Revertido el movimiento de ascensión bajaste al cieno.
Fracasado un connubio temprano con la nube, harta de estrujar los húmedos pañuelos, de atarte a las promesas – y a los nudos – ahuecaste el ala y te permitiste desplegar pasiones laicas.
En un principio fueron placeres circunspectos. Vertiste con cuidado los deseos, pusiste un pie primero, después un dedo de la mano y en el final, entero, el cuerpo.
Deshabitado el tálamo, abandonado el recogimiento, la piara te colmó de alcohol y juegos. Vos feliz y la cochambre hedía. Qué momentos.
Hasta que, harta de chancros y del gruñido de los puercos, como antes yerma, te sacudiste el lodo de las plumas y probaste a remontar de nuevo el vuelo.
Lo remontaste nomás, los chanchos vuelan. Si se detectaron algunas máculas en tu blancura – las nubes ya se sabe lo habladoras que son – decime qué de lo que hay vivo no debió pasar alguna vez por la tintorería.
Y si hablamos de mutar, a cada instante en mí nacen y mueren células. Yo, tú, él, nosotros, ustedes, ellos, que me digan quién no muta ni mutó alguna vez – ¿conjugar el verbo en otros tiempos es preciso? –
Suele ser así, la vida empieza como un juego, pero después se vive en serio. Y uno muere sospechando que algo, alguien, nos vivió tomando el pelo, se nos rió en la cara todo el tiempo.
La vejez, tranquila. Ni viuda ni casada ni en pareja. Una hija, algunos nietos, el recuerdo de una loca juventud mutante.
Ni Sor ni Pía, pero quién y para qué quiere una lápida prolija.
Qué tiempos esos. Hedía la cochambre y vos feliz, paloma en cerdo.
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