Era un 22 de noviembre. Ya tenía dos años haciendo luto a esa fecha. ¿Qué te puedo decir? Fue el día en que conocí al amor de mi vida.
Durante esos dos años, en ambas fechas, me sentaba en la playa a observar el atardecer y me tomaba una botella de ron hasta perder los estribos.
Hay cosas que uno no cree que pasarán, o que tienes y, con el tiempo, se te olvidan. Da la casualidad de que, en medio de la borrachera, me acordé de que tenía el tatuaje de ella en mi brazo izquierdo.
Me puse más triste de lo que imaginaba.
Qué rara es la tristeza en un atardecer. Se mezcla entre lo bonito y lo feo. Te quedas observando el cielo, viendo lo hermoso que es, y de pronto recuerdas por qué estás ahí y te pones triste.
No es la mejor mezcla de sentimientos, jajaja.
Tal vez habría que tener más de una vida para sentir esa sensación de apreciar lo que alguna vez olvidaste.
Ese día me harté y caminé por la playa. Había parejas a lo lejos y también cerca, besándose, amándose como si fuera su último día juntos. Y yo luchaba con la incertidumbre de apreciar lo hermoso o morirme de tristeza.
Así no puedes sentirte como nadie, porque ni tú mismo sabes cómo te sientes.
Caminé alejándome de la playa. En el camino había tiendas de antigüedades y lugares para tatuarte.
Y ahí estaba yo, en medio de esas tiendas.
Si entraba a la de tatuajes, tendría que borrarme el tatuaje de ella. Y la de antigüedades, pues era una tienda y nada más.
Así que entré a la de antigüedades.
Había cosas muy raras: cabezas mayas, calaveras negras, objetos egipcios. No entendía para qué la gente quería comprar ese tipo de cosas.
El pasado es el monstruo que devora tus alegrías del presente, y yo no quería eso.
Cuando me dispuse a salir, vi un reloj.
Era de bolsillo, muy antiguo.
Lo observé y estaba detenido exactamente a las 12:12.
Se me hizo extraño.
Ese día era 12/12/28, la fecha en la que conocí al amor de mi vida.
Por ese detalle lo compré y me lo llevé.
También tenían un traje antiguo, como un disfraz para los días de muertos. Pensé que me iba a ver bien y terminé comprándolo también.
Llegué a la casa borracho y me senté en el sillón.
Hasta que volví a observar el reloj.
Me parecía curioso que siguiera marcando las 12:12. Era extraño. Busqué por todos lados alguna manera de cambiarle la hora, pero no encontré nada.
Hasta que descubrí un pequeño compartimiento.
Dentro había un pequeño papel que decía:
“Este es el tiempo en que verás a la persona que más extrañas. Cuando introduzcas el papel de nuevo, iniciará el tiempo.”
Me reí.
—Tonterías —dije.
Encendí un cigarrillo y, mientras fumaba, me hice una pregunta:
¿Y si lo hago?
Y lo hice.
Introduje nuevamente el papel.
El reloj empezó a avanzar.
Me sorprendí. Fue algo extremadamente curioso.
Y, cuando menos me di cuenta, me quedé dormido.
Al día siguiente desperté con una resaca horrible. Se me había olvidado por completo lo del reloj.
Busqué qué tomar, preparé una sopa instantánea y me senté en el mueble.
Entonces vi el reloj.
Faltaban cuatro horas para que volviera a marcar las 12:12.
Y comencé a pensar que, por fin, iba a ver al amor de mi vida. Aquella mujer que un día me dejó y de la que nunca volví a saber nada.
Me levanté y arreglé la cama.
Levanté la ropa de la sala.
Lavé los platos sucios.
Solo faltaban treinta y dos minutos para las 12:12.
Era perfecto.
Todo tenía sentido.
El amor por fin regresaría a mi casa.
Dos años llevaba llorando tu ausencia, deseando que tu teléfono tuviera mensajes para mí.
Faltaban cinco minutos.
Después, dos.
Después, uno.
Era el momento.
Y se cumplió el tiempo.
No había llegado nadie.
—¿Esto era una estafa o qué?
Me sentí enojado, frustrado, engañado.
Y, después de que se me pasó todo aquello, me sentí triste.
Pasaron unos quince minutos desde que se cumplió la hora.
Entonces alguien tocó la puerta.
Abrí.
Era mi mamá.
—Te traje la cena, mi hijo.
Sonreí.
Extrañaba a mamá.
Y su comida.
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