El calor es insoportable.
Aquí quisieron armar el árbol y a las enfermeras se les ocurrió poner chirimbolos con
nuestros nombres. No me importa. Si quieren poner el mío en una pelota roja, no es algo
que me quite el sueño.
Llevo años aquí, entre la cama y el sillón. Al principio mi hija venía a verme; luego no sé
qué pasó, ocupaciones, supongo yo.
Las enfermeras me hablan como si yo fuera un niño sordo que apenas sabe el idioma. No
soy sordo, no soy niño, hablo español, pero casi no puedo moverme ni comunicarme
desde aquel desmayo en el baño de la que fue mi casa.
Es 24 de diciembre. El calor en Montevideo es insoportable y nos quieren vender una
blanca Navidad, como en los comerciales norteños de familias felices. Ya antes de esto
era viudo. No sé qué es una familia, ni feliz ni desgraciada, ya ni me acuerdo.
Ahora estoy aquí, rodeado de otros viejos que me dan totalmente igual.
Allí vienen las enfermeras. Me llevarán a ver el árbol con las pelotas rojas.
¿Qué me importa una pelota roja que dice Alfredo, si ya nadie pronuncia mi nombre?
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