—Eso es totalmente falso —dijo Julia acaloradamente mientras cruzaban la calle—. Yo no soy capaz de hacerle eso a nadie, y menos a ti.

—Pues lo has hecho —contestó Marta, a punto de echarse a llorar.

Ninguna de las dos se fijó en que el semáforo se había puesto en rojo y un coche venía a toda velocidad por la avenida.

De pronto, Julia sintió como si algo la empujara hacia atrás, impidiéndole seguir cruzando. Al detenerse de repente, Marta tropezó con ella y estuvieron a punto de caerse. Mientras se miraban, el coche que venía a gran velocidad pasó a escasos centímetros de ellas.

—¡Qué suerte que te hayas parado!

Julia apuró el paso hasta llegar a la acera y le dijo a Marta:

—Creo que he sentido como si alguien me hubiera frenado.

—Pues menos mal, porque, si no…

Siguieron hablando hasta que llegaron a la oficina.

Aquella noche, al llegar a casa, Julia se encontraba tan cansada que ni siquiera se dio cuenta de que se quedó dormida en el sofá del salón.

La despertó la música del informativo de la mañana.

—Buenos días. Hoy es jueves, 5 de noviembre. Son las seis de la mañana y la ciudad se despierta con la noticia del asesinato de una joven en el Parque de la Ciudadela. Su cadáver fue hallado después de que un muchacho, mientras paseaba a su perro, avisara a la policía al encontrar varias prendas manchadas de sangre desperdigadas por la zona. Nada más llegar…

Al darse cuenta de que estaba en el sofá, se levantó y fue al baño. Mientras se miraba al espejo para lavarse la cara, descubrió unas manchas en la camiseta. Parecían sangre…

—Por favor, ayúdame. Sé que anoche te asustaste, pero necesito que me ayudes.

—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres decir con eso de que anoche me asusté? ¿De dónde has salido?

—Anoche me asesinaron y tú pudiste verme. Necesito que me ayudes para que mi bebé llegue junto a mi madre.

—Eso no es posible. Si te mataron anoche, ¿por qué puedo verte?

—Ya hablamos de eso anoche. A veces ocurre. No volvamos a empezar. Solo ayúdame y yo también te ayudaré.

En ese momento, Julia reparó en lo que estaban diciendo en el televisor.

—… Continuando con la noticia del asesinato de la pasada noche, se ha podido confirmar que la víctima, que, como ya hemos dicho, es Laura Andánez, una famosa médium muy conocida en el mundo esotérico, acababa de reincorporarse a su trabajo después de haber sido madre…

Aquello la ayudó a decidirse.

Después de convencer a la policía de que avisara a la madre de Laura y de comprobar que el bebé ya estaba con ella, eran casi las ocho de la mañana, la hora a la que había quedado con Marta en la cafetería para ir a trabajar.

Cuando llegó, su amiga ya la estaba esperando y, sin poder contenerse, le dijo:

—¿A que no sabes lo que ha pasado esta noche?

—¡Que te fuiste de fiesta y acabas de volver! Vaya cara que traes, hija.

—¡Qué más quisiera yo que haberme ido de fiesta! Supongo que no habrás oído las noticias esta mañana, ¿no? Han asesinado a Laura Andánez. ¿Sabes quién es?

—Ni idea, pero me da la impresión de que me lo vas a decir.

—Exacto. Era una chica alta, de media melena rubia, ojos verdes, guapísima y, además, médium.

—Pues sí que te has fijado. No sabía que te gustaran las mujeres… Pensaba que eras hetero.

—La verdad es que sí que me he fijado bastante. Sobre todo, esta mañana, en mi cuarto de baño. Era guapísima…

—¡Venga ya, Julia! No empieces la mañana contándome tus fantasías.

Al llegar la noche, Julia se acostó temprano. Estaba realmente cansada… Lo único que no le permitía dormir a rienda suelta era aquella extraña voz que parecía resonar en su cabeza…

Creo que me he confundido. Esta no es la persona que buscaba. Me he precipitado. En fin, tendrá que servirme. No me queda otra opción que aceptarla. Supongo que hará exactamente lo mismo. A lo mejor todo resulta mucho más lógico. Quizá sea mejor así. Será más difícil que alguien repare en las coincidencias…

Debo darme prisa. No vaya a ser que quiera librarse de mí y lo consiga. Después de hablar con esa tal Laura, es capaz de impedirme hacer lo que tengo que hacer.

A la mañana siguiente, al levantarse, Julia solo recordaba haberse acostado temprano y estar realmente cansada. A pesar de todo, tenía la sensación de no haber descansado en absoluto.

Cuando llegó al bar donde desayunaban juntas todos los días, Marta todavía no estaba, así que se entretuvo hojeando los periódicos.

En la portada no había ninguna noticia interesante; solo los típicos asuntos de política.

En las páginas interiores sí encontró algunas que le llamaron la atención. Entre ellas estaba la de una serie de fallecimientos que, aparentemente, ni siquiera parecían asesinatos. Sin embargo, todos tenían algo en común: habían sido encontrados con un papel en la mano derecha.

Mientras leía la noticia llegó Marta que, al ver la fotografía, exclamó:

—¡Vaya! Parece una citación para formar parte de un jurado. Igual que la que recibí yo.

—¿Tú has sido jurado? —preguntó Julia.

—Pues sí. Me llamaron para formar parte del jurado en un juicio por asesinato. No fue un caso muy conocido, pero algunas cosas sí salieron en los periódicos. Era el caso de Encarnación Palacios, una enfermera del Hospital de San Blas a la que acusaron de asesinar a su marido envenenándolo. Imagínate. La declararon… bueno, en realidad, la declaramos culpable. ¿Te suena?

—Ni idea.

Siguieron hablando del asunto mientras llegaban al despacho.

El día fue tan monótono como todos los anteriores y, por la noche, Julia, aburrida, se puso a ver una serie de Netflix, pero volvió a quedarse dormida. ¡Otra vez en el sofá!

Creo que ya va siendo hora de salir. Todavía tengo trabajo por hacer. De momento todo está saliendo según lo previsto. Menos mal que la foto no era demasiado buena…

Se puso la chaqueta y las zapatillas y se dirigió, sin el menor atisbo de duda, hacia la calle donde sabía que lo encontraría. Prácticamente no tuvo que esperar. Él salió sobre las doce de la noche, tal como había previsto.

Se acercó a él y, con la mejor de sus sonrisas, le dijo:

—Perdone, ¿podría decirme dónde está la calle Almirante Cadarso? Creo que me he perdido.

—Es justo esta que tiene aquí a la derecha.

Y levantó el brazo derecho para señalarla.

En ese momento, ella se acercó y le tocó el brazo izquierdo en señal de agradecimiento.

—Muchas gracias. Es usted muy amable.

Se dirigió hacia la calle en cuestión, pero, al cabo de unos instantes, se giró y vio cómo el cuerpo del hombre caía desplomado sobre la acera. Se acercó y, con toda la calma de la que era capaz, le colocó la citación en la mano derecha junto con otra nota que decía:

«Número 7».

Cogió un taxi y salió de allí.

A la mañana siguiente, cuando las dos amigas llegaban al despacho, se les acercaron dos personas.

—Buenos días. ¿Marta Escolano Jiménez?

—Soy yo. ¿Quiénes son ustedes?

—Soy el inspector Armero y este es mi compañero, el inspector Rodríguez. ¿Podríamos hablar con usted?

—¿Conmigo?

—Sí. Quisiéramos hablar con usted. A ser posible, a solas.

—No te preocupes, Marta. Voy subiendo al despacho y les digo lo que ocurre. Avisaré a tu jefe.

—Gracias, Julia.

Al llegar la tarde, Julia se encontraba un tanto indispuesta. Llamó a Marta para disculparse y regresó sola a casa.

Cuando llegó, mientras se dirigía al baño para ducharse, vio reflejado el rostro de Laura en el espejo.

—No esperaba volver a verte —dijo Julia—. Confiaba en que ya hubieras hecho lo que tenías que hacer.

—Es lo que estoy intentando. He estado averiguando algunas cosas y creo que has tropezado con algo muy especial: un alma perdida, una sombra. Y lo digo literalmente: has tropezado. ¿Recuerdas haber tropezado últimamente?

—Tropezar, tropezar… El otro día iba a cruzar la calle con mi amiga Marta y sentí como si algo me frenara…

—Tal vez fue entonces cuando la sombra te eligió. Hay personas que poseen una sensibilidad especial y, cuando un alma se aferra a ellas, esa capacidad se intensifica hasta permitirles percibir aquello que permanece oculto para los demás: los espíritus de quienes acaban de abandonar este mundo. Y sospecho que eso es lo que te está ocurriendo.

—¿Y entonces qué debo hacer?

—Debes hablar con la sombra que te ha poseído para ayudarla a regresar a su dimensión. Para ello necesitaremos preparar un Altar de Bóveda.

Mientras tanto, Marta acudió a la comisaría de policía, tal y como le habían pedido los inspectores aquella mañana.

—Gracias por acudir, señorita Escolano.

—Por supuesto. Quisiera entenderlo todo bien.

—Como ya le hemos comentado, durante estos últimos días se han producido una serie de asesinatos. El único elemento que une a todas las víctimas es que fueron halladas con una citación para ser jurado en la mano derecha: «Diligencias 5598/2023». Creemos que ese número le resulta familiar. Si no me equivoco, usted también recibió una citación.

—Sí. Fue el juicio en el que formé parte del jurado. El de la enfermera que envenenó a su marido.

—Hemos tenido mucha suerte en esta investigación gracias a una de las últimas víctimas; concretamente, a la penúltima. En la calle donde vivía hay una sucursal bancaria con cámaras de seguridad.

Fue entonces cuando Marta comprendió que los inspectores no solo querían hacerle unas preguntas: también pretendían advertirle de que corría un serio peligro.

Entretanto, Laura seguía en casa de Julia explicándole cómo debían actuar.

—Vamos a colocar unas velas y un espejo pequeño. Las velas le mostrarán el camino para llegar hasta aquí y el espejo le permitirá regresar a su dimensión. Una vez que esté todo preparado, yo misma lo invocaré y tendremos que llegar a un acuerdo con él. Procuremos que el espejo no se rompa. Si se rompe, el espíritu quedará atrapado aquí. Empecemos.

¿Por qué me habéis hecho venir?

—Porque queremos ayudarte. ¿Quién eres y por qué estás aquí?

Porque tengo algo que hacer. Necesito que todos paguen por lo que hicieron. Nadie puede quedar sin castigo.

—Dinos quién eres e intentaremos ayudarte. ¿Qué es lo que tienes que terminar?

Lo que ya he empezado. Tengo que acabarlo cuanto antes y no necesito vuestra ayuda. Yo sola me basto. Hasta ahora lo he hecho y puedo seguir haciéndolo. Ella ni siquiera se ha dado cuenta de nada…

En la comisaría, el inspector Armero seguía hablando con Marta.

—Pudimos ver cómo una joven se acercaba al señor Monedero para preguntarle algo. Él señaló hacia delante y ella pareció darle las gracias antes de marcharse. Pero, apenas un segundo después, mientras el señor Monedero caía al suelo, la vimos regresar, acercarse a él y colocarle algo en la mano. Después se marchó y cogió un taxi.

—Si lo que están intentando es asustarme, les aseguro que lo están consiguiendo.

—En realidad, lo que intentamos decirle es que su amiga es la persona que aparece en esas imágenes. La grabación es bastante clara. Hemos localizado el taxi que cogió y el conductor ha confirmado que era ella.

—Eso es imposible. Julia no puede tener nada que ver con esto.

—Precisamente por eso queríamos hablar con usted. Queríamos asegurarle que estará protegida en todo momento. Tenga en cuenta que las dos últimas víctimas llevaban un papel distinto: una tenía el número siete y la otra, el ocho. En realidad, solo queda una de las nueve personas que formaron parte del jurado. Pensamos que la ha dejado para el final por quien es.

—Conozco bien a Julia y estoy convencida de que nunca sería capaz de hacer algo semejante.

Siguieron hablando un buen rato.

En casa de Julia las cosas no iban mucho mejor.

—¿Por qué no nos explicas lo que estás haciendo para que podamos ayudarte? —le dijo Laura.

Está bien. Me llamo Encarnación Palacios y era enfermera. Hace un tiempo mi marido murió envenenado y a mí me declararon culpable de su muerte. Pero yo no lo hice. Adoraba a mi marido. Jamás le habría hecho daño. Sin embargo, el jurado ni siquiera se planteó otra posibilidad. Simplemente me declaró culpable. «Es enfermera», pensaron. «Seguro que tiene acceso a todo tipo de venenos». Pero yo estaba locamente enamorada de él. Ahora solo estoy haciendo lo que debo: acabar con ellos como ellos acabaron conmigo. Ellos fueron los responsables de mi muerte. Yo solo quería estar con él, fuera como fuese. Pero antes deben pagar por lo que hicieron. Ya falta poco para que pueda reunirme con él…

Y el espíritu se lanzó contra Julia, atravesó el espejo y lo hizo añicos.

Sobre las diez de la noche, Marta no deja de pensar en su amiga y en todo lo que le han contado los inspectores. No la cree capaz de hacer nada de aquello y, sin embargo, la duda empieza a abrirse paso.

Suena el teléfono. Es un WhatsApp de Julia:

«Te espero a las diez y media en la cafetería de siempre. Es importante. Por favor, ven.»

Se queda estupefacta. ¿Debería ir? ¿Y si los inspectores tienen razón?

Finalmente decide darle un voto de confianza. Al fin y al cabo, es su amiga.

Se arregla y sale de casa. La encuentra esperándola, sentada en el bar.

Al verla acercarse, Julia se levanta y camina decididamente hacia ella.

A pocos pasos de alcanzarla se detiene. La mira a los ojos. Después baja la vista hacia su brazo izquierdo y se lo sujeta con fuerza con la mano derecha…

Marta acelera el paso. Llega justo a tiempo de sostener a su amiga mientras su cuerpo se desploma sobre la acera.

—Lo siento, Marta. Ella no puede obligarme a hacerte daño…

—¡Julia! ¡Julia! ¡Por favor! ¡Que alguien llame a una ambulancia!

Han pasado ya unos días y Marta sigue sin conseguir descansar. En cuanto cierra los ojos vuelve a ver a Julia cayendo entre sus brazos mientras escucha, una y otra vez, sus últimas palabras.

Sin embargo, en su cabeza resonaba otra voz:

Ella se equivocaba. Yo no quería hacerte daño. Al contrario. Tú eres mi persona. La que debe terminar lo que yo empecé. La única que creyó en mí cuando nadie más quiso hacerlo.

Los días fueron pasando y Marta se dio cuenta de que estaba siempre cansada. No conseguía salir del pozo en el que se había hundido desde la muerte de Julia.

No descansaba. Cada mañana acudía al trabajo sin ganas, sin alegría, sin el ánimo que siempre la había caracterizado. Sentía que se estaba deslizando poco a poco hacia una profunda depresión. Y no podía permitírselo. No debía caer.

Ya sabía lo que tenía que hacer.

O, al menos, eso era lo que aquella pequeña voz repetía una y otra vez en su cabeza.

Ya falta muy poco. Solo queda una última cosa por hacer. Confía en mí. Te ayudará.

Unos días después, en las páginas interiores del periódico apareció una noticia:

Ha fallecido, al parecer por causas naturales, el juez Baltasar Brazos, magistrado del Juzgado de lo Penal n.º 5, que intervino, entre otros muchos procedimientos, en el conocido caso de la enfermera de San Blas…

Mientras Marta leía la noticia, la voz volvió a resonar en su cabeza:

Todo ha terminado. Ahora ya puedo reunirme con él. Sabía que tú eras la persona adecuada. Pero tranquila… No te preocupes. Ya me voy…

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