Por. Karol Bolaños
La noche había llegado como un campo de reposo, entre efímeras conversas y explicaciones, la presencia cambiaba. Desde la ventana del piso séptimo de una clínica privada se podía ver el ímpetu del Estadio Pascual Guerrero en pleno partido; luces animadas, juegos artificiales, petardos y en especial la alegría del hincha que se podía sentir desde la distancia.
América versus Nacional, todo un presagio, un misterio y una contienda en la que de manera simbólica se enfrentaban los diablos rojos
contra verdolagas paisas, América había cumplido su papel de protector de la pasión futbolística de la ciudad, y aunque con un solo gol, había devuelto a su contrincante con una pérdida. Las luces estuvieron encendidas en pleno hasta largas horas de la noche, casi hasta el amanecer.
Aquel día, el día, había amanecido pronto, a lo lejos, por allá por el oriente, se veía el sol naciente rodeado de rojo incendio y mecha activa de naranjas incandescentes, disipado en su algarabía solo por la vivacidad de los violeta y grises.
Pasadas las 7:30 de esa misma mañana colorida y madrugadora, tembló. Inicialmente se movió como antaño, pero el tiempo normal se extendió y como la rudeza de quién le quita la silla al cansado, casi todos estábamos por caernos, o al menos, eso sentimos.
Nosotras que pensamos en todos los factores de la vida; en especial, en lo profundo de las causas y consecuencias de cada fenómeno natural o artificial, nos tocó darle paso al presente, tal y como llegaba, no pensamos en mucho, quizá y siendo sinceras, no pensamos en nada y nos dedicamos a tener una reacción inmediata de ubicarnos para salir ilesos.
Pero nadie sale ileso de un terremoto, nadie.
Por instinto de vida, buscamos en medio de los espacios que habitábamos un lugar donde los escombros no nos hagan daños mayores, miramos rápidamente y leemos nuestra capacidad de enfrentar el camino y dadas las circunstancias tomamos decisiones. Por instinto de muerte, corremos sin mirar hacia donde, nos quedamos paralizados, reímos, gritamos y nos abrimos paso sin pensar en que somos uno.
Imagina que estas en el piso séptimo de un edificio que se mueve salvajemente, que acabas de salir de dos cirugías de las cuales dependía tu calidad de vida, que estas enamorado hasta los tuétanos, que tienes un montón de sueños joviales, que tienes una familia que amas y quieres volver a ver y que quieres vivir.
A lo lejos ves nubes de escombros, el movimiento no cesa, todo lo contrario, la tierra te da una sacudida como diciéndote ¡aquí estoy, tú no mandas! Estas conectado a maquinas, tienes una sonda que entra por la nariz y llega hasta tus intestinos que están recuperándose después de una intervención de vida o muerte. Te permiten dar unos pasos, pero te recomiendan evitar esfuerzos. Dependes para levantarte, te apoyas, te levantas, te ocupas de desconectarte, caminas lento con constancia y por fortuna hay tranquilidad suficiente para evitarte salir corriendo.
Los muros de las escaleras se fracturan, caen escombros y polvo, tu apoyo te sostiene, quisieras ir más rápido, pero te das cuenta que no se trata de velocidad sino de constancia. Los tuyos y los míos, los míos y los tuyos eran los mismos, el paso de cada valiente delante, al lado y detrás contaba como tesoro mismo de nuestra vida. El continuo llamado a la constancia, a la calma y la motivación se trataba no solo de una tarea indispensable, sino la mismísima misión que en ese instante alguien debía cumplir y por fortuna estaba ahí apoyando tu paso.
En el fondo, tienes miedo, te tiemblan las piernas y ves perder todo lo que siempre soñaste. Vivir, solo salir y vivir, no importan las minucias, ni olores, ni vergüenzas. Sales y respiras como si hicieras un suspiro con eco. Hay muchas personas, todos están asombrados, atónitos, asustados y no sabes si es verdad que esto fue lo más inquietante que has sufrido en la vida. Todo se queda en silencio, aunque hay mucho ruido, se habla lo mínimo, aprovechas para callar la emoción de tu acompañante que se rinde con facilidad, ella ya no te habla, esta perpleja y piensa al fin en la lejanía que tiene en ese instante con sus amores.
Ves destrozos y aunque no sabes el impacto de aquello que tú también acabas de vivir. Sabes que una larga y compleja historia esta por empezar.
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