EL DE ATRÁS ERA YO

EL DE ATRÁS ERA YO

Susana Cavero

15/07/2026

A las dos en punto, Miguel bajó a comprar algo para comer delante del ordenador, como cada día. En el trayecto hacia la cafetería fue cuando ocurrió por primera vez, o eso recordaría más tarde. Por el rabillo del ojo derecho le pareció ver algo extraño en el reflejo de su figura en el escaparate de la tienda. Algo no encajaba. No supo qué, pero no le dio importancia y siguió su día. La sensación se repitió en las siguientes semanas; siempre le pillaba distraído o concentrado en alguna de sus tareas y los episodios pasaron de largo en su cabeza.

Fue un sábado de primavera, en el paseo matutino con su hija en los hombros. Al girarse repentinamente delante de la cristalera, uno, dos, tres pasos por detrás, su reflejo se aproximaba a él como un perro al acecho. Cuando llegó a su altura y lo tuvo delante, vio asombro y pánico en la mirada y un leve brillo que no reconoció. A punto estuvo de dejar caer a la niña. Al descolgarla con manos sudorosas vio al mendigo habitual de la puerta del establecimiento desparramado sobre cartones y harapos.

—Usted es que va detrás, amigo. Tome, la necesita más que yo —le dijo, alargando su mano sucia para ofrecerle una moneda que recibió como hechizado.

Pasó de largo la entrada de la tienda con la niña agarrada con fuerza de la mano y corrió hacia el parking, incapaz de responder las preguntas insistentes de su hija, que no paraba de reclamar explicaciones sobre el cambio de planes. Condujo hipnotizado; necesitaba contárselo a Mónica, ella encontraría una explicación que a él se le escapaba. «El estrés, seguro que es estrés», se repetía.

—De verdad, Mónica. Mi reflejo iba tres metros por detrás como si tuviera vida propia —le describía a su mujer, gesticulando y escenificando los pasos y forma del reflejo que recordaba.

—¿Pero te estás oyendo la tontería que dices? —le replicó Mónica.

—Que de verdad, que no estoy tan tonto, joder —le contestó, levantando tanto la voz, que la niña, que asistía al principio divertida a la discusión, se asustó.

—A ver, te lo llevo diciendo tiempo. Estás obsesionado con el trabajo y la maldita IA te tiene absorbido el coco. Esto, o es de oftalmólogo, o es de psicólogo. Porque te tienes que ver —le contestó—, pide cita ya, o te la pido yo.

—Mira. El mendigo que siempre está en la puerta me dio esta moneda, y me dijo que el de atrás era yo. Miguel metió la mano en el bolsillo y se la mostró.

Los dos miraron el objeto que no era una moneda, era una ficha antigua, de esas que tenían una muesca de lado a lado en el centro de una cara y dos equidistantes en la contraria.

—Anda, pero si es una ficha de cabina antigua, como las que usaba mi padre para jugar al mus— dijo Miguel, mientras Mónica se giraba y le repetía —oftalmólogo y psicólogo, las dos citas, por favor.

—¡Venga ya! Vamos y lo verás con tus propios ojos— la retó sin tenerlas todas consigo.

En el lugar de los hechos, hizo una representación teatral completa: cada paso, cada pensamiento, cada sentimiento, pero sin uno de los personajes: el mendigo. Mónica aplaudió desganada para poner fin al esperpento que atraía las miradas de los transeúntes, porque el suceso narrado no se repitió, por más que recreaba la escena.

—Mañana mismo pides cita para el psicólogo—sentenció Mónica.

En casa, sentado en la cama, viendo encima de la mesilla la ficha, los recuerdos se le agolpaban: los veranos en la playa, sus padres y sus tíos, siempre inseparables, los piques y bromas de las partidas, su primo arriesgándose con señas falsas. «Mejor no comentar nada», pensaba, no fuera que los interpretaran vete tú a saber cómo… y la guardó en el cajón.

Caminaba mirando el suelo. Funcionaba trazar rutas con el menor número de escaparates, aunque de vez en cuando el reojo podía más. Siempre terminaba girando la cabeza.

Tampoco podía deshacerse de la ficha, estaba convencido de que devolviéndola a su dueño las cosas volverían a la normalidad. Pasaba de vez en cuando en coche por la puerta de los grandes almacenes, pero ni rastro del mendigo. Por las noches, la ficha seguía observándole al cerrar el cajón de la mesilla, como un policía vigilando a su preso.

Uno de los nuevos clientes era una editorial. Decidió preparar algo original, que los dejara con la boca abierta. Configuró las plataformas de IA para simular un concurso literario, haciendo una competición entre los modelos más comerciales del momento, con instrucciones simples. Nada técnico. Solo literatura.

Se metió de lleno durante días en la demo. «Puedo incrementar el valor del experimento si añado un texto no artificial, un relato humano. Eso será original», se le ocurrió. Adoptó el rol de participante humano y comenzó a completar el ejercicio escribiendo un primer párrafo, al que siguió un segundo… La tarde pasó sin comer, sin coger el móvil, sin revisar los emails, transfigurado a otro escenario del que no quería volver; no podía volver: «conseguiré un texto de tres mil palabras, con todos los ingredientes requeridos y un final que no olvidaran», se retaba. Escribía como cuando era él. Pasadas las diez de la noche cerró el ordenador y el sándwich entero y seco fue directo a la papelera.

—¿No puedes avisar? Sabes que no hay problema, pero avisa, yo ya he cenado— oyó a Mónica nada más abrir la puerta.

—Perdona, me he despistado— contestó, dándole un beso, que Mónica recibió con sorpresa y a punto estuvo de hacerle la cobra.

—Uy, ¿qué ha pasado?¿Has cerrado un proyecto o te has tomado unas cervezas? Ese brillo en los ojos…— le contestó, mirándole a la cara.

—Ni una cosa, ni otra. Es el nuevo cliente, le estoy preparando una demo alucinante. Un concurso literario, IA con relato humano, todo un desafío. Me está costando porque me he picado haciendo el relato humano. No te imaginas el pique que traigo— contestó.

—¿Tienes ya la cita del psicólogo? Ya estás como siempre. Preferiría que me hubieras dicho que vienes de tomar cervezas. Anda, tráete la cena aquí y vemos el siguiente capítulo de Juego Artificial— le respondió mientras se giraba y apuntaba con el mando a la televisión.

En la cocina se preparó y puso en la bandeja un sándwich y, por qué no, dos cervecitas.

El día de la presentación, sin pensar, cogió la ficha del cajón en un alarde de valentía. La metió en el bolsillo de la chaqueta para sentirla cerca y la estuvo manoseando durante toda la demo, con disimulo, como un reciente no fumador que se deja un pitillo detrás de la oreja para rozar su triunfo cada vez que se coloca el flequillo.

—Nos ha impactado, Miguel. Ese reto artificial-humano, me apetece verlo— dijo el director general —la posibilidad de organizar una convocatoria que llamaremos narrativa convergente, puede ser una gran baza para nosotros. Nos serviría para rejuvenecer la marca. Hagamos un plan de siguientes pasos. ¿Cómo lo ves?

—El desafío es importante, nadie se ha atrevido todavía— contestó Miguel —por eso la oportunidad y relevancia que se pueden conseguir son grandes. Seguro que hay controversia.

—Pues adelante. Con este desafío podemos volver a la vanguardia. No lo pensamos más, lo necesitamos. Pero tú, Miguel, te presentas como humano— dijo el director, comprometiendo entre risas la participación de Miguel en la modalidad humana.

—Por supuesto, contad con ello— contestó con media sonrisa, mientras el nudo del estómago se le relajaba de golpe.

Volviendo a la oficina en el coche con la música a tope, se decía en voz alta:«¡Qué buen negocio he hecho! ¡Y vaya final del relato!», y se desvió distraído por la carretera de la playa cerca del casco antiguo. Encontró sitio para aparcar en el paseo con facilidad de día de diario. Se acercó y apoyó en la barandilla, cerca del acceso habitual de aquellos veranos. Observaba la pleamar acercándose, invadir la arena seca centímetro a centímetro, la repetición de olas todas diferentes, pero iguales en sus recuerdos. Con la ficha en la mano calculó si alcanzaría el agua de una tirada, como cuando jugaba con su primo. La guardó.

Unos meses más tarde, de camino a recoger a sus suegros para comer el fin de semana, casi atropella a un mendigo que cruzaba un paso de cebra distraído. «Es él». El frenazo fue tan sonoro que los transeúntes cercanos volvieron la cabeza esperando un trágico final; Miguel en cambio agarrado al volante con fuerza no podía distraer la mirada de la figura andante, sucia, y su reflejo. Un bocinazo le despertó de la hipnosis. Aparcó donde pudo y corrió como un loco detrás de esa persona encorvada.

—¿Pero qué quiere usted? Suélteme.— le dijo el mendigo, mientras Miguel le agarraba del brazo —Bastante jodido estoy ya para que me venga usted a joder más.

Echó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que, ni era la misma persona de los grandes almacenes, ni llevaba la ficha encima.

—Perdón, perdón, le confundí con otra persona— le dijo.

—Pero que otra persona, ¿no me ve la facha?, soy único en esta ciudad.— y el hombre continuó su camino hablando para sí.

Se quedó parado en mitad de la acera con la mano metida en el bolsillo vacío. Recogió a sus suegros en un viaje solo salpicado de monosílabos y pasó la tarde en un tedio «soso», como lo calificó Mónica. Cuando se fueron buscó la ficha sin éxito: la había perdido. Durmió mal intentando recordar dónde podría estar la dichosa ficha.

—¿No habrás visto por ahí la ficha esa de cabina telefónica?¿Y tú, nena?— lanzó la pregunta a madre e hija en el desayuno— Sí, esa antigua que me dio el mendigo ¿No te acuerdas?

—¿Qué mendigo? ¿Qué ficha? ¿De qué hablas?— dijo Mónica— Nos vamos ya. Esta tarde cine, acuérdate. Me apetece la peli que has escogido.— Y salieron de la cocina dejando a Miguel con la taza de café en la mano decidiendo si hacerse una tostada o no. No tenía mucha hambre.

No volvió a mencionar la ficha en todo el verano. También dejó de necesitar buscarla en los bolsillos. Mónica tampoco preguntó por el psicólogo. Pasaba por delante de los escaparates fijándose si la caída de la chaqueta estaba bien, o notaba algo más de tripa. Comenzó a salir a su hora del trabajo.

El cambio de la luz y el color del mar en otoño en el trayecto de la playa ahora era su imán. Un libro, un cuaderno y cinco piedrecitas en el bolsillo. Le encantaba repetir el juego, como con su primo. Una a una las lanzaba desde la barandilla calculando la pleamar. Luego, contemplando el mar, abría el cuaderno.

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