Al fin le habían improvisado el taller de los falsearios. Una hora en la biblioteca del Escorial con la versión original de la cuarta comedia del Estagirita era poco tiempo para enfrentarse a ese texto que lo había desvelado. No había dormido la noche anterior: la ansiedad le perforaba el ánimo como una gotera persistente. Aun así, comenzó a hojear.

Su acometida literaria lo había llevado a improvisar varios textos, entre ellos —no menos extraño— una versión popular de aquella comedia.

Era la época en que le habían prohibido escribir. Sus libros fueron declarados antilogoménicos; por ello, en un gesto casi sacrílego, robó los depósitos de tinta. A consecuencia de aquel acto, las imprentas quedaron inactivas… pero los árboles pudieron respirar.

Cuando finalmente publicó su obra, recordó —con un desasosiego que no era del todo suyo— que él solo era personaje de otra obra, y que también estaba siendo escrito. Entonces, a la manera de cierto personaje de la nivola de Unamuno, pensó en organizar un sindicato de personajes para rebelarse contra el autor de tan patética trama.

Al principio convocó a la subversión a dos de sus más cercanos amigos, quienes por esos días, en la tertulia del Caballo Blanco, repasaban el pequeño libro de las rebeliones de Jabes. Pero mientras ellos se sumergían en la baraita, el personaje aprovechó para apropiarse del poco papel restante.

El resultado fue paradójico: ya no había tinta ni papel.

Así, no había forma de continuar el texto, aunque la idea seguía girando, obstinada, en su cabeza. La ironía era completa: ideas había, papel también… pero ni una sola gota de tinta.

Intentó entonces ciertos artilugios, buscando crear un sistema mnemotécnico. En su proyecto novelístico deseaba que todos los hechos ocurrieran en un solo día. Por ello, le tomó veinticuatro horas escribir apenas las dos últimas frases antes del Shabat:

“neme, pekel, urpasin.”

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