
El Ángel del Señor anunció a María en Radio Madrid a las doce en punto, justo cuando la señorita entra en la cocina y pregunta a Carmencita dónde está su madre. Contesta, pero sin desatender sus tareas. La señora ha salido un momento y ahora viene, creo que iba a hacer unas pruebas con el modisto por lo de la gala benéfica. La espera de la señorita es en la biblioteca, con un poco de impaciencia y el deseo intacto. Pasa un dedo por las letras doradas del canto de algún libro, casi al azar, pero no se entretiene leyendo; ese día sus intereses tienen otro dueño. Cuando llega doña Pilar, por fin, su hija le pide cincuenta pesetas para comprarse unos topolinos. Son los que quiere estrenar el sábado cuando meriende con su amiga Charo —recién prometida—, el afortunado y, lo que es aún mejor, con un amigo de éste de la escuela de ingenieros en el que Charo ha depositado muchas esperanzas. Ella, también; al principio prestadas, pero las ha terminado por hacer suyas, imaginándose de paseo los domingos con él de la mano tras salir del cine. Ya no había espacio para otra cosa que no fuera tener por fin novio. Afortunada y más que merecido. Con el dinero en el bolso sale del portal santiguándose para que le vea la portera, portando una cara de felicidad que le durará al menos hasta la salida de Galerías Preciados y se alargará, incluso, hasta cuando llegue de nuevo a su casa tras bajarse del taxi con los zapatos nuevos colgados de su mano. A su madre le parecen divinos; a su papi, tras un beso en la mejilla que, si a ella le gustan a él también, prestando más atención a la sonrisa de la cara de su niña que al nuevo capricho. No hay nada que pueda hacer más feliz a un padre que la sonrisa esperanzadora de su hija. Doña Pilar, que lo presencia, no puede sentirse más afortunada. Apenas una hora más tarde, a las tres en punto, están ya todos sentados a la mesa. Carmencita, como de costumbre, sirve primero al cabeza de familia, que preside la mesa. Toca crema. Hablan de naderías hasta que, ya con la merluza, el padre comenta la noticia de esos días: el ABC decía que España por fin había entrado oficialmente en la Organización de Naciones Unidas. Doña Pilar y su hija escuchan la buena nueva sin participar en los comentarios de los varones de la casa, pero colaboran en la conversación con las expresiones alegres de sus caras, buscando mimetizarse con las de los comensales masculinos. Sus miradas se encuentran en silencio como fruto de una educación exquisita. El padre le dice al hijo lo importante que puede ser para el negocio familiar la ruptura del aislamiento internacional del Régimen. Ellas siguen mostrándose mudas, pero evidenciando dicha. El señorito, tras hacer una señal a Carmencita con la mano para que no le eche más guarnición, le dice al padre que cómo es posible que se haya esperado al mismísimo 1955 para por fin solucionar semejante oprobio. Menudo disparate. Comenta que su profesor de derecho internacional les ha dicho en clase que, tras el acuerdo con Estados Unidos dos años antes para la cesión de las bases militares, esto estaba cantado. Carmencita, siguiendo las indicaciones del señor, y convirtiendo ese día en festivo siendo martes, tras los postres, sirve una copa de coñac a los varones y anís a doña Pilar e hija. El brindis es por los años de prosperidad que se avecinan, para España y para la familia. Carne de NO-DO, qué podía ser si no. Tras levantarse los cuatro de la mesa, Carmencita, sin romper su silencio, recoge todo mientras que reverbera dentro de ella, como con eco, todas las frases que ha escuchado en esa mesa. No, no ha sido otro día más. Ha sido uno de esos donde su cara es abofeteada para dejarle claro, por si alguien dudaba, a qué sitio pertenece y qué puertas nunca van a ser abiertas. Qué necesidad había. Tras dejar preparada la cena en la casa del barrio Salamanca, pasadas ya las ocho y media, entra en su piso compartido solo unos segundos más tarde de saludar en la corredera a la vecina. No más de dos palabras, Carmencita a esas horas estaba ya cansada, no habladora. Después de dejar el pasillo, abre, como el resto de los días que su hermano Carmelo llega antes a casa, la capillita domiciliaria con el San Antonio Peregrino que les tocaba custodiar ese mes. Carmelo está sentado en la cocina haciendo juego con el entorno. La luz apagada y el frío anidado en sus manos. Dios va a acabar castigándote como sigas con esto. La luz es encendida con la mano de Carmencita. Los ojos de Carmelo se entornan. A mí ese puto Dios ya me ha castigado bastante. Virgencita dame paciencia. Deja ya de una vez de blasfemar, por favor te lo pido. Qué falta hace tanto vituperio, nadie te va a devolver a tu esposa, que Dios tenga en su Gloria. Ya, ni tampoco me va a traer de Rusia ni a mi hijo ni a mis nietos que no conozco. Déjame en paz con tus santos de los cojones, que mira todo lo que nos han ayudado. Miradas calladas y algo resentidas. No se entienden. Ya nunca. Silencio. Carmelo ese día tiene los ojos grises y secos, pero tal vez aún más grises y más secos. Como todas las tardes, al entrar en el portal viniendo de la fábrica, ha abierto el buzón donde tampoco había ninguna carta de su hijo. Pero que el buzón siguiera mudo no era el motivo de tanta aspereza, está ya hecho a ese silencio que nunca ha dejado de doler. En la radio había oído lo del ingreso de España en las Naciones Unidas y, de golpe, ha aceptado que su hijo nunca volverá a casa. Piensa que han sido definitivamente abandonados: los Pirineos se han cerrado para siempre. Esa noche no quiso cenar sopa de pan, la amargura había enraizado ya en su estómago para no irse. Carmencita, después de recoger todo y esperar a que el resto de los compañeros de piso estuvieran en su cama, se lava a plazos con una palangana y agua calentada en la cocina para por fin acostarse en la habitación compartida. Tras dar cuerda al despertador que la levantará las seis y media, solo le quedaba como tarea pendiente rezar a la Virgen para agradecer una vez más que el día había acabado con trabajo y sin enfermedades. No se permite ninguna lágrima. Atrás quedaron las noches en las que pedía la carta de un novio que apenas tuvo. Carlos se llamaba. Dios te salve, María, porque llena eres de gracia
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