Hardboiled
Veintiséis libras y media (segunda versión)
Supo cuando llegó un mensaje a su viejo celular que solo leería malas noticias. Así fue. Las malas noticias nos hablan con boca de muerto. Lengua sin gesto, apenas saliva en clave morse.
Leyó con desgano. Bla, bla, bla. Las palabras escritas en el mensaje se atropellaban nerviosas.
Cuando un mensajero no sabe controlar sus emociones, cuando teclea con torpeza, la noticia tiene que ser necesariamente mala. Letras con hiel interpretando un réquiem que fastidia.
No le agradaba para nada el significado de las palabras escritas. Bla, bla, bla sombrío, cavernoso se podía definir el mensaje sin temor a equivocarse.
La noticia era realmente mala. Peor de lo que esperaba. La caída de una venta siempre es una mala noticia; que se regatee el precio cuando ya se entregó la mercadería puede ocurrir y no es de los peores asuntos. Capturar un espécimen que no estaba indicado, era una mala noticia. Muy mala.
Los especímenes debían mirar al sol con pupilas dilatadas, sus gargantas secas. Deben ser los elegidos. Corderos de Dios que incitan los pecados del mundo. Listos para el trueque inmoral. La carne por el oro. ¡Tan simple! No importan sus nombres, ni el zumbido ambiguo de sus blancas voces infantiles. Solo deben ser los elegidos. Nada más. No hay lugar al error.
Cada par de años, por ese antiguo celular que estaba a nombre de un pobre infeliz, llegaban mensajes para ponerlo al tanto de los lamentos de un comisionado por un incidente. Estaba prohibido hablar por teléfono, nunca debía quedar grabada la voz de ningún integrante de la red. Se trataba de evitar referencias directas, explicaciones comprometedoras. Todo debía ser ambiguo, ridículo. Inverosímil. Violar estas reglas merecía el peor de los castigos. Solo mensajes de texto breves. Los mensajeros tienen la tentación de hablar y hablar sin parar. Creen que cuanto más hablen más lejos estarán de los problemas y no es así. Cuanto más se habla, más se delatan las cosas. Se eleva una Babel ridícula que acaba en una jerigonza que hace el ruido de cien insectos cuando baten histéricos sus alas. Y tras cartón —diría el Hombre de Hojalata—, cae la yuta por coimas más jugosas. El dinero no brota en los árboles. Cada morlaco para un soborno es carne vendida o promesa de mercancía.
Hacía años que nada demasiado grave se le comunicaba. Cierta monotonía en el negocio lo aburría. Compra-venta. Compra-venta. Kilos de carne joven. Kilos de carne infantil. Kilos de carne. Eso era todo. Carne-carne-carne. Carne burguesa o carne plebeya. Daba lo mismo.
La oferta interminable abasteciendo el negocio del placer desde sus formas más simples a las más horrendas. Pero, se preguntaba con cinismo: ¿había algo más horrendo que la incertidumbre de no reconocer ningún sentimiento humano más que el de la codicia? Si se le daba por filosofar, no era sino a causa del aburrimiento.
El aburrimiento no cambiaba su carácter, lo excitaba. Seguía siendo “El Hombre de Hojalata”. Carecía por completo de sentimientos y podía afirmarse que también de pasiones. Hombre sin corazón. Piel de metal. Indiferente a cualquier cualidad humana. Las pasiones le parecían una extravagancia propia del que no tiene nada que hacer. Se apasionan por una mujer, por un juego de póker, por un partido de fútbol. Cosas menudas e intrascendentes.
Respondía a esos entusiastas que los que arriesgan el cuero a cada minuto (poniéndose él como ejemplo), se ahorran las extravagancias. Deben amarse a sí mismos por sobre todas las cosas si quieren sobrevivir. Porque ese amor por sí mismos solía ponerlos a salvo de riesgos impredecibles. Luego, cierta falsa modestia era aconsejable no solo en ese negocio. En la vida había aprendido a pasar inadvertido. Un componedor, un negociador no necesita ser notable, sobresalir por encima del común de las personas. Ser uno más era el secreto. Para el negocio, Hemingway: “dos años para aprender a hablar, sesenta para aprender a callar”.
Pocas cosas podían hacerlo vacilar o confundir. No había miembro de la red que no lo hubiese escuchado repetir sus consignas. No hagas esto, no hagas aquello, no repitas lo que escuchas, sé siempre muy sordo y muy ciego. Parece a un idiota, pero no lo seas. Curarse en salud. No ver, no oír, no hablar. Hemingway-Hemingway-Hemingway.
Quienes lo detestaban tenían por costumbre provocarlo contradiciendo sus afirmaciones. Eso hacía que el tipo repitiera con serenidad pasmosa su litúrgica monserga sobre el negocio que les daba de comer a todos esos crápulas.
—Todo es mercancía. ¿Entienden? —le hablaba a un público cínico y hostil—. Una mercancía puede ser un reloj o una persona. Cuanto más fresco el fruto, más valor tiene. Un reloj, si es un Casio, vale nada, si es un Rolex de oro, mucho. Todo depende de lo que el cliente puede pagar o quiera pagar. No solo lo que pide, sino lo que esté dispuesto a pagar.
El mundo está lleno de mezquinos y mezquinas. Las mujeres son las peores. —Hablaba como si fuera un chamán—. Ellas saben cómo regatear. Lo hacen todos los días con sus maridos. ¿Quieres mi vagina? Es un bien ganancial. Paga por ella antes de que sea viuda. Cuando sea viuda me quedará con todo. Es un bonito final para cualquier mujer.
Si el cliente tiene dinero en abundancia, es rey o incluso Dios. Los dioses siempre han vivido en medio de riquezas que unos cuantos miles de esclavos producen para ellos. Nuestros esclavos salen de sus casas sin tener conciencia de la selva en la que viven. No imaginan que aparecerá un carnívoro a la vuelta de una esquina y los devorará sin compasión. Si los que tienen guita me piden rubio, encargo rubio. Si quieren rubia, rubia. Si me piden negro, encargo negro. O negra. No soy racista. Si lo quieren gordo o flaco, eso reclamo. Amo el bullying pero no lo practico mientras negocio. Hay quien prefiere el crujir de los huesos y quienes las modulaciones de la grasa. Niña, niño, andrógino, lo que pidan. Del color, del tamaño, del peso que prefieren. Yo solo encargo, no cosecho. La captura no es mi especialidad. Cuando el reclutador me muestra la mercancía, le pongo precio. Eso es todo, nada extraordinario. “¿Y dónde aprendió este negocio?”, le preguntaron en cierta oportunidad unos que pretendían pasar por listos.
En el fondo de un pozo ciego. Allí se aprende todo lo que es importante. Ver el mundo desde el fondo de un pozo con mierda, hace cambiar las ideas a cualquiera. Incluso a ustedes. La inmundicia es la esencia de todos los negocios. Donde hay riqueza, hay sangre. Donde hay riquezas, hay mucha mierda. Las monedas no se acuñan en oro, sino en sangre fresca. Como dicen los ingleses, negocios son negocios, y esto los habilitó siempre, entre mocos, lloviznas y nieblas, a traicionar a quien les convenía. La traición es una acción salvadora. La traición es una corrección necesaria a decisiones erradas. La traición es la gran tradición en este negocio. Soy tu amigo, pero si tu hijo vale lo que imagino, te lo quito. Lean. Dediquen algún tiempo a la lectura. No les vendrá mal leer algo. Recuerdo un librito que me prestó uno que está finado. “Elogio de la traición”. ¿Nunca se arrepintió de una decisión equivocada? Le preguntó un recienvenido. Los nuevos reclutadores que ingresaban a la red le parecían cada día más idiotas. Mucho celular. El celular te quema las neuronas. Te achica el cerebro al tamaño de una pantalla. Un cerebro petrificado como vidrio templado, óxido de indio, estaño, cristal líquido, emisores de sombras. Nada de luz. Idiotas.
¿Arrepentimiento? ¡Qué ridiculez! La metanoia bíblica es para chupacirios con dos dedos de frente. No tengo religiosidad en el sentido bíblico. Le doy al cliente lo que el cliente pide. El cliente compra y paga, yo vendo y cobro. El Mago de Oz recauda. Gano mi porcentaje. No tengo sueldo. Lo deposito offshore. No se puede confiar en este país. ¿Pero el presidente no repudia la pedofilia? El presidente clona perros. ¿Qué se le puede exigir? Esos pendejos no van a llegar a viejos. Les damos una vida nueva. Breve. Pero nueva. No se puede negar que somos sus mecenas. Ninguno va a superar los quince años. ¡Y quince es mucho! Es preferible que antes que un degenerado borracho que una mujer retardada metió en la cama de sus hijos consuma esa sabrosa mercancía después de ponerse en pedo con vino de cartón. Prefiero un tipo una bruja de buenos modales y oliendo a perfume francés, que paladean mejor que nadie un bocado genuino. Caviar humano. Perlas blancas y rubias. Perlas negras brillando en la oscuridad. Delicatessen. Como aquel que elaboraba el hígado humano para servirlo como foie gras.
Pensaba en lo más íntimo de su maldad que el mundo era un burdel que se reciclaba. Adán y Eva. Y luego sus hijos reproduciéndose entre hermanos. Bíblico incesto. Y Dios alabó ese incesto. Les ordenó que se multiplicaran. Todo estaba podrido desde el principio. Y así siguió. De una época a otra. Apenas si se sofisticó algo. Esclavos, siervos, proletarios, descartables. Esa había sido la evolución de la humanidad. De mono caminando en dos patas matando a golpes de garrote, a idiota hipnotizado consumiendo basura por la pantalla del celular. TikTok. TikTok. Un poco de Instagram, Telegram, o Mierdegram. Da lo mismo. La estupidez llama a la puerta del mundo. El mundo le abre sus puertas en nombre de una inteligencia artificial que se parece más al pozo de mierda donde aprendí los rudimentos del negocio. Una droga de software y algoritmos que vuelve a la gente más idiota cada día y a los amos del mundo, más perversos que sus predecesores. Lo único que se perfecciona es la maldad. Los demonios huyen espantados de los hombres. Cada época con sus espejismos, sus treinta monedas de plata, sus formas de lavar la mente para “pensar en nada”. ¿No hay una canción que repite pensar en nada? Estaba convencido, aunque no lo decía en público por no parecer un viejo conservador, que con la Inteligencia Artificial será más fácil diseñar el mercado de la carne humana y que un algoritmo exterminador alentará a los futuros mercaderes a proponer trueques más redituables. Metamorfosis impensadas, ADN pervertido hasta que los monstruos conocidos queden reducidos a los relatos del Mago de Oz o de Alicia en el país de las maravillas. Solo se trata de dinero. Al final de los tiempos, cuando la humanidad se haya consumido por completo a sí misma, cuando la regla sea Sodoma y Gomorra, una pústula gigante abrazando el mundo, el ángel exterminador, el Abadón más cruel, vendrá a descartar a la humanidad toda y a devolvernos a nuestra forma original de viscosas y traslúcidas amebas, con su misma inteligencia y con su misma moral. Unicelulares intrascendentes calentándose al sol en el caldo del fin del mundo. Eso sería todo.
***
A veces los compradores se ponen pesados. Quieren regatear. Cretinos. ¿Por qué alguien que compra una satisfacción piensa en tacañear? No es aceptable. Buscó muchas explicaciones a ese comportamiento. Si fueran almacenero y ellos hambrientos que tuvieran apenas unas monedas para comprar alimentos, entendería el lloriqueo. Pero él no es almacenero y no vende comida. A lo sumo proporciona un manjar que se degusta hasta la última piel. Si fuera médico y ellos pacientes afectados por una enfermedad que los persigue hasta matarlos, también lo comprendería. Pero él no es médico. No vende remedios. Si química del placer. Es sensualidad de menudas dimensiones. Lascivia. Erotismo. Impudicia. Para personas que aprecian darse un banquete de hermosa carne lubricada. Pero, mezquinan. Cretinos. Cien veces cretinos. Esconden su riqueza y baratean la mercadería. Piden y luego se quejan porque les resulta muy costoso. ¿Quieren placeres baratos? Pues en las calles de los bajos fondos sobran mujeres y de los otros con sus sífilis y gonorreas que le brotan por los ojos, gotean desde los lagrimales una pasta hedionda de color agusanado. Si no quieren pagar, beban de ese cicuta. Laman las llagas de quienes convulsionan por fiebres incurables. El mercado que ofrece es para exquisitos. Delicatessen. Sentirse como el ave mítica que come el hígado de su prisionero cada noche. Lo devora lentamente. Minúsculos trozos oscuros que invaden los sentidos y los mastican hasta hacerlos una pasta alucinógena. El placer y el sufrimiento en un ciclo perpetuo. Diría como el poeta he domesticado el dolor y lo he convertido en placer. Somos semejantes en esta podredumbre. Les da la estrella de sus ojos y el sol de su naturaleza podrida. Los invita a ser el rey de un país de flores maldecidas. Flores podridas. ¿No merecen esos tacaños la condenación de Ananías y Safira? Que caigan muertos, como ellos. Mi espíritu santo los maldiga y los encierre en la ciudad esmeralda. Compraron por diez y quieren pagar por cinco. Regateo del 50%. ¿Soy un vendedor de baratijas? Se quejan del color de cabello demasiado rubio demasiado negro los ojos pequeños los ojos grandes del tamaño de una guinda piel de una cáscara lubrificada la boca seca la lengua exangüe y así es el lloro y el crujir de los dientes que astillan contra la lengua. Que no era el peso la talla las proporciones las formas los lamentos y mientras la carne estaba aún entre sus dientes antes que la masticaran reclaman rebajas tal si el banquete fuera una oferta en cómodas cuotas de su dorada tarjeta de crédito. Asuntos desagradables. Su naturaleza de Shylock reclama esa libra de carne. Malditos cretinos.
***
Leyó ese mensaje que llegó al viejo celular; deseó ser ciego. Una buena y reconfortante ceguera. Una pupila vacía y paranoica le evitaría reconocer en ese texto una desgracia inevitable. ¿De qué se trataba? Había desaparecido un niño. Y a él qué le podía importar ese suceso. Apenas lo leyó reafirmó su creencia de que todos los nuevos mensajeros no solo parecen muy idiotas, lo son. Son anuncios de malos augurios. Son un virus que se propaga entre los milenials recién contratados y los decadentes pospandémicos que sobrevivieron a la hecatombe. Pensó: niños desaparecen todo el tiempo en todo el mundo. Y nadie pasa sus horas enviando mensajes lastimeros por cada uno de ellos. No habría quién quisiera leerlos. La gente quiere beber cerveza y explorar páginas pornográficas. Admira a Mia Khalifa y no a Teresa de Calcuta. Encima la rima no ayuda a los buenos pensamientos. ¡Ha desaparecido un niño! ¡Ha desaparecido un niño! ¿Quería el mensajero que se echara a llorar? ¿Debía orinarse encima por un niño desconocido que tal vez yacía en el fondo de un pozo por ir donde no debía? Debió enfadarse, pero no pudo. Carecía de voluntad para ello. Eran esas unas horas en que hubiera preferido pasar disfrutando la calma y no amargándose con estúpidas noticias. Deseaba un whisky, ver una película intrascendente, acomodarse en un mullido sillón, abrigarse con una manta liviana. No era mucho pedir. Es que estaba viejo. Quería el retiro, pero no podía reclamarlo. Lo supo desde el primer día en que se conchabó en ese negocio. Nadie de él sale para disfrutar la jubilación. Sabía cómo se sale del negocio. Patas adelante. Muerto. Completamente muerto. Y nadie te llorará en un funeral porque no habrá tal. Su alma estaba aún más vieja que su cuerpo. Su edad no correspondía con su aspecto y este era el verdadero reflejo de su vida interior. Bajo la piel, invisible, una pústula en medio del esternón perforaba día a día el hueso con una infección que crecía a cada instante más y más hasta arrimarse al propio corazón. ¿Acaso moriría así, medio podrido, medio infartado? Era posible. Mejor que de un tiro en la cabeza de parte de alguno de los sicarios que respondían al Mago de Oz y que seguro, minutos antes, lo había adulado. La bala rompiendo el cráneo carece de poesía. Y aunque ni lo mencionaba, esperaba que su muerte tuviera algo de poesía. Una muerte perturbadora. Una lenta agonía. Que sus sucesores se vieran en un espejo horrible y no pudieran nunca quitar de sus recuerdo el aspecto espantoso de ese viejo alcohólico podrido hasta los huesos. Podía bien ser su real legado. Tomad y comed todos de esta putrefacción. Sonaba hasta bíblico. Años comprando y vendiendo personas debían dejar un rastro imborrable. Cada día que pasa el caos como la vida y un oscuro enemigo que roe el corazón hasta reducirlo a infinitas hebras rojas. Por eso había que estar siempre ebrio.
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Un niño desapareció. No era una gran noticia. ¿Merecía aquello el mensaje lacrimógeno del mensajero? Balbuceando entre letras, tartamudeando su pánico. Detrás de ese llegó otro. Ese era importante. Venía de La Ciudad Esmeralda. Decía: “No hay lugar como el hogar”. Eso era todo, pero era suficiente. Sabía qué le estaba ordenando El Mago de Oz. “No hay lugar como el hogar” era de las órdenes que más detestaba. Debía entrevistarse con los enviados del Mago. Venían de La Ciudad Esmeralda con sus aires citadinos, de sabios sabelotodo. Chupamedias con poder. De lo peor. No eran más que unos idiotas fanfarrones, alcahuetes que llegaban con sus mensajes como si fueran revelaciones de un oráculo magnífico. Adiós comodidad. Nada de cine, nada de whisky. Adiós cómodo sillón y cálida manta. Cumpliría con todos los ritos de una entrevista. Dejaría su cueva (así la llamaba) y lo haría con la mayor discreción. Se subiría a unos cuantos taxis que lo pasearían por media ciudad hasta llegar al lugar del encuentro convenido con mucha antelación. Cada tres o cuatro meses esas casas de reunión eran cambiadas para dar la idea de cierta seguridad en los encuentros reservados entre mensajeros del Mago de Oz, componedores, correctores y limpiadores. En broma, la Santísima Trinidad de los que ejecutaban lo que se elucubraba en La Ciudad Esmeralda. Tres partes integrantes y ningún dios verdadero. Así era esa santísima trinidad. Pero él no creía en esas medidas de seguridad. Pura jactancia. Solo los tontos podían sentirse seguros en esas casas y en esas reuniones. La vigilancia es un patrimonio nacional asegurado. En un país con veinticinco servicios de inteligencia activos, sin contar los de cada embajada extranjera, ninguna reunión podía pasar desapercibida. Ni hablar de la Gran Prostituta que todo lo observa desde los limpios ventanales de las oficinas estatales.
***
En un taxi se acercó al lugar a donde fue citado. Le ordenó al chofer que se detuviera en una esquina cercana. Las calles estaban vacías. Pagó el viaje con efectivo y le dejó al chofer una buena propina. No mezquinaba en esas oportunidades. Llevarse bien con mozos y choferes era una ley que había aprendido en la escuela de la calle. Estaba a quince cuadras de su destino. No llevaba celular ni tampoco un reloj pulsera. Con su entrenado reloj biológico le alcanzaba para regular su marcha y llegar con puntualidad exacta a la cita que se le había indicado. Bromeaba sobre su talento para llegar siempre a la hora exacta en que era citado. “Soy tan inglés”, decía. Más puntual que un inglés. Igual de borracho también. Aunque el buen whisky es escocés y los ingleses se lo apropiaron como suelen hacer con todas las cosas que desean. Puntuales, borrachos y piratas, podía sentirse completamente identificado.
No tuvo ni que llamar a la puerta. Su presencia era seguida por las cámaras de seguridad del aguantadero. Los últimos cien metros de su caminata hacia el lugar del encuentro habían sido rigurosamente controlados. Por las inmediaciones, alcahuetes vigilaban la cercanía de algunos policías de tránsito que dedicaban su tiempo a observar idiotizados las pantallas de sus celulares.
No conocía al matón que abrió la puerta. Era un gigante. Reparó en el tamaño de sus manos. Bastaría un apretón para romper su cuello como se quiebra un delicado junco. Disimuló al verle el rostro. El esbirro tenía un solo ojo. No era un cíclope, pero podía haber pasado por tal. Un error genético lo volvió un espécimen único. ¿A dónde, sino en La Ciudad Esmeralda, podía servir un tipo con un solo ojo? No daba ni para llamarlo tuerto. No le dirigió ni media palabra. Le señaló con su enorme dedo índice que siguiera hasta el final del largo pasillo. Conocía de sobra ese lugar. Por ese mismo pasillo había caminado en más de una oportunidad. Lo distinto en esa oportunidad era que aún no conocía con precisión cuál era el problema real por el que era convocado de urgencia. Hacia donde le señaló el adefesio caminó como si no supiera a dónde se dirigía. No apuró la marcha. Tiempo al tiempo. Nadie muere en las vísperas. Tenía trabajo que hacer y no tenía responsabilidad alguna por lo que fuere que había sido convocado.
Al final del pasillo, una puerta pequeña. De madera oscura, sin brillo. No precisó golpear. Apenas se paró frente a la entrada, otro engendro abrió la puerta y lo invitó a pasar. No podía haber imaginado que La Ciudad Esmeralda contara con dos cíclopes entre sus filas de matones. Pero así era. Lo tenía frente a sí. Y aunque cierta sorpresa lo distrajo, no tardó en convencerse de que el que lo recibió a la entrada y este eran gemelos. ¿Qué óvulo pervertido y qué esperma espeluznante pudieron unirse para engendrar esos monstruos? No quería ni imaginar el cigoto que dio origen a aquellas malformaciones que insinuaban un carácter menos que amigable. Apenas unos pasos dentro de la habitación que estaba a media luz, una voz desde la oscuridad de un rincón le preguntó si había estado mirando los noticieros de la televisión.
—No miro televisión. Me embola. La televisión me provoca diarrea. Prefiero emborracharme.
La voz le ordenó al monstruo que encendiera un televisor enorme que estaba amurado a una de las paredes de la habitación. Se oía con claridad la voz de un periodista que hablaba del secuestro de un niño. Él miró con cierto desdén la pantalla, como si en verdad no le interesara lo que decía el periodista. Escuchó con claridad “han secuestrado a un niño de cinco años”. No pudo disimular su fastidio. Evitó reírse porque sabía que los jefes carecen por completo de sentido de humor.
—¿Y por esto me mandaron llamar?
—Sí.
—¿Por la desaparición de un niño en un lugar que no conozco? Nunca negoció por esos pueblos.
—Por eso lo mandamos llamar. ¿Todavía no comprende?
—Ya estoy medio viejo y lento. ¿De dónde está transmitiendo ese noticiero?
—De un pueblo pequeño. Un pueblo insignificante. Al noroeste. Ahí desapareció ese niño.
La voz le ordenó al cíclope que le entregara una foto del pequeño. La miró con detenimiento. No vio nada extraordinario en ese niño.
—No entiendo. ¿Por este pendejo me mandan a llamar? Soy un componedor no un adivino.
—Es un escándalo nacional. Todos los medios del país están en ese pueblo. Todos. Desapareció un pibe en un pueblo perdido y todo el país habla del asunto. ¿No le parece extraño?
—Extraño es hablar de desaparición. Desapareció es un eufemismo. Disculpe la palabra, no quiero ofender. Si me queda algo de razonamiento, entiendo que ustedes me mandan llamar para que me ocupe de no sé qué quilombo, porque hubo una compra y una venta de un pibe cualquiera. Alguien compró y alguien vendió esa mercadería. Si no fuera así, yo no estaría aquí hablando con una sombra.
—Correcto. No compramos ni vendimos. No fuimos nosotros. Como usted sabiamente ha apreciado, ese “pendejo” es una cagadita cualquiera. ¿Cuánto puede pesar? ¿Quince quilos? ¿Veinte quilos? Un aperitivo. Como una aceituna negra con carozo. O quizá ni eso para nuestros clientes habituales. ¿Se da cuenta? ¿Quién podría querer comprar ese enano, cuando tenemos mercaderías de calidad insuperable?
—¿Quién?
—Alguien que la quiere pudrir. Que quiere romper el acuerdo por el que nos repartimos zonas entre las distintas redes. La Ciudad Esmeralda es la dueña de esa zona.
—Nos tocaron el culo, y metieron a todos los medios para que nos miren cómo nos quedó el ojete.
—¡Qué manera más clara de explicar lo que está ocurriendo! Rápido comprende usted la situación en la que estamos.
Un secuestro en una zona de captura que pertenece a La Ciudad Esmeralda era un suceso grave. No por la desaparición del niño, que a la postre no les importaba en lo más mínimo. Traficaban todos los días con niñas y niños. Era porque ese secuestro significaba que un grupo había decidido romper el viejo acuerdo que estableció el reparto de zonas de captura y envío de mercadería.
—Además, por esa zona está nuestro puerto de salida.
—Peor aún.
—Peor aún.
—¿Idea de quién pudo ser? —preguntó sabiendo la respuesta que oiría.
—Ni la más mínima. Eso lo tiene que resolver usted. Y lo que sigue, también.
—¿Negociamos con cuanto servicio anda por este país y ninguno sabe de qué se trata?
—¿A su edad le tengo que explicar cómo funciona esto?
—¿Quieren que me haga cargo de este quilombo?
—Correcto. Es una orden de El Mago de Oz. ¿Algún problema?
—Claro que no. Para eso estamos. Así que tengo que prepararme para el viaje. ¿Cuándo salgo para ese lugar de mierda?
—Ya mismo. Busque lo que necesita y nos ocuparemos de su viaje. Gastos incluidos, por supuesto. Conocemos bien su avaricia.
—No es avaricia, es espíritu ahorrativo.
—Salvo en whisky, me dicen.
—Los gustos hay que dárselos en vida. Además, compro de buena, muy buena calidad.
—Me imagino.
Tomó una larga bocanada de aire antes de volver a hablar. Tomó coraje y preguntó.
—No estarán pensando mandarme a ese lugar con alguno de estos esperpentos, los de un solo ojo, que reclutaron en una cloaca, ¿verdad?
El cíclope ni se inmutó. Pareció que insinuó una cínica sonrisa por el comentario, pero en ese rostro de mutante era muy difícil distinguir un gesto de fastidio o de odio.
—No. Usted viajará solo con un chofer. Cuando llegue, tomará contacto con quienes van a colaborar con usted en arreglar este quilombo: Corrector y Limpiador. El Limpiador, de los mejores. El Corrector, un tipo con experiencia. Sabe que no hay que hacer ruido, método artesanal para corregir errores humanos. El Mago de Oz quiere que descarte a los que usted le indique al Corrector y también al mensajero. Un boludo marca cañones. Habló de más desde que supo del inconveniente. Usted sabe cuánto nos perjudican los habladores.
—¿Dónde debo esperar ese auto?
—En el camino que va a La Ciudad Esmeralda.
—De acuerdo. ¿Quién será mi compañero de aventura? El chofer, digo.
—Antes de dejar esta casa, el guardián le entregará un sobre con todos los datos que importan. Mapas, fotos, crónicas, los datos y foto del chofer. En fin, todo lo que pudimos recolectar para su trabajo y que le puede ser útil.
—¿Qué tiempo tengo para salir de viaje?
—Una hora.
—¿Una hora? Imposible. Solo hacer los cortes al salir de este lugar me llevará casi una hora. No menos de dos horas para llegar a destino y de ahí al encuentro del chofer.
—Bien, Que sean dos horas. Más que suficiente. No lleve ropa. No lleve nada que pueda comprar. Allá nuestra gente le proveerá de todo. ¡Ah! Le pido un favor en nombre de El Mago de Oz.
—¿Qué favor?
—Trate de no ponerse en pedo hasta terminar con la encomienda. La Ciudad Esmeralda apreciaría que se conserve sobrio.
Prefirió no hacer ningún comentario. Estaba seguro de que, si decía una palabra de más, el esperpento lo molería a golpes hasta dejarlo algo más idiota que lo acostumbrado para vengarse de sus burlas. Saludó y se escabulló hacia la salida por el largo pasillo por el que había llegado a la entrevista. Antes de dejar el tugurio, el monstruo le entregó un sobre, tal como se lo había anunciado la sombra.
***
No podía imaginar peor encomienda. Viajar durante horas y luego cumplir su misión vigilado por un chofer de La Ciudad Esmeralda era lo que menos podía desear. No había nada peor que un chofer de la red. Esperar que el mozo de un bar cualunque, donde suelen arreglarse algunos negocios turbios, busque el modo de escuchar una conversación para luego revelarla a sus verdaderos jefes, era algo natural. Salvo que el mozo fuera sordo o idiota, escuchar las conversaciones ajenas estaba incorporado al ADN de esos servidores. Aprendió que siempre es saludable dejarles a los mozos muy buenas propinas. No era el antídoto perfecto, pero podía ayudarlo a olvidar algún fragmento de lo que había escuchado. Que un chofer de taxi no fuera sino un policía haciendo extras, mejorando en algo sus ingresos y prestando atención por si pescaba que llevaba a un fulano que valdría la pena delatar, era también esperable. Por eso también aprendió que a los choferes de taxi había que darles buenas propinas.
Pero los choferes de la red eran de la peor calaña. Alcahuetes todos ellos. Muchos ni se preocupaban en disimular en algo su misión de delatores. Le hacían notar a los vigilados que tomarían nota de todas sus conversaciones, de todos sus encuentros. Y ese no era el peor de sus defectos. Porque si su alcahuetería no resultaba lo esperable para sus superiores, eran capaces de inventar cualquier historia con tal de conformarlos. Eso derivaba en muchas ocasiones en las peores consecuencias para los desgraciados denunciados. Esto va a ser un gran quilombo, se convencía a sí mismo de la dificultad en que lo habían metido. Un pueblo perdido lleno de periodistas. Qué peor combinación. Y todo por un pendejo que no pesaba más de quince kilos.
Supuso que en un pueblo tan pequeño, la desaparición del niño se supo de inmediato. Era imposible que así no fuera. Que apenas corrió la voz, encendió la alarma y todo el villorrio se lanzó a buscarlo. Donde nunca ocurre nada extraordinario, la desaparición de un niño como si se lo hubiese tragado la tierra o se hubiese evaporado, era un verdadero acontecimiento. Seguro que hasta la maldita policía se vio obligada a simular sincera preocupación. Y sin pedirlo ni esperarlo, vaya a saber mandados por quién, llegaron en manada los periodistas, los malditos periodistas, a meter sus podridas narices en la mierda. ¿Si uno revuelve mierda, qué espera oler?
Recién cuando abordó el tercer y último taxi le echó un vistazo al contenido del sobre que el amorfo le dio antes de salir del aguantadero. Había unas cuantas hojas mecanografiadas y dos fotos. Una del niño, que ya había visto. La otra, supuso bien, era del chofer que debía llevarlo a destino.
Cuando llegó a su guarida, sobre una mesita ratona repartió los papeles que llevaba en el sobre. Luego encendió el televisor. Tenía un tiempo antes de salir para dirigirse al auto que lo esperaba para el largo viaje. Pasó de un canal a otro. El zapping le devolvió la misma escena: periodistas hablando y hablando del niño desaparecido. Hablando sin decir nada. Elucubrando. Los vecinos revoloteando detrás de las cámaras. Pajarones embobados que ya se veían reconocidos por millones de televidentes. Revisó con atención los papeles; no revelaban nada extraordinario. No pudo evitar reparar en el nombre del chofer: Milton Centeno. Exclamó: no me jodan. Nadie puede llamarse Milton. Nadie en este puto mundo se puede llamar de ese modo. Debe ser una joda. Milton. Hasta creía que ese nombre no existía realmente. Era un invento del monstruo que lo recibió en el aguantadero. Solo un tipo con un ojo puede imaginar un nombre así. Y el apellido “Centeno”, ni hablar. ¿No fue el buchón que mandó en cana a medio empresariado? Milton Centeno. Se convenció de que si la cosa venía mal, nombre y apellido no podían ser sino de peor augurio.
Para males mayores, no podía ni probar una gota de whisky. Tantas lindas botellas de Glenfarclas 25 Años en la bodeguita y no poder probar ni un sorbo. A esa altura, le resultaba difícil decidir cuál era la peor noticia de ese día. Volvió a la televisión. Si no tienes consuelo, entonces amárgate definitivamente, mira la tele y sufre.
***
Un verdadero ejército de periodistas de todos los medios había invadido aquella desolada aldea. Pudo verlo esos minutos en que, siguiendo los noticieros, preparó unas pocas cosas para su viaje. Los periodistas solían responder así cuando sus amos, los dueños de los medios, los envían a cubrir una noticia con la promesa de un ascenso o un unipersonal. ¿Querés figurar? Dame primicias. ¡Primicias! ¡Primicias! Cualquier desgracia ajena era bienvenida. ¿Un fulano degolló a su familia? A su esposa y a sus hijos. La orden: muestra a los hijos muertos, habla de ellos, llora por ellos que vende más que una mujer muerta. Los femicidios ya son tantos y reiterados que en la inteligencia colectiva duran menos que un viaje en subte. ¡En cambio los niños!
El niño que no tenía nada de especial. No era el hijo de un millonario, ni de un funcionario de renombre. Ni siquiera el hijo de una sirvienta. Solo era un niño pobre, hijo de un padre pobre, de una madre pobre, de una familia pobre. Para él, un ser insignificante como cualquiera de los vecinos del malogrado niño. Apenas quince kilos de carne, exagerando veinte. Así habló la sombra. Lo que un lechón, pensó en ese momento. Y por esa minucia de carne y huesos pequeños, un escándalo nacional. No podía ser casualidad.
Da qué pensar, se dijo a sí mismo. ¿Quién carajos querría llevarse a esa criatura insignificante? No era hermoso. No era ni negro ni blanco, ni alto ni bajo. Ni rubio ni castaño. Demasiado delgado. Diría, raquítico. Un renacuajo. Solo alguien que sabía que esa desaparición sería la excusa para montar un circo mediático. Y esa era la gran pregunta. ¿Quién estaba detrás de esa maniobra absurda? No podían ser los federales. Él era parte del engranaje federal. ¿Los provincianos? Muy “payucas”, se respondió. O por payucas, capaces de semejante provocación. O, y esa era la peor opción, una red que se plantaba en el mercado de carne humana con ambiciones por completar. Si esta era la realidad, lo que vendría sería o una guerra o una cacería. Por lo que menos amaba, o por lo que más apreciaba, no deseaba estar en medio de esa matanza. Porque cuando se enfrentan fuerzas en el negocio de la trata, en el negocio de la gran pedofilia, las guerras son extremadamente feroces. Sabía, porque era un veterano del negocio, que hacía muchos años que no se producía una guerra de esas características. Pero el cambio de los vientos políticos, bien podían haber alterado algunas personas que hacía años esperaban la oportunidad de tomar el mercado por asalto.
Para los periodistas, aquel bochorno era como el becerro de oro. Intuyeron la noticia, sospecharon lo que había detrás de la desaparición y por ello se comportaban como alimañas. Sus patrones los incitaban a entrometerse en todos los asuntos incluso los más banales, revisar los excusados, oler las mugres de los sobacos de los pueblerinos, hurgar con sus cámaras fotográficas en la entrepierna de las muchachas que fueron desfloradas en la infancia por sus patrones, buscar algo sensacional. Así resultaban interminables entrevistas a distraídos o idiotas, sin importar si quien hablaba entendía lo que realmente estaba ocurriendo. Es que algunas personas sin cerebro hablan muchísimo, ¿verdad? Le dijeron que El Mago de Oz suele repetir que en toda ciudad esmeralda hay espantapájaros que no tienen cerebro. Una sociedad en la que abundan los hombres de hojalata y los espantapájaros, era ideal para el negocio. No tienen cerebro ni corazón. ¡Qué más se puede pedir! Las personas sin cerebro son incapaces de tener una idea y solo hablan de más. Los que no tienen corazón se mantienen en silencio. No abundan, pero son los más hijos de puta. Y los hijos de puta son capaces de cualquier cosa. Él era una prueba incontrastable de ello y esa condición auto asumida lo llenaba de orgullo. Whisky y una vanidad repulsiva. ¡Magnífico! ¿Habrá alguien peor que yo? Cuando se hacía esa pregunta surgía una sola palabra: periodistas.
Detestaba a esos periodistas. Los detestaba con verdadera pasión. Llegó a considerar que su abominación contra ellos era una suerte de mutación del sentimiento del amor. No era un genuino odio. El odio es ¡tan sublime!, es un veneno extraordinario, el combustible de los cambios más potentes. Y el corazón humano suele producirlo en cantidades exactas. La sangre cambia de color, cambia su densidad. Se vuelve ligera y espumosa. Mezcla la libido orgásmica con precisas dosis homicidas. Pero cuando el odio supera lo aconsejable, quienes sufren este exceso merecen ser exterminados porque no aceptan límites, y hasta en los crímenes más horrorosos hay límites. El exabrupto de los Torquemada solo echa a perder las buenas cosas. Pero, aquello de que Amarás a tú prójimo como a ti mismo, es un absurdo. Se amaba a sí mismo como a ninguna otra persona. Además, sostenía, no siempre el amor es altruista. Casi nunca lo es. Es egoísta, mezquino, ruin. Tampoco bucólico. Las más de las veces es hasta criminal. Encubre una médula vital, una esencia indestructible y atávica que remite a la posesión, a una forma violenta de la propiedad privada. Me pertenece en cuerpo y alma. Y si no es así, no le pertenecerá a nadie. Luego, matar al supuesto ser amado, es cosa sencilla. Si había visto matar mujeres por ese sentimiento.
¿Y qué otra cosa podía sentir por esos arribistas y oportunistas? Voraces personajes, más voraces que sus cerdos devoradores de carne humana, tratando de mejorar los pobres guarismos de audiencia que lucían sus noticiarios para ascender en las consideraciones de sus aburguesados directores. Sabía que, a ellos, tanto como a él, les importaba un bledo el niño. ¿Qué puede valer un niño pobre, de un padre pobre, de una madre pobre, de una familia pobre, para un periodista sin escrúpulos de la gran ciudad? Nada. Esos alcahuetes sabían muy bien cuántas niñas y cuántos niños desaparecen por día. ¡Claro que lo sabían! Podían hacer crónicas interminables en donde se les ocurriese, al norte, al sur, al este o al oeste del país. En toda la geografía había decenas ¡o centenas! de niñas o niños desaparecidos. Él sabía bien de los corrales donde se guarda el joven y noble ganado premium. Donde buscaran, encontrarían. Pero no les interesaría saber de esas niñas o niños, solo querían satisfacer la orden de sus mandantes, mejorar la audiencia, obtener primicias, alimentar el morbo, y ese caso les ofrecía esa posibilidad. Y tal vez mucho más. En definitiva —diría el hombre—, hunden la mano en la olla llena de la mierda porque saben que en el fondo encontrarán dinero. El dinero es la madre de todas las noticias. En realidad, el dinero inventa la noticia.
¿Algo peor que los periodistas? Él tipo respondería sin vacilar «los dueños de los medios». Mencionar a esos empresarios desataba en él una furia peculiar. Se dilataban sus pupilas, se tensaban sus carótidas, se aceleraba su corazón. Había diseñado una escala, una medida logarítmica que cuantificaba la magnitud de las desgracias que producían sus sistemas de desinformación. Contrainformar era una habilidad inigualable de “esos tremendos hijos de puta” que pueblan el submundo turbio de los multimillonarios de los multimedios. Los conocía como nadie: era su proveedor de mercancía humana. La carne humana, para ellos, no se aproximaba siquiera al valor de un aviso clasificado. Solo merecía, cínicamente, pequeñas menciones en secciones intrascendentes de los diarios, esas que el común de las personas ni sabe que existen. En esos textos menores lucían, sin ambigüedades, ofertas o referencias que algunos pocos avivados sabían reconocer. Disfrutaban de esos mensajes siniestros como el inocente que se deleita bobamente leyendo su absurdo horóscopo cada día. Guardaba un rencor profundo contra esos señorones casados con voluptuosas idiotas de plástico, aferradas a su cincuenta por ciento de bienes gananciales salvo contrato prenupcial. Con algunos hijos legítimos que carecían de todo talento y otros bastardos que esperaban su oportunidad agazapados en las sombras de la trilogía que integra la familia moderna, la monogamia, el adulterio y la prostitución.
La escala se basaba en la hijaputés máxima con que fueron diseñadas las notas difundidas por diferentes medios. Estas notas podían ser escritas en los periódicos, transmitidas por radio, televisadas o multiplicadas en las redes sociales. ¡Tik Tok! ¡Tik Tok! Una cloaca de magnitudes matemáticas y algoritmos. Como la Escala de Richter, describía con guarismos precisos la magnitud de las maldades que inspiraban las notas periodísticas y las consecuencias que acarreaba la difusión de tal o cual mentira. Todo muy anterior a las llamadas fake news. Él era bastante más viejo que las fake news. Venía de una época donde la mentira era elaborada por verdaderos artistas, no por alcahuetes arribistas capaces de entregar a su madre por mucho menos que treinta monedas de lata, o por sistemas muñidos de una inteligencia artificial rescatada del retrete de los todopoderosos.
El alboroto por el niño desaparecido escalaba a cada instante. La televisión le devolvía esa realidad. Los camarógrafos perseguían a cientos de infelices husmeando por todos lados. Perder el control en ese negocio resultaba nefasto. Era fácil comprender que quien había provocado el escándalo introduciendo a todos los medios apelaba al caos como recurso para obtener lo que deseaba. No tenía aún claro qué era justamente lo que se esperaba sacar de ese zafarrancho. Disputar una zona de compra y venta requería de jefes policiales, políticos, ministros y jueces supremos más que de una jauría de periodistas y bobos corriendo de aquí para allá. Pero así eran las cosas. Enderezar lo que está torcido no siempre es sencillo. Repetía habitualmente: “el árbol que crece torcido no hay cómo enderezarlo”. Queda hacharlo como único recurso. Y este, para él, era el caso.
¿Aparecerá el niño? No había ninguna posibilidad. ¿Podrá alguien espantar a los entrometidos? Imposible. ¿Los que esperaban quedarse con el negocio se avendrían a conversar amablemente, copa de vino mediante? Jamás. Toda solución que se intentara arrojaría un resultado contrario. Cuanto más se busque al niño, menos se lo encontrara. Cuanto más se espante a los curiosos y chismosos, se reproducirán como hongos tras la lluvia. Cuanto más se amenace a los periodistas, más mentiras difundirán. Y los nuevos traficantes no mostrarán sus rostros bajo ninguna excusa.
Solo quedaba cortar el árbol de raíz, hacerlo astillas, hasta que se volviera irreconocible. Mutilarlo hasta dejarlo reducido a una pasta irreconocible. Árbol-hombre-insecto, cuando se los aplasta se reducen a cantidades irregulares de materia. Después de todo, todos somos hijos del mismo lenguaje biológico. Hable, ladre o dé mandarinas, poco difieren los jugoso vitales de unos y otros. La hemolinfa de la savia y la savia de la sangre: una es amarillenta, la otra verde y la otra roja. Apenas diferencias de un mismo texto genético.
***
¿Por qué El Mago de Oz no recurría a sus contactos políticos para resolver el entuerto? Eso no se pregunta. Nunca le dices al amo lo que debe hacer. “Hay qué” son dos palabras que no integran el lenguaje ni de un componedor, un sicario o un Limpiador. El amo ordena y tú obedeces. Eso es todo. No importa si la orden es absurda o se reduce a una trampa. Si es absurda, haces como si fuera una genialidad. Puedes incluso vitorear la orden. ¡Qué buena idea! ¡Magnífica propuesta! Nadie te creerá, pero es preferible pasar por idiota que por soberbio. Si es una trampa, te cabe eludirla. Sabiduría que no se aprende en ninguna escuela. La calle, y solo la calle, te prepara para ser un obediente servidor capaz de calificar como extraordinaria una estupidez y convertir una trampa en un glorioso desafío. Un negocio tan redituable exige esta clase de personas.
De todos modos, sabía que para lograr una solución razonable y sin escándalo había que empezar a tocar timbres. Seguir peldaño a peldaño el palo del gallinero hasta llegar a la cima. Cada timbre es dinero, mucho dinero. ¿El encubrimiento de un alto jefe de la policía? Un auto, una casa, la renta de un prostíbulo y para nada pobrete. ¿Del juez una sentencia favorable? Más costoso. No alcanza con autos, casas o prostíbulos. Las putas se ofertan solo a los pequeños y medianos magistrados. Los jueces importantes —ni hablar de los de la Corte Suprema de Injusticia— reclaman enigmáticos “los efectos conducentes de las causas eficientes para lograr los objetivos más satisfactorios”. Jamás entendió esas palabras, pero sabía cuánto dinero exigían.
Dinero. Dinero. Dinero.
Ni hablar de la protección de un ministro. Los ministros valen lo que valen sus acciones en la bolsa de Nueva York. En cambio un presidente se cotiza en las pizarras clandestinas de los paraísos fiscales, en el lavado de dinero de espeluznantes negocios mediante criptomonedas. La salvación son las criptomonedas y las billeteras virtuales a las cuales no se les puede seguir fácilmente la trazabilidad. Palabra extraña, como otras que ni retiene porque son el lenguaje escaso e indescifrable de jóvenes sustraídos por la pantalla luminosa de un celular de moda.
Le llevó bastante recordar la palabra trazabilidad. De solo oírla se llenaba de rencores inexplicables, tal como una criptomoneda. Los neologismos lo desestructuraban un poco, y más si se trataba de dinero que no era tangible. Prefería el billete constante y sonante. Money. Money. Money. O el oro, mejor aún. Gold. Gold. Gold. Nada como el amado oro. Pero monedas virtuales… ¡qué rebusque metafísico! Un misterio ontológico.
Podía considerar a ese niño desaparecido como un ser virtual y no precisamente un ángel. Como al pellejo de una billetera virtual. Nunca sabría a dónde fue a parar. Paralelo indiscutible: ni al niño ni a las billeteras se les podía seguir la huella. La “trazabilidad”, dirían a coro los navegantes de la dark web. Billeteras y niños están, pero no están. Se habla de ellos, se los puede suponer, se los puede enunciar, pero no se puede saber quién es el dueño de la riqueza o de la mercancía que la expresa.
***
Adonde debía dirigirse era un pequeño pueblo, tierras adentro, cerca del río. A varios cientos de kilómetros del lugar más poblado. Dos rutas lo rodean: una, nacional, que sigue en dirección al norte; otra, provincial, que zigzaguea entre pueblitos tanto o más pobres que el que lo esperaba. Es un camino que no tiene destino. Nadie sabe a ciencia cierta dónde empieza y menos dónde termina. Allí el cielo es azul, un cielo limpio que se puede ver en todas direcciones. La vegetación es dominante: árboles frutales, arbustos, grandes plantas, pocas flores. Si no fuera por los frutales que emergen en dirección al norte, a la derecha de unas treinta o cuarenta hectáreas de una especie de llanura, se podría ver hasta el horizonte más lejano. Unos frutales fueron sembrados describiendo un círculo de medianas dimensiones, tal vez quince metros de diámetro. Un sembrado ritual. Nunca nadie quiso explicar por qué los antiguos pobladores los sembraron de ese modo, conformando un recinto de modestas dimensiones, al que se ingresa por un único lugar, una entrada de aproximadamente dos metros de ancho. Se trata de una formación compacta: los árboles hacen un muro que impide ver lo que ocurre en el interior del círculo. Las explicaciones de esa invención circular se multiplicaron, escondiendo su verdadero cometido. Para algunos, fue apenas un capricho de aquellos gringos que enloquecieron por el alcohol. Beber aguardiente barato o grapa más barata aún era el único pasatiempo posible. Esas bebidas podían hacerle perder el quicio a cualquiera. Las absorbían por el alma. Entraban en la sangre dando voces. Las borracheras sumían a los hombres en un letargo arzobispal. Babeando la papada, en el sudor del cuello la causa de una espiga ardiente. Vagaban por sueños en los que pacían rebaños azules de hembras aladas. Zumbaban de a gotas una espuma dorada que mojaba sus muslos y ellos los sorbían tal néctar extraordinario. Cantos en medio de arenas movedizas endulzaban la sangre brotando de un nenúfar humano que se abría y cerraba al ritmo circadiano en la luz de una muerte certera. Y lentamente, un espejismo se escurría en el vértigo de una tormenta rota allende el sueño. Podían acariciar a las muchachas de senos de mármol y labios de rabia, lamiéndose a sí mismas y unas a las otras. Esperando. Siempre esperando el arribo quirúrgico de la muerte. Luego de la muerte, un ruido palpable. El exilio en un pozo en el que crecen elásticas raíces que sorben hasta el último jugo de la vida. Tras el sueño, insomnio. Días completos sin pegar un ojo. Jadeando. La boca reseca. Acampando en el lugar donde los patrones desfloraban a las niñas, una especie de santuario en el que ellas perdían de manera temprana y violenta la virginidad. La arboleda resultaba así testigo privilegiado del derecho de pernada, una costumbre que con otros ademanes perdura hasta estos días. Ese derecho feudal es aceptado por la inmensa mayoría de los pobladores. Hasta las víctimas terminan por convencerse de que, después de todo, no es tan malo ser violada por el terrateniente. Ellos se bañan bastante seguido y hasta suelen usar bonitos perfumes. Los capataces, en cambio, son más brutales, y los peones, ni hablar. Pero a él esas historias no le importaban en lo más mínimo. Las mujeres nacieron para ser desfloradas más temprano que tarde. La virginidad era un asunto ridículo a su entender. Algo religioso, como comulgar la hostia o beber la sangre de Cristo, quemar incienso o mirar a La Meca.
***
Conocía de sobra el camino que lleva al punto de encuentro, la imaginaria Ciudad Esmeralda. Lo había recorrido muchas veces. Linda con los suburbios más próximos. Orilla el río y se hunde en una sulfúrica pasta negra. A metros del límite entre ciudad y suburbio encontraría al chofer y su automóvil. La Ciudad Esmeralda era una alegoría letal. No existe en ninguna geografía. No tiene paredes ni socavones, escaleras ni ventanas. Nadie puede llamar a las puertas de esa ciudad. Es la representación contemporánea del dios inventado en un subterráneo digital. No puedes verlo, tantearlo, reconocerlo. Pero ese dios te observa. Está atento. Reconoce a tus hijas e hijos, si los tienes. Programa sus futuros y decide su suerte. Define tus ansias y tus horrores. Hurga entre tus monstruos interiores. Te habla entrecortado y convierte en imágenes cada una de tus perversiones. Le temes con sabiduría porque es un dios todopoderoso, vengativo, avaro y mezquino. Reside donde le conviene: en túneles cifrados a los que se accede por puertas invisibles. Por ellos circula la violencia de los tiempos que corren.
¿Quién era El Mago de Oz? Nunca creyó importante saberlo. Supo, desde que comenzó a servirle, que conocerlo no era asunto suyo. ¿Era un traficante de drogas? ¿Un émulo del misterioso señor Zed? ¿Un pedófilo insaciable? ¿Un coleccionista de vulvas? ¿El recuerdo de Aureliano Babilonia y su enorme sexo de moco de pavo exhibiéndolo en público para vanagloriarse de su virilidad? Qué importaba. Años de experiencia le habían enseñado que el Mago era un Jano con más de dos rostros, observando la realidad en cinco dimensiones. Cuando pensaba en ello se sentía una pulga saltando por saltar hasta morir con las piernas rotas. No debía descifrar esos enigmas. ¿Qué lograría con ello? Después de todo, sirviendo a quien fuera El Mago de Oz había ganado mucho dinero. Mucho dinero. El dinero era su más completa ambición. ¡Esa era su verdadera droga! Si una alquimia extraordinaria hubiese transformado al dinero en un líquido listo para circular por las venas, él se lo habría inyectado sin medida. Un Harpagón entre los libidinosos pederastas.
Debía preocuparse de asuntos más banales. Por ejemplo, cómo disfrutaría de esa fortuna cuando lo dejaran salir de ese multiverso de indescifrables destinos. Solo debía ocuparse de un asunto que hasta podía ser menor: quién se llevó un niño de no más de quince kilos. Quién se había atrevido a tomar su mercancía en el coto de caza exclusivo de El Mago de Oz. Quién había osado alterar la paz del comercio de carne humana. Y una vez que el sicario y el Limpiador despejaran el negocio y pusieran las cosas en su lugar, podría volver al pequeño y acogedor hogar a beber sus botellas de Glenfarclas de 25 años que conservaba en la fresca bodega que había hecho construir debajo de la pequeña sala de estar, justo ahí donde más disfrutaba el silencio. Cuando pensaba en que todo se solucionaría en poco tiempo, quien fuera su chofer ya no importaba. Uno u otro daba lo mismo. Sabía perfectamente que todos los choferes eran alcahuetes incorregibles. No sería él quien cambiaría esa condición de correveidiles.
***
Llegó donde lo esperaba el chofer con un auto no de los más modernos. Él lo había indicado de ese modo: nada de alta gama. En un pueblo donde solo hay pobres y muy pobres, aparecer con un auto de lujo no es bien recibido. Esa vez escucharon su consejo. Pasar lo más desapercibido posible era lo que se proponía. En medio del aquelarre hasta podía pasar por un periodista más. No tenía equipaje; compraría lo que necesitara en alguna parada durante el viaje. Cuando de largos viajes se trataba, ni él ni el chofer tenían el mando: lo tenía su próstata. “Ella me dice cuándo parar”. Si bebía solo whisky, ir al baño no era necesario. Su cuerpo absorbía el alcohol con entusiasmo, sin dejar ni una gota para la vieja e inelástica vejiga. El whisky y su sistema circulatorio se fundían hasta producir un sopor entre narcótico y relajante. Aunque las arterias cada día se endurecían más, las notaba laxas, desinhibidas de tensiones propias del negocio. Eso no ablandaba su corazón, siempre al borde de un infarto masivo, pero hacía más llevadera cualquier dolencia.
Si bebía agua, la cosa era muy diferente. El agua lo volvía neurótico. Apenas los primeros sorbos tocaban su garganta, su cerebro se comprimía de manera violenta. Los hemisferios se aplastaban como si una fuerza de gravedad extraordinaria los empujara contra las fosas craneales, provocando pequeñas hemorragias. Al instante sobrevenía una amnesia breve pero consistente. “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasa?” era lo primero que se preguntaba. Esa sensación de vacío interior lo inducía a beber más y más whisky y menos y menos agua. Recuperaba su alma de alcohólico y la cordura perdida en un vaso de agua. Así que había decidido no probar ni una gota de whisky —porque así se lo demandaron los superiores—, pero tampoco probaría ni un sorbo de agua, para escapar a esas hemorragias petequiales que adornaban de microcoágulos los hemisferios cerebrales y de la angustia existencial de quien siente que su cerebro se deshace en una gelatina viscosa.
A la distancia reconoció al chofer. No era ni joven ni viejo, en la edad justa: la mejor edad para ser un buen chofer. Si muy joven, irresponsable, estúpidamente apurado, ansioso por acelerar a fondo y arriesgar en una mala maniobra estrellar el auto contra un camión o el guarda-rail. Si viejo, falto de reflejos, incapaz de evitar que otro estúpido joven lo embista. Parecía un chofer en la flor de la vida. Podía ser solo apariencia: ya se sabe que muchas veces las apariencias engañan. El hombre lucía una contextura robusta. No era un rompehuesos, de los que conocía varios, pero bien podía quebrarle el cuello a cualquiera si se lo propusiera. Su rostro le resultó familiar. Cuando estaba a menos de un par de metros lo observó con detenimiento y le pareció haberlo visto en otras oportunidades. Pero no lo podía aseverar.
—¿Lo conozco? —le preguntó sin saludarlo. El hombre movió negativamente la cabeza. Pero él creía que alguna vez lo había visto en alguna entrega.
—No tengo equipaje.
—¿Ropa? ¿Nada?
—Nada. No lo permitieron. Querían que emprendiera urgente el viaje. Me ofrecieron comprarme lo que necesite. No me iba a negar.
—Por supuesto.
—Aquí estamos, listos los dos.
—¿Partimos?
—Partamos.
No había más que decir. Se acomodó en el asiento del acompañante. Obedeció la orden de ponerse el cinturón de seguridad. El chofer puso en marcha el automóvil y empezó a rodar rumbo a una autopista.
—¿Cuántas horas tenemos de viaje?
—Diez u once. Depende de la ruta. Depende de las veces que nos detengamos. Depende de varios factores.
—Depende… depende… Dependejo siempre me emboló viajar. Dependejo, depende, dependejo. —No quiso ni mirar al chofer—. Ya le digo que habrá que hacer más de un alto.
—No hay problema, lo que usted mande. Yo solo manejo. Diga “cuándo” y yo busco donde estacionarnos.
—No importa tanto lo que yo considere, la que manda es mi próstata. Mi próstata es autónoma, ella decide sin consultarme cuándo hay que detenerse. ¿Su próstata lo trata bien?
—Por ahora, sí.
—La mía no, ella manda. Es una déspota silenciosa. ¿Cuántas células cancerosas tendrá esta hija de puta?
—¿Cómo podría saberlo? No es habitual en mi función hacer un tacto rectal.
—Ni que lo diga. Tampoco se lo permitiría. No sería un buen comienzo.
—Ya lo creo. —El Hombre de Hojalata suspiró resignado.
—Ella ya dirá cuándo detenernos. Pero no es la próstata la que me quita el aliento. Es mi cirrosis, con ella voy a todas partes. Iremos juntos a la tumba. Es mi más fiel compañera.
—No imagino qué podría decirnos su cirrosis. Mis conocimientos médicos son escasos. Conozco de la próstata porque tengo una. Así que a ella la vamos a obedecer porque la comprendemos. Yo tengo la mía, usted la suya. Todos los hombres tienen una. No conviene llevarse mal con la próstata de nadie. En cambio la cirrosis es palabra mayo.
—También podemos parar para comer. Seguramente tendré hambre.
—Jefe, soy de comer bastante ligero cuando trabajo.
—Yo también —mintió—, pero esta vez en su honor haré una excepción.
—¿Lo podré acompañar o prefiere comer solo?
—Comeremos juntos. Disfrutaremos de nuestra compañía. Estaremos juntos hasta que arreglemos este quilombo. Mejor compartir lo que se pueda compartir. ¿Sabe a dónde vamos?
—Me informaron, señor. Vamos donde se extravió un niño.
—¡Se extravió! ¡Qué elegancia la suya! No se me hubiera ocurrido describirlo de ese modo. Hacia allí vamos.
—A poner las cosas en su lugar.
—Correcto. Correctísimo. Un hoyo. Ni grande ni pequeño, a medida.
—¿Eso no lo decide el Limpiador?
—Sí. Solo quise representarme un final exitoso.
—¿Cree que se nos va a complicar este trabajo?
—¿Qui lo sá? No sé quiénes están detrás de este quilombo. Depende de ello para que arreglar el asunto sea más o menos difícil.
—Sé que el Limpiador y el sicario que asignaron son de los mejores.
—¿Usted siendo chofer saber eso? A mí ni me informaron. Me siento un boludo con título.
—Burocracia, señor. Pero a los proletarios como yo nos tienen que chiflar con quién compartimos equipo. No vaya a ser cosa que nos matemos entre nosotros.
—Conoce bien el negocio. ¿Cuántos años hace que trabaja para La Ciudad Esmeralda?
—Más de veinte. Después de los veinte de servicio prefiero no seguir la cuenta. Estoy desde pibe. Bueno, pibe. Un modo de decir. Joven de veinte cuando entré al oficio.
—Ya es un veterano.
—Sí, señor.
—En la flor de la edad.
—Siempre creí que los veinte años son la flor de la edad.
—Eso lo creen los jóvenes de veinte. Es un momento de la vida en la que las personas no tienen ni idea de qué cosas son importantes. Veinte años no es nada, lo dice el tango. Y no importa si se trata de un hombre, una mujer o lo que fuera. Vio que ahora si te “autopercibís” de un sexo o de otro da lo mismo. Hombre, mujer o coso. Da lo mismo. En mi época eso no pasaba. Un hombre era un hombre, una mujer era una mujer y un puto era un puto. Había lesbianas pero sabían disimular muy bien. Las minas son más discretas. Los putos no. Esos hacía lo imposible para que todos se dieran cuenta de sus inclinaciones. Yo les rajaba, pero conocí quienes por guita se trincaban varones. ¡Qué asco! No me gustan estos tiempos. No me gustan para nada. ¡Qué te autopercibís ni que autopercibís! Déjenme de joder. Ahora, todo vale. Así La Ciudad Esmeralda está condenada al fracaso. Si no se puede distinguir un hombre de una mujer las cosas tienen que acabar mal, muy mal. ¿No le parece?
—Los tiempos cambian, jefe. Putos y lesbianas hubo siempre y el mundo nunca dejó de girar.
—Cuando usted tenía veinte tampoco se usaba.
—Eran otros tiempos, los tiempos aquellos.
—Ahora debe estar por los cuarenta.
—Y algo más.
—Pero no mucho. Su carne todavía se ve firme. Su dentadura no está amarilleada. Sus ojos tienen todavía una expresión humana. En cambio, los míos, ya están completamente vacíos. Y mi carne cuelga como mi próstata. Es aburrida. Flácida, aunque conservada en alcohol del bueno, Glenfarclas 25 años. No hay nada en el mundo mejor que una buena botella de Glenfarclas 25 años.
—Nunca lo he probado. No suelo tomar whisky.
—Lo lamento por usted. La próxima vez que beba brindaré a su salud. Se lo prometo.
—Lo tendré en cuenta.
***
Desde la autopista se podía ver la ciudad. No la observaba con desdén. Parecía curioso repasando las terrazas con sus diferentes colores: baldosas coloradas, membranas plateadas reflejando la luz del sol, pintura asfáltica de color verde. Algunas lucían raquíticas plantas que se estiraban al sol para asegurar una dosis de vital clorofila. A lo lejos, los edificios que se elevaban por encima de las casas se esforzaban por tocar la panza de las nubes. Trataba de imaginar quiénes serían los habitantes de esas viviendas modestas, de esos edificios de cientos de pequeñas ventanas que apenas permitían entrar algo de luz diurna en las habitaciones. El humo que despedían cientos de automóviles lanzados a toda velocidad por la autopista volvía irrespirable el aire que entraba en las viviendas. La vida de esas personas le resultaba tan miserable como intrascendente.
El motor sonaba áspero, aunque el chofer no le prestaba atención. Apreciando el paisaje recordó el nombre del chofer.
—¿Su nombre?
—Creí que no me lo iba a preguntar nunca. Me llamo Milton.
—Lindo nombre —dijo sin poder disimular el tono hipócrita de su elogio.
—No me joda. Milton es un nombre de mierda.
—¡Pero cómo dice eso! Es poco común. Pero es un lindo nombre.
—Usted no sabe mentir. Pero no se aflija, yo creo firmemente que Milton es un nombre de mierda. Peor hubiera sido que me bautizaran Venancio, que era el nombre que quería ponerme mi padre. ¿Se imagina? Venancio. Otro mierda.
—Los padres se esfuerzan en buscarnos nombres originales.
—¿Milton le parece original? ¿Venancio también? A mí me parece que son unos nombres de mierda. En la lucha por darme un nombre venció mi madre. Si había una disputa entre mi padre y mi madre, ganaba mi madre. Indefectiblemente ganaba mi madre. Gran mujer. Muy trabajadora. Muy hacendosa. No podía estar callada. Hablaba y hablaba y hablaba. Capaz de hincharle las pelotas a una estatua de mármol. Dejárselas como dos melones. Y siempre se quejaba de todo, de lo que fuera. En especial de mi padre, al que una tardecita lo echó de una patada en el culo a la calle. Porque le puso los cuernos.
—De la muerte y de los cuernos no se libra nadie.
—Debe ser así. Lo seguro es que mi madre no se libró. Nunca supe qué la indignó más, si los cuernos o con quién le metió los cuernos.
—¿La mejor amiga?
—No. ¡Ojalá! Aunque mi madre no tenía amigas. ¿Cómo se la puedo describir? Un animal extraño. Era un poco vaca, un poco yegua, un poco palo borracho, un poco mona. Algo que no se podía describir.
—¿Algo? ¿No debería decir alguien?
—No. Porque era algo. Algo extraño. Y mi madre no soportó que la haya corneado con esa cosa. Y estoy convencido de que por eso lo echó de casa. Por mal gusto. Aunque no le voy a mentir a usted, don, mi padre mucho más no podía pedir.
—Por ahí se trató de un favor. Fue por altruismo, no por lascivia.
—Una vez le dije: ¿por qué no pagaste una puta? Bastaba ir al prostíbulo del barrio y elegir. Las había de todas las edades, tamaños, formas, colores. Todavía las hay, porque lo único que no cambió en el barrio en que nací es el puterío. Sigue como hace cincuenta años, pero renovó la oferta.
—Por ahí no tenía plata.
—Le sobraba, si no gastaba en nada. Laburaba de peletero. Vendía pieles para tapados. Guita no le faltaba. Pero el tipo fue y se encamó con esa cosa. Se lo cuento porque desde que la vi sufro de una especie de trauma que nunca pude superar.
—No debe haber sido para tanto.
—No crea, don. Pensé en ese momento: si este tipo se puede encamar con esa cosa, ¿en qué debe haber pensado cuando engendró? ¿En la digestión de una cucaracha? ¿En un perro cagando en la calle? No me lo pude explicar nunca. Por eso siempre pensé lo bien que hizo mi madre al echarlo a la mierda.
—¿Y así quedó la cosa?
—No lo dejó volver a la casa. No sé si se murió o si sigue vivo. No lo volví a ver nunca más.
—Bueno. Cosas que pasan.
—No crea. No conozco a nadie que se llame Milton, cuyo padre se encame con un esperpento y su madre le rompa las pelotas a una estatua de mármol.
—Pero Milton es lindo nombre. ¿Milton qué?
—Centeno, apellido materno. Mi madre me obligó a sacar el apellido paterno y usar solo el de ella.
—No sé si preguntar por el apellido de su padre.
—Cafferatta. Con dos efe y con dos te. Ca-ffe-ra-tta. Tano. Bien tano. Lombardo. Mi padre repetía siempre “lombardo”, como si fuera una condecoración. A nadie le importaba un carajo si el apellido era lombardo, pero él lo decía siempre que le preguntaban por el apellido.
—Los lombardos son italianos del norte. La aristocracia italiana.
—No creo que fuera el caso. Si había algo que mi padre no era ni podía ser, era un aristócrata.
—Quiero creer que su madre no se quejaría de usted, Milton.
—¿Ah, no? Todo el tiempo. Lo mejor que me decía era “sos igual al idiota de tu padre”. Eso me hacía sentir idiota por partida doble. Porque me sentía un idiota, hijo de otro idiota que quiso bautizar a su hijo con el nombre de Venancio y que se había encamado con una heladera que babeaba. Nada tiró abajo mi autoestima más que esa comparación. Espero que pueda comprender mi charla. Pero no se preocupe, que no le voy a preguntar por su nombre ni por su familia.
—No tengo familia ni tengo nombre. Soy un gajo. Ni tengo esposa, menos hijos. Nunca quise casarme y menos tener hijos. Nada que me ate a nadie. Nada que me haga vacilar. Soy un Componedor, nada más. Ni el primero ni el último. El que llaman cuando hay quilombo. No conozco a ningún otro componedor y, a pesar de ello, no me creo ni el único ni el mejor. Soy uno más con más experiencia, eso es todo.
—Por eso le tiraron este balurdo.
—Será. No lo sé. Cuando terminemos le diré lo que pienso. Hasta entonces, no demos nada por seguro.
—Como usted diga.
—Nunca confíe en nada ni en nadie. Un consejo de alguien que nunca será su amigo. Si le dan un laburo, piense lo peor y por ahí le va bien.
—¿Le dieron un celular para comunicarnos con el Limpiador y el sicario?
Sin quitar la vista del camino, el chofer señaló la guantera.
—Hay tres celulares —dijo—. Uno está dentro de una bolsa verde. Ese es el que debemos usar para contactar al Limpiador. El que está dentro de la bolsa azul es para enviar un mensaje al sicario. El de la bolsa roja es para informar a la superioridad. Solo texto, en los tres casos. Lo sabe mejor que yo.
—¿Y si por las putas algo falla?
—De algún modo lo resolveremos.
—¿El plural significa que usted será parte de la solución?
—Sí.
—Así que lo suyo no era solo manejar.
—No. Por eso me mandaron. No sé quién me propuso, pero la orden vino de El Mago de Oz. Confían en que usted compondrá el asunto. Pero, si algo falla, aquí un servidor. Flexibilización laboral. Son los tiempos que corren. Hay que saber adaptarse si uno quiere jubilarse.
—El retiro nunca es voluntario. —Se llamó a silencio por unos minutos—. Nunca se está seguro del destino.
—Tengo muchos años de chofer por delante. Ni pienso en mi retiro todavía.
—No me preocupa el futuro. Voy a morir antes de que puedan jubilarme. Lo sé perfectamente.
—¿Cómo lo sabe?
Cómo no iba a saberlo. Un hombre es su propio destino. Si has pasado tu vida traficando una carne viva para que al final de una noche aciaga yazga muerta, no puedes desprenderte de quién eres ni de lo que construiste. En cada lágrima, en cada gota de sangre, en cada porción de piel está escrito tu destino. Está hasta en tus sueños. Fue tu premio y será tu condena. El final llega como si no se lo esperara. Pero se sabe que sobrevendrá aun insistiendo en la inocencia. Aunque no se piense a conciencia pura, la mente no elude los laberintos del pecado. Reconoce en esa maldad la incierta condición de verdugo emboscado en las formas de un hombre común que solo aspira a pasar inadvertido. Retirarse de los demonios equivaldría a ser absuelto. No se podía engañar, nunca sería perdonado. Entonces la cirrosis era no más que otro conjuro. Un atajo a lo inevitable. No un laberinto del que no se puede salir y uno se queda sujeto al acertijo de un camino correcto. Juzgar al hombre que lo conducía seguramente a su muerte sería un error. ¿Cómo habría de achacarle responsabilidades a un don nadie que actuaba bajo coacción, sabiendo que cualquier rebeldía lo conduciría al mismo hoyo en el que él sería depositado cuando su utilidad fuera puesta en duda con fervor, podía haberle respondido simplemente “lo sé”, y el hombre no hubiera vuelto a preguntar? “Lo sé. Solo lo sé. Siempre lo supe”. Pocas palabras para explicar cómo iba La Ciudad Esmeralda a proceder con él y con quienes ya no les fueran útiles.
Habló solo para aplacar el silencio.
—Tengo el mejor destino de todos. En el sótano de mi tugurio está mi salvación. Cinco cajas de doce botellas cada una de Glenfarclas 25 años. Mi destino está envasado en botellas de 946 mililitros.
—Cinco cajas de whisky escocés pueden ser una buena celebración luego del trabajo arduo.
—Espero el éxito como destino. Detesto los problemas. Si todo va bien, hasta puedo compartirlo con usted.
—Se agradece, pero apenas podría beber un trago.
—Usted se lo pierde, Milton. Primero lo primero. La prioridad es componer este descalabro eludiendo periodistas y alcahuetes.
—Y que todo sea con absoluta limpieza. Es lo recomendable por esas cosas del ADN. La ciencia nos juega en contra.
—¿Luego?
—Una bolsa para cadáveres de primera calidad. Importada, hermética. Una joya de la tanatopraxia china. Muy sofisticada. La usan para el descarte de prostitutas que luego creman. Los chinos son tradicionalistas, matan a las prostitutas en sus orgías, las embolsan y luego las creman. La Ciudad compró un lote de bolsas porque el dólar está barato. Gangas de la libertad de mercado. Made in China. Lo que sea necesario, que desaparezca sin dejar rastros. Como siempre. Usted sabe.
—Dicho así hasta parece sencillo.
—Así es, señor, parece. Pero eso está por verse. Sabe que el refrán dice que lo que viene fácil se pone difícil. ¿Será así? Usted, que cree.
—Yo no creo en nada. Nunca creí en nada. Eso me pone a salvo de cualquier esperanza. Si te quito la esperanza, no tendrás nada por qué inquietarte. El que se esperanza vive angustiado, exaltado, esperando un suceso salvador. La solución a todos estos quilombos es matemática, kilo por kilo, mercadería por mercadería, quirúrgico, pura desesperanza matemática.
***
La niña en los ojos consuela. Si le quita la mirada de encima a la nena que se contornea a su frente, le devolverá el poder de hurguetear en su entrepierna cuando pase el primer momento. La sombra lo hostiga desde el escenario. Llega desde un fondo indefinido y es tenaz contra la espalda de la impúber. Baja por la columna que aventura sus vértebras. Piensa sus glúteos. Piensa en sus muslos. El señor gobernador es un hombre insigne, un padre de familia. Solo se amanceba porque es de cuidar las viejas tradiciones. Materia prima de sus obsesiones. Estruja entre sus dedos un rosario. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Dios no te salve. No es necesario lloriquear y morder papel secante. Baste el prodigio de una nerviosa melancolía. Es el ministro el que aconseja sin perder nunca la calma. Deje su ojo en blanco, déjelo cubierto de una membrana opaca que absorba el brillo de la vida y parezca que no hay abismo tras ese cuerpito frágil. Piense en una melodía simple. Nada rebuscado. Parezca compungido. Simular siempre es importante. La muerte debe rondar la pupila pero en la proporción correcta. Eso es conveniente. Los excesos resultan siempre temerarios. Apenas en la córnea alguna vena hinchada, un molusco violáceo de aspecto de lombriz que impresione como una infeliz vesícula. Eso será suficiente. Es que el gobernador asume que aquello parece una fatalidad aunque no lo es. Porque las cosas muchas veces no son lo que parecen. Allí está la muchacha con sus pequeños senos, su vientre gentil, la clemencia de su rosada vulva. El gobernador espera su momento sentado en un sillón tapizado con telas que dicen tejió un arzobispo en la colonia cuando repartieron las tierras de acuerdo a la merced del rey o, tal vez, del papa. Es que la iglesia nunca hizo un favor a los más pobres a los que despojó de sus tierras. La iglesia se acuerda de los pobres cuando los pobres se ponen rebeldes. Por suerte para el señor gobernador el cura pueblerino repite para consuelo «Benditos los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos», y eso es suficiente para calmar el alma. Por el pueblo, una sombra corre de este a oeste. La sombra es menuda, unípeda, inconsolable. No pesa más de quince kilos. Pero siendo tan poco su peso, aplasta ángeles y demonios. Si deja los ojos en blanco, como pide el ministro, podrá parecer inocente. Pero si no puede e insiste con poner los ojos en los senos de aquella criatura que adelanta su cuerpo por accidente, nadie creerá en su inocencia. Parecer lo que no se es, es un arte. Su apariencia es pervertidora y el pueblo convocado en medio del llanto sabe que es un pervertido. Y la niña asume que para su satisfacción la llevaron. ¿Debe dar explicaciones a partir de ese momento? Ella no sabe nada del desaparecido, así como ignora tantísimas cosas. Está donde está por la gracia de un ministro. Aquí le traigo el regalo, le dijo al señor gobernador que no puede poner los ojos en blanco, y hacerse ciego y cauteloso. Lo perturba esa sombra que corre de lado a lado del villorrio. Muérete, muérete, sombra. Suelta al cardumen que ulula un salmo en el escenario y perturba el goce del buen gobernador. ¿Cómo ha de disfrutar si la sombra lo hostiga de ese modo? El gobernador es un monstruo bifronte y especula en el símbolo y en la política. En el rito y el cuerpo. En el poder y el sacrificio. Voy a ser reelecto, se lo ha juramentado. El congreso partidario se lo pide a expensas de la lisura de esos pechos adolescentes que corrompen sus pezones en medio de la noche. Formas infantiles. ¿No es todavía una niña? Pregunta pero el ministro prefiere distraerse y no responder. La piel de la niña tiene la frustración de un cementerio justo en el círculo de la iniciación de la pernada, en medio de aquella arboleda, donde dejó de ser una niña inocente. Para eso las hemos criado. Si no es para eso, hay que ahogarlas en un balde al nacer. ¿Cómo a las gatas? Será una travesura, no más que eso. ¿Quién cuestiona cuando se ahoga una gata en un balde con agua? Nadie. La gente lo asume con naturalidad. Es preferible que te viole un terrateniente que un peón mugroso. Las jerarquías cuentan y cuánto. El ministro no escatima esfuerzos en ser complaciente con el gobernador. Sabe que pronto llegará El Hombre de Hojalata, porque se lo anunció su policía. Se lo ha dicho en voz muy baja para que mantenga la calma y no deje de observar el regalo que le ha ofrendado para distraerse de la discordia de la ínfima sombra de apenas quince kilos. Que repitan su nombre. ¿El Hombre de Hojalata? ¿Qué manera de violentar la metalurgia? ¿Habrá ebullición debajo de esa piel metalizada? ¿O el infortunio de sus cartílagos lo volverá enclenque y repugnante? Ha de ser un hombre ridículo. El ministro sabe que no lo es. Es temible como la inescrupulosa matemática de la muerte. Con él vendrán otros también temibles. Llegarán en pocas horas. Vendrá un sicario. Vendrá un Limpiador. Testificará su muerte al final del trabajo. Te harán una sepultura entre tus propias vísceras. Varios de la custodia del gobernador han establecido esto como un asunto prioritario. Serán como la sombra de una piedra inmóvil. Hasta entonces, bostecemos como si nada nos preocupara. Como sobándole la guitarra a un músico sordo y cojo. ¿Esas presencias descompondrán las cosas? Aunque ellos no lo intuyan, así será. Tal vez no como ellos suponen, pero sí como El Mago de Oz reclama. Nada se pierde, todo se transforma. No hay cambio sin destrucción. Incluso la niña de los pequeños senos habrá mutado en un instante, de pie en el escenario al que fue subida y ante quien no deja de observarle los pequeños pechos. Será una crisálida, su cáliz abierto en una púrpura aurora. Hay tantas niñas vírgenes en aquella provincia, hijas y gatas no dejarán nunca de reproducirse para luego demorarse bajo las aguas turbias de borrascas. Cuando hable el gobernador se hará un silencio inevitable. ¿Quién quiere escuchar a un gobernador mentir durante media hora sobre el futuro? Entonces será el ministro quien pondrá sus ojos en blanco, la pupila encantada, como un abrojo negro, inevitable. Un molusco bivalvo padeciendo el reiterado parloteo. Y el discurso sonará igual de hueco e igual de latoso.
Bla, bla, bla…
El gobernador mantendrá una piedra en una mano y en la otra la estampa de una Virgen protectora. Parecerá que reza porque siempre impresiona echarles unas palabras a los fantasmas. ¿Será la Virgen de Luján? Bajo la manga el puñal de San la Muerte. Mejor la Virgen de Caacupé. Dirá que todo lo que vendrá será mejor que lo pasado. Si no, te hará un ovillo y te arrojará al fondo del río con una roca atada al pescuezo. Gobernar no es cosa de blandos.
***
Muertos y cerdos. Una parábola de la humanidad misma. Los muertos cada día mandan más. Las viejas ciegas son quienes más saben de esta sabiduría y la respetan a más no poder. A las puertas del pequeño cementerio, quienes todavía pueden valerse por sí mismos a pesar de los males que los enferman, esperan el milagro de la resurrección. Ciegos, sordos, mudos, mancos, cojos, se agolpan tras las nieblas que vienen del río esperando un milagro del que no tienen ni la menor idea. No saben si el esperado prodigio caerá del cielo hecho una sustancia blanca y menuda y, como aquellos escapados en el desierto, se preguntarán ¿qué es esto? ¿qué es esto?, sin recibir respuesta alguna porque ni los dioses ni los muertos disfrutan hablar con sus falsos adoradores. Allí, entre llantos y plegarias, piden por el niño desaparecido, esperando que surja del fondo de una tumba fresca en forma de flor o animal extraordinario. Saben que su humanidad se disolvió en el misterio de su propia desaparición y que, tal vez, solo tal vez, sea semilla que germine regada por las lágrimas de una madre que no encuentra consuelo. Y allí mismo, una piara de cerdos famélicos a los que les cuelga un cuero en el que unas diminutas larvas hacen de las suyas, cerdos a los que se les puede contar las costillas largas y filosas, aguarda en ese amanecer confuso unos colgajos de carne humana de los que murieron hace tiempo y aún se resisten a volver al polvo primigenio del que surgieron cuando la noche aún dominaba las tierras mesopotámicas. Es palabra de dios y si Dios lo ha querido, por algo será.
Ahora, Limpiador elegido, deberá marchar a ese pueblo que ni figura en los mapas. Recuerda el mandato paterno. Recuerda aquellos instantes de la infancia en que se deformó definitivamente. Y reconoce que aunque se hubiese retorcido de dolor y gritado hasta acabar con sus cuerdas vocales, la voluntad del padre no se podía desobedecer. Le dijo de muy niño: la tradición familiar no puede alterarse. No es que no se debe, no se puede. Y luego le palpó la cabeza para ver si aún sangraba por la herida que le provocó el mayor de los vástagos cuando lo atacó por sorpresa, con una vara larga y espinosa.
Él era el elegido, y aunque sus hermanos lo molieran a palos, algo que ocurría a menudo, el padre no cambiaría de opinión. Antes moriría. No podía alterar el orden sucesorio que lo establecía la muerte desde un panteón destruido en épocas de la guerra de la Triple Alianza, cuando los cadáveres flotaban por los ríos y se pudrían bajo el sol abrazador. Uno de ellos emergió de las aguas y se apropió del panteón. Desde entonces, vaga de rancho en rancho, señalando a las niñas y a los niños para el sacrificio. Ese era el mito, y en él creía firmemente. Si escuchaba el quejido del muerto, era el indicado. ¿Los otros lo habían escuchado? Ni un poco.
Fue él y no otro el que escuchó al muerto. Era el don. Por eso no durmió ni comió durante días y a pesar de que la madre lo zamarreaba para que se alimentara, cada vez que intentó llevar un bocado a la boca, el padre se lo impedía. Debía estar puro para el encuentro con los muertos. Los ritos no se alteran. Vacío de alma y cuerpo, limpio. La sal inglesa ayudaba a lavar la tripa. Y cuando se encogía retorciéndose por el dolor que le provocaba el hambre y la purga, su padre lo zarandeaba hasta obligarlo a ponerse bien derecho. “Me cae la diarrea por las piernas”. ¿Quieres el cielo? Gánatelo.
Fueron años de frustrante preparación. Descartar mercadería o idiotas que incumplen sus tareas, es una misión que se revuelve en una maraña de pensamientos. No debía quedar ni un gramo de esperanza. Entonces las oraciones a los muertos y a los cerdos (por qué no), se volvieron apenas un temblor entre los labios. Cenizas de la palabra entre los dientes.
Meses después preguntó cuál debía ser su elemento primordial. ¿El fuego? ¿El agua? ¿La tierra?
El padre le dijo que ya lo descubriría. Que por algo debía bañarse en las agua de un río antes de hacer ese descubrimiento. Esa sería su salvación. Primero la diarrea cayendo por las piernas y metiéndose en los zapatos, y luego el agua de un río para aliviar la costra de excremento.
Siendo el padre un Limpiador avezado, no había alcanzado la perfección a la que aspiraba para su hijo. Y eso que lloró hasta en los rincones más oscuros, reclamando una señal del muerto para darse por satisfecho.
—Creí, padre, que usted me otorgaría el salvoconducto, que acabaría antes de que me volviera loco.
El precoz aprendiz no cabía de ansiedad en sus zapatos. El padre hizo como que no lo había escuchado.
—Limpiar a un adulto no es complicado. De eso no padecerás remordimientos. El problema son los niños. —No debió reír cuando lo dijo.
—Uno debe de estar seguro de la empresa.
—Hijo, será el muerto el que te dará esa seguridad.
—¿Entonces a quién debo agradecer mi don?
¿A quién podía importarle eso? Lo que valía era la eficacia. Años de atormentar al hijo para que, justamente, se volviera preciso y sin sentimientos. Un adicto a la muerte. A la mala muerte, porque las hay buenas, adorables, sin engaños.
Entrar a La Ciudad Esmeralda era como entrar a un cementerio. Y aunque los brillos encandilaban, la sangre opacaba todas las luminiscencias. Ya integraba el plantel de Limpiadores y gozaba de gran reputación cuando murió padre. No sabía el día exacto. Sí que lo hizo entre muchos dolores. No rezó, estaba harto de Dios. Sospechó que ese era el momento que esperaba. Muerto el padre, la indiferencia debía abrir camino a la revelación, como una epifanía. Si no era el agua, si no era el fuego, si no era la tierra, lo inesperado sería su elemento primordial. Una relojería de los imprevistos haciendo lo que hay que hacer.
Cuando el más viejo de los Limpiadores le dijo “el cerdo”, no pensó en el Tarot. El cerdo era un animal que no le inspiraba ningún sentimiento. Aprendería con él a trabajar duro y ser paciente. Hasta que no quede nada del difunto, el cerdo mastica sin detenerse. Sabe que son los pequeños detalles los que malogran una gran empresa, y por eso es angurriento, tan feroz como voraz. Abre su gran boca, hinca sus dientes en la semioscuridad, traga sin paciencia, traga y un estómago centrífugo, disuelve las astillas de los huesos y no queda nada que esperar.
El cerdo era la revelación. Lo demás, lo instrumental, era irrelevante. Las herramientas cambiaron con los años. Fueron hachas, cuchillas, sierras, amoladoras, sinfín, apenas medios. El fin justifica los medios y el cerdo era el fin. Trozar hasta que la carne y el hueso no fueron de un tamaño mayor al del ojo de la aguja, por donde nunca pasará un camello.
Cerdos y muertos. ¿Era el muerto de su infancia el mismo que pasaba por el rancho de la abuela señalando a la víctima? ¿Cómo saberlo? Los quejidos de los muertos son todos iguales. Viajaría a ese pueblo miserable para encontrarse con El Hombre de Hojalata, arribado a destino casi de manera involuntaria, cuestionándose sobre muertos y mercancías que debía descartar por orden de El Mago de Oz. Su experiencia contradecía la enseñanza de su padre. Los adultos son un problema a la hora de descartarlos. Un niño es cosa menuda, si ese fuera el mandato. Un hacha modesta y de buen filo. Una docena de trozos. Nada de exageraciones. Pensó que tal vez sería mejor llevar los fragmentos a la naturaleza del río. ¿Alguien autorizaría cambiar la tradición? ¿No sería considerado un ignorante luego de tantos años de trabajo al pedir ese cambio? Se preguntó por las coordenadas del río, pero no sabía de qué se trataba cuando le hablaban de cauces y el flujo incesante de sus aguas. Entonces pensó en el alambre de enfardar. Un ovillo perfecto para la fauna del río.
***
Era verano. Largo verano. El inasible viento del verano lo trajo con su uniforme blanco, inmaculado. Sus dorados botones encandilaban. Galones y dragona relucían iridiscentes que hasta las viejas ciegas presentían sus fulgores llenos de secretos inconfesables. ¿Qué mancha de salivas se aferraba a las fibras o qué gota de sangre advertía un espanto bien disimulado? Hombre de pocas palabras, prefería el silencio a la conversación vana. Voces de mando con pocas letras. Y cuando no, cuerpo a tierra o interminables lagartijas. Se marchó hostigado por quienes lo preferían muy lejos, temerosos de que sus nombres aparecieran junto al suyo una incierta mañana de revelaciones en la portada de algún matutino inescrupuloso. Aceptó el castigo. No protestó ni vaciló. Hasta lo consideró una concesión interesante. ¿Huir? Su honor militar no se lo hubiera permitido. Tomó sus cosas y marchó decidido. No lo consideró un destierro sino la oportunidad de hacer fortuna sin que se conociera su nombre en las inútiles tertulias de los funcionarios del gobierno los agobiantes fines de semana cuando solo había lugar para sudar en abundancia y padecer un completo aburrimiento. ¿Cómo no haría destino incluso en ese alejado paraje donde vivir es un acto intrascendente y morir un pasatiempo posible durante una larga y calurosa madrugada de abusos? El polvo que envolvía al pueblo llevado por el viento seco, era un síntoma adverso, pero el hombre digno ha venido al mundo a vencer hostilidades. Allí la conoció y, apenas la vio, reconoció su identidad, la génesis que la había engendrado para hacer un destino lleno de halagos y fortuna. Era la mujer indicada. No era casualidad la trilogía. Un hombre vestido con su uniforme blanco, una mujer oliendo a tierra entre las piernas de sólidos muslos y la figura de un virgen de terracota que insinuaba unos dones extraordinarios que jamás nadie atestiguó por temor a la ira de los muertos.
El destino ese día, como muchos otros anteriores, era el rancho de la vieja. Hay que ir de la vieja, dijo. Seguro habrá estofado de pollo y fideos. También dijo que en el último pueblo cayó una tempestad que rompió el hocico del perro, que adquirió la forma de una equis atravesada del limo mezclado con la sangre. No fue un trueno ni una granizada. Fue un misterio. A los augurios no se los debe negar. El perro aulló de dolor cuando la sangre corrió por la dentadura y el limo le embadurnó la lengua. Debió violentarse y sacrificar al perro, pero la estampa de la Virgen lo hizo reflexionar y escucharla a ella redentora de desahuciados y desprotegidos de dios. Perdonar al perro malherido por la invocación redentora de su esposa sería un acierto. El vaho de la tardecita ascendía con un ruido mustio y adivinó la circunstancia que la mostraría como a una madre amorosa a pesar de que no tenía hijos. ¿Qué más espera un pueblo de desgraciados que ser acogido por una madre protectora? La violencia no conduce a nada, no debía olvidar esa verdad a medias. Tenía la vida del pueblo en la palma de la mano. Ella, su mujer, tenía las llaves de todas las casas, podía entrar en ellas sin que nadie se opusiera y llevarse a quien deseara, sin violencia alguna. Si Dios lo pide por algo será. Sonrisas, rezos. Rezos, sonrisas. Cenizas de los muertos redimiendo a los pecadores incluso hasta los más perversos.
Cargar la imagen de la Virgen para llevarla a todos lados era un fastidio, pero no era más que un trabajo al que no se le daba la espalda. No siempre la felicidad se alcanza con bulliciosas ilusiones, ni es un único desafío. Después de todo, era como llevar una joroba mal dispuesta, en vez de en la espalda, en el pecho. El esternón se abarquillaba hasta los tuétanos. Dibujaba en su pecho un arco asombroso pero indispensable.
¿Cuánto pesaba esa estatua? El marido decía: “nada, no pesa nada”. Pero ella lo contradecía. “Si no pesa nada, llevala vos”. Y el hombre soltó su carcajada. Yo planifico. Eso es todo. Si no te gusta, buscate otro. Y ella cargó la virgen sin volver a quejarse. ¿Dónde encontraría otro?
Subieron al auto. Algún regalito inútil siempre había que llevar a donde se fuera. Ella lo decía a menudo, a esos pobres cualquier chuchería les viene bien. Se alegran por nada. Un rosario, una estampita, agua bendita. Agua. Luego te entregan las hijas como se pulsa la doncellez de una libélula. Las mujeres son una calamidad. ¿No lo dijo un coronel muchas veces? Los coroneles saben de qué hablan. Calamidad, calamidades, desgracias del anverso y el reverso.
Más no pudo dejar de pensar en el perro con el hocico destrozado. Un aviso de que debían cuidarse ese día, la suerte no alcanza jamás para todo. Limo y sangre. Una pasta que recorría transversal el destino más cercano. Esperaba que con la niña sí tuvieran suerte. Y mucha. Que el aullido del perro no fuera sino una advertencia. No es ambicioso desear la buena suerte. La niña aún no había menstruado. Eso sí que era tener suerte. Debía ser algo blanca, no demasiado, y tener apenas unos botones por senos. Diminuto. Que cupieran en una boca n0 demasiado grande. Que se asomaran a una lengua húmeda. La niña era la ideal. La elegida. La chica confiaba en ella o al menos eso creía. ¡Tía! ¡Tía! La llamaba. Para así parecer, debió engordar unos cuantos kilos. Dejar la figura fina y el aspecto de vedete que había adquirido hacía un tiempo y lucía cuando su condición de secretaria de ministro. Ahora era una señora. Dejó de teñirse de rubio para parecer señora de pueblo y no de ministro. Antes se disfrazaba de joven, quería parecer la de las revistas, flacas, rubias, plásticas. Rubia botella calzón de lata. Eso parecía. Él se lo dijo varias veces. Rubia botella calzón de lata. Así no servís para nada. Rubia falsa. Tetas falsas. Culo falso. Plástico bajo la piel. Poco útil para la cosecha. El pelo duro, el labio rígido de pintura gruesa, roja. Muy rojo todo. Había que perder el olor a sexo, llevar entre las piernas olor a tierra seca. La vieja esa, estaba seguro, podía oler el sexo de las hembras a la distancia. Una fragancia arácnida, una acuarela rosada bajo el vello. Oler a tierra, a sudor, a hostias en el cáliz. Y sin palabras. Silencio. Silencio. Deja la lengua suculenta para las noches soberbias. ¿A qué tanto decir en esos pueblos muertos de hambre?
El hombre, en cambio, era sobrio. Él no perseguía, planificaba. No le interesaban las mercaderías para su propio goce. Era un asceta. Nunca mezclar trabajo con goce. Mira la mercadería, pero no la percibe. Mira a la mercadería, pero no la desea. No atina sus volúmenes ni sus temblores. Es parco, y no ofrece triunfos, sino mortajas. Pequeñas, blancas, almidonadas.
Tenía un mapa detallado de todos los pueblos, de sus caminos para ir y de los mejores para escapar. De donde fuera, una ruta a la ribera del río donde lo esperaban para entregar la mercadería. Simple como un remiendo en la ropa. Varias cuentas bancarias. Los paraísos fiscales rinden sus frutos. ¿Para qué existen los paraísos, sino para brindar las frutas mejores? Muchos celulares para hablar aquí y allá, con este y con aquel. Como una docena. Químicamente inobjetables.
Nada es gratis. Había mucho que repartir. Al policía, al ministro, al gobernador, a los pacíficos, a los violentos. Todos obtienen su parte. Es como cortar al niño o la niña en varios pedazos y repartirlos mientras la tía repite: “Este es el cuerpo divino, tomad y comed todos de él”. La comunión de esos órganos insomnes, llenos de promesas nupciales. La sangre era lo último, como el vino.
En el corral de niños todavía había algunos sangrando, por eso tuvieron que ir por la muchachita donde la vieja estaba a punto de decapitar los pollos colorados para hacer el estofado. El muerto mantendría a raya a la vieja y a la nieta, y luego desaparecería.
Nada de sangre hasta el momento justo. La sangre siempre alucina, es una fuerza centrípeta que comprime hasta deshilachar las tripas.
El tío tenía todo listo. La tía dudaba aún por la visión del perro mutilado en el hocico.
—¿Y? ¿Qué esperamos? —Ella no respondía—. Preparo el coche y nos vamos.
Ladina estaría llegando casi al mismo tiempo que ellos. No convenía perder el tiempo.
—¡Vamos! —gritó. Su voz sonó más marcial que de costumbre. Ella llegó al automóvil seguida del hocico sangrante del perro. El perro daba lástima y se acostó a una sombra.
La tía lucía hasta policial. Zapatos abotinados, pantalón color marrón-tierra, blusa blanca, rostro sin maquillaje. Señora concejala. Así la quería el hombre. Ella preguntó por los papeles.
—¿Qué papeles? —El hombre estaba fastidiado.
—El contrato.
—¿Sos boluda? ¿Para qué voy a llevar el contrato?
—Por si pasa algo.
—Si pasa algo, vamos todos en cana, boluda. No confío en la vieja ni en la Ladina. Contrato…qué estupidez. Vos no pienses, dejame a mí. Vos hacete la Evita capitana y no me rompas las pelotas.
La mujer no podía ni abrir la boca.
—¿Y el Artemio? —dijo solo por decir algo.
—Menos, ese.
Subieron los dos al automóvil y emprendieron la marcha hacia la tapera de la anciana.
***
La tarde se deshacía deicida. Nerviosa herida, sanguínea. Tarde en la que iba el cielo saqueando los espectros que a lo lejos aún cabalgaban la guerra civil cuando Berón de Astrada cayó en combate en Pago Largo. Oculto tras las primeras sombras, el viento sugería la extraña hazaña de una caballería que desbarataba el horizonte más próximo a punta de lanza. Ladina no podía sustraerse a esa alucinación (ella no había consumido ni una modesta línea). Desconfiaba inconsolable de ese paisaje que no prometía nada bueno. Algo le susurraba al oído que no era buen negocio. Si atendiera siempre a sus pálpitos, quizá las cosas andarían mejor. Pero ya estaba hecho, y lo hecho, hecho está.
Una cosa es vender “maría”, otra, carne fresca. El rollo aquel se había vuelto temerario. Nunca se sabe cuándo una venta se sale de quicio. La carne habla o llora. Perturba. “María” nunca le dio complicaciones. María, llena eres de gracia gramo a gramo. Los viciosos respetan las reglas a como dé lugar. Si no había efectivo, no había suerte. El vicio es al contado. Pero la carne siempre chilla, encuentra su forma de hacerse oír. Y si no chilla la carne misma porque está amordazada, lo harán sus madres, sus abuelas, sus hermanas. Ladina sabía que no hay modo de callar a una madre. Hasta el policía, maldito borracho de mierda, de vez en cuando y por pura demagogia, lagrimeaba junto a las mujeres. ¡Ay el pomberito, ay! Y cuanto más pensaba de este modo, más notaba la perturbadora incógnita de la tarde.
No soltaba el celular por nada del mundo. Lo aferraba su mano izquierda. Intentó un par de veces comunicarse con el policía. El hombre no respondía. No era excusa para distraerse. Llegaría la novedad en el momento exacto. Tampoco dejaba de mirar al cielo; no quitaba la vista de una nube aparecida de la nada que bajaba en procesión hasta el pequeño cementerio al fondo, donde alumbraba un espejismo denso, un espacio de tierra un poco mayor que un cadáver adulto. Dos metros por un metro. Allí se podía sepultar a quien se quisiera y nadie se tomaría el trabajo de hurguetear la tumba. Un metro de profundidad era suficiente. La carroña, la más de las veces, vaciaba la tumba en cuestión de horas. La gente muere y a veces sin aviso. La carne se pudre rápido, las alimañas no dan tiempo ni a sospechar la pudrición. La muerte en esos pueblos no es nada virtuosa, por cierto; las más de las veces de rodillas luego de un infarto o un pedo con vino barato. O en la misma letrina, sobre un montón de excrementos.
Ordoño, el marido, no se apartaba de ella, pero se mantenía en silencio. Hacía unas semanas que andaba como ciego, a los tumbos, por las callejuelas. Ladina insistía que le había dado un tumor en el cerebro y que pronto moriría. Hombre inútil desde el día en que nació. ¿Cómo se había casado con ese inútil?
La madre, la vieja comadrona Cándida, le dijo que el matrimonio con Ordoño era lo único a lo que podía aspirar ella. La comparaba con una vaca vieja. El útero seco, le reclamaba, por eso no le dio nietos.
¿Si no sirve pa’ reproducir, pa’ qué sirve? ¿Y si no servía para la parición, qué otro hombre más que Ordoño y la iba a matrimoniar? Era un matrimonio estéril.
Siempre la ofendió ese comentario, pero allí estaba, junto a ese hombre mediocre, esperando que el comisario le atendiera el llamado. Pero el buen hombre estaba de joda, copeteando en una fiesta de un pueblo cercano. Festejo de un santo, de los muchos que adornan las iglesias por esos lados. Luego se iría a la ciudad, a visitar a una chinita joven de un prostíbulo en el que era el cliente preferido.
Si el comisario no respondía y el aviso llegaba, iría ella por la presa. Seguro que el policía se había perdido en algún festejo, porque siempre andaba atrás de los políticos tratando también de sacar partido.
—Mala yunta, político y policía. Borrachos de mierda. —Ladina detestaba al policía, pero temía al político. Cada vez que debía nombrar al comisario, lo llamaba “borracho de mierda”. En cambio, se cuidaba muy mucho de hablar mal del político. Había aprendido bien aquello de que nunca hay que dar queja al que manda. Ordoño, el marido, ni se atrevía a disentir; la propuesta de una captura lo espantaba.
—¿Quién va a liberar la ruta? —Ordoño se tomó su tiempo para preguntar, respiraba agitado y sudaba, pero se animó a hablar. No podía disimular su miedo.
Ladina siempre se preguntaba si Ordoño era o se hacía. “¿Siempre fue así de boludo? ¿Yo qué pensaba cuando me casé con él?” Cándida la diría que pensó con la vulva, porque cabeza nunca tuvo. Después le echó la culpa al tumor que lo volvía más idiota. Qué liberar ni liberar. La ruta interna no la transitaba casi nadie. Apenas pasaba el viento y algún paisano a caballo, de esos viejos mañeros que no sabían usar otro camino más que ese, que habían aprendido de niños. Además, los viejos mañeros nunca hablan. Que si no tenían lengua se la comieron ellos mismos. No había ni que abrir la boca si se quería ver el nuevo día. Y eso los viejos lo habían aprendido desde la época de los señores ingleses. No sé nada. No he visto nada. Eso era todo.
Desde que los narcos compraron esas tierras no se siembra nada. Eran de tránsito. Cuanto menos merodearan por ellas, mejor. Cuando el pomberito o el ánima perdida no convencían, dos escopetazos hacían entrar en razón a cualquiera. Al principio llegaba de vez en cuando alguna avioneta que aterrizaba al fondo del villorrio, pero por entonces ya no, todo iba por el río, cuesta abajo, en barco hacia Buenos Aires. Más barato y seguro.
Eran buenas tierras, los frutales crecían a voluntad. Las mandarinas más dulces eran de esos campos. Sus frutos eran los que los niños más deseaban. Por detrás de los mandarinos pasaba la ruta de tierra que se escabullía en todas direcciones. Por ella se podía sacar la mercadería sin que nadie estorbara. De ahí al río, donde siempre esperaba la barcaza que desaparecía luego de recibir la carga entre unas olas pequeñas, para nada apacibles.
La ruta nacional era otra cosa. De vez en cuando se aparecía los gendarmes y cobraba peaje. Pero una cosa era “maría” y otra la carne. La carne es pecado en estado puro, es cargar sobre los hombros los mismos cuernos del diablo. No hay coima que valga si el riesgo es tanto. Con la coca es cuestión de pactar los porcentajes. Vamos tanto y tanto. ¿Pero cómo hacer eso con la carne? No hay manera.
***
Si el viejo muerto había hecho lo suyo, nada debería salir mal. Así pensaba Ladina, pero no Ordoño.
¿Un cadáver a tiempo resuelve muchas dudas? Ordoño no lo creía. Él tenía mucho que perder, incluso la vida, o quedar idiota por ese tumor cerebral del que Ladina le decía, le comía el cerebro todos los días un poco. Pero un viejo muerto no tiene nada que perder. No puede echarse a perder porque ya está perdido.
En cambio, Ladina siempre confió en el viejo muerto. Desde el primer momento en que lo vio escondido dentro del círculo que describían los frutales donde los patrones desfloraban a las niñas. Ladina especulaba que por la ventana del rancho debería haberle echado la última mirada a la muchacha para asegurar la mercadería. Tal vez hasta repitió con esa voz nefasta su nombre: Zurita… Zurita… Cándida habrá hecho que no escuchó nada mientras fumaba su pipa. La vieja sabía cómo disimular. Después de todo, prefería el desvirgue por quien fuera al balde lleno de agua donde ahogaban a las gatas. Nadie quiere gatas, nadie quiere vírgenes.
Fue el viejo muerto el que describió la anatomía de Zurita. Busto pequeño, caderas suaves, muslos firmes. Ladina le dio la razón. “Un caramelo”, dijo. Dulce-dulce. No tardó en ofrecerla, y menos en venderla. ¿Quién no querría una mercadería como esa? “¿Virgen?” Preguntaron. Por completo. ¿Pero seguro que es virgen? Repitió “por completo”, ¿o hablo al pedo? Es hasta bonita, dijo para alabar su mercadería. Una buena lavada ya sabe dónde, alguna ropita liviana medio trasparentosa, y estará lista para la ceremonia. Cómprela ahora porque se la lleva cualquiera.
La transacción sería luego de la cena. Los tíos eran garantes del pacto. Fácil como degollar a los pollos colorados. Fácil como hacer estofado de pollo y amasar fideos.
Ladina intentó un último llamado al comisario antes de salir para el rancho de Cándida. Nada. “Hijo de puta, borracho de mierda”. No hubo caso.
Ordoño manejaría la chata esa tarde-noche. A él no lo impresionaba el paisaje, tal vez porque no alcanzaba a comprenderlo.
El mensaje de los tíos llegó a tiempo. No podían fallar. Ladina lo leyó varias veces antes de borrarlo. Tal vez equivocaba su mal presentimiento y las cosas saldrían lo bien que se merecía. Porque ella se merecía el bien y no el mal. Por cumplidora. Debió estar donde decapitaron los pollos para ver en qué dirección corría la sangre. Se recriminó su poca dedicación a las cosas del destino. Si la sangre corría en dirección al camino viejo, le habría dado alguna tranquilidad.
Apenas Ordoño puso en marcha el motor, Ladina extrajo de una carterita negra que llevaba un bello rosario nacarado. Cristo en bronce, eslabones dorados. La redondez de las cuentas era magnífica. El rezar siempre es gratificante. A Dios se le puede pedir cualquier cosa y creer que nos la va a conceder a pesar de nuestros pecados. “Que no haya corrido la sangre en dirección a Zurita”, murmuró mientras corrían por las cuentas sus ásperos y gruesos dedos. Ordoño no alcanzó a escuchar lo que dijo su esposa. ¿Y si hubiese ocurrido de tal modo, una sangrecita confundiéndose epitelial con la piel de la muchacha, una roja señal espiritosa? Un déjà vu de la menarca. Algo que fue, que se repite y repite en una línea de humanidad remota. Menstruar es señal de temprana madurez. Al cliente le gustaría más, con seguridad. Probar la sangre joven alimenta la pasión. Nada de qué preocuparse. Explicaría: las niñas maduran antes que los hombres, que son algo idiotas hasta ya pasada la juventud. O más aún. La edad del pavo en los varones es prolongada y a veces interminable. Las mujeres, en cambio, están listas apenas se asoman sus pequeños pezones a la vida marital. ¡Aproveche! ¡Aproveche!
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