Eran apenas las ocho de la mañana y la temperatura ascendía sin control. Los rayos del sol atravesaban el cielo como cuchillas, dejando sobre las calles un resplandor blanco y hostil. Cualquiera que se atreviera a salir sin la protección adecuada corría el riesgo de terminar rojo como un cangrejo.

El viento, que en otras circunstancias habría ofrecido algo de alivio, parecía haberse esfumado. Las hojas de los árboles permanecían inmóviles, suspendidas bajo el peso del calor. Ni una rama se agitaba. Ni una sombra temblaba sobre el pavimento.

La ciudad entera parecía contener la respiración.

Al final de aquella jornada sofocante, Marcela estaba agotada. Mientras caminaba hacia el estacionamiento para buscar su auto, repasaba mentalmente las interminables horas de trabajo. Por suerte era viernes. Tendría todo el fin de semana para recuperarse. O al menos eso esperaba.

Ni siquiera el aire acondicionado de la oficina había logrado protegerla. De alguna forma, el calor se había colado en el edificio, aferrándose a las paredes y al cuerpo de los trabajadores hasta consumir sus últimas energías. Marcela sentía la ropa pegada a la espalda y una presión persistente detrás de los ojos.

Ahora solo quería regresar a casa, quitarse los zapatos y olvidarse del mundo. Sin embargo, cuando subió al auto, no tomó el camino habitual.

El sol comenzaba a hundirse en el mar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos. Durante unos segundos, Marcela contempló el horizonte desde el estacionamiento. Sin las luces de la ciudad, pensó, aquel cielo habría sido perfecto.

No sabía explicar por qué, pero sintió la necesidad de acercarse a la playa.

Quedaba a tan solo diez minutos de su hogar. Podía caminar un rato, contemplar el atardecer y luego encerrarse en casa hasta el lunes. Quizás el aire marino conseguiría aliviar el agotamiento que cargaba desde hacía días.

Cuando llegó, descubrió que la costa estaba extrañamente silenciosa.

Había pocas personas en la orilla. Algunas caminaban descalzas sobre la arena; otras observaban el horizonte o fotografiaban los últimos destellos del crepúsculo. A simple vista, todo parecía normal.

Pero no lo era.

Marcela tardó unos instantes en comprender qué resultaba tan extraño.

El océano se había retirado.

Las aguas del Pacífico habían retrocedido varios metros, dejando al descubierto una extensión de arena oscura, piedras cubiertas de algas y pequeños peces que se agitaban en charcos poco profundos. Las embarcaciones parecían encontrarse más lejos de la costa de lo habitual.

Se detuvo.

Había observado muchas veces los cambios de la marea, sobre todo durante las noches de luna llena, pero jamás había presenciado algo semejante. Era como si el mar hubiera dado un paso atrás. Como si se preparara para tomar impulso.

Un escalofrío le recorrió los brazos, pese al calor.

Marcela miró a las personas que caminaban cerca de ella. Nadie parecía alarmado. Una pareja recogía conchas de la arena húmeda y unos niños corrían detrás de los peces atrapados. El comportamiento de los demás terminó por tranquilizarla.

Tal vez estaba exagerando.

Continuó su paseo sin darle mayor importancia.

A lo lejos distinguió a uno de los pescadores que acostumbraban salir a altamar durante las mañanas. El hombre recogía sus redes junto a un bote pequeño y desgastado. Se movía con una premura impropia de su edad, como si cada segundo que permaneciera allí lo acercara a algo que solo él podía ver.

Marcela se acercó, pensando que quizá necesitaba ayuda.

—¿Va a llegar tarde a una cita? —preguntó.

El hombre se detuvo.

Desde la distancia no había podido distinguirlo bien, pero ahora que lo tenía enfrente calculó que debía de rondar los sesenta y cinco años. Tenía la piel curtida por el sol, las manos llenas de cicatrices y los ojos pequeños, hundidos bajo unas cejas espesas.

No respondió a su sonrisa.

Se limitó a observarla durante unos segundos, como si intentara decidir si valía la pena advertirle.

—El mar está enojado —dijo finalmente—. Es mejor marcharse pronto.

Marcela volvió la mirada hacia el océano.

Todo parecía en calma. Las escasas olas se alzaban apenas unos centímetros antes de morir sobre la arena. Ni siquiera las gaviotas revoloteaban cerca de la costa. Permanecían agrupadas sobre unas rocas, inquietas, con la cabeza orientada hacia el interior.

—Yo lo veo bastante tranquilo.

El pescador dejó las redes a un lado.

—Eso es lo que quiere que usted crea.

Marcela esbozó una sonrisa incómoda.

—¿El mar?

—No deje que la engañe, señorita. Llevo toda mi vida escuchándolo. Hay días en que ruge, otros en que canta y algunos en que guarda silencio.

Señaló el horizonte.

—Hoy está demasiado callado.

Marcela escuchó con atención.

El anciano tenía razón.

No se oía el vaivén del agua. Tampoco el viento ni el graznido de las aves. Solo las voces lejanas de las personas y el sonido seco de los peces atrapados sobre la arena.

El pescador reanudó su labor.

—Márchese cuanto antes. Pase la noche lejos de aquí. Si puede, váyase a las alturas.

—¿Espera una tormenta?

El anciano negó lentamente.

—Las tormentas avisan.

No añadió nada más.

Guardó las últimas redes en el bote y comenzó a arrastrarlo con una energía sorprendente. Marcela permaneció inmóvil unos instantes, observándolo alejarse.

A pesar de la extraña advertencia, terminó encogiéndose de hombros. Estaba demasiado cansada para interpretar los temores de un desconocido. Seguramente el hombre llevaba tantos años en el mar que veía amenazas donde los demás solo veían agua.

Mientras regresaba a casa, la inquietud fue desapareciendo, pero no del todo. La frase del pescador permaneció agazapada en algún rincón de su memoria.

«Hoy está demasiado callado».

Al llegar, tomó una ducha fresca para quitarse la humedad y la sensación pegajosa del calor. El agua resbaló por su piel y, durante unos segundos, recordó los peces atrapados en la arena.

Cerró los ojos.

No comprendía por qué aquella imagen la perturbaba tanto.

La noche avanzaba y faltaba poco para que comenzara la penúltima jornada del festival, transmitida por televisión abierta. Marcela se puso ropa cómoda, preparó algo de comer y se instaló frente al televisor.

Mientras esperaba la presentación del artista encargado de cerrar el espectáculo, abrió la ventana.

El aire que entró desde la costa no era fresco.

Olía intensamente a sal, algas y madera mojada.

Marcela frunció el ceño, pero luego subió el volumen del televisor y regresó al sofá.

Cuando su cantante favorito apareció en el escenario, el tiempo pareció acelerarse. Coreó cada canción a todo pulmón, como si las letras le pertenecieran. Durante más de una hora olvidó el calor, la playa y las palabras del pescador.

Solo al finalizar el espectáculo miró el reloj.

Eran las tres de la mañana.

La casa estaba en silencio.

Afuera tampoco se oía nada.

Marcela se acercó a la ventana antes de cerrarla. Desde allí no podía ver la playa, pero alcanzaba a distinguir una franja oscura del horizonte. Durante un instante creyó escuchar un rumor lejano, parecido a un murmullo profundo.

Contuvo la respiración.

El sonido desapareció.

—Estoy cansada —se dijo.

Cerró la ventana y se fue a dormir.

Apenas apoyó la cabeza sobre la almohada, el agotamiento la venció. Cerró los ojos y el sueño la envolvió de inmediato.

Cuando volvió a abrirlos, se descubrió caminando nuevamente por la playa. Era el mismo lugar. La misma orilla. El mismo crepúsculo, pero no había personas. Tampoco niños, parejas ni pescadores. Solo una extensión interminable de arena húmeda bajo un cielo teñido de rojo. El océano se encontraba tan lejos que apenas podía distinguirlo.

Marcela miró hacia atrás. Su casa no estaba. La ciudad había desaparecido y, en su lugar, se alzaba una hilera de árboles negros, completamente inmóviles.

Aunque no sabía cómo había llegado allí, estaba segura de que soñaba.

Intentó detenerse, pero sus piernas continuaron avanzando, impulsadas por una fuerza que no podía controlar. Repitió el recorrido de aquella tarde hasta encontrar al pescador junto a su bote.

Él no recogía las redes, la estaba esperando.

—No deje que la engañe, señorita —dijo sin saludarla—. El mar está muy bravo. Es mejor marcharse pronto. Pase la noche lejos de este lugar.

Marcela intentó reír, pero ningún sonido salió de su boca.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

Una presión creciente comenzó a oprimirle el pecho.

El pescador volvió el rostro hacia el horizonte.

—Los años… Con el tiempo, uno aprende a conocerlo. Aprende a distinguir cuándo duerme y cuándo finge dormir.

—Pero no se aproxima ninguna tormenta. Han pronosticado otro día caluroso para mañana.

Marcela buscaba cualquier argumento que le permitiera desmentirlo. Necesitaba convencerse de que el anciano estaba equivocado.

El hombre hundió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña caracola. Se la acercó al oído.

—¿Escucha?

Marcela prestó atención, pero no oyó nada.

—No.

El pescador bajó la mano.

—Ese es el problema.

La intranquilidad le cerró la garganta.

—¿Qué viene?

—Algo que no necesita cielo negro ni viento para llegar.

Se acercó a ella.

—Hágame caso. Váyase lejos. En las alturas estará segura.

Marcela abrió la boca para responder, pero el pescador había desaparecido.

También el bote. Solo quedaba la caracola sobre la arena. Se agachó para recogerla.

Antes de tocarla, sintió una vibración bajo los pies.

Al principio fue apenas un estremecimiento, un pulso profundo que parecía provenir de las entrañas de la tierra. Luego, la arena comenzó a agitarse y a abrirse en pequeñas grietas.

Marcela intentó retroceder, pero el suelo volvió a sacudirse.

Un estruendo se alzó a su alrededor, semejante al choque de un enorme camión contra un bloque de concreto. Los árboles del horizonte se inclinaron al mismo tiempo y el cielo se oscureció de golpe.

Entonces el mar comenzó a regresar. No como una ola, sino como una muralla.

Marcela abrió los ojos sobresaltada. Estaba en el suelo, junto a la cama, mientras la casa entera se sacudía con violencia.

Durante unos segundos no comprendió dónde se encontraba. El sueño todavía se aferraba a su mente, mezclándose con el ruido de los objetos al caer y el crujido de las paredes.

Intentó ponerse de pie, pero volvió a desplomarse.

El suelo ondulaba bajo su cuerpo. Los muebles se desplazaban de un lado a otro. Un vaso cayó en la cocina y se hizo añicos. Después cayó otro. Las puertas de los armarios se abrían y cerraban con golpes secos.

En el aire flotaba un polvo espeso desprendido de las paredes. Cada respiración le provocaba accesos de tos.

Marcela se cubrió la cabeza con los brazos y trató de arrastrarse hacia un costado de la habitación.

Todo crujía: la madera, el techo y los vidrios. Las paredes parecían gemir bajo la fuerza del movimiento.

Por un instante recordó las palabras del pescador.

Las tormentas avisan, pero aquello no era una tormenta.

Tras varios intentos, logró incorporarse sujetándose del borde de la cama. Una lámpara cayó a pocos centímetros de sus pies. Marcela gritó y dio un salto hacia atrás, pero el movimiento volvió a lanzarla contra la pared.

Tuvo la certeza de que el infierno se había abierto bajo su casa.

Jamás había experimentado algo semejante.

Cuando el temblor comenzó a disminuir, buscó el interruptor. Lo presionó una vez. Luego otra.

Nada.

La electricidad se había cortado.

A oscuras, avanzó hacia la puerta principal, tanteando los muebles y las paredes. Tropezó con una silla volcada, se golpeó la rodilla y estuvo a punto de caer de nuevo.

Afuera se escuchaban gritos.

Alguien pedía ayuda.

Un perro ladraba sin descanso.

Marcela llegó hasta la puerta e intentó abrirla, pero no cedió. El movimiento había deformado el marco y la hoja estaba atascada.

Empujó con ambas manos, pero no ocurrió nada. Volvió a intentarlo, esta vez con todo el peso de su cuerpo, pero la puerta permaneció inmóvil.

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Estoy aquí!

Nadie respondió.

Entonces una nueva sacudida recorrió la casa.

Marcela perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Algo pesado se desplomó en la habitación contigua. Los vidrios de una ventana terminaron por romperse y una ráfaga cargada de polvo entró desde el exterior.

Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Podían haber sido minutos o una eternidad.

La garganta le ardía y la oscuridad hacía que las paredes parecieran estrecharse a su alrededor.

Estaba atrapada en su propia casa.

Intentó recordar lo que debía hacer durante un terremoto. Mantener la calma. Buscar una zona segura. Alejarse de las ventanas. Esperar.

Pero entonces recordó la playa.

La arena húmeda.

Los peces agonizando.

El océano retirándose.

Y la voz del pescador.

«En las alturas estará segura».

El miedo se transformó en pánico.

Volvió a golpear la puerta.

—¡Déjenme salir!

Esta vez escuchó algo al otro lado.

No era una voz, pero tampoco el crujido de la madera ni el estrépito de los objetos al caer.

Era un sonido profundo y creciente. Un rugido lejano que parecía avanzar por las calles. Se asemejaba al paso de cientos de camiones, al derrumbe de un edificio, al bramido de una criatura descomunal.

El ruido se hizo más fuerte.

Marcela retrocedió.

Durante un instante, todo lo demás desapareció. Ya no oyó los gritos ni los ladridos. Solo aquel estruendo que se acercaba, devorándolo todo.

La ventana abierta por la que horas antes había entrado el aire salado dejó pasar una corriente helada.

El olor del mar inundó la habitación y Marcela lo comprendió todo.

—No…

El agua irrumpió con violencia.

Entró por las ventanas como una masa oscura, cargada de madera, barro y vidrios. Golpeó la puerta principal hasta arrancarla de su sitio y la lanzó contra la pared.

La corriente derribó a Marcela antes de que pudiera aferrarse a algo.

El impacto le arrebató el aire.

Su cuerpo chocó contra un mueble y luego contra el suelo. Intentó incorporarse, pero otra oleada la cubrió por completo.

Cerró los ojos.

El agua salada le invadió la nariz y la garganta. El dolor fue inmediato. Movió los brazos desesperadamente, buscando la superficie, una pared, cualquier cosa que pudiera sostenerla.

Sus dedos se cerraron alrededor de una cortina. La tela resistió unos segundos, pero luego se desgarró.

Marcela volvió a hundirse.

Entre el agua turbia alcanzó a ver objetos que flotaban a su alrededor: una silla, un cojín, fragmentos de vidrio, el control remoto del televisor. Todo aquello que hasta hacía unos minutos formaba parte de su hogar se había convertido en una amenaza.

Intentó nadar, pero no sabía hacia dónde.

La corriente la arrastró hasta el exterior y la golpeó contra algo duro. Sintió un dolor agudo en el hombro. Abrió la boca para gritar, pero solo consiguió tragar más agua.

Luchó con las pocas fuerzas que le quedaban. Su cuerpo se volvió pesado.

El estruendo comenzó a apagarse.

En medio de la oscuridad, creyó ver al pescador sobre una elevación, lejos de la corriente. Permanecía inmóvil, sosteniendo la caracola junto al oído.

Marcela extendió una mano hacia él, pero la figura desapareció. Entonces comprendió que el mar nunca había estado en silencio. Había sido ella quien no supo escucharlo.

Exhausta, cerró los ojos.

La corriente continuó arrastrándola hasta que la oscuridad ocupó el lugar del agua, del miedo y del último aliento.

Nota de prensa: 27 de marzo de 2010

A un mes del terremoto y del tsunami ocurridos el 27 de febrero, la cifra oficial de fallecidos asciende a 525, además de un total de 23 personas desaparecidas en las regiones afectadas: Valparaíso, Metropolitana, O’Higgins, Maule, actual Ñuble, Biobío y La Araucanía.

FIN

Nota del autor:
Inspirado en el terremoto del 27 de febrero del 2010 que sacudió el centro y sur de Chile con una magnitud 8,8 Mw a las 3:34 a. m. Actualmente, ocupa la posición número 8 de los terremotos más grandes de la historia.

Etiquetas: relatos cortos

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS