A un hombre le llegan noticias una detrás de otra: que le robaron los bueyes, que un fuego del cielo le quemó las ovejas, que un viento del desierto tumbó la casa donde comían sus diez hijos. Él es Job, un hombre justo, y hace lo que haría cualquiera de nosotros: interpela a Dios. Y cuando por fin alguien le contesta, la voz que sale del torbellino no trae ni una disculpa ni una razón: trae un inventario, un catálogo de naturaleza.
Entre tantas criaturas está el avestruz, dice la voz: privado de sabiduría, deja los huevos en la tierra, olvida que un pie puede aplastarlos, trata a sus crías con dureza de ajeno. Y unos versículos más abajo, cuando llega la hora de correr, se ríe del caballo y del jinete. Negligencia y triunfo en el mismo animal; torpeza y velocidad. Y todo presentado, sin el menor rubor, como credencial: «Esto hice, así funciona; mírenlo correr».
Aquel hombre se da por satisfecho. Job pone la mano sobre la boca. Se calla.
Las espirales de un girasol se pueden contar. No es una figura retórica: se toma el capítulo de la flor, se cuentan las curvas que giran hacia un lado y después las que giran hacia el otro. Dan, según el tamaño, 34 y 55; o 55 y 89: dos números consecutivos de la serie de Fibonacci, donde cada término es la suma de los dos anteriores. Lo mismo ocurre con la cáscara del ananá y la piña del pino, y con las hojas que se escalonan alrededor de un tallo para no taparse unas a otras. Y detrás de todos esos conteos asoma siempre el mismo ángulo entre un elemento y el siguiente: 137,5078 grados. Es el llamado ángulo áureo, el que resulta de repartir el círculo según la proporción áurea, un número irracional al que los cocientes de la serie se van acercando sin alcanzarlo nunca. Como esa luz circunscrita a la velocidad de la misma, a la que la expansión del universo le juega una mala pasada: la condena a no llegar nunca.
Los decimales completos, porque la precisión es parte del asunto: no estamos ante un «más o menos espiralado», estamos ante una constante que se deja medir en una flor cualquiera de una banquina cualquiera.
Otro caso es el del panal. De todas las maneras posibles de dividir un plano en regiones de igual área, la retícula de hexágonos regulares es la que gasta menos perímetro: menos pared, menos material. Esto se conjeturaba desde la Antigüedad y se demostró recién en 1999, cuando Thomas Hales, que el año anterior había cerrado la conjetura de Kepler sobre el apilamiento de esferas, publicó la prueba del teorema del panal.
Uno querría quedarse ahí, en la imagen del insecto geómetra, y el detalle más hermoso del caso es justo el que la arruina: la abeja no construye hexágonos. Las celdas nacen redondas —se ve en los panales a medio hacer, racimos de tubos circulares—. Se vuelven hexagonales solas: la cera tibia se comporta como un líquido y la tensión superficial junta las paredes de a tres, con ángulos de 120 grados, igual que se juntan las burbujas de una espuma.
D’Arcy Thompson lo sospechó hace un siglo; el equipo de Karihaloo, en Cardiff, lo midió y lo modeló. El mecanismo sigue en discusión: hay trabajos que sostienen que la forma final depende del comportamiento de la obrera tanto como de la física de la cera.
Pero lo que se debate es cuál de las dos reglas ciegas hace el trabajo. Nadie propone que alguien calcule.
Con el girasol pasa algo parecido. La versión de divulgación dice que el ángulo áureo maximiza la captura de luz, cada hoja corrida 137,5 grados para no hacerle sombra a la anterior, y la historia cierra. La evidencia no la acompaña: el ángulo áureo resulta óptimo para la luz, sí, pero también resultan óptimos muchos otros ángulos, y la luz que una planta captura depende más del hábitat y de la forma de la hoja que del reparto angular. La explicación que hoy se sostiene es más pobre y más interesante: la inhibición local. Cada primordio, cada futura hoja, cada futura semilla, aparece en el borde del tejido de crecimiento lo más lejos posible de los que ya están, empujado por los que vinieron antes. De esa regla mínima, repetida cientos de veces, el ángulo áureo emerge solo, sin que ninguna parte de la planta lo conozca.
Es el mismo principio por el que la gente se acomoda en un ascensor: en medio del momento incómodo, cada uno entra y se ubica lo más lejos posible de los demás; nadie coordina nada, y el conjunto termina espaciado con una regularidad que parecería obra de un coreógrafo.
Y por si quedara la sospecha de que esto es un talento de lo vivo, en 1992 Douady y Couder reprodujeron el fenómeno sin vida: gotas de un ferrofluido caídas en el centro de un plato, repeliéndose unas a otras, se ordenaron en espirales de Fibonacci. Sin genes, sin planta, sin evolución siquiera: pura repulsión, puro ritmo.
La naturaleza no optimiza: la naturaleza es.
Lo que muestran el girasol, el panal y el plato de ferrofluido es una regla local, ciega, repetida sin plan y sin memoria, cuyo resultado acumulado venimos nosotros a admirar después.
En nosotros pasa algo parecido a la pareidolia con la diferencia que en este caso el cerebro le asigna un significado a lo que ve más allá de lo natural, lo carga de perfección y belleza, de intención.
La perfección que nos maravilla es apenas lo que queda cuando algo se repite muchas veces sin supervisión.
La simetría del desinterés
La regla ciega, local, repetida sin plan también produce el parásito que devora a su huésped desde adentro, las cinco extinciones masivas y el cáncer. El cáncer es el mecanismo sin freno, no el mecanismo fallando: la misma proliferación celular que construye un cuerpo entero en nueve meses sigue construyendo cuando faltan las señales que la detienen, y a eso que sigue lo llamamos tumor.
No hay ninguna avería que reparar: apenas una ausencia de límite.
Es el mismo tipo de hecho que la espiral: una regla local iterada, solo que esta vez la iteración mata. Quien admire el ángulo áureo está obligado a mirar esto también, y la palabra «perfección», que veníamos usando con soltura, es una etiqueta que le ponemos a la parte del mecanismo que disfrutamos.
La insoportable humildad de la verdad.
Fijémonos en el tsunami que arrasa una costa: no nos resulta injusto. Terrible sí, injusto no. El mismo hecho, la misma ola con los mismos muertos, firmado por un Dios que pudo no mandarla, sería un crimen. El hecho no cambió; cambió el autor.
Spinoza dijo esto con una economía difícil de superar. Deus sive Natura: Dios, o la naturaleza, y ese sive, esa «o» que no elige entre dos términos sino que declara que son uno, es donde está todo. Aquel ser eterno e infinito al que llamamos Dios o naturaleza, escribe Spinoza en la Ética, obra con la misma necesidad con la que existe. La naturaleza no rinde cuentas, no puede obrar de otro modo, y no se le reclama como no se le reclama a la ruleta.
Y en el apéndice de la primera parte de la Ética hay una lista que, leída hoy, parece una travesura. Spinoza enumera los prejuicios que nacen todos de un único error: creer que las cosas obran por fines, como obramos nosotros. En la misma enumeración pone el mérito y el pecado junto a la belleza y la fealdad, la alabanza y el vituperio junto al orden y la confusión. No distingue, y la falta de distinción es la tesis: el juicio que condena y el juicio que admira salen del mismo taller. Eso nos lleva de nuevo a la palabra «perfección»: es ilegítima, sí, en la misma medida, ni más ni menos, en que es ilegítima la palabra «injusticia». Las dos son percepciones.
La naturaleza es una simetría de desinterés. No carga con culpa ni cobra el mérito, no se disculpa por el tumor ni se enorgullece del girasol.
Aparece el que registra
Spinoza usa el ejemplo de una piedra cuando lo cuestionan sobre la libertad: una piedra que recibe un impulso y sigue moviéndose. Propone imaginar que esa piedra, mientras vuela, piensa; que es consciente de su esfuerzo por seguir en movimiento, pero no de la causa que la lanzó.
Esa piedra se creería libre, y creería que persiste en su vuelo porque quiere. Somos la parte de la naturaleza a la que le tocó esa conciencia a medias, la que registra el impulso e ignora la mano; nos sentimos al timón de un barco cuyo timón no está conectado a nada, y navegamos igual, orgullosos del rumbo.
El problema empieza cuando el rumbo sale mal. Mientras las cosas andan, la ilusión es valiente; cuando el barco encalla se vuelve intolerable en las dos direcciones, porque cargar uno con la culpa entera de un naufragio que no gobernó es demasiado peso, y aceptar que nadie conducía es peor todavía. Algo en nosotros prefiere cualquier culpable antes que una ausencia.
Nietzsche lo vio en un rayo. Un rayo no es algo que tiene luz y después decide brillar: el rayo es el brillo, y la gramática nos hizo creer que había alguien atrás encendiéndolo. Con el ave de rapiña pasa igual. No decide ser fuerte, no elige la presa entre otras opciones más benignas; caza, y le pedimos cuentas como si hubiera podido no cazar. Ese sujeto que separamos del acto para poder reclamarle es el mismo que la piedra inventa cuando se cree la dueña de su vuelo.
La asimetría entre dios y la naturaleza no es ontológica sino contractual.
Hay un punto donde se me complica: el surgimiento de la vida. Sé que es un problema abierto, sé que se trabaja en él con seriedad, y sé que provoca una tentación de meter en ese hueco una voluntad, una intención.
Es el asilo de la ignorancia, lo llamaba Spinoza: la voluntad de Dios como el depósito adonde va a parar todo lo que no sabemos. El mismo movimiento que vengo describiendo en los demás, ahora en mí. Reconocer la trampa del refugio no me quita las ganas de entrar. Es una inclinación de la especie, y soy uno más.
Quizás ahora se entiende por fin el silencio de Job. No lo convencen de que haya justicia en su ruina; le muestran el catálogo, el mar, la lluvia sin testigos, el avestruz que pierde huevos y gana carreras, para que vea con qué está hablando. Job entiende que le pide cuentas a algo que no las hace, y pone la mano sobre la boca.
La transferencia
¿Qué le pedimos a Dios? Que la ola sea algo más que agua.
No le pedimos que pueda: potencia ya tenía la naturaleza, y de sobra. Tampoco le pedimos, en el fondo, explicación ni compañía, que son cosas que también se consiguen en otra parte. Lo que le pedimos, lo que solo le pedimos a él, es que le importe: moral, responsabilidad, justicia.
Que esto es un uso y no una devoción lo dejó dicho Spinoza con claridad, en 1677. Los hombres, escribe en aquel mismo apéndice, imaginaron que los dioses dirigen todas las cosas para uso de los hombres, a fin de atarlos a ellos y recibir los más altos honores; y cada cual inventó, según su propio ingenio, un modo distinto de que Dios lo prefiriera. El empleo instrumental de Dios no es un hallazgo moderno: está impreso hace tres siglos y medio, en el libro que no se atrevió a publicar en vida.
En 1710 Leibniz necesitó una palabra para su proyecto de absolver a Dios del mal del mundo y la fabricó con dos piezas griegas, theós, dios, y díke, justicia: teodicea, el juicio de Dios. Para que alguien necesite defensa primero debe ser acusado.
En alemán, Schuld significa culpa y significa deuda: una sola palabra para las dos cosas. Nietzsche construyó sobre esa coincidencia media Genealogía de la moral: el concepto capital de la culpa, sostiene, procede del concepto muy material de las deudas, Schulden, y la relación entre acreedor y deudor es tan vieja como la existencia misma de sujetos de derecho.
Creamos un dios deudor. Condenado a decepcionar por definición. Los acreedores somos nosotros: le adelantamos obediencia, templos, siglos de alabanza, y le anotamos en la cuenta cada peste, cada ola, cada hijo muerto y cada guerra.
Con esto, el trilema queda en una situación curiosa: no refutado, desfondado. Epicuro, o quien haya sido, lo dejó armado hace veintitrés siglos: si Dios quiere impedir el mal y no puede, es impotente; si puede y no quiere, es malévolo; si ni puede ni quiere, para qué llamarlo dios. Un relator, al ver a este dios que solo decepciona, y al hombre que no lo creó para eso, diría desde la cabina: «¿para qué te traje?».
La conciencia, la memoria y la inteligencia son las piedras fundacionales de esta idea de dios. Ante una naturaleza indiferente y fría, nos sentimos agobiados por una responsabilidad que no es de nadie. Cargarle la responsabilidad a Dios y declarar inocente a la naturaleza no son hechos sucesivos ni separables: son el mismo movimiento.
El que deja de reclamar
A un hombre lo hiere una flecha, y enseguida lo hiere una segunda: la primera es el dolor del cuerpo; la segunda, el tormento por el dolor, la protesta, el porqué, el no puede ser. Al que entiende, dice el sutra, lo hiere una sola. La piedra que cae, el mecanismo ciego con todas sus iteraciones, es la primera flecha; el reclamo es la segunda, y la segunda la disparamos nosotros.
La comunidad expulsó a Spinoza en 1656, a los veintitrés años, con una fórmula de maldiciones que no hace falta citar: el motivo de fondo es el que importa. No lo echaron por negar a Dios, que está en cada página de su libro, sino por dejarlo sin deberes, sin premios que repartir, sin castigos que administrar, sin ventanilla donde presentar la queja. Resultó peor que negarlo, y se entiende: un dios al que no se le puede reclamar es un dios que no le sirve a nadie. Job termina con la mano en la boca y Spinoza en la calle: ninguno termina vencido, pero terminan afuera, porque adentro se está con los que reclaman.
Somos el animal que lleva la trazabilidad de los hechos. Dividimos la sustancia en dos y le dimos a una mitad todos los deberes: para poder absolver a la otra.
Y queda el avestruz. Sigue donde la voz lo puso, en el medio del inventario: dejando los huevos donde cualquier pie puede aplastarlos, tratando a sus crías con dureza de ajeno, riéndose del caballo y del jinete cuando llega la hora de correr. Pérdida y triunfo en el mismo cuerpo, exhibidos con el mismo desparpajo, sin disculpa por lo uno ni orgullo por lo otro. Esa era la credencial que calló a Job, y hacía falta el ensayo entero para terminar de leerla: no mostraba poder; mostraba inocencia. La primera flecha va a seguir llegando. La segunda ya tiene remitente conocido; el avestruz, que pierde huevos y gana carreras sin anotar ninguna de las dos cosas, no la disparó nunca.
Si la libertad es una fábula y el reclamo no tiene destinatario, ¿qué queda? Queda el asombro ante el instante único, el Aleph que somos.
Cierro citando una frase de mi “Tratado sobre la conciencia, el tiempo y la libertad: un desafío necesario”:
“Así, las Moiras siguen hilando como testigos melancólicas de un tapiz que tampoco ellas diseñaron y que, sin embargo, las contiene y nos contiene. Quizá sean una forma luminosa y actual de explicar la reconexión con la vida: el colapso material, esa miríada de hilos dorados que forman el circuito integrado, eterno y ecuménico, donde cada fibra es a la vez memoria y destino.
Acaso el superhombre no es más que un pibe que dejó de correr tras el 153 para entender que cualquier colectivo lo deja bien.”
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