Llegó atraído por el anuncio de la oficina judicial. Se requerían discreción, reserva y confidencialidad. En un examen íntimo de sí mismo, concluyó que era precisamente la persona que aquella necesidad estaba buscando. No hacían falta recomendaciones; una simple llamada de la Linterna Azul parecía abrirle el camino.
Durante días ensayó el saludo judicial, primero de espaldas al espejo y luego frente a la cámara, tal como le habían enseñado en la facultad. Quería que cada gesto transmitiera seguridad, sobriedad y respeto por la investidura que anhelaba alcanzar.
Cuando por fin pronunciaron su nombre, se puso de pie con una dignidad casi episcopal. Dio dos pasos firmes, levantó la barbilla y ejecutó el saludo tal como lo había aprendido en la facultad.
Entonces descubrió que había entrado al salón equivocado.
No era la entrevista para la oficina judicial sino la reunión mensual de los jubilados del edificio.
Veintisiete ancianos lo observaron con asombro. Una señora le devolvió el saludo con un paraguas. Un caballero preguntó si venía Y así, por primera vez, la Linterna Azul no le abrió la puerta de la justicia, sino la del salón comunal.
de la televisión. Otro quiso saber si era el nuevo instructor de yoga.
Sin perder la compostura, decidió continuar. Explicó durante cinco minutos la importancia de la reserva, la confidencialidad y la ética judicial.
Al terminar, recibió el aplauso más caluroso de su vida.
La presidenta del club de jubilados se acercó sonriente:
«Joven, para abogado no sé, pero para animar reuniones está contratado desde este momento».
Un viejo sostenía su tinto amargo haciendo equilibrio entre las rodillas para no perder ninguna línea del discurso. Había llegado por curiosidad y permanecía allí por sospecha. Algo en aquel arlequín le llamaba la atención.
El hombre pronunciaba las palabras como un tartamudo que persiguiera cada sílaba con una red de mariposas. Tropezaba en los saludos, se enredaba en las fórmulas de cortesía y parecía debatirse con las consonantes más sencillas.
Algunos asistentes sonrieron con disimulo. Otros miraron hacia la puerta, preguntándose cuánto faltaría para el final.
Pero el viejo siguió escuchando.
Poco a poco advirtió algo extraño: el arlequín jamás se equivocaba en los nombres, nunca confundía una fecha y citaba artículos enteros de memoria. Tartamudeaba únicamente cuando hablaba de sí mismo.
Cuando mencionaba leyes, expedientes o sentencias, las palabras fluían como agua por un canal limpio. En cambio, al decir su nombre, su origen o sus méritos, la voz se le rompía en pequeños pedazos.
El viejo tomó un sorbo de tinto y sonrió.
«Curioso», pensó. «Este hombre no tartamudea ante el público. Tartamudea ante el espejo.»
Y desde ese instante el discurso dejó de parecerle una farsa y comenzó a parecerle una confesión disfrazada de ceremonia.
. Un viejo sostenía su tinto amargo en la sala de pensionados. Lo hacía con el mismo cuidado con que durante décadas había sostenido expedientes, secretos, dudas y sentencias.
Frente a él, el arlequín judicial continuaba su discurso entre pausas, tropiezos y solemnidades aprendidas. Algunos se burlaban en silencio. Otros miraban el reloj.
El viejo, en cambio, observaba.
Y de pronto comprendió.
Aquel tartamudo no era un desconocido.
Era él.
No el hombre de la tarima, sino la suma de todos los personajes que había interpretado a lo largo de la vida: el estudiante que ensayaba saludos frente al espejo, el servidor público que soñaba con ascensos, el funcionario que creyó que una puerta azul podía conducirlo al destino, el juez que llenó cuadernos enteros intentando comprender a los demás mientras apenas lograba comprenderse a sí mismo.
Entonces descubrió que su diario judicial se cerraba exactamente de esa manera.
No con una sentencia memorable.
No con una condecoración.
No con una fotografía enmarcada en alguna pared oficial.
Se cerraba con aquel juglar judicial que había sido durante toda su existencia: unas veces sabio, otras ridículo; unas veces firme, otras vacilante; predicando certezas mientras combatía sus propias dudas.
Sostuvo la taza de café y observó cómo la superficie oscura temblaba levemente.
Entendió que aquel movimiento era también su historia.
El juicio más difícil nunca había estado en los estrados.
Había ocurrido dentro de sí mismo.
Y aquel café amargo que ahora sostenía era la última prueba del proceso.
Sonrió.
Afuera caía la tarde.
El arlequín seguía hablando.
Pero el viejo ya no escuchaba las palabras.
Escuchaba el cierre de un libro.
Así se contó su vida.
Como un expediente lleno de tachones y misericordias.
Como un diario judicial escrito por un hombre que pasó años juzgando el mundo para descubrir, al final, que el único testigo que jamás pudo abandonar el estrado era él mismo.
OPINIONES Y COMENTARIOS