(Microrrelato presentado al concurso de Cartas de Amor organizado por UBcorhorta)

Comala a 16 de abril de 2026

Aunque sé que no la leerás, quiero decirte que me resultó imposible olvidarte.

Grabada para siempre en la memoria de aquel niño de ciudad, quedó tu familia.

Me dieron algo que nunca tuve: un cariño que se repitió año tras año, durante los veranos que pasé en Comala.

¿Recuerdas aquellos días abrasadores en los manantiales de Zacualpan y en las Huertas?

Eras mayor que yo, pero no pesabas nada, solo huesos y piel. Las manos torcidas, el cuerpo desconectado, el cerebro lúcido en una cárcel de carne.

Yo empujaba la carretilla hasta la sombra del abedul, te tumbaba sobre la manta y te contaba cosas estúpidas de la ciudad.

Tú me hablabas con aquellos ojos infinitos. Cuántas veces me pregunté por qué naciste así.

—Porque Dios lo quiso— dijo, un día, tu madre.

Lo odié para siempre.

Aprendí, pronto, que las mutaciones son en gran parte el motivo de que habitemos en este mundo, pero, a pesar de ser consciente, a pesar de comprenderlo, de entender que somos lo que somos gracias a ellas, siempre maldije el día que te alcanzaron.

Diez años después, me dicen que tu cárcel se ha vaciado, que eres libre.

Lloro en silencio, y me avergüenzo. Debería celebrarlo, alegrarme de que tu lucha, por fin, haya terminado.

Largo y pedregoso fue el camino. Luchaste sin descanso para decidir sobre tu vida hasta lograrlo.

He vuelto a Comala y, sentado bajo el abedul, te escribo esta carta. Te la dejaré, con las flores que tanto te gustaban y nunca quisiste que te regalara.

Es mi ilusión, es mi venganza.

Siempre tuyo,

José Reyes.

(Seudónimo requerido para el concurso)

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS