Toda una vida buscando lo que siempre ha estado dentro de mí.

Toda una vida buscando lo que siempre ha estado dentro de mí.

Darío Capas

10/09/2026

Imagen generada con GEmini

Por la razón que sea, la religión que mis padres me inculcaron me sirvió durante muchos años. Tanto como una forma de ver la vida como de vía de escape. Con ella todas, o casi todas, las preguntas existenciales quedaban resueltas. Me ayudaba con el día a día, con el pasado y con el futuro. Pero no acababa de ser una herramienta que, por decirlo de cierto modo, fuera más allá del mero alivio del dolor. Se quedaba en la superficie sin profundizar.

Con 22 años, el libro de Sánchez Dragó Carta de Jesús al Papa me abrió los ojos ante la Iglesia, no ante Dios. Dio luz a muchos argumentos que la colocaban sobre el terreno enfangado y la despojaban de toda divinidad. Las críticas se centraban sobre todo en cuestiones terrenales: corrupción de la institución, luchas de poder y, sobre todo, contradicciones dentro de la interpretación de la Biblia y de la gestión de la Iglesia.

No sé si me dejé convencer por Dragó o simplemente ya estaba cansado de rezar e ir a misa. Seguí con mi vida dejando a Dios como el que deja de jugar en su equipo de fútbol de toda la vida simplemente porque ya no le resulta provechoso. Ese tiempo que dedicaba a la espiritualidad pasó a ser más tiempo en general, como el que mete dinero en su cartera: estaba ahí para lo que hiciera falta.

Pasado un tiempo pensé que estaría bien ayudar a los demás, así que decidí meterme en una ONG para ver cómo era ese mundo y si encajaba en él. Cómo trabajaban y qué hacían me llamaba mucho la atención. De esta manera acabé en Cruz Roja; dentro de esta, me pidieron que me metiera en Teleasistencia. Esta rama consistía en estar pendiente de tres ancianos y ancianas que vivían solos y necesitaban compañía, sobre todo en invierno cuando apenas salían.

Una vez al mes las iba a ver y a estar un rato con ellas; solo una vez me coincidió con un hombre. Casi todas eran viudas. Una estaba sola al no haber tenido hijos; otra los tenía, pero estaban lejos, y la tercera los tenía cerca, pero, la verdad sea dicha, tenía un carácter difícil. Así estuve visitándolas un par de años o tres, hasta que acababan en la residencia de ancianos.

Más adelante me pidieron que visitara a más personas en otros pueblos, así que hice equipo con una compañera que me acompañaba. Íbamos en furgoneta y de paso les llevábamos algo de leche y galletas. Las visitas tenían que ser algo más cortas porque empezaron a ser bastantes más y el tiempo era limitado.

También ayudé en el reparto de alimentos y así conocí la situación de más familias. Todas ellas parecidas y distintas a la vez. Todas ellas tratando de hacer sus vidas en función de sus circunstancias y de las decisiones que un día tomaron. Después de años escuchándolas, me di cuenta de que las decisiones que se toman un día pueden afectarte al resto de tu vida.

Después de terminar la carrera volví a casa y a Cruz Roja en mi ciudad, pero ya no era lo mismo, así que lo dejé. Pero no pasó mucho tiempo hasta que decidí meterme en lo que llamaban una «asociación cultural», por decirlo de alguna manera. Teníamos nuestros ritos y costumbres, incluso una formación más o menos oficial. La idea era formarnos, los unos a los otros, para ayudar a mejorar el mundo: una idea de lo más noble y enriquecedora.

Pero la realidad es tozuda y se impone. El tiempo y la confianza hicieron que los buenos momentos fueran a menos y los roces fueran a más. Tuvimos que cambiar de local durante la pandemia y, mientras lo hacíamos, hubo que reunirse en sitios distintos acarreando un sinfín de bártulos. Y, como suele pasar, unos trabajaban y otros no. Llegó un momento en que decidí que tenía que irme porque aquello estaba derivando en una lucha interna que tampoco llevaba a nada. ¿Para qué sacar lo peor de uno si puedes irte en paz?

Mientras estaba en la «asociación cultural» decidí meterme en política, en un partido de derechas, tema que, aunque nunca me lo dijeron directamente, no les gustaba nada. Eran, y seguirán siendo, de izquierdas. Seguirán pensando que un mundo justo es posible tapándose los ojos ante la evidencia de la maldad humana. Desde su zona de confort se debate sin ningún problema. Las ideas, cuando a uno no le afectan, lo soportan todo, al igual que el papel.

Me pasó lo mismo también: al principio, sin problema, pero con el paso de los años me di cuenta de que tanto el partido a nivel local como nacional cambió como del día a la noche. Pasaron delante de mí personas íntegras y no tanto, personas que le dedicaron su tiempo y su dinero y también las que se iban a aprovechar.

Pasaron campañas y elecciones, pasaron ideas y mítines, pasaron días en las calles de calor y de frío. Pero no cambió nada más que eso. El partido se encerró en mismo y a los que no estuvimos de acuerdo no nos echaron, pero, una vez más, ¿para qué estar en un sitio donde son sordos y mudos a tus opiniones e ideas?

Aún seguía en el partido cuando me encontré con la promoción del libro Dios, la ciencia, las pruebas, de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies. Tras leerlo tuve una especie de involución. Si Sánchez Dragó con su Carta de Jesús al Papa me dejó sin ganas de creer en la Iglesia y, por lo tanto, en Dios, este libro me las devolvió. Me hizo replantearme y reflexionar sobre ideas que llevaban conmigo desde hacía años.

Como ingeniero industrial me gustan los números; por eso, el ajuste fino del universo me dejó sin argumentos. También los milagros de Fátima, en Portugal, pero de otra manera. Descubrir que la complejidad de una célula está a la altura de los misterios del universo también me dejó sin palabras. Todo esto lo afirman premios Nobel y grandes científicos. Muchos de ellos manifiestan que el estudio del universo apunta a algo, y ese algo no puede ser otra cosa que Dios.

Desde entonces descanso en esa idea, la de que «todo apunta a Dios», de que hay un Dios creador, redentor y salvador. Esto sí que ha marcado un antes y un después en mi vida. Ahora pongo todas mis ganas de cambiar el mundo en Él. Mis miedos, ansiedades y preocupaciones siguen estando ahí, pero mucho más suavizados y con un propósito. Noto que llegué a mi sitio, que llegué a donde tenía que llegar.

¿Crees en la existencia de Dios?
¿Piensas que somos fruto del azar o que hay algo más?
¿Qué sientes ante estas ideas?

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Muchas gracias. Darío.

Toda una vida buscando lo que siempre ha estado dentro de mí.

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