«No pasó nada aquí, aquí no ha pasado nada»
Bien lo retrató cien años de soledad: aquello que sabemos que pasó corre el riesgo de ser borrado. Y lo peor de todo, es que terminamos por convertirnos en aquellos que le dan la mano a quienes nos explotaron alguna vez.
Hoy Colombia vive el resultado de un fenómeno que a mi parecer tiene como base, a demás de influencias externas, la amnesia colectiva y la insensibilidad. María Fernanda Cabal dijo que la masacre de las Bananeras y el Exterminio de la unión patriotica no existieron, sino que son «inventos en la narrativa comunista». Realmente no sé, si ella se cree lo que dice o es que lo politiquero de su discurso no puede despegarse de su pellejo, es complejo para mi entender lo que sale de su boca.
Hoy, con júbilo, se regodean y ponen en alto frases como «les ganamos izquierdosos», «ahora tenemos a un presidente con la clase que le faltaba a nuestro país» o «firmes por la patría». Y yo solo pienso: ¿qué pasa por sus mentes? a veces trato pero no puedo entender. Aunque debo reconocer que mi incomprensión hacia ellos es diferente a lo que me pasa con Cabal.
Mientras ella representa una clase pudiente, a la mal llamada «clase alta» en Colombia: un grupo de personas que no han sido golpeadas por la violencia, el conflicto ni la vulneración de derechos; que no saben qué es tener que elegir entre pagar transporte o pagar comida; a quienes les resulta aberrante que las familias solo tengan un solo baño en la casa, que nunca tuvieron que compartir cama; que tienen anécdotas de viajes al exterior, que no conocen el transporte público, que no toleran el mugre, la basura de las calles, ni a los indigentes (porque «dan una mala imagen a la ciudad»), que ven una protesta y gritan «¡TRABAJEN VAGOS!».
A ese tipo de personas casi les compro la idea tan alejada que tienen de la realidad colombiana, quizá tambien son victimas de su burbuja. Sin embargo, a quienes repiten como loros «firmes por la patria». Me refiero al ciudadano de a pie, a quien recorre las calles que han sido cómplices silenciosas de las muertes generadas por el Estado en nombre de la «Seguridad»; a quien se pregunta si va a llegar a fin de mes; a quien ha visto que el trabajo se mueve por palancas políticas; a quien ve que por más que se esfuerce siempre hay algo que le impide avanzar, a quien le ponen barreras para ser atendido en su EPS; a quien estudió en universidad pública, a quien ahorra meses para darse el gusto de comprar una lavadora.
A ese tipo de personas no las entiendo. Y por ello creo que una de las bases para terminar eligiendo a un Facista es, precisamente: La insensibilidad. La falta de tacto con nuestra historia, con nuestras raices, con los problemas de los demás aún cuando no son propios.
Somos insesibles ante nuestro propio dolor y por ende al de los demás. Nos cuesta reconocer que nos faltan cosas y preferimos elegir el camino donde nos pensamos pertenecientes a una «clase media», creyendo que es una clase diferente a la «clase baja». Nos creemos ricos por tener iPhone, por tener un título. Nos enseñaron a avergonzarnos de lo que somos. Nos califican de «conformistas» cuando en nuestro plan de vida no está invertir o viajar; nos califican de «dejados» cuando no vamos al gimnasio; nos dicen que nuestros malestares son el resultado de falta de diciplina y voluntad. Y todo eso nos lo hemos creído.
Y por eso, tenemos a un presidente que junto con su esposa dice»vamos a poner gimnasios gratuitos», mientras en la Guajira, el Chocó, el Pacífico, la Amazonía, la región del Caribe y otras, no tienen agua potable. Nos convencieron de que nuestros problemas se irían si el pobre deja de reproducirse, si al indígena se le quita la voz, si no hay lugar para la comunidad afro, si no hay espacio para el «diferente»; cuando todos pertenecemos a un mismo pueblo.
Finalmente, estamos sin el sistema inmunológico que veo como único protector ante estas circunstancias: la memoria historica.
Hace un tiempo leí sobre un pacto en España, el famoso «Pacto del Olvido», un acuerdo en el que se decidió no juzgar los crímenes que se habían cometido en la dictadura para no «reabrir heridas». El resultado: polarización, falta de sensibilidad por el otro, una democracia frágil… Creo que eso es lo que esperan nuestros dirigentes: El olvido. Abelardo en una entrevista, cuando le preguntaron por los falsos positivos, dijo que era mejor no ponerle atención a eso, que ya había pasado. Porque para ellos es fácil decidir lo que es importante y lo que no, cuando sus hijos no son los muertos; es por ello que entre lo importante jamás estaremos nosotros.
Somos el niño al que su madre le pasa un objeto (ni siquiera un juguete) para que se calle y se divierta, cuando el verdadero deber sería atender su llanto, comprender qué lo causa y actuar en consecuencia. A muchos los contentaron con el discurso de que «se les ayudaria a los empresarios», y ahora, como todo aquel que abre una pagina de venta de ropa o accesorios se llama a sí mismo «empresario», creen que esas migajas son para ellos.
Nos falta sensibilidad con quienes somos. Nuestro mayor logro como sociedad será cuando como Colombianos jamás nos sintamos avergonzados de nuestra realidad; cuando sepamos lo que tenemos y lo que nos falta. Solo así, cuando vengan a vendernos discursos de «avance», sepamos cuál es el modelo de avance que nos combiene, y no vayamos como desadaptados queriendo cumplir los estandares de Estados Unidos.
No hablamos de historia porque nos guste victimizarnos, sino porque en ella encontramos la herramienta para decir: «no nos volverán a engañar» porque en ella buscamos no convertirnos en el cómplice silencioso de nuestra propia ruina.
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