
Otra noche de paseos como si fuera una Lolita caprichosa por la acera gris cerca del descampao. El suelo está lleno de chicles escupíos que tienen hormigas pegadas. Ya no mueven las patas, ni tampoco las antenas. Seguro que se sintieron atraídas por el azúcar y, como unas peleles enganchadas, no han podido escapar.
A mi espalda hay una casa en ruinas que huele a humedad estancá y a orines porque la tribu la utiliza como aseo. Este es el lugar donde suelo desfilar cada día como si se tratara de una pasarela de moda. En la tapia hay un grafiti despintao que dice: «Son putas». ¡Qué mal nos quieren! La gente de la ciudad conoce a este lugar como el descampao. Es aquí, al otro lado de la línea insalubre, donde trabajan las llamadas mujeres fatales. Sí, lo hacen para matar al hambre o para apagar la sed de la droga. Yo soy una de ellas.
En el barrio hay edificios destartalaos que fueron construidos a finales de los años setenta para el populacho. En una de esas viviendas tengo un cuarto alquilao a Perruna. Ella es colega de profesión. Ha cumplido más de cuarenta y cinco años, pero se conserva como metía en manteca colora. En el piso vivimos tres chicas con Perruna. Nunca bajamos a la plaza cuando los niños están jugando al fútbol o al pillapilla. Yo me asomo a los cristales tras los visillos para verlos correr y escuchar las risas infantiles. Cuando cantan canciones acompañando a los juegos: «¿Dónde están las llaves? Matarile, rile, rile…», aguanto el impulso de correr hacia las escaleras para ir a jugar con ellos. Esa canción que dice: «Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras…». Esas mentiras que tejen mis verdades a medias son las que hielan el corazón.
Los vecinos del bloque no nos saludan. La presidenta de la comunidad ha dado quejas al casero para que rescinda el contrato con Perruna. Nosotras, que de día somos fantasmas y al amanecer somos como el viento suave que penetra en el portal con pies envueltos en algodón. Los hombres suelen mirarnos por el rabillo del ojo, aunque alguno con descaro nos guiña para provocar sonrisas: suelen ser los casposos. Esos suelen abandonar la cama caliente que comparten con la mujer y gastan el dinero en el burdel del pueblo cercano. Luego, las mujeres nos gritan por el descampao chillando como poseídas, para que nos olvidemos de sus hombres. ¡Si ninguno de ellos nos quita el sueño! Esos que son gatitos en los coches y en las camas deshechas del hogar, hienas sin cuernos.
Al final de la calle hay un bar que se llama El Boliche porque el dueño es argentino. Está abierto las veinticuatro horas todos los días del año, incluso la noche de Navidad. No es extraño ver por allí a los pitufos tomando café con churros. Entre esa gente hay algunos que están contratados por el diablo. Lo insólito es que ninguno de ellos pide el carnet a los que vienen al descampao para usar nuestros servicios. A nosotras sí nos los piden por la ley de vagos y malas hierbas: eso dicen. Perruna ha estado varias veces en el cuartel de la policía detenida por culpa de borrachos camorristas que le dejaron el cuerpo con más cardenales que el último cónclave papal. Ellos van a sus casas a dormir, porque pueden avasallar a quien quieran y cuándo quieran simplemente porque somos escoria. Mientras, Perruna, tras las rejas del calabozo, se clava las uñas en la palma de las manos cuando oye al policía: «¿Dónde tienes el rabo? El descampao es nuestro reino, pero ninguna de nosotras nació en él.
Nuestros brazos se posan en las ventanillas de los coches como si estuviéramos en el pretil de una terraza. Yo propongo con dulzura: «¿En qué te puedo ayudar?». Si bajan los cristales, solemos montarnos en el asiento del copiloto, sin maracas ni bongos, y el conductor aparca al final del páramo con la oscuridad como Celestina. Solo doy abrazos sin mirar a los ojos, toquecitos con los dedos en la espalda como si fuesen niños pequeños que lloran por el chupe o la teta de mamá, y si bailo con alguno de ellos, prefiero la salsa de pasos libres antes que las caminatas lentas y el abrazo en que los cuerpos parecen flotar. «Acércate más… y más y más, pero no mucho más». Evito el roce de las telas, ya que evoca el recuerdo incómodo que me ata al tango.
El bamboleo del cuerpo es para los ojos miopes que buscan pescar algo de carne en el descampao. Algunos atraídos por los volantes rosas responden a la llamada, pero la mayoría se acerca porque parezco una chiquilla sin necesidad de maquillar. Siempre me he negado a untarme coloretes, incluso cuando tenía once años y él me regaló una caja de polvos; decía que eran del Sahara. ¡Ja! Aquellos polvos resecaron la piel de la niña. Ahora utilizo un corrector iluminador para ocultar las ojeras, pues aporta luz al rostro. Es una forma de esconder los problemas de sueño que sufro desde pequeña.
Aquí nos conocemos por apodos. A mí me llaman Ava por los ojazos verdes. Perruna fue quien me bautizó porque dice que tengo el mismo defecto, beber ginebra, que la actriz norteamericana. Al parecer, el padre de Perruna, que era cantaor de flamenco, tuvo un romance con Ava Gardner cuando ella vivió en Madrid. Cuando bebo, lo hago a solas, y también soy amante del caballo en vena o esnifao.
Hace unos años, me gustaba leer poesía y escribía un diario para que lo feo que calaba en mi interior fuese puntada tras puntada un poema tejido con nudos. Aquel cuaderno seguro que terminó en la chimenea de la cocina tirado por la mano de la mujer de tito Fernando. ¿Lo leería antes de quemarlo? Miguel Hernández dijo: «Llego con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida». Cuando Perruna me encontró, yo tenía tres heridas: la desconfianza, el cuerpo roto y el amor envenenao.
—Niña, tú vales mucho para estos andurriales —dice la Perruna cuando pasa por mi lado—. ¡Maldito caballo! —apretó la mandíbula y susurró entre dientes antes de escupir al suelo.
Hace unos meses, Perruna tuvo que llamar a un amigo que es médico de urgencias.
—¿Dónde está la niña? —preguntó a Lola y a Pepa. La voz le temblaba como si supiera la respuesta
—Hoy no ha venío. —Al ver a Perruna santiguarse, ambas comenzaron a gritar.
Me desperté en el hospital al escuchar un pitido, que no callaba, bip… bip… bip… bip… Era el monitor cardíaco. Allí estaba Perruna, con mi mano entre las suyas.
Mi abuela paterna era costurera en el pueblo. Un pueblo como otro cualquiera, donde las calles empinadas y los cantos rodados eran el camino que recorrían las bestias del campo. Una primavera, en una revista de moda llamada Burda, vi los zapatos rojos de Cenicienta más bonitos del mundo. Escribía en mi cuaderno de poesía que aquellos zapatos serían como los de Dorothy para salir del pueblo e ir a la capital de la moda en París de Francia. Dejé de hablar con la abuela porque se negó a comprarlos. Hacía cuatro meses del fallecimiento de mi padre. Yo estaba en esa edad en la que el cuerpo crece en jardines de juncos y algunas miradas adultas premian al deseo. Fue el primer regalo. Cuando abrió la caja, solo estábamos nosotros dos bajo el manzano. El aroma algo alimonado de la flor del manzano se disfrazó de príncipe cuando deslizó sus manos en mis pies.
Por las noches, cada vez que me llamaba para que subiera a la segunda planta, yo estaba cosiendo en la máquina remalladora un canto de la tela. La abuela estaba ya dormida. Y subir a los cuartos en la segunda planta suponía ir escalando peldaño a peldaño la escalera con rellanos de losetas negras. Solo había dos bombillas: una de ellas llevaba años fundida en la planta inferior. Cuando mi padre vivía o la abuela me mandaban al cuarto, las cejas se elevaban de tal forma que los ojos veían largas sombras escondidas tras las cortinas que parecían tener garras puntiagudas como en los cuentos de ogros. Las sombras se dibujaban en el espejo, esperando en el último escalón con los brazos abiertos para secuestrarme. Todas las noches, desde pequeña, aquella sombra escondida tras la cortina me tomaba de la mano para llevarme al cuarto. Luego me vestía con trajes que había comprado en las boutiques de la ciudad. Esos trajes estaban ocultos en la maleta vieja de la abuela en el sótano. Antes de ponerme la ropa, mis ojos debían estar cerrados para no ver al monstruo que sacaba la cabeza del armario. Después desfilaba como una modelo por la alfombra negra delante de mis muñecos vestidos de gala, sus ropas estaban confeccionada con mis manos. Él tiraba fotos: clic, clac, clic, clac… porque era el fotógrafo de la prestigiosa revista Vogue.
Cuando la abuela murió, la mujer del tío Fernando se hizo dueña de la casa familiar y del taller de costura. Una mañana, al entrar en la sala, encontré la maleta vieja de la abuela abierta en el suelo: estaban volteados los zapatos rojos y la ropa interior confeccionada con encaje tipo chantilly. Aquella mujerona, que olía a cebolla, señalaba con el dedo índice la maleta. En sus manos tenía una carpeta abultada que intentaba retorcer como si fuese el cuello de una gallina. En francés gritaba algo como que el infierno estaba en aquella casa. Luego me cogió por los hombros y me empujó a la calle. Cerró la puerta. Al rato volvió a abrirla y revoleó la maleta con la ropa y los zapatos en el interior. El paraíso se rompió cuando abrió la puerta de nuevo y tiró dinero al suelo. Antes de tomar el picaporte, lanzo un escupitajo hacia donde yo estaba de pie envuelta en mis propios brazos, y me dijo: «Petite cochonne». Y el marco de la puerta vibró como si se hubiese producido un terremoto.
Ahora desfilo todos los días por esta acera que el viento besa, aunque los adoquines estén partidos. Por el sonido de los tacones al pisar el suelo, las otras modelos saben que quien pasa por su vera soy yo. La juventud corre por mis venas como si fuera la primavera pintando de carmín los labios, y eso hace que los coches se acerquen hasta el rincón donde está mi silla de enea: la de color rojo. Otro de sus regalos. En ella me siento con las piernas algo entreabiertas para hacer el famoso cruce de piernas de la actriz Sharon Stone. Este es mi secreto: las miradas de instinto básico y los vestidos rosas de Barbie modelo.
En la calle hay dos farolas encendidas; en realidad, a lo largo de la avenida hay ocho farolas, pero los niños con tirachinas han roto las bombillas, y con tan poca luz, es difícil ver los rostros de los que nos buscan en coche. A veces, en la oscuridad, me parece ver la mano de uñas largas, pero se aleja cuando me acerco para agarrarla. Alguna de las modelos me llama Ava de rosa, porque al cumplir los catorce años decidí que todos mis vestidos, desde ese momento, serían de ese color. No lo niego, desde pequeña me ha gustado el brilli-brilli.
Esta noche es especial porque es mi cumpleaños, y luzco un mono rosa al que he cosido veintisiete estrellas amarillas para que brillen como un faro. Ahí llega el coche negro de alta gama. Hoy llevo puestos los zapatos rojos para él. En ocasiones, viene a mi encuentro. Le gusta verme desfilar en un local de su propiedad. Luego me ata a la cama y acerca su rostro al mío, y me dice al oído con un temblor en el labio inferior: «Miénteme, dime que me quieres». Y yo lo repito como lo haría una colegiala que compra unas tijeras para cortar algo que quiere olvidar. Aunque el cuerpo esté allí, yo estoy con la aguja en la mano para hilvanar la ropa del maniquí. Solo quiero que termine para salir a picarme: hoy ha traído caballo de calidad.
—Ava —es la voz de Babu, mi camarero favorito del Boliche—. Me ha dicho Perruna que hoy es tu cumpleaños. Es la noche de los grillos: “criis”, “criis”, “criis” —dijo riendo. Te invito a una Coca-Cola — en tono cariñoso—. Quiero pedirte un favor: necesito un traje de chaqueta pa ir a una entrevista como si fuera un señor.
Babu llegó una noche de verano y se escondió entre los matorrales del monte cuando la Guardia Civil arrestó a los compañeros de patera. El dueño del garito le ofreció ser camarero por las noches tras ver cómo arrastró a la calle a dos borrachos que partieron una botella para rajarse la cara. Los sacó como si fueran espantapájaros mecidos por el viento de levante. Loli dice que el cuerpo de Babu parece esculpido por el mismo artista que hizo la estatua del Hércules que hay en su pueblo. Entre los picoletos y Babu hay mucho respeto porque dicen que es una persona de fiar, pero Babu comenta que él es un clandestino a los ojos del día.
Al ver la papelina en mis manos, me ha mirado a los ojos y ha aplastado la colilla que había tirado desde el coche el hombre que decía que yo, desde pequeña, era su pasión.
—¿Te ha vuelto a dar caballo el del coche negro? —dice alzando las cejas.
—¿Para qué quieres saberlo? —pregunté levantando el labio superior con enojo.
—Ava, deja de mentirte.
—¿Mentirme?
—¿Para qué necesitas sus regalos?
—….
—Esos zapatos rojos te quedan pequeños —dice señalando mis pies con moretones.
—Es su primer regalo —digo sonriendo.
—Eso que llevas en la mano, ¿es otro regalo?
—…
—Ava, ¿tú qué necesitas?
—Lo necesito para callar al avispero que tengo dentro de la cabeza.
—Este sitio no es el tuyo.
—Cuando cogí el primer regalo…
—¡Eras una niña!
—Babu, necesito esto —le enseñé la papelina.
—Necesitas ayuda profesional pa
tirar esos zapatos rojos…
—No puedo…
—Ava, te necesito porque eres una gran costurera.
—¿Cómo me pagarías?
—Te pagaría como se paga a una costurera. Y si me dan los papeles, te pediría otro traje pa los domingos.
—Yo…
—Ava, no va a ser fácil, pero nosotros te vamos a ayudar.
Al escucharlo, sentí como si dentro de mí existieran dos fuerzas en lucha: La Bella y la Bestia. ¿Quién encendió la mecha?
—¿Qué necesitas tú? ¿Qué necesitas tú? —preguntó con vehemencia.
—Siempre he querido ser modista de alta costura.
—¿Conoces la historia de Coco Chanel? Tú podrías comenzar con la gente del descampao.
—Babu, ¿para qué me quieres ayudar?
—Pa que la muerte no te lleve.
—…
Algeciras, a 9 de julio de 2026
El libro del taller
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