Desde la Ley de Brandolini hasta la Agnatología: el exceso de información y sus efectos

Desde la Ley de Brandolini hasta la Agnatología: el exceso de información y sus efectos

«El crisol de la existencia no se encuentra en los valles apacibles, sino en el filo dentado de la roca contra la que nos estrellamos. Aquello que nos hiere sin aniquilarnos opera una transformación silenciosa; transmuta la ingenuidad en discernimiento, el orgullo hueco en una humildad sólida como la tierra. No se trata de un estoicismo vacío que glorifica el sufrimiento, sino del reconocimiento de que la psique humana posee una plasticidad sagrada; la fractura, una vez soldada, crea un nudo más fuerte que la madera original, un mapa de cicatrices que describe con precisión forense por dónde se fugó nuestra antigua superficialidad. La gran lección es que la sabiduría no es un texto aprendido, sino una moneda acuñada a golpes de martillo en la fragua del desengaño, cuyo valor real no reside en haber sobrevivido, sino en la capacidad de contemplar el mundo con la profundidad insondable de quien ha tocado su fondo y ha regresado con la única riqueza imperecedera; el conocimiento encarnado de lo que es real».

La pregunta y la tesis

¿Qué podemos hacer con tanta información a nuestra disposición hoy día? O quizás sería mejor preguntar qué tan capaces somos de administrarla, o si estamos siquiera preparados para discriminar ese acervo gigantesco de datos disponibles. Me refiero a que la sociedad moderna enfrenta una crisis de sobrecarga de información —la infoxicación—, donde el exceso de datos satura nuestra capacidad analítica y ahí comienza el dilema. Esto nos ha llevado a la era del miedo, ¿pero dónde se hallan las razones para que tengamos miedo de nosotros mismos? Quizá porque en esa voraz búsqueda de la hegemonía hay sociedades que se van quedando rezagadas, y entonces se ven décadas perdidas, de atraso, que para alcanzar la media de nuestros vecinos —dependiendo de la región— exigirían trabajar veinticuatro horas al día sin cesar: algo utópico, una total quimera.

Este ensayo sostiene una tesis concreta: la Ley de Brandolini y la Agnatología son las dos caras de un mismo mecanismo. La primera explica cómo la mentira gana terreno; la segunda, por qué a algunos les conviene que esa asimetría se perpetúe. Entre ambas queda, sin embargo, un margen de agencia humana, hacia donde este texto quiere conducir al lector.

El mecanismo: la asimetría de Brandolini

Aquí entra en escena la Ley de Brandolini, ese principio incómodo que postula que «la cantidad de energía necesaria para refutar una tontería es de un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas». En la era digital, esta asimetría se ha convertido en un abismo. Mientras un tuit
falso o un meme manipulador se propaga en segundos, desmontar su falsedad requiere horas de investigación, contexto y argumentación —un estudio de referencia sobre Twitter (Vosoughi, Roy y Aral, 2018) mostró que lo falso viaja más lejos y más rápido que lo verdadero—. El cerebro humano, avanzado para priorizar la supervivencia sobre la precisión, se inclina por lo sensacional, lo emocional, lo inmediato. Como advirtió Marshall McLuhan, «el medio es el mensaje», pero hoy el mensaje es tan masivo que el medio —las redes, los algoritmos, los feeds infinitos— ha pasado a ser el verdadero arquitecto de nuestra realidad. Y en ese torbellino, la verdad no compite en igualdad de condiciones: es más barato producir desinformación que conocimiento.

La ignorancia fabricada: la Agnatología

La Agnatología, el estudio de la ignorancia deliberada, nos ofrece la otra clave. No se trata solo de que no sepamos, sino de que se nos impide saber. Robert Proctor, su principal teórico, distingue la ignorancia que surge de no haber investigado algo todavía de aquella fabricada estratégicamente por quienes tienen interés en que la confusión persista. Las corporaciones, los Estados, incluso los influencers, cultivan esa segunda forma de confusión para mantener el statu quo. ¿Acaso no es irónico que en la era de la información el analfabetismo funcional aumente? Como escribió Umberto Eco, «el exceso de información no es sinónimo de conocimiento; es sinónimo de desorientación». Y en esa desorientación, la Ley de Brandolini y la Agnatología se dan la mano: la primera explica por qué la mentira gana terreno; la segunda, por qué nos hemos vuelto, muchas veces sin saberlo, cómplices de nuestra propia ceguera.

No es solo cantidad: la calidad de lo que consumimos

El problema no es solo la cantidad, sino la calidad de lo que consumimos. Neil Postman ya lo advirtió en Divertidos hasta morir: cuando una sociedad se satura de información trivial, pierde la capacidad de distinguir lo relevante de lo accesorio. Hoy, los algoritmos no nos muestran lo que necesitamos saber, sino lo que queremos escuchar, lo que refuerza nuestros sesgos. Zygmunt Bauman lo llamaría la modernidad líquida: una realidad donde todo fluye, nada se asienta, y la verdad se disuelve en un mar de opiniones. ¿Y qué hace el ser humano ante tal caos? Se aferra a lo simple, a lo dogmático, a lo que no requiere esfuerzo cognitivo. Como dijo Nietzsche, "la convicción es el enemigo de la verdad más peligroso", porque cierra la puerta a la duda, ese motor del pensamiento crítico.

Poder y brecha cognitiva

Pero el daño va más allá de lo individual. Pierre Bourdieu nos recordaba que el conocimiento es poder, y que en una sociedad donde el acceso a la información es desigual, la ignorancia se convierte en un mecanismo de exclusión: quien ya posee herramientas analíticas capitaliza mejor el exceso informativo, mientras otros se ahogan en él. Mientras las élites tienen acceso a big data, inteligencia artificial y equipos de análisis, las mayorías se ahogan en un océano de clickbait y fake news. Así, la brecha no es solo económica, sino cognitiva. Timothy Snyder, en Sobre la tiranía, advierte: «La posverdad es el prefacio del fascismo». Y es que cuando una sociedad ya no puede distinguir entre hechos y ficciones, se vuelve vulnerable a la manipulación. La Ley de Brandolini nos dice que corregir un bulo es más costoso que crearlo; la Agnatología, que hay intereses en que sigamos creyendo en bulos.

El costo psicológico

El impacto psicológico es devastador. Daniel Kahneman demostró que el cerebro humano opera con dos sistemas de pensamiento: el rápido (intuitivo, emocional) y el lento (analítico, racional). En la era de la infoxicación, el primero domina. El resultado es lo que el psicólogo Barry Schwartz
llamaría la parálisis por análisis: ante tantas opciones y tanta información contradictoria, el individuo se paraliza —un efecto ya documentado por Iyengar y Lepper (2000)—. Erich Fromm lo expresó con crudeza: «El hombre moderno, libre de las cadenas de la tradición, se ha convertido en un esclavo de su propia duda». Y esa duda, cuando no se gestiona, se transforma en ansiedad, en cinismo, en desconfianza hacia todo, incluso hacia la ciencia. ¿No es irónico que, en plena pandemia, cuando más necesitábamos de la evidencia, muchos prefirieran las teorías conspirativas?

Anomia, riesgo y fragmentación

La sociología nos ofrece otra perspectiva: la anomia de Émile Durkheim. Cuando las normas sociales se desvanecen —y hoy lo hacen a velocidad vertiginosa—, el individuo queda a la deriva. Las redes sociales, lejos de conectarnos, nos fragmentan en burbujas ideológicas donde cada cual vive en su propia realidad —un patrón que la investigación sobre polarización algorítmica confirma como medible, no solo metafórico—. Ulrich Beck habló de la sociedad del riesgo: vivimos en un mundo donde las amenazas son globales (cambio climático, pandemias, crisis económicas), pero nuestras herramientas para entenderlas son locales, limitadas, sesgadas. Y en ese vacío proliferan los gurús
digitales, los coaches de la felicidad instantánea, los vendedores de soluciones mágicas. Como escribió Jorge Luis Borges en El Aleph: «El universo es un libro, pero solo podemos leer una página a la vez». El problema es que hoy tenemos millones de páginas abiertas al mismo tiempo, y ninguna nos dice cuál es la que realmente importa.

Democracia y control sutil

¿Y qué pasa con la democracia? John Dewey sostenía que una sociedad informada es la base de la participación ciudadana. Pero ¿qué ocurre cuando la información es tan abundante como poco fiable? Chomsky y Herman, en Los guardianes de la libertad, ya describieron cómo los medios masivos pueden servir como herramientas de control. Hoy, ese control es más sutil: no se nos oculta la información, se nos inunda con ella. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, va más allá: el exceso de estímulos nos lleva a un estado de hiperactividad que termina en agotamiento. Y un ciudadano agotado es un ciudadano pasivo, fácil de manipular. La Agnatología aquí alcanza su cénit: la ignorancia ya no es falta de información, sino saturación de ella.

Dos escenarios recientes

Dos episodios recientes ilustran esta dinámica: la infodemia de covid-19, que la Organización Mundial de la Salud describió como una sobreabundancia de información —verdadera y falsa— que impedía distinguir fuentes fiables; y las campañas de desinformación electoral que, en distintos países, han explotado la misma asimetría: basta una afirmación falsa y emocionalmente calibrada para desplazar semanas de verificación periodística.

El primer paso: reconocer la propia ignorancia

Pero no todo está perdido. La solución, paradójicamente, puede estar en la misma crisis. Sócrates ya lo sabía: «Solo sé que no sé nada». El primer paso es reconocer nuestra ignorancia, asumir que no podemos abarcarlo todo. Montaigne, en sus Ensayos, defendía el escepticismo como herramienta de libertad: «La mayor cosa del mundo es saber ser de uno mismo». Hoy, eso significa aprender a filtrar, a cuestionar, a buscar fuentes contrastadas. Hans Rosling, en Factfulness, demostró que el mundo es mejor de lo que creemos, pero que nuestra percepción está distorsionada por sesgos cognitivos y narrativas sensacionalistas. La educación, entonces, debe dejar de ser memorística para volverse crítica. Como decía Paulo Freire, «la educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo».

Tres niveles de respuesta

El cambio, sin embargo, no puede ser solo individual. Jürgen Habermas habló de la acción comunicativa: la necesidad de espacios donde el diálogo racional prevalezca sobre el ruido. Hoy esos espacios escasean; las redes premian la polarización, no el debate. La respuesta debe operar en tres niveles: educativo (alfabetización mediática temprana), tecnológico —rediseñar los algoritmos con criterios éticos, «hackear» el sistema, como pedía Aaron Swartz— y político, con transparencia algorítmica y financiamiento a la verificación independiente, cuidando que la regulación no termine sirviendo a la censura.

El silencio como resistencia

El filósofo Byung-Chul Han también propone un antídoto: el silencio. No el silencio de la resignación, sino el de la reflexión. En un mundo hiperconectado, desconectar puede ser un acto de resistencia, aunque no todos tienen el mismo margen de tiempo o de seguridad económica para permitírselo. Henry David Thoreau, en Walden, ya lo practicaba: «Simplificar, simplificar». Hoy, simplificar significa elegir con cuidado qué información consumimos, a quién seguimos, en qué invertimos nuestro tiempo mental. Como escribió Séneca, «No es pobre el que tiene poco, sino el que anhela más de lo que tiene». En la era de la infoxicación, la riqueza no está en saber más, sino en saber mejor.

Responsabilidad y agencia

Y aquí llegamos al meollo del problema: la responsabilidad. La Ley de Brandolini nos recuerda que el costo de la desinformación no lo paga solo quien la produce, sino quien tiene que desmentirla. La Agnatología nos advierte que la ignorancia no es inocente, sino a menudo interesada. Pero entre ambas hay un espacio para la agencia humana. Víctor Frankl, en El hombre en busca de sentido, nos enseñó que incluso en las peores circunstancias el ser humano puede elegir su respuesta. Hoy, nuestra respuesta debe ser la curiosidad crítica: la voluntad de preguntar, de verificar, de no conformarnos con lo fácil. Como dijo Albert Camus, «En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible». En medio del caos informativo, está en nosotros encontrar la claridad.

La esperanza como acto deliberado

El futuro, entonces, no está escrito. Depende de si somos capaces de transformar el exceso de información en sabiduría. Bertolt Brecht lo expresó con crudeza: «El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los aconteceres políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la tela, del zapato y de las medicinas dependen de decisiones políticas». Hoy, el analfabeto no es solo el que no sabe leer, sino el que no sabe leer entre líneas, el que confunde información con conocimiento, ruido con señal. La batalla no es contra la información, sino contra la desinformación, contra la manipulación, contra nuestra propia complacencia.

Y en esa batalla, la esperanza sigue siendo un acto de rebeldía. Como escribió Rebecca Solnit, «la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que lo que hacemos importa, sin importar cómo resulten». En un mundo donde la Ley de Brandolini parece condenarnos a la derrota y la Agnatología nos recuerda que la ignorancia es un negocio, la esperanza —entendida así, como compromiso activo y no como optimismo pasivo— es lo único que nos puede salvar. Porque al final, como dijo Sartre, «el hombre está condenado a ser libre». Y esa libertad, en la era de la infoxicación, consiste en elegir no ser víctimas de nuestro propio tiempo, sino sus arquitectos.

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