
Azucena pensaba de pequeña que cuando apagaba la televisión los dibujos animados dejaban de actuar, que eran esclavos trabajando solo para su propio entretenimiento. La noche del 17 de marzo se fue a dormir como cualquier otra, pensando en la cantidad de informes que tenía pendientes y lo productiva que iba a ser al día siguiente en el trabajo. Sin embargo, al igual que aquellos dibujos animados seguían en emisión cuando apagaba la tele, aunque ella durmiese plácidamente la vida seguía pasando para unos y se acababa para otros.
Su móvil fingió sonar toda la noche y fingió porque, digna perteneciente a la generación Z, tenía siempre el móvil en silencio. No había sonido, ni vibración, ni encendido de pantalla, nada. Si el fin del mundo llegaba de noche tendría que llamar directamente a la puerta de su casa. A las siete menos diez de la mañana sonó la primera alarma y, como de costumbre, la pospuso cinco minutos más. A menos cinco apagó la segunda alarma y encendió la luz. A las siete en punto, sabía que si se daba el placer de esperar a la cuarta alarma se tendría que dar también mucha prisa en vestirse y desayunar porque, de lo contrario, no llegaría puntual al trabajo. Decidió levantarse, y al mirar el móvil las vio. Diecisiete llamadas perdidas y un pdf con un billete de AVE comprado para ella. Había pasado lo que egoístamente deseaba que nunca pasase. Doña Margarita García Rodríguez había fallecido a sus 91 años de edad.
Azucena, que por suerte nunca había llevado una muerte a sus espaldas, se enfrentó entonces al duelo en un trayecto de tres horas a bordo del tren de la tristeza. Mirando por la ventana, con mil recuerdos en su cabeza y lágrimas en sus ojos, parecía la protagonista de una de esas películas malas que emiten en la 1 a la hora de la siesta. Nunca antes había vuelto a su tierra con tristeza, pero de ese momento en adelante la vuelta a casa tendría siempre una pizca de tinte azul. Al llegar al tanatorio y ver a sus padres y a su hermano las lágrimas salieron disparadas como un corredor al pistoletazo de salida. Ellos habían podido tener un momento de lágrimas privadas, pero ella las tuvo que compartir con los pasajeros del AVE y con la gente presente en aquella sala de vidas truncadas.
La muerte de una abuela es algo que se espera desde que uno nace y al ser una persona mayor parece que todo el mundo le quita importancia. Era consciente de ello, aunque pensaba que no por ser una persona mayor dolía menos su ausencia. Lo que de verdad le pilló por sorpresa fueron los protocolos y las conversaciones que se tenían en el tanatorio. Besos por doquier a desconocidos que le decían que no la veían desde que era niña, que cuánto había crecido, que le preguntaban a qué se dedicaba, que se ponían a hablar entre ellos de lo cara que estaba la gasolina, de Trump, del tiempo, y de nimiedades de su vida personal. Era alucinante: su abuela se había muerto y esa gente utilizaba ese día y ese espacio como centro de ocio. Solo algunos se paraban a dar importancia a la tristemente protagonista de la historia. Había quien recordaba a Margarita como la guisandera del pueblo, con cientos de personas esperando a las puertas de su casa para saber los trucos más ancestrales de cocina. Para otros, ella había sido una trabajadora nata, labrando los campos, cultivando, cocinando, ordeñando a las vacas y atendiendo a su marido y a su hijo. Otros decían que había sido una mujer de armas tomar, que ponía en su sitio a todo aquel que cogía brazo cuando se le daba mano. Los más simples hablaban de su bondad. Azucena sabía que esto se decía de todas las personas que ya no estaban, que nadie había roto nunca un plato después de muerto. En el caso de su abuela, esto era cierto, Margarita siempre fue buena.
Al acabar aquella horrible concentración de gentes que tenía a la muerte por anfitriona, se fue a casa con sus padres y su hermano. El silencio en el coche se llenaba con conversaciones banales porque nadie quería seguir llorando. Se metió por fin en la cama y pensó en lo diferente que era esa noche comparada con la anterior. 24 horas antes aún tenía abuela, aún no había experimentado de cerca la muerte y su máxima preocupación se la proporcionaban los plazos de informes inertes. Dejó entonces de pensar en sí misma por una vez en todo el día y pensó en su abuela, en cómo la vida la había consumido en los últimos años. Aquella mujer que había llegado a pesar 90 kilos se había quedado en los huesos, en la mitad de lo que una vez había sido. Su discurso, antes muy alto en volumen y rico en detalles y anécdotas en contenido, se había reducido a un bucle de frases inconexas y sin aparente sentido ni volumen, a un hilo de voz.
No habían pasado ni dos horas cuando de repente vio a su abuela. La vio por la ventana de la cocina encerrada en el gallinero. Se reía la pequeña Azucena desde la cocina mientras su abuela gritaba, incapaz de salir de allí al haber caído en su trampa. La vio también esperando a que ella y su hermano volvieran en el autobús del colegio para darles de comer. La vio amasar aquel dulce tan típico y cuya receta se llevó a la tumba. La escuchó discutiendo a voces con el panadero, que llevaba una semana trayendo solo una barra de pan y muchas excusas y, que, desde ese momento, y por su propio bien, volvió a traer las dos barras pactadas. La vio jugar al parchís y al cinquillo, ganando gracias a hacerse la loca cuando hacía trampas. La vio también poniendo excusas para no ir a entierros porque, si en algo se parecían nieta y abuela, era en la aversión y el miedo a la muerte. La oyó poniendo a parir al cura, que según ella era un desagradable y solo quería sacarle el dinero a la gente. Dejó de verla cuando sonó el despertador. Vuelta a la realidad y vuelta a la que ahora sería su vida sin ella, su vida con su ausencia. O eso creía, porque la seguiría viendo en momentos inesperados: en el olor de una receta imitada; en su boda opinando del marido y de la vestimenta de los invitados; en gestos de su futura nieta; en entierros obligados o en partidas de cartas que acababan cuando se descubría la trampa. La vería en un sinfín de ocasiones porque hay ausencias que renacen a través de la memoria.
Al fin y al cabo, los dibujos animados siempre seguían en emisión por mucho que las televisiones de otros estuvieran apagadas.
El libro del taller
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