Pienso en el caracol. Ese ser que avanza sobre la hoja de la col con la parsimonia de una clepsidra. Su concha es una espiral de Fibonacci perfecta. Es la prueba absoluta de la proporción áurea en la arquitectura de la naturaleza.
No solo le envidio por su belleza, le envidio porque nace con la llave de su propia casa puesta en la cerradura. Sin hipotecas. Y lo que es todavía más envidiable: no sufrirá por goteras ajenas ni por vecinos ruidosos.
Tampoco necesita el engorroso paraguas. Cuando el cielo se oscurece y se deshace en agua , no corre a buscar un portal ni abre “un ridículo artefacto” de varillas rotas. Le basta con un leve repliegue hacia adentro, y ya está en su sala de estar, mirando llover desde el revés del mundo.
Pero hay algo más, que admiro. Mientras nosotros, los humanos, nos desgastamos en malentendidos, cartas que no llegan y desencuentros en las esquinas, el caracol no conoce la tragedia de los celos ni el vacío del desamor. Es él y es ella, alternativamente o al mismo tiempo, en una sincronía perfecta que prescinde de la melancolía de la ausencia.
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