Camilo, Camilo

Camilo, Camilo

Sofía72

08/07/2026

Cuando era más niño se escondía en rincones de la casa sin razón aparente. Debajo de la mesa camilla, en su dormitorio en el hueco estrechito que quedaba entre el armario de la ropa y la pared… No quería asustar a nadie ni jugar, era solo un refugio seguro donde estar quieto, sin hacer ruido, donde quitarse de en medio por un rato.

– Camilo – Llamó con contundencia la mujer.

    El chaval se levantó con dificultad del hundido silloncito de la sala de espera. El color de su vestimenta contrastó intensamente con el blanco brillante de la bata de Paloma. Su pesadilla había empezado dos años antes.

    Sus pasos eran pequeños y caminaba encorvado, como si soportara un peso enorme en sus hombros, casi sin levantar los pies del suelo. Entró despacio por la puerta del despacho, detrás de ella. La consulta era una habitación pequeña, con imitaciones de cuadros famosos colgados en las paredes. Nada personal, ni un título, ni una foto.

    – ¿Cómo estás Camilo? – Indagó ella.

      Él, agazapado en la silla, levantó los hombros con indiferencia.

      El padre de Camilo trabajaba desde siempre en un tablao flamenco en el centro de la ciudad y su madre era la que se había ocupado de la familia y de su humilde casa heredada en el barrio de Triana. Se habían casado muy jóvenes y, muy pronto, llegó el primer niño. Él era enjuto y fibroso, resultado de los frecuentes zapateos en la tarima. Ella era hermosa, en todos los sentidos, y tenía una melena espesa y muy larga, a menudo enroscada y atada con una gran pinza. Cabellos siempre teñidos de un rubio oxigenado que contrastaban con el tono oscuro de sus pieles cañís.

      Su hermano no había seguido los pasos de su padre y poseía una complexión fuerte. Había estudiado hasta que lo marcaba la ley, siempre a trompicones para sacar los cursos, y ahora estaba de aprendiz de albañil. Sus brazos eran poderosos, pero hacía tiempo que los dos hermanos habían dejado de darse manotazos. Seguro que con uno de ellos ahora Camilo se habría roto.

      En cambio, Camilo era un buen estudiante. Era aplicado y detallista, no dejaba nada al azar. Debía haber empezado este curso el bachillerato, pero todo esto estaba impidiendo una vida normal para él.

      Todo era una gran contradicción, brillaba muchísimo en todo lo que hacía, pero en su interior moraba ese deseo oculto e incomprensible de hacerse más chico y más chico hasta casi desaparecer.

      Sus padres se hacían la misma pregunta todo el tiempo. La respuesta sólo la tenía Paloma, pero era secreto profesional. Así que los padres estaban envueltos en un halo de incertidumbre sobre las razones de su hijo y, especialmente, sobre el futuro que le esperaba.

      Un buen día, Camilo había empezado a vestirse con camisetas con mensajes roqueros, con leyendas de grupos de música conocidos, pero siempre de un solemne negro, que también caracterizaba a las ropas de la parte inferior de su cuerpo.

      El caso de Camilo era especialmente complicado. Paloma lo estaba llevando con un psiquiatra, el conocido Doctor Herrera, y no conseguían ninguna reacción positiva. Estaba estancado. Tras varios ingresos, ahora le atendían de forma ambulatoria, aunque seguían con dudas sobre la efectividad de las pernoctas en el hospital.

      Camilo se mantenía al margen de los demás chicos y chicas. A pesar de no ser antipático, no había hecho ningún amigo ni durante sus ingresos ni en el hospital de día.

      De pequeño, Camilo no había sido un niño redondo ni nada. Sin embargo, a partir de un buen día en su plato siempre había quedado algo de la ración cada vez más reducida que le había servido su madre, restos que él tendía en su mano hacia el suelo, donde el chucho de la casa se los comía con avidez.

      Su hermano mayor empezó a cantarle: – “Camilo, Camilo, ¡más flaco que un hilo!”

      Camilo no se molestaba; al principio se reía a carcajadas. Ahora sonríe poco sin que se le vean los dientes. Unos dientes desgastados y corroídos por la enfermedad, que piden desde lejos un buen arreglo.

      El fantasma, prohibido, flota en la casa como un halo de humo que nadie puede tocar, pero que se siente profundamente. Nadie habla de él. El peor momento son las comidas, cuando la madre llena los platos y Camilo, obligado a quedarse sentado hasta el final, debe tragarse todos los manjares que su madre ha preparado con todo su amor hasta el último bocado. Muchos días no puede y su madre, hastiada, retira el plato como quien se rinde en una batalla que pensaba ganar, pero que desde el principio estaba perdida. ¡Con lo que Camilo la quiere! Su madre es, sin duda, su persona preferida.

      En esos días en que los restos se los come el chucho, Camilo no puede tener el móvil o salir a pasear.

      Le gusta darse grandes paseos, salir de Triana por el puente del mismo nombre y recorrer las calles del centro de Sevilla: Reyes Católicos, calle Zaragoza, Plaza Nueva, Avenida de la Constitución, Jardines del Cristina y cruzar el otro puente para caminar por el barrio de Los Remedios hasta regresar a Triana, su hogar.

      Habían retirado la balanza del baño y el espejo de cuerpo entero de los dormitorios. Sólo quedaba el del armario del cuarto del matrimonio, que estaba cubierto con papeles de estraza sujetos con cinta de carrocero.

      Sin embargo, en sus paseos, Camilo se ve reflejado en los escaparates de las tiendas, que le devuelven una imagen distorsionada, aunque él no es consciente de ello. Se pregunta cómo su hermano le podía comparar con un hilo; su abultado abdomen se le parece al de los numerosos camioneros que beben cerveza en los distintos bares del barrio. Enorme y ovalada, la curva que ve en sus improvisados espejos le llama la atención sobre su deformidad. Porque su cuerpo es fino, pero esa tripa lo estropea todo.

      “Camilo, Camilo, ¡más flaco que un hilo!” – La cantinela de su hermano retumbaba en su cabeza. Ya no.

      La ropa le molesta. No es por el calor sino por el roce. Es ropa holgada y oscura que se ha quedado justa en el círculo de la barriga. Su cuerpo la llena allí por completo y es una sensación de plenitud que no puede soportar. Y está este sopor imposible, el que le hace dormir de noche y al mediodía, y estar atontado el resto del día, causado por las malditas pastillas. Como si una barriga se pudiera borrar de su cuerpo y de su mente tomando drogas…

      Aunque después de varios ingresos no querría volver al hospital. Allí no le permiten dejar nada en la bandeja de la comida y había castigos, no físicos, peores. Sin visitas, sin móvil, sin salir… Así que, después del paseo, hay que cenar y rezar para que la balanza del hospital no cruce la línea roja, la que distingue estar allí exclusivamente de día de quedarse encerrado y pernoctar.

      Camilo se ha detenido en un escaparate donde distintas revistas muestran sus portadas cubiertas de fotos chillonas esperando a ser vendidas a un viandante cualquiera. En una de ellas está su ídolo, mostrando sus fuertes brazos sobresaliendo musculosos de una camiseta negra. No es que quiera ser como él, que también, es que está enamorado y ese sucio secreto que sólo Paloma y él comparten se está llevando su vida, aunque él no lo sabe.

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