio, se paró para observarlos de pies a cabeza.
—¿Y ustedes cómo se han llevado con este trabajo?
—Bien, señor —atinó a contestar quien hasta entonces ofició de jefe interino. El cordobés respondió sin amagues. Quiso presentarse.
—Sé quién sos —le dijo sin dejarlo continuar con su explicación—. Mis superiores me informaron en detalle quiénes son los hombres que van a ser de la partida. Sé que no voy a tener inconveniente con ninguno de ustedes.
Al terminar la frase giró hacia la derecha, al lugar donde estaban los dos bonaerenses.
—¿Y ustedes? —dijo mirando a los ojos a Faustino y a Rudecindo—. ¿Ya empezaron con lo suyo? ¿Ya repartieron las tareas? ¿Quién se va a ocupar de la comida del General, quién de la ropa, quién de bañarlo, quién de entretenerlo? Ustedes son unos privilegiados. Espero que lo comprendan rápidamente.
Los tres jóvenes tragaron saliva. ¡Este sí que era “gorra”! Dijeron para sus adentros los tres al unísono. Hablaba y se movía como un “gorra”. Pero pudieron mantener la boca cerrada y la abrieron solo para decir que sí, que habían comenzado a ocuparse de los cuidados del General.
—Me dijeron que te reconoció como un tal Manuel Artigas. Así que, de la puerta para afuera, los dos son “Pérez”. Pero de la puerta para adentro, sos Manuel Artigas. ¿Sabés de quién se trata? Porque te ligaste flor de apellido. Por algo dicen que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo.
—¿Y puertas adentro, él se sigue llamando Rudecindo, como hasta ahora? —preguntó provocativo Faustino.
—Yo qué sé. ¿Vos qué decís? —el jefe le preguntó sin darle mucho tiempo a pensar una respuesta.
—¿Y si le preguntamos al General?
—Olvidate, pibe. No se molesta al General con boludeces. Él habla cuando quiere o, mejor dicho, cuando puede. A veces habla lo que hace meses no dice. A veces un sí, un no y nada más. En otras oportunidades son más gritos que otra cosa. Cuando habla de corrido, después puede estar semanas sin decir nada: queda extenuado, no vuelve a hablar por un tiempo largo. Salta como leche hervida cuando se mencionan cosas importantes que lo vinculan. Ahí no solo habla: ¡ya lo van a escuchar putear! Y si le leen sobre batallas, se vuelve un cascabel. Búsquense alguna historia posta sobre la Vuelta de Obligado, sobre algunas puebladas o la guerra de Malvinas: esas historias lo fascinan.
—Entonces vamos a esperar que el General decida cómo se va a llamar el compañero; de lo contrario, tiene nombre el Rudecindo —dijo Faustino, tratando de no perder el hilo de la discusión.
—No. Para nada —lo corrigió el hombre—. Yo sé cómo le vamos a presentar al General al compañero. De nombre, Pedro.
—Bueno, de nombre Pedro, de apellido “Pérez” —acotó Faustino, jocoso.
—No. “Pérez” no. “Pérez” pa’ los vecinos. De la puerta para afuera todos somos “Pérez”. —Cuando el jefe dijo “de la puerta para afuera todos somos ‘Pérez’”, Faustino y Rudecindo miraron con sorpresa al cordobés, quien trató de disimular su risita. El jefe lo observó, pero prefirió pasar por alto los gestos cómplices de los tres muchachos.
Para el General, “Pérez” no significa nada. Salvo por el incidente de las trenzas. Pero no creo que lo tenga presente, o quiera recordarlo. Convengamos que “Pérez” es un apellido, nada más. Nosotros somos los “Pérez” porque “Pérez” puede ser cualquiera. Todos los que estamos acá somos cualquiera. Como dicen de nosotros, somos “negros de mierda”. Todos los que estamos acá somos “negros de mierda”. No lo olviden nunca. Si lo olvidan, están fritos. Los van a hacer cagar sin piedad. Los tipos que nos enfrentan tienen muchas artimañas para hacerle creer a un negro que dejó de ser quien es. Incluso te llevan a sus fiestas, te convidan con champagne, te dan a comer lo que se te cante, lo que pidas, pero en realidad solo te exhiben como a un mono gracioso. Cuando se acaba la gracia, ¡fuiste! Sos negro muerto.
Tipos inteligentes como ustedes saben que cualquier “negro de mierda” nunca va a entrar al reino de los oligarcas. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un “negro de mierda” entre al reino de los oligarcas. Tomen como un acierto de Dios el habernos hecho negros. Nadie le da bola a un negro y menos a un indio. Y menos que menos a una negra e india. ¿Entendieron? Así pasamos desapercibidos, ignorados por suerte. Nos facilita el trabajo. Si soy negro, soy sombra. ¿Quién repara en una sombra que casi no se nota? Por eso no se tienen que olvidar nunca quiénes son ni de dónde vienen. Solo cuando tengamos la sartén por el mango van a cambiar las cosas. Hay que llevar la Revolución de Mayo hasta su fin, porque la revolución es un acto inconcluso. Se sabrá si estamos en condiciones de hacerlo. Y por eso damos la vida por la bandera que cuidamos. Hasta entonces, no olviden quién por ahora tiene el mango de la sartén, y procuren que no les rompan la crisma de un sartenazo. Hemos visto a algunos que posaban de bravos ablandarse en el camino. ¿Bravo entre los bravos? El suboficial “Pérez”. A ese lo torturaron hasta matarlo y no le sacaron ni una letra. Solo dijo lo que quiso: “Yo caí. Otro ocupará mi puesto.” Ojalá todos estemos a su altura.
Faustino y Rudecindo se quedaron pasmados escuchando a ese jefe. El cordobés no cabía en sí mismo de entusiasmo. Todo sucedía demasiado rápido y hacían esfuerzo por seguir al hombre en su razonamiento.
—Llévense de mi consejo, compañeros. Como decía otro General: “Este es un mundo de vivos y gana el que más tiempo pasa por zonzo”. No se hagan los guapos, no busquen pelea. Y si la pelea los busca a ustedes, la evitan. Es preferible que parezcan maricones, pero no acepten reyertas. Es una trampa. Nada de “vení, gato, que te peleo”, nada de “vos sos gorra y te voy a hacer cagar”. No sean giles. Los giles no van al cielo: van todos al infierno por boludos, y hasta ahora ningún boludo hizo una revolución.
No se metan con la gente del pueblo. No se aprovechen de sus mujeres. No toquen ni una aguja de los pobres. Sean educados, sean respetuosos. Lo que compran, lo pagan. Van a tener su paga todos los meses. Y si no llega la plata, se la aguantan, como hizo este hombre durante toda su vida.
Para todos los gastos que requiere el cuidado de “La Reliquia”, en cada posta habrá fondos. Y si no hay plata, también apechugan y aprenden a resolver problemas, como aquellos que pelearon hasta Ituzaingó y no tenían ni un cobre para pasar el rato. Como los peones de obraje, los mensúes, a quienes con el cuento del anticipo no les pagaban nunca sus trabajos.
Van a entrar a muchos ranchos con el General. Sin la colaboración de los paisanos, nos cazan al momento, no duramos ni medio día. Es gente sencilla, de pueblo: sin ellos no somos nada. Recuérdenlo todo el tiempo. Al que se pase de vivo con la paisanada le doy el raje al instante. No lo fusilo porque los Reglamentos de la Logia no lo permiten, sino que le metería bala hasta por el culo.
En un rato va a venir un compatriota que nos va a guiar hasta la próxima posta. Y así va a ser en cada oportunidad. Compórtense como hombres, como al que custodian. Este dio todo por la Patria sin pedir nada a cambio: sigan su ejemplo. ¿Alguna duda, compañeros?
Faustino, ahora Manuel Artigas, estaba lleno de dudas. Rudecindo estaba mudo, casi como “La Reliquia”. El cordobés, a pesar del tono, se sentía reconfortado. Quería un jefe de verdad. Parecía haberlo encontrado. Era firme, preciso, y estaba seguro de que, con el tiempo, les mostraría su afecto. Sin afecto no se puede dirigir ninguna tropa. Los buenos jefes siempre van a la cabeza en el combate. No hay acto de amor más sublime que ser el primero en ponerle el pecho a las balas en el combate.
Todo se lo habían explicado antes de partir a su destino, pero allá parecía un cuento, un relato. Ahí estaban en presencia de un milagro y de un jefe que les mordía los garrones para fastidiarlos.
—Dos preguntas, compañero. ¿Puedo decirle compañero? —preguntó Faustino.
—Claro. Somos compañeros.
—¿Cómo se va a llamar el Rudecindo?
—Ríos. Pedro Ríos. ¿Saben quién fue?
—¡No! —contestaron a coro los dos muchachos.
—En mi bolso hay un pequeño manual con muchos datos. Ahí van a encontrar quién fue. Quédenselo.
—Y, digo yo… —preguntó Manuel—, ¿por qué no lo dice, compañero?
—Así leen, que no les va a venir nada mal. Ya les dijeron que lean, que no sean vagos. ¿Qué otras preguntas tienen?
—Y si al General le pasa algo mientras estamos trasladándonos de posta a posta, ¿qué hacemos?
—¿Algo como qué?
—No sé… que se enferme.
—Si lo cuidan, no se enferma. Que yo sepa, no se enfermó nunca.
—¿Qué come?
—De la comida se ocupa otra gente. Ustedes están para custodia. Quédense tranquilos. De beber, solo agua. Bebe poco. Casi nada. Hay que ser pacientes.
—¿Y lo vamos a entender?
—Seguro. Al principio puede ser que les cueste, pero enseguida le van a encontrar la vuelta. Tengan siempre presente que tratan con una decisión de Dios, no de los hombres. Así que, en realidad, entendemos poco, casi nada. Lo que ocurra con él es porque Dios lo quiso.
—¿Y si se nos muere? ¿Qué hacemos?
—Les repito, muchachos: vive porque Dios quiere. Si se muere, es porque Dios quiere. Si están con él cuando Dios tomó su decisión, recen. Recen mucho. ¿Saben rezar, no? Recen. No solo por él. Recen por el pueblo, recen por ustedes y recen por la Patria. Si se nos muere la bandera, cagamos para siempre. Piensen como pensaba Brown.
—¿Saben o no lo que pensaba el almirante Brown?
—No —respondió el cordobés por todos.
—“Es preferible irse a pique que rendir el pabellón.” Pero también dijo: “Hoy tendremos un día glorioso, si todos los nuestros cumplen su deber”. Y si les vinieron bien estas ideas, recuerden esta otra, que dijo el almirante al pueblo de Buenos Aires luego de la acción de Ensenada: “¡Compatriotas! Vuestra estimación es el más dulce premio a que podría yo aspirar. Mi vida es vuestra, y rendirla por la gloria del país es mi primer deber.”
Si piensan, viven y mueren así, no habrán nacido al pedo. ¿Algo más, compañeros? —preguntó el jefe, que se disponía a partir cuando llegara el baqueano que los iba a guiar a la nueva posta, para atender algunos asuntos de la fuga.
—No, compañero. Nada más —respondieron a coro los muchachos.
—Que tengamos suerte, entonces. Los felicito. Pocos tienen el privilegio de poder defender la bandera hasta con su vida. La última vez fue en Malvinas.
Y quiero decirles algo más —lo dijo volviendo sobre sus pasos y señalando a los jóvenes—: sigan el ejemplo del suboficial “Pérez”, que como tantos compatriotas supo morir cumpliendo su juramento. Si les toca, mueran como hombres de coraje. Peleen bien y mueran bien.
Casi al mismo tiempo que el jefe se disponía a salir, el baqueano llegaba con la camioneta para atender la diligencia pendiente y emprender el viaje a la nueva posta. El grupo quedó atento a la custodia de “La Reliquia”. El jefe le dijo al cordobés que fuera con él, para ayudarlo en el asunto que debía tratar.
Pertenencias del ilustre no quedaban. Algunos de sus papeles, sí. En el último tiempo había dedicado esfuerzos a organizar unos ganchos, inscripciones casi cuneiformes, sobre unas blancas hojas que le proveyeron sus relicarios. Otros, arrugados y sucios por el largo y fatigoso viaje, mostraban complejos garabatos que reunían órdenes y contraórdenes para las batallas. Ya nadie recordaba las veces que revisó el diseño de Vilcapugio y de Ayohuma. Buscaba una explicación para las derrotas. Tal vez no la hubiera. A doscientos años de los acontecimientos, no resultaba fácil rememorar cada detalle, cada acontecimiento que fue diseñando el fracaso de la expedición libertadora.
Y, después de todo, si encontrara la falla en la estrategia, la táctica incompleta, el error de cálculo por el mal diseño de la política impuesta desde Buenos Aires, que se negaba a incorporar a las lides revolucionarias esas reservas que surgían extraordinarias entre aquellos harapientos pobladores altoperuanos que se ofrecían para morir por la revolución en la batalla, no se podía volver para remediar los desastres. Somos lo que somos tanto por nuestras victorias como por nuestras derrotas.
Cada tanto reclamaba por Amanda. De ella la Logia no tuvo noticias durante meses. Se fue vieja, hastiada de muerte, sin siquiera saber el destino seguro de su protegido. Los “Pérez” tardaron algún tiempo en recibir la noticia de su fallecimiento.
El ama de llaves, amorosa y dedicada, la única capaz de serenarlo cuando la fiebre del delirio lo abrumaba, la que lo untaba en aceites maravillosos que aterciopelaban la vieja cáscara fantástica, y que podía repetir con exactitud pasmosa cada oración, cada párrafo de la historia escrita y oral de su protegido, fue del caserío al geriátrico y de allí a la muerte. Esquivó el sablazo de la Agencia, que no pudo capturarla con vida.
Sufrió por Guadalupe lo que por nadie. “La Reliquia” fue su devoción y la niña fue su desvelo. Le reclamó al suboficial “Pérez” un juramento. ¿Habrá podido cumplir? Se lo preguntó en alguna oportunidad mientras desvariaba en su encierro, o agrandaba delirios para aliviar las incógnitas de su escaso porvenir.
Los superiores le impusieron el mismo tormento que al ilustre. Ella también padeció la encerrona carcelaria en su decadencia. Pero, a diferencia del inmortal, sabía que tenía la ventaja de la muerte asegurada. Solo quería darse el gusto de elegirla para agradecerla.
Alguna vez el suboficial “Pérez” le dijo que las personas mueren como viven. Y sintió pánico. ¿Cómo sería eso para ella? Años encerrada cuidando a un hombre privado de su muerte, lavándolo, untándolo en aceites sanadores, perfumándolo para que conservara el garbo que ella pretendía para un prócer de su trascendencia.
¿Cómo sería la muerte para ella si cada uno muere como vive? Llorando a su niña por los rincones, mientras la madre, loca y abrumada de golpes y sucesivas violaciones, se iba esfumando en su delirio hasta el día fatal, aquel inenarrable, en que el monstruo se descolgó desde la lámpara del techo y deshizo la osamenta a golpes de puño casi hasta matarla. ¡Y ella obedeció la orden de encerrarse! ¿Por qué obedeció esa orden? El suboficial “Pérez” se lo dijo una, diez, cien veces. Y hasta le acomodó un sopapo alguna vez para hacerla entrar en razones.
Para lo único que ellos estaban era para garantizar la vida de “La Reliquia”. Siendo todos prisioneros, el único que debía recibir hasta el cuidado del crimen en su nombre era él, el ilustre. Los demás se las compondrían como pudieran, incluidas la madre y la niña. Y así fue. Cada uno se las arregló como pudo. Todo estaba escrito: a cara o cruz. La madre murió apabullada de golpes. La niña conoció en el pupilaje la última estación de sus abusos. El pervertido de las marquitas siniestras en el arma murió de un disparo certero en la nuca. Amanda se marchó a esperar el sueño eterno en un geriátrico de mala muerte, a donde sus jefes la encerraron.
Debió, sí, enfrentar el asedio de la jauría de los perros de presa que husmeaba los alrededores del retiro donde la enclaustraron. Cada tanto le llegaban exploradoras aventajadas que olfateaban los pliegues de su apergaminada piel, los humores de sus glándulas, el tufo de su boca desdentada. Y daban vuelta y vuelta alrededor de su silla de ruedas, esperando el momento oportuno para secuestrarla. Ella estaba siempre atenta. No la querían muerta: querían capturarla, apropiarse de sus días finales, descifrar sus enigmas.
Sospechaban de sus palabras escritas. Alguien, en un oscuro escritorio de la burocracia, urdió la sospecha de un escrito peligroso que la vieja criada podría haber realizado para joderlos después de muerta. ¡Muchos condenados dejan sus venganzas en crueles testamentos imborrables! ¡Y la venganza de los muertos es indestructible!
El disfraz de loca que se había construido le quedaba perfecto. La desquiciada que decía que vivió con el general Belgrano durante incontables años. Todos la acariciaban al pasar y le preguntaban por el prócer.
—Doña Amanda —le decían—, ¿cómo anda Belgrano?
—¡Muy bien, m’hijo! ¡Muy bien!
—¿Y habló con él hoy?
—Muy poquito, querido, casi no habla.
Con poco, casi nada, todos la tomaban por una loca linda y la atendían con esmero.
¿Y si el disfraz no resultaba suficiente? ¿Si finalmente la jauría lograba cerrar el cerco sobre ella? Ensañados contra Amanda, desconfiaban. ¡Y eso que todavía no había aparecido esa maldita “Orden del día N° 5”!
Cuando las exploradoras se aproximaban con sus húmedos hocicos a registrarla, manchando con sus babitas de diablo su modesto camisón, imaginaba que se proponían abrirle un boquete del tamaño de un pomelo en medio de su pecho. Con una dentellada. Con sus dentelladas de cuchilla, diseccionando las verdades ocultas en los tejidos más íntimos del cuerpo. Abierto el agujero que dejaba el corazón al descubierto, la jauría se satisfacía arrancándole pedazos de la víscera a pellizcos. Y entonces ascendía por los nervios intactos un dolor indescriptible. Pero no la muerte. La muerte se ausentaba. ¿Por qué la abandonaba?, se preguntaba enfurecida, rechazando una sobrevivencia de la que renegaba mientras el tormento crecía exponencialmente hasta el suplicio brutal.
La muerte no es nada si no se propone terminar con lo porvenir, porque jamás puede suprimir lo que hubo.
Esperó con tantas ansias el derecho a su muerte para acompañar a los héroes de tantas batallas, de los que sabía su nombre y su gloria, contada sin miserias por el propio comandante en jefe, que desesperaba su ausencia. ¡Qué ironía! El premio a sus desvelos era invocar la propia muerte.
Y llegó finalmente el día, cuando se anticipó a los designios de las sombras de presa que querían aferrarla a sus tormentos, al palpar con sus patéticos dedos las rojas letras que estampaban “Orden del día N° 5” y, más abajo, “escarmiento ejemplar”, que un alcahuete mediocre periodista les entregó como prueba de su buena voluntad.
La visita de esos mensajeros de Dios que la consolaron en el momento final le dio las fuerzas necesarias para su última empresa. Al abandonar su pequeña sala, las almas caritativas dejaron abierta una entrada por donde escapar hacia la luz, como aquella que la loca Encarnación buscaba con el roído taco de su zapatito.
Amanda dejó la silla de ruedas, caminó ignorando artrosis y osteoporosis, se paró en el borde del andén de Liniers, mientras la jauría la observaba en cámara lenta, suspendida en un tiempo torpe y abstracto. La vieron caer y caer contra la máquina enorme que se le fue encima y aniquiló con su peso lo poco de vida que quedaba en Amanda.
¡Cuánto habría sonreído ella de ver a su reliquia permanecer izado en los confines de la patria, acompañando siempre la esperanza futura! La luna que tronó entre los rieles gatilló su blanco cautivante, blanco enceguecedor hasta el fondo de la vieja pupila que amontonaba un poco de sangre, y devoró con su blanca luz el cuerpecito aquel, desvaneciéndolo en un suspenso de ausencia interminable. 

*** 

Al tiempo que el jefe, acompañado del cordobés, se marchó para establecer algunas cuestiones sobre el éxodo, “La Reliquia” despertó de su ensoñación como golpeado por esa luz tronante que se tragó a su querida Amanda para siempre. Fue un instante, menos que el suspiro de un amor malogrado, sin que nadie comprendiera qué fuerza tan poderosa pudo rescatarlo de ese estado que parecía tenerlo para no soltarlo. Balbuceó algunas oraciones que apenas comprendían los nuevos custodios que quedaron a cargo. Repitió tres veces el nombre de Amanda y otras tantas el de María Remedios.
Al enunciar los nombres de las mujeres, recuperó la voz y fue para gritar. Puteaba como el más guaso de los porteños. Al fin de cuentas, lo era. Manuel y Pedro no cabían de su asombro: recordaron la advertencia, “¡Ya lo van a escuchar putear!”.
Gritaba con ese gritito apagado, silbado de principio a fin como un redoble sepulcral, estridente y latoso.
—¡Que venga mi Capitana! —repetía incansable un nombre ajeno a aquellos que lo custodiaban, golpeando con su débil mano el colchón del camastro—. ¡María Remedios! ¡Aquí! ¡Aquí!
Luego quedaba expectante, considerando la ausencia de María Remedios como una inmensidad incomprensible.
—¿Por qué nos habrá abandonado? ¿Por qué nos habrá abandonado?
Tanto Manuel como Pedro no comprendían el monólogo. Reclamaba a Amanda, y lo poco que podían decirle sobre la suerte de aquella que fue su custodia tantos años estimulaba su furia hasta devolverlo a un estado marcial que insinuaba redimirlo de sus padecimientos centenarios.
—¿Por qué dejan que Amanda mendigue por las iglesias? ¡No les da vergüenza! Desaprensivos, dejan que la mujer ande mendigando a las monjas agriadas y comiendo de la basura de los claustros. ¿Para qué les hago rezar el rosario diariamente? ¿Para esto?
Los muchachos lo miraban incrédulos, sin saber a qué se refería.
Lejos de aquella mansión que duró casi dos siglos, todo se había tornado sinuoso, atentatorio. Solo la buena voluntad de los más empobrecidos les permitía sobrellevar las angustias de la fuga y la reclusión. Si el suboficial “Pérez” hubiese sobrevivido, seguramente todos estarían más confiados sobre el futuro. Pero, como Amanda y la desconocida María Remedios, el suboficial “Pérez” ya no estaba allí para asistirlos.
El ilustre añoraba la música. La música que sonaba por entre las rendijas de la gran puerta azul o atravesaba los cielorrasos como un alegre fantasma melodioso. Algunas veces resultaba redundante con sus preguntas: Amanda, el suboficial “Pérez”, la música aquella que se había perdido al abandonar ese reducto en el que el tiempo se había ido condensando hasta espesarse.
Trataba de recitar las estrofas del himno que lo impulsaba al coraje. Pero ya no las recordaba, sino en modestos fragmentos, apenas frases aisladas que mencionaban sin escrúpulos los atropellos coloniales contra los americanos.
—Mi nombre es Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Peri. Yo no oigo clamores de particulares, sino el bien general. ¿Me entiende, señor? ¿Me comprende? —con tono acusatorio se dirigió a esa sombra que lo observaba todo el tiempo.
Faustino, o Manuel Artigas, como lo identificó “La Reliquia” la tarde de su llegada, no sabía qué decir. El ilustre preguntaba, pero él, ni su compañero Rudecindo —o Pedro Ríos, como lo renombró el jefe sin mediar explicaciones— respondían. Hacía días, menos de los que le anunciara el jefe, que no hablaba.
—Los que no quieran sufrir esos perjuicios, anímense a defender la provincia. Y no por conservar unos ganados, que serían para el enemigo, permanezcan fríos espectadores de las desgracias de la patria.
Y prosiguió su discurso casi sin desmayos:
—No se deje impresionar por la vocinglería del que grita más fuerte. Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos… El que nunca va a la batalla habla como si fuera un valiente. ¡Hay que sentir el grito del fusil! ¡Hay que oler la sangre que se quema por el fuego del cañón! ¡Ahí están, Manuel, esos que critican mis determinaciones! Por fortuna dan conmigo, que me río de ellos, y hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia. Y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria.
Cuando parecía calmarse, retomaba el discurso, ordenando suspender una imaginaria persecución a todo trote.
—¡Don Eustaquio! —gritaba—. ¡Don Eustaquio! ¡Suspenda la persecución! ¡No tengo recursos ni abastecimientos! ¡Suspenda la persecución!
Como si Díaz Vélez hubiese cumplido su orden, se serenaba. La voz aflautada se deslizaba hacia una especie de ronquido y murmuraba:
—Cuando reflexiono que nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos, que el dinero o las riquezas, que estas son capaces de excitar la avaricia de los demás, haciendo que por principal objeto de sus acciones subroguen el bienestar particular al bien público, sino que también parecen dirigidas a lisonjear una pasión seguramente abominable en el agraciado… he creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de la patria destinar los expresados cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras, a establecerlas en las ciudades de Jujuy, Tarija, Tucumán y Santiago del Estero, por carecer las cuatro de establecimiento tan esencial…
Tomando de la manga de su camisa a Faustino —o Manuel Artigas, como lo reconocía— preguntó exigente si estaba al tanto de la construcción de esas cuatro escuelas como había ordenado.
Faustino negaba con la cabeza. Rudecindo le dio un empellón para que hablara. El simple movimiento negativo no parecía ser percibido por “La Reliquia”.
—No, mi General. Al día de hoy no se han iniciado las obras de ninguna de las cuatro escuelas.
—¿Y el coronel Balcarce ya preparó la caballería gaucha? ¿Holmberg preparó la artillería y la fábrica de fusiles? ¿Cómo vamos a sorprender a Tristán si no preparan la caballería y la fusilería? ¿Cómo vamos a sorprender a Tristán si no preparan la caballería y la fusilería? —insistió fastidiado.
Sacudiéndose en su camastro, Faustino optó por tomarlo de la mano, dejando que fuera el ilustre quien apretara con sus escasas fuerzas la suya dura y callosa.
Luego del fastidio, repetía cansino y monótono como una oración:
—Regimiento Abancay, batallón de granaderos de Paruro, dragones de Chichas, húsares del Rey, cazadores de Infantería y Caballería, división Cotabambas —repetía—. Regimiento Abancay, batallón de granaderos de Paruro, dragones de Chichas, húsares del Rey, cazadores de Infantería y Caballería, división Cotabambas.
Un breve silencio, y despotricaba:
—¡Tristán tenía sus tropas frescas! Yo ni agua ni comida. ¡Carajo! ¡Qué larga fue esa marcha! ¡Carajo! Para franquear el río Pasaje y soportar las lluvias que caían y caían y no cesaban nunca. ¡Don Manuel!
—Sí, mi General.
—¡Llueve! ¡Llueve! ¡Cuánto hace que llueve sin parar!
Faustino guardó silencio, sin saber qué responder. Temió que toda contrariedad exaltara más a “La Reliquia”.
—¿Mandamos las fuerzas encubiertas para persuadir a la población del Valle de Lerma? ¡Cómo no van a adherir a la revolución que nos da una patria donde reconocernos! ¡Qué pedazos de mierdas que se guardan la fortuna que niegan a la revolución! ¡Voy a pasar por las armas a todos los que sean tenidos por traidores a la patria!
De la exaltación guerrera al silencio. El general dormitaba. Respiraba entrecortado y con suavidad. Soñaba.
Creía que eran las primeras luces del 19 de febrero de 1813. Revivía aquella encrucijada de la historia. No se sentía ni grande ni ligero. Obligado por la libertad a dar lo que no tenía en favor de su ideal de independencia. Creía llegar de nuevo con sus tropas a la Hacienda de Castañares. Y todavía sentía la lluvia caer, caer y caer. Toda la noche, impiadosa, martirizando su humanidad y la de sus hombres.
Agradeció a Dios que los relámpagos iluminaran la marcha que iba a los tumbos por el camino barroso. Agradecía los truenos que ocultaban con su batifondo el crujir de las ruedas de las carretas que transportaban vituallas para la batalla.
Volvía sobre su memoria. Recordaba que en su ánimo estaba el deseo de iniciar un ataque sin demoras. Pero sus tropas fatigaban la marcha, caían, desesperaban, querían dormir aún bajo el baldón de aguas que les caía sin intermitencia. Esperaban un descanso reparador antes del combate. El general accedía, contemplativo.
Apreciaba con acierto lo que sus ojos le dictaban. Su maniobra fue justa y desconcertante. Desde la Hacienda de Castañares, con su dispositivo, las tropas patriotas amenazaban la retaguardia del general realista. El mismo que arrolló en Tucumán comprobaba que, a sus espaldas, se presentaba en formación de batalla un ejército dispuesto. Por el lugar menos esperado y menos deseado.
La maniobra dislocó su defensa. La plaza realista quedaba expuesta y el dispositivo patriota amenazaba romper sus líneas defensivas. El comandante realista improvisaba sorprendido. Confundidas, sus tropas se inmovilizaban. Su plan defensivo era demasiado rígido, le faltaban posiciones alternativas y la premura por enfrentar tan inesperado cambio de situación lo desorganizaba aún más.
Fue a ubicarse en una muy desfavorable posición al norte de la ciudad, en la segunda orilla del zanjón Tagarete del Tineo, a la sazón muy crecido y que le causaría numerosas bajas al ejército invasor. Tenía prácticamente cortada la retirada. Cuando el ataque patriota, muchos de sus soldados fueron arrastrados por la corriente y ahogados. Se olvidó de que jamás una posición defensiva debía dejar un curso de agua a sus espaldas. El general patriota recordaba que sacó buen provecho de esas circunstancias.
“La Reliquia” creía observar nuevamente que, a media mañana de ese 20 de febrero, por su orden expresa, se retiraba del campo de batalla a la ciudad el Marqués de Yavi con sus tropas. ¡Un tapado de la revolución que inclinaba la balanza hacia una victoria! Le costaría tantas torturas, ¡y hasta la muerte! Su osadía, que ninguno de los generales patriotas pudo evitar incluso ofreciendo hasta lo que no tenían por salvarle la vida.
—Si mi cuerpo fuera un arma poderosa —dijo vehemente y decidido—, estallaría hasta mi última célula con tal de acabar con la tiranía que atormenta al patriota Fernández Campero.
Cuando el Marqués de Yavi se retiró, el ilustre ordenó atacar con ímpetu renovado, lo que desesperaba a Tristán, que trataba de cubrir sin éxito con otras tropas el ala expuesta por el oportuno retiro de Campero. El general murmuraba sobre el heroísmo de Saravia, de Díaz Vélez, de Moldes, de Dorrego y de Superí. Todos cabalgaban a un lado y otro de sus ojos, elevando una polvareda prodigiosa de heroísmo.
Gritaba a viva voz: ¡Zelaya! ¡A la carga! ¡Zelaya! ¡Persiga las tropas realistas que huyen del campo! Y al tiempo que así exclamaba, festejaba la sorpresiva irrupción de las guerrillas gauchas conducidas por doña Martina. Siempre una mujer para aliviar sus cuitas. ¡Amanda! ¡María de los Remedios! ¡Manuela Mónica! ¡Martina Silva de Gurruchaga!
Podía ver cómo el ejército realista se daba a la fuga en desordenado repliegue hacia la ciudad. Todo era desorden, las tinieblas de la derrota para el cruel invasor; la victoria estaba en manos patriotas y no se les escurriría.
“La Reliquia” reclamaba tanto a Manuel como a Pedro que atendieran a Moldes y Díaz Vélez. ¡No ven que están heridos! Les reclamaba y señalaba con su huesudo dedo un lugar imaginario donde la sangre gaucha se esparcía a borbotones. Y preguntaba por qué esperaban a cargar contra el centro de la formación realista para arrollar las tropas enemigas.
Manuel y Pedro escuchaban absortos el desordenado relato del ilustre, cuyos ojos no miraban a ningún lugar cercano. Miraban a lo lejos, a doscientos años de distancia, y veían el choque brutal de tropas que se despedazaban mutuamente. Veían cómo el enemigo se amontonaba como ovejas que marchaban al matadero. Rota la disciplina, sin plan, sin dirección, sin esperanzas.
Y cuando los asistentes creían que el sosiego volvía a su custodiado, celebraba las milicias de un tal Aráoz y de un tal Figueroa que completaban la tarea.
—Han pasado algo más de tres horas de combate —dijo preciso y revoleó la mano, espantando unas sombras que lo perturbaban a menudo. “La Reliquia” amenazó incorporarse. Manuel y Pedro temieron que su débil osamenta se quebrara al intentar erguirse. Hablaba con un inexistente emisario:
—¡Vienen a solicitar una rendición honorable! ¡Atiendan con respeto al oficial Lahora! —reclamó a los muchachos, que ignoraban la historia. Mirando al techo, silabeó confuso:
—Diga a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana, que estoy pronto a otorgarle una honrosa capitulación, que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy a mandar que se haga en todos los que ocupan las mías.
Exhausto, se reclinó calmado sobre los ampulosos almohadones sobre los que reposaba su raquítica espalda.
A partir de ese sereno sueño, solo fueron frases inconexas, nombres extraños, risas porfiadas.
“Moncoso”, repetía. “Moncoso”, sin que los custodios imaginasen a qué se refería. “Azángano”, susurraba luego. Contaba 103 muertos y 433 heridos. Y repetía los números como si estos escondieran un acertijo fantástico. Pero luego corregía el número de muertos, que ascendía a 480 y 114 heridos; el resto, rendidos.
—¡Rendidos! ¡Sí! ¡Rendidos! —celebró entre gárgaras amargas—. ¡Perdieron sus banderas! ¡Perdieron los estandartes! ¡Perdieron el armamento! ¡Perdieron los sables y pistolas! ¡Perdieron!
Y ya fatigado, reclamó con ese silbido agudo de sus desvencijados pulmones:
—¡Avancen a Potosí! Que nos espera Zelaya con 1.200 hombres en Cochabamba y 2.000 con el Cacique Cárdenas. ¡Subleven las poblaciones! ¡Propaguen como reguero de pólvora la causa de la libertad de la Patria! ¡Viva la revolución! ¡Viva la libertad del Alto Perú!

***

XIV – Malleus maleficarum 


Ese mes de descanso obligado relegó a Sun Tzu. No estaba de ánimo para involucrarse con el arte de la guerra; más dispuesto a la furia que al razonamiento medido y la palabra pausada. Fue el propio “Pérez y Pérez” quien le impuso la licencia. Así le fue informado: una imposición, pero no fue su jefe quien se lo comunicó. Para joderlo, le mandó un recado por un cadete que huyó a la carrera luego de entregar el mensaje. Solo le quedaba aceptar. Cuando “Pérez y Pérez” trataba así a algún subordinado era porque estaba enfurecido; y ese hombre de carácter afable y hasta risueño se volvía cruel al extremo si se lo proponía. Era un experto en el arte del engaño y la traición, y Podestá sabía a ciencia cierta que no era de fiar. “Pérez y Pérez”, cuando lo criticaban por sus modos circunspectos, recurría a la ironía. —Si no fuera quien soy –discurría en sus clases magistrales–, sería un buen político. Me sobra discurso y me falta ética. Disfrutaba con aquello de “que se doble, pero que no se rompa”, contradiciendo a Alem. Así pensó sobre el futuro de López Huidobro: “que se doble, pero que no se rompa”. Hasta que fue convocado por el asunto del rosario. Verlo expuesto sobre la amplia mesa que Reinafé hizo acomodar para su exhibición terminó por convencerlo de que su antiguo compañero estaba en los límites del infortunio, de la fatalidad organizada en castigo. Hubo pocas palabras entre los hombres en esa oportunidad. “Pérez y Pérez” ni trató de explicar la tramoya, tampoco Reinafé se lo pidió; dejó en sus manos la forma que tendría el fin de la carrera del “descarado ese”. Lo que no habría era indulgencia, se lo aclaró de entrada. No era posible. El sistema de obediencia debida no lo permitía. Era un problema de principios (explicó apelando a sus modales más serenos): hacía a la fisonomía estratégica de la Institución, y esa no podía ser menoscabada bajo ningún punto de vista. Tolerar la indisciplina por el simple capricho personal, la ruptura de la cadena de mandos, la trampa aviesa contra un superior equivalía al certificado de defunción de las fuerzas. La disciplina ciega, el respeto a la cadena de mandos y la fidelidad a los jefes superiores eran la esencia de su historia y la clave de su supervivencia. Solo los revolucionarios que abrigaban sus díscolas intenciones bajo la bandera celeste y blanca de la desobediencia apostaban a ese quiebre extraordinario, en medio de una batahola insurreccional organizada. Y por eso era conveniente jerarquizar el concepto de la obediencia a ultranza, el respeto a la cadena de mandos y, ni hablar, del comportamiento leal y sincero al servicio de un superior. Sin esa “santísima trinidad”, no había futuro. Cuando alguien señalaba que la nación era producto de una insurrección contra el ocupante inglés, que los insurrectos conformaron sus propias fuerzas militares en el combate y eligieron sus jefes en asambleas multitudinarias por voto directo, que hasta el nuevo gobierno se constituyó producto de una rebelión ciudadana y que también extraordinarias desobediencias hicieron posible la nación que disfrutábamos, arrojaban sobre la mesa la orden de captura y asesinato contra “La Reliquia”. Eso era lo que pensaban de esas “milicias plebeyas ciudadanas”, de esos “chisperos” insurrectos portando sus intimidantes dagas y pistolones contra la parte “esclarecida de la ciudadanía”, a la espera del revoloteo de un pañuelo blanco para deshacerse de los oponentes, y de las “geniales desobediencias” como algunas “cabezas frescas”, frívolos replicantes de indisciplinas, querían presentarlas. Por otra parte, Reinafé quería dejar claramente establecido que ningún mérito pasado aminoraba la canallada presente de violar ese sagrado mandamiento. Sin embargo, y en muestra de la tolerancia que los nuevos tiempos imponían a las conducciones, se aceptó que no sería tratado como un discrepante ni incluido en la fatídica lista de los “caínes”, los traidores que apuñalaban a sus propios hermanos. Aunque no podría esquivar la condición de liquidable. Como compensación, por su legajo, por sus méritos pasados, no tanto por el desgraciado sino para su entorno y su propio y meritorio jefe, Reinafé aceptó que ingresara a la historia no como un rufián, un vulgar falsificador, sino como un héroe. Consintió hacer del caído un prócer moderno. La modernidad necesitaba nuevos próceres. El sistema contaba con poderosos medios para hacerlo: diarios, revistas, libros, películas, series, redes sociales, un arsenal para inventar un alegórico relato de quienes fueran elevados al rango de prohombres de la nueva civilidad. Banderas a media asta para expresar el luto oficial por la muerte del prohombre, fanfarrias extraordinarias sonando himnos de inmortalidad, napoleónicos mausoleos y monumentos fastuosos para recordar su memoria, calles en todos los pueblos con el nombre del falso héroe. Los nuevos próceres iluminarían el porvenir. A los apolillados de la guerra de la independencia del siglo XIX se los toleraría algún tiempo más por inercia de la historia. Luego los reemplazarían por inofensivos animales. Flora y fauna, nada de héroes de la mitología guerrera de la independencia.
Con el sobreviviente milagroso ya ajustarían cuentas. Más tarde o más temprano lo capturarían para terminar con su perorata de “ni amo viejo, ni amo nuevo. ¡Ningún amo!”, con la que intoxicó la conciencia de numerosas generaciones. Pero, sobre todo, para liquidar el mito de la desobediencia patriótica que ejerció en más de una oportunidad, contradiciendo las órdenes superiores. Se le ordenó jurar fidelidad a su majestad el rey de Inglaterra, no lo hizo; se le ordenó no izar bandera, y lo hizo; se le ordenó no presentar batalla, y lo hizo. Como ocurre con las calamidades, una desobediencia justificó la otra. Como la de aquel que dio la espalda a la orden de Buenos Aires y cruzó los Andes en campaña libertadora. Pero no terminó en ellos el ejercicio de la desobediencia. Su ejemplo cundió a lo largo de los años, las décadas, los siglos. Si no fue en Tucumán, fue en Ituzaingó; si no se llamó Pomar, se llamó Cattáneo, Tanco; Cogorno, Philippeaux. Si no fue por tierra, fue por mar; si no fue por mar, fue por aire. El argumento repetido fue la “desobediencia patriótica” inspirada por aquellos a los que se los llamaba “padres de la patria”. Y esta era una desviación que había que corregir. Los poderosos del planeta lo exigían, y sus perduellis se comprometían a cumplir el pedido. Por suerte, decían, la desobediencia en Malvinas quedó solo en amague.
Se rumoreaba en los laberintos burocráticos de la organización que estaban a tiro del aniquilamiento de la fantasmal reliquia. Se preparaban algunos contingentes de tropas especiales para una operación que “entraría en los anales de la historia” por su brillante ejecución y sus magníficos resultados. La captura y muerte del prócer eterno mostraría al mundo que habíamos aprendido de la historia y explicitado definitivamente nuestra voluntad de resultar simpáticos al mundo civilizado, que esperaba de nosotros un comportamiento sosegado, propio de aquellos territorios organizados en el sistema universal de la dependencia.
Los combatientes de Malvinas, por su parte, eran héroes inconvenientes en el nuevo mundo de fines del siglo XX y de la nueva centuria. Estigmatizados como los “chicos de la guerra” o “los locos del casco”, eran inconvenientes, como suele ser inconveniente todo héroe vivo que enfrentó valiente a brutales conquistadores. Alzarse en armas contra los poderes establecidos, arrojarse a la muerte para enfrentar a aquellos que modelaron el mundo contemporáneo desde siglos atrás, era una afrenta imperdonable que convenía no agitar. El olvido, los fármacos y el suicidio —sustancia de la “desmalvinización”, como se la llamó— era todo lo que podían esperar del Estado, esos que batallaron al colonialismo con las armas en las manos.
Fabricar héroes era una propuesta apetecible, buena para la sociedad que reclamaba ejemplos y a la que se quería convencer de la grandeza institucional de la Agencia y del portentoso futuro que, de su mano, disfrutaría el soberano. Se trataba de ofrecerle el paradigma de nuevas heroicidades. Y, por añadidura, resultaría estimulante para los demás subordinados, quienes hasta podrían considerarse en capacidad de aspirar al más notable de los reconocimientos. Con eso, creía Reinafé, daba muestra de su generosidad y ecuanimidad.
Lo despidió como era su costumbre: una palmada en la espalda, ese gesto paternal que practicó desde joven, y dándole tranquilidades sobre su feliz destino, en un camino despejado para el éxito de los planes elaborados para zanjar el espinoso asunto.
A decir verdad, “Pérez y Pérez” tampoco estaba seguro de que, a esa altura de los vicios y las impertinencias, el proyecto resultara posible. Le ofrecería a Podestá el bronce a cambio de una última misión. El “Vasco” tenía aún una clara inteligencia y comprendería que la propuesta lo pondría al alcance de las emociones de la muerte. Sabía que le diría, como en cada oportunidad en que se rozó el problema de la muerte: “De algo hay que morir”, como si se tratara de un asunto intrascendente.
Para favorecer su plan, “Pérez y Pérez” lo autorizó a ejercer el derecho de propiedad sobre ese experimento andrógino que Marian preparó durante algunos años, y en el que mucho dinero invirtió Podestá, aspirando a una obediente compañía en el final de su vida. Marian tenía la orden de contactar a su amigo senador para lograr que este presentara a “su muchacha especial” en algún evento coqueto en el que se luciera. Donde Marian dijera, Podestá se haría presente para concretar el enlace.
El coronel conoció a Abigaíl por fotos; las miraba con ojos de coleóptero más allá de los pliegues jugosos de las curvas, las tocaba como si fuera un ciego ante un jeroglífico en Braille, con fruición de perfumes agudos, con pasión de carbones encendidos, con anhelos de sumergirse en ese cuerpo como piedra en el agua; e imaginaba el sudor al húmedo tacto derramado en el momento exacto del sexo entre los amantes.
En alguna oportunidad, tras un falso espejo, observó la metamorfosis que Marian prometió; detrás del vidrio, el rostro cruel, tenso como una máscara, dura argamasa cruel y sanguinaria, solo especulaba para cuándo estaría lista su ninfa, mientras fascinaba frenético la imagen solitaria de ese cuerpo de helechos, de líquenes, de espumas, asombrando los ojos con sus contorsiones de olas de un mar balando a la luna encaramada.
“Pérez y Pérez” aceptó el pedido de Podestá de incluir, en gastos reservados, los fondos que necesitase para atender a su “amorcito”, como socarronamente las prostitutas del burdel de Marian la llamaban. Poco tiempo después, cuando creyó oportuno, le propuso una maniobra audaz contra los relicarios, un último servicio antes del retiro. Hasta podría ser trascendente y un tiempo de revancha para el propio sentenciado. Al “Vasco” le atrajo la audaz idea de usarlo como cebo, tentando el espíritu de venganza de los rebeldes “Pérez”.
Un consejero le manifestó a “Pérez y Pérez” sus reservas sobre la operación y su decisión de involucrar al “Vasco” en el asunto. Le dijo claramente, aunque no lo dejó asentado en ningún informe (no por prudencia sino por cobardía), que le parecía arriesgado aprovechar los vicios de López Huidobro para una jugada de impredecibles consecuencias. A esa altura de las circunstancias, corría demasiada droga por las venas del oficial. Pero ese no aparecía como el mayor inconveniente. No. Sino su persistencia en adquirir narcóticos a proveedores de muy dudosa calidad. El consejero le advirtió a “Pérez y Pérez” que la sustancia conocida como “Juana de Arco” era un cóctel peligroso, y que Podestá estaba abusando de su uso sin atender a las advertencias que los profesionales le habían hecho en cada oportunidad en que pudieron, que no fueron muchas, dada la hostilidad que el “Vasco” mostraba a quien quisiera aconsejarlo sobre sus placeres.
Así lo declaró ante López Teghi, por escrito, cuando las cosas se habían puesto espesas entre los dos jefes y el cadáver de Podestá ya había pasado por la morgue para su autopsia. Cuando el hombre le señaló a “Pérez y Pérez” los riesgos de la iniciativa, este le habría respondido sin emoción: “Son riesgos que a veces hay que correr. El Vasco estaba en perfecto dominio del asunto”, algo que nadie podía corroborar y que él negó terminantemente, como era de esperar. “No recuerdo nada de eso”, hipócrita dijo desacreditando la acusación. Salvo sus superiores –los que también negarían todo porque el destino de Podestá había quedado en manos de su propio jefe– nadie estaba al tanto de esa maquinación. El único testigo de la sinceridad de “Pérez y Pérez” estaba tieso sobre la marmórea mesa del forense, intoxicado hasta la muerte. López Teghi le tiró a quemarropa su interpretación del asunto: —Usted lo puso ahí para que lo maten –lo acusó suelto de cuerpo el “CEO”, como lo llamaban–; así resolvió dos problemas: se sacó de encima a un subordinado que fue ejemplo nefasto de su incompetencia, cerrándole la boca para siempre, y eliminó varias piezas que nos hubieran permitido terminar con “La Reliquia” y su banda.
La sola insinuación de la traición puso en su punto más caliente el enfrentamiento entre ambos capitostes. Aunque “Pérez y Pérez” no respondió airadamente a la proposición de su contrincante, como muchos esperaban. Los más bichos comprendieron que en algo acertaba el exceliano “CEO” en sus acusaciones.
Reinafé debió interceder aceptando una reunión a pedido de López Teghi. En el corazón mismo del poder de la Agencia, “Pérez y Pérez” terminó de exponer su versión de los sucesos desde antes de que se encontrara el cadáver del “Vasco”. En la conversación le dejó claro a López Teghi que no había ni capricho ni insolvencia en todo aquello, y que esperaba de su parte discreción de equipo, solidaridad con los mandos, precaución en las palabras. López Teghi estaba dispuesto a muchas cosas en beneficio de su propio gobierno, pero no a quebrar la disciplina de cuerpo indispensable para no soliviantar las estructuras de poder en las que él mismo se referenciaba.
A pesar de sus objeciones, compartió el destino final de la fallida operación, dejando sonar las campanas de su WhatsApp en fúnebre canción para el último de los condenados. Después quedaría a cargo de la Institución y dejaría que su ocasional rival brillara por el mundo en viaje de trabajo y estudio.
“Pérez y Pérez” manejó personalmente todo el conflicto con Podestá. Uno de sus superiores, alguien con quien tenía un trato preferencial, aceptó sus planteos sobre lo inconveniente que sería convocar al coronel a un pleno con todos sus pares luego del fracaso en el norte de la operación “La Reliquia”. Lo convenció de que una reunión con todos ellos después de ese fiasco solo depararía mayores contratiempos. Conociendo al camarada como él lo conocía, estaba seguro de que este haría lo imposible por embarrar la cancha con sus recriminaciones. Además, le dijo que el asunto del rosario ya era un tema excluyente para el mandamás y que no estaba en su voluntad que trascendiera a un círculo mayor del que ya tenía conocimiento. Sostuvo que así se lo expresó en una reunión que mantuvieron. Necesitaba resolver ese problema porque se trataba de una cuestión de Estado, y ventilar el desgraciado suceso solo acarrearía conflictos mayores. Se necesitaba mucha prudencia y poca vehemencia.
Sobre las desobediencias de Podestá había poco que argumentar. ¡Tantas veces discutió con él ese asunto que había perdido la cuenta! Le explicó con paciencia franciscana la cuestión esencial de la disciplina. Le dijo que había decisiones de las que los subalternos no podían ni debían conocer sus razones: debían limitarse a acatar y nunca a reclamar explicaciones, y menos a cuestionar. No figuraban en los reglamentos de la Agencia ninguno de esos derechos. Pero a Podestá todas esas palabras le resultaban intrascendentes. Díscolo y rudo, el coronel estaba al acecho, esperando la oportunidad de pasar la factura a quienes decidieron asuntos trascendentes de la fallida operación, sin considerar siquiera sus sugerencias.
Responsabilizaba a todos esos mandos por el fracaso, sin saber quiénes, en realidad, habían tenido alguna participación en el asunto, sin conocer si había alguna explicación para justificar que todo terminara como terminó. Pero, por sobre todas las cosas, a pesar de ser un asunto realmente menor, Podestá quería saber a toda costa quién fue el latoso que lo chicaneaba cuando se comunicó con su jefatura pidiendo instrucciones tras la captura de los “Pérez”, luego del fracaso de la operación. —¿Dónde está el boludo ese que me jodía diciendo “hágase cargo… hágase cargo”? ¿Quién era el boludo? —a los gritos reclamaba una respuesta.
Nunca supo quién, convenientemente escondido, le gritó en el pasillo que lo llevaba a su despacho: —¡Callate vinilo! ¡Dejate de hacer cagadas!
Entre varios tuvieron que contenerlo para que no llevara la trifulca a mayores. A pesar de que no pudo individualizar al de la comunicación ni al del grito, iba a trompear a quien fuera, con tal de descargar su ira. Para su suerte, impidieron su cometido. Estaba gravemente penada cualquier agresión física contra un camarada. A empujones, “Pérez y Pérez” en persona, con dos mastodontes de seguridad, lo hizo retirar de la base ese día de furia.
Al contrario de lo que se podía esperar del “Vasco”, aceptó la licencia impuesta sin demasiadas protestas. Estaba fatigado. No sabía si atribuirlo a las tensiones que le impuso el fracaso, a su edad —que ya hacía sentir ciertas dolencias hasta entonces desconocidas—, o a la infeliz combinación de ambos. Por otra parte, comía mal y dormía poco. Y estaba muy enviciado. Su jefe le recriminó los vicios. —De algo hay que morir —respondió justificándose. Una respuesta a la que “Pérez y Pérez” ya estaba acostumbrado a escuchar.
En verdad, no le vino nada mal descansar ese tiempo y dedicarse a algunas lecturas que no eran las habituales. Ni Sun Tzu ni Lidell Hart; ni Haushofer ni Mackinder. Se refugió en Mahler y en los textos esotéricos. Mahler lo comprometía. Los textos esotéricos lo divertían. La música y la lectura completaban su particular visión de los asuntos diarios del trabajo y de la vida cotidiana.
De Mahler amaba su segunda sinfonía, Auferstehung. Prefería, a todas, la versión de Leonard Bernstein con la Orquesta Sinfónica de Londres. Aunque tenía una colección completa de grabaciones de esa obra dirigidas por el maestro al frente de otras orquestas. Se regocijaba con su audición, “a pesar de su condición de judío”, como manifestaba ante quienes exponía su predilección por el músico.
En más de una oportunidad se lo había escuchado acompañar el canto de la soprano y la mezzosoprano en perfecto alemán y con rigurosa entonación. Era un talento desconocido para la inmensa mayoría de sus camaradas.
Lo que más le fastidiaba del músico de Massachusetts, por encima de su condición judía, era la de aportante a los Pantera Negra y su Black Power. Subsidiar a esos “negros de mierda” lo exasperaba. Hacía un gran esfuerzo para abstraerse de ese comportamiento político de Bernstein y limitarse a disfrutar la ejecución de la sinfonía bajo su batuta. Lo divertía el histrionismo que el director ponía en escena cuando asumía la conducción de una orquesta. Lo que para algunos resultaba exagerado, para él resultaba cautivante. Era un actor en la piel de un director de orquesta. En más de una oportunidad imitó sus movimientos, mientras sonaba en su moderno equipo de música el CD con la grabación mahleriana.
Su afición a la música sinfónica se completaba con su admiración por Friedrich von Schiller, de quien recitaba de memoria muchos de sus poemas. Se exaltaba cuando se trataba de la Oda a la Alegría, en el final coral de la novena de Beethoven, ninguna como la interpretación de Furtwängler al frente de la Sinfónica de Berlín. La declamaba íntegra y apasionadamente: O Freunde, nicht diese Töne! O Freunde, nicht diese Töne! repetía solemne, abrazado a una tiniebla de eucarística ternura, acongojando las palabras en una paz excéntrica y desesperada.
En una noche de óleos y acuarelas empapadas en alcohol, fue la negación de ese poema “sublime” lo que lo excitó colérico hasta el orgasmo. Fue cuando esa extraña figura tan andrógina como psicodélica (su ninfa, su nenúfar) solfeó a Lorca con la precisión de un metrónomo sensual, goteando sexo en cada verso, exponiendo a la intemperie su libido hambrienta y que prometía combinarse palpitante con los fuegos de “Juana de Arco” corriendo maravillosa por sus venas y arterias.
Sus lecturas reclamaban silencio, recato y concentración. Sentado en su sillón hamaca frente al escritorio, que reposaba bajo una ventana amplia que entregaba una luz macilenta pero uniforme, vestida con dos delicadas cortinas de seda salvaje teñidas al tono rojizo del mueble, leyó esos textos hieráticos.
El escritorio lucía en perfecto orden; solo así disfrutaba la lectura. El equilibrio preciso le devolvía armonía, no había nada fuera de lugar sobre el pupitre. Apilados a la derecha del mismo y en cuidadoso orden, unos libros describían una especie de pirámide escalonada reproduciendo la delicada arquitectura maya, de mayor a menor, de abajo a arriba. Se notaba esmero y delicadez en la precisa distribución de los volúmenes. A medida que leía esos libros que componían la pirámide, los iba acomodando en alguna de sus cuatro enormes bibliotecas, atestadas de volúmenes llenos de anotaciones ininteligibles en su mayoría.
El Malleus maleficarum se volvió su preferido durante ese mes. Hurgando en una vieja librería de la Avenida de Mayo encontró un volumen algo deteriorado, pero que conservaba todas sus amarillentas hojas. Salvo algunos subrayados, probablemente realizados por su antiguo dueño, el libro estaba en buenas condiciones. El precio, aunque importante, no le pareció excesivo tratándose de una obra que era, sin lugar a dudas, una rareza en una librería porteña.
¡Martillar “brujas”! ¡Qué proposición! Martillar “brujas”, martirizar “brujas”, “brujas” contemporáneas, no aquellas perdidas en los repliegues del medioevo. De carne y hueso, puras “brujas” sangrantes, martillarlas hasta reducirlas a una pasta rojiza, pestilente de sus heces, irreconocible al ojo humano, que extinguiera en el martirio las pretensiones destructivas de alterar el orden natural establecido de parte de esas “brujas” advenedizas y especuladoras. En el Éxodo estaba dicho: “No dejarás con vida a la hechicería”. Y repetía como número mágico “22:18”, fuente de razón y justicia divina. Amparado en el texto sagrado, todo lo que quedaba era disponer el ajusticiamiento con las modernas brujas de la perdición. —Con las mujeres —sostenía— nació el pecado que pervirtió el alma de todas las cosas; el pecado original que, al despojarla de la gracia divina, fue la palanca que se usó para derribar todos los reinos del mundo, porque todos los reinos del mundo fueron derribados por mujeres. Una mujer se muestra hermosa, pero solo lo es producto de su falsa apariencia, y tras esa falsa apariencia que desvive a los hombres, agazapada aguarda su traición, contaminando a la víctima con su tacto sutil, su roce sensual, su aliento lujurioso, para al final llevar a la muerte a quien desgraciado convive con ella.
El rebuscamiento inquisidor ofrecía, de paso, soluciones inexploradas para quien se jactaba de conocer en profundidad las verdades de los grandes estrategas que, a veces —por qué no—, toleraban recurrir a fuerzas misteriosas capaces de atomizar a sus oponentes en porciones precisas de apocalipsis .
¡Martillar “brujas”! Y extender el martilleo exterminador a todas las mujeres. ¡A todas las mujeres!
Se lo habían escuchado en más de una oportunidad, alegre o iracundo, reflexivo o doctrinario, repetir sarcástico: “Las mujeres son una calamidad”. Pasaba por misógino, aunque en realidad era una apreciación superficial. Y seguía con una frase que se hizo frecuente en su discurso: “Pruebas al canto”, para dar lugar a un soliloquio antifemenino extremo.
Fluía en su memoria aquel relato paterno sobre el 17 de octubre del ‘45. Esas mujeres de baja condición que provenían de los lugares apartados del Gran Buenos Aires, donde la masa proletaria tenía su asentamiento lejos del centro elegante de la capital. —¡Primero fueron las anarquistas y las comunistas! ¡Después vinieron las peronas (como las llamaba) a exhibir sus impudicias!
Recordaba escuchar el relato pormenorizado sobre el contraste entre la hispánica Avenida de Mayo, con sus edificios de arquitecturas exuberantes, y la pobreza de los barrios obreros en la geografía suburbana. Y la diferencia entre esas mujeres de condición acomodada, vestidas a la moda y caminando sin sobresaltos por el barrio Norte, por Recoleta, por Palermo, con esas sudorosas mujeronas de los frigoríficos, las curtiembres o las fábricas textiles. Unas, yendo a disfrutar una zarzuela en el elegante teatro Avenida, a pasos del Tortoni que estiraba su porteñísimo espíritu hasta el propio adoquinado, mientras unos músicos de fuste hacían escuchar músicas que sublimaban el alma. Las otras, “revolcándose con algún tipejo de similar condición social”.
Y mientras las damas asistían con sus encajes a los exquisitos conciertos en las galas del teatro Avenida, de repente “apareció esa horda”, desesperaba el padre, de hombres y mujeres de aspecto lamentable, todos “crotos”, sucios de trajinar kilómetros y kilómetros con sus bolsines a cuestas, que hundían sus pies en las redondas fuentes de la Plaza de Mayo para aliviar el trajín de la kilométrica caminata. ¡Qué espectáculo! Y por las calles aledañas venían “esas peronas, verdaderas atorrantas que se atrevieron a la política, hasta el voto”, que portaban unas tacuaras altísimas, de varios metros de largo, ensartados en sus puntas corpiños y bombachas, como la enseña de una impudicia proletaria, que se había llegado a las puertas mismas de la Casa de Gobierno a reclamar la libertad de un “ignoto coronel, demagogo y avivado”, en pareja con “una prostituta arribista veinteañera”, como los describía su padre en cuanta oportunidad se presentaba.
Y entre bombachas y corpiños flameando en la punta de las enervadas tacuaras, se escuchaba estridente “¡Perón!” – “¡Perón!”, grito que se repitió durante horas y malquistó los tímpanos de la gente educada. “¡Perón!” – “¡Perón!”, quedó flotando durante días en los alrededores de la Plaza de Mayo, junto a los perfumes proletarios de los manifestantes.
Su padre le dijo, con cierta angustia, que “nunca, nunca, pero nunca” (y en la repetición exageró para darle a sus palabras un ribete dramático) se olvidaría de esos sucesos. Recordaba sus exactas palabras aprendidas en las sobremesas familiares. —Fueron días que ensombrecieron el alma de la patria —decía con tono funesto— y fueron el origen seguro de otras aberraciones que poblaron la geografía con sus delirios reivindicatorios. Tanto correr anarquistas, tanto perseguir comunistas, para que ese aluvión zoológico viniera a instaurarse en la vida republicana de la Patria. Salvo los días decadentes del fin del “Peludo” —agregaba con un gesto de asco— entre orines y diarios fraguados para el inútil jefe radical. Porque no sé si saben que a Yrigoyen le escribían un diario para entretenerlo, porque el viejo líder radical ya estaba senil —explicaba didáctico una mentira transformada en dogma—. Nada fue peor para la República que esos diez años ruinosos. ¡Y lo que se prometía era mucho peor! Por suerte nos salvó el cáncer. ¡Viva el cáncer!
Y ni hablar de aquellas que, en medio de una huelga ferroviaria, corrieron a sus propios maridos por cobardes. Su padre había sido protagonista de esos sucesos, y hasta salvó el pellejo porque nadie corría más ligero que él, si se presentaba la obligación de huir a la carrera.
Las mujeres llamaban a sus maridos huelguistas “borregos”, porque sabiendo que eran objeto de seguimientos e investigaciones, se negaban a tomar medidas drásticas contra los alcahuetes y espías rompehuelgas.
Las mujeres estaban alborotadas por las amenazas que la autoridad policial y de inteligencia hacían prometiendo cárceles y torturas hasta quebrar la huelga definitivamente. El presidente en persona se los había reclamado. Era el mismo que pactó para alcanzar la presidencia, para luego del triunfo y, a la vuelta del mismo, ahicito nomás, traicionar sus promesas sin tapujos.
Las mujeres les mandaron decir que no las asemejaran con las vacas abúlicas que marchaban por la manga al matadero, indiferentes, con esa mirada inicua y complaciente de quien asiste a su propia ejecución con pasmosa alegría. Y que, si no se iban del pueblo, les darían una lección que no olvidarían en su vida.
Los agentes fanfarrones se burlaron de la advertencia. Hacían chistes soeces sobre la sexualidad de las esposas proletarias, campesinas, amas de casa. Se burlaban de la hondura de sus vaginas y de los olores de sus entrepiernas. Y agregaban de palabra centímetros inverosímiles a sus penes, para alardear del tamaño de su hombría, que iba a demostrarse bastante menor, tanto como el tamaño real de sus genitales.
Descubierto el lugar en donde hacían base para el espionaje, las mujeres, cumpliendo su amenaza, lo rodearon por decenas y comenzaron a apilar leña a su alrededor. Traían troncos pequeños, grandes, resecos, que fueron depositando describiendo un anillo dentro del cual quedó el galpón en donde paraban los alcahuetes y de donde partían para sus fechorías antiobreras. Los soplones podían ver los preparativos de la hoguera, incapaces de intervenir. Si hubiesen realizado un solo disparo, los habrían pasado por las armas al instante.
La montaña de leña se hizo enorme. Alta, consistente, prometedora pira de un fuego aleccionador. Con algo de imaginación, hasta se podía predecir el crujir de las ramas ardiendo mientras las llamas se elevaban al cielo buscando chamuscar los reflejitos coloreados que despintaba la tarde por capricho.
Sin embargo, le dijo su padre, hasta que se encendió la primera chispa, todos creían que el asunto solo se reduciría a una simple amenaza, para imponerles un límite o sugerir que cesaran en sus actividades contra la huelga. Eso no sería inconveniente. Darían algunos pasos al costado, dejarían bajar las aguas de la ira y volverían a sus labores de instigadores. Pero una mujer, al grito de “¡Viva la huelga ferroviaria!”, lanzó una tea a la montaña de leños, que ardieron con una velocidad inusitada, contra el pronóstico de los alcahuetes.
—¡Hijas de puta! ¡Hijas de puta! —gritaban los hombres sitiados mientras el fuego se expandía a lo ancho y a lo alto—. ¡Locas de mierda! ¡Hijas de puta! ¡Locas de mierda!
Por más que gritaran los acorralados, el ruido de las llamas disimulaba sus alaridos lastimosos. De nada servía que gritaran los espías con destino de juanillos en las celebraciones de San Pedro y San Pablo. Debieron salir carpiendo de la base, pasar por encima de la furia de las llamaradas y por delante de las mujeres embravecidas. Y a medida que pasaban, las mujeres los aporreaban, se burlaban de sus cuentos sobre el largo de los penes y las bravuras de sus coitos. Del cagazo que se pegaron, sus penes se redujeron a un cartuchito de poca monta, tan flácidos, tan fáciles de quebrar como la cáscara rugosa de un maní quemado.
Escaparon “como ratas por tirante”, dijeron las mujeres victoriosas. Si los rompehuelgas se hubiesen atrevido a girar la vista, habrían visto a las señoras hacerles los gestos más obscenos que pudiera hacer una mujer que contempla huir a un cobarde a la carrera, justamente indicándoles la hondura de sus vaginas y los olores de sus entrepiernas.
Esos relatos de su padre formaron su conciencia. Mientras la imagen del padre se agrandaba, la de su madre entraba al desván de los trastos en desuso. De ella nunca hablaba.
Sobre las enseñanzas paternas afirmó la propia experiencia y consolidó sus convicciones sobre todos los males que las mujeres propagaban.
En su catálogo de abominaciones figuraba la noche en la capilla con esa monja del rosario de finas perlas negras, albergando subversivos y soliviantando conciencias; las locas que daban vuelta en la Plaza de Mayo; las obreras del Swift desafiando fusiles; y, ya más acá en el tiempo, esos “carnavales grotescos —como los describía— que se organizan una vez al año para juntar miles de aborteras, lesbianas sodomitas, en algo que llaman Encuentros de Mujeres”. Alguna vez lo mandaron a relevar esos eventos, y filmar y fotografiar los sucesos ridículos que secciones de la Agencia organizaban alrededor de las catedrales, de los lugares donde se reunían esas multitudes de mujeres.
No tenía dudas. Las mujeres eran una “calamidad de la especie”. Un “subproducto” de la humanidad, un gambito de una mutación equívoca. —¡Las sirvientas a la cocina! —repetía a menudo, ante la mirada asombrada de sus camaradas.
¡Martillar “brujas”! ¡Martillar “brujas”! Hasta que no quedara sino esa pasta enrojecida, tumulto de huesos y tejidos aplastados. Lo sugeriría cuando se presentara la ocasión, alentando la reconstrucción de la moralidad y la nacionalidad puestas en jaque por esa horda de mujeres calamitosas.
Con ese humor, hasta se diría disipado, respondió a la citación que su jefe le informó por un mensajero para esa mañana, luego de treinta días de relativo sosiego. Ya se habían entrevistado en otras oportunidades cuando “Pérez y Pérez” lo puso al tanto de sus decisiones. Pero en ninguna mencionó el asunto desgraciado del rosario, algo de lo que no le habló en ninguna oportunidad. Podestá iba a la reunión sin sospechar con certeza su verdadero destino.
La visita al despacho de su superior le devolvió recuerdos almacenados en todos los sedimentos de su memoria: días de guardianes victoriosos, de infiernos avivados, de muertos y saqueos, de oscuros osarios de sustancias humanas; gratificantes días de esos años de plomo y de audaz compromiso con el régimen militar.
Los sonidos que provenían del salón en el que iba a entrevistarse con su superior, susurros distorsionados que fluían caprichosos, los asociaba —influido por su reciente lectura de la histeria brujeril del Malleus maleficarum— al canturreo monótono de esos jueces eclesiásticos repitiendo al unísono los versículos del manual de los inquisidores de Aymerich (a quien había conocido también por esos días), mientras unos corifeos desnudos daban saltos y describían cabriolas zangoloteando el sexo para divertimento de los priores de los fuegos, que esperaban aparearse con ellos a la luz de unas antorchas siniestras, que no eran sino los cuerpos crepitantes de los condenados por supuestas herejías.
Los olores apenas penetrantes del aseado vestíbulo que precedía, como antecámara, al despacho de su superior lo remitían también a sus recientes lecturas. Asimilaba, antojadizo, los vahos delicados del aseo al perfume de la pregonada santidad del cadáver de Torquemada, que un poema descubierto por azar le permitió conocer. Mientras ascendía ceremonioso la amplia escalera, recitaba para sí, con voz trémula y dicción preciosa:
“No tengas pena por los tornadizos, en apariencia, conversos; pero cuyo corazón sigue como hollín del infierno; sufrirán como perros, así Dios lo quiso, pero volverán de rodillas, sumisos, blanqueados, aceptos de Dios, al fin…”
Torquemada pudo ser su refugio temporal frente al desasosiego del fracaso; con sus matices dulces y placenteros, incorrupto y milagroso, protegido por esos imaginarios ángeles vestidos de blanco, impolutos, de rubia y ensortijada cabellera, que exhibían un delgado bigotito rubio, nacarado, bajo la recta nariz de perfección griega. Ángeles exterminadores, azraeles subidos al paraíso sin probar el gusto amargo de la muerte, imponiendo la ley sagrada a la humanidad recelosa. El inquisidor español lo inspiró cuando, atribulado, discernía sobre estos tiempos de la modernidad, que el coronel caracterizaba como de moral escasa y lasciva.
—Se perdió la moral —repetía a sus subordinados, quienes lo miraban entre risueños y asombrados—. ¡Se perdió la moral!
Deseaba gritar ante la indiferencia de sus banales superiores. —La pérdida de moral —precisaba— conduce a la frustración y a la derrota.
¿Cuántas veces había arengado a sus hombres sobre ese asunto? La más presente era la de aquel vuelo de la muerte del que conservaba ese hermoso rosario de cuentas negras. La moral, por encima de la experticia, era su sentencia. Recordaba con perfecta exactitud las palabras dichas en ese memorable vuelo: —Las guerras se pierden cuando se quiebra el espíritu, cuando se disipa la moral del combatiente.
El profesionalismo no es la moral del guerrero, es solo su vehículo, explicó adusto en aquella oportunidad, mientras las aspas del helicóptero aturdían con sus crueles onomatopéyicos. El profesionalismo desprovisto de la moral —la razón última del combate— era como un cuchillo que carecía del filo justiciero. El filo acerado, el filo ajusticiador que redimía, el filo exterminador lo daba siempre la moral, y la moral era ¡el amor a la causa!
—¡Actúen con amor a la causa! —reclamaba a sus subordinados.
El amor a la causa común, por encima de la individualidad mezquina, era la virtud en su condición suprema, glorificación del espíritu, estadio superior de la virtud humana, que les daría en comunión la sagrada victoria a pesar de la muerte. Paranoia y religión se fundían en sus razonamientos hasta amalgamarse en un abrazo perturbador.
Diría Sun Tzu (¡siempre había que volver a Sun Tzu!, se dijo convencido): “El verdadero arte de la guerra es hacer que el adversario pierda ánimo y dirección, que su ejército sea inservible. El mérito máximo es quebrar la moral del enemigo para que este desista del combate.” Volver a la gran moral, pensaba Podestá, era la cuestión en la que aspiraba a consagrarse.
El simple hecho de ascender por esa amplia escalera de mármoles blancos reforzó ese estado de ánimo despreocupado que supo disfrutar en tiempos juveniles y que, como en otras tantas oportunidades, lo dotó de agilidad espiritual y vigor físico para encarar cualquier empresa que se le propusiera.
Eran otros los tiempos políticos aquellos, en los que los poderes absolutos permitían disponer de vidas y bienes sin tantos escrúpulos ni trámites burocráticos, a los que estaba sometido desde la constitucionalidad de sus servicios. Aborrecía el gobierno de los memorándums. Cuando el papeleo lo atosigaba, desaparecía sin aviso por una semana o más. “Pérez y Pérez” se había acostumbrado a ese defecto y lo había disculpado cada vez que provocaba el disgusto administrativo de sus superiores.
—Hombres de acción poco afectos a los documentos —argumentaba en su defensa.
Por ello recomendó a Diosdado como asistente. Pero el coronel odiaba al regordete aquel, lo consideraba apenas un correveidile administrativo, intrascendente. No escatimaba oportunidad para humillarlo, al grito de “¡gordo pelotudo!”, como lo llamaba.
Con el paso de los años se había acentuado en él ese modo de hombre amanerado, peinado a la gomina, recurriendo cual fetiche al antiguo fijador Lord Cheseline, que un hacedor de recetas magistrales reproducía en exclusividad para él. Rechazaba usar el producto comercial más barato y tan eficaz como el otro. Solo se untaba con aquel que el alquimista producía, a un costo sideral, a su pedido; era un gesto que lo diferenciaba de otros que usaban algún fijador. Despreciaba con absoluto rigor asemejarse al común de los hombres.
Su rostro conservaba ese tono blanco y mostraba escasas arrugas. Bajo la piel, sin embargo, latía una descomposición que se manifestaba aleatoriamente de acuerdo a sus estados de ánimo. Lucía ese fino y cuidado bigote que estiraba el tajito rubio bajo la nariz recta. Luego de tantos años, inalterado, parecía tatuado con una delicadeza escandalosa, lo que podría haber explicado que ni un solo reflejo blanco se entrometiera con el rubio nacarino del fino y estirado bigotito.
Sus ojos perpetuaban ese fondo claro que lució desde el nacimiento y, sin ser de color celeste pleno, habían virado en algo —tal vez por los años— hacia un tono de cielo en la tormenta. Las iridiscencias de sus ojos desconcertaban a sus interlocutores. Disparaban unas centellas pequeñas, algo azulinas, algo verdosas, que siempre distraían al observador que intentaba escrutar aquel rostro que todavía lucía algo aniñado.
Mantenía aún su forma atlética (aunque mucho más delgado), que iba desde las piernas bien formadas y articuladas hasta la ajustada cadera no muy grande, que había adquirido ciertas redondeces femeninas. Su armoniosa columna vertebral no evidenciaba ninguna desviación y, como en su juventud, se proyectaba rectilínea hasta su amplia espalda musculosa.
El cuello se había ensanchado y ya no parecía de tamaño mediano, pero aun las dos gruesas carótidas a cada lado parecían latir intermitentes con independencia, anunciando una enérgica decisión vital. Las arterias asumían una condición de robustos paréntesis que, a cada lado del cuello, acotaban la voluminosa nuez de Adán que siempre exageró su anatomía, para convencer de una masculinidad que ya no podía disimular ese sesgo andrógino enigmático.
Conservaba cierto aspecto seductor, y aunque AC en aquel entonces lo consideró más bien parecido a los galanes de las pretendidas películas pornográficas clase “C” que proyectaban de a tres en el cine Podestá, su arrogancia, su vestimenta y su figura atraían la vista de los desconocidos que reparaban en él.
Advirtió que, en ese momento, lo atravesaba una sensación de sosiego como entonces, de despreocupación, y pensó en el próximo fin de semana con esa amante exclusiva (“exquisita”, se regodeaba), que había producido una madama para su regocijo, mientras alcanzaba los últimos escalones de la amplia y brillante escalera hacia la oficina que años atrás fuera el despacho del ministro-general. Ya había convenido con su proveedor algo de “Juana de Arco” para la cruzada de ese fin de semana, entre los aterciopelados pliegues de “su nenúfar”, como la describía en sus pensamientos.
A “esa chica especial” jamás se lo dijo; por el contrario, no demostraba ningún aprecio ni cortesía. Le hacía leer el pirograbado en el revés de la puerta del roperito del cuartucho: “Ahora las sirvientas, a la cocina”. “Su lugar en el mundo”, agregaba mordaz. Y repetía sus amenazas por si alguna vez violaba la prohibición de pasar de la habitación de servicio al interior de su departamento. Con solo chasquear los dedos, una jauría hambrienta, de largos y filosos puñales en sus bocas, la despedazaría para devorarla en apenas un suspiro intrascendente. Cada tanto la golpeaba solo por mantener las cosas en su lugar.
Sin embargo, en soledad, la consideraba la exótica flor que encontró en aquella fiesta de artistas y charlatanes que también deseaban otros libertinos, que se babeaban de solo imaginar ese cuerpo desnudo entre sus sábanas. Era suya, exclusiva, enigma de la noche, para apreciarla, para disfrutarla, para someterla. Ella, que como el loto azul egipcio florecía en la noche y se cerraba en la mañana, dulcificaba con sus humores psicodélicos los extravíos desconsoladores del maduro oficial, aunque nunca se diera por enterada. Abigaíl, lejos de todo sentimiento de amor, vería cómo, a través de la modesta dimensión de la boca de una aguja hipodérmica, una tan líquida como impensada “Juana de Arco” repartiría venenosos funerales entre los glóbulos rojos del perverso hasta matarlo.
Ya le había advertido “Pérez y Pérez” sobre la inconveniencia de relajar los reparos por sostener una intimidad prolongada con esa pareja. Él mismo participó del experimento, pero siempre acotado a las disposiciones de la Agencia para esos asuntos de la intimidad presupuestada. Los fondos reservados también exigían reserva en todo lo que concerniese a la maniobra en curso. Le señaló como un error entregar una llave de la puerta del edificio a quien fuera, incluso a esa persona que compró para su satisfacción. Se lo advirtió, pero no lo obligó a retractarse, lo que hubiese correspondido a un jefe severo como se lo conocía. No estaba en sus planes llevar la reprimenda a niveles superiores, no concernía a la estrategia definida y, por otra parte, sabía de sobra que a Podestá le importaría un bledo su indicación. Solo un llamado de atención que dejó asentado en su legajo a espaldas del subordinado, que lo ponía a cubierto de cualquier inconveniente futuro. La reprimenda de palabra que le hizo, el soberbio la desoyó con arrogancia.
A “Pérez y Pérez”, en verdad, lo único que le preocupaba era el destino del plan que Reinafé dejó en sus manos y su feliz culminación; solo en ese sentido le podía preocupar la conducta del protagonista. —¿Por una llave de mierda me hacés un cuestionamiento? —se defendió Podestá. —No es por la llave. Sabés bien a lo que me refiero, y es a tu flojera. Aunque vos lo niegues o incluso ni te des cuenta, empieza a brotar hasta por los poros de tu piel lo que siempre tuviste guardado en lo profundo de tus tripas. Estás reblandecido, un “putito” te hace olvidar hasta de tus obligaciones. —Sí, Padre… ¿Cuántos Padrenuestros tengo que rezar esta noche? —respondió irónico al cuestionamiento; lo del “putito” hizo como que no lo escuchó.
“Pérez y Pérez” luego insistió con el asunto sobre la desobediencia. Podestá le dijo que se dejara de hablar para los micrófonos:
—Conmigo no hace falta que hagás esta boludez —le reprochó.
Pero, de todos modos, el jefe insistió con su discurso:
—La desobediencia crea hábitos defectuosos —le dijo mientras lo señalaba con su dedo índice como un puntero acusador— y la confianza, afectos perniciosos.
Así les hablaba a los aprendices, y los aleccionaba para que no establecieran lazos de afecto y se prepararan para abandonar todo si el trabajo se los exigía. Debían ser sombras sin nombres, aunque tuvieran cien identidades diferentes.
—Nada que lleve más de diez segundos abandonar.
—¿Y la familia? —se atrevió a preguntar un aprendiz.
—¿La familia? Es la Agencia. No hay otra. ¿Usted tiene otra? —repreguntó incisivo al aspirante—. Si es así, agarre sus cosas y tómese el raje. Para esto no sirve.
El “Vasco” se burlaba de su discurso. —Bla, bla, bla, bla —repetía, moviendo sus dedos simulando una boquita de títere.
Pero lo que más le cuestionaba al “Vasco”, y este no podía defenderse, era esa actitud de obtener estupefacientes fuera de los canales establecidos. —No necesito ni quiero que me controlen —fue su respuesta ante la observación del superior.
—La ruptura de los mecanismos de seguridad establecidos solo facilita la penetración enemiga —le recordó un concepto de los reglamentos, como en un telegrama hablado.
Podestá se encogió de hombros. Se podía haber asegurado que pensó: “Me paso por el orto lo que dicen los reglamentos; si total los reglamentos siempre se pasan por el orto lo que yo pienso.”
Los reclamos nunca surtieron efecto. “Pérez y Pérez” lo repitió en varias oportunidades: —Todo se puede evitar, menos las consecuencias.
Y las consecuencias se precipitarían, echando a perder el plan diseñado.
Llegó a su entrevista enfundado en su siempre impecable ambo blanco. Apretaba los labios finos, enigmáticos, que se movían como si recitara un verso o repitieran una oración aprendida en la primera infancia. Los versos del inquisidor tal vez surgieran con decisión propia.
Decidido a cuidar sus palabras, se esforzó en procurar un sentimiento de conformidad. En más de una oportunidad, llevado de sus malos humores, había perdido las formas, lanzado palabrotas y crispado los puños, lo que disminuía sus posibilidades ante hombres inconmovibles, que basaban su serenidad en sus atributos de poder.
Para colmo, “Pérez y Pérez” (“¡qué apellido de mierda por partida doble!”, lo verdugueaba el “Vasco” siempre que se encontraban) era de los jefes el más severo pero el más sereno, imperturbable, racional, lleno de refranes que aplicaba a cada rato; de un humor ácido, a veces, que parecía ingenuo en otras, y que lo exasperaba. Él, en cambio, era un hombre inclinado a conversaciones cortas, directas, con lenguaje preciso, propio de su formación militar.
Se detuvo un instante en el último escalón. Se dejó agradar por la calidez de esa luz que se proyectaba desde atrás y se reflejaba en el lustre de las enormes puertas de cedro natural, que se comportaban como espejos. Iluminado, su rostro pronunciaba la forma de los ojos, que parecían más grandes y más claros, y deslizaban leves toques de un celeste claro y un verde jade vibrante, dependiendo del ángulo en que la luz los acariciaba.
Golpeó la puerta con decisión, pero sin brusquedad. —¡Pase! —se escuchó desde adentro.
Al entrar, el “Vasco” observó el rostro relajado de “Pérez y Pérez”.
—¡Vasco! —exclamó abriendo los brazos como para brindarle un alborotado y exagerado recibimiento—Henos aquí presentes en este histórico salón que supo albergar al general-ministro de voz de pito. ¡Qué dichosos los ojos que lo ven, más lozano que un “clavel” del aire!
Captó de inmediato la ironía del jefe. —Lo de clavel ya sabés dónde te lo podés meter… —respondió, mientras un tono rojo subido coloreaba el rostro del recién llegado. Su gesto adusto denotaba un sentimiento de furia contenido.
—¡Amigo! Cuánto rechazo por la simple mención del “clavel” del aire. “Así era él, igual que una flor” —se burló el anfitrión.
—Sabés bien qué me fastidia cuando vos, en especial vos, me llamás por mi nombre.
—Arancibia, Arancibia… Un clavel del aire. ¡Pobre tipo, che! ¡Respetemos al finado! Que se llamara Arancibia como vos es solo una casualidad. ¿O causalidad? —“Pérez y Pérez” inhaló profundamente el templado aire del salón de entrevistas y se quedó reflexionando sobre su afirmación. Devolvió una mirada pícara al Vasco y siguió con el diálogo, importunando a su visitante.
—Qué te incomoda más: ¿su condición sexual o que era chileno?
—¡Chileno! Chilenos de mierda. Eso me fastidia. Lo otro no me interesa; con el suyo cada uno hace lo que le parece o lo que lo dejan. Por otra parte, así le fue: treinta y cuatro puñaladas le dio su amorcito. Murió como una ramera en una noche de puterío.
—Once, no exageres. Y no hables mal de un finado. Y menos digas “a mí esto nunca me va a pasar”. Ya sabés lo que dice el refrán: “No digas nunca de esta agua no he de beber”. Sabé ser modesto, algo que para vos es imposible. Por amor, por odio y por dinero, las personas pueden hacer cosas impensables. Sé de lo que hablo.
—Yo sé cuidarme bien en la vida y en la cama. A tu “clavel” del aire le metieron once, doce, trece o treinta y cuatro puñaladas, ¡qué importa! Murió por un despechado.
—Lo de despechado corre por tu cuenta. En cuanto al número de puñaladas necesarias para terminar el asunto, es cierto que una, once o treinta y cuatro daban lo mismo. Con una bien puesta hubiera bastado. Lo demás es teatralización. Es que los muchachos, a veces, tienden a exagerar en sus afanes profesionales —ironizó “Pérez y Pérez”.
Y agregó, silabeando con voz pausada, como si estuviera en ceremonia dirigiendo un discurso a un auditorio imaginado: —Tanto odio al pueblo hermano de Chile te pone en la vereda de enfrente del abrazo de Maipú entre San Martín y O’Higgins.
Podestá miró incrédulo a “Pérez y Pérez” y se encogió de hombros, demostrando con claro gesto lo poco que tenía en aprecio aquel histórico saludo de los libertadores. —Dos masones se saludaron. ¿Qué más se puede decir? ¿Qué tuvo de extraordinario ese abrazo?
El superior movió la cabeza de un lado a otro, sonriendo en franca desaprobación por el desprecio supino que López Huidobro demostraba por aquellos hombres de armas de la emancipación suramericana. —Ni San Martín se salva con vos. Por eso te pusieron en la operación “La Reliquia” —sentenció sin gesticular. Hizo un gesto leve con su mano derecha, invitando a su visitante a pasar hacia adentro, hasta el escritorio. —¿Me pusieron o me pusiste? Explicame eso. —Te puse, perdón, te puse, me hago cargo —se corrigió el jefe.
El sol de media mañana pasaba por unos cortinados muy diferentes a aquellos de paño grueso y color bordó que adornaban el amplio ventanal cuando el ministro-general ocupaba su tiempo en aquel salón. Ya no estaban las estatuas femeninas de cuerpos desnudos convenientemente dispuestas a los lados del escritorio en el que atendía los asuntos de Estado. Guarnecido por las dos ninfas, se ocupó entonces del espinoso asunto del rosario de la monja extranjera.
Tampoco estaba la alfombra de delicados dibujos bucólicos que al general-ministro le provocaba verdadera conmiseración pisar, mancillando los cuerpos de rollizas desnudeces de las mujeronas, esas que le recordaban a su esposa desnuda, sin mayores atributos que los excesos de adiposidades que la deformaban, mortificando a ese hombre de armas destinado a servir en funciones ejecutivas del gobierno de facto, con aquella historia de las cuentas en Suiza, donde amarrocaba millones de las arcas del Estado. Recordó seguro aquellas escenas y el modo sibilino del oficial superior bebiendo vodka, que era la bebida que iba con su personalidad.
—¡Qué recuerdo aquel! —dijo, recobrando en algo el buen humor y el semblante despejado—. ¡Qué entrevista! El general-ministro a quien le gustaba el vodka… ¡El vodka! —recordó burlón el “Vasco”.
Repitió “¡el vodka!” varias veces más, como buscando una explicación a aquel detalle.
—Me tuvo como una hora tratando de justificar no sé qué mierda de los errores y excesos. ¡Qué nombres raros les ponía el general a los muertos! “Errores” y “excesos”, ¡qué tipo gracioso!
—¡Ya sé! ¡Ya sé! —exclamó “Pérez y Pérez” abriendo sus brazos como invitando a su visitante a la concordia de las buenas tertulias—. Whisky, Sinatra, Scott Fitzgerald y Reagan… en ese orden. Vos siempre marcando el camino hasta tus más encumbrados superiores. ¡Vos sí que eras un tipo audaz!
—¿Whisky? Sí. Sherry Cask 2013. Insuperable. Sinatra y Fitzgerald, también. Supongo que no tenés dudas de mi buen gusto. ¿Aprendiste algo del buen cine, doble “Pérez”?
—Doble “Pérez” de mierda, diría el amigo Arancibia López Huidobro, siempre dispuesto a vilipendiar a los comunes y más aún a los hermanos chilenos. Te pregunto a vos, admirador hollywoodense: ¿quién dijo “En Hollywood te pueden pagar 1.000 dólares por un beso, pero solo 50 centavos por tu alma”? ¿Cuánto creés que pagarían por la tuya? Y decime en confianza, ¿cuánto creés que hubieran pagado por un beso de Reagan?
—No estoy seguro de tener alma. Y si la tengo, no creo que la reclamen para Hollywood.
—Quedate tranquilo, “Vasco”, todos tenemos alma, incluso aquellos que aman el cine clase “C”. Todos los seres vivos tienen alma, incluso vos —ironizó el jefe—. Y con respecto a la compra-venta de almas en el mercado de los infortunios humanos, hasta Fausto estaría dispuesto a comprar la tuya. Siempre hay un Fausto para un Arancibia, te lo aseguro.
—Te corrijo. Siempre hay un Fausto para cualquier alma.
—Cierto. No hay infierno que resulte indiferente a la oferta y la demanda de almas. Así es la ley del mercado de los condenados. Y tu infierno sí que sería vistoso.

—Ya lo creo —coincidió López Huidobro—. Aunque no tanto como el tuyo. Yo solo ejecuto. Vos elucubrás. Tenés más pecados que yo, aunque estuviera en mi quinta reencarnación. —“Pérez y Pérez” sonrió cómplice.
—Es verdad —aceptó—. ¿Y por un beso de Reagan? ¿Cuánto pagarían por el amor fogoso del vaquero presidencial?
—No tengo idea. No beso hombres —replicó el “Vasco” con cinismo—. No beso a nadie. Me da asco la saliva. En vida solo besé a mi madre como hijo. No sé por qué lo aclaro.
—Porque Edipo es rey y vos no vas a ser la excepción. Ahora, de Reagan no digo un beso de lengua, “Vasco”, uno fraternal. No exageres, no es necesario. ¿Así que no besás a nadie?
—No, me da asco, mucho asco.
—Los sabios dicen que en la vida hay que probar de todo, excepto dos cosas: el incesto y el folklore —bromeó con descaro “Pérez y Pérez”, alzando sus cejas en gesto burlón.
López Huidobro jugaba con una hermosa caja rectangular, de tamaño regular, de nogal lustrado, de la que se desprendía un repiqueteo con sordina, de perlas color ébano engastadas con dos abrazaderas de plata pura, finamente repujadas, que envolvían cada cuentecilla de manera perfecta. Cada perla, a su vez, estaba engarzada con un doble eslabón, también de plata pura, que se unía a la que le seguía para dar sentido y continuidad a la oración. Hasta hubiera dado la impresión de que llevaba un presente a su mandamás, solo por congraciarse con el superior con el que tenía asuntos pendientes. Pero no era un presente, era un testimonio de su soberbia. “Pérez y Pérez” disimuló la provocación. Tenía completo dominio de sus expresiones. Nunca un gesto lo delataba.
—¿Me vas a invitar a sentarme de una buena vez? —preguntó el “Vasco”, que empezaba a irritarse como de costumbre cuando debía entrevistar a su superior.
—Por favor, mi coronel… siéntese en esta mullida poltrona —le sugirió empalagoso “Pérez y Pérez”, con ese dejo de ironía que reservaba para los subordinados suyos que siempre estaban listos para alborotarse con una trifulca por cualquier nimiedad.
El coronel se sentó mirando a los ojos de su interlocutor, con una sonrisa impúdica y expectante. Apoyó con cuidado la caja de nogal lustroso en el escritorio de su jefe. Hizo sonar levemente el seco sonidito de las cuentas chocando unas contra otras. “Pérez y Pérez” reconoció el sonido. Observó primero la caja y luego, con una mirada calma pero penetrante, al visitante.
—¿Eso es lo que yo creo? —dijo sereno.
—¡Claro! —respondió el “Vasco”, autoindulgente.
—¿Y para qué querés eso? —“Pérez y Pérez” señaló la cajita mientras amonestaba con su mirada al subordinado. —Cuando miro esta cajita: ¡Éxtasis! Repito, ¡éxtasis!
Podestá inspiró lentamente mientras, inclinando la cabeza, miraba hacia arriba, moviéndola con suavidad de un lado al otro, procurando demostrar su gran satisfacción.
—¡Éxtasis! —y repitió en varias oportunidades, fascinado—. ¡Éxtasis!
—¿El general sentirá lo mismo que vos?
—Este recuerdo me transporta. Comprendeme, por favor. Puedo ir hasta las aspas del helicóptero aquel y escuchar acomodado su atronador sonido de la muerte. ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf!
—Te vuelvo a preguntar: ¿El general sentirá lo mismo que vos?
—¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf! —repitió, ignorando la pregunta de su superior. “Pérez y Pérez” se acomodó en su sillón y cruzó sus manos, observando con curiosidad la actitud orgásmica de López Huidobro.
—Zaf… Zaf… Zaf… Zaf… Puedo oler el río… ese olor a tierra, a barro que sube y sube y sube —inspiró con fuerza llenando sus pulmones— mientras algo cae y cae y cae… —repitió mientras describía círculos descendentes con su dedo índice.
—¿Escuchaste alguna vez el sonido de las aspas del helicóptero en un vuelo de la muerte? —preguntó provocativo.
—¿Suenan distinto que en otras oportunidades? —inquirió “Pérez y Pérez”.
—¡Perdón! —unió sus manos como para orar y miró hacia arriba como buscando la vista del Señor—. ¡Perdón! ¡Perdóname, Señor! ¡Cómo no me di cuenta! ¡Vos nunca escuchaste el sonido de un helicóptero en un vuelo de la muerte porque vos no sos “un tipo de acción”, sos un… burócrata…!
—Podés decir “de mierda”, si te hace sentir mejor —agregó siguiendo el tono de reproche del subordinado.
—No. Jamás —afirmó Podestá—. Sos de escritorio. Das órdenes. “Venga para acá”. “Vaya para allá”. “Viole a fulana”. “Mate a mengano”.
—¿Viniste a hacer catarsis? —se defendió “Pérez y Pérez”.
—Catarsis, catarsis, catarsis… ¿Vos que sabés de todo, por qué no me explicás qué es hacer catarsis?
—Teniendo en cuenta tu amor por el cine de Ronald Reagan y la notable distancia que hay entre este y la tragedia griega, creo que en tu caso se trataría de un acto de liberación o eliminación de los recuerdos que alteran tu mente y tu equilibrio nervioso.
—¿Mi equilibrio nervioso? Nunca pierdo el equilibrio. Nunca lo perdí —retrucó Podestá—. Llevo en mis oídos la más maravillosa música del mundo, que es para mí el sonido de las aspas de un helicóptero en un vuelo de la muerte. ¡Zaf… Zaf… Zaf… Zaf!
Ambos hombres se miraron a los ojos. Hubo un momento de silencio. Las respiraciones eran breves y rítmicas. El coronel, frotándose el bigotito, retomó su discurso.
—Nunca estuve de acuerdo con esa orden de drogar a los condenados. ¿Vos sí? —preguntó sugerente—. ¿Alguna vez me la vas a explicar?
—Si te quedaste con el rosario original, ¿qué le mandaste al general? —preguntó “Pérez y Pérez”, eludiendo la pregunta.
—Una copia —respondió López Huidobro sin mediar ningún gesto de distensión—. Una reproducción extraordinaria. ¡Me salió mis buenos mangos! Te aclaro.
—Mirá vos. No te preocupa que se cuestione la autenticidad de la pieza.
—¿Y quién va a pedir esa autenticación? ¿El embajador? ¡El embajador! ¡Querido “Pérez y Pérez”! ¡Mi jefe con apellido doblemente berreta!
El coronel se puso de pie y comenzó a caminar de un lado al otro del salón, de frente al escritorio de su jefe.
—Yo estuve en el curso que nos dictaron los refinados amigos. ¿Sabés con quién fui?
—No, no lo sé… ¿Debería estar en tu legajo?
—Deberías —el coronel alzó su dedo índice izquierdo en señal de disconformidad—. Deberías. Pero no está. ¿Sabés por qué no está?
—No, no lo sé… ¿Debería saberlo?
—Deberías. Deberías. Para que sepas con qué clase de tipos te referenciás, esos que te ascendieron porque te la pasás escribiendo informes desde tu escritorio de burócrata.
—De burócrata de mierda… —“Pérez y Pérez” esbozó una sonrisa exculpatoria y movió su cabeza de un lado al otro, con gesto de resignación.
—Sabés bien a quién me refiero —“Pérez y Pérez” asintió con un leve movimiento de su cabeza—. Un “zorro”. ¡Un “zorro”! ¡Por favor! —exclamó al tiempo que alzaba sus manos hacia arriba, como implorando a Dios—. ¡Sabés bien de quién hablo! Porque vos te hacés el boludo, pero no lo sos…
—Las apariencias engañan, “Vasco”.
—Con él hice los cursos de… —López Huidobro se llamó a silencio, encogió sus hombros en señal de ignorancia y, con rostro adusto, continuó—. ¿Cómo tengo que decirlo? No sé cómo llamarlo ahora. ¿Vos, que te volviste democrático, me podés decir cómo tengo que llamar ahora a mi entrenamiento? —Llamá a las cosas por su nombre, es lo más simple —respondió “Pérez y Pérez” a la pregunta de su subalterno.
—Escuadrones de la muerte. Eso. Escuadrones de la muerte. Uh, “la France, la France”. ¿Y con quién fui como superior a la escuela francesa?
—¡Decime, por favor, que muero de curiosidad! Yo soy un ignorante que venís a desasnar.
—Con el ¡Zorro! Te lo dije.
—Obvio que no es Guy Williams.
—Qué pícaro que estás.
Podestá se tomó un respiro. Continuó recuperando el tono adusto.
—Permanecí dos años con él. Desempeñé un activo rol como instructor y en la coordinación de misiones. ¿Está bien así? ¿Te parece simple y claro?
—¡Ya lo creo! Pero al “Zorro” al que te referís, te aseguro, no le gustaban las películas de Ronald Reagan.
—¡Claro! En eso tenés razón. Dijiste una gran verdad —exclamó el “Vasco” con satisfacción.
—Repiten por ahí que el que dice verdades pierde amistades. Y te aseguro que no estás en condiciones de quedarte sin amigos, mi querido coronel —lo aconsejó “Pérez y Pérez”.
—Pasaste a la amenaza —replicó el “Vasco”.
—No me respondiste qué vas a decir si cuestionan la autenticidad del rosario que entregaste.
—Nada —respondió.
—Así. Nada… —inquirió “Pérez y Pérez”.
—¿Qué me van a hacer? ¿Ponerme un uniforme de confección china? ¿Mandarme al embajador a reprenderme? Escuchá, doble “Pérez”, prestá atención a lo que le voy a decir al embajador: “¡Cómo le va, mi amigo ‘inspector Clouseau’! ¿Se acuerda de mí? ¿Se acuerda cuando me recibió en el aeropuerto? ¿Y cuándo me abrazó para despedirme? ¿Se acuerda?”
—Te vamos a nombrar ministro de Relaciones Exteriores.
—¡Lo bien que nos hubiera ido! Si yo hubiese sido ministro de Relaciones Exteriores, le hubiéramos roto el culo a los chilotes en vez de habernos metido con la OTAN —hizo un silencio, extendió sus brazos como orando, miró hacia arriba buscando un cielo inexistente y exclamó con convicción—: ¡Hay que ser boludo! ¡Dios mío! ¡Hay que ser boludo! ¡Meterse con la OTAN para hacer la guerra con Inglaterra, por dos cascotes de mierda!
—¿Sabés a quién te parecés cada vez más, Arancibia?
—Dale con Arancibia, seguí jodiendo. No. Ni idea.
—Al Chacal.
—¡Ah! ¡Creí que me ibas a comparar con el boludo de Malvinas!
—¿Cómo el “boludo” de Malvinas? Vos tenés para todos, con vos no se salva nadie. Pero quedate tranquilo, me refiero al de Córdoba…
—¡Ese era macho! —afirmó el coronel casi en un grito, golpeando sus nudillos contra el escritorio en gesto afirmativo—. ¡Ese era un macho! El primero que tiraba. Nada del capitán Araya.
—Muy bien, compadre, ahora ya sabemos cómo sigue la lista de tus preferencias: whisky, Sinatra, Fitzgerald, Reagan y Menéndez. Cada día definís mejor tu perfil político y psicológico.
—Mi perfil psicológico. Mi perfil psicológico —repitió mientras sacudía la cabeza de arriba a abajo, se crispaba su voz y se inyectaban los ojos—. Con el verso del perfil psicológico se toman decisiones contra un oficial sin mayores explicaciones.
—A veces. —El “Vasco” se puso de pie intempestivamente.
—¿Vos me sacaste del servicio activo? —señaló acusando a “Pérez y Pérez”.
—Sí. Fui yo. ¿Por qué?
—¿Qué usaste para tu decisión, mi… “perfil psicológico”?
—Puede ser.
—¿Y lo decís así, como si nada?
—¿Y cómo debería decirlo? Yo te saqué del servicio activo porque estabas fuera de control. Porque rompiste la cadena de mando. Porque te cagaste en la obediencia cada vez que pudiste. Si no te sacaba, alguien te iba a mandar al fondo del Riachuelo.
—¡Qué mierda! ¡Eso es una hijaputez! Querés discutir el asunto, lo discutimos.
—No tengo nada que discutir con vos. Ponele a mi decisión los adjetivos que mejor te parezcan.
—¡Me parece para la mierda, carajo! ¡Para la mismísima mierda! —gritó enfurecido.
—No me grités, hacé el favor. Soy tu superior, aunque te rompa las pelotas —le ordenó su jefe—. Mi paciencia tiene un límite.
Podestá había llegado decidido a cuidar sus palabras, pero fracasó otra vez. Llevado de su mal temperamento, perdió la forma, insultó y sintió verdaderos deseos de tomar a golpe de puños a ese hombre inconmovible, ese “burócrata de mierda” (alguna vez “Pérez y Pérez” le sugirió, con ironía, que no dijera la palabra “mierda” y la reemplazara por “sebáceo”), que disponía sentado a su escritorio sin jugarse nunca la vida, y que lo aplastaba con pasmosa serenidad haciendo ejercicio pleno de sus atributos de poder.
—Podías haberme respetado, haberme llamado antes de desplazarme. Como en la bajada de Rosario, me mandaste esos dos alcahuetes de mierda… ¡Sebáceos! ¡Perdón! ¡Sebáceos!, a darme órdenes.
—Esos hombres te llevaron una orden dictada por tus superiores. No fueron a darte órdenes por su cuenta, y me consta que no te dieron ninguna; jamás lo hubieran hecho. Nunca te faltaron el respeto. La tienen más clara que vos. Cumplieron con lo que se les ordenó y se acabó. Y vos te cagaste en la orden, te cagás en todo. Vos tenés una idea inapropiada del mando: creés que el mando es hacer lo que se te cantan las pelotas —lo amonestó “Pérez y Pérez”.
—¡Dejame de joder! ¡Idea inapropiada del mando! ¡Yo no cumplo órdenes absurdas!
—Vos sabías qué se te iba a ordenar: no te involucres en la muerte. Y por eso te hiciste el gil.
—¿Qué no me involucrara? ¿Qué me vieron, cara de boludo? Me banqué todas las pelotudeces de ustedes durante semanas en el norte, cagándome de calor, hablando con una vieja de mierda que lo único que quería era cogerse a alguno del grupo, con un viejo de mierda que escupía cuando hablaba, ¿y no me iba a involucrar?
—Lo del Riachuelo fue innecesario. Hubo que hacer una movida enorme para cubrir todas las cagadas que hiciste. Y no quiero ni hablar del tema del rosario. ¿Vos pensás en lo que te puede pasar si el general descubre que falsificaste su rosario y te quedaste con la joya?
—¡Que se vaya al carajo el general! ¡Y vos no me hinchés las pelotas! —gritó—. Mandarme órdenes por esos tagarnas como si fuera un boludito, sin siquiera tener la amabilidad de llamarme antes para ponerme al tanto.
—Te dijeron que llamaras y no lo hiciste.
—No tenía crédito… no tenía ni un peso…
—¿No tenías crédito…? Vos lo que no tenés es medida de las cosas. Seguiste de largo y tuve que poner toda la carne en el asador para salvarte el culo. ¡Y ahora venís a lucirte con ese rosario! ¿Qué tenés en la cabeza, hermano? ¿Te volviste loco?
—¿El capón ese que me pusiste de ayudante es parte de tu idea de salvarme el culo?
—¿No era un gordo boludo? ¿No, era “gordo pelotudo”? ¿Creés que nadie escucha cómo llamás a tu subordinado? ¿Qué pensás que dicen de vos todos los de rango inferior cuando te oyen insultar al muchacho? ¡Qué buen jefe que es López Huidobro! ¡Solo te verduguea de 0 a 24! ¿Ahora también es capón? ¿Ya lo palpaste?
—No me provoques porque no soy un pendejo. A mí me importa un carajo cómo se llama. Y como es mi subordinado, le digo como se me cantan las pelotas.
—Muy bien, señor coronel de la nación. Yo te retiré del servicio activo. Por esto, por eso y por aquello. Por todo. Y ahora te di una última oportunidad y ya me estás jodiendo de nuevo. Me corrijo: te estás jodiendo de lo lindo. No necesitamos más fracasos. En especial, ¡vos no precisás más fracasos!
—¿Por mí fracasó la operación? ¿Por mi culpa? ¿Por mis hombres? ¡Ahora resulta que todo salió para la mierda por mi culpa!
—No dije eso.
—¡Por ustedes fracasó! ¡Porque dan órdenes y no saben nada! ¡Porque dan órdenes y no entienden un carajo! No conocen el terreno, no entienden las circunstancias, no saben una mierda, planifican y planifican y planifican en el aire, y así todo sale para el carajo. Les falta orinarse encima diciendo: “¿Errores o excesos, qué suena más lindo? ¿Eh?”
—Cuando se evalúe tu actuación vas a poder decir todo eso, como corresponde, en tu descargo. Te repito: dame las gracias que te salvé el culo.
—¿Y a “La Reliquia”, también le salvaste el culo? ¿A dónde mierda fue a parar? ¿Acaso la tenés en la heladera de tu casa?
—No es asunto tuyo. Si te bajás un poco de tu egolatría, seguramente vas a contribuir a terminar con “La Reliquia”. Concentrate en tu tarea y terminemos todos felices y condecorados. Cuidate de dónde ponés la pija. Y cuidate de la mierda que te inoculás. Te lo digo acá, en privado, sin papeles, para no cagarte una vez más el legajo. No rompas los acuerdos. Es un encargo de la superioridad que no está muy feliz con vos. Cumplí y serás héroe. Te prometo el bronce, no sea cosa que termines siendo el monumento al sorete.
—Ahora resulta que me cuidás la pija, la jeringa, el legajo y me prometés el bronce. Sos como mi mamá y mi papá juntos… y Bartolomé Mitre. ¿Me vas a escribir la biografía? Vos creés que soy un pelele que movés a tu gusto.
—Pensalo como quieras.
—Si yo hubiese estado en la casona aquella, la momia ya estaría muerta.
—El que vive de ilusiones muere de desengaño, “Vasco”. Hablás mucho porque sabés poco. Y el tipo que habla sin saber, siempre habla al pedo.
“Pérez y Pérez” abrió la caja de nogal lustroso y observó con atención el fino rosario de cuentas negras. Miró a los ojos a Podestá. Acarició algunas cuentas y cerró la caja.
—¿Sabés el quilombo que tuve que hacer para salvarte el culo?
—No te hubieras tomado el trabajo —replicó López Huidobro, todavía enfurecido.
—Da gracias que estás vivo. Dejá de joder y retirate como corresponde, sin sumarios, sin castigos. Cumplí con lo que acordamos. Pero te voy a pedir un solo favor, escuchá bien, un solo favor. El amorcito, ese que tenés ahora, no va a ser el amor de tu vida. Echate un polvo, pasá un buen rato, no le des confianza. No comprés más merca a esos dealers. Estás advertido. No importa que sean federales. No interesa. Comprá en el proveedor nuestro, no sigas comprando mierda. Respetá lo acordado, ya te lo dije. ¿Cuántas veces lo tengo que repetir?
—No necesito que me cuides.
—No te cuido solo a vos. Cuido a todos. Algo que nunca aprendiste a hacer. En verdad, te oigo y no entiendo qué querés…
Podestá, haciendo un movimiento circular con su dedo índice, rotó de arriba hacia abajo, acompañando sus movimientos con suaves onomatopéyicos.
—¡Zaf… Zaf… Zaf… Zaf!
—¿Por qué no me dejás de romper las bolas con tu “zaf… zaf… zaf… zaf”? Sos viejo, sos drogadicto, te cagás en la cadena de mandos y, para colmo, no entendés un carajo cómo cambiaron las cosas. A ver si de una buena vez comprendés de qué estamos hablando.
“Pérez y Pérez”, con los ojos inyectados en sangre, levantaba presión cada vez más.
—Quiero que te lo grabes en el bocho, te lo voy a decir en varios idiomas para ver si te queda algo: estás afuera. ¿Entendiste? Fuera. Out. È tutto finito. C’est fini. ¡Carajo! Voy a tratar de que terminés tu carrera del mejor modo posible. Te ofrezco placer, amor y gloria y venís a joder con el ¡zaf! ¡zaf! ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda!
El coronel dejó caer los brazos y bajó la cabeza con resignación.
—Eso sí, pensá bien qué vas a decir del rosario.
—Te falta ser buchón —respondió desafiante, mientras alisaba con sus manos las arrugas del saco del ambo blanco que lucía para la ocasión.
—No va a hacer falta que yo te delate. ¿A vos ni se te ocurre pensar que por ahí Reinafé ya está enterado de este asunto?
—Sí. Lo sospeché.
—Ahora parecés el Chapulín Colorado, te falta decir: “Lo sospeché desde un principio”.
—Pero me importa un carajo el general, me importa un soberano carajo. Este rosario, ¡es mío! Yo me lo gané. Es un trofeo de guerra. El general pedorro ese, que se volvió “democrático” de golpe, ¿lo quiere? Que lo venga a buscar. Lo espero. Me sobran pelotas para enfrentarlo. Me sobra moral. Y la falta de moral nos va a matar a todos —dijo señalando furioso a su jefe—. Empezando por vos.
—Dejá de sermonearme con tu moralina pelotuda, dejá de decir pelotudeces…
—Así como me tenés entre activo y suspendido, al pedo, lamiendo un culo, es como estar muerto en vida.
—“Incierto es el lugar donde la muerte te espera”. Por tu salud, no la invoques tan alegre.
Los hombres callaron.
—¿Por qué no te vas este fin de semana de paseo, con lo que te pinte mejor? Te despejás. Cuando recobrés algo de cordura volvés y preparamos tu descargo; todavía falta la reunión con todos los mandos, y la verdad, “Vasco”, la mano viene pesada. Ahora retirate, haceme el favor.
Podestá se incorporó crispado de su asiento con la intención de marcharse.
—¡Ah! —exclamó “Pérez y Pérez”. Alzando una mano le indicó que volviera a sentarse. El “Vasco” obedeció confundido—. La próxima vez que te quedés sin crédito, comprate una tarjeta de cincuenta pesos que yo te reintegro el gasto por caja chica.
El hombre se incorporó fuera de sí, pero controló su lengua. Como un acto reflejo volvió a estirar las arrugas del ambo con sus manos para descargar su histeria a través de ese gesto. Giró sobre sus pasos como si estuviera practicando en orden cerrado. Con voz marcial exclamó, mientras se marchaba sin saludar, la conveniencia de volver a los valores que él suponía olvidados.
—¡Volvamos al orden cerrado, “Pérez y Pérez”! ¡Volvamos al viejo orden!
—¿De qué carajo me hablás?
—Hay que volver al viejo orden, querido. Ya te olvidaste de cómo el orden cerrado organizaba todo sin que se produjeran fallas.
—¿Vos hablás de orden cerrado? —le recriminó “Pérez y Pérez”—. Cumplí con lo que se te ordena y después hablamos del orden que se te canten las pelotas.
—Ustedes renegaron de los viejos valores. Hay que volver al orden cerrado.
—Ahora, volvete a tu casa y dormí la siesta, que te va a hacer muy bien.
—El objetivo del orden cerrado, te recuerdo, es influir en la disciplina de los individuos; permite al instructor conducir personalísimamente a su grupo, tomar rápidamente posiciones e incrementar la moral en los subordinados. Eso es lo que se perdió desde entonces: la moral, ¡la-mo-ral! —exclamó—. Se perdió la moral y se produjo el ascenso de estos jefes “sebáceos”. Sé un burócrata y alcanzarás la gloria; sé un soldado y te cagarán la vida.
“Pérez y Pérez” se dio vuelta e ignoró la perorata.
El coronel traspasó la hermosa puerta lustrosa como un espejo. Descendió la amplia escalera blanca invocando unos párrafos rebuscados que leyó en esas tardes de licencia forzosa, para moderarse antes de salir a la calle.
—Malleus maleficarum. Malleus maleficarum.
En perfecto latín repitió el nombre del libro macabro, como quien invoca un santo conjuro. Luego, convocó a sus autores, mutando la imprecación en sentido reclamo.
—Si tuviera su extraordinario martillo, acabaría de un solo golpe con todos estos brujos de la decadencia.

***

XV – Descartable 


Abigaíl le confesó a Bado, en aquella reunión a la que Marlene la llevó de prepo, que era esclava en una red de trata, aunque evitaba denominarla de ese modo. Le hablaba como si se tratara de un trabajo full time, en el que la herramienta era el propio cuerpo, pero su explicación no dejaba a Bado lugar a dudas sobre lo que quería decir.
—Red de trata —le dijo con absoluta convicción.
—Lo dijiste vos, no yo —respondió Abigaíl, procurando que sus palabras desdijeran, sin convencimiento, la conclusión del muchacho.
No atendía clientes oportunistas porque un tipo la había comprado, ¡exclusiva!, para él, como si fuera una perra de raza. O como se compra una vaca. Se acostaba con ella algunos viernes, y de ese modo estaba descartada la reproducción. El tipo odiaba a las mujeres: “son una calamidad”, decía mientras la penetraba; “son una calamidad”, repetía maniático. Un hijo de puta como pocos. Salvo su padre y su tío, nadie como él se había ganado esa consideración con tanto esmero. Además, era un drogadicto y un asesino.
Marlene reiteró que era nada más ni nada menos que el asesino de su compañero, el suboficial Pérez. Bado escuchaba confundido: era un submundo que ignoraba. No volvió sobre el tema del suboficial; ese asunto estaba terminado. La venganza de los Pérez podría servir de buen título para un libro, pero la logia no estaba interesada en eso. Esa negativa selló el destino de Bado. “Pérez y Pérez” tomó la decisión sin vacilar. “Así es la vida”, dijo, encogiéndose de hombros. Recordó a su camarada Podestá: “de algo hay que morir. Lo que no sirve se descarta”, agregó sentencioso.
Con respecto a sus desgraciadas vidas en la red de trata, ¿en qué podía ayudarlas? Cuando Marlene escuchaba esas palabras en boca de Bado —“¿en qué podía ayudarlas?”— sonreía satisfecha. Entendía que crecía, lento pero constante, un sentimiento solidario. Eso le habían pedido. Si no cumplía, la molían a palos. Tenía demasiadas magulladuras como para hacerse la distraída. No sabía que su trabajo ya había sido descartado, como ella misma, cuando Bado dijo “no” a la oferta de la venganza. Los “liquidables” muchas veces trabajaban para nada y no sabían que la muerte los esperaba a la vuelta de cualquier sombra. Eran carne de descarte.
Bado les dijo que se tomaran el raje cuando pudieran, que se salvaran. “¿Por qué no luchan?”, insistió. Abigaíl se rió como una criatura. ¡Si fuera tan simple! ¿Luchar? Como todas las suyas, no tenían patria, no tenían bandera, no tenían leyes, no tenían ejército. “Seguro, lucharemos. Porque se trata de cambiar las cosas”, razonaba con él, burlándose liviana. Abigaíl rechazaba la forma en que Bado abordaba la cuestión. Le explicó en detalle que había asuntos que no funcionaban como él se los representaba. Él insistía en la lucha. A medida que Abigaíl le hablaba, el coro de la advertencia sonaba más fuerte en su cabeza.
“Ten cuidado, Bado. Los lobos sanguinarios abren sus coléricas bocas para mostrar sus dientes, dentaduras de puñales filosos, lengua empapada en sangres de inocentes. Se presentan amables y temblorosos, pero llevan consigo amenazas: venganzas de cruz, espada, fuego, piedra. Implacables tejen la trama de la muerte. Lloran lágrimas de falsos dolores, congojas indescifrables de carnes humilladas. Muestran sus doloridas entrepiernas masticadas y prometen sus pieles como guaridas de caricias de lenguas y de dedos inocentes. Beben tu néctar esperando el momento. Coserán tus ojos y tu boca con encarnizados hilos de sangre, para siempre”.
Pero Bado dudaba. Nunca había sido indiferente, ni siquiera de niño. El coro se retiraba y volvía el lamento a ocupar su lugar en la escena. Las dos figuras, subidas a sus inmensos coturnos para ganar altura, con sus trágicas máscaras, recitaban un texto que parecía sincero. La palabra muerte siempre estaba presente. Frágiles como estambres, atormentadas bocas, pieles abominadas sobre pieles, sexos a dentelladas crudas: solo desesperanza, como una paloma muerta.
Así de corto era su destino: a la distancia de un tiro en una falsa escena de celos, de un empujón cuando estaba por pasar el tren, de un desmayo justo frente a una amplia ventana en el piso veinte, a donde la citó un cliente, de una mano que las molía a trompadas, de una sobredosis inyectada a patadas en el vientre.
Abigaíl explicaba cómo era ese López Huidobro —o Podestá, como lo llamaba Bado—: un lobo de hombres, vestido de lobo de hombres. Saboreaba la muerte reducida a una pústula de maldad en la punta de la lengua. Y recitaba, en cada oportunidad que tenía, “las mujeres son una calamidad”, prometiendo una caverna venenosa donde encerrarlas a todas para acabar con ellas para siempre. Ella pensaba que los tipos como él eran la verdadera calamidad: con ese olor a muerte pegado en las uñas, la piel que se marchitaba a saltos, hasta en sus últimos repliegues contaminados de hipocresía, histérico de cicatrices como escorias estampadas.
“¡Yo no beso a nadie! ¡Yo no beso a nadie! ¡Me da asco la saliva! ¡Me da asco la saliva!” “¡Imbécil hijo de puta!”, maldecía Abigaíl cuando hablaba del “coronel”, como lo llamaba en son de burla. Bado movía los ojos, eléctricos, cautivados.
Le preguntó si estaba enamorado de alguien. Bado dijo que no. Marlene tocó con su pie la pierna delicada de Abigaíl por debajo de la mesa.
—¿Podríamos enamorarnos? —preguntó. Bado movió negativamente la cabeza. Abigaíl sonrió amable. Le dijo que ella no sabía amar. No podía desentrañar qué era el amor para alguien descartable como ella. O como él. Como quisiera llamarla, a él se lo permitiría. Ahora contenía ese enojo que surgía de la confusión de los sexos. Después de todo, ya se había asumido como “dos espíritus”. A diferencia de otras circunstancias, allí sentados, frente a frente, podía hasta mofarse de su propia androginia. Bado no quiso preguntar de qué se trataba eso de “dos espíritus”. Se quedó con lo que Marlene le respondió en la primera reunión: “es una condición”.
Le dijo que comprendía las miradas en la calle. ¿Es o no es?, escuchaba el susurro. Los hombres, boquiabiertos, pasmados, intrigados, discutían con sus esposas.
—Es una mujer —decían comprensivos. Las mujeres, en cambio, con olfato mefistofélico, recriminaban a sus hombres por babosos.
—Es un hombre. Un travesti. Un puto. No ves un carajo, imbécil. ¿Ahora te gustan los pendejos disfrazados de mina? ¡Con razón! Ahora me explico.
—Y sanseacabó.
Si los maridos se atrevieran a seguir el debate, dirían presuntuosos comentarios imperdonables:
—Ojalá vos tuvieras ese cuerpo. Pero eso prometía una trifulca, un divorcio o una buena trompeada. Era preferible conservar las apariencias.
—Sí, cariño —repetían aburridos. Y a otra cosa, mientras seguían con el borde de la mirada su paso a la distancia.
Le habló de Marian, su “madama”, o su protectora. A Bado la palabra “madama” le causaba gracia. Abigaíl aceptó que era una palabra graciosa. “Madama”, “meretriz”, “golfa”, “puta”, “perra”: como prefiriera llamarla, porque de todos modos las palabras no podían cambiar las cosas. Le confesó que tenía hacia ella un sentimiento doble: pena y agradecimiento. El muchacho le recriminó esa dualidad, sobre todo lo del agradecimiento. Para él las cosas se presentaban con meridiana claridad en dos tonos definidos, blanco y negro, sin grises para ese asunto que no tenía matices. Marian no podía ser fiable: era su meretriz, no su madrina. Marlene escuchaba entretenida.
Abigaíl no consentía ese rechazo. Marian, después de todo, era parte y no tenía ninguna capacidad de decisión. Apenas un peldaño por encima de “las chicas”. Pero nada más. Con la misma facilidad con la que una muchacha era eliminada, a Marian la podían cepillar en un instante. Bado no se animó a discutir ese argumento: no conocía el ambiente como ellas. Además, insistió Abigaíl, Marian no le mentía mucho y hasta le hablaba con sinceridad de asuntos que parecían importantes. Muchas veces la desilusionó sobre el amor, y eso sí que la angustiaba; se lo explicó a su manera, sin metáforas, como muchas otras cosas.
—El amor no existe para nosotras, mamita. El amor no existe, nena. Lo cagaron a trompadas. Lo molieron a palos. Le arrancaron el corazón y lo vendieron por dos mangos para un guiso de mierda. ¡Dos mangos! ¡Entendelo! ¡Dos! ¡Dos! —y poniendo los dedos en “v”, remarcaba el pobre valor al que había sido reducido el amor, según Marian, para cocinarlo para unos vulgares antropófagos—. Lo ahogaron en una palangana como a una gata recién nacida, que nadie quiere. ¿Viste que a las gatas las ahogan apenas nacen? Así hicieron con el amor. A vos no te ahogaron en una palangana porque te entregaron a ese tío hijo de puta que tuviste.
Y de inmediato agregaba:
—Querete vos, que sos a la única que le interesás de verdad. Lo demás es cuento. Solo les interesa cuánto te pueden sacar: sexo, plata, lo que sea. Pensá en vos, que este cuerpito que tenés no te va a durar toda la vida. Mirame a mí y vas a ver que tengo razón. Juntá la guita que puedas. No le des al fulano de qué quejarse para que no te mate a palos. Si te da dos pastillas, chupate una y la otra tirala a la mierda. Si te da un bife, pedí perdón, para que no te dé dos, o tres, o cuatro. Mirá que los tipos, cuando se les da por pegar, pegan y pegan y pegan.
—Cuidate, amorcito, porque nadie te va a cuidar más que vos misma. ¡Usá forro siempre! No importa que el gil te diga “a mí me gusta sin forro porque así siento más”. Si quiere sentir más, que se la haga con papel de lija: vas a ver cómo siente y se deja de joder.
El que te dice así, te lo aseguro, te caga la vida. Son tan hijos de puta esos tipos que, si se pescaron una peste, lo primero en que piensan es en pegársela a alguna mina solo por cagarle la vida.
Mirándola a los ojos y acariciándola con extraña ternura, le explicó:
—Después de todo, yo te coloqué bastante bien. El tipo es un capo, un coronel, un jerarca. No estarás de diez, pero tampoco estás en la villa. No será Romeo, pero tampoco vos sos Julieta.
Abigaíl reconocía que así era. Marian la transformó, la educó, la vistió y le dio esa apariencia exquisita con la que entró en ambientes que ni sospechaba que existieran.
Marian no dejaba de hablar. Cuando le negaba la posibilidad del amor, de enamorarse intensamente —algo que anhelaba sinceramente—, su voz sonaba como a dinero, pero a dinero sucio, a billete ajado por un intenso manoseo. No ocurría a menudo, pero había momentos en que Marian mutaba su voz aflautada y sensual y vociferaba como subida a un coturno roñoso, áspero y pedregoso, desde donde su voz se deformaba. Y Abigaíl no podía evitar esa sensación que le provocaba escucharla: todo su cuerpo se sentía como el resultado de un capital acumulado en roña, que se transparentaba por la piel, músculos, nervios, arterias, huesos, un juguito nefasto que circulaba llevando la esencia de una plusvalía extraída en la milenaria explotación de las mujeres.
Marian le dijo que, en definitiva, ellas no eran sino simples mercancías y que, de una u otra forma, terminarían engrosando el capital de algún pervertido. Eran eso: promesa de capital de un hombre que las llevaría en sus bolsillos, en sus testículos, ensalivadas bajo la lengua o donde cupieran, y que las gozaría hasta que se hartara. Luego las descartaría como se hace con un desperdicio, e iría por otro cuerpo joven en que zambullirse hasta extraerle la última gota de vida, como hicieron con ellas.
¿Que cuál era el futuro? Creyó que alguien le preguntaba, escondido entre unas penumbras azules. A ella, a medida que se ajaba por el paso del tiempo, la esperaría un obeso sudoroso que no estaría ni siquiera en condiciones de alcanzar su inútil pene, apretujado por su vientre derramado más allá de la ingle. Y Abigaíl, en quien alguna vez su juventud se extinguiría, cuando la androginia de sustancia femenina se sublimara como se evapora el más lujoso néctar de la felicidad que reposa en el fondo de unas calaveras, y apareciera cierto grotesco masculino, sería rentada por algún viejo libidinoso necesitado de sexo homosexual clandestino, a quien ni sus inyecciones ni prótesis alcanzarían para disimular su condición de minusválido moral, flácido y abominado de todo sentimiento verdadero.
Entonces Marian le proponía a Abigaíl imaginar un final posible para cada una de ellas. ¡La muerte! ¡La muerte! ¡Compañera de siempre! Acurrucada a su lado, en todo momento, en todo lugar, pegadita a la piel del costado como una costra imprescindible.
Ella bebería champagne, fumaría la mejor droga, amaría a alguien que le jurara que la amaba de verdad —aunque fuera ese último instante— y se arrojaría al río como la Storni se arrojó al mar; caminaría por el fango pegajoso del río hasta que un cardumen de restos de basura la llevara hasta la unión con el mar, donde moriría entre espumas y sales marinas. Buena muerte, amada muerte. Y nadie encontraría su cadáver, porque quedaría allí, para siempre, aferrada a la muerte, su última compañera, la de todos.
¿Y Abigaíl? ¿Cómo moriría su “dos espíritus”? Ella no quiso responder, o directamente no se atrevió a hacerlo. Marian acarició nuevamente su cabeza, comprensiva. Siempre consideró que, en realidad, Abigaíl debió morir tantas veces colgada de ese aparejo siniestro, que la verdadera muerte la descartó llena de pena.
Cuando Marian le habló de la muerte, ella escuchó el murmullo de las hojas de una acacia negra, que le impusieron un silencio de árboles. Cuando cesó ese murmullo, la conversación retomó su naturalidad. Abigaíl pudo entonces volver a escuchar la voz de Marian, sonando como siempre, aflautada, sensual, preguntando sobre el pasado.
—¿Me oís, nena? ¡¿Me escuchás?! —reclamó la madama con un leve empujoncito en el hombro derecho. Abigaíl asintió con un movimiento de su cabeza.
—¿Cuántos años hace que te conozco, nena? ¿Cuatro? ¿Cinco? —preguntó nostálgica.
—Seis —respondió Abigaíl, precisa.
—¡Ya seis! ¡Cómo pasa el tiempo! Cuando digo así me siento más boluda que de costumbre.
—Es que todo pasa muy rápido. Muy rápido. A veces pienso en el pasado y creo que fue hace un siglo que escapé de casa.
—Lo bien que hiciste en matar a ese hijo de puta y salir carpiendo. De los otros hijos de puta se ocupó la vida. Ya lo sabés. ¿Qué edad tenés ahora, nena?
—No sé. No sé mi edad. La que ustedes me pusieron en el documento. Creo que diecinueve, ¿puede ser?
—Y sí, puede ser. ¡Diecinueve! ¡Qué pendeja! Parece ayer que me obligaron a ir a buscarte.
Para Marian no parecía haber pasado seis años completos desde que la convocaron por el asunto de un niño capturado en inmediaciones de una ruta nacional. Recordaba con exactitud la reunión con Segni por ese asunto. El fulano, por orden de sus superiores, reclamó su presencia. La citó en una oficina del barrio de Constitución.
Marian llegó algo retrasada. Era su costumbre. Tal vez un modo de sentirse con mayor autonomía de la que en realidad gozaba. Pasados ya seis años, recordaba que decidió llegar tarde para joder al tipo que la convocaba. Y si la llamaran nuevamente para el mandado, volvería a hacer lo mismo. Algo de respeto, algo de cuidado con ellas y sus muchachas: eso exigía, cansada de abrir las piernas para esos tipos de mierda.
Recordaba que llamó por el portero eléctrico con dos largos timbrazos. Segni, en tono de burla, la invitó a pasar. Subió por la escalera —no usaba ascensores; les tenía fobia—. Al llegar al departamento del cuarto piso, Segni la esperaba con la puerta abierta. Abrió sus brazos en señal de bienvenida. Podía todavía verlo exhibiendo su atlética figura, nada cautivante, sí amenazadora.
—¡María! ¡María! ¿Acaso te llamaras solamente María…? No sé si eras el eco de una vieja canción… —cantó Segni, entre amable y desafinado.
—Marian, pedazo de nabo. Respetá los nombres, que para eso me bautizaron —dijo la madama en tono de reproche.
—El otoño te trajo, mojando de agonía, tu sombrerito pobre y el tapado marrón… ¡Eras como la calle de la Melancolía, que llovía… llovía sobre mi corazón…!
—Dale, Cátulo, ¿para qué me mandaste llamar?
—Yo no, mi querida “Maaariaaam”, no María. Yo no mando, no ordeno, solo obedezco. Soy una especie de “ciborg” malvado: carne y metal. Algo de carne, algo de huesos y metal. Calibre: el supremo. Glock, la más mía, la lejana… Para vos, Ma-rian: “Safe Action” Pistol.
—Pero esa es de plástico, como vos. ¡Ah, no! Vos sos de goma. Látex “camaleón”.
—Qué berretada. Yo: “Prime”. ¿Y tú? ¿Sífilis? ¿Blenorragia? ¿Cosas peores?
—No, nunca me acosté con vos. Estoy sanita.
—Es cierto, querida, lo primero; lo segundo, lo dudo.
—¿Vas a seguir boludeándome como hasta ahora?
—Tengo nitrocarburación ferrítica que me hace inoxidable, anticorrosivo. Resisto tus ironías, tus burlas, tus malos tratos, solo por amor. ¡Amor! ¡Amor! Como diría el Pastor Jiménez, antes de huir con toda la guita.
—Bueno —dijo Marian con aflicción—, decime qué querés, así me puedo volver a escuchar chicas inteligentes.
—Mi jefe, mi amado, venerado, extraordinario y superior jefe me encomendó un encargo para vos.
—¿Cuál? —preguntó Marian, extrañada.
—¿Cuál encargo?
—No, cuál jefe, boludo.
—El único, el mejor, el más extraordinario. El de apellido rantifuso —chanceó Segni.
—Acá todos tienen apellidos rantifusos, mistongos. Y nombres ridículos.
—Es verdad. No somos Borges.
—Hacen lo posible por demostrarlo. ¿Para qué me hiciste venir, pesado?
—Compañera, correligionaria, camarada, tráteme bien, que todo lo que hago lo hago ¡por la causa! —Segni continuaba en tono de broma la conversación.
—La causa, la causa, la causa… de todos mis males son los tipos como vos…
—En cambio, vos sos la de todos mis desvelos.
—Bueno, dale, que no tengo más tiempo que perder hablando huevadas.
—Querida María Mariam de los Malos Tratos, tenés que ir a ver a Moreira.
—¿El bonaerense?
—El mismo que viste y calza.
—¿Y qué hice yo para ir a ver a ese tipo? —preguntó con verdadero fastidio.
—Vos no sé, pero él tiene algo que nos corresponde.
—Explicame, porque no entiendo qué puede tener él que les pertenezca a ustedes y para lo que me necesiten a mí.
—Me extraña araña. Los muchachos de Moreira se apropiaron de un chico: un niño, un purrete, un mozalbete, un impúber.
—¿Y yo qué tengo que ver? Vayan a buscarlo y díganles que se los devuelva.
—No es tan sencillo, querida Marian. El jefe no quiere compromiso directo. ¿Sabés qué pasa? La cosa de la trata lo tiene a mal traer, afecta sus sentimientos morales, parece.
—Dejate de joder. Ustedes no tienen moral alguna.
—¡Pero che…! Qué mala onda, hoy.
—Bueno. ¿Y?
—Simple. Quiere tu siempre desinteresada colaboración. Vos trabajás en nuestra jurisdicción y, como diría el gran refranero, “una mano lava la otra”. Vas, lo ves a Moreira, que te tiene en alto aprecio, y chau picho. ¿Estamos?
—¿Dónde decís que lo agarraron al pibe ese?
—En una ruta nacional, camino a la hermosa provincia que tiene el ombú más grande del mundo. En este sobrecito están los datos. Cuando empieces tu viaje, abrilo con elegancia y leelo.
—Fácil para vos decirlo, pero todos sabemos que Moreira no lo va a soltar ni en pedo.
—Marian, querida, mi benemérita asociación ya habló con la benemérita institución de ellos. Te lo tienen que dar.
—Lo va a querer vender. Ese no larga nada.
—Está todo arreglado, se paga lo que vale. Ni un peso más, ni un peso menos. Su peso en billetes de cien. Nada de cambio chico. Dicen que es flaquito, así que no va a pesar mucho. Al contado. Acá tenés el sobre con el dinerillo.
Marian tomó el sobre, miró el fajo de billetes, no los contó y lo guardó en su cartera.
—¿Es de la jurisdicción de ustedes y se lo tienen que comprar?
—Política de la casa. Compra y venta de personas. Vos me comprometés, yo te comprometo. Nadie se puede hacer el gil. O, diría el jefe, transparentando la cosa: política de buena vecindad. Hoy por vos, mañana por mí. Si ellos hubieran pasado por el juez de menores, es de ellos. Pero lo metieron en una red, de una, y ahí ¡zas!, cagaron. Todo clandestino. Pero Yahvé está en todos lados y sabe todo. Yahvé llamó y los delató. Ahora tienen que arreglar, porque si no Yahvé los va a castigar. Y ya sabés que Yahvé es bueno, pero si te quiere castigar, puede ser malo, verdaderamente malo.
Marian lo observaba, preguntándose para sí: “¿quién carajo será ese Yahvé?”.
—Además, como dice el refrán, les conviene arreglar con nosotros porque “más vale un mal arreglo que un buen juicio”. Considerá que es un trato entre parientes. De primos a primos.
—Putativos.
—Bueno, putativos, si gustás. Arreglamos con ellos, que son malos pero razonables. Si no, hay que coimear al juez, al fiscal, al de minoridad, la asistente social, y dale que dale. Sale más caro que puta fina.
—No seas guarango, querés.
—Perdón, sí, perdón. El nene estaba en área nuestra. Ahí no pesca nadie más que nosotros. Gordo, gorda, flaco, flaca, lindo, linda, feo, fea. Grande, chico. Todos nuestros sin excepción. Hay que cumplir las reglas.
Ellos pescan en toda la provincia, y nosotros en la nación. ¿No es verdadero federalismo eso? Y si no, hubieran ido al juez de menores.
—¿Y yo tengo que ir a ver a ese hijo de puta?
—No tenés buen concepto del amigo Moreira y sus muchachos.
—¿Se nota? Es un asco de tipo. Tiene olor a cebo, actitud de cebo, cerebro de cebo. Encima labura para ese juez de mierda, ese pedófilo hijo de puta.
—¡Eh! Más respeto por la Justicia.
—Hijo de puta, maldito viejo hijo de puta. Me cago en la Justicia.
—¡Vas a hacer saltar los micrófonos! Y más aprecio para Moreira. Algún elogio, che, no es para tanto. El tipo es algo sucio, algo asqueroso, pero es del palo.
—Todos los “algo” que se te ocurran los tiene ese viejo de mierda…
—Y bueno, tomalo con soda. Como decía el actor: “¿Qué va usté’ a hacerle? ¿Va usté’ a pegarle? ¿Va usté’ a matarle? Pues hay que dejarle.” El jefe quiere que vos lo veas. Confía en vos. Solo en vos. Sos sus ojos. Si yo fuera él, te cantaría: ¡María! ¡La más mía! ¡La lejana!
Te anticipo: el pibito es una joya, algo único, pocas veces visto. Mandaron unas fotitos, todo desnudito, un primor. Ya tiene comprador. Viste qué rápido se mueve el mercado de la carne.
—Otro hijo de puta debe ser el comprador.
—Cuidado con eso, amiga, cuidado. Y considerá que no va para tráfico de órganos, así que tan mal no le va a ir.
—¿Y qué tiene de especial el nene? ¿Tres piernas? ¿Dos pitos? ¿Dos cabezas?
—¡Ah! Ya lo vas a ver. Te agrego que es indocumentado. No existe. ¿Sabés lo que significa eso?
—Sí, claro.
—Nadie lo puede buscar porque no existe.
—¿Y? Conozco cientos así. Está lleno de pibes que no tienen documentos, no saben quiénes son y no saben ni leer ni escribir. Los arrean como ovejas y los llevan a los puteríos del interior, o más lejos. Si no es sexo, es droga; si no es droga, es contrabando…
—¡Qué patética estás hoy! Te agarró la justiciera. ¿Con quién garchaste últimamente?
—¿Por qué no te vas a…?
—¡Basta de palabrotas, por favor! ¿Sabés lo que es desgrabar todos tus insultos? Andá a ver al muchachito ese, compralo como te pedimos de tan buena manera, y después me decís si hay cientos como ese. 

*** 

Marian abandonó la oficina de Segni con fastidio. Era algo más del mediodía y debía salir a la ruta. Antes de ponerse en marcha leyó la orden escrita en una nota sin identificación alguna, de modo que no se pudiera atribuir a ninguna dependencia estatal. Debía dirigirse a una jurisdicción provincial: allí, en una ranchada mugrosa, la esperaba Moreira, quien era una especie de jeque en esa parte de la provincia, donde habían capturado a Gavino, un niño escapado, mientras huía en sentido oeste por la ruta.
Para entonces, sus captores ya sabían que el muchachito se había cargado a un pariente —se dijo un tío— con la bayoneta de un fusil antiguo que el padre tenía de adorno junto a una riestra de orejitas disecadas. El fusil estaba tirado en el piso, todavía tinto en sangre.
La patrulla que se hizo presente en el lugar informó que fueron alertados por los vecinos, espantados al escuchar los alaridos de una mujer. Sospecharon que se trataba de Ambrosia, la mujerona, esa que estaba siempre en actitud ausente, como perdida, y que solo bebía mate cocido de la noche a la mañana. Algunos creían que había quedado así luego de sufrir la fuga de su hija, Acacia, una noche, años atrás, de la que ellos mismos se encargaron de decir en el pueblo que nunca más tuvieron noticias.
El chisme decía que la patrulla encontró a Eleuterio agazapado sobre un cúmulo de tierra removida, de unos dos metros de largo por un metro de ancho, que sugería una tumba reciente. En efecto, era el enterramiento de Dionisio.
El hombre, en cuclillas, sin sus pantalones ni sus calzoncillos, como si fuera a defecar sobre el montículo de tierra, parecía ido, idiotizado. Murmuraba unas oraciones, párrafos bíblicos, aunque difíciles de comprender para el neófito.
Al escarbar, no solo se toparon con el cadáver del hombre, que presentaba dos severas incisiones: una en el bajo vientre, a la altura de la ingle, y la otra en el pecho, justo en el corazón. La autopsia revelaría que la bayoneta lo seccionó en dos partes exactas.
Algo más abajo y a la izquierda yacían los restos de otro cadáver, ya disecado. Se habían preservado los huesitos, la osamenta íntegra, de una joven mujer, más bien una niña, de mediana altura y contextura. La cabeza estaba sepultada a unos treinta centímetros de distancia del resto del cuerpo.
A Abigaíl, el destino de Ambrosia, su madre, se lo informó Marlene durante sus confidencias. Le mostró un pequeño recorte del diario pueblerino. Allí se podía apreciar una borrosa fotografía de una mujer a la que Abigaíl reconoció sin inconvenientes. Marlene leyó la crónica con cierta pausa:
“La mujer, de nombre Ambrosia, poco después del ingreso de la policía a su casa y, aparentemente, como resultado del interrogatorio sobre el hallazgo de los dos cadáveres —el del hombre bayoneteado y el de una niña, ya disecado— se habría suicidado clavándose un cuchillo en la garganta.”
Abigaíl no atinó a reaccionar. Inspiró profundo. Trató de asistir a su corazón, que latía desaforado.
—¿Dos cadáveres? —se preguntó devastada.
“La policía sospecha —continuó la muchacha su lectura— que el hallazgo de esos huesos descarnados se correspondería con el de una niña de entre diez y quince años de edad, probablemente hija de la suicidada, dada por desaparecida hacía algunos años y de quien no se tenía noticias desde entonces. Sus padres, en oportunidad de la desaparición de la menor —informaron los vecinos horrorizados— sostuvieron que la niña se había fugado con un peón rural, de quien nunca dieron mayores precisiones.”
—No se mató con un cuchillo —corrigió Marlene la crónica, sin poder disimular cierto regocijo—. Rompió el vidrio de una mesa de luz que estaba al costado de la cama —Abigaíl podía recordar el mueble hasta en los detalles, con precisión— y escogió el trozo más largo y más puntudo. Con ese pedazo de vidrio se quitó la vida.
Fue una daga transparente. De filos cruciales, rudos como los surcos que se abren en una carne blanda. Seccionó la arteria de lado a lado. Fue a la izquierda del cuello, con tanta brutalidad que se desangró en un abrir y cerrar de ojos. Hasta la última gota de sangre, dijeron los testigos que presenciaron el drama, la mujer cogoteaba como intentando decir alguna cosa.
El hombre, que había sido retirado del galpón donde se encontraron los dos cadáveres —el de su hermano, de nombre Eleuterio, y el de una menor que se supone era su otra hija— fue llevado a la habitación en donde agonizaba la mujer. Allí, de rodillas, sucio de las sangres que se mezclaban a su arbitrio, sermoneó intempestivo, condenando el sexo gris de piedra de los infieles, que barruntaron ignominias en el nombre de Dios, su señor, creador del sexo y de la tierra.
La crónica terminaba señalando que el hombre se negó a hablar del cadáver de la infanta, sepultado en los fondos de ese rancho olvidado. Fueron los forenses los que sentenciaron que murió degollada, con un tremendo tajo que separó de un golpe la cabeza del tronco.
A Abigaíl, el destino de la familia no la conmovió. Los odiaba. Pero descubrir que tuvo una hermana que fue asesinada resultó un golpe odioso, un brutal empujón desde el martirio fraternal, percibiendo la sangre que manaba de las amputaciones siguiendo las formas del cuerpo decapitado sobre la tumba profunda. Cuando se lo contó a Bado, en esa reunión con Marlene, este compartió la angustia y se deshizo en penas junto a ella.
Marian nunca pudo digerir la historia. Si alguna vez viajaba por esos rumbos, hacía piruetas para esquivar la zona donde atormentaron a Abigaíl esos perversos y degollaron a su hermana como si fuera tan solo una gallina. Cuando fue aquella vez a comprar al niño, ni una letra de esos homicidios conocía. Llegó como quien anda de turismo, conociendo algo de una provincia que es grande como un país.
Arribó más rápido de lo que suponía. El Acceso Oeste no estaba cargado. Y el tramo por adentro de Luján, si bien la retrasó por casi una hora, lo pudo compensar por la autovía Luján-Mercedes. Al pasar por Luján sintió deseos de arrimarse hasta la catedral para adorar a la Virgen, pero temió que un retraso le diera argumentos a Moreira para joder el arreglo.
Debía volver a la capital con el niño y convenir cuál sería el destino del purrete. Nunca imaginó que se lo iban a adosar a ella para que lo preparara para un comprador. Tampoco que lo llegaría a querer más de la cuenta.
Al pasar por Luján se prometió volver con un presente para la Virgen y un donativo para los pobres. Ella nunca se olvidaba de dónde venía.
Manejó durante varias horas. En un descampado vio un auto estacionado con cuatro hombres, dispuestos dos a cada lado. Uno de ellos hizo una seña discreta, suponiendo que se trataba de la mujer que enviaban para cerrar el trato.
En efecto, Marian redujo la velocidad y se introdujo por un caminito de tierra bastante estrecho, que la llevó hasta donde el auto estaba estacionado, impidiendo el paso de su vehículo.
—Vengo por lo del pibe, Moreira me está esperando.
—Síganos —le dijo uno de los hombres, con cara y actitud de mastín.
Moreira la vio llegar desde su sillón, debajo de una improvisada galería de techo de paja.
Las moscas abundaban y revoloteaban zumbantes alrededor de su cabezota. Había unas verdes enormes, que parecían seguir un rastro de carne putrefacta por detrás del hombre, que no se molestaba con el zumbido penetrante de los insectos. Por el contrario, parecían acompañarse mutuamente.
Un humo azul salía de una chimenea no muy grande. Se trataba del tiraje de una salamandra que se mantenía encendida para calentar agua y sostener el abrigo del rancho durante la noche y la madrugada. La tarde-noche, con frío rocío, prometía helada, y quienes debían hacer la guardia agradecían a Moreira sus siempre cariñosos cuidados.
“Hay que cuidar la tropa” —decía cuando se le mencionaba el asunto del cobijo a los propios— “un jefe no es nada si sus hombres lo resisten”.
Comer en abundancia, beber con emoción y disfrutar la vida era una concesión que hacía a sus subordinados quienes le eran fieles; allí los riesgos eran mínimos y, salvo alguna agarrada con proxenetas engreídos, el trato entre las autoridades les aseguraba una estadía confortable. Si, además, Moreira se sentía a gusto con el enviado, pedía por su permanencia. Tres o cuatro años asignados a esa tarea aseguraban un buen dinero, una buena estancia y la seguridad de que, por ese tiempo, la muerte no esperaba a la vuelta de la esquina.
Se puso de pie para recibir a Marian. Un guardaespaldas lo cubrió, a la expectativa de que nada malo le ocurriera al “jefecito”, como lo llamaban. El hombre observó a la visitante por encima del custodio.
—¡Pero miren quién ha venido! —exclamó con ironía—. ¡La gran “Mariam”! Viene a pichulear, a regatear por el putito.
—Marian, Moreira, Marian. Sin “m”. Con “n”.
—¡“Mariam” querida! No bien llegaste a este humilde rancho y venís a ladrar como perra cimarrona —señalándola a sus custodios, siguió hablando con una sonrisa mugrosa—. Ínfulas del porteñaje, que no sabe del buen trato y el respeto a los mayores. Soy viejo, pero no de mierda.
—Hacémela fácil, Moreira.
—Te la hago como quieras, si bien sabés que yo te la haría de todos modos. —Los hombrones festejaron la ocurrencia.
—Todavía el viagra no viene en damajuana, viejo. Para hacerme algo a mí vas a precisar un lindo injerto de palo de escoba.
—¿No les digo que la porteña solo abre la boca para ponerse una pija adentro o decir groserías?
—Con vos la única posibilidad que tengo al abrir la boca es para putearte. Lo otro está descartado porque la tenés de adorno. Ya no te sirve ni para mear.
Los hombres proponían con sus gestos moler a palos a la visitante. Moreira les indicó que se calmaran, que todo aquello era parte del regateo con la cogotuda prostituta de la capital.
—Vine por el pibe que se apropiaron.
—¿Nos apropiamos? —dijo esto y miró a cada uno de sus hombres—. ¿Nos apropiamos? Nosotros no somos apropiadores. Apropiadores son los tuyos, que todavía tienen que devolver… ¿cuántos secuestrados? ¡Ah, no! ¡Perdón! Secuestrados no, “reubicados”, decían. ¿Cuántos son? ¿Trescientos? ¿Cuatrocientos?
—Dejá de hacerte la Carlotto, querés.
—San Ramón Camps me proteja de zurdos y subversivos. Yo rezo todas las noches a San Echecolatz para que me proteja de brujas como vos y otros engendros de la modernidad.
“Rescatamos”, dirás. Nosotros “rescatamos” a este nene y a otros que los mierdas de sus padres abandonan como a perros. Nosotros nunca nos apropiamos de lo ajeno: solo rescatamos para que las cosas no se echen a perder.
—Sí, bueno, dale viejo, ya estoy conmovida de tu espíritu caritativo. Dame el nene así me vuelvo rápido a Buenos Aires.
—No tanto apuro, señora, aquí tenemos nuestro tiempo.
—Dale, Moreira, traé al pibe que me quiero ir, no aguanto tu olor.
Moreira hizo un gesto a su ayudante, indicándole que trajera a Gavino. Marian, al verlo, quedó sorprendida. Tardó unos minutos en reaccionar.
—Parece buenito, pero es como un animalito peligroso. Apenas lo educaron, lo usaban para el desfrute, y para eso no hace falta ir al colegio.
—¡Qué mierda que sos, viejo! ¿De dónde lo sacaste? —preguntó sin dejar de observar al niño.
—Lo entregó un camionero que lo levantó en la ruta. El hombre, como buen camionero, sabía que un niño así no podía andar viajando a cualquier parte sin mayores. Así que, cuando vio este parador, nos pidió que recibiéramos al chico para que no se perdiera. Lo dejó a nuestro cuidado. Nada más atinado. Nosotros ya lo revisamos todo, de adelante y de atrás, porque nos interesa la salud de la infancia. Está un poco dilatado, pero con el tiempo se le va a…
—Cortala, por favor. Tu ternura me tiene impresionada.
—Somos gente de campo, siempre dispuesta a ser solidarios. Llamamos a la departamental, que vino rápido, porque estos asuntos de menores son muy serios para la autoridad. Justo venían de un rancho donde hubo una masacre. Un pendejo —dijo y miró a Gavino—, un pendejo así, como este, con cara de zonzo y cuerpito de nena, ensartó a un pariente con un cuchillo y se rajó el muy desgraciado. El tipo se murió desangrado y el mocoso escapó para la ruta para que no lo agarre la ley. ¡Qué barbaridad! ¿No le parece, señora “Mariam”?
—Estoy conmovida, “Don Momierda”.
—Me lo suponía, siendo usted tan sensible y tan delicada. Así que hicimos una pequeña averiguación. ¿Qué descubrimos?
—¿Qué descubriste, viejo?
—Que el asesino era este. Así como lo ves: una cagadita de nene, sin músculos, sin cerebro, sin pito, que ni huevitos tiene. Y encima de asesino y fugado, no existe, no nació nunca, no está asentado en ningún lado: ni en el registro civil, ni en la iglesia, ni en la libreta de almacenero. No existe, no está, ni nombre tiene. Ni siquiera es un desaparecido que no está ni vivo ni muerto, como diría el general glorioso hace ya tantos años. ¡Este sí que no existe! Es menos que un espíritu. Y si no existe, ¿quién va a pedir por él? ¿Los parientes? Los parientes lo quieren matar. ¿La policía? La policía lo va a mandar a la villa para que lo violen los peores malandras. Así que lo mejor es que nos lo quedemos nosotros, que le vamos a dar mucho trabajo, por atrás, y lo vamos a cuidar como lo que es.
—Si vos te lo pudieras quedar, apenas te distraigas se escapa, Moreira. Hasta el animal más estúpido se da cuenta de que al lado tuyo solo va a tener mugre y moscas.
—Este, si fuera un poco inteligente, se queda conmigo. Acá no le va a faltar nunca algo que llevarse a la boca. —Los matones rieron descaradamente.
—Hasta una lombriz sabe que tiene que rajar de vos, viejo. Y eso que la lombriz come mierda. Ya sabés que no podés quedártelo, Moreira, ya lo sabés. Así que no te hagás ilusiones.
—Se va a quedar conmigo, te lo aseguro.
—No me jodás, viejo. Sabés bien que no te lo podés quedar —insistió Marian—. Es zona nacional, lo agarraste en una zona nacional. No podés quedártelo.
—¡Qué mierda, che, con el unitarismo! Si estaba don Juan Manuel, la historia sería distinta. Y a vos ni te cuento lo que te hubiera hecho el Restaurador. No le gustaban las cogotudas del puerto que buscaban gringuitos para abrirse de gambas. Era hombre de campo, como nosotros. Doña Encarnación te hubiera hecho limpiar los pisos con tu lengua.
—Pero el Restaurador se murió hace mucho y la Encarnación, antes. Así que, desde Urquiza a esta parte, tenés que respetar las jurisdicciones.
—Así es, ¡qué le vamos a hacer! Hablemos de plata, entonces.
Marian se desentendió de Moreira. Miró absorta al muchacho. No pudo dejar de observarlo. La mujer y Gavino —pero en especial el niño— establecieron a través de sus miradas una conexión que se hizo íntima, sin que ninguno de los dos pudiese explicar cómo sucedía aquello. Aunque hubiesen deseado impedir ese acontecimiento, no lo hubieran logrado. Tan amorosa comunión surgió del contacto de la luz de sus ojos y, para Gavino, niño sin amor como pocos, la calidez de la mirada de Marian —condición que ni ella misma suponía— lo serenó y, a partir de entonces, confió en ella como no lo había hecho con ninguna otra persona en su breve vida.
—Es hermoso —dijo Marian con sincera emoción—. ¿Cómo puede ser tan lindo?
Moreira disfrutaba la escena propia de una maternidad que consideraba imposible en una mujer que había pasado su vida regenteando un prostíbulo de la Agencia.
—Pero che, perra, nos vas a hacer llorar a todos. Te reconozco que es lindo, pero está bastante desfondado. Tiene el culito muy roto.
—Qué sorete que sos.
—Señora, cuide su vocabulario, que hay un niño presente. ¿O es una niña? ¡Me confunde! ¡Me confunde!
Marian miró a Gavino casi con emoción. Moreira captó el sentimiento de la mujer y movió la cabeza de un lado al otro, sorprendido.
—¡Las cosas que voy a ver todavía en mi vida! Al final, tenía corazón la porteña mal hablada. ¡Qué sorpresa! Yo pensé que era como el hombre de hojalata.
—Si me querés decir lesbiana frígida, decilo. No me ofende. Conozco lesbianas que valen cien veces lo que vos y todas estas mierdas que te rodean. Antes de pinchar con vos, cualquier lengua es buena. Vos, con ese cebo que te cuelga de todos lados, no podés calentar ni a una chancha alzada.
—¡Pero señora! ¡Qué poca urbanidad! En su barrio se ve que no se preocupan por el buen trato.
—Vení, nene. Vení conmigo.
Marian lo llamó, invitándolo con un movimiento de su mano. Gavino trató de soltarse de la mano del hombre que lo retenía. Moreira le indicó con un cabezazo que lo dejara ir. Caminó sin vacilaciones hasta donde estaba Marian. Sus pequeños pies lo llevaron en línea recta hasta la mujer. A sus espaldas, Moreira le habló fingiendo ternura en la voz.
—¡Nene! —gritó, pero Gavino no se volteó—. ¡Nene! ¡Te estoy hablando! —caminó más decidido hacia Marian—. Mirame, nene, podría ser tu abuelo.
Gavino apuró el paso.
—¿No te querés quedar con este abuelito? Yo te voy a untar en vaselina y vas a ver qué bueno que soy cuando estoy calentito.
Marian estuvo a punto de putearlo, pero el muchachito se acercó y le tomó la mano con fuerza y confianza. El gesto la distrajo de su pelea con Moreira. Gavino entornó sus ojos haciendo una señal que solo ella podía ver y por la que creyó entender que le estaba reclamando irse lo más rápido posible del lugar. Gavino solo esperaba que ella lo sacara de ahí, sin importarle a dónde lo llevara luego. Nada podía parecer peor que ese rancho mugroso y esos hombres que lo miraban de manera que él comprendiera qué le esperaba esa noche en ese lugar.
—¿Cómo te llamás? —le preguntó Marian, sin poder dejar de observar ese rostro tan bello como confuso.
—Gavino —dijo el niño con voz casi inaudible, mientras entornaba sus ojos nuevamente, esperando que ella le diera la señal de que lo comprendía. Marian movió su cabeza afirmativamente para que supiera que entendió el mensaje de sus ojos.
—Ya te saco de acá, ya nos vamos —dijo para serenarlo. Para Gavino, esas palabras fueron de las mejores que escuchó en los últimos tiempos.
—¿Estos hijos de puta te hicieron algo? —preguntó llena de odio. Gavino movió la cabeza negativamente.
Moreira escuchó por lo bajo lo que Marian le preguntó al niño. Sonrió con cinismo. Tenía un principio al que nunca faltaba: la mercadería nunca se manoseaba, no era de uso personal y menos cuando se trataba de un niño o niña. La mercadería era sagrada, ¡sagrada! Exclusiva para los clientes que apreciaban ese cuidado de parte del proxeneta. Moreira sabía que nadie querría penetrar a una niña o a un varón si sospechaban que habían sido disfrutados por sus captores antes que la selecta clientela, sin contar los arriendos en exclusividad. Privarse de esas tentaciones era saber cuidar el negocio. Su mayor disfrute, después de todo, era contar el dinero peso a peso, billete a billete. Con el dinero se obtenían en otro lupanar los placeres que se deseara. De eso él sabía más que muchos.
Los clientes necesitaban creer que esos cuerpos infantiles eran una exquisitez a la que tenían derecho por un mandato especial. No divino, pero sí humano, muy especial. Ellos, y solo ellos, consideraban que tenían derecho a ese disfrute que los aproximaba a los antiguos esclavistas que sodomizaron generaciones enteras. Eran los protagonistas de la evolución del derecho de pernada de los señores feudales, derecho aggiornado por la dinámica de la compra y venta de mercancía. El capitalismo es prodigioso cuando de corromper se trata. Todo está a la venta, todo se puede comprar. El dinero es el dios de la modernidad.
¿Qué los hacía diferentes al resto de los hombres? Su condición social, su potestad económica, su jerarquía, su alcurnia. Eso los volvía distintos del resto de los mortales y los convencía de su derecho a la serena pedofilia. Moreira sabía alimentar esos sentimientos y, cuando los aproximaba al clímax, les quitaba el dinero a manos llenas.
Abandonó sus especulaciones. Cuando había que tratar asuntos de negocios, las elucubraciones podían nublar el entendimiento y engañar el buen sentido de la oportunidad.
Así que volvió de esos pensamientos al regateo del negocio. Aspiró con energía el aire que llegaba desde una arboleda poblada de eucaliptus y miró a Marian entrecerrando los ojos enrojecidos. Luego de escupir una pasta verde y negra, murmuró un par de insultos y retomó la disputa con la mujer.
—¡Pero señora! ¡Cómo va a preguntar si le hicimos algo! ¿Qué se cree que somos? Sabemos cuidar el negocio: carne fresca para gente importante. Aquí, los únicos privilegiados son los niños.
—La patota rió con desparpajo.
Marian apretó a Gavino contra su vientre, como tratando de protegerlo. Él se sintió cómodo porque no recordaba que alguna vez alguien lo apretara contra su cuerpo y le transmitiera la calidez que solo la piel sabe entregar a otro cuerpo.
—Ya nos vamos, ya nos vamos —dijo, mientras permitía que Gavino se aferrara a ella con fuerza—. Arreglo esto y nos vamos a Buenos Aires.
—¿Se van a Buenos Aires como si nada? ¿Y lo decís así? Será creída la madama, será creída. —Hizo un gesto afeminado con su mano y buscó la sonrisa cómplice de sus matones—. Despacito, señora, despacito —y frotó sus dedos haciendo la señal del dinero. Gavino volteó para observarlo.
—Quiero contar viyuya —dijo—; ¡viyuya! ¡Mosca! ¡Tela! ¿Capisco?
—No vas a hablar de ese asunto delante del chico —lo reprochó Marian.
—Bueno, entonces que se dé vuelta. Lo habló por detrás; total, este por atrás tiene más experiencia que vos. —La mujer lo miró con desprecio.
—Esperame en el coche —le indicó Marian, dándole un suave empujón en dirección al mismo—. Y no toques nada, querido.
Gavino se dirigió al automóvil. Marian volvió donde estaba el proxeneta.
—Acá tenés el sobre.
—Moreira lo revisó.
—¿Esta mierda qué es? —exclamó casi a los gritos.
—Tu plata.
—¿Esta mierda? —preguntó enfurecido. Tiró el sobre al piso, disconforme—. ¡¿Esta mierda me querés pagar por esa joya?!
—Dale, Moreira, no te hagas el boludo.
—Quiero cincuenta mil.
—Cincuenta mil patadas en el orto, viejo de mierda. Vos no vas a creer que vine por mi cuenta y te pago lo que se me cantan los ovarios. Cumplo órdenes, como vos, viejo boludo. Me dieron esto y me dijeron “para Moreira”. Acá tenés la guita, es toda tuya. Por mí te podés limpiar el culo con cada uno de esos billetes y dejame de romper los ovarios.
—¡Ovarios! ¡Ovarios! ¡Para la mierda que te sirven! Cincuenta o nada. O llamo al juez.
—Por mí llamá al Papa, Moreira. Vos sabés bien cómo son estas cosas. De paso, si llamás a ese juez de mierda que regentea prostíbulos, avisale que va a tener un quilombo, que se va a tener que meter en el culo todos los títulos honoris causa que tiene…
—Pero esto no paga ni una pierna de ese pibe. ¿Sabés lo que vale? Indocumentado, parece una muñeca, desvirgado. ¿Y me querés arreglar con esta limosna?
—Si es por mí me lo llevo sin darte un mango. Pero sabés que lo convenido es lo que se paga. Hubieras hecho las cosas bien: ibas al juez de menores y allí negociabas. Ahora tenés que arreglarte con esto que te mandan de Buenos Aires, porque esta jurisdicción es nacional. Y vos lo sabés. Así que no me jodas. Bastante que me vine hasta acá a hacerles un favor a tus jefes y a los otros.
—A mí sí me hacés el favor, me dejás contento. Pero decile al porteñaje que son cincuenta o nada. Me tienen que pagar el precio que yo pongo. Todas las semanas tengo que elevar la recaudación: mil, diez mil, cien mil. Cada vez más, más, más. Piden y piden y nunca dan ni mierda. ¿Y a mí qué? ¿Y a nosotros qué? ¿Esto? —señaló el sobre mientras gritaba—. ¿Esa mierda? ¿Y a estos que lo cazaron qué les doy? ¿El saludo? ¿Y al juez qué le digo? ¿Que me birló una puta del puerto?
—Yo qué sé. Decile que es un juez hijo de puta. Eso decile. Y, además, a mí me importa un carajo la manutención de tus matones. Son tus machos, no los míos. Yo no vine a resolverte tus dramas. Con los míos me alcanza. Si quieren más guita, rómpanse el culo como hacemos nosotras todas las noches con tipos de mierda como ustedes.
—Andate, andate antes que pierda la paciencia y te haga cagar a trompadas. ¡Puta de mierda!
—Te quedaste corto, viejo. Reputa, reputísima, ¡mil veces reputísima! Pero para vos, viejo choto, ni el olor de mi bombacha. Y ojalá te atragantes con el pito de este negro feo que se está rascando las bolas desde que llegué. Dale algo para la ladilla.
—¡Andá, puta de mierda! ¡Ojalá se hagan mierda en la ruta!
Marian corrió hasta el automóvil donde la esperaba Gavino, que estaba asustado como no lo había estado desde aquella tarde aciaga en el cuartucho de mala muerte. Ella sabía, por experiencia, que algún matón esperaba una señal de Moreira para meterle un cuetazo por la espalda. Pero el viejo proxeneta entendía que Marian solo era una mensajera y matarla solo complicaría las cosas con los de arriba. A los nacionales no se les podía matar el personal como si se tratase de una vizcacha o una liebre. Todos conocían las reglas de juego y violarlas permitía la venganza, que nunca resultaba amena.
El viejo sabía que no tenía forma de que el asunto se volviera más favorable a sus intereses. Esperó unos minutos y le ordenó a uno de sus hombres que recogiera el sobre con el dinero. Miró cuántos billetes había dentro y luego lo llevó a su bolsillo. Poco para repartir.
—Esta noche hay asado —prometió.
La peonada servil celebró con alegría. Mirando partir el automóvil, echó una última puteada contra la porteña:
—Meretriz mal avenida —dijo en voz baja, y volvió a su silla bajo el alero.
Marian subió al automóvil escapando de la patota de Moreira, encendió el motor, aceleró a fondo y salió a la ruta. Sospechaba que cualquiera de esos sicarios podía simular un “lamentable accidente”. Estaba sola con el niño y echada a su suerte.
Tomó en dirección a Buenos Aires a gran velocidad; no podía dejar de repetir como un salvoconducto milagroso, una y otra vez:
—¡Viejo de mierda! ¡Viejo de mierda!
Gavino la observó con entusiasmo y sonrió con una alegría nueva para él. Coincidía con la mujer: ese era un verdadero “¡viejo de mierda!”.
Desde ese momento habían pasado seis años. Abigaíl recordaba siempre el viaje a Buenos Aires. Marian puso la radio. Para Gavino fue la primera vez que escuchó música; no sabía qué era, pero sonaba agradable. La única música que había escuchado hasta entonces eran los perversos salmos que el trío de pervertidos cantaba mientras colgaba de la rama del robusto árbol.
Marian le preguntó cuántos años tenía. Le respondió que no lo sabía. También le preguntó si sabía leer y escribir, y Gavino movió negativamente la cabeza.
—¿Y en tu casa, qué hacías? —Gavino miraba por la ventanilla, pero no respondía. Mientras manejaba, Marian relojeaba al muchachito.
—¿Tenés nombre, por lo menos? —El niño movió afirmativamente la cabeza.
—Ah, qué bueno. ¿Y cómo te llamás?
—Gavino, señora.
—Yo me llamo Marian. Nada de señora, por favor, me hacés sentir una vieja chota. —Gavino asintió con la cabeza y dejó ver una corta sonrisa.
—¿Y tu apellido, cuál es?
—¿Qué es apellido?
—Viene después del nombre.
—Después de Gavino no viene nada.
—Te pregunté qué hacías en tu casa, si no ibas a la escuela.
—No. No hacía nada. No me dejaban —respondió el niño.
—¿Nada? ¿Y por eso te escapaste?
—No. Me escapé porque maté a mi tío.
—¿En serio lo mataste, nene?
—Sí, con una bayoneta.
—¿No me mentís, nene? No seas bolacero, que no me gusta.
—No miento.
—¿Y cómo hiciste para cargar una bayoneta? Mirá los bracitos que tenés, son una cagadita. —Marian sospechaba que el niño fantaseaba.
—Así. Así hice. —Gavino le mostraba cómo había tomado el arma y la había hundido en la panza del tío pervertido.
—¿Por qué lo mataste, nene?
—Porque se lo merecía.
—¿Sí? ¿Qué te hizo? —Gavino fijó su mirada en sus rodillas. —¿Querés contarme?
Gavino se mantuvo en silencio.
—¿Querés contarme?
—No sé… —Gavino no sacaba la vista de sus rodillas.
—Querés contarme algo que yo tenga que saber.
—No sé.
—¿No sabés o no podés?
—No sé. Hago lo que usted me diga.
—Contame. Quiero que me cuentes. A partir de ahora, cuando quieras algo, me lo decís. Lo único que no quiero que me pidas son consejos, porque para eso no sirvo. ¿Entendiste?
—Sí, señora.
—Marian. Te dije.
—Sí, señora.
Gavino le dio la espalda. La mujer miró con cierto asombro el movimiento del niño, que empezó a desabrochar su camisa y la dejó caer hasta la cintura. Marian tuvo que detener el auto en la banquina. Se tapó la boca con las manos. No tuvo palabras.
Subió la camisa de Gavino hasta el cuello con gran delicadeza. En años, nunca había sentido una caricia como esa. Por primera vez, desde los azotes, pensó que hasta podría llorar. Pero se aguantó. Se había prometido llorar solo por algo extraordinario. Bien podría ser un amor. Marian lo abrazó con cálida ternura: nunca olvidaría ese abrazo.
Volvió a mirar hacia el frente del auto, por el vidrio delantero. No supo qué decir cuando vio que unas lágrimas rodaban por las mejillas de aquella desconocida. Él le hubiese recomendado que las guardara. Pero sintió vergüenza de darle consejos a un adulto, justo a una persona que lo había acariciado por primera vez en su vida.

***

XVI – Un cambio muy significativo

Retornó a su departamento, llorando, angustiado. Marlene no estaba. —¿Marlene? —la llamó—. ¿Estás en la pieza? —Silencio.
Marlene no respondió a su llamado. Salvo los lejanos ruidos de la calle, en el departamento no se dejaba oír ni el más leve sonido. Buscó en la habitación, en el baño y en la cocina. Absurdo, se reprochó. Si Marlene hubiera estado, habría respondido. La casa estaba vacía. Se enfureció. Como en tantas otras oportunidades, él regresaba y la muchacha se había marchado. A veces por unas horas, otras por días. Incluso por una semana completa. Recordó cuando llegó a ausentarse, en una ocasión, por un mes. Sousse estaba convencido de que esas ausencias se debían a que andaba con algún pendejo, cubriendo su cuota de sexo juvenil.
Error. Marlene nunca estaba de juerga; en su vida no había nada que festejar. Solo iba a presentarse en su base, a donde era convocada. Cuando llegaba la orden, había que responder con rapidez. Las veces que no lo hizo, porque se resistió o simplemente se distrajo, las consecuencias fueron tremendas.
Esa tarde, apenas recibió la orden por un mensaje de texto en el celular que tenía asignado, salió como disparada. Por experiencia, sabía que algo que involucraba a Sousse estaba por desencadenarse. Una resolución que abarcaría las dos vidas: la suya y la del mediocre periodista. Si se le hubiese preguntado qué la hacía suponer eso, no lo habría podido explicar. Pero conocía, a pesar de su corta edad, los mecanismos de desenlace de una operación destinada a quebrar a una persona. Ella misma participaba de algo semejante contra Bado, cuando le llevó la propuesta de un encuentro entre los “discrepantes” y la logia.
En un sobre cerrado, apenas una pequeña esquela impresa proponía “un encuentro entre los mandos para coordinar acciones”. Bado estaba bien aleccionado: nada de reuniones, nada de “espíritu de colaboración”. Cada gato por su pared. Si los “discrepantes” deseaban desertar de sus mandos, los felicitaban, golpearían juntos, pero caminarían por separado. Todas las entrevistas serían solo con Bado, hombre de confianza, vaso comunicante.
La presencia de Abigaíl no modificó las cosas, ni su oferta de colaborar en “la venganza de los Pérez”. La logia no promovía la venganza, no por una cuestión moral, sino por inteligencia política. Ni su fatídica historia hizo cambiar de parecer a los responsables. A Bado, sin embargo, lo conmovió su relato; por eso el coro sonaba sus ditirambos en enérgicas advertencias.

“Ten cuidado Bado. / Los lobos de escalofríos, sanguinarios / agazapados palpitan sus dentelladas / e implacables conciben besos de muerte / en las frutales bocas de los inocentes / Para devorar las felicidades / Se esconden en los pliegues de las mansedumbres / de inocentes sentimientos ancestrales / Ya decidieron suprimir el amor / y luego de saborear tu humana carne / Húmeda y fresca y náufraga de odios / Suprimir tu corazón de empeños amorosos”.

Tras la advertencia, el coro se retiraba y dejaba lugar a las asperezas de manos fragantes, a las miradas de labios fatigados, a los iracundos racimos de palabras.
Mientras Sousse viajaba desde Constitución hacia Barrio Norte, Marlene lo hacía hacia Congreso, a su base, donde la estaban esperando. Eran viajes paralelos. Dos paralelas que se apartaban cada vez más. En un sentido y en otro, irreparablemente. El tiempo, a su arbitrio, los alejaba uno del otro hacia destinos desconocidos. Y, sin embargo, al mismo tiempo los disponía para ser parte significativa del final de una celada que pondría al hombre a merced de sus captores.
Si ella hubiera podido advertirlo, no lo habría hecho. No le interesaba. No faltaría a sus órdenes, y aunque lo hubiese deseado por alguna razón sentimental o de simple solidaridad, no habría transgredido el orden establecido. Sabía el costo que pagaría por ello.
Para Marlene la solidaridad era puro cuento. De paso por ServuS, en una oportunidad en que brindó algún servicio, se lo dijo la meretriz con todas las letras:
—A las hembras nos ahogan en un balde al nacer. ¿De qué solidaridad me hablan? Ni tiempo de llorar tuviste: ya te metieron la cabeza en el agua y te ahogaron.
Ella se llevó esa reflexión como se lleva un prendedor en el pecho, desde entonces.
Entonces: ¿de qué solidaridad le hablaban? ¿Alguien, alguna vez, se convencía mientras fumaba el enésimo cigarrillo, lloró no más que una lágrima por una de esas hembras que se retorcían mientras el agua inundaba sus pulmones hasta la asfixia? Nadie, afirmaba con bronca, nadie.
¿Solidaridad? ¿Alguno de esos repetidores de mentiras vio morir de asfixia entre las manos de un hombre a una hembra? Los ojos reventados, la nariz laxa, la lengua retorcida, el lívido color que llega con la muerte tiñendo la piel con su sustancia oscura.
Ella, como muchas otras, no era mucho más que una de esas cachorras con destino de muerte en un balde lleno de agua sucia, en una cama roñosa, en una bañera oscura. Pero, por un misterio del destino, no fue a dar a un bote donde ahogarse, sino a una red donde pudrirse.
¿Solidaridad? Sermones de iglesias, de todas, mentiras en liturgia que se dicen porque suena bonito en los discursos. ¿Quién fue solidario con ella cuando la raptaron siendo apenas una niña? Nadie. ¿Quién se compadecía de sus golpizas? Nadie. ¿De sus abusos? Nadie.
Ella no podía ser de otro modo. Y Juan Antonio, si había algo que no le inspiraba, era solidaridad ni misericordia. Así lo tenía razonado desde entonces y no encontraba motivos para cambiar de parecer.
En el asunto “Sousse, Juan Antonio”, sin dramatismo, no deseaba bajo ningún aspecto advertirle de nada. Tenía desprecio por él, sincero desprecio, por su forma de hablar, de caminar, de beber, de fumar, de pensar. Lo consideraba un creído, sin capacidad de reflexión, atrapado en la superficialidad de las cosas.
Cuando la asaltaba un sentimiento de piedad, trataba de no ser demasiado severa con el hombre, pero era un sentimiento breve, que duraba un suspiro, mucho menos que el aleteo de una mariposa, que la abandonaba rápidamente y dejaba su lugar al elocuente repudio.
Discernía con claridad adulta sobre los valores —o la falta de ellos— en una persona. Sousse, para ella, era un incapacitado espiritual, un lisiado moral, un evento inoportuno de la biología que le habían adosado como trabajo. Un despojado de buenos sentimientos, un hombre que no tenía nada en el corazón y que estaba irremediablemente vacío.
Atribuía a los vicios —que tienen siempre voluntad propia y dominan a las personas hasta matarlas— la responsabilidad de tanta minusvalía. El alcohol, las drogas, su genética mediocridad lo habían reducido a eso que ella tenía que ver día a día, salvo esas esporádicas fugas a la base o en sus escasos encuentros con Bado, o con Bado y Abigaíl. Sousse era una persona maleable, posible de modelar al antojo de sus verdugos. Él era el único que no podía percatarse de ello.
Marlene descendió del colectivo; el “12” la dejó a unas cuadras de su destino. Por Entre Ríos buscó la calle a la que se dirigía. Era pequeña, frágil, bonita, despeinada. Su apariencia inducía a engaño: a cierta distancia parecía una niña; de cerca, no se podía tener esa impresión.
Todos los atrapados en las redes de trata desde la infancia se parecen unos a otros sin importar el sexo, así en la anatomía como en su destino, así en el cuerpo como en el alma. Siendo aún algo mayor que una niña, estaba como marchita, cruzada de manera confusa por heridas invisibles que le sumaban años incondicionalmente. Regimientos de cicatrices invisibles asombraban su anatomía de caverna.
Fumaba mucho, en exceso, y echaba un humo que parecía invencible. Se le notaba en el aliento, en la voz, en el lenguaje ajado, en las manos, sin sentido de dedos encerados. Hasta en los labios mustios había un cierto tono amarillento nicotínico que le daba ese aspecto de mayor edad de la que realmente tenía.
Pecas en el rostro, caídas desde las cejas hasta el hoyuelo del mentón, apenas redondas, minúsculos besos naranjas, pero besos ebrios de irregulares colores naranjas. Distribuidas a lo largo de las mejillas, a partir de la nariz, iban hacia las orejas que se hacían silvestres bajo algo de cabello. Sobre las pecas, a un centímetro de distancia, ojos marrones, intensos: dos látigos estampados, dos espadas, dos heridas mordiendo donde se posaban. Y sobre ellos, las cejas gruesas, pobladas, con aire de Frida Kahlo, con ese mismo rasgo de incógnita sublime de la mexicana.
Cuello corto, espaldas pequeñas. Su busto era poco significativo; incluso se diría que no había desarrollado. Si se la miraba a la distancia y con ligereza, eran dos frutas que yacían como hazañas sobre el pecho corvo. En cambio, las caderas estaban bien formadas, rigurosas las curvas que bajaban en cadencias hacia los muslos macizos, en armonía perfecta con las rodillas y las pantorrillas.
De pies pequeños, llevaba unas sandalias chatitas de cuero crudo y sobre los tobillos pulseras de cuentas de cristal, color jade y azul marino, una seguida de la otra, que echaban reflejos iridiscentes cuando la luz del sol atardecido les daba como de chanfle al caminar apurada.
Caminaba serena, distraída. Era una linda tarde en la que el sol diseminaba sus luces fermentadas, torrenciales, generosas. Eran luces que iluminaban las crestas de los edificios y tatuaban los árboles de brillos. Se detuvo en una esquina cercana al Congreso, distraída del espectáculo que los ramos de colores y perfumes brindaban ante la indiferencia de los ajetreados transeúntes, que apenas percibían el festejo en el cielo.
Una combi blanca de vidrios polarizados detuvo su marcha intempestivamente en la misma esquina en que ella se había detenido por la orden roja del semáforo. Le cerró el paso sin que atinara a comprender qué ocurría. Una trompada llegada del fondo del odio le estalló en medio de la cara: brutal, precisa, paquidérmica.
Cuando volvió en sí no estaba segura de si estaba viva o muerta. Se percibía desconectada de la vida por un tiempo sin medida, flotando en un limbo que alternaba una bruma gris, inasible, y una oscuridad poderosa, enterradora. Entre las sombras sonaba un murmullo de muerte en tiempo de martirio. Una sirena gritaba a viva voz por las calles atestadas y los ruidos le llegaban hasta las menudas terminaciones de sus nervios por cada una de las heridas abiertas.
El servicio de emergencia la trasladó a un hospital público. Allí no podían comprender la golpiza que le habían propinado. Por los párpados traumatizados entraba apenas un haz de luz insignificante. Luz blanca, que lastimaba su retina herida por los golpes brutales. Encandilada por ese rayo de luz, turbada por el trauma, atravesando un entresueño, la muerte, majestuosa, se abrió paso entre su confusión.
Todo lo que deseaba saber era si ese era el tránsito hacia el cielo. ¿Por qué no habría ella, después de todo, de ir al cielo? Ya había estado una temporada en el infierno, desde niña hasta entonces. ¿Sería suficiente? No podía tener deudas con los guardianes del cielo, esos que se reservan el derecho de admisión y deciden a qué lugar de las alegrías o los tormentos se deben dirigir los recién arribados.
Entraría recostada en esa dura camilla con su boleto de ida y les diría que ya no deseaba volver al punto de partida. Les explicaría que siempre había querido huir, pero fue inútil: nunca encontró la salida, el modo de escabullirse por alguna rendija del sistema. Cada vez que lo intentó, alguien aparecía para mostrarle que no había escapatoria por ningún lado.
Allí estaría bien, descansaría sin angustias y, por qué no, hasta podría enamorarse como no le había ocurrido en toda su vida terrenal. El amor fue un suceso del que fue privada en todas sus formas. Se puede morir de amor, pero no vivir sin él. Y ella necesitaba saber que el amor, en alguno de sus modos, aún existía. La muerte tal vez le compensara esa ausencia. Para ella, enamorarse en la muerte era una posibilidad de amar hasta el último instante.
Alguien le puso la estampita con la imagen del papa Francisco en su mano. Tal vez una enfermera. ¿Quién otro podía compadecerse de esa niña?
—¡Es una nena, la puta madre que me parió! ¡Es una nena! —el médico de guardia gritaba enfurecido. —¿Una nena? —preguntó una enfermera horrorizada.
—¡Es una nena, la puta madre que me parió! ¡Es una nena como la mía! ¡Qué pedazo de hijo de puta hay que ser para hacer esta barbaridad! —el médico siguió gritando rabioso.
Bastó el examen ginecológico para que todos supieran cuál había sido la suerte de esa muchacha.
—Tiene lesiones vaginales muy antiguas. También anales. Hay rastros de malos tratos por todo el cuerpo. ¡Hay que ser un tremendo hijo de puta para hacerle esto a una criatura! —la enfermera se persignó y se refugió en un rincón para llorar a escondidas.
La intervención médica demostró que no solo se trataba de abuso sexual. La droga estaba asociada a su condición de reclusa. Prostitución y drogas, el gran mercado de las modernas Sodoma y Gomorra del libre mercado y la inagotable plusvalía, la habían devorado viva y deglutido, para transformarla en eso: un guiñapo sanguinolento, entumecido, de pies a cabeza, con diagnóstico incierto.
“Violencia de género”. “Abuso y violencia contra una menor”. “Brutal violación de una niña”. Los medios hacían sonar los titulares estridentes con una música trágica de fondo. Titulares en enormes letras blancas sobre estrepitosos paneles rojos, azules, verdes, multicolores resumían en un precario lenguaje y forzada sintaxis el espantoso suceso. Imágenes sacadas de no se sabía dónde, en las que se podía apreciar mujeres brutalmente golpeadas, reforzaban la puesta con tonos patéticos. La monserga monótona de los locutores lubricaba el morbo en busca de una mayor audiencia.
Del otro lado de las pantallas, familias enteras se espantaban de solo imaginar un futuro ni siquiera parecido al de esa niña para algunas de sus mujeres. Un odio sano crecía a borbotones y reclamaba justicia. ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Ni una menos! ¡Vivas nos queremos! ¡Ni una menos! ¡Vivas nos queremos! Un clamor que pocas veces encontraba eco en las autoridades, que remoloneaban como si en realidad supieran el origen de la brutalidad y se regodearan por el destino último de las víctimas. “Es que también —diría Segni repitiendo a un superior— ¡las mujeres son una calamidad!”
Los médicos se preguntaban cómo les había llegado la información con tanta rapidez a todos los medios. Cronistas de los distintos canales de televisión, radios, diarios, periódicos llegaban a la guardia del hospital tratando de alcanzar una ventaja significativa sobre la competencia.
Los médicos y los enfermeros asistían impotentes a esa invasión díptera que expandía su condición parasitaria, como si una miasis de fanáticos alados atacara los lacerados tejidos sociales y los descompusiera en una primicia purulenta.
La rapidez con que la novedad se transmitía hacía suponer que alguno del nosocomio cobraba comisión por pasar rápido los detalles de los casos criminales más impactantes.
Periodistas conmovidos casi hasta las lágrimas, que ocupaban largos espacios de sus informativos, afirmaban que se trataba de una jovencita sometida a una brutal golpiza y arrojada a la calle como un desperdicio, desde una combi en una esquina en pleno centro.
Reclamaban por testigos; la mayoría de los que se presentaban en condición de tales eran tan poco creíbles, con sus dislates y descripciones delirantes, que debieron ser descartados de inmediato. Los otros, que posaban por serios y reflexivos, no aportaron ninguna información verdadera. Llegaban cargados de sospechas, de teorías tan extravagantes como conspirativas sobre por qué y cómo fue atormentada la muchacha. Nada útil. Todo se reducía a un pasatiempo de idiotas y nigromantes que deducían el mundo desde una peculiarísima percepción de la realidad. Mucha habladuría. Mucha mojigatería. Mucha figuración berreta.
Embarrar la cancha para que un barro pestilente ocultara hasta la menor evidencia: ese era el método. Abrumar con información falsa presentada como si fuera la verdad revelada, la divina verdad llegada de la mano de un par de querubines de rostros candorosos enviados por un dios egregio para poner orden en todas las cosas del mundo terrenal. En la maraña de falsificaciones, la verdad objetiva desaparecía y cada mentiroso hablaba en su propia lengua hasta desaparecer el lenguaje común de la verdad.
Una torre de Babel edificada por mentirosos e idiotas, a los que Marlene era quien menos les importaba. A la verdad, los poderosos y sus alcahuetes la envuelven en cáscaras duras, la desvían por atajos incomprensibles, la llenan de sospechas inquietantes. A la mentira, en cambio, la presentan a los sentidos de manera franca y abierta, precisa y majestuosa, y un sensualismo ordinario la envuelve pretencioso.
Por eso es fácil caer en el engaño de la mentira, atraídos por la molicie que nos ofrece y la frivolidad que nos reporta; y tan difícil, aunque sepamos necesario, acceder a la sustancia verdadera de las cosas. La verdad, muchas veces, nos resulta ajena por ignorancia y por comodidad.
El informe médico fue devastador. Un vocero designado por el director del hospital leyó circunspecto y conmovido el parte oficial:
—La víctima, de quien no se tienen datos filiatorios —comenzó leyendo el emisario—, presenta politraumatismos graves en todo el cuerpo y otras lesiones significativas. Rotura del maxilar inferior en tres partes con pérdida de numerosas piezas dentales. Rotura del pómulo izquierdo y del orbital derecho.
La descripción de las lesiones acalló el griterío de los cronistas. El vocero continuó con la lectura del parte médico:
—También una lesión a nivel del parietal derecho con fisura de cráneo y coágulo subdural consecuente. Tres costillas fisuradas y una fracturada. El pulmón izquierdo colapsó producto de la perforación del órgano por la fractura de la costilla. Estallido del bazo por la golpiza. Los cirujanos que están interviniendo a la víctima en estos momentos por sus múltiples lesiones informaron que debieron extirparlo. Hay evidencia certera de abuso sexual en la zona genital y anal. No se descarta que se le hayan suministrado drogas para ejecutar la brutal agresión. Se ha ordenado el análisis toxicológico correspondiente. La víctima no muestra signos defensivos. Su pronóstico es muy reservado. El próximo parte médico se dará mañana por la mañana si la autoridad judicial interviniente así lo considera pertinente. Les rogamos paciencia y que despejen la sala de guardia. Muchos otros pacientes necesitan de nuestra atención. Muchas gracias.
El silencio que siguió a la lectura del informe no pudo quebrarse por largos minutos. Se pudo ver a varios de los noteros lagrimear a escondidas.
Alguien lanzó una campaña por Facebook. El rostro de Marlene destrozado fue subido a una página que se viralizó en minutos. Tras la foto de portada, un texto decía: “Difundí esta foto. Ayudanos a encontrar a las hienas que fueron capaces de hacer esto. ¡Todos somos Uxia! ¡Todos somos Uxia!”
Sousse permanecía en su cama, no dormido, como en estado de hibernación, en posición fetal. Ese modo stand by alcanzaba tanto al cuerpo como al alma. Sonó su celular. Dudó en atender la llamada. Reflexionó si no se trataría de su hija, Cacho, o la propia Marlene, de quien no tenía noticias desde la mañana y quien no le había dejado ni una esquela diciendo a dónde iba y cuándo volvería. Respondió el llamado. Casi no podía hablar: estaba ahogado y desesperado.
—¿Cómo le va, Sousse? ¿Mirando la tele para pasar el rato? —Segni podía escuchar con claridad el llanto ahogado de Sousse.
—No, ¿por qué debería estar mirando la tele?
—Yo que usted lo haría. Están pasando en todos los informativos una noticia que tal vez le interese. —Segni terminó la comunicación abruptamente, sin esperar la respuesta de Sousse.
Tomó el control remoto que estaba sobre la mesita de luz, a la derecha de la cama, y encendió el televisor. Pasó por todos los canales: solo difundían propagandas. No estaban en el aire, en ese momento, los informativos. Dejó el televisor encendido, esperando saber a qué se refería Segni.
La imagen del rostro desfigurado de Marlene ocupó toda la pantalla. Sousse quedó estupefacto. Se ahogó en su llanto, sin consuelo. No podía controlar el temblor de su mandíbula; castañeteaban sus dientes como replicando una sospecha funeraria.
La voz del locutor en off repetía de manera clara y convincente una información que circulaba por todas las redacciones desde hacía, tal vez, una hora. Dijo con voz profunda y de barítono:
—Fuentes policiales confirmaron que se trata de una menor. La autoridad judicial, a cargo de la causa, no permite que sus datos personales sean difundidos porque así lo indica la ley en casos en que estén involucrados menores. Se trata de un grave delito sexual contra una menor de edad. Un horror. Fuentes bien informadas hicieron saber que su nombre sería Uxia y tendría entre 15 y 17 años de edad.
Luego de un silencio premeditado, agregó:
—En una página en Facebook creada especialmente para denunciar este atroz ataque, se subió la foto de la niña víctima de la golpiza. Es parte de una campaña a través de las redes sociales para que se ubique al responsable de este aberrante hecho.
Sousse quedó paralizado. Seguía escuchando la voz del locutor, que se hacía cada vez más espesa, lenta y acusatoria. La voz ya no era una voz: era un sonido pegajoso que se incrustaba en su cabeza e iba desmenuzando su cerebro célula a célula. La interrupción de la sinapsis de las neuronas resultaba un alfilerazo que lo torturaba y lo hacía perder la dimensión exacta de la realidad a la que estaba asistiendo.
—Con la consigna “Ayudanos a encontrar a la hiena que hizo esto. ¡Todos somos Uxia!” —dijo el locutor con fingida convicción—, la foto ha causado un fuerte impacto en los usuarios de las redes sociales y, en especial, en todas las organizaciones dedicadas a la lucha contra la violencia de género. Las autoridades del Ministerio de Seguridad afirman que tienen algunas pistas firmes para esclarecer el atroz crimen.
Sousse temblaba sin poder controlar los espasmos; estaba casi convulso. De rodillas en el piso, lloraba desconsolado. Se tapaba el rostro con sus manos y luego lo frotaba con furia, como si esa violencia pudiera devolverlo a una situación gratificante donde Marlene estuviera aún rozándolo en la cama, piel a piel, como hasta apenas unos días ocurría.
Estaba vencido y acobardado. Las últimas palabras del locutor, antes de ir a la tanda, lo devastaron: —Se está tras la pista de una relación sentimental con un desconocido —continuó diciendo el locutor—. Con autorización de las autoridades judiciales que tienen a su cargo la causa, se pondrá en el aire la imagen de la niña antes de la paliza, para que puedan reconocerla posibles testigos. Mientras tanto, se busca con preocupación a sus familiares. Se ha tomado conocimiento de que habría una denuncia por búsqueda de paradero, radicada hace algún tiempo en una comisaría del Gran Buenos Aires; sin embargo, las autoridades provinciales niegan la información.
Sousse repetía monocorde mientras se hamacaba como un autista: “¿Uxia? ¿Uxia? ¿Uxia?”
Sonó su celular. En la pantalla, con claridad, el llamado aparecía como ID desconocido, privado. No tenía dudas de quién era el que lo estaba llamando nuevamente. No sabía qué hacer. Lloraba. Temblaba.
Atendió, pero no podía hablar.
—¿Vio la tele, Sousse? ¡Qué notición! ¿No le parece? —Escuchaba a Sousse llorar desconsolado.
—Deje de llorar, hombre, deje de llorar. ¿No le gustaba coger con pendejas? Ahí tiene la consecuencia. Yo le dije: “fíjese bien en dónde la pone”. No me hizo caso.
—Pero… pero… yo nunca… —balbuceó Sousse, desconsolado.
—Pero, pero, pero. ¿Pero qué? ¿Se la va a pasar haciendo pucherito?
—Yo nunca la maltraté, yo no le hice eso…
—¡Ah! ¿Y quién sabe eso? ¿Usted? ¿Yo? ¿Marlene? ¿Uxia? ¿El fiscal? ¿Los miles que lo están buscando por las redes? Maltrato, maltrato, maltrato. ¿Cómo lo definiría usted, Sousse? Porque quiero que sepa que hay pila de semen suyo preservado como prueba de sus abusos sexuales. Hay bombachas, apósitos, hisopados con su semen, hay evidencia de sobra. La nena era muy meticulosa con ese asunto. Se echaba un polvo, iba al baño, se pasaba el hisopo, lo guardaba en un envase hermético y ¡a la heladera! ¡Y usted ni se daba cuenta! ¿Usted nunca miraba la heladera, Sousse? ¿Para qué carajo la tiene? ¡Hay que ser boludo, mire! Otro polvo, otra bolsa estéril, ¡adentro la bombachita!
Y cuando usted tuvo que usar profilácticos porque se pescó una peste por andar con cualquiera… ¡Qué tipo usted! Tenía una nena en casa y se va a coger con una puta de Once. ¿También le gustan negras, Sousse? ¿Sexo interracial? No se priva de nada, ¿eh?
Segni tomó aire y dejó oír una risa siniestra. Continuó:
—Como le decía: ¡tenemos como… como… un montón de profilácticos suyos! Pero un montón, Sousse. Un montón. Un montonazo. Como a usted le gustaba que la nena se lo retire porque era como “acabar de nuevo”. ¿Era así que le decía a la nena? “Esto es como acabar de nuevo, sacámelo despacito…”. Bueno… qué cosa, es bueno que sepa que no solo se los sacaba, sino que los guardaba y los conservaba bien fresquitos, pero bien fresquitos. Un encanto de putita. —Segni guardó silencio unos segundos solo para oír el jadeo cobarde de Sousse—. ¿Sabe, Sousse? ¿Me escucha o ya se murió del susto?
—Lo escucho, pero…
—No, no, nada de “peros”. Déjeme hablar a mí ahora, cierre el culo y no hable boludeces, porque no me hace bien a esta hora, me da acidez. ¿Me entiende?
—Sí, sí…
—Qué bueno que me entienda, supuse que no era tan pelotudo. ¿Usted sabe qué bien se imprimen las huellas digitales en el látex de los profilácticos? ¿Sabe eso?
—No… no lo sabía.
—Es bueno que lo sepa. La verdad siempre hace al hombre dichoso. Claro que es algo tarde que usted sepa esto, pero la dicha, aunque llegue tarde, siempre es dicha y se disfruta. O algo así. No soy bueno para los refranes.
—Deje de llorar, hombre, deje de llorar. ¿No le gustaba coger con pendejas? Ahí tiene la consecuencia. Yo le dije: “fíjese bien en dónde la pone”. No me hizo caso.
—Pero… pero… yo nunca… —balbuceó Sousse, desconsolado.
—Pero, pero, pero. ¿Pero qué? ¿Se la va a pasar haciendo pucherito?
—Yo nunca la maltraté, yo no le hice eso…
—¡Ah! ¿Y quién sabe eso? ¿Usted? ¿Yo? ¿Marlene? ¿Uxia? ¿El fiscal? ¿Los miles que lo están buscando por las redes? Maltrato, maltrato, maltrato. ¿Cómo lo definiría usted, Sousse? Porque quiero que sepa que hay pila de semen suyo preservado como prueba de sus abusos sexuales. Hay bombachas, apósitos, hisopados con su semen, hay evidencia de sobra. La nena era muy meticulosa con ese asunto. Se echaba un polvo, iba al baño, se pasaba el hisopo, lo guardaba en un envase hermético y ¡a la heladera! ¡Y usted ni se daba cuenta! ¿Usted nunca miraba la heladera, Sousse? ¿Para qué carajo la tiene? ¡Hay que ser boludo, mire! Otro polvo, otra bolsa estéril, ¡adentro la bombachita!
Y cuando usted tuvo que usar profilácticos porque se pescó una peste por andar con cualquiera… ¡Qué tipo usted! Tenía una nena en casa y se va a coger con una puta de Once. ¿También le gustan negras, Sousse? ¿Sexo interracial? No se priva de nada, ¿eh?
Segni tomó aire y dejó oír una risa siniestra. Continuó:
—Como le decía: ¡tenemos como… como… un montón de profilácticos suyos! Pero un montón, Sousse. Un montón. Un montonazo. Como a usted le gustaba que la nena se lo retire porque era como “acabar de nuevo”. ¿Era así que le decía a la nena? “Esto es como acabar de nuevo, sacámelo despacito…”. Bueno… qué cosa, es bueno que sepa que no solo se los sacaba, sino que los guardaba y los conservaba bien fresquitos, pero bien fresquitos. Un encanto de putita. —Segni guardó silencio unos segundos solo para oír el jadeo cobarde de Sousse—. ¿Sabe, Sousse? ¿Me escucha o ya se murió del susto?
—Lo escucho, pero…
—No, no, nada de “peros”. Déjeme hablar a mí ahora, cierre el culo y no hable boludeces, porque no me hace bien a esta hora, me da acidez. ¿Me entiende?
—Sí, sí…
—Qué bueno que me entienda, supuse que no era tan pelotudo. ¿Usted sabe qué bien se imprimen las huellas digitales en el látex de los profilácticos? ¿Sabe eso?
—No… no lo sabía.
—Es bueno que lo sepa. La verdad siempre hace al hombre dichoso. Claro que es algo tarde que usted sepa esto, pero la dicha, aunque llegue tarde, siempre es dicha y se disfruta. O algo así. No soy bueno para los refranes.
Con seguridad, en todos esos profilácticos deben de estar las huellas dactilares suyas y de la nena. Ah, y la saliva de la nena también. Y el flujo vaginal de la nena. Y la sangre mezclada con semen. Todo, Sousse, todo. Los fluidos son muy vengativos con los hombres desprevenidos, con los pedófilos, los pederastas, la fauna de degenerados que desgracian este mundo de Dios.
¿Y sabe qué, Juancito? Todo eso, un día, a cierta hora, cierta persona, un “testigo encubierto”, o alguien molesto porque usted se metió en cosas que no debía, podría surgir con la idea de ir a depositarlos en el juzgado correspondiente para que hagan el ADN y puedan definir el perfil genético del responsable. Y yo conozco gente que está muy dispuesta a salir de testigo. Muchos. Muchos más de los que usted se imagina.
Entonces la Justicia, esa que usted tanto admira, lo va a convocar en calidad de imputado. Im-pu-ta-do. Repita conmigo, Sousse. Im-pu-ta-do. —Sousse repitió las sílabas obedeciendo mecánicamente la orden de Segni. —Im-pu-ta-do —balbuceó al borde de un nuevo vómito. —Muy bien. Muy bien. Pero no confunda las cosas, Sousse, no lo van a invitar de putas. Lo van a im-pu-tar, lo van a convocar para extraerle una pequeña muestra de sangre, para cotejar su ADN con el del sospechoso. ¿Y qué va a pasar? ¡Bingo! ¡Bingo! ¡Aleluya! Tenemos al violador y golpeador criminal. ¿Sabe una cosa, Sousse? Yo creo que le va a ir muy mal, pero muy mal.
El hombre no podía dejar de llorar.
—¿Por qué me hace esto…? —preguntó ridículo.
—No hay que andar escarbando en ciertos asuntos que están muy por encima de su entendimiento, y mucho más de su iniciativa.
—Pero yo solo quería una historia para vender…
—¿Usted quería vender algo, Sousse?
—Una historia, solo una historia.
—Yo le voy a proponer que me venda algo. Porque usted tiene algo que me podría dar y lo ayudaría mucho a salvar esta desagradable situación.
—¿Qué cosa? ¿Qué cosa?
—Entrégueme a su fuente.
—¿Eso quiere? ¡Eso quiere! Usted sabe que yo no puedo entregar a mi fuente. No podría volver a trabajar nunca más en la vida.
—Usted sí que es boludo, Sousse, y BOLUDO con mayúscula, como le gusta decir a usted. A cómo están las cosas, lo menos que le va a ocurrir es que no va a volver a trabajar de periodista. ¿Usted sabe lo que les hacen a los violadores en la cárcel? —Sousse se desmoronó.
—¿Sabe lo que le hacen a los que, además de abusar, matan a golpes a una nena para que no pueda hablar sobre sus desgraciados abusos? ¿Y a usted le preocupa que no va a poder seguir trabajando de periodista si me entrega a su fuente? Usted es el campeón de los boludos, reciba mis felicitaciones porque hasta hoy no había tratado con alguien como usted.
—¿Qué tengo que hacer? ¿Qué quiere que haga?
—Ya le dije: entrégueme su “fuente”. Con pito y todo. Con un moñito.
—Pero yo no tengo cómo comunicarme con él, se lo juro…
—No, Sousse, no jure al pedo. Es feo, ¿sabe? Muy feo. El perjurio es pecado, no sea perjuro. Hasta a mí me da bronca que perjure. ¿Me entiende?
—Lo lamento, Segni, lo lamento de verdad.
—Usted no puede decir una verdad, aunque le demos una damajuana de pentotal. Ya sabe lo que quiero, ya sabe lo que tiene que hacer.
—Tengo que esperar que me llame, porque él me llama cuando quiere. Si yo lo contacto, le juro que le tomo una foto con mi celular y se la entrego.
—No, Sousse, usted no comprende. No quiero una foto, porque tengo cien, mil, diez mil de ese pendejo. De frente, de perfil, cagando, comiendo, en todas las poses. Tengo todo. Ni sé cuántas fotografías tengo de ese hijo de puta. Lo que quiero es que usted me lo entregue. ¿Entiende? Que le mande un correo, que lo llame, que le mande una paloma mensajera. Como mierda pueda, pero que me lo entregue.
Cuando lo llame, haga una cita. Se toma un café con el fulano, distendido, amistoso, clandestino, como hasta ahora. Y cuando yo entre con algunos amigos más, diga en voz muy alta y enérgica: “¡Este es el hijo de puta que mató al coronel Arancibia López Huidobro”! Recuerde, Sousse, recuerde, se lo mencioné en la primera entrevista. ¿Se acuerda?
—No… no… —balbuceó Sousse.
—¿Ve lo que hace la droga? Le quema las neuronas, viejo. Encima las suyas ya están reblandecidas por la edad, por el alcohol, por el viagra. La primera vez que me vio hablamos del coronel López Huidobro, ¡yo se lo mencioné! ¡Tarado! ¡Usted no se acuerda un carajo de nada! ¡Qué tipo de mierda! Repita conmigo, Sousse, repita: coronel…
—Coronel… —Sousse repetía mecánicamente.
—Muy bien. Ahora López.
—Lo-Lo. López…
—No. Lolo, no. ¿Qué “lolo”? ¿Está jodón, Sousse? ¿Todavía está jodón?
—No. No. López.
—Eso. De nuevo.
—López. —Repítalo.
—López. —¡Muy bien! —festejó sarcástico Segni—. Huidobro. Dígalo bien porque es difícil.
—Huidobro.
—¡Extraordinario! Va en camino de ser el mejor periodista de la Agencia: repite todo lo que le decimos y hasta lo hace bien. ¿Se acuerda que le dije una vez “la obediencia es la clave”? Yahvé es bueno, y muy bueno con usted. Sea obediente y será recompensado. Si no, Yahvé lo va a castigar y ni se imagina qué malo es Yahvé cuando se enoja con alguien…
—Pero yo… señor…
—Es todo lo que le pido. No es mucho a cambio de su vida. Y un futuro promisorio de trabajo y ascenso social. ¿Usted sabe qué importante es en este país la movilidad social?
—¿Un coronel? ¿Cómo que mató a un coronel? —perplejo, Sousse preguntó extraviado—. ¿Qué tiene que ver ese coronel en todo esto?
—Ya le dije bastante, Sousse. A usted lo tengo agarrado de todos lados. Si no lo encanan por violador y homicida, lo encanan por ser cómplice del asesinato de un alto oficial del ejército. Entrégueme a su “fuente” y pasemos a considerar un futuro brillante para su carrera. Siempre necesitamos de periodistas experimentados y sagaces al servicio de la causa, obedientes como usted.
—No, no, no… por favor… le doy todos los datos, pero no me obligue a entregarlo en persona, por favor.
—Como usted quiera. Sepa elegir, Sousse, elija bien, no se equivoque una vez más en su vida… El camino del perdón y el futuro acomodado está a su alcance. Y el de la perdición, ni le cuento.
La comunicación se interrumpió. El celular de Juan Antonio no tenía línea. Sousse, en el piso, se acurrucó tratando de aproximarse a las consecuencias de lo que estaba viviendo.
Se sobresaltó cuando sonó nuevamente el celular. Supuso que era Segni, para hostigarlo con el objetivo de que entregara a Bado, como le exigió, pero estaba equivocado. La pantalla del celular le decía que el llamado era de su hija. Sintió espanto.
Hizo un gran esfuerzo por recomponer su voz. Atendió el llamado.
—¿Pa? ¿Hola, pa? —Sousse sintió pánico al escuchar la voz de su hija. Era un llamado que no esperaba por ninguna causa. Por alguna razón la asoció con Segni y no pudo contener nuevamente una diarrea nerviosa y repugnante. Torció el rostro eludiendo su propia hediondez y procuró parecer sereno y despreocupado.
—Hola, hijita… ¿Cómo andás? ¿Qué necesitás?
—Yo nada. Pero tengo ocho llamadas tuyas. Todas perdidas. Y ocho mensajes con el mismo texto. ¿Te pasa algo?
—Qué raro, no sé, estoy confundido, no creo haber llamado.
—Pa, ¿cómo no creés haber llamado? ¿Llamaste o no?
—Los mensajes esos, ¿qué dicen?
—“Cuidate nena”. Los ocho. ¿De qué me tengo que cuidar?
—De nada… no sé. No sé de qué se trata… tal vez fue un error.
—¿Ocho veces te equivocaste? ¿Era para otra el mensaje? ¿Para quién? ¿Con quién te metiste ahora, pa?
—No me metí con nadie, hijita, te juro.
—No sé qué pasa. Hoy iba para la facu y un tipo se me acercó y me dijo: “¿Vos no sos la hija de Sousse, Juan Antonio?”
Sousse no pudo contener un vómito, se retorció de dolor.
—Pa, ¿qué pasa? ¿Querés decirme?
Trató de recomponerse.
—No. Nada, te lo juro. Quedate tranquila. Decime, ¿cómo era el tipo que te abordó?
—Y, pa, parecía cana. Era un viejo.
—¿Viejo? ¿Un abuelo?
—No, boludo. De tu edad. Más o menos.
—¿Cincuentón? ¿Fornido?
—Sí, grandote. ¿Lo conocés?
—No, de dónde.
—Mucho pelo negro, enrulado, con pocas canas. Teñido. Para mí se da una viaraza bárbara. Cara cuadrada, de cana, con anteojos negros.
—¿Te dijo algo más?
—Sí, pa. Te mandó saludos. Dijo: “Mandale saludos de parte de Fausto”. Y cuando se estaba yendo volvió, me agarró de un brazo y me dijo: “¿No viste lo que le pasó a esa nena ayer, que la tiraron en la calle desde una combi?” Yo me asusté, pa, no sé de qué me hablaba, pero me dio cagazo. Le dije que no sabía nada. Me soltó y se fue. De golpe se dio vuelta y me gritó: “Cuídate, nena, hay cada viejo hijo de puta suelto”. Y se tomó un taxi. ¿Lo conocés, pa? ¿Pasa algo?
La comunicación se interrumpió repentinamente. Segni, con voz pausada y cínica, llamó a Sousse por su nombre.
—Papito Juan Antonio… Juan Antonio… —se burló cínicamente—. ¿Pasa algo, pa? ¿Pasa algo, papucho? —Segni impostaba su voz afeminándola ridículamente—. ¡Ay! Sousse, Juan Antonio, ¡qué barbaridad! ¿Hasta dónde querés que lleguemos para que entiendas? Juan Antonio Sousse, periodista entrometido, curioso, irresponsable, hombre mayor que degusta menores de edad, de la misma edad que su amada hijita, que le gusta chupetear whiskys importados y embocarse drogas de buena calidad, porque la nacional es muy berreta. ¿Entendiste ahora qué te espera si seguís negándote?
—Sí. Sí entendí. No puedo más. No puedo más.
—Entonces, ¿entendiste?
—Sí, sí.
—¿Seguro?
—Seguro, seguro, lo juro.
—¡Qué bueno! No jurés en vano, eh. Ya te dije que odio que jurés en vano. Porque si jurás en vano, Yahvé no va a ser más bueno con vos: te va a castigar, y mucho, te lo aseguro. Porque hay cosas tan feas que Yahvé se puede ver obligado a hacer. Mirá, tengo un amigo que es muy religioso y dice que Abraham, en realidad, tuvo que matar a su hijo para que Dios creyera en su fidelidad. Y vos tenés una hija tan joven, tan linda, tan inteligente. ¿Va a tener que seguir el camino del hijo de Abraham? Sería una lástima, Juancito…
—No, por favor. Por favor, no. Le juro que entendí, entendí. No le haga nada a mi hija, por favor. ¡Basta! ¡Basta!
—Entonces cumplí con lo que te pedí. Cumplí y, como ya te dije, Yahvé te va a recompensar. Dios siempre es generoso. Si cumplís, por ahí tenés mejor suerte que Abraham. ¡Ah! Otra cosita. Decile al nabo ese que la bate de fuente que querés el archivo. Repito: el archivo, ¿entendiste?
—¿Qué archivo?
—No te hagás el boludo, Juancito. El archivo de donde sacaron la “Orden del día N.º 5”.
—¿El archivo? ¿Así le digo?
—¿No querés anotarlo? Mirá si te olvidás y Yahvé tiene que violar a tu hija. —Sousse estaba desquiciado.
—Sí, el archivo, sí. Quédese tranquilo. Voy a cumplir con todo.
—Más te vale. Cuando el pendejo te llame, compórtate sereno, casi como un boludo, como hasta ahora, que eso te sale con naturalidad, ¿entendiste?
—Sí… sí… claro…
—Te estoy controlando. Cuando arreglés hora y lugar, enviá un mensaje de texto a este celular del que te mando el número. Al final escribí: “tengo al tipo”. No te equivoques.
Sousse, obediente, agendó el número del celular como le ordenó Segni y esperó el mensaje de Bado. Segni no volvió a llamarlo y, al contrario de lo que creyó al principio, la ausencia de sus llamadas lo asustó más que sus amenazas.
No fueron muchos los días que pasaron cuando recibió el esperado mensaje. “Acacia Negra”, decía. “Acacia Negra, 16 horas” sonó como una piedra hostil, como un golpe de flecha en la cabeza.
Sousse se recostó en su cama, agitado. Temblaban sus manos y casi no lograba marcar las teclas para imprimir las letras correctas. Envió el mensaje al número de celular que le ordenó Segni: “Acacia Negra, dieciséis horas, tengo al tipo”. Segni, del otro lado del mensaje, sonrió complacido, pero no respondió.
Se quedó profundamente dormido esperando la respuesta. A las tres menos cuarto sonó insistente su celular. Se despertó angustiado. Atendió.
—Hora de levantarse, vago de mierda. Tiene una cita —era la voz de Segni—. No se va a quedar dormido justo ahora. Mire que ya lo disculpé una vez por dormirse cuando tenía que cumplir una obligación. Pero, a diferencia de aquella, si esta vez no va puntual a la cita, me voy a divertir mucho con vos… y con tu hija. ¡Ah! Me olvidaba —agregó Segni con cinismo—, una vez que estés con el pendejo ese, repetí el mensaje, te lo recuerdo: “tengo al tipo”. Pero cambiá el final, escribí: “que asesinó a la nena”. ¿Agendaste el número? ¿O precisás que te lo recuerde?
—¿Qué asesinó a la nena? ¿A qué nena?
—Sos boludo o te entrenás todas las mañanas. Hacé lo que te digo y no pienses más por tu cuenta.
—Sí, sí. Como usted diga.
—No te olvides: “tengo al tipo que asesinó a la nena”.
Sousse escribió el mensaje en ese momento. Cuando estuviera con Bado no podría hacerlo. Solo debería limitarse a ordenar el envío al número indicado.
Cuando redactó “tengo al tipo que asesinó a la nena”, se autoconvenció de que de ningún modo se trataba de Marlene o Uxia, o como se llamara. “Imposible”, se dijo, “Marlene no pudo haber muerto, será otra chica cualquiera”. Y con tan poco, se tranquilizó.
Saltó de la cama. Se arregló como pudo. Dejó su departamento como el condenado que va a la muerte, aunque en realidad iba de verdugo.
Decidió tomar un taxi. No podía arriesgarse a que un retraso en un colectivo o el subte pusiera en riesgo la vida de su hija. Desde su casa hasta la cita, en el taxi, se convenció de que no tenía oportunidad. No había alternativa. Pensó, como en el juego de ajedrez, una combinación salvadora, una defensa innovadora, pero no había salida por ningún lado. Jaque mate.
No se trataba solo de su vida. Si lo mataban, especuló, hasta le harían un favor. Pero ir a la cárcel, ser estigmatizado como un violador, golpeador y asesino, le depararía el peor de los futuros. A eso no estaba dispuesto. No moriría siendo la hembra de un sádico detenido en una prisión de máxima seguridad. Conocía en detalle la matanza aquella en la que hasta jugaron al fútbol con las cabezas de los decapitados durante la toma de la unidad penal de alta seguridad. Y ni hablar de lo que le hicieron a la jueza, que nunca se repuso de las aberraciones a las que fue sometida por esos desquiciados.
No tenía coraje para enfrentar semejante infierno. Además, estaba su hija de por medio: Segni la involucró. Entendió perfectamente el aviso que le hicieron llegar a través de ella.
¿Y Marlene? No podía hacer nada por ella, ni siquiera llorarla. De Baldomero, se justificó, sabía en qué se metía y los riesgos que corría. Allá él y su jueguito de conspiradores, nadie lo obligó a meterse en esos quilombos.
¿Y Marlene?
¿Y Marlene?
¿Y Marlene?
Los dos hombres llegaron más o menos al mismo tiempo. Bado, minutos antes. Trató de observar si el lugar estaba controlado y tomó algunos cuidados mayores a los acostumbrados.
Tenía un nuevo documento para Sousse: la “Orden del día N.º…”. Número y fecha estaban borroneados. Bado no sabía si el documento estaba en esas condiciones o si sus superiores habían decidido ocultar esos datos. La orden resumía una reunión en Buenos Aires. Había varios nombres, todos en iniciales: “PyP”, “ALH”, “JVR”, “TM”, y otros que también parecían tachados o recubiertos con blanqueador. Luego del resumen, dos órdenes sobre asesinatos encomendados a las jaurías en el norte. Una parte del texto de la “orden” había sido expresamente suprimida. Bado suponía que en ella figurarían los nombres de las víctimas.
Sousse ingresó al café relajado. Antes de salir había ingerido unas grageas que Marlene le suministró semanas atrás y de las que le dijo que servían como estimulante. No solo resultaban vivificantes: tenían la capacidad de anular los estados alterados que provocaban la angustia y la desesperación y suplantarlos por otros gratificantes, rayanos en una alucinación placentera. Eso le relajó el gesto. Pudo abandonar ese rictus de muerte que tenía desde que Segni lo acorraló, revelando sus verdaderos objetivos. Lucía un rostro distendido.
Baldomero y Sousse se saludaron. Los dos se invitaron a sentar. El mozo se acercó y preguntó qué iban a servirse. Pidieron un cortado en jarrito para cada uno.
Bado miraba el rostro distendido de Sousse y se relajó. Puso en su mano el nuevo documento. A Sousse, el papelito le quemaba como una brasa malvada, le pesaba como una roca de púas. Alucinaba ver su mano quemarse y sangrar hasta revelar los huesos que se desvanecerían en cenizas insignificantes. Cuando Sousse iba a hablar, Bado le ordenó que se mantuviera callado. Esperarían a que el mozo les sirviera los cortados. Mejor precaverse de una oreja de goma, nunca se sabía. Sousse sonrió de compromiso, pero esquivó la mirada del muchacho. No podía mirar a los ojos a Bado. ¿Habrá podido mirar Judas a los ojos de Cristo?
—¿Azúcar o edulcorante? —preguntó el mozo. Bado dijo azúcar; Sousse, en cambio, edulcorante.
—¿Alguna medialuna? ¿Algo para comer? —les propuso exigente el mozo. Los dos respondieron negativamente. El mozo se retiró con algo de fastidio.
—Ahí tenés otro mensaje para tu crónica. Es pesado. Sabelo.
Sousse tardó en responder. Revolvía el café cuidadosamente como si en realidad batiera un líquido espeso en una urna cineraria. Miraba la taza, el humo que ascendía haciendo unos firuletes blancos, los seguía con la vista y esperaba el momento de hablar sin ponerse en evidencia. Hasta parecía tranquilo.
Llevó una mano al bolsillo derecho de su chaqueta como buscando algo. Tanteó hasta estar seguro y oprimió la tecla para enviar su mensaje de texto. Pensó inquieto: ¿cuánto tardaría Segni en ingresar y poner fin a ese encuentro? No previó que pudiera estirarse el desenlace.
Dudaba qué era conveniente fabular. “Soy periodista” —se dijo—, “invento historias todo el tiempo. ¿Qué me pasa?” Es que no había preparado nada para tal contingencia. Todas sus ideas estaban concentradas en una sola consecuencia del encuentro: la captura de Baldomero. ¿De qué iba a hablar? Esperaba ansioso que en apenas un instante apareciera Segni con sus matones y se llevaran a Bado del lugar. Pero Segni no aparecía.
Sousse balbuceó, estaba un tanto paralizado por la expectativa. Tenía que inventar algo con rapidez; si no, Bado descubriría sus segundas intenciones. ¿Qué podría ocurrir entonces? ¿Estaría armado? ¿Dispuesto a provocar una balacera en la que lo mataran también a él?
—¿Y habrá más de esto?
—Mucho más. Mucho. ¿Qué te pasa?
—Bado sospechó del comportamiento de su contacto.
—Es que vino un tipo a verme, ¿sabés?
—¿Quién?
—No lo sé. No me dio su nombre. Solo me dijo que participó de la Operación “La Reliquia”.
—¿Así te dijo, operación “La Reliquia”?
—Sí, así me dijo.
—¿Cuándo pasó eso?
—Ayer a la mañana.
—¡Qué casualidad! ¿Y por qué te dijo eso? —preguntó Bado, extrañado por la revelación.
—No sé. Me lo dijo. Supongo que el tipo debe estar atrás de mi investigación. Me llamó a mi celular. Fui a verlo.
—¿A dónde?
—Por ahora no te lo voy a decir. Mirá si te mandás por tu cuenta y hacemos un desastre. Ni siquiera hablé con el director del diario. No sé si va a querer seguir con esta historia. Cacho estaba remiso a meterse en este asunto. Acordate que lo convencí yo. —Sousse comenzó a sentir que sus pastillas alucinadoras perdían efecto. La angustia, la zozobra, volvían a ganarlo.
—¿Y entonces? ¿Para qué viniste? Hubieras consultado primero a ese Cacho —lo recriminó Bado.
—No sé. Para que supieras. Para no perder tu contacto. También me podés dar algún dato más para que yo lo confronte al tipo.
—Ahí tenés esa orden del día. ¿Y el tipo, cómo es? Podés describirlo, me imagino. —Sousse recordó las palabras con que su hija representó a Segni.
—Grandote, mucho pelo negro, enrulado, con algunas canas, teñido —repitió con exactitud las palabras de su hija—. Para mí se da una viaraza bárbara. De cara cuadrada, de cana, con anteojos negros, esos que parece que llevan la gorra puesta todo el tiempo.
—¿Cana? ¿Te pareció un cana? No milico, porque los tipos de la operación “La Reliquia” son milicos. —Canas, milicos, ¡qué sé yo! Son todos iguales, negros, grandotes, con cara de hijos de puta, ¿entendés? —se justificó Sousse.
—¿Algo más?
—Sí. —Se llamó a silencio. Esperaba la irrupción de Segni con su grupo de tareas. Pero de Segni, ni noticias.
—Me habló del asesinato de un tal Arancibia López Huidobro. Y del archivo de donde salió esa “Orden del día N.º 5” que me diste. ¿Vos tenés esos archivos?
Bado no se dio por aludido. Entendió la jugada sin confusión. Marlene, Abigaíl, la propuesta de “La venganza de los Pérez”, Sousse…
—¿Lo oíste nombrar al coronel ese? —Sousse trató de alargar la conversación.
—Nunca. No tengo ni idea quién puede ser. Del que te hablé yo se llama o llamaba Podestá, pero a ese tal… ¿Cómo dijiste que se llamaba?
—Arancibia López Huidobro… —balbuceó Sousse.
—Nunca lo oí nombrar.
—Me dijo que a ese lo asesinaron, que lo mataron. ¿Vos sabés algo?
—No sé nada. Nunca escuché nada parecido. Puede ser pescado podrido, para ver qué información manejás vos.
—Puede ser.
—Yo no leí en ningún diario de ese supuesto asesinato —dijo Bado.
—Yo tampoco. De ese asesinato no sé nada, y tampoco quiero meterme en semejante quilombo. No me gustan los quilombos.
—En quilombos ya estás metido, te hubieras acordado antes que no te gustan los quilombos. Como treinta años atrás. ¿Para qué sos periodista? Si no te gustan los quilombos te hubieras dedicado a vender corpiños, bombachas o verdurita… algo, en vez de ser periodista. Averiguá más y la próxima vez que nos vemos hablamos de este asunto. ¿Arancibia López Huidobro, dijiste?
—Sí, eso.
—OK. ¿Algo más?
—No. Lo del archivo, viste. Si tenés el archivo.
—Dejate de joder, hermano. ¡Mirá si voy a tener en mi casa un archivo de un coronel asesinado! ¡Me viste cara de gil! No está bueno que te hagas el boludo conmigo.
Bado dejó pago su café y salió rápido del bar. Sousse estaba confundido. Esperó en vano el ingreso de un grupo que debía proceder a la captura de su contacto, pero el operativo del que le habló Segni nunca se produjo.
Llamó al mozo, pagó los cafés y salió desconcertado. Tanta angustia, tanta tensión, para nada. ¿A qué jugaba Segni, entonces?
Tardó bastante en regresar a su departamento. Con mucha lentitud atravesó el hall del edificio hacia los ascensores. La máquina parecía tan lenta como él. Perezosa.
Llegó a su departamento y abrió con cuidado la puerta. Estaba a oscuras y en silencio. Encendió las luces de la lámpara de pie y se sentó en su sillón, frente al ventanal. Extrañaba a Marlene. Sacó del bargueño una botella de whisky importado. Una o dos medidas era todo lo que restaba en la botella. Comenzó a beber.
El whisky se acabó en dos tragos. Le quedaba una botella de ron barato; la bebió también a grandes tragos. Llevaba fumados tres paquetes de cigarrillos negros, fuertes. Estaba intoxicado. Apenas podía respirar. El ron le revolvió las tripas y estaba nauseoso.
Trató de no pensar en el rostro de Bado. ¿Sería esa la última vez que lo vería? ¿Segni lo obligaría a seguir ese juego siniestro hasta capturarlo?
Hizo bien en no mirar directo a los ojos de Bado: ese recuerdo lo hubiera perturbado. Las miradas de los que están condenados, pero aún no lo saben, son seguidoras, como esos perros sin amo que buscan desconsoladamente quién los proteja. Sin esos ojos en los suyos, no se sentía un traidor, se sentía frustrado. Se había ilusionado con la posibilidad de que todo eso se hubiese terminado esa tarde en el bar. Pero no fue así. Mientras Bado siguiera libre lo mantendría aferrado a la operación aquella, lo sostendría con vigor a esa desgracia y le impediría liberarse de ese abrazo. De ese modo, seguía prisionero de Segni y no podía zafar a su hija del chantaje.
El cansancio lo abatió y se quedó dormido. El poco ron que quedaba en el vaso se desparramó por su ropa. Despertó sobresaltado. Otra vez el celular sonaba insistente: sabía que era Segni. Nunca lo dejaría en paz, lo sospechaba. Miró con displicencia el display del celular. No era un mensaje, era un WhatsApp. Sonaron tres campanadas como nunca antes había escuchado: estridentes, infernales, agónicas, metálicas, mortuorias, enigmáticas. Eran tres videos arrojados como piedras que pedían insistentes ser vistos sin pérdida de tiempo.
En el bolsillo de la camisa buscó sus anteojos de lectura. Se los puso excitado. Los videos estaban editados.
En el primero, apenas unos segundos, se veía a un hombre encapuchado, la capucha era negra. Alguien le pegaba con una cachiporra en la mollera. En el segundo video, algo más largo, le sacaban la capucha al hombre. A pesar de las inflamaciones y la sangre, reconoció a Bado. En el tercero, estaba desnudo, amarrado a un elástico de una cama; lo torturaban con electricidad. El video duraba varios minutos y no tenía sonido. Suspiró aliviado de no escuchar el infortunado sonido de la corriente eléctrica entre los tejidos, crujiendo áspero mientras golpeaba la sangre contra las paredes de las dilatadas arterias.
A Sousse se le revolvieron las tripas. Le agarró una diarrea incontrolable, corrió al baño, pero no llegó. Se ensució como un niño; una vez más le ocurría esa flojera, su intestino lo delataba insoportable. Segni le hubiese dicho con seguridad: “Eso le pasa porque es un tremendo cagón”. Luego le hubiese gritado ante todo el mundo “¡cagón!” y reído con furia. Sabía que el hombre lo despreciaba profundamente.
Para su serenidad, Segni estaba muy lejos, o al menos lo suficiente para no oler su mierda. El olor lo descompuso y vomitó. No pudo salir del baño por un largo rato.
Estaba allí tendido, sucio, cuando volvió a sonar su celular. No habían pasado ni diez minutos desde que le enviaran los videos. Esta vez era un mensaje de texto. Era de Cacho, su jefe. El mensaje decía: “Presentate mañana a las nueve en mi oficina. Una productora importante te quiere contratar. Esta vez Dios (o el mismísimo Diablo) está de tu parte. ¡Qué culo que tenés, viejo! ¡Felicitaciones! No te quedés dormido. —Cacho.”
Segni le diría melifluo:
—Le dije que su vida iba a cambiar por completo.

***


XVII – Fuegos
del odio

“El Morro” estaba por salir rumbo a la reunión con López Teghi. La había pedido porque no soportaba más a “Pérez y Pérez”. Hubiese deseado solicitar un cambio de sección, pero ese procedimiento no se admitía. Solo podía ocurrir si los propios jefes lo acordaban.
Pedir el traslado de la partida presupuestaria de una dependencia a otra resultaba, de por sí, una tarea titánica. Pero hacerlo por el simple disgusto o incomodidad de un subordinado era una causa perdida. Ningún funcionario de mayor jerarquía —ni el del que dependía el solicitante ni el jefe de la dirección a donde el disconforme pedía su traslado— admitía esa situación, porque implicaba una reducción en los ingresos de la repartición, producto del capricho de un inadaptado. La ley no escrita, pero practicada, era: “Las partidas son sagradas. No se tocan.”
En efecto, esa norma tácita establecía con claridad que nunca se debía aceptar el menoscabo de la partida presupuestada por la simple petición de un subordinado en estado de hostilidad. De las reducciones, como del ridículo, jamás se volvía. Y la discordia en un empleado era casi una afrenta irreparable. Por algo el Viejo Vizcacha sentenció: “Hacete amigo del juez y no le des de qué quejarse.” En el sistema burocrático, los jefes solían ser jefes, juez y parte. Una pequeña y modesta trinidad, pero muy efectiva.
Contra ellos, los empleados de menor jerarquía llevaban siempre las de perder. Era preferible dejarse llevar por el consejo del viejo gaucho. Además, la disminución del presupuesto suponía el aliento a una próxima extinción: los afectados quedaban expuestos a nuevos recortes hasta que reparticiones mayores los fagocitaran. Los jefes de estas, al tomar conocimiento del suceso, se comportaban como lobos hambrientos a la caza furtiva de víctimas de la fauna administrativa. Con movimientos sagaces podían agrandar su rebaño de funcionarios con la incorporación de esos insatisfechos que, de inmediato, eran destinados a las tareas más humillantes y menos calificadas. El destrato a los disconformes era la consecuencia de un pedido de traslado efectivo. Por eso siempre fue un gran disuasorio de rebeldías.
Por otra parte, las funciones de “El Morro” estaban, desde la última reforma, bajo la supervisión directa de “Pérez y Pérez”. Era prisionero de quien aborrecía. De esa condición solo saldría jubilado, preso o muerto: no cabían otras posibilidades. “El Morro” se encargaría imprudentemente de ello, pero López Teghi lo salvaría solo por disgustar a su oponente.
En la reunión con los peritos, cuando se reveló el secreto del rollo en la boca, estuvo apartado un instante con López Teghi y ahí convino el encuentro. Sin embargo, “Pérez y Pérez” fue puesto al tanto por el propio jefe.
—“El Morro” nunca aprende que estas cosas no se pueden dejar pasar —manifestó “Pérez y Pérez”, dispuesto a algún tipo de sanción contra su insubordinado. No podría nunca incluirlo entre los discrepantes (lo hubiese hecho con gusto), pero los superiores no se lo permitirían: era el mejor forense que tenía la institución.
López Teghi, sabiendo que nunca un jefe debía prestarse a las maquinaciones de los subalternos —y menos ajenos—, y que era un error malquistarse por el capricho de un funcionario de menor rango, no bien recibió el pedido de “El Morro” dio aviso a su colega.
—¿Y qué me querrá decir? —preguntó intrigante e irónico López Teghi.
“Pérez y Pérez”, de un pequeño portafolio que llevaba, extrajo una copia del informe original de la autopsia de Podestá. Se la dio a leer. López Teghi leyó con atención.
—Usted coincidirá conmigo en que no se puede permitir que esto quede incorporado al legajo del coronel —justificó “Pérez y Pérez” su decisión por las poco felices revelaciones que “El Morro” volcaba con pluma florida en el informe.
—Entiendo. ¿Y usted cree que el forense quiere hablarme de esto?
—Supongo. Estaba tan caliente conmigo porque suprimí esos párrafos comprometedores, que mi asistente tuvo que calmarlo antes de reunirnos. Es un hombre violento y eso un día lo va a hacer perder los estribos.
—¿Usted conocía estas prácticas sexuales del coronel?
—Seguro.
—¿Sus adicciones?
—También. No hay nada novedoso.
—¿En qué nivel se manejaba esta información?
—En el más alto.
—¿Y con qué fondos el coronel cubría estas erogaciones extraordinarias que debían costear sus extravagantes gustos?
—Desde que el mundo está organizado en Estados, los vicios privados de sus funcionarios se solventan con fondos del propio Estado. Nadie invierte de su peculio para la joda. El erario público es donde pacen todos los vicios de sus burócratas.
—¡Gastos reservados! —exclamó López Teghi, alzando la mirada y buscando en algún lugar más allá del horizonte burocrático las responsabilidades de tales dislates presupuestarios. Suspiró resignado y volvió a la lectura de los párrafos suprimidos.
—¿Esto se vincula a ciertas discrepancias que tuvimos sobre la investigación? —López Teghi creyó hallar otro motivo a los conflictos que se suscitaron en los momentos iniciales de la pesquisa y que promovieron su retiro de las averiguaciones de inmediato.
—No. Solo que estos dos aspectos no nos está permitido divulgarlos —respondió “Pérez y Pérez”.
—Perfecto. Le doy seguridad de que nada será revelado, pero pongo en su conocimiento que mi equipo avanzó mucho en el esclarecimiento del asesinato por caminos independientes, desde ya, y sin ánimo de interferir en su trabajo. Es que hay asuntos que, muy a pesar de mi voluntad, se tocan con estos eventos desafortunados. No puedo impedir que mis hombres busquen verdades donde hay delitos.
—Lo suponía. Y lo entiendo. Yo hubiese hecho lo mismo.
—Y por ser sincero, debo confesarle que ya estaba al tanto de estos inconvenientes en la biografía del coronel.
—También lo suponía.
—Lo que el médico forense diga no va a agregar mucho. A lo sumo me clarificará hasta dónde lo repudia como jefe a usted.
El comentario final de López Teghi no le mereció ningún reproche. Murmuró comprensivo, pensando tanto del “Vasco” como de “El Morro”: “Si no quieres que algo se sepa, no lo hagas.”
Quien le sugirió a “El Morro” hablar con López Teghi fue su propio suegro, Beliel, un numerario de inteligencia. Sentía más afecto por el forense que por sus propias hijas: Alida, Celena y Magdalena, nacidas de su matrimonio con Nidia. Contradecía en todo la etimología de su nombre.
De Alida Celena recelaba por su alcoholismo, un exceso que detestaba y mucho más en las mujeres, quienes, a su juicio, se volvían grotescas al desvariar por los efectos del alcohol. Para colmo, su hija era también una fumadora empedernida: dos vicios que el hombre detestaba.
Magdalena, para él, era intrascendente, ñoña, insubstancial. Obesa y psicópata: “dos defectos”, como decía, que también lo deprimían.
Beliel fue subordinado de López Teghi durante sus últimos años de servicio, en una actividad que lo vinculó al hombre, quien trabajaba por entonces en una consultora privada. Lo consideraba un pragmático total, a la usanza estadounidense, imbuido de un claro y prolijo sentido de la austeridad y el ahorro. Se lo promocionaba como un jefe moderno. Suponía que se parecía más a un verdadero CEO de una gran corporación que a un burócrata de carrera en la administración pública. Solo podía suponerlo, porque en toda su larga carrera jamás conoció a ningún CEO de ninguna corporación. Apenas si trató con personas del aparato burocrático estatal, del escalafón intermedio: ni muy abajo ni muy arriba, la legión eterna de anodinos soberanos de la mediocridad.
Compartía con su yerno una profunda aversión contra “Pérez y Pérez”. Le molestaban sus modos, su sonrisa, su olor. Cuando debió cursar algunos estudios bajo su tutela, sus calificaciones fueron poco alentadoras. Su superior lo encontraba carente de iniciativa creadora y de dotes de estratega, indispensables para dar el gran salto en la función. Se trataba, en efecto, de un funcionario de atildada carrera, obsesivo y controlador, pero muy cuidadoso de no meter la pata. “Pérez y Pérez” prefería a aquellos que se animaban a más. “Los únicos que no se equivocan son los que nunca arriesgan”, le dijo en una oportunidad en que lo reprobó en un examen.
Estaba retirado. Cobraba una buena pensión que le permitía vivir sin sobresaltos. Procuraba persistir en los hábitos adquiridos durante su entrenamiento y especulaba con la posibilidad de reintegrarse al servicio activo; razonaba que su edad no debía ser un impedimento para ello. Lo que no pudiera realizar porque ya no era joven, lo podía suplir con su experiencia. Reconocía que “Pérez y Pérez” era su gran obstáculo para un hipotético reintegro. Estaba equivocado de cabo a rabo. La impugnación a sus ascensos, y mucho más a un posible reintegro, no provenía de ese jefe al que detestaba —que, por otra parte, no lo tenía en cuenta para nada—, sino de mucho más arriba, donde los ascensos se vinculaban a las distintas camarillas en que se organizaba la Agencia. Solo aquellos que, por esas formaciones semiocultas de la organización estatal, eran seleccionados, ascendían los peldaños de las jefaturas o se mantenían activos y postergaban sus retiros. Él no integraba esas cofradías: estaba en la periferia de los centros de decisión y, desde esos suburbios, no tenía posibilidades de regresar.
Participó en alguna oportunidad de un “grupo de la maldad”, dedicado a pergeñar situaciones agraviantes contra víctimas seleccionadas por los superiores y que debían ser sometidas a difamaciones y denuncias de modo sistemático. En eso fue muy eficaz. Disfrutaba destruyendo reputaciones. Y así como aprendió a defenestrar a inocentes, aprendió a transformar en santos varones a verdaderos crápulas. Su participación en ese sistema perverso sí le valió meritorias calificaciones y edulcoradas felicitaciones por su labor.
Nada de su malicia se había diluido con los años; por el contrario, incapaz de volcarla en actividades para el Estado, se había acumulado en el sustrato de sus tejidos como un jugo pernicioso que desesperaba por ser vertido oportunamente. “Pérez y Pérez” podía ser un buen destinatario de su ponzoña, por eso intrigaba con su yerno, incitándolo a rebelarse contra su jefe. Pero cuando de malicia se trataba, ese jefe los superaba largamente.
Alimentaban su esperanza los comentarios mordaces que sus viejos colegas todavía activos deslizaban contra los nuevos aspirantes ingresados en los últimos años, que incomodaban con su mediocridad y sus afanes por ser promovidos como investigadores o como burócratas de la administración frente a la vieja guardia experimentada. Pero en eso confundían los tantos: “Pérez y Pérez” también los repudiaba por acomodaticios y anodinos.
Beliel era alto, delgado, morocho; lucía ese típico bigotito “anchoa” de la década del cincuenta, cuando la moda masculina estaba regida por los galanes del cine nacional que lucían, todos, esos bigotes afinados como un dibujo sobre el labio superior. Coronaba la testa de esos actores una abundante cabellera engominada.
Conservaba intacto un viejo Valiant III, una pieza de colección a la que no le faltaba ningún componente original. Para garantizar su cuidado, solo lo ponía en marcha una vez a la semana y lo echaba a andar un par de vueltas alrededor del predio del estacionamiento. Volvía a la cochera, donde el auto permanecía en custodia, y entonces dedicaba horas al lavado y lustrado. Ningún otro automóvil lucía como ese.
Casado en primeras nupcias con Nidia, se divorció de ella como quien consuma un aborto iniciado años atrás. El matrimonio con esa mujer fue un error desde su concepción, y había quien creía que, en realidad, Beliel lo consumó para aparentar que disfrutaba de una familia feliz: una fachada para encubrir sus verdaderas funciones de alcahuete.
Nidia padecía obesidad mórbida y era fumadora compulsiva. Beliel la detestaba tanto como a un enemigo comunista. Y eso que era visceralmente anticomunista. Nidia se casó con él por puro despecho. Su padre, un italiano corpulento, afirmado en una ideología casi feudal, la sacó a empujones de los brazos de un hombre bastante mayor que ella, que juraba arrodillado, suplicante, solo tener las mejores intenciones para aquella jovencita de cuerpo escultural, busto exuberante, caderas ansiosas y entrepierna caliente. La pareja estaba verdaderamente enamorada. A su padre eso le importó un bledo.
Nidia se quedó sin amor para siempre: vacía, agriada. La imposición paterna le anuló ese sentimiento estimulante de la pasión, que es la exaltación del amor en su forma más temperamental. No le quedó ni una miga de pasión, de embelesamiento apasionado, que solo conoció cuando él la tocaba con delicadez casi puritana.
Prohibida del amor deseado, encontró en Beliel un mequetrefe con el que armar esa simulación de familia. Los meros lazos maritales no abonan el amor y menos lo recrean, por más certificado de matrimonio que los avale. No se llega a la pasión por los sellos administrativos ni por las definiciones de una ley hecha a espaldas del cariño. Regulan las herencias, las dotes, las inversiones, los intereses, pero no producen enamoramientos. Nidia soportó dos coitos para dos gestaciones. Dio dos hijas para la continuidad de la especie y cumplió así con el mandato social. Sería esposa —fiel por desgracia y no por deseos—, madre biológica para una pura combinación de químicas humanas, y una infeliz con cadena perpetua.
Después de los dos nacimientos, cerró sus piernas al marido para siempre. Su vagina solo se humedecía con el recuerdo del amado prohibido, y ese, para su desgracia, había muerto en un confuso accidente de tránsito.
Beliel estaba muy decepcionado de la parición de Nidia. Esperaba al menos un varón a quien transmitir su vocación e involucrar en el sistema. Sabía, por experiencia práctica, que las mujeres llevadas a esas circunstancias perdían mucho más que su decencia, compartiendo los vicios de tipos distribuidos a lo largo de las jerarquías del Estado. Aceptó hasta con resignación que así fuera el destino de Alida. Incorporada al trabajo de Inteligencia por su propia gestión, supo que su hija pasó por las camas de varios jueces y otros tantos secretarios de juzgados, a fin de recabar informaciones que no eran trascendentes. Así era el trabajo, se justificó resignado.
A Magdalena la descartó por completo: la consideraba inútil hasta para distribuir correspondencia. La menor de sus hijas nunca trabajó en nada productivo. Era quejosa, melindrosa, díscola, y quedó destinada a cuidar de la madre, quien ya presentaba claros signos de la enfermedad que la llevaría a la tumba.
Nidia se las ingenió para llevar a sus extremos la gordura y el cigarrillo. Magdalena la siguió en los dos excesos. Alida Celena, en cambio, no era obesa, pero sí fumadora enfermiza y alcohólica.
Un día cualquiera, intrascendente para la familia como cualquier otro, Beliel se marchó del hogar sin aviso. Simplemente no volvió más. Luego de un largo período de ausencia, reunió a sus hijas y les presentó a su nueva esposa sin mediar ninguna explicación. Nunca aclaró cómo la conoció. Las hermanas descartaban que mucho antes de divorciarse ya estaba enredado con ella.
La nueva esposa de Beliel era una pituca cincuentona, alegre y de pocas luces, que fue aceptada con indiferencia, pero sin rechazo: no valía el esfuerzo. A ninguna de las dos le interesaba la vida marital de su padre.
Beliel simulaba estar feliz con su nueva pareja. Más joven (era bastante mayor que ella), más delgada, más coqueta. Ignoraba que su atildado esposo la mantenía bajo estricta vigilancia. Viejos elementos de inteligencia, aburridos de sus monótonas vidas de jubilados, se ofrecieron para realizar seguimientos, sospechando que la cincuentona podría tener algún affaire con un hombre de su edad o más joven. La vigilancia no se limitaba a esos seguimientos: dentro de la propia casa los realizaba el propio Beliel. Simulaba abandonar el departamento que compartía con la mujer, invocando algún trámite. Abría y cerraba la puerta, fingiendo dejar la vivienda. El pequeño palier le permitía hacer la jugarreta al amparo de ser descubierto. Como siempre bajaba y subía por las escaleras para mantener su buen estado físico, la ausencia de los ruidos propios del funcionamiento del ascensor le permitía no levantar sospechas.
Aprovechando que la rubia permanecía en la cocina leyendo el diario o mirando alguna telenovela, se escondía debajo de la cama matrimonial esperando pescar a la esposa infraganti en alguna falta, en algún desliz, del tipo que fuera. Podía estar horas tirado allí abajo, esperando un suceso provocador que le permitiera franquear su delirio obsesivo y controlador. Nunca descubrió nada. La buena pituca, además de simpática, era insulsa y carecía de toda picardía. Bastante le había costado conseguir marido a edad avanzada como para rifar su relativa comodidad por la promesa de un pene juvenil. No cambiaba sexo por comodidad, ni siquiera lo consideraba.
Nidia, sola, divorciada, sin amistades y casi sin parientes que la visitaran, gastó sus días comiendo y fumando, y fumando y comiendo. A esas escasas actividades se le sumaba beber una gaseosa barata con esencia de gusto a naranja. Evacuaba y orinaba una vez al día, lo que atrofió sus riñones hasta la disfunción renal. Hasta allí llegaban sus actividades diarias. Ese círculo vicioso —evacuar, orinar, fumar, comer, beber, fumar, fumar, fumar— se repitió hasta el colapso, hasta que, por el exceso de peso, ya no pudo caminar más. Arribó al estadio de la postración casi total, y solo podía desplazarse de la cama al baño con mucho sacrificio. Usar el retrete era todo un desafío. Las más de las veces se orinaba o defecaba encima y debía esperar, a veces horas, para que alguna de sus dos hijas la aseara. Si no se ensuciaba, trajinaba fatigosa del baño a la cocina, a comer lo que fuera. Volvía con su ciclo enfermizo: comer, fumar, fumar, comer, beber, sudar, fumar.
Bañarse era una operación complicada: no podía entrar a la bañera. Por su peso, por el volumen de sus piernas, no podía alzarlas para superar la altura de la misma. Se debía higienizar asistida por sus hijas, fuera de la ducha, usando unos cacharros para volcarle agua y luego enjabonarla.
El necesario cuidado para higienizar los numerosos pliegues que producían los rollos de grasa que circunvalaban todo su vientre y por debajo de sus senos llevaba una enormidad de tiempo que enfurecía a las hijas. Ni hablar del secado, que debía ser cuidadoso para evitar la proliferación de hongos que dieran lugar a infecciones cutáneas irreparables.
De ese modo, el aseo se volvió esporádico y sujeto a la voluntad de sus hijas, que no desesperaban por asistir a la obesa. Cuando hedía a sudor y orín, las mujeres se decidían al bañado para no soportar los humores que hasta se tornaban nauseabundos.
Magdalena vivía con Nidia. En el departamento contiguo, Alida con “El Morro”. La cercanía las intoxicaba como un curare imposible. La casa de “El Morro” y Alida era modesta; la de Magdalena y su madre, ruinosa. Las habían heredado del abuelo materno. Se trataba de una suerte de condominio de seis apartamentos construidos por la familia paterna y que fueron vendidos en su mayoría para costear los gastos de un tío parrandero que malgastó la fortuna familiar en prostitutas y lujos.
A Alida le molestaba vivir en aquella casa. Sabía que con “El Morro” estaba en condiciones de mudarse a un apartamento mejor, más amplio y luminoso. No solo por una mayor comodidad hubiese preferido salir de aquel apartamento pequeño y deteriorado, sino, y en especial, para tomar distancia tanto de la madre como de la hermana: una distancia que no podía imponer de otro modo que no fuera por una importante lejanía geográfica. Hasta tanto, el alcohol le brindaba un pasaje a la tierra del “nunca jamás tuve estos padres abominables”.
Nidia, la noche en que quedó casi descerebrada al producirse la muerte de gran parte de su cerebro, se desplomó en el baño de la casa. Las arterias estaban tan obstruidas que ni gotas minúsculas del juguito vital que debía oxigenar los tejidos del cerebro llegaban a gran parte de la masa encefálica. El cerebro murió casi por completo. Hubo que romper la puerta para poder ingresar y rescatarla. Para ello, sus hijas pidieron a gritos la ayuda que solo un par de vecinos aceptaron brindarles. Luego convocaron al servicio de emergencia médica que habían contratado, previendo una contingencia similar.
Los camilleros del servicio médico se negaron a su traslado, aduciendo que la camilla no soportaría el exceso de peso de la mujer descerebrada. Sin embargo, el temor real de los hombres era quedar aplastados bajo la camilla. Hicieron toda clase de reproches que las hijas no estaban en condiciones de responder. “El Morro”, ausente, hubiese festejado las ocurrencias de aquellos hombres, quienes no dejaban de protestar por la convocatoria.
Se trataba de dos morrudos españoles de algo más de un metro sesenta cada uno, de espaldas muy anchas y cabeza cuadrada, quienes, al observar la escalera por la que debían descender un piso hasta la planta baja, se convencieron de que eran incapaces de soportar la humanidad aquella que dejaba caer desde la altura de la camilla en dirección al piso, una espesa cortina de tejido adiposo.
La escalera se retorcía como una espiral y ofrecía todo tipo de dificultades para encarar la empresa del descenso de la obesa con alguna seguridad de no terminar aplastados por esa masa de carne y huesos que babeaba y balbuceaba incoherencias, producto de la descerebración producida por el infarto.
Sus recriminaciones hacia la enferma movían a risa.
—¡Pero cómo ustedes han dejado que esta cosa se ponga de este volumen! —decía uno de ellos mientras señalaba despectivo el voluminoso cuerpo de la enferma.
—Me ofende, me perturba, me acobarda tanta humanidad en una sola. ¿Soy yo acaso el forzudo del circo? ¿Ven ustedes alguien con la capacidad de mover este monumento flácido? —melindroso, se manifestaba el otro.
—He pasado parte de mi vida llevando y trayendo gente que se moría de a ratos, en su casa, en la ambulancia, en el sanatorio. Pero nunca algo así: un reyuno, un bovino, un porcino descomunal. ¡Quiero jubilarme íntegro! ¡O lo más íntegro posible! No habrá forma de que yo mueva esta tripuda barrigona. Llamen a los bomberos si quieren sacarla de este cuchitril con una escalera endemoniada.
Y sanseacabó. No hubo forma de alterar la intransigencia de los dos españoles. Ni las amenazas de un juicio por abandono de persona, ni los llamados intimidatorios a los directivos de la clínica para que pusiesen en caja a los díscolos camilleros. Nada los removió de su posición. Fue el concurso de seis hombres fornidos, convocados de urgencia entre amistades y vecinos, los que zanjaron el difícil momento. Mientras ofrecían sus hercúleos brazos para la titánica tarea, alentaron a los camilleros, en busca de una necesaria distensión, a dirigir la operación de descenso de la paciente. Los españoles aceptaron de buen grado su elección como conductores de las muchas maniobras que se debieron hacer para descender el cuerpazo hasta la ambulancia.
A pesar de las estrecheces que ofrecía el ancho de la escalera, el tamaño de la litera, más las cascadas de tejido graso que caían a un lado y otro de la misma, los hombres sortearon —no sin angustias— el trabajoso descenso hasta la ambulancia, que hizo el traslado al hospital.
Los médicos fueron pesimistas. Dijeron que se trataba de un cuadro de infarto cerebral agudo y que cabían pocas esperanzas de sobrevida. Beliel se compadeció del trámite. Contrató el servicio fúnebre sin consultar a las hijas; esperaba que la muerte arreglara las cosas.
Sin embargo, desdiciendo a los médicos y decepcionando a Beliel, la sobrevida de Nidia fue asombrosa. No podía hablar ni caminar. Las tomografías sugerían a los neurólogos y neurocirujanos convocados por la excepcionalidad de aquella paciente que tampoco estaría en condiciones de comprender gran parte de los sucesos de la vida cotidiana. Eso no sería un verdadero inconveniente. Que comprendiera algo de la vida cotidiana a nadie —pero absolutamente a nadie— preocuparía. La incomprensión de hasta el más trivial de los asuntos no cambiaría el curso de ningún acontecimiento, ni del más pueril de ellos.
La mujer siguió viva más allá de lo esperable. Beliel se vio obligado a cancelar el servicio funerario con la misma rapidez con que lo había contratado. Puteó desde que salió de su casa hasta que llegó a la funeraria. El hecho le demostró que arriesgar no servía para nada. Arriesgó dinero, y mucho, contratando un servicio lujoso para las honras fúnebres de su ex mujer, pero esta lo embromó desistiendo de abandonar el mundo terrenal. Lo único que logró con su audacia fue malgastar ahorros, los que apreciaba mucho más que a la mujerona. Una lección que debió anticipar por su experiencia. Su experticia era la maldad, y no la buena voluntad.
El augurio nefasto que “El Morro” repetía en cada oportunidad que se presentaba se había cumplido hasta en sus minúsculos detalles: “Tu madre se va a pudrir en vida. Un día la gorda va a estallar y ahí las quiero ver a ustedes, las hermanitas inútiles, lidiando con ese adefesio.” ¿Cuántas veces se lo dijo? Decenas. A diario, casi, con más inquina una vez que otra. Y luego, para acentuar su desprecio, el recuento meticuloso de cadáveres de obesos a los que les realizó la disección para estampar en las límpidas hojas oficio de la burocracia de la Justicia las abominaciones de órganos pantagruélicos, las mugres añejadas entre pliegues oscuros de tejidos malsanos, anormalidades extraordinarias de miembros impresionantes, todas las deformaciones que el sobrepeso desmesurado provocaba en las personas.
“El Morro” se regodeaba en describir con minuciosos detalles el cerebro reducido a ese estado viscoso en que habría quedado el de su madre: hemisferios laxos —le repitió—, hemisferios flácidos —insistió—, macilentos, como espumarajo, derretidos en su geografía, llenos las circunvalaciones hasta en sus cavidades más hondas de microinfartos del tamaño de una nada insignificante, pero letales, por toda la anatomía del órgano, y que habían ido desmenuzando las capacidades de la gorda hasta dejarla reducida a esa montaña de tejido graso, inconsciente.
Y Alida, que recordaba la macabra descripción que “El Morro” hacía de esos cadáveres cuando hablaba de su madre, se resignó espantada. La fatídica premonición se completó en el momento en que se derrumbó en el baño de la casa. Así, su ideación suicida se consumó definitivamente. La mitad del camino hacia la razón de su suicidio ya estaba completada. ¿Y ella? ¿Aportaría la otra mitad que le correspondía, de acuerdo con esa fantasía, para completar el total de la desgracia? ¿No había sido ella quien insinuó la muerte por propia mano si ese suceso fatal de su madre ocurría?
Pero la desgracia no se completó de ese modo. Allí quedó, asistiendo ese cuerpo inmenso de atrofias irreparables, metiendo la mano en las heces de la paralítica, arrojando con una cucharita comida para llenar un estómago implacable, vertiendo jarras de gaseosa para calmar una sed interminable.
El infortunio de la muerte le llegaría en el abrazo ardiente entre el sulfuro, el hidrógeno y el oxígeno. O del agua fuerte, el salfumán disolvente. O la ligazón entre el hidrógeno y el flúor. Ya fue también predicho que, en esa trinidad de la tabla periódica, descartado el fuego, “El Morro” cifraba la defensa de sus bienes terrenales. Alida Celena debió reparar en que nunca se debe invocar a la muerte, porque esta suele tomarse en serio cualquier convocatoria.
Una tarde inexpresiva, templada, “El Morro” estaba listo para concurrir a la cita con López Teghi. Ensayaba el discurso que iba a pronunciar ante el otro encumbrado jefe de la Agencia. Llevaba anotaciones de todas las irregularidades en que, a su entender, incurría a diario “Pérez y Pérez”. Algunas podían ser consideradas solo producto de la desidia, otras de su incapacidad. Pero algunas de ellas las consideraba más bien propias de una traición, de un comportamiento poco acorde con las obligaciones que tenía por su alta dignidad. Sospechaba de muchos comportamientos oscuros de su jefe.
Es que “Pérez y Pérez” había agotado su paciencia. Aquellos tachones que anulaban porciones enteras de la autopsia de López Huidobro eran una afrenta a su condición de forense en jefe. No era la primera vez que lo censuraba o minimizaba al extremo sus sesudos informes. Pero esa vez se pasó de la raya, así lo entendió “El Morro” cuando Diosdado le devolvió el sobre con las correcciones que “Pérez y Pérez” hizo al informe de la autopsia.
¿Quién no se sentiría de ese modo frente a esos atropellos? ¿Quién aceptaría mansamente que alguien sin el menor conocimiento decidiera, porque sí, eliminar elaboradas conclusiones luego de largas horas de estudio, análisis y comparaciones?
Él, como especialista, no tenía responsabilidad alguna en las desviaciones sexuales del finado coronel. Ni su jerarquía en la organización lo hacía más viril o menos homosexual. Con respecto a las drogas, al cóctel de cocaína, químicos y alucinógenos que el más que cincuentón consumía a diario en los últimos tiempos, no escapaba al conocimiento que todos tenían sobre el asunto. ¡Si había que verlo en las condiciones en que llegaba! Sus gritos, sus insultos al personal, su trato degradante con los profesionales de su área. Nada lo conformaba, nadie le caía en gracia.
“El Morro” se diferenciaba del extinto por lo que él creía que era su dominio de las argucias del vicio. El suyo, la pederastia, era tan exigente como la cocaína, como el éxtasis, como el LSD, o más incluso. Porque de solo pensar en esas vulvas rosadas e indemnes entre sus dedos, su lengua, penetrándolas agrestes, puñalero, la lujuria fluía por sus tejidos y los hacía arder hasta el placer agudo en orgasmo perpetuo en cuerpo y alma. Allí, se convencía, radicaba su dominio. No andaba por las calles asaltando pendejas, exhibiendo en público sus amancebamientos con infantas. Era un pervertido, no un estúpido llenándose las arterias de una “Juana de Arco” incinerante hasta la muerte.
Viajaba esos kilómetros hasta donde el gaucho Moreira lo esperaba expectante, para complacerlo a cambio de una buena suma de dinero, de su “droga” extraordinaria: inoculándose infantes por la uretra, insuflando sus testículos de los jugos vitales de una niñez en estado de esclavitud sexual hasta la muerte. Creía que desdijo en los hechos la premonición que supo dictar “Pérez y Pérez” al propio López Teghi, de que un día, llevado por su ira incontrolable, habría de cometer un desaguisado del que nadie podría liberarlo.
Para “El Morro”, las habladurías de “Pérez y Pérez” contra él eran para distraer el fondo del asunto que los enfrentaba. Estaba convencido de que su jefe no anuló parte de su informe porque le preocupara la dignidad del muerto. En definitiva, quien la había mancillado, quien la había hecho papilla con sus acciones, era el propio occiso. Lo había hecho por salvar su propia situación. No deseaba que semejante asunto se filtrara por su legajo y abriera la posibilidad de que Asuntos Internos lo responsabilizara por incapacidad en la conducción, por el final tenebroso de un alto oficial todavía en ejercicio, o por algo mucho peor. No eran pocos los que hacían correr la especie de que “Pérez y Pérez” lo puso a López Huidobro en situación de asesinato.
Y, por si fuera poco, estaba ese fracaso de la operación “La Reliquia”, del que “Pérez y Pérez” se desentendía, amparándose en que había sido él uno de los que promovió la defección del coronel a cargo de la mansión condenatoria, justamente aduciendo que sus vicios serían determinantes en un posible fracaso. Así fue. Todo terminó en un zafarrancho, un papelón institucional.
López Teghi, un hombre medido y práctico, creía “El Morro”, no podía nunca consentir esta situación. No debía hacerlo. Y él estaba dispuesto a darle todos los argumentos que tuviera a su alcance para que promoviera el retiro efectivo y anticipado de ese jefe detestable. Y si fuera posible, su más completa defenestración.
¡Adiós sus refranes rebuscados! ¡Adiós su petulante erudición! ¡Adiós el perfume Acqua di Gio! Más costoso que el miserable sueldo que muchos de los empleados percibían por sus servicios. ¡Adiós asistente protogay con nombre papal! Gordo, fofo y engreído, con ese nombre ridículo que evocaba a un asqueroso que besaba leprosos como entretenimiento. Percibía tan cerca su liberación que estaba verdaderamente exaltado.
Dejó su departamento. Bajó la estrambótica escalera retorcida por donde descendieron con esfuerzos hercúleos, por última vez, el cadáver pantagruélico de su suegra. Caminó por el largo pasillo hasta la puerta de entrada. Estaba listo para salir cuando oyó con claridad que alguien hacía sonar el timbre del contestador en su casa. Abrió para sorprender al visitante. Se trataba de un mensajero de una empresa privada de correo.
—Carta documento para… para… Idelfonso Aturbi.
—Sí, soy yo —respondió. El muchacho le entregó la carta y una planilla donde firmar. “El Morro” firmó confundido.
Cerró la puerta detrás del mensajero. Abrió la carta documento y leyó con atención. Claramente decía: “Demanda de divorcio.” No reparó tanto en todo el palabrerío que, estaba convencido, había redactado el mediocre pero interesado abogado de su esposa, a quien conocía al dedillo. Se detuvo en la parte que refería los bienes a considerar. En la carta no faltaba ninguno. Para el dinero, la memoria suele ser implacable. Todos, en prolija lista, estaban estampados en el documento.
Debería haber puteado sin escatimar palabras. “¡Maldita hija de puta!” Hubiera dicho en otro momento. Y repetido hasta el hartazgo: “¡Maldita hija de puta!” O “Puta comemierda”, u otras combinaciones de insultos diferentes con los que descargar su ira. Debería haberlo hecho. Pero no lo hizo ni sintió verdadero deseo de hacerlo. Contrario a lo que él suponía que le iba a producir ese suceso que esperó durante meses, lo tomó con calma. Alardeó sobre el fracaso de todos los vaticinios que se hicieron sobre su persona. Volvió a su apartamento, se encerró en su estudio y allí esperó a su mujer.
Llamó por teléfono para cancelar su encuentro. No sabía cómo López Teghi iba a reaccionar a la cancelación, pero estaba en un estado de desinterés tan potente que la conversación hubiese resultado contraproducente.
El jefe no lo atendió; un subalterno recibió el mensaje. Le pidió en reiteradas oportunidades que lo disculpara ante él; el novato se comprometió a transmitir el mensaje. “El Morro” nunca se interesó en saber si llegó a tiempo el aviso y las disculpas.
Alida Celena entró sin hacer ruido. La casa estaba en penumbras. Desde el estudio, la voz de su marido llegó con claridad.
—Alida, ¿sos vos?
Alida estaba temerosa. Temblaba. Tantas veces la había amenazado, que estaba aterrada de ingresar al departamento. Obligó a su abogado a desistir de enviar la demanda de divorcio. Decidió esperar un tiempo más: tal vez lograra alcanzar un acuerdo de palabra y evitarse el entuerto de un inacabable juicio de divorcio. Su abogado le dijo que se extrañaba de esa expectativa, porque su marido “jamás va a aceptar ningún arreglo”. Y luego, preocupado, le sugirió que no regresara a la casa, que se refugiara en un familiar, en un amigo o que se alquilara un departamentito hasta que se completara el trámite de divorcio. Alida sonrió descreída e insistió con su voluntad de darle tiempo a “El Morro” para reflexionar.
—Alida, ¿sos vos? —insistió “El Morro”. —Soy yo, sí. —Vení que quiero hablar con vos. Quiero que hablemos de nosotros, que nos pongamos de acuerdo con este asunto de nuestro divorcio. Estoy cansado de todo esto y no vamos a pelear al pedo por unos mangos roñosos.
Alida se extrañó de la oferta que su marido le estaba haciendo. Al escucharlo, se felicitó de no autorizar el envío de la carta documento con la reclamación. Después de todo, tal vez sus bravuconadas sobre las consecuencias que le acarrearía la demanda de la división de los bienes matrimoniales fueran solo eso: bravuconadas sin mayores consecuencias.
Dejó su cartera y su abrigo sobre un pequeño sillón que estaba de frente a la puerta de entrada, en el hall del departamento. A la izquierda del sillón, en el espejo de pared que colgaba, Alida se acomodó el cabello. Se vio hasta bonita con el gesto distendido. Las palabras de su esposo le habían generado cierto estado de satisfacción que se reflejaba sanamente en su rostro.
Caminó con bastante seguridad hasta la puerta del estudio. La luz que venía de él era tenue, pero permitía apreciar la silueta del hombre de pie, delante de su escritorio. Atinó a ver tres latas de duraznos, suponía vacías, a las que les había quitado sus etiquetas. No era extraño que el forense tuviese distintos recipientes sobre su escritorio, las más de las veces con inmundicias de su trabajo. Ella estaba acostumbrada a ver brebajes sanguinolentos y trozos de órganos en cualquier recipiente. Era otro de los motivos por los que detestaba a su esposo: ese hábito enfermizo de andar con tripas por la casa, ventilando sus perfumes de muerte mientras reía burlándose de los espantos de la esposa.
Alida entró y saludó con un gesto de la mano. “El Morro” la invitó a sentarse. Había dispuesto uno de los sillones del estudio de frente al escritorio, más o menos en la misma dirección en la que estaban alineadas las tres latas. Él, de pie, apoyado contra el escritorio a medio sentarse, quedaba a la izquierda de los recipientes. Estos estaban al alcance de su mano, que llevaba enfundada en un grueso guante de látex. “El Morro” era diestro, poco hábil con la izquierda, su mano inútil, como decía. Tal vez por eso no había persistido en la carrera de cirujano y se había dedicado a la de forense. La estabilidad y motricidad de la mano izquierda era suficiente para serruchar un hueso o fetear tejidos muertos.
—Hablemos de nuestro divorcio —dijo, sin mencionar la carta documento.
—¡Qué grata sorpresa! Me alegro de que seas vos quien se decide a hablar civilizadamente del tema. No va más lo nuestro. Ya no nos queremos.
—¿Y eso qué tiene que ver? —respondió “El Morro” con ironía.
—No voy a discutir del amor con vos. Sabés que quiero el divorcio, quiero rehacer mi vida.
—Querés rehacer tu vida —repitió acentuando cada palabra con sarcasmo—, pero no estamos acá para discutir de amores fracasados.
—Bien. Entonces, ¿para qué estamos? —preguntó Alida intrigada.
—Para arreglar el asunto de los bienes, una equitativa división. ¿Te parece?
—Vos sabés, mejor que nadie, los bienes que tenemos. Esos hay que dividirlos por dos. Si querés, se puede estudiar una división que no implique venderlos todos, repartir en partes equivalentes a sus valores.
—Supongo que tenés una propuesta —lgo inclinado hacia adelante, el Morro preguntó con una extraña sonrisa entre sus labios.
—No pensé en nada de eso. ¿Querés que veamos eso así le comento al abogado mañana?
“El Morro” se llenó de ira suponiendo que Alida le mentía descaradamente. Acababa de recibir la carta documento que le envió su abogado ¡y ella le hablaba como si ignorara el asunto! Era una puñalada trapera. El hombre estaba seguro de que ella disfrutaba pasando por ingenua.
—Podría ser. Tu abogado es experto en sacarle plata a los demás. Mejor ganar tiempo y no dilatar estas cosas desagradables. No vamos a pelear por dinero, ¿o sí?
—Por mi parte —dijo Alida— no es lo que busco. Haciendo una divisoria de bienes como corresponde, no hay por qué pelear por nada.
“El Morro”, con una actitud tan serena y agradable como hacía años Alida no le veía, se inclinó algo más hacia adelante. Ella hasta pensó que él buscaba algún contacto físico, algo que no compartían hacía mucho tiempo.
—Los bienes y ningún comentario de nuestras privacidades.
—No, claro. Te di mi palabra de que de otro asunto no iba a hablar.
—Supongo que nunca le dijiste a tu abogado sobre ninguna otra cosa… nuestra…
—¿Nuestra? Tuya, dirás.
—No, nuestra, de los dos. Vos también tenés lo tuyo.
—Al lado de tus vicios, lo mío es de carmelitas. Pero quedate tranquilo porque nunca le dije nada. Espero no tener que hacerlo, pero eso ya depende de vos.
—¿De mí? ¿Te parece?
—Sí, de vos —sostuvo Alida con energía—. Firmás el divorcio y se acaba todo, sin peleas, sin infidencias.
—¿Y si no?
—Y si no, Dios dirá.
—¿Y qué podría decir Dios al respecto? ¿Qué podría decir Dios sobre este asunto?
—No hablo con Dios hace tiempo. Lo que sé es que me dijo una vez que los bienes matrimoniales son gananciales: mitad y mitad. Cincuenta y cincuenta. La mitad para vos, la mitad para mí.
“El Morro” retomó su posición, echándose hacia atrás. Apoyó su mano derecha muy cerca de la lata más próxima, miró fijo a los ojos de Alida, se frotó las manos y luego la cara.
—Estuve con tu papá.
—¡Ah! Qué suerte. A mí no me llama hace semanas.
—Viste que tu papá siempre repite que las mujeres son una fatalidad.
—Una calamidad, dice, no una fatalidad. No sé qué boludo le dijo eso y él, que es tan boludo como el otro, lo repite cada vez que puede.
—Le pregunté qué haría él si su mujer, para quitarle todos los bienes por los que trabajó sin descanso durante casi toda una vida, recurriera a secretos conyugales, cosas… de esas de las que no conviene hablar nunca.
—No necesito que me digas qué te respondió.
—Que se defendería a como diera lugar.
—Conmigo no vas a tener ese problema salvo —y exageró indebidamente la palabra “salvo”—, vos me obligués.
—Te vuelvo a preguntar: ¿Serías capaz de ventilar en un juzgado algún secreto que compartimos? ¿Te atreverías a ese escándalo?
—Espero no tener que hacerlo. Repito, por si no me escuchaste: salvo que vos me obligués.
“El Morro” aspiró el aire del ambiente profundamente.
—“No me obligués” no es la respuesta que deberías darme. Como en la tele: “respuesta equivocada.”
Alzó su vista hacia el cielorraso ennegrecido por la humedad. Miró a Alida a los ojos, con un gesto de su mano izquierda le pidió a la mujer que se acercara. Alida dudó, temió una trompada o un cachetazo.
“El Morro” percibió la actitud recelosa de Alida. Le dijo que se tranquilizara: “solo quiero garantías de tu silencio, de ciertas cosas”. Que de ningún modo tenía intenciones de golpearla; no era tan burdo, poco atento. Solo se aproximaba a ella para seguir buscando una solución conveniente a las dos partes.
Alida se relajó y se acomodó en el borde del sillón. Inclinó su cuerpo hacia adelante y aproximó su cara, suponiendo que a lo sumo iba a escuchar una grosería, como acostumbraba a oír de boca de “El Morro”, o un relato degradante de sus escarceos sexuales con jueces, secretarios y pendejas, o que la acusaría de adulterio y esas cosas. No vio venir el ácido, no se percató de que, a medida que ella aproximaba su rostro, “El Morro” tomaba una de las tres latas que estaban apoyadas sobre el escritorio, la más cercana, la menos visible.
Alida no se interrogó, en ningún momento de la conversación, por qué “El Morro” llevaba un grueso guante de látex para manipular productos peligrosos que protegía su mano. La escasa luz del ambiente ayudó a disimularlo hasta el ataque. En lo que dura una nada, le arrojó su contenido a la cara. Alida cayó como golpeada por una fuerza brutal contra el respaldo del sillón. Su grito fue tan espeluznante, tan desgarrador, que se escuchó en todo el vecindario.
“El Morro” la observaba imperturbable. Mientras la mujer se retorcía de dolor, recitó esos versos cuyo significado Diosdado no comprendió hasta el homicidio de Alida:
—“El matrimonio y la horca son hechos fatales. Tal vez lo supieron Somayeh Mehri, Raana y Nazanin. Shirin Mohamadi. Raana Por Amrai, Fatemeh Qalandari. Raana y Fatemeh, Raana y Fatemeh, Mahnaz Kazemi. Masoumeh Atai, Zivar Parvin, Maryam Zamani, Arezo Hashemi Nezhad. Un león entre mujeres es lo más peligroso.”
Como si nada ocurriera, como si esos gritos solo fueran un disturbio que no merecía reparos, habló con serenidad:
—Viste que no te iba a pegar, no soy tan bruto, tan poca cosa. Me gusta el fuego, pero era inconveniente. Elegí el ácido. No es tan vistoso, pero es efectivo: disuelve los tejidos, elimina la piel, los músculos, los nervios y perfora los huesos. ¡Cómo se va a comparar eso con un simple cachetazo!
Alida, desesperada, no podía dejar de gritar. “El Morro” se apartó un poco. Mientras observaba a la mujer retorcerse de dolor, retiró las otras dos latas y se apartó del escritorio.
Alida se arrojó sobre el mueble. Atormentada por el dolor, desparramó todo lo que estaba sobre él buscando algo con que aliviar su martirio. Luego, casi desmayada, cayó al piso.
La roció con el ácido de la segunda lata, esa vez sobre el pecho y la ingle. El grito fue tan fuerte que alguien, en pánico, llamó al 911, convencido de que algo horrible estaba ocurriendo en algún lugar muy próximo. Como Alida no dejaba de gritar, volcó la última lata en su garganta. El grito cesó de golpe: el ácido fulminó la garganta y las vías respiratorias superiores y penetró devastador en los pulmones. En ese instante, Alida murió.
Sereno, “El Morro” llamó al 911 luego de asegurarse de que Alida Celena estaba muerta. Al operador que atendió la llamada le dijo que, en su casa, su esposa había tenido un horrible accidente por manipular ácidos de manera indebida. También les dijo quién era, dónde trabajaba, su profesión, y les aseguró que la mujer estaba muerta. Muerta. Bien muerta.
Cuando dictó su dirección, la operadora le dijo que habían recibido un llamado desde esa misma zona hacía instantes, denunciando que una mujer gritaba desesperadamente. Le preguntaron si esos gritos estaban asociados con el accidente que informaba habría tenido su esposa. Se limitó a decir que sí, que así era. Se trató del grito luego de que el ácido le quemara el pecho y la ingle. Terrible, le dijo a la operadora. Esta quedó sin palabras.
Le preguntó si el silencio fue producto del fallecimiento de la víctima. Le respondió que no, que la muy torpe bebió ácido, por lo que quemó su garganta, las vías respiratorias superiores y los pulmones, la tráquea y el estómago, ¡y hasta los intestinos! Y que esa ingesta sí le causó la muerte. ¡Era una bebedora empedernida! Confundió el ácido con un gin con tónica. Una burrada. La recepcionista del llamado cortó la comunicación.
Un grupo de asalto se dirigió al domicilio de “El Morro”. Temían que un desquiciado los rociara con ácido, pero nada de eso ocurrió. Se entregó tranquilo y mostrando una recatada satisfacción. Lo esposaron, lo sacaron de la casa con la cabeza cubierta con una campera y lo llevaron a la comisaría. Debajo de la improvisada capucha, llevaba una generosa sonrisa. De allí, luego de la intervención judicial, fue directo a la Alcaldía de los Tribunales. Quedó detenido a disposición del juez de turno.
Los bienes gananciales estaban a salvo, y él obtendría un arresto domiciliario o una condena por insania. Eso si el sistema no decidía salvarlo: después de todo, amigos son los amigos. En un tiempo no muy prolongado, volvería a la calle a disfrutar los frutos de su abnegado trabajo. Hasta podría ir a vivir al feudo de Moreira, con quien obtendría la mercadería suficiente para atender su vicio a demanda. Tal vez el viejo proxeneta hubiera recuperado esa mercadería maravillosa, ese párvulo que oscilaba entre la niñez y la primera adolescencia, un ejemplar extraordinario de quien no se podía adivinar a simple vista el sexo.
“Dios siempre recompensa a los justos”, se dijo mientras se acomodaba en el duro camastro de la oscura Alcaldía. Procuraba un sueño reparador para las fatigas de ese día temible. Su única angustia en esos momentos, era saber cuán dañado habría producido en el piso de madera de su escritorio, rociado del ácido que contenían las tres latas que todavía descansaban prolijamente alineadas al borde de su escritorio, como se ocupó de dejar, antes de que la comisión policial le colocara las esposas. Pensó en la ironía del momento, salir de su escritorio, todavía con ¡esposas! Carcajeó hiénido, satisfecho.
Los policías no comprendieron su risotada.

***

XVIII – Amilcar

A pesar del paso del tiempo, y de que nunca más fue sometida a nuevas torturas, Abigaíl sufría un dolor constante en sus coyunturas y una disfunción crónica de los ligamentos. El hecho de no padecer tormentos le permitió cicatrizar las heridas, pero las que el tío y el padre le infligieron durante su infancia la dejaron sin fuerzas: casi impedida de levantar un peso, incapaz de mover sus brazos con plástica armonía.
En ocasiones, cuando perdía el control de su motricidad, se asemejaba a esos muñecos articulados con hilos elastizados en su interior, que se dislocan por completo cuando el niño deja de tensionar los elásticos.
Las cicatrices se ablandaron y disimularon hasta cierto punto, embadurnada con cremas sofisticadas que Marian aplicaba con amorosa dedicación varias veces al día. Habían perdido casi por completo su apariencia de lombrices rojas que recorrían su piel ocre en todas direcciones: por la espalda, por las caderas, por las piernas. Algunos de sus selectos clientes —muy pocos, por disposición de Marian, quien obedecía a su vez al espectro detrás del espejo— disfrutaban recorriendo con un dedo los recuerdos de esas cicatrices de la infancia.
Los captores bonaerenses, que debieron vender al niño a Marian por órdenes superiores, se percataron al instante de esa incapacidad y se divertían tironeando de los antebrazos para forzar las articulaciones. Cuando halaban, entre risotadas crueles, se dejaba oír un apagado chasquido de las coyunturas separándose, como si dos dedos mojados castañetearan expresando una discapacidad reumática. Cuando Marian le preguntó si lo habían maltratado, el niño mintió, temeroso de que los hombres se vengaran de su delación y obligaran a la mujer a abandonarlo con ellos.
Para entonces Gavino no gritaba. No gemía. Si le hubiesen preguntado cómo había llegado a tal estado de indiferencia, no habría podido explicarlo. Fue una metamorfosis no solo en su anatomía, también en su capacidad de manipular el dolor. Se trató de un cambio producido entre las tantas veces que colgaba amarrado del árbol de los tormentos.
Marian le dijo, con aires doctorales, que la capacidad de controlar el dolor estaba en su cerebro, un puro producto de su personalidad, de su psiquis. Y, además, que su predisposición a modularlo era una capacidad no extraña en otros seres humanos. Se sabía de hombres que habían sido bestialmente torturados y a los que no se les pudo extraer ninguna información porque el dolor no lograba quebrar su voluntad. Supo, por comentarios en “ServuS”, de un ignoto suboficial que murió en esas circunstancias.
Otros, incluso, no sufrían padecimiento alguno y no había tortura que les hiciera sentir ni el más mínimo suplicio. Esa rara cualidad era la maldición de los verdugos, y aunque su fracaso los obligaba a recurrir a instrumentos y métodos de tormento que solo practicaron siglos atrás los maestros del martirio —los inquisidores de la Iglesia— nada lograban en su cometido de quebrar al cautivo y arrancarle una confesión por más pueril e inútil que fuera.
Abigaíl se sustraía de los comentarios de la matrona y repasaba la actitud indiferente de su madre cuando lo torturaban, impasible al dolor que padecía el hijo, bebiendo su taza de mate cocido. Tal vez en esa herencia materna estuviera la explicación de su adquirida analgesia. Marian la contradijo: la analgesia congénita, afirmó, solía ser bastante extraña, y si ese fuera su caso, bien valdría encomendarse al récord Guinness, que —sospechaba— debería pagar buenas sumas por los fenómenos de la naturaleza humana. A Abigaíl todo eso le parecía ridículo.
Desde niño, también, se había acostumbrado a dosificar sus lágrimas. Llorar lo reservó para un momento significativo, trascendente en su vida. Se prometió, en un día de tormentos, que las lágrimas surgirían solo para ocasiones de íntima soledad o de amor, que anhelaba poder conocer, si es que el amor en verdad existía.
Pendiendo del plátano aquel, azotado, imaginaba enamoramientos. Los hombres aborrecibles intuían algo en la mirada del niño: una especie de blandura de tonos inexplicables que lo sustraía del momento y los colocaba en un estado que los perturbaba. Querían dolor, no lejanía ni abstracción en esos ojos.
Divagaba, colgado, sobre el amor filial, sobre el amor fraternal, sobre el amor carnal. ¿Conocería en alguna oportunidad esa gracia? ¿O la muerte se impondría algún día, cuando la fatiga del castigo terminara por vencerlo definitivamente y lo arrastrara, aun pendoneando de la rama, para subirlo a la muerte?
El día que tomó el Remington Patria con la bayoneta calada y la ensartó furioso en el vientre y el pecho del torturador, pudo despejar esa duda. Mientras huía a la carrera, solo observado por el “Rubio botella”, tuvo la íntima convicción de que había protagonizado por primera vez un acto de amor soberano, arrobado a la orilla de la sangre de Dionisio, hecha un emplaste de mugre y coagulitos repentinos.
Se preguntó, ya liberada del pasado, una noche recostada en la cama de su departamento del barrio de Belgrano, si su retorno al rancho no radicó tanto en la intención de matar también a los odiados padres —como creyó en ese momento—, sino en estirar la satisfacción de apreciar el borde de la sangre encharcada que reflejaba su imagen como un espejo bermellón salido del muerto y que se agrupaba caprichoso haciendo reflejitos perversos. Tal vez las pretensiones de la muerte son difíciles de descifrar, más aún para un niño atormentado. Pero estaba segura de que uno de esos amores con los que divagó en la tortura —y de ello sí sentía certezas— lo desentrañó de las sospechas guardadas en esa vieja valija familiar, arrumbada en el rincón del cuartucho donde su tío lo violó la primera vez, mientras se travestía inocente.
Las ropas de niña, envueltas en papeles blancos, cada prenda perfumada con un minúsculo jabón de tocador con forma de rosa, guardadas en bolsas de nylon muy viejas, buscaban un cuerpo y un rostro de niña que no se alcanzaba a manifestar con plenitud. Abigaíl no entendía si se trataba de un sueño surgido en la desbandada de los dolores o de un descubrimiento desesperante que resonaba desde un vacío abstruso, indescriptible.
Fue Marlene quien, una tarde de reposo silente, la anotició de su hermana muerta. La crónica del diario del pueblo decía el modo en que se acabó esa vida. A Marlene la verdad le pesaba como un difunto subido a sus espaldas. Y puteaba porque Marian dejó deliberadamente el recorte para que la propia Abigaíl lo encontrara. “Zorra”, dijo, “flor de zorra”. Se escuchó decir: “Eso no se hace, hija de puta”. Marlene sintió como una gangrena tajante que abarrotó su lengua, fulminando las palabras a más no poder. Por eso tardó en decir: “Esta muerta es tu hermana”.
Ese día Abigaíl lloró sin consuelo. Tal vez por eso reservaba las lágrimas con tanta dedicación. También le refirió que el comentario decía que los hermanos eran tan parecidos físicamente que bien se los podía haber considerado gemelares. De Acacia recordaban su desaparición; de Gavino, su huida. De los dos, su fisonomía andrógina.
Para descubrir a Acacia se miraba al espejo. Buscaba rescatar su imagen de ese limbo nebuloso en que permanecía y que no le permitía definir el rostro de la hermana a la que no conoció ni en fotos. El retrato de Acacia, para disgusto de Abigaíl, permanecía encerrado en una emboscada de ausencias y agonías.
Esa angustia de querer ver a través de los ojos de la muerta la poseyó desde entonces. Nunca supo si las revelaciones del periódico eran las que esperaba, pero las había reclamado y Marlene, por lealtad, se las entregó.
Abigaíl fue posesa del fantasma fraternal que la amortajó desde entonces, como quien arropa al niño desnudo cuando lo descubre indefenso. Incluso el día de su propia muerte, cuando saltó —fantástica langosta— desde el balcón del noveno piso y se hizo leve como plumón sincero, mecido por el escaso viento que comprendía, abrumado, el trágico final de aquella figura humana cayendo y cayendo y cayendo. En ese instante, quizás, habrá reconocido la delicada mano de la delicada Acacia, espectral, acompañándola hacia el estadio último, antes de encontrarse con la selva, el coliseo y la colina, perdida en medio del camino de la vida que tantas veces repitió del Dante obligada por Marian.
Aceptó esa relativa tranquilidad que consiguió cuando prestó algunos servicios en “ServuS”, el lupanar regentado en apariencia por Marian —aunque su control efectivo lo ejercía Marcia—, al que concurrían figurones de la vida pública, políticos y jueces en especial.
De aquel niño torturado y analfabeto, Marian construyó esa forma juvenil y casi femenina, de mediana altura pero espigada, amorosa, de discurso fluido y citas precisas, de preciosa caligrafía y hasta lectura culta. Marian siempre actuó bajo el estricto control de un hombre al que detestaba. Ese apreciaba la evolución del niño-niña y exigía celeridad en la metamorfosis. Le importaba muy poco la explicación de la crisálida con la que Marian trataba de justificar la lentitud y cuidados en la transformación. Sin embargo, el hombre encontró convincente la explicación sobre la naturaleza de los “dos espíritus” que coexistían dentro de esa humanidad, que un tal Amílcar señaló cuando vio por primera vez una foto de Gavino, antes de la transformación, apenas llegado al burdel, cuando ninguno sospechaba que sus destinos se encontrarían en un pituco festín de Barrio Norte, luego de la inauguración de una exposición de óleos.
Esa naturaleza, que encerraba en el cuerpo esmirriado agua en espesura, tierra en gotas, fuego en manantiales y vientos cristalinos, se hacía perfumes que destilaban flores y sofisticaba el resultado último. Le daba cierto halo místico, de ambigua religiosidad, de misterio sentido. La rareza de una ascendencia ajena hasta le prometía un toque de precioso ritual, de talismán encantado, de fruta prometedora.
Aunque Abigaíl nunca tuvo idea exacta de qué quería decir su protectora con el asunto de los “dos espíritus”, se dejó llevar por esa advertencia de la matrona. “Dejá que los espíritus decidan”, le sugirió convencida, como si realmente supiera de qué le estaba hablando. Así hizo.
Marian se aferró a la idea de que, si las cosas se orientaban en ese sentido, era absurdo que ella opusiera resistencia al destino. Toda su vida dejó que el destino decidiera por ella, y no iba a cambiar de actitud a esa altura de las circunstancias, menos con ese monstruo que, emboscado tras un espejo a través del cual podía observar los cambios sin ser visto, la acosaba como un perturbador moscón zumbándole la oreja con su cantinela. “¿Y?… ¿Para cuándo la mariposa?”, le decía salivando las palabras. “¿Para cuándo? Puse mucha plata en tu mercancía, ¿para cuándo?”
Marian debió reconocer que los resultados que entregaban los “dos espíritus” fueron mejores de lo que esperaba cuando empezó a asistir a la metamorfosis. El tal Amílcar supo de qué hablaba cuando dijo lo que dijo. Gavino se desvaneció con el tiempo, hasta que quedaron apenas unos rasgos vinculados a su particular anatomía y no a su personalidad. Era una dócil semilla varonil en un humus femenino que fermentaba incubando un nenúfar fascinante.
Abigaíl, por su parte, siempre creyó que Marian se inspiró en Acacia para modelarla. ¿Sería posible? La meretriz no podía ni asomarse al reflejo del rostro de la hermana muerta. La roció con el Dante y sus infiernos para aproximarla al lecho de la niña difunta. Y la obligó a respirarla en los poemas de Schiller, y a beberla en la Oda que un sordo imaginó en planetarios corales, para insinuar las formas que un fantasma virgen podría tener al escapar de las maceraciones de una cruel sepultura.
La Oda a la Alegría la recitó hasta el cansancio, mientras Marian hacía sonar en su reproductor de CD la Novena de Beethoven, por la Sinfónica de Berlín dirigida por Furtwängler, por consejo del espectro detrás del espejo oscuro. El disco se lo pidió a un senador amigo, un exquisito melómano, quien, sin saber por qué Marian se había vuelto adepta de la “Coral” de Beethoven, aprobó de agrado la versión que le reclamaba la mujer. De todos modos, quiso saber por qué, siendo ella amante de la cumbia y el cuarteto —que bailaba no solo con entusiasmo sino con gracia popular—, se había volcado a la música de Beethoven. Marian nunca respondió ese interrogante; no supo cómo explicarlo sin revelar, por entonces, un secreto que era conveniente conservar con total discreción hasta el momento oportuno de su revelación.
Abigaíl, con el tiempo, logró autosostenerse. No hizo fortuna —no se lo hubieran permitido—, pero Marian se ocupó de que pudiera ahorrar. Solo le daba trabajos que sabía redituarían una buena ganancia. Aportaba su amo también mucho dinero sin que ella lo supiera.
Tenía orden de no jugarla a cualquier baboso que se presentara con sus bolsillos llenos de billetes de la corrupción del Estado. Debía preservarla. Y cuanto más la mezquinaba, más crecía la fama de su pupila. Eso mejoraba las posibilidades de cumplir con lo que estaba planificado, aunque ninguna de las dos supiera de qué se trataba a ciencia cierta. Abigaíl menos que Marian, quien algo intuía por su larga experiencia en la esclavitud aquella.
Alquiló el departamento donde vivía en el barrio de Belgrano: un noveno piso, amplio y elegante. Tenía toda la comodidad que había deseado desde que accedió a la vida en la gran ciudad. Garaje y baulera, ascensor privado que daba a un palier pequeño adornado con un tapiz que la propia Abigaíl había confeccionado. De allí se pasaba a un recibidor no muy pequeño. Un reloj de pie y un organito vistoso, pero muy desafinado, se enfrentaban con un elegante sillón antiguo, regalo de un fulano que eyaculaba de solo verla.
Luego el living comedor, amplio y muy iluminado. Dos ventanales grandes daban a la calle y recibían tanta luz y aire que Abigaíl disfrutaba todas las mañanas. En pleno invierno acostumbraba abrir de par en par las ventanas para complacerse del frío que erizaba su piel y la ruborizaba. Pasó tantas noches a la intemperie, con la helada alfileteándola con las agujitas del rocío congelado, que no precisaba más que un modesto abrigo, tal vez una camisola y una prenda de hilo.
Seguía al living una amplia e iluminada cocina-comedor. Daba a un pequeño patio en el que abundaban flores de estación: en invierno, violetas de los Alpes; en verano, alegrías del hogar. En azulejo veneciano, una reproducción de la flor de la acacia que ella misma realizó asistida por Marlene, quien, a esa altura, se había transformado en su única amiga. Mostró habilidad para las artesanías.
Por un pasillo se iba a la otra sección del departamento. Allí había dos ambientes. El primero, una especie de escritorio: algunos libros y muchos discos. Pendía un retrato de Schiller, un capricho de Marian. Hasta le quiso regalar un escapulario con la imagen del poeta. Alguien le dijo que no exagerara. Abigaíl se negó rotundamente a esa extravagancia.
El contiguo, más amplio, era su habitación. Al fondo, el baño. Había elegido ese departamento casi exclusivamente por el baño.
Cuando volvía de atender a un cliente necesitaba bañarse, y lo hacía con obsesión. En distintos momentos del día se duchaba; no se lavaba con fruición, sino como quien lava la desesperanza.
Cuando retornaba de estar con Podestá se sumergía en un baño de inmersión y dejaba que el hidromasaje relajara su humanidad, ablandando la costra —como de barros de sepultados— con que la embadurnaba con sus humores. Entonces el baño podía prolongarse por una hora.
La modesta fortuna también se amplió, en ocasiones, por los pagos que recibía al obtener de los melifluos y gordinflones palurdos que alquilaban sus servicios —que no siempre eran sexuales— alguna información que transmitía a Marian, y Marian a una persona que desconocía. Un chantaje oportuno, una traición organizada con base en la información o, simplemente, la publicidad de hábitos sexuales poco recomendables de esos doscientos encumbrados publicitados del sistema, podían ser una redituable fuente de ingresos. Nunca supo el volumen del botín que producían aquellas revelaciones, pero creía que debería ser importante, porque las sumas recibidas por el servicio le parecían generosas. Por eso concluyó que mucho mayor debería ser el porcentaje del pago que Marian recibía. Estaba equivocada: Marian le dedicaba todo el dinero a la pupila, no se quedaba ni con una moneda de ese trabajo.
En el lupanar su exótica figura, su apariencia andrógina e hipnotizante, fue reclamada por prominentes corruptos adinerados. Pero Marian la entregaba a cuentagotas. La mezquinaba con gran habilidad. Sentía, detrás del falso espejo, esa amenaza de martirios que le respiraba carnicero en la nuca, advirtiéndola para que no jugara la ninfa a unas babosas repulsivas, esos piojos despreciables.
Cuando comprendió que la breva estaba madura para cumplir con su destino, se lo hizo saber a “Pérez y Pérez”. Este le ordenó ofrecerla al senador amigo, pero no para sus bacanales. El senador, figura pública de reconocida trayectoria, lujurioso pero discreto, quien —a pedido de Marian, que se ofreció como garante del acuerdo— la introdujo en un ambiente selecto al que nunca hubiera podido ingresar de otro modo. A sabiendas o no, la puso en el camino del coronel.
La hizo participar de algunas fiestas de pudientes que alternaban su esnobismo por el arte con saturnales descomunales, a las que el político eludía con elegante discreción. Fue él quien le presentó ya en persona a Amílcar, el artista plástico que quedó pasmado con su sola presencia. El mismo que predijo su condición de “dos espíritus”. El afecto del hombre le valió a Abigaíl la posibilidad de frecuentarlo. Fue quien la presentó a todas sus amistades: variopintos figurones del arte, la política, la farándula.
Marian, como estaba pactado, informó a “Pérez y Pérez” que se celebraría con un ágape la enésima exposición de los óleos del artista en una renombrada casa de exposiciones. Y aunque Marcia tenía relación amistosa con él, “Pérez y Pérez” se opuso a usar esa vía para concretar el encuentro de la pareja. Quería que Podestá disfrutara el momento, que fuera palpitante, edénico, insinuante. Como cuando fueron acabados los cielos, la tierra y todos sus ornamentos, y Dios dijo con su tronante voz: “No es bueno que el hombre esté solo”. Pero “Pérez y Pérez” estaba incapacitado de exigirle que no abundara en el árbol de la tentación.
Era una apuesta. Un negocio, un trueque. Quid pro quo, sentencia latina que “Pérez y Pérez” solía usar a voluntad cuando la ocasión lo ameritaba, bien podía servir para manifestar el agasajo de la esclavitud de una anatomía misteriosa.
Una mercancía fatal, una forma del dinero mutado a músculos, vasos, espíritu. Mercadería humana que, al fin y al cabo, en su desnudez vital tal vez sirviera para llevar la empresa al final necesitado. ¡Terminar con “La Reliquia”! Sueño inútil de acallar por una eternidad los gritos de las revoluciones.
Tal vez ello ayudara, y Podestá sirviera antes de su propio final a ese objetivo supremo. Y el rosario quedaría en el oscuro secreto de las relaciones de Estado. Por eso “Pérez y Pérez” quería emoción, un lúbrico efecto en el encuentro, y no un indecente pastiche de arrabal prostibulario.
Fue el propio artista, con su multitudinaria invitación, quien convocó, entre todas sus amistades y compradores, a Podestá y otros militares que en alguna oportunidad habían asistido a sus inauguraciones. Los tres caminos, de ese modo, confluían: el de la ninfa, el artista y el poseso de la Juana de Arco.
Cuando invitó a Abigaíl, Amílcar le dijo que él la haría conocer al hombre de su vida. No fue casualidad lo suyo. A veces una simple seña permite al buen conocedor entender qué se espera que haga: una imperceptible inflexión en la voz de Marian, el simple roce de una mano conocida, un susurro oportuno. Marcia, por orden de “Pérez y Pérez”, se ocupó de avivarlo sobre lo que se esperaba del encuentro.
“¿El hombre de mi vida? ¿Qué te hace creer eso?”, debió preguntarle a Amílcar. Pero ella sabía —y por eso guardó silencio— que el misterio del destino no existía en ese submundo. No había azar ni magia, y mucho menos amor en todo ello. ¡Amor! ¡Qué absurdo! Si Marian le habló tantas veces de cómo al amor lo habían ahogado en una palangana. “No te hagás ilusiones”, le dijo, y agregó: “No creas en boludeces”.
Algo, por encima de su voluntad, había resuelto con quién debía pasar sus días, aunque no tuviera —y no hubiera podido tener, aunque se lo hubiera propuesto— conciencia del animal al que se estaba aproximando. Lobo, lobo del hombre, lobo, y estaba todo dicho. Para saber con quién trataba debió estar, en alguna oportunidad, del otro lado del espejo. Y eso nunca ocurrió ni podía ocurrir.

***

El marchand, que fue de la partida, insistió en que Abigaíl fuera retratada, pero en un óleo para exponer en su galería. Encontraba sublime la exótica figura de la joven. Una foto suya, expuesta al fondo del amplio salón donde se realizaba la reunión, observaba a todos los comensales, que no podían dejar de mirar la belleza de la obra plasmada por Amílcar. Era una combinación de fotografía y óleo que le otorgaba a Abigaíl una excentricidad superadora de la propia, que de por sí ya era alucinante.
Esa reunión fue donde se vieron, por primera y definitiva vez, con Podestá. De ahí marcharían enfermos a la muerte. El coronel nunca hubiese aceptado conocerla en el burdel: no concurría a esos sitios. Por el contrario, sabedor de sus fines últimos, sentía profunda repulsa por esos lugares de perdición y espionaje. Consolidaba su rechazo a los piringundines —aunque fueran sofisticados y hasta confesaran sin ambigüedades su pertenencia orgánica a la institución estatal—, que venía de sostener el cadáver del camarada muerto con un preciso disparo en la nuca, un hombre que frecuentaba los burdeles con devoción casi religiosa. Sostenía que la lujuria, en cualquiera de sus formas, llevaba a la muerte de manera precisa. Y cuando la lujuria estaba al servicio de los manipuladores de la información, resultaba aniquiladora. Nadie mejor que él para sostener esa verdad. El coronel López Huidobro era un preciso conocedor del verdadero origen y destino de aquellas divulgaciones de las fechorías sexuales que los poderosos se prodigaban con desfachatez.
Abigaíl, esa noche, parecía un diamante capaz de jadear ardiente y concitar la pasión extrema. Una celada de sexo a la que no había modo de eludir. Tenía algo que nunca nadie pudo explicar: era capaz de inflamar los sexos con su sola presencia. No porque hiciera algo que despertara la lascivia y provocara la incontinencia en quienes la rodeaban. Simplemente ocurría. Era una especie de don y de desgracia fusionadas. Gracia y desventura, conciliadas.
Al instante de incorporarse a la fiesta del artista, la figura de Abigaíl impregnó las pupilas de los invitados. Pero en López Huidobro esa estampa no se quedó en el borde del ojo, hamacándose entre luces y sombras. Fue por su nervio óptico, a un lugar imposible de su mente, a un recodo de la psiquis, un sitio al que solo él —y muy de vez en cuando— ingresaba para convocar a su sexualidad en estado puro. Una materia caliente y feroz que lo apaleaba por dentro, bajaba hasta la uretra y lo quemaba.
Si Amílcar le hubiese preguntado en ese preciso instante qué le sucedía, qué deformaba su rostro y alargaba la mirada hacia un punto infinito, hubiera recurrido a la zozobra de Juana de Arco en medio de la hoguera para explicar su estado de ánimo: ese fuego fatal que, micrón a micrón, le quemaba las membranas más sutiles de todos sus órganos y lo hacía eyacular un fuego a pesar de resistirse.
La miró agazapado, hecho un nudo. Y, a pesar de estar en pleno conocimiento de la verdadera razón por la que participaba de la reunión, fue víctima de ese embrujo repentino que siempre provocaba Abigaíl.
No era fácil dilucidar aquella figura que bisbiseaba cálida, lanceolada como una flor serpentina. Cabello café, corto, rapado en el costado derecho, dibujado el pabellón de la oreja de ese mismo costado con cinco diamantes entre rojos y azules que alborotaban como tildes de singulares iridiscencias. De atractiva altura, delgada, sensual, plenaria, caminaba como suspendida en el aire, liviana, dejando una estela que aspiraba a ser sorbida para brindarse.
Si alguien de su pueblo natal hubiera tenido la oportunidad de verla así, suavemente inclinada hacia adelante, descubriendo un insinuante escote que apenas mostraba sus minúsculos senos sin sostén, con una luz amarilla bajando del rostro al cuello y al pecho sensual, lo hubiese remitido a la imagen de la hermana muerta, Acacia.
Amílcar se llegó por detrás de la muchacha y, casi lamiendo las cinco esporas diamantinas de su oreja, le dijo que mirara con discreción en dirección a donde López Huidobro se hallaba expectante. Ella volteó apenas la vista y lo vio de pie en la parte más alejada del salón, en una actitud para nada ausente; por el contrario, francamente expectante. Era una figura esculpida en una materia difícil de describir, una especie de mármol que el sol había encerado y por el que circulaba una sangre que se hacía negra entre sístole y diástole potentes. Abigaíl reconoció el tono curtido de la piel del rostro, reparó en las manos que parecían de un artista y percibió ese filo imposible que la mirada del hombre permitía descubrir mientras recorría con sus ojos todos los claroscuros de aquel salón atestado de luces y sombras.
Amílcar le dijo: “Ese es el hombre”. Abigaíl se encogió de hombros como si no le importara la persona aquella. Pero no fue así. Le pidió que, antes de presentarlos, recitara para él un fantástico poema.
—¿Para él o para vos? —le preguntó con algo de cinismo. —Para mí —mintió Amílcar—, ¡solo para mí!
—Mentiroso —le dijo, mientras él le acariciaba una mano como si realizara una delicada pincelada. La quería exhibir en su esplendor, como a una flor exótica o un mítico animal salido de una fábula griega. Abigaíl no pudo sustraerse al tono íntimo del pedido del amigo.
—¿Qué poema, Amílcar? —preguntó sonriendo.
El hombre se acercó más al pabellón de su oreja. La sorprendió con su pedido. De todos modos, no pensó en ese instante en negarse. Asintió con un grácil movimiento de cabeza; después de todo, para eso estaba, para lucirse, y a ella le gustaba.
Se dispuso a acariciar los versos. Amílcar le indicó con la mano extendida un ¡alto!, y la llevó al centro del salón como quien exhibe un prodigio con algo de nuez de Adán y algo de hembra. Una luz acorazada la iluminaba de arriba a abajo, acariciándola para saborearla. Los comensales miraban entre extasiados y embobados, todos expectantes. Podestá, algo alejado, detrás de otros comensales, la miraba con ojos encabritados, la boca reseca, la lengua vacante, abarquillada; la aorta abarrotada de hormonas sustantivas.
Amílcar, extasiado, dijo que su encanto solo era comparable al del mismísimo Giovanni Carestini, y todos exclamaron “¡oh!” asombrados, como si supieran de quién les estaba hablando. Con un gesto le indicó que empezara. Como para dar el impulso inicial, él mismo recitó el primer verso:
—¡Oh amigos, no estos sonidos!
El coronel sintió un vapor de acero que rompía su tedio. Se deshizo de amenazas y esperó el recitado como una ablución extraordinaria e inesperada.
—Entonemos más bien unos / más gratos y alegres… / y llenos de alegría / ¡Alegría! ¡Alegría! —recitó Abigaíl siguiendo al amigo en sus intenciones.
Amílcar, ladino, espiaba con el borde del ojo los gestos del comensal asombrado a medida que el recuerdo de la Oda iba deslizándose por las circunvoluciones de sus hemisferios cerebrales. Desde el lugar en que este se hallaba, se oyó recitar una voz masculina:
—O Freunde, nicht diese Töne! / Sondern laßt uns angenehmere / lastimen und freudenvollere. / Freude! Freude!
Abigaíl quedó suspensa. No atinaba a precisar de qué boca habían salido esos versos en alemán. Marian, hasta el tormento, se los había hecho estudiar. Abigaíl no conocía el idioma en que estaban escritos, jamás se propuso aprenderlo; la malhumoraba de solo mencionarlo. Pero repetía con perfecta fonética el recitado incomprensible.
Amílcar insistió para que continuara. Llevó su dedo índice a los labios y le ordenó al adusto militar silencio. Este, como nunca antes, con una distendida sonrisa, asintió con la cabeza, condescendiente.
Abigaíl, en un momento de introspección, recitó contradiciendo la expectativa…
—Esta luz, este fuego que devora. / Este paisaje gris que me rodea. / Este dolor por una sola idea. / Esta angustia de cielo, mundo y hora. / Este llanto de sangre que decora / lira sin pulso ya, lúbrica tea. / Este peso del mar que me golpea. / Este alacrán que por mi pecho mora.
Abigaíl descubría a medida que recitaba esos versos, que solfeaba a Lorca con la sangre espesada y el aire calentado en los pulmones, que estaba actuando como nunca antes lo había podido hacer. En cambio, Amílcar, estaba enfurecido, aunque supo disimularlo con prodigiosa elegancia.
¿Era ella la que dejaba caer las estrofas como un escándalo maduro de sentimientos nunca descifrados? Ni cuando Marian, insistente, la inducía a practicar el fatigoso arte del recitado se había sentido así, como quien recorre latitudes impensadas de regiones extrañas y dudosas. Hasta ese momento nunca le había hallado sentido alguno a ese aprendizaje trabajoso.
Abandonó sin aviso a Schiller porque se le hacía vascular, imponente, acuciante. Se desvió hacia Lorca porque se le hacía hormonal, latente, arrebatado, sabiendo a estrógenos en la comisura de los labios. Amaba a Lorca, con quien se identificaba.
Y aunque Amílcar deseaba que no se alejara de los versos selectos de Beethoven y la instaba, con un gesto tan severo como dulce, a continuar recitando en alemán, Abigaíl siguió como un animal silente, disipando en feromonas esos sonoros versos musicales, y continuó:
—Son guirnalda de amor, cama de herido, / donde sin sueño, sueño tu presencia / entre las ruinas de mi pecho hundido. / Y aunque busco la cumbre de prudencia / me da tu corazón valle tendido / con cicuta y pasión de amarga ciencia.
Al terminar, el auditorio, sorprendido y agraciado, la ovacionó encendido.
Amílcar creyó desmayarse ante la poética impertinencia de la protegida. Pero estaba hecho. Lo sabía. Lo comprendió en el instante en que descifró el borde de los gestos del militar. Le temblaba el labio inferior, se demoraban sus fosas nasales buscando un aire refrescante; fálicas, las pupilas dilatadas se ahondaban lúbricas, indecentes. No había teatralidad, claro que no. Algo inexplicable había penetrado la osamenta endurecida del cancerbero aquel, distendido de su porte de mástil peligroso. ¡Tanto esperó que esa crisálida resolviera su anatomía en esos años!
Amílcar podía ver, en los rincones nerviosos de López Huidobro, esas insinuaciones ardientes que avisaban de un sexo en crucial incontinencia. La testosterona carcajeaba subida a sus hombros, reclamando en apuros palpar fragoroso las curvas que incitaban su celo. Olía al cordero como el lobezno inmaduro; presagiaba las sábanas enrolladas alrededor de los sudores de dos cuerpos, abrazándose carnívoros, fatigando desesperación por acabar atroz, ardiente.
Amílcar abrazó a Abigaíl y la tomó de la mano. Se aproximó a su oreja, esa que estaba engalanada de diamantinas bicolores.
—Qué pedazo de hija de puta que sos. Casi me cago encima del susto, odio las desobediencias que involucran lobos —le dijo a través de una sonrisa hipócrita.
—¿Lobo?
—Sí, lobos —insistió Amílcar, tratando de disuadir a Abigaíl de su duda.
—¿Por qué le iba a dar lo que quería? Que ruegue, que pida, que se entregue —respondió tan modosa y silenciosa como era posible en el bullicio de la parranda.
—Creo que acabó tres veces mientras vos recitabas. Pero por el amor de Dios, nena, ¡no jodás con este tipo! Es un lobo entre hembras, de lo más peligroso —fue la única advertencia que surgió de sus labios. —Es solo un hombre, de tantos —menospreció Abigaíl a ese manifiesto de lobo en celo que jadeaba angustiado.
Amílcar suspiró resignado y guardó silencio. Él bien sabía cuán equivocada estaba Abigaíl.
Llevó a la muchacha hasta donde López Huidobro estaba como estatua adulzorada, ojeroso de espera, soportando el careo. Los puso frente a frente. Juntó las manos del hombre con las de la muchacha. ¿Era solo un hombre, como tantos? Abigaíl sintió al lobo traspasar la delgada capa de su piel y morder el músculo primero, luego el nervio y después el hueso hasta el tuétano. ¿Era solo un hombre, como tantos? ¿O era un lobo como ninguno?
Abigaíl nunca había sentido una amargura de filos como aquella. Se estropearon sus penas, se le amartilló el corazón de desesperanza y, a medida que una runfla de sepulturas la invadió repentina, sintió alejarse infinita de todas las palabras amorosas y dejó de mirar a los ojos del hombre que Amílcar le estaba presentando. Caviló, por primera vez, el sonido de la cuchilla tajeando la garganta de Acacia, mientras la sangre bullía, llorante, padeciente, hasta agotar la vida en la hemorragia. Tuvo deseos de llorar, intensos deseos como nunca antes lo había sentido, salvo cuando supo de la muerte de Acacia. Sostuvo las lágrimas fatales, como pudo, tan sola y desamparada. ¡Se había prometido no llorar jamás salvo de amor! Pero en ese roce de pieles de las manos, ¡sintió tantos deseos de llorar!, que estrujó los lagrimales hasta dolerle como no le había ocurrido desde las fúnebres verdades sobre la hermana asesinada.
—Nunca, a nadie, jamás, le he encontrado dos espíritus en armonía como a esta niña —dijo Amílcar, mirando el fondo de los ojos de Podestá—. Es nuestra We’wha. ¿Entendés lo que eso significa?
—López Huidobro no pronunció palabra—. Si las mujeres son una calamidad, como solés decir a menudo, su parte femenina establece una excepción que vas a tener que reconocer. Esto es un regalo de Dios. No sé si te lo merecés. Espero no equivocarme.
Luego de un momento de silencio, en el que parecía reflexionar sobre algún asunto del que prefirió no hablar, apretó las manos de él contra las de ella. Amílcar las sostuvo por un instante breve y los dos tuvieron la sensación de que quiso decirles algo, pero se arrepintió en ese preciso momento. Miró primero los ojos del hombre, luego los de Abigaíl, retiró suavemente sus manos y se marchó en dirección a donde su marchand estaba merodeando a un muchacho al que no alcanzaba a reconocer.
Por una sola vez en su vida, López Huidobro no supo qué decir ni cómo comportarse. Estaba allí por una última misión, pero quedó flechado como un impúber que descubre su sexo entre admiraciones. Tal vez allí, quién lo supiera, decidió morir a su manera.
Abigaíl se sintió colgada nuevamente del frondoso árbol del fondo de la finca familiar, mientras un azote furioso revolvía las heridas hasta desarmarla de humanidad, hasta casi matarla.
Amílcar los miró a la distancia, como quien observa dos novios difuntos que en procesión se acercan cabizbajos a su condición de muertos, sin saber reconocer sus contornos de tumbas.

***

XIX – Tesoros en Titiri

El General preguntó si ya habían llegado a Macha. Insistió en este asunto. El jefe guardó silencio, esperando el momento de brindar una respuesta. El tiempo que se tomó para contestar le permitió pensar hacia qué lado iba a disparar cuando el General insistiera sobre el punto. Hacía días que no hablaba, solo dormía. Pero cuando volvía con el asunto de sus tesoros en Titiri, se ponía pesado, cuestionador y enojadizo.
Abrió los ojos, más desteñidos que de costumbre. Le ocurría cuando se angustiaba. Preguntó varias veces por el cura Araníbar, Juan de Dios Araníbar, el cura de Macha. Si era Juan, nombre sagrado y de Dios, debía haber cumplido su encomienda con enjundia. Esperaba que el propio Zelaya le confirmara que las banderas estaban a salvo.
El jefe insistió en su afirmación: en los sagrados cuadros de Santa Teresa que había en la capilla de Titiri se habían resguardado los tesoros de la revolución y de la independencia. Las banderas nunca fueron capturadas por los realistas después de la derrota de Ayohuma. De lo contrario, estarían adornando los escaparates de las matanzas coloniales, como símbolo de un triunfo contra la libertad americana. Nada de eso había ocurrido.
El General desconfiaba de la afirmación del hombre. Si la respuesta se la hubiese dado Amanda, María de los Remedios, la mismísima capitana y Madre de la Patria, o Manuela Mónica, la habría dado por cierta sin desconfianza. Pero ellas estaban ausentes, sin que alcanzara a develar los porqués. Los hombres, aunque cuidadosos y tan amorosos como aquellas que supieron defenderlo, no podían suplir, ni con todas sus dedicaciones, lo que esas mujeres representaron en la vida del General.
Como hacía mucho tiempo no reclamaba, insistió en que lo reclinaran nuevamente en su camastro. Almohadones especialmente tejidos por unas viejas patriotas sirvieron para recostarlo con absoluta comodidad. Eran tan mullidos y acogedores que el General se sintió a gusto como no lo estaba desde que salió de la casona, aquella de la que debió huir para evitar su asesinato. Recordaba el momento en que un soldado suyo, un suboficial de rango que no podía precisar, aquel de los relatos sobre el combate del monte Destartalado, le dijo con voz grave y preocupada: “Hay que irse, mi General. Vienen a matarlo”. Y él aceptó sereno ser sacado por los fondos de la propiedad para iniciar un nuevo éxodo, como el que hizo en Jujuy, a punta de bayoneta, para salvar la patria de una muerte segura.
En esa posición, reclinado sobre los almohadones, pudo pensar mejor en algunos sucesos. No lo veían así desde hacía bastante tiempo. Algo en el clima, algo en el ambiente, le devolvía cierta frescura que parecía perdida y amenazaba con extinguirse definitivamente. Alguien conjeturó que, al aproximarse al río venturoso, el recuerdo del pabellón izado por primera vez podía resultar un zumo vivificador y otorgarle nuevas energías, aunque estas fueran solo temporales. Hasta se consideró imitar las salvas de las baterías Libertad e Independencia para estimular esa recuperación que entusiasmaba a todo el grupo de custodios.
El General bebió algo de agua limpia y cristalina. De napas puras y muy profundas, los paisanos la recuperaban para esa avanzada patriota. Las preocupaciones por la deshidratación pasaron a un segundo plano. Podían concentrarse más en la fuga y en recabar información sobre los movimientos de los grupos de tareas que persistían en la persecución.
Llamó a uno de los muchachos por su nombre.
—¿Llegamos a Macha? —se tomó un respiro que impresionó a los hombres—. ¿Vino Zelaya? —reclamó su presencia sin demasiada energía.
Los hombres guardaron cuidadoso silencio. La falta de respuesta no incomodó al General. Cerró los ojos y se llamó a silencio.
Tan de repente como abandonó el largo soponcio que siguió a la fuga casi por semanas, volvió a encapsularse silenciosamente. Como si se hubiera replegado en toda su humanidad, pareciendo más reducido, más enjuto, más reseco. Dormía su fatiga, pero parecía sereno.
El General soñaba. Miraba a sus custodios a través de ese sueño, a los tres bisoños y al jefe experto. Los muchachos angustiaban la espera, tratando de oír el breve silbido de su anémica respiración. Y ellos miraban el sueño del General a través de su pellejo transparente. La sangre fluía lentamente, arrastraba esas angustias de Titiri como si fueran una roca monumental por las arterias. Soñaba, no cabía duda. Iba a caballo a la batalla. “Pozo santo, pozo santo, pozo santo”, repitió tres veces con voz de metales las dos palabras que sonaban a espinas de piedras ardientes. Luego de la voz llegó a la lengua una humedad espesa. Sintió hasta en la saliva la nueva victoria, y ya miraba por un ojo planetario a Lima desde los bríos de la obstinación insurreccional altoperuana. Las montañas se levantaban como paredes de colosales minerales y, desde la cúspide de sus rugosidades, se bordaban de lanzas y macanas para desollar entre banderas al invasor cruel y sanguinario.
El animal que montaba no era cualquiera. Era un caballo blanco, tan altivo como soberbio, avivado por el furor de las bombas y el clamor de los fusiles. Sabía el caballo el idioma de la guerra como ningún otro ser vivo en aquellas geografías portentosas. Le entraba por el hocico el olor de las sílabas que tableteaban cromáticas las pólvoras incendiadas del enemigo desde las bocas redondas de sus armas.
El caballo había perdido parte de una oreja en una contienda, pero oía como ninguno. Escuchaba hasta los murmullos imperceptibles de los portadores de la mita, la encomienda y el yanaconazgo: sus amenazas escondidas, sus venganzas que destilaban sangre originaria.
Él, y solo él, escuchó el batifondo guerrero que replicaba “condocondo” a orillas del Poopó. El caballo tres veces le dijo al General “condocondo”, y se llamó a silencio. Se lo dijo tres veces, como tres magníficos truenos que respiraban humos de batallas que quemaban de solo reconocerlos.
Tenía un hoyo en la nuca, una fosa amañada con sus bordes ardidos de una batalla antigua, donde un lanzazo brutal le perforó la memoria inútilmente. Recordaba por la herida el olor del Huaqui en hecatombe, espeluznante, mientras veía correr los miembros dislocados de cuerpos sin cabezas cayendo por la ladera de un monte siniestrado. Los que no cayeron allí murieron a garrotazos por centenares. Podía repetir bufando los tiempos de la cruel derrota, cuando el cielo aún no era ni azul, ni blanco, ni celeste, sino rojo de sangres de los esclavizados. La bandera aún era solo promesa. Toda la estirpe alfarera fue sometida al dolor de los tormentos y usada como levadura de la repetida esclavitud que, en nombre de la espada y de la cruz, se les asignaba como eterno destino.
—Pozo santo, pozo santo, pozo santo —tres veces el General le respondió al caballo—. Pozo santo, pozo santo, pozo santo —repitió por si el animal quería pasar por sordo.
Y este le respondió también tres veces:
—Vilcapugio, Vilcapugio, Vilcapugio.
Recitó apesadumbrado:
—En Ancacato, Baltasar desesperará la derrota.
El General se encogió de hombros mientras la bestia sacudía su cabezota para agregar, quejoso: —Y sonará tres veces un tambor desgraciado en medio del combate.
Insistió mefistofélico, casi cacofónico:
—Condocondo, cuando lea las cartas su derecha resultará victoriosa.
El General se desoló en el anuncio. Torvo animal pedante, repitió:
—Vilcapugio, Vilcapugio, Vilcapugio.
Y olió el enojo del General ya subido a su montura.
El General le clavó las espuelas, no por revancha, sino por ansias. Las espigas plateadas azuzaban al bruto, que enfurecido galopaba enflechado, lanzado así, de puro coraje.
El galope incitaba al viento a sublevarse. Y el viento se sublevaba y sublevaba la tierra. La tierra entraba en guerra henchida de cenizas: las del Túpac desmembrado, la de Micaela Bastida Puyucahua, cuya lengua aún convocaba rebelde y levantisca y no podía domarse ni a patadas de odios en su pecho.
La naturaleza misma se incorporaba al combate. Llovían en escamas los martirizados de la revolución en Chuquisaca, y eran escamas ardientes, como brasas que dolían sobre los masacrados invasores. ¡Ay, sí dolían cuando cremaban las carnes rociadas de metralla!
Un pulmón subversivo aventaba las arenas lanzadas como brunas esquirlas en batalla, lacerando las carnes de los ignotos infantes asaltantes que llevaban la contienda sobre sus rudos hombros. Las metrallas aplastaban esas carnes hasta la pura pulpa, donde la sangre esperaba en estado sólido de coágulo hasta el hueso, un milagro de sobrevida que no llegó nunca.
El General cifró un nombre:
—Joaquín González de la Pezuela Griñán y Sánchez de Aragón Muñoz de Velasco —nombró preciso—, marqués de Viluma, virrey del Perú, capitán general de ejércitos.
En Aznapuqio rindió su soberbia absolutista para marchar a la metrópoli definitivamente. Al nombre de Joaquín le seguía, en susurro, la maldición de “condocondo”, a orillas del Poopó, como dijo el caballo, y los tres toques de un tambor errado.
A bandera desplegada sonaba la victoria que se prometía generosa. Y Polledo, Arévalo, Echavarría, Araoz, Forest, Superí, Balcarce y Perdriel arrollaban a gusto por izquierda y el centro a la fuerza enemiga. De repente, el avance se agotó en retirada.
Sonaron los tambores de la amarga desgracia; nadie sabía por qué ni para qué. Tres veces, como dijo el animal, sabedor de la guerra. De perseguidores a perseguidos. En un abrir y cerrar de ojos el combate dejó sus favores a la Patria y los regaló al opresor.
La caballería se desbandaba. La infantería fracasaba por enésima vez en cargar la derrota para disimularla entre los parches de sus harapientos uniformes. La artillería abandonaba los gritos y rugidos de sus bombas, aherrojados sus artilleros entre sus miedos.
Los invasores no huían a la buena de Dios, privados de su suerte como en Tucumán y en Salta. ¡Si en Tucumán hasta sus sombras abandonaron en la fuga! Y tras ellos, una manga prodigiosa de langostas espectrales acosaba su retirada a mordiscos, desgarrando los uniformes hasta el propio pellejo. Mientras los tiranos huían, brotaban tacuaras inmensas e inmortales, que exhibían sus filos definitivamente. “Por aquí —dijeron altivas— no volverás jamás a ensangrentar la Patria”.
Pero en el Pozo Santo, pampa de Vilcapugio, pampa de los insurrectos eternos, la prodigiosa manga escapó de la historia. Las tacuaras apagaron sus filos. Las cenizas se dispersaron en vientos de mazmorras.
El General ya no soñaba. Se apeó de su caballo, que soportó las cargas, para abrazar a los derrotados que se desbandaban en racimos inútiles. Se alzó hasta un cerro portando la gloriosa bandera. Sobre el lomo magnífico de la montaña augusta convocó a los trescientos que se hicieron a sí mismos banderas. Eran las tres de la tarde y el cielo estaba perdido en la humareda del combate.
Sus custodios velaban el sueño en perfecta vigilia, conmovidos hasta las lágrimas al sentir la derrota entre sus propios tejidos. A ellos, casi doscientos años después, les llegaban los lamentos del Pozo Santo, que preanunciaban las lágrimas que en Ayohuma luego las niñas auparían para arrojar la muerte y el dolor a prudente distancia, salvando a los heridos de una muerte terrible.
Desde un lugar ajeno a la escena se oyó al General decir, desde la altura de ese cerro ensangrentado:
No siempre puede uno lo que quiere, paisano, amigo, ni con las mejores medidas se alcanza lo que se desea. He sido completamente batido en las Pampas de Ayohuma cuando más creía conseguir la anhelada victoria; pero hay constancia y fortaleza, y pregunto a los paisanos alzados en armas si hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes, y me dicen que sí, que hay hasta dar toda la sangre por la sagrada causa. Nada me arredra para servir a la Patria, siempre la Patria; por ella son mis deseos de acierto, los de lo mejor por la causa, por el bien general que me consume. Nada me arredra a servir, aunque sea en la clase de soldado, por la libertad y la independencia. Yo soy su compañero y comandante hasta que la muerte me sorprenda. 

XX –

¿Qué será de nosotros? 


El cadáver de Podestá yacía desnudo sobre la pequeña cama de una plaza. Las luces que brotaban a chorros en su departamento anunciaban, en sus intermitencias, una desgracia esperada. Silverio tenía sus órdenes. Cuando golpeó la puerta de servicio para que Abigaíl le abriera, las repasaba una a una. Las conocía desde hacía tiempo, desde el momento en que lo convocaron para planificar un eventual ataque de “Juana de Arco”, que terminara por hacer caer las defensas de Podestá.
En esa oportunidad solo preguntó, por no opinar —era una reunión de selectos sicarios, no vulgares matarifes—, cómo se suponía que sería aquello de saltar de una terraza a otra para escapar de la escena del crimen. Nadie le respondió porque todos consideraban la pregunta intrascendente. Órdenes son órdenes y solo cabe cumplirlas.
—¿Aunque sean una boludez? —La boludez más grande del mundo —respondieron al unísono los hombres.
Si hubiesen deseado buscar pelea, alguno habría dicho con tono de arpía: “Mirá lo que pregunta este boludo”. Pero nadie quería pelearlo; no estaban para ello.
Silverio no insistió por cabrón, sino porque imaginaba el salto desde su propia humanidad de más de ciento treinta kilos y lo suponía imposible. Tal vez una pluma, una hoja reseca llevada por un oportuno y benigno viento podría cumplir la propuesta. Pero para un ser humano, por liviano que fuera, por más angelical que se sintiera, ese salto sería imposible. Una terraza estaba a ocho metros de la otra. El lote que las separaba lo ocupaba un pequeño negocio cuyo techo era una dura losa de concreto. Quien intentara el salto no alcanzaría el extremo propuesto, sino que caería en línea recta hasta el fondo: más de quince metros de caída libre, hasta golpear contra el techo del negocio. Quedaría estampado como una mala mancha de vísceras, huesos y sangre rota.
Recordaba que alguien, a su espalda, le tocó el hombro y, con voz pausada y serena, le dijo que a él no le estaban pidiendo que hiciera ese salto. Y que, si el chabón obedecía saltar —“porque la gente es así de estúpida, ¿viste?”—, se mataría. Propuso apostar diez a uno a que no sería capaz de lograrlo. Porque esa era la idea: una apuesta a ganador. Terminó diciendo: “No sé si me explico”. Todos movieron afirmativamente la cabeza, pero con un dejo de indiferencia que no se podía eludir.
La duda de Silverio promovió una solución alternativa: el degüello. Todos, por fotos, conocían el cuello de Abigaíl. Fino, delicado, frágil. Alguien preguntó cuánto podría pesar el travesti. ¿Cincuenta kilos? ¿Cincuenta y cinco, como mucho? “Tal vez”, dijo Silverio. “¿Y vos?”, le preguntaron. Sonrió. Dijo algo así como: “Hace mucho que no me peso”. Pero estaban seguros de que pasaba largo los cien kilos. “Ciento treinta, por lo menos”, corrigió uno de los sicarios. “¿Nada más?” Una pregunta que no fue chicana, mirando las dimensiones de ese hombrón de casi dos metros, con sus hercúleos brazos, su grueso cuello y enorme cabezota; se suponía que no estaría lejos de ciento cincuenta kilos de peso.
—¿Cuánto podría durar ese enclenque entre tus manos? ¿Minutos? —preguntó uno.
No valía la pena exagerar ni en broma. ¿Minutos? ¿Cuántos? Dos, tres, cuatro. ¿Cuánto podía vivir una persona sin respirar? “Nada”, dijo uno que pasaba por sabiondo. “Nada de nada”, cantaron los demás a coro y luego rieron. Pero nadie hablaba de la asfixia: todos insistían con el degüello. Era más novelesco, rimbombante, se escuchó decir entre risas.
¿Cómo podría defenderse el travesti de un ataque desde atrás, aferrado contra el pecho por ese inmenso brazo izquierdo, mientras una larga y filosa cuchilla seccionaba músculos, tráquea, yugular, carótida, todos los tejidos, para desangrarse hasta morir junto al otro?
—¡Dios lo tenga en la gloria! —imploró uno regordete por el ánima del futuro muerto con rango de coronel, mientras se persignaba repetidas veces, expectante del degüello del otro, del “putito” que estaba lindo, dijo, y babeó sonriendo como un animalito indecente.
“¿Qué cuánto duraría entre esos brazos?” El tiempo que tardara la hemorragia en vaciar de sangre esa escuálida humanidad. Coincidieron todos con el diagnóstico.
El más avezado se animó a preguntar:
—¿No resultaría más fácil estrangularlo?
—Ponele… —reflexionó otro muy experto, incapaz de disimular su cansancio. Había visto correr tanta sangre que aprendió a ahorrarla para no tener que limpiar y limpiar luego como una fregona cualquiera—. Limpiar sangre es más difícil que limpiar mierda —sentenció, sin interesarse por si algún otro acompañaba su afirmación.
—¿No resultaría más fácil estrangularlo? —repitió, convencido de que el enchastre de sangre no era la mejor solución.
Alguien repitió “ponele”. Y después todos callaron.
Las tres propuestas no apuntaban a resolver la escena de las muertes, sino a disfrutarla. A Silverio el juego lo afectaba en primera persona, por lo inútil.
¿Cómo convencería a Abigaíl de realizar el salto? Silverio se adelantaba a la posible respuesta del amante de Podestá cuando le propusiese lanzarse al vacío. “No lo voy a hacer”, le diría con seguridad. ¿Lo llevaría a los golpes? ¿Lo desmayaría para cargarlo luego seis pisos y tirarlo por la terraza al vacío?
El estrangulamiento se presentaba como la opción menos complicada. Con su fuerza, por su tamaño, sería casi un trámite romper la glotis y provocar la asfixia. Pero, salvo por el salto al vacío, el degüello o el estrangulamiento le dejaban otro cadáver que ocultar.
Su orden era, de ser necesario, preservar el cadáver del superior, pero no el del travesti.
—¡Dios lo tenga en la gloria! —volvió a santiguarse el mismo hombre por el mismo ruego, por el mismo futuro finado. Pero esa vez ni mencionó al travesti.
Nadie como un sicario sabe que dos son multitud, como repetía “Pérez y Pérez” corrigiendo al inglés. El freezer era amplio como para embutir el cadáver del coronel, pero no estaban seguros de que también cupiera el de Abigaíl. “¿Y por qué no tomás las medidas y después hablamos?” Uno respondió sin pausa: “No hay tiempo”. De ahí, cada uno partiría a su nuevo asesinato. No era un recreo, era un trabajo.
El degüello, Silverio lo descartó desde el principio. De pensarlo nada más le parecía una porquería. No solo porque seguía teniendo el problema del segundo cadáver, sino porque imaginaba la sangre filtrándose por todas las hendiduras del piso y los muebles, enchastrando de evidencias toda la habitación.
¿Qué sentido tendría entonces ocultar un cuerpo en el freezer para evitar la putrefacción, pero dejar otro fuera en la terraza, aplastado como una mosca contra un vidrio, o estrangulado o degollado en el propio departamento de Podestá?
Los hombres cabecearon intrigados. ¡Cuántas dudas, cuántas preguntas sin respuesta por un “travuco” de menos de cincuenta kilos! “Cuarenta y cinco”, corrigió el más viejo mientras se ponía de pie para marcharse luego de prestar atención a una foto de Abigaíl.
—Cuarenta y cinco kilos, ponele —dijo uno que consideraba que el peso de la víctima siempre era un dato a tener en cuenta—. No es lo mismo uno que dos, ni dos que tres —caviló con tanta seriedad que hasta pareció inteligente.
Todos se encogieron de hombros y, con unas palmadas en la espalda de Silverio, se fueron despidiendo uno por uno con amabilidad. El último, mientras se retiraba, le dijo que, en ese caso, él sugería estrangularlo, ponerlo en el freezer y ahí trozarlo. Como a un pollo. La sangre no se desparramaría, si eso era lo que preocupaba. “La sangre nunca se lava con agua”. Silverio lo tenía presente.
—Bien trozado, no a lo guarango —explicó. Y le detalló su fórmula, sistematizada, que podía repetir como un versito: primero, uno y acomodo. Luego cuento: uno, dos, tres y acomodo. Cuento de nuevo: uno, dos, tres, y acomodo otra vez; uno, dos, tres, vuelvo a acomodar para que quede prolijo. Cuento: uno, dos, tres, termino. Así de simple. De ese modo tal vez cupieran los dos cuerpos en el limitado espacio del refrigerador.
—No entiendo —dijo Silverio. Pidió que le explicara la fórmula detenidamente.
—Simple —dijo—: uno, cogote. Primero el gañote adentro del freezer, así la sangre cae pa’ dentro.
—Sensato —festejó en voz alta Silverio.
—Cabeza al tacho… al freezer, digo, vos me entendés. Luego uno, dos, tres: tobillo, rodilla, ingle. En ese orden. Acomodo. ¿Entendiste? —Silverio dijo que sí, aunque parecía dudar de la secuencia.
—Del otro lado, uno, dos, tres. De nuevo: tobillo, rodilla, ingle. Acomodo. ¿De qué lado preferís empezar? —preguntó con total seriedad.
—Del izquierdo.
—Bien. Entonces tobillo izquierdo, rodilla izquierda, ingle izquierda. Acomodo. Luego del otro lado: tobillo derecho, rodilla derecha, ingle derecha. Acomodo. Todo adentro para no chorrear. Si sos prolijo, ni una gota se te escapa. Luego muñeca, codo, axila. De un lado y del otro. Respetá el orden que te indico porque los miembros te ayudan al corte, porque hacen como palanca: punto de apoyo, fuerza, corte. ¿Entendido?
—Completamente —dijo Silverio como un buen alumno.
—Acomodás tranquilo. Un piecito en un rincón, una manito en otro. Así hasta que acomodás todas las piezas como en un rompecabezas. El torso lo acomodás contra el pecho del jefe, como si estuvieran… vos me entendés. Y adelante del torso del trolo, la cabeza. Tiene que entrar todo perfecto. A veces hay que apretar un poco para que se termine de acomodar, pero nada del otro mundo. Eso sí, ponete unos buenos guantes y, si tenés máscara, usá máscara; si no, antiparras y barbijo. Cuidate los ojos, la boca, cuidate hermano, ¡cuidate!, porque con los putos nunca se sabe si no tienen sida. ¿Viste? Morir de sida por un puto es terrible, es lo peor que hay.
—Eso es ciencia pura —dijo un matón que se había quedado a escuchar la explicación del compadre mientras salía de la habitación. El hombre más viejo, desde el pasillo, movió complacido la cabeza, aplaudió un par de veces y se marchó. Se despidió de Silverio agitando la mano como los otros.
Como fuera el asunto, él estaba fregado. No había forma de que zafara del quilombo. Y esa certeza, en la habitación, adquirió su verdadera intensidad con el muerto frente a él y el travesti allí parado, paralizado de horror, confuso, respirando con un sonido gutural que no lo dejaba concentrarse. Silverio repasaba algún dato que sus pares le dieron en ese conciliábulo esa tarde, pero toda la escena le parecía un verdadero desastre y no lograba pensar con claridad.
Entonces escuchó la pregunta de Abigaíl:
—¿Y qué será de nosotros?
Se detuvo en sus ojos, con sorpresa.
—¿Qué será de nosotros? —oyó nuevamente la pregunta.
—¿Qué dijiste? —la interrogó exaltado.
—No dije nada —se excusó Abigaíl, temblando.
—Algo dijiste. Yo escuché que algo hablaste.
Abigaíl se dio por descubierta.
—¿Me vas a matar? —se lo dijo mirando la mano sobre la empuñadura de la cuchilla—. ¿Me vas a matar? —repitió suavemente—. ¿Acá? ¿Con esa cuchilla?
Silverio reparó en su mano, que se aferraba cada vez con mayor fuerza al mango de madera de la faca. Vaciló.
Abigaíl se tapó el cuello con las dos manos, repitió ese gesto defensivo e inocente. Frente a sí se le presentó un espejo que le devolvía su imagen, pero con la garganta abierta. Y atrás, Eleuterio y Dionisio bromeaban con una sangre que escapaba de su carótida con frescura, mientras una manita indescriptible acariciaba la cabeza que rodaba hacia un agujero poco profundo cavado en la tierra negra, a la distancia de un cuerpito decapitado. Le dijo a la manita de dedos de porcelana: “¿Qué será de nosotros?”, y la manita movió sus dedos como si la saludara para despedirse.
Silverio se detuvo esa vez en sus labios, húmedos, escasos, lineales. Le preguntó en voz alta:
—¿Qué dijiste?
—Solo te pregunté si me ibas a matar, acá, con esa cuchilla.
—Eso ya lo escuché, digo lo otro.
—No dije nada.
—Sí. A la mano que te saludaba para despedirse, ¿qué le dijiste?
Abigaíl no se sorprendió por esa revelación. La tomó con naturalidad.
—“Qué será de nosotros”, le pregunté.
—¿Nosotros? ¿Vos y yo?
—Sí. Nosotros. ¿Qué será de nosotros? De vos y de mí, de todos.
—¿Seguro? —preguntó Silverio.
—Seguro —respondió Abigaíl.
—¿Te dijo algo?
—No. Nada.
—¿Y qué más le preguntaste?
—Nada, no quise preguntarle nada más.
Silverio guardó silencio. Al cabo de un instante insistió curioso:
—¿Y te dijo algo?
—Nada, solo me saludó, o creo que me saludó.
El hombrón, entonces, retiró su mano de la cuchilla y bajó los brazos definitivamente. Se rascó la calva, con resignación.
—¿Y acá qué pasó? —preguntó mirando al finado.
—Golpeé, me abrió y entré. La vecina de enfrente no me espió esta vez. Él cerró la puerta tras de mí y me tomó del brazo.
Podestá estaba desnudo, parecía desprovisto de pieles, sus deshumanizadas carnes. Se dejaba ver el músculo mustio, la sangre espesa, el hueso apolillado. Nunca la recibía así: la osamenta salvaje a simple vista, con ese perfume amarillo de trituras de huesos. Una marca en la cara que no se le había visto antes lo hacía azul, como ácido, venenoso.
Larvario se acostó desconocido en la cama nupcial. La aguja la colocó él.
—¡Dale, dale! —decía, desesperado—. ¿Qué esperás? —gritó enfadado—. Dale, ¿qué esperás?
Cuando iba a empujar el émbolo, tomó su mano y apretó con fuerza. Lo miró a los ojos, lo miró a la boca, lo miró a la nariz. Solo hizo un ruidito involuntario, como un escalofrío de ronquido en la garganta. Ni siquiera. Menos. Se relajó por completo y miró hacia el techo, pero los ojos parecían ver sin mirar, o estar más allá del cielorraso.
Y así fue. Aunque Abigaíl no pudiera relatarlo con exactitud. Émbolo y jeringa conexos al alma de la aguja cilíndrica, perfecta; deslizando en muerte un arrogante murmullo líquido por las venas y arterias. La morfina, en raro morse, telegrafió funeraria la extensión de la vasta potestad que ejecutaba a su albedrío. Penetró matrona en todos los tejidos, descifró las claves del sistema respiratorio, desconectó bronquio por bronquio, alvéolo por alvéolo, hasta disociar por completo lo que hasta entonces se había comportado con precisión genética inapelable.
Lo que parecía un viaje a regiones multicolores, en las que una caleidoscópica nebulosa se hilaba y deshilaba perenne, fue en verdad el conducto magnífico al fin de la existencia. La muerte se presentó en esa jerigonza intraducible que solo los muertos comprenden en su lúdico silabeo. Así de simple, si Abigaíl pudiera explicarlo con detalle, pero no podía.
La muerte fue sonido oscuro. La muerte fue voz de piedra. La muerte fue sombra iracunda. ¡Y sus colores! Fermentos bochornosos entre matorrales de sangre solitarios. Del negro de los abismados a los paganos de las llamas. Tal vez un rojo, o casi un rojo, de sangres apropiadas de los atormentados. Y, a medida que expiraba, águilas desesperantes vaciaban sus entrañas con sus potentes garras y crueles picos, en vuelos de la muerte como jamás fueron vistos. Tanto se moría, tanto tornasolaba el color en silencioso espasmo.
Vibró un instante, imitando el eco mortal del cascabeleo calizo de la cola inflada de una cascabel enfurecida. Pero fue un instante mortecino, breve; un reflejo exangüe de corcheas en franca decadencia hacia la tumba, que sincoparon un jadeo terminal de escalofríos.
Un suspiro calcáreo fue lo último y posible. Un reventar nada venerable, álalo, póstumo, regurgitado. Al que mató la muerte, la condena sublime. ¡Game over! ¡Shut down! El sistema sufrió un error fatal e irreparable. ¡Viva la muerte! ¡Viva la muerte! El último gramo de oxígeno se perdió inútil en la boca pastosa, que, entreabierta, dejó ver una porción modesta de su lengua viscosa, pandeada de lado a lado, sin disculpas. Solo hubiese deseado el hermoso rosario negro a la hora de la muerte. Amén.
Silverio moderó su naufragio. Cabeceó confundido, sabiendo de su condición de liquidable. Miró a Abigaíl desde el fondo de sus pupilas y enrareció de repente su semblante con una propia marca que le entregó cierto brillo. Se resignó finalmente, se persignó y besó sus dedos en cruz mientras pensaba en alguien que amó, pero que fue un suspiro en su vida.
—No podés salir con ese disfraz —dijo, temiendo que el muerto lo escuchara desobedecer—. ¿Tenés ropa para cambiarte?
—Sí. Una casaca, un shortcito y chatitas. No preciso más.
—Cambiate entonces. Poné toda la ropa con la que viniste en ese rincón. La peluca, los zapatos, todo, ¡todo! No dejés nada. ¿Entendiste?
Abigaíl asintió con un leve movimiento de su cabeza.
Lo primero que se quitó fueron los zapatos de taco aguja. Cuando se sacó el vestido, Silverio giró para no mirar. No llevaba ropa interior. Por la pequeñez de sus senos no usaba sostén. Tampoco llevaba bombacha. Cuando se percató de la vergüenza del grandote, le dio la espalda para ponerse la casaca y el short. Entonces Silverio miró. Las formas femeninas de la espalda, que se derramaban en las caderas, lo alteraron, como siempre ocurría cuando alguien miraba las formas de Abigaíl.
Con un gesto le indicó que se fuera. Le preguntó si tenía un gorro con visera para ocultar su rostro. Ella movió afirmativamente la cabeza y se lo mostró. Silverio le indicó cómo ponerlo para que las cámaras no pudieran captar su imagen.
—Sacate los aros. Si tenés anillos, también sacátelos —le dijo antes de despedirla.
Ella obedeció. Uno a uno los quitó y los puso dentro de su bolso. Cinco pequeños orificios quedaron al descubierto luego de retirar las cinco gemas multicolores. No llevaba anillos. A Podestá no le gustaban.
—No toqués nada. Yo limpio el picaporte de la puerta de entrada. Caminá mirando a la vereda, no levantés la cabeza. Caminá tranqui, no llamés la atención. Mové poco el culo. A esta hora hay poca gente en la calle. Van a pensar que sos una pendeja que vuelve de la joda. Muchas cámaras de la zona no funcionan. Que tengas suerte.
Cuando Abigaíl estaba por salir, escuchó que Silverio le hizo una pregunta final:
—¿Todavía querés saber qué será de nosotros?
Con un suave movimiento de la cabeza, sin voltearse, Abigaíl dijo que no.
—Si podés —le dijo resignado—, tomate el piro a cualquier lado.
—No tengo a dónde ir. Cuando llame, no me responderán; cuando pregunten por mí, me negarán tres veces —le dijo ya saliendo.
Abigaíl cerró la puerta tras de sí. Salió a la calle y caminó tranquila, como le pidió Silverio. La cabeza gacha, pero de tristeza. Se asumió tan desdichada y solitaria como cuando llegó esa noche debajo de su blanca e inmaculada capelina.

***

XXI – Una maravillosa tecnología

A “Pérez y Pérez” no le interesaba saber si Diosdado se encontraba cómodo en su nuevo despacho; solo simulaba interés. Su decisión no tenía nada que ver con el bienestar del joven subordinado. Lo había desplazado del sucucho que ocupó mientras trabajó para Podestá y lo destinó a un lugar más amplio y mejor iluminado por razones que solo él conocía. Diosdado, risueño, aseguró que no esperaba esa mudanza y mintió diciendo que se encontraba muy a gusto con su nueva ubicación. Él tampoco creía que la preocupación de “Pérez y Pérez” fuera sincera, pero debía actuar como si lo creyera.
Su nuevo jefe jugaba a menudo a mostrarse preocupado por el bienestar de sus subordinados. Era parte de su política como conductor: combinaba hipócritamente el rigor sin contemplaciones en el cumplimiento del deber con la falsa recompensa al mérito en el trabajo. Las cosas bien hechas no merecían premios —así pensaba realmente—; los de abajo debían hacerlas como correspondía. Pero no estaba nada mal, de vez en cuando, hacerles creer que recibían felicitaciones y halagos. Siempre en tono cordial, palabras tranquilizadoras, aunque fueran órdenes severas, en medio de dichos y refranes que nadie recordaba como él, para mantener la tropa entretenida.
Diosdado no solo desconfiaba de la bondad de esa decisión, sino que no estaba para nada sereno con ella. Cuando el jefe le ordenó guardar en la caja de seguridad de su nuevo despacho la otra, de madera de nogal lustrado, que había hecho retirar del departamento del difunto, le pareció una responsabilidad que lo excedía por el bajo escalafón al que pertenecía dentro de la Agencia. “Mi jerarquía es muy baja para tanta responsabilidad”, pensó en decirle al hombre, pero tuvo la prudencia de mantener la boca cerrada. A “Pérez y Pérez” no le gustaba que un subalterno cuestionara sus decisiones, aunque aparentara muchas veces lo contrario. De todos modos, sabía que su reproche hubiera sido completamente inútil.
El jefe, que captó al instante las vacilaciones del muchacho, lo tranquilizó con unas leves palmaditas en el hombro.
—Vaya tranquilo, joven. Todo está en orden. El camino despejado —le dijo con tono paternal y con esa moderación que “Pérez y Pérez” manejaba en la impostación de su voz de manera convincente.
Dentro de la caja fuerte, de la que Diosdado tenía su propia llave, “Pérez y Pérez” le aseguró que había un acta firmada por él en la que se lo descargaba de toda responsabilidad. Solo era un lugar de tránsito, hasta que las máximas autoridades de la Agencia decidiesen qué hacer con el objeto que guardaba dentro de ese pequeño cofre lustrado con esmero.
Diosdado no estaba al tanto de su contenido, aunque recelaba del mismo. Sospechaba de su origen, pero no encontró manera alguna de corroborar sus sospechas. Solo recogió rumores que circulaban por los pasillos de la base, referidos a acciones del pasado cuando gobernaba el general-presidente, pero sin obtener mayores precisiones sobre lo que en ella efectivamente estaba guardado.
“Pérez y Pérez” insistió en que Diosdado lo acompañara a una reunión técnica en la que se iba a exponer sobre ciertos asuntos de la investigación. Se encontraron en su despacho y de allí salieron caminando hacia el salón de reuniones. Los dos, cortésmente, saludaron a Bibi, quien reparó con especial atención en Diosdado. No encontraba manera de disimular lo mucho que la atraía ese muchacho que, hasta no hacía tanto, era despreciado por la mayoría del personal de la Agencia, estimulado por los agravios que Podestá le propinaba.
Si había algo de la anatomía de Diosdado que la recepcionista apreciaba con particular atención eran sus ojos. No solo sus ojos, sino la perfecta redondez de las cuencas, disimuladas por unas no muy gruesas cejas que se deslizaban hacia los lados con extraña suavidad. A ella, ese rasgo juvenil, casi adolescente, la deslumbraba, y acertaban sus ojos a posarse en una y otra cuenca y definir su ancho, su distancia de la frente, su simetría en relación con la nariz que descendía con elegancia hacia el labio superior.
Bibi era bonita. Tal vez no una belleza que encandilara, pero era bonita, de talla normal para una muchacha de su edad. Ni grande ni pequeña, pero de formas armónicas. A pesar de que todos los empleados la veían al entrar y salir por ser la recepcionista de la Agencia, para ellos era como invisible. O lo era, directamente. Podría comparársela con un holograma: una imagen virtual, sin piel, sin músculos, sin huesos, sin sangre; solo mágicos píxeles multicolores que alegraban el ingreso al viejo edificio junto a una voz melosa que daba la bienvenida y la despedida con un encanto que hasta podría decirse que contradecía el verdadero cometido de todos aquellos que trabajaban allí. Nunca inspiraba sexo: ni sus diminutos senos, ni su perfecta cadera, ni su rostro algo angelical motivaban la libido de nadie.

Lo que todos consideraban un defecto que la afeaba, un error en el diseño del holograma, eran sus manos exageradamente grandes, como si en realidad pertenecieran a otra persona. No a otra mujer, sino más bien a un hombre de talla media. Eran manos rudas, fuertes, de dedos gruesos y uñas cortas, en las que irremediablemente Diosdado fijaba su vista sin poder disimular su confusión. Pero él no la consideraba como a cualquier otra mujer: era la recepcionista algo ñoña y de voz deliberadamente acaramelada que observaba sus ojos (él no sabía que apreciaba la proporción exquisita de sus dos cuencas orbitales y su despejada frente), siempre como alelada, procurando caerle bien toda vez que cruzaban miradas.
“Pérez y Pérez” la saludaba siempre con exagerada cortesía, y Bibi solo sabía sonrojarse como una niña descubierta en una travesura. —Este de doble apellido mistongo se rinde ante la belleza de sus ojos y el encanto de una voz solo comparable a la de Libertad Lamarque —le decía cada vez que entraba o salía del edificio de la Agencia.
Diosdado apenas la saludaba con un ademán o un simple “hola” o “adiós”. Nada más.
“Pérez y Pérez”, luego de dejar atrás a Bibi, le dijo a Diosdado, mientras caminaban, que le preocupaban las filtraciones que estaban entorpeciendo la marcha de las pesquisas y dificultaban el más rápido y completo esclarecimiento de la muerte del coronel López Huidobro. Preguntas sin respuesta, respuestas que obligaban a nuevas preguntas, dudas, pocas certezas, confusiones.
Diosdado respondió sorprendido por la revelación. ¿Cómo eran posibles esas filtraciones? El hombre le dijo que siempre había pequeñas sabandijas esperando su oportunidad de traicionar: proxenetas aburridos de escuchar enfermizas vaginas, confesando revelaciones las más de las veces intrascendentes; personal cansado de fregar las mugres de otros; mentirosos de distintas distinciones. —Hay de todo en la viña del Señor. Y ni hablar en su agencia de informaciones —sonrió por su humorada.
Caminaron juntos hasta el salón de reuniones. “Pérez y Pérez” aprovechó la caminata para hacerle saber que en poco tiempo más la Dirección General dispondría de su destino definitivo. Ya le había advertido que la pertenencia a su área solo era ocasional, y que no estaba en condiciones de exigir un pase de partida. Todos sabían lo difícil que era, incluso para un jefe de su importancia, lograr que una dirección renunciara a una partida presupuestaria. Diosdado solo movió la cabeza de un lado al otro, tratando de expresarle al jefe su deseo de permanecer con él, con quien había recuperado su autoestima luego de vivir vilipendiado por su anterior jefe y sus camaradas, quienes lo despreciaban por sus limitaciones físicas y su personalidad introspectiva.
—La Dirección General decide los destinos de todos. El suyo ya debe de estar resuelto; este jefe no puede ni podrá modificar esa resolución. Apelar, muchacho, carece de sentido.
Diosdado debía resignarse a su destino.
El jefe, luego, relativizó su afirmación. Trató de serenarlo, afirmando que su salida de la dependencia bajo su mando todavía no estaba decidida. Le sugirió que disfrutara esos momentos de aprendizaje, porque lo que le tocaría vivir junto a él no le volvería a ocurrir en ningún otro lugar ni momento. Oiría hablar de sucesos de los que no se hablaría en ningún otro lado, vería cometer toda clase de actos ocultos a la vista del común de la gente, y se haría versado en asuntos de los que nunca había tenido ni la menor sospecha.
—De este lugar nadie sale igual que como llegó. La metamorfosis puede resultar cruel, pero su resultado es fascinante —le dijo en el instante oportuno en que Diosdado bajó la vista mostrando un pequeño estado de introspección, que el jefe aprovechó para que su sentencia fuera más llamativa.
En ese momento su voz adquirió la forma de un canto gregoriano, y al muchacho no le pareció un simple comentario. El tono grave y recoleto de las palabras del jefe le produjo un suave estremecimiento que logró controlar con algún esfuerzo.
Sabía que, las más de las veces, las amenazas en boca de “Pérez y Pérez” sonaban como episodios litúrgicos para algunos desprevenidos que no sabían distinguir la materia inhumana con la que estaban tratando. Pero no para él, que reconocía la maldad intrínseca del hombre, disimulada bajo muchas capas de trabajada hipocresía.
Ambos avanzaron en dirección al lugar de la reunión. “Pérez y Pérez” no parecía apurado en llegar; por el contrario, estaba animado con la conversación y caminaba midiendo sus pasos. Le preguntó a Diosdado si su finado jefe le había hablado en alguna oportunidad de los discrepantes. Respondió que no, que no sabía de quiénes se trataba.
Él no pertenecía en realidad al área de operaciones, aunque administrativamente así figurara en los bodoques de formularios que atestaban los armarios de la burocracia. Por eso desconocía muchos asuntos de la Agencia. Le refrescó al jefe que él mismo lo había designado no para acciones directas, sino para ayudar al coronel en las tareas administrativas que tanto lo fastidiaban.
“Pérez y Pérez” recordaba el asunto perfectamente. No olvidaba jamás ninguna decisión suya. Pero había considerado posible que en ese tiempo hubiese tenido oportunidad de conocer algunos asuntos de la Agencia u oído hablar de ciertos estratos a los que pertenecían discrepantes, liquidables y caínicos. También del asunto de los agentes dobles.
Las denominaciones no dejaron de causar sincera sorpresa al joven. Pero la designación de “caínicos” descolocó a Diosdado por completo. Le parecía estrafalario que hubiese una categoría con esa denominación.
El jefe lo refutó con firmeza:
—No. En absoluto —le dijo mirándolo a los ojos—. Son los jefes que, por sus acciones, pierden la confianza de la jefatura.
Luego de dar unos pasos en silencio, volvió su mirada al joven y, dibujando una leve sonrisa, se preparó para una explicación. Estiró con sus manos las arrugas del saco y adquirió una postura erguida, casi solemne. Luego pasó las manos por la cabeza y acomodó su cabello, que un suave viento había despeinado. Tosió antes de hablar y, frotando con su mano la sien como si estuviera secando unas gotas de sudor, le dijo que esa denominación solo se usaba para los jefes, nunca para los subalternos.
—Caín y Abel eran los primogénitos de Adán y Eva, es decir, los primeros de la estirpe. Caín mató a Abel. Un despreciable visto desde la perspectiva de la vida mundana. Un despreciable, sí, pero del primer linaje de los despreciables. Era un verdadero jefe, descendiente directo de la creación de Dios, igual que se considera a nuestros jefes. Ellos, es decir, nosotros los jefes, desde el inicio de esta Agencia, somos considerados parte de la primera estirpe, una demostración de la causalidad primigenia. Y por eso, nosotros y solo nosotros, cuando perdemos la confianza de nuestros superiores, podemos ser desterrados a la condición de caínicos, donde moriremos a manos de algún par o por una acción propicia para la Agencia.
Algo que —explicó seguidamente— nunca podría ocurrir con los subalternos, últimos peldaños del linaje inicial, siempre más cerca del barro que del aliento divino, y que podían ser descartados sin mayores explicaciones.
Diosdado no pudo disimular una cierta angustia, con una mezcla de incredulidad, luego de atender a ese extravagante relato de su jefe. Él no era un jefe y nunca lo sería. Pertenecía a los estratos más bajos de la administración de la Agencia y era apenas un regordete con dificultad para controlar su tartamudez cuando era maltratado, como le ocurría cuando prestaba servicio bajo las órdenes de López Huidobro. Pertenecía a esa camada de seres descartables por una simple resolución administrativa.
Tampoco era un “discrepante”, porque no acostumbraba a discrepar con nadie por nada. Evitaba la polémica por considerar que era incapaz de sostenerla con inteligencia, o al menos eso era lo que creían sus compañeros de trabajo. Y la calidad de “liquidable” la descartaba por completo: no había nada en él, afirmaba, que lo pusiese en la fila de los destinados a una misión cuyo corolario inevitable era la muerte. Decía de sí mismo: “inodoro, incoloro, insípido”. Pero no resultaba así para Bibi, la única que lo apreciaba.
La condición de “discrepante” o de “liquidable” no atrajo su curiosidad. Pero la de “caínicos”, ¡esa sí que le interesaba de manera mayúscula!
—¿Y por qué caínicos? —preguntó, sin poder extirpar una risita infiel de su pregunta.
“Pérez y Pérez” le dijo que se trataba de una larga historia que hacía referencia a un traidor que llevó por nombre el del asesino bíblico, uno que fue visto como uno de los grandes futuros jefes y que, a la larga, solo resultó ser un miserable traidor.
Volvió al relato del Antiguo Testamento sobre la traición de Caín, el asesino de su hermano Abel, y lo interrogó si la conocía en detalle. Diosdado le repitió que provenía de una familia religiosa, algo que le había mencionado cuando lo conoció en circunstancias del hallazgo del cadáver del coronel. Su nombre era testimonio de ello (aquel del que se contaba que, con uno de sus santos besos, remedió la salud de un leproso).
“Pérez y Pérez” recordó al instante la referencia, que le dio tanto asco. Insistió en que, por más santo que él fuera —dignidad que no le correspondería jamás—, nunca besaría a un leproso, ni siquiera para salvarle la vida. Lo dejaría morir, apestado, descomponiéndose en vida, solo, encerrado en una mazmorra a la que nadie pudiera acceder para su santo rescate. El tono y la referencia llamaron la atención de Diosdado: hablaba como un cruzado en la causa del Santo Grial.
Los caínicos llevaban una marca en el rostro, como decía la Biblia de aquel fratricida. Pero ellos no podían verla. Los jefes que estaban en condiciones de cubrir ciertos requisitos sí. No cualquiera, le advirtió “Pérez y Pérez”. Diosdado sintió curiosidad de saber si él era uno de esos agraciados, pero prefirió no preguntar: sabía que el jefe eludiría la respuesta, no por seguridad, sino por puro capricho. Era un modo de mantener al subordinado en su debido lugar.
Luego le habló de los liquidables, agentes que la propia Agencia destinaba a operaciones que obligaban a discontinuarlos, descartarlos como a todo material comprometido. Los había de todas las condiciones: sabios o idiotas, astutos o torpes, alegres o tristes, hombres o mujeres, heterosexuales u homosexuales. En fin, todas las personalidades necesarias para una acción destinada a engatusar al enemigo y luego deshacerse del agente usado.
Los liquidables —le dijo siempre mirándolo a los ojos— eran numerosos y accedían a esa condición por voluntad propia, lo que los hacía acreedores a una jugosa remuneración para sus descendientes, si los hubiera, o por imposición de la superioridad. En ese caso, no había recompensa. Cuando morían, se los retiraba de la lista del personal y pasaban a engrosar las huestes de los anónimos o innombrables. Generalmente, terminaban siendo unos pusilánimes detestables. La cobardía no era una cualidad apreciada en ese ámbito.
Los discrepantes eran peligrosos. Así se lo dijo.
—Peligrosos, muy peligrosos —exageró deliberadamente.
Con movimientos afirmativos de su cabeza lo repitió en varias oportunidades:
—Esos sí que son peligrosos.
La discrepancia en una institución como esa significaba la muerte, era el camino de extinción. Le explicó por qué daba tanta importancia al asunto de la obediencia. Pero no cualquier obediencia, porque hay algunas que siempre llevan en sus entrañas algo de desobediencia.
Le manifestó que la subordinación no puede existir sin la insubordinación. Y esa lucha era eterna y culminante. La tensión entre la obediencia y la desobediencia era un motor poderoso de los actos de cada uno de los agentes. Mientras la obediencia triunfara sobre su contraparte, los éxitos —y, por qué no decirlo, los ascensos, las remuneraciones y los halagos (porque no solo de pan vive el hombre)— se multiplicarían. Pero si por alguna razón la obediencia trocaba en desobediencia, la disciplina se transformaría en su contrario, la indisciplina, y empezarían de ese modo los problemas serios, los verdaderos descalabros.
Cuando se producía una insubordinación había que actuar sin contemplaciones.
—Con mano de hierro —así le dijo—. Como un cirujano, hasta el hueso.
Con máximo rigor. Extirpar lo que fuese necesario y también más. Gran cirugía, como a los enfermos de cáncer. Incluso se toleraba cierto exceso en el celo por la defensa de la obediencia. Reconocía que algunos justos habían pagado por los pecadores, pero eso, las más de las veces, resultaba inevitable.
La Inquisición reconoció en alguna oportunidad cierta incapacidad de evitar que alguno libre de pecado fuera sentenciado como un pecador. En ese caso, cuando un obediente era retirado como si fuera un insubordinado por error —porque errare humanum est (se burló en latín de su propio discurso)— se le retribuía con un bonito homenaje y una pensión vitalicia para la familia. Si no había parientes a quienes beneficiar, se establecía en nombre del finado una donación perpetua a una institución de caridad elegida en un solemne sorteo. Los agraciados con el beneficio, a cambio, debían instituir el nombre del benefactor de algún modo: bautizando una sala con su nombre, perpetuando su memoria en una placa de mármol lustrado, en actos conmemorativos, lo que mejor pudieran hacer.
Seguidamente, le habló de los agentes dobles, una estratagema en la que él era un verdadero experto. Estaban los agentes propios infiltrados entre las filas de los enemigos, que simulaban ser sus mejores espías, proporcionando extraordinarias informaciones que, por lo general, eran fabricadas por la propia Agencia para provocar el error en sus enemigos. Y estaban también los que el enemigo infiltraba en la Agencia y brindaban jugosas informaciones, todas falsas, para desviarla de sus verdaderos objetivos. Cuando eran descubiertos, el arte consistía en hacerlos trabajar para la Agencia sin que pudieran advertir esa triste condición de traidores inconscientes.
—No vaya a creer que mantener todos esos ardides bajo control resulta tan simple —lo aleccionó, convincente.
Pero había un inconveniente, le explicó, que no habían sabido resolver con eficacia: los agentes dobles eran, indefectiblemente, muy odiados.
—No solo los ajenos, también los propios.
Diosdado sintió cierta sorpresa por esa afirmación, pero decidió no preguntar qué motivaba esos sentimientos negativos. “Pérez y Pérez”, adivinando lo que pensaba el joven, dijo con voz clara y fuerte:
—Puro sentimentalismo, falsa camaradería. Todas las emociones en estas lides deben ser descartadas. Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente —recitó entre sonrisitas ridículas.
Relativizó con absoluto cinismo esos sentimientos de rechazo porque, en verdad, “todos” —y pronunció con esmero la palabra todos— los agentes, pero en especial los dobles, sufrían una lamentable situación: nunca se podía, en última instancia y a ciencia cierta, saber a qué bando pertenecían realmente.
Era una desgracia asumida y aceptada. Quien era destinado a ese trabajo ya sabía con qué debería batallar. La doblez de un agente acarreaba esa triste consecuencia: no había modo de saber con exactitud a qué se mantenía fiel ese hombre. —¿Cómo creerle? —le preguntó “Pérez y Pérez” a Diosdado.
El joven se encogió de hombros.
—Por sus servicios prestados —dijo con una convicción extraña en él.
“Pérez y Pérez” estuvo a punto de soltar una sonora carcajada, pero mantuvo la compostura para no humillar al joven.
—Imposible —respondió—. Un agente es un mentiroso entrenado; un agente doble es un mentiroso entrenado por partida doble. Mentira por mentira, mentira al cuadrado, mentira a la enésima potencia. Mentir y volver a mentir y volver a mentir. Imposible aproximar a una sola verdad en una persona de tales cualidades. Si la mentira y la política van siempre de la mano, ¡ni hablar del espionaje!
Y agregó:
—Puede brindarnos los más maravillosos servicios y ser un agente doble, un “topo”, como se los llama. Oculto en sus túneles, esperando el momento de la gran traición. Porque de eso se trata: de la gran traición para la que fue preparado.
Cuando un agente doble ya no resultaba útil, había que tomar una decisión sobre él. Era una situación con la que había que saber lidiar.
—No somos de piedra —dijo, llevando su mano derecha a la altura del corazón, y rió con entusiasmo.
Mentía con inteligencia, mofándose de sus propias afirmaciones. “Pérez y Pérez” disfrutaba ese ejercicio de la procacidad que mantenía su mente ágil y predispuesta.
No siempre un agente doble era descartado en el momento en que se lo consideraba inútil. ¡No! ¡Para nada! Eso era una ingenuidad propia de un guardiacárcel dispuesto a moler a palos en una requisa a sus prisioneros; ese no era un comportamiento de expertos como ellos.
Una vez acabada la misión de un agente doble, fuera quien fuera, se debía discernir si valía la pena permitirle sobrevivir y continuar con algunas actividades de espionaje que la Agencia manipularía de acuerdo con sus necesidades, o si se debía acabar con su vida. Si se le podía extraer algún servicio, se lo dejaba vivo hasta que ya no diera frutos, como un árbol viejo. Cuando sus utilidades tocaban realmente a su fin, cuando ya no se le podía extraer ningún beneficio, se lo eliminaba con más o menos dolor, dependiendo de qué clase de servicios había prestado a la Agencia o qué castigo se merecía por sus comportamientos.
Diosdado comprendió rápidamente por qué el hombre insistía con el asunto del dolor. De esa manera establecía el territorio de la amenaza, el que siempre delimitaba insinuando el tormento como la frontera entre la vida y la muerte.
—El dolor, a veces, puede parecer una recompensa aceptable para un agente doble —dijo sin disimular su sarcasmo—. Morir creyendo en el coraje, en lo estoico, sufrir un dolor irracional y no sucumbir a la delación durante el tormento parece valer como una victoria póstuma, una condecoración post mortem. Sin embargo —afirmó— resultaba un sentimiento ridículo que solo a los condenados a muerte les resultaba significante. Alguna vez le voy a relatar la historia de un tipo que hasta dejó que lo desuellen sin confesar absolutamente nada.
Volvió sobre Sun Tzu, el viejo estratega chino que tanto invocaba el finado jefe López Huidobro, quien, por los hechos, no parecía haber comprendido la esencia de sus enseñanzas. Con Sun Tzu como maestro se ocupó del asunto de los agentes dobles. Le explicó con su mejor didáctica académica:
—Ocurre, nos dice Sun Tzu, que el agente secreto —y esto vale para todos los agentes, incluso los dobles— siempre rodea a su comandante en jefe, depende de él, está a su lado. Es el agente más próximo al soberano. Para nosotros, el soberano es la Agencia y yo, u otro oficial de mi rango, su fiel representante. Todos los agentes secretos, los reconozca o no, están a mi alrededor para informarme, el que es fiel, o para traicionarme, el que no lo es. La habilidad reside en saber escuchar al que informa y anticipar al que traiciona. Si no puedes reunir estas mínimas habilidades, morirás, estúpidamente, como Abel, por una miserable ofrenda.
Solo por darle un ejemplo del combate en el que estaban comprometidos, mencionó el caso de “La Reliquia”.
La Agencia sabía que los relicarios recibían información de la propia institución. Algo de esa información la filtraba deliberadamente. No toda era falsa. Para que la mentira triunfe siempre debía contener algo de verdad. Cuando el enemigo encontraba una verdad en medio del lodazal de la contrainformación, se veía forzado a corroborar si había alguna otra información útil; estaba obligado a ocuparse de ello y, muchas veces, discernir entre la verdad o una porción de verdad y la mentira, entre la falsa apariencia, la apariencia y la esencia de una noticia o de una información, era algo mucho más complicado que urdir un extraordinario plan siniestro, una elucubración entre los efluvios de la metafísica y los vahos del subjetivismo.
El enemigo, de ese modo y sin proponérselo, otorgaba un tiempo precioso para seguir cerrando el círculo de aniquilamiento, para que los hombres de operaciones especiales, los aniquiladores, llegaran sin mayores obstáculos ni contratiempos al corazón de la organización que se deseaba destruir. Pero no era ese el caso.
La información que se filtraba no era la que se autorizaba a difundir para engatusar a los relicarios. Era buena información, sustantiva, salida de las entrañas de la Agencia, de algunos de sus pliegues “íntimos”. Todavía no habían detectado con precisión el modo de la filtración, porque el modo en que se filtraba una información era un asunto sustancial, no formal.
Diosdado preguntó a qué se refería cuando hablaba del modo en que se filtraba la información. —A los mecanismos de la filtración, no a sus razones, que pueden ser políticas, ideológicas, religiosas o, simplemente, estúpidas. ¿Cuál es el modo de la filtración? Es un asunto de extraordinaria importancia porque, en ocasiones, permite descifrar todo el andamiaje de una red de espionaje que llevó tal vez años construir. Hay patrones en las formas, en los sistemas, en las transmisiones, en los comportamientos. Son como estereotipos a veces imperceptibles. Descifrar los patrones tal vez sea la clave de todo el asunto.
Diosdado se frotó la cara con ambas manos como si ello pudiera ayudarlo a asimilar esa explicación. “Pérez y Pérez” le propinó algunas palmadas en la espalda, simulando compadecerse de la confusión por la que estaba atravesando el muchacho.
El hombre se detuvo repentinamente y retuvo a Diosdado con la mano derecha, con la que aferró su brazo, meneando la cabeza como si pidiera disculpas. Le indicó que se aproximara hasta él y, cuando estuvo suficientemente cerca, le dijo al oído:
—A la filtración de la que le hablo, la detectamos —y deletreó—: la-de-tec-ta-mos. ¿Me comprende, joven?
Diosdado se sobresaltó por el modo en que “Pérez y Pérez” le informó del hallazgo.
—¿Debo celebrar? —preguntó exaltado.
—Todavía no —fue la respuesta de su jefe—. Solo la detectamos, pero no así sus detalles.
Y los detalles eran los que a él le interesaban verdaderamente. No quería explicaciones interminables sobre obviedades. Quería detalles, y todos los detalles, no algunos. Era un hombre muy paciente y sabría esperar que el banquete se le sirviera de manera completa, sin ninguna falta.
—Los detalles son esenciales en el asunto. Usted sabe aquello de que “el diablo se esconde en los detalles”.
Diosdado recuperó el aire y sintió alivio cuando el hombre liberó su brazo, que había apretado con inusitada fuerza. “Pérez y Pérez” reinició la marcha y siguió con su discurso.
Explicó que la fuga podía ser a través de una pequeña muchachita que trabajaba de prostituta desde muy niña y que, como todas las prostitutas, era una persona para nada confiable. —Si una mujer puede vender su cuerpo por unas monedas, puede vender cualquier cosa por una fortuna. ¡Imagínese el caso de una mujer que se ha prostituido desde niña! La prostitución infantil es un arma devastadora en diferentes sentidos. Hay que saber graduarla hábilmente; de lo contrario, es como liberar la carga de una granada en medio de un concierto sinfónico —le dijo a Diosdado, hablando en voz muy baja, como si deseara que sus palabras no pudieran ser escuchadas por otra persona más que él.
Siguió con su explicación en el mismo tono didáctico con que la había iniciado. Habló de un personaje estrafalario que habían recogido hacía algunos años y que rescataron de un bribón que comerciaba con niños para suministrarlos a pedófilos ricachones de la alta sociedad. Luego mencionó a una proxeneta vinculada a la Agencia, que se sabía andaba a la pesca de algún político de fortuna que la sacara de su miserable vida de madama. Por alguno de ellos, o por todos ellos, podía estarse produciendo la filtración. O por alguien más.
Ni pequeña prostituta, ni extravagante personaje, ni reblandecida madama. Alguien de quien nunca se desconfiaría: de buenos antecedentes, de probada “prosapia”, alguien soso, desabrido, alguien como el agua: inodoro, incoloro e insípido. Pero eso no lo sabían aún, aunque lo sabrían oportunamente.
Tomándolo nuevamente del brazo, le dijo:
—Esos están todos muertos. Pero no es conveniente que todavía lo sepan. Soy partidario de permitir durante algún tiempo que los muertos vivos anden por el mundo mostrando sus espantos, sus inmundicias a la vista, exhibiendo sus pudriciones. Todo en su medida y armoniosamente. Tiempo al tiempo, ya que el tiempo es consumidor y devorador de todas las cosas.
Diosdado tragó saliva. Escuchó con suma atención esas palabras del jefe. Si hubiese tenido que explicar cómo sonó la voz de “Pérez y Pérez” en ese momento, habría dicho “a guadaña”, sin dudarlo, a filo perfecto. Un modo de cizalla que cortaría la carne con su sola aproximación.
El hombre retomó a Sun Tzu y los agentes dobles. Citó de memoria:
—De todos los que rodean al comandante en jefe, ninguno está más cerca de él que el agente secreto; de todas las recompensas, ninguna será tan generosa como la del agente secreto; de todos los asuntos, ninguno es tan confidencial como las operaciones secretas. Los agentes secretos reciben sus instrucciones bajo la tienda del general; están muy cerca de él y lo tratan íntimamente. ¿Comprende, Diosdado?
El muchacho balbuceó unas palabras, pero “Pérez y Pérez” lo interrumpió bruscamente:
—Por eso siempre buscamos a esos agentes secretos, porque sabemos que nos conducen al corazón del enemigo. Astutos, ¿verdad? Astutos. Pero recuerde, muchacho: Todos estos asuntos deben ser tratados con el máximo sigilo. Quien no sea sagaz y prudente, humano y justo, no podrá utilizar a los agentes secretos, y quien no sea fino y sutil no logrará obtener de ellos la verdad. Primero hay que estudiar el carácter del espía para determinar si es sincero, confiable e inteligente. Luego se le contratará. Hay agentes que solo buscan enriquecerse sin hacer bien su trabajo y solo responden a las preguntas con palabras vacías. En estos casos debo ser astuto y sutil para apreciar si habla con la verdad o la mentira. Diosdado, cuídate y cuídanos del espía que haya sido manipulado.
Tema delicado en verdad. ¿No lo cree así, Diosdado? ¡Ciertamente delicado! Nunca ha habido un lugar donde no se haya utilizado el espionaje. Si los planes secretos son divulgados antes de tiempo, debe morir el agente y todos los que han hablado con él. Todos. Así se cierran las bocas y se impide que el enemigo las oiga.
El jefe, con un suave empujón, invitó a apurar el paso hacia la reunión. Diosdado quedó ensimismado, tal vez reflexionando sobre las revelaciones que el hombre le había hecho. No solo por el contenido de sus palabras, sino, y muy en especial, por qué había elegido esa oportunidad para hablarle de discrepantes, liquidables, caínicos y agentes dobles.
Abstraído en esos pensamientos, el repiqueteo incesante de unas campanas chillonas lo sorprendió, agitando su estado de ánimo. “Pérez y Pérez” rió con entusiasmo. Le dijo que siempre volvían a un punto interesante:
—¿Por quién doblan las campanas?
Y antes de que el muchacho atinara una respuesta, le preguntó si ya había leído a Donne. Diosdado le dijo que no y se excusó por su falta.
—Siempre conviene ir a las fuentes —le dijo—. En el origen de las cosas se encuentra la verdad, y solo la verdad nos hará libres.
Diosdado y “Pérez y Pérez” ingresaron al salón de reuniones y, desde ese momento, no volvieron a hablar.

***

A la sala de reuniones llegaron los especialistas. De todos los técnicos se destacaba uno, muy joven, de gran físico y tupida barba. Algo ralo el cabello, en el que se dejaban ver mechones de canas muy blancas. Hablaba sin parar, como impulsado por descargas eléctricas que lo estimulaban a parlotear sin detenerse. “Pérez y Pérez”, con un ademán de su mano, le indicó que se serenara. El hombre calló al instante y se disculpó con un gesto.
La exposición tenía un objetivo principal: informar los descubrimientos que los expertos habían hecho estudiando el BAIS (Biometric and Anthropomorphic Identification System). Esos hallazgos darían respuesta al interrogante que había dejado planteado “Pérez y Pérez”: ¿cómo había podido abandonar la escena del crimen la vaporosa mujer que ingresó el viernes fatal, muñida de su llave, y de quien desconocían el rostro hasta entonces?
El experto invitó a “Pérez y Pérez” a acomodarse cerca de unas pantallas que habían sido distribuidas para que el auditorio, poco numeroso, pudiera apreciar las imágenes. Por primera vez habló de una anomalía. La explicación suscitó la atención del jefe. La palabra “anomalía” resultaba sugerente, incluso musical. Consideraba que, en toda aquella maraña de acontecimientos, había más de una anomalía, empezando por la mayor de ellas: la subsistencia fatal de ese espectro libertario, promoviendo revoluciones, instigando chisperos, alimentando rebeldías.
El investigador pidió prestar atención a la pantalla más grande, que estaba en el centro de las otras. En ella se apreciarían secuencias enteras de las grabaciones de distintas cámaras de seguridad. La pantalla estaba dividida en ocho segmentos que reproducían otras tantas grabaciones diferentes.
En las demás se verían cuadros aislados de esas grabaciones de seguridad, tomados de cada una de las ocho secciones en que estaba dividida la pantalla número uno y que servirían para la explicación. En cada uno de ellos se podían apreciar imágenes de personas aparentemente distintas: siete correspondían a mujeres, una a un hombre.
—En la pantalla mayor —empezó diciendo el experto al tiempo que la señalaba con un lápiz electrónico que usaba como una varita mágica—, la que está al centro, en el cuadro superior izquierdo, van a poder apreciar las cámaras del edificio donde vivía el coronel. En el cuadro que le sigue, el segundo desde la izquierda arriba, las imágenes de un domo de la ciudad que registra toda la sección desde la esquina más lejana, la que está hacia la avenida, hasta la otra, en sentido contrario, pasando algunos metros el edificio vecino. En el tercer cuadro hemos dejado correr las imágenes de otra cámara, de la cuadra anterior a la del edificio del coronel asesinado.
Así que, desde el ángulo superior izquierdo hacia el centro de la pantalla, van a ver tres filmaciones diferentes: una corresponde a la cámara de seguridad del edificio del coronel; la que le sigue, a la del domo; y la tercera, a la que filmó a la mujer cuando cruzaba la avenida, a una cuadra de distancia. Hay otras grabaciones que luego podrán observar. Pero ahora sigan conmigo estas tres secuencias. ¿De acuerdo? —preguntó sin apartar la vista de las pantallas.
—De acuerdo —respondió “Pérez y Pérez”, entusiasmado con la exposición.
—Las tres cámaras grabaron la llegada de la mujer en cuestión. En la del edificio se la ve a lo lejos. En la del domo, más lejos aún. En cambio, en la otra se la toma con bastante claridad. ¿Correcto? —¡Correcto! —dijeron a coro los presentes.
—Caminemos con ella. Sigue por la calle, espera que el semáforo le dé paso, cruza la avenida. Ahora bien, la cámara del domo capta una imagen directa de su llegada al edificio. La otra, la más lejana, ya nos da solo una idea de su marcha vista desde atrás: su espalda, cómo camina. Sigamos. Llega al edificio. La tercera cámara más lejana ya no la capta: está dentro del pórtico de entrada, ocultada por la medianera. La del domo tampoco puede tomarla. Queda solo la imagen de la cámara privada. Ingresa al edificio. Camina hacia la escalera y la perdemos. Como no hay cámaras en las escaleras ni en los pisos, no podemos seguirla.
Entonces, tenemos tres imágenes de la mujer caminando hacia lo del coronel y una de cuando ya ingresó al edificio. Todas del día viernes, a las veinte horas exactas. La diferencia horaria que pueden apreciar en las tres filmaciones se debe a corrimientos propios de las filmadoras: en un caso, un minuto de adelanto; en la otra, apenas 35 segundos de retraso. Pero las tres coinciden en un horario probado: las veinte horas de esa noche del viernes. Ahí, en el ángulo inferior derecho, tienen la fecha sobreimpresa. ¿Estamos de acuerdo?
—¡Perfecto! —exclamó “Pérez y Pérez”, cada vez más entusiasta.
—Sigamos entonces. En la pantalla dos voy a dejar congeladas dos imágenes. Una, de la cámara más lejana, cuando ella camina hacia el departamento. Allí tendremos detalles antropométricos de su cuerpo visto desde atrás: tamaño de la espalda, largo de las piernas, dimensiones de los brazos, ancho posible de caderas; es decir, toda la anatomía que la cámara pudo captar.
En el segundo segmento, la imagen —la mejor que pude rescatar— de la mujer cuando está ingresando al edificio. No importa que no podamos ver por ahora su cara, ocultada por el ala del sombrero. Tampoco den importancia a que usaba guantes. Eso le permitió no dejar huellas digitales, pero no nos impide considerar el tamaño y anatomía de los brazos, la estructura de sus manos, el largo de sus dedos, etc.
Ahora corro la filmación con rapidez. ¿Ustedes ven que esa mujer rubia haya salido?
—No —respondieron al unísono los presentes.
—La hora sobreimpresa en el video indica que es la hora seis con treinta minutos. Si seguimos adelantando las filmaciones, tanto la tomada con la cámara del edificio del coronel como con el domo de la ciudad, incluso con la más lejana, verán que nunca podemos ver a la rubia de la capelina blanca salir del edificio. Sigo, sigo, sigo…
A las once horas, nada. A las doce, nada. A las trece, nada. A las catorce, tampoco. La mujer, con su gracia y elegancia, desapareció. Se esfumó. ¿Magia?
—Imposible. ¿Qué pasó? —preguntó “Pérez y Pérez”, inquieto.
—Volvamos para atrás. La rubia no sale. Pero esta joven sí. Es delgada, menuda. Calza unas chatitas de cuero. Presten atención a este detalle por otras imágenes que tendremos después. Lleva short corto, una casaca colorida y una gorra de visera amplia.
El domo que está en la esquina más próxima capta con bastante precisión a quienes entran y salen de todos los edificios de la cuadra. Es sábado, seis y treinta de la mañana. Como pueden apreciar, no hay nadie en la calle. Nadie va, nadie viene. No hay contaminación. Solo vemos a esta joven que dejó el edificio donde vivía el coronel.
“Pérez y Pérez” miraba adusto las pantallas y parecía reflexionar sobre algún episodio del que el joven experto se desentendía. Cada tanto, con su codo, tocaba a Diosdado para que prestara atención a la exposición. Diosdado asentía con leves movimientos de su cabeza.
—¿Puede definir de quién se trata? —preguntó el jefe.
—Sí, desde ya. Pero quiero que sigamos porque hay más y mejor información que tal vez los ayude en todo este asunto.
—Somos pacientes, muchacho, te seguimos.
—Mejor miren. Miren cómo sigue esta película. Se nos ocurrió seguir a la joven que dejó el edificio del señor coronel. Acá la vemos. Las imágenes pertenecen a varias cámaras distribuidas hacia el centro de la ciudad: cámaras fijas y domos, en calles y avenidas. Pero hay mucha cámara privada interconectada a nuestro sistema de seguridad.
Adelanté las filmaciones para llegar a esta. Tenemos las del gobierno de la ciudad y las privadas. Buena calidad. Se ve a la muchacha entrar a este garaje. Pasan unos minutos. Sale un Chevrolet Classic gris, se ve con claridad la patente. En la pantalla dos pueden verla.
—Hay que pedir los datos.
—Bien. Pedimos entonces la información online para su verificación.
—¿Por qué no lo hiciste antes? —inquirió “Pérez y Pérez” con algo de fastidio.
—¡Pero jefe! —dijo el especialista—. ¡Es la parte más sabrosa y se la va a perder!
—Te agradezco la deferencia.
—¡De nada, jefe! —exclamó satisfecho el joven tecnócrata—. Ahora vamos a seguir al auto. La hago corta para no embolarlos, aunque está todo detallado en un archivo que armé para el caso. El auto vuelve a la zona de Once por Rivadavia y se dirige al oeste. Hay cientos de imágenes a lo largo de la avenida que nos dan el recorrido preciso del Chevrolet Classic.
—¿A dónde se dirigió?
—A Luján. Aquí está la imagen de la persona que lo conducía.
—¿La misma joven?
—La misma. Pero tiene otra ropa. Está distinta. No lleva gorro. Parece morocha. ¿Será la misma? ¿Pude equivocarme en el seguimiento? ¿Se cambió en el coche?
—¿Usted qué cree, joven?
—Que se cambió en el auto. Tal vez se detuvo aprovechando alguna ventana en donde no hay cámaras. Fácil y rápido: una remera, pantalones largos. Pero, como le dije antes, el mismo calzado. Aquí aparece un detalle que, en la primera toma, cuando deja el edificio, no se veía: lleva cinco aros de distintos colores.
—¿Y a qué fue a Luján?
—Parece una tontería, pero es así, lo juro: fue a la Catedral.
—¿A la Catedral? —intrigado, “Pérez y Pérez” preguntó confundido.
—Habrá ido a rezar. Será católica. ¿O católico?
—¿Cómo dijiste, nene?
—Espere, jefe, espere. No se apure. Lo dije para mantener la atención del auditorio. No quiero que se me distraigan. ¿Seguimos?
—Seguimos, seguimos…
—Luego se dirige a la zona de Belgrano.
—Belgrano… siempre Belgrano…
—¿Cómo, jefe?
—Disquisiciones de un viejo loco, no le dé importancia.
—Como usted diga.
—La morocha ingresa en este departamento del barrio de Belgrano. La dirección ya la tengo chequeada.
—Muy bien.
—Pero fíjese qué cosa extraña va a ocurrir ahora. La morocha deja de ser morocha, se vuelve colorada. Ahora tenemos una rubia, una joven con gorrito, una morocha y una colorada. Multicolor, podríamos decir. A la rubia la vamos a llamar “A”; a la del gorrito, “B”; a la morocha, “C”; y a la colorada, “D”. ¿OK?
—Perfecto.
—Entonces tenemos cuatro imágenes de mujeres. Sigo, sigo, sigo a la colorada. La hacemos corta para no aburrirlos. ¿A dónde se dirige? En una Cherokee blanca, porque cambió de auto, a un bar que se llama Acacia Negra.
—¿Con quién se encuentra?
—Con un tipo joven. Pero no están solos. Hay otra chica. Parece una nena.
—¡Es como diseccionar una rana! —exclamó “Pérez y Pérez”, alabando el trabajo del investigador.
—Pero estas son ranas grandes y bastante peligrosas. Sigan, vamos a ver el final de la película.
—¿Y usted tiene muchas de estas “películas”, joven? —“Pérez y Pérez” quería saber más de ese joven y brillante investigador.
—¡Claro! Tengo varios “megafilms”, señor. Soy un experto, modestia aparte. No quiero ser ridículo y vanidoso. Pero yo le hice modificaciones al software del BAIS que lo volvieron más eficaz. Hasta ahora, infalible.
—El BAIS… —suspiró “Pérez y Pérez”—. Hay que tener en cuenta las nuevas tecnologías, se podría extraer como conclusión de este asunto.
—¿Conoce el BAIS?
—Algo —dijo distraído el jefe, esperando una explicación del especialista.
—El BAIS es un software muy complejo. Lo diseñaron expertos en EE.UU., pero este lo modificaron unos amigos nuestros. Usted me comprende. No los nombro porque hay gente a la que le agarra urticaria.
—Conozco a los amigos que lo modificaron. No lo había visto en funciones. Una maravilla.
—¡Pero “papá” lo mejoró! —dijo el joven, señalándose vanidosamente a sí mismo—. Tengo mis méritos.
El muchacho había ganado confianza con el jefe y se sentía cada vez más seguro, convencido del éxito de sus revelaciones. Esperaba no solo impresionarlo, sino que ello le valiera alguna recompensa.
—¿No se molesta porque me hincho de orgullo? ¿Verdad, señor?
—Mientras no explote, no hay problema. Dice un proverbio chino: “Cuando te inunde una enorme alegría, no prometas nada a nadie. Cuando te domine un gran enojo, no contestes ninguna carta.” Ahora que lo domina una gran alegría, limítese a su tarea y no exagere sus grandes logros. En este ámbito la vanidad es muy mala consejera. Distorsiona las cosas como una lupa desproporcionada. Y si el reconocimiento esperado no llega, le ruego que nunca me mande esa carta que está pensando en enviarme.
El joven funcionario sonrió por compromiso, desorientado por la ironía del jefe.
—Sí, señor, sigamos. Ahora van a ver imágenes de “A”, “B”, “C” y “D”, pero fijas. Las mejores que pudimos extraer.
—¿Para qué las necesita?
—Para el análisis antropométrico dinámico que me sugiere el BAIS. Compara una estructura antropomórfica con otra. De acuerdo con cómo yo cargue los datos que me indican las imágenes, me señala las diferencias entre estructuras antropométricas similares.
—Muy bien.
—Cargué los datos de la figura “A”, femenina. Todas las imágenes que obtuvimos: de las cámaras más alejadas, de la propia del edificio, del domo de la esquina cercana. Todas. Luego hice lo mismo con la figura “B”, la morocha, que dejó temprano el edificio del coronel y cubría su rostro con la visera de su gorro. A primera vista, si comparamos la figura “A” con la “B”, nos parecerá que la figura “A” es mucho más alta que la “B”. Tacos aguja: doce centímetros. Así que le pido al Photoshop que descalce a la señorita “A”. Aquí está ya sin zapatos. Ahora le pido al BAIS que coteje la altura de las dos imágenes. Me dice que miden igual, alrededor de 165 centímetros. Poco más de metro y medio.
Luego le pido al programa que “inserte” la figura femenina “A” en la “B”, para establecer un parámetro de diferencias posibles. Pero ocurre algo inapropiado: se trata de una anomalía.
—¿Cuál es la anomalía?
—El programa no puede establecer parámetros de diferencias significativos. Por el contrario, se enoja conmigo y me dice, más o menos, si soy tonto.
—Es un software con mucha personalidad.
—Ya lo creo. Me dice en su lenguaje que, lejos de poder establecer parámetros de diferencias, lo que puede es establecer parámetros de consonancia. En verdad no dice que “puede establecer”, me dice que “tiene que hacerlo”, porque no hay diferencias. O él no deduce ninguna diferencia significativa. Eso se llama correspondencia antropométrica.
Pero podríamos estar ante una coincidencia plena. Ocurre. Hay muchas personas cuyos rasgos antropométricos coinciden casi con exactitud. Pero siempre hay diferencias importantes, aunque no se las aprecie de manera fácil.
—¿Por ejemplo?
—El largo de la nariz, de los dedos de las manos, de los pies, el tamaño de las orejas.
—¿Y en este caso? —le preguntó “Pérez y Pérez”, compenetrado con la explicación.
—En esta primera instancia, entre “A” y “B”, pedimos las medidas de los pies. Y son iguales. Son los mismos pies. Nunca hay dos pies exactamente iguales. Se puede tener la misma talla de calzado —de hecho, millones comparten la suya—, pero no se puede tener dos pies iguales. No es posible. Sin embargo, nadie va a elaborar un juicio de valor basado en un par de pies. ¿Pero qué tal otros datos?
—¿Cómo cuál? —preguntó excitado “Pérez y Pérez”.
—Las caderas.
—¿Entonces?
—En estas dos personas son iguales. Las dimensiones de la cadera son las mismas en la figura “A” que en la “B”. El programa se enoja conmigo. Me dice: “Para mí hay correspondencia antropométrica entre la figura ‘A’ y la ‘B’.”
—Qué curioso.
—Pero hay más, jefe. Vamos paso a paso, diría el Mostaza. Hasta acá analizamos solo a las figuras “A” y “B”: la rubia y la del gorrito. Pero vamos a pedirle al BAIS que incluya en su análisis a la “C” y, ya que estamos, también a la “D”. Pido correspondencia antropométrica de la figura “A”/Rubia, con “B”/Gorrito, con “C”/Morocha y con “D”/Pelirroja.
El programa me sugiere correspondencia positiva: porcentaje 99,9%. Misma altura; misma estructura ósea; mismo largo de tibia y peroné —por lo tanto, igual altura de sus rodillas—; mismo largo del radio y el cúbito; mismas manos; mismo ancho de caderas; mismo volumen de tórax; mismo largo y ancho del cuello; mismas dimensiones del cráneo; la mandíbula, etc., etc., etc.
Y ahora, como tengo muchas imágenes almacenadas, hasta podemos definir los rasgos. Todos: la forma de los ojos, de la nariz, la boca, las orejas, el ancho de la frente, etc., etc., etc. En fin, lo que queramos. Lo que necesitemos.
Conclusión: todas estas imágenes corresponden a la misma persona. La señorita “A”, la muchachita “B”, las “C” y “D” son, en realidad, una única persona. La que entró al edificio del coronel López Huidobro; la que salió a la mañana temprano ocultando su rostro, como la otra lo hizo al entrar gracias a su amplia capelina; la que fue a Luján; la que tomó un café con otros dos.
Pero, si nos queda alguna duda, vamos a ver el lóbulo y el pabellón de la oreja derecha en todos los fotogramas. La rubia, la imagen “A”, deja ver cinco aros. ¿Y la “B”? No tiene aros. Pero, gracias al BAIS, a la extrapolación bicúbica de píxeles, agrando, agrando, agrando… Pregunto: ¿cuántas perforaciones para aros podemos contar?
—Cinco.
—Exacto. Cinco. Ahora me voy a la oreja de la morocha. ¿Aprecian? Cinco aros. Los mismos cinco aros que la rubia. No creo que se presten las joyas. ¿Y la colorada? ¡Son distintos aros! Pero también son cinco. En los cuatro casos, cinco perforaciones para cinco aros, y en todos los casos la distancia entre perforación y perforación es la misma. Todas en la oreja derecha, todas a las mismas distancias una de otras. Un detalle maravilloso, inimitable, inconfundible. No tengo dudas, señor, de que esta es la persona que estamos buscando.
—Estoy casi asombrado.
—¿Casi? Seguro porque no le mostré los últimos hallazgos.
—¿Hay más?
—¡Ya lo creo, señor! Y linda va a ser su sorpresa. El BAIS está conectado a una base de datos antropométricos que, a su vez, está conectada al registro nacional de personas y a su sistema de identificación para documentos nacionales y pasaportes. Nos llevó mucho tiempo cargar toda la información proveniente de cientos y cientos de cámaras públicas y privadas. Usamos esa base de datos antropométricos junto con la del registro nacional de personas para saber si nuestro amiguito BAIS tal vez pudiera identificar a la persona que luce como “A”, “B”, “C” y “D”.
—¿Y?
—Aquí está. Es un muchacho.
—¿Seguro?
—Seguro, señor. En una base de datos de seguridad, muy reservada, figura su nombre y una foto de cuando era un niño. Se llama Gavino. El apellido que figura en dicha base es “Siyero” o “Sichero”. Pero en el registro nacional de las personas no existe ningún documento con ese nombre. En cambio, el BAIS encontró un documento con el nombre de Abigaíl Stivia.
—¿Una mujer?
—En efecto.
—¿Qué fecha?
—Algo después de la 26.743. No mucho tiempo. Es decir, que al menos de esta persona no se registra otro documento de identidad, salvo el que está a nombre de Abigaíl Stivia. ¿Alguien a quien se le borró su anterior identidad?
—Abigaíl Stivia. ¿Stivia? Me hace acordar a Stevia, el edulcorante natural. ¿Será una ironía? —No lo sé. Podría ser.
—¿Algún dato más?
—También levanté las imágenes de las otras dos personas en el bar Acacia Negra.
—¿Y?
—El varón se llama Baldomero Dorante, y la chica Uxia Parum.
—Hay que pedir los prontuarios —“Pérez y Pérez” actuó como si desconociera esos datos.
—¿Pero esa no es una chica que murió víctima de una violación y golpiza? —dijo Diosdado, llevado por las imágenes que el experto exhibía.
Todos callaron. “Pérez y Pérez” solo hizo un gesto de curiosidad. El silencio duró unos largos minutos.
—En principio, como el BAIS lo permite, chequeé documento, cuentas bancarias, tarjetas de crédito, obra social, tarjeta para viajes, etc., del hombre —retomó el especialista sus investigaciones.
—¿Y qué obtuviste?
—Solo el documento, señor.
—¿No tiene tarjeta de crédito?
—No. Ni cuenta bancaria. Ni obra social.
—¿Y este tipo de qué vive?
—No lo sé, señor. ¿Quiere que pida mayor información?
—No. Yo me ocupo de ello. ¡Diosdado! —llamó al asistente—. ¿Anotó los nombres?
—Sí, señor.
—Repítalos…
—Abigaíl Stivia, Baldomero Dorante, Uxia Parum.
—Muy bien. ¿Algo más?
—No, señor. Usted nos pidió resultados y aquí se los trajimos.
—Ya lo creo. ¡Los felicito! —acercándose al muchacho que expuso la investigación, le dijo casi confidente—. Voy a recomendar un ascenso para vos. Ya lo creo que te lo merecés. Mis felicitaciones. —Gracias, señor. Siempre a sus órdenes. Estas nuevas tecnologías nos van a permitir actuar con mayor eficacia y precisión.
—Ya lo creo, muchacho. Y lo bien que nos van a venir. Esta aplicación de la ciencia, ¿no contradice ese eslogan del “nunca más”?
—¿Nunca más? —preguntó en voz alta el especialista, que sonrió cínico—. Siempre hay más, señor. Siempre hay mucho más.

***


XXII – Cada
uno atiende su juego

Marian danzaba espasmódica. Se
contorsionaba hacia atrás y hacia adelante, poseída, como
atravesando un trance de revelaciones místicas. Parecía alguien a
punto de cambiar su condición por otra que se le prometía
impactante.

Las luces irrumpían con la música
estridente. Iban y venían desde lo alto hacia los cuerpos
transpirados, que reflejaban los haces dibujando extrañas formas de
anatomías asombrosas: contorsiones lumínicas de flagrante osamenta.

Hacía tiempo que se merecía una noche
como esa. Necesitaba el festejo. ¡Tanto había esperado ese recreo!
Después de meses de fatigosa búsqueda, seleccionando mercancías
humanas para satisfacer la demanda de sexo; de encierro, entrenando a
los escogidos, moldeándolos para cada servicio, elevándolos a la
condición de acompañantes sofisticados. Personal bilingüe, culto o
embrutecedor; refinado o soez. Hetero, homo o bisexual. Mujeres
exóticas, travestis sofisticados, desnudistas maravillosos con
miembros monumentales. Para todos los gustos. En el escaparate no
faltaba ningún producto: todo estaba al alcance de bolsillos
abultados o carteras “Louis Vuitton” infladas de billetes.

Bailaba rodeada de dos jóvenes mujeres
tan poseídas como ella. Una era alta, delgada, morena; la otra, de
su misma estatura, pero más pulposa. Las tres eran objeto de la
lascivia de unos clientes que aguardaban con paciencia el momento de
conocerlas. Allí intervendría el poco libre juego de la oferta y la
demanda. Los demandantes, por lo general ricachos en juerga
clandestina, esperaban que sus propuestas fueran lo bastante
convincentes para saciar el esperma que reclamaba su cuerpo. Estaban
dispuestos a satisfacer la demanda, pero sin dilapidar sus dineros:
un precio justo, un servicio completo.

Las ofertantes, en cambio, no estaban en
condiciones de regatear demasiado su mercancía. Una distracción
bastaba para que otra, con más urgencia de efectivo constante y
sonante, les birlara el cliente y arruinara la noche con un mal
negocio.

Las tres bailarinas —Marian y sus
acompañantes— no se miraban en ningún momento. Cada una actuaba
como si no estuviera a pocos centímetros de las otras. Se rozaban
sudadas cuando sus cuerpos en movimiento se tocaban por accidente,
pero cada una realizaba su danza como si estuviera sola en aquella
pista atestada de gente. El humo les agregaba una opacidad sensual.

Era un humo frío que se confundía con
el de los cigarrillos de marihuana. Tal vez esa era su justificación.

Las drogas se vendían más que el agua,
que, por otra parte, resultaba muy costosa. Quien pretendiera beber
agua corriente en los baños se encontraba con la realidad de que
allí el suministro había sido suprimido. No había agua ni para
beber ni para hacerla correr en los excusados, previendo que algunos
sedientos se animaran a beber de los mismísimos inodoros o
mingitorios. El olor era insoportable.

“¡El agua vale más que el oro!”,
bromeaban unos DJ desquiciados durante toda la noche desde los
micrófonos. Y la gente reía en señal de aprobación. En poco
tiempo el ambiente adquirió una densidad inusitada. La cordialidad
fue desterrada al desierto de Mad Max. Todo quedó envuelto
en un frenesí perturbador que impedía pensar siquiera una palabra
con sentido. Una sola, más no fuera: “mamá” o “papá”.

No es que nadie hablara; por el
contrario, todos repetían oraciones incoherentes, balbuceaban
palabras inconexas que parecían expresar deseos y posesiones.
Abundaban los monosílabos y una jerigonza pastosa que, a medida que
pasaban los minutos, se volvía más y más ininteligible. Las
lenguas se abarrotaban de incongruencias irreproducibles.

Algunos, empapados en transpiración, se
sacaban la ropa. Varias mujeres quedaron casi desnudas y sonreían
mientras unos adolescentes las magreaban. Pero eso no motivaba al
personal de seguridad privada a intervenir. Los guardias solo
observaban con gesto indiferente, mostrando sus hercúleos brazos,
bíceps redondos y exagerados. El humo los envolvía, desfigurando su
imagen, pero en ellos dejaba un tono blancuzco que adquiría una
tonalidad gris azulada. Las luces, con sus fanáticas intermitencias,
hacían brillar el sudor que se arracimaba en gotones furibundos.
Humo y luces los tornaban más irreales, con apariencia de estatuas
de cera.

Los nudistas iban en aumento. No se
trataba solo del calor: las drogas devolvían al cerebro una imagen
irreal. Cada uno alucinaba su propio edén. Danzaban con bífidas
figuras, despanzurraban Abeles con caínicos puñales, desfloraban
vaginas de piel de manzana. Y todos eran expulsados al compás de una
monserga electrónica. Las mujeres se quitaban sus minúsculos
vestidos, los hombres sus pantalones, todos se drogaban y algunos
morían por sobredosis o deshidratación.

Entonces, los encargados, seguidos de
los guardias, aparecían como una especie de insectos: una legión de
pseudo mantis carroñeras dispuestas a devorar el inútil cadáver
atestado de fármacos. Empezaban por la cabeza, platillo de los
antropomorfos sibaritas que adoraban los sesos derretidos y las
lenguas inflamadas de los occisos, cocidas en abundantes
estupefacientes. Las orejas y los ojos eran servidos a modo de
postre. Quien recibía los ojos debía considerarse agasajado y bien
recompensado.

Satisfechos del manjar, digerían
velozmente el cadáver cuyos restos regurgitaban a unos quinientos
metros del lugar, en un descampado donde los encontraría el
recolector de basura. Acostumbrado a hallar ese tipo de despojos con
cierta frecuencia, llamaba a la policía. Esta, a su vez, daba
intervención a la emergencia médica. Un doctor de ocasión
establecía que se trataba de una muerte por paro
cardiorrespiratorio. Recogían los restos semidigeridos en una bolsa
negra de cadáveres, los cargaban en la morguera oficial y volvían
cada uno a sus funciones, sin mayores complicaciones. Alguien
comunicaba a la familia, si la hubiera, el infausto hallazgo. Nadie
justificaba los pedazos faltantes del fenecido. Nadie comprometido,
todos a salvo.

A Marian esas bacanales la apasionaban.
Por eso bailaba con tanto entusiasmo, posesa de una exaltación solo
equiparable a su deseo de aspirar un cóctel de drogas que podía ir
desde la cocaína hasta un par de Superman y, si se
presentaba la oportunidad, éxtasis, que la catapultaba a un estado
orgásmico indescriptible.

Tal vez por ese estado no pudo
distinguir quién era el hombre que, bailando con cierta torpeza, se
puso a su lado. La tocó varias veces sin que ella reparara en su
presencia. Tampoco sintió las palmadas que le dio en la espalda
procurando llamar su atención. Fue su acompañante alta, flaca,
morocha, la que la hizo girar para dejarla frente a frente con el
hombre que la requería.

Era un joven algo regordete, pero bien
parecido. Su amiga supuso que se trataba de un cliente o alguien que
buscaba algún servicio especial y por eso se dirigía directamente a
la meretriz. Tal vez fuera un habitué de ServuS que ya se
había satisfecho con las especialidades que la casa ofrecía a su
selecta clientela.

El hombre susurró al oído de Marian.
Ella pareció no comprender qué le decía el desconocido. Desaceleró
su baile, procurando darle tiempo al mensajero de repetir el recado
bien pegado al pabellón de su oreja. Se paralizó de manera
instantánea. Ella, y hasta la amiga más voluptuosa, escucharon con
claridad las pocas palabras que pronunció el mandadero.

—Borrate. Hay quilombo con una de tus
chicas “especiales”. La mano viene pesada. La están buscando
para amasijarla. A vos te van a hacer picadillo. Borrate, boluda.

Marian trató de retenerlo. El hombre se
fue alejando sin que pudiera evitarlo, aprovechando el bailoteo de
los otros cuerpos que actuaban como una masa viscosa y sudada,
expulsando a los extraños como si se tratara del sistema
inmunológico de la orgía.

Sintió deseos de vomitar. Arrastró a
la flaca alta hasta un baño, sin saber si era el de hombres o el de
mujeres. A esa altura de la noche, tampoco importaba. Unió el aviso
del desconocido al llamado que Abigaíl le había hecho esa misma
tarde, pidiéndole una entrevista.

“¿Será esta hija de puta a la que
andan buscando? La muy mierda me llamó a mi celular y dejó un
mensaje pidiéndome verla. Me dejó pegada, la muy hija de puta”.
Carente de compasión, maldijo a Abigaíl.

Su acompañante no entendía de qué le
hablaba. En realidad, no entendía nada de lo que ocurría porque
estaba alucinando por una pepa de ácido que alguien le había
regalado en el marasmo. ¿El hombre que se acercó a Marian sería el
mismo que le propuso sexo oral? Se encogió de hombros y trató de
explicar algo que nadie hubiera podido comprender.

—¿Ese era el mío? —preguntó a
Marian desde su alucinación.

—No sé quién mierda era el tipo, ni
sé de qué mierda me hablás vos.

—Todo joya, loca. Es que no sé si era
el mismo con el que estuve antes o con el que estuve después de
ingresar a la fiesta.

El que ella creía haber visto mientras
bailaba ridícula tenía siete cabezas, siete bocas y descontaba que
debería tener siete miembros. ¿Sería negocio?, se preguntó
intoxicada. Alguien le obsequió una segunda pepa. La aceptó sin
reparar en quién era. Marian la apartó de un empujón. La flaca
hizo como que no le importaba y se fue en busca de la hidra de siete
cabezas y sus variopintos penes.

Marian solo deseaba salir del lugar.
Necesitaba aire frío y, si pudiera, zambullirse en agua helada. El
chapuzón hasta podría rescatarla del estado calamitoso en el que
estaba. Dura, embotada, crispada, no podía atinar a acatar la
advertencia con celeridad e inteligencia; diseñar un plan de escape
seguro, una escapada prudente que la apartara de sucesos de los que
todavía no tenía la más remota idea. Jamás pensó que pudiera
tratarse de una broma o un error.

Y aunque no pudo reconocer al hombre —ni
siquiera hubiera podido describirlo someramente—, sabía que el
aviso estaba dirigido sin posibilidad de error a ella y era
verosímil. “Borrate”, le dijo preciso y demandante. “Borrate,
boluda”, rebotaba en su cráneo como la punta de una bala de
teflón. “Hay quilombo con una de tus chicas especiales”. Esa
expresión, remarcada silabeando es-pe-cia-les, fue como el
rayo que fulmina, la advertencia de Dios cuando el pecado.

Casi la sacó del sopor en el que
estaba, llevada por la música tecno, las luces, el humo y la droga.
“Especiales”. No tenía muchas “chicas especiales”. Una,
especialísima: su rescatada. La que recitaba a Schiller, solfeaba a
Lorca, meditaba a Mahler bajo la batuta de Bernstein. No podía ser
otra. “La mano viene pesada. La están buscando para amasijarla. A
vos te van a hacer picadillo.” No sabía quién le había hecho
llegar el aviso, pero debía agradecérselo de por vida.

Un mensaje en su celular cantó
presente: “¿Vos sos amiga de un chabón que se hace llamar
Abigaíl?”. Preguntaba un ignoto mensajero sin rostro y sin
escrúpulos. Un ID desconocido saltaba en la pantalla con sus garras
al frente.

Escribió a una velocidad imposible para
alguien que, apenas segundos antes, estaba bajo el efecto de un
cóctel de alucinógenos capaz de adormecer las tres horrendas
cabezas de la Quimera —la de león, la de cabra, la de dragón—.
“No conozco a nadie con ese nombre”, negó Marian sin vacilar.
Trató de que, al escribir, su interrogador apreciara su gesto de
completa inocencia.

Caminó sin rumbo buscando una avenida
donde subirse a un taxi. ¿Y a dónde podía dirigirse? Se cuestionó.
¿A su casa? No era prudente. ¿A ServuS? Si confiaba en la
advertencia del desconocido, debía estar tomado por quienes andaban
buscando a su “chica especial”.

Las prostitutas amigas no ofrecían
lugares seguros. No tenía un contacto confiable. El de la Agencia
solo se comunicaba con ella en el propio burdel, simulando un
servicio. No tenía modo de ponerlo al tanto de la advertencia. Tal
vez fueran ellos mismos quienes la estaban poniendo sobre aviso.

Su condición de inorgánica le imponía
un límite severo e insuperable. ¿Y Marcia? Lo descartó de plano:
no le tenía nada de confianza. La meretriz que controlaba el negocio
vendería a su propia madre con tal de ponerse a salvo de cualquier
contingencia.

Estaba subordinada a órdenes de gente
de la que no tenía ni idea de su existencia. Ellos decidían y a
ella solo le cabía obedecer. Así de simple era la ecuación. Como
decía a menudo, en ese negocio ella no cortaba ni pinchaba.

Un segundo mensaje de texto se anunció
con más contundencia que el primero: “¿Pero vos no sos amiga de
un travesti que se hace llamar Abigaíl?”.

“No”, respondió tajante. Y escribió
más rápido y más angustiada que antes: “No conozco a ningún
travesti ni a nadie que se llame de ese modo”. Negó por segunda
vez.

Encontró un bar donde sentarse a
esperar el alba. Pidió un café doble, bien cargado. El mozo, un
hombre algo mayor, la miró consternado por el aspecto degradado que
ofrecía la mujer.

—¿Mala noche, no? —le dijo mientras
servía la taza humeante.

—Una mierda, hermano. Una verdadera
mierda.

—Se nota. Tomate el café y avísame
si querés un taxi. Acá la cana no jode. Los tenemos arreglados.
Vienen, manguean, se van.

—Gracias. Cuando me acuerde a dónde
tengo que ir, te lo pido.

El hombre se apartó y, apoyado en el
mostrador, miraba por las vidrieras hacia la avenida, donde dos pibes
en sus autos se prometían una picada mortal.

Un tercer mensaje de texto apareció
escandaloso en la pantalla del celular: “¿Estás segura de que vos
no tenés nada que ver con ese travesti de nombre Gavino y apodado
Abigaíl?”.

“NO. NO. NO.”, gritó en mayúsculas,
espantando la pregunta acusatoria. “No conozco a ningún Gavino. No
conozco a ninguna Abigaíl. No conozco a nadie.” Negó por tercera
vez. Luego de ese, cesaron los mensajes. El alba se anunciaba
descalza en el claroscuro escampado de las enramadas de los árboles.
Enseguida cantó un gallo.

Trató de relajarse para poder pensar.
No cabía duda de que la persona a la que se refirió el informante
clandestino era Abigaíl. “Tu chica especial” era ella y no otra.
Los tres mensajes de texto que negó confirmaban su creencia. Se
interrogó varias veces sobre qué podía haber ocurrido con su
pupila.

Se recriminó su reacción primera. ¿A
quién, si no a ella, iba a llamar Abigaíl? Desde que se la sacó a
Moreira y le acarició las heridas brutales en la espalda durante el
viaje de regreso a Buenos Aires, habían quedado unidas de manera
excepcional. Siempre se reprochó no haber ido con el pibe a la
basílica de Luján. Sabía que no era bautizo. No es que hubiera
podido hacerlo acceder al sacramento en ese momento, pero un consuelo
—más no fuera la imagen del Cristo o una palabra del cura—
hubiese sido trascendente para ese animalito recién salido de una
trampa mortal después de haber sido martirizado durante años.

Además, se dijo, ella sabía que ese
experimento andrógino que produjeron estaba destinado a un mandón
degenerado, el que le hablaba en la nuca desde el filo de sus
cuchillos tras el espejo brumoso. Y ella obedeció sin chistar. ¿Qué
iba a decir? ¿Quién era ella después de todo? “Una reverenda
puta”, como más de una vez se lo habían recordado, cuando no era
tan solo “una puta de mierda”. Y eso cuando se limitaban al
reproche oral, porque otras tantas veces se ligó un soberano sopapo
o una bruta trompada por “puta preguntona”.

Pero Marian sabía por qué tuvo que
enseñarle los poemas de Schiller, por qué la atormentó hasta que
declamara con naturalidad, cómo la presionó hasta que aprendió a
actuar, a engañar, a mentir, como solo ella lo había hecho a lo
largo de su vida. Marian sabía por qué la entrenó para reconocer
la obra de Gustav Mahler, por qué le enseñó la biografía de
Leonard Bernstein, y hasta le hizo aprender por fonética algunas
estrofas en alemán de los corales de sus sinfonías.

Era la comidilla de todo el burdel.
“¿Quién lee a Schiller en alemán?”, decían mordaces las
prostitutas. “¿Quién escucha a Mahler durante horas?”, repetían
satíricas. “¿Quién dice ‘las mujeres son una calamidad’?”.

Cuando le venían con el chisme, se
desentendía de la conversación. Bastaba que le dijeran: “¿Sabés
quién dice las mujeres…?”, para darse media vuelta y dejar a la
alcahueta hablando sola. No quería saber. No quería saber nada. No
quería que le revelaran ninguno de los secretos del dueño de
Abigaíl. Porque tenía miedo, y el miedo nunca es zonzo.

“Y la muy chota, el día de su
actuación más importante, se cagó en Schiller y recitó a Lorca.
¡Qué pedazo de turra! ¡Tanto laburo al pedo!”, pensó Marian,
como para consolarse de ese fracaso a medias. “Después de todo
—justificó la desobediencia— al tipo le importó un carajo qué
recitaba. Solo quería garchar con una muñeca de carne que había
comprado hacía años. Hijo de puta. ¡Ojalá se muera con un palo en
el orto!”.

Llamó al mozo.

—¿Te llamo un taxi? —preguntó
atento.

—No, gracias. Prefiero caminar unas
cuadras y sacarme esta resaca que me está matando.

—¿Aspirina? ¿Paracetamol?
¿Ibuprofeno?

—¿Tenés ibuprofeno?

—Sí.

—Dame dos, sé bueno.

—Yo soy bueno, un ángel. Te doy los
dos ibuprofenos que pedís. Pero este que está en la caja te los va
a cobrar como si fueran dos pastillas que curan el cáncer.

—¿Para curar la desgracia no tenés
algo?

—Para eso solo tengo un taxi a tu
casa.

—No. Me voy caminando. Sos un amor de
mozo. Si vuelvo te voy a traer un regalo.

—Te espero —dijo el mozo, contento
de que alguien, a esa hora, le mintiera con tanto afecto.

Marian pagó y salió sin rumbo. Se
quitó los zapatos de taco aguja y caminó algunas cuadras, descalza,
sin dirección. En un momento creyó ver al hombre que le había
hecho la advertencia, dirigiéndose en la misma dirección que ella.
Pero como no había visto su rostro —solo escuchado su voz
deformada por la música estridente— no tenía forma de
reconocerlo. Estaba equivocada. El mensajero ya estaba muy lejos de
allí: fue apenas una sombra que nunca nadie podría identificar.

Las sombras se parecen todas entre sí.
Apenas transmitió el aviso, salió por la puerta principal, caminó
una cuadra hasta una esquina próxima y se subió a un auto rumbo a
la General Paz para alejarse definitivamente del lugar. Lo que le
pudiese ocurrir a Marian a partir de entonces estaba en sus propias
manos. Nunca podría decir que “alguien”, desconocido y
escurridizo, no le dio una mano para zafar del quilombo. Amigos son
los amigos, quedó claro. Y a ese desconocido le debía la vida.

Muy distinto a lo que ella hizo con
Abigaíl. Al comprender la diferencia entre su suerte y la de su
pupila, sintió culpa, verdadera culpa. Pero no podía reprocharse la
cobardía: estaba abrumada y temerosa. Además, ¿de dónde iba a
sacar valentía? ¿Del faso de marihuana? ¿De una línea de merca?
¿De dónde carajo?

La negó tres veces. Esa noche la negó
tres veces sin siquiera considerar una evasiva, una respuesta esquiva
o, incluso, no responder a un mensaje del que no tenía ni idea de su
origen. No tenía confirmación, pero intuía con precisión que la
pupila estaba condenada sin remedio. “La están buscando para
amasijarla”, le dijo la sombra junto a su oído, con voz tan clara
y precisa que aún entonces podía escuchar esas palabras rebotar
insistentes en su canal auditivo. Y sin esperar al canto del gallo,
la negó tres veces como Pedro ante sus acusadores.

A “Dos Espíritus” —como la
bautizó Amílcar, el amigo de Marcia, cuando lo consultaron sobre el
niño que amalgamaba los dos sexos en un fenómeno extraordinario—
la abandonó sin prejuicios: dos espíritus desamparados, solos,
librados a su mala fortuna. ¡Esa anomalía maravillosa de la
anatomía, condenada a muerte!

“Dos Espíritus”, así de simple, ni
hombre ni mujer, como les dijo Amílcar. “¿Y qué se hace con
eso?”, recordó Marian mientras caminaba sin destino seguro,
intrigada por aquella revelación. “Nada”, respondió el artista
usando su WhatsApp como un oráculo. “Nada”, repitió seguro.

—¿Nada? ¿Así de simple, nada?
—cuestionó ella, desconcertada por el dejar hacer que proponía el
artista. Él agregó con firmeza:

—Nada. Hay que dejarlos en paz.
Deciden los espíritus, no las personas. Ellos toman la decisión
sobre el cuerpo y el cuerpo obedece a los espíritus. Son espíritus
de amor. Hay que dejarlos que decidan en libertad. De lo contrario,
se llenan de desgracia.

Y luego dijo:

—¡Es We’Wha! ¡Es We’Wha! —Pero
Marian nunca supo a qué se refería.

Recordó que, después de hablar con
Amílcar, se cuestionó qué debía hacer. ¿Obedecer al hombre o
seguir sus instintos? ¿Dejar fluir los “dos espíritus” o
interceder para imponer un destino posible?

“Pérez y Pérez” —a quien Marcia
puso al tanto del fenómeno cuando lo capturó Moreira— le mandó a
decir que no se involucrara, que tenía un destino seguro para aquel
extraño ser. Si el espíritu dominante era el femenino, como
esperaba, se llamaría Abigaíl y nunca más Gavino. Y le aseguró
que ya había quien podría interesarse por su metamorfosis. La
encomendó cuidar esa crisálida hasta su plena transformación.

Antes de que Marian reaccionara, Gavino
estaba vendido a una sombra que, detrás de un espejo, le reclamaba
“¿para cuándo la mariposa?”, y lo vigilaba amarrado a su sexo
de cuchillos, esperando que la fruta ascendiera a su sexualidad
completa.

“¿Y por qué Abigaíl?”, preguntó
comedida. “Simple. Se llamará como la esposa del Rey David”
—explicó una prostituta de la que nadie esperaba tal comentario—.
“Será joven y bella y evitará que su ‘rey’ haga algo malo”.

Si el rey era ese frío exterminador,
dudaba Marian que una esmirriada persona de sexo misterioso pudiese
torcer en algo el destino del perverso de garras afiladas.

Cuando Marian aceptó permitir que los
espíritus decidieran, notó que el niño comenzaba a mutar sin
reparos. Cada día que pasaba, Gavino se alejaba más y más hasta
desaparecer, y Abigaíl crecía hasta completar esas complejas
alteraciones. Era una crisálida pequeña, lúbrica y deslumbrante,
que adquiría forma de Acacia cuando Marian vio la foto de la niña
muerta en el diario pueblerino. Podía creerse que una Acacia
clandestina emergía desde adentro mismo de Gavino, exponiéndose a
Marian, quien miraba abstraída aquella conversión crucial. Se diría
que Acacia anidaba en su interior, esperando el momento oportuno de
emerger, como denunciaba Eleuterio contra el niño para justificar su
pederastia.

La crisálida era también araña.
Llevaba un curare al hombro, tenebrosa; un veneno de Acacia que, en
modesta jeringa y plateada aguja de boca diminuta, caminaría por
Once hacia el destino de un espectro dentro de un freezer importado,
guardado en un exquisito mueble de caoba lustrosa. Y esa cuchilla
enorme que esperaba su gañote como escasa caña de un bambú
sangrante, la decidió a huir para morir luego a las trompadas, desde
la altura de un noveno piso.

La crisálida desventurada, de ese modo,
se haría mariposa y ensayaría un vuelo desde una altura fatal,
ponentina, a donde un ventanal miraba de par en par, desplegado y
encolerizado. Esa crisálida a hurtadillas, rescatada del bruto,
mariposearía hasta una tarde y noche del tamaño de una melancolía,
y moriría fatal, irremediable, baldía. Marian siempre pensó que a
Abigaíl la esperaba un tiempo breve, un solo soplo, espectacular,
inédito y finito. No mucho más del tiempo que viven las mariposas.
En eso no se equivocó.

El frío de la mañana logró sustraerla
de sus angustias. Un patrullero con un par de policías gordos pasó
cerca de ella. Tuvo la impresión de que iban a abordarla. Su imagen
invitaba a una requisitoria policial. Sin embargo, solo aminoraron la
marcha, la observaron con detenimiento y siguieron su camino. Tal vez
el frío los disuadió del interrogatorio.

Recordaba el encuentro con el senador
lujurioso. Bien le cabía aquel “viejo verde”, como el del tango,
pero refinado. Le debía el favor porque fue él quien accedió a
presentar a Abigaíl en sociedad. Eso le dio cabida en un ámbito al
que nunca hubiera podido acceder por sí misma. ¿Podía ser ese su
salvoconducto? Lo fue para Abigaíl, para ingresar a la elite; ¿por
qué no para ella, para escapar de sus verdugos?

Marian, conocedora de los gustos del
afamado legislador, lo invitó a conocer a su protegida. Fue una
orden directa de “Pérez y Pérez”. Marcia le insistió hasta el
hartazgo. Ella, aunque lo disimulara, sabía bien quién era Marcia y
de su condición de orgánica de la Agencia, y que en esa condición
radicaba su inexplicable interés en que cumpliera la orden. Era la
administradora del burdel, aunque siempre quería venderse como una
esforzada colaboradora. El control sobre el dinero y la información
era la clave del lugar.

Cumplió la orden y arregló un
encuentro con el político amigo. El opulento senador llegó puntual
a la entrevista que le propuso; la descripción que le hizo por
teléfono lo había impresionado vivamente. Suspendió todas sus
actividades: estaba ansioso por conocer a la persona que la madama le
ofrecía. El hombre puso algunos reparos por el día y la hora
elegidos por la mujer. Cuando sesionaban las comisiones solía ser el
primero en dar el presente; nunca había faltado a ninguna de sus
reuniones. El presentismo era una presea que pocos, muy pocos, podían
ostentar. Él era uno de los agraciados, invicto hasta ese momento.

El cuerpo colegiado aceptaba que sus
miembros podían ser más o menos incapaces, más o menos corruptos,
más o menos oportunistas. Esos eran atributos que definían a un
político burgués que se preciara, y sobre eso no podía haber
mayores contratiempos.

Algunos senadores podían mostrarse
recelosos ante la mediocridad exhibida por ciertos pares. Y estos, a
quienes se tildaba de incapaces, afirmaban que los primeros
exageraban la nota para hacer pasar desapercibida la corruptela que
los señalaba.

Pero en cuanto al oportunismo, la cosa
era bien diferente. La mayoría coincidía en que el oportunismo, en
política, no debía considerarse un defecto y mucho menos una
inmoralidad. Nada en la política burguesa bien entendida resistía
el patrón de la moralidad. Ese podía merecerse para asuntos de
familia, y hasta por ahí no más. Los asuntos familiares a veces
eran tan complejos que la sola moralidad resultaba inútil para su
consideración.

¿Cómo conjugar la moralidad con los
vaivenes de los bienes gananciales o de las herencias cuando fenecía
algún miembro adinerado? Fuera la lucha por el reparto de bienes o
por las acreencias de una herencia afortunada, los enfrentamientos
hacían añicos la moralidad de sus contendientes. Por ello hubo que
retirar toda consideración moralina de esos eventos mundanos
circunscritos al poder del dinero.

En cuanto a la moralidad como virtud
aristotélica o cristiana —para quienes, sintiéndose occidentales,
preferían ubicarse en las verdades del Nuevo Testamento y no en las
abundantes enseñanzas del filósofo griego—, no parecía ser la
senaduría el ámbito más apropiado para abordarla.

El oportunismo era una herramienta viva
de la política moderna “globalizada”. Y hasta podía redundar en
virtud si se lo sabía usar en el modo y momento correctos.

Siempre, para morigerar sus efectos poco
nobles, debía recurrirse a la palabra “patria” para sazonar el
plato del oportunismo que se presentaba en la mesa de facciones o
sectores en pugna.

Patria, bien común, interés general:
eran como la santísima trinidad en la religión católica. Por sí
mismas explicaban que el oportunismo de carácter patriótico estaba
fundado en los valores intrínsecos de la nacionalidad y exponían
una virtud por excelencia: la de aquellos capaces de abandonar el
interés de la parte que hasta entonces representaban, para
subsumirlo al interés del todo. Se sabía que el todo siempre estaba
por encima de las partes. Los “todos” cambiaban de color, y las
partes se hallaban en derecho de imitarlos.

No se aceptaba que el oportunismo
expresara una avivada de quienes cambiaban de bando a su
conveniencia. De modo alguno. Se trataba de quienes eran capaces de
abandonar su espacio faccioso para rendir tributo a los intereses
superiores de la nación en su conjunto. Y eso era una virtud, nunca
un defecto.

Mediocridad, corruptela y oportunismo
podían ameritar debates y justificativos. Pero el ausentismo era
considerado, por el conjunto, una afrenta a las obligaciones
indelegables que imponía la representación de las provincias. Hacía
a la causa del más puro federalismo estar siempre presente en las
reuniones y en las sesiones ordinarias o extraordinarias.

Solo en esas oportunidades se podía
exclamar a viva voz: “Señor presidente: ¿No hay nada para las
provincias?”, y sentarse en el curul senatorial a esperar que el
peculado federal asistiera con fondos coparticipables para satisfacer
las demandas de los señores legisladores.

El presentismo había generado un
ritual. Si era por la mañana: café con leche y abundantes
medialunas. Si era a media mañana: un oportuno tentempié calmaba
los jugos gástricos, muchas veces fomentadores de ruidos
indeseables, y daba curso a suculentos almuerzos que amenguaban las
fogosidades del debate puntilloso de leyes que nunca nadie habría de
respetar en donde fuera.

Difícilmente los sorprendiera la tarde.
Pero si por alguna contingencia la noche los convocaba al tratamiento
sobre tablas o al debate interminable, entonces la liturgia
legislativa incluía porciones iguales de sensibilidad social,
preocupación por la soberanía avasallada e intransigencia en los
postulados doctrinarios. Luego, a dormir, solo o bien acompañado.

Pero ese día, a esa hora, la invitación
de Marian gatilló la curiosidad obscena del señor senador y lo
obligó a decidir por su primera ausencia. Se sintió como el joven
que debuta por primera vez ante una experimentada mujer de la calle.

Se justificó argumentando que, por esa
única vez, estaría ausente de sus obligaciones, pero lo serenaba
considerar que, a pesar de ello, ni la República ni su amada
provincia estarían en peligro. Y si lo descrito por Marian se
aproximaba en algo a la verdad objetiva, su falta se hallaría
plenamente justificada. No solo de política vive el hombre. No solo
de patria se nutren los ideales.

El lugar donde Marian arregló el
encuentro era algo apartado. Su ubicación se la hizo llegar a una
cuenta de Gmail que figuraba con un nombre extraído de los infinitos
listados que se intercambiaban los legisladores para diferentes
necesidades. En el mismo correo en el que mencionaba el lugar,
adjuntó un mapa con el camino más directo. No cabía la excusa de
la distancia o del extravío.

En cuanto a su seguridad, Marian le
garantizaba total discreción. Se había revelado en esos años como
una eficaz proveedora, atenta y discreta, capaz incluso de razonar
los precios cuando el cliente consideraba que el exigido era
excesivo. Marian nunca regateaba: lo consideraba de mal gusto. Sus
clientes lo sabían y se cuidaban de ello. Nada peor que tener en los
lupanares fama de amarrete. Después de todo, se trataba de fondos
del Estado que, en carácter de reservados, estaban destinados al
gasto a discreción del cuerpo senatorial. Todo lo que se les
reclamaba a los legisladores era prudencia, mesura, discreción.
Asesorías, subsidios, viáticos y refrigerios permitían solventar
los gastos no oficiales con holgura. A cambio, inteligencia.

El senador llegó a la casa de citas
como estaba previsto. Su chofer fue licenciado por algunas horas.
Expresamente le ordenó que aprovechara ese tiempo para disfrutar del
paisaje. Lo premió con un extra para que pudiera adquirir alguna
artesanía local con que obsequiar a la esposa. Marian lo recibió
con efusiva alegría. Se abrazaron como solo se abrazan dos viejos
amigos que cultivaban la fraternidad entre delicadas sábanas de
seda.

El hombre estaba inquieto, decidido a
comprobar con sus propios ojos los encantos de los que se le había
hablado con tanta enjundia. Pero la situación adquirió otro
carácter, inesperado. Marian le propuso un trato a cambio de un
favor inapreciable. Al senador se lo notaba a disgusto. No esperaba
que cambiaran sobre la marcha la convocatoria. Dar vuelta la taba de
ese modo era simplemente trampa. Y los tramposos nunca tenían buen
final, se lo advirtió irritado.

Marian se disculpó. No había voluntad
de trampearlo. Quería lo mejor para su pupila. Y no era que
considerara que el senador no podía calificar con holgura en esa
consideración. Pero lo puso al corriente de la historia de la
muchacha y le dijo que la había tomado como una hija.

Nunca le había ocurrido algo así con
ninguna de sus chicas. Y eso que conoció y ofertó decenas. Pero
este caso era especial. Necesitaba que él, como amigo, la
comprendiera. El hombre estaba tan furioso como confundido.

Por fin, Marian convocó a Abigaíl. El
senador, al verla, quedó estupefacto. Desde donde estaba junto a
Marian la observó tratando de descifrar la figura que se le
presentaba. Le hizo un gesto para que se aproximara. Abigaíl dudó,
pero obedeció la seña que le hizo Marian, ordenándole cumplir con
el pedido del hombre.

Quedó a poco menos de un metro del
senador, quien la miró en detalle: su cabello, sus aros, sus ojos
con ese tono de acuarela, la nariz delineada a la perfección, los
labios cincelados. El cuello, su pequeña figura, su armoniosa
altura. Le pidió que diera una vuelta. Abigaíl giró sobre sus
talones. No llevaba tacos, solo unas chatitas de cuero crudo color
beige. Mostraba su juventud perturbadora. Incluso parecía menor de
lo que le habían dicho.

—¿Qué edad tenés, nena?

—No sé. No sé mi edad —respondió
ruborizada.

—¿Cómo no sabés tu edad? —preguntó
extrañado el senador.

—Es indocumentada —explicó Marian—.
La familia no la anotó nunca. Supone que tiene diecinueve —dijo
dieciocho por decir una edad.

—¡Diecinueve años! ¡Quién los
tuviera! —Le hizo una seña para que Abigaíl se alejara—. Quiero
hablar a solas con vos.

—Lo que quieras —aceptó la
meretriz.

Abigaíl se fue por donde vino. Su
silueta se desvaneció como un espejismo. El hombre la siguió
boquiabierto hasta perderla.

Hombre habituado a lides complejas, sin
embargo, no podía disimular su enojo. Al mismo tiempo, estaba
impresionado por la presencia de quien tanta preocupación mostraba
Marian. Dudaba si marcharse sin mediar mayores comentarios o
someterse al largo monólogo que lo esperaba, si pedía a la mujer
una explicación sobre todo ese embrollo.

¿Desperdiciar el viaje? ¿Guardar
rencores? Un viejo amigo le había dicho en alguna oportunidad:
“Nunca cortés un piolín porque no sabés cuándo lo vas a
precisar”. Esa era una de esas circunstancias en las que la
disyuntiva era cortar el piolín o conservarlo tal cual, esperando la
oportunidad para sacarle provecho.

—Te escucho, Marian. Explicame de qué
se trata.

—Quiero que la ayudes.

—¿“La” ayude? —el senador
exageró el artículo “la” para que Marian comprendiera
claramente que sabía que se trataba de un travesti como no había
visto en su vida, pero travesti al fin.

—Quiero que la pongas a trabajar con
vos en el Senado.

—¿Te volviste loca? Soy senador, no
una agencia de colocación.

—Con la ley de identidad vas a quedar
de diez con esta preciosura.

—Ni en pedo, Marian. Todos votan la
ley y después hacen chistes sobre putos. ¿Vos creés que a alguno
de nosotros le importa esto de la igualdad de género? No seas
boluda, Marian, por favor. Queda bonito, da votos. Seamos francos:
solo se trata de seguir las encuestas. Si lo ven, lo único que van a
querer es cogérselo de la noche a la mañana. Hace veinte años que
soy legislador. Sé de qué hablo, creeme.

—Pero yo en vos creo, en vos confío
—respondió demagógica Marian.

—Te agradezco tu confianza. Vení a mi
provincia, radicate allá y votame. Y si me presento a presidente,
hacé campaña por mí.

—Por vos hago lo que me pidas.
Presentala en sociedad. Cualquier otro que la presente no va a servir
para nada. Pedime lo que quieras.

—¿Qué querés decir con eso?

—Vos tenés amigos, relaciones,
contactos. Podés ayudarla. Lo que me pidas te doy a cambio de este
favor.

—Eso… eso… eso me interesa. ¿Estás
segura de lo que me ofrecés?

—Segurísima.

—Me refiero a lo que dijiste: “por
vos hago lo que me pidas”. ¿Lo que te pida? ¿Estás segura? ¿Eso
te incluye a vos?

—Desde ya.

—Estoy sorprendido. ¿Hace cuánto te
dije que te vengas conmigo?

—Mucho tiempo.

—Y por esto… esta… lo que sea,
¿serías capaz? ¿Qué te agarró con este asunto?

—No importa. Es lo que quiero. No voy
a tener hijos. No tengo sobrinos. Mi vida es una mierda. No quiero
irme al infierno de una. Dame una posibilidad de entrar al
purgatorio.

—¿Y porque protejas a un travesti te
van a dar boleto para el purgatorio?

—Sí, hablé con Dios y me dijo que
hablara con vos. —El senador no pudo disimular una sonrisa de
resignación.

—¿Y cómo lo presento? Porque parece
una mujer, pero es un hombre.

—No, no es un hombre, ¿o no ves un
carajo? ¿No la viste o querés verla de nuevo?

—Sí, la vi, pero…

—Es mujer, gordo, ¡es mujer! Tiene
documento de mujer. Y además es “dos espíritus”. —El senador
quedó intrigado.

—¿Dos qué? —preguntó curioso.

—“Dos espíritus”, una condición
extraordinaria. —El hombre no alcanzaba a comprender a qué se
refería la mujer—. Tenés un amigo que la conoce.

—¿Quién?

—Un pintor, un artista, se llama
Amílcar. Él sabe de quién se trata, él nos dijo que es “dos
espíritus”.

—¿Amílcar? ¿Estás segura?

—Segurísima.

—No sé qué decirte. —Dudó
confundido.

—Que me vas a ayudar. Vos me ayudás,
la ayudás y me tenés a mí. ¿Qué más querés?

—Voy a hablar con Amílcar, entonces.
¿Qué estudios tiene tu protegido?

—“Protegida”, no seas jodido —lo
reprendió Marian—. Yo la eduqué, sabe de todo, le enseñé a
leer, a escribir, es una luz. Tiene una memoria prodigiosa. Recita
poemas como una diosa. Si recita a Lorca te hace llorar.

—¿Vos creés que un poema de Lorca me
pueda hacer llorar? —incrédulo respondió el senador—. Yo nunca
lloro y menos porque me reciten a Lorca.

—No importa lo que vos creas. Cuando
la escuchés te va a hacer llorar, te lo garantizo.

—Así que no tiene estudios.

—Tiene, tiene, no seas pesado. Vos me
vas a ayudar a que rinda y tenga título.

—¿Sabés lo que estás haciendo?

—Seguro. —Firme, Marian ratificó su
oferta.

—Mirá que estás haciendo lo mismo
que el Fausto: firmás un contrato con el diablo.

—Si vos sos el diablo, voy tranquila
al infierno.

—Dejame ver qué puedo hacer. Yo me
comunico con vos por lo de tu “pupila”, pero vas a tener que
cumplir con tu palabra.

—Pedí, pedí lo que quieras.

—Hecho.
Después no empieces a llorar de arrepentimiento.

El senador cumplió y Marian también
cumplió. Él presentó a Abigaíl a Amílcar, el artista amigo. Este
se ocupó de exhibirla en sociedad. Cuando la vio en persona por
primera vez, se tapó la boca con ambas manos. Repitió el mensaje
del WhatsApp: “¡Es We’Wha! ¡Es We’Wha!”. El senador quedó
perplejo al ver la reacción del amigo. Parecía sometido a un
embrujo del que solo un exorcismo calificado podría sustraerlo.
Repitió varias veces “Dos espíritus” y luego balbuceó
“We’Wha”.

Ya estaba en firme la invitación para
la inauguración de su próxima exposición. Allí la presentarían.
La invitó a una sesión de fotos. Abigaíl posó para él durante
algunas horas. Una de las tomas la amplió a tamaño natural y la
completó al óleo, una extravagancia con fuerza centrífuga que
deshacía todos los tonsurados cerrojos de los ángeles disfrazados
de blanco, con su modosito bigote nacarado bajo la perfecta nariz
griega. No había quien pudiese sustraerse a su encanto.

Esos recuerdos le confirmaron a Marian
que su único salvoconducto era el senador. Lo había tenido tantas
veces entre sus piernas que hasta había aprendido a conocer la
geografía de esa provincia por la cadencia de los testículos de su
amante. No dudó ni un instante. Lo llamó al celular que usaban para
sus encuentros. La suerte esa mañana la acompañaba: el hombre no
estaba con su esposa en su residencia, se hallaba de viaje en el
exterior.

Marian estaba desesperada, tanto que el
hombre captó su estado de ánimo por el parlante del celular.

—¿Qué te pasa? —le preguntó al
oír su respiración entrecortada.

—Tengo miedo, amor, mucho miedo
—respondió Marian en voz muy baja, temiendo ser escuchada por
algún alcahuete.

—Parece grave.

—Sí, amor. Es grave. —El hombre,
conmovido, le ofreció un plan de fuga.

—En el primer vuelo que se consiga,
venite a la provincia.

—No tengo un mango encima. Estoy en la
calle, medio en pelotas.

—¿Y por qué andás desnuda por la
calle, Marian?

—No estoy desnuda, la ropa me queda
chica, viste. Después te explico, amor, ahora no es el momento.
—Decime por dónde andás y te mando un chofer del Senado para que
te pase a buscar y te lleve a un lugar seguro hasta que puedas
viajar. El pasaje lo reservo por la gobernación, yo lo arreglo.
Decime en dónde estás. —Marian le dictó la dirección de una
casa de departamentos que ofrecía cierto resguardo—. Llamo a la
gente de presidencia para que nadie te joda, quedate tranquila, mis
votos valen. Besos.

Respiró aliviada. Se refugió en el
portal del edificio donde esperó semi escondida, hasta que apareció
el coche oficial que la recogió. Se dirigió a la casa de la
provincia donde la aguardaban. Allí descansó hasta que pudo
emprender el viaje a esa guarida prometida.

¿Y Abigaíl? Ya no era su pupila. No le
atendió el llamado. La negó tres veces. El gallo ya había cantado.
Estaba segura de que marchaba a paso sostenido a encontrarse con
Acacia, en el cielo de los santos inocentes. Como Pedro, lloró
amargamente.

***


Capítulo XXIII – Bado encapuchado 


El coro cantó. Gargantas poderosas. Músculos enarbolados. Himnos que decían del temerario ondear del pendón en la batalla. Luego, fiestas de sangres por las venas de gloria en carniceras batallas. Fuegos torrenciales y, más allá, la gloria.
¡Oíd, mortales, el grito sagrado!
La espada predijo. Centauros llaneros, centauros arribeños desharían las carnes y las armaduras de los duros llegados allende los mares. Indomables repetirían, asombrados, los himnos de los Libertadores y, a pura emoción, subiendo por las sangres de sus cuellos hasta sus henchidas lenguas, repetirían sus oraciones peregrinas recordando los odios con que fueron agitados. Incinerarían a los antiguos perseguidores de imperiales dolores y espadones sombríos.
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
La tierra implacable fulguró su semilla. Sagrados huracanes subversivos. Vientos llevando la almendra hasta el rincón más augusto. Los sonidos alzados en batalla, más allá de las deslumbrantes alturas, se enarbolaron acantilados e implacables. Volcanes esparcidos en magmas salidas a pura cacería, como fuego bendito, quebraron el hierro como un mudo collar de primaveras.
¡Oíd el ruido de rotas cadenas!
La piedra, en su dominio, vitoreó la victoria. Furias de pólvoras, escarmientos hasta postrar al opresor en las tierras de Tumusla.
¡Ved el trono a la noble igualdad!
Gargantas poderosas. ¡Oíd, mortales, el grito sagrado! Centauros llaneros, centauros arribeños. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Sagrados huracanes sublevados. ¡Oíd el ruido de rotas cadenas! Furias de pólvoras. ¡Ved el trono a la noble igualdad!
Puma, tormento, suplicio, escalofrío: toma tu herencia y precipita la historia juntando las furias de todos los oprimidos. Baldomero nombró y dijo, en una guerrilla de relámpagos, un humano momento donde cae la gota de la vida pasajera.
Luego el coro cantó:
Esta herencia llevas en tu invocado cuerpo / Los que te dieron la patria amontonan sus rumores / Advierten de intenciones aviesas / De puños reunidos de puñales traicioneros / Y claman la voz pedregosa en un aullido / Ten cuidado, Bado / Tu nombre, dos sílabas humanas / Enarboladas como un relámpago rojo / En la cresta sublime del suplicio / ¿A dónde va tu corazón? / No hay ave negra / Que perturbe tus sueños amurallados / Solo el valiente arremete a la garra sanguinaria / En su vuelo de la muerte cada noche / Bendito tú eres entre todos benditos / Te cegarán los ojos / Como a Hipólito te arrancarán la lengua / Tus pedazos esparcirán en cuatro direcciones / Y ahí estarás excelso / Diciendo a dónde dirigirnos / Para alcanzar la victoria / La Revolución suena vigorosa / Es un bien necesario / Los lobos hambrientos / Vistieron sus pieles esa amarga noche citadina / Nada será igual cuando los alcance la Justicia.
Fue necesario repasar la historia para palpitar el canto del coro. En sus voces no había desesperanza; sí sombra de verdugo, navegando tristeza en un río de sangres. Y había amor, y había odio. “Para todo hay un tiempo señalado, tiempo para todo asunto bajo los cielos; tiempo de amar y tiempo de odiar”. Así decía Bado cuando le hablaban de esos sentimientos. Y con ellos, asidos fuertemente, tomaba su tarea sin distraerse de su verdadero sentido.
Tenía un nuevo documento para entregarle a Sousse: la “Orden del día N.º…”. Número y fecha borroneados; ignoraría la queja si el alcahuete protestaba por los borrones. Bado no sabía si el documento estaba en esas condiciones o si sus superiores habían decidido ocultar esos datos. La “Orden…” resumía una reunión en Buenos Aires. La leyó varias veces para comprender su sentido. Había varios nombres, todos en iniciales: “PyP”, “ALH”, “JVR”, “TM”, y otros que también parecían tachados o recubiertos con blanqueador.
Luego del resumen, autorizaciones de dos asesinatos encomendados a las jaurías en el norte. Una parte del texto de la “orden” había sido expresamente suprimida. Bado suponía que en ella figurarían los nombres de las víctimas. Por eso convocó a “Acacia Negra” al periodista: para darle ese nuevo testimonio que alimentara la hoguera.
Sousse ya había traicionado, como lo hizo Francisco el tío, hacía siglos. Entregó la lengua, los brazos, las piernas, la cabeza, las entrañas del mensajero, y se sentó a esperar cómo lo descuartizaban de a poco y luego hacían una pira cruel donde reducir a cenizas las glorias de las carnes del combatiente.
El periodista, durante la breve conversación en el bar, hizo referencia a un suceso por demás silenciado: la muerte del coronel Arancibia López Huidobro, o Podestá, como lo conocían en los suburbios de la inteligencia, por capricho de un sicario que lo comparaba con los púberes masturbados de un cine clase “C”.
La Logia conocía con precisión la muerte del asesino del suboficial “Pérez”. Podestá no murió asesinado, como hacían correr por los canales subterráneos de la Agencia. Eso era “marketing” de la nueva modernidad: héroes de teflón. No hubo heroísmo en esa merecida muerte. Una catarata de droga se encargó del asunto. Sabían hasta el nombre del morfínico cóctel: “Juana de Arco”, vendida entre los lúmpenes como “la verdadera heroína”.
El hombre no dijo “¡Viva la patria!” mientras se la inyectaba. Ni imitó a aquel grande, gritando “¡Muero contento, hemos batido al enemigo!”. Nada de eso. Ni una cuota de dignidad en su muerte. No inspiraba orgullo ese final de adicto. Histérico, perdido, lunático, solo gritó: “Apurate, ¿qué esperás?”, y repitió el pedido un par de veces. Luego expiró babeando un rencor de sepulturas.
Bado, cuando fue a la reunión, estaba al tanto de todo. Ya no escuchaba el coro con su larga advertencia. Su voz era distinta y él la percibió con serenidad. Reconoció que los viejos supieron la verdad desde que llegó la oferta por primera vez. El coro le dijo, entonces:
“Ten cuidado Bado. / Los lobos adquieren apariencias extrañas / En las noches oscuras / Para devorar furtivos / Se esconden en los humanos límites estrechos / de frágiles sentimientos / Porque no pueden ser el amor / Solo las muertes entregan / Luego de saborear la carne humana / Húmeda y fresca / El hombre es el lobo del hombre”.
También le dijeron que muchos de los que conoció o habían sido asesinados, o estaban por morir, descartados como ocurría con ese material que usaron para un fracaso que aborrecían. El fracaso era la pantalla: una escaramuza antes de la cacería.
De todos modos, nunca nadie se atrevería a decir palabra condenatoria contra los que se arrimaron a la Logia a través de Bado. Solo ellos conocían qué buscaron o qué quisieron hacer. O si sabían lo que realmente estaba sucediendo. Eran títeres y no manipulaban los hilos. Simples peones en un tablero en el que no podían ver mucho más allá de sus escaques.
Pero todos debieron reconocer que, como dijo Marlene esa tarde, ese “hijo de puta, pervertido, drogadicto, un asesino” estaba muerto, rindiendo cuentas en los fuegos del infierno.
Bado caminó algunas cuadras para alejarse del bar de la reunión. Repasó una y otra vez el encuentro. Examinó lo hablado. “Este es un documento nuevo. Lo comprobarás por vos mismo”. Fue lo primero que le dijo, mientras el mozo insistía con un par de medialunas para acompañar los cafés.
Sousse tardó en responder, vaciló. Recordaba verlo revolver el café una y otra vez, infinidad de veces. Exagerando. La vista fija en la taza, acompañando el caprichoso giro de la espuma amarronada del cortado americano. ¿Pensaba en algo? Imposible saberlo. ¿O esperaba otra noticia? Dilataba la conversación deliberadamente.
Recordaba cómo llevó su mano derecha al bolsillo de la chaqueta. ¿Tendría un arma? Parecía un cobarde, pero de ellos había que cuidarse especialmente. Bado estaba convencido de que su intermediario no tenía pelotas para asesinar a nadie de frente, cara a cara, y menos a la vista de todos, sin reparos. Mataría, sí, pero entre velos de ataúd, para invisibilizar su traición.
Como se supo luego, se desentendió de Marlene, hecha harapos de sombra en la sala de un hospital público. Él revolvía su taza de café sereno, mientras la otra, entre ojeras de muerte, funebreaba unas lágrimas en púas, hasta disolverse en un barro costroso, inanimado, de una tumba juvenil sin nombre. “Otra NN”, dijo el sepulturero que ya había perdido la cuenta de los que llegaban sin nombre hasta su última morada.
Repasaba en su memoria cómo al hombre le costaba hilvanar una frase, una oración sencilla, conjugar un verbo, improvisar una broma. Balbuceaba y quedaba así, suspenso, como mal paralizado.
Sousse hacía como que hablaba, pero callaba. Bado reconsideraba los detalles de los gestos, las expresiones que se iban acumulando en su semblante. Y esa piel que perdía su apariencia humana e iba tornasolando al color de los fermentos, estrangulando las venas, para hacer más exangüe el gesto de la perfidia en ciernes.
Después de un buen rato de estar varado en la intrascendencia, Sousse atinó a relatar algo que parecía un fragmento acotado de un hecho real. Sin dejar de revolver el café, dijo: “Conocí a un tipo que dijo que participó en la operación, esa de la que me hablaste”.
La expresión “esa de la que me hablaste” le sugirió a Bado que el hombrecito no quería llamar a las cosas por su nombre. Habló como quien sabe a ciencia cierta que es inconveniente mencionar un asunto. Por eso Bado no dudó en hacerlo: le respondió claramente y alzando levemente la voz: “¿En la operación La Reliquia?”. Repitió: “La Reliquia, ¿a esa te referís?”, con tranquilidad, mientras no le sacaba el ojo de encima. Este afirmó con la cabeza. Reconoció que sí, que a esa operación se refería.
Pero no pudo explicar por qué ese supuesto integrante del grupo que operó en el norte para cumplir la orden de liquidar al ilustre tendría alguna necesidad de revelar su secreto. Cuando lo interrogó sobre por qué hubo de franquearle esa verdad, Sousse no supo qué responder. Bado recordaba que solo le dijo: “No sé”. Y agregó: “El tipo debe estar atrás de mi investigación”.
La “investigación”, como la llamaba Sousse, era en realidad intrascendente. Todo a lo que podía tener acceso era insignificante, de poca importancia. Ninguna revelación iba a resultar significativa. Ni siquiera la “Orden del día N.º 5” ameritaba tomarlo como confidente a semejante mediocre. Tanto Bado como sus perseguidores sabían que la sola intención de conectar a Sousse era restregarles por las narices el documento manuscrito del perverso muerto. Y advertirles que tenían más, muchos más, para divulgar cuando fuera conveniente. Allí iba otro, para que no dudaran de que así era. Doce cajones cargados de documentos esperaban salir a la luz sin apuros, para alterar a más no poder los ánimos de esos modernos fariseos.
Tanto la Logia como sus perseguidores usaban a Sousse como un simple transmisor de amenazas acotadas, de las que él no estaba en condiciones de asignar su verdadera importancia y, menos aún, de discernir si se trataba de verdades —aunque fueran a medias— o falsedades lanzadas al ruedo para confundir u hostigar a una parte o a la otra.
Bado trató de rodear el asunto reclamando detalles. Por eso indagó dónde conoció al tipo que le confesó su participación en la operación. “No te lo voy a decir”, dijo excusándose. Y agregó, malintencionado: “Mirá si te mandás por tu cuenta y hacés una cagada”. Bado no lo puteó por un simple reflejo. Lo hubiese merecido.
Sousse siguió justificándose. Agregó que no había informado de ese subrepticio encuentro ni al director de su diario, que en definitiva era quien había aceptado llevar adelante la mentada investigación contratándolo para ello. —No sé si va a querer seguir con esta historia —intrigante, Sousse exageró la posibilidad de que el diario decidiera abandonarla—. Cacho estaba remiso a meterse en este asunto. Incluso cuando leyó ese papel de mierda me quiso sacar de la investigación. —Agregó para exagerar las preocupaciones del director. Y remató sus argumentos adjudicándose una acción definitoria: “Acordate que lo convencí yo”.
Bado sabía que esa afirmación era pura arrogancia. Sousse no podía convencer a nadie, y menos a Cacho, quien lo consideraba un adicto irrecuperable, un mediocre y hasta un pusilánime, y se lo hacía notar en cada oportunidad que se le presentaba.
En su repaso de los hechos, Bado trataba de valorar el nerviosismo que Sousse fue mostrando a medida que pasaban los minutos. Cuanto más tiempo pasaba, más nervioso se lo notaba. Se exaltó cuando Bado lo cuestionó. A cierta altura de la reunión fue notorio que Sousse entró en un estado de manifiesto desasosiego.
Lo último que se preocupó en repasar fue la mención del nombre “Arancibia López Huidobro”, que el periodista introdujo como un ariete en la charla. “Me habló de un tal Arancibia López Huidobro”, le dijo insinuante.
Bado, acostumbrado a esos virajes violentos en una entrevista, no se dio por aludido. Y al revisar ese tramo de la conversación, su sensación de que esa era la trampa a la que lo estaba induciendo Sousse se hizo más elocuente. La pregunta inadecuada “¿Lo oíste nombrar?” acentuó esa impresión.
Cuando se intercambiaban “figuritas”, se quejó Bado, había que saber escuchar y nunca preguntar para no incomodar. Era una regla que Sousse sabía y practicaba, y la había quebrado sin mediar justificativo alguno. Por eso su respuesta fue atinada y precisa: “Nunca”, dijo terminante. “No tengo ni idea quién puede ser. A ese tal Arancibia López Huidobro nunca lo oí nombrar.”
Allí se terminó la conversación. Cada uno a lo suyo. Si tenía alguna novedad, lo convocaría como habían convenido: solo un mensaje, nada de llamados, nada de palabras. —¿Vos tenés ese archivo? —fue lo último que Sousse le dijo antes de que abandonara el bar.
Bado giró sobre sus pasos y volteó para mirarlo. —¿Sos pelotudo o te entrenás todos los días? —le respondió, repitiendo una expresión que Cacho solía usar contra Sousse muy a menudo y que, confidente, Marlene le había confesado.
Salió del bar y caminó rápido, las manos en los bolsillos, la cabeza gacha, la gorra ajustada sobre las cejas. Llegó a la intersección de una avenida. Se detuvo mirando la vidriera de un negocio de ropa masculina. Trató de captar, por el reflejo del vidrio, si alguien enfrente caminaba a su par tratando de pasar disimulado. Sin llegar a relajarse, la ausencia de cualquier extraño en el bar le dio la seguridad de que no estaba siendo seguido.
Solía ser cuidadoso para entrar o salir de un encuentro. Trataba de captar los detalles del entorno, las fluctuaciones en el tiempo, las disonancias de los sonidos, las alteraciones del movimiento. Lo fue en esa oportunidad. Cometió otros errores, pero no esos.El bar no estaba tomado, como tampoco sus inmediaciones. A simple vista no notaba nada que anunciara un seguimiento. Las persecuciones, por otra parte, desde hacía bastante tiempo se realizaban por cámaras. El seguimiento directo, físico, tenía por objetivo amedrentar más que develar desde y hacia dónde se dirigía una persona.
Las cámaras eran un escollo difícil de sortear. La cabeza gacha, la gorra con visera, lo poco que tenía a mano para disimular su rostro. Desde que se desarrolló el software para el control social ya no bastaba con cubrirse para esconder la cara. Las dimensiones antropométricas de cada individuo podían ser captadas y guardadas en una rica y compleja base de datos. De los recién nacidos, fotografiados de cuerpo entero, se podía proyectar su futura complexión física con enorme porcentaje de acierto. Así como con el cuerpo, su fisonomía.
Aferrado a sus hábitos, dio varias vueltas a la manzana. A favor del tránsito y contra este. Luego buscó un taxi. Más tarde, el subte. Revirtió su campera, que de un lado era color marrón y del otro, gris perlado. Hizo todos los cortes que consideró necesarios para no servir de lazarillo de algún perseguidor enganchado con o sin conocimiento de los movimientos de Sousse.
No estaba a más de diez cuadras de su departamento. El semáforo interrumpió su marcha. Podía haber corrido, aprovechando el tiempo que tardaron los conductores en poner en marcha sus vehículos. Pero al dejar pasar ese par de segundos de ventaja, debió esperar en la esquina a tener el paso seguro.
Una combi frenó de golpe frente al lugar en donde estaba parado, esperando que cambiara la luz del semáforo. No la vio venir. Recordaba, mientras trataba de recuperar la lucidez, que lo tomaron de los brazos y lo arrastraron hasta la camioneta. Una vez adentro, la puerta se cerró con violencia y el vehículo se puso en marcha a alta velocidad. Aun en el piso, lo encapucharon; luego sintió ese golpazo que lo desmayó.
A partir de entonces no pudo ver nada. La capucha no solo se lo impedía, sino que lo ahogaba: no podía respirar con facilidad. No supo cuánto viajó ni a dónde lo llevaron. Se despertó cuando lo bajaron de la combi con un puntapié en los riñones. Cayó al piso, que parecía anegado. Era agua sucia, servida, estancada de varios días, tal vez de una afluencia de un caño pluvial. No le pareció cloaca.
Lo levantaron entre dos personas y lo arrastraron unos metros. Lo sentaron en una silla metálica. Allí lo amarraron. No recordaba cuántas veces lo trompearon. Sí, que le preguntaban con insistencia: “¿Quién es tu jefe, pendejo?”.
“¿Mi jefe?”, pensó. Sus captores repitieron la pregunta una y otra vez: “¿Quién es tu jefe, pendejo? ¿Quién es tu jefe, pendejo?”.
Qué sentido tenía hablar de una bandera. ¿Esos tendrían un estandarte bajo el cual invocarse? Él lo tenía y lo sentía glorioso.
¿Imaginaría alguno de aquellos esbirros cómo es el ondear majestuoso de la enseña patria en los combates memorables por la independencia? ¿Cómo flamea señalando un porvenir de libertad? ¿Cómo se inflaba orgullosa en las puebladas?
Su suerte no habría de ser muy diferente a la de tantos. Lo supo desde siempre. “Yo caigo. Otro ocupará mi puesto”, se afirmaba que dijo el suboficial “Pérez” antes de dar un último suspiro.
Mientras lo azotaban una y otra vez, recordó —sin reconocer cómo— la leyenda del marqués de Yavi. Un recuerdo surgido al azar de la golpiza.
¡Juan José Feliciano! Así se sabe morir, eternamente puro. En Juan José Feliciano imaginó su destino, esperando augusto la batalla postrera. La memoria es autónoma en la muerte: sin fatigas, elige por voluntad propia cada recuerdo que alborea en el corazón un heroísmo.
Oyó cantar a Abigaíl una vez, en un bar: “Es preferible morir de pie que vivir de rodillas”. “Es preferible”, se repitió tres veces, mientras un tajo redondo abría un hueco de bordes roídos en el pecho, como entreabriendo hacia el corazón un pasadizo, para amputarlo aún latiendo.
“¿Quién es tu jefe, pendejo?”, repetían, mientras horadaban los huesos en busca de un tormento formidable. Las costillas crujían, bufaban los pulmones agobiados, se acongojaban los tejidos de tensiones.
—¿Mi verdadero jefe? El que le dijo a Juan José Feliciano: “¡Ahora es el momento!”, y el hombre huyó por las Lomas de Medeiro. Con galope furioso, galope electrizado, guiado por esas candelas azabaches que eran las palabras de Juana Gabriela, subidas en banderas a sus ojos.
A través de la capucha negra, de trama áspera y ruda, hilada en sepulturas, hasta podía suponer ese horizonte de la Salta combativa que le entregaba una libertaria parábola magnífica, a pesar de los rústicos tormentos. Entonces Bado buscó, entre sus dolores, los vínculos entre nombres y batallas, entre nombres y castigos, entre nombres y muertes.
“Juan José Feliciano Fernández Campero y Pérez de Uriondo Martiarena”. Alguien dijo ese nombre en una charla formal cuando ingresó a la Logia. Lo recordaba como si fuera el propio. Por asombro, seguramente. Nombre con aires de banderas cargadas de pólvoras, pólvoras fermentadas ya en colosales combates, cuando llovían lanzas, puñales y trompadas, y Holmberg fundía la metralla. Y el maturrango huía hacia el norte, derrotado.
Y oyó que repetían en sincopada oratoria: ¡Juana! ¡Juana! ¡Juana! Llevando las cadenas en su bella cabeza, sin delatar ni a su sombra, que la siguió a muerte hasta la sepultura. “Las mujeres son una calamidad”, habrá repetido Pío Tristán al saber del “movimiento retrógrado” que, al redoble del tambor amoroso de una patria de auroras tempestuosas, volcaba la batalla hacia el marqués, definitivamente.
¡Si se habrá maldecido ese nombre entre los godos! ¡Juan José Feliciano! ¡Juana Gabriela Moro! ¡Espía! ¡Saboteadora! Y en llanto flagrante por la patria bendita, ¡emparedada a muerte! Invencible, soberbia. ¡Divina tú eres entre todas las mujeres!
Y Gertrudis, Celedonia, Magdalena, Juana, María, Martina y Andrea, contigo, en ti, de puros ideales, benditas mujeres entre todas las mujeres, hechas legiones desesperando al invasor con sus mensajes. Mientras el otro, caído en los ruedos de Yavi, dejaba atrás las glorias del Puesto del Marqués y de Colpayo, a la vera del primo combatiente, deshaciendo a espadazos a los Angélicos, para que surgieran bermejos, hostiles, gatillados, los santos Infernales que sustentaron la esperanza de la patria.
Atrás quedó para siempre el Tucumán del Congreso, con sus proclamas de independencia, y caminó sus destinos de amarga sepultura jamaiquina, en un lúgubre bodegón de un barco hacia la tumba.
Como Juan José Feliciano, así morir no era un desperdicio. “Yo caigo. Otro ocupará mi puesto.” Será tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Y Bado pensó en el nombre “Juana”, mientras lo azotaban con más fuerza hasta despellejarle la espalda. “Como Juana de Arco. ¿Qué edad tenía Juana de Arco cuando murió?” Abigaíl le dijo: “Creo que diecinueve”. La misma que ella suponía debería tener. Nunca conoció su edad exacta, solo aquella que figuraba en el documento que le dio Marian.
“¿Quién es tu jefe, pendejo?”, coreó el verdugo. Bado ya no escuchaba las preguntas repetidas por los autómatas de los flagelos. “¿Quién es tu jefe, pendejo?” “¿De quién es este número de celular, pendejo?” “¿Dónde vive el puto con el que te juntás, pendejo?”
Lo despabilaron con un baldazo de agua helada. El agua, la capucha, el calor, hacían irrespirable el poco aire que le llegaba. Estaba abombado. Escuchó que una voz diferente cambió la pregunta: “¿Quién es el puto con el que te juntás, pendejo?”
¿De quién hablaba la voz inquisidora? ¿De Acacia? ¿De Gavino? ¿De Abigaíl? ¿Eran esos los nombres de la tríada espía, develando misterios y asomando la muerte del perverso en una triunfal aguja pavonada?
Detrás de la golpiza se perdían las preguntas. Sintió, entre las amarras que lo sujetaban a la silla, el roce de tres cuerpos que le intentaban respuestas a esa hora del castigo.
Un cuerpo no tenía cabeza. Brutal, decapitado, en cuclillas y arrinconado en degüello en la encrucijada de unas raras paredes de un cuartucho roñoso, mirando a través de sus amputaciones el ir y venir de una cuchilla enorme que manaba sus filos delgados como los vellos de su angelical pubis. Un Mateo iracundo convocaba con su exigencia cruda al homicidio.
¡Muerte al ojo que mira! ¡Muerte a la mano que acaricia! ¡Muerte al pie que anda a su albedrío!
El filo pederasta se masturbaba entre desesperaciones y eyaculó un golpazo que sesgó el pescuezo pequeño como a un tallo jugoso. Ni vio venir el golpe matador desde esa altura enorme contra su frágil acurrucamiento en el oscuro rincón de ese cuartucho. Mientras rodaba la cabeza sin destino, el hombre limpió con su lengua la sangre acaballada en el borde opacado del cuchillo.
Bado creyó que hasta podía tocar la sangre que serpeaba entre el pecho y la ingle de la muerta. Y pegado a su capucha negra, ese hombre de olores hediondos, que ni cerca ni lejos aspiraba alucinado el perfume de un clítoris impúber, le daba también una brutal azotaina con su vara de sauce, para que revelara el secreto de los dos espíritus.
Detrás del hombre que lo golpeaba inmisericorde, podía ver al niño que pendía de un árbol en los fondos de una casa en ruinas. El rancho era un promontorio en medio de un escampado de desgracias. Por una ventana que miraba a un horizonte de indiferencias, la mujer bebía su brebaje humeante. Y una furia de azotes caía a cada uno por igual en ese preciso instante: a Bado, atado en esa silla metálica y fría; al niño, colgado de la rama ampulosa.
El que era niño caía de repente, desde la altura de un aparejo nefasto que chirriaba energúmeno tres risitas melosas. Caía en estado de muerte. De sus gruesas heridas, que reptaban a su albedrío por la espalda abriendo surcos profundos en los frágiles tejidos, manaba también sangre en abundancia.
Cuando la sangre tocaba la tierra, se hacía costrones como raras pepitas y brotaba de angustias unas germinaciones negras que buscaban los soles para alimentarse. Luz y pura luz, y nada de agüitas prodigiosas, gastadas tiempo antes cuando todavía lloraba. Ya no quedaban lágrimas posibles. Los ojos disecados ya no sabían de emociones.
En alquimia confusa, la sangre degollada y la del azote se unían amorosas. Decapitada y flagelado, entonces, se desvanecían. Se evaporaban en dos espíritus los cuerpos, que unieron sus fluidos maravillosos con la cadencia de los golpes de una vara de sauce y al raspón vigoroso de una cuchilla asesina. Alquimia incierta. Amalgama furtiva. Tornaron ambas en irreconocible sustancia prodigiosa. Se reunían de abrazos para eternizarse de amor más allá de la muerte. Eran tres partes integrantes y un solo ser definitivo: Abigaíl. Él no sabía quién era, pero recordaba su historia.
Bado escuchó intercalada, entre golpe y golpe, la misma pregunta: “¿Quién es tu jefe, pendejo?”. En seguida, un consejo siniestro: “Mejor hablá, pendejo, porque te vamos a destrozar a golpes”.
Lo desnudaron. Arrancaron su ropa, que quedó hecha jirones. Lo sujetaron a lo que le pareció era el elástico de hierro de una cama. Pensó: “Viene la picana”. Estaba en lo cierto. A la primera descarga le sucedieron otra y otra, incontables. Y las mismas preguntas:
—¿Quiénes son tus jefes, pendejo?
—¡¿Quiénes son tus jefes, pendejo?!
—Danos los teléfonos que usan, pendejo.
—¡Danos la dirección de tu casa, pendejo!
—Danos la dirección del puto, pendejo.
—¡¿Quién es el puto con el que te encontrás, pendejo?!
Lo despertaron otra vez con agua helada. Uno de los torturadores lo sacudió por el hombro. “¡Despertate, sorete! No estamos descansando”, gritó patético el cobarde.
Mientras la electricidad recorría su cuerpo, escuchó como si alguien le hablara a la distancia. Le preguntó siniestro por Marlene
. —¿Así que vos sos amiguito de la muertita? —Bado no alcanzaba a comprender a quién se refería. Pensó en Abigaíl—. Mirá que sos boludo, hermanito. Meterte con esa pendeja reputa. Esa te hizo el entre para nosotros.
La reunión con Marlene, cuando la conoció, fue preparada. Ella lo buscó hasta que hizo el contacto. El encuentro fue en un boliche por Plaza Italia. La muchacha ofrecía vincularlo a un periodista mediocre que estaba dispuesto a trabajar unas notas sobre un asunto tan extraño como fascinante. “Un boludo”, le dijo despectiva. Después reconoció que era su macho. Tiempo después le ofreció conocer “al amorcito”. A la que le decían “Dos Espíritus”.
Fue autorizado a sostener la relación con esa muchacha de nombre falso y, luego de un tiempo prudente, a vincularse al periodista. A sabiendas de que atrás de ella estaban los enemigos de siempre. Y que al periodista después lo iban a usar para difamar a la Logia y a su prócer.
Lo del “amorcito” fue de prepo: Marlene se lo impuso sin aceptarle quejas. Los viejos comprendieron magnánimos el desajuste. Pero Bado sentía verdadera lástima por Marlene. Por eso el coro lo advertía, recurrente. Comprendía que era apenas algo mayor que una niña y, sin embargo, estaba agriada definitivamente.
No parecía desmayado. Parecía ausente mientras se repetían las voces y las preguntas:
—¿Quiénes son tus jefes, pendejo?
—¡¿Quiénes son tus jefes, pendejo?!
—Danos los teléfonos que usan, pendejo.
—Danos la dirección de tu casa, pendejo.
—Danos la dirección del puto, pendejo.
Y otra vez el agua fría, cayendo sobre su cuerpo desnudo como desde una altura imposible de medir.
Lo liberaron del elástico metálico al que estaba sujeto. No recordaba cómo despertó vestido. Supuso que alguien lo vistió, pero con otras ropas, no eran las suyas. Las que le pertenecían las mandaron a quemar. Esas tenían olor a muerte.
Escuchó una conversación que tardó en comprender. Alguien decía: “No soltó prenda hasta ahora”. Luego lo arrastraron hasta un auto y lo encerraron en el baúl.
Mientras cerraban la tapa, uno de sus captores le habló con tono funerario: —Yo soy el visitador Areche. Sabés de qué hablo, ¿no es cierto, pendejo?
Bado no respondió, pero sí sabía qué quería decir el nombre del visitador Areche.
—Vamos de tu amiguito. Se llama matar dos pájaros de un tiro. Aunque en el caso de ustedes, serían dos pajarracas. ¡Ustedes salieron de la jaula de las locas! Yo creo que a los dos les va a ir mal. ¡Qué digo mal! Muy mal. Tenemos todo el tiempo del mundo para que les vaya muy mal. Si, en cambio, hablás, tal vez los matemos sin que sufran demasiado. Pensalo bien, pibe. Se les acabó la cuerda. No vale la pena morir de esta manera.
El viaje fue corto. Aunque ignoraba dónde estuvo, supuso, al arribar al edificio del departamento de Abigaíl, que no podían haber transcurrido más de veinte o veinticinco minutos desde la cámara de tortura hasta ese destino. Salvo que se hubiese desmayado. No estaba seguro.
El auto se detuvo durante unos minutos. Uno de los hombres, credencial en mano y arma en la cintura, llamó en portería. Tocó durante un buen rato donde decía “Encargado”. La voz por el portero eléctrico se escuchó enojada, pero la advertencia del sicario amainó las ínfulas del encargado. El hombre bajó algo desprolijo, se justificó diciendo que estaba durmiendo la siesta, y repitió varias veces: “Lo siento, señor. Lo siento, señor”.
—Abrime la cochera, tengo que entrar. Después metete en tu departamento y ni se te ocurra salir o te reviento. ¿Entendiste? —El encargado asintió con un leve movimiento de la cabeza. Estaba demudado y temeroso. Los hombres, esos que se apuraban en llevar el auto dentro del edificio y estacionarlo en la cochera, no estaban amenazándolo por nada.
El sicario preguntó por el ascensor de servicio. Lo señaló sin mirar al hombre.
—¿Llega al noveno piso?
—Sí, señor —respondió con voz temblorosa.
—¿Quién está ahora en ese piso?
—Nadie, señor. Todos vuelven a la nochecita. Ahora no hay nadie.
—Bien. Ahora andate. Ya te avisé que no salgas, si no, estás muerto, hermano. Nada peor que morir al pedo. Con vos no es la cosa.
—Sí, señor. Ya mismo me voy. Ya me voy.
—Ah, chabón —el encargado giró advertido de la voz demandante del verdugo—. No viste nada.
—Acá no pasó nada, el del correo me hizo bajar al pedo… —El sicario sonrió complacido.
Luego de estacionar el auto en el garaje del edificio, sacaron a Bado del baúl. Desde afuera no se podía ver lo que ocurría: el portón de la cochera era ciego e impedía la vista del interior. Bado estaba casi inconsciente.
—¡Despertate, capucha! —le gritaban mientras le pegaban con las culatas en la cabeza.
—¡Despertate, puto! ¡Vamos a esperar a tu novio!
Subieron por el ascensor de servicio. Dos, con Bado; dos, por el ascensor principal. Abrieron sin dificultad la puerta. El último se ocupó de desenroscar la lámpara que iluminaba la entrada del departamento de Abigaíl. Al ingresar, uno de los matones pateó un tapete. Ese desplazamiento del felpudo que daba a la cocina, justo a la izquierda de la puerta de entrada, fue la señal que le hizo comprender a Abigaíl que el departamento estaba tomado. Reaccionó, pero el tiempo que tardó en percibir que el felpudo no estaba en la posición correcta no fue suficiente para escapar.
Bado, al escuchar la llave en la cerradura de la puerta de entrada, quiso incorporarse. Trató de advertirle de alguna manera. Gritar no podía: estaba amordazado. Pero un ruido extraño, el caer de un mueble, un adorno, tal vez le hubiese dado ese segundo de ventaja que Abigaíl no tuvo para huir. Apenas se movió, uno de sus captores le aplicó un brutal puntapié en el hígado. Bado cayó, inerte.
Desde donde se lo mirase, se podía apreciar que el color de su piel mudaba a un amarillo pálido, macilento, biliar, de alguien a quien la vida se le escapaba por alguna herida emboscada entre órganos y músculos.
Los ojos se le vaciaron. La boca se retorció hacia abajo y ese sonido vital de su respiración frecuente dejó de oírse por completo. 

***

XXIV – El cuchillo verijero 


Silverio llevaba siempre consigo el cuchillo verijero. Obsequio del padre, cuando todavía era un adolescente del tamaño de un adulto. Un regalo apurado por su mala salud.
De alrededor de unos quince centímetros de largo, era un antiguo verijero encabado en alpaca, trabajado con extremo cuidado y delicadeza. Su artesano se había esmerado en reproducir a la perfección un dibujo de flores arracimadas —parecían de acacia— que se ceñían infinitas unas a otras; intercaladas, unas diminutas hojas exponían sus nervaduras entre los pétalos finamente cincelados.
La vaina era tan elegante y minuciosa como el mango. Las flores acompañaban la forma casi cónica y achatada de la misma, que terminaba en una flor de lis.
Lo llevaba enganchado del ancho cinturón de cuero crudo, bordado por encima de la verija. Disimulado bajo la amplia camisa de trabajo, pasaba desapercibido. Era un compañero que nunca faltaba, se tratara de la ocasión que se tratara. Y, además, era silencioso como Silverio.
El padre, cuando se lo obsequió, lo presentó llevándolo en sus dos manos como una ofrenda. —Es para vos, hijo. Cuidalo bien. Fue de mi padre, tu abuelo, y del padre de este, mi abuelo. Todavía sos un pibe. Pero te noto sereno y cuidadoso como un hombre maduro. Y te veo en condiciones de que lo poseas desde ahora. Si llegás a ser padre de un varón, cuando lo sepas hombre, dale el cuchillo, así como hice yo. Que siga la hoja de ruta de la vida.
—¿Por qué tanto apuro, papá? ¿Por qué no lo conservás hasta dentro de unos años? —preocupado, Silverio le preguntó, intuyendo la respuesta.
—Porque sabés que estoy enfermo. Si muero, voy a perder la oportunidad de dártelo como dejó indicado tu bisabuelo, quien fue su primer propietario y empezó esta tradición. No quiero pensar lo que me van a hacer esos viejos mañeros si llego a donde están y se enteran de que falté a la palabra. Así que agarralo y cuídalo.
—Espero, papá, que viva muchos años más. Ya se murió mamá y no quiero estar solo —triste, Silverio, más que una expresión de deseo, le impartió una orden al padre. Un reclamo imposible de satisfacer.
El hombre sabía que su enfermedad avanzaba demasiado rápido y estaba más comprometida su salud de lo que reconocía. No solía comentar siquiera, cuando regresaba del oncólogo, qué le había dicho el médico, cuál era su pronóstico. Después de la quimioterapia, algo repuesto, empezó a ordenar su partida. Allí fue cuando decidió traspasar el verijero. Le estaba confiando a Silverio parte de su propia esencia.
—El paisano en el campo tiene un dicho para el verijero —le dijo en esa oportunidad—: “Sirve tanto pa’abrir un asau, como pa’cerrar una discusión”. Por suerte, hasta ahora, solo se usó para “pa’abrir un asau”. Esperemos que nunca lo necesités para cerrar una discusión. Si así no fuera —agregó mirándolo a los ojos— usalo con discreción. El hombre no es animal para ser carneado como cordero, y si hay que carnearlo que sea sin tormento. Nunca es bueno atormentar a nadie. Ni siquiera al tipo más perverso.
Silverio asintió con un leve movimiento de su cabeza; prometió conservar el obsequio con dedicación y, en la medida que no se presentara una desgraciada situación, solo usarlo en asados. Pero si alguna vez se hallaba en la encrucijada en que tuviera que cargarse a un hombre, lo haría rápido y concluyente. Con su fuerza hercúlea la faena sería rápida. La puñalada sería eficaz, mortal, desprovista de mañas. Al hígado, de adentro hacia afuera, del centro a la derecha. El filo perfecto garantizaría la ejecución, y una copiosa hemorragia luego se ocuparía en segundos de terminar el indeseable pleito.
En el último tiempo lo llevaba sin olvidarlo jamás. Desde que desobedeció la orden de degollar en el departamento mismo de Podestá a Abigaíl, lo llevaba encima como un talismán. Se preocupaba de afilarlo pacientemente. Y, en especial, de alargarle su filosa punta hasta asemejarlo a una aguja capaz de cortar los tejidos con un simple roce. Tenía talante de bisturí y hasta se lo podría confundir con uno cuando el brillo de una luz daba en la delgada línea del filo.
Si por un instante lo sorprendía la sensación de que había olvidado el verijero, tanteaba preocupado y lo aferraba con fuerza para asegurarse de que siguiera amarrado al cinto.
Desde la muerte de Sarita, palpar el pequeño cuchillo se le hizo un hábito. Era un comportamiento defensivo, de quien está a la expectativa temiendo una emboscada.
El deceso de la anciana no lo sorprendió, pero alteró sus costumbres. Andaba siempre expectante, vigilando hasta el menor movimiento, reparando en el sonido más leve como si fuera una amenaza significativa. Parecía crispado. Todos los vecinos notaron el cambio en su personalidad. No le atribuyeron otro origen que los sucesos desgraciados que habían enlutado a todos por igual. Las sucesivas muertes de los vecinos del primer piso los habían conmocionado en mayor o menor medida.
En el caso de López Huidobro, su deceso produjo sorpresa, porque lo consideraban un hombre relativamente joven aún y que parecía saludable. Salvo en el último período, en que había perdido peso de manera exagerada, y en más de una ocasión hasta se lo notó desalineado. Algo raro en él, siempre prolijo, acicalado.
En el caso de Sarita, aunque nadie quisiese hablar de ello, el desenlace era esperable. El afecto era para Sarita; para el otro muerto, solo el respeto al que obligan las circunstancias.
El coronel no era un propietario que contara con la simpatía de sus consocios. Pero lo conocían desde hacía un buen tiempo y hasta se habían acostumbrado a sus modales hoscos y poco afables. Nadie esperaba una muerte tan repentina. Y eso que nadie conocía las circunstancias en que se había producido.
Por esa muerte, Silverio tenía sobradas razones para inquietarse. Sobre la de Sarita, solo tenía sospechas. Se consolaba explicándose que no era un suceso inesperado. La edad, la soledad, las múltiples dolencias predecían un final inmediato. Aunque él no estaba del todo convencido de sus propios argumentos.
Tenía noventa años. Había estado internada casi quince días por esas nanas. Una insuficiencia cardíaca, para una persona de su edad, era una dolencia severa que podía agravarse de manera súbita. Cuando los médicos del hospital le dieron el alta y la ambulancia la devolvió a su casa, los propios enfermeros, después de acomodarla en su cama, le dijeron a Silverio que, en una persona tan mayor, los cuidados deberían ser extremos. Él entendía la recomendación. Cómo no iba a comprender, si había acompañado las enfermedades de madre y padre hasta sus muertes. Pero no estaba en condiciones de poner remedio a la soledad de Sarita, que la volvía más vulnerable a cualquier padecimiento y, más aún, a un imprevisto.
Con esa muerte le ocurría algo hasta entonces desconocido. Era como si un único suceso pudiera ser considerado desde dos enfoques totalmente diferentes, que llevaban a conclusiones diametralmente opuestas.
Si se la analizaba desde una perspectiva, hasta diríase de simple lógica, la muerte era un hecho predecible. Pero si se la ubicaba en el contexto de la muerte de López Huidobro —aunque pocos, muy pocos, estuviesen al tanto de cómo se produjo su deceso—, la muerte de Sarita adquiría otro relieve. Esa sensación vaga, incluso confusa, se acentuaba porque había algo enrarecido que estaba presente en todos los sucesos que siguieron a la muerte de López Huidobro. Y en especial en la propia muerte de Sarita.
Cuando Silverio descubrió su cadáver, notó como si alguien se hubiese ocupado con esmero de acomodarlo para que luciera como el de alguien que murió sin darse cuenta, sin padecimientos, sin sobresaltos. Había demasiada naturalidad en su rostro y, en especial, en su postura: recostada sobre tres almohadas dispuestas con elegancia, las manos entrecruzadas sosteniéndose una a la otra. La disposición del cuerpo sugería un tratamiento concienzudo, de alguien que procuró que la percepción de la muerta brindara cierto efecto beático.
El orden de las pertenencias que la rodeaban repetía ese cuidado celoso en los detalles, que podrían haber pasado desapercibidos para otros, pero no para Silverio. Sus anteojos, debidamente guardados en su funda, impecables, sin marcas de los dedos de Sarita, algo lejos del alcance de su mano. El pañuelito bordado, acompañando el ángulo recto más próximo de los cuatro que describía el mármol de la mesa de luz, guardando exacta distancia de cada lado. El velador dispuesto en el centro del mármol revelaba un deseo expreso de lograr una precisa simetría.
Todas las cosas lucían sin huellas evidentes a la vista, como si hubieran sido limpiadas antes de disponerlas en su lugar. Había dedicación hasta en la posición de las pantuflas color rosa, primorosamente alineadas una al lado de la otra y las dos en perfecta perpendicular a la cama, sobre el pequeño tapete de flores de acacia que Sarita conservaba de los tiempos de su propia abuela. La posición de las pantuflas también revelaba una obsesión por la simetría.

A Silverio todo le parecía escenográfico. Él, que iba y venía de lo de Sarita —fuera por llevarle algo de pan, una mermelada o cualquier cosa que necesitara la vieja vecina— había visto el inevitable desorden, no muy significativo pero evidente, que la anciana tenía por sus achaques y limitaciones. Quien asistía a los mandados para satisfacer sus moderadas necesidades era él, y nunca había notado tanta precisión en el arreglo como cuando su muerte.
Sarita se cuidó muy bien de decirle a Silverio el contenido de su conversación con el fiscal de la causa. Solo le comentó lo agradable y buen mozo que resultó el doctorcito, ese que la visitó durante su internación. Estaba convencida de que todas sus palabras se habían incorporado a la causa, algo que no había ocurrido por orden expresa de “Pérez y Pérez”. Peor aún, por sus revelaciones sobre la sexualidad del difunto y sus visitantes, se deslizó la posibilidad de asesinarla para evitar que anduviera desparramando esos chismes.
De las incontables denuncias que pesaban en su contra, radicadas en la seccional de policía de su zona, Sarita no tenía ni la menor idea. Y mucho menos de la que se agregó en connivencia con el comisario, amigo del coronel muerto, que manifestaba ese extraño gusto por la escritura patrullera y la picana expurgadora. La denuncia la sindicaba como una vieja desquiciada, peligrosa y de cuidado.
Silverio sí estaba al tanto de todos esos enjuagues. Y por ello desconfiaba de la muerte de Sarita. No es que tuviera un encariñamiento especial con la vecina. La costumbre también crea hábitos agradables. Tal vez fueran las circunstancias, se explicó, que rodeaban el suceso. No siempre muere un jefe en medio de una orgía y se lo esconde en un freezer para momificarlo rudimentariamente. En la reunión en que se lo puso al tanto de esos probables sucesos, lo del freezer pareció una joda que movía a la risa fácil entre los presentes. Después le hablaron del degüello del amante del coronel. Y, comprensivo, el más experto le sugirió que lo trozara dentro del refrigerador para evitar que el sangrado enchastrara toda la habitación.
Del muerto se ocupó hacendoso. Del asunto de saltar de terraza a terraza ni quiso mencionarle a Abigaíl el tema. Y desistió de la decapitación, simplemente porque no pudo. A sabiendas de su desobediencia, a sabiendas de lo que implicaba desobedecer.
Se lo dijeron la primera vez que fue al curso de entrenamiento: “Obedecer”, esa era la premisa. “Obedecer siempre. Desobedecer nunca”. Y él había infringido la primera ley. Pero cumplió con esmero la limpieza de la escena del crimen. Los investigadores, que fueron muchos y repitieron sus búsquedas en varias oportunidades, no lograron levantar una sola evidencia del lugar. No lo sabía, pero “Pérez y Pérez” disfrutó de ese éxito a pesar de que ya estaba informado de la desobediencia de su subordinado. “Así es la vida. Una de cal y una de arena”, dijo no bien le comunicaron la indisciplina del grandote. “De algo hay que morir”, parafraseó a su camarada, de quien copió esa expresión que estaba empezando a frustrarlo por su repetido uso. Dio la orden de terminar con el asunto y propuso los nombres de dos limpiadores.
Cuando Silverio recibió la visita de Segni sintió algo de pánico, aunque pudo controlarlo con eficacia. No conocía a ese personaje que actuaba con aires de verdugo. Fue a husmear. Olió el lugar, miró a Silverio, midió su apartamento. Segni le preguntó por las grabaciones faltantes. Le dijo que él no sabía de esa falta. —¿Y de la rubia de la filmación tampoco sabés nada?
—No. Yo jamás espiaba a las personas que recibía el coronel. No me metía en sus cosas, era mi superior.
—Portero discreto, raro. Los porteros son todos chismosos, resulta que vos sos la excepción.
—Será, yo qué sé. Nunca espié a quienes recibía el coronel. Ya se lo dije.
Segni le advirtió que se mantuviera en su puesto y no intentara irse del edificio. Silverio lo tranquilizó afirmando que bajo ninguna circunstancia dejaría su puesto de trabajo, no tenía razones para ello.
El tiempo que duró esa conversación, Silverio mantuvo sus manos cerca del verijero. Había decidido que si Segni se pasaba de la raya lo iba a carnear sin dudarlo. Después vería cómo huía. Y siempre quedaba un último recurso. Pero Segni no insistió más de la cuenta. Tenía orden de comportarse con cautela y serenidad y no excederse con sus preguntas. Su trabajo era bichar el edificio, el apartamento del portero, el ámbito en que se desenvolvía y medir al gigante para saber cómo proceder a la limpieza. De lo otro se ocuparían los ejecutores cuando les dieran la orden.
La mañana de ese viernes, justamente un viernes como aquel día de la muerte de Podestá, se hicieron presentes dos matones en la portería. Uno de ellos, conocido como Chikatilo, llevaba la voz cantante. El otro se apodaba Víbora. Aunque no era ni largo ni flaco. Por el contrario, el tipo impresionaba. Su contextura física superaba con creces la del encargado, y eso que Silverio era alto, fornido, de espaldas anchas, brazos fuertes. Chikatilo captó el asombro de Silverio por el tamaño de Víbora, su compinche. —Es anaconda —le dijo sonriendo—, flor de tarasca, nada de culebrita.
Silverio sonrió de compromiso.
—Y ni te imaginás el tamaño de aquella. Atro qué víbora.
Mientras subían en el ascensor hacia la portería, Chikatilo le dijo que querían ver la terraza. Silverio supo al instante qué buscaban.
—No hay problema. Busco la llave y subimos.
—¿No te interesa, pelado, que quiero ver? —preguntó provocativo.
—No. Aprendí a no meterme en asuntos ajenos.
—¿Serán ajenos, pelado? —Chikatilo se mostraba pendenciero y confianzudo. Silverio, en cambio, lo trataba con respeto y no lo tuteaba.
—¿Entran o me esperan en el pasillo? —les dijo mientras buscaba sus llaves de uno de sus bolsillos.
—Esperamos —respondió el sicario.
—Busco la llave de la terraza y vamos a ver lo que los trajo por aquí.
Los matones se quedaron en la puerta del departamento observando los movimientos de Silverio, quien retiró una llave de un portallaves que imitaba un escudo de armas.
—Por la escalera —les indicó, haciendo un gesto con la mano.
Subieron con cierta lentitud. Chikatilo le ordenó encabezar el ascenso; mientras subían, observaba la nuca de Silverio y tenía su mano sobre la culata de su arma en la sobaquera. Víbora, algunos escalones más abajo, también tenía la mano sobre el arma.
Silverio abrió la puerta. Entró a la terraza seguido por los dos hombres. Chikatilo se dirigió hacia su izquierda, para mirar la terraza contigua.
—Decime, pelado: ¿por qué la mina no saltó como te ordenaron?
—No sé de qué me habla.
—No te hagás el boludo, gordo. La rubia del video. La que mató al coronel. ¿Por qué no saltó desde esta terraza? Tenía que hacerse mierda allá abajo, ves, contra la loza aquella. Pelado, ¿por qué no saltó la mina? —Silverio no respondió. No podía.
—¿Te quedaste mudo, sorete? —Chikatilo se puso insolente—. ¿Sabés, pelado? Mi jefe, tu jefe, quiere saber por qué dejaste escapar a la mina.
—Yo no dejé escapar a nadie. ¿Eso de dónde lo sacaste? —Silverio subió el tono de su voz. Los matones se crisparon.
—No te pongás pesado, pelado. ¿Quién creés que somos?
—No lo sé, yo no los conozco. Nadie me avisó que ustedes venían a interrogarme.
—¿Querías una invitación especial? No estamos para un bautismo, pelado. No sé si me explico. —Chikatilo merodeó la trifulca en sus palabras. Víbora señaló su cintura, alardeando de su arma—. Queremos saber por qué dejaste escapar a la mina que mató al coronel. Es una pregunta fácil, gordito. —¿Y quién dice que eso ocurrió y que yo tuve algo que ver? —preguntó Silverio, contradiciendo a Chikatilo.
—Lo dicen en la Agencia, lo dicen tus jefes, lo digo yo, pelado. —Chikatilo fregó la punta del cañón de su arma por la nariz de Silverio—. Vos nos vas a acompañar. Tranqui, ¿eh? Sin quilombos. En la base te van a sacar todas las dudas. Los jefes quieren que vengas con nosotros. Te van a explicar las cosas como se suelen explicar en la base. Con mucho detalle. Por ahí te muestran algo que filmaron. Y te aclara la cabeza. —Chikatilo adquirió ya un tono directamente amenazante.
—¿Una filmación que me compromete a mí?
—Ya hablé demasiado, pelado. Pero te digo que te metiste en un quilombo del que no vas a salir. Que te acusen de ser cómplice del asesinato de un camarada, encima de oficial de alta graduación como López Huidobro, ese sí que es un quilombo grande. ¡Pelado! ¡Vos sí que no te anduviste con chiquitas! —¡Yo no tengo nada que ver con esa muerte! —gritó Silverio y avanzó pasos hacia los matones.
—¡No te hagás el loco porque te quemo acá, boludo! —Chikatilo gritó y, al mismo tiempo que Víbora, extrajo su arma. Uno apuntó a la cabeza y el otro al pecho de Silverio.
—No hace falta. Guarden las armas. Soy hombre leal y no tengo inconveniente en ir a la base. Allí aclararemos todo.
—Bajá tranquilo, “hombre leal”, porque te quemo en la escalera.
—Guarden las armas. Los vecinos van y vienen a la terraza a colgar la ropa. Van a armar un escándalo al pedo.
—Si hacés algo raro te liquidamos acá. Me importa un carajo los vecinos de mierda de este puto edificio. Mejor que ni pestañees.
—¡Por favor! ¿Qué les puedo hacer yo? Ustedes son dos y están armados. Vamos —indicó Silverio enérgico—. Bajo primero, usted atrás.
Tanta seguridad de Silverio desconcertó a los matones.
—Cambiate —ordenó Chikatilo—. No vas a venir disfrazado de portero. No hagás ninguna boludez.
—Quédense tranquilos.
Silverio encabezó el descenso. Los otros dos bajaron detrás de él, llevaban las armas amartilladas. Silverio dejó su mano muy cerca del verijero.
¿Sería posible un plan de escape? Debía despanzurrar a dos tipos al mismo tiempo. Trató de imaginar, mientras bajaba con tranquilidad la escalera, la secuencia. No se le presentaba sencilla.
A uno, seguro lo ensartaba. Al Víbora, que era el primero que lo seguía. Fue Chikatilo quien le indicó, con un movimiento del arma, que se pusiera detrás de Silverio, como una barrera de músculo y huesos protegiéndolo. Víbora empuñaba la 9 mm mal disimulada entre sus ropas. Chikatilo, algo alejado, algunos escalones más arriba, parapetado detrás de Víbora, también estaba listo para descargar el arma contra Silverio. La separación entre ellos lo ponía a buena distancia para un disparo certero.
El tiempo parecía haberse lentificado, y los tres descendían con una lentitud extraordinaria que tanto Chikatilo como Víbora no captaban, ensimismados en sus alertas y temores. En cambio, Silverio aprovechaba ese diferente transcurrir del tiempo para insistir en un plan de escape.
Calculó que apuñalar al primero era cosa sencilla. Evaluó el tiempo que podía tardar en ensartar el verijero en el hígado y deslizarlo hacia la derecha para seccionar en dos el órgano. Estaba preparado para realizar un movimiento fulminante, serpentino, inesperado. Luego, con su manota izquierda, asir de la camisa el cuerpo sangrante del matón, usarlo como un enorme escudo y arremeter con más velocidad y más violencia contra Chikatilo.
Era poco probable que pudiera ensartar de una en el hígado al fanfarrón ese. Chikatilo era diestro, Silverio también. El órgano del matón quedaba en diagonal a la mano con la que empuñaba el cuchillo. El tiempo que tardaría en describir la puñalada tal vez le sirviera a Chikatilo para dispararle y evitar ser ensartado. Esos, estaba seguro, eran buenos tiradores.
Se convenció de que, al tiempo que sostenía con su mano izquierda el cadáver del Víbora (que a esa altura ya debería estar muerto por la hemorragia), debería golpear con el cuerpazo la mano derecha de Chikatilo para desviar el o los disparos y penetrar en línea recta directo al corazón. Necesitaba ser más veloz que el sicario. Los quince centímetros de afilada hoja de acero inoxidable garantizaban alcanzar el músculo cardíaco y seccionarlo como un durazno.
¿Y después qué? Huir. Huir con prisa y sin pausa. Para siempre. ¿Podría? ¿Y si las cosas no resultaban como se ilusionaba? Quedaba un último recurso: un buen tajo en la carótida y moriría rápidamente. Lo tenía decidido.
Silverio jugaba al ajedrez. No era un erudito, pero apreciaba el juego. Cuando tenía tiempo libre, el que le correspondía por convenio, se iba a un parque a jugar algunas partidas con otros aficionados como él. Sabía muy bien cuándo un juego llegaba al final. El rey se daba por vencido muriendo por propia voluntad o le asestaban el jaque mate final.
Así se sentía en ese momento. Morir, después de todo, de esa forma, no era algo que no había imaginado en alguna oportunidad. Pero cuando despidió al amante de Podestá quedó convencido de que nada de lo que ocurriese debía sorprenderlo.
Siempre se prometió que, si se encontraba en una encrucijada mortal, él se iría al infierno, pero que a alguno se lo iba a llevar puesto. Y en ese momento ¡hasta podían ser dos los que lo acompañaran en el viaje final hasta el averno!
Sacó del bolsillo trasero izquierdo la llave de su departamento. La llevaba del lado izquierdo para no estorbar la mano con la que empuñaría, de ser necesario, el verijero.
La puerta era de hierro, vieja puerta que ya no se fabricaba por su alto costo. La chapa no era blindada, pero tenía un discreto grosor que la hacía impenetrable si se hubiese querido voltear a empujones. Hasta podría resistir un calibre 22 y frenar el entusiasmo homicida de una bala 9 mm. Sus bisagras eran muy gruesas, también de hierro. Eran puertas fabricadas para durar años, decenas de años. Silverio la mantenía pintada y la había cuidado para que la corrosión no la echara a perder.
La cerradura era una Travex común, pero del lado de adentro, cuando se ingresaba, tenía adosado un grueso pasador de hierro que encajaba en una abertura asegurada en el propio hormigón de la pared. Cuando desde adentro se aseguraba la puerta con ese pasador, para violentarla había que cortarla con una moladora de tipo industrial. Silverio, temiendo alguna intromisión en su casa por lo que fuere, había rellenado la puerta con un material de alta resistencia. No había ninguna posibilidad de que alguien irrumpiera fácilmente en su vivienda.
Liberó la puerta de la cerradura. Giró sobre sus talones inesperadamente y, luego de empujar la puerta para que quedara abierta, arremetió contra Víbora con decisión y fuerza bruta. Ensartó el verijero en el hígado del corpulento matón y lo hizo correr con una velocidad alucinante hacia la derecha. Una enorme salpicadura de sangre manchó la camisa de Silverio.
Con su mano izquierda, como había planificado, tomó a Víbora de la camisa y empujó la mano derecha de Chikatilo, con la que empuñaba su arma. Como los matones estaban demasiado cerca uno del otro, Silverio creyó poder sacar ventaja de esa situación y favorecer su maniobra. Al tiempo que iban cayendo los tres, estiró el estiletazo del verijero.
Se oyó un disparo. Se oyó un crujido grave, como de hueso roto. Y otro disparo. Y otro sonido más agudo, como quien corta unas cuerdas de guitarra.
En el pecho de Silverio se abrieron a cada lado dos precisos agujeros. El de Chikatilo, en cambio, a la altura del corazón, se estiró en un tajo recto que adquirió forma de una bocaza de labios demasiado rojos. Músculo y pedazos de costilla saltaron por los aires. Con esa violencia apuñaló Silverio al sicario.
Cayeron al piso. Silverio sobre Víbora, quien, de manera inexplicable, aún respiraba y se ahogaba en su propia sangre. Los dos aprisionaron a Chikatilo, que estaba desahuciado. La espalda de Silverio dejaba ver dos orificios de salida, más anchos y redondos que los de entrada. De los tres cuerpos apilados, una chorrera de sangre bajaba por la escalera hacia el piso inferior. Caía por el borde lateral hacia la planta baja.
Víbora regurgitó un coágulo y murió. Presenció su muerte con el cuerpazo aquel aplastándolo. Chikatilo, en cambio, murió no bien el cuchillo le seccionó el corazón. Pero fue más veloz con el arma que Silverio con el verijero; antes de que lo ensartara, tuvo tiempo de efectuar los dos disparos que acertaron en el pecho enorme del portero. Como Silverio había previsto, era un buen tirador, rápido y preciso.
Cómo pudo ponerse de pie nunca se explicó. Los peritos que analizaron la escena del crimen estaban seguros de que una tercera persona —daban por cierto que era Silverio— se incorporó de entre los muertos y se puso de pie. Entró con su hemorragia a cuestas al departamento. Cerró la puerta tras de sí y alcanzó a correr el pasador asegurándola. Quería morir sin interrupciones. Llevó su desangre hasta el baño.
Apoyado en el lavatorio con sus dos manos, se miró al espejo con simpatía. Murmuró: “Dos, no uno”. Repitió: “Dos”. Se los llevó puestos. Como se lo prometió, cumplió.
Se recostó sangrando en la pared que daba a la izquierda del lavabo. Despacio se dejó caer hasta el piso, donde quedó sentado mientras un hilo de sangre corría hacia la rejilla.
Afuera, los vecinos, alertados por los disparos, salieron a sus pasillos preguntando asustados: “¿Qué pasa, Silverio?”, gritaron una y otra vez. “¡Qué pasó, Silverio!”. Varios llamaron al 911. Silverio no podía hablar, además ¿qué iba a decir? Respiraba con gran dificultad.
Sentado en el piso del baño, se sacó su camisa de trabajo y palpó los dos huecos. Eran dos escarapelas funerarias. Su dedo entraba completo y cómodo en cada uno. Creyó palpar el tejido del enorme pulmón que amenazaba colapsar muy lentamente, mientras la sangre inundaba la cavidad torácica.
Por alguna causa que no estaba en condiciones de descifrar, mientras la sangre lo ahogaba lentamente, recordó su infancia. Como a Bado, la memoria se hizo de su propia voluntad para seleccionar un recuerdo. Se vio sentado a la mesa hogareña junto al padre, mientras la madre acomodaba los platos para compartir un almuerzo. Era un día especial, el día de San Silverio, y él insistía, mientras el padre reía, que no podía ser casual que San Silverio, Belgrano y él compartieran una fecha en común. Papá le acariciaba la cabeza, mientras le reprochaba su vanidad. ¡Compararse a un Santo! ¡Compararse a un General de la patria! ¡Qué muchacho ese cuyo nombre había salido de un libro desconocido al papel manuscrito y sellado de un acta de nacimiento amarillada por los años! La madre, en el recuerdo, repetía su disgusto por ese nombre que ella nunca hubiera elegido.
Respirando con dificultad, se consoló con esos muertos en el pasillo, acuchillados con el bello verijero. Al final, había servido para terminar una discusión. Y qué discusión. Dos mastines que perdieron su arrogancia de cancerberos, siempre dispuestos a devorar hombres a puras dentelladas, por el fino filo de un cuchillo encabado en pura plata. Conoció de cerca a esos lobos comedores de hombres. Conoció a López Huidobro, animal sofisticado. ¡Ese sí que era un lobo hambriento!
Él, que se hubiera conformado con llevarse a uno solo puesto, vio perderse a tres. ¡A tres! Hubiese exclamado si no estuvieran sus pulmones henchidos de fluidos que lo fatigaban. El suboficial “Pérez” podía descansar tranquilo.
Guardó el cuchillo manchado en sangres, que tenía todavía aferrado a su manaza, en su bonita funda. Lo miró con amor, sin inquietarlo el tono bordó que adquirió por los coágulos. Allí estaban sus ascendientes mirándolo satisfechos, todos apocopados en el filo preciso que le fue dando en esos últimos días. Se alegraba de haber cumplido el pedido del padre. Cuando tuvo que carnear a un hombre, lo hizo sin exageraciones. Les propinó la muerte sin aditamentos. Nada de torturas. Él no se había hecho hombre para nada de eso.
Como no tuvo hijo varón al que transferirle el obsequio, ni hija que lo sucediera, allí quedaría, en su funda de alpaca finamente trabajada. Lo robaría algún malandrín de los que intervinieran en la investigación. Hay cosas que escapan al gobierno de las personas cuando se produce su muerte. Este era el caso. No sintió angustia porque moría solo. Su decisión le ahorró interrogatorios y torturas y le regaló una satisfacción difícil de describir.
Sentado allí, sobre el piso del baño, viendo el hilito de sangre correr caprichoso hasta la rejilla, se interrogó reflexivo: ¿Fue un error no degollar al amante en esa pieza? Se respondió que no, que fue justo. Estaba convencido. Los hombres tienen siempre que tomar decisiones y sabía que ya estaban jugados con el asunto de Podestá. Más tarde o más temprano, sería descartado como tantos otros. De ese modo, su larga clandestinidad daba un fruto más disfrutable. El asesino muerto por “Juana de Arco” y dos perros de presa destripados sin remedio. Llevaba en silencio tres estampas magníficas, esperaba que Dios existiera para discutir amable ese asunto justiciero.
Se puso morado. Color de muerte. Sin embargo, no se lo notaba ni cansado ni preocupado, hasta parecía sereno.
Acarició el verijero: lucía más plateado que nunca, la luz del baño lo hacía brillar caprichoso.
—Bueno, padre —se dijo con calma chicha—, cumplí con su encomienda.
Recordó en ese instante la voz paterna diciendo: “Es para vos, hijo. Cuidalo bien. Fue de mi padre, tu abuelo, y del padre de este, mi abuelo. Todavía sos un pibe. Pero te noto sereno y cuidadoso como un hombre maduro. Y te veo en condiciones de que lo poseas desde ahora.”
“Si llegás a ser padre de un varón, cuando lo sepas hombre, dale el cuchillo, así como hice yo. Que siga la hoja de ruta de la vida.
Por suerte, hasta ahora, solo se usó para ‘pa’abrir un asau’. Esperemos que nunca lo necesites para cerrar una discusión. Si así no fuera, usalo con discreción. El hombre no es animal para ser carneado como cordero, y si hay que carnearlo que sea sin tormento. Nunca es bueno atormentar a nadie. Ni siquiera al tipo más perverso.”
Así fue hecho, respetando la orden paterna.
Afuera, una batahola de rugidos amenazaba voltear la puerta. Alguien entró por un ventiluz estrecho. Un frío desconocido ascendió por sus piernas. Cerró los ojos y se dejó vencer por un sueño irreconocible.

***

XXV – Un escándalo de cadáver

Marian nunca respondió el llamado que le hizo. Quería verla. Necesitaba hablar con ella, despedirse. El desencuentro la entristeció. Se conformó con su recuerdo. Podía sentir todavía aquella caricia sobre sus cicatrices, en al auto, luego que lo recogió de la sucia ranchada de Moreira. Y las lágrimas de Marian brotando de sus ojos por esas torturas a las que lo sometieron dos perversos autoproclamados voceros de Dios.
Hasta el noveno piso el ascensor fatigaba los motores que transmitían el empuje a las poleas. Los gruesos cables de acero lidiaron con el ascenso con un leve chirrido como testimonio. Los auriculares ajustados, llevaban música a sus oídos, la aislaban de todos los sonidos del exterior. Cantaba:
“Creo que con una canción / La tristeza es más hermosa / Creo que con una palabra / Puedo decir mil cosas / Pero no creo en el circo / De la información / Toda decanta en tu amor / Y en mi dolor / Creo que es mejor morir de pie / Que vivir de rodillas / Creo que el viento me alcanza / El olor de tu mejilla / Creo en mi guitarra, creo en el / Sol (si me cura las heridas) / Creo en tu voz / Creo en la vida, en la noche / En tu alma y no creo / En todo lo demás / Creo en tu estrella / En aquella que busco / En mi sueño mejor / Para poder luchar.
Creo en esas tardes que viví / Jugando a la pelota / Creo que educar / Es combatir / Y el silencio / No es mi idioma / Creo en tu sonrisa / Creo en mí si te veo hoy / Y me pedís que no / Me rinda / Sigo por vos / Creo en la lluvia cuando cambia / El olor de mi tierra / Creo en el mar / Cuando amanece / Abrazándose a las piedras / Creo en los jazmines / Que un dios me bajó / Esa vez, para poder / Conocerte… mi amor.”1
Al llegar al noveno piso descendió del ascensor, cerró las puertas corredizas y buscó el interruptor de la luz del pasillo. La lámpara que daba a la puerta del departamento del contrafrente, encendida, iluminaba pálida. En cambio, la del suyo, no. La miró extrañada. “Se habrá quemado”, pensó mientras tanteaba en la pequeña cartera buscando el llavero. Introdujo la llave de la puerta en la cerradura; mientras hacía girar la llave, caían las placas de la combinación liberando la cerradura. Repitió un estribillo en voz baja: “Que un Dios me bajó / Esa vez, para poder / Conocerte mi amor.” Abrió la puerta y entró al apartamento.
Duró un segundo. Un único segundo. Tal vez ni eso. Apenas unas décimas, insignificantes fragmentos de un segundo. La posición del felpudo que daba a la cocina, a la izquierda de la puerta de entrada al departamento, fue la señal que le hizo comprender que estaba tomado. Siempre cuidaba ese y otros detalles aparentemente sencillos que servían para alertarla de alguien que hubiese entrado en su casa. En esa oportunidad no tuvo posibilidad de reacción. Solo si hubiera podido volver atrás ese modesto infinitesimal del segundo, habría eludido la celada. Pensó con claridad: la leve torcedura del felpudo gatilló la evidencia. ¿Huir? Debía haber visto el desplazamiento de la moqueta floreada una centésima antes o sospechado de la lámpara que no iluminaba. Ya era tarde.
Paradójicamente, tan breve instante en el tiempo transcurrió con una parsimonia sabática. Vio el felpudo, pensó en volver sobre sus pasos, se dispuso a voltearse para huir a la carrera, y una trompada se estrelló debajo de su nariz, impactando la boca y la mandíbula.
En lo que restaba de esa minúscula fracción de tiempo hasta completarse ese solo segundo, sintió cómo sus labios reventaban por el golpe, saltaban dos dientes del maxilar superior y la mandíbula se estrellaba contra el cráneo, fracturándose en dos lugares. El dolor fue atroz. Las astillas del hueso maxilar se ensartaron en unas terminaciones nerviosas que llegaron al cerebro impotente, también obnubilado por el golpe.
—¡Nocaut! —se escuchó un medio grito tras el golpazo—. ¡Nocaut al puto! —sonaron unas desmesuradas carcajadas y luego un chistido, correctivo.
—No estamos de joda. Respeten —dijo el que parecía mandar.
Abigaíl se desplomó. La hemorragia de su boca exageraba la herida. Apenas pudo escupir los dientes rotos desde su base; la encía estaba partida. Probablemente, el diente filoso cortó la lengua, por eso la sangre manaba a borbotones. Toda la ropa se manchó en un instante.
La arrastraron hasta el living comedor. Uno de los cuatro sicarios le puso el pie encima, aplastándola contra el piso. Apenas podía respirar. No alcanzaba a levantar la cabeza. Cuando intentó erguirse para observar, una patada dio en medio de sus ojos. La cara se hinchó por completo.
Dos matones trajeron a Bado de la habitación contigua a puntapiés en el abdomen. Parecía inconsciente. Abigaíl consideró, a pesar de su turbación, que estaba muerto. Su color era extraño. Conoció su color en las reuniones del bar, hasta su olor había mudado a uno pálido y ordinario. Era evidente que lo habían torturado por largo rato.
—¡Puto! —escuchó a uno de los hombres que la insultaba mientras le pateaba las costillas.
—Te hablo, puto… Mirame, puto de mierda… Mirame a los ojos.
Los ojos de Abigaíl estaban tumefactos por el golpe. Hilos de sangre bordeaban las pupilas verdes, virándolas a un rojo lívido. Apenas podía ver por una pequeña hendija entre los párpados inflamados. Miraba a Bado, no al torturador, quien no se movía. Con el pie en la cabeza, apretándola contra el piso, no podía incorporarse ni un poco más que eso, como para ver al esbirro que le hablaba.
—Escuchá bien, puto de mierda… Escuchá bien lo que te voy a decir. Vos y tu novio, este buchón que está ahí, van a pedir no haber nacido. No vas a pedir morirte, sabés, puto. Vas a pedir no haber nacido. —El hombre inhalaba con fuerza el aire espeso del ambiente. Lo exhalaba fatigando un cigarrillo negro. —Vos no tenés idea lo que te vamos a hacer —agregó amenazante—. Esto que te vamos a dar ahora es un regalo de la casa. Muestra gratis, que se dice. Lo importante viene después, en casa, ahí jugamos de locales.
Gritó “¡gol!” y la pateó nuevamente en el costado.
—¡Gol al puto! Tres a cero y viene para goleada. —Hacía hurras y gestos de victoria.
La sodomizaron un buen rato. Las preguntas se repetían como las flagelaciones: Arancibia López Huidobro. Jefes. Silverio. Jefes. Direcciones. Jefes. Teléfonos. Jefes. Amantes. Jefes. Nombres. Nombres. Nombres. Jefes. Jefes. Jefes.
—¿Así que vos sos quien mataste a nuestro coronel? ¿Vos sos el hijo de puta que lo inyectó con esa mierda? ¿Quiénes son tus jefes, puto de mierda? ¿Quiénes?
Desde que la atacaron no pronunció palabras. Pareció desmayarse luego de otra golpiza. Antes, vomitó sangre y se orinó y defecó encima.
Los sicarios no se apuraron en llevar a Abigaíl y a Bado a la dependencia dispuesta para los interrogatorios, a pesar de sus órdenes precisas: allanar y secuestrar, así de simple. Chupar a los dos, luego limpieza, todo sin estridencias, sin rastros. “Pérez y Pérez” lo dijo a los gritos en la primera reunión: “Los quiero vivos”. Y siempre que se refirió a la “rubia mujer”, dijo: “La quiero con vida. Los muertos no hablan”. La obediencia debida era un verdadero problema ante la improvisación.
Estaban convencidos de que Abigaíl fue quien asesinó a Podestá y por eso ansiaban vengarlo. Le dijeron mientras la golpeaban: “Vos y el gordo hijo de puta del portero”. Supuso, por esas palabras, que Silverio también estaba en su misma condición o muerto. Pero los sicarios desconocían la trama fina de esos sucesos.
La Logia, para ellos, era solo una entelequia, y hasta descreían de la existencia de una reliquia que pudiera amenazar el porvenir de la Agencia. Por ello se tomaron la licencia de torturarlos en el departamento aquel, desoyendo la orden que se les impartió antes de su expedición. Se suponía que una orden debía ser suficiente. “¡Los quiero vivos!”, tal como reclamó “Pérez y Pérez” en esa oportunidad. Porque él decidiría la ocasión de las muertes.
Los jefes no solían ser muy explícitos con los asesinos por encargo. Desconfiaban desde que aquellos dos fulleros desobedecieron la orden de ejecutar al prócer en su casa paterna. Todos los desaguisados comenzaron por esa rebeldía. Ese suceso extraordinario, la insubordinación de dos asesinos a sueldo, era el ejemplo que siempre “Pérez y Pérez” usaba para explicar qué grave era un desajuste, aunque fuera mínimo, de la obediencia debida.
Esos malandrines dejaron a sus patrones expuestos a la desgracia de la eternidad del prócer, quienes, acobardados de aniquilarlo, decidieron recluirlo en ese armatoste que resultó la desquiciada mansión norteña. La casona prestó buenos servicios durante decenios, pero culminó siendo una desgracia sin atenuantes: incesto, locura, muerte de un oficial superior, la casi despromoción de otro, Podestá, que al final también resultó muerto enredado en las cuentas de un exquisito rosario. Una carambola nefasta para quienes tenían que preservar los intereses de los doscientos o trescientos poderosos que gobiernan la nación desde el fondo de la historia.
Para mayores males, allí prosperaron los “Pérez”, que en la subsistencia del prócer se hicieron fuertes. Se prepararon sigilosos, clandestinos, y tuvieron tiempo para tejer sus redes subterráneas. Esos cualquiera —esos “negros de mierda”, diría el finado— se preocuparon sinceramente del cuidado y protección del ilustre. Y en especial de su legado. ¡Si los habrán visto emocionarse al izar la bandera! Aún era motivo de disputa saber quién autorizó a esas mujeres enfermizas a ejecutar en sus pianos la música del himno, inflamando los ánimos cuando debían anestesiarse. Ni hablar de los relatos malvineros que exasperaron al ilustre hasta lo irreconocible.
Los Pérez fueron tolerados por necesidad, mientras se soportó la subsistencia de “La Reliquia”. Nadie mejor que ellos para eso. La idea de que su intrascendencia era efectiva estuvo en la base de su perpetuación. Los poderosos nunca se inquietaron demasiado por su ignorada presencia. Ni la del prócer ni la de sus asistentes. Además, consideraban que esos conjurados estaban debidamente controlados.
Pero esa soldadesca de baja condición, la “perrada”, todos provenientes de los rincones de la patria donde se amasan en una sola clase de hombres, en una sola clase de soldados —indios, criollos, despatriados de los confines de las provincias y algunos gringos cosmopolitas— se había tomado muy a pecho la perpetuación de ese anacronismo de la historia: su General en jefe (“el más completo de todos”, lo elogió San Martín al hablar de él), ese que no dejaba de repetir “ni amo viejo ni amo nuevo”. Algo que a ellos los inspiraba, pero que exasperaba hasta al menos trascendente de los burócratas que tenían conocimiento de su existencia.
Tomaron la bandera de la revolución sin dejarse convencer de que ese era asunto de una época perdida. Se burlaron de la “utopía”, esa resignación de la lucha por la comodidad del escepticismo; repudiaron los cánticos de la globalización, las bendiciones de la interdependencia, los augurios de la dependencia colonial, y se propusieron llevar la revolución hasta su fin. Así, los “Pérez” se hicieron chisperos infernales, y preparaban sus gloriosas chispas para encender las praderas. Por eso el estado mayor decidió poner fin a aquel fantasma del pasado después de los fuegos fatuos del bicentenario. Y la ratificación de la orden pronunció ese derrotero de fracasos.
“Pérez y Pérez” argumentó en una reunión de encumbrados jefes que, en verdad, los desaguisados, los desatinos, los sucesos equívocos alrededor de “La Reliquia” se debían a que nunca el Estado había comprendido por completo la esencia de la subsistencia de aquellos ideales. Era cierto que desde el día aquel en que los poderosos hacendados y comerciantes del porteñaje pergeñaron la muerte del prócer hasta la fecha, su difamación, defenestración y olvido estuvieron a la orden del día. No se andaban con chiquitas aquellos mandamases: si hasta se habían atrevido a planificar el asesinato de San Martín, a quien consideraban demasiado peligroso si se involucraba en las contiendas domésticas que ajetrearon la naciente nación en esos tiempos.
¡Cómo no iban a pretender sepultar definitivamente a ese atrevido que supo apreciar al Paraguay independiente, y en alguna oportunidad hasta alentó esperanzas a los desposeídos con algún reglamento sobre la propiedad de la tierra durante la fracasada campaña a Asunción!
Cuando “Pérez y Pérez” expuso la foto de un cartel que los fugados dejaron sobre el ancho tronco de un enorme árbol, muchos abrieron sus bocazas para exclamar sus horrores. Ni los mares de antimonio que le hicieron beber al secretario, la persecución soez contra el de la Banda Oriental, la muerte a traición de Don Martín Miguel, ni todas las matanzas habían podido borrar aquellas ideas que se lanzaron a todo el continente en las jornadas de la guerra emancipadora.
Los sicarios, cuando agotaron sus aberraciones, decidieron llevar a Abigaíl y a Bado para interrogarlos en la base, como se les había ordenado. Los dos yacían en posiciones de tumbas: uno boca arriba y la otra contra el piso.
El jefe de los matones se abanicaba con una revista. La tomó de una mesita ratona que estaba al centro del living y que fue retirada para las vejaciones. —¡Abrí la ventana que acá no se puede estar por el olor a mierda! —reclamó irritado a uno de sus subordinados. —Es que se cagó y se meó este puto, por la paliza. —¡Qué carajo me importa! Abrí de una vez que me descompongo. Es inaguantable el olor a mierda que tiene este tipo.
El esbirro, obediente, abrió de par en par el amplio ventanal del departamento. No era un balcón, solo un ventanal amplio, una baranda apenas trabajada, de barrotes redondos, antiguos, pintados de negro, y tras ellos, solo el vacío a la distancia de nueve pisos de altura.
Fue un segundo. Ni eso. Apenas una nada de segundo. Insignificantes fragmentos de un segundo. Una milésima de nada. Abigaíl saltó la baranda del balcón como una extraordinaria langosta, un escurridizo saltimbanqui. Y caía. Una simbiosis de siamesa despanzurrada y humano irreconocible. Los cuatro sicarios miraron incrédulos cómo se deshacían sus legajos en pedazos inútiles. Los vientos de la burocracia los esparcían lejos, a donde los sicarios no podían llegar por la dimensión de sus castigos. A la tierra de nunca jamás, si es que tenían algo de suerte.
Abajo, la nada esperaba conforme que la muerte adquiriera la potestad del golpe estampado en el asfalto. Solo un manchón sería aquello que palpitó apenas unos años que se podían contar con los dedos de una mano de Dios.
Abigaíl caía. Un nochicidio espeluznante. Bado estaba muerto a las patadas. Luego dirían que le estalló el hígado de un golpe paquidérmico.
Abigaíl caía. Sangres amortajadas la envolvían de la cabeza a los pies, y desde algún lugar alguien la miraba de adioses para siempre.
Caía y caía y caía. Habrá repetido un desprevenido que alzó la vista como para observar la luna y le pareció que era un ave, confundidas sus alas que no abrían.
Caía infinita, como si no hubiese unidad de tiempo alguna para medir la distancia entre el arriba y el abajo. Ni un segundo. Apenas unas décimas, insignificantes fragmentos de una nada de tiempo. Y mientras flotaba hacia la misma muerte, imaginó ese amor que no conoció porque así estaba escrito en las cicatrices rugosas de su pequeña espalda.
Suspiraba adioses de saliva, como si alguna vez hubiera estado boca a boca de amor, los labios abreviados como dos simples tiritas rojas dibujadas. Suspendida en la altura, brevemente desnuda, imaginó una noche de pecados sin martirios, una en la que se asomaría hasta los nervios que debían vibrar en sexual escaramuza. La noche que debió ser y que no fue nunca, de besos en responso, comprimidos, hasta borrar las comisuras, haciendo surcos como arañazos en las pieles de agüitas, de lágrimas de un par de ojos decididos.
Supuso esos ojos que no miraron nunca los suyos, afilados de destellos, y que debieron escarbar por éxtasis hasta el fondo mismo de las pupilas amorosas, buscando explicaciones, no certezas. Pupilas descubiertas de repente por un par de párpados emocionados, ni abiertos ni cerrados, furtivos, cuyas pestañas curvadas devotamente entre jadeos y suspiros se estirarían eléctricas por las caricias.
Y luego de los ojos cascados de murmullos, inventó, mientras flotaba hacia la nada, que volverían los labios sobre labios que se harían cada vez más pintados, y las lenguas púrpuras y lanceoladas se acecharían de halagos clandestinos. Besos impíos, ardidos, satisfechos. Abigaíl no confundía en su caída eterna ese sueño imposible que le fuera negado, colgando definitiva del aparejo brutal de un árbol aparecido como estatua verde que lloraba disculpas.
¡Sueños! ¡Sueños! ¡Solo sueños! De joyitas de salivas gualdas, ambarinas, que entumecerían la boca de perlitas. Ese sueño de amor que debía vibrar los senos, erectos como dos aguacates tan rosados, demasiado rosados, pálidos, casi exangües, que se harían dos punteros de pasiones.
Las pieles de los amantes dejarían sus caprichos de estatuas y asumirían un color tamarindo, consagrado. Y presumió que irían y vendrían uno sobre el otro, sudando domésticos, fatigando la cama que haría un chirriar de aleluyas obscenos, lúdicos, encabritados. Vibraría Acacia en un lugar desconocido. La sangre degollada y la sangre azotada triunfarían sobre la ausencia de amores merecidos, deseados, precisados. “No se puede vivir sin odio. No se puede vivir sin amor”, cree que le dijo Bado entre tantas palabras. Amor y odio encontrarían sus reductos en el momento justo, en la anatomía precisa de un par de amantes alimentados a pétalos de flores como enormes guirnaldas coloridas.
¿Los dos espíritus lo habrán querido así? Tal vez esos lémures inquietos se confabularon para cerrar una historia que debía cerrarse inevitablemente. En el veneno de una Acacia degollada germinó una figura indescriptible, y en el vuelo final de esa figura, el veneno de Acacia se hizo ambrosía y melificó esa muerte, dulcemente.
Amor le fue negado, así, como se niega tres veces, porque sí, por nada, por monedas. Mientras moría se preguntó si no habrá sido en sueños que amó y no pudo entenderlo, tal vez dormida, demasiado dormida, mientras la lluvia caía sobre su piel de heridas y hacía estandarte de imposibles pasiones.
Y llegó el aire, y llegó el silencio, y llegó el sonido, y llegó la luna, y empezaron a llorar invictos, un rocío temprano macilento sobre el cuerpo llegando a su destino. Eso fue todo. Antes el puño, el puño, el puño, apenas un segundo más breve que un segundo después de abrir la puerta. Tantas veces el puño colérico se precipitó fatídico, que desorganizó la anatomía hasta deshacerla. Y ese casi nada de segundo en que se decidió a volar desde la altura.
Quienes la vieron caer aseguran que parecía que no caía; se obstinaba en flamear, como un humo a la deriva, fatídico, columpiando imprevista y así contradiciendo hasta la misma ley de gravedad con sus piruetas.
Desde abajo se apreciaba que era un cuerpo desnudo. Solo las pieles almendras, famélicas, que encubrían los músculos y la osamenta, pudorosas, de aquella incógnita que venía del cielo. ¿Un heraldo de Dios que equivocó el camino? Ni ninfa, ni mujer, se confundía el transeúnte que espiaba esa osadía de nenúfar, lirio lampiño, liso, ávido, puro pellejo, sin un atisbo de vello púbico ninguno.
Y caía, caía. Se oyó una voz de que no se supo nunca de dónde sonaba, descifrando unos versos en corcheas: “Creo que es mejor morir de pie / Que vivir de rodillas.”
Cuando golpeó contra el asfalto, la impresión de desnudez mudó a otra cosa, indescriptible. Se persignaron los testigos al escuchar el estruendo contra el piso.
Nadie, humanamente, podía decir de quién se trataba. Las múltiples fracturas expuestas distorsionaron hasta el escalofrío aquella humanidad desencajada. Ni hombre ni mujer, ni ninfa, ni lirio, ni nenúfar. Nada. Simple escándalo de cadáver.
La policía acordonó un amplio espacio con sus cintas rojo-blancas y dispuso como un teatrillo alrededor del cadáver para disimularlo. La policía científica se tardó un buen rato en llegar al lugar y recoger evidencia de la muerte.
El cadáver de Bado lo cargó la morguera. Los sicarios, que se habían marchado precipitadamente, se dirigían explicándose excusas que nadie les pedía. 

***

XXVI – Fausto 


Sousse llegó puntual a la reunión a la que lo había convocado el director del diario. Su aspecto era calamitoso: llamó la atención de todo el personal en la redacción. Despeinado, con las ojeras de quien hace días no duerme, mal vestido. La camisa fuera del pantalón, arrugado hasta la miseria. El olor a tabaco impregnaba el ambiente, y al respirar exhalaba restos de whisky y ron baratos. No tenía una expresión humana: parecía un vitraux patético.
Lidia, la secretaria del director, apenas lo vio pensó que solo una desgracia abrumadora podía dejar a una persona en esas condiciones. Una desgracia grande, enorme, de esas que oprimen el corazón hasta dejarlo exangüe y devastan el alma por largo tiempo, cuando no para siempre. Al verlo así, atinó a preguntarle si se sentía bien, si no prefería un médico. Sousse ignoró la pregunta.
—¿Dónde está Cacho? —preguntó por compromiso.
—En su oficina, Juan, con un productor. ¿Te sentís bien? —la mujer insistió—. ¿Seguro no querés un médico? Sousse volvió a ignorar la pregunta.
Entró al despacho de Cacho sin llamar. Frente a su vista, justo en la misma dirección de la puerta, en el escritorio estilo americano, acomodado en el sillón de cuero negro, Cacho lo miró con una amplia sonrisa que le cubría casi toda la cara de lado a lado. Sousse dirigió la mirada hacia el hombre que departía amablemente con el director del diario. A la derecha de Cacho, no muy apartado, también sonriendo, de buen humor, agitando sus manos alborotadas, estaba Inocencio Segni.
Cacho alzó los brazos en signo de festejo. Segni lo siguió con una exclamación de aprobación. Sousse, en cambio, cayó vencido de rodillas. En ese preciso instante sintió el peso de muchos muertos sobre su espalda, muertos que además le reclamaban por su comportamiento, por su cobardía, por su falta de hombría para afrontar los sucesos que había provocado. Los muertos lo tiraban hacia abajo, enojados, como queriendo quebrarle la columna vertebral para obligarlo a reptar como cualquier invertebrado a los pies de su dominador: ese hombre vestido de blanco, semejante al ángel exterminador.
Sousse, hincado, con la cabeza gacha, lloraba desconsolado. No era un llanto común, de alguien que padece una pena comprensible: un desamor, una pérdida esperable, un desaliento. No era un llanto de esos que con unas cuantas lágrimas salen en forma de despecho, abandono o locura. No. Era más bien el llanto de un condenado al pie del patíbulo. El llanto de los desesperados náufragos abandonados a la deriva, deshidratados, devorándose unos a otros, caníbales brutales, sedientos locos. Era un llanto de muertes, una crueldad de Dios por algo que solo el convicto y Él sabían.
Cacho se incorporó de un brinco; estaba pasmado por la patética escena que protagonizaba Sousse. Desorientado, no deseaba insultarlo esta vez por incomodar aquella reunión o por teatralizar un problema de ese modo. Estaba asustado. En todos los años que conoció a Juan Antonio —y eso que lo conocía desde hacía casi dos décadas, y lo había visto derrumbarse hasta acabar siendo lo que era: un mediocre, un alcohólico y un adicto— jamás se había mostrado con esa angustia, esa pena tremenda que hasta hacía doler el alma ajena.
—Loco… ¿qué tenés? ¿Qué te pasa? —Cacho, desorientado, le preguntó casi tomándolo por la cabeza en gesto caritativo.
Segni, por su parte, dejó la silla en la que estaba sentado y se dirigió hasta la puerta, que permanecía abierta, impúdica. Se podía ver a algunos integrantes de la redacción expectantes y, delante de todos ellos, a Lidia, observando la escena con tanta angustia como el que más.
El visitante salió, cerró tras de sí y, mirando a los empleados, les habló en voz baja y en tono amigable:
—Su colega ha pasado por una delicada situación personal. Aunque él no quiere que se sepa, ha ayudado a resolver un crimen horrible en calidad de testigo reservado. Es un héroe. Tengan comprensión.
Algunos no pudieron evitar las lágrimas. Lidia, la más conmovida, y prendida del tono comprensivo y edulcorado de Segni, se ofreció para asistir al compañero en lo que necesitara. Pero si le hubieran dado a elegir, hubiera escogido socorrer a Segni, aunque al hombre se lo veía entero, sin angustias, hasta despreocupado, si no fuera por la escena que Sousse estaba protagonizando.
La deslumbró ese hombre fornido, enfundado en su impecable ambo blanco, sus zapatos del mismo color, sus mancuernas de oro en la camisa al tono, combinando con el traje de manera precisa. Las manos grandes, de cirujano, o de pianista, por qué no, de dedos recios, largos, hasta robustos, que eran proporcionados. El rostro cuadrado, varonil, afeitado al ras. De labios no demasiados finos, apretados, de un rosa subido, y unos dientes que competían en blancura con el ambo. Su abundante cabello negro enrulado, con pocas canas, caía sereno algo por encima del pabellón de sus orejas. Y lo que más impresionaba a Lidia era su porte, su virilidad manifiesta. Su aire donjuanesco y seductor. Segni captó al instante que la mujer había quedado prendada de su persona. Ella no estaba dispuesta a perder la oportunidad. A Sousse lo conocía de sobra y aunque ahora la conmoviera la pena del compañero, su mediocre existencia, su caída sin fin, la inspiraban más sentimientos de rechazo que de conmiseración.
Con voz muy aterciopelada, impostando la voz para extremar su candencia de barítono, Segni le dijo que, por el momento, solo se trataba de permitir que se repusiera. Agradeció tierno las humanitarias preocupaciones de sus colegas y, al retirarse, rozó las manos de Lidia con sus rudas manos, con una sutileza estudiada, en una especie de caricia que coronó la galantería con la que la trató durante la breve conversación. Volvió a entrar al despacho del director, sin desaprovechar la oportunidad, giró con discreción y dejó su mirada en la de la mujer que esperaba ya con ansias que el galán la invitara a una salida esa misma noche. Luego cerró la puerta del despacho.
Cuando Segni se detuvo al lado de Sousse, este lloró con más angustia. Cada vez más fuerte.
En toda la redacción se hizo un silencio incómodo, prieto; incrédulos todos, no atinaban a sospechar cuál había sido ese suceso tan conmovedor, tan personal por el que había atravesado Juan Antonio y que lo había despachado con tanto dolor hasta el trabajo.
Entre Cacho y Segni ayudaron a Sousse a incorporarse y tomar asiento en un sillón de móvil, que el propio Segni arrimó para que se acomodara.
Lo miró sin quitarle los ojos de encima, se los pegó a los suyos que, melindrosos, trataban de escapar furtivos a la observación insistente del verdugo. Segni, atento a los gestos de su sometido, a su ronco gemir, a las lágrimas que no podía dejar de derramar, esperaba tranquilo el devenir de los hechos.
—Amigo –le dijo con tono fraterno a poca distancia de su rostro–. ¿Qué le está pasando? Vengo a contratarlo para un unipersonal y lo encuentro así, derrumbado, abatido.
—Dale Juan, ¿qué mierda te pasa? –preguntó Cacho intrigado–. ¿Una vez que vas a ligar algo grande y estás así, hecho pelota, como un trapo? ¿Qué te pasó?
Sousse levantó la vista y observó a sus interlocutores. Segni no le perdía la mirada.
—Perdón, perdón –balbuceó– es que estos días han sido muy difíciles para mí.
—¡Me imagino! —exclamó Segni risueño—. Es un secreto a voces que su colaboración como testigo reservado ayudó a resolver tan horrible crimen.
Cacho, y el propio Sousse, quedaron suspensos por la afirmación del otro. Sousse no sabía de qué hablaba su atormentador. Cacho menos: ni siquiera tenía idea de los sucesos en los que su cronista se había visto envuelto. No llegaba ni a sospechar las razones que tenía para comportarse de ese modo, desbordado, lleno de angustias, patético.
—No sabía nada, Juan. ¿Por qué no me tiraste una línea, por lo menos?
—Me extraña, Cacho. No podía —lo reprendió Segni. —¿Y usted cómo sabe, Fausto? —Sousse, al oír el nombre con el que lo llamaba el director, recordó que el propio Cacho le había hablado de un tal Fausto, quien había gestionado su participación en la investigación sobre La Reliquia.
—Mi productora es muy importante, Cacho. Llegan informaciones de todos lados, le diría, de cada rincón del país, incluso de los más alejados. Es muy difícil que nosotros no nos enteremos de algo que está ocurriendo o que está por suceder. Es nuestro oficio.
—Juan, si necesitás, tomate una licencia. Estás hecho pelota. Así no podés laburar —propuso Cacho para que el cronista pudiera reponerse—. Es la primera vez que te pido que descanses. ¡Siempre te jodo con que sos un vago de mierda!
—¡Eh, amigo! Es un gran periodista. No es vago, será reflexivo —Segni exageró en su voz la alabanza. Cacho estuvo a un tris de decir “no me jodás, viejo”, pero se contuvo temiendo poner en riesgo el negocio.
—Juan, hágale caso a Cacho —dijo Segni, paternal—, tómese una licencia. Total, tenemos tiempo para discutir su unipersonal. ¿Qué le parecen unas pequeñas, pero reconfortantes vacaciones? Sousse movió la cabeza negativamente.
—No, para nada. Prefiero trabajar, eso me distraerá y ayudará a reponerme —rechazó la oferta.
—¡Claro! Un periodista de raza, pasada la catarsis, ¡a trabajar! Ese espíritu me gusta. ¿Usted lo formó como periodista, Cacho? Es un león.
—¡No! Qué voy a formar. Este ya vino así de fábrica —se excusó Cacho—. Más bien lo puteo seguido por las cagadas que me hace.
Rieron a coro los dos hombres. Sousse no podía salir por completo de ese estado de ánimo abatido por la presencia de Segni. Este comenzó a caminar de un lado al otro del despacho, inquieto, gesticulando con ampulosidad y hablando en voz muy alta. La cadencia de su voz se hizo metálica, estridente, rimbombante.
—Entonces, señores… entonces, señores… —repitió afectado—, conversemos sobre el programa, si eso es sanador. Salgamos de este estado de tristeza y preocupación —ordenó Segni y recuperó el tono delicado de barítono con el que había seducido a Lidia.
Cacho se acercó a Sousse y le presentó al visitante:
—Juan, este señor es el Fausto que te nombré varias veces.
—Mi nombre es Juan Antonio. Un gusto —se presentó Sousse y extendió su mano a Segni como si no lo conociera.
—Mi nombre es Juan Jorge. Tenemos algo en común, ¿vio lo que es la casualidad? Los dos nos llamamos Juan.
—¿Pero usted no se llama Fausto?
—De apellido, amigo. De apellido. Apellido paterno. El de mi madre, Spies. Escuchen bien: “Spies”, no “espíen”, que es otra cosa, una profesión detestable. Ni “es pis”, gracia con la que me atormentaron de niño mis compañeros de escuela. Bullying escolar, le dicen ahora. Vivimos la época en que se ha globalizado hasta la brutalidad infantil.
—Qué curioso. No conocía a nadie de apellido Fausto. Solo hombres que llevaban ese nombre —dijo Sousse, tratando de parecer sorprendido.
—¡Hay tantas cosas curiosas en esta vida! —burlón, Segni le respondió.
Cacho intervino ansioso por llevar la conversación al tema del programa y poder discutir todo lo referido a honorarios y gastos:
—Juan, vos sí que tenés suerte. ¿Mirá lo que conseguiste con tu investigación? Que la productora de Fausto se interesara en vos para el unipersonal. ¿Cómo se llama su productora? No lo recuerdo.
—International Faustus Association, o en castellano, Asociación Fausto International. “AFI”, la sigla, muy fácil de recordar. ¡Muy fácil! Antes se llamaba “Servicios Internacionales”, sí, pero decidimos cambiarle la razón social. “AFI” suena más académico. ¿No les parece?
Sousse estaba aturdido y no reparó en el juego de palabras que Segni proponía. Cacho, por su parte, se hizo el distraído para no responder. Luego repitió:
—“AFI”. ¿Escuchaste, Juan? “AFI”, “AFI”, Juan —insistió—. La productora se llama “AFI”, recordalo.
—Seguro, Cacho —respondió Sousse, abrumado.
—Pero quiero decirles, amigos —discurseó Segni, haciendo gala de su histrionismo—, que la conducta firme, leal, que mostró el señor aquí sentado, su disposición a ofrecerse como testigo reservado en el crimen de esa nenita violada, golpeada, abandonada, me ha impresionado profundamente. Estoy conmovido por ese gesto suyo —y apoyó la mano en el hombro de Sousse, quien empezó a temblar sin poder controlarse.
—¿Juan? ¿Vos ayudaste a resolver un asunto semejante? ¡Qué pelotas, viejo! —Cacho estaba conmocionado. Sousse no sabía qué responder.
—Lo estoy diciendo, amigo. Crea en mi palabra. Se lo está diciendo Juan Jorge Fausto, productor de televisión y pronto también de cine. La conducta del señor nos terminó de convencer a mis socios y a mí de que este es el hombre que precisamos para nuestro programa. Queremos alguien probo, sincero, sin dobleces. Y acá está el más calificado: Juan Antonio Sousse.
—¿Tienen alguna línea de cómo será el programa? —preguntó curioso Cacho. —¡Si hasta tenemos el nombre!
Segni se llamó a silencio. Los otros dos quedaron expectantes. Creyeron que el productor les informaría el nombre sin dilaciones, pero continuó con el misterio.
—Díganos cuál, no nos va a dejar con la intriga —Cacho reclamó la primicia.
—Solo la verdad… ¿Qué les parece? Cuando supimos la actuación de este hombre, nos surgió el título del programa como una verdad revelada por Dios. Solo la verdad, título, “y nada más que la verdad”, bajada.
—¡Qué bueno! ¡Qué bueno! Me gusta. ¿A vos, Juan? ¿Te gusta el nombre del programa?
—Sí, claro. Es atractivo.
—Ahora, Fausto… —dijo Cacho, dejando entrever una duda.
—Cacho, por favor, llamame Juan, o Juan Jorge, Juanjo, si preferís.
—Bien. Juanjo: ¿con la investigación qué vamos a hacer? ¿Cómo la va a seguir? Este da lástima —dijo señalando a Sousse—. Y si arranca con un personal no va a tener tiempo ni de ir al baño a mear.
Segni interrumpió a Cacho abruptamente, aunque conservando su cortesía:
—¡Nada de investigaciones! Dejemos eso de lado. ¿A quién le importan esos temas esotéricos, de muertos, aparecidos, trasnochados?
—Sí, claro. A mí siempre me pareció algo traído de los pelos. Pero este me hinchó tanto las bolas con que esa historia iba a darnos un éxito extraordinario y nos íbamos a llenar de guita todos, que invertí mis buenos pesos en la historia. Este no vive del aire. El whisky que toma es de los caros. Y de lo demás no quiero hablar porque no es oportuno ventilar intimidades.
—¿Ese es el problema? —preguntó Segni, acompañando sus palabras con un gesto de incredulidad—. ¿Ese es todo el problema?
—Bueno, sí, por lo menos uno de ellos, y no menor —se justificó Cacho. Sousse lo miraba extraviado.
—Amigo, eso se arregla fácil. Pauta oficial, mucha pauta oficial, y más pauta oficial. Para cubrir esos gastos, para subsanar el lucro cesante, para dejarle al medio algo más que unas buenas ganancias. ¿Lo vale? ¡Ya lo creo! Por habernos puesto en contacto con este señor periodista. Y por ahí, hasta terminamos siendo socios.
—¿Socios? No sé. Es para pensarlo. Pero lo de la pauta oficial me interesa. Andamos medio escasos de pauta —Cacho pasó el aviso—. Usted sabe mejor que yo que la pauta oficial se reparte un 50% entre amigos y un 50% entre parientes. Y yo no soy ni amigo ni pariente de nadie que reparta la pauta.
—¡Pero Cacho! ¡Por favor! ¡Estamos entre amigos! ¡Casi parientes! Aquí los tres somos como hermanos de profesión. Si hasta se podría decir que sabemos qué hace cada uno de nosotros todo el tiempo. ¡Feeling! Tenemos Feeling! —Segni bromeó solo para desestabilizar a Sousse. Juan Antonio volvió a ese estado de angustia con el que había ingresado al despacho de Cacho.
—Será entre ustedes dos. Yo, desde que me separé, no tengo feeling con nadie —Cacho no aceptó compartir la comunidad que Segni proponía, confianzudo.
—Aquí mismo le doy mi palabra, se lo prometo: no va a escasear más la pauta oficial. Se lo aseguro. Nosotros somos distribuidores de pauta oficial de muchos ministerios, dependencias, entes autárquicos, del Estado nacional, de todas las provincias e incluso de la mayoría de los municipios. Prestamos servicios en todos los ámbitos del Estado, ¡en todos! Y no exagero. Uno de nuestros anunciantes más importantes es la Aduana.
—¿La Aduana? No sabía que publicaba pauta.
—Cacho: todos los entes oficiales tienen presupuesto publicitario. La Aduana, de lo que quieras. Por las fronteras pasa lo que pidas. —Pero, Fausto… digo, Juan Jorge…
—Juanjo, con confianza.
—Bueno, Juanjo. Yo quiero pauta, no contrabando.
—¡Me imagino! Pauta y más pauta. ¡Qué otra cosa! ¿Verdad? Contrabandear es un delito, pautar es un sentimiento.
—¡Está como Ubaldini, ya! Si usted me da su palabra que eso está asegurado…
—¡No dude, amigo! No dude de mi palabra. Mis socios y yo, si hay algo que tenemos, es palabra. ¡Palabra de honor! —y alzando la mano izquierda y apoyando la otra sobre el corazón, juró con cinismo—. ¡Lo juro! ¡Palabra de honor! Cultivamos la fidelidad y la verdad por sobre todas las cosas. Confíe, Cacho, confíe en mí. Confíe en nosotros. Confíe en “AFI”, productora integral de servicios. ¡Servicios! De eso se trata. ¡Servicios! A la comunidad, por el bien común, por el bienestar general.
Necesitamos confiar, generar confianza, eso necesitamos para progresar. ¿No vamos a perder a nuestro periodista estrella por una agachada? ¿No le parece?
—Por una agachada no. Pero hay que cancelar contratos, ver cómo se archiva el material que queda… Todo sale plata, Juanjo. Y a vos, Juan, ¿qué te parece?
—Si a vos te cierra, a mí también. Yo siempre quise un unipersonal, para mí es la gloria.
Segni preguntó por el baño. Cacho lo acompañó hasta la puerta y le indicó dónde estaba el sanitario para hombres. Volvió junto a Sousse y le palmeó la espalda.
—La verdad que me alegro por vos —le dijo Cacho, palmeándolo con afecto—. ¡Qué contenta se va a poner la pendeja esa con la que andás! ¿Cuándo me la vas a presentar, Juan? Acá todos la queremos conocer. ¿Y tu hija? Con esta salís de perdedor, ¿no es cierto? Basta de puteadas de la bruja. Dios está de tu lado. Si no es Dios, es Fausto, que tiene un pacto con el diablo —Cacho rió a carcajadas.
Fuera de la oficina se escuchaba un murmullo creciente. Cacho se asomó: Segni estaba rodeado del personal del diario. Solo escuchó que alguien dijo: “cuando salga lo vamos a celebrar”.
Segni le pidió a Cacho conversar a solas con Sousse. No puso reparos. Les propuso que permanecieran en su despacho, debía atender con cierta urgencia varias reuniones con las redacciones de nacional e internacional que había postergado por ese encuentro. Saludó con efusividad a su visitante, acarició la cabeza de Sousse y se marchó.
Al abandonar su despacho, todo el personal lo rodeó y lo agobiaron de preguntas. Fausto (Segni) les había dicho que miraran el canal oficial por la noche: allí se iba a hablar del caso que Sousse, con su colaboración, ayudó a resolver. Les aclaró por enésima vez que el nombre del compañero no se iba a dar a conocer, porque era un testigo de identidad reservada, y la reserva era lo último que se podía perder en ese caso.
Segni y Sousse quedaron solos. Segni se acomodó en el sillón de Cacho. Hubo un largo silencio.
—¿Todo se encamina, Sousse?
—¿Es así?
—Creo que sí, salvo que usted haga una boludez.
—No estoy en condiciones de hacer nada.
—Me alegro. Por usted, por su hija, por todos.
—Por mi hija. Eso me preocupa.
—Despreocúpese. ¿No somos amigos?
—¿Amigos?
—Totales, Sousse. Totales. Usted: ¡pum para arriba! Al estrellato. Se lo dije. Otros para abajo. Unos suben y otros bajan. Movilidad social en el marco de la oferta y la demanda. Nada nuevo en la viña del Señor. ¡Ah! ¡Me olvidaba! Quiero felicitarlo.
—¿Por qué?
—Por lo de López Huidobro, extraordinario. Es ingenioso cuando tiene que zafar de un apuro.
—¿Lo de López Huidobro? ¿De qué me habla?
—De la respuesta que le dio al bobo ese cuando tuvo que sostener la conversación esperando nuestro arribo. Eso lo descolocó, porque él sí sabía de qué le hablaba.
—¿Por qué no vinieron?
—¿A dónde?
—A capturar al tipo.
—¡Por favor! ¿En qué país vive usted? Esto no es la dictadura. ¿Qué, íbamos a entrar con un grupo de tareas y sacar al tipo encapuchado a la vista de todo el mundo? No… no se puede hacer eso ahora. Hay que ser más cuidadoso.
—¿Y entonces para qué mandé un mensaje de texto?
—Para dar aviso. Para vincularse. Hay que vincularse, Sousse. Siempre.
—¿Aviso? ¿A quién? Si no vino nadie. ¿Con quién me tenía que vincular?
—Se lo digo así, con grandes caracteres. Usted, que es periodista, va a captar la importancia de la noticia. Primera plana de los diarios de la tarde: División de delitos sexuales. Alguien tenía que hacerse cargo de lo que le hicieron a esa pobre nena. ¿No le parece? ¿No me diga que no vio la televisión?
—¿La televisión?
—¡El show que se perdió, Juancito! Esta noche mire el programa del canal oficial, una joya. Como productor voy a hacer historia. Mírelo y después me dice cómo lo hicimos quedar. Eso sí, a su “fuente” no le fue tan bien como a usted.
—Vi los tres videos… Me quería morir cuando los vi…
—¿Todavía se quiere morir? Porque eso se lo resolvemos en un instante.
—No, claro… perdón, perdón. ¿Y al muchacho qué le hicieron?
—No pregunte boludeces. ¿Qué carajo le importa? Vio un videíto pedorro y se puso sensible. No se haga el sentimental conmigo, Juancito. A usted, el chabón ese, le importó un carajo. Hable con propiedad: no diga “¿qué le hicieron?”, diga “¿qué le hicimos?”.
—Estaba mi hija en el medio. —Por eso mismo. Acá no hay que preguntar nunca. No se meta donde no lo llaman. Usted no lo conoció al tipo, no sabe ni quién es. ¿Me entendió? Ni a él, ni a la pendeja.
Sousse bajó la cabeza y lagrimeó.
—Dejese de joder, Sousse. Esa pendeja tenía más cogidas que gata callejera, tenía la concha como una cacerola.
—Por favor…
—¡Por favor! ¡Por favor! Deje de lamentarse. Esa pendeja estaba muerta antes de nacer. Padres de mierda, amigos de mierda, vida de mierda. Todos borrachos. Todos faloperos. Todos prostituidos. ¿Quién cree que era? ¿Cenicienta? Hágame el favor, deje de hacerse la Madre Teresa. La caridad, a otros. Usted póngase las pilas: la primicia que le vamos a dar va a recorrer el país. Tenga presente que bastante bien salió de esta. La mayoría no vive para contarla. Y, además, resolvió varios quilombos de un saque. No siempre se presentan estas oportunidades.
Segni dejó de hablar, se puso de pie y se dispuso a salir. Caminó hasta la puerta. Antes de dejar el despacho de Cacho, le dijo a Sousse que volvería a llamarlo ya para el programa. Y le reiteró el aviso sobre el programa especial que esa noche se iba a difundir con el crimen de Marlene.
—¡Está buena la secretaria de tu jefe! Me tira onda. Está caliente conmigo. ¿Está mal que la invite a salir? Yo le tiro mi celular y la invito. Una distracción no me va a venir mal.
—Te felicito. Es buena mina.
—No la quiero para casarme, Juan Antonio.
—Claro.
—¿Ve la diferencia entre usted y yo? Yo no cojo nunca con pendejas, busco minas de mi edad. Como corresponde. Apréndalo. El que se acuesta con chicos, amanece meado.
Segni abandonó el despacho y buscó con su mirada a Lidia.
Sousse esperó unos minutos antes de salir a la sala. Apenas si tenía fuerzas para incorporarse. Debía mirar las cosas desde otra perspectiva. Tal vez Segni tuviera razón. ¿En qué estaba pensando cuando se enganchó con Marlene? ¿Cómo nunca se dio cuenta de que era menor y puta? Se justificó en el amor. Él la amaba, pero nunca sospechó de su condición. Al final, la sabiduría popular se imponía: “el que se acuesta con chicos, meado se levanta”. ¡Y qué meada fue esa! Casi se ahoga en medio de olitas de urea, ácido úrico, agua. Un desastre.
Se arrepintió de haberse dejado convencer por la pendeja de meterse en el quilombo ese de La Reliquia. Hasta sintió bronca por dejarse embaucar por una “putita” —así lo pensó—. ¿Para qué? ¿Por un fantasma ridículo? “¡Qué putita de mierda!”, repitió para sí varias veces, cada vez con más energía, buscando convencerse de sus razones.
Reconocía que al principio creyó en la historia; hasta le pareció atractiva la idea de una misteriosa logia defendiendo la patria. Pero al tiempo comprendió que nada era cierto. Por eso no estaba preparado para lo que vendría. Cuando creyó, primó su parte incrédula, se dijo. Cuando descreyó, quedó solo el Juan Antonio de siempre. Como él mismo se presentaba: “ingenuo, tranquilo, alegre”. Marlene le hubiese dicho “un verdadero boludo”, pero ya no podía reprocharle nada: estaba muerta.
En un acto de introspección, reflexionó allí sentado, solo, en el despacho del director, cómodo como nunca antes se había sentido en ese lugar donde, por lo general, Cacho lo llamaba solo para putearlo. Se dijo, convincente, que en cierta forma Segni tenía razones para haberle hecho lo que le hizo. ¿Para qué husmear entre uniformes? ¿Qué tenía que importarle a él grupos de tareas, torturas, incestos, violencia de género? Así le fue. Ahí tenía las consecuencias, y eso que él creía a rajatabla que había salido bastante indemne de semejante despelote. A Bado lo borró de sus preocupaciones. Cada uno sabe en qué se mete, se justificó.
Tenía la oportunidad de empezar una nueva vida. Estaba decidido a aprovecharla. De testigo de identidad reservada a periodista estrella. Al salir del despacho del director vio que todos sus compañeros lo esperaban. Habían formado un semicírculo. Lo ovacionaron. Segni, detrás de todos ellos, llevaba la voz cantante.
El tipo no tenía tapujos para nada. Acababa de amenazarlo por enésima vez, y ahí estaba, preparando una despedida apoteótica para el “héroe” que ayudó a resolver un crimen truculento. Flirteando con Lidia, a la que ya había invitado a cenar.
Todos, uno por uno, lo fueron abrazando y felicitando. Por su aporte como testigo y por su logro profesional. ¡Un unipersonal! El sueño de todos los periodistas.
Lidia estaba prendida a Segni, ya lo tenía agarrado del brazo. Si supiera, saldría rajando. Pero no había forma de que él la advirtiera. Ya no cabía esa posibilidad, ni entonces ni en ninguna otra oportunidad. Estaba incorporado de facto, como Segni decía socarronamente, al equipo de Juan Jorge Fausto. A la “AFI”, Asociación Fausto Internacional. O al equipo de Inocencio Segni, la versión truculenta del amable caballero vestido de blanco. Un gótico Dorian Gray tan vanidoso e imperturbable como el personaje, pero capaz de descogotar a Sousse de un solo golpe.
Juan Antonio podía sentirse en parte como el propio Johann Fausten, el teólogo que se entrenó en la magia negra para invocar al mismo diablo con el afán de imponerle su voluntad. Pero no fue Sousse-Fausten quien se impuso al demonio. Fue Lucifer quien ganó la partida sin siquiera un esfuerzo importante. Como Fausten, Sousse acababa de firmar un pacto con sangre. No con la suya, en ese preciso instante, sino con la de Bado, Abigaíl, Silverio y Marlene. Su sangre quedaba reservada para una ocasión por venir. Estaba atado así a ese contrato de por vida. Y no solo la suya: la de su hija también, que quedó como prenda de garantía.
Por su parte, Inocencio Segni —o Juan Jorge Fausto, como se quisiera llamarlo (de todos modos, ninguno de esos dos era su nombre verdadero)—, como Mefistófeles, súbdito del diablo-funcionario del Estado que veneraba y protegía, accedió a simular buena conducta hacia Sousse mientras este cumpliera todo lo que se le ordenara, por los años que su repartición lo estableciera; al término de lo cual el alma del falso héroe sería definitivamente propiedad de sus captores. Estos decidirían cuándo y cómo el moderno prócer entraría al reino de los injustos. Porque del cielo ya se había privado por decisión propia.
A partir de la firma del contrato infame habría lugar a nuevos y peores excesos, pero no a arrepentimientos. La letra chica decía con precisión que no se recuperaría jamás la libertad ni se otorgaría nunca una libertad condicionada a quienes, por propia voluntad y cobardía, entregaron su alma por vanidad, vicios, lujuria, a cambio de la sangre de amores y amigos. La sangre nunca se diluye con agua, una sentencia que se escuchó repetir en otros escenarios donde otras muertes ejercían sus dominios. Y tampoco con whisky, aunque fuera importado.
Esa misma noche, en su cama, solo, bebiendo un Vintage Balblair 1975 que compró usando el dinero de un adelanto que Cacho le otorgó como recompensa, encendió el televisor para ver el programa tal como se lo indicó Segni. Toda la pantalla la ocupaba una foto de Bado —o Baldomero, como realmente se llamaba—. La imagen de Marlene, definitivamente Uxia, nunca se volvió a exponer. Una tutora (no tenía familia según las autoridades judiciales), asistida por un letrado y amparándose en los derechos de la infancia, logró imponer una total censura a la difusión de su verdadero rostro. El otro, el destrozado, la carita destruida a golpes, el propio programa desistió de repetirlo. Los demás noticieros, como advertidos de la situación, imitaron al canal oficial. Todo debía circunscribirse al criminal y a su acompañante, que estaba también siendo investigado.
Mientras bebía sorbo a sorbo, escuchaba como una letanía la voz del locutor, que repetía una y otra vez una información elaborada en los sótanos de la Agencia:
—“Esta es la imagen del asesino. Su nombre, Baldomero; su apellido, Dorante. Alias: ‘Bado’.
Sobre el resto de los involucrados, las autoridades han impuesto, por ahora, el secreto del sumario. Solo se dio a conocer la filiación del asesino. Se sabe que tiene un hermano sobre quien pesa una orden de captura nacional e internacional.
La identidad de la niña, por su condición de menor, no puede difundirse. Sus tutores lograron que la Justicia impusiera una censura total sobre su nombre y sobre el destino de sus restos mortales. Nuestro programa quiere honrar esta decisión, no solo porque emanó del Poder Judicial de la Nación, sino en homenaje a esta criatura vilmente violada y asesinada. ¿Se lo ha asignado como cómplice? No lo sabemos.
El del otro hombre, el que se encontraba con Baldomero Dorantes al momento de la detención, tampoco se difundirá, por razones vinculadas al éxito de la pesquisa. Los periodistas de investigación, habituados a sortear los secretos judiciales, no han podido acceder hasta ahora a ningún dato verificable de esta persona: quién era, por qué estaba en ese departamento, qué lo unía al violador y asesino.
Las autoridades reseñaron en un comunicado oficial cómo la comisión policial logró llegar al departamento del barrio de Belgrano donde el sospechoso se escondía. También informaron que se trataba de un hombre joven, atlético, de entre veinticinco y treinta años, quien, al comprobar que no tenía posibilidades de fugarse, decidió suicidarse.
Para sorpresa de la fuerza de seguridad, el responsable del crimen contra la niña estaba acompañado de otro hombre, más joven, tal vez de veinte a veinticinco años. Este, por razones aún no establecidas, quizá al tomar conocimiento de la presencia policial, decidió arrojarse desde el noveno piso. ¿Un pacto suicida? ¿Cuál fue su participación en el horrendo crimen?
Todos esperamos que se arroje luz sobre tan luctuoso suceso y se esclarezcan definitivamente los pormenores de este aberrante crimen. Basta de impunidad, es el clamor de la sociedad.
Los restos del asesino están depositados en la morgue judicial. Al momento, nadie los reclamó. Del otro joven se espera que algún familiar permita establecer su identidad, profesión, trabajo o estudios, si los hubiera tenido.
Las autoridades están convencidas de que es muy probable que el tal “Bado” regenteaba —¿junto al otro hombre muerto?— una vasta red de trata de personas para la esclavitud sexual.
Las evidencias abundan contra un refinado burdel de nombre ServuS, clausurado por las autoridades judiciales. Regenteado por una conocida prostituta con frondoso prontuario, buscada en la provincia de Buenos Aires y en zonas aledañas. En todas las rutas nacionales se han establecido rigurosos controles para dar con la fugitiva.
Un testigo, Oliverio Moreira, paisano dedicado a tareas rurales, aceptó revelar su identidad por voluntad propia. Confirmó que la madama —cuyo nombre se mantiene en secreto para no entorpecer la investigación— solía viajar a la zona para capturar niños y niñas y ponerlos al servicio de su red de prostitución. Además, sostuvo que esa organización delictiva también se dedicaba al tráfico de estupefacientes, llegando incluso a comercializar sofisticadas drogas de diseño de dudosa calidad y alto precio, que vendían en todo el país y habían comenzado a exportar a Europa.
La droga se conocía con el nombre de Juana de Arco. Un verdadero misterio la denominación del estupefaciente, o una burla siniestra contra aquella mártir francesa que murió en la hoguera acusada de brujería.
Sousse no dejó de beber mientras escuchaba el noticiero. Cansado, apagó el televisor. Se mostró desinteresado de esas novedades. Él estaba a salvo, y eso era lo único que importaba. No podía ni quería volver a llorar, no quería escuchar noticias abrumadoras. ¡Basta! ¡Basta! Era el grito que se acumulaba en su boca húmeda de whisky.
Finalmente, degustó la noticia hasta disolverla en el costoso whisky, y esa combinación abrió sus papilas gustativas y estimuló su lengua. Esa sensación benéfica hizo que, por primera vez en mucho tiempo, se sintiera cómodo.
La soledad no le sentaba nada mal. No estaba su nena, cuyo recuerdo se iba diluyendo en el pasado reciente como el hielo en el vaso de whisky. Empezaría por olvidar sus nombres, si es que alguno de ellos fue el verdadero. Marlene, Uxia: demasiado teatrales para ser ciertos.

Luego iría olvidando su rostro, y por último su cuerpo. No sentiría nunca más el sabor de ese cuerpo, pero el mundo estaba lleno de gloriosos sabores. Blends de clítoris tan juveniles como aquel. O más. Aunque debería atender al consejo de Segni: “no se acueste con pendejas”. Se dijo que tendría que considerarlo. Segni, después de todo, era el amigo que le quedaba.
Su reciente y acuciante estado de ánimo lo abandonaba lentamente. Ya no se sentía ni traidor ni buchón. La traición, después de todo, puede ser un acto de conveniencia o de obediencia, y por eso se aleja de ser considerada una inmoralidad. Traicionó a unos, pero fue fiel a otros. Cara y ceca de una misma moneda. La vida siempre era como una moneda con sus dos caras.
Empezó a considerar que cierto grado de heroicidad tenía su comportamiento. El heroísmo no siempre se presenta con la misma fachada. El suyo podía tener ese aspecto rebuscado, pero nada de la conducta humana es uniforme por completo.
En algo había ganado seguridad: ya no sería más el boludo que vivía de la limosna de Cacho. Un nuevo Sousse surgía de aquella refriega del destino, transformado en el conductor de un unipersonal que lo haría justicieramente famoso.
No podía ser tan difícil olvidar todo aquello. Solo debía convencerse de que no tuvo otra opción más que hacer lo que hizo.
Bebió todo lo que pudo, casi hasta vaciar la botella. Después se durmió como hacía semanas no podía hacerlo.

***

XXVII – Aproximación indirecta 


López Teghi recorría las oficinas apagando los sistemas de aire caliente. Había impartido una orden precisa a través de un comunicado interno, una circular para el personal. La nota decía claramente: “Solo se utilizará la calefacción aquellos días en que la temperatura sea menor a quince grados.”
Los oficinistas pasaban frío. No les iba mejor los días en que el calor se hacía sentir: la refrigeración no debía ser inferior a los veinticuatro grados.
El clima porteño era tan inestable como su política. Un día podía hacer mucho frío y al siguiente, sin transición apacible, soportar calores propios de un verano tórrido. Siempre había un santo al que echarle la culpa. Si no era Santa Rita, era San Juan, pero alguno debía hacerse cargo de los vaivenes climáticos rioplatenses. Las responsabilidades se buscaban en el cielo; las restricciones al abrigo o al fresco, en la tierra.
En sus recomendaciones era estricto. Si había fijado una temperatura que justificara encender la calefacción o la refrigeración, debía respetarse. Su exigencia de tantos grados centígrados para los días de frío y tantos para los de calor podía ser debatida —después de todo, la democracia constitucional permitía esas licencias sobre grados y otros asuntos de menor cuantía—. Pero lo que no se podía eludir ni permitir era el incumplimiento de las normas dispuestas. La falta de respeto a ciertas pautas era el anuncio de la anomia y el preámbulo de la anarquía.
Después de todo, él solo cumplía la orden presidencial de ahorrar soportando cierta dosis de frío y padeciendo cierta dosis de calor. Como un remedio, más bien una purga climatizada. Ningún sacrificio extraordinario. Una porción de frío y una de calor hasta podían mejorar en algo el estado de ánimo de todos aquellos que le debían al Estado su comodidad.
Pero, así como la democracia permitía algún debate sobre bajas y altas temperaturas, sobre la merecida calefacción o refrigeración, también obligaba a todos a compartir desventuras en el nivel administrativo al que se perteneciera. Su decisión sobre estufas y refrigeradores era válida para todas las reparticiones por igual. Y como comprobaba que el personal no atendía a sus indicaciones —desde los jefes intermedios hasta los empleados del escalón más bajo del escalafón estatal— recorría oficina por oficina acondicionando las cosas.
Los jefes superiores estaban eximidos de toda restricción. El privilegio no era considerado un exceso, sino una prerrogativa inherente a quienes tenían el sacrificado deber de conducir el timón de los asuntos públicos. A mayor responsabilidad, mayores beneficios.
No faltaron los días en que abundaron las bufandas y los gorros de lana en la legión de empleados más modestos. El invierno, ese año, fue más frío que de costumbre. Las mujeres, más friolentas, llevaban gruesos guantes de lana, pantalones de frisa y medibachas. Los varones, siempre más quisquillosos con sus prendas íntimas —como si alguien pudiese ver debajo de la gruesa tela de sus vaqueros— no se animaban a usar calzoncillos largos por temor a ser descubiertos en sus debilidades. Preferían quedar ateridos por el frío antes que pasar por flojos en un ambiente donde los flojos no deberían tener lugar. Aunque eso fuera solo un mito.
Empezaba la recorrida saliendo de la oficina de Recursos Humanos que él mismo había creado y que se dedicaba a estudiar todos los legajos para establecer, con poco claro criterio, qué personal era necesario y cuál podía ser puesto en disponibilidad. En cierta forma, los empleados administrativos estaban a su merced, pero las formaciones especiales no. Eso serenó a muchos que se negaban a quedar en manos de un tecnócrata devenido en político, dispuesto a mirar las cosas solo por la reducida perspectiva de las hojas de cálculo.
Mientras inspeccionaba los cubículos en que estaban confinados la mayoría de los empleados con los rangos más bajos del escalafón, su WhatsApp reproducía el tintineo de unas campanitas que le avisaban el arribo de mensajes a los que solo él tenía acceso.
“Pérez y Pérez” estaba al tanto de su pedido de una reunión urgente a Reinafé. Como el hombre desconocía la sustancia real de muchos sucesos ocurridos en los últimos tiempos, no estaba en condiciones de evaluar el éxito o no de las operaciones llevadas a cabo con el objeto de acabar con La Reliquia. Y esa inquietud lo llevaba a buscar explicaciones en un lugar al que solo se concurría a brindarlas.
El jefe Reinafé no estaba de humor para alcahueterías. Fue en ese momento que decidió transferir a “Pérez y Pérez” al exterior y darle el comando de parte de las operaciones a López Teghi. La decisión había sido acordada con el señor presidente. Cada uno entendería como mejor le pareciera; él no brindaría mayores explicaciones, no estaba obligado a ello.
Estaba muy frustrado por la transfugueada que López Huidobro le hizo con el rosario. Ni siquiera la noticia de su muerte modificó esa sensación de despojo que le produjo el trámite fallido de la devolución de la joya. Se sintió como un niño burlado cuando, desde un ámbito reservado de cancillería, le informaron que los destinatarios del envío devolvieron la encomienda diplomática indicando que se trataba de una falsificación. Alabaron la calidad de la copia, pero dejaron en claro que no era el rosario original que la monja llevaba hasta el día del secuestro en la iglesia y que le fuera arrebatado por Podestá como trofeo de guerra en su asesinato.
La diplomacia secreta practicada entre los dos Estados evitó un escándalo de proporciones. El recuerdo siempre presente de los cursos de contrainsurgencia en aquella capital europea amainaba cualquier intransigencia. Nadie estaba interesado en que el asunto de la joya trascendiera a la opinión pública. Había demasiados implicados en esos crímenes y complicidades, algunos beneficiados con ascensos destacados y puestos de importancia en la administración del Estado, tanto de esta orilla como de la otra del Atlántico. Así que todo siguió el curso de una discreta negociación, con mensajes comprensivos de uno y otro lado. Pero Reinafé, de todos modos, estaba realmente fastidiado como pocas veces le había ocurrido con un subalterno de tan alto rango.
A pesar de que lo importunaba el pedido, accedió a conceder la entrevista para que López Teghi desembuchara todos sus reproches. Sus expectativas no estaban cifradas en las denuncias que ese jefe le traería —que de antemano sabía poco trascendentes—, sino en los preparativos de despliegue de tropas de élite que, en número considerable, se alistaban para tomar posición alrededor de un remoto pueblito ribereño donde se sabía que La Reliquia y su comitiva estaban refugiados.
“Pérez y Pérez” sería privado de esa última acción, algo que no lo inquietaba demasiado. Por el contrario, López Teghi recibiría la oportunidad de acabar definitivamente con aquel fastidio. En medio del aniquilamiento debía emerger la joya auténtica para dar satisfacción a los quejosos extranjeros que reclamaban el fin de aquella desventura.
La inteligencia estratégica suponía que los relicarios buscaban bajar hacia el sur, hacia algún pueblo de la campaña bonaerense donde tuvieran mejores condiciones para la atención del ilustre. También especulaba que era posible que tomaran los suburbios de Buenos Aires solo como un lugar de paso y que intentaran llegar hasta la capital, donde les sería más fácil burlar los permanentes seguimientos que padecían desde que iniciaron el éxodo de la mansión, y hacerse de logística y comodidades para atender al prócer. Por ello, todos los caminos desde y hacia la capital estaban tomados por fuerzas especiales con el pretexto de una redada contra el narcotráfico.
Desde que abandonaron aquella residencia extraordinaria —de la que ya se había impartido la orden de demolición— habían vagado de rancho en rancho y se veían impedidos de brindarle los cuidados adecuados que consideraban merecía. No era que la condición del hombre hubiera desmejorado, tampoco atravesaba una de las tantas crisis que lo dejaban catatónico. Pero, con razón, temían que las fatigas del largo viaje terminaran por causarle un daño irreparable. Y de eso, sabían, no se volvería.
Por lo demás, estaban serenos. Los ideales por los que se alzó esa bandera gozaban de buena salud y en todas las latitudes de la patria surgían numerosos contingentes de compatriotas que enarbolaban esa enseña de la libertad. A medida que esa siembra se multiplicaba, crecía la promesa de una cosecha tan abundante que haría que el asunto de la revolución se pusiera a la orden del día.
Sin que López Teghi lo supiera, Reinafé convocó a “Pérez y Pérez” para que se ocupara en persona de despejar los interrogantes de su colega y calmara su desconfianza. Esperaba que sus decisiones —la designación de uno como embajador itinerante y del otro como reemplazo del viajero— los hicieran comprender lo inconveniente que resultaba un enfrentamiento entre jefes por cuestiones que no deberían dividirlos, sino unirlos en beneficio de los objetivos superiores de la institución.
A “Pérez y Pérez” le recriminaba su comportamiento desconfiado y hasta dogmático con el recién venido. A López Teghi, su exagerada simplificación de eventos tan complejos como la construcción misma de la nacionalidad.
El tecnócrata convocado debió abandonar su despacho para dirigirse al ciclópeo edificio en donde el general en jefe atendía ocasionalmente. Reinafé nunca permanecía mucho tiempo en un mismo lugar ni atendía sus obligaciones en el mismo despacho. Su costumbre era variar de ámbito de trabajo y sus movimientos se mantenían en riguroso secreto. No es que se temiera un ataque que comprometiera la integridad física de uno de los más encumbrados jefes del sistema de Inteligencia que controlaba a la ciudadanía. Nadie estaba interesado en martirizarlo. Simplemente mantenía el hábito de moverse con reserva y no entregarse a la comodidad de una perezosa rutina, pernicioso hábito que empezaba a extenderse en las nuevas promociones, tal vez llevadas por la engañosa apariencia de una estancia relativamente pacífica de la vida nacional.
La comodidad crea ilusiones en las mentes acomodaticias, genera fantasías perniciosas para quienes deben ejercer la custodia de cualquier sistema. Empieza como un instante propicio para el sosiego, para una estancia relajada por un breve tiempo y de manera acotada. Pero el paso del tiempo convierte la comodidad en un verdadero tumor que va conquistando momento a momento la ilusión de que todo está bien y que nada puede alterar ese falso estado de armonía. Finalmente, cuando ya no se distingue si la realidad es lo que en efecto es o solo una imagen ajustada a los deseos de bienestar, termina por embaucar completamente a sus víctimas, quienes nunca podrán comprender a ciencia cierta cuál es el origen de su frustración y del rotundo fracaso de cualquier empresa que acometan.
La comodidad es enemiga de la Inteligencia. Con todo rigor, Reinafé combatía ese nefasto sentimiento de prolongada paz y aparente armonía. Nada en la historia pasada o próxima avalaba esa suposición, mucho menos los sucesos más cercanos en el tiempo. La sangre siempre estaba presente en la vida política. Fatalidades, accidentes, suicidios inducidos, asesinatos encubiertos, desapariciones forzadas, represiones violentas aparecían con cierta periodicidad en las páginas de los diarios nacionales, dejando constancia de los arrebatos en la lucha por el poder con sus secuelas de delitos nunca develados. Los crímenes contra el pueblo, en cambio, rara vez concitaban el entusiasmo de jueces o fiscales y pocas veces ganaban las primeras planas.
Los dos siglos de existencia como nación —sin contar los anteriores de dominio colonial o la soberanía de los pobladores originarios ejercida al margen de leyes y decretos de los conquistadores y de quienes se proclamaron sus herederos— mostraban una tradición sangrienta: guerras de emancipación y guerras civiles que masacraron generaciones enteras en la lucha por la libertad y la independencia, por el dominio de unos caudillos contra otros o entre facciones de la oligarquía gobernante. La guerra civil se extendió mucho más allá de las proclamas de la Carta Magna, y la masacre de la guerra de la Triple Alianza para liquidar a la nación paraguaya llevó esa tradición sanguinaria a niveles extraordinarios.
Luego, la expansión hacia el sur y hacia el norte, respondiendo al interés del extranjero y sus socios oligarcas de incorporar al latifundio nacional las vastas posesiones patagónicas y subtropicales, agregó páginas sangrientas a las ya abundantes que poblaban los testimonios de los libros de historia. A ellas se sumaron miles de nombres de víctimas de la clase proletaria, mártires desperdigados por toda la geografía nacional. Negros, originarios, criollos, gringos, viejos y niños, hombres y mujeres derramaron su sangre en combates rudos, muchas veces ignorados o silenciados deliberadamente. El genocidio de la última dictadura militar fue el jalón más brutal de esa historia sanguinaria de las minorías gobernantes.
López Teghi dejó en sigilo su despacho. No usó un auto oficial: de hacerlo, toda la Agencia estaría al tanto de su visita, informados por los correveidiles de las internas de la Institución. Hombre de perfil bajo, ignorado por una ciudadanía que no tenía ni la más remota idea de su existencia, atravesó la amplia plaza caminando las cuadras que separaban su edificio del otro, donde se suponía lo esperaba Reinafé.
Desfiló bajo la vieja recova y cruzó atento la amplia avenida que lo separaba de su destino. Una reja perimetral protegía el ejido en el que se erguía el monumental edificio. De su entrada principal se abría un camino no muy angosto, flanqueado por extensos jardines de pastos muy verdes en los que se distribuían, como por azar, enormes palmeras y otras especies de árboles casi centenarios. La sombra, en los días de verano, era acogedora y refrescante, y podía verse a numerosos jardineros mantener aseado el paisaje y renovar sus flores para que dibujaran con sus colores formas simétricas, delicia de los visitantes.
Unas reproducciones de viejas armas adornaban la amplia escalera que conducía al edificio, algunas de las cuales lucían lustrosas y bien conservadas.
Reinafé consideraba a López Teghi como el hombre indicado para ese momento: tiempos de cerrar la mano del presupuesto público y de proteger el tesoro de los gastos reservados, la savia nutritiva que hacía andar la maquinaria de Inteligencia de manera eficiente. Las partidas públicas podían recortarse las veces que se quisiera: reducción de cargas horarias, extras, viáticos, parrandas, regalos. Esa era una esfera que López Teghi manejaba con extremo conocimiento y que no alteraba los procedimientos importantes de la Agencia.
El presupuesto secreto, en cambio, debía ser defendido. El hombre era el indicado para que del delicado Rutini se pasara a la ácida gaseosa en un solo paso y sin aviso. Bastaba una dura medida administrativa redactada por los expertos de la Secretaría Legal y Técnica, atentos a todas las disposiciones que regían el sistema estatal. Luego, ¡adiós comilonas!, ¡adiós bacanales!, ¡adiós orgiásticas celebraciones!, ¡adiós autos de lujo! Adioses todos para las dotaciones de rangos inferiores, al menos durante un año, que deberían tomarlo como un sabático. Pasado el tiempo de privaciones, el déficit fiscal atendería los excesos con generosidad y todo volvería a la normalidad, si no para los empleados de los escalafones más bajos, al menos para los de la escala media. Los de la capa superior rara vez sufrían restricciones; las pocas veces que eso ocurrió fue porque la nación estuvo al borde del colapso total.
López Teghi llegó con cronométrica puntualidad al lugar de la entrevista. Se hizo anunciar en la recepción. Una secretaria, alta y delgada, elegante y bonita, lo invitó a subir por un ascensor destinado al personal de rango superior. Era pequeño, cabían solo dos personas y no demasiado grandes. Otro, un poco más alejado, estaba reservado para los cuadros intermedios. Y al final del pasillo, un tercer ascensor, algo despintado y sucio, el más grande de todos, era el que utilizaba el personal de los escalafones más bajos. En otra ala del edificio, tres ascensores enchapados en acero inoxidable eran utilizados por los visitantes, en general personal ajeno a la Agencia.
Al descender en el cuarto piso, la mujer le indicó que tomara el pasillo de la derecha; en una de las oficinas lo esperaban para completar el procedimiento antes de la entrevista. No pudo apreciar de qué modo la mujer desapareció de su vista, pero se desvaneció como por arte de magia, aprovechando una insignificante distracción suya, cuando desvió la mirada hacia el pasillo que le señalaba.
Se trataba de un corredor muy extenso, tal vez de cien metros de largo. El piso era de grandes baldosines de mármol blanco con una filigrana negra, lustrado con esmero. Si se lo miraba inclinando la cabeza, podía apreciarse la perfección del lustre de los rodillos de la enceradora, en línea recta y a igual distancia uno de otro. Era un trabajo que se hacía en plena madrugada, cuando los pasillos quedaban despejados porque el personal se había retirado, vaciando por completo el edificio. Salvo una guardia poco numerosa, solo el personal de limpieza dejaba oír sus voces en esa amplitud recoleta y opresiva.
El cielorraso estaba a cinco metros de altura, pero parecía mucho más alto. Su arquitectura cóncava le daba una exagerada profundidad que las sombras de las molduras llenaban de formas antojadizas. Colgaban de él, a perfecta distancia, viejas lámparas de bronce bruñido y repujado, cada una con seis tulipas blancas esmeriladas que lucían pintitas como guindas, repartiendo ecuánimes la luz en todas direcciones, salpicada de manchitas difíciles de identificar.
Varias decenas de puertas se desplegaban a un lado y otro del pasillo. Todas iguales: de madera lustrada, sin identificación alguna. López Teghi, nuevo en ese territorio de cazadores furtivos, estaba abrumado por la inmensidad del corredor, la altura exagerada del techo, el brillo enceguecedor de las lámparas y la actitud hostil de las puertas detrás de las cuales se refugiaban verdugos atentos a impedir la incursión de cualquier persona ajena a la repartición.
Repudió a la mujer que lo había conducido hasta ese piso para luego desaparecer de manera repentina. Nunca le indicó a qué puerta debía dirigirse. Lo dejó varado, sin saber qué hacer, dejando pasar minutos preciosos que pensaba gastar en informar a ese jefe poderoso sobre sus preocupaciones, y no en una inútil espera. Fastidiado, se decidió a golpear puerta por puerta si fuera necesario, hasta dar con la que correspondía al despacho del jefe que lo esperaba.
Llamó casi con delicadeza en la primera puerta del lado derecho. Nadie respondió. Insistió sin demasiada convicción. Cierta desconfianza lo invadía sobre quiénes podían estar detrás de cada puerta; tampoco deseaba irritar a los jefes del estrato más alto de la organización.
Sin respuesta, giró para encarar la primera puerta del ala izquierda. Cuando estaba por llamar, escuchó un leve chirrido proveniente de la puerta donde acababa de golpear. Con el rabo del ojo vio que estaba entreabierta y un guardia de una empresa privada de seguridad lo observaba, sin mostrar preocupación alguna. Al instante, se oyó una voz masculina, ronca, que lo llamó por su apellido: “López Teghi”, sin agregar comentario. Con un gesto lo invitó a pasar a la pequeña oficina.
Era un cuarto no mayor a nueve metros cuadrados, tres por lado, y el techo, a diferencia del pasillo, era bajo, machihembrado en madera clara, tal vez pino sin lustrar, solo barnizado. Un tubo fluorescente iluminaba penetrante sobre un escritorio modesto con dos sillas rudimentarias. El ambiente se volvía sofocante porque carecía de ventilación. Justo enfrente de la puerta por la que entró, se apreciaba otra igual, como si se tratara de un espejo. El guardia le indicó que se sentara en una de las sillas, pero López Teghi permaneció de pie, desobedeciendo la indicación. No estaba cómodo.
Era el mismo guardia privado que lo había observado instantes antes. Desconocía si las insignias de su uniforme azul marino correspondían a algún grado militar o eran simples adornos en charreteras y bolsillo. La corbata llevaba bordado un signo extraño que nunca había visto.
El hombre, alto, de fuerte contextura, piel morena, ojos pardos y abundante cabello —algo poco habitual en personal militar, por lo que dedujo que no pertenecía a la Agencia— le entregó una hoja y una lapicera Bic de tinta azul. En el borde superior del formulario se leía: “Orden del día N.º”, seguido de una línea punteada para completar. El guardia le indicó que no se preocupara por el número: lo llenarían los archivadores. También le dio un sobre para guardar el informe.
—El general le solicita que, en ese formulario, explique muy brevemente los motivos de su pedido de entrevista —dijo.
López Teghi lo miró sorprendido.
—El motivo de mi visita es reservado. No lo escribiré aquí —respondió irritado.
—Señor —contestó el guardia con cortesía—, si su visita es de carácter reservado o protocolar, expóngalo igualmente para que su superior sepa, de su puño y letra, lo que necesita. Luego doble el papel, introdúzcalo en el sobre y ciérrelo. Yo lo llevaré a quien lo espera, y será él quien informe al general. El general no suele leer informes sin que antes sean evaluados por asistentes. Es una regla para todos los pedidos, tanto de jefes encumbrados como de personal inferior. Es un comportamiento democrático que busca promover trato igualitario entre jefes y subordinados.
Por otra parte —añadió—, jamás leería una nota dirigida al general ni a otro jefe. Conserve la tranquilidad y el buen ánimo. Siendo usted un jefe de rango, debe estar seguro de que aquí nadie pretende hacerle revelar secretos ni burlar sus reservas. La información es sagrada, como una deidad a la que todos rendimos culto. Practicamos la reserva y la discreción más completa. Si faltara a esa fidelidad, me trasladarían a otro lugar o me expulsarían sin posibilidad de reinsertarme en la función pública. Si la felonía fuera grave, la pagaría con mi vida.
López Teghi movió la cabeza, aún disconforme con el trámite impuesto por un custodio del que no tenía referencia alguna.
El hombre se retiró por una puerta que parecía dar a un pasillo interior. Según comentarios de quienes habían estado allí, las oficinas daban a un amplio patio de palmeras iluminado por la luz natural que atravesaba un techo de vidrio antiguo con un delicado vitraux de formas y colores.
Se sentó al escritorio y redactó unas breves líneas que no ocuparon ni un octavo de la planilla. No se extendió: lo consideró innecesario. Era un hombre de discurso breve y escritura medida, fiel a sus preceptos: hablar mucho distraía la mente, escribir largo confundía los argumentos. Pero la desconfianza acicateó su habitual economía de palabras.
Explicó sucintamente las siete muertes ocurridas desde su incorporación al cargo designado por el presidente. Las atribuyó a la impericia de “Pérez y Pérez”, a quien calificó de “incapaz de manejar situaciones ordinarias en la labor diaria de un jefe de su jerarquía”. En un renglón aparte pidió una investigación interna, pues a su juicio los sucesos que culminaron con la muerte del “Señor Coronel Don Arancibia López Huidobro” permitían sospechar de una filtración de seguridad. Ser infidente era detestable y conllevaba la pena de muerte sumaria, tal como le había dicho el guardia.
En la parte inferior de la hoja, una línea punteada y las palabras “firma y aclaración” indicaban al declarante estampar su rúbrica y debajo su nombre en letra clara. Así el general sabría cuál era el reclamo y quién lo hacía. Una costumbre antigua, heredada de tiempos en que esos documentos eran verdaderos actos de confesión.
La nostalgia de prontuarios sostenía la práctica, desdiciendo las ventajas de los sistemas informáticos. El general no usaba computadora; su celular era antiguo, sin GPS, limitado a breves mensajes de texto, casi nunca cifrados. Pocos conocían su voz.
En un cuaderno marca Arte, rallado, tamaño A4, volcaba los datos que consideraba importantes en distintas operaciones. Si muriera por accidente o atentado, sería difícil deducir sus anotaciones, escritas en letra pequeña e ininteligible, llena de giros y claves que solo él comprendía. Tal vez donde escribió “blanco” quiso decir “negro”, y donde “alto”, “bajo”. Solo él entendía sus notas.
El guardia, como había prometido, regresó a los cinco minutos exactos. Reingresó por la puerta contraria a la que había salido, la misma por la que López Teghi había entrado a la oficina y que daba al enorme pasillo de las infinitas puertas y las brillosas lámparas colgantes. Parecía moverse en círculos. Preguntó con cortesía si había completado el informe. López Teghi respondió afirmativamente. El guardia selló el sobre con un lacre, procedimiento poco habitual, pero necesario ante la desconfianza del visitante. Luego se retiró por la puerta que conducía al patio interno.
López Teghi aguardó con impaciencia. Sabía poco del señor general; las referencias eran escasas y contradictorias. Algunos lo describían alto, otros bajo; gordo unos, delgado otros; calvo para algunos, con cabello para otros. Sospechó que tal vez no se trataba de un solo jefe, sino de varios que se reemplazaban permanentemente, medida que impedía conocer su verdadera identidad y cuántos integraban el alto mando.
Veinte minutos después de entregar el sobre, cuando la impaciencia ya lo dominaba, ingresó por la puerta del pasillo interior “Pérez y Pérez”. López Teghi no pudo ocultar su sorpresa y desagrado. Traía el sobre abierto, con el informe asomando como si quisiera escapar.
Sin mediar saludo, “Pérez y Pérez” le dijo que se trataba de la operación Juana de Arco. López Teghi debió esforzarse para comprender la referencia medieval. El hombre repitió, silabeando: “Operación Juana de Arco”. Luego enumeró en voz alta los nombres de los muertos: coronel Arancibia López Huidobro; Baldomero Dorantes, alias “Bado”; Gavino Siyero o Sichero, alias “Abigaíl Stivia”; Silverio, el portero (sin apellido); Uxia Parum, alias “Marlene”; y dos ejecutores apodados Chikatilo y Víbora. Siete muertos, en efecto.
—Un desastre —sentenció López Teghi tras escuchar la lista—. Una total calamidad.
—No, para nada. La única muerte censurable fue la del travesti. Esa la lamento. Quería interrogarlo personalmente.
—¿Solo lamenta la muerte del travesti y no la del personal a su cargo? —repudió indignado López Teghi.
—Sí, por apresuramiento. Hay un tiempo para cada cosa: apresarlo, torturarlo, matarlo. Ese era el orden. Esa fue mi orden. A la rubia “la quiero viva”, lo dije cien veces, mil veces. Que fuera travesti no cambiaba nada. Con lo que nos costó ese engendro, la plata que gastamos, el tiempo que le dedicamos… En fin, debo resignarme: ya no se respetan las órdenes como antes. Estoy empezando a ponerme nostálgico como el “Vasco”. En cualquier momento empiezo a cantar: ¡Zaf! ¡Zaf! ¡Zaf!
—No va a sancionar a esos hombres que tuvieron la desgracia de perder al detenido. No se lo voy a permitir. Quiero creer que no castigaremos un exceso de celo.
—Lo que usted permita o no me importa un soberano carajo. Pero quédese tranquilo: no habrá sanciones, ¡para nada! —exclamó “Pérez y Pérez” con forzado entusiasmo—. Aunque debería… debería. No fue mi orden. Pero tratándose de la muerte de un camarada respetado como el coronel, hasta puedo comprender el exceso de entusiasmo y comportarme magnánimo con los infractores.
—¡Infractores! Deseaba señalarle que… —“Pérez y Pérez” abandonó intempestivamente la oficina, dejando a su colega con las palabras colgadas en la boca. Así como había entrado invocando a la mártir francesa, se fue luego de expresar su comprensión por los asesinos de Abigail y Bado. Salió por la puerta que daba al patio de palmeras.
Tras su salida, ingresó por la puerta del pasillo exterior el custodio, quien se dirigió ceremonioso a López Teghi. Parecía que jugaban una persecución absurda, entrando y saliendo por puertas opuestas.
—El señor general desea invitarlo a beber algo.
—¿A beber? ¿Aquí? —le pareció absurda la propuesta. No respondió. El guardia insistió.
—Agua, entonces; solo quiero agua —dijo finalmente. El hombre se retiró sin pronunciar palabra.
“Pérez y Pérez” reingresó por la puerta contraria.
—¿Qué le preocupa de los muertos? —preguntó sin mirarlo, releyendo la nota de López Teghi.
—¿A usted le parece aceptable que mueran siete personas, tres de nuestra Agencia, sin ningún resultado aparente?
El guardia entró con un vaso de agua amarillenta, lo depositó en el escritorio y se retiró sin decir palabra. El líquido era turbio. López Teghi desistió de beberlo. Recordó una vieja anécdota: los originarios esclavizados por los conquistadores orinaban la sopa de sus amos como venganza por la explotación. El color del agua lo asoció a esa práctica y prefirió no probarla.
—¿Siete le parece un número exagerado de muertos? —preguntó “Pérez y Pérez” con impaciencia—. Matamos treinta mil. ¿Qué son siete al lado de treinta mil?
López Teghi se esforzó por comprender el paralelo.
—¿Pero se puede establecer esa comparación?
—¿Por qué no? ¿Qué lo impediría?
—Porque suena exagerada. No hay relación entre la causa, los resultados, los objetivos.
—Puede ser. Para mí lo único importante es el objetivo, no el número de muertos. El problema es el rumbo, el sentido de las muertes, no la cantidad. ¿Qué se buscó al matar treinta mil?
—Devolver la paz perdida en años de enfrentamientos desbocados, con un gobierno a cargo de personas incapaces. Especialmente esa mujer que nunca debió ser presidente de la Nación —respondió “Pérez y Pérez” con una sonrisa sarcástica.
—Bueno… —aceptó con desgano—. Coincido con lo que dijo sobre esos incapaces y la copera. Pero eso no fue lo excluyente. Era un problema que debimos abordar, sí, pero no el principal. ¿En verdad cree eso?
—¿Por qué no habría de creerlo? Así lo pienso y por eso lo digo —respondió “Pérez y Pérez”, mientras movía su dedo índice en negación, acompañando el gesto con un suave balanceo de cabeza y repitiendo: “no, no, no. La paz no tuvo nada que ver.”
—¿Y entonces?
—Para acabar con los soviets de fábrica. El problema eran los soviets en las fábricas, en el campo, en las universidades. ¿Qué iba a pasar cuando se propagaran entre los soldados, entre la perrada? Hicimos una nota editorial sobre ese asunto en uno de los diarios de mayor tirada. Búsquela en los archivos, léala, amigo. Además, había que terminar con la fantasía de una nación industrial, científica y tecnológica, tan deficitaria como haragana, amamantando con subsidios a vagos y vivillos, para volver a la sustancia pastoril, la esencia de la nacionalidad, de cuando éramos “el granero del mundo” y hasta podíamos haber lucido refulgentes en la corona de su majestad la reina.
Cuando no había sindicatos, ni ligas agrarias, ni centros de estudiantes. Para eso lo hicimos. Para volver al esplendor del Centenario.
—¿Y los camaradas presos…?
—¡Y los camaradas presos! ¿Y los camaradas presos? —repitió encogiéndose de hombros—. Una desgracia. Una pérdida lamentable. Fue la cagada de Malvinas la que nos dejó descolocados. En eso siempre le di la derecha a López Huidobro, aunque nunca se lo dije para que no fanfarroneara. Detestaba su soberbia, me afectaba como un virus incorregible. Solía enfurecerse al recordar la estupidez de enfrentar a la OTAN, a Inglaterra.
Ahora hay que apechugar. ¿Una amnistía? ¿El perdón presidencial? No lo sé. No tengo vínculo con los políticos de turno. Mi jefe está en algún lugar de este edificio o de otro cualquiera. Además, no tengo la bola de cristal.
—La amnistía o el perdón presidencial son evaluados permanentemente —explicó López Teghi, queriendo demostrar su cercanía con la presidencia—, pero hasta ahora todo intento resultó infructuoso. No lo descarte, pero no lo dé por seguro. El arresto domiciliario es una medida plausible.
—¿Y si se equivoca?
—¿A quién le puede importar si yo me equivoco? El presidente actuará conforme a sus ideas.
—Tiene razón, le doy toda la razón. “¿A quién le puede importar?” Parece tan seguro sobre este asunto —ironizó “Pérez y Pérez”.
—Lo estoy —afirmó López Teghi, presumiendo de su relación con el presidente.
—Bien. Pero de aquellos acontecimientos emergió otra Argentina; modificamos su destino y eso solo se pudo hacer con sangre. A veces hasta ríos de sangre son necesarios, como en España. Aquella Argentina dejó de existir el mismo día de nuestra entronización.
El asunto de los soviets sigue siendo tema de reflexión, pero hasta ahora son un cáncer acotado. Los que se disfrazan de progresistas detestan los soviets, solo proponen su demagogia berreta. Es una alternativa hasta graciosa. Mientras sea así, nada extraño ocurrirá. Son los “progresistas” que convocan a la marihuana libre, la cocaína libre, cualquier droga libre. Para peor, ni piensan en el negocio. Orwell los describió en 1984: son los propagadores de esos proles sobre los que escribió el inglés. ¡Estúpidos!
No mueven la aguja; al contrario, consolidan el cambio. No nos interesan, salvo para la dialéctica del bipartidismo gatopardista. Nos interesan los otros: los hijos de Babeuf, los herederos de la “conspiración de los iguales”, los que aún hoy ni siquiera tienen nombre, los que reivindican los soviets criollos, los cuerpos de delegados, instrumentos de doble poder. Y también los otros: los progresistas del avión a reacción, del plan nuclear, del vector Cóndor, y tutti quanti. Ahora vamos camino a insertarnos en el mundo real, a encontrar nuestra complementariedad productiva, como en los mejores momentos de nuestra historia.
—Usted me habla de asuntos de Estado. ¿Y qué tienen que ver esos hechos históricos con el descalabro del que yo he venido a hablarle al señor general?
“Pérez y Pérez”, que había perdido toda su gracia y abandonado el refranero pintoresco que lo caracterizaba, parecía cada vez más fatigado. Desde que supo de la jugarreta de Podestá con el rosario, su aflicción fue tan poderosa que hasta el propio Reinafé tuvo que animarlo para que recobrara algo de su picardía.
Parecía impotente para explicar la dimensión de los sucesos que tanto inquietaban al tecnócrata. Sin mediar palabras, le dio la espalda y salió al pasillo principal, como si lo atacara de repente la necesidad de escapar de aquel reducto soporífero y enceguecedor.
El tubo fluorescente parecía iluminar con mayor intensidad a medida que transcurrían los minutos. Desde el pasillo se oyó un profundo suspiro, tal vez buscando un aire menos viciado que el del corredor lustroso. “Pérez y Pérez” reingresó por la puerta del patio de palmeras en un instante insignificante, como si tuviera la capacidad de aparecer y desaparecer gracias a un don misterioso, girando en círculos alrededor del pequeño cubículo donde López Teghi transpiraba bajo la luz cada vez más caliente del tubo fluorescente.
“Pérez y Pérez” volvió a acomodarse en la silla frente al escritorio. Sus movimientos desconcertaban a López Teghi, poco habituado a ese torbellino de palabras y gestos.
—¿Por qué cree usted que hemos fracasado? —preguntó sin darle tiempo a reflexionar—. El resultado ha sido bastante bueno. No será óptimo, pero es positivo. No tengo dudas. Pienso en sus objeciones y no les encuentro asidero.
—¿Le parece? ¡Siete muertos, “Pérez”! ¡Siete muertos! ¿Y qué tenemos?
—“Pérez y Pérez”, doble apellido, por favor. “De mierda”, como decía el finado, pero doble. No me relaje, quiere. —López Teghi se disculpó con un gesto—. No insista con el número de muertos, es intrascendente. Llámelo “asunto insustancial”, “problema irrelevante”. Agentes liquidables, discrepantes, personas descartables. Los yanquis lo llaman “daños colaterales”, aunque no es el caso. Usamos siempre material descartable, desde tiempos inmemoriales. Minucias sin importancia: algo de músculo, algo de sangre, algo de cerebro perdido. Usted mismo se beneficiará de ese material en su momento.
—¿López Huidobro era material descartable?
“Pérez y Pérez” inspiró profundamente el aire espeso y caliente del ambiente, lo retuvo unos segundos y exhaló con fuerza, fatigado.
—No. Para la Agencia, claro que no. Pero él decidió descartarse. Por dos razones… ¡me corrijo! Por tres.
—¿Tres? ¿Cuáles?
—No es que pueda, debe saberlo. Debe comprenderlo. Por eso el señor general me mandó a hablar con usted. No estoy aquí porque conversar con usted me cause algún placer novedoso.
La primera razón: su comportamiento había dejado de responder al esquema de la obediencia debida y se transformó en desobediencia manifiesta. Se volvió ingobernable. Podríamos resumirlo así: López Huidobro era partidario de “hacer lo que se me canten las pelotas”. Si le suena desagradable, podría decir “no rindo cuentas de mis actos”. Eso podía ser entendible en la época del general-presidente, cuando gozaba de ciertas licencias. Estábamos de cacería todos los días, matábamos cincuenta, sesenta, ochenta personas cada veinticuatro horas, como se establecía en los planes diseñados. Es lo que ahora llaman “plan sistemático”, como si fuera una genialidad. Si hay plan, es sistemático. Justamente un plan es un modelo sistemático elaborado antes de la acción. ¿Comprende? Sin plan todo estaría librado a la improvisación, y la improvisación lleva al fracaso.
Reconozco que había cierta libertad de acción: recompensa, botín de guerra, promesas de ascensos sin dilaciones. Pero eso cambió. Las cosas cambian, ¿no lo cree? —López Teghi seguía atento la explicación—. Es muy importante comprender la naturaleza de los cambios; de lo contrario se cometen errores graves que terminan perjudicando al conjunto de la Institución.
—¿Tanto cambiaron las cosas?
—Sí, mucho. Hubo que replegarse. No fue en desbandada, eso es estúpido. Nos retiramos ordenados, cuidando las espaldas. Aun así, muchos quedaron en el camino, llevados por la turba a los tribunales. No fue nuestro caso, porque nosotros siempre estamos entre las sombras. Ni siquiera entre las sombras: pertenecemos a los repliegues menos visibles del poder real, mucho más allá de las sombras. No tenemos nombre ni rostro. Nuestras familias, si las tenemos —no es mi caso—, no saben quiénes somos ni de qué trabajamos. No saben nada, solo la mentira organizada que repetimos a diario para su tranquilidad.
Pero el “Vasco” nunca aceptó la idea del repliegue. Mientras la gente gritaba “nunca más”, él insistía con “un vuelo más”. Se exponía gratuitamente, provocando su suerte y, lo que era más grave, nuestra suerte. El problema es la comunidad, el bien común.
—No son momentos para “un vuelo más”. Los procedimientos cambiaron, los objetivos también, aunque no en su esencia: conservar el poder. Es tiempo de tomar nota de todo y de todos, para cuando tengamos que volver a actuar, si es que nos convocan otra vez. Así de simple. Que ellos crean en su eslogan “nunca más”; nosotros sabemos que en este país no hay “nunca más”. Solo un cambio verdadero podría terminar con nosotros, y yo trabajo para que eso no ocurra.
Diseñamos los Proyectos de la A a la X. Rediseñamos el espionaje interno, lo emboscamos sin demasiada sofisticación, porque en este país lo muy sofisticado nunca funciona.
Los contendientes de fines de los ochenta nos enseñaron a amoldarnos a los cambios. Yo mismo estudié en Londres y luego fui a Moscú para comprender las alteraciones de los sistemas de Inteligencia que reflejaban la nueva realidad mundial. Tenga cuidado, no le pase lo de López Huidobro. Usted es pregonero de la globalización. ¿Pero qué seguridad tiene de que la globalización goza todavía de buena salud? No se equivoque. Piénselo. Piense en el Brexit, amigo: son nuevos vientos, los vientos que soplan en el mundo.
El “Vasco”, por desgracia, quedó estancado en la guerra fría. Nunca vio que el mundo cambió y que esos cambios modelaban transformaciones dentro de nuestro país y de nuestra Institución. Debimos adaptarnos. Hay especies que no lo logran y sucumben. ¿Me explico? —López Teghi, con un leve cabeceo, pareció rechazar toda esa disquisición—. Podestá perteneció a esas especies incapaces de adaptarse. Tal vez en su escepticismo estuviera la raíz de sus vicios. No tengo idea de cómo operaba en su psiquis su retorcida sexualidad. Pero eso ya no importa.
—¿La segunda razón?
—Podría decir que fue un robo, pero prefiero llamarlo capricho enfermo. Una extravagancia de su vanidad. Su comportamiento puso en riesgo una relación entre Estados, afectó a nuestro jefe, que quedó como un pelele ante el extranjero. Y ningún jefe, por magnánimo que sea, soporta que un subalterno lo deje minusválido ante sus acreedores. Téngalo presente: este asunto le tocará resolverlo a usted.
—¿De qué me habla? —exclamó López Teghi, casi temeroso.
—Tiempo al tiempo. No seré yo quien lo ponga al tanto. Hay un documento que le vamos a dar a leer. Llévelo. No se apure: dese tiempo para asimilar la información. —López Teghi gesticuló resignado, obligado a esperar.
—Y la tercera razón fue la droga —continuó “Pérez y Pérez”—. Muy enviciado. Le dimos todo lo que pidió: sexo, droga, fondos. Todo lo que tenía que hacer era fingir que estaba desprotegido y dejarnos convencer a la logia de que un grupo de disidentes ofrecía ajusticiar a Podestá por su crimen contra uno de sus hombres. No cualquiera: fue el jefe de la custodia de La Reliquia durante muchos años. Se debe haber sentido como Fernández Campero. Pero de él no quedó nada que repatriar. Cremar su cadáver fue un gran acierto: lo volatilizamos, se hizo humo, y no quedó ni un puñado de cenizas. Muy importante en una sociedad tan necrófila como la nuestra. Los muertos se vuelven rápidamente motivo de culto: “Fulano vive”, “Mengano no ha muerto”, “Zutano vuelve”. Por eso lo cremamos, para impedir procesiones y rezos como si se tratara del Gauchito Gil.
López Huidobro no tenía que hacer otra cosa más que disfrutar sus pedidos. Nosotros armábamos la historieta y él gozaba con sus drogas, su travesti, sus dineros. Pero nada lo conformaba. Cada vez que me cruzaba con él, tenía que aguantar su cantito: “¡Zaf!, ¡Zaf!, ¡Zaf!”. —López Teghi no alcanzaba a comprender. “Pérez y Pérez” descifró su gesto de ignorancia—. ¡Vuelos de la muerte! —exclamó, haciendo un ademán con la mano como hélice ascendente—. ¡Vuelos de la muerte! Extrañaba los vuelos de la muerte. Hacía el ruido de las aspas contra el viento sobre el río: “¡Zaf!, ¡Zaf!, ¡Zaf!”, como la noche en que tiró a la monja al río y se quedó con la joya.
—¿“¡Zaf!, ¡Zaf!, ¡Zaf!”?
—Sí, “¡Zaf!, ¡Zaf!, ¡Zaf!”. Se lo explicamos de todas las maneras posibles. “No es el momento”, le dijimos una y otra vez. “Ahora tomemos notas de todos y de todo”. O, como se dice ahora, “de todas y todos”. “Ya volverán las oscuras golondrinas…” Pero López Huidobro estaba acabado. Desobediencia, droga, incomprensión de los cambios… robo, vanidad, demasiada vanidad. Ya lo dice la Biblia: “¿Has visto a un hombre que se tiene por sabio? Más esperanza hay para el necio que para él” (Proverbios 26:12). Pero Podestá hacía rato que no leía la Biblia.
El señor general estaba muy enojado, diría enfurecido, por ese robo. Le arrancamos un gesto magnánimo: permitió que le ofreciéramos una última tarea y luego, ¡el bronce!, llevarlo a la condición de héroe nacional. No morir como un don nadie, repudiado por sus jefes, sino como un nuevo héroe forjado en los socavones del poder más desconocido.
Pero se cargó una sobredosis de Juana de Arco y se murió antes de tiempo. De irresponsable, por desobediente, o por hijo de puta. Porque la dosis que le dimos no era mortal; él se procuró una cantidad mayor, la que lo mató. ¿Por qué? Porque no iba a volver al mundo que lo parió, no iba a poder quedarse con lo que se robó, que se transformó en otra droga más brutal que la cocaína, que Juana de Arco, que cualquier otra. Eso no le pertenecía: pertenecía al Estado, donde radica el verdadero poder. Pero él estaba convencido de que la joya era suya por derecho de conquista, por botín de guerra.
No se soportaba más su intransigente desobediencia, una desobediencia que abrevaba en los vicios más abyectos. Y el vicio solo conduce al vicio, nunca a la virtud. Con la sobredosis casi nos jodió la operación. Yo creo que lo hizo de puro hijo de puta. —López Teghi se sacudió, conmovido por la afirmación. No podía asimilar lo que escuchaba.
—¿Y cuál era el objeto de la operación? —preguntó, buscando alejarse de esos comentarios.
—Distraer.
—¿Distraer? No entiendo. ¿Cómo que distraer?
—Distraer. ¿No sabe lo que es distraer? —preguntó “Pérez y Pérez” con fastidio.
—Por supuesto.
—¿Y entonces?
—Pero no comprendo.
—Crear un falso ámbito de lucha. Una venganza imposible. Como un decorado, una escenografía falsa, algo atractivo para los menos experimentados de esa runfla de patriotas. Solo necesitábamos distraerlos. ¿Comprende? Que la Logia se distrajera, porque cuando un estado mayor se distrae, comete errores. ¿No conoce lo que dijo Napoleón?
—No. No leo a Napoleón.
—Lo mal que hace. Debería. “Si el enemigo se equivoca, no lo distraigas.” Distraerse es una equivocación, pero en la lucha de clases es una grave equivocación, y por lo general se paga con la vida.
Les ofrecimos una exquisita venganza, una humana tentación de revancha. Para eso les mostramos parte de la podredumbre interna: el negocio de las drogas, la trata, la prostitución, el sexo prohibido, debilidades humanas. Les mostramos ambientes donde la corrupción brotaba como una infección, les dimos el espejismo de una Agencia fragmentada hasta el tuétano, lisiada por enfrentamientos internos. No digo que no existen, pero aún no son terminales. Una Agencia incapaz de cuidar a los suyos. Un elaborado distractivo. Pero López Huidobro la cagó con su muerte.
—¿Y entonces cómo dice que fue exitosa la operación?
—Porque, a pesar de todo, los relicarios cometieron una distracción. Necesitábamos una distracción y la obtuvimos, más allá de la sobredosis del “Vasco”. ¡Después que me digan que la casualidad no existe!
El hermano de ese, que se hacía llamar “Bado”, integra la comitiva que cuida a La Reliquia. Teníamos el dato, pero no su ubicación. El tipo no usaba celular, ni internet, ni reloj, nada de tecnología. De otros que componían el grupo íntimo de la momia teníamos algunos datos, en especial de su nuevo jefe, un policía retirado, incorruptible, por eso lo echaron de la fuerza. Pero necesitábamos la ubicación. Andábamos cerca, pero al mismo tiempo lejos. Hasta el clima nos atacaba: el viento conspiraba, la lluvia nos perseguía, la naturaleza se rebelaba contra nosotros.
Cuando los paisanos nos detectaban, borraban las huellas, confundían los caminos. Nos entorpecieron el trabajo todo el tiempo. Pero un día, ese “Bado” llamó a su madre, la madre “enferma”. No sabe qué fácil es enfermar a una persona. La envenenamos a cuentagotas, para que sufriera, pero no para que muriera. La ciencia ha progresado tanto que hoy podemos manipular la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, y ni los mejores médicos podrían darse cuenta de qué “enfermedad” trataban.
Y al final, corrido por la angustia, el hijo pródigo llamó a la madre enferma. ¡Por fin!, dijimos. La nostalgia es enemiga cruel de las conspiraciones. La nostalgia del que se sabe en falta por su ausencia es corrosiva, como los ácidos que le gusta usar a su amigo “El Morro”.
La nostalgia inserta culpa, y aunque sea pequeña, no permite partir para siempre a un hombre: lo hace volver, lo obliga a retornar a un afecto, a una alegría, a una preocupación, a un error. La nostalgia aqueja, la culpa paraliza. La nostalgia es enemiga de la clandestinidad. ¿Y qué es lo más difícil de abandonar? El amor de la familia, de una madre enferma, de una esposa, de los hijos, de una amante voluptuosa. El amor hace perder la cabeza, desguarnece y deja inerme ante los enemigos.
Los lobos no esperan amores, esperan carne fresca y sangre que calme su sed. Cuando se es lobo del hombre, se come carne humana y se aparea por necesidad reproductiva, no por amor. ¿Usted es un lobo? Lo dudo, parece otra clase de animal. —López Teghi prefirió el silencio. Acomodó sus cabellos con la mano derecha y adoptó una actitud reflexiva—. Podestá fue lobo, pero dejó de serlo. Por eso fue devorado.
—¿Y con esa llamada qué lograron?
—Ubicar la posición de la madre. A partir de entonces solo esperamos que la nostalgia en la culpa hiciera lo suyo. O que la madre tocara los timbres adecuados. La espera dio sus frutos, porque también el otro hijo la llamó, inquieto por las noticias sobre la salud materna. ¿Cuántos kilómetros se puede viajar de un punto clandestino a otro para hacer un llamado? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte? Peinamos muchos kilómetros a la redonda hasta que dimos con el lugar. El hermano nos condujo a la madre, y la madre al que estaba con La Reliquia. Todos, sin saberlo, guiaban a nuestras tropas hacia su exterminio.
La madre, ¡la madre! Ella, que sería capaz de dar su vida por proteger a su cría, nos la entregó sin sospecharlo. ¡El teléfono! Viejo enemigo de las clandestinidades, de los encuentros íntimos, de los encuentros furtivos. Cuando una madre entrega a un hijo, o un hijo a la madre, se produce una satisfacción inexplicable. Y cuando madre e hijos entregan aquello por lo que creían estar dispuestos a dar la vida, es extraordinario.
Es orgásmico, indescriptible. Que la delación sea la resultante del amor, ¡es maravilloso! Alguna vez lo disfrutará, cuando esté detrás de un objetivo que le quite el sueño, las ganas de comer, de tener sexo. Esa delación inducida de la madre, como un suicidio en etapas, nos permitió poner en marcha la campaña de cerco y aniquilamiento. —Cínico, recitó una frase de un escritor ruso para burlarse de los relicarios—: “Así es la vida. Yo lucho contra ella, no la quiero tal como es.” Estamos a pocos momentos de acabar para siempre con La Reliquia.
—¡¿Ahora?!
—¡Sí, ahora! Ahora mismo, en efecto. ¡Alégrese, hombre! ¡Olvídese de los costos! Tropas de élite, de las mejores, en breve se dirigirán a un lugar apartado cerca del río Paraná para terminar con esos perturbadores: el fantasma bicentenario de la revolución, el idólatra de las reformas, el progresista de verdad y su séquito. ¡Y esa gloria puede ser suya! ¡Cómo lo envidio, amigo! ¡Cómo lo envidio! Lo reconozco.
López Teghi no alcanzaba a compartir la euforia de su colega. Dudaba de la aseveración de que el éxito final estaría en sus manos, como “Pérez y Pérez” afirmaba con tanta convicción.
—¿Y por qué va a estar en mis manos ese éxito? —preguntó escéptico.
“Pérez y Pérez” se desentendió de la pregunta. Le habló del portero, de Silverio, a quien López Teghi siempre acusó como conspirador.
—No quiera cambiar el tema.
—Después le aclaro lo suyo, no sea ansioso. Respete mi antigüedad.
—El respeto no se lo voy a tener por sus años de servicio.
—Paciencia, hombre. Paciencia. No todo es una fórmula de Excel.
—Está bien, está bien —se resignó López Teghi ante la intransigencia—. Hablemos de Silverio entonces. ¿Qué hay con el portero, su protegido?
—Nos cagó. Así de simple —explicó “Pérez y Pérez” con crudeza.
—¿Nada más? ¿Es todo lo que tiene para explicar?
—Sí. No hay más. Nos cagó.
—Esa no es una explicación. Ese trabajaba para nuestros enemigos…
—No hay pruebas. Nos cagó, nada más. ¿Nunca lo cagaron en su vida?
—Usted lo protege.
—Yo no protejo a nadie. Miento. Solo me protejo a mí mismo. Ningún otro me importa. Nada personal. Me protejo a mí, que es proteger a la Agencia.
—Deje de sanatearme. Lo que usted dice no es una explicación, se lo repito —replicó López Teghi, fastidiado por la simplificación.
—Tal vez. Pero yo no tengo la explicación de todos los fenómenos del comportamiento humano. Nunca lo habíamos puesto en un escenario de muerte como le pedimos. Solo tenía que degollar al travesti. El hombre pudo haber considerado que le pedíamos algo que lo superaba. Tal vez temió que fuera una celada. Si fue así, tenía razón. Era un liquidable. No le auguramos nada impropio a uno de su especie.
—¿Ya encontraron el cadáver de Silverio?
—No. Tal vez sobrevivió. Escapó sin rumbo.
—Si el portero sobrevivió, esa sí que es una cagada.
—No tiene importancia. Ya se remediará. Lástima que mató a dos compañeros, eso sí no tiene perdón. —No estaba arrepentido de haber confiado la tarea a Chikatilo y Víbora: eran buenos elementos, aunque algo desatentos a los detalles. Y ya se sabe dónde se esconde el diablo. Si hubieran tenido en cuenta todas las circunstancias, tal vez estarían vivos. ¿O debería haber enviado a Segni y “El Morro”? —se interrogó en voz alta.
El forense hubiera resuelto el asunto con abundante ácido. “Nada escapaba a su capacidad desintegradora”, recordaba que “El Morro” repetía, regodeándose en las perturbadoras imágenes de los quemados con químicos. El fuego del odio, invocado como remedio de supuestas injusticias contra su persona. Ni músculos ni huesos soportaban esa destrucción. Pero reprochó a López Teghi la liberación del forense. Le pareció de mal gusto.
—Sé que el abogado de su esposa nunca le mandó esa demanda de divorcio —le dijo en tono de reproche.
—¿No? —“Pérez y Pérez” dibujó una mueca de incredulidad—. Qué extraño.
—No veo nada de extraño. Usted sabe muy bien cómo ocurrieron las cosas.
—“El Morro” es un desquiciado. Usted quiere posar de alma caritativa y se equivoca de cabo a rabo. Sé que se presentó en la Alcaldía de Tribunales y, con métodos poco recomendables, reclamó a viva voz la liberación del forense acusado de asesinar a su esposa con una generosa cantidad de ácido. Diga que me agarró con las valijas en la mano, de lo contrario ese loco quedaba preso.
—Lo quiero trabajando conmigo.
—Allá usted. Sabrá por qué lo hace.
López Teghi fue provisto de fotos y filmaciones en las que aparecían el fiscal de la causa y hasta el propio juez. Las del primero no eran demasiado comprometedoras, aunque sabía que una campaña perversa, aunque confusa, en informativos pagos por la Agencia podía dejarlo fuera de la carrera judicial.
Las del juez, en cambio, eran escandalosas. No es aceptable la imagen de un juez desnudo persiguiendo a un muchacho al que intenta violar. Obligada, la clase política y la familia judicial debieron repudiarlo. Cuando el juez vio unos pocos cuadros de la filmación, ordenó la inmediata libertad del acusado.
Así, López Teghi obtuvo la liberación de “El Morro” casi de forma inmediata. Los medios silenciaron el suceso. La carátula cambió en un abrir y cerrar de ojos: de “Homicidio agravado por razones de género. Femicidio” a “Accidente doméstico”. “Pérez y Pérez” sabía que el sistema judicial se cobraba esas afrentas. Solo esperaba la oportunidad para vengarse de sus perseguidores. No era recomendable chantajear jueces y fiscales, amenazando con liquidar sus reputaciones como si fueran asuntos menores, y menos por un hombre que no merecía esa atención.
—Quiero saber por qué lo del freezer.
—¿Lo del freezer? —“Pérez y Pérez” se encogió de hombros y rió con cinismo—. ¿No entiende lo del freezer? ¿Qué no entiende?
—Nada.
—Para que no se pudra el cuerpo. ¿Por qué otra razón lo habríamos hecho?
—¿Nada más que por conservación?
—No solo por eso. También sirvió para enfurecer a toda la Agencia. Somos una sociedad amante del culto a los muertos. Los veneramos, los idolatramos y exigimos que sus cadáveres sean tratados con dignidad, muchas veces mayor a la que les damos en vida. Todos consideraron una agresión a la comunidad ese acto sepulcral. Excelente.
—¿Excelente?
—Sí, excelente. Se busca un efecto, se logra. Se achaca un crimen que todos aseguran verídico. Llámelo manipulación, si prefiere. Después de todo, el hombre estaba muerto, no iba a tener frío. Pero lo principal era que no se pudriera el cuerpo.
López Teghi exhaló con fuerza, como si quisiera expulsar por la boca la imagen del cadáver congelado, carga que llevaba desde el hallazgo.
—¿Y las prostitutas y su burdel ServuS? ¿Esa Marlene, Marian, Marcia? Todas con “M”, como si fuera un acertijo…

—¡Todas con “M”! Qué interesante apreciación. Pero supongo que fue casualidad que todas se llamaran con nombres que empezaban con “M”. Le juro que no hay ninguna disposición de la Agencia por la que todas las putas deban llamarse con nombres que empiecen con “M”. Se lo juro.
—Del travesti es mejor no hablar.
—Bien, no hable si no lo desea. No vamos a discutir acá sexo y género. No tengo ganas. Para mí, un misterio de la naturaleza, una simbiosis extraordinaria, la perfección de la androginia.
De las chicas, ¿qué le puedo decir? Marlene, un desecho, nada de qué lamentarnos. Marian, inorgánica, protegida por el Honorable Senado de la Nación.
—Lo sé. Me llegó una orden directa del presidente de no involucrarnos con ella.
—¡Todos los votos valen a la hora del escrutinio!
—¿Y esa Marcia?
—Orgánica. La Agencia la puso ahí para controlar dinero, información, tráfico de personas, todo. Muy eficaz. Por ella ServuS perdurará, porque mientras haya un burócrata con un peso en el bolsillo, la prostitución y sus sofisticaciones encontrarán mercado. Y las burocracias son una enfermedad de los Estados, un padecimiento imposible de eliminar. Dinero y prostitución van de la mano, como un cuerpo lleva su sombra. El cierre de ServuS es solo temporario.
—¿Y la investigación de los peritos, los detectives, los expertos en BAIS? ¿Qué sentido tuvo todo ese derroche de esfuerzo de gente que ni siquiera sabe que fue instrumentada para una operación de la que no tiene la menor idea?
“Pérez y Pérez” se levantó de su silla como impulsado por un resorte y dejó nuevamente el cuarto por la puerta que daba al patio de palmeras. Resoplaba, fastidiado de que todo fuera medido por una planilla de costo-beneficio. Rodeó a López Teghi para salir, sin dejar de mirarlo, los ojos inyectados en sangre, cargado de odios que muchas veces eran el verdadero combustible de sus deseos.
Volvió sobre sus pasos. Recuperó el tono circunspecto que lo caracterizaba.
—Decorado, simple y sencillo decorado, amigo. Usted se preocupa por los flecos del asunto. ¿A quién le inquieta si uno, cinco o diez tipos se la pasaron deduciendo qué mierda decía el rollo que le metimos en la boca? ¿También quiere saber para qué le metimos el rollo en la boca?
—No, en verdad ya no me interesa.
—¡Para joder a la logia! ¡Para eso le metimos el rollito en la boca! Y para divertirnos haciendo trabajar a nuestros detectives y a nuestros científicos. No solo de pan vive el hombre. Un bonito ejercicio. Algo de humor…
—¿Algo de humor? ¿Un bonito ejercicio? ¿Qué clase de hijo de puta es usted?
—De los mejores.
—¡Claro! ¿Y el asunto del agente doble? —López Teghi aprovechó ese momento para hablar del tema que más lo preocupaba.
—El doble agente, el famoso “topo”.
—Sí, ese que negó hasta el cansancio. Que la CIA, que la KGB, que la puta madre que me parió y no sé cuántas cosas más dijo aquella vez para negar lo del “topo”.
—¿Y qué quería que dijera? ¿Qué lo publicitara? Ahora ya lo sabe. ¡Lo sabe! ¡Alabado sea López Teghi! ¡Tenía razón! ¡Qué bueno! Dígame una cosa —abandonó su burla intempestivamente—, ¿quién lo informó?
—¿No lo imagina?
—Soy algo ingenuo, López Teghi.
—No aceptaré que siga burlándose de mí.
—No lo hago, amigo, para nada.
—Le repito mi pregunta…
—No es necesario —lo interrumpió “Pérez y Pérez”, fastidiado por el tono amonestador del burócrata—. No dimos con él.
—¿Cómo? —López Teghi estaba realmente indignado—. Ese pendejo que puso a las órdenes de López Huidobro es un agente doble.
—¿El pendejo? ¡No! ¡Qué va! Está equivocado, nunca lo fue, nunca podía serlo. ¿Usted lo vio? A quién se le ocurre. Apenas un cebo útil.
—No es la información que yo tengo.
—Está confundido, amigo. Es la información que nosotros hacemos circular. Es mejor que los relicarios crean que atribuimos a ese muchachito la condición de doble agente. No hay que levantar la perdiz. Ese muchacho fue reclutado por nosotros a sabiendas de quién era. Lo proyectamos, le dimos cabida para que hiciera su tarea y nos condujera a quien realmente nos interesaba. Pero no resultó como esperábamos.
—¿Y Reinafé sabe de esto?
—¿Usted qué cree?
—Eso es inadmisible…
—¿Qué carajo es inadmisible?
—¡Lo que me está diciendo!
—¡Por favor! Parece un sacerdote cuando habla. Si quiere darme lecciones de Excel las acepto, pero de doble juego no me hable: usted es un novato en este asunto. En Inteligencia no hay nada que sea “inadmisible”. Entiéndalo ahora, que todavía está a tiempo.
—Sus resultados no respaldan su soberbia.
—Él debía conducirnos al agente doble. Pero nunca estuvo en contacto con él, nunca. Ha sido un simple instrumento, nuestro y de la otra parte. No fue él quien resolvió cómo modificar la orden para la captura de La Reliquia, él solo la ejecutó.
—¿Y quién fue, entonces? ¿Puedo saber?
—El topo, el verdadero topo, el doble agente… Todavía quedan algunos. ¿Leyó La chica del tambor?
—No vine a hablar de literatura con usted…
—Como guste. El agente doble, por ahora, vivito y coleando…
—Un fantasma, según usted…
—Otra frustración en mi carrera. Nada por qué cortarse las venas.
—Es ese pendejo.
—Olvídese. El muchacho no nos sirve más, no nos conduce a nadie ni a nada. A veces se gana, a veces se pierde.
—Nosotros nos ocuparemos de él. Nuestros interrogadores lo harán hablar.
—No tiene nada útil que decirnos.
—Siempre hay algo que decir.
—No lo que nos interesa. No tiene ni idea de quién se trata. Pero si quiere torturarlo para satisfacerse, no me voy a oponer. Suelo usar esos procedimientos como terapia, aunque en este caso no lo recomiendo. Cuanto más se hable del asunto, más pondremos en guardia a los relicarios. Es mejor estimularlos a que se confíen en sus éxitos. Es una técnica del judo.
—Sus procedimientos son calamitosos… —López Teghi lo recriminaba, sin poder disimular su ira.
—Usted cuestiona mis procedimientos porque todo lo mide desde la perspectiva del ahorro del presupuesto que le impone la mierda de su hoja de cálculo. Pero ese ahorro no sirve para nada. Todo lo que se hizo fue correcto, porque el fin justifica los medios. Todos los funcionarios involucrados en esta operación fueron como extras de una gran película. Estoy dispuesto a aceptar una clase “c”, como le gustaba al finado. No me molesta. Argentina tiene mucho de cine clase “c”.
Esa filtración, ese doble agente, es mi regalo. Es todo suyo. ¡A ese le tocará eliminarlo a usted! ¡Y a usted le tocará dirigir la incursión final para capturar a La Reliquia! Porque a mí ya me destinaron a una gira. ¡López Teghi! —exclamó “Pérez y Pérez”, abriendo los brazos como si estuviera por abrazarlo—, usted me reemplazará en mi puesto, porque así lo dispuso el señor presidente a pedido del señor general, o el señor general a pedido del presidente. Como se dice, el orden de los factores no altera el producto. Y yo me voy de gira por un largo y descansado período. ¡Chau, López Teghi! ¡Dios acompañe su quehacer y lo bendiga de éxitos!
—Yo no involucro a Dios para nada. Las cosas de Dios me las tomo muy en serio. Reconozco, sí, que le hice llegar al señor presidente mis opiniones sobre todo este asunto.
—Lo sabemos. Usted fue mi pasaporte a una gira internacional, se lo agradezco de corazón. ¿No comprende que usted también fue manipulado en todo esto? —López Teghi lo miró con asombro. “Pérez y Pérez” sonrió satisfecho.
—También debe saber que, por mi intervención, el señor presidente quiere un informe de todo lo ocurrido —respondió López Teghi, como si buscara intimidar a su interlocutor con sus vínculos presidenciales.
—Lo tendrá. Le aseguro que lo tendrá. No de mi mano, claro: el general está trabajando en él. Y cuando pueda acompañarlo con una escueta nota que reseñe que hemos cumplido exitosamente la orden de captura y ejecución de La Reliquia, allí entregará al presidente el informe que pidió. Si además captura al doble agente, entrará en la historia del sistema como uno de los más encumbrados miembros que honró esta sagrada institución de la patria. “López Teghi”, dirá la placa, “el que acabó con La Reliquia y con todos sus servidores”. Vanaglórese, amigo, está en su derecho.
López Teghi quedó suspenso, tratando de asimilar que ese momento trascendente lo encontrara a él a cargo del operativo. Nunca lo hubiera imaginado. Caviló un instante, moviendo la cabeza en ambos sentidos. Sus ojos no revelaban satisfacción, sino un profundo odio hacia “Pérez y Pérez”.
—¿Cuándo veré al señor general?
—No lo sé, ni siquiera está en este edificio. Solo él sabe si alguna vez lo va a recibir.
—¿Y eso de que me invitaba a beber algo?
—El mozo quería verlo beber su meo.
—¡Hijos de puta! —Un silencio pícaro se prolongó unos minutos.
—El personal de carrera no lo aprecia, López Teghi. Más bien lo repudia.
—¿Cómo sé que el general está al tanto de toda esta mierda?
—Aquí estoy yo, revelando asuntos de los que usted no tenía ni idea o solo vagas sospechas. ¿Cree que haría esto sin su orden? Cuando el general lo considere, de la manera que mejor le parezca, se comunicará con usted. —López Teghi suspiró disconforme.
—Usted debe pensar que le debo algo.
—¿Quiere que le diga una verdad? —“Pérez y Pérez” sonrió al pronunciar la palabra verdad, a la que pocas veces recurría.
—Seguro, aunque no creo que usted pueda decir una verdad.
—Sí, puedo. Pocas veces, pero puedo. —Aspiró profundo y se tomó un tiempo para continuar—. Lo que usted piense me importa un carajo, y no por rencor. No tiene importancia para mí lo que haya pensado, piense ahora o pueda pensar en el futuro. Y le repito: no por rencor. El rencor insume demasiadas energías y usted no las merece. La Reliquia, sí.
Quiero que le quede claro: lo único que me interesa en este momento es el fin exitoso de la operación La Reliquia. Quiero que se termine de una vez, que acabe este espectro de una revolución que no debió producirse nunca, que nos alejó de las naciones más progresistas y nos sometió a esta condición de incorregibles. Me alejaré en mi largo viaje por las capitales del mundo y esperaré las noticias de sus éxitos y glorificaciones. Usted comandará algunas esferas de la Agencia de acuerdo a lo que el presidente le reclame. Pero déjeme decirle algo. Y no lo tome como una ofensa…
—Creo que no hay más que tenga que escuchar de su parte.
—Sí hay, se lo aseguro. Palabra de “El faraón” —dijo alzando una mano como si jurara—. Palabra de “El faraón”, como usted me hace llamar. Antojos de la “corte del faraón”, como nos llaman sus acólitos. —López Teghi enrojeció de ira.
—Cuando lo conocí y lo vi actuar, cuando leí sus quejas y sopesé sus sospechas, concluí que Kaplan tenía razón cuando sostuvo que “para el que solo tiene un martillo, todas las cosas son clavos”. Aunque a medida que avanzó esta conversación creo que la definición inicial de Kaplan es la más apropiada para gente como usted. —López Teghi no entendía a qué ni a quién se refería—. En verdad dijo: “Si le das a un niño un martillo, le parecerá que todo lo que encuentra necesita un golpe.” Usted a veces anda a los golpes, martillando las cosas.
¿Sabe que en sus días finales López Huidobro leía para su diversión el Malleus Maleficarum, el Martillo de Brujas? Soñaba con hacer de las mujeres una pasta pútrida e irreconocible; un puré de clítoris y vaginas. Y murió a manos de una droga que lleva el nombre de una doncella del siglo XV y de un fenómeno andrógino, una extraña manifestación de la feminidad. ¿No es una cruel ironía? ¿Una venganza impúdica de la naturaleza del sexo femenino?
—¿Y para qué me dice esto? ¿Para qué mierda me sirven sus reflexiones?
—No lo sé, en verdad no lo sé. Venía masticando estas ideas y esperaba esta oportunidad para decírselas. No lo hago por franqueza; usted comprenderá que si hay algo que no soy es un hombre franco. Diría la Biblia que soy una persona indigna, inicua, que anda con boca perversa, guiña los ojos para inducir a engaño, hace señas con los pies, señala con los dedos, rebosa de perversidad el corazón, trama continuamente el mal y siembra discordia. Así que no es por amor que le digo esto. Ni, como diría Borges, por espanto. Solo lo pensé y deseaba decirlo antes de no volver a verlo. Es un problema de empacho.
—Convengo que me gané un enemigo.
—No deseo ayudarlo ni defenestrarlo. Si quisiera, ya lo hubiera hecho. ¡Mire a “El Morro”! Zafó, después de todo, porque no tuve necesidades de revancha. Sin mi indiferencia usted no lo habría liberado jamás.
Su futuro individual me es del todo indiferente. Sé que es solo un ave de paso y por eso no me inspira ningún sentimiento en particular; me resulta como una simple fórmula en una ajena hoja de cálculo, un extraño alfanumérico, una sustancia informática que remite al silíceo. No mucho más que “El Mayordomo”, un inútil con ínfulas de sabiondo, o, para simplificar, “un pelotudo”. Pero ¿qué ganaríamos con su fracaso? ¿Qué ganaría yo si a usted le va mal? Su derrota, en definitiva, sería el triunfo de nuestros enemigos. Y si es cierto aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, no voy a ser yo quien desdiga a Churchill.
Cuanto antes triunfemos, usted se irá, y todo volverá a ser como entonces. Si quiere, piense que soy un nostálgico, pero a diferencia de López Huidobro, a mí no me seducen ni Juana de Arco ni eróticas distorsiones de la sexualidad. Y a diferencia de los relicarios amorosos, nunca tuve madre, tampoco sentimientos.
Todas las noches, antes de acostarme, me repito frente al espejo: “No tengo amores, solo objetivos. No tengo moral, solo objetivos. No tengo principios, solo objetivos.” Y luego duermo como un lirón.
Como dijo alguien más sabio que yo: “A veces soy un zorro y a veces un león. El secreto del gobierno es saber cuándo ser uno u otro.” Pero también dijo, y es bueno que lo tenga presente: “Un ejército de leones mandado por un ciervo nunca será un ejército de leones.” ¿Qué Dios lo bendiga?
—Ya le dije que no involucro a Dios en estos asuntos. Las cosas de Dios me las tomo muy en serio.
—Pero aquí solo practicamos el pecado. No se trata de Dios, se trata del Diablo. Tendrá que dejar salir su infierno si no quiere fracasar en el intento. “Te sentarás en el cerebro de los verdugos, de los jueces sordos y ciegos, de los políticos corrompidos. Serás lo que todos niegan ser, uno de los nuestros.”
Con esas extrañas palabras desapareció por la puerta que daba al patio de palmeras. El eco de su respiración quedó flotando en el aire por unos largos minutos, mientras López Teghi trataba de valorar todo lo que había escuchado de boca del jefe a quien debía reemplazar desde ese preciso momento.

***

XXVIII – Un peligroso terrorista

Un gran escenario, al frente de una reducida concurrencia, se abría en abanico hacia izquierda y derecha describiendo un semicírculo. Era una comba imperfecta que revelaba, pendiendo, un largo cortinado descolorido, rescatado de otros festejos menos pretenciosos. Caía como una rústica cascada hasta la tierra reseca.
A pocos kilómetros, el río se recataba indiferente. Sus humedades, apenas emergidas de las orillas, eran esterilizadas por el calor. Lo que quedaba era un vaho reseco con olor a barros arrastrados por la bajante. Entre las breves olitas espumosas se distinguían las espinas dorsales erizadas de los bagres barreros, retorciéndose enfadados en el lodazal lacio. Míticos surubíes impartían litúrgicas reprimendas que otros peces, menos mayúsculos pero ataviados con los flecos sagaces de las raíces amañadas de los camalotales, repetían a diestra y siniestra, detestando las vocinglerías de los festejantes. Vocerío alharaquero que avanzaba sobre las barrancas y amenazaba con violentas fatalidades a la fauna y la flora que aún palpitaban una paz de buenas voluntades, construida en tiempos de mosquetes y sables afilados, cuando expulsaron a los vanidosos forajidos coloniales, luego de la épica campaña al Paraguay de La Reliquia y los entreveros guerreros de la Vuelta de Obligado y Tonelero.
Los surubíes milagreros usaban sus largos bigotes como ansiosas batutas, señalando sus disgustos a quien quisiera saberlo, y arrojaban sarros, moscas, penas y esperpentos, buscando amedrentar a la turba entrometida. El perfume a bofetadas de los peces de río se extendía hasta la periferia de la kermesse en que se transformaba el festejo, y buscaba masticar los tiernos cornetes de los recién llegados, haciéndolos padecer los rancios olores del lodo fermentado.
Los largos y pesados andamios, alzados varios metros sobre el piso, escapaban a los tufos del río. Libres de los olores barrosos, soportaban en la cima de la ferretería los gruesos tablados de madera dura que conformaban el sólido piso para sostener la algarabía de una desopilante monserga de bocones habladores. Los organizadores intentaban darle solemnidad al evento, desdiciendo a los impertinentes surubíes. Pero no lo lograban.
Despojado de ornamentación, el tablado apenas se celebraba con ridículos banderines amarillos que pendían de un alambre de enfardar dispuesto en lo alto del andamiaje. No invitaba a sumarse a las familias campesinas radicadas en las proximidades de la tribuna erigida para el acto.
Una voz corrió por los poblados procurando sustraer a la gente de su indiferencia. Decía el runrún que tanta anarquía se debía al sorteo de unos cerdos gigantes que iban a rifarse durante el encuentro. Hablaban de puercos magníficos, gordos como la esfera celeste, desparramados sobre cuatro patas paquidérmicas que apenas soportaban su peso, como aquellos elefantes que sostenían el mundo sobre sus espaldas.
No tardaron los lugareños en descubrir el engaño. Las palabras de esos desconocidos, llegados desde no se sabía dónde, no se limitaban a un sorteo extraordinario. Se preparaban para festejar la captura de un temido ser, invisible condensación amarrada a la trama inédita de una bandera azul y blanca, que rumiaba palabras libertarias en medio del bochinche de la hecatombe histórica. Y tampoco los cerdos exhibidos guardaban relación con la descripción: ni gigantes ni campeones, bufaban acatarrados esperando ser carneados, no bien sus dueños convinieran un precio con algún paisano.
Al fondo del escenario, un retrato se descolgaba procurando imponer la figura de un héroe desconocido. Según el ángulo, podía parecer un militar vestido de gala, un sátiro envuelto en túnica o un burócrata amortajado en un ambo, todos de color blanco. No se alcanzaba a leer su nombre.
La figura correspondía a un hombre de unos cincuenta o sesenta años, tal vez más, delgado, de rostro anguloso, surcado por un fino bigotito rubio sobre un labio bermejo y bajo una perfecta nariz griega. Había algo de vicio en sus ojos, pero desde abajo no se podía dilucidar con certeza. Una abundante cabellera rubia, ya entrecana, coronaba la testa que se agudizaba hacia un punto de fuga. Debajo del nombre ilegible, una banda amarilla inscribía una loa eterna a quien murió por alguna razón que la nube de vapores ocultaba rigurosamente.
Más allá de esos detalles poco reveladores, de los escasos rasgos que se alcanzaban a apreciar, la imagen permanecía distorsionada por un vaho que viraba entre el azul y el gris, surgido al evaporarse las gruesas gotas de sudor de los cuerpos apretujados en las alturas del escenario.
El locutor, impostando su voz para alcanzar el tono de un barítono, invitaba a todos a celebrar entre carcajadas y bailes ridículos una victoria de la que no sabían ni el más intrascendente detalle, y a rendir honores al ignoto prócer que contemplaba desde sus alturas al poco gentío que se animó a acercarse al tinglado, más por curiosidad que por obsecuencia.
Diosdado arribó en horas tempranas. “Pérez y Pérez” lo había encomendado para asistir al homenaje prometido. Se lo dijo mientras ambos escuchaban replicar las infernales campanillas de López Teghi por todas las oficinas. Diosdado esquivó como pudo la inevitable pregunta que siempre le hacía su jefe cuando oía el chillón repiqueteo del WhatsApp.
Apenas descendió de su automóvil, se apartó del palco. No por el escaso público reunido alrededor de la gran estructura, que poco invitaba a sumarse al evento, sino por fastidio. Prefirió alejarse de los demás funcionarios comprometidos en ese carnaval que le producía disgusto. Estaba seguro de que todo terminaría en un fiasco de proporciones. “Pérez y Pérez” se lo había advertido con una cínica sonrisa: era un despropósito promover un homenaje sobre festejos de sucesos que no solo no habían ocurrido, sino que ni siquiera podían imaginarse en perspectiva.
Esa misma mañana, mientras viajaba desde la madrugada, volvió a sentir un presagio. Su naturaleza desconfiada se había aplacado desde que trabajaba bajo las órdenes de “Pérez y Pérez”. Sin embargo, desde hacía unos días, cierto eléctrico temblor lo sacudía en ocasiones y temía, con razón, que esas angustias volvieran a gobernar sus días. Ese día, en efecto, sintió el estímulo desagradable de los presagios. Su desconfianza, originada en el augurio aciago, se hizo persistente. Lo que no podía develar era la razón de ese estado de ánimo que lo fatigaba hasta agotarlo y que se reinstalaba con fuerza, desestabilizándolo.
Sin hacer evidente su angustia, prefirió permanecer durante el acto a pocos metros del camión de exteriores de la señal televisiva, lejos del movimiento compulsivo de los funcionarios histéricos que se ajetreaban sin ton ni son. Ese estado de ánimo se alimentaba también de cierto rencor por las escasas revelaciones que obtuvo sobre la operación La Reliquia de parte de su jefe. Esperaba confidencias, pero el hermetismo, lejos de serenarlo, lo llenaba de inquietudes.
Sabía de la reunión de “Pérez y Pérez” con López Teghi a instancias del señor general, pero nada le dijeron de su contenido. Cuando pensaba que se debía una conversación con el jefe sobre todos los asuntos en los que se había visto envuelto —desde el hallazgo del cadáver hasta su presencia en los halagos mortuorios del nuevo héroe entronizado a las orillas del Paraná—, sus malos augurios se retroalimentaban y le generaban mayores angustias. Por eso decidió apartar esas ideas y esperar al regreso, que no ocurriría antes del mediodía.
El personal técnico del camión de exteriores debatía con un periodista. Lo reconoció sin dificultad. Desde hacía poco tiempo, el reportero había adquirido cierta fama y se había transformado en estrella de los informativos por causas que Diosdado conocía en detalle. Observaba con cinismo la actitud del cronista, exhibiéndose deliberadamente y reparando en las miradas de algunas muchachas lugareñas que lo reconocieron apenas llegó al paraje. Suponía que el hombre ya se veía envuelto entre las piernas de esas mujeres, satisfaciendo sus vicios.
Minúsculo como un insecto visto desde la altura del tablado, Sousse —de quien se trataba— se posicionaba sobre una tarima para ganar altura y, desde su unidad móvil, se aprestaba a relatar hasta los detalles más fútiles del evento. Llegó en la madrugada; se notaba su fatiga, disimulada por la maquilladora bajo una gruesa capa de cosméticos. Vestía ropas livianas de colores pasteles. La camisa de mangas cortas tenía estampados minúsculos escarabajos que parecían mover sus mandíbulas. El aparente movimiento sincronizado de los insectos le daba un aspecto esotérico, como si confraternizara con esos coleópteros dispuestos a desgarrar la carne de cualquier desprevenido. Su pantalón a rayas mostraba arrugas pronunciadas, producto del largo viaje desde la capital hasta ese villorrio desconocido. Completaba su aspecto una barba bien rasurada, anteojos negros —el sol abrumaba con sus brillos— y un peinado con gel. Tenía un aspecto respetuoso, aunque nada solemne.
Con el batifondo que caía en cascada desde la altura del escenario, una luz roja, una seña de un asistente o un llamado por el audífono fijado en su oreja derecha con cinta adhesiva transparente, comenzó su transmisión, alzando la voz para impresionar a sus televidentes.
—¡Amigos! ¡Amigas! ¡Muy-buenos-días! ¡Qué digo buenos días! ¡Buenísimos días a todas las familias en todos los confines de la patria! —Un alboroto de aplausos y gritos, coordinados por una asistente que incitaba a la algarabía de unos extras contratados para la ocasión, procuraba un marco festivo al impostado saludo del periodista.
—En exclusividad, les repito, en ex-clu-si-vi-dad, ya que somos el único medio presente en este evento —agregó, explicando—, transmitimos este suceso memorable. Me-mo-ra-ble —subrayó enfático—. ¡Memorable! ¡Singular! ¡Inolvidable!
Sin dejar de observar la cámara, señalando en distintas direcciones, sugirió al camarógrafo que captara el paisaje.
—¡No me envidien! Amigos, amigas, ¡no me envidien! Día de sol, radiante, próximos a las orillas de este río con historias fantásticas, en medio del bullicio de este público feliz, ¡sí, feliz!, pletórico de entusiasmo patriótico, que colma las inmediaciones del monumental escenario. La multitud, amigos, permanece indiferente al calor y espera ansiosa las novedades que el locutor oficial transmite a cada instante.
Desde estas bellas tierras de la pampa gringa, aquí, su periodista amigo, Juan Antonio Sousse, para llevarles en directo este momento crucial para los destinos de todos nosotros.
Sousse miraba a la cámara con expresión serena e imponía con su rostro una actitud relajada que contrastaba con el batifondo del locutor y sus ruidosos acompañantes. Los camarógrafos se cuidaban de realizar paneos que dejaran en evidencia el escaso acompañamiento popular. Una toma cenital estaba descartada: la pobreza del evento quedaría expuesta sin atenuantes.
—El día se presenta luminoso para la apoteótica ceremonia. El cielo despejado y el sol abrasador son ofrendas que la naturaleza, benigna a la vera del río, nos otorga para que la celebración tenga el marco rutilante que amerita la ocasión.
Pícaro y sugerente, agregaba:
—¡A beber! ¡A beber las exquisitas sangrías que las autoridades generosas han dispuesto para apagar la sed de todos los presentes! Pero nada de alcohol, que nada empañe la fiesta del pueblo, la fiesta de la civilidad en estas horas fundacionales para la nación que se promete ubérrima de felicidades, la nación inserta en el siglo XXI, como quisieron nuestros próceres desde que lograron arrancarla de la anarquía y llevarla hasta las glorias del centenario, cuando estábamos entre las diez primeras naciones del orbe.
El periodista se esforzaba en anunciar sin permitir que su voz titubeara, sin amilanarse por las condiciones extremas en que debía transmitir casi en cadena nacional, que el futuro estaba al alcance de la mano. ¡La buena nueva! El viaje al mundo globalizado tenía solo boleto de ida. Allí, la abundancia se derramaría para satisfacer los anhelos de progreso que cada individuo atesoraba en sus pensamientos y en su corazón.
Por su audífono, la producción le exigía un discurso que se extendiera para que, junto a sus reflexiones, el tiempo pasara hasta que el evento propiamente dicho —la captura del peligroso terrorista cercado por las fuerzas de seguridad— se produjera. Ese sería el momento memorable. Como la captura de otros tantos tiranos. ¡La transmisión en vivo! ¡En directo! ¡Sublime! Rendidos los competidores ante el dios del rating todopoderoso, creador de artistas y programas.
El fusilamiento de los Ceau?escu sería apenas una letárgica mueca de la historia olvidada. La captura y muerte de Saddam Hussein, un acontecimiento postergado por conveniencias escenográficas. La sodomización de Muammar Kadafi, un entretenimiento de eyaculadores precoces.
Le reclamaban que hablara, como solo él podía hacerlo, de ese viaje extraordinario, ese vuelo sin escalas al progreso inagotable, y de ese personaje peligroso, abominable resabio de un pasado turbulento, de quien nadie sospechaba el rostro ni tampoco el nombre, capturado por las fuerzas federales enviadas para esa tarea.
Sousse tardó en alcanzar ese estado espiritual que lo lanzaba a la arenga, a una novedosa catilinaria que opacaría las diatribas de Demóstenes contra el temido macedonio Filipo.
—Las glorias de la globalización están sobre mí, sobre vos, sobre nosotros.
—¡Y en tu espíritu! —replicaron a coro los burócratas atentos en las alturas del escenario.
Mientras afirmaba con voz rimbombante y escuchaba la réplica del funcionariado en tono de oratorio, señalaba con su dedo a la cámara, como procurando tocar a cada televidente que estuviera sintonizando la señal. Histriónico, imponía un estado de exaltación que contagió rápidamente a quienes lo secundaban en la transmisión.
—Porque el progreso nos ha ungido. Nos ha enviado a dar la Buena Noticia a todos los ciudadanos, pero en especial a los pobres; para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar años de gracia y bienestar de la mano del progreso. El progreso, una forma de comprender a Dios sin misterios. El progreso es un Dios tangible.
Ya no se trata de una utopía inconclusa. El misterio del bienestar ha llegado a su fin y este es el lugar, este es el momento, y nosotros —¡ustedes! ¡Todos!— seremos testigos de este acontecimiento que torcerá para siempre el curso de la historia.
Enrollando el libreto que la productora le había acercado, lo devolvió a Luana, su asistente, una muchacha con aspiraciones de diva. Se irguió aún más, estirando la espalda en recta perfecta, exaltando su presencia como un verdadero profeta del porvenir.
Toda la Agencia tenía los ojos fijos en él. En el diario, hasta Cacho parecía hipnotizado por las palabras de su antiguo subordinado, expresadas con la fuerza de un general que alienta a su tropa antes de la carnicería. Y Segni, o Fausto, o quien fuera en realidad, sonreía exultante, satisfecho de haber rescatado a un mediocre adicto de sus horas de hastío y transformarlo en ese convincente comunicador. Se trataba de un converso. Los conversos son auténticos energúmenos que enarbolan las creencias adquiridas por cobardía, llevándolas hasta sus últimas consecuencias.
—La Buena Noticia —afirmó Sousse, elevando el tono de su voz, que se volvió ruda y áspera— es que para la globalización todo es al revés: los de arriba tienen que servir; los de abajo son los más queridos. El progreso no es patrimonio de ricos o poderosos, ni siquiera es poder: ¡el progreso es alimento!, luz, liberación, bienestar. ¡Es el maná del siglo XXI!
Esta es la propuesta que da coherencia a toda la actividad de los que hoy nos reunimos aquí para celebrar el fin de una época, el acto final de oscuros personajes que llevaron a un pueblo manso a vagar por un desierto sin destino. Son los que arrastraron a la nación en sus comienzos a la intrascendencia de un aislamiento bobo, prometiendo una libertad sin amos en un mundo donde nadie se desarrollaba sin protectores. Como al niño pequeño guiado por sus tutores, las naciones embrionarias, como la nuestra, debieron aceptar el concurso de aquellas que ya se habían inscrito en la historia como fuentes de progreso, conocimiento y superación.
La ciudadanía debe dejar atrás esos ideales falsos, perimidos, cobijados bajo banderas que flamearon prometedoras, pero que solo sirvieron para embanderar luchas sin victorias. Los tiempos de la falsa independencia han sido arrojados entre los trastos de la historia. Bate el parche el ideal de la interdependencia. Sepamos elegir con inteligencia quiénes nos llevarán de la mano hacia un sendero de abundancia y desarrollo sustentable. ¡No permitamos que esta oportunidad se pierda como tantas veces! ¡Viva la dependencia del progreso infinito! ¡Viva!
A medida que Sousse avanzaba en el discurso, su rostro adquiría una tonalidad bordó. No era malestar ni presión arterial descontrolada: era puro convencimiento lo que lo encendía y lo impulsaba a explicar sus nuevos ideales a los televidentes, para convertirlos en entusiastas de la Buena Nueva. Él mismo se sentía transformado, asombrado de su mutación: de aquel borracho y drogadicto envuelto en una turbia relación con una menor muerta a golpes, a este difusor de las bienaventuranzas de la modernidad. Algo más recatado con las drogas, algo más medido con el alcohol, algo más cuidadoso en la edad de las vaginas con las que se entretenía.
De paso, como pedía la producción, estiraba los tiempos de la transmisión hasta el desenlace promocionado.
—Hechos y no dichos. Pero tomen estas palabras que les traigo y háganlas suyas. ¡Hechos! ¡No solo palabras! —exclamó.
—¡Buenas Noticias, hoy, compatriotas, hermanos! Venimos a sellar con este acto nuestra decisión de adquirir, como nación, un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo XXI, e ingresar de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante que atraerá hacia ella las miradas del universo civilizado. La integración al mundo del progreso, de la mano de los más insignes tutores de la humanidad, no es como nos la habían pintado: desamorada, cruenta, vengativa. No se trata de jueces temibles y ansiosos de castigos furibundos contra una plebe desamparada, ni de un poder que reina sobre los hombres desde las tinieblas de la superexplotación, que promueve guerras de conquista, conduce a la esclavitud y rapiña las riquezas de los más débiles. ¡No! ¡No se dejen engañar más! Los manantiales de plusvalía que brotan de los trabajadores vuelven al pueblo en propuestas de prosperidad. Y por eso estoy a gusto entre ustedes, alentado por los nuevos ideales que son la cura que liberará a los poseídos.
Buenas Noticias… ¿Para algunos? ¡No! Buenas Noticias ¡para todos! Y aquí, tu programa preferido, en tu canal preferido y con tu periodista preferido, llegando desde estas orillas barrosas hasta tu casa, para que la verdad te libere definitivamente. ¡La verdad os hará libres! ¡Libres!
En el estudio se escucharon tímidos aplausos. La extensa arenga había insumido muchos minutos y permitió ir a una provechosa tanda de anuncios vendidos a buen precio, incluso por sugerencia de las autoridades, que esperaban que ese fuera un día donde nadie saliera defraudado. Los anunciantes, los publicistas, los directivos estaban mancomunados en la empresa. Y faltaba tan poco para la captura que el valor del minuto de propaganda crecía a cada instante y parecía no encontrar límite.
—¡Ha caído el más buscado de los últimos terroristas! —Sousse arengaba a los televidentes, tratando de insuflarles similar fanatismo—. ¡Ha caído el último terrorista! Y en minutos usted, señora, usted, señor, usted, abuelo, verán en directo cómo grupos especiales entrenados en las tácticas más sofisticadas de combate terminan con un perturbador histórico de la paz social.
Desde estudios centrales, una monona locutora gesticulaba con lánguidos movimientos, muriendo de envidia, encapsulada en un ambiente de no más de tres metros cuadrados. Su minifalda se acortaba deliberadamente con cada gesto, obligando a los televidentes a realizar piruetas para seguir los develamientos que la escasa pollera proponía. Otros espectadores, en cambio, seguían los reflejos de su bruna cabellera que delineaba los hombros curvos con esmero de pintura china.
—¡Ay, Juan Antonio! ¡Juan Antonio! —exclamaba la jovencita suspirando—. ¿Qué se siente allí, en la apoteosis de la victoria, contemplando el festejo que el pueblo acompaña? La multitud, supongo, desborda de entusiasmo y alegría. Apreciamos desde aquí la imagen sugerente del río a la distancia, enmarcando el festejo con sus iridiscencias.
Sousse parecía razonar la pregunta, tomándose un tiempo para responder:
—Sin duda, Marie Ann, sin duda. La multitud, como vos bien señalás a nuestra querida audiencia, desborda de entusiasmo y alegría. Y el río propone ese marco al que hacés referencia, quizás buscando trasladarnos a momentos pasados de nuestra historia, cuando otros hombres deambularon ridículos por sus riberas, imaginando glorias que anquilosaron la nación, postrándola por casi dos siglos de atraso.
Aquí solo se respira amor a la patria. Bajo la atenta mirada de nuestros héroes modernos, como este que allí arriba contempla con su prístina mirada al pueblo conmovido por su trascendente ejemplo.
—¡Qué maravillosas son tus palabras, Juan Antonio! Estamos conmovidos por tus reflexiones. Pero quiero decir, en este momento tan trascendente para toda la ciudadanía, que nada más justo que un suceso heroico sea relatado por un héroe, un héroe del pueblo, un héroe contemporáneo, alejado de los estereotipos de los manuales de escuela. Con todo respeto por los manuales de escuela. —Por el audífono, la producción le exigió que corrigiera su expresión: eran muchos los anunciantes de manuales escolares que auspiciaban la transmisión.
—¡Vos sos nuestro héroe! ¡Nuestro querido Juan Antonio! El que ayudó a capturar a un pervertido y asesino de una adolescente.
Sousse buscaba un gesto de modestia que acompañara las palabras de la locutora. Desde hacía semanas, una usina difundía en todos lados el supuesto protagonismo de Sousse en el esclarecimiento de un horrible femicidio adjudicado a un desconocido de nombre Baldomero.
—Vos sabés, querida Marie Ann, que prefiero no hablar de ese tema. No es falsa modestia…
—¡Para nada! —lo interrumpió la locutora, condescendiente.
—No es falsa modestia de mi parte, pero hoy… hoy… —Sousse forzaba una emoción que no sonaba natural—, la vida quiere que nos encontremos en estas coordenadas de la historia contemporánea, asistiendo a un evento que marcará para siempre el derrotero del porvenir de muchas generaciones de compatriotas.
—¡Ay, Juan Antonio! Contanos más de ese bullicioso ambiente del interior pacífico de la patria.
—Marie Ann, arriba, en las alturas del escenario, pueden apreciar al locutor oficial, quien anuncia este triunfo contra el terrorismo.
Las cámaras enfocaron el escenario. El festejo era desordenado y cada asistente pugnaba por aparecer en la primera fila. El locutor temía que alguno perdiera la estabilidad y terminara cayendo al vacío desde esa considerable altura.
A medida que la festividad se volvía más caótica, y el anunciante exageraba en la forma y el tono de su mensaje, otros burócratas —que nadie sabía de dónde surgían— ganaban las alturas subiendo por una larga y angosta escalera hasta el tablado. Sousse miraba asombrado los contingentes de funcionarios que trepaban como hormigas. Los señalaba a Marie Ann para que ella comprobara por sí misma el marasmo humano que se producía en la lucha por ganar las mejores posiciones. El locutor, abrumado, exasperaba sus cuerdas vocales con el anuncio de la victoria del bien sobre el mal.
Los recién llegados hedían a extravagantes perfumes, exhibiendo tanto sus olores como las elegantes ropas de marcas rutilantes. Al llegar a la cima, iban y venían de un lado al otro, como si el mero deambular les otorgara mayor importancia.
Como en cualquier ocasión que se preciara de legendaria, sonaban trompetas gloriosas. Bramaban bronces arcabuceros, y brillantes sones se arremolinaban invictos de armonías y melodiosos cantábiles. Era la música del fin de la historia. Aturdido por los torpes contrapuntos de las inmelodiosas frases musicales, el escaso público parecía querer esquivar la arremetida de una fanfarria de puñales desafinados, que destripaban nota tras nota, destilando una sangre dudosa, derramando los malhumores de la melodía.
Los funcionarios echaban humos de variados colores que insinuaban tonos metalizados, pintarrajeados con trazos grises de arriba abajo, como bravos crayones. El calor los amasijaba. Los vapores de esos cuerpos sudados se mezclaban con las pardas virutas musicales que la banda dispersaba al resoplar las notas por las ensalivadas boquillas de los vientos metálicos.
Los incrédulos pobladores que no huyeron, corridos por los desatinos, comprobaron el apocalíptico desfile: mezcla de pompa militar hostil al borde del camino reseco, con ínfulas de batucada urdida con algo de candombe, porque alguien insistió en que un toque popular para el gran engaño no estaría nada mal.
¡Victoria! Intentaba mentir un solfeo anacrónico de acordes mayores imperfectos. ¡Victoria! Exigían las trompetas iracundas desde sus metálicas bocas.
—¡Cayó el último gran terrorista! ¿Cayó? ¿Por qué el último?
Por los micrófonos, el histriónico locutor, ya excitado, gritaba confirmando que, en efecto, había caído el último de los vándalos. Arrancaba de los burócratas apretujados aplausos incansables. Las personas simples, sin embargo, no asentían: preguntaban curiosas, ¿detenido?, ¿herido?, ¿muerto?
—¡Muerto! ¡Muerto! ¡Muerto! —suelto de cuerpo, el vociferador blandía la muerte como quien empuñaba una promesa de flores exóticas. No aceptaba refutación alguna. La muerte anunciada esperaba ser asumida definitivamente por los espectadores arracimados frente a los televisores.
El locutor, que había seguido con atención la diatriba de Sousse, rememoró su discurso y se apropió de sus palabras, plagiándolo desvergonzadamente. Sousse lo observó con rencor, pero a los pies del otro, a muchos metros de distancia, ni todas sus maldiciones podían acobardar al plagiador lanzado a su propia catilinaria. Él también alababa los portentos de la dependencia y la matanza de legítimas aspiraciones y esperanzas de pueblos y naciones.
—Los hombres ya no cuentan —dijo liviano, extremando las palabras que Sousse había pronunciado enardecido—. Las fronteras perecen arrolladas, los proletarios rinden sus protestas a los pies del progreso. No queda nada por decir. No queda nada que esperar. ¡Compatriotas! La riqueza se derramará copiosa sobre sus incrédulas humanidades, que deberán, al final de todo, reconocer el éxito de la cruzada.
—¡Viva el triunfo de la dependencia! —exclamó barbitúrico. —¡Viva el triunfo de la majestuosa dependencia! —repitió caricaturesco.

Agitando con su mano derecha una resma de papeles multicolores que conservaban los rastros indelebles de un Plan de Operaciones, el locutor llamó a repudiar a sus ideólogos.
—¡Subvertir el orden! —proclamaba el Plan—. ¡Subvertir el orden! Por suerte —celebró— esto ha llegado a su fin.
El texto manuscrito, con sintaxis casi onomatopéyica y letra minúscula de pura mortificación del escribiente, enumeraba todo aquello que debía realizarse para acabar para siempre con el orden establecido. El relator oficial crecía en indignación.
—¿A subvertir el orden? ¡Sí! —se respondía a sí mismo, crispado, sin esperar el coro de burócratas. Y concluía: —El subversor fracasado tendrá su merecido castigo.
Celebraba entonces el arribo de las tropas federales. Se escuchaban sones marciales, ecos lejanos de tiempos perdidos, sonidos de lanzas y disparos que acabaron con el Chacho en Loma Blanca.
—¡Más de dos mil! —exageró. Pero eran muchos, demasiado armados.
—Cerca de aquí se izó una bandera por vez primera y aquí será arriada definitivamente. ¡Viva la globalización! —gritó hasta desgañitarse, mientras Sousse lo maldecía sin que lo oyera.
Retomando la iniciativa, Juan Antonio reclamó loas y vivas para esa soldadesca revestida por órdenes superiores de taciturnos fantasmas encapuchados, marchando sin bocas, ni ojos, ni narices, ni oídos. Una gavilla de hombres prohibidos de hablar, ver, oler, oír, conminados a cumplir la orden de un jefe abrumado de inflexibles directrices. La obediencia debida buscaba imponerse sin admitir reparos.
Se les reclamaba restaurar un orden que no debió haber sido amenazado. ¿Y el gran terrorista? A él se dirigían sin siquiera reconocer su pálida apariencia.
—¡Basta de banderas! —se escuchó al pasar, mientras la tropa avanzaba en inequívoco sentido.
Los que desfilaban alzaban sus empedernidas ametralladoras hacia el cielo, amenazando a Dios mismo, portando en sus ennegrecidas bocas las firmes órdenes de proveer holocaustos necesarios para restaurar el orden pervertido.
Dios, cósmico e indiferente a la amenaza, desfloraba unas sombras aburridas que observaban la marcha y reían de su próximo fracaso.
—Donde haya injusticias habrá rebelión —dijo un arcángel sobre el que pendía una orden de captura. El locutor quiso desdecirlo, pero un prominente burócrata lo detuvo con gesto adusto: —No vale la pena. El arcángel más tarde o más temprano deshará sus alas. Ahora festejemos, uncidos en este altar soberbio al dios del mercado único. La oferta y la demanda pondrán todas las cosas en su debido orden. Los arcángeles y las banderas ya son cosas del pasado.
—¡Las tropas avanzan a su objetivo! —exclamó Sousse extasiado. Las cámaras seguían como podían la marcha irregular de los soldados. No era la vigorosa marcha a paso de ganso que los productores esperaban. No. Se los notaba abrumados por el calor, sofocados por las gruesas vestimentas, fastidiados por el viaje y por lo disparatado de la tarea: capturar a un fantasma del que nada sabían. Se movían con lentitud y pesadumbre.
—¡Avanza! ¡A paso redoblado! ¡Al viento desplegado su rojo pabellón! —clamó alguien en estudios. Luana aclaró que ni siquiera tenían bandera, pero que la invocación resultaba simpática.
Marchaban zigzagueando por el camino, buscando las sombras que los sauces llorones prodigaban indiferentes al zafarrancho.
Sousse logró que su asistente preguntara a un alto funcionario cuánto tardarían en traer al reo para exhibirlo en exclusividad en su programa. Le recordó que la primicia le pertenecía: habían pagado una buena suma para tener el privilegio de revelar el rostro del criminal a toda la ciudadanía.
—Dígale al periodista —exageró el burócrata— que ya puede anunciar que son tres los capturados. En minutos, no más de quince, las fuerzas federales los traerán hasta aquí. Esperemos no se resistan a morir.
Luana transmitió la novedad a Sousse. Este aprovechó el tiempo que los anuncios le otorgaban para coordinar con el estudio central la transmisión del glorioso suceso.
La producción autorizó reformular la información para despejar dudas de la victoria. No solo se hablaría de tres capturados: se presentaría su detención como resultado de un mortífero enfrentamiento. Algo de dramatismo mejoraría la audiencia. Le reclamaron a Sousse que retomara su fogoso discurso.
Cuando todo estaba dispuesto para el anuncio, en estudios centrales un cable desmentía la afirmación del burócrata. ¿Luana había escuchado bien o, en su impericia, confundió la noticia? El cable sostenía que no eran tres los capturados, sino dos. Uno había fugado de manera inexplicable.
Sousse fue advertido de la controversia. Juan Antonio, sin embargo, al mismo tiempo que la producción lo alertaba de la divergencia, recibía por Twitter un mensaje ministerial:
—Anunciamos a toda la ciudadanía que son tres los malvivientes capturados por las fuerzas federales en un brillante operativo. No hay bajas ni entre los efectivos de seguridad ni entre los malvivientes. Las máximas autoridades de la nación celebraron también, tuiteando la novedad.
Sousse se lanzó a una frenética competencia con el locutor oficial. No reparó en que, seguido al primer mensaje, otro afirmaba exactamente lo contrario: no había detenidos, no había éxito que presentar. Sin embargo, los dos hombres, sustraídos de la realidad, abandonados de todo razonamiento, se preocupaban por gritar más fuerte y pronunciar discursos más abarrotados de adjetivos, ya fuera para alabar la destreza de los soldados o para descalificar a los capturados.
Mientras sonaban las alabanzas y los insultos, un Twitter desconocido confirmó la otra verdad. Esta vez los del estudio central también recibieron el WhatsApp: “No fue capturado ningún delincuente”, decía con sus pequeñas letras encendidas. En menos de 150 caracteres se echaba por la borda tanta gazmoñería. “Los federales erraron el camino”, remataba el aviso, destruyendo con una corta frase tanta victoria anticipada.
La información confundió a Sousse cuando le llegó por el audífono. El locutor oficial ni enterado: seguía con su monserga interminable.
Juan Antonio reclamó a Luana una rápida confirmación. La asistente trató de comunicarse con otras fuentes confiables. El estudio central estaba sumido en el caos. Secretarios, ministros, todos habían desconectado sus teléfonos. Las máximas autoridades se asomaban desnudas al papelón, relajándose unos a otros.
Algunos kilómetros más al norte del escenario, las tropas federales suspendieron su marcha. Estaban en medio de un humedal. No había nada ni nadie: un paraje desolado, bonito, cierto, pero ausente de toda presencia humana. Ni un modesto rancho se alzaba alrededor. El jefe miraba extrañado. Repasó varias veces el cablegrama con la orden. Era precisa: “Del punto de convergencia, dos kilómetros a la derecha”. Palabras sencillas, de fácil comprensión. Las coordenadas coincidían con el mapeado.
El hombre intentó comunicarse con sus superiores, pero sus tentativas fueron infructuosas. Poco después, desde el ministerio de Seguridad surgió un llamado telefónico.
—¿Dónde está el jefe del operativo? —preguntaron insinuantes.
—Con él habla. ¿Quién es usted?
—El secretario del ministro. ¿Qué pasó? ¿Puede explicar qué pasó?
—¿Y yo cómo sé que usted es quien dice ser? —replicó el jefe militar, burlón, achacándole un posible embuste.
—¿Y yo qué sé? ¿Quiere que le muestre el documento? —respondió con tono nada gracioso.
El jefe militar posaba intransigente solo para fastidiar a su escucha.
—Dígale al ministro que sea él quien me llame, de lo contrario no responderé a nadie. Esto es un quilombo y no estoy para hablar con boludos.
El secretario cortó la comunicación. Minutos después, el propio ministro estaba al habla.
—¿Qué le pasa, oficial? ¿Acaba de arruinar todo y se hace el importante? ¿Sabe cuánto va a durar en su cargo?
—¿Y usted quién carajo es? —preguntó el militar, sin dejarse llevar por la bravuconada.
—El ministro de Seguridad, ¿quién va a ser? ¿No quería hablar conmigo?
—¿Y yo cómo sé si usted es el ministro y no el salame ese que se hace pasar por el secretario?
El ministro estalló en un ataque de ira. Reclamaba explicaciones a los gritos. Alguien, tal vez un asistente del militar, le confirmó que quien estaba del otro lado era el mismísimo ministro, el jefe político de todos ellos.
—Fuimos donde nos señalaron los informes de inteligencia, pero allí no había nada.
—¿Cómo puede ser que no había nada? ¿Cómo que no había nada? ¿Qué pasó, señor? ¿Cómo se les pudieron escapar? ¡No había escape! Para eso mandamos casi dos mil efectivos.
—No exagere, ministro. Mil doscientos. Mil se distribuyeron en los poblados. Pero esos son agentes de tránsito. Con suerte uno solo terminará el día sobrio. A los demás habrá que recogerlos en camiones. Ciento cincuenta son tropa de asalto bajo mi mando directo. Y cincuenta se quedaron en el punto de convergencia.
—¿Cien, quinientos, mil…? ¿Qué quería, el Ejército de los Andes?
—A usted eso no se lo hubiera pedido nunca.
—Debían cercarlos y después capturarlos. Más fácil, imposible.
—Confirmo, señor ministro. Fuimos al lugar de concurrencia indicado en el cablegrama emanado de su ministerio. Desde allí nos dirigimos dos kilómetros a la derecha. Se lo vuelvo a leer: “Del lugar de convergencia, dos kilómetros a la derecha”. Llegamos, no había nada. Vinimos al pedo. ¿Me comprende? Al divino pedo. Mi ayudante confirmó las coordenadas que figuran en la orden escrita. Nos mandaron a hacer el papel de boludos.
—¿Cómo a la derecha?
—“A la derecha”, que es lo contrario de “a la izquierda”. Es simple. Hasta usted lo puede entender.
—¿Se volvió loco?
—Hasta ahora no, y eso que lo vengo escuchando hace diez horas. Tengo los huevos del tamaño de dos pomelos.
—¿Se cree muy gracioso, coronel? Te pregunté: ¿cómo a la derecha? —perdida la compostura, el ministro lo tuteó.
—Le ruego que no me tutee. No soy su pariente ni su puta. Soy una persona que solo se tutea con su familia. Le repito: a la derecha. ¿Quiere que se lo explique más simple? Tóquese la nariz con la mano derecha y va a saber de qué le hablo.
—Pero eran dos kilómetros a la izquierda.
—¿A la izquierda? Bueno, entonces dígales a sus muchachos que antes de mandar un mensaje hagan un curso a prueba de boludos, para no confundir nunca más la izquierda con la derecha. Porque en este papel de mierda dice “a la derecha”. ¿Capito?
—¡A la izquierda! ¡A la izquierda, hijo de remil puta! ¡Inútil! ¡Vaya a la izquierda ahora mismo!
—¿Sabe dónde voy a ir? A un lugar donde los boludos estén prohibidos. Busque al que redactó la orden equivocada, porque cuando esté en Buenos Aires se la voy a meter en el culo de una patada junto con mi borceguí.
El jefe militar silenció su teléfono. Se rascó con enjundia los testículos ardidos por el calor. Estaba escaldado y la molestia le resultaba más insoportable que la vocinglería ministerial.
—Decile a los muchachos que hay que volver al punto de encuentro. Y de ahí, dos kilómetros a la izquierda —confió a su asistente.
—¿Pero no eran dos kilómetros a la derecha?
—Parece que no, se equivocaron. Todos nosotros vamos a pasar a retiro por culpa de un boludo que no sabe diferenciar la izquierda de la derecha.
—Se llama problema de lateralidad.
—A mí qué carajo me importa cómo se llama. Corra, boludo, transmita mi orden.
—¡Sí, señor! ¡Media vuelta, todo el mundo!
Los soldados miraron extrañados al asistente que gesticulaba como un monigote.
—Volvamos, muchachos —ordenó el jefe—. Caminamos al pedo dos kilómetros y ahora vamos a caminar cuatro más. Cuando lleguemos ni el aire nos va a estar esperando. ¡Encima hace un calor de mierda! ¡Cómo me pican las bolas, carajo!
La tropa viró ciento ochenta grados y se dispuso a caminar cansinamente en sentido opuesto. La marcha se hizo difícil: el calor vencía a los hombres envueltos en capas interminables de uniforme.
Sousse, a esa altura de las peripecias, había informado y contrainformado varias veces. La productora estaba, a pesar de todo, feliz. Pocas veces en una transmisión periodística las noticias podían cambiar de manera tan rápida y contundente: de la captura a la fuga, de marcha forzada a la derecha a marcha cancina a la izquierda. De aquí para allá. De allá para acá.
Los burócratas en las alturas del escenario desfallecían deshidratados. Bajarlos fue una empresa más temeraria que la captura del afamado último gran terrorista.
Los pobladores hacía rato que se habían dispersado. Los más, porque ya vendidos los escuálidos chanchos no tenían razones para permanecer. Los menos, decepcionados porque no solo no se rifó nada, sino que estaban aturdidos por la vocinglería del locutor, el periodista y las disonancias metalizadas de la fanfarria militar.
El rating fue un éxito; la incursión militar, un verdadero desastre.
Las tropas federales llegaron por fin al destino señalado por el ministro. En medio de un paraje desierto se alzaba un modesto rancho. El oficial al mando dispuso un doble cerco y retenes más alejados que controlaban los caminos. Nadie podía salir ni entrar. Para el asalto quedaron unos sesenta hombres, tal vez menos.
El coronel, apostado y con binoculares, observó el ranchito. Con justificada razón supuso que ahí adentro no había nadie, y que, si alguna vez lo hubo, tuvo tiempo suficiente para fugarse con absoluta tranquilidad.
La arquitectura del rancho repetía la de tantos otros: una puerta de entrada al frente, una ventana en cada lateral y una puerta trasera. Eso informaron los observadores enviados a verificar los posibles accesos por los que podían ingresar las tropas de asalto.
—¡Esto sí que es al pedo! —le dijo el jefe a su asistente—. Si encontramos una vinchuca hago una fiesta.
Si alguien estaba adentro debían capturarlo vivo. Los datos de Inteligencia hablaban de personas de bajo riesgo: un anciano lisiado y dos o tres acompañantes, no más. Jóvenes, decían, pero sin perfiles precisos. El jefe era un hombre mayor, en apariencia un paisano del interior profundo. Hasta entonces, ninguna foto. Del anciano, nada. Alguien, como broma, le arrimó una foto del General Belgrano: “El terrorista que buscan se parece a este”. El coronel, tomándose la cabeza, respondió: “Si este es al que quieren capturar, me pongo a sus órdenes”. Rieron a dúo.
Después del error sobre la ubicación del rancho, no podía asegurar que la información recibida fuera confiable. De todos modos, ordenó penetrar sin abrir fuego bajo ningún concepto.
Las tropas de asalto ingresaron sin mayor esfuerzo. Las puertas y ventanas cedieron apenas se las empujó y no hallaron resistencia. Como esperaban, no encontraron a nadie. El rancho parecía deshabitado desde hacía tiempo. No había muebles ni enseres. Tampoco evidencia de que el lugar hubiera sido usado como guarida de malhechores.
—Los de los pueblos se van a burlar de nosotros como se burlaron de los gringos. “¡Que los tiró a los gringos! ¡Junaygransiete!”
—¿Cómo, señor? —preguntó extrañado el asistente, a punto de desmayarse por el calor.
—“Venirse al cuete”, muchacho. Llame al ministro para informarle.
—Sí, mi coronel. —El ayudante llamó. Apenas sonó el teléfono, el ministro atendió.
—¿Novedades?
—En la casa no hay nadie. No hay nada. Ni un trapito para limpiarse el culo.
—Imposible —replicó el ministro, disintiendo con el jefe militar.
—Imposible son otras cosas, señor. Aquí no hay nada ni nadie. Vacío. Completamente vacío. Vinimos al reverendo pedo. ¿Me entiende?
—¡Allane las casas de todos los poblados vecinos! —gritó desencajado el funcionario.
—¿Cómo dijo?
—¡Que allane todas las propiedades! ¿No me escuchó?
—¿Se volvió loco? ¿Dónde se cree que vive? No puedo allanar. Nosotros somos soldados, no policías. Necesita las órdenes de la justicia provincial.
—¡No desobedezca, inútil!
—Yo seré inútil, ministro, pero usted es un ignorante marca cañones. Consígase las órdenes de allanamiento de todas las propiedades, de cada casa, de cada rancho, de cada galpón, y después hable con quien corresponda. Yo soy militar, no policía, ya se lo dije. Si necesita, se lo explico en Buenos Aires. Los allanamientos los tiene que hacer la policía provincial. No sé si alguna vez oyó hablar del federalismo.
El jefe militar, fastidiado, cortó nuevamente la comunicación. Todos sabían que esa orden ministerial era incumplible. El gobierno provincial no iba a rifar parte de su disminuido apoyo por el delirio de allanamientos en serie decididos en una oficina de Buenos Aires.
Fracasada la operación, con las manos vacías, el jefe ordenó dirigirse al pueblo más cercano. No estaba preocupado por su futuro. Murmuró: “Los ministros pasan, los soldados quedan”. Así es la lógica en la milicia. Y si no terminaba ese sainete, se iría a su casa a disfrutar de sus nietos: era un abuelo joven y cariñoso. Pero estaba fastidiado por tanta incapacidad demostrada por sus mandantes: destinos equivocados, descripciones dudosas de delincuentes aún más dudosos, allanamientos inútiles. Lo único completo fue el fracaso.
El villorrio al que se dirigían podía verse a simple vista. Era pequeño y estaba embanderado de blanco y celeste en todas sus edificaciones modestas. Los soldados sintieron alivio al ver esos colores engalanando el vecindario y que no se hubiera presentado ningún inconveniente en la incursión. Después de todo, era preferible un buen fracaso que un mal destino. Todos estaban acalorados, pero sanos y salvos.
En un galpón amplio que oficiaba de teatro —en realidad, un lugar de reunión fresco y espacioso donde se bailaba chamamé y se bebía a discreción los sábados por la noche— un cartel fileteado a mano anunciaba la obra Fuenteovejuna, a cargo del elenco de actores infantiles reunidos entre la estudiantina de ese y otros poblados cercanos.
—¿Quién mató al comendador? —preguntó el jefe a su asistente.
—No tengo ni idea, señor. ¿Quién era el comendador?
—Soldado: lo mató Fuenteovejuna —respondió sonriendo ante la inocencia del muchacho—. ¡Fuenteovejuna ha sido! —repitió distendido.
Al jefe militar lo convidaron con sangría y preguntó si podrían asistir a la representación. Los lugareños asintieron encantados. Los soldados se dispusieron a descansar, relajados bajo la sombra generosa de unos árboles copiosos.
Mientras bebía su refresco, el jefe militar —que había arrojado su teléfono celular a un vistoso charco de barro— preguntó a un grupo reunido alrededor de una mesa de truco si habían visto en las inmediaciones a dos o tres hombres trasladando a un viejito en silla de ruedas.
Los lugareños, todos al mismo tiempo, actuaron como quien trata de recordar una situación lejana o poco conocida, y respondieron a coro:
—Para nada.
—Acá nos conocemos todos, sabe don.
—Por eso les pregunto. Así que no vieron a un viejo en silla de ruedas. ¿Y las banderitas, a qué se deben?
—A nada en especial.
—Pensé que estaban de festejo, como allá, hacia el sur, donde había una caterva de malandras festejando no sé qué cosa.
—Acá estamos de festejo todos los días. Pero no como el que usted señala. De esa fiesta no participamos. Los de afuera son de palo, dice el refrán. Y esa fiesta era ajena. Tampoco nos invitaron, así que nunca supimos qué celebraban. ¿Usted viene de allá?
—No. A mí tampoco me invitaron.
—Quédese acá descansando. Acá celebramos todo el año la patria. Es una costumbre centenaria. Las banderas están siempre dispuestas. No tan lejos de aquí el General la enarboló por vez primera. De estos pagos muchos fueron al Paraguay con él. Todavía quedan descendientes de aquellos veteranos.
—¿Y ustedes mismos colgaron los banderines y las banderas para la ocasión? —preguntó el militar, sin ánimo inquisidor, solo por seguir la charla.
Los lugareños se miraron intrigados.
—Que yo recuerde, siempre estuvieron ahí —respondió un anciano de calva reluciente, sin un solo diente. El jefe lo miró incrédulo.
—¿Y desde entonces están ahí? ¿Cómo se pueden conservar sin daño, sin decolorarse?
—No lo sabemos, jefe —respondió otro, apoyado en la barra mientras bebía caña dulce—. Acá la bandera no se arrió nunca, y siempre está lozana, como nueva. Cuando peleamos a los ingleses en Obligado, en Tonelero y Quebracho quedaron para no irse más. Algunos soldados de acá las llevaron a Malvinas y de allá volvieron todas. Algunos muchachos, desgraciadamente, no. Por eso, si mira con atención, verá que algunas banderitas tienen nombre: son los héroes de Malvinas de toda la provincia. Nunca han faltado las banderas en el pueblo, relucen siempre como nuevas. Algunos gauchos dicen que el espíritu del propio General las repone cada noche para que siempre luzcan hermosas, como usted las ve ahora. ¿Qué le parece?
El jefe militar aspiró profundo el aire tibio con reminiscencias de eucalipto.
—Me alegra. En verdad me alegra. Así debería ser en todos lados.
Los banderines parecían moverse cadenciosos para el oficial que los miraba complacido. Una brisa lejana los hamacaba con delicadeza. El militar reparó en uno de los parroquianos: jugaba con un cuchillo que brillaba, invitando a posar la mirada sobre él.
—¡Lindo verijero! —dijo conocedor, alabando la artesanía.
El hombre lo reposó sobre la palma de su mano para exponerlo en toda su extensión. Su mano era grande, de dedos anchos y fuertes, capaz de quebrar un hueso con facilidad. Vestía una chaqueta color caqui hasta el cuello, ropa de trabajo modesta pero aseada.
—Regalo de mi padre, sabe.
—¿Me deja verlo?
—Seguro, jefe, mírelo tranquilo —se lo entregó con cuidado, del lado del mango, como correspondía.
De unos quince centímetros de largo, era un antiguo verijero encabado en alpaca, trabajado con extremo cuidado y delicadeza. El artesano se había esmerado en reproducir a la perfección un dibujo de flores arracimadas —parecían de acacia— que se ceñían infinitas unas a otras; intercaladas, diminutas hojas exponían sus nervaduras entre los pétalos finamente cincelados. La vaina era tan elegante y minuciosa como el mango. Las flores acompañaban la forma casi cónica y achatada de la misma, que terminaba en una flor de lis.
—¡Hermoso! —exclamó el militar, al tiempo que lo devolvía a su dueño.
—Tiene razón. Hermoso, señor. Lo llevo siempre conmigo, es un amigo de verdad. Los paisanos en el campo tenemos un dicho para el verijero —dijo con voz pausada y serena—: “Sirve tanto pa’abrir un asau, como pa’cerrar una discusión.”
—Conocía el dicho. Vengo de familia de paisanos. Espero que hasta ahora solo se haya usado “pa’abrir un asau”.
El hombre bajó la mirada y cabeceó un par de veces, como afirmando.
El jefe militar saludó cortésmente a todos los vecinos en el bar. Su asistente le informó que desde Buenos Aires había llegado la orden de iniciar el repliegue. Había que regresar del fracaso a la gran ciudad, que los esperaba con reproches y sanciones. A esa altura de los acontecimientos, su mayor preocupación era la insoportable picazón en sus irritados testículos, que amenazaba martirizarlo durante todo el viaje de retorno.
—¡Soldado! —llamó a su asistente.
—¡Presente, mi coronel! A sus órdenes.
—Hágame el favor, llame al ministro.
—¿Y qué le digo?
—Déjeme pensar, déjeme encontrar las palabras precisas.
—Piense tranquilo, mi coronel, tenemos tiempo.
—Dígale que se vaya a la mierda.
—¿Le parece, mi coronel?
—No. Mejor dígale que se vaya a la mismísima mierda.
—¿Está seguro, mi coronel?
—Sí. Estoy seguro.
El asistente, resignado, se alzó de hombros. No pudo evitar la picardía:
—¿Le digo que vaya a la izquierda o a la derecha?
—Que siga derecho, siempre derecho. Va a llegar más rápido. Es un camino a prueba de pelotudos. Siempre derecho, hasta que la mierda de su ministerio le tape la cabeza.

***

XXIX – Protocolo
para marchas de banderas

La noticia del fracaso de la operación de cerco y aniquilamiento tomó a los jefes con distintos estados de ánimo. “Pérez y Pérez”, odioso, rió apabullado. ¡Tantos años de trabajo para nada! ¿Cómo se podía haber errado en el momento final, a solo dos kilómetros del objetivo? ¿Cómo se pudo confundir izquierda con derecha? Estaba seguro de que solo un sabotaje oportuno había permitido que “La Reliquia” escapara a la redada. Los “negros de mierda” volvieron a arruinarles la fiesta. Podestá hubiera estallado de ira. ¿Y López Teghi? ¿A quién haría responsable en esa oportunidad? Sin embargo, parecía resignado ante el fracaso.
A “Pérez y Pérez” el alejamiento temporal de las máximas jerarquías no lo apartaba de la derrota. Salvo los detalles finales de la maquinación —decididos por el equipo que lo reemplazaba— participó directamente de la operación de cerco y aniquilamiento. Era cierto que, por orden de Reinafé, había traspasado sus responsabilidades a López Teghi y su gente en el momento final, y que tal vez esa decisión lo puso a cubierto del desastre. Su legajo quedaba limpio de esa desgracia, nada menor en un medio donde el menor de los fracasos era exagerado maliciosamente. No sabría nunca si debía agradecérselo a su máximo jefe o a la providencia, que podía operar por razones misteriosas.
Reinafé fundamentó su decisión en que, para el Estado Mayor, lo urgente era componer los desvaríos del presupuesto con el pretexto de atender las nuevas amenazas. ¿“La Reliquia” podía ser incluida entre ellas? El debate rozaba lo absurdo. ¿Qué podían tener que ver los relicarios con el narcotráfico, la guerra religiosa, la inmigración masiva, los delitos cibernéticos, la “multinacional” del delito? Pero viejos jefes, con esas extravagantes teorizaciones, bregaban por incluir al prócer en ese delirante listado surgido de los reservados conciliábulos de los poderosos del planeta, en sus frenéticas disputas por la dominación global.
Si los más recalcitrantes lograban ese objetivo, la captura de “La Reliquia” sería considerada prioridad uno, habilitando el reclamo de cuantiosos fondos para operaciones abiertas o encubiertas. Todo el esfuerzo se volcaría a la captura y aniquilamiento del “último y más temible terrorista”, como se lo mencionaba en los informes reservados. De lo contrario, se impondría la tesis del “gradualismo”, que muchos otros jefes propiciaban, esperando que algo cambie sin alborotar demasiado el avispero. La lentitud del gradualismo disolvería las ansiedades como un terrón de azúcar en el agua.
López Teghi bregaba por considerar al fugitivo bicentenario como expresión de esas nuevas amenazas, pero sus argumentaciones no alcanzaban a definir a Reinafé. El jefe supremo decidiría la cuestión considerando el conjunto de los intereses de la Agencia, siguiendo la costumbre que lo guiaba durante su prolongado mandato. “Los hombres pasan, las organizaciones quedan”, repetía emulando al viejo líder político bajo cuya invocación deseaba hacer pasar su mercadería globalizadora. Un local partidario que llevaba su nombre lucía concurrido por militantes dispuestos a lanzarlo como gran referente de la política nacional, ignorando las advertencias de los más prudentes sobre lo inconveniente de esa empresa.
La imposibilidad de terminar con el asunto del rosario de la monja asesinada lo inquietaba de manera singular y lo obligaba a sospechar que ese podía terminar siendo un lastre para su carrera política, la que bien podría quedar destruida con la sola difusión del episodio aún oculto para la mayoría.
Frustrado, “Pérez y Pérez”, por primera vez apocado y ya licenciado de sus funciones, despejaba el escritorio que había usado hasta entonces, preparando su viaje para una larga gira que esperaba estuviera a la altura de sus expectativas. No encontraba ninguna sentencia literaria ni refrán que expresara su turbación. Quiso recordar a Podestá, quien se puso al servicio de la última estratagema para la captura del prócer, pero su encono con el muerto era tan grande que despachó ese recuerdo como un escupitajo. Si no se hubiera apurado a morir tan irresponsablemente, tal vez hubieran podido culminar la cacería con éxito, y no deberían haber teatralizado su muerte ni padecer a ese insulso CEO de mentalidad exceliana.
Debió reconocer, sin embargo, que en cierto modo su muerte lo arrastró también en el fracaso, y ello abrió las puertas a esos mesiánicos del mercado, soberbios e ignorantes, que arrancaron su protagonismo con un tremendo desastre. “Estos van a terminar por hacer mierda todo”, pensó para sí, lejos de sus frases cultas y sentencias refinadas. “Es que hay cosas” —diría “Pérez y Pérez” respondiendo a un interlocutor ocasional— “que solo se pueden expresar en lenguaje popular.”
Mientras apilaba en unas amplias cajas azules sus papeles, “Pérez y Pérez” repasaba asombrado la sucesión de fotos de manuscritos ininteligibles que había recibido en numerosas oportunidades. Gran descifrador de textos encriptados, no le llevó mucho tiempo entender la grafía de los ganchos que eran letras. Ese último manuscrito lo deslumbraba. Con emoción repasaba anotaciones y comentarios que “La Reliquia” había escrito en el margen superior izquierdo, donde se leía perfectamente: “ver con primo”.
Las glosas tenían como destinatario al secretario de la Junta de Gobierno asesinado en alta mar con brutales dosis de antimonio. Se trataban de apuntes y sugerencias a planes revolucionarios, junto con observaciones autobiográficas y reproducciones de reflexiones de sus pares, dichas o escritas en momentos decisivos.
“Pérez y Pérez” recordaba que, pocos días antes de la entrevista que sostuvo con López Teghi por iniciativa de Reinafé y antes de la partida de las tropas especiales, se presentó en su despacho un asistente de López Teghi. En tono amable y lisonjero, el colaborador le solicitó, en nombre de su jefe, una copia del material remitido a su sección, pero que debía ser despachado para el Dr. López Teghi.
Resignado, “Pérez y Pérez” ofreció el material original, lo que el asistente rechazó de plano. Le preguntó entonces si la copia la deseaba digital o impresa. El ayudante debió volver a la oficina de su jefe. Regresó al cabo de unos minutos y, con el mismo tono, le informó que para el Dr. López Teghi era mejor una impresión en A4. Nunca supo si el tamaño de la hoja tenía alguna importancia, pero recordó al secretario que, por restricciones en la provisión de papel, solo quedaban A4 de divertidos colores. El hombrecito volvió a consultar.
De regreso, le solicitó que las imprimiera: los colores alegres entusiasmaban a su jefe, poniéndole una gota de humor al gris de la burocracia. “Pérez y Pérez” sonrió con esfuerzo. No admiraba el escaso sentido del humor de López Teghi, quien, cuando deseaba ser gracioso, resultaba anodino y hasta grosero.
Después de largos minutos, el asistente pudo llevarse la resma colorida de impresos con los jeroglíficos del ilustre. Al abandonar el despacho, “Pérez y Pérez” le dijo a media voz que iban impresas unas yapas.
—¿Yapas? —preguntó el atildado empleado.
—Yapas, sí. Propinas. Extras. Mi abuelita les decía momios. Por favor, no las confunda con momias. Mi abuelita era una gallega jodona que hablaba difícil. Explicaba que momios era todo aquello que se da u obtiene por encima de lo que corresponde legítimamente. En argot, yapa.
Le aclaró, burlón: se trataba de opiniones, frases, reflexiones, sugerencias de otros que, a diferencia de “La Reliquia”, nunca tendrían que tratar con su jefe. No sabía de cuánto le serviría, pero allí se las mandaba de regalo.
El joven asistente se retiró sin despedirse. No sabía cómo tomar las palabras de ese jefe que solía usar su cultura para mofarse de él.
“Pérez y Pérez” sospechó de las verdaderas intenciones de López Teghi al pedir esas copias. “¿El doctor sabrá apreciar qué tiene en sus manos?”, se preguntó escéptico. Recordó que, en esa oportunidad, le dijo con tono mesurado y semblante tieso que su persona no le inspiraba ningún sentimiento en particular; que le resultaba como una simple fórmula en una hoja de cálculo ajena, algo así como una divagación alfanumérica. Lo comparó con una sustancia informática que remitía al silíceo. No tenía por qué esperar un trato amistoso de su reemplazante.
Cuando su asistente le preguntó qué hacía con las copias impresas en papeles de colores, López Teghi respondió que las usaran como papel picado en algún festejo carnavalesco. Agregó una alternativa grosera que encendió el rostro del alcahuete, avergonzado por la sugerencia. “Para ese uso, enrolle los papeles”, dijo sin molestarse en tomar ni siquiera una copia para darle un vistazo. No tenía la menor intención de leer esos garabatos, a los que consideraba inútiles, tanto como al jefe que los valoraba como incunables.
El secretario, obediente, trató de dividir los impresos de manera equitativa, destinando una porción a papel picado y otra al uso grosero que le propuso su jefe, respetando puntilloso el foliado de las hojas. Pensaba que respetar el foliado hablaría muy bien de su comportamiento oficinesco.
“Pérez y Pérez”, aún ensimismado en sus pensamientos, tal vez buscando descanso de los sucesos recientes, sin poder sentirse ajeno al desenlace de la persecución, escuchó el paso apurado de un asistente de López Teghi. Era su secretario privado, un muchacho de no más de treinta años, doctorado en “charlatanería”, como lo execraba, siempre listo a dar la razón a su jefe inmediato aunque este dijera una zoncera.
Iba casi a la carrera, y aunque nunca se había molestado en observarlo, estaba seguro de que el hombre llevaba el rostro demudado por alguna peripecia extraordinaria. Pequeñas gotas de sudor lacrimoso pendían del aire tras su paso, estableciendo que no solo era urgencia sino pánico lo que lo empujaba a informar con gesto artificioso a su mandante. Entró sin llamar al despacho del jefe: una impertinencia que solo un suceso extraordinario podía justificar.
Las jerarquías solían ser rigurosas en cuanto a las muestras de obsecuencia de sus subalternos, muy reacias a demostraciones de confianza nunca otorgadas. Golpear antes de entrar, saludar de modo circunspecto, estar siempre dispuestos a ir de compras para asistir a los caprichos de los superiores, pagar sus cuentas, disimular los cuernos maritales frente a esposas ataviadas en lujos y otras alcahueterías eran bien consideradas para los tiempos de ascensos.
Al asistente, en la breve distancia de un despacho al otro, lo oía sofocado y hablando entrecortadamente. Trataba de interesar a su superior sobre la vital información que transmitía ese cable, mientras López Teghi solo atinaba a decir, sorprendido por el intempestivo ingreso: —¿Qué le pasa?, ¿qué le pasa?
De un portazo trató de evitar que los oídos sagaces de la Agencia escuchasen al informante y conocieran la primicia antes de que él pudiera dar alguna indicación. Casi al mismo tiempo, esa notificación llegaba a “Pérez y Pérez” por otra vía. Era confidencial, y aunque no estaba dirigida a su persona, alguien se preocupó de que la conociera.
López Teghi leyó con atención el recado: “La Reliquia y sus dos asistentes han abandonado el pueblo. Todo indica que se dirigen al norte en dirección este. Se propone persecución. Se esperan órdenes para nueva operación de cerco y aniquilamiento.”
“Pérez y Pérez” corrigió casi en voz alta: —No son dos, son tres los asistentes.
Solo lo dijo para demostrarse que estaba mejor informado que su reemplazante. No iba a alertarlo: revelar sus fuentes resultaba un suicidio en etapas. Toda su maquinaria de alcahuetes orgánicos e inorgánicos sería desmontada por quien estaba convencido de que, a martillazos, habría de cambiar el curso de la historia.
Cada vez que pensaba en López Teghi se afirmaba en Liddell Hart, un consuelo teórico del que no estaba seguro si le servía de algo. Con ese burócrata advenedizo no solo lo distanciaba una divergencia táctica o los sentimientos encontrados hacia “La Reliquia”. Era la concepción del mundo, del tiempo y del espacio, del cómo y el porqué de cada asunto de Estado. La Historia, para él, era conocimiento necesario, aunque no suficiente, para explicar el presente y el porvenir. Volvía una y otra vez a la sentencia de George Orwell en 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado.” El pasado como prognosis del futuro.
Para López Teghi, en cambio, todo eso era un inútil consumo de horas hombre que recomendaba ahorrar.
En una esquela, López Teghi escribió un párrafo corto y lo guardó en un sobre oscuro. Se lo entregó al asistente y le ordenó que lo hiciera encriptar para enviarlo al destino indicado en la carta. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Podría tratarse de un aviso para el jefe militar que descendía con el resto de sus tropas hacia Buenos Aires (la mayoría ya había sido trasladada). Pero el subalterno no podía saberlo. Entregó el sobre en la dependencia indicada y se retiró para no saber más nada del asunto.
A cientos de kilómetros de distancia, ignorando por completo las informaciones que llegaban a la base central, extasiado por el paisaje ribereño que lo acompañaba indulgente, el coronel detuvo la marcha que venía a paso tranquilo bajo el sol a pique. Improvisó un vivac donde descansar, aunque fuera breve. No tenía urgencia por cumplir la orden del retorno: lo conformaba cumplirla. En la ciudad lo esperaba la burocracia con su infinita lista de reproches y, con seguridad, el fin de su carrera.
La tropa, aún bajo su mando, se alegró del descanso, sudando a mares bajo los gruesos uniformes camuflados de un verde y un marrón extraños al paisaje.
Al apearse del jeep que lo trasladaba, apreció a lo lejos, como a legua y media, el avance de dos carretones que transportaban una carga imposible de definir. Las carretas eran guiadas por niños que soportaban el sol con conmovedor estoicismo, bajo gruesos ponchos calamacos. Sus sombreros de ala ancha, incluso a la distancia, parecían exagerados para sus redondas cabezas de cabellos renegridos, que dejaban ver un ralo flequillo sobre cejas tan negras como el pelo. Ataviados con ponchos que caían hasta los pies y ensombrerados, parecían hongos gigantes conduciendo un extraño carromato hacia un destino desconocido.
Detrás de las carretas, una densa polvareda se abría paso, embadurnada en colores que se confundían con los tonos del cielo a la vera del río. El coronel miró con asombro el confuso espectáculo; se quitó la gorra y la apoyó en el asiento trasero del vehículo, como quien deja un pedazo de su propia cabeza. Llevó sus manos a la boca, tapándola para no pronunciar palabra ante su asistente, aún absorto en el mensaje encriptado de procedencia indescifrable.
El coronel entrecerró los ojos, tratando de descifrar a la distancia de qué se trataba ese alboroto de polvos y colores. Esperó inmóvil que el suceso, moviéndose con absoluta serenidad en su propia ecuación de espacio-tiempo, alcanzara el vivac, precedido por las carretas guiadas por los niños de ponchos harapientos y sombreros amplios, ya distinguibles por sus toquillas empolvadas.
El río, para su asombro, corcoveaba. Su lomo se crispaba en una curva alargada. Y el cielo corcoveaba, en rítmica asociación, montado en pelo por una nube ruda de imposible corteza. Y el viento corcoveaba también, aldeano y alargado, soplado por una corazonada. El tumulto se asociaba al río, al cielo, al viento; todos movían la tierra en un sentido u otro, resoplando huesos olvidados en ardientes sequías, de acuerdo al derrotero de una vieja huella estampada en el barro legendario, de donde los amarilleados huesos salieron para hacerse astas de esos alborotos multicolores.
A izquierda o derecha de la huella, los colores rodaban hacia la barranca o el campo abierto, evocando espiralados brincos, como aquellos que en la vieja casona del norte —sometido a la eterna sequía de la maldición— un muerto-vivo lanzaba chisporroteante en las noches del villorrio, para hacer notar su interminable presencia o inspirar a los verseros sus vibrantes canciones.
Desde el fondo del manchón, algún tiempo después de su aparición, airadas banderas flameaban insurgentes. Se distinguían sin inconvenientes sus luminosos colores azules y blancos. Lo extraordinario no era asistir a una montonera que llegaba en polvareda, zarandeando banderas bicolores. Podía ser una jineteada engalanada para levantar el ánimo de la peonada lista a la doma, o la reminiscencia de una rebelión contra el genocidio de la Triple Alianza. Lo asombroso era comprobar que las banderas se multiplicaban tanto como se agitaban, hasta formar un mar arbolado-enarbolado, venturoso, inmenso, triunfal, enfático y sublime.
Un mar de astas sin orillas, en manos simultáneas de fuerzas de pura emoción izadas. A medida que las banderas se multiplicaban, pañuelos blancos brotados de chispazos infernales se preparaban a corear patriadas, expectantes de avanzar a punta de pistolas y puñales. Crucificados por la nuca, abiertos de corazón por la mita, la encomienda y la yanacona, espantaban a puro abuso a los posibles carceleros, que solo atinaban a mirar sus tristezas, indiferentes al destino de la magnífica nube abanderada.
Cuando el coronel quiso darse vuelta para llamar la atención de sus soldados, para decir unas palabras al asistente que no cesaba en su mensaje indescifrable, el marasmo lo superó de arriba abajo y por los cuatro costados. Tromba embanderada por el centro mismo de sus emociones, lo enredó en movimientos de conciencia extrema, propios de las criaturas venerables del fondo de la historia de la patria.
El coronel suspiró lo que nunca: ni de niño, ni de joven, ni de adulto. Suspiró de patria. Esculpió unas palabras con intensa noción de mármol y despreció el parloteo de los burócratas que lo esperaban con su lista de sanciones. Murmuró sobre la enseña que juró defender hasta la muerte, y hasta sus brutos huesos se esponjaron de emoción. Allí no quedó aritmética mezquina, ni jerigonza militar, ni obediencias debidas.
Recordó para siempre a los niños bajo sus sombreros de ala ancha, tapados hasta las patas por los ponchos calamacos, roídos y brotados de vivas escarapelas que latían crisálidas al paso de los carretones.
Por fin el asistente descifró el mensaje. Pero al coronel, su jefe, le importaba un comino su contenido. Nada útil saldría del palabrerío encriptado, llegado poco antes de la montonera en banderas, que pasó a su lado como un recién nacido brioso arrastrando un porvenir sin quejas.
El soldado leyó el mensaje con dicción marcial. Decía rimbombante: “Protocolo para marcha de banderas. Informaciones fehacientes indican que los fugados pasarán por la zona donde se hallan sus tropas. Van encubiertos en banderas.” Ordenaba cómo tratar a los que izaban la enseña de la patria. Finalizaba afirmando: “A donde nos dirigimos, no precisamos ni héroes ni historia. Se ordena su urgente captura. Evitar nuevo fracaso.”
Lo movió a risa el cacareo del mensaje descifrado. Dictó al soldado una corta respuesta para la superioridad:
—Por aquí no escapó nadie. Ni hubo un rumor insolente de banderas.
Angelicales, los ojos del soldado asistente miraron a su jefe con tanta conmiseración como alegría. Aún convaleciente de aquella naturaleza extraña, él tampoco hubiera hablado del magnífico suceso que lo encontró de a pie, dando la espalda a sus manuales llenos de órdenes extremas de obediencias ciegas.

***

XXX – Zafarrancho de combate
Los niños carreteros se aproximaron al pueblo siguiendo la orilla del río. Al llegar, uno de los paisanos complotados indicó al que parecía el mayor hacia qué rancho debían dirigirse. El niño condujo el carromato hasta un apartado protegido por una tupida arboleda de sauces y eucaliptos; algunos ceibos elegantes se asomaban entre ellos.
Descendió veloz de la carreta y anunció su llegada con un gritito suave. Tres hombres llevaron en un ligero camastro a “La Reliquia”, que dormía serenamente. En el rancho habían dispuesto una habitación amplia, usada en otras ocasiones como comedor para festejos. Limpiada con esmero, el propietario la había pintado con cal viva para espantar bichos y otorgar mayor luminosidad al ambiente, de modo que el huésped encontrara una estancia modesta pero agradable.
—No sé si era lo que esperaba, amigo —dijo el paisano, que resultó ser el padre del mayor de los niños, mientras ayudaba a acomodar a “La Reliquia” en un sillón algo reclinado, cedido por unas viejas que lo usaban para pasar las tardes tomando mate y rezando el rosario.
—¡Pero cómo, Don Ramiro! —exclamó Faustino, entusiasmado con la amplitud del ambiente destinado a “La Reliquia”—. Está muy lindo el lugar; menos tuvo el hombre cuando estaba en batalla. Allí permanecerían hasta proseguir el viaje.
A la vera del río, un paisano discutía con el jefe “Pérez” el plan de fuga. El hombre proponía bajar por el río hasta un nuevo poblado donde refugiarse, pero el paisano, de nombre Victorio, movía la cabeza negativamente.
—Hay mucho alcahuete suelto, amigo. Mucho malandra. Hay gente que por unos pesos vendió a la madre, y no exagero. No le digo lo que hicieron con sus hijas. No lo recomiendo, pero usted manda.
—Amigo —le dijo tomándolo del brazo—, sin su ayuda y la de otros lugareños de acá no salimos. Me avengo a lo que usted sugiera.
—No se olvide, Don “Pérez”, que esta gente hasta se propuso asesinar al general San Martín. Ya sé que aquellos murieron hace mucho, pero estos, los descendientes, son de peor laya. No solo carecen de amor por la patria: tienen el corazón vacío de todo sentimiento. Lo único que los conmueve es el dinero.
—Estoy de acuerdo. Usted disponga. Me avengo a lo que recomiende.
—Yo creo que hay que retomar la ruta que el hombre hizo para la campaña del Paraguay. Ahí tenemos amigos, todos dispuestos a colaborar desinteresadamente. Siempre hacia el norte; hacia el sur está la traición. Vamos a cruzar el Paraná en un paso muy por arriba de La Bajada. Ya veremos con los pescadores cuál es el más conveniente. Donde decidamos, nos van a esperar los paisanos con sus canoas. Serán como cien canoas, calculo. Allí estarán los sargentos Rosario y Evaristo, nuestros mejores baqueanos, capaces de decidir caminos alternativos y seguros. Ellos nos recogerán en la otra orilla y nos llevarán hacia el interior. De ahí iremos hasta Curuzú Cuatiá. En los pueblos aledaños ya está arreglada la estadía en distintas casitas: primero una, luego otra, y otra más. Nada de quedarse quietos: ahí te hacen caer como un chorlito. Sus habitantes son gente silenciosa y muy patriota. Tranquilos nos vamos a San Jerónimo. De San Jerónimo cruzamos a Candelaria y luego al Campichuelo. Si hace falta, vamos a Tacuarí. Tenemos muchos amigos en Paraguay que contactamos y ofrecieron con discreción su gran ayuda. No creo que sea necesario ir más al norte. Después, mucho más tarde, estudiaremos cómo bajar al sur, donde haya mayores comodidades. Ahora, me dicen los arrieros, todos los caminos a Buenos Aires y a la capital están tomados. Esperan que ustedes anden por ahí para matarlos.
El jefe tenía un asunto pendiente: debía resolverlo antes de empezar la marcha. El cordobés no estaba anoticiado de la muerte de Baldomero, su hermano. La superioridad dejó en sus manos informarlo, pero le sugirieron que despachara al muchacho a lugar seguro, porque un juez al servicio de la Agencia había pedido su captura nacional e internacional y todas las fuerzas de seguridad lo estaban buscando. Los perseguidores estaban demasiado cerca y los baqueanos avisaron que se había vuelto muy complicado seguir confundiendo los rastros. El jefe debía tener en cuenta que, si bien se había logrado frustrar la redada mandando a los federales en sentido contrario, esa ventaja ya se había acabado. Los malandras, enfurecidos por los fracasos, querían continuar en el hermano el castigo que habían empezado con Baldomero, y ya se sabía que en cuestiones de crueldad eran implacables.
El jefe “Pérez” quedó profundamente conmovido al enterarse de la forma en que mataron a Bado. La información no abundaba en otros asuntos que, muerto el muchacho, ya no merecían la atención de nadie.
Con tono grave y rostro adusto llamó al cordobés, que estaba al lado del General cubriendo uno de los turnos de guardia. El joven captó el gesto sombrío de su jefe e intuyó una desgracia implacable. Aunque ese presentimiento siempre lo acompañaba, la certeza de la desgracia cambiaba las cosas irremediablemente. El hombre no quería adelantar en el rostro la mala noticia, pero tampoco sabía cómo gobernar su expresión para evitar la congoja que lo invadía.
El prócer llevaba varios días dormido; no había abierto los ojos durante todo el periplo hasta la ranchada donde se detuvieron antes de cruzar el Paraná. Apenas oyó que lo llamaban, el cordobés se puso de pie y con una seña indicó que otro se hiciera cargo de la custodia. En ese instante el General abrió los ojos y lo sorprendió con la fuerza de su mirada. Desde que se integró al grupo de fugitivos nunca la había percibido con tal intensidad. El General, desde el fondo de sus pupilas transparentes, lo miró como nunca antes lo había hecho con nadie durante los largos días del éxodo. Porque la mirada que prodigaba a Amanda era como un galope de jazmín ebrio de encantos, y solo ella la recibió como un adorno que colgó de sus propios ojos hasta que la tormenta de luz de hierro azotó su cuerpo bajo la luna que rielaba en el acero duro de las vías del tren.
La mirada tenía algo de frío, de flecha, de viento, de extracto de hombre acudido al amor y al odio del guerrero que velaba la patria desde sus recuerdos acechados en pequeñas madrigueras invisibles. El cordobés apreció que en esa mirada se colaba algo de consuelo, y lo asistió la razón cuando, contrariando lo habitual, “La Reliquia” puso su mano sobre la suya y le entregó palpitante un calor de sangres como no había sentido ni con su propia madre. Hubo como un beso taciturno, pero no de labios, sino de palabras que, a través de la piel pedregosa de batallas, se volvían ríspidas y amorosas al mismo tiempo.
Le dijo en voz muy baja: “No tengo forma de entregar mi consuelo”. El cordobés vaciló entre dejar su mano aferrada a la del prócer o escapar como un viento de humo tocado de relámpagos sombríos. Pero el prócer lo retuvo, ni suplicante ni enérgico, transparente. “La vida es nada si la libertad se pierde”, dijo sereno. El cordobés quedó pensativo, ensimismado. Hubo un viento de armas y de látigos, una ráfaga de sueños y un esplendor de verbos. Bado se le apareció como una llamarada compacta e ilimitada, sonriendo desde los martirios, repitiendo el nombre de Hipólito, el joven mártir, quien lo guiaba por un camino en el que no cabían los colmillos de los torturadores ni sus sombras de puñales.
Baldomero no podía acariciarlo desde su muerte, pero sí reconfortarlo con su musical sonrisa, mientras seguía a Hipólito hacia la morada de los héroes eternos. Los ojos del prócer, mirando desde profundidades bicentenarias, le hablaron de la voz, la piel, los ojos, la boca, la lengua inflamada, la sangre sin espinas, el amor esperado, allí donde el suspiro fue el último aliento cuando un golpe brutal, como un aullido, le deshilachó sangrante el hígado. Dicho de ese modo, el muchacho supo las cosas sin dejar lugar a duda alguna.
El último beso de hermano que al partir entregó a Bado regresó para siempre entre sus labios. Y la llamarada se desvaneció como un humito de oro, una estrategia de luz que Hipólito empuñó hasta evaporarse hacia la morada indestructible de la Patria visceral, la Patria amada, la Patria americana.
Entonces “La Reliquia” volvió al cofre de su sueño y descansó la espalda de artríticas dolencias sobre los plumosos cojines. Calló su boca de bandera, su discurso de espuela, su luto de consuelo: estaba todo dicho. Fueron palabras rumorosas, verbos y banderas, puñales y dominios que le dejó al muchacho entre las mismas manos con las que abrazó a su hermano por última vez. Quizás deseó una oración, pero imaginó mejor un estandarte que cobijara a todos los muertos, incluido el muchacho llamado Baldomero. Hipólito lo acarició antes de irse, desde su estirpe inca soberana, y le encomendó el alma de Fernandito, que boyaba en el ojo de una tormenta como un aguijón de grito y pena centenaria.
El cordobés salió del rancho con el jefe, que había adquirido hasta el humor de una estatua prudente. El muchacho dijo que era mejor no hablar; no lo deseaba, solo quería quedarse en el puro silencio del recuerdo del combatiente indestructible de esa llamarada vertical que lo consoló cariñosa. Así recordaría al hermano desde ese momento hasta el último respiro.
El jefe “Pérez” aceptó el silencio. Solo le dijo que a la mañana siguiente un baqueano lo sacaría rumbo a un lugar seguro. Cabecearon los dos, consolándose mutuamente, y callaron.
Esa misma mañana, desde un lugar mantenido en estricto secreto, un carretón salió de entre la arboleda hacia la orilla del río, y otro tomó rumbo al poniente, donde el sol se deshilacha en hebras rojas antes de hundirse en el horizonte verde. El carretón del joven se perdió entre sombras fosforescentes de una altura indomable y escapó sigiloso de los perros de presa. El otro, donde iba el ilustre, superó una hondonada de pastos inagotables. Lo esperaban los pescadores, que por decenas se habían reunido en el lugar para la hazaña.
Cientos de canoas obstruyeron el río; centenares de troncos de quebracho, unidos uno al otro formando una cadena de poderosa madera, cerraban el paso al norte y al sur, dejando una avenida de unos cien metros que unía las orillas. Las naves mercantes detuvieron su marcha. Por detrás de ellas, algunas patrullas trataban de avanzar a como diera lugar. Menores en porte que los mercantes, no podían sobrepasar a los barcos que les impedían el paso.
Los capitanes, en guaraní, intercambiaron impresiones. Algunos giraron a estribor, otros a babor, evitando roces, cruzando sus barcos para impedir el paso de cualquier nave con intenciones de agresión. Jamás se pudo establecer si estaban al corriente de los acontecimientos o si solo se solidarizaron con los pescadores en sus modestas canoas. Lo más probable es que supusieran una protesta y decidieran acompañarla con sus maniobras obstructivas. Como no se registró ninguna de las conversaciones en guaraní, la incógnita quedará en suspenso.
A la vera de las naves se extendía la cadena de quebracho. Y luego, más de un centenar de pequeñas canoas con dos hombres, algunas con tres, cada una.
Desde la orilla este, mirando al norte, se hizo evidente la amplia carreta que se aproximó hasta una balsa dispuesta cuidadosamente en la ribera. Era una jangada de gran porte. Allí cargaron lo que a simple vista parecía un cajón de dimensiones modestas. Sin embargo, de observarse de cerca, se comprobaba que se trataba de una especie de teatrillo, cerrado por detrás y en los laterales, abierto al frente pero resguardado por un tul, de los que se usaban para evitar los mosquitos tan comunes en las orillas del Paraná.
A pesar de la humildad de los actores, sus sencillas embarcaciones y el gesto modesto con que acompañaban el tránsito de la balsa de una orilla a la otra, el paso de la sólida jangada adquirió solemnidad.
Algunos espectadores empezaron a considerar que se trataba de un rito funerario, que allí se trasladaban los restos de alguna ilustre personalidad de los lugareños. Ignorados por las grandes ciudades, muy lejos de los doscientos promocionados del sistema, centenares de héroes populares recibían admiración y veneración de sus comunes, y este bien podría ser el caso.
El cielo se limpió como nunca antes. El sol atemperaba su calor, como advirtiendo que quien estaba siendo trasladado en ese altarcillo de maderas de guayacán, especialmente cedidas para la carpintería, no debía ser hostilizado por sus rayos. Hasta los pájaros dejaron sus cantos, rindiendo también su homenaje.
El traslado no llevó mucho tiempo. Al llegar a la otra orilla, mirando siempre al norte, como estaba convenido, los sargentos Rosario y Evaristo, expertos baqueanos, recibieron a los viajeros para iniciar el ascenso por caminos desconocidos para la ley.
Antes de comenzar el largo periplo junto a Rudecindo y Faustino, fieles ayudantes que continuaban su tarea lamentando la ausencia definitiva del cordobesito, el jefe “Pérez” estampó una nota en el ancho tronco de un árbol enorme.
A Buenos Aires la información del cruce del río llegó demasiado tarde. López Teghi no comprendía cómo pudo ocurrir aquel cruce si él mismo se había ocupado de advertir al coronel que comandaba las tropas de élite que “La Reliquia” y sus “secuaces” —así se refería cada vez que hablaba de los custodios del General— huían en dirección al noreste, manifestando una clara voluntad de cruzar el río en alguna zona propicia. La respuesta que el militar devolvió en un mensaje encriptado —“por aquí no escapó nadie. Ni hubo un rumor insolente de banderas”— enfureció a López Teghi, quien prometió el mayor de los castigos para el atrevido militar. Fuera por inoperante o, peor aún, por cómplice, su desidia, creía el funcionario, fue decisiva en la fuga del subversivo sobre el que pesaba la orden de captura.
“La Reliquia” y sus “secuaces” habían sorteado el Paraná sobre una modesta jangada de regular tamaño. Los asistieron los pescadores, que en sus botes se desparramaron de una orilla a la otra tanto al norte como al sur del río. Sobre la cadena de troncos de quebracho, que repetía la maniobra de la batalla de la Vuelta de Obligado para cerrar el paso, aún no había mención alguna.
López Teghi transmitió las malas noticias al ministerio. Y el ministro, que trataba de descansar luego de su participación en una cena por el cumpleaños de un acaudalado banquero, maldijo en todos los idiomas.
—¡Otra vez se nos escapó! ¿Cómo puede ser?
—Los conspiradores tienen mejor operatoria que nosotros —dijo López Teghi con tono de lamento—Fíjese, ministro, que fue nada más y nada menos que un coronel de la nación quien toleró la fuga. Pero aquí, en mi despacho, tengo información fresca que señala que ese milico no habría actuado solo ni por iniciativa propia. Mis informantes me dicen que la comunicación, reservada a mi persona, fue filtrada a otra dependencia. ¿Cómo no creer que de allí salió el aviso para que los fugados ganaran tiempo en su huida?
El ministro guardó prudente silencio, sabiendo que su comunicación estaba siendo grabada y luego podría ser usada por un bando u otro en su contra.
—Le dije que hay una importante filtración, que alguien manipula la información para perjudicarnos —insistió sibilino sobre la hipótesis de la traición de otro encumbrado jefe, cuyo nombre no pronunciaba, aunque este lo había puesto al tanto de la existencia de ese alcahuete—. Debería investigarse si todos los últimos fracasos no han resultado producto de su intervención.
—Usted ya fue informado sobre el asunto. No insista buscando donde no hay —lo reprochó el ministro—. En breve le llegará un informe en el que será puesto al tanto de las novedades que tenemos sobre esa infiltración.
—El presidente sabe de mi lealtad.
—Sí, lo sabe. Pero de lo que se trata es de capturar a “La Reliquia”, matarla y terminar con esta historia.
—Yo soy fiel al presidente.
—Su fidelidad no está en discusión. Pero es la segunda vez que se escapa, por la razón que fuera. La tercera, si contamos la fuga del norte, donde murió el pelotudo ese que se la pasaba cogiendo hasta con la hija. Con la fidelidad no alcanza para un carajo, ¿me entiende? Llévele éxitos al presidente, que, le confieso, los necesita.
—Sí, señor ministro —respondió López Teghi, adoptando un tono y una expresión obediente.
—Al presidente no le interesan las explicaciones, solo los éxitos. Quiere eficiencia. Las virtudes se miden en éxitos, nunca en fracasos. Sea eficiente y será reconocido como un virtuoso, y estará a un paso de ingresar al círculo áulico que asesora al mandatario en temas trascendentes. Le dimos el cargo que quería, ya no está en condiciones de reclamar nada. Proceda con inteligencia.
—La información que recibí me dejó muy asombrado. Agentes liquidables, discrepantes, personas descartables. No pude todavía asimilar esos datos tan extraños con los que organizamos nuestro sistema de seguridad.
El ministro casi ni escuchó las últimas palabras de López Teghi. Su secretario insistía en que descansara: al día siguiente lo esperaba una agenda exigente, con temas de gran importancia para la gestión, algunas inauguraciones y un encuentro con especuladores internacionales que festejaban con alborozo cada alza de la tasa de interés.
—Le voy a mandar una foto que nadie ha visto hasta ahora. Quiero que lo hable con “Pérez y Pérez”; él es el único que entiende este tipo de mensajes.
—Espero la foto, señor ministro —cortó la comunicación sin despedirse.
La foto le llegó por un emisario desde el ministerio. Estaba guardada en un sobre especial, metalizado por dentro y de grueso papel negro por fuera. López Teghi extrajo la fotografía estando solo en su despacho. Hacía varias noches que no iba a su casa a descansar. Se lo veía cansado y malhumorado.
La foto era de un cartel manuscrito. En él se leía perfectamente una proclama que se refería a la distribución de tierras. Leyó con cuidado el texto:
“A los naturales se les dará gratuitamente las propiedades de las suertes de tierra que se les señalen, que en el pueblo será de un tercio de cuadra, y en la campaña según las leguas y calidad de tierra que tuviere cada pueblo su suerte, que no haya de pasar de legua y media de frente y dos de fondo. En atención a que nada se haría con repartir tierra a los naturales si no se les hacían anticipaciones así de instrumentos para la agricultura como de ganados para el fomento de las crías, ocurriré a la Excelentísima Junta para que se abra una suscripción para el primer objeto, y conceda los diezmos de la cuatropea de los partidos de Entre Ríos para el segundo; quedando en aplicar algunos fondos de los insurgentes, que permanecieron renitentes en contra de la causa de la Patria a objetos de tanta importancia; y que tal vez son habidos del sudor y sangre de los mismos naturales.”
En persona llamó a “Pérez y Pérez” por una línea telefónica reservada. Este le dijo que estaba esperando su llamado. López Teghi se sorprendió de la confesión. Sin dilaciones se refirió al envío del ministro.
—No sé qué es este texto. No entiendo qué tiene que ver con lo nuestro.
—Es la proclama a los pueblos de Misiones en la campaña al Paraguay —respondió “Pérez y Pérez” casi con resignación. Detestaba tratar con alguien que no conocía la historia de su país. ¿Cómo iba a combatir a un enemigo que desconocía?
—¿Entonces? —dijo López Teghi, fastidiado.
—¿Entonces? ¿Cómo entonces? Piénselo, haga un esfuerzo, López Teghi. ¡Haga un esfuerzo! —exclamó recriminándole su ignorancia—. Piénselo con detenimiento: si encuentra la respuesta va a saber por qué “La Reliquia” sobrevivió hasta hoy, a pesar de los trabajos que se tomaron nuestros antecesores y los que nos hemos tomado nosotros para eliminar sus ideales, sus legados, sus enseñanzas, y a pesar de energúmenos que nos han gobernado como si el gobierno fuera apenas una simpática parranda. “La Reliquia” persiste muy a pesar nuestro. Y cuando yo muera, y cuando usted muera, y no nos llore ni un pajarito de papel ni nos recuerde una mosca, “La Reliquia” va a seguir existiendo. Piénselo. Si no, va a ser un fracasado, “doctor”. ¿Sabe de qué se trata, López Teghi?
—No alcanzo a comprender su enojo y sus críticas.
—No son los árboles los que mueven el viento, López Teghi, no son los árboles —“Pérez y Pérez” interrumpió la comunicación.
López Teghi insistió repetidas veces para restablecer el contacto, pero sus intentos no dieron frutos. Estaba claro que aquel no tenía el menor deseo de seguir la conversación. Se disponía a llamar al ministro nuevamente, aunque la prudencia le gritaba que no lo hiciera. Su incomprensión de la foto lo instigaba a perturbar el descanso del funcionario, quien de todos modos no hubiese atendido su llamado: sus órdenes de no ser molestado hasta la mañana siguiente habían sido terminantes.
Mientras observaba la foto buscando una explicación que no estaba en la imagen en sí misma, sino en el contenido de la “Proclama”, “Pérez y Pérez”, que escuchaba sonar su teléfono repetidas veces, se dijo a sí mismo que era imposible que López Teghi entendiera el asunto de la proclama. Era un hombre que creía que el campo era plano, como una chapa a veces verde y otra marrón, y que no había manera de hacerlo entrar en una hoja de cálculo. Allí, en las coordenadas de sus fórmulas, nunca se había visto cagar una vaca. Esa ignorancia supina sobre las verdaderas razones de la insatisfacción de millones de hombres era la causa de fondo de los repetidos fracasos que enardecían el ánimo de los integrantes de la Agencia.
Días más, días menos, todos sabrían cómo fueron los verdaderos sucesos que culminaron con la muerte de López Huidobro y de varios otros implicados en el asunto. La Agencia viviría su guerrilla intestina por esas revelaciones. Mientras tanto, la proclama que los relicarios colgaron de un frondoso árbol como mensaje extraordinario seguiría buscando el camino de su definitiva resolución.
La revolución no era una utopía desmentida por la posmodernidad, no era un sueño eterno. La revolución era una necesidad al alcance de la mano, y allí estaba, expectante, madurando, diciendo sus palabras colgada de un árbol en forma de proclama, impulsada por el partido de la Independencia. Mientras fuera así, el legado de “La Reliquia” nunca sería recluido al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de una iglesia, junto al de los mejores patricios de la Junta gubernativa. “Ni amo viejo ni amo nuevo, ningún amo” no sería jamás una expresión de atraso, una disrupción entre la realidad y el porvenir, una arrogancia originada en la ilusoria creencia de una nacionalidad abortada en los albores de su concepción, sino el puerto de llegada de los vientos que recorrían la América de norte a sur, de este a oeste, en la hazaña de su emancipación de todo dominio extranjero. 

XXXI – Exequias y cadáveres 


La invitación era escueta pero precisa. La tarjeta, en laminado mate de color negro, respetando el luto y estampada en letras doradas, anunciaba las exequias en un cementerio privado del “Señor Coronel Don Arancibia López Huidobro, oficial en actividad, muerto en plenitud, fervoroso patriota y devoto católico, apostólico, romano”. Reclamaba puntualidad y rigurosa etiqueta en el vestir.
Amigos, amigas, camaradas, personal de distintas dependencias del Estado e invitados especiales le brindarían el póstumo homenaje a un hombre presentado como arquetipo de servidor público y prohombre de la nacionalidad.
Su biografía estaba siendo elaborada en los departamentos de marketing, que trabajaban para hacer llegar a todos los medios periodísticos una gacetilla con el resumen de sus “extraordinarios servicios a la nación”, tal como rezaba el copete que precedía la elaborada semblanza, verdadera apología redactada con increíble encomio por los creativos de la Agencia.
Se aspiraba a transformarlo en un prócer moderno. La institución contaba para ello con abundante material: mentiras bien organizadas en crónicas coloridas y bronce, mucho bronce, con el que reproducir la efigie del supuesto prohombre. Ya se especulaba con el momento en que, en muchas plazas públicas de toda la geografía nacional, sus monumentos se alzarían contemplando protector a los niños que retozarían alegres entre los arreglos florales que engalanarían su entorno.
Así sería eternizado. Un verdadero muerto-vivo. ¡Por fin tendrían su propio muerto-vivo, rondando las humildades de las aspiraciones ciudadanas! Muerto-vivo que establecería patrones de moralidad, inspiraría valores de modernización, alentaría alabanzas a la gloria de la dependencia y abriría los corazones a la ley del mercado, nuevo dios poderoso, proveedor incansable de torrentes de inagotable plusvalía. Adiós para siempre a la ridícula consigna de “Ni amo viejo, ni amo nuevo. ¡Ningún amo!”, que tanto mal —afirmaban— había hecho a la nación, impidiéndole asumir, por fin, “un carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo XXI” e ingresar “de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante” que atrajera “hacia ella las miradas del universo civilizado”.
Por un camino inédito, los cráneos de la institución creyeron hallar el rumbo para torcer la subversiva historia nacional en un sentido verdaderamente progresista. El dios moderno se impondría finalmente a la cadavérica y vetusta ilusión de una reliquia que vagaba entre los corazones de pobres de toda pobreza, azuzando revoluciones inaceptables.
El nuevo dios de la modernidad había encontrado su propio muerto-vivo: un benemérito coronel de la nación caído en acto de servicio, héroe ungido como manifestación terrenal de virtudes celestiales y que prometía la redención del común de los mortales en estos territorios de los confines del mundo.
En los agotadores mítines donde se discutió la estrategia, hubo largos debates entre los prominentes directores —reuniones en las que participaron “Pérez y Pérez” y López Teghi— sobre la conveniencia de una santa misa de cuerpo presente en una iglesia donde se hubieran producido acontecimientos trascendentes de la patria. Una misa a la que se invitaría solo a un selecto y reducido grupo de personas.
Se propuso aquella iglesia donde los ciudadanos insurrectos diezmaron a los invasores ingleses en el siglo XIX a mosquetazos, agua hirviendo y puñaladas alevosas, y que todavía lucía incrustadas las metrallas del invasor en su campanario. Allí, donde se atesoraban las banderas del conquistador humillado en la derrota, y donde se dijo que se cavó un sepulcro al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio, se colocó un féretro de pino cubierto de paño negro y se derramó encima una capa de cal, cerrándose luego la bóveda que debía guardar los restos del ilustre eternamente. Sobre ella, se dijo, se colocó un marco de madera al nivel del suelo con un epitafio que se evitó en su momento para no enardecer los espíritus de quienes aún aspiraban a llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias. Allí se establecería el fin de la historia y se propondría el nuevo paradigma nacional.
Pero los más sensatos —pocos, pero convincentes— impusieron el criterio de un servicio religioso más recoleto. Se decidió finalmente por un breve paso por una capilla ardiente montada especialmente en una dependencia militar, donde una guardia acorde a su jerarquía custodiaría los restos hasta su partida al cementerio. Un lacrimógeno responso, a cargo de un capellán militar, brindaría las honras fúnebres. Al evento, como se propuso, solo concurrirían funcionarios de alto rango y algunos invitados especialísimos. Una reunión funeraria reservada a personas con efectivo poder y encumbrada posición económica. Se aspiraba a lograr un escenario emotivo que uniera la impuesta congoja por el luto con la reverencia austera por la supuesta trayectoria del finado, en un marco de sacra solemnidad.
A una funeraria privada de bien ganado prestigio se le encomendó acondicionar el cadáver de López Huidobro para el trascendente rito religioso.
El frío glaciar que había conservado sus tejidos de la putrefacción resistió extrañamente el procedimiento de embellecimiento que la Agencia encomendó a los expertos sepultureros. Su rigidez era persistente. La piel había adquirido un color calizo y una textura de piedra pómez. Estas cualidades en el rostro eran aún más exageradas. Para mayor desconcierto, cierto mohín andrógino y burlesco, que involucraba la exposición de los ojos hasta la torsión de la boca, se había impuesto en las facciones del muerto. Eran apenas sospechas de gestos, sucesiones de minúsculas muecas diferentes unas de otras, pero vinculadas entre sí por el rictus mortuorio, tan expresivas que resultaba imposible no apreciarlas.
Los abundantes cabellos rubios, apenas entrecanos, se habían tornado pajizos, y la composición del rostro en su conjunto exageraba esa forma aguda hacia el mentón, tomando aspecto de daga enfermiza. El nacarado bigotito, bajo la perfecta nariz griega, había abandonado su forma elegante y, visto desde arriba, parecía un tajo malogrado, como un segundo labio superior de intenso color negro. Más acentuada era esa impresión cuando se observaba el cadáver tanto desde el costado izquierdo como del derecho, hacia donde parecía inclinarse, distorsionando la perspectiva.
Antes de comenzar a vestir el cadáver, los expertos decidieron taponar con una pasta especial todos los orificios del cuerpo. Para algunos de ellos, con inteligente prudencia, pidieron la debida autorización, la que, por razones de seguridad de Estado, nunca llegó.
Vestirlo con el traje de gala fue un desafío. La rigidez de piedra cedía en parte, pero se combinaba aleatoriamente con una flacidez propia de un muñeco de goma. Cuando los funebreros trataban de hacer pasar un brazo por la manga del traje, el otro se deshacía de la chaquetilla y quedaba volcado sobre la mesada de acero inoxidable. Así pasaron largos momentos lidiando con el cadáver, hasta que lograron enfundarlo en el uniforme, el cual no salió libre de manchas. Algunos líquidos oscuros comenzaron a brotar de los orificios de los ojos, la nariz y la boca, en un proceso de acelerada licuación incomprensible, burlándose de los prolijos taponamientos realizados al inicio de la tanatopraxia. Angustiados, reforzaron las obturaciones que les habían autorizado y reclamaron por otras, reclamo que, como suponían, nunca fue respondido.
La mayor dificultad estaba en el tratamiento de los ojos. Su eficaz taponamiento requería la remoción de los órganos y su reemplazo por elegantes prótesis, una solicitud que ninguno de los practicantes se animó a realizar.
Maquillar el rostro resultó un trabajo más agotador que vestir al muerto. Requirió de las habilidades propias de un artista plástico y no de un maquillador funebrero. La tanatoestética mostró su límite ante la voluntad de López Huidobro, quien parecía resistirse a ser tratado como un simple maniquí para su exposición pública. Tal vez temía que la kermesse en que se exhibió su retrato en pantomímico homenaje mutase a un verdadero circo ya con sus restos expuestos con impúdico desparpajo.
El rostro de López Huidobro, a medida que pasaban los minutos, exageraba el color y la textura que mostró al momento de revelarse el cadáver para su preparación. Adquiría aceleradamente el aspecto de una máscara mortuoria de un bruto yeso gris, impregnándose de variopintas oscuridades que el maquillaje no solo no alcanzaba a disimular, sino que pronunciaba. Los líquidos inyectados bajo la piel, procurando establecer una base firme y pareja, salían expulsados en gotones, dificultando inesperadamente la labor del maquillador.
El semblante no sugería naturalidad, serenidad ni sosiego. Muy por el contrario: a medida que los exquisitos y costosos cosméticos se aplicaban, el aspecto artificial de muñeco mal diseñado, odioso e iracundo, se acentuaba. Esa traza conspiraba contra los planes de quienes aspiraban a mostrarlo sumergido en un angelical sueño y no en la muerte. Debía ser el rostro de un muerto, se entendía, pero un muerto-vivo, beatífico, eterno muerto-vivo, desmereciendo al otro que aún alzaba banderas en todas las latitudes de la patria.
Luego de horas de encomiable labor, los sepultureros debieron asumir que el aspecto adquirido por el finado estaba muy lejos de las aspiraciones de sus contratistas. Era más parecido a un trozo poco voluminoso de carnes y huesos enjutos en camino a la descomposición, de rostro deforme y espeluznante, drenando por los cuatro costados —a pesar de los tapones— jugos irreconocibles que arrastraban hacia la cloaca las aspiraciones de grandeza histórica que los estrategas pretendían adosarle al ingresar a la tumba.
Ni siquiera fue necesaria una reunión para determinar qué hacer ante tal suceso inesperado. De puño y letra, con su delicada caligrafía, “Pérez y Pérez”, jefe directo de López Huidobro, ordenó que las exequias serían a cajón cerrado, como correspondía a un cadáver que llevaba tiempo congelado, desarmado en la autopsia por “El Morro” y rearmado —vaya a saberse cómo— por el loco del ácido y sus fuegos consagrados.
La mañana prevista para las exequias, el féretro salió de la funeraria hacia la capilla ardiente. Fue motivo de debate caliente cuál debía ser el tratamiento del sarcófago. ¿Cubrirlo con la bandera nacional? Si era cierto aquello de que “a donde nos dirigimos, no precisamos ni héroes ni historia”, la estrategia estaba fallida desde su comienzo. La bandera era la historia misma perpetuada en ese suceso extraordinario bautizado por sus enemigos como “La Reliquia”.
Divididos los bandos casi en partes iguales, se llegó a una conclusión salomónica. La estrategia de la heroicidad se mantenía, pero la bandera cubriendo el ataúd se descartaba. Después de todo, era más sincero homenaje no envolver los restos mortales de López Huidobro con la enseña creada por aquel a quien él extremó sus esfuerzos por eliminar de la memoria colectiva definitivamente.
Sobre una elegante cureña se trasladó el ataúd hasta la iglesia donde se celebraría la misa de cuerpo presente. En marcha solemne pero no lenta, el cortejo recorrió una distancia no muy importante hasta llegar a destino. Al arribar, una guardia de honor retiró el féretro de la cureña y, al hombro, con rigurosa marcialidad, lo trasladó hasta el dispositivo donde debía ser colocado frente al altar mayor. No más de veinte funcionarios rigurosamente seleccionados participaron de la ceremonia. El capellán cumplió en su sermón lo convenido en cuanto a la exaltación de las supuestas virtudes del finado. Un coro de niños cantó el Ave María, mientras el prelado bendecía el ataúd en marcha hacia la morada final.
El viaje hasta el cementerio privado fue tedioso. La solemnidad del cortejo, que se imponía a los demás automóviles, en nada evitó el desplazamiento lento de la comitiva. Dos motociclistas federales abrían paso a manotazos y patadas contra los demás vehículos al coche que portaba el féretro, detrás del cual se encolumnaban, en riguroso orden de jerarquía, los acompañantes.
A su vera, una 4×4 provista de una cámara de alta fidelidad transportaba a un periodista que, en exclusividad, seguía las alternativas de la caravana funeraria rumbo al cementerio privado donde se inhumarían los restos del finado. Juan Antonio Sousse, cumpliendo la tarea que le asignó la Agencia —a la cual había pasado a servir tiempo completo—, repetía una lacrimógena perorata, lamentando el deceso de ese hombre que conoció en los arrabales de su traición, cuando el propio Segni le mencionó su nombre el día que entregó a Bado y a Marlene a la muerte segura.
El arribo de la procesión fue precedido de nerviosos preparativos en el camposanto, tanto de sus propietarios —presentes de riguroso esmoquin— como de las autoridades delegadas para la tarea.
El cementerio privado dispuso un cortejo especial para la dignidad del fallecido. Una formación de coches fúnebres esperó el paso de la cureña y acompañó su llegada con estudiada solemnidad. También lo hicieron varias unidades engalanadas con exuberantes adornos florales, arrastradas por pequeños vehículos lustrados como verdaderos espejos que irradiaban magníficos brillos en todas direcciones. El efecto lumínico era majestuoso. En su conjunto, la formación fúnebre parecía salir de una esfera brillante que asía una joya entre emanaciones de luces mágicas, para dirigirse entre flores multicolores y pastos verdes que iban desde tonalidades esmeralda, lima y malaquita, hasta tonos bosque, jade y esmeralda menos vibrante, hacia el destino final.
Diosdado, quien había llegado a la hora indicada con extraordinaria puntualidad, vestido con un impecable ambo negro, quedó impactado ante el despliegue escenográfico al ingreso del féretro por el inmenso portal del cementerio. Esa visión alegórica no modificó su estado de ánimo. Hacía casi una semana que su jefe prácticamente no le dirigía la palabra. Salvo el saludo, siempre cortés, al llegar o al irse, no había requerido más de sus servicios ni respondido a algunas de sus peticiones. Estaba francamente desanimado.
No tenía razones para sentirse así: después de todo, era un simple subordinado y su jerarquía era tan menor, tan poco significante, que nadie se percató ni del trato fluido y ameno que “Pérez y Pérez” le dispensó durante un buen tiempo, ni de la indiferencia con que había pasado a tratarlo. El propio “Pérez y Pérez” le había anunciado que la Agencia decidiría su próximo destino.
Pero no podía dejar de sentirse burlado luego de saber de la reunión entre su jefe y López Teghi, donde le hizo revelaciones que lo hicieron sentir como un ridículo aprendiz de brujo. Lo que más lo indispuso con su jefe no fue que le diera tareas menores en el asunto de “La Reliquia”, sino que lo hubiera usado como un pelele en ciertas oportunidades, como simple taparrabos gracioso de eventos que desconocía por completo.
Y, para colmo, el regreso de sus presagios. Esas premoniciones que lo abrumaban con pésimos augurios y lo llevaban a un estado de desasosiego que lo asfixiaba, como si dos manos invisibles retorcieran su cuello para fracturarle la tráquea y ahogarlo hasta la muerte.

Desde hacía un par de días, el flujo eléctrico que conoció en distintas oportunidades —esa descarga inesperada que despabilaba su cerebro y le imponía la convicción de que un muerto, y no ese que entraba encajonado a la gloria del cementerio privado, empezaba a recorrer el túnel de los fenecidos en un tránsito brutal a mano armada— se le había hecho presente con inusitada fortaleza.
Ese mismo estremecimiento de una brutal corazonada, que sintió cuando la muerte de López Huidobro lo invadía, se acentuaba a medida que transcurrían las horas. En su cabeza volvió a sonar esa alarma poco armoniosa por las circunvalaciones de los hemisferios cerebrales, modulando nuevas detonaciones más potentes y espasmódicas que las anteriores. La clarividencia pretendía reproducir, en la misma clave morse incrustada en un estrato profundo del tejido cerebral, una advertencia que no llegaba a manifestarse por completo. Aquella había sido “está-muerto-está-muerto”, pero esta era confusa y diferente. La muerte se hacía presente, pero sin señalar su destinatario. Y no alcanzaba a sus sentidos del olfato y el gusto, como acaeció en oportunidades anteriores, cuando degustó las llagas purulentas del occiso o la humedad cadaverizada que emanaba del freezer de la habitación de servicio.
Nunca imaginó que las corazonadas volverían a presentarse de esa manera, perturbando su personalidad. Y que, nuevamente, a nivel molecular en su bajo vientre, esa mecánica del entrelazamiento de sus tejidos adiposos y sus estados de ánimo —como le decía el odioso López Huidobro— volvería a conjugarse para atormentarlo con cólicos repetidos que lograban desestructurarlo.
Desde que entró a trabajar con “Pérez y Pérez”, tras el asesinato de su aborrecido jefe, aquellas corazonadas habían desaparecido por completo. Fue un falso bienestar, posiblemente surgido de los embelesamientos que sabía practicar ese jefe tan seductor como siniestro.
Como en oportunidades anteriores, cuando padecía el fenómeno, pero ahora con más vigor y decisión, trataba de descartarlas de inmediato, sin permitir que se desarrollaran y consolidaran en sus pensamientos.
Llegó la fanfarria militar. Su bochinche lo apartó de sus sensaciones. Sintió cierto alivio que lo ayudó a relajarse. Un desbarajuste de disonancias martillaba los oídos de los escasos participantes. De lejos se podía ver a Amílcar acercarse a la zona del homenaje tapándose con sus manos los oídos. ¡Vaya el aporreo de corcheas y negras de la fanfarria! ¡Vaya el aporreo que apuñalaba los sonidos! Perdidas en un pentagrama hierático, blancas y redondas, mestizadas de silencios, se hacían base de las estrofas de un himno incomprensible. Era un musicidio imperdonable.
A Diosdado la ausencia de “Pérez y Pérez” le llamó la atención. Por la fría relación de los últimos días, no sabía si su jefe asistiría o no al entierro de quien fuera su subordinado. Algo alejado, podía ver a López Teghi de impecable traje negro y, junto a él, a “El Morro”, con una sonrisa de lado a lado mientras observaba cínico a toda la concurrencia.
Amílcar se le acercó con discreción. Buscaba saludarlo. Se habían conocido en cierta oportunidad en que Diosdado fue encomendado a una averiguación con el artista. Solo “Pérez y Pérez” supo de lo que conversaron su subordinado y Amílcar en su pequeño estudio del barrio de Belgrano, frente a la hermosa plaza completamente remodelada y devuelta a la fisonomía creada por Thays. El joven informó de sus diálogos con el pintor cincuentón en un documento cifrado que fue guardado en la bóveda de la Agencia para su seguridad. Hasta donde pudo saber Diosdado, López Teghi nunca se enteró del contenido de esa conversación.
Amílcar no estaba al tanto de la muerte de Abigaíl. Su deceso esquivó definitivamente los informativos, que ya no volvieron a ocuparse de los varones muertos del barrio de Belgrano. La identidad de Abigaíl nunca fue revelada. No era oportuno el momento ni el lugar para dar explicaciones de una muerte que, por otra parte, no tenía el menor interés en interpretar para el artista. Nada más que percibir la mirada de Amílcar sobre su humanidad lo irritaba.
Para Amílcar, el silencio de Abigaíl era un suceso desgraciado. No alcanzaba a comprender por qué no respondía ninguno de los mensajes que le había hecho llegar. Pensó en hablar con el propio senador que los presentó, pero desistió de la idea porque supuso que el político lo esquivaría. La muerte de López Huidobro, de la que supo en una tertulia de chismosos su verdadera causa, le resultó un suceso tan extraño como inesperado. Hombre atento a todas las circunstancias, dejarse llevar por una jeringa y una aguja tan flácida como un sorbete era algo inexplicable.
Diosdado supo, antes de emprender el viaje al cementerio, por un mensaje de texto que le enviaron desde una dependencia del departamento de pesquisas, respondiendo a una consulta extraoficial suya, que Marian había abandonado el país. O estaba en las playas de Miami o en viaje a Europa. En ambos lugares su dedicado senador tenía propiedades de descanso. Marian, por su parte, había acumulado una interesante fortuna con la que trataría de iniciar una nueva empresa. Tal vez un restaurante, tal vez una casa de masajes. Hasta ahí la información.
Luego, sobre ella, solo quedaban las conjeturas con las que López Teghi insistía para solicitar su captura internacional. Pero nadie quería otro bochorno. La prudencia indicaba que no había que insistir en su persecución, confirmada la escasa importancia que Marian tuvo en la historia y sabiendo que ni siquiera ejercía el control efectivo de ServuS. Habría otras oportunidades para contactarla, cuando al menos no se estuviera en medio de una trama en la que ya había sobreabundancia de cadáveres.
Sopesaba ese sentimiento de indiferencia, un acto de impunidad hacia Marian promovido por el propio “Pérez y Pérez”, quien le dijo en alguna oportunidad que, si la experta meretriz era presionada para hablar, se quebraría fácil. Sus conocimientos sobre entrepiernas y esfínteres de muchos promocionados del sistema podrían exponer a impolutos de toda laya al escarnio público. No era inteligente ventilar esas intimidades en medio de escándalos empapados en sangre. Silenciarse implicaba asesinarla, y eso no estaba previsto en ningún vademécum de la Agencia. Era una exageración improcedente.
Fue su jefe quien le informó, tal vez por mera vanidad, que se había ocupado de bloquear, en toda oportunidad que se le presentó, esos reclamos persecutorios contra ella. Y la cosa parecía haberse saldado a su favor. Los votos del senador eran indispensables para tantas leyes que el Ejecutivo nacional precisaba para su plan de gobierno. No había ningún secreto conocido entre las sábanas de un prostíbulo que ameritara el naufragio político de ningún socio, aunque solo fuera temporal. Al senador, por otra parte, el acoso de López Teghi lo movía a risa. Estaba bien cubierto de cualquier imputación. Y como era un zorro viejo, sabía que López Teghi, años más, años menos, estaría dedicado a imprimir planillas de Excel “para metérselas de a una en el culo”.
El sacerdote que rezaría el responso final de cuerpo presente se acercó silencioso por un camino que desembocaba justo en el lugar donde se había acondicionado el féretro para la ceremonia.
La imagen del cura devolvió a Diosdado la del delicado rosario de perlas negras. Un desasosiego perturbador lo invadió impúdico y prepotente. Aspiró con violencia el aire buscando llenar sus pulmones y evitar esa sensación de asfixia que se multiplicaba con los augurios. Sacudió la cabeza varias veces. Sintió dos toques mortales que se abrieron paso por el hueso frontal hacia el cerebro, en los dos hemisferios: toques potentes, más que cualquiera de las descargas que lo atormentaron desde la infancia. Entonces adquirió la seguridad de que el rosario y su caja de nogal lustrada ya no estaban en la caja fuerte que tenía en el despacho que “Pérez y Pérez” le había impuesto como un beneficio. Si este aparecía durante el protocolo funerario, ¿le transmitiría esa angustia a su jefe? ¿No se lo tomaría en solfa, como hacía en más de una oportunidad? Esa revelación lo mantuvo nervioso mientras duró la ceremonia.
Los invitados fueron aumentando en número. La pequeña pero vistosa muchedumbre sugería que el muerto era alguien importante. Todos los hombres estaban vestidos con lujosos trajes, y las mujeres que los acompañaban, ataviadas con ropas finas y joyas costosas.
La vista del suntuoso gentío le devolvió un consejo de su jefe. Le recomendaba leer las necrológicas y asistir a los entierros. “Los verdaderos amigos se hacen presentes en los nacimientos y en los entierros. Recién nacidos y finados revelan más secretos que diez charlatanes”, le dijo cierta mañana mientras leía los avisos fúnebres de un centenario periódico nacional. Había muerto una estrella del empresariado petrolero: de pobre almacenero a rudo empresario internacional con intereses en las zonas más calientes del mundo. Una exagerada proeza para un hombre forjado en los suburbios del Tercer Mundo. En cierta capital imperialista también se hicieron actos de sincero homenaje por los servicios del prestigioso petrolero. La estrella de su ascenso económico y social miraba siempre al este, con recatada devoción desde casi su nacimiento.
En aquella ocasión, mientras leía con sus anteojos apoyados en la punta de la nariz, “Pérez y Pérez” tomaba breves notas con su elegante pluma en unas fichas que, sospechaba Diosdado, usaba para engordar algún tipo de base de datos personal que le permitía seguir asuntos vinculados a la economía y la política.
También le recomendaba ver las novelas que transmitían los canales de aire. Ese consejo realmente lo sorprendió. Diosdado, por iniciativa propia, jamás lo hubiera hecho.
—Nene —le dijo, y fue la única vez que usó ese término para dirigirse a él—, hay novelas que se discuten en los gabinetes de ministros y que después los escribas transforman en libretos.
Y agregó con cierto aire de nostalgia raro en él:
—Claro que no tienen la calidad ni de Felipe Beliel Milletari Miagro —nombre que pronunciaba imitando el particular acento piamontés—, ni de Don Abel Santa Cruz. Los españoles durante la guerra tuvieron propagandistas magníficos: Lorca, Hernández, Machado. Palabras mayores. Todos genios. Acá nos conformamos con mucho menos —suspiró desesperanzado—, con mucho menos.
A Diosdado, escuchar estas afirmaciones lo asombraba. Lo aleccionaba diciéndole que la política y la información circulaban mucho más por esos simples canales que por los sofisticados y retorcidos vericuetos de la inteligencia, y tenía muy en cuenta sus enseñanzas. “En la inteligencia —explicaba docente— hay mucha interferencia, mucho ruido. Y para entender se necesita claridad”.
“Las únicas cosas que funcionan bien en la vida son las cosas simples. Después, hay que saber interpretar los hechos.”
También le insistía leer los diarios con atención. Todos. Repudiaba a los mediocres que rechazaban a tal o cual porque no coincidían con sus puntos de vista. De ese modo nadie accedería a información segura. Le repetía una vieja consigna: el ochenta por ciento de la información estaba en los diarios, solo había que saber leerla. El resto era producto de mucha transpiración por el trabajo o de permanecer lo necesario entre las sábanas correctas, sin importar sexo. Otros datos surgían, en cambio, de los destinados a muertos: la información fluía si esos condenados, para salvar su vida, entregaban lo deseado, tras lo cual se los eliminaba. Nada peor que un soplón.
Vio llegar al ministro del área, con paso firme, casi marcial, y rostro adusto. Diosdado advirtió con claridad que un secretario del ministro, en actitud genuflexa, le indicaba que tenía una llamada en uno de sus celulares. Estaba al habla el coronel que tuvo a su cargo la frustrada incursión para la captura de “La Reliquia”. El ministro rechazó el llamado con verdadero desprecio. El militar fue obligado a volver al margen de su tropa. Le enviaron un vehículo de mala muerte que andaba a los tumbos y empujones, que lo trasladó bajo el sol hasta Rosario, donde lo esperaba un avión militar en dudosas condiciones técnicas, con destino a la zona militar del aeroparque que llevaba el nombre glorioso de Jorge Newbery. De allí al ministerio, a esperar las horas que fueran, que por cierto podrían ser muchas.
Diosdado escuchó, cuando pasaron a poca distancia suya, que el político enfurecido, procurando conservar un tono acorde al evento, decía una y otra vez: “que junte orines, ese miliquito de mierda”. Expresión que repitió a pesar de que el secretario le indicaba silencio con su índice cruzando los labios, mientras relojeaba el celular que permanecía comunicado.
Al castigado oficial, al llegar al ministerio, se le entregó un sobre cerrado del que se le dijo contenía algunas indicaciones para él. Se trataba de órdenes precisas para que se dirigiera a su destino sin dilaciones y de manera perentoria. No se tomó la molestia de abrirlo. En el viaje, camaradas de infortunio le avisaron que en el sobre se le ordenaba dirigirse a un domicilio del barrio de Once, al primer piso, departamento “B”, a pocas cuadras de donde vivió y murió Podestá, donde supuestamente tendrían una reunión oficial para tratar el doble fracaso en la persecución y captura de “La Reliquia”. Nada de eso iba a ocurrir. Simplemente lo iban a asesinar en represalia por no cumplir con sus órdenes y permitir que el legendario prócer se mantuviese encaramado a las astas de las banderas, donde ventilaba sus Planes de Operaciones y proclamas revolucionarias.
El asesinato se iba a producir en medio de una inventada bacanal de sexo variado y drogas poderosas que explicarían la tan poca profesionalidad del militar en el cumplimiento de su misión. El fracaso se revelaría por su corruptela moral y sus hábitos licenciosos, y eso aclararía, a su vez, la inesperada muerte del uniformado cuando debía rendir cuentas ante sus superiores.
El coronel, convencido de la veracidad de lo que sus pares le informaban, se presentó obediente en su unidad y se puso a disposición de sus superiores. Esperaba la detención y el pase a retiro, dos situaciones que previó desde que inició el camino de regreso a Buenos Aires.
Quien no apareció fue “Pérez y Pérez”. Diosdado no se atrevió a llamarlo en esa oportunidad. Por el indiferente trato de los últimos días no se sintió con derecho a esa llamada. Con seguridad no era de su voluntad estar presente. Debería tener sus razones. Sabía que la relación había sido conflictiva. López Huidobro no era alguien que se dejara llevar de la nariz, y su jefe, a pesar del modo amable y la palabra medida, era inflexible cuando impartía una orden. Sabía que López Huidobro hacía gala de sus desobediencias. “Pérez y Pérez” era tolerante con algún cuestionamiento, más en jóvenes que en veteranos, pero eso solo en cuestiones menores y por poco tiempo. Luego exigía cumplir y hacerlo con total profesionalismo. No aceptaba el descuido ni la chapucería: era brutal, pero no de modo apasionado, sino con elaborada premeditación. Ese modo de operar explicaba su aversión por López Teghi, quien medía todo por la ecuación de costo-beneficio sin reparar en los logros.
El responso del sacerdote no fue extenso, pero sí muy mentiroso. Si un visitante extraño a la administración del Estado hubiese participado, aunque más no fuera por accidente, habría creído que el occiso fue un hombre casi prototípico, una figura arquetípica, digna de ser imitada por las generaciones venideras. Diosdado especulaba con que algunas cualidades de su persona podían ser reivindicadas, aunque a él le costara mucho reconocer cuáles. Pero la versión de un devoto cristiano, apegado a las enseñanzas evangélicas, austero, sin vicios, dedicado a servir al bien común, de trato cordial, galante, casi familiar, siempre dispuesto a colaborar con sus compañeros de responsabilidades de manera desinteresada, seguramente se refería a un López Huidobro que nunca tuvo el gusto de conocer, a un homónimo de quien fuera su jefe.
Finalizada la oración, bendecido el féretro, retirada su gorra y sable militar, se lo introdujo en la profunda fosa. Algunos presentes —pocos— solicitaron acompañar el descenso del féretro dentro de la tumba, arrojando las rosas rojas que el protocolo del cementerio les entregó para la ceremonia. Eran rosas muy rojas y vistosas, tan exuberantes que parecían haber pasado por un proceso que alteró la genética primaria de las flores. Vio cómo Amílcar llevaba varias de ellas en sus manos y arrojó solo una, conservando las otras, a las que olfateaba hurgando sus perfumes acariciadores.
Diosdado siguió con su vista el giro monótono de la manivela que un funebrero de levita negra movía haciendo descender el féretro hacia lo profundo de la fosa. Por cada vuelta, su estado inquieto y preocupado aumentaba, acompañando el descenso del difunto a los fondos del enterramiento. Cuando tocó fondo, la angustia fue mayúscula. Aunque no lo comprendía de modo cabal, sí entendía que su inquietud estaba enfocada en la imagen del rosario de hermosas perlas negras con engarzaduras dobles de plata, y ese vuelo fatal en caída libre para romper la cáscara del río hasta su lecho fangoso.
El sacerdote, que se dirigía a un lado u otro de la fosa atendiendo al reclamo de algunos asistentes al entierro, hacía balancear el crucifijo que lucía en su pecho y acentuaba con ese vaivén su preocupación por el destino de la joya que “Pérez y Pérez” le mandó a rescatar luego de descubrirse el cadáver de López Huidobro en el freezer de su departamento de Once. Debajo de la angustia por el relicario subyacía otra más acuciante: la de su propio futuro.
Cuando finalizó la ceremonia, apuró el regreso. En su automóvil especuló que, desde el Gran Buenos Aires hasta la Capital, no debería tardar más de una hora en llegar. Su cálculo no se basaba en la realidad. La marcha era lenta, en largos tramos a paso de hombre, y a medida que pasaban los minutos los vehículos parecían aumentar en cantidad, amenazando con un embotellamiento de proporciones. El lento regreso lo malhumoraba, porque a la par del moroso avance crecía exponencialmente su inquietud.
Habrían transcurrido alrededor de quince minutos cuando sonó su celular. Se alegró. Anheló que fuera su jefe, tal vez deseoso de comentarios sobre el enterramiento. El llamado era de la base, pero no de quien esperaba.
—Hola, Diosdado —lo saludó la recepcionista, esa muchacha que parecía tan joven, tan frágil.
—Buen día, Bibi. ¿Cómo estás?
—Como siempre, tranqui. ¿Venís para tu oficina?
—Sí, pero voy a tardar, viajo desde el cementerio, lejos, muy lejos. El tránsito es un desastre.
—¡Ah! Fuiste al funeral del coronel.
—Sí, de ahí vuelvo.
—Bueno, cuando llegues haceme acordar que tengo un sobre para vos. No te avisé antes porque recién lo encuentro. En realidad, cuando empecé a trabajar temprano para mí no estaba. Pero bueno, acá lo tengo. Está a tu nombre, pero no tiene remitente.
—Cuando llego lo recojo.
—¿Lindo el entierro?
—Se me hace que no hay entierros lindos.
—Ya sé, bobo; digo, ¿todo bien?
—El tipo ni se quejó, así que debe haber estado cómodo. El cura habló bien de él y algunas señoras arrojaron sus rosas a la tumba. Nadie le arrojó piedras.
—¡Mirá que sos! ¡Hacés cada chiste! —su risita aguda penetró mortificando el tímpano de Diosdado—. Bueno, te dejo…
—Esperá —alcanzó a reclamar Diosdado.
—¡Sí! ¿Qué precisás? —Bibi preguntó ansiosa.
—¿Lo viste a mi jefe?
—A… a… a… —balbuceó desencantada—, ¿a tu jefe? ¿A “Pérez y Pérez”? ¿“El de doble apellido mistongo”, como me dice cada vez que me saluda?
—Sí, claro, mi jefe, el mismo.
—No lo vi. Esperá que llamo a su despacho, no me cortes. —Diosdado aguardó mientras regulaba entre embrague y acelerador para acompañar el movimiento monótono del tránsito.
—No, mi amor, no responde. Para mí que no llegó. ¿Querés dejarle algo dicho? Yo le aviso.
—No, no. Nada. Gracias.
—Si tenés ganas, esta noche te invito a pasarla bien en un lugar muy especial. Vos y yo nos escapamos del mundanal ruido. ¿Qué te parece?
—Cuando llego hablamos, Bibi. ¿Está bien?
—Sí… no sé… bueno. Te espero. No te olvides. Besitos.
—Chau, chau.
La caravana de autos dejó de moverse. Hacía largos minutos que estaba paralizada. A poco más de cien metros, dos grandes camiones habían chocado, interrumpiendo el tráfico definitivamente. La espera amenazaba con hacerse interminable. Parte de un carril estaba disponible para avanzar hacia la ciudad, pero resultaba estrecho y ningún automóvil podía circular por él. Los otros, ocupados por los camiones colisionados y los autos de seguridad que llegaron para asistir al accidente, impedían reiniciar el avance. Solo los motociclistas podían moverse con cierta velocidad, aunque no a sus anchas, como deseaban. Esquivaban autos, camionetas, acoplados, ambulancias.
El sol caía perpendicular, recalentando el asfalto, y los automovilistas empezaban a sudar sin poder evitarlo. Pocos disfrutaban del aire frío de sus acondicionadores. Pero casi al unísono, todos los sistemas de refrigeración colapsaron por las altas temperaturas y muchos automóviles quedaron varados en la autovía.
Diosdado podía apreciar desde el asiento de su automóvil cómo muchos automovilistas descendían de sus vehículos para insultar al aire, sin atinar a dar con los responsables del embotellamiento. No supo quién gritó que se trataba de un piquete que obstruía la autopista. Y aunque nadie podía ver a los supuestos piqueteros impedir el paso de los vehículos, muchos se sumaron a la grotesca protesta contra los hipotéticos manifestantes que cerraban el paso a cientos de automóviles. En pocos minutos, la agitación creció y pareció descontrolarse, algo que Diosdado no deseaba que ocurriera, porque todo se complicaría innecesariamente. Si de la protesta se pasaba a acciones, la intervención de la policía iba a terminar desquiciándolo todo. No era la primera vez que de un incidente menor —del que, incluso, nadie sabía bien ni el origen ni el alcance— se terminaba en una batahola con heridos y detenidos, muchos de los cuales ni sabían por qué habían caído en la refriega o iban a dar a un celular al que viajaban a trompadas limpias hasta un lugar de detención.
Encendió la radio. El noticiero daba cuenta del embotellamiento y lo atribuía a un “tremendo” choque de dos camiones. El cronista insistía en que había muertos y heridos. Desde esa distancia, no estaba en condiciones de confirmar si lo que decía el periodista era verdad o si mentía por exagerar la noticia. Exagerar por radio era sencillo: toda la medida de las cosas la establecía la voz del cronista, que bien podía inflar los hechos para mejorar la audiencia de la emisora. Diosdado no veía a los paramédicos con sus ambulancias asistiendo a personas heridas en el accidente, ni a policías con su morguera cargando el cuerpo de los supuestos muertos. Tampoco el incidente le pareció de la magnitud que relataba el periodista.
Cambió de dial. En esa estación solo se escuchaba música barata. La siguiente emisora dedicaba sus minutos a hablar sobre algunas decisiones económicas. Habladores de turno alababan o maldecían las medidas de acuerdo a su particular punto de vista. A Diosdado le pareció ridículo el debate. No tenía muy presentes los antecedentes de los periodistas que hacían sus comentarios, pero recordó al que pasó a trabajar para la Agencia y que fue elevado a la categoría de héroe popular apelando a una historia falsa cuando, en realidad, solo se trataba de un pusilánime que mandó a la muerte a la menor con la que fornicaba.
Ninguna otra radio daba cuenta del atascamiento que ya alcanzaba una extensión de varios kilómetros. Buscó una emisora que solo reprodujera música. Luego de pasar varias estaciones de predicadores evangelistas, una FM dedicaba su espacio a éxitos de los ’80 y ’90. Se conformó con esa música y se preparó para esperar lo que fuera, hasta poder retomar el rumbo hacia la capital.
La música le transmitía cierta complacencia, pero no alcanzaba a despejar su inquietud. Desesperaba por llegar a la base. Por momentos pensaba que todo podía descontrolarse por las consecuencias del embotellamiento. La parálisis era total y no había atisbo de que en algún momento se habilitara un carril, aunque fuera para descomprimir el atolladero en que se había transformado la autopista.
Desde la tarde-noche del día anterior hasta ese mediodía, ya entrando hacia la tarde plena, no tenía noticias de “Pérez y Pérez”. Llamó al conmutador. La misma voz melosa, finita y penetrante lo atendió con alegría de oírlo.
—¡Hola, Diosdado! ¿En qué te puedo ayudar?
—Sacame de este lío.
—¡Si pudiera te llevo a mi casa en este instante! Con gusto lo haría, créeme, y nos vamos por ahí a pasarla bien. ¿Todavía en la ruta?
—La autopista está colapsada. ¿Sabés algo de mi jefe?
—¿De “Pérez y Pérez”? “El de doble apellido mistongo”, como me dice cada vez que me saluda —repitió Bibi para parecer graciosa.
—Sí, claro, el mismo, mi jefe.
—No, nada. ¿Querés que lo llame al despacho?
—¿Lo viste entrar?
—No. Por acá no pasó.
—Entonces no ha de estar en su oficina.
—Tenés razón. ¿Querés que lo llame al despacho? —insistió la muchacha, que sospechaba que esos hombres tenían algo de sombras que los hacía pasar desapercibidos hasta para el más atento de los mortales.
—No. No es necesario, Bibi. Si aparece, no le digas que lo estoy buscando. Llamame y yo me comunico con su despacho.
—Como quieras. Acordate que te invité para esta noche. No seas malo, vayamos a un lugar especial, así paseás un poco y te distraés, vas a andar mejor, despejado. —Insistente, Bibi melificaba su voz con una cadencia que no lograba ser sensual. A Diosdado no le disgustaba la muchacha, pero en verdad, ese día no estaba para ningún escarceo sentimental.
—Bueno, bueno. Cuando llego hablamos. Besos. —Chau, chau. Besitos.
Cuatro horas tardó su regreso. Minuto a minuto sus angustias se extendieron más allá de su cerebro. Sus pulmones, su estómago, sus intestinos estaban agobiados. Y cuanto más tiempo pasaba, más grandes se hacían las cuentas negras del rosario de la monja asesinada en un vuelo de la muerte hacía ya largos años.
Al entrar al edificio, el reclamo por reconocer si el hermoso joyero de nogal lustrado con el rosario en su interior estaba aún en la caja fuerte se hizo difícil de manejar. Lo moderó, no sin sobresaltos.
Bibi lo esperaba agitando un sobre blanco, del tipo A6, de 11,4 cm por 16,2 cm. Eran los sobres que “Pérez y Pérez” prefería a cualquier otro. Así los pedía: por su color y su medida. Diosdado la saludó casi al pasar mientras tomaba el sobre, sin detenerse, a pesar de que la muchacha esperaba un beso de su parte.
—Tengo mucho trabajo atrasado, perdí casi todo el día viajando para volver. Después hablamos —justificó de ese modo su apuro.
Bibi lo saludó con ternura y lo siguió con la mirada hasta que se perdió por un recodo del amplio pasillo alfombrado de verde. Las lámparas LED iluminaban con exageración los corredores y, aunque ese día el clima era templado, el edificio se había enfriado subrepticiamente.
El aire en el pasillo estaba húmedo y, luego de estar algún tiempo sin entrar en movimiento, era esperable que cierto frío obligara a usar un abrigo para retemplar el cuerpo. Pero a Bibi el frío no la molestaba: usaba ropa liviana, de poco abrigo, y bromeaba sobre el calor interior que la abrasaba. Era una de las pocas empleadas que lo disfrutaba. Durante el invierno acostumbraba abrir de par en par las ventanas de su departamento para complacerse del frío que erizaba su piel y la ruborizaba.
Diosdado se dirigió a su oficina. Entró decidido y confundido por los silencios y ausencias. Dejó en su escritorio el sobre que Bibi le entregó apenas llegó a la base, lo apoyó sobre la limpia fórmica que imitaba las vetas de una madera y se olvidó de él, como si no tuviera la menor importancia, sin reparar que bien podría ser un mensaje relevante. Estaba ensimismado en sus perturbaciones, y sus presentimientos lo distraían de todo otro asunto. Estaba involucrado con las recientes revelaciones del rosario. Sentía cómo los dobles eslabones de fina plata lo tironeaban, decididos a que atendiera su duda sobre la caja de nogal lustrado.
Mudó de ropa. Dejó el impecable ambo negro y se vistió de sport, como más le gustaba vestir: un vaquero de marca, una remera de color verde pastel y nada de corbata —detestaba las corbatas—. Su gorra de amplia visera, que dejó sobre el escritorio, hacía juego con su atuendo y su aspecto despreocupado, casi adolescente. Así vestido, parecía más joven y atractivo de lo que era.
Bibi lo llamó por su interno. No pudo disimular su sorpresa cuando le dijo que López Teghi quería verlo urgente en su despacho. No solo su relación con ese jefe era esporádica, sino que además no era buena. En verdad, Diosdado lo repudiaba, y López Teghi, que percibió desde el inicio la mala disposición del empleado hacia él, ya lo había apuntado para despedirlo.
Salió de su oficina sin perder tiempo: no deseaba tener justo ese día un conflicto con ese jefe que reclamaba su presencia. Llegó a su despacho y llamó a la puerta con cierta timidez. De adentro se escuchó “pase”, con claridad.
—¿Me llamó, señor? —López Teghi lo miró con sorna.
—Sí, lo mandé llamar.
—Usted dirá en qué puedo serle útil.
—¿Útil? —el hombre soltó una cínica sonrisita. Diosdado disimuló como pudo la ironía del jefe—. Tengo aquí una nota de “Pérez y Pérez”. Lleva adosada un acta donde dice que usted es responsable de una especie de cofre, algo mediano, de nogal lustrado, y que está a resguardo en una caja de seguridad en su oficina. Le ruego me la entregue. Aquí tengo una orden de la que le adjunto copia, firmada por uno de nuestros máximos jefes, indicándole que cumpla con este pedido. Debe firmarla para darse por notificado y luego entrégueme lo que le solicito.
Diosdado no comprendía cabalmente el asunto.
—¿Podría haber una confusión?
—No lo creo. Mis palabras son sencillas y hasta usted las puede comprender. Los documentos que adjunto son precisos y no dan lugar a dudas. Léalos usted mismo, repase lo que firmó oportunamente. —Desconcertado, Diosdado atendía las palabras de López Teghi, aunque no llegaba a desentrañar el curso de la maniobra.
—Lo que cabe esperar —continuó el hombre su explicación— es que vaya a su oficina, abra su caja de seguridad, retire lo que allí está depositado y me lo entregue. Yo le firmaré un recibo oficial, pero antes de ello, con dos testigos abriremos la caja para cerciorarnos de que está a salvo su contenido. No vaya a ser cosa que me dé una vacía. Prefiero curarme en salud y no pasar por idiota como su jefe, quien entregó una bonita falsificación sin siquiera sospecharlo. —A Diosdado lo tomó de sorpresa ese comentario—. Cumplido ese trámite, usted quedará a resguardo de cualquier contingencia. No me haga esperar porque yo no puedo hacer esperar a quien me ha ordenado este encargo. ¿Comprendió o necesita que le repita mi orden?
El muchacho se acomodó el cabello peinándolo hacia atrás con su mano, sin dejar de observar uno de los documentos que le dio López Teghi y que era el que concitaba su atención. Caminó tres pasos para apartarse de López Teghi, de quien le molestaba hasta su olor a viejos papeles húmedos; buscó salir de la mirada inquisidora del jefe, que reía burlonamente disfrutando de la evidente confusión que envolvía al joven subordinado.
Quedó a una distancia algo mayor a un metro, casi dando la espalda —en la que se colgaban los ojos del burócrata—, revisando esos papeles una y otra vez, comprobando que en uno de ellos no solo figuraban su nombre y apellido, sino que más abajo decía que se hacía responsable de la custodia de la caja y de su contenido. En una línea punteada al final del documento estaba estampada su firma y, renglón seguido, la aclaración de la misma. Se leía perfectamente: Diosdado, Arnold.
No era su letra, pero sí lo era. No era su firma, pero lo era. Ni él mismo hubiera podido afirmar que no se trataba de su letra y su firma. Nunca había suscrito ese comprobante, pero veía con claridad que allí estaba estampada su rúbrica y debajo su nombre y apellido. Una notable falsificación. ¿Qué peritaje lo pondría a salvo reconociendo que se trataba de la cuidada adulteración de su firma? Ninguno; cualquiera de los peritos de la Agencia juraría con los ojos cerrados que esa era, efectivamente, su firma.
Cabeceó varias veces sin levantar la vista del papel; resignado, luego de unos largos minutos de silencio, miró a López Teghi, quien a su vez insistía con su mirada acusadora. Dejó el documento falsificado sobre el escritorio del jefe y salió tambaleante hacia su oficina. Caminó la distancia que separaba un despacho del otro con pequeños pasos, como reteniendo el pasillo en las suelas de sus mocasines, para que la distancia aumentara y el tiempo pasara tan lento como fuera posible. La alfombra verde hasta pareció cambiar de color a uno oscuro, desconocido. Sus hebras se hicieron pastosas y lo hacían resbalar mientras intentaba caminar con alguna naturalidad. Las luces LED se hicieron tan intensas que parecían pequeños cristales de brillante contextura, centellas de incandescente blancura.
Entró vacilante a su oficina, que le pareció demasiado pequeña y en la que percibía ojos escrutadores que desde todos los ángulos controlaban sus acciones. Nunca, hasta ese momento, había intentado abrir la caja de seguridad. No tenía nada que guardar en ella: era un empleado de insignificante jerarquía, a él no se le confiaban secretos ni pruebas valiosas. Cuando “Pérez y Pérez” lo aduló enumerándole las razones por las que lo reubicaba en una oficina con una caja de seguridad, no se dejó tentar por los supuestos méritos que lisonjero el jefe le adjudicaba y que explicaban ese raro privilegio para un subalterno de los escalafones más bajos de la administración. Los jefes intermedios, y ni hablar los superiores, todos tenían cajas de seguridad en sus despachos, porque se entendía que siempre algún documento reservado merecía ser protegido de miradas indiscretas.
Volvió donde López Teghi atravesando la metamorfosis del pasillo, esa vez con otra decisión. Bajo sus pies, la alfombra parecía ondular con breves corcoveos que lo desestabilizaban, pero adjudicarle a una inanimada moqueta la responsabilidad por su andar vacilante hasta a él mismo le resultó absurdo.
Al llegar al despacho de aquel, se ilusionó con que fuera “Pérez y Pérez” quien le abriera la puerta y le diera alguna buena noticia, algo que no ocurría desde hacía varios días. Pero para su completa decepción, no fue él quien lo recibió. Fue, justamente, López Teghi, quien lo miró con desprecio al verlo llegar con las manos vacías.
—Necesito hacerle una pregunta.
—¿Qué quiere, ahora? ¿Qué quiere preguntarme?
—¿Y mi jefe? —Diosdado preguntó sin disimular su confusión y excitación.
—¡¿Y la caja?! —López Teghi estaba fuera de sí.
—Es que necesito saber dónde está mi jefe.
—¿Su jefe? ¡Yo soy su jefe! ¡Yo soy su nuevo jefe, idiota! ¿Usted no se entera de nada? ¿No lo sabe? —¿Qué debería saber?
—Está de viaje en misión al exterior. EE.UU., París, Londres, Moscú, Pekín. Lindo periplo. Acá, al que hace cagadas lo premian con un tour extraordinario, y con el tiempo puede hasta llegar a presidente de la nación. Whisky, champagne, algunas cervezas lager, pale ale o bitter, vodka, baijiu, ese brebaje que disfruta nuestro máximo jefe, en ese orden. ¿Qué bebida cree usted que va con la personalidad de su jefe?
—No tengo la menor idea, señor. ¿Por qué habría de saber sobre los gustos de bebidas de “Pérez y Pérez”?
—¿No lo sabe?
—No, señor. No lo sé, lo lamento.
—Qué inconveniente. Para usted, al menos. Tendría que haber conocido mejor a su jefe, se lo aseguro. Sobre todo, sus gustos. En lo que le gusta o no a una persona está su verdadera personalidad. Si lo hubiera conocido mejor, no estaría metido en este asunto.
El hombre lo palmeó con total cinismo. Siguió hablándole:
—Su partida, joven, ha cambiado su suerte por completo, debería tenerlo muy en cuenta. Aunque le parezca extraño o desgraciado, ha pasado a estar bajo mi mando. Prefiero decírselo de este modo, porque también podría haberle dicho que usted está en mis manos, pero le aseguro que no es así. Mis manos nunca se van a comprometer con su destino, eso se lo aseguro. Su destino está en otras manos. —Diosdado trató de controlar los espasmos que se sucedían en su rostro, pero sin mucho éxito.
—Reconozco —continuó López Teghi— que no debe ser una gran noticia para usted, y le aseguro que no lo es tampoco para mí. Una diferencia entre usted y yo, entre muchas otras, es que yo sé disimular mi desagrado, mientras usted no parece hacer ni el menor esfuerzo por ocultar su incomodidad. Le voy a ser muy franco: me resulta intolerable que un subordinado de tan bajo escalafón haga notar de manera manifiesta su desagrado contra un jefe y actúe como sorprendido en su buena fe, frente a una especie de rufián que viene a mortificarlo injustificadamente. —López Teghi bajó sus brazos en señal de cansancio—. ¿Va a tardar mucho en entregarme lo que se le ordenó?
—No, señor. Voy a retirar la caja y se la traigo urgente.
—Eso espero. Haga un esfuerzo por no arruinarme el fin de este día.
Diosdado volvió a su despacho; el pasillo retomó su apariencia habitual, como si la noticia del viaje de “Pérez y Pérez” hubiese despejado el paisaje oficinesco. Introdujo la llave en la cerradura de la caja de seguridad, pero de inmediato comprendió que esa no la abriría. Volvió sudando donde López Teghi a explicarle el inconveniente. Este se encogió de hombros, disimulando un malhumor que ya le resultaba intolerable.
Lo único que el superior podía hacer en ese caso era un acta de descargo. Escribiría en ella que el agente, fulano de tal, no entregó lo solicitado por las máximas autoridades y haría que el muchacho explicara en nota aparte las razones. A Diosdado la idea no le pareció aceptable: ese trámite lo dejaba punible para cualquier represalia. En verdad, no estaba en su voluntad desobedecer la orden del jefe, y mucho menos de otros por encima de él. Muy por el contrario, deseaba resolver el asunto cuanto antes y deshacerse del mandado que le imputaron desde las alturas de la jefatura.
Tal vez encontrara una solución menos conflictiva. Recordó que “Pérez y Pérez” guardaba en su escritorio una copia de la llave por si en alguna oportunidad necesitaba hacer uso de la caja blindada. No reparó en consultar con López Teghi la conveniencia de ingresar a la oficina del jefe ausente en búsqueda de la copia. Lo hizo como un autómata, como tantas otras veces cuando entraba a dejar un expediente, a retirar una orden, a conversar con el superior.
Como supuso, la llave estaba al alcance de su mano. No solo eso: estaba sobre el escritorio, como esperando que él la fuera a retirar, deliberadamente depositada en su centro. Parecía dispuesta en la exacta intersección de las imaginarias líneas que dividían el mueble en cuatro porciones ideales. Cuando la tomó, creyó percibir un pequeño reflejo de luz, una chispa delatora no muy brillante. Como si se tratara del destello de una minúscula lente de una cámara también pequeña. Miró sobresaltado en todas direcciones, buscando el lugar en donde podía estar acomodada una filmadora que registrara las actividades de la oficina de manera más o menos discreta. ¿Era posible que la oficina de tan alto jefe estuviera siendo monitoreada con cámaras ocultas?
En la palma de su mano, la llave parecía demasiado pequeña, correspondiendo a otra cerradura, muy modesta para una caja de seguridad. Siempre sospechó que “Pérez y Pérez” no guardaba nada de mayor importancia en ella: cualquier documento realmente significativo se encriptaba y protegía en lugares de probada seguridad.
Pocos días atrás, antes de que cambiara drásticamente su trato, le reveló que en esa caja de seguridad estaba depositado el cofre de nogal lustrado con el rosario que López Huidobro debió haber reintegrado a la superioridad luego del fracaso de la operación “La Reliquia”. Diosdado no supo qué decir ante la confidencia, pero recordaba con precisión que, al escuchar esa revelación, un calor pruriginoso ascendió por sus piernas hasta el abdomen y desató un cólico agudo que casi lo hizo doblar del dolor.
Hasta el propio “Pérez y Pérez” observó la reacción del muchacho con asombro y le preguntó si se sentía bien. Cuando interrogó a su jefe sobre cómo habían tolerado los superiores el incumplimiento en la entrega de la joya por parte de López Huidobro, “Pérez y Pérez” le reveló que el finado solo había entregado una falsificación, de excelente calidad, no lo negaba, y por ello llevó algún tiempo comprender la transfugueada. Para mayores desgracias, quienes no se dejaron engañar por la sustitución fueron sus verdaderos dueños: esos europeos meticulosos que revisaron el rosario una infinidad de veces, porque no bien lo vieron comprendieron que se trataba de una exquisita adulteración.
El rostro de sorpresa del asistente no dejaba duda de su estupor. En la medida en que la trascendencia de esa confidencia se metía entre sus tejidos más íntimos, sintió rodar su cabeza por todos los legajos oficiales hasta la expulsión, al precipicio de la degradación o peor aún. Se sabía un don nadie, un subalterno sin mayores méritos, un administrativo de los estratos más bajos del escalafón. ¡No tenía jerarquía para semejante confidencia! ¡Y esa joya estaba en su caja de seguridad! Si “Pérez y Pérez” le hubiese hecho ese comentario antes de trasladarlo a esa oficina, le habría rogado que lo eximiera de hacer uso de su nuevo despacho; incluso hubiese estado dispuesto a permanecer en el anterior, más modesto, oscuro y sin aire, pero a todas luces más seguro y sin esa condena de esferas lustrosas que lo arrastrarían al fracaso, como el pesado bloque de cemento llevó a la anciana monja a los fondos del río.
Era una responsabilidad desmesurada conservar esa joya en esa caja fuerte, a solo dos metros del alcance de su mano. Nunca hubiese aceptado voluntariamente estar involucrado en ese asunto. Lo exponía gratuitamente a cualquier desgracia.
Al anoticiarse de la partida de su jefe, del acta con su firma falsificada, de los cínicos reclamos de López Teghi, crecieron sus peores augurios, a la par que sus más que justificadas sospechas. Se interrogó si el traslado como su colaborador, la deferencia en el trato con que “Pérez y Pérez” lo gratificó durante un tiempo, no habría tenido como único objetivo involucrarlo malamente en un asunto tan gravoso para la Agencia. ¿Para qué “Pérez y Pérez” lo implicó con sus revelaciones? ¿Por qué ni siquiera se dignó avisarle que partía a un largo viaje y que lo dejaba bajo las órdenes de ese odioso exégeta de las hojas de cálculo?
La caja fuerte estaba a la derecha del escritorio. Miró por enésima vez la pequeña llave que acababa de retirar del despacho de “Pérez y Pérez”, la introdujo inseguro en la cerradura y abrió sin inconveniente la puerta blindada. Comprobó, al borde de la desesperación, que el joyero con el rosario no estaba: la caja de seguridad estaba completamente vacía. Los augurios se hicieron realidad para su desgracia.
Frente a ella volvió a sospechar el pequeño brillo de una más pequeña cámara que lo estaba filmando. A diferencia de la vez anterior, ese destello duró una infinitésima fracción de segundo, mucho más breve que la anterior. Buscó con la vista el origen del reflejo de la luz del ambiente contra el vidrio de la camarita. No pudo hallarlo y se desesperó.
No encontraba en la pared opuesta a la caja de seguridad ninguna perforación que le permitiera afirmar que allí había instalada una filmadora. Ya no estaba en condiciones de determinar si imaginó o vio el brillo de una lente que lo estaba auscultando. No pudo evitar temblar, algo convulso. Consideró que su situación era muy comprometida. ¿Cuál era el sentido de todo eso sino la evidencia de que ya habían penetrado en su realidad hasta el tuétano? Podía asegurar que hasta oyó que alguien, imitando la arenada voz rasposa del difunto jefe, repetía entre carcajadas: “¡Gordo pelotudo! ¡Gordo pelotudo!”.
Trató de recuperar la calma, lo que no le resultaba sencillo. Atribuyó todos esos malentendidos a su paranoia y lo sostuvo con convicción, mostrándose a sí mismo las incongruencias de sus suspicacias y sospechas. Adjudicó a su fantasía la sensación de haber captado el brillo de la lente de una minúscula cámara de seguridad. No había cámara, se dijo convincente. No había cámara, se repitió con energía. No había ninguna cámara ni en su despacho y mucho menos en el de “Pérez y Pérez”. No las había en ningún lado. Solo sus angustias, augurios nefastos, su flaqueza de ánimo lo hicieron imaginar semejante cosa.
No se necesitaba mucho oficio para comprender que a él nunca le hubiera correspondido intervenir en el asunto de esa joya. ¿Cómo se explicaría eso? Tampoco tenía sentido hacer aparecer que él la había robado. ¿Para qué querría ese rosario? Diosdado sabía que era una verdadera condena poseerlo. Además, conocía por boca de “Pérez y Pérez” que el más antiguo e importante jefe militar, quien impartía las directrices de las tareas de Inteligencia, debía parte de su suerte personal a la devolución efectiva de ese trofeo de guerra.
Pero un pensamiento que se le presentó con decisión propia le sugirió otro argumento. Solo se lo estaba desmoronando lentamente, como se derrumba un insignificante castillito de arena o una torre liviana de naipes españoles. Se lo llamaba técnica de desequilibrio, inspirada en el preciso arte del judo. Oyó hablar de eso a los miembros de grupos operativos, y si la memoria no lo engañaba, el desequilibrio recibía el extraño nombre de kuszushi, y a él se lo estaba desequilibrando en todas direcciones, para impedirle afirmarse en un punto sólido y entonces sí poder comprender qué estaba ocurriendo realmente. Eso tenía mucho sentido.
Debía esforzarse por no perder el ánimo en esas circunstancias y no permitir que lo desequilibraran; esa debería ser la clave para sostener la perspectiva acertada de las cosas.
Avanzó en ese mismo razonamiento. ¿Y por qué no habría sido el propio “Pérez y Pérez” quien sustrajo el relicario con el rosario, por alguna argucia que no alcanzaba a comprender, y por ello urdió toda esa maniobra? Después de todo, quien partía a un viaje repentino que le impondría una muy larga ausencia, casi por más de medio mundo —incluyendo la capital de donde era oriunda la monja asesinada—, era ese jefe que posaba por culto y comprensivo, pero que era el más enigmático de todos los demás.
Suspiró fatigado. Miró su reloj pulsera, que latía junto al paso frenético de su sangre cargada de adrenalina. El transcurrir del tiempo, el fluir de la sangre, las respiraciones anárquicas iban pronunciando la presencia del rosario en todas las cosas en que posara sus ojos. Entonces, sus cuentas se agrandaban hasta alcanzar el tamaño de ciruelas lustrosas; su plata se abultaba hasta pesar como un lingote, amenazando soltar las perlas para que rodaran de aquí para allá por toda la Agencia.
López Teghi irrumpió en su oficina sin aviso. Diosdado, de un salto, dejó el asiento; a su derecha, la caja fuerte vacía lo dejó en evidencia ante el iracundo jefe.
—¿Qué pasa, joven? ¿Cuánto me va a hacer esperar? ¿Cree que tengo todo el día para usted? —El muchacho suspiró resignado.
—En la caja de seguridad, señor, no hay nada.
—¿Cómo que no hay nada? Es su caja fuerte, está bajo su custodia, su propio jefe me lo escribió en esta nota, está el documento con su firma, ¡qué carajo! ¿Qué vamos a explicar a la superioridad?
Diosdado solo atinó a bajar la cabeza como un condenado. Balbuceó una explicación que a López Teghi no le interesó en lo más mínimo. Dejó esa oficina como había entrado; tras de sí, un portazo cuyo eco repetido se esparció por todo el pasillo. Los insultos, dirigidos contra el joven subordinado, rebotaron contra los vidrios de todos los cubículos. Los pocos empleados que aún permanecían en sus oficinas y los guardias de seguridad se asomaron chismosos al oír el estruendo de las palabrotas contra “el gordo pelotudo”. Rieron complacidos del escándalo, menos Bibi, que hubiese querido protegerlo, por lo menos en ese breve instante de mala fortuna.

Diosdado se reclinó sobre sus rodillas, tomándose la cara con ambas manos, tratando de imaginar un plan de escape que se le presentaba imposible. ¿Huir?, se propuso. ¿Hacia dónde? Siempre supo que pertenecía a un lugar en el que no había puerta de salida. Solo una, de entrada, y por ella se salía de una sola manera: muerto. En el futuro cercano no había ninguna luz por ningún lado.
Sonó el teléfono interno. Diosdado desistió de atender. No sabía cómo encarar a López Teghi, qué explicarle, cómo explicarle. Un breve instante después, golpearon a su puerta con femenina delicadeza. Reconoció que no se trataba de su enfurecido nuevo jefe. Bibi, la telefonista, reclamó sin abrir la puerta su presencia.
—¿Estás ahí? Llamó el del “doble apellido mistongo”, como dice cada vez que me saluda. Tu jefe ausente te está buscando. Dijo que no puede comunicarse con vos.
Diosdado se puso de pie como impulsado por una fuerza superior. Abrió la puerta con violencia y quedó frente a frente con Bibi, que lo miraba con ternura y una sonrisa apenas dibujada, como con un pincel de acuarela.
—Uh, te cambiaste de ropa —le dijo la muchacha. Diosdado quedó sorprendido por el comentario.
—Bibi, ¿cuándo llamó?
—Recién, recién. ¿Tenés el celular apagado?
—No. Está encendido. ¿Por qué no me pasaste la llamada?
—Mi amor, ¿cómo no te iba a pasar la llamada? Pero no me dio tiempo, habló y cortó. O se cortó la comunicación. No sé. ¿Te sentís bien? No tenés buena cara, ¿sabés? —Pasó su mano por el pecho de Diosdado acariciando la tela color verde pastel—. Te quedaba lindo el traje, aunque el sport te hace más joven.
—Bibi… ¿Te parece que tengo ganas de hablar de ropa?
—No te enojes conmigo, perdoname.
—Tengo un quilombo de aquellos.
—Yo te puedo ayudar.
—No lo creo. Tengo que ir a ver a López Teghi.
—Pero ya se fue. Salió puteándote.
—¿Cómo que se fue? ¿Cómo que se fue? ¡Qué pedazo de hijo de puta! —gritó. —¡Shhh! No digas así, Diosdado, acá las paredes oyen, ven, huelen, me extraña. Tendrías que calmarte. ¿No querés que vayamos a algún lugar juntos?
Diosdado quedó suspenso, tratando de comprender. Parecía que todos los hechos se alineaban en su contra, como astros malignos en busca de su infinita desgracia. No sabía qué hacer. ¿Irse? ¿Quedarse? ¿Esperar el llamado de “Pérez y Pérez”?
—Mirá, Bibi, me gustaría ir con vos y quedarme a tu lado toda la noche, pero López Teghi me tiró un balurdo de último momento y me tengo que quedar a arreglarlo, si no estoy liquidado.
—¡Pobre! ¡Qué lástima! Con lo bien que te vendría salir un poco, despejarte. Si querés me quedo a ayudarte, total yo estoy sola y en casa me aburro como una ostra. Acá todavía me queda un rato, ya se rajaron todos.
Diosdado vaciló, pero escogió no involucrar a la muchacha.
—No, no…, mejor no, te agradezco. Quedate tranquila, andá y descansá. —Dijo sin mucha convicción, y devolvió su vista a un punto indefinido, como buscando la caja y el rosario desaparecidos.
Bibi lo tomó de las manos y las apretó con fuerza. Diosdado pudo sentir el vigor de ese apretón que contradecía la apariencia frágil de la recepcionista. Ella lo besó muy cerca de la comisura de los labios y recogió con la punta de su pequeña lengua unas gotas de cálida saliva del muchacho. “Era esta noche”, dijo, y murmuró casi de modo imperceptible algo sobre lo que podría ocurrir a la mañana siguiente. Luego se marchó cabizbaja. Él no reparó ni en la caricia de su lengua ni en la importancia de sus palabras.
Cerró la puerta imaginando alguna solución extraordinaria. Podría pedir una entrevista con el señor general, a pesar de que no tenía la menor idea de cómo llevar adelante un pedido semejante. Tal vez ese sí comprendiera su inocencia en todo ese entrevero desesperante.
Mientras cavilaba, al correr la vista por su escritorio, dio con el sobre olvidado que Bibi le entregó a su llegada. Reparó en la letra con la que fue escrito su nombre en la parte posterior. Con preciosa caligrafía decía: “Diosdado, Arnold”. Era una letra pequeña, delicada, casi femenina. No la reconoció. Lo abrió con desgano. En su interior solo había una hoja que parecía en blanco. No pudo ocultar su sorpresa. Miró al pie de la misma. En una minúscula letra manuscrita, alguien anotó la dirección del departamento de López Huidobro y la frase: “allí lo espero”.
No resultaba fácil leerla. Era muy pequeña la escritura, primorosa, una refinada grafía solo posible de alguien muy acostumbrado a escribir con pluma fuente. La tinta era de un azul babilónico, punzante y místico. Un azul que se asemejaba al lapislázuli, al azul de ultramar, una tinta solo usada por una lapicera lujosa.
Recordaba esa dirección con precisión. Bastó una vez que su abominado jefe se la dijera para no olvidarla más. Fue cuando debió concurrir a completar los mamotréticos formularios que los burócratas reclamaban a diario, y que López Huidobro aborrecía hasta el odio.
¿Una hoja casi en blanco por completo con solo la dirección del finado y una anónima invitación? ¿Qué significaba?
Llamó a Bibi por el interno para despejar sus dudas, aunque no sabía si la muchacha ya había partido. La chica respondió entusiasmada del otro lado de la línea. El llamado reanimó sus expectativas.
—¿En qué te puedo ayudar, amor?
—El sobre que me entregaste cuando entré…
—Sí, ¿qué tiene, cariño? —sus palabras amorosas esperaban una respuesta que la complaciera.
—No tiene remitente.
—Es cierto, nada, te lo dije, pero no me escuchaste. Nunca me escuchás y yo solo quiero ayudarte. Si me dieras un poco de bola…
—Tiene que haberlo dejado alguien que trabaja acá.
—Claro, amor. Acá no entra nadie que no sea de la empresa. Seguro pasó y lo dejó sobre la recepción. Vos sabés que algunos salen muy tarde y otros entran muy temprano. Pudo haber sido del turno noche o algún madrugador. Se olvidó de avisar. Se olvidó de poner remitente. Se olvidó, pasa, ¿viste? Cualquiera se olvida algo. O se olvida porque es conveniente. ¡Qué le vas a hacer! Pero yo no vi quién fue y tampoco luego recibí ningún aviso, si es lo que te preocupa. Si supiera quién lo dejó te lo diría. A vos no te ocultaría nada —melosa afirmó la telefonista.
—Qué bueno. Quería saber eso. Gracias.
—¿Nada más?
—No, nada más. Después hablamos.
—Bueno… —suspiró decepcionada—. Besitos. Llamame cuando quieras, me quedo unos minutitos más, ya te dije que si querés me quedo con vos o nos vamos juntos por ahí.
—No, Bibi. Andá tranquila. Besos.
—Como quieras. Voy a cambiarme de ropa y me voy si no me precisás. Yo que me traje una ropa tan linda por si querías salir conmigo. Si me ves con esa pilcha parezco la Marilyn…
—Qué lindo. Lo siento, Bibi, otro día, ¿sabés? De todos modos, gracias.
¿Cómo debía considerar la hoja con la dirección de López Huidobro y la invitación a ese domicilio escrita con elegante caligrafía, dentro del sobre enviado a su nombre? No le encontraba sentido. De todos modos, decidió aceptarla: no tenía otras opciones.
La hoja casi blanca con la dirección al pie fue el indicativo, el gran impulso, la invitación, el enigma que lo decidió. Estaba seguro de que era un mensaje que no podía ignorar. A su fatal descubrimiento sobre el rosario de hermosas cuentas negras se sumó el interrogante sobre la nota del sobre con la dirección de López Huidobro y la convocatoria apenas legible, al pie de una hoja en blanco.
Sabía que las cámaras de seguridad del edificio del barrio de Balvanera no estaban funcionando. Ese dato se lo pasó un amigote suyo del departamento de imágenes. También le dijo que gran parte de las filmadoras de la zona no funcionaban porque el gobierno de la ciudad no había reparado varios desperfectos que las sacaron de servicio. Y nadie sabía cuándo volverían a operar. Eso le dio la razón decisiva para arriesgarse a ingresar al departamento del coronel muerto.
Cuando la muerte de López Huidobro, Silverio le dio su llave maestra para que ingresara al apartamento del coronel. Autorizado por quien todavía no era su jefe, pero lo sería a partir de ese día por un breve tiempo, realizó una copia de la misma. “Pérez y Pérez” no quería que Silverio se quedara sin la suya. Ese duplicado siempre estuvo en poder de Diosdado.
Cuando el incidente que terminó con las vidas de Chikatilo y Víbora, supo que López Teghi trató de averiguar si no había una copia de la llave maestra que poseía Silverio en portería, porque el hombrón había desaparecido del lugar y con él la llave. En esas circunstancias, “Pérez y Pérez” le ordenó, con un simple gesto, guardar reserva sobre la existencia del duplicado. Con esa llave entraría al edificio de Once.
Dejó la base algo entrada la noche. Bibi ya no estaba en su puesto de trabajo; su turno había terminado hacía un largo rato y se resignó a la indiferencia de Diosdado, a sus deseos de compartir juntos esa noche. Se había mostrado algo ansiosa con el muchacho al que trataba de atraer de algún modo. Sus repetidas invitaciones no lograron su objetivo.
Aunque Diosdado no lo pudiera percibir, nadie mejor que ella sabía de lo finito del tiempo, de lo breve de la felicidad, de lo frágil de la vida. El muchacho no descifraba el mensaje de su diáfana mirada porque nunca se había detenido a observar esos ojos de tonos ambarinos. Ella podría haberle explicado con solo mirarlo —de haberlo querido él— que sabía que estaba atrapado en un laberinto del que no podría salir de ninguna manera y que, ante la segura adversidad del porvenir, ante la inevitabilidad del destino, lo mejor era aferrarse a un encanto, aunque fuera circunstancial, y encontrarse con el futuro entre calideces y caricias. Para salir de un laberinto hay que hacerlo por arriba, y ella, pequeña y aparentemente frágil, le señalaba con sus mimos ese camino de fuga. Pero Diosdado no estaba en condiciones de apreciar el contenido de sus miradas, ni ella de decir en palabras lo que expresaba en gestos.
Salvo el personal de seguridad, no había nadie en la zona de salida del edificio. Atravesó el pasillo procurando mostrarse sereno y amable, como era su costumbre. Los guardias lo saludaron con leves gestos y él respondió alzando una mano que agitó sin violencia.
Caminó hasta la playa de estacionamiento, que estaba a algunas cuadras de la base. Allí buscó su auto, con el que salió a moderada velocidad hacia Once. El tráfico era fluido: pocos autos, más taxis que particulares y algunos colectivos, todos circulaban sin contratiempos en dirección al oeste. A medida que avanzó por Avenida Rivadavia y se aproximaba a su destino, cambió de parecer. Decidió dejar el auto y llegar en subte hasta Plaza Miserere, y luego a pie hasta el edificio. Estacionó próximo a la Plaza de los Dos Congresos y en Sáenz Peña tomó el subte.
Llevó consigo su celular y su nextel, ambos en modo silencioso, guardados en la mochila que cargaba en su espalda. Cuando descendió en Plaza Once, con las manos en los bolsillos, caminó con paso sereno, como si se tratara de alguien que distendido se dirigía a un encuentro amoroso o a una reunión de amigos. Calzó su gorra de visera generosa, que encubría su rostro con una sombra que se estiraba por debajo de su mentón hasta la nuez de Adán.
A esa hora de la noche, la barba algo crecida pronunciaba la sombra en su rostro, emboscando sus labios gruesos, que habían perdido su condición de resecos y ajadizos, y que Bibi miraba hasta con devoción, humedeciendo los suyos con su lengua cuando imaginaba unirlos sensuales en apasionados besos. Una sola noche de sexo merecido le habría bastado: con solo una noche se habría sentido tocando el cielo con las manos.
Con la llave maestra abrió la puerta de entrada, que cedió liviana y silenciosa. Lo primero que notó al ingresar al hall fue que todo estaba limpio, como cuando Silverio. Un perfume liviano se dejaba sentir fresco en la punta de la nariz. Por un instante, ese aroma le recordó una fragancia femenina que había olido en alguna oportunidad en la propia Agencia, al dirigirse hacia su oficina o en alguno de los despachos vecinos. Era un perfume suave pero característico, distinto de las fragancias penetrantes de los limpiadores de piso. Era un aroma como el vapor de luz de luna, como un pequeño relámpago de pureza.
Era evidente que alguien estaba suplantando en sus labores de intendente del edificio al desaparecido gigantón y mantenía el hall de entrada, las escaleras y los pasillos limpios y lustrosos como lo hacía él. Podía tratarse de personal temporario o por horas. La Agencia no tenía obligaciones con el edificio porque ninguno de sus miembros vivía allí tras la muerte de López Huidobro. Si en alguna oportunidad se decidía acomodar a algún funcionario de escalafón en el apartamento que perteneció al coronel, entonces sí debería reingresar con personal de seguridad, aunque no necesariamente con un encargado.
Subió al primer piso por las escaleras. Sabía que en el departamento “A” ya no vivía nadie. Tras la muerte de Sarita, la vivienda quedó vacía. Se colocó unos guantes de látex que extrajo de la mochila; sobre ellos, otros, para garantizar que sus huellas digitales no quedaran estampadas en ningún lugar.
La puerta debería estar cruzada por tres fajas de seguridad distintas, cada una sellada y firmada por la autoridad judicial y policial. Sin embargo, las bandas de papel estaban rotas. No cabía duda de que alguien había entrado al departamento y no se había preocupado por mantener enteras las fajas. Tal vez fuera quien escribió el recado con fina caligrafía. Las de la puerta principal, en cambio, estaban sanas y bien adheridas al grueso chapón blindado.
Despegó con cuidado las fajas rotas, que se soltaron con cierta facilidad, las enrolló prolijamente y las guardó en la mochila. Después se preocuparía de cómo volver a pegarlas.
Abrió las dos cerraduras de la puerta de servicio. En el departamento no debería haber luz. Cuando concurrió con el Dr. Iniustitiam a rescatar el alhajero que estaba en el ropero de la habitación del muerto, se convino que tanto la electricidad como el gas iban a ser desconectados para proteger la vivienda de un posible accidente. Así, dijo el fiscal, se garantizaba preservar la escena del crimen de un posible incendio. El fuego, como nada, destruye todas las pruebas.
Se sorprendió al comprobar que el suministro eléctrico estaba habilitado. Tal vez un error o un olvido, pensó en ese instante. Una suave luz dentro de la habitación de servicio, allí donde López Huidobro murió, se dejaba ver por la rendija debajo de la puerta.
Con sumo cuidado jaló el picaporte y comprobó que no estaba cerrada. No recordaba si el fiscal la había dejado sin echar llave. Abrió apenas una hendija por donde vio que la luz encendida correspondía a la lámpara de brazo extensible que daba sobre la cabecera de la cama de una plaza. Pero ese no fue su descubrimiento más significativo. Por el espacio que dejaba la puerta entreabierta, pudo ver el mueble que resguardaba el freezer con su tapa alzada por completo, y la del propio refrigerador, del que salía algo de vapor helado también. Si quien lo convocó ya estaba dentro del departamento, al dejar abiertos tanto el mueble como el freezer, iluminados con esa luz cruda de la lámpara de la cabecera de la cama, le estaba advirtiendo que la muerte de Podestá era la razón de su convocatoria. La exhibición del interior del freezer mortuorio no dejaba lugar a dudas.
Razonó que la habilitación del suministro eléctrico no era, a la sazón, producto de un olvido o un error. Muy por el contrario, era una acción deliberada.
Sus presagios, sus malos augurios, se atropellaron en su cabeza con tanta potencia y frecuencia que lo anestesiaron, insensibilizando por momentos sus reflejos. En su impulso, no le dictaban una defunción como la vez de López Huidobro, cuando repetían incluso juglarescos “está-muerto-está-muerto”. Eran mezquinos e imprecisos en sus anuncios o, podía conjeturarse, especulaban con no abrumar al joven con sus revelaciones para evitar que se desesperara por lo que le prometía el futuro.
Salvo en la habitación de servicio, el resto de la casa estaba completamente a oscuras. Extrajo de su alforja una pequeña linterna que habitualmente no usaba. Se trataba de una del tipo militar, de luz muy potente. La lámpara del patio al que daban el baño de servicio, el lavadero y la puerta a la cocina-comedor no iluminaba. Diosdado supuso que se habría roto. Encendió su linterna e iluminó el camino para dirigirse hacia las habitaciones del fondo, donde dormía López Huidobro y estaba su escritorio.
Atravesó la cocina-comedor y de ahí pasó al living-comedor. Movió el interruptor en varias oportunidades, pero esas luces tampoco encendían. Avanzó hasta el distribuidor que llevaba a la habitación donde dormía López Huidobro, el baño, su escritorio y la habitación de huéspedes, en ese orden, contando desde la izquierda. En el distribuidor tampoco había luz.
Diosdado estaba convencido de que alguien, tal vez el desconocido que le proponía el encuentro, se ocupó de suprimir todas las luces de la casa, salvo la de la habitación de servicio. No deseaba enredarse en conjeturas. Nervioso, sudando e imbuido de pésimos augurios, descartaba que todo se debiera a simples coincidencias. ¿Qué podría descubrir en ese lugar? ¿Qué podía esperar en él?
Entró a la que fuera la habitación de su antiguo jefe. Descartó revisar las otras dependencias —el baño, el escritorio y el vacío cuarto de huéspedes—. Sabía que el asunto estaba en la habitación de López Huidobro: las señales provenían de allí y eran tan significativas que no daban lugar a ninguna duda.
A pesar de que estaba seguro de que allí tampoco había luz, movió el interruptor de la lámpara del techo. Como lo previó, no se encendió ninguno de sus seis focos. Con su linterna iluminó el cuarto.
Percibió en el piso, del lado izquierdo de la cama vista de frente y delante de la mesa de noche, una diferencia intensa en el color de la madera, una diferencia que se presentaba intermitente. Aparecía y desaparecía según la luz le diera de lleno o de costado. El efecto lo confundió. Por eso decidió bajar hasta pegar su cara casi al piso. Esas manchas no estaban cuando el hallazgo del cadáver de López Huidobro, de eso tenía plena seguridad.
No recordaba que, en ninguna circunstancia posterior al hallazgo, se hubiese derramado algún líquido por accidente, ni que se tratase de fluidos químicos que los forenses usaron en sus investigaciones. Trató de oler esas sombras para adivinar si su perfume se asemejaba al de la sangre coagulada. Pero no era ese el olor que percibía. Solo olía a posibilidad, a porvenir, un perfume que no todas las personas pueden reconocer con precisión.
Se incorporó para quedarse de pie, solo moviendo la linterna de un lado al otro. La potente luz le permitió adivinar unas largas franjas, algo angostas, que nacían precisamente frente a la mesita de luz y se estiraban hacia afuera en dirección a la puerta que daba al distribuidor. Atravesaban el pequeño ambiente y salían hacia el living-comedor para adentrarse en la cocina-comedor, por donde había pasado instantes antes. La oscuridad conspiraba y no le dejaba asegurar plenamente de qué se trataba.
Alumbró por un buen rato el piso frente a la mesa de noche y al lado de la cama matrimonial. La sombra de esa mancha —o la pretensión de sombra de un lamparón sangriento—, por voluntad propia, se abultaba adquiriendo volumen y aspecto de fragmentos de tejidos. Eran dos turgencias que salían del piso, se pintaban de brillos rojos y parecían albergar una sustancia sólida que se proponía como restos de masa encefálica. Dos montoncitos húmedos que respondían a la trayectoria de dos disparos certeros que salían de un arma inesperada y atravesaban, por encima de unas cejas no muy tupidas, una sien lustrosa y despejada.
Dudó de su visión. Como sus augurios estaban desbocados, lo que crecía en su cabeza no eran las certezas sino las confusiones. Pensó en tocar las prominencias con las yemas de sus dedos, apostando a que tal vez el tacto le devolviera la seguridad que sus ojos no le daban. Pero desistió al instante de la iniciativa. Tan solo al aproximar sus dedos, surgió la imagen de alguien arrastrado fuera de la habitación; por eso las manchas se estiraban en dirección a la puerta y seguían su derrotero hacia el otro extremo de la casa.
Ayudado por la linterna militar volvió a iluminar el cuarto, lo hizo con lentitud, observando los detalles de la cama, su espaldar y los dibujos de las puertas del elegante ropero. Apagó la luz y cerró los ojos, aspiró profundo; volvió a sentir ese perfume que lo recibió en el hall de entrada y que asoció a una fragancia femenina que no lograba recordar dónde la había olido.
Cuando abrió los ojos nuevamente, las protuberancias sanguinolentas habían desaparecido y también las huellas de sangre que se dirigían hacia el distribuidor y de allí al living-comedor. Esa visión, conjeturó, era producto de su estado de ánimo, de los sucesos premonitorios que lo afectaban desde la mañana, cuando las exequias del finado jefe. No había visto ninguna mancha, sino el anuncio de que allí estarían cuando fueran llamadas a dejar evidencia.
Precedido por la potente luz caminó hacia el living-comedor. Allí, en cambio, las manchas se recreaban insistentes como gruesas pinceladas rojas, una especie de estela hostil de aspecto coagulado.
Consideró si no resultaría prudente regresar a la habitación de López Huidobro y comprobar cuál de sus visiones era la correcta: si aquella por la que la sangre y los tejidos cerebrales se presentaron ante sus ojos, o la de la fragancia suave y femenina que cosquilleaba la punta de su nariz con delicadeza. Pero prefirió seguir ese nuevo rastro que se le revelaba al frente. Frotó sus ojos para comprobar si estaba ante una nueva visión o si, por alguna travesura de las luces y las sombras, las líneas aquellas se trazaban aprovechando las rectas de los dibujos de la amplia alfombra que cubría el piso de la habitación casi de lado a lado.
A medida que las iluminaba, nuevamente agachado casi hasta rozar el piso con su rostro para observarlas de cerca y detenidamente, concluyó, por su color y brillo, que también eran anuncios de futuras sangres.
Al mirarlas tan de cerca, las comprobaba húmedas en su superficie, donde hacían como un lomo liso y curvo y prometían ese extraño reflejo que la sangre hace al someterse a la luz directa. Con seguridad, supuso, debajo de la alfombra el fluido permanecería líquido durante algún tiempo, porque el poliéster evitaría su rápida evaporación. El departamento, al permanecer cerrado todo ese tiempo, se mantenía muy frío; desde el hallazgo del cadáver de López Huidobro, el sol no iluminaba el interior porque todas las ventanas fueron herméticamente selladas.
Las manchas seguían por la amplia cocina, llegaban hasta la puerta de la habitación de servicio y desaparecían detrás de ella. Pero esas manchas, y de ello estaba seguro, no las vio cuando ingresó minutos antes. Una salpicadura sugería la huella de un calzado de un pie de talla más bien pequeña que pisó la sangre y dejó su traza estampada en el piso de cerámicos. Era un pie derecho; no encontró la que debía corresponder al izquierdo. Una curiosidad entre tantos acertijos.
En ese lugar de la casa, las manchas de sangre se abundaban unas a otras. Como convocadas por un conjuro, abandonaban su quietud e iban y venían de la habitación de servicio a la de Podestá, con absoluta soberanía. La puertita del ropero abierta dejaba ver su pirograbada sentencia: “ahora las mucamas a la cocina”.
Diosdado debía hacer un esfuerzo notable para no dejarse confundir por ese tráfago de fluidos y visiones de sangres y tejidos que deambulaban de aquí para allá insinuantes. Cuando lograba fijar su vista en uno de los acontecimientos espectrales, bordes de sangres como esas mismas sangres trazaban la silueta del rosario robado, que ganaba en sustancia hasta hacerse tangible en medio de la penumbra. La plata, entonces, se hacía hueso, aunque no lo pareciera, y los eslabones, carne, aunque no lo pareciera. Un alma retorcida reclamaba su infierno, y el Cristo ausente del crucifijo roto no acomodaba ninguna bendición entre sus cuentas para el condenado que lloraba brazas minúsculas por las cuencas vacías de los ojos. Por su uretra eyaculaba una pasta lacrimógena y ardiente, y el condenado reía exigiendo agujas, jeringas y juanas de arco para acabar orgásmico con sus sufrimientos. Así, sus lágrimas candentes que caían de las oscuras órbitas no servían para llorar ninguna pena. Por el contrario, se vanagloriaban de la herejía de su dueño, quien despotricaba contra dioses y santos, mientras clamaba por un martillo con que hacer añicos las vulvas femeninas. Su alma, tomada desprevenida por un arcángel vengador, se resumía como un pequeño pañuelito incapaz de asumir un arrepentimiento humano, que deshiciera casi un maleficio que brotó de la monja mientras caía esa noche hasta el cauce profundo del río.
A Diosdado esos espectros de sangre se le hacían rosario, y el rosario le pesaba como un circuito de piedras de sangre que lo advertían de su propia suerte, carneado de tantos augurios que pasaban de un lado a otro de sus músculos, como atravesado por una ráfaga carnívora. Luego, las manchas que iban y venían a su antojo le pasaban por sus cinco sentidos, lo dejaban como estatua muerta y machacaban la garganta, mutilando las palabras, amurallando los ojos hasta cegarlos por completo, aherrojando los sonidos que quedaban mudos y las ideas aprisionadas para siempre.
Volvió del rosario hasta las manchas y de las manchas a sus premoniciones, y adquirió una pizca de lucidez. La lucidez le ordenó salir de allí y escapar del tormento, deponiendo las bravuras que nadie le reclamaba.
Pero un acertijo lo asió de sus sospechas. Le dijo limpiamente: “¿Quién terminaría allí, nuevamente acomodado, inerte, en el mismo freezer donde se sepultó a López Huidobro, intoxicado?” Le preguntó exigente, demandó una respuesta. ¿Quién?
Pero no debía descifrar el acertijo, no, no debía. Sabía que el acertijo era la trampa. Debía huir, sí, como escapa la flecha inesperada que vuela desde su punta de piedra sobre el preciso inserto.
¡Huir! ¡Huir! ¡Huir! Tres veces y antes que el día se anunciara con sus patéticos finales. ¡Huir! ¡Huir! ¡Huir! ¡A tiempo! ¡Antes que el simple pronóstico se hiciera acción!
Pero Diosdado allí quedó, como suspendido en el tiempo, oliendo ese perfume femenino que se hacía cada vez más familiar, y el rosario que se hacía cada vez más sangre y la sangre cada vez más rosario. ¿Huir? ¿A dónde?, se preguntó. Sabía que no había respuesta posible. Por eso, en ese preciso instante de pregunta sin respuesta, alcanzó la serenidad de quien comprende la esencia de esos oscuros sucesos. Estaba él ante una máquina brutal alimentada a sangre, observando cómo se presentaba el futuro con sus venas abiertas.
Trataría de abandonar el apartamento y salir con mucho cuidado hacia el pasillo, bajaría por la escalera apenas rozando sus escalones de mármol. Se calzaría nuevamente la gorra amplia de visera generosa que cubriría su rostro de alguna inoportuna cámara de seguridad pública o privada y ocultaría su rostro solo por no hacer evidente lo que ya era sin lugar a dudas. Al dejar el edificio caminaría en dirección al microcentro sin prisa, en busca de una estación de subte, para ir a cualquier lugar a despejar su mente. Luego se haría de su auto y partiría en un viaje sin retorno, sin prisa ni entusiasmo. Quería ver la luz del día al menos una vez más.
Cerró la puerta de la habitación de servicio, dejó encendida la luz de la lámpara y abiertos el mueble y el freezer, que ventilaba una humedad más cadavérica que al principio.
Al apoyar su mano en el picaporte de la puerta para salir al pasillo, un mensaje de texto hizo vibrar el nextel. Lo miró con intriga. ¿Bibi? ¿Podría ser Bibi quien llamaba a esa hora, esperando una invitación a tomar algo? ¿Y por qué no ir con ella a beber un trago y hacer el amor toda la noche? Necesitaba estar entre unas piernas de mujer, dentro de una vagina cálida y húmeda, acogedora, y moverse uno y otro al ritmo de una música apenas murmurada.
¿Y si el mensaje fuera de “Pérez y Pérez”? ¿Podría ser su jefe reapareciendo tan misterioso como había desaparecido?
Leyó con atención el texto, breve y significativo. Decía: “Génesis 4:10”. Se confundió. Nervioso buscó su celular para guglear la frase. El nextel repitió en letritas negras: “Génesis 4:10”, como si alguien lo tuviera a la vista y siguiera sus nerviosas reacciones.
El Google, como un oráculo de voz virtual salida de un éter de microprocesadores, respondió a través del celular: “Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano? Y Él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.”
Diosdado se dejó caer sobre la pared que estaba a su diestra; con la espalda apoyada contra ella se deslizó hasta quedar sentado en el piso. Recordó aquello que López Teghi le imputó a su jefe sobre la muerte del coronel López Huidobro: “Usted lo puso ahí para que lo maten.” Recordó la lista de los Caínes, la dimensión de los descartables, el repudio de los discrepantes. Comprendió entonces la nota con la invitación. Y hasta pudo oír la voz de López Teghi afirmando: “Usted está aquí para que lo maten, como a su jefe, gordo pelotudo.” Y sonó entonces la voz rasposa de su extinto jefe aprobando la afirmación del burócrata de las planillas de Excel. Entre carcajadas salidas de un pozo sin fondo, oyó con claridad: “¡Gordo pelotudo! ¡Gordo pelotudo!”
Un nuevo mensaje vibró serpentino en el nextel. Diosdado leyó: “Éxodo 21:24”. Y seguido: “Dios no bendice a los engreídos”. ¿Tenía algún sentido guglear para saber el significado de la cita del Éxodo? Lo descartó de plano. Los sabores de unas llagas purulentas le ganaron la boca, junto al olor a humedad de una cadavérica morfina congelada. Como si su verdugo supiera que se desentendió del contenido del versículo, un nuevo mensaje llegó para revelarlo: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”.
El último mensaje que recibió y que leyó lo motivó a una sonrisa resignada, la sonrisa de quienes se saben muertos, aunque aún no ejerzan su deceso.
Sonó el nextel. Sonó el celular. Callaron. Nuevamente sonó el nextel. El WhatsApp de su celular repiqueteó unas campanas que alteraban, como siempre, su estado de ánimo. Diosdado sonrió resignado. Las campanas replicaban mientras el nextel vibraba excitado. Algo más repuesto atendió el llamado.
—¡Diosdado! ¡Muchacho! —exclamó paternal “Pérez y Pérez”, repitiendo el tono con el que le habló aquella vez cuando trataron de Hemingway y Donne.
—Señor…
—¿Ya descubrió qué le sugieren esos sonidos de las campanas sonando con alguna estridencia?
—Sí, señor.
—¿Y qué le dicen?
—Me hablan de Hemingway.
—¡Hemingway! ¡Hemingway! Muy amigo de los republicanos y comunistas en España. De los revolucionarios contra Batista que dirigieron Fidel Castro y el Che Guevara, a los que les dio dinero y armas.
—Me lo dijo, señor, lo recuerdo.
—Hemingway zafó porque era un premio Nobel. No era tan fácil ni para Hoover, mire lo que le digo. ¿Usted qué premio ganó, Diosdado?
—Ninguno, señor, ninguno.
—¿Escribió alguna novela memorable?
—No, por supuesto que no.
—Lo suponía. Aunque debo decirle que lo suyo no fue un fracaso. Saludo a un agente doble que alcanzó con éxito la misión que le dieron. ¡Viva, Diosdado! ¡Viva!
Diosdado se mantuvo en silencio.
—¿Me escucha, muchacho?
—Lo escucho, señor.
—Lo felicito… lo felicito. Y si lo felicito yo, usted debería sentirse más que reconfortado. Lo suyo fue importante para sus compinches. Lo reconozco. Oportuno, diría; creo que la palabra correcta es “oportuno”. Fue usted quien cambió en el radiograma la orden operativa al coronelucho ese que capitaneaba los comandos. Usted alteró la dirección en la que debían dirigirse las tropas para capturar a “La Reliquia”. Era a la izquierda y no a la derecha. Un simple cambio de dirección y el resultado fue completamente diferente. Un toque maestro. No por aquí, sino por allá. Lo felicito.
Si quiere vanagloriarse, le digo que no pude averiguar hasta ahora cómo hizo para hacerse del mensaje y cómo logró cambiar el texto que el encriptador envió al coronelucho. No podía irme de viaje sin felicitarlo. No necesito descubrir su trampa porque siempre supe que usted es la trampa. Sus embustes ya no tienen futuro, pero nobleza obliga… ¿Puedo darle algunas precisiones? ¿Me lo permite?
—Claro, señor.
—Siempre supe quién era usted. Cuando lo reclutamos lo sabíamos a ciencia cierta y por eso le abrimos las puertas de la Agencia. Lo dejamos andar, lo tomamos como a un experimento interesante. Nosotros lo pusimos en el camino de López Huidobro. Le permitimos husmear algunos archivos, lo observamos hasta risueños. Usted fue para nosotros como un cobayo al que observábamos desde distintas perspectivas. Y lo monitoreamos tantas veces que se volvió rutinario, y la rutina siempre conduce a la holgazanería. Por holgazanes fuimos livianos, tanto que al final creímos que usted era insignificante, que no tenía una inteligencia muy superior a ese patético cobayo que gira y gira sin remedio en una rueda corriendo sin ningún destino.
—Reconozco que su aparente falta de carácter, su manera casi minusválida de actuar nos indujo a error. Me corrijo autocrítico: me indujo a error. Lo subestimé. Lo subestimamos. ¡Claro que lo subestimamos! Yo, justamente yo, me tragué el cuentito del “fofo”, del “gordito pelotudo” de risita tonta y cólicos enternecedores… Usted no resultó un verdadero “gordo pelotudo”, como le decía su odiado jefe López Huidobro. No resultó un ser tan insignificante como aparentaba: nos hizo creer lo que usted deseaba que creyéramos. Posó como un cobayo y resultó una víbora. Me rindo ante usted, que supo manipular nuestra soberbia.
El encriptador, cuando se lo reclamamos, supo rastrear el origen de la nota que le llegó y comprobé, no sin asombro, que provenía de un circuito organizado por usted. Una falla inexplicable. En una estación controlada solo por usted se modificó el mensaje. Una filmación de seguridad lo muestra durante su actividad. El cine es un recurso extraordinario, debo reconocerlo. Se lo ve tan activo, tan preocupado de su tarea. Si se lo pregunto, obviamente, no me va a decir cómo supo del contenido de la orden que fraguó.
Creí que tenía un cómplice, pero no pude encontrarlo. ¿Usted es un solitario, un “todoterreno”?
El muchacho se mantuvo en silencio, escuchando el largo discurso de “Pérez y Pérez”. Sabía a ciencia cierta que toda la conversación estaba siendo grabada. Lo que no sabía —y no podía saber— era que técnicos al servicio de “Pérez y Pérez” aislaron la comunicación para que la gente de López Teghi no pudiera grabarla.
Diosdado no podía deducir por qué razón “Pérez y Pérez” le decía todo aquello, pero recordó una de sus primeras lecciones cuando se incorporó a la logia: con el enemigo no se dialoga. Y era lo que estaba haciendo.
—Tenía la ilusión de ofrecerle un trueque razonable —continuó “Pérez y Pérez”—. Usted me revela cómo fueron sus procedimientos, cómo hizo para acceder al telegrama, quién se lo dio, cómo le llegó, y yo le prometo que vivirá. Es solo un intercambio generoso de mi parte. Valoraría tanto que usted me aleccione de su metódica mentira, de su engaño prolijo. Mi deseo es siempre aprender y, vaya ironía, al final tengo que aprender de usted. Es una victoria de la que debería aprovecharse. ¿No querrá desasnarme?
Diosdado se mantuvo en silencio. Sabía que no había trueque alguno.
—Quid pro quo, muchacho, quid pro quo. —El hombre esperó resignado un buen tiempo. Diosdado se mantuvo en perfecto silencio, respirando con pausa y controlando sus emociones.
—Suponía su silencio, no me sorprende. El deber del agente doble es cumplir la misión sin revelar sus procedimientos. Si es atrapado: nombre y número de documento, nada más. Todo falso: nombre falso, pasado falso, sentimientos falsos.
Comprendo su silencio, pero sepa que me apena verdaderamente. ¡Qué desilusión! No sabe cuánto deseaba aprender de usted para proteger a la Agencia de un nuevo error. Me piden que lo entregue a los interrogadores; hay mucha gente ansiosa de ponerle la mano encima. Creen que torturándolo a usted les permitirá llegar a los repliegues oscuros de la infiltración. Hay tanta propensión a la violencia en este mundo. Asimov dice que la violencia es el último recurso del incompetente. ¿Leyó a Asimov, Diosdado?
—Poco, señor.
—Voy a terminar creyendo que está flojo en lectura.
—He dedicado mi atención a otros libros.
—Qué pena no tener más tiempo para hablar de nuestras lecturas. ¿Qué me responde, joven? ¿Lo arrojo a los inquisidores para que satisfagan en su flagelación sus comprensibles sentimientos de odio hacia usted? ¿Lo arrojo a las manos de todos ellos que no sabrían apreciar el trabajo de un doble agente que cumplió su tarea?
Diosdado no respondió. —Arnold, Arnold. Soy el único que comprendió el significado de su apellido. Falso, ¿verdad?
—No, señor, es mi apellido —mintió sin convicción. Él no eligió ese nombre, ese apellido, ni inventó la falsa historia familiar. Nunca supo quién tuvo esas ocurrencias para definir su perfil.
“Pérez y Pérez”, al escuchar la negativa, sonrió con tanta energía que, a pesar de que el joven no podía de ningún modo verlo a través del auricular, pudo deducir el brillo de su dentadura en la noche cerrada. —Qué curioso. Debería pensar que me miente nuevamente, pero dadas las circunstancias voy a creerle. Mentira más, mentira menos, nada cambiará el resultado final de esta ecuación. Arnold… Arnold… El traidor… el gran traidor. Siempre creí que era una humorada de sus superiores. Pero, a diferencia de aquel, usted no se entregó a los brazos de sus enemigos y se mantuvo fiel a sus ideales de “libertad”. Diosdado Arnold… Diosdado Arnold… Respóndame…
—Señor…
—¿Lo envío a la mesa de torturas o no? —Diosdado se mantuvo en silencio—. Usted es un hombre de suerte. Hoy no estoy demasiado vengativo. Para nada. Estoy hasta… magnánimo. Sí, magnánimo. —Lanzó una breve, pero cínica sonrisita—. Próximo a este viaje por las capitales del mundo civilizado, con un pie en la escalerilla del avión, dispuesto a apreciar los logros del mundo “globalizado”, ese mundo que hace orinar en inglés a López Teghi de pura emoción invertebrada, me vería obligado a dejarlo en manos de ese energúmeno exceliano. Sería como colgar un Van Gogh sobre una letrina. El trazo y el color inconfundible de un Van Gogh en medio del olor a mierda de un excusado de campaña. Un despropósito.
Estoy convencido de que no vale la pena. No sabría apreciar con quién trata, ni siquiera lo torturaría con esmero, porque toda diligencia requiere de recursos y los mejores torturadores son caros, muy caros, valen por la información que saben extraer. En este mundo capitalista, ¡todo es mercancía! Hasta la tortura.
Desde hace unas horas he decidido acogerme a las restricciones presupuestarias de López Teghi para ahorrar dineros y esfuerzos del personal de la Agencia. Sacar a los torturadores de sus camas a esta hora equivaldría a pagar horas extras que López Teghi se va a negar a validar o que tendré que explicar con largos escritos e insoportables reuniones. Ya puedo oírlo gritando como un loro mañoso: “¡Y por qué no lo torturaron en horario de trabajo! ¡Y por qué no lo torturaron en horario de trabajo!”
De todos modos, mis colaboradores ya descubrieron la fuga y la repararon definitivamente. Es todo lo que López Teghi deberá saber. ¡Adiós, agente doble! ¡Adieu, mon ami! Su tortura sería un placer que no estoy en condiciones de darme en este momento y que no dejaré en manos de ningún exasperado como López Teghi. ¡Comprenda el favor que le hago, Diosdado! No puede haber nada más triste que morir en la mesa de torturas sobre las hojas de unas planillas de Excel que repiten fórmulas inútiles mientras, con una calculadora, deducen la cantidad de energía eléctrica que se utiliza contra un condenado y a cuánto ascenderá la factura del servicio eléctrico que habrá que pagar por ese consumo. ¡Con el aumento que hemos padecido de las tarifas de electricidad!
Para mi mayor disgusto puedo verlo a “El Morro” acariciando la vanidad de ese estúpido con sus combinaciones de ácidos y venenitos, y susurrándole a sus oídos qué bonitas son las púberes a las que viola en un descampado de la zona oeste de la provincia. Esos hombres me desesperan; cada uno, a su forma, ofende mi inteligencia. En cambio, usted provoca mi respeto. —“Pérez y Pérez” infló sus pulmones reteniendo el oxígeno por unos largos minutos y exhaló con fuerza. Con voz calmada retomó el diálogo.
—Una última cosa, Diosdado, antes de despedirme de usted.
—Qué, señor.
—Solo por mencionárselo, noté que nunca comprendió una información crucial.
—¿Cuál, señor? No sé de qué me habla.
—Que lo esperaba apenas abandonó el cementerio. De saberlo, tal vez hubiera intentado huir. Y eso que recibió no sé cuántas advertencias, cuántas insinuaciones para llamar su atención. —Diosdado no sabía a qué se refería el hombre.
—No podía saber qué me esperaba al regresar del cementerio. No tenía quien pudiera proporcionármela. No había nadie que estuviera en condiciones de advertirme, aunque no creo que me hubiese decidido por la fuga.
—Pero, muchacho, muchacho… tuvo tantas advertencias y no reparó en ninguna de ellas. Le aseguro que en esa oportunidad me decepcionó. Parecía obnubilado, distraído, apremiado. Usted no apreció los detalles.
—Tal vez, señor. ¿A dónde hubiera podido dirigirme de haber comprendido esas señales de las que usted me habla?
—No lo sé, Diosdado, no lo sé. Su soledad no me enternece, se lo confieso. Pero siempre hay una posibilidad de escape si uno sabe apreciar los detalles.
—Lamento no haber comprendido esas señales.
—La soledad… la soledad… Víctor Hugo diría: “El infierno está todo en esta palabra: soledad”.
—Mi soledad no ocurre en el sentido al que se refiere Víctor Hugo.
—¡No me venga con que estaba espiritualmente unido a los hombres de su clase! —“Pérez y Pérez” escuchó con claridad el suspiro del muchacho—. Usted estaba solo, demasiado solo, se lo aseguro. El hombre solitario y la perversa maquinaria de muerte de su enemigo. Usted contra todos nosotros, contra todos los recursos del Estado. ¡Mire si estaba solo! Yo creo en aquello de que un hombre aislado se siente débil porque lo es. ¿Usted, Diosdado?
—No, señor.
—Mejor suerte tuvo el coronelucho ese que escapó a su castigo porque le soplaron lo que le esperaba. Se llama “camaradería”, una condición que enternece a todos los uniformados. Camaradería, algo de lo que usted no puede disfrutar por su aislamiento. La camaradería, para usted, es una entelequia, algo posible pero no tangible. Un ideal, un asunto de la ideología, no de la vida práctica. ¿Sabe cómo supo el coronel de lo que le esperaba?
—No, señor.
—Porque se lo avisaron sus compañeros, sus camaradas. Apenas un soldadito fue necesario para hacerle llegar aviso al hombre. Pasó desapercibido entre tantas charreteras y medallas de latón. Las informaciones más importantes pueden llegar a sus destinatarios eludiendo sofisticados mecanismos. Le avisaron y supo escuchar.
—Solo las cosas simples resultan exitosas —dijo Diosdado, repasando una sentencia que en más de una oportunidad “Pérez y Pérez” le repitió.
—¡Maravilloso, Diosdado! En esta conversación de confidencias le voy a confesar un detalle. La segunda vez que “La Reliquia” escapó fue gracias a ese coronel que la dejó pasar con su comitiva sin molestarla. La primera vez se debió al cambio de órdenes en el que usted intervino, pero en la segunda oportunidad que se presentó para su captura y muerte, usted no podía de ninguna manera impedir que la Agencia cumpliera su objetivo. Sin embargo, el torbellino de tierra y banderas maravilló al coronel; estoy obligado a creer que le removió un sentimiento que tenía a resguardo desde que ingresó al Colegio Militar. El factor humano. ¿Leyó el libro, Diosdado?
—Sí, señor.
—El factor humano, así de simple. Cómo se revela el destino a cada uno es un verdadero misterio. ¿No le parece? ¡Alégrese, relicario! ¡Todavía hay personas que creen en la Patria! ¡Usted cree en la Patria! Y morir por la Patria siempre es maravilloso.
“Pérez y Pérez” se llamó a silencio. Durante unos minutos que al muchacho le parecieron demasiado largos, de una dimensión extraordinaria, los dos hombres solo se dedicaron a escuchar la respiración uno del otro. Eran breves, cortas y rítmicas.
—Diosdado, ¿me oye?
—Sí, lo oigo, señor.
—Lamento que no haya leído el poema de Donne.
—También lo lamento, señor.
—Le digo unos versos para su satisfacción, antes que inicie el camino de la purificación: ¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe? / ¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Apenas terminó de recitar ese verso, “Pérez y Pérez” interrumpió la comunicación. Diosdado escuchó con claridad el repiqueteo de las campanas de un WhatsApp que sonaba en la habitación de Podestá. Miró hacia el pequeño distribuidor. La puerta del baño estaba abierta de par en par. Recordó que decidió no revisar ni el baño ni las otras habitaciones, y dedujo con tranquilidad que su convocante allí estaba, agazapado, esperando cumplir su orden. El llamado de “Pérez y Pérez”, con seguridad, le indicaba que llegó su tiempo.
Diosdado se incorporó con lentitud y caminó sigiloso hasta la entrada del distribuidor. El perfume de mujer era más penetrante que el primero que olió a la llegada al edificio y luego ya en el departamento. Una voz conocida, algo aguda pero suave y dulce, lo llamó por su nombre. “Diosdado”, dijo, y repitió “Diosdado”, como el suave sonido del roce de espinas y hojas de un rosal imprevisto.
Entró en la habitación donde la cama matrimonial de Podestá guardaba su recato y elegancia. No precisó su linterna: las seis lámparas de la vieja araña que pendía del techo se encendieron al unísono a su ingreso. Sobre la mesa de luz, un teléfono celular con una cubierta de silicona rosa no dejaba de sonar esas campanadas que hostilizaban sus nervios como pocas cosas. Caminó hasta él, al tiempo que se liberaba del par de guantes que guardó en el bolsillo derecho del pantalón, y lo apagó. Respiró aliviado.
La voz volvió a pronunciar su nombre con tanta delicadeza como la primera vez. Giró para reconocer el rostro de la voz que lo llamaba. Los dos disparos entraron precisos en su frente, cada uno encima de cada ceja. El arma, con silenciador, no le dispensó ni un leve sonido que lo advirtiera de su ejecución. Cayó sobre la mesa de noche y de allí al piso con cierto estrépito. Al instante, bajo su cara, se formaron dos prominencias de sangre y cerebro en estado de licuación. Si no estuviera muerto, hubiera comprobado lo acertados que eran sus presentimientos en esa habitación momentos antes. También hubiese sentido esas manos demasiado fuertes para una persona de una anatomía que hasta parecía adolescente.
Sin perder tiempo, su verdugo arrastró el cadáver atravesando el distribuidor, el living-comedor, la cocina-comedor, hasta la habitación de servicio. Dos trazos gruesos de sangre y tejido se dibujaron a lo largo del trayecto. La alfombra deslizó bajo sus felpas los fluidos para conservarlos algún tiempo gracias al frío que gobernaba las habitaciones desde la muerte de su propietario. Un guante de látex quedó abandonado en el camino sin que el asesino se percatara de ello.
Derrotando las apuestas que los otros sicarios hicieron en su contra, introdujo sin dificultad el cuerpo de Diosdado en el freezer; lo acomodó con poco esmero, pero no se le podía reprochar la falta de encanto en el momento de la sepultura del finado. Cerró la tapa del refrigerador y luego la del mueble color caoba; echó llave a la cerradura empotrada con elaborado cuidado en la parte posterior, y repasó con una franela el bargueño. Apagó la luz de la lámpara extensible y salió como flotando por la blanca puerta de servicio. Dijo: “Era esta noche”, y agregó: “No te jactes del día de mañana”.
Quiso tenerlo entre sus piernas, dentro de su vagina cálida y húmeda, y escuchar esas músicas irreconocibles mientras el amor se escabullía entre fluidos. “Era esa noche” y no otra; el muchacho no comprendió la importancia de ser invitado. La muerte no reconoce nuevas oportunidades.
Beso de Judas la mañana de Judas, la tarde de Judas, la noche de Judas única e irrepetible; la lengua recogiendo dos pequeñas gotas de saliva en la comisura de sus labios. Noche de libido caliente calibre 22 que, en dos besos precisos, uno sobre cada ceja, erotizó en fulminante deflagración, latiendo al ritmo de un corazón privado de una congoja.
Bajó por la escalera con pie liviano, como de pluma, leve y suave como ninguna, o como aquella que cayó y cayó desde esa altura iracunda e inmedible hasta la impávida vereda inapelable.
Descendió hasta el hall que lucía limpio y perfumado, donde se miró en el espejo del recibidor tan incitante como vaporosa, con sus piernas delicadas, sus caderas que se mostraban por primera vez tan armoniosas y sus senos pequeños pero insinuantes, con sus pezones erectos como dos uvas jugosas.
Acompañó la cadencia erótica de su andar, acentuada por sus zapatos de taco aguja exageradamente altos (que la hacían más alta de lo que en verdad era), con el movimiento de sus finos brazos envueltos en una especie de gasa algo transparente, que terminaban en delgadas manos. Llevaba una cartera o bolso de tamaño mediano que oscilaba acompañando el paso elegante de su andar, y dentro de ella el arma que acababa de usar para asesinar a Diosdado.
Caminó irradiando una luz propia, y a su paso los transeúntes se detuvieron para observarla, curiosos y sorprendidos, tal vez recordando la imagen de otra mujer tan etérea como esa, de quien nunca más recuperaron su figura.
Avanzó con la cabeza inclinada mirando hacia la vereda, debajo de una gran capellina blanca que hacía como una prominente visera y escondía su rostro en el misterio. Solo se apreciaban sus labios delgados, pincelados en carmesí o rojo sangre, y un mentón delicado que se curvaba como la fruta apenas madurada.
Delgada, sensual, plenaria, caminó como suspendida en el aire liviano de esa noche de árboles, de humos, de vestuarios extraños, dejando una estela que aspiraba a ser sorbida para brindarse.
Se marchó hacia la avenida, donde la esperaba un elegante coche negro de vidrios polarizados. Subió al automóvil y se perdió rumbo a la Avenida Santa Fe, tal vez a tomar un trago en un boliche amable. Pero en esa noche no haría el amor con ningún hombre. Quería conservar el gusto de la suave saliva del beso último, cuando rozó con su lengua la comisura de los labios del joven Diosdado. Era esa noche y no habría otra. Si hubiese prestado atención, lo tendría caliente dentro suyo.

***

XXXII – Papeles de colores (final) 


A modo de sonata, en dos movimientos
y un interludio simple 


Primer movimiento
Alleluia en colores, con el alma
Moderato 


Cuando se disipó el bochorno del funcionariado que invadió las orillas mansas del río que llevaba puesto el cielo en cabellera de espumas opalinas, los purretes se dedicaron a hurgar por las basuras que dejaron apiladas aquí y allá, sin miramientos. Los más viejos protestaron semanas por la roña que los visitantes desperdigaron en todas direcciones.
Muchos sonreían, cuando al pasar los últimos soldados que retornaban de su fracaso, la bandada de niños escondidos atrás de árboles y arbustos les gritaban burlones: ¡fuera gringos! ¡Fuera!
¿Somos gringos?, se preguntaba el coronel que marchaba a Buenos Aires convocado por el fracaso. Pero ellos no eran gringos, sabía que no lo eran. La confusión entre hermanos, surgida por desvíos del poder, es causa de tremendas desgracias en las patrias que aún se deben su completa independencia. La libertad no es moneda de cambio ni para quien porta uniforme. Ya lo dijo el Padre de la Patria: maldito aquel que alza su sable contra su hermano de patria americana.
Caras morochas, rechonchas y achinadas desmentían al piberío que jugaba a humillarlos, considerándolos intrusos llegados de lugares extraños. Después de todo, hasta qué punto, se preguntaba el coronel, no se habían comportado como verdaderos gringos, al incursionar en los villorrios buscando a un fantasma del que nadie iba a ofrecerles ningún dato. En muchos lugares, los fantasmas son patrimonio de los desposeídos y los cuidan como a primos cercanos. Y él mismo vio pasar la polvareda celeste y blanca, y miró hacia otro lado, distraído por si acaso, y negó ante sus jefes haber visto o sabido algo del asunto.
Mientras el último soldado daba la espalda a las travesuras de los niños, llovían papeles de colores. Nadie sabía de dónde llegaban esos papeles colorinches. Volaban. En el crepúsculo, eran pájaros de papel, multicolores, abandonados por los oportunistas que ya habían partido en secreto como los mentirosos.
Llevaban estampadas palabras de luz, de fuegos, de existencia. En sus picos graciosos las palabras pendían como verbos descalzos, restituyendo esplendores a lo que fue dicho hacía mucho tiempo. Palabras laminadas en puros materiales ancestrales. Sus letras retorcidas eran cuerdas que a cuestas llevaban las ideas a la desembocadura de un río de sabidurías.
Los oídos escuchaban las oraciones que se enarbolaban unas a otras en las viejas bocas de los viejos del pueblo, viejos de pura piel de sol, como unas cáscaras iluminadas, ciegas, encandiladas, que encendían amores que parecían perdidos, que fueron amores americanos, antiguos como las antiguas piedras, cuando el Hombre vagaba libre por ríos y llanuras, montañas y arboledas, desiertos y mesetas de la Patria Grande, arrebolada y pura.
Cada papelito se vaciaba en la mano arcillosa de quien lo sostenía. Jugaba en su aleteo silábico perfecto. Y si sus sílabas al vuelo se derramaban: Como polen de libertad, Cálculo del trabajo, Temporal de tierra, Humus de amor, Paz de sueños,
los rudos dedos acariciadores las halagaban como se halaga el rostro suave de un ser hecho de aguas secretas, aguas enhebradas en cristales espumosos, que minúsculos surubíes batían con sus aletas de abanicos, mientras remojaban sus barbillas alegres.
Los mayores dejaban danzar los textos con unción devota sobre la ruda palma de las manos. Y veneraban sus danzas como a una extraviada madre.
Madre de sol,
Madre de agua,
Madre de sal,
Madre de tierra.

Allí donde solo buenas raíces auroran, y prometían velar de amores los porvenires, como el guerrero vela las armas y el santo la oración.
Los niños miraban curiosos a los viejos. No eran indiferentes, porque los niños no pueden ser indiferentes por naturaleza. Solo que apenas silabeaban, a empujones de la maestra del pueblo, unos silencios de alas, unas ramas de estrellas, unos perfumes minerales, que ella les enseñaba a leer y garabatear en palotes octópodos, como arañas salidas de imaginarios renglones.
Cuanto más se enamoraban las palabras de las palabras, los mayores reían entre lágrimas. Y bastaba observarlos para comprender que estaban próximos a romper en verdaderos llantos de emoción contenida. Solo por verles la expresión, los niños apuraban la juntada de los papeles y los iban apilando cuidadosos, para que cada adulto se decidiera por un montoncito y leyera, lacrimógeno, el mensaje estampado en cada uno de ellos.
Había uno largo.
Un rollo que se hacía sagrado
cuanto más se lo miraba.
Estaba depositado
Con el lomo hacia arriba,
Crucial cangrejo, pálido,
En cenizas rojas,
El espinazo arqueado,
Esperando que alguien
Le quite el desamparo
Con el que algún bribón
Lo abandonó a su suerte.
No era ni grande ni pequeño. Era un rollo. Simple, si se quiere.
Cuando las manos de los niños se le fueron encima, tomó un perfume que exóticas flores echaban a bocanadas, y un olor a otoño le siguió vaporoso y cesó sus tornasoles definitivamente.
Y los colores mutaron caprichosos en lágrimas: de sangres, de polvos, de carbones y gotas y sudores. También en lágrimas de muertos gloriosos en batalla, pero los niños de ellas poco conocían.
Los colores fueron por demás convincentes; se desvistieron de todas las fragancias, y desnudo papiro invitaron a los mayores a desplegarlo, como se estira un camino hacia su propio destino. Pero nadie se atrevía a tomarlo. Todos sospechaban de la rudeza de sus manos. Desesperaban de sus dedos agrestes, que quebraran colores y quebraran olores, hasta desaparecer el rollo como a una ceniza subterránea.
Al final, los más sabios se decidieron por convocar a la maestra del pueblo. Ella tenía manos pequeñas, empetalados sus dedos, y ojos grandes, de pupilas redondas como argollas nupciales. Manos de tejedora y ojos de aves de un imperio verde. ¡Y leía desde su alma con entusiasmo para viejos y niños!
En las vísperas de fechas importantes solían encomendarle los discursos. Y cuando sospechaban que el tumulto de banderas se aproximaba al pueblo con su polvareda en azul, celeste y blanco, y repetía el rito de su izado primerizo cerca del Rosario; cuando el eco de canciones patrias venidas de muchas leguas y de distintas direcciones aturdía los paisajes con sus sones marciales, ya no alcanzaba con leer las proclamas de la patria ni con el discurso de la frágil muchacha, sino que todos afinaban el garguero para cantar el himno hasta desgañitarse.
La maestrita llegó con su bagaje a cuestas: sus modos suaves, sus manos de racimos de plumas y sus ojos atentos. Tenía aspecto de María de Remedios, casi mulata, de tez redonda y brillante como sus ojos. Si “La Reliquia” la estuviera observando, la confundiría con ella y la convocaría a su lado.
El más viejo del pueblo, el anciano calvo y sin dientes, puso en sus manos con delicadeza el rollo. Lo seguía una luz salida de entre la arboleda, tras el muro verde que desde sus copas destinaba esas luminiscencias que parecían efervescencias de luz brotadas entre sus hojas.
La muchacha desenrolló el carrete de misterios. Los espectadores hicieron un pasillo para que el papel pudiera extenderse sin prejuicios. Se hizo un suspenso rumoroso. Alzó la vista para mirar a su ansioso público. Todos creyeron ver una lágrima que se meció un instante en sus largas pestañas. Con voz clara, tan suave como firme, leyó con delicadeza de rocío lo que parecía un fragmento de una biografía que tenía nombre propio y grado de general ganado en la batalla.

Interludio simple
Cantabile

De todos los confines de la Patria se hizo un canto.
Canto de montaña, voz de piedra.
Canto de llanura, voz de trigo.
Canto de río, voz de agua.
Canto de Malvinas, voz de islas.
Canto de mar, voz antártica.
El canto se hizo Hombre.
Y el Hombre fue montaña y fue de piedra.
Y el Hombre fue llanura y fue de trigo.
Y el Hombre fue de río y fue de agua.
Y el Hombre fue Malvinas y fue de islas.
Y el Hombre fue de mar y fue de Antártida.
Y el Hombre fue bandera.
Y la bandera dijo
En palabras de piedra,
Trigo, agua, isla, hielo,
Que vino a romper
Las cadenas de los carniceros,
Las que oprimen a muerte
A los Hombres hechos tierras
De las que fueron
A sangre y fuego despojados.

Segundo movimiento
Finale
Allegro con brío

“Nada importa saber o no saber si he estado o me he ido o llegado sin partir jamás y aquí he venido, llorando la espesura que cargo en mis gastados ojos. ¡Ay, patria mía! Lamento, y destilo por mis arrugas cierta amargura por no completar la obra aquel entonces.
La vida es río, rayo, cóndor, alucinación, perfume. La vida es bandera, encordillerada, atávica, trémula, pura. Que ungida fuera a la ribera del río, contradiciendo a los mandones que la aherrojaban a las tinieblas.
He cabalgado en el lomo de una langosta gigante hacia los confines de los cuatro puntos cardinales de la revolución, allí mismo donde el grito sagrado se hizo pura empuñadora. Me despeñé en manga, nube de langosta, sobre el enemigo guerrero y volví a la pampa de Ayohuma, a sorber la derrota trago a trago, y sus erizos de lanzas que cortaron mi boca en todas direcciones, solo por saber qué gusto tenía la sangre del patriota en la derrota.
(La sombra de Fernández Campero me comulgó varias veces en medio de sus tinieblas de torturas mortales. Besé sus huesos apolillados de jamaicas humedades, solo por darle alivio a su destierro.)
Mi alma se refugió en Titiri, entre cerros y montañas sujetadas una a otra por unas viejas raíces que esperaron germinar hasta Tumusla. Allí, en una iglesia recubierta de fárfaras secretas, recaté los tesoros. ¡Tiriri y Macha altoperuana! Nada de ronca espada lanceolada, nada de pólvora en relámpagos crujiendo entre las chispas del disparo certero. Solo recato en Dios y la Santísima Virgen que cuidaron los emblemas para siempre. Esquivando un Olañeta póstumo que deliraba carnívoro, un virrey asesino, fermentado en delirios de rencores eternos, iracundos, esclavizadores.
¡Tiriri y Macha altoperuana! Allí donde el hombre se hizo cántaro y escurrirse guerrillero entre sables y macanas fue su modo de asistir hasta el cielo sin desmayos. Y la mujer se hizo azote terminal en viento y agua, y fue su modo de salvar la descendencia.
Y la paz fue una espera, demás está decirlo, que se hizo interminable. Mientras la muerte, en colonial garrote vil, a sangre dilatada, se repartía hasta el último descendiente de los rebeldes empapados de sol, el mismo sol del que pendían en hilos las cenizas-semillas del Túpac Amaru, flameadas desde la Plaza de Armas del sojuzgado Cuzco.” 

Cenizas-semillas que multiplicaron combatientes, chocando contra las brutas armaduras de los mismos conquistadores, repetidos como resucitado espectro de otros espectros hasta su derrota final, inapelable.
Eran conquistadores bebidos de licores de oro. Bebidos de licores de plata. Bebidos de licores de diamantes y esmeraldas, por los que se enjuagaron la boca en la trémula sangre deliciosa de deliciosos niños en sus cunas.
No pertenezco a esa cierta clase de hombres que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismos, y ni un solo instante han concedido a los demás. ¡No pertenezco a esa cierta clase de hombres! Que no saben de lágrimas. Que no saben lo que es llorar cristales en hieráticas púas, puras amatistas en pedazos de un cuarzo que, en encarnadas sangres, corren como barros por ajadas mejillas, solo por amor a la patria.
Hombres que nunca honraron a los demás hombres y cerraron sus párpados para espantar sus ojos de las penas atrapapenas de otros que degollaban sus futuros en batalla.
¡Oíd, mortales! ¡Oíd, mortales, el grito sagrado! ¡El grito de rotas cadenas eslabonadas en sangre de los martirizados! “¿No los veis sobre México y Quito arrojarse con saña tenaz? ¿Y cuál lloran bañadas en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz?”
Vengo aquí de vuelta del retorno a pie, descalzo, casi desnudo, oliendo a nada final, inoculado hostil, todo engrillado, casi podridos mis tobillos gordos y mis muñecas abiertas de par en par de arterias serpentinas, a servir de ejemplo que se imite, o de lección que retraiga de incidir en mis defectos. Repetí el verbo aprendido, intrépidamente y sin reparos, propio rondón de orgulloso argentino “a vosotros se atreve”, e hice un Tucumán y Salta y un Vilcapugio y Ayohuma. Por dar testimonio, descendí a los infiernos y ascendí al altiplano, y coroné en Tucumán los brillos de una promesa hecha mucho antes, cuando al inglés altivo en su derrota le dije de mi boca: ni amo viejo ni amo nuevo, ningún amo.
Se ha dicho por los sabios que llenan las palabras de aciertos bautismales, y dicho muy bien, “que el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir”; porque desengañémonos, la base de nuestras operaciones siempre es la misma, aunque las circunstancias alguna vez la desfiguren.
Yo emprendo en decir mi vida pública, que es vida de patria. Solo por servir desvelé las noches y los días hasta que hidrópica mi suerte me tumbó hacia el final de un ostracismo aparente.
Puede ser que mi amor propio acaso me alucine con el objeto que sea útil a mis paisanos, y también con el de ponerme a cubierto de la maledicencia; porque el único premio a que aspiro por todos mis trabajos, después de lo que espero de la misericordia del Todopoderoso, es que los hombres que sucedan hombres no entreguen nunca su bandera.
Creo en hombres nacidos de un esperma y un óvulo fertilizado en afilados bríos, cuando estíos de amores en pampas, mesopotamias y estepas sonaban sus lanzas, mucho antes de la amarga conquista. Piedra, madera, agua delegada, sueño que trepana altivo y murmuroso, inolvidable para siempre, eterno, de padres a hijos, sus destinos entregan, soñando de pura independencia americana.
Creo en mujeres y hombres que fueron amasados en lágrimas de tierra y ríos, de mujeres y hombres sublevados defendiendo sus tierras a punta de tacuara.
En las riberas ateridas de ingleses inflamados, soñando una conquista que se pulverizó a bala, mosquete, puñal y aguas hervidas. Niños, mujeres, viejos, como brutas lagartijas que sus largas pezuñas hundieron en las blanqueadas carnes del agresor infame, y que encendieron los ánimos hasta las orillas mismas de la revolución soñada.
Aquí he nacido, en Buenos Aires, la que siguió a Chuquisaca en el grito libertario. Honré a mis padres, don Domingo Belgrano y Peri, conocido por Pérez, natural de Onella, y honré a mi madre amorosa, doña María Josefa González Casero, natural también de Buenos Aires.
¿Morí en Buenos Aires? Así quise, pero no he descansado. Nunca. Morir es otra cosa. No soy mera estatua huesuda de corajes, en un sarcófago de gritos de incertidumbre a tientas. Ni vale mi herencia una elemental monarquía.
Soplando extiendo el anchor de la bandera que debe cubrir exuberante todos los anhelos. Soy afán, pluma, garra, muchedumbre, fibra. Flameo como un aullido que se sostiene altivo, calcáreo, espeso. Aullido a la intemperie, ronco. Aullido que tritura en su solo tronar las amargas cadenas del esclavo.
Soy un relámpago preñado en furia de bandera, que no puede ser arriada por mercaderes rabiosos, los que venden la libertad por monedas. Nunca será visto. Si así fuera, ahí mi muerte llegaría miserable. Me volvería gusano. Un general de pobres acontecimientos. Un olvido asediado a cuchilladas.
Por eso vivo, binario, bicolor, abrupto de auroras y futuros. Para rodearme de pañuelos y chisperos. Para convocar a los muertos que no mueren, a los ausentes, a los desaparecidos. A sus mitades, a sus mortajas, a sus miembros trozados, a sus degolladas cabezas altivas y parlantes, a los matadores de la muerte, ¡a todos! A los que siempre vuelven a beber el brebaje insurreccional que inicialó la patria.
La revolución es mi morada, la batalla, mi modo de existencia. ¡Miren mis manos hidrópicas! Se aferran a lo humano y lo destinan. La revolución es mi morada, allí se hazaña un cielo de futuros. ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡Tierra! ¡Todos! ¡Asid el Partido de la Independencia y no dudéis en la completa victoria!
Vuelvo a preguntaros como entonces, porque veo las lágrimas brotar de vuestros ojos: ¿Por qué lloráis? ¿Conque al fin hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aún flamea la bandera de la patria. La victoria solo está acurrucada a vuestro lado. ¡Despertadla!”

Nota

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita del cometa sus ojos cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla, la muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad,
Por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas,
doblan por ti.

John Donne

Bibliografía
Beecham, Thomas
Belgrano, Manuel. Autobiografía
Belgrano, Manuel. Epistolario belgraniano
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Cena, Juan Carlos. El Ferrocidio.
Cena, Juan Carlos. Ferroviarios: sinfonía de acero y lucha.
Corrales, Antonia J. Epitafio de un asesino.
Fontanet, Patricio (Callejeros). “Creo”
García Lorca, Federico. “Llagas de amor”.
Khamseh, Asghar. Fire of hatred, (Fuego del odio)
Kramer, Heinrich y Sprenger, Jacobus. Malleus maleficarum
López Dzur, Carlos. “Rezo de Torquemada, el Inquisidor”
Mitre, Bartolomé. Arengas
Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano
Roseler, Gustavo. Breves de la historia argentina.
Rubén Darío.
Rubin, Sergio y Ambrogetti, Francesca. El jesuita: conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio.
Shakespeare, William. Obras completas
Toole, John Kennedy. La conjura de los necios.
Vizoso Posse, Jorge Manuel. Las batallas del General Manuel Belgrano. Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma


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