Nada más ver la esquina, respiré profundo. Uno, dos, tres y doblé. De un lado de la calle, la escuela; del otro, el viejo edificio. Antes de las ocho llegan los estudiantes. Se desmontan de las guaguas que ruedan por el asfalto sin cristales, sin puertas, una detrás de la otra, compitiendo a ver cuál tiene el kitipó más potente, compitiendo por el próximo pasajero. Dios te libre de no cruzar rápido, porque te conviertes en el atropellado de la semana.
Corrí al notar una guagua acercándose sin frenar, se me venía arriba. Loca del diablo, mira pa alante, me gritaron unos estudiantes. Subí a la acera. Volví a respirar. Miré el letrero del edificio. Ministerio de Educación. Por fin, pensé, estoy a salvo.
—Señorita, usted no puede entrar así —aseguró el militar asignado a la puerta de la entrada.
—¿Así cómo?
—Así, vea —se tocó los hombros.
Un desfile de personas entraba sin dificultad. Al militar no parecía importarle las minifaldas que con la brisa dejaban ver las chapas de los culos, mucho menos los escotes. Tampoco le importaban los dedos gordos llenos de tierra y mugre asomándose por algunos zapatos. El gran problema eran, al parecer, mis hombros.
—No soy yo, señorita, son las leyes —aseguraba—. Yo solo cumplo órdenes.
—Sí, la constitución, ¿verdad?
—Vaya ahí —me señaló con el dedo una pequeña puerta casi al lado del edificio—. Ahí le resuelven.
El sol siempre quema. El sol en el Caribe, además de picar cuando se posa sobre la piel, derrite las ganas de vivir. Pero no quedaba de otra. Caminé a donde me señaló el hombre, porque era militar y si algo yo tenía claro era que los militares se las sabían todas.
Con esa nalga te llevo gratis a donde tú quieras, mami, dijo el chofer de un carro público lleno de pasajeros. Tres alante, cuatro atrás. Todos con los ojos en mi dirección. Miré alrededor a ver si había más gente caminando. Solo éramos yo y mis nalgas andando rápido hacia la puertecita.
Pasé por una banca de apuestas, de esas con letreros fosforescentes y nombres como La Suerte o La Soñadora, que pululan por toda la capital y donde mi abuela y las abuelas de todos se dejaban los chelitos. Más allá, una señora voceaba desde un puesto de empanadas, las de huevo a treinta, huevo, huevo, huevo, a treinta. Arrancaba un pedazo de la masa uniforme y lo extendía sobre una plancha de aluminio cubierta de moscas. Luego, con la misma mano, agarraba ingredientes al azar de unos potecitos de plástico y los ponía en el centro de la masa. Cerraba. Tiraba aquel despilfarro a una olla llena de aceite negro. Con un paño, se secaba el sudor y limpiaba la superficie de aluminio. Qué asco, pensé, qué maldito asco.
Al llegar a la pequeña puerta, una cartulina amarilla ponía los precios. Sacos a cincuenta pesos la hora. Doscientos media mañana. Una mujer con los cabellos recogidos en un tubi alzó la cabeza al verme entrar.
—Nada más quedan sacos de hombre. Yo no sé qué fue lo que pasó hoy que todas las mujeres vinieron desmandangadas.
—Está bien, no importa. Se lo alquilo.
La mujer se levantó de la silla plástica y cogió una percha de un estante. La redecilla amarilla brillaba en su cabeza.
—¿A quién diablos se le ocurre venir a una oficina pública en tiritos? —reclamaba—. Es que ya no hay prigilio. Una vez mi papá vino del campo a darme una galleta porque le dijeron que yo andaba en chancletas por la calle. Ahora se las ponen como si nada.
—Cuánta razón tiene usted. Ya se ha perdido todo.
Tomé el saco desteñido de sus manos y me lo probé. Me llegaba casi a las rodillas.
—Y las mujeres con unas greñas, que ni se peinan. Parecen, coño, una gallina matada a escobazos.
—Es que las muchachas de ahora son medio vagas. Pero mire, ¿usted no tiene otro saco? Este como tiene un poco de grajo —pregunté oliéndome las axilas.
—No, mi niña, nada más me queda ese. Así que agárrate de ahí.
Le pasé mis únicos cincuenta pesos, los del pasaje para regresar a casa. Al volver al Ministerio, miré por si pasaba otro carro público. Me miré las nalgas también. Todo en orden.
—Eso está como chueco, sí, pero ni modo. Pase, señorita.
El militar quedó atrás después de opinar sobre la fealdad del saco. No le hice caso. Empecé a perderme entre un mar de gente cargada de papeles, montañas de papeles bajo los brazos, esperando superar las filas y las entrevistas antes de las doce del mediodía para irse a hartar de arroz con pollo.
La entrevista era en la tercera planta. Debía tomar el ascensor y caminar por unos pasillos llenos de escritorios y de funcionarios. Qué asco de vida. Pobre gente enterrada entre tanto papel, entre tantos cables de teléfonos, detrás de esas pantallas con fondos de florecitas. Se sientan ahí, viendo las manecillas del reloj pasar todos los días, viendo que contratan a las amantes del ministro para supervisarlos.
Saqué mi celular. Ocho y veinte. Veinte minutos. Otra vez llegaba tarde. Tarde no, tardísimo. Respiré. Me ajusté el saco. Todavía me faltaba atravesar toda la planta. Navegar entre cubículos. Esquivar a más funcionarios. Correr con todas mis fuerzas. Aunque no tanto, no fueran a llamar al militar de la entrada para sacarme del edificio. Me apresuré un poco.
Seguro ya no me atenderían. Seguro el entrevistador ya había cerrado la puerta y ahora jugaba Candy Crush mientras movía mi expediente al archivo de los rechazados. Formando combinaciones imposibles de caramelos. Sonriendo porque tendría a una pendeja menos a la cual hacerle preguntas.
Ahí estaba el último cubículo antes de llegar. Azul pastel, igual a todos, rodeando una silla negra con rueditas donde se sentaba otro funcionario miserable.
Entonces vino el café. Una taza de café apareció flotando de la nada, chocó contra mi pecho y se desparramó por todo el saco. Mierda, mira para alante, gruñó otro empleado como queriendo matarme con la mirada. Yo quería matarlo de verdad. Lo que no tenía era tiempo.
Veintidós minutos tarde y doblé hasta ver la puerta del salón. Una fila de diez chicos se extendía por el pasillo. ¿Cómo pude creer que sería la única? Qué estúpida. Traté de recuperar el aliento. Sonreí caminando hasta el fondo. Sonreía y miraba el saco manchado. Quizás la doña del tubi no lo note, pensé, quizás.
Terminando la mañana, un hombre lánguido con cara fumador que no había fumado en horas me hizo señas, pase, pase. Yo era la última.
El salón también era azul pastel, con sillas negras, una computadora en las últimas y con el retrato del presidente de la República en la pared del fondo. Sentí los ojos del óleo escudriñándome y traté de tapar la mancha de café con mi bolso. Me senté.
—Bueno, vamos a esto que ya casi son las doce —el hombre abrió un fólder con mi nombre sobre un costado.
—Sí, sí. Ya como que hace hambre.
—¿Usted para qué quiere ir a España? —preguntó sin rodeos.
—Bueno, ¿cómo que para qué? No sé, ¿qué le digo?
—Señorita… este…
—Díaz.
—Señorita Díaz, ¿para qué quiere usted una beca de literatura en España?
—Porque… Porque. Vea usted, es que me gusta escribir. La profesora de lengua española siempre me dijo que tenía talento. Que iba a llegar lejos, que tratara de irme por ahí. Entonces yo…
—Sí, sí, ya veo. Tiene la nota de español alta.
—Mire, aquí traigo algunas cosas que me han publicado en revistas de literatura. También me gané un premio de…
—Sí, sí, ya veo —me arrebató de las manos los recortes y las revistas—. ¿Y usted siempre ha tenido el cabello así?
—¿Así cómo?
—Así, salvaje, sin… alisar. Ahora las mujeres andan con esa moda de no alisarse el pelo —sonrió y apuntó algo en la carpeta.
—¿Eso qué tiene que ver? —me quité los rizos de la frente—. ¿Por qué hoy todo el mundo me habla del cabello?
—Sus notas en literatura en verdad son sobresalientes. Casi nadie tiene estos índices.
—Digo, así es mi cabello. No sé.
—Ya veo —cerró la carpeta—. Bueno, señorita, eso es todo. Acabamos. Buena suerte. Usted es una excelente candidata.
Me dio la mano sin levantarse de la silla. Me vio salir sin inmutarse. Cerré la puerta y lo supe. Tenía esa beca. Llegaría a España a vengar a Anacaona. O bueno, mejor no. Mejor solo sacar buenas notas, al menos pasar las materias. Sentí que Madrid ya era mío. Que Gran Vía, Retiro, Rastro y Maniquí, soy fría, muy fría de aquí.
Miré abajo y seguía ahí la gran mancha de marrón. La observé hasta salir del edificio. Miré al militar al quitarme el saco. A mi lado, dos niñas con vestidos impecables y cabellos rubios planchados hablaban pensando que nadie las escuchaba, o que las escuchaban, mas no importaba. La entrevista nada más es una formalidad, tú sabes, le decía una a la otra, ya papi habló con el ministro. En cuanto encendieron la jeepeta en la que se marchaban, un dembow empezó a sonar a todo volumen y se fue desvaneciendo al alejarse.
Ello tan bucando cámara y yo toy bucándome el efectivo.
Me tratan de mata y como quiera le salgo vivo.
La cotorra que tengo lo manda pal intensivo.
La guerra no ha empezao y ya se le acabaon lo tiro.
Era poesía. Pura poesía. Yo seguí cantando hasta llegar otra vez a la puerta.
—Pero, mi hija, ¿qué pasó? —dijo la señora del tubi.
—Ay, doña, un loco que andaba corriendo y me tiró el café arriba.
—Padre amado. Pero tú no me puedes entregar eso así. Ese es mi saco estrella y esas manchas de café no se quitan con nada.
Sí se quitaban.
—Ay, pero ¿y ahora qué hacemos, doña? Yo ya le di los últimos cincuenta que tenía. Yo ando pelada.
—Bueno, bueno. Algo debes tener ahí. Mira a ver. Porque ese saco es de marca. Eso no es de paca, no. Es caro. Caro de verdad. Mira, mira —me enseñaba la etiqueta con un dibujo raro.
—¿Y es que usted no me ve? Yo soy una rullida. ¿Qué voy a traer yo arriba?
—¿Tu celular? ¿Tú no tienes un reloj por ahí?
—¿Mi celular? —me quejé.
Al frente había un cuartel. Un policía lucía su barriga recostado en la pared. Traía una escopeta calibre doce en una mano. Lo observé detenidamente. Lo observó la doña del tubi detenidamente. Antes de darle el aparato, le pedí hacer una llamada. A ver si alguien se apiadaba de mí y pasaba a buscarme, o me tocaba caminar toda la tarde hasta casa. La última vez, al intentarlo, se me derritieron las suelas de los zapatos.
Llamé a cinco panas. Cinco. Solo José respondió. Yo voy, yo voy, dijo, y de paso probamos esta yerba que compré, esta vaina está de pinga. Dale, le contesté, aunque la yerba en realidad estaría mala y yo lo sabía. Pura jaraca. Sobras que nadie quería. Yerba envuelta en empaque bonito, que olía fuerte y no subía. Que no era suficiente aunque se esforzara y al final

terminaría descartada en una alcantarilla, sin celular.
Pasé el teléfono. Una lágrima me corrió por la mejilla. Me senté en la acera a esperar a que a José le diera la gana de aparecer. Podría ser en dos horas, podría ser en cinco minutos. Total, yo ya no podía medir el tiempo.
—Toma, mi hija —la señora de las empanadas me hablaba a mí—. Agarra ahí para que no te me descríes… es de huevo.
—Gracias —le sonreí.
La servilleta no aguantaba toda la grasa de la harina frita. Empapada, abombada. Una gota de aceite cayó entre mis piernas. Agarré la masa esa. Olía a refrito. A queso del malo, de ese que no se derrite. Dos perros de la calle se detuvieron a verme, como adivinando mis intenciones de tirar comida, esperando a meterle el diente. La señora también se quedó frente a mí. Me miraba. No sé si con ternura o con pena. No habló nada más. Ni una sola palabra. Me vieron la señora y las bestias acercar la empanada a mi rostro. Respirar. Cerrar los ojos. Y dar una mordida. La grasa chorreó esta vez por mi boca, la masa pegajosa se perdía entre mis dientes.
No sabía tan mal. Volví a masticar. Nada mal.
El libro del taller
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