Adiós, princesa – 2ª fase

Adiós, princesa – 2ª fase

Tres años después de conocer a Celia

Esta mañana me llamó mi abogado. Hoy es domingo, el día de la semana que se asocia al descanso, a la desconexión con el mundo. No es el más apropiado para haberme comunicado que el juez que se ocupa de mi caso emitirá el lunes una orden de prisión preventiva y tendré que ingresar en la cárcel.

No entiendo nada de leyes. Le pregunté cuánto tiempo podría durar mi encarcelamiento pero no me respondió con claridad. He aprendido que los abogados son parecidos a los médicos, no siempre cuentan lo que saben; quizás lo hacen por prudencia, por no anticipar el miedo o por guardarse un as en la manga como los magos con el conejo de su chistera. Ya habrá tiempo de dar las malas noticias en toda su dimensión sin filtros ni tamices. Prometió decirme más cuando tenga los papeles y las condiciones de mi ingreso estén claras.

Después de hablar con Serrano, su desapego cae a plomo sobre mi ánimo. Hace unas semanas, cuando la prisión era una hipótesis poco probable, confiaba en una salida, en que la espiral que engullía todo a su paso se diese por satisfecha y me diera un respiro. La mala fortuna se ceba conmigo, me persigue. Se abre un vacío en mi estómago como si hubiera padecido el hambre de mil días. Me siento en mi sofá gris y miro a través de la ventana. Fuera, Madrid continúa viviendo arrastrando su estridencia, ajena al cataclismo que se cierne en mi vida.

La necesito a mi lado. Pero Celia, no está en casa. No hemos dormido juntos. Hace cinco días cogió un vuelo a Alemania. “¿Estarás bien?”, me preguntó tras el beso fugaz. Llevaba en su brazo sus traducciones y el trabajo que expondría en la convención que la arrancaba de mi lado. “Claro, tranquila. En unos días estarás de vuelta. Te recogeré en el aeropuerto”, le había respondido.

Ya no será así. Tendrá que volver en taxi a su piso del centro. Dudo si enviar un mensaje avisándole de lo que acaba de decirme Serrano. No puedo tenerla cerca pero al menos, me quedará su preocupación. Saberla rogando por mí, me reconforta. Es un amor limpio, sin contaminar; el amor de Celia.

El sonido del teléfono me arrebata la calma que intento mantener como una balsa de salvación. Es Ingrid. Debe de haberse enterado de todo por Serrano. Normal, es ella quien paga la minuta del abogado, la tiene bien informada. Dejo que suene y no contesto. Sé que va a insistir pero no quiero hablar con mi madre. El peso que desprende, incluso al teléfono, se enredaría a mi alrededor y no tengo a Celia para ayudarme a deshacer los nudos. Me enfrento al cristal de la ventana y el frío del vidrio me atraviesa. No me estremezco; no siento nada. Es el mismo frío que hace tiempo traspasó mi pecho, mis brazos, mi cuerpo.

¿Dónde estás, amor, ahora que te necesito tanto?


Un año después de conocer a Celia

Atravesábamos nubes cargadas de tormenta y el avión oscilaba en pequeñas sacudidas. Celia me dijo que se encontraba mal. Quise ser cariñoso acercando mis labios a su oído pero no me contestó. Como único signo de afirmación, apoyó su mano en mi brazo, una mano caliente, recordatorio de que, a pesar de su mareo, seguía siendo la misma. Mantuvo su silencio con la cabeza volteada hacia la ventanilla y los ojos cerrados, hasta que aterrizamos. La isla nos recibió con la comparsa de lo habitual: el calor húmedo, el ir y venir de los turistas, camisetas de colores, chanclas y tacones; las maletas que no llegaban, buscar un taxi que nos acercara al hotel. Nada desconocido para mí. Sin embargo, en esos momentos, cada inconveniente era mal recibido; una molestia insoportable. En aquel tránsito apenas intercambiamos cuatro palabras. Celia se parapetó tras sus gafas de sol. Cuando la miraba, elevaba sus ojos y me sonreía apoyada en mi brazo. Se aguantó hasta el hotel y, una vez allí, ya no pudo más.

—Marcos, me encuentro mareada, tengo náuseas —me dijo.

—Ahora te tumbas tranquila y descansas un rato —contesté enlazando mi brazo alrededor de su cintura en un afán de apropiarme de su malestar y liberarla. Los dos sabíamos que no había demasiado tiempo para ese reposo necesario. La boda se celebraría la mañana del día siguiente y si Celia no se recuperaba, uno de los dos tendría que llamar a la novia para decirle que no podríamos ir a la ceremonia. Se enfadaría, eso seguro. Elena Alonso no era mujer que admitiera inconveniencias inoportunas. Además de la novia, era la madre de Celia, dos títulos que le otorgaban autoridad suficiente para ofuscarse y opinar. Ella y Arístides se hospedaban en la suite nupcial, en el mismo hotel que nosotros y otros invitados a la boda. Querría acercarse a nuestra habitación para ver a su hija, asegurarse de su malestar, de la gravedad de su mareo; le quitaría importancia.

Celia se había tumbado sobre la cama, sin levantar la colcha. Opté por concederle una tregua sin preguntas que no tendría ganas de contestar. Es una mujer muy sensible a los cambios, como si su cuerpo se rebelara contra altitudes o calores excesivos no previstos. Por entretener el tiempo, sobre la cama libre, abrí una de las maletas pero el ruido de fondo trajinando con nuestras cosas la espabiló. Se incorporó sobre uno de sus brazos desnudos. Su pelo castaño se había soltado de la coleta y parecía haber llorado.

—¿Qué pasa? —preguntó asustada.

—Nada, duérmete otra vez. —Y me acerqué a arroparla con la parte libre de la colcha que cubría la cama—. Siento haberte despertado —añadí en un susurro.

Pasé mi mano por su frente húmeda y tanto debí de reconfortarla que cayó sobre la almohada como en estado de coma; sus ojos de nuevo cerrados, envueltos en una aureola azul. Me mantuve a su lado, sentado en la cama, mirándola. Acurrucada con la mejilla sobre su antebrazo, parecía una niña pequeña. Me hubiera gustado besarla pero no me atreví por miedo a despertarla otra vez. Transcurrieron unos minutos en los que su respiración se calmó. Pareció dormirse y por no importunarla, me quedé quieto con la cabeza apoyada en el cabecero de la cama. Caía la noche y por la ventana abierta entraba un aire ligero. Pensé que lo mejor era salir a pasear mi espera por el jardín y relajarme con el deambular de la gente que llegaba y se iba. Solo acerqué mis labios a su oído, como hiciera unas horas antes, y le dije en un hilo de voz:

—Me bajo a la terraza. Si necesitas algo, llámame. Dejo tu teléfono sobre la mesilla.

Entreabrió los ojos y me miró unos segundos para retornar a ese sopor que yo, inoportuno, había interrumpido.

Salí cerrando la puerta con cuidado y bajé hasta la recepción. Encontré cierto revuelo, algunos huéspedes que llegaban pero ninguno conocido. Lógico, pensé, la mayoría de los invitados estarán en sus habitaciones colocando sus galas en los armarios y la novia, como una abeja reina inmensa y poderosa, preparándose a conciencia para salir del brazo de Arístides que la adoraba de esa forma incondicional que solo algunos hombres son capaces de ofrecer. En casi todo, aquel hombre transigía con Elena. Era de esperar que la boda se hubiera previsto conforme a sus gustos y apetencias. En realidad, nada nuevo o diferente; siempre había sido así desde que conocí a la madre de Celia.

Me resultó fácil retornar a ese momento de mi pasado puesto que había tenido lugar hacía un año, en esta misma isla, cuando no hacía ni dos semanas que había conocido a la hija. En aquellas vacaciones, algunas mañanas, Celia bajaba la escalera de madera que llegaba a la playa con una bolsa al hombro, calado su sombrero y protegida la vista por unas gafas que le daban el porte de una celebridad. Yo entretenía la mirada a pesar de que, al primer vistazo, hubiera quedado descartada. Y es que no tenía nada que ver con el tipo de mujer que normalmente me atraía, no por fea o sobrada de kilos, demasiado bajita o falta de una talla mínima de sujetador, sino porque era de las que yo enmarcaba en la categoría de mujeres inaccesibles. Demasiado esfuerzo para un resultado en ningún caso garantizado.

Así se hubiera quedado, como la bella imposible por ausente y nada consciente de la presencia de los hombres ni en esa playa ni en el mundo. Parecía que huía de lo que la rodeaba solo pendiente de su libro y su teléfono. Si coloqué a Celia en el tabloide de las desechadas, no por ello dejé de observarla. Me gustaba ver cómo se movía. Pausada y lenta, sin prisas. El reloj se tomaba su tiempo cuando bordeaba su silueta, sus manos sujetando un libro con los dedos para no perder la página. Ahora sé que no me cansé de entretener la mirada por haber encontrado una estampa de armonía no fingida, como quien deposita la mirada en un atardecer y queda atrapado por los consabidos colores anaranjados y violetas. Pero hace un año, no sabía ni esto ni otras muchas cosas que averigüé más tarde de otros y de mí.

Una semana antes de tomar el avión de vuelta, continuaba disfrutando de la vista de la mujer desconocida sentado en un sillón de la terraza del hotel donde ambos nos hospedábamos. Fue una de aquellas noches, ocurrió porque me pilló desprevenido. Sencillamente, no lo esperaba, menos de una fémina que parecía aletear un metro sobre el suelo en un vuelo que la librase de los pesados de este mundo. Levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia mí. Ese breve gesto unido a su sonrisa casi me hizo saltar del sillón. Sin saberlo, ella jugaba con ventaja. No hay cosa que más enardezca los sentidos y despierte el sexo dormido que la impresión de poder alcanzar lo inaccesible. Todo se junta: la lujuria y la avaricia, la soberbia y la vanidad; todos ellos pecados capitales vinculados a la seducción.

No lo pensé y me acerqué. Hablamos un rato en una conversación trivial. Girada hacia mí, con gestos lánguidos utilizaba sus manos al hablar. Poco a poco, la tensión del primer acercamiento fue cediendo, aflojando sus cuerdas entorno a los dos. Me fascinaba la imagen de su cadera inclinada sobre el taburete. En cada cruce de sus piernas balanceaba su cuerpo. Andaba pendiente de esos giros sutiles cuando pronunció una última frase de despedida. Ella hablaba y yo no la escuchaba. Solo la miraba, de pie, elevada sobre sus sandalias. Sin embargo, no me salté los pasos marcados de antemano, los conozco bien y constituyen un decálogo necesario para no meter la pata en los primeros acercamientos. Sin esperarlo, conseguí que aceptara cenar conmigo la noche siguiente. Aquel encuentro cambió todos mis planes de regreso. Para mi sorpresa, Celia me encontró interesante y me hizo un hueco en su cama del hotel. No podía creer en mi buena suerte; todavía ahora, sabiéndola conmigo, en ocasiones la observo a escondidas y cruzo los dedos a mi espalda en un absurdo gesto supersticioso, invocando a mi buena estrella para que no deje de verme con los ojos benévolos de aquella noche.

En nuestros primeros días juntos en la isla, me anclé a la mirada de Celia. Lo que más he agradecido de esta mujer es que unió las piezas sueltas del tapiz de mi existencia. Sobre todo porque cuando la conocí, algunas personas se mantenían en una cuerda floja que no sabía cómo sostener. Casi todas han sido mujeres, y unas cuantas me han dejado. Creo que cuando se daban cuenta de que yo no soy lo que parezco, se sentían decepcionadas o traicionadas. No lo sé. Lo cierto es que desaparecían dejando atrás una barra de labios, alguna prenda íntima abandonada en mi cuarto de baño, una camiseta o un olor sibilino que había penetrado más allá de mis sábanas de algodón. A todas las he echado de menos de alguna manera, aunque no en el sentido amoroso del término, eso sería absurdo e infantil. Con un gesto, una palabra o una caricia dejaban algo de ellas sumado a mis días que, al recordarlas, me hacía sentir feliz por haberlas conocido.

Mi madre, Ingrid, aparte de a Celia, solo ha conocido a una de esas efímeras mujeres. Una azafata a la que apenas recuerdo. Su rostro se ha desdibujado en difusos contornos. Me queda un color de pelo y el destello de unos ojos grandes. No hubo tiempo para mucho más. Ingrid hizo acto de presencia en un encuentro propiciado por el afán de pesquisa que despliega cuando alguna fémina comienza a dejar su huella en mi tiempo. Quiso acompañarnos a una exposición en el museo Thyssen, creo que era sobre los impresionistas. Vive en el norte de Madrid aunque nació en una ciudad en el centro de Alemania que desconozco. A pesar de la distancia y la pesadilla del tráfico, llegó con una puntualidad meridiana. Cenamos juntos y charlamos de cosas concretas, tangibles; pocas veces nuestras conversaciones divagan sin rumbo intercambiando soplos del día, nimiedades de las que tomamos conciencia solo al contarlas a otro que nos escucha. Conseguí relajarme y disfrutar de la cena. Creí que todo iba bien, que nos estábamos comportando como seres civilizados en un educado intercambio de gustos y opiniones. Fue la última vez que vi a mi azafata. Lloraba frente a su portal cuando me despedí de ella, sosteniendo un pañuelo para acallar sus lágrimas. Un llanto desconocido. Era la primera vez que lo hacía en mi presencia. Quise justificar a Ingrid. “Es así, no le hagas caso, es alemana y son distintos a nosotros. En fin, mujer, no te lo tomes a mal”.

Quizás yo estuviera acostumbrado al carácter de mi madre y dejaba a un lado la dificultad de los demás con ciertas cosas suyas. Siempre ha sido así. Cuando nos vemos, la llamo Ingrid y ella a mí Marcus. Es la única persona que no ha traducido mi nombre al castellano. Le gusta pronunciarlo con énfasis, acentuando la “u” final como una distinción sobre los demás. Está muy orgullosa de su origen germano, de su hijo, de todo lo suyo. Bueno, de todo no. De mi padre nunca se enorgulleció. De niño, no podía evitar mirar a aquel hombre pequeño y que un sentimiento de congoja me llenara el pecho. Ingrid llegaba a casa tras las clases de matemáticas que impartía en la universidad y mi padre y yo salíamos al parque del barrio. Subido a los columpios, me empujaba en cada vaivén alentado por mis gritos de alegría. Se hacía de noche y volvíamos corriendo. Me cogía de la mano para no dejarme atrás. Cuando llegábamos a casa, Ingrid se enfadaba: “¿Qué horas son estas?, el niño tendría que estar ya en la bañera”. El tacto de la mano de mi padre arrastrándome escaleras arriba era cómplice de nuestra travesura. Los rebeldes que llegaban con retraso se regodeaban porque se habían divertido. Eso me queda de él. Después se divorciaron. Mi padre se fue de casa aunque durante un tiempo, venía a verme y volvíamos a nuestros columpios. Al principio, mi madre no puso objeciones a sus visitas; hasta que una tarde vino con una mujer y les acompañé a tomar un café en el bar de nuestro parque. Me pareció muy guapa y simpática, más joven por su forma de hablar, por su risa. Es increíble pero todavía recuerdo su olor, como a flores. Ingrid se enteró de la nueva presencia y le prohibió a mi padre que relacionase a la mujer conmigo. Fue una etapa gris y triste. En el rincón de mi habitación, lloraba, entre hipos silenciosos, con un llanto casi mudo. No quería que mi madre escuchase mi lamento.

Con el paso del tiempo, mi padre y yo nos hemos distanciado. Le veo un par de veces al año y en los primeros instantes, me alegro sinceramente de nuestro encuentro. La última vez incluso sentí el impulso de abrazarle. Al rato, esa alegría se va deshaciendo y se transforma en una languidez que nos hace despedirnos cansados de estar juntos. Le veo alejarse hacia su coche o el taxi que le espera. No logro imaginar a mis padres juntos. No sé por qué se casaron. Aunque algunas preguntas tienen, a veces, una explicación muy sencilla.

Hoy en día, me doy cuenta que ha sido la presencia de Celia la que ha catalizado estos cabos sueltos levantando el telón de fondo descendido desde que era un niño. Lo pienso y creo que lo que ha ocurrido es que esta mujer traía consigo el bagaje que le había otorgado tener una madre como Elena Alonso. Me hubiera gustado adquirir con la edad la capacidad que ella tiene para apartar a las personas que no le gustan y traerlas de vuelta cuando encajan con las circunstancias. Yo soy mucho más torpe. Las disonancias me desconciertan y aunque intento buscar vías de escape, la mayoría de las veces me quedo atascado sin saber cómo salir del atolladero.

La vuelta a la isla para asistir a la boda de Elena y Arístides me provocaba esas mismas sensaciones incómodas. Fuera del hotel, sentado en una silla junto a la piscina, tras una vegetación que despedía olor a retama, pensé que lo lógico era llamar a Elena. Seguro que esperaba una llamada avisando de nuestra llegada. Lo más prudente era adelantarme para que no despertara a Celia con su teléfono. Pero sabía que esta llamada no sería posible. Creí haberme librado del miedo y la inquietud furtiva, pero todo lo que durante meses había procurado olvidar se removía con aquel maldito retorno. El mar calmado, los árboles de color verde eléctrico, los caminos de tierra roja, las calas pequeñas; todo sacaba a mi fantasma oculto de debajo de la cama. Una cosa era segura: jamás había hablado con Elena por teléfono y mientras pudiera, esto seguiría así. En los encuentros con ella, siempre habían mediado otras personas a nuestro alrededor atenuando la incomodidad de las fiestas que organizaba en Madrid y de las que no conseguía librarme por no inquietar a Celia con mi negativa. Nunca no habíamos quedado a solas manteniendo una conversación y durante este último año, conseguí salir indemne sin que ninguna estela malsana me siguiese por detrás pisándome los talones. Celia me lo había puesto fácil, como hacía siempre. Nuestra relación era estupenda. Hasta mi madre había dejado a un lado el saco de inconveniencias recopiladas con el tesón de un coleccionista y que después había aireado, sin pudor, con mi azafata olvidada. Su hermético carácter germánico se había rendido a la complacencia que Celia practicaba, no solo conmigo sino con todo aquel que anduviese cerca de las personas que ella quería.

En la distancia que mantenía con Elena, hubo un algo que me ayudó mucho. Celia no se llevaba bien con su madre. Lo fui percibiendo en pequeños detalles pillados al vuelo. Ella intentaba disimularlos pero se leían entre líneas como las confesiones obtenidas de un niño que sin querer se delata por un gesto o una palabra dicha sin pensar. Cuando Celia y yo estábamos juntos era una mujer plácida y tranquila, la misma que había tomado el sol en playa mientras yo la espiaba gozando del espectáculo. Las veces que veíamos a Elena, Celia perdía esa compostura de mujer feliz desencadenando gestos inquietos, excusas que yo no provocaba. Era como si se replegase y se hiciera pequeña frente a una madre que ocupaba todos los espacios. En esos momentos, sentía que Elena abría un doble abismo entre nosotros.

Sentado junto a la piscina del hotel, ese abandono mío dejándola en la cama, sola y enferma, me convertía de nuevo en un prófugo de Celia y de la relación que nos mantenía unidos desde hacía un año. Hace un par de meses, cuando supe que tenía que volver a la isla para acudir a esta boda del demonio, estuve tentado de contárselo todo. Pero con el paso de los días, logré que esas tentaciones se fueran diluyendo como los males que caen derrotados por puro aburrimiento. Cuando me asaltaban, los consideraba un mal vicio y convivía con ellos hasta que volvían a desaparecer en una resistencia que había resultado ser muy eficaz, ya que siempre me alzaba como vencedor. La razón era que me había enamorado de Celia. Un amor que había blindado frente a mis antiguas banalidades. Cansado, me encaminé de vuelta al hotel. Subí las escaleras esperando que se hubiera recuperado de su mareo. Antes de llegar a abrir la puerta de nuestra habitación, escuché su voz en el interior:

—No hace falta que te acerques. Ya me encuentro bien, mamá. Soy una tonta, ya sabes cómo me mareo en los aviones.

Al verme, sonrió señalando con el dedo su teléfono móvil en un gesto que parecía demandar comprensión por la intromisión de su madre. Me senté a su lado. Celia siguió hablando y yo acaricié su nuca apartando las hileras de pelo pegado a su cuello por causa del sudor. Cortó la comunicación con una frase cansada: “Sí, sí, mamá; no te preocupes, mañana nos veremos”. Se recostó sobre su almohada. Sus ojos claros todavía reflejaban el mareo pero al menos sus mejillas se habían teñido de color rosado. Aunque no le pregunté, Celia me hizo un resumen de la conversación. Su madre la había llamado extrañada por la falta de noticias. Ella y Arístides cenaban fuera y quería que les acompañáramos.

—Cenamos tranquilamente en la habitación, ¿no te parece?

Lo propuso con una de sus sonrisas y pensé en todo lo que daría por mantenerla en mi vida. Los hay que matan por amor y otros que lo hacen por despecho; al fin y al cabo, es el mismo sentimiento solo que frustrado o perdido. Me pregunté si yo estaría dispuesto a cometer flaquezas terribles por conservar a la mujer que aún me pertenecía.

Mientras Celia se daba una ducha para quitarse el sudor pegajoso, nos trajeron la cena que había pedido a la recepción. Comimos con buen apetito y Celia, más animada, recordó los desayunos en bandeja de los primeros días cuando nos conocimos.

—¿Te acuerdas?

—Claro —contesté—, fueron fantásticos.

Realmente era sincero. No había ningún fingimiento como pudo haberlo cuando sus palabras me devolvían algo que llegaba teñido por el pasado que me esforzaba en olvidar. Los paseos en la moto, las vistas en cada curva, el descubrimiento de esta mujer eran como una isla. No estaban contaminados y se habían mantenido ajenos al quiebro al que los sometí.

Esa noche, con Celia durmiendo a mi lado, escuché su respiración pausada y suave. Estaba girada hacia mí y, desde la ventana abierta, la luz de la luna penetraba en la habitación y me permitía entrever sus ojos cerrados en un sueño profundo. Pensé, confiado, que quizás siempre los podría conservar así. Solo deseaba que el silencio y la ignorancia nos protegieran a los dos.


Capítulo I

La primera vez que Celia mencionó a su madre fue poco después de habernos conocido. Tras nuestra primera conversación en la terraza del hotel, compartimos cuatro noches fantásticas intercambiando nuestras habitaciones en un juego que comenzaba en la cena y culminaba en mi cama o en la suya, según un improvisado juego de alternancia. Por el día, tomábamos el sol en una cala minúscula y vacía. Llegábamos hasta allí caminando por un sendero estrecho que bordeaba la costa, en fila india; yo detrás, guiado por sus piernas finas que oscilaban frente a mí. Como un tonto, no podía dejar de mirarlas ni prestar demasiada atención a lo que me contaba. Me sentía un hombre afortunado. Pasaron unos días hasta que empecé a escuchar lo que decía, a dar respuestas coherentes sin balbucear buscando ser lo que ella quería que fuera antes que el Marcos que se escondía de la mujer. Si hubiera querido, la inconsistencia que sentía con ella se podría haber prolongado mucho más. Creo que ella no sabía que tenía la llave de mis incertidumbres y mis miedos. Creo que yo, tampoco lo sabía.

La recuerdo tumbada sobre su toalla gris mientras jugaba con la arena entre sus dedos en un gesto que, con el tiempo, aprendí a vincular como el anticipo de una inquietud suya. Pero todavía andaba a medias y conocía poco de la mujer con la que me había despertado aquella mañana.

—¿Hasta cuándo te quedarás en la isla?

Tenía que volver en menos de dos días sino quería tener problemas con Bruno, mi socio en la agencia de comunicación. Antes de acabar el mes de agosto, se cerraría una campaña publicitaria complicada con uno de nuestros clientes más importantes. Nunca se conformaban con las primeras propuestas, lidiar con ellos era un camino arduo hasta que finiquitábamos las líneas principales de los spots publicitarios. Sin embargo, mentí; a Bruno y a Celia. Una mentira que llegó sin premeditación ni alevosía, sin excusas dando vueltas en mi cabeza para construir el mejor argumento que no me delatase. Como si otro Marcos hubiese escrito un guión y yo lo hubiese leído por ser un buen alumno, disciplinado y obediente.

—No tengo prisa en volver. Hasta final de mes, tenía planeado quedarme por aquí disfrutando; y ahora, con más razón —contesté acariciando su pierna mientras pensaba que ya no había vuelta atrás.

—¿Te vienes conmigo?

—¿A dónde?

—Elena llega hoy a la isla y quiere que pase unos días con ella y Arístides.

Levantó la mirada. Parecía desconcertada, como si hubiera dicho una inconveniencia o una estupidez. Cuando me explicó que la mujer llamada Elena era su madre y Arístides su novio fiel, acepté quedarme como su invitado en la casa que, me dijo, tenían en la isla. No sé cuando llegó Elena a la isla pero después de tomar la decisión de quedarme junto a Celia, no volvió a mencionar el tema de la invitación hasta tres días después. Casi me había olvidado de la visita de su madre, de su propuesta lanzada al aire a la que yo me había amarrado lo mismo que un náufrago en una galerna. Aquella mañana dormía como una bendita bajo la sombrilla y, en esa postura, con las piernas enredadas entre sus brazos, pensaba que quizás el destino la había puesto en mi camino para preservarla de todo mal. Entonces, sonó su teléfono. No se despertó con el primer tono de llamada pero con el segundo, abrió los ojos y me miró como si hubiese sido yo quien reclamara su atención. Se desperezó estirando su cuerpo con los brazos prolongados por encima de su cabeza y cogió su teléfono.

—Es Elena —dijo.

Me extrañó que por segunda vez no la llamara con el apelativo típico que la mayoría de las personas conservan para sus progenitores como un resto de la infancia que a todos nos persigue. Echó a andar hacia la orilla mientras hablaba con su madre. No presté demasiada atención y me tumbé boca arriba con el sol de la tarde calentándome la cara. Cuando volvió, se sentó a mi lado y puso su mano sobre mi hombro.

—Vente conmigo —me dijo con esa sonrisa que yo empezaba a conocer.

A veces me pregunto qué habría sido de mi vida si no hubiera aceptado la invitación que me hizo Celia. Es curioso pensar que el curso de mi existencia cambió en el momento en el que me salté todos los impedimentos y, sin reservas, decidí prolongar mis vacaciones junto a la mujer que acababa de conocer. Me parece estar viéndola, sentada, con las piernas cruzadas, sonriendo nerviosa, esperando que volviera a decirle que sí por segunda vez. Cuando le contesté que me quedaría con ella, ni siquiera pensé en Bruno; ni por un momento puse en la balanza su enfado al teléfono para que ninguna obligación inclinase mis opciones en contra de los deseos de Celia.

La tarde del día siguiente, llegamos en un taxi a la casa blanca donde nos esperaban nuestros anfitriones. Elena nos recibió en un salón amplio y abierto hacia el mar, con un beso en la mejilla y una frase apropiada. Ya acomodados en un sofá, me ofreció algo de beber. Sin darme tiempo a responder, me sirvió una copa del mismo vino blanco que ella saboreaba; hasta que llegó Arístides y pasamos a la terraza. Desde el primer momento, me gustó el griego. Era afable y hospitalario. Recibía con agrado y una total ausencia de recelo a cualquier invitado que traspasara las puertas de su casa. Enseguida supe que no estaba del todo en lo cierto; la aceptación de cualquier intruso venía alimentada por su enamoramiento de la bella Elena. Llegó con una cajita negra en su mano de la que sacó un cordón dorado con un adorno. Lo colocó sobre el cuello de Elena y los presentes pudimos ver una letra “H” envuelta en pequeños brillantes. Arístides explicó que en la mitología griega, Elena era el nombre de una diosa, que significaba algo así como destello resplandeciente; añadió que muchos pretendientes habían muerto de amor y deseo por ella. Yo, tontamente, pensé que la etimología del nombre encajaba como un guante con la mujer amada por el buen Arístides.

Morir por un deseo, una frase perdida y fuera de contexto más allá de un poema o una novela romántica, absurda y ridícula si la utilizamos en nuestro cotidiano. Sin embargo, esa primera noche con Celia durmiendo a mi lado en una cama prestada, casi llegué a pronunciarlas cuando me dormí pensando en Elena.

Lo que no sabía, y ahora sé, es que existen ciertos deseos no satisfechos que se nos clavan como espinas difíciles de extirpar. Ignorarlos no hace sino acrecentar su efecto carnívoro y devastador. En la terraza, Elena se había cobijado bajo el parasol afirmando que el sol estropeaba el cutis de las mujeres de su edad. Ahora sé que lo hizo a sabiendas de que todos responderíamos lo mismo, asegurando que no debía hablar en pasado porque, en su caso, la belleza se mantenía intacta. Eso fue lo que dijo Arístides y lo que yo corroboré no solo por mera cortesía, sino porque estaba de acuerdo con él. Elena buscó en un cajón una foto que autentificara la afirmación de su novio adorador. Ahí estaba una versión duplicada de Celia, la de su madre con menos años. Salvo por el pelo rubio de Elena, la similitud física entre ellas era evidente. La misma altura, los huesos finos y los ojos claros. Sin embargo, en Elena había algo que la distinguía sin duda de su hija. A la belleza, añadía el aderezo de una malicia que su hija no quería utilizar.

A pesar de todo, no debió de pasar. Cometí una locura y sobre todo una imperdonable traición. Jamás debí de traspasar el umbral de la intención y menos llegar al de los hechos consumados. Mi atracción debió quedar relegada al plano del sueño no satisfecho; de ese modo, lo hubiera guardado oculto como mi oscuro deseo sin nada de lo que avergonzarme.

Elena, no lo pensó de la misma manera. Existían barreras que no pareció tener en cuenta, yo diría que ni siquiera las desechó para librarse de ellas. Para ella parecía como si no existieran. Sin que llegara a decírmelo, sé que nunca se arrepintió de haberme rodeado con sus brazos, besado mis labios y enredado conmigo entre las sábanas de la cama del cuarto de servicio, el que quedaba justo junto a la cocina, donde nadie podía oírnos ni llegar a vernos. Cuando nos quedamos solos, no debí haber tomado sus pechos ni recorrido con la palma de mis manos su vientre y sus piernas. Fue todo tan absurdamente evidente que creo que no tuve escapatoria. ¿Cómo se desprecian unos labios de mujer que se te ofrecen?

Celia y Arístides habían bajado al pueblo a comprar lo necesario para la cena. Cuando tres horas más tarde regresaron cargados de víveres, yo tomaba una ducha intempestiva para borrar de mi piel el olor mezclado en mi sudor. Bajé a la cocina. En el mismo fogón donde dos horas antes Elena apoyaba su cadera y me besaba, Celia colocaba los botes de conservas. Más que remordimiento, sentí un pánico atroz a ser descubierto por la hija adorable y que su devoción se volatilizara en el aire por la estupidez que acababa de cometer. Eché un vistazo a la puerta del cuartito de servicio. Tomando mi mano, Elena me había conducido al interior después de besarnos. Diez minutos antes, había entrado en la cocina. No la esperaba. No quiso acompañar a Celia y Arístides al pueblo por tener un terrible dolor de cabeza. Me sorprendió encontrarla levantada. Por eso, y por la cercanía de su cuerpo junto al mío. Con su mano había rozado mi nuca y casi me besó; y digo casi, porque al final fui yo quien acabó haciéndolo. En el cuartito faltaba el aire, solo tenía una ventana pequeña que daba a la parte trasera de la casa y estaba cerrada. Elena no me soltó la mano hasta que la puso sobre su escote.

—Escucha cómo late mi corazón —me dijo.

No contesté. Aquella fue la única frase que medió entre nosotros. El afán por meterme entre sus piernas me empujaba a terminar cuanto antes y finiquitar a la mujer que se me ofrecía en bandeja, a la que no sabía cómo rechazar. Fue fácil desnudarla porque apenas llevaba ropa. Solo un fino vestido blanco que caía hasta la mitad de sus muslos y que usaba alguna vez para ir a la playa. Se lo quitaba despacio sacándolo por encima de su cabeza, arqueando su cuerpo delgado hacia atrás para tirarlo después, de forma descuidada, sobre su bolsa de lona. Mientras ella se bañaba, yo me quedaba mirando la prenda abandonada y me preguntaba si habría guardado algún olor.

Esa vez fui yo quien se deshizo de la prenda blanca. Todo ocurrió sin prolegómenos previos, sin demorar nuestro tiempo en descubrir el cuerpo del otro en un intercambio tan rápido y apremiante que, cuando me aparté de ella y busqué un espacio en la cama estrecha, me quedó una extraña sensación de locura insatisfecha; la misma que sentía cuando de niño, a escondidas, de pie frente a la nevera abierta, me comía a grandes cucharadas los postres prohibidos que mi madre guardaba como pruebas de fuego a mi disciplina. Elena se quedó tranquila, con su cuerpo acomodado sobre el colchón, sujetando sobre sus pechos la sábana minúscula que cubría la cama. Yo, apenas me quedé unos minutos tumbado a su lado. Ella pareció querer prolongarlo colocando su pierna sobre mi muslo mientras, con voz suave, hablaba sobre no sé qué placer del sexo inesperado. Me incorporé y me vestí deprisa, casi sin mirarla. Giré la cabeza un instante antes de salir del cuarto asfixiante; aunque estuve a punto de no hacerlo para que la puerta cerrara a mis espaldas lo que acababa de ocurrir. De nuevo, no me resistí. La miré y sus ojos claros me traspasaron en dos. Descalzo, con mis alpargatas en la mano, subí de dos en dos los escalones de la cocina hasta llegar a la habitación del último piso.

[…]

SINOPSIS

Tras recibir la llamada de su abogado comunicándole su próximo ingreso en prisión, Marcos Vergara se encuentra al borde del abismo. Se inicia un viaje hacia su pasado que desvelará los secretos no confesados a Celia, la mujer que ama. A través de la huella dejada por su madre, Ingrid, y por Elena, la seductora madre de Celia, Marcos perfila el papel de todas estas mujeres en lo ocurrido desde que el amor se cruzó en su camino hasta que la muerte desmontó su vida, cambiándolo todo para siempre.

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