El sudor corría libremente por el rostro de Andrés. Aquella tarde, el sol se encontraba en su apogeo y brillaba imponente en lo alto del cielo. Sin una sola nube en el cielo, cada rayo de sol atravesaba el aire sin encontrar resistencia. La única tregua frente al calor parecía ser la sombra de los grandes árboles que flanqueaban el camino.
Marzo se acercaba a pasos agigantados, por lo que no era extraño tener días calurosos. Sin embargo, a pesar del día soleado de verano y de todas las actividades que cualquier persona podría disfrutar al aire libre, Andrés estaba cegado por la pena y el dolor. Las últimas semanas habían sido idílicas, casi un sueño perfecto. Mientras avanzaba por aquel camino, Andrés no pudo evitar regresar al día en que conoció a Constanza. Entonces, su mundo se detuvo.
Tal vez fue el destino o simplemente una coincidencia haberla ayudado cuando caminaba por aquel sendero, cargada con un montón de cosas en sus manos. La pobre no daba abasto. Su sentido de la educación hizo que se ofreciera a ayudarla. Si bien estaba bastante impactado por la belleza de Constanza, no hizo nada que pudiera incomodar a la muchacha. Ahora que volvía a evocar aquellos recuerdos, no supo qué fue lo que más le llamó la atención. No sabía si habían sido sus profundos ojos verdes o su tímida sonrisa. La verdad es que, ante sus ojos, todo en ella era perfecto.
A sus recién cumplidos dieciocho años, podía decirse que era un hombre bastante soñador. Tal vez fuera por la edad o porque así era su personalidad. No tenía ni idea, pero él adoraba sentirse así. Solo bastó aquel encuentro con ella para que no pudiera sacársela de la mente y por qué no, también del corazón.
Con el paso de los días, compartía más tiempo con ella. Hablaban de sus vidas, de sus sueños y de los planes que imaginaban para el futuro. Así fue como se enteró de que ella provenía de una familia adinerada y que realmente no tenía nada que ver con él si lo veían desde el punto de vista social y económico. En cambio, él era todo lo contrario, era el hijo mayor de un matrimonio campesino que vivía de la tierra. No obstante, a pesar de que muchos veían aquella diferencia como un abismo, para ellos no era más que un mero detalle. La conexión que existía entre ellos era única. El ferviente deseo de Andrés de poder detener el tiempo justo en ese momento era algo que no podía explicar. Habría dado lo que fuera por permanecer en ese momento para siempre, pero no todo lo que uno desea se logra convertir en realidad. La vida puede ser muy cruel a veces y, lamentablemente, a Andrés le tocó comprobarlo.
Entre sueños y planes que realizaba con Constanza a futuro, había una sombra que se alzaba rodeando a la feliz pareja. Andrés era consciente de que el futuro se presentaba cuesta arriba, al igual que Constanza, pero era algo que ambos estaban dispuestos a asumir. Muchos los tildaron de ingenuos e inocentes al pensar que podían tener un futuro juntos, incluso de idealistas, pero en el fondo de sus corazones estaban convencidos de que podían enfrentarse a cualquier obstáculo. Y tal vez ese fue su gran error.
El deseo que tenían por permanecer juntos fue suficiente para que quienes creían que se trataba de un fugaz amor de verano comenzaran a pensar que aquella relación perduraría más allá de la estación. Los padres de Constanza tenían planes para su hija, y eran tan grandes que no cabía en ellos la presencia de una persona como Andrés. Por eso, valiéndose de todos los recursos que tenían a su alcance, lograron llevarse a Constanza lejos de ese lugar antes de que concluyera la estación. Con el corazón confuso y destrozado, Andrés quedó en una especie de limbo. Al marcharse Constanza no dejó ninguna pista de dónde podría encontrarla. Simplemente quienes fueron testigos de su fugaz relación le mencionaron que se habían marchado antes de lo esperado debido a que Constanza debía comenzar la universidad en otro país. Desesperado, intentó por todos los medios conseguir algo: un número de teléfono, una dirección, cualquier pista que lo llevara hasta ella. No tuvo éxito. Hasta que una tarde, dos semanas después de que ella se hubiera marchado, recibió una carta que provenía de Australia. En el remitente venía escrito el nombre de Constanza, pero el apellido no coincidía con el de su amada. El corazón de Andrés comenzó a latir rápidamente, como si algo no estuviera bien del todo.
Al leer la carta sintió que lo poco que le quedaba terminaba por desmoronarse, como si se tratara de una casa mal construida. Efectivamente, la carta no la había escrito Constanza, sino su madre, que tenía el mismo nombre de su hija. En ella, le relataba que su hija había tenido un accidente. Iba camino a su casa cuando no vio por dónde iba cruzando y terminaron por atropellarla. Lamentablemente no había sobrevivido. La carta tenía más cosas escritas, pero Andrés no fue capaz de seguir leyendo. Sentía que su corazón había dejado de latir desde el momento en que leyó que Constanza ya no estaba en ese mundo.
Aturdido por el dolor, no fue capaz de ir a su casa aquel día. Realmente se sentía como un muerto en vida. Sin embargo, lo que más lo atormentaba no era la muerte en sí, sino la certeza de que jamás volvería a escuchar su voz, a encontrar su mirada o a compartir esos pequeños momentos que habían vivido mientras estuvieron juntos. Cada recuerdo se transformó en una herida nueva: una conversación, una sonrisa, una promesa. Todo seguía vivo en su memoria, pero la persona a la que pertenecían había desaparecido para siempre.
Poco a poco fueron transcurriendo los días. A veces no lloraba. A veces simplemente permanecía inmóvil, mirando un punto fijo, incapaz de comprender cómo podía seguir latiendo su corazón cuando el de ella se había detenido. Porque la muerte no solo se había llevado una vida; también había destruido el futuro que ambos habían imaginado. Y entre los escombros de ese futuro perdido, Andrés comprendió que el verdadero dolor del corazón roto no era la tristeza, sino la soledad de seguir caminando cuando la persona con la que debía recorrer el camino ya no podía hacerlo.
Arrastrado por esos recuerdos y por un dolor que ya no sabía cómo sostener, Andrés dejó la bicicleta tirada en la entrada de un estrecho sendero que unía el camino principal con un frondoso bosque. Comenzó a caminar hacia él, como quien regresa a un lugar conocido después de muchos años de ausencia. El sol comenzó a descender poco a poco sobre el horizonte, derramando una luz dorada que se filtraba entre las copas de los árboles y dibujaba sombras alargadas sobre el sendero. A su alrededor, la naturaleza parecía indiferente a la tormenta que habitaba en su interior. Los insectos zumbaban entre los matorrales, las hojas se mecían con la brisa tibia y el canto lejano de algunas aves acompañaba sus pasos con una serenidad casi cruel.
Caminaba despacio, sin prisa, como si cada metro recorrido lo alejara un poco más del mundo que había dejado atrás. Su rostro permanecía inexpresivo, pero dentro de él se acumulaban recuerdos imposibles de silenciar. Cada rincón del bosque parecía despertar una memoria distinta: una risa que ya no volvería a escuchar, una mirada que se había apagado para siempre, una promesa que había quedado suspendida en el tiempo.
Cuando llegó a un claro rodeado de árboles antiguos, se detuvo. El lugar estaba envuelto en una quietud solemne. Los rayos del sol atravesaban las ramas y caían sobre el suelo como fragmentos de vidrio dorado. Durante unos instantes permaneció inmóvil, escuchando únicamente el latido de su corazón y el susurro del viento entre las hojas.
Alzó la vista hacia el cielo visible entre las copas y sintió una tristeza tan profunda que parecía no tener fondo. No había rabia en él, ni desesperación frenética. Solo una melancolía inmensa, una sensación de agotamiento absoluto. Como si hubiera luchado durante demasiado tiempo contra una ausencia que jamás podría vencer.
Y mientras la tarde continuaba deslizándose hacia el crepúsculo, comprendió que lo que realmente lo había llevado hasta allí no era el deseo de morir, sino la imposibilidad de encontrar una forma de seguir viviendo en un mundo donde ella ya no existía. El bosque permaneció en silencio, guardando sus pensamientos bajo la sombra de los árboles, mientras él enfrentaba el peso insoportable de aquella decisión. Los árboles continuaron creciendo. Las estaciones siguieron sucediéndose unas a otras. Los inviernos llegaron y partieron.
Como cada verano, el sol castigaba los caminos de tierra e iluminaba los alambres de púas que dividían los terrenos como largas cicatrices de acero. Aun así, el calor no parecía ser un problema para Sofía y Matías.
Ambos avanzaban en bicicleta por el mismo sendero que atravesaba los bosques de la zona, un viejo camino que formaba parte del paisaje desde siempre. Las ruedas levantaban pequeñas nubes de polvo mientras competían por ver quién llegaba primero a una vieja tranquera abandonada que conducía hacia el interior del bosque.
—¡Te voy ganando! —gritó Sofía sin dejar de pedalear.
—Porque partiste antes —respondió Matías entre risas.
La muchacha no contestó. Había algo más que había captado su atención.
A unos metros de distancia, junto al cerco, un hombre permanecía de pie observando el camino. Llevaba ropa sencilla y una bicicleta antigua descansaba a su lado. Desde donde estaba, Sofía no podía distinguir bien sus rasgos, pero le llamó la atención la tristeza que parecía envolverlo.
Sin pensarlo demasiado, levantó una mano.
—¡Buenas tardes!
El hombre respondió con una leve inclinación de cabeza.
Sofía sonrió y continuó avanzando hasta llegar al cerco de alambres. Bajó de la bicicleta para buscar un lugar por donde pasar.
—¿A quién saludaste? —preguntó Matías mientras desmontaba también.
—Al señor que está allá —respondió, concentrada en encontrar una forma de cruzar con su bicicleta.
—¿Qué señor?
Sofía se volvió de inmediato.
El hombre seguía allí.
—Ese.
Matías miró en la dirección indicada y frunció el ceño.
—Sofi… ahí no hay nadie.
—Claro que sí.
—No veo absolutamente a nadie.
La muchacha observó nuevamente. El desconocido ya no se encontraba en el sitio que ella había indicado.
—Se debe de haber ido, deja de molestar.
—No estoy molestando. —Matías soltó una carcajada—. A lo mejor te encontraste con Andrecito —agregó con tono burlesco.
—¿Andrecito?
—Sí. ¿Nunca te contaron la historia?
Sofía negó con la cabeza mientras levantaba su bicicleta para pasar entre los alambres.
—Los viejos del pueblo dicen que era un muchacho que se mató por amor en estos bosques —dijo Matías.
La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro.
—Dicen que venía siempre en bicicleta por este mismo camino. Después de que murió, algunas personas empezaron a jurar que lo seguían viendo.
Sofía miró nuevamente hacia donde había visto el desconocido.
—¿Y qué pasa con él?
—Nada. Solo cuentan que su alma sigue vagando por aquí porque nunca encontró la paz.
Una corriente fría recorrió la espalda de Sofía a pesar del calor de la tarde.
—Qué tontería.
—Yo también creo que es una tontería —respondió Matías encogiéndose de hombros—. Los fantasmas no existen.
Sofía no respondió.
Al otro lado del cerco e invisible para ellos, el hombre había montado su bicicleta. Pedaleaba lentamente por el sendero que se internaba entre los árboles, como si siguiera un recorrido que conocía de memoria. No en vano llevaba más de cuarenta años recorriéndolo.
Fin
Nota del escritor: Basada en una experiencia real.
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