¿Dónde está Rufino? (Veintiséis libras y media, segunda versión

¿Dónde está Rufino? (Veintiséis libras y media, segunda versión

Hardboiled 

¿Dónde está Rufino?


Veintiséis libras y media (segunda versión) 


Hay una especie de tristeza
que surge cuando se sabe
demasiado, cuando se ve
el mundo como realmente es.

Virginia Wolf 


Los ojos ciegos bien abiertos.
 Indio Solari

1.- Supo cuando llegó un mensaje a su viejo celular que solo leería malas noticias. Así fue. Las malas noticias nos hablan con boca de muerto. Lengua sin gesto, saliva en clave morse.
Leyó con desgano. Bla, bla, bla. Las palabras escritas en el mensaje se atropellaban nerviosas. Cada frase se repetía, como si el tipo necesitara escribir dos veces el mismo mensaje. “Pensará que soy pelotudo que no entiendo lo que leo”, dijo El hombre de Hojalata, visiblemente molesto.
Cuando un mensajero no sabe controlar sus emociones, cuando teclea con torpeza, la noticia tiene que ser necesariamente mala. No le agradaba para nada el significado de las palabras escritas. Bla, bla, bla sombrío era el mensaje sin temor a equivocarse.
La noticia era realmente mala. Peor de lo que esperaba. La caída de una venta siempre es una mala noticia; que se regatee el precio cuando ya se entregó la mercadería puede ocurrir y no es de los peores asuntos. Capturar un espécimen que no estaba indicado, era una mala noticia. Muy mala.
Los especímenes debían mirar al sol con pupilas dilatadas, sus gargantas secas. Debían ser los elegidos. Corderos de Dios que incitan los pecados del mundo. Listos para el trueque inmoral. La carne por el oro. ¡Tan simple! No importan sus nombres, ni el zumbido ambiguo de sus blancas voces infantiles. Solo deben ser los elegidos. Nada más. No hay lugar al error.
Cada par de años, por ese antiguo celular que estaba a nombre de un pobre infeliz, llegaban mensajes para ponerlo al tanto de los lamentos de un comisionado por un incidente. Estaba prohibido hablar por teléfono, nunca debía quedar grabada la voz de ningún integrante de la red. Se trataba de evitar referencias directas, explicaciones comprometedoras. Todo debía ser ambiguo, ridículo. Inverosímil. Violar estas reglas merecía el peor de los castigos. Solo mensajes de texto breves. Los mensajeros tienen la tentación de hablar y hablar sin parar. Creen que cuanto más hablen más lejos estarán de los problemas y no es así. Cuanto más se habla, más se delatan las cosas. Se eleva una Babel ridícula que acaba en una jerigonza que hace el ruido de cien insectos cuando baten histéricos sus alas. Y tras cartón —diría El Hombre de Hojalata—, cae la yuta por coimas más jugosas. El dinero no brota en los árboles. Cada morlaco para un soborno es carne vendida o promesa de mercancía.
Hacía años que nada demasiado grave se le comunicaba. Cierta monotonía en el negocio lo aburría. Compra-venta. Kilos de carne joven o infantil. Eso era todo. Carne-carne-carne. Carne burguesa o carne plebeya. No había distingo.
La oferta interminable abasteciendo el negocio del placer desde sus formas más simples a las más horrendas. Al leer el tortuoso mensaje se preguntó por enésima vez y con total cinismo: ¿había algo más horrendo que la incertidumbre de no reconocer ningún sentimiento humano más que el de la codicia? Si se le daba por filosofar, no era sino a causa del aburrimiento.
El aburrimiento no cambiaba su carácter, lo excitaba. Seguía siendo “El Hombre de Hojalata”. Carecía por completo de sentimientos y podía afirmarse que también de pasiones. Hombre sin corazón. Piel de metal. Indiferente a cualquier cualidad humana. Las pasiones le parecían una extravagancia propia del que no tiene nada que hacer. Se apasionan por una mujer, por un juego de póquer, por un partido de fútbol. Cosas intrascendentes.
Respondía a esos entusiastas que los que arriesgan el cuero a cada minuto (poniéndose él como ejemplo), se ahorran las extravagancias. Deben amarse a sí mismos por sobre todas las cosas si quieren sobrevivir. Porque ese amor por sí mismos solía ponerlos a salvo de riesgos impredecibles. Luego, cierta falsa modestia era aconsejable no solo en ese negocio. En la vida había aprendido a pasar inadvertido. Un componedor, un negociador no necesita ser notable, sobresalir por encima del común de las personas. Ser uno más era el secreto. Para el negocio, Hemingway: “dos años para aprender a hablar, sesenta para aprender a callar”.
Pocas cosas podían hacerlo vacilar o confundir. No había miembro de la red que no lo hubiese escuchado repetir sus consignas. No hagas esto, no hagas aquello, no repitas lo que escuchas, sé siempre muy sordo y muy ciego. Parece a un idiota, pero no lo seas. Curarse en salud. No ver, no oír, no hablar.
Quienes lo detestaban tenían por costumbre provocarlo contradiciendo sus afirmaciones. Eso hacía que el tipo repitiera con serenidad pasmosa su litúrgica monserga sobre el negocio que les daba de comer a todos esos crápulas.
—Todo es mercancía. ¿Entienden? —le hablaba a un público cínico y hostil—. Una mercancía puede ser un reloj o una persona. Cuanto más fresco el fruto, más valor tiene. Un reloj, si es un Casio, vale nada, si es un Rolex de oro, mucho. Todo depende de lo que el cliente puede pagar o quiera pagar. No solo lo que pide, sino lo que esté dispuesto a pagar.
El mundo está lleno de mezquinos y mezquinas. Las mujeres son las peores. —Hablaba como si fuera un chamán—. Ellas saben cómo regatear. Lo hacen todos los días con sus maridos. ¿Quieres mi vagina? Es un bien ganancial. Paga por ella antes de que sea viuda. Cuando sea viuda me quedará con todo. Incluso con uno o dos amantes y luego iré a tu tumba a decirte los nombres.
Si el cliente tiene dinero en abundancia, es rey o incluso Dios. Los dioses siempre han vivido en medio de riquezas que unos cuantos miles de esclavos producen para ellos. Nuestros esclavos salen de sus casas sin tener conciencia de la selva en la que viven. No imaginan que aparecerá un carnívoro a la vuelta de una esquina y los devorará sin compasión. Si los que tienen guita me piden rubio, encargo rubio. Si quieren rubia, rubia. Si me piden negro, encargo negro. O negra. No soy racista. Si lo quieren gordo o flaco, eso reclamo. Amo el bullying pero no lo practico mientras negocio. Hay quien prefiere el crujir de los huesos y quienes las modulaciones de la grasa. Niña, niño, andrógino, lo que pidan. Del color, del tamaño, del peso que prefieren. Yo solo encargo, no cosecho. La captura no es mi especialidad. Cuando el reclutador me muestra la mercancía, le pongo precio. Eso es todo, nada extraordinario. “¿Y dónde aprendió este negocio?”, le preguntaron en cierta oportunidad unos que pretendían pasar por listos.
En el fondo de un pozo ciego. Allí se aprende todo lo que es importante. Ver el mundo desde el fondo de un pozo con mierda, hace cambiar las ideas a cualquiera. Incluso a ustedes. La inmundicia es la esencia de todos los negocios. Donde hay riqueza, hay sangre. Donde hay riquezas, hay mucha mierda. Las monedas no se acuñan en oro, sino en sangre fresca. Como dicen los ingleses, negocios son negocios, y esto los habilitó siempre, entre mocos, lloviznas y nieblas, a traicionar a quien les convenía. La traición es una acción salvadora. La traición es una corrección necesaria a decisiones erradas. La traición es la gran tradición en este negocio. Soy tu amigo, pero si tu hijo vale lo que imagino, te lo quito. Lean. Dediquen algún tiempo a la lectura. No les vendrá mal leer algo.
Los nuevos reclutadores que ingresaban a la red le parecían cada día más idiotas. Mucho celular. El celular te quema las neuronas. Te achica el cerebro al tamaño de una pantalla. Un cerebro petrificado como vidrio templado, óxido de indio, estaño, cristal líquido, emisores de sombras. Nada de luz. Idiotas.
¿Arrepentimiento? ¡Qué ridiculez! La metanoia bíblica es para chupacirios con dos dedos de frente. No tengo religiosidad en el sentido bíblico. Le doy al cliente lo que el cliente pide. El cliente compra y paga, yo vendo y cobro. El Mago de Oz recauda. Gano mi porcentaje. No tengo sueldo. Lo deposito offshore. No se puede confiar en este país. ¿Pero el presidente no repudia la pedofilia? El presidente clona perros. ¿Qué se le puede exigir? Esos pendejos no van a llegar a viejos. Les damos una vida nueva. Breve. Pero nueva. No se puede negar que somos sus mecenas. Ninguno va a superar los quince años. ¡Y quince es mucho! Es preferible que antes que un degenerado borracho que una mujer retardada metió en la cama de sus hijos consuma esa sabrosa mercancía después de ponerse en pedo con vino de cartón. Prefiero un tipo o una bruja de buenos modales oliendo a perfume francés, que paladean mejor que nadie un bocado genuino. Caviar humano. Perlas blancas y rubias. Perlas negras brillando en la oscuridad. Delicatessen. Como aquel que elaboraba el hígado humano para servirlo como foie gras.
Pensaba en lo más íntimo de su maldad que el mundo era un burdel que se reciclaba. Adán y Eva. Y luego sus hijos reproduciéndose entre hermanos. Bíblico incesto. Y Dios alabó ese incesto. Les ordenó que se multiplicaran. Todo estaba podrido desde el principio. Y así siguió. De una época a otra. Apenas tornó en algo más sofisticado. Esclavos, siervos, proletarios, descartables. Esa había sido la evolución de la humanidad. De mono caminando en dos patas matando a golpes de garrote, a idiota hipnotizado consumiendo basura por la pantalla del celular. TikTok. TikTok. Un poco de Instagram, Telegram, o Mierdegram. Da lo mismo. La estupidez llama a la puerta del mundo y este lo recibe con los brazos abiertos. El mundo le abre sus puertas en nombre de una inteligencia artificial que se parece más al pozo de mierda donde aprendí los rudimentos del negocio. Una droga de software y algoritmos que vuelve a la gente más idiota cada día y a los amos del mundo, más perversos que sus predecesores. Lo único que se perfecciona es la maldad. Los demonios huyen espantados de los hombres. Cada época con sus espejismos, sus treinta monedas de plata, sus formas de lavar la mente para “pensar en nada”. ¿No hay una canción que repite pensar en nada? Estaba convencido que con la Inteligencia Artificial será más fácil diseñar el mercado de la carne humana y que un algoritmo exterminador alentará a los futuros mercaderes a proponer trueques más redituables. Metamorfosis impensadas, ADN pervertido hasta que los monstruos conocidos queden reducidos a los relatos del Mago de Oz o de Alicia en el país de las maravillas. Solo se trata de dinero. Al final de los tiempos, cuando la humanidad se haya consumido por completo a sí misma, cuando la regla sea Sodoma y Gomorra, una pústula gigante abrazando el mundo, el ángel exterminador, el Abadón más cruel, vendrá a descartar a la humanidad toda y a devolvernos a nuestra forma original de viscosas y traslúcidas amebas, con su misma inteligencia y con su misma moral. Unicelulares intrascendentes calentándose al sol en el caldo del fin del mundo. Eso sería todo.
***
2.- A veces los compradores se ponen pesados. Quieren regatear. Cretinos. ¿Por qué alguien que compra una satisfacción piensa en tacañear? No es aceptable. Buscó muchas explicaciones a ese comportamiento. Si fueran almacenero y ellos hambrientos que tuvieran apenas unas monedas para comprar alimentos, entendería el lloriqueo. Pero él no es almacenero y no vende comida. A lo sumo proporciona un manjar que se degusta hasta la última piel. Si fuera médico y ellos pacientes afectados por una enfermedad que los persigue hasta matarlos, también lo comprendería. Pero él no es médico. No vende remedios. Vende química del placer. Es sensualidad de menudas dimensiones. Lascivia. Erotismo. Impudicia. Para personas que aprecian darse un banquete de hermosa carne lubricada. Pero, mezquinan. Cretinos. Cien veces cretinos. Esconden su riqueza y baratean la mercadería. Piden y luego se quejan porque les resulta muy costoso. ¿Quieren placeres baratos? Pues en las calles de los bajos fondos sobran mujeres y de los otros con sus sífilis y gonorreas que le brotan por los ojos, gotean desde los lagrimales una pasta hedionda de color agusanado. Si no quieren pagar, beban de ese cicuta. Laman las llagas de quienes convulsionan por fiebres incurables. El mercado que ofrece es para exquisitos. Sentirse como el ave mítica que come el hígado de su prisionero cada noche. Lo devora lentamente. Minúsculos trozos oscuros que invaden los sentidos y los mastican hasta hacerlos una pasta alucinógena. El placer y el sufrimiento en un ciclo perpetuo. Diría, como el poeta, he domesticado el dolor y lo he convertido en placer. Somos semejantes en esta podredumbre. Les da la estrella de sus ojos y el sol de su naturaleza podrida. Los invita a ser el rey de un país de flores maldecidas. Flores podridas. ¿No merecen esos tacaños la condenación de Ananías y Safira? Que caigan muertos, como ellos. Mi espíritu santo los maldiga y los encierre en La Ciudad Esmeralda. Compraron por diez y quieren pagar por cinco. Regateo del 50%. ¿Soy un vendedor de baratijas? Se quejan del color de cabello demasiado rubio demasiado negro los ojos pequeños los ojos grandes del tamaño de una guinda piel de una cáscara lubricada la boca seca la lengua exangüe y así es el lloro y el crujir de los dientes que astillan contra la lengua. Que no era el peso la talla las proporciones las formas los lamentos y mientras la carne estaba aún entre sus dientes antes que la masticaran reclaman rebajas tal si el banquete fuera una oferta en cómodas cuotas de su dorada tarjeta de crédito. Asuntos desagradables. Su naturaleza de Shylock reclama esa libra de carne.
***
3.- Leyó ese mensaje que llegó al viejo celular y por partida doble y deseó ser ciego. Una buena y reconfortante ceguera. Una pupila vacía y paranoica le evitaría reconocer en ese texto una desgracia inevitable. ¿De qué se trataba? Había desaparecido un niño. Y a él qué le podía importar ese suceso. Apenas lo leyó reafirmó su creencia de que todos los nuevos mensajeros no solo parecen muy idiotas, lo son. Son anuncios de malos augurios. Son un virus que se propaga entre los millennials recién contratados y los decadentes pospandémicos que sobrevivieron a la hecatombe. Pensó: niños desaparecen todo el tiempo en todo el mundo. Y nadie pasa sus horas enviando mensajes lastimeros por cada uno de ellos. Menos un mensaje repetido dos veces. No habría quién quisiera leerlos. La gente quiere beber cerveza y explorar páginas pornográficas. Admirar a Mia Khalifa y no a Teresa de Calcuta. Encima, a esa pobre mujer que se recluyó en la India, la rima no ayuda a los buenos pensamientos. ¡Ha desaparecido un niño! ¡Ha desaparecido un niño! ¿Quería el mensajero que se echara a llorar? ¿Que se orinara encima por un niño desconocido que tal vez yacía en el fondo de un pozo por ir donde no debía? Debió enfadarse, pero no pudo. Carecía de voluntad para ello. Eran esas unas horas en que hubiera preferido pasar disfrutando la calma y no amargándose con estúpidas noticias. Deseaba un whisky, ver una película intrascendente, acomodarse en un mullido sillón, abrigarse con una manta liviana. No era mucho pedir. Es que estaba viejo. Quería el retiro, pero no podía reclamarlo. Lo supo desde el primer día en que se conchabó en ese negocio. Nadie de él sale para disfrutar la jubilación. Sabía cómo se sale del negocio. Patas adelante. Muerto. Completamente muerto. Y nadie te llorará en un funeral porque no habrá tal. Su alma estaba aún más vieja que su cuerpo. Su edad no correspondía con su aspecto y este era el verdadero reflejo de su vida interior. Bajo la piel, invisible, una pústula en medio del esternón perforaba día a día el hueso con una infección que crecía a cada instante más y más hasta arrimarse a los pulmones y prometía asfixiarlo. ¿Acaso moriría así, medio podrido? Era posible. Mejor que de un tiro en la cabeza de parte de alguno de los sicarios que respondían al Mago de Oz y que seguro, minutos antes, lo había adulado. La bala rompiendo el cráneo carece de poesía. Y aunque ni lo mencionaba, esperaba que su muerte tuviera algo de poesía. Una muerte perturbadora. Una lenta agonía. Que sus sucesores se vieran en un espejo horrible y no pudieran nunca quitar de sus recuerdos el aspecto espantoso de ese viejo alcohólico podrido hasta los huesos. Podía bien ser su real legado. Tomad y comed todos de esta putrefacción. Sonaba hasta bíblico. Años comprando y vendiendo personas debían dejar un rastro imborrable. Cada día que pasa el caos como la vida, y un oscuro enemigo que roe el corazón hasta reducirlo a infinitas hebras rojas. Por eso había que estar siempre ebrio.
***
4.- Un niño desapareció. No era una gran noticia. ¿Merecía aquello el mensaje lacrimógeno del mensajero que, para colmo, lo repetía dos veces? Balbuceando entre letras, tartamudeando su pánico. Detrás de ese llegó otro. Ese era importante. Venía de La Ciudad Esmeralda. Decía: “No hay lugar como el hogar”. Eso era todo, pero era suficiente. Sabía qué le estaba ordenando El Mago de Oz. “No hay lugar como el hogar” era de las órdenes que más detestaba. Debía entrevistarse con los enviados del Mago. Venían de La Ciudad Esmeralda con sus aires citadinos, de sabios sabelotodo. Chupamedias con poder. De lo peor. No eran más que unos idiotas fanfarrones, alcahuetes que llegaban con sus mensajes como si fueran revelaciones de un oráculo magnífico. Adiós comodidad. Nada de cine, nada de whisky. Adiós cómodo sillón y cálida manta. Cumpliría con todos los ritos de una entrevista. Dejaría su cueva (así la llamaba) y lo haría con la mayor discreción. Se subiría a unos cuantos taxis que lo pasearían por media ciudad hasta llegar al lugar del encuentro convenido con mucha antelación. Cada tres o cuatro meses esas casas de reunión eran cambiadas para dar la idea de cierta seguridad en los encuentros reservados entre mensajeros del Mago de Oz, componedores, correctores y limpiadores. En broma, la Santísima Trinidad de los que ejecutaban lo que se elucubraba en La Ciudad Esmeralda. Tres partes integrantes y ningún dios verdadero. Así era esa santísima trinidad. Pero él no creía en esas medidas de seguridad. Pura jactancia. Solo los tontos podían sentirse seguros en esas casas y en esas reuniones. La vigilancia es un patrimonio nacional asegurado. En un país con veinticinco servicios de inteligencia activos, sin contar los de cada embajada extranjera, ninguna reunión podía pasar desapercibida. Ni hablar de la Gran Prostituta que todo lo observa desde los limpios ventanales de las oficinas estatales a pocos metros de la plaza central.
***
5.- En un taxi se acercó al lugar a donde fue citado. Le ordenó al chofer que se detuviera en una esquina cercana. Las calles estaban vacías. Pagó el viaje con efectivo y le dejó al chofer una buena propina. No mezquinaba en esas oportunidades. Llevarse bien con mozos y choferes era una ley que había aprendido en la escuela de la calle. Estaba a quince cuadras de su destino. No llevaba celular ni tampoco un reloj pulsera. Con su entrenado reloj biológico le alcanzaba para regular su marcha y llegar con puntualidad exacta a la cita que se le había indicado. Bromeaba sobre su talento para llegar siempre a la hora exacta en que era citado. “Soy tan inglés”, decía. Más puntual que un inglés. Igual de borracho también. Aunque el buen whisky es escocés y los ingleses se lo apropiaron como suelen hacer con todas las cosas que desean. Puntuales, borrachos y piratas, podía sentirse completamente identificado.
No tuvo ni que llamar a la puerta. Su presencia era seguida por las cámaras de seguridad del aguantadero. Los últimos cien metros de su caminata hacia el lugar del encuentro habían sido rigurosamente controlados. Por las inmediaciones, alcahuetes vigilaban la cercanía de algunos policías de tránsito que dedicaban su tiempo a observar idiotizados las pantallas de sus celulares.
No conocía al matón que abrió la puerta. Con seguridad, un miembro del sindicato de los mercenarios que trabajaban, entre otros, para La Ciudad Esmeralda. En ese sindicato es donde se pueden encontrar especímenes extraños como ese. Se los contrata para un trabajo o por una temporada. Era un gigante. Reparó en el tamaño de sus manos. Bastaría un apretón para romper su cuello como se quiebra un delicado junco. Disimuló al verle el rostro. El esbirro tenía un solo ojo. Y, aunque le pareció una alucinación, sus ojos, nariz y boca parecían comprometerse en una pelea por ocupar el centro de la cara.
No era un cíclope, pero podía haber pasado por tal. Un error genético lo volvió un espécimen único. ¿A dónde, sino en La Ciudad Esmeralda, podía servir un tipo con un solo ojo? No daba ni para llamarlo tuerto. Como no había visto nunca al tuerto, desconocía que tenía un hermano, gemelo, tan patético como ese. El gigante no le dirigió ni media palabra. Le señaló con su enorme dedo índice que siguiera hasta el final del largo pasillo. Conocía de sobra ese lugar. Por ese mismo pasillo había caminado en más de una oportunidad. Lo distinto en esa oportunidad era que aún no conocía con precisión cuál era el problema real por el que fue convocado de urgencia. No apuró la marcha. Tiempo al tiempo. Nadie muere en las vísperas.
Al final del pasillo, una puerta pequeña. De madera oscura, sin brillo. No precisó golpear. Apenas se paró frente a la entrada, otro engendro abrió la puerta y lo invitó a pasar. Era el gemelo del gigante que lo recibió a la entrada. No podía haber imaginado que La Ciudad Esmeralda contara con dos cíclopes entre sus filas de matones. Pero así era. Lo tenía frente a sí. Y aunque cierta sorpresa lo distrajo, no tardó en convencerse de que el que lo recibió a la entrada y este eran idénticos o casi idénticos. ¿Qué óvulo pervertido y qué esperma espeluznante pudieron unirse para engendrar esos monstruos? No quería ni imaginar el cigoto que dio origen a aquellas malformaciones que insinuaban un carácter menos que amigable. Apenas unos pasos dentro de la habitación que estaba a media luz, una voz desde la oscuridad de un rincón le preguntó si había estado mirando los noticieros de la televisión.
—No miro televisión. Me embola. La televisión me provoca diarrea. Prefiero emborracharme.
La voz le ordenó al monstruo que encendiera un televisor enorme que estaba amurado a una de las paredes de la habitación. Se oía con claridad la voz de un periodista que hablaba del secuestro de un niño. Él miró con cierto desdén la pantalla, como si en verdad no le interesara lo que decía el periodista. Escuchó con claridad “han secuestrado a un niño de cinco años”. No pudo disimular su fastidio. Evitó reírse porque sabía que los jefes carecen por completo de sentido de humor.
—¿Y por esto me mandaron llamar?
—Sí.
—¿Por la desaparición de un niño en un lugar que no conozco? Nunca negocio por esos pueblos.
—Por eso lo mandamos llamar. ¿Todavía no comprende?
—Ya estoy medio viejo y lento. ¿De dónde está transmitiendo ese noticiero?
—De un pueblo pequeño. Un pueblo insignificante. Al noroeste. Ahí desapareció ese niño.
La voz le ordenó al cíclope que le entregara una foto del pequeño. La miró con detenimiento. No vio nada extraordinario en ese niño.
—No entiendo. ¿Por este pendejo me mandan a llamar? Soy un componedor no un buscador de niños perdidos.
—Es un escándalo nacional. Todos los medios del país están en ese pueblo. Todos. Desapareció un pibe en un pueblo perdido y todo el país habla del asunto. ¿No le parece extraño?
—Extraño es hablar de desaparición. Desapareció es un eufemismo. Disculpe la palabra, no quiero ofender. Si me queda algo de razonamiento, entiendo que ustedes me mandan llamar para que me ocupe de no sé qué quilombo, porque hubo una compra y una venta de un pibe cualquiera. Alguien compró y alguien vendió esa mercadería. Si no fuera así, yo no estaría aquí hablando con una sombra.
—Correcto. No compramos ni vendimos. No fuimos nosotros. Como usted sabiamente ha apreciado, ese “pendejo” es una cagadita cualquiera. ¿Cuánto puede pesar? ¿Quince kilos? ¿Veinte quilos? Un aperitivo. Como una aceituna negra con carozo. O quizá ni eso para nuestros clientes habituales. ¿Se da cuenta? ¿Quién podría querer comprar ese enano, cuando tenemos mercaderías de calidad insuperable?
—¿Quién?
—Alguien que la quiere pudrir. Que quiere romper el acuerdo por el que nos repartimos zonas entre las distintas redes. La Ciudad Esmeralda es la dueña de esa zona.
—Nos tocaron el culo, y metieron a todos los medios para que nos miren cómo nos quedó el ojete.
—¡Qué manera más clara de explicar lo que está ocurriendo! Rápido comprende usted la situación en la que estamos.
Un secuestro en una zona de captura que pertenece a La Ciudad Esmeralda era un suceso grave. No por la desaparición del niño, que a la postre no les importaba en lo más mínimo. Traficaban todos los días con niñas y niños. Era porque ese secuestro significaba que un grupo había decidido romper el viejo acuerdo que estableció el reparto de zonas de captura y envío de mercadería.
—Además, por esa zona está nuestro puerto de salida.
—Peor aún.
—Peor aún.
—¿Idea de quién pudo ser? —preguntó sabiendo la respuesta que oiría.
—Ni la más mínima. Eso lo tiene que resolver usted. Y lo que sigue, también.
—¿Negociamos con cuanto servicio anda por este país y ninguno sabe de qué se trata?
—¿A su edad le tengo que explicar cómo funciona esto? Los servicios están para informarse, no para informarnos a nosotros. A nosotros solo nos cobran el diezmo.
—¿Quieren que me haga cargo de este quilombo?
—Correcto. Es una orden de El Mago de Oz. ¿Algún problema?
—Claro que no. Para eso estamos. Así que tengo que prepararme para el viaje. ¿Cuándo salgo para ese lugar de mierda?
—Ya mismo. Busque lo que necesita y nos ocuparemos de su viaje. Gastos incluidos, por supuesto. Conocemos bien su avaricia.
—No es avaricia, es espíritu ahorrativo.
—Salvo en whisky, me dicen.
—Los gustos hay que dárselos en vida. Además, compro de muy buena calidad.
—Me imagino.
Aspiró una larga bocanada de aire antes de volver a hablar. Tomó coraje y preguntó.
—No estarán pensando mandarme a ese lugar con alguno de estos esperpentos, los de un solo ojo, que reclutaron en una cloaca, ¿verdad?
El cíclope ni se inmutó. Pareció que insinuó una cínica sonrisa por el comentario, pero en ese rostro de mutante era muy difícil distinguir un gesto de fastidio o de odio.
—No. Usted viajará solo con un chofer. Cuando llegue, tomará contacto con quienes van a colaborar con usted en arreglar este quilombo: con seguridad un Corrector y un Limpiador. El Limpiador, de los mejores. El Corrector, veremos, No está fácil contratar hoy en día, mucha paritaria. Sabe que no hay que hacer ruido, método artesanal para corregir errores humanos. El Mago de Oz quiere que descarte a todos los que sea necesario.
—¿El mensajero está incluido?
—Está incluido en el paquete.
—Encima cuando manda el mensaje lo repite dos veces.
—Encima. Idiota por partida doble.
—¿Dónde debo esperar ese auto?
—En el camino que va a La Ciudad Esmeralda.
—De acuerdo. ¿Quién será mi compañero de aventura? El chofer, digo.
—Antes de dejar esta casa, el guardián le entregará un sobre con todos los datos que importan. Mapas, crónicas y los datos y foto del chofer. En fin, todo lo que pudimos recolectar para su trabajo y que le puede ser útil.
—¿Qué tiempo tengo para salir de viaje?
—Una hora.
—¿Una hora? Imposible. Solo hacer los cortes al salir de este lugar me llevará casi una hora. No menos de dos horas para llegar a destino y de ahí al encuentro del chofer.
—Bien, que sean dos horas. Más que suficiente. No lleve ropa. No lleve nada que pueda comprar. Allá nuestra gente le proveerá de todo. ¡Ah! Le pido un favor en nombre de El Mago de Oz. En realidad en nombre de toda la organización.
—¿Qué favor?
—Trate de no ponerse en pedo hasta terminar con la encomienda. La Ciudad Esmeralda apreciaría que se conserve sobrio.
Prefirió no hacer ningún comentario. Estaba seguro de que, si decía una palabra de más, el esperpento lo molería a golpes hasta dejarlo algo más idiota que lo acostumbrado para vengarse de sus burlas. Saludó y se escabulló hacia la salida por el largo pasillo por el que había llegado a la entrevista. Antes de dejar el tugurio, el monstruo le entregó un sobre, tal como se lo había anunciado la sombra.
***
6.- No podía imaginar peor encomienda. Viajar durante horas y luego cumplir su misión vigilado por un chofer de La Ciudad Esmeralda era lo que menos podía desear. No había nada peor que un chofer de la red. Esperar que el mozo de un bar cualunque, donde suelen arreglarse algunos negocios turbios, busque el modo de escuchar una conversación para luego revelarla a sus verdaderos jefes, era algo natural. Salvo que el mozo fuera sordo o idiota, escuchar las conversaciones ajenas estaba incorporado al ADN de esos servidores. Aprendió que siempre es saludable dejarles a los mozos muy buenas propinas. No era el antídoto perfecto, pero podía ayudarlo a olvidar algún fragmento de lo que había escuchado. Que un chofer de taxi no fuera sino un policía haciendo extras, mejorando en algo sus ingresos y prestando atención por si pescaba que llevaba a un fulano que valdría la pena delatar, era también esperable. Por eso también aprendió que a los choferes de taxi había que darles buenas propinas.
Pero los choferes de la red eran de la peor calaña. Alcahuetes todos ellos. Muchos ni se preocupaban en disimular en algo su misión de delatores. Le hacían notar a los vigilados que tomarían nota de todas sus conversaciones, de todos sus encuentros. Y ese no era el peor de sus defectos. Porque si su alcahuetería no resultaba lo esperable para sus superiores, eran capaces de inventar cualquier historia con tal de conformarlos. Eso derivaba en muchas ocasiones en las peores consecuencias para los desgraciados denunciados. Esto va a ser un gran quilombo, un chofer alcahuete, un pueblo perdido lleno de periodistas, un mensajero tartamudo y vaya a saber qué otras bonitas compañías. La peor combinación. Y todo por un pendejo que no pesaba más de quince kilos.
Supuso que en un pueblo tan pequeño, la desaparición del niño se supo de inmediato. Era imposible que así no fuera. Que apenas corrió la voz, encendió la alarma y todo el villorrio se lanzó a buscarlo. Donde nunca ocurre nada extraordinario, la desaparición de un niño como si se lo hubiese tragado la tierra o evaporado, era un verdadero acontecimiento. Seguro que hasta la maldita policía se vio obligada a simular sincera preocupación. Y sin pedirlo ni esperarlo, vaya a saber mandados por quién, llegaron en manada los periodistas, los malditos periodistas, a meter sus podridas narices en la mierda. ¿Si uno revuelve mierda, qué espera oler?
Recién cuando abordó el tercer y último taxi le echó un vistazo al contenido del sobre que el amorfo le dio antes de salir del aguantadero. Había unas cuantas hojas mecanografiadas y dos fotos. Una del niño, que ya había visto. La otra, supuso bien, era del chofer que debía llevarlo a destino.
Cuando llegó a su guarida, sobre una mesita ratona repartió los papeles que llevaba en el sobre. Luego encendió el televisor. Tenía un tiempo antes de salir para dirigirse al auto que lo esperaba para el largo viaje. Pasó de un canal a otro. El zapping le devolvió la misma escena: periodistas hablando y hablando del niño desaparecido. Hablando sin decir nada. Elucubrando. Los vecinos revoloteando detrás de las cámaras. Pajarones embobados que ya se veían reconocidos por millones de televidentes. Revisó con atención los papeles; no revelaban nada extraordinario. No pudo evitar reparar en el nombre del chofer: Milton Centeno. Exclamó: “no me jodan. Nadie puede llamarse Milton. Nadie en este puto mundo se puede llamar de ese modo. Debe ser una joda”. Milton. Hasta creía que ese nombre no existía realmente. Era un invento del monstruo que lo recibió en el aguantadero. Solo un tipo con un ojo puede imaginar un nombre así. Y el apellido “Centeno”, ni hablar. “¿No fue el buchón que mandó en cana a medio empresariado?” Milton Centeno. Se convenció de que si la cosa venía mal, nombre y apellido no podían ser sino de peor augurio.
Para males mayores, no podía ni probar una gota de whisky. Tantas lindas botellas de Glenfarclas 25 Años en la bodeguita y no poder probar ni un sorbo. A esa altura, le resultaba difícil decidir cuál era la peor noticia de ese día. Volvió a la televisión. Si no tienes consuelo, entonces amargate definitivamente, mira la tele y sufre.
***
7.- Un verdadero ejército de periodistas de todos los medios había invadido aquella desolada aldea. Pudo verlo esos minutos en que, siguiendo los noticieros, preparó unas pocas cosas para su viaje. Los periodistas solían responder así cuando sus amos, los dueños de los medios, los envían a cubrir una noticia con la promesa de un ascenso o un unipersonal. ¿Querés figurar? Dame primicias. ¡Primicias! ¡Primicias! Cualquier desgracia ajena era bienvenida. ¿Un fulano degolló a su familia? A su esposa y a sus hijos. La orden: muestra a los hijos muertos, muestra sus cabezas arrancadas del cuerpo, muestra las arterias lanzando a borbotones la sangrecita. Habla de los hijos muertos, llora por ellos, llora que niños muertos degollados venden más que una mujer muerta. Los femicidios ya son tantos y reiterados que en la inteligencia colectiva duran menos que un viaje en subte. ¡En cambio los niños!
El niño por el que le impusieron el trabajo no tenía nada de especial. No era el hijo de un millonario, ni de un funcionario de renombre. Ni siquiera el hijo de una sirvienta. Solo era un niño pobre, hijo de un padre pobre, de una madre pobre, de una familia pobre. Para él, un ser insignificante como cualquiera de los vecinos del malogrado niño. Apenas quince kilos de carne, exagerando veinte. Así habló la sombra. Lo que un lechón, pensó en ese momento. Y por esa minucia de carne y huesos pequeños, un escándalo nacional. No podía ser casualidad.
Da qué pensar, se dijo a sí mismo. ¿Quién carajos querría llevarse a esa criatura insignificante? No era hermoso. No era ni negro ni blanco, ni alto ni bajo. Ni rubio ni castaño. Demasiado delgado. Diría, raquítico. Un renacuajo. Solo alguien que sabía que esa desaparición sería la excusa para montar un circo mediático. Y entonces la gran pregunta. ¿Quién estaba detrás de esa maniobra absurda? No podían ser los federales. Él era parte del engranaje federal. ¿Los provincianos? Muy “payucas”, se respondió. ¿O por payucas, capaces de semejante provocación? La peor opción, una red que se plantaba en el mercado de carne humana con ambiciones por completar. Si esta era la realidad, lo que vendría sería o una guerra o una cacería. Por lo que menos amaba, o por lo que más apreciaba, no deseaba estar en medio de esa matanza. Porque cuando se enfrentan fuerzas en el negocio de la trata, en el negocio de la gran pedofilia, las guerras son extremadamente feroces. Sabía, porque era un veterano del negocio, que hacía muchos años que no se producía una guerra de esas características. Pero el cambio de los vientos políticos, bien podían haber alterado algunas personas que hacía años esperaban la oportunidad de tomar el mercado por asalto.
Para los periodistas, aquel bochorno era como el becerro de oro. Intuyeron la noticia, sospecharon lo que había detrás de la desaparición y por ello se comportaban como alimañas. Sus patrones los incitaban a entrometerse en todos los asuntos incluso los más banales, revisar los excusados, oler las mugres de los sobacos de los pueblerinos, hurgar con sus cámaras fotográficas en la entrepierna de las muchachas que fueron desfloradas en la infancia por sus patrones, buscar algo sensacional. Así resultaban interminables entrevistas a distraídos o idiotas, sin importar si quien hablaba entendía lo que realmente estaba ocurriendo. Es que algunas personas sin cerebro hablan muchísimo, ¿verdad? Le dijeron que El Mago de Oz suele repetir que en toda ciudad esmeralda hay espantapájaros que no tienen cerebro. Una sociedad en la que abundan los hombres de hojalata y los espantapájaros, era ideal para el negocio. Unos no tienen no tienen corazón y otros cerebro. ¡Qué más se puede pedir! Las personas sin cerebro son incapaces de tener una idea y solo hablan de más. Los que no tienen corazón se mantienen en silencio. No abundan pero son los más hijos de puta. Y los hijos de puta son capaces de cualquier cosa. Él era una prueba incontrastable de ello y esa condición auto asumida lo llenaba de orgullo. Whisky y una vanidad repulsiva. ¡Magnífico! ¿Habrá alguien peor que yo? Cuando se hacía esa pregunta surgía una sola palabra: periodistas.
Detestaba a esos periodistas. Los detestaba con verdadera pasión. Llegó a considerar que su abominación contra ellos era una suerte de mutación del sentimiento del amor. No era un genuino odio. El odio es ¡tan sublime!, es un veneno extraordinario, el combustible de los cambios más potentes. Y el corazón humano suele producirlo en cantidades exactas. La sangre cambia de color, cambia su densidad. Se vuelve ligera y espumosa. Mezcla la libido orgásmica con precisas dosis homicidas. Pero cuando el odio supera lo aconsejable, quienes sufren este exceso merecen ser exterminados porque no aceptan límites, y hasta en los crímenes más horrorosos hay límites. El exabrupto de los Torquemada solo echa a perder las buenas cosas. Pero, aquello de que Amarás a tu prójimo como a ti mismo, es un absurdo. Sostenía que no siempre el amor es altruista. Casi nunca lo es. Es egoísta, mezquino, ruin. Tampoco bucólico. Las más de las veces es hasta criminal. El amor inescrupuloso encubre una médula vital, una esencia indestructible y atávica que remite a la posesión, a una forma violenta de la propiedad. Me pertenece en cuerpo y alma. Y si no es así, no le pertenecerá a nadie. Luego, matar al supuesto ser amado, es cosa sencilla. Había visto matar mujeres por ese sentimiento. Y no una, sino muchas.
¿Qué otra cosa podía sentir por esos arribistas y oportunistas mal llamados periodistas? Voraces personajes, más que sus cerdos devoradores de carne humana, tratando de mejorar los pobres guarismos de audiencia que lucían sus noticiarios para ascender en las consideraciones de sus aburguesados directores. Sabía que, a ellos, tanto como a él, les importaba un bledo el niño. ¿Qué puede valer un niño pobre, de un padre pobre, de una madre pobre, de una familia pobre, para un periodista sin escrúpulos de la gran ciudad? Nada. Esos alcahuetes sabían muy bien cuántas niñas y cuántos niños desaparecen por día. ¡Claro que lo sabían! Podían hacer crónicas interminables en donde se les ocurriese, al norte, al sur, al este o al oeste del país. En toda la geografía había decenas ¡o centenas! de niñas o niños desaparecidos. Él sabía bien de los corrales donde se guarda el joven y noble ganado premium. Donde buscaran, encontrarían. Pero no les interesaría saber de esas niñas o niños, solo querían satisfacer la orden de sus mandantes, mejorar la audiencia, obtener primicias, alimentar el morbo, y ese caso les ofrecía esa posibilidad. Y tal vez mucho más. En definitiva —diría el hombre—, hunden la mano en la olla llena de la mierda porque saben que en el fondo encontrarán dinero. El dinero es la madre de todas las noticias. En realidad, el dinero inventa la noticia.
¿Algo peor que los periodistas? El tipo respondía sin vacilar: los dueños de los medios. Mencionar a esos empresarios desataba en él una furia peculiar. Se dilataban sus pupilas, se tensaban sus carótidas, se aceleraba su corazón. Había diseñado una escala, una medida logarítmica que cuantificaba la magnitud de las desgracias que producían sus sistemas de desinformación. Contrainformar era una habilidad inigualable de “esos tremendos hijos de puta” que pueblan el submundo turbio de los multimillonarios de los multimedios. Los conocía como nadie: era su proveedor de mercancía humana. La carne humana, para ellos, no se aproximaba siquiera al valor de un aviso clasificado. Solo merecía, cínicamente, pequeñas menciones en secciones intrascendentes de los diarios, esas que el común de las personas nunca leen. En esos textos menores lucían, sin ambigüedades, ofertas o referencias que algunos pocos avivados sabían reconocer. Disfrutaban de esos mensajes siniestros como el inocente que se deleita bobamente leyendo su absurdo horóscopo cada día. Guardaba un rencor profundo contra esos señorones casados con voluptuosas idiotas de plástico, aferradas a su cincuenta por ciento de bienes gananciales salvo contrato prenupcial que indique otros guarismos. Con algunos hijos legítimos que carecían de todo talento y otros bastardos que esperaban su oportunidad agazapados en las sombras de la trilogía que integra la familia moderna, la monogamia, el adulterio y la prostitución.
La escala se basaba en la hijaputés máxima con que fueron diseñadas las notas difundidas por diferentes medios. Estas notas podían ser escritas en los periódicos, transmitidas por radio, televisadas o multiplicadas en las redes sociales. ¡TikTok! ¡TikTok! Una cloaca de magnitudes matemáticas y algoritmos. Como la Escala de Richter, describía con números precisos la magnitud de las maldades que inspiraban las notas periodísticas y las consecuencias que acarreaba la difusión de tal o cual mentira. Todo muy anterior a las llamadas fake news. Él era bastante más viejo que las fake news. Venía de una época donde la mentira era elaborada por verdaderos artistas, no por alcahuetes arribistas capaces de entregar a su madre por mucho menos que treinta monedas, o por sistemas muñidos de una inteligencia artificial rescatada del retrete de los todopoderosos.
El alboroto por el niño desaparecido escalaba a cada instante. La televisión le devolvía esa realidad. Los camarógrafos perseguían a cientos de infelices husmeando por todos lados. Perder el control en ese negocio resultaba nefasto. Era fácil comprender que quien había provocado el escándalo introduciendo a todos los medios apelaba al caos como recurso para obtener lo que deseaba. No tenía aún claro qué era justamente lo que se esperaba sacar de ese zafarrancho. Disputar una zona de compra y venta requería de jefes policiales, políticos, ministros y jueces supremos más que de una jauría de periodistas y bobos corriendo de aquí para allá. Pero así eran las cosas. Enderezar lo que está torcido no siempre es sencillo. Repetía habitualmente: “el árbol que crece torcido no hay cómo enderezarlo”. Queda hacharlo como único recurso. Y este, para él, era el caso.
¿Aparecerá el niño? No había ninguna posibilidad. ¿Podrá alguien espantar a los entrometidos? Imposible. ¿Los que esperaban quedarse con el negocio se avendrían a conversar amablemente, copa de vino mediante? Jamás. Toda solución que se intentara arrojaría un resultado contrario. Cuanto más se busque al niño, menos se lo encontrará. Cuanto más se espante a los curiosos y chismosos, se reproducirán como hongos tras la lluvia. Cuanto más se amenace a los periodistas, más mentiras difundirán. Y los nuevos traficantes no mostrarán sus rostros bajo ninguna excusa o si lo hacen, es porque la suerte ya está echada para todas las partes. Solo quedaba cortar el árbol de raíz, hacerlo astillas, hasta que se volviera irreconocible. Mutilarlo hasta dejarlo reducido a una pasta irreconocible. Árbol-hombre-insecto, cuando se los aplasta se reducen a cantidades irregulares de materia. Después de todo, todos somos hijos del mismo lenguaje biológico. Hable, ladre o dé mandarinas, poco difieren los jugos vitales de unos y otros. La hemolinfa de la savia y la savia de la sangre: amarillenta-verde-roja. Apenas diferencias de un mismo texto genético.
***
8.- ¿Por qué El Mago de Oz no recurría a sus contactos políticos para resolver el entuerto? Eso no se pregunta. Nunca le dices al amo lo que debe hacer. “Hay que” son dos palabras que no integran el lenguaje ni de un componedor, un sicario o un Limpiador. El amo ordena y tú obedeces. Eso es todo. No importa si la orden es absurda o se reduce a una trampa. Si es absurda, haces como si fuera una genialidad. Puedes incluso vitorear la orden. ¡Qué buena idea! ¡Magnífica propuesta! Nadie te creerá, pero es preferible pasar por idiota que por soberbio. Si es una trampa, te cabe eludirla. Sabiduría que no se aprende en ninguna escuela. La calle, y solo la calle, te prepara para ser un obediente servidor capaz de calificar como extraordinaria una estupidez y convertir una trampa en un glorioso desafío. Un negocio tan redituable exige esta clase de personas.
De todos modos, sabía que para lograr una solución razonable y sin escándalo había que empezar a tocar timbres. Seguir peldaño a peldaño el palo del gallinero hasta llegar a la cima. Cada timbre es dinero, mucho dinero. ¿El encubrimiento de un alto jefe de la policía? Un auto, una casa, la renta de un prostíbulo y para nada pobrete. ¿Del juez una sentencia favorable? Más costoso. No alcanza con autos, casas o prostíbulos. Las putas se ofertan solo a los pequeños y medianos magistrados. Los jueces importantes —ni hablar de los de la Corte Suprema de Injusticia— reclaman enigmáticos “los efectos conducentes de las causas eficientes para lograr los objetivos más satisfactorios”. Jamás entendió esas palabras, pero sabía cuánto dinero significaban. Dinero. Dinero. Dinero.
Ni hablar de la protección de un ministro. Los ministros valen lo que valen sus acciones en la bolsa de Nueva York. En cambio un presidente se cotiza en las pizarras clandestinas de los paraísos fiscales, en el lavado de dinero de espeluznantes negocios mediante criptomonedas. La salvación son las criptomonedas y las billeteras virtuales a las cuales no se les puede seguir fácilmente la trazabilidad. Palabra extraña, como otras que ni retiene porque son el lenguaje escaso e indescifrable de jóvenes sustraídos por la pantalla luminosa de un celular de moda.
Le llevó bastante recordar la palabra trazabilidad. De solo oírla se llenaba de rencores inexplicables, tal como una criptomoneda. Los neologismos lo desestructuraban, y más si se trataba de dinero que no era tangible. Prefería el billete constante y sonante. ¡Oro! mejor aún. Nada como el amado oro. Pero monedas virtuales… ¡qué rebusque metafísico! Un misterio ontológico.
Podía considerar a ese niño desaparecido como un ser virtual y no precisamente un ángel. Como al pellejo de una billetera virtual. Nunca sabría a dónde fue a parar. Paralelo indiscutible: ni al niño ni a las billeteras se les podía seguir la huella. La “trazabilidad”, dirían a coro los navegantes de la dark web. Billeteras y niños están pero no están. Se habla de ellos, se los puede suponer, se los puede enunciar, pero no se puede saber quién es el dueño de la riqueza o de la mercancía que la expresa.
***
9.- A donde debía dirigirse era un pequeño pueblo, tierras adentro, cerca del río. A varios cientos de kilómetros del lugar más poblado. Dos rutas lo rodean: una, nacional, que sigue en dirección al norte; otra, provincial, que zigzaguea entre pueblitos tanto o más pobres que el que lo esperaba. Es un camino que no tiene destino. Nadie sabe a ciencia cierta dónde empieza y menos dónde termina. Allí el cielo es azul, un cielo limpio que se puede ver en todas direcciones. La vegetación es dominante: árboles frutales, arbustos, grandes plantas, pocas flores. Si no fuera por los frutales que emergen en dirección al norte, a la derecha de unas treinta o cuarenta hectáreas de una especie de llanura, se podría ver hasta el horizonte más lejano. Los frutales fueron sembrados describiendo un círculo de medianas dimensiones, tal vez quince metros de diámetro. Un sembrado ritual. Nunca nadie quiso explicar por qué los antiguos pobladores los sembraron de ese modo, conformando un recinto de modestas dimensiones, al que se ingresa por un único lugar, una entrada de aproximadamente dos metros de ancho. Se trata de una formación compacta: los árboles hacen un muro que impide ver lo que ocurre en el interior del círculo. Las explicaciones de esa invención circular se multiplicaron, escondiendo su verdadero cometido. Para algunos, fue apenas un capricho de aquellos gringos que enloquecieron por el alcohol. Beber aguardiente barato o grapa más barata aún era el único pasatiempo posible. Esas bebidas podían hacerle perder el quicio a cualquiera. Las absorbían por el alma. Entraban en la sangre dando voces. Las borracheras sumían a los hombres en un letargo arzobispal. Babeando la papada, en el sudor del cuello la causa de una espiga ardiente. Vagaban por sueños en los que pacían rebaños azules de hembras aladas. Zumbaban de a gotas una espuma dorada que mojaba sus muslos y ellos los sorbían tal néctar extraordinario. Cantos en medio de arenas movedizas endulzaban la sangre brotando de un nenúfar humano que se abría y cerraba al ritmo circadiano en la luz de una muerte certera. Y lentamente, un espejismo se escurría en el vértigo de una tormenta rota allende el sueño. Podían acariciar a las muchachas de senos de mármol y labios de rabia, lamiéndose a sí mismas y unas a las otras. Esperando. Siempre esperando el arribo quirúrgico de la muerte. Luego de la muerte, un ruido palpable. El exilio en un pozo en el que crecen elásticas raíces e insectos voraces que sorben hasta el último jugo de la vida. Tras el sueño, insomnio. Días completos sin pegar un ojo. Jadeando. La boca reseca. Acampando en el lugar donde los patrones desfloraban a las niñas, una especie de santuario en el que ellas perdían de manera temprana y violenta la virginidad. La arboleda resultaba así testigo privilegiado del derecho de pernada, una costumbre que con otros ademanes perdura hasta estos días. Ese derecho feudal es aceptado por la inmensa mayoría de los pobladores. Hasta las víctimas terminan por convencerse de que, después de todo, no es tan malo ser violada por el terrateniente. Ellos se bañan bastante seguido y hasta suelen usar perfumes con olor a frutas. Los capataces, en cambio, son más brutales, y los peones, ni hablar. Pero a él esas historias no le importaban en lo más mínimo. Las mujeres nacieron para ser desfloradas más temprano que tarde. La virginidad era un asunto ridículo a su entender. Algo religioso, como comulgar la hostia o beber la sangre de Cristo, quemar incienso o mirar a La Meca.
***
10.- Conocía de sobra el camino que lleva al punto de encuentro, a la imaginaria Ciudad Esmeralda. Lo había recorrido muchas veces. Linda con los suburbios más próximos. Orilla el río y se hunde en una sulfúrica pasta negra. A metros del límite entre ciudad y suburbio encontraría al chofer y su automóvil. La Ciudad Esmeralda era una alegoría letal. No existe en ninguna geografía. No tiene paredes ni socavones, escaleras ni ventanas. Nadie puede llamar a las puertas de esa ciudad. Es la representación contemporánea del dios inventado en un subterráneo digital. No puedes verlo, tantearlo, reconocerlo. Pero ese dios te observa. Está atento. Reconoce a tus hijas e hijos, si los tienes. Programa sus futuros y decide su suerte. Define tus ansias y tus horrores. Hurga entre tus monstruos interiores. Te habla entrecortado y convierte en imágenes cada una de tus perversiones. Le temes con sabiduría porque es un dios todopoderoso, vengativo, avaro y mezquino. Reside donde le conviene: en túneles cifrados a los que se accede por puertas invisibles. Por ellos circula la violencia de los tiempos que corren.
¿Quién era El Mago de Oz? Nunca creyó importante saberlo. Supo, desde que comenzó a servirle, que conocerlo no era asunto suyo. ¿Era un traficante de drogas? ¿Un émulo del misterioso señor Zed? ¿Un pedófilo insaciable? ¿Un coleccionista de vulvas? ¿El recuerdo de Aureliano Babilonia y su enorme sexo de moco de pavo exhibiéndolo en público para vanagloriarse de su virilidad? Qué importaba. Años de experiencia le habían enseñado que el Mago era un Jano con más de dos rostros, observando la realidad en cinco dimensiones. Cuando pensaba en ello se sentía una pulga saltando hasta morir con las piernas rotas. No debía descifrar esos enigmas. ¿Qué lograría con ello? Después de todo, sirviendo a quien fuera El Mago de Oz había ganado mucho dinero. Mucho dinero. El dinero era su más completa ambición. ¡Esa era su verdadera droga! Si una alquimia extraordinaria hubiese transformado al dinero en un líquido listo para circular por las venas, él se lo habría inyectado sin medida. Un Harpagón entre los libidinosos pederastas.
Debía preocuparse de asuntos más banales. Por ejemplo, cómo disfrutaría de esa fortuna cuando lo dejaran salir de ese multiverso de indescifrables destinos. Solo debía ocuparse de un asunto que hasta podía ser menor: quién se llevó un niño de no más de quince kilos. Quién se había atrevido a tomar su mercancía en el coto de caza exclusivo de El Mago de Oz. Quién había osado alterar la paz del comercio de carne humana. Y una vez que despejara el negocio y pusiera las cosas en su lugar, podría volver al pequeño y acogedor hogar a beber sus botellas de Glenfarclas de 25 años que conservaba en la fresca bodega que había hecho construir debajo de la pequeña sala de estar, justo ahí donde más disfrutaba el silencio. Cuando pensaba en que todo se solucionaría en poco tiempo, quien fuera su chofer ya no importaba. Uno u otro daba lo mismo. Sabía perfectamente que todos los choferes eran alcahuetes incorregibles. No sería él quien cambiaría esa condición de correveidiles.
***
11.- Llegó donde lo esperaba el chofer con un auto no de los más modernos. Él lo había indicado de ese modo: nada de alta gama. En un pueblo donde solo hay pobres y muy pobres, aparecer con un auto de lujo no es bien recibido. Esa vez escucharon su consejo. Pasar lo más desapercibido posible era lo que se proponía. En medio del aquelarre hasta podía pasar por un periodista más. No tenía equipaje; compraría lo que necesitara en alguna parada durante el viaje. Cuando de largos viajes se trataba, ni él ni el chofer tenían el mando: lo tenía su próstata. “Ella me dice cuándo parar”. Si bebía solo whisky, ir al baño no era necesario. Su cuerpo absorbía el alcohol con entusiasmo, sin dejar ni una gota para la vieja e inelástica vejiga. El whisky y su sistema circulatorio se fundían hasta producir un sopor entre narcótico y relajante. Aunque las arterias cada día se endurecían más, las notaba laxas, desinhibidas de tensiones propias del negocio. Eso no ablandaba su corazón, siempre al borde de un infarto masivo, pero hacía más llevadera cualquier dolencia.
Si bebía agua, la cosa era muy diferente. El agua lo volvía neurótico. Apenas los primeros sorbos tocaban su garganta, su cerebro se comprimía de manera violenta. Los hemisferios se aplastaban como si una fuerza de gravedad extraordinaria los empujara contra las fosas craneales, provocando pequeñas hemorragias. Al instante sobrevenía una amnesia breve pero consistente. “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasa?” era lo primero que se preguntaba. Esa sensación de vacío interior lo inducía a beber más y más whisky y menos y menos agua. Recuperaba su alma de alcohólico y la cordura perdida en un vaso de agua. Así que había decidido no probar ni una gota de whisky —porque así se lo demandaron los superiores—, pero tampoco probaría ni un sorbo de agua, para escapar a esas hemorragias petequiales que adornaban de microcoágulos los hemisferios cerebrales y de la angustia existencial de quien siente que su cerebro se deshace en una gelatina viscosa.
A la distancia reconoció al chofer. No era ni joven ni viejo, en la edad justa: la mejor edad para ser un buen chofer. Si muy joven, irresponsable, estúpidamente apurado, ansioso por acelerar a fondo y arriesgar en una mala maniobra estrellar el auto contra un camión o el guardarraíl. Si viejo, falto de reflejos, incapaz de evitar que otro estúpido joven lo embista. Parecía un chofer en la flor de la vida. Podía ser solo apariencia: ya se sabe que muchas veces las apariencias engañan. El hombre lucía una contextura robusta. No era un rompehuesos, de los que conocía varios, pero bien podía quebrarle el cuello a cualquiera si se lo propusiera. Su rostro le resultó familiar. Cuando estaba a menos de un par de metros lo observó con detenimiento y le pareció haberlo visto en otras oportunidades. Pero no podía asegurarlo.
—¿Lo conozco? —le preguntó sin saludarlo. El hombre movió negativamente la cabeza. Pero él creía que alguna vez lo había visto en alguna entrega.
—No tengo equipaje.
—¿Ropa? ¿Nada?
—Nada. No lo permitieron. Querían que emprendiera urgente el viaje. Me ofrecieron comprarme lo que necesite. No me iba a negar.
—Por supuesto.
—Aquí estamos, listos los dos.
—¿Partimos?
—Partamos.
No había más que decir. Se acomodó en el asiento del acompañante. Obedeció la orden de ponerse el cinturón de seguridad. El chofer puso en marcha el automóvil y empezó a rodar rumbo a una autopista.
—¿Cuántas horas tenemos de viaje?
—Diez u once. Depende de la ruta. Depende de las veces que nos detengamos. Depende de varios factores.
—Depende… depende… Dependejo siempre me emboló viajar. Dependejo, depende, dependejo. —No quiso ni mirar al chofer—. Ya le digo que habrá que hacer más de un alto.
—No hay problema, lo que usted mande. Yo solo manejo. Diga “cuándo” y yo busco donde estacionarnos.
—No importa tanto lo que yo considere, la que manda es mi próstata. Mi próstata es autónoma, ella decide sin consultarme cuándo hay que detenerse. ¿Su próstata lo trata bien?
—Por ahora, sí.
—La mía no, ella manda. Es una déspota silenciosa. ¿Cuántas células cancerosas tendrá esta hija de puta?
—¿Cómo podría saberlo? No es habitual en mi función hacer un tacto rectal.
—Ni que lo diga. Tampoco se lo permitiría. No sería un buen comienzo.
—Ya lo creo.
El Hombre de Hojalata suspiró resignado.
—Ella ya dirá cuándo detenernos. Pero no es la próstata la que me quita el aliento. Es mi cirrosis, con ella voy a todas partes. Iremos juntos a la tumba. Es mi más fiel compañera.
—No imagino qué podría decirnos su cirrosis. Mis conocimientos médicos son escasos. Conozco de la próstata porque tengo una y la controlo periódicamente. Usted sabe, nada agradable. Así que a ella la vamos a obedecer porque la comprendemos. Yo tengo la mía, usted la suya. Todos los hombres tienen una. No conviene llevarse mal con la próstata de nadie. En cambio la cirrosis es palabra mayor.
—También podemos parar para comer. Seguramente tendré hambre.
—Jefe, soy de comer bastante ligero cuando trabajo.
—Yo también —mintió—, pero esta vez en su honor haré una excepción.
—¿Lo podré acompañar o prefiere comer solo?
—Comeremos juntos. Disfrutaremos de nuestra compañía. Estaremos juntos hasta que arreglemos este quilombo. Mejor compartir lo que se pueda compartir. ¿Sabe a dónde vamos?
—Me informaron, señor. Vamos donde se extravió un niño.
—¡Se extravió! ¡Qué elegancia la suya! No se me hubiera ocurrido describirlo de ese modo. Hacia allí vamos.
—A poner las cosas en su lugar.
—Correcto. Correctísimo. Un hoyo. Ni grande ni pequeño, a medida.
—¿Eso no lo decide el Limpiador?
—Sí. Solo quise representarme un final exitoso.
—¿Cree que se nos va a complicar este trabajo?
—¿Qui lo sá? No sé quiénes están detrás de este quilombo. Depende de ello para que arreglar el asunto sea más o menos difícil.
—Sé que el Limpiador que asignaron es de los mejores.
—¿Usted siendo chofer saber eso? A mí ni me informaron. Me siento un boludo con título. ¿Y el que viene a cepillar?
—De ese no sé nada.
—Usted sabe más que yo. Y yo soy el componedor.
—Burocracia, señor. Pero a los proletarios como yo nos tienen que chiflar con quien compartimos equipo. No vaya a ser cosa que nos matemos entre nosotros.
—Conoce bien el negocio. ¿Cuántos años hace que trabaja para La Ciudad Esmeralda?
—Más de veinte. Después de los veinte de servicio prefiero no seguir la cuenta. Estoy desde pibe. Bueno, pibe. Un modo de decir. Joven de veinte cuando entré al oficio.
—Ya es un veterano.
—Sí, señor.
—En la flor de la edad.
—Siempre creí que los veinte años son la flor de la edad.
—Eso lo creen los jóvenes de veinte. Es un momento de la vida en la que las personas no tienen ni idea de qué cosas son importantes. Veinte años no es nada, lo dice el tango. Y no importa si se trata de un hombre, una mujer o lo que fuera. Vio que ahora si te “autopercibís” de un sexo o de otro da lo mismo. Hombre, mujer o coso. Da lo mismo. En mi época eso no pasaba. Un hombre era un hombre, una mujer era una mujer y un coso era un coso. Había lesbianas pero sabían disimular muy bien. Las minas son más discretas. Los cosos no. Hacen lo imposible para que todos se den cuenta de sus inclinaciones. Yo les rajaba, pero conocí quienes por guita se trincaban varones. ¡Qué asco! No me gustan estos tiempos. No me gustan para nada. ¡Qué te autopercibís ni que autopercibís! Déjenme de joder. Ahora, todo vale. Así La Ciudad Esmeralda está condenada al fracaso. Si no se puede distinguir un hombre de una mujer las cosas tienen que acabar mal, muy mal. ¿No le parece?
—Los tiempos cambian, jefe. Putos y lesbianas hubo siempre y el mundo nunca dejó de girar.
—Cuando usted tenía veinte tampoco se usaba.
—Eran otros tiempos, los tiempos aquellos.
—Ahora debe estar por los cuarenta.
—Y algo más.
—Pero no mucho. Su carne todavía se ve firme. Su dentadura no está amarilleada. Sus ojos tienen todavía una expresión humana. En cambio los míos, ya están completamente vacíos. Y mi carne cuelga como mi próstata. Es aburrida. Flácida, aunque conservada en alcohol del bueno, Glenfarclas 25 años. No hay nada en el mundo mejor que una buena botella de Glenfarclas 25 años.
—Nunca lo he probado. No suelo tomar whisky.
—Lo lamento por usted. La próxima vez que beba brindaré a su salud. Se lo prometo.
—Lo tendré en cuenta.
***
12.- Desde la autopista se podía ver la ciudad. No la observaba con desdén. Parecía curioso repasando las terrazas con sus diferentes colores: baldosas coloradas, membranas plateadas reflejando la luz del sol, pintura asfáltica de color verde. Algunas lucían raquíticas plantas que se estiraban al sol para asegurar una dosis de vital clorofila. A lo lejos, los edificios que se elevaban por encima de las casas se esforzaban por tocar la panza de las nubes. Trataba de imaginar quiénes serían los habitantes de esas viviendas modestas, de esos edificios de cientos de pequeñas ventanas que apenas permitían entrar algo de luz diurna en las habitaciones. El humo que despedían cientos de automóviles lanzados a toda velocidad por la autopista volvía irrespirable el aire que entraba en las viviendas. La vida de esas personas le resultaba tan miserable como intrascendente.
El motor sonaba áspero, aunque el chofer no le prestaba atención. Apreciando el paisaje recordó el nombre del chofer.
—¿Su nombre?
—Creí que no me lo iba a preguntar nunca. Me llamo Milton.
—Lindo nombre —dijo sin poder disimular el tono hipócrita de su elogio.
—No me joda. Milton es un nombre de mierda.
—¡Pero cómo dice eso! Es poco común. Pero es un lindo nombre.
—Usted no sabe mentir. Pero no se aflija, yo creo firmemente que Milton es un nombre de mierda. Peor hubiera sido que me bautizaran Venancio, que era el nombre que quería ponerme mi padre. ¿Se imagina? Venancio. Otra mierda.
—Los padres se esfuerzan en buscarnos nombres originales.
—¿Milton le parece original? ¿Venancio también? A mí me parece que son unos nombres de mierda. En la lucha por darme un nombre venció mi madre. Si había una disputa entre mi padre y mi madre, ganaba mi madre. Indefectiblemente ganaba mi madre. Gran mujer. Muy trabajadora. Muy hacendosa. No podía estar callada. Hablaba y hablaba y hablaba. Capaz de hincharle las pelotas a una estatua de mármol. Dejárselas como dos melones. Y siempre se quejaba de todo, de lo que fuera. En especial de mi padre, al que una tardecita lo echó de una patada en el culo a la calle. Porque le puso los cuernos.
—De la muerte y de los cuernos no se libra nadie.
—Debe ser así. Lo seguro es que mi madre no se libró. Nunca supe qué la indignó más, si los cuernos o con quién le metió los cuernos.
—¿La mejor amiga?
—No. ¡Ojalá! Aunque mi madre no tenía amigas. ¿Cómo se la puedo describir? Un animal extraño. Era un poco vaca, un poco yegua, un poco palo borracho, un poco mona. Algo que no se podía describir.
—¿Algo? ¿No debería decir alguien?
—No. Porque era algo. Algo extraño. Y mi madre no soportó que la haya corneado con esa cosa. Y estoy convencido de que por eso lo echó de casa. Por mal gusto. Aunque no le voy a mentir a usted, don, mi padre mucho más no podía pedir.
—Por ahí se trató de un favor. Fue por altruismo, no por lascivia.
—Una vez le dije: ¿por qué no pagaste una puta? Bastaba ir al prostíbulo del barrio y elegir. Las había de todas las edades, tamaños, formas, colores. Todavía las hay, porque lo único que no cambió en el barrio en que nací es el puterío. Sigue como hace cincuenta años, pero renovó la oferta.
—Por ahí no tenía plata.
—Le sobraba, si no gastaba en nada. Laburaba de peletero. Vendía pieles para tapados. Guita no le faltaba. Pero el tipo fue y se encamó con esa cosa. Se lo cuento porque desde que la vi sufro de una especie de trauma que nunca pude superar.
—No debe haber sido para tanto.
—No crea, don. Pensé en ese momento: si este tipo se puede encamar con esa cosa, ¿en qué debe haber pensado cuando engendró? ¿En la digestión de una cucaracha? ¿En un perro cagando en la calle? No me lo pude explicar nunca. Por eso siempre pensé lo bien que hizo mi madre al echarlo a la mierda.
—¿Y así quedó la cosa?
—No lo dejó volver a la casa. No sé si se murió o si sigue vivo. No lo volví a ver nunca más.
—Bueno. Cosas que pasan.
—No crea. No conozco a nadie que se llame Milton, cuyo padre se encame con un esperpento y su madre le rompa las pelotas a una estatua de mármol.
—Pero Milton es lindo nombre. ¿Milton qué?
—Centeno, apellido materno. Mi madre me obligó a sacar el apellido paterno y usar solo el de ella.
—No sé si preguntar por el apellido de su padre.
—Cafferatta. Con dos efe y con dos te. Ca-ffe-ra-tta. Tano. Bien tano. Lombardo. Mi padre repetía siempre “lombardo”, como si fuera una condecoración. A nadie le importaba un carajo si el apellido era lombardo, pero él lo decía siempre que le preguntaban por el apellido.
—Los lombardos son italianos del norte. La aristocracia italiana.
—No creo que fuera el caso. Si había algo que mi padre no era ni podía ser, era un aristócrata.
—Quiero creer que su madre no se quejaría de usted, Milton.
—¿Ah, no? Todo el tiempo. Lo mejor que me decía era “sos igual al idiota de tu padre”. Eso me hacía sentir idiota por partida doble. Porque me sentía un idiota, hijo de otro idiota que quiso bautizar a su hijo con el nombre de Venancio y que se había encamado con una heladera que babeaba. Nada tiró abajo mi autoestima más que esa comparación. Espero que pueda comprender mi charla. Pero no se preocupe, que no le voy a preguntar por su nombre ni por su familia.
—No tengo familia ni tengo nombre. Soy un gajo. Ni tengo esposa, menos hijos. Nunca quise casarme y menos tener hijos. Nada que me ate a nadie. Nada que me haga vacilar. Soy un Componedor, nada más. Ni el primero ni el último. El que llaman cuando hay quilombo. No me creo ni el único ni el mejor. Soy uno más con más experiencia, eso es todo.
—Por eso le tiraron este balurdo.
—Será. No lo sé. Cuando terminemos le diré lo que pienso. Hasta entonces, no demos nada por seguro.
—Como usted diga.
—Nunca confíe en nada ni en nadie. Un consejo de alguien que nunca será su amigo. Si le dan un laburo, piense lo peor y por ahí le va bien.
—¿Le dieron un celular para comunicarnos con nuestros compinches?
Sin quitar la vista del camino, el chofer señaló la guantera.
—Hay tres celulares —dijo—. Uno está dentro de una bolsa verde. Ese es el que debemos usar para contactar al Limpiador. El que está dentro de la bolsa azul es para enviar un mensaje al sicario. El de la bolsa roja es para informar a la superioridad. Solo texto, en los tres casos. Lo sabe mejor que yo.
—¿Y si por las putas algo falla?
—De algún modo lo resolveremos.
—¿El plural significa que usted será parte de la solución?
—Sí.
—Así que lo suyo no era solo manejar.
—No. Por eso me mandaron. No sé quién me propuso, pero la orden vino de El Mago de Oz. Confían en que usted compondrá el asunto. Pero, si algo falla, aquí un servidor. Flexibilización laboral. Son los tiempos que corren. Hay que saber adaptarse si uno quiere jubilarse.
—El retiro nunca es voluntario. Nunca se está seguro del destino.
—Tengo muchos años de chofer por delante. Ni pienso en mi retiro todavía.
—No me preocupa el futuro. Voy a morir antes de que puedan jubilarme. Lo sé perfectamente.
—¿Cómo lo sabe?
Cómo no iba a saberlo. Un hombre es su propio destino. Si has pasado tu vida traficando una carne viva para que al final de una noche aciaga yazga muerta, no puedes desprenderte de quién eres ni de lo que construiste. En cada lágrima, en cada porción de piel está escrito tu destino. Está hasta en tus sueños. Fue tu premio y será tu condena. El final llega como si no se lo esperara. Pero se sabe que sobrevendrá aun insistiendo en la inocencia. Aunque no se piense a conciencia pura, la mente no elude los laberintos del pecado. Reconoce en esa maldad la incierta condición de verdugo emboscado en las formas de un hombre común que solo aspira a pasar inadvertido. Retirarse de los demonios equivaldría a ser absuelto. No se podía engañar, nunca sería perdonado. Entonces la cirrosis era no más que otro conjuro. Un atajo a lo inevitable. No un laberinto del que no se puede salir y uno se queda sujeto al acertijo de un camino correcto. Juzgar al hombre que lo conducía seguramente a su muerte sería un error. ¿Cómo habría de achacarle responsabilidades a un don-nadie que actuaba bajo coacción, sabiendo que cualquier rebeldía lo conduciría al mismo hoyo en el que él sería depositado cuando su utilidad fuera puesta en duda con fervor, podía haberle respondido simplemente “lo sé”, y el hombre no hubiera vuelto a preguntar? “Solo lo sé. Siempre lo supe”. Pocas palabras para explicar cómo iba La Ciudad Esmeralda a proceder con él y con quienes ya no les fueran útiles.
Habló solo para aplacar el silencio.
—Tengo el mejor destino de todos. En el sótano de mi tugurio está mi salvación. Cinco cajas de doce botellas cada una de Glenfarclas 25 años. Mi destino está envasado en botellas de 946 mililitros.
—Cinco cajas de whisky escocés pueden ser una buena celebración luego del trabajo arduo.
—Espero el éxito como destino. Detesto los problemas. Si todo va bien, hasta puedo compartirlo con usted.
—Se agradece, pero apenas podría beber un trago.
—Usted se lo pierde, Milton. Primero lo primero. La prioridad es componer este descalabro eludiendo periodistas y alcahuetes.
—Y que todo sea con absoluta limpieza. Es lo recomendable por esas cosas del ADN. La ciencia nos juega en contra.
—¿Luego?
—Una bolsa para cadáveres de primera calidad. Importada, hermética. Una joya de la tanatopraxia china. Muy sofisticada. La usan para el descarte de prostitutas que luego creman. Los chinos son tradicionalistas, matan a las prostitutas en sus orgías, las embolsan y luego las creman. La Ciudad compró un lote de bolsas porque el dólar está barato. Gangas de la libertad de mercado. Made in China. Lo que sea necesario, que desaparezca sin dejar rastros. Como siempre. Usted sabe.
—Dicho así hasta parece sencillo.
—Así es, señor, parece. Pero eso está por verse. Sabe que el refrán dice que lo que viene fácil se pone difícil. ¿Será así? Usted qué cree.
—Yo no creo en nada. Nunca creí en nada. Eso me pone a salvo de cualquier esperanza. Si te quito la esperanza, no tendrás nada por qué inquietarte. El que se esperanza vive angustiado, exaltado, esperando un suceso salvador. La solución a todos estos quilombos es matemática, kilo por kilo, mercadería por mercadería, quirúrgico, pura desesperanza matemática.
***
13.- La niña en los ojos consuela. Teme que las cosas puedan salir mal. No es un hombre audaz. Algo cobarde y para nada atrevido. Más ahora disfruta de la vista. Si le quita la mirada de encima a la nena que se contornea a su frente, le devolverá el poder de hurguetear en su entrepierna cuando pase el primer momento. La sombra lo hostiga desde el escenario. Llega desde un fondo indefinido y es tenaz contra la espalda de la impúber. Baja por la columna que aventura sus vértebras. Piensa sus glúteos. Piensa en sus muslos. El señor gobernador es un hombre insigne, un padre de familia. Solo se amanceba porque es de cuidar las viejas tradiciones. Materia prima de sus obsesiones. Estruja entre sus dedos un rosario. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Dios no te salve. No es necesario lloriquear y morder papel secante. Baste el prodigio de una nerviosa melancolía. Es el ministro el que aconseja sin perder nunca la calma. Deje su ojo en blanco, déjelo cubierto de una membrana opaca que absorba el brillo de la vida y parezca que no hay abismo tras ese cuerpito frágil. Piense en una melodía simple. Nada rebuscado. Parezca compungido. Simular siempre es importante. La muerte debe rondar la pupila pero en la proporción correcta. Eso es conveniente. Los excesos resultan siempre temerarios. Apenas en la córnea alguna vena hinchada, un molusco violáceo de aspecto de lombriz que impresione como una infeliz vesícula. Eso será suficiente. Es que el gobernador asume que aquello parece una fatalidad aunque no lo es. Porque las cosas muchas veces no son lo que parecen. Allí está la muchacha con sus pequeños senos, su vientre gentil, la clemencia de su rosada vulva. El gobernador espera su momento sentado en un sillón tapizado con telas que dicen mandó a tejer un arzobispo en la colonia cuando repartieron las tierras de acuerdo a la merced del rey o, tal vez, del papa. Es que la iglesia nunca hizo un favor a los más pobres a los que despojó de sus tierras. La iglesia se acuerda de los pobres cuando los pobres se ponen rebeldes. Por suerte para el señor gobernador el cura pueblerino repite para consuelo «Benditos los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos», y eso es suficiente para calmar el alma. Por el pueblo, una sombra corre de este a oeste. La sombra es menuda, unípeda, inconsolable. No pesa más de quince kilos. Pero siendo tan poco su peso, aplasta ángeles y demonios.
Si deja los ojos en blanco, como pide el ministro, podrá parecer inocente. Pero si no puede e insiste con poner los ojos en los senos de aquella criatura que adelanta su cuerpo por accidente, nadie creerá en su inocencia. Parecer lo que no se es, es un arte. Su apariencia es pervertidora y el pueblo convocado en medio del llanto sabe que es un pervertido. Y la niña asume que para su satisfacción la llevaron. ¿Debe dar explicaciones a partir de ese momento? Ella no sabe nada del desaparecido, así como ignora tantísimas cosas. Está donde está por la gracia de un ministro. Aquí le traigo el regalo, le dijo al señor gobernador que no puede poner los ojos en blanco, y hacerse ciego y cauteloso. Lo perturba esa sombra que corre de lado a lado del villorrio. Muérete, muérete, sombra. Suelta al cardumen que ulula un salmo en el escenario y perturba el goce del buen gobernador. ¿Cómo ha de disfrutar si la sombra lo hostiga de ese modo? El gobernador es un monstruo bifronte y especula en el símbolo y en la política. En el rito y el cuerpo. En el poder y el sacrificio. Voy a ser reelecto, se lo ha juramentado. El congreso partidario se lo pide a expensas de la lisura de esos pechos adolescentes que corrompen sus pezones en medio de la noche. Formas infantiles. ¿No es todavía una niña? Pregunta pero el ministro prefiere distraerse y no responder. La piel de la niña tiene la frustración de un cementerio justo en el círculo de la iniciación de la pernada, en medio de aquella arboleda, donde dejó de ser una niña inocente. Para eso las hemos criado. Si no es para eso, hay que ahogarlas en un balde al nacer. ¿Cómo a las gatas? Será una travesura, no más que eso. ¿Quién cuestiona cuando se ahoga una gata en un balde con agua? Nadie. La gente lo asume con naturalidad. Es preferible que te viole un terrateniente que un peón mugroso. Las jerarquías cuentan y cuánto. El ministro no escatima esfuerzos en ser complaciente con el gobernador. Sabe que pronto llegará El Hombre de Hojalata, porque se lo anunció su policía. Se lo ha dicho en voz muy baja para que mantenga la calma y no deje de observar el regalo que le ha ofrendado para distraerse de la discordia de la ínfima sombra de apenas quince kilos. Que repitan su nombre. ¿El Hombre de Hojalata? ¿Qué manera de violentar la metalurgia? ¿Habrá ebullición debajo de esa piel metalizada? ¿O el infortunio de sus cartílagos lo volverá enclenque y repugnante? Ha de ser un hombre ridículo. El ministro sabe que no lo es. Es temible si se lo propone, como la inescrupulosa matemática de la muerte. Con él vendrán otros. Llegarán en pocas horas. ¿Vendrá un sicario? Vendrá un Limpiador. Testificará su muerte al final del trabajo. Harán una sepultura entre las propias vísceras de los asesinados. Varios de la custodia del gobernador han establecido esto como un asunto prioritario. Serán como la sombra de una piedra inmóvil. Y fueron convocados los ángeles segadores, la legión más cruel y perfeccionista del sistema. Si hay un Hombre de Hojalata, hay ángeles dispuestos a poner las cosas en su lugar. Mientras el de hojalata responde a una forma urbana de malicia, ellos responden al cielo de la impunidad. No se conocen sus rostros pero sí sus consecuencias.
Hasta entonces, bostecemos como si nada nos preocupara. Como sobándole la guitarra a un músico sordo y cojo. ¿Esas presencias descompondrán las cosas? Aunque ellos no lo intuyan, así será. Tal vez no como ellos suponen, pero sí como El Mago de Oz reclama. Nada se pierde, todo se transforma. No hay cambio sin destrucción. Incluso la niña de los pequeños senos habrá mutado en un instante, de pie en el escenario al que fue subida y ante quien no deja de observarle los pequeños pechos. Será una crisálida, su cáliz abierto en una púrpura aurora. Hay tantas niñas vírgenes en aquella provincia, hijas y gatas no dejarán nunca de reproducirse para luego demorarse bajo las aguas turbias de borrascas. Cuando hable el gobernador se hará un silencio inevitable. ¿Quién quiere escuchar a un gobernador mentir durante media hora sobre el futuro? Entonces será el ministro quien pondrá sus ojos en blanco, la pupila encantada, como un abrojo negro, inevitable. Un molusco bivalvo padeciendo el parloteo. Y el discurso sonará igual de hueco e igual de latoso.
Bla, bla, bla…
El gobernador mantendrá una piedra en una mano y en la otra la estampa de una Virgen protectora. Parecerá que reza porque siempre impresiona echarles unas palabras a los fantasmas. ¿Será la Virgen de Luján? Bajo la manga el puñal de San la Muerte. Mejor la Virgen de Caacupé. Dirá que todo lo que vendrá será mejor que lo pasado. Si no, te hará un ovillo y te arrojará al fondo del río con una roca atada al pescuezo. Gobernar no es cosa de blandos.
***
14.- La arboleda sucumbió a la noche. El verde de los árboles estaba al morir al arrimarse al horizonte mientras se aplastaba una nube contra una línea roja del fondo del paisaje. Zurita, la nieta, le apretó las manos a la abuela Cándida. La abuela quemaba tabaco y escupía una pasta negra y pegajosa. Fumar en pipa era el vicio.
Ahí le prometió a la anciana atender al viejo muerto si pasaba de nuevo por frente al rancho. Que no había que pedirle nada, dijo la vieja. Da si quiere, si no quita. El Yasí hará de las suyas si no se respeta al muerto como el muerto quiere. ¿Niño o niña? Si fuera por su gusto, le entregaría, para serenarlo, a la niña, pues, repetía, las niñas no sirven de mucho. Para reproducirse, lo demás viene solo. El varón trae la descendencia y el dinero, aunque poco, pero si no hay plata, puede cazar. ¿Qué puede cazar una niña? Nada que camine sobre la tierra. La mujer no trae más que palabras consigo y tal vez un vientre fértil. De ese útero saldrá el peón para ser explotado.
Pero si la muchacha oía arrastrar los huesos, la abuela le dijo que no le hiciera promesa alguna aunque el viejo se lo pidiera, porque no iba a poder cumplirla. El viejo siempre tenía algo que pedir. Hay que hacer como si no se lo viera y no se lo escucha. Y no se debe prometer en vano a un muerto cuando pasa frente a la casa. ¿Y si se detiene en la ventana? A la muchacha la desolaba la idea de tener al muerto mirando a través de la cuenca vacía de sus ojos por los vidrios rotos de la ventana. Hay que dejarlo, esa era la enseñanza. La curiosidad es como la esperanza, perdura a pesar de las personas hasta que se agota. Como el agua de la laguna cuando la sequía chupa hasta la humedad del barro. Que vaya donde quiera. Tal vez pase de lado la arboleda y entre en la pequeña llanura que dibuja una incipiente luna violeta para perderse esa noche y dejarles una cena serena. Mejor que se perdiera y entonces solo quedaría el vaho del sudor del cadáver mezclado entre las hierbas de la vegetación. Oler al muerto no es peor que oler a los cerdos en el chiquero, aunque un olor no es lo que el otro parece. La boñiga de cerdo tiñe la tierra hasta con sangre y de ahí extrae su olor; es el olor de la sangre y el barro podrido del fondo de la zanja. En cambio, el vaho del muerto se reparte en pedazos que entran por la nariz hasta los párpados.
—¿Viene la tía? —preguntó asustada la muchacha.
—Mire usté a través de la ventana. Se ve un rumbo por el que el muerto bien puede ir’acia un terrenal donde la luna acampa. Tal vez nos deje tranquilos.
—¿Pero la tía viene? Si viene, el muerto se alejará como siempre.
—Es concejala. Más le vale al viejo ponerse lejos. Si no, el Yasí se’ará respetar para acerse respetar. ¿Quién es un viejo muerto al lado de una concejala?
Dicho esto, tomó una vela en su mano marchita y la encendió con la llama de la cocina a leña. La vela encendida era una ofrenda a la tía. Pero la vieja sí cuidó muy mucho de nombrar al tío. El hombre es una cosa seria. No hay que mirarlo a los ojos, porque entra por las pupilas y ya no se va nunca de las tripas. Se aloja en las entrañas y te consume por dentro. Cuando el tío llega hasta el viejo muerto desaparece, borra sus huellas. Lo que pueden las charreteras.
La vieja, iluminado el rostro por la luz de la vela, mascó un tabaco y escupió al piso de barro.
—Ocúpese de la cena que en un rato llega la visita, no me’aga enojar que no estoy pa’ caprichos.
—¿Por qué invita a esa gente, abuela? Yo no le confío en nada.
—Yo le’ago el fideo y usté ponga el estofado. —La vieja hizo como que no escuchó a la muchacha.
—No bien llega, dice: ¿ya me preparó la comida? Y usté suspira porque la toma de sirvienta.
—¿Y yo qué soy? ¿Y usté, muchacha? Si apenas si sabe sumar. Yo no sé sumar. Sé de la plata de vieja porque me enseñó su madre que por lo meno aprendió a leer y escribir. Soy bruta. Usté es bruta, también. Las mujeres acemos esta vida de brutas, parir, cocinar, lavar la mugre y soportar golpes. Somos todas brutas. No sé de qué se queja siendo una niña. Busque uno que no le pegue. Con que no le pegue ya será bastante.
La muchacha se encogió de hombros. Preguntó:
—¿Ha comprado la garrafa pa’ la cocina?
La vieja arrastró los pies hasta una pila de leña. Sus juanetes relucían bajo la luz de la vela que mantuvo sujeta con firmeza.
—No, no tengo yo la plata todavía yo. —Dijo, mirando los troncos resecos—. Dicen que esta noche la tía me va’dar un dinero para comprar la garrafa. Viene con la Virgen a rezar un poco.
—Pero sí cada vez que reza lo único que nos llega son resignaciones.
—No me contradiga, mierda. Me va a dar una plata y tendremo garrafa.
—Si le da plata, algo le va a pedir a cambio.
—Algo le daremo.
—Ya sabe lo que le va a pedir.
—Algo le daremo.
—¿Y cómo vamo a cocinar si no hay garrafa?
La vieja señaló la pila de troncos.
—La leña. Ayer traje de por aquí, unas ramas del árbol seco que cayó por el viento. Por donde la mandarina, más leña’ay que trajo su padre. Leña sobra, no chiye.
—¿Y está seca la que trajo?
—Como yo. Más seca que yo, que estoy seca de adentro y afuera. Usté vaya a buscar los pollos. Dos. Están los colorados mas viejos, ya no sirven para los anuncios, su sangre engaña. Mátelos en el gallinero. Así las otras picotean la sangre y después empollan como un don del Dios divino.
—Yo no voy a andar de noche ahora a buscar esos pollos.
—¿Y qué vamo a comer? Ademá, todavía no e’ de noche.
—Va oscureciendo. No podré ver venir la sombra.
—Chica grande y tiene miedo. ¿Ve lo que digo? ¿Si no’ay hombre, quién mata un pollo en la noche?
—Usté sabe que hay cosa allá afuera. Siempre aparece cuando viene la tía.
—Déjese de estupidece. Vaya a buscar el pollo que yo lo descogoto aquí mismo.
—No quiero. Que vaya la Ladina, que se hace la santa. Ella no tiene miedo. Cree que no sabemo que vende droga. Ni el policía se le acomoda. Todos se alejan cuando ella llega, menos los enviciados.
La abuela Cándida se puso seria y volvió con un tronco grueso para alimentar el fuego de la económica.
—No repita ese asunto.
—Como usté quiera, pero sabe que no le miento.
—Vaya a buscar los colorados. —La abuela le ordenó—. En un rato llegan los tíos.
—Los pollos no saben lo que les espera.
—¿Acaso usté sí? Si el muerto pasa por el gallinero, los pollos van a quedar temblando. Va a ser má fácil agarrarlos. Los pollos viejos entienden menos que la Ladina. Se les’a secao el cerebrito.
—Entonces vaya usté vieja, que ni el viejo ni el Yasí la van a querer a usted. Yo estoy joven y puedo dar cría.
—¡Todas igual! Y ahora con ese aparato todo el día paveando. ¡Qué mira en ese aparato, m’hija! Parece idiota. ¡Qué Yasí ni Yasí! A usté la va a agarrar el Prudencio en un apartado, donde los árboles están en círculo. Le va a ser un’ijo y después otro y otro. No va a poder subirse la bombacha.
—No quiero hijos con el Prudencio.
—Y qué, ¿va a elegir? Acá no se elige, se agarra lo que se puede antes de que te agarren. Agarre lo que tiene a mano. Ya le dije: mientras no le pegue, no se queje.
—¿Y usted así agarró al abuelo?
—¿Quiere que le diga mentira?
—Prefiero me lleve el Yasí.
—¡Qué Yasí-Yateré ni Yasí-Yateré! La muerte, a mí me va venir a buscar la muerte un día de estos y voy a descansar lo que ustede no me dejan nunca. Seca me tienen ustede. Me’acen trabajar todo el día y’asta me dejan el chico ese que no respeta nada. Malcriado.
—Hasta que llegue otro.
—¿Otro? Esa mujer parece vaca de parición. Como las vacas, tiene cría pa’ dejarla después suelta por el campo a la buena de Dios. Ese vago del Poncio no piensa en otra cosa que acerle’ijos. Parece que vive de calentura en calentura. Vago e’mierda. Si trabajara má no andaría calenturiento.
—¿No dijo que quiere varones?
—No malcriados. A ese lo va a llevar el Yasí por las patas. Le dije a la madre que le dé unos rebencazos y que va a comportarse. Así les crie a todos y salieron derechos.
—Sí, claro, como la Ladina.
—Le dije que no’able del asunto si no quiere que le dé buena paliza con el cinto.
Mejor callar. Por el silencio, el viejo muerto se dejó llevar. Siguió de largo, para perderse. Pasó por el gallinero, los colorados se acovacharon detrás de las ponedoras. Pollos miedosos, la carne se pone dura del nervio.
La muchacha vio al muerto por la ventana desaparecer tras el árbol de dulces mandarinas. La noche acabó por derrumbarse sobre la llanura. Una bruma violeta corría a ras del pasto. En minutos llegarían los tíos. Qué podía hacer si no obedecer en silencio. Todavía llevaba las marcas de los últimos azotes. No había donde esconderse. Parecer buena niña podía resultar una salvación. Hasta entonces los señores no la buscaron para desvirgarla. Pero el Prudencio esperaba su oportunidad, agazapado. La quería para él, y si la tocaba un patrón, ya no la querría más. Pero a la muchacha el Prudencio le daba asco. Y vendrían los tíos, que no son tíos, sino agregados, porque la vieja los invita para obtener ventaja. Los tíos y esa Virgen con la que iban de pueblo en pueblo pa’ vichar las crías para ofertar. Por esos lados, la oferta nunca mermaba, había carne para elegir a gusto.
***
15.- Muertos y cerdos. Una parábola de la humanidad misma. Los muertos cada día mandan más. Las viejas ciegas son quienes más conocen de esta sabiduría y la respetan a más no poder. A las puertas del pequeño cementerio, quienes todavía pueden valerse por sí mismos a pesar de los males que los enferman, esperan el milagro de la resurrección. Ciegos, sordos, mudos, mancos, cojos, se agolpan tras las nieblas que vienen del río esperando un milagro del que no tienen ni la menor idea. No saben si el esperado prodigio caerá del cielo hecho una sustancia blanca y menuda y, como aquellos escapados en el desierto, se preguntarán ¿qué es esto? ¿qué es esto?, sin recibir respuesta alguna porque ni los dioses ni los muertos disfrutan hablar con sus falsos adoradores. Allí, entre llantos y plegarias, piden por el niño desaparecido, esperando que surja del fondo de una tumba fresca en forma de flor o animal extraordinario. Saben que su humanidad se disolvió en el misterio de su propia desaparición y que, tal vez, solo tal vez, sea semilla que germine regada por las lágrimas de una madre que no encuentra consuelo. Y allí mismo, una piara de cerdos famélicos a los que les cuelga un cuero en el que unas diminutas larvas hacen de las suyas, cerdos a los que se les puede contar las costillas largas y filosas, aguarda en ese amanecer confuso unos colgajos de carne humana de los que murieron hace tiempo y aún se resisten a volver al polvo primigenio del que surgieron cuando la noche aún dominaba las tierras mesopotámicas. Es palabra de Dios y si Dios lo ha querido, por algo será.
Ahora, Limpiador elegido, deberá marchar a ese pueblo que ni figura en los mapas. Recuerda el mandato paterno. Recuerda aquellos instantes de la infancia en que se deformó definitivamente. Y reconoce que aunque se hubiese retorcido de dolor y gritado hasta acabar con sus cuerdas vocales, la voluntad del padre no se podía desobedecer. Le dijo de muy niño: la tradición familiar no puede alterarse. No es que no se debe, no se puede. Y luego le palpó la cabeza para ver si aún sangraba por la herida que le provocó el mayor de los vástagos cuando lo atacó por sorpresa, con una vara larga y espinosa.
Él era el elegido, y aunque su hermano lo moliera a palos, algo que ocurría a menudo, el padre no cambiaría de opinión. Antes moriría. No podía alterar el orden sucesorio que lo establecía la muerte desde un panteón destruido en épocas de la guerra de la Triple Alianza, cuando los cadáveres flotaban por los ríos y se pudrían bajo el sol abrazador. Uno de ellos emergió de las aguas y se apropió del panteón. Era un muerto centenario, que acompañó a Alonso de Vera y Aragón, llamado el Tupi, en su primera conquista. Desde entonces, vaga de rancho en rancho, señalando a las niñas y a los niños para el sacrificio. Ese era el mito, y en él creía firmemente. Si escuchaba el quejido del muerto, era el indicado. ¿Los otros lo habían escuchado? Ni un poco.
Fue él y no otro el que escuchó al muerto. Era el don. Por eso no durmió ni comió durante días y a pesar de que la madre lo zamarreaba para que se alimentara, cada vez que intentó llevar un bocado a la boca, el padre se lo impedía. Debía estar puro para el encuentro con los muertos. Los ritos no se alteran. Vacío de alma y cuerpo, limpio. La sal inglesa ayudaba a lavar la tripa. Y cuando se encogía retorciéndose por el dolor que le provocaba el hambre y la purga, su padre lo zarandeaba hasta obligarlo a ponerse bien derecho.
—Me cae la diarrea por las piernas. —Se quejaba.
—¿Quieres el cielo? Gánatelo. —Así terminaba la conversación.
Fueron años de frustrante preparación. Descartar mercadería o idiotas que incumplen sus tareas es una misión que se revuelve en una maraña de pensamientos. No debía quedar ni un gramo de esperanza. Entonces las oraciones a los muertos y a los cerdos (por qué no), se volvieron apenas un temblor entre los labios. Cenizas de la palabra entre los dientes.
Meses después preguntó cuál debía ser su elemento primordial. ¿La tierra? ¿El agua? ¿El fuego?
El padre le dijo que ya lo descubriría. Que por algo debía bañarse en las aguas de un río antes de hacer ese descubrimiento. Esa sería su salvación. Primero la diarrea cayendo por las piernas y metiéndose en los zapatos, y luego el agua helada de un río para aliviar la costra de excremento.
Siendo el padre un Limpiador avezado, el Gran Limpiador, no había alcanzado la perfección a la que aspiraba para su hijo. Y eso que lloró hasta en los rincones más oscuros, reclamando una señal del muerto para darse por satisfecho.
—Creí, padre, que usted me otorgaría el salvoconducto, que acabaría antes de que me volviera loco.
El precoz aprendiz no cabía de ansiedad en sus zapatos llenos de mierda. El padre hizo como que no lo había escuchado.
—Para un Limpiador, un adulto no es complicado. De eso no padecerás remordimientos. El problema son los niños. —No debió reír cuando lo dijo.
—Uno debe estar seguro de la empresa.
—Hijo, será el muerto el que te dará esa seguridad.
—¿Entonces a quién debo agradecer mi don?
¿A quién podía importarle eso? Lo que valía era la eficacia. Años de atormentar al hijo para que, justamente, se volviera preciso y sin sentimientos. Un adicto a la muerte. A la mala muerte, porque las hay buenas, adorables, sin engaños.
Entrar a La Ciudad Esmeralda era como entrar a un cementerio. Y aunque los brillos encandilaban, la sangre opacaba todas las luminiscencias. Ya integraba el plantel de Limpiadores y gozaba de gran reputación cuando murió el padre. No podía señalar el día exacto. No lo recordaba. Sí que lo hizo entre muchos dolores. No rezó, estaba harto de Dios. Sospechó que ese era el momento que esperaba. Muerto el padre, la indiferencia debía abrir camino a la revelación, como una epifanía. Si no era el agua, si no era el fuego, si no era la tierra, lo inesperado sería su elemento primordial. Una relojería de los imprevistos haciendo lo que hay que hacer.
Cuando el más viejo de los Limpiadores le dijo “el cerdo”, no pensó en el Tarot. El cerdo era un animal que no le inspiraba ningún sentimiento. Aprendería con él a trabajar duro y ser paciente. Hasta que no quede nada del difunto, el cerdo mastica sin detenerse. Sabe que son los pequeños detalles los que malogran una gran empresa, y por eso es angurriento, tan feroz como voraz. Abre su gran boca, hinca sus dientes en la semioscuridad, traga sin paciencia, traga y un estómago centrífugo disuelve las astillas de los huesos y no queda nada que esperar.
El cerdo era la revelación. Lo demás, lo instrumental, era irrelevante. Las herramientas cambiaron con los años. Fueron hachas, cuchillas, sierras, amoladoras, sinfín, apenas medios. El fin justifica los medios y el cerdo era el fin. Trozar hasta que la carne y el hueso no fueran de un tamaño mayor al del ojo de la aguja, por donde nunca pasará un camello.
Cerdos y muertos. ¿Era el muerto de su infancia el mismo que pasaba por el rancho de la abuela señalando a la víctima? ¿Cómo saberlo? Los quejidos de los muertos son todos iguales. Llegaría a ese pueblo miserable para encontrarse con El Hombre de Hojalata, arribado a destino casi de manera involuntaria, cuestionándose sobre muertos y mercancías que debía descartar por orden de El Mago de Oz. Su experiencia contradecía la enseñanza de su padre. Los adultos son un problema a la hora de descartarlos. Un niño es cosa menuda, si ese fuera el mandato. Un hacha modesta y de buen filo. Una docena de trozos. Nada de exageraciones. Pensó que tal vez sería mejor llevar los fragmentos a la naturaleza del río. ¿Alguien autorizaría cambiar la tradición? ¿No sería considerado un ignorante luego de tantos años de trabajo al pedir ese cambio? Se preguntó por las coordenadas del río, pero no sabía de qué se trataba cuando le hablaban de cauces y el flujo incesante de sus aguas. Entonces pensó en el alambre de enfardar. un ovillo perfecto, alimento para la fauna del río.
***
16.- Era verano. Largo verano. El inasible viento del verano lo trajo con su uniforme blanco, inmaculado. Sus dorados botones encandilaban. Galones y dragona relucían iridiscentes, tanto que hasta las viejas ciegas presentían sus fulgores llenos de secretos inconfesables. ¿Qué mancha de salivas se aferraba a las fibras o qué gota de sangre advertía un espanto bien disimulado? Hombre de pocas palabras, prefería el silencio a la conversación vana. Voces de mando con pocas letras. Y cuando no, cuerpo a tierra o interminables lagartijas. Se marchó hostigado por quienes lo preferían muy lejos, temerosos de que sus nombres aparecieran junto al suyo una incierta mañana de revelaciones en la portada de algún matutino inescrupuloso. Aceptó el castigo. No protestó ni vaciló. Hasta lo consideró una concesión interesante. ¿Huir? Su honor militar no se lo hubiera permitido. Tomó sus cosas y marchó decidido. No lo consideró un destierro sino la oportunidad de hacer fortuna sin que se conociera su nombre en las inútiles tertulias de los funcionarios del gobierno, los agobiantes fines de semana cuando solo había lugar para sudar en abundancia y padecer un completo aburrimiento. ¿Cómo no haría destino incluso en ese alejado paraje donde vivir es un acto intrascendente y morir un pasatiempo posible durante una larga y calurosa madrugada de abusos? El polvo que envolvía al pueblo llevado por el viento seco, era un síntoma adverso, pero el hombre digno ha venido al mundo a vencer hostilidades. Allí la conoció y, apenas la vio, reconoció su identidad, la génesis que la había engendrado para hacer un destino lleno de halagos y fortuna. Era la mujer indicada. No era casualidad la trilogía. Un hombre vestido con su uniforme blanco, una mujer oliendo a tierra entre las piernas de sólidos muslos y la figura de una virgen de terracota que insinuaba unos dones extraordinarios que jamás nadie atestiguó por temor a la ira de los muertos.
El destino ese día, como muchos otros anteriores, era el rancho de la vieja. Hay que ir de la vieja, dijo. Seguro habrá estofado de pollo y fideos. También dijo que en el último pueblo cayó una tempestad que rompió el hocico del perro, que adquirió la forma de una equis atravesada del limo mezclado con la sangre. No fue un trueno ni una granizada. Fue un misterio. A los augurios no se los debe explicar. El perro aulló de dolor cuando la sangre corrió por la dentadura y el limo le embadurnó la lengua. Debió violentarse y sacrificar al perro, pero la estampa de la Virgen lo hizo reflexionar y escucharla a ella redentora de desahuciados y desprotegidos de un dios desconocido. Perdonar al perro malherido por la invocación redentora de su esposa sería un acierto. El vaho de la tardecita ascendía con un ruido mustio y adivinó la circunstancia que la mostraría como a una madre amorosa a pesar de que no tenía hijos. ¿Qué más espera un pueblo de desgraciados que ser acogido por una madre protectora? La violencia no conduce a nada, no debía olvidar esa verdad a medias. La violencia solo se justifica cuando estaban en juego las verdades más esenciales del negocio. Entonces sí, ser violento era correcto. Tenía la vida del pueblo en la palma de la mano. Ella, su mujer, tenía las llaves de todas las casas, podía entrar en ellas sin que nadie se opusiera y llevarse a quien deseara, sin violencia alguna, solo regalando promesas. Si Dios lo pide por algo será. Sonrisas, rezos. Rezos, sonrisas. Cenizas de los muertos redimiendo a los pecadores incluso hasta los más perversos.
Cargar la imagen de la Virgen para llevarla a todos lados era un fastidio, pero no era más que un trabajo al que no se le daba la espalda. No siempre la felicidad se alcanza con bulliciosas ilusiones, ni es un único desafío. Después de todo, era como llevar una joroba mal dispuesta, en vez de en la espalda, en el pecho. El esternón se abarquillaba hasta los tuétanos. Dibujaba en su pecho un arco asombroso.
¿Cuánto pesaba esa estatua? El marido decía:
—Nada, no pesa nada.
Ella lo contradecía.
—Si no pesa nada, llevala vos. —El hombre soltó su carcajada.
—Yo planifico. Si para pasar por santa lo único que tenés que hacer es cargar esa muñeca de madera, bastante liviana es la exigencia. Eso es todo. Si no te gusta, buscate otro.
Ella cargó la virgen sin volver a quejarse. ¿Dónde encontraría otro?
Subieron al auto. Algún regalito inútil siempre había que llevar a donde se fuera. Ella lo decía a menudo, a esos pobres cualquier chuchería les viene bien. Se alegran por nada. Un rosario, una estampita, agua bendita. Agua. Luego te entregan las hijas como se pulsa la doncellez de una libélula. Las mujeres son una calamidad. ¿No lo dijo un coronel muchas veces? Los coroneles saben de qué hablan. Calamidad, calamidades, desgracias del anverso y el reverso.
Más no pudo dejar de pensar en el perro con el hocico destrozado. Un aviso de que debían cuidarse ese día, la suerte no alcanza jamás para todo. Limo y sangre. Una pasta que recorría transversal el destino más cercano. Esperaba que con la niña sí tuvieran suerte. Y mucha. Que el aullido del perro no fuera sino una advertencia. No es ambicioso desear la buena suerte. La niña aún no había menstruado. Eso sí que era tener suerte. Debía ser algo blanca, no demasiado, y tener apenas unos botones por senos. Diminuto. Que cupieran en una boca no demasiado grande. Que se asomaran a una lengua húmeda. La niña era la ideal. La elegida.
La niña confiaba en ella o al menos eso creía. ¡Tía! ¡Tía! La llamaba. Para así parecer, una tía de pueblo, debió engordar unos cuantos kilos. Dejar la figura fina y el aspecto de vedete que había adquirido hacía un tiempo y lucía cuando su condición de secretaria del secretario del ministro. Ahora era una señora. Dejó de teñirse de rubio para parecer señora de pueblo y no de ministro. Antes se disfrazaba de joven, quería parecer la de las revistas, flacas, rubias, plásticas. Rubia botella calzón de lata. Eso parecía. Él se lo dijo varias veces. Rubia botella calzón de lata. Así no servís para nada. Rubia falsa. Tetas falsas. Culo falso. Plástico bajo la piel. Poco útil para la cosecha. El pelo duro, el labio rígido de pintura gruesa, roja. Muy rojo todo. Había que perder el olor a sexo, llevar entre las piernas olor a tierra seca. La vieja esa, estaba seguro, podía oler el sexo de las hembras a la distancia. Una fragancia arácnida, una acuarela rosada bajo el vello. Oler a tierra, a sudor, a hostias negras en el cáliz negro. Y sin palabras. Deja la lengua suculenta para las noches soberbias. ¿A qué tanto decir en esos pueblos muertos de hambre?
El hombre, en cambio, era sobrio. Él no perseguía, planificaba. No le interesaban las mercaderías para su propio goce. Era un asceta. Nunca mezclar trabajo con goce. Mira la mercadería, pero no la percibe. Mira a la mercadería, pero no la desea. No atina sus volúmenes ni sus temblores. Es parco, y no ofrece triunfos, sino mortajas. Pequeñas, blancas, almidonadas.
Tenía un mapa detallado de todos los pueblos, de sus caminos para ir y de los mejores para escapar. De donde fuera, una ruta a la ribera del río donde lo esperaban para entregar la mercadería. Simple como un remiendo en la ropa. Varias cuentas bancarias. Los paraísos fiscales rinden sus frutos. ¿Para qué existen los paraísos, sino para brindar las frutas mejores? Muchos celulares para hablar aquí y allá, con este y con aquel. Como una docena. Químicamente inobjetables. Luego llegaron las billeteras virtuales, las criptomonedas. Él dijo en broma: con la religión llegaron las cristomonedas. Fina humorada. La virtualidad, los algoritmos, creía, lo pondrían a salvo de todo problema.
Nada es gratis. Había mucho que repartir. Al policía, al ministro, al gobernador, a los pacíficos, a los violentos. Todos obtienen su parte. Es como cortar al niño o la niña en varios pedazos y repartirlos mientras la tía repite: “Este es el cuerpo divino, tomad y comed todos de él”. La comunión de esos órganos insomnes, llenos de promesas nupciales. La sangre era lo último, como el vino.
En el corral de niños todavía había algunos sangrando, por eso tuvieron que ir por la muchachita donde la vieja estaba a punto de decapitar los pollos colorados para hacer el estofado. El muerto mantendría a raya a la vieja, la nieta ni se daría cuenta y desaparecería en un abrir y cerrar de ojos.
Nada de sangre hasta el momento justo. La sangre siempre alucina, es una fuerza centrípeta que comprime hasta deshilachar las tripas.
El tío tenía todo listo. La tía dudaba aún por la visión del perro mutilado en el hocico.
—¿Y? ¿Qué esperamos? —Ella no respondía—. Preparo el coche y nos vamos.
Ladina estaría llegando casi al mismo tiempo que ellos. No convenía perder el tiempo.
—¡Vamos! —gritó. Su voz sonó más marcial que de costumbre. Ella llegó al automóvil seguida del hocico sangrante del perro. El perro daba lástima y se acostó a una sombra con forma de cuchilla.
La tía lucía hasta policial. Zapatos abotinados, pantalón color marrón-tierra, blusa blanca, rostro sin maquillaje. Señora concejala. Así la quería el hombre. Ella preguntó por los papeles.
—¿Qué papeles? —El hombre estaba fastidiado.
—El contrato.
—¿Sos boluda? ¿Para qué voy a llevar el contrato?
—Por si pasa algo.
—Si pasa algo, vamos todos en cana, boluda. No confío en la vieja ni en la Ladina. Contrato… qué estupidez. Vos no pienses, dejame a mí. Vos hacete la Evita capitana y no me rompas las pelotas.
La mujer no podía ni abrir la boca.
—¿Y el Artemio? —dijo solo por decir algo.
—Menos, ese.
Subieron los dos al automóvil y emprendieron la marcha hacia la tapera de la anciana.
***
17.- La tarde se deshacía deicida. Nerviosa herida, sanguínea. Tarde en la que iba el cielo saqueando los espectros que a lo lejos aún cabalgaban la guerra civil cuando Berón de Astrada cayó en combate en Pago Largo. Oculto tras las primeras sombras, el viento sugería la extraña hazaña de una caballería que desbarataba el horizonte más próximo a punta de lanza. Ladina no podía sustraerse a esa alucinación (ella no había consumido ni una modesta línea). Desconfiaba de ese paisaje que no prometía nada bueno. Algo le susurraba al oído que no era buen negocio. Si atendiera siempre a sus pálpitos, quizá las cosas andarían mejor. Pero ya estaba hecho, y lo hecho, hecho está.
Una cosa es vender “María”, otra, carne fresca. El rollo aquel se había vuelto temerario. Nunca se sabe cuándo una venta se sale de quicio. La carne habla o llora. Perturba. “María” nunca le dio complicaciones. María, llena eres de gracia gramo a gramo. Los viciosos respetan las reglas a como dé lugar. Si no había efectivo, no había suerte. El vicio es al contado. Pero la carne siempre chilla, encuentra su forma de hacerse oír. Y si no chilla la carne misma porque está amordazada, lo harán sus madres, sus abuelas, sus hermanas, las mujeres todas. Ladina sabía que no hay modo de callar a una madre. Hasta el policía, maldito borracho de mierda, de vez en cuando y por pura demagogia, lagrimeaba junto a las mujeres. ¡Ay el pomberito, ay! Y cuanto más pensaba de este modo, más notaba la perturbadora incógnita de la tarde.
No soltaba el celular por nada del mundo. Lo aferraba su mano izquierda. Intentó un par de veces comunicarse con el policía. El hombre no respondía. No era excusa para distraerse. Llegaría la novedad en el momento exacto. Tampoco dejaba de mirar al cielo; no quitaba la vista de una nube aparecida de la nada que bajaba en procesión hasta el pequeño cementerio al fondo, donde alumbraba un espejismo denso, un espacio de tierra un poco mayor que un cadáver adulto. Dos metros por un metro. Allí se podía sepultar a quien se quisiera y nadie se tomaría el trabajo de hurguetear la tumba. Un metro de profundidad era suficiente. Los carroñeros, la mayoría de las veces, vaciaban la tumba en cuestión de horas. La gente muere y a veces sin aviso. La carne se pudre rápido, las alimañas no dan tiempo ni a sospechar la pudrición. La muerte en esos pueblos no es nada virtuosa, por cierto; las más de las veces de rodillas luego de un infarto o un pedo con vino barato. O en la misma letrina, sobre un montón de excrementos.
Ordoño, el marido, no se apartaba de ella, pero se mantenía en silencio. Hacía unas semanas que andaba como ciego, a los tumbos, por las callejuelas de tierra. Ladina insistía que le había dado un tumor en el cerebro y que pronto moriría. Hombre inútil desde el día en que nació. ¿Cómo se había casado con ese inútil?
La madre, la vieja Cándida, le dijo que el matrimonio con Ordoño era lo único a lo que podía aspirar ella. La comparaba con una vaca vieja. El útero seco, le reclamaba, por eso no le dio nietos.
¿Si no sirve pa’ reproducir, pa’ qué sirve? ¿Y si no servía para la parición, qué otro hombre más que Ordoño y la iba a matrimoniar? Era un matrimonio estéril.
Siempre la ofendió ese comentario, pero allí estaba, junto a ese hombre mediocre, esperando que el comisario le atendiera el llamado. Pero el buen hombre estaba de joda, copeteando en una fiesta de un pueblo cercano. Festejo de un santo, de los muchos que adornan las iglesias por esos lados. Luego se iría a la ciudad, a visitar a una chinita joven de un prostíbulo en el que era el cliente preferido.
Si el comisario no respondía y el aviso llegaba, iría ella por la presa. Seguro que el policía se había perdido en algún festejo, o atrás de los políticos tratando también de sacar partido.
—Mala yunta, político y policía. Borrachos de mierda. —Ladina detestaba al policía, pero temía al político. Cada vez que debía nombrar al comisario, lo llamaba “borracho de mierda”. En cambio, se cuidaba muy mucho de hablar mal del político. Había aprendido bien aquello de que nunca hay que dar queja al que manda. Ordoño, el marido, ni se atrevía a disentir; la propuesta de una captura lo espantaba.
—¿Quién va a liberar la ruta? —Ordoño se tomó su tiempo para preguntar, respiraba agitado y sudaba, pero se animó a hablar. No podía disimular su miedo.
Ladina siempre se preguntaba si Ordoño era o se hacía. “¿Siempre fue así de boludo? ¿Yo qué pensaba cuando me casé con él?” Cándida le diría que pensó con la vulva, porque cabeza nunca tuvo. Después le echó la culpa al tumor que lo volvía más idiota. Qué liberar ni liberar. La ruta interna no la transitaba casi nadie. Apenas pasaba el viento y algún paisano a caballo, de esos viejos mañeros que no sabían usar otro camino más que ese, que habían aprendido de niños. Además, los viejos mañeros nunca hablan. Que si no tenían lengua se la comieron ellos mismos. No había ni que abrir la boca si se quería ver el nuevo día. Y eso los viejos lo habían aprendido desde la época de los señores ingleses. No sé nada. No he visto nada. Eso era todo.
Desde que los narcos compraron esas tierras no se siembra nada. Eran de tránsito. Cuanto menos merodearan por ellas, mejor. Cuando el pomberito o el ánima perdida no convencían, dos escopetazos hacían entrar en razón a cualquiera. Al principio llegaba de vez en cuando alguna avioneta que aterrizaba al fondo del villorrio, pero por entonces ya no, todo iba por el río, cuesta abajo, en barco hacia la gran ciudad. Más barato y seguro.
Eran buenas tierras, los frutales crecían a voluntad. Las mandarinas más dulces eran de esos campos. Sus frutos eran los que los niños más deseaban. Por detrás de los mandarinos pasaba la ruta de tierra que se escabullía en todas direcciones. Por ella se podía sacar la mercadería sin que nadie estorbara. De ahí al río, donde siempre esperaba la barcaza que desaparecía luego de recibir la carga entre unas olas pequeñas, para nada apacibles.
La ruta nacional era otra cosa. De vez en cuando se aparecía los gendarmes y cobraban peaje. Pero una cosa era “maría” y otra la carne. La carne es pecado en estado puro, es cargar sobre los hombros los mismos cuernos del diablo. No hay coima que valga si el riesgo es tanto. Con la blanca es cuestión de pactar los porcentajes. Vamos tanto y tanto. ¿Pero cómo hacer eso con la carne? No hay manera.
***
18.- Ladina esperaba que el viejo muerto ahuyentara a los espectros que cabalgaban el horizonte. Tal vez trajera buena suerte. Ordoño no lo creía. Ese muerto no tenía nada que perder. No puede echarse a perder porque ya está perdido. Él tenía mucho que perder, incluso la vida, o quedar idiota por ese tumor cerebral del que Ladina le decía le comía el cerebro todos los días un poco.
Ladina siempre confió en el viejo muerto. Desde el primer momento en que lo vio escondido dentro del círculo que describían los frutales donde los terratenientes desfloraban a las niñas. Ladina especulaba que por la ventana del rancho debería haberle echado la última mirada a la muchacha para asegurar la mercadería. Tal vez hasta repitió con esa voz nefasta su nombre: Zurita. Cándida habrá hecho que no escuchó nada mientras fumaba su pipa. La vieja sabía cómo disimular. Después de todo, prefería el desvirgue por quien fuera al balde lleno de agua donde ahogaban a las gatas. Nadie quiere gatas, nadie quiere vírgenes.
Fue el viejo muerto el que describió la anatomía de Zurita. Busto pequeño, caderas suaves, muslos firmes. Ladina le dio la razón. “Un caramelo”. No tardó en ofrecerla, y menos en venderla. ¿Quién no querría una mercadería como esa? “¿Virgen?” Preguntaron. Por completo. ¿Pero seguro que es virgen? Repitió “por completo”, ¿o hablo al pedo? Es hasta bonita, dijo para alabar su mercadería. Una buena lavada ya sabe dónde, alguna ropita liviana medio trasparentosa, y estará lista para la ceremonia. Cómprela ahora porque se la lleva cualquiera.
La transacción sería luego de la cena. Los tíos eran garantes del pacto. Fácil como degollar a los pollos colorados. Fácil como hacer estofado de pollo y amasar fideos.
Ladina intentó un último llamado al comisario antes de salir para el rancho de Cándida. Nada. “Hijo de puta, borracho de mierda”. No hubo caso.
Ordoño manejaría la chata esa tarde-noche. A él no lo impresionaba el paisaje y los espectros allá lejos, tal vez porque no alcanzaba a comprender su significado.
El mensaje de los tíos llegó a tiempo. No podían fallar. Ladina lo leyó varias veces antes de borrarlo. Tal vez equivocaba su mal presentimiento y las cosas saldrían lo bien que se merecía. Porque ella se merecía el bien y no el mal. Por cumplidora. Debió estar donde decapitaron los pollos para ver en qué dirección corría la sangre. Se recriminó su poca dedicación a las cosas del destino. Si la sangre corría en dirección al camino viejo, le habría dado alguna tranquilidad.
Apenas Ordoño puso en marcha el motor, Ladina extrajo de una carterita negra que llevaba un bello rosario nacarado. Cristo en bronce, eslabones dorados. La redondez de las cuentas era magnífica. El rezar siempre es gratificante. A Dios se le puede pedir cualquier cosa y creer que nos la va a conceder a pesar de nuestros pecados. “Que no haya corrido la sangre en dirección a Zurita”, murmuró mientras corrían por las cuentas sus ásperos y gruesos dedos. Ordoño no alcanzó a escuchar lo que dijo su esposa. ¿Y si hubiese ocurrido de tal modo, una sangrecita confundiéndose epitelial con la muchacha, una roja señal espiritosa? Un déjà vu de la menarca. Algo que fue, que se repite y repite en una línea de humanidad remota. Menstruar es señal de temprana madurez. Al cliente le gustaría más, con seguridad. Probar la sangre joven alimenta la pasión. Nada de qué preocuparse. Explicaría: las niñas maduran antes que los hombres, que son algo idiotas hasta ya pasada la juventud. O más aún. La edad del pavo en los varones es prolongada y a veces interminable. Las mujeres, en cambio, están listas apenas se asoman sus pequeños pezones a la vida marital. ¡Aproveche! ¡Aproveche!
***
19.- Glisoría era una mujer joven, alta, algo delgada. Aparentaba mayor edad de la que tenía. A pesar de eso, no lucía canas. El cabello castaño era pajizo. Agua dura la de la napa y jabón blanco, el de lavar la ropa. Las manos rudas. Los brazos fibrosos. Pese a su juventud sus piernas mostraban gordas várices de un azul intenso. Pensaba que algún día una de esas venas iba a reventar. Solían traerle dolores intensos que ella disimulaba. Lucía cansada pero su andar era enérgico. Muchos hijos, decía ella. Muchos. Muchos hijos arruinan a cualquier mujer. Ya ni dientes tenía. Todo el calcio se lo habían chupado los hijos meta teta y teta. Todos varones menos una, su niña, Zurita. La luz de sus ojos.
Luego de Zurita nació Rufino, a quien todos llamaban Fino. Gustaba de andar solo por el campo. Todos lo conocían. Era menudito pero ruidoso. Gritón y porfiado. Iba al jardín de infantes que el municipio había montado para los hijos de los paisanos. Todos los políticos se daban una vuelta por la escuelita, como se conocía ese jardín de niños, cuando llegaban las elecciones. El voto hace que el político salga de su comodidad y vea al pobre como un tributario.
—¿Va pa algún lado que se está peinando tanto? —preguntó Glisoría a su esposo.
—Si voy.
—¿Va de la madre?
—Del Prudencio, a por un trabajo que tiene que’acer pa’l comisario o amigo’el comisario. No sé bien. Quiere ayudante.
—¿Y pal Prudencio se peina tanto? ¿No sabe lo que le pasa a los que se miran mucho al espejo?
—¿Ya no puedo ni peinarme? —Glisoría se encogió de hombros.
—Así que le va a ayudar a usté la policía. ¿Desde cuando se junta con el policía?
Poncio miró por la ventana porque no se animaba a observar a Glisoría.
—Yo no me junto. Es el Prudencio. ¿Quiere saber algo más? Si no le gusta le digo que no estoy disponible.
—Diga lo que quiera. De seguro lo que me diga va’ser mentira.
Poncio cambió de tema. Sabía que no le convenía seguir la discusión.
—El niño quiere acompañarme. ¿Lo deja?
—El niño anda atrás suyo como perro faldero. Que vaya, acá solo jode. Caprichosito.
—¿Dónde anda?
—No sé, debe de andar potreando por algún campo. Salga al campo, seguro le verá corriendo. ¿Usté va de peón a ese trabajo?
—Ya le dije que el Prudencio me llamó esta mañana par’eso, pa’acerle un trabajo.
—¿Le llamó? ¿Cómo que no le oí?
—Usté estaba en por la letrina.
—¿Y qué le dijo?
—Que le ando bien en el trabajo.
—Será. Usté sabe del trabajo. Pero ese Prudencio anda alzado con Zurita, usté también lo sabe, aunque se haga el desentendido. Yo lo vi manosearse cuando la tiene al frente. Le mira la entrepierna. Creo que le huele la sangre nueva porque la chica ya sangró. Está para reproducirse. No me gusta ese hombre. No quiero que se le acerque a la hija. Todavía es una nena para andar quedando embarazada.
Poncio se encogió de hombros. Todo hombre quiere mujer joven. La mujer joven es fértil, salvo que esté enferma, como Ladina. ¿Tiene algo de malo querer mujer joven? Glisoría era muy joven cuando se metió en su cama y no se había quejado nunca.
Que Zurita fuera no más que una niña, no significaba nada. Lo sabía Glisoría y lo sabía Poncio. Glisoría se salvó del patrón porque se metió en la cama de Poncio y ahí quedó preñada. Entonces el patrón ya no la quiso.
Si no era Prudencio, sería un patrón. Pero la hija nunca se casaría con un patrón. “Usté puede encamarse con un patrón, pero no le dará matrimonio. Ni civil, ni iglesia. Capaz le hace varios hijos, todos bastardos. Qué problema tiene. Él no los va a criar. Hijos sin padre. Aunque salgan igualitos al patrón, él dirá que no son de él. ¿A ver los documentos? ¡Pero si no son ni bautizos! Chinas de mierda, siempre quieren agarrarlo a uno por las pelotas. El patrón tiene esposa e hijos, tiene heredero. Se meten en la cama del patrón y luego van al cura a llorar que no menstrúan hace meses. Quieren plata, y si quieren plata, que se la ganen.” Poncio conocía de sobra el discurso.
Prudencio era hombre bruto pero de trabajo, y muy requerido por los estancieros porque era trabajador y no andaba en el sindicato. El sindicato por esos lados era mala palabra. Nunca se metía en política. Cuando un patrón le decía a quién tenía que votar, Prudencio decía que sí, que le dé la boleta así no la chingaba. Pero siempre votaba al peronismo. Siempre votaba al peronismo aunque no sabía ni quién era el candidato. Cuando volvía de votar y le preguntaban a quién decía “la boleta que me dio el patrón”. Y ponía cara de idiota. Glisoría decía que el Prudencio y el Poncio, cuando les convenía, sabían poner cara de carnero degollado. Por eso desconfiaba de los dos. Prudencio ponía esa cara cuando un patrón lo cagaba a pedos. Poncio cuando hablaba de Zurita. Glisoría percibía que su marido no era sincero cuando hablaba de la hija. Pensaba para sí “capaz que quiere mandarla de sirvienta” con alguno acomodado del pueblo. Y ella no quería que su hija fuera sirvienta de nadie. Sabía muy bien cuánto tenían que soportar esas muchachas conchabadas en las casas de los ricos. La patrona las tiene a rebencazos, los patrones las espían cuando se bañan, los hijos varones se meten en sus camas y las violan. Y nada de chillar porque vas a la calle con el mote de putas y chorras. De la calle al calabozo. No era suerte para una muchacha.
Pero Poncio ya tenía decidido el destino de la niña. No era de sirvienta en ninguna casa de por ahí. Sabía que el comisario también le había echado el ojo a Zurita. Cómo no iba a saberlo. En el pueblo se sabe todo. El comisario no era mal partido, pero no la quería para mujer, la quería para sacarse la calentura. Tenía varias para eso. La esposa vivía en otro pueblo y de ella nunca hablaba. Zurita no ocultaba su desprecio por el policía y él lo sabía, aunque eso para el tipo no significara nada. Ya lo había dicho una noche empedado, en el boliche, la encontraría vagando por ahí y la desvirgaría. ¿Quién podía impedírselo? ¿Poncio? ¡Por favor! ¡Si hasta le tiene miedo a la Glisoría! ¡Es un maricón! Ninguno de los paisanos se atrevía a contradecirlo, porque todos sabían que no podían impedírselo. Hasta por ahí le hacía un hijo que fuera tras de él como los perros. Después de eso, ningún hombre se fijaría en la muchacha para esposa. Nadie se casa con una desvirgada de la que todo el pueblo sabe que se la pasó el comisario. Menos si quedó preñada.
Glisoría sentía que Poncio no era sincero. Tal vez fuera primero del Prudencio por un trabajo, pero seguro que iría de su madre. Y si iba de la madre era porque esperaba encontrar a los tipos que Cándida llamaba tíos. No son los tíos de nadie, repetía Glisoría cada vez que Poncio le hablaba de ellos. En cambio, él insistía con llamarlos tíos.
El hombre esperaba hacer migas con la señora Ava y su marido Ramón. Eran de influencia. Todos comentaban lo bien que andaban con el gobierno. Ella era funcionaria, o algo así. Concejala, le decían. Él era militar. Cuando lo presentaban como militar, él decía “retirado”. Pero todo el pueblo sabía que eso no tenía importancia. Qué retirado ni retirado, un milico es siempre un milico. Hasta el ministro lo hacía notar. “¡Póngase el uniforme, viejo! Así me luce en el palco”. Pero el uniforme solo era para alguna ocasión. El de gala solo era para actos autorizados. “Pero déjese de joder, hombre, quien no le va a dar autorización en este pueblo de mierda”.
Hablaba poco, pero lo hacía con seriedad. Era educado, y parecía leído. Si no lo escuchaba el gobernador porque estaba ocupado, lo escuchaba el ministro de gobierno, aunque el ministro siempre parecía escuchar, pero, en realidad, no escuchaba a nadie. Nunca le interesaba lo que las otras personas podían decirle.
Poncio quería arrimarse a esos porque esperaba sacar provecho. Lo tenía decidido. Les daba la hija a cambio de un trabajo tranquilo. No pedía mucho. Un puestito del gobierno. Algo para comer todos los días y no salteado como era costumbre. Y además era una boca menos para llenar. Porque era seguro que después del niño vendrían otros hijos. Él andaba siempre caliente. ¿Cuántos hijos más podía tener con la Glisoría? Ni lo pensaban. Montones, era la respuesta. Muchos. Y darles de comer a muchos siempre es una desgracia.
La hija ya se lo iba a agradecer. Las jóvenes no saben nada de la vida. Era eso o elegir entre el comisario o el Prudencio. Qué mejor que estar bajo el ala del milico y su mujer, amigos del gobernador. ¿Quién se iba a meter con la concejala y el milico? Nadie. Era mejor a que un día se la levantaran cuando venía de la escuela o hacer un mandado y la llevaran a alguno de los prostíbulos que regenteaban los mafiosos lejos del pueblo.
Ava y Ramón hacían lo posible para que se supiera la relación con el gobernador. Una vecina se acercaba a ellos, ni se animaba a mirar a sus ojos, y ellos la recibían como si la conocieran de toda la vida. ¡Cómo le va, doña! ¿Qué la trae por acá? ¿Quiere un televisor? Y cómo no se lo va a conseguir la Señora, hable con ella que siempre está dispuesta. Para todos, Ava era “la Señora”. A veces “la mujer del milico”, pero eso solo se decía en la intimidad de una charla entre paisanos. Las mujeres ni se animaban a nombrarla.
Ella haría todo lo que estuviera a su alcance para darle el gusto. ¿Por qué el gobernador le iba a negar un televisor a una vecina? El gobernador sabía de la necesidad porque él era hijo de padres pobres pero honrados. Muy honrados. Trabajaron duro para que él fuera abogado y llegara a político y a gobernador. Repetía “vengo de una familia humilde”, y hasta lagrimeaba cuando lo decía. Un televisor, una máquina de coser, no se le niega a nadie.
Glisoría les desconfiaba como le desconfiaba a todos los políticos. Por eso ella no iba a lo de Cándida. Además, Cándida no la quería y se lo hacía notar. Fumaba la pipa y le echaba el humo en la cara, para fastidiarla. Ella detestaba el tabaco tanto como a la vieja que regaba el piso con vinagre cuando sabía que la nuera iba a visitar el rancho. Por esa casa siempre estaba el viejo, ese que merodeaba a las niñas y aparecía y desaparecía como un fantasma entre los ranchos pobres. Porque está muerto, le decía Poncio. Pero no tiene maldad, algo en lo que Glisoría no creía. ¿Un muerto que anda atrás de las nenas? ¿Cómo no va a tener maldad?
Poncio sabía de la cena en lo de Cándida con los tíos pero no se lo comentó a Glisoría. Lo supo por Zurita, que por esos días paraba donde la abuela. Le escribió al celular: “vienen los tíos, la avuela ará fideo y matará dos poyos colorados”. ¡Qué herejía! Matar esos pollos para la visita aquella, diría Glisoría si se enteraba. Las coloradas eran buenas ponedoras y hacían pollos más coloraditos, plumosos y pendencieros. Lindos poyos coloridos. Había que cuidar las ponedoras porque no se podía andar comprando buenas ponedoras todos los días. Y estaban los pollos para los sacrificios. Descogotarlos para que la sangre que brotaba a borbotones anunciaran lo bueno o lo malo. Glisoría no precisaba la sangre de ningún pollo para comprender lo que venía. Por eso desconfiaba de Poncio, de Prudencio y de la vieja Cándida.
***
20.- Ava, ese era el nombre de la mujer del milico. ¿Ava? El cura pronunció el nombre a la pasada al salir de la misa vespertina. Las viejas ciegas, agolpadas en la puerta de la iglesia, cuando lo escucharon por primera vez no creyeron que fuera verdadero y se echaron a cantar un raro salmo imprecatorio. “Oscurézcanse sus ojos para que no vean, y haz temblar continuamente sus lomos.” Alabado sea el señor. Alabado sea. Y luego “bendito tu vientre”. El cura las reprendió por su escepticismo.
—Viejas y ciegas carentes de misericordia. Por algo Dios las castigó.
“Alabado sea el Señor. Él no nos castigó, nos bendijo con su don. Vemos lo que usted jamás podrá ver. Vemos lo que lleva en su corazón.” El cura tomó con disgusto esas palabras.
—Cura —habló una vieja—, ¿usted puede reconocer ese nombre en las sagradas escrituras?
—Claro, por eso soy sacerdote. En Reyes 17:24.
La vieja más vieja y más ciega dijo:
—Asiria trajo gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y los puso en las ciudades de Samaria en lugar de los hijos de Israel.” Esa es tu nueva vecina.
—La nueva vecina se llama Ava, ¿entendido? Acaba de presentarse antes de la misa y comulgó como buena católica. Se persignó ante el altar y con agua bendita hizo la señal de la cruz. Ava, la que da la vida. ¿Entienden? Da la vida. ¿Qué más bello nombre que el que nos remite al origen de la vida?
La ciega más vieja le dijo “no da vida, no tiene hijo, es estéril. Su ovario está muerto”.
—¡Qué horrible! ¿De dónde sacás eso si ni la conocés?
—Es estéril, no tiene hijo. Fornica pero no reproduce. Sus ovarios se contaminaron con sus obras, y se prostituyeron con sus hechos. Usted no comprende que nosotros ciegas vemos lo que usted no puede. Nuestros ojos ciegos siempre están bien abiertos.
—¿Pero de dónde sacás eso? —Preguntó alzando la voz—. Estoy realmente espantado. La vieja no pudo contener la risa. Pensó “nada puede convencer a este cura”. Luego agregó:
—“Dales, oh Jehová… matriz que aborte y pechos enjutos.”
—¿Convocaste a un salterio oscuro? Falta que te vuelques a la magia negra. “Deja la ira, desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo.” ¿Oíste vieja? —Ella lo ignoró—. No comprendo de dónde sacas esas cosas horribles sobre la pobre mujer. ¡Qué no dirán del marido!
No respondió. Del marido prefería no hablar. Más tenía sus propias adivinaciones sobre el hombre. Revelarlas al cura podía ser muy peligroso. Las viejas ciegas sabían que el sacerdote era muy peligroso. Conocía los secretos de todos los vecinos y sabía cómo usarlos para aprovecharse de ellos cuando le convenía. Ya debía haber averiguado lo suficiente de esa mujer. ¿Y del marido? No. No era lo mismo investigar a la señora que al tipo del uniforme. El cura luce sotana, el milico su aire de superioridad. El cura sabe donde no conviene husmear. Pero los milicos, a las viejas ciegas no le preocupaban. ¿Qué podían hacerles? Estaban ciegas, resecas, la artrosis las atormentaba de la noche a la mañana y vagaban por el pueblo pidiendo limosnas. Apenas si comían un mendrugo de pan a la noche. Sufrían el frío y padecían el calor. Dios las ponía a prueba todos los días y ahí estaba su fortaleza.
Salvo por ligeras descripciones, no conocían qué aspectos tenían esos dos arribistas. No habían podido acercar a la mujer para tocarla, menos aún al hombre. Esperaban que en alguna salida de la misa tal vez distraída por la charla del cura, la pudieran rodear y aprovechar para tocar cada vieja una parte de su cuerpo. Las sensibles yemas de los dedos de las ciegas les describiría su aspecto en cosas de segundos.
Por entonces, la reconocían por su olor. El olor, dijo una de las ciegas, revela tanto como las confesiones. Nadie puede ocultar su verdadero olor. Hueles a vida, a muerte, a trapo, a sexo, a ropa vieja. ¿Qué ciega no distingue un olor extraño en el pueblo? ¿A qué huele la mujer? Mejor ni decirlo. ¿A qué huele el hombre? “Las llagas hieden y supuran, a causa de su locura.” Era suficiente. Cándida y Zurita sabían cómo lucían. Compartían la mesa y algún que otro conjuro. La conocieron cuando arribó al pueblo y luego de su metamorfosis.
Fue rubia, flaca, alta, con toda su dentadura además blanca, labios gruesos y rojos. ¿El color de los ojos? Eran oscuros pero parecían celestes. Las pupilas de color oscuro no pueden estar en los ojos de una mujer rubia aunque fuera teñida. Sus manos lucían dedos largos, finos y delicados y sus uñas esculpidas. ¿Nacida en la provincia? Si era oriunda, lo disimulaba.
La primera amistad que trabó en el pueblo fue, justamente, la de Cándida. De ella nunca más se separó. Cándida nunca creyó en el nombre Ava. El apellido lo ignoró por completo. Nunca lo pronunció. En el pueblo se es María, Pedro o Juana. El apellido es para los trámites o para los despreciados. “Allá anda el Pérez ese”, así se dice, o “va ese Fernández para lo del otro Pérez”. Pero entre conocidos se llamaban por el nombre o por el apodo.
Podía pensarse que, por vieja y arrinconada en ese pequeño pueblo, Cándida no entendía el nombre Ava. En verdad, no era que no comprendiera ese nombre, no era una limitación a su entendimiento. Decía que no existía. Mientras echaba humo por la pipa, murmuraba que Ava no era un nombre de Dios, ni siquiera era un nombre. Seguro se llamaba Eva. Ese era un bonito nombre.
Eva. Eva vida, Eva viviente. Eva. Alguien que regresa de todo aquello que Cándida creía perdido. Por ello era generosa. Traía regalitos a los pobres. Chucherías, y a veces cosas buenas. Comida. Ropa. Algún televisor. Promesas. Una Eva hace esas cosas. Ramón le dijo: “no seas boluda y hacete la Evita capitana”. Marino gorilón, para no faltar a la tradición de la Armada.
Cándida observaba al perro que le devolvía la mirada sin mover su cola, parado junto a la olla esperando un milagro. La vieja repetía al borde del fuego, ardiendo bajo la olla de hierro, que si no se llamaba Eva, tendría un nombre como el de muchas otras, un nombre pueblerino. Franca o Zulema. Se decidió por esos nombres luego de repasar en su memoria una larga lista. Si debía elegir uno, elegiría Zulema. Cuando le preguntó al cura sobre el nombre de la mujer, él prefirió no decirle. Se quedó en silencio, tal vez pensando en por qué la vieja preguntaba por el nombre de la mujer del milico. Si el cura calla, es porque algo trae. Ya lo había discutido con los ciegas. Es como una bendición, pero adversa. El sacerdote prefirió no decir nada. Seguramente pensó: “Vieja, deja de preguntar lo que no te concierne”. Y eso debió decirle. Pero se sabe cómo son los curas con los pecadores que donan generosas limosnas, mejor ni mencionarlos. Después de todo, al cura no le importaba cómo se llamaba la mujer. Ava. Eva. Zulema. ¿Qué importancia tenía? Cosas de vieja.
Eva era un nombre bíblico. Eva es vida. La que da vida. En cambio, Ava no significaba nada. ¿Y si Ava en vez de dar vida, la quita? Era un problema todo aquello. Para más, su aspecto no sugería una mujer de la Biblia, y ese fue un asunto que hubo que corregir. Ni Sarah, ni Rebekah, ni Jochebed, ni María. Ramón, su marido, se lo recriminó varias veces. Desde antes de juntarse.
Le reprochaba que cuidaba demasiado su figura. Se quería modelando para los ricos de la provincia, a quienes les gustan las rubias, aunque no sean naturales. Rubia, de labios finos y pómulos delicados, uñas esculpidas, ropa de marca y calzado fino. Rubia botella calzón de lata. Así le decía Ramón para burlarse de ella y hacerla entrar en razón, y eso le alteraba el ánimo.
¿Rubia botella? ¿Calzón de lata? ¿Acaso su rubiez era tan barata como una botella amarilla? ¿Su cadera, sus glúteos sugerían una fría y pálida lata?
Es que una funcionaria política no puede ser un buen peinado, miligramos de perfume en todo el cuerpo, brillos prolijamente repartidos. Debe sudar bajo las tetas y entre las piernas. ¡Si hace un calor insoportable! Se pega la tierra en la piel. Una funcionaria huele a vecina, incluso a vecino. A ropa cepillada con jabón blanco. Si quiere tener el voto de los pobres, no debes parecer rica.
Tampoco puede ser atea. Hay que rezar y hay que ir a misa. Debe ser católica, apostólica, romana. Ni siquiera evangelista. Eso es para los sindicalistas (o los futbolistas), que no entienden nada de Dios y buscan una secta para lavar dinero. ¿Judía? Jamás.
Una buena funcionaria debe ser católica. Las financieras de la iglesia son más seguras y menos vengativas. Católica, apostólica, romana. No era tan difícil entenderlo.
Ramón fue convincente. Sereno pero convincente. Al final Ava mudó de aspecto y de nombre. Adoptó el nombre de Eva, cuando supo que así la llamaba la vieja, aquella que fumaba en pipa.
Si la vieja lo decía, mejor prestarle atención. Y Cándida se dijo «yo tenía razón». Era Eva. La que da vida. Y a su lado, el buen hombre, Ramón. De uniforme blanco, hermoso, con cositas doradas, lleno de botones dibujados. Siempre peinado, afeitado al ras. Hombre alto, fornido, de tez morena. La vida militar lo había moldeado. Siempre con muchos celulares, hablando todo el tiempo con alguien. Gente de Buenos Aires, seguro, porque Dios y el comandante atienden en Buenos Aires. Y también el loco y su hermana.
***
21.- “Sigo el olor de un muchacho impúber”. Detrás del perfume, desahuciado, traza el muerto una línea roja. Deslinda el feudo en iguales porciones de dominio. Los nuevos amos se lo han dicho en la tempranía de la incertidumbre de algún día. El cadáver mira desde el guiño calcáreo de sus órbitas vacías los secretos de la diminuta anatomía. La luz diurna le empavona el hueso. De golpe, un placer le sube por la violencia de las antiguas cenizas de otros niños muertos. Lo de ese niño no es idea suya. No lo ha pensado. Sabe quiénes sí están interesados en desaparecerlo para sus propio beneficio. Una disrupción en el mercado. Él se limita a sus sentidos. “Sigo el olor de un muchacho impúber”. Repasa sus deseos. Eran tres. Eran dos. Era uno. Será uno el elegido. Los otros dos podrán ser en su momento. Él no decide el cuándo, quizás el cómo. Niña y niño, son dos apuros dulces de formas ideales y que nadie supone atrapados en un círculo vicioso. No saben ellos del futuro. Ahí los tienen. Los observa. Se puede esperar por los otros. En cambio tan bonito, a ese lo ve ir y venir sin rumbo cierto, como todo niño. El rumbo no interesa. No opone esquinas, ni pasillos, ni pozos, ni tranqueras. El pueblo es pequeño y fácil de medir. Aquí o allá, da lo mismo. Todo está bajo control, no hay manera de que huya. No hay manera de que sea salvo. Está elegido. Lo han elegido los que esperan desde hace años agazapados en la entraña del mercado. No para la venta, la que le canta nanas por las noches, esa sí está en venta. Se la predice envuelta en una neurasténica sábana para entregarla a quien pagó por ella. Entre telas, la sutil carne. Lo inesperado se vuelve sustantivo.
El niño es poca materia. Menudo apenas. Hay un destino exquisito para esa mercancía, pero es otro asunto. Es lo que le ordenaron los amos del feudo. Que habrá disputa, el viejo cadáver bien lo sabe. Ha visto tantas. Desde los tiempos de Juan Torres de Vera y Aragón cuando disputaban los conquistadores para amancebarse con todas las niñas que emboscaban. Se matarán entre ellos de manera brutal, que es lo esperable. Por eso nada puede sorprenderlo.
Ahora, el meridiano pasa por la niña. Ella es la fruta esperada. Está intacta, tiene la sangre nueva. La vieja Cándida la olió primero. Echó el humo de su pipa como quien lanza una fumata gris dando el primer aviso.
El muerto también sintió ese lívido perfume de promesa matriarcal. Dibujó en el aire su túnica mucosa y adventicia y recitó la fértil lubricación, la emocionante humedad adolescente. Pero le fue dicho de manera tajante: “Siga el olor de un muchacho impúber. Ahí comenzará la batalla”. Sabía de qué se trataba.
Ladina, ignorante, no comprende la magnitud de lo que está en juego. Solo sigue el rastro de la muchacha. También la huele pero de otro modo. Supone su menarca no más que una agüita colorada. Es la ambrosía para los compradores.
El viejo muerto divaga con un candado en el pecho. Que no huya por el hueco de su esternón la oportunidad del niño; juzga si el ciclo perpetuo de la pernada no se verá alterado por cosas del azar. Que la niña no corrompa el dominio centenario de antiguos y nuevos señores de la tierra. Vigila sin dejar de echarle el ojo al frágil muchacho que acelerará los cambios. Los que mandan de verdad, saben lo que hacen. La pederastia es el banquete en el que se explora el dolor voraz hasta el pellejo. El niño derrumbará poderes. ¿Esa pequeña porción de carne y huesos? Así parece.
Si el augurio es bueno, tiene que haber señales de crespones. Una fila de sanguijuelas rojas amenazará la carne virgen para chupar el néctar de la primera vida. Irán por un camino ungido en lágrimas bajo la atenta guía del viejo cadáver. Hacia el río, a la barcaza, mientras el hombre de uniforme repetirá: a la niña, a la niña.
El muerto redoblará en un gesto el viejo mandamiento, y el labio doblará la emoción en una mueca exhausta y cadavérica. Solo es cuestión de paciencia. Ladina cumplirá su parte. Ava/Eva y Ramón harán lo suyo. Glisoría no podrá impedirlo. Poncio ya había pactado. ¿Y Fino, el niño? Seguirá, si Dios quiere, desplumado, en un mundo de cicuta, sin destino, vistiendo andrajos, hasta una temprana muerte. Un limbo de membranas. El niño no imagina que lo observan desde un nervioso allá, a algunos cientos de metros, por el corazón del cementerio. No puede saber que el viejo cadáver sigue su vaho que lo excita pero no tiene que ver con su destino. Eso está en otras manos. Él lo sabe por viejo y por muerto.
Las tardes del pueblo se parecen mucho a esos niños. Van del cielo a las arboledas de frutales y de ellas a los campos florecidos; no permanecen quietas. Fino reina en las tardes. Glisoría desea que se quede a su lado, pero a él no le importa. La madre, entonces, gruñe por oficio, no por necesidad. Fino se refugia con Poncio que lo consiente siempre. “Así saldrá malcriado. Caprichosito”. La queja de Glisoría es inútil. Poncio no le discute, él ha vagado por esos campos igual que lo hace su hijo. También lo hizo su padre, y hasta su abuelo.
Todas las mañanas, Fino va al jardín, a la escuelita; allí desayuna. Tomará su leche y comerá de un pan generoso y abundante. Esas horas pasan rápido, inadvertidas. Al terminar la jornada, va directo a la casa. Su rutina la saben de memoria los ojos que lo observan. De la casa a la escuela, de la escuela a la casa.
En el hogar comerá lo que sirvan, lo que Glisoría cocinó. No pide nada, se conforma con poco, nunca se queja. Solo desea ir a correr por los campos. Lo saben. Aunque no lo vieran, saben que apenas pasó el frugal almuerzo, dejará la casa rumbo a una de las arboledas. Tal vez al mandarino del círculo compacto, el que da los frutos más dulces. Comer mandarinas trepado al árbol es reconfortante. A veces Zurita lo acompaña. También disfruta del dulzor de las frutas. Para el viejo muerto, saberlos juntos es un fermento vivo, es un cementerio a sus anchas luego de una orgía. La niña está a la venta, y le han echado el ojo a un muchacho para torcer el rumbo; se ha echado una gran pupila negra sobre la pequeña carne de la infancia.
***
22.- La paciencia de un Componedor no es igual a la de un chofer. Estar en situación de abstemia (trate de no ponerse en pedo, la exigieron) hacía que el Componedor tuviera menos paciencia de lo habitual. Y lo normal era que tuviera poca, muy poca. Sus copiosas dosis diarias de Glenfarclas 25 años no le daban paciencia agregada. Más bien exacerbaban su cirrosis descomponiendo químicamente su humanidad. No cabía duda de que el whisky lo iba a matar. Y tal vez hasta ni pudiera saborear la muerte de a sorbos del elixir guardado en una botella azul o en una transparente. A la muerte los colores le son indiferentes.
En cambio el chofer, Milton (Milton Centeno pa servirle), sabía ser paciente. No fue que la flexibilización laboral que invocó al hablar con el Componedor fuera la explicación de su manera tranquila de abordar una complicación. Para nada. La “flexibilización laboral” era la más hipócrita manera de decir que de un cuero se sacaban dos, a veces tres, y a veces hasta cuatro. El arte de la superexplotación. Manejar un automóvil durante largas distancias y descartar una mercadería en pocos minutos, parece una contradicción extraordinaria, pero no lo es. Las dos labores requieren de dos virtudes indispensables y necesarias, la precisión y la paciencia. Saber cuándo comenzar, saber cuándo apurar, saber cuándo detenerse, saber cuándo acabar. Minuciosa sabiduría la del chofer y el sicario reunidas en una sola persona.
La doble condición de Milton permaneció oculta al Componedor por largo rato. No había lugar a pensar que Milton tomó esa decisión por su cuenta. Jamás lo hubiera hecho sin la orden de sus superiores. Hombre obediente por demás, le fue ordenado revelar esa verdad cuando hubieran recorrido más de la mitad del camino al pueblo. Entonces podía confesar que la misión que La Ciudad Esmeralda encomendó para arreglar el desaguisado en aquel pueblo, estaba reducida a tres enviados. El Componedor, el Limpiador y el chofer. No sabía cómo lo iba a tomar el Componedor. De todos modos, no podría hacer nada al respecto. Luego preguntaría quién se ocuparía de los descartes. La respuesta era tan obvia que Milton ni precisaría decirlo. El Componedor nunca le había puesto la mano encima a nadie. Él solo acomodaba el negocio. Ni miraba a las víctimas para no cargar en su conciencia con esas miradas extraviadas, llenas de pánico y dolor. No negaba que, en ese sentido, era un cobarde. No lo ofendía serlo, en lo más mínimo.
El Limpiador, en cambio, sabía manipular la mercadería descartada. Pero una cosa era desechar y otra asistir a una ejecución. ¿Cómo reaccionaría el Limpiador? No tenía la menor idea, pero no le importaba. Milton fue aconsejado por jefes inescrupulosos que le dieron la seguridad necesaria para transformarse en quien dice la última palabra. Como le dijeron antes de partir, “hagan como pueda”. Y el “haga como puedan” dejaba a Milton Centeno como verdadero responsable de la solución. Lo que parecía un gesto de confianza hacia el servidor, casi un ascenso merecido tras tantos años de servicio silencioso, resultaba una trampa que no se podía eludir. La Ciudad Esmeralda siempre que da, quita. Te concede creer en que eres confiable, pero te impone complicidad con los crímenes. Entonces nunca te librarás de ellos. Como la invocación a la piel de zapa. Cuanto más se otorga y se obtiene, menos tiempo de vida queda.
***
23.- Salir de la ciudad les llevó mucho tiempo. La autopista estaba atestada de automóviles, cada uno pugnando por superar a otro. Las bocinas sonaban agregando un ruido insoportable a la tediosa lentitud con la que avanzaban. Junto a los bocinazos, los insultos se multiplicaban entre los automovilistas. Milton se mostraba tranquilo, acostumbrado a viajes más tediosos; no hacía sonar su bocina ni insultaba a nadie. Era totalmente inútil aquello. Por más bocinas que se oyeran, por más insultos que se profirieran, los autos no avanzarían más rápido. Los insultos solo liberaban el enojo, pero no cambiaban el paisaje. El Hombre de Hojalata estaba molesto. No podía disimularlo. No solo por el viaje.
Día caluroso. El sol calentaba el automóvil. El aire que entraba por las ventanillas era caliente. Sin embargo, se negó a usar el aire acondicionado. Detestaba ese aire frío, resecando la mucosa de sus fosas nasales y la garganta. Milton no tenía posibilidad de elección. Hubiera preferido poner el aire y encender la radio en una estación de música tranquila. Tal vez algo melódico. Pero “donde manda capitán…” dijo para sí. Él era un chofer. No estaba en condiciones de imponer su criterio.
El Hombre de Hojalata no había reparado en el atuendo que lucía Milton. Aburrido, lo observó con absoluta malicia. El hombre vestía pantalón jean y remera negra con vivos rojos. Bien afeitado, oliendo a cierto perfume indeterminado, tenía el cabello teñido de un castaño pastoso y peinado al estilo James Dean. Hombre poco acostumbrado a cuidar su apariencia, no pudo evitar asociar al chofer con un vaquero de película clase “C”, algo mayor, muy lejos de la imagen que recordaba del actor muerto en plena juventud.
En cambio, él llevaba ropa sport barata. También un pantalón jean, remera azul, algo despeinado y sin rasurarse. La ropa barata no se debía a ninguna obsesión por el ahorro. No era ahorrativo. Malgastaba mucho dinero en whisky. Siempre decía que no lo habían contratado para dar buena imagen, sino para resolver problemas con las mercaderías que traficaba El Mago de Oz. Por otra parte, creía que al vestir de esa manera, pasaba inadvertido cuando debía mezclarse con una multitud en la terminal de trenes o de ómnibus.
Milton se mostró interesado en saber si había conocido en persona a El Mago de Oz y visitado La Ciudad Esmeralda. Apenas dijo “no, nunca”, y se llamó a silencio. Después, como si se hubiera arrepentido de su lacónica respuesta, agregó:
—Nadie querrá en su vida conocerlos. Mejor dicho, nadie debe desear conocer al mago ni a la ciudad. Nunca. —Y no habló más. Milton no volvió a insistir.
El Componedor estaba completamente seguro por tantos años de servicio, que, en realidad El Mago de Oz no existía. Era una entelequia, la denominación de un amplio comité del delito en el que recalaban políticos, jueces, policías, espías, empresarios. Pervertidos admiradores de Delapore, residentes de otra exótica Exham Priory, criando a impúberes seres humanos como ganado, en un renovado canibalismo sexual. En esa indescriptible fortaleza, ratas con rostro humano consumen ese ganado sin que nadie se atreva a denunciar sus hábitos. El Mago de Oz, el nombre elegido para designar a la organización, lo convencía de su suposición. Las ratas en la pared no hubiese sido un nombre adecuado. Así que con cinismo puro, los encumbrados viciosos se decidieron por un nombre que inspira ternura, y remite a una infancia en estado puro de inocencia.
Nunca se interesó por saber quién era en la organización la versión pervertida de Oscar Zoroaster Phadrig Isaac Norman Henkel Emmannuel Ambroise Diggs, más conocido como Oscar Diggs. ¿Farsante como aquel? Tal vez. Un advenedizo viajante de un ridículo globo aerostático, lleno de humos de marihuana, caído del cielo en una época vacía de toda humanidad, reducida al encanto de algoritmos que venden a las personas riquezas inexistentes y futuros promisorios a los que se llega por lodazales fundidos con sangre de inocentes.
¿Quién sería Dorothy Gale? ¿Qué podría cambiar saberlo? Solo satisfacer su morbo. La prudencia siempre le aconsejó no dejarse llevar por la curiosidad y eso, seguramente, lo mantuvo con vida hasta ese momento. Real o no, Dorothy era para él apenas una circunstancia, una referencia incomprobable por la que no valía el menor esfuerzo de definir. Circulaba la versión de que una de las más encumbradas jefas de la organización era una mujer que lucía siempre unos zapatos de rubíes. Habladurías. Los idiotas que engordaban la burocracia patética de La Ciudad Esmeralda, repetían esa historia como si difundieran una verdad bíblica. Depende a dónde se oriente la mirada en busca de La Ciudad Esmeralda, si al este o al oeste, esa prominente jefa podía ser identificada con La Bruja Mala del Este o La Bruja Mala del Oeste.
Él era nada más y nada menos que El Hombre de Hojalata. Cómo surgió ese apodo ya no lo recordaba. Como el personaje, fue llamado de ese modo porque no tenía corazón. Y esa era una gran verdad. Tal vez no lo hubiera tenido nunca. Su historia personal, sus ambiguas referencias a las muertes de sus padres, su vida solitaria, lo mostraban como un ser revestido de una armadura color piel, que lo hacía inmune a cualquier sentimiento. Dentro de la armadura no latía un corazón humano. Nadie podía afirmar qué había dentro de su cuerpo, además de whisky y algunas dosis de somníferos potentes que consumía para poder dormir un par de horas.
Los Espantapájaros eran hombres y mujeres que se dejaban embelesar por promesas falsas, que entregaban a sus hijas e hijos esperanzados en recibir por ellos una inmensa fortuna. Aun sabiendo que esos rufianes degustarían esas niñas y niños una noche fatal bajo la pálida luz de unos cirios de iglesia, los entregaban sonriendo, sin remordimientos, esperando sus treinta monedas de plata.
Cobardes, leones o no, abundaban en todo tiempo y en todo lugar. Hacia donde se dirigiera la vista, la legión de cobardes estaría presente renegando del amor, de la piedad, de la misericordia.
***
24.- Durante largos minutos el Componedor no pronunció ni una sola palabra. El motor del automóvil sonaba apagado y hacía más notable ese silencio. No había reparado que del espejo retrovisor pendía un bello rosario. Por un instante Milton creyó que se había percatado del salterio nacarado de la virgen. Pero no fue así. Si lo hubiera notado no habría podido evitar un comentario sarcástico. Un empleado de La Ciudad Esmeralda, alguien que, con seguridad, debe haber trasladado más de una mercancía, adornaba su automóvil con un rosario haciéndose pasar por un devoto creyente. Pero su mirada estaba vacía. Milton se convenció de que no miraba nada en particular. Al frente solo había automóviles, a la vera de la autopista, casas pobres, casas bajas y, cada tanto, un negocio, y pendiendo, suavemente un rosario que no inspiraba religiosidad alguna. No había nada interesante para observar. Tal vez estuviera repasando lo que debía hacer apenas llegara al pueblo. La mercancía robada, los periodistas, la policía, el pueblo alborotado.
Milton se sintió obligado a preguntar si se sentía bien. El rostro del componedor demostraba preocupación.
—¿Le preocupa algo, señor? —dijo casi como pidiendo perdón.
—Si-señor-no-señor. ¿Si me preocupa algo? Todo. —Milton no creyó conveniente insistir con su pregunta—. He hecho este viaje muchas veces. No a ese pueblo de mierda, a otros. La mercadería está repartida por todo el país. Cada pueblucho tiene buenas ofertas. No conozco ese pueblo, no sé qué ofertan. No conozco ese pueblo y tampoco deseaba conocerlo. ¿Cuántos viven en ese rancherío? ¿Cien, doscientos vagos? ¿Tal vez trescientos?
—Leí que algo más de 2000.
—¿Dónde lo leyó, en el Billiken?
—¿Todavía sale Billiken?
—Yo que sé. ¿Cómo voy a saberlo? Soy un viejo degenerado, lo fui siempre, desde chiquitito. No leí nunca el Billiken.
—Lo leí en Google.
—En Google… Bueno, vamos a creerle a Google que todo lo sabe. El oráculo contemporáneo. ¡Si Google lo dice! Así que dos mil vagos. Borrachos. Algunas putas feas y grasosas. Olor a chivo en los sobacos, a bagre en la entrepierna. Un asco. Viejas ladinas que fuman cigarros de chala y chupan grapa barata. Una plaga, como las vinchucas. Si hay un puto, lo esconden porque en esos pueblos los putos dan mala imagen. No se toleran, aunque todos los chabones en edad de merecer se lo quieren trincar. Y está lleno de pendejos que en poco tiempo se transforman en borrachos o putas. Todos vagos. Por eso venden lo que les sobra, hijas. Cuanto más vírgenes, mejor pagas. Vendo niña-buena carne. Vendo, vendo. ¿Sabe las ofertas que nos llegan? Habría que volver a los avisos en los diarios como entonces. Ofertas de aquí, de allá, de tipos que son médicos, de tipos que son maestros, de parientes que odian a otros parientes. Y habiendo decenas de ofertas para satisfacer la demanda, como diría el loco del verso del anarcocapitalismo, habiendo decenas de pueblos donde conseguir buena mercadería, me toca este porque parece que a un boludo se le ocurrió manotear un pendejo de apenas quince kilos de peso. Alguien manoteó el paquete donde no debe y yo voy corriendo a arreglar la cagada. Ahora hay que limpiar la mercadería, hay que limpiar al pelotudo que armó este quilombo, hay que saber quién es el hijo de puta que está atrás de esta maniobra. Hay que limpiar a no sé cuántos. Entonces todo se embarra. Y para peor, voy a ese pueblo de morondanga en un auto que avanza a paso de hombre. Voy a un pueblo de mierda que está lleno de periodistas de mierda en un automóvil al que me dan ganas de bajar y empujarlo para que acelere. Eso me pasa. Eso me pone muy nervioso. Y encima deliro. ¿Sabe qué me pasa? Sufro una alucinación auditiva. Escucho tin tin tin tin.
—¿Tin tin tin tin?
—Si. Tin tin tin tin. Unas botellas chocando con otras. Oigo ruido de botellas tocándose unas a otras. Imagino que se trata de mi amado Glenfarclas 25 años y no puedo evitar sufrir. ¿Sufrirán mis queridas botellas de whisky con este viaje de mierda a paso de hombre? Pero yo sé que es una alucinación. Por supuesto. Me dijeron “no se ponga en pedo”. ¡No se ponga en pedo! ¡Cómo no me voy a poner en pedo con este laburo de mierda que me encajaron! Así que sufro por el viaje, sufro por mi alucinación auditiva, sufro por mi whisky Glenfarclas y sufro porque mi superior me puso bajo amenaza. Eso me pasa.
Milton dibujó una sonrisa.
—Así que todo este quilombo y el imaginado ruido de las botellas lo pone nervioso.
—Las botellas golpeando una contra otra. Es como si me golpearan la cabeza con mis amadas botellas. Un botellazo, dos botellazos, tres botellazos, cuatro botellazos. Una docena de botellazos. Todos contra mi cabeza. Me rompen el cráneo, machacan mi alcohólico cerebro.
—No me parece que suene igual ese ruidito al sonido del cráneo fracturado y el cerebro brotando. A un botellazo de esos es difícil sobrevivir. Si prefiere, paramos apenas se pueda y revisamos el baúl, así se queda tranquilo.
—Es buena idea. Compruebo que no hay ninguna botellita de Glenfarclas, que por otro lado me la tomaría al toque, me quedo tranquilo, y se me hace más soportable este viaje de porquería.
—En una estación de servicio paramos. De paso le da alivio a su próstata y revisamos el baúl.
—Ahora tengo un único deseo y no es el de mear. Quiero llegar cuanto antes al maldito pueblo lleno de malditos periodistas. O usted acelera o yo me enchufo cinco pastillas y duermo hasta que llegamos.
—El viaje es largo, señor. Todavía no abandonamos la ciudad. Vamos a tener que ser pacientes.
No hacía falta decirlo. Lo sabía. El Hombre de Hojalata cerró los ojos. En su rostro se dibujó un rictus algo macabro. Cada tanto echaba una mirada al chofer. Recordaba que cuando oyó el nombre Milton, tuvo que esforzarse para no echarse a reír. Pensó en lo poco ingeniosos que eran en La Ciudad Esmeralda para poner nombres falsos. ¡Milton! ¡Qué nombre! ¡No me jodan! Nadie se llama Milton y menos Milton Centeno. ¡Qué hijos de puta! No tienen vergüenza. A medida que pasaban los minutos y miraba una y otra vez al chofer, se convenció de que el tipo tenía la apariencia de un actor de cuarta categoría. Trató de recordar a alguno, pero él no era aficionado al cine, no tenía presente ninguna película clase “C”, salvo aquella de la que le había quedado fijado su nombre por lo ridícula que le había resultado. “Robot monstruoso” o “El monstruoso robot”, no estaba seguro, pero algo así era su título.
Milton se concentró en el viaje. Su acompañante había cerrado los ojos; creyó que el hombre sin corazón se echaría una siesta para liberarse del fastidio de ese tramo del viaje. Estaba equivocado. Sin mediar razones, El Hombre de Hojalata volvió a hablarle.
—¿Sabe por qué es importante ir a ese pueblo de mierda y arreglar esta cagada?
Milton solo movió la cabeza negativamente.
—Porque está a algunas decenas de kilómetros del puerto de salida de la mercadería. No sé si exactamente cien. Pero como a cien kilómetros de ese pueblo está el muelle improvisado al que van pescadores que trabajan para La Ciudad Esmeralda, por lo general guardias costeros y algunos policías, donde un lanchón espera la mercadería. El que está siempre ahí es un paisano, que hace de campana y avisa cualquier novedad. El timonel del lanchón es muy baqueano. Conoce el río como nadie. Parece idiota, pero no lo es. Se viste como un pordiosero. Jamás nadie se fija en él. Vio que nadie repara en un pobre. Cuando los blanquitos vemos a un pobre, solo esperamos que desaparezca rápido de la vista. Y si llegamos a olerlo, corremos espantados. Así es el timonel, sucio y oloroso. Nadie se le arrima, nadie lo tiene en cuenta.
El campana es del mismo tipo. No tan roñoso, no tan oloroso. Parece un mendigo, aunque en esos pueblos todos más que menos parecen mendigos. Todos los campesinos actúan como si fueran pordioseros aunque estén llenos de guita. Mañas del campo. El tipo tiene sus buenos mangos, ya juntó una pequeña fortuna.
—Ahorrativo.
—De su época de policía, cuando le robaba a las putas y a los dealers miserables. Una rata. Una rata miserable. Lo exoneraron de la poli. Imaginate cómo debe ser el tipo para que lo echen de la poli.
Lo reclutaron para La Ciudad Esmeralda. Dicen que quiso violar a un preso y lo denunciaron. Pero yo no me lo creo. Le debe haber cagado la guita a un comisario y lo rajaron. A ningún policía se lo echa por violador, quedarían pocos. Por chorearle al comisario, sí.
El tipo conserva sus contactos en la policía, y avisa cuando liberaron la zona. Tiene un rebusque con los guardacostas. Entre bueyes no hay cornadas. Tanto para vos, tanto para mí. Nadie se pisa el poncho. Si todo está tranquilo, se hace el embarque. La mercadería llega bien empaquetada y estibada. Acá, allá, más cerca, más lejos, solo tengo que controlar el envío del paquete; es de lo único que me tengo que ocupar. Que esté en condiciones, que embarquen lo que pagaron. Que no lo hayan violado ni golpeado, que no tenga machucones, que esté impecable. Que esté impecable para el cliente que pagó. Sencillo, ¿no? Hasta un tipo como yo lo puede hacer. Soy como el control de calidad. Eso es todo. Regreso en el día o a la mañana siguiente y estoy en pocas horas en casa, disfrutando mis Glenfarclas. Un orgasmo. La única clase de orgasmo que puedo tener a esta altura de mi impotencia, y me tiene muy feliz. —Aspiró una buena bocanada de aire caliente y la retuvo unos segundos. Exhaló con fuerza—. En mi casa no quiero mujer ni nada que se le parezca. Cuando tengo que descargar, tengo mis rebusques. La pastilla azul me da alguna que otra oportunidad. Tampoco exagero, no lo necesito. No tengo ínfulas de macho alfa. No quiero problemas. De ninguna clase.
—¿Nunca un problema de trabajo? —Milton preguntó solo por seguir el relato del acompañante.
—A veces. Siempre hay un boludo disponible. Siempre. Aunque nunca un quilombo como este. Pero si hay un problema, se llama al justiciero y luego al Limpiador. Él arregla todo. Carga el paquete en su transporte mágico y luego limpia lo que haya que limpiar. Nunca más se sabe del asunto. Todo limpio, sin una mancha. Nada de meo, nada de caca, nada de saliva, nada de sangre. Nada de ADN y esas boludeces. Todo limpito por completo. Total, a nadie le calienta cuatro o cinco bultos despachados por el río. Como no flotan, no se ven, y ojos que no ven, corazón que no siente. Todo más o menos controlado, salvo que un boludo capture en la zona de otro y cien periodistas metan la cuchara para hacer un quilombo nacional.
—No sé qué decirle. No conozco nada de cómo arreglar este problema. Lo mío es llevarlo y traerlo, nada más.
—No quiero consuelo, para eso tengo el Glenfarclas. No me tome por boludo. Soy viejo y tengo muchos años de trabajo. Lo suyo no es solo manejar, no se haga el distraído.
—A veces. Pero solo a veces hago algún extra.
—¡Un extra!
—Tengo que ganarme la vida.
—Lo entiendo. También tuve que hacer otros laburos. Así que haga lo que tenga que hacer. Arreglaremos esta pendejada y nos volvemos cagando. ¿Quiere que le diga lo que pienso?
—Si usted quiere.
—Esto es una pendejada. Una completa pendejada. Y me mandan a mí a arreglar una pendejada. Casi treinta años de laburo y me mandan a arreglar una pendejada. Y cuando se trata de una pendejada, seguro va a haber quilombo. Ya lo dice el refrán, el que con chicos se acuesta, meado se levanta. Esto es cosa de unos pendejos atrevidos. Estoy seguro. Y cuando es cosa de pendejos, es que me pregunto: ¿por qué a mí? ¿Por qué justo a mí me mandan a hacerme cargo de una pendejada.
—Porque le tienen confianza, saben que va a hacer bien su trabajo.
El Hombre de Hojalata no pudo contener la risa.
—¡No me jodás! ¿Confianza? ¡Ya te dije que no me tomés por boludo!
—¡Cómo lo voy a tomar por boludo! Soy respetuoso.
—Claro, respetuoso. En este laburo lo que no hay jamás es confianza.
—Si lo mandan es porque saben que usted va a arreglar el asunto.
—Esto no tiene arreglo. Mirá, hagamos la cuenta. Vos, yo, el Limpiador, está el pibe que se afanaron y está la madre, el padre, la abuela, los tíos, los primos, los vecinos y la reputa madre que los parió a todos. Una multitud.
—Una multitud.
—Eso. Y dos son multitud. Y eso que no hablo de policías, políticos, jueces, periodistas, ministros, gobernadores, y sigo y sigo y sigo. Uno, dos, diez, treinta, cien. Desfilando por todos lados, hablando boludeces en un programa de televisión. Es una procesión sin cura.
—¿Está seguro de que esta procesión no tiene cura?
—No lo sé. Por ahí también tenemos un cura que mea agua bendita. Los curas siempre boquean con la Biblia en la mano. Es fácil. ¿Quién quiere que un cura se meta en un quilombo como este? Va a empezar que Dios, que la Virgen, y que recemos, y que Dios sabrá por qué ocurren estas cosas. Y la gente se va cebando, empieza con una misa y termina con una manifestación. Cuando los curas le dan manija a la gente, todo se va a la mierda. Terminás como cuando se llevaron puesto a los saádicos.
—Esa fue una monjita, jefe.
—Cierto. No hay nada peor que una monja rompiéndole los huevos a todo el mundo.
—Entonces esperemos que no haya ninguna monja.
—Se lo adelanto, sí hay y es de las más jodidas. Pero no se la puede matar. Lo van a pensar, pero no lo van a poder hacer. La monja esa es intocable. Yo lo sé mejor que nadie. Conozco la curia como ningún otro. Recuérdelo.
***
Carta del amigo epistolar a la monja en el villorrio
Te saludo en Dios Padre todopoderoso. Quiero hacerte llegar nuestro afecto por tu obra, porque eres perseverante y valiente. No hay otra forma de servir al verdadero Dios que reunir en una sola alma amor y fortaleza.
Hablamos de las hijas y de los hijos: tú sabes que ellos son la alegría de la casa y la esperanza de la comunidad. Les pedimos obediencia, sosteniendo que la obediencia fundada en la razón y en el amor no es carga, sino camino de confianza, porque el amor recibido de los padres se convierte en raíz de vida. Y ustedes, padres, no exasperen a sus hijos con dureza, no los irriten hasta quebrar su ánimo, sino críenlos en la disciplina que nace de la ternura y en la instrucción que se alimenta de paciencia. La familia es un pequeño templo: allí se aprende la fe, allí se ejercita la esperanza, allí se cultiva la caridad. El esposo cuida a la esposa como a su propio cuerpo, la esposa honra al esposo en la reciprocidad del afecto, y los hijos son como retoños que florecen en el huerto del Señor.
Pero vemos el desafío que enfrentas, querida Hermana, y nos abruma. La maldad crece en medio de la vulgaridad, y el mercado de la vida humana se recibe como si fuera naturaleza de los pueblos. Qué clase de religión se ha terminado por profesar en un mundo que deja que niñas y niños mueran de hambre, de enfermedades, bajo el horror de ataques con armas poderosas. Niñas y niños sepultados bajo los escombros de lo que fueron sus hogares, ahora destruidos por bombardeos que espantan el corazón de todo hombre y mujer justos.
Las cartas apostólicas nos iluminan en este tiempo: Santiago recuerda que la religión pura y sin mancha consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse sin mancha del mundo. Pedro exhorta a los padres y madres a ser pastores del rebaño doméstico, no por obligación sino voluntariamente, no con tiranía sino con ejemplo. Que la autoridad se ejerza como servicio, y que el amor sea la corona que nunca se marchita. Juan, el discípulo amado, habla de los hijitos con ternura, como quien acaricia con palabras: “Hijitos míos, permanezcan en el amor, porque quien ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. La familia se convierte en escuela de caridad, donde cada gesto cotidiano es semilla de eternidad. Judas, aunque breve, advierte contra los falsos maestros que corrompen la comunidad y la familia. Su voz es un llamado a proteger el hogar como fortaleza de la fe, para que los hijos no sean arrastrados por el error, sino sostenidos en la verdad. Y Hebreos, con su mirada elevada, recuerda que Cristo es el hermano mayor que conduce a los hijos de Dios hacia la gloria. Él se hizo semejante a nosotros para llamar hermanos a los pequeños, y para que en la familia humana se refleje la familia divina.
Así, las cartas dibujan un mismo horizonte: los hijos y las hijas como don, los padres como custodios, las familias como iglesias domésticas. El amor se expresa en cuidado, la disciplina en ternura, la obediencia en confianza. Y todo se sostiene en la certeza de que el Señor no quiere hijos quebrados por la dureza, sino fortalecidos por la esperanza y la caridad.
Quiero darte aliento en tu obra fecunda. Eres la elegida. Amor y coraje se reúnen en tu alma y ponen a prueba las artimañas del mal, que siempre espera encontrarnos débiles y tentados. Que te hayan enviado a esa tierra llena de dolores no ha sido un castigo: tú eres la que reparas, la que consuelas a las madres dolientes porque les han arrebatado a sus hijos. Tememos por tu vida, porque no tenemos al alcance de nuestras manos forma de protegerte de abominables seres que han reducido su existencia al comercio del dolor y de la muerte.
Suena a lo lejos una música sacrílega, parecen trompetas que acompañan salmos que hieren el corazón. Día y noche clamo esperando que mi oración llegue a tu presencia y que tu oído se incline hacia mi clamor. Mi alma está hastiada de males, mi vida se acerca a un lugar de sombras, silencio y olvido. Soy contado entre los que descienden al sepulcro, como un hombre sin fuerza, abandonado entre los muertos, semejante a los que fueron pasados a espada y yacen en el sepulcro, olvidados, arrebatados de la mano de los que hoy te rodean y amenazan. Esas fuerzas desean ponerte en el hoyo profundo, en tinieblas, en lugares oscuros, y que sobre ti caiga su ira, afligiéndote con todas sus ondas. Quieren apartarte de quienes te aman y esperan de ti consuelo, encerrarte sin salida, y que tus ojos se desgasten en la aflicción.
Pero tú, querida Hermana, manifestarás tus maravillas ante los vivos. Se levantarán los que yacen para reconocerte. Será reconocida tu misericordia y tu verdad entre los desposeídos, los descartados. Yo sigo clamando por ti, ante el Señor. Cada mañana mi oración se presenta delante de ti y por ti ruega. Que el amor de los niños sea tu mejor protección, tu paz y el alivio de todas tus penas.
***
25.- La comisaría, frente a la plaza, muestra una arquitectura bastante modesta. No luce ningún detalle interesante. La construcción es relativamente nueva. El gobernador la mandó construir para satisfacer el reclamo de la policía que hasta ese momento atendía en un edificio algo mejor que una tapera.
Vista de frente, se aprecia una puerta de entrada de dos hojas y a cada lado una ventana de tamaño regular. Un guardia somnoliento custodia el ingreso. Parece en realidad una figura pintada con los dedos sobre un cartón corrugado. Inmóvil, los ojos cerrados, los labios apretados, confundía con su aspecto a los paisanos que iban por algún trámite o hacían una denuncia que, por lo general, no arrojaba ningún resultado.
Nadie hubiese dado nada por esa comisaría; no mucho más allá de los pueblos circundantes se sabía de ella y de su comisario, Artemio Rudecindo Linares, “a mucha honra”. Así se presentaba, por eso en el pueblo lo habían apodado “muchaonra”.
Artemio fue designado no hacía mucho tiempo; llegó corrido por unas denuncias que lo pusieron en aprietos. Nada que el ministro y el gobernador no pudieron hacer caer en el olvido de los jueces. Los jueces tienden a olvidar rápido algunas causas si el poder político se lo pide.
De mediana estatura y no muy robusto, Artemio demostraba buen estado físico. De cabeza pequeña (“como su inteligencia”, observaba el ministro), cabello crespo, negro, y cortado a la americana. Orejas y ojos pequeños armonizaban con el tamaño de la cabeza. Nariz mediana y boca demasiado pequeña, si hasta parecía que de ella no podrían salir las palabras. Hablaba de corrido, arrastraba las sílabas y por eso las más de las veces no se le entendía de qué hablaba. Su mayor defecto, decía él, era su afición a beber. Por culpa del alcohol, afirmaba, había cometido algunas faltas, según él, menores. El ministro no pensaba igual. Pero de todos modos le resultaba útil para lidiar con la paisanada de aquellos pueblos empobrecidos, siempre con gente dispuesta a reñir por cualquier asunto. Artemio no tenía escrúpulos, cualquier cosa que se le ordenara la cumpliría con diligencia.
Estaba casado, y su mujer vivía en uno de los pueblos cercanos, muy lejos de ese. Solía visitarla una vez al mes. Era sabido que solía hacerse de amantes en cada villorrio. Algo de austeridad y algunas pequeñas prebendas le facilitaban los favores. No disimulaba que quería “estrenar” —así decía— a Zurita. La seguía de cerca. La olía. No le quitaba el ojo de encima. El viejo muerto lo supo de inmediato, apenas percibió su mirada colgada de las caderas de la niña. No era preocupante. Sabía el muerto que Artemio, a pesar de sus fanfarronadas, no se atrevería a meterse con la mercadería que ya había sido ofertada a un cliente importante por la rubia botella calzón de lata y su marido. Si hasta allí había llegado protegido, gracias al ministro, bastaría un error que pusiera en peligro un negocio, para que el mismo ministro lo defenestre hasta el último día de su vida.
El ministro podía ser feroz si alguien se pasaba de la raya. Esto al gobernador lo complacía. Todos sabían de los “mochos”, tipos que se metieron con los negocios del poder, a los que les habían aplastado los dedos de una mano para que aprendieran a no meterse con “los bienes ajenos”. El consejo era “no metas los dedos en la lata”. Si los metías te los aplastaban. Simple. El que quedaba mocho, quedaba marcado de por vida. Los caídos en desgracia, llevados por la vergüenza, abandonaban su pueblo y emigraban a localidades muy lejanas. Así hicieron todos, salvo uno, que optó por cortarse la mano usando la sinfín del carnicero, para que no quedara evidencia de su falta. Era famoso el paisano al que habían apodado “el manco del espanto”, ingenio de alguno que recordaba a su manera la historia del autor de El Quijote.
Las mañanas de Artemio comenzaban siempre de la misma manera. Se levantaba temprano, no necesitaba el llamado del reloj despertador. Los ruidos mañaneros en el pueblo lo despertaban, no importaba la hora en que se hubiese ido a dormir. Se duchaba, a veces, con agua fría para despabilarse, y luego bebía una taza de té negro al que le agregaba varias cucharadas de azúcar. Calzaba el uniforme y salía rumbo a la comisaría. Ahí lo esperaban con el mate amargo y los panes de grasa que todas las mañanas un ayudante pasaba a recoger de una panadería cercana.
Ese día no fue distinto a otros. Tenía una invitación para conmemorar a un santo del que no recordaba el nombre. Al cabo que tampoco le importaba. Era creyente, pero no reparaba en el santoral, lo que inquietaba al cura del pueblo, quien le insistía que un buen comisario debe ser siempre un buen católico, y un buen católico siempre demuestra devoción por los santos de los cuales debe recordar nombre y fecha de conmemoración. Artemio decía que sí, que iba a recordar a cada Santo, pero se justificaba luego diciendo que eso era demasiado pedirle.
Completó unos informes que debía a la superioridad, impartió a sus subalternos dos o tres órdenes intrascendentes, y ordenó que no lo molestaran durante la celebración del pueblo vecino.
Que no respondiera a los llamados de Ladina, justo ese día, no hubiera tenido trascendencia de no ocurrir lo del niño. Estaba en la fiesta patronal, en un pueblo a unos veinte kilómetros, disfrutando del buen vino y unos buenos lechones asados. Había echado el ojo a un par de muchachas que atendían la mesa y que no parecían mal dispuestas.
Los que compartieron el almuerzo ese día dirían que el comisario ya estaba en pedo cuando atendió por fin su celular. No se trataba de Ladina, era el cura del pueblo vecino. Sonaba a todo volumen un chamamé por los altoparlantes dispuestos en las cuatro esquinas de la plaza. De hecho no podía escuchar qué le reclamaba el sacerdote, que le hablaba muy exaltado.
—Cura de mierda, no come ni deja comer. —Un paisano que estaba a su lado, escuchó el comentario y se hizo el desentendido. Nunca había que meterse en los asuntos de la policía y la iglesia.
Artemio se alejó del ruido. Buscaba un lugar en el que pudiera escuchar. El cura parecía angustiado.
—¿Qué le pasa, hombre? ¿No ve que estoy en la misa del santo?
—Ladina lo estuvo llamando, comisario, lo estuvo llamando toda la mañana.
—Pa´ joder, la mujer esa es mandada. Tenía el teléfono apagado. ¿Ahora qué le pasa a la tipa esa?
—Es que hay un problema con un paquete. Desapareció un paquete.
—¿Qué paquete, don? No sé de qué me habla. No me diga que me llamó, porque a la tipa esa se le perdió un paquete. Que lo busque, carajo. ¿O quiere que se lo busque yo?
—No puedo explicarme mejor, comisario. No puedo.
—Entonces no me explique.
—¿A qué hora está de regreso?
—Cuando termine la fiesta patronal, padre. Soy un católico respetuoso. Así que cuando cuando termine voy pa’ ya. Como a las cuatro o cinco de la tarde, creo.
—Su ayudante hace un buen rato que salió para donde usted está. Hable con su ayudante, él le va a decir lo que está pasando. Él sabrá explicarle de qué paquete hablamos.
Allí terminó la conversación. Artemio quedó vacilante. El cura parecía nervioso y no resultaba creíble que esos nervios se deberían a que Ladina, la miserable transa del pueblo, haya perdido un paquete. Él no iba a quedar pegado con un asunto de droga. Qué hiciera la vista gorda era por órdenes superiores. No sería muy avispado pero sabía que en el asunto de la “maría” estaban todos metidos. Pero no se prestaría a buscar un paquete de merca. Sin embargo, quedó intrigado por aquello de “hable con su ayudante”. ¿Ese pajuerano me va a decir qué paquete perdió Ladina? ¡Pero si es un paspao!
Artemio solo deseaba volver al bailongo. Le había echado el ojo a una muchacha que bailaba con gracia el chamamé. ¡Qué esperen! “Un paquete no va a ningún lado si no lo llevan”. Ladina, de pocas luces, seguro lo había olvidado sin recordar dónde podía haberlo dejado. Cuántas veces lo hicieron salir de raje para nada. Que se perdió esto, que no encuentro aquello, que me robaron esto, que me miran aquello. A Ladina siempre le pasaba algo u olvidaba algo porque era “medio tarada”, diría Artemio. Medio porque ni le da ni para el todo.
El día es largo, y la fiesta corta. Su ayudante había desaparecido de la fiesta. ¿Buscarlo? “Andá a saber dónde se metió este palurdo”. No había otra opción que bailar hasta sudar la gota gorda. Después de echarse unos bailes con la muchacha, llamaría a la comisaría. Tal vez para entonces el asunto del paquete perdido estaba resuelto.
***
26.- El viejo cadáver pasó demasiado cerca del rancho. Su sombra se estiró por la pared al poniente. Bajo la ventana pequeña que daba a una habitación mal alineada de no más de tres metros por tres metros, la sombra hizo un rulo que se incrustó en el revoque de barro. Bajo el revoque se oyó un clamor. Mala señal, diría Cándida. Conocía de sobra esas señales.
Luego del gemido, el viejo muerto apuró el paso. Estaba ansioso. Jadeaba una octava más alta que lo habitual. Era un pitido suave pero frenético. ¿Era un deseo o una señal? Difícil saberlo. En aquel espectro, deseos y señales se confundían con facilidad.
Cándida lo vio por la puerta abierta: el muerto entre ella y el árbol de las dulces mandarinas. Conocía esa mirada, reconocía esos sonidos. Los labios turbios del cadáver lucían lustrosos. Los empapaba con su pastosa saliva y, de manera intermitente, los repasaba con su oscura lengua. También lo olió. El olor era inconfundible: mezcla de carne podrida y semen. Y luego el gimoteo que buscaba su amorfa contextura y que tocaba la sangre con la punta de una tripa que brotaba por el agujero en su esternón.
A Cándida la mirada del muerto no la inquietaba, tampoco los sonidos, pero la lengua oscura sí. Adquiría ese color cuando ya imaginaba el sabor de la carne fresca. El elixir de la menarca adolescente lo combustionaba. Alguna vez pensó que debió arrancarle la lengua, pero eso no hubiera cambiado nada: seguro le habría crecido otra más grande y más repulsiva. ¿No habían intentado otros, allá lejos, descuartizar al muerto y lo único que lograron fue que volviera más pútrido y perverso?
No se proponía ninguna hazaña contra el esperpento. Ya no tenía la fuerza ni para blandir la cuchilla que usaba para decapitar los pollos o para perforar la arteria de los lechoncitos antes de faenarlos. Apuñalar, más no fuera, un animal pequeño no mayor que un conejo superaba sus fuerzas. Estaba vieja, doblegada por la artrosis. Algo ida en la mañana en que despertaba y una leche negra inundaba sus pupilas y no le permitía ver absolutamente nada. Sentada en la cama, esperaba que la densidad de la leche negra fuera disminuyendo, hasta que le permitía descifrar, tras la transparencia negra, una forma indefinida de animal joven y mujer desnuda.
Era vieja, pero no una estúpida: reconocía sus limitaciones. Aun sabiendo la estrechez de sus fuerzas, no podía dejar de representarse la escena de la mutilación, el hueco profundo y la sangre brotando a borbotones en el fondo de la garganta, pastosa como el lodo de las tumbas.
De haber podido consumar su crimen, ofrendaría esa lengua amorfa y negra a los que ella llamaba interesadamente “tíos”, que estaban prontos a llegar. Ellos, se aseguraba, comprenderían la importancia y el real significado de esa ofrenda. Ya no sería el muerto centenario quien dictaría el destino de la sangre nueva, sino aquel matrimonio que recorría los pueblos con su virgen de yeso, su olor a tierra entre las piernas y el blanco traje de gala del hombre.
***
Zurita no lo vio porque estaba en la cocina que daba al fondo, no por donde andaba el viejo echando su sombra. Su presencia representaba el recordatorio de uno de los más antiguos pactos surgidos cuando acabó la familia matriarcal. Pero Cándida no estaba obligada a cumplir ninguna exigencia. Ella no había pactado: apenas dijo qué mercadería podía interesarle al viejo cadáver cuando los tíos le preguntaron. No dijo exactamente “esta”, sino “una como ésta”. Vieja astuta.
Las visitas llegarían pronto, y también Ladina. Ellos sabrían lo que había que hacer. Los tíos no le temían al muerto; sabían que se conformaba con ver la presa capturada. El rostro aterrado de la víctima era su ambrosía. No había mujer en el pueblo que no ignorara cómo era todo aquello.
Cándida tomó una de las sillas bajo el alero y se sentó mirando al campo. El viejo se alejaba en dirección al árbol de mandarinas. No giró para mirar a la vieja, pero a ella le pareció que las órbitas del muerto salían por su nuca y que, a través de esa oscuridad, la observaba. El muerto y los tíos no eran sino circunstancias de un poder mayor que reclamaba un sacrificio y cuyos laderos lo complacían. Alguna niña —porque debían ser niñas— tenía que ofertarse para calmar a los amos. El centenario cadáver era un mensajero: si aparecía cerca de un rancho era porque allí estaba la ofrenda viva, en carne pura, fresca, inmaculada.
Cándida cargó de tabaco la pipa y la encendió. El aroma, quemándose, llegó hasta Zurita, quien salió de la cocina y se acercó a la entrada. La muchacha quedó de pie junto a la silla de la vieja.
—¿Quién amasa, ‘buela? —preguntó por compromiso. Sabía de antemano la respuesta.
—¿Pa’ qué está usté?
—Yo no soy sirvienta de su visita. Ya maté los pollos y le hice el estofado. ¿Qué más quiere?
—¡Qué amase! ¿Pa’ qué la tengo? Su madre no me viene nunca a ayudar. Su padre sirve para cargar bultos, pero no es cosa de hombres amasar. Es cosa de mujer.
—Yo le hago los fideos y me voy a casa. Voy caminando por aquella huella. —Señaló en sentido contrario al mandarino.
—Usté se queda, que no me va a dejar sola con la visita.
Zurita no se animaba a desobedecer.
—¿La harina en el aparador?
—Si. Los güevos ahí mismo.
Cándida pitó varias veces, con fuerza. Reavivó la brasita en la pipa. Miró el paisaje.
—Chica, ¿usté no vio qué raro está el día?
Para Zurita los días eran casi siempre iguales. Hasta parecían repetirse, salvo cuando llovía, que no era habitual: mañanas claras, tardes calurosas, noches frescas. El canto de las mismas aves todos los días. Y a la noche, el croar de sapos y ranas. ¿Qué podía tener de diferente ese día?
—¿Qué tiene raro?
—El olor y el color. ¿Usté no huele ni ve lo que yo?
Zurita no sentía ningún aroma en especial. Hierbas, tierras, y según fuera la brisa, el dulzor de las mandarinas. Tampoco veía algo diferente en el paisaje.
—¿Qué le pasa a usté con el paisaje?
—Debe ser que pasó el viejo muerto.
—¿Pasó? ¿Por dónde?
—Cerca’el rancho. Miró pa’ dentro pero no le vio a usté. Parece que le buscaba.
—Viejo e’ mierda. Me falta el muerto. Bastante tengo con el Prudencio.
—Pero si le viene el Pomberito… Ese la va a llevar y no la vamo a encontrar má. Ya sabe cómo es.
Zurita no pudo ni hacer un gesto de disgusto.
—Su padre no le ve mal al Prudencio. El hombre siempre mira qué le conviene a su cría. Es hombre de trabajo. Bruto, pero aquí todos son brutos. Le va a dar de comer y tener hijos. Cuantos más, mejor.
Zurita se alzó de hombros. “A mí que me importa”, debió decir, pero discutir con Cándida por Prudencio no llevaba a nada.
—¿Usté ya menstruó? —Zurita enrojeció de vergüenza.
—Voy a amasar —dijo y se metió para adentro sin más que decir.
Cándida se convenció de que el color turbio y el perfume menárquico de la tarde-noche tenían explicación en la menarca de Zurita. Y en la excitación del muerto que asomaba en ese instante la mirada entre los matorrales. Creyó percibir una sonrisa en el muerto. Eran señales. “ijo e’ puta”, murmuró. Putear no servía de nada y ella lo sabía mejor que nadie.
***
Vio al viejo muerto desde la punta de su pipa. No Pyra-yara. No Pyra-yara. La carne no vuelve en piedra. Cuando joven: rosada y húmeda. Por un agujero en el cielo desciende la sombra del conquistador, yelmo y espada. Cruz tocada en sangre pura. El viejo celebra. Por las cuencas de los ojos del muerto el conquistador repara en Zurita. Busca sus curvas para rozarlas con su lengua, saborearla hasta repetir la encomienda y hacer morir trabajando en infinitos hilos a las amancebadas con las que reúne su harén. Bebe la carne hasta los huesos como una espuma. Una muchacha, otra muchacha, otra muchacha. Luego que las penetra, las marca, como al ganado. En la nueva tierra se es polígamo a golpes, a espadazos. El esternón de las siervas roto en capítulos con una cruz quemada en el pecho.
El viejo gozaba. Su aspecto de a pedazos sudaba un suerito negro. El muerto entonces era blanco. Lo había sido. Ahora estaba mustio, oscuro. Tal vez llegó con Salazar; desde que robaron las primeras mujeres deambula entre la vegetación. Luego bajó por los ríos hasta los pueblos de pobre muerte. Revisaba desde entonces los ranchos. Miraba desde una gota de sangre, oía desde una gota de sangre, olía desde una gota de sangre.
Ulrico pudo haberlo descrito. En un papel espeluznante. Lino, cáñamo, algodón, sangre. Una pluma de rodillas para escribir las ventas. Esas anotaciones se perdieron en la Guerra contra la Triple Alianza. Fueron quemadas en el incendio de Acosta Ñu, cuando los niños y las niñas fueron quemados vivos.
De ello Cándida no tenía noticia alguna. Juraba que no las robaban los blancos, sus dueños; decía que los padres las ofertaban. Las madres nada podían hacer. Llorar, tal vez. O hacer un pequeño cráter en los restos de piedra de una iglesia jesuítica a golpes de cabeza. Vende la niña como mujer. ¿No era ese el acuerdo? Poncio estuvo de acuerdo. O Prudencio o Artemio, ningún Taguató aliviaría el destino. No hubo más que decir: Poncio estuvo de acuerdo. Los tíos eran más influyentes. Ava/Eva que ni es madre. Ramón, de uniforme, que ni es héroe. ¿Quién no sacaría ventajas? Glisoría, de haberlo sabido, al menos hubiera gritado. ¡Ay de sus piernas! ¡Ay de su vientre! ¡Ay de sus senos!
Ya no hay encomiendas. El hambre es un cortejo de perfecta jerarquía. Allí arriba, en lo más alto, a donde no llegan las manos. Quienquiera diría: tomad y comed todos de él, porque mi carne es carne de aquellas criaturas que vagan en puntillas. Un pedazo de pan es todo lo que le queda a Poncio después de jornalear todo el santo día. ¿Entonces? Después de Fino vendrán otros. Y otros. Y otros. Y no hay modo de saciar tanta hambre cuando no hay cumpleaños de ninguna naturaleza.
Así que el viejo centenario vuelve sobre la misma pernada una y otra vez y luego se esconde tras el árbol de las más dulces mandarinas. Espera su nueva oportunidad. Es un aguijón de espaldas, que hurga bajo las ropas de las impúberes hasta descifrar el talismán purpurado, sanguíneo. La menarca es el síntoma corrosivo. Cándida lo veía venir, pero no haría nada al respecto. ¿Qué podía haber hecho? Ella misma sirvió a un inglés medio tuerto, moviéndose a la altura de su pelvis. Fumaría su pipa sentada en su silla de asiento de esterilla, mientras Zurita cocina por su orden para los invitados.
***
Cándida podía sentir la vibración del motor del auto en el que viajaban los falsos tíos aproximándose al rancho. Era un sonido rencoroso, el golpe del metal contra el metal. La vieja conservaba las virtudes de los antiguos rastreadores. Como aquellos, no solo era capaz de leer las huellas, sino también de detectar a enormes distancias el lejano galope de un caballo, o el movimiento humano de los peones yendo de aquí para allá procurando un rebusque en el día para no pasarlo muertos de hambre. Cada huella tiene su impronta, cada sonido su alma. Es el dedo de la providencia que revela los caminos de los depredadores; es el sonido del mal que anuncia su melodía.
Miró hacia un horizonte próximo, buscando con la vista a la visita.
—Están yegando. —No habló en voz alta, pero Zurita la oyó perfectamente.
—Recién empiezo a amasar.
—Nunca se yegan con las manos vacías. Algo han de traer.
El viejo muerto se apartó de la vista de Cándida. ¿Todo marchaba de acuerdo a lo planeado? Nunca se sabe, diría Cándida. Vio muchas cosas contradecir los augurios. ¿Zurita se iba a entregar sin patalear? Músculo y cerebro tenía como para oponer resistencia. Dios diría su destino; nadie más que Él sabía cuál sería. Cándida no hubiera apostado a ningún resultado.
Además, ese día, el hedor del viejo cadáver la confundía. Era rancio pero efímero. Raro. El viejo cadáver hacía señas a la distancia. Adivinó sus reclamaciones. ¿Bañar a Zurita antes de entregarla? Cosa ridícula. Ahí no ocurriría. Era hora de amasar, no de llenar la palangana con agua hervida para lavar las intimidades. Los que la compraron la lavarían, si tenían suerte, como a un trapo. O tal vez la dejaran sucia, ¿cómo saberlo? El aseo no entraba en las consideraciones porque el tufo a cuerpito sudado siempre es festejado. El aroma intenso de la joven entrepierna es un perfume que narcotiza.
***
La camioneta de Ava/Eva y Ramón llegaba del lado de la ruta nacional. Ramón hizo sonar dos veces la bocina anunciando el arribo. Estacionó a metros de la casa, cerca de la puerta de entrada al patio del rancho. La primera en descender fue Ava/Eva. Gritó:
—¡Abuela querida! ¡Qué gusto volver a verla!
Cándida no manifestó alegría por la visitante.
—¿Trajo la Virgen? —La vieja trataba de ver si en la parte posterior de la camioneta estaba la imagen de la Virgen de Caacupé.
—Sí, por supuesto, abuela.
—¿Por qué no le veo, ñora?
Ava/Eva se volteó en dirección a la camioneta.
—Porque está en una caja, protegida.
Cándida no comprendía. La imagen de la Virgen por la que ella preguntaba superaba el metro de altura. Debería ver, aunque fuera solo la parte superior de la caja.
—Tampoco le veo. Siempre la Virgen va a la vista en las procesiones.
—La grande, claro, pero esta es pequeña.
—¿Pequeña?
—Una que traje para usted, bendecida por el obispo.
Mentira. El obispo no había bendecido a ninguna. Ava/Eva le ordenó a Ramón que le entregara la caja con la Virgen a Cándida. La vieja la tomó hasta con desconfianza. Dio varias pitadas a la pipa; el aire volvió a encender la brasa del tabaco. Echó humo por la boca. Entre las hebras de humo podía observar a lo lejos al viejo muerto, tratando de ver él también la imagen de esa Virgen. ¡Como si le importara!
Ava/Eva, exagerando su cordialidad, preguntó:
—¿Dónde vamos a ponerla, Cándida? Un lugar donde podamos rezar cuando nos reunimos. Que la puedan ver todos los vecinos y pedirle porque la Virgencita les cumpla al pobre.
Cándida llamó a Zurita:
—¡Niña! ¡Niña! Venga a saludar la visita.
Zurita escuchó el llamado de su abuela.
—Voy —respondió desde la cocina. Dejó de amasar. Limpió la harina de sus manos en un trapo. Salió al patio de la casa. Ramón la miró de arriba a abajo. Ava/Eva sonrió al verla. Le pareció que la niña había crecido. Su cuerpo había adquirido formas más sensuales. Sería una gran venta.
—¡Cómo le va a mi niña! —Ava/Eva gritó al tiempo que avanzó hacia la muchacha. La abrazó con fuerza y sintió ella misma las formas juveniles de ese cuerpo contra las suyas. Zurita no opuso resistencia, pero dejó sus brazos caídos para no devolver el abrazo. Su rostro no expresaba satisfacción y Ramón percibió el gesto poco amigable de la muchacha. “¿Tendremos problemas? Estas pendejas son taimadas”, dijo para sí, disimulando su preocupación. Siempre esperaba lo peor de aquellas niñas.
La muchacha tomó la caja con la imagen de la Virgen en sus brazos con mucho cuidado.
—Llévela al viejo bargueño —Cándida le ordenó a su nieta—; la dejaremos allí hasta que su padre me haga un altar bajo el alero.
—¡Claro! Un bello altar aquí, bajo este techito, mirando al campo. Si hasta desde el mandarino se podrá ver a la Virgencita. Desde el mandarino la Virgencita se verá mejor. ¿No te parece, Ramón?
Ramón no pudo disimular su risa. El viejo cadáver celebró la ironía.
Zurita volvió al rancho llevando la caja con la imagen de la Virgen de Caacupé. No regresó. Luego de dejarla sobre el viejo bargueño, como le indicó Cándida, volvió a la cocina a seguir preparando la última cena.
***
31.- Un grano de cebada. Un cuarto de grano de cebada. Una línea hermosa de granos de cebada. Les repite esas medidas esenciales, pero no las comprenden. Eso lo pone de mal humor. De muy mal humor. Dice que no aprecian la majestad de una unidad de medida expresada en un grano de cebada, en el que reside lo más vital. Se los ha dicho hasta el cansancio. Puede repetir un argumento durante horas o tal vez días. Exige: tomen estas medidas y comprendan. El universo es apenas un cuarto de un grano de cebada. Allí caben lunas y soles. Montañas extraordinarias. Solo hay que saber verlas. La vida no se extiende más allá de una línea. No son millas. No son yardas. No son pies. No son pulgadas.
Tal vez el barleycorn les descubra lo que es esencial y sacrificial. Y que tres granos de cebada, secos y redondos, hacen una pulgada de muerte o de vida. No hay demasiadas elecciones. Las pequeñas distancias son asombrosas porque intiman con los secretos mejor guardados; saben de lo que es inicial y de lo que es final. En cambio, las largas distancias son arrogantes porque no existen los horizontes. Los horizontes son ilusiones que crean los espejismos hábilmente emboscados en apenas un cuarto de grano de cebada. Llegan arrastrando los pies, tiran de su sombra como de un difunto y le hablan del muerto.
Limpieza en su medida precisa. Repite las mismas palabras de siempre: los ojos, la boca, la pupila, la lengua, el rubor en los labios. Toda esa carne. Todos esos huesos. Toda esa sangre.
Mira al muerto pero sin desconsuelo. No es desdén, es comprensión. Lo mide por instinto, solo por corroborar la exactitud de su densidad real. Mide sus pies, sus piernas, sus caderas. Caben en un abrir y cerrar de ojos. Nada extraordinario. Un muerto más, de tantos. Cierra la boca para no aspirar su muerte hedionda. Mide su vientre, su pecho, su cuello, su cabeza. Aprecia cómo sus brazos se separan de sus antebrazos y estos de sus manos. Se distancia una porción de otra, como galaxias muertas que se alejan unas de otras. Admira la forma de los dedos de sus manos. Ellas no miden ni siquiera un cuarto de grano de cebada, pero resultan interesantes. Dedos de pianista. Dedos de cirujano. Finos, largos, huesudos. Las uñas son azules o violetas, o de ambos colores. Todo cabe en un enigma donde desaparece para siempre. ¿Unas cenizas? Cristales de hidroxiapatita. Su intimidad vitrificada. Se preocupa en cuidar todos los detalles. Nadie quiere ser sorprendido por un cristal de hidroxiapatita. Sería ridículo y hasta gracioso.
Cuando las llamas ascienden les canta con humor: There were three kings into the east, Three kings both great and high, And they have sworn a solemn oath John Barleycorn should die.
Y los sicarios no ríen, no saben hacerlo, se babean porque no comprenden de qué les habla. No entienden el prodigio de un cuarto de grano de cebada. En eso transforma a un condenado. En eso muta tanta anatomía. Si no fuera por él, serían emboscados a la vuelta de cualquier esquina. Los mantiene a salvo. Si el muerto desaparece en apenas unos cristales de hidroxiapatita, un polvo de muerto, nadie podrá hacer reclamo alguno. Norma paterna de pequeños cuarzos brillantes. Nunca incumplía el mandato paterno. “Haz lo que digo y lo que hago”. Esa era una ley. Fue criado con el ejemplo. “En los detalles reside el diablo”, aunque esta frase lo movía a risa. ¿El diablo reside en los detalles? No, el diablo teme a los hombres. La maldad está en los hombres. Es su corazón la morada, el verdadero lugar cavernoso. El Dante fue un genial embaucador. Inventó nueve círculos y consumió a sus lectores en el chasquido de un proyectil implacable.
Las horas que pasó escuchando a su padre leer La Divina Comedia lo convencieron de ello. Le hubiese gustado que su verdadero nombre fuera Cato de Útica. Hoy cualquier nombre es posible. Entonces no. ¿Quién se opondría hoy a ello? Nadie. Todo vale. Sería el guardián del Purgatorio. Un Limpiador ungido como el guardián del sitio a donde los enviados serán purificados. Tierra, agua, aire y fuego. Los cuatro elementos purificadores. Sustancias abracadabras de la condición humana. Por último, el cerdo: la anatomía perfecta y, si no, los cristales de hidroxiapatita chispeando en las oscuridades del lado más impuro de la luna.
Debía cuidar los detalles. Debía hacerlo. ¿Acaso era un cancerbero? No, era el guardián del Purgatorio. Otra cosa si lo fuera. Pero él no se ocupaba de los prisioneros. Era un purificador.
Miraba a través de las rejas cómo se deshacía la doncellez. Un espectáculo que no lo lograba conmover. Sabía que tras los barrotes se apilaban las capturas. Diez, veinte, treinta. Cuando llegó a setenta le pareció poco prudente. ¿Setenta? Un verdadero corral. El amontonamiento nunca es recomendable. Él lo sabía como nadie. Nunca se apilan los muertos: se los deshace de a uno. Trozo a trozo. Con método, con pulcritud. Hasta dejar esos cristales que crujían cuando el cremulator los deshacía en arena blanca. Setenta era un número inapropiado. Y no entraría en la polémica sobre el valor del número siete o el número cero. Esas definiciones no eran adecuadas.
A los oídos de quienes hablaban en nombre de El Mago de Oz llegó su opinión sobre el número de la manada: setenta en un corral es una extravagancia. Le hicieron llegar un mensaje para advertirle que no pusiera en duda sus logros. Eran setenta las capturas y todos especímenes que hacían agua la boca. Ambrosía, almíbares de los muslos.
El número setenta había sido especialmente decidido. Equilibrio y armonía. Eso fue la meta y el logro. Advertencia: los habitantes de La Ciudad Esmeralda y sus socios encumbrados no necesitan de escépticos. Él no lo era, se justificó. Era un purificador. ¿Está claro? Pero los descuidos generan escepticismo y setenta especímenes invitaban al descuido. ¿Acaso una negligencia no era lo que estaba convocando sus habilidades de Limpiador, esa abrumadora tarde llena de periodistas/demonios?
Descuido. Desatención. Desidia. Todas palabras que comienzan con la letra “D”. Como Dios, o Demonio. No lo podía dejar de considerar. ¿Cómo alguien podía hacer capturas en lugar ya asignado? ¿Quién confunde un territorio con otro? ¿Quién esto con aquello? ¿Lo uno con lo otro? Confusiones ha habido desde el inicio de los tiempos. Claro que las hubo. Todos los padres y todas las madres se amaron entre sí. Somos la descendencia de la promiscuidad. Eso le enseñó su padre y no lo olvidó nunca. Luego, los hijos y las hijas siguieron el ejemplo y se amaron entre ellos. El incesto fue la premonición de Sodoma y Gomorra. El incesto fue la norma. Pero las normas traen siempre muchas confusiones. Recordaba muchas. Pero ninguna de alguien que captura en territorio de otro. Nunca había ocurrido. Todos conocen los reglamentos. Los reglamentos están para ser respetados. Él nunca confundía las normas. Era estricto. Preciso como sus escarpelos, sus tenazas, sus fuegos, sus cerdos. Nunca dejaba lugar a dudas.
Ese no era un día para ser convocado. Era domingo, día de guardar. Para más, caluroso. Húmedo y caluroso. Había nervios en todos los rincones que se hurgara.
Podía justificarse, podía negarse. Otro Limpiador haría el trabajo. Pero él era el mejor Limpiador de todos, por eso era convocado. No faltaría aunque estaba en su derecho. Solo que sentía cierto disgusto por las circunstancias. Todo estaba en la televisión. Algo que abominaba. La televisión era un aparato diabólico, lleno de seres diabólicos que vociferan sus maldiciones sin ningún prejuicio. Él era un hombre y sus prejuicios. Aunque se lo negaran, la televisión hedía a carne podrida. Él conocía muy bien el olor de la carne en descomposición, y la televisión hedía como ningún cadáver podía hacerlo. Ni los excrementos de sus cerdos, luego de devorar un cuerpo de cien kilos de peso, olían como las transmisiones de la televisión.
En tanto los periodistas recitaban sus mentiras, la policía sonaba unas sirenas insoportables para que alguien creyera que estaban dedicados a resolver el asunto del niño desaparecido. La policía fue creada para encubrir los crímenes, los fiscales para explicarlos, los abogados para justificarlos, los jueces para absorberlos. Los jueces eran los sumos sacerdotes del crimen reglamentado. Eran semidioses. Los que hablaban en nombre de El Mago de Oz siempre hablaban de los jueces con desprecio. Eran seres semidivinos de corazón detenido. Fríos. Fríos. Calculadores. Onerosos. Pero eran útiles. La sabiduría popular había impuesto aquello de “hacete amigo del juez y no le des de qué quejarse”.
No iba a negarse al trabajo a pesar de lo que estaba viendo por la televisión. No se negaría por principios y por obligaciones. “Si no soy yo, ¿quién será?”, así se preguntaba cada vez que lo convocaban para un trabajo. Era una rutina o un exorcismo. Era él o un inútil. Y si no ese inútil, sería otro, que echaría a perder las cosas. Él pertenecía a una estirpe de Limpiadores. Cato de Útica y el pórtico del Purgatorio, abriéndose y cerrando a su figura.
Consideraba sobre los cuatro elementos con los que trabajaba. Tierra, agua, aire y fuego. Esperaba el peso y la medida justa para decidirse cuál mejor respondería a la purificación. Por lo poco que sabía, para la piara aquello no sería ni una pequeña ofrenda. Un sinsabor, seguramente. Ni un bocado apetecible. Apenas unas pulgadas de altura y algunas libras de peso. ¿Cuántas? Aún no lo sabía. Esperaba ansioso esos datos.
La piara lo tomaría por idiota si aparecía con esa minucia de carne y hueso. La orden de los mensajeros no dejaba lugar a dudas: exigía absoluta limpieza. Esa fue la última palabra. Limpieza. No debía quedar ni un micrón de tejido humano. En ese caso, los cerdos no eran garantía.

Haría muy bien su trabajo. Los de la Científica no encontrarían nada, absolutamente nada. Tampoco había que maquillar la escena. La orden era sencilla: no debía quedar ni un rastro. “Aquí no ha pasado nada”. Pero hasta que llegasen las medidas exactas, no podía decidirse.
En su vieja casa familiar esperaría. Sentado en la penumbra del vestíbulo. La casona fue propiedad del abuelo paterno y de su padre. Él no la heredó, no fue necesario. Los hermanos se habían dispersado por el mundo y ni siquiera sabía cuántos tenía. Nunca hubo reclamo sobre la propiedad de parte de ningún otro heredero.
Su padre, el otro gran Limpiador, nunca reveló qué cantidad de hijos había engendrado. Apenas recordaba que eran muchos. Se recordaba a sí mismo corriendo entre una multitud de niños, todos parecidos. Pero no recordaba sus rostros, solo su altura, sus sombras, sus maneras de girar en círculos, siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Tampoco recordaba el rostro de su madre, ni el de ninguna de las otras mujeres que ocuparon por un tiempo cada una la cama paterna. Nunca preguntó cómo habían desaparecido esas mujeres. Hay sucesos sobre los que nunca se debe preguntar.
La casa era de dos plantas y dos subsuelos. Los subsuelos estaban casi vacíos; allí solo guardaba algunas chucherías. Si alguna vez la policía allanaba su casa por orden de un juez traicionero, no encontrarían nada de importancia en esos sótanos. Tal vez ratas, tal vez cucarachas, tal vez arañas.
En la planta baja estaba la sala de espera, un vestíbulo algo oscuro y de dimensiones regulares. Allí siempre hacía frío. La casa era una heladera. En ese recibidor, dos sillones y una mesa ratona eran todo el mobiliario. Era el lugar donde recibía a los mensajeros que iban a contratar sus servicios. Ninguno de ellos había traspasado la puerta que daba al comedor o la que daba a un gran patio.
El amplio comedor daba a la que había sido la habitación paterna. La cama matrimonial estaba tendida tal como la dejó su padre el día que murió. Para no echar a perder el perfecto orden que mostraba la cama, la lisura de las sábanas, la redondez de la almohada matrimonial, la pulcritud del cubrecama, el padre optó por morir tirado en el piso. Se echó a morir de esa manera.
En la lustrosa pinotea encerada quedó la marca del muerto luego de yacer allí por casi cinco días completos en los que duró el rito funerario. Los fluidos corporales en descomposición imprimieron su silueta. Era una marca sagrada. No debió permitir que una sirvienta intentara borrar esa mancha gloriosa. Pero lo aceptó para demostrar que era indestructible. Y luego de tantos vanos intentos, prohibió que se volviese a rociar con solventes o cubrir con ceras oscuras la silueta mortal del cadáver del padre. Toda una inspiración: la mancha podía sugerir tanto un animal como un prodigio a punto de encenderse hasta llenar de fuego la modesta mansión.
A la habitación paterna le seguían dos habitaciones más, que estaban vacías y también daban al amplio patio. Las baldosas redefinían el dibujo de un arácnido que devoraba su presa succionando los jugos vitales a través de sus gigantescos colmillos.
Luego de las habitaciones se encontraba el baño. Tal vez fuera lujoso cuando se construyó la casa, pero estaba semi derruido. De los azulejos que antaño cubrieron el revoque fino quedaban apenas unas pocas hileras. Y los artefactos estaban manchados de óxidos, orines y excremento. El olor era insoportable. Para él, siempre un llamado de atención. “Si no te ocupas de tus asuntos, olerás a esa mierda”. Así se autocorregía cuando sentía que podía flaquear en sus trabajos.
En el patio, una larga escalera de cemento llevaba a las habitaciones superiores. Eran dos amplios cuartos y una letrina también muy sucia, que servía para orinar en las noches heladas y no tener que llegar hasta el baño de la planta baja.
Permaneció en el recibidor por horas. Casi sin moverse, respirando con lentitud pero con armonía. Relajado como quien va a hundirse en un sueño encantador, esperando el mensaje que le debían llevar los que llegaban en nombre de La Ciudad Esmeralda.
***
32.- Muchas horas después de producida la desaparición del niño, llegó un mensajero con los datos que esperaba. El hombre llamó a su puerta con verdadero temor. El Limpiador captaba con extrema facilidad el miedo de quienes lo trataban. Era un atributo que surgió de su mismo miedo. El miedo no surge de lo conocido. No tiene rostro. No tiene sustento. Es una posibilidad. Algo intangible. Él lo sabía perfectamente. Él mismo era algo que nadie podía asegurar que existiera realmente. No tenía nombre, apenas una profesión. Aparecía y desaparecía a voluntad, como un espíritu que se condensaba oportunista cuando los muertos reclamaban su presencia. Como fue su padre, una sugerencia, el sueño de un sueño que se repite incontables veces por cada muerte que hay que disolver en un menjunje de ácidos deliciosamente calculado. Cuando respondía al llamado en su puerta, quién podía afirmar que fuera él y no un ser capturado entre los abismos del silencio y la oscuridad, allí donde el miedo se regenera infinito y alcanza la dimensión del pánico. Antes de responder al llamado dejó correr unos cuantos minutos. Eso, sabía, exacerbaba el temor en el portador del mensaje. Disfrutaba bastante percibir el desasosiego del pobre hombre. Sentía por él una repulsión que no se podía satisfacer por el simple rechazo o una explosión de ira. Cuando por fin abrió la puerta para ver el rostro del mensajero, se regodeó por la confusión que invadió al tipo que solo deseaba huir del lugar sin voltear nunca la vista. No lo hizo entrar ni al recibidor. En la puerta recogió el mensaje. El hombre empalidecía. Su largo y huesudo cuello parecía enharinado. Y la piel de su carne, exangüe. Todo lo hacía un ser patético. ¿En qué círculo recluiría Dante a ese adefesio? No estaba para especulaciones. Esperaba el mensaje para poner en marcha la limpieza. Le cerró la puerta en la cara. Ni se despidió del hombre. El mensajero se marchó espantado. Leyó el mensaje ahí mismo, con atención. La esquela decía “un metro, doce kilos”. Sintió un espanto indescriptible. Tal vez asco. Profundo. Un burbujeo en las tripas que le hizo creer que no podría contenerse. El mensaje decía un metro, doce kilos. Lo repitió una y otra vez. Un metro, doce kilos. Un metro, doce kilos. Si ese mensaje no destruía su fe, estaría a nada de lograrlo. Una emergencia, una inesperada intranquilidad y todo lo que le enviaban en un pedazo de papel insignificante: cuatro palabras manuscritas “un metro, doce kilos”. El sistema métrico decimal le producía náuseas. Lo sabían hasta los más novatos. ¿Era tan difícil respetar sus exigencias? ¿Para qué provocar ese desasosiego? No había misterio en apreciar la belleza de tres granos de cebada secos y redondos dispuestos en cuidadosa fila. Hasta el más idiota podía ordenar tres granos de cebada secos y redondos en línea recta. Tres delicados granos de cebada, y otros tres y otros tres, repitiéndose las veces necesarias para alcanzar la medida de 39,7 pulgadas. Pulgadas, pies, yardas, millas, onzas, pintas, cuartos, galones, onzas, libras, toneladas. ¿No eran ni siquiera capaces de percibir la poesía que encerraban estos nombres, esta manera de definir extensiones, pesos y volúmenes en la vida real y en las alucinaciones? ¿Cómo podía validarse un sistema métrico decimal, mal habituado, incorde? En la garganta un remolino. Apenas 39,7 pulgadas (ni siquiera cuarenta). Tan solo 39,7 pulgadas y veintiséis y media libras. Eso era todo. Se serenó. Hizo un esfuerzo supremo por superar el trance. Dijo para sí “veintiséis libras y media”. Eso era todo lo que debían comunicarle.
En una madeja de alambre de enfardar ovillaría el cuerpo. Fardo pequeño. El escarmiento. Pensar en el ovillo de alambre y carne era sacramental. Un lío de acero contra la carne breve. Precisar el cálculo lo apuraba. Nadie se lo reclamaría pero él abogaba por la medida exacta de todas las cosas. Así la ciencia de la matemática reclamaba su lugar en el rito. Cuarenta pulgadas de alto por veinte de diámetro. Su aproximación a las medidas reales era la forma adecuada de acomodar la liturgia para la desaparición del pequeño cadáver. El cálculo fue simple. El perímetro del círculo es igual al número pi multiplicado por el diámetro del círculo. Entonces, pensó la fórmula: P = ??d = 3,1416?20 ? 62,8 pulgadas. Sesenta y dos coma ocho pulgadas era el largo de una vuelta completa de alambre alrededor del cuerpo. Cuarenta pulgadas de largo por veinte pulgadas de diámetro. No menos de veinte vueltas de alambre le darían la forma de ovillo que necesitaba para su limpieza. Entonces, llevado por su entusiasmo por las medidas anglosajonas, multiplicó 62,8 pulgadas por veinte. Obtuvo sublimes 1256 pulgadas. Luego, por pura vanidad, calculó la medida en pies. Obtuvo sublimes 104,7 pies. Luego en yardas. Obtuvo sublimes 34,9 yardas. En chains. Obtuvo sublimes 1,59 chains. En furlong, obtuvo sublimes 0,16 furlong. Por último en millas. Y obtuvo sublimes 0,0198 millas. Pulgadas, pies, yardas, chains, furlong, millas, la poética de las medidas le dio una calma que creía haber perdido cuando leyó el provocador mensaje. Su espíritu retomó confianza. ¿El elemento elegido? El agua del río a cien kilómetros de distancia. Porque el río se nutre de todas las muertes. Arrastra en su cauce muertos centenarios. Por él circulan todavía los cuerpos que no encuentran su destino, arrojados tras la catástrofe de Curupaytí. El río esparce las muertes en sus corrientes. Como el tiempo, borra la identidad, disuelve la singularidad de un cuerpo en pequeñas y escurridizas moléculas. Luego, los peces más pequeños, los más voraces, disfrutan de esa delicada pasta de humanidad atrapada en limo del cauce profundo. Tal vez en un par de semanas no quedaría nada. Solo le quedaba emprender la travesía al pequeño pueblo en el que debía encontrarse con El Hombre de Hojalata y quien estuviera a sus órdenes. Hacia allí partió. Sus pensamientos estaban llenos de presagios. No pudo liberarse de la contradicción entre la perfección de su matemática de la muerte y la rara premonición del fracaso.
***
33.- A Milton no le agradaba El Hombre de Hojalata. Al menos él tenía un nombre y un triste apodo. ¿Alguien podía andar por el mundo presentándose como El Hombre de Hojalata? Absurdo. En cambio, Milton era un nombre poco común, aunque no entusiasmaba a nadie al pronunciarlo. Tal vez ni se llamara Milton. Centeno tal vez tampoco fuera su verdadero apellido. ¿Al cabo importaba? Para nada. Juan, José, Pedro o Milton daba lo mismo para la misión que se le había asignado, justamente porque no le agradaba en lo más mínimo El Hombre de Hojalata.
Conocía por chismes su fama de gran componedor. Un verdadero componedor de malos negocios. Razonable, juicioso pero inflexible. Poco ambicioso. Eso lo había preservado durante años. Lo que más le desagradaba quizás fuera su aspecto descuidado. Quizás fuera ese olor a alcohol que salía por todos los poros de su cuerpo. Pero Milton no podía apreciar que su propio aspecto iba cambiando a medida que avanzaba hacia el destino indicado. Su atuendo lucía, por cada kilómetro consumido, más vulgar. Y de a poco, la tintura con la que embadurnaba su abundante cabello peinado a lo James Dean se iba decolorando, dando lugar a un rojo pálido. En el viaje, los hombres iban mutando.
Milton sabía que no debía quejarse por nada de esa misión. Le habían asignado una buena tarea. No le gustaba llamar a sus misiones “trabajos”. Sin embargo, había notado que muchos llamaban trabajo a los encargos. Era un modo de sentirse como debía sentirse un obrero o un ingeniero: haciendo algo útil, produciendo riqueza. No era que sus acciones no devinieran en grandes riquezas, pero nunca eran el resultado de un producto benéfico para nadie. Manejar autos y matar personas no es trabajo genuino. Para él, trabajo era otra cosa. Ser chofer de un grupo de facinerosos era una misión. Desde que debió sumar a su condición de chofer la de asesino, la misión se hizo venerable.
Matar a alguien no da trabajo. Menos para él, que solía cumplir disparando a la cabeza del condenado. Nadie sobrevive a un preciso disparo en la cabeza. El cerebro se disuelve por el golpe, la explosión y el calor que la munición lleva por su roce con el cañón del arma y por la fricción contra el duro hueso del cráneo.
Allí estaba cumpliendo esa misión. Viajaría lejos, llevando al gran componedor que debía resolver lo de la mercancía malamente apropiada, descartar a los que se habían atrevido al secuestro de un escuálido niño desconocido en un territorio que no les pertenecía. Luego, completaría la última tarea: esa sí, todo un desafío. Confiaba en su oportunismo y en su carencia de emociones que pudieran hacerle perder el control. Si el otro no tenía corazón, él no tenía nada que envidiarle. Era un hombre equilibrado. No usaría una pistola ni un puñal. Llevaba ambos bien asegurados en dos compartimentos disimulados debajo del tablero del automóvil. No había resuelto el modo en que cumpliría su mandato. Había tiempo para imaginar soluciones. O llegaría la orden de manera oportuna. Horas de viaje, días de estancia, y uno o dos días de reposo: un retiro espiritual que se aconsejaba luego de ejecutar a un infeliz.
No ganaría una fortuna, pero si cumplía cabalmente su misión, sería bien recompensado. No cualquiera era enviado a servir al Componedor infalible, al hombre sin corazón, y a descartar lo que fuera necesario. ¿El niño también? Ni lo había considerado. A su modo de comprender el negocio, ese mequetrefe debería estar muerto o a punto de ser un insignificante cadáver que el Limpiador del caso, de ser necesario, descartaría con total habilidad.
Siendo tan solo un chofer y ocasionalmente un sicario, que se supiese su buen comportamiento en aquel asunto podía hasta resultarle beneficioso.
Los tiempos habían cambiado desde que ingresó a la asociación. Las dos décadas del nuevo siglo habían traído muchas renovaciones y adaptarse no resultó sencillo. Fue cuando tuvo que realizar las primeras ejecuciones, algo que no había figurado antes como una de sus obligaciones. Así lo dispuso alguien en nombre de El Mago de Oz, un ser inalcanzable, un misterio que no se proponía develar. Aprendió a ser medido. No preguntar demás, hablar de menos, cumplir sin retraso cualquier orden. Pero su obediencia no le alcanzaba para dejar de sentir desagrado por el hombre que llevaba con el destino de un pueblo pobre en donde, no sabía quién, había capturado una mercancía violando viejos acuerdos comerciales.
***
El Hombre de Hojalata sentía el estómago vacío. “No tengo corazón, pero sí estómago”, solía repetir cuando llegaba la hora de comer.
—¿Falta mucho? —La pregunta sacó al chofer de sus cavilaciones.
—Estamos a mitad de camino.
—Busquemos un parador.
—¿Algo en especial?
—Carne. Necesito comer carne. Soy carnívoro por naturaleza. La única carne que no consumo es la humana. Tampoco acepté nunca participar de esta rama del negocio. Me repugna. Tengo algo de cristiano.
—Amén, entonces. Carne, pero no humana. Nada de foie gras.
—Nada.
No recorrieron muchos kilómetros cuando dieron con una parrilla que, a la distancia, parecía bien provista. Varios camiones estaban estacionados en las cercanías. Algunos choferes solían parar para comer o descansar antes de seguir su largo viaje hasta Brasil. Si bien en el lugar había varios comensales, unas cuantas mesas vacías bajo la sombra de eucaliptos sembrados en líneas rectas invitaban a acomodarse en las amplias sillas para disfrutar la comida y la suave brisa que corría en dirección al oeste.
Estacionaron a unos cuantos metros de la fila de camiones. Los camioneros no suelen ser entrometidos: son hombres reservados que solo se preocupan por llegar a destino lo más rápido posible. Los retienen las prostitutas que merodean los paradores, aunque algunos prefieren tener más de una familia o más de una amante que los esperan y atienden con indiscutible cariño.
El Hombre de Hojalata no recordaba, en los últimos tiempos, ningún caso de un camionero asesino. Sí de peleas familiares que acababan con las mujeres o amantes en los hospitales, llenas de moretones y cortaduras por una paliza. Había presenciado más de una de esas trifulcas. La más extraordinaria fue una que involucró al camionero y a dos mujeres que se autoproclamaban esposas del tipo. También recordaba a una prostituta que quiso extorsionar a un chofer, amenazándolo con referir a la esposa los hábitos sexuales del hombre, quien acabó por partirle una botella de vino en la cabeza, mandándola a un hospital inconsciente. Tal vez aquella mujer murió producto del ataque, pero no lo sabía; tampoco le importaba la suerte de una prostituta que se pasó de lista.
Nadie siguió con la mirada la caminata de esos dos hombres que se dirigieron a la mesa más apartada del parador. Esa indiferencia de los camioneros le provocaba una gran felicidad a El Hombre de Hojalata. Amaba esa discreción.
—¿Se dio cuenta?
—¿De qué?
—Pasamos por al lado de todas las mesas ocupadas y nadie nos dirigió ni una mirada. Es sublime. Los choferes de camiones nunca son testigos de nada. Nunca vieron ni oyeron algo. Solo se trata de manejar y manejar para entregar la mercadería. Gente así necesitamos. Gente preocupada por llegar a término, al lugar correcto, sin involucrarse en cosas que al cabo no les sumarían ni una miserable moneda. Sabiduría. Pura sabiduría. Cumplir con la entrega, cobrar lo convenido e irse a disfrutar lo bien ganado con el trabajo. Amo a esta gente.
—No se me hubiera ocurrido nunca que usted podría sentir amor por el chofer de un camión. Se me hacía un sentimiento más reservado a la familia, a la madre, a la esposa, a los hijos. ¿No se ama a la familia? Seguro a la madre, que nunca nos abandona. Seguro a los hijos, aunque no así a la esposa. No es necesario amar a la esposa: basta con que atienda al marido como Dios manda. Que le lave la ropa, le haga la comida y lo conforme en la cama.
Una mesera muy joven se acercó a la mesa de los dos recién llegados. Los saludó con estudiada cortesía y les dejó, a cada uno, el menú de la casa. El chofer no tardó en elegir su comida. Su acompañante leyó varias veces la lista de platos que ofrecía el menú. Los dos llamaron a la mesera. La muchacha acudió al instante.
—¿Qué se van a servir los señores?
Milton pidió vacío con ensalada mixta y un agua sin gas. El Hombre de Hojalata, sin quitar la vista de la carta, pidió para beber vino tinto de la casa y soda. Vino, un litro. Soda en botella, no: “uno de esos sifones como el que veo en aquella mesa”. Para comer, parrillada para uno. Vacío, costilla, chorizo, morcilla, chinchulín, riñón y tripa gorda. “¿Provoleta?”, preguntó inocente la muchacha. “¡Qué le parece! Dos, si me da el gusto”.
—Completa, entonces —se aseguró la moza. —Completísima.
El chofer no supo explicar dónde metería tanta comida El Hombre de Hojalata, que si bien no era delgado, no era ni por asomo obeso.
Al fondo del parador se alzaba una hilera de frutales. Un tercio de los árboles eran ciruelos, otro tercio naranjos, y el último tercio parecían durazneros. Bastante más lejos, álamos dispersos estiraban la sombra en dirección a un arroyo o un canal, de esos que se cavan para llevar agua a los cultivos.
—Me ha dejado pensando.
El chofer se mostró sorprendido. Exclamó:
—¿Yo?
—Sí, usted.
—No sé por qué.
—Por eso del amor a la familia. A la madre, a los hijos, a la familia.
—Es lo normal en todas las personas.
—No en nosotros. —La afirmación de El Hombre de Hojalata sonó grave.
“No en nosotros”. Esas tres palabras no le dejaron dudas al chofer. En efecto, habrá dicho para sí: “Nosotros no amamos a las madres, a las mujeres, a los hijos, a las familias. No podríamos estar en este negocio”.
Luego de un silencio prolongado, el chofer se animó a preguntar:
—Lo dice por nuestro negocio.
El Hombre de Hojalata giró para observar a la mesera que se acercaba llevando en la bandeja las bebidas. No se preocupó de la presencia de la muchacha.
—Bueno, podría ser una interpretación. Los negocios no hacen buenas ni malas a las personas. ¿Usted qué opina, señorita?
—Que un negocio no hace buena a una persona. Se es buena persona o no se lo es. No depende del negocio al que uno le dedique sus esfuerzos.
—Lo que yo decía. Joven e inteligente. ¿Usted es una buena o mala persona?
La moza echó una sonrisa más estudiada que su saludo y, sin responder, se marchó en dirección al asador. El Hombre de Hojalata la siguió con la mirada.
—La familia es la madre de todas las hipocresías. No hay nada más perverso que los vínculos que establecen los lazos familiares. La célula madre de toda esa hipocresía es, justamente, la madre.
Yo creo que las madres odian a sus hijos. Porque después de unas noches de sexo, quedan preñadas y cargan en su vientre durante nueve meses una bola de carne que las patea, que no las deja respirar, comer, dormir. Al principio son puros vómitos. No soportan ni el olor de su propio cuerpo. Vomitan. Vomitan. Vomitan. Todo su cuerpo se deforma. Las caderas se ensanchan, les aparecen brutales estrías que no hay crema que evite, las tetas se les hinchan y rajan los pezones. Ni hablar si estornudan, porque se orinan, cuando no tienen que pasar el embarazo en la cama padeciendo toda clase de dolores.
Si el crío nace normal, es seguro que la mujer se caga encima por el esfuerzo de pujar, y mientras sale la enorme cabeza por ese pequeño agujero, le desgarra la vagina. Para evitar el desgarro, los obstetras les suelen hacer a la víctima un tajo entre la vagina y el ano, si es que el tipo está atento al nacimiento y no está boludeando porque quiere encamarse con una enfermera a la que todos los médicos tildan de puta, pero que con él todavía no fue a la cama. Después un matambrero le hace una costura horrible que le arruina la mitad de las terminales nerviosas de la vagina. Tener un orgasmo es más difícil que ir de rodillas a Luján.
—El muchacho trae su parrillada.
—Me di cuenta, no soy tan idiota.
—Hay que esmerarse.
Cuando se acercó la mesera, El Hombre de Hojalata le preguntó:
—¿Usted es madre?
—No. Pero espero serlo más adelante. ¿Por qué?
—Porque mi amigo espera formar una hermosa familia. Es un buen hombre, trabajador, inteligente, atento.
—Lo felicito. ¿Está bien el pedido?
El Hombre de Hojalata respondió:
—Perfecto. Gracias.
La mesera y el parrillero se alejaron de la mesa.
—¿Eso fue una propuesta?
—No. Le iba a decir “no sea idiota, no se case, no tenga hijos, no arruine su vida”. Pero ¿a qué gastar pólvora en chimangos? Que se joda.
—No hubieran sonado bien esas palabras.
—Claro que no. La verdad nunca suena bien. Mire, tengo muchos, pero muchos años en este trabajo. He visto de todo. He vendido de todo. Desde bebés a adolescentes, de adolescentes a adultos. Incluso viejos. Usted no se puede imaginar cuán variada puede ser la perversión. Pero nunca escuché nada más hipócrita que las razones de unos padres para vender a sus hijos. Nunca. Ni las voy a escuchar de ninguna otra persona.
—No es la parte que a mí me toca.
—Tampoco los argumentos por los que los hijos se deshacen de sus padres, los arrojan a esos depósitos de viejos donde mueren llenos de orina y mierda, porque nadie los da bola, para luego matarse unos contra otros por una herencia de mierda. Cuanto más ricos, más hijos de puta. Y más pervertidos. El dinero es amo y señor de todo.
—Tampoco esa parte es la que me toca a mí.
—No cante victoria. Con la flexibilidad laboral todo puede pasar. ¿Usted cree que El Mago de Oz existe?
—No lo sé. No lo conozco. ¿Usted qué me dice?
—Nadie lo conoce. Infiero que tampoco conoce La Ciudad Esmeralda.
—Tampoco, nunca estuve ahí.
—No le conviene. Si quiere conocer La Ciudad Esmeralda se lo puedo facilitar.
—¿Qué ganaría con ello?
—Nada.
—¿Usted estuvo en la ciudad?
—¡No! Nunca lograron llevarme dentro. Tampoco fueron muy insistentes. Me necesitan. Somos, en esencia, borgianos: no nos une el amor sino el espanto. Le hago una confesión. El que ahí entra, es difícil que salga. Lo guardan hasta la muerte, si no lo despachan a la Chacarita en poco tiempo. No es lo peor que le puede pasar. Para nada.
—¿Hay algo peor que vivir y morir en cautiverio?
—Sí, vivir en cautiverio siendo la hembra de un pervertido condenado a perpetua. Hay que tener vocación de puto para eso. Yo soy un hetero hecho y derecho.
—¿Y quién iba a querer un novio que se llame Milton?
—Amigo, hay de todo en la viña del Señor.
Milton dudó en comentar aquellas revelaciones. Luego de unos minutos de total silencio, respondió:
—Gracias.
No siempre alguien es advertido de un modo tan sincero. Masticó con lentitud un pedazo de carne. Bebió un trago de agua sin gas. Por primera vez miró a los ojos de su acompañante.
—Me conformo con ser un transportador y, cada tanto, un sicario. Con eso tengo bastante.
—Con eso tengo bastante… Quién lo diría.
—Zapatero a tus zapatos.
—Dirá “carnicero a lo tuyo”.
—El chofer sonrió por compromiso.
—No tengo más ambición que hacer bien lo mío.
—Muy sabio. Reconozco a un hombre sabio apenas lo oigo hablar. Comamos en paz.
—Comamos en paz.
—Si usted intenta asesinarme, yo se la haré difícil. Téngalo muy presente.
Milton quedó pasmado. Ni siquiera atinó a desmentir a El Hombre de Hojalata.
***
35.- ¿El Hombre de Hojalata hablaba por hablar? Milton no esperaba esas palabras. “Si usted intenta asesinarme, yo se la haré difícil”. No encontraba explicación razonable a esa sospecha. No tuvo ninguna actitud que diera a entender que esa podía ser una parte de la misión que le habían encomendado. Se había limitado a manejar con prudencia sin inmiscuirse en los asuntos más fundamentales de la tarea de ese componedor. Tal vez un gesto involuntario, un ademán inoportuno. Estaba realmente preocupado. Prefirió mantenerse en silencio por largas horas. Su pasajero disfrutaba de la incomodidad del chofer.
El Hombre de Hojalata observaba por encima de Milton el monótono paisaje y su contraste con la ruta. Sin quitar la vista de las formas que dibujaban árboles, nubes y oscuridades, le habló a Milton sin que pareciera un reproche.
—Soy viejo, no pelotudo. Nadie debe conocer a los magos de oz y los habitantes de las roñas de La Ciudad Esmeralda como yo. Todo esto no tiene sentido, amigo. Vamos a una trampa. Si tengo razón, usted es a quien encomendaron deshacerse de nosotros. Digo nosotros por el mensajero, el Limpiador, yo y la mercancía fallada. Y si no tengo razón, usted también estará muerto en un par de días. —Milton se mantuvo en silencio.
—¿No tiene nada que decir?
—En verdad no. No salgo de mi asombro. Pienso que podría ocurrirme si su acusación llega a mis jefes.
—No le pasaría nada. Pensarían que usted es un bolacero. O no se sorprenderían de que yo los haya descubierto. Nos conocemos demasiado.
—Entiendo su incomodidad.
—¿Incomodidad? No, para nada. Usted no me incomoda. Milton Centeno no incomoda a El Hombre de Hojalata. Qué va.
—Hasta el pueblo al que nos enviaron deberemos seguir juntos.
—Y más allá. ¿No le dije que no hay nada más hipócrita que la familia?
—Sí, lo dijo.
—Bien, La Ciudad Esmeralda es mi familia. Banda de hijos de puta. ¿Yo no tengo corazón? ¿Y acaso ellos sí? Qué boludez. Familia. ¡Familia! ¿Sabe cuántas veces me dijeron “somos como una familia”? Por eso siempre supe que deseaban mi muerte. Solo es una cuestión de oportunidad. Nunca crea que esta es su familia. No sea ingenuo. Y, de paso, no me tome de boludo. Así nos vamos a llevar bien, muy bien.
Milton no supo qué decir. Prefirió seguir en silencio. El Hombre de Hojalata lo observaba como quien observa a un animal muerto. Lo veía descompuesto. No sentía por el chofer ninguna confianza, pero buscó relajar la tensión.
—¿Quiere saber si tengo familia? ¿Quiere saber?
—Ha de tenerla, todos tenemos una. Nadie nace de gajo. —Milton intentó parecer despreocupado.
—Tuve madre y tuve padre. Si eso le agrega algo a lo que le dijeron de mí. No nací de un repollo. Ni de gajo, como dice usted. No fui huérfano. No soy un resentido porque tuve una niñez horrible. Mi niñez fue como la de la inmensa mayoría. Tal vez como la suya. Jugar en la calle, ir al colegio, boludear en las tardes y ligarse cada tanto una paliza por romper algo que no debía romper. De adolescente, masturbarse. Más adulto, la minita que se pudiera coger. Todos los rebusques los probé antes de entrar en esta verga.
Mi padre era un tremendo idiota. Un rico frustrado. Siempre quiso hacer buenos negocios y lo único que obtuvo fueron fracasos. Nos mantuvo mi vieja. A él y a mí. Laburó como burra para bancar la casa. Mi viejo hablaba de los negocios que iba a hacer pero nunca me regaló ni un caramelo. Luego se escapó con una mujer mucho más joven que él. La habrá disfrutado. No lo vimos más. Por suerte. Sé que murió de viejo, lo supe porque un primo se sintió obligado en avisarme de su muerte. Para entonces yo trabajaba en algunos negocios peculiares con la bonaerense. Esposa, no tengo. Hijos, tampoco. No engendré hijos en ningún vientre. Siempre usé forros. El Sida era cosa seria por entonces, y morir todo podrido, no era lo mío. Si le preocupa lo que dicen de mí, no soy puto. Sé que lo dicen, por jodidos. No me gustan los hombres. Menos con el peinado que usted luce. —Milton no pudo evitar una sonrisa—. Tengo lo mío, donde nadie imagina. Cuartito azul de mi primera pasión. Esas minas nunca te traicionan. Vacío los testículos con escasa frecuencia. En eso me parezco al Loco que dice que eyacula cada seis meses. Así nos va. Sigo con mi preciosa vida por el mundo y trato de no joder a nadie. Le hago una confesión: soy un buen hombre. Es más, en esta empresa, soy de los mejores que usted alcanzará a conocer. No soy ventajero, cumplo mis obligaciones, no me meto donde no debo y acato lo que mandan mis superiores. Es cierto que a veces el peor enemigo no está en la vereda de enfrente, sino en los que nos mandan. O en el que está sentado al lado de uno. Pero yo nací para aceptar, para obedecer, no para cuestionar. Tampoco para trepar en el escalafón de La Ciudad Esmeralda. Esto es así, desde la época que agarró la manija Victor Hugo y organizó la banda de Los Miserables, hace ya un par de décadas. Luego lo denunció la jermu y fue en cana. El tipo se cogía a la hija. Después vendía en la dark web los videos. Una mierda de tipo. En la cárcel lo molieron por delante y por detrás. Pero como tenía los mejores contactos internacionales, organizaron con el tipo La Ciudad Esmeralda. ¿En esa cloaca qué podía abundar? Desde el inicio la ciudad está llena de hijos de puta, pero no de cualquier clase de hijos de puta, sino de los peores. Tipos crueles, vividores, mezquinos, ambiciosos, traicioneros. La resaca del bajo mundo, el intestino grueso del Estado. La riqueza no venía solo de la maría. La blanca rinde, pero la carne infantil rinde como ninguna.
¿Quiere llegar a viejo? ¿Quiere llegar a la jubilación sin que antes lo limpie un tarambana? Entonces cumpla con eso que me dijo. No tenga más ambición que hacer bien lo suyo. Los magos de oz que nos comandan no son caritativos, pero no son tan boludos. No tienen personal de recambio a montones. Los tipos capaces no brotan como los hongos. Y para no mentir, en estas lides, faltan. Así que saben reconocer si uno es un buen servidor. Si les sirve, lo harán durar. Si ya no les sirve, lo descartarán. Usted lo sabe tan bien como yo. Mientras dure, lo bueno viene solo. Viajes, trabajitos más o menos bien remunerados y el mejor de los whiskys, Glenfarclas 25 años. El mejor de los mejores.
—¿Y este es un buen trabajito? —Evitó polemizar con la idea de que aquello era solo un trabajito.
—No, una mierda. Pero a pesar de todo, lo tenemos que resolver rápido. Cuando lleguemos, ya va a estar el Limpiador en la zona. Lo llamamos por el celular, ese que me indicó. Luego llamamos al tarado que avisó del negocio mal habido. El boludo que repite dos veces el mismo mensaje. Le exigimos que nos entregue el paquete fallado. Pero, como usted y yo sabemos, el paquete no va a aparecer. Ya lo deben haber desayunado. Entonces usted lo descarta al mensajero. ¿Hizo algo mal? No. Pero, se lo digo antes de que se lo comuniquen por uno de esos celulares, no pueden quedar cabos sueltos. Para ellos todos somos cabos sueltos. El Limpiador lo va a envasar y chau picho. Si el del mensaje viene con la mercadería, también la va a hacer desaparecer. Si por las putas aparece el pendejo, ¡zas! Con un golpe bien aplicado, listo. Si te he visto, no me acuerdo. Aquí no pasó nada. La policía hará lo suyo. La Justicia hará lo suyo. La política también hará lo suyo. Que fue fulano, que fue mengano, que se perdió, que se accidentó, que la mercadería se la tragó un caimán, que un dios hijo de puta castigó al pueblo por un pecado. Habrá marchas. Siempre hay marchas. Chillarán las madres, chillarán las monjas, chillará el cura, chillará el gobernador. Todos chillarán para no ser menos. Entonces, en un par de semanas se acabarán las marchas y los hijos de puta de los periodistas irán a hurgar mierda en otro pozo ciego. Vendrá una jueza. Tiene que ser una jueza, no puede ser un juez. Si es un juez, dirán que es un pedófilo encubridor de pedófilos. Si una juez, dirán que es una idiota, una madre frustrada o una hija de puta. Las tres cosas son más o menos lo mismo. Alguien le va a sugerir a la jueza que apriete bien el culo y cierre la boca, porque si no le espera su Sierra Chica. Si vos querés calmar las ansias investigadoras de una jueza, hablale de Sierra Chica. No sé si recuerda aquel asunto.
—Sí, por supuesto.
—El gobernador va a seguir con su campaña política y cada tanto se comerá una carne de ternera. Tierna, muy tierna. Su proveedor trabaja con nosotros. Para los suministros están los ministros. Suministros-ministros, paronomasia pura. Ellos eligen la merca para el gobernador. Esta sí, esta no, estas para mí, esta para vos. Así es el juego. ¿Me comprende? Simple lógica, ciudad esmeralda y ministros, mago de oz y ministros, magos de oz y gobernador. Hasta el presidente mago de oz. Todos son magos de oz, todos viven en La Ciudad Esmeralda, cada uno hace su juego, como en aldón pirulero. Al final, la Biblia, amigo. La Biblia. Sodoma y Gomorra. Desde el principio de los tiempos. ¿Me explico?
Milton asintió moviendo su cabeza. “Totalmente”, dijo, sin saber si decir eso era lo esperable.
—Nada de lo que dicen va a ocurrir. Nunca nada pasa a mayores cuando la santísima institucionalidad está en el medio. Espero que todos podamos volver a la gran ciudad. El Limpiador a sus pasatiempos, yo a comprar otra partida de Glenfarclas y usted, no sé, hará lo suyo. Los amos quedarán satisfechos. Colorín colorado, este cuento así debería acabar. Salvo que usted me asesine.
Milton apenas cabeceó, como si aquellas palabras nunca hubieran sido pronunciadas. Colorín colorado.
—¿Pido la cuenta?
—Si es tan amable. Pida boleta porque, si no, no me cubren los gastos de representación.
***
36.- La desaparición del niño era una legítima preocupación para el señor gobernador. El suceso podía revelar decisiones que no podían salir a la luz pública. Su cambiante estado de ánimo no se vinculaba directamente a ese estropicio. Después de todo, se justificaba, los niños desaparecen todos los días. Esa era una verdad irrefutable. Las más de las veces nadie se entera de ello, y a pocos les importa realmente. A sus padres, a sus hermanos, tal vez a algún vecino. Pero nunca era el motivo de un escándalo. Ser discretos en esas ocasiones era una regla autoimpuesta por las víctimas. Qué llegarían a decir de una familia que no tiene a la vista a sus hijos, los deja librados a sus juegos en donde no hay ni un alma que los proteja. Los niños desaparecen como el humo de un incendio llevado por los vientos, el agua evaporada por el calor del sol, la luz de la luna cuando las nubes de la tormenta la ocultan. Los niños desaparecen, él lo sabía perfectamente. Algunos regresan y otros nunca. No era una explicación legítima, pero al señor gobernador esa reflexión lo satisfacía por completo. Sabía que gobernaba la provincia que era la puerta de salida del mercadeo de la carne humana en su primera infancia. Esas desapariciones eran moneda corriente, y nunca había ocurrido por ello una batahola semejante. El escándalo desatado por la desaparición de ese niño tenía una posible consecuencia directa: joderlo. Amenazar su gobierno y amenazarlo a él, especialmente. Se sentía frágil. Exigía garantías. Cada vez que le reclamaba a su ministro seguridades, el ministro le respondía “a seguro se lo llevaron preso”. Si no le alcanzaba con esa simple pero certera sabiduría popular, lo confrontaba diciéndole “el que no arriesga no gana”. Él respondía siempre a los gritos afirmando que su cabeza era la que estaba en juego. Y el ministro, sereno y cínico como siempre, le recordaba que en el proyecto de ese gobierno estaban todos comprometidos. Si caía él, caían todos. Así que le recomendaba hacer de tripas corazón y no enloquecerse. Nada sencillo para el gobernador.
Entonces arremetía contra el centralismo porteño. Nada más galvanizante que la defensa de los derechos del terruño propio. Bramaba a más no poder. “Porteños de mierda”, fue, justamente, lo primero que se le vino a la boca cuando vio por televisión la manada de periodistas invadir aquel ridículo villorrio. “El porteñaje nos ha declarado la guerra”. El recurso de la queja federal le venía como anillo al dedo. Siguiendo su razonamiento, ninguno de los forasteros que invadieron el pueblo estaba ahí para ayudar a resolver la desaparición de un niño al que llamaban Fino. Venían “a atentar contra los fundamentos de la autonomía de la provincia con la vana pretensión de someter la voluntad de los paisanos a los caprichos del poder central negando que hasta la propia Constitución Nacional dice claramente que las provincias son preexistentes a la Nación y por ello deben ser respetados sus derechos históricos”. No sabía si su discurso resultaría convincente tanto como para lograr que los periodistas dejaran de escarbar morbosamente en aquella desgracia y volvieran por donde vinieron para no seguir alterando la paz del pequeño terruño donde vivió el niño hasta su desaparición. Para el gobernador las aspiraciones del porteñaje de someter a su dominio a todas las provincias, era sabido en todo lo que Buenos Aires llama el interior profundo. Buenos Aires controla el puerto, la aduana, y las provincias quedamos relegadas a simples proveedoras de materia prima. A los hechos me remito, proveemos granos, frutos, niños, niñas. Quieren dejarnos sin capacidad para decidir cómo hacer nuestros negocios con nuestras mercancías. Las decisiones estratégicas se las reserva el porteñaje. Es hora de acabar con ese monopolio. Y no me vengan a joder con la coparticipación. La coparticipación la inventaron los porteños para hacernos arrastrar todos los meses desde la entrada de la casa de gobierno al despacho presidencial mendigando fondos.
Su catilinaria no era un talismán contra el mal que recorría la provincia en ese momento. Pero ensayaba ese discurso por si se presentaba una oportunidad. Nadie preguntaba en esas circunstancias por el federalismo, preguntaban ¿dónde está Fino? Y esa pregunta se repetía en todo el territorio provincial y luego en toda la Nación. ¿Dónde está Fino? Era la pregunta que el señor gobernador no podía responder.
No era ese entuerto lo que realmente angustiaba al señor gobernador. Entuertos hay todos los días. Más grandes o más pequeños. Lidiar con un ultraje es lo mínimo que debe poder hacer un gobernante. Hay cosas peores que la desaparición de un niño. Lo que realmente le preocupaba al gobernador era ese estado espiritual de total insensibilidad que lo había invadido los últimos días. Insensibilidad, no apatía. No porque hasta ese momento fuera un hombre emotivo. Nunca lo fue. Pero desde que desapareció ese niño, desde que se vio envuelto en un escándalo del que no podía saber sus derivaciones, algo sustancial de su personalidad se había modificado. Desde el incidente de la desaparición, él despertaba intranquilo de su sueño y, como Gregorio Samsa, se preguntaba: ¿qué me ha ocurrido? Como Gregorio Samsa no era atrevido, no se imaginaba tomando por asalto el cielo de los unitarios, que por otra parte, no tenía ni idea de quiénes eran. Era bastante remiso a comprometer su persona en una contienda de la que podía salir moribundo. Pero temía que aquello que era solo un cuento, en él se hubiese transformado en una realidad. Aunque al mirarse, no apreciaba una metamorfosis como la de aquel. Si se hubiese transformado en un horroroso insecto, podría explicar ese estado de ánimo. ¿Quién se preocuparía de un insignificante niño desaparecido, si su cuerpo hubiera mutado al de un asqueroso y voluminoso insecto? Su esposa y sus hijos lo repudiarían. De eso no tenía dudas. Su gabinete ministerial lo abominaría y pediría al instante el juicio político para luego rociarlo con toda clase de tóxicos. No sería mejor su destino que el del pobre Gregorio. Si no era descuartizado por sus correligionarios, sería desterrado a los esteros más recónditos, a merced de su salvaje fauna. Un suculento insecto. Nada más apetecible en los lánguidos esteros de la provincia. De espaldas, en su cama, podía comprobar que no estaba echado sobre un duro caparazón, y que al alzar la vista su vientre no se veía convexo y oscuro, ni que sus piernas se habían adelgazado penosamente, transformándose en numerosas patas delgadas, espinosas y articuladas. Sus manos, las que observó con algo de preocupación, seguían siendo muy blancas y la piel de estas, suave. Las uñas lucían perfectamente pulidas y brillosas. Justamente el día anterior, la manicura se había ocupado de darle forma y brillo para embellecer el aspecto de sus delicadas manos. Lucía, como siempre, en su dedo anular de la mano izquierda, el dorado y grueso anillo matrimonial de oro 24, que siempre concitaba el elogio morboso de las envidiosas esposas de sus funcionarios. Entonces, convino en que su aspecto humano no había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre bien parecido, el que siempre lucía sonriente y en forma en las fotos oficiales. Asumió que lo que había cambiado fue su humanidad y que esta sí había mutado severamente. Eso explicaba su total excitación frente a las consecuencias de tan desgraciado suceso y la manipulación política de la crisis para perjudicarlo, manipulación que él detectaba en cada comportamiento de muchos de los que lo rodeaban, no solo de sus opositores. ¿Cuántos de esos funcionarios infieles estarían esperando su caída para entronizarse ellos o sus amigos en la gobernación? Pensar de manera fría y calculadora nunca le había resultado controversial; por el contrario, consideraba que ese era uno de sus mejores atributos. Pero desde hacía unos días, se convenció de que su manera de comprender los hechos, de apreciar la realidad que lo rodeaba, de sacar conclusiones, había cambiado por completo. Fue cuando no pudo evitar hacerse una pregunta elemental: ¿estaba ya razonando como lo haría un insecto? ¿Los insectos tendrían tal capacidad? Si así fuera, algo en lo que estaba empezando a creer, se preguntó cómo razonaría una tarántula, un escorpión, o la formidable reina de las mortales avispas africanas. Porque él no sería un piojo, una pulga o una repugnante garrapata, sería, sin lugar a dudas, una especie combativa y mortal, dispuesta a enfrentar el desafío que se le presentara. Tal vez esa condición no era tan novedosa como creyó al principio. ¿Por qué no asumir que, en realidad, durante años, el insecto en que se sentía transformado espiritualmente había vivido en estado larvario, probablemente desde su nacimiento, y el escándalo del porteñaje por el niño desaparecido lo había despertado de su letargo? Dedujo que la primera y principal preocupación de los insectos, de los más grandes a los más pequeños, era sobrevivir. Y eso era justamente lo que lo alimentaba desde que comenzó su peculiar metamorfosis espiritual. Sobrevivir pasó a ser la gran meta de su vida. No cabía otra preocupación más que diseñar una estrategia que le permitiera eludir la condena social y política, y alcanzar la reelección a la magistratura. Sobrevivir se transformó en la primera palabra que pronunciaría al despertar y la última, al echarse a dormir, aunque siempre atento al entorno, tal como lo hacían los insectos para no ser sorprendidos por sus depredadores. Sobrevivir ya no sería una táctica, sería la verdadera estrategia que guiaría todas sus acciones. Él, así modificado, no dejaría de vigilar a quien consideraba también una alimaña, su ministro más cercano, quien bien podía ser una versión estrafalaria de un escorpión u otro ser lleno de mortales venenos. Marchar juntos pero separados. Bregar por el éxito común pero precaverse de la traición que anida en todo ser venenoso.
Con dos períodos como gobernador, acumularía una fortuna tan grande que podría, entonces, empezar a pensar en la carrera presidencial. La simbiosis entre humano e insecto resultaría en un primer mandatario casi indestructible. Si llegó el Loco y la tortera ignorante de su hermana, esa que pasó de amasar tortitas a manejar a su antojo quinientos mil millones de dólares, ¿por qué no lo haría él, hombre de aspecto varonil, siempre dispuesto a sonreír, de ademanes suaves, hablando con voz pausada y cadenciosa, como el más amoroso de los chamamés? De prosapia conservadora, de aquellos que solo aprueban la familia tradicional y patriarcal, porque la familia es, en definitiva, la primera y extraordinaria institución que supone el precepto del ordenamiento natural y la moral cristiana cuestionada. Un conservador consustanciado con el principio político y moral de que el orden social no es producto de la evolución histórica sino de leyes naturales inmutables que se han transmitido de generación en generación. Se complacía en considerar que estaba llamado a ocupar, por esas tradiciones, un lugar determinante en la historia de la Nación. Hasta sospechaba que bien podía transformarse en el abanderado de un nuevo federalismo, uno a imagen y semejanza de las viejas y nuevas oligarquías provinciales, pero con los atributos misteriosos de humano evolucionado en su sentido extraordinario. ¡Abajo los salvajes unitarios del porteñaje! Ningún niño desaparecido podía echar a perder tan promisorio futuro. Ni Fino ni la piara descarada de falsos periodistas que se habían atrevido a pisotear el sagrado suelo de su provincia. El viejo cadáver, de haberlo oído, lo hubiera aplaudido con sincero entusiasmo. Nada como la continuidad histórica del sacrosanto derecho de pernada en nombre de la modernización de las instituciones y de la causa federal y popular.
***
37.- El señor gobernador lo había decidido. Convocaría a una reunión de gabinete y esperaría ver la reacción de todos y cada uno de sus ministros. Los sabía hipócritas incorregibles, pero hay ciertos tics, maneras de mirar, de moverse, de murmurar las palabras, que permitían deducir qué está elucubrando la otra persona. No confiaba en sus ministros. Ni siquiera en quien parecía el más confiable y lo había embarcado en esa aventura. Un buen gobernador desconfía de todo y de todos. Mucho más cuando tiene casi la certeza de que no puede pensar como un humano corriente, porque su inteligencia se halla dominada por los temores y las inseguridades propios de un insecto vulnerable a los caprichos de los hombres. No solo a los temibles insecticidas, a los venenos elaborados en los temibles laboratorios de la guerra química, sino incluso a las laceraciones que podía provocarle una pequeña, redonda y roja manzana, arrojada con gran fuerza por un opositor, por un ministro traidor o, sencillamente, por un energúmeno en busca de notoriedad. Cuando la mucama llamó a la puerta de la habitación para avisarle que el ministro de gobierno lo esperaba en la sala de estar, se vio obligado a abandonar sus angustiosas cavilaciones. Buscó sus pantuflas, se envolvió en su robe de chambre y salió de la habitación, precavido y en guardia contra alguna emboscada inesperada. Caminó con seguridad unos pasos y tuvo que reconocer que aquel cambio no era tan malo después de todo. Por el contrario, hasta podía animarse a afirmar que, si bien no había por fuera un duro y oscuro caparazón, por dentro sí podía sentir como una criatura especial crecía a expensas de sus nutrientes vitales. Debajo de la piel, una coraza potente que lo protegería de todo sentimiento humanitario. La mojigatez no estaba entre las cualidades del insecto que había despertado en él, y eso podía resultar en una ventaja formidable frente a sus adversarios políticos. No se lo llevarían puesto por el caso del niño desaparecido. De ninguna manera. Ofrecería pelea a quien se atreviera a desafiarlo y lo haría para salir airoso de la reyerta.
Bajó las escaleras, cada vez más reconfortado. Apenas entró a la sala de estar donde lo esperaba el ministro, este pudo percibir un cambio drástico en el aspecto fatigado que hasta la noche anterior había visto de su jefe. No sabía qué podía haber ocurrido entre esa noche y esa mañana, pero la suficiencia con la que se comportaba el gobernador disipó todas las dudas que lo habían inquietado durante toda la madrugada y no lo habían dejado descansar.
—Buenos días, querido ministro. —Su voz firme llenó la sala y predispuso de la mejor manera al ministro.
—Buenos días, gobernador. Veo que ha descansado, su expresión es relajada. —El gobernador no prestó atención al comentario del ministro.
—No voy a permitir que usen lo de ese pendejo para acabar con mi carrera. No solo voy a completar el período de gobierno que me otorga la constitución provincial, sino, como ella también me habilita, iré por la reelección. No soy un perdedor, nunca lo he sido. Si es necesario, en esta oportunidad, y contrariando lo que ha sido siempre mi forma de afrontar los desafíos que impone la función pública, prefiero que, si algo se tiene que romper, se rompa; que todos sepan que nuestra voluntad no es una arcilla fácilmente maleable. Convoque a una reunión de todo mi gabinete. Y que también vengan los que presiden la legislatura y nuestro bloque. A los siempre útiles y fervorosos ángeles segadores déjelos fuera, no quiero que se expongan, los necesitaremos para cosas más importantes que una patética reunión de gabinete.
Definiremos en la reunión nuestra estrategia. Piense, ministro, piense. Pero no piense como un simple humano, no se deje correr por el porteñaje que vocifera allá afuera; hágalo como si fuera una tarántula, un alacrán henchido del peor veneno. Piense como nuestra yarará, dispuesta siempre a hundir sus colmillos en la blanda carne, para matar a sus víctimas en cosa de minutos y luego satisfacerse con esa carne envenenada.
El ministro se sintió reconfortado al escuchar esas palabras. Años de humillación por parte de sus enemigos que lo comparaban con una víbora, arrastrándose por los pasillos del poder, agazapado en los rincones esperando la oportunidad de hundir sus enormes colmillos en la carne flácida de los políticos opositores, y en ese momento, su jefe político lo conminaba a comportarse como una mortal alimaña. Nada más reconfortante.
***
38.- Los ministros fueron llegando de a uno. Todos los funcionarios respondieron obedientes a la convocatoria. El gobernador fue el penúltimo en presentarse. Lucía radiante, extrovertido. Saludó y dedicó unas palabras elogiosas a cada uno de los presentes, y todos respondieron adulándolo. Cuando el viejo cadáver entró en la sala, nadie se mostró sorprendido. Fue el último en hacerse presente. Caminó con lentitud y se dirigió a uno de los rincones, el más oscuro y alejado de la gran mesa a la que todos se sentaron para saber qué tenía para decirles el gobernador. El muerto veía las cosas de una manera diferente. Él ya sabía que el gobernador le seguiría la visión desde ese día. Lúgubre y verdadera. En el alma, los piojos de los convocados desfilaban sin freno, sonriendo como si nada. Quien tiene sus cuencas vacías y la membrana untuosa de las visiones no sabe explicar que todo aquello no es más que una oportunidad al límite entre lo magnífico y lo fatal. El cráneo exacto del muerto, desde el fondo de la redonda calavera, podía razonar las entrañas de cada uno de los ministros recién llegados. Todos, el esternón sudado, morados como piedra dramática, mostraban el estado sustantivo de unos pulmones plomizos, más atrás del hueso. Respiraban metalúrgicos, y un vago ronquido convulsivo salía de sus bocas. Un síntoma sustantivo en las entrañas salpicaba ese elixir corrosivo que solían defecar en los debates. ¿Pobres? ¡Pobres ha habido siempre! ¿Violaciones? ¡Violaciones ha habido siempre! Cuando no se vendieron las chinitas para llenar las estancias, los patios, las iglesias, de infelices sodomizadas, agrietadas de arriba abajo, escondidas tras los cortinados, bajo las sotanas de los arzobispos, hasta el cortejo para una tumba clandestina. Arrojadas a los zanjones, a las alcantarillas. ¿Quién pediría por ellas? ¿Quién rezaría? Y ahora todo ese escándalo, ¿al servicio de qué? Si un niño menos, apenas pocas moléculas de músculos y alguna tripa digna de ser comercializada. ¿Por eso tanto escándalo? ¡Ese temblor en los párpados de los ministros! Siempre dudando. Leves como un humo. Aunque se lo quisiera disimular, se trataba de la sustancia de lo carnívoro. Y de esas bocas temblorosas, pútrido aliento que no asume el futuro de la compraventa de carne humana. Para qué estarán las cavidades de las niñas. Para qué los fluidos de los varoncitos. Quién necesita de misericordias. Es el mercado de hombres, es el mercado de mujeres. Hasta el tobillo desde la nuca la oferta y la demanda. ¿No era eso lo que deseábamos? ¿No era la compraventa de niños? Crucificados los que nacen sin haber muerto antes. Recemos aquello: “El Estado es un pedófilo en un jardín de infantes de niños encadenados y bañados en vaselina”. Lo dijo el presidente. No hay más que agregar. Amén. Y el viejo cadáver centenario les hacía las cuentas a los honorables ministros. Lo hacía, a todos los honorables, desde los tiempos remotos de la conquista. Cruz, espada, cánticos. Sangre, salmos y oro. La Biblia que truena como el mejor látigo. Desde el púlpito de aspecto fálico gritaba ya muerto: “¡No sean hipócritas!”. Disfrutan la emoción de las pequeñas hembras, las encías rabiosas de los niños sin dientes, los estertores de las madres que braman ante los lóbregos púlpitos indiferentes. Asuman las sepulturas como corresponde. La amplia mesa, a la cabecera de la cual estaba el señor gobernador, se había atiborrado de excusas. En un rincón, el viejo cadáver movía la cabeza reprochando tanta mojigatería. Excusas grandes. Excusas pequeñas. Excusas ridículas. Todo sonaba a la humareda de una cuerda plástica en el fuego, y el muerto abominaba de esos hombres. Si así hubiese sido la conquista, los señores feudales hubieran perecido de hambre. Esos tomaron lo que quisieron, bebieron la sangre de sus víctimas, comieron su propia carne cuando no hubo más comida y enterraron vivos a los descendientes. Esos que escuchaba excusarse eran escuálidos lugartenientes, balbuceando pequeñas palabras ahogadas en baba. Uno tras otro se justificaba. Si había algo que no necesitaba el gobernador en ese momento, eran excusas. Su gran insecto interior parecía brotarle por los poros. Saldría por sus ojos, por las orejas, por la boca, a más no poder, como materia oscura del más allá. Espeluznante, deseaba abrir su boca para devorar a esos pequeños matarifes cobardes que buscaban atajos para eludir sus compromisos. En la carne muerta de sus timoratos servidores depositaría sus ootecas para surgir de ellos un batallón de larvas capaz de librar la batalla por el poder que aquellos hombres no se atrevían a encarar. Dejó de escucharlos. Su glándula de olor hedía tenebrosa y ese perfume le dio serenidad y narcotizó a su auditorio. Recuperó la compostura. Carraspeó para calmar algunas secreciones. Luego habló con pausa:
—No los convoqué para justificarnos. —Su voz sonó ronca y estridente—. No estamos aquí para escuchar excusas. ¿De qué nos servirían? Quiero escuchar soluciones, no lamentos. El ministro de Gobierno asintió con un leve movimiento de su cabeza.
—De acuerdo, dejemos de lamentarnos. Basta de excusarnos. Busquemos soluciones. Habrá tiempo para las responsabilidades. Ahora hay que atender a todo este escándalo. En especial a toda esa manada de porteños que nos han invadido para demostrar que somos brutos, salvajes, degenerados. Como si ellos fueran todos devotos de la Virgen y no tienen ni la menor idea y ninguna responsabilidad de la trata, del tráfico de órganos, de las sustancias que consumen antes de presentarse en los noticieros, en sus bancas de legisladores, o cuando van a jugar al carry trade y hacen guita de la nada, esquilmando al Estado, como siempre. Pregunto: ¿De dónde sale la mercadería que ellos consumen?
“Todos lo sabemos”, recitaron a coro todos los ministros.
—Exacto, todos los sabemos. No es maná del cielo. Hay mucho trabajo para satisfacer los deseos de los encumbrados unitarios en su portentosa metrópoli.
El ministro de Finanzas lo interrumpió pidiendo permiso para intervenir. El gobernador lo autorizó con un simple movimiento de su cabeza.
—Esto perjudica la recaudación. Basta un problema, para que todos empiecen con sus reclamos. Lloran que la sequía, lloran que la inundación, lloran que los incendios queman sus cosechas, lloran que los bomberos cuando apagan el fuego ahogan sus cosechas. Lloran los grandes y lloran los pequeños. Lloran y lloran y lloran. Todos lloran. Y ahora lloran que la mala imagen espanta a los inversores. Los inversores quieren seguridades. Si hay pedofilia, si hay tráfico de órganos, que no se note.
El gobernador atinó a sonreír. El ministro respondió al jefe de Hacienda.
—A los inversores les importa un carajo este problema. A ellos no los corre la moralina de los lavaculpas, solo les preocupan las ganancias. —El gobernador asintió reconfortado. “A los inversores solo les preocupan las ganancias”. ¿Y a quién no, señor ministro?
—Convengamos que esto no tiene nada que ver con el niño desaparecido. —El ministro de gobierno se decidió a argumentar tal como esperaba el señor gobernador—. Es una movida política. Aquí desaparecen niños todos los días y a nadie se le mueve un pelo. Salvo la monja, esa rompepelotas, que por suerte le han sellado la boca, nadie se calienta por eso. Tal vez este se cayó en un zanjón, o en un riacho, y se ahogó. A unos kilómetros el río está lleno de pirañas. Tal vez lo comieran las pirañas. O por ahí salió corriendo a la ruta y lo atropelló un coche y el chofer decidió cargarlo para tirarlo por ahí y librarse de juicios e indemnizaciones. O se lo comió un caimán, o una piara de cerdos, ¿por qué no? Los cerdos de por aquí son voraces, más que los caimanes. Quién lo sabe. Lo que ocurre es que nuestros adversarios creyeron que, como venía la ministra, tenían la posibilidad de voltear al gobernador y llamar a elecciones adelantadas. Quieren la gobernación para volver a sus curros. Dirán: ¿Qué es este escándalo? ¡Cuánta inmoralidad! ¡Qué vergüenza! Una manada de hipócratas cobardes que esperan la escupidera del gobierno federal. ¿Y estos ahora moralistas de qué viven? De nosotros. Del gobierno. Los negocios van y vienen y el arte es saber acomodarse, adaptarse. La palabra clave es adaptación. Este es nuestro terruño. Esta es nuestra soberanía. Aquí nadie viene y arma un quilombo y se va tranquilo pensando que no vamos a responder. ¿Saben cuánto ha crecido el corral? Un feedlot de infantes. Como un jardín de infantes pero de engorde y conservación. Ahora todos quieren meter la uña ahí. Claro, engordamos el ganado, hicimos el gasto, pusimos el pellejo y ahora quieren quedarse con las ganancias. Ahora proclaman: “Ese feedlot” es nuestro”. ¿De ellos? ¿Quién hizo el gasto? Claro, ahora el negocio anda mejor que nunca porque cambiaron los vientos políticos, y se lo quieren quedar sin coparticipación. Acá no vale la coparticipación. Hipócritas. Ténganlo claro, lo que quieren es nuestro negocio. La gobernación es el negocio. Como dirían los oportunistas, “la caja”. Quieren la caja, la nuestra. Por eso arman este show con ministra incluida y su escáner para revisarle el culo hasta los perros. Pero no van a poder. No los vamos a dejar. El gobierno es nuestra prioridad.
—Tenemos que conservar también los escaños legislativos —agregó histérico el jefe de la banca oficialista.
—Es cierto. Las bancas, el banco de la provincia, y todo lo que aporte a la caja recaudatoria. Les calienta un pomo el niño. El niño no vale nada. Quieren voltear al gobernador. No lo permitiremos.
“¡No lo permitiremos!”, gritaron a coro los ministros.
—¿No tenemos periodistas amigos? —El gobernador preguntó sin agregar algo a las afirmaciones del ministro.
—Claro. Muchos. Y muy caros. Insaciables. Piden sobres todo el tiempo. Los “ensobrados” de los que hoy todos los funcionarios nacionales hablan. —El encargado de prensa habló con ira contra los periodistas a sueldo.
—Recordémosles para qué les pagamos. —El ministro dio letra sobre el asunto—. Tenemos los recibos firmados por cada uno. Usted tiene las carpetas de cada uno. Basta que una sola llegue a un “periodista honesto”, para acabar con la fama de muchos de ellos. A todos esos los tenemos agarrados de las bolas.
El ministro de Justicia se atrevió a preguntar:
—¿Y esa vieja que fuma en pipa? ¿Cómo puede ser que cualquier porteño recién llegado la quiera entrevistar y nosotros estamos papando moscas? Póngale un micrófono delante. Denle minutos, ¡horas! El tiempo que haga falta. Que hable del pomberito y los duendes que ve por la ventana. Uno cuando la escucha no sabe si es supersticiosa, borracha o drogada. Da igual. ¿Para qué está la pauta? También habría que hacer hablar a la familia. Que digan lo que les viene en ganas. Nadie resiste una entrevista.
El ministro de Gobierno comenzaba a lucir una sonrisa de satisfacción.
—Vamos encontrando soluciones, entre todos. Trabajo en equipo, promisorio. No esperábamos menos.
El gobernador asintió, pero no se lo notaba satisfecho. Preguntó sin alzar la voz:
—El policía ese, que me recomendó, ¿qué se sabe de él?
—Lo trabaja el cura, lo sabe llevar. El tipo se da aires de señor, pero es un putañero, un borrachito ventajero. Nadie mejor que el cura para transmitirle lo que esperamos de él. De esa forma nadie del gobierno queda pegado.
—¿Y qué esperamos de él? —Preguntó el gobernador.
—Que ponga la geta y espante los mosquitos.
—¿Por ejemplo?
—Que le diga a esa mujer, la tía del nene que distribuye la felicidad, que invente algo. Hay micrófonos para todos. No sé, que diga que se cayó en un pozo, que lo atropelló un auto. Algo diferente. Cuantas más hipótesis haya, menos pistas van a encontrar.
—¿Y al policía que le ordenamos?
—Que evite las marchas. No queremos marchas, no queremos escraches, no queremos quilombo. A estas polillas de las campañas no hay que darles lugar. Apenas les das un tranco, los “indigentes” —esta palabra la dijo con total cinismo—, del campo y sus primos de la ciudad, baten el parche de la revuelta. A nosotros no nos van a hacer una pueblada esos piqueteros roñosos.
El gran insecto interior del gobernador por primera vez en ese día, se sintió reconfortado. Siguió preguntando.
—Y con el ilustre matrimonio, ¿qué hacemos?
El ministro tuvo que aspirar hondo el aire fétido del ambiente y tomarse su tiempo para responder a la pregunta del gobernador.
—Eso sí que es un problema. Pero no van a hablar, señor. Ella es frágil. Si se pone pesada, de última, a la cárcel común y allí que Dios la ayude. Sabe lo que le espera con las presas. Usted sabe que en la cárcel hay códigos. No saldría entera de la villa. Yo creo que ella se va a cuidar muy bien de decir algo inconveniente. Después de todo, el abogado que pusimos sabe cómo explicarle lo delicado de su situación. Él, en cambio, es un pesado. Mucha medallita, muchos galones dorados. Ya llamaron de los altos mandos. A los de la cofradía nunca se los abandona. El tipo estaba en funciones. Usted comprende.
—¿Y la jueza? —El gobernador le habló directamente al ministro de Justicia.
El ministro respondió sin perder tiempo.
—No puede hacer nada. El paquete está tan atado por los que intervinieron antes, que no hay forma de desatar los nudos. Lo más que puede hacer es dejarlos a todos adentro. La tipa no se va a exponer a que le quemen el juzgado. Ya hubo varios amagues de atacar el juzgado por los vecinos más enardecidos.
—Y del premio nobel, ¿qué debemos esperar? Hoy me llamó para ofrecer ayuda. Dijo “pidan lo que quieran”. Lo que necesitemos. Todo a disposición nuestra.
—Lo que queremos —dijo el ministro—, es que no se meta.
—Somos aliados, no se va a meter. No es boludo. Va a mandar a la “sheriff” con toda la guardia pretoriana. Van a hacer circo, puro marketing y después se van a ir por donde vinieron. Por ahí viene con el tomógrafo para investigar los intestinos de los yacarés. Lo único que va a encontrar, es mierda. —Los ministros al unísono carcajearon histéricos.
—¿Y con esa monja rompepelotas qué vamos a hacer? Estoy harto de solo saber que anda por acá, agarrada a esas viejas locas que recorren el pueblo como zombis.
—Se ocupará el cura. Tal vez cabe aquello que entre bueyes no hay cornadas.
El gobernador no disimuló su disgusto.
—Esa monja nos va a hacer sudar la gota gorda. No la quiero más en mi provincia. ¿Por qué mierda no la manda a Roma donde está el Santo Padre y su inútil paloma?
—Se va a ocupar el cura, señor gobernador. Y usted ya sabe quienes, están estudiando el tema. Tal vez en un tiempo nos ofrezcan una solución definitiva. Por ahora, a la monja le tienen prohibido hacer declaraciones. Por eso no dio una entrevista a ningún medio. Alguien le susurró a su pequeña oreja memento mori. Debe haber entendido muy bien el mensaje.
—No creo que esa monja rompepelotas calle porque tiene miedo. Calla porque se lo ordenó la superioridad. Pero sigue siendo peligrosa. ¿Esos que se están ocupando del tema no querrán hacer una intervención divina?
—Si usted los desea, puedo conversarlo.
—Hágalo. No quiero más quilombos. Estoy harto de todos estos quilombos.
—Todo va a andar bien, se lo aseguro. Estamos cruzando el Rubicón. Las aguas arrastrarán cadáveres invisibles. Y no serán los nuestros.
—Espero que tenga razón, ministro. Si no, les voy a cortar las bolas a todos. Caigo yo y caemos todos.
—Nadie va a caer, lo aseguro. Tenga en cuenta, señor gobernador, que nos están asistiendo y mucho amigos que no necesitan la notoriedad pública. Esos funcionarios casi invisibles, que no aparecen en la televisión, en los diarios y no usan redes sociales, de los que nunca se habla de ellos, siempre están. Nos dan su apoyo siempre bienvenido. Tiempo al tiempo.
—Esos sí que saben de qué hablo.
—Siempre sugieren las mejores soluciones. De todos modos, si a la monja le cerraron el pico, no es un problema serio. Puro marketing eclesiástico. Pronto la mandarán lejos de aquí.
—De acuerdo, en usted confío, por ahora.
—Gracias, gobernador. ¿Todos de acuerdo? —El ministro de gobierno señaló el consenso.
Todos. El gran insecto dentro del gobernador pujaba por abrirse camino, por eso el hombre se puso de pie, algo conforme con todo aquello. “Del dicho al hecho”, murmuró.
El viejo cadáver no bendijo el acuerdo. Su escepticismo era secular. Ver para creer. A través de las cuencas vacías, todas las cosas se aprecian muy diferentes. Cuando el tiempo pasase y todo encontrara su lugar, tal vez confiaría en esos hombres. Hasta entonces, tomaría distancia de ese optimismo servil.
***
39.- El ministro de Gobierno convocó al cura a una conversación por todo aquel escándalo del niño desaparecido y la piara de periodistas que recorría el villorrio dejando una huella apestosa. Tenía órdenes que darle. El sacerdote, apenas recibía la convocatoria del Gobierno, acudía al momento. Tenía por regla no hacer esperar al poder político. Si la sabiduría popular había impuesto como conveniente hacerse amigo del juez y no darle de qué quejarse, la suya era servir a los gobernantes cualquiera fuera su signo político y evitarse problemas. Concebía su misión en ese pueblo como una legítima acción de la sección de una corporación que tenía su sede en Europa. Se justificaba razonando que los europeos saben más de corporaciones que los novatos suramericanos. Y mucho más que todos aquellos pueblerinos sumergidos en un pequeño villorrio ignorado. Varios siglos de tráfico de esclavos los habían dotado de recursos extraordinarios para mantener con vida los privilegios de la élite de un continente entero. Esta no era una conclusión brillante a la que el cura había llegado por su propia inteligencia. Pero tenía algo de verdad. Las corporaciones superan a los hombres en el espacio y el tiempo histórico. Dos mil años de perpetración de su propia corporación avalaban su modo de pensar. Incluso su permanencia en ese modesto pueblo era una prueba fehaciente de cómo su gran corporación se infiltraba de manera capilar para garantizar su dominio milenario.
Cuando debía concurrir a una citación del gobierno vestía con poca formalidad. Buscaba las ropas sacerdotales más harapientas que guardaba para ocasiones como esa. Era mejor pasar por un cura pobre de un pueblo pobre que el vicario de los ricos.
Tenía por regla, antes de concurrir a la cita, rezar. Había creado sus propios altares; cobertizos donde el dios de turno podía tener el aspecto que le placiera en cada oportunidad. Los dioses son antropomorfos: de forma humana aunque no lo fueran. Su corazón es frío y voluble. Él sabía que dentro de esa forma humana vivía un animal furioso. La furia que se emboscaba dentro de esa forma no lo asustaba. La comprendía. La había sentido en ciertas oportunidades. Pero el aspecto apolíneo de las imaginarias deidades le provocaba una total repulsión. Por eso al cura no lo conformaba ninguna imagen de las divinidades imaginadas. Todos los dioses que inventaba los había imaginado a su imagen y semejanza. Igual de viejos, igual de grotescos, igual de pusilánimes. Era su propio dios y fanático devoto al mismo tiempo. Era un gesto de altanería. Pero en aquellos parajes alejados de los grandes centros urbanos, la soberbia de un cura de pueblo no significaba nada. ¿A quién podía importarle sus divagaciones sobre el aspecto que deberían tener esas representaciones divinas? A nadie. ¿A quién podría importarle su soberbia? En la fiesta de los pedantes con fortuna, al cura apenas se le hubiera permitido barrer las migajas.
El rezo a sus deidades no lo tomaba como un verdadero conjuro, pero a pesar de sus perversiones le atribuía una ligera condición protectora. No lo salvaría de un rayo que le diera durante una tormenta. Tampoco de una puñalada que algún vengativo le asestara por la espalda. Estaba convencido de que si algún día el verdadero Dios decidiera ajustar cuentas con él, lo haría enviándole un rayo que lo freiría al momento. Y que si algún resentido por sus extravíos lo apuñalaba, lo haría por la espalda, no porque no se animaría por cobardía a mirarle a los ojos, sino porque los blasfemos deben morir siempre de ese modo. Y él era un blasfemo consumado, un completo ofensor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
No imaginaba qué le iba a exigir el ministro. No era mucho lo que estaba al alcance de sus posibilidades en cuanto a enmendar en algo aquel desaguisado. Se dispuso a ser lo más servil que pudiera, para no dejar dudas de su disposición a ser útil a uno de los cortesanos del amo ocasional de la provincia.
El encuentro entre el ministro y el sacerdote no fue en ninguna dependencia oficial. En los edificios públicos abundan los alcahuetes y los idiotas profesionales ansiosos por ir a llevar chismes a quien estuviera dispuesto a oírlos. Mucho menos cuando todos los edificios públicos estaban cercados por decenas de periodistas reunidos alrededor de sus camiones de exteriores.
Tampoco se realizaría en algunas de las propiedades que la curia tenía en el pueblo y en otros próximos. Sabían qué inconveniente podía resultar que, en medio del aquelarre de periodistas y pueblerinos rastreadores, se supiera de un encuentro reservado entre ellos. La jerarquía eclesiástica condenaría el encuentro de manera contundente para no quedar comprometida en componendas en medio de un crimen horripilante.
El ministro, por un discreto mensajero, hizo concurrir al cura a una vieja construcción que, en realidad, no estaba ubicada en el pueblo. Se trataba del casco de una vieja estancia. Era un edificio centenario. Fue propiedad de un rico terrateniente que había mandado construir esa enorme mansión para pasar algunos días de verano en ella. Cuando ese dueño murió, sus herederos se repartieron la propiedad, la vendieron en una enorme suma de dinero y se dedicaron a malgastar esa fortuna en prostíbulos y casinos europeos. Todos los descendientes ya habían muerto: unos ancianos, otros por enfermedades tempranas como la sífilis o el cáncer, otros asesinados. La mansión estaba desierta desde entonces y las autoridades se habían hecho cargo de ella aunque carecían de títulos de propiedad.
Para el viaje, el cura no recurrió a los servicios de su patético chofer. Tenía recursos que pocos, tal vez nadie, conocía para ir y venir sin ser notado. El camino al lugar donde se realizaría la reunión, luego de un par de kilómetros, se ramificaba en sentidos muy diferentes. Era casi imposible saber en cuántos desvíos se multiplicaba. Ese camino no le era extraño. Una de las sendas llevaba a la mansión, las otras a lugares que eran un misterio incluso para los más viejos lugareños. Nunca se habían atrevido a internarse en ellas. Sabía el cura recorrerlas en ciertas oportunidades distintas a la convocatoria del ministro. Solía vagar por ellas cuando necesitaba meditar sobre asuntos que él solo conocía. Lo hacía en especial los días que en el pueblo llovía torrencialmente que eran pocos durante el año. No había explicación para ello. Caminaba bajo la lluvia y cada tantos pasos alzaba los brazos al cielo como en oración. Pocos lugareños lo habían visto a la distancia durante ese ritual y los que lo vieron prefirieron decir que jamás vieron nada extraño. Nunca comentaron nada de aquella curiosa visión.
Llegó a la hora indicada. El ministro ya estaba en el lugar acompañado de dos guardaespaldas. El cura pensó que debía saludarlo con “Ave María purísima”, pero incluso a él le pareció un exceso de cinismo.
—Ministro, aquí para servir a lo que usted mande. —Quiso ser cortés pero sonó ridículo.
—¡Reverendo padre! Siempre es saludable verlo.
—Gracias, señor. ¿En qué puedo ayudar a la autoridad?
—El señor gobernador está algo alterado por todo este lamentable escándalo. Sabe de qué le hablo.
—Por supuesto, ministro.
—No tanto por lo del niño que no es alarmante. Los niños desaparecen y desaparecerán siempre. Es la naturaleza de las cosas y contra la naturaleza de las cosas es inútil ir. Pero el gobernador está alterado por la presencia indeseada de todos esos buscamierdas mal llamados periodistas.
—Ni que lo diga. ¡Una desgracia! Todos hurgando aquí o allá. Oliendo el culo de las viejas ciegas.
—Nos vienen humillando desde hace un siglo. Desde que se constituyó la nación.
—Incluso de antes. —Acotó el cura.
—Incluso de antes. Ya cambiará nuestra suerte. Pero mi convocatoria no es para hablar mal del porteñaje que después de todo no es trascendente. Debo informarle que hubo una reunión muy importante de todo el gabinete para tratar este asunto.
—¿Todo el gabinete? Seguro, señor ministro, han llegado a las más sabias definiciones.
El ministro contuvo la risa. No podía ni imaginar que todo el gabinete pudiera llegar a una definición con sabiduría. Ni a una sola. La erudición estaba excluida por completo de todos esos funcionarios.
—En la reunión con el gobernador quedó establecido, entre otras cosas, qué debía hacer el comisario frente al escándalo desatado por la desaparición del niño. Y quien tiene la custodia del policía es usted, reverendo padre.
—Así es. Lo he custodiado de acuerdo con lo que se me indicó el primer día de su llegada.
—Lo sabemos. No lo estamos cuestionando.
—Me tranquiliza. Lo que usted me indique, haré sin perder tiempo.
—El gobernador no quiere marchas, no quiere escraches, no quiere quilombo. ¿Es un pedido desmedido? —preguntó el ministro sin exagerar el reclamo. El cura reconoció que no. Era lo menos que el señor gobernador podía exigir. “Razonable”, dijo el cura. “Razonable”, asintió el ministro.
—Entonces, solo esperamos que usted sepa arreglar las cosas de modo conveniente. Pero, además, los de Inteligencia han hecho un pedido. Son personas muy meticulosas. Son los que usted bautizó alegremente Ángeles Segadores para darles una entidad bíblica, seguro lo recuerda.
—¡Cómo no voy a recordar esa humorada inocente!
—Sí, muy inocente. Bien, sus Ángeles Segadores me piden que le ruegue que cualquier confesión que tenga que ver con este escándalo de cualquier creyente, nos lo transmita de inmediato. Si le preocupa que violaría el secreto de confesión, le digo que esa patraña aquí no corre. Hasta el obispo pasa informes reservados sobre algunas interesantes confesiones con más frecuencia de las que usted puede imaginar.
—¡Para nada! Cuando uno debe hacer un servicio a la comunidad, revelar secretos de confesión es parte del compromiso con el bien común que, en definitiva, es lo único que le debe importar al buen cristiano. Usted, ministro, es un buen cristiano, el señor gobernador también lo es, y yo que soy del rebaño de los que servimos a Dios en todas las circunstancias de la vida. Dígale al señor gobernador que cumpliré con los pedidos. Ya mismo me ocuparé de poner en acción al jefe de policía, y llamaré a confesión antes de comulgar a todos los feligreses. De esas confesiones, tal vez salga algo bueno, se lo prometo.
—No prometa nada que no dependa de usted. Se lo aconsejo. Vaya ahora mismo, ponga en caja al policía y aliente a sus feligreses a confesarse antes de comulgar. Siempre recuérdeles que mentir en la confesión es casi un pecado mortal. Ya se sabe a dónde van a parar los que le mienten a Dios cuando Dios los interpela.
El cura dijo que obedecería de inmediato. Dijo para despedirse: “La paz sea contigo”.
—Y con tu espíritu —respondió el ministro que debió, nuevamente, hacer un gran esfuerzo para no echarse a reír a carcajadas.
***
40.- Pero el sacerdote no fue directamente a donde sabía que estaba el policía, en la fiesta donde luego de comer y beber copiosamente, perdía el tiempo persiguiendo muchachas. Fue donde el círculo de árboles, procurando dar con el viejo cadáver. Quería, en primer lugar, su bendición. Para él, el aspecto del viejo siempre resultaba revelador de lo que realmente estaba ocurriendo. No hubo oportunidad en que no fuera así. Tal vez su color, tal vez su olor, sus párpados ausentes, en los labios descolgándose esa lengua grotesca baba a baba, le indicaban qué hacer y a qué atenerse. Pero no encontró al muerto. Mal augurio. Pésimo. Por su cerebro flotaba una burbuja miserable y en ella cabían los crudísimos gritos de todas las niñas ultrajadas. Funestos recuerdos.
Del dulce mandarino brotaba una lágrima azulina, una gota baldía. La rama de la que pendía se doblaba hacia el suelo y dibujaba una sombra de anélido en la tierra. Reptaba hacia el cura que apartó sus pies de aquella sustancia nómada y patética. Debió palpar la gota, estuvo así de hacerlo, pero se retractó. Se alejó cuanto pudo, crispados los nervios. Aquella gota era una eucaristía envenenada. En ella había muchas sangres emboscadas. El verdadero Dios no lo libraría de tanto pecado. Tampoco los suyos inventados. La misericordia estaba hecha andrajos, pequeños retazos de viejos rezos inútiles.
El viejo cadáver no estaba ausente por casualidad. No necesitaba saber del sacerdote. La voluntad de Dios resultaba ya como una pedrada en su pecho. Apechugar. Blasfemar es sencillo cuando nadie te ve. Había capitulado la sotana hacía demasiado tiempo y todas sus confesiones no tenían Padrenuestro posible. Regurgitaba fatal el último crimen. Él sabía que el niño no volvería. ¡Inocente! Sabía que ya lo habían desayunado como una hostia negra, tendida la tumba con un mantel rojo. Decepcionado, volvió sobre sus pasos. ¡Dios mío, si tan solo hubiese sido un buen hombre! Ni reparó que quizás a no más de cien metros la vieja Cándida lo observaba a través del humo luctuoso de su vieja pipa. En el rancho, Zurita nunca supo de la presencia del cura.
No había más que esperar. La orden del gobernador era poner en regla al policía. A eso se abocaría sin esperar ningún milagro.
Siguió el camino de la ruta provincial que unía los pueblos interiores. Eludió la nacional. Por ella sabía que debía posar de santurrón y su ánimo no estaba para ello.
El viejo patético que oficiaba de sacristán lo esperó a algo más de doscientos metros del círculo de los árboles. En una vieja estanciera IKA Renault algo destartalada, lo llevaría a donde sabía que Artemio, el policía, perdía el tiempo en una festichola.
El chofer tenía un aspecto hostil. Su piel de color bermejo estaba surcada por innumerables venas. Parecía que su nariz podía explotar en cualquier momento.
Cuando el cura llegó a la Estanciera, puso en marcha el motor. El sacerdote se acomodó en el asiento del acompañante. No se hablaron. Sabían a dónde se dirigían.
Aurelio, ese era el nombre del chofer, tenía un viejo mapa de la provincia en el que había marcado todos los lugares por donde el cura solía deambular por sus negocios. Un círculo rojo, hecho con un gastado lápiz de carpintero, señalaba cada uno de esos lugares. Había uno que había sido remarcado varias veces. Eran varios círculos dibujados unos sobre otros. Ese era el destino. Producto de la casualidad, donde el cura tenía muchos de sus chanchullos, era donde justo ese día el policía se encontraba de juerga.
No les llevaría demasiado tiempo llegar, aunque eso no significaba que dieran con el policía de inmediato. Si no estaba en la fiesta, era porque se había escabullido con alguna mujer. De todos modos, el cura no tardaría mucho en dar con el tipo. No había posibilidad alguna de que nadie supiera dónde podía haberse metido. Sobraban alcahuetes de la curia, que a cambio de perdones y bendiciones, informaban al cura de todo lo que ocurría en ese pueblo. Sin embargo, no fue necesario hacer ninguna consulta. Apenas llegaron, lo vieron todavía disfrutando la comida. Es difícil decir si Artemio podía reaccionar al ver al cura y a su acompañante. Tal vez no estuviera en condiciones de hacerlo. Había bebido en abundancia, y el alcohol le adormecía los reflejos. Y, como para él, todo se reducía a los caprichos de Ladina, no creyó que fuera necesario salir al encuentro de los recién llegados. Su falta: no haber llamado al ayudante para que lo informara de lo que el cura le había transmitido por teléfono. Después de todo, su ayudante no era más que otro inútil envidioso quien, seguramente, habría exagerado los hechos para obligarlo a volver a la comisaría. “Un paquete de Ladina”, “un paquete de mierda de Ladina”, murmuraba viendo que trataban de acercarse a la mesa.
El sacerdote fue recibido con entusiasmo por los vecinos. No lo esperaban, y todos tomaron su presencia como un halago, una justa consideración al santo venerado. Saludos, bendiciones, la repetida invitación a comer y beber, hicieron que no fuera tan fácil acercarse al comisario, que observaba la escena sin atinar a nada. Cuando logró llegar a su lado, Artemio permaneció sentado, como si no le importara lo que el cura venía a decirle.
No oyó nada sobre un ridículo paquete perdido por Ladina. Lo que el cura le transmitió fueron las órdenes del gobernador y el ministro ante la desaparición de ese niño.
—Usted conoce bien, Artemio, de qué niño le hablo. ¿Me entiende?
Demudado, el policía solo respondió “por supuesto”. No se atrevió a preguntar ningún detalle sobre la desaparición de Fino.
—Lo que le estoy transmitiendo son órdenes sobre un paquete perdido que se ha convertido en un escándalo nacional. Hay periodistas por todos lados hablando cualquier cosa. Van a venir los federales a meterse en las cosas del gobernador, y el gobernador está caliente por este quilombo. Muy caliente. ¿Me entiende?
El rostro amoratado de Artemio cambió de aspecto al instante. “Entiendo”, fue todo lo que pudo decir.
—El señor gobernador ha dicho que es su responsabilidad evitar las marchas. Ha reclamado con insistencia que no quiere marchas, ¿me entiende? No quiere escraches, no quiere quilombo. ¿Me entiende Artemio? ¡No quiere quilombo!
—¿Y el niño?
—El niño importa un carajo, comisario, lo que importa es el orden público. ¿Me entiende o tengo que volver a explicárselo? —El hombre estaba confundido.
—¿Vuelve pa’el pueblo?
—Ahora mismo.
—¿Vuelvo con usté?
—No, pelotudo. Vuelva por su cuenta. Soy el cura, no el remís del policía que vive de joda. Agarre el patrullero y salga cinco minutos después que nosotros. ¿Me entiende o se lo pongo por escrito?
—Sí, sí, entiendo. Vaya. Salgo después. Dígale al ministro que ya mismo me ocupo.
—No soy tu mensajero. Al ministro no le digo un carajo. Llamalo, y hablale vos. Bastante que te vine a buscar para que el ministro no me rompa el culo a patadas. Hacete cargo en nombre del padre, el hijo, el espíritu santo y la reputa madre que te parió.
***
Carta de la monja a su amigo epistolar
Recibí tu carta. Ha sido un bálsamo para mi dolido corazón. He venido a estos alejados parajes en modo de destierro interior, una moderación de la relegatio (no lo niego), dado que no he pecado ni cometido falta grave que justifique el destierro. Mas por ello no he dejado de reconocer el mal en sus formas más penosas.
Me han impuesto el silencio, como si la palabra fuera delito, como si la verdad fuera sacrilegio. Quienes esperan que calle ocultan su verdadero rostro en nombre de nuestro Señor. He recibido esa orden como quien recibe un espejo empañado: en él se adivina el rostro, pero se oculta la verdadera voz. No puedo negar que por ello sufro. Mi corazón sangra por los crímenes contra la infancia que conozco y quedan impunes, y por la disciplina del silencio que se me ha impuesto como si fuera el silencio un remedio al pecado capital que la avaricia y la lujuria promueven entre los hombres y mujeres de poder.
Si el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de manera absoluta, debo decir que el dinero corrompe y la ganancia surgida del dolor y el sufrimiento de niñas y niños corrompe de manera absoluta. ¿Cómo han de ser redimidos estas pecadoras y estos pecadores? No encuentro en mi conciencia modo de prodigar amor para estos corruptos. Me esfuerzo en ello, como nuestro Señor mismo se esforzó incluso por quienes lo condenaron y luego crucificaron. Pero no me debo a la hipocresía de hablar del perdón cuando quienes cometen estos crímenes contra nuestros niños no solo no se arrepienten, sino que alaban entre ellos sus crímenes.
¿Cómo seguir alimentando la esperanza de quienes depositan su fe y su confianza en nosotros, especialmente de las oprimidas mujeres y las niñas y niños atrapados en esta forma de esclavitud moderna? ¿De dónde sacamos un nuevo impulso para luchar contra el comercio de órganos y tejidos humanos, la explotación sexual de niños y niñas, los trabajos forzados, incluida la prostitución, el tráfico de drogas y de armas? ¿Cómo podemos ver todo esto en el mundo y no perder la esperanza?
Dicen que mi oficio último es acompañar a las madres que lloran a sus hijas e hijos que han sido víctimas de la trata, que mi deber es enjugar lágrimas y no señalar culpables. Acompaño por amor a esas madres sufrientes, no por obligación. Les doy mi amor y mi amparo. Mas ¿qué consuelo verdadero puede ofrecerse si el verdugo sigue alzando su mano impía? ¿Qué alivio hay en el abrazo, si el cura que debería sostener la fe la corrompe con su conducta? Solo lucho por la dignidad humana. Si nuestra infancia es sometida a crímenes inconfesables, a los placeres de enriquecidos a costa de la desgracia de los desamparados, el fin de los tiempos llegará más pronto que tarde, ante una humanidad indiferente, que prefiere la lujuria al camino de la fraternidad, que prefiere traficar con niñas y niños en vez de protegerlos como semilla de futuro, de amor y de esperanza.
Me ordenan callar, me sugieren limitarme al rezo, al acompañamiento, a la obediencia. Pero dentro de mí arde la palabra como brasa escondida: ¿cómo negar la voz a las mujeres abusadas, castigadas, dispersas por todo el territorio? ¿Cómo no clamar a los poderes superiores que asistan a las que han sido reducidas al polvo de la humillación?
Si callo, ¿no soy cómplice? Si obedezco, ¿no traiciono? Y así escribo, aunque me condenen: escribo como quien borda en la sombra, como quien deja constancia en la arena antes de que la ola borre los signos.
Que sepan los que me mandan callar: la Hermana no fue muda. Hubo un instante en que respondió, aunque su respuesta fuera condenada al silencio. Y en ese instante, la palabra se volvió plegaria, la plegaria se volvió grito, y el grito se volvió poema.
Porque si la voz se me niega, aún me queda la escritura; si la escritura se me arrebata, aún me queda la memoria; y si la memoria se me arranca, aún me queda Dios, que escucha lo que los hombres prohíben.
Repito contigo, querido Hermano: solo elevando nuestra mirada a Cristo, nuestra esperanza, podemos encontrar la fuerza para un compromiso renovado que no se deje vencer por la dimensión de los problemas y los dramas, sino que se esfuerce en la oscuridad por encender llamas de luz, que juntas puedan iluminar la noche hasta que amanezca.
Si todo lo que vemos es esclavitud, debo tener la libertad de nombrarla. Si todo lo que siento es dolor, me queda la fuerza de transformarlo en clamor. No negaré mi sentimiento último: que alcance el castigo Divino a los perversos que sodomizan la infancia para hacer fortunas que disfrutan en paraísos fiscales y gozan de sus perversiones en las incontables Little Saint James, en la que ricos y poderosos ejercen la pedofilia ante la indiferencia y con el aplauso de hombres y mujeres poderosos.
¡Qué ironía, querido Hermano! Que el nombre de nuestro Apóstol Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén y muerto lapidado, sea el nombre de la Isla donde la pedofilia alzó su templo. Como él, aprendo de su legado de constancia y humildad en la misión de Jesús que he asumido hasta el día que Dios me convoque a rendir cuenta de mis actos. Dios se apiade de nosotros pecadores.
Te abrazo en mi corazón.
***
41.- El lugar era una incógnita. Un recinto amplio, en el que se podía distinguir un piso bicolor de baldosas con formas romboidales. En medio, una vieja mesa ovalada de madera y doce sillas dispuestas alrededor. Nada decoraba las paredes. La tenue luz que alumbraba el lugar no pasaba de ser un amarillento y agónico resplandor. La primera impresión que se tenía al ingresar era que allí adentro había llovido un agua sucia y fría sin interrupción durante meses. Por ello, lo primero que venía a la mente era esperar que estuviera anegado. Pero no era así. No había rastro de agua estacionada. Sin embargo, había olor a agua y barro que resulta de la tormenta. ¡Ese perfume!, diría un recién llegado. No se lo podía comparar con nada. Solo la maldad podía producir semejante aroma. Son tantas las formas de la maldad que debe tener tantas fragancias diferentes. Esa era muy peculiar: lacrimosa, ácida y corrosiva.
En ese sótano, el grupo de la maldad, como se definían a sí mismos (los que el cura bautizó como los “Ángeles Segadores”), solía reunirse para planificar alguna operación que el poder político les ordenaba. No infundían temor porque no se les conocía el rostro. Podían estar a centímetros de su víctima sin que esta sospechara el peligro que la acechaba. Mostraban siempre las mejores intenciones. Pero en una fracción de tiempo casi imposible de medir, tornaban en seres oscuros que hacían temblar hasta el denso aire que respiraban. Con ellos iba la muerte amarrada a sus cinturas. Y cuando se reconocía su presencia, era demasiado tarde.
Los hombres fueron llegando de a uno. Cada uno traía su propia carga. Eran pesos enormes que llevaban sobre sus espaldas. Eran los infelices que cada uno de ellos había asesinado o mandado a matar. Muertos sobre la espalda, contra el pecho, aferrados a sus piernas, impidiéndoles avanzar con comodidad. Algunas ratas, al verlos, escapaban de su presencia y se acurrucaban en los rincones más oscuros. Sus ojos rojos brillaban. Ese brillo iluminaba de manera extraña sus velludos hocicos. Las ratas, de ancestrales instintos, se mantenían a distancia de esos seres. Quizás como ningún otro ser vivo, captaban la maldad que los alimentaba y su irrefrenable necesidad de liberarla.
Del grupo, el más viejo fue el último en entrar al salón. Los hombres parecían llevar máscara. Estaban cubiertos de una especie de velo sugerente que no permitía ver su verdadero aspecto. Se sentaron a la mesa oval. Eran seis en total. El más viejo propuso que se numeraran. “Ya saben, nada de nombres, las paredes oyen, las ratas oyen, todos oyen.” Se numeraron del uno al cinco. Dos números pares a la derecha, dos impares a la izquierda. El viejo en la cabecera, y un escribano que vigilaba a los reunidos, el número cinco, en el otro extremo. El viejo tomó la palabra:
—Vamos a tener una visita importante. El plan original está en marcha, pero como siempre ocurre con los planes que se diseñan en un escritorio y luego hay que ejecutarlos, hay que hacer algunos ajustes. Por eso viene este visitante con el que me he reunido muchas veces a pesar de que ustedes no lo sabían. No necesito explicarles que es un encuentro de máxima reserva.
El número tres, a la izquierda del viejo, dijo provocativo:
—En este pago chico todo se sabe, don.
El viejo no vaciló en responder:
—Entonces mantené el culo bien cerrado. No sea cosa que alguien te lo rompa a patadas por bocón.
—Bueno, jefe, no se caliente, era un comentario inocente.
El resto de los hombres se mantuvo en silencio. Minutos después, arribó el ministro. Era el único que no llevaba en su rostro ningún velo. No necesitaba ocultarse. Saludó con estudiada cortesía:
—Buen día, señores. Como siempre, un placer reunirme con ustedes.
Solo el más viejo de los hombres le dio la bienvenida:
—Buen día, señor. Como lo pidió, aquí la materia gris: el grupo de su preferencia. Usted dirá.
—Nuestra planificación, digo nuestra porque estamos todos en el gobierno comprometidos, está marchando más o menos como lo planificamos. Algunos detalles siempre alteran lo planeado.
—¿Todos en el gobierno saben de este plan?
El ministro esperó unos segundos para responder:
—No. Tenemos demasiados tarambanas como para comentarlo. Al minuto se enterarían hasta las pulgas de los perros de la provincia. Ustedes y yo somos los únicos que sabemos del plan en su totalidad.
—¿Tampoco el gobernador? —El más viejo del grupo preguntó algo que para todos era necesario saber. —El señor gobernador sabe lo que tiene que saber. Sabe que vamos a operar de manera independiente en el negocio. Él es el más interesado. Sabe que los tiempos cambiaron, que la corriente política va en otras direcciones que las ya conocidas y que es nuestra oportunidad para dejar de ser simples tributarios y convertirnos en dueños. Pero, como ustedes entienden, no puede aparecer involucrado. Además, está algo alterado últimamente así que no consideré necesario ponerlo al tanto de todos los detalles.
El número dos, a la derecha, pidió hablar. El viejo, con una señal, lo autorizó.
—Estaba previsto el incidente de los dos mensajeros. Pero no pensamos que lo resolverían de ese modo.
—Lamentable —dijo el ministro.
El viejo agregó:
—Toda empresa necesita de mártires.
—Eso es fácil decirlo cuando el muerto es de otro. Pero a la comunidad no le alcanza con el reconocimiento.
—¿Qué es lo que quieren?
—Primero lo que siempre les toca a los deudos.
—Eso nunca estuvo en dudas —el viejo aseguró que a las familias y a quienes correspondiera, el propio Estado les garantizaría condiciones de vida digna, como se merecían los dos asesinados.
Luego preguntó si la comunidad esperaba algo más.
—Venganza.
El ministro alzó su mano:
—Nada de venganzas. La venganza siempre es mala consejera. Los asuntos pendientes darán cierta satisfacción a la comunidad, pero no deben ser considerados como una venganza. Es la solución posible al conflicto planteado.
—¿De qué hablamos? —el número dos exigía precisiones.
—Del chofer y el Limpiador. De esos dos hablamos.
El viejo informó:
—La operación que vamos a hacer es el aviso de largada. Lo que hagamos nosotros será la señal para que otros actúen de acuerdo a lo previsto. Deshacernos de El Hombre de Hojalata y del Limpiador es el aviso final. Los dos muertos son nuestro justificativo. La rebelión empezó cuando desapareció el pendejo. Al chofer ya lo visitamos. Le duró el coraje unos segundos. No hubo ni que tocarle un pelo. El tipo entendió rápido que había cambiado la mano. Ya sabe lo que tiene que hacer.
—¿Y el Limpiador?
—Ese no es un problema. Sabemos que se va a fugar, pero lo que preparamos no se lo espera. Está arreglado de una manera que no puede sospechar.
—¿Y los dos monigotes?
—Arreglado con el sindicato. Si el sindicato nos ordena mandarlos de vuelta, eso haremos.
El número cinco acotó:
—Lo importante es que decidan cómo los mandamos de vuelta.
El viejo explicó lo pactado:
—El sindicato nos lo va a decir en su momento. Primero lo primero.
—Entonces —dijo el ministro—, queda el asunto de la buena señora.
Los hombres asintieron con leves movimientos de la cabeza. El más viejo le habló al equipo:
—¿Algo que reportar al ministro? ¿Alguna iniciativa brillante? Deben haber pensado muchas opciones para resolver este asunto.
Todos se mantuvieron en silencio.
—Bueno, parece que lo hicimos venir al pedo al ministro. No le hagan perder tiempo. Si no hay nada que decir, nos vamos todos y listo.
—Es que no hay mucho que agregar a lo que todos sabemos —el hombre que se había numerado con el número tres habló con astuta tranquilidad—. La única verdad es la realidad. Y la realidad es que no hay nada que agregar a lo ya propuesto.
—¿Nada que agregar?
—Nada.
—¿Buscaron cualquier cosa?
—Buscamos todo lo posible y lo imposible. Le olimos hasta el culo y no encontramos nada.
—¿Sexo? —preguntó el viejo.
—Nada.
—¿No dijeron que era lesbiana? —el ministro repitió lo que algunos alcahuetes le sugirieron.
El número cuatro rió con ganas:
—Boludeces. Se dice cualquier boludez, ministro. No todas las mujeres que no cogen con hombres son lesbianas. Algunas son frígidas, otras aburridas. Otras son monjas.
El viejo, con bronca, agregó:
—Las monjas siempre cogen con curas. Es una comunidad cerrada. Entre ellos no es pecado.
El número tres insistió:
—No es el caso. Esta no coge con ningún cura. Para peor, el que tenemos acá ninguna mujer lo toca ni con un palo.
—Así que no coge nunca.
Los cinco hombres gritaron: ¡No!
El número cuatro, segundo a la derecha del viejo, pidió la palabra:
—Aunque nos volvamos locos, no hay nada. Eso ya lo sabíamos y también lo sabían ustedes, los políticos. Y por eso no dudo que usted, ministro, ya lo sabía. Se lo informamos no una sino cien veces, desde que la mandaron a este pueblo miserable. La tipa nada de sexo, nada de drogas, nada de alcohol, nada de curros. Nada. La rompepelotas está limpia. No podemos inventar algo creíble. Inventar se puede inventar cualquier cosa, pero no lo va a creer nadie. La vida de esa mujer no da ni para inventar nada interesante. Es el problema con los santos.
—¿No tiene ni una cuenta a nombre de un sobrino, una sobrina, una hermana putativa? —preguntó el ministro—. No hay santo que no esconda una vela.
—Tampoco —confirmó el número cuatro—. No tiene plata. No tiene coche. No tiene casa. No tiene nada. Encima, no tiene parientes vivos.
El que estaba en la cabecera opuesta al viejo y al ministro, el escribano, se puso de pie y se alejó unos pasos. Desde donde estaba dijo:
—Tenemos dos opciones. O simulamos un accidente y la matamos, o la curia la manda bien lejos, a algún pueblo de morondanga o a Europa. Ahora, si quieren que le inventemos algo, decimos que la vieja se come a unas pendejas. Nada más intolerable en medio de este quilombo que una monja pedófila que se hace pasar por gran cristiana.
—¡Por favor! Nos piden soluciones, no más quilombos. Con los que tienen ya les alcanza, ¿no, ministro? ¿Qué nena va a ir a declarar que la monja le comía la concha? No resiste el más básico interrogatorio.
—Era solo una opinión. —El escribano se sintió ofendido.
—Hay que pensar con la cabeza, no con el culo.
El número uno interrumpió la disputa.
—Es que no estamos en una buena temporada, sabe ministro. No tenemos entusiasmo. No estamos muy creativos. Por ahí un aumento de sueldo nos da ánimo.
El ministro rió con delicadeza:
—Con seguridad. A todos nos vendría bien un aumento de sueldo. Cuando controlemos el negocio, no seremos mezquinos con ustedes. Palabra de honor.
El viejo no estaba conforme con la cuestión de la monja:
—Si no le ponen voluntad —dijo—, no vamos a llegar a nada. ¿Qué proponen entonces?
El número uno volvió a hablar:
—Proponemos lo más sencillo. Lo único que funciona bien son las cosas sencillas. Hablen con los de arriba, los que tienen mando. Nosotros solo matamos, no sostenemos diálogos constructivos. No somos “componedores”, somos destructores.
El viejo carraspeó para disimular la molestia de no poder definir qué hacer con la vieja rompepelotas, a la que detestaba profundamente.
Odiaba a las monjas. No tenía razones, nunca las había tratado, ninguna lo había atormentado, pero las odiaba. En especial a la rompepelotas. La sufrió en aquella provincia cuando vio caer sin pena ni gloria a todos los saádicos en cuestión de meses. Años para construir una dinastía, derrumbada en pocas semanas.
Tosía. Cortas y pequeñas toses nerviosas. Cuando no encontraba un buen plan, sufría accesos de tos que acababan por lastimar su garganta. Luego dijo:
—No quiero enfermarme, menos delante del ministro, va a creer que soy un maricón. Creo que ya estoy viejo para estas cosas. Me sube la presión, se me achicharra la próstata y casi no puedo mear. Así que voy a seguir los lineamientos que todos me dicen. Espero que el ministro esté de acuerdo. El asesinato está descartado. Además, por lo que sé de buena fuente, el gobernador no quiere ni oír hablar de un asesinato. ¿Es así?
El ministro se tomó unos segundos para responder:
—Si usted lo dice. Está tan bien informado como yo.
—Puede ser. Gajes del oficio. Pero para el gobernador la muerte de la rompepelotas solo embarraría la cancha. Nadie creería que murió accidentalmente. El escándalo con el párvulo va bien y nada sugiere que haya que agregar otro más. El exceso siempre resulta negativo.
El número uno recordó al ilustre obispo muerto en un accidente.
—Hasta ahora todos dicen que lo mataron —respondió el viejo.
—Pero no todos. Nunca se demostró nada. Chillan nada más porque están de moda los derechos humanos. Por entonces no eran tan valientes. Hasta los superiores del obispo muerto no se atreven a afirmar que fue un asesinato. El Papa dice pero no dice, como todos los papas. Ocurre que para que un accidente parezca un accidente, hay que hacer bien las cosas. Como sabemos hacer nosotros.
—Agrandado el tipo. Pero no, en esta ocasión no. No es como con lo del obispo. Está descartada la posibilidad de un accidente en el que, justamente, muera la rompepelotas.
—Ignoremos la prohibición. ¿Cuántas veces no les dimos bola y terminamos teniendo razón?
El número dos proponía ignorar la negativa del gobernador. Dijo con absoluta serenidad:
—Estaría bueno matarla. Yo lo disfrutaría. Despacito. Vuelta y vuelta. Pasarla por la garlopa unas horas, despellejarla pero con clase. Luego, sacarnos la leche y, después, tirarla en el pozo de la muerte. En un ratito no queda nada. ¡Hay cada bicho ahí!
El viejo se acomodó el cuello de la camisa. Tenía una leve picazón en la base del pescuezo. Tal vez fueran nervios porque no podía alcanzar la solución que hubiera deseado.
—¿Qué dice, ministro?
—No hay consenso. La democracia tiene estos vericuetos. Además, si como usted dice, el gobernador no quiere saber nada con un asesinato, es un no rotundo.
—Entonces, nada de garlopa, nada de sacarse la leche con la rompepelotas. Si nos cortamos solos se sabrá en minutos. Apenas nos descubran, olvídense de las familias. Están esos dos hijos de puta que van con el gobernador a todos lados. Todos sabemos muy bien qué ocurre cuando nos cortamos solos y hacemos lo que nos viene en gana.
—¿Los que tienen un solo ojo? —el número uno lo dijo solo para burlarse—. ¿De dónde los sacaron?
—Tienen un solo ojo pero te pueden romper todos los huesos con solo decírtelo. Los contrató el gobernador. Estaban con La Ciudad Esmeralda, pero creo que ya no. O sí, no sé. El ministro me consultó si convenía traerlos. El sindicato estuvo de acuerdo. Después de todo, en este negocio no hay fidelidades eternas. A veces ser mercenario paga más. A veces ser mercenario te acorta la vida —el viejo conocía a esos cíclopes a la perfección.
—Estoy de acuerdo con respetar la prohibición —el número dos habló sin rodeo—. Me confesé hace un par de días y no quiero pecar. Nada de pecados ni veniales ni mortales. Tampoco capitales. No voy a pecar. Quiero llegar limpio a mi casa. Mi mujer huele cuando maté a alguien y eso que nunca le hablé de mi trabajo. Además, quiero morir con mis pelotas pegadas entre las piernas. Todos sabemos que si la chingamos nos cortan las bolas con una lata oxidada. Y, además, se nos va a venir encima el representante de Dios en la Tierra. Somos pequeños seres insignificantes para soportar la ira de Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la Tierra.
El número cuatro preguntó:
—¿Entonces, querido número dos, qué es lo mejor que podemos sugerir para sacar del medio a la fulana?
—Que le hablen a la vieja. Que le hablen los suyos lo que sea necesario. Primero el de la capilla y después el de la basílica. Uno la ablanda y el otro la fleta. Tiene que ser entre ellos, entre sotanas y hábitos. Se echan un par de rosarios mientras hablan, rezan, comulgan, y la convencen de que se deje de joder. Luego, pasaporte y a la mierda. ¡Chau, monja! ¡A joder a otro lado!
—Hay que ir por la legal. ¿Todos de acuerdo? ¿De acuerdo, ministro? —dijo el viejo con cierta resignación.
El ministro y los cinco hombres repitieron: “todos de acuerdo”.
—Una vez que somos democráticos, hay que celebrarlo —el número tres alabó la votación—. Mérito del ministro que sabe de democracia como nosotros de desgracias.
Luego agregó:
—Una vez que somos legales también hay que festejarlo. Dentro de la ley, todo; fuera de la ley, nada. No hay otra opción.
—¿Quién habla con el de la capilla? —preguntó el número cuatro.
—Tengo que hacerlo yo —dijo el ministro—. Si no soy yo, no le va a dar bola a otro. Nos conocemos desde hace años. Depende de mi ministerio.
—Si falla lo suyo, ministro, nosotros lo tenemos agarrado de las pelotas. Conocemos todos los yeites. Lo que le diga que tiene que hacer, va a decir “sí, señor”. Y lo hace. Sabe que no puede hacerse el boludo.
—¿Es pedófilo? —preguntó el número tres con total cinismo.
—Él no consume, ayuda a distribuir la mercadería. El número tres insistió:
—Por ahí es impotente. No se le para y por eso está así lechoso.
El comentario provocó la risa de todos los hombres.
—Capaz que lo caparon cuando entró al seminario. A mí me dijeron —aseguró el número dos— que apenas entrás al seminario te desvirgan. Por eso preferí este laburo.
—Capaz que le cortaron los curas las bolas. No lo sabremos nunca. No vamos a palparle las bolas.
—Bueno, hasta acá, señores —el viejo se convenció de que no tenían una propuesta diferente y superadora.
El ministro tiene que seguir con sus ocupaciones. Una vez que no tenemos que hacer lo que mejor sabemos, es para tomarlo hasta con alegría. Zafó la vieja, zafamos nosotros. Zafamos todos. Menos laburo y el gobernador feliz.
—¿Sin finada pagan igual? —el número cuatro sabía que no estaba en juego su dinero, pero preguntó solo por fastidiar. El ministro sonrió por compromiso.
—¡Por favor! Con la guita nunca nos jodieron. Pagan bien y pagan en término. Aguinaldo, vacaciones extras, obras social, todo. Ofrecemos soluciones, no milagros. En este caso necesitan un milagro.
—Tendríamos que pedir un aumento. No se puede comprar nada. Mi jermu, cada vez que me emboca, me putea por la guita —el viejo rió.
—¿Tu mujer? ¿Cuál? ¿La uno, la dos, la tres o la cuatro?
—Una que vive en casa. Apenas la conozco. No sé ni cómo se llama. —No tenemos paritaria nosotros. Tendríamos que armar un sindicato.
—¡Justo eso! —exclamó el ministro.
El viejo se puso de pie, se dispuso a marchar:
—Déjense de hablar huevadas. ¡Sindicato! ¿Qué son, sindicalistas ahora? Esto es todo. Primero sale el ministro. Después, salgo yo y luego ustedes de a uno. No salgan en manifestación. Cuiden un poco las formas.
Cuando el oscuro salón quedó vacío, brillaron los ojos rojos de las ratas. Podían devorarse unas a las otras, como ocurría cada tanto, cuando el hambre las desesperaba, pero esa noche mantendrían la paz en sus madrigueras. Si esos perversos no iban a asesinar a la monja, ellas bien podían pasar la noche en total ayuno. El estómago vacío las hacía dormir atentas y sin sobresaltos. Mejor prevenir que curar.
***
42.- Poncio apuraba el paso. Iba de la madre que no lo esperaba. No era bienvenido. A Zurita, Cándida la recibía porque le hacía de sirvienta. Pero la chica era testaruda. No escuchaba los consejos de la vieja.
—Agarre lo que ofrecen. Alguno la va a agarrar y preñar. ¿Qué espera?
Zurita ni respondía. Ni Prudencio ni Artemio. No quería vivir amarrada como las vacas. La vieja no podía torcer la voluntad de la muchacha. Las veces que se preguntaba: “¿Quién se cree esta pendeja?”. Para ella, era apenas una mojarrita melancólica y se comportaba como una esperanza. La vieja creía que la esperanza de Zurita no era legítima. Las mujeres no debían tener esperanzas.
Poncio le había mentido a Glisoría. Solía hacerlo. Prudencio no lo esperaba por ningún trabajo. ¿Para qué querría un peón como Poncio? En el pueblo sobraban los vagos y escaseaba el trabajo. Cuando abundaba el trabajo, lo conchababa porque quería que le entregara a Zurita, y como lo veía vacilar, le tenía paciencia. Capaz que un día aflojaba y se la entregaba. Pero en ese momento no había trabajo.
Todo lo que Poncio llevaba en el bolsillo eran quinientos pesos. Eran livianos, demasiado. Con quinientos pesos no comía una familia. Tenía tal fastidio que, de bronca, caminaba cada vez más rápido. Daba pasos largos, casi saltos, dejaba huellas profundas en la tierrita blanda.
Fino corría detrás tratando de seguirle el paso. Imposible si no corría. Poncio era alto, piernas largas, y además estaba enojado. El enojo lo apuraba cada vez más. Fino era pequeño, sus piernas eran cortas y sus pies no alcanzaban ni la mitad de la huella que dejaban las pisadas del padre.
Poncio daba zancadas y murmuraba: “¿Y esta vida para qué?”. Y repetía: “¿Y esta vida para qué?”. Pensaba en lo mal que hacía Zurita en no escuchar los consejos de los mayores. Él se lo había dicho. Cándida se lo había dicho. “¿Qué tiene ’e malo el Prudencio?”, le decía más de una vez. Hombre trabajador y que sabía ganarse el peso. La había pedido para mujer más de una vez, pero el tiempo pasaba y las otras chinas crecían rápido. Cualquier día de esos una se metía al Prudencio entre las piernas y se acababa la oportunidad.
No recordaba cuándo Prudencio le había dicho que la quería como esposa, pero eso ¿qué importancia tenía? Antes, después, ahora, daba lo mismo. Doce años, trece o catorce, daba lo mismo. ¿Pa’ qué la quería? “Pa’ que lo atienda, mi’jita. Pa’ que lo atienda”. Zurita no se resignaba. Sabía que todo lo que le esperaba era una cocina a leña, “porque la garrafa está siempre muy cara”, un fuentón para lavar la ropa y exprimirle todos los días los testículos al fulano.
Artemio no pedía tanto, incluso menos. A él, con que le dejara descargar el abundante esperma una vez por semana, era suficiente. No muy seguido, se justificaba, porque tenía esposa a la que debía atender como Dios manda. Y alguna que otra amante por ahí que también debía satisfacer.
Hasta donde él sabía, Artemio no tenía hijos. Si Zurita le daba un hijo, por ahí su suerte cambiaba. Ser el hijo de un comisario no era poca cosa. Aunque todos supieran que era bastardo. “Ve lo que le tengo que aguantar”, decía entre dientes. Luego repetía: “Ve lo que le tengo que aguantar”. Fino escuchaba la queja, pero no comprendía de qué hablaba su padre. Justo él, que no sabía cómo aguantar su hambre.
Avanzaron en dirección a lo de Cándida. La tarde estaba a ciegas. Tanteaba el paisaje. Se apoyaba sobre una polvareda oscura. A lo lejos la noche empujaba desde un rincón en el que fluía un líquido lacrimoso en dirección al arroyo. A veces Poncio se confundía con el paisaje. No siempre. Solo cuando iba a hacer una macana. Se volvía oscuro. Fino contrastaba con las formas y colores. Brillaba. Poncio se volvía invisible, y cuanto más se acercaba a la casa de Cándida, más invisible se volvía. En cambio, Fino, cuanto más se acercaba, más brillaba.
Hubo un silencio impaciente en todas direcciones. Lo que se podía oír sin esfuerzo eran las quejas de los arrugados estómagos de Poncio y Fino. Los dos tenían hambre. Fino más que su padre. No había probado ni un mendrugo de pan desde la mañana.
Poncio se detuvo de golpe. Fino tuvo que imitarlo. Miró al niño desde su altura.
—No me va a hacer un papelón comiendo como un desgraciao, ¿no? —lo advirtió, porque conocía el hambre del niño.
—¡Pero si tengo hambre! La abuela me deja comer.
—Después su abuela se va quejando a la madre porque usté le come todo. Así que se la aguanta, mi’jito. Cuando vuelva a la casa, le dice a la madre que le haga una tortafrita. Hay harina y grasa. ¿Entendió?
Por supuesto que entendió. Permaneció en silencio, pero el que no dejaba de hablar era su estómago.
Poncio retomó la marcha y apuró el paso. Esperaba llegar antes que Ladina y Oroño; estaba seguro de que los tíos ya estaban acomodados en lo de Cándida. “La Ladina” era la que había hecho el arreglo con los tíos. Oroño no servía más que para andar atrás de Ladina, así pensaba Poncio. Y con un tumor en la cabeza se había vuelto más pelotudo que de costumbre. Así que ese no tenía ni arte ni parte. ¿Cuándo le darían su parte? No lo había hablado con Ladina, o si lo había hablado, no se acordaba.
—Pa’ usté, ¿cuánto vale su hermana?
—La’ermana es de oro.
—¡Qué pavada! —Poncio le tiró un manotazo.
A Fino no le gustó aquello. Para él, Zurita valía lo que el oro. La amaba como ama un niño a la hermana mayor que lo consiente, que lo acaricia, que le canta. No volvieron a hablar.
El aire cambiaba cuanto más se acercaban a la ranchada. Hasta Fino podía sentirlo. La humedad vegetal se condensaba. Un hilo de luz foránea entraba por la hojarasca. Les tocaba las espaldas. A Poncio no le importaba, su espalda estaba curtida, era una corteza en bruto. A Fino le daba cosquillas. Por eso cabeceaba de vez en cuando y sonreía mientras se esforzaba por seguir al padre.
—¿De qué ríe? —le preguntó molesto al niño.
—De nada. Tengo má’ hambre que antes.
Poncio dudó si debía alpargatearlo ahí mismo. “Me va’ comer como desgraciao”. Una buena paliza antes de llegar para ver si le acomodaba la obediencia. Pero de seguro iba a gritar igual que gritan los cerdos cuando los degüellan. Sabía que la aguda voz de Fino se podía escuchar a mucha distancia. Si Zurita escuchaba a Fino gritar y llorar, seguro le iba a hacer un escándalo. Incluso podía tomar al hermano y marcharse de la casa de la vieja solo por defenderlo del padre. Así que decidió ignorar al niño. Rumió: “Cuando se vaya Zurita, le voy a sacar las ganas e’ joder a este pendejo mal aprendido”.
***
43.- A unos cien metros del rancho, Poncio distinguió a Ramón y Ava/Eva, y a su lado, apenas separados por unos pasos, a Ladina y Oroño. Más atrás, sentada en su silla de mimbre, fumando su pipa, estaba su madre, Cándida. Los cinco miraban en dirección al círculo de árboles, donde lucía sus redondos y brillantes frutos el mandarino extraordinario que allí había crecido.
El viejo cadáver fulguraba en su perfección mortuoria. Pero solo Cándida lo podía ver con claridad. También lo hubiera visto Zurita, pero ella se encontraba en la cocina del rancho, algo lejos de la ventana frente a la que solía detenerse el muerto para observarla.
Delante del dulce mandarino, un humeante mechón de pasto seco envolvía al muerto en un sutil tejido de pequeños gusanos. Eran azufrados, una cáscara cuasi metálica los envolvía y, aunque se los pisara con fuerza, incluso con furia, no se lo podía matar. Venía de la época en que los hambrientos conquistadores se comían unos a los otros para saciar el hambre. De esa antropofagia nacieron esos diminutos gusanos que regurgitaban la carne del muerto y lo regeneraban eternamente. Cándida sabía que la aparición de esas diminutas larvas solo ocurría cuando se acercaba un sacrificio. El ocaso de la tarde auguraba un lúbrico zarpazo. Y el olor de la memoria de la menarca de Zurita se hacía tan intenso, que no había forma de que la vieja pudiera evitar el escozor que fluctuaba debajo de la piel de todo su arrugado cuerpo.
Muy cerca de ella, Ramón gesticulaba. Poncio, aunque no podía de manera alguna escuchar de qué hablaba, imaginó que estaría relatando hazañas que nunca había protagonizado, pero que vendía como si fueran propias. ¡Lo había escuchado fanfarronear tantas veces! Era una adicción a la figuración. Hay quienes son adictos a las drogas, como Ladina, al alcohol, como Artemio, y hay quienes son adictos a la figuración, como Ramón. Ava/Eva era adicta al dinero que imaginaba con el tamaño y la consistencia de una fálica hostia de madera morada.
Siendo Poncio un hombre limitado, con casi nulos estudios (no pasó del cuarto grado de la escuela primaria), no necesitaba que nadie le explicara que aquellos relatos del militar no podían ser verdaderos. Si alguna duda tuvo por un momento, la despejó en aquella oportunidad cuando le preguntó si había estado en alguna guerra y Ramón le respondió: “No, ¿qué guerra?” Se convenció, entonces, de que el militar no era más que un charlatán.
Ava/Eva parecía escucharlo. No tenía otra opción. ¿Lo escuchaba por respeto, por amor, porque le creía? ¿O sencillamente seguía la actuación así como él seguía la suya, cuando dejó de ser la concejala rubia botella calzón de lata y se transformó en una simple y amorosa funcionaria, católica, muy católica, devota de la Virgen de Caacupé, que recorría los pequeños y miserables pueblos llevando la imagen de la Virgen para consuelo de los pobres feligreses que esperaban hacía años un milagro que mejorara en algo sus vidas?
Ladina, en cambio, hablaba casi pegada al oído de su esposo. Cuanto más se acercaban Poncio y Fino, más teatral se volvía aquello. La única que permanecía quieta, sin participar de nada, fumando su pipa, era Cándida.
Quien primero los vio llegar fue Ramón. No le gustó que Poncio apareciera esa noche por la ranchada. Sabía mejor que nadie que tres es multitud. Menos le agradó que viniera con el niño, que lo seguía como un perro faldero. “Le falta ladrar”, dijo para sí Ramón, apenas lo vio correteando detrás del hombrón. Es que Fino solía entrometerse en todos los asuntos. No importaba de qué se tratara, pero él podía escuchar lo que hablaban los adultos a escondidas en voz apenas audible. Y luego repetía lo que había escuchado. En más de una oportunidad, eso le había resultado en una brutal paliza. Pero no aprendía, podía oír hasta las voces de los muertos.
Sobre el niño, Ramón solía decirle a Ava/Eva “muy caprichoso” y “malaprendido”. Y aseguraba que él lo pondría en regla en un par de semanas.
—Déjenmelo a mí, y lo enderezo como Dios manda. Un par de semanas de correctivos y van a ver qué bueno lo saco.
—Pero esto no es el cuartel, amor. Acá las cosas las enderezan los padres a rebencazos. —Así respondía ella a sus recriminaciones.
Ramón disimularía su incomodidad. Sabía cómo aparentar una actitud amable, aunque sus sentimientos fueran todo lo contrario. Miró hacia adentro y habló en voz alta para Zurita:
—¡Pero qué visita tenemos! El niño Fino y su padre para compartir la cena. Padre y hermano para que la chica no se sienta mal acompañada.
Zurita se asomó a la puerta y se alegró de ver a Fino. Pero no pudo evitar reconocer, a lo lejos, al muerto aquel que merodeaba el rancho. Envuelto en humo tumefacto y enhebrado de pequeños gusanos, le hablaba por los chancros que bordaban sus labios. Parecía decirle: “Solo observo”. Se le veía salir de la cuenca de un ojo hasta el esófago, un ronquido de asno, palpando lo que venía y por lo que estaba ahí, al alcance de la vista. “No fue ese el arreglo”, parecía confesar a la niña. Ella no podía entender de qué le hablaba, pero él ya lo sabía todo. Los imponderables cambian el curso de los acontecimientos. Es que las cosas no siempre salen como se las supone.
Ramón, Ava/Eva, Ladina, Oroño se echaban funestamente miradas unos a los otros, interrogándose sobre la oportunidad de la venta. Y el viejo muerto desde la arboleda observaba la entrepierna de Zurita y sabía ingratísima la ocasión esa noche.
Poncio llegó y detrás de él, Fino. Cándida no esperó para reprocharle la presencia.
—¿Lo invitamo? —dijo con el peor tono. Glisoría se lo había advertido.
—El niño quería visitarla porque le estraña.
Fino sabía que mentía, pero no se atrevería a desdecir a su padre.
—¿Ese malcriado estraña? —soltó una risa ácida—. Hay poyo y fideo —dijo—. El estofado le hice con los dos coloraos que llegaron con la ponedora. Pa’ la visita, no pa’ustede. ¿No vio lo que trajo? —señaló la Virgen sobre el bargueño—. Ustede nunca traen ni pan, ni un poco de tabaco para esta pobre vieja.
Poncio, al ver la imagen de la Virgen, se santiguó. Fino la observó casi con indiferencia, solo pensaba en comer. El aroma del estofado de pollo no le dejaba pensar en otra cosa.
Ava/Eva se acercó al bargueño donde había quedado depositada la imagen de la Virgen. La acarició varias veces mientras murmuraba lo que parecía un rezo.
—Vamos a hacer un altarcito afuera —le explicó a Poncio—, bajo el alero, para que todos los vecinos puedan venir a venerar a la Virgencita. En manos de Cándida, la Virgen va a lucir más hermosa que nunca. ¿No es así, abuela? ¿Quién mejor que ella para cuidar a la madre de Dios?
Cándida prefirió no agregar comentario, al cabo que ni le importaba la Virgen esa ni lo que la mujer le decía. Ella tenía más respeto por el pomberito que por la imagen de yeso de una Virgen. Además, en ese momento, no le preocupaba la modesta escultura aquella, solo pensaba en cómo mandar de vuelta al hijo y al nieto. No los quería ahí, compartiendo la mesa con los tíos. Mató a los colorados porque la visita lo merecía, no Poncio y Fino. Los mató para la ocasión. Pero Ramón, que adivinó el propósito de la vieja, le dijo: “donde comen dos, comen cuatro”. Un niño y un pajuerano podían ser una mejor coartada. Hábil, presentaba su generosidad como amor cristiano. Compartiendo una cena cristiana. Compartiendo el pan como las penas. Y aquello de “dejad que los niños vengan a mí”. Después de todo, ese era el asunto: “Dejad que las niñas vengan a mí”.
—Pongo la mesa, Cándida. —Ramón preguntó de dónde sacaba platos, cubiertos, vasos. Pasó por atento y comedido.
—Usté e’invitado. Quédese quieto. —La misma orden le dio a Ava/Eva—. La chica pone la mesa. Con un gesto le ordenó a Zurita ocuparse. La niña obedeció, adentro escapaba a la mirada del muerto que la noche ya envolvía en sus capítulos.
***
44.- Todos los comensales se sentaron a la mesa. Por accidente, Zurita quedó frente a la ventana que daba a la pequeña llanura frente al rancho. A su derecha Poncio y a su izquierda Fino.
Por la ventana podía ver el mandarino. Verde, bajo la noche sin luna, verde, que bajaba a ciegas por las ramas hasta la cáscara del tronco en línea recta, hasta la tierra negra, hasta la tierra amargamente negra. Y un fruto nacía naranja, y otro rojo y otro naranja, un incendio redondo bajo la noche sin luna. Irradiaba, si no misericordia, calma, y la luz de los frutos entraban por la ventana por la que miraba la niña, conteniendo el aire en los pulmones. No había visto nada semejante hasta ese momento. Había algo de infinito en esa luz de los frutos. Los ojos ciegos bien abiertos traían la luminiscencia de tiempos que no se sobrepusieron al tránsito de la vida desde el nacimiento a la muerte. En la luz de los frutos no había semillas, sino pequeñas porciones de humanidad que se habían consumido en un reclamo sordo, nunca escuchado por quienes no agitaron nunca ni verbos ni señales y anduvieron los caminos como zombis, reptando como esos pequeños gusanos azufrados.
Todos comían. No hablaban; nadie pronunciaba una palabra. ¿No había nada que decir? El silencio se hizo a un lado cuando la luz de los frutos entró a la casa, y devoró la de una lámpara que colgaba del techo como una astilla blanca, y se apoyó sobre la mesa, entre los platos y las botellas, y todos adquirieron en el rostro la noción de ese color naranja.
Poncio estuvo así de hablar, pero prefirió seguir callado, como hasta entonces. Estaba iluminado, muchísimo, tal vez más que los otros. Miraba a Zurita como por accidente. Pensaba para sí: “¿Cuándo acabará esto?”. Tocó a Fino para saber si seguía a su lado. ¡Ni una palabra! ¡Ni una!
A Fino no le importaban las palabras, menos la luz del mandarino que no llamaba su atención, solo la comida. Si tuviera un espejo al frente, se palparía el estómago. Siguió comiendo tentando la carne del pollo.
Ava/Eva se balanceaba hacia atrás y hacia adelante y casi ni probó bocado. Luego, sin aviso, se tomó la cabeza con ambas manos. Parecía así, tocada por la luz de los frutos, más lacia pero menos humana. Ramón, en cambio, como estaba arrinconado, era la sombra extraña de un retrato absurdo, soportando él solo la densidad de su esqueleto.
Flanqueando a Cándida, Ladina y Poncio comían de un pan horrendo. Cándida encendió su pipa. Echó un humo elástico y ceniciento por la boca. Aunque no podía ver al viejo muerto, lo intuía, imperturbable, entre la luz de los frutos del mandarino y el gusano que le pendía de la cuenca de un ojo, retorciéndose fatídico y sin alma. Si el viejo tuviera su lengua entera, lo lamería.
Alguien dijo: “Llegó la hora”. Nadie preguntó de qué hora se trataba. ¡Tijeretic! ¡Tijeretac! La metaloide aguja de un reloj sonaba urgida. ¡Tijeretic! ¡Tijeretac!
La luz naranja se hizo más inmensa y el silencio se encogió hasta ser del tamaño de un pequeño caracol, que, insignificante, reptó por la mesa dejando por señal una baba blanca, delgada como la cuerda de un violín. Entonces se oyeron las voces de muchos niños.
—¡A comer mandarinas! —gritaban—. ¡A comer mandarinas! De todo el villorrio llegaban niños dispuestos a ir por los frutos del mandarino más dulce de todos. ¡A comer mandarinas!
Poncio le ordenó a Zurita ir por aquel fruto enorme, el que los iluminó durante la cena. Zurita movía negativamente la cabeza. No, no, no. Pero no salían palabras de su boca. Se puso de pie para ver dónde esperaba el viejo, pero no estaba donde siempre, agazapado, esperando lúbrico la lágrima cerosa del gusano de la cuenca del ojo.
Poncio le ordenó a Zurita ir por el fruto. ¡Vaya, carajo! ¡Ya es mujer, es hora de que vaya! Ladina tragó el último pedazo de pan de mugre y eructó una orden que la niña ignoró. Cándida sonrió, y humeantes bacterias salieron de su boca en un ronquido áspero.
—¡Vaya, m’hija! —gritó Poncio—. ¡No me va a decir que le da miedo si ya es mujer!
No fue eso lo que obligó a Zurita a ponerse de pie y a encarar hacia la puerta. El mismo Poncio la tomó de un brazo y obligó a incorporarse. “¡Vaya, carajo!”, le gritó casi en la boca. Tal vez por eso, Fino gritó: “¡Voy yo! ¡Voy yo!”. Y salió disparado a juntarse con la banda de niños que no dejaban de gritar: “¡A comer mandarinas! ¡A comer mandarinas!”.
La luz del árbol se fue apagando a medida que los niños llegaban hasta él y, de repente, la noche sin luna se hizo patente. Oscuridad. Cielo cadavérico, untuoso. Una nube traicionaba su pureza. Había un olor oscuro, y el mandarino sacudía sus ramas como un relámpago. Algunos minutos después, los niños volvieron con las bocas llenas del jugo y la pulpa dulce de las mandarinas.
***
45.- El camino que cruza de este a oeste llevaba un mal de viento completamente triste. Era oscuro abajo, arriba, y sudaba a ciegas, lo que era inevitable. Sonaban dos ruidos distantes uno del otro, a cada lado. Uno era nervioso, insomne. El otro llevaba la naturaleza roja de la sangre. Ruidos espontáneos que surgían de la mancha verde del círculo de árboles. El mandarino allí era un instante atroz de escalofrío. Al final, donde se espesaba la gravedad del horizonte, un hombre oculto tocaba una musiquita fúnebre que se arrugaba en un lamento largo y poderoso. Se expandía impaciente en todas direcciones. “¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?”, preguntaba. Nadie respondía. Nadie podía.
Del fondo del villorrio sonaban más voces; llegaban también de cada lado del camino, algunas eran de viejas, cada una con su lágrima ardiendo. “¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?”, preguntaban.
En cambio, el camino que cruza de norte a sur se había enloquecido. Donde la pálida osamenta asomaba en la última pedrada de la noche, rodaban dramáticos la piedra y el polvo, y el ruido era ronco, áspero. Nadie sabía dónde estaba Fino.
Los niños volvieron del más dulce mandarino a la corrida, en estampida. El árbol solitario se apagó cuando partieron. Se hizo martirio.
Zurita quedó a la puerta del rancho, tenía la edad bajo la ropa húmeda, temblorosa, y apretaba con sus manos el vientre. ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres! A pesar de sus temores, no estaba el viejo observándola de lejos, mirándole siempre las caderas, lamiéndose la llaga de los labios, saboreando la despedida de la suavísima pulpa. Ella oyó a los niños correr en tropel entre las sombras. Y aunque creía ver a Fino volver, él no estaba.
Fue Zurita quien dio el aviso. Hizo la pregunta. “¿Dónde está Fino?” Los niños se miraron entre ellos y todos miraron hacia el árbol. “No sé”, alguno respondió, pero no se supo quién. “¿Cómo no saben?”, balbuceó Zurita. Es que los niños ignoran muchas cosas.
Ladina y Oroño se enmudecieron. Los dos se asomaron por la ventana y temblaron incómodos. ¿Cómo que no ha vuelto Fino? La oscuridad lo envuelve todo. ¿Cómo saber si Fino está o no en medio de esa oscuridad? ¿Y por qué Fino?
Poncio salió a la puerta y a punto estuvo de apalear a la niña. Alzó el puño para golpearla.
—¡Qué hiciste, ija’e puta! —Gritó enardecido. Pero Zurita no estaba para aflicciones. ¿Qué sabía ella de esa ausencia? Se tomó nerviosa las manos y repitió tres veces la misma pregunta: “¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?”
Ava/Eva y Ramón permanecieron tranquilos, no dejaron sus asientos. Cándida sacó su pipa y encendió el tabaco.
—Habrá quedao jodiendo por allá —dijo la vieja y echó una larga chupada a la pipa—. Era que el pomberito ya estaba merodeando, le dije yo, pero no me quieren escuchar. No hay que buscar la cosa mala. Le dije a la madre: “Mirá al niño. Mirá al niño”. ¿Pero quién le da boliya a una vieja como yo?
Ava/Eva consintió con un leve movimiento de su cabeza. “Cosa de chicos”, dijo y bebió de una agüita azul, indiferente.
—Don Poncio, ¿quiere que vaya a buscarlo? —Ramón trató de ser amable. Poncio no respondía. Ramón se puso de pie, saldría para acompañar al padre a buscar al niño ausente. Era una obligación, ¿O para qué era milico? Pero Ava/Eva lo tomó de la camisa al tiempo que le decía:
—¿A dónde vas, Ramón? Está muy oscuro. Mejor esperar.
Demasiado oscuro. Le faltó decir “no te metas, el niño no es nuestro negocio”. Pero temió que todos la escucharan.
Ladina y Oroño no regresaron del temblor por mucho tiempo. Desde que se asomaron a la ventana no volvieron a hablar.
“¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?” La pregunta corrió en todas direcciones, golpeó todas las puertas y ventanas. El pueblo entero despertó de golpe.
***
46.- —Catorce horas de viaje para llegar a este pueblo de mierda. ¿Pueblo? Ni siquiera es un pueblo, es un maldito paraje, una ranchada de mierda. —El Hombre de Hojalata estaba enfurecido y no dejaba de repetir la palabra mierda.
—¿A qué calentarse, jefe? Ya estamos aquí. Es un trámite y nos volvemos. Usted va a resolver esto en un abrir y cerrar de ojos.
—Abrir y cerrar de ojos, abrir y cerrar de ojos. Qué original, lo suyo. Necesito whisky. Necesito mi Glenfarclas 25. Este viaje de mierda y la abstinencia me ponen loco, me alteran los sentidos. Y usted me habla de abrir y cerrar los ojos. ¡Qué lo parió!
—Acabemos este asunto y después toma lo que le venga en ganas.
El Hombre de Hojalata bajó del automóvil y caminó en círculos durante unos minutos.
—¿Qué mierda de color era el teléfono de El Mago de Oz, de la Ciudad o de quién mierda sea?
—Bolsa roja, señor. Bolsa roja.
—Bolsa roja… bolsa roja… ¿Qué le digo?
—Supongo: “llegamos”.
—Antes voy a llamar al Limpiador y al boludo que avisó del quilombo.
—Lo que usted diga.
—Si llamo al Mago para decir “llegamos”, me va a mandar a cortar las bolas.
—Entonces hable con los que nos esperan. Primero con el Limpiador, que es un tipo metódico y obsesivo. Ya debe de estar alterado esperando nuestro mensaje. Después con el tipo que avisó del quilombo. Ese debe estar deseando que nadie lo llame. Usted no va a quedar eunuco por este asunto. Jefe, nada más sagrado que nuestros testículos.
El chofer no le dio tranquilidad a El Hombre de Hojalata. Por el contrario. Verlo tan calmo le daba más desconfianza. Le había dicho que sospechaba que tenía la orden de asesinarlo y el tipo casi ni se mosqueó. Ahora llamaba a la calma. Pero esa calma caía sobre él aplastándolo, quitándole el aire, esperando un acontecimiento fatal a cada paso. Sin nada de alcohol, estaba como un viejo motor que no podía arrancar.
Qué más podía hacer sino hablar con quien iba a limpiar aquellas mugres de la fallida venta y secuestro innecesario. Además, no iban de turismo. No había mucho que ver en el pueblo. En medio de aquel gentío venido de afuera, hasta pasaban por unos periodistas más, y pasar desapercibidos era lo mejor para ellos.
El Hombre de Hojalata echó una mirada alrededor suyo. Todo aquel alboroto le parecía ridículo. Cuanto más observaba a los periodistas, más los aborrecía.
—Esto es una mierda, hay que irnos de acá. No se puede creer el quilombo que están haciendo estos periodistas de mierda. Hijos de puta. Ahora son los fiscales de la moral y todos son garpados por nuestros negocios. ¿A qué lugar cercano podemos irnos?
—A donde debemos ir. Mejor no andar dando vueltas al pedo. No falte que nos enganchen en una procesión con la monjita y terminemos en cana como unos giles. El lugar indicado por La Ciudad Esmeralda para resolver el asunto está a setenta kilómetros.
—¿Setenta kilómetros? ¿Pero a quién se le ocurrió?
El chofer se alzó de hombros. Dijo: “Donde manda Ciudad Esmeralda, no pregunta el chofer de turno”. Usted, mejor que nadie, sabe que para sobrevivir lo mejor es no preguntar y no contradecir. Lo mejor que yo sé hacer es mantener la boca bien cerrada.
—¡Qué carajos! Vamos. En viaje llamo a todos. Primero al Limpiador, después al arruinador, por último a El Mago de Oz.
—Es un asunto de poco tiempo. En una hora u hora y media estamos regresando. Si hay que descartar, es rápido. Si hay que limpiar, también. El asunto es la mercadería, dónde está la mercadería y quién se la llevó. Usted sabe que doce kilos no pueden ser un problema para nosotros.
—Claro que no. El asunto son los responsables. No tenemos ni idea quiénes son.
—Ya lo va a descubrir, por eso usted es un componedor. Usted, el Limpiador y yo vamos a arreglar este asunto y nos vamos a ir sin perder tiempo.
***
47.- Vengo a decirlo. A repetirlo. ¡Tantas veces pronunciados los verbos! Cada vocablo era fuego sin amor, despilfarrando sepelios en cada hogar. Así, la noche era una vasta ojera. Caía por la curvatura de un inmenso cuerno negro. Tocaba la tierra, fermentando la muerte, y volvía al cielo en una gota sucia. Desde lejos llegaba el sonido de la ausencia.
¿Dónde está Fino? Y ese sonido lúgubre se repetía, chocando con toda la materia que encontraba a su paso. ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino? Tres golpes de un martillo del vicioso destino.
Glisoría lo presentía. Lo sabía desde que partieron padre e hijo. No debió permitir que el niño se alejara de ella. Iba sucio, moqueando, como era costumbre. No debió permitir que el niño se alejara de ella.
Esperar fue solo tormentos. Lágrimas. Atenta a cada ruido, aun sabiendo que esos no eran los pasos de su pequeño. Imaginaba al niño estirando su lengua para palpar el labio inocente, bermejo, y atrás las manos, sin saber por qué atrás las manos, juntas, en rezo invertido, a escondidas, moqueando de a ratos como era costumbre, temblando las delgadas piernas, golpeando las rodillas con ese ruido a cáscara de hueso. Y abajo, los pies orinados, untados en barro de la llanura.
¿Hasta cuándo esperaría el regreso de Poncio a decirle la mala nueva? Minutos-minutos. Horas-horas. La sangre rotosa mendigando una herida por la que dejar salir al niño muerto. Otro parto pujando y pujando una cuchilla roja hasta mutilarse. Dejar salir al niño muerto de su infortunado útero. Muerto-ausente. Llorando a mares.
Oyó llegar a Poncio. Arrastraba los pies como salido de un sepulcro, rascando la tierra con sus pezuñas. Fatal. Desencajado. Zurita corría tras él, tal otra sombra, siempre tomándose el vientre para no perder por él la pulpa joven.
Poncio abrió la puerta y vio a Glisoría tirada sobre el piso de tierra del rancho. Zurita también la vio, temblando.
¿Hablar? ¿Qué decir? Poncio no podía articular palabra. ¿Qué diría? Fino desapareció donde el dulce y pródigo mandarino, allí donde los árboles crecen en círculos y se alzan a gusto en dirección al cielo. Donde el viejo cadáver exhibe sus inmundicias.
¿Desapareció? Un animal que dejaba oler sus costillas lo devoró y huyó en la madrugada hacia el pantano. O el pomberito misterioso saboreó su columna vertebral y lo llevó consigo dentro de su misma entraña. Poncio no tenía explicaciones. Tal vez no las tendría nunca. Evitaba mirar a Zurita, quien, a su vez, no podía dejar de observar a su madre estampada en el piso de tierra.
Poncio balbuceó unas palabras. Lo intentó varias veces. Era un bodoque gutural, ininteligible. Pero fue su esposa la que gritó primero:
—¡Dónde está m’hijo!
¿Qué iba a decir Poncio? Algo salió mal, no fue lo esperado. Un forajido. Un ciego con el esqueleto al aire. Una mandrágora invertida, una sustancia que asierra el alma y violenta las tripas hasta desvanecerlas. No tenía cómo explicar la desaparición de Fino sin revelarse a sí mismo. Guardar silencio era lo único que le quedaba. Para sí, repetía pensando en Zurita: “si esta hija’e puta hubiera ido a buscar la mandarina, el niño estaría aquí y yo con la plata en el bolsillo”. Pero de eso no hablaría nunca.
Glisoría volvió a gritar. “¡Dónde está m’hijo!” Zurita se abrió paso a través de su padre, que a esa altura de la oscuridad era apenas una condensación casi inhumana. Cuando llegó con su madre, se arrodilló junto a ella. Y lloraron, abrazadas, desconsoladamente.
A lo lejos crecía el bullicio de un pueblo que despertaba antes del alba a la desaparición de Fino.
***
El ministro esperaba. La sala en la que aguardaba al gobernador parecía más grande que lo habitual. Hubiese jurado que así era. Se estiraba hacia una oscuridad de aspecto ferroso. Al fondo, el sufrimiento de un agujero sin fin. No sabía cómo interpretar esa visión.
Para evitar esa visión funesta, podía mirar el paisaje por una gran ventana de la sala de reuniones, una que daba al este. El espectáculo era agradable. En el horizonte se pintaban unos círculos corredizos, verdes, marrones, azules, rojos. Piruetas sueltas a colores vivos, vibrando al girar desde la tierra al cielo, haciendo una escena memorable. Pero el ministro no quería verlas, o no podía. La mala espina le tocaba los nervios. Optó por cerrar los ojos. “¿Hay algo que mirar?”, se dijo. O tal vez pensó: “¿Para qué mirar?”.
Las nubes bien podrían definir un acertijo, como otras tantas veces habían hecho. ¿Y eso mejoraría la situación? Ni la respiración más leve, ni las palabras más fatales mejorarían todo aquello. Podía cerrar los ojos para imaginar su propio entorno, uno sin fatalidades, apacible. Pero no podía dejar de escuchar los reclamos. Los pueblerinos corrían en todas direcciones gritando a viva voz: “¿Dónde está Fino?”. Y repetían incansables: “¿Dónde está Fino?”.
Eso no era lo peor que estaba ocurriendo. Lo peor era que la pregunta iba dirigida a él y al gobernador, una flecha precisa de sílabas entrecortadas que, al menos a él, tocaba su cerebro con morbosidad. “¿Dónde está Fino, señor ministro?”. Se encogió de hombros: no respondería esa pregunta. Solo la podía responder quien se hubiera llevado al niño. Misterios de una tierra llena de misterios.
Toda su atención estaba puesta en cómo responder a la inevitable maniobra política de sus adversarios, quienes no desperdiciarían la oportunidad de sacar al partido gobernante del poder. Eso era importante para el señor ministro. Burlar los planes de sus oponentes y quedarse con el gran negocio era lo que importaba en ese momento.
En público, la desaparición del niño debería inspirarle piedad y pena. Era el protocolo. Pero estaba demasiado preocupado por la maniobra política como para disimular que lo embargaban esos sentimientos. Piedad y pena eran dos virtudes que no integraban su acervo.
El pueblo se había vuelto un gran desbarajuste. El griterío, por momentos, iba en aumento. Podía, con el dedo índice de cada mano, tapar sus oídos. Y aunque no dejara de escuchar los gritos de los vecinos reclamando por el niño desaparecido, sí podía apocar esos alaridos y volverlos más tolerables. Se imponía un estado de paciencia total. No se dejaría llevar por el tumulto, los periodistas, las arremetidas opositoras ni las lágrimas de una madre de la que ya le habían hablado, pero que él no estaba dispuesto en ese momento a confrontar.
Si al tiempo que tapaba sus oídos amortiguando el griterío cerraba sus ojos para no ver espectros amenazantes, bien podría repasar su plan salvador. Esa era su legítima función en el gobierno. Él debía sugerirle al señor gobernador las medidas necesarias para salir de cualquier atolladero o para apropiarse de un gran negocio.
Si un ministro era pescado en un prostíbulo con una niña, él debía transformar el prostíbulo en un santuario, a la niña en un angelito y al ministro en un devoto y fiel esposo, maravilloso protector de la infancia. Si otro era encontrado metiendo la mano en la lata, debía explicar que el dinero era un fondo de beneficencia y que el ministro solo buscaba acelerar la entrega de fondos para excelsas obras de caridad. Proteger al gabinete era proteger al gobernador, pero, por sobre todo, a sí mismo. Tenía grandes proyectos para su futuro.
No ver, ni oír, lo que todo ministro debe saber hacer. Y no hablar. Para nada. Nada de hablar, salvo que el gobernador le preguntara algo. Cerrar la boca era la consigna. Mantener la boca cerrada era algo que aprendió desde que empezó a incursionar en la política. El silencio es un gran salvoconducto. Dueño de lo que callas, esclavo de lo que dices. Ni ver, ni oír, ni hablar. Eso era lo necesario.
Pero en ese momento, en ese lugar, esperando al señor gobernador, lo diferente eran los perfumes. No había sentido esos olores con tanta intensidad en ninguna otra oportunidad anterior. Los había percibido, pero atenuados, sin ese raro vigor. Es que los olores tienen su propia ingeniería. Las moléculas se combinan de manera extraordinaria y él carecía de toda capacidad para controlar esas aleaciones. No podía dejar de respirar por su nariz y, por lo tanto, dejar de sentir ese particular perfume, porque aspirar el aire por la boca le provocaba una insoportable irritación en la garganta; luego, era toser y toser hasta quedar sin voz. No había llegado a la mansión del gobernador para permanecer sin hablar: necesitaba ordenar aquel caos y transmitirle al mandatario sus opiniones sobre cómo salir del escándalo.
Los olores, a medida que pasaban los minutos, iban adquiriendo una híbrida densidad de químicas funerarias, chocando sus elementos y hediendo a ronquidos de una boca podrida. Olor dulzón y desagradable. A frutas descompuestas. A aceite rancio. El calor y la humedad hacían más penetrantes esos olores. Y ese día, el clima era muy caluroso y la humedad muy alta.
No era esa la primera vez que descubría esa anomalía en el aire. En oportunidades había mantenido eso en secreto. Al acercarse al señor gobernador creyó apreciar esos perfumes. De inmediato alejó de sus pensamientos esa idea. ¿Cómo considerar que el gobernador podía despedir ese olor nauseabundo? El gobernador usaba perfumes muy costosos, traídos de Francia (los magníficos maestros para ocultar los repulsivos olores de sus orines, de sus diarreas, de sus aristocráticos piojos bajo sus roñosas pelucas), y siempre llegaba a las reuniones bañado en ellos. Pero, aunque otros no lo notaran, el ministro siempre percibía, a veces más y otras menos, esos fétidos olores cada vez que el gobernador llegaba a reunirse con su gabinete. Saber disimular es una práctica propia de un ministro importante. Él lo era.
Fue la mucama del gobernador quien lo sacó de sus elucubraciones. No la oyó llegar, tal vez por el eco de los gritos de los pueblerinos. Ella se acercó con sigilo, conocía de sobra el mal humor de los funcionarios del gobierno y siempre andaba temerosa de ser víctima de reproches e insultos.
La mucama tocó con suavidad el hombro del ministro, quien, sin alterarse, giró para ver de quién se trataba.
—El gobernador vendrá en minutos. Acaba de despertar. Le pide que lo espere.
—¿Usted pudo apreciar cómo se veía?
—No entiendo, señor.
—Si pudo verlo, ver su aspecto. Si estaba nervioso, si no había dormido. ¿Me entiende?
—No puedo entrar a la habitación del gobernador. Solo golpeo a su puerta hasta que me responde.
—¿Su habitación está sobre esta sala?
—En la que duerme solo, sí. La que comparte con su esposa, no.
El ministro se tomó su tiempo para preguntar por aquellos olores.
—¿Usted no huele nada extraño?
La mujer enmudeció de golpe. Prefería no hablar de ello. El ministro notó su cambio de actitud y de aspecto.
—No, señor. No huelo nada extraño. Con su permiso, señor, voy a seguir con mis tareas.
La mucama hizo una especie de reverencia y abandonó la sala.
***
El gobernador apareció de repente. El ministro no lo escuchó bajar por la escalera de madera que llevaba al piso superior. Unos ¡clac! ¡clac! se oían: golpecitos tenues sobre la madera, como si descendiera por ella un animal sigiloso. Tal fue su impresión. Esos delicados golpes le recordaron el andar de un cascarudo sobre una hoja de papel. ¡Clac! ¡Clac! Luego una voz —más que una voz, un silbido— lo hizo volverse para ver qué había a sus espaldas.
Estaba el gobernador a corta distancia, los ojos rojos, desorbitados, la boca tiesa, lanzando al respirar ese silbido que imitaba el ruido de la hoja de una sierra contra la madera seca. Nunca antes lo había visto con ese aspecto tan desmejorado. Lo más llamativo era la forma que habían adquirido sus ojos. A primera vista no sugerían una mirada humana. Pero si no era humana, era necesario preguntarse a quién pertenecía realmente esa mirada. Los ojos habían adquirido una apariencia reniforme y se habían desplazado hacia afuera, alejándose de la nariz tal vez un par de centímetros.
El ministro supo no perder la compostura. Trató de achacar esa visión a su propia fatiga mental, a sus propias confusiones. Todo ese alboroto, extraño en aquel lugar, lo había obligado a enfrentar sus propias limitaciones y no estaba del todo seguro de que pudiera lidiar con sus consecuencias. Si las cosas no salían como las había planeado, todo acabaría en un desastre.
El gobernador avanzó hacia el ministro y no lo saludó. Su habitual cortesía, aunque falsa, había desaparecido por completo. Como si toda su impostura de lúcido gobernante hubiera desaparecido en ese preciso momento. Se detuvo a pocos centímetros de distancia del funcionario y puso su omatídica mirada sobre la humanidad del ministro. Sin quitarle la vista de encima, comenzó a caminar a su alrededor en círculos cada vez más apretados. Casi llegaba a rozarlo. Tal vez era eso lo que buscaba: rozarlo, incomodarlo, hacerle sentir su novedosa epicutícula cerosa, ríspida y oscura.
Una, dos, tres vueltas y muchas más, sin prisa pero sin detenerse. El sonido metálico de sus pisadas se hacía más duro y potente. El peculiar olor que despedía el cuerpo del jerarca se impregnaba en la ropa del visitante. Si le hubieran preguntado al ministro qué esperaba en ese momento por la actitud de su jefe político, era un ataque feroz. Muchas veces especuló en cómo sería su muerte: si un infarto, un derrame cerebral, un cáncer fulminante. Pero jamás la imaginó de ese modo. Tuvo la certeza de que un gran depredador se aprestaba a un ataque letal contra la presa.
Pero el hombre se detuvo de golpe y hasta se alejó prudentemente. El ministro recuperó algo de su habitual serenidad. Aspiró aire y lo retuvo. No lo inquietó el pegajoso perfume que espesaba el aire en la habitación. Trataba de encontrar para sí una explicación.
Sabía que los hombres mutan de maneras extraordinarias. Cuando son jóvenes tienen ideales, se referencian en la izquierda política. Y luego, como quien no quiere la cosa, se vuelven conservadores. O ultraconservadores. O libertarios frenéticos defensores del libre mercado a ultranza. Monigotes fascistas, algunos. La ministra auscultando intestinos de animales con videocámaras podía explicarlo mejor que él: tránsfuga de un extremo político al otro sin siquiera ponerse colorada una vez.
Pero esas mutaciones tan habituales en la política no se podían comparar con la que sufría su jefe político, el gobernador. Quizás fuera la derivación inevitable de una forma de ejercer el poder que no sabe ni puede asumir el fracaso como posibilidad. ¡Y todo por algo que estaba casi por completo bajo control!
La espiritualidad del gobernante mostraba los signos indiscutibles de una metamorfosis extraordinaria. Pero lo alucinante, pensó el ministro para sí, era el cambio en su aspecto físico. Alucinante. Esa era la palabra.
Al estar tan próximos uno del otro, notó que el gobernador estaba algo encorvado, más que en ocasiones anteriores. Era un hombre joven. Su postura siempre era altiva; él envidiaba el porte de su jefe. Pero esa mañana lo notaba encorvado: una incipiente joroba parecía crecer en la espalda. No era muy significativa, pero sí visible. Hubiera jurado que bajo la robe de chambre se disimulaba un duro caparazón, una coraza, y que al pecho plano lo seguía un vientre algo abombado.
Su aspecto general le resultaba extraño. La cuidada anatomía del gobernador parecía completamente alterada, desorganizada o, en todo caso, organizada de una manera como nunca antes había apreciado. Más encorvado, con algo de panza, crujiendo bajo sus pies el piso de fina madera y oliendo horrores. Pensó que tal vez el gobernador, temeroso de una revuelta y de un ataque criminal, estuviera calzando un chaleco antibalas. Esos incómodos chalecos a veces producen desagradables deformaciones y, bajo sus gruesas capas protectoras, la transpiración se torna un tufo insoportable.
Él lo había padecido en alguna oportunidad. Así veía y olía a su jefe. Actuó como si no ocurriera nada extraordinario. Era más sabio disimular que atreverse. Por lo tanto, no veía lo que veía, no olía lo que olía. Todo se podía atribuir a la agitación a la que todo el pueblo, y en especial los funcionarios, estaban sometidos. Recuperó su habitual comportamiento: no hablaba de lo que apreciaba y tampoco de lo que su olfato le indicaba. Ignora la verdad. Miente y sobrevive, bien podría haber sido su máxima. Así había logrado trepar a funciones de gobierno.
Sin ninguna advertencia previa, el gobernador preguntó casi a los gritos:
—¿Por qué tanto desorden? ¿Qué hace toda esa gente gritando en la puerta de mi casa? ¿Hay algo nuevo que justifique este quilombo? ¿No saben que tengo esposa, hijos, familia? ¿Y usted para qué mierda está? ¿Para mirar por la ventana?
El ministro no supo disimular su sorpresa por la airada queja ante el ruidoso reclamo popular.
—Vox populi, gobernador. Vox populi, vox Dei —dijo para justificarse.
—Vox populi las pelotas.
No era ese un buen día. Los hubo malos y muchos, pero hasta entonces la desaparición de una niña o un niño no iba acompañada de semejante escándalo.
Trató de explicar al gobernador en qué punto estaba la situación, aunque no demostraba entusiasmo sincero al hacerlo.
—Es que van varios días sin noticias de ese niño. La gente está excitada, y los periodistas que nos han invadido la excitan aún más. Todos esperan que digamos algo al respecto.
—¿Y por eso vienen a hacer quilombo a mi casa, a joder a mi esposa, a fastidiar a mis hijos?
—Lo lamento, señor gobernador.
—¿Lo lamenta? ¿Sabe por dónde me paso sus lamentos? Sáquelos con la policía. ¿Para qué tenemos policía? ¡Sáquelos de mi casa! ¡Aléjelos antes de que pierda la paciencia!
—No podemos mandar la policía para que los desalojen. Sería una imprudencia, sería echar nafta al fuego. La gente se enfurecería. La masa se va a cohesionar por la furia y eso suele ser muy malo para cualquier gobernante. Hay que ser pacientes, darles el tiempo para que se manifiesten. Aparecer como tolerantes y comprensivos. Es hora de apaciguar los ánimos, no de caldearlos. Tal vez convenga, si me permite, que su familia se instale en la estancia.
—¡Claro! ¡Así después empiezan a decir que huimos porque tenemos algo que esconder! ¡Empiezan a hablar boludeces del tamaño de mis estancias! ¡Que si son quinientas hectáreas, que si son mil, que si son dos mil! ¡Dicen que tengo un millón de hectáreas! Si tuviera un millón de hectáreas no estaría aquí aguantándome todo este quilombo. Y cuando no les alcanza con las hectáreas, empiezan a decir cómo las compré, de dónde saqué la plata, qué mierda cultivo en mis estancias a las que nadie puede entrar porque seguro oculto algo, y dale y dale y dale con mis propiedades. ¡Un carajo voy a mandar a mi familia al campo! ¡Esta es nuestra casa! —gritó muy exaltado.
—No nos vamos a dejar llevar por las habladurías, gobernador. Han dicho tantas cosas de nosotros. Y dirán tantas otras. Si nos dicen “mal bicho”, lo tomamos como un halago. “Chorros de mierda”, como un error de cálculo. “Pedófilos”, una mala interpretación de acciones sobre la infancia primera. Somos gente grande, habituados a todo el chismorreo pueblerino. No nos vamos a dejar llevar por las charlatanerías.
El gobernador, al escuchar las palabras de su ministro, comenzó a dar vueltas sobre su propio eje. Era un movimiento circular, ritual. Por cada vuelta sonaba ese ¡clac! ¡clac! Resultaba poco natural ese sonido metálico, y el comportamiento absurdo de dar vueltas y vueltas sobre un mismo punto. Nada de su actitud era normal. Aunque, para no faltar a la verdad, en ese momento nada parecía transcurrir de manera normal.
Cualquiera, pensaba el ministro, que sabe que lo acusan de ser un pedófilo o de consentir el negocio de la pedofilia, pierde la compostura y adquiere comportamientos extravagantes. Así como el gobernador comenzó a caminar en círculos, se detuvo y clavó su mirada en los ojos del funcionario.
—Ministro —dijo con ese silbido peculiar que había adquirido su voz en esos momentos—, pregunto sin ofender su competencia: ¿para qué mierda tenemos policía? ¿Para qué mantenemos una manga de vagos a sueldo que no pueden proteger la casa del que les da de comer?
El ministro inhaló con fuerza el aire, buscando no solo oxigenarse, sino encontrar paciencia para su respuesta. Pero sintió con más vigor ese olor pútrido que hedía el gobernador y que le costaba mucho disimular.
—Eso mismo se pregunta la gente, en especial la madre del niño. ¿Para qué tenemos policía si un pibe de cinco años puede desaparecer sin dejar rastros?
—No me refiero a esa pregunta. Preguntaba por mi seguridad. Y la de mi familia.
—Hay que ser pacientes, gobernador, ya se lo dije. La gente está enojada, podemos tolerar ese enojo siempre y cuando no pase a mayores. Démosle la oportunidad de manifestar su bronca. Eso no nos complica. Pero busquemos darles una explicación creíble. Que el niño escapó y se ahogó en el pantano, que lo atropelló un automóvil o un paisano a caballo y que él o los responsables, asustados, se deshicieron del cadáver. Al fin de cuentas, el pibe era un cagadita, no pesaría ni veinte kilos. O digamos que se lo llevó el pomberito. El pomberito siempre está a mano, sirve para explicar muchas cosas. Creo que debemos pensar en varias explicaciones diferentes. También en varias conferencias. Que hablen los fiscales, que hablemos los ministros, que hable el cura, el policía, la vieja que fuma en pipa, las putas del prostíbulo, que hablen hasta los perros y los gatos, todos. Y al final, usted se presta a un reportaje y dice lo que más nos conviene.
—¿Un reportaje? ¿Quiere que me hagan un reportaje?
—Sí, previamente arreglado, como corresponde.
El gobernador se acercó al ministro, quien tuvo que contener el aliento. El olor nauseabundo se volvió tan intenso que debió esforzarse seriamente para evitar vomitar a su jefe.
—¿No dijo la ministra que al chico se lo comió un yacaré? ¿No dijo eso?
—Sí, gobernador. Dijo eso estando sobria. ¡Lo que diría en otras condiciones! La ministra tiene mucha facilidad para decir cualquier estupidez y darla por cierta. Es una profesional de la estupidez.
—Que les hagan radiografías a todos los bichos. Que les metan una cámara por la boca y otra por el culo a todos los bichos. Si lo dijo la ministra, ¿por qué vamos a poner en duda su palabra?
El ministro debió hacer un gran esfuerzo para contener la carcajada.
—La ministra dice cualquier boludez, gobernador, y usted lo sabe mejor que nadie.
—Vieja imbécil. Radiografiar yacarés. Imbécil. Hay que ser idiota. ¿Dónde estudió veterinaria la bestia esa? No sé para qué mierda se vino al pueblo.
—Vino a hacer política.
—¿Política? ¿A eso le llama política?
El ministro hizo un gesto como quien disipa algo de polvo que flota en el aire.
—Politiquería. Proselitismo barato. No le vamos a pedir peras al olmo. Pero somos aliados, gobernador. Nosotros les votamos lo que piden, ellos nos mantienen los porcentajes.
—Nunca cumplen con los porcentajes, siempre andan pichuleando.
—Porque así es la política. Nosotros hacemos lo mismo con nuestros municipios. Está la cadena de la infelicidad y la cadena de la felicidad. No voy a explicarle a usted, que sabe mejor que cualquiera de nosotros, cómo sacar provecho de cada una de esas cadenas. Los infelices piden presupuestos, los felices disfrutan los dispendios.
***
50.- Al gobernador, contener al insecto que crecía en su interior ya no le resultaba tan sencillo. El tumulto a las puertas de su mansión le provocaba un malestar hasta ese momento nunca conocido. Algo debía hacerse para alejar a la caterva de perversos políticos y periodistas que alimentaban el escándalo nacional. No iba a devorar al ministro, un deseo que nació de las potentes enzimas de su estómago y alcanzó las dimensiones de la boca. La antropofagia, común entre los insectos, era una abominación entre seres humanos, que difícilmente se le podía presentar como una verdadera solución. No es que no lo hubiera considerado, pero algo le sugería que su boca no tendría ni la fuerza ni los dientes adecuados para triturar una considerable masa de carne y huesos humanos.
Aquellas versiones que le llegaron sobre los hábitos presidenciales de comer carne humana procesada y madurada en delicados y pintorescos envases de vidrio siempre le habían parecido una exageración de los opositores políticos. “El presidente puede ser un comemierda, pero no un antropófago sin escrúpulos. Ella no se lo toleraría”.
Recordó el gobernador algo de una tal Sofía, que le mencionó entre lágrimas su esposa, perturbada por la desaparición de Fino.
—Ministro, ¿qué es eso de una tal Sofía, o algo así, que estamos obligados a hacer? No recuerdo bien de qué se trata. Me habló mi esposa del tema.
—¿Se refiere a la alerta que lleva el nombre de la niña Sofía?
—No sé, dígame usted. No recuerdo de qué mierda me habló mi mujer, que no paraba de llorar todo el tiempo.
—Alerta Sofía, gobernador. Es un aviso, una alerta, como dice su nombre, que se debe dar cuando se sabe de la desaparición de un niño. Se llama Sofía por la desaparición de una niña con ese nombre en Tierra del Fuego. El ministro de Seguridad está a minutos de imponer esa alerta. Deberíamos haberlo hecho antes, pero —agregó, sin disimular su cinismo— nunca es tarde cuando la dicha es buena.
—Alerta Sofía. No tenía ni idea. Cuando vienen esas niñas a visitarnos, ¿también suena esa alerta?
—No es el caso. Son situaciones diferentes. No hay que mezclar el placer con el delito. Nunca.
—¿Servirá de algo imponer esa alerta?
—No, para nada. Ya pasaron muchas horas de la desaparición, pero… algo es algo. Servirá para que no digan que no lo hicimos. Cuando nos acusen de no haber dado la alerta de manera rápida, le echaremos la culpa a los fiscales y a la policía. Para eso están, para pagar los platos rotos de la fiesta. O diremos que el tiempo de espera fue prudente. Esto dejará más tranquilos a los funcionarios judiciales que, de seguro, no querrán aparecer como incompetentes o, peor, como cómplices.
***
51.- El ministro no tenía escrúpulos. Su conciencia había sido hecha a medida para aquellas funciones. Su toc religioso era inverso: mientras unos padecían preocupación excesiva por la moralidad, él la tenía por la inmoralidad.
—¿Qué es moral? —se preguntaba. Y se respondía: todo aquello que me sirve para sostenerme en el poder.
Con ese dogma en sus pensamientos, dilató la imposición de la Alerta Sofía.
—Tiempo al tiempo. El apuro nunca es buen consejero.
No permitiría, dijo, que los trastornados delirantes que correteaban de aquí para allá por toda la provincia gritando “¿Dónde está Fino?” echaran a perder uno de los emprendimientos más redituables. El dinero no abundaba en ese momento, las partidas presupuestarias eran flacas y sostener el andamiaje que había llevado al poder al gobernador y a él, su más fiel ladero, requería del preciado fluido del dinero.
¿Importaba su procedencia? El dinero no nació inmaculado. El presidente mismo lo ha repetido muchas veces: no importa de dónde sale el dinero. El dinero es solo una forma de cautiverio, una ilusión de libertad. Desde que el mundo es mundo —pensaba el ministro— toda fortuna se forjó con la sangre de esclavos que, incluso, no pudieron nunca comprender las cadenas que los mantenían sujetos.
Fue él quien ordenó no cinco, sino diez líneas investigativas que se contradijeran unas a otras: venganza, drogas, pedofilia, religiosidad, pomberito, yacarés, pumas, pozos, vientos, fuegos. Todo servía para no llegar a ninguna conclusión verdadera: venganza narco, deuda de drogas, ritual satánico, superstición, animales salvajes al acecho de carne fácil, pozos misteriosos tragándose personitas sin dejar rastro alguno, vientos furiosos que todo lo arrasaban, fuegos abrazadores.
Niños y niñas desaparecerán siempre. Así pensaba el ministro y lo repetía todo el tiempo. Ha ocurrido desde el principio de los tiempos. No tenía dudas sobre lo que para él era “la naturaleza humana”.
Algunos de sus cercanos colaboradores lo advirtieron de que en todo aquello no debía descartarse un error de mercaderías. Los alcahuetes del gobernador, repartidos en todos los pueblos —incluso en los más insignificantes— así lo decían en sus mensajes: Error. Error. Error. ¿Error? Sí. La mercancía vendida nunca se obtuvo. Error. Error. Error. Solo un error podía explicar aquella desgracia.
Pero el ministro sabía muy bien que en esa desgracia no había ningún error. La premeditación era el arte de hacer creer que un imponderable ha torcido el curso de la historia. Y tener un coro de ignorantes que repite lo que más conviene al poder era un instrumento extraordinario.
Era el tiempo de los gritos, las corridas, el instante del pútrido olor del gobernador —ya no solo por la boca— y ese deslizarse por el cuerpo unos crespones en dirección a su cuello para sacarle el aire hasta amoratarlo. Era el caos antes de la tranquilidad.
Recordaba, mientras observaba al gobernador debatirse entre su ira y mutación, a la niña de los pequeños senos y se preguntaba si la habrían perdido para siempre. La que estaba de pie frente al escenario al que estaban subidos él y el gobernador, llenos sus rostros de morisquetas, y allí subidos, montados sobre la tarima a metro y medio del suelo, no dejaban de observarle los pechos a la niña muerta de miedo. Temía que no volvería a acariciar esos latentes pezones. Y no debería tener tanta importancia esa ausencia sabiendo que habrá tantas niñas como esa en la provincia, porque hijas y gatas no dejarán nunca de parirse.
Fue el extraño silbido de la voz del gobernador lo que lo sacó de sus pensamientos.
—¿Y ese policía que mandó al pueblo hace un tiempo?
El ministro evitó mirar al gobernador.
—Con el cura.
—¿Va a hacer algo ese inútil?
—Le di órdenes precisas. Nada de marchas, nada de quilombos.
—Pero el quilombo lo tengo en la puerta de mi casa. No solo en la puerta. Mi mujer me llora todo el día. La inútil descubrió que en este país se roban los niños. Ni que fuera una novedad.
—Vendrán los fiscales a dar una conferencia de prensa. Y si no alcanza, vendrá algún juez. Pero no descarte que usted mismo, como ya le sugerí, deba decir algo al pueblo. Todos están esperando una declaración suya.
—¿Mía?
—Suya. Se la puedo dictar ya mismo.
Hombre conocedor de los estados de ánimo de su jefe, prefirió eludir la oferta.
—Por ahora no es necesario. Policía, cura, fiscales, juez, este humilde ministro. Si nuestra intervención no los conforma, entonces usted será el recurso salvador.
El gobernador movió negativamente su cabeza. Ignoró por completo al ministro y subió a toda velocidad por la escalera hacia su habitación. Las palabras que dijo mientras subía ya no se podían entender. El silbido que salía de su boca era tan penetrante y latoso que el ministro y la servidumbre debieron taparse los oídos, aturdidos por el sonido.
***
52.- Padre Nuestro. Madre Nuestra. Por mi pecado. Por tu pecado. Dios, todo ha muerto. Lo narraré de rodillas. Muerto. La horma de Dios, la sepultura. En el fondo, un animal retorcía su forma apuñalada. Su llanto se confundía con el canto de un ave que parecía atrapada en su garganta, como si el mismo dolor intentara alzarse al cielo.
Entretanto, bajo el implacable sol del mediodía, la esperanza se deshacía en cenizas, calcinada en su propia impotencia. Muy cerca, un rosario susurraba entre las manos secas de unas ancianas ciegas, desdentadas, sombras de un fervor quebrado. Sus uñas, agrietadas y ásperas, parecían clamar su propia oración: las del Señor, esas, no son contigo. Viejas, llenas son de desgracias. Huyendo de sus babas como podían. Ya no sabían llorar, sus lagrimales estaban abolidos, el nervio seco, difunto. Monocordes repetían:
—¿Dónde está Fino, dónde?
Una implacable membrana humana sonaba a sangre cuando el nombre de Fino era absorbido por la prensa banal.
—¡Noticias! ¡Noticias! ¡Compren las últimas noticias!
No había misterio. Todos sabían de qué se trataba, y mientras la procesión avanzaba por una callejuela, la cruz se alzaba a gusto por sobre las sombras.
—¿Dónde está Fino?
El periodista babeaba cruel la pregunta. Silencio. Zurita, que estaba a metros de distancia de la procesión, no podía quitar su vista del enorme crucifijo que encabezaba la marcha. Allí quedaba prendida de los clavos del Cristo y la piel de su rostro se acuarelaba cada vez más. Ojos llenos de noche, dolor sin fin, sin Fino, lágrima verídica en cada ojo, nerviosa.
El cura metía miedo. No rezaba como los rezadores ni repetía un fragmento de la Biblia para consuelo. Desde que había llegado al pueblo, su deseo era irse de allí sin ser visto, una noche, una tarde, sin explicaciones. No aspiraba a ser auxilio de esas pobres gentes. En esa tarde de marchas por el niño, su aspecto caía a plomo sobre las sombras en la tierra y su voz crujía de golpe cada palabra, como nunca antes. Repetía alzando la voz lo más que podía:
—¡Oremos! ¡Oremos! Pecadores.
Y de la multitud, el silencio.
—¿Dónde está Fino?
La pregunta se repetía. Por eso la procesión que comandaba el cura caminaba hacia ningún lado. Ese era el propósito: dar vueltas alrededor de un vacío cenagoso, gusaneando en el fondo sobre una carnecita púrpura una anélida criatura oscura.
—¡El Señor es contigo y con todos sus invertebrados! ¡Coman de esta pudrición, comulguen la muerte y la mentira!
De reojo, el cura, que sudaba por la frente hasta el pómulo su hipocresía, espiaba a la maldita monjita que no lo dejaba disimular su mala actitud. Y tras la monja, otras viejas. Cada una con su muerto gruñendo a cuestas. Las viejas, todas ciegas, los ojos ciegos bien abiertos, sabían mejor que nadie que el cura las sermoneaba para nada. Ellas entendían el pecado mejor que los balbuceos de los muertos en cada visita al pequeño cementerio, donde yacían incómodos en pequeñas trincheras cavadas hasta metro y medio de profundidad.
Glisoría llegó desde una arruga de la tarde-noche. Su alma en pena la tiraba al piso una y otra vez. Pálida criatura. Zurita la buscó con la mirada. La vio caída sobre su propia pena. Llegó hasta ella. La abrazó. La monja y las viejas las rodearon y repetían:
—¡Dios te salve, Madre!
El cura se mantuvo a prudente distancia mientras se acentuaba el ocaso. Detrás de él, el policía se escondía a buen resguardo de las viejas que esparcían las plumas de unas aves a modo de conjuro. A cada lado de la procesión, los periodistas repetían sus rollos a pedido de sus patrones: párroco, tripas, gotas, llantos, monjas. Y lentísimas fotografías cavilaban una pequeña muerte en un imaginario ovillo negro de fatídico alambre de enfardar.
***
Aunque estaba del otro lado del llamado, podía imaginar la escena: El Hombre de Hojalata hurgando en una “maldita bolsa verde”, repitiendo insultos sin detenerse, rindiéndose a la necesidad de convocarlo para una nueva y perfecta limpieza. Tal vez lo acompañara otro servidor, con seguridad un chofer, dado el caso y por la lejanía, quien debió repetir en más de una oportunidad en qué bolsa estaba el celular para enviar el mensaje de reunión.
Por alguna razón basada en la rutina, siempre los celulares usados para enviar escuetos mensajes a los subordinados eran guardados en bolsas verdes para los Limpiadores, azules para los Operadores locales y rojas para informar a el Mago de Oz. Esto, muy a pesar suyo, que consideraba que la rutina abría las compuertas del fracaso sin que nadie lo notara.
El Hombre de Hojalata siempre se enfurecía por razones que él desconocía, en cada oportunidad que tenía que convocarlo a una limpieza. Sabía que esa no sería diferente. Más o menos libras de carne y hueso no eran pretexto para su enojo. Después de todo, era él quien debía calcular medidas y pesos en cada oportunidad. El Hombre de Hojalata no hacía más que componer y supervisar; el resto no dependía de él.
¿Qué le molestaba de su persona al Componedor, como se lo llamaba? No podía ni imaginarlo. Por otra parte, nunca le hubiera preguntado. ¿Temía su respuesta? Tal vez. El Hombre de Hojalata parecía un ser poco significativo, pero era engañosa esa suposición. Lo relevante era que a él no le importaba la opinión de sus convocantes. Qué pensaran de él unos y otros era insignificante en el universo de La Ciudad Esmeralda. Lo sabía muy bien. Allí todos los valores estaban subvertidos. Eran otros los méritos que se apreciaban en el submundo de esa ciudad de la perversión.
Si haces bien tu trabajo, el Mago de Oz te apreciará y hasta protegerá. Si ordena eliminarte, es porque no tuvo alternativa. A veces ocurría. “Gajes del oficio”, le había advertido su padre. Si La Ciudad Esmeralda decidía eliminarte, se ocuparía de cuidar de la viuda e hijos, garantizando a la viuda una jugosa pensión hasta su muerte y a los vástagos una subvención que asegurara estudios y buena vida hasta la mayoría de edad.
Él no tenía esposa ni hijos. Era solo un trabajador. Un verdadero obrero de la limpieza. Y en el mundo que lo rodeaba y necesitaba, todo era nada más que trabajo, suciedad y limpieza. El trabajo era siempre saludable; la limpieza, su presentación más ordenada.
Para su tarea no importaba el tamaño, el sexo, la edad. Todo era materia orgánica posible de ser reducida con diferentes métodos: el fuego, el agua, la tierra o los hermosos cerdos hambrientos. O unas cuantas yardas de alambre de enfardar.
Tal vez el disgusto de El Hombre de Hojalata fuera una señal de su destino. O el indicio final de su fortuna póstuma. Los Dioses del camino de la Mano Derecha no pudieron explicarle qué debía esperar con el paso del tiempo. Por eso los descartó a todos como guías espirituales. No sabía si ese fracaso se debió a la debilidad de esos dioses o a su duro espíritu formado de manera casi espartana. Frío, hambre, golpizas: eso decía de cómo fue su educación.
Todavía podía rascar los costurones en que se habían transformado las cicatrices que su hermano mayor y su propio padre le infligieron, aunque por motivos muy diferentes. Todo lo que aprendió lo aprendió de su padre: a leer, a escribir, a recordar, a pensar. Las golpizas de su hermano eran un asunto que no tuvo nada que ver con su formación. Lectura, mucha lectura. Toda clase de libros, todos los días, hora tras hora. Tantas veces le leyó su padre La Divina Comedia, que recordaba poemas enteros de la obra de Dante.
Al entrar en la adolescencia, su inteligencia cambió de una manera extraordinaria. Todas las religiones fueron puestas en duda, ningún dogma moral fue deificado. Se convenció de que en la vida terrenal no hay nada que deba ser considerado sagrado. Los ídolos de madera que pueblan los altares de todas las iglesias son obras de manos humanas, y pueden ser destruidos con facilidad. ¡Todo lo que el hombre ha hecho puede ser destruido!
Su padre, el Gran Limpiador, se lo dijo en más de una oportunidad: “En este árido desierto de acero y piedra, elevo mi voz para que puedas oírla. Al Este y al Oeste hago una seña. Al Norte y al Sur muestro un signo que proclama: ¡Muerte a los débiles, salud para los fuertes!”
Muerte a los débiles. Esto no solo lo repetía su padre como una consigna salvadora. También su hermano lo decía mientras lo aporreaba. ¡Muerte a los débiles! Aunque aborrecía esas palizas, al crecer empezó a reconsiderar los porqués de tales tundas, las razones verdaderas de ese comportamiento. Así, el abusador lo había obligado a estar siempre en alerta. Sus cinco sentidos se agudizaron notablemente y se alejó por voluntad propia de las multitudes desorientadas que vagan por el mundo sin destino.
De alguna manera supo de sí mismo más de lo que hubiera podido por caminos sin violencia. Puso en duda todas las cosas, y eso le dio la devoción necesaria para cumplir fielmente su tarea.
***
Un simple mensaje. Una palabra: “reunión”. El lugar del encuentro ya lo conocía. La condición era que él debía llegar primero; sin embargo, sabía que El Hombre de Hojalata siempre se le adelantaba porque desconfiaba hasta de su sombra. Se preguntaba si sería el alcohol lo que lo volvía tan desconfiado y repulsivo. No todos los alcohólicos tienen el comportamiento que el Componedor exhibía sin pudor. Era soberbio, pero sabía representar la modestia con inteligencia. Pasar desapercibido era un arte que pocos sabían ejercer. Repulsivo, sí, pero disimulaba con arte su esencia grotesca. Disimular era su mejor recurso, una condición indispensable para sobrevivir.
El Limpiador, sin embargo, sospechaba que luego de cierta cantidad de whisky las virtudes se disolvían a medida que el alcohol invadía los tejidos. Con los años, el cerebro se estruja; a la euforia transitoria le sigue una honda laguna mental que obnubila la razón y crea sus propios fantasmas. Él, un asceta educado a longazos desde la niñez, detestaba ese comportamiento disipado. Pero no podía elegir con quién trabajar: prestaba un servicio y no daba órdenes.
Aunque el Componedor se escondiera para ocultar su presencia, el olfato le permitía reconocer el perfume del Glenfarclas 25 Años a metros de distancia. Si El Hombre de Hojalata supiera que lo identificaba por su intenso olor a alcohol, agregaría una razón más a la animadversión que mostraba hacia él.
Si había recibido la convocatoria a reunión, también debió recibirla quien informó del incidente de la captura de un niño en territorio exclusivo de La Ciudad Esmeralda. Entonces, debían reunirse los cuatro involucrados en el asunto: quien mandó el aviso, El Hombre de Hojalata, su chofer-informante y el Limpiador. Cuatro partes integrantes para un solo escándalo verdadero. Una cuaternidad para nada divina. Alguno de esos cuatro debía revelar asuntos de importancia sobre esa desaparición. Él no era uno de ellos. Suponía que podía ser El Hombre de Hojalata.
Como en el equipo no había un sicario —lo sabía aunque no se lo hubieran informado— dedujo con razón que el chofer debía ser quien ejecutara al que el Componedor le ordenara. El infortunado mensajero debía entregar la mercadería fallada. Lo indicado era que lo hiciera sin dilaciones: perder tiempo en una situación semejante resultaría realmente estúpido. Ninguna excusa lo pondría a salvo. Podía confesar dónde la tenía sin que mediara violencia, o podía hacerlo luego de ser sometido a una horrible sesión de tortura. Seguramente el desgraciado no sabía que, cuando una sesión de tormentos comenzaba por orden de el Mago de Oz, no terminaba cuando el infeliz confesaba, sino cuando el jefe del verdugo —en este caso el Componedor— lo decidía. Eso a veces no ocurría de inmediato. El Hombre de Hojalata solía tomarse su tiempo para todas las cosas. La Ciudad permitía continuar los tormentos con el solo fin de que otros infelices que se atrevieran a estafar al mago supieran lo que les esperaba.
De qué manera asesinar al transgresor no era asunto suyo. Esa tarea estaba librada a las inclinaciones del sicario: arma blanca, arma de fuego, asfixia, aplastamiento u otras variaciones. Nunca se puede saber lo que un asesino prepara para sus víctimas por encargo. Esperaba que el descarte del niño no fuera demasiado traumático. No por piedad, sino por ahorro de tiempo y esfuerzo. Su ascética educación lo hacía proclive al ahorro de todo gesto grandilocuente. La modestia, hasta en la forma de matar y descartar, era una virtud que apreciaba de forma casi religiosa.
Su trabajo era descartar sin dejar rastro alguno, y sobre eso ya había decidido el método. Para la mercadería fallada, unas cuantas yardas de alambre de enfardar —las necesarias, sin derroche— para hacer un pequeño ovillo que arrojaría al fondo del río, cerca del puerto de salida de la mercadería. Allí la correntada vigorosa arrastraría el bulto por el fondo aguas abajo. Para el perpetrador de la captura en tierras prohibidas, había preparado un sitio para el descarte, inaccesible para el común de los mortales. Profundidad. Malezas. Alimañas. Pequeños monstruos del tamaño de una chinche que deshacían un cadáver en cuestión de días. Las osamentas abandonaban su blancura y se tornaban marrón, casi negras, confundidas con la oscuridad del pozo. La forma y el lugar aseguraban que jamás nadie encontraría ni una célula del desdichado. Todo sería digerido por completo y camuflado de manera natural.
Nadie sabía cómo el Limpiador llegaba al lugar al que era convocado. No usaba automóviles: se movía en transporte público. Un poco en broma repetía: “soy gente de transporte público”, así como “soy gente de ropa sencilla” (porque usaba ropa sencilla), o “soy gente de guisos” (porque amaba los guisos de cualquier tipo). Con respecto al transporte público, nadie le creía, pero nunca lo habían descubierto usando un automóvil. Había aprendido a moverse como una verdadera sombra.
Era una forma rara, indescifrable, de espíritu alterado. Una entelequia. En términos aristotélicos, alguien que realiza con éxito todas sus potencialidades y alcanza la perfección plena. La magia consistía, tal vez, en no ser percibido. Alguna forma singular de corporizar los enunciados del obispo Berkeley cuando afirmó que ser es ser percibido. Bien podía ser el truco magnífico del Limpiador: al no ser percibido, no podía ser reconocido en su forma material, como entidad real. Por ello resultaba sorprendente encontrarlo listo para cumplir su labor de acuerdo a lo ordenado, apareciendo sin ser visto ni oído. Él mismo diría que en lo suyo no había misterio ni milagro: solo la forma perfecta de la disciplina adquirida en largos años de entrenamiento.
Su padre, mientras lo flagelaba para estimular su camino hacia la purificación —porque el sufrimiento extremo se transforma en catarsis, en tránsito hacia lo sagrado—, le repetía los Proverbios 3:11 y 3:12: no despreciar la disciplina del Señor ni ofenderse por sus reprensiones, porque el Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido. Su presencia no la delataban los gruesos costurones de las cicatrices de los latigazos que padre y hermano le propinaron durante años. Tampoco la versión latina de los poemas del Dante, repetidos en las noches heladas bajo un árbol de frutos prohibidos, que murmuraba en cada viaje clandestino.
Por ello no cabía duda de que llegaría a tiempo al lugar donde debía encontrarse con El Hombre de Hojalata. Nunca se sabría cómo lo haría, pero allí estaría. Ni un minuto antes, ni un minuto después. El orden de llegada estaba preestablecido: primero El Hombre de Hojalata, luego el Limpiador, por último el informante. Ese orden surgía de manera espontánea. Si había algo que convenir antes de cualquier ejecución, el momento era el encuentro del Componedor y el Limpiador. El sicario de turno era nexo entre ambos, el que daba sentido al encuentro y quien recibía la orden precisa de a quién y cuándo exterminar. El cómo lo decidía el verdugo.
Descartado el infeliz, El Hombre de Hojalata se marcharía sin perder tiempo. Su abstinencia, a esa altura, lo ponía casi al borde de un ataque de furia. El Limpiador se iría como vino, sin que nadie lo notara. Llevaría las cargas bien empaquetadas. Nadie sabía —ni quería saber— cómo trasladaba un muerto, pero el muerto desaparecía junto con él. Delicias del oficio, decía su padre con total suficiencia. El descarte integraba sus habilidades.
Ver los descartes con anticipación era determinante para sus decisiones. Así tenía la oportunidad de apreciar sin errores su tamaño y su peso. Eso le daba las medidas necesarias para definir si el método elegido era el adecuado. Nunca le resultaba satisfactoria la descripción que le anticipaban de las víctimas: él debía apreciar por sí mismo la anatomía del descarte próximo. Lo que solía generar una gresca violenta con quienes lo informaban de los condenados era el asunto de las medidas. Mientras la mayoría refería todas las dimensiones al sistema métrico decimal, él exigía que se lo hiciese usando el sistema anglosajón. Su mente no podía pensar en términos del sistema métrico decimal: su pensamiento se volvía errático.
El extremo de esa desorientación llegaba cuando se veía integrado a la revuelta de los quebra-quilos y buscaba un arma con la que enfrentar a los impostores del sistema métrico decimal. Allí estaba él, alucinando en cuerpo y alma, en la feria de Campina Grande, Paraíba, en noviembre de 1874. El Limpiador y las legiones de brutos campesinos persistían en sus negativas y quejas para aceptar el uso del sistema métrico decimal creado por los malditos franceses para corromper las almas puras de los pueblos de este lado del mundo. No sabían qué desgracias los invadirían por su uso maligno.
Vio frente a sí a un comisario con algunos policías y matones que respondían al propietario del mercado, intentando dispersar a machetazos a los grupos más agitados. El Limpiador, junto a otros brutos, reaccionó de manera sorprendente y la emprendió contra los matones y policías. Detrás de unas cajas de madera donde se guardaban provisiones, se veía a sí mismo arrojando la primera piedra libre de pecado contra la policía, siendo imitado por todos los rebeldes. Cientos de piedras estaban amontonadas sobre esteras en el piso de la feria. Una de ellas, la más redonda y brillosa, lanzada por el Limpiador, acertó en la cabeza del comisario, que permaneció desmayado durante mucho tiempo, mientras los soldados eran empujados y golpeados por las mujeres de los brutos, más feroces que sus hombres.
Era casi imposible poner fin a esa alucinación. Los que venían con sus centímetros, metros y kilos bajo el brazo debían resignarse a retirarse en medio de una lluvia de piedras redondas como uvas y certeras como ninguna. Se marchaban sin que sus informes fueran escuchados por el Limpiador.
Pulgadas, pies, yardas, millas, onzas, pintas, cuartos, galones, libras, toneladas. “Hablen con propiedad”, era su exigencia. “¡Hablen como Dios manda!”. Las medidas inglesas eran, para él, la definición de la perfección. Repetía: “los anglosajones sí que saben hacer las cosas”. Nadie entendía el porqué de esa afirmación. En milímetros, centímetros, metros, gramos o kilos, la muerte no se diferencia en nada de pulgadas, pies, onzas o libras. Pero, a su criterio, el sistema métrico decimal solo representaba la decadencia francesa, prolongación y aumento de la romana: pueblos libertinos, bebedores de vino tinto, fornicadores desfachatados que debieron ser puestos en regla por la Contrarreforma católica en respuesta al adúltero Martín Lutero y otros herejes que habían hecho de la religión una farsa, disputando al santísimo Vaticano por pura codicia de grandes latifundios, con legiones enteras de siervos entregando la riqueza sin protestar para no ser arrojados a los fuegos eternos del infierno tan temido.
El decreto del 13 Brumario del año IX fue, para él, el comienzo del degeneramiento aritmético de la forma de medir y pesar la condición humana desde el nacimiento hasta la sepultura. Esa compulsión de la Francia revolucionaria por presentarse como gran innovadora de los logros de la humanidad evolucionó hasta autoproclamarse creadora de un sistema universal de pesos y medidas. Si algo lo fastidiaba hasta hacerlo perder la compostura era la pretensión de presentarse como creadores de valores universales que se validaban en los actos cotidianos, incluidos los lamentos por la muerte.
¿Era esa su universalidad? No. La suya era anglosajona. Se trataba de libras y pulgadas combinadas con la ley universal de la tanatopraxia, etapa inferior de la tanatocracia: el gobierno de la muerte luego del cuidado del difunto por parte del tanatopractor, una categoría entre humana y divina, semejante a las semideidades griegas. Era una versión extraña de una palabra creada por el Limpiador con la que se identificaba: tafefthís.1
***
55.- Atento a su alucinación, le otorgaba a ella el valor de lo imponderable. La estética misteriosa que buscaba más allá del verdugo. ¿Cómo se juzga la belleza en una profesión que no la omite, pero la cuestiona en cada realización? A pesar de sus tribulaciones religiosas, cargando hasta en sus sueños con los círculos del Dante que el padre legendario le obligó a llevar hasta su último aliento, el Limpiador consideraba que en ciertas oportunidades lo suyo era una forma misteriosa de la poesía. No había en ella la legitimidad de los endecasílabos ni la rima consonante de cuartetos y tercetos. Pero ahí estaba: una forma de poesía, es decir, una forma de música. La muerte, en definitiva, en cualquiera de sus maneras y alteraciones, en todas las latitudes, tiene un poema implícito en el acto mismo en que el corazón deja de latir.
En más de una oportunidad, observando un paisaje, creía reconocer un rasgo oculto de las múltiples formas de morir: en una gota transparente de rocío, en el arco perfecto del lomo de una rata que huye del gato que espera devorarla, o en el movimiento simétrico de una delgada rama de un viejo árbol. Si El Hombre de Hojalata supiera de sus divagaciones, haría que lo apartaran por siempre de La Ciudad Esmeralda. Faltaba un delirante que, al tiempo que reducía a una víctima en perfectas porciones medidas en libras, la chamuscaba en un fuego incesante o la sumergía en tenebrosas pócimas de fórmulas desconocidas, pusiera palabras poéticas a lo que no era sino un crimen por encargo.
Un Limpiador no debe aspirar a una estética superadora, le habría espetado el hombre sin corazón. Allá él. Ser inconformista no estaba nada mal. No le sentaba para nada mal. Apreciaba esas variaciones en su estado de ánimo como una introducción al hecho poético. Estas cavilaciones nunca las había compartido con nadie. Como sus técnicas. Como aquello que a garrotazos su padre le enseñó desde la más tierna edad.
Y justo cuando pensaba en alguna relación poética entre la vida y la muerte y los cuatro elementos esenciales, vio llegar a una pareja de pobres infelices que iban al matadero vistiendo lindos atuendos de colores pasteles. Qué confusión entre la muerte y la poesía.
Se sorprendió, y con razón. Se trataba no de uno, sino de dos hombres. Muy parecidos, como si en realidad uno fuera el reflejo del otro, el reflejo de una anatomía en un espejado material humano. La misma talla, los mismos cabellos y el mismo blanco del rostro. El mismo brillo opaco, una especie de polímero impuro modificado caprichosamente. Uno o los dos, tal vez compartieran hasta la voz, dieron el aviso del robo del niño en un lugar prohibido.
Estando a cierta distancia y oculto, pudo observar el idéntico vacío en las dos miradas. Tenía alguna lógica: si uno era el reflejo del otro, la invención de un espejo que se imita a sí mismo, no tenía sentido que sus miradas fueran diferentes. Eso era una muy mala noticia. La mirada vacía es el aviso de que las cosas pueden salirse de control. Se sospechaba una razón para aquel incidente, pero en realidad era muy otra y desconocida. Los ojos vacíos indican indiferencia al porvenir, incomprensión de lo que el presente depara. Las miradas vacías no tienen futuro, no lo pueden incorporar a sus sentidos y entonces la vida pierde todo significado. El futuro no es siquiera una sospecha. Y muere la poesía como el Limpiador la suponía antes de proponerse nacer. El martirio en su forma más formidable se aprecia a través de una mirada vacía.
Ocurre con los que no tienen sentimiento alguno. Los sentimientos dan sentido al porvenir. No pensaba en sentimientos cristianos o caritativos, sino en alguna especie de sentimiento, aunque fuera de ira, de odio, al menos. Pero esos dos jóvenes hombres parecían atravesados por la más completa indiferencia. Había en sus formas una divergencia entre la realidad y lo que representaban. El peligro próximo no parecía preocuparles. Esa actitud emanaba de sus cuerpos con vehemencia. Asombroso. Una extraña recreación de Esteban, quien, a punto de morir apedreado, dijo: “Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios”. Y se entregó a la muerte como tránsito directo a la morada divina, con una sonrisa de felicidad entre los labios. Pero a esos jóvenes no se les prometía la entrada a la morada de Dios.
Era difícil saber por qué no habían huido cuando estaban a tiempo. Quién podía reconocerlos. Pero allí, de pie, inmóviles, pasaban por peleles enviados a justificar con su muerte tanto viaje y tanto trabajo. Dudaba de que no sospecharan que sus vidas no valían nada, ni una risa, ni un insulto, que en breve no serían más que una amalgama rara de músculos, nervio y polvo de hueso. Su experiencia de tantos años le indicaba que esos no saldrían vivos porque no tendrían forma de demostrar que no compartían responsabilidades con quien perpetró el secuestro del niño.
Estaba en un lugar inesperado, el chofer a su lado, ambos dispuestos a cumplir con su obligación. Como quien sale de un agujero negro, en pocos pasos llegaron a la propiedad donde debía encontrarse primero con el mensajero y luego con el Limpiador. No se sorprendió de que no fuera uno, sino dos los que hicieron saber a los magos del atrevimiento de desconocidos que habían arrebatado una insulsa mercadería en un espacio dominado por La Ciudad Esmeralda. Ahora se explicaba esa manía de repetir el mensaje dos veces: uno replicaba al otro, haciendo un eco provocativo. Dos tipos como pintados sobre una pálida cartulina, para explicar la desaparición de apenas doce kilos de materia orgánica. Qué desproporción. Parecían cuentapropistas del menudeo de la carne infantil.
En ese instante, todo le resultaba al Limpiador muy estúpido, como si el escándalo nacional no fuera más que una representación que no conduciría a nada. Ni policías, ni testigos, ni jueces, ni políticos. Solo escenografía en un decorado prefabricado: cartón, engrudo, pinturas vegetales, algo de sangre. Dramatismo, perturbación innecesaria. Y él estaba ahí, esperando la comparecencia de esos dos imbéciles. Pensó: “Contra la estupidez, los dioses mismos luchan en vano”. Recordaba haber escuchado la frase, pero no quién se la había dicho. Debía enfrentar aquella disociación y resolverla de acuerdo a su experiencia, aunque todo escapaba de lo conocido.
Al ver a los dos tipos indiferentes, se convenció de que aquello acabaría en una tragedia estúpida. A veces la estupidez, como en esa ocasión, puede presentarse por partida doble. Dos idiotas no son peor que uno solo. La idiotez es, en verdad, inconmensurable. No tiene volumen, no es materia maleable, ni humo que se disipa con un simple soplido. Es intangible. Inmaterial. Y ocurre porque ocurre. El Hombre de Hojalata estaba seguro de que aquellos tipos no tenían ni idea del desbarajuste que se produjo en el momento en que alguien le birló al Mago la mercadería. Y si lo tenían, entonces trataba con dos zombis que respondían por control remoto a sus verdaderos amos.
Lo informaron del robo como dos buenos idiotas, tartamudeando el mensaje con monosílabos y onomatopeyas que los involucraban, se lo propusieran o no. ¿Qué se puede hacer con un par de idiotas una tarde insoportable en medio de un pueblo perdido, a unos cien kilómetros del río que es puerto de salida? Podría haberle preguntado al chofer, pero sabía la respuesta. Lo sabía él, el chofer y el Limpiador.
Lo único que alteraba la ecuación era que al Limpiador le deberían pagar por tarea doble, a bulto de tamaño adulto, y no por veintiséis libras y media. Y ese descarte, aunque no había sido autorizado por el Mago de Oz, y no había forma de pedir permiso, debía hacerse porque era razonable por completo. Libra por libra, desaparecer a esos dos idiotas era una imposición del mercado, porque el mercado resuelve la ecuación de la oferta y la demanda de la única manera que sabe: destruyendo.
***
La construcción donde se iba a realizar la reunión por la desaparición del niño estaba en medio de una frondosa vegetación. Quienes la levantaron tuvieron en cuenta la distancia que la separaba de todos los pueblos vecinos y la espesura que la ocultaba de manera natural a los ojos de cualquier curioso. Sin embargo, los posibles caminos de acceso estaban celosamente custodiados por matones que se disfrazaban de paisanos pobres de la zona. Algunos de ellos estaban acompañados por mujeres que podían ser sus esposas o custodias asignadas al lugar. Difícil era saberlo.
Los ranchos, distribuidos de manera estratégica, se encontraban en las cercanías de las rutas hacia la casa. Nadie podía avanzar en dirección a la propiedad sin ser visto por esos vigilantes. Si algún curioso aparecía por el lugar, era detectado de inmediato y podía ser fácilmente detenido. Las distancias y la vegetación favorecían la custodia, ya que era imposible ver la construcción desde lejos. Solo al aproximarse a pocos metros se la podía distinguir con seguridad.
La casa tenía una doble apariencia. Vista desde la parte trasera, parecía un caserío abandonado. De varios metros de ancho y alto, la pared del fondo había perdido parte de su revoque. No tenía ventanas y solo una puerta. Cinco árboles en hilera protegían esa zona. No habían crecido en esa disposición por accidente: habían sido plantados cuidando las distancias entre unos y otros y respecto de la casa. Antes de los árboles, una tupida barrera de arbustos de un verde aceituna cortaba el paso a los caminantes. No había cámaras de seguridad a la vista, aunque bien podían estar escondidas en lugares difíciles de descubrir.
Vista de frente, parecía un templo o un monumento funerario. Recubierta en piedras pulidas de colores diferentes, la luz que se filtraba a través de la vegetación las hacía brillar de manera extravagante. Iridiscencias multicolores, fusionadas con los verdes de la espesura, imponían al visitante la sensación de estar aproximándose a la entrada de un submundo inapelable, en el que dioses ocultos pasaban sus horas disfrutando del néctar de la eternidad. Las piedras estaban cortadas en cuadrados perfectos, unidos con enorme precisión, y parecían dibujar un gran rostro andrógino, como un friso hecho con venecitas gigantes.
***
57.- Milton y El Hombre de Hojalata ingresaron a la casa por la puerta trasera. Milton recorrió todo el amplio y único ambiente de la propiedad y salió al frente para indicarles al Limpiador y a los clones que entraran. Los tres avanzaron con excesiva cautela: el Limpiador, porque temía que esos extraños seres cambiaran de actitud y lo atacaran. Desconfiaba, con razón, de ellos, porque a medida que caminaban a su lado crecía su rara apariencia de figuras que emergían de espejos que reflejaban no ya la apariencia, sino la esencia. Y ese era el misterio y el temor: ¿cómo comprender cuál era la sustancia real con la que su ADN había sido configurado?
Se movían igual, sus gestos eran idénticos, sus miradas siempre vacías. No habían pronunciado ninguna palabra todavía. El Limpiador estaba seguro de que, cuando se decidieran a hablar, lo harían con la misma voz y los mismos matices. Mientras avanzaban, no les quitó la mirada de encima.
Milton evitó mirarlos. Observar a las víctimas con demasiada atención conspira contra la misión que le asignaron cuando emprendió el viaje. Lo suyo requería algo de espontaneidad, al menos de no ser muy previsible. Era curioso lo que ocurría: dos desconocidos que se reflejaban uno en el otro inspiraban más preocupación a quienes dominaban la situación. Ellos estaban a merced de los enviados de La Ciudad Esmeralda; era seguro que sabían la difícil situación en la que estaban, pero actuaban como si no les importara.
Uno de ellos avisó por mensaje escrito del secuestro del niño y el otro repitió mecánicamente el aviso. Eran sospechosos de ser cómplices del fraude. Y aunque no lo fueran, no tendrían manera de disipar esa duda, y esa duda era la base de su sentencia de muerte. Tal vez Milton no lo pensara de ese modo, pero el Limpiador estaba convencido de que los clones sabían qué les esperaba y no demostraban que eso les afectara el ánimo. Caminaban hacia el interior de la vivienda con serenidad, no insinuaban resistencia alguna. Es más, hasta creyó descubrir una delicada sonrisa: la mueca de los labios en una suave y ruborizada pincelada. Su martirio prometía rescatar al presente al que se entregaron los cristianos primitivos cuando eran asesinados por los imperiales y sus siervos en todas las tierras del imperio.
Antes de que los clones entraran a la casa, Milton los palpó en busca de armas y comprobó que estaban desarmados. La orden había sido la misma para todos: ninguno debía portar un arma de fuego ni un arma blanca. Los magos no querían armas en el lugar. Los cinco hombres habían recibido esa orden por canales diferentes. Para tranquilidad de El Hombre de Hojalata, todos estaban desarmados.
“Trabajo manual”, dijeron a Milton, quien empezaba a revelar su condición de sicario. Chofer y sicario, algo nada novedoso: ahorro de esfuerzos. El Componedor sabía de antemano que no debía correr sangre, porque la sangre siempre delata. Conocía de sobra las preferencias homicidas de La Ciudad Esmeralda. Al no comunicarle nunca la designación del verdugo para esos trabajos, comprendió que su chofer sería el encargado de ejecutar a quienes se le hubiese indicado antes de iniciar el viaje hacia esos parajes. Eso aumentó sus sospechas sobre la misión última del chofer. Disimuló su preocupación con inteligencia. No había nada que decir al respecto. No estaba en condiciones de oponer reparos a un descarte que no solo era necesario sino indispensable.
Las palabras dichas en aquel almuerzo tomaron una dimensión extraordinaria: “Si usted intenta asesinarme, yo se la haré difícil”, le advirtió a Milton, provocando la zozobra de este. Pero, sinceramente, nunca creyó en sus propias palabras. ¿Cómo habría de librarse de un asesino si él se consideraba intocable e indispensable en el tejido criminal de La Ciudad Esmeralda? El más grande Componedor de las últimas décadas, a quien mandaban a arreglar lo que todos consideraban imposible de componer. Esa era su autoevaluación. Alcohólico, sí. Solitario, sí. Pero un Componedor hábil y eficaz, y, sin dudas, el mejor. Así se percibía a sí mismo. Y por ello se consideraba exento de cualquier amenaza, salvo la que él mismo alimentaba diariamente al consumir botella tras botella del dorado elixir escocés.
Los cinco hombres ya estaban en el amplio salón. El piso era de baldosas decoradas con dibujos de siemprevivas: un poco de cinismo en la elección de la decoración. El techo, algo bajo, condensaba el aire que se respiraba. Había ya un olor inconfundible.
Las ventanas, tres a cada lado, estaban ocultas tras gruesos postigos de madera dura. Por dentro, sobre los vidrios, varias capas de papel de diario pegadas con una sustancia que bien podía haber sido algún tipo de engrudo impedían ver desde afuera.
Los clones quedaron a dos metros de la puerta de entrada. Al entrar, evitaron mirar de frente al Hombre de Hojalata. Podían oírlo perfectamente. Ellos transmitían serenidad; los otros tres no podían disimular la tensión nerviosa que los dominaba. Aunque no miraban al Componedor, su sombra proyectada por una luz que provenía de un modesto agujero en la pared del fondo los tocaba sin perturbarlos.
Milton se alejó algo más de un metro de El Hombre de Hojalata, hasta quedar detrás de los dos condenados y al lado del Limpiador. A poca distancia de las víctimas, la suficiente para proceder apenas se le indicara.
Ahí se presentó un dilema. Asesinar a un solo hombre era una tarea sin mayores riesgos para el chofer. Pero eran dos, aunque el Limpiador creyera que se trataba de uno y su reflejo. Matar a dos hombres al mismo tiempo solo era posible con un método violento: disparos o apuñalamiento. Primero disparar a uno en la cabeza y luego al otro. O cortar la yugular a uno y, en un rápido movimiento, al otro. Luego esperar que ambos se desangraran. Pero no era lo acordado. La orden había sido más que clara: sin disparos ni apuñalamientos. Nada de pólvora, nada de litros de sangre deslizándose por las bonitas baldosas estampadas con flores siemprevivas.
Asfixiar a uno de ellos usando una tanza muy resistente le llevaría demasiado tiempo, suficiente para que el otro se defendiera, y si eso ocurría, las cosas se complicarían. Pedir que el Limpiador o El Hombre de Hojalata hicieran de asesinos era una idea estúpida. No lo harían bajo ninguna consideración. No había más posibilidad que esperar el momento.
El Hombre de Hojalata sintió curiosidad por esos dos espectros que frente a él no abandonaban su comportamiento sereno. Deseaba saber por qué habían llegado dos y por qué fueron dos los que se involucraron en el mensaje de aviso. Cualquiera que estuviera comprometido en el negocio de la trata sabía que, cuando se producían esos desajustes, todos los involucrados pasaban a la categoría de sospechosos. Los sospechosos, en La Ciudad Esmeralda, equivalían a responsables, y a todos les cabía idéntico destino.
—¿Por qué han venido dos si el mensaje lo envió uno? —preguntó con voz casi paternal.
—Porque los dos enviamos el mensaje. Somos dos. ¿Es algo fácil de apreciar? ¿Por qué habría de venir uno? —respondió uno de los hombres.
El Limpiador prestó mucha atención al tono de esa voz: ni grave ni aguda, algo aflautada pero seca y redonda.
—Los mensajeros, los operadores locales nunca trabajan de a dos, siempre es uno solo. Vieja regla —respondió el Componedor.
—No somos empleados de el Mago de Oz. Sus reglas para nosotros no tienen ningún valor.
El Hombre de Hojalata no esperaba esa respuesta.
—¿Ah, no? ¿Y quiénes son?
—Ustedes nos llaman cuentapropistas. Tenemos nuestros propios métodos. Pero no somos cuentapropistas. Pertenecemos a una verdadera empresa, una nueva. La libertad de mercado promueve la competencia. Somos los que venimos a anunciar a La Ciudad Esmeralda y a sus magos que el negocio cambió. Libertad de mercado o muerte. Para nosotros la libertad, para ustedes la muerte.
La arrogancia del tipo que hablaba era realmente sorprendente.
—¿Para ustedes la libertad y para nosotros la muerte? O son estúpidos o no tienen capacidad de reconocer en qué problema están metidos.

—Los que no reconocen la realidad son ustedes. Nosotros sabemos bien a qué nos enfrentamos. Toda causa necesita sus propios mártires. Los mártires crean la teología nueva, el nuevo testamento que cuestiona todo lo hecho anteriormente. Somos lo que viene, y ustedes lo que acaba.
El Hombre de Hojalata no pudo disimular su sorpresa y su fastidio.
—¿Y por qué decidieron avisar a la Ciudad de la desaparición del niño?
El que permanecía en silencio giró la cabeza hacia el que hablaba. Algo le susurró en voz tan baja que ni Milton ni el Limpiador pudieron oírlo.
—No solo le avisamos a ustedes, le avisamos a muchos otros. A otros mercaderes, al sindicato, a todos los medios. Queríamos el escándalo. Su presencia ayuda a hacerlo más verosímil. Un gran escándalo, para un gran comienzo. Ustedes le dan entidad a este desorden.
El Hombre de Hojalata no podía ocultar su desconcierto. Si todavía su misión seguía siendo corregir el origen del escándalo, lo que necesitaba saber era dónde estaba el niño desaparecido.
—¿Y la mercadería que falta dónde está?
—A buen resguardo. Lejos de ustedes y de todos los inútiles que trabajan para sus magos.
—¿No la tienen con ustedes?
Los dos hombres, al mismo tiempo, respondieron:
—¿Dónde la tendríamos, en nuestros bolsillos?
—¿Creen que pueden obligarnos a negociar territorio de capturas? —dijo el Componedor ya exaltado. —No —respondió el que llevaba la voz cantante—. No nos interesa negociar. Nos interesa la independencia en nuestras decisiones. Eso usted no lo puede cambiar.
—Quieren morir como ratas.
Los clones rieron. El chofer y el Limpiador no pudieron disimular su asombro.
—Las ratas aquí no son significativas. No asustan más que a las viejas y a algunos niños. Nuestros cimarrones son poderosos, hambrientos, insaciables. Pueden devorar a uno de ustedes en cuestión de horas. Una vez que se maten entre ustedes, serán su comida.
—Fanfarronear no les viene bien en este momento.
—No fanfarroneamos. Eso hacen ustedes, los citadinos que organizan su tranza desde los calabozos. Entreguemos o no la mercadería, nos van a matar. Entonces, ¿por qué entregarla? Somos el anuncio de la nueva buena. Morir por la causa hará grande la empresa. Nosotros seremos generosamente recompensados.
Tal como sospechó el Limpiador, sus voces eran idénticas, y eso reforzó la idea de que en verdad estaban tratando con un solo hombre y lo que era una rara réplica de su figura. A pesar de que sus miradas seguían vacías, en ese momento la sensación que tuvo El Hombre de Hojalata fue que los tipos no eran indiferentes, sino soberbios.
—No puedo irme sin arreglar esta cagada. Lo primero es que me entreguen la mercadería robada. Tengo que descartarla. Una vez que lo haga, podré irme de estos pueblos de mierda a mi casa, a beber mi whisky sin que nada me importe un carajo. Luego, los jefes se ocuparán de acabar con las pretensiones de quienes los mandan.
—Haga lo que quiera. No es asunto nuestro —respondieron los clones al unísono—. La mercadería nunca aparecerá. Es nuestra. Está a buen resguardo. Nunca la encontrarán. Tampoco usted saldrá del pueblo. Usted lo sabe tan bien como yo. Solo lo digo para despejar hipocresías entre ustedes. Ninguno saldrá de aquí. Primero se matarán entre ustedes y se lo comerán nuestros hermosos cimarrones.
El silencio y la confusión embargaron a los tres enviados de La Ciudad Esmeralda. Uno de los mensajeros siguió hablando:
—Comprendo su desconcierto. Pero es simple: oferta y demanda, la ley del mercado. Usted, Componedor, debería saberlo mejor que nadie. Estamos en la época de la libre competencia. Si su tarea es componer, estar actualizado es de máxima importancia. Un ignorante no está en capacidad de resolver ningún asunto. ¿Es usted un ignorante?
El Hombre de Hojalata no respondió ni pensaba hacerlo. ¿Quién se creían ese par de idiotas?
El clon continuó:

—El Estado es el verdadero pedófilo en el jardín de infantes, con los nenes encadenados y bañados en vaselina. Lo dijo el profeta de la falsa libertad. ¿No acarició nunca un niño envaselinado? ¿O usted es solo de esos que negocian lo que otros consumen? Debería, a su edad, debería haber lo que negocia. Aunque ya no tiene tiempo de disfrutar porque su tiempo está terminado.
Los políticos son los que ejecutan el Estado. Entonces pueden comprender que nuestros verdaderos amos son los políticos. Ustedes tendrán unos, nosotros otros. Ellos no nos han ordenado que les entreguemos la mercadería, la quieren para ellos. Con ellos se hará lo que se deba hacer y lo que haremos; usted y estos dos no podrán impedirlo. Y otros que manden tampoco, aunque vengan de a docenas. Para sus arrebatos están los jueces y la policía, que comprenden la importancia de defender el verdadero patrimonio. Cambió el negocio, y por eso el escándalo. Que lo comprendan o no, no es asunto nuestro. Vieja receta: ¿cómo hacer pasar un elefante blanco por las narices de los magos? En medio de una manada de elefantes blancos. Por estas horas, su Ciudad Esmeralda se derrumba como un castillo de naipes. Ya no tiene ninguna importancia si se apaga Balderrama.
La situación se volvió extraña y patética. El Hombre de Hojalata, viejo negociador de La Ciudad Esmeralda, comprendió que no estaba en sus manos arreglar lo que, al principio, parecía solo un error de captura en territorios ya repartidos. Esos clones le hablaban de un nuevo reparto. Y eso solo era posible en el gran juego, no en la modesta localidad de ese remoto pueblo.
El nuevo reparto refería una larga preparación: capital, socios, infraestructura, compra, venta, sobornos. Todo lo que se había hecho en su momento para organizar la Ciudad. Pero, como lo imaginó L. Frank Baum, La Ciudad Esmeralda no era más que una gran ilusión que empezaba a desvanecerse.
El Hombre de Hojalata estaba en un dilema. No podía consultar al Limpiador y menos a Milton, de quien sospechaba tenía orden de asesinarlo cuando terminara la negociación. Una asamblea era la peor decisión que podía tomar en ese momento. Las opciones eran claras: debía recuperar la mercadería robada y eliminar a esos dos tipos. Si los mataba, tal vez nunca supiera dónde habían dejado al niño secuestrado o a quién se la habían entregado.
Ya no era un asunto de un negocio fallido. Tantos años de experiencia le indicaban que la soberbia de los tipos no era un ardid para defenderse: el desafío era real. Tenía que tomar una decisión, una que le hiciera entender a el Mago de Oz que las cosas habían cambiado repentinamente. La competencia en el negocio de la carne humana había entrado en escena por un pequeño y miserable villorrio, en medio de una fanfarria desquiciada.
Cuánto deseaba, en ese momento, poder beber un litro completo de su amado Glenfarclas 25 años. Una dosis abundante del mejor whisky lo ayudaría a encarar esos fantasmas hasta con algo de buen humor.
***
58.- Nada es lo que parece. A veces nada es lo que debe ser, o nada es lo que uno cree que es. Los hombres mediocres no dominan las esencias de la realidad. Vemos, tal vez, apenas su apariencia. Cuando no, nos encandila la falsa apariencia de las cosas. Advertimos la superficie y no la profundidad de los sucesos. Es porque nuestra naturaleza más íntima es superficial y nos encierra en creencias falsas, hasta absurdas.
El Hombre de Hojalata, cuando le habló a Milton de sus aviesas intenciones de asesinarlo, cuando le dijo que si esa era su última y verdadera misión él se la haría difícil, no lo hizo porque lo supiera o porque hubiera comprendido señales que así se lo revelaran. Por el contrario, lo hizo para fastidiarlo, para amenazarlo. Milton no pasó la prueba por su sorpresa, por su silencio. La pasó porque el hombre no podía ver lo más íntimo de las intenciones del chofer que pusieron a su servicio.
El Hombre de Hojalata, en definitiva, era un torpe Narciso, enamorado de sí mismo, autocomplaciente, que observaba a los demás como seres sin importancia, intrascendentes. Dice la Biblia: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”. Pero él no era un lector de la Biblia.
El comportamiento de los clones desafiaba su lógica. Sabía que debía eliminarlos, pero no tomaría una decisión por cuenta propia. No es que no estuviera dispuesto a correr riesgos, pero comprendía cabalmente que aquello no era una simple rebeldía de un par de idiotas. Ellos mismos le hablaron de la provocación. Quienes habían ejecutado la captura del niño lo habían hecho sabiendo que intervenían en un territorio con dueño. Fueron esos mismos los que convocaron a todos los medios y arrastraron a toda la provincia a un escándalo de alcance nacional. Un elefante blanco en medio de una manada de elefantes: así sería fácil constituirse en un nuevo propietario de aquel territorio. No era un simple alboroto. Era la escenografía, pero de una tragedia.
Los tipos estaban dispuestos a morir, y esa era una actitud trascendente. Podía explicárselo sospechando que, si no morían en actitud heroica, sus jefes los desollarían vivos a ellos o a su familia. Reconocía que se trataba de poderes en pugna que no podía dimensionar por completo, pero que intuía. Desde ese pequeño pueblo todo podía parecer más grande; el lugar elegido para la provocación no era accidental: amenazaba lo más importante, la salida por el río de la mercadería a apenas cien kilómetros del lugar. Si perdían el territorio, perdían el puerto de salida. Si se apagaba Balderrama, otra luz alumbraría el negocio de la carne humana. Él se cuestionaba a dónde iría a parar si se apagaba Balderrama.
—¿Cuál era el celular de…? —Bolsa roja —Milton se adelantó a la pregunta. No le pareció prudente nombrar al jefe máximo ante esos dos desconocidos.
El Hombre de Hojalata tomó el celular que estaba en la bolsa de color rojo. Escribió un breve mensaje: “No es un error”. Si todo aquello no era el resultado de un error, la respuesta que llegó fue: “¿Entonces, de qué se trata?”. Escribió: “Libre competencia”. Era una descripción acertada. “Libre competencia” no eran unas palabras temidas, pero para él y para los magos aquello adquiría otra jerarquía. La competencia es inescrupulosa, siempre ruin, y no puede serlo de otro modo. Todo ese escándalo tenía como verdadero propósito arruinar los negocios de La Ciudad Esmeralda. La “libertad de mercado” abre escenarios impensados hasta hacía poco. Un competidor es un enemigo al que hay que quitar del medio. No hay opciones.
La respuesta de La Ciudad Esmeralda llegó al instante: “El libre mercado es un mito. Lo que importa es la verdad”.
—El libre mercado es un mito. La libre competencia no existe, murió hace mucho. Manda nuestro monopolio. Esa es la verdad: el monopolio. Ustedes quieren acabar con el monopolio y volver a épocas ya superadas. O crear uno nuevo. Yo debo impedirlo.
Los clones sonrieron con idéntica sonrisa.
—Los amigos detrás de ustedes le van a explicar a su manera que eso del libre mercado es solo una metáfora.
El Limpiador aspiró el aire del ambiente. Sintió ese olor peculiar que precede a la violencia. Mientras buscaba su alambre de enfardar, recitó: “Solo el de conducta intachable, que practica la justicia y de corazón dice la verdad; que no calumnia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo ni le acarrea desgracias a su vecino, será salvo”. Los hombres parecían dispuestos a sufrir.
El que estaba a la izquierda, de frente al Hombre de Hojalata, puso su fría mirada en los ojos del Componedor. Nunca antes había sentido esa sensación. Era un insulto que salía desde esas pupilas indescifrables y tocaba hasta su nervio óptico.
Entonces, mientras era sujetado con alambre de enfardar a la altura de las muñecas y los tobillos, dijo: —Vendrán más. Todo esto no servirá de nada. Las cosas cambian. Todo cambia.
—Veremos. Para llegar al cielo, primero hay que pasar por el purgatorio.
El Hombre de Hojalata habló sin el menor sentimiento en su voz. Sabía que la mercadería robada ya no tenía importancia. Podía conseguir muchas otras cuando quisiera. Pero eso solo ocurriría si limpiaba el territorio de competidores. Lo que esperaba era que alguno de los dos tipos revelara quiénes eran sus verdaderos jefes. Luego eliminaría a todos los comprometidos con la invasión. No dudaba de que serían varios los que habían traicionado a La Ciudad Esmeralda, pasándose a trabajar para otra red.
A pesar de que el Limpiador había ajustado los alambres en tobillos y muñecas con mucha fuerza, el hombre no daba señales de dolor. De rodillas, hecho un ovillo, no dejó de hablar:
—Componedor: no tenés el control de todo esto. La vieja, la nena, la teñida de rubio, el milico, el policía, el pibito, todos están muy fuera de tu control. Esto ya no les pertenece. Este no es tu territorio. Pronto tus Magos de Oz desaparecerán. Le echaremos nafta a todas sus fotos, sus peliculitas, sus componendas en la cárcel. Inundaremos sus calabozos de mierda, hasta ahogar a todos los magos. Sabemos a qué se dedican. Sabemos para quiénes trabajan. Ya no están a salvo. Nosotros somos lo verdadero. Somos lo que viene, el futuro. Estamos sumergidos en el fin de este tiempo. Nuestra muerte solo anuncia la de ustedes. Ninguno de ustedes nos sobrevivirá por mucho. Celebren su muerte en la muestra.
Y mirando primero a Milton y luego al Limpiador, les dijo:
—Ustedes ya están muertos, pero todavía no lo entienden.
—Veremos. He muerto muchas veces. Esta no será la última.
El otro clon también fue reducido, pero a ese, con alambre, le rodearon el cuello para asfixiarlo o decapitarlo.
—Necesito un whisky. Si Glenfarclas viniera en ayuda, sería una respuesta angelical. Así creería que Dios existe.
El Hombre de Hojalata dio media vuelta y se encaminó hacia el patio de tierra del fondo. No necesitaba observar el espectáculo. No le interesaba. Escribió otro breve mensaje en el celular de la bolsa roja: “Mal clima. Habrá tormenta”. Pero no obtuvo respuesta.
Mientras duraron las torturas, no se escuchó un solo grito. Ninguno de los desgraciados reveló información; se mantuvieron en silencio, soportando los tormentos con extraordinario estoicismo. Peor aún, los torturadores se convencieron de que el dolor alimentaba la identidad misteriosa de sus víctimas. Sus rostros adquirían las mismas deformaciones, sus sonidos se replicaban, sus heridas se imitaban unas a otras. Milton y el Limpiador estaban perturbados. Nunca se habían topado con tipos como esos. Para mayor desencanto, murieron al mismo tiempo, como si sus corazones latieran impulsados por la misma fuerza.
El Limpiador se convenció de que esos seres eran entidades diferentes pero unidos de una manera inexplicable. Lamentaba no poder descifrar cómo operaban los mecanismos naturales de esos extraños simbiontes, qué los hacía tan semejantes y diferentes al mismo tiempo, cómo podían compartir las mismas virtudes, los mismos padecimientos, como si, en efecto, no fuera uno más que la réplica del otro. Un espejismo significativo, replicándose sin fin.
El Limpiador llamó al Hombre de Hojalata. Entró sabiendo que no habían logrado nada.
—¿Nada?
—Nada.
Los tres hombres observaron los cadáveres como quienes aprecian una inesperada pintura.
—Dejaron de respirar al mismo tiempo —explicó el Limpiador.
Mirando las heridas de los torturados, con voz pausada y contenida, dijo: —Seguro que no eran más que un par de putos que se lamían uno al otro. A mí los putos me dan asco. Estos tipos me dan asco.
—Respiró lentamente, buscando que el aire enviciado llegara a sus pulmones como un narcótico. Quería oler el perfume que unía mierda y sangre en una única fragancia.
—¿Tenemos una sola bolsa para fiambre o los vamos a llevar enlatados?
El Limpiador no pudo evitar una sonrisa cínica. El Hombre de Hojalata percibió el gesto, pero no tuvo intenciones de reprenderlo. ¿De qué hubiera servido decirle “¿de qué mierda te reís?”? Un comentario inútil. Después de todo, esa risa no agregaba soluciones, pero le quitaba dramatismo al momento.
—Soy precavido, siempre traigo repuesto —dijo el Limpiador casi con un tono pedagógico—. Cuando se anda limpiando nunca se sabe si la mugre será una, o dos, o tres. Hay mucha mugre en este mundo. ¡Hay tanto que limpiar!
El Hombre de Hojalata le dio la razón.
—Así es. Mucha mugre, demasiada. —Solo lo dijo por decir algo.
Recomendó que partieran y lo dejaran hacer su trabajo.
—Váyanse. En minutos estos dos ni habrán pisado este suelo.
El chofer recordó que llevaba en el baúl de su auto una bolsa para cadáveres de alta calidad.
—Yo traje mi bolsa, una belleza Made in China. Uno de estos chabones puede ir empaquetado de lujo. No será Pierre Cardin, pero maso-maso. Las Wuhan Youfu son de lo mejorcito del mercado. Dólar barato, bolsa barata.
—Ya lo creo. La bolsa o el swap, dicen los chinitos. Vieron que los chinos no dan puntada sin hilo. Te venden la bolsa y el cadáver va de regalo. Les sobran los cadáveres. Saben hacer negocios. El mundo va a ser de ellos. Son pacientes para sacarte el jugo. A diferencia de los yanquis, te estrujan de a poco. Todos los días, un poco. Los yanquis están podridos, pura droga y grasa les tapona el cerebro. Encima tienen un déficit que un día de estos los va a revolear a la mierda.
—¿Quiere mi bolsa china? Yo no la voy a usar ahora —el chofer insistió con la oferta.
—Guárdela para otra oportunidad. Oportunidades sobran. Uno nunca sabe cuándo lo van a convocar para un nuevo trabajo. Uso las mías, por las dudas.
El Hombre de Hojalata ignoró la conversación. Revisó con la vista el salón.
—Al final quedó todo lleno de sangre, de mierda, de mocos. ¡Qué cagada! ¡Qué gran cagada! Nada de esto le va a gustar a el Mago de Oz. Nada. Esto no debería haber pasado.
—A veces las cosas no salen como se piensa, señor.
—El señor está en el cielo. ¡Qué pedazos de hijos de puta son estos tipos! Lo único que me falta es que por culpa de estos dos hijos de puta me pasen a baraja como un boludo. Ya no tengo edad para hacer de boludo y que me manden a juntar mierda de nuevo. Junté mierda por veinte años. No sé cómo putear para sacarme la bronca.
***
59.- El comisario y algunos policías exigieron a los pobladores que abandonaran su protesta. Invocó un edicto contra las marchas, incluso una ley novísima contra los cortes en las calles. Pero fue inútil: nadie le prestó atención.
El cura, ensimismado, blasfemaba en voz baja: “Esto es una mierda, esto es una mierda”. Murmuraba que no se merecía esto, que no se merecía aquello, y sabía que todo terminaría mal. Por algo le había llegado un aviso de un alcahuete de la curia: dos cadáveres recién arrojados al pozo sin fin, donde crecían vegetaciones que protegían alimañas ponzoñosas a las que nunca antes se les había opuesto nadie. El cura sabía que el pozo ejercía la potestad de invitar a los curiosos a alejarse, lo más lejos posible de su boca negra. Quienes caían en él eran devorados rápidamente.
No sabía quiénes eran los muertos. Sospechaba que tendrían responsabilidades en la desaparición del niño. No conocía sus rostros ni sus nombres. Nunca había negociado con ellos porque lo suyo se limitaba al trato con Artemio, con Ladina a lo sumo, cuidando que las operaciones resultaran de un modo cristiano y conveniente. Pero intuía sus restos, sus deformaciones, las mutilaciones que tuvieron lugar antes de su muerte. Eso lo espantaba. Quien tanto tiempo habló sobre el destino de los pecadores no podía lidiar con la idea de que aquellos dos desconocidos habían sido reducidos a escamas de humanidad, a fragmentos de dermis y epidermis. ¿Y por qué estaría él a salvo de esos tormentos? Dios no lo protegería.
La muerte había entrado al pueblo de la mano de un sicario de La Ciudad Esmeralda. Si bien nunca trató con uno de esos ejecutores, sabía por los muchos comentarios de Artemio que eran hombres sin escrúpulos. El tiempo que corría para él, el policía y todos los implicados se acababa más rápido de lo esperado. El tiempo pasa de modos diferentes. El reloj biológico y el reloj físico no siempre coinciden. Si Dios está de tu lado, pasa dulcemente: los ángeles bondadosos te miman, te llenan de satisfacciones. Así lo creen los devotos de Vírgenes y Ángeles. Si no, se agita y convulsiona como un demonio. Los Ángeles Segadores te atormentan. El paso del tiempo se vuelve ríspido, amargo, insurgente. Entra en una vorágine destructiva. Se acelera y su fuerza centrípeta es tan poderosa que primero desgaja la piel de sus víctimas pedazo a pedazo, luego arranca los músculos fibra a fibra, hasta pulverizar el hueso. Es harina humana con la que se amasa el pan del exterminio.
Los sentimientos más tristes envolvían al cura en ese mismo momento. Lánguidamente, su sangre se espesaba y comprimía arterias y venas. Se agitaba, sentía su cuerpo estallar. Estaba a punto de convulsionar. Buscaba con la mirada al policía, pero este no atinaba más que a ver, desde su propia ceguera, pasar la multitud rezando con esa maldita monja en la primera fila, abrazada a la desconsolada madre. Al frente de todos, una rústica cruz abría el camino, y el cura se alejaba de ella cada vez más. La cruz izaba como un barrote su excepción de madera; de mala gana alucinaba los clavos del Cristo arrancados en medio de ayes de dolor humano.
Maldito idiota. Artemio, maldito idiota. Maldecía el cura al policía, sin que a este le importara lo que murmuraba, igual que antes de dar el sacramento de la hostia a todo el pueblo. Las murmuraciones, aunque vinieran del obispo o del gobernador, nada le importaban al comisario.
“Todos los días amanezco ciego”, todos los días. Es algo que le ocurría desde que llegó al villorrio. Artemio salía a la oscuridad gota a gota sin probar la luz ni por un rato. Y como estaba ciego como muchos otros, las misas del pequeño y viejo cura eran negras, y las hostias sin causa podían ser del color que se quisiera. Blancas, negras, rosas, rojas, qué importaba. Con ellas no se comía la carne de Cristo, sino la de los niños sodomizados trescientos sesenta y cinco días del año. Al final, lo único que entraba en consideración era su sabor pastoso. La sangre de los inocentes sabe a misterio, y ese misterio leudaba las hostias que el cura repartía en el sacramento.
Zurita nunca se dejó engañar por el falso sacramento del morboso cura. Como tampoco se dejó engañar la noche en que desapareció Fino, cuando sintió que un animal viscoso deseaba trepar por sus piernas para encontrar su vagina, penetrarla y plantar las pequeñas larvas que devorarían sus rosados tejidos hasta dejar expuesto el hueso de su joven cadera.
La muchacha seguía la marcha con su mirada, apartada unos metros de todos. Llevaba un vestido blanco que le llegaba por debajo de las rodillas. Vestido de tardes, calzando sandalias.
Vio detrás de la madre y la monja un séquito de viejas que apenas podían con sus osamentas. Todas estaban ciegas, pero no se detenían. Cantaban un salmo indestructible, zumbido de moscón que cae a la tierra y se aferra a la incertidumbre del polvo.
Los ojos de esas viejas se habían vaciado hacía mucho tiempo, y en las negras cuencas, en las cavidades orbitales, una pátina brillosa reflejaba la mortecina luz de la tarde que caía justo sobre la espalda de la monja y la madre. Les dibujaba un acertijo a cada una a la altura de la cuarta vértebra torácica, que se movía de modo peculiar cada vez que ellas aspiraban o expiraban el aire.
Tal vez la lectura del acertijo por un nigromante hubiera revelado el secreto de la sombra en las espaldas, aquello que los hombres no podían explicar, pero que sospechaban se vinculaba a la desaparición del niño.
Los muertos a manos de El Hombre de Hojalata lo dijeron sin cortapisas: nunca aparecerá. Nunca lo encontrarán. ¡Nunca aparecerá! La carne del niño fue sacada temprano, aherrojados sus sentidos, bromurado el pellejo de aquel a quien la sangre le brota desde la médula del hueso.
Lo dijeron: nunca lo encontrarán. No lo hará El Hombre de Hojalata, ni el Limpiador, ni el chofer, ni la vieja fumando su pipa sentada en su silla de mimbre en el patio de la casa, mirando al mandarino sin quitar la vista de un punto que promete transformarse en una dulce fruta sabrosa. Y el viejo cadáver, yendo y viniendo por el horizonte, bajo la atenta mirada de la vieja fumadora, echando ese humo apestoso, inquieto, porque a él no le importaba lo que había ocurrido con el niño ni si lo habían sacado de aquel lugar, aquella noche, cuando debieron haberse llevado a la niña.
La multitud se repitió en su ir y venir muchas veces. Los que iban en las primeras filas, incluidas la monja y la madre, extendían los brazos hacia adelante, como si pudieran alcanzar algo que al momento se alejaba de ellas. Y esa persecución se repetía a lo largo de la procesión. Desde distintos lugares de la serpenteante marcha surgían voces que reclamaban: “¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?”. Pero no había respuesta, solo ceguera a mares.
***
60.- —Esa monja de la que usted me habla, ministro —dijo el cura—, está mandada para hacer sudar la gota gorda. Es hábil la mujer. Muy hábil. Usted sabe cómo barrió aquella dinastía. Y no era que no se supiera que eran todos corruptos y pervertidos. ¿Sabe qué pienso? Que la mandaron allá justamente para sacarse de encima a la familia. Y tal vez la hicieron venir aquí para lo mismo.
—No invente, hombre, no tiene nada que ver.
—Pero por ahí los que la apadrinan secuestraron al niño para pudrirnos la vida. La cosa es que donde está ella hay escándalo. Algo deberíamos hacer.
—A eso vine y por otros temas. Pero primero deje de elucubrar, no le sienta bien. Debería pensar más como pastor del rebaño herido. Parece que su rebaño a usted le importa una mierda. No comprendo cómo todavía no hizo una puta misa por Fino. Lo primero que haría cualquier cura es una misa. Es barato, fácil, queda lindo, durante treinta minutos nadie rompe las bolas. Usted no. Va por ahí, va por allá, habla boludeces, llora, ríe, pero no echó ni medio rezo por el chico. Cualquiera pensaría que le importa un carajo lo del chico. Si a usted no se le mueve un pelo por el chico, la monja rompepelotas que vino aquí, según usted mandada por sus protectores para jodernos la vida, se hace un picnic con nosotros. Y usted va a ser el primero que no se la va a llevar de arriba. Sabemos, y usted también lo sabe, que la monja lo detesta. Le ha escrito cartas no solo al obispo, al Episcopado, al Papa. Montones de cartas. El Papa es cosa seria. La conoce bien y la aprecia mucho. ¡Mucho! Así que el gobernador me pidió que le pregunte cuándo mierda va usted a hacer una misa por el niño.
—¿Una misa? ¿Usted quiere que organice una misa por el chico? Mire, ministro, si hago una misa en la capilla me la van a pudrir. Lo sé, estoy seguro. Una parte del pueblo está enfurecida. Su furia es para todos. Para el gobernador, para usted, pero también para mí.
—Entiendo. Por eso los ángeles segadores piden que usted hable con la monja. Haga una misa, convoque a la monja y aproveche a hablarle.
—¿Yo? ¿Y qué puedo decirle?
—Que se deje de joder.
—¡Ah! ¡Claro! Y me va a hacer caso y todo.
—Es un trámite. Hay que seguir las jerarquías. De menor a mayor. Después que usted le hable, hay que jugar al obispo. El obispo le va a preguntar: “¿Habló con la monja?” Usted le dirá: “¡Sí! Pero esa mujer no le da pelota a nadie”. Entonces el obispo va a tener que intervenir. Jerarquías, de menor a mayor. No le gusta la palabra jerarquías, entonces burocracia eclesiástica. Trato de ser claro y razonable.

—El obispo no se va a meter, se lo aseguro. Tendrán que ir mucho más arriba. El obispo ya mandó a decir que no puede creer lo que ocurre en este pueblo, en estos pueblos. La monja le ha dicho: “Hágame un favor, llame a los fieles a unirse en la búsqueda del niño desaparecido. Condene la trata de niños”. ¿Sabe qué le respondió el obispo?
—Supongo.
—Que claro, que cómo no va a condenar la trata de niños, cómo no va a condenar la pedofilia, cómo no van a unirse todos los feligreses en la búsqueda. ¿Entiende lo que dijo el obispo? Trata, pedofilia. El obispo no se va a meter.
—Escúcheme, padre, seré claro. O más claro. Quiero explicarle bien la situación. ¿Me sigue?
—Lo sigo.
—¿Usted sabe algo de cultivos?
—No. Nada.
—Si usted cultivara el jardín del Señor, sabría de las malas hierbas. Los ángeles segadores —esos a quienes usted bautizó con ese nombre— me dieron este papelito que tengo en las manos. Me lo dieron justamente pensando en usted. Dice: Mateo 13:36-43. ¿Conoce? —El cura vaciló. —Si no lo recuerda, se lo leo, para que recobre la memoria. “Entonces, dejando Jesús las multitudes, se vino a casa; y llegándose a él sus discípulos, le dijeron: Decláranos la parábola de la cizaña del campo…” (Mateo 13:36-43). ¿Comprende, padre, o se lo explico mejor que Jesús?
—Creo entenderlo, pero no estoy seguro.
—Este párrafo es el más importante. Por lo menos el que usted mejor debería interpretar: “La cizaña son los hijos del malo; y el enemigo que la sembró es el diablo; y la siega es el fin del mundo; y los segadores son los ángeles. De manera que, como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este mundo”. La cizaña son los hijos de los malos. El que trajo la cizaña es el diablo. Malos y diablo, mala yunta. La cizaña la cortan los ángeles segadores, aunque aquí hubo cierta disidencia. Porque en un pueblo donde abundan las viejas ciegas, es posible que abunden los ángeles cegadores. Segar o cegar. Un debate inoportuno en este momento. Discusiones casi filosóficas, padre, que no vienen al caso. Por último, el fuego. El elemento. El fuego. Así será el fin del mundo. El fin del mundo puede empezar aquí, en el pequeño y pobre villorrio, en medio de un incendio pavoroso, que comience, por ejemplo, en su iglesia, y en el que mueran algunos malos hijos del diablo. Los otros serán segados. ¿Le queda claro?
—Me queda más claro.
—No voy a poner nombre a toda la cizaña. Pero la monjita rompepelotas es una peligrosa cizaña. ¿Pero sabe qué? Los ángeles segadores me dicen que no debo… segarla. Mejor dicho, que no puedo segarla. ¿Y entonces qué hacemos?
—Hablo con ella. Le pido que se deje de joder.
—Rápido nos entendemos.
—Pero usted sabe que ella no me va a escuchar. Que puede armar un escándalo.
—Veremos. Fuentes no oficiales me dicen que después de que termine el asunto Fino, o cuando más o menos se haya encauzado algo, la rajan de este pueblo. Si lo sé yo, ella también lo debe saber. El heredero de Pedro en el trono la tiene como preferida. No va a dejar que le pase nada. Como ese curita que jodía con los narcos y cuando le avisaron que lo iban a asesinar lo destinaron a un lugar agradable y sin ese peligro. Cada uno cuida su rebaño. Si usted cumple, respeta el orden jerárquico, queda a cubierto cuando la rajen y todo vuelva a la normalidad. Usted y yo amamos la normalidad.
—Eso aclara las cosas.
—Y mucho. Primero, hay que resolver la cuestión judicial. Eso ya lo hemos hablado. Pronto los posibles responsables van a estar todos presos. Eso lo incluye a su amigo el policía.
—¡No es mi amigo, ministro! Ustedes me lo adosaron. Es una garrapata alcohólica.
—No se irrite. Digámoslo así: el policía que usted frecuenta está en la lista de posibles encausados. ¿Así está mejor?
—Sí, señor.
—Otros, con otra jerarquía, van a hablar con quien corresponde más arriba por la rompepelotas. Hasta Dios no llegamos. Tampoco al trono de Pedro. Pero tenemos nuestros contactos. El mundo, por suerte, está lleno de gente que sabe escuchar. ¿Está todo más claro?
—Todo.
Qué bueno. Esto va a serenar al gobernador, que está demasiado alterado con todo esto. También a los ángeles segadores. Estaban ansiosos por no perder la oportunidad de limpiar en este pueblo la cizaña. Que no lo confundan con la cizaña, padre. No sea cosa que caiga en la volteada. Amén.
—Amén.
—Que Dios lo proteja, padre.
—Y a usted.
—Pero que le dé mayor protección a usted. La necesita más que yo.
***
61.- Esa mañana era una repetición de muchas anteriores. El sol calentaba suavemente, el viento era delicado, el aire algo húmedo. Días atrás hubiese sido una mañana para tomar mate sin apuro, antes de ir a la casa de gobierno. Aunque era hora temprana, algunos vecinos ya se agrupaban en las esquinas próximas a la casa de gobierno. El ministro asumía que sería otro día de protesta. Tenía razón. No había que ser muy despierto para saber que aquel escándalo, lejos de aplacarse, se multiplicaba.
La misma pregunta estaba escrita en cada cartel que portaban los manifestantes: ¿Dónde está Fino? La misma pregunta se coreaba en cada esquina: ¿Dónde está Fino? Y se repetía una y otra vez: ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino? ¿Dónde está Fino?
El hombre querría darle respuesta definitiva a esa pregunta, para acabar con todo ese alboroto. Informar que estaba muerto no era mala respuesta. Responder ciertos interrogantes en la vida política de un país, una provincia o un terruño insignificante puede ser peor que la ausencia crónica de la verdad. Estaba convencido de que la verdad no le importaba a casi nadie. Tal vez a la madre, porque las madres siempre aman a sus hijos. O casi siempre. Tal vez a la monja rompepelotas. A las viejas ciegas que, para él, eran insignificantes. Pero no al cura. No al policía. No al gabinete. No al gobernador. Los sentimientos pasan y los hechos quedan, ese era su axioma político. Eso lo aprendió cuando era apenas un muchachito.
Si diez o veinte años después de un suceso tan extraño como ese se dan a conocer algunas verdades parciales, es probable que varios de sus protagonistas estén muertos y otros muchos ya ni recuerden fielmente lo ocurrido. El tiempo tiene esa insólita capacidad de licuar la memoria y la moral de los protagonistas. En medio de ese tiempo muerto hubo amenazas, sobornos, traiciones. Lo habitual. La velocidad de las crisis de todo tipo hacía que cualquier suceso pareciera haber ocurrido no años atrás, sino décadas.
Pero todo ese alboroto tenía en viva agitación al gobernador. Ese hombre, a medida que las marchas se sucedían en la puerta de su caserón, iba perdiendo la paciencia y la cordura. Temía que todo se saliera de cauce.
El ministro no podía permitir que la crisis avanzara y el gobernador perdiera los estribos y alimentara con sus actitudes una pueblada que no solo acabaría con su gobierno, sino que pondría en duda la continuidad de cualquier opositor dispuesto apenas a cambios superficiales. Convocar a la jueza fue una necesidad política. Convocarla y aleccionarla sobre las medidas a seguir para apaciguar los ánimos.
La jueza concurrió a disgusto. El ministro sabía que era esperable esa contrariedad. Convocarla a la casa de gobierno no era una medida discreta. No era un error de procedimiento institucional. Claro que había recursos reservados para transmitir a la jueza las opiniones del Ejecutivo. Pero el ministro no quería ser discreto ni correcto: quería que todos los medios, y a través de ellos la población, se enteraran de la reunión. El gobierno conminaba a la Justicia a actuar con celeridad y severidad. La jueza respondería a la petición y las cosas comenzarían a encauzarse.
Cuando llegó la jueza a la casa de gobierno fue sorprendida por el griterío de las ciegas. La mujer no podía comprender cómo esas viejas reumáticas sin ojos podían saber de su presencia; había llegado con la más cuidada discreción. Los ojos ciegos bien abiertos eran la explicación que ella nunca podría haber entendido. Pero así era. Esas viejas que arrastraban sus pies y su ceguera captaban la intimidad de un suceso y no podían ser engañadas ni por el más listo de los hipócritas.
Entró a la casa de gobierno por una puerta lateral. El personal de seguridad la condujo al despacho ministerial. Apenas ingresó, el ministro se abalanzó sobre ella.
—¡Querida señora jueza federal! ¡Cuánto le agradezco haya respondido a mi convocatoria!
La mujer no sabía qué era lo correcto en ese momento: si insultar al ministro o sonreír estúpidamente como si se sintiera halagada por esas palabras. La jueza permaneció de pie cerca de la puerta, insinuando que estaba lista a marcharse apenas lo considerara correcto.
—Usted me hace hacer cada cosa, ministro.
—Lo sé, lo sé. Pero usted y yo estamos en el mismo barco.
—Mi presencia aquí, en medio de este escándalo, no habla de la independencia de la Justicia del poder político.
El ministro debió hacer un esfuerzo muy grande para no echarse a reír a carcajadas.
—¿Alguien cree en la independencia del sistema judicial del poder político de turno? ¿Usted conoce a alguien que lo crea? Si es así, le pido me lo presente, me encantaría conocer a alguien tan ingenuo o pelotudo. Perdón por la grosería.
—Ministro, es uno de los pilares del sistema constitucional que nos rige. La independencia de los tres poderes del Estado. Creer en ello no es ser ingenuo ni pelotudo, como usted dice.
—¿En este país o en Disneylandia? Aunque tampoco en yanquilandia eso es así.
—Me extraña su prejuicio. No lo suponía antiyanqui. Esos valores son los más respetados en la primera democracia del mundo occidental.
El ministro sintió en ese momento una gran decepción. No estaba para tontos discursos sobre la pureza del sistema judicial en un país donde lo que reina es la impunidad.
—Si está hablando para los micrófonos, le aviso que no es necesario. Grabarla a usted no tiene ningún sentido. Nada de lo que diga la comprometerá más de lo que está ni la pondrá a salvo de un jurys. Los jurys no se deciden por el respeto a los códigos y leyes, se deciden por intereses políticos. Y ni el gobernador ni yo tenemos interés en acabar con su inmaculada carrera judicial. Así que le pido que hablemos con franqueza.
—Solo le transmito mis más firmes convicciones.
—Bueno, se lo agradezco. Pero luego de esta clase de Instrucción Cívica, quiero ponerla al tanto de en qué situación de crisis estamos a esta hora.
—¿Cree que no lo sé?
—Exacto. No lo sabe. Y si lo sabe, no se ofenda, debo decirle que no entiendo por qué hasta ahora no ha hecho un reverendo carajo.
—¡Cómo me habla así! ¡Soy una jueza de la Nación!
—Como es una reverenda jueza de la Nación, estamos esperando que haga algo.
—¡Y qué quiere que haga!
—Que haga lo que todos, en este pueblo de mierda, estamos esperando que haga.
—Dígamelo usted y yo le diré si es posible o no responder satisfactoriamente a sus deseos y los del gobernador.
—Mire, tome asiento, porque le voy a explicar algunos detalles y es posible que me lleve unos largos minutos.
—Estoy bien de pie.
—Como quiera, señora jueza de la Nación. No tome a mal lo extenso de mi intervención, pero le pediría que mientras le esté explicando lo que ocurre, no me interrumpa.
—¿Pierde la concentración?
—Un poco, a mi edad es lo esperable.
El ministro sí tomó asiento. Durante unos segundos miró directo a los ojos de la jueza y descubrió sus vacilaciones. Mujer estúpida, pensó. Se hace la pesada conmigo en este seguro despacho, pero tiene miedo de mearse encima si las viejas ciegas la agarran en la calle. Mujer estúpida.
—Usted, yo, todos sabemos que en ese pueblo insignificante desapareció misteriosamente un niño. Un niño pobre, de padres pobres, de un pueblo pobre. El pueblo no tiene importancia política ni económica. Pero es parte de un territorio que corresponde a un viejo reparto de zonas. Usted sabe a qué me refiero.
—¿Y por qué no me lo dice con palabras exactas?
—Porque no se me cantan las pelotas. ¿De acuerdo?
La jueza se llenó de odio. Su rostro se encendió de ira, pero prefirió callar.
—El territorio pertenece a La Ciudad Esmeralda. Una bonita cofradía que hace años subsidia a la provincia. Ellos producen sus mercancías y nosotros cobramos el peaje. Hasta aquí, nada excepcional. Ese pueblo está a unos cien kilómetros de distancia de un puerto de salida de los frutos del país. El puerto sí es importante. La exportación de frutos naturales es el principal recurso de la provincia: frutas, verduras, carnes de todo tipo. ¿Me sigue?
—Lo sigo, ministro.
—¿No quiere sentarse?
—¿Va para largo?
—Sí, se lo advertí. Siéntese. Escuche con atención.
La mujer accedió a tomar asiento en un bonito sillón muy acogedor.
—¿Cómodo, no?
—Mucho.
—Sigo. ¿Quién se llevó al niño? No interesa. Eso a usted no debe interesarle. Salvo que quiera meterse en un gran quilombo. En un laberinto del que no podrá salir. Por las dudas, le aclaro: no fue el grupo de la rubia botella calzón de lata, como le dice su esposo en cada oportunidad que puede. Sabe de quién hablo.
—Por supuesto.
—No fue el cura ni el policía, ni la drogona ni el marido. La rubia, el cura y el policía no toman mercadería. Ellos son solo “facilitadores”, como se les dice ahora. Ni siquiera intermediarios, solo “facilitadores”. La drogona y el marido son intermediarios. Patéticos, pero, hasta ahora, útiles.
La rubia recorre los pueblos acompañada de quien ya sabemos, va con sus muñecas de yeso, mira, reza, toma nota y orienta la compra. La drogona y el marido trafican. Y el cura y el policía cubren el mercadeo para que sea muy cristiano y seguro. Así ha funcionado siempre, desde época antigua, y así nos hemos enriquecido todos. Así que, por un lado, tenemos a La Ciudad Esmeralda, por el otro, el comercio interno y sus emprendedores, y un actor nuevo. ¿Sabe cómo se hacen llamar?
—No.
—El País de las Maravillas. Deberían haber impuesto a la nueva organización el nombre de “Alicia en el País de las Maravillas”. Tal vez les pareció un exceso o no les dio para usar un nombre de mujer. No lo sé. Así dicho parecería el enfrentamiento entre dos relatos literarios: La Ciudad Esmeralda versus Alicia en el País de las Maravillas. Pero es, en realidad, la lucha entre lo nuevo y lo viejo. Entre el unicato de la aduana central y el derecho de las provincias. Usted debe saber que en este país hubo cincuenta años de guerra civil por el asunto de las aduanas. Para que le quede más claro: unitarios y federales, pero del siglo XXI, en el negocio de la exportación de frutos regionales. Nosotros somos federales.
—Entonces ustedes están de una de las partes.
—¡Quién podría decirlo! ¡Quién podría negarlo! Resulta que nuestro gobernador quiere que se resuelva esta disputa. Porque, como siempre ocurre, arribistas y oportunistas a los que les importa un carajo el niño esperan usar esto para voltear al gobierno. También esperan sacar provecho de una u otra mafia. No tienen preferencias literarias. Tampoco conciencia de qué se trata realmente. Se imagina usted el escándalo. Más aún, si al gobernador lo destituyen acusado de connivencia con la trata de personas, puede tener un repentino acceso de honestidad y empezar a contar innumerables irregularidades de la administración provincial en todas sus esferas de gobierno: legislativo, ejecutivo y judicial. Los pilares de la democracia de los que me habló apenas llegó. Sería un desastre. Usted no quedaría a salvo.
—Me amenaza.
—¡No! Eso lo hacen quienes tienen experiencia en esas lides. Yo soy un político mediocre que no cree en la independencia de los poderes.
—¡Qué hijaputez! ¡Alicia en el País de las Maravillas! ¡Qué hijaputez!
—No le conocía ese lenguaje, señora jueza. Se ve que compartimos los mismos gustos literarios. Usted no se preocupe por terminar con este quilombo. Para hacerlo, hay otras cosas que debemos completar. Hay eventos que no le puedo explicar ahora. Tiempo al tiempo. Si no quedan periodistas, ni uno, si se va el sicario y el tipo que vino con él, si guardamos por unos meses a esos cinco, la cosa se arregla sola. Usted y yo sabemos que todo pasa, como diría don Julio. La gente olvida rápido. Y pronto va a haber elecciones. Empieza la cadena de la felicidad. Le doy garantías de que todo mejorará, incluso para usted.
—Cinco presos. Ese es su pedido.
—Cinco. ¿Quiere que le escriba en una esquela los nombres?
—No es necesario. Ya me los dijo. ¿Algo más, señor ministro?
—Por ahora no. Contamos con sus buenos oficios, y usted cuente con los nuestros.
—Favor con favor se paga.
—Quid pro quo.
—Quid pro quo.
***
62.- Los pobladores marchaban una vez más. Al frente, las mujeres. Las viejas cantaban salmos sanadores. El cielo reposaba sobre pequeñas ondulaciones de la tierra y daba a los caminos una forma desconocida. Algunas ciegas creían ver ahí el rostro del niño; otras, al sentir el suave viento rozar el cielo, creían oír su pequeña voz llamando a su madre.
En cambio, Poncio estaba ciego, estaba sordo, estaba ausente. No fue a la manifestación. No podía mirar al cielo, ni pisar la tierra, ni respirar el aire que dulcificaba el viento que imitaba la voz del niño. No hizo otra cosa que dar vueltas en círculo alrededor de una vasija que suponía contenía las cenizas de un desgraciado incinerado por sus pecados y que el fuego había liberado. Purificado por el fuego, esos despojos eran objeto de su veneración; asumía como propias las perversiones que lo habrían condenado y al fuego que lo había purificado.
La vasija era roja, cocida en fuego por orden de patéticos jueces de la Inquisición. Él les pediría clemencia. Jueces de plomo ardiente. Jueces de huesos rotos. Jueces decapitadores. ¿Por qué deberían otorgarle indulgencia y esperar algo menor al castigo del desconocido reducido a una mugre grasosa en el fondo de la roja vasija? Él merecía castigo. Y golpeándose el pecho repetía en voz baja: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa”, recordando la oración que de niño Cándida le obligaba a repetir a golpe de rebenque en todo el cuerpo. No quería la vieja un hereje que faltara a sus oraciones al Dios de la cruz y la espada.
Golpeando su pecho, se sentía dentro de vasija, en su fondo sin final, orbitando alrededor de una mancha negra de sangre antigua, siempre cayendo y cayendo. Giraba y giraba alrededor de la mística vasija, descalzo y frenético, lastimando sus pies contra un ripio que rodeaba el cántaro de manera perfecta. Ese ripio se hundía en la carne abriendo minúsculas heridas que se gangrenarían en pocos días.
Glisoría no esperaba nada de él. Caminó sola hacia la marcha. Iba sonámbula. La soledad, para ella, se había vuelto un caos. Iba casi descarriada. Sabía que su esposo no se animaría ni a arrimarse donde ella reclamaba por su hijo. Además, la monja —“la pequeña y jodida monja”, como la llamó Poncio lleno de odio— estaba a su lado lista para recriminarle su dudoso comportamiento la noche de la desaparición de Rufino.
La vasija ejercía una poderosa fuerza centrípeta sobre su humanidad y no le permitía abandonar el círculo perfecto que la sangre de sus huellas dibujaba desde que empezó el ritual exculpatorio. Sentía que la vasija lo succionaba con tal fuerza que, por momentos, le provocaba un dolor insoportable. Temía que le arrancara la piel y dejara expuestos sus fibrosos músculos para que luego un viento helado los lacerara con su roce quirúrgico, deshaciéndolos en delgadas láminas rojas, hasta que al final asomara la cruda osamenta esmerilada hasta la muerte.
Y aunque no había visto a ninguno de sus vecinos desde el anónimo día de su entrega, cuando recriminó aquella noche a Zurita su frustrante comportamiento, sentía el peso violento y acusatorio de cientos de ojos que observaban su timorata actitud de imbécil y lo creían capaz de haber entregado a su propia descendencia por un poco de dinero. Ojos de ciegas que, en su última oscuridad, rozaban la pulpa de sus nervios, atormentándolo con la punta de sus delgados y raquíticos dedos. Poncio no podía desafiar aquel dolor. Murmuraba toda clase de maldiciones, pero eso no perturbaba en nada a sus fantasmales perseguidores.
Buscó consuelo en el cura, que lo rechazó sin mediar palabras. Había pasado demasiado tiempo desde que Fino desapareció y no podía comprender la ofuscación del cura por su comportamiento aquella desgraciada noche. Tampoco la liviandad del policía, que solo se entretenía comiendo una carne negra —un charqui tal vez salido de alguna víctima— mientras observaba impávido, desde su propia ceguera, la manifestación que encabezaban Glisoría y la monja seguidas de todas las viejas ciegas del pueblo.
Por ahí andaba el rumor de una hoguera donde quemar a todos los sospechados. Los nombres de Ava/Eva, Ramón el milico, Artemio, Ladina y Oroño se repetían como un himno maldito. ¡Fuego! ¡Fuego! Y tras los gritos se olía la carne ardiendo de los cinco inculpados. Cada una olía de modo diferente. Perfumes de puro miedo bajo el intenso pavor de una incineración.
La jueza sospechaba también de esa rebelión y llegó apurada con la intención de apagar cualquier llama que amenazara su mandato. No quería ocuparse de más asuntos que los que el ministro, en nombre del gobernador, le había ordenado. Cárcel, no hogueras. Nunca nadie le habló de hogueras, pero no podía negar la duda que la invadía y la hacía vacilar sobre sus capacidades para contener tanta furia popular.
A los gritos anunció a la multitud las cinco detenciones. A su anuncio le siguió un silencio perturbador. ¿No debería dar ese anuncio satisfacción a los pueblerinos? ¿No se lo había dicho el ministro asegurando lo acertado que era ordenar esas detenciones? Los pobladores debían gritar “¡Justicia! ¡Justicia!” y abandonar las calles de toda ira humana. Pero había fuego; solo quedaba una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que devoraría a todos los condenados.
El fuego emana sustancias increíbles. Cuando hierve la grasa entre las estribaciones de la carne, cuando la sangre apenas es un vaho, surgen evaporaciones venenosas que pueden torcer el cuerpo hasta doblarlo para que quepa en una pequeña vasija roja. Una vaharada que enloquece a las personas y estas no se dan cuenta de su locura. Hubo multitudes, pueblos enteros, que deliraron quemando mujeres siglos atrás, llamadas malditas brujas; fuegos que narcotizaron legiones con ese perfume único del cuerpo que se chamusca entre alaridos y convulsiones.
Por eso la temerosa jueza convocó a los gendarmes. Santo remedio, amén. Armas al hombro, amén. Y si había que matar, amén, ellos lo harían sin el menor remordimiento.
—¡Despejen la calle! ¡Despejen la calle!
El ministro en persona le aseguró que se ocuparía de dispersar a la multitud apenas ella detuviera a los supuestos implicados. Unas docenas de enfurecidos atacó con piedras la casa de la jueza y luego la comisaría. Gases lacrimógenos, balas de goma, bastonazos a diestra y siniestra y fin de la marcha. Los heridos escapaban como podían. Atrás del humo de los gases y el ruido de los disparos, la monja y Glisoría y las viejas ciegas se mantuvieron firmes.
Entonces la jueza se dijo a sí misma que primero ordenaría matar a Glisoría y luego a la pequeña y jodida monja, de ser necesario. Y luego: ¡Muerte a las viejas ciegas revoltosas! Todas lo merecían, sin dudas, por meterla en aquel problema que tanto la fastidiaba.
No era una jueza para tales tumultos. ¿Acaso no se pierden niñas y niños todos los días? Van a seguir pariendo las madres y van a seguir consumiendo los poderosos las delicias de la carne humana. La pasión por esa mercancía es tan incorregible como ancestral, como la ley de gravedad. Está en las libaciones de los intocables que asumen con fervor aquel mercadeo donde los pobres de toda pobreza no tienen oportunidad de escapar.
Para la jueza, Poncio no sería un problema, ni él ni sus hijos. Los sobornaría tal como el ministro se lo sugirió, aunque no se lo dijo. Y con la vieja que fumaba ese perpetuo tabaco dentro de la pequeña pipa, la dejarían sentada frente a su casa hasta que muriera deshidratada o de inanición. Vieja maliciosa, degollando pequeños pollos rojos cuya sangre anunciaba la maldad por llegar, siempre arrastrando tras de sí la sombra del viejo muerto oliendo las entrepiernas de las impúberes, escondido tras el dulce mandarino. Allí acabaría todo para ella, y la jueza huiría a la gran ciudad a resguardarse de toda venganza o traición.
¿Los forasteros, los enviados de El Mago de Oz, ya se habían marchado? No lo sabía, pero lo deseaba. Fino no volvería jamás. Nunca se sabría su destino; los ajusticiados así se lo dijeron a los enviados antes de morir torturados. Glisoría enloquecería de ausencia y la monja sería enviada lejos del pueblo. A joder a otro lado. A no regresar nunca, monja rompepelotas.
Los misteriosos clones muertos, con sus secretos, ya habían sido digeridos —a esa altura de la desgracia— por la frondosa vegetación y las angurrientas alimañas. De ellos no quedaba más que un excremento pastoso y, tal vez, sus redondas y jóvenes calaveras apenas visibles entre los arrebatos de las interminables raíces.
***
63.- Cándida miraba más allá del paisaje. Sabía que venían por ella. Había símbolos en el cielo más próximo. Eran pequeños, pero precisos. El mismo viejo cadáver se los señalaba con su roído dedo índice. Ella simulaba que no lo veía, pero no era así. Parecían aves algunos de esos símbolos diminutos, otros, mariposas negras. Volaban en una u otra dirección. Cierta aparente anarquía en el vuelo era, en realidad, orden. El orden no siempre viene simétrico. Su asimetría puede ser radical, intrínseca, y solo los que saben del verdadero orden comprenden ese fenómeno extraordinario. Importaba, sí, que todo se hiciera decentemente. Consideró que debía tomarse una o dos copas de grapa, fumar su pipa y esperar lo que fuera. No sería la muerte, porque no era su momento. Pero las viejas ciegas hacía mucho que la tenían entre ojo y ojo. Ella las detestaba. Más aún detestaba esa pátina negra en el fondo de las cuencas vacías de sus ojos. Era un error en la naturaleza de la ceguera. Hubiera preferido que los ojos se volvieran blancos o, incluso, rojos, como los de las ratas que abundan en los sótanos de algunas viejas casas del villorrio, en el propio tugurio de los ángeles segadores. Pero la fastidiaba que se hubieran disuelto en esa mácula negra contra el hueso.
El cortejo de ciegas llegó por fin hasta su rancho. Cándida salió al patio de tierra; guardó la pipa en el bolsillo del delantal roñoso. El humo que escapaba del bolsillo daba pena: un gris indeciso, sin punto final.
El cielo podía ser más mortuorio. Haber llovido alucinante. Las nubes se habían alejado sin rumbo cierto. Había algo de flores violentas en sus volutas que recordaban una pedrada negra contra un cristal rojo. Tras las astillas, una sal de nardos cayó tiñendo el pelo de las viejas de un color narciso. Pero no llovió, tal vez por compadecerse de las mujeres que arrastraban los pies por la tierra siguiendo la gran cruz de madera.
Cándida sospechaba que el cortejo pronto exhumaría un muerto: el de aquel hombre que sepultaron vivo, hacía muchos años. El desenterramiento procuraría que el muerto-vivo revelara dónde estaba Fino. Como si pudiera salir de la derrota de su húmeda tumba a encontrar la verdad entre tanta mentira. El atavío de carne seca y lana rota sobre los huesos podridos del desenterrado no daría señales del destino del niño desaparecido. Tal vez una lágrima negra, donde el viento ladra hostil a la primera luna, fuera todo lo que podría hacer por Fino. Llorar. Llorar desplumado. Llorar en círculos plenarios. Llorar de pena desde el camposanto. Llorar tan triste, nada más.
Cándida lo sabía. Lo habló con la jueza horas antes: no hay noticias de Fino. Ni una palabra. Así actúa el pomberito, dijo la vieja. La jueza le recriminó por levantar falsas acusaciones. El perjurio está condenado en el código. Cosa de hombres, de mujeres, no de demonios.
La jueza que se llegó temprano dejó dos gendarmes apostados cerca de la entrada del rancho de la abuela Cándida. Dijo que era para que no la molestaran las que andaban de procesión, pero la tropa nunca se apostaba para la tranquilidad. La quería bien controlada. La vieja no le inspiraba ninguna confianza, con esos pollitos rojos siguiéndola a todas partes, estirando estúpidamente el cogote para que los decapiten. Los soldados ni se preocupaban de lo que hiciera Cándida; mandarles vigilar a una pobre vieja no era cosa de hombres de armas. Los vagos policías locales bien podían ocuparse de eso. La jueza no les confiaba ni un tanto así, por eso los eligió pese al disgusto. Tampoco les importaba lo que hicieran las ciegas suplicantes. Les parecían tan insignificantes como esos pequeños pollos rojos que iban tras la anciana todo el tiempo, rogando que los acogote de una buena vez para poder ver con sus ojitos muertos a dónde se inclinaba la sangre.
Tal vez los gendarmes esperaran en realidad a Zurita, quien desde aquella noche no volvió a casa de la abuela. Zurita, les dijo la jueza, podía ser testigo, incluso siendo menor. “A esa la llamaré cuando la necesite”. Al cabo, todo vale cuando la Justicia reclama. Los gendarmes no pensaron en Zurita como testigo. ¿Será virgen? No podían preguntar eso. ¿Cómo lo hubiera tomado la jueza? Como todos los jueces. Rieron. Tal vez fuera virgen. Aunque en esos pueblos desvirgan a las mujeres apenas tienen la primera menstruación. O incluso antes. ¿Por qué habría de ser ella la excepción?
Pocas horas después de la visita de la jueza al rancho de Cándida, Ava/Eva, Ramón el milico, Artemio, Ladina y Oroño fueron detenidos por orden de esa mujer de trajecito color pastel que solo cumplía el mandato de sus superiores. Lo dijo el ministro, que habló por el gobernador, quien luchaba por domesticar al insecto interior que avasallaba su espíritu con retorcidas elucubraciones, temiendo que todo se saliera de control.
A alguien había que echarle las culpas. Y ahí estaban, los cinco, en fila, respetando a la autoridad como corresponde. Ninguno clamó ¡justicia! Se habrían reído a más no poder. Ellos mismos lo hubieran tomado a la chacota. ¡Justicia! ¡Justicia! Absurdo. Fueron mansos, tanto como los pequeños pollos rojos que cortejaban a la vieja Cándida.
El cura los consoló a los cinco con un rezo no menos hipócrita que la solemnidad de la señora jueza. Les ofreció el sacramento de la confesión, que rechazaron, cosa que no fue de extrañar. Cura alcahuete, pensaron los imputados. No en la religiosidad de un consuelo radicaba la oferta.
A Ava/Eva y a su esposo los encontraron tendidos en la cama. No estaban abrazados. Boca arriba, los ojos cerrados. Vestían sus ropas de calle. Solo querían que los dejasen dormir esa última siesta con comodidad. La jueza les hubiese concedido el deseo, pero el ministro no lo hubiera visto con buenos ojos. “Déjate de joder y mételos presos antes de que se vaya todo a la mierda”. Con seguridad, eso le habría dicho el ministro. “Qué siesta ni siesta, no están de vacaciones”.
Los gendarmes hallaron a Artemio apenas lo buscaron. No opuso resistencia. Estaba rígido, sumido en una especie de confusión, tal vez producto de la resaca de la borrachera que traía de la comilona en el pueblo vecino. Escuchó la orden de detención, pero tardó en comprender el real significado de aquellas palabras: queda detenido por orden de la señora jueza federal. No hubo otras formalidades y Artemio, hombre habituado a las disciplinas del mando, acató la orden sin sentir la menor vergüenza por su ineptitud.
Nunca se interesó por Fino. Tal vez sí por esa o por aquella muchacha, lujurioso, ansioso de sexo fácil. O por esa carne asada, esa entraña jugosa. Por beber copiosamente. Vino y cerveza, cerveza y vino, en ese orden, hasta empedarse a más no poder. Por bailar un chamamé o dos. Pero no por Fino. ¿Qué era Fino para él? Nada. Una impresión. Una pasta, un agujero. Ni una estampita en la mesa de noche. Un mocoso que jodía todo el día y orinaba en la calle a la vista de todos. Que salivaba por el agujero que dejaron dos dientes que perdió jugando al fútbol. Apenas 26 libras y media de carne y hueso. Nada.
Había muchas maneras de deshacerse de apenas 26 libras y media de humanidad. Artemio podía explicar por lo menos seis o diez. O más, si se lo pedían. Conocía como nadie aquellos campos, cada agujero, cada madriguera, cada zanjón, donde nunca nadie encontraría lo que él escondiera. Por ahí debían haberlo tirado. Campo adentro o hacia el río, no había manera de que lo encuentren. Y por esa pequeña mierda, todo ese escándalo. El pueblo alborotado. Viejas ciegas marchando por todo el villorrio tras una enorme y rústica cruz de madera, las manos extendidas tratando de tocar con sus miserables dedos a la madre llorosa, para hurgar en sus lagrimales o palpar la rugosidad de su lengua reseca y sus labios rajados. Esa madre colgada de la odiosa monja de mierda, la pequeña e insoportable rompepelotas, siempre metiéndose donde nadie la llama. Monja de mierda y madre desgarrada, un fatal espejismo en dirección a un funeral. Espectáculo triste para un pueblo triste.
Todo lo que deseaba, como buen policía, era volver a la normalidad. Y cuando él creía que podía lograrlo, la señora jueza lo mandó a detener.
En cambio, Ladina lloró desconsolada, a moco tendido. Se resistió solo por hacer algo. Aunque gritase a los cuatro vientos ¡soy inocente!, a nadie le importaría. Vieja drogona. Así le achacarían. ¿Cómo confiar en la palabra de una vieja drogona?
***
64.- No fue mucho después de las cinco detenciones que El Hombre de Hojalata y Milton dejaron el pueblo.
—Vayámonos a la mierda —dijo el frustrado componedor. Fue suficiente. ¿Para qué agregar palabras? Un fracaso sin precedentes.
No había manera de arreglar aquel estropicio. Ni todo el Glenfarclas 25 años podía disimular ese aborto. Esos dos malhechores fanfarroneando sobre la suerte de Fino y su nueva red de trata, soportando todo el castigo. Insolentes. Cuánto afectaría el fracaso a El Mago de Oz no lo podía calcular. La Ciudad Esmeralda tiene sus códigos.
Los hombres esperaron a que el Limpiador se marchara. No por desconfianza, por cortesía. No se desconfía de quien te libra de dos muertos.
Para el Limpiador nada fue lo que esperaba, no fue por lo que lo contrataron. No es lo mismo hacerse cargo de 26 libras y media que del cuerpo de dos hombres adultos. Es otra tarifa. Aquello era apenas un bollo, alambre de enfardar hasta hacer el ovillo perfecto y un peso adicional para hundirlo en el río. De los cuatro elementos había escogido el agua. Los peces se encargarían de la floja carne y los delicados huesos. Su insistencia en saber el peso exacto en libras tenía su razón científica: el cálculo del peso suponía el tiempo de la desaparición total por la fauna del río. Matemática pura. Todo estaba bien planificado. Como es su costumbre.
En cambio, los dos hombres, ¡los dos hombres!, pusieron a prueba su experticia. A no confundirse. De un bulto pequeño a cuatro brazos, cuatro piernas, cuatro pies, cuatro manos, dos torsos, dos cabezas, labios, ojos, narices, orejas, testículos. Sin reparar en el desgaste de las herramientas. Los filos virtuosos y las sierras centelleantes. El material merece el mejor cuidado —no el mismo que merece una madre, pero sí una amante.
La muerte suele echar a perder los más nobles instrumentos. El hueso mella el acero, la sangre mancha con su pasta roja que al cabo de un rato torna negra. El acero alemán, inmejorable, es de muy alto costo. La libertad de mercado no mejoró la oferta ni la abarató. Tampoco la limpieza es igual para 26 libras y media que para dos muertos adultos. Libra por libra, incomparables. Solo su obsesión le garantizó tener los químicos en abundancia. Prever para tener. Una máxima aprendida a fuerza de bastonazos.
Trataría el asunto con los delegados de La Ciudad Esmeralda apenas llegara a la gran ciudad. Su padre siempre le recomendó esperar el momento correcto para hacer un reclamo. Ni se le ocurría pensar que El Mago de Oz no se haría cargo de los costos. Nunca había ocurrido algo semejante. Buen pagador, aunque nunca trató con él, decían que siempre respondía con generosidad. Gente de bien, diría M. “Sí, gente de bien”, aseveraría KM.
De todos modos, contaba con la palabra de El Hombre de Hojalata. Él no referiría una historia diferente a la suya. Aunque no tuviera corazón, no faltaría a la verdad. Pese a todo, estaba bastante conforme. Lo suyo había sido muy profesional. Como de costumbre. Un poco de alambre de enfardar, unas sólidas ataduras en muñecas y tobillos, otra en el cuello, y sin entrar en detalles. Satisfactorio.
***
65.- Hubo una admonición que la jueza no escuchó. O no quiso escuchar. Un juez puede ser ciego, pero debe ver: tiene la obligación. Puede ser sordo, pero debe oír. Su comportamiento es una cuestión de voluntad. La voluntad de un juez siempre es voluble. Tal día es severo, otro permisivo. Aplica las leyes sin piedad o deja pasar porque errare humanum est y, después de todo, ¿quién no se equivoca? Otras veces está sujeto a lo que le ordenen, que es lo más frecuente.
Incrédulos los que creen en la división de poderes. Como la Santísima Trinidad, en la república burguesa el poder son tres partes integrantes y un solo Dios verdadero: el dinero. El dinero todo lo puede. La ganancia es el Santo Grial. Puede con un gobernador, con un ministro y ¡con una jueza! El dinero puede comprar carne humana, aunque no sean más que veintiséis libras y media de humanidad, pura ternura. ¿Una menudencia? Apetecible para algunos. Tanto como el foie gras para otro, aunque se trate de un manjar menos elaborado.
Cándida lo dijo en más de una oportunidad durante la conversación. Pero ella no comprendió o simuló no entender.
—¿Sabé vos si la hojalata aguanta si le dan con fuerza? ¿Sabé vos?
¿Quién le dio a esta vieja tanta confianza para tutear a una jueza federal? ¡No distingue la jerarquía! ¡Qué insolencia y pregunta absurda! ¡A una jueza! ¿Qué sabe un juez de hojalatas? ¿Acaso debería saber sobre metalurgia? Del Código Penal, procesal, civil, comercial, de artículos e incisos, sí; pero de hojalata, nada.
¡Y qué sabrá esta vieja ridícula de latas! Una estupidez. Una vieja loca que fuma en pipa todo el día mientras contempla un mandarino que mece sus ramas de manera hipnótica.
La señora jueza no estaba interesada en la resistencia de la hojalata. Sí en saber de Poncio, el hijo de Cándida, el que hacía dos días había desaparecido de su casa dando vueltas como un idiota alrededor de una vasija y que, desde entonces, no daba señales de vida. Por eso fue a verla en su ranchada. Le dijo que a Poncio no lo buscaba Grisolía, tampoco Zurita y menos los hijos varones inquietos por chismes que corrían por todo el pueblo sobre su pequeño hermano Fino. Que nadie lo buscaba. ¿No era extraño?
Le dijo:
—No está imputado, tal vez lo haga comparecer como testigo. Como imputado puede mentir, como testigo no.
Pero, ¿por qué habría de mentir? Claro que no. No pensaba de ese modo. Solo quería hacerle unas preguntas. Lo mismo haría con la esposa, la hija y todos aquellos que la causa reclame. No imputados, por supuesto, solo testigos.
A Cándida toda esa conversación no le interesaba. Miraba el mandarino mecer sus ramas de este a oeste y repetía aquello de la debilidad de la hojalata frente a los golpes poderosos. Que las ramas del mandarino se mecieran en un sentido u otro era una señal, una señal que la jueza no podía comprender ni aunque se lo propusiera.
Cándida encendió el tabaco de su pipa. Echó por la boca un humo gris que ascendió en espiral y quedó suspenso por encima de la cabeza de la mujer. Dos, tres pitadas intensas. El humo por la nariz. Volvió a hablarle a la jueza de la hojalata, lo que hizo que desistiera de seguir la conversación. Es inútil, se dijo. Vieja idiota. Falta que me vuelva a hablar del pomberito.
Podría haber ordenado a los gendarmes llevar detenida a la vieja hasta que se avenga a decir dónde se había metido su hijo porque, si se esconde, sería porque tendría algo que ocultar. Y el ministro, en nombre del gobernador, le dijo: —Del policía para abajo, todos detenidos, si es necesario. Hay que impartir justicia.
—¿Incluso la vieja, incluso la madre, incluso la niña?
El ministro movió afirmativamente su cabeza. No dijo “sí”. Movió la cabeza de abajo a arriba. Pero no dijo “sí”, porque, como repetía siempre: se es esclavo de las palabras que se pronuncian y dueño de las que se callan.
Y luego, con su dedo índice, señaló en dirección al cielorraso de la habitación.
—Para arriba no hay nada que buscar.
Eso aclaró todo. Arriba solo hay ángeles, arcángeles, santos, vírgenes, dioses. Nada de lo humano yace en esas inaccesibles alturas. Ahí no hay nada que buscar. Comprendido.
Quien hubiera interpretado la clarividencia de la vieja era Milton, el chofer. No conoció a Cándida, no había razones para ello. No es función de un chofer conocer. Solo manejar y, de ser necesario, ejecutar a alguien si lo demanda la tarea. Conducir y obedecer: con eso es suficiente para estar bien considerado.
Con esas órdenes viajó hasta el villorrio. Llevó a El Hombre de Hojalata a ese pueblo de mala muerte a arreglar aquel entuerto. Nada salió como debía. Podría haberle dicho que todo aquello no resultó una pendejada, pero fue prudente y se mantuvo en total silencio.
Tras el fracaso, emprendieron la vuelta. El Hombre de Hojalata estaba muy deprimido.
—Vayámonos a la mierda —fue todo lo que dijo. Fue suficiente.
Milton puso en marcha el motor del auto, esperó que el pasajero ajustara el cinturón de seguridad y salió a baja velocidad del pueblo.
El Hombre de Hojalata especulaba con lo que vendría cuando informara. Ningún mensaje telefónico. A la mierda con las bolsitas roja, azul, verde. No podía explicar en dos o tres palabras aquellos sucesos. Paciencia. Mucha paciencia. Tantos gramos de paciencia por litro de whisky Glenfarclas 25 años. Alucinaba en el regreso con el tintineo de botellas de whisky chocándose unas contra otras en el amplio baúl del coche. Tin tin tin tin. La abstinencia lo maltrataba, aunque se mantuvo calmo.
—Cuando lleguemos voy directo a la bodega.
—Ansioso —Dijo Milton sonriendo.
—Necesito recargar combustible.
—¿Soporta las sorpresas?
—No, las detesto. Estoy tan decepcionado que mi abstinencia me hace escuchar el romántico sonido de botellas de Glenfarclas tocándose unas contra otras. Acariciándose curvilíneas. Imagino dos botellas como dos voluminosas tetas. Y las acaricio lentamente. Mi cuerpo necesita ese orgasmo de 43 grados de puro alcohol escocés. Pero, siendo esta ocasión un rotundo fracaso, iré a la whisquería y le exigiré que me entregue una caja completa de “105 Cask Strength”. ¡Dios en botellas de 60 grados de alcohol! Escuche esto: “105 Cask Strength”. Música. Adorable música. Escuche. Escuche. Whisky madurado en célebres barricas de jerez oloroso. Frutos secos, pasas y especias. Amor. Amor líquido. Sexo líquido en 700 mililitros de placer. Lo puedo oler, lo puedo saborear, lo puedo oír.
—Eso es obsesión. Así que su alucinación lo deja escuchar el golpe de una botella contra otra.
—Y me dejará soportar las puteadas telefónicas del gran amo de La Ciudad Esmeralda. O el que dice que es el gran Mago de Oz. O quien carajo sea el que me putea.
Soportaría las rabietas de El Mago de Oz; después de todo, estaba habituado a ellas. Pero eso de tener competidores donde nunca los hubo lo amargaba sinceramente. También lo afligía, y mucho, que esos dos tipos soportaran semejante castigo sin pronunciar una palabra. Ni un grito ni un quejido. Porque los mutilaron lenta y magistralmente. Pero ni así les sacaron una confesión. ¿Por qué alguien soportaría una tortura tan brutal sin revelar un secreto? Él no haría eso. No se sacrificaría de tal manera. Sin embargo, ellos lo habían hecho. Deprimente.
Esta situación extraordinaria también merecía ser incluida en la memoria de La Ciudad Esmeralda. No solo había que escribir sobre los logros, sino también sobre los grandes fracasos. No conocía de informática, pero había oído tanto de la capacidad inigualable de un programa llamado Excel, que imaginó una hoja de cálculo en la que quedara bien detallado el orden de sus odios y en otra el dolor físico de los asesinados. No podía decir cuánto odio y cuánto dolor podía contabilizarse. Pero hacer su debido registro sería instructivo para los futuros componedores.
Planificación y Glenfarclas. O Glenfarclas y planificación. En la ciudad decidiría el orden definitivo. Ese sería un gran aporte a la organización; todos lo recordarían no solo por su capacidad como Componedor sino como materia gris del comercio de la trata.
Mientras especulaba con las posibilidades de un software y el mejoramiento de la estructura comercial de la Ciudad, una oscuridad densa lo envolvió de repente. Perdió la conciencia en un segundo. Es que hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé. Golpes como el odio de Dios. Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Milton nunca había leído a Vallejo, pero así diría si pudiera explicarse en un poema. Eran los heraldos negros que mandó la Muerte. No a Milton, que observaba impávido como la cabeza de su compañero de viaje se abría como una fruta. Pero la vieja Cándida lo dijo: la hojalata es débil a los golpes brutales, como el odio de Dios.
La jueza mandó a un par de policías locales a investigar lo que se rumoreaba en el pueblo, sobre un accidente en el que dos forasteros habían muerto camino a la ruta nacional. En efecto, en ese camino desolado encontraron un cadáver. Estaba desfigurado por completo. Mostraba innumerables fracturas. El cerebro había sido licuado por el golpe. Fragmentos de hueso incrustados en el hígado, los pulmones. El pecho abierto. Un trozo del vidrio de color azul estaba clavado justo en medio, donde el esternón divide el pecho en dos. Una gran herida dejaba ver el interior de la cavidad torácica.
—¿Y el corazón? —Preguntó uno de los policías.
—No está. —Fue la respuesta.
Los policías no pudieron encontrar el corazón del desgraciado. Andá a saber dónde fue a parar, fue la reflexión que hicieron al observar el cuerpo detenidamente. De inmediato fue culpado un perro cimarrón que se aprovechó de la carne y lo llevó para saborearlo en su escondite. Un corazón todavía tibio era un manjar que ningún perro salvaje ignoraría. Debió ser un cimarrón poderoso, como los que rondaban el villorrio desde hacía mucho tiempo. De esos que comían las ratas que huían aterrorizadas de esas dentaduras mortales.
Si había otro muerto, como les dijo la jueza, no lo encontraron. A ella le informaron del hallazgo de una víctima sin corazón. Del otro no hallaron el cadáver. Y el automóvil había desaparecido.
La jueza abrió un expediente. Lo caratuló como “Accidente en ruta”. Ahí dejó constancia de que el golpe debe haber sido tremendo porque el cuerpo del pasajero que se encontró estaba destrozado. Irreconocible, como constató un policía local enviado a la escena. Cómo ocurrió, nadie podía asegurarlo. Ella tampoco. Y escribió que se estaba organizando la búsqueda del otro cadáver pero que había pocas expectativas de hallarlo. Por esos lados, los cimarrones son de un tamaño descomunal y una jauría puede devorar el cuerpo de un adulto en cuestión de horas. Tal vez un día. Tal vez dos. Pero la escasez de personal policial hacía muy difícil la búsqueda. Apelaría a la buena voluntad de los pobladores y a la magnificencia de Dios Padre todopoderoso. De lo contrario, solo quedaba implorar por el alma de un cristiano almorzado por una jauría de cimarrones insaciables.
***
66.- Sentir el golpe en la hojalata, de manera de saber el sonido de la carne muerta, no era milagroso. Tampoco el piñal de un vidrio filoso que troncha el esternón en dos partes exactas.
De modo a veces confuso, la vieja entendía cosas que pocos comprendían. No era avanzar a gatas por lo premonitorio. No se va a tientas por el devenir. Sabía que, por ejemplo, Zurita no volvería por esos días. Decapitaría los pollos con sus propias manos: era lo justo y necesario. La artritis era un pecado concebido. La condición de la vejez no es agua bendita. La ingratitud de las arrugas impone su indignidad de máscara, así que bebería la sangre de esos pollos, tal mosto fantástico que le devolviera la vitalidad necesaria.
La naturaleza encuentra formas diferentes de llegar a la sustancia de la vida y de hacerlas saber. En ocasiones, con callar es suficiente. Otras, con hacer una simple pregunta. Mirar a lo lejos también es una señal. Callar, hablar, mirar; Cándida sabía esperar una despedida sin desesperar. También una ausencia, aunque fuera enorme.
La tragedia del mandarino ya no ofrecía con ella la confraternidad de sus frutos. Un rumor funerario sonaba como el aria de una opereta en un campo en el que no había sonidos que no hubieran sonado con anterioridad. No había nada sorprendente. Todo en el villorrio ya había ocurrido: solo era una repetición que describía una espiral insoportable. Partir, describir el círculo, llegar. Volver al punto de partida. Una y otra vez. Siglo tras siglo. Principio y final, el mismo asunto.
Cándida ya estaba asomada por la puerta y comprendió el enigma. Un adiós de martirio. No había lirismo en su modalidad, pero tampoco ingratitud. Por algo las cosas debían ser de ese modo y no de otro. Lo esperaba.
Opaco y ungido en media luz, el mandarino hacía saber que su pendular movimiento adquiría el gesto de una guadaña sobre un cuello torcido por el peso del cuerpo. De este a oeste, como correspondía.
A un metro de distancia, bajo los pies colgando, una pequeña jauría ladraba. Salieron de atrás de unas vacas mustias que pastaban indiferentes. Venían de lamer las ubres.
A la izquierda del muerto, un búho de dignidad clerical buscaba la esfinge de la Virgencita que Ava/Eva le regaló aquella tarde. El ave parecía de terracota.
Poncio había buscado la rama más alta, pero su peso la curvó en línea recta hacia la tierra. No había emoción en el paisaje, tampoco en el rostro de la vieja que observaba un coágulo en forma de lágrima en cada ojo, la boca torcida y el hilo de baba como unas ganas de caer hasta los perros para que la beban. El color morado en el rostro lucía casi como un remordimiento.
Sacó su pipa e imploró el tabaco. La brasa ardiendo, cóncava en la madera, y el ávido humo, luego del fósforo impaciente, salió con fuerza para gruñir por disgusto también al muerto.
Allí estaba Poncio, pendulando su muerte. Los tobillos desnudos, los brazos a cada lado, las manos fracasadas.
Cándida no iba a llorar. No era remedio. No lo hizo cuando el finado de su marido, el que le hizo tantos hijos que perdió la cuenta. El último de ellos, colgado de la rama más alta del dulce mandarino. Ella sabía muy bien sus razones. Si no se hubiese suicidado, hubiese asesinado a Zurita o Glisoría lo hubiera acuchillado en venganza por su amado hijo.
Aprovechándose de la muerte ajena, el viejo cadáver celebraba, y cuánto. Lo que pensó en ese instante —ijo e puta— no lo dijo en voz alta. Volvió sobre sus pasos, entró en el rancho y, tras de sí, cerró la puerta.
***
67.- La noticia del suicidio de Poncio llenó de temor a todo el pueblo. Nadie recordaba un suicidio. Los vecinos no estaban preparados para descubrir que esa muerte podía estar vinculada con la desaparición de Fino, el pequeño hijo del mismo Poncio. Pero eso fue lo que los periodistas hicieron correr apenas supieron de la desgracia. Poncio no era un hombre apreciado; apenas uno más entre tantos pobres del pueblo. Sospechar que pudo ser cómplice de un crimen tan espantoso contra uno de sus hijos, nadie lo aceptaba. En cambio, muchos periodistas lo daban como un hecho cierto y comprobado.
La multitud corrió hacia el mandarino. Una docena de cuadras irregulares separaba la plaza del pueblo del lugar del suicidio. Unos llegaron por la calle que rodeaba por la izquierda la casa de Cándida; otros lo hicieron por la que pasaba a la derecha, algo más alejada del rancho. Cándida no tuvo temor de aquella turba. Observó a los extraños por la ventana. Los vidrios sucios deformaban los rostros de los intrusos y el humo de su pipa los desfiguraba aún más.
Los más atrevidos se animaron a golpear la puerta, pero la vieja ignoró los llamados. No tenía nada que decir. Otros, más prudentes, intentaron disuadir a quienes buscaban arrancar al menos una emoción de aquella mujer que no inspiraba congoja alguna.
Los fotógrafos sintieron satisfacción al ver que aún pendía del árbol el cadáver. Su color morado, casi violeta, los pies hinchados y negros como morcillas, las manos huesudas pegadas al cuerpo, le daban un aspecto irreal, como si no se tratara de un ser humano sino de un pelele exhibido para la ocasión. El muerto contrastaba con el brillo exuberante de las mandarinas. Parecía un acontecimiento mágico. El día anterior el árbol lucía apenas una o dos frutas apagadas; en cambio, esa mañana, tal vez cuatro o cinco horas después de muerto el hombre, se había llenado de frutos de un naranja furioso. Los cronistas desesperaban por relatar aquel suceso misterioso.
Una foto del muerto, otra del rancho de la madre desalmada que ni una lágrima ofreció por el suicidio de su hijo, y una crónica fascinante de cómo un hombre acosado por la culpa por la desaparición de su pequeño se había ahorcado en el mismo mandarino donde se lo vio por última vez. La noticia debía tener repercusión extraordinaria en la gran ciudad, donde abundan quienes gozan asomándose a la desgracia ajena, a menudo despreciando a los pobres por su condición.
Al pie del árbol, cuatro gendarmes esperaban la llegada de un camión elevador para alcanzar el cuerpo. No parecían impacientes; bromeaban entre ellos, pero evitaban mirar al muerto. Al romperse el cuello, la cabeza había quedado en una posición que parecía observarlos. Los ojos abiertos, desorbitados y rojos por múltiples hemorragias inspiraban temor. Valientes para moler a palos a manifestantes, pero incapaces de sostener la mirada del muerto.
Uno de ellos dijo:
—Falta que lleguen esas viejas de mierda todas ciegas pa’ completar el circo.
Bastó decirlo para que, a unos quinientos metros del mandarino, se viera a la legión de viejas ciegas acercándose, siempre con los brazos extendidos, moviendo los dedos como si intentaran tocar al muerto desde la distancia, y al frente la rústica cruz de madera. No estaban entre ellas ni Glisoría ni Zurita ni la “pequeña y jodida monjita”. Por alguna razón que los gendarmes ignoraban, las viejas se detuvieron a prudente distancia y comenzaron a rezar el Rosario, en un murmullo perturbador.
El día era diáfano y contrastaba con lo fúnebre de la escena. Ni una nube interrumpía el celeste intenso del cielo. La temperatura era agradable y, a diferencia de días anteriores, no había demasiada humedad. Casi un día perfecto para una noticia casi perfecta. Todo cambió cuando llegó un pelotón completo de gendarmes. El jefe, a viva voz, reclamó a los periodistas que se alejaran de la “escena del crimen”. Los corrieron casi hasta donde estaban las viejas ciegas.
Del mismo modo que apareció el pelotón, la señal de todos los celulares se apagó. Quedaron incomunicados. El estupor invadió a los periodistas: no podía ser casual. Ninguno tardó en sospechar de la maniobra del pelotón. La mirada socarrona del jefe y su risa burlona alimentaban la sospecha.
Entonces fue justo preguntarse: ¿quién estaba más impedido de ver los hechos tal como ocurrían? ¿Esas viejas rezadoras ciegas o los periodistas incapacitados de ver la realidad y de enviar información? Ellas no podían ver, pero enviaban a Dios sus rezos, al muerto sus compasiones; lo presentían allí colgado como ropa vieja y rogaban por su alma. Los periodistas, en cambio, no podían enviar nada: ni impresiones, ni exageraciones, ni divagaciones. Y eso, para un cronista, es como estar mudo y ciego.
Con cierto alivio se consolaron: “por lo menos tenemos las fotos”. Pero duró apenas minutos. El jefe ordenó entregar todo el material fotográfico:
—Secreto de sumario. Orden de la jueza federal. Nada de fotos del muerto, basta de hablar de este pueblo. Ridículo, pero así fue.
Los cronistas intentaron negarse. Algunos protestaron y amenazaron con denunciar a los gendarmes por atentar contra la libertad de prensa. Alzaron la voz para que todo el mundo supiera del atropello. La risotada de los soldados fue unánime. A mil kilómetros de la gran ciudad, desde ese pueblo perdido, ¿quién iba a escuchar esa denuncia? ¿Cuán alto había que alzar la voz para que alguien se conmoviera por el reclamo de los “ensobrados”?
El jefe se mostró tranquilo pero firme. Tenía órdenes y las iba a cumplir: secreto de sumario, orden de la jueza, pedido del gobernador. Nada que agregar. Fue al grano:
—Acá no pasó nada. Nada que ver, nada de qué informar. El pobre murió de pena, de desconsuelo. Perdió al hijo, seamos compasivos. Déjenlo en paz. Hace días que ustedes no dejan en paz a la gente. Dicen cualquier cosa, escriben cualquier cosa. El pueblo está convulsionado. Aquí nadie está acostumbrado a tanto alboroto. Ustedes, en un par de días, ni se van a acordar del nombre del pibe. Pero acá nadie se va a olvidar de ustedes. La jueza quiere paz y yo la voy a garantizar. Hora de volver a casa, muchachos. Se acabó la fiesta. Entreguen las fotos y váyanse con la música a otra parte.
Los periodistas se marcharon. La noticia ya no servía. Más de una semana después, incluso un suceso tan horrible como la desaparición de un niño deja de ser novedad. La gente se cansa rápido de la muerte ajena. La inmediatez de la zoncera manda.
Fino ya no era noticia. Tras el incidente con la gendarmería, ningún periodista se animó a seguir en el pueblo. Se fueron como llegaron, en tropel.
El funeral de Poncio fue lamentable. Ni el cadáver se presentó al entierro. Glisoría, encerrada en su casita, no quiso saber nada. Salvo el consuelo de Zurita y sus otros hijos, no permitía que nadie se le acercara. Repetía, intermitente:
—¿Dónde está mi’ijo?
Nadie respondía.
***
68.- Luego de saber de la partida del último periodista, el señor gobernador pudo conciliar un sueño profundo y reparador. Para su felicidad, no despertó de espaldas sobre un duro y oscuro caparazón con el que creyó cargar durante las semanas del escándalo que provocó la desaparición de Fino. A pesar de que su espalda no estaba cubierta con un exoesqueleto quitinoso, sentía su peso y dimensión como si realmente así fuera. Era una paradoja: la ausencia de esa estructura envolvente era, para él, una presencia inquietante. No podía palparla, pero podía sentirla. Se preguntó si el bienestar que sintió al despertar era real o un sueño imposible. Pero no estaba soñando. Aun dudando, procuró alejarse de esa angustia.
Estaba solo. A pesar de su inicial oposición, esposa e hijos habían sido enviados a una de las estancias que poseía en una zona alejada de la mansión. El ministro lo convenció de la conveniencia de evitar a la familia el acoso brutal de los periodistas y la furia incontenible de los vecinos que reclamaban por la vida del niño. La esposa del gobernador fue la primera en aceptar la propuesta de abandonar la casa familiar. Los hijos acompañaron la decisión materna sin demasiadas cavilaciones, y eso serenó el ánimo de todos, ya bastante alterado por el escándalo.
Desde la cama donde permanecía acostado, miró por la ventana de la habitación. El día era hermoso. El sol brillaba contra la acuarela celeste del cielo. Reinaba el silencio. Podía ver a través de la ventana cómo un suave viento mecía la vegetación que rodeaba la casa. Por el brillo de las hojas, sospechó que la humedad debía ser bastante moderada y eso, para él, era muy satisfactorio. Todos esos días, su imaginario duro caparazón, anillado vientre, delgadas patas y longilíneas antenas padecían el efecto de la alta humedad, que multiplicaba una picazón insoportable en todo su cuerpo, para la que no había alivio alguno. El ministro le había suministrado todo tipo de ungüentos para calmar el ardor, pero salvo adecuadas dosis de fentanilo, nada lo calmaba. Parecía que todos esos padecimientos, incluso la forma de soledad a la que se vio reducido por su supuesta metamorfosis exterior, habían quedado en el pasado.
El insecto feroz que llevaba en su interior se fue recluyendo, retornando a su momento inicial. A diferencia del reflexivo Samsa, quien sufría la contradicción entre la espiritualidad humana y la plena conciencia de sus angustias frente a un exterior monstruoso, el gobernador padecía porque su apariencia seguía siendo normal. Pero en su interior el insecto sorbía lentamente su alma y degradaba su conciencia, hasta poner de manifiesto la alienación de esa deformidad insaciable, que aspiraba a crecer en medio de una cohorte de miasmas que se internaban en sus entrañas para alterarlo por completo.
Un hombre rumiando los pensamientos de un insecto, y un insecto reflexionando sobre las ambiciones de un hombre. Un evento que surgía en medio de la fragilidad de la biología de ambos. Ser eso y otra cosa al mismo tiempo: un hombre-un insecto, un insecto-un hombre. Sin simetrías, sin equivalencias, disputando. Una extraordinaria lucha y unidad de contrarios. La tragedia de una grotesca transformación de su humanidad en monstruo refugiado en su interior. Para su suerte, esa mañana era tan apacible que le brindaba un instante de sosiego.
Que ningún periodista fastidiara en la puerta de la vivienda y que ni un solo manifestante gritara enfurecido contra su persona le abrigó esperanza de poder razonar con serenidad. No podía ser sabio. Nunca lo había sido, pero estaba en una calma que bien podía hacerle pensar en cierta sabiduría existencial. El silencio —qué extraño— le provocó melancolía, de la que se libró pensando en lo bien que iría en adelante su campaña por la reelección. A excepción de una modorra pasajera después del reparador sueño, lo que sentía era mucha hambre.
La pobre mucama que había padecido los cambios de ánimo durante la horrible metamorfosis de sus conductas había desaparecido. No preguntaría por su destino. Había decisiones de las cuales lo mejor era mantenerse al margen. No vi, no oí, ni supe nunca nada. El que nada sabe nunca se complica. El ministro le dijo que solucionaría ese inconveniente y daba por hecho que así había ocurrido.
Mientras reflexionaba sobre ese y otros asuntos ocurridos días atrás, sin poder decidirse a abandonar la cama producto de ese aletargamiento que lo embargaba, oyó que llamaron cautelosamente a la puerta de la habitación, que estaba frente a su cama. Una voz desconocida, una voz de mujer, que hasta cierto punto le recordaba la de su madre, lo llamaba.
—Gobernador —dijo la dulce voz de mujer. Luego repitió varias veces “gobernador”, mientras daba delicados golpecitos sobre la puerta. Ese suave llamado le hablaba de una mano delicada. Qué hermoso resultaba ese delicado sonido de los gráciles nudillos de la mano femenina en la madera de su puerta.
—Gobernador, lo espera su ministro. Pronto tendrá una reunión de gabinete.
Pensó: ¡Qué voz tan dulce! No suena así la de mi esposa. ¡Qué bueno sería que cambiara esa voz amarga y ronca por una como la que suena detrás de mi puerta!
Mientras se incorporaba de la cama sin dificultad, dijo:
—Sí, sí. He oído. Pronto bajaré a desayunar.
—¿Se encuentra usted bien?
—Totalmente. Gracias por su preocupación.
—¿Necesita algo? Puedo ayudarlo.
—Le agradezco. Solo disfrutaba la calma de este día.
—Todo se ha calmado, señor. Los intrusos se han ido y los revoltosos recuperaron la paz, los pecadores están bajo custodia. Solo cabe esperar que usted recupere su buen ánimo, su animada sonrisa, y todo volverá a la normalidad. Los que lo apreciamos necesitamos de su regreso.
¡Cuánta amabilidad! Esa mujer le aseguraba paz. Lo reconfortó como hacía tiempo no le sucedía. ¡Alguien que anhelaba su regreso! De seguro se trataba de la nueva mucama. ¿Qué aspecto tendría? ¿Sería alta, delicada, blanca, bella? ¿O una morocha llena del encanto guaraní? Pronto lo sabría. Si solo se pareciera a aquella mocosa, la última que pudo apreciar subido al palco en ese acto intrascendente, se sentiría recompensado.
Asumía que, en todos esos días o semanas —no tenía claridad sobre el tiempo que había transcurrido desde que comenzó todo el alboroto por el niño—, no había disfrutado ni de una caricia ni de un beso. Las caricias de su esposa no eran las que extrañaba. Esas eran compromiso, obligaciones maritales, caricias gananciales por contrato.
El recuerdo de la anatomía de aquella niña lo llenaba de emoción y hacía crecer sus deseos de copular. Sentía acariciar con delicadeza esos minúsculos pezones latentes, rosados, a los que imaginaba cálidos y jugosos. ¿Qué habrá sido de esa jovencita? No lo sabía. Tampoco preguntaría, era peligroso. Seguramente había sido vendida a un comprador de los muchos que se arrimaban por ese entonces a sus presentaciones para observar en persona las mercaderías que se traficaban.
Dejó la cama, como le había pedido la dulce voz de esa mujer desconocida. Estaba completamente desnudo. Le pareció algo lógico. Mientras duró su mutación interior, no encontró forma de vestirse a gusto. Toda la ropa le producía más escozor, ninguna prenda le sentaba cómoda. La vanidad o la curiosidad por ver el aspecto de la mujer que le había hablado tras la puerta de su habitación lo impulsaron a buscar el gran espejo del vestidor, para apreciar su cuerpo. Lo inquietaba que hubiese quedado alguna marca, una cicatriz, alguna huella que revelara a su insecto interior. Estuvo largo rato mirando su rostro, su pecho, sus brazos y piernas, sus genitales. Recorría con las manos su cuerpo como si estuviera descubriendo una renovada anatomía.
En el vestidor de su placar eligió la ropa interior que usaría para bajar a desayunar y luego se cubrió con una de las robe de chambre que solía usar cada mañana al salir de la cama. Cuando terminó de prepararse para bajar al salón comedor, sintió por primera vez una sensación que al principio resultó confusa y luego muy estimulante. Se reconoció extremadamente adaptable, un ser vivo capaz de sobrevivir en entornos hostiles, habituales en el mundillo de la política y los adinerados terratenientes de la provincia.
No sentía hambre. Imaginó que hasta podía vivir sin comer durante semanas, alimentándose con mendrugos, algo que le hubiera resultado repulsivo en su anterior condición. No podía ponerle nombre a esa nueva y vital cualidad, porque no sabía a qué atribuirle esa condición. Su metabolismo se había vuelto muy eficiente. Su sangre, algo más fría, le ahorraba energía, la que podía usar para alcanzar más y mejores metas y deshacerse de sus enemigos sin que estos atinaran a responder con acierto los desafíos que les opondría. Se sentía renovado, y eso lo disponía de la mejor manera para avanzar en sus ambiciosos planes.
Pensó que la felicidad tiene maneras extrañas de presentarse. Las personas creen que la felicidad es inequívoca y que se reduce a una continuidad de sensaciones que van de la piel al cerebro, provocando lágrimas, risas o satisfacciones intrínsecas. Supuso que algo semejante ocurre con las desgracias. Existe tan poca diferencia entre la felicidad y la desgracia que es fácil confundirlas. En su caso, la felicidad apareció como una nueva manera de metabolizar todo lo que le ocurría, y aquel cambio sustancial tal vez tuviera su sustento en cómo enfrentó los desafíos de la desaparición de Fino. Arriesgó todo con esa desaparición, y más que los riesgos que corrió por los sucesos que derivaron del crimen, su enojo respondía a la forma en que sus rivales trataron de usar al niño para perjudicarlo. Tendría de ahora en más muy en cuenta a quienes se aprovecharon de esos sucesos para dañarlo, incluso deponerlo. Se vengaría, sin duda, de manera cruel pero sofisticada.
El escándalo de la desaparición de Fino estaba en el pasado. No sería necesario volver a repetir una situación semejante. Tendría mayor celo sobre los negocios del feudo. El ojo del amo engorda al ganado, bien lo dice el refrán. Era una lección que aprendió en esas semanas y sobre la que reflexionó todo ese tiempo en que se vio obligado a permanecer oculto y recluido, balanceándose como un autista sobre su imaginario duro y brilloso caparazón, mientras no hallaba la forma de aliviar una insoportable picazón en todo su cuerpo.
***
69.- El ministro esperaba la aparición del gobernador como quien espera la presencia de un animal extraño. Lo conocía desde hacía años. Compartieron la lucha política hasta alcanzar la gobernación. Sin broma, lo conocía mejor que su esposa. Lo oyó descender por la escalera. No percibía ese extraño clac clac que lo acompañaba días atrás cuando pisaba los escalones de madera. No le dio mayor importancia, pero registró la ausencia del sonido.
—Buen día, ministro.
El ministro no pudo disimular su sorpresa. El hombre estaba cambiado. Había desaparecido esa brutalidad de las últimas semanas que hizo huir despavorida a la mucama anterior.
—¿Quién es la mujer que vino a avisarme que usted estaba esperándome? —preguntó el gobernador.
El ministro guardó silencio por unos segundos.
—Estamos usted y yo en esta casa. No hay otra persona. No hay ninguna mujer.
—No me joda, ministro. Una mujer de voz muy dulce me informó que usted me esperaba.
—No lo jodo, gobernador. Sabe que si hay algo que no soy es un jodón. Ni siquiera me gusta la joda.
—Quiere decir que yo invento voces.
—No. Solo le digo que estamos solos.
—Yo la escuché perfectamente.
—No lo dudo. Pero ahora, en este momento, en esta casa, no hay ninguna mujer. Si necesita una, puedo resolverlo.
—Quiero a esa mujer, no a otra.
—Si supiera de quién me habla, lo ayudaría con toda diligencia.
El gobernador aspiró aire profundamente. Lo fue exhalando lentamente. Buscaba calma, disminuir la frecuencia de su corazón. No lo notaba, pero pequeñas válvulas a cada lado de las cuatro cavidades de su corazón regaban generosamente con una sustancia más espesa que la sangre, sus órganos interiores. La calma no llegaba, pero sí la prudencia, la voluntad de no liberar su ira que lo obligaba a malgastar sus energías.
—¿Qué vamos a discutir? ¿Seremos breves? Porque tengo varias necesidades vitales que urgen.
—Trataré de ser breve, señor gobernador. No quiero que lo trascendente dificulte sus urgencias.
—Todo bien, ministro. No sé qué haría sin usted.
Halago mentiroso y humildad falsificada. “Los políticos somos así”, dijo para sí. Nada sorprendente. ¿Por qué debería esperar otra cosa de parte del señor gobernador? Siempre la misma actitud de su jefe político.
En verdad, el gobernador le debía a su ministro la planificación y el éxito del audaz plan. Con él, histérico, arrebatado por una picazón insoportable, insultando a quien se le acercara, intentando violar a su mucama, nada se hubiera podido componer. Y en ese mismo momento reconocía agitación en la respiración del jefe, que no surgía de sus deseos de elaborar propuestas de gobierno o discernir sobre la solución final de todo ese desorden. Era una agitación sexual que él bien conocía. Nada que ver con agradecimiento.
Cuando explicara ante el gabinete el estado de la causa y lo que podía esperarse del proceso, sabía a ciencia cierta que el gobernador solo estaría pensando en qué muchacha o muchachas llevaría a su cama esa noche, aprovechando que la familia no regresaría por esos días a la casa.
***
70.- Mientras el gobernador solo se preocupaba por reclamar alguna hembra, el ministro debía asegurar la subsistencia del poder provincial que ellos representaban. Empezó a explicar algunos asuntos de Estado, pero el hombre, que hasta entonces parecía calmo, lo interrumpió violentamente. Su cambio de ánimo fue drástico.
—Usted me toma de boludo. Loco y boludo. Escucho voces de mujeres que no existen, no puedo gobernar porque un bicho me carcome las tripas…
El ministro no pudo disimular su sorpresa ante semejante acusación.
—¿Le parece que lo tomo de boludo?
—¡Usted me toma de boludo! ¿Cree que no sé lo que usted hace a mis espaldas?
—No creo que usted lo sepa. Hace días que está encerrado rezongando con que se ha transformado en un inmenso insecto. Usted se cree el personaje de un cuento de Kafka. Si yo quisiera arruinarle la vida, me bastaría con grabar las estupideces que repitió estas semanas y hacerlas públicas y ver cómo todos sus enemigos lo descuartizan. ¿Sabe cuántos falsos periodistas están esperando una noticia semejante? ¿Imagina lo que sería que se supiera que un gobernador se cree una cucaracha gigante? Tengo a todos los servicios de inteligencia oliendo los pedos que usted se tira.
—No me haga reír.
—Cáguese de risa, si quiere. ¿Cree que no sé qué es lo que lo tiene enloquecido? Usted a mí me toma de boludo.
—Usted sabe todo, ¿no? ¿Qué es lo que me tiene enloquecido?
—Usted quiere coger. Lo único que quiere es coger. No con su esposa. Con cualquiera. No con una, sino con diez. A mí me importa un carajo con quién coge usted, pero no me rompa las pelotas porque le vengo salvando el culo desde hace semanas. Le entrego un negocio extraordinario que le va a ser muy útil en su reelección y luego en su carrera presidencial. Así que le exijo respeto y buen trato. No soy una putita suya. Soy su ministro más importante.
El gobernador se llamó a silencio.
—Hemos salvado el negocio, pero hubo sacrificios. Mejor dicho, sacrificados. Sería bueno que tenga presentes a los que se inmolaron por salvar a su gobierno de la avanzada del poder central con sus escáneres para los intestinos de cualquier bicho que camine por estas tierras. Así que le pido, al menos por esta vez, que haga un esfuerzo y se deje de decir boludeces.
El ministro nunca antes le había hablado de ese modo al gobernador, que no demostraba el menor interés en ocuparse de lo que realmente era importante. Es que nunca antes sus cabezas estuvieron tan próximas a la decapitación política. El gobernador no podía dejar de agitar su cada vez más incontrolable deseo de inseminar a cualquier amante, excitado por el mensaje de una ovogénesis misteriosa que, de manera cifrada, llegaba de las feromonas femeninas que él percibía a increíble distancia.
El ministro trató de calmarse y apaciguar la discusión.
—Cuando usted estaba bajo encierro estricto, obligué al tal Milton de La Ciudad Esmeralda a simular el accidente fatal que acabó con la vida de El Hombre de Hojalata. ¿Entiende lo que hicimos?
—¿Hicimos…?
—Sí, hicimos. Matamos a un hombre servil a La Ciudad Esmeralda. Matamos al más importante Componedor de esa mafia. Lo mató su chofer. El chofer traicionó a La Ciudad Esmeralda. ¿Puede entender eso?
El ministro conocía la premonición de la vieja Cándida; sus alcahuetes lo informaron del funesto augurio, de la pregunta sin sentido que la vieja le hizo a la jueza. Le resultó atractiva la idea de poner a prueba cuánto resiste la hojalata un golpe certero. La noticia afirmaba que la fuerza bruta de una portentosa masa de hierro acabó con la resistencia que puede oponer la débil anatomía humana. El supuesto accidente habría ocurrido en dirección a la ruta nacional, así lo publicaron los diarios locales. Las radios y la televisión repitieron la misma historia. El accidente fue caratulado finalmente como muerte accidental.
¡Ay, qué pena! ¡Ay, qué pena! Hizo declamar a toda la administración pública el ministro. Que no se diga que no somos sensibles. ¡Ay, qué pena! ¡Cuánta tristeza! Seguramente el chofer conducía alcoholizado. Y de ese, ni siquiera se encontró el cadáver. Los cimarrones hambrientos lo deben haber devorado en cuestión de horas.
¡Qué inimaginable situación: conducía alcoholizado! ¡Qué horror! ¡Lo que hace el alcohol! Los periodistas afirmaron que litros de fino whisky escocés de la marca Glenfarclas 25 años habían regado toda la escena del luctuoso suceso. El pobre muerto estaba bañado en whisky. Qué forma de morir entre maltas escocesas. La palabra luctuoso los locutores la repetían como un conjuro. Como dijo el ministro, “luctuoso” era una palabra formidable. Luto, luctuoso, luctífero, luctuante, luctíferamente. Luto. Muerto. Whisky. Borracho. Cimarrones hambrientos. ¡Extraordinario relato! La misma jueza que instruía el caso de Fino determinó las causas del accidente, de la muerte del forastero y la desaparición del cadáver del chofer. Y certificó que el penetrante olor a whisky era de la marca Glenfarclas 25 años. Así vale la pena morir.
El ministro sabía que muerto el Componedor, debía eliminar al traidor. ¿Quién podría confiar en un chofer de nombre Milton —un nombre que a él también le parecía ridículo—, que se prestó a simular la muerte de su encumbrado jefe? Eliminar al traidor era la ley no escrita. Roma no paga traidores.
Ejecutar a Milton no era un tema menor: cabía una ejecución rápida y silenciosa. No podía permitir que el tipo fuera sorprendido por algún aspirante a famoso, un estúpido fiscal federal o un más estúpido policía federal, y que por una suma de dinero anunciara que el chofer no había muerto, sino que, en realidad, era el asesino. Todo lo que podía revelar, de una u otra manera, perjudicaría el negocio. Si había algo que cuidar, era el negocio. De eso vivían todos. Que se acabe Balderrama era el propósito último del ministro, pero proteger el negocio era el verdadero objetivo. ¿Dónde iremos a parar, si se apaga Balderrama? Al mercado que comandaba el gobernador con su poca inteligencia, y que él administraba de manera eficiente.
Un cabo suelto era el Limpiador. Ese sí que era un gran problema. Astuto entre astutos, nadie estaba en condiciones de informar dónde se lo podía emboscar para eliminarlo. Iba y venía como un fantasma. Sabía que no había podido abandonar el villorrio todavía. De eso estaba seguro. También que no tardaría mucho en encontrar la forma de escabullirse. Y lo más preocupante era que el hombre bien podía haberse percatado de toda la maniobra, y estuviera bien guardado, en el mejor de los casos, si ya no había puesto sobre aviso a los enemigos del gobernador. No podía permitir ninguna distracción. Así que ordenó satisfacer los deseos sexuales de su jefe, para que, durante un par de días y sus noches, no se interpusiera con las órdenes que debía dar para resolver, en beneficio del grupo de poder por el que él velaba día y noche.
***
71.- La muerte es nada ante tu sufrimiento. ¿Qué quedó de aquello de que tú eres bendita entre todas las benditas? Tu vientre es una quemadura, un nudo de borde a borde; la sangre dura en un momento enorme. Fino es lo que queda de un latido: la contorsión del útero. El pueblo, como tu vientre, se ha vaciado por completo. Los periodistas se han marchado como vinieron. La monja partirá por órdenes superiores. La procesión de viejas ciegas no cesa, sabiendo que la muerte se les llega tan callada, cosiendo una membrana que las envolverá en poco tiempo hasta asfixiarlas. Y el niño no crecerá de ahora en más. Está suspendido en un tiempo lacio e indebido, en una foto, en un dibujo aproximado.
A Glisoría se le acabó la fe. Se golpeó tantas veces el pecho repitiendo “tengo fe, tengo fe”, bajo aquella rústica cruz de madera, que no quedó nada más que la sombra. La sombra de la cruz, tan de rodillas, escribió en la tierra las palabras que se repetían en voz baja en cada rincón del villorrio. Fino no volverá. No volverá. No hay regreso. Las palabras no palpan la esperanza. Dicen que las dijeron aquellos que fueron mutilados y repitieron la oración mortuoria, a imagen y semejanza. Los que yacen en el pozo y son consumidos por las alimañas. A los que las raíces succionan su sustancia. Pero ¿quién puede asegurar si es cierto lo que le dicen al oído? ¿Quiénes traen las malas noticias a la madre enferma?
La mujer se ha quedado encerrada en su lagrimal. Amanece desde entonces, muda y ciega, y no puede llamar al hijo porque no tiene voz, ni verlo porque no tiene ojos. Y Fino se ha escurrido aquella noche.
Cándida llama a Glisoría cada tarde. Ella no responde. La vieja repite: “las dos perdimos un hijo”. Inconsolable, la comparación la humilla. No quiere tener a la vieja cerca, no quiere su humo, ni su ojo baldío, ni su lengua negra en la boca reseca. No quiere, eso es todo.
A metros del rancho de la vieja Cándida, mientras ella fuma su pipa y repite incansable su llamado, las piedras ovulan una arena roja alrededor del árbol en que se suicidó Poncio. Le gustaría que viera Glisoría ese modo de coágulo que repta en círculos, dibujando una elipse, y en el extremo de la elipse una marca del muerto, todavía. Aún cuelga algo de su muerte en el afán de una rama del magnífico mandarino. Oscila. Silencio. Una baba morada une la muerte con el polvo y la vieja observa la rama desde su humo. Se columpia incoloro el recuerdo del hijo muerto, pero ella ignora ese balanceo sepulcral porque está atenta al viejo cadáver que remolonea entre los altos pastizales, mordiéndose el labio del que supura un juguito negro. El viejo no sonríe por nada; perdió su oportunidad. Cándida tampoco sonríe, pero está tranquila. Ella estaba, a su forma, ciega: los ojos posesos de un ardor violento. Fuma esa pesadilla con paciencia y espera que, en algún momento, Zurita vuelva a drenar la sangre de los pollos rojos y acabe los arreglos para la cena nupcial, que llegará cuando la luna en sangre alumbre nuevamente al mandarino de la muerte.
***
72.- Zurita teme a los magistrados de corazón rotoso. Han zurcido su sístole-diástole con las desgracias de otros. Llevan la boca abierta. La baba azul tiñe el labio inferior y los imputados lloran, a pesar de que los códigos hacen sus promesas sin importarles en nada la verdad.
Los magistrados le han echado el ojo y no les vendría mal tenerla entre sus manos. Preguntan dónde pueden dar con ella. Preguntan: “¿Acaso no sabía nada del hermano y lo mandó a buscar mandarinas en vez de ir ella?” El árbol es testigo. Sus frutos ahora son rojos; la luna de sangre ya no es violeta y así los ha cambiado. Los jueces los ven rojos, porque coagulan el misterio de la muerte entre las ramas, mientras Poncio, con su balanceo, las agita con una delicada brisa extraña. El fiscal también acusa: “¿No tuvo tiempo de impedir que el niño se arrojara al agujero negro de la arboleda para no regresar más?” Ella, ella, ella.
Zurita suena a promesa rota. Los jueces quisieran palparle el cuerpo para dilucidar su libido. Seguro su olor la delatará, así piensan. El olor de la pubertad es delator. En ese aroma está la esencia de la culpa. Zurita culpable. Hasta los que han ido presos la acusan en sus declaraciones, ¡y ahora piensan en esa entrepierna tierna y jugosa que se les escapó por nada! No van a hablar los acusados de sus secretos; no deben, no pueden, no quieren. Soliloquio sobre mármoles y bronces, sobre el lodo que abunda en las zanjas. No murmurarán más que eso; solo mencionan a Zurita, a su carne fresca, a su fragancia.
Y vuelve esa carne fresca a presentarse como un salvoconducto para los prisioneros. Son seres temerosos que buscan un refugio entre los jóvenes pliegues de la muchacha. Nadie les dijo, pero intuyen que un sicario merodea sus muertes. ¿Qué destino le cupo a El Hombre de Hojalata? Eso los llena de miedo. Era un intocable, un componedor experto, un alcohólico empedernido. Ahora un muerto. Aplastado. Un desecho en whisky. Una liturgia de nervios, músculos y huesos aplastados. Con seguridad, el chofer que ha desaparecido, le seguirá en breve, aunque lo inviten a beber vinos y comer carne buena; él también morirá: no será salvo. No serán los cimarrones quienes se deshagan de él.
Cuando el verdugo se acerque, los envolverá en sus artimañas de destripador y los reducirá a unas pocas muecas. Llegará el momento en que se encargará de todos y a todos los arrojará de a uno a otro agujero sin fondo, y allí se perderán para siempre. Nadie preguntará por ellos; serán un mal recuerdo. El verdugo no se compadecerá de ninguno; sepultará sus iniquidades y echará todos sus pecados a las profundidades de la tierra, donde unos feroces zánganos de fuego, esperando enlazados con las sombras, estarán listos para aprovechar sus muertes.
Ellos lo saben perfectamente: no pueden elegir el destino. Les han comentado los correveidiles de la mala fortuna que el mismísimo ministro los condenó sin ruborizarse. Así que solo les queda el silencio, el refugio último. Y Zurita, con su cuerpo joven a salvo por la excusa de los garabatos en la tierra de la sangre de un pequeño pollo rojo decapitado. Zurita, que está al margen de tantos desconsuelos, tiene los propios. Está sola. Glisoría no la defenderá, no puede. Se ha extraviado. Podría gritar si pudiera: “¡Madre, por qué me has abandonado!”. Mas ella no respondería al lamento.
Los hermanos husmean el dinero y solo esperan hacer fortuna con la ausencia de Fino. ¿Cuánto valió la desaparición del niño? Una moto, una ropa, una noche de juerga. Glisoría no les traerá más hermanos. No habrá más descendencia, porque Poncio se ha quitado la vida y la madre está yerma; su útero ha muerto junto con la ausencia del pequeño Fino. Queda solo ese ademán de muerte del padre pendiendo de una rama.
Zurita está sola y apenas asoma por la ventana en la casa de la abuela. Ve al Prudencio que se ofrece protegerla de lo que se presente. ¿Qué otra cosa le queda? Detesta a Prudencio, lo detesta, pero a metros del mandarino hurga sus llagas el cadáver viejo, con la pernada lista en la punta de su miembro podrido para el ejercicio de la sagrada prostitución. La ofrece desnuda y aromada a los dueños de la tierra que se relamen: una niña húmeda y desnuda bajo un disco lunar de rojo sangre que, sobre su cabeza, ilumina la rosada redondez de sus senos hasta la yema de los pequeños y sucios dedos de los pies. La cópula y la muerte: rito sacrificial sobre la tierra misma, hasta incubar el sueño en el que se une el hombre vulgar pero poderoso y la virgen adolescente para ser tragados por la tierra misma hasta sus últimas consecuencias.
Prudencio le ha dicho a la vieja Cándida que es hora del matrimonio, que ha esperado por demasiado tiempo. Su esperma arde. Entre la niñez y la preñez hay un tiempo demasiado breve. Él le hará muchos hijos que serán mano de obra cuando crezcan. Así aumentará la siembra y la cosecha. Jura que nunca le hará faltar nada. Lo jura cada vez que habla de ello con la abuela. “Lo juro, lo juro”, repite.
A la vieja no le preocupa el juramento. No le interesan las promesas. Los hombres van y vienen; siempre prometen y juran. No cuidan la casa, solo llegan para aliviar su calentura. Los hombres mienten siempre sobre sus sentimientos. Pero ¿qué importaba si el Prudencio mentía?
***
73.- Algún tiempo después de muerto Poncio y enloquecida Glisoría, la vieja decapitó al más pequeño pollo rojo. Apenas gorgoteó un tanto cuando el filo de la navaja penetró su carnecita. Su sangre no era tanta; tal vez era demasiado pequeño, pensó Cándida, pero eso ya no tenía remedio. Separó por el cogote la cabeza del cuerpo entre temblores, y haciéndola mecer en su mano, la sangre cayó como escasa lluvia sobre la costra antigua del piso.
Giró por propia voluntad la sangre en círculo, describiendo un dibujo inexplicable para cualquier otro, mientras la vieja observaba qué significaba ese garabato rojo que fluía de las pequeñas arterias seccionadas del animal decapitado. Al cabo de unos segundos no tuvo duda del significado del dibujo: nunca la muchacha aceptaría de buena gana a Prudencio, y esa era una muy mala noticia.
“Malapendeja”, murmuró, “caprichosita”. ¿Qué tenía de malo, después de todo, ese hombre? Así pensaba la vieja. Los hombres son todos más o menos iguales; poco los diferencia a unos de otros. Esa era su verdad. Si se los hace trabajar duro todos los días, no joden en las noches. Prudencio era una bestia de trabajo. Era esperable un arrebato, antes de la cena, a la madrugada, pero no más que eso: algo de segundos para acabar luego de un manoseo más o menos bruto. Como cualquier peón, llegaría a la noche sin fuerzas y, aunque soñara con una orgía extraordinaria, no tardaría en dormirse como un animal que ha tirado del arado todo el santo día.
“Pero muy caprichosita”, y eso enfurecía a Cándida, que, llevada por ese estado de ánimo, consumía el tabaco de la pipa en pocas pitadas.
Apenas comprendió el mensaje de la sangre, ya convencida de la mala noticia, se apresuró en dirigirse al mueble donde permanecía expectante la estatuilla de la Virgen de Caacupé, que miraba hacia ningún lado, indiferente. Una virgen catatónica que no inspiraba piedad.
Abrió el cajón donde siempre se guardaban los grandes cuchillos que usaba para carnear los cerdos que se criaban para producir chorizos y fiambres. Los quitó a todos, los llevó a un lugar del que Zurita no tenía idea y los guardó con sumo cuidado. Después buscó las grandes tijeras de costurera, que ya no usaba porque su artritis se lo impedía, pero que eran lo suficientemente grandes, puntiagudas y filosas como para matar a un hombre introduciendo las tijeras en la garganta. También las escondió en otro lugar secreto.
Sin cuchillos ni tijeras, Zurita no tenía oportunidad de hacer desistir a Prudencio de un arrebato sexual; ni por asomo podía competir en fuerza bruta con el hombre. Cándida sabía que la niña sería fácilmente dominada y que, entonces, bastaría un mínimo esfuerzo para penetrarla e inundar de semen su joven vagina. Siendo Prudencio tan joven y fuerte, Cándida descontaba que su semen ardiente, una vez derramado en la rosada vagina, viajaría a toda velocidad por el vientre de la nieta y la preñaría. Luego era cosa de esperar nueve meses.
No quedaba más trabajo que aleccionar a Prudencio, cuando se presentara la ocasión, de cómo debía sorprender a la muchacha. Pero nada de goce, nada de placer erótico: debía resultar en nada diferente a un día de trabajo, a lo bruto. Era cumplir el mandamiento: “Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla”.
Solo se trataba de evitar que el viejo y podrido cadáver se le adelantara para ofrecer a la muchacha a los señores de la tierra, para luego descartarla como se mata a una perra ciega.
Desde el momento en que en el villorrio apreciaran que Zurita estaba embarazada de Prudencio, nadie se interesaría ya más en la muchacha, ni el viejo cadáver. Y los dueños de la tierra buscarían en otros lados la carne impúber de una niña.
***
74.- Contradiciendo las señales de la sangre del pequeño pollo rojo, Zurita acabó por aceptar amancebarse con Prudencio. No hablaría de amor aquel encuentro. Ella lo vio llegar donde la abuela, sudando como siempre, echando ese olor a animal de corral y tierra seca. Venía de la siembra, de arriar el ganado de otro, porque él era tan solo peón.
Se arrimó por detrás de la muchacha, ella no lo rechazó. Algo le dijo el hombre cerca del pabellón de su oreja derecha. El aliento rancio, propio del que comió a la pasada una fruta amarga o un pedazo de raíz suculenta, no hizo que Zurita volviera el rostro para eludir el olor. Ella no pareció inquietarse. Ni siquiera se la veía resignada. Tampoco se había lavado el cuerpo: eligió que su poderoso perfume pubescente excitara a Prudencio, a sabiendas de que el hombre no sabría cómo sustraerse a ese penetrante aroma juvenil.
Tal vez Zurita leyó mejor que la vieja el jeroglífico que la sangre del pollo dibujó en la costra de la tierra. Descifrar con acierto el mensaje de ese oráculo primitivo, esa suerte de presagio ancestral, a veces resultaba extraño, incluso para una vieja como Cándida.
Al contrario de lo que Cándida supuso, Zurita, luego de que Prudencio rozara su mejilla, no atinó a buscar ni la afilada cuchilla ni la peligrosa tijera. Dejó que el hombre le rozara la cara con sus toscos dedos. Lo consintió. Esa caricia fue mutua. Y, a pesar de que ella no lo rechazó y se dejó tocar como nunca antes lo había permitido, él vaciló, temeroso de ser rechazado a empujones y a los gritos, como había ocurrido muchas otras veces.
Luego de unos minutos ceremoniosos, él la abrazó contra su pecho. Ya no tuvo dudas de que Zurita había aceptado la propuesta de matrimonio. No le importaba que solo fuera para huir de los amos de la tierra. Todos huyen como pueden de ese dominio ancestral. Menos posibilidades tenía él de liberarse, pues era apenas un peón sin más propiedad que su fuerza de trabajo. Esa misma noche durmieron juntos.
Por un tiempo vivieron donde Cándida, lo suficiente para asegurar que la muchacha quedara embarazada. Prudencio confiaba en los secretos dominios de aquella vieja, indescifrables para su corta inteligencia. Ella le aseguró que luego de que la muchacha consintiera consumar el matrimonio, su vientre se llenaría de vida nueva. Y así fue. Tres meses sin menstruar confirmaron que Zurita estaba embarazada.
La vieja, entonces, dejó de temer la proximidad del viejo cadáver, quien, a pesar de su fracaso, seguía merodeando el rancho, tal vez solo por fastidiarla. Es que los viejos muertos tienen sus propias medidas para todas las cosas. Para el servidor de los antiguos señores de la gleba, la preñez de la niña imponía un tiempo de espera hasta conocer el sexo de la criatura al nacer.
Si era varón, no había más que esperar que fuera peón y bruto como el padre. Si era hembra, se presentaría la oportunidad de ofrendar la vida nueva a los viejos amos. Nueve lunas eran una porción ínfima de tiempo para un muerto que no podía dejar de morir. Paciencia. Perseverancia. Atributos de quienes saben que los mejores frutos tardan en madurar.
***
75.- Glisoría lloró desde sus huesos. Una lágrima excelsa, devota, la que rueda de un Cristo inanimado. Por sus ojos pasan los niños muertos. Por sus labios, los otros, los desaparecidos. No tiene forma de sepulcro su pena. Es acaso un momento de pecado entre la tarde muerta y la ingratitud de la noche.
Llevaba en los ojos una pedrada azul que desde el cielo la cegó por completo, enorme; el párpado herido lloraba una espuma blanca de su instinto de madre y quedaba a la deriva de Dios. Si hubiera podido beber veneno tierno, lo habría hecho.
No volvió a preguntar: “¿Dónde está Fino?” ¿Lo habrá olvidado? No, no sabía olvidar. Eligió el silencio. No hay que decir más que unas pocas palabras escleróticas para invocar al desaparecido. Todo lo que tuvo fue desterrado. Había en ella un inmenso páramo rojo, erial exhausto de su maternidad perdida.
Recita una voz humana: “¡Ven niño, regresa a tu madre!” Fulge la voz en medio de las sombras; revela así la forma oculta del silencio. Esquiva el lamento que es la herida que chilla como el tañido neurasténico de una odiosa cuerda de guitarra enferma.
“¿Dónde está Fino?” Salmodia una voz humana y nadie le responde. La jueza calla. Pudrió su corazón tanta mentira. “¿Dónde está Fino?” Salmodia la voz humana y nadie le responde. Un fragmento litúrgico repite en el crepúsculo el canto roto por la madre loca.
***
76.- Hermana, sal de la sombra; la Virgen te estaba mirando. Ha pasado un año. Ha pasado otro año. Y las niñas y los niños no aparecen. ¡Pobrecitas! ¡Pobrecitos! Niña mía, niña tuya, niña nuestra. Niño mío, niño tuyo, niño nuestro. Te has ido y tu madre no pudo darte un beso. Desapareciste en la noche, en la sombra, sin caricias, y ahora tu madre te busca en el aire, en las heridas, en las sospechas. Hermana, sal de la sombra y recuerda tu llegada antes de emprender el viaje a tu nuevo y tal vez último destino. Piensa. No desde la piedra en el zapato, sino desde cada pura agonía. Tal vez ahí encontrarás explicación a tu estado de ánimo que te muerde hasta los codos de dolor. Marchar, en aquel entonces, desde el silencio en torno a un joven cuerpo muerto, no te hizo más mortal ni le dio mansedumbre a tu espíritu. Aquello era una mezcla de golpes con los puños en la tierra, golpes sordos hasta romper las uñas, luchando por penetrar en la hipocresía que era un candado en el alma de los habitantes. Fueron largos días. Sin darle misericordia a quienes sufrían, el amor no pasaba de ser un moribundo. Madres, padres, a metros de la sangre de las hijas, de los hijos, llorando en un humo penoso que quemaba los ojos y los dejaba ciegos. Muchas palabras. No las recordaba todas. Muchas palabras, demasiadas. Pálido, siempre pálido pretexto para explicar que una niña era asesinada después de ser violada en medio de sus llantos, sus súplicas. La niña no debía ser mencionada. Dejarla sobre una helada mesada después de lavar su cuerpo hasta borrar la piel adolescente. Quedar así sin nombre, sin justicia. Y ahora el niño desaparece una noche. Una mañana desaparece una niña. Niñas y niños en las tardes. Cautivos en la desgracia, en la desventura repetida una y otra vez, en la desgracia atravesada por siglos de pernada.
Debajo de las apariencias, de los hábitos ganados a quemarropa, de hinojos en la misa viva, ahogándose de lágrimas entre sombra y tesón y sombra, no tuvo manera de impedir que la historia se repitiera en ese ciclo interminable de dolor. Ella podía llorar, correr, llamar, descubrir la sangre en un vaso de agua y escribir hasta uno o diez poemas. Pero Rufino no volvería. Y a pesar de esa amargura incombustible, de esa pena de muerte, con la voz que se queda hasta resecarse, no rescataba la violencia legítima con el pretexto del dolor por esa esmirriada figura de un niño de apenas veintiséis libras y media que ya no correría por los campos oliendo a plantas silvestres. Cargaba con ese dolor y esa congoja. No era insoportable, pero bien oraba a metros de la última cena, a metros del infortunado mandarino, para calmar la pena. Buscaba su propio consuelo. No había nada que reprocharle. Fue obediente y lo fue a conciencia. Cumplió con lo que se le había pedido. No dio reportajes. No habló ni con las viejas ciegas. Se mantuvo en silencio. Su voz no se escuchó durante todo el escándalo. Al contrario de lo que muchos esperaban, no agitó las sospechas. Ella no tenía sospechas: tenía certezas. La pregunta era: ¿servían? Y dijo: “No”. La impunidad es una certeza que nadie quiere resolver. La impunidad es una maquinaria perfectamente aceitada. ¿Podía ella desarmar esa maquinaria? Desde ya que no. Era pequeña, esmirriada, vieja, cansada. Una rompepelotas, como sabía la llamaban en el gobierno. Ellos la odiaban. El odio consume el alma y la transforma en una mancha, un tumor, un desgarro en la conciencia misma. Su odio no le preocupaba. Los hombres gobiernan sin poder huir de sus propias inmundicias. Los gobiernos no pueden ser diferentes a los hombres que los expresan. Podía haberles gritado las palabras de Isaías: “¡Ay de los que dictan leyes injustas y de los escribanos que escriben opresión! Para apartar del juicio a los pobres y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo.” Muchas veces buscó refugio en Pablo. En Gálatas 6:7 encontró una respuesta: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” Y en Romanos 13:3-4: “Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo… porque es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” Hizo su valija, llena de cosas insignificantes. Como bien sabían los ángeles segadores, no tenía fortuna alguna. Debía marcharse. Se lo ordenaron con palabras dulces. Dudó de la convocatoria del cura del pueblo a conversar en la pequeña capilla. La mandó a llamar muchas veces y todas se negó. Hubo quienes la alertaron de que esa convocatoria no era inocente, ni siquiera el propio sacerdote la promovía por sí mismo: venía del poder. No iba a subordinarse al capricho de los poderosos. Por eso, finalmente, decidió no responder a la invitación a realizar el sacramento de la confesión. Antes de confesarse con ese hombre, iría directamente a la policía a hablar de todo lo que desearan sobre su vida. Sabía que sus reiteradas negativas lo habían trastornado. No tenía razones para aliviar la angustia de ese fantoche. Como supo decir el poeta: cuando alguien comete una traición extrema, su alma desciende al Infierno inmediatamente y su cuerpo queda habitado por un demonio. El espíritu ha muerto antes de la muerte física. Un cadáver en vida que habla, miente, y está condenado. Ese era el cura: un descendido al infierno mismo, un condenado. ¿Podía darle el gusto a ese muerto-vivo de hablar en soledad para que le transmitiera lo que esperaba el poder de ella? No necesitaba conocer el mensaje que le exigieron le hiciese llegar. Ya lo sabía. Otros se lo hicieron saber en más de una oportunidad. Algunos le aconsejaron que fuera, otros que no lo hiciera por nada del mundo. El tiempo de la esperanza se había terminado. El niño nunca apareció. Quedó sumido en expedientes que se llenaban de mentiras, medias verdades, incongruencias, banalidades. Poncio se había suicidado. Glisoría se había extraviado. Los medios se habían ido, no podían ya generar más dividendo ventilando dramas y perversiones. El poder estaba intacto. El horrible insecto interior del gobernador crecía lleno de vitalidad. No había más que hacer en ese lugar. No le quedaba más que obedecer y marcharse. La esperaban donde ponerla a salvo. No encontró la forma de traer vivo y sano a Fino junto a su madre. Estaba frustrada. Las peores heridas son las que no afectan la carne sino el espíritu. Se sentía en falta. No se atrevió a decirlo, pero cuestionó varias veces: “Dios, ¿por qué nos has abandonado?” El tiempo pasó, pero la herida no cicatrizó. El viento nunca dejó de mover las hojas. Los árboles nunca dejaron de mecer sus ramas. La noche siempre sucedió al día. El día sucedió a la noche. El mundo giró una y otra vez. Las viejas ciegas nunca dejaron de rezar el rosario. Glisoría nunca dejó de llamarlo. Pero Fino no volvió. Y aunque todos dijesen que el sol brillaba como siempre, que el viento acariciaba como antes, que la noche mostraba su hermosa luna nacarada, ella sabía que nada volvería a ser igual que antes. Nada podía serlo, porque Fino no regresó. No tenía que reprocharse. Cumplió con su promesa: solo habló con quien la habían autorizado, Glisoría. Habló para consolar a la madre. Se abrazaron. Lloraron juntas. Rezaron juntas. Se despidieron. Las dos murieron algo en ese último abrazo. ¿Qué le hubiera dicho al cura de haberse reunido? No lo pensó, porque nunca pensó en hablarle hasta ese último momento. El cura sí pensaba en ella en los peores términos. Por eso dejó su valija en medio de la calle y fue a la pequeña capilla a hablar con el lobo y sacerdote que la había esperado nerviosamente.
***
77.- No la esperaba. Cuando la vio entrar a la capilla, sintió un sentimiento ambiguo. Deseaba matarla. Lleno de odio deseaba matarla. Y, al mismo tiempo, paralizado, sintió pánico. Ahí estaba, la maldita monja de mierda. La rompepelotas. La que llevaba a cuestas a Glisolía. No sabía qué decir. No decidía qué hacer: si tomar un atizador que estaba al lado de una salamandra para golpearla hasta partirle la cabeza y aplastar luego sus sesos, o salir corriendo por la pequeña puerta por la que iban y venían los monaguillos que él seleccionaba personalmente. El recuerdo de esos niños distrajo su ira. Niños pequeños, menuditos. Que fueran blancos. Que fueran lo más rubios posibles. Gringos. Bien gringos. Debió deshacerse de esas imágenes porque la monja no le quitaba los ojos de encima y eso lo hacía sentir desnudo en cuerpo y alma.
Los atuendos que llevaba estaban muy sucios. El cabello graso, despeinado. Sin rasurar. Los labios hinchados de un color casi violeta. Sabía que su presión arterial crecía. Podía sentirla en el pecho, en los ojos, en la cabeza. Tal vez muriera ahí mismo de un derrame cerebral. No sería tan malo. No estaba muy seguro de cómo seguiría la jueza con su instrucción. Nunca confió en esa mujer como nunca confió en la monja. Alabó la decisión de los superiores de prohibirle hablar. Sin declaraciones públicas, la malditamonjademierda no podía hacer mayor daño. Andaba arrastrando a la madre de Fino de aquí para allá, pero Glisoría era inofensiva, era incapaz de hablar con coherencia. Desde que había desaparecido Fino, ella estaba sumida en un silencio abrumador, que ninguna otra voz podía compensar. Y la única que podría haberlo hecho estaba llamada a silencio por mandato superior.
A punto de partir, el cura comprendió que fuera del villorrio, con seguridad fuera del país, ella empezaría a acusar a todos y todos deberían, entonces, cerrar la boca, para no terminar enredados en un debate en el que el resultado era previsible. Una monja luchando contra la trata y una banda de indeseables con o sin sotana, explicando cómo las niñas y los niños desaparecen por obra y gracia del pomberito.
Desde la entrada de la capilla, la monja con su sola mirada maldecía al cura y detectó en él ese temblor propio del que no sabe cómo esconder sus miserias. El temblor era notable en sus piernas, y en su rostro, espasmos que se sucedían como olas de piel mugrosa, deformaban el rostro surcado por muchas venas violetas que amenazaban estallar en cualquier momento. Cuánto deseó el cura en ese momento que el viejo cadáver lo asistiera en esa desigual confrontación. Pero el muerto había tomado el recaudo de mantenerse lo más lejos posible. No ganaba nada con enfrentar a una monja que estaba lista a marcharse porque así lo habían dispuesto sus mandantes.
—Me mandó llamar muchas veces —dijo la monja con voz muy calma.
—Así es, pero no respondió nunca a mis llamados.
—No valía la pena.
—Hablar con un sacerdote siempre vale la pena.
—Usted no merece llevar esos hábitos. Usted debería haber sido excomulgado de nuestra Iglesia. Solo la falsa premisa de que todos somos hijos de Dios permite que usted siga ofreciendo los sacramentos.
—Son opiniones. No seré el primer siervo de Dios cuestionado por la feligresía o por sus propios pares. Aunque usted no es mi igual.
—Por suerte. Ser su igual me rebajaría a una condición que los Evangelios condenan.
La mujer hizo un gran esfuerzo por contener su ira. Años de lucha la habían moldeado. Su fuerza de carácter no residía en la furia, sino en la pasión que alimenta la verdad y la valentía de la que sabe que Dios, ese Dios al que sirvió toda su vida, estaba de su lado.
—Sé lo que le habían ordenado decirme y usted, como un alcahuete, aceptó.
—¿En verdad? No creo que usted supiera las razones por las que deseé hablar con usted; ya no recuerdo cuántas veces. El dolor de estos hijos de Dios hubiera merecido ser atendido por dos religiosos como nosotros. Usted, en cuerpo y alma casada con nuestro Señor; yo, un simple siervo en la casa de Dios.
—Su ejercicio del cinismo es inigualable.
—No me ofende el concepto que tiene de mí. La calumnia no nos enferma, nos fortalece.
—¿Quiere que le recuerde lo que mandaron a decir por su intermedio?
—Por favor. Soy un hombre viejo que olvida fácil las cosas.
—Dígale que se deje de joder. Esas fueron las palabras exactas. Dí-ga-le-que-se-de-je-de-jo-der. Eso le dijeron que me transmita. Fue después de que le explicaran que no podían asesinarme porque no era conveniente. Los ángeles segadores estaban decepcionados; querían hacerme conocer sus torturas, violarme y matarme.
—Increíble. Cualquiera que la escucha le diría que ya mismo se presente ante la jueza para denunciar ese plan criminal del que yo, por lo que usted dice, sería cómplice.
—Usted es cómplice de cosas mucho peores. Aberraciones que se replican en los cuatro puntos cardinales. Es cómplice del manoseo de la dignidad humana. De hacer una religión del dinero, de transformar la niñez en mercancía. ¿No le dicen así sus amigos de La Ciudad Esmeralda? Mercadería. Mercancía. Producto de catálogo. Los miden, los pesan, los perfuman. Los selecciona para ellos. Les dice a sus mercaderes: “Este sí”, “esta no”, “estos después”. Qué horror. Dios está en los niños y usted mata a Dios en cada oportunidad que se le presenta.
—Denúncieme. A pocas cuadras de esta humilde capilla está el despacho de la jueza. Yo mismo la puedo llamar para que la atienda a pesar de la hora. O la puedo acompañar en persona para que me detenga ahí mismo, sin perder tiempo con el papeleo. No sea usted cómplice de la impunidad. ¡Denúncieme! El poder real se puede deshacer de mí en un abrir y cerrar de ojos. El poder del Estado es casi como Dios, omnipresente. Está en todos lados.
—No necesito denunciarlo. Sé, perfectamente, que sus hoy socios se desharán de usted apenas yo deje este villorrio. Ya no les sirve. Lo van a descartar como a los dos que arrojaron al pozo de la muerte. Como a los cinco que detuvieron para aplacar el reclamo del pueblo.
—Ya que me ha dictado el futuro, me ahorro dudar de cómo sería mi muerte. Buscaré confesor y me entregaré a Dios.
—Ningún confesor puede darle la absolución. Sus pecados no tienen perdón. Usted nunca entrará al Reino de los Cielos.
—Si usted lo dice, no puedo discutir su premonición. Puesto que usted regula el destino de los círculos del cielo y el infierno, esperaré sin desánimo el mal que me promete. Por suerte, querida Hermana, esta es su despedida.
—No he venido a despedirme. Quería mirarlo a los ojos por última vez.
—No verá nada extraordinario en ellos.
—Sí veo. Están vacíos. Mucho más que los de cada una de las viejas cegadas del pueblo. Ellas, en su ceguera, pueden ver cosas extraordinarias. Luces increíbles. Brillos alentadores. Pueden derramar lágrimas invisibles. Y pueden ver, también, cosas horribles. Como usted. Los blasfemos echaron la ley de Dios a sus espaldas y cometieron grandes abominaciones. Usted está ciego de espíritu. No puede ver lo esencial de la naturaleza humana, no puede ver lo divino en lo humano y lo humano en la divinidad del Hijo. Sus ojos están vivos, pero su alma está tan podrida que sus pecados no le dejan ver la verdad que se aproxima a usted sin ninguna benevolencia. Usted ha destruido su humanidad y ella lo acabará a usted de la misma manera.
—Si usted lo dice, debo creerle.
—Voy a hablar con quienes sé que me van a escuchar.
—Es posible que la escuchen, Hermana. La iglesia siempre tiene un oído dispuesto. Escuchar es un hábito milenario en la Iglesia. Más de dos mil años de palabras y de confesiones. ¿Cómo cree que se construyó la grandeza de la Iglesia? Escuchando y callando. Saber y no revelar lo que se sabe. Reyes, emperadores, generales, presidentes, todos le hablan a la Iglesia.
La Iglesia escucha y luego actúa con oportunidad. Fíjese qué extraordinario. A algunos kilómetros de esta capilla, hay un descanso de sacerdotes que se han recluido para rendir cuentas por sus pecados carnales. Son blasfemos; quien más, quien menos, practicaron la sodomía. Ahora, leen. La Biblia, los Santos Evangelios, las Epístolas de los Santos. Piensan. Reflexionan sobre sus pecados. Los explican y hasta los justifican. Luego, hacen deporte. Mens sana in corpore sano. O al revés. Cuerpo sano, mente sana. Después del noble ejercicio, rezan varias veces al día. Comulgan entre ellos, se confiesan entre ellos como verdaderos Hermanos en la Fe. Comen bien y duermen mejor. Arrepentimiento, reparación, penitencia y compromiso de no volver a pecar. ¿Ve qué simple es? Si esto me espera, seguiré creyendo que Dios es muy generoso. ¿Por qué a ellos sí y a mí no?
—No diga que no fue avisado. Usted será descartado poco después que yo me vaya de este pueblo y hable por primera vez en público. La prohibición de hablar solo rige en este lugar. Fuera del país, ya no. Pero usted no va a poder escuchar mis palabras. Ese temblor que afecta sus piernas, que deforma su rostro, acabará en el justo momento en que su corazón se detenga por obra de seres que en un tugurio aguardan recibir la orden de su ejecución. Son seres horribles, monstruos con un solo ojo. Cancerberos con forma de cíclopes. Rece, rece mucho, pida perdón aunque no encontrará consuelo. Luego muera para ser olvidado.
La monja dio la media vuelta y dejó la capilla rumbo a la calle en la que había dejado su pequeña valija. La luna era violeta en ese instante. El viento apenas se sentía. El silencio era total. Un automóvil pasó a recogerla y se marchó sin volver la vista atrás.
***
78.- El Limpiador huyó. El ministro lo supo cuando ya había ocurrido. Estaba previsto. No maldijo ni exigió explicaciones. No tomó represalias con sus subordinados: no aprobaba los castigos contra aquellos que, en definitiva, lo servían. Paciencia. La paciencia templa el espíritu. Se mordió la lengua y no hizo comentarios. Tenía expectativas de que eso podía ocurrir. ¿Quién del ambiente no conocía perfectamente la rara habilidad del Limpiador para llegar y marcharse de una escena criminal sin ser visto? ¿Era invisible? No, pero lo parecía. Tal vez las viejas ciegas vieron por dónde se escapó, pero ellas no se lo dirían jamás. A esa habilidad le sumaba el no dejar nunca una huella suya. Ni un pelo. Ni una gota de saliva. Obsesión. Adorar el sistema de medidas sajonas había ordenado también otras compulsiones.
Quizás tuviera la capacidad de mimetizarse: su materialidad podía ser tan maleable que le permitiría adquirir las formas más diversas. Rastrear su vida era inútil. No tenía familia que se conociera. Su padre, el Gran Limpiador, había muerto hacía rato. Su madre desapareció sin dejar rastro. Sus hermanos, dispersos por el mundo, no tenían contacto con él ni él buscó nunca comunicarse con ellos. Tenía un solo amigo. Uno solo. Amigo de su padre, de máxima confianza. ¿Para qué querría más? No se le conocían mujeres. Si las tuvo, era un misterio. No era homosexual: esa condición en un hombre con su experticia se sabe al momento. Nadie sabía dónde guardaba su fortuna. En el sistema bancario no se podía encontrar ningún dato suyo porque no había constancia de bajo qué nombre resguardaba sus tesoros. Si algo vino a darle al Limpiador una ayuda extraordinaria, fueron las billeteras virtuales y todo el sistema de criptomonedas, casi imposible de rastrear cuando un experto cuida todos los detalles del secreto financiero.
El ministro envidiaba al Limpiador. Nunca lo diría públicamente, pero en su fuero interior, lo tenía asumido. Envidia insana, de la que consume. Cuánto querría él vivir en la genuina clandestinidad. Que no se conociera su verdadero nombre, que se dude de su rostro, que nadie pudiera afirmar cómo era su aspecto y, lo más importante, que nadie pudiera acceder a sus cuentas bancarias.
A pesar del contratiempo que significaba el éxito de la fuga del Limpiador, había algo que el ministro consideraba que ese misterioso hombre no podía tener en cuenta. Los vaivenes en el poder estatal tienen su expresión en el mercado del tráfico de personas. A veces, el cambio tarda en manifestarse. Pero, aunque tarde, se produce. Puede no ser fácil de advertir el momento exacto en que ese cambio estructural se evidencia. Y si los que merodean ese negocio no atinan a apreciar las alteraciones del mercado, serán devorados por sus competidores. La Ciudad Esmeralda estaba sitiada. No una, sino varias legiones estaban al acecho. Querían la ciudadela de los magos de Oz, obligarlos a compartir o incluso desalojarlos por completo del mercado. El mercado solo resuelve sus contradicciones por la destrucción de una de las partes. Políticos, jueces, uniformados que prestaban servicio a un poder, podían sin mediar aviso, pasar a rendir tributo a otro. El País de las Maravillas, bajo el patético paraguas del anarcocapitalismo, era la principal fuerza que asediaba al viejo reino. Años de soportar el unicato del porteñaje estaban llegando al final. La rebelión federal estaba en marcha. Y ahí estaban, ministro y gobernador con su horrible insecto dentro, alimentándose de sus vicios capitales, completando una metamorfosis espiritual feroz, diseñando el futuro a no más de cien kilómetros de distancia del mejor puerto de salida de la mercadería.
No informaría ni al gobernador ni al gabinete de la fuga. Sí de la muerte de El Hombre de Hojalata. Eso atemperaría las críticas.
El problema de la fuga del Limpiador tenía solución. Si pudo lidiar con los delirios del gobernador que decía que su insecto interior le había devorado todas sus entrañas, si había podido manejar todo aquel negocio casi en soledad, podía batallar con la fuga del Limpiador y preparar su captura.
Sabía que era un fantasma que se libraba de cualquier peligro con extraordinaria habilidad. No era un demonio, era peor aún, era un hombre educado a golpe de garrote casi desde que nació y por eso inconmovible.
Sospechaba que calculó con precisión la distancia entre el peligro que lo acechaba en el villorrio y la huida. La precisión sajona por la que sentía idolatría lo había moldeado de alguna forma en su obsesivo modo de planificar todas y cada una de sus acciones. Volvió a un lugar que nadie conocía, ni siquiera el ministro sabelotodo. Ahí permaneció hasta que descifró el mejor camino para fugarse. Luego, recorrió leguas casi sin peligro sabiendo cómo evitar las miradas indiscretas y se escapó.
***
79.- El Mago de Oz o quienes actuaran en su nombre, lo andaba buscando pero él no se inquietó por ello. Para él, el mago era una entelequia o quizás menos. Una bruma, una amenaza inventada en un par de calabozos. Un mural lleno de nombres de víctimas escritos con sangre.
Nunca lo había visto ni deseó conocer. Su experiencia le indicaba que no era una sola persona. Era una entidad colectiva. Y en todo colectivo, es imposible que no nazcan y se desarrollen multitud de conflictos. ¿Podía él incidir en ellos? No, de manera alguna. Podía llegar a limpiar las consecuencias de conflictos que escalaban hasta las masacres. Si tuviera que aparecer en algún momento, sería para eso, para limpiar la mugre que pudiera quedar en una guerra por el mercado que sospechaba pronto se libraría. Hasta entonces, se mantendría a buen resguardo.
Corría la versión de que El Hombre de Hojalata había muerto en un accidente. Escuchó la historia de esa muerte de boca del único hombre con el que compartía muy periódicamente una cena. Se trataba de un amigo de su padre. El único amigo que tenía. No sabía dónde podían haberse conocido su padre y ese hombre. No era un Limpiador como ellos. Tampoco un sicario. Lo conocía por el nombre o apodo Surman. Descontaba que ese no era un nombre real. Su padre, en alguna oportunidad, le dijo “solo confía en él”. Y desde entonces, confió. Se encontraban en un bodegón, el mismo donde años antes lo hacía su padre. A ese lugar concurrían dos veces al año. Las citas, siempre las mismas; el tercer mes del primer y de segundo semestre, es decir, el 30 de marzo y el 31 de octubre. Los meses no fueron elegidos al azar. Marzo era un umbral de clausura, el momento en que la luz empieza a menguar y se prepara el cuerpo para resistir. Octubre, muerte, transformación y contacto con los espíritus.
Se encontraban siempre en la misma mesa que ya estaba reservada. La hora exacta: las veintiuna con treinta minutos. Permanecían allí por dos horas. Comían siempre los mismos platos, tomaban la misma bebida y en la sobremesa bebían café negro. Luego se marchaba cada uno por su lado. De qué hablaban, nadie podía saberlo.
Unos días después de regresar del Villorrio, se cumplía la segunda fecha del encuentro. Octubre, cálido mes de cambios. El Limpiador estaba inquieto por demás para concurrir a la cena ese último día de octubre. Su condición de prófugo indicaba no exponerse ni siquiera en una cena con el amigo de confianza al que lo vinculó su padre años atrás. Pero romper con una tradición era algo de mal augurio. Buscó un atuendo que le facilitara pasar desapercibido. Usó un sombrero de ala ancha, anteojos y barbijo. Consideró que así no resultaba fácil reconocerlo, lo que de por sí era difícil por su indudable talento para no ser identificado. Hacia allí se dirigió ocultado por ese atuendo. Llegó a su destino como lo hacía a cualquier otro lado, de manera extraordinaria. Como si se desvaneciera en el punto de partida, y se corporizara en el de llegada.
El bodegón era oscuro. Buscó la mesa de siempre. Para su sorpresa, estaba ocupada. Eso era una mala señal. La tradición había sido rota por una joven pareja de desconocidos. Llamó al mozo.
—Esa mesa está reservada. —El mozo lo miró con indiferencia.
—Todo cambia. Hay que adaptarse. Hay otras mesas a la que sentarse. La comida sabe igual ahí que allá. Adáptese. —¿Qué podía responder que no terminara en una discusión a los gritos?
Para su alivio Surman llegó. Estaba más delgado que la última vez. Siendo un hombre alto, su joroba no se disimulaba tras el grueso saco de pana azul que vestía. Llegó a la mesa que estaba reservada. No estaba dispuesto a aceptar que otros la usaran.
—¡Mozo! Esta mesa está reservada. Saque a estos pendejos de aquí.
El mozo asintió nervioso con un leve movimiento de su cabeza.
—Sí, señor. Ya mismo —dijo y comenzó a zamarrear al joven hombre que estaba sentado a esa mesa, quien solo sonreía estúpidamente. Echó por fin la pareja que no opuso, en verdad, gran resistencia al desalojo.
El Limpiador estaba algo azorado por la hipocresía del mozo.
Surman, con un gesto, lo invitó a acercarse a la mesa de siempre. Le señaló tomar asiento.
—¡Se habrá visto, pendejos de mierda! No respetan nada. —Dijo muy indignado.
—Quise sentarme a nuestra mesa pero el mozo no me lo permitió.
—¿El mozo? ¿Éste? ¿Vos no lo dejaste sentar a la mesa que siempre ocupamos? —El mozo desvió la mirada y no se movió por unos minutos—. Ya no se puede confiar en nadie. Sabe que yo le cortaría las bolas si no respeta mi reserva. ¡Treinta años en la misma mesa! ¡Treinta años comiendo lo mismo! ¡Bebiendo lo mismo! Si nos falta el respeto, no solo se las cortaría, luego se las haría comer. Y crudas.
El mozo asintió con la cabeza. El Limpiador guardó silencio.
—La comida y la bebida de siempre. —Reclamó Surman con calculada energía.
—Lo que ordene, señor.
Surman apoyó su mano en el brazo del Limpiador. Esbozó una leve sonrisa. Casi con cinismo dijo:
—Tengo una gran noticia.
—¿Sí? ¿Cuál?
—Murió El Hombre de Hojalata.
El Limpiador disimuló su asombro. Dudó de que eso fuera cierto.
—¿Murió? ¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Cómo murió?
—Un accidente. Se llevó por delante su coche un camión cargado con veinte toneladas de chatarra. ¡Veinte toneladas! ¡Se da cuenta m’ijo! ¡Veinte toneladas! Dicen que no quedó nada del automóvil. Sin embargo, su chofer sobrevivió.
—¿Milton?
—¿Cómo voy a saber cómo se llama el chofer?
—El chofer se llama Milton.
—Qué desgracia llamarse de ese modo. Se ve que los padres no lo querían. Sin embargo, un milagro siempre debe ser celebrado.
—Un verdadero milagro.
—Extraordinario. Más si tiene ese nombre de mierda. “Milton”, qué espanto de nombre. La verdad que con ese nombre, merecía haber muerto también. Pero, ¡qué noticia! Murió El Hombre de Hojalata, aplastado por veinte toneladas de metal. Lo que demuestra que no basta con no tener corazón para no morir. El que a hojalata vive, a metal muere. Conmovedor. ¿No le parece extraordinario? ¿No le parece una señal del cielo que el tipo de metal muera por el peso del metal?
—Me parece algo extraño.
—¿Extraño? Para nada. Lo que ocurre que usted es muy desconfiado como su padre. De tal palo, tal astilla. Eso me reconforta. Vivimos una época en que no se puede confiar en nadie, ¡en nadie! Más vale ser desconfiado que un tonto que cree en cualquier cosa. Usted, m’ijo, no cree en cualquier cosa.
—No, Surman. Claro que no.
El mozo trajo las copas y las bebidas. Sirvió a cada uno lo que ya sabía consumían dos veces por año. Brindaron. El Limpiador, sediento, bebió el agua gasificada hasta dejar fondo blanco. Surman un trago pequeño. No dejó nunca de observar al otro comensal. Lo vio desmayarse y caer pesadamente sobre la mesa. Sonó un golpe seco al chocar la cabeza con la madera de la mesa. Surman, alzó la copa, saludó al mozo —quien devolvió el saludo con una mueca extraña— y exclamó: “¡Salud!”
***
80.- Entre el mozo, Surman y la joven pareja, cargaron al Limpiador hasta un automóvil estacionado a la puerta del bodegón. El viejo mozo dijo en voz muy baja:
—Cuánta verdad dijo usted, señor. No se puede confiar en nadie.
Surman sonrió. Luego dijo:
—No. Hay que adaptarse. La traición es lo más bello que tenemos los seres humanos. No lo digo yo, que soy un don nadie. Un viejo charlatán. Además, jorobado, lo que me hace bastante patético. Lo dijeron unos tipos que nunca tuve el gusto de conocer. Denis Jeambar e Yves Roucaute en Elogio de la traición. Lo recuerdo perfectamente. Con varios compadres solíamos hablar de ellos, por eso los recuerdo. Soy un tipo algo patético, pero con buena memoria. ¡Qué tipos mis compadres! ¡Qué cultura! Y el padre de este ni le digo. Recitaba el Dante como nadie. Se lo sabía de memoria. ¡Qué memoria la de ese tipo! Recuerdo a esos dos escritores porque todavía la demencia senil no logró vencer mi memoria. Lo ha intentado varias veces, pero no lo logró. De haber conocido a esos tipos, los hubiera felicitado. Tal vez todavía tenga alguna oportunidad. Uno nunca sabe. Ahora la gente vive más de lo esperado.
—Tal vez viven.
—No tengo ni idea y al cabo que ni me importa. Hablo por hablar. Porque hablar de la traición es emocionante. La traición no es vil; ellos lo dicen muy bien, la traición es una rectificación frente a la realidad cambiante. ¿Entiende? Pura adaptación. Cambia, todo cambia. ¿No había alguien que cantaba algo así?
Los jóvenes, sonriendo bobamente, repitieron: “Hay que adaptarse”.
—Pero no solo de adaptación vive el hombre. —El mozo no estaba errado sobre el gran motor de la traición de Surman. Tampoco lo suyo era desinteresado; quería su parte por haber sido quien mezcló la droga con el agua que bebió el Limpiador.
—Bueno, es cierto que he recibido un jugoso dividendo por entregar en cuerpo y alma a este hombre. Poderoso caballero es don dinero. No tengo la menor idea de quién lo dijo. Pero estoy de acuerdo.
—Bien, pero espero no olvide mi necesaria colaboración para el éxito de su empresa. —Dijo el mozo. No dudaba que ese viejo era capaz de robarle su parte. Si había entregado al hijo de su mejor amigo, ¿qué prurito podía sentir para no cumplir el acuerdo con él?
Surman reaccionó como era esperable, grandilocuente.
—Pero ¡cómo voy a olvidar su solidario aporte! Apenas reciba el estipendio, le daré lo suyo sin que falte un solo centavo. Los jóvenes extendieron sus manos pidiendo aunque más no fuera una propina. Pero Surman no se dio por enterado.
—Muchachos, no pidan lo que no hay. —Surman los reprendió enérgicamente. Los jóvenes no festejaron su mezquino comportamiento. “Viejo amarrete”, pensaron al mismo tiempo pero se privaron sabiamente de decirlo en voz alta.
El mozo les dio una satisfacción, aunque era modesta.
—Ustedes hoy pueden comer el menú del día. La casa invita. Bebida y postre, aparte. No será mucho, pero tampoco es poco. Surman celebró el convite del mozo.
—Muy bien, mozo. Muy bien. Hay que saber partir y repartir. Lo felicito. Sea generoso, así le dije al enviado de los gobernantes. “Seremos”, me dijo. ¡Cuánto dinero tienen hoy los funcionarios públicos! ¡Cuántas conciencias pueden comprar! Una fortuna para nada despreciable vendrá a aliviar mis días de anciano. Como bien decía mi abuela: “aprovechate, gaviota, que no te verás en otra”. Y eso hice. No creo que el padre de ese hombrecito, en donde esté, pueda observarme. Quizás ni me recuerda. ¿Alguien sabe si los muertos conservan la memoria de su vida pasada? Nadie. Además, he cambiado mucho desde la última cena con él. Por entonces no tenía joroba y tenía todos los dientes —abrió enorme su boca y mostró que casi no le quedan piezas dentales sanas—. Y si así fuera, no tendría ninguna posibilidad de volver de su tumba. La cremación elimina de cuajo la resucitación. ¡Solo podría volver en un cenicero! ¡En un cenicero! ¡Jajajajaja! ¡Qué ingenioso!
Los jóvenes acompañaron, con risitas melifluas, la horrible broma del traidor. Recostaron al Limpiador en el asiento trasero del automóvil. Luego sujetaron con precintos las manos a la altura de las muñecas y las piernas a la altura de los tobillos. De esa forma, cuando despertara de la droga que lo mandó a dormir, no podría intentar ninguna maniobra para liberarse, menos aún atacar al chofer que lo estaba trasladando con destino a la provincia que abandonó de manera secreta.
***
81.- Para el gobernador y su ministro, la venganza era un estado que unía la razón y el sentimiento. En el gobernador, su potente deseo de vengar todos los agravios y persecuciones de arribistas y oportunistas de quienes habían especulado con desplazarlo, alteraba su química vital. Cuanto más pensaba en cada uno de sus detractores, su insecto interior crecía y adquiría un volumen extraordinario, ocupaba todas las cavidades posibles e inflamaba el corazón y el cerebro con un jugo ambarino lleno de una forma de veneno corrosivo. Ansiaba vengarse a como diera lugar.
En el ministro, en cambio, la fría razón, la especulación y el oportunismo en sus formas más decisivas alimentaban sus planes de venganza. Primero debía no dejar cabos sueltos. Contó a su favor con el mérito de la traición de antiguos compañeros de negocios de La Ciudad Esmeralda. Comprar sus voluntades fue fácil. Surman y Milton fueron actores necesarios para consumar los planes que el ministro tenía para eliminar a algunos personajes significativos del negocio de la carne humana. Esas muertes eran un contundente mensaje a sus enemigos. Comprenderían el mensaje de forma inequívoca.
Comprar voluntades es un arte milenario. Leyó a Sun Tzu. La lectura de Sun Tzu aliviaba su esfuerzo en la planificación. Aplicó sus enseñanzas. La traición como herramienta estratégica. Este era el caso. Comprar voluntades es un problema estratégico, no moral. Sabía, por otra parte, que no trataba con hombres de principios morales. Uno, Surman, por avaricia, fue capaz de vender al hijo de su mejor amigo. No fue tan importante la inversión en ese viejo patético. Milton, por cobardía, aceptó asesinar a El Hombre de Hojalata, incluso de una manera brutal.
Ninguno de los dos tenía ni la menor posibilidad de desandar el camino que habían recorrido. Matar a Surman no tenía sentido. Era un viejo inútil que no generaría problemas. Si lo intentaba, el mozo que lo atendía desde hacía treinta años, arreglaría el asunto. A Milton le suministró una droga, a Surman le daría un veneno.
La traición no tiene reparación posible. Si bien las víctimas directas de la traición eran El Hombre de Hojalata y el Limpiador, había sido cometida contra toda La Ciudad Esmeralda. Todavía no estaba resuelta la lucha por eliminarla; la Ciudad no había sufrido una derrota definitiva. Y si bien había quedado reducida a unos pocos calabozos, cómplices y servidores procuraban salirse.
Muerto El Hombre de Hojalata, secuestrado el Limpiador, tenía el ministro que tomar algunas decisiones sobre las que aún no había ni siquiera esbozado una solución.
El gobernador proponía eliminar a los cinco detenidos por el caso Fino. Los pedófilos mueren en las cárceles a manos de otros presos. No resultaría nada difícil encontrar criminales dispuestos a cumplir la faena a cambio de algunos privilegios carcelarios. El ministro consideraba la propuesta una extravagancia. Tal vez su insecto interior lo volviera más extravagante, más irreflexivo. Matar no siempre es la solución que mejores resultados trae. Pensar como un insecto depredador no es pensar con inteligencia.
Dejar con vida a los enemigos, puede ser útil en otras circunstancias. Además, esos cinco crímenes no resarcirían al gobernador los escarnios sufridos. Tal vez aliviaría en su conciencia los padecimientos que sufrió la familia todo ese tiempo. Pero nada más. No le agregaba dignidad ni poder.
A pesar de que nadie ya se movilizaba hasta las inmediaciones de su mansión, solía despertar excitado, espantado por el griterío contra su persona, cuando un par de miles, a viva voz le gritaban: ¡Mal bicho! ¡Pedófilo! ¡Chorro! Y otros insultos irrepetibles.
El ministro, en cambio, pensaba su venganza en términos de efectividad, no de satisfacción. Él se veía en el imaginario salón de una gran biblioteca. Libros y más libros. Verdades, mentiras, fantasías, promesas. En ese ideal elaboraba sus planes. Un salón virtual en el que una inteligencia sofisticada le proponía soluciones. La biblioteca no existía, pero esa forma inusual de algoritmo la volvía tan real que podía sentir la rugosidad de las hojas de cada libro y el aroma de la tinta de las letras impresas con artesanal sabiduría. Una alquimia sin igual fundía sus ideas con ese algoritmo extravagante. Era una conjunción extraordinaria. Algoritmo entrelazado en la doble hélice de su ADN, codificando la información a una velocidad magnífica.
El algoritmo le indicó que debía eliminar al Limpiador. Él ya lo había considerado. No estaba en discusión el objetivo; solo quería tomarse su tiempo para que el homicidio no fuera una vulgaridad. Pensar en esa muerte no le generaba ningún sentimiento funesto. Por el contrario. Morir y vivir comparten el camino desde el momento mismo de la gestación; es un destino común de todos los seres vivos. La diferencia radicaba en el momento y en la forma en que ese destino final debía consumarse.
***
82.- Cuando el gobernador divagaba sobre su venganza, un fluido enérgico recorría su aparato digestivo, estimulando el deseo de devorar a alguno de esos infelices. Degustar sus carnes, disolver con poderosos jugos gástricos los huesos, se le presentaba como una opción estimulante. Un lujurioso néctar digno de ser saboreado en las tardecitas calmas de la provincia. El canibalismo, sin embargo, no estaba en el catálogo de las venganzas del ministro.
Cuando hablaba de ello, el gobernador sentía como si fuese real, que se erguían amenazantes dos antenas que surgían por detrás del cuello de la costosa camisa, haciendo un espantoso ruido de piel desgarrada, emitiendo vibraciones casi imperceptibles de imaginarias cerdas sensoriales que adornaban las antenas, llenando el aire con un intenso olor metálico. Su ministro, reflexivo, lo inducía a la calma, a la prudencia, a recuperar la realidad frente a esa absurda fantasía. Aventaba esos delirios con argumentos simples pero significativos. Hacía un gran esfuerzo dialéctico por disipar los sentimientos criminales de su jefe político y su certeza de una fantástica metamorfosis. Al menos, sugería, postergar los deseos criminales para una mejor oportunidad. La venganza nunca tiene prisa: sabe esperar el momento justo.
La repercusión de cualquier crimen en ese instante sería enorme y no habría forma de convencer a la opinión pública de que el gobierno no había tenido nada que ver con ello. Una cosa era eliminar a un tonto y engreído policía, a la drogona de Ladina y al pusilánime de su esposo. Simular un suicidio no era nada complicado. Otra muy distinta era deshacerse del uniformado, un oficial con rango que lo hacía notar en toda oportunidad. Su comportamiento no era el de un preso que buscaba un trato misericordioso, refugiándose en el pabellón de los evangelistas, quienes regenteaban malvivientes de toda calaña para presentarlos como rescatados hijos de Dios. No era un pobre y pusilánime preso implorando por una mejora en la comida o en la cama. Se mostraba altivo, arrogante, y hasta ese momento quienes se habían interesado por él, por su bienestar y seguridad, eran todos personajes vinculados al poder.
El poder tiene muchos rostros, más que Jano. El hombre prudente no mira nunca a los ojos de los poderosos, temeroso de acabar, si no convertido en piedra, sí en una masa informe de músculos y huesos rotos. Los presos a los que se les insinuó cometer una acción criminal contra Ramón se negaron sin dudarlo: sabían con exactitud de quién se trataba y de qué eran capaces sus camaradas. Tampoco era atinado asesinar a su esposa, Ava/Eva. Nadie creería en un suicidio. Cuando de un preso se anunciaba su suicidio, los primeros sospechados eran los policías o los carceleros, es decir, el propio gobierno.
La denuncia de la impunidad estaba a la orden de las inquietudes de los pobladores. Toda clase de prebendas, robos, violencias contra la infancia y las mujeres nunca habían sido condenadas por un sistema judicial que solo debatía qué cuota de impunidad podía corresponderle a cada factor de poder. El asesinato de los detenidos no estaba entre las opciones que consideraba el ministro.
¿Qué beneficio se obtendría de eliminar a la mujer, su marido militar, el policía, Oroño o Ladina? La reflexión del ministro era simple. Oroño y Ladina no contaban. Eran insignificantes cuando estaban libres; lo eran más estando presos. Ladina ya no podía vender droga, su principal actividad. El policía sería liberado en breve; la jueza se lo prometió. Ella esperaba que la gente se calmara y entonces encontraría la oportunidad de liberarlo bajo fianza o por falta de mérito. El matrimonio de la concejala y el militar era un asunto algo más delicado.
Ava/Eva había perdido los favores del gobernador, pero buena parte de la clase política seguía amparándola, sugiriendo que tal vez ella fuera inocente, no así su esposo. La condición femenina se argumentaba como una barrera para ciertos delitos. “¡Pobre mujer, en lo que la han metido!” “Como no pudo engendrar hijos, trataba a todos los niños como si fueran propios. Nunca hubiera lastimado a Fino.” “Pobre mujer, cómo fue embaucada por el militar.” Y no había argumento que pudiera cambiar esa defensa basada en la emoción y no en la razón.
Desde que fue detenida, seguía sin decir esta boca es mía; estaba en silencio y se negaba a hacer la menor declaración. Parecía una zombi: el rostro demacrado, había perdido mucho peso, los ojos rojos de quien no logró conciliar el sueño durante incontables noches. Una baba pastosa caía con intermitencia de su labio inferior, con un olor nauseabundo que lograba mantener a raya a todas las demás presas, quienes nunca se propusieron abusar de ella, advertidas de lo inconveniente que podía resultar meterse con la esposa de un militar de alto rango.
Ese silencio caprichoso no se debía a una sugerencia de su abogado defensor, quien, por el contrario, le recomendaba hacer responsable a todos para excusarse ella. Debía parecer una tonta mujer engañada por su malévolo esposo y esos rufianes de poca monta con los que el marino se habría liado para obtener una buena suma de dinero por la venta de la criatura a algún pedófilo millonario. Pero Ava/Eva ignoró siempre esas recomendaciones y puso a prueba en más de una oportunidad la paciencia del abogado, quien consideró en varias ocasiones dejar de representar a esa obstinada mujer.
Su esposo, el militar, era quien demostraba menor preocupación por todo aquel escándalo en el que estaba envuelto. Las jerarquías lo habían visitado. A todos les respondió lo mismo: “No tengo nada que ver”. Luego, “meter en cana a un milico da rédito político”; eso era todo. Tenía que soportar la humillación como otros tantos camaradas. No desesperaba. Al final del camino, sería liberado, y entonces emprendería un juicio contra el Estado que lo haría millonario. Todo era cuestión de paciencia.
El policía optó, por sugerencia del cura, por el defensor de oficio. Era quien mejor la pasaba preso. No tenía horario para levantarse por la mañana. Podía acostarse a dormir cuando lo deseaba. A diferencia de los presos comunes alojados en las celdas abarrotadas de infelices, él estaba en un calabozo solitario. Lo habían provisto de un colchón decente, sábanas, abrigo y almohada. La esposa mantenía limpias las sábanas y fundas que llevaba todas las semanas para lavar. Los guardiacárceles le servían una comida digna, no el pastiche inmundo que servían a los presos comunes en unos roñosos platos plásticos. Si era discreto, hasta podían acercarle alguna botella de vino y alguna lata de cerveza. El tipo sabía que, finalmente, lo liberarían porque no había nada que lo vinculara a la desaparición de Fino. Que lo acusaran de negligencia era inevitable. Siempre que ocurre un crimen que no se resuelve al momento, la policía es acusada, en principio, de negligente. Luego, como corresponde, de cómplice. Finalmente, la asociación ilícita aparecía en los planteos de las fiscalías y los querellantes, asociación que los propios jueces desestimaban por considerar que nunca había pruebas suficientes. Artemio conocía ese ciclo de denuncias y desestimaciones como si en realidad él fuera un abogado experimentado. Era el curso inevitable del ciclo: detención, declaración, acusación y absolución por falta de mérito.
Muy diferente era la situación de Oroño y de Ladina. Oroño estaba ido. Siempre fue un tipo cobarde. Seguía a Ladina por conveniencia. Hablaba poco, nunca nada significativo. No decidía nada en la vida entre ambos. La esterilidad de Ladina no le provocó ninguna angustia. ¿Ella quería tener hijos? Oroño nunca se lo preguntó. Lo cierto es que no podía.
Tal vez por el destino que él vivió y que les tocaba a todos los niños por igual, no le preocupó no tener hijos. Vivía en un villorrio donde los hijos venían a un mundo de pobreza. Los varones, a los doce años, cuando no antes, iban a trabajar a los campos de los terratenientes. A los cuarenta, esos que habían sido trabajadores infantiles ya no podían con sus cuerpos. Las niñas, en cambio, ofrecían algún negocio posible vendiéndolas a los señores de la tierra, como sirvientas o como prostitutas. Luego creció el comercio de la pedofilia. Oroño no podía pronunciar la palabra. No podía leer ni de forma silábica las letras que hablaban de ese horror. Siempre lo dejó pasar porque no comprendía demasiado de qué se trataba ese negocio por el que cuchicheaban ella, el cura, el policía y otros. Con mantener la boca cerrada y llorar con alguna frecuencia, le alcanzaba para aliviar los dolores de su espíritu.
Por otra parte, él estaba convencido de que, en efecto, padecía un tumor en la cabeza, como le había dicho Ladina. El tumor devoraba su cerebro y tenía, en ese momento, un tamaño mayor al de un pomelo. Lo podía sentir latiendo dentro del cráneo, balanceándose de izquierda a derecha con una frecuencia casi perfecta. Lloraba con regularidad porque decía que ese tumor crecía cada día más e iba estrujando su cerebro, provocando dolores terribles. Casi ni hablaba y, cuando lo hacía, no se le podía entender qué estaba diciendo. La situación se tornó crítica cuando empezó a orinarse encima. Se justificaba entre lágrimas que no era su voluntad hacerlo, que sabía que era algo muy desagradable, pero que, con seguridad, el tumor estaba comprimiendo zonas de la voluntad que lo iban despojando del control de su cuerpo. Los guardiacárceles lo detestaban por idiota y por meón. No lo molieron a palos porque todos comprendían que golpear a Oroño solo lo volvería más idiota de lo que ya era.
Ladina, desde que fue detenida, no dejó nunca de llorar. Lloró tanto que llagó sus lagrimales. Las lágrimas, con el paso de las semanas, se fueron espesando. Y si se observaba con atención el copioso llanto de la mujer, se comprobaba que las lágrimas arrastraban una arenilla pálida, apenas brillante. Esa arenilla, luego de diez días de aparecer, había abierto unas delgadas arrugas que bajaban de los ojos hasta el borde del maxilar inferior. Al principio la arruga era una línea imperceptible. Luego se fue haciendo más evidente y más profunda.
Fue tan extraño el fenómeno que las guardianas de la cárcel, temerosas de que se las acusara de haber sometido a Ladina a algún tipo de tormento medieval, pidieron la concurrencia de la jueza para que observara personalmente el caso. La jueza se resistió unas cuantas semanas, pero finalmente debió visitar a Ladina. Cuando estuvo con ella, la arruga se había abierto como una llaga de varios centímetros de largo. Ordenó que le ataran las manos a la espalda, porque deducía que estaba autoinfligiéndose ese tormento para obtener algún beneficio que redujera el sufrimiento de su prisión, como una detención domiciliaria.
Las guardiacárceles obedecieron, aunque no dejaron de señalar a la jueza por su juicio equivocado. La orden no sirvió más que para agravar las heridas en el rostro. Todas en la cárcel sabían que en breve sobrevendría una infección severa que empezaría por las hendiduras en la piel del rostro y luego se dispersaría por toda la cara. Un par de semanas después, la infección conquistaría el cerebro de Ladina y en poco tiempo la dejaría estúpida o muerta.
***
83.- Milton, por el espejo retrovisor, vio que el Limpiador aún seguía sumido en el sueño profundo del narcótico. El sueño de la víctima le dio algo de tranquilidad. No estaba de ánimo para confrontar con el Limpiador. Pesaba en su mente la última imagen del cuerpo del Componedor. Sabía que, apenas lo viera conduciendo el automóvil, confirmaría que él había traicionado a El Hombre de Hojalata. No había peligro alguno cuando despertara: tenía los brazos a la espalda y las muñecas y tobillos sujetos con gruesos precintos. Sabía de antemano qué le podía llegar a decir por su traición. Pero lo mejor que podía ocurrir en ese preciso momento era estar en silencio. Que nadie le hablara y que él pudiera mantenerse callado. Llegar era su objetivo inmediato. Llegar cuanto antes. Aceleró a fondo.
Lidiar con ese viaje era más que un esfuerzo: consumía sus fuerzas y su espíritu. De haberlo podido evitar, lo habría hecho. Pero el ministro lo obligó. Lo quería comprometido con su traición, que su deslealtad quedara en total evidencia. No estaba en condiciones de negociar con el ministro y este no iba a concederle nada. Obediencia absoluta o la muerte en un abrir y cerrar de ojos. Sospechaba que La Ciudad Esmeralda ya debía estar al tanto de cómo se había comportado. El asesinato de El Hombre de Hojalata era un acontecimiento extraordinario. A esa hora, en todos los sótanos del delito se debía estar hablando de esa muerte y, con seguridad, de su asesino. Milton creía que el propio ministro era quien difundía el nombre del asesino del gran Componedor y cómo lo había ejecutado. El modo en que se había consumado el crimen no tenía justificativo alguno. También en el submundo del delito se deben respetar algunos códigos, y Milton los había roto todos. Traidor, asesino, destripador. ¿Cómo explicar esa secuencia criminal? Su temor a ser él también asesinado no le iba a ahorrar la condena de muchos otros componedores y de muchos sicarios.
Repasaba los últimos momentos hasta el asesinato del Componedor, cuarenta y ocho horas antes de ir a recoger al Limpiador, que había sido entregado por el mejor amigo de su padre. Fue citado a un tugurio en las afueras del villorrio. No era la propiedad en la que habían asesinado a los clones, sino otra más alejada, casi lindando con otros pueblos. Frondosas arboledas la ocultaban. Lo esperaban dos gigantones tuertos que el ministro había contratado en uno de los sindicatos que reúnen a los mercenarios. No los conocía y nunca había oído hablar de especímenes semejantes. Uno de los cíclopes le entregó una caja de doce botellas de Glenfarclas 25 años. “Para el sentenciado”, le dijo. Al principio creyó que le darían la oportunidad al Componedor de beber hasta emborracharse y quedar inconsciente antes de ser asesinado. Pero dentro de la caja de botellas de whisky había un instructivo. Lo leyó varias veces. Le costó asimilar lo que se le exigía. Lo autorizaban a él a beber de una botella la cantidad que deseara. Se disculpaban por no haberle provisto un Glenfarclas 25 años en botella de cerámica azul opaco, una pieza amada por los coleccionistas, y que solo le podían entregar en cristal tallado. La nota terminaba diciendo: “No faltará otra oportunidad”. Un cinismo que lo impresionó, incluso a él, que de inocente no tenía nada. Si la valentía surge del alcohol, bienvenida. Las otras once botellas eran para ajusticiar al desgraciado.
Guardó la caja de whisky en el baúl del automóvil y fue en busca del componedor. Lo encontró a la salida del aguantadero. El hombre estaba tranquilo; lo esperaba para retornar. Cuando vio llegar el automóvil, avanzó hacia donde se había estacionado.
—¿Nos vamos, Milton? —dijo con entusiasmo casi juvenil.
—Nos vamos.
—Era hora. Qué pueblo de mierda. Todo salió mal. Peor imposible. —Milton hizo un gesto de resignación—. Cuando lleguemos, haré mi descargo. ¿Sabe rezar?
—No mucho. Usted comprende.
—Inténtelo por mí, lo voy a necesitar. No me dejaré cortar las pelotas por esos burócratas de salón. Mis pelotas vinieron conmigo, se van conmigo. Hay muchas cosas que todavía no entiendo de todo este quilombo. Algo raro hay en el ambiente. Algo huele a podrido en Dinamarca.
—En este ambiente todas las cosas huelen a podrido.
Una vez que El Hombre de Hojalata se acomodó en el asiento de acompañante, puso en marcha el motor e inició la marcha. Recorrían un camino irregular de tierra. Al tener la caja once botellas y no las doce que correspondían, empezaron a chocar unas con otras. El Hombre de Hojalata escuchó el peculiar ruido de botellas chocando con otras. Trató de espantar esos sonidos que atribuía, en realidad, a un delirio que surgía de la abstinencia.
—No estoy escuchando lo que escucho. ¿Me comprende? No puede ser. Estoy más cerca de lo que creía del delirium tremens.
—¿Y qué escucha?
—Botellas chocando con botellas. Las imagino de whisky. Las imagino de Glenfarclas 25 años.
—¿Y cómo sabe que son de whisky y no de vino?
—Amigo, si usted pasa una vida rodeado de botellas de whisky Glenfarclas 25 años, no tiene forma de confundir el sonido del envase cargado con el dorado y ambarino elixir escocés. Su sonido es inconfundible, como su sabor. Pero si sigo delirando, deberé pedir una sesión con un buen psiquiatra. Uno más borracho que yo, para que me explique cómo mi mente puede producir un sonido tan exacto del roce de esas botellas de whisky, como si en verdad estuvieran al alcance de mis manos. —Milton sonrió.
—¿Quiere que le haga una confesión?
—No, por favor. No me va a decir que es puto, que votó a este engendro o que está enamorado de la tortera. Soy sensible a la boludez.
—Tengo una sorpresa para usted.
—¿Una sorpresa? ¿Va a asesinarme?
—No, por favor. ¿Por qué cree que voy a asesinarlo? Ya me lo dijo en el almuerzo camino al pueblo.
—No sé. Pero algo me dice que usted me va a asesinar. Lo supe desde que salimos. Soy muy intuitivo. No se ofenda.
—Me ofende. Me trata como a un traidor.
—La traición y la fidelidad no son tan opuestas como se supone.
—No sabe cuánto me tranquiliza.
—Hasta puedo parecer un hombre sabio.
Milton sonrió por compromiso y luego dijo:
—Voy a detener el automóvil y le voy a dar la sorpresa de la que le hablo.
—¿Aquí? ¿En medio de este camino de mierda? Tierra y bosque, no hay nada por ningún lado.
—Baje y verá qué buena sorpresa tengo para usted. Se merece este regalo.
El Hombre de Hojalata se prestó a salir al camino. Le dio la espalda a Milton, desconfiado.
Es seguro que el golpe lo desmayó de inmediato. Milton, con un mazo, golpeó con todas sus fuerzas la nuca del El Hombre de Hojalata. Vio, claramente, cómo se abrió el cráneo y el cerebro quedó expuesto. El Componedor quedó inconsciente, apoyado contra la ventanilla de la puerta. La profecía que la víctima repitió varias veces se estaba cumpliendo. Milton hasta podía escuchar esa voz ronca repitiendo: “No me equivoqué, usted vino para asesinarme”. ¿Podía ese hombre, con su cabeza destrozada, decir algo así? Salió del automóvil. Sacó a El Hombre de Hojalata y lo tiró sobre la tierra. Sangraba profusamente. La tierra estaba seca y absorbió la sangre en un instante. Fue hasta el baúl. Ahí estaba inconfundible la caja de doce botellas de Glenfarclas 25 años. Ver el estuche rígido, con acabados elegantes y sobrios en color azul oscuro, le produjo un temblor esencial. Milton tomó una botella y la abrió. Bebió con desesperación. Leyó el instructivo que estaba dentro de la caja. La nota comenzaba con la frase que le dijo el tuerto: “Para el sentenciado”.
Luego, especificaba con claridad que debía golpear al componedor con las once botellas de whisky. Sabía que era una acción brutalmente cruel, innecesaria. Un fulano muere cuando su corazón se detiene o cuando su cerebro es aplastado por un certero golpe con un mazo de madera de guayacán.
Pero esa era la orden. Debía cumplirla aunque no le encontrara sentido. Pero lo tenía. El ministro deseaba que el asesinato fuera tan brutal, que su homicida no tendría forma de eludir el castigo.
Ensañamiento, eso le exigía el ministro.
Demostrar ensañamiento no tiene que ver con quitarle la vida al infeliz. El pobre tipo ya está muerto. No siente más dolor aunque se lo golpee durante un día completo. Es un mensaje para los que quedan vivos. ¿Ven lo que les vamos a hacer a todos? Ese es el mensaje. Pero, en su caso, ese mensaje iba unido a otro: “¿Saben quién cometió esta terrible ejecución? Un fiel servidor por décadas de La Ciudad Esmeralda”. No hay lealtad. No hay fidelidad. Hay intereses. Y así como mató al imbécil de El Hombre de Hojalata, el que se burlaba de todos diciendo que él no tenía corazón, podría matar al mismísimo Mago de Oz si sus nuevos patrones se lo ordenaran. Así se reconstruye la fidelidad al amo. ¡Todos los hombres tienen su precio!
No tenía opción, solo podía obedecer. Bebió largos tragos de whisky antes de seguir la faena. Cuanto más embotado estuviera por el alcohol, menos real resultaría todo eso.
Fue tomando las botellas de a una y golpeando la cabeza de El Hombre de Hojalata. Le destrozó el cráneo por completo. El cerebro quedó reducido a una papilla roja, empapada en whisky. Los ojos habían saltado de sus órbitas. El rostro, deformado, no permitía reconocer al Componedor.
Cuando tenía la cuarta botella en la mano e iba a golpear nuevamente lo que quedaba de la cabeza, se dio cuenta de que se había desquiciado. No tenía sentido seguir machacando los rotos huesos del cráneo y el cerebro. Entonces empezó a golpear el cuerpo. Rompió las costillas que perforaron los pulmones muertos. Golpeó la cadera, los genitales, las rodillas. Aún le quedaban tres botellas de whisky. No pudo más. Las estrelló contra la tierra dura, compacta. Estaba salpicado por la sangre del Componedor.
Se arrodilló junto al cadáver y lo miró sin poder quitarle la vista de encima. Para su sorpresa, no vio en el muerto a El Hombre de Hojalata. Ese despojo humano, ese destripado a golpes, era su propia imagen. Se vio a sí mismo, muerto y destrozado.
Perder tiempo era un error imperdonable. Pronto los cimarrones llegarían a servirse la carne del muerto rociado de whisky Glenfarclas 25 años. Él debía seguir viaje a la ciudad, a buscar al Limpiador. Era octubre, mes de cambios, mes de traiciones. Judas entrega a Cristo, Milton traiciona al Componedor, Surman vende al Limpiador.
El ministro, al ser informado de la consumación de las traiciones, respiró aliviado. El hombre amaba las traiciones, pero no a los traidores. Todos recibirían lo que merecían. Era un hombre de palabra. Lo prometido es deuda.
***
84.- El Limpiador, tirado en el asiento trasero, seguía obnubilado. Sufría una gran migraña. El dolor en su cabeza era muy intenso; sentía náuseas. Su boca estaba reseca. Respiraba con dificultad. No podía incorporarse. Sus manos se habían hinchado. Los precintos estaban muy ajustados e impedían la buena circulación de la sangre. Otro tanto sentía en las piernas, en especial en los tobillos. Sus pies estaban adormecidos.
A pesar de su estado, pudo ver que Milton era quien manejaba. Dedujo que lo estaba regresando al villorrio. Le costó ordenar lo que le había pasado: la cena con Surman, la bebida, el desmayo. La potente droga. Pensó que no menos de dos pulgadas cúbicas del narcótico le habían puesto en su bebida.
No tuvo en ese momento ningún sentimiento definido. Solo ordenó los últimos sucesos: Surman lo traicionó, Milton lo estaba llevando prisionero, El Hombre de Hojalata estaba muerto.
Que Surman lo hubiera vendido era una sorpresa que no podía asumir. El mejor amigo de su padre, el amigo que le recomendó siendo un joven Limpiador. Tal vez Surman no fue nunca un tipo decente. ¿Qué sabía él de la vida de ese personaje? Nada. Se reprochó no haberse interesado por quién era realmente ese compinche de su padre. Estaba totalmente desanimado.
Lo más sencillo de admitir era el comportamiento de Milton. Los choferes son todos tipos de doble faz: te llevan y te traen y, al mismo tiempo, te espían. Luego van con sus chismes a sus superiores. Por eso nunca trabajó con choferes. Se las arregló para ir y venir sin ser visto. Pero ahí estaba, secuestrado por Milton Centeno. Milton: nombre falso, apellido tan falso como el nombre, deliberadamente elegido. Un traidor y asesino. Un servidor del poder de turno. Nada sorprendente.
Pero que El Hombre de Hojalata estuviera muerto, era algo difícil de aceptar. Quien no tenía corazón no podía morir así sin más. Su vitalidad radicaba justamente en la ausencia de corazón. Traficar con niñas, traficar con niños, traficar con personas requiere siempre de alguien que no tenga ni un gramo de corazón. Y El Hombre de Hojalata era, sin duda alguna, quien menos empatía podía sentir por cualquier ser humano en el mundo. Su amor solo era por su whisky Glenfarclas 25 años. Era un sociópata. Una versión conservada en whisky escocés de tipos como Dutroux, Sandusky y Fritzl. Intenso, pero no refinado. Su piel, de tono miel oscura, parecía el resultado de capas sobre capas de perversidades que emanaban un perfume cinético. Pero él no consumía esa carne infantil. Solo comerciaba con ella. Las niñas y los niños eran meros objetos. Solo su whisky le generaba un sentimiento de aprecio.
Si El Hombre de Hojalata estaba muerto, entonces La Ciudad Esmeralda estaba próxima a su derrumbe. Una fístula unía a la Sodoma y a la Gomorra que el Componedor y La Ciudad Esmeralda encarnaban. Qué surgiría de aquella muerte y aquel derrumbe, no lo podía imaginar. En definitiva, lo que siempre conjeturó: Balderrama sería apagado, y nada cambiaría demasiado. El capitalismo regenera sus negociados como aquellos animales que, perdiendo una parte de su cuerpo, vuelven a recrearla padeciendo algunos trastornos. Solo su completa destrucción, su muerte, garantizaría que sus inmundicias, sus múltiples corruptelas, sus intrínsecas miserias, aunque más no fuera por un largo período, no se reprodujeran.
Sabía que iban a matarlo; no necesitaba que se lo anuncien. Para eso lo habían secuestrado. Morir es un destino común a todos los seres vivos. Nos creemos muy diferentes de la hormiga, la víbora, el águila. Laboriosos a veces como las hormigas, arrastrándonos por la vida como verdaderas víboras, volando alto en contadas oportunidades. Salvo pequeñas consideraciones, no somos más que una forma extravagante de organización de la materia, no tan diferente a la de una hormiga, una víbora, un águila.
El Hombre de Hojalata compuso negocios, otros descartaron personas, él limpió esas mugres. ¿Qué diferencia abismal había entre todos ellos y la abnegada labor de un ave produciendo su nido para acoger a sus crías, o una hiena devorando carroña? Ninguna.
En ese preciso momento de su futura muerte, no iba a dejar de lidiar con sus propios ángeles caídos. Y del líquido hipnótico que le habían suministrado en su última cena surgían sus fantasmas clandestinos. Salían de un punto negro de cero dimensiones y pronunciaban sus augurios. Tras los espantajos encubiertos, sonaba la voz catarral del padre con advertencias repetidas hasta el hartazgo. Inútiles advertencias. Desconfía. Desconfía. Desconfía. Y solo en Surman, el amigo, debía confiar ciegamente. Eso hizo. Qué estupidez. Qué estúpido se sentía, arrojado en el asiento trasero de un automóvil conducido por un traidor, rumbo a la muerte.
Cómo no valorar que su padre fue un tremendo ignorante o, a conciencia pura, lo puso en el camino de quien mejor sabría cuándo traicionarlo en beneficio de poderes que surgían. El hombre es apenas un momento en la historia. La historia es lo que interesa. El negocio lo es todo. El dinero es el lubricante de todas las pasiones y el combustible de todos los crímenes.
***
85.- La orden del ministro a Milton era precisa: directo al villorrio. Acababan de llegar. El Limpiador, entumecido, no podía moverse. Sus manos estaban moradas, igual que sus pies. Las piernas hinchadas, llenas de líquidos. Se había orinado.
Dos mastodontes tuertos revisaron el auto y constataron que el Limpiador estuviera vivo aun en el asiento trasero. Uno de los cíclopes le ordenó a Milton descender del automóvil y alejarse. Milton obedeció y quedó a un par de metros del coche. Los gigantes abrieron las puertas traseras para que entrara en el auto algo del aire fresco de la noche. Ese frescor despabilo algo a Milton.
La madrugada revelaba una costra simbólica. El rocío caía en cámara lenta y el silencio sonaba como un moscardón antes de su muerte. Había voces ocultas hilando los cinco sentidos del Limpiador. Las voces entretejían la intriga y la devoción. Algo místico lo envolvía, aunque no estaba en condiciones de razonar aquello. Y por ello su intuición se convertía en sentimientos de una resignación profunda. Su abatimiento no lo aislaba del paisaje, lo vinculaba de manera misteriosa. A su cuerpo se sumaban retazos de la noche: parches de luz y de oscuridad. Hacían sobre su humanidad un claroscuro diferente. Había algo poderoso en eso. Era mortal, pero placentero. Producía en su mente un afecto inquietante. Era un estado desconocido, pero también seductor.
A través de las puertas abiertas del auto, trató de mirar en todas las direcciones. De un lado, el rancho de Cándida; del otro, el dulce mandarino donde se ahorcó Poncio. La agitación del árbol nacía en su raíz y ascendía hasta los frutos gordos y jugosos. Crecieron de golpe, como si el árbol se nutriera de la muerte. Su savia era más viscosa que nunca. De la redondez de uno de sus frutos salían ángeles segadores que, armados con filosos cuchillos, se disponían a tributar las cabezas de sus condenados. Al mismo tiempo que salían de los jugosos frutos, volvían sobre sí mismos a un punto negro de cero dimensiones. El tiempo se comprimía hasta pulverizarse.
El villorrio perdía su apariencia pueblerina y adquiría la fisonomía de una construcción en ruinas. Surgía inesperada en toda su dimensión la arquitectura de una desconocida Ciudad Esmeralda. En medio de los vicios de esas ruinas, un Mago de Oz que no podía identificar lo esperaba, carente de conciencia verdadera. Era apenas un algoritmo de lo tenebroso. Llevaba su propia cabeza entre las manos. Un enorme insecto salía de la boca.
Le parecía indecente al Limpiador aquella metamorfosis. Se preguntó, y con razón, cómo era posible que ese gigantesco tugurio fuera El País de las Maravillas. El Estado pedófilo, dejaba ver que en su extremo, jardín niñas y niños encadenados, bañados en vaselina violeta. Arquitectura de la gangrena, escombros decorados, mármoles astillados. Pero la construcción de “El País de las Maravillas del libre mercado” era relevante por lo que representaba, no por sus apariencias. Su ruinoso aspecto servía mejor al propósito que si se hubiera tratado de una lujosa propiedad. La riqueza expuesta hablaba de la corrupción moral de sus habitantes y propietarios, de infelices conduciendo a sus congéneres a la ruina más profunda. Aquello debía disimularse del modo más astuto y anunciarlo como la nueva buena que venía a salvar al mundo.
Obnubilado, creyó escuchar una voz lejana que llegaba a él desde un lugar imposible de precisar. Tal vez provenía del mismo punto negro del que surgían los ángeles segadores con sus brillantes cuchillas. Pero no había voz, sino delirio. Un delirio algorítmico que crecía en su cerebro hasta tomar el dominio de los dos hemisferios. Un sistema al que no se le podían reconocer sus formas, sino su dominio. La voz no era humana, era un metálico enjambre de palabras fuertemente entrelazadas por letras y combinaciones numéricas.
Estaba ante el espejismo de una bíblica ciudad sanguinaria, llena de mentiras, que nunca cesa en su saqueo. Justo en la fístula donde se reunían su Sodoma y Gomorra, rodeado de los ángeles segadores que le exigían que se entregara de una buena vez, que no resistiera el destino. Escuchaba el chasquido de los látigos contra la carne leve de los secuestrados y el crujir de morteros que trituraban la humanidad.
Haciendo un dibujo circular, carros tirados por famélicos cirujas sin rostro, requisaban la infancia en busca de placeres para ricos. Llevaban en esos carros mugre e infancia mezcladas en un barro feroz. Era la carga infeliz de los ignorados y los postergados. Veía flamear puñales, una multitud de heridos llorando sus úlceras con lágrimas. Multitudes de cadáveres que tropezaban con cadáveres. Todo por las muchas prostituciones de la lujuria, la encantadora lascivia, la maestra obscenidad de los hechizos, el erotismo que seduce a las naciones y a los pueblos con sus embrujos.
Eso era El País de las Maravillas. La novedad que llegaba para satisfacer las pasiones de los poderosos encaramados en la cima del poder. La morada del Nuevo Mago mostraría a mujeres y hombres su propia desnudez y la vergüenza del comercio que practican y presentan como pequeños y perdonables excesos.
El nombre de Fino surgió de un arrebato. El algoritmo no dudó. Preguntó: “¿Fino?” Apenas veintiséis libras y media. Una sustancia insignificante. Nada simbolizaba ese pequeño y ridículo nombre, repetido por unas viejas ciegas e inútiles como una oración necesaria, mientras caminaban arrastrando sus artrosis. ¡Fino! ¡Fino! ¡Fino! Gritos. ¡Niñas! ¡Niños! Setenta niñas y niños en el feedlot, donde no se finge moralidad. Así se engorda el ganado humano apelando a la ceguera del alma, la más potente. ¡Niñas! ¡Niños! Es el porvenir. Una ovación surgirá entre los pliegues roñosos de sus vientres y sucederá que todo el que vea el espectáculo pedirá más y clamará por la abundancia de todo lo despreciable.
Setenta niñas y niños. ¿No es un buen número para un rebaño destinado al consumo? Balderrama lo hizo, ¡y bien que lo hizo! Pero ya es hora de que termine su trabajo. Es tan descartable como las niñas y los niños. ¡Adiós, Balderrama! ¡El País de las Maravillas ha llegado para abrir de par en par las puertas del mercado que ya no se cerrarán por los siglos de los siglos! El dios mercado se hizo cargo de todo. Arrojó sus fuegos, devoró los cerrojos y cayeron los candados que fueron incrustados por falsos moralistas entre las piernas. Como el bíblico pulgón, se sació en la carne de los condenados y bebió de sus jugos.
Los renovados mercaderes tomaron el timón de la nave rumbo al precipicio. Una legión ignorada surgió en cada horizonte. ¿Qué tan grande es la legión? Más que las estrellas del cielo. Son como el bíblico pulgón que despoja, vuela y se alimenta de nuestros desperdicios. Son también langostas, nubes de langostas de uniformes de color violeta, langostas posadas sobre los cadáveres chocando con cadáveres. Y sobre las ruinas, un sol de sangre; y pulgones y langostas se calentarán bajo sus rayos, pero ya no sabrán dónde están, porque han saciado su hambre de carne humana hasta hartarse.
***
86.- Los gigantes cerraron las puertas traseras del coche. Uno de los cíclopes se hizo cargo del volante. Su gemelo se acomodó en el asiento del acompañante. El auto se puso en marcha y se dirigio al tugurio en el que aguardaban los ángeles segadores la presencia del Limpiador. Estaban ansiosos por conocerlo, por tenerlo a su merced. ¡El hijo del Gran Limpiador! ¡El hombre que nadie veía llegar a una ejecución, y tampoco partir de la escena del crimen! Después de El Hombre de Hojalata, una de las leyendas de La Ciudad Esmeralda, ese Limpiador debería ser uno de los míticos misterios memorables que trascendieron a la propia Ciudad. Y si en cuestión de días dos mitos del antro más notable de la compra y venta de niñas y niños eran eliminados, era justo decir que la suerte de los magos de Oz estaba echada. Cambio de época, triunfo del libre mercado como hacía décadas no se conocía. El anarcocapitalismo reptó bajo la piel, reveló en el músculo la fatalidad hasta los huesos y acabó por hacer de lo humano una mercancía seguida de descarte.
El Limpiador estaba acalambrado. No podía moverse. La droga y el viaje lo habían dejado exhausto. Respiraba con dificultad, tenía la boca reseca y casi no podía ver. El automóvil se detuvo, llegaron a destino.
El gigante lo sacó del automóvil y lo arrastró hasta la entrada de la guarida. Lo dejó tirado ante la puerta. Se oyó una voz que llegaba desde el subsuelo. Era el más viejo de los ángeles.
—Tráiganlo —ordenó.
El gigante lo alzó y lo llevó hasta el sótano. Allí lo dejó. El lugar estaba completamente a oscuras. No podía distinguir nada. ¿Tenía algún sentido preguntar algo? No lo tenía. Lo que preguntara o no le sería respondido o provocaría una posible paliza. No estaba para que lo molieran a palos.
—Parecía más aguantador, pero resultó bastante menos de lo esperado. Parece una piltrafa. Algo de droga, unos precintos ajustados, y parece que no va a pelear por su vida. Qué decepción.
Recordó que su padre en más de una oportunidad le dijo que, si alguna vez era torturado, no debía decir ni una palabra. Ni sí, ni no, ni “soy inocente” o “no tengo nada que decir”. Solo debía permanecer callado. Eso hicieron los clones que fueron ejecutados por orden de El Hombre de Hojalata.
—Acá hay varios amigos de esos muchachos que ustedes torturaron y asesinaron, esos que usted arrojó al pozo de la muerte. Ellos están muy interesados en saber si usted también les aplicó castigos magistrales. La versión que tienen estos amigos es que ustedes los fueron cortando en pedazos estando vivos. Estamos muy impresionados. Rara vez usamos ese método para que alguien nos diga lo que necesitamos saber. Es muy cruel. A veces es necesario ser muy cruel, pero no siempre. Y este era el caso. Esos muchachos no merecían ser atormentados de esa manera. ¿Por qué no les explica a los amigos qué tuvo usted que ver con esas torturas?
El Limpiador se mantuvo en silencio. No iba a hablar. No temía a los tormentos. Había sido forjado a varillazos desde niño. No solo varillazos: sufrió muchos otros castigos corporales. Los más duros fueron los que le propinó su hermano. Los de su padre eran aproximaciones a la revelación del misterio de la voluntad de Dios. A diferencia de las golpizas que le propinaba su hermano, el padre, el Gran Limpiador, mientras lo azotaba, le hablaba de la revelación que se concreta en la Encarnación: Dios se hace hombre en Jesús. El acto que revela el misterio de la vida trinitaria. Porque la Trinidad es el misterio fundamental de la fe y de la vida cristiana. Y su padre era un cristiano. Un buen cristiano, de acuerdo a sus dichos: esposo fiel, padre riguroso pero justo, trabajador incansable y honesto. La Trinidad también se manifestaba en La Ciudad Esmeralda, El Mago de Oz y el Limpiador. En la inmensidad de un mercado insaciable e intangible, la divinidad se materializaba en el dominio del placer y la obscenidad y, finalmente, en el misterio de la muerte. En ese acto misterioso, llegaba él, con sus herramientas y ajuares, y limpiaba hasta dejar inmaculado lo que hacía instante era aborrecible y pecaminoso.
Así educado, sermoneado mientras el azote cortaba la joven piel en lonjas, las posibles torturas a las que lo sometieran en ese oscuro socavón no iban a doblegarlo, porque ya había asumido su muerte como un destino imposible de alterar. Pensó que, si iban a matarlo, lo mejor era encontrar en la paz del espíritu el bálsamo que calme todos los dolores del cuerpo. Se aisló de la realidad, repasando una y otra vez las medidas anglosajonas que había apreciado desde el momento mismo que las conoció cuando niño. Un grano de cebada, otro grano de cebada, otro grano de cebada, sucediéndose en infinitas progresiones hasta alcanzar los misterios de la noche de una luna violeta, que, con seguridad, afuera ejercía su imperturbable gobernanza más allá del villorrio. Como último recurso, si sentía que flaqueaban sus fuerzas, recurría al Dante en su litúrgica alucinación. Nueve círculos de consuelo, nueve formas de transitar del pecado al castigo y reconocer en cada uno de ellos todos los momentos de su vida pasada. Limbo de granos de cebada ardiendo, la lujuria, la glotonería, la avaricia y los prodigios, la ira, la pereza, la herejía, la violencia, el fraude, la traición que lo había condenado.
Ya no oyó lo que el viejo le decía. Mucho menos lo que los otros ángeles segadores preguntaban. Había olvidado por completo el destino de esos dos seres que se reflejaban uno en el otro y por los que les preguntaban a los gritos. Cerró los ojos, llegó al silencio absoluto, dejó de moverse. El cíclope lo recogió del suelo y subió con él a cuestas. Tal vez se desmayó, tal vez soñó que así fue, y luego sintió que caía sin fin por un túnel en el que no había ninguna luz final. Granos de cebada, granos de cebada, granos de cebada sin fin, en fila interminable, humedeciéndose en un fango untado en sangre. Hasta que, por fin, raíces robustas y filosas atravesaron cada parte de su cuerpo y, en un sueño profético, una verdadera epifanía, dejó de respirar.
***
87.- La madrugada perdió todo misterio. Se acabó el algoritmo tenebroso. Era una señal. Si las elucubraciones de la matemática se habían apagado, todo el sistema estaba recomenzando. La Ciudad Esmeralda se precipitaba al vacío, Balderrama se apagaba. El gran reseteo abarcaba todo el sistema. El País de las Maravillas surgía en medio de nuevas alianzas.
A metros del rancho de la vieja Cándida, llegaba la muerte de cara al dulce mandarino. El viejo cadáver se alistaba a nuevas revelaciones. Milton, los ojos ardidos, la boca seca, esperaba sin ninguna expectativa de sobrevivir. Allí, a metros de donde él aguardaba su destino, desapareció Fino, y Fino nunca volvió. Fino era el más dulce fruto de Glisoría, bendito tu vientre, madre, entre todos los vientres.
Quienes tenían el poder nunca respondieron la pregunta elemental: ¿Dónde está Fino? Repetida una y otra vez, tuvo como respuesta el silencio, una y otra vez.
Frente al árbol de redondos y jugosos frutos, Milton deducía su sentencia; lo envolvía la ausencia de Fino, pero no era una envoltura protectora. Él sabía que no había talismán que lo salvara. La lógica más simple se lo indicaba. No era un hombre estúpido. ¿Si fuiste capaz de traicionar a El Hombre de Hojalata, por qué no serías capaz de otras traiciones? Judas. Tus monedas de plata se han evaporado. Una nube metalífera ascendió en dirección a la luna violeta y no retornó bajo ninguna forma, ni en bruma ni en alquimia pura.
Cándida salió al patio y observó al hombre. Encendió el tabaco en su pipa. Echó el humo por la boca. El humo describía símbolos mortuorios para el condenado. Se alejó no más de un metro de la puerta de entrada al rancho para ver mejor. Desde ese lugar podía observar a Milton. Luego regresaron los gigantes.
Los tuertos llevaban el cabello teñido de un rubio berreta, un pastoso dorado de utilería. Los ojos, la nariz y la boca se amontonaban con intermitencia en el centro del rostro, chocando unos con otros. Dos inmensas orejas adornaban las cabezas y largos pelos salían de ellas. Otros tan largos como los de los orificios nasales. Tenían una expresión idiota que no podían disimular. Pero no eran idiotas. Era probable que nunca se hubieran percatado de la forma de sus cabezas, de la horrible distribución de ojos, nariz y boca, y que sus gestos inducían a creer que se trataba de tipos con no muchas luces, seguramente sicarios útiles para trabajar en un paraje desolado, en un feudo como ese, donde matar y ser descubierto no tiene ninguna consecuencia. Eran adefesios de temer.
Cándida observaba a los hombres con la misma inteligencia con que miraba a sus pequeños pollos colorados. Los pollos podían ser buenos a malintencionados, como esos hombres. Y cada uno de ellos llevaba dentro su propia premonición. Solo había que saber buscar en qué células los acertijos se emboscaban.
Por detrás de la vieja, Zurita asomaba la cabeza. Prudencio, más alejado, no parecía preocupado por esas presencias.
—¿A este esperaban? —preguntó Zurita señalando a Milton.
—Sí, m’ija. A ese.
—Dicen que en el camino e’tierra mataron a un hombre.
—Allá, sí. Por allá, lejos —señaló Cándida en dirección al este—. Era el de hojalata. Lo mató el que manejaba, ese que está ahí, paradito, cerca de los gigantes tuertos.
—¿Y ahora qué va a pasar?
—Usté no se preocupe por estos tipos, m’ija. Cuide su vientre que va a dar que hablar.
—Como usté’diga, abuela.
Cándida puso la pipa en su boca, pitó varias veces y encendió la brasa que quemaba el tabaco reseco.
—Al que mataron por el camino dicen que le reventaron la cabeza a boteyaso. ¿Fue así, abuela? —preguntó Zurita. Detrás de ella, Prudencio movía afirmativamente la suya. Agregó: “Sí, montón de boteyazos”. Pero su voz casi no se oyó.
—¡Qué manera e’morir! Naide sabe cómo va a morir, cosa e’Dios. Pero hasta la hojalata ma’dura se aboya si se le sabe dar. ¿Sabrá el tipo pa’qué los trajeron de vuelta?
Zurita no dudó en responder:
—Pa’matarlo.
—Si no e’estúpido debería saberlo. —Cándida habló en voz alta para que Milton la escuchara.
—Pa’matarlo. Ahí, en el mandarino. Donde se mató papá, el Poncio.
—Sí, m’ija. En la misma rama. Allá arriba, la última. Parece todavía que se dobla porque el Poncio era grande y pesao. Debe haber quedao algo del pobre de mi’jito que todavía dobla la rama.
Zurita se apartó de Cándida. La redondez incipiente de su vientre puso al tanto de que la muchacha estaba embarazada. Suponía que el hombre que la seguía como su sombra era su esposo. Los dos, en un instante, desaparecieron por un lado del rancho y no regresaron más.
Algunos metros hacia el mandarino, el viejo cadáver seguía con atención el encuentro. Más cerca, un grupo de pollos rojos picoteaba la tierra y se acercaba a Milton para observarlo de cerca.
—Alguno que degoyar pa’ver lo que lespera —Cándida señaló a uno pequeño que se apartaba del grupo de aves—. El chiquito promete. La sangre avisa, si uno sabe mirar pa’donde corre. Milton miró a los pollos y todo le pareció ridículo.
Se impuso un silencio extraordinario. Milton estaba abstraído, tal vez pensando en lo que fue y ya no sería más. No escuchaba al viejo muerto rondar a sus espaldas. No era un baile, solo una aproximación a la víctima. Tampoco los espantajos que lo observaban desde el amontonamiento de ojos, nariz y boca hacían ningún sonido. Todo se había vuelto silencioso.
Uno de los tuertos lo seguía observando sin que él se encogiera como papel ardiendo. Finalmente, tal vez por aburrimiento, el matón habló sin necesidad de alzar su voz.
—¿Cuánto le pagaron? —Milton se sorprendió por la pregunta.
—¿Por mi trabajo? El tuerto se esforzó por no burlarse.
—¿Trabajo? Trabajo es el de ese que anda con la embarazada. Que va al campo y sirve al terrateniente todo el día, de noche a noche, sin descanso. Lo suyo no es trabajo. —Milton no discutiría con el mastodonte.
—Yo les fui útil. —El gigante volvió a sonreír.
—¿Útil? Le pagaron para que traicionara. Ser traidor, según usted es algo útil. A mí no me parece.
—Entonces, ¿para qué me pagaron? —El matón se encogió de hombros.
—No sé. Yo no le hubiera pagado nada. Pero al patrón de estas tierras le gusta tirar la plata. Es su pasatiempo. Le sobra la plata, le cae como de regalo del cielo. A veces reparte y otras no, como todo patrón. Por eso es el patrón. Hace lo que le da la gana. Nosotros hacemos lo que nos mandan.
—Supongo que ustedes me llevarán a donde me esperan.
—Suponga lo que quiera. Suponer es gratis. —Dejó de mirar a Milton y dirigió su mirada más allá del mandarino.
El matón luego preguntó:
—¿Usted mató a los dos muchachos que dicen que se llevaron al pibito?
—Hice mi trabajo, sí.
—¿Por qué le dice trabajo?
—Porque fue un trabajo. —El tipo se rascó la cabeza. Movió la cabeza negativamente. No aprobaba que se hablara de trabajo cuando solo se trataba de torturar y asesinar a dos personas.
—Trabajo es el del peón. Lo suyo no es trabajo. Ya se lo dije. No se ofenda.
—No hay problema. Dígale como quiera. Yo lo llamo trabajo. Tal vez como el suyo.
—No creo que tengamos nada en común. Lo mío es simple: hago lo que el patrón me ordena. Yo no traiciono, me alquilo. Si me alquila uno, trabajo para ese. Si mi alquila su enemigo, trabajo para el enemigo. Conmigo no hay confusión. Hoy por uno, mañana por otro. Somos más inteligente, verá. Por eso nosotros vamos a seguir vivos y usted no.
***
88.- Milton miraba la rama más alta del mandarino donde sabía que iba a ser colgado. No se trataba de una intuición, era una certeza. No era esa la primera vez que un condenado se anticipaba a su muerte y apreciaba el instrumento de su ejecución. Desde que Alonso de Vera mató a los dueños de la tierra para quedarse con riqueza y mujeres, dejar ver los instrumentos de la muerte fue una forma de humillar a los vencidos. Así los condenados fueron obligados a ver la muerte salir de espadas y mosquetes, cadalsos y linchamientos, y presenciaron impotentes la suerte de sus esposas y sus hijos. Milton no tendría una suerte diferente a aquellos ajusticiados. Era apenas un mercenario servil de La Ciudad Esmeralda, que vería su muerte llegar desde los rudos caminos de la tierra, rodeados de inmensas y oscuras arboledas, entre las manos de un par de adefesios espantosos dueños de una fuerza brutal.
La última rama del mandarino, en la que sería ejecutado, pendulaba como si en ella, en efecto, aún colgara el cuerpo muerto de Poncio. Ese lento bamboleo descubría la presencia de un alma que no encontraba consuelo ni destino. No había lágrimas porque no había quien llorara. Cándida solo fumaba y Zurita no miraba al mandarino desde la noche que desapareció Fino. Supo lo de su padre por relato, pero se negó a ver el cadáver porque temía que el muerto le transmitiera sus desesperaciones. Si alguien se hincara a rezar ahí mismo, el alivio sería un acontecimiento para el hombre que se había suicidado. Podría entonces decirles algunas cosas que solo él sabía sobre el asunto de Fino. Pero los muertos que hablan no son aquellos que se quitan la vida con mano propia.
Nadie creía que el purgatorio era el destino de Poncio. Si eran ciertos los rumores que corrían sobre la desaparición de su propio hijo la noche de aquella cena, lo que merecía era que el pueblo exhumara el cadáver y lo sometiera al fuego purificador que deshace la carne y los huesos del pecado y borra de la memoria colectiva al finado hasta el fin de los tiempos. Si era cierto aquello de la resurrección de la carne de la que hablaba al pueblo el cura en sus patéticas misas, la pregunta era cómo volvería de ese polvillo gris un bruto como Poncio que perdió a su hijo cuando fue a buscar unas dulces mandarinas. La compasión de los lugareños no podía reparar lo que con su propia mano había decidido para acabar con el sufrimiento de la ausencia del niño que muchos le achacaban.
Pronto Milton colgaría de esa misma robusta pero elástica rama. Se hermanaría con Poncio en la forma de la muerte, aunque él no la buscaba por propia voluntad. Al cabo que ello no importaba demasiado. Pendiendo de esa misma rama, la arrastraría hacia abajo, hasta que sus pies hinchados quedaran a no más de un metro de la tierra y dibujaran un garabato de sobra en el suelo. Su cuerpo exudaría una sustancia oscura que teñiría la base del tronco y empaparía la tierra. Aún circundaba la raíz del árbol unos pequeños coágulos rojos que Poncio sembró al morir con su boca abierta. Unas prominentes lombrices se empeñaban en devorar los coágulos, pero su gruesa membrana exterior no se los permitía a pesar del esfuerzo que hacían malgastando sus fuerzas de anélidos.
Cándida contemplaba a los hombres —al asesino y al chofer—, descifrando el futuro que se le presentaba a través de un acertijo en el vuelo delicado de una mariposa de la muerte. El enigma revoloteaba en círculos sobre su cabeza sin que el humo de la pipa la perturbara. El vuelo era tan frágil como agraciado. La mariposa era negra y las salpicaduras violetas en las alas eran episodios de antiguas lunas llenas que descansaban en las delgadas venas alares, para darle brillo a ese misterio de la naturaleza anunciando la muerte del extraño que esperaba en línea recta al mandarino.
El tuerto que lo vigiló durante largas horas, que se mantuvo inmóvil todo ese tiempo, abandonó su quietud y se ubicó a menos de un metro de Milton. Si estiraba sus brazos, podía perfectamente aferrar su cuello. La simple presión de sus manotas acabaría con la vida de Milton en segundos, al romper su hueso hioides y al someterlo por asfixia hasta la muerte. No podía ejecutarlo en ese justo momento. Se lo dijeron claramente antes de que partiera a cumplir su encomienda. Debía esperar el regreso de su hermano. Luego de colgar al desgraciado, marcharían juntos al lugar convenido para presenciar el surgimiento de una renovada alianza.
Milton no dejó de observar esa vigorosa rama del mágico mandarino como si estuviera hipnotizado por su balanceo permanente. Pero la verdadera razón de ese estado casi catatónico era que había perdido toda capacidad de resistencia. No tenía adónde ir, no tenía esperanza.
Llegó el otro bruto. Descendió del auto y vio con su único ojo a Cándida con su mariposa sobre la cabeza. Le molestaba la presencia de la vieja. El tuerto no tenía ninguna necesidad de disimular su fastidio. Cuando se aproximó a Cándida de manera amenazante, la mariposa se posó sobre su hombro derecho y alzó sus alas con lunares, lo que el adefesio entendió como una advertencia. Las acciones de las mariposas de la muerte nunca deben tomarse a la ligera. Se retiró tal vez un metro. Guardó distancia. Luego le habló a la anciana casi a los gritos:
—¿Pasa, vieja, qué mierda mira? ¿Le debemos algo?
Cándida no respondió. Solo señaló los pollos rojos. El hombre viró para observar a donde Cándida apuntaba. Sonrió despreocupado. Para el tipo, esa bandada de aves no significaba nada. Pollos estúpidos y pequeños con mirada idiota. Los cíclopes no tenían en valor alguno la inteligencia de los pollos, aunque esta, con seguridad, no era inferior a la de los pobres tipos. La vieja le hubiera advertido de su error, pero dudaba que cualquiera de los dos matones comprendiera la importancia del mensaje que la mariposa y los pequeños pollos rojos les estaban dando.
Uno de los tuertos buscó provocarla:
—Doña, me llevo algunos para el estofado. Nos comemos los pollos, y después a su nieta. ¡Está buena la pendeja!
Para Cándida, esas amenazas no significaban nada. No dejó de mirar al hombre fijamente. Entró por sus ojos y no encontró nada. No se desanimó. A lo largo de su vida conoció tipos tan vacíos como esos. Ella, que conoció la pernada cuando era apenas una niña, sabía del vacío que queda en el cuerpo y en el alma luego de ser violada por un patrón. Si intentaban algo contra Zurita se las tendrían que ver con Prudencio, que estaba agazapado tras un frondoso arbusto con su escopeta cargada. En el pozo de la muerte esos dos no ocuparían mucho lugar, a pesar de que ellos se consideraran muy grandes. Durarían dos o tres días, a lo sumo. Luego no quedaría más que un zumo viscoso propio de las secreciones que quedan de muertos tan desagradables.
Pitó con fuerza de su pipa, reavivó la pequeña brasa que quemaba el tabaco e hizo como quien no escuchó nada. Se metió en el rancho, cerró la puerta y miró a través de la ventana a los mastodontes y a Milton. En especial reparó en el chofer.
El gemelo del tuerto que custodiaba a Milton le gritó que dejara de perder tiempo con la anciana, que cumpliera de una buena vez con lo que los patrones le habían ordenado. Habría tiempo para pollos y para Zurita. El bruto buscó con la mirada a los pequeños pollos rojos con la intención de atrapar un par para matarlos ahí mismo rompiéndoles el cuello, pero estos habían desaparecido sin hacer el menor ruido. Tal vez las aves no eran tan idiotas como él suponía.
Por la ventana, algo que solo Milton advirtió: Cándida adquirió un aspecto diferente. Su metamorfosis aún era confusa pero evidente. Un enigma imposible de descifrar para los verdugos y para el condenado. Los tiempos del Judas de La Ciudad Esmeralda se acababan.
***
89.- Cuando ahorcaron a Milton no se produjo ningún hecho extraordinario. No fue dramático, no fue épico, no fue memorable. Él no resistió. Aceptó su destino con resignación. No intentó nada por salvarse, pero tampoco lloró. Uno de los tuertos que lo tenía bajo custodia lo abrazó por detrás. Milton sintió la enorme fuerza de esos brazos que comprimieron su pecho. Los pulmones apenas lograron tomar algo de oxígeno. Mientras uno retenía al desgraciado, el otro lanzó una gruesa soga y cruzó la última rama con facilidad. El nudo de ahorque, en un extremo, se deslizó como una gran serpiente para quedar a la altura de Milton. Lo que ocurrió después fue sencillo: el lazo se ajustó con violencia seca en su cuello. Luego fue izarlo como a un pelele. Cuando llegó al tope del mandarino, Milton ya estaba muerto. Su color morado era tan intenso que parecía que su rostro iba a estallar. Sus ojos casi salieron de sus órbitas. Un hilo de espuma rosada cayó de su boca.
Alrededor del mandarino, los pequeños coágulos rojos se deshicieron apenas colgó ese cuerpo, hasta doblar la rama tanto como ocurrió con Poncio. Una espuma rosada que descendía como un hilo de sangre de la boca del infeliz dibujó un círculo irregular, y alrededor de ese espumarajo huellas circulares se dirigían en distintas direcciones sin otro mérito que escapar del muerto a donde fuera posible. Algunas huían hacia el naciente, otras al poniente. Luego se perdían entre los arbustos y los altos pastizales. Las huellas no se tornarían en semillas. ¿Qué podía nacer de semejante siembra?
En cambio, la decisión de Poncio todavía se podía palpar si alguien se lo proponía. En cierta forma, esa era su semilla. La muerte de Poncio invitaba a esa comprobación. Era rugosa, áspera, huesuda. No todas las semillas son amables; otras son amargas. Cándida no quiso explorar ese sentimiento. Prefirió aferrarse al recuerdo que más le convenía de aquel hijo muerto, y no al de la noche en que desapareció Fino. En cambio, el último aliento de Milton se evaporó apenas salió de su boca reseca. La espuma rosada surgió de manera espontánea, tal vez inesperada. No quedaría nada de él más que esa masa corporal que comenzaba a hincharse, como si la putrefacción acelerara los tiempos biológicos: bacterias y gusanos, ansiosos de disfrutar sin pérdida de tiempo del cuerpo del muerto que desaparecería para siempre.
Los tuertos no se quedaron más que lo necesario luego del crimen. Apenas Milton murió, emprendieron el viaje en dirección al norte, virando hacia el oeste hasta una vieja construcción en medio de una especie de llanura. Los tipos cumplían un periplo tal como se les había ordenado. Se detuvieron a metros de la casona donde esperaba el cura las noticias sobre el Limpiador y Milton. El lugar no era una iglesia, pero estaba ornamentado de tal manera. Un crucifijo de regulares dimensiones estaba al fondo del amplio salón, en el que una mesa cubierta con un mantel roñoso simulaba un altar. Luego, solo sillas dispersas, sin ningún orden.
Había un ruido latoso que llegaba de lejos. Era un ruido molesto. A prudente distancia de esa casona, una procesión de viejas ciegas tocaba las campanas baratas que sonaban a lata y repetían incansables: “¿Dónde está Fino?”. El reclamo de las viejas mujeres no resultó indiferente a los matones. No esperaban que aún se siguiera pidiendo por el niño. Ellos lo daban por muerto desde la noche misma en que ya no se lo volvió a ver. Pero a nadie le importaba su opinión.
El sacerdote salió al encuentro de los dos gigantes. No se dejó impresionar por su aspecto.
—Dios los bendiga. ¡Qué bueno verlos luego de tanto esfuerzo!
El cura les habló como si los conociera desde tiempo atrás. Los invitó a entrar a la improvisada capilla.
—¿Ya están muertos esos desgraciados?
—¿Quién lo pregunta? —Un tuerto preguntó ofuscado.
—Yo, el sacerdote del pueblo. ¿No ven mis atuendos?
Uno de los tuertos miró hacia el techo. Los dos guardaron silencio. Por un tirante algo podrido, una rata iba y venía sin detenerse. Parecía montar guardia. El golpecito de sus uñas contra la madera podrida, al corretear, hacía un sonido apagado que imitaba el tamborileo de un gnomo en un pequeño tamborcito.
—No sabemos por qué nos ordenaron venir a este lugar. ¿Usted sabe?
—En verdad no lo sé.
—¿Usted quería vernos?
—Yo no, pero el amigo a mi lado sí. —El cura señaló a Artemio, el comisario.
—¿Y quién es ese? No lo conocemos.
Artemio se presentó:
—Soy el comisario del pueblo. Yo sí los tengo vistos.
—¿Entonces usted sabe para qué nos hicieron venir aquí?
Artemio respondió con voz pausada:
—Dijeron que por aquí vendrían emisarios a buscarlos.
—¿Emisarios? ¿A buscarnos? ¿Para qué?
—No tengo idea. ¿Usted padre?
—Tampoco.
—¿Quién le dijo que vendrían a buscarnos?
—Emisarios. Está lleno de emisarios. Nosotros solo obedecemos. Es todo lo que podemos hacer.
—¿Es todo lo que pueden hacer?
—Sí.
—¡Qué estupidez! —exclamaron a dúo—. Dos tipos inútiles. Un cura roñoso y un policía inútil. Podemos descuartizarlos aquí mismo y hasta su Dios disfrutaría.
Rieron a carcajadas. El ruido de sus risas se mezcló con el sonido latoso de las campanas baratas de las viejas ciegas que se acercaban con sus cantos lacrimosos.
—Matarnos a nosotros no tendría sentido.
—Es cierto. No tendría sentido. Hasta que nos lo ordenen, no tendría sentido. No matamos gratis.
—A nadie, supongo.
—A nadie.
Artemio habló por hablar. A los gigantes no les interesaba su charla.
—¿Sabe cuántos de esos pendejitos van y vienen en estos pueblos? Pendejos, pendejas, ¿saben?
—No. Tampoco nos interesa.
—¿Sabe cuántos se compran y se venden como baratijas?
—No.
—Por si quieren comprar. Valen menos que una latita e’cerveza. Una estampita de este cura es más importante que esos mocosos. Viene un tipo y dice: “deme esa”, y la lleva, como a una bolsa de papas.
—Mandarinas —corrigió el cura.
Artemio siguió hablando:
—Las viejas estas joden con fino, pero a Fino nadie lo busca ya, ni lo buscará más. Ya fue. A llorar a la iglesia, perdón por el cura aquí presente. Se acabó el circo, ¿saben? El porteñaje ya se marchó. Los periodistas truchos ya hicieron su negocio y se fueron, como ratas por tirante. Igual que esta que va y viene por el techo, porque se volvió loca. En este pueblo es fácil volverse loco.
Las únicas que siguen con el asunto son estas viejas e’mierda que joden con sus rezos. ¡Pero si ni siquiera le conocieron la jeta, a ese! ¡Son todas ciegas! Joden porque no tienen ni mierda que hacer. En la casa no las quiere nadie, las echan pa’ que no embromen. Están al pedo. ¡Qué quiere que hagan estas viejas ciegas más que joder tocando las campanitas de porquería y rezar y rezar! Y a la monja esa, hace rato la fletaron. Cosa mejor no pudo pasar.
—Ah —fue todo lo que dijo uno de los tuertos.
—¿Saben a qué hora vendrán a buscarnos?
—Para nada. Ya se sabe: uno propone y los jefes disponen. Esperen aquí, que ya vendrán.
—¿Ustedes dos son cabos sueltos?
El cura pareció sorprendido:
—¿Cabos sueltos? —preguntó algo preocupado.
—Sí. Tipos que tenemos que matar para que no anden por ahí hablando al pedo.
El cura no respondió. Le pareció una completa impertinencia.
—Matarnos para que no hablemos al pedo. ¿Le parece Artemio? Qué falta de urbanidad.
Fue todo lo que el cura se le vino a la boca. Abandonó el salón por una puerta lateral. Artemio lo siguió de cerca.
***
90.- Para los mastodontes, el encuentro con el cura y Artemio no tuvo sentido. Tal vez nada tuviera sentido, y todo se redujera a la curiosidad de un par de idiotas mientras esperaban que alguien los viniera a recoger: dos matones contratados por el ministro.
Los dos tuertos, en el mismo instante, pensaron que podían haber adoptado al cura y al comisario como sus mascotas. Eran mejores que un par de perros o de gatos: cadena dorada y bozal de cuero para garantizar la sumisión. La comida no hubiese sido un problema, los mantendrían a dieta estricta. Dos mascotas, una para cada uno, no era un mal negocio de regreso de ese pequeño pueblo.
Como les anunciaron el cura y el comisario, llegó un automóvil con dos emisarios para recogerlos. Los hombres descendieron del vehículo y saludaron como si estuvieran de paseo. Medían más o menos lo mismo, tal vez un metro setenta de altura, poco al lado de los gigantes. Vestían ropa sport y sus rostros eran intrascendentes: ojos, boca y nariz pequeños. Hubieran pasado desapercibidos en cualquier lugar.
—Somos los emisarios que envía el ministro para llevarlos a algunos sitios que quiere que conozcan antes de un encuentro en el que se dará por terminado su negocio.
—¿Emisarios? ¿Así se llaman? —preguntó uno de los tuertos con el peor tono.
—No nos llamamos emisarios, por supuesto. Somos ángeles. Mi compañero es el ángel número uno y yo el número dos.
—¿Ángeles? ¿Ángeles? —exclamó sorprendido uno de los gemelos—. En este negocio no hay ángeles. —Hay ángeles en todos los negocios, se los aseguro.
Los gigantes vacilaron. Luego uno preguntó:
—¿Conocer lugares antes de que termine nuestro negocio?
El ángel número uno sonrió. El número dos explicó:
—Todos los negocios llegan a su fin. Cada uno recibe su parte y, si te he visto, no me acuerdo. Así funciona.
Luego agregó que también querían presentarlos al milico y a su esposa. A los adefesios no les gustaba que los exhibieran como atracción de circo.
—Ramón y Ava/Eva. Ramón, el milico. Ava/Eva, la concejala que paseaba por los pueblos con la estatua de la Virgen de Caacupé.
—¿Una prostituta?
—No tanto. Es devota de la Virgen —dijo el ángel número dos con absoluta naturalidad.
—Puede ser devota de la Virgen y prostituta.
—Cierto. Pero es más devota de la Virgen que prostituta. Diría setenta y treinta.
—¿Setenta y treinta? —preguntó uno de los gemelos.
—Setenta por ciento devota de la Virgen, treinta por ciento de puta. Química para el negocio de recolección. Cosas de la política.
—¿Y el otro?
—¿Ramón? Ese es otra cosa. No es político, es militar. Un tipo bien. Gente de bien, como se dice ahora. Buena familia, buena carrera, buenos contactos. Vale la pena conocerlo.
—Ah…
—Tiene como diez celulares.
A los gigantes les pareció estúpido que alguien tuviera tantos celulares.
—¿Y qué tiene que ver con la prostituta?
—¡Es el marido!
—¿El marido?
—Sí. Van juntos a todos lados.
—¿Son cabos sueltos?
—No sé. Yo solo soy el ángel número dos, no el que dice “este cabo es suelto y este otro también”.
El ángel número dos se cuidó muy bien de hablar mal de Ramón, no fuera cosa que alguno de los gigantes le fuera con el chisme. El milico seguía siendo un protegido peligroso. Cuando un matón sabe que está tratando con un militar de carrera, su predisposición cambia de manera abrupta. Se vuelven atentos, hasta pueden pasar por bien educados. Así que no hizo ningún comentario sobre el militar.
De Ava/Eva, en cambio, no ahorró palabrotas sobre su cuerpo. Las vulgaridades sobre la mujer no le causaron gracia a los gigantes. A ellos no les interesaban las formas de la vulva ni el tamaño de los pezones de la mujer de la que hablaba ese personaje. No había nada erótico en ello. Si se trataba de otro cabo suelto, era solo eso: alguien que había que eliminar. No apreciarían en esos muertos la armonía de una escultura, la gracia de un óleo, el encantamiento del sexo. Sangre, carne cortada, huesos partidos. Eso era todo. Los comentarios estaban de más.
Nunca tuvieron interés en regodearse en la desnudez del cadáver de una mujer. La necrofilia les resultaba un hábito nauseabundo. Pero el ángel número dos insistía con comentarios repugnantes sobre Ava/Eva. No era que la detestara, ni siquiera la conocía. Repetía frases ordinarias porque creía que así fastidiaba a esos dos cíclopes. Su satisfacción estaba en poder hablar libremente con vulgaridad y regodearse al ver el deforme rostro de los monstruos, que no podían ocultar muecas de disgusto.
Los gigantes aceptaron de mala gana esa recorrida. Empezaron a preocuparse porque no comprendían qué estaba ocurriendo. ¿Les estaban mostrando a sus próximas víctimas? ¿Era un engaño del que no podían comprender la finalidad? De alguna manera, aunque no lo sospecharan, también estaban atrapados. ¿Por dónde podían emprender el regreso? No conocían las rutas de salida del villorrio hacia alguna ciudad cercana. Además, las rutas estaban todas custodiadas, nadie circulaba por ellas libremente. La referencia que tenían del puerto era que estaba a cien kilómetros al este del pueblo, una distancia que no podían recorrer a pie.
Subieron al automóvil como les indicaron los dos emisarios. Viajaron los tuertos en el asiento trasero, demasiado estrecho para su enorme tamaño. Llegaron a un lugar no demasiado lejos de donde partieron. De aquel simulacro de iglesia a ese reducto no habría más de dos o tres kilómetros, recorridos en el automóvil casi a paso de hombre. Mientras viajaron, nadie dijo esta boca es mía.
La construcción no era muy diferente a la antesala de una comisaría de pueblo. Tal vez más chica, más oscura, más sucia. La puerta de entrada era demasiado pequeña. El ángel número dos fue el primero en ingresar al tugurio. Luego los matones, que apenas pudieron atravesar la puerta con esfuerzo. Por último, el ángel número uno.
Tan pronto como ingresaron, a no más de tres o cuatro pasos, se encontraron con Ramón y Ava/Eva, que llevaban máscaras. Ocultaban su rostro a los visitantes. Uno de los matones no pudo contener la risa al verlos.
—Ni que fuera carnaval —dijo casi a los gritos. Esperó que Ramón y su mujer le recriminaran la burla, pero ellos evitaron cualquier comentario.
Uno de los tuertos dijo:
—No sabemos por qué estamos acá. No nos hagan perder tiempo. Queremos irnos pronto.
El hombre y la mujer rodearon a los adefesios. Dieron varias vueltas alrededor de ellos, descubriendo sus enormes formas y, sobre todo, su penetrante olor.
¿Cómo huele un sicario tuerto? ¿Y dos? ¿Huelen a muerte? ¿A sangre? ¿A podredumbre? Ese perfume singular que suponían debían tener quienes matan personas era lo que más intrigaba en ese momento a Ramón y Ava/Eva.
Los tuertos se mantuvieron inmóviles, a pesar de lo incómodo que les resultaba ser auscultados de esa forma poco gentil. No comprendían las razones de ese encuentro con el matrimonio ni las de esa especie de danza ritual a su alrededor.
—Usted era quien iba a limpiar las veintiséis libras y media que fue nuestro fracaso —dijo Ramón sin alzar la voz, casi con dulzura.
El gigante negó con la cabeza.
—No. Nosotros no limpiamos nada.
—Veintiséis libras y media, y por esa cagada se fue todo al cuerno.
—No sabemos de qué nos habla.
Pero a Ramón no le importaba qué le estaba diciendo el gigante.
—Nosotros elegimos la mercadería para otros. Piden y concedemos. Recorremos los pueblos con la bendita imagen de la Virgen de Caacupé. Si te precede una virgen, todos te abren las puertas de sus casas, te presentan a sus familias y, en especial, a las niñas y a los niños. Así tomamos notas de qué podemos ofrecer —que es capturar— cuando se presente la demanda.
Ramón dio la espalda a los visitantes. Miró hacia el cielorraso. Esperó unos segundos para hacer esa pregunta que tanto lo inquietaba:
—¿Por qué alambre para enfardar?
El gigante dijo:
—¿Alambre de enfardar? ¿De qué me habla?
—Volvió la vista al chofer y exigió una respuesta.
—Amigos, no le presten atención. Como está preso e incomunicado, delira. Es una enfermedad de los detenidos que no estaban preparados para el encierro.
Ramón y Ava/Eva rieron a carcajadas.
—Veintiséis libras y media y alambre de enfardar.
Ramón les exigía a los gigantes una explicación. No comprendía cómo unos cuantos metros de alambre podían asegurar un trabajo prolijo. Sabía del fuego, del fondo de los ríos, de los pozos profundos, de los cerdos. Pero no imaginó deshacerse de una mercadería ovillando veintiséis libras de carne con alambre para enfardar.
Ava/Eva, en cambio, no hablaba. Desde que llegaron los cuatro visitantes, se quedó muy cerca al lado de uno de los gigantes. Rozaba su cuerpo con el de él. No era un roce erótico ni buscaba dar algún mensaje con ese contacto. Luego, de manera imprevista, empezó a tocar con la yema de sus dedos el rostro del tuerto, quien no podía superar el asombro. Descubría el amontonamiento de ojos, nariz y boca, como si fuera una ciega descifrando el aspecto del visitante.
—No tuvimos en cuenta a la niña —dijo Ramón—. Fue nuestro error. Tal vez no el único ni el más importante.
Luego agregó:
—Habrá que pensarlo mejor para las próximas requisas. Tal vez nos distrajimos con chucherías. La Virgen, por ejemplo. No había ninguna razón para regalarle a esa vieja una Virgen.
El ángel número dos se animó a preguntar:
—¿Ustedes creen que están acá encerrados porque regalaron una virgen de yeso a una vieja?
Ramón dio un paso al frente y le habló al chofer:
—Por qué no, hombres de poca fe. Demagogia pueblerina. Si vas por los pueblos regalando vírgenes y cosas del santoral, te creen enviado de un santo. ¿Me comprenden, señores? Ustedes no conocen estos pueblos. Gente bruta. Gente pobre. Supersticiosa. La religiosidad nos otorga mucha información. Nos hablan de sus hijos, de sus hijas, de sus carencias. Como en una vidriera vemos las mejores mercaderías y hasta podemos suponer un precio. No falta quienes ofrecen la mercadería de buena gana. Dinero. ¡El dinero! El dinero todo lo puede.
La gran descubridora es ella. Conoce el mercado como nadie. Ahora no habla. Prefiere mantenerse en silencio. Es lógico. Vive deprimida, muy triste. Ni siquiera llora. Calla. Pero es quien mejor ojo tiene. Sabe elegir las mercancías correctas: tamaños, curvas, olores. Olores. No hay nada más sugerente que los olores de la mercadería. La transpiración, las humedades, incluso las suciedades. Nuestros clientes exigen más que aspectos: olores cautivantes. Son adictos a la dopamina. Es el reino de las feromonas.
El ángel número dos escuchaba con desgano el parloteo de Ramón. Solo por no seguir escuchándolo intervino:
—Mire, don militar, yo no sabré de vírgenes de yeso ni de olores de cuerpos, pero sé de este negocio tanto como ustedes. Creo más bien que ustedes la cagaron con la venta. Vendieron una nena que se les rajó y se comieron un pibe que encima se lo birlaron dos novatos.
—Circunstancias del negocio. No tuvimos en cuenta a la niña, a los caprichos del nene, a la delicia de las mandarinas. Además, Poncio fue un completo idiota.
El ángel número dos le respondió a Ramón de manera irrespetuosa:
—Mucho uniforme, muchos celulares, pero todo mal. Mucha cháchara, pero la cosa salió para la mierda. No se ofenda.
—Nada que no se pudiera resolver con un llamado. Pasa que hay demasiados interesados en quedarse con la fauna de esta provincia. Abunda la fauna salvaje que se cotiza a buen precio. ¿Me explico?
—Sí, claro. Pero ustedes no entienden nada. Por mí seguiría de charla todo el año, pero los amigos quieren seguir viaje y nosotros tenemos que llevarlos. Así que les garúe finito. Nos vamos.
Los gigantones, por lo bajo, repetían: “Vayámonos de una vez”. Ya no soportaba el tuerto que la mujer le refregara su rostro, hurgando sus ojos, su nariz, su boca.
—Es tiempo de irnos —gritó.
Los cuatro partieron sin perder tiempo.
***
91.- Los cuatro volvieron al auto. Difícil saber qué pensaba cada uno de todo aquello. Una luz difusa iluminaba sus rostros, que adquirían aspectos diferentes a cada momento. En los matones, el estropicio de nariz, boca, ojos y orejas adquiría un volumen exagerado, tal vez producto de esa luminiscencia extraña. En cambio, los ángeles conservaban un rostro apacible, demasiado apacible para quien sabía a ciencia cierta que el último destino de ese viaje era la muerte de aquellos dos adefesios.
Los tuertos dudaban de aquellos hombres. Uno de los hermanos preguntó:
—¿Por qué este casi no habla? ¿Es estúpido?
El chofer miró a su acompañante con indisimulable ternura.
—¿El ángel número dos? ¡No! ¡Qué va a ser estúpido! Es algo reservado. Bueno, no algo, muy reservado. No le gusta mucho hablar. Es de lo que dicen “mejor que decir es hacer”. Después de todo, aquí, ¿para qué va a hablar? Encima vino por obligación. Iba a venir nuestro jefe inmediato, al que llamamos el ángel viejo, porque es viejo. Pero en el automóvil cinco no cabemos, menos con el tamaño que tienen ustedes. Por otra parte, al amigo aquí presente, el ángel número uno, no se lo conoce por su habilidad para hablar. En este recorrido que estamos haciendo no tiene nada que aportar. Vino porque, como les dije, los jefes se lo ordenaron; si no, se hubiera quedado tomando una gaseosa, porque alcohol no toma. Ni un poco. Si se necesita algo de él, ya demostrará sus habilidades. Por ahora, nos acompaña.
Uno de los gemelos preguntó:
—¿Qué clase de ángeles son? Ustedes dos no se parecen en nada a un par de ángeles.
—Ustedes tampoco se parecen mucho a dos personas comunes, y sin embargo el ministro los quiso aquí.
—Pero nosotros no somos ángeles.
Mientras avanzaban hacia la nueva parada, el chofer explicó con voz pausada:
—Bueno, miren. Hay muchas clases de ángeles: serafines, querubines, ángeles custodios. Hasta hay arcángeles. Por supuesto que nosotros no somos arcángeles. Somos ángeles segadores, los que eliminamos la mala simiente.
—Asesinos —dijo un gigante.
—No, no. No me malinterprete. Asesino, sicario, esbirro, etcétera, etcétera, etcétera, es otra cosa. Nuestro mandato no es terrenal. Tenemos jerarquías, un ordenamiento riguroso; nuestro combate es riguroso. Diría bíblico. Diría… ritual. ¿Me comprenden?
Esa explicación no conformó a los gigantes. Se miraron uno al otro con su único ojo y desistieron de hacer nuevas preguntas. Esperaban que el periplo terminara pronto y pudieran regresar a sus dominios.
Minutos después llegaron a destino. El viaje fue breve. Breve en distancia, pero medible solo en las dudas de los adefesios, no en millas. A medida que sus dudas crecían, el tiempo se deformaba, describiendo una alegoría circular. El tiempo orbitaba alrededor de sus dudas. En el extremo opuesto del pueblo orbitaba Glisoría alrededor de su delirio. Esas órbitas se tocaban accidentalmente, describiendo sus propias tangentes. Los adefesios no comprendían esa geometría dantesca. En medio de la alegoría circular, un agujero negro: un pozo donde no cabía ni una gota de amor.
La arquitectura del edificio al que habían arribado era vulgar; parecía una construcción poliédrica. La distorsión perceptiva del tiempo, el espacio y la arquitectura podía resultar en el inicio de una forma ritual de prepararse para el encuentro definitivo con el gobernador. El ministro era, a su parecer, apenas un mayordomo: tinta de barro el color de sus ojos, fermentando un sirviente bajo la ojerosa piel suicida. Era quien debía guiar a todos a las tierras prometidas de El País de las Maravillas a través de una fracción del tiempo, una fracción de esa anomalía singular que se aproximaba cada vez más al punto negro del que surgían los ángeles vencidos o tal vez los ángeles segadores. A esa altura del misterio no se los podía distinguir.
Los cuatro siguieron un camino que se abría frente a ellos. Atravesaron la magnífica puerta de entrada. Bajo el gran arco decorado con elementos de orden dórico, el portal invitaba a seguir una huella imperceptible: huellas de niñas, de niños, ánimas en la hostil tierra oscurecida. Huellas que aparecían y desaparecían mientras un bermejo gatillo se deshacía de ellas una por una bajo la atenta risotada de esos dos mastodontes, incapaces ya de disimular el rictus idiota que los caracterizaba cuando estaban desorientados y confundidos.
Al final del túnel en penumbra, los sonidos de las liturgias de los pederastas clandestinos resonaban con idéntico ruido al de aquellas campanas de latón que las viejas ciegas hacían sonar mientras caminaban en procesión por el pueblo. Y de algún lugar imposible de identificar surgía la misma pregunta que acosó al villorrio desde el inicio de la tragedia que enloqueció a Glisoría y por la que Poncio acabó con su vida al ahorcarse usando el dulce mandarino de cadalso:
—¿Dónde está Fino? ¿Dónde?
Entonces nadie buscaba al niño. El recuerdo lo devoró como la fauna y la flora del pozo devoraban los cadáveres de quienes desafiaron al Hombre de Hojalata y luego al Limpiador. Rufino ya no era la providencia de una letra ni el trozo de una lágrima. No era nada. Todo lo que quedaba era el silencio enfermo de los cómplices.
Unos pasos al frente bastaron para observar, sobre un listón lleno de arabescos, a los cinco detenidos que permanecían casi inmóviles, suspendidos en medio de una violácea bruma que los deformaba. Una voz implume se dirigió a ellos y dijo:
—No valen nada.
El que llevaba uniforme militar estaba algo apartado del resto. Descubrió a Ava/Eva tras una escafandra cerosa, muerta su mariposa blanca. Muerta. El único que celebraba era un hombre que agitaba una botella de tamaño descomunal. No podía ser otro más que Milton, y esas máculas bermejas que adornaban el botellón eran, con seguridad, lo último reconocible que quedaba de El Hombre de Hojalata. Iba a intentar unas palabras, pero la voz lo interrumpió con energía:
—Las ruinas que ve al fondo de nuestra oscuridad son lo poco que queda de La Ciudad Esmeralda. El Mago de Oz ha terminado. Yace en un calabozo de mala muerte tras los muros impenetrables de otra cárcel. Todo nace y muere en un instante. Somos un país de cosas efímeras. La gloria es pasajera, la victoria accidental; lo único permanente es lo corrupto. Balderrama se ha apagado. Los hemos traído hasta aquí, al reservorio de nuestros placeres, para que sepan del nacimiento de El País de las Maravillas. Merecían conocer el destino final de su viaje. Aquí el placer brota como el agua de los manantiales. Todo lo que un hombre, una mujer o quien fuera desee le será provisto a cambio de una modesta fortuna. El placer es la condena que aquí se celebra como nacimiento.
La voz no tenía rostro. Solo una delgada línea filiforme ondulaba suavemente a poca distancia de su inasible cuerpo. La línea lo auscultaba, lo percibía, captaba sus emociones. De entre las sombras surgió la imagen del ministro que acicalaba la sombra filiforme. Con pasmosa tranquilidad la acariciaba y daba lustre, echando pequeñas partículas de luz que se desvanecían apenas se elevaban. Cuando la oscuridad se fue disipando y las ondulaciones filiformes se retiraron, emergió el humo de la pipa de la vieja Cándida, que el ministro disipaba a manotazos. Y ya no había dos órbitas sino tres. En una describía su elipse el humo de la pipa, que se condensaba hasta volverse una pasta sinuosa y plomiza. El viejo cadáver, algo retirado, sonreía mostrando su dentadura podrida, pero conservaba una prudente distancia de la vieja, temeroso de ser arrastrado por esa vigorosa elipse.
Alguien quiso pronunciar el nombre del niño, pero no fue posible. Había sido olvidado por completo. Se oyó un salmo que rezaba: “Olvidar es lo mejor”. El olvido fue la ofrenda al nacimiento del País de las Maravillas, donde disfrutar carne humana era una ley no escrita pero aplaudida. No supo si fue Cándida o el viejo cadáver quien habló. Al fin nada importaba: que hablara uno u otro daba exactamente lo mismo. Detrás de la vieja, Zurita se asomaba con su vientre desnudo, enorme, como si estuviera a punto de parir. El nacimiento prometía su propio amanecer. ¿Será varón? ¿Será niña? Cómo saberlo. Había que esperar la parición. En El País de las Maravillas aguardarían sin apuro el alumbramiento. Luego celebrarían: ¡niña! ¡niña! ¡niño! ¡niño! Y tasarían la carne más allá de su peso.
El enorme insecto interior del gobernador se aseguraba de que no acabaría como Samsa, seco sobre su rígido caparazón oscuro. Eso lo entusiasmaba: gobernaría por muchos años más. Primero lo haría él y luego su descendencia. Brillosas ootecas aguardaban arropadas en sombras y humedales el momento de sus nacimientos. Su bella esposa, sus melifluos hijos, se ocuparían de cuidar las crías hasta que sus fortunas fueran incalculables. Y estaba el fiel ministro, dispuesto a lamer sus inmundicias para mantenerlo limpio, fresco, mientras le hablaba dulcemente de aquella niña, la de los pequeños senos, de pie ante el escenario al que había subido y desde donde nunca dejó de observarle los delicados pechos.
Al final de la oscuridad, el letargo de Glisoría sonaba igual que aquellas latosas campanas de las viejas ciegas, que nunca pudieron dejar de caminar buscando lo que casi todos habían olvidado por completo. Nunca renunciarían a su búsqueda.
Los cuatro volvieron al auto. Difícil saber qué pensaba cada uno de todo aquello. Una luz difusa iluminaba sus rostros, que adquirían aspectos diferentes a cada momento. En los matones, el estropicio de nariz, boca, ojos y orejas adquiría un volumen exagerado, tal vez producto de esa luminiscencia extraña. En cambio, los ángeles conservaban un rostro apacible, demasiado apacible para quien sabía a ciencia cierta que el último destino de ese viaje era la muerte de aquellos dos adefesios.
Los tuertos dudaban de aquellos hombres. Uno de los hermanos preguntó:
—¿Por qué este no habla? ¿Es estúpido?
El chofer miró a su acompañante con indisimulable ternura.
—¿El ángel número dos? ¡No! ¡Qué va a ser estúpido! Es algo reservado. Bueno, no algo, muy reservado. No le gusta mucho hablar. Es de lo que dicen “mejor que decir es hacer”. Después de todo, aquí, ¿para qué va a hablar? Encima vino por obligación. Iba a venir nuestro jefe inmediato, al que llamamos el ángel viejo, porque es viejo. Pero en el automóvil cinco no cabemos, menos con el tamaño que tienen ustedes. Por otra parte, al amigo aquí presente, el ángel número uno, no se lo conoce por su habilidad para hablar. En este recorrido que estamos haciendo no tiene nada que aportar. Vino porque, como les dije, los jefes se lo ordenaron; si no, se hubiera quedado tomando una gaseosa, porque alcohol no toma. Ni un poco. Si se necesita algo de él, ya demostrará sus habilidades. Por ahora, nos acompaña.
Uno de los gemelos preguntó:
—¿Qué clase de ángeles son? Ustedes dos no se parecen en nada a un par de ángeles.
—Ustedes tampoco se parecen mucho a dos personas comunes, y sin embargo el ministro los quiso aquí.
—Pero nosotros no somos ángeles.
Mientras avanzaban hacia la nueva parada, el chofer explicó con voz pausada:
—Bueno, miren. Hay muchas clases de ángeles: serafines, querubines, ángeles custodios. Hasta hay arcángeles. Por supuesto que nosotros no somos arcángeles. Somos ángeles segadores, los que eliminamos la mala simiente.
—Asesinos —dijo un gigante.
—No, no. No me malinterprete. Asesino, sicario, esbirro, etcétera, etcétera, etcétera, es otra cosa. Nuestro mandato no es terrenal. Tenemos jerarquías, un ordenamiento riguroso; nuestro combate es riguroso. Diría bíblico. Diría… ritual. ¿Me comprenden?
Esa explicación no conformó a los gigantes. Se miraron uno al otro con su único ojo y desistieron de hacer nuevas preguntas. Esperaban que el periplo terminara pronto y pudieran regresar a sus dominios.
Minutos después llegaron a destino. El viaje fue breve. Breve en distancia, pero medible solo en las dudas de los adefesios, no en millas. A medida que sus dudas crecían, el tiempo se deformaba, describiendo una alegoría circular. El tiempo orbitaba alrededor de sus dudas. En el extremo opuesto del pueblo orbitaba Glisoría alrededor de su delirio. Esas órbitas se tocaban accidentalmente, describiendo sus propias tangentes. Los adefesios no comprendían esa geometría dantesca. En medio de la alegoría circular, un agujero negro: un pozo donde no cabía ni una gota de amor.
La arquitectura del edificio al que habían arribado era vulgar; parecía una construcción poliédrica. La distorsión perceptiva del tiempo, el espacio y la arquitectura podía resultar en el inicio de una forma ritual de prepararse para el encuentro definitivo con el gobernador. El ministro era, a su parecer, apenas un mayordomo: tinta de barro el color de sus ojos, fermentando un sirviente bajo la ojerosa piel suicida. Era quien debía guiar a todos a las tierras prometidas de El País de las Maravillas a través de una fracción del tiempo, una fracción de esa anomalía singular que se aproximaba cada vez más al punto negro del que surgían los ángeles vencidos o tal vez los ángeles segadores. A esa altura del misterio no se los podía distinguir.
Los cuatro siguieron un camino que se abría frente a ellos. Atravesaron la magnífica puerta de entrada. Bajo el gran arco decorado con elementos de orden dórico, el portal invitaba a seguir una huella imperceptible: huellas de niñas, de niños, ánimas en la hostil tierra oscurecida. Huellas que aparecían y desaparecían mientras un bermejo gatillo se deshacía de ellas una por una bajo la atenta risotada de esos dos mastodontes, incapaces ya de disimular el rictus idiota que los caracterizaba cuando estaban desorientados y confundidos.
Al final del túnel en penumbra, los sonidos de las liturgias de los pederastas clandestinos resonaban con idéntico ruido al de aquellas campanas de latón que las viejas ciegas hacían sonar mientras caminaban en procesión por el pueblo. Y de algún lugar imposible de identificar surgía la misma pregunta que acosó al villorrio desde el inicio de la tragedia que enloqueció a Glisoría y por la que Poncio acabó con su vida al ahorcarse usando el dulce mandarino de cadalso:
—¿Dónde está Fino? ¿Dónde?
Entonces nadie buscaba al niño. El recuerdo lo devoró como la fauna y la flora del pozo devoraban los cadáveres de quienes desafiaron al Hombre de Hojalata y luego al Limpiador. Rufino ya no era la providencia de una letra ni el trozo de una lágrima. No era nada. Todo lo que quedaba era el silencio enfermo de los cómplices.
Unos pasos al frente bastaron para observar, sobre un listón lleno de arabescos, a los cinco detenidos que permanecían casi inmóviles, suspendidos en medio de una violácea bruma que los deformaba. Una voz implume se dirigió a ellos y dijo:
—No valen nada.
El que llevaba uniforme militar estaba algo apartado del resto. Descubrió a Ava/Eva tras una escafandra cerosa, muerta su mariposa blanca. Muerta. El único que celebraba era un hombre que agitaba una botella de tamaño descomunal. No podía ser otro más que Milton, y esas máculas bermejas que adornaban el botellón eran, con seguridad, lo último reconocible que quedaba de El Hombre de Hojalata. Iba a intentar unas palabras, pero la voz lo interrumpió con energía:
—Las ruinas que ve al fondo de nuestra oscuridad son lo poco que queda de La Ciudad Esmeralda. El Mago de Oz ha terminado. Yace en un calabozo de mala muerte tras los muros impenetrables de otra cárcel. Todo nace y muere en un instante. Somos un país de cosas efímeras. La gloria es pasajera, la victoria accidental; lo único permanente es lo corrupto. Balderrama se ha apagado. Los hemos traído hasta aquí, al reservorio de nuestros placeres, para que sepan del nacimiento de El País de las Maravillas. Merecían conocer el destino final de su viaje. Aquí el placer brota como el agua de los manantiales. Todo lo que un hombre, una mujer o quien fuera desee le será provisto a cambio de una modesta fortuna. El placer es la condena que aquí se celebra como nacimiento.
La voz no tenía rostro. Solo una delgada línea filiforme ondulaba suavemente a poca distancia de su inasible cuerpo. La línea lo auscultaba, lo percibía, captaba sus emociones. De entre las sombras surgió la imagen del ministro que acicalaba la sombra filiforme. Con pasmosa tranquilidad la acariciaba y daba lustre, echando pequeñas partículas de luz que se desvanecían apenas se elevaban. Cuando la oscuridad se fue disipando y las ondulaciones filiformes se retiraron, emergió el humo de la pipa de la vieja Cándida, que el ministro disipaba a manotazos. Y ya no había dos órbitas sino tres. En una describía su elipse el humo de la pipa, que se condensaba hasta volverse una pasta sinuosa y plomiza. El viejo cadáver, algo retirado, sonreía mostrando su dentadura podrida, pero conservaba una prudente distancia de la vieja, temeroso de ser arrastrado por esa vigorosa elipse.
Alguien quiso pronunciar el nombre del niño, pero no fue posible. Había sido olvidado por completo. Se oyó un salmo que rezaba: “Olvidar es lo mejor”. El olvido fue la ofrenda al nacimiento del País de las Maravillas, donde disfrutar carne humana era una ley no escrita pero aplaudida. No supo si fue Cándida o el viejo cadáver quien habló. Al fin nada importaba: que hablara uno u otro daba exactamente lo mismo.
Detrás de la vieja, Zurita se asomaba con su vientre desnudo, enorme, como si estuviera a punto de parir. El nacimiento prometía su propio amanecer. ¿Será varón? ¿Será niña? Cómo saberlo. Había que esperar la parición. En El País de las Maravillas aguardarían sin apuro el alumbramiento. Luego celebrarían: ¡niña! ¡niña! ¡niño! ¡niño! Y tasarían la carne más allá de su peso.
El enorme insecto interior del gobernador se aseguraba de que no acabaría como Samsa, seco sobre su rígido caparazón oscuro. Eso lo entusiasmaba: gobernaría por muchos años más. Primero lo haría él y luego su descendencia. Brillosas ootecas aguardaban arropadas en sombras y humedales el momento de sus nacimientos. Su bella esposa, sus melifluos hijos, se ocuparían de cuidar las crías hasta que sus fortunas fueran incalculables. Y estaba el fiel ministro, dispuesto a lamer sus inmundicias para mantenerlo limpio, fresco, mientras le hablaba dulcemente de aquella niña, la de los pequeños senos, de pie ante el escenario al que había subido y desde donde nunca dejó de observarle los delicados pechos.
Al final de la oscuridad, el letargo de Glisoría sonaba igual que aquellas latosas campanas de las viejas ciegas, que nunca pudieron dejar de caminar buscando lo que casi todos habían olvidado por completo. Nunca renunciarían a su búsqueda.
Ese tránsito era una epifanía del absurdo. De las propias entrañas de La Ciudad Esmeralda surgía El País de las Maravillas, donde todas las fantasías serían satisfechas. Un país donde lo que más iluminaba era la oscuridad completa.
Círculos de los pecados y de los pecadores: limbo, lujuria, gula, avaricia, ira, pereza, herejía, violencia, fraude y traición. Círculos que tenían inscritos en sus frontispicios los nombres de Artemio, el cura, Cándida, Poncio, Ramón, Ava/Eva, Prudencio, Oroño, Ladina. En letras de molde: La Roma de los Borgia. Y abajo, en letras góticas: “El poder absoluto ejerce sobre el alma humana una fascinación oscura, donde el erotismo y la muerte se entrelazan en una misma pulsión creadora”.
Capas de inmundicia, de maldad, capas que se fusionaban disolviendo la humanidad en un menjunje indecoroso. Cada capa, cada círculo, revelaba más y más de la condición humana de los poderosos. Era una pedagogía del horror, una interrelación en el infierno. Y en el último círculo estaba, seguro, el nuevo mago del País de las Maravillas.
Los matones repetían monótonos, como drogados:
—Sin cabos sueltos, sin cabos sueltos.
El chofer que los había conducido a ese agujero negro, que absorbía con fuerza inigualable la materia humana, repitió con ellos:
—Sin cabos sueltos, sin cabos sueltos.
¡Qué extraordinaria síntesis! —exclamó. Luego le hizo una seña a su acompañante:
—Señores gigantes. ¿Ustedes sirven a La Ciudad Esmeralda?
Los cíclopes no comprendían la pregunta. Estaban aturdidos en ese agujero negro del que apenas podían resistir la fuerza que succionaba su humanidad. Uno, al que no se lo podía identificar deformado su rostro de manera brutal, alcanzó a responder:
—Sí.
—Excelente. Lo sabíamos, pero queríamos que ustedes nos lo confirmen. El saber nunca ocupa lugar. Aquí mi amigo silencioso, el ángel segador número uno, vino a resolver el último asunto que quedaba pendiente. Como ustedes dos repitieron con sabiduría, no debe quedar ningún cabo suelto. El sindicato nos dio la aprobación. Pareció que con agrado. ¡Qué tipos! Todo cambia, todo se renueva. Adiós a El Hombre de Hojalata, adiós al Limpiador, adiós a Milton. ¡Au revoir! L’heure de mourir.
El ángel número uno, que no había hablado hasta entonces, extrajo de entre sus ropas un Smith & Wesson .357 Magnum y, casi sin que los tuertos pudieran darse cuenta, los mató con un certero tiro en sus deformes cabezas.
El ángel segador número dos, efusivo, hizo un gesto de aprobación:
—¡Qué lindo suena en francés: l’heure de mourir! Esto enseña que no se debe confiar en un mercenario y mucho menos en dos, que trabajaron a destajo para La Ciudad Esmeralda.
El número uno habló por primera y única vez:
—Por supuesto. Como quería el gobernador, a sugerencia del ministro, no quedó ningún cabo suelto.
Los ángeles segadores cumplieron su tarea a la perfección. Las señales fueron enviadas a los cuatro puntos cardinales. No repararon en los muertos. Otros limpiadores arrojarían los enormes cadáveres en el insondable pozo de la muerte para que fueran devorados por insaciables alimañas y portentosas raíces. Ministro y gobernador ya podían diseñar la nueva alianza con el poder central, custodiada por las legiones de los Abanderados de Rothbard y las Fuerzas del Cielo.
***
92.- Hay Cándida. Ya está la cuna que Prudencio compró luego de semanas de trabajo de noche a noche en una estancia de los señores de la tierra. Soportó el trabajo a destajo y las miradas envidiosas y hostiles de los patrones. Por unirse a Zurita le dieron los trabajos peores. No se echó atrás. En poco tiempo vendría el hijo. Zurita lo corregía siempre. “Será una niña”, le decía. Con más razón para cuidarla, era la respuesta del hombre. Prudencio sabía bien lo que ocurría con las niñas.
La cuna está en medio del rancho, ya tiene algo de madre, de inocencia cierta. Huele a madera nueva. Otras semanas de trabajo y comprará el colchón y alguna sábana. Zurita teje una manta. Cándida, otra.
Luego de comprar la cuna y trabajar como un animal, Prudencio hachó los árboles crecidos en círculo. Creyó que el pueblo se lo recriminaría, pero no fue así. Las viejas ciegas llegaron a metros del círculo y rezaron durante horas y días por Prudencio mientras iba volteando los árboles.
Hizo leña suficiente para más de un invierno. Después hachó el mandarino. Cavó para remover la raíz hasta las ramificaciones más pequeñas. No volvería a crecer. Las sustancias de Poncio que aún pendían de la rama en la que afirmó la soga para ahorcarse, se desvanecieron y se echaron al viento. Su perfume mortuorio desapareció por completo, viajó lejos, se mezcló con aromas de arbustos y flores.
A medida que fue hachando los árboles del círculo y el mandarino, el viejo cadáver se alejó cada vez más. Desde el rancho de Cándida, se lo ve apenas como una mancha más allá de la pequeña llanura que se toca con el rojo horizonte.
Zurita ya no se duele de su vientre. La piel estirada le hace cosquillas. Sale cada primera mañana a tomar la fresca. Por esos meses, el cielo lucía su distinción celeste. Y las nubes pasaban fugitivas en dirección al río lejano.
En el rancho hace calor y no sabe dormir sin abrir la ventana de par en par. Ya no teme mirar por ella. Desde que Prudencio volteó la arboleda circular, el viejo cadáver no se arrima a su ventana.
Desde entonces, el silencio es humano. Vital y sin lamentos. Hay apacible soledad en todos lados.
Cándida se reconoce en el vientre redondo de la nieta. Es ella cuando era apacible. Mucho antes de aquella noche. Aunque nunca lo dice, cada vez que se sienta al patio de tierra del rancho en su silla de asiento de mimbre, recuerda al hombre que la llevó a la fuerza al círculo de árboles de la llanura cercana. La llevó no solo para él. Hubo otros. Durante días, en medio del dolor por los desgarros, sangró empapando la ropa. No debía quejarse. No murió ahogada en un pozo de agua como las gatas, le dijeron otras mujeres. Aprendió y no lo hizo. Quedarse muda e impalpable sin reclamar a Dios que estaba muy ocupado. Así llegaría a vieja. Y ahí estaba, con su sombra en el alma.
Desde esa noche, Cándida jamás le contó a nadie lo que le había ocurrido. ¿Qué hubiera cambiado para ella hablarlo? Ahora se siente al patio y fuma su pipa. Ya no hay acertijos merodeando el rancho. Ni mariposas negras sobre su cabeza. Los pollos rojos se han ido. La vieja los vio partir pero no se los impidió. Sus sangres no darían nuevas revelaciones. Todo lo que había que saber, fue escuchado. El fin de la arboleda circular los animó a buscar su suerte donde pace la hacienda de un terrateniente. De todos modos, no podía haberlos corrido, la artrosis la tenía enferma.
Meses después, Rufino se ha vuelto una lágrima. Grisolía la carga como a una hostia. Lo comulga día a día. A veces llega a la cercanía del pozo de la muerte y vuelve con la lágrima a cuestas. No puede abandonarla. No puede echarla para que bichos y raíces la beban. Si lo hace, ¿qué será de ella? Morir un poco, es también vivir otro poco. Cándida ha dicho que llegará la noche en que ella misma se convierta en esa lágrima, fundiéndose con Rufino para siempre, y el pasado desaparecerá sin hacer bulla, tan callando.

***

_______________

1) Fusión grotesca de taphos (sepultura) y phthísis (consunción). Una palabra inventada por el Limpiador, que suena griega, pero que en realidad es un neologismo simbólico para nombrar una categoría entre humana y divina, ligada a la muerte y la decadencia.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS