Hay un sonido que toca la nieve y se convierte en escarcha.

Hay unas mejillas que rozan el frío y se convierten en manzanas imitando el color de los pétalos rojos de su jardín congelado.

Puedo escuchar el crujir del lago glacial sin temor a que pueda romperse, los rayos del sol apenas acarician al hielo y este lo convierte en pequeños diamantes.

Robustos verdosos cubiertos de azúcar glaseada.

Y los pinos eran tocados por una mágica cortina aurora boreal.

¿En dónde se esconden los ruiseñores? Se pregunta la pequeña llevada por el viento invernal y se saca un suspiro, un aire de tranquilidad saber que puedo ver mi aliento como el humo de aquel tren llevando uno que otro rostro nostálgico por un paisaje tan maravilloso.

Hay una montaña que se puede escalar gracias a la atrevida mujer –recogiendo maderas para construir escalones – y anhelando ver nevadas escarchando de blanco de nuevo a las rocas.

Respira imaginariamente el aroma de la canela disolviéndose en su taza de té.

Etiquetas: cuento corto escrito

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