El Tren Eléctrico

El Tren Eléctrico

Al cumplir los diez años, su mamá, por fin, permitió a su papá que le regalara el tren eléctrico. Papá se lo tomó muy en serio. Visitó varias tiendas especializadas durante las semanas previas a su cumpleaños. Estudió los diferentes modelos, las distintas escalas. Se quedaba mirando los escaparates donde los trenes, perfectamente sincronizados, subían y bajaban por las diferentes vías, entraban y salían de los túneles y paraban en las estaciones ya fueran de pasajeros o de mercancías. Cargaban agua si la locomotora era de vapor o se deslizaban bajo el cable, la catenaria en el argot, si era eléctrica. Y tomó la decisión de que iba a hacer de su hijo un auténtico ferroviario. Empezaría por un tren sencillo, con una buena locomotora y cuatro o cinco vagones. Vagones no, coches, que hay que hablar con propiedad desde el principio. Y un circuito no demasiado grande, pero con algún desvío con cambios de agujas y, de momento, una estación. Todo susceptible de ir siendo ampliado y con cuidado de que todo sirviera para los planes futuros.

El día del cumpleaños coincidió en fin de semana. Los papás se quedaron en la cama esperando que Luisito se despertara y viniera a su cama muy temprano como solía suceder en las mañanas de los Reyes Magos. Después de las consabidas felicitaciones, abrazos y carantoñas, y los correspondientes tirones de orejas, se fueron todos a la cocina para tener un desayuno especial y, apenas habían terminado, el papá se levantó de la mesa y al cabo de muy poco rato llamó a su hijo desde el salón, donde ya había previsto un espacio para extender el tren eléctrico. El niño, al ver la enorme y preciosa caja, sin dar tiempo a nada comenzó a abrirla y a sacar su contenido, incrédulo ante semejante pedazo de tren y sin poder contener los nervios y la alegría.

El padre intentó calmarlo. Las cosas había que hacerlas bien para no dar al traste con el elaborado proyecto que tenía pensado para el niño. Consiguió convencerlo de que, una vez sacadas de la caja -algo ya inevitable- todas y cada una de las partes del tren, segmentos de vía, transformador, cables, clavijas, señales de tráfico y demás, se fueran a la habitación de estudiar a revisar concienzudamente el libro de instrucciones.

Se sentaron a la mesa. El papá encendió el flexo y se puso a leer en voz alta para que el niño se fuera enterando de lo que el folleto decía desde el principio. Tenía muchas páginas a pesar de que la parte que venía en español era considerablemente más reducida.

—Esto nos va a llevar un buen rato, Luisito, pero es imprescindible que aprendas muy bien el manejo. Es un juguete caro y delicado, y tendrás que cuidarlo muy bien para que dure mucho tiempo y puedas jugar con él durante muchos años. Y poco a poco lo iremos haciendo más grande. Vas a ver lo bien que nos lo pasamos.

—¿Y podré decirle a Pepito que venga a casa a jugar con el tren?

—Bueno, ya veremos. Pepito no sabe cuidar las cosas y sería una pena que rompiera algo ¿no te parece? —dijo el papá abriendo el libro, porque era un auténtico libro, mientras Luisito se le arrimaba metiendo la cabeza para verlo entre la mesa y el brazo de su papá.

—Mira lo que pone aquí:

<<¡Enhorabuena y gracias por confianza en nuestra marca! Ha adquirido usted un producto de mucha alta calidad. Antes uso primera vez, lea atentamente las instrucciones. Lamentablemente no podríamos hacer cargo de situaciones que se produzcan por mal uso del producto. Conserve para siempre este folleto que incluye la garantía de fabricante que no será válida si no sellada por el establecimiento que adquirió y debe ir acompañada del tique de compra>>

—¿Ves, Luisito? Esto está aquí, al final. Es muy importante —y continuó leyendo.

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—Lo entiendes, ¿verdad, Luisito? Esto ya lo hemos hecho.

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<<¡ATENCIÓN PELIGRO! pack electrificante. El manejo de cables electrificante debe hacerse con cuidado. Utiliza guantes gomificados para evitar descargas. No alcance de niños hasta familiarse con manejo. Vigilancia cables pelados uniones mal estado. Conecta clavijos lugar previsto: rojo-rojo, nero-nero. Unidad transformante puede ser caliente en uso.>>

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—Luisito, ya te estarás dando cuenta de que este tren es mucho más que un juguete —dijo el papá sin levantar la vista del libro de instrucciones con esa solemnidad de las grandes ocasiones —. Ya ves lo complicado que es.

Y siguió leyendo ya en voz baja durante un buen rato. Por fin el papá cerró el libro y perdió la mirada un momento en el vacío como para fijar las enseñanzas adquiridas.

—Bueno, pues vamos para allá. Creo que ya sabemos lo suficiente para empezar. Pero de momento, voy a montarlo yo mientras tú me miras y aprendes, ¿vale? Ya ves que hay que tener mucho cuidado con muchas cosas.

Fue al girar la cabeza y levantarse de la silla cuando se percató de que Luisito ya no estaba allí, no sabía desde cuándo. Salió al pasillo en busca del niño y percibió un ligero aroma como de tabaco, pensó, a pesar de que nadie fumaba en casa. Entreabrió la puerta del salón. Una pequeña pero consistente humareda salía de la chimenea de la locomotora a la vez que se oía un largo y sonoro toque de silbato.

—¡Pero Luisito!

El niño, sentado en el suelo, sin volverse, con su gorra como si de un avezado jefe de estación se tratara, manejaba los mandos llevando el tren a toda velocidad a lo largo de la vía hasta hacer una parada en la estación de pasajeros. Entonces poniendo las manos en la boca a modo de megáfono:

—¡Pasajeros al treeeeen!

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