
Siempre me gustaron los aeropuertos, esos lugares sin fronteras con pasillos interminables que llevan a destinos a lo largo del mundo. Cuando voy sola a un aeropuerto, me siento segura, confiada. Me gusta llegar temprano, observar las pantallas y seguir las instrucciones. Dirigirme a mi puerta de embarque y esperar. Leer o escuchar música mientras aguardo a que llegue la gente y nos llamen para, finalmente, subir a un avión. Mi viaje siempre comienza en un aeropuerto, mucho antes de llegar a destino. Pero esta vez ocurrió algo inexplicable.
Como siempre que viajo, me gusta ir liviana. No soy de las que despachan valijas gigantes y medio vacías para que vuelvan llenas de souvenirs. Me gusta ir con solo una mochila o bolso de mano. Si el viaje dura más tiempo, tal vez una carry-on. Pero esta vez me iba por tres días. Un viaje corto para visitar a una amiga, por lo que llegué con solo mi mochila. Como el vuelo era nocturno, el aeropuerto local se mostraba particularmente vacío y silencioso. Comencé a caminar con paso seguro en busca de una pantalla que me indicara a qué puerta debía ir y que mostrara información sobre mi vuelo, pero las pocas que había estaban apagadas. Seguí caminando y comencé a percibir un zumbido que provenía de una de las luces del techo. Al haber tanto silencio, el pitido de esa luz invadía el ambiente, por lo que solo escuchaba eso y el sonido de mis pasos mientras recorría el pasillo. A medida que avanzaba, las luces se volvían más y más tenues. Como si las bombillas se estuvieran a punto de quemar y solo les quedaran fuerzas para iluminar poco más que algunos centímetros.
No me considero una persona miedosa. Sí, soy precavida. Estoy atenta a mi alrededor, no me expongo a situaciones o ambientes que no conozco o de los que no sé cómo irme. Siempre llevo dinero extra y el teléfono guardado en el bolsillo al alcance de mi mano. Cuando voy por lugares que no me dan confianza, siempre desconecto la música de mis auriculares y mantengo la cabeza erguida. Conozco la sensación de inquietud y es por eso que actúo en consecuencia. Y esta vez, caminando por el aeropuerto, al que tantas veces vine, me empezó a invadir una sensación de alerta. Había algo a mi alrededor que no era normal. Tal vez la falta de personas, la luz tenue, el pitido constante, las pantallas apagadas. Era extraño. Seguí caminando y buscando una pantalla encendida o a alguien a quien preguntarle indicaciones. Cuando miré hacia adelante, me dio la sensación de que el pasillo se alargaba más y más hacia un infinito. ¿Cómo podía ser? Yo conozco este lugar, vine otras veces, sé que más adelante hay una tienda de revistas y si sigo un poco más están los puestos donde envuelven la valija con plástico transparente, pero no había nada, solo un largo corredor poco iluminado, que seguía y seguía.
Comencé a pensar en dar la vuelta y salir, pero me convencí de que era ridículo no avanzar, seguramente iba a encontrarme con alguien en algún momento. Es decir, es un aeropuerto después de todo, pero algo en el ambiente me decía que no siguiera caminando. No sé bien si fue por la falta de luz, el pitido o la soledad, pero finalmente me detuve. Y entonces los escuché. Eran pasos que venían en mi dirección. Por un segundo sentí alivio. Todo había sido producto de mi imaginación. Había más personas. Me giré para preguntar si habían visto una pantalla que funcionara, pero la pregunta murió en mis labios. No había nadie. Solo un pasillo infinito y poco iluminado, pero seguía escuchando ruido de pasos. Miré en todas direcciones y nada. Pasos, pasos, pasos. El miedo bloqueó todas las sensaciones de mi cuerpo. Sentía las piernas pesadas, un sudor frío que me bajaba por la espalda, la garganta completamente seca y percibía los sonidos como si alguien hubiese elevado el volumen. Tenía que tomar una decisión: avanzar o retroceder. Lo más lógico era retroceder. Sabía que atrás de mí había una puerta de entrada por la que había ingresado. Si salía, habría luces, tal vez un taxi dejando a otros pasajeros, la brisa de la calle y el mundo iba a volver a tener sentido. Me acomodé la mochila en la espalda ajustando sus correas y comencé a correr.
Corrí los primeros metros casi sin respirar, con la vista fija adelante buscando una luz que indicara la salida, pero algo no estaba bien. No había luces, no había puertas, no había nada. Solo un pasillo largo y poco iluminado. El zumbido cada vez era más alto y a cada paso que daba, había otros pasos que se sumaban a la carrera. El ambiente se llenó de sonidos de pisadas, como si se tratara de una maratón, solo que no había una meta. No entendía qué pasaba. Yo me estaba yendo de vacaciones, se suponía que era algo agradable. Seguí corriendo. ¿Acaso esto no tiene fin? Corrí más y pensé que cuando saliera le iba a decir a mi amiga que no iba a ir a visitarla, que mejor viniera ella, en otro momento, no ahora. Que yo no quería ir, más bien no podía ir, el pasillo me tenía atrapada. Los pasos que escuchaba cada vez estaban más cerca. Seguramente yo no era la única que quería salir, todos los que corrían conmigo también buscaban una luz, una brisa fresca, a otras personas.
Cuando los pulmones comenzaron a arderme por el esfuerzo y el dolor en el costado abdominal me impidió avanzar, la vi. A lo lejos, había una puerta que se abría. Una persona que entraba con paso tranquilo, seguro. Solo llevaba una mochila. Seguramente se iba de viaje corto, tres días como mucho. La persona miraba a su alrededor, buscaba una pantalla que le dijera a qué puerta debía dirigirse y que contuviera información sobre su vuelo, pero las pocas que había estaban apagadas.
El libro del taller
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