
DICIEMBRE
El barrio estaba desierto. Hacía tanto calor que, como es típico en diciembre, los que podían estaban refugiados en sus casas debajo de algún ventilador o los más afortunados en un falso microclima de aire acondicionado.
Nosotros no teníamos ni lo uno ni lo otro. Yo vegetaba en mi cama escuchando música y mi hermano estaba encerrado en su cuarto.
Nuestros padres no estaban en casa desde hacía tres semanas. Mi hermana pequeña estaba al cuidado de algún pariente, la pobre alternaba estancias en casas de gente que nos quería dar una mano y volvía a casa llena de regalos y juguetes nuevos para que la lleváramos al colegio durante la semana.
Mi hermano se asomó por la puerta.
─ ¿Qué hacés?
No hablábamos mucho mi hermano y yo. O mejor dicho, hablábamos de cualquier cosa, pero no del elefante en la habitación. Cada uno hacía lo que podía, no podíamos consolarnos entre nosotros porque éramos muy chicos y no sabíamos cómo. Cada uno llevaba su carga y eso ya era mucho pedir.
─ Nada…, ¿por?
Entró y se sentó en mi cama y se quedó pensando unos segundos, como tomando valor.
─ ¿Qué tal si vamos a dar una vuelta en el coche?
Quizá fue el hastío o las ganas de no desilusionarlo, pero le contesté “¡Vamos!” saltando de la cama fingiendo un entusiasmo que no tenía.
Fuimos juntos al dormitorio de nuestros padres. Primero abrimos los cajones de la cómoda, pero no encontramos las llaves. Luego abrimos el cajón de papá. Fue mi hermano el que lo abrió, y lo hizo muy lentamente como si no quisiera despertarlo a pesar de que no estaba allí. Creo que lo que le pesaba era desobedecerlo, pero cuando terminó de abrirlo y vimos las llaves me miró y yo asentí con la cabeza, total, ¿Qué sentido tenía ahora la obediencia?
Tomó las llaves, cerró el cajón y nos fuimos hacia la puerta, me puse las ojotas mientras él me esperaba agarrando el pomo de la puerta. Sabía que cuando la cruzáramos ya no habría vuelta atrás, pero ya no dudaba, y si bien no creía en dios, rogué al universo que mi hermano supiera como manejar y que en el camino no nos parara la policía ni atropelláramos a nadie.
El coche estaba parado en la puerta. Era una lancha grande y pesada como todos los coches de entonces y daba un poco de lástima ahí parado, como abandonado y todo cagado por las palomas de estar tantos días estacionado bajo los jacarandás de mi calle.
Mi hermano abrió la puerta del conductor, se metió y levantó el seguro del acompañante. Me senté en el asiento y miré alrededor. Era mucho más espacioso que la parte de atrás, y reflexioné que nunca antes había viajado en ese asiento, adelante. Es que el coche ni siquiera era nuestro sino de mi tío Ignacio, que nos lo prestó cuando papá enfermó para que no tuviera que ir a trabajar en colectivo, pero desde que estaba internado en el hospital ya nadie lo usaba.
Introdujo la llave, hizo medio giro, desembragó y encendió él coche. Comenzamos a escuchar la voz de un relator de fútbol, fue cambiando el dial lentamente y con paciencia hasta que empezó a sonar una canción de Queen que nos gustaba. Enseguida me la puse a cantar sonriéndole, me sonrió dando por aprobada la elección y puso la reversa, una vez que hubo retrocedido el espacio que pudo sin tocar el auto de atrás, puso primera.
Pero el motor se detuvo y dimos una pequeña sacudida. Nos miramos y nos reímos, volvió a encenderlo, volvió a sonar la voz de Freddie y arrancamos.
No fue un paseo muy largo, nos llevó unos veinte minutos darle dos vueltas al parque Saavedra. Yo veía parejas paseando sus perritos, o gente que corría y que a veces se cruzaba en nuestro camino y pensaba que si hubieran sabido lo que le costaba a mi hermano frenar y volver a arrancar en primera sin que el coche se apagara, sin duda nos habrían dejado pasar a nosotros primero.
Pero nadie notaba la batalla mecánica que estábamos librando, así como tampoco notaban la que estábamos atravesando en nuestras vidas. Supongo que sólo verían un coche pasar manejado por un conductor que parecía más joven que la edad mínima que la ley permitía.
No recuerdo que habláramos nada en el trayecto, yo cantaba y mi hermano estaba muy concentrado. Lo veía sudar a pesar de que habíamos bajado con mucho esfuerzo las dos ventanillas y se armaba una corriente fresca.
Cuando llegamos de nuevo a la puerta de casa me sentí eufórica, pero me duró poco porque recién en ese momento entendimos que había que dejar el coche en el mismo lugar del que lo habíamos sacado. Habíamos tenido mucha suerte en no cruzarnos con otros coches en las bocacalles o en situaciones difíciles, pero estacionar requería una destreza que yo sabía que mi hermano no tenía.
─ No te preocupes, bajate y guíame ─ me dijo leyendo mis pensamientos.
Pero yo me quedé sentada sin entender a que ser refería. Yo era más chica que él, y además mujer, no me interesaban los autos y sin duda no tenía ninguna idea de cómo guiarlo. Había visto a mi papá estacionar miles de veces: metía el culo del coche, iba hacia atrás despacio y una vez que el suyo había tocado el paragolpe del de atrás apretaba más el acelerador para desplazarlo más hacia atrás y hacer más espacio. Si lo necesitaba, metía medio coche y empujaba con el mismo procedimiento el de adelante también. Para esa época yo pensaba que esa era la forma normal de estacionar, y lo hubiera seguido pensando si no hubiera visto acercarse a un hombre e insultarlo un día que llegamos a casa, porque resultó ser el dueño del auto de atrás y según él se lo estaba marcando todo. Recuerdo su enojo, como le reclamaba que se fuera a estacionar donde tuviera espacio “como dios mandaba” y la tranquilidad de mi papá que sólo le decía “bueno hombre, no se enoje, ya está”.
─ ¡Dale nena bajate antes de que venga un auto!
Me bajé y me puse atrás del lado del conductor. El adelantó el coche y lo puso paralelo al de delante, empezó a girar el volante, parecía que tenía que hacer mucha fuerza para conseguirlo y que el pobre giraba en falso, pero vi que las ruedas se iban torciendo.
─ ¡Decime hasta dónde! ─ me gritó.
El corazón me empezó a latir como loco, pero sabía que tenía que poner atención y hacer lo que me decía bien porque si no estaríamos en problemas. En ese momento el motor volvió a pararse. Hizo varios intentos para encenderlo, pero sólo se sentía la afonía del embrague. En el silencio de la noche sólo se escuchaban los grillos, pero comencé a sentir el ruido de otro motor, a lo lejos, que se iba acercando.
─ ¡¡Dale que viene un auto!!
─ ¡No puedo! ¡Está muerto!
Pero justo cuando lo dijo el motor se encendió, volvió a poner marcha atrás y repitió su orden: “¡Hasta dónde!”.
El auto se acercaba y yo miraba que mi hermano todavía tenía mucho espacio para ir de reversa cuando sentí el ruido del paragolpe del coche de adelante rayando el lateral derecho del de mi padre… o de mi tío.
─ ¡Pará! ¡Pará! ─ le grité.
─ ¿Ahora me decís que pare, boluda? Ya lo vi, rayé todo el auto, ¡la puta madre que lo parió! ─Mi hermano se desplomó sobre el volante y, en ese momento, sonó la bocina del coche que se había acercado y ya estaba parado impaciente detrás.
Me subí al acompañante de nuevo y le dije “arrancá, demos una vuelta manzana para que pase este tipo”.
Mi hermano levantó su cabeza y me miró cuando sentimos una nueva bocina
─¡Pará! ¡la concha de tu hermana! ─le gritó al tiempo que arrancaba. Metió primera y al salir fue profundizando aún más el surco que había hecho al hacer marcha atrás, pero esta vez en sentido inverso, acompañando al ruido de la chapa rayándose con un lamento débil y prolongado.
─ No pasa nada Ro, se puede arreglar
─ Sí que pasa, soy un boludo, no sé estacionar… No había pensado en eso.
─ Yo tampoco…, ¿y ahora qué hacemos?
Mi hermano seguía manejando y ya habíamos pasado tres veces por la puerta de mi casa. Daba la impresión que la rayadura hecha en el coche le hubiera quitado tensión, como si ya hubiera pasado la cagada que tenía que pasar y entonces ya pudiera relajarse.
─ … Vamos a buscar una esquina…
No fue fácil tampoco porque vivíamos en un barrio con muchos edificios, al final lo terminamos dejando a quince cuadras de casa. Desanduvimos esas calles en silencio, como si fuera de madrugada y estuviéramos caminando desde hacía horas.
─ ¿Vas a ir al hospital mañana? ─me preguntó él en un momento.
─ Sí, ¿vos no?
─ No sé, a veces me pregunto si tiene sentido ahora que sólo duerme
─ A mamá le hace bien que vayamos
─ Ya sé… Voy a ir…, pero que mierda que es todo…
Sólo se sentía el ruido de nuestros pasos y el ladrido de los perros, a lo lejos, alguien silbaba un tango.
─ Sí ─le dije─, es una reverenda mierda
Me pasó un brazo por los hombros y yo a él. El resto del trayecto lo hicimos caminando como dos borrachos que necesitaran el apoyo del otro para llegar a casa. Cuando llegamos justo sonaba el teléfono. Atendí lo más rápido que pude:
─ Hola ─ dije.
─ Hola, Lu, ¿Dónde estaban que no atendían?
─ Hola, ma, Ro se estaba bañando y yo estaba escuchando música, no te oí. – dije mientras miraba a mi hermano que me sonreía entre sorprendido y maravillado.
─Me asusté, atiendan el teléfono, no puede ser que a esta hora no lo atiendan. Estén atentos, por favor.
La contuve como pude y le aseguré que no iba a volver a pasar, pregunté por mi padre, quedé en pasar a verlos al día siguiente. Luego habló con mi hermano mientras yo buscaba algo que pudiéramos cenar.
Tres días después, mi papá falleció. En el medio, el padre de un amigo de mi hermano buscó el coche donde lo habíamos dejado y su cuñado a su vez le hizo chapa y pintura sobre la puerta. Podría decir que quedó como nuevo, pero era un auto muy viejo. Quedó tan viejo como era, pero sin la huella de nuestra aventura en la puerta.
No sé cuánto debió costar el arreglo, nosotros no pagamos nada. Se habrá hecho cargo el papá del amigo de Ro.
Igual mi tío no habría dicho nada si se lo hubiéramos devuelto así de rayado, y mi vieja ni lo habría notado.
Sólo el viejo se habría dado cuenta.
El libro del taller
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