Una tarde suspendida.

Una tarde suspendida.

D. Asturias

12/07/2026

La universidad todavía estaba en construcción. Los pasillos olían a cemento fresco y las aulas, pintadas de un melocotón apagado, parecían esperar a los estudiantes que no llegaron ese día. La lluvia había suspendido las clases, dejando el campus sumergido en un desierto gris.

En medio de aquel silencio, nos refugiamos en dos pupitres viejos. Afuera, el aguacero golpeaba la tierra hasta convertirla en lodazal; los laureles de la India se doblegaban bajo el peso del agua y el cielo oscuro parecía no tener fin.

Reíamos sin motivo, como tantas veces. Desde niña me había fascinado la lluvia, y por un instante me perdí en el rumor del agua. Al volver la mirada hacia ti, te tomé la mano: era suave, delicada, más que la mía. Siempre fui la más romántica de los dos. Te solté después de un momento, y seguimos conversando con esa complicidad que nos hacía únicos.

El aire era frío y los truenos retumbaban a lo lejos, pero contigo todo se volvía ligero. Cuando la tormenta comenzó a mermar, permanecimos allí, estirando el tiempo. Mi madre solía preguntarme cómo podíamos hablar tanto. No entendía que esa era nuestra magia: las palabras entre nosotros nunca se agotaban.

Cuando el aguacero cedió por completo y los pájaros comenzaron a trinar, te levantaste. En un charco cercano, una ranita verde musgo saltó asustada al verte. Entonces, rompiste el silencio: tarareaste una melodía y bailaste con pasos torpes, como si improvisaras una danza irlandesa. Al terminar, extendiste los brazos y coronaste el acto con un silencioso e histriónico “¡tan-chán!”. Me hiciste reír con el alma.

Me levanté, te abracé y te besé. Tu aliento era frío, pero tu beso, cálido. Tus labios, tan acostumbrados a los míos, se amoldaron con la naturalidad de quien encuentra su sitio, como si hubieran estado esperando ese instante exacto. Fue un gesto breve y profundo, capaz de iluminar la tarde gris. Luego, caminamos juntos hacia la salida, dejando atrás la tormenta y llevándonos el recuerdo.

Hoy todo eso pertenece al pasado. Sin embargo, los pequeños momentos tienen la fuerza de volverse eternidad. Este recuerdo no ha muerto porque yo sigo viva, y mientras respire, lo guardaré conmigo. Al escribirlo, mi único anhelo es que no se pierda; que permanezca un poco más, suspendido como aquella tarde, inmortalizado en palabras.

Etiquetas: relato corto

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