
Me he sentado en la silla azul porque ya no hay más niños en la habitación para esperar. El azul es mi color favorito porque el cielo es azul y los patucos de bebé también. Ya se han ido Pedro, Celia y Pablo. Es el niño más listo del cole. Dijo que los tiburones bebé se comen a sus hermanos antes de salir del huevo para hacerse más fuertes. Mi comida favorita son los macarrones con tomate de mi abuela y no la carne de niño. Yo me muerdo las uñas y la piel que tengo alrededor todo el rato, pero lo hago sin querer. Mi madre me ha comprado un pintauñas pero de mentira, porque no es como el que se ponen ella y la abuela que tienen colores como los del parchís. Es transparente, como las gotas de lluvia y sabe como cuando lloro. La abuela dice que es porque llevo la profesión por dentro y yo no entiendo porque no sé qué quiero ser de mayor y, encima, por dentro solo tenemos órganos, que me lo ha dicho la maestra. Ya no soy amiga de Pablo.
No me dejan salir al patio porque ha empezado a llover. La maestra me ha dado un cuento, pero no me apetece leer. Ya no quiero estar en el cole. Ya llega tu mamá, me dice. Pero no tiene que venir mamá, hoy viene papá. La puerta se abre y aparece mamá. Va muy rápido y no me ve. Se pone a hablar muy alto. Yo cojo la mochila. Me pesa. Mamá me agarra muy fuerte del brazo y salimos a la calle. Tu padre es un sinvergüenza. De verdad, me tiene harta. Me mete en el coche porque yo no puedo sola. Espérate que voy a hablar con tu maestra. Cierra fuerte.
Cuando tengo que esperar, hago cosas en silencio. Sin moverme. Aquí en el coche, miro por la ventana, es como ver la tele, pero de la realidad. Llueve mucho y solo veo un marco gris pero sin ver lo que hay detrás, como cuando algo me da miedo pero no cierro los ojos del todo porque la oscuridad me da más miedo aún. Las gotas suenan contra la ventanilla. Son como los aplausos de la tele. La abuela dice que la lluvia son los ángeles llorando. No entiendo por qué lloran todos a la vez. En el cole no lloramos todos a la vez. Cada uno llora distinto. Yo no suelo llorar porque a mi madre le molesta y mi abuela dice que me van a salir arrugas y yo no quiero ser fea. Quizá las lágrimas, cuando salen de los ojos, hacen daño en la piel porque están llenas de tristeza. La lluvia también es agua, pero no sabe salada. La lluvia hace que crezcan las plantas. Me lo ha dicho la maestra. Mamá entra en el coche y cierra fuerte otra vez. Cierro los ojos. Si cree que estoy dormida, es mejor. Se pone una canción de la radio cuando arranca. Cuando sé que no me va a ver la miro por el espejito de delante, que es un truco de espías que me ha enseñado la abuela para mirar sin que te vean. Ella lo hace con un espejito pequeño y redondo de oro. Hace como que se pinta los labios pero realmente está mirando a la gente que tiene detrás. Lo utiliza sobre todo cuando vamos a merendar al bar. Yo tomo un ColaCao con una tostada de mermelada de fresa. Mientras le quito los bordes a la tostada, la abuela toma un café que huele distinto al que toman mamá y papá, porque le echan un chorrito de lo de siempre. Dejo de mirar a mamá por el espejito. Si pregunto por qué no ha venido papá, se va a enfadar más.
Las gotas dejan de sonar igual. Corren unas detrás de las otras y yo escojo las que van a ganar. Me fijo en los caminos que toman. Muchas se mezclan como el ColaCao en la leche de la merienda. Hay que concentrarse mucho porque son todas muy parecidas y si no te fijas bien, puedes confundir una con otra y no es justo. La línea de meta es el marco de la ventanilla. Sólo puede ganar una. Así es la vida, lo dice papá. En la tripa de mamá éramos dos, pero yo gané. Creo que mi madre quería que ganara Alberto. Por eso siempre está enfadada conmigo. Menudo Martirio de niña, dice siempre. Y así me llamo. Mi nombre no está puesto con letras coloridas de madera en el salón, como el de Alberto. No hay una foto suya, porque no llegó a la meta, pero mamá dejó unos patucos azules que la abuela tejió pensando que él también ganaría. En casa de papá no hay nombre porque así es la vida y hay que tirar p’alante.
Suena el teléfono de mamá. Para a un lado de la carretera. Dice que papá no vino a recogerme, que es un desgraciado, que ya se las apañará. Que lo siente. Que en cinco minutos lo soluciona. Cuelga y se da la vuelta. Se me ha olvidado hacerme la dormida. Mamá tiene que trabajar un momento. Así que pórtate bien. Sale del coche con el teléfono.
Las gotas cambian de color. Puedo jugar con los ojos. Puedo mirar lejos a la calle o mirar cerca. Cerrándolos un poco, veo las gotas y la calle detrás como cuando se me cae agua en los dibujos. Este juego lo aprendí mirando a la abuela. Tiene un ojo de verdad y otro de mentira pero están muy bien hechos, como los de mis muñecas. Al principio intentaba adivinar cuál era cuál cerrando un ojo y luego el otro. Ahora lo uso para mirar las gotas amarillas. Si cierro el ojo y miro hacia la calle, veo que es la farola y luego la luz de la ventana de una casa. En el centro hay otras de color rojo pero cambian a amarillo y luego a verde. En el otro lado hay unas que parpadean de color azul. Es el cartel de una tienda. A la abuela no le gusta que haga eso con los ojos al mirarla porque dice que me va a dar un aire y pone así la cara rara porque uno de su pueblo lo hizo y se le cayó el labio y no pudo cerrar el ojo derecho nunca más. Yo no lo entiendo, porque luego me dice que tengo que salir a que me dé el aire y que por eso me lleva al parque todas las tardes después de recogerme del cole y merendar. Luego vamos a su casa. Me gusta su casa porque no hay nombre de Alberto y encima no hago los deberes porque la abuela no sabe leer ni escribir. Al final yo dejo los cuadernos y le pido que me cuente historias de la telenovela. Son sobre todo de amor. La abuela dice que el amor duele. Yo no quiero tener marido porque la abuela tiene razón.
Cuando papá y mamá dejaron de ser amigos, papá se buscó una nueva casa para dejar de dormir en el sofá. Lo sé porque cuando me despertaba para ver el Club Megatrix por la mañana me lo encontraba allí. Se llevó todas sus cosas porque es una casa sólo para él. Yo mis cosas me las llevo en una mochila muy grande con ruedas y tengo unas en casa de mamá y otras en casa de papá. Cuando tenga una casa de mayor para mí sola no voy a tener mochilas, sólo perros. Y no voy a ducharme.
Mamá y papá sólo me recogen después del cole los viernes porque el resto de los días tienen que trabajar, que es como ir al cole pero mucho más difícil. Y tampoco pueden jugar porque les ponen muchos deberes. Son como la canción que me canta la abuela a veces, cuando tenemos que hacer tareas del hogar. Es de una niña que los lunes antes de almorzar se quiere ir a jugar pero no puede porque tiene muchas cosas que hacer. Primero tiene que barrer, luego cocinar y así todos los días hasta que ya se tiene que ir a dormir.
Mamá entra de nuevo en el coche y cierra fuerte. Tiene el pelo mojado y los ojos como negros por debajo. Arranca. Las gotas cada vez van más rápido. Mamá va muy rápido. Un pitido fuerte. Joder. Esas palabras no se dicen, me lo ha dicho la maestra. Antes, papá y mamá se las decían mucho el uno al otro de noche y por eso dejaron de ser amigos y papá dormía en el sofá. Yo se lo conté a la maestra porque me preguntó por mi familia después de hacer un dibujo. Mamá fue a hablar con ella un día porque yo creo que el dibujo era muy bonito. Al principio no sabía cómo dibujarlo porque yo tengo tres casas. Dibujé la de la abuela muy grande, la de mamá pequeñita y la de papá lejos. Yo estoy dentro de la de mi abuela con la muñeca virgen blanca y azul y la tele encendida. Las otras dos casas son muy pequeñas y no quepo. En la de mamá está el nombre de Alberto dentro, como cuando estaba en su tripa, y la de papá es como una ventana desde la que puedes mirar su cara seria desde fuera, pero no entrar dentro. Me gusta ir al cole y dibujar. La maestra me cuenta muchas cosas y puedo jugar con mis amigos. Me da pena porque mañana no tengo cole. A Alberto le gustaría el cole seguro.
Mamá para el coche. Estamos en su casa pero no nos hemos metido al garaje. Yo me quito el cinturón. Mamá sale del coche y abre mi puerta. Coge mi mochila muy rápido. Estate quieta. Quiero a Kirby. Pero mamá ya ha cerrado. Kirby es mi amigo. Es un perrito azul porque es mi color favorito. Me quedo quieta. Es como el juego de las estatuas. Tiene música, y cuando se para, te tienes que quedar muy quieta y callada, y a mí eso se me da muy bien. Me abrocho el cinturón otra vez. A lo mejor vamos de excursión porque mañana no hay cole.
La abuela a veces me lleva de excursión a ver al abuelo y a Alberto. A mí me gusta mucho ir de visita, porque la abuela les habla y, aunque yo no sé qué decirles porque no los conozco, la escucho. Parece que estamos todos y me siento bien, igual que cuando me voy a dormir y tengo a Kirby a mi lado y lo abrazo fuerte mientras miro la lucecita del pasillo que me dejan por si tengo que ir a hacer pis. Es un secreto cuando vamos, porque papá y mamá no creen en Dios. La abuela sí porque es su mejor amigo. Ella siempre dice si Dios quiere. Yo solo puedo hacer cosas si mamá quiere.
El cementerio es como ir de visita al parque, pero entre los árboles hay piedras con nombres y señoras que las limpian. Las flores son como un regalo que se les hace a los muertos. Como en la carretera cuando vamos al pueblo. Donde ha muerto alguien se ponen unas flores para marcar el sitio y no olvidarse, porque si no, como ya no está, se olvidan, como cuando pierdo el babi porque no lo dejo donde siempre, y entonces, como no lo veo allí, ya no lo pienso y llego a casa y mi madre se enfada. El cementerio es enorme y hay muchas piedras. Los muertos ocupan mucho espacio, como el nombre de Alberto sobre la mesa y sus patucos de color azul.
Veo a mamá salir por la puerta. La abuela siempre hace como una cruz con las manos al salir del portal. Mamá entra en el coche con otra mochila y con Kirby. Toma. Arranca de nuevo. La abuela hace la cruz porque dice que así Dios le ayuda. Algunas noches que me quedo a dormir con ella, me pide que le lea el libro blanco con los bordes dorados. No es un cuento como los del cole. Yo no entiendo muy bien qué significa pero habla todo el rato del padre, del hijo, del espíritu santo y de María, que es la muñeca que hay en el salón. Tiene un vestido blanco y azul clarito y tiene como una corona en la cabeza pero no es una princesa. Está llorando y me da pena. No leo el cuento de verdad porque se me da muy mal y la abuela se lo sabe de memoria. Yo paso el dedo por las letras y repito con ella. La abuela dice que se llama rezar.
Las gotas cambian, vuelven a quedarse sin color. Se derriten como la piel de la abuela. Como la vela que le encendemos a Alberto y al abuelo en el cementerio. Ya no veo semáforos, ni ventanas, ni letreros de tiendas. Las farolas son muy grandes y altas. Además, ya no hay muchas casas y está muy oscuro. Una, dos, tres. Veo pocas farolas. No vamos a casa de papá porque yo me sé las cosas que hay. Vamos a casa de la abuela porque hemos pasado el edificio grande de cristal.
Me gusta estar en casa de la abuela porque puedo investigar. A veces, después de comer, dice que va a descansar los ojos un rato y cuando ya se pone a roncar yo busco por la casa. Miro las cosas que no me deja mirar, toco las cosas que no me deja tocar y abro las cosas que no me deja abrir. Mi favorito es el bastón de galgo. Del abuelo sólo queda eso y una foto en blanco y negro que tiene la abuela en la habitación. Están los dos vestidos como de fiesta. El abuelo está sentado de traje con el bastón en la mano y la abuela de pie a su lado con la mano puesta en su hombro. El abuelo no parece tan malo como dice mamá. Yo sólo cojo prestado el bastón del paragüero, porque robar está mal. Es de madera oscura y tiene la cabeza de un perro dorado. Brillante. Es un galgo. Yo me lo sé porque los perros son mi animal favorito porque tienen la lengua rosa, se dejan acariciar y son muy suaves, como Kirby. Lo cojo con una mano y la otra me la pongo detrás mientras agacho la espalda, que es como andan los abuelos que he visto en el parque. Me hago un poco la coja porque hay que apretar sólo con un lado. Para que la abuela no se despierte, he aprendido los trozos de suelo que están sueltos y hacen ruido. Voy del pasillo a la habitación y me quedo mirando la foto. La abuela y el abuelo sí que fueron amigos siempre.
Mamá para el coche en la calle de la abuela. No me quito el cinturón. Mamá abre mi puerta. Venga, sal. Lleva un paraguas muy grande y la mochila. Yo agarro a Kirby muy fuerte. Entramos en el portal. Mamá tiene que trabajar. Te vas a quedar con la abuela. Subimos por el ascensor y al salir la puerta está abierta. La abuela me abraza. Venga, adentro. La casa de la abuela huele a iglesia. Dejo a Kirby en el sofá y me quito el abrigo mojado. Me siento en la mesilla donde hay luz y está calentito porque está puesto el calentador.
La abuela tiene su caja de galletas abierta. Es donde tiene todos los hilos, las agujas, un huevo de madera y unos dedales. Yo me los pongo en los dedos porque parece que tengo las uñas largas y de colores como ella. La abuela tiene las manos muy bonitas, del mismo color que sus labios, como las princesas. Yo quiero el pelo blanco como ella, pero lo tengo negro. Una vez, mamá me gritó mucho y rompió cosas y me dejó de hablar porque yo me corté el pelo muy corto, como un chico. Pensé que quizás así podría ver a mi hermano. Seguro que nos pareceríamos como mamá y mi tía. En el cole se rieron de mí. Todo el mundo dijo que estaba fea, que parecía un chico. Pero tampoco me parecía a un chico, ni a Alberto; seguía siendo yo, pero más fea aún. Mamá no se enfada con Alberto porque como no existe, nunca ha hecho nada malo.
Adiós. Mamá cierra la puerta. La abuela se sienta en la mesilla y se pone las gafas. Déjame terminar esto. Hoy está haciendo algo con un hilo gordito de color amarillo. Parece que está haciendo un gorro de lana. Es para ti. Yo la miro coger las agujas gigantes y miro sus dedos bonitos. Mi color favorito es el azul. Ella sigue mirando la lana. ¿El azul? La abuela coge el gorro y me pone el borde en la frente. Porque es el color del cielo y de los patucos de Alberto. La abuela deja el gorro en la mesa y me mira. Entonces, ese no es tu color; ese es el de Alberto. Se levanta y se va por el pasillo. La oigo abrir un cajón. Vuelve con algo en la mano y se sienta. Toma. Son unos patucos como los de Alberto, pero amarillos. Son mis patucos.
El libro del taller
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