El beso de la alondra

El beso de la alondra

Emilio Navarrete

25/06/2026


El beso de la alondra

He de confesar que la primera vez que te vi, más que verte, te soñé. Como te sueño ahora que, por haber escuchado una canción ya olvidada en la radio, intento evocar tu recuerdo, ese quiste que el tiempo se encargó de formar en mi nuca, vivero de anhelos, como un injerto de alguna rama de ti, variedad frutal de un mundo perdido. Y en este momento, veinte años después, al tiempo que luchas por florecer de nuevo en mí, te voy a contar algo: cuando nos miramos por primera vez se me desveló el misterio de la creación, descubrí en tus ojos la ecuación de la gravedad cuántica y entendí que aquel instante, sublime y esférico, no tendría ni principio ni final.

Sin embargo ahora, mi amor de entonces, he perdido la fe, no sabría ni calcular un logaritmo exacto y cuando camino tan solo vislumbro la nada al final.

Pero si te estoy evocando hoy, por accidente, no es con la intención de añorarte, que no sabes lo que me costó dejar de hacerlo. Y no me malinterpretes: no te guardo ningún rencor. Simplemente llegué a un punto en el que me di cuenta, por generación espontánea, de que la nostalgia se tenía que acabar.

La verdadera razón de haberte querido traer a la memoria de nuevo, aprovechando el poder evocador de la música, es para decirte algo a la cara, esa cara que ahora acariciará un ligero viento del sur o tal vez boreal, la que besarán tus hijos y tu marido, seguro que un buen tipo, pero que ya no será tu cara de alondra, la de aquellas mañanas cuando me cantabas, con tu trino diáfano, madrigales, romances y poemas de verso libre. Y lo que necesito decirte a la cara, ahora que me he dado cuenta de que, en realidad, seguías ahí, aletargada, es que creo que ya estoy listo para el olvido definitivo. Y te diría que lo estoy desde el regocijo de saberte viva lejos de mí, de sentirte dichosa de pertenecer a este mundo, de haberte dado cuenta de que te has convertido, al fin, en un recuerdo biodegradable; desde la alegría que me da considerar la alta probabilidad de que ya no sepas ni cómo me llamo. Porque con mi nombre desvanecido en la inmensidad de los nombres desvanecidos, esa a la que van a parar cuando pierden sentido para quienes nos amaron algún día con toda su alma, ya no habría nada que me aferrara a ti.

Bueno, miento, porque todavía quedaría algo pendiente: este injerto enquistado del que te he hablado antes, el que voy a deshacer con mimo, cortando las ataduras, limpiando la zona de la cerviz lacerada, para que puedan surgir de ella nuevos brotes, rebosantes de ensoñación. Y cuando hayan florecido, aunque tan solo lo consiga uno, se disipará también tu nombre en una ráfaga de aire meridional que saldrá por mi ventana a la velocidad de la luz y, una vez atraviese la heliopausa, se convertirá en viento cósmico, y abandonarás tu aspecto etéreo de sílfide para volver al original, el de mujer telúrica, solo que con veinte años más.

Entonces, ahora que ya sabes que estoy listo para disolverte por siempre y borrarte de mi nuca, voy a evocar un último recuerdo para compartirlo contigo.

La noche me olía mal. El frío, calahuesos, lo generaba tu ausencia. La lluvia, calabobos, la integraban números que iban del cero al menos infinito. Llevaba semanas sin verte, sin noticias de ti. Y la culpa era mía, por no haber sabido acogerte en mi vida sin más, por darle tantas vueltas al asunto, por miedo a perder mi libertad de picaflor, de individuo solitario, temeroso de amores con visos de futuro.

A día de hoy desconozco cómo me persuadió mi amigo para que fuera. Tal vez porque ya me había comprado la entrada y hubiera estado feo rechazarla. Desde luego que me costó salir de casa, por cuyas estancias me venía arrastrando, infinitesimal, al llevar demasiado tiempo sin saber de ti, perdida cualquier esperanza de volverte a ver, pero algo
me empujaba a hacerlo, aunque fuera a regañadientes. Y he de admitir que cuando me vino a buscar, con la música a todo trapo, estuve a punto de darme la vuelta y no entrar en el coche. Sin embargo, una voz interior, hasta entonces desconocida, me sugirió que me lo tomara como una deferencia hacia su amistad, inquebrantable.

Durante el recorrido hasta la sala de conciertos me comporté como un verdadero muermo. Él conducía sin parar de hablar: comentaba lo buena que era esta o aquella canción, lo contento que estaba de que hubiera venido y, con sus mejores intenciones, me intentaba animar con la imagen figurada, en su mente calenturienta, de todas aquellas chicas que habría en la sala esperando a ser la elegida de la noche por un músico afamado como yo, necesitado de cariño. Entretanto, aprovechando que el conductor tenía que coger aire de vez en cuando, su novia se interesaba por mi trabajo, mi próxima actuación, el libro que estaba leyendo, y hasta por mi familia, con la intención de destensar el mal ambiente que mi cara de borde maldito y mi silencio incómodo habían creado nada más sentarme en el asiento trasero y ponerme el cinturón con desgana.

Recuerdo bien que, cuando llegamos, nos fuimos directos a la barra. Ellos a por una copa que les pusiera a tono y yo a por el antídoto momentáneo para vacíos existenciales, con dos cubitos de hielo y un toque de impostura. Por un momento tuve ganas de gritar, de lanzar la copa contra el botellero de enfrente, de comprobar la dureza de la encimera a base de testarazos, o mejor aún, de provocar al primer mechacorta que se me pusiera a tiro, con ganas de bronca, para que me hiciera el favor de reventarme la cara a hostias, a ver si así volvía a sentirme vivo por dentro.

Y entonces noté una mano en mi hombro. Y luego sonó tu gorjeo alegre. Y así reconocí tu canto: al nombrarme.

A partir de ahí solo existiríamos tú y yo. Poco a poco nos fuimos apartando del grupo que habían formado mis amigos y los tuyos. Dejamos de saludar a los conocidos e Iniciamos una conversación encaminada, sin disimulo, al cortejo mutuo. Nos alegramos de haber ido a aquel concierto, al que ninguno de los dos quería ir. Me confesaste que tenías ganas de verme. Y yo hice lo mismo. Fuimos uno entre la algarabía, los empujones y la música, que ahora ya sonaba en vivo.

Y aunque nos gustaran mucho Esclarecidos, no estuvimos demasiado pendientes de su actuación, porque teníamos asuntos más importantes que atender. Ninguno de los dos, o eso me dirías al día siguiente, quería dejar pasar la oportunidad de consumar aquella atracción irrefrenable, que iba más allá de lo físico. Y también me dijiste que habías llegado a pensar que yo no sentía nada por ti, debido a mi actitud apática y distante a partir de la siguiente vez que nos vimos, después de coincidir, frente a frente, en aquel cumpleaños de nuestra amiga en común y mirarnos sorprendidos, de forma regresiva, como si nos conociéramos de
todas las vidas.

Algo debió suceder cuando comenzó a sonar No hay nada como tú, ese tango madrileño,
porque nos abalanzamos el uno sobre el otro, dejando a un lado las palabras, obviando el espacio-tiempo, para encerrarnos en una burbuja hermética, un merkabá
para dos. Y nos besamos, y no dejamos de besarnos, y volvimos a besarnos, y mientras nos besábamos con ansia, pero con dulzura, girábamos como derviches siameses unidos por los labios, en una rotación mística, constante y atemporal efectuada sobre una baldosa, como un chotis argentino y rotatorio. Y mientras no podíamos parar de besarnos y de dar vueltas al unísono, nos percatamos de que lo que giraba, en realidad, era el entorno y, sabiéndonos allí plantados, nos reímos sin dejar de besarnos. Era un vértigo agradable, un carrusel alrededor del que pululaba una amalgama de seres humanos, con sus miserias, virtudes, anhelos, rencores, vicios, traumas, frustraciones, miedos, ilusiones, ganas de vivir o de morir, de follar, de amar y ser amados, o por lo menos deseados, o simplemente de escuchar al grupo al que unos seguían desde sus inicios y otros acababan de descubrir, y por el que habían pagado no recuerdo cuántas pesetas.

Nunca hubo ni habrá un dinero tan bien invertido. Nadie podrá quitarnos esos tres minutos y pico de eternidad girante y los años de felicidad que supusieron. Porque los últimos, los del desencanto mutuo, los de mi soberbia y tu apatía, no creo que vengan al caso.

Y ahora, mi bienamada alondra, inmerso en este año convulso de indignados y primaveras árabes, solo me queda despedirme de ti. Pero no como la última vez que nos vimos, cuando me dejaste por imposible y yo te dije adiós indiferente, con esa flema que hasta a mí me saca de quicio. Ha llegado el momento de despedirme de ti de verdad de la buena. Ahora bien, no podría hacerlo sin antes decirte que, aun admitiendo que no tardaron en llegar otras a mi alcoba después de tu partida, yo prefería imaginarme que eras tú, que habrías vuelto de tu migración anual convertida en cada una de ellas, pero claro: ninguna cantaba igual…

Y puesto a sincerarme, te he de confesar que lo que más hubiera deseado en el mundo, aquella mañana gélida de despedidas y mudanzas de hace veinte años, era que lo intentáramos de nuevo, mas no supe cómo expresarlo, aunque te amara de veras, y mira que te lo hubiera pedido de rodillas… Pero no lo hice.

Dicho esto, ahora que parece haberse vaciado por completo de la queratina generada por la memorias, la emocional y la episódica, voy a limpiar con sumo cuidado los restos de tu recuerdo enquistado en mi nuca desde entonces, para poder seguir viviendo, no sin antes decirte: <<¡Adiós!>>.

Y para terminar, porque sé que te gustarán, te voy a recitar estos versos cuya autoría no es mía, ya lo sabes, sino de Alfonso Pérez, el batería de Esclarecidos. Y lo voy a hacer cantando, una de las pocas cosas que se me dan más o menos bien, acompañado de un bandoneón y un quinteto de cuerda imaginarios. Y, desde dondequiera que estés, ojalá que puedas escuchar este último canto y me hagas coros con tu voz de alondra:

<<No hay nada como tú/ probablemente nada como tú/ Si te quieres ir/ adelante: ¡vete si te quieres ir!/Yo no sé qué haré…/Me vendaré el corazón>>.

Puntúalo

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