Vivir para morir, esas fueron las palabras que tallé en aquel árbol a los seis años y ahora, con treinta, finalmente logro entender el peso de las mismas. He llegado más lejos de lo que en su momento pensé que llegaría , incluso más de lo que deseé en aquel entonces. A una temprana edad, un niño observaba los árboles de aquel lugar con el palpitar en su corazón … miedo mezclado con una furia, un instinto que gritaba muy en su interior con la determinación salvaje de un animal . Incapaz de reconocerlo, pero siendo consciente de su presencia, dejaba en el silencio como un secreto aquello que siempre se sintió suyo, aunque él a veces no lo quisiera; soledad, esa fue la primera palabra de las miles que escuchó en su corta vida que grabó a fuego en su vacía y seca mirada . Un cansancio se instauró en él , un firme recuerdo de lo que significa decidir, incluso si ninguna opción es buena para él. Pero el tiempo pasó y, cual milagro, el habitante del día migró a la noche con temor, pero sin pausa, avanzando más y más a los rincones más profundos de la duda, del encuentro y del misterio, buscando encontrar una respuesta que satisficiera el vacío que ahora ya hacía en su pecho, acompañando a su corazón .
Un sueño , uno distante e inquietante, aunque irónicamente hogareño; varado en una playa, observa a sus pies las olas del inmenso océano que ahora ya hace frente a él. Se pone de pie y, sin titubear, decide caminar hacia el horizonte, va sobre sus aguas sin caer, no importa cuánto se agite, sigues de pie, avanzando sin dudar.. . más y más. Pero conforme lo haces, sientes tus pies pesados, cada día más, hasta que finalmente te hundes en él, abandonando el calor del sol para sumergirte en la fría oscuridad de esas profundas aguas . Pierdes de vista el brillo del sol al llegar a este inhóspito lecho marino sin saber dónde es el frente o el atrás. Aún sin orientarte correctamente, decides retomar tus pasos y avanzas en el misterio sin ruido que ahora te arropa. Tras el paso del tiempo, te sientes ligero, pero tales momentos son efímeros como la sensación de estar despierto ; a veces te despegas del lecho marino por cortas horas, volviendo nuevamente a él. Sin previo aviso, logras llegar más lejos y, sintiendo ligeros tus descalzos dedos, ves nuevamente el brillo del sol, esos rayos de luz que cautivan el corazón al contemplarse . Avanzando, ves a otros más , algunos más ligeros y otros en tu misma posición , cada uno de ellos con sus razones propias para estar allí. Y sin previo aviso, el miedo recorre tu cuerpo, sin luz o reflejo, tu mirada se dirige a tus pies ; sin ver, sabes perfectamente lo que hay allí , una advertencia de la vida… ya hace en la arena húmeda del profundo océano huesos negros arrastrándose, iluminados por el más pequeño brillo que un latido podría dar . Van hacia adelante lentos como las piedras y, aunque sabes lo que son , qué pregunta representan y qué respuesta poseen, aguardas en silencio sin decir nada, tal vez por respeto, o por miedo o por indiferencia, eso es lo de menos; al final decides seguir, pero ahora con una convicción en el pecho y con diferentes pensamientos, das tus próximos pasos esperando solo lo mejor, aunque puedas siempre ver el otro lado del sol.
Despiertas, el tiempo vuela y, aunque te sientes agitado, toca retomar la rutina . Tu fiel compañera es el silencio y en ella las palabras son ley . Como toda persona, otorgas al alma un propósito para poder crecer en este mundo indiferente . Cambias con él, incluso cuando cambia sin previo aviso, sosteniéndote con cualquier bastón que puedas tallar a mano. Observas frente a las rejas una pelea encarnizada entre otro reo y el carcelero, donde el rostro de ambos permanece oculto . El misterio ya está en saber quién es quién , porque al tener una respuesta uno será declarado culpable y el otro inocente ; esa es la ley, como el castigo que has de tener . La cuestión es simple: la víctima debe saber cuándo pedir clemencia y el carcelero cuándo darla . Un error y todo cambia de lugar; nuevamente eso los incluye a todos ellos . ¿Cómo decidir que esa voz debe escucharse o si debe ignorarse ? Esa incertidumbre constante forja a nuestro observador que, aunque ajeno al dolor, incluso permaneciendo quieto sin intervenir, sigue siendo partícipe de todo lo que ocurre.
Y aquí me encuentro , prevaleciendo en un mundo sin voz, llenando los espacios con el ruido de una canción que, cual eco, se apaga a la distancia, muriendo en la noche para renacer en el día con vigor, trazando un nuevo firmamento al cual seguir.
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